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517 El Nido Caído


 517 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

430 El nido caído y el escriba cruel. La letra y el espíritu de la Ley.

Jesús va por un caminito boscoso,

en el que a una parte y a otra hay árboles y arbustos,

vestido de blanco, con su manto azul oscuro echado sobre los hombros.

Y una serie de senderillos corta la maraña verde.

Pero no debe ser un lugar solitario y lejano de alguna zona habitada,

porque a menudo se ven otras personas.

Se diría que es un camino que une dos pueblos cercanos…

Y que atraviesa las propiedades agrícolas de sus habitantes.

El lugar es llano, a lo lejos se ven unos montes.

Jesús, que iba hablando con los discípulos, se detiene y escucha con atención…

Y vuelve la mirada en torno a sí.

Luego toma una vereda del bosque.

Y camina hacia una espesura formada por pequeños árboles y arbustos.

Se agacha buscando algo…

Y encuentra.

En la hierba hay un nido quizá derribado por la tormenta…

Como hace pensar el hecho de que el suelo esté húmedo,

y las ramas aún goteen todavía, gotas de lluvia…

O tal vez agredido por mano de hombre y luego abandonado allí,

para evitar el ser sorprendido con la nidada en la mano.

Lo único que se puede observar es un pequeño nido hecho de heno entrelazado.

Y lleno de hojitas secas, de pelusas de árboles y de lana;

entre las cuales se mueven piando, cinco pajaritos de pocos días:

rojos, pelados, feos, con los ojos saltones

y sus picos abiertos totalmente.

Arriba en el árbol, chillan desesperados los que encobaban.

Jesús recoge con cuidado el nidito.

Lo mantiene en el cuenco de una mano y busca con la mirada el lugar donde estaba…

O donde lo puede poner seguro.

Encuentra unas ramas de zarza trenzadas, tan bien unidas, que parecen una cestita.

Y seguras por estar muy adentro en el follaje.

Primero da el nido a Pedro.

Y el apóstol de edad madura, tan ancho y robusto de constitución;

resulta muy curioso de ver con ese nidito en sus cortas y callosas manos.  

Jesús se recoge las anchas y largas mangas.

Y se afana en hacer todavía más defendido y cóncavo el trenzado de las zarzas…

Sin preocuparse de las espinas que le arañan los brazos.

¡Ya está!

Toma otra vez el nido y lo pone allí, en el medio.

Y lo asegura arrancando hilos de largas hierbas cilíndricas que parecen delgadísimos juncos.

Ahora está seguro.

Se separa y sonríe.

Luego pide un trozo de pan a un discípulo, que lleva una bolsa en bandolera.

Y desmigaja un poco de pan en el suelo, encima de una piedra.

Jesús ahora está contento.

Se vuelve para regresar al camino principal;

mientras los que encobaban, con chillidos de alegría,

se lanzan hacia el nido salvado.

Un pequeño grupo de hombres está parado al margen del camino.

Jesús se los encuentra delante.

Los mira.

Se borra la sonrisa de su rostro, que se pone muy severo y casi sombrío.

Mientras que cuando recogía el nido, era un rostro lleno de compasión…

y pleno de felicidad al verlo colocado.

Jesús se detiene a mirar a sus inesperados testigos;

pareciera mirar su corazón y sus pensamientos escondidos.

No puede seguir adelante, porque el grupito tapa el sendero.

Pero calla.

No así Pedro,

que dice:

–          Dejad pasar al Maestro.

Uno del grupo responde:

–          Calla galileo.

¿Tu Maestro cómo se ha permitido entrar en mi bosque y realizar una obra manual en sábado?

Jesús lo mira directamente con una expresión extraña.

Es y no es sonrisa.

Y si es sonrisa, no es ciertamente de aprobación.

Pedro está para replicar…

Pero Jesús toma la palabra:

–            Quién eres?

–            El amo de este sitio:

Yocaná ben Zaccái, Ilustre escriba.

–           ¿Y qué me echas en cara?

–            Haber violado el sábado.

–               Yocaná ben Zaccái…

¿Conoces el Deuteronomio?

–            ¿Me lo preguntas a mí?

¿A mí, que soy un verdadero rabí de Israel?

–            Sé lo que quieres decirme:

«Que Yo, porque no soy escriba, sino un pobre galileo, no puedo ser «rabí».

Pero, te pregunto otra vez:

«¿Conoces el Deuteronomio?»

–           Mejor que Tú ciertamente.

–            Respecto a la letra…

Ciertamente, si así quieres creerlo.

Pero, ¿Lo conoces en su verdadero significado?

–           Lo que está escrito está escrito.

No hay más que un significado.

–            En efecto, no hay más que un significado.

Y es de amor.

De misericordia, si no quieres llamarlo amor.

O también, si te repele llamarlo así, pues llámalo humanidad.

Y el Deuteronomio dice:

«Si ves que se pierde la oveja o el buey de tu hermano, aunque no sea vecino tuyo;

no pasarás de largo.

Antes bien los llevarás a él, o los tendrás contigo hasta que él venga por ellos».

Dice: «Si ves que se cae el asno o el buey de tu hermano, no hagas como si no hubieras visto;

antes bien ayúdale a levantarlos».

Dice: «Si encuentras en un árbol o por el suelo un nido con la madre encobando a los pequeñuelos

o a los huevos,

no tomarás a la madre (porque es sagrada para la procreación),

sino que tomarás sólo a los pequeñuelos». (Deuteronomio 22, 1-4 y 6-7)

Yo he visto en el suelo un nido.

Y a una madre que lloraba por él.

He sentido compasión porque era una madre.

Y le he restituido los pequeñuelos.

No he creído violar el sábado por haber consolado a una madre.

No se debe permitir que se pierda la oveja del hermano,

no dice la Ley si es culpa alzar a un asno en sábado;

dice sólo que usemos misericordia con el hermano y humanidad con el asno, criatura de Dios.

He pensado que Dios había creado a esa madre para que procreara.

Que ella había obedecido a la orden de Dios.

Y que impedirle criar a su prole, era poner obstáculo a su obediencia a una orden divina.

Pero tú, esto no lo comprendes.

Tú y los tuyos miráis a la letra y no al espíritu.

Tú y los tuyos no pensáis que violáis dos veces el sábado…

Es más, tres veces, rebajando la Palabra divina a la pequeñez de la mentalidad humana,

obstaculizando una orden de Dios y faltando de misericordia para con el prójimo.

Para herir con el reproche, no juzgáis que mover la lengua sin necesidad, está mal hecho.

Eso, que también es un trabajo…

Además inútil e innecesario y no bueno;

no os parece violación del sábado.

Yocaná ben Zaccái, escúchame.

De la misma forma que hoy no tienes piedad de una curruca.

Y por la práctica farisaica la harías morir de dolor…

Dejando morir de congoja a su prole, abandonada al alcance del áspid y del hombre perverso…

Así mañana no tendrás piedad de una madre y la harás morir de congoja,

haciendo que le maten a su prole, diciendo que es una cosa buena por respeto a tu ley.

A la tuya.

No a la de Dios.

A la que tú y los que son como tú os habéis dictado para oprimir a los débiles…

Y triunfar vosotros, los fuertes.

Pero, como puedes ver, los débiles encuentran siempre un salvador…

Mientras que los soberbios, los fuertes según la ley del mundo;

serán aplastados por el peso de su misma pesada ley.

Adiós, Yocaná ben Zaccái.

Recuerda esta hora y pon cuidado en no violar tú otro sábado…

Con la complacencia por un delito cumplido.

Y Jesús, fulminando las pupilas en el rostro encendido de ira del viejo iracundo.

Mirando al escriba desde arriba, porque éste es bajo y gordo;

mientras que Jesús parece una palma respecto a él.

Pasa pisando la hierba,

porque el escriba no se aparta…

Dice Jesús:

         He querido levantaros el espíritu con una visión verdadera, aunque no la contemplen los Evangelios.

Para vosotros que me leéis en este momento

la enseñanza es ésta:

Que siento mucha compasión de los pajarillos sin nido,

aunque en vez de llevar por nombre curruca, lleven por nombre María o Juan.

Y me preocupo de darles de nuevo un nido cuando un hecho los ha despojado de él.

Demasiados conocen las palabras de la Ley

(demasiados aun siendo pocos, porque todos deberían saberlas).

Pero únicamente conocen las “palabras».

No las viven.

Éste es el error.

El Deuteronomio prescribe leyes de humanidad porque los hombres,

entonces, eran, por puericia espiritual, inhumanos, semillas silvestres.

Había que llevarlos de la mano por los floridos senderos de la piedad, del respeto,

del amor hacia el hermano que pierde un animal,

hacia el animal que se cae, hacia el pájaro que encoba;

para enseñarles a ascender a piedad, respeto y amor más altos.

Pero, cuando vine Yo, perfeccioné las normas mosaicas y abrí horizontes más vastos.

La letra ya no era «el todo».

El espíritu pasó a ser «el todo».

Más allá del pequeño acto humano, respecto a un nido y a sus habitantes,

es necesario ver el significado que puse en mi gesto:

Inclinarme Yo, el Hijo del Creador, ante la obra del Creador.

Aquella nidada era también obra suya.

¡Oh, dichosos aquellos que en todas las cosas saben ver a Dios

y servirle con espíritu de amor reverente!

¡Ay de aquellos que, como la serpiente, no saben levantar la cabeza de su fango,

y no pudiendo entonar un canto de alabanza para Dios

manifestado en las obras de los hermanos,

muerden a éstos por un exceso de veneno que los ahoga!

Demasiados hay que torturan a los mejores,

diciendo como justificación de su perversidad

que está bien actuar así por respeto a la ley.

Ley suya. No de Dios,

que si no puede impedir sus obras malvadas, sabe vengar a sus «pequeñuelos».

Y esto es para aquellos a quienes hay que decírselo.

Mi Paz que vela, esté con vosotros.

 

516 El Indagador


516 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

429 Con Judas de Keriot en la llanura de Esdrelón.

Siguió lloviendo durante todo el día anterior y durante la noche.

ofreciendo un merecido descanso a los viajeros apostólicos;

porque la tierra está muy húmeda y en los caminos ya tiende al barro.

Pero en compensación, el ambiente está terso, sin rastro de polvo a ninguna altura.

Y el cielo luce casi nuevamente virgen, con aspecto primaveral por la tormenta que lo ha limpiado.

Junto con la tierra también regada, fresca, limpia.

También con un recuerdo de primavera,

en el frescor de esta aurora serena de después de la tormenta.

Y las últimas gotas, retenidas en la maraña del follaje…

O suspendidas de los zarcillos;

brillan como diamantes bajo el sol que las ilumina.

Mientras las frutas, limpias por el aguacero…

Muestran los colores de sus pieles que, con tonalidades de pintura al pastel…

Van tomando cada día más, los reflejos perfectos de la completa maduración.

Sólo las uvas y las aceitunas, en agraz, duras, se confunden entre el verde del follaje.

Pero cada aceitunita tiene su gotita suspendida en el extremo.

Y los apretados racimitos son toda una red de gotas, que cuelgan de los rabillos de los granos.

Pisando con gusto la tierra que no produce polvo, ni quema.

Y que tampoco está legamosa de barro.

Pedro dice:

–              ¡Qué bien se anda hoy!

Tadeo le responde:

–           Da la impresión de respirar con pureza.

¡Fíjate que color de cielo!

Zelote añade:

–            ¿Y aquellas manzanas?

Aquel grupo de allí, todas alrededor de esa rama, que no sé como puede soportar el peso.

¿Y que muestra bajo el racimo de las manzanas una mata de hojas?

¡Cuántos colores!

Aquéllas, las más escondidas, levemente esfumadas del verde al amarillo.

Con las otras ya rosadas.

