Publicaciones de la categoría: APÓSTOLES DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

623 Súplica Infantil


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

473 Curación de un niño ciego de Sidón y una lección para las familias.

En una plaza desnuda, con sólo con casas alrededor y en el centro,

un pilón alimentado por una fuente que vierte un agua cristalina,

por su única boca formada por una piedra ahuecada en forma de teja.

El pilón sirve para dar de beber a los cuadrúpedos…

Y a las muchas palomas que se lanzan en vuelo de una a otra casa;

la fuente, para llenar las ánforas de las mujeres.

Bonitas ánforas de cobre, muchas trabajadas a golpe de  martillo;

otras, lisas que resplandecen al sol, porque hace sol y calor.

La tierra de la plaza está seca y amarillenta, como está cuando un intenso sol la seca.

No hay un solo árbol en la plaza.

Pero penachos de higueras y sarmientos de uva rebosan por las tapias de los huertos,

que orillan las cuatro calles que desembocan en la plaza.

Por ser el final del verano, en las pérgolas hay uva madura…

Ya parece ser el final del día porque el sol no cae a plomo;

sino que sus rayos son oblicuos como en el ocaso.

Jesús está saliendo de la sinagoga, rodeado de los apóstoles y de gente.

La sinagoga está en la plaza central del pueblo.

Y en la plaza, una serie de enfermos esperan a Jesús.

Él pasa, se inclina hacia ellos, los bendice y consuela, pero no los cura, al menos por el momento.

Hay también mujeres con niños y hombres de todas las edades.

Parece que el Salvador los conoce, porque los saluda por el nombre…

Y ellos se arremolinan en torno a Él con familiaridad.

Jesús acaricia a los niños, agachándose amoroso hacia ellos.

En un ángulo de la plaza hay una mujer con un niño vestido con una tuniquita de color claro.

No parece ser del lugar.

Y también es de una condición social más elevada que los demás.

Porque la túnica está más trabajada, con galones y pliegues;

no es la simple túnica de las aldeanas,

que lleva como único adorno y modelado un cordón a la cintura.

Esta mujer lleva por el contrario, vestiduras más complicadas,

las cuales sin llegar a ser aquella obra maestra de vestuario que eran los vestidos de la Magdalena,

tienen ya mucha galanura.

En la cabeza lleva un velo ligero, mucho más que el que llevan las otras,

que no es más que una tela de lino sutil, mientras que éste es casi muselina, pues es muy liviano.

Está prendido en el centro de la cabeza con gracia.

Y se pueden vislumbrar los cabellos castaños bien peinados, con trenzas sencillas,

pero hechas con más experto cuidado que no las otras mujeres,

que llevan trenzas recogidas en moño en la nuca o pasadas por la cabeza circularmente.

Cubre su espalda un manto,

que tiene en torno al cuello un galón terminado en un broche de plata.

La tela del manto cae amplia hasta el tobillo formando bellos pliegues.

La mujer tiene de la mano al niño de unos siete años.

Y es robusto, pero de vivaracho no tiene nada.

Está muy quieto, cabizbajo, de la mano de su mamá;

sin prestar atención a lo que sucede a su alrededor.

La mujer mira;

pero no se atreve a acercarse al grupo que se ha arremolinado en torno a Jesús.

Parece indecisa, debatiéndose entre las ganas de ir y el miedo a acercarse…

Decide una cosa intermedia:

atraer la atención de Jesús.

Ve que Él ha tomado en brazos a un angelote todo rosado y sonriente, que una madre le ha ofrecido.

Y ve que, mientras habla con un viejecillo, aprieta contra su pecho al niño, meciéndolo.

Entonces se agacha hacia su niño y le dice algo.

El niño levanta la cabeza.

Se puede apreciar entonces una carita triste, con los ojos cerrados.

Es ciego.

El niño grita:

–                ¡Piedad de mí, Jesús!

La vocecita infantil hiende el aire quieto de la plaza y llega con su lamento hasta el grupo.

Jesús se vuelve.

Ve.

Se mueve inmediatamente, con amorosa solicitud.

Ni siquiera devuelve a su madre al niño que tiene en brazos.

Va, alto y guapísimo,

hacia el pobre cieguito, que tras su grito ha bajado de nuevo la cabeza,

inútilmente instado por la madre a que repita el grito.

Jesús está frente a la mujer.

La mira.

También ella lo mira.

Luego, tímidamente, baja la mirada.

Jesús la ayuda.

Ha devuelto, a la mujer que se lo había ofrecido, el niño que llevaba en brazos.

Jesús pregunta:

–             Mujer, ¿es tuyo este hijo?

Ella responde:

–             Sí, Maestro.

Es mi primogénito.

Jesús acaricia la cabecita -agachada- del niño.

Jesús pareciera no haber visto la ceguera del pequeño.

Pero tal vez lo hace conscientemente;

para dar pie a la madre a formular su petición.

–            Así pues, el Altísimo ha bendecido tu casa con numerosa prole.

Y dándote en primer lugar el varón consagrado al Señor.

–                  Tengo sólo un varón, éste.

Y otras tres niñas.

Ya no voy a tener otros…

Un sollozo.

–                ¿Por qué lloras, mujer?

–                ¡Porque mi hijo es ciego, Maestro!

–                Y querrías que viera.

¿Puedes creer?

–                Creo, Maestro.

Me han dicho que abriste ojos que estaban cerrados.

Pero mi niño ha nacido con los ojos secos.

Míralo, Jesús.

Debajo de los párpados no hay nada…

Jesús levanta hacia Sí esta carita precozmente seria.

Y levantando con el pulgar los párpados, mira.

Debajo hay un vacío.

Vuelve a hablar, teniendo levantada con una mano hacia Sí la carita.

–            ¿Por qué has venido, entonces, mujer?

–            Porque…

Sé que para mi niño es más difícil…

Pero si es verdad que eres el Esperado, lo puedes hacer.

Tu Padre ha hecho los mundos…

¿No ibas a poder hacerle Tú dos pupilas a mi criatura?

–           ¿Crees que vengo del Padre, Señor Altísimo?

–            Creo esto y que Tú todo lo puedes.

Jesús la mira como para discernir cuánta fe hay en ella y de que pureza es esa fe.

Sonríe.

Luego dice:

–            Niño, ven a Mí.

Y lo lleva de la mano hasta un murete de aproximadamente medio metro de altura.

Lo pone encima.

El murete se alza desde el camino hacia una casa:

Como una especie de parapeto para proteger a ésta del camino, que tuerce en ese punto.

Cuando el niño está bien seguro encima de ese realce.

Jesús adquiere aspecto serio, imponente.

La gente se agolpa en torno a Él, al niño y a la madre temblorosa.

Mirando a Jesús de lado, de perfil.

Solemnemente cubierto con su manto azul oscurísimo,

encima de la túnica apenas un poco más clara, muestra un rostro inspirado.

Parece más alto y hasta más fuerte,

como siempre cuando emana potencia de milagro.

Y esta vez es una de las que pareciera más imponente.

Pone las manos encima de la cabeza del niño, las manos abiertas;

pero apoyando los dos pulgares en las órbitas vacías.

Levanta la cabeza y ora intensamente, pero sin mover los labios.

Ciertamente, un coloquio con su Padre.

Luego dice:

–                ¡Ve!

¡Lo quiero!

¡Y alaba al Señor!

Y a la mujer:

–              Sea premiada tu fe.

Aquí, tienes al hijo que será tu honor y tu paz.

Muéstraselo a tu marido.

El volverá a tu amor y nuevos días felices conocerá tu casa.

La mujer que ya había lanzado un grito agudísimo de alegría…

Cuando Jesús al quitar los pulgares divinos de las órbitas vacías,

vio dos espléndidos ojos azul oscuro

como los del Maestro que la miran fijamente;

asombrados y felices bajo el flequillo de los cabellos morenos oscuros…

Lanza otro grito.

Y a pesar de tener a su hijo apretado contra su corazón;

se arrodilla a los pies de Jesús,

diciendo:
–            ¿También sabes esto?

¡Ah! Tú eres verdaderamente el Hijo de Dios.

Y le besa la túnica y las sandalias.

Luego se levanta transfigurada de alegría,

diciendo:
–              Oíd todos.

Vengo de la lejana tierra de Sidón.

He venido porque otra madre me habló del Rabí de Nazaret.

Mi marido, judío y mercader, tiene en esa ciudad sus almacenes para el comercio con Roma.

