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654 La Lujuria de la Mente


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

En el Patio de los gentiles, Jesús se planta junto a una columna, para predicar…

Un escriba dice:

–                ¡Oh! Entonces satisface nuestras mentes.

Ya ves que el callar no es buena cosa,

porque fomenta las nubes de la duda en los corazones.

Jesús responde:

–             No de la duda.

De la soberbia.

Es más grave aún.

–            ¿Cómo?

¿Dudar de Ti es menos grave que ser soberbios?

–              Sí.

Porque la soberbia es la lujuria de la mente.

Y es el pecado más grande, siendo el mismo pecado de Lucifer.

Dios perdona muchas cosas.

Y su Luz resplandece amorosa para alumbrar las ignorancias y alejar las dudas.

Pero no concede su perdón a la soberbia que lo escarnece, afirmando ser mayor que Él.

Varios en el grupo de los poderosos de Israel,

Gritan exaltados:

–              ¿Quién de nosotros dice que Dios es más pequeño que nosotros?

–              Nosotros no blasfemamos…

Jesús responde tranquilo:

–              No lo decís con los labios, pero lo confirmáis con las obras.

Queréis decir a Dios:

«No es posible que el Cristo sea un galileo, uno del pueblo.

No es posible que sea éste».

¿Qué es imposible para Dios?

Al final la voz de Jesús es un trueno.

Si antes presentaba un aspecto un poco modesto,

apoyado como un mendigo en su columna,

ahora Jesús se endereza, se separa del pilar.

Yergue majestuosamente la cabeza y asaetea a la gente con sus fúlgidos ojos.

Está todavía en el escalón…

Pero tan regio es su aspecto, que es como si estuviera sobre un trono.

La gente retrocede, casi con miedo.

Y ninguno responde a la última pregunta.

Luego un rabí pequeño, lleno de arrugas…

Feo de aspecto como ciertamente lo es de alma,

Haciendo preceder la pregunta con una risita disonante y cascada,

Con un tono sarcástico y lleno de desprecio,

cuestiona:

–               La lujuria se cumple siendo dos.

¿La mente con quién la cumple?

No es corpórea.

¡Cómo puede, entonces, pecar lujuriosamente?

¿A qué, siendo incorpórea, se une para pecar?

Y ríe, estirando las palabras y la risita.

La voz de Jesús, truena fulgurante:

–             ¿A quién?

A Satanás.

La mente del soberbio fornica con Satanás contra Dios y contra el amor.

–            ¿Y Lucifer con quién fornicó para hacerse Satanás, si todavía no era Satanás?

–            Consigo mismo.

Con su propio pensamiento inteligente y desordenado.

¿Qué es la lujuria, escriba?

–             ¡Pero… te lo he dicho!

¿Y quién no sabe qué es la lujuria?

Todos la hemos experimentado…

–              No eres un rabí sabio…

Porque no conoces la esencia verdadera de este pecado universal…

Trino fruto del Mal;

así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la trina forma del Amor.

La lujuria es desorden, escriba.

Desorden guiado por una inteligencia libre y consciente, que sabe que su apetito está mal;

pero de todas formas quiere saciarlo.

La lujuria es desorden y violencia contra las leyes naturales,

contra la justicia y el amor hacia Dios,

hacia nosotros mismos, hacia nuestros hermanos.

Toda lujuria.

Tanto la carnal como la que tiende a las riquezas y poderes de la Tierra.

Como la de aquellos que quisieran impedirle al Cristo su misión,

porque mantienen contubernio con la inmoderada ambición que teme ser quebrantada por Mí.

Un gran murmullo se extiende por la aglomeración de gente.

Gamaliel, que se ha quedado solo en su alfombra,

levanta la cabeza y lanza una mirada penetrante a Jesús.

El fariseo insta de nuevo:

–            Pero, ¡Cuándo vendrá entonces, el Reino de Dios?

No has respondido…

Jesús responde:

–            Cuando el Cristo esté en el trono que Israel le prepara…

Más alto que todos los demás tronos;

más alto que este mismo Templo.

Varios preguntan:

–             ¿Pero, donde lo están aparejando, pues que no se ve aparato de nada?

–             ¿Podrá ser verdad que Roma deje resurgir a Israel?

–             ¿Es que las águilas se han quedado ciegas para no ver lo que se prepara?

Jesús responde:

–               El Reino de Dios no viene con aparato.

Sólo el ojo de Dios lo ve formarse, porque el ojo de Dios lee dentro de los hombres.

Por tanto, no vayáis buscando dónde está este Reino, dónde se prepara.

Y no creáis a quien diga:

«Se conjura en Batena, se conjura en las cavernas del desierto de Engadí,

se conjura en las orillas del mar».

El Reino de Dios está en vosotros, dentro de vosotros;

en vuestro espíritu que acoge la Ley venida de los Cielos,

como ley de la verdadera Patria;

ley que practicándola, hace a uno ciudadano del Reino.

Por esto, antes de Mí ha venido Juan a preparar los caminos de los corazones,

bautista

por los cuales debía penetrar en ellos mi Doctrina.

Con la penitencia se han preparado los caminos,

con el amor el Reino surgirá.

Y caerá la esclavitud del pecado, que impide a los hombres el Reino de los Cielos.

Uno que escuchaba atentamente,

Con voz fuerte y en tono muy alto,

como si gritara:

–              ¡Pero, verdaderamente este Hombre es grande!

¿Y vosotros decís que es un artesano?

Y otros, judíos por su vestimenta;

Quizás instigados por los enemigos de Jesús, se miran confundidos:

Miran a sus instigadores preguntando:

–              ¿Pero qué nos habéis imbuido?

–             ¿Quién puede decir que este hombre extravía al pueblo?

–             Nos preguntamos y os preguntamos estas cosas:

Si es verdad que ninguno de vosotros lo ha instruido,

¿Cómo tiene tantos conocimientos?

