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526 Tercer Sábado en Nazareth


525 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

435 Comienzo del tercer sábado en Nazaret y llegada de Pedro con otros apóstoles.

El sábado es el descanso.

Ya se sabe.

Descansan los hombres y las herramientas, cubiertas o guardadas con buen orden en sus sitios.

Ahora que el ocaso rojo de un viernes de verano está para cumplirse,

María, sentada a la sombra del gran manzano ante su telar más pequeño;

se levanta, tapa el telar…

Y con la ayuda de Tomás lo devuelve a la casa, a su sitio en su habitación, bendecida con la Anunciación.

Áurea que estando sentada en un pequeño taburete a sus pies,

está cosiendo con mano desmañada, los vestidos que le dieran las romanas.

Y que María ha adaptado a su tamaño.

Después de guardar su telar, regresa al huerto;

dirigiéndose a Áurea…

La invita a doblar el trabajo con orden y a poner todo encima de la repisa de su habitación.

Mientras Áurea lleva a cabo esto.

La Madre entra con Tomás en el taller de carpintería, donde Jesús y el Zelote,

se apresuran en guardar de nuevo en sus sitios:

sierras, cepillos, destornilladores, martillos, botes de barniz y de cola.

Para finalmente barrer el aserrín, las virutas de los bancos y del suelo.

Finalmente del trabajo realizado hasta ese momento, sólo quedan dos tablas dispuestas en ángulo;

apretadas en el torno para que se solidifique la cola, en las junturas de un futuro cajón…

Y un taburete barnizado a la mitad;

además de quedar el olor agudo de los barnices todavía frescos.

Entra también Áurea.

Va hacia el trabajo de buril de Tomás, se inclina hacia él, admirándolo…

curiosa pregunta que para qué sirve…

Y también, instintivamente coqueta, pregunta que si a ella le quedaría bien.

Tomás le dice:

–           Te quedaría bien, pero te queda mejor el ser buena.

Éstos son adornos que sólo hacen más hermoso el cuerpo, pero no sirven para el espíritu;

es más, cultivando la coquetería, perjudican al espíritu.

Con mucha lógica,

Áurea pregunta:

–              ¿Y entonces por qué lo haces?

¿Es que quieres perjudicar a un espíritu?

Tomás, siempre afable, sonríe ante esta observación,

y dice:

–              Perjudica lo superfluo, a un espíritu débil.

Pero, para un espíritu fuerte, el adorno se queda en lo que es, ni más ni menos:

un alfiler necesario para tener sujeta la túnica.

–            ¿Para quién lo haces?

¿Para tu mujer?

–            Yo no tengo mujer ni la tendré nunca.

–            Entonces para tu hermana.

–            Tiene más de los que necesita.

–             Entonces para tu madre.

–             ¡Pobre anciana!

¿Y qué hace con él?

–             Pero es para una mujer…

–             Sí.

Pero que no eres tú.

–             ¡Ni siquiera lo pienso!…

Y además, ahora que has dicho que estas cosas perjudican al espíritu débil, no lo querría.

Voy a quitar también esas guarniciones a los vestidos.

¡No quiero perjudicar a lo que es de mi Salvador!

–           ¡Eres una niña como se debe!

Fíjate, tú con esta voluntad tuya, has hecho un trabajo más bonito que el mío.

–            Lo dices porque eres bueno…

–            Lo digo porque es verdad.

Mira: yo he cogido este bloque de plata, lo he reducido a hojas a medida que iba siendo necesario;

luego con los instrumentos, lo he doblado así.

Pero todavía tengo que hacer la parte mayor.

Juntar las partes y de forma natural.

Por ahora completas sólo están estas dos hojitas con su florecita unida.

Y Tomás levanta entre sus gruesos dedos un liviano escapo de muguete,

recogido en una hoja que imita a la perfección las naturales.

Hace un cierto efecto ver esa cosita, que resplandece con el brillo blanco de la plata pura,

entre los dedos fuertes y bronceados del orfebre.

–           Oh! ¡Qué bonito!

Había muchos de éstos en la isla y nos dejaban cogerlos antes de que el Sol saliera.

Porque las rubias no debíamos nunca tomar el sol para valer más…

A las morenas, sin embargo, las hacían estar fuera, al sol, hasta sentirse incluso mal,

para que fueran más morenas.

Las…

¿Cómo se dice vender una cosa diciendo que es una cuando en realidad es otra?…

–           Pues…

Con engaño…

Con trampa…

No lo sé.

–             Las engañaban diciendo que eran árabes o de dónde nace el alto Nilo.

A una la vendieron como descendiente de la reina de Saba.

–             ¡Nada menos!

Pero no las engañaban a ellas, sino a los compradores.

Se dice entonces que timaban.

¡Qué gentuza!

Una buena sorpresa para el comprador, cuando haya visto descolorirse la… falsa etíope!

¿Estás oyendo, Maestro?

¡Cuántas cosas que nosotros ignoramos! …

–           Estoy oyendo.

Pero lo más triste no está en el timo al comprador…

Sino en el destino de esas muchachas…

–           Es verdad.

Almas profanadas para siempre.

Perdidas…

–           No.

Dios puede siempre intervenir…

Volviéndose hacia el Señor con su mirada clara, serena,

Áurea dice:

–           Respecto a mí lo ha hecho.

¡Tú me has salvado!…

Y termina:

« ¡Y yo soy muy feliz!»

Y no pudiendo ir a abrazar a Jesús, va a ceñir a María con un brazo

apoyando su rubia cabeza en el hombro de la Virgen en un gesto de confiado amor.

Las dos cabezas rubias resaltan, con sus distintas coloraciones, contra la pared oscura:

Formando un dúo dulcísimo.

Pero María se acuerda de la cena.

Se sueltan y se van.

Tras la puerta del taller que da a la calle se escucha la voz un poco ronca de Pedro,

que dice:

–             ¡Simón!

¡Abrid!

¿Se puede entrar?

Riendo, mientras se apresura a abrir,

Tomás dice:

–            ¡Simón!

¡No ha sabido estar separado!

Sonriendo el Zelote,

dice:

–               ¡Simón!

Era previsible…

Pero no es sólo el rostro de Pedro el que se enmarca en el cuadro de la puerta;

son todos los apóstoles del lago;

todos, menos Bartolomé y Judas de Keriot.

Y con ellos están ya Judas y Santiago de Alfeo.

Jesús los saluda,

diciendo:

–              ¡La paz a vosotros!

¿Pero, por qué habéis venido con este calor?

Pedro responde:

–             Porque…

Ya no podíamos estar separados.

Han pasado dos semanas y media, ¿Sabes?

¿Comprendes?

¡Dos semanas y media que no te vemos!

Pedro parece decir:

¡Dos siglos! ¡Una enormidad!

–                Pero os había dicho que esperarais a Judas todos los sábados.

–                Sí.

Pero no ha venido dos sábados…

Y al tercero venimos nosotros.

Allá se ha quedado Nathanael, que no está demasiado bien.

Si Judas va, lo recibirá…

Pero ciertamente no irá…

Benjamín y Daniel nos dijeron que lo habían visto en Tiberíades.

Pasando por Tiberíades para venir donde nosotros, antes de ir hacia el Hermón grande, y…

Bueno, ya te diré después…

Dice Pedro, cuya palabra ha sido cortada por un tirón en la túnica por parte de su hermano.

–               De acuerdo.

Luego me dirás…

¡Pero, deseabais tanto descansar!

¡Y ahora cómo podéis reposar, si os pegáis estas carreras!…

¿Cuándo habéis salido?

–              Ayer al caer de la tarde.

Con un lago que era un espejo.

Hemos desembarcado en Tariquea para evitar Tiberíades para…

Para no encontrar a Judas…

–             ¿Por qué?

–              Porque, Maestro, queríamos gozar de Tí en paz.

–              ¡Sois egoístas!

–              No.

El ya tiene sus alegrías…

La Paz es el distintivo de la Presencia de Dios. La ANGUSTIOSA ANSIEDAD, es la presencia se Satanás, que nuestra alma NO soporta…

¡En fin!

No sé quién le da tanto dinero para gozárselo con…

Sí, comprendido, Andrés.

Pero deja de tirarme tan fuerte de la túnica.

Ya sabes que sólo tengo ésta.

¿Quieres que me vaya con la túnica rasgada?

Andrés se pone colorado.

Los otros se ríen.

Jesús sonríe.

Pedro prosigue:

–               Bien.

Hemos bajado a Tariquea también porque…

Bueno no me regañes…

Será el calor, será que lejos de Ti me hago malo.

Será que pensar que él se ha separado de ti para unirse a…

¡Pero bueno, deja ya de arrancarme la manga!

¡Ya ves que sé detenerme a tiempo!…

En fin, Maestro, será por muchas cosas…

Yo no quería pecar…

Y si veía a Judas lo hacía.

Así que me he dirigido a Tariquea.

Al alba nos hemos puesto en camino.

–              ¿Habéis pasado por Caná?

–              No.

No queríamos alargar el viaje…

Pero ha sido muy largo de todas formas.

Y el pescado se ponía malo…

Se lo dimos a la gente de una casa, en cambio de alojamiento durante algunas horas, las más calurosas.

Y hemos partido de allí a mitad de tiempo de después de la nona…

¡Un horno!…

–               Os lo podíais haber ahorrado.

Yo habría ido pronto…

–                  ¿Cuándo?

–                  Cuando el sol hubiera salido del León.

–                  ¿Y Tú crees que podíamos estar tanto sin Tí?

¡Hombre, desafiamos a mil calores semejantes pero venimos a verte!

¡Nuestro Maestro!

¡Nuestro adorado Maestro!

Pedro se abraza a su Tesoro de nuevo hallado.

–                 Y pensar que cuando estamos juntos no hacéis otra cosa sino quejaros del tiempo.

De lo largo que es el camino…

–                  Porque somos unos necios.

Porque, mientras estamos juntos, no comprendemos bien lo que Tú eres para nosotros…

Pero aquí nos tienes.

Ya tenemos lugares.

Quién en casa de María de Alfeo, quién con Simón de Alfeo, quién con Ismael, quién con Aser…

Y quién con Alfeo, que está aquí cerca.

Ahora descansamos y mañana al caer de la tarde, otra vez en marcha, más contentos.

Tomás dice:

–              El sábado pasado hemos tenido aquí a Mirta y a Noemí;

que habían venido para ver otra vez a la niña.

–              ¿Ves como quien tiene la posibilidad de venir, en cuanto puede viene aquí?

–               Sí, Pedro.

Y vosotros ¿Qué habéis hecho en este tiempo?

–              Hemos pescado…

Hemos barnizado barcas…

Reparado redes…

Ahora Margziam sale frecuentemente con los mozos.

Cosa que hace disminuir los improperios de mi suegra contra

«el holgazán que hace morir de hambre a su mujer después de traerle un bastardo».

¡Y pensar que Porfiria no ha estado nunca tan bien como ahora,

que tiene a Margziam, por el corazón y por todo lo demás!

Las ovejas, de tres, han pasado a cinco.

Y pronto serán más…

¡No es poco útil esto para una pequeña familia como la nuestra!

