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70 INICIO DE LA PERSECUCIÓN


70 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes.

Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. 

La tarde desciende a la hora temprana de un día nublado de Noviembre.

Entonces se oye un estrepitoso vocerío en que se escucha la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, mezclada con las altas y chillonas de los hebreos.

Es como la confusión de una lucha.

Y en el instante se oye una voz femenina que grita:

–     ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe.

Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas voltean.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–  ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–    ¡Dejadme pasar, perros judíos!

Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye el alboroto.  

Cuando llega a él, grita:

–     ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

Es el militar con el que habló en una ocasión, en la Puerta  de los Peces.

Y al ver Jesús le dice::

–      ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–      Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

 

Jesús, al verlo le dice:

–     ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño…

Mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada.

Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada…

Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’

Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–     ¿Dónde está?

–      Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–     Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa.

En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando.

El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro.

Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–     La cabeza está abierta por delante y por detrás.

Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza,

Y le dice con infinita dulzura:

–    No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona.

Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza.

El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–     Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–    Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–   ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–   ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. 

Mirando a los presentes, dice:

–     Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan.

Luego ordena a su Predilecto:

–     Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–     ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–    ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados.

Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño.

Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–     Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver.

Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida.

También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración.

La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño, llorando de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–     Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–    Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–     El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo.

Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo.

El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’,

responde:

–     Nosotros no somos perros.

Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús que ha besado y entregado el niño a su madre.

Se pone de pie y dice:

–    ¡Calla, Alejandro! Yo hablo.

Y agrega mirando al que lo arroja:

–     Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–     Pero de explicar en el Templo la Ley, sí.

Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién Eres? ¡Quién Eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–    ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame.

Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo.

Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–    Responde, Judas.

Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–    Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez?

Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–    Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’

Y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías.

Y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’

Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–     Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–     ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–     Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–     Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–     Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–     Entiendo. Vámonos.

Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo.

Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–     Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–     ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron.

Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–     Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–     Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma.

Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú!

Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–     Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

69 LA SEÑAL PROMETIDA


69 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina a través de los montes hacia la fértil llanura.

Arimatea, está en una zona montañosa.

El camino desaparece por los recodos en el horizonte, en medio de una neblina baja que parece una extensión de agua interminable… 

Jesús está con Simón y Tomás. No lleva otros apóstoles consigo.

Pareciera que valora sabiamente los efectos de los tipos de personas con que debe tratar,

Llevando consigo, según los distintos ambientes, a aquellos que pueden ser aceptados sin crear demasiado contraste en el entorno requerido.

Van conversando sobre José de Arimatea.

Tomás parece conocerlo muy bien, porque señala las posesiones vastas y muy ricas que se extienden por la montaña,

especialmente por la parte de Jerusalén, siguiendo el camino que desde la capital viene hacia Arimatea y une después este lugar con Joppe.

También Tomás elogia las tierras que José posee a lo largo de los caminos de la llanura. 

Simón dice:

–      ¡Al menos aquí no se trata como animales a los hombres! ¡Oh…. ese Doras! 

Efectivamente, aquí los trabajadores están bien nutridos y bien vestidos. Y reflejan esa satisfacción, propia de quien se encuentra a gusto.

Los trabajadores lo saludan respetuosamente:

Al parecer, ya se ha corrido la voz del caminante que recorre los campos de Arimatea.

Y saben Quién ES el se acerca hacia la casa de su patrón; saben Quién es ese Hombre alto y apuesto. 

Lo observan y hacen comentarios en voz baja.

En el punto en que ya se ve la casa, hay un siervo de José, que se postra…

Y pregunta:

–     ¿Eres Tú el Rabí esperado?

–     Soy Yo – responde Jesús.

El hombre se despide con profundo respeto y se marcha corriendo para avisar a su patrón.

Luego otro lo conduce a través de un vastísimo jardín, hacia la casa que está circundada por una alta valla de siemprevivas y de árboles que por ahora no tienen mucho follaje.

El Anciano José de Arimatea, con sus amplias vestiduras y cintas, sale al encuentro de Jesús y se inclina profundamente, con los brazos cruzados sobre el pecho. 

No es el saludo humilde de quien reconoce en Jesús el Dios hecho Carne y que hace acto de sumisión postrándose, besando sus pies y la orla de la túnica; no es esto.

Pero, de todas formas, es una demostración de profundo respeto.

Jesús, igualmente, se inclina y da su saludo de paz.

José agrega:

–    Entra, Maestro. Me haces feliz al haber aceptado mi invitación. No esperaba tanta condescendencia de tu parte.

Jesús contesta con sencillez:

–   ¿Por qué? También voy a la casa de Lázaro y…

–    Lázaro es tu amigo. Y yo soy un desconocido.

–    Eres un alma que busca la Verdad. Por eso la Verdad no te rechaza.

–   ¿Eres Tú la Verdad?

–    Soy Camino, Vida y Verdad. Quien me ama y me sigue, tendrá el camino cierto; la vida bienaventurada y conocerá a Dios. Porque Dios, además de ser Amor y Justicia; es Verdad.

–   Eres un gran Doctor. Cada palabra tuya respira sabiduría.

Luego se dirige a Simón: 

–    Estoy contento de que tú también regreses a mi casa, después de tan larga ausencia.

Simón contesta:

–    No lo estuve porque quise. Tú sabes la suerte que tuve y cuán grande llanto hubo en la vida del pequeño Simón, a quién tu padre amaba.

–    Lo sé. Y creo que sabes que jamás dije nada contra ti.

–   Sé todo. Mi fiel siervo me dijo que también a tí te debo el que mis posesiones fueran respetadas. Dios te lo premie.

–   Valía yo algo en el Sanedrín y lo emplee en ayudar según la justicia, a un amigo de mi casa.

El zelote reitera: 

–   Muchos eran amigos de mi casa. Y muchos eran algo, en el Sanedrín. Pero no todos fueron honrados como tú…

José mira al otro discípulo de Jesús e interroga:

–  ¿Y éste quién es? Me parece conocido. No recuerdo dónde…

Él sonríe y contesta complacido:

–  Soy Tomás, apodado Dídimo.

–   ¡Ah! ¡Ya!.. ¿Vive aún tu anciano padre?

–   Vive. Continúa con sus negocios, con mis hermanos. Lo abandoné por el Maestro; pero soy muy feliz por ello.

Simón dice:

–   Su padre es un verdadero israelita.

Y como ha llegado a creer que Jesús de Nazareth es el Mesías; es muy feliz al saber que su hijo es uno de los predilectos.

Conversando de esta forma, han llegado hasta la puerta principal de la casa.

Cuando están a punto de entrar,

José dice:

–    Entretuve a Lázaro. Está en la biblioteca.

Está leyendo un resumen de las últimas juntas del sanedrín. No quería quedarse, porque… sé bien que Tú también lo sabes.

Y no quería quedarse. Pero yo le dije: ‘No es justo que te avergüences así. En mi casa, nadie te ofenderá. Quédate. Quién se aísla, queda solo contra todo un mundo.

Y como en el mundo hay más malos que buenos; el que está solo siempre es derrotado y pisoteado. ¿Dije bien?

Jesús responde:

–    Dijiste bien y has hecho bien.

–   Maestro, hoy estará Nicodemo y… Gamaliel. ¿Te molesta?

–   ¿Cómo quieres que me moleste? Reconozco su saber.

–   Sí. Él también tiene deseos de verte y…

Pero está aferrado a sus ideas, ¿Sabes? Él dice que ya vio una vez al Mesías y que espera la señal que Él le prometió cuando se manifieste.

Pero también reconoce que Tú eres un hombre de Dios. No dice: ‘El Hombre de Dios’.

Sutilezas rabínicas. ¿Verdad? ¿No te ofendes? ¿No es así?

–   Sutilezas. Lo has dicho bien.

No hay que preocuparse. Los mejores se podarán a sí mismos, de todas las ramas inútiles, que no son más que follaje y que no dan ningún fruto. Y vendrán a Mí.

–      He querido referirte sus palabras porque, sin duda, te las repetirá a ti. Es auténtico – hace notar José.

–      Virtud rara y que aprecio mucho. 

–      Sí. Le he dicho también: “Pero, con el Maestro está Lázaro de Betania”.

Se lo he dicho porque…, sí, en suma, por causa de su hermana.

Pero Gamaliel ha respondido: “¿Ella está presente? ¿No? ¿Y entonces? Del vestido que no sigue en el fango el barro se desprende.

Lázaro se lo ha sacudido de sí, y no me contamina la túnica.

Además, juzgo que si a su casa va un hombre de Dios, puedo también tratarlo yo, Doctor de la Ley”.

–     Gamaliel juzga bien. Fariseo y doctor hasta la médula, pero todavía honesto y justo.

–     Me alegra oírtelo decir. Maestro mira, ahi viene Lázaro.

Lázaro se inclina hasta besar el borde de la túnica de Jesús.

Se siente dichoso de estar con Él, pero también se ve claramente que esperando a los convidados, está muy preocupado.

El pobre Lázaro a sus conocidas torturas, conocidas por los hombres por haber sido transmitidas por la historia, ha de añadir ésta desconocida y no meditada por la mayoría:

Su sufrimiento moral de ese tremendo aguijón que supone el pensamiento:

«¿Qué me dirá éste? ¿Qué piensa de mí? ¿Cómo me considera? ¿Me herirá con palabras o mirada de desprecio?».

Aguijón éste que atormenta a todos aquellos que tienen alguna deshonra en su familia y reciben el desprecio y el sarcasmo del ‘qué dirán’.

Han entrado en la grandiosa sala, en donde está la mesa ya preparada y  solo esperan a Gamaliel y a Nicodemo; porque los otros invitados ya han llegado y son presentados como:

Félix, Juan, Simón y Cornelio.

Se arma un alboroto entre los siervos, cuando llegan Nicodemo y Gamaliel.

El siempre imponente Gamaliel. El de espléndido vestido níveo, que lleva con regia majestad.

José se precipita a encontrarlo y el saludo que se dan, es de un pomposo respeto.

También se inclina ante Jesús y Él lo hace igual.

Nicodemo lo saluda:

–    El Señor sea contigo.

Jesús responde:

–   Y su paz siempre te acompañe.

Lázaro a su vez, también los saluda.

Gamaliel ocupa el centro de la mesa, entre Jesús y José.

Junto a Jesús, está Lázaro. Y junto a José, Nicodemo.

Empieza la comida y las preces rituales las recita Gamaliel, .

Luego de un intercambio oriental de cortesías, entre los principales personajes: Jesús, Gamaliel y José.

Gamaliel es un hombre de gran dignidad, pero no orgulloso. Prefiere escuchar que hablar.

Se ve que medita cada una de las palabras de Jesús. Y lo mira frecuentemente con sus negros, profundos y severos ojos.

Cuando Jesús se calla, porque el tema se ha agotado; Gamaliel, con una pregunta oportuna, enciende de nuevo la conversación.

Lázaro, al principio estaba un poco sin saber qué decir. Pero después que ha tomado confianza, participa en la conversación.

Hasta cuando la comida está por terminar, no hacen alusiones directas a la personalidad de Jesús.

Se prende entonces entre Félix y Lázaro, a quién se une a apoyarlo Nicodemo y también el escriba Juan;

una discusión acerca de los milagros y lo que pueden significar a favor o en contra del individuo.

Jesús guarda silencio. Se le nota una sonrisa hasta cierto punto misteriosa, pero no dice nada.

Gamaliel también calla. Tiene un codo apoyado sobre el lecho y mira intensamente a Jesús.

Parece que quisiera descifrar algún enigma sobrenatural escrito en la cara de Jesús o como si quisiera conocer sus pensamientos.

Félix sostiene que la santidad de Juan el Bautista es innegable.

Y de esta santidad de la que nadie discute, ni duda; saca una conclusión desfavorable para Jesús de Nazareth, autor de muchos y muy famosos milagros.

Concluye:

–    El milagro no es prueba de santidad, porque en la vida de Juan no los hay.

Y sin embargo nadie en Israel, lleva una vida igual a la suya. Para él no hay banquetes, ni amistades, ni comodidades.

Para él, los sufrimientos y las prisiones por el honor de la Ley. Para él, la soledad. Aunque sí tiene discípulos, no convive con ellos y encuentra culpas aún en los más honrados.

Y sobre todos truena… mientras… ¡Eh!… mientras el Maestro de Nazareth aquí presente, ha hecho grandes milagros, es verdad. Pero veo que a Él también le gusta lo que la vida ofrece.

No desdeña amistades… y perdona que te lo diga uno de los ancianos del Sanedrín:

Es muy fácil en perdonar en Nombre de Dios y en amar a los pecadores públicos y señalados con anatemas. No lo debería hacer, Jesús.

Jesús sonríe. Pero no habla.

Lázaro responde por Él:

–    Nuestro poderoso Señor es libre de dirigir a sus siervos, cómo y a donde quiera.

A Moisés le concedió el milagro. A Aarón su primer Pontífice, no se lo concedió. Y entonces, ¿Qué concluyes? ¿El uno más santo que el otro?

Félix responde:

–   Ciertamente. Así es.

–   Entonces el más santo es Jesús, que hace milagros.

Todo desorientado, Félix no sabe qué decir. Ya perdió la brújula.

Pero acude a un último subterfugio:

–    A Aarón se le había concedido el Pontificado. Era suficiente.

Nicodemo replica:

–    No amigo. El pontificado es un cargo santo; pero no es más que un cargo.

No siempre y no todos los pontífices de Israel han sido santos. Y sin embargo fueron pontífices, aunque no fuesen santos.

Entonces Félix exclama provocador:

–   ¡No querrás decir que el Sumo Sacerdote sea un hombre privado de Gracia!

El escriba Juan, interviene:

–   Félix. No entremos en el fuego que quema. Yo, tú, Gamaliel, José, Nicodemo… todos sabemos muchas cosas.

Félix se escandaliza:

–  ¡Pero, cómo!… ¡Pero, cómo!… ¡Gamaliel, interviene!

Los tres que la traen contra Félix dicen:

–   Si es justo, dirá la verdad que no quieres oír, ni reconocer.

José el Anciano, interviene y trata de poner paz.

Jesús no dice nada. Lo mismo hacen Tomás, Zelote y el otro Simón, amigo de José.

Gamaliel simula estar jugando con las cintas de su vestido. Pero mira de arriba abajo a Jesús.

Félix grita:

–   ¡Habla pues, Gamaliel!

Los otros tres dicen:

–   ¡Sí!

–   ¡Habla!

–   ¡Habla, Gamaliel!

Gamaliel respira profundamente y responde:

–   Yo digo: las debilidades de la familia se mantienen ocultas.

Félix se encrespa:

–   ¡Esa no es una respuesta! Parece como si confesases que hay culpas en la casa del Pontífice.

Los tres le replican:

–   Es boca de la que sale la verdad.

Gamaliel se corrige y se vuelve hacia Jesús:

–   Aquí está el Maestro que eclipsa a los más doctos. Que sea Él; el que hable sustanciosamente.

Jesús lo mira fijamente y luego dice despacio:

–   ¿Lo quieres? Obedezco.

Yo digo: el hombre es hombre. El cargo o misión está sobre el hombre. Pero el hombre revestido de un cargo, se hace capaz de cumplirlo como superhombre; cuando lleva una vida santa y tiene a Dios como Amigo.

Él es Quién dijo: ‘tú eres sacerdote según el orden que Yo te he dado’ ¿Qué cosa está escrita en el Racional? “Doctrina y Verdad” esto deberían tener los que son pontífices.

A la Doctrina se llega por medio de una meditación constante, dirigida a conocer al Sapientísimo.

A la Verdad, con fidelidad absoluta al bien. El que juega con el Mal, entra en la Mentira y pierde la Verdad.

Gamaliel no puede contenerse y exclama:

–   ¡Has respondido bien! Como un gran Rabí. Yo Gamaliel te lo digo: ¡Me ganas!

Félix estalla:

–   Entonces que Éste aclare porqué Aarón no hizo milagros y Moisés sí.

Jesús al punto responde:

–   Porque Moisés debía imponerse sobre la masa oscura, pesada y hasta contraria de los israelitas.

