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409 LAS HORAS PASCUALES


409 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

364 En el Templo.

Jesús ha dejado Rama y ya está a la vista Jerusalén.

Mientras camina – como el año pasado – va cantando los salmos prescritos

Muchos, en la vía llena de gente, se vuelven para mirar al grupo apostólico que pasa.

Quién saluda con reverencia; quién se limita a lanzar una ojeada curiosa

(éstas son por lo general las mujeres, sonriendo respetuosamente.

Quién se limita a observar;

quién dibuja en sus labios una sonrisita irónica y desdeñosa;

quién, pasa altivo y con evidente malevolencia.

Jesús va tranquilo, vestido con una túnica limpia y fresca de lino.

También Él, como todos se ha cambiado, para entrar con orden y con elegancia,

en la ciudad santa.

Y Margziam este año está a la altura de las circunstancias con su ropa nueva.

Camina al lado de Jesús, cantando a pleno pulmón,

con esa voz suya que la verdad es que es un poquillo áspera porque no es todavía viril.

Pero su tono imperfecto se pierde en el coro lleno, de las voces de sus compañeros,

emergiendo sólo, límpido como tintín de plata, en los agudos que emite todavía con voz blanca y segura.

Está feliz Margziam…

En un intervalo de los cantos, en que ya está a la vista la Puerta de Damasco,

porque van a entrar  por allí para ir inmediatamente al Templo.

Mientras esperan a que pase una pomposa caravana que ocupa toda la vía

y crea obstrucciones, haciendo que los prudentes  se detengan en los márgenes,

Margziam pregunta:

—            Señor mío,

¿No vas a decir otra parábola bonita para tu hijo lejano?

Querría unirla a los otros escritos que tengo; porque está claro que en Bethania

Y me consume el deseo de darle una alegría,

según le prometí y su corazón y el mío queremos…

Jesús responde:

–            Sí, hijo mío.

Te daré la parábola.

–            Pero una que lo consuele,

que le diga que sigue siendo tu amado…

–          Así lo diré.

Y será para mí alegría, porque será decir una verdad.

–         ¿Cuándo la vas a decir, Señor?

–         Inmediatamente.

Vamos a ir enseguida al Templo, como es deber,…

Y allí hablaré antes de que se me impida hacerlo.

–          ¿Y vas a hablar para él?

–          Sí, hijo mío.

–          ¡Gracias, Señor!

Debe ser muy doloroso el estar separado así…

Margzian lo ha dicho con voz trémula, con un brillo de llanto en sus ojos negros.

Jesús le pone la mano encima del cabello

Y así reemprender la marcha.

Y es que los Doce se habían detenido a oír lo que decían algunos,

no se sabe si son creyentes en el Maestro o deseosos de conocerlo;

que a su vez se habían detenido por la misma causa que había detenido a Jesús y a los suyos.

Con el paso de la caravana…

Los apóstoles dicen;

–          Ya vamos, Maestro.

Estábamos escuchando a éstos.

Algunos de ellos son prosélitos que vienen de lejos

y preguntaban que dónde podrían acercarse a conocerte…. – dice Pedro acercándose

Jesús pregunta:

–         ¿Por qué motivo lo desean?

Y Pedro, ya al lado de Jesús, que está reanudando la marcha,

Le dice:

–          Porque quieren oír tu palabra,…

Y para ser curados de algunas enfermedades.

¿Ves ese carro cubierto, después de ellos?

Dentro hay prosélitos de la Diáspora que han venido por mar o con un largo viaje,

movidos a realizarlo además de por el respeto a la Ley por la fe en Ti.

Los hay de Éfeso, Perge e Iconio…

Y hay uno, pobre, de Filadelfia, al que han acogido en el carro por piedad los otros;

que son mercantes ricos por lo general, pensando propiciarse al Señor.

–            Margziam, ve a decirles que me sigan al Templo.

Tendrán lo uno y lo otro:

salud del alma, con la palabra y salud para los cuerpos si saben tener Fe.

El jovencito va ligero.

Pero de los Doce se eleva un coro de desaprobación por «la imprudencia» de Jesús,

que quiere mostrarse públicamente en el Templo…

–          Vamos a propósito, para que vean que no tengo miedo.

Para que vean que ninguna amenaza me puede hacer desobedecer al precepto.

¿Pero es que no habéis entendido todavía su juego?

Todas estas amenazas, todos estos consejos, amigables sólo en apariencia;

tienen la pretensión de hacerme pecar,

para poder disponer de un elemento verdadero de acusación.

No seáis cobardes.

Tened fe. No es mi Hora.

Judas dice:

–             ¿Pero por qué no vas antes a tranquilizar a tu Madre?

Te espera…

–            No.

Primero voy al Templo que, hasta el momento señalado por el Eterno para la nueva época,

es la Casa de Dios.

Mi Madre esperándome, sufrirá menos de lo que sufriría, sabiendo que estoy predicando en el Templo.

De esta forma, honraré al Padre y a la Madre,;

dándole al Primero la Primicia de mis Horas Pascuales,

y a la segunda la tranquilidad.

Vamos.

No temáis.

Por lo demás, quien tenga miedo que vaya al Getsemaní, a incubar su miedo entre las mujeres.

Los apóstoles, con la pulla de esta última observación, no hablan más.

Se ponen de nuevo en fila, de tres en tres.

Sólo en la fila donde está Jesús, la primera, son cuatro;

hasta que llega Margziam y la hace de cinco…

(tanto que Judas Tadeo y el Zelote se ponen detrás de Jesús, dejándolo así en el centro entre Pedro y Margziam).

En la Puerta de Damasco ven a Mannahém.  

El cual después de los saludos,

dice:
–        Señor, he pensado que era mejor que me vieran…

Para disolver toda posible duda sobre la situación.

Te aseguro que, aparte de la malevolencia de los fariseos y escribas,

no hay nada que sea peligroso para Ti

Puedes ir seguro.

Jesús responde:

–        Lo sabía, Mannahém.

De todas formas, te lo agradezco.

Ven conmigo al Templo, si no te es molestia…

–          ¿Molestia?

¡Por Ti desafiaría al mundo entero!

¡Afrontaría cualquier fatiga!

Judas de Keriot barbota algunas palabras.

Mannahém se vuelve ofendido.

Dice con voz segura:

–        No, hombre.

No son «palabras».

Le ruego al Maestro que compruebe mi sinceridad.

Jesús dice:

–         No hace falta, Manahén.

Vamos.Siguen adelante entre el atasco de gente.

Llegados a una casa amiga, se liberan de los talegos Santiago, Juan y Andrés

los depositan por todos en un atrio largo y oscuro…

Y luego dan alcance a sus compañeros.

Entran en el recinto del Templo pasando cerca de la torre Antonia.

Los soldados romanos miran, pero no se mueven

Se susurran algunas cosas.

Jesús los observa, para ver si hay alguno que conozca.

Pero no ve ni a Quintiliano ni al soldado Alejandro.

Ya están en el Templo.

En medio del hormigueo de gente poco sagrado, de los primeros patios;

donde hay mercaderes y cambistas.

Jesús mira y se estremece

Se pone pálido.

Su andar severo es tan solemne, que parece aumentar más todavía de estatura.

El drama más tremendo de Jesús como Hombre,

es el tener que soportar en la posesión demoníaca perfecta de Judas de Keriot,

la cercanía de su más acérrimo Enemigo…

Porque Satanás manifiesta su presencia sin que nadie más lo perciba…

Judas lo tienta:

–        ¿Por qué no repites aquel gesto santo?

Ya ves… lo han olvidado…

De nuevo la profanación ha entrado en la Casa de Dios.

¿No te duele?

¿No te lanzas a defender?

Este rostro moreno y bello, pero irónico y falso…

A pesar de todas las artes de Judas para que no aparezca así, toma un aspecto incluso zorruno

mientras, un poco agachado, como por reverencial respeto

dice estas palabras a Jesús, escrutándolo de abajo arriba.

–         No es la Hora.

Pero todo eso será purificado.

¡Y para siempre!.. – dice secamente Jesús.

Judas sonríe ligeramente,

y comenta:

–          ¡El «para siempre» de los hombres!

¡Ya ves, Maestro, que es muy precario!…

Jesús no le responde;

pues trata de saludar desde lejos a José de Arimatea, que pasa seguido por otras personas,

envuelto en su lujosa vestidura ceremonial. 

Recitan las oraciones rituales y luego regresan al Patio de los Gentiles

bajo cuyos pórticos se agolpa la gente.

Los prosélitos a los que habían encontrado viniendo al Templo, han seguido todo este tiempo a Jesús.

Han traído con ellos a sus enfermos y ahora los están colocando a la sombra,

debajo de los pórticos, cerca del Maestro.

Sus mujeres, que los han esperado aquí, se acercan muy despacio.

Todas veladas.

Pero una está ya sentada, por estar enferma…

Y las compañeras la llevan al lado de los otros enfermos.

Más gente se agolpa alrededor de Jesús.

408 APÓSTROFE A JERUSALÉN


408 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

363 Apóstrofe a Jerusalén.

Mientras Jesús está hablando, al improviso llegan unos fariseos.

Forman parte de un peregrinaje que se dirige a Jerusalén,

o que viene, en busca de alojamiento, de una Jerusalén saturada.

Ven la concentración de gente y se acercan para ver.

Pronto descubren la rubia cabeza de Jesús resplandeciente, contra el fondo oscuro de la casa de Tomás.

Irrumpen gritando:  –

¡Dejad paso, que queremos decir unas palabras al Nazareno!

Sin ningún entusiasmo se separa la gente.

Los apóstoles ven venir hacia ellos al grupo farisaico.

—        ¡Maestro, paz a T

Jesús responde:

–          La paz a vosotros.

¿Qué queréis?

–           ¿Vas a Jerusalén?

–          Como todo fiel israelita.

–          ¡No vayas!

Te espera un peligro allí.

Lo sabemos porque venimos de allá, al encuentro de nuestras familias.

Hemos venido a advertirte, porque hemos sabido que estabas en Rama.

Pedro, escamado y dispuesto a empezar una discusión.

Pregunta:

–          ¿Quién os lo ha dicho, si es lícito preguntarlo?

Le responden con altivez:

–         No es asunto de tu incumbencia, hombre

Basta con que sepas, tú que nos llamas serpientes;

que hay muchas serpientes cerca del Maestro,

Y que deberías desconfiar de los demasiados,

y de los demasiado poderosos, discípulos.

–           ¿Cómo dices?

¿No querrás insinuar que Mannahém o…

Jesús interrumpe con majestad:

–          Silencio, Pedro.

Y tú, fariseo, has de saber que ningún peligro puede apartar de su deber a un fiel.

Si se pierde la vida, no pasa nada

Lo grave es perder la propia alma contraviniendo a la Ley.

Pero tú lo sabes…

Y sabes que Yo lo sé.

¿Por qué, entonces, me tientas?

¿No sabes, acaso, que sé por qué lo haces?

–           No te tiento.

Te digo la verdad.

Muchos de nosotros serán enemigos tuyos, pero no todos.

Nosotros no te odiamos.

Sabemos que Herodes te busca….

Y te decimos: márchate.

Márchate de aquí, porque si Herodes te captura te mata seguro

Lo está deseando.

–          Lo está deseando, pero no lo hará.

Esto lo sé Yo.

¿Y sabéis lo que os digo?:

id a decirle a esa vieja raposa, que la persona que él busca está en Jerusalén.

Pues vengo expulsando demonios y obrando curaciones, sin esconderme.