Y Margziam con la pesca suple a lo que yo no hago sino muy raramente.

Pero esa mujer tiene lengua viperina…

a pesar de que su hija la tiene de paloma…

Veo que tú también has trabajado…

–              Sí, Simón.

Hemos trabajado.

Todos.

Mis hermanos en su casa, Yo con éstos en la mía;

para procurar satisfacción y descanso a nuestras madres.

Los hijos de Zebedeo,

dicen:
–                 ¡Hombre, también nosotros!

Felipe agrega:

–                Y yo a mi mujer, trabajando en colmenas y viñas.

–                ¿Y tú, Mateo?

–                Yo no tengo a quién hacer feliz…

Ahora me he hecho feliz a mí mismo, escribiendo las cosas que más me gusta recordar…

Zelote le replica:

–               Entonces te vamos a referir la parábola del barniz.

La he provocado yo, muy inexperto pintor…

Tadeo observa:

–                Pero has aprendido pronto el oficio.

¡Fijaos qué bien ha dejado esta silla!

El acuerdo entre ellos es perfecto.

Y Jesús, cuyo rostro aparece más descansado desde que está en su casa,

resplandece de alegría por tener en torno a sí a sus queridos apóstoles.

Entra Áurea y se queda sorprendida en el umbral de la puerta.

–                 ¡Ah, ahí está!

¡Fíjate qué bien está!

Pasa por una pequeña hebrea, vestida así.

Áurea se pone roja como la púrpura y no sabe qué decir.

Pero Pedro se muestra tan afable y paternal, que en seguida se recobra,

y dice:

–              Me esfuerzo en serlo y…

Con mi Maestra espero serlo pronto…

Maestro, voy a decir a tu Madre que están ellos…

Y se retira ágil.

Zelote declara:

–                  Es una buena muchacha.

Tomás comenta:

–                  Sí.

Quisiera que se quedara con nosotros israelitas.

Bartolomé, rechazándola, ha perdido una buena ocasión y una alegría…

Felipe tratando de disculparlo,

añade:
–                  Bartolomé está muy ligado a las… fórmulas.

Jesús observa:

–                  Es su único defecto.

Entra María…

Los que han venido de Cafarnaúm,

la saludan:

–              La paz a ti, María.

María responde:

–             La paz a vosotros…

No sabía que estabais aquí.

Enseguida me ocupo de vosotros…

Entretanto venid…

Santiago de Alfeo se apresura,

diciendo:
–              De casa vendrá nuestra madre con bastante comida.

Y también Salomé.

No te preocupes, María.

Jesús dice:

–              Vamos al huerto…

Se está levantando el viento de la noche y se está bien allí…

Y entran en el huerto.

Se sientan acá o allá, dónde más les gusta.

Hablan fraternalmente, mientras las palomas zurean disputándose la última comida,

que Áurea esparce por el suelo…

Luego es el riego de los cuadros florecidos.

Del huerto con útiles y bonitas verduras tan necesarias para el hombre.

Quieren hacerlo los apóstoles, alegremente.

Mientras María de Alfeo que ha llegado en ese momento, con Áurea y María;

preparan la cena para los llegados.

Y el olor de los alimentos que chirrían, se mezcla con el de la tierra regada,

de la misma forma que el gorjeo de los pájaros,

que se disputan un buen sitio entre las tupidas frondas del huerto…

se mezclan con las voces profundas o agudas de los apóstoles…

525 Áurea Gala


525 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

434b Trabajos manuales en Nazaret 

Jesús está hablando en el huerto de Nazareth…

…  Y no temáis corromperos tocando con vuestra túnica lo bajo, lo material,

de aquellos cuyo espíritu cuidáis.

Con prudencia, para no ser causa de ruina en vez de causa de edificación.

Vivid recogidos en vuestro yo nutrido de Dios, envuelto en virtud;

moveos con delicadeza,

especialmente cuando tengáis que ocuparos del sensibilísimo «yo espiritual» de los demás:

ciertamente lograréis hacer seres dignos del Cielo incluso de los seres más despreciables.

Zelote dice:

–           ¡Qué parábola más hermosa nos has expuesto!

Voy a escribirla para Margziam.

Lentamente, buscando las palabras;

Áurea que descalza, está desde hace un poco de tiempo

erguida en la puerta que da al huerto…

Y su voz se escucha cantarina:

–           Y para mí, que debo ser hecha toda hermosa para el Señor.       

Jesús dice:

–            ¡Oh! ¡Áurea!

¿Nos estabas escuchando?

La niña responde:

–           Te estaba escuchando.

¡Es tan bonito!

¿He hecho mal?

–             No, niña.

¿Hace mucho que estás aquí?

–             No.

Y lo siento, porque no sé lo que has dicho antes.

Me ha mandado aquí tu Madre para decirte que dentro de poco es la hora de la comida.

Se va a sacar de un momento a otro el pan del horno.

He aprendido a hacerlo yo…

¡Qué bonito!

También he aprendido a blanquear la tela,

Sobre el pan y la tela tu Madre me ha dicho otras dos parábolas.

–            ¿Ah, sí?

¿Qué ha dicho?

–             Que yo soy como una harina todavía con el salvado,

pero tu bondad me depura,

tu Gracia trabaja en mí y tu apostolado me forma,

tu amor me cuece.

Y de harina fea mezclada con mucho salvado pasaré a ser,

si dejo que trabajes en mí, harina de hostia…

Harina y pan de sacrificio, que sirve para el altar.

Y en la tela, que era oscura, oleosa, áspera.

Que después de mucha jabonera y muchos golpes se ha limpiado y se ha hecho suave,

ahora el Sol va a meter sus rayos.

Será blanca…

Y me dijo que lo mismo hará de mí el Sol de Dios,

si yo estoy siempre bajo el Sol y acepto lavaduras y mortificaciones para llegar a ser digna,

del Rey de los reyes, de Ti, mi Señor.

¡Qué cosas más bonitas aprendo!…

Me parece un sueño…

¡Bonito! ¡Bonito!

¡Bonito!

¡Aquí todo es bonito…

¡No me mandes a otro sitio, Señor!

–             ¿No irías con gusto con Mirta y Noemí?

–             Preferiría aquí…

También con ellas.

Pero con romanos no.

No, Señor…

Poniendo su mano en sus cabellos color rubio-miel,

Jesús dice:

–           ¡Ora, niña!

¿Has aprendido la oración?

–           ¡Oh! ¡Sí!

¡Es tan bonito decir: «^Padre mío!»

Y pensar en el Cielo…

Pero…

La Voluntad de Dios me da un poco de miedo…

Porque no sé si Dios quiere lo que yo quiero…

–            Dios quiere tu bien.

–           ¿Sí?

¿Dices eso Tú?

Entonces ya no tengo miedo…

Siento que me quedaré en Israel…

A conocer cada vez más a este Padre mío… Y…

A ser la primera discípula de Galia.

¡Oh mi Señor!

–          Tu fe será escuchada porque es buena.

Vamos…

Y salen todos.

Van a lavarse a la pila que está debajo del manantial.

Mientras Áurea corre ligera hacia donde está María.

Y se oyen dos voces femeninas:

De palabra ágil la de María;

titubeante, como de quien busca las palabras, la otra.

Y risitas agudas por algún error lingüístico que María corrige dulcemente…

Tomás observa:

–           Aprende pronto y bien la niña.

–           Sí.

Es buena y voluntariosa.

Zelote dice:

–           ¡Y, además, tu Madre es maestra!…

¡Ni Satanás le opondría resistencia!…

Jesús suspira pero no habla…

–           ¿Por qué suspiras así, Maestro?

¿No es como he dicho?

–           Lo has dicho muy bien.

Pero hay hombres más resistentes que Satanás, que al menos huye de la presencia de María.

Hay hombres que están a su lado y que,

aun siendo adoctrinados por ella, no mejoran…

Tomás dice:

–          ¿Pero no nosotros, no?

–          No vosotros…

Vamos…

Entran en casa y todo termina.

 

524 Parábola de la Madera


524 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

434a Trabajos manuales en Nazaret 

Vuelven después de un poco de tiempo.

Jesús señala la escalera de hortelano,

diciendo:

–         Pásale el barniz a ésa.

El barniz hace impenetrable la madera y la conserva más;

además de hacerla más bonita.

Es como la defensa y embellecimiento de las virtudes en el corazón humano.

Puede ser agreste, tosco…

Pero, en cuanto las virtudes lo visten, se hace hermoso, agradable.

Mira, para obtener una tinta bonita y un servicio real de ella,

es necesario tener en cuenta muchas cosas.

La primera:

Tomar con atención lo que se necesita para hacerla.

O sea, un recipiente que no tenga tierra o residuos de otras tintas anteriores;

aceites buenos y buenos colores.

Y con paciencia mezclar, trabajar,

hacer un líquido que no sea demasiado denso ni demasiado líquido.

No cansarse de trabajar mientras no esté disuelto hasta el más pequeño grumo.

Una vez hecho esto, hay que tomar un pincel que no pierda las cerdas,

que no las tenga ni excesivamente duras ni excesivamente blandas,

que esté limpio de cualquier tinte precedente.

Antes de aplicar el barniz, hay que quitar las asperezas de la madera,

los viejos barnices descascarillados, el barro y todo.

Luego, así con orden, hay que tener mano segura en ir siempre en una dirección,

extender con paciencia, mucha paciencia, el barniz.

Porque en una misma tabla hay distintas resistencias.

En los nudos por ejemplo, el barniz queda más liso, es verdad;

pero en ellos la tintura se fija mal, como si la materia leñosa la rechazara.

Al contrario, en las partes blandas de la madera el barniz se fija enseguida,

pero las partes blandas generalmente son poco lisas…

Entonces pueden formarse pequeñas bolsas, o estrías…

Estos casos se deben solucionar extendiendo el color con mano constante.

Luego hay en los muebles viejos, partes nuevas, como este peldaño, por ejemplo.

Y para que no se vea que la pobre escalera está apañada pero que es muy vieja,

hay que arreglárselas para que tanto el peldaño nuevo como los viejos resulten iguales…

¡Mira, así!

Jesús, agachado al pie de la escalera, mientras habla trabaja…

Tomás, que ha dejado sus buriles para ir a ver,

pregunta:

–           ¿Por qué has empezado por la parte de abajo en vez de por la de arriba?

¿No era mejor hacer lo contrario?

–          Parecería mejor, pero no lo es.

Porque la parte de abajo es la que está más deteriorada…

Y la que está destinada a deteriorarse más, porque apoya en el suelo.

Por ese motivo debe trabajarse varias veces abajo.

Una primera mano, luego una segunda…

Y una tercera si es necesario…

Para no estar ociosos esperando a que la parte de abajo se seque,

para poder dar una nueva mano…

Hay que barnizar mientras tanto la parte alta, luego el centro de la escalera.

Zelote observa:

–          Pero al hacerlo uno se puede manchar la túnica…

Y estropear las partes barnizadas antes.

–          Haciéndolo con cuidado, uno no se mancha y no se estropea nada.

¿Ves?

Se hace así.

Jesús se recoge la túnica y se mantiene separado.

