Publicaciones de la categoría: CARISMAS DEL ESPÍRITU SANTO

357 EL TERCER JUICIO


357 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El valle del Kisón, a pesar del sol resplandeciente en el cielo sereno, aparece inclemente,

peinado por un viento helado que viene salvando los collados septentrionales

y destruyendo los tiernos cultivos, que se estremecen de frío y se arrugan

quemados, destinados a morir en sus verdes renuevos.

Mateo, arrebujándose más todavía en el manto, bajo el cual aparece únicamente un trocito de

cara, o sea, los ojos y la nariz: 

–            ¿Pero va a durar todavía mucho este frío? 

Con voz ahogada por el manto, que también a él le cubre la boca;

le responde Bartolomé:

–          Quizás el resto de la luna.

–          ¡Pues estamos apañados!

¡Bueno, paciencia!

Menos mal que en Nazaret estaremos en casa hospitalaria…

Mientras tanto, esto pasará.

Andrés dice: 

–          Sí, Mateo.

Pero para mí ya ha pasado la cosa, viendo a Jesús menos apesadumbrado.

¿No te parece que está más alegre?

Felipe pregunta 

–          Lo está.

Pero yo…

Bueno, quiero decir que me parece imposible que se haya consumido tanto,

por lo que sabemos.

¿No ha habido realmente ninguna otra cosa nueva, que vosotros sepáis?

Santiago de Alfeo. asegura:

–          Nada.

Nada, nada.

Te digo que en los confines siro-fenicios le dieron mucha alegría espíritus creyentes,

e hizo esos milagros que te hemos dicho…  

Felipe confirma: 

–            Desde hace algunos días está mucho con Simón de Jonás.

Y Simón está muy cambiado…

¡Sí! Estáis todos cambiados.

No sé… sois más… eso: AUSTEROS… .

Tadeo se defiende: 

–         ¡Eso es que te da esa impresión!…

En realidad somos iguales que antes.

Claro, ver al Maestro tan apenado por tantas cosas, no ha sido motivo de satisfacción,

ni tampoco el oír con qué saña le atacan…

Pero lo defenderemos.

¡No le harán nada si estamos con Él!

Ayer noche le he dicho, después de haber oído lo que decía Hermas,

que es un hombre serio y digno de credibilidad:

“De ahora en adelante, no debes estar solo.

Ya tienes a los discípulos;

que, ya lo ves, actúan y bien.

Y aumentan continuamente.

Por tanto, nosotros estaremos contigo.

No quiero decir que tengas que hacer todo Tú, que ya es hora de aliviarte,

hermano mío.

Pero Tú estarás con nosotros, entre nosotros, como Moisés en el monte.

Y nos batiremos por Ti… 

Dispuestos, si fuese necesario, a defenderte incluso físicamente.

Lo que le ha sucedido a Juan Bautista, no te debe suceder a Ti”.

Porque en fin, si los discípulos del Bautista no se hubieran reducido a dos o tres;

no habría sido apresado.

Nosotros, al fin y al cabo, somos Doce.

Y quiero convencerlo de que se una o por lo menos;

de tener a su lado a alguno de los más fieles y enérgicos discípulos.

Los que estaban con Juan en Maqueronte, por ejemplo.

Hombres de Fe y coraje.

Juan, Matías y también José.

¿Sabéis que ese joven promete mucho?

Santiago de Zebedeo confirma: 

–           Sí,

Isaac es un ángel, pero su fuerza está enteramente en el espíritu.

José, sin embargo, es fuerte también en el cuerpo.

Tiene la misma edad que nosotros.

–           Y aprende rápidamente.

¿Has oído lo que ha dicho Hermas?

“Si éste hubiera estudiado, sería, además de un justo, un rabí.”

Y Hermas sabe lo que dice.  

Santiago de Alfeo agrega: 

–           Yo, no obstante…

Tendría cerca también a Esteban, a Hermas y al sacerdote Juan.

Por su conocimiento de la Ley y del Templo.

¿Sabéis lo que significa su presencia frente a los escribas y fariseos?

Un control, un freno…

Y para la gente vacilante. equivale a decir:

“¿Veis como no faltan en torno al Rabí, a su servicio y como discípulos,

los mejores de Israel?” 

Simón Zelote, confirma: 

–           Tienes razón.

Se lo decimos al Maestro.

Ya habéis oído lo que ha dicho ayer:

“Vosotros debéis obedecer, pero tenéis también la obligación de abrirme vuestro corazón

y decirme lo que juzgáis justo.

Para habituaros a saber dirigir en un futuro.

Yo, si veo que es como decís, aceptaré vuestros pensamientos” 

Bartolomé Observa: 

–          Quizás lo hace también para mostrarnos que nos quiere,

visto que estamos todos más o menos convencidos de que somos la causa de su sufrimiento . 

Simón Zelote observa:  

–          0 está realmente cansado de tener que pensar en todo…

Y de ser el único que toma decisiones y asume responsabilidades.

Quizás también reconoce que su santidad perfecta es… casi una imperfección.

Yo diría, respecto a quienes tiene frente a sí:

El mundo, que no es santo.

Nosotros no somos santos perfectos.

Sólo somos un poquito menos granujas, que los otros…

Y por tanto, capaces de responder a aquellos que son casi como nosotros

Mateo agrega: 

–         ¡Y de conocerlos, debes decir!!

Santiago de Zebedeo responde: 

–         ¡Oh, respecto a esto, estoy seguro de que El también los conoce.’

Es más, los conoce mejor que nosotros, porque lee en los corazones.

Estoy seguro de ello como de que estoy vivo.

Andrés dice desconsolado: 

–          ¿Y entonces por qué algunas veces hace lo que hace… 

buscándose problemas y peligros?.

Encogiéndose de hombros, Tadeo confiesa: 

–        La verdad es que no sé que responder.

Y con él confiesan lo mismo los otros.

Juan guarda silencio.

Su hermano lo provoca:

–          Tú que sabes siempre todo de Jesús. –

Pues parecéis dos enamorados algunas veces…. 

¿No te ha dicho nunca por qué actúa así?   

Juan responde: 

–           Sí.

Se lo he preguntado, incluso recientemente.

Siempre me ha respondido: “Porque debo hacerlo.

Debo actuar como si el mundo estuviera compuesto enteramente de criaturas ignorantes;

pero buenas.

A todos les doy la misma doctrina; así se separarán los hijos de la Verdad,

de los de la Mentira”.

Me ha dicho también: “¿Ves, Juan?

Esto es como un primer juicio, no universal, colectivo, sino individual.

Sobre la base de sus acciones de Fe, Caridad, Justicia;

serán separados los corderos de las cabras.

Esto continuará después, cuando Yo ya no esté, cuando esté mi Iglesia;

durante siglos y siglos, hasta el Fin del Mundo.

El Primer Juicio de las masas humanas se cumplirá en el mundo, en el lugar en que

los hombres actúan con libertad, teniendo frente a sí el Bien y el Mal,

la Verdad y la Mentira;

como el Primer Juicio fue dictado en el Paraíso Terrenal,

ante el árbol del Bien y del Mal, violado por los que desobedecieron a Dios.

Después, en la hora de la muerte de cada uno de los hombres,

será ratificado el juicio, ya escrito en el libro de las acciones humanas,

por una Mente que no tiene defecto alguno.

Por último, el Gran Juicio, el Terrible.

Y entonces, nuevamente en masa, serán juzgados los hombres.

Desde Adán al último hombre.

Juzgados por aquello que hayan querido para ellos, libremente, en la Tierra….

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

356 REUNIÓN APOSTÓLICA


356 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús se ha reunido con diez de sus apóstoles y caminan seguros hacia Sicaminón…..

Pedro, que está solo con Jesús;

mientras que los otros van en grupo unos metros más atrás.

Pregunta:

—        Y ahora que hemos complacido también al pastor…

¿Qué hacemos?

Volvemos a la vía de la costa y vamos hacia Sicaminón.

–          ¿Sí?

Creía que íbamos a Cafarnaúm…

–          No es necesario, Simón de Jonás.

No es necesario.

Has tenido noticias de tu mujer y del niño.

Y, por lo que se refiere a Judas,…

Será más sencillo ir a su encuentro.

–        Pues precisamente, Señor.

¿No toma el camino del interior, del río y del lago?

Es el más corto y resguardado…

–          Pero él no lo tomará.

Recuerda que debe prestar atención a los discípulos.

Y están muy desperdigados en el lado occidental, en esta época del año, de nuevo tan fría; además.

–          Bueno, bien.

Si Tú lo dices…

Por lo que a mí respecta, me conformo con estar contigo y verte menos triste.

Y… no tengo ninguna prisa de encontrar a Judas de Simón.

¡Ojalá no lo encontráramos!…

¡Hemos estado tan bien sólo entre nosotros!…

–         ¡Simón! ¡Simón!

¿Es ésta tu caridad fraterna?

Pedro dice con franqueza:

–         Señor… ésta es mi verdad.

Y lo dice con tal ímpetu y tal expresión;

que Jesús se tiene que esforzar en no reírse.

Pero, ¿Cómo se puede amonestar severamente a un hombre tan franco y fiel?

Jesús prefiere guardar silencio, mostrando un excesivo interés por las cuestas que hay

a su izquierda.

A la derecha, sin embargo, la llanura se abre cada vez más plana.

Detrás de ellos, en grupo, van hablando los otros nueve.

Juan parece un “buen pastor”

para un cordero que lleva sobre los hombros,

quizás un regalo del pastor Anás.

Pasa un rato…

Y Pedro vuelve a preguntar:

–          ¿Y no vamos a Nazaret?

–          Iremos, sí.

A mi Madre le agradará tener noticias del viaje de Juan y Síntica.

—        ¡Y verte!

–          Y verme.

–          ¿A1 menos a Ella la habrán dejado en paz?

–          Ya lo sabremos.

-.        Pero, ¿Y por qué son tan sañosos?

También en Judea hay muchos como Juan (de Endor) y no obstante…

Es más, se protegen y se ocultan por fastidiar a Roma…

–         Convéncete de que no lo hacen por Juan;

sino porque él es un elemento de acusación contra Mí.

–         ¡No le encontrarán nunca!

Has hecho bien todo…

Mandarnos solos… por mar…

Primero en una barca una serie de millas, luego, más allá de los confines,

en una nave…

¡Oh, todo bien!

Espero verdaderamente que se lleven una desilusión.

–          Se la llevarán.

–          Tengo curiosidad por ver a Judas de Keriot,

para astrologar en él un poco, como en un cielo lleno de vientos y signos.

Judas con posesión diabólica perfecta…

Y  ver si...

–           ¡Pero bueno, hombre!…

–           Tienes razón.

Es un clavo aquí dentro… – y se golpea en la frente.

Jesús, para distraerlo, llama a todos los demás.

Y les hace notar la extraña destrucción producida

por el granizo y el frío, llegado éste cuando era presumible considerarlo ya superado,

por ese año…

Quién dice una cosa, quién otra: todos queriendo ver en ello un signo de castigo divino,

a la proterva Palestina que no acoge al Señor.

Los más doctos citan hechos semejantes, conocidos por las narraciones antiguas;

los más jóvenes y menos cultos, escuchan admirados y atentos.

Jesús mueve la cabeza…

Y dice:

–         Es efecto lunar y de vientos lejanos.

Ya os lo he dicho.

En los países septentrionales se ha producido un fenómeno…

Y sufren sus consecuencias,

regiones enteras.

Tadeo dice:

–         Pero, ¿Por qué, entonces, algunos campos están bien?

–         Así se comporta el granizo.

–        ¿Pero no podría ser un castigo para los más malos?

-Podría ser. Pero no lo es. ¡Ay si lo fuera!…

Andrés exclama:

–         Quedaría yerma y desolada casi toda nuestra Patria, ¿No es verdad, Señor?

Bartolomé comenta:

–         Pero en las profecías está escrito, a través de símbolos;

qué daño va a recibir quien no acoja al Mesías.

¿Es que pueden mentir los Profetas?

Jesús objeta:

–          No, Bartolomé.

Lo que está escrito sucederá.

Pero el Altísimo es tan Bueno, infinitamente Bueno,

que necesita mucho más de lo que ahora está sucediendo para castigar.

Sed buenos también vosotros;

sin desear siempre castigos para los duros de corazón…

Y de intelecto.

Desead para ellos conversión, no castigo.

Juan, pasa el cordero a un compañero.

Y ven a mirar tu mar desde lo alto de aquellas crestas de arena.

Voy Yo también.

En efecto, ahora van por un camino muy cercano al mar;

separado de éste sólo por una larga faja de dunas onduladas,

en las que ondean finas palmas y arbustos de desordenadas frondas, lentiscos y

otras plantas de las arenas.

Jesús va con Juan.

Pero ¡Quién deja a Jesús! Ninguno.

Y, pronto están todos arriba, bajo el lindo sol que no molesta…

Frente al mar sereno y riente…

La ciudad de Ptolemaida está muy cerca con sus casas blancas.

Tadeo pregunta:

–          ¿Vamos a entrar en la ciudad?

Jesús dice:

–           No es necesario.

Nos detendremos a comer junto a las primeras casas.

Quiero estar esta noche en Sicaminón.

Quizás encontramos allí a Isaac.

–          Cuánto bien hace, ¿Eh?

¿Has oído lo que han dicho Abel, Juan y José?

–           Sí.

Pero todos los discípulos son muy diligentes.

Por esto bendigo día y noche a mi Padre.

Todos vosotros…

Mis alegrías, mis paces, mis seguridades… –

Y los mira con tal amor, que a los diez les suben las lágrimas a los ojos…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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355 LAS DERROTAS DEL MESÍAS


355 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El pastor Jonás pregunta:

–       ¿Y mis ovejas, Señor?

Dentro de poco tendría que tomar un camino distinto del tuyo,

para ir a mi pastura… –

Jesús sonríe, pero no responde.

Es bonito andar, ahora que el sol calienta el aire y hace brillar como esmeraldas

las hojitas nuevas de los bosques y la hierba de los prados;

transformando en engastes los cálices de las flores, para las gotas de rocío que brillan

en los aros radiados multicolores de las florecillas del campo.

Jesús camina, sonriente.

Los apóstoles, en seguida animados de nuevo, lo siguen felices y sonrientes…

Llegan a la desviación.

El pastor Anás, afligido,

dice:

–        Y aquí tendría que dejarte…

¿Entonces no vienes a curar a mis ovejas?

Yo también tengo fe, y soy prosélito…

¿Me prometes, al menos, que vendrás después del sábado?

–         ¡Anás!

¿Pero no has comprendido todavía que tus ovejas están curadas desde que alcé mi mano

hacia Lesemdán?

Ve, pues, tú también a ver el milagro y a bendecir al Señor.

El pastor se queda paralizado, por la admiración y el asombro al escuchar al maestro,

anunciándole la Gracia para él.

Y el milagro recibido en sus rebaños…

Está más pasmado que la mujer de Lot, después de su petrificación en sal,

porque la impresión que causa a quién lo mira, no sería distinta del pastor,

que se ha quedado en la posición en que estaba:

Un poco encorvado e inclinado,

con la cabeza vuelta hacia arriba para mirar a Jesús.

Con un brazo semi-extendido a media altura…

Parece una estatua.

Podría tener debajo el cartel: “El suplicador”.

