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AVISO

Amadísimos hermanitos:
Estuve ausente casi dos meses por problemas con mi sitio.
No podía pagar el hosting, pero ya estoy de regreso.
Pronto nos pondremos al corriente en las publicaciones y podrán seguir disfrutando de la crónica en la Historia de nuestro Dios y Señor Jesucristo.
Les pido disculpas por las molestias causadas.
Esto no volverá a suceder, con la ayuda de Nuestro Señor.
Que Dios y nuestra Madre Santísima, los bendigan en lo que más lo necesiten a todos.
Atentamente, el equipo de Crónica de una Traición.
Gracias y felices fiestas.

889 El Ladrón

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

567c Judas de Keriot es sorprendido robando.

Es comprensible que para dejar sitio libre a las discípulas,

los apóstoles se han distribuido por otras casas.

Y por eso Juan ha distribuido en partes, los vestidos que llevaba.

Liberados ya de esa carga, caminan hablando hacia la casa de María de Jacob.

Entran por la puerta del huerto, que está simplemente entornada.

La casa está silenciosa y vacía.

Al entrar, Juan ve puesta en el suelo un ánfora llena de agua,

pensando que la ha puesto ahí la anciana;

antes de que la llamaran para asistir a Ada en su parto.

Entonces la levanta y se dirige hacia la habitación más próxima, que está cerrada.

Jesús se retrasa en el pasillo para quitarse el manto, doblándolo con cuidado,

antes de ponerlo en el arquibanco del pasillo.

Juan abre la puerta…

Lanza un:

–              ¡Ahhh!…

Lleno espanto, casi de terror.

Deja caer la jarra que se estrella en el piso.

Y se tapa los ojos con las manos…

Plegándose como para hacerse pequeño, para anularse, para no ver.

De la habitación proviene un ruido de monedas que se esparcen en el suelo, retintineando…

Jesús, que se había quedado en el corredor, quitándose el manto y doblándolo…

Con rápidas zancadas, llega hasta la puerta.

Abre de par en par la puerta, que estaba semicerrada, solamente entornada;

Abriendo la puerta, empuja a Juan.

Entra…

Hay dos cofres de Juana de Cusa.

Ante uno de ellos está Judas pálido, lleno de ira y de miedo;

con una bolsa en las manos….

En el borde del cofre está otra bolsa semiabierta,

de la que siguen cayendo monedas de oro y de plata…

Por el suelo hay muchas monedas desparramadas…

Todo es una prueba de lo que ha estado sucediendo:

Judas está robando. 

Aparta con ímpetu a Juan, que gime lastimeramente.

Y con voz imperiosa ordena:

« ¡Fuera!

¡Márchate!».

Es la habitación donde comen, ahora que están las mujeres.

El arca está abierta…

En el suelo hay monedas.

Otras se están cayendo todavía…

Saliendo de la bolsa que está en el borde del arca, abierta su boca y medio caída.

Todo testifica, de manera indudable, lo que estaba sucediendo.

Judas ha entrado en casa, ha abierto el arca y ha robado.

Estaba robando…

Ninguno dice nada.

Ninguno se mueve.

Pero es peor que si todos gritaran o arremetieran el uno contra el otro.

Sigue un silencio sepulcral.

Los tres se quedan inmóviles.

Tres estatuas:

Judas, el apóstol pecador.

Jesús, el Juez.

Juan, el aterrorizado testigo de la bajeza de su compañero.

La mano que Judas tiene en la bolsa tiembla y se oye el retintín ahogado de las monedas.

Juan tiembla de miedo y aun cuando tiene la mano en la boca,

se oye como castañetean sus dientes.

Sus ojos espantados miran más a Jesús que a Judas.

Jesús no muestra ninguna emoción.

Pero su mirada causa pavor…

Derecho, glacial, da un paso hacia Judas.

La mano de Judas, que sujeta la bolsa, tiembla…

De tal forma que las monedas que contiene, tintinean amortiguadamente.

Juan tiembla.

Tiembla todo él.

Y, aunque se haya quedado apretando la boca con las manos,

sus dientes castañetean.

Sus ojos asustados miran a Jesús más que a Judas.

Jesús no tiembla en absoluto.

Está muy derecho y rígido, glacial incluso de tan rígido como está.

Y da un paso, hace un gesto, dice una palabra:

Un paso hacia Judas;

un gesto, indicando a Juan que se retire;

una palabra: «

–          ¡Márchate!

Pero Juan está aterrorizado y gime:

–           ¡No! ¡No!

¡No me digas que me marche!

Déjame estar aquí.

No diré nada…

Pero déjame estar aquí contigo.

–           ¡Márchate te digo!

¡No temas!

Cierra todas las puertas…

Y si viene alguien…

Quienquiera que sea…

Aunque fuera mi Madre…

No dejes que vengan aquí.

Ve.

¡¡Obedece!!

–            ¡Señor!…

Juan se muestra tan suplicante y está tan abatido;

que parece como si fuera el culpable.

–        ¡Vete, te digo!

No sucederá nada.

¡Vete!…

Y Jesús mitiga la orden poniendo la mano en la cabeza del Predilecto,

con un gesto de caricia.

Y se puede ver que esa mano ahora tiembla.

Juan la siente temblar…

La toma y la besa con un sollozo que dice mucho.

Pero obedeciendo sale.

Jesús cierra la puerta con cerrojo.

Se vuelve de nuevo para mirar a Judas, que debe sentirse muy apabullado…

Porque aunque siendo tan osado como es…

No se atreve a decir una palabra, ni a hacer un gesto.

Jesús rodeando la mesa que está en el centro de la habitación,

va directamente a ponerse enfrente de él.

Es imposible decir si va rápido o lento.

Su Rostro es tan terrorífico para cualquiera que pueda verlo,

como para poder medir el tiempo.

Veo sus ojos y como Juan, también tengo miedo.

El mismo Judas tiene miedo.

Retrocede y se mete entre el arca y una ventana que está completamente abierta…

Y cuya luz, roja por el ocaso, incide toda sobre Jesús.

¡Qué ojos tiene Jesús!

Tienen una mirada relampagueante,

como sólo un Dios lleno de indignación puede manifestarlo.

No dice ni una palabra.

Pero cuando ve que del cinturón de la túnica de Judas sobresale una especie de ganzúa…

Reacciona terriblemente.

Levanta el brazo con el puño cerrado, como para golpear al ladrón…

Y su boca empieza la palabra:

« ¡Maldito!» o « ¡Maldición!»

Pero haciendo un esfuerzo, se sobrepone.

Detiene el brazo que ya estaba descendiendo…

Y corta la palabra en las tres primeras letras.

Se limita, con un esfuerzo de dominio que le hace temblar por entero…

A abrir el puño cerrado;

a bajar la mano hasta la altura de la bolsa que Judas tiene en la mano.

Con el brazo levantado le arrebata la bolsa y la arroja al suelo con ira.

888 El Milagro de la Vida

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA  

567b Milagro a la mujer parturienta. 

Jesús ha bajado al pueblo rápidamente, del brazo de Juan.

La viejecita cobrado nuevo aliento le seguiría,

después de haber respondido a las preguntas de las mujeres.

Pues ha dicho:

–              ¡Mmm!

Sólo el Rabí la puede salvar.

Si no, morirá como Raquel.

Se está enfriando y está perdiendo las fuerzas…

Y ya se retuerce de los espasmos del dolor.

Pero todas las mujeres que han sido madres, menos Nique, Susana y María Stma.

que no sufrió los dolores de todas las mujeres cuando dio a luz a su Hijo…

Aconsejan quién una cosa, quién otra.

Y  la retienen diciéndole:

–          ¿Pero no habéis probado con ladrillos calientes debajo de los riñones?

–           ¡No!

Es mejor envolverla en paños de lana empapados de vino con aromas,

lo más caliente que se pueda.

–             A mí, para Santiago…

me sentaron bien las fricciones de aceite y luego los ladrillos calientes.

–             Hacedle beber mucho.

–             Si pudiera estar en pie y dar unos pasos…

Y mientras tanto, una le friccionara mucho la parte de los riñones.

María de Jacob responde:

–             Todo.

Han probado todo.

Pero tiene demasiado fatigados los riñones.

¡Es el hijo número once!

Bueno ahora me marcho, porque ya he recobrado el aliento.

¡Rezad por esa madre!

Que el Altísimo la mantenga viva, hasta que llegue donde ella el Rabí.

Y la pobre anciana sola y buena, reanuda su trotecillo.

Jesús entretanto, baja ligero hacia la ciudad, llena de calor de sol.

Entra en ella por la parte opuesta, por el noroeste de Efraím;

mientras que la casa de María de Jacob está en el sureste.

Camina ligero sin detenerse a hablar con los que quisieran pararlo:

Los saluda y prosigue su avance.

En el grupo un hombre observa:

–           Está inquieto con nosotros.

Los de los otros lugares hicieron mal.

Tiene razón.

Otro responde:

–            No.

Va a la casa de Yanoé.

Se le está muriendo su mujer en el undécimo parto.

–             ¡Pobres hijos!

¿Y el Rabí va allí?

Tres veces bueno.

Ofendido, se muestra benéfico.

–              ¡Yanoé no lo ha ofendido!

¡Ninguno de nosotros lo ofendió!

