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413 LA CARIDAD DE LA MADRE


413 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

365  Un nuevo discípulo, hermano de leche de Jesús. 

Su voz, de todas formas, ha llamado la atención de los que están en la casa del Getsemaní.

Y a la puerta de la cocina se asoma Jonás, luego la Madre de Jesús;

detrás las discípulas: María de Cleofás, María Salomé y Porfiria.

Ven a Jesús y se encaminan hacia Él.

Jesús saluda:

–          ¡La paz a todos vosotros!

¡Aquí me tienes, Mamá!

María pregunta:

–          ¿Sólo?

¿Por qué?

–          Me he adelantado.

He dejado a los demás en el Templo…

Pero estaba con Margziam…

Porfiria un poco inquieta,

pregunta:

–          ¿Y dónde está ahora mi hijo, que no lo veo?

–          Ha subido allá arriba…

Pero ahora vendrá.

¿Tenéis comida para todos?

Dentro de poco vendrán los demás.

No, Señor.

Habías dicho que ibas a Bethania…

–          Sí, claro…

Pero he pensado que convenía hacer esto.

Id sin demora por todo lo necesario.

Y volved sin demora.

Yo me quedo con mi Madre.

Las discípulas obedecen sin replicar.

Se quedan solos Jesús y María.

Y pasean lentamente bajo los enmarañados ramajes de los árboles, a través de cuyas copas

se filtran agujas solares que ponen circulitos de oro en la hierbecilla verde y florida.

Jesús dice:

–          Después de comer iré a Betania con Simón.

María pregunta:

–          ¿Simón de Jonás?

–          No.

Con Simón Zelote.

Y llevaré conmigo a Margziam…

Jesús calla pensativo.

María lo observa.

Luego pregunta:

–          ¿Te causa sinsabores Margziam?

–          ¡No, Mamá, todo lo contrario!

¿Por qué piensas eso?

–          ¿Por qué estás pensativo?…

¿Por qué lo llamabas con autoridad?

¿Por qué te ha dejado?

¿Por qué se ha separado de ti como vergonzoso?

¡No ha venido siquiera a saludar a su madre ni a mí!

–          El niño ha huido por una pregunta que le he hecho.

–          ¡Oh!…

El estupor de María es profundísimo.

Guarda silencio por un momento y luego susurra, como hablando para sí:

–          Los dos en el Paraíso Terrenal huyeron, después del pecado, al oír la voz de Dios…

Pero, Hijo mío, hay que tener compasión del niño.

Empieza a ser hombre… y quizás…

Hijo mío, Satanás muerde a todos los hombres…

Es una María toda compasiva y suplicante…

Jesús la mira y le dice:

–          ¡Cuán madre eres!

¡Cuánto eres «la Madre»!

Pero no pienses que el niño ha pecado.

Debes pensar que sufre por la quemadura de una revelación.

Es muy puro. Es muy bueno…

Lo llevaré conmigo, hoy.

Para que comprenda, sin palabras, que lo comprendo.

Cualquier palabra sobraría…

Y no encontraría ninguna para disculpar al profanador de un inocente.

Es un Jesús severo en estas últimas palabras.

–          ¡Hijo!

¿En esto estamos?

No te pido nombres.

Pero si uno de entre nosotros ha sido capaz de turbar al niño, sólo puede haber sido uno…

La posesión demoníaca perfecta, causada por la impenitencia y el egoísmo desenfrenado; provocan la ceguera moral, emocional y espiritual que Satanás necesita, para hacer capaces a sus instrumentos de cometer los más atroces crímenes....

¡Hay que ver qué diablo!

–           Vamos a buscar a Margziam, Mamá.

Ante ti no huirá.

Van y lo descubren detrás de una mata de espino albar.

Mientras se acerca a él y lo abraza…

María le pregunta:

–          ¿Estabas cogiendo flores para mí, hijo mío?

Margziam con lágrimas en la cara todavía.,

responde:

–          No.

Pero te echaba de menos.

–          Y yo he venido.

¡Ánimo, sin demora!

¡Que hoy tienes que ir con mi Jesús a Betania!

Y debes estar arreglado como conviene.

La cara de Margziam, ya olvidado de su turbación de antes, se ilumina,

y dice:

–          ¿Yo solo con El?

–          Y con Simón Zelote.

Margziam, muy niño todavía, da un salto de alegría, sale inmediatamente de su escondite

y va a caer en el pecho de Jesús…

Está confuso.

Pero Jesús sonríe y le instiga diciendo:

–          Corre a ver si ya llegó tu padre.

Margziam se echa a correr.

Y Jesús observa:

–          Es un niño todavía, a pesar de ser ya juicioso de pensamiento.

Turbar su corazón es un gran delito.

Pero pondré una solución…

Y mientras tanto camina con María hacia la casa.

Pero antes de llegar ya ven a Margziam galopando tras ellos.

–          Maestro… Madre…

Hay personas…

Personas de las que estaban en el Templo…

Los prosélitos… Hay una mujer…

Una mujer que quiere verte, Madre…

Dice que te conoció en Belén…

Se llama Noemí.

María exclama:

–          ¡Conocí a muchas entonces!

Pero vamos…

Llegan a la pequeña explanada donde está la casa.

Un grupo de personas espera.

En cuanto ven a Jesús se postran.

Pero, enseguida, una mujer se levanta y corre a arrojarse a los pies de María mientras la saluda con su nombre.

–          ¿Quién eres?

No me acuerdo de quién eres.

Levántate.

La mujer se levanta;

pero, cuando está para hablar, llegan jadeantes, los apóstoles.

Diciendo confusamente:

–          ¡Pero Señor!

–          ¿Por qué?

–          Hemos corrido como locos por Jerusalén.

–          Pensábamos que habías ido a casa de Juana o de Analía…

–          ¿Por qué no has esperado?

Jesús dice:

–          Ahora estamos juntos.

Es inútil explicar el porqué.

Dejad que esta mujer hable tranquila.

Todos se apiñan para escuchar.

La mujer dice:

–         Tú no te acuerdas de mí, María de Belén.

Pero yo recuerdo desde hace treinta y un años tu nombre…

Y tu rostro como nombre y rostro de piedad.

Había venido yo también de lejos, de Perge, por el Edicto.

Estaba embarazada.

Pero esperaba regresar a tiempo.

Mi marido enfermó por el camino y en Belén se debilitó hasta el extremo de que murió.

Yo había dado a luz veinte días antes de que muriera.

Mis gritos perforaron el cielo y me secaron la leche y la hicieron veneno.

Me cubrí de pústulas, y de pústulas se cubrió mi hijo…

Nos arrojaron a una gruta a morir…

Pues bien… tú, sólo tú, viniste, cautelosa, cada poco tiempo durante toda la luna,

a traerme comida y a curar mis llagas.

Y llorabas conmigo y dabas leche a mi criatura, que si vive es sólo por ti…

Corriste el riesgo de que te lapidaran, porque me llamaban «la leprosa»…

¡Oh, mi estrella delicada!

Esto no lo he olvidado.

Una vez curada, me marché.

En Éfeso tuve noticias de la matanza.

¡Te busqué mucho! ¡Mucho! ¡Mucho!

No podía pensar que te hubieran matado con tu Hijo en aquella noche tremenda.

Pero jamás te encontré.

El verano pasado, uno de Éfeso oyó a tu Hijo, supo quién era, lo siguió durante un tiempo,

fue, acompañado de otros, a los Tabernáculos…

Y, cuando volvió, contó.

He venido para verte, ¡Oh Santa!, antes de morir.

Para bendecirte tantas veces cuantas fueron las gotas de leche que diste a mi Juan,

en detrimento incluso de tu Hijo bendito…

La mujer llora, en una posición reverencial,

un poco inclinada, agarrando con sus manos los brazos de María…

–          La leche no se niega nunca, hermana. Y…

–           ¡Oh, no! ¡No hermana tuya!

Tú, Madre del Salvador.

Yo era una pobre mujer sola, lejos de su casa;

viuda, con un hijo de pecho y con el pecho agotado como torrente en verano…

Sin ti me habría muerto.

Me diste todo…

Y si pude volver donde mis hermanos, mercaderes de Éfeso, fue por ti.

–           Éramos dos madres, dos pobres madres, con dos hijos, por el mundo.

Tú tenías el dolor de haberte quedado viuda, yo el de tener que ser traspasada en mi Hijo,

como decía en el Templo el anciano Simeón.

No hice otra cosa sino cumplir con mi deber de hermana dándote lo que tú ya no tenías.

¿Y tu hijo vive?

–          Está ahí.

Tu Hijo santo me lo ha curado esta mañana. ¡Bendito sea!

Y la mujer se postra ante el Salvador,

gritando:

–          ¡Ven, Juan, a dar gracias al Señor!

Se aproxima, dejando a sus compañeros, un hombre de la edad de Jesús,

fuerte, de rostro no hermoso pero leal;

hermosos tiene la expresión de sus ojos profundos.

Jesús pregunta:

–          La paz a ti, hermano de Belén.

¿De qué te he curado?

–          De la ceguera, Señor.

Un ojo perdido, el otro próximo a perderse.

Era arquisinagogo, pero ya no podía leer los sagrados rollos.

–          Ahora los leerás con mayor fe.

–          No, Señor.

Ahora te leeré a Ti.

Quiero quedarme como discípulo.

Y sin pretender derechos por las gotas de leche extraídas del pecho en que Tú te nutrías.

Nada son los días de una luna para crear un vínculo

todo, la piedad de tu Madre entonces y la tuya de esta mañana.

Jesús se vuelve hacia la mujer:

–          ¿Y tú que opinas?

–          Que mi hijo te pertenece doblemente.

Acéptalo, Señor.

Y se cumplirá el sueño de la pobre Noemí.

–          De acuerdo.

Serás de Cristo.

Volviéndose hacia los apóstoles.

agrega:

A vosotros: recibid a este compañero en nombre del Señor

Los prosélitos están exaltados de emoción.

Los hombres querrían quedarse también inmediatamente. Todos.

Pero Jesús dice con firmeza:

–           No.

Vosotros seguid siendo lo que sois

Volved a vuestras casas, conservad la fe y esperad la hora de la llamada.

El Señor esté siempre con vosotros.

Podéis marcharos.

–          ¿Podremos encontrarte todavía aquí? -preguntan.

–          No.

Como un pájaro que vuela de rama en rama, me moveré continuamente.

