Archivos diarios: 1/09/23

857 El Príncipe del Siglo Futuro

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

560 En las cercanías de Gofená.

El día señalado, Mannahém el hermano de Herodes, lleva a Jesús hasta una gruta localizada en los montes…

Por un camino muy dificultoso, el que ha tomado Mannahém para guiar a Jesús al lugar donde lo esperan.

Es un sendero montano, estrecho, pedregoso, entre espesuras y bosques.

La luz de una clarísima luna en su primera fase, a duras penas se abre paso entre la maraña de las ramas.

A veces desaparece por completo y Mannahém la suple con antorchas ya preparadas,

que ha llevado consigo en bandolera como armas bajo el manto.

Él va adelante y Jesús detrás;

caminan callados en medio del gran silencio de la noche.

Dos o tres veces algún animal salvaje, corriendo por los bosques, hace un rumor semejante a sonido de pasos.

Y ello hace que Mannahém se detenga receloso.

Pero aparte de esto, ninguna otra cosa turba el camino, ya de por sí muy fatigoso.

Señalando un punto específico, Mannahém dice:

–              Maestro…

Aquello de allí es Gofená.

Ahora torcemos por aquí…

Cuento trescientos pasos y estaré en las grutas donde ellos esperan desde la puesta del Sol.

¿Te ha parecido largo el camino?

Pues hemos venido por atajos que creo que mantienen la distancia legal.

Jesús hace un gesto como queriendo decir:

«No se podía hacer de otra manera».

Mannahém, atento a contar sus pasos, se calla.

Ahora están en un pasaje rocoso y pelado;

que asemeja a una caverna encajada entre las paredes del monte que casi se tocan.

Tan extraña es, que se diría que la fractura la produjo algún cataclismo…

Una enorme cuchillada en la roca del monte que hubiera cortado a éste, al menos un tercio desde la cima.

Arriba, por encima de las paredes cortadas a pico;

por encima del rumor agitado de las plantas nacidas en el borde del enorme tajo, brillan las estrellas;

pero la luna no baja aquí, a esta sima.

La luz humeante de la antorcha despierta a algunas aves de rapiña,

que gañen agitando las alas en los bordes de sus nidos entre las grietas.

Mannahén exclama:

« ¡Ahí es!»

E introduce en una brecha de la pared rocosa, un grito semejante al quejido de un voluminoso búho.

Del fondo viene una luz rojiza…

Por otro pasillo rocoso que está cerrado por encima, como un zaguán.

Al no ver a Jesús, que está un poco atrás…

José de Arimatea aparece preguntando:

–            ¿El Maestro?

Jesús responde:

–              Estoy aquí, José.

La Paz esté contigo.

–             A Tí, la paz.

¡Ven!

Venid.

Hemos encendido fuego para poder ver serpientes y escorpiones…

Y para combatir el frío.

Yo voy delante.

Se vuelve…

Y por las ondulaciones del sendero que va entre las entrañas del monte…

Los guía por un corredor rocoso hacia un lugar iluminado con una hoguera.

Allí está Nicodemo, alimentando el fuego con ramajes y enebros.

Jesús lo saluda diciendo:

–              La paz también a ti, Nicodemo.

Aquí estoy, con vosotros.

Hablad.

Nicodemo pregunta:

–             Maestro.

¿Nadie se ha enterado de tu venida?

Jesús replica:

–           ¿Y quién quieres, Nicodemo?

–           ¿No están contigo tus discípulos?

–            Solo Juan y Judas de Simón.

Los otros evangelizan desde el crepúsculo del día siguiente del sábado, hasta el ocaso del viernes.

Pero he salido de casa antes de la hora sexta, diciendo que no se me esperara antes del alba siguiente al sábado.

Porque voy a llegar hasta el domingo…

Todos están acostumbrados a mis ausencias…

Como para que ello pueda suscitar sospechas en alguno.

Estad por tanto, tranquilos.

Tenemos todo el tiempo que queramos, para hablar sin preocupación alguna de ser sorprendidos.

Éste…

Es un lugar propicio.