Y debía llegar a tener sobre ellos un ascendiente, para poder inclinarlos a hacer la Voluntad de Dios. El hombre es el eterno salvaje y el eterno niño se admira con lo que se sale de las reglas.

Eso es lo que es el milagro. Es una luz movida ante las pupilas cerradas. Es un sonido que resuena cerca de las orejas tapadas.

Despierta. Llama. Hasta que se diga: ‘Aquí está Dios’

Félix rebate:

–    Esto lo dices a tu favor.

–   ¿A mi favor? ¿Y en qué me favorece el hacer milagros?

¿Puedo parecer más alto, si pongo una hoja de hierba bajo mis pies? Así es el milagro con respecto a la santidad. Hubo santos que jamás hicieron milagros.

Hay magos y nigromantes que con fuerzas oscuras hacen prodigios, pero no son santos y ellos son unos demonios.

Yo seré Yo, aunque no hiciere más milagros.

Gamaliel aplaude aprobando:

–    ¡Perfectamente bien! ¡Eres grande, Jesús!

Félix pregunta con ansia a Gamaliel:

–   ¿Y quién es según tú, este ‘Grande’?

Gamaliel contesta:

–    El más grande Profeta que yo haya conocido. Tanto en obras como en palabras.

José dice:

–   Es el Mesías. Te lo digo Gamaliel, créelo. Tú eres sabio y justo.

Félix les dice a los dos con sarcasmo:

–   ¡Cómo! ¿Con que tú jefe de los judíos? ¿Tú, el Anciano, gloria nuestra?

¿Has caído en la idolatría por un hombre? ¿Quién te prueba que es el Mesías?

Yo no lo creeré jamás aunque lo vea hacer milagros. Pero ¿Por qué no hace uno delante de nosotros? ¡Díselo tú que lo alabas!

Y ¡También tú que lo defiendes!

José responde seriamente:

–   No lo invité para ser diversión de mis amigos. Y te ruego que recuerdes que eres mi huésped.

Félix, enojado y grosero; se levanta y se va.

Después de unos momentos, Jesús se dirige a Gamaliel:

–   ¿Y tú no me pides el milagro para creer?

El gran doctor le contesta:

–   No serán los milagros de un hombre de Dios, los que me quiten la espina dolorosa que llevo en el corazón, de tres preguntas que siempre han permanecido sin respuesta.

–   ¿Qué preguntas?

–    ¿Está vivo el Mesías? ¿Era Aquel?… ¿Es éste?

José exclama:

–    ¡El Es! Te lo digo, Gamaliel.

¿No lo sientes santo? ¿Diferente? ¿Poderoso? ¿Sí? ¿Entonces qué esperas para creer?

Gamaliel no responde a José y se dirige a Jesús:

–    Una vez… no te desagrade Jesús, si soy tenaz en mis ideas.

Una vez, cuando aún vivía el grande, el sabio Hilell. Yo creí y él conmigo, que el Mesías ya estaba en Israel. ¡Un gran resplandor del Sol Divino en aquel frío día, de un persistente invierno!

Era Pascua. El campesino temblaba por las mieses heladas. Yo dije después de haber oído sus palabras: ‘Israel está a salvo, ¡Desde hoy, abundancia en los campos y bendiciones en los corazones!

‘El Esperado se ha manifestado con su primer fulgor’ Y no me equivoqué.

Todos podéis recordar qué cosechas hubo aquel año de trece meses. Cosa que se repite en este año.

Varios dicen al mismo tiempo:

–   ¿Qué palabras oíste?

–   ¿Quién las dijo?

Gamaliel reponde:

–    Uno que era poco más que un Niño.

Pero Dios resplandecía en su inocente y apacible Rostro. Hace ya diecinueve años que pienso… que recuerdo… y trato de volver a oír aquella Voz.

Que hablaba palabras llenas de sabiduría. ¿En qué parte de la tierra está? Yo pienso que era Dios revestido como un niño para no aterrorizar al hombre.

Y como el rayo que instantáneamente recorre los cielos de oriente a poniente. De norte a sur. Él, el Divino, recorre con su vestidura de hermosa Misericordia,

con Voz y Rostro de Niño y pensamiento divino; la tierra para decir a los hombres: ‘Yo Soy’. Así pienso.

¿Cuándo regresará a Israel? ¿Cuándo? Y me digo: Cuando Israel sea un altar, para los pies de Dios.

Y mi corazón gime al ver la abyección de Israel. Y un dolor me dice que jamás sucederá. ¡Oh! ¡Dura respuesta!

¡Y verdadera! ¿Puede la Santidad descender en su Mesías, mientras exista en nosotros el Abominio?

Jesús responde:

–    Puede y lo hace, porque es Misericordia.

Gamaliel lo mira pensativo y le pregunta:

–    ¿Cuál es tu verdadero Nombre?

Y Jesús imponente, se levanta y con infinita Majestad, declara:

–   Yo Soy Quién Soy.

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»

El Pensamiento y la Palabra del Padre. Soy el Mesías del Señor.

Gamaliel lo mira con angustia.

Y dice:

–    ¿Tú? No lo puedo creer. Grande es tu santidad.

Pero Aquel Niño en quién creo; cuando estábamos en el Templo, dijo: ‘Yo daré una Señal.

Estas piedras bramarán cuando llegue mi Hora’. Espero esta Señal, para creer. ¿Me la puedes dar Tú, para persuadirme de que Eres el Esperado?

Los dos están de pie. Altos, majestuosos.

Uno con su vestido de lino muy blanco. Otro con el suyo de lana, de color rojo tinto oscuro. Uno de edad. El otro, joven.

Ambos de ojos dominadores y profundos, se miran fijamente; en un mutuo reconocimiento.

Entonces Jesús baja su brazo derecho que tenía sobre el pecho,

Y como si jurase exclama:

–    ¿Ésta señal aguardas? ¡Y la tendrás!

Repito las palabras de aquel día: ‘Las piedras del Templo del Señor, se estremecerán con mis últimas palabras’

Espera esa señal, Doctor de Israel. Hombre justo. Y luego cree, si quieres obtener perdón y salvación.

¡Serías bienaventurado si pudieses creer antes! Pero no puedes.

Siglos de creencias equivocadas de una promesa justa. Y nubes de orgullo, como muro se interponen para llegar a la Verdad y a la Fe.

–    Dices bien. Esperaré esa señal. ¡Adiós! ¡El Señor sea contigo!

–    Adiós, Gamaliel. Que el Espíritu Eterno te ilumine y te guíe.

Todos saludan a Gamaliel, que se va con Nicodemo, Juan y Simón, el sanedrista.

Se quedan Jesús, Lázaro, Tomás, Simón Zelote y Cornelio.

José dice con pesar:

–    ¡No se doblega!

Me gustaría que estuviese entre tus discípulos. Sería un peso decisivo en tu favor y no lo logro.

–    No te aflijas por ello.

. No hay influencia capaz de salvarme de la tempestad que se está preparando. Pero Gamaliel, si no se pliega a favor, tampoco lo hará contra Cristo. Es de los que esperan…

Todo termina.

68 DIAGNÓSTICO DIVINO


68 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana radiante en la plaza de Jericó; con sus árboles y sus mercaderes que vocean.

En una esquina está el alcabalero Zaqueo, ocupado en sus transacciones legales e ilegales.

También compra y vende cosas preciosas. Pesa e indica el valor de joyas y objetos de metales finos que le venden o le entregan en pago de contribuciones.

Toca el turno a una mujer delgada, que está toda cubierta con un fino manto rojizo y que lleva la cara velada.

Extiende su mano con un brazalete de oro y piedras preciosas. Se ve que es joven.

Sus pies están calzados con finas sandalias que dejan ver unos dedos y tobillos muy blancos y delicados. Entrega la joya sin decir palabra alguna…  

Recibe el dinero sin objetar y se va.

Detrás de ella está Judas de Keriot, que le ha observado atentamente y cuando ella está por irse le dice en voz baja y en griego, un piropo muy audaz.

Pero ella no responde y se va ligera.

Entonces Judas pregunta a Zaqueo:

–     ¿Quién es?

Zaqueo contesta:

–     No pregunto a los clientes su nombre. Sobre todo cuando son buenos como ésa.

–    ¿Es joven, verdad?

–     Así parece.

–     Es judía.

–     ¿Quién puede saberlo? ¡El oro brilla igual en todos los países!

–     Déjame ver el brazalete.

–     ¿Lo quieres comprar?

–      No.

–     Entonces nada. ¿Para qué lo quieres?

–     Quería ver si lograba saber quién es.

–    ¿Tanto te urge? ¿Eres nigromante que adivinas o perro de caza que perciba el olor?

¡Lárgate y cálmate! Viene velada. O es honrada, o infeliz o leprosa. Lo que sea, no hay nada que hacer.

Judas responde con desprecio:

–    ¡No tengo hambre de mujeres!

–    Así será. Pero con esa cara que tienes; no lo creo. ¡Bien! Si no quieres algo más, retírate. Tengo a otros a quién atender.

Judas se va enojado.

Llega con los mercaderes y pregunta a uno que vende pan y al de junto, que vende frutas; si conocen a la mujer que les acaba de comprar su mercancía, si saben en donde vive.

Ellos no lo saben y agregan:

–   Hace tiempo que viene cada dos o tres días. Pero ignoramos donde esté.

Judas está seguro que debe ser una extranjera, porque hay algo en ella que…

Además, aunque está toda cubierta, puede percibir en ella una belleza que lo atrae irresistiblemente.

Como los mercaderes no añaden más…

Judas insiste:

–    ¿Y cómo habla?

Los dos sueltan la carcajada y uno de ellos contesta:

–     Con la lengua.

Judas les increpa enojado:

–     ¡Sois unos imbéciles! –y se va apresurado…

¡A caer justamente en medio del grupo apostólico!

Jesús y los suyos han ido al mercado a comprar los víveres. La sorpresa es mutua… y no muy entusiasta.

Jesús solo murmura:

–      ¿Quién eres?

Y Judas masculla algo entre dientes.

Pedro explota en una clamorosa carcajada y dice:

–  Estoy ciego o incrédulo. No veo las viñas y no creo en el milagro.

Los compañeros le preguntan:

–     ¿Qué dices?

–      Digo la verdad. Aquí hay palmerales no hay viñedos.

Y no puedo creer que Judas vendimie entre este polvo, sólo  porque es discípulo del Rabí.

Judas replica secamente:

–    Hace tiempo que la vendimia terminó.

Pedro concluye:

–   Y Keriot está muy lejos de aquí.

Judas se resiente:

–    Tú siempre me atacas. No me quieres.

–    No es eso. Soy menos tonto de lo que tú querrías.

Jesús interviene:

–    ¡Basta!

Está enojado y se vuelve hacia a Judas:   

–      No esperaba encontrarte aquí. Por lo menos pensé que llegarías a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos.

Judas contesta apresurado:

–     Mañana me voy. Estaba esperando a un amigo de la familia que…

–    Te ruego. Es suficiente.

–    ¿No me crees, Maestro. Te juro que yo…

–    No te he preguntado nada. Y te ruego que no digas nada.

Estás aquí y basta. Puedes venir con nosotros, o ¿Tienes todavía otros negocios? Responde con franqueza.

–    No. He terminado. Ese tal vez ya no viene. Y yo voy a Jerusalén a la fiesta. Y Tú, ¿A dónde vas?

–    A Jerusalén.

–   ¿Hoy mismo?

–    Esta tarde estaré en Betania.

–    Entonces yo también voy.

–    Llegaremos hasta Betania.

Después, Santiago de Zebedeo y Tomás; irán a Get-Sammi a preparar nuestra llegada para todos nosotros. Y tú irás con ellos.

Jesús marca en tal forma las palabras, que no le deja ninguna alternativa a Judas.

Entonces Pedro pregunta:

–     ¿Y nosotros?

–     Tú, con mis primos y Mateo; iréis a dónde os enviaré, para regresar por la tarde.

Juan, Bartolomé, Simón y Felipe, se quedarán conmigo.

O sea; que irán por Betania a avisar que el Rabí ha llegado y que les hablará a las tres de la tarde.

Más tarde; aprisa por la campiña desierta; sopla el aire anunciador de la tempestad, no en el cielo sereno; sino en los corazones.

Todos lo presienten y avanzan en silencio.

Al llegar a Betania, viniendo de Jericó, la casa de Lázaro es de las primeras. Jesús despide al grupo que debe ir a Jerusalén.

Después manda al otro, que va hacia Belén.

Entretanto, Simón ha llamado en el cancel y los siervos lo abren. Uno de ellos le avisa a Lázaro y éste acude a recibirlos.

Judas de Keriot, que se había distanciado unos cuantos metros, regresa con una excusa y dice a Jesús:

–   Te he desagradado, Maestro. Lo entiendo. Perdóname.

Y mira ansiosamente a través del cancel abierto, por el cual se ve el jardín y la casa.

Jesús, le contesta:

–   Sí. Está bien. ¡Vete, vete! No hagas esperar a los compañeros.

Judas tiene que irse.

Y Pedro, hablando en voz baja dice:

–   Esperaba que hubiese cambio de órdenes. 

–   Esto jamás, Pedro. Sé lo que hago. Pero tú… compadece a este hombre.

–   Trataré. Pero no lo prometo. Adiós, Maestro. Ven, Mateo. Y también vosotros dos. Vámonos ligeritos.

Jesús los despide:

–    Mi Paz sea siempre con vosotros.

Y Jesús entra en la casa, con los cuatro restantes…

 Lázaro llega a recibirlos y Jesús los presenta.

Se dirigen hacia la casa. Bajo el grandioso portal hay una mujer.

Es alta, morena clara. Con un cuerpo armoniosamente grueso. De cabello negro y enormes ojos castaños de mirada dulce.

Su vestido es muy rico y elegante.

Cuando llegan hasta ella, Lázaro dice:

–    Esta es mi hermana, Maestro. Se llama Martha.

Es el consuelo y la honra de la familia. Y la alegría del pobre Lázaro. Antes era mi primera y única alegría. Pero ahora es la segunda; porque la primera eres Tú.

Martha se postra hasta el suelo y besa la orla del vestido de Jesús.

Él dice:

–  Paz a la buena hermana y a la mujer casta. ¡Levántate!

Martha se levanta y entra a la casa a dar órdenes para atender a los invitados.

Todos se quedan en una sala muy grande y lujosamente decorada.

Jesús y Lázaro se dirigen hacia la biblioteca, que parece ser el rincón favorito de Lázaro.

Lázaro dice:

–    Es mi paz… -refiriéndose a Martha.

Que anda supervisando que les sirvan viandas para deleitar a los recién llegados.

Y al decirlo, mira a Jesús.

Es una mirada investigadora que Jesús hace como si no la viera.

Lázaro pregunta:

–    ¿Y Jonás?

Jesús contesta:

–    Ha muerto.

–   ¿Muerto?… ¿Entonces?…

–    Lo tuve al final de su vida. Murió libre y feliz en mi casa, en Nazareth. Entre Yo y mi Madre.

–    ¡Doras te lo acabó antes de entregártelo!

–    Sí. Con cansarlo y también con golpearlo.

–   Es un demonio y te odia. Esa hiena odia a todo el mundo. ¡Y ni siquiera te conoce! ¿No te dijo que te odiaba?

–    Me lo dijo.

–    Desconfía de él, Jesús. Es capaz de todo.

Señor… ¿Qué te dijo Doras? ¿No te previno contra mí diciendo que me evitaras? ¿Puso en mal contigo al pobre Lázaro?

–    Creo que me conoces lo suficiente para comprender que Yo juzgo con justicia.

Y cuando amo; amo sin pensar si ese amor puede beneficiarme o perjudicarme, según los entenderes del mundo.

–   Pero este hombre es cruel y atroz en herir y en dañar.

Me molestó a mí también hace unos días. Vino aquí y me dijo… ¡Oh!… ya tengo bastantes penas para querer arrebatarme también de Ti. 

–     Soy el consuelo de los atormentados y también el compañero de los abandonados.

He venido a ti, también por esto.

–    ¡Ah! Entonces… ¿Sabes?… ¡Oh, vergüenza mía!

–     No. ¿Por qué tuya? Lo sé.