Mas luego vuelve en sí, se postra,

y dice:

–         ¡Bendito! ¡Bueno! ¡Santo!…

Pero te había prometido mucho dinero y aquí solamente tengo algunas dracmas…

Ven, ven a visitarme después del Sábado…

Jesús promete:

–          Iré.

No por el dinero, sino para bendecirte una vez más por tu fe sencilla.

Adiós, Anás.

La paz sea contigo.

Y se separan…

Entonces Jesús, llamando a todos sus apóstoles,

les dice:

–         Y tampoco ésta es una derrota, amigos.

Aquí tampoco se han burlado de Mí, ni me han expulsado o maldecido…

“¡Venga, raudos!

Hay una madre esperándonos desde hace días…

Y la marcha prosigue, con un breve alto en el camino, para comer pan y queso.

Y beber en un manantial…

El sol está en mediodía cuando se ve aparecer la bifurcación del camino.

Mateo dice:

–         Allá en el fondo empieza la escalera de Tiro.

Y se alegra al pensar que la mayor parte del trayecto está ya recorrido.

Apoyada en el mojón romano hay una mujer.

A sus pies, en un traspuntín, hay una pequeñuela de unos siete u ocho años.

La mujer mira en todas las direcciones: hacia la escalera excavada en el monte rocoso,

hacia la vía de Ptolemaida, hacia el camino recorrido por Jesús.

Y, de vez en cuando, se inclina para acariciar a su niña;

para proteger su cabeza del sol con un paño,.

O cubrirle los pies y las manos con un chal.

Andrés pregunta:

–         ¡Ahí está la mujer!

Pero, ¿Dónde habrá dormido estos días?

Mateo responde:

–        Quizás en aquella casa de cerca de la bifurcación.

No hay otras casas cercanas.

Santiago de Alfeo,

añade:

–         O al raso.

Tadeo responde:

–        No, por la niña.

Juan exclama:

–        ¡Con tal de obtener la gracia!…

Jesús no habla. Pero sonríe.

Todos en fila (El en el centro, tres de esta parte, tres de la otra), ocupan toda la vía;

en esta hora de pausa de viandantes, que se han parado a comer en los respectivos lugares

en que los ha sorprendido el mediodía.

Jesús sonríe.

Alto, hermoso, en el centro de la fila.

Su rostro está tan radiante que parece como si toda la luz del sol se hubiera concentrado en él.

Parece emanar rayos.

La mujer levanta los ojos…

Ya están a unos cincuenta metros de distancia.

Quizás ha llamado su atención, distraída al oír llorar a su hija.

La mirada de Jesús fija en ella.

Mira…

Se lleva las manos al corazón con un gesto involuntario de ansia, de sobresalto.

Jesús aumenta su sonrisa.

Y esa fúlgida sonrisa, inefable, debe decirle tantas cosas a la mujer,

que, ya sin ansia, sonriente, como si va fuera feliz, se agacha a coger a su niña.

Y sosteniéndola en su jergoncillo, con los brazos extendidos, como si se la estuviera

ofreciendo a Dios,

da unos pasos hacia Jesús.

En llegando a los pies de Él, se arrodilla levantando lo más que puede a la niña,

que está en posición echada y que mira, extática, el hermosísimo rostro de Jesús.

La mujer no dice ni una palabra.

¿Qué podría decir que fuera más profundo que lo que dice con toda su figura?…

Jesús dice solamente una palabra, corta pero poderosa,

letificante como el “Fiat” de Dios en la creación del mundo:

–         -¡Sí»!.

Y apoya la mano sobre el pequeño pecho de la niña echada.

Entonces la niña, emitiendo un grito de calandria liberada de la jaula,

exclama:

–         ¡Mamá!

Se sienta de golpe…

Pasa luego a poner pie en tierra, abraza a su madre, la cual – ella sí -, exhausta,

vacila y está a punto de caerse boca arriba,

desmayada por el cansancio, por la cesación del ansia, por la alegría que sobrecarga las ya

debilitadas fuerzas del corazón por tanto dolor pasado.

Jesús está atento a sujetarla:

Una ayuda más eficaz que la de la niñita, que, recargando con su peso los miembros maternos,

no es, ciertamente, el más indicado factor para sujetar a su madre sobre las rodillas.

Jesús la ayuda a sentarse y le transfunde fuerzas…

Y la mira, mientras mudas lágrimas descienden por la cara,

cansada y dichosa al mismo tiempo, de la mujer.

Luego es el momento de las palabras:

–         ¡Gracias, mi Señor!

¡Gracias y bendiciones!

Mi esperanza ha sido coronada…

Te he esperado mucho…

Pera ahora soy feliz…

La mujer, superado su semi-desmayo, se arrodilla de nuevo, adorando;

teniendo delante de sí a la niñita curada y que ahora recibe las caricias de Jesús.

Y explica:

–         Hacía dos años que un hueso de la columna se le consumía;

la paralizaba y la llevaba a la muerte lentamente y con grandes dolores.

La habíamos llevado a que la vieran médicos de Antioquía, Tiro, Sidón…

Y también de Cesárea y Panéade.

Hemos gastado tanto en médicos y medicinas, que hemos vendido la casa que poseíamos

en la ciudad para retirarnos a la de campo.

Habíamos despedido a los sirvientes de la casa y nos habíamos quedado sólo con los

de los campos.

Habíamos puesto en venta los productos que antes consumíamos nosotros…

¡Nada aprovechaba!

Te vi. Tenía noticia de lo que hacías en otros lugares.

He esperado la gracia también para mí…

¡Y la he obtenido!

Ahora vuelvo a casa, aligerada, dichosa…

Le daré una alegría a mi esposo…

A mi Santiago, que me puso en el corazón la esperanza, narrándome lo que por tu poder

sucede en Galilea y Judea.

¡Si no hubiéramos tenido miedo de no encontrarte, habríamos venido con la niña!

¡Pero Tú estás siempre en camino!…

Jesús responde sonriente:

–        Caminando he venido a verte…

Pero, ¿Dónde has pasado estos días?

–         En aquella casa…

Bueno, por la noche, se quedaba sólo la niña.

Hay allí una buena mujer, que me la cuidaba.

Yo he estado siempre aquí, por miedo a que pasaras de noche.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza:

Y le dice:

–       Eres una buena madre.

Dios te ama por ello.

¿Ves cómo te ha ayudado en todo?

–        ¡Oh, sí!

¡Lo he sentido precisamente mientras venía.

Había venido de casa a la ciudad con la confianza de encontrarte;

por lo tanto, con poco dinero y sola.

Luego, siguiendo el consejo de aquel hombre, seguí por este lugar.

Mandé un aviso a casa y vine…

Y no me ha faltado nunca nada, ni pan, ni refugio, ni fuerza.

Santiago de Alfeo, enternecido por todas las fatigas pasadas por la mujer,

pregunta:

–         ¿Siempre con ese peso en los brazos?

¿No podías servirte de un carro?….

–         No.

Ella habría sufrido demasiado: hasta morir incluso.

En los brazos de su mamá ha venido mi Juana a la Gracia.

Jesús acaricia en el pelo a las dos,

diciendo:

–         Ahora podéis marcharos.

Sed siempre fieles al Señor.

El Señor esté con vosotras y con vosotras mi paz.

Jesús reanuda su camino por la vía que conduce a Ptolemaida.

–         Esta tampoco es una derrota, amigos.

Tampoco aquí me han expulsado, ni se han burlado de Mí, ni me han maldecido.

Siguiendo la vía directa, pronto se llega al taller del herrador que está al lado del puente.

El herrador romano está descansando al sol, sentado contra el muro de la casa.

Reconoce a Jesús y lo saluda.

—         ¡Salve!

Jesús devuelve el saludo,.

—        Que la Luz te ilumine.

y añade:

–         ¿Me dejas estar aquí, para descansar un poco y comer un poco de pan?

—        Sí, Maestro.

Mi mujer quería verte…

Porque le he referido la parte de tu discurso que ella no había oído la otra vez.

Ester es hebrea.

Pero, siendo romano, no me atrevía a decírtelo.

Te la habría mandado…

–         Llámala, entonces.

Y Jesús se sienta en el banco que hay contra la pared;

mientras Santiago de Zebedeo distribuye pan y queso…

Luego sale una mujer de unos cuarenta años, turbada, roja de vergüenza.

Jesús le dice:

–        Paz a ti, Ester.

¿Tenías deseos de conocerme?

¿Por qué?

–         Por lo que dijiste…

Los rabíes nos desprecian a nosotras, casadas con un romano…

Pero he llevado a todos mis hijos al Templo.

Y los varones están todos circuncidados.

Se lo dije antes a Tito, cuando me quiso como esposa…

Y él es bueno…

Siempre me ha dejado libertad de acción con los hijos.

Costumbres, ritos, ¡Aquí todo es hebreo!..

Pero los rabíes, los arquisinagogos, nos maldicen.

Tú no…

Tú tienes palabras de piedad para nosotras…

¡No sabes cuánto significa eso para nosotras!

Es como sentirnos abrazadas por el padre y la madre que nos han repudiado.

Y maldecido, o que se muestran severos con nosotras…

Es como volver a poner pie en la casa que hemos dejado.

Y no sentirse extranjeras en ella…

Tito es bueno.

Durante nuestras Fiestas cierra el taller, con gran pérdida de dinero.

Y me acompaña con nuestros hijos al Templo.

Porque dice que sin religión no se puede estar.

Él dice que su religión es la de la familia y el trabajo;

como antes era la del deber de soldado…

Pero yo… Señor…

Quería hablar contigo por una cosa…

Tú dijiste que los seguidores del verdadero Dios deben separar un poco de su levadura santa

y meterla en la buena harina para hacerla fermentar santamente.

Yo lo he hecho con mi esposo.

He tratado, en estos veinte años que llevamos juntos;

de trabajar su alma, que es buena, con la levadura de Israel.

Pero no se decide nunca… es ya mayor…

Querría tenerlo conmigo en la otra vida…

Unidos por la fe como lo estamos por el amor…

No te pido riquezas, bienestar, salud.

Lo que tenemos es suficiente, y bendito sea Dios por ello.

Pero sí que querría esto…

¡Pide por mi esposo! Que sea del verdadero Dios…

–         Lo será.

Puedes estar segura.

Pides una cosa santa y te será dada.

Has comprendido los deberes de la esposa hacia Dios y hacia su esposo.

¡         ¡Si así fueran todas las esposas!

En verdad te digo que muchas deberían imitarte.

Sigue así y recibirás la alegría de tener a tu Tito a tu lado, en la oración y en el Cielo.

Muéstrame a tus hijos.

La mujer llama a la numerosa prole:

–        «Jacob, Judas, Leví, María, Juan, Ana, Elisa, Marco».

Y luego entra en la casa y vuelve a salir con una que apenas si sabe andar todavía…

Y con uno de tres meses como mucho:.

Los presenta:

–         Y éste es Isaac.

Y esta pequeñita es Judit. – dice terminando la presentación.

Santiago de Zebedeo, dice riendo:

–          ¡Abundancia!

Y Judas Tadeo exclama:

–         ¡Seis varones!

¡Y todos circuncisos!

¡Y con nombres puros!

¡Sí señora, muy bien!

La mujer está contenta.

Y hace elogios de Jacob, Judas y Leví, los cuales ayudan a su padre,

«todos los días menos el Sábado, el día en que Tito trabaja solo;

poniendo las herraduras ya hechas».

Elogia también a María y a Ana, «que son la ayuda de su mamá».

Pero no deja de elogiar también a los cuatro más pequeños:

«buenos y sin caprichos.

Tito, que ha sido un soldado disciplinado, me ayuda a educarlos».

Dice mientras mira con mirada afectuosa al hombre;

el cual, apoyado en la jamba, con una mano en la cadera, ha escuchado todo lo que ha dicho

su mujer, con una franca sonrisa en su rostro claro.

Y que ahora, al oír la memoria de sus méritos de soldado, rebosa complacencia.

Jesús aprueba:

–         Muy bien.

La disciplina de las armas no repugna a Dios, cuando se cumple con humanidad

el propio deber de soldado.

Todo consiste en ser siempre moralmente honestos, en todos los trabajos,

para ser siempre virtuosos.

Tu pasada disciplina, que ahora transfundes en tus hijos, te debe preparar

para incorporarte a un más alto servicio: el de Dios.

Ahora vamos a despedirnos.

Tengo el tiempo justo para llegar a Akcib antes de que se cumpla el ocaso.

Paz a ti, Ester y a tu casa.

Sed, dentro de poco, todos del Señor».

La madre y los hijos se arrodillan,

mientras Jesús alza la mano bendiciendo.

El hombre, como si de nuevo fuera el soldado de Roma ante su emperador,

se cuadra, saludando a la usanza romana, los soldados romanos, hacen el imperial,

Asu emperador…..

Y se ponen en marcha…

Después de unos metros, Jesús pone la mano en el hombro de Santiago:

Diciendo:

–         Una vez más aún, la cuarta de hoy…

Te hago la observación de que ésta no es una derrota, ni es ser expulsado, satirizado

o maldecido.

¿Qué dices ahora?

Santiago de Zebedeo, dice impetuosamente: .

–        Que soy un necio, Señor.

–        No.

Tú, como todos vosotros, sois todavía demasiado humanos.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo. Y EL CORAJE DE UN GUERRERO…

Todas vuestras opciones son las propias de quien está más sujeto a humanidad que a espíritu.

El espíritu, cuando es soberano, no se altera ante cualquier soplo del viento,

que no siempre puede ser brisa perfumada…

Podrá sufrir, pero no se altera.

Yo oro siempre porque alcancéis esta soberanía del espíritu.

Pero vosotros me tenéis que ayudar con vuestro esfuerzo…

¡Bueno, este viaje ha terminado!

En él he sembrado lo necesario para prepararos el trabajo;

para cuando seáis vosotros los evangelizadores.

Ahora podemos iniciar el reposo sabático con la conciencia de haber cumplido nuestro deber.

Y esperaremos a los otros…

Luego proseguiremos… todavía… siempre…

hasta que todo quede cumplido…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

354 LA MUJER CANANEA


354 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana invernal, donde el sol resplandece de forma maravillosa sobre las plantas

que lucen sus destellos dorados; pero no calienta los cuerpos.

sólo las ovejas, tienen sus abrigos esponjosos y muy blancos,

como el invierno que ya se despide, en los últimos vestidos de nieve…

iJudas Tadeo, entra en la cocina, donde la lumbre ya resplandece acogedora,

para calentar la leche y el lugar, que está un poco frío en estas primeras horas

de una bellísima mañana de finales de Enero;

bellísima, pero bastante punzante en su frío amanecer…

El viejo campesino Jonás, también entra en la cocina y al ver al apóstol,,

le pregunta:

–         ¿El Maestro está contigo?

.Tadeo le responde:

–         Habrá salido a orar.

Sale frecuentemente al alba, cuando sabe que puede estar solo.

Regresará pronto.

¿Por qué lo preguntas?

–        Lo he preguntado también a los otros, que se han desperdigado para buscarlo,

porque hay una mujer allí, con mi esposa.

Es una del pueblo de allende el confín con los fenicios.

La verdad no sabría decir cómo ha podido saber que está aquí el Maestro.

Pero lo sabe.

Y quiere hablar con Él. 

Tadeo afirma:

–        Bien.

Hablará con Él.

Quizás es la mujer que Él está esperando, con una hijita enferma.

O la habrá guiado aquí su espíritu.

–        No.

Está sola.

No tiene hijos consigo.

Los pueblos están tan cercanos… por eso la conozco…

Y el valle es de todos.

