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239 EL DISCÍPULO VÍCTIMA


239 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

250 Juan de Endor es alma víctima

Se levanta también Juan de Endor,

el cual ha estado siempre tomando apuntes mientras Jesús hablaba,

exponiéndose al calor abrasador del fuego para poder ver lo que escribía.

Pero Jesús lo para y le dice:

–   Quédate un poco con tu Maestro.

Y lo tiene junto a Sí hasta que todos terminan de marcharse.

–      Vamos hasta aquella peña que está a la orilla del mar.

La Luna cada vez está más alta.

Se ve el camino.

Juan acepta sin decir palabra…

Se alejan de las casas aproximadamente unos doscientos metros.

Se sientan encima de una voluminosa peña (no sé si se trata de un resto de un espigón, o de la extrema punta de un arrecife sumergido en el mar;

o, tal vez, pertenece a las ruinas de alguna casucha semi-sumida por las aguas, que quizás con el paso de los siglos han penetrado tierra adentro).

Sí sé que, mientras desde la pequeña playa se puede subir, apoyando el pie en entrantes y salientes de la piedra, que hacen de peldaños,

desde la parte del mar la pared desciende casi recta para hundirse en el agua verde-clara.

Es más ahora por la marea, está  semi-circundada por el agua, que borbotea y azota ligeramente este obstáculo,

para huir luego con un sonido de enorme aspiración, y luego calla un momento, para volver de nuevo, con movimiento y sonido regulares,

hecho de golpes y de aspiraciones y silencios como una música sincopada.

Se sientan en el punto más alto de este volumen azotado por el mar.

La Luna dibuja sobre las aguas un camino de plata…

Y da un color azul oscurísimo al mar, que antes de que ella saliera no era sino una extensión negruzca,

en el negro de la noche. 

Jesús pregunta:

–      Juan,

¿No le dices a tu Maestro la razón por la que sufre tu cuerpo?

Juan responde:

–     Ya la conoces, Señor.

De todas formas, no digas “sufre”, di “se consume”; es más exacto,

Y Tú lo sabes, como también sabes que se consume con gozo.

Gracias, Señor.

Me he reconocido yo también en el barro que se hace llama.

Pero no voy a tener tiempo de encender las piedras.

Mi Señor, moriré pronto.

Demasiado he sufrido por el odio del mundo

demasiado exulto de júbilo por el amor de Dios.

Pero no añoro la vida.

Aquí podría pecar todavía, podría fallar en la misión a que nos destinas.

Ya dos veces he fallado en mi vida:

en mi misión de maestro, porque en ella habría debido saber encontrar de qué formarme a mí mismo.

Y sin embargo, no me formé.

En mi misión de marido, porque no supe formar a mi mujer.

Lógicamente: si no había sabido formarme a mí mismo, menos podía saber formarla a ella.

Podría fallar también en mi misión como discípulo…

Y a Tí no quiero fallarte.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

¡Bendita sea, por tanto, la muerte, si viene a llevarme a donde no se puede ya pecar!

Si bien mi destino no será el de discípulo-maestro, tendré el de discípulo-víctima,

el que más asemeja al tuyo.

Lo has dicho esta misma noche:

“Consumiéndose primero ellos mismos”.

–     Juan,

¿Es un destino que sufres o es un ofrecimiento tuyo?

–      Es un ofrecimiento.

Si Dios no rechaza el barro hecho fuego.

–      Juan, haces muchas penitencias.

Jesús con el amor de fusión, nos une a Él para participarnos la Vida y  al hacernos corredentores nos comunica su Semejanza y nuestra alma se recrea…

–      Las hacen los santos,

Tú el primero.

Es justo que las haga quien tanto debe pagar.

Pero… quizás es que las mías no las ves gratas a Dios…

¿Me las prohíbes?

Nosotros podemos ofrecer los sufrimientos que ya estamos viviendo en la Gran Tribulación que ya comenzó; 

como penitencia, mortificación, dolor redentor, reparación, consuelo para nuestro ABBA y… 

ESTO ES LO QUE HACE PODEROSÍSIMA NUESTRA INTERCESIÓN

Y devastadora para el Infierno entero… 

–     No pongo jamás obstáculo a las buenas aspiraciones de un alma enamorada.

He venido a predicar, con los hechos, que en el sufrimiento hay expiación y en el dolor redención.

No puedo contradecirme. 

Quienes mueren en la Cruz, ¡Resucitan AHORA MISMO en el Cielo! Y empezamos a relacionarnos personalmente con ABBA…

–      Gracias, Señor.

Será mi misión.

–     ¿Qué escribías, Juan?

–      ¡Oh, Maestro!

A veces el viejo Félix emerge todavía con sus costumbres de maestro.

Pienso en Margziam.

Tiene toda una vida para predicarte.

Y por su edad, no está presente en tus predicaciones.

He pensado tomar nota de algunas enseñanzas con que nos has adoctrinado y que el niño no ha oído.

O por estar en sus juegos o por estar lejos con uno de nosotros.

¡Hasta en las más mínimas palabras tuyas hay mucha sabiduría! 

Tus conversaciones familiares son ya de por sí adoctrinamiento.

precisamente en las cosas de cada día, de cada hombre;

en esas cosas mínimas, que en el fondo son las más grandes de la vida.

Porque acumulándose, forman una gran suma…

que exige paciencia, constancia, resignación, si se quiere llevar con santidad.

Es más fácil realizar un grande pero único acto heroico;

que no millares de pequeñas cosas que exijan una constante presencia de virtud.

No obstante, no se llega al acto grande, tanto en el mal como en el bien;

yo lo sé por lo que se refiere al mal;

si no se va largamente acumulando actos pequeños, aparentemente insignificantes.

Yo empecé a matar cuando, cansado de la frivolidad de mi mujer;

le lancé la primera mirada de desprecio.

Para Margziam he anotado tus pequeñas lecciones.

Y esta noche he sentido el deseo de anotar tu gran lección.

Dejaré este trabajo mío al niño, para que se acuerde de mí, el viejo maestro.

Y para que tenga aquello que de otro modo no tendría.

Su espléndido tesoro.

Tus palabras.

¿Me das permiso?

–     Sí, Juan.

Pero está en paz en todo, como este mar. ¿Ves

Para ti sería demasiado abrasador el caminar bajo el ardor del sol,

Y la vida apostólica es verdaderamente ardor.

Has luchado mucho en tu vida.

Ahora Dios te convoca a su Presencia, en este plácido radiar de luna que todo calma y hace puro.

Camina bajo la dulzura de Dios.

Te digo que Dios está contento de ti.

Juan de Endor toma la mano de Jesús, la besa y musita:

–       Pero también habría sido hermoso decirle al mundo:

“¡Acércate a Jesús!”.

–       Lo dirás desde el Paraíso

Tú serás también un espejo reflector de la Llama de Dios.

Vamos, Juan.

Quisiera leer lo que has escrito.

–      Aquí está, Señor.

Y mañana te doy el otro rollo en que he anotado las otras palabras.

Bajan de su escollo.

Y en medio de una esplendorosísima, dilatada luz blanca de luna;

que ha transformado en plata la grava de la orilla, vuelven a las casas.

Se saludan:

Juan, arrodillándose;

Jesús, bendiciéndolo con la mano puesta sobre su cabeza.

Y dándole su paz.

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238 EL SACRIFICIO PERFECTO


238 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

LAS ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Precisamente a orillas del profundo torrente, Jesús encuentra a Isaac con muchos discípulos, conocidos y desconocidos.

Entre los conocidos están: el arquisinagogo de Agua Especiosa, Timoneo;

José, el acusado de incesto, de Emaús;

el joven que no  fue a enterrar a su padre por seguir a Jesús;

Esteban el discípulo de Gamaliel.

El salvado Abel;

Abel el leproso, curado el año anterior cerca de Corazaín;

con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón;

Son rostros conocidos de discípulos y hay además otros, conquistas de Isaac.

O de los mismos discípulos que siguen al núcleo principal, con la esperanza de encontrar a  Jesús.

El encuentro es afectuoso, alegre, reverente. 

Isaac está radiante por la alegría de ver al Maestro y de enseñarle su nuevo rebaño,

y como premio pide una palabra de Jesús para la turba que tiene consigo.  

Jesús pregunta.

–      ¿Conoces un lugar tranquilo donde nos podernos reunir

Isaac contesta:

–       En el extremo del golfo hay una playa desierta.

Allí hay unas casitas de pescadores, que en este período están deshabitadas,

porque son malsanas y porque, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado.

Y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura.

Muchos de ellos ya creen en ti, porque, han oído hablar en las ciudades portuarias y por contactos con los discípulos;

me han cedido las casitas para descansar nosotros.

Después de cada misión volvemos a ellas.

Porque en esta costa hay mucho que hacer; está completamente corrompida por muchas cosas.

Querría llegar hasta la Siro-Fenicia.

Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie.

Pero soy pastor, no marinero.

Y de éstos no hay ninguno que sepa navegar.

Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado.

¡Tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!.

Jesús responde:

–     Dios te ayuda por tu humildad.

Si aquí me conocen es por ti, discípulo, no por los otros.

Vamos a preguntar a los del lago si se sienten en condiciones de navegar en el mar.

Y si podemos, iremos a Siro-Fenicia.

Y se vuelve, buscando a Pedro, Andrés, Santiago y Juan,

que conversan animadamente con algunos discípulos.

Mientras, Judas Iscariote está detrás congratulándose con Esteban, y Simón Zelote.

Bartolomé y Felipe están con las mujeres.

Los otros cuatro están con Jesús.

Los cuatro pescadores van enseguida.  

Jesús les pregunta:

–       ¿Seríais capaces de navegar en el mar? 

Los cuatro se miran, perplejos.

Pedro se remueve el pelo mientras piensa.

Luego pregunta:

–       Pero, ¿dónde?

¿Muy fuera de la costa?

Nosotros somos peces de agua dulce…

–      No.

Siguiendo la costa hasta Sidón.

–     ¡Hombre!, pues…

Creo que se puede.

y volviéndose hacia los otros tres:

¿Vosotros qué pensáis?

Santiago dice: 

–      Yo también creo que sí.

Sea mar o sea lago, será en todo caso lo mismo: agua.  

Juan añade:

–     Es más, será más bonito y más fácil.

–     La verdad es que no sé de dónde sacas eso – le responde su hermano.

Pedro responde bromeando:

–      De su amor por el mar.

Quien ama una cosa ve en ella todas las perfecciones.

Si amaras así a una mujer, serías un marido perfecto. 

Y Pedro da unos meneos afectuosos a Juan.  

Juan responde convencido:

–      No.

Lo digo porque en Ascalón vi que las maniobras eran iguales y la navegación muy suave.

Pedro exclama:

–      ¡Pues entonces, vamos! 

Santiago observa:

–      De todas formas sería siempre mejor llevar con nosotros a uno del lugar.

No conocemos este mar ni la profundidad de estas aguas  

Andrés añade:

–      ¡Bah!…

¡No me preocupa lo más mínimo!

¡Tenemos a Jesús con nosotros!

Antes no me sentía todavía seguro,

¡Pero después de que ha calmado el lago!…

Vamos, vamos con el Maestro a Sidón, que quizás hay alguna cosa buena que realizar –

–     Pues entonces iremos.

Procura las barcas para mañana.

Pídele a Judas de Simón la bolsa.

La alegría con qué manifiestan todos los discípulos esta decisión de Jesús es muy grande…

Y, mezclados juntos apóstoles y discípulos vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad.

La rodean por su periferia hasta que llegan a la punta extrema de la bahía.

Punta que penetra en el mar como un brazo doblado.

Allí, unas pocas casuchas, esparcidas por la costa guijarrosa y breve,

representan el lugar más miserable de la ciudad.

El más deshabitado y menos  continuamente poblado.

Las pequeñas casas -cubos de muro desmoronado por la salobridad y los años- están, todas, cerradas.

Cuando los discípulos las abren, dejan ver su humeada miseria y su moblaje reducido verdaderamente a lo mínimo indispensable.  

Isaac, que se encarga del recibimiento de los huéspedes,.

dice:

–      Aquí están.

Son, si no bonitas, por lo menos muy cómodas y limpia.

Pedro con cierto retintín.

comenta:

–      ¡No, bonitas no, pobrecillas!

Agua Especiosa era un palacio comparada con éstas. 

¡Y había quien se quejaba!… 

–     Pero para nosotros son una suerte.

–     ¡Claro, claro!

Lo importante es tener un techo y amarse.

¡Ah… mira, aquí está nuestro Juan!

¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?

Pero Juan de Endor, no sin sonreírle a Pedro.

Va inmediatamente a venerar a Jesús, que lo saluda con palabras muy buenas.  

Isaac dice:

–      No he querido que viniera porque no ha estado muy bien…

Prefiero que esté aquí.

Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías…

En efecto, el hombre de Endor está mucho más delgado que antes.

Pero su rostro aparece sereno.

La delgadez le ennoblece los rasgos:

viéndolo, se piensa en uno ya afectado por el dúplice martirio de la carne y del espíritu.

Jesús lo observa y le pregunta:

–      ¿Estás enfermo, Juan?

–     No más de cuanto lo estaba antes de verte.

Esto respecto al cuerpo, porque, si me juzgo bien, estoy curándome de mis particulares heridas.

Jesús mira todavía un momento sus ojos serenos y sus sienes hundidas,

pero no dice nada más;

le pone, eso sí, una mano en el hombro.

Y entra con él en una de las casitas, a la que han traído unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados,

Junto con unas tinajas de agua fresca para la sed.

Fuera, sobre una tosca mesa colocada a la sombra de una… ilusión de pérgola de plantas trepadoras,

se preparan las cosas para comer.

Y es bonito, mientras el crepúsculo desciende y el mar musita las oraciones del atardecer;

con el frufrú de la resaca en la playita guijarrosa, ver la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles,

sentados en torno a la tosca mesota.

Mientras los demás,

quién sentado en el suelo, quién en taburetes o cestas puestas al revés,

hacen círculo alrededor de la mesa principal.

Pronto termina la cena.

Y más rápidamente todavía, quitan la mesa, los utensilios para los huéspedes más importantes eran muy pocos. 

El mar, en la noche aún sin luna, ha tomado un color negro-añil.

toda su grandeza se manifiesta en esta hora triste y solemne de las orillas marinas.

Jesús, altura blanca entre las sombras cada vez más oscuras,

se levanta de la mesa para ir al centro de una pequeña muchedumbre de discípulos,

mientras las mujeres se retiran.

Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para que den luz y también para mantener a distancia,

las nubes de mosquitos que vienen de los esteros cercanos.  

Jesús saluda:

–     Paz a todos vosotros.

La misericordia de Dios nos reúne antes del tiempo establecido y alegra recíprocamente nuestros corazones.

He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de estar aquí; 

esperándome, formándoos en Mí;

espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras;

que manifiestan que perdura en vosotros el hombre viejo de Israel, con todos sus conceptos y prejuicios.

Y cómo todavía no ha salido de él, cual mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Cristo,

el hombre que del Cristo tiene la grande, luminosa, misericordiosa mentalidad y la aún mayor caridad.

Pero, no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos.

Un maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos.

Y, creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por los más defectuosos; 

sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarlos.

Y sabéis que Yo soy un buen Maestro.

Vamos a examinar ahora juntos estas reacciones y prejuicios

vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí.

y, por la alegría que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor;

que siempre, de un bien particular, obtiene un bien colectivo.

He oído de vuestros labios la admiración por Juan de Endor;

tanto más porque se profesa pecador convertido y apoya su tesis de predicación,

en medio de aquellos a quienes quiere conducir a Mí,

en estas dos características suyas, la vieja y la nueva.