No por asco de la tintura,

sino para no dañar la tintura que por haber sido aplicada poco antes, es delicada.

Con los brazos elevados, barniza ahora la parte superior de la escalera.

Y sigue hablando.

–           Así se hace con las almas.

He dicho al principio,

que el barniz es como el embellecimiento de las virtudes en los corazones humanos.

Embellecimiento y preservación de la madera contra la carcoma, las lluvias y el sol intenso.

¡Mal le irá al dueño de casa que no tenga cuidado de las cosas barnizadas

y las deje deteriorarse!

Cuando se ve que la madera pierde su barniz,

sin perder tiempo, hay que poner barniz nuevo.

Refrescar la pintura…

También las virtudes, puestas en un primer momento de impulso hacia la justicia,

pueden deteriorarse o desaparecer del todo, si el amo de la casa no vigila;

la carne y el espíritu desnudos, a merced de la intemperie y de los parásitos…

O sea de las pasiones y de las disipaciones;

pueden sufrir el asalto de estos elementos,

perder la túnica que los embellece, terminar siendo…

válidos sólo para el fuego.

Por tanto bien sea en nosotros,

bien sea en aquellos a quienes amamos como discípulos nuestros,

cuando se notan agrietamientos, decoloraciones,

en las virtudes colocadas como defensa en nuestro yo,

es necesario, enseguida poner remedio con un trabajo asiduo, paciente,

hasta el final de la vida,

para que uno pueda dormirse en la muerte con una carne y un espíritu

dignos de la resurrección gloriosa.

Y para que las virtudes sean verdaderas, buenas,

hay que empezarlas con una intención pura, valiente,

que elimina todo detrito, todo resto de tierra.

Trabajar para no dejar imperfecciones en la formación virtuosa…

Luego tomar una actitud que no sea demasiado dura ni demasiado indulgente,

porque tanto la intransigencia como la excesiva indulgencia perjudican.

Y el pincel: la voluntad.

Debe estar limpio de las preexistentes tendencias humanas,

que podrían hacer vetas en la tintura espiritual con rayas materiales.

Uno se debe preparar a sí mismo o preparar a otros,

con oportunas operaciones trabajosas, es verdad,

pero necesarias, para limpiar al viejo yo de toda vieja lepra,

para tenerlo limpio, en orden a recibir la virtud.

Porque no se puede mezclar lo viejo con lo nuevo.

Luego empezar el trabajo, con orden, con reflexión.

No saltar acá o allá sin un serio motivo.

No ir un poco en un sentido y un poco en otro.

Uno se cansaría menos, es verdad.

Pero el barniz quedaría irregular.

Como sucede en las almas desordenadas.

Presentan lugares perfectos, pero al lado de éstos se ven errores, color distinto…

Insistir en los puntos resistentes a la tinta,

en los nudos, maraña de la materia o de pasiones desordenadas,

que están mortificados, sí, por la voluntad…

(la cual, como un cepillo, los ha alisado fatigosamente)

Pero que siguen oponiendo resistencia como un nudo tajado pero no destruido.

Y a veces engañan, porque parecen ya bien revestidos de virtud,

cuando en realidad tienen sólo un velo ligero que cae inmediatamente.

Estar atentos a los nudos de las concupiscencias.

Haced que encima de ellos, una y otra vez, sea puesta la virtud,

para que no reemerjan y afeen el yo nuevo.

Y en las partes blandas, en las partes tendentes a deformarse

que reciben con demasiada facilidad el barniz,

pero que lo reciben según su tendencia, con bolsas y rayas,

hay que insistir en lijar con la piel de pescado.

Lijar, lijar, para dar una o más manos de barniz;

para que esas partes queden lisas como un esmalte compacto.

Y atentos a no sobrecargar.

Pretender excesivamente en las virtudes hace que la persona se rebele,

se agite y salte al primer choque.

No.

No demasiado ni demasiado poco.

Justicia en el trabajo con uno mismo y con las criaturas hechas de carne y alma.

Y si, como en la mayor parte de los casos,

porque las personas como Áurea son excepciones y no regla;

hay partes nuevas mezcladas con las viejas…

Y las tienen los israelitas, que de Moisés pasan al Cristo.

Los paganos con su mosaico de creencias, que no podrán ser anuladas de repente.

Y emergerán con nostalgias y recuerdos, al menos en las cosas más puras;

entonces son necesarios todavía más ojo y tacto.

E insistir hasta que lo viejo se homogeneice con lo nuevo,

haciendo uso de las cosas preexistentes para completar las nuevas virtudes.

Por ejemplo, en los romanos hay mucho espíritu patriótico y valor viril.

Estas dos cosas son casi mitos.

Pues bien, no tratéis de destruirlas, sino inculcad un espíritu nuevo al espíritu patrio:

el espíritu de hacer grande también espiritualmente a Roma

como centro de cristiandad…

Usando la virilidad romana para hacer fuertes en la Fe,

a quienes son fuertes en la batalla.

Otro ejemplo: Áurea.

El asco de una revelación brutal la impulsa a amar lo puro y a odiar lo impuro.

Pues bien, usad estas dos cosas para conducirla a una perfecta pureza,

odiando la corrupción como si fuera el romano brutal.

¿Me entendéis?

Y haced de las costumbres medios para entrar.

No destruyáis brutalmente.

No tendríais a mano inmediatamente con qué edificar…

Substituid más bien poco a poco, lo que no debe seguir existiendo en un convertido,

con caridad, paciencia, tenacidad.

Puesto que la materia, especialmente en los paganos, predomina.

Ellos, aunque estén convertidos, estarán siempre apoyados en el mundo pagano,

pues en él viven.

Insistid mucho en que se preserven de la carnalidad.

Detrás de la sensualidad entra todo lo demás.

Vigilad en los paganos la exasperación de la sensualidad;

la cual confesémoslo, también está vivísima entre nosotros.

Y cuando veáis que el contacto con el mundo abre el barniz que preserva;

no sigáis dando pinceladas en lo alto, sino volved a la parte de abajo,

manteniendo en equilibrio el espíritu y la carne, lo alto y lo bajo.

Pero empezad siempre por la carne, por el vicio material,

para preparar a recibir al Huésped que no inhabita en cuerpos impuros,

con espíritus malolientes por corrupciones carnales…

¿Me entendéis?

Y no temáis corromperos tocando con vuestra túnica lo bajo, lo material,

de aquellos cuyo espíritu cuidáis.

Con prudencia, para no ser causa de ruina en vez de causa de edificación.

Vivid recogidos en vuestro yo nutrido de Dios, envuelto en virtud.

Moveos con delicadeza;

especialmente cuando tengáis que ocuparos

del sensibilísimo yo espiritual de los demás:

ciertamente lograréis hacer seres dignos del Cielo

incluso de los seres más despreciables.

Zelote dice:

–            ¡Qué parábola más hermosa nos has expuesto!

Voy a escribirla para Margziam.

523 El Apóstol Orfebre


523 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

434 Trabajos manuales en Nazaret 

El tosco hogar del taller está encendido, después de tanto tiempo de inactividad,

y el olor de la cola hirviendo en un recipiente;

se mezcla con el típico olor del serrín y las virutas recién sacados.

que están saliendo, al pie de uno de los bancos de carpintero.

Jesús trabaja con ahínco unas tablas de madera,

que, con la ayuda de la sierra y del cepillo,

se transforman en patas de sillas, cajones, etc.

Los modestos muebles de la casita de Nazaret, han sido llevados al taller:

la mesa para amasar el pan, para repararla;

uno de los telares de María;

dos taburetes; una escalera de hortelano; un pequeño arquibanco;

y la puerta del horno, que está corroída en la parte de abajo, quizás por los ratones.

Jesús trabaja en arreglar lo que el uso y el tiempo han consumido.

Tomás por su parte, con todo un equipo de pequeños instrumentos de orfebre,

sacados de su talego, que yace encima de su lecho

(colocado, como el del Zelote, contra la pared),

trabaja con mano ligera unas láminas de plata.

Y el golpeteo de su martillito en el buril…

Que da sonido de plata…

se funde con el vigoroso ruido de los instrumentos de trabajo usados por Jesús.

De vez en cuando intercambian algunas palabras.

Tomás está tan contento de estar allí con el Maestro y en su trabajo de orfebre;

que efectivamente, lo dice.

Durante las pausas del diálogo, silba entre dientes muy bajo.

De vez en cuando levanta los ojos y piensa…

Fijando su mirada absorto, en la pared ahumada de la espaciosa habitación.

Jesús advierte esto,

y dice:

–          ¿Sacas la inspiración de aquella pared negra, Tomás?

Verdad es que así la ha puesto el largo trabajo de un justo;

pero no me parece que pueda dar motivos a un orfebre…

Tomás responde:

–           No, Maestro.

Un orfebre efectivamente, no puede representar con el rico metal,

la poesía de la santa pobreza…

Pero sí puede, con su metal, representar cosas bellas de la naturaleza.

Ennoblecer así el oro y la plata, imitando con ellos las flores, las hojas, que hay en la Creación.

Pienso en esas flores, en esas hojas…

Y para recordar exactamente su aspecto, miro fijamente así con los ojos a la pared.

Pero en realidad veo los bosques y los prados de nuestra Patria;

las hojas livianas, las flores que parecen copas o estrellas,

la compostura de escapos y frondas…

–          Eres un poeta, entonces.

Un poeta que canta en el metal lo que otro canta en el pergamino con la tinta.

–          Sí.

Efectivamente, el orfebre es un poeta que escribe en el metal,

las bellezas de la Naturaleza.

Pero nuestra obra, de arte y bella, no vale cuanto la tuya, humilde y santa;

porque la nuestra sirve para la vanidad de los ricos,

mientras que la tuya sirve para la santidad de la casa y la utilidad del pobre.

Zelote, que se ha asomado a la puerta que da al huerto,

con la túnica ceñida, remangado,

con un viejo mandil delante y en la mano un recipiente con barniz.

Dice:

–          Es como dices, Tomás.

Jesús y Tomás se vuelven a mirarlo, sonriendo.

Y Tomás responde:

–          Sí, es como digo.

Pero quiero que al menos en alguna ocasión,

el trabajo del orfebre sirva para adornar una…

Una cosa buena, santa…

–          ¿Qué?

–          Es un secreto mío.

Hace mucho que pienso esto.

Y desde que fuimos a Ramá, llevo conmigo un pequeño equipo de orfebre,

esperando este momento.

¿Y tu trabajo, Simón?

–           ¡Yo no soy un artífice perfecto como tú eres, Toma!

Es la primera vez que tengo el pincel en la mano.

Y mis tinturas son desiguales, a pesar de que ponga toda mi buena voluntad.

Por eso he empezado por las partes más… humildes…

Para agarrar algo de práctica…

Y te aseguro que mi impericia le ha hecho a la niña reírse con ganas.

¡Pero eso me hace feliz!

Cada hora que pasa renace a una vida serena.

Es lo que se requiere para borrar el pasado y hacerla completamente nueva…

Para ti, Maestro.

Tomás dice:

–          Ya, pero quizás Valeria no cede…

–           ¿Y qué crees que le puede importar el tenerla o no tenerla?

