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705 Avispero Removido


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510b La curación de un ciego de nacimiento.

José de Arimatea se encuentra en medio de todo el alboroto que ha provocado en el barrio de Ofel,

la curación del ciego Bartolmai, mientras está semi-oculto detrás de un murete,

siguiendo el desarrollo de todo el barullo provocado, alrededor de la casa más humilde en el lugar.

Los cinco funcionarios del Templo, que han llegado a la casa de Bartolmai y ante la imposibilidad de entrar en ella,

por la muchedumbre que la rodea…

Gritan altaneros:

–                   ¡Que salga ese hombre!

–                   ¡Queremos hacerle una serie de preguntas!

Un amigo le ha susurrado a Bartimeo: «Son escribas y sacerdotes»

El joven se abre paso desde la cocina y sale a la puerta.

Nahúm pregunta imperioso:

–                    ¿Dónde está el que te ha curado?

Bartimeo responde:

–                    No sé.

Los cinco le apostrofan:

–                   ¿Cómo que no lo sabes?

–                   Decías ahora que lo sabías.

–                   ¡No mientas a los doctores de la Ley y al sacerdote!

–                   ¡Dínos a dónde se marchó!

–                   ¡Ay de aquel que trate de engañar a los magistrados del pueblo!

Bartimeo afirma:

–                     Yo no engaño a nadie.

Ese discípulo me dijo: «Está en esa casa»

Y era verdad, porque yo estaba cerca, cuando me han tomado de la mano y conducido donde Él.

Pero dónde está ahora, no lo sé.

El discípulo me dijo que se marchaban.

Podría haber salido ya por la puerta de Herodes.

–                   ¿Pero a dónde iba?

–                   ¡¿Y yo qué sé?!

Irá a Galilea…

¡Teniendo en cuenta cómo lo tratan aquí!…

Nahúm, Sadoc y Elquías:

–                  ¡Tonto irrespetuoso!

–                  ¡Ten cuidado en hablar así, hez del pueblo!

–                  Te pregunté qué porqué camino se iba.

Bartimeo se disculpa:

–                       ¿Y cómo queréis que lo sepa, si estaba ciego?

¿Puede un ciego decir a donde va alguien?

–                       Está bien.

Síguenos.

–                       ¿A dónde me queréis llevar?

–                       Con los fariseos principales.

–                       ¿Por qué?

¿Qué tienen que ver ellos conmigo?

¿Acaso me curaron para que les vaya a dar las gracias?

Cuando era ciego y pedía limosna, jamás mis manos supieron lo que eran sus monedas.

Jamás mis oídos oyeron una palabra suya de piedad…

Y mi corazón nunca experimentó la menor prueba de su amor.

¿Qué debo decirles?

No tengo a nadie más a quién dar las gracias…

Sólo a Uno: al Altísimo, debo dar las gracias.

Después a mi padre y mi madre que por muchos años me amaron a mí, que era un infeliz.

Y a Jesús que me curó.

Que me ha amado con su corazón, como mis padres lo han hecho con el suyo.

Yo no voy a donde están los fariseos.

Me quedo en mi casa con mi padre y mi madre.

Quiero gozar viendo sus caras.

Y ellos viendo mis ojos que acaban de nacer;

después de tantas primaveras desde aquella en que nací, pero no vi la luz.

¿Habéis acaso enjugado alguna vez una lágrima de mi madre, abatida por mi desventura?

¿O una gota de sudor de mi padre, que se moría de cansancio agotado por el trabajo?

Ahora puedo consolarlos yo, haciéndolo con mi vista y con mi presencia.

¿Y voy a dejarlos para seguiros?

Nahúm repite:

–                       ¡Déjate de charlatanerías!

Ven y síguenos.

–                       ¡Qué no!

¡Que no voy!

Elquías dice con altanería:

–                       Te lo ordenamos.

No eres tú quién mandas;

sino el Templo y los jefes del pueblo.

Sadoc confirma:

–                 Si la soberbia de haber sido curado…

Ofusca tu inteligencia, para recordar que somos los que mandamos…

Te lo recordamos nosotros.

¡Adelante!

¡Camina!

–                Pero, ¿Por qué debo ir?

¿Qué queréis de mí?

–                Que des testimonio de lo que pasó.

Es sábado…

Se ha hecho algo en sábado.

Se le considera como pecado.

Pecado tuyo y de ese Satanás.

Bartimeo grita:

–                ¡Diablos vosotros!

¡Vosotros sois los satanaces!

¡Vosotros sois pecado!

¿Debo ir a acusar al que me curó?

¡Estáis borrachos!

Al Templo iré.

Para bendecir al Señor.

Y nada más que eso.

Durante muchos años he estado en la sombra de la ceguera.

Pero los párpados cerrados han creado tiniebla sólo para los ojos.

El intelecto ha estado igual en la luz, en gracia de Dios.

Y me dice que no debo dañar al único Santo que hay en Israel.

Iré al Templo a bendecir al Señor y no a otra cosa.

Sadoc grita:

–                 ¡Basta!

¿No sabes que hay castigos para quién resiste a los magistrados?

–                Yo no sé nada.

Aquí estoy y aquí me quedo.

No os conviene hacerme ningún daño.

Ya veis que todo Ofel está de mi parte.

La multitud grita:

—                ¡Sí! ¡Sí!

–                  ¡Dejadlo!

–                 ¡Ventajistas!

–                 Dios lo protege.

–                 No lo toquéis

–                ¡Dios está con los pobres!

–                ¡Dios está con nosotros!

–                ¡Explotadores, hipócritas!

La gente grita y amenaza, con una de esas espontáneas manifestaciones populares;

que son las explosiones de indignación de los humildes contra quien los oprime…

O de amor hacia quien los protege.

Y gritan:

–                   ¡Ay de vosotros si agredís a nuestro Salvador!

–                  ¡Al Amigo de los pobres!

–                   ¡Al Mesías tres veces Santo!

–                   ¡Ay de vosotros!

–                   No hemos tenido miedo a la rabia de Herodes…

–                   Ni a la ira de los jefes extranjeros, cuando ha sido necesario.

–                   ¡No tememos las vuestra, viejas hienas de mandíbulas desdentadas!

–                   ¡Chacales de uñas desmochadas!

–                   ¡Inútiles prepotentes!

–                   Roma no quiere tumultos y no importuna al Rabí porque Él es paz.

–                 Pero a vosotros os conoce.

–                 ¡Marchaos!

–                 ¡Ay de vosotros!

–                 ¡Chacales de uñas corvas!

–                 ¡Largaos!

–                 ¡Largo!

–                 ¡Largo de aquí!

–                 ¡Fuera de los barrios de los oprimidos por vosotros, con diezmos superiores a sus fuerzas!

–                 ¡Para tener dinero para saciar vuestros apetitos y realizar torpes comercios!

–                 ¡Descendientes de Jasón!

–                 ¡De Simón!

–                 ¡Torturadores de los verdaderos Eleazares, de los santos Onías. (2 Macabeos 4-6)

–                  ¡Vosotros que pisoteáis a los profetas!

–                   ¡Fuera!

–                   ¡Fuera!

–                   ¡Largaos ya!

–                   ¡Sí, sí!

–                    ¡Dejad en paz a Bartimeo!

–                       ¡Dejadlo chacales!

–                        Dios lo protege.

–                       ¡No lo toquéis!

–                       ¡Dios está con los pobres!

–                       ¡Dios está con nosotros!

–                       ¡Vosotros que matáis a otros de hambre, vosotros hipócritas!

El tumulto se enciende, cada vez más fiero.

704 Un Milagro Estruendoso


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510a La curación de un ciego de nacimiento.

El hombre que ha dejado de ser ciego, se levanta.

Estando encorvado, como uno que lleva un peso…

Su grandioso peso de alegría…

Va al arroyo que se lleva el agua que sobra.

Mira todo con asombro adorante…

Contempla el arroyo;

cómo el agua fluye brillante y risueña…

Y susurra:

–              Esto es el agua…

¡Claro!

Así la sentía entre los dedos…

Introduce la mano en ella.

Fría y que no se sujeta.

Agrega embelesado:

–                Pero no te conocía…

¡Ah, hermosa, hermosa!

¡Qué hermoso es todo!

Levanta la cara y ve un árbol…

Se acerca a él, lo toca.

Alarga una mano, acercando hacia sí una ramita, la mira…

Ríe, ríe, ríe lleno de júbilo.

Da sombra a los ojos con la mano y mira al cielo, al Sol.

Y dos lágrimas descienden de los párpados vírgenes abiertos para contemplar el mundo…

Baja los ojos hacia la hierba, donde una flor ondea en la cima de su tallo.

Luego se ve a sí mismo, reflejado en el agua del arroyo…

Se mira y dice:

–              Así soy yo?

Y observa asombrado, a una tórtola que ha venido a beber un poco más allá.

A una cabrita que arranca las últimas hojas de un rosal agreste.

A una mujer que viene hacia la fuente con un hijito contra su pecho.

Esa mujer le recuerda a su madre…

A su madre de rostro desconocido.

Elevando los brazos al cielo,

grita:

–               ¡Bendito seas Altísimo!

¡Por la luz, por la madre y por Jesús!

Se echa a correr, dejando en el suelo su bastón, ya inútil…

Los dos no han esperado a ver todo esto.

En cuanto han visto que el hombre veía, han ido raudos hacia la ciudad.

José, sin embargo, se queda hasta el final.

Y cuando el ciego que ha dejado de serlo, pasa por delante de él como una flecha;

para entrar en el dédalo de callejuelas del popular barrio de Ofel…

José de Arimatea deja a su vez su lugar y vuelve sobre sus pasos…

Hacia la ciudad, muy pensativo…

El barrio de Ofel siempre ruidoso, ahora está totalmente alborotado:

Unos corren hacia la derecha, otros hacia la izquierda;

entrecruzan preguntas y respuestas:

–                Pero lo habréis confundido con otro…

–                Te digo que no.

Le he preguntado:

«¿Pero eres realmente tú, Sidonio, llamado Bartolmái o Bartimeo?»

Y él me ha dicho:

«Lo soy».

Quería preguntarle cómo sucedió, pero se fue corriendo.

–               Dónde está ahora?

—             Donde su madre, sin duda.

Otros que recién llegan preguntan:

–              ¿Quién?

–             ¿Quién lo ha visto?

Varios responden:

—                ¡Yo!

–                 ¡Yo!

–                 ¿Y cómo ha sucedido?

–                 …Yo lo he visto correr sin bastón, con dos ojos en la cara.

Y he dicho: «¡Mira! Así sería Bartimeo si…»

« -Te digo que estoy temblando a más no poder.

Entrando, ha dicho:

«¡Madre, te veo!»

–               Una gran dicha para los padres.

–               Ahora podrá ayudar al padre y ganarse su pan…

–               ¡Esa pobre mujer se ha sentido mal de la alegría!