Y las dos más expuestas completamente rojas en la parte que da al sol.

¡Parecen cubiertas de lacre!

Y caminan alegres, contemplando la belleza de la Creación.

Hasta que Judas Tadeo, seguido inmediatamente por Tomás y luego por los otros;

entona un salmo que celebra las glorias creativas de Dios.

Jesús sonríe al oírlos cantar contentos…

Y une su bella voz al coro.

Pero no puede terminar, porque Judas de Keriot, mientras los demás siguen cantando, se le acerca.

Y le dice:

–             Maestro, mientras ellos están ocupados y distraídos con el canto;

dime lo que hiciste.

¿Cómo, te fue en Cesárea?

Todavía no me lo has dicho…

Y es el primer momento en que podemos hablar a solas, de tú a tú.

Primero los compañeros, los discípulos y los campesinos que nos han recibido en su casa.

Luego los compañeros y los discípulos.

Ahora que los discípulos nos han dejado y se han adelantado los compañeros…

No he podido preguntarte nunca…

–            Mucho interés tienes…

De todas formas, en Cesárea hice lo mismo que voy a hacer en las propiedades de Yocaná:

Hablé de la Ley y del Reino de los Cielos.

–          ¿A quién?

–            A la gente de la ciudad.

Cerca de los mercados.

–            ¡Ah!

¿A los romanos, no?

¿No los viste?

–            ¿Cómo es posible estar en Cesárea, sede del Procónsul y no ver romanos?

–            Ya lo sé.

Pero yo digo…

Bueno…

¿Les hablaste expresamente a ellos?

–             Repito:

¡Mucho interés tienes!

–             No, Maestro.

Simple curiosidad.

–            Bien, pues hablé a las romanas.

–            ¿También a Claudia?

¿Qué te dijo?

–            Nada, porque Claudia no se ha presentado.

Es más, me hizo entender que no desea que se sepa que tiene contactos con nosotros.

Jesús marca mucho la frase y observa mucho a Judas…

El cual, a pesar de ser un descarado, cambia de color y tras un ligero rubor, se pone térreo.

Pero se rehace inmediatamente…

Diciendo:

–              ¿No quiere?

¿Ya no te considera?

Es una loca.

–             No.

No está loca, sino equilibrada.

Sabe distinguir y separar su deber de romana.

Y su deber hacia sí misma.

Y si para sí misma, para su espíritu, procura luz y respiro;

viniendo hacia la Luz y la Pureza,.

Siendo una criatura que busca instintivamente la Verdad y no halla paz en la mentira del paganismo;

no quiere perjudicar a la Patria, ni siquiera con formas teóricas;

como podrían ser el hacer que se piense que está de la parte de un posible rival de Roma…

–          Pero…

¡Tú eres Rey de espíritu!…

–            Pero de entre vosotros mismos, que sabéis esto, hay quien no sabe persuadirse de ello.

¿Puedes negarlo?

Judas vuelve a ponerse colorado y luego pálido.

No puede mentir…

Así que dice:

–           ]Nooo!

Pero es el exceso de amor lo que…

–           Con mayor razón quien no me conoce…

O sea, Roma puede temer en Mí a un rival.

Claudia actúa con rectitud, tanto hacia Dios como hacia su Patria.

Dándome honor a Mí;

si no como Dios;

sí como rey y maestro de espíritus.

Y mostrándose fiel a su Patria.

Admiro a los espíritus fieles.

Y justos.

Y no obstinados.

Quisiera que mis apóstoles merecieran la alabanza que doy a esta pagana.

Judas no sabe qué decir.

Está a punto de separarse del Maestro, pero se siente todavía incitado por la curiosidad.

Más que curiosidad, el deseo de saber hasta qué punto el Maestro sabe…

Y pregunta:

–            ¿Se interesaron por mí?

–             Ni por ti ni por ningún otro apóstol.

–             ¿Pero, entonces, de qué hablasteis?

–             De la vida casta.

Y de su poeta Virgilio.

Como puedes ver, no era un tema que tuviera que ver ni con Pedro ni con Juan ni con otros.

–             Pero…

¿Qué tenía que ver eso…?

Palabras inútiles…

–           No.

Me sirvió para hacerles considerar que el hombre casto tiene intelecto luminoso y corazón honesto.

Muy interesante para unas paganas…

Y no sólo para ellas.

–            Tienes razón…

Ya no te entretengo más, Maestro.

Judas se marcha, casi corriendo;

para alcanzar a los que ya han terminado de cantar.

Y ahora están esperando a los dos que se habían quedado atrás…

Jesús los alcanza más lentamente y se une al grupo.

Dice:

–           Vamos a tomar este sendero boscoso.

Acortaremos el camino y estaremos protegidos del sol, que ya toma nuevamente vigor.

Podremos también detenernos en la espesura y comer en paz entre nosotros.

Y así lo hacen.

Van hacia el noroeste, hacia las tierras de Yocaná…

Empiezan a hablar de los campesinos de este fariseo…

515 El Alma y el Libre Albedrío


515 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

428a Parábola de la viña y del viñador, figuras del alma y del libre albedrío.  

En un tupido bosque….

Disfrutando la sombra y la frescura de los árboles;

para escapar de la tórrida temperatura que prevalece en la llanura del Esdrelón;

están sentados los discípulos y los apóstoles, alrededor del Amado Maestro.

En el diálogo que generó la parábola de la Viña y los viñadores…

El discípulo Cleofás dice a Jesús:

–          Pero yo estoy hablando sin parar y no te dejo hablar a ti…

Nos has prometido una parábola…

Jesús responde:

–         Verdaderamente ya la has dicho tú.

Bastaría con aplicar tu conclusión y decir que las almas son como las vides…

–           ¡No, Maestro!

Habla Tú.

Yo… he dicho simplezas.

Y no podemos hacer por nosotros mismos la labor de aplicarlo…

–            De acuerdo.

Oíd.

Llegado el momento en que tuvimos una carne animal en el seno de nuestra madre,

Dios, en los Cielos, creó el alma para hacer a semejanza de Él al futuro hombre.

Y la puso en esa carne en formación en un seno materno.

Y el hombre, llegado su tiempo de nacer, nació con su alma,

la cual, hasta el uso de razón, fue como una tierra no cultivada por su dueño.

Pero, llegada la edad de la razón,

el hombre empezó a razonar y a distinguir el Bien y el Mal.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía una viña,

para cultivarla como él quisiera.

Y se dio cuenta de que tenía a un viñador encargado de esa viña:

Su libre arbitrio.

En efecto:

la libertad de guiarse, que Dios ha dejado al hombre hijo suyo,

es como un siervo idóneo dado por Dios al hombre hijo suyo,

para que le ayude a hacer fértil la viña, o sea, el alma.

Si el hombre no debiera trabajar con sus propias manos para hacerse rico,

para construirse un futuro eterno de prosperidad sobrenatural;

si hubiese tenido que recibir todo de Dios.

¿Qué mérito tendría por restaurarse de nuevo en santidad,

después de que Lucifer corrompió la santidad inicial,

dada gratuitamente por Dios a los primeros hombres?

Mucho es ya el que Dios conceda a las criaturas caídas por la herencia de la culpa

merecer el premio y ser santas,

LIBERTAD PELIGROSA que nos permite ejercer nuestra voluntad y ejercer el PAGANISMO, lejos de nuestro Padre y Creador.

volviendo, por voluntad propia,

a aquella naturaleza inicial de criaturas perfectas

que el Creador había dado a Adán y Eva, y a sus descendientes

si sus progenitores se hubieran conservado inmunes de la culpa original.

El hombre caído debe volver a ser hombre elegido, por su libre voluntad.

Ahora bien, ¿Qué sucede en las almas?

Esto:

El hombre confía su alma a su voluntad, a su libre arbitrio,

que se pone a trabajar la viña

que hasta entonces había sido un terreno sin plantas, bueno;

pero sin plantas duraderas.

Sólo gráciles hierbas y florecillas caducas habían estado esparcidas en aquélla:

Las bondades instintivas del niño que es bueno,

porque es todavía un ángel desconocedor del Bien y del Mal.

Diréis: «¿Durante cuánto tiempo permanece así?».

Generalmente se dice: durante los primeros seis años.

Pero verdad es que hay razones precoces,

siendo así que tenemos niños responsables de sus acciones antes de los seis años.

Tenemos niños responsables de sus acciones incluso a los tres o cuatro años;

responsables porque saben que eso es Bueno, y que eso es Malo,

y quieren libremente esto o aquello.

Cuando una criatura sabe distinguir la mala acción de la buena acción

ya es responsable.

No antes.

Por tanto, un subnormal, incluso a los cien años, es irresponsable;

pero se asumen su responsabilidad sus tutores, que deben velar amorosamente por él

y por el prójimo que puede sufrir daño por parte del subnormal o del loco,

a fin de que éste no se haga daño a sí mismo ni se lo haga a otros.

Pero Dios no imputa al subnormal o al loco culpa alguna,

porque, desgraciadamente para él, está privado de la razón.

Pero nosotros hablamos de seres inteligentes y sanos de mente y cuerpo.

Así pues, el hombre confía su viña sin cultivar a su trabajador: el libre arbitrio.

Y éste empieza a cultivarla.

El alma, la viña…

Tiene, no obstante voz, y se la hace oír al arbitrio.

Una voz sobrenatural, nutrida de voces sobrenaturales que Dios no niega nunca a las almas:

la del Custodio, la de los espíritus enviados por Dios, la de la Sabiduría;

la de los recuerdos sobrenaturales que toda alma recuerda

aun sin la percepción exacta por parte del hombre entero.

“Dios ha puesto en el hombre la conciencia además de la razón.

Y la conciencia tiene una voz propia que recuerda, advierte o amonesta.

Recuerda aquello que debería hacerse y aquello que no se debe hacer porque está mal.

Advierte que no se haga el mal, porque va contra toda ley natural y sobrenatural.

Amonesta por el mal hecho, moviendo a la reparación y al arrepentimiento.

Hace sentir que el mal obrado en la Tierra, provoca la pérdida de un premio futuro,

la pérdida del Bien supremo.

Esto hace la conciencia, porque, habiendo sido dada por Dios,

no puede sino mantener despierto o suscitar en la criatura el recuerdo de Aquel

que se la dio al hombre como guía.”

Y habla al arbitrio, con voz suave, incluso suplicante,

para rogarle que la adorne con buenas plantas,.

Que sea activo y sabio para no hacer de ella un zarzal agreste, malo, venenoso,

donde aniden serpientes y escorpiones.

Hagan su madriguera la zorra, la garduña y otros cuadrúpedos malos.

El libre albedrío no siempre es un buen cultivador;

no siempre vigila la viña y la defiende con un seto infranqueable…

O sea, con una voluntad firme y buena,

en actitud de defender al alma de ladrones y parásitos.

Y de todas las cosas perniciosas…

De los vientos violentos que podrían hacer caer las florecillas

de las buenas resoluciones apenas formadas en el deseo.

¡Oh, qué alto y fuerte deberá ser el seto,

que hay que levantar en torno al corazón para salvarlo del mal!

¡Qué atención hay que tener para que no sea forzado,

para que no abran en él grandes aberturas – puerta para disipaciones -,

ni encubiertas y pequeñas aberturas en su base,

por las que se introduzcan las víboras:

Los siete pecados capitales!

¡Cómo hay que escardar, quemar las malas hierbas, podar, mullir el terreno,

abonar con la mortificación, cuidar con el amor a Dios y al prójimo, la propia alma!

Vigilar con ojo abierto y luminoso…

Y con mente despierta, para que los majuelos que podían parecer buenos

no se manifiesten luego dañinos;.

Y si sucede esto, arrancarlos sin piedad:

mejor es una planta sola pero perfecta, que no muchas inútiles y dañinas.