Y lo seguiré haciendo hoy, mañana y pasado mañana…

Mientras dure mi tiempo.

Y es que es necesario que siga caminando hasta tocar el final.

Y es necesario que hoy y luego otra vez, y otra…

Y otra más, entre en Jerusalén; porque no es posible que mi camino se detenga antes.

Y debe cumplirse en justicia…

O sea, en Jerusalén.

–           El Bautista murió en otro lugar.

–           Murió en santidad.

Y santidad quiere decir: `Jerusalén».

Porque, si bien ahora Jerusalén quiere decir «Pecado»,

ello se refiere sólo a lo que sólo es terrestre y pronto perecerá.

Yo me refiero a lo eterno y espiritual…

O sea, a la Jerusalén de los Cielos.

En ella, en su santidad, mueren todos los justos y los profetas.

En ella moriré Yo, e inútil es vuestro deseo de inducirme al pecado.

Y moriré además, entre las colinas de Jerusalén; pero no por mano de Herodes,

sino por voluntad de quien me odia más refinadamente que él;

porque ve en Mí al usurpador del Sacerdocio apetecido, al purificador de Israel

de todas las enfermedades que lo corrompen.

No le carguéis pues, a Herodes todo el afán de matar;

tomad, más bien, cada uno vuestra parte…

en efecto, el Cordero está encima de un monte al que suben por todas partes,

lobos y chacales, para degollarlo y…

Los fariseos huyen bajo la granizada de estas verdades que queman…

Jesús los mira mientras huyen.

Luego se vuelve hacia mediodía,

hacia un claror más luminoso, que quizás indica la zona de Jerusalén…

Y, con tristeza, dice:

–             ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a tus profetas y apedreas a los que te son enviados!

¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como reúne el ave en el nido a sus pequeñuelos

bajo sus alas, y tú no has querido!

Pues bien, tu verdadero Amo dejará desierta tu Casa.

Él vendrá, hará – como establece el rito – lo que deben hacer el primero y el último de Israel,

y luego se marchará.

Ya no permanecerá dentro de tu recinto, para purificarte con su Presencia.

Y te aseguro que ni tú ni tus habitantes me volveréis a ver, en mi verdadera figura,

hasta que llegue el día en que digáis:

«Bendito el que viene en nombre del Señor»…

Y vosotros de Rama recordad estas palabras,

Y todas las otras, para no tener parte en el Castigo de Dios.

Sed fieles…

Podéis marcharos.

La paz sea con vosotros

Y Jesús se retira a la casa de Tomás con todos los familiares de éste…

Y con sus apóstoles.

407 LA PUERTA ANGOSTA


407 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ya no es por la mañana, ni mediodía

El rayo enfermo de un sol que a duras penas orada las desmadejadas nubes de un tiempo

que lucha por restablecerse, dice que el astro se encamina al ocaso y el día al crepúsculo.

Las mujeres ya no están, y tampoco Isaac y Manahén;

Margziam sí, se ha quedado y está feliz al lado de Jesús, que sale de casa

y va caminando con los apóstoles y todos los familiares varones de Tomás

a ver algunas vides, que al parecer tienen un especial valor.

Tanto el anciano como el cuñado de Tomás explican la posición del majuelo

y la rareza de las plantas, que por ahora tienen sólo pequeñas y tiernas hojas.

Jesús, benignamente, escucha estas explicaciones,

interesándose de podas y escardaduras como de las cosas más útiles del mundo.

Al final dice a Tomás sonriendo:

–            ¿Debo bendecir esta dote de tu gemela?

–           ¡Mi Señor!

Yo no soy Doras ni Ismael.

Sé que tu respiro, tu presencia en un lugar, son ya bendición.

Pero si quieres levantar tu diestra sobre estas plantas hazlo,

y su fruto ciertamente será santo.

-¿Y abundante, no?

¿Tú que opinas, padre?

-Basta que sea santo. ¡Santo basta!

Y lo pisaré y te lo mandaré para la próxima Pascua.

Lo usarás en el cáliz del rito.

—         Está dicho.

Cuento con ello.

Quiero, en la próxima Pascua, consumir el vino de un verdadero israelita.

Salen de la viña para volver al pueblo.

La noticia de la presencia en el pueblo de Jesús de Nazaret se ha esparcido,

y todos los de Rama están en las calles, y con fervientes ganas de acercarse.

Jesús lo ve y dice a Tomás:

–           ¿Por qué no vienen?

¿Es que tienen miedo de mí? Diles que los quiero.

¡Tomás no deja que se lo repita dos veces!

Va de uno a otro corrillo, tan rápido que parece una mariposa volando de flor en flor.

Y los que oyen la invitación tampoco esperan a que se lo digan dos veces.

Todos se pasan la voz y, corriendo, van alrededor de Jesús;

de forma que, llegados al cruce donde está la casa de Tomás,

hay ya una discreta aglomeración de personas que respetuosamente habla con los apóstoles

y los familiares de Tomás, preguntando esto o aquello

Se comprende que Tomás ha trabajado mucho durante los meses de invierno,

y mucho de la doctrina evangélica se conoce en el pueblo.

Pero desean una explicación más detallada,

y uno, que se ha quedado muy impresionado por la bendición que Jesús

ha dado a los niños de la casa que lo hospeda y por cuanto ha dicho de Tomás, pregunta:

–            ¿Entonces todos serán justos por esta bendición tuya?

–            No por la bendición.

Por sus acciones.

Les he dado la fuerza de la bendición para confirmarlos en sus acciones.

Pero son ellos los que tienen que cumplir las acciones,

y que éstas sean sólo acciones justas, para conseguir el Cielo.

Yo bendigo a todos..

pero no todos se salvarán en Israel.

—           Es más, se salvarán muy pocos, si siguen como ahora – dice Tomás en tono de queja.

–            ¿Qué dices?

—            La verdad.

El que persigue a Cristo y lo calumnia, el que no practica lo que Él enseña,

no tendrá parte en su Reino – dice Tomás con su voz fuerte.

Uno le tira de la manga:

–             ¿Es muy severo? – pregunta, señalando a Jesús.

–            ¡Lo contrario, demasiado bueno!

–            ¿Yo? ¿Tú que opinas, que me salvaré?

No estoy entre los discípulos.

Pero tú sabes cómo soy y cómo he creído siempre en lo que me decías.

Más no sé hacer.

¿Qué tengo que hacer, exactamente, para salvarme, además de lo que ya hago?

–             Pregúntaselo a Él.

Tendrá mano más suave que la mía, y juicio más justo.

El hombre avanza hacia Jesús y dice:

–            Maestro, yo observo la Ley,

y, desde que Tomás me repitió tus palabras, trato de ser todavía más observante.

Pero soy poco generoso.

Hago lo que no tengo más remedio que hacer.

Me abstengo de hacer lo que no está bien porque tengo miedo del Infierno.

Pero estoy apegado a mis comodidades, y…

lo confieso, me las ingenio mucho para hacer las cosas sin pecar

pero tampoco incomodándome demasiado a mí mismo. ¿Con esta forma de actuar me salvaré?

–            Te salvarás.

Pero, ¿por qué ser avaro con el buen Dios, que tan generoso es contigo?

¿Por qué pretender para uno mismo sólo la salvación, a duras penas arrebatada,

y no la gran santidad que produce inmediatamente eterna paz?

¡Ánimo, hombre

¡Sé generoso con tu alma!

El hombre dice humildemente:

–            Lo pensaré, Señor.

Lo pensaré.

Siento que tienes razón, y que perjudico a mi alma obligándola a una larga expiación

antes de conseguir la paz.

–           ¡Eso es!

Este pensamiento ya es un comienzo de perfeccionamiento.

Otro de Rama pregunta:

–            ¿Señor, son pocos los que se salvan?

–             Si el hombre supiera vivir con respeto hacia sí mismo y amor reverencial a Dios,

todos los hombres se salvarían, como Dios desea.

Pero el hombre no actúa así.

Como un necio, se entretiene con el simulacro, en vez de coger el oro verdadero.

Sed generosos en vuestro deseo del Bien

¿Os cuesta? En eso está el mérito.

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha.

La otra, bien ancha y engalanada, es una seducción de Satanás para descaminaros.

La del Cielo es estrecha, baja, austera, adusta.

Para pasar por ella hay que ser ágiles y ligeros y no estar apegados a la pompa ni a la materialidad.

Para poder pasar hay que ser espirituales.

Si no, cuando llegue la hora de la muerte, no lograréis cruzarla.

En verdad, se verá a muchos que tratarán de entrar,

pero tan engrosados de materialidad, tan engalanados de pompas humanas,

tan endurecidos por una costra de pecado,

tan incapaces de agacharse a causa de la soberbia que ya es su esqueleto, que no lo lograrán.

Irá entonces el Amo del Reino para cerrar la puerta

y los que estén afuera, los que no hayan podido entrar en el debido momento, desde fuera,

llamarán a la puerta gritando: «¡Señor, ábrenos!

¡Estamos también nosotros aquí!».

Pero Él dirá: «En verdad os digo que no os conozco, ni sé de dónde venís».

Y ellos: «¿Cómo es posible?

¿No te acuerdas de nosotros?

Hemos comido y bebido contigo, te hemos escuchado cuando enseñabas en nuestras plazas».

Pero Él responderá:

«En verdad no os reconozco.

Cuanto más os miro, más os veo saciados de aquellas cosas que declaré alimento impuro.

En verdad, cuanto más os escruto, más veo que no sois de mi familia.

En verdad, veo ahora de quién sois hijos y súbditos: del Otro.

Tenéis por padre a Satanás,

por madre la Carne, por nodriza la Soberbia, por siervo el Odio,

por tesoro tenéis el pecado y vuestras gemas son los vicios.

En vuestro corazón está escrito «Egoísmo».

Vuestras manos están manchadas de fraudes contra los hermanos.

¡Fuera de aquí! ¡Lejos de mí todos vosotros obradores de iniquidad!».

Y entonces, mientras que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas y justos del Reino de Dios

se presentarán viniendo de lo profundo del Cielo fúlgidos de gloria,

ellos, los que no tuvieron amor sino egoísmo, no sacrificio sino molicie,

serán arrojados lejos, recluidos en el lugar donde el llanto es eterno y no hay sino terror.

Y los resucitados gloriosos, venidos de oriente y occidente, de septentrión y mediodía,

se congregarán a la mesa nupcial del Cordero, Rey del Reino de Dios.

Entonces se verá que muchos que parecieron «mínimos» en el ejército de la tierra

serán los primeros en la ciudadanía del Reino

10. No temas por lo que vas a sufrir: el Diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel = para que seáis tentados, = y sufriréis una tribulación de = diez días. = Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida APOCALIPSIS 2

Y, de la misma forma, verán que no todos los poderosos de Israel serán poderosos en el Cielo,

ni todos los que Cristo eligiera para el destino de siervos suyos

habrán sabido merecer la elección para la mesa nupcial.

Antes al contrario, verán que muchos, considerados «los primeros»,

serán no sólo los últimos, sino que no serán ni siquiera últimos.

406 BENDICIÓN SACERDOTAL


406 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Tomás, que iba en la cola de la comitiva hablando con Mannahém y Bartolomé,

se separa de los compañeros y alcanza al Maestro,

que va delante con Margziam e Isaac.

Y le dice

–         Maestro, dentro de poco estaremos cerca de Rama.

¿Quieres venir a bendecir al hijo de mi hermana?