–             ¡Una cosa!

–             ¡Una cosa!

–             Yo había ido a pedir un poco de sal y…

–             Vamos, deprisa, a oírselo a él…

José de Arimatea se encuentra aprisionado en medio de este jaleo.

Guiado por un impulso que no es posible descifrar:

no se comprende si por curiosidad o por espíritu de imitación;

sigue la corriente y acaba metido en un callejón que no tiene salida…

Que si prosiguiera iría al Cedrón, donde la gente se apiña y sobrepuja con sus voces,

el frufrú de las aguas del torrente, engrosado por las lluvias de otoño.

José llega allí cuando, por otra callecita que desemboca en ésta…

Vienen los dos de antes con otros tres:

Un saduceo, un escriba, un sacerdote y otro que no es identificable por sus especiales vestiduras.

Se abren paso con arrogancia y tratan de entrar en la casa abarrotada de gente…

La casa está formada así:

Una cocina grande, negra como el alquitrán, con un rincón aislado por un rústico tabique de tablas,

tras el cual hay una yacija y una puerta que da a otro cuarto que tiene una cama más grande;

una puerta, abierta en la pared opuesta, deja ver un huerto muy pequeño, de pocos metros cuadrados.

Eso es todo.

El ciego curado habla arrimado a la mesa, respondiendo a los que le preguntan;

 

que son todos gente pobre como él, población modesta de Jerusalén,

de este barrio que es quizás el más pobre de todos.

Su madre en pie al lado de él, lo mira y llora secándose los ojos en su velo.

El padre, un hombre ajado por el trabajo, se manosea la barba con su mano trémula.

Entrar en la casa es imposible hasta para la prepotencia judía y doctoral.

Y los cinco tienen que escuchar desde fuera las palabras del curado:

–                  ¿Qué cómo se me han abierto?

Ese hombre que se llama Jesús me ha ensuciado los ojos con tierra mojada…

Y me ha dicho:

«Ve a lavarte en 1a fuente de Siloé».

He ido, me he lavado…

Se han abierto los ojos.

Y he visto.

–                  Pero cómo es que has encontrado al Rabí?

Siempre decías que eras un desdichado porque nunca lo encontrabas…

Ni siquiera cuando pasaba siempre por aquí para ir a casa de Jonás al Getsemaní.

Y ahora que no se sabe nunca dónde está…

–                 ¡Hombre!

Ayer al anochecer vino un discípulo suyo, me dio dos monedas.

Me dijo: «¿Por qué no tratas de ver?».

Le dije:

«He buscado, pero no encuentro nunca a ese Jesús que hace los milagros.

Lo busco desde que curó a Analía, una chica de mi mismo barrio, pero si voy acá Él está allá…»

Y él me dijo: «Yo soy un apóstol suyo y lo que yo quiero lo hace.

Ven mañana a Bezetha y busca la casa de José el galileo el del pescado seco, José de Seforí;

cerca de la puerta de Herodes y del arco de la plaza, por la parte oriental.

Verás que antes o después, Él pasa por allí o entra en la casa.

Y yo le señalaré tu presencia».

Dije: «Pero mañana es sábado»

Quería decir que Él no haría nada en sábado.

Me dijo: «Si quieres curarte, es el día;

porque después dejaremos la ciudad.

Y no sabes si podrás volver a encontrarlo».

Yo insistí:

«Sé que lo persiguen.

Lo he oído en las puertas de la muralla del Templo, donde voy a pedir limosna.

Por eso digo que ahora que lo persiguen así, menos todavía querrá ser perseguido y no curará en sábado»

Y él: «Haz lo que te digo y en sábado verás el Sol»

He ido.

¿Quién no habría ido?

¡Si lo está diciendo un apóstol suyo!

También me dijo: «A mí es al que más escucha.

Vengo expresamente porque me inspiras compasión y porque quiero que resplandezca su poder ahora que lo han ultrajado.

Tú, ciego de nacimiento, harás que resplandezca.

Sé lo que digo.

y verás».

He ido.

No había llegado todavía a la casa de José, cuando un hombre me ha tomado de la mano.

Pero por la voz no era el de ayer.

Y me ha dicho: «Ven conmigo, hermano»

No quería ir.

Creía que me quisiera dar pan y dinero o quizás vestidos.

Le pedía que me dejara seguir mi camino,

porque había sabido dónde encontrar al llamado Jesús.

Y el hombre me ha dicho:

«Éste es Jesús, este que está delante de ti».

Pero yo no he visto nada, porque era ciego.

He sentido dos dedos embadurnados en tierra mojada que me tocaban aquí y aquí.

Señala sus párpados.

Y he oído una voz que me decía:

«Ve rápido a Siloé y lávate y no hables con nadie».

Y lo he hecho.

Pero estaba desalentado, porque esperaba ver enseguida.

Casi he creído que hubiera sido una broma de jóvenes sin corazón…

 

Y no quería ir.

Pero he sentido dentro una especie de voz decir:

«Ten esperanza y obedece».

Entonces he ido a la fuente;

me he lavado y he visto.

Y el joven se detiene, extático.

Pensando de nuevo en la alegría de su primer momento de ver…

703 El Creador Recreando


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510 La curación de un ciego de nacimiento.  

Es sábado.

Jesús sale junto con sus apóstoles y José de Seforí en dirección a la sinagoga.

El día alegra, terso y sereno, cual promesa de primavera,

después de días de viento y nubes llenas de invierno.

Así que muchos de Jerusalén están en las calles:

unos, camino de las sinagogas;

otros, volviendo de éstas o de otros lugares;

otros, con la familia y con la intención de salir de la ciudad para disfrutar del sol del campo.

Por la puerta de Herodes, visible desde la casa de José de Seforí,

se ve salir a la gente buscando alegres entretenimientos fuera de las murallas, al aire libre.

Una zambullida en el verde del campo, en la amplitud, en la libertad;

fuera de las calles, angostas entre las altas casas.

Parece que la cintura agreste que rodea a Jerusalén,

es espontáneamente estimada por los habitantes de la ciudad,

que quieren conciliar la medida del sábado con su deseo de aire y sol;

tomados por los caminos y no sólo en las solanas de las casas.

Pero Jesús no va hacia la puerta de Herodes.

Vuelve la espalda a esta puerta, para dirigirse al interior de la ciudad.

Pero habiendo recorrido sólo unos pocos pasos por la calle más ancha…

En la cual desemboca la callecita donde se encuentra la casa de José de Seforí.

Judas de Keriot le señala la presencia de un joven que viene en dirección contraria,

tentando la pared con un bastón, con la cabeza hacia arriba carente de ojos;

con el típico modo de andar de los ciegos.

Sus vestidos son pobres, pero limpios.

Y debe ser una persona conocida por muchos de los habitantes de Jerusalén,

porque más de uno lo señala.

Algunas personas se acercan a él…

Y le dicen:

–               Hombre, hoy has confundido el camino.

Todos los caminos del Moriah están ya atrás.

Ya estás en Bezetha.

Con una sonrisa, el ciego responde:

–               Hoy no pido limosna de dinero.

Y sigue andando, sonriente todavía, hacia el norte de la ciudad.

Judas explica:

–               Míralo Maestro.

Tiene los párpados pegados.

Es más, yo diría que no tiene párpados.

Creo que ni siquiera tiene ojos.

La frente se une con las mejillas sin hueco alguno.

Parece como si debajo no estuvieran los globos de los ojos.

Maestro obsérvalo.

Ha nacido infeliz y así morirá, sin haber visto ni siquiera una vez, la luz del día.

Ni la cara de un hombre.

Dime pues Maestro.

El pobre ha nacido así.

Si nació así, ¿Quién tiene la culpa?

¿Cómo pudo haber pecado antes de nacer?

¿Acaso habrán pecado sus padres y Dios los castigó haciendo que él naciese ciego?

Y así morirá…

Sin haber visto una sola vez la luz del Sol, ni el rostro de los hombres.

Para recibir este castigo tan grande, sin duda pecó;

pero si es ciego de nacimiento, como lo es.

¿Cómo pudo pecar antes de nacer?

¿Será que pecaron sus padres y Dios los castigó haciéndole nacer así?

También los otros apóstoles, Isaac y Margziam se arriman a Jesús para escuchar la respuesta.

Y acelerando el paso, como atraídos por la altura de Jesús, que domina al resto de la gente,

acuden dos jerosolimitanos de aspecto educado y que estaban un poco detrás del ciego.

Con ellos está José de Arimatea, que no se acerca.

Sino que adosándose a un portal elevado sobre dos escalones,

mira a todas las caras observando todo.

En el silencio que se ha formado, se oyen nítidamente las palabras,

con las que Jesús responde:

–                No han pecado ni él ni sus padres, más de lo que pecan todos los hombres.

Y quizás menos;

porque frecuentemente la pobreza es un freno para el pecado.

No.

Ha nacido así para que en él se manifiesten, una vez más, el poder y las obras de Dios.

Yo soy la Luz que ha venido al mundo.

Para que aquellos del mundo que han olvidado a Dios o han perdido su imagen espiritual;

vean y recuerden.

Y para que aquellos que buscan a Dios o son ya de Él, se vean confirmados en la fe y en el amor.

El Padre me ha enviado, para que en el tiempo que todavía se le concede a Israel,

complete el conocimiento de Dios en Israel y en el mundo.

Así que debo llevar a cabo las obras de Aquel que me ha enviado,

como testimonio de que puedo lo que Él puede, porque soy Uno con Él.

Para que el mundo sepa y vea que el Hijo no es desemejante del Padre y crea en Mí;

en lo que Yo Soy.

Después llegará la noche, en la cual ya no se puede trabajar: la tiniebla.

Y el que no se haya grabado mi signo y la fe en Mí…

Ya no podrá hacerlo en las tinieblas;

en medio de la confusión, el dolor, la desolación y destrucción que cubrirán a estos lugares…

Y aturdirán los espíritus con la agitación producida por las angustias.

Pero mientras estoy en el mundo Soy Luz y Testimonio, Palabra, Camino y Vida;

Sabiduría, Poder y Misericordia.

Ve pues, acércate donde el ciego de nacimiento y tráemelo aquí.

Judas se vuelve hacia el apóstol más cercano,

diciendo:

–              Ve tú, Andrés.

Yo quiero quedarme aquí y ver lo que hace el Maestro.

Responde señalando a Jesús que se ha inclinado sobre el camino polvoriento,

ha escupido sobre un puñado de tierra y con el dedo está mezclando su saliva…

Formando de esta forma,  una bolita de lodo.

Mientras Andrés, siempre condescendiente, va por el ciego;

que en este momento está para torcer hacia la callecita donde está la casa de José de Seforí.

Cuando lo trae de regreso hacia su Maestro.

Pero Judas se retira de su lado diciendo a Mateo y a Pedro:

–              Venid aquí.