Rico y fiel a la Ley, me dejó de amar desde que,

después de haberle dado un varón desdichado;

le di tres niñas y luego me quedé estéril.

Él se alejó de su casa.

Yo, aunque no había sido repudiada, vivía en las condiciones de una repudiada.

Y ya sabía que quería desembarazarse de mí,

para tener de otra mujer un heredero capaz de continuar el comercio

y gozar de las riquezas paternas.

Antes de salir fui donde mi esposo y le dije:

«Espera, señor.

Espera a que vuelva.

Si vuelvo con el hijo todavía ciego, repúdiame.

Pero si no, no hieras a muerte mi corazón y no niegues un padre a tus hijos».

Y él me juró: «Por la gloria del Señor, mujer, te juro que si me traes a mi hijo sano…

No sé cómo vas a poder hacerlo, porque tu vientre no supo darle ojos.

Volveré a ti como en los días del primer amor»

El Maestro no podía saber nada de mi dolor de esposa.

Y a pesar de ello me ha consolado también en esto.

Gloria a Dios y a Ti, Maestro y Rey.

La mujer está de nuevo arrodillada y llora de alegría.

–               Ve.

Dile a Daniel, tu marido, que el que creó los mundos,

ha dado dos claras estrellas por pupilas al pequeño consagrado al Señor.

Porque Dios es fiel a sus promesas y ha jurado que quien crea en Él verá todo tipo de prodigios.

Sea ahora fiel él al juramento que hizo y no cometa pecado de adulterio.

Dile esto a Daniel.

Ve.

Sé feliz.

Os bendigo a ti y a este niño.

Y contigo a los que tú amas.

Un coro de alabanzas y felicitaciones se eleva de la multitud.

Y Jesús entra en una casa cercana para descansar.

622 Los Tentadores


 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

472b Solicitud insidiosa de un juicio acerca de un hecho ocurrido en Yiscala.

Jesús prosigue:

–             …Yo digo:

¿Cómo no ha temido a Dios el que por venganza ha causado tanta tragedia?

¿La habría querido en el seno de su familia?

Yo digo:

¡El hombre que ha huido y que después de gozar y destruir, repudia ahora al inocente,

cree que huyendo, se salvará del Vengador Eterno?

Esto es lo que digo Yo.

Y digo todavía otras cosas.

La Ley exigía la lapidación de los adúlteros y la ejecución del homicida.

Pero llegará un día en que la Ley, necesaria para poner freno a la violencia y la lujuria de los hombres

no fortalecidos por la Gracia del Señor,

será modificada.

Y si bien quedarán los mandamientos:

«No matar y no cometer adulterio»

las sanciones contra estos pecados serán transferidos a una justicia más alta,

que la del odio y la sangre.

Una justicia respecto a la cual la siempre falaz e inmeritoria justicia de los jueces humanos

todos y quizás varias veces adúlteros, si es que no han sido también homicidas,

será menos que nada.

Hablo de la justicia de Dios, que pedirá explicación a los hombres incluso de los deseos impuros,

de los cuales nacen las venganzas, las delaciones, los homicidios.

Y sobre todo, pedirá explicación de por qué se niega a los culpables las horas para redimirse.

Y por qué a los inocentes se les impone cargar con el peso de las culpas ajenas.

Aquí todos son culpables.

Todos.

Y también los jueces impulsados por opuestos movimientos de venganza personal.

Uno sólo es inocente.

A él va mi piedad.

Yo no puedo volver atrás.

Pero, ¿Quién de vosotros será caritativo con el pequeñuelo…

Y conmigo que sufro por él?

Jesús mira a la multitud con ojos de triste súplica.

Muchos dicen:

–                ¿Qué quieres?

Pero recuerda que es un hijo ilegítimo.

–               En Cafarnaúm hay una mujer de nombre Sara.

Es de Afeq.

Una discípula mía.

Llevadle el niño y decidle: “Jesús de Nazaret te lo confía».

Cuando el Mesías que esperáis funde su Reino y ponga sus leyes, que no anulan la Palabra del Sinaí,

sino que dan cumplimiento a ésta con la caridad…

Los hijos ilegítimos ya no estarán sin madre, porque Yo seré el Padre de los que no tienen padre.

y diré a mis fieles:

“Amad a éstos por amor a Mí».

Y cambiarán otras cosas, porque la violencia será sustituida con el amor.

Creíais quizás, que ante vuestras preguntas Yo iba a negar la Ley…

Y por esto me habéis buscado.

Decíos a vosotros mismos y a quien os ha enviado que he venido a perfeccionar la Ley…

Y nunca a negarla.

Decíos a vosotros y a los otros, que Aquel que predica el Reino de Dios,

ciertamente, no puede enseñar aquello que en el Reino de Dios sería horror…

Y no podría por tanto, tener en él cabida.

Decidles también -y decíos- que recuerden lo que dice el Deuteronomio (18, 15-19):

«El Señor tu Dios suscitará para ti, de tu nación, de entre tus hermanos, un profeta. Escúchalo.

Eso pediste al Señor tu Dios en el Horeb; dijiste:

“No vuelva yo a oír la voz del Señor mi Dios, no vuelva a ver este grandísimo fuego y no muera”.

Y el Señor me dijo:

“Está bien lo que han dicho;

suscitaré para ellos, de en medio de sus hermanos un profeta semejante a ti;

pondré mis palabras en su boca y les dirá todo lo que Yo le mande.

Y si alguno no quisiere escuchar las palabras que en mi Nombre dirá, tomaré cuentas de ello»‘.

Dios os ha mandado a su Verbo para que hablara sin que su voz os causara la muerte.

Muchas cosas había dicho ya Dios al hombre, ya más de las que el hombre mereciera oír de Dios.

Mucho, con la Ley del Sinaí y con los Profetas.

Pero todavía muchas cosas debían decirse…

Y Dios lo ha guardado para su profeta del tiempo de Gracia,

para el que había sido prometido a su pueblo, en quien mora la Palabra de Dios…

Y en el cual se cumplirá el perdón.

Fundador del Reino de Dios, codificará la Ley con los nuevos preceptos de amor,

porque el tiempo del amor ha llegado.

Y no pedirá venganza al Altísimo contra quien no lo escuche;

solamente, que el fuego de Dios deshaga el granito de los corazones…

Y la Palabra de Dios pueda penetrar en ellos y fundar en ellos el Reino,

que es Reino del espíritu, como espiritual es su Rey.

Al que -quienquiera que sea- ame al Hijo del hombre,

el Hijo del hombre le dará Camino, Verdad, Vida:

para ir a Dios, para conocerLo y para vivir la Vida eterna.

En aquel -quienquiera que sea- que acepte mi palabra surgirán fuentes de luz,

por lo cual conocerá el sentido oculto de las palabras de la Ley… 

Y verá que las prohibiciones no son amenazas sino invitaciones de Dios,

que quiere que los hombres sean bienaventurados, no réprobos;

benditos, no malditos.

Una vez más, de una cosa ya resuelta, como no la habría resuelto la santidad,

habéis hecho un instrumento inquisidor para sorprenderme en pecado.

Pero Yo sé que no peco.

Y no temo al decir mi pensamiento, que es éste:

el hombre homicida ha sufrido, con el deshonor primero y con la muerte después,

las consecuencias de haber hecho de la ganancia la meta de su vida.

La mujer ha sufrido las consecuencias de su pecado con la muerte.

Y os asombrará, pero es así.

Y su confesión, intentando mover a piedad a su marido hacía el inocente,

ha disminuido su culpa ante Dios. 

Jesús los señala con la mirada…

agregando:

Los demás: 

Tú y tú y el que ha huido sin piedad ni siquiera hacia su pequeñuelo;

tenéis mayor culpa que los dos primeros.

¿Murmuráis?

Vosotros no habéis sufrido con la muerte las consecuencias.

Y en vosotros no estaban los atenuantes del marido traicionado, ni están los atenuantes de la mujer:

Estar desatendida y haber confesado.

Y todos tenéis un pecado, todos menos la nodriza del inocente.

El pecado de rechazar a este inocente como a un mal vergonzoso.

Habéis sabido matar al homicida.

Habríais sabido matar también a los adúlteros.

Habéis sabido hacer lo que constituye justicia severa y lo habríais sabido hacer.

Pero ni siquiera uno ha sabido, ni sabe, abrir los brazos a la piedad hacia el inocente.

De todas formas, vuestra responsabilidad no es completa.

No sabéis…

Nunca sabéis exactamente lo que hacéis y lo que se debería hacer.