¿Y qué con ello? ¿Acaso te despreciaré porque sufres? Yo soy misericordia, paz, perdón y amor para todos. ¡Cuánto más para los inocentes! Tú no tienes el pecado por el que sufres.

¿Estaría bien que me ensañase contra ti, si tengo piedad también para ella?

–   ¿La has visto?

–    Sí. No llores.

Más Lázaro, con la cabeza reclinada sobre la mesa que también le sirve de escritorio, llora dolorosamente.

Martha se asoma y mira.

Jesús le hace señas de que se esté quieta y ella se retira, con lágrimas que le caen silenciosamente por el rostro.

Lázaro, poco a poco se calma y se humilla por su debilidad.

Jesús lo consuela y como desea retirarse un momento, sale al jardín.

Y pasea entre las veredas que están llenas de rosas purpúreas.

Pero después, Martha lo alcanza.

–    Maestro, ¿Lázaro te ha dicho…?

Jesús contesta:

–    Sí, Martha.

–     Lázaro no puede estar tranquilo desde que se enteró que tú lo sabes y que la viste.

–     ¿Cómo lo supo?

–    Primero, aquel hombre que estaba contigo y que dijo ser tu discípulo: aquel joven alto, de cabello castaño y sin barba.

Luego Doras. Éste abofetea con su desprecio. El otro… sólo dijo que la habías visto en el lago con sus amantes.

Martha llora amargamente.

Jesús dice:

–   ¡Pero no lloréis por esto! ¿Pensáis que ignoraba vuestra herida?

Lo sabía desde que estaba con el Padre… no te aflijas Martha. Levanta tu corazón y la frente.

Martha suplica:

–   Ruega por ella, Maestro.

Yo ruego, pero no sé perdonar completamente. Y tal vez el Eterno rechaza mi oración.

–   Has dicho bien. Es menester perdonar, para ser perdonados y escuchados.

Yo ruego por ella. Pero dame tu perdón y el de Lázaro. Dadme vuestro perdón completo, santo. Y Yo haré lo demás…

–   ¿Perdonar?… No podemos.

Nuestra madre murió de dolor por sus malas acciones. Y eran de poca importancia en comparación con las actuales.

Aún veo los tormentos que sufrió mi madre. Y también veo lo que sufre Lázaro.

–    Está enferma, Martha. Está loca. ¡Perdónala!

–     Está endemoniada, Maestro.

–   Y ¿Qué es la posesión diabólica, sino una enfermedad del espíritu contagiado por Satanás, hasta el punto de convertirse en un ser espiritual diabólico?

De otro modo, ¿Cómo explicarías ciertas perversiones en los humanos? Perversiones que hacen del hombre una bestia peor que cualquiera de ellas.

Más libidinosa que los monos en celo. ¿Que crean un ser híbrido en el que se funden el hombre, el animal y el Demonio?

Esta es la explicación de lo que nos deja estupefactos y es como una monstruosidad inexplicable, en tantas criaturas.

No llores. Perdona. Yo veo. Perdona porque ella está enferma.

Ella exclama angustiada:

–     Entonces, ¡Cúrala!

–     La curaré. Ten fe. Te haré feliz.

Perdona y di a Lázaro que lo haga. Perdónala. Vuélvela a amar.

Acércate a ella. Háblale como si fuese una como tú. Háblale de Mí…

–     ¿Cómo quieres que te entienda a Ti, que eres santo?

–     Parecerá que no comprende. Pero aún sólo mi Nombre es salvación.

Haz que piense en Mí y que me invoque. ¡Oh! ¡Satanás huye cuando en un corazón se piensa en mi Nombre! Sonríe Martha, ante esta esperanza.

En tu casa hay ahora llanto y dolor. Después… después habrá alegría y gloria.

Vete. Dilo a Lázaro. Mientras Yo, en la paz de este jardín, ruego al Padre por María y por vosotros.

Más tarde…

Lázaro dice a Jesús que para darlo a conocer, invitó a varios amigos que le son fieles.

Y a continuación le expone las características morales de cada uno:

–    José de Arimatea es un hombre justo y verdadero israelita.

Espera en Ti: el anunciado por los profetas. Pero no se atreve a decirlo, porque teme al Sanedrín, del que él forma parte.

Él mismo me ha pedido, poder venir a conocerte, para poder juzgar por sí mismo. Pues no le parece justo lo que dicen de Ti, tus enemigos.

Aunque desde Galilea han venido fariseos a acusarte de pecado. Pero José juzgó de este modo:

Quién obra milagros tiene a Dios consigo. Quién tiene a Dios, no puede estar en pecado. Antes bien, no puede ser otro que uno a quien Dios ama.”

Quiere verte en su casa de Arimatea. Me dijo que te lo dijera.

Te lo ruego. Escucha mi petición y la suya.

Jesús responde:

–    He venido para los pobres y para los que sufren en el alma y en el cuerpo; más que para los poderosos que ven en Mí, sólo un objeto de interés.

Iré a la casa de José.

Un discípulo mío; el que por curiosidad y por darse importancia que él mismo se deroga; el que vino aquí sin órdenes mías, es un joven a quien hay que compadecer.

Es testigo de mi respeto por las castas reinantes que se autoproclaman ‘Defensores de la Ley’ y dan a entender: ‘Las sustentadoras del Altísimo’.

¡Oh! Que el Eterno por Sí Solo se sustenta. Ninguno entre los doctores ha tenido igual respeto por los oficiales del Templo como Yo.

–     Lo sé. Y esto lo saben muchos. Lo llaman: ‘Hipocresía’

–     Cada quién da lo que tiene en sí, Lázaro.

–     Es verdad. Pero si vas a la casa de José, él querría que fuese el próximo sábado.

–     Iré. Se lo puedes comunicar.

–    También Nicodemo es bueno. Hasta me dijo… ¿Puedo decirte un juicio sobre uno de tus discípulos?

–    Dilo. Si es justo, justo dirá. Si es injusto, criticará una conversión. Porque el Espíritu da luz al espíritu del alma.

Si es hombre recto, el espíritu del hombre guiado por el Espíritu de Dios, tiene sabiduría sobrehumana y lee la verdad en los corazones.

Lázaro continúa:

–    Nicodemo me dijo: ‘No critico la presencia de los ignorantes, ni la de los publicanos entre los discípulos del Mesías. Pero no creo que sea digno de Él, siendo uno de los suyos

 Uno que no sabe si está a favor o en contra de Él. Parece un camaleón que toma el color del lugar en donde se encuentra…’

–    Es Iscariote. Lo sé.

Pero creedme todos: juventud es vino que fermenta y luego se purifica. Cuando fermenta se esponja y hace espuma.

Y se derrama por todas partes por la exuberancia de su fuerza. Viento de primavera que sopla por doquier y parece un loco, arrancador de hojas.

Pero es al que debemos agradecer que fecunde las flores. Judas es vino y viento. Malvado no lo es.

Su modo de ser desorienta y turba. Hasta molesta y hace sufrir. Pero no es del todo malvado. Es un potro de sangre ardiente.

Jesús se ha callado el juicio de uno de sus discípulos:

Es activo y servicial. Pero lleno de avaricia, de ambición, de envidia. Y no hace nada por combatir estas pasiones’

Lázaro sólo comenta:

–    Tú lo dices. Yo no soy competente para juzgarlo.

De él me ha quedado la amargura de haberme dicho que la habías visto…

–     Pero esa amargura se modera con la miel de ahora. Con mi promesa.

–    Sí. Pero recuerdo aquel momento. El sufrimiento no se olvida, aunque haya cesado.

–     ¡Lázaro! ¡Lázaro! Tú te turbas por muchas cosas. ¡Y tan mezquinas!

Deja que pasen los días. Pompas de aire que se esfuman y que no regresan con sus colores alegres o tristes. Mira el Cielo. No desaparece y es para los justos.

–     Sí, Maestro y amigo. No quiero juzgar porqué Judas está contigo. Ni porqué lo tienes. Rogaré porque no te haga daño.

Jesús sonríe y cambia el tema de la conversación…

67 EL REDENTOR


67 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Están todos en la margen oriental del Jordán, a la altura del vado donde un tiempo bautizaba el Bautista.

Juan dice a Jesús:

–     ¡Qué extraño que el Bautista no esté aquí!

Santiago su hermano,  observa:

–     Y tampoco está en la otra ribera.

Pedro comenta:

–     Le habrán echado el guante de nuevo esperando otra bolsa. ¡Son gentuza esos tipos de Herodes!

Jesús dice:

–     Vamos a pasar allí y preguntamos.

Así lo hacen.

 Y preguntan a un barquero de la otra ribera:

–     ¿Ya no bautiza aquí el Bautista? 

El hombre responde:

–      No. Está en los confines de Samaria.

¡Tan bajo hemos caído! Que un santo tiene que pasar a campo samaritano para salvarse de los ciudadanos de Israel. 

–     ¿Y por qué os asombráis si Dios nos abandona?

–     Yo sólo me asombro de una cosa: ¡Que no haga de toda Palestina otra Sodoma y Gomorra!… 

Jesús dice:

–     No lo hace por los justos que hay en ella, por los que sin ser todavía del todo justos, sienten sed de justicia y siguen las doctrinas de quienes predican santidad.

–     Dos, entonces: el Bautista y el Mesías.

Al primero lo conozco porque yo también le he servido aquí en el Jordán, pasándolo en la barca a algún fiel sin pedir nada, porque él dice que debemos contentarnos con lo justo.

Me parecía justo conformarme con la ganancia por otros servicios. Y me parecía que era injusto el pedir paga por llevar a un alma hacia la purificación.

Me han tomado por loco los amigos, pero en fin… Si yo estoy contento de lo poco que tengo, ¿Quién puede quejarse?

Por lo demás, veo que aún no me he muerto de hambre, y espero que cuando muera me sonría Abraham.

Jesús pregunta:

–     Así es, hombre. ¿Quién eres?

–     ¡Oh!, tengo un nombre muy grande y me río de ello, porque sólo tengo sabiduría para el remo. Me llamo Salomón.

–     Tienes la sabiduría de juzgar que quien coopera con una purificación no debe corromperla con el dinero.

Yo te digo: No sólo Abraham, sino el Dios de Abraham te sonreirá cuando mueras, como a hijo fiel.

–     ¡Oh, Dios! ¿Lo dices de verdad?  ¿Quién eres?

–     Soy un justo.

–     Te he dicho que hay dos justos en Israel: uno es el Bautista; el otro, el Mesías. ¿Eres Tú el Mesías?

–     Soy Yo.

–     ¡Oh, eterna misericordia!

Pero… un día oí a unos fariseos que decían… Bueno, dejémoslo… No quiero ensuciarme la boca. Tú no eres eso que decían de Tí.

¡Lenguas más bífidas que las de las víboras!…

–     Soy Yo y te digo: No estás muy lejos de la Luz. Adiós, Salomón, la paz sea contigo. 

El hombre está asombrado por la revelación

–     ¿A dónde vas, Señor? – y ha asumido un tono completamente distinto. 

Antes era un bonachón que hablaba, ahora es un fiel que adora.

–      A Jerusalén, por Jericó. Voy a los Tabernáculos. 

–     ¿A Jerusalén? Pero… ¿También Tú?

–      Soy hijo de la Ley Yo también. No anulo la Ley. Os doy luz y fuerza para seguirla con perfección.

–      ¡Pero Jerusalén ya te odia!

 Quiero decir, los grandes, los fariseos de Jerusalén. Te he dicho que he oído…

–      Déjalos. Ellos hacen su deber, lo que creen que es su deber. Yo hago el mío. En verdad te digo que hasta que no sea la hora no podrán nada. 

Los discípulos y el barquero preguntan:

–     ¿Qué hora, Señor?

Jesús responde:

–      La del triunfo de las Tinieblas.

–      ¿Vas a vivir hasta el fin del mundo?

–      No. Habrá una tiniebla más atroz que la de los astros apagados y que la de nuestro planeta, muerto con todos sus hombres.

Será cuando los hombres sofoquen la Luz que Yo soy. En muchos el delito ya se ha producido. Adiós, Salomón.

–      Te sigo, Maestro.

–      No. Ven dentro de tres días al Bel Nidrás. La paz a ti.

Jesús se pone en camino.

 Seguido por sus discípulos, que van muy pensativos.

Jesús les dice:

–      ¿Qué pensáis? No temáis ni por Mí ni por vosotros.

Hemos pasado por la Decápolis y la Perea y por todas partes hemos visto agricultores trabajando en los campos.

En unos lugares, la tierra estaba todavía cubierta por rastrojos y malas hierbas; árida, dura, ocupada por plantas parásitas que los vientos estivos habían llevado y sembrado arrebatando sus semillas a las desolaciones desérticas:

eran las tierras de los perezosos y vividores.

En otros lugares la tierra había sido ya abierta por la reja del arado, y limpiada, con el fuego y la mano, de piedras, espinos y malas hierbas.

Lo que antes era un mal, o sea, las plantas inútiles, he aquí que con la purificación del fuego y del tajo, se había transformado en bien: en abono, en sales útiles para la fecundación.

La tierra habrá llorado bajo el dolor de la hoja que la abría y hurgaba. Y bajo el mordisco del fuego que corría por sus heridas.

Mas reirá más hermosa en primavera diciendo:

“El hombre me torturó para proporcionarme esta opulenta mies que me embellece”. Y éstas eran las tierras de los voluntariosos.

En otros lugares, la tierra estaba ya esponjosa, limpia incluso de cenizas, un verdadero lecho nupcial para el desposorio de la gleba con la semilla y para el fecundo connubio que proporciona tanta gloria de espigas:

éstos eran los campos de aquellos cuya generosidad llegaba hasta la perfección de la operatividad.

Pues bien, igual sucede con los corazones. Yo soy la Reja de Arado y mi palabra es Fuego, para predisponer al triunfo eterno.

Hay quien, perezoso o vividor, aún no me busca, no me requiere, se satisface con su vicio, con las pasiones malvadas, que parecen frondas de hojas y de flores.

Y en realidad son zarzas y espinas que laceran a muerte el espíritu, lo atan y hacen de él haz para los fuegos de la Gehena.

Por ahora la Decápolis y Perea son así… y no sólo ellas. No se me piden milagros porque no se quiere el tajo de la palabra ni la quemazón del fuego.

Pero llegará su hora. En distinto lugar, hay quien acepta este tajo y esta quemazón, y piensa: “Es penoso, pero me purifica y me hará fecundo para el Bien”.

Éstos son los que, si bien no tienen el heroísmo de hacer, dejan que Yo haga. Es el primer paso en mi camino.

Hay, en fin, quienes ayudan con su diligente, diario, constante trabajo a mi trabajo; éstos no es que caminen, sino que vuelan por el camino de Dios;

éstos son los discípulos fieles: vosotros y los otros que están diseminados por Israel.

Mateo:

–     Pero somos pocos… contra muchos. 

Andrés:

–     Somos humildes… contra los poderosos.

Tomás:

–     ¿Cómo defenderte si quisieran hacerte algún daño? 

Jesús responde:

–     Amigos. Recordad el sueño de Jacob.

Él vio una multitud incalculable de ángeles que subían y bajaban por la escalera que le unía con el Cielo.

Una multitud; y no era más que una parte de las legiones angélicas…

Pues bien, ni todas las legiones que cantan “aleluya” a Dios en el Cielo, aunque bajaran y se pusieran en torno a Mí para defenderme, cuando llegue la hora podrían algo.

La justicia ha de cumplirse…

Pedro exclama:

–      ¡Querrás decir la injusticia! Porque Tú eres santo y si te hacen algún daño, si te odian, son unos injustos.

–      Por eso digo que en algunos el delito se ha cumplido ya.

Quien da vida en su corazón a pensamientos de homicidio es ya un homicida; si de hurto, es ya un ladrón; si de adulterio, es ya un adúltero; si traición, es ya un traidor.

El Padre sabe las cosas, y Yo también, pero Él me deja ir, y Yo voy; para esto he venido.

Mas el grano madurará y será sembrado dos veces antes de que el Pan y el Vino sean dados en alimento a los hombres.

–     ¿Se hará un banquete de júbilo y de paz, entonces?