–               Pero en todo caso eran hombres de Samaria.

–              El Rabí es justo y sabe distinguir.

Vamos a ver el milagro.

–               No podremos entrar.

Es una mujer.

Y en el momento del parto.

–               Pero oiremos llorar a la nueva criatura y será voz de milagro.

Corren para dar alcance a Jesús.

Otros también se agregan para ver.

Jesús llega a la casa, desolada por la inminente desventura.

Los diez hijos están en un ángulo del pasillo, junto a la puerta abierta de par en par.

La mayor es una jovencita que llora,

rodeada por sus hermanitos más pequeños, que también lloran.

Hay mucho movimiento en la casa…

Amigas del vecindario que van y vienen;

susurros de voces;

pisaduras de pies descalzos que corren sobre el enlosado.

Una mujer ve a Jesús y grita:

–             ¡Yanoé!

¡Espera!

¡Ha venido!

Y escapa corriendo con una ánfora humeante.

Viene inmediatamente un hombre.

Se postra.

Se limita a señalar a sus hijos y con el rostro sobre la tierra…

Dice estas palabras:

–           Creo.

Ten Misericordia y Piedad.

Por ellos.

Jesús dice:

–           Levántate y ten ánimo.

El Altísimo ayuda a quien tiene fe y compasión de sus hijos afligidos.

Una mujer llega gritando:

–            ¡Ven, Maestro!

¡Ven Yanoé!

Ya está negra, ahogada por las convulsiones.

Casi no respira.

¡Venid rápido!

El hombre, que está conmocionado,

acaba de perder del todo la cabeza al oír el grito de una de las vecinas:

–             ¡Yanoé, corre!

¡Ada se muere!

El hombre empuja a Jesús…

Tira de Él, para que vaya rápido, enseguida;

a la habitación de la moribunda.

Totalmente sordo a las palabras de Jesús, que dice:

–          ¡Ve y ten fe!

Fe tiene el pobre hombre.

Lo que le falta es la capacidad de comprender el verdadero significado de esas palabras.

El sentido velado, que es ya seguridad del milagro.

Y Jesús, empujado y remolcado;

sube la escalera para llegar a la habitación de arriba, donde está la mujer.

Pero Jesús se detiene en el descansillo de la escalera;

a unos tres metros de la puerta abierta, que permite ver una cara exangüe…

O más bien cárdena, ya estirada por la máscara de la agonía.

Las vecinas ya no intentan nada.

Han tapado a la mujer hasta el mentón y miran espectantes.

Están petrificadas a la espera de la defunción.

Los ojos de Jesús relampaguean con el Poder del Altísimo…

Extiende los brazos y grita:

–         ¡Quiero!

Y se vuelve para marcharse.

El marido, las vecinas, los curiosos que se han congregado;

se quedan desilusionados;

porque quizás esperaban que Jesús hiciera cosas más espectaculares…

Que el niño naciera instantáneamente.

Pero Jesús, abriéndose paso y mirándolos fijamente,

mientras pasa por delante de ellos, dice:

–            No dudéis.

Un poco de fe todavía.

Sólo un momento más.

La mujer debe pagar el amargo tributo del parto.

Pero está salvada.

Y dejándolos desconcertados, baja por la escalera.

Pero cuando está para salir a la calle,

se detiene un momento junto a los diez hijos amedrentados.

Acariciándolos en sus caritas asustadas, al decir:

–         ¡No temáis!

Vuestra mamá está fuera de peligro.

Entonces un fuerte grito retumba en la casa y se esparce hasta la calle…

Donde llega en ese momento María de Jacob;

la cual, creyendo que ese grito es presagio de muerte, grita a su vez:

–        ¡Misericordia!

Jesús la tranquiliza diciendo:

–        ¡No temas, María!

¡Ve rápido!

Verás nacer al pequeño.

Le han vuelto las fuerzas y los dolores.

Pero dentro de poco habrá alegría.

Se marcha con Juan.

Ninguno lo sigue porque todos quieren ver si se cumple el milagro.

Es más, otros se dirigen presurosos hacia la casa;

porque se ha esparcido la noticia de que el Rabí ha ido a salvar a Ada.

Y así Jesús, metiéndose por una callecita secundaria;

puede ir sin obstáculos hacia la casa de María de Jacob.

Donde se encuentran hospedados…

En la cual entra llamando:

–          ¡Judas!

¡Judas!

Nadie responde.

Juan dice:

–           Tal vez ya ha subido, Maestro.

Podemos entrar también nosotros a la casa.

Pondré aquí las túnicas de Judas, Simón y tu hermano Santiago.

Luego dejaré las de Simón Pedro, Andrés, Tomás y Felipe, en casa de Ana.

887 El Sufrimiento de María

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

567a Parábola de la tela desgarrada.

Jesús terminando su parábola, dice:

–           Puedes ir por tu tela, Judas…

Judas responde con soberbia:

–            Voy por ella.

Pero esta parábola no me ha gustado.

No la he entendido.

María Salomé exclama:

–             ¡Con lo clara que es!

¡La he entendido yo, que soy una pobre mujer!…

Judas se levanta y se marcha.

La Virgen María, a medida que iba hablando Judas,

ha ido inclinando cada vez más su cabeza sobre su labor, acelerando su trabajo.

Juana por el contrario, la ha levantado;

clavando sobre el imprudente sus ojos desdeñosos,

llenos de imperio y cargados de indignación.

También Elisa ha levantado la cabeza, pero luego ha hecho lo mismo que María.

Nique también.

Susana estupefacta,

ha abierto desmesuradamente sus grandes ojos, completamente espantada…

En vez de mirar al apóstol irrespetuoso, mira a Jesús…

Como preguntándose:

¿Por qué no reacciona?

Ninguna ha hablado ni ha hecho gestos.

Pero María Salomé y María de Alfeo, más llanas en sus modales;

se han mirado mutuamente, han meneado la cabeza…

Y en cuanto Judas se va, Salomé comenta:

–          Es él el que tiene el cerebro ya acabado.

María de Alfeo sentencia:

–           ¡Claro!

Por eso no comprende nada.

Y no sé si ni siquiera, si Tú vas a poder arreglársela Señor.

Si fuera así mi hijo, acabaría de rompérsela del todo.

Sí…

De la misma forma que se la habría formado para que fuera cabeza de justo,

se la rompería.

¡Es mejor tener desfigurada y fea la cara, que el corazón!

Jesús replica:

–          Sé indulgente y comprensiva, María.

No puedes comparar a tus hijos que crecieron en medio de una familia honrada,

en una ciudad como Nazareth…

Con este hombre.

María de Alfeo protesta:

–           Su madre es buena y su padre no fue un malvado, por lo que he oído decir.

Jesús dice tratando de disculparlo:

–           Dices bien.

Pero orgullo no le faltaba en el corazón.

Por eso alejó de la madre demasiado pronto al hijo.

Y contribuyó a desarrollar la herencia moral que él mismo había dado a su hijo,

mandándolo a Jerusalén.

Judas fue educado en el Templo.

Es doloroso decirlo;

pero lo cierto es que el Templo no es el lugar,

donde el orgullo hereditario pueda disminuir.

Juana dice con un suspiro:

–           Ningún puesto de Jerusalén que sea de honor,

puede hacer que disminuya el orgullo o cualquier otro defecto…

Ni tampoco cualquier otro lugar con algún poder y riqueza,

bien esté en Jerusalén, Jericó, Cesárea de Filipo, Tiberíades o Cesárea Marítima…

Termina de golpe y rápida se inclina a coser sobre su labor.

Nique observa:

–            María de Lázaro es imponente, pero no es orgullosa.

Juana responde:

–            Ahora.

Pero antes era muy soberbia.

Lo contrario de sus padres que jamás lo fueron.

Salomé pregunta:

–         ¿Cuándo vendrán?

Jesús responde:

–          Pronto.

Dentro de tres días partiremos.

María de Alfeo invita:

–           Trabajemos entonces más rápido, para terminar a tiempo.

Casi no tenemos tiempo para acabar con todo…

Susana dice:

–            Hemos tardado en venir por causa de Lázaro.

Pero ha sido una cosa buena, porque así a María se le ha evitado mucha fatiga.

María de Alfeo, poniendo la mano en el regazo de María Stma.

y mirándola con preocupación,

pregunta:

–              ¿Pero te sientes con fuerzas de recorrer tanto camino?

¡Es que estás tan pálida y cansada, María!

La Virgen responde:

–            No estoy enferma, María.

Puedo caminar, por supuesto.

Mirándola con compasión, Juan agrega:

–               Enferma, no;

pero apenada ¡Sí!

Y mucho, Madre.

Yo daría todos los años que fueran, de mi vida…

Y abrazaría todos los dolores, con tal de verte de nuevo,

como te vi la primera vez, cuando te conocí.

–          Tu amor ya es medicina, Juan.

Siento que se calma mi corazón al ver cómo amáis a mi Hijo.

Porque no es otra la causa de mi sufrimiento;

no es otra, sino el ver que no lo aman.

Aquí, a su lado y en medio de vosotros que sois tan fieles, renazco.

Pero, claro…

Estos meses…

Sola en Nazaret…

Habiéndolo visto partir ya tan agobiado y perseguido…

Y oyendo todas esas voces…

¡Oh, cuánto, cuánto dolor!