No me encontraréis aquí.

No tengo ni itinerario ni morada.

Pero, si es justo, nos veremos y me escucharéis.

Marchaos.

Que se quede la mujer con el nuevo discípulo.

Y entra en casa, seguido por las mujeres y los apóstoles,

que comentan con emoción el episodio ignorado hasta ese momento

y la caridad profunda de María.

412 EL PROFANADOR


  1. 412 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

365 Judas Iscariote insidia la inocencia de Margziam. 

Jesús entra en la verde quietud del Huerto de los Olivos.

Margziam sigue a su lado.

Iban  hablando de Pedro.

Y el jovencito sonríe al pensar en la afanosa carrera que va a tener que hacer Pedro para alcanzarlos.

Diciendo:

–           ¡Maestro, quién sabe lo que dirá!

Y si hubieras seguido hasta Bethania sin pararte aquí, se sentiría verdaderamente desconsolado.

También sonríe Jesús, mirando al jovencito,

y responde:

–         Sí.

Me va a sepultar a lamentos.

De todas formas, le servirá para otra vez.

Así estará más atento.

Yo hablaba y él se distraía charlando con unos o con otros…

–       Es que le preguntaban, Señor – dice Margziam para disculparlo, sin reírse ya.

Se hace un gesto delicado de que se responderá después, cuando calle la Palabra del Señor.

Y Jesús dice:

–        Acuérdate de esto para tu vida futura.

Para cuando seas sacerdote.

Exige el máximo respeto en las horas y lugares de instrucción.

–           Pero entonces será el pobre Margziam, Señor, el que hable…

–           No importa.

Es Dios el que habla por los labios de sus siervos, en las horas de su ministerio.

Y como tal debe ser escuchado con silencio y respeto.

Margziam hace una leve mueca significativa, como comentario de un razonamiento suyo interior.

Jesús, que lo observa,

dice:

–          ¿No estás convencido?

¿Por qué esa expresión?

Habla, hijo, sin temor.

–          Señor mío…

Me preguntaba si Dios está también en los labios y en el corazón de sus sacerdotes de ahora… y…

Con terror me decía si serían iguales los futuros…

Y concluía diciendo que…

Muchos sacerdotes hacen quedar mal al Señor…

He pecado, sin duda…

Pero son tan malos y antipáticos, tan secos… que…

–          No juzgues.

Pero recuerda esta impresión de disgusto.

Tenla presente en el futuro.

Y, con todas tus fuerzas, preocúpate de no ser como estos que te desagradan.

Y que tampoco lo sean los que dependan de ti.

Haz servir para el bien incluso el mal que ves.

Toda acción y toda cognición deben ser transformadas en bien,

pasando por un juicio y una voluntad rectos.

–          ¡Señor, antes de entrar en la casa, que ya se ve, respóndeme a otra cosa!

Tú no niegas que el actual sacerdocio sea defectuoso.

Me dices a mí que no juzgue.

Pero Tú juzgas. Y puedes hacerlo.

Y juzgas con justicia.

Escucha, Señor, mi pensamiento.

Cuando los actuales sacerdotes hablan de Dios y de la religión, siendo la mayoría de ellos como son…

Y me refiero ahora a los peores…

¿Deben ser escuchados como verdad?

–          Siempre, hijo mío.

Por respeto a su misión.

Cuando realizan actos de su ministerio, no son el hombre Anás, el hombre Sadoq…

Son «el sacerdote».

Separa siempre del ministerio la pobre humanidad.

–          Pero si realizan mal también su ministerio…

–          Dios suplirá.

¡Y, además!…

¡Escúchame, Margziam!

No hay ningún hombre completamente bueno ni completamente malo.

Y ninguno es tan completamente bueno,

que tenga derecho a juzgar a los hermanos como completamente malos.

Tenemos que tener presentes nuestros defectos,

contrastar con ellos las buenas cualidades de los que queremos juzgar.

Entonces tendríamos una medida justa de juicio caritativo.

Yo todavía no he encontrado un hombre completamente malo.

–          ¿Ni siquiera Doras, Señor?

–           Ni siquiera él, porque es marido honesto y padre amoroso.

–          ¿Ni siquiera el padre de Doras? 

–          También él era marido honesto y padre amoroso.

–          Pero nada más que eso, ¿Eh?

–          Sólo eso.

Pero en eso no era malo.

Por tanto, no era completamente malo.

–          ¿Y tampoco Judas es malo?

–          No.

–          Pero no es bueno.

–          No es totalmente bueno, como no es totalmente malo.

¿No estás convencido de lo que digo?

–          Estoy convencido de que Tú eres totalmente bueno.

Y que estás absolutamente exento de maldad.

Tanto, que no encuentras nunca una acusación para ninguno.

Esto sí.

–           ¡Oh, hijo mío!

¡Si pronunciara la primera sílaba de una palabra de acusación. 

todos vosotros arremeteríais como fieras contra el acusado!…

Yo, actuando así, evito que os manchéis con pecado de juicio.

Entiéndeme, Margziam.

No es que Yo no vea el mal donde lo hay.

No es que no vea la mezcla de mal y bien que hay en algunos.

No es que no comprenda cuándo un alma sube o baja del nivel en que la puse.

No es nada de esto, hijo mío.

Es prudencia, para evitar las anti-caridades entre vosotros.

Y actuaré siempre así.

También en los siglos venideros, cuando tenga que pronunciarme sobre una criatura.

¿No sabes, hijo, que a veces vale más una palabra de alabanza, de ánimo, que mil reprensiones?

¿No sabes que de cien casos pésimos, señalados como relativamente buenos,

al menos la mitad vienen a ser realmente buenos al no faltarles, después de mi benévola palabra,

la ayuda de los buenos, que, en caso distinto, huirían del individuo señalado como pésimo?

Hay que sostener a las almas, no hundirlas.

Pero si Yo no soy el primero en sostener, en celar las partes feas,

en solicitar para ellas vuestra benevolencia y ayuda;

jamás os entregaríais a ellas con activa misericordia.

Recuérdalo, Margziam…

–           Sí, Señor… (un fuerte suspiro).

Lo recordaré… (otro fuerte suspiro)…

Pero es muy difícil ante ciertas evidencias…

Jesús lo mira fijamente.

Pero del jovencito no ve sino la parte alta de la frente, porque baja mucho la cara.

–          Margziam, levanta la cara. Mírame.

Y respóndeme.

¿Qué evidencia es esa que es difícil pasar por alto?

Margziam se azora…

Se pone rojo bajo el color morenito de la piel…

Responde:

–          Pues… son muchas, Señor…

Jesús insta:

–          ¿Por qué has nombrado a Judas?

Porque es una «evidencia».

Quizás la que te es más difícil superar…

¿Qué te ha hecho Judas?

¿En qué te ha escandalizado?

Y Jesús pone las manos encima de los hombros del muchacho,

que ahora está tan colorado que es todo púrpura oscura.

Margziam lo mira, con los ojos brillantes, por las lágrimas que asoman…

Luego se suelta…

Y se marcha gritando:

–          ¡Judas es un profanador!…

Pero no puedo hablar… ¡Respétame, Señor!…

Y se introduce en el bosque, llorando…

En vano llamado por Jesús,

que pone un gesto de desconsolado dolor.

411 PARÁBOLA DE LOS HIJOS


411 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

364 Parábola del hijo verdadero y los hijos bastardos.

Durante la pausa que sigue a la Oración del Señor, recogido ahora dentro de Sí,

solemnemente austero;

se oye a José de Arimatea decir:

–            ¿Y entonces, Gamaliel?

¿No te parece todavía palabra del Señor?

Gamaliel responde:

–           José, se me dijo:

«Estas piedras se estremecerán con el sonido de mis palabras»

Esteban, impetuosamente, grita:

–          ¡Cumple el prodigio, Señor!

¡Da la orden, y se desarticularán!

¡Gran don sería que se derrumbase el edificio;

pero se elevaran en los corazones las murallas de tu Fe!

¡Házselo a mi maestro!.

Un grupo rabioso de rabíes con sus alumnos,

le gritan

–              ¡Blasfemo!

Gamaliel grita a su vez:

¡No!

Mi discípulo habla con palabra inspirada.

Pero nosotros no somos capaces de aceptarla, porque el Ángel de Dios todavía no nos ha

purificado del pasado con el tizón tomado del Altar de Dios…

Y, quizás, ni aunque el grito de su Voz – y señala a Jesús – desencajara los quicios de estas

puertas, sabríamos creer…

Se recoge un extremo del amplio manto blanquísimo y con él se cubre la cabeza,

ocultándose casi el rostro; luego se marcha.

Jesús lo mira mientras se va…

Luego continúa hablando.

Ahora responde a algunos que murmuran entre sí, que se muestran

y que hacen más visible su escándalo descargándolo sobre Judas de Keriot,

con una rociada de protestas que el apóstol encaja sin reaccionar,

encogiéndose de hombros y poniendo una cara que de satisfecha no tiene nada.

Jesús dice:

–           En verdad, en verdad os digo que los que parecen ilegítimos son hijos verdaderos.

Y que los que son hijos verdaderos se hacen ilegítimos.

Escuchad todos una parábola.

Hubo una vez un hombre que, debido a algunas ocupaciones, tuvo que ausentarse durante largo

tiempo de casa, dejando en ella a algunos hijos que todavía eran poco más que unos niños.

Desde el lugar en que se hallaba, escribía cartas a sus hijos mayores para mantener siempre en

ellos el respeto hacia el padre lejano y para recordarles sus enseñanzas.

El último, nacido después de su partida, se estaba criando todavía con una mujer que vivía lejos

de allí, de la región de la esposa, que no era de su raza

Y la esposa murió, siendo pequeño y viviendo lejos de casa todavía este hijo.

Los hermanos dijeron:

«Dejémoslo allí, donde está, con los parientes de nuestra madre.

Quizás nuestro padre se olvida de él.

Saldremos ganando porque tendremos que repartir con uno menos,

cuando nuestro padre muera».

Y así lo hicieron.

De esta forma, el niño lejano creció con los parientes maternos,

ignorando las enseñanzas de su padre;

ignorando que tenía un padre y unos hermanos.

O, peor, conociendo la amargura de esta reflexión:

«Todos ellos me han desechado como si fuera ilegítimo»,

Y tanto se sentía repudiado por su padre, que llegó incluso a creer que ello fuera verdad.

