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350 DIVISIÓN POR LA FE


350 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Llegan de nuevo a la vía, tras una larga vuelta por los campos…

Y después de haber atravesado el torrente por un puente de tablas crujientes,

que solamente puede ser utilizado para el paso de personas:

una pasarela más que un puente.

La marcha prosigue por la llanura, que se va estrechando, al aproximarse las colinas al litoral,

tanto que después de otro  torrente, con su indispensable puente romano,

la vía de la llanura se transforma en camino de montaña,

bifurcándose en el puente con otro menos empinado que se prolonga hacia el nordeste,

por un valle.

Mientras que éste, el que ha elegido Jesús, según la indicación del cipo romano:

“Alejandrocene es verdaderamente una escalera en el monte rocoso y empinado,

que hunde su testera puntiaguda en el Mediterráneo,

el cual se va ofreciendo cada vez más a la vista a medida que se sube.

Sólo viandantes y asnos recorren esa vía, esas gradas como sería mejor decir.

Pero, quizás porque acorta mucho, es una vía muy transitada.

Y la gente observa con curiosidad al grupo tan insólito galileo,  que la recorre.

Señalando al promontorio que penetra en el mar,

Mateo dice:

–         Éste debe ser el cabo de la Tempestad.  

Santiago de Zebedeo confirma:

–         Sí, ahí abajo está el pueblo desde el que nos habló el pescador.

–         ¿Pero quién habrá hecho este camino?

–        ¿Quién sabe desde cuándo estará?

Quizás es obra fenicia…  

Ciñendo con un brazo ciñe los hombros del apóstol.

Jesús dice:

–         Desde la cima veremos Alejandrocene, allende la cual está el cabo Blanco.

¡Verás mucho mar, Juan mío!

–          Me sentiré feliz.

Pero… dentro de poco será de noche. ¿Dónde vamos a pararnos?

–         En Alejandrocene.

¿Ves? El camino ya desciende.

Abajo es llanura, hasta la ciudad que se ve allí.  

Andrés dice:

–          Es la ciudad de aquella mujer de Antigonio…

¿Cómo podríamos cumplir su deseo?   

Juan explica:

–         ¿Sabes, Maestro?

Nos dijo: “Id a Alejandrocene. Mis hermanos son propietarios de almacenes allí…

Y son prosélitos.

Proveed a que sepan del Maestro.

También somos hijos de Dios nosotros…” y lloraba porque la soportan poco como nuera…

de manera que sus hermanos nunca van a visitarla y ella no tiene noticias de ellos…

Jesús dice:

–         Buscaremos a los hermanos de la mujer.

Si nos acogen como a peregrinos, tendremos modo de cumplir su deseo…

–          Pero, ¿Y cómo hacemos para decir que la hemos visto?

–          Trabaja para Lázaro.

Nosotros somos amigos de Lázaro – dice Jesús.

–          Es verdad.

Hablas Tú…

–          Sí.

Pero acelerad el paso para encontrar la casa. ¿Sabéis dónde es?

–         Sí.

Cerca del Castro.

Tienen muchos contactos con los romanos.

Les venden muchas cosas.

–         Bien.

Recorren velozmente la calzada, toda llana, bonita:

una verdadera vía consular,

que prosigue hacia el interior tras haber proyectado su ramal rocoso, dispuesto en gradas,

a lo largo de la costa, dominando el promontorio.

Alejandrocene es una ciudad más militar que civil.

Debe tener una importancia estratégica agazapada como está,

entre dos promontorios montañosos.

Parece un centinela puesto ahí para vigilar ese trecho de mar.

Ahora que el ojo puede mirar a ambos cabos, se ve que en ellos abundan las torres militares,

que forman cadena con las del llano;

de la ciudad donde, orientado hacia la marina, impera el majestuoso Castro.

Entran en la ciudad, después de haber atravesado otro torrente pequeño,

situado a las propias puertas de ésta.

Se dirigen hacia la mole adusta de la fortaleza;

mirando curiosos alrededor y siendo observados con curiosidad.

Los soldados son muy numerosos y al parecer,

en buenas relaciones con los habitantes de la ciudad;

cosa que hace mascullar a los apóstoles:

–        ¡Gente fenicia!

¡Sin honor!

Llegan a los almacenes de los hermanos de Hermione,

cuando los últimos marchantes salen cargados con los más variados tipos de mercancías,

que van desde tejidos a vajillas, desde vajillas a heno y cereales;

o aceite y otros alimentos.

Olor de cueros, especias, almiares, lana basta;

llena el amplio atrio por el que se accede al patio, vasto como una plaza,

bajo cuyos pórticos están los distintos depósitos.

Acude un hombre barbudo y moreno.

–        ¿Qué queréis?

¿Víveres?  

Jesús responde:

–           Sí…

Y también alojamiento, si no te desdeñas de hospedar peregrinos.

Venimos de lejos.

Nunca hemos estado aquí.

Acógenos en nombre del Señor.

El hombre mira atentamente a Jesús, que habla por todos.

Lo escruta…

Luego dice:

–          A decir verdad, no doy alojamiento.

Pero Tú me caes bien.

¿Eres galileo, no es verdad?

Mejores los galileos que los judíos.

Demasiada arrogancia en ellos.

No nos perdonan el tener sangre no pura.

Más les valdría tener el alma pura.

Ven, entra aquí, que vuelvo enseguida.

Cierro, que ya es de noche.

Efectivamente, la luz ya es crepuscular…

Y más aún en el patio dominado por el poderoso Castro.

Entran en una estancia.

Se sientan fatigados, en asientos desperdigados acá o allá…

Vuelve el hombre con otros dos, uno más viejo, el otro más joven.

Y señala a los huéspedes, los cuales se levantan y saludan.

Dice:

–         Éstos son.

¿Qué pensáis vosotros?

A mí me parecen honrados…

El más viejo  dice al hermano más joven:

–         Sí.

Has hecho bien. ¡Ey!

Luego vuelto hacia hacia Jesús, que aparece claramente como el jefe,

pregunta:

–       ¿Cómo os llamáis?

Jesús responde:

–          Jesús de Nazaret, Santiago y Judas también de Nazaret.

Santiago y Juan de Betsaida y también Andrés y Mateo de Cafarnaúm.

–          ¿Cómo es que estáis por aquí?

¿Os persiguen?

—         No.

Evangelizamos.

Hemos recorrido más de una vez Palestina, desde Galilea a Judea, desde un mar al otro.

Hemos estado incluso en Transjordania, en Auranítida.

Ahora hemos venido aquí…

A adoctrinar.

El más anciano pregunta:

–         ¿Un rabí aquí?

¡Asombroso!,

¿No es verdad, Felipe y Elías?

–         Mucho.

¿De qué casta eres?

–          De ninguna.

Soy de Dios.

Creen en Mí los buenos del mundo.

Soy pobre, amo a los pobres, pero no desprecio a los ricos.

A éstos les enseño el amor a la misericordia y el desapego de las riquezas;

a los pobres, a amar su pobreza confiando en Dios, que no deja perecer a ninguno.

Entre los amigos ricos y discípulos míos está Lázaro de Betania…

–         ¿Lázaro?

Una hermana nuestra está casada con uno que vive al servicio suyo.

–         Lo sé.

También he venido para esto, para deciros que ella os manda saludos y que os quiere.

–         ¿La has visto?

–          Yo no.

Estos que están conmigo, enviados por Lázaro a Antigonio.

–         ¡Oh! ¡Contadnos!

¿Qué hace Hermione?

¿Vive feliz verdaderamente?  

Tadeo responde:

–         Su marido y su suegra la quieren mucho.

El suegro la respeta… 

–          Pero no le perdona la sangre materna. Dilo.

–          Pronto se la perdonará.

Nos ha hecho grandes alabanzas de ella.

Y tiene cuatro niños muy hermosos y buenos.

Ello la hace feliz.

A vosotros os tiene siempre en su corazón.

Nos dijo que viniéramos a traeros al Maestro Divino.

–          Pero… Cómo…

¿Eres el… Eres ese que llaman el Mesías, Tú?

–          Lo soy.

–          Eres verdaderamente Él…?

Nos dijeron en Jerusalén que eres, que te llaman, el Verbo de Dios. ¿Es verdad?

–         Sí.

–         ¿Pero lo Eres para aquellos de allí o para todos?

–          Para todos.

¿Podéis creer que lo Soy?

–          Creer no cuesta nada.

Mucho más cuando se espera que la cosa creída, pueda quitar lo que hace sufrir.

–           Es verdad, Elías.

Pero no hables así.

Es un pensamiento muy impuro, mucho más que la mezcla de sangre.

Alégrate no en la esperanza de que caiga lo que hace que sufras como hombre,

el desprecio de los demás…

Alégrate, más bien, por la esperanza de conquistar el Reino de los Cielos.

–         Tienes razón.

Soy un medio pagano, Señor...–         No te deprimas por ello.

También te amo a ti. Por ti también he venido.

–         Estarán cansados, Elías.

Los estás entreteniendo en hablar.

Vamos a cenar y luego los llevamos a que descansen.

Aquí no hay mujeres…

Ninguna de Israel ha querido venir con nosotros.

Y nosotros queríamos una de ellas…

Perdona, pues, si la casa te parece fría y desnuda.

–          Vuestro corazón me la hará parecer adornada y cálida.

–          ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?

–           No más de un día.

Quiero ir hacia Tiro y Sidón.

Y quisiera estar en Akcib antes del sábado.

–          ¡No puedes, Señor!

¡Sidón está lejos!

–          Mañana quisiera hablar aquí.

–          Nuestra casa es como un puerto.

Sin salir de ella, tendrás el auditorio que quieras;

mucho más, siendo mañana día, de mercado  grande.

–          Vamos, pues.

y que el Señor os pague vuestra caridad.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

349 UN REINO PARA TODOS


349 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El camino que de Fenicia viene hacia Tolemaida es hermoso.

Corta, muy derecha, la llanura que hay entre el mar y los montes.

Y es muy transitado (por cómo está mantenido).

A menudo cortado por caminos menores, que de los pueblos del interior van hacia

los de la costa, ofrece numerosos cruces, sobre los cuales generalmente hay una casa,

un pozo y un rudimentario taller de herrador,

para los cuadrúpedos que puedan necesitar herraduras.

Jesús, con los seis que se han quedado con El, recorre un buen trecho de camino,

viendo siempre las mismas cosas.

Al final se detiene junto a una de estas casas con pozo y taller de herrador,

en una bifurcación, junto a un torrente por encima del cual pasa un puente,

que siendo fuerte pero de una anchura que apenas si da para el paso de un carro,

hace que tengan que detenerse los que van o los que vienen,

porque las dos corrientes opuestas no podrían pasar al mismo tiempo.

Y ello da ocasión a los transeúntes de razas diversas fenicios e israelitas que se odian

recíprocamente, de aunarse en una única intención: imprecar contra Roma…

Pero sin Roma no tendrían ni siquiera ese puente y con el torrente colmado,

no habrían podido pasar.

¡Pero bueno… al opresor siempre se le odia, aunque haga cosas útiles!

Jesús se para junto al puente, en el ángulo lleno de sol en que está la casa.

El maloliente taller de herrador está en el lado de la casa paralelo al torrente;

en él se están forjando herraduras para un caballo y dos asnos, que las han perdido.

El caballo está enganchado a un carro romano.

En el carro hay unos soldados que, poniendo caras burlonas a los hebreos que imprecan,

se lo pasan bien.

Y a un viejo narigudo, más avieso que todos los otros, una verdadera boca viperina,

que con mucho gusto mordería a los romanos, con tal de envenenarlos,

le tiran encima un puñado de estiércol equino…

¡Se puede uno imaginar lo que sucede!

El viejo hebreo sale corriendo y gritando como si le hubieran infectado de lepra…

Y a él se agregan en coro otros hebreos.

Los fenicios gritan irónicos:

–        ¿Os gusta el nuevo maná?

Comed, comed, para tener energías para gritar contra estos, que son demasiado buenos

con vosotros, víboras hipócritas.

Los soldados sueltan burlonas risotadas…

Jesús calla.

El carro romano por fin, se pone en marcha, saludando al herrador,

con el grito:

–          ¡Salve, Tito, y próspera permanencia!

El hombre, un vigoroso anciano de cuello fuerte como un toro, de rostro rasurado,

con unos ojos negrísimos a los lados de una nariz fuerte y una frente amplia

un poco pelada en las sienes por falta de cabellos,

los cuales donde están, son cortos y muy crespos,

levanta el pesado martillo con un gesto de despedida.

Y de nuevo se vuelve hacia el yunque, donde un joven ha puesto un hierro candente,

mientras otro muchacho está quemando el casco de un burrito, reglándolo para el herrado

ya próximo.

Mateo observa:

–         Casi todos estos herradores que están por los caminos son romanos;

soldados que se han quedado aquí una vez terminado su servicio.

Y ganan bien…

Nunca tienen impedimentos para atender a las caballerías…

Y un asno se puede desherrar también antes de la puesta del sol del sábado… 

O en tiempos de Encenias…

Juan dice:

–          El que herró a Antonio estaba casado con una hebrea.

Santiago de Zebedeo, 

sentencia:

–          Hay más mujeres necias que sensatas

Andrés pregunta:

–          ¿Y los hijos, de quién son?

¿De Dios o del paganismo? 

Mateo responde:

–          Son del cónyuge más fuerte, generalmente.

Y, basta con que la mujer no sea apóstata, para que sean hebreos;

porque el hombre, estos hombres, dejan libertad.

No son muy… fanáticos ni siquiera de su Olimpo.

Tadeo concluye:

–         Me parece que ya no creen en ninguna otra cosa,

si no es en la necesidad de ganar dinero.

Están llenos de hijos.

Pero son uniones abyectas.

Sin una Fe, sin una verdadera patria…

Mal vistos por todos… 

Mateo, que parece muy práctico.,

comenta: 

–           No.

Te equivocas.

Roma no los desprecia.

Es más, siempre los ayuda.

Sirven más así, que cuando llevaban las armas.

Desvirtuando la sangre, se introducen en nosotros más que con la violencia.

La que sufre, si es que sufre; es la primera  generación.

Luego se dispersan…

El mundo olvida… 

Jesús, que hasta ahora ha estado silencioso.  

dice:

–          Sí, son los hijos los que sufren.

¡Pero, hay que ver también las mujeres hebreas, unidas en matrimonio así!…

Por ellas mismas y por sus hijos…

Me dan pena.

Nadie les habla ya de Dios.

Mas no será así en el futuro.

Entonces no permanecerán estas separaciones de personas y de naciones;

porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía.

Juan exclama:

–          ¡Pero entonces ya habrán muerto!… 

–          No.

