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179 LAS DIEZ VÍRGENES


179 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está hablando a una mediana muchedumbre que se ha reunido en el huerto de la casa grande de Lázaro en Bethania.

Todos los habitantes de la casa de Lázaro, los campesinos de Yocana, los del grupo de Isacc el pastor y muchos otros discípulos.

También los que habitan la casa de Simón Zelote, incluidos los apóstoles, las Marías y Martha…

Todas las mujeres y muchos lugareños de la región, sumados a los siervos y los campesinos, rodean al Maestro, escuchando muy atentos lo que les está hablando…

Margziam está sentado justo frente a Jesús y no se pierde ni una palabra…

Al parecer el discurso ha debido empezar poco antes, porque sigue llegando gente…

Dice Jesús:

-…Por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proponeros una dulce parábola.

Dulce para los hombres de buena voluntad, amarga para los otros.

De de todas formas, estos últimos disponen del modo de abolir esa amargura:

transformarse en hombres de buena voluntad. pues, si así lo hacen, cesará el reproche que la parábola suscita en la conciencia.

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas: el momento de entrada en aquél se identifica con el día de la boda.

Pues bien, escuchad.

Entre nosotros es costumbre que las doncellas sigan en cortejo al novio cuando va a la casa nupcial, para conducirlo entre luces y cantos, adonde vivirá con su dulce novia.

El cortejo entonces, deja la casa de la novia.

Ésta, velada llena de emoción, se dirige acompañada del novio, como verdadera reina a su lugar: 

a una casa que no es suya, pero que lo será desde el momento en que se haga una sola carne con su esposo.

El cortejo, en su mayoría compuesto por amigas de la novia, corre a recibir a esta pareja feliz, para rodearlos de una aureola de luces.

Pues bien, en un pueblo se celebró una boda.

Mientras los novios, con los parientes y amigos, lo festejaban en casa de la novia, diez vírgenes se dirigieron al lugar establecido:

El vestíbulo de la casa del novio, para estar preparadas a salir al encuentro de éste cuando llegase a sus oídos el lejano toque de címbalos,

anunciador de que los novios ya habrían dejado la casa de la novia para ir hacia la del novio.

Pero… el banquete se prolongaba en la casa de la ceremonia nupcial…

Y llegó la noche.

Como sabéis, las vírgenes mantienen continuamente encendidas las lámparas para no perder tiempo en el momento señalado.

Ahora bien, de estas diez vírgenes, todas con sus lámparas bien encendidas y resplandecientes, había cinco sensatas y cinco necias.

Las sensatas, llenas de prudencia, se habían proveído de pequeños recipientes llenos de aceite,

para poder alimentar las lámparas por si la espera se hubiera alargado más de lo previsible. 

Las necias se habían limitado a llenar bien las lamparitas.

Y pasaron las horas…

La espera estuvo animada de alegres conversaciones, agudezas, relatos;

pero llegó un momento en que ya no supieron más cosas que decir ni que hacer.

Aburridas o simplemente cansadas, las diez jóvenes se sentaron más cómodamente, con sus lámparas encendidas, muy cerca de ellas,.

Y poco a poco se fueron quedando dormidas.

A media noche se oyó un grito: “¡Está llegando el novio, salid a su encuentro!”.

Ante esto, las diez jóvenes se pusieron en pie, cogieron sus velos y las guirnaldas,

se arreglaron y sin pérdida de tiempo, fueron por las lámparas a la repisa en que las habían dejado:

Cinco de ellas ya languidecían: la mecha, sin aceite que la alimentase, consumida toda, despedía relumbros cada vez más débiles y humo. 

Y amenazaba con apagarse al mínimo movimiento del aire.

Las otras cinco lámparas,por el contrario, alimentadas por las vírgenes prudentes antes de entregarse al sueño, mantenían vivas sus llamas…

Y más se avivaron aún porque añadieron aceite nuevo al vasito de la lámpara.

Entonces las vírgenes necias suplicaron:

“¡Dadnos un poco de vuestro aceite, porque si no, las lámparas se nos van a  apagar con solo moverlas; las vuestras lucen ya bien!…”

. Mas las prudentes respondieron:

`Afuera sopla el viento de la noche, desciende denso rocío; nunca es suficiente el aceite para alimentar una llama fuerte, capaz de resistir el viento y el relente.

Si os damos una parte, también vacilará nuestra luz.

¡Sería muy triste un cortejo de vírgenes sin el titileo de las lamparillas!

Id corriendo a donde el proveedor más cercano; suplicadle, llamad a su puerta, haced que se levante de la cama para daros aceite”.

Y corriendo y tropezando, angustiadas siguieron el consejo de sus compañeras;

ajando los velos, manchándose los vestidos, perdiendo las guirnaldas.

He aquí que, mientras éstas iban a comprar el aceite, apareció en el fondo del camino la figura del novio, que venía con la novia.

Entonces las cinco vírgenes que tenían las lámparas encendidas, corrieron a su encuentro;

circundados por ellas, los novios entraron en la casa para la conclusión de la ceremonia

El acompañamiento de la novia por parte de las vírgenes hasta el aposento nupcial.

Entraron los novios en la casa y la puerta fue cerrada:

Quien estaba fuera, afuera se quedó.

Esto les pasó a las cinco vírgenes necias, las cuales regresaron con el aceite

pero se encontraron con la puerta cerrada: fue inútil que golpearan hasta herirse las manos y gimiendo:

“¡Señor, señor, ábrenos! Somos del cortejo de la boda; somos las vírgenes propiciatorias, elegidas para dar honor y buena fortuna a tu tálamo”.

El novio, desde la parte alta de la casa, dejando un momento solos a los invitados más íntimos, de los que se estaba despidiendo  mientras la novia entraba en la cámara nupcial, dijo:

“En verdad os digo que no os conozco. No sé quiénes sois. No he visto vuestros rostros jubilosos alrededor de mi amada. Sois usurpadoras. Quedaos pues, fuera de la casa de la boda”.

Y las cinco necias se marcharon llorando por los caminos oscuros, con sus lámparas que ya no le hacían falta, con sus vestiduras  ajadas, los velos rasgados, las guirnaldas deshechas, o incluso sin guirnaldas…

Escuchad ahora el significado contenido en la parábola.

A1 principio os he dicho que el Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas.

Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos:

Para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio;

Y el hecho de haber llegado a él es gran ventura

Escuchad lo que os digo ahora. No ignoráis que las jóvenes consideran un honor y una suerte el ser llamadas para formar el cortejo de la novia.

Apliquemos a nuestro caso concreto los personajes; veréis como entenderéis mejor.

El Esposo es Dios; la esposa el alma de un justo a la que, habiendo cumplido el período de su noviazgo en la casa del Padre.

Es decir, velando por la doctrina de Dios, obedeciéndola y viviendo según la justicia, acompañan a la casa del Novio para celebrar el matrimonio.

Las vírgenes del cortejo son las almas de los fieles, que siguiendo el ejemplo de la novia…

Haber sido elegida por su Prometido por sus virtudes…  

Es signo de que era un ejemplo vivo de santidad y tratan de alcanzar este mismo honor santificándose.

Su vestido es blanco, está limpio, lozano; blancos son sus velos; están coronadas de flores.

Llevan lámparas encendidas en sus manos. Las lámparas están muy limpias;

su mecha, embebida del más puro aceite, para que no despida mal olor.

Su vestido es blanco:

La justicia, cuando se practica firmemente, da vestido blanco que – pronto – un día se hará blanquísimo…

Sin el más lejano recuerdo de mancha alguna, de una blancura supranatural, angélica.

Su vestido está limpio: 

Es necesario tener con la humildad, siempre limpio el vestido.

Es muy fácil empañar la pureza del corazón.

Quien no tiene corazón limpio no puede ver a Dios.

La humildad es como agua que lava.

Quien es humilde, su ojo no está empañado por el humo del orgullo  y se da cuenta enseguida de que ha manchado su vestido…

Y corre hacia su Señor diciendo:

“He privado de pureza a mi corazón. Lloro para purificarme. A tus pies lloro.

¡Sol mío, da blancura con tu benigno perdón, con tu amor paterno, a este vestido mío!”.

Un vestido lozano.

¡Ah, la lozanía del corazón!:

Los niños la tienen por don de Dios;.

Los justos, por don de Dios y por su propia voluntad.

Los santos, por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo…

¿Y los pecadores, que tienen el alma lacerada, quemada, envenenada, sucia?,

¿No podrán volver a tener jamás un vestido lozano?

No, no, sí que pueden.

Ya desde el momento en que se miran con repulsa, empiezan a tener esta lozanía. 

La aumentan cuando deciden cambiar de vida

La perfeccionan cuando con la penitencia, se lavan, se desintoxican, se medican, reconstituyen su pobre alma.

Con la ayuda de Dios – que no niega su santo auxilio a quien se lo pide – con su propia superheroica voluntad…

Su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de tutelar lo que tienen,

Sino de reconstruir lo que ellos mismos han echado por tierra…

Y con penitencia incansable, implacable, respecto a ese ‘yo’ que fue pecador, los pecadores restituyen la lozanía infantil a su alma,

Preciosa ahora por su experiencia, que los hace maestros de otros que son como eran ellos, es decir, pecadores.

Velos blancos.

¡Es la humildad! Tengo dicho: “Cuando oréis o hagáis penitencia, que el mundo no se percate de ello”.

En los libros sapienciales está escrito: “No se debe revelar el secreto del Rey”.

La humildad es ese velo cándido y protector que recubre el bien que hacemos y el bien que Dios nos concede.

No se gloríe – necia gloria humana – el corazón por el amor de privilegio concedido por Dios:

Inmediatamente le sería arrebatado el don;

Cante más bien, internamente a su Dios:

“Mi alma te ensalza, Señor… porque has vuelto tu mirada a la pequeñez de tu sierva”».

Jesús interrumpe brevemente su discurso y fija su mirada en su Madre, que muy ruborizada bajo su velo, se inclina mucho…

Como si quisiera ordenar los cabellos del niño, que está sentado a sus pies.

En realidad lo que quiere es ocultar la emoción que siente a causa de su recuerdo..

Coronada de flores.

El alma debe trenzarse diariamente su propia guirnalda de actos virtuosos, porque en presencia del Altísimo no debe haber nada ajado, ni se puede tener aspecto desaliñado.

Diariamente, he dicho.

El alma, efectivamente, no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer para decir: “Ven”.

Así que no puede uno cansarse jamás de renovar la corona. No tengáis miedo.

Las flores marchitan pero las de las coronas de virtudes no marchitan.

El ángel de Dios que todo hombre tiene a su lado, recoge a diario estas guirnaldas y las lleva al Cielo:

Allí harán de trono al nuevo bienaventurado cuando como esposa en la casa nupcial, entre.

Tienen las lámparas encendidas.

Para honrar a su Esposo y como luz para el camino. ¡Qué fúlgida es la Fe, qué dulce amiga!

Su llama es radiante como una estrella, risueña por la seguridad que le da su certidumbre; hace luminoso incluso al instrumento que la sujeta.

La carne del hombre alimentado de Fe, incluso la carne parece ya en este mundo, hacerse más luminosa y espiritual, . 

inmune a una depauperación precoz; porque quien cree se apoya en las palabras y 1os mandamientos de Dios que es su fin,. 

Para alcanzarlo se mantiene lejos de todo tipo de corrupción y no sufre turbaciones, miedos, remordimientos;

ni se ve obligado a recordar sus mentiras o a esconder sus malas acciones.

Y se conserva en la lozanía y juventud de la hermosa incorrupción del santo.

Su carne, su sangre, su mente, su corazón están limpios de toda lujuria, para contener así el aceite de la fe, para lucir sin producir humo.

La voluntad constante nutrirá siempre esta luz.

La vida de cada día, con sus desilusiones, constataciones, contactos, tentaciones, roces, tiende a reducir la Fe…

¡Esto no debe suceder! Id cada día a la fuente del óleo suave, sapiencial, de Dios.

Mas la lámpara escasamente alimentada puede apagarse con el más ligero viento o por el relente denso de la noche.

La Noche…

La Hora de las Tinieblas, del pecado, de la tentación, les llega a todos:

Es la noche, para el alma.

Pero, si ésta está henchida de Fe la llama no podrá ser apagada por el viento del mundo o por la calina de las sensualidades.

En fin, vigilancia, vigilancia, vigilancia.

Aquel que imprudente, se confía diciendo: “Dios llegará antes de que me quede sin luz”. 

O quien se induce a sí mismo a dormir antes que a velar…

¡Además duerme sin aquello que necesitaría para estar listo inmediatamente a la primera llamada!

O aquel que espera al último momento para procurarse el aceite de la Fe o la mecha fuerte de la buena voluntad…

Incurren en el peligro de quedarse fuera cuando llegue el Esposo.

Velad por tanto con prudencia, constancia, pureza, confianza;

para estar siempre preparados cuando llame Dios, porque en realidad no sabéis cuándo vendrá Él.

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la Fe en su bondad.

Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréi llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo,

sino que – como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en sustitución de Vastí – seréis escogidos y elegidos como esposas,

pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”.

A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros.

La paz del Señor esté siempre con vosotros.

Jesús se acerca a los campesinos para reiterarles su saludo.

Juan de Endor le susurra:

–     Maestro, ya está aquí Judas…

–     No importa.

Acompáñalos al carro y haz lo que te he indicado.

La asamblea se disuelve lentamente.

Jesús despide y bendice una vez más a los campesinos y regresa hacia la casa…

Muchos hablan con Lázaro…

El cual ha visto al Maestro que se encamina hacia donde él está,

y le dice:

–     Maestro, los corazones de Betania quieren oír todavía tu palabra;

háblanos antes de marcharte.  

Jesús responde: 

–     Declina el día, pero el ambiente está tranquilo y sereno…

Si queréis reuniros en los prados recientemente segados, os hablaré antes de marcharme de esta ciudad amiga.

O si no, mañana al alba.

Sí, ha llegado la hora de despedirnos. 

Todos exclaman:

–    ¡Oh, Ya!

–     ¡Luego!

–    ¡Esta noche! 

–     Como queráis.

Ahora retiraos.

A la mitad de la primera vigilia os hablaré…

178 EL HIJO PRÓDIGO


178 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Lázaro ve alejarse a los romanos y piensa en las palabras de Jesús…

Ha entregado la gran y gruesa bolsa, con monedas de oro y plata a Jesús y se retira.

Al día siguiente, es una mañana esplendorosa en Bethania y los pájaros llenan el aire con sus trinos, alegrando toda la campiña.

Jesús se asoma a la entrada de la puerta del patio y dice:

–  Juan de Endor ven aquí conmigo.

Debo hablarte.

El hombre deja al niño, a quién le estaba enseñando algo y acude pronto.

–     ¿Qué se te ofrece, Maestro?

–     Ven conmigo arriba.

A la terraza.

Suben y se sientan en donde no da el sol, porque hace mucho calor.

Jesús pasea su mirada sobre los campos cultivados en los que el trigo, día con día, se convierte en espigas doradas

y los árboles se hinchan con sus frutos.

Luego dice:

–    Escúchame Juan.

Creo que hoy viene Isaac y me traerá a los campesinos de Yocana antes de que regresen a sus campos.

He dicho a Lázaro que preste a Isaac un carro, para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo,  

lo que podría ocasionarles un castigo.

Ahora bien, de ti quiero otra cosa.