Estando a su lado, veo, y digo:

“Al menos mi Jesús tiene a su Madre que lo consuele…

Que le diga palabras que cubran otras palabras”

Y veo también que no todo el amor ha muerto en Israel.

Siento paz, un poco de paz.

No mucha…

Porque…

El Templo donde Ella creció, le viene a la mente…

María ya no dice nada más.

Agacha la cabez, la había levantado para hablar con Juan.

Ahora sólo se le ve la parte de arriba de la frente,

que se enrojece por una emoción silenciosa.

Luego dos lágrimas brillan en la túnica oscura que está cosiendo.

Jesús suspira.

Se levanta de su sitio y va a sentarse a sus pies, delante.

Ahí pone la cabeza sobre las rodillas de María.

Le besa la mano que tiene la tela y se queda luego así,

como un niño que estuviera reposando.

María quita la aguja de la tela para no herir a su Hijo…

Y luego pone la mano derecha en la cabeza reclinada sobre sus rodillas.

Levanta la cara y mira al cielo, ciertamente orando, aunque no mueva los labios.

Todo su aspecto dice que está orando.

Luego se inclina para besar a su Hijo en el pelo,

junto a la sien que queda descubierta.

Sugue un rato de largo silencio.

Las otras mujeres no hablan, hasta que Salomé dice:

–          ¡Cuánto se tarda Judas!

El sol empieza a bajar y no veré bien.

Juan pregunta:

–           Tal vez alguien lo entretuvo.

¿Quieres que vaya a llamarlo?

–            Harías bien en hacerlo.

Porque, si no ha encontrado el trozo de tela…

Igual, te acorto las mangas…

Al fin al cabo se acerca el verano y te servirá para que vayas a pescar…

Para el otoño ya te prepararé otra túnica, porque esta ya no quedará bien.

Y con el trozo que sobre, te arreglaré esto.

Porque está claro que después de Pentecostés volvéis a Galilea…

–            Voy entonces. – dice Juan.

Y amable como siempre, pregunta a las otras mujeres:

Juan responde:

–          Entonces voy.

Y cortésmente pregunta a las demás.

–          ¿Tenéis vestidos ya arreglados que pueda llevarme?

Si los tenéis dádmelos.

Y así cargaréis menos al regreso.

Las mujeres recogen todo lo que han arreglado ya y se lo dan a Juan;

que se vuelve para marcharse.

Está para irse, pero…

Se detiene inmediatamente al ver que viene deprisa hacia ellos María de Jacob.

La buena viejecita corre renqueando…

Con todo lo rápido que sus muchos años consienten.

Y grita a Juan:

–        ¿Está allí el Maestro?

Juan responde:

–          Sí, madre.

¿Qué quieres?

La mujer, mientras sigue corriendo;

responde:

–          Ada está mal, mal…

Y su marido quisiera llamar a Jesús para consolarla…

Pero después de que esos samaritanos se han portado…

Tan mal…

No se atreve…

Yo he dicho:

“No lo conoces todavía.

Yo voy y no… NO me dirá que no”

La viejecita jadea por la carrera y la subida.

Jesús se adelanta diciendo:

–           Detente de correr.

Voy contigo.

Es más, me adelanto.

Tú síguenos a paso tranquilo.

Eres anciana, madre, para estas carreras.

Volviéndose  luego, a su Madre y a las discípulas,

agrega:

—             Me quedo en el pueblo.

La paz a vosotras.

Toma a Juan de un brazo y baja con él rápidamente.

886 Parábola de la Tela Desgarrada

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

567 Parábola de la tela desgarrada. 

Todas las discípulas están ocupadas en lavar, coser y remendar…

Elisa y Nique están doblando los vestidos que lavaron en el torrente y que pusieron a secar.

María de Alfeo está sentada sobre la hierba, cosiendo un dobladillo.

Nique, después de examinar otro, lo da a María de Alfeo,

diciendo:

–            A este vestido, tu hijo también le descosió el dobladillo.

María de Alfeo lo toma y lo pone junto con los otros, sobre la hierba.

Elisa, que se acerca trayendo otras túnicas secas,

dice:

–           Se ve que desde hace tres meses no os acompaña ninguna mujer experta.

No hay un vestido bueno, exceptuando el del Maestro que en cambio solo tiene dos:

El que trae y el que se lavó hoy.

Judas dice:

–            Los regaló.

Parecía como si un ansia lo devorara, para no tener nada.

Desde hace varios días trae el vestido de lino.

María de Alfeo exclama:

–           Menos mal que tu Madre pensó en traerte nuevos.

Ese de púrpura es bellísimo.

Lo necesitabas Jesús.

Aun cuando te queda muy bien el vestido de lino.

¡Pareces un lirio!

Judas satiriza:

–          Un lirio muy grande.

María de Alfeo le replica con franqueza:

–          Pero puro…

Como tú no lo eres.

Ni como lo es Juan.

También tú estás vestido de lino;

pero créeme que el aspecto de lirio no lo tienes.

–            Soy de cabellos negros y mi piel no es tan blanca.

Por eso soy diferente.

–           No depende de eso.

Es que tu candor lo tienes encima y Él adentro.

Transpira por su mirada, por su sonrisa, por sus palabras.

¡Ésa es la cosa!

Y la buena María pone en la rodilla de Jesús,

una de sus manos deterioradas de mujer anciana, que ha trabajado mucho…

Agregando:

¡Ah, qué bien se está aquí con mi Jesús!

¡Qué felicidad es estar con mi Señor!

¡Eso es!

Jesús acaricia esta mano honesta.

María Salomé, que está examinando una túnica…

exclama espantadísima:

–           ¡Esto es peor que un desgarrón!

¡Hijo mío!…

¿Pero quién te ha cerrado el agujero de esta manera?

Muestra escandalizada a sus compañeras una especie de…

Ombligo muy plegado que forma un anillo en relieve en la tela…

Unido con unos puntajos que forman un relieve que sobresale por sus burdísimos pespuntes…

Y ciertamente a una mujer le causan horror.

La extraña reparación es epicentro de unos fruncidos que formando radios,

que se extienden por la espalda de la túnica.

Todos se ríen.

El primero es Juan, que es el autor de ‘la obra de arte’

explicando:

–           No podía soportar la rasgadura y…

La cosí como pude.

¡Porque era un agujero muy grande!

María Salomé:

–           La estoy viendo.

¡Claro que ya lo veo!

¡Pobre de mí!

¡Qué barbaridad, ya lo veo!

¿Por qué no le dijiste a María de Jacob que te lo cosiera?

–           ¡Mamá…!

Está casi ciega.

Y luego, no era una rasgadura.

Era un hueco.

El vestido se trabó en el haz de leña que venía cargando en el hombro…

Y al descargarlo echándolo al suelo, arrancó el trozo de tela de la túnica.

Entonces cosí como pude el agujero.

Y, además…

Lo malo era que no estaba desgarrado, sino que era un verdadero agujero.

¡Y lo reparé así!

–              Lo estropeaste así, hijo mío.

Necesitaría…

Examina la túnica pero menea la cabeza, diciendo:

–             Pensaba quitar el jaretón, pero ya tiene…

Elisa explica:

–              Se lo quité yo en Nobe porque estaba roto en el pliegue.

Pero lo que quité se lo di a tu hijo…

Juan comenta:

–               Sí.

Pero lo usé para hacer los cordones para mi bolsa…

Mientras remienda la túnica de otro apóstol, María Stma, exclama:

–               ¡Pobres hijos!

¡Qué falta os hace que nos tengáis cerca a nosotras!

María Salomé añade:

–                 Pues sería necesario un trozo de tela.

Mirad.

Los puntos han terminado de romper toda la tela de alrededor.

De modo que de un daño ya de por sí grande, se ha creado uno irreparable;

a menos que se pueda encontrar algo que sustituya al trozo que falta.

En ese caso, aunque se vea…

Quedará pasable.

Jesús y Judas dicen al mismo tiempo:

–          Acabas de sugerirmelo…

¡Es un buen tema para una parábola!

Escuchad…

Me has sugerido una parábola…

dice Jesús, y al mismo tiempo dice Judas:

—            Habla, Maestro

Y luego doy esta satisfacción a María Salomé.

Creo que en el fondo de la bolsa tengo un trozo de tela de ese color…

Que sobró de una túnica que estaba demasiado descolorida para poderla llevar.

Y se la di a un hombre pequeño, mucho más bajo que yo;

tanto, que tuvimos que cortar casi dos palmos.

Si esperas, voy a buscártelo.

Pero antes quisiera oír la parábola.

Jesús dice:

–         Que Dios te bendiga.

Pues escucha la parábola si quieres…

Mientras, pongo los cordones a esta túnica de Santiago,

que están completamente gastados.

Hablo.

Comparo con un trozo de tela el alma.

Cuando es infundida es nueva, sin rasgaduras, no tiene laceraciones;

ninguna otra herida, sólo la mancha original.

Y no presenta en su textura ninguna herida, ninguna otra mancha ni deterioro.

Luego, con el tiempo y por acoger en sí una serie de vicios, se desmedra;

llegando a veces a desgarrarse…

Por las imprudencias se mancha;

por los desórdenes se lacera.