Vosotros que tenéis poca estatura…

Veréis mejor.

Y se pone detrás de todos, casi tapado por los hijos de Alfeo y por Bartolomé, que son altos.

Andrés vuelve, trayendo de la mano al ciego;

que se esfuerza en decir:

–                No quiero dinero.

Dejadme que siga mi camino.

Sé dónde está ese que se llama Jesús.

Y voy para pedir…

Deteniéndose delante del Maestro;

Andrés dice:

–               Éste es Jesús…

Éste que está enfrente de Ti.

Jesús, contrariamente a lo habitual, no pregunta nada al hombre.

Con la masilla de barro que ha hecho…

La extiende sobre los huecos hundidos que cubren los párpados cerrados,

con los dos índices…

Después de hacer esto, se queda con las manos elevadas y abiertas;

como las tienen los sacerdotes en la Santa Misa, durante el Evangelio o la Epístola.

Y le ordena:

–                Y ahora ve, lo más deprisa que puedas, a la cisterna de Siloé;

sin detenerte a hablar con nadie.

El ciego, con los párpados enlodados, se queda perplejo por un instante…

Pareciera querer decir algo.

Pero cierra sus labios y obedece.

Sus primeros pasos son lentos;

como de quién está pensativo, se siente dudoso o defraudado.

Luego tocando con su bastón el muro;

acelera el paso, rozando con el bastón la pared;

cada vez más pronto para lo que puede un ciego…

Y acelera más.

Cada vez va más rápido…

Parece como si alguien lo guiara…

Los dos Jerosolimitanos se echan a reír con sarcasmo, sacuden la cabeza…

Y se marchan.

José de Arimatea de manera sorprendente, lo sigue sin saludar siquiera al Maestro…

Y regresa al Templo, de donde venía.

De este modo el ciego, los dos y José de Arimatea se dirigen al sur de la ciudad.

Jesús continúa su camino a la sinagoga…

Siguiendo al ciego…

Superada Bezetha, entran todos en el valle Tiropeo, que hay entre el Moria y Sión.

Lo recorren todo hasta Ofel;

orillan Ofel;

salen al camino que va a la fuente de Siloé, siempre en este orden:

Primero el ciego, que debe ser conocido en esta zona popular;

luego los dos hombres nativos de Jerusalén;

por último, distanciado un poco, José de Arimatea.

José se detiene semi-oculto por unos bojes que rodean el huerto de una casa.

Los otros dos van hasta la misma fuente y observan al ciego…

Que se acerca cautelosamente al vasto estanque…

Palpando el murete húmedo, introduce en la cisterna una mano y la saca rebosando de agua.

Se lava los ojos…

Una, dos, tres veces…

A la tercera como si sintiese algo, levanta también contra la cara la otra mano…

Apretando su cara con las dos manos,  deja caer el bastón.

Pega un grito como de dolor…

Luego aparta lentamente las manos…

Y su primer grito de pena se transforma en un grito de alegría:

–              ¡Oh!

¡Altísimo!

¡Yo veo!

Se arroja al suelo como vencido por la emoción…

Postrado, dando las gracias.

Con las manos puestas sobre su cara, para proteger los ojos;

apretadas contra las sienes…

Por ansia de ver…

Por el sufrimiento de la luz…

Y repite:

–              Veo!

¡Veo!

¡Ésta es entonces la tierra!

¡Ésta es la luz!

¡Ésta es la hierba que conocía sólo por su frescura!…

Mientras estruja entre sus dedos, unas hojuelas de pasto…

Y su grito se transforma en uno de júbilo:

–                   ¡Oh, Altísimo!

¡Yo veo!

¡Veo!

¡Veo!

¡Esta es la tierra!

¡Ésta, la luz!

Luego va hacia el arroyo.

Lo mira correr, exclamando:

–                  ¡Y ésta el agua!…

¡Así la sentía entre los dedos, (mete la mano) fría!

Que no puede apresarse, pero no la conocía…

¡Qué bella!

¡Qué bello!

¡Qué bello es todo!

Levanta su cara y ve un árbol…

Se acerca.

Lo toca.

Extiende su mano y toma una ramita…

La mira.

Contempla asombrado todo lo que está a su alrededor…

Ríe, ríe.

Se pone una mano sobre la frente y mira el firmamento, el sol.

Y las lágrimas bajan de sus virginales párpados abiertos, para contemplar el mundo.

Repitiendo admirado:

–              ¡Oh!

¡Altísimo!

¡Yo veo!

Se arroja al suelo como vencido por la emoción…

repitiendo:

–              Veo!

¡Veo!

¡Ésta es entonces la tierra!

¡Ésta es la luz!

¡Ésta es la hierba que conocía sólo por su frescura!…

Mientras estruja entre sus dedos, unas hojuelas de pasto…

Baja los ojos a la hierba, donde se balancea el tallo de una flor.

Y se ve a sí mismo reflejado en el agua que corre del manantial…

Se mira y dice:

–                       ¡Así soy!

Admirado contempla una tórtola que ha venido a beber un poco más allá…

A una cabra que arranca las hojas de un rosal silvestre.

A una mujer que viene a la fuente con su hijito en el pecho.

Aquella mujer le recuerda a su madre, cuya cara todavía no conoce.

Y levantando los brazos al Cielo,

grita:

–                       Te bendigo, ¡Oh Altísimo!

Por la Luz, por mi madre y por Jesús.

Y corre dejando tirado su bastón, que ya no necesita.

Los dos que lo siguieron, no esperaron a ver todo esto.

Apenas vieron que el joven ve, se fueron ligeros a la ciudad.

José por su parte, se queda hasta el final.

Y cuando el ex-ciego pasa rápido delante de él y entra en las callejuelas del suburbio de Ofel.

Sale de su lugar y se dirige a la ciudad, muy pensativo…

702 Corazón Circuncidado


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

509a El anciano sacerdote Nathán acogido con los apóstoles y discípulos que han huido del Templo.

Mannahém y Jonathán se preparan a obedecer.

Pero Jesús detiene a Jonatán preguntándole:

–                ¿Entonces vuelves a Galilea?

–                Sí, Maestro.

El día después del sábado.

Me manda mi patrón.

–              ¿Tienes sitio en el carro?

–               Voy solo, Maestro.

–                Entonces llevarás contigo a Margziam y a Isaac.

Tú, Isaac, sabes lo que debes hacer.

Y tú también, Margziam…

Isaac con su pacífica sonrisa;

Margziam con un temblor de llanto en la voz y en los labios,

simultáneamente responden:

–                Sí, Maestro.

Jesús lo acaricia.

Y Margziam, olvidando todo comedimiento, se deja caer sobre su pecho,

diciendo:

–               ¡Dejarte…!

¡Ahora que te persiguen todos!…

¡Oh, Maestro mío!

¡No volveré a verte!…

Has sido todo mi Bien.

¡Todo he encontrado en Ti!…

¿Por qué me mandas irme?

¡Déjame morir contigo!

¿Qué crees que me importe ya la vida, si no te tengo a Ti?

–                Te digo a ti lo que le he dicho a Nique.

La obediencia es amor.

El pastor discípulo se despide:

–                ¡Me voy!

¡Bendíceme, Jesús!

Jonathán se marcha con Mannahém, con Nique y las otras tres mujeres.

También los otros discípulos se marchan en pequeños grupos.

Sólo cuando la habitación -antes muy llena- casi se vacía, se nota la falta de Judas de Keriot.

Y muchos se sorprenden, porque estaba allí poco antes y no ha recibido ningún encargo.

Para impedir comentarios,

Jesús dice:

–                Habrá ido a comprar para nosotros.

Y sigue hablando con José de Arimatea y Nicodemo…

Que son los únicos que junto con los once apóstoles y Margziam, se han quedado.

Margziam está al lado de Jesús con la avidez de disfrutar de Él estas últimas horas.

De esta manera Jesús está entre Margziam jovencito y Marcial niño;

morenitos, delgaditos, igualmente infelices en su niñez…

E igualmente recogidos en nombre de Jesús por dos buenos israelitas.

José de Seforí y su esposa se han eclipsado prudentemente, para dejar libre al Maestro.

Nicodemo pregunta:

–               ¿Quién es este niño?

–               Es Marcial.

Un niño que José ha tomado como hijo.

–               No lo sabía.

–               Nadie, o casi nadie, lo sabe.

José observa:

–               Muy humilde, ese hombre.

Otro habría sacado a relucir su acción.

–               ¿Tú crees?…

Marcial, ve a enseñarle la casa a Margziam…

Y una vez que los dos se han marchado,

Jesús sigue hablando:

–                Estás en un error, José.

¡Qué difícil es juzgar con justicia!

–                Pero, Señor…

Recoger a un huérfano, porque está claro que es un huérfano…

Y no jactarse de ello, es humildad.

–                El niño, lo dice su nombre…

No es de Israel…

–                ¡Ah, ahora entiendo!

Hace bien entonces en tenerlo oculto.

–                Pero ha sido circuncidado…

–                No importa…

Ya sabes…

También Juan de Endor estaba circuncidado…

Y fue para Ti ocasión de censura.

José, que además es galileo, podría tener problemas a pesar de la circuncisión.

Hay muchos huérfanos también en Israel…

La verdad es que con ese nombre…

Y con el aspecto…

–                  ¡Hay que ver!

¡Sois todos «Israel», incluso los mejores;

incluso cuando hacéis el bien no comprendéis y no sabéis ser perfectos!

¿No entendéis todavía que Uno solo es el Padre de los Cielos…

Y que todas las criaturas son hijas suyas?

¿No entendéis todavía que el hombre puede recibir un único premio o un único castigo,

que sean verdaderamente premio o castigo?

¿Por qué haceros esclavos del miedo a los hombres?

¡Ah!

Esto es el fruto de la corrupción de la Ley divina tan trabajada,

tan oprimida por leyezuelas humanas,

que se llega a ofuscar y a oscurecer incluso el pensamiento del justo que la practica.

¿Acaso en la Ley mosaica y por tanto, divina;

o en la premosaica únicamente moral, surgida por inspiración celeste;

está escrito que el que no era de Israel no podía entrar a formar parte de él?

¿No se lee en el Génesis (Génesis 17, 12):

«Cumplidos ocho días, todo niño varón que esté entre vosotros sea circuncidado;

tanto el nacido en casa como el comprado, aunque no sea de vuestra estirpe, sea circuncidado»?

Esto estaba escrito.

Cualquier otro añadido es vuestro.

Se lo he dicho a José y os lo digo a vosotros.

Pronto ya no tendrá excesiva importancia la circuncisión antigua.

Una nueva y más verdadera, será aplicada…

Y en parte más noble.

Pero mientras la primera siga y vosotros por fidelidad al Señor,

la apliquéis al varón nacido de vosotros o adoptado por vosotros,

no os avergoncéis de haberlo hecho en carne de otra estirpe.