Siendo ya un hombre y habiéndose puesto a trabajar;

porque amargado como estaba por los pensamientos mencionados,

aborrecía también a la familia de su madre, a quien consideraba culpable de adulterio…

Quiso el azar que este joven fuera a la ciudad donde estaba su padre.

Y entró en contacto con él, aunque no sabía quién era.

Y tuvo la ocasión de oírlo hablar.

El hombre era un sabio.

No teniendo la satisfacción de los hijos, que estaban lejos.

A esas alturas, ellos  ya vivían por su cuenta y mantenían con su padre lejano,

sólo unas relaciones convencionales…

Bueno, para recordarle que eran «sus» hijos y que como consecuencia, se acordara de ellos en el

testamento

se ocupaba mucho en dar rectos consejos a los jóvenes a quienes tenía ocasión de conocer

en esa tierra en que estaba.

El joven se sintió atraído por esa rectitud, que era paterna hacia muchos jóvenes;

no sólo se acercó a él, sino que atesoró todas sus palabras.

Y vino a hacer bueno su agriado ánimo.

El hombre enfermó.

Tuvo que decidir regresar a su patria.

El joven le dijo:

«Señor, eres la única persona que me ha hablado con justicia y me ha elevado el corazón.

Deja que te siga como siervo.

No quiero volver a caer en el mal de antes».

«Ven conmigo.

Y regresaron juntos a la casa paterna.

Ni el padre ni los hermanos ni el propio joven, intuyeron que el Señor hubiera congregado de

nuevo a los de una única sangre bajo un único techo.

Mas el padre hubo de llorar mucho por sus hijos conocidos,

porque los encontró olvidados de sus enseñanzas, codiciosos, duros de corazón,

con muchas idolatrías en sus corazones en vez de creyentes en Dios:

la soberbia, la avaricia y la lujuria eran sus dioses.

Y no querían oír hablar de nada que no fuera ganancia humana.

El extranjero, sin embargo, cada vez se acercaba más a Dios; se hacía cada vez más justo,

bueno, amoroso, obediente.

Los hermanos lo odiaban porque el padre quería a ese extranjero.

Él perdonaba y amaba, porque había comprendido que en el amor estaba la paz.

El padre, un día,

disgustado con la conducta de sus hijos, dijo:

«Vosotros os habéis desinteresado de los parientes de vuestra madre.

Y hasta de vuestro hermano.

Me recordáis la conducta de los hijos de Jacob hacia su hermano José.

Quiero ir a esas tierras para tener noticias de él.

Quizás lo encuentro para consuelo mío».

Y se despidió, tanto de los hijos conocidos como del joven desconocido;

dando a este último una reserva de dinero para que pudiera volver al lugar de donde había

venido y montar allí un pequeño comercio.

Llegado a la región de su difunta esposa, los familiares de ella le contaron,

que el hijo abandonado había pasado a llamarse Manasés, de Moisés que se llamaba,

porque realmente con su nacimiento había hecho olvidar al padre que era justo,

pues lo había abandonado.

«¡No me ofendáis!

Me habían referido que se había perdido el rastro del niño.

Y no esperaba siquiera encontrar aquí a ninguno de vosotros

Pero habladme de él. ¿Cómo es?

¿Ha crecido robusto?

¿Se parece a mi amada esposa que se consumió dándomelo?

¿Es bueno? ¿Me ama?».

«Robusto, es robusto.

Y guapo como su madre, aparte de tener los ojos de un color negro intenso.

De su madre tiene<hasta la mancha de forma de algarroba en la cadera.

Y de ti ese estorbo ligero de la pronunciación.

Cuando se hizo hombre, se<marchó, amargado por su sino,

con dudas sobre la honestidad de su madre…

Y sintiendo rencor hacia ti.

Habría sido bueno, si no<hubiera tenido este rencor en el alma.

Se marchó más allá de los montes y de los ríos.

Llegó a Trapecius para…»

«¿Decís Trapecius? ¿En Sinopio?

Seguid, seguid, que yo estaba allí.

Y vi a un joven con este ligero estorbo en la<pronunciación, solo y triste.

Y muy bueno por debajo de su costra de dureza

¿Es él? ¡Hablad!».

«Quizás es. Búscalo.

En la cadera derecha tiene la algarroba saliente y oscura como la tenía tu mujer».

El hombre se marchó a toda velocidad, con la esperanza de encontrar todavía al extranjero

en su casa.

Había partido ya<para regresar a la colonia de Sinopio.

El hombre fue detrás… Lo encontró.

Le hizo acercarse para descubrirle la cadera.

Lo<reconoció.

Cayó de rodillas alabando a Dios por haberle devuelto el hijo.

Y más bueno que los otros, que cada vez se hacían más<animales,

mientras que éste, en estos meses que habían pasado, se había hecho cada vez más santo.

Y dijo al hijo bueno:

«Recibirás la parte de tus hermanos.

Porque, sin ser amado por nadie, te has hecho más justo que todos los demás»

¿No era, acaso, justicia?

Lo era.

En verdad os digo que son verdaderos hijos del Bien aquellos que, rechazados por el<mundo

y despreciados, odiados, vilipendiados, abandonados como ilegítimos,

considerados oprobio y muerte,

saben superar a<los hijos crecidos en la casa pero rebeldes a las leyes de ésta.

No es el hecho de ser de Israel lo que da derecho al Cielo;

ni asegura el destino el ser fariseos, escribas o doctores.

La cosa es tener buena voluntad y acercarse generosamente a la Doctrina de amor,

hacerse nuevos en ella, hacerse por ella hijos de Dios en espíritu y verdad.

Sabed todos los que me escucháis que muchos, que se creen seguros en Israel,

serán sustituidos por los que para ellos son publicanos, meretrices, gentiles, paganos y galeotes.

El Reino de los Cielos es de quien sabe renovarse acogiendo la Verdad y<el Amor.

Jesús se vuelve hacia el grupo de los enfermos prosélitos.

Preguntando con voz fuerte:

–           ¿Sabéis creer en cuanto he dicho?

Y un coro le responde:

—          ¡Sí! ¡Señor!

–           ¿Queréis acoger la Verdad y el Amor?

–           ¡Sí! ¡Señor!

–           ¿Os quedaríais satisfechos aunque no os diera más que Verdad y Amor?

–            Señor, Tú sabes qué es lo que necesitamos más.

Danos, sobre todo, tu paz y la vida eterna.

Jesús levanta los brazos, con su majestuoso poder,

exclamando su sentencia:

–                ¡Levantaos e id a alabar al Señor!

Estáis curados en el Nombre santo de Dios.  

Y rápido, se dirige hacia la primera puerta que encuentra..

Y se mezcla con la muchedumbre que satura Jerusalén,

antes de quela emoción y el estupor que hay en el Patio de los Pagano,

s puedan transformarse en aclamadora búsqueda de Él…

Los apóstoles desorientados, lo pierden de vista.

Sólo Margziam, que no ha dejado nunca de tenerle cogido un extremo<del manto,

corre a su lado, feliz,

y dice:

–           ¡Gracias, gracias, gracias, Maestro!

¡Por Juan, gracias!

He escrito todo mientras hablabas.

Sólo me queda añadir el milagro.

¡Qué bonito! ¡Justo para él!

¡Se pondrá muy contento!

410 ORACION UNIVERSAL


410 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

364 Oración Universal

Hay estupor y desorientación en los grupos rabínicos y sacerdotales,

por la abierta venida y la abierta predicación de Jesús.

Cuya Voz resuena con el tintineo de una campana de bronce,

diciendo: 

–          ¡La paz sea con todos vosotros que escucháis!

La Pascua Santa trae de nuevo a los hijos fieles a la Casa del Padre.

Parece, esta Pascua bendita nuestra, una madre que piensa solícita en el bien de sus hijos,

que los llama con fuerte voz para que vengan de todas partes,

aplazando todas las ocupaciones por una más importante,

la única que es verdaderamente grande y útil:

Honrar al Señor y Padre.

En esto se comprende que somos hermanos;

de esto, con testimonio delicado, surge el orden y el compromiso,

  de amar al prójimo como a uno mismo

¿No nos hemos visto nunca?

¿No sabíamos los unos de los otros?

Así es.

Pero si estamos aquí, porque somos hijos de un único Padre,

que quiere congregarnos en su Casa para el banquete pascual;

entonces, aunque no sea con los sentidos materiales;

sí ciertamente con la parte superior, sentimos que somos iguales,

hermanos, provenientes de Uno solo.

Y nos amamos por tanto, como si hubiéramos crecido juntos.

Y esta unión de amor nuestra es anticipación de la otra, más perfecta;

de que gozaremos en el Reino de los Cielos, bajo la mirada de Dios,

Yo, Hijo de Dios y del hombre, con vosotros, hombres hijos de Dios;

Yo, Primogénito, con vosotros, hermanos amados sobre toda humana medida,

hasta hacerme Cordero por los pecados de los hombres.

Recordemos también, nosotros que gozamos en el momento presente de nuestra fraterna unión

en la Casa del Padre;

a los que están lejos y también son hermanos nuestros en el Señor y en el origen.

Tengámoslos en nuestro corazón.

Llevemos en nuestro corazón ante el altar santo a los ausentes.

Oremos por ellos, recogiendo con el espíritu sus lejanas voces,

sus añoranzas de estar aquí, sus anhelos.

Y de la misma forma que recogemos estos conscientes anhelos de los israelitas lejanos,

recojamos también los de las almas que pertenecen a hombres,

que no saben siquiera que tienen un alma y que son hijos de Uno solo.

Todas las almas del mundo gritan en las prisiones de los cuerpos hacia el Altísimo.

Alzan, en oscura cárcel, su gemido hacia la Luz.

Nosotros, que estamos en la luz de la fe verdadera, tengamos misericordia de ellos.

Oremos así:

Padre nuestro que estás en los Cielos,

sea santificado por toda la humanidad tu Nombre.

Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad.

Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia…   

Y que vengan a Dios, a Ti, Padre, guiados por la Estrella de Jacob,

por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David,

por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo;

que vengan como los tres sabios de entonces,

de un tiempo ya lejano pero no inoperante,

porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.

Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama,

y donde aún no se te conoce; y sobre todo, a los que son triplemente pecadores,

los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz.

Y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo,

porque son almas de tinieblas, que prefieren las obras de tinieblas.