Una vez lacerada, no se debe hacer un torpe remiendo,

que sería origen de otros, más numerosos desgarrones…

Sino que hay que hacer un paciente y lento remiendo;

perfecto…

Que impida otros desgarrones.

Para anular lo más posible el daño creado.

Y si la tela está demasiado lacerada…

Si está tan rasgada que se han perdido hasta trozos;

no debe uno con soberbia, pretender anular el daño por sí sólo.

Sino que debe ir a Aquel que se sabe que puede restituir nueva integridad al alma,

porque nada le está vedado y todo lo puede.

Estoy hablando de Dios, mi Padre…

Y de Mí, que soy el Salvador.

Pero el orgullo del hombre es tal, que cuanto mayor es el desperfecto de su alma;

tanto más trata de arreglarlo de cualquier manera,

con remedios incompletos e imperfectos, que crean un malestar más grande.

Y lo único que hacen es causar un daño cada vez mayor.

Me podréis objetar que un desgarrón siempre se verá.

Esto lo ha dicho también Salomé.

Sí, se verán siempre las heridas que un alma ha sufrido.

Pero el alma acomete su batalla y consecuentemente, recibe heridas.

Siempre se verán las heridas que un alma lleva.

El alma pelea su batalla y por consiguiente recibe heridas.

Muchos son los enemigos que tiene a su alrededor y la atacan.

Pero nadie, viendo a un hombre cubierto de cicatrices,

señales de gloriosas heridas recibidas en la batalla,

por conseguir otras tantas victorias, puede decir:

‘¡Este hombre es un cobarde!’ 

¡Este hombre es Inmundo!

Más bien dirá:

‘¡Este es un héroe! ¡Hé allí las señales de su valor!

Gracias Padre por cada marca y cada cicatríz que llevo en mi cuerpo y en mi alma, garantizando que la Lucha no ha sido fácil, pero Tú haz sido mi Fortaleza…

Nunca se verá que un soldado se avergüence de una herida gloriosa.

Dirán, más bien:

“Éste es un héroe.

Ahí están las señales purpúreas de su valor”

Y nunca se verá que un soldado evite las curas,

avergonzándose de una gloriosa herida;

antes al contrario, irá al médico y le dirá con santo orgullo:

“Mira, he combatido y vencido.

No evité ninguna fatiga. 

“ No he mirado por mí. Ya lo ves.

Cúrame ahora, cierra mis heridas,

para estar listo y preparado para otras batallas y victorias”

“Ve y vence. Ve y conquista. Ve y nunca olvides que eres un guerrero de Dios. Habla con autoridad. Camina con seguridad. ERES HIJO DEL REY”

Sin embargo, el que está llagado por enfermedades inmundas,

causadas en él por vicios indignos;

se avergüenza de sus llagas ante sus familiares y amigos.

E incluso ante los médicos.

Y a veces, es tan completamente necio,

que las mantiene ocultas hasta que el hedor las pone de manifiesto.

Pero entonces es demasiado tarde para poner remedio y obtener su curación.

Los humildes son siempre sinceros y también son personas valientes;

que no tienen motivo para avergonzarse de las heridas recibidas en la lucha.

Los soberbios son siempre mentirosos y cobardes.

A causa de su orgullo, llegan a la muerte, sin querer ir con Quién quiere curarlos;

por no reconocer:

“Padre, he pecado. Pero si quieres puedes curarme”

Muchas son las almas que por el orgullo de no tener que confesar una culpa inicial,

llegan a la muerte.

Y entonces también para éstas es demasiado tarde.

Dios NO le da las batallas mas duras a sus soldados más fuertes, ÉL FORMA A SUS SOLDADOS DE ÉLITE, a través de las batallas más duras.

No reflexionan que la Misericordia Divina es más Poderosa y tan grande,

que puede curar cualquier gangrena, por grave y arraigada que esté.

Pero las almas de los orgullosos,

cuando caen en la cuenta de que despreciaron todo medio para salvarse;

se dejan llevar por la desesperación,

porque están sin Dios diciendo:

“Es demasiado tarde”

Y se dan a sí mismos la última muerte:

La de la condenación.

Caballero Águila

Ve, Judas a traer tu tela…

Judas replica:

–           Voy.

Pero te digo que no me gustó tu parábola.

No la entendí.

María Salomé dice:

–            ¡Pero si ha sido muy clara!

La entendí yo que soy una pobre mujer…

Judas responde:

–           Pues yo no.

Antes decías parábolas muy bonitas.

Ahora…

No las entiendo…

Las abejas… La tela…

Las ciudades que cambian de nombre…

Las almas barcas…

Cosas tan pobres de sentido y tan confusas, que ya no me agradan.

Y no las comprendo.

Pero voy por el trozo de tela.

Porque desde el punto de vista práctico, opino que es necesario,

aunque también digo que seguirá siendo una túnica echada a perder.

Y…

Voy a traer la tela…

Judas se levanta y se va.

885 Los Altares Vacíos

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

566g En Efraím el día de la llegada de la Madre de Jesús con Lázaro y las discípulas.

Judas de Keriot no baja.

¡Se ríe!

Una risa extraña, ¡Indescifrable!…

Y sin dejar de reír dice:

–            Ahora verás cómo los ‘buenos samaritanos’

¡Te odiarán!

Para construir el Reino dispersas las piedras.

Y las piedras esparcidas de un edificio, se convierten en armas que golpean.

¡Los has despreciado!

Y no lo olvidarán…

Jesús lo mira fijamente…

(En realidad está desafiando a Satanás, presente en el apóstol infiel…)

Y responde:

–          Que me odien.

No por miedo a su odio dejaré de cumplir con mi deber.

Se vuelve hacia María diciendo:

–           Ven, Madre.

Vamos a decirles a los discípulos lo que tienen que hacer…

Antes de despedirlos  para que se vayan…

Baja por la escalera entre María y Lázaro.

Entran en la casa, donde están apiñados los discípulos que han concurrido en Efraím.

A éstos les imparte la orden de que se dispersen por todas partes,

a avisar a sus compañeros que se reunirán en Jericó para la neomenia de Nisán.

Y que esperen su llegada.

Que Él saldrá de Efraím, deteniéndose en cada lugar de su ruta y que lo busquen en Jerusalén para la Pascua.

Los divide en grupos de tres en tres…

Confía a Isaac, Hermas y Esteban al nuevo discípulo:

Samuel.

Ellos lo reciben…

Esteban lo saluda diciendo:

–             La alegría de verte en la Luz…

Atenúa mi angustia de ver que todas las cosas se transforman en piedras contra el Maestro.

Hermas, sin embargo, lo saluda así:

–           Bienvenido hermano.

Has dejado a un hombre por un Dios.

Y Dios ahora está verdaderamente contigo.

Isaac, humilde y reservado, sólo dice:

–            La paz sea contigo, hermano.

Los efraimitas han tenido el buen pensamiento de traerles pan, leche y un cordero.

Ofrecidos el pan y la leche, los discípulos dialogan entre sí.

Después de cenar, los discípulos se van y finalmente hay tranquilidad…

Pedro y Tomás se quedan en la cocina, preparando la comida del día siguiente…

Pero mientras se prepara el cordero, Jesús se acerca a Lázaro y le dice:

–          Ven conmigo.

Vamos por la orilla del torrente.

Lázaro obedece con su habitual prontitud.

Los dos juntos se separan a unos doscientos metros de la casa…

Lázaro espera a que Jesús hable…

Jesús dice:

–          Quiero comunicarte esto:

Mi Madre está muy postrada, con un abatimiento casi completo. .

Ya lo ves tú mismo.

Mándame a tus hermanas…

Pienso ir a Siquém con todos los apóstoles y las discípulas.

Pero antes las enviaré a Bethania, mientras me detengo en Jericó por algunos días.

En Samaria…

Puedo tener la osadía de llevar conmigo algunas mujeres, pero no en otra parte…

Lázaro contesta angustiado:

–         ¡Maestro!

¿Verdaderamente temes que…?

¡¡Temes en verdad…!!

¡Oh!…

Si es así…

¿Por qué me resucitaste?

–         Para tener un amigo.

–        ¡¡Pues eso!!…

¡Entonces aquí me tienes!

Si es por eso.

Aquí estoy.

Cualquier dolor, no es nada;

si puedo ayudarte, si puedo consolarte…

Cualquier pena, para mí no es nada, si te puedo confortar con mi amistad.

–           Lo sé.

Eres mi mejor amigo…

Por eso echo mano de tí como del más perfecto de los amigos.

Y seguiré haciéndolo.

–          ¿De veras debo ir a ver a Pilatos?

–          Si tú quieres.

Si lo consideras oportuno…

Pero será por Pedro…

No por Mí.

–          Maestro.

Te comunicaré la entrevista y te mantendré informado.

¿Cuándo vas a dejar este lugar?

–         Dentro de ocho días.

Apenas si hay tiempo para ir a donde quiero y estar contigo en tu casa antes de la Pascua…

Cobrar nuevas fuerzas  y templarme en Bethania, mi oasis de paz…

Antes de sumergirme en el tumulto de Jerusalén…

Gracias por todo, amigo.

Eres un buen amigo.