La carne es del sepulcro, el alma es de Dios.

Se circuncida la carne, al no poder circuncidar lo que es espiritual.

Pero la señal santa resplandece en el espíritu.

Y el espíritu es del Padre de todos los hombres.

Meditad en esto.

Sigue un momento de silencio.

Luego José de Arimatea se levanta y dice:

–                 Me marcho, Maestro.

Ven mañana a mi casa.

–                No.

Es mejor que no vaya.

Nicodemo ofrece:

–                  Entonces a la mía.

A la casa que está en el camino que del monte de los Olivos va hacia Betania.

Allí hay paz y…

–                 Tampoco.

Iré al monte de los Olivos.

Para orar…

Mi espíritu busca soledad.

Os ruego que me consideréis disculpado.

–                Como quieras, Maestro.

–                Y…

No vayas al Templo.

La paz a ti.

–                La paz a vosotros.

Los dos se marchan…

Santiago de Zebedeo exclama:

–                 ¡Yo quisiera saber a dónde ha ido Judas!

–                Yo diría que donde los pobres.

–                ¡Pero está aquí la bolsa!

–                No hagáis caso…

Vendrá…

Vuelve María de José con unas lámparas,

porque la luz ya no rompe el espesor de la plancha de mica puesta como lucernario en la espaciosa habitación.

Y vuelven los dos chicos.

Margziam dice:

–              Estoy contento de dejarte con uno que tiene casi mi nombre.

Así, cuando lo llames a él, te acordarás de mí.

Jesús lo estrecha contra sí.

Vuelve también Judas a quien le ha abierto la criada.

Entra seguro de sí, sonriente, atrevido….

Diciendo:

–                Maestro, quería ver…

La tempestad está calmada.

He acompañado a las mujeres…

¡Qué miedosa esa jovencita!

No te he dicho nada, porque me lo habrías impedido.

Y quería comprobar si había peligro para Ti.

Pero ya ninguno piensa en ello.

El sábado vacía las calles.

Jesús dice:

–               Bueno, bien.

Ahora vamos a estar aquí en paz y mañana…

Los apóstoles gritan:

–                ¡Ya no querrás ir al Templo!

–                No.

A nuestra sinagoga, donde hay buenos galileos fieles.

701 El Sacerdote Nathán


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

509 El anciano sacerdote Nathán acogido con los apóstoles y discípulos que han huido del Templo.

En la casa de José de Séforí.

Pedro entra y cae en el mismo estado de abatimiento en que cayó en el Jordán,

después de vadear en Betabara:

Se relaja derrengado en el primer asiento que encuentra y mete la cabeza entre las manos.

Los otros no están tan abatidos.

Pero sí turbados, pálidos.

Desconcertados, lo están todos;

unos más, otros menos.

Los hijos de Alfeo, Santiago de Zebedeo y Andrés,

casi no responden al saludo de José de Seforí y de la mujer de éste.

La cual llega con una anciana criada, trayendo pan caliente y alimentos varios.

Margziam presenta signos de haber llorado.

Isaac acude hacia Jesús, le toma la mano y se la acaricia,

susurrando:

–              Igual que en la noche de la matanza…

Y otra vez salvo.

¡Oh, mi Señor, hasta cuándo?

¿Hasta cuándo podrás salvarte?

Éste es el grito que abre las bocas.

Y todos confusamente hablan;

refiriendo los maltratos, las amenazas, los miedos sufridos…

Otro golpe en la puerta.

Judas dice:

–             ¿Oye, no nos habrán seguido?

¡Por eso os dije que viniéramos en pequeños grupos!…

Bartolomé concede:

–              Hubiera sido mejor, sí.

Los tenemos siempre pisándonos los talones.

Pero ya…

José aunque con pocas ganas, va personalmente a mirar por el ventanillo…

Mientras su mujer dice:

–              Desde la terraza podéis bajar a las cuadras y de allí al huerto de atrás.

Os lo voy a mostrar…

Pero mientras se encamina,

su marido exclama:

–              ¡El Anciano José!

¡Qué honor!

Abriendo la puerta, deja entrar a José de Arimatea.

Que saluda diciendo:

–              Paz a ti, Maestro.

Estaba y he visto…

Saliendo yo del Templo profundamente asqueado, Mannahém me ha encontrado.

Y no poder intervenir, no poder hacerlo, para serte más útil y…

¡Oh!

¿Estás también tú aquí, Judas de Keriot?

Tú podrías hacerlo…

Tú que eres amigo de tantos.

¿No sientes el deber de hacerlo, tú que eres su apóstol?

Judas replica:

–             Tú eres discípulo…

–              No.

Si lo fuera, lo seguiría como le siguen otros.

Soy un amigo suyo.

–              Es lo mismo.

–              No.

También Lázaro es amigo suyo.

Y no querrás decir que es discípulo…

–              En el alma, sí.

–              Todos los que no son diablos son discípulos de su Palabra;

porque la sienten palabra de Sabiduría.

La pequeña disputa entre José y Judas de Keriot se agota.

Mientras José de Seforí, comprendiendo ahora -no antes- que algo malo ha sucedido…

Pregunta a éste o a aquél con interés y muestras de dolor.

Recibidas las respuestas exclama:

–               ¡Hay que decírselo a José de Alfeo!

¡Eso hay que decirlo!

Y encargaré…

¿Qué quieres, José?

Pregunta volviéndose al Anciano, que le ha tocado el hombro para llamar su atención.

José de Arimatea responde:

–             Nada.

Sólo quería felicitarte por tu buen aspecto.

Éste es un buen israelita.

Fiel y justo en todo.

¡Sí, yo lo sé!

De él se puede decir que Dios lo ha probado y conocido…

Otra llamada a la puerta.

Los dos José se dirigen juntos hacia ella para abrirla.

José de Arimatea se inclina para decirle al oído algo al otro…

Que reacciona con un gesto de viva sorpresa y se vuelve un momento a mirar hacia los apóstoles.

Luego abre la puerta.

Nicodemo y Mannahém entran, seguidos de todos los pastores-discípulos presentes en Jerusalén.

O sea, de Jonathán y de los que fueron discípulos de Juan el Bautista.

Junto con ellos, está el sacerdote Juan con otro muy anciano y Nicolái.

Y al final de todos, las discípulas.

Nique con la jovencita que le ha sido confiada por Jesús.

Analía con su madre.

Se quitan el velo que esconde sus caras y aparecen sus rostros turbados.

Jonathán pregunta:

–               ¡Maestro!

¿Pero qué te está sucediendo?

Lo he sabido…

Antes por la gente que por Mannahém…

La ciudad está llena de estas voces, como una colmena de zumbidos.

Nique informa:

–               Los que te aman te buscan con solicitud en los lugares donde piensan que estás.

Claro, también han ido a tu casa, José…

Yo misma estaba yendo a las casas de Lázaro…

¡Esto es demasiado!

¿Cómo te has salvado?

Jesús responde:

–                 La Providencia ha velado en defensa de Mí.

No lloren las discípulas;

antes bien, bendigan al Eterno y fortalezcan el propio corazón.

A todos vosotros, gracias y bendiciones.

No está del todo muerto el amor en Israel.

Y ello me consuela.

Nicodemo dice:

–               Sí.

Pero no vayas más al Templo, Maestro.

Durante mucho no vayas.

¡No vayas!

Las voces son unánimes al decir estas palabras.

Y el angustioso «no vayas» retumba entre las robustas paredes de la vieja casa,

con voz de suplicante advertencia.

El pequeño Marcial, escondido en alguna parte, siente ese rumor…

Curioso, acude y mete la carita en la fisura de la cortina.

Al ver a María va donde ella y se refugia entre sus brazos por temor a la reprensión de José de Seforí.

Pero José está demasiado intranquilo y ocupado en escuchar a uno o a otro;

en aconsejar, en aprobar, etc. como para ocuparse de él.

La anciana María le ha dicho algo al niño…

Éste va donde Jesús y echándole los brazos al cuello, lo besa.

Jesús le coge con un brazo y lo arrima a Sí;

mientras responde a los muchos que le dicen lo que creen que sea mejor hacer.

–              No.

No me muevo de aquí.

A casa de Lázaro que me esperaba, id vosotros a decir que no puedo.

Yo, galileo y amigo de años de la familia, me quedo aquí hasta el ocaso de mañana.

Y luego…

Pensaré a dónde ir…

Pedro dice:

–                  Siempre dices esto.

Y luego vuelves allá.

Pero ya no te dejaremos ir.

Yo al menos.

Verdaderamente te he creído perdido…

Y dos lágrimas se le forman de nuevo, en la comisura de sus ojos abombados.

El anciano que acompaña al sacerdote Juan;

Sentencia:

–               Nunca he visto una cosa así.

Y ya basta.

Esto me ha hecho decidirme.

Si no me rechazas…

Estoy ya demasiado viejo para el altar, pero para morir por Ti valgo todavía.

Y moriré si hace falta, entre el vestíbulo y el altar, como el sabio Zacarías;

o como Onías, defensor del Templo y del Tesoro (2 Crónicas 24, 17-22; 2 Macabeos 4, 30-35)

Moriré fuera del sagrado recinto al que he consagrado mi vida.

¡Pero Tú me abrirás un lugar más santo!

¡No, no puedo seguir viendo la abominación!

¿Por qué mis viejos ojos han tenido que ver tanto?

¡La abominación vista por el Profeta (Daniel 9, 27; 11, 31; 12, 11) está ya dentro de los muros y sube!

¡Sube como un movimiento de aguas que la riada empuja para sumergir a una ciudad!

¡Sube, sube!

Invade los patios y los pórticos, supera los escalones, penetra más adelante.

¡Sube! ¡Sube!

¡Choca ya contra el Santo!

¡La ola fangosa lame ya las piedras que pavimentan el sagrado lugar!

¡Ensombrece los exquisitos colores!

¡Ensucia ya el pie del Sacerdote!

¡Moja la túnica!

¡Empapa el efod!

¡Vela las piedras del racional y ya no se pueden leer las palabras!

¡Oh! ¡Oh!

Las ondas de la abominación suben hasta el rostro del Sumo Sacerdote y lo embadurnan.

Y la Santidad del Señor está debajo de una costra de fango.

La tiara es como un tejido caído en un pantano lodoso.

¡Fango!

¡Fango!

¿Pero sube desde fuera?

¿O es que desde lo alto del Moriah rebosa cayendo sobre la ciudad y sobre todo Israel?

¡Padre Abraham! ¡Padre Abraham!

¿No querías encender allí el fuego del sacrificio (Génesis 22, 1-18)

para que resplandeciera el holocausto del corazón fiel?

¡Ahora, donde debía haber fuego, brota lodo a borbotones!

Isaac está en medio de nosotros y el pueblo lo inmola.