Es verdad. Era un pecador.

Ahora es un discípulo.

Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él.

Ved, pues, cómo Dios crea el nuevo pueblo de Dios precisamente con aquellos medios que el hombre viejo de Israel despreciaría.

Ahora os voy a rogar que os abstengáis de juzgar con malsano juicio,

la presencia de una hermana que el viejo Israel no comprende como discípula.

He ordenado a las mujeres que se fueran a descansar

Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas,

no era tanto la preocupación de que descansaran, cuanto la de poderos dar a vosotros  una santa valoración de una conversión.

Y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia.

María de Mágdala, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor.

¿De quién podrá esperar ella fe y misericordia, sino de Dios y de los siervos de Dios?

Todo Israel, y con Israel los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que mucho la conocen…

Y severamente la juzgan, ahora que ya no es cómplice de sus excesos, critican y ridiculizan esta resurrección.

Resurrección. Es la palabra más exacta.

Resucitar un cuerpo no es el mayor milagro;

es un milagro siempre relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte.

Yo no doy inmortalidad al resucitado en cuerpo.

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

Pero sí doy eternidad al resucitado en espíritu.

Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía; 

por tanto, no hay mérito por su parte.

En el resucitado en el espíritu está presente su voluntad.

Es más, es la primera presente.

Por tanto hay mérito del resucitado.

No os digo esto para justificarme.

Sólo a Dios debo rendir cuenta de mis acciones.  

Jesús con su gran humildad, como Mesías y como Hombre, puntualiza con esto que se considera además de Hijo; sólo un siervo de Dios… 

Pero como Dios Encarnado, no tiene porqué dar cuenta de sus actos; pues SIEMPRE es guiado por los otros Dos, (el Padre y el Paráclito) que habitan en ÉL…

Pero vosotros sois mis discípulos.

Y mis discípulos deben ser otros Jesús. (Otros Cristos)

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

No debe haber en ellos ningún desconocimiento, como tampoco ninguna de esas culpas inveteradas,

que hacen que muchos estén unidos a Dios sólo nominalmente.

Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas.

Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios, aunque se trate de la más inerte, helada y repelente;,

puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura.

Os propongo una comparación sacada del libro de los Macabeos.

Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén,

se quisieron ofrecer sacrificios en el Templo que había sido reconstruido y en el altar purificado.

Nehemías recordaba cómo, en el momento de la caída en manos de los persas,

los sacerdotes encargados del culto de Dios habían tomado el fuego del altar

y lo habían escondido en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco,

Y que lo hicieron tan bien y tan secretamente,

que sólo ellos supieron dónde estaba el fuego sagrado.

Esto recordaba Nehemías.

Y recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes;

para que fueran al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos, antes de morir.

Éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos.

Y trajeran el sagrado fuego para encender el fuego del sacrificio.

Pero, cuando bajaron los nietos al pozo secreto, no encontraron fuego sino densa agua.

Un lodo putrefacto, fétido, pesado, que se había filtrado allí,

procedente de todas las cloacas obturadas de la devastada Jerusalén.

Y se lo dijeron a Nehemías.

Mas éste ordenó que cogieran agua de aquella y que se la trajeran.

Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios; 

roció abundantemente todo, para que todo quedara asperjado con el agua legamosa.

Si el pueblo asombrado, miraba con respeto;

si los sacerdotes, escandalizados, ejecutaron con respeto,

fue sólo porque era Nehemías el que lo ordenaba.

Pero, ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza!

De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día;

en los corazones la duda ponía melancólicos a los hombres.

Mas he aquí que el sol desgarró las nubes y descendió con sus rayos al altar.

Y la leña asperjada con el agua legamosa, se encendió con una gran llama que enseguida inflamó el sacrificio;

mientras los sacerdotes oraban con las oraciones que había compuesto Nehemías.

Y con los más bellos himnos de Israel, hasta que todo el sacrifico quedó consumido.

Entonces para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios,

con las materias menos adecuadas si se usan con recto fin,

Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de piedras grandes.

Y las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar.

Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón; 

para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador de la vida.

Toda vida es holocausto, si se emplea bien;

cada día es un holocausto que ha de arder con santidad.

Pero llegan los depredadores, los opresores del hombre y de su alma.

El fuego cae en el pozo profundo.

No por santa necesidad, sino por nefasta necedad.

Y allí, sumergido en los desagües de todas las sentinas de los vicios, se transforma en lodo putrefacto y pesado,

hasta que no desciende a esa profundidad un sacerdote y devuelve a la luz del sol aquel lodo…

Y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio.

Porque habéis de saber que no basta el heroísmo de la persona que se convierte;

es necesario también el heroísmo de quien convierte.

Es más, éste debe preceder a aquél,

porque las almas se salvan con el sacrificio nuestro.

Almas víctimas y corredentoras; fusionadas con Cristo en la Cruz

Porque así se logra que el lodo se convierta en llama.

Y Dios juzgue perfecto y grato a su santidad;

el holocausto que se consume.

Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo;

de que el lodo arrepentido, es más abrasador que el fuego común…

Aunque sea fuego consagrado, que sirve sólo para consumir leña y víctimas.

O sea, materias combustibles; 

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga...

Este lodo arrepentido adquiere tal potencia;

que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible.

¿Y no os preguntáis de qué le viene a este lodo esta propiedad?

¿No lo sabéis?

Os lo diré:

Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios,

Llama con llama;

llama que sube, llama que desciende;

llama que se ofrece amando, llama que se concede amando;

abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo,

que se unen y forman una cosa sola.

Y dado que la llama más fuerte es la de Dios,

ésta excede, rebosa, penetra, asume…

CORAZÓN ARDIENTE

Y la llama del lodo arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado, para  ser llama infinita de Ser increado:

del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios.

Esto son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos;

generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado;

consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se  levanta de su propio barro;

que ha acudido a la Gracia y que por ella ha sido tocado.

En verdad, en verdad os digo que muchas piedras de Israel recibirán el impacto del fuego de Dios;

por estos hornos de fuego que arderán cada vez más, hasta la consumición de la criatura humana.

Y que seguirán devorando con su fuego las piedras: 

las tibiezas, las incertidumbres, las timideces de la Tierra, desde su trono del Cielo,

verdaderos espejos sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas;

para hacerlas converger en la Humanidad y encenderla de Dios.

Os repito que no tenía necesidad de justificar mis actos;

pero he querido que entrarais en mi concepto y lo hicierais vuestro.

Para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros.

Que nunca un concepto desviado;

una sospecha farisaica de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido,

os detenga en esta obra, que es coronación perfecta de la misión a que os destino.

Tened siempre presente que no he venido a salvar a los santos, sino a los pecadores.

Y haced vosotros lo mismo, porque el discípulo no está por encima del Maestro.

Y si Yo no aborrezco el tomar de la mano los desechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo,

que la sienten por fin…

Y jubiloso, los conduzco a Dios porque ésta es mi misión…

Y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito;

pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados,

que en mayor o menor grado habéis conocido todos, la imperfección;

hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores;

hombres que elijo como salvadores para que continúen mi obra por todos los siglos de la Tierra,

de forma que sea como si Yo siguiera viviendo en ella con secular existencia.

Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital en el gran cuerpo de mi Iglesia,

de que Yo seré el Espíritu animador;

Nuestro verdadero bautismo lleno de gloria y júbilo celestial, es cuando somos capaces de decir: “Crucifícame Señor, porque te adoro sobre todas las cosas…

Y hacia esta parte vital, convergerán las infinitas partículas de los creyentes;

para constituir un único Cuerpo que recibirá su nombre de mi Nombre.

Pero si faltara la vitalidad en la parte sacerdotal,

¿Podrían las infinitas partículas tener vida?

Verdad es que Yo, estando en el cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas,

sin hacer caso de las cisternas y canales obturados o inútiles, indóciles a su ministerio.

Porque la lluvia penetra hasta donde quiere.

Y las partículas buenas, capaces por sí mismas de querer la vida, vivirían igualmente mi Vida.

Pero, ¿Qué sería entonces el Cristianismo?

Cercanía de almas;

cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión distribuidores de la sangre vital

Aquí está TODO EL PODER, que nos convierte en corredentores

proveniente de un único centro para cada una de las partículas;

serían, más bien, muros y precipicios de separación, y las partículas se mirarían, humanamente hostiles,

sobrenaturalmente afligidas, de una orilla a otra, diciendo en sus espíritus:

“¡Y éramos hermanos y tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado!”.

Cercanía. No fusión.

No un organismo.

Y por encima de esta ruina, resplandecería doliente mi amor…

Y añado:

No penséis que esto vale sólo para los cismas religiosos. No.

Sirve también para todas las almas que quedan solas, 

porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas,

contraviniendo con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago.

O sea: “Venid a mí todos vosotros, que os conduciré a Dios”.

Idos en paz ahora y que Dios esté con vosotros.  

Los presentes, en conjunto, lentamente se marchan.

Cada uno hacia la casa que lo hospeda;

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237 LA VOCACIÓN Y EL MARTIRIO


237 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La comitiva apostólica partió al rayar el alba y ya llevan varias horas caminando. 

La mañana serena y luminosa favorece la marcha.

Van salvando colinas orientadas hacia el oeste, o sea, hacia el mar.  

Mateo dice:

–      Hemos hecho bien en llegar a los montes a las primeras horas de la mañana.

Con este sol no habríamos podido estar en la llanura.

Aquí hay sombra y frescor.

Me dan pena los que siguen la vía romana.

Que es buena para el invierno.

Jesús agrega: 

–      Después de estas colinas…

Tendremos el viento del mar, que siempre templa el aire.

Santiago de Alfeo añade: 

–      Comeremos allá, en aquella cima.

El otro día era muy bonito.

Y desde aquí debe serlo todavía más, porque el Carmelo está más cerca.

.Y también el mar.  

Andrés exclama:  

–       ¡Es verdaderamente bonita nuestra tierra!

Judas confirma:  

–       ¡Oh! Sí.

Hay de todo en ella:

Montes nevados, suaves colinas, lagos, ríos…

Todo tipo de plantas… 

Y no falta el mar.

Realmente es la tierra de delicias celebrada por nuestros salmistas, nuestros profetas;

nuestros grandes guerreros y poetas

Tadeo: 

–      Recítanos algún fragmento,.

Santiago de Zebedeo, ruega: 

–      Hazlo tú que sabes tantas cosas.

La bien entonada y varonil voz de Judas,

parece cantar: 

“Con la belleza del Paraíso Él ha formado la tierra de Judá.

Con la sonrisa de sus ángeles ha decorado la tierra de Neftalí,

con los ríos de miel del cielo ha dado sabor a los frutos de su tierra.

La Creación entera se refleja en ti, gema de Dios,

don de Dios a su pueblo santo.

Más dulce que los pingües racimos que maduran en las laderas de tus montes,

más suave que la leche que llena las ubres de tus corderas,

más embriagadora que la miel que lleva el sabor de las flores que te visten, tierra bienaventurada,

es tu belleza para el corazón de tus hijos.

El cielo ha descendido y se ha hecho río para unir dos gemas,

se ha hecho colgante y cinturón sobre tu verde vestido.

Tu Jordán canta.

Uno de tus mares ríe, el otro recuerda que Dios es terrible,

mientras las colinas parecen danzar al atardecer,

cual donosas muchachas en un prado;

tus montes rezan en las auroras angélicas o cantan el aleluya bajo el ardor del sol.

O adoran con las estrellas tu poder, Señor altísimo.

No nos has encerrado entre apretados confines,

delante nos has dejado el abierto mar para decirnos que el mundo es nuestro”.  

Lleno de orgullo nacional y amor por la patria,

Pedro comenta: : 

–     ¡Bonito, ¿Eh?!

¡Precioso!

Sólo he estado en la parte del lago y en Jerusalén;

durante muchos años no he visto nada más.

Ahora conozco sólo Palestina.

Pero estoy seguro de que no hay nada más bonito en el mundo.

Juan añade: 

–      María me decía que también es muy bonito el valle del Nilo.  

Simón Zelote: 

–       Y el hombre de Endor habla de Chipre, como de un paraíso.

–       ¡Ya, pero nuestra tierra!…

Y los apóstoles;

todos menos Judas de Keriot y Tomás, que están con Jesús, un poco más adelante,

siguen cantando las bellezas de Palestina.

Las mujeres que van las últimas en la comitiva apostólica.  

Porque son bonitas y porque serán un recuerdo de su viaje… 

No pueden contenerse de recoger semillas de flores, para plantarlas en sus huertos y  jardines. 

Hay algunas águilas y cóndores,

que dibujan amplios círculos por encima de las crestas de las colinas…

Y de vez en cuando descienden en busca de alguna presa.

Surge una lucha entre dos buitres.

Giran, giran, perdiendo plumas;

en un elegante y fiero duelo que termina con la huida del perdedor;

que quizás va a morir a lo alto de algún remoto pico;

al menos así lo juzgan todos, pues su vuelo es muy cansado, un vuelo de moribundo.  

Tomás comenta: 

–       Le ha hecho daño la avidez. 

Mateo añade: 

–       La avidez y la obstinación siempre hacen daño.  

Felipe

–      ¡También a los tres de ayer!…

Pedro:

–      ¡Misericordia eterna!  

Tadeo:

–     ¡Qué triste destino!  

Andrés pregunta: 

–      ¿No se curarán jamás?   

Mateo:

–      Pregúntaselo al Maestro.

Le preguntan a Jesús,

y responde:

–      Mejor sería preguntar si se van a convertir.

Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo, que no sano y pecador.

La lepra queda en la Tierra, en la tumba;

el pecado, en la eternidad. 

Simón Zelote: 

–      A mí me gustó mucho ayer tu discurso de por la noche.

Judas:   

–      Pues a mí no.

Era muy duro para demasiados israelitas.

Jesús: 

–      ¿Estás tú entre ellos?

–       No, Maestro.

–       ¿Y entonces?

¿Por qué esta susceptibilidad?

–       Porque te puede perjudicar.

–      Entonces… 

¿Para evitar perjuicios, debería hacer tratos con los pecadores y hacerme su cómplice?

–       No digo eso.

No podrías hacerlo.

Pero sí guardar silencio.

No buscarte la enemistad de los grandes…

–       Callar es otorgar.

No doy mi visto bueno a los pecados; ni de los pequeños ni de los grandes.

–       ¿Ves lo que le ha pasado al Bautista?

–       Su gloria.

–       ¿Su gloria?….

A mí me parece que es su ruina.

–       Persecución y muerte…

Por fidelidad a nuestro deber, son gloria para el hombre.

El mártir es siempre glorioso.

–       Pero con la muerte se impide a sí mismo ser maestro.

Y aflige a sus discípulos y familiares;

él se quita las penas, pero deja a los otros sumergidos en penas mucho mayores.

El Bautista no tiene a sus más cercanos familiares, es verdad;

pero tiene de todas formas, deberes para con sus discípulos.

–      Aunque tuviera a esos familiares sería igual.

La vocación está por encima de la sangre.

–       ¿Y el cuarto mandamiento?

–       Viene después de los dedicados a Dios.

–      Ya has visto ayer cómo una madre sufre por un hijo…

Jesús llama a María: 

–       ¡Madre! Ven.

María va donde Jesús,

y pregunta:

–      ¿Qué quieres, Hijo mío?

–      Madre… 

Judas de Keriot está perorando en defensa de tu causa, por amor a ti y a Mí.

–      ¿Mi causa?

¿En qué?

–       Quiere persuadirme de que sea más prudente;

para no caer como nuestro pariente Juan.