–     ¿De paz? Sí. ¿De júbilo? También. Pero…

¡Oh…, Pedro, oh…, amigos, cuántas lágrimas habrá entre el primero y el segundo cáliz!

Sólo después de beber la última gota del tercer cáliz, el júbilo será grande entre los justos, y segura la paz para los hombres de recta voluntad.

–      Tú estarás presente… ¿No es verdad?

–      ¿Yo?… ¿Acaso falta alguna vez al rito el cabeza de familia? ¿Y no soy Yo la Cabeza de la gran familia del Cristo?

Dijo que Vendría: VINO. Dijo que Moriría: MURIÓ. Dijo que Resucitaría: RESUCITÓ. Dijo que Regresaría: REGRESARÁ.

Simón Zelote, que ha estado siempre callado, dice, como hablando consigo mismo:

–      ¿Quién es Este que viene con las vestiduras teñidas de rojo?

Está hermoso con su vestido y camina en la grandeza de su fuerza”. “Soy Yo quien habla con justicia y protege salvíficamente.”

“¿Por qué, entonces, tus vestidos están teñidos de rojo y tus vestiduras están como las de quien prensa la uva?” “Yo solo, por mí mismo, he prensado la uva.

Ha llegado el año de mi Redención”.

Jesús observa:

–     Tú has comprendido, Simón.

–     He comprendido, mi Señor.

Los dos se miran; los demás los miran asombrados.

Y entre sí se preguntan:

–     ¿Pero habla de las vestiduras rojas que lleva Jesús ahora, o de la púrpura de rey con que se adornará cuando llegue la hora?

Jesús se abstrae. Parece como si no oyese nada más.

Pedro toma aparte a Simón y le pide:

–     Tú que eres sabio y humilde, explica a mi ignorancia tus palabras.

–     Sí, hermano. Su nombre es Redentor.

Los cálices del banquete de paz y júbilo entre el hombre y Dios, y Tierra y Cielo, los llenará Él, por sí mismo, de su Vino, prensándose a sí mismo en el sufrimiento por amor de todos nosotros.

Por eso estará presente, a pesar de que las potestades de las Tinieblas, entonces, hayan sofocado aparentemente la Luz, que es Él.

¡Oh, hay que amar mucho a este Cristo nuestro porque mucho será rechazado!

Hagamos que en la hora del abandono no nos pueda llegar y reprender el lamento davídico: “Una jauría de perros (y entre ellos también nosotros) se ha puesto alrededor de mí”.

–     ¿Tú crees?… Pero si nosotros lo defenderemos aun a costa de morir con Él.

–     Nosotros lo defenderemos… Pero somos hombres, Pedro,

y nuestra audacia se fundirá aun antes de que le descoyunten a Él los huesos… Sí, nosotros haremos como el agua helada del cielo: un rayo la licúa en lluvia; luego el viento, en el suelo, vuelve a convertirla en hielo.

¡Así nosotros, así nosotros! Nuestra presente audacia de ser discípulos suyos – porque su amor y su cercanía nos condensan en viril intrepidez – se disolverá bajo la acción del rayo agresor de Satanás y de los satanizados.

Y de nosotros ¿Qué quedará entonces? Pero luego, tras la infame y necesaria prueba, la fe y el amor nos harán de nuevo compactos y seremos como un cristal que no teme incisión alguna.

Eso sí, sabremos y podremos esto si lo amamos mucho mientras lo tenemos con nosotros.

Entonces… sí, creo que entonces no seremos, por su palabra, ni enemigos ni traidores.

–    Tú eres sabio, Simón. Yo… soy un iletrado.

Me avergüenzo de preguntarle a Él tantas cosas, y me duele cuando siento que son cosas de lágrimas… Mira su rostro: parece como si lo estuviera lavando un llanto secreto.

Observa sus ojos: no miran ni al cielo ni al suelo; están abiertos a un mundo para nosotros desconocido. Y ¡qué cansado y combado es su caminar!

Su actitud pensativa le hace parecer más viejo. ¡Oh, no puedo verlo así!

¡Maestro, Maestro, sonríe; no puedo verte tan lleno de amargura!

¡Te quiero como a un hijo! ¡Te daría pecho mi como almohada, para que durmieras y soñaras otros mundos!… ¡Oh, perdona si te he dicho “hijo”! Es que te quiero, Jesús.

–      Soy el Hijo… ese nombre es mi Nombre.

Pero ya no estoy triste. ¿Lo ves? Sonrío porque vosotros sois amigos míos. Ved allí, al fondo, Jericó, toda roja con el ocaso.

Que dos de vosotros vayan a buscar alojamiento. Yo y los demás iremos a esperaros al lado de la sinagoga. Id.

Y todo termina mientras Juan y Judas Tadeo se ponen en camino en busca de una casa hospitalaria.  

66 AMOR MISERICORDIOSO


66 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En un día más bién gris y nublado, Jesús y los suyos van por un camino que bordea el lago Merón, que tiene una forma oval y es muy pequeño en comparación el mar de Galilea y el mar muerto. 

Tiene su particular belleza en su entorno verde y su superficie, tan azul y sosegada, que parece una gran lámina de esmalte azul cielo,

veteada en el centro, por una pincelada más clara y con el suave movimiento que le confiere la corriente del río, que se introduce en ella al Norte para salir al Sur.

Y que por lo pequeña que es la laguna y poco profunda no pierde su corriente, sino que, como vena viva en un agua estancada, denota esta vitalidad y presencia propias, con el color distinto y el ligero ondear de las aguas.

No hay barcas de vela en la laguna; sólo alguna pequeña barquita de remos, desde donde un solitario pescador echa o extrae sus nasas de pesca.

O que sirven para pasar al otro lado a un viandante que quiere abreviar el camino.

Y rebaños, rebaños y más rebaños…

Que descienden de los pastos montanos porque avanza el otoño y pacen en estas márgenes de prados verdes y fértiles.

Por el vértice sur del lago, puesto que es de forma oval, pasa una via de comunicación de primer orden que se extiende de nordeste a sudoeste, bastante bien conservada…

Y muy frecuentada por transeúntes dirigidos hacia los pueblos esparcidos por esa zona.

Por esta calzada camina Jesús con los suyos.

Pedro observa:

–    Hubiera sido mejor no ir a donde esa mujer.

Los días se acortan cada vez más y el tiempo es cada vez más desapacible… Y Jerusalén está todavía muy lejos. 

Jesús dice:

–    Llegaremos a tiempo.

Y créeme, Pedro, hacer el bien es más obediencia a Dios que hacer una ceremonia externa.

Esa mujer ahora bendice a Dios con todos sus hijos en torno al cabeza de familia, que está tan curado, que podrá ir a Jerusalén para los Tabernáculos.

De otra manera hubiera estado durmiendo ya para ese tiempo, entre vendas y bálsamos, en un sepulcro.

No corrompas nunca la fe con la exterioridad de los actos. No se debe criticar nunca. ¿Cómo puedes asombrarte de los fariseos, si tú también caes en un error de piedad y cierras el corazón al prójimo diciendo: “Sirvo a Dios y basta

Pedro admite:

–     Tienes razón, Maestro; soy más ignorante que un borrico.

–     Y Yo te tengo conmigo para hacerte sabio.

No tengas miedo. Cusa me ha ofrecido el carro casi hasta Yabboq. Desde allí al vado hay poco camino. Ha insistido tanto, y con razones tan justas,

que he decidido, a pesar de que Yo juzgue que el Rey de los pobres debe servirse de los medios de los pobres; pero la muerte de Jonás ha impuesto un retardo y tengo que adaptar mi pensamiento a este imprevisto.

Los discípulos hablan de Jonás compadeciendo su mísera vida y envidiando su feliz muerte.

Simón Zelote en voz baja dice:

–      No he podido hacerle feliz y dar al Maestro un verdadero discípulo, madurado en largo martirio e inquebrantable fe… y me duele.

¡El mundo tiene necesidad de hombres que crean, convencidos de Jesús. Para poder balancear la otra parte en que hay tantos que lo niegan! ¡Y que lo negarán!…

Jesús responde:

–     No importa, Simón. Él se siente más feliz ahora, y es más activo.

Tú has hecho más de lo que hubiera hecho cualquier otro por él y por Mí. Y por él también te doy las gracias, ahora él sabe quién fue el que lo liberó y te bendice.  

Pedro exclama:

–      Entonces maldice a Doras.

Jesús lo mira y le pregunta:

–      ¿Eso crees? ¡Estás en un error!

Jonás era un justo. Ahora es un santo. Cuando vivió no odió, ni maldijo. Ahora tampoco lo hace.

Desde el lugar en donde se encuentra, mira el Paraíso y como ya sabe que pronto el Limbo dejará salir a los que están esperando, se alegra. No hace otra cosa.

–      Y en Doras… ¿Incidirá tu anatema?

–      ¿En qué sentido, Pedro?

–       Pues… haciéndole meditar y cambiar… O… sometiéndolo a castigos.

–       Lo he remitido a la Justicia de Dios. Yo, el Amor, lo he abandonado.  

Los discípulos dicen al mismo tiempo:

–       ¡Misericordia!

–      ¡No quisiera estar en su lugar!

–       ¡Ni yo tampoco!

–       ¡Y yo tampoco!

–       Ninguno querría, porque ¿Qué será la Justicia del Perfecto? 

Jesús responde:

–       Será éxtasis para los buenos y será rayo para los perversos, amigos.

En verdad os digo: ser durante toda la vida esclavo, leproso, mendigo; es felicidad de rey al lado de una hora, una sola hora, de castigo divino. 

El cielo nublado cumple su augurio…

–       Llueve, Maestro, ¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos?

Efectivamente, sobre el lago, que se ha oscurecido reflejando el cielo completamente cubierto de nubes plúmbeas, caen y rebotan las primeras gruesas gotas de una lluvia que promete intensificarse.

–       A alguna casa. Pediremos amparo en nombre de Dios.

Pedro dice:

–       Esperemos encontrar uno bueno como aquel romano.

No creía que fueran así… Siempre me había alejado de ellos considerándolos impuros, pero veo que… sí, si hago cuentas son mejores que muchos de nosotros. 

Jesús pregunta:

–       ¿Te agradan los romanos? 

–       ¡Bueno!… no veo que sean peores que nosotros. Sólo son samaritanos…

Jesús sonríe y no dice nada más.

Son alcanzados por una pequeña mujer que va arreando a ocho ovejas.  

Pedro pregunta:

–        Mujer, ¿Sabes decirnos dónde podemos encontrar un techo?… 

Ella contesta:

–       Yo sirvo a un hombre pobre y solo.

Pero si queréis venir… Creo que mi patrón os acogerá con bondad.

–       Vamos.

Caminan bajo el aguacero, rápidos, entre las ovejas, que van trotando con sus cuerpos obesos para escaparse del chaparrón.

Dejan la calzada principal para tomar un caminito que conduce a una pequeña casa baja. 

la mujer dice:

–        ¡Ahí está! Corred mientras llevo las ovejas al aprisco. Al otro lado de la tapia hay un patio por el que se va a la casa.

Estará en la cocina. No os fijéis en si es de pocas palabras… Está angustiado por muchas cosas.

La mujer va hacia un cuchitril que está a la derecha. Jesús, cor los suyos, gira a la izquierda.

Se ve la era con el pozo, y el horno en el fondo, y el manzano a un lado.

La puerta de la cocina está abierta de par en par.

En ésta arde un fuego de pequeñas ramas y un hombre está reparando un apero agrícola roto.

Jesús dice:

–     Paz a esta casa. Te pido refugio para la noche, para mí y mis compañeros – parado en el umbral de la puerta.

El hombre levanta la cabeza y dice:

–     Entra y que Dios te restituya la paz que ofreces.

Pero… ¿Paz aquí?… La paz es enemiga de Jacob desde hace un tiempo. ¡Pasa, pasa!… Entrad todos. El fuego es lo único que puedo daros con abundancia… porque…

¡Oh, pero… pero si Tú, ahora que te has quitado la capucha…

Jesús se había tapado la cabeza con el extremo del manto, teniéndolo agarrado con la mano por debajo de la garganta.

Jacob continúa:

–      …..y te veo bien… Tú eres, ¡Sí!

Eres el rabí galileo, al que llaman Mesías y hace milagros…! ¿Eres Tú? Dilo, en nombre de Dios.

–     Soy Jesús de Nazaret, el Mesías. ¿Me conoces?

–     Te oí hablar durante la pasada luna en casa de Judas y Ana.

Estaba entre los vendimiadores porque… soy pobre… Una cadena de desgracias: pedrisco, orugas, enfermedades en las plantas y en 1as ovejas… Para mí, sólo con una mujer a mi servicio, me bastaba mi haber.

Pero ahora me he entrampado porque me persigue la mala suerte… Para no vender todas las ovejas he trabajado en casa ajena… ¿Mis tierras?… ¡Estaban tan quemadas!

¡Y las vides y los olivos se habían quedado tan estériles, que parecía que hubiera pasado por ellas la guerra! Desde que se me murió la mujer, hace ya seis años, parece como si Satanás se estuviera divirtiendo.

¿Te das cuenta? Estoy trabajando en este arado, pero tiene la madera toda rota. ¿Qué puedo hacer? No soy carpintero, y ato, ato… pero no sirve.

Y ahora tengo que tratar de evitar los más mínimos gastos… Voy a vender otra oveja para reparar los aperos. Tengo goteras… pero me acucia más el campo que la casa. ¡Mala suerte!

Las ovejas están todas preñadas… Esperaba rehacer el rebaño… ¡En fin!

–     Veo que vengo a ser una carga donde ya hay mucha.

–     ¿Tú una carga? No. Te oí hablar y… se me grabó en el corazón lo que decías.

Es verdad que he trabajado honradamente, y, sin embargo…Pero pienso que quizás no era todavía lo bastante bueno. Pienso que quizás quien era buena era mi mujer, que tenía piedad de todos;

pobre Lía, muerta demasiado pronto, demasiado para su marido… Pienso que el bienestar de entonces venía por ella del Cielo. Y quiero ser mejor, por lo que Tú dices y por imitar a mi esposa.

No pido mucho… sólo permanecer en esta casa donde ella murió, donde yo nací… y disponer de un pan para mí y la criada que me hace de mujer y de pastora y me ayuda como puede.

No tengo más personas a mi servicio. Tenía dos y me eran suficientes, trabajando, como trabajaba, también yo en las tierras y en el olivar… Pero el pan que tengo, a duras penas alcanza para mí…

–     No te prives de él por nosotros…

–     No, Maestro. Aunque no tuviera más que un pedazo de pan, te lo daría.

Es para mí un honor tenerte… Jamás lo hubiera esperado. Si te manifiesto mis miserias es porque eres bueno y comprendes.

–     Sí, comprendo. Dame ese martillo.

No se hace así. Así rompes la madera. Dame también ese punzón, pero primero ponlo al rojo; se taladrará mejor la madera, con lo cual podremos pasar la clavija de hierro sin esfuerzo.

Déjame. Yo he sido carpintero…

–     ¿Trabajar Tú para mí? ¡No!

–     Déjame. Tú me das hospedaje, Yo te ayudo; entre los hombres el amor mutuo debe ser dando cada uno lo que pueda.

–     Tú das la paz, das la sabiduría, das el milagro… ¡Das ya mucho, mucho!

–     Doy también el trabajo. ¡Venga, obedece!

Y Jesús, sólo con la túnica, trabaja rápido y con práctica en el astillado timón; taladra, ata, emperna, hace pruebas hasta que siente que está fuerte.

–     Podrá trabajar todavía mucho tiempo, hasta el año que viene y entonces podrás hacerlo nuevo.

–     Yo también lo creo. Esa reja ha estado en tus manos y me bendecirá la tierra.

–     No te la bendecirá por esto, Jacob.

–     ¿Por qué entonces, mi Señor?

–     Porque practicas la misericordia.

No te cierras en el rencor del egoísmo y de la envidia, sino que aceptas mi doctrina y la pones en práctica. Bienaventurados los misericordiosos: obtendrán misericordia.

–     ¿En qué la practico contigo, Señor?