Yo, además, pienso que para servir al Señor no hace falta ser crueles con los vecinos,

si son fenicios.

Estaré equivocado, pero…

–        El Maestro también dice siempre que tenemos que ser compasivos con todos.

–        Él lo es, ¿No es verdad.

–        Lo es.

–        Me ha dicho Anás que también esta vez lo han tratado mal.

¡Mal, siempre mal!…

En Judea, en Galilea, en todos los lugares.

¿Por qué, me pregunto yo, Israel es tan malo con su Mesías?

Me refiero a los principales de Israel.

Porque el pueblo lo ama.

–         ¿Cómo sabes estas cosas?

–         Vivo aquí, lejos; pero soy un fiel israelita.

¡Basta ir para las fiestas de precepto al Templo, para saber todo lo bueno y todo lo malo!

Y el bien se sabe menos que el mal.

Porque el bien es humilde y no hace autoalabanza.

Deberían proclamarlo los que han sido agraciados.

Pero pocos son los agradecidos después de recibir una gracia.

El hombre acepta el beneficio y lo olvida…

El mal, sin embargo, toca fuerte sus trompetas y hace escuchar sus palabras incluso

a quienes no quieren oírlas.

¡Vosotros, sus discípulos, no sabéis cuánto abundan en el Templo las críticas

y acusaciones contra el Mesías!

Los escribas ya sólo tratan de esto en sus lecciones.

Yo creo que se han hecho un libro de lecciones sobre cómo acusar al Maestro.

Y de hechos que presentan como objetos de acusación verosímiles.

Y se necesita una conciencia muy recta, firme y libre;

para saber resistir y juzgar con cordura.

¿Él está al corriente de todas estas sucias maniobras?

–       De todas.

Y también nosotros, más o menos, las conocemos.

Pero Él no se intranquiliza, ni se detiene.

Continúa su obra,.

Y los discípulos o las personas que creen en Él aumentan cada día que pasa.

–        Dios quiera que perseveren hasta el final.

Pero el hombre es de pensamiento mudable.

Y débil…

Está viniendo el Maestro hacia la casa, con tres discípulos.

Y el viejo sale afuera, seguido por Judas Tadeo, para venerar a Jesús;

que, lleno de majestad, viene hacia la casa.

Jesús al verlo, lo saluda:

–        La paz sea contigo hoy y siempre, Jonás.

–        Gloria y paz contigo, Maestro, siempre.

–        Paz a ti, Judas.

¿Andrés y Juan no han vuelto todavía?

–         No.

Y no los he oído salir.

A ninguno.

Estaba cansado y dormía profundamente.

Jonás los invita:

–        Entra, Maestro.

Entrad.

El ambiente está fresco esta mañana.

En el bosque debía hacer mucho frío.

Ahí hay leche caliente para todos.

Y todos, excepto Jesús…

Están bebiendo la leche, mojando en ella unos recios trozos de pan,

cuando he aquí que llegan Andrés y Juan, junto con Anás, el pastor.

Andrés exclama al verlo:

–        ¡Ah! ¿Estás aquí?

Volvíamos para decir que no te habíamos encontrado… –

Jesús dirige su saludo de paz a los tres,

y añade:

–        Pronto.

Tomad vuestra parte y pongámonos en marcha.

Quiero estar, antes de que anochezca, al menos en las faldas del monte de Akcib.

Esta noche empieza el sábado.

El pastor pregunta perplejo:

–        ¿Y mis ovejas?

Jesús sonríe y responde:

–         Estarán curadas después de la bendición.

–        ¡Pero yo estoy a oriente del monte!

Tú vas hacia poniente para ir a ver a esa mujer…

—        Déjalo en manos de Dios y Él a todo proveerá.

Terminado el desayuno, los apóstoles suben por los talegos de viaje,

preparándose para partir.

–         Maestro…

¿No vas a escuchar a esa mujer que está allí?

–        No tengo tiempo, Jonás.

El camino es largo.

Y además Yo he venido para las ovejas de Israel.

Adiós, Jonás.

Que Dios te recompense por tu caridad.

Mi bendición a ti y a todos tus parientes.

Vamos.

El viejo, entonces, se pone a gritar con todas sus fuerzas:

–         ¡Hijos! ¡Mujeres!

¡El Maestro se marcha! ¡Venid!

Y como responde a la voz de la clueca que los llama una nidada de pollitos desperdigados

por un pajar, de todas las partes de la casa acuden mujeres y hombres,

ocupados en sus labores o todavía medio dormidos.

Y niños semidesnudos con su carita sonriente recién salida del sueño…

Se apiñan en torno a Jesús, que está en medio de la era.

Las madres envuelven en sus amplias faldas a los niños para protegerlos del aire frío.

O los estrechan entre sus brazos hasta que una criada llega con los vestiditos,

que enseguida son empleados.

Pero viene también una que no es de la casa.

Una pobre mujer que llora.

Se la ve abochornada.

Camina encorvada, casi arrastrándose.

Llegada cerca del grupo en cuyo centro está Jesús, se pone a gritar:

–        ¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!

Mi hija vive malamente atormentada por el demonio, que le hace hacer cosas vergonzosas.

Ten piedad, porque sufro mucho y todos se burlan de mí por esto.

Como si mi hija tuviera la culpa de hacer lo que hace…

Ten piedad, Señor, Tú que lo puedes todo.

Alza tu voz y tu mano.

Y ordena al espíritu inmundo que salga de Palma.

Sólo tengo a esta criatura, y soy viuda…

¡Oh, no te vayas! ¡Piedad!…

Jesús, efectivamente, una vez que ha terminado de bendecir a cada uno de los componentes

de la familia, después de haber amonestado a los adultos por haber hablado de su venida. –

Ellos se disculpan diciendo:

«         ¡Créenos, Señor, no hemos hablado!» –

Jesús se marcha, inexplicablemente duro para con la pobre mujer, que se arrastra

sobre sus rodillas, tendidos los brazos en actitud de congojosa súplica, ,

mientras dice:

—       ¡Yo, yo te vi ayer cuando pasabas el torrente!

¡Y oí que te llamaban: “Maestro”.

He venido siguiéndoos, ocultándome

entre las matas.

Oía lo que iban diciendo éstos.

He comprendido quién Eres…

Y esta mañana, todavía de noche, he venido a ponerme aquí a la puerta como un perrito;

hasta que se ha levantado Sara y me ha invitado a entrar.

¡Señor, piedad! ¡Piedad de una madre y de una niña!

Pero Jesús camina ligero, sordo a toda apelación.

Los de la casa dicen a la mujer:

–       ¡Resígnate!

No te quiere escuchar.

Ya ha dicho que ha venido para los de Israel…

Pero ella se pone en pie desesperada.

Y al mismo tiempo llena de Fe,

y responde:

–        No.

¡Suplicaré tanto, que me escuchará!

Y se echa a seguir al Maestro suplicando a gritos sin parar.

Sus súplicas hacen que salgan a las puertas de las casas del pueblo, todos los que están

despiertos, los cuales, como los de la casa de Jonás, se ponen a seguir a la mujer

para ver en qué termina la cosa.

Los apóstoles, por su parte, se miran recíprocamente con estupor.

Y susurran:

–         ¿Pero por qué hace esto?

No lo ha hecho nunca!

Y Juan dice:

–        En Alejandrocena ha curado incluso a aquellos dos.

Tadeo responde:

–         Pero eran prosélitos.

¿Y esta a la que va a curar ahora?

El pastor Anás dice:

–       También es prosélito.

–       ¿Y cuántas veces ha curado también a gentiles o a paganos?

Andrés dice desconsolado:

–       ¿Y la niña romana, entonces?…

Andrés, que no logra tranquilizarse ante la dureza de Jesús hacia la mujer cananea.

Santiago de Zebedeo, exclama:

–        Yo os digo lo que pasa.

Lo que pasa es que el Maestro está indignado.

Su paciencia se acaba ante tantos asaltos de maldad humana.

¿No veis cómo ha cambiado?

¡Tiene razón!

De ahora en adelante se dedicará sólo a los que conoce convenientemente.

¡Y hace bien!

Mateo se queja:

–        Sí.

Pero mientras tanto, ésta viene aquí detrás de nosotros gritando.

Y la sigue una buena cola de gente.

Si quiere pasar inadvertido, ha encontrado la manera de llamar la atención,

hasta de los árboles…

Tadeo está indignado:

–        Vamos a decirle que la despida…

¡Fijaos aquí qué lindo cortejo tenemos a nuestras espaldas!

¡Si llegamos así a la vía consular, estamos frescos!

Y ésta, si no le dice que se marche, no nos deja…

Judas Tadeo muestra tanto su molestia, que se vuelve y conmina a la mujer:

–        ¡Cállate y vete!

Y lo mismo hace Santiago de Alfeo, solidario con su hermano.

Pero ella no se impresiona por las amenazas y órdenes.

Y sigue suplicando.

Mateo dice:

–        ¡Vamos a decirle al Maestro que la eche Él!

¡Dado que no quiere concederle lo que pide!

¡Así no se puede seguir!

Andrés susurra:

–        «¡Pobrecilla!»

Y Juan repite sin tregua: «No comprendo… no comprendo…».

Juan está confundido por el modo de actuar de Jesús.

Mas ya, acelerando el paso, han alcanzado al Maestro, que camina raudo,

como un perseguido.

Los apóstoles gritan:

–         ¡Maestro!

¡Dile a esa mujer que se vaya!

–       ¡Es un escándalo!

–        ¡Viene gritando detrás de nosotros!

–        ¡Nos señala ante todos!

El camino se va poblando cada vez más de gente…

Y muchos se ponen detrás de ella.

Los apóstoles protestan:

–       Dile que se marche.

Jesús dice tajante:

–        Decídselo vosotros.

Yo ya le he respondido.

–         No nos escucha.

–         ¡Díselo Tú, hombre! –

Y además severamente.

Jesús se detiene y se vuelve.

La mujer interpreta ello como signo de gracia; acelera el paso y alza el tono, ya agudo,

de la voz.

Su rostro palidece por la aumentada esperanza.

–        ¡Cállate, mujer!

Vuelve a casa.

Ya lo he dicho: “He venido para las ovejas de Israel”.

Para curar a las enfermas y buscar a las perdidas.

Tú no eres de Israel.

Pero la mujer ya está a sus pies y se los besa, adorándolo;

sujetándolo fuerte por los tobillos como si fuera una náufraga

que hubiera encontrado un escollo de salvación.

Y gime:

–        ¡Señor, ayúdame!

Tú lo puedes, Señor. Dale una orden al demonio, Tú que eres santo…

Señor, Señor, Tú eres el amo de todo: de la gracia y del mundo.

Todo está sometido a ti, Señor.

Yo lo sé. Lo creo.

Toma, pues, tu poder y úsalo para mi hija.

Jesús objeta:

—       No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros de la calle.

–       Yo creo en Ti.

Creyendo, he pasado de ser perro de la calle a ser perro de la casa.

Ya te he dicho que he venido antes del alba a acurrucarme a la puerta de la casa,

donde estabas.

Y si hubieras salido, habrías tropezado sobre mí.

Pero has salido por el otro lado y no me has visto.

No has visto a este pobre perro lacerado, hambriento de Tu Gracia,

que esperaba entrar, arrastrándose, adonde Tú estabas, para besarte los pies así,

pidiéndote que no la arrojaras de tu presencia…

–        No está bien echar el pan de los hijos a los perros – repite Jesús.

–        Pero los perros entran en la habitación donde come el amo con sus hijos.

Y comen lo que cae de la mesa.

O los desperdicios que les dan los de la familia, lo que ya no sirve.

No te pido que me trates como a una hija, no te pido que me invites a sentarme a tu mesa;

¡Te suplico implorándote!

¡Te pido al menos las migajas…!

Jesús sonríe.

¡Cómo se transfigura su rostro con esta sonrisa de gozo!…

La gente, los apóstoles, la mujer, lo miran admirados…

Sintiendo que está para suceder algo.

Y Jesús dice:

–       ¡Oh, mujer!

¡Grande es tu fe!

Con tu fe consuelas mi espíritu.

Ve, pues, y te suceda como quieres.

Desde este momento, el demonio ha salido de tu hijita.

Ve en paz.

Y, de la misma forma que, como perro extraviado, has sabido querer ser perro de casa,

sabe ser hija en el futuro, sentada a la mesa del Padre.

Adiós.

–         ¡Oh! ¡Señor!

¡Señor! ¡Señor!…

Quisiera echarme a correr, para ver a mi Palma amada…

¡Quisiera estar contigo, seguirte!

¡Bendito! ¡Santo!

–         Ve, ve, mujer.

Ve en paz.

Y Jesús reanuda su camino, mientras la cananea, más ligera que una niña;

regresa corriendo por el mismo camino que había venido;

tras ella la gente, curiosa de ver el milagro…

Santiago de Zebedeo. pregunta:

–        ¿Pero, por qué, Maestro, la has hecho suplicar tanto; si luego la ibas a escuchar? 

Jesús responde:

–       Por causa tuya y de todos vosotros.

Esta no es una derrota, Santiago.

Aquí no me han expulsado, no se han burlado de Mí, no me han maldecido…

Sirva ello para levantar vuestro espíritu abatido.

Yo ya he recibido mi dulcísimo alimento.

Y bendigo a Dios por ello.

Y ahora vamos a ver a esta otra que sabe creer y esperar con Fe segura.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

353 LOS HIJOS DEL TRUENO


353 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús va caminando por una zona muy montañosa.

No son montes altos, pero es un continuo subir y bajar de collados.

Y un fluir de torrentes (alegres en esta estación fresca y nueva;

límpidos como el cielo; niños como las primeras hojas, cada vez más numerosas,

sobre las ramas).

Mas, a pesar de que la estación del año sea tan bella y alegre, que podría aliviar el corazón,

no parece que Jesús esté muy aliviado de espíritu.

Y menos que Él lo están los apóstoles.

Caminan, muy callados, por el fondo de un valle.

Solamente pastores y greyes se presentan ante sus ojos.

Pero Jesús ni tan siquiera da muestras de verlos.

Lo que capta la atención de Jesús es el suspiro desconsolado de Santiago de Zebedeo.

Y sus improvisas palabras, fruto de un pensamiento amargo…

Santiago dice:

–         ¡Derrotas y más derrotas!…

Parecemos como malditos…

Jesús le pone la mano en el hombro: 

Y dice:

–          ¿No sabes que ése es el sino de los mejores?

–         ¡Sí, sí!

¡Lo sé desde cuando estoy contigo!

Pero, de vez en cuando sería necesario algo distinto.

Y antes lo teníamos, para confortar el corazón y la Fe…

–          ¿Dudas de mí, Santiago?

¡Cuánto dolor tiembla en la voz del Maestro!

–         ¡No, no!…

La verdad es que no es muy seguro el “no”.

–         Pero dudar, dudas.

¿De qué, entonces?

¿Ya no me amas como antes?

¿Ver que me echan de un lugar, que sencillamente  se burlan de Mí; 

que no me prestan atención en estos confines fenicios, ha debilitado tu amor?

Hay un llanto tembloroso en las palabras de Jesús…

A pesar de que no haya sollozos ni lágrimas: es verdaderamente su alma la que llora.

Santiago protesta:

–         ¡Eso no, Señor mío!

Es más, mi amor a Ti crece a medida que te veo menos comprendido;

menos amado, más postrado, más afligido.