Y me está diciendo que hay que tener compasión de las madres y no arriesgar la propia vida, por ellas;

porque así lo quiere el cuarto mandamiento.

¿Tú qué piensas de ello?

Te cedo la palabra, Madre, para que adoctrines con dulzura a nuestro Judas.  

María declara: 

–       Yo digo que dejaría de amar a mi Hijo como Dios

que pensaría que siempre me he equivocado,

que he sufrido siempre error acerca de su Naturaleza,

si lo viera perder su perfección, rebajando su pensamiento a consideraciones humanas;

perdiendo de vista las consideraciones sobrehumanas.

O sea: redimir.

Tratar de redimir a los hombres, por amor a ellos y para gloria de Dios;

a costa de crearse penas y rencores.

Lo seguiría queriendo como a un hijo descarriado, por efecto de una fuerza maligna,

lo seguiría queriendo por piedad,

por el hecho de ser hijo mío, porque sería un desdichado;

pero no ya con esa plenitud de amor, con que lo amo ahora viéndolo fiel al Señor.   

Judas puntualiza:

–       A Sí mismo, quieres decir.

–       Al Señor.

Ahora Él es el Mesías del Señor y debe ser fiel al Señor como todos los demás.

Es más, más que ninguno.

Porque su Misión es mayor que toda otra misión que haya existido, existe y existirá, en la Tierra;

ciertamente recibe de Dios la ayuda proporcional a tan alta misión.

–       Pero, ¿no llorarías si le sucediera algún mal?

–       Todas mis lágrimas.

Pero lloraría lágrimas y sangre, si lo viera desleal a Dios.

¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y en hueco de mi mano?

Las sutilezas rabínicas de Judas insisten: 

–       Ello disminuirá mucho el pecado de los que lo persigan.

–       ¿Por qué?

–       Porque tanto Él como tú, casi los justificáis.

–       No lo creas.

Los pecados serán siempre iguales a los ojos de Dios,

tanto si nosotros juzgamos que ello es inevitable,

como si juzgamos que ningún hombre de Israel debería obrar mal, respecto al Mesías.

–       ¿Hombre de Israel?

¿Y si fueran gentiles no sería lo mismo?

–       No.

Para los gentiles sólo habría pecado hacia un semejante.

Israel sabe quién es Jesús.

–       Mucho Israel no lo sabe.

–       No lo quiere saber.

Es incrédulo voluntariamente

A la anti-caridad, por tanto, une la incredulidad y niega la esperanza.

Pisotear las tres virtudes principales no es un pecado mínimo, Judas;

ES GRAVE muy grave, espiritualmente más grave que el acto material respecto a mi Hijo.

La victoria de la Madre,

Maestra formada en el corazón de Israel:

el sagrado Templo de Jerusalén, es irrebatible.

Judas no contesta más. 

Porque ya se ha quedado sin argumentos suficientes…

Entonces se agacha para atarse una sandalia y se queda retrasado.

La caminata continúa, con los demás participando en diferentes diálogos..

Llegan a un risco que está casi en la cima y que se extiende por entero hacia adelante;

como si quisiera correr hacia la sonrisa azul del mar infinito.

Un tupido encinar proyecta una luz de color esmeralda claro, en que inciden leves agujas de sol,

en este picacho bonito, aireado, abierto a la costa ya cercana, frente a la majestuosa cadena del Carmelo.

Hacia abajo, al pie del monte del risco saliente como por anhelo de volar,

más abajo de unos pequeños campos a mitad de la pendiente,

hay un valle estrecho con un torrente profundo.

Bastante imponente por la violencia de las aguas, en tiempo de crecida;

mas ahora reducido a un espumaje de plata en el centro del lecho.

El torrente corre hacia el mar rozando la base del Carmelo.

Un camino realzado sigue su orilla derecha.

Un camino que une una ciudad construida en el centro de la bahía, con las del interior de Samaria.  

Jesús dice:

–       Aquella ciudad es Sicaminón.

Llegaremos en la noche.

Ahora descansaremos porque el descenso, aunque fresco y corto, es difícil.

Y, sentados en círculo, mientras se asa en una tosca brocheta un cordero que fue regalo de los pastores. 

Se generaliza la conversación entre todos…  

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236 PARÁBOLA DEL BOSQUE PETRIFICADO


236 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

.Una gran fogata está encendida para iluminar la reunión.

Sentados en semicírculos en los campos, hay  muchas personas

Esperan a que Jesús vaya y les hable.

Entretanto ellos conversan de las cosas que han pasado durante el día.

Entre ellos está también Abel, con el cual muchos se congratulan; 

diciendo que todos creían en su inocencia.  

Abel objeta: 

–      ¡Pero me habríais matado!

Y No puede contenerse de responder el jovencito,

señalando: 

–       Incluso tú.

Que me habías saludado delante de la puerta de mi casa,

precisamente a la hora en que asesinaron a Joel.

El hombre se ruboriza, pero no contesta nada.

Y Abel añade:

–      Pero te perdono en Nombre de Jesús. 

En esos momentos Jesús ya ha salido del aprisco y está yendo hacia ellos.

Alto, vestido de blanco, en medio de los apóstoles, seguido por los pastores y las mujeres.  

Cuando llega, los saluda diciendo: 

–       Paz a todos vosotros.

Si el hecho de haber venido ha valido para instaurar el Reino de Dios entre vosotros;

bendito sea el Señor.

Si haber venido ha valido para hacer brillar la inocencia, bendito sea el Señor.

Si haber llegado a tiempo de impedir un delito;

sirve para dar a tres que son culpables el modo de redimirse, bendito sea el Señor.

Ahora bien, de entre todas las cosas que esta jornada sugiere meditar…

¿Y qué meditaremos mientras la noche desciende a envolver en tinieblas, la alegría de dos corazones

y el remordimiento de otros tres?

¿Y  en sus tinieblas esconde, como bajo un pudoroso velo, las lágrimas de gozo de los primeros?

¿Y  las lágrimas abrasadoras de los otros?

Mas Dios las ve.

Entre todas estas cosas, está la que indica que nada de lo que Dios ha dado como Ley, es inútil.

Israel observa mucho, sólo nominalmente, la Ley que Dios ha dado;

en realidad no la observa.

Ahí está la Ley.

La analizan, la escrutan, la descuartizan…

Hasta que muere torturada con minuciosas sutilezas.

Ahí está.

Pues bien, de la misma forma que un cadáver momificado no tiene vida;

ni respiración ni circulación de sangre;

a pesar de tener la apariencia de alguien que, inmóvil, duerme.

La Ley tampoco tiene vida ni respiración ni sangre en demasiados corazones; demasiados, demasiados.

En una momia uno se puede sentar como si fuera una banqueta.

En ella se pueden apoyar objetos, vestidos o inmundicias, si se quiere.

Y no se rebela porque no tiene vida.

Así, muchos hacen de la Ley una banqueta, un apoyo, un lugar donde arrojar sus  porquerías;

seguros como están de que no se rebelará en su conciencia, porque para ellos ha muerto.

Podría comparar a buena parte de Israel con los bosques petrificados; 

que se ven diseminados por el valle del Nilo y en el desierto egipcio.

Eran verdaderos bosques, de árboles vivos nutridos de savia;

susurrante su follaje bajo el sol, bellos con sus abundantes frondas, flores y frutos.

Hacían del lugar en que se alzaban un pequeño paraíso terrenal, grato a hombres y animales;

que olvidaban la aridez desolada del desierto;

la sed abrasadora que las arenas, penetrando en la garganta con su polvo ardiente, producen en el hombre;

Olvidaban al despiadado sol que calcifica en poco tiempo los cadáveres, descargándolos;

consumiendo sus carnes y convirtiéndolas en polvo;

dejando yacentes, entre las curvas de las arenas, abundantes esqueletos,

limpios como por la mano de un atento artesano.

Olvidaban todo en la verde sombra susurrante, rica de frutos y agua que daban nuevas fuerzas;

aliviaban, devolvían el coraje para nuevos trayectos.

Luego, por causa desconocida, cual cosas malditas;

no sólo se secaron,

como los árboles que cuando mueren sirven todavía para encender fuego en los hogares del hombre.

O sirven a los peregrinos de países lejanos, para hacer hogueras que iluminen la oscuridad;

mantengan alejadas a las fieras y disipen la humedad de la noche.

No sólo se secaron, sino que no sirvieron tampoco para leña: se hicieron de piedra; piedra.

Trunk of petrified tree in Petrified Forest National Park

Parecía como si, por un sortilegio, la sílice del suelo hubiera subido de las raíces al tronco;

a las ramas, a las hojas.

Luego, los vientos quebraron las ramitas más delgadas, que se habían hecho como de alabastro, duro y frágil al mismo tiempo.

Las ramas más resistentes están allí, unidas a sus fuertes troncos, para engaño de las cansadas caravanas;

que con el reflejo cegador del sol o la luz espectral de la luna; 

ven perfilarse las sombras de los troncos que se alzan enhiestos en las llanuras elevadas.

O en el fondo de esos valles que reciben el agua, sólo durante las fecundas crecidas.

Caravanas que, por el ansia de un refugio, de alivio, de un pozo, de frutos frescos…

Y por el cansancio de los ojos cegados por el sol en las arenas desprotegidas,

se lanzan hacia los bosques fantasmas,

¡Verdaderamente fantasmas!

Ilusoria apariencia de cuerpos vivos; real presencia de cosas muertas.

Yo los he visto.

Me quedaron impresos, a pesar de que fuera poco más de un párvulo,

como una de las cosas más tristes de la Tierra.

Así me parecieron hasta que no toqué, medí, pesé, las cosas totalmente tristes de la Tierra;

totalmente tristes por estar completamente muertas.

Las cosas inmateriales, o sea, las virtudes y almas muertas:

las primeras, muertas en las almas;

las almas, muertas por haberse matado.

“La Ley está en Israel, pero su presencia es como la de los árboles petrificados en el desierto.

Han venido a ser sílice.

Muertos.

Objeto de engaño.

Objeto destinado a disgregarse sin servir;

antes al contrario, perjudicando, porque crean espejismos que seducen

Y atrayendo hacia su muerte, alejan de los verdaderos oasis.

Y hacen morir de sed, de hambre, de desolación.

Es una muerte que atrae a otros a la muerte, como se lee en algunas fábulas de mitos paganos.

Hoy habéis tenido un ejemplo de lo que es una Ley reducida a piedra,

en un alma también petrificada:

es pecado de todo tipo, creador de desventura.

Que os sirva para saber vivir.

Y saber hacer revivir la Ley en vosotros, con toda su integridad;

iluminada por Mí con luces de misericordia.

La noche está solemne.

Las estrellas nos miran y con ellas Dios.

Alzad la mirada al cielo estrellado y elevad el espíritu a Dios.

Y, sin críticas hacia esos desdichados que ya han recibido el castigo de Dios.

Y sin orgullos por no tener su pecado;

prometed a Dios y prometeos a vosotros mismos no caer en la aridez de los árboles malditos,

de los desiertos y valles de Egipto.

Jesús ha dado su discurso sobre la Ley, la hipocresía para obedecerla por la falta de fe

y finaliza diciendo:

–       Nada es inútil de cuanto Dios estableció en su Ley.

La Ley que dio, Israel la observa de Nombre, pero no en la realidad.

Son ilusorias apariencias de cuerpos vivos.

Reales presencias de cosas muertas:

las cosas inmateriales; esto es, la virtud y las almas muertas.

La Ley existe en Israel,

pero se ha convertido como las plantas petrificadas en el desierto de Egipto;

en el Valle del Nilo;

en un espejismo que produce la muerte.

Tuvisteis hoy un ejemplo de lo que significa una Ley reducida a piedra en corazones

que se habían petrificado.

Cuando no actuamos bien, nuestro corazón se va endureciendo y nos volvemos solitarios, egoístas, desconfiados. Y necesitamos que Alguien nos sane…

Es causa de toda clase de pecados y desventuras.

Si el haber llegado a tiempo para impedir un crimen, sirve también para dar un medio para redimirse a tres culpables,

Bendito sea el Señor.

 

Ya es muy noche.

Las estrellas nos están mirando y también Dios.

Levantad la mirada al cielo estrellado y elevad hacia Dios vuestro corazón,

sin criticar a los infelices que Dios ha castigado.

La paz sea con vosotros.

Los bendice y luego se retira al vasto recinto del aprisco, rodeado de rústicos pórticos;

bajo los cuales los pastores han extendido mucho heno para que sirva de lecho a los siervos del Señor.

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235 SACERDOTE Y JUEZ


235 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Juicio ante un homicidio 

Jesús va con premura hacia el centro de la población..

Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes;

que se quedan con todas las mujeres, menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús.

Y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.

En la tercera calle que atraviesa la via central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago;

que se habían adelantado, a buscar hospedaje.

Ellos vienen gesticulando y les hacen señas….

Y dan gritos.

Pedro está muy impresionado, desencajado…

Y dice con angustia:

–     ¡Qué desgracia, Maestro!

Ay, lo que está sucediendo, Maestro… lo que está sucediendo!

¡Qué desgracia y qué pena!

¡Qué cosa más triste!

Simón Zelote agrega:

–     Un hijo a quién arrebatan de su madre a la fuerza, para matarlo.

Y ella lo defiende como una hiena;

pero es sólo una mujer contra los soldados y ellos están armados.

Judas dice:

–      Le sale sangre por todas partes.

Santiago de Zebedeo añade:

–      Le rompieron la puerta,

porque se había atrancado detrás de ella.

La Virgen tiene las manos juntas, orando con fuerza…

Y contesta:

–    Voy donde esa mujer.

Jesús confirma:

–     Yo también voy allá.

Simón:

–     ¡Oh, sí!

¡Tú eres el único que puede consolarla!

Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo.

Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel.

Se oyen los gritos desgarradores de la madre.

Gritos que no parecen humanos.

Agresivos, feroces  y dignos de compasión al mismo tiempo.

Jesús apresura el paso.

Y llega a una placita diminuta, edificada en una curva del camino, que aquí se ensancha…

Y en la cual el tumulto es máximo.

La mujer defiende a su hijo contra los soldados.

Con una mano está aferrada como si fuera una garra de hierro, a un pedazo, que es lo único que queda, de la puerta destrozada;

circundando con el otro brazo la cintura del muchacho; es la otra mano de acero con la que disputa su hijo a los soldados.

Si alguien trata de quitársela lo muerde con furia, sin importarle los golpes que recibe;

ni los tirones en su cabellera; que son tan fuertes, que le echan la cabeza hacia atrás,

arrancándole mechones de pelo…

Cuando no muerde,

grita:

–    Dejadlo!

¡Asesinos!

¡Es inocente!

¡La noche en que mataron a Yoel durmió conmigo a mi lado!

¡Asesinos! ¡Asesinos!

¡Calumniadores! ¡Inmundos!

¡Perjuros! ¡Perversos!

Y al joven aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, sobre el empedrado de la calle…

se vuelve con el rostro desencajado,

y grita:

–      ¡Mamá, mamá!

¿Por qué he de morir si no he hecho nada?

Es hermoso.

Alto, delgado.

De ojos oscuros y dulces.

De cabello ondulado y negro.

Sus vestidos desgarrados, muestran su cuerpo ágil y muy joven; que apenas ha dejado la pubertad.

Jesús, con ayuda de quienes lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca.

Y se abre paso hasta el penoso grupo.

precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer exhausta;

que es incapaz de resistir más la fuerza de la mayoría

Que es arrancada de la puerta y arrastrada como un costal,

unida al cuerpo de su hijo, por la calle empedrada.

Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo.

Y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía.

Al punto se endereza y se pone de rodillas.