Pero si pura es la Víctima…

Si pura es la Víctima…

Emponzoñados están los sacrificadores.

¡Anatema sobre nosotros!

¡Encima del monte el Señor verá la abominación de su pueblo!…

¡Ah!…

El hombre cae abatido al suelo, se cubre la cara…

Y rompe en un desolado llanto de anciano.

El sacerdote Juan explica:

–                 Te lo traía…

Hace mucho que quiere…

Pero hoy, después de lo que ha visto, nadie podía retenerlo…

El anciano Nathán tiene frecuentemente espíritu profético.

Y si bien la vista de sus pupilas se vela cada vez más, la de su espíritu cada vez más se ilumina.

Acepta a mi amigo, Señor.

–                  No rechazo a nadie.

Levántate sacerdote.

Y eleva el espíritu.

En lo alto no hay fango.

El fango no toca a quien sabe estar arriba.

El anciano sacerdote, lleno de reverencia y adoración…

Postrado como está;

toma el borde extremo de la túnica de Jesús y lo besa;

antes de levantarse.

Las mujeres, especialmente Analía, todavía lloran en su velo conmovidas.

Las palabras del anciano aumentan su llanto.

Jesús las llama.

Y ellas desde su rincón, van cabizbajas hasta el Maestro.

Si Nique y la madre de Analía saben reprimir el llanto y tenerlo casi escondido;

Analía la joven discípula solloza abiertamente;

sin contención respecto a quienes la observan no con el mismo sentimiento.

La madre dice:

–               Perdónala, Maestro.

Te debe la vida y te ama.

No soporta pensar que te dañen.

Y además se ha quedado tan…

Sola y tan…

Triste después de que…

Parte por los sollozos, parte por vergüenza o por otros motivos;

Analía objeta:

–                ¡No, no es por eso!

¡No, no es por eso!

¡Señor!

¡Maestro!

¡Salvador mío! Yo…

Yo…

Analía no logra hablar.

Judas dice:

–               Ha temido represalias porque es discípula.

Sin duda es por eso.

Muchos se marchan por ese motivo…

La jovencita se rebela con fuerza a la insinuación de Judas.

Diciendo:

–               ¡No!

¡Menos todavía por eso!

Tú no comprendes nada, hombre.

O es que prestas tu pensamiento a otros.

Pero Tú, Señor, sabes por qué lloro.

Mi temor ha sido que hubieras muerto y que no te hubieras acordado de la promesa…

Finaliza con un suspiro.

Jesús le responde:

–                 Nunca olvido.

No temas.

Ve a tu casa tranquila a esperar la hora de mi triunfo y de tu paz.

Ve.

De un momento a otro se pondrá el sol.

Retiraos, mujeres.

Y la paz sea con vosotras.

Nique dice:

–               Señor…

No querría dejarte.

–                La obediencia es amor.

–                Es verdad, Maestro.

¿Pero por qué no yo también como Elisa?

–                Porque tú me eres útil aquí, como ella en Nob.

¡Ve, Nique, ve!

Que algunos hombres acompañen a las mujeres, para que no sean importunadas.

700 Ideas Imperfectas


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

508a El pequeño Marcial-Manasés acogido por José de Seforí.  

Jesús con Juan, llega hasta una casa vieja que a la vez es una bodega y un almacén.

La puerta es alta y estrecha.

En ella hay tres escalones que los años han consumido.

Es la casa de José de Séforis…

Es una casa estrecha y alta.

Al lado tiene un almacén bajo y maloliente lleno de mercancías apiladas.

Junto a éste hay un patio, oscuro a causa de las paredes que se alzan por encima de él.

Un patio con aspecto casi de posada (como eran entonces las posadas):

Pórticos para las mercancías, cuadras para los burros…

Cuartos o grandes estancias, para los huéspedes.

Aquí hay un patio malamente adoquinado;

un pilón, dos cuadras bajas y oscuras, un rústico cobertizo que hace de pórtico, adosado a la casa.

Con una portezuela que da al almacén.

Al lado de éste está la casa: vieja, oscura.

Con una puerta alta y estrecha que se abre sobre tres peldaños de piedra consumida por el uso.

Juan llama a la puerta y espera…

Hasta que un ventanillo se abre y una cara rugosa de anciana escruta desde la penumbra…

Que al descubrirlo, dice:

–                ¡Oh, Juan!

Abro en seguida.

Dios sea contigo.

Y la puerta se abre con mucho ruido de cerrojos.

Juan dice:

–                  No estoy solo, María.

Está conmigo el Maestro.

–                  La paz también a Él, honor de Galilea.

Y feliz el día que trae los pies del Santo a la casa de un verdadero israelita.

Entra, Señor.

Voy inmediatamente a avisar a José.

Está haciendo las últimas entregas…

Porque el ocaso viene solícito en el triste Etanim.

Jesús responde:

–                 Déjalo con su trabajo, mujer.

Nos vamos a detener hasta mañana.

–                 Gran alegría para nosotros.

Te esperábamos desde hacía tiempo.

Y también, hace días tu hermano José ha mandado a alguien para pedir noticias tuyas.

Pero mi marido te explicará mejor.

Pues aquí puedes estar…

Te dejo, Señor, porque estoy ultimando el pan.

Antes del ocaso debe estar cocido.

Para cualquier cosa que quieras, Juan sabe dónde encontrarme.

–               Ve en paz.

No nos hace falta nada, aparte de hospedarnos.

Se quedan solos durante un tiempo.

Luego una carita de tez morena, se asoma por la cortina que separa de un pasillo la habitación…

Dando una ojeada, tímida y curiosa al mismo tiempo.

Jesús pregunta:

–               ¿Quién es ese niño?

Juan responde:

–                No lo sé, Señor.

No estaba las otras veces.

La verdad es que desde que estoy contigo, aquí, por el padre mío, no he vuelto.

Y volviéndose hacia el niño, lo llama:

Ven aquí, niño.

El niño se acerca con pasos cortos.

–              ¿Quién eres?

–               No te lo digo.

–              ¿Por qué?

–               No quiero que se me digan cosas feas.

Si las dices te contesto…

Y José no quiere.

–               ¡Esta si que es nueva!

Maestro, ¡Qué piensas Tú?

Y Juan ríe, divertido por las razones del hombrecito.

También Jesús sonríe.

Pero alargando su brazo, acerca hacia Sí al niño.

Lo observa.

Luego dice:

–               ¿Y tú sabes quién Soy?

–               ¡Sí que lo sé!

Eres el Mesías.

El que hará todo el mundo suyo.

Y entonces no se les dirá cosas feas a los niños como yo.

–               ¿No eres de Israel, verdad?

–               Soy circunciso…

Me hizo mucho daño…

Pero, pero hacía daño también el hambre y…

El no tener ya a mi mamá…

Ni a nadie…

Pero todavía hace daño el oír que se…

Que nos…

Y habiendo perdido toda la intrepidez inicial, llora.

–               Debe ser algún huérfano extranjero, Juan.

José debe haberlo recogido por compasión y circuncidado…

Explica Jesús a Juan, que está asombrado de las razones y del llanto.

Jesús levanta al niño y se lo pone encima de las rodillas.

Mientras dulcemente le dice:

–               Dime tu nombre, pequeño.

Yo te quiero.

Jesús quiere a todos los niños y especialmente a los huerfanitos.

Yo también tengo uno, que se llama Margziam y que….

–                 Yo también así, porque yo…

(la pequeña voz se hace susurro apenas perceptible)

Porque yo soy romano…

–               ¡Te lo había dicho!

¿Y eres huérfano, verdad?

–               Sí…

De mi padre no me acuerdo.

De mi mamá, sí.

Murió cuando yo ya era grande…

Me quedé solo y ninguno me quería consigo.

Caminé desde Cesárea a pie, detrás de los viandantes…

Después de que el patrón se marchó otra vez, lejos.

Tenía mucha hambre.

Y si decía mi nombre, palos…

Porque se comprendía por el nombre, ¡¿Eh?!

Luego vine aquí, durante una fiesta.

Y tenía hambre.

Entré en los establos con una caravana y me escondí entre la paja;

para comer el pienso y las algarrobas de los asnos.

Un burro me mordió y grité.

Vinieron y me querían pegar.

Pero José dijo:

«No, Él lo ha hecho y dice que se haga lo que Él hace.

Tomo al niño y lo haré israelita»

Me tomó consigo y me cuidó junto con María.

Me puso otro nombre, porque el mío…

Pero mi mamá me llamaba Marcial…

Y las lágrimas vuelven a brotar, junto con los sollozos.

–             Yo te llamaré Marcial, como tu mamá.

Es muy bueno lo que ha hecho José contigo.

Debes quererlo mucho.

–                  Sí.

Pero más a Ti.

Lo dice él.

Dice siempre: «Si un día te encuentras con Jesús de Nazaret, el Mesías.

Ámalo con todo tu ser, porque es por Él por quien estás salvado del error».

María decía allí a la criada, que estaba en casa el Mesías…

Y he venido para ver al que me había salvado.

Juan dice:

–              No sabía que José hubiera hecho esto.

Era tan… celoso…

Jamás habría pensado que pudiera…

¡Pobre José!

Celoso y desencantado de sus hijos.

No han respetado su pelo blanco.

–               Lo sé.

Pero, ¿Ves?

Quizás en este niño se renueva…

Y olvida.

Dios lo compensa así la obra hecha con el niño.

Y pregunta al niño:

–               ¿Cómo te llamas ahora?

–               Con un feo nombre.

No me gusta aunque sólo sea porque empieza como el mío:

¡Me llamo Manasés!…

Pero María que comprende, me llama «Man»

Y el niño lo dice con una carita tan acongojada…

Que Jesús y Juan no pueden contener la sonrisa.

Pero Jesús para consolarlo,

explica:

–               Manasés es un nombre que para nosotros tiene un dulce significado.

Quiere decir: «el Señor me ha hecho olvidar todo dolor»

José te lo ha puesto queriendo significar que tú le vas a hacer olvidar todos sus dolores.

Y lo harás pequeño.

Para mostrarle agradecimiento.

Tú mismo con el nuevo nombre, te dices que el Señor te ha amado tanto,

que te ha dado un nuevo padre, una madre y una casa.

¿No es verdad?

–              Sí.

Explicado así, sí…

Pero José dice que debo olvidar también mi casa.

¡No quiero olvidar a mi mamá!

Jesús mira a Juan.

Juan mira al Maestro.

Y por encima de la cabecita morena hay toda una conversación de miradas…

–              No se debe olvidar a la propia mamá, niño.

José se ha explicado mal.

O mejor: tú has comprendido mal.

Sin duda quería decir que debes olvidar todo el dolor de tu pasado…

El dolor de tu casa, porque ahora tienes ésta y tienes que ser feliz.

–                 ¡Ah, así sí!

María es buena y me hace feliz.