–           ¿Dónde los ha aprendido…

Si no ha estudiado nunca con ningún maestro?

Y  dirigiéndose a Jesús,

le dicen:

–             Di, pues…

¿Dónde has encontrado esta doctrina tuya?

Jesús levanta un rostro inspirado,

diciendo:

–             En verdad…

En verdad os digo que esta doctrina no es mía,

sino que es de Aquél que me ha enviado a vosotros.

En verdad, en verdad os digo que ningún maestro me la ha enseñado;

ni la he encontrado en ningún libro viviente.

O en ningún rollo o monumento de piedra.

En verdad, en verdad os digo que me he preparado para esta Hora,

oyendo al Viviente hablarle a mi espíritu.

Ahora la hora ha llegado para que Yo dé al pueblo de Dios,

la Palabra venida de los Cielos.

Lo hago y lo haré hasta el último respiro…

Y tras haberlo exhalado, las piedras que me oyeron y no se ablandaron,

conocerán un temor a Dios más fuerte que el que experimentó Moisés en el Sinaí.

Y en el temor, con voz de verdad, para bendecir o maldecir,

las palabras de mi Doctrina rechazada se grabarán en las piedras.

Y esas palabras ya no se borrarán nunca.

El signo permanecerá.

Luz para quien lo acoja al menos entonces, con amor;

absolutas tinieblas para quien ni siquiera entonces,

comprenda que ha sido la Voluntad de Dios la que me ha enviado para fundar su Reino.

Al principio de la creación fue dicho:

«Hágase la luz».

Y la luz apareció en el caos.

Al principio de mi vida fue dicho:

«Paz a los hombres de buena voluntad».

La buena voluntad es aquella que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella.

Ahora bien, aquel que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella,

siente que no puede combatir contra Mí,

porque siente que mi doctrina viene de Dios y no de mí mismo.

¿Acaso busco Yo mi gloria?

¿Digo acaso que soy el Autor de la Ley de gracia y de la era de perdón?

No.

Yo no tomo la gloria que no es mía,

sino que doy gloria a la gloria de Dios,

Autor de todo lo que es bueno.

Ahora bien;

mi gloria es hacer lo que el Padre quiere que haga;

El sacrificio más grato para el Señor, es el de la voluntad. Padre Pío

porque esto le da gloria a Él.

El que habla a favor propio para recibir alabanza, busca su propia gloria.

Mas aquel que pudiendo -incluso sin buscarla- recibir gloria de los hombres,

por lo que hace o dice y la rechaza diciendo:

«No es mía, creada por Mí sino que procede de la del Padre,

de la misma manera que Yo de Él procedo.

» está en la verdad y en él no hay injusticia,

pues da a cada uno lo suyo sin quedarse con nada de lo que no le pertenece.

Yo soy porque Él ha querido que fuera».

(El contexto presenta a Cristo en su Humanidad:

«Aquel que me ha enviado entre vosotros»

«me ha preparado para esta hora»

«hasta el último respiro»

«Al principio de mi vida»…)

por tanto hay que entender esta frase

en el sentido de la Encarnación por voluntad del Padre).

Jesús se detiene un momento.

Recorre con sus ojos la aglomeración de gente.

Escudriña las conciencias.

Las lee.

Las sopesa.

653 El Reino de Cristo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos

Jesús va al lugar que ha elegido para sí.

¡Oh!, ¡no tiene alfombras bajo los pies!

Ni siquiera está bajo el pórtico…

Simplemente junto a una columna, permanece en pie erguido,

en el escalón más alto, en el fondo del pórtico.

El lugar más modesto.

En torno a Él, apóstoles, discípulos, seguidores, curiosos;

más allá, fariseos, escribas, sacerdotes, rabíes.

Gamaliel no deja el sitio donde está.

Jesús se pone a predicar por centésima vez la venida del Reino de Dios.

De la preparación de este Reino.

Y se podría decir que ampliados en potencia…

Repite los mismos conceptos tratados,

casi en el mismo lugar, veinte años antes.

Habla de la profecía de Daniel,

del Precursor anunciado por los profetas;

recuerda la estrella de los Magos,

la matanza de los Inocentes.

Y sentadas estas premisas para mostrar los signos de la venida del Cristo a la Tierra,

cita, como corroboración de su venida,

los signos actuales que acompañan al Cristo docente;

como antes los otros acompañaban al adviento del Cristo encarnado.

o sea, recuerda la contradicción que lo acompaña…

la muerte del Precursor.

los milagros que continuamente se producen, confirmando que Dios está con su Cristo.

No ataca nunca a sus antagonistas.

Pareciera que no los ve siquiera.

Habla para confirmar en la fe a sus seguidores;

para iluminar acerca de la verdad a aquellos que sin culpa,

están todavía en tinieblas respecto a ella…

Una voz áspera se deja oír desde el extremo donde está la gente,

como una flecha ardiente de odio,

cuestiona:

–               ¿Cómo puede Dios estar en tus milagros, si se producen en día prohibido?

Incluso ayer has curado a un leproso en el camino de Betfagé.

Jesús mira al que lo ha interrumpido, pero no responde.

Sigue hablando de la liberación del dominio que oprime a los hombres.

De la instauración del Reino de Cristo:

eterno, invencible, glorioso, perfecto.

Un escriba con risitas sarcásticas,

pregunta:

–               Y esto, ¿Cuándo?

Ya sabemos que quieres hacerte rey.

Pero un rey como Tú sería la ruina de Israel.

¿Dónde está tu potencia de rey?

¿Dónde, los soldados?

¿Dónde, los tesoros?

¿Dónde, las alianzas?

¡Estás desquiciado!

Y muchos como él menean la cabeza riéndose con menosprecio.

Un fariseo, burlonamente agrega:

–             Así no.

De esta forma nunca sabremos qué entiende Él por reino;

cuáles leyes y cuáles manifestaciones tendrá ese reino.