Casi no tengo lugar ni alimento para tu necesidad; no tengo más que la buena voluntad, y nunca como ahora me ha pesado el ser indigente, por no tener con qué darte el debido honor a ti y a tus amigos.

–     Me basta tu deseo. En verdad te digo que incluso un sólo cáliz de agua dado en mi nombre es cosa grande a los ojos de Dios. Yo era un cansado viandante bajo la tormenta, tú me has dado hospedaje.

Llega la hora del alimento y me dices: “Te ofrezco cuanto tengo”. Se hace de noche y tú me ofreces un techo amigo. ¿Qué más quieres hacer? Ten confianza, Jacob.

El Hijo del hombre no mira la pompa del recibimiento y de la comida, mira el sentimiento del corazón. El Hijo de Dios le dice al Padre:

“Padre, bendice a mis benefactores y a todos aquellos que en mi nombre son misericordiosos con los hermanos”. Esto digo para ti.

La criada, que mientras Jesús trabajaba con la grada ha hablado con el patrón, vuelve con algo de pan, con leche que acaba de ordeñar, pocas manzanas algo secas y una bandeja de aceitunas.

Jacob se justifica:

–      No tengo más.

–      ¡Oh, Yo veo en tu comida un alimento que tú no ves! Y de ése me nutro porque tiene sabor celeste.

–      ¿Será que te alimentas, Tú, Hijo de Dios, de algún alimento que te traen los ángeles? Quizás vives del pan del espíritu.

–      Sí. Más que el cuerpo, tiene valor el espíritu, y no en mí sólo.

Pero no me nutro de pan angélico, sino del amor del Padre y de los hombres. Esto lo encuentro en tu mesa y bendigo por ello al Padre que a tí me ha conducido con amor.

Y te bendigo a tí que con amor me acoges y amor me das: éste es mi alimento, y hacer la voluntad del Padre mío.

–     Bendice, entonces, y ofrece Tú, por mí, el alimento a Dios.

Hoy eres el Cabeza de familia y siempre serás mi Maestro y Amigo.

Jesús toma y ofrece el pan teniéndolo sobre las palmas levantadas en alto.

Y ora con un salmo, creo. Luego se sienta, parte y distribuye… Todo así termina.

65 EL PRIMER APÓSTOL MÁRTIR


65 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Atraviesan el manzanar y los viñedos y siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo.

Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta.

Es una casa campirana rica y cómoda.

Pedro con Simón, van por delante para avisar.

aparece la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos. una casa de campo, pero rica y cómoda.

Pedro y Simón se adelantan para avisar.

Sale Doras.

Es un viejo con perfil duro y rapaz. Ojos irónicos y boca de sierpe que gesticula con una sonrisa falsa, entre la barba que es más blanca que negra.

Saluda familiarmente y con manifiesta condescendencia:

–    Salud Jesús.

Jesús responde sin darle la paz:

–   Tenla igualmente. 

–   Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.

Jesús puntualiza:

–    Como hombre honrado.

Doras ríe con sorna.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos que no han sido invitados:

–    Entrad. –y mirando al fariseo, agrega- Son mis amigos.

–    Que entren. Pero, ¿Aquel no es el alcabalero; el hijo de Alfeo?

Jesús, poniendo su mano sobre el hombro de Mateo, contesta con un tono glacial y majestuoso:

–    Este es Mateo; el discípulo del Mesías.

El fariseo entiende y ríe con más sorna que antes.

Doras querría aplastar al ‘pobre maestro galileo’ bajo la opulencia de su casa que por dentro es fastuosa. Grandiosa y fría.

Los siervos parecen esclavos, caminan inclinados, rápidos y temerosos siempre de ser castigados al menor pretexto.

La casa da la impresión de que en ella reina la crueldad y el odio. 

Doras dice con soberbia:

–    Mi suegro, Caifás; no creyó que vendrías.

Jesús no se deja aplastar con la ostentación de las riquezas, ni con recordarle la posición y el parentesco.

Y Doras que comprende la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el jardín, en donde hay más árboles.

Le muestra plantas raras y le ofrece frutos de ellas, que los siervos han traído en palanganas y en copas de oro.

Jesús prueba y alaba la exquisitez de las frutas, algunas conservadas como en jalea y adornadas con duraznos bellísimos. Otras parecen peras de un tamaño raro.

Doras no pierde la oportunidad de manifestar:

–    Soy el único en Palestina que tengo estas frutas y creo que ni siquiera las hay en toda la península.

Las mandé traer de Persia y de lugares más lejanos todavía. La caravana me costó casi un talento. Pero ni siquiera los tetrarcas tienen estas frutas.

Probablemente ni el mismo César. Cuento las frutas y recojo todas las semillas. Las peras, sólo se comen en mi mesa, porque no quiero que se roben ni una semilla.

Le envío a Annás, pero tan solo cocidas, porque así ya son estériles.

Jesús dice:

–     Y sin embargo son plantas de Dios. Y los hombres, todos son iguales.

Doras se escandaliza:

–    ¿Iguales? ¡Nooooo! ¿Yo igual a… a tus galileos?

–     El alma viene de Dios y las crea iguales.

El ministro del Templo se esponja como un pavo real y parece erguirse lleno de soberbia cuando dice con manifiesta superioridad:

–           Pero yo soy Doras el fiel Fariseo…

Y continúa con una larga perorata de la supremacía de la clase sacerdotal del pueblo hebreo sobre todos los demás pobres humanos que habitan la tierra. 

Jesús lo atraviesa con sus ojos de zafiro que se encienden cada vez más; señal precursora en Él, de un acto de piedad o de rigor.

Jesús, de vestido purpúreo; es mucho más alto que Doras y domina imponente a este pequeño y encorvado fariseo, embutido en su vestido amplísimo y con una impresionante abundancia de franjas.

Doras, después de un tiempo de auto admiración de sí mismo, exclama:

–     Pero Jesús, ¿Por qué enviar a la casa de Doras el Fariseo puro; a Lázaro, hermano de una prostituta?

¿Lázaro es tu amigo? ¡No debe serlo! ¿No sabes que está en el Anatema, porque su hermana María es una prostituta también de los romanos?

–     El único Lázaro que conozco, es el de sus acciones honradas.

–    Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa.

Y ve que su mancha se extiende también sobre los amigos. ¡No vayas! ¿Por qué no eres Fariseo? Si quieres… yo soy poderoso.

Puedo hacer que te acepten en el Sanedrín, no obstante que tú seas Galileo.

En el Sanedrín puedo todo. Annás está en mis manos, como este pedazo de paño en mi manto. Serás poderoso y temido.

–    Yo solo quiero ser amado.

–    Yo te amaré. Ve cuanto te amo, que te cedo atendiendo a tu deseo a Jonás.

–    Lo he pagado.

–    Es verdad. Y me sorprendió que pudieras disponer de tal cantidad.  

–    No fui Yo. Sino un amigo que lo hizo por Mí.

–    Bien, bien no indago. Digo: ve que te amo y quiero hacerte feliz.

Tendrás a Jonás, después de la comida. Sólo por Ti hago este sacrificio. – y su sonrisa destella con inaudita crueldad.

Jesús lo mira cada vez con mayor rigor. Con los brazos cruzados sobre el pecho.

Están todavía en el huerto del jardín, en espera de la comida.

Con ansiedad mal disimulada, Doras dice:

–    Me debes hacer un favor. Alegría por alegría. Te doy mi mejor siervo.

Me privo por tanto de una utilidad futura. Supe que viniste al principio del verano y tu bendición este año, me dio cosechas que hicieron célebres mis posesiones.

Bendice ahora mis ganados y mis campos.

Para el año próximo extrañaré a Jonás. Y mientras encuentro a otro igual a él; ven. Bendice. Dame la alegría de que se hable de mí por toda Palestina.

Y de tener rediles y graneros que revienten de abundancia. ¡Ven!     

Lo toma por el brazo y lo jala, tratando de llevarlo a la fuerza; empujado por la avaricia y la ambición de su desenfrenada sed por el oro.

Jesús se opone:

–    ¿Dónde está Jonás? –pregunta con energía.

Doras contesta evasivo:

–    En los arados. Ha querido seguir trabajando en agradecimiento a su buen patrón.

Pero vendrá antes de que termine la comida. Mientras tanto, ven a bendecir los ganados y los campos.  Los árboles frutales, las viñas y los olivares.

¡Todo! ¡Todo! ¡Oh! ¡Qué fértiles serán el año entrante! Ven, pues.

Jesús dice con un tono mucho más fuerte:

–    ¿Dónde está Jonás?

–    ¡Ya te lo dije! Al frente de los arados. Es el capataz y no trabaja: preside.

–    ¡Mentiroso!

–    ¿Yo? ¡Lo juro por Yeové!

–     ¡Perjuro!

–    ¿Yo? ¿Yo, perjuro? Yo soy el fiel más fiel. ¡Ten cuidado cómo me hablas!

–     ¡ASESINO!

Jesús ha ido levantando cada vez más fuerte la voz y la última palabra RETUMBA como si fuera un trueno.

Los discípulos se acercan a Él.

Los siervos se asoman por las puertas,  temerosos.

El Rostro de Jesús es formidable en su severidad. Parece como si sus ojos lancen rayos fosforescentes.

A Doras, por un momento lo sobrecoge el miedo.

Se hace más pequeñito, en su montón de tela finísima, junto a la majestuosa persona de Jesús; vestido con su túnica de lana pesada en un tono púrpura.

Más de pronto la soberbia se apodera de él otra vez y grita con voz chillona, como una zorra furiosa:

–  ¡En mi casa sólo yo doy órdenes! ¡Sal de aquí, vil galileo!

–  ¡Saldré después de haberte maldecido a ti, a tus campos, ganados y viñas; para este año y para los que vengan!

Doras chilla como fiera malherida:

–    ¡Nooo! ¡Esto no!

Sí, es verdad. Jonás está enfermo. Pero se ha curado. Se ha recuperado. ¡Retira tu maldición!

Jesús insiste:

–   ¿Dónde está Jonás? –y ordena implacable- ¡Que un siervo me conduzca a él, al punto! Yo lo pagué.

Y puesto que tú lo consideras como una mercancía. Como una máquina; como a tal lo tomo. Y como lo he comprado, lo quiero.

Doras saca un silbato de oro de entre su pecho y silba tres veces.

Acuden corriendo muchos siervos de la casa y del campo, ante su temido dueño.

Éste ordena:

–   ¡Llevad a éste a donde está Jonás y entregádselo! ¿A dónde vas?

Jesús ni siquiera responde.

Camina detrás de los siervos que se han precipitado más allá del jardín; hacia donde están las casuchas de los campesinos.

Entran en la paupérrima choza de Jonás.

Él, literalmente es un esqueleto semidesnudo que respira fatigosamente por la fiebre, sobre un lecho de cañas.

En el que sirve de colchón un vestido remendado. Y de cobija, un manto todavía más roto. Una joven lo cuida como puede.  

Jesús dice con infinita ternura:

–   ¡Jonás, amigo mío! ¡He venido a llevarte!

–   ¿Tú? ¡Señor, mío! ¡Me muero! ¡Pero soy muy feliz por tenerte aquí!

–    Fiel amigo, eres libre desde ahora. Y no morirás aquí. Te llevo a mi casa.

–    ¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Habías prometido que vería a tu Madre.

Jesús es todo amor. Se inclina sobre el miserable lecho del infeliz pastor.

Y dice:

–     Pedro, tú eres fuerte. Levanta a Jonás.

Y vosotros, dadle el manto. Este lecho es demasiado duro para cualquiera en estas condiciones.

Los discípulos rápidamente se quitan los mantos.

Los doblan varias veces y le improvisan una camilla.

Pedro coloca su carga de huesos y Jesús lo cubre con su propio manto.

Cuando está listo Jesús pregunta:

–    Pedro, ¿Tienes dinero?

–   Sí, Maestro. Tengo cuarenta denarios.

–    Está bien. Vámonos.

Ánimo Jonás. Todavía un poco de molestia. Y después, habrá mucha paz en mi casa, cerca de María.

–     María. ¡Sí! ¡Oh! –en medio de su agotamiento, Jonás no hace más que llorar.

Jesús dice a la joven:

–     Adiós, mujer. El Señor te bendecirá por tu misericordia.

–    Adiós, Señor. Adiós Jonás. Ruega. Rogad, por mí. – y la joven llora.

Cuando están por salir, aparece Doras.

Jonás por un momento se llena de terror y se tapa la cara.

 Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado; más severo que un Juez.  

El miserable cortejo sale al patio y toma el camino del jardín.

Doras, en el colmo de la vileza, exclama:

–    ¡Este lecho es mío! ¡Te vendí el siervo, no el lecho!

Jesús le arroja a los pies la bolsa sin hablar.

Doras la toma. La vacía y cuenta…

–    Cuarenta denarios y cinco dracmas. ¡Es poco!

Jesús mira al avariento y repugnante hombre en tal forma, que es imposible describirla. No dice nada.

Doras insiste:

–   Dime al menos que retiras el anatema.

Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una nueva frase:

–     Te pongo en manos del Dios del Sinaí.

Y pasa muy erguido al lado de la rústica camilla que llevan pedro y Andrés.

Doras, al ver que todo es inútil. Que su condena es segura,

Grita:

–    ¡Nos veremos, Jesús! ¡Oh! ¡Te atraparé! ¡Te haré guerra a muerte!

Llévate a esa piltrafa de hombre. Ya no me sirve. Me ahorraré el entierro. ¡Vete! ¡Vete! ¡Satanás maldito!

¡Pondré contra Tí a todo el Sanedrín! ¡Satanás! ¡Satanás!

Jesús aparenta no oír.

Los discípulos están consternados.

Jesús se preocupa sólo de Jonás. Busca los caminos más planos.

Pero desde el Esdrelón hasta Nazareth, el camino es largo y no se puede avanzar ligeros con la piadosa carga.

Continúan en silencio por el camino principal.

Jonás parece que duerme, pero no suelta la mano de Jesús.

Al atardecer son alcanzados por un carro militar romano.

Jesús levanta el brazo y dice:

–   En el Nombre de Dios, deteneos.

Los soldados se detienen. Del carro se asoma la cabeza de un tribuno militar.

Éste pregunta a Jesús:

–   ¿Qué quieres?

–   Tengo un amigo que se está muriendo. Os pido para él, un lugar en el carro.

–   No debería. Pero sube. Tampoco somos perros.

Suben la camilla.

El tribuno pregunta:

–     Tú amigo… ¿Quién eres?

–     Jesús de Nazareth. 

El oficial lo mira curioso y dice:

–     ¡Oh! ¿Tú? ¡Entonces sí eres tú!

Subid cuantos podáis. Basta con que no os asoméis. Así son las órdenes.

Pero sobre las órdenes está el ser humano. ¿O no? ¡Y Tú eres Bueno, lo sé! ¡Eh! Nosotros los soldados, todo lo sabemos. 7

¿Cómo lo sé? Hasta las piedras hablan en bien y en mal. Nosotros tenemos orejas para oír y servir al César.

Tú no eres un falso Mesías como los anteriores, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe.

Observa mejor a Jonás y exclama:

–    Oye, pero… ¡Este hombre está muy enfermo!

Jesús responde:

–    Por eso lo llevo a casa de mi Madre.

–   ¡Ummm! ¡Poco tendrá que cuidarlo! Dale un poco de vino de esa cantimplora.

¡Áquila! –Llama al conductor y ordena-  Arrea los caballos.

–   ¡Quinto! Tú dame dos raciones de pan, de miel y mantequilla de las mías.

Y explica a Jesús:   

–    Es todo lo que tengo, pero le hará bien. Para la tos que trae, la miel le aliviará.

–    Eres bueno.

–    No. Soy menos malo que muchos. Estoy contento de tenerte conmigo.

Acuérdate de Publio Quintiliano de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Ptolemaida. Estoy en inspección de orden.

–    No me tratas como a enemigo.

–    ¿Yo? Soy enemigo de los malos. Jamás de los buenos. Yo también quisiera ser bueno. Dime, ¿Qué doctrina predicas, para nosotros los hombres de armas?

–   La doctrina es única para todos los hombres. Justicia, honradez, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos.