Y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a Ti mismo,

porque Tú eres Luz santísima y Padre de todas las luces,

comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra,

para traer tu Luz a todos los corazones de buena voluntad.

Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu Voluntad.

Es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto,

el sacrificio de la Gran Víctima;

porque ésta es tu Voluntad: que el hombre se salve y goce de Ti, Padre santo,

después del Perdón que está para ser otorgado.

Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas.

Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar;

a los pecadores con el arrepentimiento que salva;

a los paganos con la herida de tu llamada que estremece;

ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo

o en el espíritu, a todos,

Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.

Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos.

Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error,

mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisamente a este pueblo.

Perdona a los que están afeados por un paganismo corrompido que enseña el vicio…

Y se hunden en la idolatría de este paganismo pesado y mefítico,

mientras que entre ellos hay almas preciadas y que Tú amas porque las has creado.

Nosotros perdonamos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar.

E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas,

para que libres del Principio del Mal, del cual vienen todos los delitos, idolatrías, culpas,

tentaciones y errores, a tus criaturas.

Líbralas, Señor, del Príncipe Horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna.

La gente ha seguido atenta esta solemne Oración.

Se han acercado rabíes famosos, entre los cuales,

sujetándose pensativo el barbado mentón, está Gamaliel…

Y se ha acercado también un grupo de mujeres, enteramente envueltas en mantos,

con una especie de capucha que oculta sus rostros.

Y los rabíes se han acercado con desprecio…

Y también han venido, reclamados por la noticia de que había llegado el Maestro,

muchos discípulos fieles, entre los cuales están Hermas, Esteban y el sacerdote Juan.

Y también Nicodemo y José, inseparables.

Y otros amigos suyos que conocen

409 LAS HORAS PASCUALES


409 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

364 En el Templo.

Jesús ha dejado Rama y ya está a la vista Jerusalén.

Mientras camina – como el año pasado – va cantando los salmos prescritos

Muchos, en la vía llena de gente, se vuelven para mirar al grupo apostólico que pasa.

Quién saluda con reverencia; quién se limita a lanzar una ojeada curiosa

(éstas son por lo general las mujeres, sonriendo respetuosamente.

Quién se limita a observar;

quién dibuja en sus labios una sonrisita irónica y desdeñosa;

quién, pasa altivo y con evidente malevolencia.

Jesús va tranquilo, vestido con una túnica limpia y fresca de lino.

También Él, como todos se ha cambiado, para entrar con orden y con elegancia,

en la ciudad santa.

Y Margziam este año está a la altura de las circunstancias con su ropa nueva.

Camina al lado de Jesús, cantando a pleno pulmón,

con esa voz suya que la verdad es que es un poquillo áspera porque no es todavía viril.

Pero su tono imperfecto se pierde en el coro lleno, de las voces de sus compañeros,

emergiendo sólo, límpido como tintín de plata, en los agudos que emite todavía con voz blanca y segura.

Está feliz Margziam…

En un intervalo de los cantos, en que ya está a la vista la Puerta de Damasco,

porque van a entrar  por allí para ir inmediatamente al Templo.

Mientras esperan a que pase una pomposa caravana que ocupa toda la vía

y crea obstrucciones, haciendo que los prudentes  se detengan en los márgenes,

Margziam pregunta:

—            Señor mío,

¿No vas a decir otra parábola bonita para tu hijo lejano?

Querría unirla a los otros escritos que tengo; porque está claro que en Bethania

Y me consume el deseo de darle una alegría,

según le prometí y su corazón y el mío queremos…

Jesús responde:

–            Sí, hijo mío.

Te daré la parábola.

–            Pero una que lo consuele,

que le diga que sigue siendo tu amado…

–          Así lo diré.

Y será para mí alegría, porque será decir una verdad.

–         ¿Cuándo la vas a decir, Señor?

–         Inmediatamente.

Vamos a ir enseguida al Templo, como es deber,…

Y allí hablaré antes de que se me impida hacerlo.

–          ¿Y vas a hablar para él?

–          Sí, hijo mío.

–          ¡Gracias, Señor!

Debe ser muy doloroso el estar separado así…

Margzian lo ha dicho con voz trémula, con un brillo de llanto en sus ojos negros.

Jesús le pone la mano encima del cabello

Y así reemprender la marcha.

Y es que los Doce se habían detenido a oír lo que decían algunos,

no se sabe si son creyentes en el Maestro o deseosos de conocerlo;

que a su vez se habían detenido por la misma causa que había detenido a Jesús y a los suyos.

Con el paso de la caravana…

Los apóstoles dicen;

–          Ya vamos, Maestro.

Estábamos escuchando a éstos.

Algunos de ellos son prosélitos que vienen de lejos

y preguntaban que dónde podrían acercarse a conocerte…. – dice Pedro acercándose

Jesús pregunta:

–         ¿Por qué motivo lo desean?

Y Pedro, ya al lado de Jesús, que está reanudando la marcha,

Le dice:

–          Porque quieren oír tu palabra,…

Y para ser curados de algunas enfermedades.

¿Ves ese carro cubierto, después de ellos?

Dentro hay prosélitos de la Diáspora que han venido por mar o con un largo viaje,

movidos a realizarlo además de por el respeto a la Ley por la fe en Ti.

Los hay de Éfeso, Perge e Iconio…

Y hay uno, pobre, de Filadelfia, al que han acogido en el carro por piedad los otros;

que son mercantes ricos por lo general, pensando propiciarse al Señor.

–            Margziam, ve a decirles que me sigan al Templo.

Tendrán lo uno y lo otro:

salud del alma, con la palabra y salud para los cuerpos si saben tener Fe.

El jovencito va ligero.

Pero de los Doce se eleva un coro de desaprobación por «la imprudencia» de Jesús,

que quiere mostrarse públicamente en el Templo…

–          Vamos a propósito, para que vean que no tengo miedo.

Para que vean que ninguna amenaza me puede hacer desobedecer al precepto.

¿Pero es que no habéis entendido todavía su juego?

Todas estas amenazas, todos estos consejos, amigables sólo en apariencia;

tienen la pretensión de hacerme pecar,

para poder disponer de un elemento verdadero de acusación.

No seáis cobardes.

Tened fe. No es mi Hora.

Judas dice:

–             ¿Pero por qué no vas antes a tranquilizar a tu Madre?

Te espera…

–            No.

Primero voy al Templo que, hasta el momento señalado por el Eterno para la nueva época,

es la Casa de Dios.

Mi Madre esperándome, sufrirá menos de lo que sufriría, sabiendo que estoy predicando en el Templo.

De esta forma, honraré al Padre y a la Madre,;

dándole al Primero la Primicia de mis Horas Pascuales,

y a la segunda la tranquilidad.

Vamos.

No temáis.

Por lo demás, quien tenga miedo que vaya al Getsemaní, a incubar su miedo entre las mujeres.

Los apóstoles, con la pulla de esta última observación, no hablan más.

Se ponen de nuevo en fila, de tres en tres.

Sólo en la fila donde está Jesús, la primera, son cuatro;

hasta que llega Margziam y la hace de cinco…

(tanto que Judas Tadeo y el Zelote se ponen detrás de Jesús, dejándolo así en el centro entre Pedro y Margziam).

En la Puerta de Damasco ven a Mannahém.  

El cual después de los saludos,

dice:
–        Señor, he pensado que era mejor que me vieran…

Para disolver toda posible duda sobre la situación.

Te aseguro que, aparte de la malevolencia de los fariseos y escribas,

no hay nada que sea peligroso para Ti

Puedes ir seguro.

Jesús responde:

–        Lo sabía, Mannahém.

De todas formas, te lo agradezco.

Ven conmigo al Templo, si no te es molestia…

–          ¿Molestia?

¡Por Ti desafiaría al mundo entero!

¡Afrontaría cualquier fatiga!

Judas de Keriot barbota algunas palabras.

Mannahém se vuelve ofendido.

Dice con voz segura:

–        No, hombre.

No son «palabras».

Le ruego al Maestro que compruebe mi sinceridad.

Jesús dice:

–         No hace falta, Manahén.

Vamos.Siguen adelante entre el atasco de gente.

Llegados a una casa amiga, se liberan de los talegos Santiago, Juan y Andrés

los depositan por todos en un atrio largo y oscuro…

Y luego dan alcance a sus compañeros.

Entran en el recinto del Templo pasando cerca de la torre Antonia.

Los soldados romanos miran, pero no se mueven

Se susurran algunas cosas.

Jesús los observa, para ver si hay alguno que conozca.

Pero no ve ni a Quintiliano ni al soldado Alejandro.

Ya están en el Templo.

En medio del hormigueo de gente poco sagrado, de los primeros patios;

donde hay mercaderes y cambistas.

Jesús mira y se estremece

Se pone pálido.

Su andar severo es tan solemne, que parece aumentar más todavía de estatura.

El drama más tremendo de Jesús como Hombre,

es el tener que soportar en la posesión demoníaca perfecta de Judas de Keriot,

la cercanía de su más acérrimo Enemigo…

Porque Satanás manifiesta su presencia sin que nadie más lo perciba…

Judas lo tienta:

–        ¿Por qué no repites aquel gesto santo?

Ya ves… lo han olvidado…

De nuevo la profanación ha entrado en la Casa de Dios.

¿No te duele?

¿No te lanzas a defender?

Este rostro moreno y bello, pero irónico y falso…

A pesar de todas las artes de Judas para que no aparezca así, toma un aspecto incluso zorruno

mientras, un poco agachado, como por reverencial respeto

dice estas palabras a Jesús, escrutándolo de abajo arriba.

–         No es la Hora.

Pero todo eso será purificado.

¡Y para siempre!.. – dice secamente Jesús.

Judas sonríe ligeramente,

y comenta:

–          ¡El «para siempre» de los hombres!

¡Ya ves, Maestro, que es muy precario!…

Jesús no le responde;

pues trata de saludar desde lejos a José de Arimatea, que pasa seguido por otras personas,

envuelto en su lujosa vestidura ceremonial. 

Recitan las oraciones rituales y luego regresan al Patio de los Gentiles

bajo cuyos pórticos se agolpa la gente.

Los prosélitos a los que habían encontrado viniendo al Templo, han seguido todo este tiempo a Jesús.

Han traído con ellos a sus enfermos y ahora los están colocando a la sombra,

debajo de los pórticos, cerca del Maestro.