Y en esto está vuestro atenuante.

Cuando este discípulo de Gamaliel ha venido a Mí, me ha dicho:

«Ven.

Quieren hacerte unas preguntas sobre un hecho que todavía tiene repercusiones»

Las consecuencias son el inocente.

Bueno, ¿Y ahora que sabéis lo que pienso,

cambiaréis vuestro juicio donde todavía puede cambiarse?

A éste le he dicho: «Yo no juzgo. Yo perdono».

Gamaliel dijo: «Solamente Jesús de Nazaret juzgaría con justicia aquí».

Ya como le he dicho a éste, habría aconsejado a todos –digo a todos

prorrogar la sentencia hasta después de un atento examen…

Y hasta que se hubieran calmado las pasiones.

Muchas cosas hubieran podido cambiarse sin agraviar a la Ley:

La cosa ya está consumada.

Y que Dios perdone a quien se haya arrepentido o se vaya a arrepentir de ello.

No tengo más que decir.

Bueno, todavía una cosa:

Que Dios os perdone una vez más el haber tentado al Hijo del hombre.

El discípulo de Gamaliel exclama:

–             ¡Yo no, Maestro!

¡Yo no!

Yo…

Amo al rabí Gamaliel como un discípulo debe amar a su maestro:

Más que a un padre.

Más, porque un rabí forma el intelecto, que es más grande que la carne.

Y…

No puedo dejar a mi rabí por Ti.

Pero para despedirme de Ti no encuentro sino las palabras del cántico de Judit (16, 1-17).

Florecen en el fondo de mi corazón,

porque he percibido justicia y sabiduría en todas tus palabras.

Adonai, Señor, grande y magnífico es tu señorío.

Nadie puede superarte.

Nadie puede oponer resistencia a tu Voz.

¡Los que te temen estarán en tu presencia en todo!»…

Señor, yo bajaré a Cafarnaúm, donde la mujer que has mencionado.

Y Tú ora por mí;

porque mi granito se disuelva y penetre la Palabra que funda el Reino de Dios en nosotros…

Ahora entiendo.

Nosotros nos engañamos.

Y nosotros discípulos, somos los menos culpables…

El Anciano de Yiscala volviéndose hacia el discípulo de Gamaliel,

interviene violentamente:

–                ¿Qué dices, necio?

–                ¿Que qué digo?

Digo que tiene razón mi maestro.

Y quien tienta a Este para el reino temporal es un Satanás;

porque Éste es un verdadero Profeta del Altísimo y la Sabiduría habla por sus labios.

Y volviéndose hacia Jesús,

le pregunta:

–             Dime, Maestro…

¿Qué tengo que hacer?

–             Meditar.

–             Pero…

–             Meditar.

Eres un fruto no maduro.

Y debes ser injertado.

Oraré por ti.

Venid vosotros…

Y con los apóstoles cargados con los fardos;

Empieza a caminar, dejando tras de Sí los comentarios.

621 Un Caso de Adulterio


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

472a Solicitud insidiosa de un juicio acerca de un hecho ocurrido en Yiscala.

Jesús, a pesar de que estaba más hacia el fondo que hacia la cabeza de la sinagoga,

es uno de los últimos en salir.

Y se dirige hacia la casa para tomar el morral y ponerse en camino.

Muchos del lugar lo siguen.

Entre ellos, el discípulo de Gamaliel…

Al cual en un momento dado, lo llaman tres que están contra la pared de una casa.

Habla con ellos y con ellos se abre paso hacia Jesús.

Jesús, que estaba hablando con Pedro y con su primo Judas, 

se vuelve cuando el discípulo de Gamaliel,

llama su atención diciendo:

–               Maestro, éstos quieren decirte algo.

Visiblemente agitado,

Pedro exclama:

–               ¡Escribas!

¡Ya lo había dicho yo!

Jesús saluda con una reverencia a los tres que lo saludan…

Y pregunta:

–              ¿Qué queréis?

Habla el más viejo:

–               No has venido.

Venimos nosotros.

Y para que nadie piense que hemos pecado en el sábado,

decimos a todos que hemos dividido el camino en tres tiempos.

El primero hasta que la última luz del ocaso ha tenido vida.

El segundo, de seis estadios mientras la Luna iluminaba los senderos.

El tercero termina ahora y no ha superado la medida legal.

Esto por nuestras almas y las vuestras.

Pero para nuestro intelecto te pedimos sabiduría.

¿Estás al corriente de lo que ha sucedido en la ciudad de Yiscala?

–              Vengo de Cafarnaúm.

Nada sé.

–              Escucha.

Un hombre, que se había ausentado de su casa por prolongados negocios;

al regresar, supo que en su ausencia su mujer lo había traicionado;

hasta el punto de dar a luz a un hijo que no podía ser de su marido,

porque él había estado fuera de casa catorce meses.

El hombre mató ocultamente a su mujer.

Pero denunciado por uno que lo supo por la sierva, según la ley de Israel (Éxodo 21, 12-14; Levítico 20, 10; 24, 17 Números 35, 16-34; Deuteronomio 19, 11-13; 22, 22)

Ha sido ejecutado.

El amante que según la Ley debería ser lapidado, se ha refugiado en Quedes.

Y sin duda, tratará de ir desde allí a otros lugares.

El hijo ilegítimo, el marido quería tenerlo también para matarlo…

No fue entregado por la mujer que lo amamantaba.

Ella ha ido a Quedes para conmover al verdadero padre del lactante para que se ocupe de su hijo,

porque el marido de la nodriza se niega a tenerlo en casa.

Pero el hombre la ha rechazado, junto con su hijo,

diciendo que éste significaría un obstáculo para su fuga.

¿Según Tú, cómo juzgas el hecho?

–             No veo que sea ya susceptible de juicio.

Todo juicio, justo o injusto, ha sido ya dado.

–             ¿Cuál según Tú, ha sido el juicio justo y cuál el injusto?

Surgió divergencia entre nosotros acerca de la muerte del homicida.

Jesús los mira a uno tras otro de hito en hito.

Luego dice:

–             Voy a hablar.

Pero antes responded a mis preguntas, sea cual fuere su peso.

Y sed sinceros.

¿El hombre homicida de su esposa era del lugar?

–             No.

Se había establecido allí desde su matrimonio con la mujer, que era del lugar.

–             ¿El adúltero era del lugar?

–             Sí.

–            ¿Cómo el hombre traicionado supo que lo había sido?

¿Era pública la culpa?

–             No, ciertamente.

Y no se comprende cómo pudo saberlo el hombre.

La mujer se había ausentado unos meses antes,

diciendo que para no estar sola iba a Ptolemaida donde unos parientes suyos.

Y volvió diciendo que había tomado consigo al hijito de una pariente que había muerto.

–             ¿Cuando estaba en Yiscala, su conducta era desvergonzada?

–            No.

Es más, a todos nos sorprendió el que Marcos estuviera en relaciones con ella.

Uno de los tres, que no ha hablado todavía,

dice:

–             Mi pariente no es un pecador.

Es un acusado inocente.

Jesús le pregunta:

–             ¿Era pariente tuyo?

¿Quién eres?

–             El primero de los Ancianos de Yiscala.

Por esto he querido la muerte del homicida, porque no sólo mató,

sino que mató a persona inocente…

Y dirige una mirada torva al tercero, que tiene unos cuarenta años…

Y que rebatiendo, dice:

–             La Ley impone la muerte del homicida.

–             Tú querías la muerte de la mujer y del adúltero.

–            Así es la ley.

–             Si no hubiera habido ningún otro motivo, ninguno habría hablado.

Se enciende la disputa entre los dos antagonistas, que casi se olvidan de Jesús.

Pero el que ha hablado el primero, el más mayor, impone silencio,

diciendo con imparcialidad:

–               No se puede negar que el homicidio haya sido consumado.

Como tampoco se puede negar que haya habido culpa.

La mujer la confesó a su marido.

Pero dejemos hablar al Maestro.

–                Yo digo:

¿Cómo lo supo el marido?

No me habéis respondido.

El que defiende a la mujer dice:

–                Porque alguien habló en cuanto el marido regresó.

Bajando los párpados para velar su mirada y que ésta no acuse,

Jesús dice:

–              Y entonces Yo digo que ése no tenía el corazón puro.

Pero el de cuarenta años, que quería la muerte de la mujer y del adúltero,

salta exclamando:

–               ¡Yo no tenía ninguna hambre de ella!