Aún en los duros momentos de la guerra, no olvidar al ser humano.

Buscar de conocer la Verdad; o sea, a Dios Uno y Eterno, sin cuyo conocimiento cualquier acción está privada de la Gracia y por lo tanto del premio eterno.

–   Y cuando esté muerto, ¿Qué me interesa el bien hecho?

–    Quién se acerca al Dios Verdadero, encuentra ese bien en la otra vida.

–   ¿Volveré a nacer? ¿Acaso seré emperador?

–    No. Te haces igual a Dios, al unirte con Él en la eterna beatitud del Cielo.

–    ¿Cómo? ¿Yo en el Olimpo? ¿Entre los dioses?

–    No existen los dioses. Existe el Dios Verdadero.

El que Yo predico. El que te oye y pone una señal en tu bondad y en tu deseo de conocer el bien.

–   ¡Esto me basta! No sabía que Dios se pudiese ocupar de un pobre soldado pagano.

–   Él te creó, Publio. Por eso te ama y quiere que estés con Él.

–   ¡Eh! ¿Por qué no? Pero nadie nos habla de Dios, jamás.

–   Vendré a Cesárea y me escucharás.

El romano extiende el brazo y afirma:

    ¡Oh, sí! ¡Iré a oírte! Allá está Nazareth. Quisiera llevarte hasta allá. Pero si me ven…  

–    Desciendo y te bendigo por tu buen corazón.

–    Salve, Maestro.

–    El Señor se os muestre. ¡Adiós, soldados!

Descienden y vuelven a caminar.

Jesús dice alentando al enfermo:

–    Jonás, en breve vas a descansar.

Jonás sonríe. Conforme la tarde avanza, está más seguro de estar más lejos de Doras. Y más tranquilo se muestra.

Juan con su hermano Santiago, corren adelante para avisar a María.

Y cuando el pequeño cortejo llega a Nazareth, que está casi desierto en la noche que cae; María está afuera, esperando a su Hijo.

Cuando se encuentran, Jesús dice:

–    Aquí está Jonás. Bajo tu dulzura comenzará a gustar de su paraíso. ¡Feliz Jonás!

–   ¡Feliz! ¡Feliz! –murmura el extenuado pastor, como en un éxtasis.

Entran en la casita y se le lleva a la habitación en donde murió José.

Jesús dice:

–    Estás en el lecho de mi padre. Aquí estamos mi Mamá y Yo, ¿Ves?

Nazareth se convierte en Belén y tú ahora eres el pequeño Jesús, entre dos que te aman.

Ellos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves los ángeles, pero revolotean a tu alrededor, con alas de luz y cantan las palabras del canto navideño.

Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que poco a poco va debilitándose.

Parece que hubiera aguantado tanto, solo para morir aquí. Pero es feliz.

Sonríe y trata de besar la mano de Jesús; la de María y decir… decir…

Pero la falta de aliento se lo impide.

María, cual madre lo conforta.

Jonás repite con un hilo de voz:

–   Sí. Sí. –con una sonrisa en su cara de esqueleto.

Los discípulos miran  conmovidos desde la puerta del huerto.

Jesús le dice:

–    Dios ha escuchado tu gran deseo.

La estrella de tu larga noche, se convierte ahora en la estrella de tu eterno amanecer. ¿Sabes su nombre?

El agonizante responde

–   Jesús. El tuyo, ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles…

¿Quién está cantándome el himno angelical. Mi alma lo oye. Pero también mis orejas lo quieren oír. ¿Quién lo canta para hacerme feliz?… tengo mucho sueño.

Estoy tan cansado. ¡Muchas lágrimas! Muchos insultos… ¡Doras!… yo lo perdono.

Pero no quiero oír su voz y la oigo. Es como la voz de Satanás que no quiere dejarme en paz.

¡Oh! ¿Quién me cubre esa voz, con palabras venidas del Paraíso?

Es María; que vuelve a cantar en voz baja y en el mismo tono, el cántico con el que arrullaba a Jesús Niño…

Y lo repite porque ve que Jonás se tranquiliza al oírla.  

Después de unos minutos, Jonás dice:

–           ¡Doras ya no habla más! Sólo los ángeles… era un Niño en un pesebre… entre un buey y un asno… Y era el Mesías… Y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…  -la voz se apaga en un breve murmullo. Y sigue el silencio…

Jesús dice:

–           ¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! ¡Ha muerto! Lo pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos, junto a  mi justo padre.  

64 UN SALUDO DIFERENTE


64 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En  el llano de Esdrelón; un día medio nublado de finales de otoño, ha debido caer durante la noche una de las primeras lluvias de los tristes meses invernales, porque la tierra está mojada.

Sopla un viento calado que se lleva las hojas amarillentas y penetra hasta los huesos, con su frialdad cargada de humedad.

En los campos hay escasas yuntas de bueyes tirando del arado. Levantan fatigosamente la tierra densa y pesada de esta fértil llanura para prepararla a recibir la semilla.

Lo que es doloroso ver, que en ciertos lugares son los mismos hombres los que hacen el trabajo de los bueyes, empujando la reja del arado con toda la fuerza de sus brazos.

E incluso del pecho, apretando fuertemente los pies contra el suelo removido, trabajando como esclavos en esta operación que cansa incluso a los robustos novillos.

También Jesús los mira y se entristece tanto su rostro, que se le escapan silenciosas lágrimas y ruedan por sus mejillas.

Los discípulos, once porque Judas aún no ha vuelto y los pastores ya no están, hablan entre sí…

Y Pedro dice:

–     Pequeña, pobre, fatigosa es también la barca…

¡Pero cien veces mejor que este servicio de animales de tiro! 

Y pregunta:

–     Maestro, ¿Serán ya siervos de Doras?

Simón Zelote responde:

–     No lo creo.

Me parece que sus campos están al otro lado de aquellos árboles frutales. Todavía no los vemos.  

Pero Pedro, curioso siempre, deja el camino y va por un lindero entre dos parcelas.

En los bordes se han sentado un momento cuatro fatigados y sudorosos agricultores. Están jadeantes por el esfuerzo realizado.

Pedro les pregunta:

–     ¿Sois de Doras?

–     No. Pero somos de su pariente, de Jocanán. ¿Y tú quién eres?

–     Soy Simón de Jonás, pescador de Galilea hasta la luna de Ziv. Ahora, Pedro de Jesús de Nazaret, el Mesías de la Buena Nueva.

Pedro ha hablado con el respeto y la gloria con que uno diría: “Pertenezco al alto y divino César de Roma” y mucho más todavía.

Su honesto rostro resplandece por la alegría de profesarse de Jesús. 

Los cuatro infelices responden: 

–     ¡Oh, el Mesías! ¿Dónde, dónde está?

–     Aquél es. Aquél, alto y rubio, vestido de rojo oscuro. Aquél, el que mira ahora hacia aquí esperándome sonriente.

–     ¿Si fuéramos nosotros… nos rechazaría?

–     ¿Rechazaros? ¿Por qué?

Es el amigo de los desdichados, de los pobres, de los oprimidos, y me da la impresión de que vosotros… sí, realmente sois de ésos…

Los cuatro responden simultáneamente:

–     ¡Claro que lo somos!

–     ¡Y cómo! De todas formas, de ninguna manera como los de Doras. 

–    Al menos disponemos del pan que queramos. 

–     Y no nos azotan sino en el caso de que interrumpamos nuestro trabajo, pero…

Pedro cuestiona:

–     De modo que si ahora ese señorito de Jocanán os encuentra aquí hablando, os…

–     Nos azotaría como no lo hace ni con sus perros…

Pedro silba en modo significativo.

Luego dice:

–     Entonces será mejor así…

Y abocinando las manos en torno a la boca, llama fuerte:

–     “¡Maestro! ¡Ven aquí! ¡Que hay corazones que sufren y te necesitan!

Los cuatro exclaman:

–     ¿Pero qué estás diciendo?

–    ¿Él?

–    ¡¿Aquí, donde nosotros?!

–     !Pero si nosotros no somos más que unos despreciables siervos!

Los cuatro hombres están aterrorizados de tanta osadía. 

Pedro comenta riendo:

–      A nadie le gusta que lo azoten.

Y si pasa por aquí ese “distinguido” fariseo, no quisiera recibir yo también una ración… – mientras zarandea con su manota al más aterrorizado de los cuatro.

Jesús, con su largo paso, ya está llegando.

Los cuatro hombres no saben qué hacer.

Quisieran correr a su encuentro, pero el respeto los paraliza, son unos pobres individuos a quienes la maldad humana ha transformado en seres atemorizados de todo.

Caen rostro en tierra, adorando desde ahí al Mesías, que se acerca a ellos.

Y los saluda:

–      La paz a todos los que me anhelan.

El que me anhela, anhela el bien, y Yo lo quiero como a un amigo. Levantaos. ¿Quiénes sois?

Pero los cuatro apenas alzan el rostro del suelo, permaneciendo de rodillas y mudos.

Habla Pedro y dice:

–      Son cuatro siervos del fariseo Jocanán, familiar de Doras.

Querrían hablarte, pero… si llega él les dan de palos; por eso te he dicho: “Ven”.

Y volviéndose hacia los campesinos asustados, agrega:   

–     ¡Venga, muchachos, que no os come! Tened confianza. Considerad que es un amigo vuestro.

Finalmente el más osado balbucea:

–     Nosotros… nosotros sabemos de Tí… por Jonás… 

Jesús sonriendo con dulzura dice:

–     Por él vengo. Sé que me ha anunciado. ¿Qué sabéis de Mí?

–     Que eres el Mesías. Que te vio cuando eras niño.

Que los ángeles, con tu venida, cantaron la paz a los buenos. Que fuiste perseguido… pero que te salvaste, y que ahora has buscado a tus pastores y… y los quieres.

Esto lo decía ahora, esto último. Y nosotros pensábamos: si es bueno como para amar y buscar a unos pastores, sin duda también a nosotros nos querrá un poco…

Necesitamos verdaderamente a alguien que nos quiera…

–     Yo os quiero. ¿Sufrís mucho?

–     ¡Oh!… Pero más todavía los de Doras.

¡Si Jocanán nos encontrase aquí hablando!… Pero hoy está en Gerguesa. Todavía no ha vuelto de los Tabernáculos. 

No obstante, su intendente esta noche vendrá a medir el trabajo y luego nos dará la ración de alimento.

Pero no importa, recuperaremos el tiempo no descansando para la comida de la hora sexta.

Pedro pregunta:

–     Dime, muchacho. ¿No sería yo capaz de empujar ese apero? ¿Es un trabajo difícil? 

–     Difícil no, pero sí fatigoso. Se requiere fuerza.

–     La tengo. Déjame ver. Si soy capaz, tú hablas y yo hago de buey.

Entonces Pedro llama a los apóstoles: 

–     Tú, Juan, Andrés y Santiago, ¡Vengan!, a la lección.

Pasamos de los peces a los gusanos del suelo. ¡Hala!

Pedro pone su mano sobre el eje transversal del timón. Por cada arado hay dos hombres, uno a este lado, el otro al otro lado de la larga barra del timón.

Mira e imita todos los movimientos del campesino. Siendo fuerte y estando descansado, trabaja bien. El hombre lo alaba.

Pedro exclama contento:

–      Soy todo un maestro de la aradura.

Y da las instrucciones pertinentes: 

–      ¡Venga, Juan, ven aquí! Un toro y un novillo por arado.

En el otro. Santiago y el mudo ternero de mi hermano. ¡Venga! ¡Ah… eup!»

Los dos pares de aradores van parejos removiendo la tierra y trazando los surcos por el largo campo. Llegados al linde, vuelven el arado y hacen el nuevo surco.

Parece como si hubieran trabajado siempre en el campo.  

El más audáz de los siervos de Yocanán dice:

–     ¡Qué buenos son tus amigos! ¿Los has hecho tú así?

Jesús contesta:

–     Yo he dado una regla a su bondad.

Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya estaba en ellos. Ahora florece bien, porque hay quien la cuida.

–     También son humildes. ¡Amigos tuyos y servir así a unos pobres siervos…!

–     Conmigo sólo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la honestidad y el amor.

Sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y consigue el Cielo.

–     ¿Nosotros también podremos conseguirlo?

¿Nosotros que no tenemos tiempo para rezar, para ir al Templo, para ni siquiera levantar la cabeza del surco?

–     Responded: ¿Guardáis odio a quien tan duramente os trata? ¿Hay en vosotros rebelión y acusación contra Dios por haberos colocado entre los ínfimos de la Tierra?

–     ¡No, no, Maestro! Es nuestro destino.

Pero cuando cansados, nos dejamos caer sobre el jergón de paja, decimos: “Bien, pues el Dios de Abraham sabe que estamos tan agotados que no podemos decirle más que: ` ¡Bendito sea el Señor!”‘

También decimos: “Un día más hemos vivido sin pecar”… Ya sabes… podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras cocidas.

Pero el patrón ha dicho:

A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas y durante la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y dar energía“.

Y nosotros lo hacemos. En fin… se podría estar peor.

–     Os digo que en verdad el Dios de Abraham sonríe por vuestros corazones, mientras que muestra rostro acerbo a quienes lo insultan en el Templo con engañosas oraciones mientras no aman a sus semejantes.

–     ¡Pero entre iguales se aman!

Al menos… eso parece, porque se veneran recíprocamente con regalos y reverencias. Es con nosotros con quienes no tienen amor.

Pero nosotros somos distintos de ellos, y es justo.

–     No. En el Reino del Padre mío no es justo, y distinto será el modo de juzgar.

No recibirán honores los ricos y poderosos por el hecho de serlo, sino sólo aquellos que hayan amado siempre a Dios, queriéndolo por encima de sí mismos y por encima de cualquier otra cosa, como el dinero, el poder, la mujer, la mesa.

Y amando a sus propios semejantes, que son todos los hombres, sean ricos o pobres, conocidos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados.

Sí, también hay que amar a los malvados. No por su maldad, sino por piedad hacia su alma, herida de muerte por ellos mismos. Hay que amarlos con un amor que suplique al Padre celeste curarlos y redimirlos.

En el Reino de los Cielos serán bienaventurados los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia y hayan amado a los padres y a los familiares por respeto.

Los que no hayan robado en modo alguno ni nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de los servidores; los que no hayan matado ni reputaciones ni criaturas.

Y no hayan deseado matar, aunque los modos de actuar de los demás hayan sido crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de sublevación;

Quienes no hayan jurado lo falso, dañando al prójimo y lesionando la verdad. Quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal.

Quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidias hacia los demás.

De éstos es el Reino de los Cielos. El mendigo puede ser un rey bienaventurado allí arriba, mientras que el Tetrarca con su poder no será nada.

Es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la Ley eterna del Decálogo.

Los hombres le están escuchando con la boca abierta de admiración.

Con Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas de Alfeo.

Los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Basta Pedro para tenerlos alegres a todos.

–     ¡Qué razón tenía Jonás llamándote Santo!

En Tí todo es santo: las palabras, la mirada, la sonrisa; ¡Jamás hemos sentido el alma tanto!

–     ¿Hace mucho que no veis a Jonás?

–     Desde que está enfermo.

–     ¿Enfermo?

–     Sí, Maestro. No puede más.

Antes a duras penas lograba moverse, después de las faenas estivas y de la vendimia ya realmente es que no se tiene en pie. Y a pesar de todo… le hace trabajar ese… ¡Oh…!

¡Dices que hay que amar a todos, pero es muy difícil amar a las hienas, y Doras es peor que una hiena!

–    Jonás lo ama…

–    Sí, Maestro. Pienso que es tan santo como aquéllos a quienes, por fidelidad al Señor Dios nuestro, han matado con martirio.

–    Dices bien. ¿Cómo te llamas?

Y señalando a sus compañeros: 

–    Miqueas y éste Saulo y éste Joel y éste Isaías.

–    Le recordaré vuestros nombres al Padre. ¿Y decís que Jonás se encuentra muy enfermo?

–    Sí, nada más terminar el trabajo se deja caer sobre el forraje y nosotros no lo vemos. Nos lo dicen otros siervos de Doras.