¡Ella tiene muchos deseos de verte!

Podremos hacer un alto allí.

En su casa hay sitio para todos…  

¡Dime que sí, Señor!

Jesús responde:

–         Te complacer

Y además con alegría.

Mañana entraremos en Jerusalén descansados.

–          ¡Oh!

¡Entonces me adelanto para avisar!

¿Me dejas ir?

–         Ve.

Pero recuerda que no soy el Amigo mundano.

No obligues a los tuyos a un gasto grande.

Trátame como «Maestro».

¿Entiendes?

–         Sí, mi Señor.

Se lo diré a mi familia.

¿Vienes conmigo, Margziam?

El jovencito responde:

–         Si Jesús quiere…

Jesús le dice:

–         Ve, ve, hijo.

Los otros, que han visto a Tomás y a Margziam marcharse en dirección a Rama,

situada un poco a la izquierda del camino que de Samaria va a Jerusalén,

aceleran el paso para preguntar que qué pasa.

Jesús les anuncia:

–          Vamos a casa de la hermana de Tomás.

He estado en las casas de todas vuestras familias.

Es justo que vaya también a su casa.

Lo he mandado adelante por esto.

Mannahém dice:

–         Entonces con tu permiso… 

Hoy me adelanto yo también, para sondear si no hay novedades.

En Jerusalén, cuando entres por la puerta de Damasco, si hay dificultades, estaré yo.

Si no te veo..

¿Dónde te busco, mi Señor?

–         En Bethania, Mannahém.

Me iré sin demora a casa de Lázaro.

Pero dejaré a las mujeres en Jerusalén.

Voy solo.

Es más, te ruego que después de la pausa de hoy, las escoltes a sus casas.

–         Como quieras, Señor.

Avisaré al conductor que nos siga hacia Rama. 

Y mientras Mannahém continúa caminando, llevando de la rienda su lujosa cabalgadura

En efecto, el carro sube lentamente para ir detrás de la comitiva apostólica.

Isaac y el Zelote se detienen para esperarlo…

Mientras todos los demás toman el camino secundario;

que manteniendo un suave desnivel, conduce a la colina muy baja, sobre la cual está Rama.

Tomás, que no cabe dentro de sí y que aparece aún más rubicund

por la alegría que resplandece en su rostro, está a la entrada del pueblo, esperando.

Cuando los ve, corre al encuentro de Jesús,

diciendo:

–          ¡Qué felicidad, Maestro!

¡Está toda mi familia!

¡Mi padre, que tantos deseos tenía de verte, mi madre, mis hermanos!

¡Qué contento estoy!

Y se pone como escolta, al lado de Jesús.

Y va tan derecho mientras atraviesa el pueblo,

que parece un conquistador en la hora del triunfo.

La casa de la hermana de Tomás está en un cruce situado hacia el este de la ciudad.

Es la típica casa hermosa, lujosa y protegida de un israelita acaudalado:

fachada casi sin ventanas, puerta principal herrada, con su ventanillo;

cuyo techo remata una gran terraza…

Los muros del jardín son altos y oscuros, adornados con plantas y rosales trepadores

por encima de ellos, sobresalen las copas de los árboles frutales, 

que se prolongan por detrás de la casa.

Pero hoy la doméstica no necesita mirar por el ventanillo.

La puerta está abierta de par en par.

Todos los habitantes de la casa están dispuestos en orden en el atrio.

Y continuamente se ven manos adultas alargarse para sujetar a un niño…

O a una niña del nutrido grupo de los niños,

los cuales agitados, exaltados por el anuncio, rompen continuamente filas y jerarquías,

se escabullen y van a la delantera de la familia, a los sitios de honor;

donde en primera fila están los padres de Tomás y la hermana con su marido.

Pero cuando Jesús llega al umbral de la puerta, no hay quien sujete a los rapazuelos.

Parecen una nidada saliendo del nido después de una noche de descanso.

Y Jesús recibe el choque de este pelotón gorjeador y primoroso, que se abate contra sus rodillas…

Ciñéndolo, levantando las caritas en busca de besos…

Que no se separan a pesar de las llamadas maternas o paternas.

Ni por algún que otro pescozón afectuoso, propinado por Tomás para poner orden.

Jesús exclama: 

–         ¡Dejadlos! ¡Dejadlos!

¡Ojalá todo el mundo fuera así! 

Mientras que se ha agachado para complacer a todos estos rapazuelos.

Luego de esta pausa tan repentina como inesperada…

Jesús por fin puede entrar, entre los saludos más reverenciales ofrecidos por los adultos.

Y muy especialmente halagador es el saludo del padre de Tomás,

un anciano típicamente judío, al que Jesús invita y ayuda a levantarse… 

Atrayéndolo hacia Sí..

Y luego lo besa en la frente, en señal de gratitud por la generosidad de haberle dado un apóstol.

El anciano responde diciendo: 

–         Dios me ha amado más que a ningún otro en Israel…

Porque mientras todo hebreo tiene un varón, el primogénito, consagrado al Señor…

Yo tengo dos: el primero y el último…

La consagración del último es incluso mayor;

porque sin ser levita ni sacerdote…

Hace lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote, en el Lugar santísimo del Templo de Jerusalén, hace:

Ve constantemente a Dios…

Y acoge sus Mandatos…

Termina su saludo, diciendo con esa voz un poco temblorosa de los ancianos;

Que se ha vuelto aún más trémula por la emoción.

Y finaliza agregando:

Dime sólo una cosa, para hacer dichosa mi alma.

Tú, que no mientes, dime:

Éste hijo mío, por la forma en que te sigue

¿Es digno de servirte y de merecer la Vida eterna?

Jesús responde:

–         Reposa en la paz, padre.

Tu Tomás tiene un gran puesto en el corazón de Dios, por el modo como vive.

Y tendrá un gran puesto en el Cielo; 

por la forma como habrá servido a Dios hasta el último aliento de vida terrenal…

Tomás boquea como un pez, de la emoción por lo que está oyendo decir.

El anciano levanta sus trémulas manos…

Mientras dos hilos de llanto se deslizan por las incisiones de las profundas arrugas

para perderse entre la barba patriarcal,

y dice:

–           Descienda sobre Ti la bendición de Jacob;

la bendición del patriarca al más justo de sus hijos:

«Te bendiga el Omnipotente con las bendiciones del Cielo, que está arriba,

con las bendiciones del Abismo, que abajo yace,

con las bendiciones de los pechos y del seno que Te llevó.

Las bendiciones de tu padre sobrepujen las de mis padres…

Y hasta que no se cumpla el anhelo de los collados eternos,

desciendan sobre la cabeza de Tomás, sobre la cabeza del consagrado entre sus hermanos».

Y todos responden:

–      ¡Así sea!  

Y volviéndose hacia Jesús, 

agrega solicitando

–          Y ahora bendice Tú Señor, a esta casa.

Y sobre todo, a éstos que son sangre de mi sangre. – dice el anciano señalando a los niños.

Y Jesús, abriendo los brazos, recita con voz potente la bendición mosaica:

La bendición sacerdotal:

22. Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

23. Habla a Aarón y a sus hijos y diles:

«Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis:

24. Yahveh te bendiga y te guarde;

25. ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio;

26. Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz.»

27. Que invoquen así mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.»

 
Libro de Números, cap. 6, 22-2

Y Jesús la alarga diciendo:

–         Dios, en cuya presencia caminaron vuestros padres,

Dios que me nutre desde mi adolescencia hasta hoy, que me ha librado de todo mal,

bendiga a estos niños, lleven ellos mi Nombre y los nombres de mis padres

y se multipliquen copiosamente sobre la tierra

Y termina tomando de los brazos de la madre al último nacido, para besarlo en la frente,

Diciendo:

«Y a ti desciendan, como miel y mantequilla,

las virtudes selectas que vivieron en el Justo cuyo nombre te he dado,

y lo hagan pingüe cual palma de dorados dátiles,

adornado como cedro de regia copa, para los Cielos».

(La bendición de Jacob está en Génesis 49, 25-26; la sucesiva bendición mosaica está en Números 6, 22-27)

Todos los presentes están emocionados y extáticos.

Pero luego un gorjeo de alegría estalla en todas las bocas y acompaña a Jesús,

que entra en la casa y no se detiene hasta llegar al patio,

donde hace la presentación de su Madre, de las discípulas, apóstoles y discípulos,

a los huéspedes.

405 LA ESCOLTA REAL


405 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

362 El encuentro con la Madre y las discípulas.

Jesús dice a Juan:

–           Sí, perteneces a la bienaventurada infancia.

¡Y bendito seas por ello!

Siguen andando todavía un rato;

luego Pedro, que mira hacia atrás por el camino de caravanas en que ya se encuentran,

exclama:

–          ¡Misericordiosa Providencia!

¡Aquél es el carro de las mujeres!

Todos se vuelven.

Es realmente el pesado carro de Juana.

Viene tirado por dos robustos caballos al trote.

Se detienen para esperarlo.

La cubierta de cuero, enteramente echada, impide ver a las personas que vienen dentro del carro.

Pero Jesús hace un gesto de que se detenga…

Y el conductor reacciona con una exclamación de alegría,

cuando ve a Jesús erguido y con el brazo levantado al borde del camino.

Mientras el hombre detiene a los dos caballos que venían resoplando,

se asoma por la apertura del tendal el rostro flaco de Isaac,

que grita alborozado:

–          ¡El Maestro!

¡Madre, alégrate!

¡Está aquí!

Voces de mujeres y confuso rumor de pisadas se producen en el interior del carro;

pero antes de que una sola de las mujeres baje;

ya han saltado al suelo Mannahém, Margziam e Isaac.

Y corren para venerar al Maestro.

Que los saluda diciendo:

–        ¿Todavía aquí, Mannahém

El príncipe herodiano, arrodillado y besando la orla del manto de Jesús;

muy ceremonioso y adorando a su Señor, como si estuviera dentro del Lugar donde los sacerdotes

ofrendan ante el Santo de los santos;

lleno de reverencia,

responde:

–         Fiel a la consigna.

Y ahora más que nunca, porque las mujeres tenían miedo…

Pero… Te hemos obedecido porque se debe obedecer, aunque – créelo – no había nada preocupante.

Sé con certeza que Pilatos ha llamado al orden a los turbulentos,

diciendo que quienquiera que provoque sediciones en estos días de fiesta, será castigado duramente.

Creo que no es ajena a esta protección de Pilatos su mujer…

Y sobre todo, las damas amigas de su mujer.

En la Corte se sabe todo y nada.

Pero se sabe lo suficiente…

Y Mannahém se aparta para ceder el sitio a María la Madre santísima,

que ha bajado del carro y ha recorrido los pocos metros de camino, toda trémula y emocionada…

Madre e Hijo se encuentran, se besan…

Mientras TODAS las discípulas, veneran reverentes al Maestro.

Pero no están ni María de Mágdala, ni Martha de Lázaro.

María Madre, en los brazos de su Hijo, con la cara contra el pecho de Jesús,

susurra:

–         ¡Cuánta congoja desde aquella noche!

¡Hijo, cómo te odian todos!

Y unas lágrimas descienden siguiendo las líneas rojas;

que son señal en su rostro de muchas otras vertidas esos días.

Aún así, sonriendo con amor, en medio de su sufrimiento corredentor…

Y de sus lágrimas maternales y dolorosas,

sonriendo valerosamente gime:

–        Pero ya ves que el Padre provee.

Jesús con ¡Admiración y mucha Ternura!

sonriendo valiente,

exclama:

–        ¡Así que no llores!