Tengo aquí una cantidad de dinero que me dio una persona para  los pobres del Señor.

Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles: Judas de Keriot,

aunque alguna vez son los otros.

Judas no está aquí.

Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer.

Tampoco Judas debería saberlo esta vez.

Lo harás tú, en mi Nombre…

–     ¿Yo, Señor?..

¿Yo? ¡No soy digno de ello!…

–     Debes irte acostumbrando a trabajar en mi Nombre.

¿No has venido para esto?

–     Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar, era en reconstruir mi pobre alma.

–    Pues Yo te procuro el medio para hacerlo.

¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor.

¿Con odio demoliste tu alma?…

Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario.

Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor.

Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo.

Empezarás con esta obra. Ten la bolsa.

Se la darás a Miqueas y a sus amigos.

Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones:

Divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías.

Las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros.

Así recibirán al menos un consuelo.

–     De acuerdo, pero ¿Qué razón les doy?

–     Dirás: “Esto es para que os acordéis de orar, por un alma que se está redimiendo”.

–     ¡A lo mejor piensan que soy yo!

No sería justo!»

–     ¿Por qué?

¿No quieres redimirte?

–     Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador.

–     No te preocupes.

Haz como te digo.

–     Obedezco…

Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total…

Ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros,  ya no tengo pollos que alimentar.  

Juan saxa de una bolsa que lleva en la cintura, muchas monedas y las añade a las monedas de Jesús.

agregando: 

–     A mí con muy poco me basta, así que… nada.

Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias…

–     Que Dios te bendiga por tu misericordia…

Juan,  dentro de poco nos tendremos que despedir, porque tienes que ir con Isaac.

–     Lo lamento, Señor.

De todas formas obedezco.

–     Yo también siento separarme de ti.

Tengo mucha necesidad de discípulos itinerantes. Ya no doy abasto. Dentro de poco enviaré a los apóstoles, luego a los discípulos.

Tú lo harás muy bien. Te reservaré para misiones especiales.

Entretanto, te formarás con Isaac: es muy bueno.

el Espíritu de Dios lo ha instruido profundamente durante su larga enfermedad; es un hombre que ha perdonado todo siempre…

Por lo demás, dejarnos no significa no volvernos a ver. Nos encontraremos frecuentemente.

Y siempre que nos encontremos hablaré para ti; acuérdate de esto..

Juan se repliega sobre sí mismo, esconde su cara entre las manos y, rompiendo bruscamente a llorar,

dice quejumbroso:

–     ¡Oh! entonces dime ya ahora algo que me persuada de que estoy perdonado…

de que puedo servir a Dios… Si supieras cómo veo mi alma, ahora que se ha desvanecido el humo del odio… y cómo…

Y cómo pienso en Dios…

–     Lo sé.

No llores. Permanece en la humildad, pero sin descorazonarte. Si hay desaliento, hay todavía soberbia.

Ten sólo humildad, solamente humildad. ¡Venga, ánimo, no llores!…

Juan de Endor se va calmando poco a poco…

Cuando lo ve ya calmado,

Jesús dice:

–     Ven, vamos a la sombra de aquel grupo de manzanos.

Reunamos a los compañeros y a las mujeres. Voy a hablarles a todos.

A ti en particular te voy a decir cómo te ama Dios.

Bajan hacia el lugar indicado y a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos.

Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos.

Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo.

Son en total veinte personas.

Jesús dice: 

–     Escuchad.

Se trata de una hermosa parábola que os guiará con su luz en muchos casos.

Un hombre tenía dos hijos.

El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente y también no tenía carácter para ser un líder.

porque era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sí..

El segundo era más inteligente que el mayor;  pero  también era rebelde, distraído, amante del lujo y el placer, gastador y ocioso.

La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabiduría;

si no, es como ciertas medicinas que, si se usan mal, en vez de curar matan.

Su padre – estaba en su derecho y cumplía su deber – le instaba para que viviera con más sensatez.

Mas no obtenía ningún resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara más en sus torcidas ideas.

Finalmente un día, tras una discusión más acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo:

“Dame la parte de los bienes que me corresponde; así ya no tendré que oír ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano. A cada uno lo suyo y se acabó”.

“Piensa – respondió el padre – que dentro de poco te quedarás sin nada. ¿Qué harás entonces?

Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a tomar ni un céntimo de la parte de tu hermano para dártelo a ti”.

–     No te pediré nada, puedes estar seguro; dame mi parte.

El padre encargó la valoración de las tierras y de los objetos preciosos

Y viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos.

Y al menor el dinero y las joyas.

El más joven lo vendió inmediatamente, transformando así todo en dinero.

Hecho esto, pasados pocos días, se marchó a un país lejano.

Allí vivió como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenía en todo tipo de juergas, haciéndose pasar por el hijo de un rey; 

pues se avergonzaba de decir: “soy un aldeano”), con lo cual renegaba de su padre.

Festines, amigos y amigas, vestidos, vino, juego… vida disoluta..

Pronto vio mermar sus fondos y aproximársele la pobreza;

además, para agravar la pobreza, se abatió sobre la región una gran carestía, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.

Habría podido volver con su padre, pero como era soberbio, no quiso.

Se dirigió entonces a un hombre rico de la región, que había sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicó:

La razon por la que muchos no conocen la voluntad de Dios, es porque sólo quieren hacer la suya…

`Acuérdate de cuando gozaste de mi riqueza, acógeme como siervo tuyo”.

¡Daos cuenta de lo necio que es el hombre!:

Prefiere someterse al látigo de un patrón antes que decir a un padre: “¡Perdón, reconozco mi error!”

Aquel joven había aprendido muchas cosas inútiles con su despierta inteligencia, pero no había querido aprender lo que dice el Libro del Eclesiástico:

“^Qué infame es el que abandona a su padre! 

¡Cuánto maldice Dios a quien angustia el corazón de su madre!”.

Era inteligente, pero no sabio.

Aquel hombre a quien se había dirigido, como paga de lo mucho que había recibido del joven necio, lo puso a cuidar los cerdos.

Estaban en una región pagana y había muchos cerdos.

Le encargó de llevar las piaras a sus pastos.

El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento – la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los ínfimos…

(él, porquerizo extranjero, escarnecido estaba entre los ínfimos) –

Veía que los cerdos se saciaban de bellotas y suspiraba: “¡Si al menos pudiera llenar mi estómago de estos frutos!!

¡Pero son demasiado amargos! Ni siquiera el hambre me los hace apetecer!”.

Y lloraba al pensar en los ricos festines de sátrapa, que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes…

Y también en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana…

Y en cómo su padre dividía para todos imparcialmente, reservándose para sí, siempre la parte menor,

contento de ver en sus hijos un sano apetito…

Y pensaba también en la parte que aquel hombrr justo reservaba para los siervos.

Y suspiraba:

“Los peones que trabajan para mi padre, incluso los ínfimos, tienen pan en abundancia..,

Y yo aquí me estoy muriendo de hambre…”.  

Siguió un largo y trabajoso proceso de reflexión, un largo combate para estrangular a la soberbia…

Por fin llegó el día en que, renacido en humildad y sabiduría, se paró y dijo: “¡Iré donde mi padre!

Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ¿Orgullo por qué?

¿Por qué ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y más aún mi corazón, pudiendo obtener perdón y consuelo?

Iré donde mi padre. Ya está decidido.

¿Que qué le voy a decir?

¡Pues lo que me ha nacido aquí dentro, en esta abyección, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre!

Le diré: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo;

trátame pues, como al último de tus peones… pero déjame estar bajo tu techo. Que yo te vea pasar…”

No podré decirle: “…porque te quiero”. No lo creería. Se lo dirá mi vida. Él lo comprenderá.

Y antes de morir me volverá a bendecir…

¡Sí, lo espero, porque mi padre me quiere!”.

Habiendo decidido esto, cuando regresó al atardecer al pueblo, se despidió del patrón y se puso en camino hacia su casa, mendigando…

Ya ve los campos paternos, ya la casa… y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres…

¡Oh, está más viejo y más delgado por el dolor, pero sigue emanando bondad!…

¡Ah, el transgresor, al ver el deterioro que había causado, se detuvo atemorizado!

Pero el padre, volviendo la cabeza, lo vio…

¡Ah, fue corriendo a su encuentro, pues todavía estaba lejos; cuandose acercó a él, le echó los brazos al cuello, lo besó!

El padre fue el único que lo reconoció, que vio en ese mendigo abatido, a su hijo.

Y fue el único que tuvo hacia él un movimiento de amor.

El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurró sollozando:

“Padre, deja que me postre a tus pies”.

“¡No, hijo mío, a mis pies no.

Reclina tu cabeza en este pecho mío que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calor!”.

El hijo, llorando más fuerte, dijo:

“¡Padre mío, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo;

permíteme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan.

Que pueda servirte y aspirar tu respiro:

con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiración,

mi corazón, harto corrompido ahora, se reformará y yo me haré honesto…!”

Pero el padre, sin dejar de abrazarlo, lo condujo a donde estaban los siervos, que se habían arremolinado a distancia a observar lo que sucedía,

y les dijo:

“Rápido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadlo, perfumadlo, vestidlo, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo.

Luego, tomad un ternero cebado, matadlo y preparad un banquete.

Porque este hijo mío había muerto y ahora ha resucitado, lo había perdido y ha sido hallado.

Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar.

Debe comprender que sigue siendo para mí, el amado hijo último en nacer,

como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrándome con su sonrisa y con sus balbuceos”.

Y así lo hicieron los siervos.

El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso.

A1 anochecer, de vuelta al hogar, vio

que la casa estaba radiante de luces…

Y oyó que de ella provenían música y rumor de danzas.

Llamó a uno de la servidumbre, que corría atareado, y le dijo: “¿Qué sucede?”.

El siervo respondió: “^Ha vuelto tu hermano”.

Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperad a su hijo sano, curado de su grave mal.

Y ha ordenado celebrar un banquete.

Sólo faltas tú para que empiece la fiesta”.

Mas el hijo primogénito montó en cólera, porque le parecía una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, 

el cual, además de ser el menor, había sido malo.

Y no quiso entrar; no sólo eso, sino que quería alejarse de la casa.

Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo.

Se apresuró a salir, siguió al hijo y le dio alcance.  Trató de convencerlo y le rogó que no amargase su gozo.

Pero el primogénito respondió a su padre “¿Cómo quieres que no me altere?

Estás actuando injustamente con tu primogénito, lo estás despreciando.

Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido.

No he transgredido nunca ninguna disposición tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo;

he estado siempre a tu lado y te he amado por dos, para que sanara la llaga que te había producido mi hermano…

Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, que ha sido haragán y gastador.

Y que vuelve ahora traído por el hambre, ~ haces los honores y matas para él el mejor ternero.

¿Vale la pen, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ¡No has actuado correctamente conmigo!”.

Entonces dijo el padre, estrechándolo contra su pecho:

“¡Oh, hijo mío, ¿Cómo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta?

Tus obras son de por sí santas. Por tus obras te alaba el mundo.

Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sí mismo, sea restaurada.

¿Acaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente?

Durante todo el día, en cada movimiento de mi respiración, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazón. 

A cada instante que pasa yo te bendigo.

Tienes el premio continuo de estar siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo…

Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que había muerto y ha resucitado para el Bien.

Que se había extraviado y ha sido restituido a nuestro amor”.

Y el primogénito cedió.

Lo mismo amigos míos, sucede en la Casa del Padre.

Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parábola, piense igualmente que si le imita en su retorno al Padre,

el Padre le dirá: “No te arrojes a mis pies.

Reclina tu cabeza sobre este corazón mío que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regreso”.

El que esté en la condición del hijo primogénito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegría paterna;

antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido.

He dicho.

Quédate aquí, Juan de Endor; tú también, Lázaro.

Los demás que vayan a aparejar las mesas.

Dentro de poco vamos también nosotros.

Todos se retiran.

Una vez que se han quedado solos Jesús, Lázaro y Juan,

Jesús les dice:

–    Así sucederá con la querida alma que esperas, Lázaro.

Así sucede con tu alma, Juan

La bondad de Dios rebasa todo límite…

Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa,

precedidos todos por Margziam, que va saltando presuroso hacia adelante.

177 PARÁBOLA DE LOS TEMPLOS


rza la177 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La fe y el alma, explicadas a los paganos con la parábola de los templos

En la paz del sábado, Jesús está descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de Lázaro.

Parece que estuviera sumergido en el alto lino. Sentado en un caballón, se absorbe en sus pensamientos.

Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que lo mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante.

Nada más.

En la tarde caliente, calla hasta el más mínimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos en el jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer y con ella los alegres gritos de Margziam, que está jugando con alguien.

Casi no hay viento  y se escuchan una, dos, tres voces gritando…

llamándolo:

–     ¡Maestro! 

 –    ¡Jesús!

Jesús sale bruscamente de su ensimismamiento, se sacude y se levanta.

Aunque el lino está ya crecido y es muy alto. 

Jesús es más alto y parte de su figura emerge, en el mar verde y azul del lino.

 Simón Zelote grita:  

–    ¡Ahí está, Juan! 

Y Juan, a su vez:

–     ¡Madre, el Maestro está aquí, en el lino!

Mientras Jesús se acerca al sendero que conduce a la casa, llega María.  

Jesús pregunta: 

–     ¿Qué quieres, Mamá?

María responde: 

–     Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres.

Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí… Y que durante todos estos días te han esperado junto a la Torre Antonia…

–     ¡Ah, ya sé!

Muy bien. Voy al momento. ¿En dónde están?

–   En el jardín de la casa de Lázaro.

A él lo quieren los romanos. Les dijo que entrasen con sus carros, para no escandalizar a nadie.

–     Está bien, Madre.

Son soldados y damas romanas, lo sé.

–   ¿Y para qué te quieren?

–     Lo que muchos en Israel no quieren: Luz.

–     ¿Cómo creen en ti?

¿Qué te creen: Dios, quizás?

–     A su manera, sí.

Para ellos  más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal.

–     Entonces ya creen en tu fe…

–     Todavía no, Mamá.

Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen.

De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas,

como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe.

Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel.

–     Pero, ¿Serán sinceros?

Se dice que Juan el Bautista…

–     No.

Si de ellos hubiera dependido. Juan estaría libre y seguro.

Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes.

Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta, usan la palabra “filósofo”

porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural, es igualmente filosofía para ellos.

Es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía…

–     Pero los fariseos..

Si llegan a saberlo, ¿Que dirán de Lázaro?

Tú… eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo.

¡Pero Lázaro… ya de por sí lo ofenden mucho…!

–     Pero es intocable.

Saben que Roma lo protege.

–     Te dejo, Hijo mío.

Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles.

Y María que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo,

ahora se retira ligera. y se encamina hacia la casa de Simón Zelote.

Jesús por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín,

en una parte alejada, en que ya no es jardín sino un enorme huerto,

cerca del lugar que en un futuro no muy lejano, será enterrado Lázaro.

Ahora está allí Lázaro sólo y nadie más. 

Y dice: 

–     Maestro, he tomado la iniciativa de acogerlos en mi casa…

–     Has hecho bien.

¿Dónde están?

–     Allá, a la sombra de aquellos bojes y laureles.

Como puedes observar, están a no menos de quinientos pasos de la casa.

–     Bien, bien, bueno…

¡La Luz descienda sobre todos vosotros!