Habrán sido congregadas en mi Nombre.

No serán ya romanos o libios, griegos o pónticos, iberos o galos, egipcios o hebreos,

sino almas de Cristo.

Y ¡Ay de aquellos que quieran distinguir a las almas.

Todas igualmente amadas por Mí y por las cuales habré sufrido de igual modo…

¡Según sus patrias terrenas!

Quien así lo hiciere demostraría que no ha comprendido la Caridad,

que es Universal.

Los apóstoles sienten la velada corrección y agachan la cabeza.

Y guardan silencio…

E1 fragor del hierro batido en el yunque ha callado;

ya amainan los golpes en el último casco asnal.

Jesús aprovecha para alzar la voz y ser oído por la gente.

Parece como si continuara hablando a sus apóstoles, en realidad habla a los transeúntes,

y quizás también a los habitantes de la casa, mujeres ciertamente, porque reclamos de

voces femeninas  recorren el aire tibio.

–          Aunque parezca que no exista, siempre hay en los hombres un parentesco:

el de proceder de un único Creador.

Porque, aunque luego estos hijos de un único Padre se hayan separado,

no por ello ha cambiado el vínculo de origen, de la misma forma que no cambia la sangre

de un hijo cuando repudia la casa paterna.

Después de que el delito lo hiciera fugitivo por el vasto mundo, siguió circulando la sangre

de Adán por las venas de Caín.

Y por las venas de los hijos nacidos después del dolor de Eva,

que lloraba a su hijo asesinado, circulaba la misma sangre que hervía en las del lejano Caín.

Lo mismo, y con razón más pura, se diga de la igualdad entre los hijos del Creador.

¿Descarriados? Sí. ¿Exiliados? Sí. ¿Apóstatas? Sí. ¿Culpables? Sí.

¿Que hablan lenguas y creen fes que para nosotros son detestables? Sí.

¿Contaminados por uniones con paganos? Sí.

Pero su alma procede de Uno solo, y es siempre esa alma, aunque esté lacerada, descarriada,

exiliada, contaminada…

Aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo un alma creada por Él.

Los hijos buenos de un Padre bonísimo deben tener sentimientos buenos.

Buenos hacia su Padre, buenos hacia sus hermanos, al margen de lo que éstos hayan venido

a ser, porque son hijos del Mismo.

Buenos hacia su Padre, tratando de consolar su dolor conduciendo de nuevo a Él a los hijos,

que son su dolor o porque son pecadores o porque son apóstatas o porque son paganos.

Buenos hacia ellos, porque tienen esa alma que procede del Padre encerrada en un cuerpo

culpable, o manchada, u obnubilada por una religión errada;

pero sigue siendo alma del Señor e igual que la nuestra.

Recordad, vosotros los de Israel, que no hay ninguno – aunque fuera el idólatra más lejano

de Dios con su idolátrica religión,

el más pagano de los paganos o el más ateo de los hombres no hay ninguno que esté

absolutamente privado de una huella de su origen.

Recordad, vosotros los que habéis errado separándoos de la justa religión, descendiendo a

connubios de sexos que nuestra religión condena,

recordad que aunque os parezca que todo lo que era Israel haya muerto en vosotros

sofocado por el amor a un hombre de distinta fe y raza, muerto no está.

Hay uno que vive todavía, y es Israel.

Y tenéis la obligación de soplar en este fuego que muere, debéis alimentar la chispa que

subsiste por voluntad de Dios, para hacerla crecer por encima del amor carnal.

Éste cesa con la muerte.

Pero vuestra alma no cesa con la muerte. Recordadlo.

Y vosotros, vosotros, quienesquiera que seáis, que veis y muchas veces os causa horror

el ver esos híbridos connubios de una hija de Israel con un hombre de distinta raza y fe,

recordad que tenéis la obligación, el deber, de ayudar caritativamente a esa hermana

extraviada a volver a los caminos del Padre.

Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor:

que los seguidores del Redentor rediman dondequiera haya necesidad de redención,

para que Dios sonría por las almas que vuelven a la Casa paterna.

y para que no quede convertido en estéril o demasiado escaso el sacrificio del Redentor.

Para hacer fermentar mucha harina, la mujer de casa toma un trocito de la masa hecha

la semana anterior.

¡Una cantidad mínima separada de la voluminosa masa!

La sepulta en el montón de harina y mantiene todo ello al amparo de hostiles vientos,

en el calorcillo próvido de la casa.

Haced vosotros lo mismo, verdaderos discípulos del Bien;

haced vosotros lo mismo, criaturas que os habéis alejado del Padre y de su Reino.

Dad vosotros, los primeros, una pequeña porción de vuestra levadura para ser añadida a las

segundas y reforzarlas; ellas la unirán a la molécula de justicia que en ellas subsiste.

Y, tanto vosotros como ellas, mantened al amparo de los vientos hostiles del Mal,

en el calor de la Caridad señora vuestra, tenaz superviviente en vosotros, aunque esté ya

languideciendo: según lo que seáis, la levadura nueva.

Y cerrad bien las paredes de la casa, de la correligión, en torno a lo que fermenta en el

corazón de una correligionaria extraviada; que se sienta amada todavía por Israel,

todavía hija de Sión y hermana vuestra, para que fermenten todos los buenos deseos

y venga a las almas y para las almas, para todas, el Reino de los Cielos.

La gente, que ya no siente la prisa de pasar, a pesar de que el puente haya quedado libre;

ni de proseguir, si ya lo ha atravesado,  

se pregunta:

–           ¿Pero quién es?

¿Pero quién es? 

–          Un rabí.

–         Un rabí de Israel.

–         ¿Aquí?

¿En los confines de Fenicia? ¡Es la primera vez que sucede!

–        Pues es así.

Aser me ha dicho que es el que llaman el Santo.

–          Entonces quizás se refugia entre nosotros porque allá lo persiguen.

–          ¡Menudos reptiles son!

–         ¡Está bien que venga a nuestra tierra!

Hará prodigios…

Entretanto, Jesús ha puesto tierra de por medio, por un sendero que atraviesa los campos.

Y se marcha…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

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348 PEREGRINO RECHAZADO


348 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras salen de la casa donde han dormido. 

Pedro dice:

–         Señor, esta noche he estado pensando…

¿Por qué quieres venir tan lejos, para luego volver a los confines fenicios?

Deja que vaya yo con otro.

Venderé a Antonio…

Lo siento… Pero ahora ya no hace falta y llamaría la atención.

Me toparé con Felipe y Bartolomé.

Sólo pueden recorrer ese camino, así que los encontraré, sin duda.

Y puedes estar seguro de que no hablaré.

No quiero causarte dolores…

Tú descansas aquí, con los demás, nos ahorramos todos ese camino de Yiftael…

Y tardamos menos»

Y parecen menos demacrados, porque tienen túnicas frescas.

Las barbas y los cabellos han sido arreglados por mano experta.  

Jesús  responde:

–        Tu idea es buena.

No te impido hacerlo.

Bien, ve con quien quieras de tus compañeros.

–         Entonces con Simón. Señor, bendícenos.

Jesús los abraza,

diciendo:

–        Con un beso. Id.

Los miran mientras se marchan, descendiendo raudos hacia la llanura.

Tadeo dice:

–         ¡Qué bueno es Simón de Jonás!

Estos días lo he apreciado como nunca lo había hecho.  

Mateo añade:

–         También yo.

Nunca egoísta, nunca soberbio, nunca exigente.

Santiago de Alfeo agrega:

–        No se ha aprovechado nunca del hecho de ser el jefe.

¡Al contrario! Parecía el último de nosotros.

Y no obstante, conservaba siempre su lugar.

Santiago de Zebedeo:

–         A nosotros esto no nos asombra.

Lo conocemos desde hace años.

Fogoso, pero todo corazón. ¡Y además tan honesto…! –

Andrés:

–        Mi hermano, a pesar de ser rudo, es bueno.

Y desde que está con Jesús, se ha hecho doblemente bueno.

Yo tengo un carácter completamente distinto, y…

Algunas veces se ponía nervioso;

pero era porque comprendía que yo sufría por ese carácter;

se inquietaba por mi bien.

Uno, una vez que lo comprende, se lleva bien con él.   

Juan afirma:

–        Estos días nos hemos entendido siempre y hemos sido un corazón solo.

Santiago de Zebedeo:

–        ¡Sí, sí! Yo también lo he percibido.

Durante toda una luna.

Y en momentos incluso de verdadera tensión, no hemos tenido nunca malos humores…

Mientras que otras veces…

No sé por qué… 

Tadeo responde:

–        ¿Por qué?

¡Pues es fácil de entender!

Porque tenemos intención recta.

No somos perfectos, pero sí rectos.

Por eso aceptamos el bien que uno propone; o descartamos el mal,

cuando uno de nosotros nos lo indica como tal.

Y antes no lo  habíamos intuido nosotros solos.

¿Por qué?

¡Es fácil responder!

Porque nosotros ocho tenemos solo un pensamiento:

Hacer las cosas de forma que Jesús se sienta contento.

¡Eso es todo!   

Andrés dice conciliador:

–        No creo que los otros tengan un pensamiento distinto.

Judas Tadeo, que se ha contenido, al principio de su intervención, por una mirada de Jesús.

Dice con vehemencia:

–        No.

No Felipe, ni Bartolomé, aunque sea muy anciano y muy Israel…

Y tampoco Tomas, a pesar de que sea más hombre que espíritu.

Sería injusto con ellos si los acusara de…

Jesús, tienes razón. Perdona.

Pero, si supieras lo que me produce el verte sufrir. ¡Y por él!

Yo soy discípulo tuyo, como todos los otros.

Pero, además, soy hermano y amigo tuyo.

Y llevo en mis venas la fogosa sangre de Alfeo.

Jesús, no me mires tan severo y tan triste.

Tú eres el Cordero y yo… el león.

Créeme que a duras penas logro sujetarme para no romper de un zarpazo la red de

calumnias que te circunda.

Y para no abatir el cobijo en que se oculta el verdadero enemigo.

Quisiera ver la realidad de su rostro espiritual, al cual doy un nombre…

Aunque quizás calumnio al hacerlo; y lo marcaría con una señal,

si lograse conocer su realidad sin riesgo de error…

Que le quitaría para siempre las ganas de dañarte

Santiago de Zebedeo le responde:

–        ¡Deberías marcar a la mitad de Israel!…

Pero Jesús seguirá adelante igual.

Ya has visto estos días que nada puede contra Jesús.

¿Qué hacemos ahora Maestro?

¿Has hablado aquí?

–        No.

Hacía menos de un día que había llegado a estas laderas.

Dormí en el bosque.

–         ¿Porque no te recibieron?

-Su corazón rechazó al Peregrino…

No tenía dinero…

–         ¡Entonces son corazones de piedra!

¿De qué tenían miedo?

–        De que fuera un bandido…

Pero no importa.

El Padre que está en los Cielos hizo que encontrara una cabra, perdida o que había huido.

Venid, os la muestro.

Vive en la espesura con su cabritillo.

No huyó al verme llegar.

Es más, me dejó exprimir su leche en mi boca…

Como si Yo también fuera una criatura suya.

Y dormí al lado de ella, con el cabritillo casi en mi corazón.

¡Dios es bueno con su Verbo!

Van hacia el lugar del día anterior, a un bosque espeso y espinoso.

En su centro hay un roble secular, con una base tan hendida en un terreno casi imposible…

Es como si el terreno se hubiera abierto y hubiera desgajado su tronco poderoso,

fajado todo de verdes hiedras y de espinos por ahora carentes de hojas.

Allí cerca está pastando la cabra con su cabritillo.

Al ver a tantos hombres, apunta hacia ellos los cuernos en señal de defensa.

Pero luego reconoce a Jesus y se calma.

Le echan unas cortezas de pan y se retiran.  

Jesús explica:

–         Ahí dormí.

Y hubiera seguido allí, si no hubierais venido.

Ya tenía hambre.

El objetivo del ayuno estaba terminado…

No era necesario insistir, por otras cosas que ya no se pueden cambiar…

Jesús está de nuevo triste…

Los seis se intercambian breves miradas, pero no dicen nada.

Tadeo pregunta.

–         ¿Y ahora?

¿A dónde vamos?

–        Nos quedamos aquí, por hoy.

Mañana bajaremos a predicar en el camino de Tolemaida.

Luego iremos hacia los confines fenicios, para regresar aquí antes del sábado.

Y lentamente, regresan al pueblo.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

347 EL REENCUENTRO


347 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús – un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado- está en la cima,;

exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo, que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste,

sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste 

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes,

que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar:

al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,

con un cabo cortante como un espolón de nave,

por las venas rocosas que albean bajo el sol.

Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes

y regatos  bien colmados de aguas en esta estación del año,

que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón,

desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago

en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura.

El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros,

mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas que de las abiertas gemas,

brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades,

de mordeduras de insectos y de contactos de hombre.

Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada;

tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal

y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos,

el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda

tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira.

Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar

ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo.

Y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.

¡Qué Jesús tan desmejorado’

Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto:

entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso;;

ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir;

que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales.

Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta,

de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad.

Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos

hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro

son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil

sin sombra de róseo.

Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y

conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas

secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera.

Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste

en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira..

El sol del mediodía lo calienta.

Y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles

para ir bien al sol;

pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos

polvorientos ni en sus ojos cansados;

ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color;

es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo

por el camino que viene del noroeste, el más llano.

Entonces se produce la metamorfosis:

La mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado,

por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas.

Y más por la sonrisa que lo ilumina.

Abre los brazos – los tenía cruzados –

y exclama

«¡Mis amados!».

Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas,

como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,

que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas.

Y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto.

Cuando la distancia puede ser salvada por la voz,

los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.

Oyen la llamada lejana.

Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo ropaje oscuro se confunde

con la espesura del bosque que cubre la ladera.

Miran a su alrededor, gesticulan…

Jesús los llama de nuevo…

Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol,

con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya.

Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

–      ¡El Maestro! – y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba,

por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos

ni la fatiga del paso…

Llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles;

es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas.

Y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices.

Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices…

Luego llega Santiago de Zebedeo.

Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas:

Mateo, el Zelote y el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso – ¡vaya que si se abre paso! – para llegar al Maestro.

Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas.

Y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas.

Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús

como ostras a un escollo.

Y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también

él a los pies de Jesús,

y dice:

–         ¡Oh, Maestro mío!

¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más.

He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad.

Mira como es verdad, Maestro…

Y levanta la cara para que a Jesús lo mire.

Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús…

Y se pone en pie gritando:

« ¿Maestro?

¿Pero qué has hecho?

¡Necios! ¡Pero mirad!

¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡

Maestro, Maestro mío, ¿Qué has tenido?

¡Díselo a tu Simón!».

–         Nada, amigo.

–        ¿Nada? ¿Con esa cara?

¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

–         ¡No, hombre, Simón!

–          ¡Imposible!

¡O enfermo o has sufrido persecución!

¡Que tengo ojos, eh!…

–         Yo también los tengo.

Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo.

Entonces tú ¿Por qué estás así?

Pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente

como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.

–        ¡Pero yo he sufrido!

No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

–         ¡Tú lo has dicho!

Yo también he sufrido por el mismo motivo..

Enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo,

pregunta: 

–        ¿Sólo por eso, realmente, Jesús?

Jesús confirma:   

–        Por el dolor, sí, hermano mío.

El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…

–        Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

–         ¡Por favor!…

¡Silencio!

Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome:

“Sé por qué has sufrido”.

Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta.

Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

Jesús se muestra severo al decir esto

Todos se intimidan.

Pedro es el primero en reaccionar,

y pregunta:

–         ¿Y dónde has estado, Maestro?

¿Qué has hecho?

–         He estado en una gruta… orando… meditando…

Fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión,

para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–         ¿Pero dónde, dónde?

¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

–         En una gruta no necesitaba nada.

–         Pero, ¿Y la comida?,

¿Y el fuego?, ¿Y la cama?, ¿Y..?

¡Bueno, todo! Yo te imaginaba – era mi esperanza -, al menos, huésped,

como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte…

En definitiva, en una casa.

Eso me tranquilizaba un poco.

¡Pero, de todas formas…!

Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida,

sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela.

¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca!

De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora.

Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no.

Sólo si muero seré separado de Ti.

–         O si muero Yo.

–         ¡Tú no!

Tú no debes morir antes que yo. No digas eso.

¿Quieres entristecerme del todo?

–         No.

Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo

a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis?

Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa

y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras,

preguntando:

–        ¿De verdad, Señor?

–        ¿Es realmente así?

–        ¿Tanto nos quieres?

–         Sí. Os quiero mucho. ¿

Habéis traído comida?

–          Sí.

Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino.

Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas.

Y ,una borracha con vino generoso y huevos para Ti, si es que no se han roto…

–         Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol.

Y vamos a comer.

Mientras comemos me habláis…

Se sientan al sol en un risco.

Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

Y exclama: 

–         ¡Todo salvo! 

Incluso la miel de Antigonio.

¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo!

Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco,

o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero…

Y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos…

¡Pero a la ida!

Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos,

para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

Zelote confirma: 

–          Si, claro, ahora ya no tenía objeto… 

Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.,

pregunta: 

–         Maestro, ¿Has hecho penitencia por nosotros? 

–         Sí, Juan.

Os he seguido con el pensamiento.

He sentido vuestros peligros y aflicciones.

Os he ayudado como he podido…

–        ¡Yo lo he sentido

Y os lo dije, ¿Os acordáis?    

Todos confirman: 

–         Sí, es verdad.

–          Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.

Andrés pregunta:

–        ¿Has ayunado, Señor?

Pedro le responde: 

–         ¿Qué remedio! 

Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta,

¿Cómo querías que comiera?

Santiago de Alfeo,

dice: .

–         ¡Por causa nuestra!

¡Cuánto me apena esto!

–         ¡Oh, no!

¡No os aflijáis!

No solamente por vosotros.

También por todo el mundo.

He hecho lo que cuando empecé la misión.

En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros.

Y, creedme, para mí es doble alegría.

Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad,

pero en los hombres es menos fácil de encontrar.

Vosotros lo estáis ejerciendo.

Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles;

habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios.

Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad.

Y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección.

Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento.

También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno.

Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora!

Todos hemos sufrido.

Yo y vosotros.

Pero no ha sido un sufrimiento inútil.

Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción.

El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante,

la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer.

Y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

Pedro suspira diciendo: 

–         ¡Oh, sí!

Me he hecho viejo.

No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir.

He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… –

–         Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos.

Referid…

Pedro dice a Simón Zelote:

–        Habla tú, Simón.

Sabes hacerlo mejor que yo 

Simón objeta:   

–         No.

Tú, como jefe competente que eres, habla por todos.

Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:

–         Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía.

Luego comienza la narración del regreso:

–        Sufríamos todos, ¿Eh?

Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…

–        Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡

En fin! Bueno, hablad vosotros…

yo no puedo… 

Y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:

–        Ninguno habló durante mucho camino…

No podíamos hablar…

La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía…

Y no queríamos llorar…

Porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.

Llevaba las riendas yo;

porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro

a hurgar en los talegos.

Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba,

no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí.

Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas.

No comimos, ninguno, porque… no podíamos.

Pensábamos en ellos dos…

Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia.

Restituimos el carro y el caballo al hospedero y – era un hombre muy bueno –

le pedimos consejo respecto a la nave.

Dijo: “Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente”.

Y así hizo.

Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos.

Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave.

La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro,

a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos.

La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta.

Una barca pobre, con pocos tripulantes y creo que con mucha miseria.

Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro,

previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien.

Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo.

Es época de tempestades…

Y ya sabes lo que encontramos a la ida.

Pero Simón Pedro dijo: “No sucederá nada”.

Y subimos a la barca.

Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave.

Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida.

Y en Tiro el patrón fue tan bueno,

que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras.

Pero era muy simple… No como a la ida…

En Tolemaida nos separamos.

Estábamos tan contentos,

que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas,

les dimos más dinero del convenido.

En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí…

Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido.

Simón de Jonás tiene razón. 

Varios estuvieron de acuerdo al afirmar:

–        ¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? 

Jesús concede: 

–         Tenéis razón.

Ahora escuchad.

Vuestra misión ha terminado.

Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Nathanael.

Y hay que hacerlo pronto.

Luego vendrán los demás.

Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia.

Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.

–        ¿Ni siquiera a Felipe y Nathanael?

Saben que hemos venido contigo.

–         Hablaré Yo.

He sufrido mucho, amigos.

Y vosotros lo habéis visto.

He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.

Haced que mi sufrimiento no sea inútil.

No carguéis mis hombros con un peso más.

¡Tengo ya muchos!…

Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a NathanaeI que he sufrido mucho.

Decídselo a Felipe.

Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos.

Pero no digáis más.

Decir que habéis entendido que he sufrido.

Y que os lo he confirmado, es una verdad.

No hace falta más.

Jesús habla cansado…

Los ocho lo miran apenados…

Y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza.

Jesús la levanta y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

Pedro dice: 

–        ¡No, no puedo verte así!

Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado…

Y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib.

Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos.

¡Así no, así no! No puedo verte así…

Me pareces…

Uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, 

O una persona al límite de sus fuerzas…

Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

–         Sí, Pedro.

Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca…

Es más, será herido cada vez más.

Vamos…

Juan suspira:

–        Lo siento…

Hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción

y del ungüento…

–         Un día lo contarás…

No ahora.

Todo manifestaréis un día.

Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: “Id a decir todo lo que sabéis”.

Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta:

El poder de la Fe.

Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras,

no por el ungüento,

sino por la Fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su Fe estaba la vuestra,

la de todos vosotros, y vuestra caridad.

Caridad hacia el herido.

Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la Fe.

Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus…

No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… 

Y Jesús suspira fuerte

Están a la vista de Akcib.

Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento.

Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús.

El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

346 EL MESÍAS REDENTOR


                                        346 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no

vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos porque es Sábado. 

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

–        ¿Sobre qué?

–         Sobre todo lo que queráis.

Habéis oído estos días lo que hemos dicho.

De acuerdo con ello, decidid.

Los apóstoles se miran unos a los otros.

¿Quién debe hablar?

¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe

Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo.

Sólo cuando los ve irremovibles, se decide a hablar.

–         Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías.

El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría.

De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya,

que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído.

No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias

y las pueda aceptar sin obstáculo.

Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio.

Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido

resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón;

mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel.

Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad

La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan as Profetas,

de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham, después del glorioso martirio sufrido

por la justicia. Juan el Bautista – y aquí están presentes los que oyeron esas palabras – dijo: “Éste es el Cordero de Dios

que quita los pecados del mundo”.

Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a

llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino – cargados como están de lastre – para llegar a la

cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe.

Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús.

Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer,

incluso cuando las apariencias se presentan contrarias.

Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros;

entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos…

A ti, Simón Zelote. Yo he terminado

Continúa tú.

El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador,

tiene que salir adelante sin demoras ni quejas.

Y dice:

–         Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor.

Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es

siervo para siempre.

Está escrito:

“¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!”.

Así verdaderamente debería ser.

Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el

tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas,

sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas.

No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén.

La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe.

Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro.

Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón,

y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa.

El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y

paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más

atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos

de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas.

El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia,

en la soledad de fiera que es propia de los leprosos.

Un hombre me dijo: “Ve a Él, al Rabí de Nazaret, y serás curado”.

Tuve fe. Fui.

Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón.

En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios.

Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo. inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión

de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer:

que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él.

Habla tú ahora, Santiago de Alfeo.

–         Yo soy el hermano del Nazareno.

Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno.

Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo.

Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual,

y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos.

El cual ha permitido que la Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra,

permaneciendo de todas formas siempre unida con aquellas que viven en el Cielo.

Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente.

Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza.

Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!,

porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su Humanidad.

Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios.

Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor,

Potencia y Naturaleza.

Sea propiedad vuestra también esta verdad,

que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío.

Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: “Es un hombre cualquiera”, responded:

“No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador”:

no dejéis que ninguna cosa os disuada.

Ésta es la Fe.

A ti, Andrés.

–         Ésta es la Fe.

Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea.

Y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía mudos coloquios conmigo mismo.

Decía: “¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía?

Faltan todavía muchos años, según la profecía”.

Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos…

Me preguntaba: “¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?”.

Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos.

Y poder, e irresistible majestad…

Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?”.

Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yeohveh en el Sinaí.

Me decía: “Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores,

pero no quedaron reducidos a cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos.

Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…”.

Era discípulo del Bautista.

Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna…

Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista.

Yo había visto a un joven hermoso y tranquilo venir hacia nosotros por un sendero.

Humilde la túnica, dulce el aspecto.

Parecía pedir amor y dar amor.

Sus ojos azules se posaron un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás.

Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas.

Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: “¡Ahora muero!

Es la convocatoria de Dios a mi espíritu”.

Pero no morí.

Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista.

Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él.

Se hablaron.

Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí,

que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido.

Mi alma lo sentía distinto de todos.

Decían: “Yo debería ser bautizado por Ti…”. “Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia”…

Juan ya había dicho: “Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias”.

Había dicho ya: “En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis.

Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible”.

Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde,.

Y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor,

era digno de desatarle las sandalias.

Había oído que era Aquel al que no conocíamos.

Pero no sentí miedo de Él.

Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios,

pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”,

yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto,

grité con la voz del espíritu: “¡Creo!”.

Por esta fe soy su siervo.

Sedlo vosotros también y tendréis paz.

Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor.

–         Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés.

Él era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo.

Era un pecador, un gran pecador.

Vivía en el error completo.

Me había endurecido en el error y no sentía desazón.

Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o} reprensiones,

recordándome al Dios Juez implacable,

experimentaba un momento de terror..

Y luego me arrellanaba en la necia idea:

“Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”.

Y, más que nunca, me hundía en el pecado.

Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm.

También para mí era un desconocido.

Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión.

Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente.

Estos que veis y otros pocos.

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen.

Esto fue lo primero que me impresionó

Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor;

su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia.

Luego me impresionó su poder.

Hacía milagros.

Dije: “Es un exorcista. Un santo”.

Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él.

Él me buscaba. Ésa era mi impresión.

No había vez que pasara cerca de mi banco, que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste.

Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor.

Un día – la gente magnificaba siempre su palabra – sentí deseos de oírle.

Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres.

Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados..

Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados.

Hacía las cosas en  secreto…

Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo.

Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial,

no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón.

Y prometía que aquella Ciudad celeste – cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra,

que me vino nostalgia de ella – sería de quien a Él fuera.

Y luego,…

y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando!

Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma,

la atormentó con su amor exigente…

Y mi alma fue nueva.

Fui a Él con arrepentimiento y deseo.

No esperó a que le dijera: “¡Señor, piedad!”.

Dijo Él: “¡Sígueme!”.

El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador.

Que esto os diga,

si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él,

sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado.

Santiago de Zebedeo, habla tú.

–         Verdaderamente no sé qué decir.

Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho.

Porque la verdad es ésta y no puede cambiar.

Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán,

pero no me di cuenta de Él, sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente

Y cuando se marchó, después de su luminosa manifestación;

me quedé como uno al que de una cima llena de sol, lo llevan a una oscura cárcel.

Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol.

El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios .

Y luego haber desaparecido de mi presencia.

Estaba solo entre los demás hombres.

Mientras comía tenía hambre.

Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo.

Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El;

había quedado lejos, sin atractivo.

Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: “¡Vuelve, Cordero del Señor!

¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor

para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!”.

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa

que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez

Se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no lo reconocí inmediatamente.

Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a Él y reconocerlo.

Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo.

Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es,

en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho.

Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo.

Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios.

Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado.

La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe

Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad,

cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos,

sino por el deseo de conocer a Dios.

Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios.

Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios:

despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación.

Yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita.

El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la “virilidad casta” del Desconocido que había ido a Cafarnaúm,

Y casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero,

el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras

virtudes muertas

El celibato NO es una vida sin amor. Es la vida de UN AMOR MÁS GRANDE que el carnal. “

De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo

y a la unión con Dios.

“Sígueme.” “Voy.” Pero su alma había dicho ya: “Voy”, y el Salvador había dicho ya: “Sígueme”,

desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador.

Imitad.

Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa;

es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad.

Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu,

más apto es para reconocer al Señor.

Y la vida angélica favorece esto al máximo.

Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen.

Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios.

Por eso digo: “Sed castos para poderlo reconocer”.

Judas, ¿Quieres hablar tú ahora?

         Sí.

Sed castos para poderlo reconocer.

Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo É1 mismo.

Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: “No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor”.

Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya, es semejante a un vaso colmado del Señor.

Y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza.

Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios

habitará en la Jerusalén celeste.

verán a Dios ( Mt 5,8)

Sí. Pero es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella.

Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento.

No siempre tendrán tiempo de hacerlo.

De la misma manera que los que ahora lo calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón

en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de este.

Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún,

quienes temen ver en El un monarca  terreno, no estarán preparados para aquella hora;

engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano,

pecarán cada vez más.

La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él.

Debemos tener presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina

bajo una apariencia común.

Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de Sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad

desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión

en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa:

la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso.

Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre.

Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre.

Y, no obstante, no dice nada.

No abre la boca para decir: “Me producís horror”.