Con diez iguales a tí, sería dulce vivir en medio de tanto Odio…

–         Tienes ahora a tu Madre, Señor mío…

Y Ella vale por cien Lázaros.

Recuerda que cualquier cosa que necesites te la procuraré…

Ordena, porque soy tu siervo en todo.

Jesús le sonríe con un amor infinito…

Y Lázaro prosigue:

–              ¿Ya sabes, Maestro…

Que el Sanhedrín está totalmente decidido a crear las acusaciones, puesto que no las hay…

Para obligarte a marcharte para siempre?

Esto lo he sabido por el Anciano Juan, al que encontré por casualidad en Ptolemaida;

muy contento por el nuevo hijo que le va a nacer de un momento a otro.

Me dijo:

“Me apena el que haya decidido esto el Sanhedrín;

porque hubiera querido que el Maestro estuviera presente en la circuncisión de mi hijo;

que espero que sea varón.

Nacerá para primeros de Tammuz. (Entre Junio y Julio)

Pero para entonces…

¿Estará todavía con nosotros el Maestro?

Yo quisiera…

Que bendijera al pequeño ‘Emmanuel’…

(Y el nombre ya te puede decir cómo pienso)

en el momento de su primer acto en el mundo.

Porque mi hijo…

¡Dichoso él!

No tendrá que luchar para creer, como hemos tenido que hacer nosotros.

Crecerá en el tiempo mesiánico y le será fácil aceptar la Idea”

Será cristiano...

Juan ha alcanzado a creer que eres el Prometido.

Jesús suspira profundamente…

Y dice:

–           Y este solo, sobre muchos, me compensa de lo que los otros no hacen.

Lázaro, vamos a despedirnos aquí, en paz.

Y gracias por todo, amigo mío.

Eres verdaderamente un amigo.

Con diez como tú, hubiera sido incluso hasta dulce la vida entre tanto odio…

–             Pero recuerda siempre que cualquier cosa que puedas necesitar –basta con que pueda– te la procuraré.

Ordéname y yo seré tu siervo en todo.

No seré sabio ni santo, como otros que te aman;

pero otro más fiel que yo, si excluyes a Juan, no podrás encontrarlo.

No creo ser soberbio diciendo esto.

Y ahora que hemos hablado de Tí, te voy a hablar de algo importante…

También quiero decirte que cuando fui a Siria, vi a Síntica.

Es activa y prudente.

La vi.

Y la vi activa y sabia como sólo una griega que se ha hecho seguidora tuya puede serlo.

Tiene una pequeña escuela, a la que van muchas jóvenes procedentes de los más variados lugares.

Y al atardecer está con alguna pobre niña de raza mixta y por tanto, de ninguna religión.

Las instruye sobre Tí.

Le dije: “¿Por qué no te haces prosélita? Te ayudaría mucho”

Me respondió:

“Porque no quiero dedicarme a los de Israel sino a los altares vacíos que esperan a un Dios.

Los preparo para que reciban a mi Señor.

Luego, establecido ya su Reino, iré a mi patria…

Y bajo el cielo de la Hélade, consumiré mi vida preparando los corazones de los maestros.

Esto es lo que sueño.

Pero sí muero antes por enfermedad o persecución, me iré igualmente feliz…

Porque será signo de que he cumplido mi trabajo.

Y que Él llama a su Presencia a su sierva, que lo amó desde el primer encuentro”

–            Es verdad.

Síntica me ha amado realmente desde el primer encuentro.

–           Pues porque te ha amado desde el primer encuentro.

Dice que goza preparando tus caminos.

Sufre mucho |por estar lejos.

Pero dice que se encuentra muy feliz,

por preparar los corazones que son altares vacíos a la espera de un Dios…

Y los prepara para que reciban a su Señor.

A Tí…

Espera verte antes de morir.

–           Ciertamente me verá.

Jamás desilusiono a los justos.

Nunca defraudo sus esperanzas en Mí.

–           No quería decirle nada de tus penas.

Pero Antioquía es como una inmensa concha,

donde resuenan todas las voces del vasto imperio de Roma…

Y se sabe todo lo que sucede acá.

Síntica no ignora nada de tus aflicciones y por estar lejos sufre más.

Quería darme dinero, que no acepté.

Le dije que lo usara para sus niñas.

Pero sí tomé un gorro tejido por ella con lino cendalí de dos cuerpos.

Lo tiene tu Madre.

Traje un capucho que tejió con viso de dos tamaños.

Síntica quiso describir con  hilo tu historia, entrelazada con la suya y la de Juan de Endor.

Lo tiene tu Madre.

¿Y sabes cómo?

Bordó en él, un cordero que defiende de una manada de hienas a dos palomas;

una de las cuales tiene las alas destrozadas y la otra, la cadena rota que la tenía presa…

Y la descripción continúa alternando;

con la historia desarrollándose…

Hasta que la paloma de las alas destrozadas levanta el vuelo hacia el cielo…

Y la de la cadena rota se queda cautiva voluntariamente, a los pies del cordero.

Parece una de esas historias,

que los escultores griegos graban en mármol en los festones de los templos, en las cenefas de los obeliscos…

En las estelas dedicadas a sus muertos.

O que los pintores dibujan en sus vasijas y pintan también en sus vasos.

Quería mandártelo con dependientes míos.

Lo he tomado yo.

Es una preciosa obra de arte, que he entregado a tu Madre.

–          Lo usaré porque viene de una buena discípula.

Vamos hacia la casa.

¿Cuándo tienes pensado salir?

–          Mañana al amanecer.

Para dejar descansar a los caballos.

Luego no voy a hacer ningún alto en el camino hasta llegar a Jerusalén…

E iré a ver a Pilatos.

Si puedo hablar con él, te mandaré sus respuestas con María.

Y también todas las noticias…

Lentamente regresan a la casa…

Y los dos siguen conversando animadamente de cosas menores…

884 Del Amor al Odio

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

566f En Efraím el día de la llegada de la Madre de Jesús con Lázaro y las discípulas.

Suben la escalera, salen a la terraza  y se presentan ante la multitud…

Eleva los brazos y dice fuerte:

–          Hombres de Galilea y de Samaria, discípulos y seguidores.

Vuestro amor, vuestro deseo de honrarme y de honrar a mi Madre y a mi amigo, escoltando el carro de ellos;

me dice cuál es vuestro pensamiento, revelando vuestro corazón.

Os Bendigo por ello.

Pero ahora volved a vuestras casas, a vuestros asuntos y vuestros negocios.

Vosotros, los de Galilea:

Id y decid a los que se han quedado allí que Jesús de Nazaret los bendice.

Hombres de Galilea, nos veremos para la Pascua en Jerusalén;

donde entraré el día siguiente del sábado que precede a la Pascua.

Hombres de Samaria, idos también vosotros.

Sabed no limitar vuestro amor por Mí a seguirme y buscarme por los caminos de la Tierra;

sino también por los del espíritu.

Id y que la Luz brille en vosotros.

Discípulos del Maestro, separaos de los fieles y quedaos en Efraím para recibir mis instrucciones.

Los bendice y repite:

Idos.

Obedeced.

Los discípulos y los nazarenos dicen:

–            ¡Tiene razón!

–            Lo estamos incomodando.

–           ¡Quiere estar con su Madre!

La gente le grita:

–            ¡Nos vamos!

—            Pero antes queremos su promesa de que va a venir a Siquem antes de la Pascua.

–             Nos marchamos.

–             ¡Promételo!

–             ¡A Siquem!

–            Promete que irás a Siquém antes de ir a la Pascua.

–              ¡A Siquem!

Jesús dice:

–           Iré.

Lo prometo.

Marchaos.

Iré antes de subir para la Pascua a Jerusalén.

Los efrainitas le gritan:

–          ¡No vayas!

–           ¡Quédate con nosotros en Efraím!

–            ¡Con nosotros!

–           ¡Te defenderemos!

–           ¡Te haremos Rey y Pontífice!

–           ¡Ellos te odian!

–           ¡Nosotros te amamos!

–          ¡Abajo los judíos!

–           ¡Viva Jesús!

Jesús ordena:

–           ¡Silencio!

¡No hagáis tumulto!

¡No creéis alboroto!

Mi Madre está afligida por esta gritería, que me puede hacer más daño que si me maldijesen.

Todavía no es mi Hora…

Idos.

Pasaré por Siquém.

Cumpliré mi deber de israelita, adorando al Dios Verdadero en el único Templo en que puede ser adorado…

Pero suprimid de vuestro corazón el pensamiento de que pueda, por una baja cobardía humana;

no cumplir mi deber de israelita adorando al verdadero Dios en el único Templo en que puede ser adorado.

Y por una sacrílega rebelión contra la voluntad del Padre mío, no cumplir mi deber de Mesías,

asumiendo una corona en otro lugar que no sea Jerusalén…

Donde seré ungido Rey universal, según la palabra y la verdad vista por los grandes profetas.

Enojados, varios  le gritan:

–           ¡Abajo!

–           ¡Eres un loco!

–          ¡Eres un iluso!

–           ¡No hay profeta después de Moisés!

Jesús les dice:

–         Y vosotros también.

¿Sois acaso libres?

No.

¿Cómo se llama Siquem?

¿Cuál es su nuevo nombre?

Y como para ella, para muchas otras ciudades de Samaria, Judea, Galilea.