–               ¡Ah!

–               ¡Ahora está claro!

–              ¡Fuiste tú el que habló!

–              ¡Lo sospechaba, pero ahora te has traicionado!

–               ¡Asesino!

–               Y tú, favorecedor del adúltero.

Si no le hubieras avisado, no se nos habría escapado.

¡Pero es tu pariente!

¡Así se hace la justicia en Israel!

Por eso defiendes también la memoria de la mujer:

Para defender a tu pariente.

De ella sola no te preocuparías.

–            ¿Y tú, entonces?

¿Tú, que has lanzado al hombre contra la mujer para vengarte de sus negativas?

–             ¿Y tú, que has sido el único que ha testificado contra el hombre?

¿Tú que pagabas a una criada en aquella casa para que te ayudara?

No es válido el testimonio único.

Lo dice la Ley.

¡Un jaleo de mercado!

Jesús y el añoso anciano tratan de calmar a los dos.

Que representan dos intereses y dos corrientes opuestas…

Y que revelan un odio incurable entre dos familias.

Lo logran a duras penas.

Ahora habla Jesús, sereno, solemne.

Y lo primero que hace es defenderse de la acusación salida de los labios de uno de los contendientes:

–              Tú que proteges a las prostitutas…

–              Yo no sólo digo que el adulterio consumado es delito contra Dios y contra el prójimo.

Sino que digo:

Aquel que tiene deseos impuros hacia la mujer de otro es adúltero en su corazón.

Y comete pecado de adulterio.

¡Ay si cada hombre que ha deseado a la mujer de otros hubiera de ser muerto!

Los lapidadores deberían tener siempre las piedras en la mano.

Pero aunque el pecado, muchas veces quede impune por parte de los hombres en la Tierra,

será expiado en la otra vida.

Porque el Altísimo ha dicho:

«No fornicarás y no desearás a la mujer de otros»

Y a la palabra de Dios hay que prestarle obediencia.

Pero también digo:

«¡Ay de aquel por quien se comete un escándalo! y ¡Ay del delator de su prójimo!»

Aquí todos han faltado.

El marido.

¿Tenía realmente necesidad de abandonar a su esposa durante tanto tiempo?

¿La había tratado siempre con ese amor que conquista el corazón de la compañera?

¿Se examinó a sí mismo para ver si, antes que él por parte de la mujer,

no había  sido ofendida por él la mujer?

La ley del talión dice: «Ojo por ojo, diente por diente»

Pero, si lo dice para exigir reparación…

¿Debe ésta provenir de uno sólo?

No defiendo a la adúltera, pero digo:

«¡Cuántas veces habría podido acusar ella de este pecado a su consorte?».

La gente susurra:

–             ¡Es verdad!

–             ¡Es verdad!

Y asienten también el viejo de Yiscala y el discípulo de Gamaliel.

620 El Ser Cristianos


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

472 Solicitud insidiosa de un juicio acerca de un hecho ocurrido en Yiscala.

Por la tarde del sábado, el sol está todavía alto;

siendo así que llegaron al pueblo con el crepúsculo.

En un tupido huerto con árboles frutales, se encuentra toda la comitiva apostólica.

Pedro rezonga:

–              No me gusta nada esta parada con ese hombre que se ha unido a nosotros…

Jesús responde:

–             Después de las oraciones nos marchamos.

Es sábado.

No se podía caminar.

Y nos ha sentado bien este descanso.

No haremos ya ningún alto hasta el próximo sábado.

–             Pero Tú has descansado poco.

¡Todos esos enfermos!…

–              Muchos que ahora alaban al Señor.

Para ahorraros mucho camino me habría quedado aquí dos días,

para dar tiempo a los curados a llevar la noticia al otro lado del confín.

Pero no habéis querido.

–              ¡No!

¡No!

Quisiera estar lejos ya.

Y…

No te fíes demasiado, Maestro.

¡Tú hablas!

¡Tú hablas!…

Pero ¿Sabes que todas tus palabras en ciertas bocas se transforman en veneno para Ti?

¿Por qué nos lo han mandado?

–            Lo sabes.

–           Sí.

Pero…

¿Por qué se ha quedado?

–           No es el primero que se queda después de acercarse a Mí.

Pedro menea la cabeza.

No está convencido.

Y masculla:

–           ¡Un espía!…

¡Un espía!…

–            No juzgues, Simón.

Podrías arrepentirte un día de tu juicio actual…

–            No juzgo.

Tengo miedo.

Por Ti.

Y esto es amor.

Y el Altísimo no me puede castigar por amarte.

–               No digo que te arrepentirías de esto,

sino de haber pensado mal de tu hermano.

–               Él es hermano de los que te odian.

Por tanto, no es mi hermano.

La lógica, humanamente, es justa;

pero Jesús observa:

–               Es discípulo de Gamaliel.

Gamaliel no está contra Mí.

–                Pero tampoco está contigo.

–                Quien no está en contra está conmigo, aunque no lo parezca.

No se puede pretender que un Gamaliel, el mayor doctor que tiene Israel hoy,

un pozo de saber rabínico, una verdadera mina en la que están todas las…

Sustancias de la ciencia rabínica, pueda diligentemente repudiar todo por optar…

Por Mí Simón, también a vosotros os es difícil optar por Mí dejando todo el pasado…

–               ¡Pero nosotros hemos optado por Ti!

–               No.

¿Sabes lo que es optar por Mí?

No es quererMe y seguirMe solamente.

Estas cosas son en mucho, mérito del Hombre que Soy y que atrae vuestras simpatías.

Optar por Mí es optar por mi doctrina, que es igual que la antigua en la Ley divina,

pero que es completamente distinta de esa ley;

de esa aglutinación de leyes humanas que han venido acumulándose durante los siglos,

formando todo un código y un formulario que de divino no tiene nada.

Vosotros, todos los humildes de Israel y también algún grande muy justo, os quejáis.

Y criticáis las sutilezas formalistas de los escribas y fariseos, sus intransigencias y dureza…

Pero vosotros tampoco estáis de ello inmunes.

No es culpa vuestra.

Durante siglos y siglos, habéis vosotros hebreos asimilado lentamente las…

Emanaciones humanas de los manipuladores de la pura y sobrehumana Ley de Dios.

Ya sabes, cuando uno sigue durante años y años viviendo de una determinada manera distinta

de la propia de su país, por vivir en un país extranjero.

Y viven en él sus hijos y los hijos de sus hijos, sucede que su descendencia

acaba por ser como la del lugar en que se halla.

Se aclimata tanto, que pierde incluso el aspecto físico de su nación,

además de las costumbres morales.

Y por desgracia tanto, que pierde la religión de sus padres…

Pero…

Ahí están los otros.

Vamos a la sinagoga…

–              ¿Hablas Tú?

–              No.

Soy un simple fiel.

He hablado con los milagros esta mañana…

–             Con tal de que no haya sido perjudicial…

Pedro está realmente descontento y preocupado.

Pero sigue al Maestro, que se ha reunido con los otros apóstoles.

Por el camino, dan alcance a Jesús el hombre de Yiscala y otros, quizás del pueblo.

En la sinagoga el arquisinagogo con deferencia,

se dirige a Jesús diciendo:

–             ¿Quieres explicar, Rabí, la Ley?

Pero Jesús lo rehúsa.

Y como un simple fiel, sigue todas las ceremonias.

Besa como los demás, el rollo que alarga el  ayudante del arquisinagogo.

Escucha la explicación del punto elegido por el arquisinagogo.

De todas formas aunque no hable…

Su aspecto ciertamente es ya predicación por el modo en que ora…

Muchos lo miran.

El discípulo de Gamaliel no lo pierde de vista ni un minuto.

Y los apóstoles recelosos como están, no pierden de vista al discípulo.

Jesús ni siquiera se vuelve cuando, en una puerta de la sinagoga, se produce un murmullo

que hace que muchos se distraigan.

Pero el rito termina y la gente sale a la plaza donde está la sinagoga.

619 Examen Doctrinal


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA Leer más →

618 Las Dos Medidas


617 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

471a Encuentro con el levita José, llamado Bernabé

…Ya está cercano el valle, ya se ve un camino,

un verdadero camino de primer orden que viniendo del sur, continúa hacia el oeste,

haciendo una curva justamente al pie del monte, para orillar su base

y proseguir luego recto hacia un bonito pueblo asentado en el verde

junto a un riachuelo que al presente es sólo un cantizal que entre canto y canto

mantiene erguida alguna caña resistente,

especialmente en el centro, donde un hilo…

Verdaderamente un hilo de agua, se obstina en correr hacia el mar.