¿Qué?

¿Acaso el reino antiguo de Israel fue de repente perfecto como en los tiempos de David y Salomón?

¿No recordáis cuántas incertidumbres y horas oscuras antes del esplendor regio del rey perfecto?

Para disponer del primer rey fue necesario antes,

formar al hombre de Dios que lo ungiera.

Y por tanto quitar la esterilidad a Ana de Elcaná.

E inspirarle que ofreciera el fruto de su vientre.

Meditad el cántico de Ana.

Otro escriba añade:

–                Es lección para nuestra dureza y ceguera:

Nadie es santo como el Señor…

No queráis multiplicar jactándoos, las palabras soberbias…

El Señor hace morir y vivir…

Exalta al pobre…

Hace seguros los pasos de sus santos.

Y los impíos callarán porque el hombre no es fuerte por su fuerza,

sino por la que le viene de Dios».

¡Recordad!

«El Señor juzgará los confines de la Tierra.

Dará el imperio a su rey y exaltará la potencia de su Cristo»

(1 Samuel 2; 1 Samuel 1, 10- 11 y 20; 2, 1-11)

¿El Cristo de las profecías no debía acaso, venir de David?

¿Y es que todas las premisas, desde el nacimiento de Samuel en adelante,

no son premisas para el reino del Cristo?

¿Tú Maestro, no eres acaso de David, nacido en Belén?

Pregunta para finalizar, directamente a Jesús.

Jesús responde firme y breve:

–              Tú lo has dicho.

652 El Reino del Miedo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486 En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos. 

Jesús entra en el Templo.

Viene con sus apóstoles y con numerosísimos discípulos conocidos.

También al final de todos, pero ya unidos al grupo como queriendo demostrar

que quieren ser considerados seguidores del Maestro; 

está la cara sagaz del griego venido de Antioquía, que habla con otros gentiles como él;

se detienen en el patio de los Paganos.

Mientras Jesús y los suyos prosiguen para entrar en el patio de los Israelitas.

Naturalmente, la entrada de Jesús en el Templo,

que está repleto de todos los que han venido para la Fiesta de los Tabernáculos,

no pasa desapercibida.

Un susurro nuevo se levanta, como de una colmena disturbada;

un susurro que cubre las voces de los doctores que dan sus lecciones,

bajo el pórtico de los Paganos.

Lecciones que se suspenden, como por ensalmo.

Y alumnos de los escribas corren en todas las direcciones…

A llevar la noticia de la llegada de Jesús;

de forma que cuando Él entra en el segundo recinto, donde está el atrio de los Israelitas;

ya bastantes fariseos, escribas y sacerdotes están atropados observándolo.

Mientras ora, no le dicen nada y ni siquiera se le acercan;

únicamente lo vigilan.

Jesús vuelve al pórtico de los Paganos.

Y ellos lo siguen detrás.

La comitiva de los malintencionados aumenta…

Como también aumenta la de los curiosos y de los bienintencionados.

Los susurros en voz baja se mueven entre la gente.

De vez en cuando, alguna voz se escucha más fuerte…

Diciendo:

« ¿Veis como ha venido?

Es un justo.

No podía faltar a la fiesta».

« ¿Qué ha venido a hacer?

¿A extraviar más aún al pueblo?».

O también:

«¿Estáis contentos ahora?

¿Ahora veis dónde está?

¡Mucho lo habéis preguntado!».

Voces aisladas y apagadas enseguida;

ahogadas en las gargantas por miradas significativas de discípulos y seguidores

que amenazan con su propio amor, a los rencorosos enemigos.

Voces irónicas, sarcásticas, mortificantes y mordientes,

de enemigos que arrojan una chorretada de veneno

y después se detienen, porque tienen miedo de la muchedumbre.

En medio del silencio de la multitud,

después de una manifestación significativa en favor del Maestro,

porque también se teme a las represalias de los poderosos.

El reino del miedo recíproco…

El único que no tiene miedo es Jesús.

Camina despacio con majestad, hacia el lugar a donde quiere ir.

Un poco absorto, pero pronto para salir de su abstracción

para acariciar a un niño que una madre le presenta.

O sonreír a un anciano que lo saluda bendiciéndolo.

En el pórtico de los Paganos, de pie, erguido, entre un grupo de alumnos, está Gamaliel:

Con los brazos cruzados, con su esplendorosa vestidura blanquísima y amplísima…

Que parece aún más blanca,

en contraste con la gruesa alfombra roja oscura extendida en el suelo,

en el punto donde esta Gamaliel.

Parece estar pensando con la cabeza un poco inclinada y sin interesarse de lo que ocurre.

Entre sus discípulos por el contrario, hay agitación;

la agitación de la más grande curiosidad.

Uno, pequeñito, incluso se sube a un alto escabel para ver mejor.

Pero, cuando Jesús está a la altura de Gamaliel, el rabí levanta el rostro.

Y sus ojos profundos, bajo su frente de pensador…

Se clavan un instante en el rostro sereno de Jesús.

Es una mirada escrutadora, mortificante y mortificada.

Jesús la siente y se vuelve.

Lo mira.

Los dos fulgores, el de los ojos negrísimos y el de los ojos de zafiro, se entrelazan:

el de Jesús, abierto, manso, que se deja escrutar;

el de Gamaliel, impenetrable, tendente a conocer y deseoso de rasgar el misterio de la verdad…

Porque para él es un misterio el Rabí galileo.

Pero farisaicamente celoso de su pensamiento,

de modo que se cierra a toda indagación que no sea de Dios.

Un instante.

Luego Jesús prosigue y el rabí Gamaliel vuelve a reclinar la cabeza sobre el pecho,

sordo a toda pregunta recta, ansiosa, de algunos que están en torno a él..

O subrepticia y cargada de aborrecimiento de otros:

–             ¿Es Él, maestro?