Ahora me está haciendo las tortas.

Voy a ver si están hechas y te las traigo también a Ti.

Se desliza hasta el suelo desde las rodillas de Jesús y corre afuera de la habitación.

El ruido de los piececitos descalzos se pierde en el largo pasillo.

Jesús dice:

–               ¡Esta tendencia persiste siempre, incluso en los mejores de nosotros!

¡Pretender lo imposible!

¡Son más severos que Dios, los hijos de su pueblo!

¡Pobre niño!

¿Se puede acaso, pretender que un hijo olvide a la madre porque ahora sea circunciso?

Se lo voy a decir a José.

–                No tenía ninguna noticia de que hubiera hecho esto.

Mi padre, como muchos galileos, baja aquí durante las fiestas.

Y no me ha hablado, como no sabiendo la cosa…

¡Ah!

Oigo la voz de José…

Jesús se pone en pie y Juan hace lo mismo.

Preparados ambos para saludar con los debidos honores al jefe de la casa…

Que entra y a su vez hace profundas reverencias;

para terminar arrodillándose a los pies de Jesús,

que le indica:

–               Levántate José.

He venido.

Ya lo ves.

José obedece, disculpándose:

–               Perdona si te he hecho esperar.

¡El viernes es siempre un gran día!

A ti la salud, Juan.

¿Tienes noticias de Zebedeo?

–                No, desde los Tabernáculos.

Ahí le vi.

–                Pues ahora sabes que está bien.

Y lo mismo Salomé.

Noticias frescas de esta mañana, con la última carga de pescado.

Y también a Ti, Maestro.

Te puedo decir que todos tus parientes están bien en Nazaret.

Al día siguiente del sábado, el que ha venido partirá.

Por si queréis enviar noticias…

¿Estáis solos?

–               No.

Dentro de poco estarán aquí los otros…

–               ¡Bien!

Hay sitio para todos.

Ésta es una casa fiel.

Siento que María haya estado ocupada con el pan y yo con las ventas.

Dejados así solos…

No te hemos dado el honor ni ofrecido la compañía que corresponden al Huésped.

¡Y gran huésped!

–                   Un hijo de Dios como tú, José.

Todos iguales, los que siguen la Ley de Dios.

–             ¡No, no!

Tú eres Tú.

No soy un necio como estos judíos.

¡Tú eres el Mesías!

–               Por voluntad de Dios.

Pero por voluntad mía y deber, soy hijo de la Ley como tú.

–                  Los que te calumnian no saben decir ni hacer…

Lo que ahora dices y siempre haces.

–                 Pero tú haces mucho de lo que enseño.

He visto al niño, José.

–                 ¡Ah!

¿Lo has visto?

¡Ha venido!

¡Sabe que no quiero!

Por Ti…

Me agrada.

Pero podías no haber sido Tú…

–               ¿Y entonces?

¿Qué habría sucedido?

–               Que…

¡Bueno, que no me gusta!

–               ¿Por qué, José?

¿Por no recibir alabanzas?

Tu idea es encomiable;

pero el niño podría pensar que te avergüenzas de mostrarlo…

–               ¡Y es verdad!

–              ¿Es verdad?

¡Por qué?

Explícame esto.

–                Pues mira…

El niño no ha nacido hebreo de hebreos, ni siquiera de prosélitos.

Tampoco de mujer hebrea y padre gentil.

Es hijo de los romanos.

Libertos de casa de un romano que estaba en Cesárea Marítima…

Y que había tenido consigo al niño mientras estuvo allí.

Pero cuando partió, no se ocupó de él y se quedó solo.

Los hebreos, naturalmente no lo acogieron.

Los romanos…

Tú sabes lo que son los romanos…

¡Y además esos romanos de Cesárea!

El niño, mendigando…

–               Sí.

Lo sé.

Llegó hasta aquí y tú lo acogiste.

Dios ha escrito tu acción en el Cielo.

–               ¡Y hecho de él un circunciso!

Le he cambiado el nombre.

¡El suyo!

¡Pagano!

¡Idólatra!

Pero no quiero que esté a la vista de la gente y que recuerde su pasado.

Dulcemente, Jesús pregunta:

–                ¿Por qué, José?

El niño sufre por esto.

Se acuerda de su madre.

¡Es comprensible!

–               Pero también es comprensible mi deseo de no ser criticado;

por haber acogido a un…

Jesús lo interrumpe,

diciendo:

–                A un inocente.

Solamente esto, José.

¿Por qué temes el juicio de los hombres,

cuando un juicio más alto, el divino, sanciona tu acto como santo?

¿Por qué te avergüenzas, por respeto humano o temor a represalias, de una acción buena?

¿Por qué quieres dar al niño una muestra de doblez como la que surge,

de haberle cambiado el nombre, de ahogar el pasado buscando, por miedo, evitar un daño?

¡Por qué quieres inculcar en el niño el desprecio hacia su padre y su madre?

Mira José, has hecho una acción digna de alabanza, pero la cubres de polvo con estas…

Ideas imperfectas.

Has imitado un gesto mío.

Has acogido mis palabras.

Esto está bien.

¿Pero por qué no haces perfecta mi imitación cumpliendo abiertamente la obra y diciendo:

«Sí, el niño era romano.

Y yo no me he espantado de ello, porque es hijo del Creador como nosotros.

Lo único, he querido que estuviera dentro de nuestra Ley y lo he circuncidado?

En verdad…

La verdadera circuncisión está llegando y la nueva incisión se hará en el corazón de los hombres;

de donde será extirpado el anillo estrangulador de la ternaria concupiscencia.

Así que, si…

Bueno si el niño hubiera seguido en su ingenuidad hasta ese momento…

Pero no quiero reprenderte por esto.

Has hecho bien, tú hebreo, haciéndolo hebreo.

Pero déjale su nombre.

¡Cuántos Marciales, Cayos, Félix, Cornelios, Claudios, etc. serán del Cristo y del Cielo!

Puede estar él también entre ellos, el niño que no sabe de hebreos ni de gentiles;

el niño que llegará a la eterna mayoría de edad, cuando la verdadera y nueva Ley,

quede fundada con el nuevo Templo y con los nuevos sacerdotes.

Y no como tú crees…

Sino examinado por Dios y hallado digno de su verdadero Templo.

Déjalo con el nombre que su madre le dio.

Es una caricia materna todavía para él.

Comprendo lo que has querido decir llamándolo Manasés, pero déjale Marcial.

Y a quien te pregunte puedes decirle:

«Sí, es Marcial;

casi como el discípulo del Cristo, al que le dio el nombre María».

Sé valiente en el bien, José.

Y serás grande, muy grande.

–            Maestro…

Como Tú quieras.

No quiero causarte desagrado.

¡Y crees que…

He hecho bien también como hombre?

–               Has hecho bien.

Tu dolor te ha hecho bueno.

Por lo cual, es bueno todo lo que has hecho.

Y también esto.

Unos golpes en la puerta de la calle interrumpen la conversación.

699 La Misión de Juan


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

508 Juan será la luz de Cristo hasta el final de los tiempos. 

Los dos hijos de Alfeo, Juan y Tomás, están conversando sobre la casa de un cierto José…

Que es un viejo galileo de Seforí, amigo de los hijos de Alfeo y especialmente de los mayores;

porque era amigo y también un poco pariente, del viejo y ya difunto Alfeo.

Aunque está también muy relacionado con los hijos de Zebedeo, por el comercio del pescado seco,

que desde el lago de Genesaret se lleva a la capital, junto con los otros productos de Galilea

estimados por los galileos desarraigados que están en Jerusalén.

Jesús está un poco detrás, con Mannahém…

Al que da el encargo de ir donde José de Arimatea y donde Nicodemo…

Con el ruego de que vayan a verlo.

Mannahém ejecuta esto enseguida.

Jesús se reúne todavía un momento con los tres,

para recomendar una vez más que sean prudentes en lo que dicen…

«por amor hacia el levita que los ha puesto a salvo»

Luego se separa y con pasos largos, empieza a caminar siguiendo un sendero…

Pero pronto le da alcance Juan.

Jesús pregunta:

–               ¿Por qué has venido?

–               No podíamos dejarte así solo…

Y he venido yo.

–               ¿Y crees que podrías defenderme tú solo, contra tantos?

–               No estoy seguro.

Pero al menos moriría antes de Ti.

Y eso me bastaría.

–                Morirás mucho tiempo después de Mí, Juan.

Pero no te sientas contrariado por ello.

Si el Altísimo te deja en el mundo, es para que le sirvas y sirvas a su Verbo.

–               Pero después…

–               Después servirás.

¡Cuánto deberías vivir para servirme como nuestros dos corazones querrían!

Pero incluso después de muerto me servirás.

–                ¿Cómo lo voy a hacer, Maestro mío?

Si estoy contigo en el Cielo te adoraré.

Pero no podré servirte en la Tierra una vez que la haya dejado…

–               ¿Estás seguro?

Bueno pues te digo que me servirás hasta mi nueva venida, hasta la Venida Final.

Muchas cosas aridecerán antes de la última hora…

Cuales ríos que se secan y pasan a ser tierra polvorienta y pedruscos secos,

después de haber sido bonito curso de agua azul y saludable.

Pero tú serás todavía río, con el sonido de mi palabra y el reflejo de mi luz.

Serás la suprema luz que quede para recuerdo de Cristo.

Porque serás luz enteramente espiritual.

Y los Últimos Tiempos serán lucha de tinieblas contra luz, de carne contra espíritu.

Los que sepan perseverar en la Fe encontrarán fuerza, esperanza, confortación…

En lo que dejarás después de ti y que será todavía tú mismo…

Y que sobre todo, será todavía Yo mismo, porque Yo y tú nos queremos.

Y donde tú estás Yo estoy y donde Yo estoy tú estás.

Prometí a Pedro que la Iglesia, que tendrá como cúspide y como base mi Piedra,

no será desarticulada por el Infierno, con sus repetidos y cada vez más feroces asaltos.

Mas ahora te digo que aquello que será todavía Yo mismo.

Y que tú dejarás como luz para quien busca la Luz, no será destruido.

A pesar de que el Infierno trate y tratará de cancelarlo, usando todos los modos.

Te digo más: Incluso aquellos que crean en Mí imperfectamente;

porque aun recibiéndoMe a Mí, no recibirán a mi Pedro, (Alude Jesús a los futuros protestantes)

Acudirán siempre a tu faro, como barquichuelos sin piloto y sin brújula;

que se dirigen hacia una luz en medio de su tempestad.

Porque luz quiere decir todavía salvación.

–             ¿Pero qué es lo que dejaré, Señor mío?

Yo soy…

Pobre…

Ignorante…

Tengo sólo el amor…

–             Eso es lo que dejarás: el Amor.

El amor hacia tu Jesús será palabra.