Se reagrupan todos antes de tomar este camino de primer orden,

pero aún no han recorrido algunos metros cuando dos hombres

vienen a su encuentro con gestos de saludo.

Los apóstoles comentan entre sí:

–           Dos discípulos de los rabíes.

–           Y uno es levita.

–          ¿Qué quieren?

Manifestando que no están mínimamente contentos del encuentro.

No es posible saber por qué deducen que son discípulos y que uno es levita.

No entiendo todavía bien el lenguaje de los flecos y los galones…

Y otros secretos del vestuario israelita.

Jesús, cuando llega a dos metros aproximadamente y no es posible ningún equívoco;

el camino está ya libre de transeúntes que a pie o en caballerías se apresuraban hacia el pueblo.

El Maestro responde al saludo repetido y espera parado.

El levita, que antes se había limitado a profundas reverencias,

saluda respetuosamente:

–              La paz a ti, Rabí.

Jesús responde:

 –            La paz a ti.

Y a ti. – dice Jesús dirigiéndose al otro.

–             ¿Eres Tú el Rabí de nombre Jesús?

–             Lo soy.

–             Una mujer ha entrado antes de la hora sexta en la ciudad.

Y ha dicho que había hablado por el camino con un rabí más grande que Gamaliel,

porque además de sabio era bueno.

La cosa ha llegado a nosotros.

Y los maestros, suspendiendo la partida para Jerusalén, nos han enviado a todos a buscarte.

A todos los que estábamos;

dos a cada camino que de Yiscala baja a los caminos del llano.

En su nombre y por medio de nosotros te dicen:

«Ven a la ciudad, que queremos hacerte unas preguntas».

–            ¿Y por qué motivo?

–            Para que des tu dictamen sobre un hecho sucedido en Yiscala…

Y que todavía tiene repercusiones.

–             ¿Y no tenéis a los grandes doctores para dictaminar?

¿Por qué dirigirse al Rabí desconocido?

–             Si eres el que dicen los rabíes, no eres desconocido. ¿No eres Jesús de Nazaret?

–             Lo soy.

–             Los rabíes conocen tu sabiduría.

–             Y Yo conozco su odio hacia mí.

–             No todos, Maestro.

El más grande y justo no te odia.

–             Lo sé.

Tampoco me ama.

Me estudia.

¿Pero el rabí Gamaliel está en Yiscala?

–              No.

Se ha marchado ya, para estar en Seforí antes del sábado.

Se marchó inmediatamente después del juicio.

–             ¿Y entonces por qué me buscáis?

Jesús señala un poblado en la lejanía,

agregando:

Yo también debo respetar el sábado y llegar a aquel lugar…

Para lo que casi no me queda tiempo.

No me entretengáis más.

–             ¿Tienes miedo, Maestro?

–             No tengo miedo…

Porque sé que ningún poder ha sido dado por ahora a mis enemigos.

Dejo a los sabios la satisfacción de juzgar.

–             ¿Qué quieres decir?

–             Que Yo no juzgo, sino que perdono.

–            Tú sabes juzgar mejor que ningún otro.

Gamaliel lo ha dicho.

Dijo: «Sólo Jesús de Nazaret juzgaría con justicia aquí».

–              Bien.

Pero ya habéis juzgado.

Y la cosa ya no tiene arreglo.

Mi juicio habría sido calmar las pasiones antes de castigar.

Si había culpa, el culpable podía arrepentirse y redimirse;

si no la había, no se habría producido la ejecución…

Que para alguno ante los ojos de Dios, es igual que un homicidio premeditado.

–             ¡Maestro!

¿Cómo lo sabes?

La mujer ha jurado que hablaste con ella sólo de sus cosas…

Tú sabes…

¿Entonces Eres realmente profeta?

–             Yo Soy Quien Soy.

Adiós.

Paz a ti.

El Sol se comba hacia occidente…

Y le vuelve la espalda.

Empieza a caminar en dirección al pueblo.

Los apóstoles se muestran solidarios con el Maestro.

Diciendo:

–              ¡Has hecho bien, Maestro!

–              ¡Sin duda te estaban tendiendo una trampa!

Pero sus alabanzas y razonamientos se ven truncados por los dos de antes…

Que los alcanzan.

Y suplican a Jesús que suba a Yiscala.

Jesús objeta:

–             No.

El ocaso me pillaría por el camino.

Decid a quien os envía que observo la Ley, siempre;

cuando observarla no va en detrimento del Mandamiento que es mayor que el sabático:

El del Amor.

Ellos insisten diciendo:

–             Maestro, Maestro.

–             Te lo suplicamos.

–              Este caso es verdaderamente de amor y justicia.

–             Ven con nosotros, Maestro.

–             No puedo.

Y ni siquiera vosotros podéis subir a tiempo.

–             Tenemos licencia para hacerlo para este caso.

–              ¿Y qué?

He curado a un enfermo, lo he absuelto en día de sábado y se ha alzado la voz.

¿Y a vosotros se os concede violar el sábado por una ociosa disputa?

¿Es que hay dos medidas en Israel?

¡Marchaos!

Marchaos…

Y dejadme a Mí también marcharme.

–               Maestro, Tú eres profeta.

Por tanto, conoces las cosas.

Yo esto lo creo, y éste también.

¿Por qué nos rechazas?

–              Porque…

Jesús se detiene y los mira muy fijamente.

Sus ojos severos, que traspasan y penetran más allá de los velos de la carne para leer los corazones…

Miran dominadores, a los dos que tiene delante.

Y luego sus ojos, tan insostenibles en el rigor, tan dulces en el amor;

cambian de mirada para adquirir una expresión tan amorosa tan misericordiosa…

Que, si antes el corazón temblaba de miedo por la mirada poderosa,

ahora tiembla de emoción ante el brillo del amor de Cristo.

Jesús repite con mucha dulzura:

–               Porque no Yo…

Sino que son los hombres los que rechazan al Hijo del hombre,

que debe desconfiar de sus hermanos.

Pero a quienes no tienen malicia en el corazón les digo:

«Venid»

Y digo también: «Amadme» a los que me odian…

–              Entonces, Maestro…

–             Entonces voy al pueblo para el sábado.

–             Espéranos, al menos.

–             Con el ocaso del sábado me marcho.

No puedo esperar.

Los dos se miran, se consultan mientras se quedan rezagados;

luego uno, el del rostro más abierto y que ha hablado casi siempre, regresa corriendo…

Diciendo:

–              Maestro, yo me quedo contigo hasta después del sábado.

Oremos… 

617 El Rey Vestido de Púrpura


  1. IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

471 Encuentro con el levita José, llamado Bernabé, y lección sobre Dios-Amor.

Dulce es el alto en la pequeña meseta.

Pero es prudente bajar hacia el valle mientras es de día,

porque la noche vendría precoz…

Y ría oscura bajo esta espesura de árboles que recubre el monte.

Jesús es el primero en ponerse en pie.

Va a refrescarse la cara, las manos y los pies en el minúsculo regato,

creado por el pequeño manantial.

Luego llama a sus apóstoles, que duermen entre la hierba.

Los invita a prepararse para irse.

Y mientras ellos hacen lo mismo que Él había hecho…

Uno tras otro, lavándose en el fresco arroyo…

Llenando las cantimploras en el hilo de agua que mana de la roca.

Él va a esperarlos al extremo del prado, junto a los dos árboles seculares que lo limitan al este.

Y observa el lejano horizonte.

El primero en llegar donde Él, es Felipe…

El cual, mirando hacia el mismo lugar al que su Maestro mira,

dice:

–             ¡Es bonita esta vista!

Estás admirándola…

–             Sí.

Pero no miraba solamente su belleza.

–            ¿Qué mirabas entonces?

¿Pensabas quizás, en cuando Israel se agrande con esos lugares de allende el Líbano y el Orontes,

que durante los pasados siglos han sido aflicción para nosotros y que aún ahora lo son,

porque allí está asentado el corazón del poder que nos subyuga con el Legado?

Efectivamente, es tremenda la profecía de varios profetas sobre ellos:

«Aplastaré al asirio en mi tierra, lo hollaré en mis montañas…

Ésta es la mano que se extiende sobre las naciones…

¿Quién podrá detenerla?…

Y Damasco dejará de existir, quedará como montón de piedras de un derrumbamiento…

Ésta será la suerte de nuestros saqueadores».