Si la tenía consigo, era sólo para no dejarla sola por el mundo.

Y la verdad es que sería una buena cosa el que la niña estuviera a salvo para siempre…

En todo, en el espíritu sobre todo.

¿No es verdad, Maestro?

Jesús responde:

–             Es verdad.

Hay que orar mucho por esto.

La criatura es sencilla y buena realmente.

Y educada en la Verdad podría dar mucho.

Tiende instintivamente a la Luz.

–            ¡Claro!

No tiene consuelos en la Tierra…

La pobrecita los busca en el Cielo.

Yo creo que, cuando tu Buena Nueva pueda ser predicada por el mundo,

los primeros que la acogerán…

Y los más numerosos, van a ser precisamente los esclavos;

los que no tienen ningún consuelo humano…

Y se refugiarán en tus promesas para tenerlos…

Yo digo que si me toca precisamente este honor de predicarte,

tendré un especial amor por estos desdichados…

Jesús dice:

–           Harás bien, Tomás.

–           Sí, pero…

¿Cómo vas a tener contacto con ellos?

–            Seré orfebre para las damas y…

Maestro para sus esclavos.

Un orfebre entra en las casas.

O a su casa vienen los siervos de los ricos…

Trabajaré…

Dos metales:

Los de la Tierra para los ricos…

Los de los espíritus para los esclavos.

–          Que Dios te bendiga por estos propósitos, Tomás.

Persevera en ellos…

–           Sí, Maestro.

Zelote dice:

–           Bueno…

Ahora que ya has respondido a Tomás, ven conmigo, Maestro…

A ver mi trabajo y a decirme qué es lo que debo barnizar ahora.

Cosas humildes todavía, porque soy un obrero con muy poca habilidad.

–          Vamos, Simón…

Jesús deja sus herramientas y sale con Simón el Zelote…

522 La Oración de María


522 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

433a Curación de Áurea.

Han llegado a Nazareth, hasta la casa de Jesús…

Pero, cuando la puerta se entreabre y aparece el dulce rostro de la Virgen,

Jesús dice sólo la más dulce de las palabras, abriendo los brazos para recibirla:

–            ¡Mamá!

María responde:

–            ¡Oh, Hijo mío!

¡Bendito!

Entra.

¡La paz y el amor estén contigo!

–            A mi Madre, a la casa y a quien en ella está.

Dice Jesús entrando, seguido por los otros.

Después del saludo recíproco con los apóstoles y sobrinos,

María dice:

–         Allí está vuestra madre.

Señalando a las dos discípulas están con el pan y la colada…

Y éstos discretos se retiran, para dejar solos a la Madre y al Hijo.

Jesús dice:

–           Aquí me tienes, Madre mía.

Estaremos juntos bastante…

Qué dulce es el regreso…

la casa y sobre todo tú, Madre…

Después de tanto camino en medio de los hombres…

–         Que cada vez te conocen más…

Y por este conocimiento, se dividen en dos ramas:

Los que te aman…

Y los que te odian…

Y la rama más gruesa es la última…

–         El Mal siente que pronto va a ser vencido y está furioso…

Y hace enfurecer…

¿Cómo está la niña?

–         Levemente mejor…

Pero estuvo a punto de morir…

Y sus palabras ahora que no delira, corresponden aunque más reservadas,

a las que le salían en el delirio.

Sería mentir decir que no hemos reconstruido su historia…

¡Pobrecilla!…

–           Sí.

Pero la Providencia veló por ella.

–           ¿Y ahora?…

–          Y ahora…

No sé.

Áurea la niña, no me pertenece como tal.

Su alma es mía…

Su cuerpo, de Valeria.

Por ahora estará aquí, para olvidar…

–          Mirta la querría.

–          Lo sé…

Pero no tengo el derecho a actuar sin el permiso de la romana.

Tampoco sé si la adquirieron con dinero o si usaron sólo el arma de las promesas…

Cuando la romana la solicite…

–        Iré yo por ti, Hijo mío.

Es mejor que no vayas Tú…

Déjalo en manos de tu Mamá.

Nosotras mujeres…

Seres ínfimos para Israel, no somos tan observadas, si vamos a hablar con los gentiles.

¡Y tu Mamá es tan desconocida para el mundo!

Nadie advertirá la presencia de una hebrea lugareña, que envuelta en su manto,

va por las calles de Tiberíades y llama a la casa de una dama romana…

–        Podrías ir a casa de Juana…

Y allí hablar con la dama…

–          Lo haré así, Hijo mío.

¡Que tu corazón halle alivio, Jesús mío!…

Estás muy afligido…

Lo comprendo…

Y quisiera hacer más por ti…

–            Y mucho haces, Mamá.

Gracias por todo lo que haces…

–        ¡Oh!

¡Muy pobre ayuda soy, Hijo mío!

Porque no consigo que te amen, ni darte… dicha…

Mientras se te concede tener un poco de dicha…

¿Qué soy, entonces?

Una muy pobre discípula…

–           ¡Mamá!

¡Mamá!

¡No digas eso!

Mi fuerza me viene de tus oraciones.

Pensando en ti descansa mi mente.

Y ahora el corazón halla fortaleza estando así;

con mi cabeza en tu corazón bendito…

¡Mamá mía!…

Jesús, sentado en el arquibanco que está junto a la pared,

ha arrimado hacia sí a su Madre, erguida al lado de Él.

Y apoya la frente sobre el pecho de María;

la cual, levemente acaricia sus cabellos…

Sigue una pausa que es todo amor.

Luego Jesús levantando la cabeza, se pone de pie.

Dice:

–          Vamos donde los otros.

Y donde está la niña…

Y sale con su Madre al huerto.

Las tres discípulas,

en el umbral de la habitación donde está la joven enferma,

hablan a ritmo rápido con los apóstoles.

Pero cuando ven a Jesús se callan y se arrodillan.

Jesús las saluda,

diciendo:

–           La paz a ti, María de Alfeo.

Y a vosotras, Mirta y Noemí.

¿La niña duerme?

Mirta responde:

–           Sí.

Persiste la fiebre, que la aturde y la consume.

Si sigue así, morirá.

María de Alfeo,

agrega:

–            Su tierno cuerpo no resiste la enfermedad.

Y la mente se turba por los recuerdos.

Mirta confirma:

–           Sí…

Y no reacciona porque dice que quiere morirse para no volver a ver romanos…

Noemí agrega:

–          Un dolor para nosotras que ya la queremos…

Jesús responde:

–             ¡No temáis!

Mientras se acerca a la entrada de la pequeña habitación.

Y levanta la cortina…

En el lecho que está pegado a la pared, frente a la puerta,

se ve la carita enflaquecida, sepultada bajo la masa de los largos cabellos dorados.

Una carita de nieve, excepto en los pómulos, que presentan un color rojo encendido.

Duerme con fatiga, profiriendo entre dientes palabras balbucientes, incomprensibles…

Mientras con la mano relajada encima de la cubrecama,

hace de vez en cuando, un gesto como para rechazar algo.

Jesús no entra.

La mira con mucha compasión.

Luego llama fuerte:

–            ¡Áurea!

¡Ven!

¡Está aquí tu Salvador!

La niña se sienta bruscamente en el lecho.

Lo ve…

Emitiendo un grito, baja y corre, vestida con una larga y suelta túnica, descalza;

hacia Jesús.

Y se arroja a sus pies,

diciendo:

–           ¡Señor!

¡Ahora sí que me has liberado!

Jesús declara:

–             Está curada.

¿Veis?

No podía morir…

porque antes debe conocer la Verdad.

Y a la niña, que le besa los pies,

le dice:

–            ¡Levántate!

Y vive en paz.

Le pone la mano encima de la cabeza, que ya no tiene fiebre.

Áurea, con su larga túnica de lino, quizás una de la Virgen;

tan larga que le forma cola.

Con los cabellos sueltos como un manto sobre su esbelto cuerpo,

con los ojos verde-azules brillantes todavía por la fiebre que acaba de desaparecer.

Y por la alegría que acaba de nacer, parece un ángel.

El Maestro dice:

–          Hasta pronto.

Nos retiramos al taller,

mientras vosotras os ocupáis de la niña y de la casa…

Y seguido por los cuatro, entra en el viejo taller de José.

Se sienta con los suyos en los bancos de carpintero,

que llevan tiempo sin ser usados…

520 El Buen Pastor


520 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

432a Con los campesinos de Yocaná, cerca de Sefori.

Los apóstoles comentan…

Bartolomé:

–           ¡Cuánta gente!

Tomás:

–           ¡Han venido todos, incluso los niños!…

Andrés:

–           El Maestro estará contento…

Tadeo exclama:

–            ¡Ah, ahí está el Maestro!

Vamos a acercarnos.

Se unen al Maestro, que camina con dificultad por el prado.

Porque va apretujado entre los muchos que le rodean.

Cuando los apóstoles logran llegar hasta Él.

Jesús pregunta:

–           ¿Judas sigue todavía ausente?

–            Sí, Maestro.

Pero si quieres lo llamamos…

–           No hace falta.

Mi Voz lo alcanza en el lugar donde esté.

Y su conciencia, libre, le habla con su propia voz.

No es necesario añadir vuestras voces…

Para forzar una voluntad.

Venid, sentémonos aquí con estos hermanos nuestros.

Y perdonad si no he podido compartir con vosotros el pan,

en un ágape de amor.

Mientras se acercan al lugar designado,

todos recuerdan al soberbio apóstol rebelde.

Pues es de sobra conocidos su desprecio y su repudio

hacia éstos ínfimos de la sociedad judía: los siervos hebreos.

La SOBERBIA es el principal signo de la posesión demoníaca perfecta y NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Actitud que se agudizó el año pasado, en la anterior visita

cuando verificaron el castigo, en las tierras de Doras…

Pero ahora comparten el gozo de tener la Presencia del Dios Vivo.

¡Y eso es lo único que importa!

Se sientan en círculo con Jesús en el centro.

Quien quiere alrededor de Él a todos los niños.

Los cuales, se pegan a Él mimosos y con confianza.

Una mujer grita:

–          ¡Bendícelos, Señor!

Que vean lo que nosotros anhelamos ver.

¡La libertad de amarte!

Un anciano gime:

–          Sí.

Nos quitan incluso esa libertad.

No quieren ver grabadas tus palabras en nuestro espíritu.

Ahora nos impiden vernos.

Y te prohíben a Ti venir…

¡Ya no oiremos palabras santas!

Un hombre joven, se lamenta:

–          Abandonados así, nos volveremos pecadores.

Tú nos enseñabas el perdón…

Nos dabas tanto amor, que podíamos soportar la malevolencia del patrón…

Pero ahora…

Jesús dice:

–           No lloréis.

No os dejaré sin mi palabra.

Volveré, mientras pueda…

Varios dicen:

–           No, Maestro y Señor.

–           Él es malo.

–            Y también sus amigos.

–            Podrían dañarte…

Y por causa nuestra.

–            Nosotros hacemos el sacrificio de perderte;

pero no nos des el dolor de decir:

«Por nosotros lo prendieron»».

–           Sí, sálvate, Maestro.

Jesús dice:

–            No temáis.