Sus mujeres, que los han esperado aquí, se acercan muy despacio.

Todas veladas.

Pero una está ya sentada, por estar enferma…

Y las compañeras la llevan al lado de los otros enfermos.

Más gente se agolpa alrededor de Jesús.

408 APÓSTROFE A JERUSALÉN


408 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

363 Apóstrofe a Jerusalén.

Mientras Jesús está hablando, al improviso llegan unos fariseos.

Forman parte de un peregrinaje que se dirige a Jerusalén,

o que viene, en busca de alojamiento, de una Jerusalén saturada.

Ven la concentración de gente y se acercan para ver.

Pronto descubren la rubia cabeza de Jesús resplandeciente, contra el fondo oscuro de la casa de Tomás.

Irrumpen gritando:  –

¡Dejad paso, que queremos decir unas palabras al Nazareno!

Sin ningún entusiasmo se separa la gente.

Los apóstoles ven venir hacia ellos al grupo farisaico.

—        ¡Maestro, paz a T

Jesús responde:

–          La paz a vosotros.

¿Qué queréis?

–           ¿Vas a Jerusalén?

–          Como todo fiel israelita.

–          ¡No vayas!

Te espera un peligro allí.

Lo sabemos porque venimos de allá, al encuentro de nuestras familias.

Hemos venido a advertirte, porque hemos sabido que estabas en Rama.

Pedro, escamado y dispuesto a empezar una discusión.

Pregunta:

–          ¿Quién os lo ha dicho, si es lícito preguntarlo?

Le responden con altivez:

–         No es asunto de tu incumbencia, hombre

Basta con que sepas, tú que nos llamas serpientes;

que hay muchas serpientes cerca del Maestro,

Y que deberías desconfiar de los demasiados,

y de los demasiado poderosos, discípulos.

–           ¿Cómo dices?

¿No querrás insinuar que Mannahém o…

Jesús interrumpe con majestad:

–          Silencio, Pedro.

Y tú, fariseo, has de saber que ningún peligro puede apartar de su deber a un fiel.

Si se pierde la vida, no pasa nada

Lo grave es perder la propia alma contraviniendo a la Ley.

Pero tú lo sabes…

Y sabes que Yo lo sé.

¿Por qué, entonces, me tientas?

¿No sabes, acaso, que sé por qué lo haces?

–           No te tiento.

Te digo la verdad.

Muchos de nosotros serán enemigos tuyos, pero no todos.

Nosotros no te odiamos.

Sabemos que Herodes te busca….

Y te decimos: márchate.

Márchate de aquí, porque si Herodes te captura te mata seguro

Lo está deseando.

–          Lo está deseando, pero no lo hará.

Esto lo sé Yo.

¿Y sabéis lo que os digo?:

id a decirle a esa vieja raposa, que la persona que él busca está en Jerusalén.

Pues vengo expulsando demonios y obrando curaciones, sin esconderme.

Y lo seguiré haciendo hoy, mañana y pasado mañana…

Mientras dure mi tiempo.

Y es que es necesario que siga caminando hasta tocar el final.

Y es necesario que hoy y luego otra vez, y otra…

Y otra más, entre en Jerusalén; porque no es posible que mi camino se detenga antes.

Y debe cumplirse en justicia…

O sea, en Jerusalén.

–           El Bautista murió en otro lugar.

–           Murió en santidad.

Y santidad quiere decir: `Jerusalén».

Porque, si bien ahora Jerusalén quiere decir «Pecado»,

ello se refiere sólo a lo que sólo es terrestre y pronto perecerá.

Yo me refiero a lo eterno y espiritual…

O sea, a la Jerusalén de los Cielos.

En ella, en su santidad, mueren todos los justos y los profetas.

En ella moriré Yo, e inútil es vuestro deseo de inducirme al pecado.

Y moriré además, entre las colinas de Jerusalén; pero no por mano de Herodes,

sino por voluntad de quien me odia más refinadamente que él;

porque ve en Mí al usurpador del Sacerdocio apetecido, al purificador de Israel

de todas las enfermedades que lo corrompen.

No le carguéis pues, a Herodes todo el afán de matar;

tomad, más bien, cada uno vuestra parte…

en efecto, el Cordero está encima de un monte al que suben por todas partes,

lobos y chacales, para degollarlo y…

Los fariseos huyen bajo la granizada de estas verdades que queman…

Jesús los mira mientras huyen.

Luego se vuelve hacia mediodía,

hacia un claror más luminoso, que quizás indica la zona de Jerusalén…

Y, con tristeza, dice:

–             ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a tus profetas y apedreas a los que te son enviados!

¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como reúne el ave en el nido a sus pequeñuelos

bajo sus alas, y tú no has querido!

Pues bien, tu verdadero Amo dejará desierta tu Casa.

Él vendrá, hará – como establece el rito – lo que deben hacer el primero y el último de Israel,

y luego se marchará.

Ya no permanecerá dentro de tu recinto, para purificarte con su Presencia.

Y te aseguro que ni tú ni tus habitantes me volveréis a ver, en mi verdadera figura,

hasta que llegue el día en que digáis:

«Bendito el que viene en nombre del Señor»…

Y vosotros de Rama recordad estas palabras,

Y todas las otras, para no tener parte en el Castigo de Dios.

Sed fieles…

Podéis marcharos.

La paz sea con vosotros

Y Jesús se retira a la casa de Tomás con todos los familiares de éste…

Y con sus apóstoles.

407 LA PUERTA ANGOSTA


407 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ya no es por la mañana, ni mediodía

El rayo enfermo de un sol que a duras penas orada las desmadejadas nubes de un tiempo

que lucha por restablecerse, dice que el astro se encamina al ocaso y el día al crepúsculo.

Las mujeres ya no están, y tampoco Isaac y Manahén;

Margziam sí, se ha quedado y está feliz al lado de Jesús, que sale de casa

y va caminando con los apóstoles y todos los familiares varones de Tomás

a ver algunas vides, que al parecer tienen un especial valor.

Tanto el anciano como el cuñado de Tomás explican la posición del majuelo

y la rareza de las plantas, que por ahora tienen sólo pequeñas y tiernas hojas.

Jesús, benignamente, escucha estas explicaciones,

interesándose de podas y escardaduras como de las cosas más útiles del mundo.

Al final dice a Tomás sonriendo:

–            ¿Debo bendecir esta dote de tu gemela?

–           ¡Mi Señor!

Yo no soy Doras ni Ismael.

Sé que tu respiro, tu presencia en un lugar, son ya bendición.

Pero si quieres levantar tu diestra sobre estas plantas hazlo,

y su fruto ciertamente será santo.

-¿Y abundante, no?

¿Tú que opinas, padre?

-Basta que sea santo. ¡Santo basta!

Y lo pisaré y te lo mandaré para la próxima Pascua.

Lo usarás en el cáliz del rito.

—         Está dicho.

Cuento con ello.

Quiero, en la próxima Pascua, consumir el vino de un verdadero israelita.

Salen de la viña para volver al pueblo.

La noticia de la presencia en el pueblo de Jesús de Nazaret se ha esparcido,

y todos los de Rama están en las calles, y con fervientes ganas de acercarse.

Jesús lo ve y dice a Tomás:

–           ¿Por qué no vienen?

¿Es que tienen miedo de mí? Diles que los quiero.

¡Tomás no deja que se lo repita dos veces!

Va de uno a otro corrillo, tan rápido que parece una mariposa volando de flor en flor.

Y los que oyen la invitación tampoco esperan a que se lo digan dos veces.

Todos se pasan la voz y, corriendo, van alrededor de Jesús;

de forma que, llegados al cruce donde está la casa de Tomás,

hay ya una discreta aglomeración de personas que respetuosamente habla con los apóstoles

y los familiares de Tomás, preguntando esto o aquello

Se comprende que Tomás ha trabajado mucho durante los meses de invierno,

y mucho de la doctrina evangélica se conoce en el pueblo.

Pero desean una explicación más detallada,

y uno, que se ha quedado muy impresionado por la bendición que Jesús

ha dado a los niños de la casa que lo hospeda y por cuanto ha dicho de Tomás, pregunta:

–            ¿Entonces todos serán justos por esta bendición tuya?

–            No por la bendición.

Por sus acciones.

Les he dado la fuerza de la bendición para confirmarlos en sus acciones.

Pero son ellos los que tienen que cumplir las acciones,

y que éstas sean sólo acciones justas, para conseguir el Cielo.

Yo bendigo a todos..

pero no todos se salvarán en Israel.

—           Es más, se salvarán muy pocos, si siguen como ahora – dice Tomás en tono de queja.

–            ¿Qué dices?

—            La verdad.

El que persigue a Cristo y lo calumnia, el que no practica lo que Él enseña,

no tendrá parte en su Reino – dice Tomás con su voz fuerte.

Uno le tira de la manga:

–             ¿Es muy severo? – pregunta, señalando a Jesús.

–            ¡Lo contrario, demasiado bueno!

–            ¿Yo? ¿Tú que opinas, que me salvaré?

No estoy entre los discípulos.

Pero tú sabes cómo soy y cómo he creído siempre en lo que me decías.

Más no sé hacer.

¿Qué tengo que hacer, exactamente, para salvarme, además de lo que ya hago?

–             Pregúntaselo a Él.

Tendrá mano más suave que la mía, y juicio más justo.

El hombre avanza hacia Jesús y dice:

–            Maestro, yo observo la Ley,

y, desde que Tomás me repitió tus palabras, trato de ser todavía más observante.

Pero soy poco generoso.

Hago lo que no tengo más remedio que hacer.

Me abstengo de hacer lo que no está bien porque tengo miedo del Infierno.

Pero estoy apegado a mis comodidades, y…

lo confieso, me las ingenio mucho para hacer las cosas sin pecar

pero tampoco incomodándome demasiado a mí mismo. ¿Con esta forma de actuar me salvaré?

–            Te salvarás.

Pero, ¿por qué ser avaro con el buen Dios, que tan generoso es contigo?

¿Por qué pretender para uno mismo sólo la salvación, a duras penas arrebatada,

y no la gran santidad que produce inmediatamente eterna paz?

¡Ánimo, hombre

¡Sé generoso con tu alma!

El hombre dice humildemente:

–            Lo pensaré, Señor.

Lo pensaré.

Siento que tienes razón, y que perjudico a mi alma obligándola a una larga expiación

antes de conseguir la paz.