¡Habla Isaías! (Isaías 14, 25-27; 17)

Y también Jeremías:

«Prenderé fuego a las murallas de Damasco y devorará los muros de Ben Hadad»

Y ello sucederá cuando el Rey de Israel, el Prometido, tome su cetro.

y Dios haya perdonado a su pueblo dándole al Rey Mesías..

Jeremías (49, 27):

¡Lo dice Ezequiel!:

«Vosotros, montes de Israel, echad vuestras ramas,

producid vuestros frutos para mi pueblo de Israel,

porque volverá pronto…

Conduciré de nuevo a mi pueblo a vosotros y ellos te recibirán como heredad…

No dejaré que vuelvas a oír los ultrajes de las naciones…» (36, 8 y 12 y 15)

Y los salmos cantan con Etán Esraíta:

«He encontrado a mi siervo David y lo he ungido con mi óleo santo.

Mi mano le asistirá…

Nada podrá contra él el enemigo…

En mi nombre crecerá su poder…

Extenderá sobre el mar su mano, sobre los ríos su diestra…

Y Yo lo haré primogénito, soberano entre los reyes de la Tierra»

Y Salomón canta:

«Durará tanto como el Sol y la Luna…

Dominará de mar a mar, desde el río hasta los confines de la Tierra…

Lo adorarán todos los reyes de la Tierra, todos los pueblos estarán a él sujetos…

» Tú, Mesías, porque en ti están todos los signos del espíritu y de la carne,

todos los signos dados por los profetas.

¡Aleluya a ti, Hijo de David, Rey Mesías, Rey santo!».

Los otros, que han llegado donde Jesús v Felipe y han oído las palabras de éste,

Gritan en coro:

-¡             ¡¡¡Aleluyaa!!!

Y el aleluya se refleja, por eco, de garganta en garganta, de colina en colina…

Jesús los mira, tristísimo…

Y como respuesta,

dice:

–                  Pero no recordáis lo que del Cristo dice David y lo que de El dice Isaías…

(Salmo 89, 21-28; Salmo 72, 5-11 (por boca de Felipe)

¿Quién es Éste que viene de Edom con vestidos de Bosra teñidos de rojo?

Salmo 69, 22 Isaías 63, 1-3 (por boca de Jesús)

Tomáis la dulce miel, el embriagador vino de los profetas…

Pero no pensáis que para ser Rey de reyes, el Hijo del hombre

habrá de beber la hiel y el vinagre y vestirse con la púrpura de su Sangre…

Pero no es culpa vuestra si no entendéis…

Y vuestro error de comprensión es amor.

Quisiera en vosotros otro amor.

Pero por ahora no podéis…

Siglos de pecado están contra los hombres, para impedir en ellos la Luz.

Pero la Luz echará abajo las paredes y entrará en vosotros…

Vámonos.

Regresan al camino de herradura…

Lo habían dejado para subir a la lejana meseta.

Y bajan ligeros hacia el valle.

Los apóstoles hablan entre sí en tono bajo…

Luego Felipe se echa a correr, alcanza al Maestro,

y pregunta:

–             ¿Te he contrariado, Señor?

No quería…

¿Estás disgustado conmigo?

–             No, Felipe.

Pero quisiera que al menos vosotros comprendierais.

–             Mirabas allá con mucho anhelo…

–             Porque pensaba en todos los lugares que no me han tenido todavía.

Y que no me tendrán…

Porque mi tiempo huye…

¡Qué breve es el tiempo del hombre!

¡Y qué lento es el hombre en la acción! …

¡Cómo siente el espíritu estas limitaciones de la Tierra!…

Pero…

¡Padre, hágase tu voluntad!

–             Pero has recorrido todas las regiones de las antiguas tribus, Maestro mío.

Al menos una vez las has santificado…

De forma que puede decirse que has recogido en tu puño a las doce tribus…

–            Esto es verdad.

Vosotros haréis después lo que el tiempo no me dejó hacer.

–             ¿Tú, que detienes el curso de los ríos y calmas los mares,

no podrías moderar el paso del tiempo?

–            Podría.

Pero el Padre en el Cielo, el Hijo en la Tierra, el Amor en el Cielo y en la Tierra,

desean ardientemente llevar a cabo el Perdón…

Y Jesús se sumerge en una meditación profunda…

Que Felipe respeta dejándolo sólo.

Y yendo a reunirse con sus compañeros.

A éstos les refiere su diálogo…

Oremos…

616 Celos Maternales


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

470a Lección a una suegra sobre los deberes del matrimonio.

Otra vez escucha a una ancianita que, no sabiendo quién es Él le cuenta sus penas familiares;

causadas por una nuera que es una mujer gruñona y sin respeto.

Aunque se muestre compasivo con la viejecita…

Jesús la exhorta a ser paciente y a convencer con la bondad en orden a la bondad,

diciéndole:

–              Debes ser madre…

Aunque ella no se comporte contigo como hija.

Sé sincera:

Si en vez de tu nuera fuera tu hija…

¿Te parecerían tan graves sus defectos?

La viejecita piensa…

Y luego confiesa:

–              No…

Porque una hija es siempre una hija…

–             ¿Y si una hija tuya te dijera que en casa de su esposo la madre de él la maltrata…

Qué dirías?

–             Que es mala.

Porque debería enseñar los usos de la casa.

Cada casa tiene los suyos.

Con bondad, especialmente si la esposa es joven.

Yo diría que debería acordarse de cuando ella llevaba casada poco tiempo.

Y de la satisfacción que le daba el amor de su suegra…

Si había tenido tanta merced de encontrarla buena.

De lo que había sufrido si había tenido una suegra mala.

Y no hacer sufrir lo que no había sufrido.

O no hacer sufrir porque sabe lo que es sufrir.

¡Yo, está claro que defendería a mi hija!

–            ¿Cuántos años tiene tu nuera?

–            Dieciocho, Rabí.

Casada con Jacob desde hace tres.

–            Muy joven.

¿Es fiel a su marido?

–            ¡Oh, claro que sí!

Siempre en casa y todo amor por él, el pequeño Leví y la pequeña…

Pequeñísima Ana, como yo.

Ha nacido en Pascua…

¡Es preciosa!…

–           ¿Quién ha querido que se llamara Ana?

–            María.

Leví era el nombre del suegro y Jacob le ha puesto Leví al primogénito;

así que María, cuando ha tenido a la niña, ha dicho “A ésta el nombre de la madre».

–            ¿Y no te parece amor y respeto esto?

La anciana piensa…

Jesús insta:

–             Es honesta.

Toda ella para la casa, amorosa esposa y madre, solícita para darte una alegría…

Habría podido poner a la niña el nombre de su madre, pero le ha puesto el tuyo…

Honra tu casa con su conducta…

–             ¡Eso sí!

No es como la infame de Yisabel.

–             ¿Y entonces?

¿Por qué te quejas y levantas protestas contra ella?

¿No te parece que estás haciendo dos medidas…

Juzgando a tu nuera de forma distinta de como juzgarías a una hija?…

–             Es que…

Es que… ella me ha arrebatado el amor de mi hijo.

Antes era todo él para mí, ahora la quiere a ella más que a mí…

La eterna verdadera razón de los prejuicios de las suegras,

rebosa por fin del corazón de la ancianita, junto con las lágrimas que rebosan de los ojos.

–             ¿Tu hijo permite que te falte algo?

¿Te desatiende desde que está casado?

–             No.

No puedo decir eso.

Pero, en definitiva, ahora es de su mujer…

Y el llanto gime más fuerte.

Jesús sonríe serenamente, compasivo hacia la celosa viejecita.

Y dulce como siempre, no regaña.

Se muestra compasivo hacia el sufrimiento de la madre…

E intenta medicarla.

Apoya su mano en el hombro de la anciana como para guiarla, porque las lágrimas la ciegan,

quizás para hacerle sentir con su contacto tanto amor, que ella quede consolada y curada.

Y le dice:

–             Madre…

¿Y no es bueno que sea así?

Tu marido lo hizo contigo.

Y su madre lo…

No lo perdió como tu dices y piensas…

Lo tuvo menos para sí, porque tu marido repartía su amor entre su madre y tú.

Y el padre de tu marido a su vez, dejó de ser todo de su madre, para amar a la madre de sus hijos.

Y así sucesivamente, de generación en generación;

retrocediendo en los siglos hasta Eva, la primera madre que vio a sus hijos compartir con sus esposas,

el amor que tenían primero dedicado exclusivamente a sus padres.