Se lee en Jeremías (Jeremías 36)

cómo él mismo dijo a su secretario Baruc que escribiera lo que el Señor le dictaba.

Y que fuera a leer el escrito recibido a los que estaban reunidos en la casa del Señor;

leerlo en vez del profeta, que estaba preso y no podía ir.

Así voy a hacer Yo.

Muchos y fieles Baruc tengo entre mis apóstoles y discípulos.

Ellos vendrán a deciros la palabra del Señor…

Y no perecerán vuestras almas.

Y Yo no seré prendido por causa vuestra;

porque el Dios altísimo me ocultará a sus ojos…

Hasta que llegue la hora en que el Rey de Israel deba ser mostrado a las turbas,

para que el mundo entero lo conozca.

Y no temáis tampoco perder las palabras que hay en vosotros.

También en Jeremías se lee que, aun después de que Yoyaquim, rey de Judá

– el cual esperaba destruir las palabras eternas y veraces quemando el rollo –

destruyera el volumen.

El dictado de Dios permaneció,

porque el Señor mandó al profeta:

«Toma otro volumen

y escribe en él todas las cosas que había en el volumen quemado por el rey».

Y Jeremías dio un volumen a Baruc…

Un volumen sin escritura.

Y dictó nuevamente a su secretario las palabras eternas…

Además de otras más como complemento de las primeras,

porque el Señor remedia los estropicios humanos

cuando el remedio es un bien para las almas.

Y no permite que el odio anule lo que es obra de amor.

Ahora bien, aunque a Mí,

comparándome a un volumen lleno de verdades santas, me destruyeran…

¿Creéis que el Señor os dejaría perecer sin la ayuda de otros volúmenes?

En ellos estarán mis palabras y las de mis testigos,

que narrarán lo que Yo no voy a poder decir

por estar prisionero de la Violencia y ser destruido por ella.

¿Y creéis que lo que está impreso en el libro de vuestros corazones,

podrá borrarse por el paso del tiempo sobre las palabras?

No.

El ángel del Señor os las repetirá…

Y las mantendrá frescas en vuestros espíritus deseosos de Sabiduría.

Y no sólo eso, sino que os las explicará…

Y seréis sabios en la palabra de vuestro Maestro.

Vosotros selláis el amor a Mí con el dolor.

¿Puede acaso, perecer lo que resiste incluso la persecución?

No puede perecer.

Yo os lo digo.

El don de Dios no se cancela.

El pecado es lo único que lo anula.

Pero vosotros, ciertamente no queréis pecar…

¿No es verdad, amigos míos?  Muchos contestan:

–            No, Señor.

–            Significaría perderte también en la otra vida.

–           Pero nos harán pecar.

–           Nos ha impuesto que no salgamos ya más de las tierras el Sábado…

–           Y ya no volverá a haber Pascua para nosotros.

Así que pecaremos…

Jesús afirma:

–           No.

No pecaréis vosotros.

Pecará él.

Sólo él.

Él, que hace violencia al derecho de Dios y de los hijos de Dios,

de abrazarse y amarse en dulce coloquio de amor y enseñanza en el día del Señor.

–           Pero él hace reparación con muchos ayunos y dádivas.

Nosotros no podemos…

Porque ya es demasiado poca la comida,

en proporción al esfuerzo que hacemos…

Y no tenemos qué ofrecer…

Somos pobres…

–             Ofrecéis aquello que Dios aprecia:

Vuestro corazón.

Dice Isaías (58, 3 – 7) hablando en nombre de Dios a los falsos penitentes:

«En el día de vuestro ayuno aparece vuestra voluntad y oprimís a vuestros deudores.

Ayunáis para reñir, discutir y perversamente, pelear.

Dejad de ayunar como hasta hoy, para hacer oír en las alturas vuestros clamores.

¿Es éste, acaso, el ayuno que Yo deseo?

¿Que el hombre se limite a afligir durante un día su alma,

y castigue su cuerpo y duerma sobre la ceniza?

¿Vas a llamar a esto ayuno y día grato al Señor?

El ayuno que prefiero es otro.

Rompe las cadenas del pecado, disuelve las obligaciones que abruman;

da libertad a quien está oprimido, quita todo yugo.

Comparte tu pan con quien tiene hambre, acoge a los pobres y a los peregrinos,

viste a los desnudos y no desprecies a tu prójimo»

Pero Yocaná no hace esto.

Vosotros, por el trabajo que le hacéis y que lo hace rico, sois sus acreedores.

Y os trata peor que a deudores morosos.

Alzando la voz para amenazaros y la mano para golpearos.

No es misericordioso con vosotros y os desprecia por ser siervos.

Pero el siervo es tan hombre como el patrón.

Y si tiene el deber de servir,

tiene también el derecho a recibir lo necesario para un hombre;

tanto materialmente como en el espíritu.

No se honra el Sábado, aunque se pase en la sinagoga;

si ese mismo día el que lo practica pone cadenas

y da a sus hermanos áloe como bebida.

Celebrad vuestros sábados razonando entre vosotros acerca del Señor.

Y el Señor estará en medio de vosotros…

Perdonad y el Señor os glorificará.

Yo soy el buen Pastor y tengo piedad de todas las ovejas.

Pero sin duda, amo con especial amor,

a las que han recibido golpes de los pastores ídolos,

para que se alejen de mis caminos.

Para éstas, más que para ninguna otra, he venido.

Porque el Padre mío y vuestro me ha ordenado:

«Apacienta estas ovejas destinadas al matadero,

matadas sin piedad por sus amos, que las han vendido diciendo:

`¡Nos hemos enriquecido!’,

Y de las que no han tenido compasión los pastores».

Pues bien, apacentaré el rebaño destinado al matadero,

¡Oh pobres del rebaño!

Y abandonaré a sus iniquidades a los que os afligen

y afligen al Padre, que en sus hijos sufre.

Extenderé la mano hacia los pequeños de entre los hijos de Dios

y los atraeré hacia Mí para que tengan mi gloria.

Lo promete el Señor por la boca de los profetas

que celebran mi piedad y mi poder como Pastor.

Y os lo prometo Yo directamente a vosotros que me amáis.

Cuidaré de mi Rebaño.

A quienes acusen a las ovejas buenas de enturbiar el agua

y de deteriorar los pastos por venir a Mí, les diré:

«Retiraos.

Vosotros sois los que hacéis que falte el manantial y se agoste el pasto de mis hijos.

Pero Yo los he llevado a otros pastos y los seguiré llevando.

A los pastos que sacian el espíritu.

Os dejaré a vosotros el pasto para vuestros gruesos vientres,

dejaré el manantial amargo que habéis hecho manar vosotros.

Y Yo me iré con éstos, separando las verdaderas de las falsas ovejas de Dios;

ya nada atormentará a mis corderos,

sino que exultarán eternamente en los pastos del Cielo».

¡Perseverad, hijos amados!

Tened todavía un poco de paciencia, de la misma forma que la tengo Yo.

Sed fieles, haciendo lo que os permite el patrón injusto.

Y Dios juzgará que habéis hecho todo y por todo os premiará.

No odiéis, aunque todo se conjure para enseñaros a odiar.

Tened fe en Dios.

Ya visteis que Jonás fue liberado de su padecimiento y Yabés fue conducido al amor.

Como con el anciano y el niño,

lo mismo el Señor hará con vosotros:

en esta vida, parcialmente y en la otra, totalmente.

Lo único que os puedo dar son monedas,

para hacer menos dura vuestra condición material.

Os las doy.

Dáselas, Mateo.

Que se las repartan.

Son muchas, pero en todo caso pocas para vosotros que sois tantos…

Y que estáis tan necesitados.

No tengo otras cosas…

Otras cosas materiales.

Pero tengo mi amor, mi potencia de ser Hijo del Padre,

para pedir para vosotros los infinitos tesoros sobrenaturales

como consuelo de vuestros llantos y luz de vuestras brumas.

¡Oh, triste vida que Dios puede hacer luminosa!

¡Él sólo!

¡Sólo Él!…

Y digo: «Padre, te pido por éstos.

No te pido por los felices y ricos del mundo,

sino por estos que lo único que tienen es a Ti y a Mí.

Haz que asciendan tanto en los caminos del espíritu,

que encuentren toda consolación en nuestro Amor.

Y démonos a ellos con el amor, con todo nuestro amor infinito;

para cubrir de paz, serenidad y coraje sobrenaturales,

sus jornadas, sus ocupaciones,

de forma que, como enajenados del mundo por el amor nuestro,

puedan resistir su calvario…

Y después de la muerte, tenerte a Ti, a Nosotros, beatitud infinita».

Jesús, mientras oraba, ha ido poniéndose de pie

y librándose poco a poco de los niñitos que se habían dormido sobre Él.

En su Oración, su aspecto es majestuoso y dulce.

Ahora baja de nuevo los ojos,

diciendo:

–            Me marcho.

Es la hora, para que podáis volver a vuestras casas a tiempo.

Nos veremos todavía otra vez.

Y traeré a Margziam.

Pero, cuando ya no pueda volver…

Mi Espíritu estará siempre con vosotros.

Y estos apóstoles míos os amarán como Yo os he amado.

Deposite el Señor sobre vosotros su bendición.

Poneos en camino.

Y se inclina a acariciar a los niñitos, que duermen.

Y no opone resistencia a las expresiones de afecto de esta pobre turba,

que no sabe separarse de Él…

Pero al final, cada uno se pone en camino por su parte,

de forma que los dos grupos se separan mientras la Luna desciende.

Ramas encendidas deben dar algo de luz al camino.

Y el humo acre de las ramas aún ligeramente húmedas,

es una buena justificación del brillo de los ojos…

Judas los está esperando apoyado en un tronco.

Jesús lo mira y no dice nada.

Ni siquiera cuando Judas dice:

–          «Estoy mejor».

Siguen caminando durante la noche, como mejor pueden…

Luego con el alba, más ágilmente.

A la vista de un cuadrivio,

Jesús se detiene y dice:

–           Separémonos.

Conmigo vienen Tomás, Simón Zelote y mis hermanos.

Los otros irán al lago, a esperarme.

Judas dice:

–            Gracias, Maestro…

No me atrevía a pedírtelo.

Pero Tú me lo has facilitado.

Estoy verdaderamente cansado.

Sí lo permites, me detengo en Tiberíades…

Santiago de Zebedeo no se puede contener,

agregando:

–            En casa de un amigo.

Judas abre muchísimo los ojos…

Pero se limita a esto.

Jesús se apresura a decir:

–           Me basta con que el sábado vayas a Cafarnaúm con los compañeros.

Venid para que os bese a los que me dejáis.

Y con afecto, besa a los que se marchan,

dando a cada uno de ellos un consejo en voz baja…

Ninguno expresa objeción alguna.

Sólo Pedro, ya cuando se marcha, dice:

–            Ven pronto, Maestro.

los demás apoyan:

–           Sí, ven pronto.

Y Juan termina:

–             Estará muy triste el lago sin Ti.

Jesús los bendice una vez más.

Y promete:

–            ¡Pronto!