El tribuno Publio Quintilisno está vestido de paisano, 

y saluda:

–     ¡Salve, Maestro! 

Las damas se ponen en pie para saludar a Jesús (son Plautina. Valeria y Lidia. Y otra, anciana.

Están todas vestidas con mucha sencillez y nada de sus acostumbrados lujos. 

Plautina dice: 

–     Hemos venido porque queríamos oírte hablar.  

Publio agrega:

–    No has venido nunca.

Estaba de guardia cuando llegaste, pero no te he visto nunca.  

Jesús inquiere:  

–     Yo tampoco he visto nunca en la Puerta de los Peces a un soldado amigo mío.

Se llama Alejandro…

–     ¿Alejandro?

No sé exactamente si es él, pero sé que hace un tiempo tuvimos que quitar, para calmar a los judíos, a un soldado acusado de… haber hablado de Tí

Ahora está en Antioquía.

Quizás vuelva. ¡Caray, qué molestos son esos… los que quieren mandar incluso ahora, que están sometidos!

Y no hay más remedio que moverse con maña para no provocar cosas graves…

Nos hacen la vida difícil, créelo…

Sin embargo, Tú eres bueno y sabio. ¿Nos hablas?

Quizás pronto tenga que irme de Palestina, quisiera llevarme conmigo algo tuyo que recordar.  

Jesús, sonriendo dice: 

–     Os hablaré, sí.

No decepciono nunca a nadie. ¿Qué es lo que queréis saber?

Y Publio Quintiliano asiste a su primera lección que lo convertirá en el cristiano…

Que formará una familia cristiana y que dará testimonio con su sangre; ante la ferocidad de Nerón…

El tribuno imperial mira a las damas con ademán interrogativo…  

Valeria dice: 

–     Lo que Tú quieras, Maestro.

Plautina se pone de nuevo en pie y dice:

–     He pensado mucho…

Debería conocer muchas cosas… todo, para poder juzgar.

No obstante, si se puede preguntar, yo querría saber cómo se construye una fe, la tuya por ejemplo.

Y sobre un terreno que dices que está privado de verdadera fe.

Dices que nuestras creencias son vanas. Si es así nos quedamos vacíos. ¿Cómo se puede… tener?

–     Tomaré como ejemplo una cosa que vosotros tenéis: los templos.

Vuestros edificios sagrados, verdaderamente bonitos, cuya única imperfección es el hecho de estar dedicados a la Nada

y os pueden enseñar cómo se puede alcanzar una fe y dónde colocarla.

Observad: ¿Dónde los construís?, ¿Qué lugar se prefiere para construirlos?, ¿Cómo los construís?

El lugar, generalmente, es espacioso, abierto, elevado; para este fin incluso se derriba lo que estorba o aprisiona.

Y si no es un lugar elevado, se construye sobre un estereóbato más elevado del común de tres gradas,

que se usa para los templos que ya de por sí se alzan en un elevación natural.

Están rodeados de muros sagrados, por lo general, y formados por columnatas y pórticos.

Dentro están los árboles consagrados a los dioses, hay fuentes y altares, estatuas y estelas.

Generalmente les precede el propileo, pasado el cual se yergue el altar en que se elevan las preces al numen;

frente a éste, está el lugar del sacrificio, porque el sacrificio precede a la oración.

Muchas veces, especialmente en los templos más grandiosos,

el peristilo los rodea con una guirnalda de preciosos mármoles.

En su interior está el vestíbulo anterior, externo o interno respecto al peristilo, la celda del numen, el vestíbulo posterior…

Mármoles, estatuas, frontones, acroteras, tímpanos, perfectamente acicalados, de gran valor, perfectamente decorados,

hacen del templo un edificio nobilísimo para todos, incluso para el ojo más inculto. ¿No es así?

Plautina confirma con tono de alabanza: 

–     Así es, Maestro.

Los has visto y estudiado muy bien.

Quintiliano exclama: 

–     ¡Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina!

–     Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas.

Pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decoró el Partenón Yo estaba presente…

Porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestación de vida.

Dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga,

una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un médico luche contra las enfermedades…

Un ser vivo respire, un animal viva, un árbol vegete, allí estoy Yo, junto a Aquel de quien procedo.

En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del águila y en el zumbido del mosquito,

Yo estoy presente con el Creador altísimo.

Quintiliano pregunta:

–     ¿Entonces… Tú… Tú sabes todo?

¿Conoces tanto el pensamiento como las obras humanas?

–     Yo sé.

Los romanos se miran estupefactos.

Se produce un largo silencio.

Luego, tímidamente,

Valeria solicita:

–     Expón tu pensamiento Maestro, para que sepamos qué debemos hacer.

–     Sí.

La Fe se construye como se construyen esos templos de que os sentís tan orgullosos: 

Se hace espacio al templo, se libera la zona de alrededor, se eleva el templo.  

Plautina pregunta: 

–     Pero, ¿Y el templo para colocar la fe, esta deidad verdadera, dónde está?

–     Plautina, la Fe no es deidad; es una virtud.

En la Fe verdadera no hay deidades; sólo hay un único y verdadero Dios.

–     ¿Entonces… Él está allá arriba, solo, en su Olimpo?

¿Y qué hace si está solo?

–     Se basta a Sí Mismo, aunque se ocupa de todas las cosas de la Creación.

He dicho que hasta en el zumbido del mosquito Dios está presente. No se aburre, no lo pongas en duda.

No es un pobre hombre, dueño de un inmenso imperio en que se siente odiado y vive temblando.

Él es el Amor y vive amando. Su Vida es Amor continuo. Se basta a Sí Mismo porque es infinito y potentísimo; es la Perfección.

Y tantas son las cosas creadas, las cuales viven porque Él continuamente lo quiere, que no tiene tiempo de aburrirse.

El aburrimiento es fruto del ocio y del vicio.

En el Cielo del verdadero Dios, no hay ocio ni vicio.

Pronto tendrá, además de los ángeles que ahora le sirven, un pueblo de justos que en Él exultarán.

Y este pueblo irá creciendo cada vez más por los que en el futuro creerán en el verdadero Dios.  

Lidia pregunta: 

–     ¿Los ángeles son los genios? 

–     No.

Son seres espirituales, como lo es Dios, que los ha creado.

–     ¿Y los genios qué son entonces?

–     Como vosotros los imagináis son una falsedad.

Como los imagináis vosotros no existen.

Lo que sucede es que, por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad,

también vosotros habéis sentido que el hombre no es sólo carne y que una realidad inmortal está unida a su cuerpo perecedero.

El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y está presente también en los paganos,

aunque atribulada porque en ellos su deseo está ahogado,

porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sólo ella recuerda,

en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana.

Y también las ciudades y las naciones posean una realidad inmortal.

Por eso creéis, sentís la necesidad de creer, en los “genios”;

y os dais el genio individual, el de la familia, el de la ciudad, el de las naciones.

Así, tenéis el “genio de Roma”, el “genio del emperador”… y los adoráis como divinidades menores.

Entrad en la verdadera Fe: conoceréis a vuestro ángel, seréis amigos de él y lo veneraréis,

aunque sin adorarlo, porque sólo a Dios se le adora.

Publio Quintiliano pregunta: 

–     Has dicho:

“Aguijón del alma, viva y presente también en los paganos, atribulada en ellos porque su deseo está frustrado”.

Pero, ¿De quién procede el alma?

–  De Dios.

Él es el Creador.

–     ¿Pero no nacemos de mujer, por unión con el hombre?

Nuestros dioses también han sido engendrados de la misma manera.

–     Vuestros dioses no son reales:

Son los fantasmas de vuestro pensamiento, que tiene necesidad de creer.

En efecto, esta necesidad es más imperiosa que la de respirar.

Aun quien dice que no cree, CREE, en algo cree; el simple hecho de decir “no creo en Dios” presupone otra fe,

puede ser fe en sí mismo, en su propia, soberbia mente.

Creer, se cree siempre.

Es como el pensamiento.

Si decís “no quiero pensar” o “no creo en Dios”, con el simple hecho de decir estas dos frases,

manifestáis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabéis que existe.

Y acerca del hombre, para ser exactos en la expresión del concepto, debéis decir:

“El hombre es engendrado, como todos los animales, por unión de macho y hembra, de varón y mujer.

Pero el alma o sea, lo que diferencia al animal-hombre del animal-bruto, viene de Dios,

que la crea cada vez que un hombre es concebido en un seno.

Y la inserta en esa carne que si no, sería solamente animal”.

Quintiliano observa con tono irónico; 

–     ¿Y nosotros, que somos paganos, la tenemos? Según lo que dicen tus connacionales no lo parece…

En el momento de la unión del óvulo con el espermatozoide, el Alma y el Espíritu Santo, forman una fusion completa… Y comienza el MILAGRO de la Vida…

–     Todo nacido de mujer la tiene. 

Plautina pregunta: 

–     Pero Tú dices que el pecado la mata.

¿Cómo es que entonces en nosotros, pecadores, está viva?

–     Vosotros no pecáis en la fe, pues creéis que estáis en la Verdad.

Cuando conozcáis la Verdad, si persistís en el error, cometeréis pecado.

De la misma forma, muchas cosas que para los israelitas son pecado, para vosotros no lo son,

porque ninguna ley divina os lo prohíbe.

Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice:

“Sé que lo que hago está mal, pero lo quiero hacer de todas formas”.

Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que está haciendo el bien.

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

Castiga a quien habiendo tenido cómo conocer el Bien y el Mal, elige este último y en él persiste.

–     ¿Entonces el alma está en nosotros, viva y presente?

–     Sí.

–     ¿Atribulada?

¿Pero estás seguro de que se acuerda de Dios? No nos acordamos del seno que nos crió, no podríamos describirlo internamente.

El alma, si no he entendido mal, es engendrada espiritualmente por Dios.

¿Podrá acordarse de esto último, si el cuerpo no recuerda su larga permanencia en el seno materno?

–     El alma no es animal, Plautina; el embrión, sí.

El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual;

eterna desde el momento en que es creada; sin embargo, Dios es el perfectísimo Eterno y por tanto, no tiene principio en el tiempo, como tampoco tendrá fin.

El alma, lúcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda

Y SUFRE, sufre porque desea a Dios, al verdadero Dios de que procede…

Y tiene hambre de Dios: por eso aguijonea al cuerpo, torpe en lo que se refiere a tratar de acercarse a Dios.

–     Entonces, ¿Tenemos un alma exactamente igual que la de los israelitas que llamáis “justos”?.

–     No, Plautina.

Cambia según a lo que te refieras.

Si te refieres al origen y naturaleza, es exactamente igual que la de nuestros santos.

Si te refieres a la formación, entonces te digo que es distinta.

Si te refieres a la perfección que alcanza antes de la muerte, entonces la diversidad puede ser absoluta.

No obstante, esto no sucede sólo con vosotros, paganos: un hijo de este pueblo puede también ser absolutamente distinto de un santo en la vida futura.

El alma sufre tres fases:

La primera es de creación; la segunda, de nueva creación; la tercera, de perfección.

La primera es común a todos los hombres.

La segunda es propia de los justos que con su voluntad llevan a su alma hacia un renacimiento más lleno, uniendo sus buenas acciones a la bondad de la obra de Dios 

edifican, por tanto, un alma que ya es espiritualmente más perfecta que la primera: son así, eslabón entre la primera y la tercera.

Ésta, la tercera, es propia de los beatos o santos si lo preferís,

los cuales han superado en miles de grados a su alma inicial, adecuada sólo al hombre.

Y han hecho de ella una cosa que puede descansar en Dios.

–     ¿Y cuál es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma

–     Derribando las cosas inútiles que tenéis en vuestro yo:  liberándolo de todas las ideas erradas;.

Construyendo, con los fragmentos resultantes de la demolición, la elevación para el templo soberano.

Se ha de conducir al alma cada vez más arriba subiendo los tres peldaños.

¡Oh, a vosotros, romanos, os gustan los símbolos! Ved los tres peldaños a la luz del símbolo. Os pueden decir sus nombres:

Penitencia, Paciencia, Constancia.

O: Humildad, Pureza, Justicia.

O: Sabiduría, Generosidad, Misericordia.

Virtudes teologales : FE; ESPERANZA y CARIDAD

O en fin, el trinomio espléndido: Fe, Esperanza, Caridad.

Fijaos qué simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el área del templo.

Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del Espíritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz.

Y no agobiarla con la visión de cosas inmundas.

Sea muralla segura y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre,

formar lo superior, el espíritu.

Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mármol de nuestro yo,  para que sea perfecto en torno al alma.

A1 mismo tiempo, hacer de la muralla que habrá de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad.

¿Y los pórticos?: la expansión del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huérfano.

En el interior del recinto están, como ofrenda al Creador, los más bellos y olorosos árboles.

Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo.

Cultivad luego estos árboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo círculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario.

Y entre los árboles, entre las virtudes, las fuentes que son también amor, purificación, antes de acercarse al propileo,

junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria.

Luego, continuar más adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda…

Y seguir, atravesando el vestíbulo, hasta la celda de Dios. ¿Qué será esta morada?:

Copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios.

¿Habéis comprendido esto? Me habéis pedido que os explique cómo se construye la Fe.

Os he dicho: “Según el método con que se elevan los templos”.

Como podéis observar, es así. ¿Alguna otra cosa más?

–     No, Maestro.

Creo que Flavia ha escrito lo que has dicho

Claudia lo quiere saber. ¿Has escrito?

Mientras pasa las tablas enceradas, la mujer dice: 

–     Fielmente. 

Plautina dice:

–     Las tendremos para poderlo leer otras veces.

–     Es cera.

Se borra. Escribidlo en vuestros corazones y no se borrará.

–     Maestro, están ocupados por una serie de templos inútiles, contra los cuales, sí lanzamos tu Palabra para demolerlos..

Plautina lanza un ptofundo suspiro,

y agrega:

–     Pero es un trabajo largo…

Acuérdate de nosotros en tu Cielo…

–     Marchaos con la seguridad de que lo haré.

La historia del Tribuno Imperial Publio Quintilianos está relatada en el libro Enfrentando a Nerón

Os dejo. Sabed que vuestra visita me ha sido grata. Adiós,

Publio Quintiliano. Acuérdate de Jesús de Nazaret.

Las damas se despiden y son las primeras en marcharse;

luego pensativo, se marcha Quintiliano.

Jesús los mira mientras se van en compañía de Maximino, que los acompaña hasta sus carros.  

Y sonrie con un amor infinito…

Pues está lanzando su mirada a través del tiempo y …

Lázaro pregunta: 

–    ¿Por qué sonríes, Maestro? 

–    Estoy viendo a los futuros vencedores de mi Iglesia Niña…

¡Me siento muy feliz!

Y vuelve a abstraerse en algo que lo hace mover la cabeza…

Lázaro vuelve a preguntar:

–    ¿Qué piensas, Maestro? 

–     Que hay muchos infelices en el mundo.

Lázaro ve alejarse a los romanos y piensa en las palabras de Jesús…

Luego dice:

–     Y yo soy uno de ellos.

–     ¿Por qué, amigo mío?

–     Porque todos vienen a Tí, pero María no.

Será que su miseria es mayor, ¿No?

Jesús lo mira y sonríe.

–     ¡Sonríes otra vez!

¿No te duele que María sea inconvertible y que yo sufra!

Marta no ha dejado de llorar desde la tarde del lunes. ¿Quién era aquella mujer?