¿Pero no dice el Génesis (Génesis 2, 23-24):

«He aquí por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne…

El hombre dejará por ella a su padre y a su madre y se unirá a su mujer.

Y los dos serán una sola carne»?

Tú dirás: «Fue palabra de hombre».

Sí.

Pero ¿De qué hombre?

Estaba en estado de inocencia y de gracia.

Reflejaba por tanto sin sombras, la Sabiduría que le había creado.

Y conocía las verdades de la Sabiduría.

Por la Gracia y la inocencia poseía también los otros dones de Dios en medida plena.

Sometido el sentido a la razón, su mente no estaba ofuscada por emanaciones concupiscentes.

Por la ciencia proporcionada a su estado, decía palabras de verdad.

Era, pues, profeta.

Porque tú sabes que profeta quiere decir «aquel que habla en nombre de otro».

Y los profetas verdaderos, hablan siempre de cosas relativas al espíritu y al futuro,

aunque parezcan relacionadas con el tiempo presente y con la carne.

Es que en los pecados de la carne y en los hechos del tiempo presente,

están los gérmenes de los futuros castigos.

O los hechos del futuro tienen su raíz en un acontecimiento antiguo,

Por ejemplo, la venida del Salvador toma origen en la culpa de Adán.

Y los castigos de Israel, predichos por los profetas, tienen su germen en la conducta de Israel.

Así es que quien mueve sus labios a hablar de cosas del espíritu,

no puede ser sino el Espíritu Eterno, que todo lo ve en un eterno presente.

Y el Espíritu eterno habla en los santos, pues que no puede habitar en los pecadores.

Adán era santo, o sea, la justicia era plena en él.

Y en él estaban presentes todas las virtudes,

porque Dios a su criatura le había infundido la plenitud de sus dones.

Ahora, para llegar a la justicia y a la posesión de las virtudes,

mucho debe esforzarse el hombre, porque en él están presentes los fómites del mal.

Pero en Adán no estaban esos fómites;

antes al contrario, la Gracia le hacía inferior en poco a Dios su Creador.

La Gracia diviniza al hombre, pero el hombre  no es Dios.

Viene a ser semejante a Dios por participación, no por una naturaleza igual.

Por tanto, sus labios pronunciaban palabras de gracia.

Palabra veraz es, pues, ésta:

«El hombre dejará por la mujer al padre y a la madre; se unirá a su mujer y serán una sola carne»

Tan absoluto y verdadero es esto, que el Bonísimo, para consuelo de las madres y los padres,

puso luego en la Ley el cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre»

Mandamiento que no termina con las nupcias del hombre, sino que continúa después de ellas.

Primero instintivamente,

los buenos honraban a sus padres incluso después de haberlos dejado para crear una nueva familia.

A partir de Moisés es obligación de Ley.

Y ello para mitigar los dolores de los padres,

de quienes demasiadas veces se olvidaban sus hijos después de las nupcias.

Pero la Ley no ha anulado la palabra profética de Adán:

«El hombre dejará por la mujer al padre y a la madre”.

Era palabra justa y vive.

Reflejaba el pensamiento de Dios.

Y el pensamiento de Dios es inmutable, porque es perfecto.

Tú, madre, debes aceptar pues sin egoísmos, el amor de tu hijo por su mujer.

Y serás santa tu también.

Por lo demás, todo sacrificio recibe compensación ya en la Tierra.

¿No te es dulce besar a los nietos, hijos de tu hijo?

¿Y no te serán plácidas las altas horas y tu último sueño;

con un delicado, cercano amor de hija que tome el relevo de las que ya no tienes en casa?…

–             ¿Cómo sabes que mis hijas, todas mayores que el varón…

Están casadas o viven lejos?…

¿Eres Tú también profeta?

Eres Rabí.

Lo dicen los caireles de tu túnica,.

Y aunque no los tuvieras, lo dice tu palabra.

Porque hablas como lo haría un gran doctor.

¿Eres acaso, amigo de Gamaliel?

Ha estado aquí hace sólo dos días, anteayer.

Ahora no sé…

Con él estaban muchos rabíes.

Y muchos de sus discípulos, predilectos.

Pero Tú quizás es que llegas tarde.

–               Conozco a Gamaliel.

Pero no voy donde él.

En Yiscala no entro siquiera…

–               ¿Pero quién eres?

Cierto que un rabí.

Y hablas mejor incluso que Gamaliel…

–               Pues entonces haz lo que te he dicho.

Y tendrás paz.

Adiós, madre.

Yo continúo.

Tú entras claro, en la ciudad.

–              Sí…

¡Madre!…

Los otros rabíes no son tan humildes hacia una pobre mujer…

Sin duda la que te llevó es más santa que Judit;

si te ha dado este corazón dulce para todas las criaturas.

–              Santa es, en verdad.

–              Dime su nombre.

–              María.

–              ¿Y el tuyo?

–              Jesús.

–              ¡Jesús!…

El estupor ha dejado pasmada a la ancianita.

La noticia la paraliza y la deja clavada en donde la ha oído.

Jesús se despide con rapidez:

–             Adiós, mujer.

La paz sea contigo.

Jesús se marcha raudo, casi corriendo, antes de que ella vuelva en sí de su reflexión.

Los apóstoles le siguen al mismo paso, con un intenso batir de túnicas;

seguidos en vano por los gritos de la mujer,

que suplica:

–             ¡Deteneos!

¡Rabí Jesús!

¡Deténte!

Quiero decirte una cosa…

Aminoran el paso sólo cuando la espesura de los montes boscosos los ha ocultado de nuevo…

Y ya no se ve el camino…

Que a partir de este de herradura, conduce a Yiscala.

Bartolomé dice:

–             ¡Qué bien le has hablado a la mujer!

Santiago de Alfeo observa:

–             ¡Una lección de doctor!

Lo malo es que sólo estaba ella…

Pedro sentencia:

–             Quisiera no olvidar estas palabras…

Tomás dice:

–             La mujer ha comprendido.

O casi, después de tu Nombre…

Ahora va a hablar de ti en la ciudad…

Judas exclama:

–              ¡Con tal de que no pinche a las avispas y nos las lance!

Con optimismo, Andrés agrega:

–              ¡Estamos lejos ya!…

Y en estos bosques no se dejan huellas.

No nos molestarán.

A todos,

Jesús responde:

–              ¡Aunque nos molestaran!…

Es la paz lo que he reconstruido en una familia.

Moviendo la cabeza, Pedro dice:

–              ¡Pero cómo son, eh!

¡Las suegras son todas iguales!

Santiago de Zebedeo objeta:

–              No.

Hemos conocido suegras buenas.

¿Te acuerdas de la suegra de Jerusa de Doco?

¿Y la suegra de Dorca de Cesárea de Filipo?

Pensando que la suya es un tormento,

Pedro concede:

–              ¡Bueno sí, Santiago!…

Hay alguna buena…

Jesús indica:

–               Vamos a detenernos a comer.

Después descansamos.

Y llegaremos al pueblo del valle por la noche.

Se detienen en una verde y pequeña hondonada, que parece el interior de una gran concha

esmeraldina incrustada en el monte y abierta para ofrecer su paz a los peregrinos.

La luz es suave, a pesar de la hora, debido a los árboles, que altos y robustos,

forman sobre el prado una bóveda susurrante.

La temperatura es también suave por la brisa que corre en los montes.

Un pequeño manantial pone un hilo de plata entre dos rocas oscuras y canta en voz baja,

para perderse luego entre las tupidas hierbas, en un minúsculo lecho que ha excavado,

de la anchura de un palmo,

cubierto por entero por tallitos ondeantes por la brisa, en sus márgenes;

y luego baja, formando una cascada de muñeca, al escalón de abajo.

El horizonte, entre dos troncos robustos,

presenta una maravillosa vaporosidad de confín lejano,

hacia los montes del Líbano…

615 La Tierra Prometida


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

470 Lección a una suegra sobre los deberes del matrimonio.

Los montes boscosos y fértiles donde se halla Yiscala ofrecen alivio de verde, de brisas, de aguas.

Y hermosísimos horizontes nunca iguales,

distintos según que el camino se oriente a uno u otro de los puntos cardinales.

Al norte se ve una sucesión de cimas selvosas de los más variados verdes,

pareciera que es una ascensión de la Tierra hacia el azul firmamento,

al que parece ofrecer como don de agradecimiento por las aguas y los rayos que éste le regala,

todas sus bellezas vegetales.