–           ¡Eso es!

Este pensamiento ya es un comienzo de perfeccionamiento.

Otro de Rama pregunta:

–            ¿Señor, son pocos los que se salvan?

–             Si el hombre supiera vivir con respeto hacia sí mismo y amor reverencial a Dios,

todos los hombres se salvarían, como Dios desea.

Pero el hombre no actúa así.

Como un necio, se entretiene con el simulacro, en vez de coger el oro verdadero.

Sed generosos en vuestro deseo del Bien

¿Os cuesta? En eso está el mérito.

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha.

La otra, bien ancha y engalanada, es una seducción de Satanás para descaminaros.

La del Cielo es estrecha, baja, austera, adusta.

Para pasar por ella hay que ser ágiles y ligeros y no estar apegados a la pompa ni a la materialidad.

Para poder pasar hay que ser espirituales.

Si no, cuando llegue la hora de la muerte, no lograréis cruzarla.

En verdad, se verá a muchos que tratarán de entrar,

pero tan engrosados de materialidad, tan engalanados de pompas humanas,

tan endurecidos por una costra de pecado,

tan incapaces de agacharse a causa de la soberbia que ya es su esqueleto, que no lo lograrán.

Irá entonces el Amo del Reino para cerrar la puerta

y los que estén afuera, los que no hayan podido entrar en el debido momento, desde fuera,

llamarán a la puerta gritando: «¡Señor, ábrenos!

¡Estamos también nosotros aquí!».

Pero Él dirá: «En verdad os digo que no os conozco, ni sé de dónde venís».

Y ellos: «¿Cómo es posible?

¿No te acuerdas de nosotros?

Hemos comido y bebido contigo, te hemos escuchado cuando enseñabas en nuestras plazas».

Pero Él responderá:

«En verdad no os reconozco.

Cuanto más os miro, más os veo saciados de aquellas cosas que declaré alimento impuro.

En verdad, cuanto más os escruto, más veo que no sois de mi familia.

En verdad, veo ahora de quién sois hijos y súbditos: del Otro.

Tenéis por padre a Satanás,

por madre la Carne, por nodriza la Soberbia, por siervo el Odio,

por tesoro tenéis el pecado y vuestras gemas son los vicios.

En vuestro corazón está escrito «Egoísmo».

Vuestras manos están manchadas de fraudes contra los hermanos.

¡Fuera de aquí! ¡Lejos de mí todos vosotros obradores de iniquidad!».

Y entonces, mientras que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas y justos del Reino de Dios

se presentarán viniendo de lo profundo del Cielo fúlgidos de gloria,

ellos, los que no tuvieron amor sino egoísmo, no sacrificio sino molicie,

serán arrojados lejos, recluidos en el lugar donde el llanto es eterno y no hay sino terror.

Y los resucitados gloriosos, venidos de oriente y occidente, de septentrión y mediodía,

se congregarán a la mesa nupcial del Cordero, Rey del Reino de Dios.

Entonces se verá que muchos que parecieron «mínimos» en el ejército de la tierra

serán los primeros en la ciudadanía del Reino

10. No temas por lo que vas a sufrir: el Diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel = para que seáis tentados, = y sufriréis una tribulación de = diez días. = Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida APOCALIPSIS 2

Y, de la misma forma, verán que no todos los poderosos de Israel serán poderosos en el Cielo,

ni todos los que Cristo eligiera para el destino de siervos suyos

habrán sabido merecer la elección para la mesa nupcial.

Antes al contrario, verán que muchos, considerados «los primeros»,

serán no sólo los últimos, sino que no serán ni siquiera últimos.

406 BENDICIÓN SACERDOTAL


406 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Tomás, que iba en la cola de la comitiva hablando con Mannahém y Bartolomé,

se separa de los compañeros y alcanza al Maestro,

que va delante con Margziam e Isaac.

Y le dice

–         Maestro, dentro de poco estaremos cerca de Rama.

¿Quieres venir a bendecir al hijo de mi hermana?

¡Ella tiene muchos deseos de verte!

Podremos hacer un alto allí.

En su casa hay sitio para todos…  

¡Dime que sí, Señor!

Jesús responde:

–         Te complacer

Y además con alegría.

Mañana entraremos en Jerusalén descansados.

–          ¡Oh!

¡Entonces me adelanto para avisar!

¿Me dejas ir?

–         Ve.

Pero recuerda que no soy el Amigo mundano.

No obligues a los tuyos a un gasto grande.

Trátame como «Maestro».

¿Entiendes?

–         Sí, mi Señor.

Se lo diré a mi familia.

¿Vienes conmigo, Margziam?

El jovencito responde:

–         Si Jesús quiere…

Jesús le dice:

–         Ve, ve, hijo.

Los otros, que han visto a Tomás y a Margziam marcharse en dirección a Rama,

situada un poco a la izquierda del camino que de Samaria va a Jerusalén,

aceleran el paso para preguntar que qué pasa.

Jesús les anuncia:

–          Vamos a casa de la hermana de Tomás.

He estado en las casas de todas vuestras familias.

Es justo que vaya también a su casa.

Lo he mandado adelante por esto.

Mannahém dice:

–         Entonces con tu permiso… 

Hoy me adelanto yo también, para sondear si no hay novedades.

En Jerusalén, cuando entres por la puerta de Damasco, si hay dificultades, estaré yo.

Si no te veo..

¿Dónde te busco, mi Señor?

–         En Bethania, Mannahém.

Me iré sin demora a casa de Lázaro.

Pero dejaré a las mujeres en Jerusalén.

Voy solo.

Es más, te ruego que después de la pausa de hoy, las escoltes a sus casas.

–         Como quieras, Señor.

Avisaré al conductor que nos siga hacia Rama. 

Y mientras Mannahém continúa caminando, llevando de la rienda su lujosa cabalgadura

En efecto, el carro sube lentamente para ir detrás de la comitiva apostólica.

Isaac y el Zelote se detienen para esperarlo…

Mientras todos los demás toman el camino secundario;

que manteniendo un suave desnivel, conduce a la colina muy baja, sobre la cual está Rama.

Tomás, que no cabe dentro de sí y que aparece aún más rubicund

por la alegría que resplandece en su rostro, está a la entrada del pueblo, esperando.

Cuando los ve, corre al encuentro de Jesús,

diciendo:

–          ¡Qué felicidad, Maestro!

¡Está toda mi familia!

¡Mi padre, que tantos deseos tenía de verte, mi madre, mis hermanos!

¡Qué contento estoy!

Y se pone como escolta, al lado de Jesús.

Y va tan derecho mientras atraviesa el pueblo,

que parece un conquistador en la hora del triunfo.

La casa de la hermana de Tomás está en un cruce situado hacia el este de la ciudad.

Es la típica casa hermosa, lujosa y protegida de un israelita acaudalado:

fachada casi sin ventanas, puerta principal herrada, con su ventanillo;

cuyo techo remata una gran terraza…

Los muros del jardín son altos y oscuros, adornados con plantas y rosales trepadores

por encima de ellos, sobresalen las copas de los árboles frutales, 

que se prolongan por detrás de la casa.

Pero hoy la doméstica no necesita mirar por el ventanillo.

La puerta está abierta de par en par.

Todos los habitantes de la casa están dispuestos en orden en el atrio.

Y continuamente se ven manos adultas alargarse para sujetar a un niño…

O a una niña del nutrido grupo de los niños,

los cuales agitados, exaltados por el anuncio, rompen continuamente filas y jerarquías,

se escabullen y van a la delantera de la familia, a los sitios de honor;

donde en primera fila están los padres de Tomás y la hermana con su marido.

Pero cuando Jesús llega al umbral de la puerta, no hay quien sujete a los rapazuelos.

Parecen una nidada saliendo del nido después de una noche de descanso.

Y Jesús recibe el choque de este pelotón gorjeador y primoroso, que se abate contra sus rodillas…

Ciñéndolo, levantando las caritas en busca de besos…

Que no se separan a pesar de las llamadas maternas o paternas.

Ni por algún que otro pescozón afectuoso, propinado por Tomás para poner orden.

Jesús exclama: 

–         ¡Dejadlos! ¡Dejadlos!

¡Ojalá todo el mundo fuera así! 

Mientras que se ha agachado para complacer a todos estos rapazuelos.

Luego de esta pausa tan repentina como inesperada…

Jesús por fin puede entrar, entre los saludos más reverenciales ofrecidos por los adultos.

Y muy especialmente halagador es el saludo del padre de Tomás,

un anciano típicamente judío, al que Jesús invita y ayuda a levantarse… 

Atrayéndolo hacia Sí..

Y luego lo besa en la frente, en señal de gratitud por la generosidad de haberle dado un apóstol.

El anciano responde diciendo: 

–         Dios me ha amado más que a ningún otro en Israel…

Porque mientras todo hebreo tiene un varón, el primogénito, consagrado al Señor…

Yo tengo dos: el primero y el último…

La consagración del último es incluso mayor;

porque sin ser levita ni sacerdote…

Hace lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote, en el Lugar santísimo del Templo de Jerusalén, hace:

Ve constantemente a Dios…

Y acoge sus Mandatos…

Termina su saludo, diciendo con esa voz un poco temblorosa de los ancianos;

Que se ha vuelto aún más trémula por la emoción.

Y finaliza agregando:

Dime sólo una cosa, para hacer dichosa mi alma.

Tú, que no mientes, dime:

Éste hijo mío, por la forma en que te sigue

¿Es digno de servirte y de merecer la Vida eterna?

Jesús responde:

–         Reposa en la paz, padre.

Tu Tomás tiene un gran puesto en el corazón de Dios, por el modo como vive.

Y tendrá un gran puesto en el Cielo; 

por la forma como habrá servido a Dios hasta el último aliento de vida terrenal…

Tomás boquea como un pez, de la emoción por lo que está oyendo decir.

El anciano levanta sus trémulas manos…

Mientras dos hilos de llanto se deslizan por las incisiones de las profundas arrugas

para perderse entre la barba patriarcal,

y dice:

–           Descienda sobre Ti la bendición de Jacob;

la bendición del patriarca al más justo de sus hijos:

«Te bendiga el Omnipotente con las bendiciones del Cielo, que está arriba,

con las bendiciones del Abismo, que abajo yace,

con las bendiciones de los pechos y del seno que Te llevó.