Todos se separan y se van…

519 Perseguidos…


 519 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

432 Con los campesinos de Yocaná, cerca de Sefori.

El grupo apostólico está sentado en el prado de un bosque de acebos,

situado en las primeras pendientes de la colina donde se alza Sefori.

La llanura de Esdrelón, estando al otro lado del collado en que se encuentran, ya no es visible.

Pero hay otra llanura, mucho más pequeña, entre este collado y los de la zona de Nazaret,

que se distinguen netamente con el límpido claror de la Luna.

Mateo pregunta:

–             ¿Vendrán?

Andrés responde:

–           Lo han prometido y vendrán.

Tomás dice:

–              Al menos algunos de ellos.

Salían a la mitad de la primera vigilia.

Estarán aquí al principio de la segunda.

Tadeo añade:

–             Más tarde.

Andrés objeta:

–             Nosotros hemos tardado menos de tres horas.

Tadeo le responde:

–             Nosotros somos hombres, y vigorosos.

Ellos están cansados y traerán con ellos algunas mujeres.

Mateo suspira,

diciendo:

–             ¡Si no se da cuenta el patrón!…

Tomás dice:

–             No hay peligro.

Se ha ido a Yizreel, invitado por un amigo.

Está el administrador.

Pero viene también él, porque no odia al Maestro.

Felipe pregunta:

–             ¿Será sincero aquel hombre?

Andrés responde:

–             Sí.

Porque no tiene motivo para no serlo.

–              ¡Hombre, pues atraerse la benevolencia del patrón y…

–             No, Felipe.

Después de las vendimias Yocaná lo despide, precisamente porque no odia al Maestro.

Varios preguntan:

–            ¿Quién os lo ha dicho? –

Tomás relata:

–               Él y los campesinos…

Por separado.

Y cuando dos de distinta categoría están de acuerdo en decir una cosa,

es señal de que lo dicho es verdadero.

Los campesinos lloraban porque el administrador se marchaba.

Se había hecho muy humano.

Y él nos dijo:

«Soy un hombre y no un fantoche de arcilla.

El año pasado me dijo: `Honra al Maestro, conócelo, hazte uno de sus fieles’.

Obedecí.

Ahora me dice:

`¡Ay de ti si amas a mi enemigo y permites que ellos lo amen.

No quiero maldición para mis tierras recibiendo a ese maldito’.

Pero ¿Cómo puedo, ahora que lo he conocido, sentir justa esa orden?

Le he dicho al patrón:

`Hablabas de forma distinta el año pasado…

Y Él sigue siendo el mismo’.

Me pegó una vez.

Dije: `No soy esclavo.

Y, aunque lo fuera, no tendrías poder sobre mi pensamiento.

Mi pensamiento juzga santo a Aquel a quien tú llamas maldito’.

Me pegó entonces otra vez.

Esta mañana me ha dicho:

“El anatema de Israel está en mis tierras.

¡Ay de ti si infringes lo que te mando!

Dejarás de ser servidor mío”.

He respondido:

`Bien has dicho.

Dejaré de ser servidor tuyo.

Busca a otro que tenga tu corazón.

Y tenga para con tus bienes,

la rapacidad que tú tienes para con las almas de los demás’.

Y me arrojó al suelo y me ha pegado…

Pero pronto termina el trabajo del año y con la luna de Tisrí, quedo libre.

Lo siento sólo por éstos…»

Y señalaba a los campesinos»

–             ¿Pero dónde lo visteis?…

Andrés dice:

–             En el bosque.

Como ladrones.

Habíamos hablado con Miqueas;

él le advirtió y él vino sangrando aún.

Y también vinieron en pequeños grupos los siervos y las siervas…

Batolomé observa:

–            ¡Mmm!

¡Entonces tenía razón Judas!

Conoce el humor del fariseo… 

Santiago de Zebedeo,

exclama:

–           ¡Demasiadas cosas sabe Judas!… 

Mateo le aconseja:

–         ¡Calla!

¡Te puede oír!

–          No.

Se ha alejado, diciendo que tenía sueño y que le dolía la cabeza…

Pedro que hasta entonces había permanecido mudo, 

sentencia:

–          ¡Luna!

Luna en el cielo y luna en su cabeza.

Así es él: más variable que el viento.

Bartolomé suspira diciendo:

–         ¡Ya!

¡Sí!

¡Una buena desgracia en medio de nosotros!

Zelote reflexivo,

agrega:

–           No.

¡No hables así!

¡No desgracia!

Es más, es un modo de santificarse uno…

Seco y tajante,

Tadeo responde:

–          0 de condenarse…

Porque hace perder las virtudes…

Con tristeza,

Andrés comenta:

–             Es un desdichado.

Sigue un rato de silencio.

Luego Pedro pregunta:

–           ¡Pero el Maestro sigue orando?

Zelote responde:

–           No.

Mientras estabas adormilado ha pasado y fue a donde estaban Juan y su hermano;

que estaban haciendo guardia en el camino.

Quiere estar enseguida con los pobres campesinos.

Quizás es la última vez que los va a ver.

Tadeo agitado,

replica:

–          ¿Por qué la última vez?

¿Por qué?

No digas esa palabra.

¡Parece como si acarrease desventura!

–         ¡Hombre, ya lo ves…!

¡Somos cada vez más perseguidos!…

No sé qué tendremos que hacer en el futuro…

Mateo comenta:

–          Simón tiene razón…

Será una cosa hermosa el ser enteramente espirituales…

Pero… si hubiera sido lícito tener un poquito de…

Humanidad…

Una migaja de protección de Claudia no habría perjudicado.

Bartolomé dice secamente:

–          No.

Mejor estar solos…

Y sobre todo, puros en cuanto a contactos con los gentiles.

Yo… no los apruebo – dice secamente Bartolomé.

Tadeo objeta:

–          Yo también poco…

Pero… el Maestro dice que su Doctrina debe extenderse por todo el mundo.

Y que lo tendremos que hacer nosotros…

Sembrar en todas partes su Palabra…

Y entonces tendremos que adaptarnos a tratar con gentiles e idólatras…

–            Impuros.

Me parece como hacer una cosa sacrílega.

¡La Sabiduría a los cerdos!…

–           ¡También tienen ellos un alma, Nathanael!

Tú has tenido compasión de la muchacha ayer…

–           Porque… es una…

Es una nada a la que hay que formar.

Es como una recién nacida…

¡Pero los otros!…

Y además no es romana…

Zelote cuya cultura es más cosmopolita,

dice:

–           ¿Crees que los Galos no son idólatras?

También ellos tienen a sus dioses crueles.

¡Lo advertirás, si tienes que ir a convertirlos!…

–            Voy a llamarla así: que la de los otros.

Pero no es de la raza de los profanadores de Israel.

No predicaré nunca a los enemigos de Israel, ni a los actuales ni a los antiguos.

Tomás dice:

–            Entonces…

Tendrás que ir muy lejos, a los pueblos hiperbóreos, porque…

No lo parece, pero Israel ya ha tenido experiencia de todos los pueblos vecinos…

Yo sí iré lejos…

Tadeo exclama:

–            ¡Ah, ahí está el Maestro!

Vamos a acercarnos.

517 El Nido Caído


 517 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

430 El nido caído y el escriba cruel. La letra y el espíritu de la Ley.

Jesús va por un caminito boscoso,

en el que a una parte y a otra hay árboles y arbustos,

vestido de blanco, con su manto azul oscuro echado sobre los hombros.

Y una serie de senderillos corta la maraña verde.

Pero no debe ser un lugar solitario y lejano de alguna zona habitada,

porque a menudo se ven otras personas.

Se diría que es un camino que une dos pueblos cercanos…

Y que atraviesa las propiedades agrícolas de sus habitantes.

El lugar es llano, a lo lejos se ven unos montes.

Jesús, que iba hablando con los discípulos, se detiene y escucha con atención…

Y vuelve la mirada en torno a sí.

Luego toma una vereda del bosque.

Y camina hacia una espesura formada por pequeños árboles y arbustos.

Se agacha buscando algo…

Y encuentra.

En la hierba hay un nido quizá derribado por la tormenta…

Como hace pensar el hecho de que el suelo esté húmedo,

y las ramas aún goteen todavía, gotas de lluvia…

O tal vez agredido por mano de hombre y luego abandonado allí,

para evitar el ser sorprendido con la nidada en la mano.

Lo único que se puede observar es un pequeño nido hecho de heno entrelazado.

Y lleno de hojitas secas, de pelusas de árboles y de lana;

entre las cuales se mueven piando, cinco pajaritos de pocos días:

rojos, pelados, feos, con los ojos saltones

y sus picos abiertos totalmente.

Arriba en el árbol, chillan desesperados los que encobaban.

Jesús recoge con cuidado el nidito.

Lo mantiene en el cuenco de una mano y busca con la mirada el lugar donde estaba…

O donde lo puede poner seguro.

Encuentra unas ramas de zarza trenzadas, tan bien unidas, que parecen una cestita.

Y seguras por estar muy adentro en el follaje.

Primero da el nido a Pedro.

Y el apóstol de edad madura, tan ancho y robusto de constitución;

resulta muy curioso de ver con ese nidito en sus cortas y callosas manos.  

Jesús se recoge las anchas y largas mangas.

Y se afana en hacer todavía más defendido y cóncavo el trenzado de las zarzas…

Sin preocuparse de las espinas que le arañan los brazos.

¡Ya está!

Toma otra vez el nido y lo pone allí, en el medio.

Y lo asegura arrancando hilos de largas hierbas cilíndricas que parecen delgadísimos juncos.

Ahora está seguro.

Se separa y sonríe.

Luego pide un trozo de pan a un discípulo, que lleva una bolsa en bandolera.

Y desmigaja un poco de pan en el suelo, encima de una piedra.

Jesús ahora está contento.

Se vuelve para regresar al camino principal;

mientras los que encobaban, con chillidos de alegría,

se lanzan hacia el nido salvado.

Un pequeño grupo de hombres está parado al margen del camino.

Jesús se los encuentra delante.

Los mira.

Se borra la sonrisa de su rostro, que se pone muy severo y casi sombrío.

Mientras que cuando recogía el nido, era un rostro lleno de compasión…

y pleno de felicidad al verlo colocado.

Jesús se detiene a mirar a sus inesperados testigos;

pareciera mirar su corazón y sus pensamientos escondidos.

No puede seguir adelante, porque el grupito tapa el sendero.

Pero calla.

No así Pedro,

que dice:

–          Dejad pasar al Maestro.

Uno del grupo responde:

–          Calla galileo.

¿Tu Maestro cómo se ha permitido entrar en mi bosque y realizar una obra manual en sábado?

Jesús lo mira directamente con una expresión extraña.

Es y no es sonrisa.

Y si es sonrisa, no es ciertamente de aprobación.

Pedro está para replicar…

Pero Jesús toma la palabra:

–            Quién eres?

–            El amo de este sitio:

Yocaná ben Zaccái, Ilustre escriba.

–           ¿Y qué me echas en cara?

–            Haber violado el sábado.

–               Yocaná ben Zaccái…

¿Conoces el Deuteronomio?

–            ¿Me lo preguntas a mí?

¿A mí, que soy un verdadero rabí de Israel?