Tiende sus brazos hacia su hijo, al que se llevan a toda prisa, en la medida que lo permite la muchedumbre;

que se abre con dificultad y a la que empujan violentamente.

El acusado logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y torciéndose hacia atrás, :

El joven le grita:

–    Adiós, mamá.

Recuerda al menos tú, que yo soy inocente.

La mujer lo mira con ojos demenciales y luego cae por tierra desvanecida…

Golpeando con su cara contra el suelo, en medio de un charco de sangre.

Jesús se interpone al paso de los captores,

y ordena:

–      ¡Deteneos un momento!

¡Os lo ordeno!

Su voz y su rostro no admiten réplica.

Un ciudadano se adelanta del grupo y con tono muy agresivo,

le pregunta

–      ¿Quién eres?

No te conocemos.

Retírate y déjanos ir para que muera antes de que llegue la noche.

–      Soy un Rabí.

El más grande.

En Nombre de Yeové deteneos o Él os destruirá con sus rayos.

Parece como si fuese Él, el que los despidiese con su mirada centelleante.

Y con su Voz fuese a fulminarlos,

preguntando:

–     ¿Quién es el que da testimonio contra éste

Aser dice:

–       Yo, él y él. -señalando al otro poderoso.

–     Vuestro testimonio no es válido, porque no es verdadero.

–      ¿Y cómo puedes decirlo?

–     ¡Estamos prontos a jurarlo!

–      Vuestro juramento es pecado.

Los tres hombres dicen al mismo tiempo:

–      ¿Qué estamos pecando nosotros?

–     ¿Nosotros?

–      ¿Sabes quiénes somos?…

Jesús los atraviesa con su mirada severa…

Y declara:

–     Lo sé.

Vosotros, sí.

Así como adentro fomentáis la lujuria; dais pasto al odio;

apacentáis la avaricia de las riquezas y cometéis homicidios.

Así también sois unos perjuros.

Os habéis vendido a la inmundicia.

Podéis realizar cualquier crimen.

No tenéis remordimiento al cualquier indecencia.

–     Ten cuidado con lo que estás diciendo.

Yo soy Aser…

–     Y Yo Soy Jesús.

–     No eres de aquí.

Y no eres ni sacerdote, ni juez.

No eres nada.

Eres un forastero.

–    Sí. Soy el Forastero, porque la Tierra no es mi Reino.

Pero Soy Juez y Sacerdote, no solo de esta pequeña parte de Israel;

sino de todo Israel y de todo el Mundo. 

Jacobo, el otro testigo,

exclama:

–       ¡Vámonos!

Dejemos a este loco.

¡Vamos, vamos, que éste es un loco!

Y da un empujón a Jesús, para apartarlo.

Jesús lo ve con los ojos del milagro…

Que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y detiene lo que sea, cuando quiere.

Jesús grita con una mirada que paraliza:

–     ¡No darás ni un paso más!

La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta,

cuando declara:

“Tú no darás ni un paso más.

¿No crees lo que estoy diciendo?

Pues bien, mira…

Aquí no hay polvo del Templo, ni el agua de él.

(Se trata del  Juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31)

Y no están las palabras escritas con tinta, para hacer el agua amarguísima;

que es la señal de los celos y el adulterio.

Pero aquí estoy Yo.

¡Y Yo voy a juzgar!

La voz de Jesús es tan resonante como una trompeta.

La gente se amontona para ver.

Y solo la Virgen y María de Alfeo, se quedan a ayudar a la mujer desvanecida.

Jesús continúa:

–    Y Yo voy a Juzgar aquí.

Dadme un poco de polvo del camino y un poco de agua en una taza.

Y mientras me lo traéis…

Vosotros acusadores y tú, el acusado,

responded:

–     ¿Eres tú inocente, hijo?

Dilo con sinceridad al que es tu Salvador.

Abel responde:

–      Lo soy, Señor.

–      Aser,

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–      Lo juro.

No tengo razón para mentir.

Lo juro por el altar.

Descienda del Cielo fuego que me queme, si no digo la verdad.

–     Jacobo,

¿Puedes jurar que eres sincero en tu acusación y no tienes ningún motivo interno para mentir?

–     Lo juro por Yeové.

El amor que tengo por mi amigo occiso, me obliga a hablar.

No tengo nada que ver con éste.

–    Y tú siervo:

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–     Mil veces si fuera necesario.

Mi patrón, mi pobre patrón…

El hombre llora cubriéndose la cabeza con el manto.

–    Está bien.

He aquí el agua y he aquí el polvo.

Voy a decir lo siguiente:

“Padre Santo y Dios Altísimo.

Muestra tu Juicio verdadero por este medio, a fín de que vida y honra,

permanezcan con el inocente y con la madre desolada.  

Y venga digno castigo para el que no lo es.

Pero por la Gracia que tengo ante tus ojos, no fuego ni muerte;

sino larga expiación tenga, el que cometió el pecado.”

Jesús ha dicho estas palabras, con las manos extendidas sobre la taza;

como hace el sacerdote en el altar, durante la Misa, en el Ofertorio.

Después mete la mano derecha en la taza.

Y con la mano rocía a los cuatro sujetos al juicio…

Y luego les hace beber un poco de agua.

Primero al joven y luego a los demás.

Cruza los brazos sobre el pecho y mira.

También la gente mira…

Y un momento después, un grito se les escapa de los labios.

Y se arrojan de bruces a la tierra.

Aterrorizados y adorando al mismo tiempo.

Entonces los cuatro que estaban en línea, se miran entre sí y gritan a su vez.

El joven Abel, de estupefacción.

Los otros de horror…

¡Porque se ven cubiertos en la cara de una subitánea lepra!

¡Mientras que en la del joven no hay nada!

El siervo se arroja a los pies de Jesús,

que se aparta, como todos los demás, incluidos los soldados.

Y se separa tomando de la mano al joven Abel, para no contaminarse con los tres leprosos.

El siervo grita:

–      ¡No! ¡No!

¡Perdón!

¡Estoy leproso!

Son ellos los que me pagaron para que retardase a mi patrón hasta el atardecer,

para pegarle en el camino solitario.

Me hicieron que quitara las herraduras a la mula.

Me enseñaron como mentir, diciendo que yo me había adelantado y no es así;

porque yo me estuve allí, para matarlo junto con ellos.

Diré también por qué lo hicieron.

Porque Yoel se enteró que Jacobo amaba a su joven esposa.

Y porque Aser deseaba a la madre de Abel y ella lo rechazaba.

Se pusieron de acuerdo para librarse de Yoel y de Abel al mismo tiempo

y quedarse con las mujeres.

Esta es la verdad.

¡Quítame la lepra! ¡Quítamela!

Abel, tú eres bueno, ¡Intercede por mí!…

Jesús ordena:

–      Tú vete a donde está tu madre.

Que cuando salga de su desvanecimiento vea tu cara y vuelva a una vida tranquila.

Y vosotros…

Debería deciros: ‘

–       Qué os castiguen como queríais hacer’ sería una justicia humana;

pero os entrego a una expiación sobrehumana.

La lepra de la que os horrorizáis, os salva de ser arrestados y muertos; cómo debería ser y merecéis.

Pueblo de Belén, apartaos.

Abríos como las aguas del mar, para que se vayan éstos a su galera y cumplan su larga condena.

¡Horrible galera! Más atroz que la muerte.

Es una piedad divina que les ha dado un medio para recapacitar si quieren.

¡Váyanse! ¡Largaos!

La multitud se pega a las paredes, dejando libre el centro de la calle.

Y los tres, cubiertos de lepra como si ya tuvieran muchos años padeciéndola;

se van, uno detrás del otro, a la Montaña del silencio,

envueltos en la penumbra que ha empezado a caer.

Lo único que se escucha es su llanto.

Jesús dice a todos:

–      Purificad el camino con mucha agua después de haberos quemado con el fuego.

Soldados; referid que se hizo justicia según la más perfecta Ley Mosaica.

Jesús trata de ir a donde su Madre y su tía María Cleofás.

Que siguen socorriendo a la mujer que está volviendo de su desmayo,

mientras el hijo acaricia las manos heladas y las besa.

Pero la gente de Belén, con un respeto que está lleno de terror,..

Le ruega:

–      ¡Háblanos, Señor!

Eres realmente poderoso.

Eres, sin duda, Aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí…

Anunciando al Mesías.

Jesús responde:

–      Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores.

Ahora voy a confortar a la madre de Abel.

Y va hacia la mujer…

La cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí.

Y mira al rostro amoroso  de María, que le sonríe.

Pero no comprende…

Hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo;

que está inclinado hacia sus manos temblorosas,

y pregunta:

–      ¿Yo también estoy muerta?

¿Esto es el Limbo?

La Virgen María,

responde:

–     No, mujer, es la Tierra.

Éste es tu hijo, salvado de la muerte.

Y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.

La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad:

reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo.

Le toma la cabeza que está inclinada…

Lo ve vivo y sano.

Y lo besa frenéticamente, llorando, riendo…

Recordando todos los nombres de la cuna, para expresarle su alegría.

Abel la acaricia diciéndole:

–      Sí, mamá, sí.

Pero ahora no me mires a mí, sino a Él.

A Él, que me ha salvado.

Bendice al Señor.

La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse,

alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes,

toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.

Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza,

y le dice:

–      Sé feliz.

En paz.

Sé siempre buena.

Y tú también, Abel.

–      No, Señor mío.

Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque Tú las has salvado.

Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí.

Te lo doy con gran alegría,

Y te ruego que me permitas seguirle, para servirle a él y a los siervos de Dios.

–      ¿Y tu casa?

–      Señor, ¿Puede acaso uno que ha resucitado de la muerte?

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

¿Seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?!

Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno.

Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo,

y Tú sé que predicas el amor.

Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor,

y a su misión y a sus siervos.

Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte;

pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor.

Te seguiré a ti y estaré con mi Abel…

-Seguirás a tu hijo y a mí con él.

Sé feliz.

Queda en paz ahora, con mi paz.

Adiós.

Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa,

Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo

y se dirige hacia el aprisco, situado al extremo de una calle,

que termina en los campos…

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234 EL AMOR DE MADRE


234 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Se ve que es destino de las ciudades de este nombre el extenderse plácidas sobre onduladas colinas;

Es ya tarde cuando llegan a Belén de Galilea.

La ciudad está rodeada de colinas ondulantes, verdes y llenas de bosques.

De prados en los que pastan los rebaños que poco a poco, van bajando a sus rediles para pasar la noche.

El crepúsculo baña con sus violáceos colores todo lo que toca.

El aire está lleno de una música pastoril de cencerros y balidos temblorosos,

a los que se unen los gritos alegres de los niños que juegan y las voces de las madres llamándolos.

Jesús dice:

–      Judas de Simón,

ve con Simón a buscar alojamiento para nosotros y las mujeres.

En el centro del poblado está el albergue.

Allí nos reuniremos.

Mientras Judas y Zelote lo obedecen,

Jesús se vuelve a su Madre,

y le dice:

–      Esta vez no sucederá como en la otra Belén en Judea.

Encontrarás dónde descansar, Madre mía.

En este tiempo viajan pocos y no hay ningún edicto.

María contesta amorosa:

–      En esta estación…

Sería placentero dormir aún en los prados.

En medio de estos pastores, entre sus corderitos.

Y María envía una sonrisa a su Hijo,

así como a unos pastorcillos que la miran con curiosidad.

Es tan atractiva su sonrisa,

que uno de ellos da un codazo al otro y le dice en voz baja:

–    Tiene que ser Ella.  

Y se le acercan diciendo:

–       Te saludo… 

María llena de Gracia. ¿El Señor está contigo?

María responde con una sonrisa mucho más dulce:

–     Ahí está.

Y  les señala a Jesús.

Que se ha vuelto para hablar con sus primos y decirles que den limosnas a los  pobres, que se acercan pidiendo quejumbrosamente.

Y tocando levemente a su Hijo, la Madre,

le dice:

–     «Hijo mío, estos pastorcitos te buscan.

Y me han reconocido; no sé cómo…

Jesús sonríe,

y dice:

–    Es que ha pasado por aquí Isaac…

Dejando el perfume de la Revelación.

Jovencito, ven aquí.

El pastorcillo, un morenito de unos trece años, fuerte a pesar de ser delgado, de ojos vivos, negrísimos,;

y cabellos que le caen lacios formando una melena de ébano;

envuelto en su piel de oveja, que lo hace parecer una copia, muy joven, del Precursor;

se acerca a Jesús, como embelesado, con sonrisa beatífica.  

Jesús pregunta: 

–     Paz a ti, niño.

¿Cómo has reconocido a María?

-Porque sólo la Madre del Salvador podía tener esa sonrisa y ese rostro.

Me dijeron: “Una cara de ángel, ojos de estrella, sonrisa más dulce que el beso de una madre;

dulce como su nombre: María.

Una cara tan santa, que pudo inclinarse hacia el Dios recién nacido”.

He visto esto en Ella y la he saludado porque te buscaba.

Te buscábamos, Señor, y…

No me atrevía a saludarte a Tí primero.

–     ¿Quién te ha hablado de nosotros?

–     Isaac de la otra Belén.

Y prometió que nos llevaría a Tí, en cuanto llegara el otoño.

–     ¿Ha estado aquí Isaac?

–     Está todavía por estas regiones.

Con muchos discípulos.

A nosotros, los pastores, fue él quien nos habló.

Creímos en su palabra Señor, deja que te adoremos nosotros también;

como nuestros compañeros en aquella noche dichosa…

Arrodillándose en el polvo del camino.

Y lanza un grito llamando a los otros pastores, que han detenido el rebaño a las puertas de la ciudad.

Puertas por llamarlas de alguna manera, porque en realidad no es una ciudad ceñida de muros.

Están en el mismo lugar en que Jesús se había parado para esperar a las mujeres…

Y entrar con ellas en el pueblo.

El pastorcillo grita:

–     Padre, hermanos, amigos: hemos encontrado al Señor.

Venid. Adorémoslo.

Los pastores vienen y se postran a los pies de Jesús. 

Y le ruegan que no busque alojamiento en otro lugar, sino que acepte su pobre casa;

que está a poca distancia, para él y sus amigos.

Explican: 

–     Es un aprisco grande.

Dios nos protege…

Y tenemos habitaciones, y cobertizos llenos de heno fragante.

Las habitaciones para tu Madre y sus hermanas, porque son mujeres.

De todas formas, también hay una habitación para Tí.

Y llegan los demás pastores que se apiñan con sus ganados, alrededor de Jesús.

Los otros pueden dormir con nosotros en los cobertizos, sobre el heno.

–     Yo también estaré con vosotros.

Será para mí un descanso más agradable, que si durmiera en la habitación de un rey.

Pero vamos antes a avisar a Judas y a Simón. 

Pedro dice: 

–     Voy yo, Maestro.

Y se marcha junto con Santiago de Zebedeo.

Se quedan al borde del camino esperando a que regresen los cuatro apóstoles.

Los pastores miran a Jesús como si fuera ya Dios en su gloria.

A los más jóvenes se les ve verdaderamente felices;

da la impresión de que quisieran grabarse en la mente, hasta los más mínimos detalles de Jesús y María;

la cual se ha inclinado a acariciar a unos corderos…

Que han venido a empinar su morrito, balando, contra sus rodillas.

Y dice:

–     Cuando estaba en Hebrón….

Había uno en casa de Isabel mi pariente, que cada vez que me veía, me lamía las trenzas.  

Le llamaba “amigo”, porque era verdaderamente amigo mío, como un niño;

en cuanto podía, venía a mí corriendo.

Éste me lo recuerda completamente, con  estos dos ojos suyos de dos colores.