Yo desafío con coraje a todo el Odio del Mundo.

Pero una sola lágrima tuya me abate….

¡Ánimo, Madre santa!

Y teniéndola arrimada contra Sí con un brazo,

se vuelve hacia las discípulas para saludarlas…

Y dedica palabras especiales a Juana;

que ha querido regresar para acompañar a María.

Juana exclama muy amorosa:

–         ¡Maestro, no es ningún esfuerzo estar con tu Madre!

María está retenida en Bethania, por los sufrimientos de su hermano, Lázaro.

He venido yo.

He dejado los niños con la mujer del guardián del palacio.

Es una mujer buena y maternal.

Y está también con ellos, Cusa…

¡Fíjate Tú si le va a faltar algo a nuestro querido Matías, predilecto de mi marido!

Pero también Cusa me dijo que partir era inútil.

La medida de contención impuesta por el Procónsul, le ha roto las uñas también a Herodías.

Y además él, el Tetrarca, tiembla de miedo…

Y no tiene más que un pensamiento:

Vigilar para que Herodías no lo destruya ante los ojos de Roma.

La muerte de Juan ha echado abajo muchas cosas que estaban a favor de Herodías.

Y Herodes siente también, y muy bien…

Que el pueblo está rebelado contra él, por la muerte de Juan.

La raposa intuye que el peor castigo sería perder la odiosa y humillante protección de Roma.

El pueblo arremetería contra él inmediatamente.

Por tanto, no dudes que no hará nada por propia iniciativa.

Jesús exclama ordenando:

–         ¡Entonces volvemos a Jerusalén!

Y mirando a los apóstoles,

agrega:

–           Podéis caminar tranquilos respecto a vuestra incolumidad.

Vamos.

Que las mujeres monten de nuevo en el carro…

Y con ellas Mateo y quien esté cansado.

Descansaremos en Betel.

Vamos.

Las mujeres obedecen.

Suben con ellas Mateo y Bartolomé.

Los otros prefieren seguir al carro a pie, junto con Mannahém,

que toma de la rienda a su  preciosa cabalgadura y acaricia a su caballo llamándolo por sus nombre….

Luego se va con Isaac y Margziam.

Marchando juntos alrededor de Jesús.

Y Mannahém cuenta cómo ha hecho las averiguaciones para saber lo que había de verdad,

en la bravata del herodiano que había extendido un velo de dolor

sobre el grupo tranquilo reunido en Bethania en casa de Lázaro.

–     Que está sufriendo mucho- finaliza.

Jesús pregunta:

–         ¿Ha ido una mujer a Bethania?

–          No, Señor.

Pero nosotros hace tres días que salimos de allí.

¿Quién es?

–           Una discípula.

Se la daré a Elisa, porque es joven, está sola y no tiene medios.

–         Elisa está en el palacio de Juana.

Quería venir

Pero está muy constipada.

Ardía en deseos de verte.

Decía: «¿Pero no comprendéis que mi paz está en verlo?»

–         Voy a darle también una alegría con esta joven.

¿Y tú Margziam, no hablas?

El jovencito responde:

–          Escucho, Maestro.

Isaac dice:

–        El muchacho escucha y escribe.

De uno u otro requiere que le repitamos tus palabras…

Y escribe, escribe.

¿Pero las habremos dicho bien?

Jesús, acariciando el cachete morenito de Margziam.

Responde con dulzura:

–         Las miraré Yo y añadiré lo que falte en el trabajo de mi discípulo.

Y mirándolo, pregunta:

–         ¿Y el anciano padre?

¿Lo has visto?

Margzian responde

–          ¡Sí!

No me reconocía.

Lloró de alegría.

Pero lo veremos en el Templo porque Ismael los envía.

Es más, les ha dado más días este año.

Tiene miedo de Ti.

Pedro exclama riendo:

–         ¡Claro, mira tú éste!

¡Después de la bromita que le sucedió a Cananías en Sebat!

Jesús dice:

—         Pero el miedo a Dios no construye;

al contrario, destruye.

No es amistad.

Es sólo una espera que a menudo se transforma en Odio.

Pero cada uno da lo que puede…

Y prosiguen el camino conversando, hasta que se pierden de vista…

404 LA IGLESIA UNIVERSAL


404 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

362 La misión de las «voces» en la Iglesia futura. 

Están ahora en la otra parte del Jordán y caminan ligeros en dirección suroeste,

orientados hacia una segunda cadena de montes, más elevada que la primera,

formada por bajas colinas, pasada la cual se ve la llanura del Jordán.

Por lo que comentan, se comprende que han evitado la llanura para no caer de nuevo en el limo,

que han dejado en la otra parte.

Y piensan ir a donde deben, siguiendo los caminos internos, mejor mantenidos

y más transitables, especialmente en tiempo de lluvia.

Mateo, mira confundido a su alrededor y que se orienta mal,

pregunta:

–          ¿A qué altura estaremos?

Tomás le contesta:

–           Sin duda, entre Silo y Betel.

Reconozco los montes.

Pasamos hace poco por aquí, con Judas;

que en Betel se hospedó en casa de algunos fariseos.

Judas dice:

–          Te podían hospedar también a ti.

No quisiste venir.

Pero ni yo ni ellos te dijimos: «No vengas».

–          Yo tampoco digo que me lo dijerais.

Digo sólo que preferí quedarme con los discípulos que evangelizaban aquí.

Y el incidente termina.

Andrés manifiesta su alegría:

–         Si en Betel tenemos fariseos amigos, no vendrán contra nosotros.

Algunos le objetan:

–         Pero estamos volviendo, no estamos yendo a Jerusalén.PERE

–         ¡Tendremos que ir en todo caso para la Pascua

–        Y no sé cómo nos las vamos a ingeniar…

–          ¡Sí, claro!

¿Por qué ha dicho que vuelve a Caná?

Podían volver las mujeres…

–         Y nosotros cumplir el peregrinaje…

Pedro exclama:

–           ¡Está escrito que mi mujer no celebre la Pascua en Jerusalén!

Jesús está hablando animadamente con el Zelote….

Y Juan se acerca para consultarle:

–           Maestro…

¿Cómo nos las vamos a ingeniar para que nos dé tiempo a ir y volver?

Jesús responde

–           No lo sé.

Me pongo en las manos de Dios.

Si nos retrasamos, no será culpa mía.

Zelote le dice: –

          Has hecho bien siendo prudente.   

Jesús exclama: 

–         ¡Por mí habría seguido!

Porque no ha llegado todavía mi hora.

Esto Yo lo siento…

Y lo creo con certeza…

Y mirándolos inquisitivo, agrega

–         Pero, ¿Cómo habríais soportado vosotros la aventura;

vosotros que de un tiempo a esta parte estáis tan… cansados?

Juan dice:

–         Maestro… tienes razón.

Parece como si un demonio hubiera espirado su aliento entre nosotros.

¡Estamos muy cambiados!…

Jesús comenta:

–        El hombre se cansa.

Quiere las cosas rápidas.

Y sueña cosas estúpidas.

Cuando se percata de que el sueño es distinto de la realidad, se agita…

Y si no tiene buena voluntad, cede.

Olvida que el Omnipotente, que hubiera podido en un instante, hacer del Caos el Universo;

lo hizo en fases ordenadas y separadas, en espacios de tiempo que se han llamado Días.

Yo debo sacar del Caos espiritual de todo un Mundo… el Reino de Dios.

Y lo haré. Construiré sus bases.

Ya las estoy construyendo.

Y debo quebrar la roca durísima,

para labrar dentro de ella los cimientos que no han de derrumbarse.

Vosotros levantaréis lentamente los muros

Vuestros sucesores continuarán la Obra, en altura y anchura.

De la misma manera que Yo moriré en la Obra, vosotros también moriréis.

Y habrá muchos otros que morirán cruenta o incruentamente,

consumidos, de todas formas,

por este trabajo que requiere espíritu de inmolación, de generosidad, de lágrimas,

de sangre y paciencia sin medida…

Pedro introduce su cabeza entrecana, entre Jesús y Juan.

Preguntando:

–          ¿Se puede saber qué decís?

Jesús lo invita:

–          ¡Claro Simón!

Ven aquí.

Hablábamos de la futura Iglesia.

Estaba explicando que, al contrario de vuestras prisas, cansancios, desánimos, etc.

requiere calma, constancia, esfuerzo, confianza.

Estaba explicando que requiere el sacrificio de todos sus miembros.

Desde Mí, que soy su Fundador, su Cabeza mística;

hasta vosotros, hasta todos los discípulos;

hasta todos aquellos que lleven el nombre de cristianos

y el de pertenecientes a la Iglesia Universal.

Y en verdad, los que harán verdaderamente vital a la Iglesia, no pocas veces;

serán los más humildes de la Gran Escala de las Jerarquías;

es decir…

Aquellos que parezcan simplemente «números».

Verdaderamente, no pocas veces tendré que refugiarme en éstos,

para seguir manteniendo viva la Fe y la Fuerza de los colegios apostólicos

que se renovarán siempre.

Y tendré que hacer de estos apóstoles, personas atormentadas por Satanás

y por los hombres envidiosos,  soberbios e incrédulos.

«SU DIOS ES MI DIOS» Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

Y su martirio moral no será menos penoso que el martirio material…

Sí, se verán entre la voluntad activa de Dios,

y la voluntad mala del hombre, instrumento de Satanás,

que tratará con todas las artes y violencias…

De presentarlos embusteros, locos, obsesos;

para paralizar mi Obra en ellos y los frutos de mi Obra,

cada uno de los cuales es un golpe victorioso contra la Bestia.

–            ¿Y resistirán?

–            Resistirán.

Incluso sin tenerMe materialmente a su lado.

Deberán creer no sólo en lo que se debe creer,

sino también en su secreta misión;

creerla santa, creerla útil, creerla proveniente de Mí.

Y mientras en torno a ellos, estará Satanás sibilante,

«Guadalupe» en náhuatl significa: «aplasta la cabeza de la serpiente»Es justo Génesis 3,15: María Vencedora del Maligno.  Y la imagen de la tilma, es una pintura exacta como la detalla el Apocalipsis 12,

tratará de aterrorizarlos. y el mundo gritará para escarnecerlos,.

Y gritarán los no siempre perfectamente luminosos ministros de Dios…

Para condenarlos.

Éste es el destino de mis futuras voces.

Y con todo, no tendré otro modo de hacer reaccionar a los hombres

para llevarlos al Evangelio.

Y a Cristo.

Ahora bien, como contrapartida de todo lo que les pida y les imponga,

y de todo lo que reciba de ellos,…

¡Oh, les daré eterno gozo, una gloria especial!

En el Cielo hay un Libro Cerrado.

Sólo Dios puede leerlo.

En él están todas las verdades.

Pero Dios alguna vez quita los Sellos y despierta las verdades ya dichas a los hombres.

Y constriñe a un hombre elegido para tal destino

a conocer el pasado, presente y futuro,

como están contenidos en el Libro Misterioso.

¿Habéis visto alguna vez a un hijo, el mejor de la familia…

O a un alumno, el mejor de la escuela,

ser convocados por el padre o el maestro para leer en un libro de adultos

y para escuchar la explicación?

Está al lado de su padre o de su maestro, abarcado por uno de sus brazos,

mientras la otra mano, del padre o maestro,

señala con e1 índice los renglones que quiere que lea…

Y conozca el predilecto.

Lo mismo hace Dios con sus consagradas para tal destino.