La abre solamente para decir: “Venid a Mí, que os quite vuestros pecados”.

Es el Salvador.

En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza.

Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés.

Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos.

Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto

en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados,

en el triunfo de su realeza santa.

¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!…

Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas.

El es el Santo.

Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El.

Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión;

para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna.

Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.

–          ¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero!

15. Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: = ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! =Romanos 10

Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión:

“¡Reinará tu Dios!”.

Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey

de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz.

Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas

de la patria, bajo la caricia de su pie.

Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo:

“¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.

Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce;

Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro.

¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?

¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros,

le muran la vista del alma para no ver esta Luz?

¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido,

encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador?

¿Qué es el Salvador?

Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras,

ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino.

Yo os digo: amad.

No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza.

Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad.

Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente.

Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis

de las vuestras, mínimas.

Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama?

Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor,

es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros merecida.

Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo.

Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones,

que os ama con la totalidad de Sí mismo.

Seréis sabios. Seréis todo.

Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles

convocando al rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es

de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios.

Abandonad cualquier camino que no sea el suyo.

Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz.

No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla.

Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida,

a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito,

que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor,

sin tempestades, sin tinieblas, acógenos!

¡A todos! A los inocentes y a los convertidos. ¡A todos!

¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad.

A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios,

y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes,

sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz.

Y cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar

contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador,

Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime.

Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo

y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio.

El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose

a Pedro:

–         ¿Y Juan, el pedagogo, no habla?

-Os hablará por nosotros continuamente.

Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él.

Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…

Salen todos.

Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos.

Hay un silencio grave:

Están todos un poco pálidos:

los apóstoles, porque saben lo que está para producirse;

los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el “Pater noster”.

Luego – está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -,

yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros,

dice:

–         Es la hora de la despedida, hijos.

¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro?

¿A Él, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos.

Juan la imita.

Pedro los tiene a sus pies…

Y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.

Juan de Endor alza su acongojado rostro,

y dice:

–          Dirás al Maestro que nosotros hacemos su Voluntad…

Y Síntica:

–         Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…

El llanto impide frases más largas.

–        Bien.

Démonos el beso de despedida.

Esta hora debía llegar..

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

Síntica suplica:

–         Antes bendícenos

–        No.

No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…

Tadeo se pone de rodillas y objeta:

–        No.

Tú eres el jefe.

Nosotros los bendeciremos con el beso.

Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan .

Y Pedro, el pobre Pedro – que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz.

Y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies…

– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica…

Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana;

levanta y abraza, besándolo fuerte, a Juan.

Y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado.

Sólo están presentes Felipe, Berenice y el siervo, que sujeta el caballo.

Pedro ha subido ya al carro… 

Felipe dice a Pedro:

–         Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados.

Berenice en voz baja, dice a Zelote:

–          Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula. 

–          Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que…

¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver!

¡Adiós, hermanos! Adiós…

Corren afuera, al camino, los dos discípulos…

Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina…

Ha desaparecido…

–         ¡Síntica!

–         ¡Juan!

–        ¡Estamos solos!

–        ¡Dios está con nosotros!…

Ven, pobre Juan. El sol declina.

Te sienta mal estar aquí…

–          Para mí el Sol se ha puesto para siempre…

Sólo volverá a salir en el Cielo.

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

Dice Jesús:

«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado,

deteniéndose como un curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido…

Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás,

da al texto de Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana.

Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad profética

y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos.

Fue el gran error, por el que, en la hora de la Redención, bien pocos en Israel supieron ver todavía al Mesías

en el Condenado.

La Fe no es sólo una corona de flores.

Tiene espinas también.

Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria como en las horas trágicas.

Y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_X

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

345 PEDAGOGOS EN ANTIGONIO


345 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El anciano Felipe mientras sirve a los huéspedes leche humeante,

dice: .

–       Mi hijo Tolmái ha venido para los mercados.

Hoy, a la sexta, regresa a Antigonio.

El día está templado.

¿Queréis ir, según vuestro deseo? 

Pedro responde:

–        Iremos, seguro.

¿Cuándo has dicho?

–        A la sexta.

Podréis volver mañana, si queréis; o si preferís, en la víspera del sábado, al caer de la tarde, cuando vienen para las funciones del sábado todos los subalternos hebreos

o los que han entrado en la fe.

–        Lo haremos así.

Se podría incluso elegir ese lugar, para que vivieran éstos.

–        Será un placer en todo caso, aunque los pierda.

Porque es un lugar salubre.

Y podríais hacer mucho bien con los subalternos, algunos de los cuales

son todavía los que dejó el amo.

Otros provienen de la bondad de la bendita ama, que los rescató de amos crueles.

Por eso no son todos israelitas.

Pero ahora ya no son tampoco paganos.

Hablo de las mujeres.

Los hombres, todos, están circuncidados.

No sintáis aversión…

Pero están todavía muy lejos de la justicia de Israel.

Los santos del Templo, que son perfectos, se escandalizarían de ellos…

Pedro exclama:

–       ¡Ah, ya!

¡Ya! ¡Ya!…

¡Bueno, bien!

Ahora podrán progresar aspirando sabiduría y bondad de los enviados del Señor…

¿Estáis oyendo cuántas cosas que hacer tenéis aquí? – termina Pedro, dirigiéndose a los dos.

Síntica promete:

–        Lo haremos.

No defraudaremos al Maestro

Y sale para preparar lo que cree oportuno.

Juan de Endor pregunta a Felipe:

–        ¿Piensas que en Antigonio voy a poder hacer un poco de bien,  también a otros,

enseñando como pedagogo?

–        Mucho bien.

El anciano Plauto ha muerto ya hace tres lunas y los niños de los gentiles no tienen escuela.

En cuanto a los hebreos, no hay maestro, porque todos los nuestros huyen de ese lugar

que está cerca de Dafne.

Se necesita uno que sea…

que sea… como era Teófilo…

Sin rigideces para… para…

Pedro concluye expeditivo.

–        Sí, en fin,

sin fariseísmo, quieres decir.

–        Eso… sí…

No quiero criticar…

Pero pienso…

Maldecir no sirve para nada.

Mejor sería ayudar…

Como hacía la ama, que con su sonrisa conducía a la Ley más y mejor, que un rabí.

Juan de Endor exclama:

–        ¡Ahora comprendo por qué me ha enviado aquí el Maestro!

Soy exactamente el hombre con los requisitos precisos…

¡Haré su voluntad!

¡Hasta el último respiro!

Ahora creo, creo con firmeza que es exclusivamente una misión de predilección ésta mía.

Voy a decírselo a Síntica.

Vais a ver como nos quedamos allí..

Voy, voy a decírselo.

Y sale, animado como hacía tiempo no lo estaba.

Pedro exclama:

–        ¡Altísimo Señor, te doy las gracias y te bendigo!

Sufrirá todavía, pero no como antes…

¡Ah, qué alivio! 

Y luego siente el deber de explicar a Felipe un poco, de la forma que puede,

el por qué de su alegría:

«       Debes saber que los…“rígidos” de Israel – tú los llamas “rígidos” – persiguen a Juan.

–        ¡Ah, comprendo!

Perseguido político como… como… – y mira al Zelote.  

Simón confirma:

–        Sí, como yo y más;

por otros motivos también.

Porque, además de por la casta distinta, los irrita por ser del Mesías.

Por lo cual, dicho sea de una vez por todas, él y ella quedan confiados a tu fidelidad…

¿Comprendes?

–        Comprendo.

Y sabré cómo moverme.

–        Ante los demás, ¿Cómo los vas a llamar?

–        Dos pedagogos recomendados por Lázaro de Teófilo,

él para los niños, ella para las niñas.

Veo que tiene bordados y telares…

Gente extranjera hace y vende muchas labores femeninas en Antioquía.

Pero son labores toscas y recargadas

Ayer he visto una labor suya que me ha recordado a la buena ama mía…

Serán labores muy solicitadas…

Pedro dice:

–        Una vez más, alabado sea el Señor.

Judas Tadeo., responde: 

–        Sí.

Esto disminuye en nosotros el dolor de la ya próxima despedida.

–        ¿Ya os queréis marchar?

Y Tadeo explica:

–        Tenemos que marcharnos.

La tormenta nos ha hecho perder tiempo.

Para los primeros días de Sabat tenemos que estar con el Maestro.

Nos está esperando, porque ya vamos con retraso.   

Se separan y va cada uno a sus asuntos:

Felipe a donde lo llama una mujer;

los apóstoles al sol, en la azotea. 

Santiago de Alfeo pregunta: 

–        Podríamos partir el día siguiente del sábado.

¿Qué os parece? 

Todos asienten…

–       ¡Por mí!…

¡Fíjate tú! 

Pedro:   

–       Todos los días me levanto con el tormento de Jesús solo, sin ropa, desatendido,

y todas las noches me acuesto con el mismo tormento.

De todas formas, hoy lo decidimos.

Andrés comenta:

–        Decidme.

¿Creéis que el Maestro sabía todo esto?

Hace días que me pregunto cómo sabía que encontraríamos al cretense;

cómo ha visto con anticipación el trabajo de Juan y Síntica;

cómo, cómo… en definitiva, muchas cosas.  

Zelote dice:

–        Verdaderamente creo que el cretense tiene épocas fijas de estancia en Seleucia.

Quizás Lázaro se lo dijo a Jesús…

Y Él, por ello, decidió la partida sin esperar a la Pascua… 

Santiago de Alfeo. pregunta: 

–        ¡Sí! ¡Eso!

¿Y Juan cómo va a celebrar la Pascua? 

Mateo dice:

–        Pues como todos los israelitas… 

Tadeo dice:

–        No.

Sería caer en la boca del lobo».

-¿Pero qué dices, hombre?

Entre tanta gente, ¿Quién lo va a descubrir?

Pedro dice y corta la frase: 

–       El Iscar…

¡Oh, ya hablé!

No penséis en ello.

Es un capricho de mi mente…

Pedro está colorado, afligido por haber hablado.

Judas Tadeo le pone una mano en el hombro, sonriendo con su sonrisa grave,

y dice:

–        ¡Bueno, hombre!

Todos pensamos lo mismo…

Pero mejor no decírselo a ninguno.

Bendigamos, más bien, al Eterno, que ha desviado la mente de Juan, de este pensamiento.

Todos, abstraídos, guardan silencio.

Pero para ellos, verdaderos israelitas, es una preocupación el cómo va a poder celebrar

la Pascua en Jerusalén, el discípulo exiliado…

Y vuelven sobre el tema. 

Mateo dice:

–        Yo creo que Jesús proveerá.

Quizás Juan lo sabe.

Basta preguntárselo.

Juan suplica:

–        No lo hagáis.

No creéis deseos y espinas donde apenas si se acaba de establecer la paz.

Santiago de Alfeo. confirma: 

–        Sí.

Es mejor preguntárselo al Maestro mismo

Andrés pregunta: 

–       ¿Cuándo lo veremos?

¿Qué pensáis vosotros? 

Santiago de Zebedeo dice: 

–        Si partimos el día siguiente del sábado,

para el final de la luna estaremos seguro en Tolemaida…

Tadeo observa:

–        Si encontramos nave… 

Y su hermano añade:

–        Y si no hay tempestad.

–        Por lo que se refiere a la nave, siempre hay alguna que parte para. Tiro.  

Y pagando, haremos que se haga escala en Tolemaida aunque la nave vaya para Joppe.

Zelote pregunta a Pedro:

–        ¿Tienes todavía?

–       . Contando incluso con que me ha pelado bien ese ladrón del cretense,

a pesar de todas sus declaraciones de querer favorecer a Lázaro.

Pero tengo que pagar la permanencia de la barca y la de Antonio…

Y no toco los denarios que me han dado para Juan y Síntica.

Son sagrados.

Los dejo intactos, a costa incluso de no comer.

Zelote comenta:

–       Haces bien.

Ese hombre está muy enfermo.

Él cree que podrá ejercer la función de pedagogo.

Yo creo que su única función será la de enfermo, pronto… 

Santiago de Zebedeo, confirma: .

–        Sí, también yo creo eso.

Síntica, más que labores, tendrá que hacer ungüentos 

Juan dice admirado:

–        Ese ungüento, ¿Eh?

¡Qué prodigio!

Síntica me ha dicho que quiere hacer más

y usarlo para poder entrar en familias de aquí».

Mateo proclama: 

–       ¡Buena idea!

Un enfermo que se cura es siempre un discípulo conquistado, y con él los suyos

  Pedro exclama: 

      ¡Ah, no, eso no! 

Andrés cuestiona y con él, otros más:

—      ¿Cómo?

¿Quieres decir que el milagro no arrastra hacia el Señor?  

Pedro interroga:

–        Sois unos niñitos!

¡Parece que acabáis de bajar del Cielo!

¿Pero no veis lo que le hacen a Jesús?

¿Se ha convertido Elí de Cafarnaúm

¿Y Doras?

¿Y Oseas de Corazín?

¿Y Melquías de Betsaida?

¿Y – perdonad los de Nazaret

 y toda Nazaret por los cinco, seis, diez milagros cumplidos,

hasta el último, el de vuestro sobrino? 

Ninguno replica, porque es la amarga verdad…

Después de unos minutos de silencio,

Juan dice: 

–        No hemos encontrado todavía al soldado romano.

Jesús ya lo había dado a entender..

Zelote dice: . 

–        Se lo diremos a los que se quedan.

Es más, será otra misión más en su vida.

Vuelve Felipe

diciendo:

–        Mi hijo está ya listo.

Se ha dado prisa.

Está con su madre, que prepara regalos para los nietos.

–        ¿Es buena tu nuera, no?

–        Buena.

Ha sido consuelo mío en la pérdida de mi José.

Es como una hija.

Era sierva de Euqueria. La educó ella.

Venid a reponer fuerzas antes de poneros en marcha.

Los otros ya lo están haciendo…

.Y,precedidos por el carro de Tolmái, nieto de Felipe, trotan hacia Antigonio…

Llegan pronto a esta pequeña ciudad.

Sepultada en la feracidad de sus jardines, protegida de las corrientes por las cadenas de

montes que tiene alrededor; 

suficientemente lejanas para no ahogarla, pero suficientemente cercanas para protegerla

y derramar sobre ella los efluvios de sus bosques de árboles resinosos y esenciales;

toda llena de sol, alegra la vista y el corazón con sólo cruzarla.

Los jardines de Lázaro están al sur de la ciudad.

Están precedidos por un paseo, por ahora sin frondas, a lo largo del cual están las casas

de los que trabajan en los jardines.

Son casitas bajas, pero bien cuidadas.

A sus puertas se asoman caras de niños que observan curiosos…

Y de mujeres que saludan sonriendo.