Las bendiciones de tu padre sobrepujen las de mis padres…

Y hasta que no se cumpla el anhelo de los collados eternos,

desciendan sobre la cabeza de Tomás, sobre la cabeza del consagrado entre sus hermanos».

Y todos responden:

–      ¡Así sea!  

Y volviéndose hacia Jesús, 

agrega solicitando

–          Y ahora bendice Tú Señor, a esta casa.

Y sobre todo, a éstos que son sangre de mi sangre. – dice el anciano señalando a los niños.

Y Jesús, abriendo los brazos, recita con voz potente la bendición mosaica:

La bendición sacerdotal:

22. Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

23. Habla a Aarón y a sus hijos y diles:

«Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis:

24. Yahveh te bendiga y te guarde;

25. ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio;

26. Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz.»

27. Que invoquen así mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.»

 
Libro de Números, cap. 6, 22-2

Y Jesús la alarga diciendo:

–         Dios, en cuya presencia caminaron vuestros padres,

Dios que me nutre desde mi adolescencia hasta hoy, que me ha librado de todo mal,

bendiga a estos niños, lleven ellos mi Nombre y los nombres de mis padres

y se multipliquen copiosamente sobre la tierra

Y termina tomando de los brazos de la madre al último nacido, para besarlo en la frente,

Diciendo:

«Y a ti desciendan, como miel y mantequilla,

las virtudes selectas que vivieron en el Justo cuyo nombre te he dado,

y lo hagan pingüe cual palma de dorados dátiles,

adornado como cedro de regia copa, para los Cielos».

(La bendición de Jacob está en Génesis 49, 25-26; la sucesiva bendición mosaica está en Números 6, 22-27)

Todos los presentes están emocionados y extáticos.

Pero luego un gorjeo de alegría estalla en todas las bocas y acompaña a Jesús,

que entra en la casa y no se detiene hasta llegar al patio,

donde hace la presentación de su Madre, de las discípulas, apóstoles y discípulos,

a los huéspedes.

405 LA ESCOLTA REAL


405 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

362 El encuentro con la Madre y las discípulas.

Jesús dice a Juan:

–           Sí, perteneces a la bienaventurada infancia.

¡Y bendito seas por ello!

Siguen andando todavía un rato;

luego Pedro, que mira hacia atrás por el camino de caravanas en que ya se encuentran,

exclama:

–          ¡Misericordiosa Providencia!

¡Aquél es el carro de las mujeres!

Todos se vuelven.

Es realmente el pesado carro de Juana.

Viene tirado por dos robustos caballos al trote.

Se detienen para esperarlo.

La cubierta de cuero, enteramente echada, impide ver a las personas que vienen dentro del carro.

Pero Jesús hace un gesto de que se detenga…

Y el conductor reacciona con una exclamación de alegría,

cuando ve a Jesús erguido y con el brazo levantado al borde del camino.

Mientras el hombre detiene a los dos caballos que venían resoplando,

se asoma por la apertura del tendal el rostro flaco de Isaac,

que grita alborozado:

–          ¡El Maestro!

¡Madre, alégrate!

¡Está aquí!

Voces de mujeres y confuso rumor de pisadas se producen en el interior del carro;

pero antes de que una sola de las mujeres baje;

ya han saltado al suelo Mannahém, Margziam e Isaac.

Y corren para venerar al Maestro.

Que los saluda diciendo:

–        ¿Todavía aquí, Mannahém

El príncipe herodiano, arrodillado y besando la orla del manto de Jesús;

muy ceremonioso y adorando a su Señor, como si estuviera dentro del Lugar donde los sacerdotes

ofrendan ante el Santo de los santos;

lleno de reverencia,

responde:

–         Fiel a la consigna.

Y ahora más que nunca, porque las mujeres tenían miedo…

Pero… Te hemos obedecido porque se debe obedecer, aunque – créelo – no había nada preocupante.

Sé con certeza que Pilatos ha llamado al orden a los turbulentos,

diciendo que quienquiera que provoque sediciones en estos días de fiesta, será castigado duramente.

Creo que no es ajena a esta protección de Pilatos su mujer…

Y sobre todo, las damas amigas de su mujer.

En la Corte se sabe todo y nada.

Pero se sabe lo suficiente…

Y Mannahém se aparta para ceder el sitio a María la Madre santísima,

que ha bajado del carro y ha recorrido los pocos metros de camino, toda trémula y emocionada…

Madre e Hijo se encuentran, se besan…

Mientras TODAS las discípulas, veneran reverentes al Maestro.

Pero no están ni María de Mágdala, ni Martha de Lázaro.

María Madre, en los brazos de su Hijo, con la cara contra el pecho de Jesús,

susurra:

–         ¡Cuánta congoja desde aquella noche!

¡Hijo, cómo te odian todos!

Y unas lágrimas descienden siguiendo las líneas rojas;

que son señal en su rostro de muchas otras vertidas esos días.

Aún así, sonriendo con amor, en medio de su sufrimiento corredentor…

Y de sus lágrimas maternales y dolorosas,

sonriendo valerosamente gime:

–        Pero ya ves que el Padre provee.

Jesús con ¡Admiración y mucha Ternura!

sonriendo valiente,

exclama:

–        ¡Así que no llores!

Yo desafío con coraje a todo el Odio del Mundo.

Pero una sola lágrima tuya me abate….

¡Ánimo, Madre santa!

Y teniéndola arrimada contra Sí con un brazo,

se vuelve hacia las discípulas para saludarlas…

Y dedica palabras especiales a Juana;

que ha querido regresar para acompañar a María.

Juana exclama muy amorosa:

–         ¡Maestro, no es ningún esfuerzo estar con tu Madre!

María está retenida en Bethania, por los sufrimientos de su hermano, Lázaro.

He venido yo.

He dejado los niños con la mujer del guardián del palacio.

Es una mujer buena y maternal.

Y está también con ellos, Cusa…

¡Fíjate Tú si le va a faltar algo a nuestro querido Matías, predilecto de mi marido!

Pero también Cusa me dijo que partir era inútil.

La medida de contención impuesta por el Procónsul, le ha roto las uñas también a Herodías.

Y además él, el Tetrarca, tiembla de miedo…

Y no tiene más que un pensamiento:

Vigilar para que Herodías no lo destruya ante los ojos de Roma.

La muerte de Juan ha echado abajo muchas cosas que estaban a favor de Herodías.

Y Herodes siente también, y muy bien…

Que el pueblo está rebelado contra él, por la muerte de Juan.

La raposa intuye que el peor castigo sería perder la odiosa y humillante protección de Roma.

El pueblo arremetería contra él inmediatamente.

Por tanto, no dudes que no hará nada por propia iniciativa.

Jesús exclama ordenando:

–         ¡Entonces volvemos a Jerusalén!

Y mirando a los apóstoles,

agrega:

–           Podéis caminar tranquilos respecto a vuestra incolumidad.

Vamos.

Que las mujeres monten de nuevo en el carro…

Y con ellas Mateo y quien esté cansado.

Descansaremos en Betel.

Vamos.

Las mujeres obedecen.

Suben con ellas Mateo y Bartolomé.

Los otros prefieren seguir al carro a pie, junto con Mannahém,

que toma de la rienda a su  preciosa cabalgadura y acaricia a su caballo llamándolo por sus nombre….

Luego se va con Isaac y Margziam.

Marchando juntos alrededor de Jesús.

Y Mannahém cuenta cómo ha hecho las averiguaciones para saber lo que había de verdad,

en la bravata del herodiano que había extendido un velo de dolor

sobre el grupo tranquilo reunido en Bethania en casa de Lázaro.

–     Que está sufriendo mucho- finaliza.

Jesús pregunta:

–         ¿Ha ido una mujer a Bethania?

–          No, Señor.

Pero nosotros hace tres días que salimos de allí.

¿Quién es?

–           Una discípula.

Se la daré a Elisa, porque es joven, está sola y no tiene medios.

–         Elisa está en el palacio de Juana.

Quería venir

Pero está muy constipada.

Ardía en deseos de verte.

Decía: «¿Pero no comprendéis que mi paz está en verlo?»

–         Voy a darle también una alegría con esta joven.

¿Y tú Margziam, no hablas?

El jovencito responde:

–          Escucho, Maestro.

Isaac dice:

–        El muchacho escucha y escribe.

De uno u otro requiere que le repitamos tus palabras…

Y escribe, escribe.

¿Pero las habremos dicho bien?

Jesús, acariciando el cachete morenito de Margziam.

Responde con dulzura:

–         Las miraré Yo y añadiré lo que falte en el trabajo de mi discípulo.

Y mirándolo, pregunta:

–         ¿Y el anciano padre?

¿Lo has visto?

Margzian responde

–          ¡Sí!

No me reconocía.

Lloró de alegría.

Pero lo veremos en el Templo porque Ismael los envía.

Es más, les ha dado más días este año.

Tiene miedo de Ti.

Pedro exclama riendo:

–         ¡Claro, mira tú éste!

¡Después de la bromita que le sucedió a Cananías en Sebat!

Jesús dice:

—         Pero el miedo a Dios no construye;

al contrario, destruye.

No es amistad.

Es sólo una espera que a menudo se transforma en Odio.

Pero cada uno da lo que puede…

Y prosiguen el camino conversando, hasta que se pierden de vista…

404 LA IGLESIA UNIVERSAL


404 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

362 La misión de las «voces» en la Iglesia futura. 

Están ahora en la otra parte del Jordán y caminan ligeros en dirección suroeste,

orientados hacia una segunda cadena de montes, más elevada que la primera,

formada por bajas colinas, pasada la cual se ve la llanura del Jordán.

Por lo que comentan, se comprende que han evitado la llanura para no caer de nuevo en el limo,

que han dejado en la otra parte.

Y piensan ir a donde deben, siguiendo los caminos internos, mejor mantenidos

y más transitables, especialmente en tiempo de lluvia.

Mateo, mira confundido a su alrededor y que se orienta mal,

pregunta:

–          ¿A qué altura estaremos?

Tomás le contesta:

–           Sin duda, entre Silo y Betel.

Reconozco los montes.

Pasamos hace poco por aquí, con Judas;

que en Betel se hospedó en casa de algunos fariseos.

Judas dice:

–          Te podían hospedar también a ti.

No quisiste venir.

Pero ni yo ni ellos te dijimos: «No vengas».

–          Yo tampoco digo que me lo dijerais.