Y, por no verte así, por poder cambiar el corazón a los hombres,

solícito daría mi vida en sacrificio.

Debes creerme.

No me tritures el corazón, ya tan afligido, con la duda de que piensas que no te amo.

Si no… Si no, romperé todos los cánones.

Volveré para atrás y me vengaré de los que te causan dolor,

para demostrarte que te amo, para quitarte esta duda.

Y, si me atrapan y me matan, no me importará lo más mínimo.

Me conformaré con haberte dado una prueba de amor.

–         ¡Oh, hijo del trueno!

¿De dónde tanta impetuosidad?

¿Es que quieres ser un rayo exterminador?

Jesús sonríe por la fogosidad y los propósitos de Santiago.

–         ¡Al menos, te veo sonreír!

Ya es un fruto de estos propósitos míos. ¿Tú que opinas, Juan?

¿Debemos llevar a cabo mi pensamiento para confortar al Maestro,

abatido por tantas reacciones contrarias?  

Juan responde apasionadamente:

–        ¡Sí, sí!

Vamos nosotros.

Hablamos de nuevo.

Y si lo vuelven a insultar, llamándolo rey de palabras, rey hazmerreír, rey sin dinero, rey loco;

repartimos palos a diestra y siniestra, para que se den cuenta de que el rey tiene también

un ejército de fieles y que estos fieles no permiten burlas.

La violencia es útil en ciertas cosas.

¡Vamos, hermano!

Le responde Juan está colérico: y no parece él mismo, porque siempre es dulce.

Jesús se mete entre los dos,

los aferra por los brazos para detenerlos,

y dice:

–         ¿Pero los estáis oyendo?

¿Y Yo qué he predicado durante tanto tiempo?

¡Sorpresa de las sorpresas!

¡Hasta incluso Juan, mi paloma, se me ha transformado en gavilán!

Miradlo, vosotros, qué feo está, tenebroso, hosco, desfigurado por el odio.

¡Qué vergüenza!

¿Y os asombráis porque unos fenicios reaccionen con indiferencia?

¿Y de que haya hebreos que tengan odio en su corazón?

¿Y de que unos romanos me conminen a marcharme?

¿Cuándo vosotros sois los primeros que no habéis entendido todavía nada?

¿Después de dos años de estar conmigo?

¿Cuándo vosotros os habéis llenado de hiel por el rencor que tenéis en el corazón?

¿Cuando arrojáis de vuestros corazones mi doctrina de amor y perdón?

¿Y la echáis afuera como cosa estúpida?

¿Y acogéis por buena aliada a la violencia?

¡Oh, Padre santo!

¡Esta si que es una derrota!

En vez de ser como gavilanes que se afilan rostro y garfas,

¿No sería mejor que fuerais ángeles que orasen al Padre,

para que confortara a su Hijo?

¿Cuándo se ha visto que un temporal beneficie con sus rayos y granizadas?

Pues bien, para recuerdo de este pecado vuestro contra la caridad, para recuerdo

de cuando vi aflorar en vuestra cara el animal-hombre en vez del hombre-ángel

que quiero ver siempre en vosotros, os voy a apodar “Los hijos del Trueno”.

Jesús está semiserio mientras habla a los dos inflamados hijos de Zebedeo.

Pero el reproche, al ver el arrepentimiento de ellos, pasa.

Y con cara luminosa de amor los estrecha contra su pecho,

diciendo:

–         Nunca más, feos de esta forma.

Y gracias por vuestro amor.

Y volviéndose hacia Mateo, Andrés y los dos primos hijos de Alfeo,

agrega:

Y también por el vuestro, amigos.

Venid aquí, que quiero abrazaros también a vosotros.

¿No sabéis que, aunque no tuviera nada más que la alegría de hacer la voluntad de mi Padre

y vuestro amor, sería siempre feliz, aunque todo el mundo me abofetease?

Estoy triste, mas no por Mí, por mis derrotas, como vosotros las llamáis.

Estoy triste por piedad hacia las almas que rechazan la Vida.

Bien, ahora estamos todos contentos, ¿No es verdad?

niños grandes, que es lo que sois.

Ánimo, entonces.

Id donde esos pastores que están ordeñando el rebaño.

Pedid un poco de leche en nombre de Dios.

Y al ver la mirada desolada de los apóstoles. 

añade:

No tengáis miedo.

Obedeced con Fe.

Recibiréis leche y no palos, aunque el hombre sea fenicio.

Y los seis se dirigen hacia el hombre indicado.

Mientras Jesús los espera en el camino.

Y ora, entretanto, este Jesús triste al que ninguno quiere…

Vuelven los apóstoles con un pequeño cubo de leche.

Y dicen:

–        Ha dicho el hombre que vayas allí, que tiene que decirte algo.

Y no puede dejar las cabras a los pastorcillos, porque son antojadizas e imprevisibles.

Jesús dice:

–          Vamos entonces allí, a comer nuestro pan.

Y suben todos a lo alto de la escarpa, desde donde se asoman, prominentemente,

las caprichosas cabras.

Cuando llegan,

Jesús dice:

–        Te agradezco la colodra de leche que me has dado.

¿Qué deseas de Mí?

–         Tú eres el Nazareno, ¿Verdad?

¿El que hace milagros?

–         Soy el que predica la Bienaventuranza eterna.

Soy el Camino para ir al Dios verdadero; la Verdad que se da; la Vida que os vivifica.

No soy el hechicero que hace prodigios.

Éstos son las manifestaciones de mi bondad y de vuestra debilidad, que tiene necesidad

de pruebas para creer.

Pero, ¿Qué deseas de mí?

–          Mira…

¿Hace dos días estabas en Alejandrocena?

–         Sí. ¿Por qué?

–          Yo también estaba, con mis cabritillos.

Cuando he comprendido que iba a producirse una riña, he desaparecido,

porque es costumbre suscitarlas para robar lo que hay en los mercados.

Son ladrones todos: los fenicios…

Y también los otros.

No debería decirlo, porque soy de padre prosélito y de madre siria.

Y yo mismo soy prosélito.

Pero es la verdad. Bien.

Volvamos a lo que estaba diciendo.

Me había metido en una caballeriza, con mis animales,

esperando a que llegara el carro de mi hijo.

Al atardecer, al salir de la ciudad, encontré a una mujer que lloraba con una hijita suya

en los brazos.

Había recorrido ochos millas para llegar a Ti, porque está fuera, en los campos.

Le pregunté que qué le sucedía.

Es prosélito. Había venido para vender y comprar.

Había oído hablar de Ti, y le había nacido la esperanza en el corazón.

Había ido corriendo a casa, había tomado en brazos a la niña.

¡Pero con un peso se camina despacio!

Cuando llegó a los almacenes de los hermanos, ya no estabas.

Ellos, los hermanos, le dijeron: “Lo han echado.

Pero ayer por la tarde nos dijo que haría de nuevo un alto en Tiro”.

Yo – también yo soy padre – le dije: “Pues entonces ve a Tiro”.

Pero ella me respondió: “¿Y si, después de todo lo que ha sucedido, pasa por otros caminos

para volver a Galilea?”. Le dije: “Mira. O ese confín o el otro.

Yo pastoreo entre Rohob y Lesemdán,

justamente en el camino que hace de confín entre aquí y Neftalí.

Si lo veo, se lo digo; palabra de prosélito”.

Y te lo he dicho.

–        Y que Dios te recompense por ello.

Iré a ver a esa mujer.

Tengo que volver a Akcib.

–         ¿Vas a Akcib?

Entonces podemos ir juntos, si no desdeñas a un pastor.

—         No desdeño a nadie.

Por qué vas a Akcib?

–        Porque allí tengo los corderos.

A no ser que… ya no los tenga…

–        ¿Por qué?

–         Porque hay una enfermedad…

No sé si ha sido una hechicería o qué.

Sé que mi lindo rebaño se me ha enfermado.

Por eso he traído aquí las cabras, que están todavía sanas; para separarlas de las ovejas.

Aquí estarán con dos hijos míos.

Ahora están en la ciudad, para hacer las compras.

Vuelvo allá… para ver morir a mis lindas ovejas lanosas…

El hombre suspira…

Mira a Jesús y se disculpa:

–        Hablarte a Ti, siendo quien Eres, de estas cosas.

Y afligirte, estando ya afligido de cómo te tratan, es una necedad.

Pero las ovejas son afecto y dinero, ¿Sabes?,

Para nosotros…

–         Comprendo.

Pero se pondrán buenas.

¿No las has llevado a que las vea un médico rural?

–        Todos me han dicho lo mismo: “Mátalas y vende sus pieles.

No hay otra posibilidad” e incluso me han amenazado si las saco…

Tienen miedo de que las suyas se contagien la enfermedad.

Así que las tengo que tener encerradas…

Y aumenta la mortalidad.

Son malos los de Akcib…, ¿Sabes?  

Jesús dice simplemente:

–        Lo sé.

–       Yo digo que me las han embrujado…

–        No.

No creas esas historias…

¿En cuanto vengan tus hijos te pones en marcha?

–        Inmediatamente.

De un momento a otro llegarán.

¿Éstos son tus discípulos?

¿Son sólo éstos?

–         No.

Tengo otros más.

–         ¿Y por qué no vienen aquí?

Una vez, cerca de Merón, me encontré con un grupo de ellos.

A la cabeza del grupo había un pastor.

Decía serlo.

Uno alto, fuerte, de nombre Elías.

Fue en Octubre, me parece.

Antes o después de los Tabernáculos.

¿Ahora te ha abandonado?

–         Ningún discípulo me ha abandonado.

–         Me habían dicho que…

–          ¿Qué te habían dicho?

–         Que Tú… que los fariseos…

En fin, que los discípulos te habían abandonado por miedo.

Y porque Tú eras un..

Jesús completa la palabra que el pastor calla: .

—        Demonio.

Dilo tranquilamente.

Lo sé.

Doble mérito para ti, que crees igualmente.

–         ¿Y por este mérito no podrías?…

Quizás estoy pidiendo una cosa sacrílega…

–          Dila.

Si es una cosa mala, te lo digo.

Se le ve lleno de ansiedad al hombre…  

Cuando pide:

–        ¿No podrías, al pasar, bendecir a mi rebaño? –

Jesús sonríe al decir:

–        Bendeciré a tu rebaño.

A éste… –

Y Jesús levanta  la mano bendiciendo a las cabritas desperdigadas,..

Y al de las ovejas.

–         ¿Crees que mi bendición las salvará?

–         De la misma forma que salvas a los hombres de las enfermedades,

podrás salvar a los animales.

Dicen que eres el Hijo de Dios.

Las ovejas las ha creado Dios.

Por tanto son cosas del Padre. Yo… no sabía si era una cosa respetuosa el pedírtelo.

Pero, si se puede, hazlo, Señor. 

Y llevaré al Templo grandes ofrendas de alabanza; mejor: te lo doy a Ti, para los pobres,

creo que será mejor.

Jesús sonríe y calla.

Llegan los hijos del pastor.

Poco después, Jesús con los suyos y el viejo se ponen en marcha.

Dejan a los pastorcillos jóvenes custodiando las cabras.

Caminan raudos porque quieren llegar pronto a Quedes,

para dejarla también enseguida, con intención de tomar la vía que del mar va hacia el interior.

Debe ser la misma que recorrieron yendo a Alejandrocena,

la que se bifurca a los pies del promontorio.

Al parecer, por lo que conversan el pastor y los discípulos.

Jesús va adelante, solo.

Santiago de Alfeo, comenta: .

–         ¿No nos encontraremos con otros problemas?

El hijo del pastor responde:

–          Quedes no depende de aquel centurión.

Está fuera de los confines fenicios.

A los centuriones basta con no pincharlos y se desinteresan de la religión.

–         Y además no nos vamos a detener...

–         ¿Vais a aguantar más de treinta millas en un día? –

–         ¡Sí, hombre!

¡Somos peregrinos perpetuos!

Caminan ininterrumpidamente…

Llegan a Quedes.

La atraviesan sin ningún contratiempo.

Toman la vía directa.

En el mojón está indicada Akciba.

El pastor lo señala diciendo:

–        Mañana llegaremos.

Esta noche venís conmigo.

Conozco labriegos de estos valles, pero muchos están dentro de los confines fenicios…

¡Bueno!, Pues pasaremos los confines.

Seguro que no nos van a descubrir inmediatamente…

¡Lo que es la vigilancia!…

¡Mejor sería que vigilasen a los bandidos!…

El sol declina.

 Y los valles ciertamente no contribuyen a mantener la luz,  menos aún siendo boscosos.

Pero el pastor conoce muy bien la zona y va seguro.

Llegan a un poblado muy pequeño, verdaderamente solo un puñado de casas.

–        Vamos a ver si nos dan posada.

Aquí son israelitas.

Estamos justamente en los confines.

Si no nos reciben, vamos a otro pueblo, que es fenicio.

–       No tengo prejuicios, hombre.

Llaman a una casa.  

Una mujer muy anciana, abre la puerta,

y los recibe:

–         ¿Tú, Anás?

¿Con amigos?

Ven, ven, y que Dios sea contigo.

Entran en una amplia cocina alegrada por una lumbre.

Alrededor de la mesa está reunida una numerosa familia de todas las edades,

pero que hace sitio amablemente a los que de improviso acaban de llegar.

El pastor los presenta:

–         Éste es Jonás.

Ésta es su esposa, y sus hijos y nietos y nueras.

Una familia de patriarcas fieles al Señor.

Anás a Jesús.

Y luego, volviéndose hacia el anciano Jonás:

–       «Y éste que está conmigo es el Rabí de Israel, al que deseabas conocer.

El anciano Jonás responde:

–         Bendigo a Dios por ser hospitalario y por tener sitio esta noche.

Y, pidiendo bendición, bendigo al Rabí que ha venido a mi casa.

Anás explica que la casa de Jonás es casi una posada para los peregrinos,

que del mar van hacia el interior.

Se sientan todos en la caliente cocina.

Las mujeres sirven a los recién llegados.

El respeto que hay es tal, que incluso paraliza.

Pero Jesús resuelve la situación rodeándose, nada más terminar la cena,

de los muchos niños presentes.

E interesándose por ellos, los cuales en seguida fraternizan.

Detrás de ellos, durante el breve espacio de tiempo que separa la cena del descanso,

encuentran valor los hombres de la casa y narran lo que han sabido del Mesías,

y preguntan cosas nuevas.

Jesús, benigno, rectifica, confirma, explica, en serena conversación,

hasta que peregrinos y familiares se van a descansar, tras haberlos bendecido Jesús a todos.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

352 PARÁBOLA DE LOS OBREROS Y LA VIÑA


 

352 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús ha subido encima de una caja que está colocada contra una pared.

Todos por tanto, lo pueden ver bien.

Ya se ha esparcido por el aire su dulce saludo, seguido luego por las palabras:

«Hijos de un único Creador, escuchad»,

para proseguir, en  el atento silencio de la gente:

El tiempo de la Gracia para todos ha llegado, no sólo para Israel,

sino para todo el mundo.

Hombres hebreos que estáis aquí por diversas razones, prosélitos, fenicios, gentiles,

TODOS, oíd la Palabra de Dios.

Comprended la Justicia, conoced la Caridad.

Teniendo Sabiduría, Justicia y Caridad, dispondréis de los medios para llegar al Reino de Dios,

a ese Reino que NO ES UNA ESCLUSIVIDAD de los hijos de Israel;

sino que es de todos aquellos que amen de ahora en adelante, al Verdadero, Único Dios.

crean en la Palabra de su Verbo.