Las razas distintas se manifiestan en la diversidad de los rostros.

Tolmái, en cuanto traspasan la cancilla donde empieza la propiedad,

hace un especial chasquido de tralla al ir pasando por delante de todas las casas;

debe ser como una señal

Y los que viven en ellas, tras haber observado, entran de nuevo y luego vuelven a salir,

cierran las puertas y empiezan a caminar por el paseo, detrás de los dos carros,

que van al paso y luego se paran en el centro de una confluencia de senderos

(dirigidos, como los radios de una rueda, en todas las direcciones

entre muchos campos dispuestos en cuadros, unos desnudos, otros de un verde perenne,

custodiados por laureles, por acacias o árboles semejantes.

O por otros árboles que a través de los tajos incididos en su tronco

rezuman leche olorosa y resinas).

En el ambiente hay un olor mixto de aromas balsámicos, resinosos, fragantes.

Panales por todas partes.

Y pilones para el riego, en que beben palomas blanquísimas.

Y, en zonas especiales, de tierra desnuda, recientemente cavada,

escarban gallinitas también blancas custodiadas por muchachas.

Tolmái restalla la tralla repetidas veces,

hasta que todos los súbditos del pequeño reino se reúnen en torno a los recién llegados.

Entonces empieza su presentación:

–       Escuchad.

Felipe, jefe nuestro y padre de mi padre, manda y recomienda a estos santos de Israel,

venidos aquí por voluntad de nuestro patrón.

Que Dios esté siempre con él y con su casa.

Mucho nos quejábamos porque aquí faltaba la voz de los rabíes santos.

He aquí que la bondad del Señor y de nuestro patrón, lejano pero que mucho nos ama

Dios le compense el bien que ofrece a sus siervos,

nos procuran lo que nuestro corazón soñaba.

En Israel ha aparecido Aquel que había sido prometido a las gentes.

Ya nos lo habían dicho durante las Fiestas en el Templo y en la casa de Lázaro.

Pero ahora realmente ha llegado para nosotros el tiempo de la gracia,

porque el Rey de Israel ha pensado en sus siervos más pequeños

y ha enviado a sus ministros a portarnos sus palabras.

Éstos son sus discípulos.

Y dos de ellos vivirán en medio de nosotros, aquí o en Antioquía;

enseñando la Sabiduría para ser instruidos en orden al Cielo.

Y también la otra que se necesita para la tierra.

Juan, pedagogo y discípulo de Cristo, enseñará a nuestros niños estas dos sabidurías;

Síntica, discípula y maestra con la aguja, enseñará la ciencia del amor a Dios

y el arte del trabajo femenil a las muchachas.

Recibidlos como bendición del Cielo y amadlos como los ama Lázaro de Teófilo y Euqueria

– gloria a sus almas y paz – Y como los aman las hijas de Teófilo, Marta y María,

nuestras amadas señoras y discípulas de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel,

el Prometido, el Rey.

El pequeño pueblo de hombres, vestidos con cortas túnicas, de manos terrosas

que sostienen utensilios de jardinería;

de mujeres, de niños de todas las edades, escucha asombrado.

Luego bisbisean.

Finalmente saludan con una profunda reverencia…

Y Tolmái empieza las presentaciones:

–        Simón de Jonás, el jefe de los enviados del Señor;

Simón el Cananeo, amigo de nuestro señor;

Santiago y Judas, hermanos del Señor;

Santiago y Juan, Andrés y Mateo.

Y luego, a los apóstoles y discípulos:

–        Ana, mi mujer, de la tribu de Judá, como, por lo demás, mi madre,

porque somos puros, venidos con Euqueria de Judá.

José, el varón consagrado al Señor,

y Teoqueria, primogénita, que en el nombre lleva el recuerdo de los justos señores,

sabia hija y amante de Dios como una verdadera israelita.

Nicolái y Dositeo. Nicolái es nazireo. Dositeo es el tercero de los hijos; ya lleva casado

(y un fuerte suspiro acompaña el anuncio de esto) varios años con Hermiona.

Ten aquí, mujer…

Se adelanta una jovencísima morenita con un lactante en brazos.

–       Ésta es.

Es hija de un prosélito y de una griega.

Mi hijo la vio en Alejandrocena de Fenicia,cuando fue para unas compraventas…

Y la quiso para sí…

Y Lázaro no se opuso, antes al contrario me dijo: “Mejor así que al mal”.

Y no es ningún mal.

Pero yo quería sangre de Israel…

La pobre Hermiona está con la cabeza agachada como una acusada.

Dositeo está visiblemente agitado y se ve que sufre.

Ana, la madre y suegra, mira con ojos entristecidos…

Juan, a pesar de ser el más joven,

siente la necesidad de elevar los espíritus humillados

y dice:

–        En el Reino del Señor no hay ya griegos o israelitas, romanos o fenicios;

sino solamente hijos de Dios.

Cuando, a través de estos que han venido, conozcas la Palabra de Dios,

sentirás elevarse tu corazón a nuevas luces.

Y ésta ya no será “la extranjera” sino la discípula, como tú y como todos,

del Señor nuestro Jesús.

Hermiona levanta la humillada cabeza y sonríe con gratitud a Juan.

En los rostros de Dositeo y de Ana se ve la misma expresión de agradecimiento.

Tolmái responde austero:

–        Y Dios quiera que sea así,

porque, aparte del origen, nada tengo que recriminar a mi nuera.

El que está en sus brazos es Alfeo, el último nacido, que del padre de ella, prosélito,

ha tomado el nombre.

La pequeña de los ojos de cielo bajo los rizos de ébano es Mírtica, del nombre de la madre

de Hermiona.

Y éste, el primogénito, es Lázaro, porque así lo quiso el señor nuestro, y el otro es Hermas.

Juan. interviene nuevamente,

diciendo:

–        El quinto se debe llamar Tolmái y la sexta Ana,

para decir al Señor y al mundo  que tu corazón se ha abierto a nuevas comprensiones.  

Tolmái se inclina sin decir nada.

Luego reanuda las presentaciones:

–       Éstos son dos hermanos de Israel: Miriam y Silvano, de la tribu de Neftalí.

Y éstos son Elbónides Danita y Simeón judío.

Luego, aquí están los prosélitos, que eran romanos, caridad de Euqueria hecha obra; 

arrancados por ella al yugo y a gentilidad: Lucio, Marcelo, Solón, hijo de Elateo.

Síntica observa: 

–        Nombre griego.

–        De Tesalónica.

Esclavo de un siervo de Roma – el desprecio es manifiesto al decir “siervo de Roma” –

Euqueria lo tomó, junto con el padre agonizante, en un momento confuso;

si el padre murió pagano, Solón es prosélito…

Priscila ven aquí adelante con tus hijos…

Una mujer alta y delgada, de rostro aquilino, se adelanta empujando a una niña y a un niño;

cogidas de la falda lleva a dos pequeñuelos.

–        Ésta es la mujer de Solón, que fue liberta de una romana ya difunta.

Y Mario, Cornelia, María y Martila, gemelas.

Priscila es experta en esencias.

Amiclea, ven con tus hijos. Ésta es hija de prosélitos.

Y prosélitos son los dos niños, Casio y Teodoro.

Tecla, no te escondas

Es la mujer de Marcelo.

Su dolor es que es estéril. También hija de prosélitos.

Éstos son los colonos.

Ahora a los jardines.

Venid.

Y los guía por la vasta propiedad, seguido de los jardineros,

que explican los cultivos y trabajos;

mientras las muchachas vuelven a sus gallinitas,

que han aprovechado la ausencia de las guardianas para irse a otros lugares,

sobrepasando los límites, establecidos.

Tolmái explica:

–        Se las trae aquí para limpiar la tierra de larvas, antes de la siembra de los cultivos anuales.

Juan de Endor sonríe a las gallinitas, que cloquean

y dice:

–        Parecen las que tenía yo…

Y se agacha para echar miguitas de pan que tenía en el talego,

hasta que se ve rodeado de polluelas.

Y ríe porque una de ellas, petulante, le arrebata el pan de los dedos.  

Pedro exclama:

–        ¡Menos mal!

Dando con el codo a Mateo y señalando a Juan, que juega con los pollos…

Y a Síntica, que está hablando griego con Solón y Hermiona.

Luego vuelven hacia la casa de Tolmái

que explica:

–        Éste es el sitio.

Pero, si queréis enseñar, se puede hacer un lugar.

¿Os quedáis aquí o…?  

Juan de Endor suplica:

–        ¡Sí, Síntica!

¡Aquí! ¡Es más bonito!

Antioquía me ahoga de recuerdos… 

Síntica concede:

–        ¡Sí, hombre, claro!

Como quieras.

Basta con que tú estés bien.

Para mí todo es igual.

No miro ya hacia atrás… sólo adelante, adelante…

¡Ánimo, Juan!

Aquí estaremos bien.

Niños, flores, palomas y gallinas para nosotros, pobres criaturas.

Y para nuestra alma el gozo de servir al Señor.

¿Qué opináis vosotros? 

Pregunta volviéndose a los apóstoles.  

Pedro dice:

–        Pensamos como tú, mujer

–        Pues ya está dicho.

–        Muy bien.

Nos iremos contentos…

Juan de Endor, vuelve a su dolor…

exclamando:

–        ¡Oh, no os marchéis!

¡No os volveré a ver!

¿Por qué tan pronto? ¿Por qué?… – 

–        ¡No nos marchamos ahora!

Estamos aquí hasta… hasta que seas…

Pedro no sabe expresar lo que será Juan,

Y para que no se vea que también él está repleto de lágrimas,

abraza a Juan, que está llorando,

y trata de consolarlo así…  

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

344 CAMINO A ANTIOQUÍA


344 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En efecto, por un lado del patio viene el carro.

Un carro sólido al que está unido un robusto caballo guiado por el hospedero;

por el otro, vienen hacia ellos los dos discípulos.

Síntica, pregunta: 

–        ¿Es hora de marcharnos? 

Pedro responde: 

–        Sí. Es la hora.

¿Estás cubierto bien, Juan?

¿Van mejor tus dolores?

–         Sí.

Estoy envuelto en lana y la unción con el ungüento me ha hecho bien

¿Por qué el bálsamo de María no surte el mismo efecto en Juan de Endor,

sanándolo milagrosamente;

como sucede en el marinero griego del barco de Nicómedes el cretense?

Porque los milagros son signos, para CONVERTIR, -resucitar espiritualmente- a los paganos. 

Sabemos que vivimos en un mundo gobernado por el Maligno;  

Y esto debería hacernos reflexionar muchas cosas...

En el mundo actual, hasta los católicos que asisten regularmente a la iglesia

Cumplen con TODOS los rituales, sin faltar a ninguno.

Y se sienten católicos perfectos…  

Cuando lo reflexionamos a la luz espiritual del Espíritu Santo

¡SON PAGANOS!

¿Qué nombre tiene lo que ocupa mis pensamientos la mayor parte del tiempo? Es el nombre de mi ídolo…

En la siguiente entrega del “exorcista privilegiado”, entenderán mejor esto…

Y también entenderán el porqué del desprecio de los hebreos hacia los paganos…

Los milagros NO SE HICIERON para proporcionarnos COMODIDAD a los corredentores;

son una “ayuda” de nuestro  evangelizador.

Juan de Endor, como víctima expiatoria, DEBE sufrir el destino que él mismo eligió…

También las enfermedades, son parte de nuestro destino expiatorio...

Pero esto jamás debemos verlo con un criterio miope y derrotista…

Nuestro privilegio como CORREDENTORES es que somos guerreros privilegiados,

que PODEMOS INFLIGIR un daño catastrófico a las hordas y las fortificaciones

del ANTICRISTO…

Señor, te entrego mis sufrimientos, UNIDOS al de tu hijo santísimo Jesucristo en la Cruz  para que sean destruídos los planes del Anticristo….

Pedro dice: 

–        Entonces sube;

que ahora subimos también nosotros.

.Y ultimada la carga, todos ya en el carro, salen por la amplia puerta,

después de repetidos aseguramientos del hospedero de que e1 caballo es dócil.

Cruzan una plaza que les ha sido indicada.

Y entran por una calle que bordea los muros de la ciudad, hasta que salen por una puerta;

después siguen el curso de un profundo canal y luego el propio río.

Es un camino bonito y bien mantenido, que va en dirección norte-este,

pero siguiendo los meandros del río.

Por el otro lado hay montes muy verdes, con sus pendientes, sus concavidades, sus barrancas.

Y ya se ven en los matorrales del monte bajo, en los lugares más expuestos al sol,

llenarse las gemas de mil arbustos. 

Síntica. exclama: 

–        ¡Cuántos arrayanes! 

Mateo añade: 

–       ¡Y laurel! 

Juan de Endor. dice: 

–        Cerca de Antioquía hay un lugar sagrado dedicado a Apolo.

–        Quizás el viento ha traído las semillas hasta aquí…

Zelote dice: 

–        Quizás.

Pero éste es un lugar todo lleno de plantas hermosas. 

Y Juan de Endor preguntya:

–        Tú, que has estado aquí,

¿Crees que pasaremos por Dafne?

Para suscitar en los dos discípulos pensamientos consoladores,

Zelote contesta: .

–        Por fuerza.

Veréis uno de los valles más bonitos del mundo.

Aparte del culto obsceno y degenerado en orgías que cada vez son más asquerosas,

es un valle de paraíso terrenal.

Y si en él entra la Fe, se transformará en un paraíso verdadero.

Somos los Apóstoles de los Últimos Tiempos..

¡Cuánto bien podréis hacer aquí!

Os deseo corazones fértiles como fértil es el suelo… – 

Pero Juan agacha la cabeza,

y Síntica suspira.

El caballo trota cadencioso.

Pedro, estando todo centrado en el esfuerzo de guiar

aunque el animal va seguro sin necesidad de guía o estímulo, no habla.

Así que el camino discurre bastante rápidamente.

Llegan a un puente y se detienen para comer y para que el caballo descanse.

El sol está en su zenit y se ve toda la hermosura de la gloriosa naturaleza.

Pedro observando en derredor.,

dice: 

–        De todas formas…

prefiero estar aquí antes que en el mar… 

–        ¡Pero qué tempestad!

Juan muy sonriente,

dice:   

–       El Señor ha orado por nosotros.

Lo he sentido cerca cuando orábamos en el puente de la nave.

Cerca como si estuviera en medio de nosotros… 

–        ¿Y dónde estará?

No estoy tranquilo pensando que no tiene ropa…

¿Y si se moja?

¿Y qué come?

Es capaz de hacer ayuno…

Santiago de Alfeo, dice con seguridad: 

–       Puedes estar convencido de que lo hace, para ayudarnos a nosotros. 