¿Sabes que durante todo el día tuvimos la esperanza de que fuera ella?

–     Sonrío porque eres un niño impaciente…

Y porque pienso que malgastáis energías y lágrimas; si hubiera sido ella, habría ido inmediatamente a decíroslo

–     ¿Entonces?…

No era ella!».

–     ¡Lázaro! 

–    Tienes razón.

¡Paciencia!, ¡Más paciencia!… Mira, Maestro, las joyas que me diste para venderlas: aquí está el dinero que me han dado por ellas, para los pobres.

Eran muy bonitas. de mujer–     ¡Eran de “esa” mujer.

–     Lo había imaginado.

¡Ah, si hubieran sido de María…! ¡Pero ella… pero ella!… ¡Mi Señor, pierdo la esperanza!…

Jesús lo abraza y guarda silencio durante unos momentos.

Luego dice:

–     Te ruego que no hables a nadie de esas joyas.

Esa mujer debe desaparecer de admiraciones y apetitos, como una nube trasportada por el viento sin que quede rastro de ella en el cielo.

–     Puedes estar tranquilo, Maestro…

A cambio tráeme a María, a nuestra pobre María…

–     La paz descienda sobre ti, Lázaro.

Haré lo que he prometido.  

176 EL PADRE NUESTRO


176 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha, subiendo más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, en que los olivos forman un peine susurrador.

Jesús se para y dice:

–      Detengámonos aquí…

Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a Mí.

Un día, hace varios días, me habéis dicho: “Enséñanos a orar como lo haces Tú.

Enséñanos, como Juan enseñó a los suyos, para que nosotros, discípulos, podamos orar con las mismas palabras del Maestro”

Siempre os he respondido:

“Lo haré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la oración no sea una fórmula vana de palabras humanas,

sino una verdadera conversación con el Padre”.

Pues bien, ha llegado el momento; poseéis ahora lo suficiente para poder conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios.

Y quiero enseñároslas esta noche, en la paz y el amor que reina entre nosotros.

En la paz y el amor de Dios y con Dios, porque hemos prestado obediencia al precepto pascual como verdaderos israelitas.

Y al imperativo divino de la caridad hacia Dios y el prójimo.

Escuchad:

Cuando oréis, decid: “Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros  tu Reino, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo.

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores.

No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del Maligno”.

Jesús está de pié.

Se había levantado para decir la Oración.

Todos lo han imitado, atentos y emocionados

–     No hace falta nada más, amigos míos.

En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo lo que el hombre necesita, para el espíritu.

Para la carne y la sangre.

Con estas palabras pedís cuanto les es útil al espíritu, a la carne y a la sangre.

Y si hacéis lo que pedís, obtendréis la vida eterna.

Tan perfecta es esta oración, que no será menoscabada ni por el tempestuoso oleaje de las herejías, ni por el paso de los siglos.

La mordedura de Satanás fragmentará el cristianismo.

Muchas partes de mi carne mística sufrirán la separación, para formar células aisladas en el vano deseo de constituirse en cuerpo perfecto,

como será el Cuerpo místico de Cristo, el formado por la totalidad de los fieles unidos en la Iglesia apostólica, que será la única verdadera Iglesia mientras exista la tierra.

Estas partículas separadas, privadas por tanto de los dones que habré de dejar a la Iglesia Madre, para nutrir a mis hijos.

Se llamarán de todas formas cristianas, pues darán culto a Cristo.

Y a pesar de su error, siempre recordarán que de Cristo han venido

Pues bien, también ellas dirán esta oración universal.

Recordadla bien. Meditadla continuamente.

Aplicadla en vuestras acciones.

Basta para santificarse.

Si uno estuviera solo entre paganos, sin iglesias, sin libros; tendría ya en esta oración todo lo cognoscible para meditar…

Y una iglesia abierta en su corazón, para esta oración.

Tendría una regla segura y una segura santificación.

“Padre nuestro”

Yo lo llamo “Padre”. Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado.

Así quiero que lo llaméis vosotros, porque vosotros sois uno conmigo, si permanecéis en Mí.

El hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra “Dios”.

Quien no cree en Mí y en mi palabra, está todavía inmerso en este temblor paralizador…

Observad lo que sucede en el Templo:

No sólo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están ocultos tras triple velo a los ojos de los fieles.

Separaciones de espacio, separaciones con velos, todo se ha tomado y aplicado para decir al que ora:

“Tú eres fango; Él, Luz. Tú, abyecto; El, Santo. Tú, esclavo; El, Rey”.

–    ¡Mas ahora!…

¡Levántaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote eterno, puedo tomaros de la mano y deciros: “Venid”.

Puedo descorrer el Velo de Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha permanecido cerrado hasta ahora.

¿Y por qué cerrado?… Por la Culpa, sí.

Pero aún más clausurado por el pensamiento degradado de los hombres.

¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?…

Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del Cielo, no rebajaros al polvo.

No que estéis lejanos, sino cerca.

No como esclavos, sino como hijos que se reclinen sobre el pecho de Dios.

“¡Padre! ¡Padre!”, decid.

No os canséis de pronunciar esta palabra.

¿No sabéis que cada vez que la decís el Cielo resplandece por la Alegría de Dios?

Aunque no expresarais otra palabra, diciendo ésta con verdadero amor ya haríais una oración grata al Señor.

“¡Padre! ¡Padre mío!”, dicen los pequeñuelos a sus padres.

Ésta es la primera palabra que dicen: “Madre, padre”.

Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios.

Yo os he generado: con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano.

Invocad pues, al Padre Santísimo que está en los cielos con la primera palabra que aprenden los niños.

ABBA –  PADRE

“Santificado sea tu Nombre”

Es el Nombre más santo y tierno que existe.

El terror del culpable os ha enseñado a esconderlo bajo otro.

No. Basta ya de decir “Adonai”, basta.

Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado a la Humanidad.

La Humanidad de ahora en adelante, purificados sus labios con el lavacro por Mí preparado, llámelo por su Nombre.

Esperando a comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre,

cuando fundida con Él, en sus mejores hijos, sea elevada al Reino que he venido a instaurar.

“Venga a nosotros  tu Reino “

Desead con todas vuestras fuerzas que venga.

Si viniera, la alegría habitaría la tierra.

El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones.

Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino.

Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo.

Llegará. Un día llegará todo esto.

Pero antes de que la tierra posea el Reino de Dios, han de venir siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores y persecuciones.

De bruma rasgada por destellos de luz irradiados por el Faro místico de mi Iglesia.

La cual, si bien es barca y no será hundida; es también arrecife que resiste cualquier golpe de mar.

Y mantendrá alta la Luz, mi Luz, la Luz de Dios.

Cuando esto llegue, será como la llamarada intensa de un astro que alcanzada la perfección de su existencia;

se disgrega, cual desmesurada flor de los jardines celestes, para exhalar, en un rutilante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador.

Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, beato, eterno, del Cielo.

“Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo”

La propia voluntad se puede anular en la de otro, sólo cuando se le llega a amar con perfección.

La propia voluntad se puede anular en la de Dios, sólo cuando se han alcanzado las virtudes teologales en forma heroica.

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

En el Cielo – donde no hay defectos – se hace la voluntad de Dios.

Sabed, vosotros, hijos del Cielo, hacer lo que en el Cielo se hace.

“Danos nuestro pan de cada día”

En el Cielo os nutriréis sólo de Dios.

La beatitud será vuestro alimento. Mas aquí todavía tenéis necesidad de pan.

Sois los párvulos de Dios; justo es entonces decir: “Padre, danos el pan”.

¿Teméis no ser escuchados? ¡Oh, no!

Considerad esto: si uno de vosotros tiene un amigo y ve que no tiene pan…

y debe dar de comer a otro amigo o pariente que ha llegado a su casa al final de la segunda vigilia,

irá al primero y le dirá: “Amigo, préstame tres panes, porque tengo un huésped que ha venido ahora y no tengo qué darle de comer”.

¿Podrá acaso, oír como respuesta desde el otro lado de la puerta:

“No me molestes, que ya he cerrado la puerta, la he trancado, y mis hijos duermen a mi lado; no puedo levantarme a darte lo que me pides”?

“¿Quién me abrirá en esta Cuaresma?

No. Si es un verdadero amigo al que se ha dirigido y si insiste, recibirá lo que pide.

Lo recibiría incluso aunque el amigo fuera poco bueno, por su insistencia;

porque aquel a quien se lo pidieran, con tal de que no le molestasen, se apresuraría a darle cuantos panes quisiera.

Pero vosotros, cuando dirigís vuestra oración al Padre, no os dirigís a un amigo de este mundo; sino al Amigo perfecto que es el Padre del Cielo.

Por tanto, os digo: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”.

Pues a quien pide se le da, quien busca halla. Y a quien llama se le abre la puerta.

¿Qué padre, a su propio hijo que le pide un pan, le pondrá en la mano una piedra?

¿Qué padre dará a su hijo una serpiente en vez de un pez asado?

Un padre que se comportase así con su prole sería un sinvergüenza.

Ya lo he dicho, pero lo repito para moveros a sentimientos de bondad y confianza.

Así pues, si uno que estuviera en su sano juicio no daría un escorpión en vez de un huevo…

Cada milagro en la Biblia, fué originado por un problema que FUE RESUELTO CON LA FE

¿Cómo no os va a dar Dios con mucha mayor bondad lo que pidiereis?:

En efecto, Él es bueno.

Mientras que vosotros por el contrario, en más o en menos, sois malos.

Pedid pues, con amor humilde y filial vuestro pan al Padre.

“Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”

Hay deudas materiales y deudas espirituales; las hay también morales.

Deuda material es la moneda o la mercancía que deben restituirse por haber sido prestadas.

Deuda moral es la estima arrebatada y no correspondida, el amor querido y no dado.

Deuda espiritual es la obediencia a Dios, de quien se exige mucho dándole muy poco.

Y el amor a Él.

Dios nos ama y se le debe amor, como se debe amor a una madre, a la esposa, al hijo, de quienes se exigen muchas cosas.

El egoísta quiere tener, pero no dar.

Pero el egoísta está en las antípodas del Cielo.

Tenemos deudas con todos: desde con Dios hasta con el esclavo, pasando por los familiares, los amigos, el prójimo en general.

Y los que están a nuestro servicio, pues todos éstos son en el fondo iguales que nosotros.

¡Ay de quien no perdone, porque no será perdonado!

Dios no puede por justicia, condonar la deuda que el hombre tiene para con Él, santísimo; si el hombre no perdona a su semejante.

“No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno”

El hombre que no ha sentido la necesidad de compartir con nosotros la cena de Pascua, me preguntó hace menos de un año:

“¿Cómo? ¿Tú pediste no ser tentado?

¿En la tentación pediste ayuda contra ella?”.

Estábamos nosotros dos solos.

Le respondí.

Luego – esta vez éramos cuatro – en una solitaria región, repetí la respuesta; pero todavía no fue suficiente;

porque en un espíritu inamovible. es necesario demoler la funesta fortaleza de su obcecación para abrirse paso;

por tanto, lo seguiré diciendo: una, diez, cien veces, hasta que todo se cumpla.

Vosotros sin embargo, que no estáis acorazados dentro de infaustas doctrinas y aún más infaustas pasiones, orad así.

Orad con humildad para que Dios impida las tentaciones.

¡Ah, la humildad! ¡Conocerse como uno es! Sin deprimirse, pero conocerse.

Decir: “Soy juez imperfecto de mí mismo y aunque no me lo parezca, podría ceder.

Por tanto Padre mío, tenme si es posible, libre de las tentaciones.

Tan cerca de Ti que no permitas al Maligno que me dañe”.

Debéis recordar, en efecto, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta.

Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de forma que no pueda el Maligno introducirla en la tentación.

He terminado, queridos míos.

Ésta es la segunda Pascua que paso con vosotros.

El año pasado sólo partimos el pan y compartimos el cordero.

Este año os doy esta oración.

Os otorgaré otros dones en las otras Pascuas que pasaré con vosotros…

Para que, una vez que me haya ido a donde el Padre quiere, os quede de Mí que soy el Cordero,

un recuerdo en las celebraciones del cordero mosaico.

Levantáos. Vamos.

Estaremos en la ciudad para el alba.

Es más, mañana tú Simón y tú, hermano mío (señala a Taseo) iréis por las mujeres y el niño.

Tú, Simón de Jonás y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan.

Luego iremos juntos a Betania.

Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa de Simón, para descansar.

EL REGENTE DEL UNIVERSO


Febrero 16 2021 11: 55 AM

LLAMADO DE DIOS PADRE A SU PUEBLO FIEL.

Pueblo mío, Heredad mía, mi Paz esté con todos vosotros

Días de Gran Purificación están llegando,

mi Creación entró en los últimos dolores de parto

y sus gemidos y estremecer, no pararán hasta dar a luz

a una Nueva Creación.

PREPARAOS PUEBLO MÍO,

PORQUE LA TIERRA ESTÁ POR COMENZAR A TEMBLAR

EN TODOS LOS CONTINENTES

SU ESTREMECER SE SENTIRÁ

DE DÍA Y DE NOCHE;

Se tambaleará y vosotros Pueblo mío,

debéis de acostumbraros a vivir con esto, por un tiempo.

NO ENTRÉIS EN PÁNICO

 Acordaos que hace parte de vuestra purificación

y purificación de la Creación.

Hijos míos,

LOS DRAGONES DE FUEGO

YA COMENZARON A DESPERTAR

Y las entrañas de la Tierra en muchos lugares han comenzado a abrirse;

el gemir de mi Creación va a traer dolor, desolación y muerte en muchas naciones.

El Dragón Amarillo de la gran nación del norte está a punto de despertar

Yellowstone

y el fuego de sus entrañas, enlutará esta nación.

Mi Creación está por gemir como nunca antes lo había hecho,

sus dolores claman justicia,

muchas naciones van a sufrir por los dolores de parto de mi Creación.

Todos los elementos de la Naturaleza se revertirán contra el hombre

y le harán pagar por su injusticia y maltrato.

Los días de mi Justicia Divina están comenzando y…

¿Quién podrá resistir a estos días? 

Sólo los hombres de recto corazón y temerosos de Dios, podrán superar estos días.

¡Ay, de los habitantes de la Tierra!

¡Porque están llegando los días en que solo Ayes y Dolor,

se escucharán por doquier!

¡ CORRED, corred, insensatos a poner vuestras cuentas en orden,

porque los días de mi Justicia están llegando!

¡Huíd de vuestras casas y moradas altas,

porque mi Creación está a punto de tambalearse de día y de noche,

como si estuviera borracha!

No temáis Pueblo mío, a los días de mi justicia;

no entréis vosotros en pánico cuando mi Creación comience a moverse;

CONSERVAD LA CALMA

Y ALABAD CON CÁNTICOS Y SALMOS,

LA GLORIA DE DIOS

DANIEL 3

Y os aseguro que todo os será más llevadero.

Preparaos Pueblo mío,

porque los días de Transformación y Purificación de mi Creación

ESTÁN LLEGANDO

Se acercan los días del castigo de las naciones impías;

estremecer de la Tierra y fuego del cielo

serán el azote con el que castigaré estas naciones;

13. Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿Quiénes son y de dónde han venido?»
14. Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.» Me respondió: «Esos son los que vienen de la Gran Tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero. Apoc. 7, 13-14

muchas desaparecerán por el Rigor de mi Justicia

y no volverá a quedar recuerdo alguno de ellas.