Los acerca hacia Sí, los mantiene abrazados con su Brazo,

y los fuerza a leer lo que Él quiere y a saber su significado,.

Y luego a decirlo…

Y recibir a cambio burlas y Dolor.

Yo, el Hombre, encabezo la estirpe de los que dicen las Verdades del Libro celeste;

y recibo burlas, Dolor y Muerte.

Pero el Padre ya prepara mi Gloria.

Y Yo, cuando haya subido a ella,

prepararé la gloria de aquellos a quienes haya forzado a leer en el Libro Cerrado

los puntos que quería que leyeran.

Y en presencia de toda la Humanidad resucitada y de los coros angélicos,

los señalaré como lo que fueron.

Y los invitaré a acercarse;

entonces abriré los Sellos del Libro que ya será inútil tener cerrado,

y ellos sonreirán al verlas de nuevo escritas,

al volver a leer las palabras que ya les fueran iluminadas,

cuando sufrían en la Tierra.

Juan, que está atentísimo a la lección.

pregunta:

–             ¿Y los otros

Jesús contesta cuestionando:

–             ¿Qué otros?

–              Los otros, que como yo no han leído en la Tierra aquel libro,

¿No sabrán nunca lo que dice?

–            Los bienaventurados en el Cielo…

Absorbidos en la Sabiduría infinita, sabrán todo.

–            ¿Inmediatamente?

¿Nada más morir?

–            Nada más al entrar en la Vida.

–           ¿Pero entonces por qué en el Ultimo Día…

Vas a hacer ver que los llamas para conocer el Libro?

–           Porque no estarán sólo los bienaventurados viendo esto…

sino toda la Humanidad.

Y muchos, en la parte de los condenados…

Serán de aquellos que se burlaron de las voces de Dios

como de voces de locos y de endemoniados.

Y los atormentaron por causa de aquel don suyo.

Tardía pero obligada revancha concedida a estos mártires,

del malvado embotamiento del Mundo.

Juan está arrobado…

y exclama:

–           ¡Qué bonito será verlo!

–           Sí.

Pedro se frota las manos,

diciendo:

–             Y ver a todos los fariseos rechinar los dientes de rabia.

Juan con una sonrisa de niño en sus labios, soñando con esa Hora,

perdidos sus ojos en un éxtasis, ante el que lo observa físicamente…

Porque espiritualmente, lo que hace es proyectarse con su alma transportada fuera del tiempo,

porque Dios lo ha tomado, llevándolo en su Eternidad,

para que contemple la Iglesia Perseguida,

Que defendiendo el Evangelio y cumpliendo la Revelación,

de la que el propio evangelista, habrá escrito, (el libro del Apocalipsis)

Serán los Apóstoles y Profetas de los Últimos Tiempos…

¡Los Mártires Adoradores del Espíritu Santo!

Juan los está viendo actuando Milagros Portentosísimos,

¡Para la Gloria de la Santísima Trinidad y el triunfo glorioso del Retorno de Jesucristo!

Y el apóstol sigue extasiado contemplando su particular experiencia que algunos llaman

una arrobadora visión de luz que vuelve su mirada ahora más brillante,

Juan por un acceso de llanto emotivo que no brota,

pero pone esplendorosos sus iris garzos.

Juan regresa a la Tierra, integrándose a la realidad que lo rodea,

y responde:

–        ¡Yo creo que miraré sólo a Jesús y a los benditos que lean con Él el Libro!…

El Zelote lo mira, también Jesús lo mira.

Pero Jesús no dice nada.

El Zelote, sin embargo,

dice:

–            ¡Te mirarás entonces a ti mismo!

Porque si entre nosotros hay uno que será «voz de Dios» en la Tierra,

y será llamada a leer los puntos del Libro Sellado, ése eres tú, Juan,

predilecto de Jesús y amigo de Dios.

–            ¡No digas eso!

Yo soy el más ignorante de todos.

Soy tan negado para todo;

que, si Jesús no dijera que de los niños es el Reino de Dios,

pensaría que no podría nunca alcanzarlo….

¿No es verdad, Maestro, que yo valgo sólo porque soy semejante a un niño?

Jesús dice a Juan:

–           Sí, perteneces a la bienaventurada infancia.

403 MILAGRO EN EL JORDÁN


403 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

361  Milagro ante la riada del Jordán.

Jesús dice a los suyos:

–         Y ahora vamos.

–         Quería que descansarais, pero no me es posible.

Me preocupo de vuestra incolumidad, piense lo que piense Judas en contra.

Creedme: si cayerais en manos de mis enemigos,

sería peor para vuestra salud que el agua y el barro…

Todos bajan la cabeza, porque han comprendido el reproche velado.

Y dado como respuesta a sus conversaciones de antes.

Caminan, caminan, caminan toda la noche; entre disipaciones de nubes y breves chubascos.

A la entrada de una paupérrima aldea, que se extiende junto al río con sus casuchas de barro,

los sorprende una aurora cenicienta.

El río es un poco menos ancho que en el vado.

Hay algunas barcas que han sido arrastradas a la tierra,

incluso hasta dentro de la propia aldea, para salvarlas de la crecida.

Pedro lanza su grito: “¡0… eh!”

Sale de un tugurio un hombre vigoroso, aunque anciano,

preguntando:

–         ¿Qué quieres?

Pedro responde:

–         Barcas para pasar.

–         ¡Imposible!

El río está demasiado crecido…

La corriente….

–         ¡Eh, amigo!

A quién se lo estás diciendo?

Soy pescador de Galilea.

–           Una cosa es el mar… esto es río…

No quiero quedarme sin barca.

Y además… sólo tengo una y tú y los que te acompañan sois muchos.

–            ¡Embustero!

¿Me vas a contar que tienes sólo una barca?

–           ¡Que se me sequen los ojos si miento, yo…

–            Ten cuidado, no sea que se te vayan a secar de verdad.

Éste es el Rabí de Galilea, que da ojos a los ciegos y que…

puede complacerte secándote los tuyos…

–           ¡Misericordia!

¡El Mesías!

¡Perdóname, Rabbuní!

–            Sí.

Pero no vuelvas a mentir.

Dios ama a los sinceros.

¿Por qué decir que tienes una barca sólo, cuándo todo el pueblo puede desmentirte?

¡Demasiado humillante es para un hombre la mentira y e1 quedar desenmascarado!

¿Me prestas tus barcas?

–            Todas, Maestro.

Jesús pregunta:

–           ¿Cuántas hacen falta, Pedro?

–           En tiempos normales son suficientes dos.

Pero con el río crecido es más difícil la maniobra y hacen falta tres.

El Anciano dice:

–           Tómalas, pescador.

Pero, ¿Cómo voy a recuperarlas?

—          Ven en una.

¿No tienes hijos?

–           Tengo un hijo, dos yernos y algunos nietos.

–           Dos por cada barca son suficientes para regresar.

–          Vamos.

El hombre llama a los otros.

Y con la ayuda de Pedro, Andrés, Santiago y Juan, empujan las barcas adentro.

La corriente es fuerte y trata de arrastrarlas enseguida corriente abajo.

Las cuerdas que sujetan las barcas a los troncos más cercanos,

están tensas come las de un arco y crujen por la tensión.

Pedro mira.

Mira las barcas, el río; mira y menea la cabeza.

Se alborota con una mano sus cabellos entrecanos;

luego lanza una mirada curiosa a Jesús.

Jesús pregunta:

–           ¿Tienes miedo, Pedro?

–            ¡Señor!… casi, casi…

–            No temas.

Ten fe.

Y también tú, hombre.

Quien lleva a Dios y a sus enviados no debe temer.

Vamos a bajar a las barcas.

Yo a la primera.

El dueño de las barcas hace un gesto de resignación.

Estará pensando que ha llegado la última hora para sí y para sus parientes;

lo mínimo que estará pensando es que va a perder las barcas o que quién sabe dónde van a terminar.

Jesús ya está en la barca.

De pie, en la proa.

Bajan también los otros, a ésta y a las otras dos barcas.

Queda en tierra solamente un viejecito, el ayudante que vigila las sogas.

Cuando todos han tomado su lugar,

Jesús pregunta:

–           ¿Ya?

Pedro responde:

–          Sí, ya.

–         ¿Preparados los remos?

–         Preparados.

Y dice al ancianito:

–         Suelta, tú, de la orilla.

El viejecito desanuda los cabos de la espiga, con que formaban nudo junto el tronco.

Las barcas, a medida que van quedando libres,

dan un bandazo un poco hacia el sur en la dirección de la corriente.

Pero Jesús tiene la expresión poderosa del rostro, de cuando obra milagros.

–          ¡Cálmate y detente! -le dice al río.

Tras un momento electrizante, la corriente casi se detiene totalmente;

tiene sólo el movimiento lento del Jordán cuando no está crecido.

Las barcas cortan el agua sin esfuerzo;

a una velocidad que debe asombrar al dueño de las barcas.

Después de cruzarlo, ya están en la otra parte.

Bajan fácilmente.

Y la corriente, mientras están parados los remos; no intenta arrastrar hacia abajo a las barcas.

E dueño de las barcas. dice:

–           Maestro, veo que eres verdaderamente poderoso.

Bendice a tu siervo y acuérdate de mí, que soy un pecador.

–          ¿Por qué poderoso?

–           ¿Señor, te parece poco?

¡Has detenido la corriente impetuosa del Jordán!…

–           Josué ya hizo este milagro y mayor aún,

porque desaparecieron las aguas del río, para que pasara el Arca..

Judas con su empaque..  lleno de pomposidad,

declara lleno de soberbia:

–          Y tú, hombre, has pasado a la verdadera Arca de Dios.

–          ¡Oh, Dios Altísimo!

¡Sí, lo creo!

¡Tú eres el verdadero Mesías!

El Hijo de Dios Altísimo.

Voy a decir esto por ciudades y pueblos de la ribera.

Voy a decir esto, lo que has hecho, lo que te he visto hacer.

¡Vuelve, Maestro!

Mi pobre aldea tiene muchos enfermos.

¡Ven a curarlos!

–           Iré.

Tú, mientras, predica en mi Nombre la fe y la santidad para ser gratos a Dios.

Adiós, hombre. Ve en paz.

Y no temas por el regreso.

–           No tengo miedo.

Si tuviera miedo, te habría pedido que tuvieras compasión de mi vida.

Pero creo en Ti y en tu bondad y voy a la otra orilla sin pedir nada.

Adiós.

Vuelve a subir a la barca.

Es el primero en meter la proa en el río.

Y marcha seguro y veloz.

Toca la orilla.

Jesús, que ha estado parado hasta que lo ha visto en tierra;

Hasta que las barcas han sido amarradas de nuevo…

Hace un gesto de bendición.

Luego se retira hacia el camino.

El río reemprende su marcha vortiginosa…

Y todo termina así.

402 UN AVISO DE AMOR


402 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

361 María de Magdala advierte a Jesús de un peligro.   

Van en silencio un rato.

También los demás ahora guardan silencio.

Se oyen sólo las pisaduras sobre el lodo.

Luego, otro ruido.

Es un susurro, un gorgoteo: que se parece al pesado ronquido de una persona acatarrada.

Un ronquido monótono, interrumpido de vez en cuando por pequeños chasquidos.

Jesús dice a Juan:

–          ¿Oyes?

El río está cerca.

El predilecto responde:

–         Pero al vado no llegaremos antes de la noche.

Dentro de poco empezará a oscurecer.

–          Dormiremos en alguna cabaña.