–             ¿Qué opinas tú?

–             ¡Bien!

–             ¿Cuál es tu juicio?

–             ¿Quién es Éste?

651 El Seductor


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485b Jesús llega con los apóstoles a Betania 

Los apóstoles están ahora con Margziam y con casi todos los pastores.

Refiriendo las insistencias de los fariseos en saber acerca de Jesús.

Y dicen que eso los ha escamado tanto que ellos los discípulos,

han pensado en ponerse de guardia en todos los caminos que conducen hacia

el interior de Jerusalén, para avisar al Maestro.

Isaac refiere:

–               Efectivamente…

Estamos diseminados a algunos estadios de las Puertas,

en todos los accesos.

Judas, riendo con ironía,

manifiesta:
–                Maestro…

Ellos dicen que en la Puerta de Jaffa, había hoy medio Sanedrín.

Y discutían unos con otros porque algunos recordaban mis palabras de Enganním;

otros juraban que habían sabido que habías estado en Dotán,

otros por el contrario, decían que te habían visto en los aledaños de Efraím.

Y eso los ponía furiosos, al no saber ya donde estabas…

Y se ríe de la burla jugada a los enemigos del Maestro.

Jesús dice:
–                   Mañana me verán.

Judas objeta:

–                  No.

Mañana vamos nosotros.

Ya lo hemos concertado.

Todos en grupo y haciéndonos ver bien.

–                  No quiero.

Tú mentirías.

–                  Te juro que no mentiré.

Si no me dicen nada, no digo nada.

Si nos preguntan si estás con nosotros, diré:

«¿Y no veis que no está?

Y si quieren saber dónde estás, responderé:

«Buscadlo vosotros.

¿Cómo queréis que sepa yo dónde está el Maestro en este momento?»

Ciertamente no podré saber si estás en la casa, aquí por los huertos o qué sé dónde.

–               Judas, Judas, te he dicho…

–               Y yo te digo que tienes razón.

Pero esto mío no será sencillez de paloma, sino prudencia de serpiente.

Tú, la paloma;

yo, la serpiente.

Y juntos formaremos esa perfección que has enseñado.

Judas toma el tono que tiene Jesús cuando enseña,

imitando a la perfección al Maestro,

dice:

«Yo os envío como ovejas en medio de lobos.

Sed, pues prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas…

No os preocupéis de qué responder,

porque en ese momento se os pondrá en los labios las palabras,

siendo así que no habláis vosotros, sino que habla en vosotros el Espíritu…

Cuando os persigan en una ciudad huid a otra,

hasta que venga el Reino del Hijo del hombre…

Las recuerdo y es la hora de aplicarlas.

Jesús objeta

–              No las he dicho así, ni dije sólo estas.

–              Por ahora, sólo es necesario recordar éstas.

Y decirlas así.

Sé lo que quieres decir.

Pero, si no está confirmada la fe en T, que es piedra en tu Reino…

No está bien el ponerse en manos de los enemigos.

Después…

Diremos y haremos lo demás…

Y la expresión de Judas es tan brillante de inteligencia y picardía, que conquista a todos…

Menos a Jesús, que suspira.

Es verdaderamente el hombre seductor al que nada le falta para triunfar sobre los hombres.

Jesús suspira y piensa…

Pero, sintiendo que no es del todo mala la medida propuesta por Judas, cede.

Y éste triunfante, formula todo su plan,

diciendo:

–              Nosotros pues, iremos mañana.

Y pasado mañana, hasta el día siguiente del sábado.

Estaremos en una cabaña hecha de ramas, en el valle del Cedrón,

como perfectos israelitas.

Ellos se cansarán de esperarte…

Y entonces irás.

Entretanto estarás aquí en paz, descansando.

Estás exhausto, Maestro mío.

Y nosotros esto no lo queremos.

Después de cerradas las puertas, uno de nosotros vendrá a decirte lo que hacen ellos.

¡Oh, será bonito verlos chasqueados!

Todos asienten y Jesús no opone resistencia.

Quizás el cansancio verdaderamente grande;

quizás el deseo de consolar a Lázaro, de darle todo el conforte antes de la lucha final;

contribuyen a que ceda.

Quizás también la necesidad real de mantenerse libre,

hasta que no se cumplan todas las obras que son necesarias

para que Israel no dude de su Naturaleza antes de juzgarlo como reo…

Lo cierto es que dice:

–                Pues así sea.

Pero no busquéis disputas.

Y evitad los embustes.

Mejor callad, pero no mintáis.

Ahora vámonos, que Martha nos llama.

Ven, Margziam.

Te encuentro con mejor aspecto…

Pasando un brazo en torno a los hombros del discípulo jovencito,

Se aleja hablando con él…

650 Dos Oasis de Paz


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485a Jesús llega con los apóstoles a Betania

Jesús está con las hermanas de Lázaro, en el quiosko de los jazmines, de la residencia de Bethania.

María Magdalena dice:

–             Nosotras…

Nosotras que sabemos muchas cosas,

que no se las decimos a Lázaro para no causarle dolor,

teníamos menos esperanza…

Porque pensábamos que no venías para escabullirte de los que te buscan…

Martha sí pensaba mucho esto.

Yo menos, porque… yo, si estuviera en tu lugar, desafiaría a los enemigos.

Yo no soy de esas que tienen miedo de los hombres.

Y ahora ya no tengo miedo tampoco de Dios.

Sé cuán bueno es para con las almas arrepentidas…

Termina María mirándolo con su mirada llena de amor.

Jesús pregunta:

–                ¿De nada tienes miedo, María?

–               Del pecado…

Y de mí misma…

Tengo siempre miedo de volver a caer en el mal.

Creo que Satanás me debe odiar mucho.

–               Tienes razón.

Eres una de las almas más odiadas por Satanás.

Pero eres también una de las más amadas por Dios.

Recuerda esto.