Tenemos corazones, tenemos por tanto viñas siempre trabajadas,

plantadas de nuevas plantas por un desordenado cultivador

que hacina nuevas plantas:

Este trabajo, aquella idea, aquel deseo;

incluso no malos, pero que luego se dejan sin cuidar y se hacen malos;

caen al suelo, se degeneran, mueren…

¡Cuántas virtudes perecen por estar mezcladas con las sensualidades,

por falta de cultivo, por…

En conclusión, por no estar sostenido por el amor el libre arbitrio!

¡Cuántos ladrones entran a robar, a profanar, a devastar,

porque la conciencia duerme en vez de velar,

porque la voluntad se enerva y se corrompe.

porque el arbitrio se deja seducir.

Y siendo libre, se hace esclavo del Mal.

¡Fijaos, Dios lo deja libre!

¡Y el arbitrio se hace esclavo de las pasiones, del pecado…

de las concupiscencias;

en definitiva, del Mal!

Soberbia, ira, avaricia, lujuria, primero mezcladas,

luego triunfadoras sobre las plantas buenas…

¡Un desastre!

¡Cuánto ardor que reseca las plantas por no existir ya la oración

que es unión con Dios, y, por tanto,

rocío de benéfica linfa en el alma!

¡Cuánto hielo que destruye las raíces con la falta de amor a Dios y al prójimo!

¡Cuánta pobreza del terreno

por rechazar el abono de la mortificación, de la humildad!

¡Qué maraña inextricable de ramas buenas y no buenas,

por no tener el valor de sufrir por amputarse lo que es nocivo!

Éste es el estado de un alma que tiene como custodio y cultivador

un arbitrio desordenado y vuelto hacia el Mal.

Mientras que el alma que tiene un arbitrio que vive en el orden,

y por tanto en la obediencia de la Ley,

Que ha sido dada para que el hombre sepa lo que es el orden,

cómo es el orden y cómo se conserva.

Y que es heroicamente fiel al Bien….

Porque el Bien eleva al hombre y lo hace símil a Dios,

Amando como el Padre nos ama…

mientras que el Mal lo afea y lo hace símil al demonio.

Es una viña regada por las aguas puras, abundantes, útiles, de la fe

Y adecuadamente sombreada por los árboles de la esperanza,

y calentada por el sol de la caridad,

corregida por la voluntad, abonada por la mortificación, ligada con la obediencia,

podada por la fortaleza,

conducida por la justicia, vigilada por la prudencia y por la conciencia.

Y la gracia crece, ayudada por tantas cosas,

crece la santidad, y la viña viene a ser un maravilloso jardín al que baja Dios

a gustar sus delicias hasta que, conservándose la misma viña

siempre como jardín perfecto, hasta la muerte de la criatura;

Dios manda a sus ángeles que lleven este trabajo

de un libre arbitrio voluntarioso y bueno.

al grande y eterno jardín de los Cielos.

Ciertamente, vosotros queréis este destino.

Pues entonces velad para que el Demonio, el Mundo, la Carne

no seduzcan a vuestro albedrío y devasten vuestra alma.

Velad porque en vosotros haya amor, y no amor propio, que apaga el amor

y arroja al alma a merced de las distintas sensualidades y del desorden.

Velad hasta el final.

Y las tempestades podrán mojaros pero no dañaros.

Y cargados de frutos, iréis a vuestro Señor para el premio eterno.

He terminado.

Ahora meditad y descansad hasta el ocaso,

mientras Yo me retiro a orar.

Pedro dice:

–            No, Maestro.

No debemos tardar en ponernos en camino para llegar a las casas.

Varios protestan:

–         ¿Pero por qué?

–         ¡Falta tiempo hasta la puesta del Sol!

Pedro explica:

–         No estoy pensando ni en la puesta del sol, ni en el sábado.

Pienso que no pasará una hora sin que venga una furiosa tempestad.

¿Veis aquellas lenguas negras que aparecen lentamente por las montañas de Samaria?

¿Y aquellas tan blancas que vienen veloces galopando desde Occidente?

Un viento alto empuja a éstas.

Uno bajo, a las otras.

Pero, cuando estén aquí encima, el viento alto cederá al siroco.

Las nubes negras, cargadas de granizo, descenderán

y chocarán contra las blancas, cargadas de rayos…

¡Y ya oiréis la música!

¡Vamos, rápidos!

¡Soy pescador y leo el cielo!

Jesús es el primero en obedecer.

Y diligentes, todos se ponen a caminar hacia las alquerías del llano…

En el puente se encuentran con Judas,

que grita:

–           ¡Maestro mío!

¡Cómo he sufrido sin ti!

¡Alabado sea Dios, que ha premiado mi constancia esperándote aquí!

¿Cómo les ha ido por Cesárea?

Jesús responde brevemente:

–         Paz a ti, Judas.

Y añade:

«Hablaremos en las casas.

Ven, que la tormenta amenaza inminente».

Efectivamente, ya empiezan las oleadas de viento,

que levantan nubes de polvo por los caminos resecos:

El cielo ya se cubre de nubes de todas las formas y colores;

el aire se pone amarillo y cárdeno…

Ya empiezan a caer las primeras, escasas gotazas calientes;

ya surcan el cielo, que se ha puesto casi nocturno…

Los primeros relámpagos…

Se echan a correr.

Sólo sus buenas piernas,

estimuladas por el deseo de no quedar empapados por un aguacero,

les hace llegar a la primera casa cuando un diluvio de agua mezclada con granizo,

entre un estampido de saeta que cae poco lejos,

se abate sobre la zona, en medio de un gran olor a tierra mojada

y a ozono liberado por los relámpagos sin pausa…

Entran.

Por suerte, es una casa provista de pórticos

y habitada por campesinos que creen en el Mesías.

Con veneración invitan al Maestro a alojarse con sus compañeros:

«como si la casa fuera tuya.

Pero levanta tu mano para alejar el pedrisco, por piedad de nuestro trabajo»

Dicen arremolinándose alrededor de Jesús.

Jesús levanta la mano y señala los cuatro puntos cardinales…

Y del cielo baja sólo agua…

Para dar de beber a los huertos, a los viñedos, a los prados…

Y para purificar esa atmósfera tan cargada.

El cabeza de familia,

dice:

–               ¡Bendito seas, Señor!

¡Entra, mi Señor!

Y mientras sigue el chaparrón…

Jesús entra en una habitación grandísima, que parece ser un almacén.

Y se sienta cansado…

Rodeado de los suyos.

 

 

514 Parábola de la Viña


514 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

428 Parábola de la viña y del viñador, figuras del alma y del libre albedrío.

Mientras se adentra en un bosque para resguardarse del sol.

Jesús a los ex pastores,

les pregunta:

–          La paz a vosotros, amigos míos.

El Señor es bueno.

Nos concede reunirnos para un ágape fraterno.

¿A dónde ibais?

Daniel, el que fue pastor en el Líbano,

responde:

–         Unos hacia el mar, otros hacia los montes.

Pero hasta aquí hemos venido juntos y creciendo cada vez más en número,

por otros grupos que hemos encontrado por el camino.

Benjamín su compañero,

confirma:

–          Sí.

Y nosotros dos quisiéramos ir hasta el gran Hermón;

donde hemos pastoreado a los rebaños;

para pastorear corazones.

–            Es una buena idea.

Yo voy a estar un poco en Nazaret;

luego estaré entre Cafarnaúm y Betsaida hasta la neomenia de Elul.

Os lo digo para que en caso de necesidad, podáis encontrarMe.

Sentaos, pongamos en común nuestros alimentos para repartirlos con justicia.

Así lo hacen.

Extienden encima de un lienzo sus…

riquezas:

Tortas de pan, quesos pequeños, pescado salado, aceitunas,

algunos huevos, las primeras manzanas…

Y de la misma forma que han entregado alegremente…

Después del ofrecimiento y la bendición de Jesús.

Con alegría reparten.

¡Qué contentos están de este inesperado banquete de amor!

Inmersos en la alegría de escuchar a Jesús.

Que les hace preguntas acerca de las cosas que han hecho,.

Y que los aconseja o les cuenta lo que Él ha hecho.

Se han olvidado del cansancio y del calor.

Y a pesar de que esta hora tórrida de un día de bochorno…

Produzca un atontamiento de somnolencia.

El interés es tanto, que ninguno se abandona al sueño;

antes al contrario, terminada la comida;

recogidas las pocas provisiones que han sobrado.

Dividiéndolas en sendas partes iguales,

se retiran aún más hacia la espesura de las primeras arboledas del collado.

Y a la sombra fresca de los árboles… 

Sentados en círculo en torno a Jesús;

le ruegan que les exponga una bonita parábola,

que sirva como regla de vida y como enseñanza.

Jesús, que está sentado de forma que tiene enfrente la llanura de Esdrelón,

ya despojada de mieses…

Pero rica en viñas y árboles frutales.

Extiende su mirada por el paisaje como buscando un tema en lo que ve.

Sonríe.

Lo ha encontrado.

Empieza con una pregunta genérica:

–             ¿Verdad que son bonitas las viñas de esta llanura?

Varios contestan:

–            Muy bonitas.

–            Están increíblemente cargadas de uvas que maduran.

–            Y muy bien cuidadas.

–            Por eso producen tanto.

Jesús insinúa:

–             Pero serán plantas selectas…

«La llanura, estando casi toda dividida en propiedades de ricos fariseos,

ha sido cultivada con plantas buenas sin dolerse del precio de adquisición».

Cleofás, un hombre vigoroso, de unos cuarenta años,

dice:

–           ¡De nada hubiera servido el haber adquirido las mejores plantas,

si luego no hubieran seguido cuidándolas!

Yo entiendo de esto, porque todos mis bienes consisten en vides.

Pero, si no sudo yo.

O sea, si no hubiera sudado, como ahora siguen sudando mis hermanos;

créeme, Maestro;

que no podría ofrecerte para la vendimia racimos iguales que los del año pasado.

Otro apoya:

–         Tienes razón, Cleofás.

Todo el secreto para tener buenos frutos…

Está en el cuidado que se da a nuestros bienes.

Cleofás insiste:

–          Buenos frutos y buena ganancia.

Porque, si la tierra diera sólo lo que se ha gastado por ella,

sería siempre un mal empleo del dinero.

La tierra debe producir el fruto del capital que nos cuesta;

más una ganancia que nos permita aumentar nuestro patrimonio.

Porque hay que pensar que un padre debe repartir entre los hijos.

Y de unos bienes, sea en tierras o en dinero, debe hacer varias partes;

tantas como hijos tiene, para dar a todos con qué vivir.

No creo que multiplicar así los bienes en beneficio de los hijos,

sea una cosa reprochable.

Y se entabla un diálogo entre los dos discípulos,

pues el otro hombre replica:

–            No lo es si se consigue con el trabajo honrado y de forma honrada.

¿Entonces tú dices que, a pesar de la calidad de los vástagos plantados,

para sacar ganancia es necesario trabajar mucho en ellos?

–           ¡Hombre claro!

Antes de que den el primer racimo…

¡Porque tiene que pasar tiempo, eh!

Y por tanto hay que tener paciencia.

Y también hay que trabajar, mientras las cepas tiernas tienen sólo hojas.

Después también, cuando ya dan fruto y son fuertes…

Debemos estar atentos a que no tengan ramas inútiles ni insectos nocivos…

A que las hierbas parásitas no debiliten el terreno,.

O a que no se ahoguen los sarmientos bajo el follaje de las zarzas y de las enredaderas.

Luego mullir en la base, hacer los círculos para que el aguazo penetre…

Y las aguas se detengan un poco más que en otras partes para nutrir a la planta.

También abonar…

¡Trabajo duro!