¡No lo matéis!

Al otro también se le dejó vivir por el amor que me tenía.

Éste se parece mucho a él, con estos ojos de dos colores.

No lo matéis

Al otro también lo dejaron vivir, porque yo lo quería mucho.

El pastor más anciano contesta: 

–    Es una corderita, Señora.

Si no se degollase a todos los corderitos, no habría lugar en la tierra para nosotros.

–     Lo sé.

Pienso en su dolor y en el de sus madres.

Y la queríamos vender porque tiene ojos de dos colores y creo que con uno no ve bien;

pero la tendremos con nosotros si tú la quieres.

–    ¡Oh, sí!

Ya de por sí quisiera que nunca se matará a ningún corderito…

Son tan inocentes…

Y tienen una voz como la de  un niño cuando llaman a su mamá.

Me da la impresión de que matase a un niño, al degollar uno de estos.

Tanto que gimen cuando les quitan a sus corderitos.

Pero pienso en su dolor y en el de las ovejas madres.

Lloran mucho cuando les quitan a sus hijos.

Parecen realmente madres como nosotras.

No puedo ver sufrir a nadie.

Y ante una madre deshecha de dolor, yo también siento un  desgarro interior.

Es un dolor distinto de todos los otros dolores, porque a nosotras el golpe de la muerte de un hijo;

nos lacera no sólo el corazón y el cerebro sino las propias entrañas.

Nosotras, las madres, permanecemos unidas a nuestro hijo siempre;

quitárnoslo significa lacerarnos y desgarrarnos completamente.

Se parecen a nosotras las madres.

No puedo ver que alguien sufra y siento la aflicción de una madre destrozada…

Ya no sonríe María; tiene un brillo de llanto en sus ojos azules.

Y mira a su Jesús…

Que a su vez la está escuchando y mirando.

Y Ella pone una mano sobre el brazo de Él;

como si temiera que fueran a arrebatárselo de su lado de un momento a otro.

Por el camino polvoriento se acercan un pequeño grupo de personas armadas y gritando.

Los pastores se miran entre sí…

y hablan en voz baja.

Luego dicen:

–       Ha sido buena suerte que no hayan entrado esta tarde en Belén de Galilea.

Jesús pregunta:

–     ¿Por qué?

–      Porque aquella gente que ha pasado y ha entrado en la ciudad, va para arrebatar un hijo a una madre.

–     ¿Pero, por qué?

–     Para matarlo.

–    ¡Oh, no!

¿Qué hizo?

Todos se juntan para oír:

–     Encontraron asesinado por el camino al rico Yoel.

Regresaba de Sicaminón con las bolsas llenas de dinero.

No se trató de ladrones porque el dinero estaba con el occiso.

El siervo que lo acompañaba dice que su patrón le había dicho que se adelantara corriendo, para avisar de su llegada.

Y por el camino, dirigiéndose al lugar donde se cometió el homicidio,

solo vio al joven que ahora van a matar.

Dos de la población juran haberle visto cuando atacaba a Yoel.

Ahora las familias del occiso exigen su muerte.

Y si es homicida…

Jesús pregunta:

–    ¿No lo creéis?

–     No me parece que sea posible.

El joven no es muchacho cualquiera.

Es bueno.

Siempre ha vivido con su madre y es su único hijo.

Ella es una viuda santa.

No le faltan los medios para vivir, pues su marido también era rico.

Él no piensa en las mujeres.

No pasa necesidad, ni es un pendenciero.

No está desquiciado…

No es buscapleitos.

Es un hombre cabal.

¿Por qué tendría que matarlo?

–      Tal vez tendrá enemigos.

–     ¿Quién?

¿Yoel el muerto o Abel, el acusado?

–     El acusado.

–     ¡Ah! No sabría…

Pero… No sé qué decirte.

–     Sé franco, hombre.

–      Señor, pienso una cosa…

Pero Isaac nos dijo que no debemos pensar mal del prójimo…

–     Pero se debe tener valor para salvar a un inocente.

–      Si hablo…

Tenga razón o esté equivocado…

Me veré obligado a huir de aquí, porque Aser y Jacob son poderosos.

–     Habla sin temor.

No tendrás que huir.

–     Señor…

La madre de Abel es joven, bella y sensata.

Y muy industriosa.

Aser y Jacobo no son industriosos, ni sensatos.

Al primero le gusta la viuda y al segundo…

Todo el poblado sabe que el segundo es un adúltero, profanador del tálamo de Yoel.

Yo pienso que…

Jesús dice terminante:

–     Entendido.

Vamos, amigos.

Vosotras quedaos con los pastores.

Volveré pronto.

María suplica:

–     No, Hijo.

Yo voy contigo.

Jesús va con premura hacia el centro de la población..

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233 EL SECRETO DE LA FORTALEZA


233 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

247 LA MEDITACION Y la Oración Mental 

Las estrellas todavía iluminaban el firmamento y aún no había movimiento de pobladores;

cuando la comitiva apostólica dejó atrás la tierra de Nazareth.

Conforme avanza la mañana y el sol ilumina el panorama, el grupo se va adelantando cada vez más…

Entran en una cañada entre dos colinas verdes y muy bien cultivada;;

que el rocío las conserva brillantes y frescas, al contacto con el sol.

Luego siguen por unos valles que acometen el monte por caminos difíciles, pedregosos, estrechos.   

Y suben y bajan, perdiendo horizontes, recuperándolos de nuevo, hasta que llegan a un valle profundo;

por una  bajada inclinadísima, por la que como dice Pedro, sólo las cabras se sienten contentas.

A continuación se internan en el bosque para atravesarlo.

Y bajar al valle donde está el camino que los llevará a Judea.

Santiago de Zebedeo pregunta a Jesús:

–       ¿Dónde vamos a detenernos, Señor mío?  

Jesús responde:

–     En Belén de Galilea.

Pero durante las horas más calurosas haremos una pausa en el monte que domina Meraba.

Así tu hermano se sentirá otra vez dichoso al ver el mar.

Y Jesús sonríe al recordar, cómo su discípulo amado se elevó en contemplación;

transformándose en apóstol de la Luz…

luego concluye:

–     Nosotros los hombres podríamos haber avanzado más…

Pero detrás vienen las discípulas.

Aunque jamás se lamentan, no debemos cansarlas en exceso.

Bartolomé admite:

–     Jamás se lamentan, es verdad.

Nosotros somos más propensos a hacerlo.

Pedro comenta:

–    Y sin embargo…

Están menos acostumbradas que nosotros a esta vida.

Tomás interviene:

–    Tal vez por eso lo hacen con más gusto.

Jesús dice:

–     No, Tomás.

Lo hacen de buen grado y por amor.

Mi Madre y todas, son mujeres de hogar.

Ni mi Madre ni las otras mujeres como María de Alfeo, Salomé y Susana, dejan así con gusto la casa;

para ir por los caminos del mundo y con la gente

Ni tampoco Martha y Juana -cuando venga-, porque no están acostumbradas a estas fatigas…

No lo harían gustosas, si el amor no las impulsase.

Respecto a María Magdalena;

Solo un poderoso amor le puede dar fuerzas para soportar este tormento.

Judas replica:

–    ¿Por qué se lo impusiste, si sabes que es tortura?

No es buena cosa, ni para ella ni para nosotros.  

–    Es necesario….

Ninguna otra cosa podría persuadir al mundo de su indudable conversión;

que es una demostración clara.

María quiere convencer al mundo de que ha cambiado.

Su separación del pasado ha sido perfecta.

Es completa.

–     ¡Eso habrá que verlo!

Todavía es pronto para afirmarlo.

Una vez que uno se ha acostumbrado a un tipo de vida…

Difícilmente se separa del todo.

Nos hacen volver a él amistades y nostalgias –

Mateo le pregunta;

–      Entonces,

¿Tú sientes nostalgia de tu vida de antes?

–   ¿Yo?…

¡No! ¡Claro que no!

Soy un hombre que ama al Maestro…

Y tengo en mí, medios que me sirven para perseverar en mi propósito.

Pero, ella es una mujer.

¡Y qué mujer!

Luego, aunque estuviese muy firme;

no es nada agradable tenerla con nosotros.

Si nos encontramos con rabíes o sacerdotes y grandes fariseos;

pensad que no será placentero el momento.

De antemano me siento enrojecer de vergüenza.

Jesús dice:

–    No te contradigas Judas.

Si realmente has roto los puentes con e1 pasado, como pretendes decir,

¿Por qué te duele tanto, el que una pobre alma nos siga para completar su transformación en el Bien?

–    Por amor, Maestro.

Yo también lo hago todo por amor. por Ti.

–     Entonces perfecciónate en este amor tuyo.

Un amor, para serlo verdaderamente, jamás debe ser exclusivista.

Cuando uno sabe amar sólo un objeto y no sabe amar ningún otro, amado por el objeto de su amor;

demuestra que no está en el verdadero amor.

El amor perfecto ama, con las debidas gradaciones, a todo el género humano, a los animales y plantas;

estrellas y agua,

¡A toda la Creación!

Porque todo lo ve en Dios.

Ama a Dios como conviene y ama todo en Dios.

Mira que el exclusivismo en amor, es muchas veces egoísmo.

Sabe por tanto, llegar a amar también a los demás por amor.

Un amor para ser tal, jamás debe ser posesivo, ni exclusivista;

porque eso no es amor, es Odio.

Debes amar a todos los niveles y con todas las fuerzas.

–    Sí, Maestro.

Entretanto, el objeto del contraste de opiniones va con las otras mujeres, al lado de María;

sin pensar que es la causa de todo ese debate.

Llegan a Yafia.

La atraviesan.

La dejan atrás

Ninguno de sus habitantes ha dado muestras de desear seguir al Maestro, ni tratan de detenerlo.  .

Prosiguen…

Los apóstoles inquietos, por la indiferencia del lugar…

Y Jesús tratando de calmarlos.  

El valle se extiende y ellos continúan en dirección oeste.

Al fondo se ve el pueblo de Meraba, dispuesto al pie de otro monte.

Y también aquí, se muestran indiferentes.

Los únicos que se acercan a los apóstoles, mientras sacan agua de una fuente que está pegada a una casa… 

Son unos niños.

Jesús los acaricia y les pregunta cómo se llaman.

Los niños por su parte, también le preguntan su nombre…

Quién es, a dónde va y qué hace.

Se acerca también un mendigo semiciego, viejo, encorvado…

Y alarga la mano para pedir una limosna…

Que efectivamente, la recibe. 

Luego siguen el recorrido de su travesía…

Están al sur del promontorio del Carmelo donde no se ve el mar;

porque la cadena que es más alta que el monte donde están, oculta su visión.

Se reanuda la marcha con la subida de otro monte, el que cierra el valle;

en el que vierte las aguas de sus riachuelos…

Ahora reducidos a un hilo de agua o sólo a piedras resecas por el sol.

Pero el camino es bueno.

Se abre primero entre bosques de olivos, luego bosques de otros árboles; 

que entrelazan sus ramas formando una galería verde por encima.

Llegan a la cima, coronada por un susurrante bosque de fresnos,

buscando un lugar para descansar y alimentarse.

Encuentran un manantial, donde pueden refrescarse…

Y pasar algunas horas en la sombra susurrante del aireado bosque.  El grupo se divide:

Y todos se han entregado a alguna actividad…

Alguien decide dormir y eligen la manera más cómoda para lograrlo.  

Alguien conversar en voz baja, para no perturbar a los demás. 

Alguien decide contemplar un panorama y buscan el lugar apropiado…

Los de más edad se duermen cansados.

Las mujeres se han retirado detrás de una cortina flotante de madreselvas en flor…

Y se refrescan en otro minúsculo manantial, derivado del más grande.

Juan se aleja de sus compañeros y va junto con Simón, al punto más alto posible, para ver mejor el panorama.

Jesús se aparta, adentrándose en una zona frondosa, para orar y meditar. ;

Mientras tanto la virgen María, con Marta y Susana están hablando de su casa, ya lejana.

Y María dice que querría tener esa hermosa mata toda en flor, como revestimiento de su gruta. 

La Magdalena, que se había soltado el pelo porque no podía resistir su peso, se lo recoge de nuevo,

y dice:

–      Voy con Juan…

Ahora que está con Simón, a mirar con ellos el mar.

La Virgen agrega:

–   También yo voy.  

Las dos se levantan.

Martha y Susana se quedan con las otras Marías: 

Salomé y la madre de los primos de Jesús, que están durmiendo.

Para llegar a donde los dos apóstoles, deben pasar cerca de la zarza que Jesús ha elegido para retirarse en oración.  

María en voz baja, dice:

–    Mi Hijo encuentra su descanso en la Oración.

La Magdalena le responde:

–    ¡Oh, ahora entiendo!   

Pienso que será indispensable para Él retirarse para mantener ese maravilloso dominio que tiene.

Y que el mundo somete a dura prueba.

¿Sabes Madre?

Hice lo que me dijiste.

Cada noche me aíslo para poder restablecer dentro de mí, la calma que turban demasiadas cosas.

Y luego me siento mucho más fuerte.

–     Por ahora te sientes fuerte.

Más adelante te sentirás bienaventurada.

Créelo, María: tanto en la alegría corno en el dolor, en la paz como en la lucha;

nuestro espíritu necesita zambullirse enteramente en el océano de la Meditación,

para reconstruir aquello que el mundo y las diversas vicisitudes debilitan y derriban.

Y para crear nuevas fuerzas para subir cada vez más.

En Israel se hace uso y hasta abuso de la oración vocal.

No quiero decir que sea inútil, ni que Dios la deteste;

pero sí digo que siempre es mucho más útil para el espíritu la elevación mental a Dios,

la MEDITACIÓN…

Porque es más útil al corazón elevarse a Dios con la mente, en la Meditación.

En la que se contempla su Divina Perfección y nuestra miseria…

O la de tantas pobres almas; no para murmurar de ellas,

sino para compadecerlas, comprenderlas y amarlas; agradeciendo al Señor que nos ha sostenido para no pecar.

O nos ha perdonado, para no dejarnos caídas.

 Y para mostrarnos gratas con el Señor, llegamos realmente a ORAR.

O sea, a amar.

Porque la oración, para que sea realmente oración, debe ser amor.

Si no, es un farfullar de los labios, en los que el alma está ausente.  

Con la Meditación, nos sumergimos en Dios y en sus Obras de Amor…

Y así llegamos a orar realmente con amor.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y con nuestro ofrecimiento…

–       ¡No! ¡Eso no!

–       Por qué?

–      Porque me parece que sería un ofrecimiento sacrílego por mi parte ofrecerle mi corazón… 

¡No puedo!…

–    ¿Por qué?

–     ¿Pero es lícito hablar con Dios teniendo los labios todavía sucios de muchas palabras profanas?

Yo, en mis horas de recogimiento, que hago como me has enseñado tú, mi dulcísima apóstol;

hago violencia a mi corazón, que querría decirle a Dios:

“Te amo”…

–      No hagas eso, hija, no lo hagas.

Tu corazón, ante todo, ha sido consagrado de nuevo por el perdón del Hijo,

Y el Padre no ve sino este perdón. 

Pero, aunque Jesús no te hubiera perdonado todavía…

Y tú, en ignorada soledad;

que puede ser tanto material como moral,,

gritaras a Dios:

“Te amo, Padre. Perdona mis miserias, porque me duelen por el pesar que te causan”…

CREE, CREE, cree María, que el Padre Dios por su parte te absolvería…

Y le sería grato tu grito de amor.

Y… abandónate al amor. No le hagas violencia.

Abandónate, abandónate al amor sin oponerle resistencia;

antes al contrario, deja que el amor adquiera la violencia de un fuego devorador.