–               ¡Lo recuerdo!

¡Es mi fuerza este recuerdo!

Recuerdo lo que dijiste en casa de Simón.

Dijiste:

«Mucho se le perdona porque mucho ha amado»

Y a mí:

«Te son perdonados los pecados.

Tu fe te ha salvado.

Ve en paz».

Dijiste «los pecados».

No muchos.

TODOS.

Y entonces pienso Dios mío, en tu amor a mí, sin medida.

Pues bien, si mi pobre fe de entonces,

como la que podía haber nacido en un alma gravada de culpas, obtuvo tanto de Ti,

¿Mi Fe de ahora no podrá defenderme del Mal?

–               Sí, María.

Vela por ti misma y vigílate.

Es humildad y prudencia.

Pero ten fe en el Señor.

Él está contigo.

Entran en casa.

Marta va a ver a su hermano.

María quisiera servir a Jesús.

Pero Jesús quiere antes ir donde Lázaro.

Y entran en la habitación en penumbra en que se consuma el sacrificio.

Lázaro al verlo, exclama:

–                ¡Maestro!

–                ¡Amigo mío!

Los brazos esqueletados de Lázaro se extienden hacia arriba;

los de Jesús, hacia abajo para abrazar el cuerpo del amigo que languidece:

Se funden en un largo abrazo.

Luego Jesús coloca de nuevo al enfermo sobre las almohadas y lo contempla con piedad.

Pero Lázaro sonríe.

Está feliz.

En su rostro deshecho por el dolor,

sólo resplandecen vivaces los ojos hundidos,

iluminados con la alegría de tener allí a Jesús.

El Maestro le dice amorosamente:

–               ¿Lo ves?

He venido.

Y para estar mucho contigo.

Lázaro exclama:

–                ¡No puedes, Señor!

A mí no me dicen todo.

Pero sé lo suficiente, como para decirte que no puedes.

Al dolor que te causan, añaden el mío;

mi parte, no concediéndome expirar entre tus brazos.

Pero yo que te quiero, no puedo por egoísmo tenerte a mi lado, en el peligro.

Tú…

Ya he dado disposiciones…

Debes cambiar siempre de lugar.

Todas mis casas están abiertas para Ti.

Los custodios han recibido órdenes, como también los encargados de mis campos.

Pero no vayas al Getsemaní para estar allí un tiempo.

Está muy vigilado.

Me refiero a la casa.

Porque a los olivos, especialmente a los de arriba, puedes ir.

Y por muchos caminos, sin que lo sepan.

¿Sabes que Margziam está ya aquí`?

Algunos le hicieron preguntas mientras estaba en la almazara con Marcos.

Querían saber dónde estabas y si venías.

El muchacho respondió muy bien:

«Es israelita y vendrá. Por dónde, no lo sé, porque lo dejé en el Merón»

Así ha impedido que te tachasen de pecador y no ha mentido.

–             Te lo agradezco, Lázaro.

Seguiré tu consejo.

Pero de todas formas, nos veremos con frecuencia.

Lo sigue contemplando.

–                  ¿Me miras, Maestro?

¿Ves cómo me he quedado?

Como un árbol que se despoja de hojas en otoño yo, cada hora que pasa,

me despojo de carne,

de fuerza y de horas de vida.

Pero digo la verdad diciendo que, si siento el no vivir lo suficiente para ver tu triunfo,

exulto por marcharme para no ver -impotente como soy para frenarlo-

el odio que aumenta en torno a Ti.

–                 No eres impotente; nunca lo eres.

Eres providente para con tu amigo aun antes de que Él llegue.

Tengo dos casas de paz.

Y podría decir: igualmente queridas: la de Nazaret y ésta.

Si allí está mi Madre, el amor celeste casi cuanto el Cielo por el Hijo de Dios,

aquí tengo el amor de los hombres por el Hijo del hombre.

El amor amigo, creyente, venerante…

¡Gracias, amigos míos!

–               ¿Es que tu Madre no va a venir?

–               Al principio de la primavera.

–               ¡Oh, entonces yo ya no la volveré a ver!…

–               No.

la verás.

Yo te lo digo.

Me debes creer.

–               En todo, Señor.

Hasta en las cosas desmentidas por los hechos.

–               ¿Margziam dónde está?

–                En Jerusalén con los discípulos.

Pero viene aquí al atardecer.

Dentro de poco.

¿Y tus apóstoles?

¿No están contigo?

–               Están allá, con Maximino.

Que está atendiendo su cansancio y extenuación.

–              ¿Habéis caminado mucho?

–                Mucho.

Sin tregua.

Ya te contaré…

Ahora descansa.

Entretanto, te bendigo.

Y Jesús lo bendice y se retira.

649 Prueba de FE


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485 Jesús llega con los apóstoles a Betania

Los variados verdes de los campos que están en torno a Bethania aparecen a la vista

apenas salvado un picacho de monte,

apenas puesto el pie en la vertiente sur del monte,

que desciende con un camino en zigzag hacia Betania.

El verde plata de los olivos, el verde fuerte de los manzanos,

salpicado acá o allá de las primeras amarilluras de las hojas,

el desordenado y más amarillento verde de las vides,

el oscuro y compacto verde de los algarrobos y las encinas,

mezclados con el marrón de los campos, ya arados y a la espera de la semilla,

mezclados con el verde fresco de los prados, que echan la nueva hierba.

De los fértiles huertos, forman como una alfombra multicolor

para quien desde lo alto domina Bethania y sus alrededores.

y descollando sobre el verde más bajo, los pinceles de las palmas de dátiles,

siempre elegantes, siempre rememorativas del Oriente.

La pequeña ciudad de Ensemes,

acoclada en medio del verde y toda encendida de sol (de un sol que empieza su ocaso),

pronto queda atrás.