Digo sólo que preferí quedarme con los discípulos que evangelizaban aquí.

Y el incidente termina.

Andrés manifiesta su alegría:

–         Si en Betel tenemos fariseos amigos, no vendrán contra nosotros.

Algunos le objetan:

–         Pero estamos volviendo, no estamos yendo a Jerusalén.PERE

–         ¡Tendremos que ir en todo caso para la Pascua

–        Y no sé cómo nos las vamos a ingeniar…

–          ¡Sí, claro!

¿Por qué ha dicho que vuelve a Caná?

Podían volver las mujeres…

–         Y nosotros cumplir el peregrinaje…

Pedro exclama:

–           ¡Está escrito que mi mujer no celebre la Pascua en Jerusalén!

Jesús está hablando animadamente con el Zelote….

Y Juan se acerca para consultarle:

–           Maestro…

¿Cómo nos las vamos a ingeniar para que nos dé tiempo a ir y volver?

Jesús responde

–           No lo sé.

Me pongo en las manos de Dios.

Si nos retrasamos, no será culpa mía.

Zelote le dice: –

          Has hecho bien siendo prudente.   

Jesús exclama: 

–         ¡Por mí habría seguido!

Porque no ha llegado todavía mi hora.

Esto Yo lo siento…

Y lo creo con certeza…

Y mirándolos inquisitivo, agrega

–         Pero, ¿Cómo habríais soportado vosotros la aventura;

vosotros que de un tiempo a esta parte estáis tan… cansados?

Juan dice:

–         Maestro… tienes razón.

Parece como si un demonio hubiera espirado su aliento entre nosotros.

¡Estamos muy cambiados!…

Jesús comenta:

–        El hombre se cansa.

Quiere las cosas rápidas.

Y sueña cosas estúpidas.

Cuando se percata de que el sueño es distinto de la realidad, se agita…

Y si no tiene buena voluntad, cede.

Olvida que el Omnipotente, que hubiera podido en un instante, hacer del Caos el Universo;

lo hizo en fases ordenadas y separadas, en espacios de tiempo que se han llamado Días.

Yo debo sacar del Caos espiritual de todo un Mundo… el Reino de Dios.

Y lo haré. Construiré sus bases.

Ya las estoy construyendo.

Y debo quebrar la roca durísima,

para labrar dentro de ella los cimientos que no han de derrumbarse.

Vosotros levantaréis lentamente los muros

Vuestros sucesores continuarán la Obra, en altura y anchura.

De la misma manera que Yo moriré en la Obra, vosotros también moriréis.

Y habrá muchos otros que morirán cruenta o incruentamente,

consumidos, de todas formas,

por este trabajo que requiere espíritu de inmolación, de generosidad, de lágrimas,

de sangre y paciencia sin medida…

Pedro introduce su cabeza entrecana, entre Jesús y Juan.

Preguntando:

–          ¿Se puede saber qué decís?

Jesús lo invita:

–          ¡Claro Simón!

Ven aquí.

Hablábamos de la futura Iglesia.

Estaba explicando que, al contrario de vuestras prisas, cansancios, desánimos, etc.

requiere calma, constancia, esfuerzo, confianza.

Estaba explicando que requiere el sacrificio de todos sus miembros.

Desde Mí, que soy su Fundador, su Cabeza mística;

hasta vosotros, hasta todos los discípulos;

hasta todos aquellos que lleven el nombre de cristianos

y el de pertenecientes a la Iglesia Universal.

Y en verdad, los que harán verdaderamente vital a la Iglesia, no pocas veces;

serán los más humildes de la Gran Escala de las Jerarquías;

es decir…

Aquellos que parezcan simplemente «números».

Verdaderamente, no pocas veces tendré que refugiarme en éstos,

para seguir manteniendo viva la Fe y la Fuerza de los colegios apostólicos

que se renovarán siempre.

Y tendré que hacer de estos apóstoles, personas atormentadas por Satanás

y por los hombres envidiosos,  soberbios e incrédulos.

«SU DIOS ES MI DIOS» Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

Y su martirio moral no será menos penoso que el martirio material…

Sí, se verán entre la voluntad activa de Dios,

y la voluntad mala del hombre, instrumento de Satanás,

que tratará con todas las artes y violencias…

De presentarlos embusteros, locos, obsesos;

para paralizar mi Obra en ellos y los frutos de mi Obra,

cada uno de los cuales es un golpe victorioso contra la Bestia.

–            ¿Y resistirán?

–            Resistirán.

Incluso sin tenerMe materialmente a su lado.

Deberán creer no sólo en lo que se debe creer,

sino también en su secreta misión;

creerla santa, creerla útil, creerla proveniente de Mí.

Y mientras en torno a ellos, estará Satanás sibilante,

«Guadalupe» en náhuatl significa: «aplasta la cabeza de la serpiente»Es justo Génesis 3,15: María Vencedora del Maligno.  Y la imagen de la tilma, es una pintura exacta como la detalla el Apocalipsis 12,

tratará de aterrorizarlos. y el mundo gritará para escarnecerlos,.

Y gritarán los no siempre perfectamente luminosos ministros de Dios…

Para condenarlos.

Éste es el destino de mis futuras voces.

Y con todo, no tendré otro modo de hacer reaccionar a los hombres

para llevarlos al Evangelio.

Y a Cristo.

Ahora bien, como contrapartida de todo lo que les pida y les imponga,

y de todo lo que reciba de ellos,…

¡Oh, les daré eterno gozo, una gloria especial!

En el Cielo hay un Libro Cerrado.

Sólo Dios puede leerlo.

En él están todas las verdades.

Pero Dios alguna vez quita los Sellos y despierta las verdades ya dichas a los hombres.

Y constriñe a un hombre elegido para tal destino

a conocer el pasado, presente y futuro,

como están contenidos en el Libro Misterioso.

¿Habéis visto alguna vez a un hijo, el mejor de la familia…

O a un alumno, el mejor de la escuela,

ser convocados por el padre o el maestro para leer en un libro de adultos

y para escuchar la explicación?

Está al lado de su padre o de su maestro, abarcado por uno de sus brazos,

mientras la otra mano, del padre o maestro,

señala con e1 índice los renglones que quiere que lea…

Y conozca el predilecto.

Lo mismo hace Dios con sus consagradas para tal destino.

Los acerca hacia Sí, los mantiene abrazados con su Brazo,

y los fuerza a leer lo que Él quiere y a saber su significado,.

Y luego a decirlo…

Y recibir a cambio burlas y Dolor.

Yo, el Hombre, encabezo la estirpe de los que dicen las Verdades del Libro celeste;

y recibo burlas, Dolor y Muerte.

Pero el Padre ya prepara mi Gloria.

Y Yo, cuando haya subido a ella,

prepararé la gloria de aquellos a quienes haya forzado a leer en el Libro Cerrado

los puntos que quería que leyeran.

Y en presencia de toda la Humanidad resucitada y de los coros angélicos,

los señalaré como lo que fueron.

Y los invitaré a acercarse;

entonces abriré los Sellos del Libro que ya será inútil tener cerrado,

y ellos sonreirán al verlas de nuevo escritas,

al volver a leer las palabras que ya les fueran iluminadas,

cuando sufrían en la Tierra.

Juan, que está atentísimo a la lección.

pregunta:

–             ¿Y los otros

Jesús contesta cuestionando:

–             ¿Qué otros?

–              Los otros, que como yo no han leído en la Tierra aquel libro,

¿No sabrán nunca lo que dice?

–            Los bienaventurados en el Cielo…

Absorbidos en la Sabiduría infinita, sabrán todo.

–            ¿Inmediatamente?

¿Nada más morir?

–            Nada más al entrar en la Vida.

–           ¿Pero entonces por qué en el Ultimo Día…

Vas a hacer ver que los llamas para conocer el Libro?

–           Porque no estarán sólo los bienaventurados viendo esto…

sino toda la Humanidad.

Y muchos, en la parte de los condenados…

Serán de aquellos que se burlaron de las voces de Dios

como de voces de locos y de endemoniados.

Y los atormentaron por causa de aquel don suyo.

Tardía pero obligada revancha concedida a estos mártires,

del malvado embotamiento del Mundo.

Juan está arrobado…

y exclama:

–           ¡Qué bonito será verlo!

–           Sí.

Pedro se frota las manos,

diciendo:

–             Y ver a todos los fariseos rechinar los dientes de rabia.

Juan con una sonrisa de niño en sus labios, soñando con esa Hora,

perdidos sus ojos en un éxtasis, ante el que lo observa físicamente…

Porque espiritualmente, lo que hace es proyectarse con su alma transportada fuera del tiempo,

porque Dios lo ha tomado, llevándolo en su Eternidad,

para que contemple la Iglesia Perseguida,

Que defendiendo el Evangelio y cumpliendo la Revelación,

de la que el propio evangelista, habrá escrito, (el libro del Apocalipsis)

Serán los Apóstoles y Profetas de los Últimos Tiempos…

¡Los Mártires Adoradores del Espíritu Santo!

Juan los está viendo actuando Milagros Portentosísimos,

¡Para la Gloria de la Santísima Trinidad y el triunfo glorioso del Retorno de Jesucristo!

Y el apóstol sigue extasiado contemplando su particular experiencia que algunos llaman

una arrobadora visión de luz que vuelve su mirada ahora más brillante,

Juan por un acceso de llanto emotivo que no brota,

pero pone esplendorosos sus iris garzos.

Juan regresa a la Tierra, integrándose a la realidad que lo rodea,

y responde:

–        ¡Yo creo que miraré sólo a Jesús y a los benditos que lean con Él el Libro!…

El Zelote lo mira, también Jesús lo mira.

Pero Jesús no dice nada.

El Zelote, sin embargo,

dice:

–            ¡Te mirarás entonces a ti mismo!

Porque si entre nosotros hay uno que será «voz de Dios» en la Tierra,

y será llamada a leer los puntos del Libro Sellado, ése eres tú, Juan,

predilecto de Jesús y amigo de Dios.

–            ¡No digas eso!

Yo soy el más ignorante de todos.

Soy tan negado para todo;

que, si Jesús no dijera que de los niños es el Reino de Dios,

pensaría que no podría nunca alcanzarlo….

¿No es verdad, Maestro, que yo valgo sólo porque soy semejante a un niño?

Jesús dice a Juan:

–           Sí, perteneces a la bienaventurada infancia.