Y mañana pasaremos.

Hubiera querido llegar antes, porque cada hora que pasa se engrosa más el río.

¿Oyes?

Los cañizares de las orillas se rompen bajo el peso de las aguas crecidas.

–         ¡Te han entretenido mucho en las ciudades de la Decápolis!

Nosotros se lo decíamos a aquellos enfermos: «¡Otra vez será!» pero…

–         Pero quien está enfermo quiere curarse, Juan.

Y quien tiene piedad cura inmediatamente, Juan.

No importa.

Pasaremos de todas formas.

Quiero recorrer la otra orilla antes de volver a Jerusalén para Pentecostés.

Callan de nuevo.

Cae la tarde con la rapidez de las tardes lluviosas.

La marcha, en el crepúsculo cada vez más oscuro, se hace aún más difícil.

Y los árboles que hay a lo largo del camino aumentan la oscuridad con su follaje.

–          Vamos a pasar a la otra margen del camino.

Ya estamos muy cerca del vado.

Vamos a buscar una cabaña.

Cruzan.

Los demás los siguen.

Salvan un pequeño canal cenagoso, que es más cieno que agua, que afluye burbujeando, al río.

Casi a tientas pasan entre los árboles.

Y se dirigen hacia el río, cuyo rumor se oye cada vez más cercano y fuerte.

Un primer rayo de luna perfora la  obscuridad, penetra entre dos nubes

y baja haciendo brillar el agua limosa del Jordán, que está muy engrosado y ancho en ese punto.

El río tiene una anchura de sesenta metros.

Ahora no es el hermoso, calmo y azul Jordán, de aguas pacíficas y bajas,

que dejan al descubierto la fina arena del guijarral en las orillas, donde empiezan los cañizares,

que siempre son un temblor sonoro.

Ahora el agua ha invadido todo y los primeros cañizares combados, rotos y sumergidos, ya no se ven.

Todo lo más, alguna cinta de las hojas ondea en la superficie del agua,

parece hacer un gesto de adiós y pedir ayuda.

El agua está ya al pie de los primeros árboles gruesos, altos y frondosos,

compactos como una muralla, oscura en la noche oscura.

Algún sauce hunde las cimas de sus desordenadas frondas, en el agua amarillenta.

Pedro dice:

–        Por aquí ya no se puede vadear.

Andrés señala:

–       Por aquí no.

¿Pero allí? ¿Ves?

Se pasa todavía.

Efectivamente, dos cuadrúpedos están pasando con cautela e1 río.

El agua toca el vientre de los animales.

Y agrega.

Si pasan ellos, pasan también las barcas.

–        Pero es mejor pasar enseguida, aunque ya sea de noche.

Hay menos nubes y hay luna.

No dejemos pasar este momento.

Vamos a buscar si hay una barca…

Y Pedro lanza tres veces un largo y lamentoso “¡0… eh!”

No hay ninguna respuesta.

Vamos abajo, al pie del vado.

Melquías con sus hijos debe estar.

Es el mejor período del año para él.

Nos pasará.

Caminan lo más deprisa que pueden, por el senderillo que casi lamido por el río, lo bordea.

Jesús, mirando a los dos que ya han cruzado el río con los caballos

y que ahora están parados en el sendero,

dice:

–          ¿Pero aquélla no es una mujer?

–          ¿Una mujer?

Pedro y los demás no ven ni distinguen si es hombre o mujer,

el bulto oscuro que ha bajado del caballo

y está esperando.

Juan confirma:

–           Sí. Es una mujer.

Es… es María.

Mirad, ahora que cae bajo el rayo de la luna.

Pedro exclama:

–         ¡Dichoso Tú que ves!

¡Dichosos tus ojos!

—         Es María.

¿Qué querrá?

Y Jesús grita:

–          « ¡María!».

Ella responde:

–         ¡Rabbuní!

¿Eres Tú?

¡Gloria a Dios, que te he encontrado!

María corre como una gacela hacia Jesús.

Es inexplicable cómo no tropieza en el accidentado sendero.

Ha dejado caer un primer manto grande y grueso…

Y ahora viene con su velo y un manto más ligero, arrollado al cuerpo encima de una túnica oscura.

Cuando llega donde Jesús, se arroja a sus pies sin tener en cuenta el barro.

Jadea, pero se la ve feliz.

Repite:

–           ¡Gloria a Dios, que me ha hecho encontrarte!

–          ¿Por qué, María?

¿Qué sucede?

¿No estabas en Bethania?

–          Estaba en Bethania con tu Madre y las mujeres, como habías dicho…

Pero he venido a tu encuentro…

Lázaro no podía porque sufre mucho...Entonces he venido yo con el siervo…

–         ¡Tú salir de casa sola con un muchacho y con este tiempo!

–          ¡Rabbuní, no irás a decirme que piensas que tengo miedo!

No he tenido miedo de hacer tanto mal…

No lo tengo ahora de hacer el bien.

–          ¿Y bien?

¿Para qué has venido?

–           Para decirte que no pases…

En la otra parte te esperan con intención de hacerte daño…

Lo he sabido…

Lo he sabido de un herodiano que hace tiempo…

que hace tiempo me amaba…

No sé si lo habrá dicho por amor todavía, o por odio…

Sé que anteayer me vio a través de la cancilla y me dijo:

«María necia, ¿Estás esperando a tu Maestro?

Haces bien, porque será la última vez, porque en cuanto pase y venga a Judea lo atraparán.

Míralo bien y luego huye, porque no es prudente estar cerca de Él ahora...».

Entonces… te puedes imaginar con qué coraje… he indagado…

Como sabes… he conocido a muchos…

Y aunque quizás llamándome loca y… poseída, todavía me hablan…

He sabido que es verdad.

Entonces he tomado dos caballos y he venido, sin decir nada a tu Madre…

Para no causarle dolor.

Regresa…, vuélvete inmediatamente, Maestro.

Si saben que estás aquí, y haz pasado el Jordán, vienen.

Y estás ya demasiado cerca de Maqueronte.

¡Vete, vete por piedad;

vete por piedad, Maestro!…

–          No llores, María…

–         ¡Tengo miedo, Maestro!

–         ¡No!

¿Miedo tú, que has sido tan valiente que has pasado el río crecido y de noche?..,

–          Pero esto es un río y ésos son hombres enemigos tuyos y que te odian…

Tengo miedo del odio a Ti…

Porque te quiero, Maestro.

–          No temas.

No me prenderán aún.

No es mi hora.

Aunque pusieran a lo largo de todos los caminos formaciones y más formaciones de soldados,

no me prenderían.

No es mi hora.

Pero seguiré tu deseo.

Regresaré…

Judas barbota unas palabras entre dientes.

Jesús responde:

–         Sí, Judas.

Es exactamente como dices.

Exactamente en la primera mitad de tu frase.

Hago caso de ésta; sí, hago caso de ella.

Pero no porque sea mujer, como insinúas;

sino porque es la que ha recorrido más camino de amor.

María, vuelve a casa mientras puedas hacerlo.

Yo regreso.

Pasaré… por donde pueda y me iré a Galilea.

Ven con mi Madre y las otras a Caná, a casa de Susana.

Allí os daré instrucciones.

Ve en paz, bendita.

Dios está contigo.

Jesús le pone la mano en la cabeza, bendiciéndola así.

María toma las manos de Cristo y las besa,

luego se levanta y se vuelve.

Jesús la mira mientras se marcha.

La mira mientras recoge el grueso manto y se lo pone,

mientras va hasta e1 caballo y monta,

mientras entra de nuevo en el vado y pasa.

Jesús dice:

–         Y ahora volvamos.

401 CON SANGRE Y FUEGO


401 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

361 Los dos injertos que transformarán a los apóstoles. 

Jesús va por un camino campestre  muy embarrado.

El camino es un pequeño río de lodo que a cada pisada cede y salpica;

con un lodo amarillento, pegajoso, resbaladizo cual jabón blando, que se pega a las sandalias

y las aspira como si fuera una ventosa,…

Y al mismo tiempo se desliza bajo sus suelas, haciendo penosa la marcha,

en medio de muchos patinazos.

Debe haber llovido mucho, con lluvias torrenciales en estos días.

Y el cielo bajo, plúmbeo, recorrido por nubarrones densos,

impulsados por los vientos siroco o gregal tan densos, que el aire parece en la boca,

un cuerpo dulzarrón, una pátina empalagosa.

Todas las circunstancias todavía prometen más lluvia.

No alivia este rítmico soplo de viento, que plega hierbas y ramas;

pasando luego para tornar todo a la inmovilidad pesada, del bochorno tempestuoso.

De vez en cuando, un nubarrón se abre y gruesas gotas,

calientes como si provinieran de una ducha templada, caen para formar borbollones

en el lodo, que salpica aún más en las túnicas y las piernas.

Los bajos de las túnicas, a pesar de que Jesús y los suyos las hayan recogido,

disponiéndolas muy abolsadas en torno a las caderas,

con la ayuda del cordón que las ciñe a las cinturas;

son una entera cazcarria de fango, muy húmedo en la parte más baja,

casi seco en las salpicaduras más altas.

Túnicas y mantos, están enteramente sucios de barro.

Los mantos también los llevan lo más alto posible, los han plegado en dos

y así los llevan, por limpieza y para protegerse doblemente,

de los chaparrazos breves pero violentos

¿Y los pies y las piernas?:

Hasta la mitad de las espinillas parecen cubiertos de una espesa media de lana cascarriosa.

Y que sin embargo es lodo, lodo y más lodo encostrado.

Todas las penurias sufridas, por Jesús y los apóstoles, obligados por el odio de los fariseos,

que por envidia le han negado su ministerio, en el Templo de Jerusalén;

Dios lo está permitiendo, para forjar a los futuros misioneros sacerdotales,

que esparcirán el Evangelio por el mundo entero.

Judas no fue elegido.

Pero su obstinación y su sueño equivocado, los está aprovechando Satanás;

para utilizarlo como instrumento perfecto, forjándolo en su delito Deicida.

Unos se elevan a la santidad y otros bajarán hasta el Abismo infernal.

Hasta aquí el preludio.

Ahora prosigue.

Los discípulos se quejan un poco del tiempo y del camino.

Y de las ganas poco…

aconsejables del Maestro de estar por ahí caminando con un tiempo como éste.

Jesús parece que no oye.

Pero oye.

Y dos o tres veces se vuelve levemente, para mirarlos, pero no habla.

Caminan casi en fila india para seguir el lado izquierdo del camino,

que por su nivel un poco más alto que el derecho, está menos cenagoso.

La última vez es el más anciano de los apóstoles el que habla.

Bartolomé dice:

–        ¡Pobre de mí!

¡Con esta humedad que se me está secando encima,

voy a tener dolores para tomar y dejar!

¡Yo ya soy viejo!

¡Ya no tengo treinta años!

También Mateo refunfuña:

–          ¿Y yo, entonces?

Yo es que no estaba acostumbrado…

Cuando llovía en Cafarnaúm, ya sabes Pedro, que no salía de mi casa

Ponía a unos siervos en la mesa de los impuestos y ellos me traían a los que tenían que pagar.

Había organizado un verdadero servicio para esto.

¡Hombre, claro!

¿Quién salía cuando hacía mal tiempo? ¡Pues… algún que otro melancólico y nada más!

Mercados y viajes se hacen con el buen tiempo…

Juan los amonesta:

–       ¡Callad!

¡Que os oye!

Tomás replica:

–          No, Juan.

Que no oye.