Las Sodomas y Gomorras de estos Últimos Tiempos,

caerán bajo el Peso de mi Justicia.

Entonces, sabrán los habitantes de la Tierra,

que Yo, Soy el Regente del Universo,

Señor de la Creación.

Padre, con todos aquellos que se acogen a mi Misericordia

y Justo Juez, para los impíos.

Estad pues alerta y vigilantes, Pueblo mío, Heredad mía,

porque mi Justicia está por restablecer el Orden y el Derecho en mi Creación.

Quedad en mi Paz, Pueblo mío

Padre, Yahvé, Señor de la Creación

 Hijos míos, dad a conocer mis mensajes de salvación en todos los confines de la tierra.

http://www.mensajesdelbuenpastorenoc.org/mensajesrecientes.html

175 DIAGNÓSTICO ESPIRITUAL


175 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad está semidesierta en esta noche serena y clara por la luna llena que resplandece en toda su plenitud.

La Pascua ha sido celebrada y consumida en una de las casas de Lázaro.

En la puerta exterior Jesús, con esa señorial cortesía muy suya, se ha despedido de Juan de Endor, dejándolo como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo.

Le dió un beso a Margziam, que también acudió a la puerta.

Y se encamina con los suyos en el barrio de Bezetha, siguen a lo largo de la muralla y dejan atrás la casa de José de Arimatea.

Avanzan ligeros hacia fuera por la Puerta de Herodes.

Tadeo pregunta:

–     ¿A dónde vamos, Señor?

Jesús responde:

–     Venid conmigo.

Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular.

Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡Mis apóstoles!

Gracias amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais.

Fijaos, Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros.

Convenceos de que por Mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar…

Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por Mí.

Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros.

Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en Mí, en todo.

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria…

Hasta llegar a un punto en que por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

Santiago de Alfeo pregunta:

–    ¿Vamos a Getsemaní?

–    Más arriba.

A la cima del monte de los Olivos.

Juan exclama:

–    ¡Oh! ¡Será algo bello!

Pedro susurra:

–    También le habría gustado al niño.

Jesús dice:

–     ¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces!

Estaba cansado y además es un niño.

Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis.

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha.

Suben más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, donde los olivos se balancean crugiendo…

Avanzan por entre le olivar, hasta que Jesús se frena y dice:

–     Detengámonos aquí…

Todos se acomodan a su alrrededor, sentándose para escucharlo…

Jesús dice:

“Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a Mí.

Hace poco tiempo, me habéis dicho:

“Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos.

Y siempre os respondí:

‘Os enseñaré cuando vea en vosotros un mínimo de preparación suficiente, para que la plegaria no se convierta en una fórmula vacía de palabras humanas.

Sino que sea una verdadera conversación con el Padre.

Ha llegado el tiempo. Hemos obedecido el Precepto Pascual, como verdaderos israelitas y el precepto divino de la caridad; para con Dios y para con el prójimo.

Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días, debido a una acción que no merecía.

Y ha sufrido por el esfuerzo que se ha hecho a sí mismo, para controlar la ira que esa acción había provocado.

Sí, Simón de Jonás, ven aquí.

Ni una palpitación de tu corazón honrado, me ha pasado desapercibida.

Y no ha habido sufrimiento que no haya compartido contigo.

Yo… y tus compañeros.

Pedro dice:

–    Pero Tú Señor, has sido ofendido más que yo.

Y esto era para mí una pena mayor… Que Judas haya desdeñado acompañarme en la fiesta, me molestó mucho como hombre.

Pero al ver que Tú estabas adolorido y ofendido, me molestó de otro modo. Y sufrí el doble…

Yo no quiero gloriarme, ni hacerme el héroe, usando tus palabras. Pero debo decir que he sufrido con mi alma…

Y esto causa mayor dolor.

–    No es soberbia, Simón.

Has sufrido espiritualmente, porque Simón de Jonás, pescador de Galilea; se está convirtiendo en Pedro de Jesús;

Maestro del espíritu; por lo cual también sus discípulos se hacen activos y sabios en el espíritu. Porque has avanzado en la vida del espíritu.

Y porque vosotros también habéis avanzado, quiero enseñaros esta noche la Oración.

¡Cuánto habéis cambiado desde aquel día en que nos detuvimos en un lugar desierto por algunos días!

Bartolomé pregunta un poco incrédulo:

–   ¿Todos, Señor?

–   Comprendo lo que quieres decir.

Yo os hablo a vosotros los once, que estáis aquí, no a otros.

Andrés dice con mucha tristeza:

–   Pero, ¿Qué le pasa a Judas de Simón, Maestro?

Ya no lo comprendemos. Parecía muy cambiado y ahora… desde que dejamos el lago…

Pedro interviene:

–    Cállate hermano.

La llave del misterio la tengo.

Se ha colgado un pedacito de zebú.

Fue a buscarlo a la caverna de Endor, para sorprender a los demás.

Lo tomó del nicho donde estaba el búho.

¡Y se lo tiene merecido!

El Maestro se lo dijo aquel día…

En Gamala, los diablos entraron en los cerdos.

En Endor, los que salieron del desgraciado Juan, entraron en él. Se entiende que…

Se entiende… ¡Déjame decirlo, Maestro!

Lo tengo aquí, en la punta de la lengua y si no lo digo, me muero…

Jesús le pide:

–   Simón. Sé bueno.

–   Sí, Maestro.

Y te aseguro que no le haré ningún desprecio.

La posesión espiritual perfecta se agrava tremendamente por la Lujuria y la maldad de Asmodeo…

Pero digo y pienso que siendo Judas tan vicioso… Y tan mujeriego…

Todo el Templo lo conoce, lo sabe y Todos lo sabemos.

Y está sin protección porque quiere. Se entiende que también los demonios, gustosos cambian de casa.

Es un semejante al cerdo…

Pedro calla.

El  silencio se extiende un largo momento.

Y agrega con un suspiro:

–    Bueno, lo he dicho.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–   ¿Entonces tú piensas que por eso es así?

–   ¿Y qué otra cosa quieres que sea?

No hay ninguna otra razón para que se haya vuelto tan intratable.

Está peor que en Agua Especiosa.

Allí se podía pensar que el humor y la estación  lo pusiesen nervioso.

Pero ahora…

Jesús agrega con calma:

–    Hay otra razón, Simón…

–    Dila, Maestro.

Estoy contento de desengañarme del compañero.

–   Judas está celoso.

Está inquieto por celos.

–   ¿Celoso de quién?

No tiene mujer. Y aunque la tuviese, creo que ninguno de nosotros sería capaz de ofender a un condiscípulo…

–    Está celoso de Mí.

Piensa… Judas ha cambiado desde Endor y luego…  Empeoró en Esdrelón.

Esto es; desde que vio que me ocupaba de Juan y de Marziam.

Pero ahora que Juan nos dejará y que se irá con Isaac, verás que volverá a ser alegre y bueno.

–   Está bien.

Pero no querrás decirme que no es presa de un diablillo…

Y sobre todo; no querrás que diga que se ha compuesto en estos meses en que se ha portado peor.

El año pasado yo también era celoso… ¿No recuerdas que no quería que hubiese nadie más que nosotros seis?

Ahora deja que invoque a Dios como testigo de mi pensamiento. Ahora digo que soy feliz; entre más aumentan los discípulos a tu alrededor.

¡Oh! ¡Cómo quisiera traerte a todos los hombres!

Pero, ¿Por qué he cambiado? Porque me he dejado cambiar por Ti. Él…  él no ha cambiado. Al contrario…

Convéncete, Maestro. Un diablillo se ha apoderado de él…

–    No lo digas, ni lo pienses.

Ruega para que se cure. Los celos son una enfermedad emocional…

Que destrozan el alma.

–    De la que se puede curar si uno quiere.

¡Ah! Lo soportaré por causa tuya… Pero, ¡Qué fatiga!…

Judas Tadeo, dice:

–    Me parece que ya recibió su castigo…

Al no estar con nosotros en esta noche; en que aprenderemos algo tan importante.

Jesús dice:

–     Ha llegado el momento.

Vosotros poseéis cuanto es suficiente para conocer las palabras dignas que se digan a Dios y os las quiero enseñar esta noche en medio de la paz y el amor que existe entre nosotros.

En la paz y el amor de Dios y con Dios…

Escuchad: cuando oréis, decid así:

“Padre Nuestro…”

174 EL APÓSTOL REBELDE


174 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es la vigilia de la Pascua, Jesús espera a que regrese Pedro que ha llevado el cordero pascual al sacrificio.

Está Él solo, con los discípulos y Jesús le habla a Margziam de Salomón…

Entonces Judas atraviesa el gran patio, con un grupo de jóvenes de su edad.

Habla con grandes gesto y ademanes de un hombre muy importante.

Su manto se mueve continuamente y se lo compone con presuntuosos movimientos de sabio.

Es tan exagerada su pomposidad, que ni siquiera Cicerón habrá hecho tanto alarde, cuando pronunciaba sus discursos…

Tadeo exclama:

–    ¡Miren! ¡Allá está Judas!…

Felipe observa:

–    Está con un grupo de ‘saforim’ (escribas)

Tomás dice:

–    Voy a oír lo que está diciendo.

Tomás se va; uniendo la acción a la palabra.  

Y lo hace tan rápido, que Jesús no tiene tiempo de decir su acostumbrado ‘No’…

¡Y Jesús!… ¡Ay, el rostro de Jesús!…  

¡Oh! ¡Qué rostro tiene Jesús!…

De verdadero sufrimiento y de juicio muy severo…

Marziam, que lo ha estado mirando atento a Jesús desde el principio, mientras le hablaba del gran rey de Israel, con un tinte de tristeza y su dulzura…

Nota el repentino cambio y se espanta.

Toma la mano de Jesús y la sacude para volver a atraer su atención

Y le dice:

–    ¡No mires!

¡No mi-res!… mírame a mí. Yo sí te quiero mucho.

Tomás logra acercarse a Judas, sin que éste lo vea y lo sigue por algunos metros.

Al oír lo que está diciendo…

Suelta una retumbante exclamación:

–    ¡Bravo rabí!  

Que hace voltear a muchos a mirarlo.

La posesión demoníaca perfecta no tolera ninguna crítica, ni acepta sus errores…

Especialmente a Judas que se pone pálido de rabia. 

Y Tomás aplaude con burla… 

Agregando con sorna:   

–    ¡Pero cuántos maestros espléndidos tiene Israel!

¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!¡Eres extraordinario para imitar!

Judas aumenta su aire orgulloso, como si fuera un gran doctor de Israel,

Y dice despectivo:

–   No soy una piedra, sino una esponja.

¡Y absorbo! Y cuando lo exige el deseo de los que tienen hambre de sabiduría; entonces me exprimo para darme a todos con los jugos de la vida.

Tomás reprime su deseo de lanzar una carcajada…

Y también el impulso de sorda ira que experimenta por un instante, en su carácter bonachón.

Se limita a decir:

–    Se diría que eres un eco fiel.

Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; de otro modo muere, amigo.

Y tú, me parece que te estás alejando de ella.

Él está allí. ¿No vienes?

La posesión demoníaca perfecta se siente superior y merecedor de la pleitesía de los demás…

Judas se pone de todos los colores.

Con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores…

Por un instante, su cara; como en uno de sus peores momentos; refleja una ira diabólica y es repugnante.

Pero inmediatamente se domina… 

Y se despide: 

–     Adiós, amigos.  

Y volviéndose hacia su compañero apóstol, 

declara: 

 –    Aquí estoy contigo Tomás, querido amigo mío.

Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo.

Si lo hubiera sabido, lo hubiera buscado.

Y pasa el brazo por los hombros a Tomás, como si experimentara por él un cariño muy grande.

La posesión demoníaca perfecta es HIPÓCRITA y manipuladora…

Y empiezan a caminar.

Tomás, complaciente pero nada tonto; no se deja engatusar por estas palabras.

Y con algo de ironía le pregunta:

–    ¿Cómo?

¿No sabes que es Pascua?

¿Crees que el Maestro no sea fiel a la Ley?

Judas dice con altanería:

–   ¡Oh! ¡No se trata de eso!

El año pasado se mostraba. Hablaba… me acuerdo que exactamente en este día, me atrajo precisamente por su energía de Rey.

Ahora parece que se hubiera apagado y hubiera perdido su fuerza…

¿No te parece?

–     A mí no.

Me parece más bien como que alguien perdió crédito.

–     En su misión.

Lo dices bien.

La posesión demoníaca perfecta no reconoce, cualidades superiores en los demás…

–     No.

Entiendes mal.

Ha perdido confianza en los hombres. Y tú eres uno de los que ha contribuido a ello.

¡Deberías avergonzarte!

Tomás está serio y su última frase suena como una bofetada.

Ya no ríe Tomás, está muy serio con una expresión sombría y su última frase suena como una bofetada.

La soberbia de Judas siente su reprensión como un latigazo.  

Y responde amenazador: 

–     ¡Ten cuidado con lo que dices! 

–     ¡Y tú ten cuidado con lo que haces!

Somos dos judíos sin testigos y por eso hablo. Y te repito: ¡Deberías avergonzarte!

Y ahora cállate. No te quieras dar baños de santo, no seas trágico, ni te pongas a lloriquear…

Porque de otro modo, hablo fuerte y delante de todos.

Ahí están el Maestro y los compañeros. ¡Pórtate bién!

Cuando llegan al grupo

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Judas saluda:  

–     Paz a ti, Maestro… 

Jesús responde con cortesía y severidad:  

–     Paz a ti, Judas de Simón.

–     Es un placer encontrarte aquí…

Tengo algo que decirte…

–     Habla.

Judas mira nervioso a su alrededor…

Y dice titubeante:

–     Mira, es que…

Quería decirte… ¿No puedo decírtelo aparte?

–     Estás entre tus compañeros. 

–    Pero yo quisiera hablarte solo a Ti.

–    En Bethania estoy a solas con quién quiere y me busca.

Pero tú no lo haces. Tratas de evitarme.Me huyes.

La posesión demoníaca perfecta es un juez implacable con los demás, NO ADMITE LAS CRÍTICAS y su mayor preocupación es lo que puedan pensar los demás…Viven obsesionados con la imagen…

–    No, Maestro.

No puedes afirmarlo.

El rostro de Jesús aumenta su severidad,

al cuestionar: 

–     ¿Por qué ayer has ofendido a Simón?

¿Y con él a Mí? ¿Y con nosotros a José de Arimatea y a los compañeros? ¿Y a mi Madre y a las otras mujeres?  

Con cada frase aumenta la dureza y restallan como latigazos.  

Judas pone cara de inocencia, 

al contestar: 

–     ¿Yooo?

¡Pero si no os vi!

–     No quisiste vernos.

¿Por qué no viniste, como habíamos convenido, para bendecir al Señor por un inocente que iba a ser acogido en el seno de la Ley?

¡Responde! ¿No sentiste ni siquiera la necesidad de avisar de que no ibas a venir?  

El reclamo es totalmente divino y los que contemplan la escena, realmente no desearían conocer sobre sí, (incluída yo) la faceta de Jesús, como un Juez muy Severo…

A lo lejos se ve a Pedro venir de regreso con su cordero degollado, sin las vísceras y envuelto en su piel  

Margziam lo ve y grita: 

–     ¡Ahí viene mi padre!