El fuego consume todo lo material, pero no destruye nada de aire, porque el aire es incorpóreo. 

Al contrario: lo purifica de los detritos minúsculos que en él esparce el viento y lo hace más ligero).

Aún más; permite que en ti se convierta en un incendio devorador.

Así es el amor para el espíritu: consume antes la materia del hombre, si Dios lo permite;

mas no destruye el espíritu, sino que acrecienta su vitalidad.  

El incendio ardiente del amor consume todo lo que es material y tu espíritu aumentará su vitalidad.

Y se hará puro y ágil para subir a Dios.

¿Ves ahí a Juan?

Es realmente muy joven y con todo, es un águila.

Es el más fuerte de todos los apóstoles.

Porque ha comprendido el secreto de la FORTALEZA y la formación espiritual:

La meditación amorosa.  

–       Pero él es puro, yo… 

Él es un muchacho, yo…

–    Mira a Zelote.

No es jovencillo.

Ha vivido su vida y sufrió mucho en el Valle de los leprosos.

Ha luchado, ha odiado; lo confiesa con sinceridad.

Pero APRENDIÓ A ORAR y ha aprendido a Meditar. 

 Y créeme, también él ha llegado muy alto.

¿Ves? Ambos se buscan porque se sienten iguales y se comprenden.

Han alcanzado la misma edad perfecta del espíritu y con el mismo medio: la Oración Mental. 

Por ella, el muchacho se ha hecho viril en el espíritu.

Por ella, el otro ya mayor y cansado, ha vuelto a una fuerte virilidad completa.

Y ¿Sabes de otro que sin ser apóstol, adelantará mucho y se elevará mucho más alto 

por su tendencia natural a la Meditación que ya lo está formando…. ?

¿Y desde que se hizo amigo de Jesús se ha convertido en él, en una grande necesidad espiritual?

Tu hermano Lázaro…

–    ¡Mi hermano Lázaro!…

¿Mi Lázaro?…

¡Oh, Madre, tú que sabes tantas cosas, porque Dios te las muestra,…

Dime cómo me tratará Lázaro la primera vez que me vea?

Antes guardaba silencio con desdén.

Pero lo hacía porque yo no admitía que me hicieran observaciones.

He sido muy cruel con mis hermanos…

Ahora lo comprendo.

Ahora que sabe que puede hablar…

¿Qué me dirá?

Temo una abierta recriminación suya.

Ciertamente me recordará todas las penas que he causado.

Quisiera presentarme ante él inmediatamente.

Pero tengo miedo.

Antes iba y no me inquietaba siquiera el recuerdo de nuestra madre muerta, ni sus lágrimas;

vivas aún sobre los objetos que usó, lágrimas vertidas por mí, por mi culpa.

Mi corazón era cínico, altanero, desvergonzado, cerrado a cualquier voz que no fuera “maldad y pecado”.

Pero ahora yo no tengo ya, la perversa y malvada fuerza del Mal y tiemblo…

¿Qué me hará Lázaro?

¡Oh, Madre! Tengo miedo

Fui muy cruel con mis hermanos.

Dímelo, tú que sabes muchas cosas porque Dios te las muestra, con tu vista espiritual. 

¿Qué me va a hacer Lázaro?

María responde dulcemente:

–     Te abrirá los brazos.

Es como si lo estuviera viendo…

Y te gritará más con el corazón que con  los labios:

‘¡Hermana mía, amada!’

Ha avanzado tanto en Dios, que procederá de este modo.

No tengas miedo.

No te dirá nada del pasado. te está esperando en Bethania…

Está tan formado en Dios…

Y se le hacen muy largos los días de su espera.

Te está esperando a ti, para estrecharte contra su corazón;

para saciar su amor de hermano.  

Para gozarse con la respuesta de sus plegarias…

Si quieres gustar la dulzura de haber nacido del mismo seno, no tienes que hacer nada más, que quererlo como él te quiere.

–      Lo querría aunque me reprendiera.

Me lo merezco.

Lo amaré aunque me eche en cara todo.

Me lo merezco.

–    No. Te amará y nada más.

Sólo te querrá. Sólo esto. 

Han llegado a donde están Simón y Juan.

Además de reposar y comer, también deleitan la vista, porque el panorama es bellísimo.  

Donde hay un nudo de cadenas montañosas y donde la cadena del Carmelo;

en la que se pueden ver las más bellas tonalidades del verde, termina,,; 

Haciendo un incomparable remate frente al oceano.

Allí brilla el mar, abierto, ilimitado, que se extiende con su velo movido por leves olas hacia el norte,

para bañar las orillas que, desde la punta del promontorio formado por el ramal extremo del Carmelo,

suben hasta Tolemaida y las otras ciudades.

Y  se pierde en una ligera niebla hacia la región siro-fenicia. 

Ya han llegado donde Juan y Simón, que están hablando de los futuros viajes.

Ambos se ponen en pie, en signo de reverencia, cuando llega la Madre del Señor.

Y Ella dice:

–     También nosotras venimos a alabar y glorificar al Señor,

por la magnífica belleza en las obras de su Creación.

Simón pregunta:

–      ¿Habías visto antes el mar, Madre?

–      Sí.

Lo he visto.

Y en esa ocasión estaba menos tempestuoso que mi corazón.

Menos salado que mí llanto.

Mientras huía a lo largo del litoral de Gaza, hacia el Mar Rojo.

Con mi Niño entre los brazos y el miedo de Herodes pesando sobre mí, en la espalda.

Yo y José también nos sentimos felices.

De todas formas, la Bondad del Señor, en mil modos;

nos había aligerado el exilio en Matarea.

También lo ví cuando regresamos.

Entonces estaba la primavera en la tierra y en mi corazón.

La primavera del regreso a la patria.

Jesús movía sus manitas, feliz de ver cosas nuevas.

Y María se sumerge en sus recuerdos, para deleite de sus oyentes.

Su conversación sigue mientras a me cesa la capacidad de ver y oír.  

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232 EL HIJO DEL CARPINTERO


Sagrada Escritura Sinagoga de Nazaret

232 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El sábado por la mañana, Jesús está en la sinagoga de Nazareth,

enseñando y diciendo:

“Éste es el apólogo de Abimelec.

Pues bien, voy a proponeros otro; no lejano ni referido a hechos lejanos;

sino cercano, presente.

LA PARÁBOLA DE LOS ANIMALES

Los animales pensaron en elegir a un rey.

Como eran astutos, pensaron elegir a uno del que no debiera temerse fuerza o ferocidad;

descartaron por tanto al león y a todos los otros felinos.

Dijeron que no querían a las rostradas águilas, ni a ninguna otra ave rapaz.

Desconfiaron del caballo, que podía llegarse hasta ellos con rapidez y ver sus acciones;

desconfiaron todavía más del burro, del que conocían la paciencia sí,

pero también los repentinos arranques de furia y las fuertes pezuñas.

Se horrorizaron ante la idea de tener por rey al mono, pues era demasiado inteligente y vengativo.

Con respecto a la serpiente, con la disculpa de que se había prestado a Satanás para seducir al hombre,

dijeron que no la querían como rey, a pesar de sus graciosos colores y la elegancia de sus movimientos;

en realidad no la quisieron porque conocían su silencioso paso majestuoso,

la fuerza de sus músculos y el terrible efecto de su veneno.

¿Elegir rey a un toro o a otro animal provisto de aguzados cuernos?

¡No hombre, no!

“Que el diablo también los tiene” dijeron;

pero en realidad pensaban: “Si nos rebelamos, un día nos extermina con sus cuernos”.

Eliminando a unos y eliminando a otros, he aquí que vieron a un corderito regordete y blanco,

que retozaba alegre por un prado verde, hocicando en la rechoncha mama materna.

No tenía cuernos; antes al contrario, unos ojos mansos como cielo de Abril.

Era manso y sencillo.

De todo estaba contento:

del agua de un pequeño riachuelo donde bebía hundiendo su morrillo rosado;

de las florecillas de variados sabores que satisfacían el ojo y el paladar;

de la tupida hierba, sobre la cual era bonito estar tumbado después de haber comido bien.

Y de las nubes, que parecían otros corderitos que correteasen por aquellos prados azules, allá arriba.

Y le invitaran a jugar, corriendo por el prado como ellas por el cielo.

Y sobre todo, de las caricias de su mamá, la cual todavía le consentía alguna sobria chupada,

lamiéndole mientras tanto, la blanca lana con su rosada lengua.

Y del aprisco, seguro y protegido del viento.

Y de la cama, bien esponjosa y fragante, en que le era dulce dormir junto a su madre.

“Es fácil contentarlo. Y no tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo. Hagámoslo rey”.

Y lo hicieron rey.

Y se gloriaban de él, porque era hermoso y bueno.

Y porque lo admiraban los pueblos vecinos y lo amaban los súbditos por su paciente mansedumbre.

Pasó un tiempo.

El cordero se hizo carnero y dijo:

“Llega el momento de gobernar realmente.

Ahora tengo pleno conocimiento de mi misión.

La Voluntad de Dios, que permitió que fuera elegido re, me ha formado para esta misión…

Y me ha dado capacidad de reinar;

Justo es por tanto, que la ejercite en forma plena, incluso porque si no, sería desperdiciar los dones de Dios”.

Viendo pues a súbditos hacer cosas contrarias a la honestidad de las costumbres;

a la caridad, dulzura, lealtad, morigeración, obediencia, respeto, prudencia, etc.

levantó su voz para amonestar.

Pero he aquí que los súbditos se rieron de su balido sabio y dulce;

que no atemorizaba como el rugido de los felinos,

ni como el chillido de los buitres cuando se lanzan veloces sobre la presa,

ni como el silbido de la serpiente…

ni siquiera como los ladridos del perro que infunde temor.

El cordero ya carnero, no se limitó a balar;

fue donde los culpables para conducirlos de nuevo al cumplimiento del deber.

Ahora bien, la serpiente se le escurrió por entre las patas;

el águila se elevó en vuelo y lo dejó plantado;

los felinos, con una manotada, lo apartaron amenazándole:

“¿Ves lo que hay en esta mano afelpada que por ahora se limita a apartarte? Son garras”;

los caballos y todos los animales corredores en general, se pusieron a girar al galope alrededor de él, en plan de burla;

los robustos elefantes y otros paquidermos, con un golpe del morro, lo tiraron rebotándolo de un lado a otro.

Los monos, desde encima de los árboles, lo hicieron blanco de sus proyectiles.

El cordero ya carnero, acabó por inquietarse, y dijo:

“No quería usar ni mis cuernos ni mi fuerza; porque también yo tengo fuerza en este cuello,

tanto que será modelo para abatir obstáculos de guerra.

No quería usarla porque prefiero usar el amor y la persuasión.

Pero, dado que ante estas armas no os doblegáis, haré uso de la fuerza,

porque no quiero faltar a mi deber para con Dios y para con vosotros,

a pesar de que vosotros faltéis al vuestro para con Dios y para conmigo.

He sido establecido aquí por vosotros y Dios para guiaros a la Justicia y al Bien.

Y aquí quiero que Justicia y Bien es decir, Orden, reinen”.

Y castigó con los cuernos -ligeramente, porque era bueno,

a un perrito que seguía molestando a los que estaban a su lado.

Y luego, con su fortísimo cuello, echó abajo la puerta de la guarida donde un cerdo glotón y egoísta,

había almacenado provisiones en perjuicio de los demás.

Y tiró abajo también la mata de lianas que los jóvenes monos habían elegido para sus ilícitos amores.

“Este rey se ha hecho demasiado fuerte. Quiere realmente reinar y que vivamos una vida sabia.

Esto no nos agrada. Hay que destronarlo” dijeron.

Mas un mono joven y astuto aconsejó:

“Hagámoslo de forma que parezca que ha sido por un motivo justo;

si no, quedaremos mal ante otros pueblos y nos atraeremos la enemistad de Dios.

Vamos a espiar todo lo que hace el carnero, para poderlo acusar bajo apariencia de justicia”.

La serpiente dijo:

–      Me encargo de ello yo.

El mono agregó:

–     Y yo.

Una arrastrándose por entre la hierba y el otro desde las copas de los árboles,

no perdieron ni un momento de vista al cordero.

Y todas las noches, cuando él se retiraba para descansar de las fatigas de la misión…

Y meditaba en las medidas que debería tomar y en las palabras que tendría que usar,

para domar la rebelión y vencer los pecados de los súbditos,

entonces éstos, excepto alguno -raro- honesto y fiel;

se reunían para escuchar el relato de los dos espías y traidores, pues traidores eran también.

La serpiente decía a su rey: “Te sigo porque te amo, para defenderte en caso de que te agredieran”.

El mono decía a su rey: “¡Como te admiro! Quiero ayudarte.

Mira, desde aquí veo que más allá de este prado se está pecando. ¡Corre!”

Y luego decía a sus compañeros:

“Hoy también ha tomado parte en el banquete de algunos pecadores.

Ha simulado que iba allí para convertirlos, pero luego en realidad ha sido cómplice de sus orgías”.

Y la serpiente refería:

“Se ha alejado incluso allende los confines de su pueblo.

Y ha entablado conversación con mariposas, moscardones y babosas.

Es un infiel.

Trata con extranjeros impuros”.

Así hablaban a espaldas del inocente, creyendo que él lo ignorase.

Pero el espíritu del Señor, que lo había formado para su misión,

lo iluminaba también respecto a las conjuras de sus súbditos.

Habría podido huir indignado, maldiciéndolos.

Pero el cordero era manso y humilde de corazón.

Amaba: éste era su error.

Y cometía un error aún mayor:

El de perseverar en su misión, amando y perdonando, a costa de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios.

¡Oh, qué errores éstos ante los hombres!

¡Imperdonables! Tanto que le procuraron la condena.

“Muera. Para liberarnos de su opresión”.

Y la serpiente se encargó de matarlo, porque siempre la traidora es la serpiente…

Éste es el otro apólogo.

¡Ahora te toca a ti entenderlo, pueblo de Nazareth!

¡Y Pueblo de Dios!

Yo, por el amor que me une a ti, te deseo al menos que no pases del grado de pueblo hostil.

El amor de la tierra a la que vine cuando era niño, en que crecí amándoos y siendo amado;

me hace deciros a todos vosotros:

“No seáis más que hostiles.

No hagáis que la historia diga: “De Nazaret vinieron su traidor y sus jueces inicuos”‘.

Adiós.

Juzgad con rectitud y quered con constancia:

Lo primero, todos vosotros;

segundo, aquellos de entre vosotros que no vivan disturbados por pensamientos deshonestos.

Me marcho…

La paz sea con vosotros.

Y Jesús, en medio de un silencio penoso,

quebrado sólo por dos o tres voces que lo aprueban…

Sale triste, cabizbajo, de la sinagoga de Nazareth.

Le siguen los apóstoles.

Al final de todos van los hijos de Alfeo y sus ojos no son ciertamente, ojos de manso cordero…

Miran severamente a la multitud hostil.

Y Judas Tadeo sin vacilaciones, se planta erguido ante su hermano Simón,

y le dice:

–     Creía que tenía un hermano más honesto y de carácter más fuerte.

Simón agacha la cabeza y calla.

Pero el otro hermano José, respaldado por otros de Nazaret,

le reclama:

–     ¡Deberías avergonzarte de ofender a tu hermano mayor!

Tadeo le responde con firmeza:

–     ¡NO!

Me avergüenzo de vosotros.

Y volviéndose hacia todos los nazaretanos,

Sentencia con severidad:

¡De todos vosotros!

Esta Nazareth no es simplemente una madrastra para el Mesías;

es una madrastra depravada.