–    ¿Está trabajando a esta hora?

–     Si está en pie, sí. Debería estar al otro lado de aquel manzanar.

–    ¿Ha sido buena la cosecha de Doras?

–    Se ha hablado de ella en toda la región.

Los árboles estaban apuntalados porque los frutos tenían un tamaño verdaderamente milagroso.

Doras ha tenido que mandar hacer nuevos lagares, porque la uva, de tanta como había, no habrían podido meterla en los que se venían usando.

–     ¿Entonces Doras habrá premiado a su siervo?

–     ¿Premiado? ¡Señor, qué mal lo conoces!

–     Pero si Jonás me dijo que hace años le dio una paliza mortal por haber desaparecido algunos racimos.

Y que pasó a ser esclavo por deudas habiéndole acusado el patrón de pérdidas por la escasa cosecha. Este año, que ha tenido una abundancia milagrosa, habría debido premiarlo.

–     No. Lo azotó ferozmente, acusándole de no haber obtenido los años precedentes la misma abundancia por no haber cuidado la tierra como se debía.  

Mateo exclama: 

–     ¡Este hombre es una fiera salvaje! 

Jesús dice:

–     No. Es un hombre sin alma. Os dejo, hijos, con una bendición. ¿Tenéis pan y comida para hoy?

–     Tenemos este pan. 

Y sacan un pan oscuro de un talego que estaba en el suelo, se lo enseñan.  

–      Tomad mi comida. No tengo más que esto. Pero Yo hoy estaré en casa de Doras y…

–     ¿Tú en casa de Doras?

–     Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabíais?

–     Aquí ninguno sabe nada.

Pero… no te fíes, Maestro; serás como una oveja en el antro del lobo.

–     No podrá hacerme nada. Tomad mi comida.

Se vuelve hacia sus discípulos diciendo:   

–     Santiago, da cuanto tenemos, incluso nuestro vino.

Que haya un poco de gozo también para vosotros, pobres amigos, en el alma y en el cuerpo. ¡Pedro, vámonos!

Pedro contesta;

–     Voy, Maestro. Sólo queda este surco por terminar.

Y corre hacia Jesús, congestionado por la fatiga. Se seca con el manto que se había quitado, se lo vuelve a poner y ríe contento.

Los cuatro no cesan de dar las gracias.

–     ¿Pasarás por aquí, Maestro?

–     Sí, esperadme. Saludaréis incluso a Jonás. ¿Podéis hacerlo?

–     ¡Claro! La tierra debía estar arada para la noche. Están hechos más de dos tercios de ella.   

–     ¡Y qué bien y qué rápido! 

–      ¡Son fuertes tus amigos!… 

–      Que Dios os bendiga. Hoy para nosotros es más que la fiesta de los Ázimos. 

–      ¡Que Dios os bendiga a todos, a todos, a todos!

Jesús va derecho hacia el huerto señalado, lo cruzan y llegan a los campos de Doras.

Más campesinos al arado o agachados para limpiar los surcos de las hierbas arrancadas; pero Jonás no está.

Reconocen a Jesús, y sin dejar de trabajar, lo saludan.

Jesús pregunta:

–      ¿Dónde está Jonás?  

Ellos contestan: 

–     Después de dos horas ha caído sobre el surco y lo han llevado a casa.

–     ¡Pobre Jonás! Poco tiempo más deberá sufrir.

–     Está realmente en las últimas. Jamás tendremos un amigo mejor.

Jesús responde:

–      Me tenéis a Mí en la Tierra y a él en el seno de Abraham.

Los muertos quieren a los vivos con dúplice amor: el propio y el que asumen estando con Dios, por tanto es un amor perfecto.

–     ¡Ve enseguida con él! ¡Que te vea ahora que sufre!

Jesús bendice y continúa su camino.

Los dicípulos preguntan:

–     ¿Y ahora qué piensas hacer?

–     ¿Qué le piensas decir a Doras? 

–     Voy a ir como si no supiera nada. Si se siente descubierto, es capaz de cebarse en Jonás y en sus siervos.  

Pedro dice a Simón cananeo:

–     Tiene razón tu amigo: es un chacal.

Simón contesta:

–     Lázaro siempre dice la verdad y nunca habla mal de nadie. ¡Cuando lo conozcas, lo querrás!

Siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo.

Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta.

Es una casa campirana rica y cómoda.

Pedro con Simón, van por delante para avisar.

Pedro y Simón se adelantan para avisar.  

Sale Doras.

Es un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaricioso:

Con ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa, detrás de una barba más blanca que negra. 

Saluda a Jesús con un tono familiar y con clara ostentación de benevolencia:

–     Salud, Jesús. 

Jesús no dice: «Paz». Sólo responde:

–     Que ella vuelva a tí.

63 MADRE DEL AMOR


63 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Todos los campos de Galilea están en el festivo trabajo de la vendimia.

Los hombres, encaramados sobre altas escaleras, recogen uva de las pérgolas y de las parras; las mujeres, en cestos, sobre la cabeza, llevan racimos de oro y rubí a donde esperan los pisaúvas.

Cantos, risas, bromas corren de loma a loma, de huerto a huerto, junto al olor de mostos y a un gran zumbar de abejas que parecen ebrias de tan veloces y danzarinas

como van de los sarmientos aún restantes, aún ricos de racimos, a los cestos y a los tinos donde se pierden los granos, que ellas buscan, en el caldo turbio de los mostos.

Los niños cual faunos, pringados de zumo trinan como golondrinas corriendo por la hierba, por los patios, por los caminos.

Jesús se dirige hacia un pueblo que está a poca distancia del lago y que a pesar de ello, es de llanura.

Parece un amplio álveo entre dos lejanos sistemas montañosos orientados hacia el Norte.

La llanura está bien regada, porque la atraviesa el río Jordán.

Jesús pasa por la calzada principal.

Muchos lo saludan con el grito:

–     ¡Rabí! ¡Rabí!». Jesús pasa bendiciendo.

Antes de llegar al pueblo hay una rica propiedad, al principio de la cual un matrimonio anciano está esperando al Maestro.

El dueño del viñedo dice:

–      Entra. Cuando el trabajo cese, todos acudirán aquí para oírte.  

¡Cuánta alegría llevas contigo! Emana de ti y se extiende como la savia por los sarmientos. Y se transforma en vino de gozo para los corazones. ¿Aquélla es tu Madre? 

Jesús responde:

–     Es Ella. Os la he traído porque ahora también forma parte del grupo de mis discípulos.

El último en ser recibido, el primero en orden de fidelidad. Es el Apóstol. Me predicó aún antes de que Yo naciera… 

Luego se vuelve hacia María diciendo: 

–    Madre, ven. 

Un día – eran los primeros tiempos en que evangelizaba – esta madre fue tan dulce con tu Hijo cansado, que hizo que no llorase tu recuerdo. 

María dice:

–     Que el Señor te otorgue su don, mujer piadosa. 

La mujer contesta:

–     Ya lo poseo porque tengo al Mesías y te tengo a ti.  

El anciano invita:

–     Ven. La casa es fresca y la luz que hay en ella es moderada.  

Entran en una hermosa finca solariega.

El anciano conversando con Jesús y María conversando con la anfitriona.  

La anciana dice: 

–     Podrás descansar. Estarás fatigada.

–     Sólo me supone cansancio el odio del mundo.

Seguirlo y oírlo…! Ha sido mi deseo desde la más lejana infancia.

–     ¿Sabías que eras la futura Madre del Mesías?

–     ¡Oh, no!

Sí esperaba vivir tanto como para poder oírlo y servirle; última entre sus evangelizados, pero fiel, ¡Fiel!

–     Lo oyes y le sirves y eres la primera.

Yo también soy madre y tengo hijos sabios; cuando los oigo hablar, mi corazón salta de orgullo. ¿Qué sientes Tú oyéndolo a Él?

–     Un delicado éxtasis.

Me sumerjo en mi nada, y la Bondad – que es Él mismo – me eleva consigo.

Entonces veo con simple mirada la Verdad eterna y Ella se hace carne y sangre de mi espíritu.

–     ¡Bendito corazón tuyo!

Es puro, por ello comprende así al Verbo. Nosotros somos más duros porque estamos llenos de culpas…

–     Quisiera dar a todos mi corazón para esto, para que el amor fuera en ellos luz para comprender.

Porque, créelo, es el amor – y yo soy su Madre y por tanto en mí es natural el amor – lo que hace fácil toda empresa.

Las dos mujeres siguen hablando, la anciana junto a la muy joven, siempre muy joven Madre del Señor.  

Mientras, Jesús habla con el dueño de la casa, junto a los lagares, donde grupos y más grupos de vendimiadores vuelcan racimos y más racimos.

Los apóstoles, sentados a la sombra de una pérgola de jazmines, saborean con buen apetito uva y pan.

Ya declina el día y el trabajo cesa lentamente.

Todos los colonos están ya en el amplio patio rústico, donde hay un fuerte olor de uvas pisadas.

De casas cercanas vienen también otros campesinos.

Jesús sube por una pequeña escalera que da a un ala: una galería de arcos bajo la cual se conservan sacos de productos agrícolas y herramientas.

¡Cómo sonríe Jesús subiendo esos pocos peldaños! Lo veo sonreír entre el ondear de sus esponjosos cabellos agitados por una brisa vespertina.

¡Oh, su hermosa sonrisa tan luminosa!

La alegría de esta sonrisa entra en el corazón que cuando está triste es como ese vino de que hablaba el dueño de la casa, confortándolo.

Se vuelve. Se sienta en el último peldaño, en el punto más alto de la escalera, que se transforma en una tribuna para los más afortunados oyentes.

Es decir, para los dueños de la casa, para los apóstoles y para María, la cual, siempre humilde, ni siquiera había tratado de subir a ese puesto de honor, sino que la había conducido a él la señora.

Está sentada justamente un peldaño más abajo que Jesús, de manera que su cabeza está a la altura de las rodillas de su Hijo.

Y estando sentada de lado, Ella lo puede mirar a la cara, con su mirada de paloma enamorada. El delicado perfil de María destaca nítido como en un mármol contra el muro oscuro de la rústica galería.

Más abajo están los apóstoles y los dueños de la casa. En el patio, todos los aldeanos: unos en pie, otros sentados en el suelo, otros encaramados en los lagares o en las higueras que hay en los cuatro ángulos del patio.

Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de la espalda en María; parece como si estuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto,

mientras con la derecha gesticula sosegadamente:

–     Me han dicho: “Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre”. Heme aquí.

En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo trabajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto:

La primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones.

Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se cumplen teniendo presente en el espíritu al eterno Dios.

¿Puede acaso pecar uno que diga: “Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones”? No. No puede.

Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le impide al hombre pecar más que cualquier amenaza humana. ¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad.

Os fue dicho: “Teme al Señor tu Dios”. Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos.

Y ciertamente es verdad que en tiempo de cólera divina, la aparición de lo sobrenatural debe hacer temblar el corazón.

¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya paradisíaco?

Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de un ángel, para concederle al ojo humano poder mirarlo sin que se le queden abrasadas pupila y mente.

¿Qué será entonces ver a Dios? Pero esto es así mientras dura la ira.

Cuando ésta queda sustituida por la paz y el Dios de Israel dice:

“He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Palabra que se hace Carne para ser Redención”

Entonces el amor debe -suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con alegría; porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra.

La Paz ha llegado entre Dios y el hombre.

Cuando los primeros vientos de la primavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe temer aún, dado que la intemperie y los insectos pueden tenderle al fruto muchas insidias.

Más cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡Ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha.

E1 Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está entre vosotros.

Él es Racimo óptimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres.

Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él.

Pero, ¡Ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado!

¡Y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con Él, lo hayan rechazado o mezclado en su interior con la comida de Satanás!

Y así vuelvo al primer concepto.

La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las del hombre, es la honestidad de propósitos.

Honesto es el que dice: “Sigo la Ley, no para obtener de ella alabanza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios”.

Honesto es aquel que dice: “Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna”.

Honesto es quien dice: “Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, mortificante, preservativo, elevante;

trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una macolla de espigas,

de una semilla de uva hace una gran cepa, de la semilla de un fruto hace un árbol.

Y de Mí, hombre, pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar los cereales, vides y árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres”.

Hay personas que trabajan como bestias, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas.  

¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este miserable? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas?

Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno.

Y hay otros que dilapidan lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: “Y a pesar de todo Dios los protege”.

No. No los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la Eternidad, les recordará este precepto: 

“Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo'”.

¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí!

Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os digo sólo éstas: “Amad a Dios. Amad al prójimo”.

Son como el trabajo que hace fecundo al sarmiento, realizado con la vid en primavera.

El amor a Dios y al prójimo es como la grada que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones.

Es como la azada que excava un círculo en torno a la cepa para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y nutrida con frescas aguas de riego;

es como cizalla que elimina lo superfluo para condensar la energía y dirigirla hacia donde dará fruto; es lazo que aprieta y sostiene junto al robusto palo;

es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna.

Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y óptima la vendimia.

Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga:

“Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid.

Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a Mí cuajados de los zumos dulces del amor a mí y al prójimo.

Floreced en mis jardines durante toda la eternidad”.

Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien. Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo.

Bendecidlo por la gracia de su Palabra, bendecidlo por la gracia de la buena cosecha.

Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama.

Jesús habría terminado, pero todos gritan:

–      ¡Bendícenos, bendícenos! ¡Danos tu bendición!

Jesús se levanta, extiende los brazos y dice con voz de trueno:

–      Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz.

Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos.

La multitud, la pequeña multitud reunida, prorrumpe en un griterío de alegría y de aclamaciones al Mesías, mas luego calla.

Y se abre para dejar pasar a una madre que lleva en brazos a un niño paralítico de unos diez años.

Ella lo coloca echado a los pies de la escalera, como si se lo ofreciera a Jesús. 

El anciano anfitrion explica:

–     Es una criada mía. Su hijo varón se cayó el año pasado desde la terraza y se partió la columna.

La dueña añade: 

–    Toda la vida tendrá que yacer sobre la espalda. Ha esperado en ti todos estos meses… 

Jesús indica:

–     Dile que se acerque.

Pero la pobre mujer está tan emocionada, que parece como si tuviera ella la parálisis. Tiembla toda y se le enredan los pies en el largo vestido al subir los altos escalones con su hijo en brazos.

María, piadosa, se pone en pie y baja hacia ella.

–     Ven. No temas. Mi Hijo te quiere.

Dame a tu niño. Así podrás subir mejor. Ven, hija. Yo también soy madre.

Y le toma al niño, al cual sonríe dulcemente. Luego sube con el peso de esta conmovedora carga sobre sus brazos.

La madre del niño la sigue, llorando.

Ya está María ante Jesús.

Se arrodilla y dice:

–     ¡Hijo! ¡Por esta madre!

No dice nada más.

Jesús ni siquiera solicita su consabido “¿Qué deseas que te haga? ¿Crees que puedo hacerlo?”. No.

Hoy sonríe y dice:

–      Mujer, ven aquí.

La mujer se coloca justo junto a María.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza y se limita a decir: «Alégrate».

Aún no ha terminado de decir esta palabra y el niño, que hasta ahora había estado extendido como un cuerpo muerto, colgándole las piernas en brazos de María, se sienta como impulsado por un resorte…

Y prorrumpe en un grito de alegría « ¡Mamá!», y corre a refugiarse en el pecho materno.

Los gritos de hosanna parece como si quisieran penetrar en el cielo completamente rojo del atardecer.

La mujer, con su hijo apretado contra el corazón, no sabiendo qué decir,

Pregunta:

–     ¿Qué… qué tengo que hacer para decirte que soy feliz?

A lo que Jesús, que sigue acariciándola, contesta:

–     Ser buena, amar a Dios y a tu prójimo, educar en este amor a tu hijo.

Pero la mujer no se muestra todavía satisfecha. Quisiera… quisiera…

Y por fin, pide:

–     Dadle un beso Tú y tu Madre a mi niño.

Jesús se inclina y lo besa, y María también.

Y mientras la mujer se marcha feliz, entre las aclamaciones de un cortejo de amigos,

Jesús le explica a la dueña de casa:

–     No ha hecho falta más.