Pero es necesario, aunque sea muy arduo…

Porque la uva, tan dulce;

tan espléndida que cada racimo parece una aglomeración de piedras preciosas,

se forma precisamente absorbiendo ese negro y fétido estiércol.

¡Parece imposible, pero es así!

Enseguida hay que quitar hojas, para dejar que baje el sol a los racimos.

Y terminada la vendimia, arreglar las plantas, atando, podando;

cubriendo las raíces con paja y excrementos para defenderlas del hielo.

E ir también en invierno,

a ver si los vientos o algún malandrín no han arrancado los palos…

Y si el tiempo ha soltado los mimbres usados para sujetar las ramas a los soportes…

¡Siempre hay cosas que hacer mientras la vid no muere del todo!…

Después hay que trabajar todavía, para sacarla de la tierra…

Limpiar el terreno de raíces para prepararla para recibir un nuevo vástago.

¿Sabes qué mano tan suave y paciente…

¡Qué movimientos tan delicados!

Y qué ojo tan fino hay que tener,

para desenredar los sarmientos de las plantas muertas,

mezclados con los de las plantas todavía vivas!

¡Si se hiciera con ignorancia y mano ruda, se harían daños!

¡Hay que dedicarse a este oficio para saber!…

¿Las vides?

¡Hombre, son como hijos!

¡Y antes de que un hijo se convierta en un hombre…!

¡Cuánto hay que sudar para mantenerlo sano de cuerpo y de espíritu!..

Cleofás se detiene repentinamente.

Mirando al Maestro,

agrega:

Pero yo estoy hablando sin parar y no te dejo hablar a Ti…

Nos has prometido una parábola…

Jesús dice:

–            Verdaderamente ya la has dicho tú.

Bastaría con aplicar tu conclusión…

Y decir que las almas son como las vides…

513 Una Intervención Providencial


 513 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

427a Bartolomé instruye a Áurea Gala.  

El alba se transforma en aurora.

Y quedándose con Jesús, Bartolomé, Pedro, Simón y Mateo…

Bartolomé advierte:

–           Está mal que la tenga Valeria.

Es pagana.

Jesús contesta:

–          No puedo decirle a Lázaro que la tome.

Mateo sugiere:

–            Está Nique, Maestro.

Pedro agrega:

–             Y Elisa…

Zelote:

–           Y Juana, es amiga de Valeria…

Valeria se la cederá con gusto.

Estaría en una casa buena.

Jesús piensa y calla.

Bartolomé decide:

–           Haz lo que te parezca…

Mientras mira que la niña con frecuencia vuelve atrás su cara.

Y añade:

–            Voy con ella…

Confía en mí, porque ya estoy viejo.

Me gustaría quedarme con ella.

Una hija más…

Da un suspiro profundo,

y agrega:

–           Pero no es de Israel…

Y se va el buen Nathanael, que es demasiado israelita.

Jesús lo mira y sacude su cabeza.

Zelote pregunta:

–              ¿Por qué eso Maestro?

Jesús replica:

–              Porque me causa dolor ver que aún los prudentes;

son esclavos de prejuicios…

Pedro se acuerda de las dificultades que hubo por la griega.

Tiene miedo de complicaciones por la presencia de la paganita entre ellos.

Y dice:

–             Pero, lo digo aquí entre nosotros.

Bartolomé tiene razón…

Y aún más, debe tomar sus providencias.

Acuérdate de lo que pasó con Síntica y Juan.

Y del viaje por el mar grande, para llevarlos a Antioquía.

Para que no suceda algo semejante…

Envíala a donde está Síntica…

Jesús contesta:

–              Dentro de poco, Juan morirá…

Síntica no está del todo instruida, para ser maestra de una niña como Áurea.

Y no es un ambiente apropiado…

Zelote insiste:

–             Y con todo, no puedes tenerla.

Piensa que Judas pronto se reunirá con nosotros.

Y Judas…

Permíteme que te lo diga, maestro…

 Es un lujurioso y un…

Uno que fácilmente habla, cuando puede obtener una ganancia…

 Y tiene demasiados amigos entre los Fariseos…

Pedro exclama:

–             ¡Exacto…!

Simón ha dicho la verdad.

También yo pensaba en lo mismo.

¡Haz lo que dice él, Maestro!

Jesús piensa y calla…

Pasan algunos minutos de silencio…

Luego Jesús los invita:

–             Oremos.

El Padre nos ayudará…

Y todos oran fervorosamente.

Para entonces el alba se ha teñido de colores.

Atraviesan un poblado.

La aurora se transforma en un amanecer esplendoroso.

Y el grupo regresa al camino que va entre los campos…

El sol se hace cada vez más fuerte y calienta mucho más.

Se detienen para comer a la sombra de un gigantesco nogal.

Se sientan a comer.

Y mirando a la niña que come sin ganas,

Jesús le pregunta:

–            ¿Estás cansada?

Dínoslo y nos detendremos.

Áurea responde:

–             No, no…

Vámonos.

Santiago de Alfeo dice:

–             Se lo hemos preguntado varias veces.

Pero siempre dice que no…

Áurea insiste:

–            Puedo.

Todavía tengo fuerzas.

Vámonos lejos…

Reanudan la marcha fatigosamente, por el gran calor, el polvo y la luz cegadora.

Luego empieza la subida a las primeras estribaciones del Carmelo.

Pero, a pesar de que aquí haya más sombra y más frescor…

Áurea va lentamente, tropezando a menudo.

Vuelven a caminar…

Y Áurea se acuerda de algo.

–             Tengo una bolsa.

Las señoras me dijeron:

La darás cuando empiecen los montes.’

Los montes están aquí.

Y la doy.

Jesús se detiene.

Ella busca en la alforja que Livia le dio.

Saca la bolsa y se la entrega al Maestro.

Jesús dice:

–            El óbolo…

No han querido que les diéramos las gracias.

Pedro reflexiona:

           Son mejores que nosotros…

Mirando a sus apóstoles,

Jesús dice:

–          Toma Mateo.

Guarda este dinero.

Nos servirá para hacer limosnas secretas…

Mateo pregunta:

–           ¿Debo decirlo a Judas de Keriot?

Jesús dice tajante:

–             ¡No!

–             Él va a ver a la niña…

Jesús no responde.

Continúan caminando con fatiga, debido al mucho calor, al polvo y al reverbero.

Comienzan a subir el Monte Carmelo.

Aunque aquí hay más sombra y está más fresco…

Áurea va tropezando con más frecuencia.

Bartolomé se acerca a Jesús:

–            Maestro, la niña tiene fiebre y está exhausta.

¿Qué hacemos?

Se consultan.

¿Detenerse?

¿Cargar con ella y seguir?

Sí. No.

Áurea se niega a detenerse.

Está colorada por la fiebre.

Ellos quisieran tomar en brazos a la niña…

Pero ella, heroica en su voluntad de alejarse,

repite su:

« ¡Puedo! ¡Puedo!»

Y quiere caminar por sí sola.

Está roja, tiene ojos febriles, está realmente exhausta.

Pero no cede…

Finalmente acepta que Bartolomé y Felipe le ayuden;

pero continúa caminando…

Al final deciden que es necesario al menos, llegar hasta el camino que va a Sicaminón,

para pedir ayuda a algún viandante que tenga cabalgadura o carro.

Pasan la colina y llegan al otro lado.

Están todos cansados verdaderamente.

Pero comprenden que es necesario seguir avanzando.

Y lo hacen…

Ya han superado la colina.

La llanura de Esdrelón está allá abajo y más allá…

Las colinas entre las que se encuentra Nazareth…

Continúan caminando y al pie de otra colina.

Ya casi en el llano, ven a un grupo de discípulos.

Están Isaac y Juan de Éfeso con su madre, Abel de Belén con la suya, los pastores Daniel y Benjamín,

el barquero José y muchos otros más.

Para las mujeres hay una carreta de la que tira un fuerte mulo.

Jesús exclama:

–                       ¡Es la Providencia que nos socorre!

Y ordena que todos se detengan.

Mientras va a hablar con ellos y sobre todo con las discípulas.

Las lleva aparte, junto con Isaac.

Y les cuenta algo de lo sucedido con Áurea:

–                       La arrebatamos a un inmundo amo.

Quisiera llevarla a Nazareth para curarla, porque está enferma de miedo y de cansancio.

Pero no tengo vehículo en qué hacerlo.

¿A dónde vais vosotros?

Isaac contesta.

–            A Belén de Galilea.

A la casa de Mirta.

Es imposible tolerar el calor de la llanura…

–           Id primero a Nazareth.

Os lo pido por caridad.

Llevadla a donde está mi Madre y decidle que dentro de tres días, estaré en casa.

La niña tiene fiebre y por eso no debéis hacer caso de sus delirios.

Os lo contaré después…

–                       Sí, Maestro.

Lo que Tú quieras.

Partimos al punto.

¡Pobrecita niña!

¿La azotaba?…

–           Quería profanarla.

–           ¿Cuántos años tiene?

–           Más o menos doce…

Mirta exclama:

–           ¡Un vil!

¡Inmundo!

Nosotros la cuidaremos con cariño.

Somos madres, ¿Verdad Noemí?

Noemí contesta:

–              Por supuesto, Mirta.

Señor, ¿La recibirás como discípula?

Jesús se queda callado por unos momentos.

Y luego dice:

–                       No lo sé todavía…

–             Si la recibes, estamos nosotras.

Yo no volveré a Éfeso.

He mandado a unos amigos para que liquiden todo.

Me quedo con Mirta…

Acuérdate de nosotras para la niña.

Tú nos has salvado a nuestros hijos.

Nosotras queremos salvar a esta niña.

–               Veremos más adelante…

isaac intercede:

–            Maestro, estas dos discípulas dan garantías de santidad…

–             No depende de Mí…

Venid con el carro.

Y Jesús retrocede, seguido por Isaac (que guía el carro) y por las dos mujeres.

La niña está echada en el prado, buscando instintivamente refrigerio entre la hierba,

para la fuerte fiebre…

Las dos discípulas dicen:

–              ¡Pobre criatura!

Pero no morirá, ¿Verdad?

La observan por unos momentos y…

Exclaman:

–             ¡Qué hermosa es!

–             ¡Qué niña más bonita!

Mirta la acaricia,

diciendo:

–            Querida, no tengas miedo.

Soy una mamá, ¿Sabes?

Las dos mujeres se inclinan sobre ella y muestran sus cuidados maternales…

Áurea no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, por la fiebre.

Noemí le dice:

–            Bonita, no temas.

Soy una mamá, ¿sabes?

Ven…

Sujétala, Mirta…

Áurea vacila…

Ayúdanos, Isaac.

Aquí donde hay menos traqueteos.

Poned el talego debajo de la cabeza…

Vamos a meterle debajo nuestros mantos…

Mirta siente su calor,

y exclama:

–            ¡Qué calentura!…

¡Pobre hija!…

Isaac, moja estos paños para ponérselos en la frente…

Y repite llena de compasión:

¡Qué fiebre, pobre hija!…

Las dos mujeres se muestras solícitas y maternales.

Áurea, obnubilada por el febrón, está casi ausente…

Pues realmente ha caído en la niebla de la inconsciencia.

Y entre todos la levantan y la acomodan en la carreta.

Pronto está todo listo…

Jesús dice:

–            Rogad mucho y no digáis nada a nadie.

¿Entendisteis?

A nadie.

Las dos mujeres afirman:

–          Así lo haremos.

Van con el carruaje.

Isaac guía.

Lo siguen Jesús y las mujeres.

Cuando Isaac levanta el látigo para partir,

le dice a Jesús:

–           Maestro, en el puente encontrarás, a Judas de Keriot.

Que te está esperando como un mendigo….

Él fue el que nos dijo que pasarías por aquí.

¡La paz sea contigo, Maestro!