Tadeo agrega:

–       Y también por otros motivos.

Nuestro hermano está muy afligido desde hace un tiempo.

Creo que se mortifica continuamente para vencer al mundo.

Santiago de Zebedeo., corrige: 

–        Querrás decir: al demonio que hay en el mundo.

–        Es lo mismo. 

Andrés suspira:

–        No lo va a conseguir.

Tengo el corazón oprimido por mil miedos… 

No sin aflicción, Juan de Endor., añade: 

–       ¡Ahora que nosotros estarnos lejos, todo irá mejor! 

Tadeo responde resuelto: 

–        No pienses eso.

Tú y ella no erais nada respecto a las “grandes culpas” del Mesías,

según los grandes de Israel. 

Juan de Endor., dice: 

–        ¿Estás seguro?

Yo, dentro de mi sufrimiento, tengo en el corazón también la espina,

de haber sido con mi llegada causa de mal para Jesús.

Si estuviera seguro de que no es así, sufriría menos.  

Tadeo le pregunta:

–        ¿Me crees veraz, Juan?

–        ¡Sí que lo creo!

–        Pues bien, entonces, en nombre de Dios y mío,

te aseguro que tú has dado sólo una sola pena a Jesús:

la de tener que mandarte aquí en misión.

En todas las otras penas suyas, pasadas, presentes y futuras, tú no estás implicado.

La primera sonrisa, después de tantos días de lóbrega melancolía, ilumina el rostro

agobiado de Juan de Endor,

que dice:

–        ¡Qué alivio me das!

El día me parece más luminoso, más ligero mi mal, más consolado el corazón.

¡Gracias, Judas de Alfeo! ¡Gracias!

Vuelven a subir al carro.

Y pasando por el puente, toman la otra orilla del río,

el otro camino, que va derecho hacia Antioquía, a través de una zona fertilísima.

Simón Zelote señalando, explica: 

–        ¡Allí está

En aquel valle poético está Dafne, con su templo y sus bosquecillos.

Y allá, en aquella llanura, se ve Antioquía.

Y sus torres que se alzan sobre las murallas.

Entraremos por la puerta que hay al lado del río.

La casa de Lázaro no está muy lejos de las murallas.

Las casas más bonitas han sido vendidas.

Queda ésta, que fue lugar de parada tanto para el personal de Teófilo como para sus clientes;

con muchas caballerizas y graneros.

Ahora vive en ella Felipe. Un buen viejo.

Un fiel de Lázaro.

Os encontraréis bien.

Y, juntos, iremos a Antigonio, donde estaba la casa en que vivían Euqueria y sus hijos,

que entonces eran niños…

Pedro observa:  

–        Muy fortificada esta ciudad, ¿Eh?-

Que respira tranquilo ahora que ve que su primer intento como auriga ha ido bien.

–        Mucho.

Murallas de altura y anchura grandiosas.

Más de cien torres, que como veis, parecen gigantes enhiestos encima de las murallas.

Y fosos infranqueables al pie de ellas.

El Silpio también contribuye con sus cimas a la defensa.

Y hace de contrafuerte de las murallas en la parte más débil…

Ahí está la puerta.

Es mejor que pares y entres sujetando el bocado.

Yo te guío porque sé el camino…

Pasan la puerta, vigilada por romanos.

Juan apóstol dice:

–        Quién sabe si está aquí ese soldado de la puerta de los Peces…

Jesús se alegraría de saberlo…

Pedro, turbado por la idea de ir a una casa desconocida,

ordena: .

–        Lo buscaremos.

Pero ahora camina raudo.

Juan obedece sin decir nada;

se limita a mirar atentamente a todos los soldados que ve.

Un camino corto, luego una casa sólida y sencilla.

O sea, un alto muro sin ventanas.

Solamente un portal en el centro del muro. 

Zelote dice: 

-.       Aquí es. Para.

–        ¡Anda, Simón, habla tú ahora!

–       ¡Sí, hombre, si ello te agrada, hablo yo!

Y Zelote llama al recio portón.

Simón se presenta como un enviado de Lázaro.

Entra solo.

Sale con un anciano alto y de noble porte, que se prodiga en profundas reverencias.

Y da a uno del servicio, la orden de abrir el portón para permitir entrar al carro;

luego se disculpa por hacerles pasar a todos por esa puerta, en vez de por la puerta de casa.

con cuatro recios plátanos en los cuatro ángulos y otros dos en el centro

que amparan un pozo y un pilón para abrevar a los caballos.

El administrador ordena a su subordinado;

–        Preocúpate del caballo

Y dice a los que recibe como huéspedes:

–       «Por favor, venid.

Bendito sea el Señor, que me manda siervos suyos y amigos de mi jefe.

Ordenad, que vuestro siervo escucha».

Pedro se pone colorado, porque especialmente a él van esas palabras y esas reverencias.

Y no sabe qué decir…

Le ayuda el Zelote.

–        Los discípulos del Mesías de Israel…  

De que te habla Lázaro de Teófilo, que a partir de ahora vivirán en tu casa,

para servir al Señor,

no necesitan sino descansar.

¿Nos enseñas dónde pueden habitar?

–        Siempre tenemos preparadas habitaciones para peregrinos,

como era costumbre de mi ama.

Venid, venid…

Y, seguido por todos, entra en un pasillo y luego en un pequeño patio.

Al final de este patio, está la verdadera casa.

Abre la puerta.

Va por un vestíbulo.

Tuerce a la derecha.

Hay una escalera. Suben.

Otro pasillo con habitaciones a los lados.  

El anciano dice: 

–        Aquí tenéis.

Que sea agradable vuestra permanencia.

Voy a decir que traigan agua y ropa.

Dios sea con vosotros.

Y se marcha.

Abren las contraventanas de las habitaciones que eligen.

Las murallas y fuertes de Antioquía están frente a las ventanas de un lado;

el tranquilo patio adornado de rosales trepadores,

por ahora pobres a causa del período del año en que están, se ve por las del otro lado.

Y, después de tanto caminar, por fin una casa, una habitación, un lecho…

Para algunos, sólo una etapa; para otros… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

343 EXILIADOS…


343 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En una bellísima puesta de sol, se delinea la ciudad de Seleucia

como un voluminoso aglomerado blanco en el límite de las aguas azules del mar calmo

y risueño: todo un jugueteo de olitas bajo un cielo que funde su cobalto sin nubes

con la púrpura del ocaso.

La nave, desplegadas sus velas, enfila veloz hacia la ciudad lejana,

y tanto inciden en ella los esplendores del sol poniente, que parece incendiarse,

con fuego de alegría por la fiesta de la llegada ya cercana.

En el puente de la nave, entre los marineros, que ya ni trajinan ni están inquietos,

están los pasajeros, que ven acercarse la meta.

Sentado junto a Juan de Endor (más macilento aún que cuando partió),

se ve al marinero herido

Todavía tiene fajada la cabeza con una venda ligera;

su tez, pálida-marfil por la gran cantidad de sangre que ha perdido.

Pero sonríe y habla con sus salvadores, o con los compañeros que, pasando,

se congratulan con él de verlo en el puente.

También el cretense se percata de su presencia.

Deja por un momento su puesto, poniéndolo en manos del jefe de la tripulación,

para ir a saludar a su «óptimo Demetes», que ha vuelto al puente por primera vez

después de sufrir la herida.

Y dirigiéndose a los apóstoles,

les dice:

       «Y gracias a todos vosotros» .

«No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera, después del golpe de ese pesado travesaño

y del hierro que lo hacía todavía más pesado

Verdaderamente, Demetes, éstos te han dado de nuevo a la vida,

porque estabas ya dos veces muerto.

La primera, yaciendo como una mercancía en el puente, donde habrías perecido por el

desangramiento… y por las olas, que te hubieran llevado al mar;

habrías descendido al reino de Neptuno, a hacer compañía a nereidas y tritones.

La segunda, por haberte curado con esos maravillosos ungüentos.

Y se va hacia el puente de mando para tomar el timón, pues ya están muy cerca del atracadero.

Pedro dice:

–           Vamos a tomar nuestro cargamento.

No veo la hora de alejarnos de este asqueroso pagano.

Juan… Síntica…

En cuanto bajemos con la carga, vendremos por ustedes…

Y los ocho apóstoles se van ligeros a hacer lo que han dicho.

Los dos que se quedan,

observan los diques y la sinfonía de silbidos con que se trasmiten las órdenes

para que el navío quede a punto para el desembarco.

Juan de Endor dice muy triste:

–           Síntica, cada vez damos un paso más hacia lo desconocido.

Otro paso que nos aleja del dulce pasado.

Otra agonía… no creo que aguante…

Síntica está muy pálida y también agobiada por la tristeza,

pero es siempre la mujer fuerte que da fuerzas a los que ama:

–        Es verdad, Juan.

Otro golpe que destroza el corazón.

Otra agonía…

Pero no digas: ‘Otro paso más hacia lo desconocido’ No está bien.

Conocemos nuestra misión.

Jesús nos lo dijo.

Y nos estamos uniendo a la Voluntad de Dios, que sólo Él sabe por qué lo está permitiendo…

Ni siquiera debemos decir: ‘Otro golpe’

Nosotros seguimos fieles a su Voluntad.

El golpe abate.

Nosotros nos unimos.

Nos vemos libres de los placeres sensibles de nuestro amor por Él, por nuestro Maestro.

Y nos reservamos las delicias suprasensibles, haciendo que nuestro amor y obligación

se trasladen a un plan superior.

¿No estás convencido de ello?

¿Sí?

Juan asiente en silencio con un gesto afirmativo.

–        Entonces no debes decir ‘otra agonía’

Decir agonía significa que la muerte está cerca.

Pero nosotros al llegar a un plano espiritual por nuestros propósitos, no morimos,

sino que ‘vivimos’.

Porque lo espiritual es eterno.

Por esta razón subimos a una vida mejor, anticipo de la vida verdadera del Cielo.

¡Ea, ánimo!

¡Olvida que eres el Juan inútil!

Y piensa que eres el hombre destinado al Cielo.

Reflexiona, reacciona y medita…

Y espera solo en ser el ciudadano de aquella patria inmortal.

Los apóstoles ya tienen la carga lista para desembarcar,

cuando la nave entra majestuosa, al lugar donde va a atracar.

Se acercan los dos que están sufriendo el dolor infinito del alejamiento

del que ya aman con todo su ser.

Nicómedes se acerca a despedirlos.

Y Pedro dice:

–        Adiós y muchas gracias.

–        ¡Salve hebreos!

También yo os las doy.

Si os apresuráis, encontrareis alojamiento…

Hasta la vista…

Después de bajar la carga, los diez descienden.

Y cargados con sus fardos, se alejan en busca del albergue…

Al día siguiente…

Erguido enfrente de los apóstoles bajo el primer sol de la mañana…

El anciano posadero dice:

–        En los mercados encontraréis seguro un carro.

Pero, si queréis el mío os lo dejo, en recuerdo de Teófilo.

Si vivo tranquilo, se lo debo a él.

Me defendió, porque era justo.

Ciertas cosas no se olvidan.   

Pedro objeta:

–        Es que tú estarías sin tu carro varios días…

Y además, ¿Quién lo guía?

Yo con un burro… todavía…

¡Pero con un caballo!…

–        ¡Es igual!

No te voy a dar un potro indómito.

doy un prudente caballo de tiro, bueno como un cordero.

Llegaréis pronto y sin fatigaros.

Para la hora novena estaréis en Antioquía;

mucho más considerando que el caballo conoce muy bien el camino y va solo.

Me lo devolverás cuando quieras, sin interés por mi parte,

si no es el de hacer una cosa grata al hijo de Teófilo.

Decidle que todavía le debo muchas cosas.

Y que lo recuerdo y me siento siervo suyo. 

Pedro pregunta a sus compañero

–       ¿Qué hacemos? – 

–        Lo que te parezca mejor.

Tú juzga y nosotros obedecemos…

-¿Probamos con el caballo?

Lo digo por Juan…

Y también para abreviar…

Me siento como si estuviera llevando a uno a la muerte

y estoy deseando acabar todo esto lo antes posible…

Todos aprueban: 

–        Tienes razón

–        Entonces, hombre, acepto.

—       Y yo ofrezco con alegría.

Voy a aparejar el vehículo.

El hospedero se marcha.

Pedro da rienda suelta a su pensamiento:

–        He consumido en estos pocos días la mitad del tiempo de vida que tenía.

¡Una pena!… ¡Una pena!…

Habría querido tener el carro de Elías, el manto que cogió Eliseo,

que les hiciera olvidar, que les…

¡No sé! Algo, en definitiva, que no les hiciera sufrir tanto…

Pero, si logro saber quién es la causa principal de este dolor,

dejo de ser Simón de Jonás si no lo retuerzo como a un paño empapado.

No digo matarlo, ¡No!,

Pero sí exprimirlo, como él ha exprimido la alegría y la vida a esos dos pobrecillos…

Santiago de Alfeo.,

dice:

–        Tienes razón.

Es una gran pena.

Pero Jesús dice que se debe perdonar las ofensas… 

–         Si me las hubieran hecho a mí, debería perdonar.

Y podría.

Estoy sano y fuerte.

Y si alguien me ofende tengo fuerza para reaccionar incluso contra el dolor.

¡Pero, el pobre Juan!

No, no puedo perdonar la ofensa contra el redimido del Señor;

contra uno que muere afligido de esta forma…

Andrés suspira, diciendo: 

–        Yo pienso en el momento en que lo dejemos del todo… – 

Mateo susurra:

–        Yo también.

Es un pensamiento fijo y que aumenta a medida que se acerca el momento…

Pedro dice:

–        Hagámoslo pronto, por piedad

Poniendo una mano en el hombro de Pedro.

Zelote dice serenamente:

–        No, Simón.

Perdona si te observo que te equivocas deseando eso.

Tu amor al prójimo se está transformando en un amor desviado.

Y esto no debe suceder en ti, que siempre has sido recto.

–       ¿Por qué, Simón?

Eres culto y bueno.

Muéstrame mi error.

Y yo, si así lo veo, te diré: tienes razón.

–        Tu amor se está haciendo malsano, porque está para transformarse en egoísmo.

–        ¿Cómo?

¿Me aflijo por ellos y soy egoísta?

–        Sí, hermano;

porque tú, por exceso de amor, todo exceso es desorden.

Y por tanto, induce al pecado, te envileces.

Quieres no sufrir tú de ver sufrir.

Eso es egoísmo, hermano en el nombre del Señor.

Pedro concede:

-¡Es verdad!

Tienes razón. Y

Te agradezco esta advertencia.

Así se debe hacer entre buenos compañeros. Bien.