¡Oíd mi profecía!:

Lloraréis tantas lágrimas como para alimentar una fuente;

pero no servirán para lavar de los libros de la Historia…

El verdadero nombre de esta ciudad y de vosotros.

¿Sabéis cuál es?: 

“ESTUPIDEZ”.

Adiós.

Santiago añade un saludo más amplio, pero igual recriminatorio…

Y augurando luz de sabiduría.

Y salen, junto con Alfeo de Sara y otros dos jóvenes;

que son los dos cuidadores de asnos que los acompañaron para ir al encuentro de Juana de Cusa,

cuando estaba moribunda  y Jesús prácticamente la resucitó…

La gente, que ha quedado confundida,

murmura:

–      ¡¡¿Pero de dónde le viene tanta sabiduría?!!

–     ¿Y de dónde los milagros que hace?

–     Porque hacerlos los hace.

–    Toda Palestina lo dice.

–    ¿No es el hijo de José el carpintero?

Todos le hemos visto hacer mesas y camas en el banco del artesano de Nazareth,.

Y arreglar ruedas, yuntas y cierres.

Ni siquiera fue a la escuela.

Su Madre fue su única maestra.

José de Alfeo, dice:

–      Eso también fue un escándalo.

Que nuestro padre criticó.

–     Pero también tus hermanos terminaron la escuela con María de José.

–     ¡Ya!

Mi padre fue débil ante su mujer… – responde José.

–     Entonces…

¿También el hermano de tu padre?

–      José también.

Y esto recrudece la polémica:

–    ¿¡Entonces no era hijo de José?!

–     ¿Pero es realmente el hijo del carpintero?

–     ¿Pero es que no lo ves?

–     Hay muchos que se parecen.

–     Creo que es uno que se hace pasar por él, pero no lo es.

–     ¿Y dónde está entonces Jesús de José?

–     ¿Pero tú crees que su Madre no lo va a conocer?

–    ¿Y los parientes?

–    Los parientes también estamos divididos.

–      Aquí están TODOS sus hermanos y hermanas.

–      Y todos ellos lo reconocen como pariente.

–      ¿No es verdad, vosotros dos?

Los dos mayores hijos de Alfeo asienten.

(Para entender esto, hay que CONOCER y comprender la cultura del Medio Oriente,

Y como se denomina la perentela...

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donde la educación patriarcal admite la poligamia y esto origina la herejía aprovechada por Satanás, 

para los ignorantes y analfabetos espirituales de Occidente) 

–     Entonces se ha vuelto loco…

–    O está endemoniado…

Porque lo que dice no puede provenir de un obrero.

–     Lo que habría que hacer es no escucharlo.

–    Su pretendida doctrina es delirio o posesión…

Y la polémica originada por la incredulidad, crece como una avalancha…

Mientras tanto….

Jesús está parado en la plaza esperando a Alfeo de Sara, que habla con un hombre.

Mientras espera, uno de los arrieros, que se había quedado cerca de la puerta de la sinagoga,

Y le dice las calumnias que allí se han dicho.

–     No te apenes por esto.

Un profeta, generalmente no recibe honor, ni de su patria ni de su casa.

El hombre es tan necio que cree que para ser profetas, es necesario casi estar fuera de la vida;.

Y los coterráneos y familiares, más que todos los demás,

conocen y recuerdan la humanidad de su paisano y pariente.

Pero la verdad triunfa siempre.

Adiós.

La paz sea contigo.

–     Gracias, Maestro.

Bendito seas por haber curado a mi madre.

–     Lo merecías, porque supiste creer.

Mi poder aquí es inoperante, porque aquí no hay fe.

Y volviéndose hacia los suyos,

Jesús agrega:

Vamos, amigos.

Mañana al |alba nos marchamos.

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231 PARÁBOLA DE LOS ÁRBOLES


231 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

246 Un apólogo para los habitantes de Nazaret, los cuales permanecen incrédulos

El sábado por la mañana en la sinagoga de Nazareth….

Jesús está leyendo:

7. Se lo anunciaron a Jotam, quien se colocó en la cumbre del monte Garizim, alzó la voz y clamó: «Escuchadme, señores de Siquem, y que Dios os escuche.

8. Los árboles se pusieron en camino para ungir a uno como su rey. Dijeron al olivo: “Sé tú nuestro rey.”

9. Les respondió el olivo: “¿Voy a renunciar a mi aceite con el que gracias a mí son honrados los dioses y los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?”

10. Los árboles dijeron a la higuera: “Ven tú, reina sobre nosotros.”

11. Les respondió la higuera: “¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a vagar por encima de los árboles?

12. Los árboles dijeron a la vid: “Ven tú, reina sobre nosotros.”

13. Les respondió la vid: “¿Voy a renunciar a mi mosto, el que alegra a los dioses y a los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?”

14. Todos los árboles dijeron a la zarza: “Ven tú, reina sobre nosotros.”

15. La zarza respondió a los árboles: “Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y cobijaos a mi sombra. Y si no es así, brote fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano.”»

Jesús ha leído el apólogo contra Abimelec (Jueces 9, 7-15)

Y al terminar con las palabras: «”salga de él fuego y devore los cedros del Líbano”».

Luego restituye el rollo al arquisinagogo.

Que le dice: 

–     ¿No lees lo demás?

Sería conveniente para comprender el apólogo – dice el jefe de la sinagoga.

Jesús responde:

–      No hace falta.

El tiempo de Abimelec está ya muy lejano.

Yo aplico al momento presente el viejo apólogo.

Escuchad, gentes de Nazaret. 

Ya sabéis, por la instrucción recibida de vuestro arquisinagogo, el cual en su momento fue instruido a su vez por un rabí y éste a su vez por otro.

Y así sucesivamente desde hace siglos, siempre con el mismo método y las mismas conclusiones.

Ya sabéis las aplicaciones del apólogo contra Abimelec.

Yo os voy a hablar de otra aplicación:

Y os ruego que sepáis usar vuestra inteligencia, que no seáis como esas cuerdas que pasan por la polea de un pozo…

que hasta que no se gastan van de la polea al agua y del agua a la polea, sin poder jamás cambiar.

El hombre no es una soga obligada, ni un instrumento mecánico.

El hombre está dotado de cerebro inteligente y debe saber usarlo por sí mismo;

según las necesidades y circunstancias. 

Porque, si bien la letra de la palabra es eterna, las circunstancias cambian.

Son raquíticos esos maestros que no saben saber querer el esfuerzo y satisfacción,

que supone el ir extrayendo gradualmente la enseñanza nueva;

es decir, el espíritu que siempre está contenido en las palabras antiguas y sabias.

Serán semejantes al eco, que lo único que puede hacer es repetir iIncluso hasta el infinito,

una sola palabra, sin decir ni siquiera una de su propia cosecha.

Los árboles, es decir, la Humanidad representada en el bosque;

en que están reunidas todas las especies de árboles, arbustos y hierbas,

sienten la necesidad de que los guíe uno que cargue no sólo con todas las glorias,

sino también -y es peso mucho mayor- con todas las cargas de la autoridad.

Y con la responsabilidad de la felicidad o infelicidad de los súbditos,

la responsabilidad ante los propios súbditos, ante los pueblos vecinos y lo que es terrible: ante Dios.

Porque los hombres otorgan todo tipo de coronas o preeminencias sociales, es verdad;

pero también es verdad que Dios lo permite,.

Y sin su condescendencia, ninguna fuerza humana puede imponerse.

Esto explica los cambios inimaginables e imprevistos de dinastías que parecían eternas.

O de poderes que parecían intocables: cuando sobrepasaron la medida,;

en castigo o prueba para los pueblos, fueron derrocados por los propios súbditos, con el permiso de Dios.

Y vinieron a ser nada, polvo, o incluso fango de mísera cloaca.

He dicho que los pueblos sienten la necesidad de elegirse a uno, que cargue con todas las responsabilidades,

para con sus súbditos, para con las naciones vecinas y lo que es más tremendo: para con Dios.

En efecto, si el juicio de la historia es terrible, en vano los intereses de los pueblos tratan de mutarlo;

pues hechos y pueblos futuros lo devolverán a su primera, tremenda verdad…

Todavía peor es el juicio de Dios, quien no sufre presiones de nadie, ni está sujeto a cambios de humor;

o de juicio, como demasiadas veces les sucede a los hombres…

Ni todavía mucho menos, a errores de juicio.

Por tanto, los elegidos para dirigir pueblos y crear historia, tendrían que actuar con la justicia heroica propia de los santos;

para no caer en la ignominia en los siglos futuros y recibir el castigo de Dios, por los siglos de los siglos.

Pero volvamos al apólogo de Abimelec.

Los árboles pues, queriendo elegir un rey, fueron donde el olivo.

Mas éste, árbol sagrado y consagrado para usos sobrenaturales, por el aceite que arde ante el Señor

y es parte preponderante en los diezmos y sacrificios;

éste, que presta su líquido para elaborar el bálsamo santo con que se ungirán altares, sacerdotes y reyes,;

líquido que desciende al interior de los cuerpos enfermos;

o que se aplica sobre ellos, con propiedades, diría casi taumatúrgicas, respondió:

“¿Cómo puedo desatender mi vocación santa y sobrenatural, para rebajarme a cosas de la tierra?”.

¡Oh, dulce respuesta del olivo!

¿Por qué será que no la aprenden y practican todos aquellos a quienes Dios elige para santa misión, al menos estos?

En verdad, deberían responder así todos los hombres a las sugestiones del demonio;

dado que todo hombre es rey e hijo de Dios, dotado de un alma que lo hace tal: regio, filialmente divino…

Y llamado a sobrenatural destino.

Tiene un alma que es altar y casa: el altar de Dios;

la casa a donde el Padre de los Cielos desciende a recibir amor y reverencia del hijo y súbdito.

Todo hombre tiene un alma…

Y toda alma siendo altar, hace del hombre que la contiene un sacerdote, custodio del altar.

Y está escrito en el Levítico: “El Sacerdote no se contamine”.

El hombre pues, tendría el deber de responder a la tentación del demonio, del mundo y la carne:

“¿Puedo yo dejar de ser espiritual para ocuparme de cosas materiales y pecaminosas?”.

“Los árboles fueron entonces donde la higuera.

Y la invitaron a que reinara sobre ellos.

Pero la higuera respondió:

“¿Cómo puedo renunciar a mi dulzura y a mis suavísimos frutos por reinar sobre vosotros?”.

Muchos se dirigen a la persona dulce para tenerla como rey; no tanto por admiración de su dulzura;

cuanto porque esperan que siendo muy dulce, acabe transformándose en un rey de tres al cuarto;

del cual podrán obtener todo tipo de consenso y con el cual podrán permitirse todo tipo de licencias.

Pero la dulzura no es debilidad;

es bondad, justa, inteligente, firme.

No confundáis nunca la dulzura con la debilidad:

la primera es virtud; la segunda, defecto.

Y precisamente por ser virtud, comunica a quien la posee una rectitud de conciencia;

que le permite resistir a las solicitaciones y seducciones humanas;

que pretenden doblegarlo a sus intereses que no son los de Dios.

Y permanece fiel a su destino, a toda costa.

El dulce de espíritu no rebatirá nunca con acritud las recriminaciones de los demás;

no rechazará nunca con dureza a quien lo solicita;

no obstante, perdonando y sonriendo, dirá siempre:

“Hermano, déjame a mi dulce suerte.

Estoy aquí para consolarte y ayudarte;

pero no puedo ser rey como tú lo concibes;

porque una sola realeza me interesa y me preocupa, por mi alma y por la tuya: la espiritual”.

Los árboles fueron a la vid y le pidieron que reinara sobre ellos.

Pero la vid respondió:

“¿Cómo puedo renunciar a ser alegría y fuerza para ir a reinar sobre vosotros?”.

Ser rey, tanto por las responsabilidades como por los remordimientos, es más raro que un diamante negro

el rey que no peca y no se crea remordimientos, lleva siempre a estados espirituales sombríos.

El poder seduce mientras resplandece como  un faro de lejos;

una vez que uno lo alcanza, se ve que no es sino resplandor de luciérnaga, no de estrella.

Y también: el poder no es sino una fuerza ligada por mil sogas:

las de los mil intereses que bullen en torno a un rey.

Intereses de los cortesanos, intereses de los aliados, intereses personales y de la parentela.

¿Cuántos reyes se juran a sí mismos, mientras el óleo los consagra: “Seré imparcial”

Y luego no saben serlo?

Cual árbol robusto que no se rebela contra el primer abrazo de la hiedra débil y delgada, sino que dice:

“Es tan frágil, que no me puede causar daño”, antes al contrario se complace de que la hiedra lo enguirnalde,

se complace de ser el protector que la sujeta mientras sube;

así, tan frecuentemente -podría decir que siempre-, el rey cede al primer abrazo del interés que a él se dirige:

de cortesano o de aliado, personal o de parentela.

Y se complace en ser su munífico protector.

“¡Es tan poca cosa!” dice, aunque la conciencia le grite: “¡Ten cuidado!”.

Y piensa que no le podrá perjudicar ni en cuanto al poder, ni en cuanto al buen nombre.

Lo mismo piensa el árbol.

Mas llega el día en que, robusteciéndose y extendiéndose;

aumentando su voracidad de succionar linfa del suelo y subir a la conquista de luz y sol;

la hiedra abraza, rama tras rama, todo ese árbol fuerte.

Y prevalece sobre él, lo ahoga, lo mata…

¡Y era tan frágil; y él, tan fuerte!

Sucede igual con los reyes.

Un primer compromiso con la propia misión, un primer gesto de encogerse de hombros ante la voz de la conciencia…

Y ello porque las alabanzas son dulces y porque agrada ese aire de protector solicitado…

Llega un momento en que ya no es el rey, el que reina, sino los intereses de los demás.

Estos intereses atan al rey, lo amordazan, hasta ahogarlo.

Y lo matan si, siendo ya más fuertes que él, ven que no se da prisa en morir.

También el hombre común, que es lo mismo un rey en el espíritu…

Se pierde si acepta realezas menores por soberbia o ambición.

Y pierde su serenidad espiritual, la que le viene de la unión con Dios.

Porque el demonio, el mundo y la carne, pueden dar un poder y gozo ilusorios;

pero a costa de la alegría espiritual que viene de la unión con Dios.

¡Alegría y fuerza de los pobres de espíritu!

¡Bien merecéis que el hombre sepa decir:

“¿Cómo podré aceptar la realeza sobre la parte inferior, si aliándome con vosotros,

pierdo fuerza y alegría internas y el Cielo y su verdadera realeza?

” Y pueden decir también estos bienaventurados pobres de espíritu,

que tienen como único objetivo la posesión del Reino de los Cielos y desprecian todas las demás riquezas que no sean el Reino…

Pueden decir:

“¿Cómo decaer en nuestra misión, que consiste en producir maduros jugos,

fortalecedores y de alegría para esta Humanidad,

hermana nuestra, que vive en el desierto de la animalidad.

Y que necesita apagar su sed para no morir y para nutrirse de jugos vitales,

cual niño que no tiene a nadie que lo alimente?

Nosotros somos las nodrizas de esta Humanidad que ha perdido el seno de Dios.

Esta Humanidad que vaga estéril y enferma…

Y que encontraría la muerte desesperada, el negro escepticismo, si no nos encontrase a nosotros;

que con la alegre laboriosidad de quien está libre de todo lazo terreno,

los persuadiéramos de que hay una Vida, una Alegría, una Libertad, una Paz.

No podemos renunciar a la Caridad por un interés mezquino.

Los árboles se dirigieron entonces al espino.

Éste no los rechazó.