Está pensando,.

Y cuando piensa… es como si nosotros no existiéramos.

Judas con ese empaque de «yo hago todo» y de «soy más que los demás».

Con una arrogancia insoportable,

dice:

–          Y cuando establece una cosa, no la remueve ninguna justa consideración.

Quiere hacer lo que quiere Él.

Sólo se fía de sí mismo.

Será su ruina.

Si se asesorase un poco conmigo…

¡Que yo sé muchas cosas!

Pedro enrojece como un gallito,

y pregunta:

–         ¿Qué sabes tú?

¡Tú sabes todo!

¿Qué amigos tienes?

¿Qué es, que eres una personalidad de Israel?

¡Vete por ahí, hombre!

Tú eres un pobre hombre como yo y los demás.

Un poco más guapo…

Pero la belleza de juventud es una flor que dura un día.

¡Yo también era guapo!

Una fresca carcajada de Juan quiebra el aire.

También los otros se ríen.

Y toman un poco el pelo a Pedro por sus arrugas, sus piernas divergentes, como las de todos

los marineros, sus ojos un poco prominentes y enrojecidos por los vientos del lago.

Pedro replica:

–          Reíos si queréis, pero es así.

Y… no me interrumpáis.

Di, Judas. ¿Qué amigos tienes?

¿Qué sabes?

Para saber lo que das a entender, debes tener amigos entre los enemigos de Jesús.

Y quien tiene amigos entre los enemigos es un traidor.

¡De modo que, muchacho, cuida de ti, si te preocupa tu belleza!

Porque, si bien es verdad que ya no soy guapo, es verdad que soy todavía fuerte…

Y no me costaría mucho esfuerzo dejarte desdentado o deshacerte un ojo.

Judas con un desprecio de príncipe ofendido,

responde:

–          ¡Qué modos de hablar!

¡Verdaderamente propios de un tosco pescador!

–          Sí señor, y a mucha honra.

Pescador, pero sincero como mi lago, que si quiere hacer tormenta no dice: «Hago bonanza»,

sino que se estremece y se pone, como testigos en el zócalo del cielo, unas borlas de nubes

de forma que aunque uno no sea un animal o esté borracho,

para que entienda la alusión y tome las medidas que correspondan.

Tú… tú me asemejas a este barro, que parece sólido y, mira»…

Pisa enérgicamente y con una puntería, que el barro salpica hasta el mentón del guapo Iscariote.

Judas, limpíándose la cara,

exclama:

–          ¡Pero Pedro!

¡Son modales indignos!

¡Pues sí que dan en ti buen fruto, las palabras del Maestro sobre la caridad!

–         Y en ti sobre la humildad y la sinceridad.

Venga. Escupe lo que sabes.

¿Qué sabes?

¿Es verdad que sabes?

¿O te das importancia para hacer creer que tienes amigos poderosos?

¡Tú, que eres sólo un pobre gusano!

–           Yo sé lo que sé.

Y no vengo a decírtelo a ti, para que se produzcan riñas como te gustaría, como galileo que eres.

Repito que sería una cosa muy buena que el Maestro fuera menos testarudo.

Y menos violento.

La gente se cansa de oír que la ofenden.

–         ¡Violento!

Si lo fuera, debería hacerte volar al río, inmediatamente.

Un buen vuelo por encima de aquellos árboles.

Así te lavarías el barro que te ensucia el perfil.

¡Ojalá sirviera para lavarte el corazón, que…!

¡Que me equivocaré, pero debe estar más costroso que mis piernas embarradas!

Efectivamente, Pedro, velludo y bajo de estatura, tiene las piernas más embarradas.

En él y en Mateo son verdaderamente de arcilla, casi hasta la rodilla.

-Dejadlo, ¿no?! ¡Ya está bien! – dice precisamente Mateo.

Juan, que ha notado que Jesús ha aminorado la marcha, sospecha que haya oído…

Acelerando el paso, pasando a dos o tres compañeros, se llega hasta Él,

se pone a su lado y lo llama dulcemente como siempre,;

Con esa mirada suya de amor, volviendo la cabeza hacia arriba, porque es más bajo,

porque va hacia el centro del camino y por tanto, fuera del ligero desnivel por el que todos marchan.

Juan lo llama:

–         ¡Maestro!

–          ¡Juan!

¿Me has alcanzado?

Jesús le sonríe.

Juan, estudiando con amor y preocupación su rostro, para tratar de ver si ha oído,

responde:

–          Sí, Maestro mío.

¿Me quieres contigo?

–          Siempre te quiero conmigo.

A todos os querría tener al lado.

¡Y con tu corazón!

Pero, si sigues caminando por ahí, te acabarás de mojar.

–            ¡No me importa, Maestro!

¡Nada me importa, con tal de estar a tu lado!

–           ¿Siempre quieres estar conmigo?

Tú no piensas que soy imprudente y que puedo meteros en líos también a vosotros.

¿No te sientes ofendido porque no atiendo tus consejos?

–           ¡Maestro!

¿Entonces has oído? – Juan está consternado.

–           He oído todo.

Desde las primeras palabras.

De todas formas, no te aflijas.

No sois perfectos.

Lo sabía desde cuando os llamé.

Y no pretendo que seáis perfectos rápidamente.

Antes deberéis ser transformados de agrestes en delicados, con dos injertos…

–         ¿Cuáles, Maestro?

–          Uno de sangre, otro de fuego.

Después seréis héroes del Cielo y convertiréis al mundo, empezando por vosotros.

–        ¿De sangre? ¿De fuego?

–         Sí, Juan.

La Sangre: la mía…

–         ¡No, Jesús!

Juan le interrumpe con un gemido.

–         Serénate, amigo.

No me interrumpas.

Sé tú el primero en escuchar estas verdades.

Lo mereces.

La Sangre: la mía.

Ya sabes que para esto he venido.

Soy el Redentor…

Piensa en los Profetas.

No omitieron ni una iota describiendo mi misión.

Seré el Hombre descrito por Isaías.

Y, cuando me desangren, mi Sangre os fecundará a vosotros.

Pero no me limitaré a esto.

Sois tan imperfectos, débiles, obtusos y miedosos;

que Yo, glorioso al lado del Padre, os enviaré el Fuego…

La Fuerza que procede de mi Ser por generación del Padre

y que vincula al Padre y al Hijo en una arra indisoluble,

haciendo de Uno, Tres: el Pensamiento, la Sangre, el Amor.

Cuando el Espíritu de Dios, o mejor, el Espíritu del Espíritu de Dios,

la Perfección de las Perfecciones divinas, descienda sobre vosotros…

Vosotros dejaréis de ser lo que ahora sois.

Seréis nuevos, potentes, santos…

Pero para uno, nula será la Sangre y nulo el Fuego.

Porque la Sangre para él, significará poder de condenación.

Y para toda la eternidad conocerá otro fuego, en el cual arderá, arrojando y tragando sangre,

porque verá sangre en todos los lugares donde ponga sus ojos mortales o sus ojos espirituales,

desde cuando haya traicionado la Sangre de un Dios.

–          ¡Oh, Maestro!

¿Quién es?

–          Lo sabrás un día.

Ahora ignora.

Y por la caridad, no trates ni siquiera de indagar.

La averiguación presupone sospecha.

No debes sospechar de tus hermanos, porque la sospecha es ya falta de caridad.

–            Me basta con que me asegures que no seremos ni yo ni Santiago los que te traicionemos.

–           ¡No, tú no!

Y tampoco Santiago.

¡Tú eres mi consuelo, Juan bueno!

Y Jesús le pone un brazo encima de los hombros y lo arrima hacia Sí…

Y prosiguen así unidos.

Van en silencio un rato.

400 LA ROSA DE JERICÓ


400 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

360  El encuentro con Rosa de Jericó.

–          Os amo mucho…

Sufro mucho…

¿Por qué tantas veces no me comprendéis?

E1 bisbiseo de los dos despierta a Juan, que es el que está más cerca.

Abre sus ojos azul claro, mira a su alrededor extrañado, luego recuerda…

Enseguida se pone de pie.

Y se acerca por detrás a los dos que están hablando.

Por este motivo, oye las palabras de Jesús:

–           Para que todo el odio y las incomprensiones,

se transformaran en una insignificancia soportable;

me bastaría vuestro amor, vuestra comprensión…

Pero vosotros no me comprendéis…

Y ésta es mi primera tortura.

¡Es dura! ¡Muy dura!

Pero no tenéis culpa de ello.

Sois hombres…

Será vuestro dolor el no haberme comprendido, cuando ya no podáis repararlo…

Por eso, porque entonces expiaréis las superficialidades de ahora, las mezquindades de ahora,

las cerrazones de ahora,

Yo os perdono y digo anticipadamente:

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, ni el dolor que me causan».

Juan cae delante de rodillas, y abraza las rodillas de su Jesús afligido.

Y ya está para llorar, cuando susurra:

–         ¡Oh, Maestro mío!

El Zelote, que sigue teniendo en su pecho la cabeza de Jesús,

se inclina a besarlo en los cabellos,

diciendo:

–        ¡Y, a pesar de todo, te queremos mucho!

Sólo que pretenderíamos de Ti una capacidad de defenderte, de defendernos, de triunfar.

Nos deprime el verte hombre, sujeto a los hombres, a las inclemencias, a la miseria,

a la maldad, a las necesidades de la vida…

Somos unos necios.

Pero así es.

Para nosotros eres el Rey, el Triunfador, el Dios.

No logramos comprender la sublimidad de tu renuncia a tanto por amor nuestro.

Porque Tú sólo sabes amar.

Nosotros no sabemos…

Juan apoya:

–         Sí, Maestro.

Simón ha hablado bien.

No sabemos amar como ama Dios:

Tú. Y lo que es infinita bondad, infinito amor, lo interpretamos como debilidad,

y nos aprovechamos de ello…

Aumenta nuestro amor.

Aumenta tu amor, Tú que eres su fuente;

hazlo desbordarse como ahora se desbordan los ríos;

empápanos, satúranos de amor, como están los prados en todo el valle.

No son necesarios la sabiduría, el coraje, la austeridad;

para ser perfectos como Tú quieres.

Basta con tener el amor…

Señor, yo me acuso por todos: no sabemos amar.

–          Vosotros, los dos que más comprenden, os acusáis.

Sois la humildad.

Y la humildad es amor.

Pero también los otros tienen sólo una barrera para ser como vosotros.

Y Yo la abatiré.

Porque efectivamente soy Rey, Triunfador y Dios. Eternamente.

Pero ahora soy el Hombre.

Mi frente pesa ya bajo el suplicio de mi corona

Siempre ha sido una corona torturadora el ser Hombre…

Gracias, amigos.

Me habéis consolado.

Porque esto tiene de bueno el ser hombres:

tener una madre que ama y amigos sinceros.

Ahora vamos a despertar a los compañeros.

Ya no llueve.

Los mantos están secos.

Los cuerpos descansados.

Comed y nos ponemos en marcha.

Alza la voz lentamente, hasta que el «nos ponemos en marcha» es una orden firme.

Todos se levantan y manifiestan su contrariedad por haber dormido todo el tiempo,

mientras Jesús velaba.

Se arreglan un poco, comen, cogen los mantos, apagan el fuego y salen al sendero húmedo.

Empiezan a bajar hasta el camino de herradura, que tiene el suficiente desnivel

como para no ser un mar de lodo.

La luz todavía es poca, porque no hay sol ni el cielo está claro.

Suficiente, de todas formas, para ver.