Él estaba en los brazos de mi Madre. Incluso sin mediar palabra alguna lo habría curado, porque Ella se siente feliz cuando puede consolar una aflicción.

Y Yo deseo hacerla feliz.

Entonces Jesús y María se intercambian una de esas miradas cuyo significado es tan profundo, que sólo quien las ha visto las puede entender.

UN APÓSTOL CELESTIAL


En China la Persecución no cesa y nuestros hermanitos, padecen con heroísmo la confesión de la Fe Cristiana.

Como Dios ama tanto a sus hijos, hubo una intervención directa del Cielo y con un Apóstol… ¡Sencillamente extraordinario! 

He aqui dos testimonios de cómo nuestro ABBA no nos abandona en las garras del Anticristo…

Dos Fantásticas CONVERSIONES Sobrenaturales en China

Las intervenciones del Cielo para la conversión tienen las formas más imprevisibles.

Y muchas se están operando hoy en China que será el país con más cantidad de cristianos en una década.

Traemos dos historias.

Una de una mujer que durante su vida estuvo esperando que la bautizaran; había sido catequizada por San José.

Y otra de una mujer que tuvo una experiencia cercana a la muerte, tuvo un mini juicio por Jesucristo y se convirtió.

FANTÁSTICA APARICIÓN Y CATEQUESIS DE SAN JOSÉ A UNA CHINA

El que presentamos es un caso muy especial.

‍Una anciana china agonizante, que no sabía leer, ni nada sobre el cristianismo.

Fue localizada por unos misioneros jesuitas y pidió que la bautizaran, mostrando un sorprendente conocimiento de los ritos católicos.

Al final resultó que había sido visitada por un enviado de Dios que la fue instruyendo a través de los años.

Ese parece que fue San José.

Dos misioneros jesuitas austríacos, el padre Gotsch y el hermano Gervasio, vivieron en China una experiencia única.

Gervasio, que había acompañado al Profesor Filchner a través del Tibet y en India, contó este hecho ocurrido en 1976.

Un día, en China meridional, estaba acompañando al P. Gotsch que había ido a asistir a un moribundo en Kaotai para administrarle los últimos sacramentos.

Atravesaron 200 km por caminos montañosos y colinas montados a caballo y llegaron después de 3 días a la casa de aquel hombre.

Demasiado tarde, porque éste ya había fallecido.

‍Emprendieron el camino de regreso luego de haberlo enterrado religiosamente.

A mitad del camino se encontraron con un joven que parecía estar esperándolos al borde del camino y que les pidió que lo siguieran a casa de su madre que estaba enferma.

Acompañaron a este joven hasta un pueblito que distaba 15 km de allí.

‍En una habitación extremadamente precaria, una mujer agonizaba.

Al ver al sacerdote, le preguntó:

      Extranjero, ¿Me contestarás la verdad a las preguntas que te haga?

–      Por supuesto, madre.

–     ¿Existe un Dios en el cual hay tres personas? ¿Existe otra vida, un lugar de felicidad para los buenos y un lugar de terror para los malos?

¿Es verdad que Dios vino a esta tierra para morir por los hombres y abrirles el lugar de felicidad?

Extranjero, ¿Es verdad todo eso?

Estupefacto, el sacerdote le respondió SI.

Pero ¿De quién había podido esta mujer aprender todo aquello?

La mujer continuó:

–      Traes agua contigo, entonces, ¡lávame (bautízame), para que pueda ir a aquel sitio de felicidad!

¿Cómo sabía que el sacerdote llevaba consigo agua para los bautismos?

‍Su actitud decidida era algo infantil y al mismo tiempo convincente.

El sacerdote le explico brevemente la liturgia y el sentido del Sacramento y luego la Bautizó.

‍La enferma, desbordante de alegría, todavía dijo:

–      También tienes contigo el pan. Ese es un pan especial porque Dios está adentro. ¡Dame de ese pan!

El padre extrajo de su bolso la hostia consagrada que llevaba consigo.

¡La enferma sabía que él tenía “El Pan”!

El sacerdote le explicó el sentido del Sacramento de la Eucaristía y le dio la comunión.

Le administró también los últimos sacramentos (la confesión de los pecados y la unción de los enfermos).

Después le dijo:

–      Hasta ahora fuiste tú quién hacías las preguntas. Ahora me toca a mí:

‍¿Quién te ha enseñado las verdades de la fe? ¿Has conocido a creyentes católicos o evangelistas?

–      No, extranjero.

–      Entonces ¿Has leído libros cristianos?

–      No sé leer, extranjero, y ni siquiera sabía que existían libros de ese tipo.

–       Entonces, ¿De dónde y de quién has recibido la noticia de la Fe?

San José, Terror de los Demonios

–       Siempre pensé que debía ser así y desde hace 10 años que vivo de esta forma.

También he instruido así a mis hijos y puedes lavarlos a todos (bautizarlos).

–       Pero ¿Sabías que íbamos a pasar hoy por aquí?

–       ¡Por supuesto!

‍Vi a un hombre en sueños. Él fue quien me dijo que enviara a mi hijo menor a la ruta a que llamara a los dos extranjeros que pasarían por allí.

También me dijo que me iban a “lavar” para ir al lugar de la felicidad después de la muerte.

Los misioneros estaban profundamente conmovidos.

La actitud de la mujer frente a la muerte era tan apacible que no dejaba lugar a duda.

‍Antes de partir, los misioneros le regalaron una estampa de san José, patrono de los moribundos.

‍Colmada de felicidad exclamó:

–     ¡Pero a éste, lo conozco!

Vino a verme muchas veces.

¡Es quien me dijo que mandara a mi hijo a la ruta para llamarlos!

¿Había tenido un sueño o san José verdaderamente había ido en persona a visitarla?

Ella no lo sabía.

Por otra parte, no importaba saberlo. ‍

Lo importante era que san José había instruido a la enferma.

Los misioneros se enteraron más tarde que la mujer había muerto aquella noche.

Hay otra interesante historia de conversión de una china llamada Mei.

Quien tuvo el mini-juicio en una experiencia cercana a la muerte, que muchos llaman la ‘iluminación de la conciencia”.

La historia es la siguiente.

Ella disfrutaba de la playa en el sur de China por primera vez en su vida.

Había sido abandonada por su esposo y era divorciada.

Estaba de vacaciones en la playa de Sanya con su novio, un hombre casado.

‍Su esposo la había abandonado inmediatamente después de tener familia. Y en su desesperación había manejado su vida en dirección equivocada.

Estaba sin trabajo, sin dinero, sin dignidad y este hombre casado se acercó a ella y la invitó a ir a la playa con él.

Era a la primera vez qué veía el mar y no tenía conocimiento de Dios.

Ella se había criado en el río Yangtse y era una nadadora capaz.

De repente estaba nadando y fue arrastrada mar adentro.

‍Ella sintió una mano sosteniéndole el tobillo, que la arrastraba hacia abajo en el agua, e hizo todo lo que pudo para nadar hasta la orilla pero no podía.

Trato de pedir Auxilio pero sintió una mano alrededor de su garganta que no le permitía gritar.

No podía hacer ningún ruido aunque su boca se movía y la mano la sostenía cada vez más fuerte.

‍De repente vio una cara en medio del remolino, y aunque nunca le enseñaron quién era el diablo, ahí lo identificó.

Se acercó a ella y le susurró “te voy a matar hoy”.

Ella pensó que estaba acabada y estaba muriendo.

Pensó en sus padres y en su hija, mientras trataba en vano de llegar a la orilla.

En un último arrebato gritó algo que ella no comprendió dijo “mi Dios…” con toda su fuerza, aunque no sabía que estaba diciendo.

Fue cuando los cielos se abrieron y descendió una paloma sobre ella que identificó como el Espíritu Santo, si bien no tenía ninguna información sobre la Biblia y sobre Espíritu Santo.

Y apareció un hombre alto con una túnica y un aura de luz.

Hizo un gesto y penetró un rayo de luz sobre ella y vio pasar su vida ante sus ojos como en una película, apreciando los pecados que había cometido.

Esto es lo que han experimentado muchos que tuvieron experiencias cercanas a la muerte y es un mini juicio a través de la iluminación de la conciencia.

Ella dice que no podía creer que “yo fuera a una persona tan pecadora y tan sucia”.

En ese momento ella quiso morir pero oyó una voz misericordiosa que le dijo:

“Mi hija has vuelto por fin. Te he estado esperando mucho tiempo”.

Entonces vio un amor puro que brotaba de los ojos de esa figura y ella le preguntó:

–       “¿Es para mí?”

Y la figura le respondió:

–       “Si es para ti, te amo y nunca pedí nada de ti”

Ella nunca había experimentado un amor tan grande e incondicional y se echó a llorar.

Pero aún estaba en peligro de ahogarse y oyó la voz que decía “ve a ayudarla”.

De repente apareció un hombre y la arrastró hasta la orilla poniéndola en la arena.

En ese momento ella pensó que se había encontrado con el Dios que no conocía ni sabía nada de Él.

Cuando regresó a su pueblo fue a una iglesia y pidió una Biblia, pero tuvo que esperar algunos meses porque las Biblias en China son escasas.

‍Cuando le llegó la Biblia después de un año, la empezó a leer desde el Génesis; todo le parecía extraño y difícil de entender.

‍En definitiva Mei tuvo una aparición o se la imaginó, no sabemos, y descubrió a Jesús en su corazón comenzando la peregrinación hacia el cristianismo en un medio hostil como China.

Mira el video relacionado a continuación.

62 SIGNO DE CONTRADICCIÓN


62 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina por la amplia avenida costera que lleva hacia la casa de Juana de Cusa.

Cuando el portero ve quién es el que llega, da tal grito de júbilo, que toda la casa se revoluciona.

Jesús entra sonriente, bendiciendo.

Juana acude desde el jardín todo florido para arrojarse a besar los pies del Maestro.

Viene también Cusa, el cual primero se postra y luego besa la orla de la túnica de Jesús.

Cusa es un hombre apuesto, de unos cuarenta años.

No muy alto, pero bien proporcionado, cabellos negros que sólo a la altura de las sienes presentan algún que otro hilo de plata, ojos vivos y oscuros, colorido pálido y barba cuadrada, negra, bien cuidada.

Juana es más alta que su marido.

De la pasada enfermedad sólo conserva su esbelta contextura, es una palma delgada y flexible que termina en una linda y pequeña cabeza de profundos ojos negros, llenos de dulzura.

Tiene una cabellera negra-corvina graciosamente peinada.

La frente, lisa y alta, parece aún más blanca bajo ese negro puro, y la pequeña boca, bien dibujada, destaca, con su rojo sano, entre los carrillos de delicada palidez (como la de los pétalos de ciertas camelias).

Es una mujer muy bella…

Y es ella la que dará la bolsa a Longinos en el Calvario. En aquel momento llora, deshecha y completamente velada; aquí sonríe y lleva la cabeza descubierta. Pero es ella. 

Cusa pregunta:

–      ¿A qué debo el gozo de tenerte como huésped?

Jesús sonriente, contesta:

–      A la necesidad que tengo de hacer un alto en el camino y esperar a mi Madre. Vengo de Nazaret… y debo llevar conmigo a mi Madre durante un tiempo. Iré con Ella a Cafarnaúm.

Juana pregunta:

–     ¿Por qué no te quedas en mi casa? No soy digna de ello, pero…

–      Bien digna de ello eres. Solo que con mi Madre está su cuñada, que se ha quedado viuda hace pocos días.

Cusa apoya a su mujer:

–      La casa es suficientemente grande como para hospedar a más de uno y Tú me has proporcionado tanta alegría, que ningún punto de ella te está vedado.

Ordena, Señor, Tú que has alejado la muerte de esta morada y le has devuelto mi rosa florecida y floreciente. – dice mirando muy enamorado a Juana.

–      No ordeno, pero sí acepto. Mi Madre está cansada y ha sufrido mucho en estos últimos tiempos. Teme por mí y deseo mostrarle que hay quien me estima.  

Juana exclama:

–      ¡Tráela aquí, entonces! Le daré mi amor de hija y sierva.

Jesús da el beneplácito.

Cusa sale a dar enseguida las órdenes oportunas y la señorial mansión del mayordomo de Herodes, se llena de alegría para festejar la llegada del Mesías.

Entonces Jonathán sale en un cómodo y veloz carro hacia Nazareth, para traer a María. Y cuando entra en el poblado…

Naturalmente, la ciudad se revoluciona por este hecho.

 El asombro llega al colmo cuando María y su cuñada, obsequiadas por Jonathán como dos reinas, suben al carro, después de confiarle a Alfeo de Sara las llaves de la casa. 

Por lo tanto el alboroto crece.

 El carro se pone en marcha, mientras Alfeo se venga del acto vil cometido con Jesús en la sinagoga,

Diciendo:

–      ¡Los samaritanos son mejores que nosotros! ¿Veis cómo uno de Herodes venera a su Madre?… ¡Y nosotros…! ¡Me avergüenzo de ser nazareno!

Se produce un verdadero tumulto entre los dos partidos.

Hay quien se separa para acercarse a Alfeo y preguntar mil cosas.   

–   ¡¿Enviaron por ellas del Palacio de Herodes?!

Alfeo responde:

–      ¡Pues claro! Huéspedes de la casa del Procurador.

Habéis oído que ha dicho su intendente: “Mi señor te suplica que honres su casa”. Honrar, ¿Comprendéis?

Y se trata del rico y poderoso Cusa y su mujer es una princesa real. ¡Honrar!

Y vosotros, le habéis tirado piedras. ¡Qué vergüenza!

Los nazarenos no replican y Alfeo gana coraje.

–      ¡Ya de por sí teniéndolo a Él se tiene todo! no hace falta apoyo de hombre.

Pero, ¿Os parece inútil tener como amigo a Cusa? ¿Os parece apropiado que nos desprecie? ¿Sabéis que es el Procurador del Tetrarca? ¡Casi nada!, ¿eh?

¡Sed, sed samaritanos con el Cristo! Os atraeréis el odio de los grandes. Y entonces… ¡Ah…, entonces ahí os quiero ver, sin ayuda del Cielo y sin ayuda de la tierra! ¡Necios! ¡Malos! ¡Incrédulos!».

La granizada de improperios y reproches continúa, mientras los nazarenos se marchan cabizbajos como perros apaleados.

Alfeo se queda solo como un arcángel vengador a la entrada de la casa de María…

…Ya es francamente de noche cuando, por la espléndida calle que costea el lago llega, tirado por fuertes caballos al trote, el carro de Jonathán.

Los criados de Cusa, que estaban de centinelas a la puerta, dan la señal y acuden con lámparas, aumentando la tenue claridad que esparce la Luna.

Juana y Cusa vienen.

También Jesús aparece sonriente y detrás de Él, el grupo apostólico.

Cuando María baja, Juana se prosterna y saluda:

–      Gloria a la Flor de la estirpe real. Gloria y bendición a la Madre del Verbo -Salvador.

Cusa se postra como no lo podría hacer ni siquiera ante Herodes…

 Y dice:

–      Bendita sea esta hora que a mí te conduce. Bendita Tú, Madre de Jesús.

María responde, delicada y humilde:

–      Bendito nuestro Salvador y benditos los buenos que aman a mi Hijo.

Entran todos en la casa, acogidos con los más vivos signos de deferencia.

Juana tiene cogida la mano de María y le sonríe diciendo:

–     Me permitirás que te sirva, ¿No es verdad?

–     No a mí. A Él, sírvele siempre a Él y ámalo y me habrás dado ya todo.

El mundo no lo ama… Éste es mi dolor.

–     Lo sé. ¿Por qué este desamor de una parte del mundo, mientras que otros darían la vida por Él.

–      Porque Él es el signo de contradicción para muchos.

Porque Él es el fuego que depura el metal. El oro se purifica, las escorias caen al fondo y se tiran. Se me dijo esto desde su más tierna edad… Y día a día la profecía se cumple…

Juana dice con tono consolador:

–     No llores, María. Nosotros lo amaremos y lo defenderemos.  

Y sin embargo, María sigue llorando silenciosamente vista sólo por Juana, en el rincón semioscuro donde están sentadas.