Al nordeste la vista desciende,

tras haberse detenido hechizada, en esa joya de variante color,

que es el gran Hermón, según las horas y la luz…

Y que alza su cono más alto cual gigantesco obelisco de diamante, de ópalo, de palidísimo zafiro;

De tenuísimo rubí o de acero recién templado, según que el sol lo bese o lo deje…

Y en la medida de los juegos de luz sobre las nieves perennes, que hacen las deshilachadas nubes

transportadas por los vientos.

Desciende la vista por las pendientes esmeraldinas de sus mesetas, crestas,

hoces y picos, que están al pie del gigante regio.

Y luego, mirando progresivamente hacía el este, se extiende el vasto altiplano verde,

de la Gaulanítida y la Auranítida, limitado en su extremo oriental por los montes que se difuminan

entre las brumas de las lejanías.

Al oeste, por el distinto verde que al Jordán orilla y su valle señala.

Y más cercanos, espléndidos como dos zafiros, se ven los dos lagos de Merón,

comprendido dentro de su bajo círculo de bien regada llanura.

Y de Tiberíades, gracioso cual delicada pintura al pastel,

comprendido entre las colinas que lo ciñen,

distintas en aspecto y tonos.

Y sus riberas perennemente floridas:

sueño de oriente por las palmas que cimbrean la cima con la brisa de los cercanos montes,

poesía de sus más bellos lagos por la paz de las aguas y los cultivos de las riberas.

Y luego al sur, el Tabor con su peculiar cúspide.

Y el pequeño Hermón, todo verde vigilando la llanura de Esdrelón, cuya amplitud se intuye,

por una vastedad de horizonte no interrumpido por elevaciones montanas.

Y aún más abajo a mediodía, los altos, poderosos montes de Samaria,

que se extienden más allá de la vista del hombre hacia Judea.

El único que no aparece es el lado oeste, donde deben estar el Carmelo

y la llanura que sube hacia Ptolemaida, escondidos ambos por una cadena más alta que ésta.

Jesús avanza por el camino que va entre los montes…

Unas veces solo, otras acompañado de uno u otro apóstol suyo, que se ha adelantado hasta Él.

Se detiene una vez a acariciar a los hijos pequeños de un pastor, que juegan cerca del rebaño…

Que lo ha reconocido como el Rabí descrito por otros que lo han visto.

Acepta la leche que el pastor quiere darle «para Ti y para los tuyos».

614 El Pequeño Rebaño


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

469 Despidiéndose de los pocos fieles de Corozaín.

No ha llegado todavía la aurora…

Cuando Jesús se encuentra con los otros once apóstoles,

que tienen en medio al pequeño carpintero José;

el cual, en cuanto ve a Jesús…

Sale como una flecha y se abraza a sus rodillas, con la sencillez de quien es todavía niño.

Jesús se agacha para besarlo en la frente.

Y luego, llevándolo de la mano, va a donde están Pedro y los demás.

Jesús los saluda diciendo:

–               La paz a vosotros.

No creía encontraros tan pronto aquí.

Pedro explica:

–              El niño se ha despertado todavía de noche…

Y ha querido venir por miedo a llegar con retraso.

Tadeo añade:

–               La madre estará aquí dentro de poco con los otros hijos.

Quiere saludarte.

Los otros informan:

–                 Y lo mismo la mujer que estuvo tullida…

Con la hija de Isaac, la madre de Elías y otros que has curado.

–                 Nos han hospedado…

Jesús pregunta:

–               ¿Y los otros?

–               Señor…

–               Corozaín conserva su espíritu duro.

–              Comprendo.

No importa.

La buena semilla está echada y un día germinará…

Por mérito de éstos…

Jesús mira al niño, al finalizar.

–               ¿Será discípulo y convertirá?

–               Discípulo ya es.

¿No es verdad, José?

–               Sí.

Pero no sé hablar.

Y por lo que yo sé no me escuchan.

–               No importa.

Hablarás con tu bondad.

Jesús toma entre sus largas manos la carita del niño,

y le habla estando un poco inclinado hacia la carita levantada.

–               Yo me marcho, José.

Sé bueno.

Sé trabajador.

Perdona a quien no os quiere.

Sé agradecido con quien te favorece.

Piensa siempre esto: que en quien te favorece está presente Dios.

Por tanto, recibe con respeto cualquier beneficio…

Pero sin pretenderlo, sin decir:

«Voy a estar ocioso, porque hay quien se preocupa de mí»

Y sin malgastar la ayuda recibida.

Trabaja, porque el trabajo es santo.

Y tú pequeño niño, eres el único hombre de la familia.

Recuerda que ayudar a la madre es honrarla.

Recuerda que dar buen ejemplo a los hermanitos y velar por el honor de las hermanas, es un deber.

Desea tener lo que es justo y trabaja para tenerlo, pero no envidies al rico;

ni tengas deseos de riquezas para poder gozar mucho.

Recuerda que tu Maestro te enseñó no sólo la palabra de Dios, sino también el amor al trabajo,

la humildad y el perdón.

Sé siempre bueno, José.

Y un día volveremos a estar juntos.

El pequeño carpintero Josesito,

pregunta:

–           ¿Pero es que no vas a volver?

¿A dónde vas, Señor?

–             Voy a donde quiere la voluntad del Padre de los Cielos.

Su voluntad debe siempre ser más fuerte que la nuestra.

Y debemos amarla más que a la nuestra, porque es siempre voluntad perfecta.

Y tú tampoco en la vida, pongas tu voluntad delante de la de Dios.

Todos los obedientes se reunirán en el Cielo y habrá entonces gran fiesta.

Dame un beso, pequeñito mío.

¿Un beso?

Muchos besos y lágrimas le da el niño.

Enroscado al cuello de Jesús, así es como lo encuentra su madre,

cuando aparece acompañada por la nidada de sus hijos…

Junto con los otros poquísimos, siete en total, habitantes  de Corozaín.

Después de haber saludado al Maestro, la mujer pregunta:

–              ¿Por qué llora mi hijo?

Jesús responde:

–              Porque todo adiós significa dolor.

Pero aunque estemos separados, siempre estaremos unidos si vuestro corazón sigue queriéndome.

Vosotros sabéis cómo es el amor a Mí y en qué consiste.

En hacer lo que os he enseñado, porque el que hace lo que uno le ha enseñado,

demuestra que tiene estima y estima es siempre amor por esa persona.

Haced, pues, lo que os he enseñado con la palabra y el ejemplo.

Y haced lo que os enseñen mis discípulos en mi Nombre.

No lloréis.

El tiempo es breve y pronto estaremos unidos de nuevo y en un modo mejor.

Y no lloréis tampoco por egoísmo.

Pensad en los que todavía me esperan, en los que habrán de morir sin haberme visto…

En cuantos habrán de amarme sin haberme conocido nunca.

Vosotros me habéis tenido más de una vez…

Podéis ver facilitada vuestra fe y la esperanza, por la caridad que hay entre vosotros.

Ellos sin embargo, tendrán que tener una grande, una ciega fe para poder llegar a decir:

«Él es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador.

Y su palabra es veraz».

Una gran fe para poder tener la gran esperanza de la Vida Eterna…

Y de la inmediata posesión de Dios después de una vida de justicia.

Deberán amar a quien no han conocido, a quien no han oído, a quien no han visto obrar prodigios.

Y no obstante, sólo si aman así, tendrán la Vida Eterna.

Vosotros bendecid al Señor, que os ha favorecido dándoos el conocimiento de Mí.

Ahora marchaos.

Sed fieles a la Ley del Sinaí y a mi Mandamiento nuevo, de amaros todos como hermanos,

porque en el amor está Dios.

Amar también a quien os odie.

Porque Dios primero, os ha dado el ejemplo de amar a los hombres,

que con el pecado muestran odio a Dios.

Perdonad siempre, como Dios ha perdonado a los hombres, mandando a su Verbo Redentor

a borrar la Culpa, motivo de resentimiento y separación.

Adiós.

Mi paz esté en vosotros.

Recordad mis obras en vuestros corazones, para fortificarlos contra las palabras,

de aquellos que quieran persuadiros de que Yo no soy vuestro Salvador.

Conservad mi bendición para fuerza vuestra, en las pruebas del tiempo futuro.

Jesús extiende las manos mientras recita la bendición mosaica…

Sobre el minúsculo rebaño postrado a sus pies.

Luego da media vuelta y se marcha…