¡Al anochecer estaremos en Nazareth!

El carruaje parte rápido…

Y…

Jesús dice:

–                       ¡Gracias sean dadas al Señor!…

Pedro y Zelote concuerdan:

–            Sí.

Bien para la niña y para Judas…

–            Mejor si no sabe nada…

Jesús indica:

–                Sí, es mejor.

Tanto, que pido a vuestro corazón un sacrificio:

Nos separaremos antes de llegar a Nazaret.

Vosotros, los del lago, iréis con Judas a Cafarnaúm.

Mientras Yo con mis hermanos, Tomás y Simón iremos a Nazaret.

–          Así lo haremos, Maestro.

¿Y a esos que te esperan qué les vas a decir?

–           Que teníamos urgencia de advertir a mi Madre de mi llegada…

Vamos…

Y va donde están los discípulos.

Que están demasiado felices por tener con ellos al Maestro,

que no hacen ninguna pregunta.

512 El Hombre-Dios


512 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

427 Bartolomé instruye a Áurea Gala.

Son tan precoces las albas estivas…

Que breve es el tiempo que media entre el ocaso de la Luna y la aparición del primer albor.

De manera que, a pesar de que hayan caminado ligeros;

la fase más oscura de la noche los sorprende todavía en las cercanías de Cesárea.

Y tampoco da suficiente luz una rama encendida de un arbusto espinoso.

Es necesario hacer un alto…

Incluso porque la jovencita, menos acostumbrada que ellos a caminar de noche;

tropieza a menudo en las piedras medio sepultadas en la arena, del camino.

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea.

Jesús dice:

–            Es mejor detenernos un poco.

La niña no ve y está cansada.

Castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín en un nuevo idioma, para hacerse entender…

La niña responde rápida:

–             No, no.

Si puedo…

Vámonos lejos, lejos, lejos…

Podría venir…

Por aquí pasamos para ir a esa casa.

Jesús trata de tranquilizarla:

–           Iremos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá.

No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos,

dice:

–             No tengas miedo.

A estas horas, ese romano está debajo de la mesa, borracho como una cuba,

convertido en una sopa de vino…

Pedro agrega:

–             Y estás con nosotros.

¡Todos te queremos!

No permitiremos que te hagan daño.

¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella.

Él tan corpulento, cuánto grácil y delicada es ella.

Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente estimulante, valiosa, admirada y más preciosa!

Entonces se escucha la voz llena de amor de Juan…

La jovencita, a la última luz de la improvisada antorcha;

Levanta sus maravillosos ojos azul verde como reflejo del mar,

con dos limpios iris aún brillantes por el llanto vertido con el terror de poco antes…

Es recelosa, pero, no obstante, de ellos se fía…

Juan le dice:

–           Eres una hermanita nuestra.

Y los hermanos defienden a sus hermanas.

Y cruza con ellos el arroyo seco que está pasado el camino.

Para entrar en una propiedad que termina allí en un tupido huerto.

Es noche oscura.

Cuando llegan a la arboleda,

se sientan y aguardan.

Los hombres se dormirían gustosos…

Pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace agarrarse convulsa al cuello de Bartolomé;

que quizás por parecer el más anciano, atrae su confianza y confidencia.

Por tanto es imposible dormir.

Bartolomé le dice:

–            No tengas miedo.

Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–           ¿Por qué?

Mientras sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–           Porque Jesús es Dios en la tierra.

Y Dios es más fuerte que los hombres.

–           ¿Dios?

¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–         ¡Pobre criatura!

Pero, ¿Cómo te educaron?

¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–            Sí.

A conservar blanco el cutis.

brillante la cabellera.

A obedecer a los patrones.

A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano…

Era feo y me daba miedo.

¡Todo el día tenía miedo!

En su casa siempre había unos ojos…

Siempre allí…

Cuando en el baño, en los vestidores dónde uno se viste;

en el cubiculum…

Siempre estaban unos ojos…

Y esas manos… ¡Oh!

¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!…

Y comienza a llorar.

Jesús dice:

–               No lo serás más.

¡Ya no recibirás más palos!

Ya no está el romano.

Ni están sus manos…

Lo que hay es la paz…

Felipe comenta:

–           ¡Es una crueldad!

Cómo a bestias y peor todavía…

Porque a una bestia le enseñas su oficio.

Y los otros comentan:

             ¡Pero qué horror!

¡Como a animales de valor, no más que como a animales!

Y peor todavía…

Porque un animal sabe al menos que le enseñan a arar.

O a llevar la montura y el bocado porque ésa es su función.

Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–            Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar.

Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–            De hecho te hizo feliz.

De una manera que nunca imaginó.

Feliz en la tierra y feliz en el Cielo.

conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos y cada uno,

meditan en las crueldades y los horrores del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–            ¿Me puedes decir que es Dios?

¿Y por qué Él es Dios?…

Después de una pausa agrega:

–            ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado.

Se toma de la barba con perplejidad.

Y dice lleno de incertidumbre:

–            Dios…

¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

¿Qué estás vacía de toda idea religiosa?

–            ¿Religiosa?

¿Qué es?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–           ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–           ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…

¡Altísima Sabiduría!

¡Me siento como uno que se está ahogando en un gran mar!

¿Cómo me las arreglo ante esta sima?

¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–          Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé.

Es un abismo, sí.

Pero vacío…

Y puedes llenarlo con la Verdad.

Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, serpientes.

Habla con la sencillez con que hablarías a un niño pequeño.

Y ella te entenderá mejor, como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–           ¡Maestro!

¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–           Podría.

Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo:

que las mías que son de Dios.

Y por otra parte es que…

Os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí.

Debéis pues aprender a hacerlo.

–          Es verdad.

Voy a intentarlo.

Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–            Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–           Si, señor.

hace siete años que…

Que las flores florecen sin ella.

Pero antes estaba con ella.

–           Está bien.

¿La recuerdas?

¿La amas?

Ella solloza con un:

–          ¡Oh!

Y da un pequeño grito.

El acceso de llanto unido a la exclamación lo dice todo.

–             ¡Pobre criatura!

No llores.

¡Pobre niña!

Escucha:

Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–              Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–             Sí.

Por tu familia…

El amor por tu familia.

Los pensamientos que guardas por ella.

El deseo que tienes de regresar a ella…

–            ¡Nunca más los veré…!

¡Ya nunca…!

–            Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia.

Las religiones, las ideas religiosas son el amor…

El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos;

a quienes amamos y anhelamos;

a quienes deseamos ver…

Ella señalando a Jesús,

pregunta:

–            Si yo creo en ese Dios que está allí.

¿Tendré una religión?…

¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–             ¡Bien!

¿Fácil qué cosa?…

¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–            En ambas cosas…

Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí.

El romano me nombraba muchos y juraba.

Decía:

‘¡Por la diosa Venus!

¡Por el dios Júpiter!

¡Por el dios Cupido!

Han de ser dioses malos, porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–            No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–           Pero yo no sé todavía que cosa es Dios.

Veo que es un hombre como tú…

Entonces es un Hombre- Dios.

¿Y cómo se hace para comprenderlo?

¿En qué aspecto es más fuerte que todos?

No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–           Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–           No, Nathanael.

Enseñas muy bien.

–           Lo dices porque eres bueno.

Busquemos otro modo de seguir adelante.

Se vuelve hacia la niña,

diciendo:

–         Oye niña…

Oye niña, Dios no es hombre…

Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grandes, que llenan el cielo y la tierra e iluminan todo.

Y todo lo ve, instruye todo y a todo da órdenes…

Y en todas las cosas manda…

–            ¿También al romano?

Entonces no es un Dios bueno.

¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–            Dios es bueno y da órdenes buenas.

A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos;

arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas…

Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–            Pero tú, sí.

–            Yo sí.

–            Si es más fuerte que todos…

¿Por qué no se hace obedecer?

¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido,

y exclama:

–           ¡Dios…!

¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–           Sigue.

Sigue, Bartolomé.

Eres un maestro muy competente.

Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos.

¿Y ahora ya no quieres seguir?…

¿Siendo un maestro tan sabio?

¿Y sabiendo decir con tanta sencillez los más altos pensamientos, tienes miedo?

¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–            Parece fácil cuando se te escucha.

Todas tus palabras están aquí dentro.

¡Pero sacarlas afuera cuando se debe hacer lo que Tú haces!…

¡Oh, miseria de nosotros los humanos!

¡Maestros inútiles!

¡Ay, míseros de nosotros, pobres hombres!

¡Qué maestros de tres al cuarto!

–            El reconocer la nulidad propia,

predispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–          Está bien, Maestro…

De todas formas vamos a intentar seguir adelante.

Se vuelve hacia ella, mirándola con ternura,

diciendo:

–           Escucha, niña…

Dios es fuerte, fortísimo.

Más que César.

Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…

Pero no es un amo despiadado que haga decir siempre que sí…

so pena del azote para quien no lo dice.

Dios es un Padre.

¿Te quería mucho tu padre?

–            ¡Mucho!

Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso.

Y Galia es mi patria.

Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo…

Y más que a la patria…

–          ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–           No. Jamás.

Cuando no me portaba bien, me decía:

‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–            ¡Eso!

Así hace Dios.

Es Padre, nos ama y llora si somos malos.

 

Pero no nos obliga a obedecerle.

Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horrendos…

–           ¡Oh, qué bueno!

El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla.

Y también el romano, irán a los suplicios.

¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael,

que contesta:

–           Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena.

Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–           ¿No?

¿Y cómo lograrlo?

–           Rogando por él.

–           ¿Qué es rogar?

–           Hablar con Dios diciéndole que lo amamos.

Y pidiéndole lo que necesitamos…

 Ella llevada por su coraje, con salvaje vehemencia,

exclama apasionadamente:

–          Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–          No.

No debes…

Jesús no te amará si dices así.

–           ¿Por qué?

–           Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–            Pero no puedo amarlos.

–           Pero puedes por ahora no pensar en ellos.

Trata de olvidarlos…

Luego, cuando Dios te instruya más…

Rogarás por ellos.

Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–           ¿Yo soy hija de Dios?…

¿Tengo dos padres?…

¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–          Todos los hombres son hijos de Dios, porque han sido hechos por Él.

¿Ves las estrellas allá arriba?

Las ha hecho Él.

¿Y estos árboles?

Los ha hecho Él.

¿Y la tierra donde estamos sentados?

¿Y aquel pájaro que canta?

¿Y el mar con su grandeza?

¡TODO!

¡Y a todos los hombres!

Y los hombres son más hijos que todo, porque son hijos por una cosa que se llama alma…

Y que es luz, sonido, mirada, no grandes como su luz, su sonido, su mirada, que llenan el Cielo y la Tierra;

pero hermosos de todas formas.

Y que no mueren nunca, como tampoco muere Él.

Porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

            ¿Dónde está el alma?

¿Tengo yo también un alma?

–             Sí.

En tu corazón.

Y es la que te ha hecho comprender que el romano era malo.

Y ciertamente no te hará desear ser como él.

¿No es verdad?

–            Sí…

Áurea reflexiona después del titubeante si…

Y luego con firmeza dice:

–             ¡Sí!

Era como una voz de dentro y una necesidad de que alguien me auxiliara…

Y con otra voz aquí dentro – pero esta era mía – llamaba a mi mamá…

Porque no sabía que existía Dios, que existía Jesús…

Si lo hubiera sabido, le habría llamado a Él con aquella voz que tenía aquí dentro.

Jesús interviene:

–              Has comprendido bien, niña.

Y crecerás en la Luz.

Yo te lo aseguro.

Cree en el Dios verdadero.

Escucha la voz de tu alma alma en la que no existe todavía una sabiduría adquirida,

pero en la que tampoco existe mala voluntad…

Y encontrarás en Dios a un Padre.

Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…

Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él,

Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–           Cerca de Ti.