Escuchad.

He venido de muy lejos, no con miras de usurpador, ni con la violencia del conquistador.

He venido sólo para ser el Salvador de vuestras almas.

Los dominios, las riquezas, los cargos, no me seducen.

Para Mí no son nada.

Son cosas a las que ni siquiera miro.

Es decir, las miro con conmiseración;

porque me producen compasión; siendo como son:

CADENAS para apresar a vuestro espíritu, impidiéndole así acercarse al Señor Eterno, Único,

Universal, Santo y Bendito.

Las miro y me acerco a ellas como a las más grandes miserias.

Y trato de liberarlas del lisonjero y cruel engaño, que seduce a los hijos de los hombres,

para que puedan usarlas con justicia y santidad.

No como crueles armas que hieren y matan al hombre y lo primero;

siempre,  al espíritu de aquel que las usa no santamente.

Pero en verdad os digo, PUPILAS APAGADAS, salud a un cuerpo agonizante,;

que da luz a los espíritus y salud a las almas enfermas….

¿Por qué?

Por qué el hombre ha perdido de vista el verdadero fin de su vida.

Y se ocupa de lo transitorio.

El hombre no sabe o no recuerda…

Recordando, no quiere prestar obediencia a esta santa orden del Señor:

Y hablo también para los gentiles que me escuchan.

De hacer el bien, que es bien en Roma como lo es en Atenas, en Galia o en África;

porque la Ley Moral existe bajo todos los cielos y en todas las religiones;

en todo corazón recto.

Y las religiones, desde la de Dios hasta la de la moral individual;

dicen que la parte mejor de nosotros sobrevive.

Y QUE SEGUN COMO HAYA OBRADO EN LA TIERRA,

ASÍ SERÁ SU SUERTE EN LA OTRA VIDA…

 Fin pues del hombre, es la conquista de la Paz en la otra vida;

NO las comilonas, la usura, el abuso de la fuerza, el placer aquí por poco tiempo;

para pagarlos eternamente con muy duros tormentos.

Pues bien, el hombre no sabe, no recuerda o no quiere recordar esta verdad.

Si no la sabe, es menos culpable.

Si no la recuerda, es bastante culpable, porque hay que tener encendida la Verdad,

cual antorcha santa, en las mentes y en los corazones;

pero si no la quiere recordar y cuando resplandece…

Cierra los ojos para no verla, aborreciéndola como a la voz de un orador pedante;

entonces su culpa es grave, muy grave.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Y no obstante, Dios perdona esta culpa, si el alma repudia su comportamiento malo…

Y se propone perseguir durante el resto de la vida, el fin verdadero del hombre;

que es conquistarse la paz eterna en el Reino del Dios Verdadero.

¿Habéis seguido hasta ahora un camino malo?

¿Abatidos, pensáis que es tarde para tomar el camino recto?

¿Desconsolados, decís: “¡No sabía nada de esto!

¿Ahora me veo ignorante e inhábil”?

NO.

No penséis que es como con las cosas materiales.

Y que hace falta mucho tiempo y fatiga para rehacer de nuevo, con santidad, lo ya hecho.

La Bondad del Eterno, verdadero Señor Dios, es tal que, ciertamente;

no os hace recorrer hacia atrás la vida vivida para colocaros de nuevo en la bifurcación

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

en que vosotros errando, dejarais el recto sendero, para seguir el malo;

SU BONDAD es tanta que, desde el momento en que decís:

“Quiero ser de la Verdad”,

O sea, de Dios, porque Dios es Verdad,

Dios, por un milagro enteramente espiritual, infunde en vosotros la Sabiduría,

siendo así que ya no sois ignorantes sino poseedores de la ciencia sobrenatural,

igual que los que desde años antes la poseen.

Sabiduría es desear tener a Dios, amar a Dios, cultivar el Espíritu,

tender al Reino de Dios repudiando TODO lo que es carne, mundo y Satanás.

Sabiduría es obedecer a la Ley de Dios;

que es ley de caridad, de obediencia, de continencia, de honestidad.

Sabiduría es amar a Dios con todo el propio ser,

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

amar al prójimo como a nosotros mismos.

Estos son los dos elementos indispensables para ser sabios con la Sabiduría de Dios.

Y en el prójimo están incluidos no sólo los que tienen nuestra misma sangre, raza o religión,

sino TODOS los hombres:

ricos, pobres, sabios, ignorantes, hebreos, prosélitos, fenicios, griegos, romanos…

Jesús se ve interrumpido por un grito amenazador de algunos exaltados.

Los mira y dice:

–          Sí.

Esto es el amor.

Yo no soy un maestro servil.

Digo la Verdad porque debo hacerlo…

Así para sembrar en vosotros lo necesario para la Vida Eterna.

OS GUSTE O NO, tengo que decíroslo, para cumplir mi deber de Redentor;

os toca a vosotros cumplir con el vuestro, de personas necesitadas de Redención.

Amar al prójimo, pues. TODO EL PRÓJIMO. 

Con un amor santo.

No amarlo con deshonesto concubinato de intereses, de forma que es “anatema

el romano, fenicio, prosélito o viceversa…,

Mientras no hay de por medio sensualidad o dinero.

Y luego, si surgen en vosotros el deseo carnal o de la ganancia, ya no es “anatema”…

Se oye otra vez el rumor de la gente.

Los romanos, por su parte, en su sitio en el atrio,

exclaman:

–          « ¡Por Júpiter!

–         ¡Habla bien éste!».

Jesús deja que se calme el rumor…

Y prosigue:

–           -Amar al prójimo como querríamos ser amados nosotros.

Porque no nos agrada ser maltratados, vejados, que nos roben o subyugue…,

Ni ser calumniados o que nos traten groseramente.

La misma susceptibilidad, nacional o individual, tienen los demás.

No nos hagamos, pues, recíprocamente, el mal que no quisiéramos recibir nosotros.

Sabiduría es prestar obediencia a los Diez Preceptos de Dios:

“Yo soy el Señor tu Dios. No tengas otro Dios aparte de Mí.

No tengas ídolos, no les rindas culto.

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

No tomes el Nombre de Dios en vano.

Es el Nombre del Señor tu Dios.

Y Dios castigará a quien lo use sin razón, por imprecación o para convalidar un pecado.

Acuérdate de santificar las fiestas.

El Sábado está consagrado al Señor, que descansó en Sábado de la Creación…

Y le ha bendecido y santificado.

Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas en paz largamente sobre la tierra…

Y eternamente en el Cielo.

No matarás.

No cometerás adulterio.

La desgracia del ADULTERIO…

No robarás.

No hablarás con falsedad contra tu prójimo.

No desearás la casa, la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno;

ni nada que pertenezca a tu prójimo”.

Ésta es la Sabiduría.

Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin.

Desde hoy, pues, proponeos vivir según la Sabiduría;

anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra.

¿Qué decís? Hablad.

¿Decís que es tarde?

No. Escuchad una parábola.

Un amo de una viña, al amanecer de un día, salió para contratar obreros para su viña.

Y ajustó con ellos un denario al día.

Salió de nuevo a la hora tercera.

Y, pensando que eran pocos los jornaleros contratados;

viendo en la plaza a otros desocupados en espera de que los contratara, los tomó y dijo:

“Id a mi viña, que os daré lo que he prometido a los otros”.

Y éstos fueron.

Habiendo salido a la hora sexta y a la hora nona, vio todavía a otros y les dijo:

“¿Queréis trabajar para Mí? Doy un denario al día a mis jornaleros”.

Aceptaron y fueron.

Salió, en fin, a la hora undécima.

Vio a otros que, ya declinando el sol, estaban inactivos:

“¿Qué hacéis aquí, tan ociosos?

^No os da vergüenza estar sin hacer nada todo el día?”, les preguntó.

“Nadie nos ha contratado.

Hubiéramos querido trabajar y ganarnos el pan.

Pero nadie nos ha llamado a su viña”.

“Bien, pues yo os llamo a mi viña. Id y recibiréis el salario de los demás”.

Eso dijo porque era un buen patrón y sentía piedad del abatimiento de su prójimo.

Llegada la noche, terminados los trabajos, el hombre llamó a su administrador,

y dijo:

“Llama a los jornaleros y paga su salario, según lo que he fijado,

empezando por los últimos, que son los más necesitados;

porque no han tenido durante el día el alimento que los otros una o varias veces han tenido,

Y además, son los que, agradeciendo mi piedad, más han trabajado;

los he observado;

licéncialos, que vayan a su merecido descanso y gocen con su familia,

de los frutos de su trabajo”.

Y el administrador hizo como el patrón le ordenaba.

Y dio a cada uno un denario.

Habiendo llegado al final aquellos que llevaban trabajando desde la primera hora del día,

se asombraron al recibir también sólo un denario.

Y manifestaron sus quejas entre sí y ante el administrador, el cual dijo:

“He recibido esta orden.

Id a quejaros al patrón, no vengáis a quejaros a mí”.

Y fueron y dijeron: “¡No eres justo!

Hemos trabajado doce horas, primero en medio del aguazo, luego bajo el sol de fuego,

y luego otra vez con la humedad del anochecer.

Y tú nos has dado lo mismo que a esos haraganes que han trabajado sólo una hora!…

¿Por qué?”.

Y especialmente uno de ellos levantaba la voz juzgándose traicionado

y explotado indignamente.

Y el amo de la Viña preguntó: 

“Amigo, ¿Y en qué te he perjudicado?

¿Qué he pactado contigo al alba?

Una jornada de continuo trabajo y, como salario, un denario. ¿No es verdad?”.

“Sí. Es verdad.

Pero tú has dado lo mismo a ésos, por mucho menos trabajo…”.

“¿Has aceptado este salario, porque te parecía bueno?”

“Sí. He aceptado porque los otros daban incluso menos”.

“¿Te he maltratado aquí?”

“No, en conciencia no”.

“Te he concedido reposo a lo largo de la jornada y comida…

¿No es verdad?

Te he dado tres comidas.

Y la comida y el descanso no habían sido pactados. ¿No es verdad?”.

“Sí, no estaban acordados.”

“Entonces, ¿Por qué los has aceptado?”

“Hombre, pues…

Tú dijiste: `Prefiero así, para evitar que os canséis volviendo a vuestras casas’.

No dábamos crédito a nuestros oídos…

Tu comida era buena, era un ahorro, era…”.

“Era una gracia que os daba gratuitamente y que ninguno podía pretender.

¿No es verdad?”.

“Es verdad.”

“Por tanto, os he favorecido.

¿Por qué os quejáis entonces?

Debería quejarme yo de vosotros;

que, habiendo comprendido que tratabais con un patrón bueno

trabajabais perezosamente, mientras que éstos, que han llegado después de vosotros,

habiendo gozado del beneficio de una sola comida –

y los últimos de ninguna, han trabajado con más ahínco, haciendo en menos tiempo

el mismo trabajo que habéis hecho vosotros en doce horas.

Os habría traicionado si os hubiera reducido a la mitad el salario,

para pagar también a éstos.

No así.

Por tanto, coge lo tuyo y vete.

¿Pretendes venir a imponerme en mi casa lo que a ti te parece?

Hago lo que quiero y lo que es justo.

No quieras ser malo y tentarme a la injusticia.

Yo soy bueno”.

¡Oh, vosotros todos, que me escucháis!

En verdad os digo que el Padre Dios propone a todos los hombres el mismo pacto.

Y les promete la misma retribución.

Al que con diligencia se pone a servir al Señor, Él lo tratará con justicia;

aunque fuere poco su trabajo debido a la muerte cercana.

En verdad os digo que no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los Cielos.

Y que allí veremos a últimos ser primeros y a primeros ser últimos.

Allí veremos a hombres no pertenecientes a Israel, más santos que muchos de Israel.

He venido a llamar A TODOS, en nombre de Dios.

Pero, si muchos son los llamados, pocos son los elegidos;

porque pocos desean la Sabiduría.

No es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios.

No es sabio ni para la tierra ni para el Cielo:

en la tierra se crea enemigos, castigos, remordimientos…

Y pierde el Cielo para siempre.

Repito: sed buenos con el prójimo, quienquiera que sea.

Sed obedientes, dejando a Dios la tarea de castigar a quien manda injustamente.

Sed continentes sabiendo resistir a la sensualidad;

honrados, sabiendo resistir al oro; coherentes, calificando de anatema,

a aquello que se lo merece.

Y no cuando os parece.

Y luego estrecháis contactos con el objeto que antes habíais maldecido como idea.

No hagáis a los demás lo que no querríais para vosotros.

Y entonces…

Los vendedores frustrados, irrumpen en el patio,

gritando:  

–         ¡Vete, profeta molesto!

–         ¡Nos has fastidiado el mercado!… –

          ¡Nos has arrebatado los clientes!… 

Y los que habían hecho alboroto en el patio cuando Jesús había empezado a enseñar

no todos fenicios:

también hay hebreos, que están en esta ciudad por intereses personales…

Y se unen a los vendedores para insultar amenazando y sobre todo,

para obligar a Jesús a abandonar el lugar;

porque no les gusta lo que aconseja en orden al mal. 

Jesús cruza los brazos y los mira, triste, solemne.

La gente, dividida en dos partidos, se enzarza, defendiendo u ofendiendo al Nazareno.

Lanzando Improperios, alabanzas, maldiciones, bendiciones;

gritos de: 

–        «Tienen razón los fariseos.

–        Eres un vendido a Roma, amigo de publicanos y meretrices. 

–       « ¡Callad, lenguas blasfemas!

–         ¡Vosotros sois los vendidos a Roma, fenicios del infierno!.

–        , «¡Sois diablos!»

–        «¡Que os trague el infierno!»,

–       «¡Fuera! ¡Fuera!»,

–         ¡Fuera vosotros, ladrones que venís a mercadear aquí, usureros!» etcétera, etcétera.

Intervienen los soldados,

diciendo:

–         « ¡De amotinador nada!

–         ¡Es Él la víctima!».

Y con las lanzas echan fuera del patio a todos y cierran el portón.

Se quedan con Jesús los tres hermanos prosélitos y los seis apóstoles.

El Triano se acerca a los tres hermanos,

y pregunta: 

–         ¿Pero cómo se os ha ocurrido hacerle hablar?

Elías responde:

–         ¡Muchos hablan! 

–        Sí.

Y no pasa nada porque enseñan lo que gusta al hombre.

Pero este no enseña eso.

Y es indigesto…

El viejo soldado mira atentamente a Jesús…

Que ha bajado de su sitio y está callado, como abstraído.

Afuera, la gente sigue enzarzada en la discusión….

Tanto que, del recinto militar salen otros soldados y con ellos el propio centurión.

Instan para que les abran, mientras otros se quedan a rechazar tanto a quien grita:

–       « ¡Viva el Rey de Israel!», como a quien lo maldice.

El centurión, inquieto, da unos pasos adelante.

Arremete coléricamente contra el viejo Aquila:

–         ¡Así tutelas a Roma tú?

¡Dejando aclamar a un rey extranjero en la tierra dominada?

El viejo saluda con reciedumbre y responde:

–         Enseñaba respeto y obediencia.

Y hablaba de un reino que no es de esta tierra.

Por eso lo odian.

Porque es bueno y respetuoso.

No he hallado motivo para imponer silencio a quien no iba contra nuestra ley.

El centurión se calma,

y barbota:

–         Entonces es una nueva sedición de esta fétida gentuza…

Bien.