–            Sé lo que quieres decirme:

«Que Yo, porque no soy escriba, sino un pobre galileo, no puedo ser «rabí».

Pero, te pregunto otra vez:

«¿Conoces el Deuteronomio?»

–           Mejor que Tú ciertamente.

–            Respecto a la letra…

Ciertamente, si así quieres creerlo.

Pero, ¿Lo conoces en su verdadero significado?

–           Lo que está escrito está escrito.

No hay más que un significado.

–            En efecto, no hay más que un significado.

Y es de amor.

De misericordia, si no quieres llamarlo amor.

O también, si te repele llamarlo así, pues llámalo humanidad.

Y el Deuteronomio dice:

«Si ves que se pierde la oveja o el buey de tu hermano, aunque no sea vecino tuyo;

no pasarás de largo.

Antes bien los llevarás a él, o los tendrás contigo hasta que él venga por ellos».

Dice: «Si ves que se cae el asno o el buey de tu hermano, no hagas como si no hubieras visto;

antes bien ayúdale a levantarlos».

Dice: «Si encuentras en un árbol o por el suelo un nido con la madre encobando a los pequeñuelos

o a los huevos,

no tomarás a la madre (porque es sagrada para la procreación),

sino que tomarás sólo a los pequeñuelos». (Deuteronomio 22, 1-4 y 6-7)

Yo he visto en el suelo un nido.

Y a una madre que lloraba por él.

He sentido compasión porque era una madre.

Y le he restituido los pequeñuelos.

No he creído violar el sábado por haber consolado a una madre.

No se debe permitir que se pierda la oveja del hermano,

no dice la Ley si es culpa alzar a un asno en sábado;

dice sólo que usemos misericordia con el hermano y humanidad con el asno, criatura de Dios.

He pensado que Dios había creado a esa madre para que procreara.

Que ella había obedecido a la orden de Dios.

Y que impedirle criar a su prole, era poner obstáculo a su obediencia a una orden divina.

Pero tú, esto no lo comprendes.

Tú y los tuyos miráis a la letra y no al espíritu.

Tú y los tuyos no pensáis que violáis dos veces el sábado…

Es más, tres veces, rebajando la Palabra divina a la pequeñez de la mentalidad humana,

obstaculizando una orden de Dios y faltando de misericordia para con el prójimo.

Para herir con el reproche, no juzgáis que mover la lengua sin necesidad, está mal hecho.

Eso, que también es un trabajo…

Además inútil e innecesario y no bueno;

no os parece violación del sábado.

Yocaná ben Zaccái, escúchame.

De la misma forma que hoy no tienes piedad de una curruca.

Y por la práctica farisaica la harías morir de dolor…

Dejando morir de congoja a su prole, abandonada al alcance del áspid y del hombre perverso…

Así mañana no tendrás piedad de una madre y la harás morir de congoja,

haciendo que le maten a su prole, diciendo que es una cosa buena por respeto a tu ley.

A la tuya.

No a la de Dios.

A la que tú y los que son como tú os habéis dictado para oprimir a los débiles…

Y triunfar vosotros, los fuertes.

Pero, como puedes ver, los débiles encuentran siempre un salvador…

Mientras que los soberbios, los fuertes según la ley del mundo;

serán aplastados por el peso de su misma pesada ley.

Adiós, Yocaná ben Zaccái.

Recuerda esta hora y pon cuidado en no violar tú otro sábado…

Con la complacencia por un delito cumplido.

Y Jesús, fulminando las pupilas en el rostro encendido de ira del viejo iracundo.

Mirando al escriba desde arriba, porque éste es bajo y gordo;

mientras que Jesús parece una palma respecto a él.

Pasa pisando la hierba,

porque el escriba no se aparta…

Dice Jesús:

         He querido levantaros el espíritu con una visión verdadera, aunque no la contemplen los Evangelios.

Para vosotros que me leéis en este momento

la enseñanza es ésta:

Que siento mucha compasión de los pajarillos sin nido,

aunque en vez de llevar por nombre curruca, lleven por nombre María o Juan.

Y me preocupo de darles de nuevo un nido cuando un hecho los ha despojado de él.

Demasiados conocen las palabras de la Ley

(demasiados aun siendo pocos, porque todos deberían saberlas).

Pero únicamente conocen las “palabras».

No las viven.

Éste es el error.

El Deuteronomio prescribe leyes de humanidad porque los hombres,

entonces, eran, por puericia espiritual, inhumanos, semillas silvestres.

Había que llevarlos de la mano por los floridos senderos de la piedad, del respeto,

del amor hacia el hermano que pierde un animal,

hacia el animal que se cae, hacia el pájaro que encoba;

para enseñarles a ascender a piedad, respeto y amor más altos.

Pero, cuando vine Yo, perfeccioné las normas mosaicas y abrí horizontes más vastos.

La letra ya no era «el todo».

El espíritu pasó a ser «el todo».

Más allá del pequeño acto humano, respecto a un nido y a sus habitantes,

es necesario ver el significado que puse en mi gesto:

Inclinarme Yo, el Hijo del Creador, ante la obra del Creador.

Aquella nidada era también obra suya.

¡Oh, dichosos aquellos que en todas las cosas saben ver a Dios

y servirle con espíritu de amor reverente!

¡Ay de aquellos que, como la serpiente, no saben levantar la cabeza de su fango,

y no pudiendo entonar un canto de alabanza para Dios

manifestado en las obras de los hermanos,

muerden a éstos por un exceso de veneno que los ahoga!

Demasiados hay que torturan a los mejores,

diciendo como justificación de su perversidad

que está bien actuar así por respeto a la ley.

Ley suya. No de Dios,

que si no puede impedir sus obras malvadas, sabe vengar a sus «pequeñuelos».

Y esto es para aquellos a quienes hay que decírselo.

Mi Paz que vela, esté con vosotros.

 

511 El Óbolo de Claudia


511 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426c La joven esclava salvada.

Pasan las horas.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas.

Ora…

Piensa… Espera.

No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

La Luna se eleva, levantándose cada vez más sobre el cielo estrellado.

Está perpendicular sobre la cabeza.

El mar retumba más fuerte y el agua del canal tiene un olor más intenso.

El cono de 1a Luna que hunde sus rayos en el mar se hace más amplio…

abrazando toda la balsa de agua que está frente a Jesús.

Y se pierde cada vez más lejano:

Senda de luz que desde los confines del mundo parece venir hacia Jesús, remontando el canal;

terminando en la balsa de la dársena.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal viene una barca pequeña, blanca.

Que avanza deslizándose, sin dejar huellas de su trayectoria,

en el camino de agua que se reconstruye después de su paso…

Remonta el canal…

Ya está en la dársena silenciosa.

Aborda.

Se detiene.

Y tres sombras bajan.

Son tres personas.

Un hombre musculoso, una mujer y una figura delicada, entre los dos.

Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta, para salir a su encuentro…

Va hacia ellos y los saluda diciendo:

–           La paz a vosotros.

¿A quién buscáis?

–            A ti, Maestro.

Responde Lidia mientras se descubre y se aproxima sola.

Y continúa:

«Claudia te ha servido.

Porque era una cosa justa y completamente moral.

señalándola, agrega:

Ésa es la muchacha.

Valeria, dentro de un poco la tomará como niñera de la pequeña Fausta.

Pero entretanto, te ruega que la tengas Tú.

Es más, que se la confíes a tu Madre o a la madre de tus parientes.

Es completamente pagana.

Bueno, peor que pagana.

El amo con quien ha crecido, la alimentó pero no le enseñó nada en absoluto…

Nunca ha oído hablar del Olimpo, ni de ninguna otra cosa.

Lo único que tiene es un terror loco hacia los hombres,

porque desde hace algunas horas, la vida se le ha descubierto totalmente….

Como es:

¡Cruel!

Y en toda su brutalidad,

Jesús pregunta:

–            ¡Oh!

¡Triste palabra!

¿Demasiado tarde?

–          No, materialmente…

Él la preparaba poco a poco…

Digamos… para su sacrilegio.

Y la niña está espantadísima…

Claudia ha tenido que dejarla durante toda la cena junto a ese sátiro.

Y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento.

Haciéndole menos capáz para reflexionar.

No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales;

lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera…

Y arrebatarle su tesoro.

Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia…

De la que salió porque perdió el favor imperial…

Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Reservándose para entrar en acción cuando el vino le hubiera hecho menos capaz de reflexionar.

Enio mordió el anzuelo…

Mañana cuando ya no esté borracho,

protestará, la buscará, hará su comedia…

Pero también mañana, Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–             ¿Con la violencia?

¡No!…

Lidia sonríe con travesura:

–       ¡Oh, Maestro!

¡La violencia empleada con buen fin!…

Pero no será necesaria…

También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla muy bien en la cena…

Y ahora Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche…

Está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma…

¡Ah, ah!…

Y partirá en el primer buque militar.

Lo único, es que lo que hará Pilatos mañana…

Cuando esté todavía atontado por el mucho vino bebido esta noche…

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución…

De que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden…

¡Es muy endeble!

Y es mejor así…

Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro!

Por este motivo fuimos a la cena.

Pero, ¡Es inconcebible!

¿Cómo hemos podido ir a esas orgías hasta hace pocos meses, sin sentir náusea?

Hemos huido de allí en cuanto hemos obtenido lo que queríamos…

Allá están todavía nuestros maridos, imitando a los brutos.

¡Qué náuseas, Maestro!

Y debemos recibirlos después…

Después que…

–          Sed austeras y pacientes.

Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–          ¡Oh, no es posible!

Tú no sabes…

Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira.

Y ella continúa:

–          Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte:

que te venera como al Único Hombre que merece veneración…

Y quiere que te diga que te agradece,

haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza.

Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–           Sí.

El hombre…

¿Quién es?

–           El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos.

No hay ningún peligro de delación…

No tiene lengua.

Jesús repite:

–           ¡Infeliz!

Pero tampoco ahora hace el milagro.

Lidia va por la muchacha.

La toma de la mano y casi la lleva a rastras frente a Jesús.

Livia dice:

–           Sabe unas cuantas palabras latinas.

Judías casi ninguna.

Es una salvajita…

Que la eligieron únicamente como objeto de placer.

Y dirigiéndose a la niña:

–            No tengas miedo.

Dale las gracias.

Él fue el que te salvó.

Arrodíllate y bésale los pies.

¡Ea! ¡Hazlo!

¡No tengas miedo!

¡Ánimo!

¡No tiembles!…

¡Perdona, Maestro!

Está aterrorizada por las últimas caricias de Enio ya borracho…

Poniéndole su mano en la cabeza cubierta, con mucha compasión;

Jesús dice:

–           ¡Pobre niña!

¡No tengas miedo!

Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo.

A la casa de Mamá,

¿Entiendes?

Y tendrás muchos hermanos buenos…

¡No tengas miedo, hijita mía!

¿Qué hay en la voz de Jesús y en la mirada?

Todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La jovencita lo siente;

echa hacia atrás el manto y la capucha para mirarlo mejor.

Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Con la figurita grácil casi todavía niña;

de gracias inmaduras e inocente aspecto, aparece envuelta en una túnica demasiado ancha para ella…

Sus modales son sencillos.