Andrés y los dos hijos de Alfeo van delante de todos.

Llegados a un punto del camino se inclinan, miran y rápidamente vuelven.

Informando:

–          ¡Hay una mujer!

–          ¡Parece muerta!

–          Tapa el sendero.

Y empieza el coro:

–          ¡Qué lata!

–         Ya empezamos mal.

–         ¿Cómo es posible?

–        ¡Ahora vamos a tener que purificarnos incluso!

Con las primeras quejas del día.

Tomás a Judas.

le dice:

–          Vamos a ver nosotros si está muerta.

Zelote se adelanta, diciendo:

–          Voy yo contigo, Tomás.

Llegan donde está la mujer, se inclinan sobre ella…

Y Tomás regresa corriendo y gritando.

Santiago de Zebedeo, dice:

–        Quizás la han asesinado.

Felipe agrega:

-O ha muerto de frío.

Pero Tomás llega hasta ellos…

Está tan desconcertado, que parece como si hubiera visto al diablo.

y grita:

–          ¡Lleva la túnica descosida de los leprosos…!

Y todos quieren saber:

–          ¿Pero está muerta?

–         ¿Qué sé yo?

He salido corriendo.

El Zelote se levanta y a buen paso, viene hacia Jesús.

Diciendo:

–         Maestro, una hermana leprosa.

No sé si está muerta.

Creo que no.

Creo que el corazón todavía late.

Varios se apartan, preguntan:

–          ¿La has tocado?!

–          Sí.

Desde que soy de Jesús, no tengo miedo de la lepra.

Y siento compasión, porque sé lo que es ser leproso.

Quizás le han dado un golpe, porque está sangrando por la cabeza.

Quizás había bajado buscando algo de comer.

Es tremendo, ¿Sabéis?,

Morirse de hambre y tener que hacer frente a los hombres, para conseguir un pan.

–        ¿Está muy maltrecha?

–        No.

Es más, no sé cómo es que está con los leprosos.

No tiene ni escamas ni llagas ni gangrenas.

Quizás es leprosa desde hace poco.

Ven, Maestro.

Te lo ruego.

¡Como la tuviste de mí, ten piedad de esta hermana leprosa!

Jesús dice:

–       Vamos.

Dadme pan, queso y ese poco de vino, que tenemos todavía.

Judas está verdaderamente aterrorizado,

y grita:

–          ¿No le irás a dar de beber de donde bebemos nosotros!

Jesús le dice:

–          No temas.

Beberá en mi mano.

Ven, Simón.

Van hacia delante, al encuentro con la desventurada..

Pero la curiosidad manda adelante también a los otros.

Sin sentir ya molestias por el agua del follaje que llueve de las ramas encima de las cabezas

cuando las mueven, ni por el musgo empapado;

suben por la ladera para ver a la mujer sin acercarse.

Y ven que Jesús se agacha, la toma por las axilas, la arrastra sentada…

Y la apoya contra una roca.

La cabeza pende como si estuviera muerta.

Jesús indica:

–          Simón, vuélvele la cabeza,

para que pueda echarle en la garganta un poco de vino.

El Zelote obedece sin miedo.

Y Jesús, manteniendo en alto el calabacino, deja caer unas gotas de vino

dentro de los labios entreabiertos y lívidos.

Y dice:

–           ¡Está helada esta infeliz!

Y empapada

Andrés lleno de compasión, dice:

–             Si no fuera leprosa, la podíamos llevar adonde hemos estado nosotros.

Judas prorrumpe:

–           ¡Sí!

¡Sólo faltaba eso!

–           ¡Pero si no está leprosa!

No tiene señales de lepra.

–           Tiene la túnica y es suficiente.

E1 vino actúa mientras tanto.

La mujer emite un suspiro cansado.

Jesús, viendo que traga, le vierte un chorro en la boca.

La mujer abre los ojos obnubilados y asustados.

Ve a algunos hombres.

Trata de levantarse y de huir,

mientras grita:

–          ¡Estoy contaminada!

¡Estoy contaminada!

Pero las fuerzas no le ayudan.

Se tapa el rostro con las manos,

y gime:

–        ¡No me apedreéis!

He bajado porque tengo hambre…

Hace tres días que ninguno me echa nada..

Jesús le dice con dulzura: .

–           Aquí hay pan y queso.

Come.

No tengas miedo.

Bebe un poco de vino en mi mano.

Le dice Jesús echando en el cuenco de su mano, un poco de vino y dándoselo.

La infeliz totalmente asombrada,

exclama

–            ¡Pero no tienes miedo!

Jesús responde:

–           No tengo miedo.

Y, poniéndose en pie, sonríe;

se queda, de todas formas junto a la mujer, que come con avidez el pan y el queso.

Parece una fiera hambrienta.

Jadea incluso, por el ansia de nutrirse.

Luego, sedada la animalidad de las entrañas vacías,

mira alrededor de sí…

Cuenta en voz alta:

–          Uno… dos… tres… Trece…

¿Pero entonces?…

¿Quién es el Nazareno?

¿Tú, no?

¡Sólo Tú puedes tener compasión, como has tenido de una leprosa!…

La mujer se pone de rodillas con dificultad, por la flaqueza.

–          Soy Yo, sí.

¿Qué quieres? ¿Curarte?

–           Eso también…

Pero antes debo decirte una cosa…

Yo tenía noticia de Ti.

Me habían hablado hace mucho unos que pasaron…

¿Mucho? No.

El otoño pasado.

Pero para un leproso… cada día es un año…

Hubiera deseado verte.

Pero ¿Cómo podía ir a Judea o a Galilea?

Me llaman «leprosa».

Pero lo único que tengo es una llaga en el pecho, que me la ha transmitido mi marido;

que me tomó virgen y sana…

Y él no estaba sano.

Pero es una persona importante… y puede todo.

Incluso decir que le había traicionado yendo a él ya enferma.

Para así repudiarme, para tomar a otra mujer de la que estaba prendado.

Me denunció como leprosa.

Por pretender justificarme, empezaron a pedradas conmigo.

¿Era justo, Señor?

Ayer tarde, un hombre ha pasado, de Bet Yaboc, avisando que venías.

Y exhortando a salir a tu encuentro para echarte de aquí.

Yo estaba…

Había bajado hasta las casas porque tenía hambre.

Habría hurgado incluso en los estercoleros para matar mi hambre…

Yo, que era la «señora», habría querido quitarles a los pollos un poco de su comida,

hecha con desperdicios agriados.

Llora…

Luego continúa:

–            La ansiedad por encontrarte. por Ti, para ir a decirte: «¡Huye!»;

por mí, para decirte: «¡Piedad!» me ha hecho olvidarme de que, infringiendo nuestra ley,

perros, cerdos y pollos viven junto a las casas de Israel;

pero que el leproso no puede bajar a pedir un pan.

Ni siquiera cuando es una que de leprosa sólo tiene el nombre.

Y he venido, preguntando dónde estabas.

No me vieron en ese momento, por la oscuridad,

y me dijeron: «Sube por el ribazo del río».

Pero luego me vieron y en vez de pan me dieron pedradas…

Salí corriendo, en la noche, para venir a tu encuentro, para evitar los perros.

Tenía hambre, tenía frío, tenía miedo.

Caí donde me has encontrado.

Aquí. Creía que moría.

Sin embargo, te he encontrado a Ti. Señor,

No estoy leprosa.

Pero esta llaga que tengo aquí en el pecho, me impide volver con los vivos.

No pido volver a ser la Rosa de Jericó de los tiempos de mi padre;

pero por lo menos vivir con los demás hombres y seguirte a Ti.

Los que me hablaron en Octubre dijeron que tienes discípulas y que estabas con ellas…

Pero primero sálvate Tú.

¡No mueras, Tú que eres bueno!

–            No moriré hasta que no llegue mi hora.

Ve allí, a aquella peña.

Hay una gruta segura.

Descansa.

Luego ve al sacerdote.

–           ¿Para qué, Señor?

La mujer tiembla de ansiedad.

Jesús sonríe:

–         Vuelve a ser la Rosa de Jericó que florece en el desierto,

y que siempre está viva aunque parezca muerta.

Tu fe te ha curado.

La mujer alza ligeramente la parte de vestido que cubre el pecho, mira…

Y grita:

–         ¡Ya no hay nada!

¡Oh, Señor, mi Dios!

Y cae rostro en tierra… adorando a Jesús.

Jesús dice a los apóstoles:

–          Dadle pan y otras cosas de comer.

Y tú, Mateo, dale un par de sandalias tuyas.

Yo doy un manto.

Para que pueda ir, después de reponer fuerzas, al sacerdote

Dale también el óbolo, Judas.

Para los gastos de purificación.

La esperaremos en Getsemaní para dársela a Elisa, que me pidió una hija.

Ella dice:

–            No, Señor.

No descanso.

Me pongo en marcha ya. Enseguida.

Enseguida.

–           Baja, entonces al río, lávate, ponte encima el manto..

Zelote dice: .

–           Señor, se lo doy yo a la hermana leprosa.

Deja que lo haga.

Yo la guío adonde Elisa.

Me curo otra vez viéndome a mí en ella, así, dichosa…

Sea como quieres.

Dale todo lo necesario.

Mujer, escucha bien.

Irás a purificarte.

Luego irás a Betania y preguntarás por Lázaro.

Le dices que te dé hospedaje hasta que llegue Yo.

Ve en paz.

–           ¡Señor!

¿Cuándo voy a poder besarte los pies?

–          Pronto.

Ve.

Pero has de saber que sólo el pecado me produce horror.

Y perdona a tu marido, porque por medio suyo me has encontrado a Mí.

–          Es verdad.

Lo perdono.

Me voy…

¡Oh, Señor!

No te detengas aquí que te odian.

Piensa que he caminado exhausta, durante una noche, para venir a decírtelo.

Y que si en vez de encontrarte a Ti hubiera encontrado a otros,

me podían haber matado a pedradas como a una serpiente.

–            Lo recordaré.

Vete, mujer.

Quema la túnica.

Acompáñala, Simón.

Nosotros os seguiremos.

En el puente os alcanzaremos.

Se separan.

Judas protesta:

–            Pero ahora tenemos que purificarnos.

Todos estamos contaminados.

–            No era lepra, Judas de Simón.

Yo te lo digo.

¿Y la impureza máxima, que es el pecado?…

–           Bueno pues, de todas formas me voy a purificar.

No quiero cargar con impurezas.

Pedro exclama:

–           ¡Que cándida azucena!

¡No se siente impuro el Señor…!

¡Y te vas a sentir tú impuro!

–             ¿Y por una que El dice que no está leprosa?

Pero, ¿Qué tenía, Maestro?

¿Has visto la llaga?

–              Sí.

Era un fruto de la lujuria masculina.

Pero no era lepra.

Y si el hombre hubiera sido honesto no la habría repudiado,

porque estaba más enfermo que ella.

Pero todo les sirve a los lujuriosos para saciar su hambre.

Tú, Judas, si quieres, vete también.

Nos encontraremos en el Getsemaní. 

¡Y purifícate! ¡Purifícate!

Pero la primera purificación es la sinceridad.

Tú eres hipócrita. No lo olvides.

Vete, vete, si quieres.

–          ¡No, no, que me quedo!

Si Tú lo dices, creo.

No estoy, por tanto, contaminado y me quedo contigo.

Tú quieres decir que soy lujurioso y que aprovechaba la ocasión para…

Te demuestro que mi amor eres Tú.

Y caminan raudos cuesta abajo.