Porque la catapulta romana nos nivela a todos.

¿Se llama, acaso, Siquem?

No.

Neapoli se llama.

Lo mismo que Bet-San se llama Escitópolis.

Y muchas otras ciudades que por voluntad de los romanos o de los vasallos aduladores,

han tomado el nombre que el dominio o la adulación les han puesto.

Y vosotros individualmente…

¿Pretendéis ser más que una ciudad, más que nuestros dominadores, más que Dios?

No.

Nada puede cambiar aquello que está destinado para salvación de todos.

Yo sigo el camino derecho.

Seguidme si queréis entrar conmigo en mi Reino Eterno.

Hace ademán de retirarse.

Pero los samaritanos se alborotan tanto, armando tal tumulto, que los galileos reaccionan.

Contemporánea y presurosamente salen de la casa, al huerto…

Y luego escaleras arriba hasta la terraza, los que estaban en la casa.

Aparece en primer lugar detrás de Jesús, el rostro pálido, triste y angustiado de María.

La Madre se pone detrás de Jesús y lo abraza, como para defenderlo de las injurias que llegan de abajo…

–           ¡Nos has traicionado!

–           ¡Te refugiaste con nosotros, haciéndonos creer que nos amabas, para despreciarnos después!

–           ¡Mucho más se nos despreciará ahora por tu culpa!

Y muchos otros reclamos similares…

Se acercan a Jesús también las discípulas, los apóstoles y la última, muy asustada es María de Jacob.

Luego se explica el origen del tumulto…

Origen lejano pero seguro…

–           ¿Por qué nos enviaste entonces a tus discípulos a decirnos que eres un perseguido?

–            Yo no envié a nadie.

Que hablen los de Siquém…

¿Qué dije un día en la montaña?

Un samaritano habla:

–            Es verdad.

Nos dijo que hasta que se instaure una nueva Era para todos, sólo puede haber adoradores en el Templo.

Que Él no podía adorar sino en el Templo;

Maestro, nosotros no somos culpables, créelo.

Éstos han sido engañados por falsos emisarios…

1expectación

–           Lo sé.

Idos pues.

De todos modos iré a Siquém.

No tengo miedo de nadie.

Ahora marchaos para no perjudicar ni a los de vuestra sangre ni a vosotros mismos.

Idos para no haceros daño.

¿No veis que por allá, bajando por el camino vienen resplandecientes al sol, las corazas de los legionarios?…

Os siguieron desde lejos al ver tanto cortejo.

Y se quedaron al asecho en el bosque.

Vuestros gritos los atraen ahora hasta aquí.

Idos por bien vuestro.

Efectivamente, lejos, en el camino principal que se ve subir hacia los montes.

En el tramo en que Jesús encontró al hambriento, se ve un brillo de luces que se mueven y avanzan.

La gente comprueba lo que dice Jesús y se dispersa lentamente.

Se quedan los de Efraím, los galileos, los discípulos.

Jesús repite:

–           Idos todos vosotros a vuestras casas.

Obedeced a quién os ama.

Cuando quedan solo los discípulos, Jesús ordena que entren en la casa y en el huerto.

Pedro baja con los demás a abrir.

Judas de Keriot no baja.

¡Se ríe!

Es una risa extraña, ¡Indescifrable!…

Y sin dejar de reír dice:

–          Ahora verás cómo los ‘buenos samaritanos’

¡Te odiarán!

Para construir el Reino dispersas las piedras.

Y las piedras esparcidas de un edificio, se convierten en armas que golpean.

¡Los has despreciado!

Y no lo olvidarán…

Jesús lo mira y responde:

–        Que me odien.

No voy a dejar de cumplir con mi deber por miedo a ellos.

Ven, Madre.

Vamos a decirles a los discípulos lo que tienen que hacer, antes de que se vayan…

883 Un Retrato Perfecto

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

566e En Efraím el día de la llegada de la Madre de Jesús con Lázaro y las discípulas.

Y Jesús sale con ellos y cierra la puerta.

Cruza el pasillo, la cocina, sale al huerto seguido por Pedro, que refunfuña…

Y por los otros.

Pero antes de poner pie en la terraza se detiene en la pequeña escalera;

se vuelve, pone una mano en el hombro de Pedro, que levanta su cara descontenta…

Y le dice:

–              Escúchame bien, Simón Pedro…

Y deja de acusar y censurar a Porfiria.

Ella es inocente.

Obedece mis órdenes…

Antes de los tabernáculos le ordené que no dejara venir a Margziam a Judea.

–           ¡Pero la Pascua, Señor!

Pedro sigue refunfuñando.

Jesús continúa:

–               Soy el Señor.

Tú lo dices.

Y, como Señor, puedo ordenar cualquier cosa, porque toda orden mía es justa.

Por tanto, no te turbes con los escrúpulos.

¿Recuerdas lo que está escrito en los Números?

“Si alguno de vuestra nación está contaminado por un muerto o realizando un viaje lejano;

que celebre la Pascua del Señor el día catorce del segundo mes, al atardecer” (Números 9, 10-11).

Yo no quiero que se contamine.

Pedro objeta:

–             Pero Margziam no está impuro.

Espero al menos, que Porfiria no se vaya a morir precisamente ahora…

Y no está en viaje…

–               No importa.

Yo quiero que sea así.

Hay cosas que contaminan más que un cadáver.

Margziam…

No quiero que se contamine.

Déjame actuar, Pedro.

Yo sé las cosas.

Sé capaz de obedecer igual tu mujer y el mismo Margziam.

Procura hacerlo como ellos.

Celebraremos con él la Segunda Pascua, el catorce del siguiente mes.

Y entonces seremos felices.

Te lo prometo.

Pedro mueve la cabeza como diciendo: ‘Resignémonos’

Y ya no objeta nada.

 

El Zelote observa:

–           ¡Hace mucho que no sigues contando a los que no estarán en Jerusalén para Pascua!

Pedro contesta:

–                Ya no tengo ganas de contar.

Todo esto me da una cierta impresión…

Que me hiela…

Todo esto me produce escalofríos…

¿Puedo decirlo a los demás?…

Jesús responde:

–             No.

Intencionadamente por eso, os he llamado aparte.

–             Entonces…

Yo también tengo algo que decir aparte a Lázaro.

Lázaro contesta rápido:

–         Dime.

Si puedo lo haré con mucho gusto.

–          La idea es de tu amigo Simón Zelote.

Así que aunque no me respondas a mí, no importa.

Quiero que vayas a ver a Pilatos y averigües lo que piensa hacer por Jesús o contra Jesús.

Ya sabes…

Hazlo con diplomacia, aunque el resultado sea en Bién o en Mal.

¡Porque corren todo tipo de voces!…

–          Lo haré.

En cuanto llegue a Jerusalén.

Pasaré por Betel y Ramá en vez de por Jericó, para ir a Bethania.

Me quedaré en el palacio de Sión e iré donde Pilatos.

Quédate tranquilo Pedro, que seré hábil y sincero.

Haré lo mejor que pueda.

Jesús interviene diciendo:

–          Y perderás tu tiempo inútilmente, amigo mío.

Tú lo sabes cómo hombre y Yo como Dios…

Que Poncio Pilatos, no es más que una caña que se dobla con el vendaval…

Por la parte opuesta al huracán…

Tratando de evitarlo.

Jamás es falso;

porque está convencido siempre de querer hacer lo que en ese momento dice y hace.

Pero al oír el aullido de la borrasca, del huracán, que viene del lado contrario se olvida.

¡Oh!…

No es que falte a sus promesas y voluntad.

Realmente olvida, todo lo que quería antes.

Lo olvida porque el aullido de una voluntad más fuerte que la suya, le quita la memoria.

Soplando le manda muy lejos todos sus pensamientos que otro ventarrón le había metido…

Y le introduce otros nuevos.

Después de todos esos miles de aullidos, se agrega el de su mujer;

1claudia (3)

pues Claudia lo amenaza con separarse de él, si no hace lo que ella quiere.

Y una vez separado de la Nieta de Octavio César Augusto…

Perdería todo su poder y su fuerza…

Y también la protección del “divino César” como ellos le llaman…

Aunque están convencidos de que César es un ser más abyecto que ellos…

Pero ellos saben ver la Idea en el hombre…

Es más, la Idea anula al hombre que la representa.

Y la Idea no se puede decir que sea abyecta porque todo ciudadano ama y es justo que ame a la Patria;

que quiera su triunfo…

Y César es la Patria…

Así que… Incluso un miserable es…

Es un grande por lo que representa…

Pero no quería hablar de César, sino de Pilatos…

Decía pues, que por encima de todas las voces que rugen:

Desde la de su mujer a la de las muchedumbres…

1pontius,0

Está la voz – ¡Y qué voz!- de su ‘yo’

De ese yo pequeño del hombre pequeño;

de ese yo ávido del hombre ávido;

de ese yo orgulloso del hombre orgulloso.

Sobre el grito de Claudia, está el de su ‘yo’ pequeño, lleno de ambición y de orgullo,

que quiere reinar para ser grande.

Quieren reinar para llenarse de dinero.

Quieren reinar para dominar sobre las espaldas encorvadas.

El Odio está por debajo…

El odio, por debajo, incuba;

pero eso no lo ve el pequeño César llamado Pilatos, nuestro pequeño César..