Entonces ya no tendré prisa…

Pero, decid la verdad,

¿No es un acto de piedad? 

Todos dicen: 

–       Lo es, lo es… 

–       ¿De qué forma los vamos a dejar? 

Andrés sugiere: 

–       Propondría hacerlo cuando nos haya recibido Felipe,

pero quedándonos quizás ocultos un tiempo en Antioquía.

Y preguntándole a Felipe cómo se van adaptando… 

Santiago de Alfeo.. objeta: 

–        No.

Sería hacerles sufrir demasiado con una separación tan brusca.  

Santiago de Zebedeo, comenta:

–        Entonces…

Sigamos a medias el consejo de Andrés.

Quedémonos en Antioquía, pero no en casa de Felipe.

Y durante unos días vamos a verlos, cada vez menos, cada vez menos, hasta que…

No volvemos… 

Tadeo opina:

–        Dolor renovado una y otra vez.

Y cruel desilusión.

No. No se debe hacer. 

–        ¿Qué hacemos, Simón?

Pedro dice abatido:

–       ¡Ah!, por lo que a mí respecta,

quisiera estar en su lugar, más bien que tener que decir: “Me despido de vosotros”

Zelote dice: 

–        Propongo una cosa.

Vamos con ellos a casa de Felipe.

Nos quedamos allí.

Luego, siguiendo todavía juntos, vamos a Antigonio.

Es un lugar ameno…

Y allí también estamos un tiempo.

Una vez que ellos se hayan aclimatado, nos retiramos, con dolor pero con virilidad.

Yo diría esto.

A menos que Simón-Pedro tenga órdenes distintas del Maestro. 

–        ¿Yo? No.

Me dijo: “Haz todo, bien, con amor, sin pereza y sin prisa.

Y de la forma que juzgues mejor”.

Hasta ahora creo que lo he hecho. 

¡Está eso de que dije que era pescador!…

Pero, si no lo hubiera dicho no me habría dejado estar en el puente.

Tadeo lo conforta:

–      No te crees escrúpulos tontos, Simón.

Son puntadas del demonio para turbarte. 

Juan de Zebedeo confirma:

–       Verdaderamente es así!

Creo que está alrededor de nosotros como no lo ha estado jamás,

poniéndonos obstáculos y creándonos miedos, para movernos a actos viles.

Y concluye en voz baja:

«       Creo que quería inducir a la desesperación a ellos dos, reteniéndolos en Palestina…

Y ahora que se escapan de su asechanza se venga en nosotros…

Me lo siento alrededor como una serpiente escondida entre la hierba…

Y ya hace meses que me lo siento alrededor así…

Mirad, ahí vienen el hospedero por un lado y Juan y Síntica por el otro.

Os diré el resto cuando estemos solos, si os interesa.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

342 UN TRIPLE PRODIGIO


342 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras el grupo sube por el puente,

se encuentran con el cretense que está esperando el incienso, desesperado.

Lleno de rabia y a gritos dice:

–          ¿Acaso no estáis viendo que sin un milagro divino, naufragamos?

¡Es la primera vez!…

¡La primera vez desde que navego que sucede esto!

Tadeo dice en voz baja:

–        Ahora fíjáos que va a decir, que somos nosotros la causa…

En realidad, el cretense grita como un aullido:

–       ¡Malditos israelitas!

¿Qué maldición pesa sobre vosotros?

¡Perros hebreos, me habéis traído la mala suerte!

¡Largo de aquí!

¡Que ahora voy a sacrificar a la Venus Naciente!…

Pedro se opone:

–          No.

Mejor nosotros sacrificamos…

–        ¡Largaos!

¡Sois unos paganos!

¡Es por vosotros que Poseidón está furioso!

¡Sois unos demonios!  ¡Sois…!

–         ¡Oyeee!

¡Te juro que si nos dejas, verás el prodigio!

–         ¡No!

¡Largo!

Nicomedes enciende el incienso, rezando algunas fórmulas y lo arroja al mar como puede.

Y también un líquido que ya había ofrecido en una libación,

frente a un pebetero y ante un altar, con la figura de Afrodita, sobre la cubierta…Pero el mar rechaza el incienso, arrojándolo otra vez sobre el puente…

En vez calmarse, el oleaje se pone más furioso. .. 

Y una enorme ola se lleva todos los aparejos del rito,

las tablas donde se había erigido el altar a Afrodita y se había ofrecido el sacrificio.

Y por poco, no arrastra también a Nicomedes.. ..

Pedro dice:

–        ¡Qué buena respuesta te ha dado tu diosa!

Ahora nos toca a nosotros…

También nosotros tenemos una Mujer Pura, hecha de espuma del mar y después…

Canta Juan, el mismo canto de ayer.

Nosotros te seguimos…

Nicomedes grita furioso:

–        ¡Sí, probad!

Pero si el mar se enfurece más;

os arrojaré a todos vosotros como víctimas propiciatorias para Afrodita…

Pedro concede:

–         Está bien.

Aceptamos.

¡Vamos Juan!

Juan empieza a cantar y es seguido por todos los demás…

Stella Maris resuena triunfal en las gargantas de los apóstoles…

Hasta Pedro que generalmente no canta porque siente que es bastante desentonado,

agrega su voz con el ritmo de los remos del día anterior.

El cretense los mira con los brazos cruzados sobre el pecho…

Y una sonrisa entre airada e irónica.

Después que termina el canto, los apóstoles oran con los brazos abiertos.

Recitan el Pater Noster, como Jesús se los enseñara y lo cantan en arameo.

Continúan con unos salmos de alabanza, que entonan triunfales..

Y con las voces a todo pulmón…

Y así se alternan unos con otros, a pesar de las olas que los bañan una y otra vez…

Ellos no se agarran de nada para sostenerse.

Se sienten seguros, como si una fuerza invisible los asegurara al puente…

Las olas van disminuyendo de violencia, paulatinamente…

Y aunque no ceden totalmente, ni el viento disminuye su aullido;

la furia del mar que barría el puente, es notable que sí se ha calmado.

Las olas continúan azotando el puente, pero cada vez con menor intensidad..

Y realmente disminuyen de violencia poco a poco.

No cesan del todo, y tampoco el viento, pero ya no es la furia de antes.

Hasta que de hecho las olas ya no llegan al puente.

La cara del cretense es todo un poema de estupor…

Pedro lo mira de reojo y sigue orando.

Juan sonríe.

Y canta más fuerte…

Los otros lo acompañan.

Y sus voces van triunfando cada vez más, sobre el fragor de la tempestad…

A medida que el mar para volver a su movimiento regular.

Y el viento para soplar normalmente, se van aplacando.

El cretense y todos sus marinos están totalmente pasmados…

Pedro lo mira, pero no deja de orar…

Juan sonríe y canta con más fuerza…

Los otros lo secundan venciendo el fragor del océano

que poco a poco se va calmando más y más…

Finalmente Pedro pregunta:

–      ¿Y ahora… qué tienes que decir?

El cretense pregunta asombrado:

–      ¿Qué habéis dicho?

¿Qué fórmula empleasteis?

–         La del Dios Verdadero y la de su Esclava…

Pero, ¿Esa estrella a la que adoráis quién es?

En todo caso Venus, ¿No?

–        Veneráis, se dice.

Se adora sólo a Dios.

Pero nada de Venus.

Ella es María.

María de Nazaret, María hebrea, la Madre de Jesús, Mesías de Israel.

Endereza la vela y prepara todo.

Ya puedes izar las velas y arreglar todos los desperfectos, esto…

¿Aquello que se ve allá…?

¿No es una isla?

–          Sí. Es Chipre.

El mar está todavía más tranquilo en este canal…

En medio de la tormenta fuimos arrojados hasta acá…  ¡Extraño!

Donde hubiese sido normal el oleaje brutal;

ha disminuído para ser un mar totalmente calmo…

Dos hechos extraordinarios…

Nicómedes mueve la cabeza, sin poder asimilar lo ocurrido…

Un tiempo después, pregunta:

–        ¿Y qué fue lo otro?

¿Estabais cantando en hebreo? ¿No es así?

–         No.

Hablamos en nuestro dialecto: el arameo.No, era nuestro dialecto, el de nuestro lago, de nuestra patria.

Pero no te lo podemos decir a ti, que eres pagano.

Es una oración a Yeohveh.

Sólo los creyentes la pueden conocer.

Hasta luego, Nicomedes.

Y no te preocupes por lo que ha ido al fondo.

Un… sortilegio menos para poderte atraer una desgracia.

Hasta luego,

¡Eh! ¿Eres de sal?

Y no lamentes lo que se ha ido al fondo.

Un sortilegio menos…

Que no te traerá infortunio…

Adiós, ¿Eh?

Nicómedes está verdaderamente compungido

Y dice casi implorante: :

–      No…

Pero perdonadme…

Os he insultado.

Pedro lo tranquiliza: 

–        ¡No te preocupes por ello…! 

Son efectos de tu culto por… Venus…

Vamos muchachos a donde están los demás…

Y muy feliz y contento, Pedro se dirige al camarote donde dejó a Síntica.

El cretense los sigue preguntando:

–       ¡Por favor escuchadme!

¿Ya murió el herido?

Pedro lo mira,

y sonríe:

–       ¡Imposible!

Creo que te lo devolveremos más sano de lo que estaba…

Es algo que…

¡Tal vez también lo atribuyas a nuestros sortilegios! ¿Eh?

–        ¡Oh, Perdonad!

Por favor, ¡Perdonadme!

Decidme dónde puedo aprenderlos, para servirme de ellos…

Os pagaré…

–         Lo siento, Nicomedes. ¡Adiós!

No tenemos permitido vender a los paganos las cosas sagradas…

¡Qué te vaya bien amigo!

Cuando conozcas al Dios Verdadero, también sabrás el secreto de su Poder…

¡Que Dios te bendiga con su Luz y que te vaya muy bien!

Pedro, sonriente y acompañado de todos los suyos regresa al camarote,

También sonríe el mar calmado, con un viento mistral armónico que favorece la navegación,

mientras declina el sol y al oriente, se dibuja un huso de luna tendente a su plenitud…

Que se refleja en un mar plácido…

Al día siguiente, el mar y el cielo les regalan paisajes maravillosos.

que con sus destellos plateados ilumina todo lo que toca y también parece sonreír…

El crepúsculo es hermosísimo cuando llegan a la ciudad de Seleucia.

La nave, con sus velas desplegadas se dirige veloz hacia el puerto del Tigris.

En la cubierta, están los marinos que ya se encuentran relajados y alegres,

por las magníficas condiciones de la travesía…

Y los pasajeros que ya contemplan cercana su meta;

junto a un Juan de Endor que sigue flaco y pálido y tambien el marinero herido.

Tiene la cabeza vendada y sonríe feliz, tanto a sus bienhechores,

como a sus compañeros marinos, que lo miran con asombro…

Y lo felicitan por haber regresado al puente.

El cretense deja por unos momentos su puesto, que entrega al jefe de la tripulación,

mientras se acerca a saludar a su marino convaleciente…

Y dice a los apóstoles:

–        ¡Querido Demetrio!

Me alegro mucho de ver que estás cada día mejor.

Nunca pensé que pudieras sobrevivir al golpe del palo y al del hierro del mástil

No cabe duda que éstos,-señala a los apóstoles- Te han engendrado otra vez a la vida.

Porque ya habías muerto, cuando caíste prensado bajo todas las mercancías.

Y luego por las olas que te arrastraron y te hubieran llevado al reino de Neptuno,

entre las nereidas y los tritones;

cuando este hombre santo te rescató.

Y luego te han curado con sus maravillosos ungüentos…

¡Déjame ver la herida!…

El marino se suelta la venda y muestra la cicatriz.

Una señal roja que va de la sien a la nuca.

Nicomedes la toca con la punta de los dedos muy ligeramente…

Y exclama asombrado:

–        ¡Hasta el hueso está soldado!

¡De veras que te ha amado la Venus marina!

Y quiere verte sobre las olas del mar y caminando dichoso, sobre las playas de Grecia.

Que Eros te sea propicio ahora que desembarcaremos en Seleucia.

Y haga que olvides esta desgracia y el terror de Thanatos, en cuyos brazos estuviste ayer.

La expresión en la cara de Pedro…

Manifiesta claramente  lo que piensa sobre este discurso mitológico.

Recargado sobre un mástil, apenas puede contenerse para replicarle a Nicomedes

sobre su paganismo.

Los demás apóstoles también manifiestan claramente su desprecio.

Y optan por voltear a mirar el mar, ignorando totalmente al cretense.

El hombre lo nota…

Y trata de disculparse:

–       ¡Es nuestra religión!

Así cómo vosotros tenéis la vuestra, nosotros creemos en la nuestra…

Y decide cambiar de tema:

Venid a la proa, para que podáis admirar la ciudad que se aproxima…

¿La conocéis?

Zelote responde tajante:

–         Yo vine una vez; pero el viaje lo hice por tierra.

–        ¡Ah!

¡Entonces sabes bien que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia!

¡Que está junto a la desembocadura del Orontes!

Y que es posible viajar por su curso en barcas pequeñas, hasta llegar a Antioquía.

¡Oh!

¡Podréis admirar todas las grandiosas obras que han hecho los romanos en Seleucia!

¡Y Antioquía!

Es un puerto con tres dársenas, que es uno de los mejores.

Cosa igual no hay en Palestina y es porque Siria es la mejor provincia del imperio…

El entusiasmo por los romanos no encuentra eco en nadie..

Y sus palabras caen envueltas con un silencio glacial.

Aún Síntica que por ser griega, siente menos desprecio que los demás;

se mantiene callada y hierática, como una diosa pagana.

El cretense lo nota y dice:

–        ¡Qué queréis!

¡Hablando en plata, yo siempre gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es dura como un sablazo:

–        ¡Y el oro quita el filo a la espada, al honor nacional y a la libertad!

Lo ha dicho de tal manera y con un latín tan puro, que el otro se queda callado.

Luego Nicomedes pregunta con timidez:

–        ¿Eres griega?

–         Lo soy.

Pero tú amas a los romanos.

Por eso te hablo en la lengua de tus patrones, no en la mía, la de la patria mártir.

El cretense ya no sabe qué decir.

Los apóstoles están contentos por la lección dada majestuosamente por Síntica.

Después de un largo silencio,

pregunta a Pedro:

–       ¿Ya saben cómo ir de Seleucia a Antioquía?

Pedro contesta muy serio:

–       Con los pies.

–       Ya es tarde.

Será de noche cuando desembarquemos.

–       Buscaremos una posada.

–       ¡Claro!

Pero podríais dormir aquí hasta mañana..