Y muchos, muchos, incluso entre aquellos que no pertenezcan a mi Iglesia;

que no sean de iglesia alguna, pero que busquen luz y consuelo;

movidos por el aguijón de su espíritu insatisfecho y por la necesidad de compasión en las penas;

irán a ti y me encontrarán a Mí.

–                  Quisiera que los primeros en encontrarte fueran estos crueles judíos;

estos fariseos y escribas…

Pero no sirvo para tanto…

–                  No entra cosa alguna donde ya hay llenura.

Pero no te desalientes.

Tú…

Bueno, ya llegamos donde José.

Llama.

Vamos a entrar.

698 Escape del Templo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

507f El gran debate con los judíos. 

Todo se convierte en arma en las manos de los que odian.

Mientras el último que ha preguntado al Maestro se entrega a toda una mímica de escandalizado horror…

Se quita violentamente la prenda que cubre su cabeza.

Se alborota el pelo y la barba.

Se desata las hebillas que sujetan la túnica al cuello, como si se sintiera desfallecer del horror.

Puñados de tierra y piedras…

Usadas por los vendedores de palomas y otros animales para tener tensas las cuerdas de los cercados.

Por los cambistas para…

Prudente custodia de sus arquetas, de las que se muestran más celosos que de la propia vida…

Vuelan contra el Maestro.

Y naturalmente caen sobre la propia gente;

porque Jesús está demasiado dentro bajo el pórtico, como para ser alcanzado.

La gente impreca y se queja…

El único medio para hacerlo llegar hasta una puertecita baja, escondida en el muro del pórtico…

Y ya preparada para abrirse…

Zacarías el levita, da un fuerte empujón a Jesús;

lo impulsa rápido hacia la puerta, a la par que a los dos hijos de Alfeo, Juan, Mannahém y Tomás.

Los otros se quedan afuera, en el tumulto…

Y el rumor de éste llega debilitado a la galería;

que está entre unos poderosos muros de piedra,

que no es posible recordar cómo se llaman en arquitectura.

Están construidos con técnica de ensamblaje, con piedras anchas y piedras más pequeñas.

Y encima de éstas, sobre las pequeñas, las anchas, y viceversa.

Oscuras, fuertes, talladas toscamente;

apenas visibles en la penumbra producida por estrechas aspilleras, puestas arriba a distancias uniformes,

para ventilar y para que no sea completamente tenebroso este lugar.

Ya que es una angosta galería tal vez construida para circunstancias como esta;

ya que circunda todo el patio.

Es una eficaz protección, un refugio y para hacer dobles y por tanto,

más resistentes los muros de los pórticos;

que forman como cinturones de protección para el Templo propiamente dicho, para el Santo de los Santos.

Hay olor de humedad…

De esa humedad que no se sabe decir si es frío o no, como en ciertas bodegas.

Tomás pregunta:

–                 ¿Y qué hacemos aquí?

Tadeo responde:

–                   ¡Calla!

Me ha dicho Zacarías que vendrá…

Que lo esperemos aquí.

Estando callados y parados.

–                Pero…

¿Podemos fiarnos?

–                Eso espero.

Jesús consuela confortando:

–               No temáis.

Ese hombre es bueno.

Afuera, el tumulto se aleja.

Pasa un tiempo.

Luego se escucha un rumor de pasos y se ve una pequeña luz trémula que se va acercando…

Desde profundidades oscuras.

Luego se oye una voz que quiere ser oída pero teme que la oigan.

Preguntando:

–               ¿Estás ahí, Maestro?

Suavemente, Jesús responde:

–               Sí, Zacarías.

–               ¡Alabado sea Yeohveh!

¿He tardado?

He tenido que esperar a que corrieran todos hacia las otras salidas.

Ven, Maestro…

Tus apóstoles…

He podido decirle a Simón que vayan todos hacia Bethesda y que esperen.

Por aquí se baja…

Hay poca luz.

Pero camino seguro.

Se baja a las cisternas…

Y se sale hacia el Cedrón.

Camino antiguo.

No siempre destinado a buen uso, pero esta vez sí…

Y esto lo santifica…

Zacarías guía a su pequeño grupito.

Empiezan a caminar detrás de él.

Bajan continuamente…

En medio de sombras quebradas sólo por la llamita tembleteante de la lámpara;

hasta que un claror distinto se vislumbra en el fondo…

Y detrás el claror del verde, que parece lejano…

Llegan a una verja tan maciza y apretada que es casi una puerta.

Es el final donde termina la galería.

El levita discípulo, dice:

–                 Maestro, te he salvado.

Puedes marcharte.

Pero, escúchame:

No vuelvas durante un tiempo.

No podría servirte siempre sin ser notado.

Y…

Olvida, olvidad todos este camino.

Y a mí que os he guiado hasta aquí.

Dice Zacarías, moviendo unos artificios que hay en la pesada verja.

Y entreabriendo ésta lo indispensable para dejar salir a las personas.

Y repite:

–                 Olvidad, por piedad hacia mí.

–                 No temas.

Ninguno de nosotros hablará.

Dios esté contigo por tu caridad.

Jesús levanta la mano y la pone encima de la cabeza agachada del joven.

Sale, seguido de sus primos y de los otros.

Pronto se encuentran en un pequeño espacio llano, donde apenas caben todos;

agreste, con zarzas, frente al Monte de los Olivos.

Un senderito de cabras baja entre las zarzas hacia el torrente.

Jesús dice:

–                Vamos.

Subiremos luego a la altura de la puerta de los Ovejas.

Yo con mis hermanos iré a casa de José;

mientras vosotros vais a Bethesda por los otros y venís.

Iremos a Nob mañana al anochecer después del ocaso.

697 Yo Soy Quien Soy


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

507d El gran debate con los judíos. 

Jesús está hablando en el Patio de los Gentiles,

declara:

Dios grita en el corazón de los hombres:

«Es el Inocente».

De esto estáis todos convencidos.

Y vosotros que me acusáis, más todavía que estos otros,

que vacilan acerca de quién entre Yo y vosotros tiene razón.

Mas sólo el que es de Dios escucha las palabras de Dios.

Vosotros no las aceptáis a pesar de que resuenen en vuestras almas día y noche.

Y no las escucháis porque no sois de Dios.

–                 ¿Nosotros…

Nosotros que vivimos para la Ley,

y en la más minuciosa observancia de los preceptos para honrar al Altísimo, no somos de Dios?

¿Y Tú osas decir esto?

¡Ah!

Parecen ahogarse del horror, como si fuera un dogal.

–                 ¿Y no hemos de decir que eres un endemoniado y un samaritano?

–                 No soy ni lo uno ni lo otro.

Sino que honro a mi Padre, aunque vosotros lo neguéis para vilipendiarme.

Pero vuestro vilipendio no me aflige.

No busco mi gloria.

Hay quien se preocupa de ella y juzga.

Esto os digo a vosotros que me queréis denigrar.

Pero a los que tienen buena voluntad les digo que quien acoja mi palabra,

o ya la haya acogido y la sepa custodiar, no verá la muerte por los siglos de los siglos.

–                 ¡Ah!

¡Ahora vemos claro que por tus labios habla el demonio que te posee!

Tú mismo lo has dicho: «Habla como mentiroso»

Lo que acabas de decir es palabra mentirosa, por tanto es palabra demoníaca.

Abraham murió y murieron los profetas.

Y dices que el que guarde tu palabra no verá la muerte por los siglos de los siglos.

¡Entonces Tú no vas a morir?

–               Moriré sólo como Hombre, para resucitar en el tiempo de Gracia.

Pero como Verbo no moriré.

La Palabra es Vida y no muere.

Y quien acoge en sí la Palabra, tiene en sí la Vida y no muere para siempre;

sino que resucita en Dios porque Yo lo resucitaré.

–                 ¡Blasfemo!

–                 ¡Loco!

–                  ¡Demonio!

–                ¿Eres más que nuestro padre Abraham, que murió?

–                ¿Y que los profetas?

–                ¿Quién te crees ser?

–                El Principio que os habla.

Se produce un pandemónium.

Y mientras esto sucede…

El levita Zacarías empuja a Jesús insensiblemente hacia un ángulo del pórtico;

ayudado en ello por los hijos de Alfeo…

Y por otros que colaboran, casi sin saber siquiera lo que hacen.

Cuando Jesús está arrimado al muro y tiene delante de sí la protección de los más fieles.

Y un poco se calma el tumulto también en el patio…

Con su voz incisiva y hermosa, tranquila incluso en los momentos más agitados,

Jesús agrega:

–               Si me glorifico a Mí mismo, no tiene valor mi gloria.

Todos pueden decir de sí lo que quieran.

Pero el que me glorifica es mi Padre, el que decís que es vuestro Dios.

Si bien es tan poco vuestro que no lo conocéis y no lo habéis conocido nunca;

ni lo queréis conocer a través de Mí, que os hablo de Él porque lo conozco.

Y si dijera que no lo conozco para calmar vuestro odio hacia Mí,

sería un embustero como lo sois vosotros diciendo que lo conocéis.

Yo sé que no debo mentir por ningún motivo.

El Hijo del hombre no debe mentir, si bien el decir la verdad será causa de su muerte.

Porque si el Hijo del hombre mintiera,

ya no sería verdaderamente Hijo de la Verdad y la Verdad lo alejaría de Sí.

Yo conozco a Dios, como Dios y como Hombre.

Y como Dios y como Hombre conservo sus palabras y las acato.

¡Israel, reflexiona!

Aquí se cumple la Promesa.

En Mí se cumple.

¡Reconócedme en lo que Soy!

Vuestro padre Abraham suspiró por ver mi Día.

Lo vio proféticamente por una gracia de Dios y exultó.

Y vosotros en verdad lo vivís…

–              ¡Cállate!

–              ¡No tienes todavía cincuenta años…

Y pretendes decir que Abraham te ha visto y que Tú lo has visto?

Y su carcajada de burla se propaga como una ola de veneno o de ácido corrosivo.

–               En verdad, en verdad os lo digo:

Antes de que Abraham naciera, Yo Soy.

–                 “¿Yo soy?”

–                  Sólo Dios puede decir que es, porque es eterno.

–                  ¡No tú!

–                 ¡Blasfemo!

–                “¡Yo soy!”

–                 ¡Anatema!

–                ¿Eres, acaso, Dios para decirlo?

Esto último lo ha gritado uno que debe ser un alto personaje,

porque acaba de llegar y ya está cerca de Jesús…

Dado que todos se han apartado con terror cuando ha venido.

Con Voz de trueno,

Jesús responde:

–                  Tú lo has dicho.

696 Los Hijos de Satanás


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

507c El gran debate con los judíos. 

En el Templo de Jerusalén, en el Patio de los Gentiles…

Otro amplio rumor se propaga por el vasto recinto, como rumor de olas.

Pero en este rumor faltan las voces ásperas de los fariseos, escribas y de los judíos a ellos subyugados.