¡Qué bien se siente uno al estar contigo!

No te separes de mí, Jesús…

Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo.

En Cesárea tuve miedo de hacerlo…

Me parecías sólo un hombre…

Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre.

Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–           Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–           Y Salvador.

¡Sí! Me salvaste…

–             Y te salvaré más.

Tendrás un nombre nuevo…

–            ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre?

El amo en la isla me llamaba Aurea Quintilia, porque nos dividían por color y por número.

Porque yo era la quinta rubia así…

Pero ¿Por qué no me dejas el nombre que me dio mi padre?

–            No te lo quito.

Llevarás, añadido a tu antiguo nombre, el nombre nuevo, eterno».

Isaías 43 2 : «Yo nunca te dejaré»

–            ¿Cuál?

–             Cristiana.

Porque Cristo te salvó…

Comienza a alborear.

Vámonos.

Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol,

y agrega:

–           ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos?

Hablaste muy bien.

La niña se instruirá fácilmente.

Se formará rápidamente en la Verdad.

Y ordena con suavidad:

–           Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor.

Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–           Voy enseguida.

Vete…

Obedece.

511 El Óbolo de Claudia


511 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426c La joven esclava salvada.

Pasan las horas.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas.

Ora…

Piensa… Espera.

No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

La Luna se eleva, levantándose cada vez más sobre el cielo estrellado.

Está perpendicular sobre la cabeza.

El mar retumba más fuerte y el agua del canal tiene un olor más intenso.

El cono de 1a Luna que hunde sus rayos en el mar se hace más amplio…

abrazando toda la balsa de agua que está frente a Jesús.

Y se pierde cada vez más lejano:

Senda de luz que desde los confines del mundo parece venir hacia Jesús, remontando el canal;

terminando en la balsa de la dársena.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal viene una barca pequeña, blanca.

Que avanza deslizándose, sin dejar huellas de su trayectoria,

en el camino de agua que se reconstruye después de su paso…

Remonta el canal…

Ya está en la dársena silenciosa.

Aborda.

Se detiene.

Y tres sombras bajan.

Son tres personas.

Un hombre musculoso, una mujer y una figura delicada, entre los dos.

Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta, para salir a su encuentro…

Va hacia ellos y los saluda diciendo:

–           La paz a vosotros.

¿A quién buscáis?

–            A ti, Maestro.

Responde Lidia mientras se descubre y se aproxima sola.

Y continúa:

«Claudia te ha servido.

Porque era una cosa justa y completamente moral.

señalándola, agrega:

Ésa es la muchacha.

Valeria, dentro de un poco la tomará como niñera de la pequeña Fausta.

Pero entretanto, te ruega que la tengas Tú.

Es más, que se la confíes a tu Madre o a la madre de tus parientes.

Es completamente pagana.

Bueno, peor que pagana.

El amo con quien ha crecido, la alimentó pero no le enseñó nada en absoluto…

Nunca ha oído hablar del Olimpo, ni de ninguna otra cosa.

Lo único que tiene es un terror loco hacia los hombres,

porque desde hace algunas horas, la vida se le ha descubierto totalmente….

Como es:

¡Cruel!

Y en toda su brutalidad,

Jesús pregunta:

–            ¡Oh!

¡Triste palabra!

¿Demasiado tarde?

–          No, materialmente…

Él la preparaba poco a poco…

Digamos… para su sacrilegio.

Y la niña está espantadísima…

Claudia ha tenido que dejarla durante toda la cena junto a ese sátiro.

Y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento.

Haciéndole menos capáz para reflexionar.

No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales;

lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera…

Y arrebatarle su tesoro.

Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia…

De la que salió porque perdió el favor imperial…

Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Reservándose para entrar en acción cuando el vino le hubiera hecho menos capaz de reflexionar.

Enio mordió el anzuelo…

Mañana cuando ya no esté borracho,

protestará, la buscará, hará su comedia…

Pero también mañana, Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–             ¿Con la violencia?

¡No!…

Lidia sonríe con travesura:

–       ¡Oh, Maestro!

¡La violencia empleada con buen fin!…

Pero no será necesaria…

También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla muy bien en la cena…

Y ahora Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche…

Está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma…

¡Ah, ah!…

Y partirá en el primer buque militar.

Lo único, es que lo que hará Pilatos mañana…

Cuando esté todavía atontado por el mucho vino bebido esta noche…

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución…

De que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden…

¡Es muy endeble!

Y es mejor así…

Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro!

Por este motivo fuimos a la cena.

Pero, ¡Es inconcebible!

¿Cómo hemos podido ir a esas orgías hasta hace pocos meses, sin sentir náusea?

Hemos huido de allí en cuanto hemos obtenido lo que queríamos…

Allá están todavía nuestros maridos, imitando a los brutos.

¡Qué náuseas, Maestro!

Y debemos recibirlos después…

Después que…

–          Sed austeras y pacientes.

Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–          ¡Oh, no es posible!

Tú no sabes…

Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira.

Y ella continúa:

–          Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte:

que te venera como al Único Hombre que merece veneración…

Y quiere que te diga que te agradece,

haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza.

Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–           Sí.

El hombre…

¿Quién es?

–           El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos.

No hay ningún peligro de delación…

No tiene lengua.

Jesús repite:

–           ¡Infeliz!

Pero tampoco ahora hace el milagro.

Lidia va por la muchacha.

La toma de la mano y casi la lleva a rastras frente a Jesús.

Livia dice:

–           Sabe unas cuantas palabras latinas.

Judías casi ninguna.

Es una salvajita…

Que la eligieron únicamente como objeto de placer.

Y dirigiéndose a la niña:

–            No tengas miedo.

Dale las gracias.

Él fue el que te salvó.

Arrodíllate y bésale los pies.

¡Ea! ¡Hazlo!

¡No tengas miedo!

¡Ánimo!

¡No tiembles!…

¡Perdona, Maestro!

Está aterrorizada por las últimas caricias de Enio ya borracho…

Poniéndole su mano en la cabeza cubierta, con mucha compasión;

Jesús dice:

–           ¡Pobre niña!

¡No tengas miedo!

Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo.

A la casa de Mamá,

¿Entiendes?

Y tendrás muchos hermanos buenos…

¡No tengas miedo, hijita mía!

¿Qué hay en la voz de Jesús y en la mirada?

Todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La jovencita lo siente;

echa hacia atrás el manto y la capucha para mirarlo mejor.

Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Con la figurita grácil casi todavía niña;

de gracias inmaduras e inocente aspecto, aparece envuelta en una túnica demasiado ancha para ella…

Sus modales son sencillos.

Su expresión está llena de inocencia.

El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–            Estaba casi desnuda.

Le puse lo primero que encontré.

Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión,

exclamando:

–          ¡Es una niña!

Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–          Sí, patrón.

Jesús rebate:

–            No.

No soy tu patrón.

Dime Maestro.

Ella dice con más confianza:

–           Sí, Maestro.

Y una tímida sonrisa substituye a la expresión de miedo,

que había antes en el pálido rostro.

Jesús pregunta:

–          ¿Eres capaz de caminar mucho?

–           Sí, Maestro.

–           Después descansarás en la casa de mi Madre.

En mi casa, hasta que llegue Fausta.

Una niña a la que vas a querer mucho.

¿Quieres?…

–         ¡Oh, sí!

Y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul,

que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro.

Y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada.

Se atreve a preguntar:

–          ¿Ya nunca más aquel amo?

Jesús repite su promesa:

–             ¡Jamás!

Poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–             Adiós, Maestro.

Dentro de pocos días iremos al lago.

Tal vez podremos verte una vez más.

Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–          Gracias…

Vete en paz.

Adiós, Lidia.

Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras.

Se vuelve  hacia la niña,

agregando:

–          Ven niña.

Partiremos inmediatamente.

La barca se aleja por el canal de la dársena…

Jesús llevándola de la mano, se asoma a la puerta del almacén llamando a los apóstoles.

Mientras 1a barca, sin dejar huella de su venida, regresa al mar abierto…

Jesús y los apóstoles, con la niña en medio del grupo, cubierta con un manto…

Van, por las callejuelas periféricas y desérticas,

hacia los campos…

510 Una Misión Imperial


510 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426b La joven esclava salvada.

Jesús está hablando con las romanas en casa de Simón el cordelero, en Cesárea marítima.

Plautina pregunta:

–            ¿Podemos servirte?

Jesús responde:

–            No necesito nada más que fe y amor.

Pero hay una criatura que se encuentra en gran peligro…

Y que esta noche tendrá el alma muerta.

Claudia podría salvarla. 

–           ¿El alma muerta.

¿De quién se trata?

Jesús dice:

–            Un patricio vuestro da un banquete y…

Livia contesta:

–           ¡Ah, sí!

Ennio Casio.

También mi marido fue invitado.

Valeria confirma con energía:

–           También el mío.

También nosotras…

Pero como Claudia se abstiene, también nosotras nos abstendremos.

Habíamos decidido retirarnos inmediatamente después de la cena, si es que íbamos…

Porque nuestras cenas terminan en orgías que ya no podemos soportar…

Y con el enojo de que nuestros maridos no se ocupan de nosotras;

Nos salimos…

Jesús corrige:

–            No por enojo, sino por piedad de su miseria moral…

–            Es difícil, Maestro.

Sabemos lo que pasa allí dentro…

–           Yo también sé muchas cosas que suceden en los corazones y sin embargo perdono…

–            Tú eres Santo.

–             Vosotras debéis serlo.

Porque lo quiero y porque a ello os empuja vuestra voluntad…

–             ¡Maestro!…

–             Sí.

¿Podéis afirmar que sois felices como antes de conocerMe?

¿Felices en la miserable y brutal felicidad animal;

en la sensualidad de paganas que ignoran, que no son solo un pedazo de carne…

ahora que conocéis un poco a la Sabiduría?

–           No, Maestro.

Lo confesamos.

Lo tenemos que decir claro.

Estamos descontentas.

Nos sentimos insatisfechas.

Inquietas…

Como uno que busca un tesoro y no lo encuentra.

Jesús exclama:

–            ¡Y está ante vosotros!

Pues lo tenéis delante…

Lo que os pone inquietas es el anhelo de Luz de vuestro espíritu…

La impaciencia de vuestro espíritu por vuestra tardanza…

En darle lo que os pide…

Lo que os inquieta es el ansia de vuestros corazones por la Luz.  

Sigue un silencio, porque ninguna se decide a responder.

Después Plautina dice:

–           ¿Y qué podría hacer Claudia?

–            Salvar a esa pobre criatura.

Una niña que el romano compró para su placer.

Una virgen que mañana no lo será más.

–          Si la compró…

Le pertenece.

–          No es un mueble.

Dentro de su cuerpo hay un alma…

Ellas objetan:

–           Maestro.

–           Nuestras leyes…

Jesús rebate:

–           Mujeres:

¡La Ley de Dios!…

–            Claudia no va a ir a la fiesta…

–            No le digo que vaya.

Os digo que le trasmitáis lo siguiente:

El Maestro para asegurarse de que Claudia no tiene nada contra Él,

le pide que le ayude a favor de esta alma-niña…”

Plautina, Valeria y Livia:

–            Se lo diremos, pero no podrá hacer nada.

–            Esclava adquirida…

–            Objeto del que se puede disponer…

Jesús se muestra lleno de majestad,

al decretar:

–            Mi religión enseñará que el esclavo tiene un alma semejante a la del César;

mejor en muchos casos…

Que esa alma pertenece a Dios.

Y la maldición pesa sobre quién la corrompa.

Jesús lo dice con severidad y energía.

Las mujeres se sacuden a la voz severa de la orden.

Se inclinan sin replicar.

Y se ponen otra vez los velos y los mantos.

Se despiden:

–           Lo trasmitiremos.

Salve, Maestro.

–           Hasta pronto.