Dadle a este hombre la orden de marcharse inmediatamente.

No quiero problemas aquí.

Cumplid esto y, en cuanto esté libre el trayecto, escoltadlo hasta fuera de la ciudad.

Que vaya a donde quiera.

A los infiernos, si quiere.

Pero que se vaya de mi jurisdicción. ¿Entendido?

El centurión saluda y responde: 

–          Sí.

Lo haremos.

El centurión da media vuelta;

con grandes resplandores de coraza y ondeos de manto purpurino.

Y se marcha sin siquiera mirar a Jesús.

Los tres hermanos dicen a Jesús:

–          Lamentamos…

Jesús replica con mansedumbre: 

–          No tenéis la culpa vosotros.

No temáis.

No os ocasionará ningún mal,

Yo os lo digo…

Los tres cambian de color…

Felipe dice:

–          ¿Cómo es que sabes que tenemos este temor?

Jesús sonríe dulcemente, es como un rayo de sol en su rostro triste…

–          Conozco lo que hay en los corazones y en el futuro.

Los soldados se han puesto al sol, a esperar.

Y no pierden ojo, más o menos solapadamente, mientras hacen comentarios…

Escipión y los soldados,

comentan:

–            ¿Podrán querernos a nosotros, si odian incluso a ése, que no los subyuga?

–           Y que hace milagros, debes decir…

–          ¡Por Hércules!

–         ¿Quién de nosotros ha sido el que ha venido avisar,

de que estaba el sospechoso y había que vigilarlo?

–          ¡Ha sido Cayo! H

–         ¡El cumplidor!

–        Ya hemos perdido el rancho y perder el beso de una muchacha!…

–        ¡Ah, sí!

–        ¡Epicúreo!

–       ¿Dónde está la bella?

–       ¡Está claro que a ti no te lo digo, amigo!

–         Detrás del alfarero, en los Cimientos.

–        Lo sé, unas noches…

El triario, como paseando, va hacia Jesús.

Se mueve alrededor de Él, mirándolo insistentemente.

No sabe qué decir…

Jesús le sonríe para infundirle ánimo.

El hombre no sabe qué hacer…

Pero se acerca más.

Jesús, señalando las cicatrices,

dice:

–          ¿Son todas heridas?

Se ve que eres un hombre valeroso y fiel…

El viejo soldado se pone como la púrpura por el elogio.

–         Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador…

¿No querrías sufrir algo, por una patria más grande: el Cielo?;

¿Por un eterno emperador: Dios?

El soldado mueve la cabeza,

y dice:

–         Soy un pobre pagano.

De todas formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima.

Pero, ¿Quién me instruye? ¡Ya ves!…

Te echan.

¡Éstas heridas sí que hacen daño, no las mías!…

Al menos yo se las he devuelto a los enemigos.

Pero Tú, a quién te hiere, ¿Qué le das?

–          Perdón, soldado.

Perdón y amor.

–         Tengo razón yo.

La sospecha sobre Ti es estúpida.

Adiós, galileo.

–          Adiós, romano.

Jesús se queda solo, hasta que vuelven los tres hermanos y los discípulos, con comida.

Los hermanos ofrecen a los soldados; los discípulos, a Jesús.

Éstos comen, inapetentes, al sol;

mientras los soldados comen y beben alegremente.

Luego un soldado sale a dar una ojeada a la plaza silenciosa. 

Y grita: 

–          Podemos ponernos en marcha.

Se han ido todos. Sólo están las patrullas.

Jesús se pone en pie dócilmente.

Bendice y conforta a los tres hermanos.

Y les da una cita para la Pascua en el Getsemaní.

Luego sale, encuadrado entre los soldados.

Le siguen sus discípulos, apesadumbrados.

Y recorren las calles vacías, hasta la campiña.

El Triario lo saluda: 

–         Salve, galileo

Jesús responde:

–       Adiós, Aquila.

Te ruego que no hagáis ningún mal a Daniel, Elías y Felipe.

Sólo Yo soy el culpable.

Díselo al centurión.

–        No digo nada.

A estas horas ya ni se acuerda de esto.

Y los tres hermanos nos proveen bien;

especialmente de ese vino de Chipre que el centurión prefiere a la propia vida.

Quédate tranquilo.

Adiós.

Se separan.

Los soldados franquean, de regreso, las puertas.

Mientras Jesús y los suyos se encaminan por la campiña silenciosa, en dirección este.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

351 UN AUDITORIO MULTIRACIAL


351 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El patio de los tres hermanos está la mitad en sombra… 

La mitad luminosa de sol, está lleno de gente que va y viene para sus compras,

mientras que fuera del portón, en la placita, vocea el mercado de Alejandrocene

en medio de un confuso ir y venir de adquisidores y compradores; de asnos, de ovejas,

de corderos, de volatería;

porque se comprende que aquí tienen menos remilgos y llevan al mercado también a los

pollos, sin miedo a ningún tipo de contaminación.

Rebuznos, balidos, cacareos de gallinas y triunfales quiquiriquíes de gallitos;

se mezclan con las voces de los hombres,

formando un alegre coro que de vez en cuando, adquiere notas agudas y dramáticas

por algún altercado.

También dentro del patio de los hermanos hay bullicio.

Y no falta algún que otro altercado, por el precio o porque un marchante ha tomado

lo que otro, para sus adentros había elegido.

No falta el quejido lastimero de los mendigos que en la plaza, cerca del portón, recitan la

letanía de sus miserias con una cadencia cantora y triste como un aúllo de moribundo.

Soldados romanos con aire dominador, van y vienen por la hostería y la plaza; en servicio,

porque van armados y nunca solos, en medio de los fenicios;

que también van todos armados.

Jesús pasea arriba y abajo por el patio, con los seis apóstoles, esperando el momento

adecuado para hablar.

Luego sale a la plaza un momento.

Pasa cerca de los mendigos y les da una limosna.

La gente se distrae unos minutos a mirar al grupo galileo…

Y se pregunta quiénes serán esos extranjeros.

Hay quien informa de quiénes son los huéspedes de los tres hermanos;

porque les ha pedido a éstos información.

Un rumor sigue los pasos de Jesús… 

Que va tranquilo, acariciando a los niños que encuentra en su camino.

En el rumor no faltan risitas irónicas y epítetos poco halagüeños para los hebreos,

como tampoco falta el honesto deseo de oír a este «Profeta», a este «Rabí», a este «Santo»,

a este «Mesías» de Israel.

Así, se lo señalan unos a otros con tales nombres, según su grado de fe

y su rectitud de corazón. 

Dos madres: dicen: 

–        ¿Pero es verdad?

–        Me lo ha dicho Daniel, precisamente a mí.

Y él ha hablado en Jerusalén con gente que ha visto los milagros del Santo.

–        Sí, de acuerdo.

¿Pero será el mismo hombre?

–         Me ha dicho Daniel que no hay duda de que es Él, por lo que dice.

–         Entonces…

¿Qué piensas…

¿Me concederá la gracia aunque sea sólo prosélito?

–        Yo diría que sí…

Inténtalo.

Quizás no vuelve.

¡Inténtalo, inténtalo!

¡Mal no te hará, eso está claro!

–       Sí.

Dice la mujercita.

Y dejando plantado a un vendedor de loza con el que estaba contratando unos cuencos,

se marcha.

El vendedor que ha oído la conversación de las dos y ahora está defraudado;

enfadado por el buen trato que se ha esfumado,

se abalanza contra la mujer que queda y la cubre de improperios:

–        «Maldita neófita.

Sangre de hebrea. Mujer vendida» etc., etc.

Dos hombres, barbudos y de porte grave,

dicen:

–        Me gustaría oírlo hablar.

Dicen que es un gran Rabí.

–        Un Profeta querrás decir.

Mayor que el Bautista.

¡Me ha dicho Elías unas cosas!… 

¡Unas cosas!

Él las sabe porque tiene una hermana que está casada con uno que vive al servicio,

de un rico de Israel.

Y para saber de ella, va a preguntar a los compañeros de servicio.

Este rico es muy amigo del Rabí…

Un tercero, un fenicio que estando cerca, ha oído la conversación… 

asoma su cara enjuta, satírica, entre los dos….

Y con sardónica risotada, dice:

–        ¡Pues vaya santidad!

¡Aderezada con riquezas!

¡Por lo que yo sé, el santo debería vivir en pobreza!

–        Calla, Doro, mala lengua.

Tú pagano, no eres digno de juzgar estas cosas.

–       ¡Ah, vosotros sí sois dignos, especialmente tú, Samuel!

Mejor sería que me pagaras esa deuda.

–       ¡Ten, y no sigas dando vueltas alrededor de mí, vampiro de cara de fauno!…

Un anciano semiciego, que está acompañado de una muchachita,

y que pregunta:

–        ¿Dónde está, dónde está el Mesías?

Y la niña:

–      « ¡Dejad paso al viejo Marcos!

¡Por favor, decidle al viejo Marcos dónde está el Mesías!».

Las dos voces:  la senil, débil y trémula; la de la niña argentina y segura,

se expanden en vano por la plaza;

hasta que otro hombre dice:

–      ¿Buscáis al Rabí?

Ha vuelto hacia la casa de Daniel.

Ahí está, parado, hablando con los mendigos.

Dos soldados romanos: dicen: 

–       Debe ser ese al que persiguen los judíos.

¡Menudos bichos, ésos!

A simple vista se ve que es mejor que ellos.

 ¡Eso es lo que los fastidia!

–       Vamos a decírselo al alférez.

Ésa es la orden.

–      ¡Disparatada, Cayo!

Roma se cuida de los corderos y soporta, diría incluso que acaricia, a los tigres.

–       ¡No creo, Escipión!

¡A Poncio matar le es fácil!

–       Sí…

Pero no cierra su casa a las hienas rastreras que lo adulan.

–      ¡Política, Escipión! ¡Política!.

–      Vileza, Cayo, y necedad.

De éste debería hacerse amigo.

Ganaría una ayuda para mantener obediente a esta gentuza asiática.

No sirve bien a Roma

Poncio desatendiendo a este hombre bueno y adulando a los malos.

–        No critiques al Procónsul.

Somos soldados.

El superior es sagrado como un dios.

Hemos jurado obediencia al divino César y el Procónsul lo representa.

–      Eso está bien en lo que respecta al deber hacia la Patria, sagrada e inmortal,

pero no para el juicio interno.

–       Pero la obediencia viene del juicio.

Si tu juicio se rebela contra una orden y la critica, ya no obedecerás totalmente.

Roma se apoya en nuestra obediencia ciega para tutelar sus conquistas.

–        Pareces un tribuno.

Y es correcto lo que dices.

Pero te hago una observación:

Roma es reina, pero nosotros no somos esclavos, sino súbditos.

Roma no tiene, no debe tener, ciudadanos esclavos.

Y esclavitud es imponer silencio a la razón de los ciudadanos.

Yo digo que mi razón juzga que Poncio hace mal, no ocupándose de este israelita…

Llámalo Mesías, Santo, Profeta, Rabí, lo que quieras.

Y siento que puedo decirlo; 

porque diciéndolo, no viene a menos mi fidelidad a Roma, ni mi amor;

es más, si deseo esto;

es porque siento que Él, enseñando respeto a las leyes y a los Cónsules, como hace,

ayuda al bienestar de Roma.

–     Eres culto, Escipión…

Llegarás lejos.

¡Ya vas adelante! Yo soy un pobre soldado.

Pero, ¿Ves, mientras, allí?

El soldado señala al grupo que se ha congregado…

Y agrega:

–      La gente se ha amontonado en torno al Hombre.

Vamos a decírselo a los jefes militares…

Efectivamente, cerca del portón de los tres hermanos,

hay un montón de gente alrededor de Jesús,

al cual se le ve bien por su alta estatura.

Luego de repente, se eleva un grito.

Y la gente se agita.

Otros, que estaban en el mercado, acuden corriendo.

Y algunos del remolino de gente corren hacia la plaza e incluso más allá de la plaza.

Preguntas… respuestas…

–       ¿Qué ha pasado?

–        ¿Qué sucede?

–       ¡El Hombre de Israel ha curado a Marcos, el anciano!

El velo de sus ojos se ha disipado.

Jesús, entretanto, ha entrado en el patio, seguido de una procesión de gente.

Renqueando al final, viene uno de los mendigos… 

Un renco que se arrastra más con las manos que con las piernas.

Pero, si las piernas están torcidas y carecen de fuerza;

por lo cual sin los bastones, no andaría… 

La voz por el contrario, es muy vigorosa.

Parece una sirena que desgarra el aire luminoso de la mañana:

Grita desgañitándose y sin tregua.

–       ¡Santo! ¡Santo!

¡Mesías! ¡Rabí!

¡Piedad de mí! 

Se vuelven dos o tres personas:

–       ¡No malgastes energías!

–       Marcos es hebreo, tú no.

–       ¡Para los israelitas verdaderos hace milagros, no para los hijos de perro!

–        Mi madre era hebrea…

–        Y Dios la ha castigado dándole a ti, un monstruo, por su pecado.

–        ¡Fuera, hijo de loba!

–        Vuelve a tu sitio, lodo en el lodo…

El hombre se pega a la pared, acobardado;

atemorizado ante los amenazadores puños levantados…

Jesús se detiene, se vuelve, mira.

Ordena:

–        ¡Hombre, ven aquí!

El hombre lo mira, mira a los que lo amenazan…

Y no se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la pequeña muchedumbre y se acerca a él.

Lo toma de la mano y le pone la otra mano en el hombro,

y dice:

–          No tengas miedo.

Ven aquí delante conmigo.

Y mirando a los despiadados,

dice severo: –

        «Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos».

Comprenden la alusión.

Y ahora son ellos los que se quedan parados, arrinconados y acobardados,  donde están.

Jesús se vuelve de nuevo.

Los ve allí, confusos, casi decididos a marcharse.

Y les dice:

–        No, venid también vosotros.

Os vendrá bien también a vosotros, para enderezar y fortalecer vuestra alma,

de la misma forma que enderezo y fortalezco a éste; porque ha sabido tener fe.

Hombre, Yo te lo digo:  ¡Queda curado de la enfermedad!

Y quita la mano del hombro del renco;

tras haber experimentado éste como una sacudida.

El hombre se yergue seguro, sobre sus propias piernas;

arroja las muletas ya consumidas por el uso,

y grita:

–        ¡El me ha curado!

¡Bendito sea el Dios de mi madre!

Y se arrodilla para besar los bordes de la túnica de Jesús.

El tumulto de quien quiere ver o ya ha visto y ahora comenta, alcanza su culmen.

En el profundo atrio, que de la plaza conduce al patio, las voces resuenan con sonoridad

de pozo y producen eco contra las murallas del Castro.

Los soldados temen que se haya producido una reyerta, algo que es fácil en estos lugares,

con tantos contrastes de razas y fes.

Y pronto acude un pelotón y se abre paso rudamente preguntando qué sucede.

Algunos responden:

–        ¡Un milagro, un milagro! Jonás, el renco, ha sido curado.

–         Ahí está, al lado del Hombre galileo!

Los soldados se miran unos a otros.

No hablan hasta que no ha pasado toda la muchedumbre.

Detrás se ha agregado más gente, de la que había en los locales de la hostería. 

Y en la plaza, donde ahora se ve solamente a los vendedores, enojadísimos por el imprevisto

reclamo, que hace fracasar el mercado de ese día.