¡Oh! Y con él vienen Miqueas y los demás.

¿Puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?

Jesús lo acaricia y le dice con mucha dulzura: 

–     Ve, hijo.

Tocando a Juan de Endor en un hombro, le pide: 

–    Por favor, acompáñalo y…

Entretenlo un poco».  

Su rostro y su voz vuelven al punto en que estaba con Judas. 

De nuevo se dirige a él con una gran autoridad en su Voz:

Nosotros con el Don del Discernimiento funcionando en todo su esplendor, comprendemos que…

Es cuando se advierte que El que está cuestionando a través de Jesús… ¡Es el mismísimo Padre Celestial!

Y ABBA está  bastante molesto…

–   ¡Responde, pues!

¡Te estoy esperando!

La posesión demoníaca perfecta es tan egoísta, que no puede ser empática. Tiene tendencias sociópatas y lo que menos le importa es rendir cuentas a nadie de sus actos… La soberbia es su impulso vital. 

Una sombra pasa por la mirada de Judas…

Por un momento Judas se encoge,

y balbucea…

–    Me surgió repentinamente…

Luego aspira profundo, se recupera pronto,

y agrega con descaro:

–     Maestro, un encuentro inesperado…

Que no podía menos que… me pudo mucho… pero…

Jesús lo interrumpe:

–    Pero, ¿No había en todo Jerusalén, alguien que pudiese notificarnos tu excusa…?

¡Admitiendo que la tuvieras!…

Y ya de por sí esto era reprobable.

Te recuerdo que hace poco un hombre dejó de ir a enterrar a su padre por seguirme

Y que estos hermanos míos dejaron en medio de maldiciones, la casa paterna, por seguirme. 

Que Simón, Tomás, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Nathanael, dejaron su familia.

Simón Cananeo su riqueza, para dármela y Mateo su vida pecaminosa, por seguirme.

Así podría enumerarte cien más.

Hay quién abandona su vida, la vida misma, por seguirme en el Reino de los Cielos.

Y podría continuar con otros cien nombres.

Hay quien deja la vida, la misma vida para seguirme hasta el Reino de los Cielos.

Pero ya que no eres generoso; procura ser por lo menos educado y tener elegancia. 

No tienes caridad; pero al menos sé caballeroso.

Imita, ya que te gustan tanto; a los fariseos falsos que me traicionan…

Que nos traicionan, pero que lo hacen mostrándose educados.

Tu obligación era no comprometerte para estar con nosotros.

Para no ofender a Pedro, al que ordeno que todos respetéis.

¡Si al menos hubieras avisado!

Por un momento, Judas siente un escalofrío de terror.

La posesión demoníaca perfecta transforma el MIEDO en ODIO y deseo de aplastar lo que le incomoda. Por eso aumenta su crueldad y su desprecio…

Pero una extraña fuerza interna llena de rebeldía, hace que permanezca inmutable…

Y dice con la mayor desfachatez:

–    He faltado.

Pero ahora venía con intenciones de buscarte para decirte, que siempre por la misma razón, mañana no podré venir. ¿Sabes?

Tengo amigos de mi padre y me…   

Jesús lo para en seco: 

–    ¡Basta!

Vete con ellos. ¡Adiós!

–   ¡Maestro!

¿Estás enojado conmigo? Me dijiste que serías como mi padre… Soy un joven atolondrado; pero un padre perdona…

–   Te perdono, sí.

Pero vete.

No hagas esperar más a los amigos de tu padre.

Así como Yo no hago esperar a los amigos del santo Jonás.

–    ¿Cuándo partirás de Bethania?

–     Al fin de los Azimos. Adiós.

Jesús le da la espalda y da unos cuantos pasos.

Judas se va, rápido.

22. Pero Samuel dijo: ¿Acaso se complace Yahveh en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra de Yahveh? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros.
23. Como pecado de hechicería es la rebeldía, crimen de terafim la contumacia.1 Samuel 15

Todos están asombrados…

 Y boquiabiertos…

Acaban de presenciar una confrontación abierta con Satanás, ¡Y Nadike lo percibió!

Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están encantados ante el cambio que ven en Margziam.

Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace su apóstol….

Tomás exclama:

–    ¡Por Yeové!

Quería verte con la energía de un Rey… ¡Y te ha visto…!

La otra mitad de la frase que Tomás calla es:

‘Con la majestad de Dios’…   

Entonces Jesús les pide: 

–     Os ruego que olvidéis todos este incidente…

De la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño.

Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres, aflicción, ni escándalo.

Y silencio también en Betania ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo. 

NO está bien causar y NO vamos a darle dolor ni escándalo a nadie…

Os ordeno que no digáis nada a nadie. 

Todos dicen:

–   ¡Lo haremos!

Puedes estar tranquilo, Maestro», haremos de todo para reparar esto».

Y para consolarte.   

–     ¡Gracias!…

Cuando se encuentran los dos grupos, 

y Jesús dice:

–    ¡Oh, paz a todos vosotros!

Isaac os ha encontrado Me alegro. Gozad en paz vuestra Pascua.

Cada uno de mis pastores será un buen hermano para vosotros.

Isaac, antes de que se marchen tráemelos. Quiero bendecirlos otra vez.

¿Os habéis fijado, el niño?

–     ¡Maestro, qué bien está!

¡Ya está más lozano! Se lo diremos al anciano. ¡Qué contento se va a poner!

Y señalando a Pedro…

Agrega: 

–    Este justo nos ha dicho que ahora Yabés es su hijo…

¡Un hecho providencial! Lo vamos a contar todo, todo.  

Margziam dice: 

–     También que soy hijo de la Ley.

Que me siento feliz y que me acuerdo siempre de él. Que no llore ni por mí ni por mi mamá, porque la tengo a mi lado.

Y también a él como un ángel…

Y la tendrá siempre y en la hora de la muerte.

Si Jesús ha abierto para entonces las puertas del Cielo…

Pues entonces mi mamá, más linda que un ángel, saldrá al encuentro del anciano padre y lo conducirá a Jesús.

Lo ha dicho Él.

¿Se lo vais a decir? ¿Lo vais a saber decir bien?

–     Sí, Yabés.

–     No. Ahora soy Margziam.

Me ha puesto este nombre la Madre del Señor. Es como si se dijera su nombre. Me quiere mucho.

Me mete Ella en la cama todas las noches y me hace decir las mismas oraciones que hacía decir a su Hijo.

Por las mañanas me despierta con un beso, luego me viste. Me enseña muchas cosas…

¡Él también, eh!…

Entran dentro tan suavemente, que se aprenden sin trabajo. ¡Mi Maestro!

El niño se abraza a Jesús con tal adoración de acto y de expresión que se conmueve todo el que lo ve. 

Jesús confirma:

–     Sí.

Diréis todo esto, y también que no pierda la esperanza el anciano: este ángel pide por él y Yo lo bendigo.

También os bendigo a vosotros.

Idos. La paz sea con vosotros.

Los grupos se separan y se van cada uno por su lado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

173 PRINCIPIO DE LA CAÍDA


173 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El miércoles por la mañana, la comitiva de los apóstoles y las mujeres, a cuyo frente van Jesús y María con el pequeño Margziam, se acerca a la Puerta de los Peces, en el Templo de Jerusalen. 

José de Arimatea, fiel a su palabra ha venido a su encuentro.

Jesús busca con sus ojos al soldado Alejandro, pero no lo ve.

Dice en voz alta:

–   Ni siquiera hoy está.

Me gustaría saber que ha sido de Él.

La gente es tan numerosa que no hay manera de dirigirse a los soldados.

Además de que sería una imprudencia, pues los judíos están muy enojados por la rabia que sienten por la captura del Bautista;

a manos de Herodes Antipas, de quién hacen cómplice a Pilatos y sus satélites.

Una andanada de insultos con epítetos muy pintorescos, aunque nada diplomáticos, estallan a cada instante;

como las chispas de una rueda de fuegos artificiales.

A los galileos también les toca.

José de Arimatea se adelanta cerca de Jesús y la multitud que lo conoce, guarda silencio por respeto a él.

Dejan atrás la Puerta de los peces y…

Les sale al encuentro Felipe, Tomás y Bartolomé.

Tomás grita:

–    ¡Eh, Maestro!

Varios preguntan:

–    ¿Judas no está con ustedes?

Tomás contesta:

–    Estamos aquí desde temprano por temor de que fueses a venir antes.

Pero él no se ha dejado ver. Ayer lo encontré. Parecía un levita y estaba con Sadoc el escriba.

¿No lo conoces José?

Es viejo, flaco y con una verruga bajo el ojo. Había también otros jóvenes. Le grité: ¿Cómo estas Judas? Y no me respondió…

 Fingió no conocerme y yo dije: ¿Qué le pasará?

Y cuando me acerqué a él, se separó de Sadoc y se fue rápido con  otros de su edad… Que ciertamente no eran levitas.

Y ahora, no ha venido.

¡Él sabía que quedamos de vernos aquí!

Felipe no dice nada.

Bartolomé aprieta los labios, para no decir lo que está pensando en su corazón.

Pedro dice:

–    Está bien. da lo mismo.

No me voy a poner a llorar porque no está aquí.

Jesús dice:

–    Vamos a esperar un poco.

Puede ser que se haya entretenido en el camino.

Las mujeres y los hombres en diversos grupos, se apoyan sobre el muro donde hay sombra.

Todos se han vestido muy solemnes.

El más lujoso es Pedro.

Hace gala de un turbante nuevo, blanco como la nieve, con galón recamado en color rojo y dorado.

El vestido que trae es de color granada muy oscuro.

Lo adorna con una faja nueva del mismo color del turbante, donde le cuelga la vaina de un puñal.

La empuñadura está grabada y la vaina adornada de latón, bruñido. A través de ella se ve brillar el acero.

Casi todos los demás están armados, menos Jesús; que luce su vestido blanco y su manto azul rey.

Margziam trae un vestido rojo claro, con un galón más oscuro al cuello, en los bordes y en las muñecas.

en la cintura y en los bordes del manto que el niño trae doblado sobre el brazo.

Lo toca con cariño.

vez en cuando levanta su carita, mitad sonrisa, mitad preocupación…

Pasa el tiempo y Judas no llega.

Pedro gruñe:

–    No se dignó…

Juan dice:

–    Tal vez nos espera en la Puerta Dorada.

Se van al templo, pero Judas no está.

José de Arimatea no aguanta más…

y dice:

–     Vámonos.

Margziam palidece.

Besa a María diciéndole:

–    Ruega… Ruega…

Ella contesta sonriendo con dulzura:

–     Sí, querido.

No tengas miedo. Estás muy bien preparado…

Margziam se arrima a pedro y le estrecha nerviosamente la mano.

Y como no se siente muy seguro, busca la mano de Jesús,

que le dice:

–   Yo no voy, Margziam.

Voy a rogar por ti. Nos veremos después.

Pedro exclama asombrado:

–   ¿No vienes?

¿Por qué, Maestro?

–   Porque es mejor así.   

Jesús está serio y triste.

Agrega:   

–   José que es justo, no puede menos que aprobar mi acción.

En realidad, José no dice nada.

Con su silencio y con un suspiro, confirma lo dicho por Jesús.

Pedro dice afligido:

–    Entonces… vámonos.

Margziam se pega a Juan.

José, a quien saludan a cada paso con inclinaciones profundas, los precede.

Los acompañan simón y Tomás.

Los demás se quedan con Jesús.

Entran a una sala donde un joven está escribiendo en un rincón.

Se levanta al ver a José y se inclina hasta el suelo.

José le dice:

–    Dios sea contigo, Zacarías.

Ve a llamar al punto a Azrael y a Jacob.

Inmediatamente se va y poco después regresa con dos rabinos de aspecto severo, que pierden su cejo de preocupación ante José. 

Detrás de él están otros ocho personajes de menor rango.

Se sientan y solo quedan de pie, José y los postulantes.

El de mayor edad pregunta:

–     ¿Qué quieres, José?

José de Arimatea responde:

–    Presentar a vuestro saber a este hijo de Abraham que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y gobernarse por sí solo.

Lo miran con admiración,

y preguntan:

–    ¿Pariente tuyo? 

–     En Dios todos somos parientes.

El niño es huérfano y este hombre de cuya honradez yo soy fiador, lo ha tomado por suyo a fin de que su tálamo no quede sin descendencia.

–   ¿Quién es?

¡Qué responda por sí!

Pedro contesta:

–    Simón de Jonás.

De Betsaida de Galilea.  Casado sin hijos; pescador porque así quiere el mundo. Hijo de la Ley por voluntad del Altísimo.

–    Y tú Galileo asumes esa responsabilidad, ¿Por qué?

–    Está en la Ley que se tenga amor por el huérfano y por la viuda. La cumplo.

–    ¿Conoce éste realmente la Ley para merecer que…? Pero tú niño responde; ¿Quién eres?

El niño, con dignidad pero sin altivez; contesta:

–   Yabé Margziam de Juan, de la campiña de Emmaús.

Tengo doce años de edad.

Los rabinos dicen: 

–    Luego eres de Judá.

.    ¿Es lícito que cuide de él un galileo?-

–    Busquemos en las leyes.

A Pedro le empieza a hervir la sangre:

–    ¿Pero que soy yo?

¿Leproso o maldito?

José de Arimatea interviene:

–     Cállate Simón.

Yo hablo por él. Dije que soy fiador de este hombre. Lo conozco como si fuese de mi casa.

El Anciano José jamás propondría una cosa contraria a la Ley y ni siquiera a las leyes.

Examinad por favor al niño, justa y cuidadosamente.

El patio está lleno de niños que esperan el examen.

No os tardéis por amor a todos los demás.  

–     Pero, ¿Quién prueba que el niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?

–    Lo puedes comprobar en las Escrituras.

Es una investigación molesta, pero se puede hacer. Niño, me dijiste que fuiste el primogénito ¿No es así?

Margziam contesta:

–     Sí, señor.

Puedes verlo, porque fui consagrado al señor y rescatado con lo prescrito.

José agrega: 

–     Entonces busquemos otros datos… 

Los dos quisquillosos responden secamente:

–     No es necesario.

–     Ven aquí, muchacho.

Y comienza el examen de los doctores de la Ley…   

–    Dí el Decálogo.

–    El niño lo recita.

–   Dame ese rollo, Jacob.

Le entregan el rollo solicitado,

e indica:

–     Si sabes, lee.

–     ¿En dónde rabí?

Azrael responde:

–     En donde quieras.

En donde tus ojos se fijen.

Jacob le quita el pergamino y lo desenrrolla.

le señala: 

–     Aquí.

El niño lee.

–    ¡Basta! Basta…

¿Qué cosa es esto?

Pregunta Jacob señalando las extremidades de su manto.

–    Las franjas sagradas, señor.

Las llevamos para acordarnos del precepto del Altísimo Señor.

–    ¿Es lícito a un israelita comer de cualquier carne?

–    No, señor. tan sólo de las que han sido declaradas lícitas.

–    Dime los preceptos.

Y obediente, el niño comienza la letanía de: ‘No cometerás…’

–    ¡Basta! Basta.

Para ser galileo, sabe demasiado.   

Entonces se dirige a Pedro:   

–     Oye tú,

A ti te toca jurar que el niño ha llegado a su mayoría de edad.