Plautina, antes de salir dice:

–            Para todos, éramos mujeres griegas.

¿Entendido?

–           Entendido.

Id tranquilas.

Jesús se queda solo bajo el portal.

Y ellas se van por donde vinieron.

Los cordeleros siguen trabajando.

Luego, Jesús regresa despacio al almacén y se queda pensativo.

Se sienta sobre un montón de cuerdas enrolladas.

Ora intensamente…

Los once apóstoles continúan durmiendo profundamente.

La vida en el puerto se desarrolla con la misma pacífica rutina,

de las provincias gobernadas por el imperio más poderoso del mundo.

Roma es una máquina de eficiencia y disciplina…

Una hora después, el cordelero asoma la cabeza en el depósito.

Y le dice a Jesús que vaya a la puerta,

porque:

–           Hay un esclavo que te quiere ver.

El esclavo.

Un númida, está parado junto al platanar, en la plaza llena de sol…

Cuando ve a Jesús, se inclina.

Y sin hablar, le entrega una tableta encerada.

Jesús la lee…

Y dice:

–           Dirás que esperaré hasta antes del alba.

¿Entendiste?

El esclavo mueve la cabeza asintiendo.

Y para que vea por qué no habla, abre su boca y le enseña la lengua tronchada.

Jesús mueve la cabeza con un gesto lleno de tristeza,

y dice:

–           ¡Infeliz!

Acariciándolo con mucha compasión.

Por las mejillas del esclavo corren dos lágrimas.

Toma la mano blanca entre las suyas negras y se la pone en la cara.

La besa, se la lleva al pecho y se echa en tierra.

Toma el pie de Jesús y se lo pone en la cabeza…

Un lenguaje mudo para expresar su agradecimiento por ese gesto de amor.

Y Jesús repite:

–           ¡Infeliz!

Pero no lo cura.

El esclavo se levanta y pide la tableta encerada.

Claudia no quiere dejar huellas de su contacto epistolar.

Jesús sonríe y devuelve la tableta.

El númida se va.

Y Jesús se acerca a donde está el cordelero…

El Maestro dice:

–          Simón, debo quedarme hasta antes del alba.

¿Me lo permites?

Simón contesta:

–            Todo lo que quieras.

Me desagrada ser pobre…

–           Me agrada que seas honrado.

–           ¿Quiénes eran esas mujeres?

–           Unas extranjeras que necesitaban de consejo.

–           ¿Están sanas?

–            Como Yo y tú.

–            Entonces está bien.

Ahí están tus apóstoles.

Los once salen del almacén, somnolientos.

Pedro dice:

–           Maestro, hay que cenar antes de partir.

Jesús contesta:

–            No.

No partiremos hasta el amanecer.

–            ¿Por qué?

–            Porque me pidieron que así lo hiciera.

–           ¿Por qué?

¿Por quién?…

Es mejor caminar de noche…

luna es nueva.

–           Espero salvar a una criatura.

Y esto es más luminoso que la luna y más refrescante que las frescuras de la noche.

Pedro lo lleva aparte:

–           ¿Qué pasó?

¿Viste a las romanas?

¿Qué humor tienen?

¿Son ellas las que se van convertir?

¡Dímelo!…

Jesús sonríe:

–           Si me dejas responder te lo diré, hombre curiosísimo.

Vi a las romanas.

Muy lentamente caminan hacia la Verdad.

Pero no retroceden…

Lo que ya es mucho.

–           Y…

Acerca de lo que dijo Judas,

¿Hay algo?

–            Que continuarán venerándome como a un sabio.

–           ¿Por causa de Judas?

¿Es él el que lo ha hecho?

–           Vinieron a buscarme a Mí.

No a él…

La posesión demoníaca perfecta siempre «argumenta» para su RECHAZO A DIOS…

Pedro pregunta inquieto:

–           Entonces… 

¿Por qué Judas tuvo miedo de encontrarse con ellas?

¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?

–            Simón, no es la primera vez que Judas tiene caprichos estrambóticos…

–           Es verdad.

¿Y van a venir esta noche las romanas?

–           Ya vinieron.

–           Entonces…

¿Por qué esperamos hasta que amanezca?

–            ¿Por qué eres tan curioso?

–            Maestro, sé bueno…

Por favor dime todo.

–            Te lo diré para quitarte toda duda.

También tú escuchaste la conversación de aquellos tres romanos…

–           ¡Claro que la oí!…

Inmundos.

Apestosos.

¡Demonios!

Pero a nosotros, ¿Qué nos importa?…

¡Ahh!

¡Entiendo!…

Las romanas van a ir a la cena y luego vendrán a pedirte perdón;

por haber estado en medio de la inmundicia…

Me maravilla que consientas en ello.

–           Yo me maravillo de que te formes juicios temerarios.

–           ¡Perdóname, Maestro!

–           Sí.

Pero ten en cuenta que las romanas van a ir a la cena.

Y yo pedí a Claudia que interviniese a favor de esa muchachita…

–            ¡Ahh!

¡Pero Claudia no puede hacer nada!…

El romano compró a la muchacha y tiene todo el poder sobre ella.

–           Pero Claudia tiene mucho más poder sobre el romano.

Y Claudia me mandó decir, que no parta hasta antes del alba.

No hay otra cosa.

Estás contento ahora?

–           Sí, Maestro.

Pero no has descansado nada.

Ven.

Estás muy agotado.

Vigilaré para que te dejen en paz.

Ven. Ven.

Y amorosamente tiránico lo jala, lo empuja…

Y lo obliga a tirarse en el montón de cáñamo.

Pasan las horas.

El sol se oculta.

Cesa el trabajo.

Empiezan las primeras sombras…

Entra la noche.

Las golondrinas van a sus nidos y los niños a la cama.

Uno tras otro van muriendo los ruidos.

Hasta que solo queda el estrépito de las olas, al estrellarse sobre la playa…

509 El Profeta Romano


509 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426a Con las romanas en Cesárea Marítima. Profecía en Virgilio.

Jesús tiene un aspecto serio y pálido…

Y dice con una sonrisa de disculpa:

–           No es un lugar apropiado para ustedes.

Pero no dispongo de otra cosa.

Ellas se quitan el velo y el manto.

Y se descubre que son Plautina, Livia, Valeria y la liberta Álbula Domitila.

Plautina responde:

–             No vemos al lugar, sino Al que en estos momentos está en él.

Jesús sonríe y dice:

–             Por esto entiendo que pese a todo;

todavía me consideráis como a un hombre justo.

–             Y más que eso.

Y Claudia nos manda precisamente porque cree que eres más que un justo.

Y no toma en cuenta lo que se oyó…

Pero quiere tu confirmación al respecto, para tributarte doble veneración.

Y hacerlo con mayor razón.

–              O para no hacerlo si me muestro a ella como quisieron pintarme.

Pero decidle que  no hay nada de eso.

No tengo miras humanas.

Mi Ministerio y mi deseo es tan solo sobrenatural.

Y nada más.

Quiero, sí; reunir a todos los hombres en un solo reino.

¿A qué hombres?

¿A los que están hechos de carne y sangre?

¡No!

Eso lo dejo, materia frágil, cosa corruptible…

A las monarquías que pasan;

a los reinos que se tambalean.

Quiero reunir bajo mi único cetro, sólo los corazones de los hombres;

espíritus inmortales en un reino inmortal.

Cualquier otra versión la rechazo como contraria a mi Voluntad.

Quienquiera que sea que la haya dado.

Y os ruego que creáis y que digáis a quien os envía;

que la Verdad tiene solamente una palabra…

–           Tu apóstol habló con mucha seguridad.

–           Es un muchacho exaltado…

Y como a tal hay que escucharlo.

Plautina dice enojada:

–            ¡Pero te hace daño. !

¡Repréndelo!

¡Despídelo!

La negativa para rechazar el MUNDO es la señal más preocupante, de la posesión demoníaca perfecta…

Regáñalo…

Arrójalo de Ti…

–           ¿Entonces dónde estaría mi misericordia?

Él lo hace llevado de un amor equivocado.

¿No debo acaso compadecerlo?

¿Y qué cambiará si lo arrojo de Mí?

Se haría doble mal a sí mismo y me haría doble mal a Mí.

–             ¡Entonces para ti es como una bola atada al pie!…

Como una zancadilla constante…

–             Es para Mí un infeliz a quién tengo que redimir…

Plautina cae de rodillas con los brazos extendidos,

diciendo:

–             ¡Ah!

¡Maestro más grande que cualquier otro!

¡Qué fácil es tenerte por Santo, cuando se siente tu corazón en tus palabras!

¡Qué fácil es amarte y seguirte,

debido a esta caridad tuya, que es mayor que tu inteligencia!

Jesús objeta:

–            No mayor.

Sino que es más asequible y comprensible a vosotros…

Que tenéis vuestro intelecto estorbado por demasiados errores…

Y no tenéis la generosidad de despojarlo de todo…

Para acoger la Verdad.

Livia dice:

–           Tenéis razón.

Eres tan adivino como sabio.

–            La sabiduría, porque es una forma de santidad…

Da siempre luminosidad de juicio…

Ya sobre hechos pasados o presentes, ya sobre premoniciones…

Bien se trate de cosas.

O bien de la advertencia previa a hechos futuros.

–             Por esto vuestros profetas…

–             Eran unos santos.

Dios se comunicaba a ellos con una gran plenitud.

–             ¿Eran santos porque eran de Israel?

–              Por eso y porque fueron justos en sus acciones.

Pues no todo Israel es y ha sido santo, pese a ser Israel.

No es el pertenecer por casualidad a un pueblo o a una religión,

lo que puede hacer santos a los hombres.

Estas dos cosas pueden ayudar grandemente a serlo.

Pero no son el factor absoluto de la santidad.

–             ¿Cuál es ese factor?

–             La voluntad del hombre.

La voluntad que hace que las acciones del hombre sean santas, si es buena.

Perversas, si es mala.

–             Entonces entre nosotros puede ser que haya justos.

–             Así es.

Y no cabe duda de que entre vuestro antepasados hubo justos.

Y los hay entre los que viven actualmente.

Porque sería muy horrible que todo el mundo pagano, perteneciese a los demonios.

Quienes de entre vosotros se sienten atraídos hacia el Bien y la Verdad.

Sienten repugnancia hacia el vicio y la degradación que produce…

Y huyen de él y de las malas acciones que envilecen al hombre.

Creedme que estáis ya en el sendero de la justicia.

–            Entonces Claudia…

–            Sí.

Y vosotras también…

Perseverad.

–             Pero…

¿Si muriéramos antes de convertirnos a Tí?

¿Para qué serviría el haber sido virtuosas?

–             Dios es justo en el juzgar.

Pero, ¿Por qué aplazar el ingreso al Reino?

¿Por qué debéis dar la espalda al Dios Verdadero?

Las tres bajan la cabeza.

Sigue un silencio…

Y luego hacen la confesión que dará la clave de la crueldad romana…

Y su resistencia al cristianismo:

–            Porque nos parece que al hacerlo, traicionaríamos a la patria. 

–           Al revés.

La serviríais.

Pues la haríais moral y espiritualmente más grande.

Porque tendría la FUERZA, con la posesión y protección de Dios;

además de su ejército y sus riquezas.

Roma la Urbe del Mundo;

la Urbe de la Religión Universal…

Pensadlo…

Un silencio.

Luego Livia, encendida como una llama,

dice:

–           Maestro, hace tiempo te buscábamos a Tí, aun en los escritos de nuestro Virgilio.

Porque para nosotros tienen más valor las…

Profecías de los completamente vírgenes respecto a la fe de Israel,

que las de vuestros profetas…

En los cuales podemos ver la sugestión de creencias milenarias…

Y hemos discutido de ello…

Comparando las diversas personas que en todo tiempo, nación y religión, te han presentido.