Tadeo, que ya vio los preparativos para honrar a los dioses en cuanto lleguen al puerto,

contesta rápido:

–        No es necesario.

Muchas gracias por tu gentileza.

Pero es mejor que descendamos.

¿Verdad Simón?

Pedro confirma:

–        Así es.

También nosotros tenemos que presentar nuestras plegarias…

Tú a tus dioses y nosotros a nuestro Dios.

–        Haced como os plazca.

Quería honrar al hijo de Teófilo y agradaros a ustedes por él.

Zelote contesta:

–        También nosotros por el Hijo de Dios, al persuadirte que sólo hay un Dios Verdadero.

Pero tú eres inconmovible como una piedra.

Estamos pues, iguales.

Ojalá qué un día te encontremos y ya no seas tan cerrado…

Nicomedes encoge los hombros, con un gesto de indiferencia irónica.

Y sólo dice:

–        Adiós.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =He

341 LA FURIA DE POSEIDÓN


341 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El Mediterráneo es una planicie borrascosa de aguas verde-azules que se embisten entre sí

formando altísimas olas con una hermosa cresta de espuma.

Hoy no hay niebla de calina, no.

Pero el agua marina, pulverizada por los continuos embates de unas olas contra otras,

se transforma en líquidas partículas saladas que abrasan, que traspasan incluso los vestidos,

enrojeciendo los ojos, quemando las gargantas, formando una opaca niebla sutil;

que se esparce como un velo de polvos de tocador salinos, por todas partes;

tanto en el aire, como encima de las cosas,

que parecen asperjadas con una harina brillante:

Y son los diminutos cristales salinos.

Esto no sucede en los lugares a donde llegan los embates de las olas

o sus vigorosas mojaduras,

que lavan el puente de un lado al otro y se precipitan hacia dentro,

saltando por encima de una parte de la obra muerta,

para volver a caer al mar, con estrépito de cascada, por los vanos de la parte opuesta.

Y la nave se alza y se hunde…

Como pajuela a merced del océano, reducida a una nada respecto a éste,

Que cruje y se queja desde las sentinas, hasta lo más alto de los mástiles…

El mar es realmente el amo y la nave su juguete…

El navío sube y baja, balanceándose a merced del oleaje marítimo;

desde su base en el fondo hasta la punta de sus mástiles,

cruje la madera golpeada por este mar embravecido.

A excepción de los que tienen que gobernar la nave, no hay nadie en el puente de mando.

Las escotillas atrancadas no permiten ver lo que pasa bajo la cubierta.

Pero indudablemente la mayoría de los navegantes están rezando a sus dioses favoritos,

para escapar de la cólera de la Naturaleza desatada con todo su furor.

El rugido del viento y los golpes de las olas,

de un mar que se manifiesta poderoso e implacable…

Ya no hay neblina, ni obscuridad.

Las poderosas olas se levantan y se estrellan sobre el puente de la nave,

pasando de un lugar al otro;

rompiéndose en una cascada, que moja todo lo que toca.

Aparte de los que están maniobrando, no hay ya nadie en el puente.

Ni ninguna mercancía.

Sólo los botes de salvamento.

Los hombres de la tripulación (el primero de todos el cretense Nicómedes),completamente desnudos, bamboleándose como se bambolea la nave,

corren de un lado para el otro;

para protegerse o para hacer maniobras, que son extremadamente difíciles;

porque el puente está continuamente inundado y resbaladizo.

Las escotillas atrancadas, no permiten ver lo que sucede bajo cubierta.

Pero, ciertamente ahí dentro, tampoco están muy tranquilos…

Y como prueba de esto…

Pedro saca la cabeza enmarañada por el viento que lo golpea sin piedad,

mirando con atención, evaluándolo todo…

Y vuelve a cerrar, justo antes de que un torrente de agua se le eche encima.

por la escotilla entreabierta.

Pero luego, en un momento de ausencia de ola, vuelve a abrir y sale afuera.

Cierra rápido y logra saltar antes de que la siguiente ola lo atrape.

Se agarra de donde puede y contempla este mar, que es literalmente un fragoroso infierno…

donde ruge el viento, el agua y la madera golpeada por las olas.

Se agarra a los soportes y observa ese infierno desatado  en que se ha convertido el mar;

Por todo comentario, se limita a silbar.

Y masculla algunas palabras.

Llega otra ola gigantesca…

Con una tremenda fragorosa avalancha…

Precipitándose poderosa, sobre la envergadura…

rompiendo un trozo de mástil…

Y al caer, arrastrado ahora por un aluvión de agua que irrumpe en el puente,

junto con un tremendo torbellino de viento, abatiendo un trozo del casco.

Los que están debajo deben tener la sensación de estar naufragando..

Pedro sigue avanzando sobre cubierta, con mucha dificultad…

Nicómedes está desnudo en la cubierta, girando órdenes a diestra y siniestra.

Y cuando lo ve, le grita:

–      ¡Fuera! ¡Fuera!

¡Largo de aquí!

¡Largo! Cierra esa portezuela.

Si la nave se llena de agua nos iremos a pique, hasta el fondo.

Agradece que todavía no ha echado la carga al mar…

No puede seguir, porque otra ola barre el puente, cubriendo a los que están en él.

–         ¿Lo ves?

Grita a Pedro, que chorrea agua por todas partes

Y agrega:

¡Jamás había visto una tempestad igual!

¡Lárgate de aquí! ¡Te lo ordeno!

No quiero hombres de tierra sobre la cubierta, en este terrible momento..

Éste no es sitio para jardineros, y…

¡Ya es mucho si no me veo obligado a deshacerme de la carga!…

¡Jamás he visto una tempestad como ésta!

¡Vete, te digo!

No quiero hombres de tierra estorbándome.

Y no sigue con su invectiva….

Porque una ola se estrella sobre el puente y cubre todo…

Amenazando con arrastrarlos también a ellos hacia el océano embravecido..

Es el segundo día de navegación, en una mañana terriblemente comprometida;

dado que el sol, que aparece y desaparece tras nimbos muy densos,

viene todavía de oriente.

Pues la nave, a pesar del zarandeo a que se ve sometida, avanza muy poco.

Y el mar parece ponerse cada vez más violento.

Nicómedes está amarrado con una cuerda en su cintura,

y grita:

–       ¿Lo has visto?

Pedro bañado como una sopa, sin mostrar ninguna emoción,

contesta:

–       Lo estoy viendo.

Pero esto no me altera.

No sólo sé vigilar jardines.

He nacido en el agua. De lago, es verdad…

¡Pero también en el lago hay tempestades!…

Antes de… cultivador fui pescador y conozco…

Pedro está tranquilísimo y sabe acompañar las oscilaciones a la perfección,

con sus piernas separadas y musculosas.

El cretense lo observa mientras se mueve para acercarse a él.

Y le pregunta:

–       ¿No tienes miedo?

–       ¡En absoluto!

¡Ni en sueños!

–       ¿Y los demás?

–        Tres de ellos son pescadores, cómo yo.

Mejor dicho, lo fueron.

Los demás a excepción del enfermo son fuertes.

–        ¿También la mujer?…

Nicómedes se interrumpe bruscamente, tras un momento de aparente quietud,

grita a Pedro:

¡Pon atención!

¡Fíjate! ¡Ten cuidado

¡Agárrate!

Una ola gigantesca se ha estrellado sobre el puente.

Pedro espera a que pase,

y dice:

–         ¡Qué bien me hubiera sabido esta bañada en los días calurosos!

¡Paciencia!…

¿Decías algo sobre la mujer? Ruega…

Y no estaría mal que también lo hicieras tú….

¿Dónde nos encontramos?

¿En el canal de Chipre?…

–       ¡Ojalá fuera así!

Me acercaría a la isla y esperaría a que se calmaran los elementos.

Apenas estamos a la altura de la colonia Julia o Berito, si lo prefieres.

Ahora viene lo peor…

Aquellas son las montañas del Líbano.

Pedro hace ritmo con sus piernas cortas y musculosas, siguiendo el movimiento del navío.

Y señalando hacia un punto determinado,

pregunta:

–           ¿No podríamos anclar en aquella población que se ve a lo lejos?

–           El puerto no es bueno, tiene bajíos y escollos.

No se puede.

¡Cuidado!…

Llega otro torrente con un tronco de árbol,

que hiere a un hombre de los que hacen maniobras…

Y no lo arrastra la marejada porque es detenido por un obstáculo…  

Sigue otra ola gigantesca…

Otro torbellino y otro pedazo de mástil que se va;

golpeando otra vez al hombre que, si no es arrastrado por las aguas,

es sólo porque la ola lo deja atascado,

contra el mismo obstáculo, que lo ha librado milagrosamente..

El cretense grita:

–        ¡Lo estás viendo!

¡Es muy peligroso estar aquí!

¡Vete abajo!

¡Lo estás viendo!

–           Lo veo.

Pero ese hombre…

–         Si no está muerto, volverá en sí.

Yo no puedo hacer nada.

No puedo atenderlo. Lo ves…

Estoy tratando de gobernar la nave, hasta que salgamos de esto…

No cabe duda que el cretense está al tanto de todo…

–       Déjamelo a mí.

Le atenderá la mujer…

–       ¡Haz lo que quieras!

¡Pero ya lárgate a tu camarote y cierra bien!

Pedro se arrastra hasta el lugar en donde está el marino herido.

Y tira de él por un pie, lo acerca a sí.

Lo ve… Silba…

Masculla:

–        Tiene la cabeza abierta como una granada madura.

Aquí haría falta el Señor…

¡Si estuviera Él!

¡Señor Jesús!

Maestro mío, ¿Por qué nos has dejado?

Un gran dolor estremece su voz…

Se carga al moribundo sobre la espalda y la túnica se le mancha de sangre.

Y se dirige hacia la portezuela del camarote…

El cretense le grita:

–         ¡Es inútil todo!

¡Míralo bien!

¡Es un hombre muerto!…

Pedro, con su carga encima, no le hace caso.

Y agarrándose fuertemente ante el embate de otra ola…

Vuelve a la escotilla.

El cretense le grita:

–        Es un esfuerzo inútil.

No hay nada que hacer.

¿No lo ves?

Pero Pedro, yendo cargado, le hace un gesto como diciendo: «no importa»

Y se arrima contra un palo para resistir una nueva ola.

Pedro dice para sí mismo:

–        Eso lo veremos.

Y abriendo la escotilla,

grita:

–       ¡Santiago! ¡Juan!

¡Venid aquí!

Los dos apóstoles acuden rápido..

Pedro cierra tras de sí la portezuela.

Y con ayuda de los apóstoles transportan al hombre herido;

hasta una mesa cercana, donde lo depositan.

A la pálida luz de las lámparas que se bambolean,

los apóstoles preguntan:

–         ¿Estás herido?

Pedro objeta:

–         Yo no.

La sangre es de éste. Rogad para que…

Y llamando a la griega,

añade:

¡Síntica! Ven, mira aquí un momento.

Una vez me dijiste que sabías curar heridos.

Mira esta cabeza…

Ven aquí y ayúdame a curarlo.

Tiene la cabeza abierta…

Síntica deja de sostener a Juan de Endor que está bastante mal y sufre mucho.

Y se acerca hasta la mesa en donde han puesto al herido.

La joven griega lo mira…

Y exclama:

–         ¡La herida es muy profunda!

Es igual a la que vi en dos esclavos.

Uno al que había golpeado el amo.

Y otro, al que lo había golpeado una enorme roca en Craparola.

Es necesaria mucha agua para lavar la herida y detener la sangre…

Pedro dice:

–        ¡Si solamente quieres agua!…

¡Hay incluso demasiada!

Ven, Santiago, con la artesa y ayúdame.

Entre los dos lo haremos pronto…

Van y vuelven, chorreando.

Y Síntica, con paños empapados en agua, lava y aplica compresas en la nuca…

Y aparece el daño infligido en el cráneo, en toda su horrorosa realidad…

Desde la sien hasta la nuca, el hueso está al descubierto.

No obstante, el hombre abre de nuevo los ojos, vagarosos y sin expresión.

Y se le oye roncar, está estertoroso.

Se apodera de él el miedo instintivo de morir.

Balbucea aterrado unas palabras en griego…

Síntica le habla en su mismo idioma, tratando de consolarlo, con su tono más maternal,

diciéndole:

–        ¡Bueno! ¡Bueno!

¡Te vas a curar! ¡Tranquilízate!

El hombre está semiinconsciente y la mira sorprendido.

Y al escuchar su lengua materna, un atisbo de sonrisa se dibuja en sus labios.

Busca la mano de Síntica y se aferra a ella.

En los umbrales de la muerte y con los embates del sufrimiento,

instintivamente el hombre es un niño, que busca la caricia maternal de la mujer,

que le ha hablado con ternura…

Cuando Síntica ve que la hemorragia se detiene,

dice con fe:

–        Voy a ungirlo con el ungüento de María.

Mateo, pálido como un muerto;

no se sabe si por el mar, el bamboleo del barco, por la sangre o por las tres cosas,

trata de objetar:

–        Pero eso es para los dolores reumáticos de Juan…

Síntica explica:

–        ¡Oh, lo hizo María con sus manos!

Se lo aplicaré rogando a Jesús…

Rogad también vosotros.

El Padre Celestial nos escuchará… Y

no le puede hacer ningún mal.

El aceite es medicina…

Mateo encoge los hombros y Síntica va hacia la alforja de Pedro.

Saca un recipiente que parece de bronce.

Lo abre y toma un poco de ungüento.

Lo calienta entre sus manos y lo vierte sobre un trozo de lino doblado,

que pone sobre la cabeza del herido, con un vendaje apretado.

Y lo recuesta sobre su manto doblado como si fuera una almohada.

Luego se sienta junto a él, orando mientras el herido parece adormecerse.

Arriba se sigue abatiendo la furia de los elementos sobre la nave;

que se hunde y se empina sin tregua.

Pasado un rato, se abre el portillo y entra presuroso un marinero.

Pedro pregunta:

–        ¿Qué pasa?

–        Que estamos en peligro.

Vengo por los inciensos y las oblaciones para hacer un sacrificio…

–        ¡Déjate de esas cosas!

–        ¡Nicomedes quiere sacrificar a Venus!

Estamos en su mar…

–        Que está desenfrenado, como ella. – barbota en voz baja Pedro,

Luego agrega con voz más fuerte:

–        «Venid vosotros.

Vamos al puente.

Quizás tengamos que intervenir…

Y mirando a Síntica,

le pregunta:

–        ¿Tienes miedo de quedarte con el herido y con estos dos?

Los dos, son Mateo y Juan de Endor que están hechos unos guiñapos

y absolutamente mareados…

Y Síntica responde:

–       ¡No!

No. Id si os parece…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6