Y después queda atrás la fuente amplia, rica en agua,

situada un poco al norte donde empieza Bethania,

para  ver después las primeras casas entre el verde…

Han llegado después de mucho camino y camino fatigoso.

Y a pesar de estar cansadísimos…

Parecen recuperar sus fuerzas por el simple hecho de estar cerca de la casa amiga de Bethania.

La pequeña ciudad está calma, casi vacía.

Muchos habitantes deben haberse trasladado ya a Jerusalén para la fiesta.

Por eso, Jesús pasa inadvertido hasta los alrededores de la casa de Lázaro.

Sólo cuando está ya junto al jardín ensilvecido de la casa donde estaban todas aquellas zancudas,

encuentra a dos hombres que lo reconocen, lo saludan.

Y preguntan:

–              ¿Vas donde Lázaro, Maestro?

Haces bien.

Está muy mal.

Nosotros venimos de su casa.

Le hemos llevado la leche de nuestras burritas,

el único alimento que su estómago tolera todavía,

junto con un poco de miel y jugo de fruta.

Las hermanas no hacen más que llorar.

Están agotadas de vela y de dolor…

Y él no hace más que desear tu presencia.

Creo que ya habría muerto, pero el ansia de volverte a ver le ha hecho vivir hasta aquí.

Jesús dice:

–              Voy enseguida.

Dios esté con vosotros.

–              ¿Y… lo vas a curar? – preguntan curiosos.

–              La voluntad de Dios se manifestará en él.

Y con ella la potencia del Señor – responde Jesús, dejando perplejos a los dos.

Y se apresura a ir a la cancilla del jardín.

Lo ve un siervo y corre a abrir, pero sin ninguna exclamación de alegría.

Apenas abierta la cancilla, se arrodilla para venerar a Jesús,

diciendo con voz afligida:

–             ¡Bienvenido seas, Señor!

Quiera ser tu venida signo de alegría para esta casa llena de llanto.

Lázaro, mi señor…

–             Lo sé.

Resignaos todos a la voluntad del Señor, que premiará el sacrificio de vuestra voluntad a la suya.

Ve y llama a Martha y a María.

Las espero en el jardín.

El siervo se marcha corriendo.

Jesús lo sigue despacio;

después de haber dicho a los apóstoles:

–             Voy donde Lázaro.

Descansad, que lo necesitáis…

Y efectivamente, mientras se asoman a la puerta las dos hermanas.

Tienen dificultad en reconocer al Señor, pues muy cansados están sus ojos de vela y lágrimas.

Y el sol, dándoles precisamente en los ojos, aumenta la dificultad de ver.

Otros criados, por una puerta secundaria,

salen al encuentro de los apóstoles y los acompañan.

Jesús dice:

–               ¡Marta! ¡María!

Soy Yo.

No me reconocéis?

Las dos hermanas exclaman:

–               ¡Oh, el Maestro!

Y se echan a correr hacia Él.

Arrojándose a sus pies, a duras penas ahogando los sollozos.

Besos y lágrimas descienden sobre los pies de Jesús,

como ya en la casa de Simón el fariseo.

Pero esta vez Jesús no se queda inmóvil como entonces,

recibiendo el lavatorio del llanto de Martha y María;

esta vez se inclina y las toca en la cabeza, las acaricia y bendice con ese gesto.

Las obliga a levantarse,

mientras dice:

–               Venid.

Vamos a la pérgola de los jazmines.

¿Podéis dejar a Lázaro?

Más con gestos que con palabras, entre sollozos, dicen que sí.

Y van al quiosco umbrío, entre cuya fronda tupida y oscura,

alguna tenaz estrellita de jazmín albea y perfuma.

Jesús dice:

–              Hablad, pues…

Alternadamente ellas hablan:

–              ¡Oh, Maestro!

–              ¡Vienes a una casa bien triste!

–              El dolor nos ha entontecido.

–               Cuando el criado nos ha dicho: «Un hombre os busca», no hemos pensado en Ti.

–               Al verte, no te hemos reconocido.

–              Pero, ¿Ves?

Nuestros ojos están abrasados por el llanto.

–               ¡Lázaro está muriendo!…

El llanto vuelve…

E interrumpe las palabras de las dos hermanas.

–             Y Yo he venido…

Radiante de esperanza entre las lágrimas,

María dice:

–             ¿A curarlo?

¡Oh, mi Señor!

Juntando las manos con gesto de alegría,

Martha agrega:

–              ¡Ah, yo lo decía! Si Él viene…

Jesús responde:

–              ¡Marta, Marta!

¿Qué sabes tú de las operaciones y decretos de Dios?

Las dos exclaman juntas:

–              ¡Ay, Maestro!

–               ¿No lo vas a curar?

Y vuelven a sumirse en el dolor.

–               Yo os digo:

Tened una fe ilimitada en el Señor.

Seguid teniéndola, a pesar de toda insinuación…

Y acontecimiento…

Veréis grandes cosas cuando vuestro corazón ya no tenga motivo para esperar verlas.

¿Qué dice Lázaro?

María dice:

–              En sus palabras hay un eco de las tuyas.

Nos dice: «No dudéis de la bondad y poder de Dios.

Suceda lo que suceda, intervendrá para vuestro bien y el mío.

Y para el bien de muchos…

De todos los que como yo y como vosotros sepan permanecer fieles al Señor».

Martha agrega:

–                Y cuando está en condiciones de hacerlo, nos explica las Escrituras…

Ya es lo único que lee…

Y nos habla de Ti, diciendo que muere en un tiempo feliz,

porque la era de la paz y el perdón ha comenzado.

Pero, lo oirás…

Es que dice también otras cosas que nos hacen llorar incluso más que por él…

–             Ven, Señor.

Cada minuto que pasa es un minuto robado a la esperanza de Lázaro.

Contaba las horas…

Decía:

«Pues, para la fiesta estará en Jerusalén y vendrá…»

648 Parábola de la Granada


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

484a  parábola de la granada.