Él solo ve las espaldas encorvadas que fingen respeto y que tiemblan ante él.

Aunque sientan realmente otra cosa…

1Poncio-Pilatos-

Y a causa de esta voz tempestuosa del ‘yo’, está dispuesto a todo.

Repito:

A todo. 

Con tal de seguir siendo Poncio Pilatos, el Procónsul.

El siervo de César y el dominador de una de las tantas provincias del Imperio.

Y por todo esto, si ahora es mi defensor;

mañana será mi juez inexorable.

El pensamiento del hombre es siempre incierto e inestable.

Pero es incertísimo cuando éste se llama Poncio Pilatos.

Pero tú Lázaro, da contento a Pedro, si tú quieres…

Y si esto lo va a consolar…

Pedro dice:

–          Consolar no.

Pero sí me daría tranquilidad…

–          Entonces consuela a nuestro buen Pedro y ve a ver a Pilatos.

Lázaro dice admirado:

–          Iré, Maestro.

Has pintado al Procónsul como ningún historiador o filósofo lo hubiera logrado hacer.

En una descripción perfecta…

¡En un perfecto retrato!

–                   De la misma manera…

Podría describir a cada hombre con su verdadera efigie:

Su carácter.

Pero vamos donde éstos que están alborotados…

Sube los últimos escalones, llega a la terraza…

Y se presenta.

882 La Madre Dolorosa

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

566d En Efraím el día de la llegada de la Madre de Jesús, con Lázaro y las discípulas.

Pedro pregunta:

–             Pero, ¿Qué ruido es ese?

Juan responde:

–             ¡Los carruajes!

¡Son los carruajes!

Los que no han perdido el valor siguieron a Lázaro…  -y sale corriendo junto con los demás…

Y al abrir la puerta se ve un espectáculo increíble:

Además de María que viene sentada junto a su Hijo en el carro de Lázaro;

vienen las discípulas, junto con Lázaro.

Además de Juana (que está en su carro junto con María, Matías, Esther y otros domésticos)

Viene su mayordomo y hombre de confianza: el ex-pastor Jonathán.

Seguidos por todo un desfile de carros y una enorme multitud de gente:

Caras conocidas y caras desconocidas: de Nazareth, Caná, Tiberíades, Naím, Endor.

Y los samaritanos de todos los pueblos por los que han pasado durante el viaje…

Además de otros cercanos.

Todos se precipitan sobre los carruajes impidiendo el paso.

¡Parece una verdadera romería!

Abierta la puerta, el espectáculo tumultuoso se ha presentado ante la vista, en toda su grandiosidad…

Los apóstoles miran asombrados y exclaman:

–          ¿Pero qué quieren éstos?

–           ¿Por qué han venido?

–           ¿Cómo lo han sabido?

–          ¿Quiénes son esos?

–          ¿A qué vinieron?

–           ¿Cómo se enteraron?

Juan responde:

–          ¡Hombre!

Los de Nazareth estaban alerta…

Cuando llegó Lázaro al anochecer para salir por la mañana;

durante la noche fueron sin demora a los centros habitados cercanos.

Los de Nazareth estaban alertas y avisaron a todos…

Y lo mismo hicieron los de Caná;

porque Lázaro había pasado para recoger a Susana y encontrarse con Juana de Cusa.

Y lo han seguido o precedido.

Para ver a Jesús y por ver a Lázaro.

También los de Samaria han tenido noticia y se han agregado.

Siguieron a Lázaro y se fueron sumando los demás.

Cuando los otros supieron, se unieron al grupo.

¡Y aquí están todos!…

Véanlos allí…

Felipe pregunta a Judas de Keriot:

–          Dime…

Tú que tenías miedo de que al Maestro le faltase cortejo…

¿Te parece suficiente con éste?

Judas replica:

–           Vinieron por Lázaro…

–            Ya lo vieron.

Dado que ya lo vieron se habrían podido marchar.

Pero, sin embargo, han seguido hasta aquí.

Señal de que hay también quien viene por el Maestro.

Pedro interviene:

–            Como quieras.

Y no discutamos.

Tratemos de abrirles paso para que entren.

¡Ea, muchachos!…

¡Hay que hacer un poco de ejercicio!

Hace mucho tiempo que no abrimos paso al Maestro a codazos.

Y Pedro es el primero que se pone a abrir el surco entre la gente aclamadora, que grita hosannas..

Curiosa, devota o chismosa…

Según los casos.

Y, conseguido esto, ayudado por los otros y por muchos discípulos que diseminados entre la multitud,

tratan de reunirse con los apóstoles…

Mantiene vacío un espacio para que las mujeres puedan refugiarse en casa-

Al igual que Jesús y Lázaro…

Luego cierra la puerta.

El último en retirarse es él.

Tranca con cerrojos y barras…

Y manda a otros a cerrar por la parte del huerto.

Cuando finalmente logran entrar y cerrar la puerta…

Haciendo una profunda reverencia ante María.

Una María de cara triste, pálida y cansada…

Un rostro ya de María Dolorosa.

Pedro la saluda diciendo:

–           ¡Por fin!

¡La paz sea contigo, María bendita!

¡Por fin te veo de nuevo!

¡Ahora todo es hermoso porque estás con nosotros!

Ella responde:

–              Sí…

Ahora todo es menos doloroso porque estoy aquí con Él.

Lázaro dice:

–            ¡Te había asegurado que te estaba diciendo estrictamente la verdad!

María Santísima responde:

–           Tienes razón…

Pero para mí el Sol se oscureció.

Y toda paz cesa cuando supe que mi Hijo estaba aquí…

¡Comprendí…!

¡Oh!…

Otras lágrimas ruedan por las pálidas mejillas femeninas.

Jesús lleva a María a una habitación que da al huerto…

Y cuando entran…

Jesús suplica:

–          ¡No llores, Madre mía!

¡No llores!

Estaba aquí en medio de esta buena gente…

Con otra María que es también una madre…

Jesús la guía hacía un cuarto que da al huerto tranquilo.

Todos los siguen.

Lázaro se excusa:

–           Tuve que decírselo porque Ella conoce el camino…

Y no comprendía por qué tomaba ese otro.

Creía que estabas conmigo en Bethania.

En Siquém, un hombre gritó: ‘¡También nosotros vamos a Efraím, donde está el Maestro!’

Y ya no me fue posible dar ninguna excusa.

Esperaba librarme de la gente, saliendo de noche y tomando caminos no frecuentados.

¡Pero, qué va!…

Estaban de guardia en cada lugar…

Y mientras un grupo me seguía, el otro iba por los alrededores a avisar.

María de Jacob trae leche, miel, mantequilla y pan.

Ofrece primero a María.

A Lázaro lo mira de arriba abajo, mitad curiosa, mitad espantada.

Su mano tiembla ligeramente cuando al dar leche a Lázaro, éste le toca ligeramente la mano…

Lanza un ‘¡Oh!’ cuando ve que su piel es tibia…

Y que come su torta igual que todos los demás…

Lázaro manifiesta su buen linaje y su alta alcurnia.

Es el primero en reírse…

Afable y señoril, le dice sonriente:

–            Sí, mujer.

Soy igual que tú.

Me gusta tu pan con miel y la leche que me has dado.

Me gustaría también dormir bajo tu techo, porque me siento muy cansado, además de hambriento.

Se vuelve hacia todos, explicando:

–           Muchos me tocan con algún pretexto…

Para cerciorarse si tengo carne y huesos.

Si tengo calor en el cuerpo y si respiro.

La fama adquirida, es una molestia pasajera.

Terminada mi misión, me encerraré en Bethania.

Cerca de Tí Maestro, crearía demasiadas distracciones y te produciría muchas molestias.

He brillado y he dado testimonio de tu Poder hasta en Siria…

Ahora me eclipso.

Sólo Tú debes resplandecer en el cielo del milagro…

En el Cielo de Dios y en la presencia los hombres.

María mientras tanto, dice a la ancianita:

–          Has sido buena con mi Hijo.

Él me ha dicho cuánto…

Él me ha contado todo.

Permíteme que te bese para darte las gracias.

Sólo tengo mi amor para recompensarte.

También yo soy pobre…

Y yo también puedo decir que ya no tengo hijo, porque Él es de Dios y de su Misión…

Y así sea siempre.

Porque santo y justo es todo lo que Dios quiere.

María se muestra dulce, pero…

¡Cuán quebrantada está ya!…

María está llena de dulzura, aunque siente despedazarse…

Todos los apóstoles la miran con compasión.

Tanto, que se olvidan de los que afuera se agitan y también de preguntar por los parientes lejanos.

Jesús dice:

–           Voy a subir a la terraza a despedir y a bendecir a la gente.

Entonces Pedro reacciona y pregunta:

–           ¿Dónde está Margziam?

He visto a todos los discípulos, menos a él.

Salomé de Zebedeo, (La madre de Santiago y de Juan)

responde:

–             Margziam no vino.

–              ¿No vino?

¿Por qué?

¿Está enfermo?

–            Está bien.

También tu mujer.

Porfiria no lo dejó venir.

–            ¡Mujer tonta!

¡Margziam tiene que venir, claro, para la Pascua!