Pedro, con el mayor garbo que todavía conserva, después de tantos desaires…

Empieza a proclamar su discurso que le pertenece,

como padre:

–    Como habéis observado mi hijo ha llegado a la edad prescrita.

Es capaz de guiarse por el conocimiento de la Ley, de los preceptos, de las costumbres y tradiciones; ceremonias, bendiciones y oraciones.

Por eso, como habéis comprobado; puede él, como yo también, pedir que se le conceda el derecho de haber llegado a la mayoría de edad.

En realidad, yo debería haberlo dicho antes. Pero las costumbres han sido violadas y no por nosotros los galileos.

Al niño le preguntaron antes que a su padre. Ahora os digo, una vez que lo habéis considerado capaz:

Desde este momento no soy yo responsable de sus acciones, ni ante Dios, ni ante los hombres.

Azrael indica:

–   Pasad a la sinagoga.

El reducido grupo pasa a la sinagoga, en medio de las caras rígidas de los rabinos a quienes Pedro les ha dicho la verdad.

Derecho, enfrente de los fascítoles y lámparas, le cortan el cabello a Marziam, hasta las orejas.

Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, recamada en amarillo oro.

Y con él ciñe la cintura del niño.

Margziam le entrega a Pedro el manto y mientras los sacerdotes le colocan en la frente y en el brazo, cintas de cuero.

Pedro hace lo propio, poniendo diligentemente en el manto de Margziam, las franjas sagradas.

¡Qué emocionado está Pedro cuando entonan los salmos y la Palabra del Señor!…

Y casi inmediatamente, todos los celebrantes, literalmente escapan…

Con esto se pone fin a la ceremonia.

Pedro dice:

–     ¡Menos mal!

¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa.

Tú… tú, hijo mío, tienes a Otro que te consagra…

Vamos a tomar un corderito, para el sacrificio de Alabanza al Señor. Un corderito encantador como tú.

Y su vuelve hacia el anciano doctor de Israel,

diciendo:

–     Te agradezco mucho José.

Tú también Marziam. Da las gracias a este gran amigo.

Sin ti José, nos hubieran tratado muy mal del todo…

Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú.

José de Arimatea dice:

–     Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú.

Te ruego que vengas a mi casa de Bezetha, para el banquete. Y contigo todos, como es lógico.

Permíteme que sean mis invitados.

Pedro, lleno de humildad, pero radiante de alegría, inclinando la cabeza como saludo,

contesta con exquisita cortesía:

–     Vamos a decírselo al Maestro.

Para mí… ¡Es demasiado honor!

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al Patio de las Mujeres.

Allí todas felicitan a Margziam.

Luego los hombres pasan al Atrio de los Israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos.

Se reúnen todos en una armónica comunión de felicidad. 

 Y mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto!

Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio más bien angustioso, de sus compañeros.

Sólo cuando están en la sala de la casa de José y cuando le hacen a Margziam la pregunta de rigor, acerca de lo que hará en el futuro… 

Y el niño declara con firmeza: 

–     Seré pescador como mi padre.

Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende…

Y dice: 

–     La verdad es que Judas nos ha puesto una gota de acíbar sobre esta felicidad y en esta fiesta…

Estás preocupado, Maestro… y los demás…

Tú… tú, hijo mío, tienes

Tú estás muy preocupado, Maestro.

Y los demás están tristes por eso. Perdóname si antes no lo había notado…

¡Ah!… ¡Ese, Judas!…

Ese mismo lamento está en el corazón de todos los demás.

Jesús, para quitar la preocupación, se esfuerza en sonreír…

Y dice:

–    No te molestes Simón.

No hace falta a la fiesta.

Oye, ¿Entonces Margziam respondió muy bien?

Lo sabía de antemano.

José regresa después de haber dado órdenes a sus criados,

Y dice:

–     Os agradezco a todos vosotros por haberme rejuvenecido con esta ceremonia.

Y por haberme dado el honor de tener en mi casa al Maestro, a su madre, a sus familiares y amigos.

Y a vosotros queridos condiscípulos, junto con todos mis invitados, venid al jardín…

Con la última frase, José manifiesta su verdadero sentir de pertenencia al grupo apostólico.

Todos van y celebran el acontecimiento.

172 LA PRIMERA ERMITAÑA


172 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús vuelve solo, a casa de Simón Zelote.

La tarde cae, apacible y serena después de tanto sol.

Jesús se asoma a la puerta de la cocina, saluda…

Y sube a meditar a la habitación de arriba, que ya está preparada para la cena.

El Señor no parece muy contento.

Suspira bastante y pasea de un lado para otro por la sala, lanzando de vez en cuando una mirada hacia las tierras de los alrededores,

visibles desde las muchas puertas de esta amplia habitación, que es un cubo construido encima del piso bajo.

Sale también a pasear por la terraza, dando la vuelta a toda la casa.

Y se queda inmóvil, en el lado posterior, mirando a Juan de Endor,

el cual, amablemente, está sacando agua de un pozo para ofrecérsela a Salomé, que está muy atareada.

Mira, menea la cabeza y suspira.

La potencia de su mirada despierta la atención de Juan, que se vuelve a mirar,

y pregunta:

–     Maestro, ¿Me quieres para algo?

–     No, sólo te miraba. 

Salomé dice:

–     Juan es bueno.

Me ayuda. Dios le recompensará también esa ayuda.

Jesús, después de estas palabras, entra de nuevo en la habitación y se sienta.

Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada.

Y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala.

Sólo cuando María lo llama, levanta la cabeza.

–     Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana. 

Y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae.

¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?

Jesús dice:

–     Sí, Madre.

Enseguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo; lo cual espero que sea antes del regreso de los demás.

Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas… en ninguno…

Y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón.

–     Vigilaré con esmero…

María sale.

Y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo  que le cubría el rostro.

Ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas.

Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María.

Con su túnica azul oscura y el manto encima formando elegantes pliegues.

Con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana:

sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo.

Este atavïo, como lo usan una infinidad de mujeres y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han protegido a Áglae de ser reconocida.

Entra con la cabeza baja. A cada paso que da se ruboriza más. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, lo más seguro es que se habría arrodillado en el umbral de la puerta. 

Cuando llegan hasta donde está Jesús,

María la presenta: 

–     Mira Hijo…

Aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala…

Y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los arcos de las puertas, que están abiertas de par en par.

Y cierra la puerta más cercana a la escalera.

Áglae deja a un lado el fardo que llevaba cargado a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús…

Y rompe a llorar impetuosamente.

Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.  

Jesús le dice:

–     No llores de ese modo.

Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que lo amas y te ama.

Pero Áglae sigue llorando…

–     ¿No crees que es así?

La voz se abre paso entre los sollozos:

–     Lo amo, es verdad.

Como sé hacerlo, como puedo…

Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado…

Un día quizás lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar… Por ahora estoy sola en mi amor. Estoy sola…

No es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena de deseo de Dios y,por tanto, ya no es soledad desesperada…

Pero es tan triste, tan triste…

–     Áglae, ¡Qué mal conoces todavía al Señor!

Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas.

Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él – Creador y Señor de toda criatura, en ese corazón.

Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora lo anhela.

El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es el Perfectísimo y por tanto, su Amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura.

–     Pero, ¿Cómo puede amar Dios mi fango?

–     No trates de entender con tu inteligencia.

Es una inmensidad de Misericordia, incomprensible para la mente humana.

Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu.

Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo.

Entra, porque Dios lo quiere.

–     ¡Oh, Salvador mío!

Pero entonces… ¿Estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?

–     ¿Te he mentido alguna vez?

–     ¡Oh, no, Señor!

Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido.

Me has salvado, como dice tu Nombre.

Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado.

Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida.

Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad.

Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas.

Y es verdad.

Todo le que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de Junio hasta las otras de Agua Especiosa…

–     Debes creer entonces, también en éstas.

–     ¡Sí! ¡Creo!

¡Creo! ¡Pero, dime: “Yo te perdono”!

–     Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús.

–     Gracias…

Y.. ¿Ahora qué tengo que hacer?

Dime, Salvador mío, ¿Qué tengo que hacer para obtener la Vida eterna?

Los hombres se corrompen sólo con mirarme…

No puedo vivir temblando continuamente por el miedo a ser descubierta y asediada…

Durante el viaje que he hecho para venir aquí, me he sentido temblar a cada mirada de hombre…

No quiero ni pecar ni hacer pecar.

Indícame el camino que debo seguir; el que sea, que lo seguiré.

Como puedes ver, soy fuerte incluso en la penuria…

Si por excesiva penuria encontrase la muerte, no por ello tendría miedo:

La llamaré “amiga mía” porque me alejará de los peligros de este mundo y para siempre.

Habla, Salvador mío.

–     Ve a un lugar desierto.

–     ¿A dónde, Señor?

–     A donde quieras.

A donde te conduzca tu espíritu.

–     ¿Será capaz de tanto mi espíritu apenas formado?

–     Sí, porque Dios te guía.

–     ¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?

–     Por ahora, tu alma resucitada.

–     ¿Te volveré a ver?

–     No en este mundo.

Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu, para prepararte a la ascensión hacia Dios.

–     ¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver?

¿Cómo me la vas a dar?

–     Muriendo por todos los pecadores».

–     ¡Oh,… morir!…

¡No, Tú no!

–     Para daros la Vida debo darme la muerte.

Por esto he venido en cuerpo humano. No llores…

Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio.

–     ¡Mi Señor!

¿Voy a morir yo también por ti?

–     Sí; pero de otra forma…

Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo.

Cuando haya muerto del todo, te llamaré.

–     ¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?

–     En la soledad donde estarás…

Y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará también cada vez más, rencoroso y violento. 

 Encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido.

–     Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de Tí, ¿No?

Demasiado honesto es como para haber sido pecador.

–     No es él, es otro.

Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz.

Y que la bendición de Dios te acompañe.

Áglae ha estado de rodillas durante todo el tiempo, se curva para besar los pies del Señor.

No se atreve a más.

Luego coge su fardo y lo vuelca:

Caen al suelo unos vestidos sencillos, un saquito pequeño que suena al chocar contra el suelo y un frasco de un delicado alabastro rosa.

Áglae vuelve a meter los vestidos en el fardo, recoge del suelo el saquito,

y dice:

–     Esto es para tus pobres.

Es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado algunas monedas como viático…

Aunque no me lo hubieras dicho, ya tenía pensado irme lejos.

Y esto es para ti. No es tan suave como el perfume de tu santidad, pero es lo mejor que puede dar la tierra.

Aunque me servía para hacer lo peor… Que Dios me conceda perfumar al menos como esto en tu presencia en el Cielo…

Y quitando el tapón precioso del frasco, esparce su contenido por el suelo.

La preciosa esencia impregna las baldosas, subiendo a oleadas un penetrante olor a rosas.

Áglae retira el frasco vacío.

–     Como recuerdo de este momento…

Luego se inclina una vez más a besar los pies de Jesús.

Se levanta y se retira caminando hacia atrás.

Sale y cierra la puerta…

Se oye su paso alejándose en dirección a la escalera.

Y su voz, que intercambia unas pocas palabras con María.

Luego el ruido de las sandalias contra los escalones… y nada más.

De Áglae sólo queda a los pies de Jesús, el saquito.

Y por toda la sala, el intensísimo aroma que esparció el amor de su ovejita arrepentida.

Jesús se pone de pie…

Recoge el saquito y se lo lleva al pecho.

Va Hacia uno de los arcos que da hacia el camino…

Y sonríe al ver a la mujer sola, alejándose con su manto hebreo, en dirección a Belén.

Hace un gesto de bendición…

Luego va a la terraza y desde allí llama a su Madre.

María sube ágilmente la escalera.

Y dice: 

–    La has hecho feliz, Hijo mío.

Se ha marchado con fortaleza y paz.

–     Sí, Madre.

Mándame el primero a Andrés, cuando regrese.

Pasa un tiempo y se oyen las voces de los apóstoles, que vuelven conversando entre sí…

Andrés va donde Jesús:

–     ¿Maestro, me has llamado?

–     Sí. Ven.

Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo Andrés.

Gracias en nombre de Dios y de un alma.

–     ¿Gracias?…

¿Por qué?

–     ¿Hueles este perfume?

Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada.

Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de rodillas y no encuentra ni una palabra…

Por fin dice:

–     Ahora estoy contento. 

¡Bendito sea el Señor!

–     Sí. Levántate.

No les digas a los demás que ha estado aquí.

–     Guardaré silencio, Señor.

–     Ahora puedes marcharte.

Escucha… ¿Está todavía Judas de Simón?

La boca habla de lo que está lleno el corazón y en la posesión demoníaca perfecta, Satanás SIEMPRE se manifiesta…

–     Sí, ha querido acompañarnos…

Diciendo… muchas mentiras. ¿Por qué actúa así, Señor?

–     Porque es un muchacho consentido.

Dime la verdad: ¿Habéis reñido?

–     No.

Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir.

Los demás… ya sabes… son más prudentes.

Pero eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar…

Otros amigos… dice. ¡Oh y también como desprecia a las meretrices!…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE OCULTAR su esencia: la presunción, la mentira y la soberbia…

–     Tranquilo.

Andrés, creo que tú también te debes sentir feliz esta tarde…

–     Sí, Maestro.

Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego…

Andrés se va…

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor.

Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas.

Por último, Lázaro y Simón.

Nada más entrar en la sala exclaman:

–     ¡Ah,… entonces provenía de aquí!

Y olfatean el ambiente impregnado de perfume de rosas; saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par. 

Y varios preguntan:

 –     Pero, ¿Quién ha perfumado de este modo esta habitación?

–     ¿Marta, quizás?

Lázaro responde:

–     Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida. 

Pedro entra y bromea diciendo:

–     ¿Y quién ha sido entonces?

¿Algún sátrapa asirio? 

Jesús contesta con seriedad:

–     El amor de una redimida.  

Judas replica enfadado:

–     Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención…

Y haber dado el coste a los pobres.

Son muchos y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un céntimo.

Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y…  

Lázaro dice:

–     Pero si os he ofrecido yo todo…

–     No es justo.

Pierde su belleza el rito. La Ley dice: “Tomarás el cordero para ti y para tu casa”. No dice: “Aceptarás el cordero”.

Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero… la cierra.

Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio.

Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar…

Y dice:

–     Eso son sutilezas rabínicas…

Te ruego que las olvides y que eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro.  

Pedro no habla, pero ¡Sí!

explota:

–     ¡Sí señor, Simón!

Me parece además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar…

Pedro dice ese “nos olvidamos” haciendo un esfuerzo heroico por no decir

“Judas se olvida”. 

Y Judas admite:

–     Es verdad…

Pero… es que estoy nervioso. Perdona, Maestro.

–     Sí.

Y también te respondo.: La gratitud es una gran virtud.

Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias.

Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer.

Yo, que soy cabeza de todos vosotros.

Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido,

antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis.

No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción Ya lleva sobre sus espaldas su cruz.

Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos, tan puro y precioso como era…

Igualaba en suavidad y valor a éste.

La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante:

La humildad sostiene al amor y lo hace perfecto.

Sentémonos a la mesa, amigos…

Con el ofrecimiento de la comida, la visión concluye.

171 LA INTERCESORA


172 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Da la espalda a la ciudad y se dirige a un lugar desolado que está en las faldas de una colina rocosa que hay entre dos caminos que llevan de Jericó a Jerusalén.