Pero ninguno te sintió con tanta exactitud como nuestro Virgilio…

porque nadie mejor que él te presagió…

¡Cuánto hablamos aquel día con Diomedes el liberto griego…

astrólogo a quién quiere mucho Claudia!

El sostuvo que esto sucedió porque los tiempos eran más cercanos.

Y los astros lo decían con sus conjunciones…

Pero no nos convenció, porque…

En más de cincuenta años ningún otro sabio de todo el mundo ha hablado de Ti por noticia de los astros…

A pesar de estar más próximos aún a tu manifestación actual.

Para apoyar su tesis adujo el hecho de los tres Sabios de los tres países de Oriente,

que vinieron a adorarte cuando eras un infante.

Y con ello provocaron la matanza de la que la misma Roma se horrorizó;

pues cuando se supo, Augusto dijo:

Que Herodes era un cerdo sediento de sangre…’

Claudia exclamó: “

¡Hace falta el Maestro!

Nos diría la verdad.

Y el destino de nuestro más grande poeta…

Querrías decirnos para Claudia…

Algo que nos muestre que no estás irritado contra ella.

–             He comprendido su reacción de romana.

Y no le guardo ningún rencor.

Decidle que esté tranquila.

Y escuchad:

Virgilio no fue grande solo como poeta.

¿No es así?

–             ¡Oh, no!

También lo fue como hombre.

En medio de una sociedad que estaba corrompida y viciada…

Fue un faro de pureza espiritual.

Nadie lo vio lujurioso, ni amante de orgías, ni de costumbres licenciosas.

Sus escritos son castos y mucho más casto fue su corazón.

Tanto es así que en los lugares donde vivió, se le llamó ‘La doncella’,

para vergüenza de los viciosos y veneración de los buenos.

–            ¿Y en el alma pura de un hombre casto, no habrá podido reflejarse Dios…

aun cuando ese hombre fuese pagano?

La Virtud Perfecta, ¿No habrá amado al virtuoso?

Y si se le concedió amar y ver la Verdad debido a la belleza pura de su corazón…

¿No podrá haber tenido un fulgor de profecía?

¿De una profecía que no es más que la Verdad que se descubre…

a quién merece conocerla como premio e incentivo para una virtud mayor?

–             ¡Entonces profetizó de Ti!

–              Su inteligencia prendida en la pureza y en el genio;

logró ascender y conocer una página que se refiere a Mí.

Y puede llamársele al poeta pagano y justo…

Un hombre dotado de espíritu profético y anterior a Mí, por premio de sus virtudes.

Valeria y Plautina exclaman,

preguntando:

–           ¡Oh, nuestro Virgilio!

–          ¿Y tendrá algún premio?

–           Ya lo dije.

Dios es justo.

Pero vosotras no imitéis al poeta, deteniéndoos hasta donde él llegó.

Avanzad…

Porque la Verdad, no se os ha mostrado por intuición y en parte;

sino completa…

Y os ha hablado.

Plautina sin dar respuesta,

dice:

–           Gracias, Maestro.

Nos retiramos.

Claudia nos dijo que te preguntásemos si te puede ser útil en asuntos morales.

–            Y os mandó que me preguntaseis si soy un usurpador…

–            ¡Oh, Maestro!

¿Cómo lo sabes?

–            ¡Soy más que Virgilio y que los profetas!…

–            ¡Es verdad!

¡Todo es verdad!

¿Podemos servirte?

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IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426 Con las romanas en Cesárea Marítima. 

Jesús es huésped de la humilde familia del soguero.

Una casita baja…

Y salitrosa por la proximidad de las aguas marinas.

Detrás de la casa, unos almacenes poco fragantes,

donde se descargan las mercancías antes de que los distintos compradores las retiren.

Delante, un camino polvoriento, surcado por pesadas ruedas.

Rumoroso a causa de los descargadores, de los muchachos traviesos, de los carreteros…

De los marineros que van y vienen ininterrumpidamente.

Al otro lado del camino, una pequeña dársena, de agua oleaginosa por los detritos arrojados en ella…

Y por su inmovilidad.

De la dársena sale un pequeño puerto-canal;

que desemboca en el verdadero, amplio puerto capaz de recibir naves grandes.

Por la parte occidental, hay una plaza arenosa donde se fabrica la cuerda;

en medio de un fuerte rechinar de cabrestantes de torsión movidos a mano.

En la parte oriental otra plaza mucho más pequeña, aún más ruidosa y desordenada,

donde hombres y mujeres apañan redes y velas.

Luego casuchas bajas y salitrosas, llenas de niños semidesnudos.

Ciertamente no se puede decir que Jesús haya elegido un lugar señorial como alojamiento:

Moscas, polvo, batahola, olor de agua estancada y cáñamo puesto a remojo,

antes de ser usado son los soberanos del lugar.

Y en la casita del cordelero está el Rey de reyes…

echado con sus apóstoles encima de un montón de cáñamo sin elaborar.

Duerme, cansado…

En ese humilde cuarto,  que es medio trastero, medio almacén;

que está en la parte de atrás de la casita.

Y a través del cual se entra, por una puerta negra como el alquitrán, a la cocina también negra.

Por una puerta carcomida y corroída por el polvo y el salitre;

que le dan una tonalidad blanco-gris de pómez, se sale a la plaza donde se fabrica la cuerda.

Y de donde llegan hedores de cáñamo en maceración.

El sol azota la plaza a pesar de cuatro enormes plátanos:

dos a un lado, dos al otro, de la plaza rectangular;

bajo los cuales están los cabrestantes para retorcer el cáñamo.

No es posible saber la palabra correcta para nombrar la máquina que usan.

Los hombres, cubiertos con una túnica reducida a lo esencial para tapar lo que la decencia impone;

empapados de sudor como si estuvieran debajo de una ducha;

dan vueltas y vueltas a su cabrestante,

con movimiento continuo como galeotes condenados…

Hablan sólo lo suficiente para decir las indispensables palabras inherentes al trabajo.

Por tanto, si se quita el chirrido de las ruedas de los cabrestantes y el del cáñamo estirado en la torsión,

no hay ningún otro ruido en la plaza,.

Esto es un extraño contraste con el que hay en los otros lugares de alrededor de la casa del soguero.

Los trabajadores dan vueltas a su malacate y no se oye otro ruido al estirar el cáñamo.

Por eso sorprende, la exclamación de uno de los sogueros:

–           ¡¿Mujeres?!

Los demás lo miran,

exclamando: 

–              ¿A estas horas tan tremendas?

–             ¡Mirad!…

El sol fustiga sin piedad, en la pequeña plazoleta;

pese a los cuatro gigantescos plátanos que están en cada ángulo de la plaza rectangular.

–            Vienen justamente hacia aquí…

Bromeando, un joven soguero,

dice:

–           Tendrán necesidad de cuerdas para atar a sus maridos…

–              Tal vez pueden necesitar también cáñamo para labores.

–             ¡Mmm!

¿Del nuestro, tan tosco como es, cuando hay quien lo ofrece ya espadillado?

–             ¿Del nuestro, cuando pueden conseguir uno muy fino?

–             El nuestro cuesta menos.

¿Ves?

Son pobres…

–           Pero no son hebreas.

Mira cómo el manto es diferente.

–               Así es.

–              Acá en Cesárea Hay de todo un poco…

–              Tal vez busquen al Rabbí…

–              Estarán enfermas…

–              Mira como vienen cubiertas y con este calor.

El soguero al que todos obedecen,

dice:

–           Con tal de que no sean leprosas…

Miseria sí, pero lepra no;

no la quiero ni siquiera por resignación a Dios.

–             ¿Pero oyes lo que dice el Maestro?:

«Hay que aceptar todo lo que Dios manda».

–           Pero Dios no manda la lepra.

La mandan los pecados, los vicios y los contagios…

¡Lo único que me faltaría sería lepra en casa, con todos los hijos que tengo!…

El soguero patrón, dejando de mover el cabrestante;   

Se adelanta, para ir a su encuentro.

Y se pone en camino.

Sus compañeros lo siguen…

Diciendo:

–           Vamos también a oír qué dicen,.

–           Para saber lo que quieren…

Las mujeres han llegado ya por detrás no de estos que hablan.

Y que están en el lado opuesto de la plaza;

sino de los que están en la parte cercana de la casa…

Y a las mujeres les quedan más próximos, para llegar a ellos.

Una de ellas se inclina, para decir algo a uno de los sogueros…

El cual se vuelve, asombrado.

Y se queda un momento donde está…

Como atolondrado.

Luego va con el capataz de los trabajadores.

Y habla con él…

El cordelero capataz, dirigiéndose al soguero patrón,

cuando éste ha llegado hasta el pequeño grupo;

Le informa:

–             Simón, esta mujer desea algo…

Pero habla en una lengua extranjera.

Háblale tú que has navegado…

Tratando de ver su cara, bajo el velo oscuro,

Simón pregunta con voz ronca,

en latín culto:

–           ¿Qué quieres?

Ella responde en un griego clásico:

–           Al Rey de Israel.

Al Maestro.

–           ¡Ah!

Comprendo.

¿Pero… sois leprosas?

–               No.

–               ¿Quién me lo puede asegurar?

–               Él mismo.

Pregúntale a Él.

El hombre duda…

Realmente no sabe qué hacer…

Luego dice:

–            Bien.

Haré un acto de Fe y Dios me protegerá.

Lo voy a llamar.

Quedaos aquí.

dudando

Las cuatro mujeres, no se mueven:

Son un grupo extraño, ceniciento y mudo.

Que son observadas con estupor y con manifiesto temor, por parte de los sogueros;

que se han agrupado a algunos pasos de distancia.

E1 hombre va al almacén y toca a Jesús…

Que duerme.

Le dice:

–            Maestro…

Sal afuera.

Te buscan.

Jesús se despierta y se levanta enseguida,

preguntando:

–            Quién?

–            ¡Mmm!…

Mujeres griegas.

Tapadas completamente…

Dicen que no son leprosas…

Y que Tú me lo puedes asegurar…

Jesús dice:

–            Voy enseguida.

Se anuda las sandalias que se había quitado.

Se ata la túnica en la parte del cuello y se ciñe el cinturón.

Que también se había quitado para estar más libre y poder dormir mejor.

Y sale al encuentro de las mujeres.

Caminando junto con el soguero.

Las mujeres hacen ademán de ir hacia Él.

Simón les ordena:

–            ¡Estad ahí, os digo!

No quiero que caminéis por donde juegan mis hijos…

Primero quiero que Él diga que estáis sanas.

Las mujeres se detienen.

Jesús se acerca a ellas.

La más alta, que no había hablado antes.

Dice en voz baja una palabra.

Jesús se vuelve al soguero:

–            Simón, puedes estar tranquilo.

Las mujeres están sanas y necesito escucharlas en paz.

¿Puedo entrar en la casa?…

–            No.

Está la vieja, que es más charlatana y curiosa que una urraca.

Ve allá al final, debajo del cobertizo de los pilones.

Hay también una pequeña bodega.

Allí estarás solo y en paz.

Jesús dice a las mujeres:

–             Venid…

Y va con ellas al final de la plaza, debajo del hediondo cobertizo,.

Dentro del cuarto, estrecho como una celda;

donde guardan herramientas rotas, trapajos, sobras de cáñamo, telas de araña gigantescas.

Donde el olor de la maceración y del moho raspan la garganta, de lo penetrantes que son.

Jesús, que está muy serio y pálido;

con una sonrisa de disculpa…

Mientras dice:

–         No es un lugar apropiado para ustedes.

Pero no dispongo de otra cosa.

Ellas se quitan el velo y el manto.

Y se descubre que son Plautina, Livia, Valeria y la liberta Álbula Domitila.