Hubiera podido ya ahora dejarlo venir y dar una alegría al hijo y a mí.

Pero es más corta que una oveja para entender las cosas y…

Dentro de un mes será la Pascua y él debe venir…

Jesús interviene:

–           Juan…

Simón de Jonás tú, Lázaro y Simón Zelote, venid conmigo.

Ordena a todos los demás, agregando:

Vosotros esperad aquí, hasta que haya despedido a la gente, separando de ella a los discípulos.

Y Jesús sale con los cuatro, cerrando tras Sí la puerta.

881 Presentimiento Maternal

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

566c En Efraím el día de la llegada de la Madre de Jesús con Lázaro y las discípulas.

Después que Elisa preguntara, qué es lo que falta por hacer…

Zelote responde:

–     La verdad es que…

Como hombres, ya hicimos todo.

María de Jacob nos ayudó.

Está sola.

Es una samaritana muy buena.

Ahora la conocerán.

Está en el horno haciendo el pan.

Tuvo diez hijos.

Ocho murieron y dos se olvidaron de ella, al acabarse las riquezas.

Y sin embargo no guarda rencor…

 

–            ¡Ah!

¿Lo veis?

¿Veis como, incluso entre los paganos y samaritanos, hay quien sabe perdonar?

¡Y debe ser terrible, ¡Eh?

¿Lo sabéis?

¡Debe ser terrible tener que perdonar a un hijo!…

¡Es mejor llorarlo muerto, que pecador!

No lo olvidéis.

¡Ah! ¿Estáis seguros de que Judas no está?

Pedro responde:

–            Si no se ha transformado en pájaro, no puede estar.

Porque las ventanas están abiertas;

pero menos ésta, todas las puertas están cerradas.

Elisa suspira y dice:

–           Bueno…

Entonces…

Estuvo en Jerusalén María de Simón, con su pariente.

Fue para ofrecer sacrificios en el Templo.

Luego vino donde nosotras.

Parece una mártir.

¡Qué afligida está!

Nos preguntó a todas si sabíamos algo de su hijo…

Que si Judas estaba con el Maestro, que si seguía con él y que si no se había retirado de Él.

Andrés pregunta asombrado:

–          ¿Qué le pasa a esa mujer?

Tadeo le responde:

–           Qué tiene un hijo.

¿Te parece poco?…

Nique agrega:

–           La conforté.

Quiso que fuéramos al Templo con ella.

Y fuimos todas juntas a orar.

Luego se marchó, pero todavía con su pesar.

Yo le dije:

‘Si te quedas con nosotros, dentro de poco iremos a donde está el Maestro.

Allá está tu hijo’ 

Yo sabía que Jesús está aquí.

Todo Palestina lo sabe hasta en los confines.

Y ella respondió: “¡No! ¡No!

El Maestro me dijo que no estuviese en Jerusalén para la primavera.

Yo obedezco.

Pero he querido, antes del tiempo de su regreso, subir ahora al Templo.

Tengo mucha necesidad de Dios”

Y luego dijo algo muy extraño:

“No tengo ninguna culpa…

Pero es tanta mi tortura, que el Infierno está dentro de mí y yo dentro de él

Por lo afligida que me siento”

Le hicimos muchas preguntas…

Pero no quiso expresarse más;

ni sobre sus torturas, ni sobre su angustia.

Tampoco quiso añadir más, acerca de sus aflicciones.

Ni de los motivos por los que Jesús le prohibió ir a Jerusalén.

Nos recomendó que no dijésemos nada, ni a Jesús, ni a Judas.

Luego se fue con su martirio personal.

Tomás pregunta conmovido:

–           ¡Pobre mujer!

Así pues…

¿No vendrá a la Pascua?

–           No vendrá.

Pedro dice:

–           ¡En fin…

¡Si Jesús se lo ha impuesto, sus motivos tendrá!…

Habéis oído, no?

¡En todas partes se sabe que Jesús está aquí!

¡Pero totalmente en todas partes!

Zelote dice:

–           Sí.

Y quienes lo decían convocaban en su Nombre para una sublevación “contra los tiranos”

Esto decían algunos;

otros, que está aquí porque se ha visto desenmascarado…

Andrés observa:

–               ¡Siempre las mismas razones!

¡Deben haber gastado todo el oro del Templo para enviar a todas partes a esos… siervos suyos!

Suenan unos golpes en la puerta.

Todos exclaman:

–         ¡Ya llegaron!

–         ¡Están aquí!

Y van rápidamente a abrir.

Sin embargo, es Judas con sus compras.

Mateo lo sigue.

Judas ve a Elisa y a Nique…

Y las saluda.

Preguntando:

–            ¿Estáis solas?

Nique responde:

–            Solas.

María no ha venido todavía.

Elisa comenta:

–            María no viene por las comarcas del sur…

Mateo:

–            Así que no puede estar con vosotras.

Judas:

–             Me refería;

a si no estaba Anastática.

Elisa:

–            No.

Se ha quedado en Betsur.

–           Por qué?

También ella es discípula.

¿No sabes que de aquí nos iremos a Jerusalén para la Pascua?

Debía estar.

¡Si no son perfectas las discípulas y los fieles, quién lo va a ser?

¿Quién va hacer el cortejo al Maestro, para destruir esos cuentos de que todos lo abandonan?

¿Para demostrar la inconsistencia de la leyenda de que le han dejado Solo?

–            ¡Si es por eso!…

No será una pobre mujer la que colme los vacíos.

Las rosas están bien entre las espinas y en los huertos cerrados.

Y para la Rosa de Jericó, yo soy como una madre…

Y yo lo dispuse así.

–             ¿Entonces para Pascua no estará?

–              No estará.

Pedro interviene:

–               ¡Ya son dos!

Judas pregunta con recelo:

–             ¿Qué quieres decir?

¿Cuáles dos?

–             ¡Nada!…

¡Nada!

¡Cálculos míos!…

Uno puede contar muchas cosas ¿No?

Incluso las… moscas, por ejemplo… que se posan en mi cordero desollado.

Entra María de Jacob, seguida por Samuel y Juan, con los panes recién sacados del horno.

Elisa saluda a la mujer y también lo hace Nique.

Y Elisa expresa unas palabras para que la mujer, enseguida se sienta a gusto…

diciendole:

–            Somos hermanas tuyas en el dolor, María.

Yo estoy sola.

Perdí a mi esposo y a mis hijos.

Y también ésta es viuda.

Por tanto nos amaremos, porque sólo quien ha llorado sabe comprender.

Pero, en esto, Pedro dice a Juan:

–           ¿Por qué estás aquí?

¿Y el Maestro?

Juan contesta:

–            En el carruaje con su madre.

—            ¡¿Y no lo decías?!

–             No me has dado tiempo.

Vienen todas.

¡Pero ya veréis qué desmejorada está María de Nazaret!

Parece que han pasado por ella lustros y el dolor la ha envejecido.

Dice Lázaro que se acongojó mucho cuando le dijo que Jesús estaba refugiado acá.

Judas exclama irónico y despectivo:

–           ¿Por qué se lo dijo ese bobo?

Antes de morir era inteligente.

Tal vez en el sepulcro se le deshizo el cerebro y todavía no se le ha compuesto.

¡No en vano se muere!…

Severo Samuel responde:

–           Nada de eso.

Ten cuidado al hablar.

Lázaro de Bethania lo dijo a María, cuando ya venían en camino…

Y Ella se sorprendió por la dirección que tomaban…

Juan agrega:

–            Así es.

Cuando pasó la primera vez por Nazareth, sólo le dijo: ‘Te llevaré a donde está tu Hijo dentro de un mes…’

Y ahora al partir, ni siquiera le dijo que vendrían a Efraím.

Judas interrumpe grosero y mordaz:

–            Todos saben que Jesús está aquí.

Y…

¿Ella es la única en ignorarlo?

–               María lo había oído y lo sabía.

Pero como corre un fangoso río de mentiras por la Palestina, Ella no daba oídos a ninguna noticia.

Se consumía en el silencio, orando.

Pero cuando emprendieron el viaje;

Lázaro tomó el camino que va a lo largo del río…

Para desorientar a los Nazarenos, a todos los de Caná, Séforis, Belén de Galilea…

Tomás pregunta:

–            ¡Ah!

¿Están también Noemí, Mirtha y Áurea?

Samuel responde:

–            No.

No se los permitió Jesús.

La orden la llevó Isaac cuando fue a Galilea.

–            ¿Entonces ellas tampoco estarán?

–            No estarán con nosotros.

Pedro exclama:

–           ¡Y van tres!

Felipe dice:

–          Tampoco nuestras mujeres y ni siquiera nuestras hijas.

El Maestro lo dijo y lo repitió antes de dejar Galilea.

Mi hija Mariana me dijo que Jesús se lo había ordenado desde la Pascua pasada…

Pedro pregunta:

–          ¡Ahora son más…!

¡Bueno, muy bién!

¿Están por lo menos Juana, Salomé y María de Alfeo?

–           Sí.

También Susana.

–              Y también Margziam, claro…

Pero ¿Qué es ese ruido?

Echándose a la calle con los otros, Juan responde:

–              ¡Los carros!…

¡Los carros!

Con todos los nazarenos que no se han dado por vencidos y han seguido a Lázaro…

También los de Caná…