Jesús va justamente hasta el torrente y se sienta en una peña.

Sobre su cabeza, la leve sombra de un sauce;

al lado, las risueñas aguas que descienden.

La gente se sienta en la hierba nueva de las dos orillas.

Entretanto, han traído del pueblo pan, leche recién ordeñada, quesos, fruta y miel…

Y se lo ofrecen a Jesús para que coma de ello con los suyos.

Y lo miran comer, después de la ofrenda y bendición de los alimentos:

Como un mortal (¡Qué sencillo!)

Como un Dios (¡Qué soberanamente hermoso y espiritualmente imponente!)

Lleva una túnica de lana blanca…

(Un blanco levemente marfileño, como es el color de la lana hilada en casa)

Y el manto azul oscuro echado a la espalda.

El sol, filtrándose a través del sauce,

enciende sus cabellos con chispas de oro en continuo movimiento

que reproduce el de las livianas hojitas del sauce.

Y un rayo logra acariciarle la mejilla izquierda,

haciendo del esponjoso rizo en que termina la guedeja caediza sobre la mejilla;

una madeja de oro en hilos que repite más pálidamente su color,

en la blonda y no excesiva barba

que cubre el mentón y la parte baja de la cara.

La piel, de un color marfil antiguo;

a la luz del sol muestra el delicado bordado de las venas en las mejillas y en las sienes.

Y una de ellas atraviesa de la nariz al pelo la frente lisa y alta…

Y será precisamente de esa vena,

de donde caerá mucha sangre,

por una espina que la traspasaba durante la Pasión…

Siempre, cuando contemplamos a Jesús tan hermoso y compuesto en su varonil cuidado,

es imposible olvidar cómo quedó…

después de los sufrimientos y las agresiones de los hombres…

Jesús come…

Y sonríe a unos niños que están arrimados a sus rodillas, relajada la cabeza sobre ellas.

O que lo miran comer…

Asombrados al pensar que Jesús es Dios Encarnado

y ha tenido la Humildad de volverse como ellos…

Y Jesús, cuando llega a la fruta y la miel, les ofrece a ellos…

Y a los más pequeños cual si fueran pajarillos,

les pone en la boca granos de uva o migas untadas en la miel filamentosa.

Un niño al que sin duda le gustan y espera encontrarlas…

Se marcha corriendo por entre la gente en dirección a un árbol.

Vuelve con los brazos cruzados sobre su pequeño pecho,

haciendo de éste un cesto vivo en que descansan tres granadas

de un volumen y belleza maravillosos.

Se las ofrece a Jesús, insistiendo.

Jesús toma los frutos y abre dos de ellos;

los divide en tantas partes como pequeños amigos tiene.

Y las reparte.

Luego, tomando en la mano la tercera, se pone en pie;

teniendo en la palma izquierda, bien a la vista, la espléndida granada…

Y empieza a hablar:

–                 ¿Con qué compararé el mundo en general…

Y en particular Palestina, que estuvo unida,

-y lo está en el pensamiento de Dios- en una única nación,

y que luego se escindió por un error y por un obstinado odio entre hermanos?

¿Con qué compararé a Israel, así como está,

en el estado en que, por su voluntad, se halla?

Lo compararé con esta granada.

Y os digo en verdad, que las desavenencias que hay entre judíos y samaritanos se repiten,

en forma y medida distinta pero con una única sustancia de odio,

entre todas las naciones del mundo,

y en ocasiones entre provincias de una misma nación.

Y se consideran insalvables como si fueran cosas creadas por Dios mismo.

No.

El Creador no ha hecho tantos Adanes y tantas Evas como razas hay recíprocamente adversas,

como tribus hay,

como familias hay constituidas en enemigas la una de la otra.

Hizo a un solo Adán a una sola Eva.

Y de ellos han venido los hombres todos,

que se esparcieron luego para poblar la Tierra,

como si fuera una sola casa que va enriqueciéndose en el número de habitaciones

a medida que aumentan los hijos,

se casan y procrean a los nietos para sus padres.

¿Por qué entonces tanto odio entre los hombres, tantas barreras, tantas incomprensiones?

Habéis dicho:

«Sabemos estar unidos sintiéndonos hermanos».

No es suficiente.

Debéis amar también a los que no son samaritanos.

Mirad este fruto.

Ya conocéis su sabor, además de su belleza.

Está cerrado aún, como ahora.

Y ya os prometéis el jugo dulce de su interior;

abierto, alegra también la vista con sus filas apretadas de granos,

semejantes a rubíes dentro de un cofre.

Pero ¡Ay del incauto que lo mordiera sin haberle quitado las separaciones amarguísimas

puestas entre una y otra familia de granos!

Se intoxicaría los labios y las entrañas.

Y rechazaría el fruto diciendo:

«Es veneno»

Igualmente, las separaciones y los odios entre un pueblo y otro, una tribu y otra

transforman en veneno aquello que había sido creado para ser dulzura.

Son inútiles.

Lo único que hacen es, como en este fruto,

crear límites que comen espacio y producen incomprensión y dolor.

Son amargos.

Y a quien clava sus dientes, o sea,

a quien muerde a su prójimo a quien no ama,

para producirle daño y dolor,

le dan una amargura que envenena el espíritu.

¿No se pueden hacer desaparecer?

Se puede.

La buena voluntad los elimina;

de la misma forma que la mano de un niño quita las paredes de amargura en el dulce fruto

que el Creador hizo para deleite de sus hijos.

Y el primero que tiene buena voluntad es el mismo, único Señor,

Dios tanto de los judíos como de los galileos, de los samaritanos como de los batenos.

Y esto lo demuestra enviando al único Salvador, que salvará a éstos y a aquéllos

pidiendo sólo la fe en su Naturaleza y Doctrina.

El Salvador que os habla pasará derribando las inútiles barreras,

borrando el pasado que os ha dividido;

para sustituirlo por un presente que os hermane en su Nombre.