Verdaderamente este es el mejor lugar.

José dice:

–          Sí.

Madrigueras de serpientes y buitres..

Y de bandidos cuando se tiene el tiempo bueno, cuando estos montes se llenan de rebaños.

Pero ahora los bandidos prefieren otros lugares,

en que puedan abalanzarse más rápidamente sobre apriscos y caminos de caravanas.

Nos desagrada haberte traído hasta acá.

Pero es que desde aquí, podemos partir por diferentes caminos;

sin llamar la atención y sin que nadie nos vea.

Porque donde se sospecha que alguien te quiere…

Ahí está el ojo penetrante del Sahnedrín…

Nicodemo objeta:

–          Bueno, en esto disiento de José.

Creo que somos nosotros los que vemos sombras, donde no las hay.

Y también me parece que, desde hace algunos días, se ha calmado mucho la cosa…

José objeta:

–          Te engañas, amigo.

Te lo digo yo y te lo aseguro.

Hay calma porque no tienen necesidad de buscar al Maestro, pues ya saben dónde está.

Por eso lo vigilan a Él y no a nosotros.

Por eso recomendé que no dijese a nadie que nos veríamos.

No fuera que hubiera alguno dispuesto…

A cualquier cosa.

Para evitar…

Bueno, lo que queríamos decirte:

Es que ‘alguien’ denunció donde te encuentras.

Y que ese alguien no soy yo, ni tampoco Nicodemo, Mannahém o Lázaro;

ni sus hermanas o Nique.

Mannaém dice:

–                No creo que los de Efraím…

Nicodemo:

–                No.

Los de Efraím no.

Y ningún otro de Samaria.

Sólo por actuar de forma distinta a como actuamos nosotros, los de la otra parte…

José mira a Jesús y pregunta:

–             ¿Hablaste con alguien más?

Jesús contesta:

–             Con nadie, José.

–            ¿Estás seguro?

–             Cierto.

–             ¿Y tus discípulos?

–            No.

Están conmigo, Juan y Judas de Simón.

Judas, aunque es un poco imprudente, no ha podido hacerme daño alguno con su irreflexión.

Porque no se ha alejado de la ciudad y en estos días hay pocos peregrinos.

–            Entonces el mismo Belcebú te denunció.

Porque el Sanhedrín sabe que estás aquí.

–           ¡Bien!

¿Cómo reaccionó cuando lo supo?

–            De diversas maneras Maestro.

Alguien dijo que esto era lógico.

Como te pusieron en el bando en lugares santos;

el único refugio era Samaría.

Otros sostienen que eres un ‘samaritano del alma’, más que de raza…

Y que esto es suficiente para condenarte.

Todos están felices porque consiguieron callarte.

Y ya pueden decir a las multitudes que eres amigo de los samaritanos.

Dicen: “Hemos ganado la batalla y lo demás será juego de niños.” 

Te rogamos que hagas lo posible porque no sea verdad.

Jesús objeta:

–           No, José.

No es por ese motivo.

Es porque ellos no tienen en su corazón esa maligna serpiente que tenéis vosotros…

Ellos no temen ser despojados de ninguna prerrogativa.

No tienen que defender intereses sectarios, ni de casta.

No tienen NADA;

aparte de una instintiva necesidad de sentirse perdonados y amados,

por Aquel al que sus antepasados ofendieron y al que ellos siguen ofendiendo,

al permanecer fuera de la Religión perfecta.

Y permanecen fuera, porque siendo orgullosos ellos y siéndolo vosotros;

no se sabe por ambas partes;

deponer el rencor que divide y tender la mano en nombre del único Padre.

Claro que aunque ellos tuvieran tanta voluntad como para eso…

Vosotros la demoleríais;

porque NO sabéis perdonar;

no sabéis decir, hollando toda necedad:

“El pasado ha muerto porque ha surgido el Príncipe del Siglo futuro, que a todos recoge bajo su Signo”

Yo en efecto, he venido y recojo.

Pero vosotros…

¡Oh, vosotros consideráis siempre maldito…

Incluso aquello que Yo he considerado merecedor de ser recogido!