Un lugar extraño hecho como de escalones.

Al dirigir la vista hacia abajo, se ve un foso como de tres metros de profundidad que baja en declive.

El lugar es árido. Está muerto. Se respira mucha tristeza.

Después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, se presenta una estructura escalonada de forma que hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico. 

Igual el segundo desnivel…

Es un lugar árido, muerto…

Mortalmente triste.  

Entonces se oye el grito de Simón Zelote:

–     ¡Maestro, estoy aquí!

Po favor detente, para indicarte el camino…

Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene.

Y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní…  

Mount of Olives view from Solomon’s Temple grounds in Jerusalem, Israel

Aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania. 

 Entonces Simón explica: 

–     Hemos llegado.

Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos.

Parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir.

Pues para ello habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto.  

Jesús dice:

–     Iremos a verlos también a ellos.

–     ¡Gracias!, por ellos y por mí.

–     ¿Son muchos?

–     El invierno ha matado a la mayoría.

Aquí hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan.

Mira allí están, en el borde de su presidio…  

Realmente no se sabe cuántos son…

Porque si bien a cinco de ellos se los puede ver parados…

A los otros por el color grisáceo de su piel, por la deformidad de su rostro y porque apenas se distinguen del pedregal que los rodea…  

Éste los camufla de tal manera, que su número es muy impreciso…. 

Son como una docena.

Entre los que están en pie, hay sólo una mujer:  

Ello se deduce por sus características distintivas…

Sus encanecidos cabellos descuidados, duros y sucios, le caen por la espalda hasta la cintura.

Por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha convertido prácticamente en un esqueleto, destruyendo sus contornos femeninos. 

Igualmente respecto a los hombres, sólo uno conserva en su cara rastros de bigote y barba.

A los demás los ha rasurado la destructora enfermedad. 

Todos gritan:

–      ¡Jesús, Salvador nuestro!

–     ¡Ten piedad de nosotros!

–     ¡Jesús Hijo de David, ten piedad!

–    ¡Oh, Señor, ten piedad!

–     ¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro!

Y extienden hacia Él sus manos, deformes y ulceradas.

Jesús los mira con infinita compasión…Y levantando su rostro hacia esas ruinas humanas.

les pregunta:

–    ¿Qué queréis que os haga?

–     Que nos liberes del pecado y de la enfermedad.

–     Del pecado libera la voluntad y salva el arrepentimiento.

–     Pero si quieres puedes cancelar nuestros pecados…

La mujer suplica:

–     Por lo menos eso, si es que no quieres curar nuestros cuerpos.

Jesús declara:

–     Yo os digo:

Escoged entre ambas cosas, ¿Cuál queréis?

–     El Perdón de Dios, para vivir menos desolados y abatidos.

Jesús hace una señal de aprobación.

En su rostro brilla una sonrisa.

Levanta los brazos y grita:

–   Obtened lo que pedís.

 ¡Sea como queréis! ¡Lo Quiero!…

¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad… O a las dos cosas.

Los cinco desdichados quedan en la incertidumbre…

Pero los apóstoles no dudan y gritan hosannas…

Al ver que la lepra desaparece rápido, como un copo de nieve junto al fuego.

Entonces ellos comprenden que fueron escuchados del todo…

Su grito resuena cual clarín de victoria.

Se abrazan entre sí.

Lanzan besos a Jesús…

Porque no pueden ir a arrojarse a sus pies.

Luego se vuelven a sus compañeros de desgracia,

diciéndoles:

–  ¿Y no queréis creer todavía?

–    ¿Pero qué clase de infelices sois?

Jesús dice:

–    ¡Calma! Sed buenos.

Nuestros pobres hermanos tienen necesidad de pensar. No les digáis nada.

La fe no se impone.

Se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia.

Lo que haréis después de vuestra purificación, como Simón hizo con vosotros.

Por otra parte, el milagro habla ya de por sí.

Vosotros curados, id al sacerdote lo más pronto posible.

Vosotros enfermos, esperad hasta la tarde. Os traeremos comida.

La paz sea con todos vosotros.

Jesús regresa al camino seguido por las bendiciones de todos.

Y dice a sus apóstoles:

–    Ahora vamos a Ben Hinnóm.

Lázaro dice:

–     Maestro…

Quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní.  

Jesús dice:

-Ve, ve, Lázaro.

La paz sea contigo.

Mientras Lázaro lentamente se pone en camino…  

Juan apóstol dice:

–     Maestro, lo acompaño.

Camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom.

–     Bien, ve.

Vámonos.

Pasan el Cedrón.

Siguen el lado sur del monte Tofet.

Llegan a un valle lúgubre, sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol.

Ninguna defensa contra el sol que flagela con sus rayos, en los escalones que descienden a este lugar infernal,

Sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable y flagela con sus rayos de fuego. 

Poniendo al rojo el pedrisco de estos escalones que descienden a este lugar infenal.

De cuyo fondo emana un tufo apestoso que con sus vértigos, aumenta el calor.

Y dentro de los sepulcros están los cuerpos de los pobres que se consumen vivos.

Siloán, siendo húmedo y estando orientado al Norte, será espantoso en invierno.

Pero este lugar debe ser terrorífico en verano.

Simón Zelote, con un gran grito como llamada…  

Pasan algunos minutos angustiosos y …

Aparecen primero tres, luego dos, luego uno y todavía otro más.

Se acercan como pueden hasta el límite prescrito.

Aquí hay dos mujeres.

Una de ellas lleva de la mano a un niño monstruoso.

Un esperpento al que la lepra le atacó especialmente en la cara y ya está ciego…

Otro de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos.

Y dice:

–    Sé bendito, Mesías del Señor…

Que has bajado a nuestro infierno; para sacar de él a los que esperan en Ti. ¡Sálvanos Señor, que nos morimos! ¡Sálvanos, Salvador!

¡Rey de la estirpe de David! ¡Rey de Israel! ¡Piedad para tus súbditos! ¡Oh, Retoño de la estirpe de Jesé, de quién se dijo que en su tiempo no habría ya mal!

Extiende tu mano para que recojas a estos restos de tu Pueblo. Aparta de nosotros esta muerte. Seca nuestras lágrimas, porque así está escrito de Ti.

Llámanos Señor a tus campos ubérrimos. A tus dulces aguas porque estamos sedientos. Llévanos a las eternas colinas en donde no hay culpa, ni dolor.

¡Ten piedad, Señor…!

–    ¿Quién eres?

–    Juan.

Un sacerdote del Templo. Tal vez me contaminé con algún leproso. Hace poco, como puedes ver. ¡Pero éstos!…

Hay quién hace años que está esperando la muerte

Esta niña, cuando todavía no comenzaba a caminar… No conoce las obras que Dios ha creado.

Lo que conoce o recuerda de las maravillas de Dios, son estos sepulcros. Este sol despiadado y las estrellas de la noche.

Ten piedad para los inocentes y para los culpables.

¡Señor, Salvador nuestro!

Todos están arrodillados y con sus brazos extendidos…

Jesús llora ante tanta miseria

Abre sus brazos y grita:

–     Padre Yo lo quiero:

Curación, vida, vista y santidad para ellos.

Y permanece así, con los brazos abiertos…

Orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración; llama de amor, pura e intensa, bañada en el intenso oro del sol.  

Y el primer grito resuena como clarín de victoria:

–     ¡Mamá!…

¡Veo! 

A este primer grito infantil, responde el de su madre que estrecha contra su corazón a la niña curada.

Luego uno a uno, se oyen los de los demás enfermos sanados.

Y los de los apóstoles…

Se ha realizado el milagro.

Jesús indica:

–    Juan, tú que eres sacerdote…

Guiarás a tus compañeros en el rito.

La paz sea con vosotros.

Os traeremos comida esta tarde.

Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.

Pero el ex – leproso Juan, grita:

–     ¡Quiero seguir tus pasos!

¡Dime qué tengo que hacer!

¡ A dónde debo ir para predicarte!

–    Sea esta tierra desolada y desnuda que tiene necesidad de convertidos al Señor…

Y también sea la ciudad de Jerusalén tu campo.

Adiós.

Y volviéndose a sus apóstoles,

agrega:

–     Vamos ahora adonde mi Madre.

Y muchos de los presentes preguntan:

–     Pero, ¿Dónde está?

–    En una casa que Juan conoce: la de la niña curada el año pasado.

Entran en la ciudad y recorren una buena parte del populoso suburbio de Ofel, hasta una casita blanca. 

La puerta estaba entornada, la empuja y al entrar, saluda dulcemente

Proveniente del interior de la casa, se oye la dulce voz de María y la voz argentina de Analía.

La voz de su madre más áspera, responde al saludo mientras se arrodilla.  

La jovencita se inclina profundamente para adorar.

María se levanta.

Quisieran retenerlos, al Maestro y a su Madre.

No obstante, Jesús, prometiendo volver otro día, bendice y se despide.

Pedro se marcha contento con María.

Llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz.

Muchos se vuelven a mirarlos.

Jesús, sonriendo, observa cómo van.  

Zelote exclama:

–     ¡Simón se siente feliz!  

Jesús lanza su mirada a través del Tiempo… 

Santiago de Zebedeo pregunta: 

–     ¿Por qué sonríes, Maestro? 

Jesús responde:

–     Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa. 

Tadeo inquiere:

–     ¿Cuál, Hermano?

¿Qué es lo que ves? 

–     Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora.

No debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam.

Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano.

Y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación, la mano de mi naciente Iglesia.

Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor.

Así la Iglesia se desarrollará… como Margziam… ¡Verdaderamente es un niño – símbolo!

¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro!

Vamos a casa de Juana…

Por la tarde, de nuevo en la casita de Betania.

Muchos, cansados, se han retirado ya.

Pedro no, pues va y viene paseando por el sendero, levantando la cabeza muy frecuentemente hacia la terraza donde están sentados hablando, Jesús y María.

Juan de Endor por su parte está hablando con Simón Zelote, sentados los dos bajo un granado exuberante todo en flor.

Se ve que María ha hablado ya mucho, porque Jesús,

le responde:

–     Todo lo que me has dicho es muy cabal.

Tendré presente la equidad de tus palabras. También estimo exacto tu consejo por lo que se refiere a Analía.

Es buena señal que ese hombre lo haya recibido con tanta disposición.

Es verdad que en la alta Jerusalén hay mucho embotamiento y odio, porquería se puede decir.

Pero, entre sus gentes humildes hay perlas de ignorado valor. Me alegro de que Analía se sienta feliz. Es una criatura que es más del Cielo que de la tierra.

Quizás ese hombre, ahora que ha entrado en el concepto del espíritu, lo ha intuido y por eso manifiesta hacia ella una gran veneración.

Su idea de marcharse a otro lugar, para no turbar con un latido humano el cándido voto de la muchacha, lo demuestra. 

María dice:

–     Sí, Hijo mío.

El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes… Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. El no sabía mi secreto…

Y no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo:

Había detectado el perfume de mi alma… Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado… hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que…

No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes.

No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero aunque no hablemos, sabemos…

Y aunque no hablemos, los demás intuyen…

¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Mágdala y el del sábado por la mañana…

La inocencia habla… porque ve con los ojos de su ángel.

Pero también los ancianos vislumbran…

No se equivocan: es un ser huidizo… todo en él es huidizo.

Le tengo miedo… y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Mágdala y de Margziam en Getsemaní.

Porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños.

–     ¡No todos pueden ser Juan!…

–     ¡No lo pretendo!

¡Sería un paraíso esta tierra!

Pero mira, me has hablado del otro Juan… Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena… 

 Judas, sin embargo, me da miedo.

–     ¡Ámalo, Madre!

¡Ámalo, por amor a Mí!

–     Sí, Hijo.

Pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él.

¿Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto.

–     Sí.

Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece.

–     Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: “¡Ah, Señor, eso no es verdad!”.

Y tendría razón.

–    ¿Por qué, Madre?

Pero Jesús ya sonríe, porque ha comprendido.

–     Porque no lo complaces dándole un hijo.

Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos…

Y tus negativas.

–     ¿No te ha explicado las razones, con que las he justificado?

–     Sí. Me las ha dicho.

Y ha añadido: “Es verdad… pero yo soy un hombre, un pobre hombre.

Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que… me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos… y me voy a morir sin tenerlos”.

Y ha dicho – aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, lo había besado y le había llamado “padre querido”–, ha dicho:

“Mira, cuando este pequeñuelo que hace diez días no lo conocía, me llama así; siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel.

Y me pongo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo…”

María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra…

Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla…

Y con la cabeza apoyada sobre la mano, guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del extenso huerto.

María toma una mano de Jesús, se la acaricia,

y dice:

–     Simón tiene este gran deseo..

Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello. Y exponiendo razones tan justas, que… no he podido objetarle nada.

Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres.

El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú… ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo!

¡Pero, es físicamente tan delicado!… Muy inteligente, muy bueno… Pero nada más.

A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes.

Los pastores son buenos… pero son hombres y los niños tienen necesidad de las mujeres.

¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él.

Un hijo propio es como un ancla.

Y Simón que está destinado a tan alto destino, no puede estar retenido por ninguna ancla.

Pero estarás de acuerdo en que él debe ser “el padre” de todos los hijos que le vas a confiar.

¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño?

Un padre debe ser dulce. Simón es bueno, pero no dulce.

Es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil…

Considera este destino de Simón… ¡Nada menos que tu sucesor!

¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla!

Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla.

Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam… quieres hacer de él un discípulo perfecto… pero es todavía un niño.

Tú… te marcharás antes de que se haga hombre.

¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además…

¡Pobre Simón!… ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya.

Pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado,

de su libertad de hace ya un año, para que lo dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar.

¿Y su esposa?: ¡Pobre mujer!…

¡Desea tanto amar y ser amada…! Su madre… ¡Oh!… ¿Y el marido?: encantador pero autoritario…

Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado… ¡Pobre mujer!… Confíale el niño.

Escúchame, Hijo.

Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea.

Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo. casi pariente porque procede de David.

Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía.

Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Porfiria.

Cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí lejos, el niño se quedará con ella.

¡Ah!,… te veo sonreír…

Entonces es que vas a contentar a tu Madre.

Gracias, Jesús mío.

–     Sí, sea como Tú quieres.

Jesús se levanta…

Y llama con voz potente:

–     ¡Simón de Jonás, ven aquí!

Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras.   

Pregunta:

–     ¿Qué quieres, Maestro?

–     ¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!

–     ¿Yooo?

¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?

–     Has coaccionado a mi Madre.

Por este motivo quisiste estar solo.¿Qué debo hacer contigo?

Pero Jesús sonríe…

Y Pedro se tranquiliza

–     Me has asustado verdaderamente.

Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida?

Ya sólo me queda la vida porque me has tomado todo lo demás… Pero, si quieres, te la doy.

–     No quiero tomarte nada.

Quiero darte algo.

De todas formas, no te aproveches de la victoria…

Y NO DIGAS ESTE SECRETO A LOS DEMÁS… 

Astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna.

Tendrás el niño, pero…

Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro, que se había arrodillado, se pone en pie de un salto…

Y besa a Jesús con tal ímpetu, que le corta la palabra.

     Agradéceselo a Ella.

Pero recuerda que esto debe ser una ayuda para tí, NO un obstáculo…

–     Señor, no te arrepentirás de este regalo…

¡Oh, María, santa y buena, bendita seas siempre!…

Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María…