Su expresión está llena de inocencia.

El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–            Estaba casi desnuda.

Le puse lo primero que encontré.

Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión,

exclamando:

–          ¡Es una niña!

Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–          Sí, patrón.

Jesús rebate:

–            No.

No soy tu patrón.

Dime Maestro.

Ella dice con más confianza:

–           Sí, Maestro.

Y una tímida sonrisa substituye a la expresión de miedo,

que había antes en el pálido rostro.

Jesús pregunta:

–          ¿Eres capaz de caminar mucho?

–           Sí, Maestro.

–           Después descansarás en la casa de mi Madre.

En mi casa, hasta que llegue Fausta.

Una niña a la que vas a querer mucho.

¿Quieres?…

–         ¡Oh, sí!

Y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul,

que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro.

Y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada.

Se atreve a preguntar:

–          ¿Ya nunca más aquel amo?

Jesús repite su promesa:

–             ¡Jamás!

Poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–             Adiós, Maestro.

Dentro de pocos días iremos al lago.

Tal vez podremos verte una vez más.

Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–          Gracias…

Vete en paz.

Adiós, Lidia.

Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras.

Se vuelve  hacia la niña,

agregando:

–          Ven niña.

Partiremos inmediatamente.

La barca se aleja por el canal de la dársena…

Jesús llevándola de la mano, se asoma a la puerta del almacén llamando a los apóstoles.

Mientras 1a barca, sin dejar huella de su venida, regresa al mar abierto…

Jesús y los apóstoles, con la niña en medio del grupo, cubierta con un manto…

Van, por las callejuelas periféricas y desérticas,

hacia los campos…

510 Una Misión Imperial


510 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426b La joven esclava salvada.

Jesús está hablando con las romanas en casa de Simón el cordelero, en Cesárea marítima.

Plautina pregunta:

–            ¿Podemos servirte?

Jesús responde:

–            No necesito nada más que fe y amor.

Pero hay una criatura que se encuentra en gran peligro…

Y que esta noche tendrá el alma muerta.

Claudia podría salvarla. 

–           ¿El alma muerta.

¿De quién se trata?

Jesús dice:

–            Un patricio vuestro da un banquete y…

Livia contesta:

–           ¡Ah, sí!

Ennio Casio.

También mi marido fue invitado.

Valeria confirma con energía:

–           También el mío.

También nosotras…

Pero como Claudia se abstiene, también nosotras nos abstendremos.

Habíamos decidido retirarnos inmediatamente después de la cena, si es que íbamos…

Porque nuestras cenas terminan en orgías que ya no podemos soportar…

Y con el enojo de que nuestros maridos no se ocupan de nosotras;

Nos salimos…

Jesús corrige:

–            No por enojo, sino por piedad de su miseria moral…

–            Es difícil, Maestro.

Sabemos lo que pasa allí dentro…

–           Yo también sé muchas cosas que suceden en los corazones y sin embargo perdono…

–            Tú eres Santo.

–             Vosotras debéis serlo.

Porque lo quiero y porque a ello os empuja vuestra voluntad…

–             ¡Maestro!…

–             Sí.

¿Podéis afirmar que sois felices como antes de conocerMe?

¿Felices en la miserable y brutal felicidad animal;

en la sensualidad de paganas que ignoran, que no son solo un pedazo de carne…

ahora que conocéis un poco a la Sabiduría?

–           No, Maestro.

Lo confesamos.

Lo tenemos que decir claro.

Estamos descontentas.

Nos sentimos insatisfechas.

Inquietas…

Como uno que busca un tesoro y no lo encuentra.

Jesús exclama:

–            ¡Y está ante vosotros!

Pues lo tenéis delante…

Lo que os pone inquietas es el anhelo de Luz de vuestro espíritu…

La impaciencia de vuestro espíritu por vuestra tardanza…

En darle lo que os pide…

Lo que os inquieta es el ansia de vuestros corazones por la Luz.  

Sigue un silencio, porque ninguna se decide a responder.

Después Plautina dice:

–           ¿Y qué podría hacer Claudia?

–            Salvar a esa pobre criatura.

Una niña que el romano compró para su placer.

Una virgen que mañana no lo será más.

–          Si la compró…

Le pertenece.

–          No es un mueble.

Dentro de su cuerpo hay un alma…

Ellas objetan:

–           Maestro.

–           Nuestras leyes…

Jesús rebate:

–           Mujeres:

¡La Ley de Dios!…

–            Claudia no va a ir a la fiesta…

–            No le digo que vaya.

Os digo que le trasmitáis lo siguiente:

El Maestro para asegurarse de que Claudia no tiene nada contra Él,

le pide que le ayude a favor de esta alma-niña…”

Plautina, Valeria y Livia:

–            Se lo diremos, pero no podrá hacer nada.

–            Esclava adquirida…

–            Objeto del que se puede disponer…

Jesús se muestra lleno de majestad,

al decretar:

–            Mi religión enseñará que el esclavo tiene un alma semejante a la del César;

mejor en muchos casos…

Que esa alma pertenece a Dios.

Y la maldición pesa sobre quién la corrompa.

Jesús lo dice con severidad y energía.

Las mujeres se sacuden a la voz severa de la orden.

Se inclinan sin replicar.

Y se ponen otra vez los velos y los mantos.

Se despiden:

–           Lo trasmitiremos.

Salve, Maestro.

–           Hasta pronto.

Plautina, antes de salir dice:

–            Para todos, éramos mujeres griegas.

¿Entendido?

–           Entendido.

Id tranquilas.

Jesús se queda solo bajo el portal.

Y ellas se van por donde vinieron.

Los cordeleros siguen trabajando.

Luego, Jesús regresa despacio al almacén y se queda pensativo.

Se sienta sobre un montón de cuerdas enrolladas.

Ora intensamente…

Los once apóstoles continúan durmiendo profundamente.

La vida en el puerto se desarrolla con la misma pacífica rutina,

de las provincias gobernadas por el imperio más poderoso del mundo.

Roma es una máquina de eficiencia y disciplina…

Una hora después, el cordelero asoma la cabeza en el depósito.

Y le dice a Jesús que vaya a la puerta,

porque:

–           Hay un esclavo que te quiere ver.

El esclavo.

Un númida, está parado junto al platanar, en la plaza llena de sol…

Cuando ve a Jesús, se inclina.

Y sin hablar, le entrega una tableta encerada.

Jesús la lee…

Y dice:

–           Dirás que esperaré hasta antes del alba.

¿Entendiste?

El esclavo mueve la cabeza asintiendo.

Y para que vea por qué no habla, abre su boca y le enseña la lengua tronchada.

Jesús mueve la cabeza con un gesto lleno de tristeza,

y dice:

–           ¡Infeliz!

Acariciándolo con mucha compasión.

Por las mejillas del esclavo corren dos lágrimas.

Toma la mano blanca entre las suyas negras y se la pone en la cara.

La besa, se la lleva al pecho y se echa en tierra.

Toma el pie de Jesús y se lo pone en la cabeza…

Un lenguaje mudo para expresar su agradecimiento por ese gesto de amor.

Y Jesús repite:

–           ¡Infeliz!

Pero no lo cura.

El esclavo se levanta y pide la tableta encerada.

Claudia no quiere dejar huellas de su contacto epistolar.

Jesús sonríe y devuelve la tableta.

El númida se va.

Y Jesús se acerca a donde está el cordelero…

El Maestro dice:

–          Simón, debo quedarme hasta antes del alba.

¿Me lo permites?

Simón contesta:

–            Todo lo que quieras.

Me desagrada ser pobre…

–           Me agrada que seas honrado.

–           ¿Quiénes eran esas mujeres?

–           Unas extranjeras que necesitaban de consejo.

–           ¿Están sanas?

–            Como Yo y tú.

–            Entonces está bien.

Ahí están tus apóstoles.

Los once salen del almacén, somnolientos.

Pedro dice:

–           Maestro, hay que cenar antes de partir.

Jesús contesta:

–            No.

No partiremos hasta el amanecer.

–            ¿Por qué?

–            Porque me pidieron que así lo hiciera.

–           ¿Por qué?

¿Por quién?…

Es mejor caminar de noche…

luna es nueva.

–           Espero salvar a una criatura.

Y esto es más luminoso que la luna y más refrescante que las frescuras de la noche.

Pedro lo lleva aparte:

–           ¿Qué pasó?

¿Viste a las romanas?

¿Qué humor tienen?

¿Son ellas las que se van convertir?

¡Dímelo!…

Jesús sonríe:

–           Si me dejas responder te lo diré, hombre curiosísimo.

Vi a las romanas.

Muy lentamente caminan hacia la Verdad.

Pero no retroceden…

Lo que ya es mucho.

–           Y…

Acerca de lo que dijo Judas,

¿Hay algo?

–            Que continuarán venerándome como a un sabio.

–           ¿Por causa de Judas?

¿Es él el que lo ha hecho?

–           Vinieron a buscarme a Mí.

No a él…

La posesión demoníaca perfecta siempre «argumenta» para su RECHAZO A DIOS…

Pedro pregunta inquieto:

–           Entonces… 

¿Por qué Judas tuvo miedo de encontrarse con ellas?

¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?

–            Simón, no es la primera vez que Judas tiene caprichos estrambóticos…

–           Es verdad.

¿Y van a venir esta noche las romanas?

–           Ya vinieron.

–           Entonces…

¿Por qué esperamos hasta que amanezca?

–            ¿Por qué eres tan curioso?

–            Maestro, sé bueno…

Por favor dime todo.

–            Te lo diré para quitarte toda duda.

También tú escuchaste la conversación de aquellos tres romanos…

–           ¡Claro que la oí!…

Inmundos.

Apestosos.

¡Demonios!

Pero a nosotros, ¿Qué nos importa?…

¡Ahh!

¡Entiendo!…

Las romanas van a ir a la cena y luego vendrán a pedirte perdón;

por haber estado en medio de la inmundicia…

Me maravilla que consientas en ello.

–           Yo me maravillo de que te formes juicios temerarios.

–           ¡Perdóname, Maestro!

–           Sí.

Pero ten en cuenta que las romanas van a ir a la cena.

Y yo pedí a Claudia que interviniese a favor de esa muchachita…

–            ¡Ahh!

¡Pero Claudia no puede hacer nada!…

El romano compró a la muchacha y tiene todo el poder sobre ella.

–           Pero Claudia tiene mucho más poder sobre el romano.

Y Claudia me mandó decir, que no parta hasta antes del alba.

No hay otra cosa.

Estás contento ahora?

–           Sí, Maestro.

Pero no has descansado nada.

Ven.

Estás muy agotado.

Vigilaré para que te dejen en paz.

Ven. Ven.

Y amorosamente tiránico lo jala, lo empuja…

Y lo obliga a tirarse en el montón de cáñamo.

Pasan las horas.

El sol se oculta.

Cesa el trabajo.

Empiezan las primeras sombras…

Entra la noche.

Las golondrinas van a sus nidos y los niños a la cama.

Uno tras otro van muriendo los ruidos.

Hasta que solo queda el estrépito de las olas, al estrellarse sobre la playa…