Luego, al ver pasar a uno de los tres hermanos,

preguntan:

–        Felipe, ¿Sabes lo que piensa hacer ahora el Rabí?

Felipe todo alborozado, responde: 

–        Va a hablar, a adoctrinar.

¡Y además en mi patio! 

Los soldados se consultan. ¿Quedarse? ¿Marcharse?

–        El alférez nos ha dicho que vigilemos…

Y se contestan:

–        ¿A quién?

–        ¿Al Hombre?

Escipión, el soldado defensor de Jesús,

agrega:

–        Por Él podríamos ir a jugarnos a los dados un ánfora de vino de Chipre.

A mí me parece que es Él el que necesita ser protegido, no el derecho de Roma!.

¿No lo veis?

Ninguno de nuestros dioses tiene un aspecto tan manso y al mismo tiempo tan viril.

Esta gentuza no es digna de Él.

Y los indignos son siempre malos.

Medio sarcástico, medio admirado, otro soldado, 

exclama:

–        ¡Vamos a quedarnos a protegerlo!

Si hace falta le guardamos las espaldas…

Y se las acariciamos a estos bribones.

–        Bien dices, Pudente.

Es más, para que Prócoro el alférez, que siempre está soñando complots contra Roma y…

ascensos para él, por gracia y mérito de su solícita vigilancia por la salud del divino César

y de la diosa Roma, madre y señora del mundo, se convenza de que aquí no va a conquistar

brazalete o corona, ve a llamarlo, Acio.

Un soldado joven se marcha corriendo y corriendo vuelve,

diciendo:

–        Prócoro no viene, manda al triario Aquila…

–        ¡Bien! ¡Bien!

Mejor él que el propio Cecilio Máximo. Aquila ha servido en África, en Galia,

y estuvo en las crueles selvas que nos arrebataron a Varo y a sus legiones.

Conoce a griegos y bretones y tiene buen olfato para distinguir…

Y viendo llegar al glorioso oficial.

lo saluda diciendo:

–         ¡Salve! ¡Aquí tenemos al glorioso Aquila!

¡Ven, enséñanos, a nosotros míseros, a comprender el valor de los seres!  

Todos los demás soldados gritan:

–        ¡Viva Aquila, maestro de soldados!

Dándole afectuosos zarandeos al viejo soldado, marcado de cicatrices en el rostro…

Y, como el rostro, así tiene sus brazos y pantorrillas desnudos.

É1 sonríe bonachón,

y exclama:

–         ¡Viva Roma, maestra del mundo!

¡No yo, que soy un pobre soldado!

¿Qué sucede, pues?

–          Vigilar a ese hombre alto y rubio como el más claro cobre.

–         Bien. Pero, ¿Quién es?

–          El Mesías, según dicen.

Se llama Jesús y es de Nazaret.

Es aquel, ¿Ya sabes, no?,

Por el que se comunicó aquella orden…

–         ¡Mmm! Bien…

Pero me parece que perseguimos nubes.

–          Dicen que quiere hacerse rey y suplantar a Roma.

El Sanedrín, los fariseos, saduceos y herodianos, lo han denunciado ante Poncio.

Ya sabes que los hebreos tienen esta obsesión en la cabeza…

Y, de vez en cuando, aparece un rey…

–        Sí, sí…

¡Pero si es por este hombre!…

De todas formas, vamos a oír lo que dice.

Creo que se dispone a hablar.

–         He sabido por el soldado, que está con el centurión;

que Publio Quintiliano le ha hablado de Él como de un filósofo divino…

Otro soldado, joven, dice

–        Las mujeres imperiales se muestran entusiastas… 

Otro soldado joven suelta la carcajada y riéndose

agrega abiertamente:

–         ¡Claro!

También yo me sentiría entusiasta de El si fuera una mujer…

¡Y querría tenerlo en mi cama…!  

Otro más, bromeando, agrega:

–        ¡Cállate, impúdico!

¡La lujuria te come! 

–         ¿Y tú no, Fabio?

Ana, Sira, Alba, María…

El triano, ordena.

–        Silencio, Sabino.

Está hablando y quiero escuchar.

Y todos guardan silencio….

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

349 UN REINO PARA TODOS


349 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El camino que de Fenicia viene hacia Tolemaida es hermoso.

Corta, muy derecha, la llanura que hay entre el mar y los montes.

Y es muy transitado (por cómo está mantenido).

A menudo cortado por caminos menores, que de los pueblos del interior van hacia

los de la costa, ofrece numerosos cruces, sobre los cuales generalmente hay una casa,

un pozo y un rudimentario taller de herrador,

para los cuadrúpedos que puedan necesitar herraduras.

Jesús, con los seis que se han quedado con El, recorre un buen trecho de camino,

viendo siempre las mismas cosas.

Al final se detiene junto a una de estas casas con pozo y taller de herrador,

en una bifurcación, junto a un torrente por encima del cual pasa un puente,

que siendo fuerte pero de una anchura que apenas si da para el paso de un carro,

hace que tengan que detenerse los que van o los que vienen,

porque las dos corrientes opuestas no podrían pasar al mismo tiempo.

Y ello da ocasión a los transeúntes de razas diversas fenicios e israelitas que se odian

recíprocamente, de aunarse en una única intención: imprecar contra Roma…

Pero sin Roma no tendrían ni siquiera ese puente y con el torrente colmado,

no habrían podido pasar.

¡Pero bueno… al opresor siempre se le odia, aunque haga cosas útiles!

Jesús se para junto al puente, en el ángulo lleno de sol en que está la casa.

El maloliente taller de herrador está en el lado de la casa paralelo al torrente;

en él se están forjando herraduras para un caballo y dos asnos, que las han perdido.

El caballo está enganchado a un carro romano.

En el carro hay unos soldados que, poniendo caras burlonas a los hebreos que imprecan,

se lo pasan bien.

Y a un viejo narigudo, más avieso que todos los otros, una verdadera boca viperina,

que con mucho gusto mordería a los romanos, con tal de envenenarlos,

le tiran encima un puñado de estiércol equino…

¡Se puede uno imaginar lo que sucede!

El viejo hebreo sale corriendo y gritando como si le hubieran infectado de lepra…

Y a él se agregan en coro otros hebreos.

Los fenicios gritan irónicos:

–        ¿Os gusta el nuevo maná?

Comed, comed, para tener energías para gritar contra estos, que son demasiado buenos

con vosotros, víboras hipócritas.

Los soldados sueltan burlonas risotadas…

Jesús calla.

El carro romano por fin, se pone en marcha, saludando al herrador,

con el grito:

–          ¡Salve, Tito, y próspera permanencia!

El hombre, un vigoroso anciano de cuello fuerte como un toro, de rostro rasurado,

con unos ojos negrísimos a los lados de una nariz fuerte y una frente amplia

un poco pelada en las sienes por falta de cabellos,

los cuales donde están, son cortos y muy crespos,

levanta el pesado martillo con un gesto de despedida.

Y de nuevo se vuelve hacia el yunque, donde un joven ha puesto un hierro candente,

mientras otro muchacho está quemando el casco de un burrito, reglándolo para el herrado

ya próximo.

Mateo observa:

–         Casi todos estos herradores que están por los caminos son romanos;

soldados que se han quedado aquí una vez terminado su servicio.

Y ganan bien…

Nunca tienen impedimentos para atender a las caballerías…

Y un asno se puede desherrar también antes de la puesta del sol del sábado… 

O en tiempos de Encenias…

Juan dice:

–          El que herró a Antonio estaba casado con una hebrea.

Santiago de Zebedeo, 

sentencia:

–          Hay más mujeres necias que sensatas

Andrés pregunta:

–          ¿Y los hijos, de quién son?

¿De Dios o del paganismo? 

Mateo responde:

–          Son del cónyuge más fuerte, generalmente.

Y, basta con que la mujer no sea apóstata, para que sean hebreos;

porque el hombre, estos hombres, dejan libertad.

No son muy… fanáticos ni siquiera de su Olimpo.

Tadeo concluye:

–         Me parece que ya no creen en ninguna otra cosa,

si no es en la necesidad de ganar dinero.

Están llenos de hijos.

Pero son uniones abyectas.

Sin una Fe, sin una verdadera patria…

Mal vistos por todos… 

Mateo, que parece muy práctico.,

comenta: 

–           No.

Te equivocas.

Roma no los desprecia.

Es más, siempre los ayuda.

Sirven más así, que cuando llevaban las armas.

Desvirtuando la sangre, se introducen en nosotros más que con la violencia.

La que sufre, si es que sufre; es la primera  generación.

Luego se dispersan…

El mundo olvida… 

Jesús, que hasta ahora ha estado silencioso.  

dice:

–          Sí, son los hijos los que sufren.

¡Pero, hay que ver también las mujeres hebreas, unidas en matrimonio así!…

Por ellas mismas y por sus hijos…

Me dan pena.

Nadie les habla ya de Dios.

Mas no será así en el futuro.

Entonces no permanecerán estas separaciones de personas y de naciones;

porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía.

Juan exclama:

–          ¡Pero entonces ya habrán muerto!… 

–          No.

Habrán sido congregadas en mi Nombre.

No serán ya romanos o libios, griegos o pónticos, iberos o galos, egipcios o hebreos,

sino almas de Cristo.

Y ¡Ay de aquellos que quieran distinguir a las almas.

Todas igualmente amadas por Mí y por las cuales habré sufrido de igual modo…

¡Según sus patrias terrenas!

Quien así lo hiciere demostraría que no ha comprendido la Caridad,

que es Universal.

Los apóstoles sienten la velada corrección y agachan la cabeza.

Y guardan silencio…

E1 fragor del hierro batido en el yunque ha callado;

ya amainan los golpes en el último casco asnal.

Jesús aprovecha para alzar la voz y ser oído por la gente.

Parece como si continuara hablando a sus apóstoles, en realidad habla a los transeúntes,

y quizás también a los habitantes de la casa, mujeres ciertamente, porque reclamos de

voces femeninas  recorren el aire tibio.

–          Aunque parezca que no exista, siempre hay en los hombres un parentesco:

el de proceder de un único Creador.

Porque, aunque luego estos hijos de un único Padre se hayan separado,

no por ello ha cambiado el vínculo de origen, de la misma forma que no cambia la sangre

de un hijo cuando repudia la casa paterna.

Después de que el delito lo hiciera fugitivo por el vasto mundo, siguió circulando la sangre

de Adán por las venas de Caín.

Y por las venas de los hijos nacidos después del dolor de Eva,

que lloraba a su hijo asesinado, circulaba la misma sangre que hervía en las del lejano Caín.

Lo mismo, y con razón más pura, se diga de la igualdad entre los hijos del Creador.

¿Descarriados? Sí. ¿Exiliados? Sí. ¿Apóstatas? Sí. ¿Culpables? Sí.

¿Que hablan lenguas y creen fes que para nosotros son detestables? Sí.

¿Contaminados por uniones con paganos? Sí.

Pero su alma procede de Uno solo, y es siempre esa alma, aunque esté lacerada, descarriada,

exiliada, contaminada…

Aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo un alma creada por Él.

Los hijos buenos de un Padre bonísimo deben tener sentimientos buenos.

Buenos hacia su Padre, buenos hacia sus hermanos, al margen de lo que éstos hayan venido

a ser, porque son hijos del Mismo.

Buenos hacia su Padre, tratando de consolar su dolor conduciendo de nuevo a Él a los hijos,

que son su dolor o porque son pecadores o porque son apóstatas o porque son paganos.

Buenos hacia ellos, porque tienen esa alma que procede del Padre encerrada en un cuerpo

culpable, o manchada, u obnubilada por una religión errada;

pero sigue siendo alma del Señor e igual que la nuestra.

Recordad, vosotros los de Israel, que no hay ninguno – aunque fuera el idólatra más lejano

de Dios con su idolátrica religión,

el más pagano de los paganos o el más ateo de los hombres no hay ninguno que esté

absolutamente privado de una huella de su origen.

Recordad, vosotros los que habéis errado separándoos de la justa religión, descendiendo a

connubios de sexos que nuestra religión condena,

recordad que aunque os parezca que todo lo que era Israel haya muerto en vosotros

sofocado por el amor a un hombre de distinta fe y raza, muerto no está.

Hay uno que vive todavía, y es Israel.

Y tenéis la obligación de soplar en este fuego que muere, debéis alimentar la chispa que

subsiste por voluntad de Dios, para hacerla crecer por encima del amor carnal.

Éste cesa con la muerte.

Pero vuestra alma no cesa con la muerte. Recordadlo.

Y vosotros, vosotros, quienesquiera que seáis, que veis y muchas veces os causa horror

el ver esos híbridos connubios de una hija de Israel con un hombre de distinta raza y fe,

recordad que tenéis la obligación, el deber, de ayudar caritativamente a esa hermana

extraviada a volver a los caminos del Padre.

Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor:

que los seguidores del Redentor rediman dondequiera haya necesidad de redención,

para que Dios sonría por las almas que vuelven a la Casa paterna.

y para que no quede convertido en estéril o demasiado escaso el sacrificio del Redentor.

Para hacer fermentar mucha harina, la mujer de casa toma un trocito de la masa hecha

la semana anterior.

¡Una cantidad mínima separada de la voluminosa masa!

La sepulta en el montón de harina y mantiene todo ello al amparo de hostiles vientos,

en el calorcillo próvido de la casa.

Haced vosotros lo mismo, verdaderos discípulos del Bien;

haced vosotros lo mismo, criaturas que os habéis alejado del Padre y de su Reino.

Dad vosotros, los primeros, una pequeña porción de vuestra levadura para ser añadida a las

segundas y reforzarlas; ellas la unirán a la molécula de justicia que en ellas subsiste.

Y, tanto vosotros como ellas, mantened al amparo de los vientos hostiles del Mal,

en el calor de la Caridad señora vuestra, tenaz superviviente en vosotros, aunque esté ya

languideciendo: según lo que seáis, la levadura nueva.

Y cerrad bien las paredes de la casa, de la correligión, en torno a lo que fermenta en el

corazón de una correligionaria extraviada; que se sienta amada todavía por Israel,

todavía hija de Sión y hermana vuestra, para que fermenten todos los buenos deseos

y venga a las almas y para las almas, para todas, el Reino de los Cielos.

La gente, que ya no siente la prisa de pasar, a pesar de que el puente haya quedado libre;

ni de proseguir, si ya lo ha atravesado,  

se pregunta:

–           ¿Pero quién es?

¿Pero quién es? 

–          Un rabí.

–         Un rabí de Israel.

–         ¿Aquí?

¿En los confines de Fenicia? ¡Es la primera vez que sucede!

–        Pues es así.

Aser me ha dicho que es el que llaman el Santo.

–          Entonces quizás se refugia entre nosotros porque allá lo persiguen.

–          ¡Menudos reptiles son!

–         ¡Está bien que venga a nuestra tierra!

Hará prodigios…

Entretanto, Jesús ha puesto tierra de por medio, por un sendero que atraviesa los campos.

Y se marcha…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

348 PEREGRINO RECHAZADO


348 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras salen de la casa donde han dormido. 

Pedro dice:

–         Señor, esta noche he estado pensando…

¿Por qué quieres venir tan lejos, para luego volver a los confines fenicios?

Deja que vaya yo con otro.

Venderé a Antonio…

Lo siento… Pero ahora ya no hace falta y llamaría la atención.

Me toparé con Felipe y Bartolomé.

Sólo pueden recorrer ese camino, así que los encontraré, sin duda.