Pero impuso pactos severos:

“Si me queréis como rey, venid aquí debajo de mí.

Si me elegís y luego no queréis venir;

haré de cada espina encendido tormento y os quemaré a todos, incluso a los cedros del Líbano”.

¡He aquí cuáles son las realezas que el mundo acepta como verdaderas!

La corrupción de la Humanidad es causa de que se tomen por verdadera realeza, la tiranía y la crueldad;.

Y la mansedumbre y bondad, por estupidez y bajos sentimientos.

El hombre no se somete al Bien, pero sí se somete al Mal.

El Mal lo seduce.

La consecuencia es que el Mal lo consume con fuego…

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230 INCREDULIDAD HOSTIL


230 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La primera escala de Jesús en Nazareth, es en casa de Alfeo.

Estando ya para entrar en el huerto, se encuentra con María de Alfeo, que sale con dos ánforas de cobre para ir a la fuente.

Jesús la saluda:

–     ¡La paz sea contigo, María!

Y abraza a su tía.

La cual, efusiva como siempre, lo besa y emite un grito de alegría.

–     ¡Oh! ¡Bendito!

¡Sin duda será un día de paz y alegría, Jesús mío, porque has venido!

Y abriendo los brazos a Tadeo y Santiago, añade: 

¡Oh, queridísimos hijos míos!

¡Qué felicidad para vuestra mamá el veros!

Y besa a sus dos hijotes, que estaban inmediatamente detrás de Jesús.

–    Estáis conmigo hoy.

¡Parece algo irreal! 

Tengo precisamente encendido el horno para el pan

Estaba yendo por agua para no tener luego que suspender la cocción.

Tadeo y Santiago la besan a su vez, tomando las ánforas.  

Y diciendo: 

–     Mamá, vamos nosotros» 

María de Alfeo, exclama: 

–     ¡Qué buenos son!

¿No es verdad, Jesús?

Jesús confirma: 

–     Muy buenos.

–     Pero también contigo,

¿No es verdad?

Porque si te quisieran menos de lo que me quieren a mí, yo los querría menos.

–     No temas, María.

Para mí son sólo motivo de alegría

–     ¿Estás solo?

María se ha ido tan al improviso…

Si lo hubiera sabido, habría ido también yo.

–     Estaba con una mujer…

–    ¿Una discípula?

–     Sí.

La hermana de Martha.

–     ¡Oh, bendito sea Dios!

¡He orado mucho por esto!

¿Dónde está?

–     Mira allá.. 

Está llegando con mi Madre, Martha y Susana.

En efecto, las mujeres están apareciendo por un recodo del camino. 

Seguidas por los apóstoles.

María de Alfeo corre a su encuentro.

Y exclama:

–     ¡Oh, benditas! 

Y digiéndose a la Magdalena: 

¡Qué feliz me siento de poder llamarte hermana

Debería amarte hija, porque tú eres joven y yo vieja;

pero te llamo con ese nombre que tanto amo desde que se lo doy a mi María.

¡Querida mía!

Ven, estarás cansada…

Aunque, bueno, también contenta.

Y besa a la Magdalena mientras la tiene tomada de la mano,

como queriendo hacerle sentir aún más que la quiere.

La belleza fresca de la Magdalena parece todavía más viva;

al lado de la persona gastada de la buena María de Alfeo.

–     Hoy todos en mi casa.

No os dejo que os marchéis…

Y  con un suspiro del alma que le sale involuntariamente,

se le escapa la confesión:

–    ¡Estoy siempre muy sola!

Cuando no está mi cuñada, paso los días muy tristes y solitarios.  

Martha pregunta: 

–     ¿No están tus hijos? 

María de Alfeo se ruboriza…

Y suspira,

antes de decir:

–     Con el alma sí.

Todavía. Ser discípulos une y divide…

Pero de la misma forma que tú María, has venido;

también ellos vendrán…

Y se seca una lágrima.

Mira a Jesús, que la está observando con piedad.

Y se esfuerza en sonreír,

para preguntar: 

–      ¿Son cosas largas, verdad?

Jesús responde: 

–      Sí, María.

Pero tú las verás…

–     Tenía esta esperanza…

Después de que Simón…

Pero después ha sabido otras… cosas.

Y está otra vez en la indecisión. 

¡Ámalo igualmente, Jesús!

–     ¿Lo pones en duda?

María mientras habla, prepara algo de comer y beber, para los peregrinos…

Sorda a las palabras de todos, que le aseguran que no tienen necesidad de nada.

Mirando a los apóstoles, 

Jesús dice: 

–     Vamos a dejar a las discípulas tranquilas. 

Nosotros iremos por el pueblo”.

María de Alfeo: 

–     ¿Te vas?

Quizás vienen mis otros hijos.

Jesús: 

–     Estaré aquí todo el día de mañana.

Por tanto, estaremos juntos.

Ahora voy a ver a los amigos.

Paz a vosotras, mujeres.

Adiós, Madre. 

Todos los hombres salen y se van. 

Nazaret ya está toda revuelta por la llegada de Jesús…

Con la añadidura de María de Mágdala.  

Y los pobladores de Nazareth, también han salido con diferentes destinos: 

Quién se apresura a ir a casa de María de Alfeo,

Quién a la de Jesús, para ver.

Pero, habiendo encontrado esta última cerrada, retornan todos al encuentro de Jesús.

Que está atravesando Nazaret hacia el centro.

La ciudad continúa cerrada al Maestro.

En parte irónica, en parte incrédula, con algún núcleo incluso de clara maldad;

que se manifiesta en ciertas frases hirientes y en abierta hostilidad.

Lo siguen por curiosidad, pero sin amor a este gran Hijo suyo, al que no comprende. 

Incluso en las preguntas que le hacen no hay amor;

sino incredulidad e ironía.

Pero Él no hace ver que lo nota.

Y dulce y manso, responde a quien le habla.  

Un hombre le dice: 

–     A todos das.

Pero pareces un hijo desvinculado de tu tierra, porque a tu tierra no le das.  

Jesús responde tranquilo: 

–     Estoy aquí para daros lo que pedís.

–     Pero prefieres no estar aquí.

¿Es que somos más pecadores que los demás

–     No hay pecador, por grande que sea, al que Yo no quiera convertir.

Y vosotros no sois peores que los demás.

–     Pero tampoco dices que seamos mejores que los otros.

Un buen hijo siempre dice que su madre es mejor que las otras, aunque no lo sea.

¿Acaso Nazareth es sólo madrastra para ti?

–     Yo no digo nada.

Callar es regla de caridad hacia los demás y hacia uno mismo;

cuando decir que uno es bueno no se puede y no se quiere mentir.

Pero diligente brotaría la alabanza a vosotros, con el solo hecho de que vinierais a mi Doctrina.

–     ¿Buscas ser admirado?

–     No.

Sólo que me escuchéis y creáis en Mí, por el bien de vuestras almas.

–     ¡Pues habla entonces!

¡Te escuchamos!

–     Decidme sobre qué os debo hablar.

Un hombre de unos cuarenta y cinco años, 

le dice:

–     Yo querría que vinieras y me explicaras un punto».

–     Voy enseguida, Leví.

Y se encaminan.

La gente se aglomera tras el Maestro y el arquisinagogo.

La sinagoga se abarrota enseguida de gente.

El arquisinagogo toma un rollo y lee:

«Él hizo subir a la hija de Faraón de la ciudad de David a la casa que había construido para ella, porque dijo:

`Mi mujer no debe vivir en la casa de David, rey de Israel, que fue santificada cuando en ella entró el arca del Señor”

Bien, pues querría que dieras tu juicio acerca de si esa medida fue justa o no,.

Y ¿Por qué?

Jesús responde: 

–     Sin duda fue justa.

Porque el respeto a la casa de David, santificada por haber entrado en ella el arca del Señor, exigía aquello.

-¿Pero, el hecho de ser la mujer de Salomón no hacía a la hija del Faraón digna de vivir en la casa de David?

¿La esposa no viene a ser, según las palabras de Adán:

“hueso de los huesos” de su marido y “carne de su carne”

 

Si es tal,  

¿Cómo profanará lo que no profana su esposo?

–     Está escrito en el primer libro de Esdras:

“Habéis pecado al casaros con mujeres extranjeras…

Y habéis añadido este delito a los muchos de Israel”.

Y una de las causas de la idolatría de Salomón precisamente se debe a estos connubios con mujeres extranjeras.

Dios lo había dicho:

“Ellas, las extranjeras, pervertirán vuestros corazones hasta el punto de haceros seguir a dioses extranjeros”.

Las consecuencias las conocemos.

–     Y sin embargo, no se había pervertido casándose con la hija del Faraón

tanto que llegó a juzgar con sabiduría que su esposa no debía permanecer en la casa santificada.

–     No se puede medir la bondad de Dios con la nuestra.

El hombre, después de una culpa, no perdona, aunque él mismo sea también culpable.

Dios no se muestra implacable a la primera caída;

pero no permite que impunemente el hombre se endurezca en el mismo pecado.

A la primera caída por tanto, no castiga, sino que habla al corazón;

pero sí castiga cuando su bondad no sirve para convertir

y el hombre juzga tal bondad como debilidad.

Entonces desciende el castigo, porque nadie se burla de Dios.

Hueso de su hueso y carne de su carne…

La hija del Faraón había depositado los primeros gérmenes de corrupción en el corazón del Sabio.

Y como sabéis, una enfermedad no se declara realmente por un sólo germen en la sangre,

sino cuando la sangre está corrompida por muchos gérmenes originados del primero.

E1 hombre se viene abajo, siempre a partir de una ligereza aparentemente inocua.

Luego aumenta la condescendencia con el mal.

Se forma el hábito de transigir con la conciencia y de descuidar lo que constituye el deber y la obediencia a Dios.

Y por grados, se llega al pecado grande.

En Salomón incluso de idolatría…

Y provocó el cisma cuyas consecuencias duran hasta hoy.

–     ¿Estás diciendo entonces, que es necesaria la máxima atención y respeto, hacia las cosas sagradas?

–     Sin duda.

–     Explícame ahora otra cosa.

Tú te dices el Verbo de Dios. ¿Es verdad?

–     Lo soy.

Él me ha enviado para traer a la tierra, la buena nueva para todos los hombres.

Y para que los redima de todo pecado.

–     Si lo eres, eres más que el Arca…

Pues no ya en la gloria que está por encima del Arca, sino en Ti Mismo, estaría Dios.

–     Tú lo dices y es verdad.

–     ¿Y entonces, por qué te profanas?

–     ¿Y me has traído aquí para decirme esto?

Me das pena, tú y quien te ha movido a hablar.

No debería justificarMe;

porque toda justificación queda quebrada por vuestro rencor.

Pero os daré una justificación…

A los que me acusáis de falta de amor hacia vosotros…

Y de profanación de mi Persona.

Escuchad.

Sé a lo que aludís.

Pues bien, os respondo: “Estáis en error”.

Como extiendo los brazos hacia los moribundos para que vivan y llamo a los muertos para devolverlos a la vida;

así extiendo los brazos hacia los más verdaderamente moribundos

y llamo a los que están más verdaderamente muertos:

los pecadores.

Para que vivan la Vida eterna y si ya están corrompidos,

resucitarlos para que no vuelvan a morir.

Pero os voy a poner una parábola:

Un hombre, por muchos vicios, enferma de lepra.

Los demás lo alejan de la comunidad.

Este hombre, en medio de una soledad atroz, medita sobre su estado…

y sobre el pecado que lo ha conducido a ese estado mísero.

Pasan así largos años.

Y cuando menos se lo espera, este leproso se cura.

El Señor ha sido misericordioso con él, por sus muchas oraciones y lágrimas.

¿Qué hace entonces este hombre?

¿Puede volver a su casa por el hecho de que Dios lo haya agraciado?

NO.

Debe presentarse al sacerdote, el cual primero lo observará durante un tiempo,

luego le hará purificarse tras un primer sacrificio de dos gorriones;

luego, después de dos lavados -no uno— de las vestiduras;

el curado vuelve a presentarse al sacerdote, con los corderos sin mancha, la cordera, la harina y el aceite prescritos.

El sacerdote lo conduce entonces ante la puerta del Tabernáculo.

Es entonces cuando este hombre es religiosamente admitido de nuevo en el pueblo de Israel.

Pero, decidme:

Cuando va por primera vez al sacerdote

¿Para qué va?  

El arquisinagogo: 

–     ¡Para pasar una primera purificación que le permitirá cumplir la otra purificación, más grande;

que lo admitirá de nuevo en el pueblo santo!

Jesús continúa:

.Habéis respondido bien.

¿Pero entonces no está purificado del todo?».  

El pueblo nazaretano: 

–     ¡No, no!

Le falta todavía mucho para estarlo;

respecto a la materia y respecto al espíritu.  

Jesús pregunta: 

–     ¿Cómo pues osa acercarse al sacerdote la primera vez, completamente impuro?

¿Y la segunda al Tabernáculo?  

Leví el arquisinagogo:

–     Porque el sacerdote es el medio necesario para que uno pueda ser readmitido entre los vivos.

Jesús: 

–     ¿Y el Tabernáculo?

–     Porque sólo Dios puede borrar las culpas.

Y es de fe el creer que tras el santo Velo descansa Dios en su gloria.

Y desde allí otorga su Perdón.

–     ¿Entonces el leproso curado tiene todavía pecado cuando se acerca al sacerdote y al Tabernáculo.?

–      ¡Sí, ciertamente!

–     ¡Hombres de pensamiento retorcido y de turbio corazón!

¿Por qué entonces me acusáis si Yo, el Sacerdote y el Tabernáculo;

dejo que se acerquen a Mí los leprosos del espíritu?

¿Por qué juzgáis con dos medidas?

Sí, la mujer que estaba perdida…

Y Leví el publicano, presente aquí ahora con su nueva alma y su nuevo oficio.

Y lo mismo otros y otras, que han venido antes que éstos, están ahora a mi lado;

pueden estar a mi lado porque han sido readmitidos en el pueblo del Señor.

La voluntad de Dios, que ha depositado en Mí el poder de juzgar y absolver, curar y resucitar;

me los ha acercado.

Sería profanación si perdurase su idolatría, como en el caso de la hija del Faraón;

pero no lo es, porque han abrazado la doctrina que he traído a la tierra

y por ella han resucitado a la Gracia del Señor.

¡Hombres de Nazaret, que me tendéis celadas,

porque no os parece posible que en Mí esté la Sabiduría verdadera y la justicia de Verbo del Padre,

Yo os digo: “Imitad a los pecadores”!

En verdad os digo que saben mejor venir a la Verdad.

Y también os digo: “No recurráis a bajas celadas para poderme resistir”.

No lo hagáis.

Pedid, y os daré, como doy a todos los que vienen a Mí, la palabra vital.

Acogedme como a un hijo de esta tierra nuestra.

No os guardo rencor.

Mis manos están llenas de caricias; mi corazón, de deseos de instruiros y de haceros felices;

tanto que, si me aceptáis,

pasaré con vosotros mi Sábado, instruyéndoos en la Nueva Ley.” 

Hay contraste de ideas en la concurrencia;

pero prevalece la curiosidad o el amor,

y muchos gritan:

–     ¡Sí, sí!

–     ¡Mañana aquí!

–    ¡Te escucharemos! 

Jesús acepta:

–    Haré oración para que caiga esta noche la costra que oprime vuestro corazón;

para que caiga todo prejuicio y libres de ellos,

podáis comprender la Voz de Dios que viene a traer a toda la tierra el Evangelio;

pero con el deseo de que la primera región capaz de recibirla sea la ciudad en que he crecido.

Paz a todos vosotros.

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