Jesús aprovecha para tratar de marcharse.

Pero algunos que estaban lejos se acercan a Él…

Y señalando a los enemigos, le dicen:

–                Maestro, escúchanos.

No todos somos como ellos, pero nos es costoso seguirte.

Incluso porque tu voz está sola;

contra una gran abundancia de voces que dicen lo contrario de lo que dices Tú.

Y las cosas que dicen…

Ellos son las que hemos oído a nuestros padres desde que éramos niños.

Pero tus palabras nos inducen a creer.

¿Cómo lograremos creer completamente y tener vida?

Estamos como atados por el pensamiento del pasado…

Jesús responde:

–                  Si os establecéis en mi Palabra como si renacierais ahora…

Creeréis completamente y seréis mis discípulos.

Pero es necesario que os despojéis del pasado y aceptéis mi Doctrina, que no borra todo el pasado;

sino que mantiene vigorizando lo santo y sobrenatural del pasado…

Y quita lo superfluo humano.

Colocando la perfección de mi Doctrina donde ahora están las doctrinas humanas, que siempre son imperfectas.

Si venís a Mí, conoceréis la Verdad.

Y la Verdad os hará libres.

–                  Maestro, es verdad que te hemos dicho que estamos como atados por el pasado.

Pero este vínculo no es cautiverio ni esclavitud.

Nosotros somos descendencia de Abraham.

En las cosas del espíritu.

Porque con «descendencia de Abraham», si no nos equivocamos;

se quiere significar descendencia espiritual contrapuesta a la de Agar, que es descendencia de esclavos.

¿Cómo es que dices, entonces, que seremos libres?

–                 Os hago la observación de que también era descendencia de Abraham Ismael y los hijos de él.

Porque Abraham fue padre de Isaac y de Ismael.

–                   Pero impura, porque era hijo de una mujer esclava y egipcia.

–                   En verdad, en verdad os digo que no hay más que una esclavitud:

La del pecado.

Sólo el que comete pecado es un esclavo.

Y esta esclavitud ninguna moneda la rescata.

Porque la domina un amo implacable y cruel.

Una esclavitud que incluye la pérdida de todos los derechos a la libre soberanía en el Reino de los Cielos.

El esclavo, el hombre hecho esclavo por una guerra o por desgracias, puede caer en manos de un buen amo.

Pero siempre es precaria su buena posición, porque el amo puede venderlo a otro amo, cruel.

El esclavo es una mercancía y nada más.

A veces sirve como moneda para saldar una deuda.

Y ni siquiera tiene el derecho a llorar.

El criado, sin embargo, vive en la casa de su señor, si bien sólo mientras éste no lo despide.

Pero el hijo se queda siempre en la casa de su padre y el padre no piensa en echarlo.

Sólo por su libre voluntad puede salir.

Y en esto está la diferencia entre esclavitud y servidumbre;

entre servidumbre y filiación.

La esclavitud encadena al hombre.

La servidumbre lo pone al servicio de un señor.

La filiación lo coloca para siempre y con igualdad de vida, en la casa del padre.

La esclavitud aniquila al hombre.

La servidumbre lo somete, la filiación lo hace libre y feliz.

El pecado hace al hombre esclavo del amo más cruel y sin término:

Satanás.

La servidumbre, en este caso la antigua Ley;

hace al hombre temeroso de Dios, como de un Ser intransigente.

La filiación;

o sea, el ir a Dios junto con su Primogénito, conmigo;

hace del hombre un ser libre y feliz, que conoce la caridad de su Padre y en ella confía.

Aceptar mi Doctrina es ir a Dios junto conmigo, Primogénito de muchos hijos preferidos.

Yo romperé vuestras cadenas.

Basta con que vengáis a Mí para que las rompa.

Y seréis verdaderamente libres y coherederos conmigo del Reino de los Cielos.

Sé que sois descendencia de Abraham.

Pero aquel de vosotros que trate de hacerme morir, ya no honra a Abraham sino a Satanás.

Y sirve a éste como fiel esclavo.

¿Por qué?

Porque rechaza mi Palabra;

de forma que mi Palabra no puede penetrar en muchos de vosotros.

Dios no fuerza al hombre a creer, no lo fuerza a aceptarMe;

pero me envía para que os indique cuál es su Voluntad.

Y Yo os refiero lo que he visto y oído al lado de mi Padre.

Yo hago lo que Él quiere.

Pero aquellos de vosotros que me persiguen,

hacen lo que han aprendido de su padre y lo que él sugiere.

Como paroxismo que resurge después de una pausa del Mal;

la ira de los judíos, fariseos y escribas, que parecía muy calmada, se despierta violenta.

Se van introduciendo como una cuña en el círculo compacto que aprieta a Jesús…

Tratando de acercarse a Él.

La masa de gente se mueve con vaivén de fuertes y contrarias ondas;

como contrarios son los sentimientos de los corazones.

Lívidos de ira y de odio,

le gritan los judíos:

–                  ¡El padre nuestro es Abraham!

–                  ¡No tenemos ningún otro padre!

Jesús responde:

–                  El Padre de los hombres es Dios.

El mismo Abraham es hijo del Padre universal.

Pero muchos repudian al Padre verdadero a cambio de uno que no es padre.

Pero lo eligen como tal,

porque parece más poderoso y dispuesto a contentarlos en sus deseos desordenados.

Los hijos hacen las obras que ven hacer a su padre.

Si sois hijos de Abraham…

¿Por qué no hacéis las obras de Abraham?

¿No las conocéis?

¿Os las debo enumerar como naturaleza y como símbolo? (Génesis 12; 13; 15; 18; 22)

Abraham obedeció, yendo al país que le fue indicado por Dios.

Y es figura del hombre que debe estar preparado para dejar todo e ir a donde Dios lo envíe.

Abraham fue condescendiente con el hijo de su hermano y le dejó elegir la región preferida.

Es figura del respeto a la libertad de acción y de la caridad que debemos tener para con nuestro prójimo.

Abraham fue humilde después de la predilección de Dios y lo honró en Mambré.

Se sintió siempre nada respecto al Altísimo, que le había hablado;

es figura de la postura de amor reverencial que el hombre debe tener siempre hacia su Dios.

Abraham creyó en Dios…

Y lo obedeció incluso en las cosas más difíciles de creer y penosas de cumplir…

Y por el hecho de sentirse seguro no se hizo egoísta, sino que oró por los de Sodoma.

Abraham no buscó un pacto con el Señor queriendo un premio por sus muchas obediencias;

sino al contrario, para honrarlo hasta el fin, hasta el máximo límite, le sacrificó su amadísimo hijo…

–                  No lo sacrificó.

–                  Le sacrificó su amadísimo hijo;

porque verdaderamente su corazón ya había sacrificado durante el trayecto;

con su voluntad de obedecer;

que fue detenida por el ángel,

cuando ya el corazón del padre se partía, estando para partir el corazón de su hijo.

Mataba al hijo por honrar a Dios.

Vosotros le matáis a Dios el Hijo por honrar a Satanás.

¿Hacéis vosotros las obras de aquel a quien llamáis padre?

No, no las hacéis.

Tratáis de matarMe a Mí porque os digo la verdad tal y como la he oído de Dios.

Abraham no hacía eso.

No trataba de matar la voz que venía del Cielo, sino que la obedecía.

No, vosotros no hacéis las obras de Abraham, sino las que os indica vuestro padre.

Un coro airado refuta:

–                 No hemos nacido de una prostituta.

–                 No somos espurios.

–                 Has dicho…

Tú mismo lo has dicho, que el Padre de los hombres es Dios.

–                 Nosotros además somos del Pueblo elegido.

–                 Y pertenecemos a las castas distinguidas de este Pueblo.

–                 Por tanto, tenemos a Dios como único Padre.

—                Si reconocierais a Dios como Padre en espíritu y en verdad, me amaríais…

Porque Yo procedo y vengo de Dios.

Ciertamente no vengo de Mí mismo, sino que es Él el que me ha enviado.

Por eso, si verdaderamente conocierais al Padre, me conoceríais también a Mí como Hijo suyo.

Y hermano y Salvador vuestro.

¿Pueden los hermanos no reconocerse?

¿Pueden los hijos de Uno solo no conocer el lenguaje que se habla en la Casa del único Padre?

¿Por qué entonces, no comprendéis mi lenguaje y no toleráis mis palabras?

Porque Yo vengo de Dios y vosotros no.

Vosotros habéis abandonado el hogar paterno.

Y habéis olvidado el rostro y el lenguaje de Aquel que lo habita.

Habéis ido voluntariamente a otras regiones, a otras moradas:

donde reina otro, que no es Dios.

Donde se habla otro idioma.

Y quien allí reina impone que para entrar, uno se haga hijo suyo y lo obedezca.

Vosotros lo habéis hecho y seguís haciéndolo.

Vosotros abjuráis, renegáis del Padre Dios para elegiros otro padre.

Y éste es Satanás.

Vosotros tenéis como padre al Demonio y queréis llevar a cabo lo que él os sugiere.

Los deseos del Demonio son de pecado y violencia.

Y vosotros los acogéis.

Desde el principio era Homicida.

Y no perseveró en la verdad.

Porque él, que se rebeló contra la Verdad, no puede tener en sí amor a la verdad.

Cuando habla, habla como lo que es.

O sea, como mentiroso y tenebroso, porque verdaderamente es mentiroso;

ha engendrado y ha dado nacimiento a la mentira;

tras haberse fecundado con la soberbia y nutrido con la rebelión.

Toda la concupiscencia está en su seno.

Vapor de soberbia que no dispersó, sino lo acogió y aumentó Y decidió NO SERVIR

La escupe y la inocula para envenenar a las criaturas.

Es el tenebroso, el menospreciador, el rastrero reptil maldito, es el Oprobio y el Horror.

Desde hace muchos siglos sus obras atormentan al hombre.

Las señales y frutos de ellas están ante las mentes de los hombres.

Y no obstante a él, que miente y destruye, le prestáis oídos;

mientras que si hablo Yo y digo lo que es verdad y es bueno…

No me creéis y me llamáis pecador.

¿Pero quién de entre los muchos que me han conocido, con odio o amor;

puede decir que me ha visto pecar?

¿Quién puede decirlo con verdad?

¿Dónde, las pruebas para convencernos a Mí y a los que creen en Mí de que soy pecador?

¿Contra cuál de los Diez Mandamientos he faltado?

¿Quién, ante el altar de Dios,

puede jurar que me ha visto violar la Ley y las costumbres,

los preceptos, las tradiciones, las oraciones?

¿Quién de entre todos los hombres podrá hacerme mudar el rostro por haber sido convencido,

con pruebas seguras, de pecado?

Ninguno puede hacerlo.

Ningún hombre y ningún ángel.

Dios grita en el corazón de los hombres:

«Es el Inocente»