Y puedes estar seguro de que no hablaré.

No quiero causarte dolores…

Tú descansas aquí, con los demás, nos ahorramos todos ese camino de Yiftael…

Y tardamos menos»

Y parecen menos demacrados, porque tienen túnicas frescas.

Las barbas y los cabellos han sido arreglados por mano experta.  

Jesús  responde:

–        Tu idea es buena.

No te impido hacerlo.

Bien, ve con quien quieras de tus compañeros.

–         Entonces con Simón. Señor, bendícenos.

Jesús los abraza,

diciendo:

–        Con un beso. Id.

Los miran mientras se marchan, descendiendo raudos hacia la llanura.

Tadeo dice:

–         ¡Qué bueno es Simón de Jonás!

Estos días lo he apreciado como nunca lo había hecho.  

Mateo añade:

–         También yo.

Nunca egoísta, nunca soberbio, nunca exigente.

Santiago de Alfeo agrega:

–        No se ha aprovechado nunca del hecho de ser el jefe.

¡Al contrario! Parecía el último de nosotros.

Y no obstante, conservaba siempre su lugar.

Santiago de Zebedeo:

–         A nosotros esto no nos asombra.

Lo conocemos desde hace años.

Fogoso, pero todo corazón. ¡Y además tan honesto…! –

Andrés:

–        Mi hermano, a pesar de ser rudo, es bueno.

Y desde que está con Jesús, se ha hecho doblemente bueno.

Yo tengo un carácter completamente distinto, y…

Algunas veces se ponía nervioso;

pero era porque comprendía que yo sufría por ese carácter;

se inquietaba por mi bien.

Uno, una vez que lo comprende, se lleva bien con él.   

Juan afirma:

–        Estos días nos hemos entendido siempre y hemos sido un corazón solo.

Santiago de Zebedeo:

–        ¡Sí, sí! Yo también lo he percibido.

Durante toda una luna.

Y en momentos incluso de verdadera tensión, no hemos tenido nunca malos humores…

Mientras que otras veces…

No sé por qué… 

Tadeo responde:

–        ¿Por qué?

¡Pues es fácil de entender!

Porque tenemos intención recta.

No somos perfectos, pero sí rectos.

Por eso aceptamos el bien que uno propone; o descartamos el mal,

cuando uno de nosotros nos lo indica como tal.

Y antes no lo  habíamos intuido nosotros solos.

¿Por qué?

¡Es fácil responder!

Porque nosotros ocho tenemos solo un pensamiento:

Hacer las cosas de forma que Jesús se sienta contento.

¡Eso es todo!   

Andrés dice conciliador:

–        No creo que los otros tengan un pensamiento distinto.

Judas Tadeo, que se ha contenido, al principio de su intervención, por una mirada de Jesús.

Dice con vehemencia:

–        No.

No Felipe, ni Bartolomé, aunque sea muy anciano y muy Israel…

Y tampoco Tomas, a pesar de que sea más hombre que espíritu.

Sería injusto con ellos si los acusara de…

Jesús, tienes razón. Perdona.

Pero, si supieras lo que me produce el verte sufrir. ¡Y por él!

Yo soy discípulo tuyo, como todos los otros.

Pero, además, soy hermano y amigo tuyo.

Y llevo en mis venas la fogosa sangre de Alfeo.

Jesús, no me mires tan severo y tan triste.

Tú eres el Cordero y yo… el león.

Créeme que a duras penas logro sujetarme para no romper de un zarpazo la red de

calumnias que te circunda.

Y para no abatir el cobijo en que se oculta el verdadero enemigo.

Quisiera ver la realidad de su rostro espiritual, al cual doy un nombre…

Aunque quizás calumnio al hacerlo; y lo marcaría con una señal,

si lograse conocer su realidad sin riesgo de error…

Que le quitaría para siempre las ganas de dañarte

Santiago de Zebedeo le responde:

–        ¡Deberías marcar a la mitad de Israel!…

Pero Jesús seguirá adelante igual.

Ya has visto estos días que nada puede contra Jesús.

¿Qué hacemos ahora Maestro?

¿Has hablado aquí?

–        No.

Hacía menos de un día que había llegado a estas laderas.

Dormí en el bosque.

–         ¿Porque no te recibieron?

-Su corazón rechazó al Peregrino…

No tenía dinero…

–         ¡Entonces son corazones de piedra!

¿De qué tenían miedo?

–        De que fuera un bandido…

Pero no importa.

El Padre que está en los Cielos hizo que encontrara una cabra, perdida o que había huido.

Venid, os la muestro.

Vive en la espesura con su cabritillo.

No huyó al verme llegar.

Es más, me dejó exprimir su leche en mi boca…

Como si Yo también fuera una criatura suya.

Y dormí al lado de ella, con el cabritillo casi en mi corazón.

¡Dios es bueno con su Verbo!

Van hacia el lugar del día anterior, a un bosque espeso y espinoso.

En su centro hay un roble secular, con una base tan hendida en un terreno casi imposible…

Es como si el terreno se hubiera abierto y hubiera desgajado su tronco poderoso,

fajado todo de verdes hiedras y de espinos por ahora carentes de hojas.

Allí cerca está pastando la cabra con su cabritillo.

Al ver a tantos hombres, apunta hacia ellos los cuernos en señal de defensa.

Pero luego reconoce a Jesus y se calma.

Le echan unas cortezas de pan y se retiran.  

Jesús explica:

–         Ahí dormí.

Y hubiera seguido allí, si no hubierais venido.

Ya tenía hambre.

El objetivo del ayuno estaba terminado…

No era necesario insistir, por otras cosas que ya no se pueden cambiar…

Jesús está de nuevo triste…

Los seis se intercambian breves miradas, pero no dicen nada.

Tadeo pregunta.

–         ¿Y ahora?

¿A dónde vamos?

–        Nos quedamos aquí, por hoy.

Mañana bajaremos a predicar en el camino de Tolemaida.

Luego iremos hacia los confines fenicios, para regresar aquí antes del sábado.

Y lentamente, regresan al pueblo.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

347 EL REENCUENTRO


347 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús – un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado- está en la cima,;

exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo, que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste,

sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste 

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes,

que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar:

al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,

con un cabo cortante como un espolón de nave,

por las venas rocosas que albean bajo el sol.

Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes

y regatos  bien colmados de aguas en esta estación del año,

que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón,

desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago

en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura.

El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros,

mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas que de las abiertas gemas,

brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades,

de mordeduras de insectos y de contactos de hombre.

Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada;

tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal

y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos,

el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda

tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira.

Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar

ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo.

Y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.

¡Qué Jesús tan desmejorado’

Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto:

entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso;;

ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir;

que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales.

Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta,

de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad.

Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos

hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro

son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil

sin sombra de róseo.

Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y

conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas

secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera.

Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste

en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira..

El sol del mediodía lo calienta.

Y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles

para ir bien al sol;

pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos

polvorientos ni en sus ojos cansados;

ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color;

es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo

por el camino que viene del noroeste, el más llano.

Entonces se produce la metamorfosis:

La mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado,

por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas.

Y más por la sonrisa que lo ilumina.

Abre los brazos – los tenía cruzados –

y exclama

«¡Mis amados!».

Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas,

como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,

que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas.

Y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto.

Cuando la distancia puede ser salvada por la voz,

los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.

Oyen la llamada lejana.

Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo ropaje oscuro se confunde

con la espesura del bosque que cubre la ladera.

Miran a su alrededor, gesticulan…

Jesús los llama de nuevo…

Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol,

con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya.

Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

–      ¡El Maestro! – y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba,

por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos

ni la fatiga del paso…

Llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles;

es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas.

Y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices.

Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices…

Luego llega Santiago de Zebedeo.

Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas:

Mateo, el Zelote y el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso – ¡vaya que si se abre paso! – para llegar al Maestro.

Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas.

Y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas.

Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús

como ostras a un escollo.

Y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también

él a los pies de Jesús,

y dice:

–         ¡Oh, Maestro mío!

¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más.

He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad.

Mira como es verdad, Maestro…

Y levanta la cara para que a Jesús lo mire.

Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús…

Y se pone en pie gritando:

« ¿Maestro?

¿Pero qué has hecho?

¡Necios! ¡Pero mirad!

¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡

Maestro, Maestro mío, ¿Qué has tenido?

¡Díselo a tu Simón!».

–         Nada, amigo.

–        ¿Nada? ¿Con esa cara?

¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

–         ¡No, hombre, Simón!

–          ¡Imposible!

¡O enfermo o has sufrido persecución!

¡Que tengo ojos, eh!…

–         Yo también los tengo.

Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo.

Entonces tú ¿Por qué estás así?

Pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente

como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.

–        ¡Pero yo he sufrido!

No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

–         ¡Tú lo has dicho!

Yo también he sufrido por el mismo motivo..

Enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo,

pregunta: 

–        ¿Sólo por eso, realmente, Jesús?

Jesús confirma:   

–        Por el dolor, sí, hermano mío.

El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…

–        Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

–         ¡Por favor!…

¡Silencio!

Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome:

“Sé por qué has sufrido”.

Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta.

Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

Jesús se muestra severo al decir esto

Todos se intimidan.

Pedro es el primero en reaccionar,

y pregunta:

–         ¿Y dónde has estado, Maestro?

¿Qué has hecho?

–         He estado en una gruta… orando… meditando…

Fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión,

para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–         ¿Pero dónde, dónde?

¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

–         En una gruta no necesitaba nada.

–         Pero, ¿Y la comida?,

¿Y el fuego?, ¿Y la cama?, ¿Y..?

¡Bueno, todo! Yo te imaginaba – era mi esperanza -, al menos, huésped,

como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte…

En definitiva, en una casa.

Eso me tranquilizaba un poco.

¡Pero, de todas formas…!

Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida,

sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela.

¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca!

De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora.

Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no.

Sólo si muero seré separado de Ti.

–         O si muero Yo.

–         ¡Tú no!

Tú no debes morir antes que yo. No digas eso.

¿Quieres entristecerme del todo?

–         No.

Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo

a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis?

Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa

y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras,

preguntando:

–        ¿De verdad, Señor?

–        ¿Es realmente así?

–        ¿Tanto nos quieres?

–         Sí. Os quiero mucho. ¿

Habéis traído comida?

–          Sí.

Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino.

Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas.

Y ,una borracha con vino generoso y huevos para Ti, si es que no se han roto…

–         Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol.

Y vamos a comer.

Mientras comemos me habláis…

Se sientan al sol en un risco.

Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

Y exclama: 

–         ¡Todo salvo! 

Incluso la miel de Antigonio.

¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo!

Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco,

o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero…

Y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos…

¡Pero a la ida!

Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos,

para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

Zelote confirma: 

–          Si, claro, ahora ya no tenía objeto… 

Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.,

pregunta: 

–         Maestro, ¿Has hecho penitencia por nosotros? 

–         Sí, Juan.

Os he seguido con el pensamiento.

He sentido vuestros peligros y aflicciones.

Os he ayudado como he podido…

–        ¡Yo lo he sentido

Y os lo dije, ¿Os acordáis?    

Todos confirman: 

–         Sí, es verdad.

–          Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.

Andrés pregunta:

–        ¿Has ayunado, Señor?

Pedro le responde: 

–         ¿Qué remedio! 

Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta,

¿Cómo querías que comiera?

Santiago de Alfeo,

dice: .

–         ¡Por causa nuestra!

¡Cuánto me apena esto!

–         ¡Oh, no!

¡No os aflijáis!

No solamente por vosotros.

También por todo el mundo.

He hecho lo que cuando empecé la misión.

En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros.

Y, creedme, para mí es doble alegría.

Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad,

pero en los hombres es menos fácil de encontrar.

Vosotros lo estáis ejerciendo.

Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles;

habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios.

Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad.

Y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección.

Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento.

También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno.

Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora!

Todos hemos sufrido.

Yo y vosotros.

Pero no ha sido un sufrimiento inútil.

Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción.

El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante,

la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer.

Y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

Pedro suspira diciendo: 

–         ¡Oh, sí!

Me he hecho viejo.

No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir.

He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… –

–         Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos.

Referid…

Pedro dice a Simón Zelote:

–        Habla tú, Simón.

Sabes hacerlo mejor que yo 

Simón objeta:   

–         No.

Tú, como jefe competente que eres, habla por todos.

Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:

–         Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía.

Luego comienza la narración del regreso:

–        Sufríamos todos, ¿Eh?

Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…

–        Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡

En fin! Bueno, hablad vosotros…

yo no puedo… 

Y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:

–        Ninguno habló durante mucho camino…

No podíamos hablar…

La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía…

Y no queríamos llorar…

Porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.

Llevaba las riendas yo;

porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro

a hurgar en los talegos.

Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba,

no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí.

Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas.

No comimos, ninguno, porque… no podíamos.

Pensábamos en ellos dos…

Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia.

Restituimos el carro y el caballo al hospedero y – era un hombre muy bueno –

le pedimos consejo respecto a la nave.

Dijo: “Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente”.

Y así hizo.

Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos.

Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave.

La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro,

a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos.

La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta.

Una barca pobre, con pocos tripulantes y creo que con mucha miseria.

Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro,

previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien.

Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo.

Es época de tempestades…

Y ya sabes lo que encontramos a la ida.

Pero Simón Pedro dijo: “No sucederá nada”.

Y subimos a la barca.

Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave.

Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida.

Y en Tiro el patrón fue tan bueno,

que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras.

Pero era muy simple… No como a la ida…

En Tolemaida nos separamos.

Estábamos tan contentos,

que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas,

les dimos más dinero del convenido.

En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí…

Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido.

Simón de Jonás tiene razón. 

Varios estuvieron de acuerdo al afirmar:

–        ¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? 

Jesús concede: 

–         Tenéis razón.

Ahora escuchad.

Vuestra misión ha terminado.

Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Nathanael.

Y hay que hacerlo pronto.

Luego vendrán los demás.

Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia.

Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.

–        ¿Ni siquiera a Felipe y Nathanael?

Saben que hemos venido contigo.

–         Hablaré Yo.

He sufrido mucho, amigos.

Y vosotros lo habéis visto.

He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.

Haced que mi sufrimiento no sea inútil.

No carguéis mis hombros con un peso más.

¡Tengo ya muchos!…

Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a NathanaeI que he sufrido mucho.

Decídselo a Felipe.

Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos.

Pero no digáis más.

Decir que habéis entendido que he sufrido.

Y que os lo he confirmado, es una verdad.

No hace falta más.

Jesús habla cansado…

Los ocho lo miran apenados…

Y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza.

Jesús la levanta y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

Pedro dice: 

–        ¡No, no puedo verte así!

Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado…

Y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib.

Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos.

¡Así no, así no! No puedo verte así…

Me pareces…

Uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, 

O una persona al límite de sus fuerzas…

Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

–         Sí, Pedro.

Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca…

Es más, será herido cada vez más.

Vamos…

Juan suspira:

–        Lo siento…

Hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción

y del ungüento…

–         Un día lo contarás…

No ahora.

Todo manifestaréis un día.

Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: “Id a decir todo lo que sabéis”.

Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta:

El poder de la Fe.

Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras,

no por el ungüento,

sino por la Fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su Fe estaba la vuestra,

la de todos vosotros, y vuestra caridad.

Caridad hacia el herido.

Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la Fe.

Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus…

No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… 

Y Jesús suspira fuerte

Están a la vista de Akcib.

Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento.

Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús.

El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6