Vosotros todos, de aquí y de allende los confines,

lo único que tenéis que hacer es secundarlo y el odio caerá.

Y desaparecerá la postración que suscita rencor.

Y desaparecerá el orgullo que suscita injusticia.

Mi Mandamiento es éste:

Que los hombres se amen como hermanos que son.

Que se amen como el Padre de los Cielos los ama y como los ama el Hijo del hombre,

que por la naturaleza humana que ha asumido se siente hermano de los hombres.

Y que por su Paternidad se sabe dueño de vencer al Mal con todas sus consecuencias.

Habéis dicho: «Es nuestra ley no traicionar».

Entonces lo primero, no traicionéis a vuestras almas privándolas del Cielo.

Amaos los unos a los otros, amaos en Mí.

Y la paz descenderá sobre los espíritus de los hombres,

como ha sido prometido.

Y vendrá el Reino de Dios, que es Reino de paz y de amor

para todos aquellos que tienen recta voluntad de servir al Señor su Dios.

Os dejo.

Que la Luz de Dios ilumine vuestros corazones…

Vamos…

Se envuelve en su manto,

se pone en bandolera su saca y abre la marcha.

Junto a Él, a uno de los lados, Pedro.

Y al otro el notable que ha hablado al principio.

Detrás, los apóstoles.

Más atrás, puesto que en grupo no es posible caminar por el sendero que sigue el torrente…

Los jóvenes de Efraím…

647 Escapatoria Frustrada


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

484 Alto obligado en las cercanías de Efraím 

Y Jesús cree efectivamente, que con las primeras luces del alba podrá rebasar Efraím,

sin que nadie lo vea en la ciudad todavía silenciosa y con las calles desiertas.

Por prudencia orilla la ciudad sin entrar en ella, a pesar de que la hora sea más que matutina.

Pero cuando de la callecita que han recorrido, a espaldas del pueblo,

salen al camino de primer orden, se encuentran en frente a todo el pueblo reunido.

Y junto con los pobladores, a otros que han venido de los otros lugares ya rebasados.

Siendo éstos últimos, los que señalan a los de Efraím al Señor en cuanto lo ven aparecer.

Por suerte, faltan totalmente fariseos, escribas y otros semejantes.

Los notables, por voluntad de la gente de Efraím, se adelantan.

Uno de ellos, después de un solemne saludo,

dice por todos:

–             Hemos sabido que estabas entre nosotros…

Y que no te habías desdeñado de compadecerte de ninguno.

Sabíamos ya que habías sido compasivo con los de Siquem.

Y hemos deseado tu Presencia.

Ahora Aquel que ve los pensamientos de los hombres te ha guiado a nosotros.

Quédate y habla, porque también nosotros somos hijos de Abraham.

Jesús responde:

–             No me es dado quedarme…

–             ¡Oh, sabemos que te buscan!

Pero no por aquí.

Esta ciudad está en el límite del desierto y de las Montañas de la sangre.

Ellos no pasan con gusto por aquí.

Y esta vez además,

después de los primeros no hemos vuelto a ver a ninguno.

–             No puedo quedarme…

–             Te espera el Templo.

Lo sabemos.

Pero, créenos.

Nos consideráis gente proscrita porque no inclinamos la frente ante los pontífices de Israel.

¿Pero es que el pontífice es Dios?

Estamos lejos, pero no tanto como para no saber que vuestros sacerdotes

no son menos indignos que los nuestros.

Y nosotros pensamos que Dios no puede ya estar con ellos.

No.

Tras la nube del incienso ya no se cela el Altísimo.

Podrían dejar de quemarlo.

Y podrían entrar en el Santo de los Santos sin miedo a quedar reducidos a cenizas,

por el fulgor de Dios asentado en su gloria.

Nosotros adoramos a Dios, sintiéndolo fuera de las piedras deshabitadas de los templos vacíos.

Y para nosotros no está más vacío nuestro templo que el vuestro,

si queréis acusarnos de tener un templo ídolo.

Como ves, somos ecuánimes.

Escúchanos, pues.

Adquiere un tono solemne,

agregando:

–            Mejor sería que te quedaras a adorar al Padre entre aquellos que al menos,

reconocen que tienen un espíritu de religión vacío de verdad como los demás,

que no quieren reconocer esto y nos ofenden.

Solos, evitados como leprosos, sin profetas, sin doctores;

nosotros hemos sabido al menos, estar unidos sintiéndonos hermanos.

Y nuestra ley es no traicionar.

Porque está escrito (Éxodo 22, 20; 23, 2-3; Deuteronomio 16, 19; 28, 14; 27, 24-25):

«No sigas a la turba para hacer el mal;

en el juicio no te apartes de la verdad por adecuarte al parecer de la mayoría».

Está escrito: «No quites la vida al inocente y al justo, porque yo aborrezco al impío.

No aceptes dones, que ciegan incluso a los sabios y subvierten las palabras de los justos.

No hostigues al extranjero;

porque vosotros sabéis lo que quiere decir ser extranjeros en la tierra de otros».

Y en las bendiciones dichas precisamente en el Garizim, el monte amado del Señor,

que si lo eligió como monte de bendición,

se promete toda bendición a quien se atiene a la verdadera Ley que está en el Pentateuco.

Ahora bien, si rechazamos como ídolos las palabras de los hombres, pero conservamos las de Dios,

¿Podemos, acaso, ser llamados idólatras?

La maldición de Dios cae sobre el que ataca escondidamente a su prójimo

y acepta dones para condenar a muerte a un inocente.

Nosotros no queremos ser maldecidos por Dios por nuestras acciones.

Porque por ser samaritanos no seremos maldecidos,

siendo Dios el Justo que premia el bien donde se halla.

Ésta es nuestra confianza en el Señor.

Se recoge un instante,

luego continúa:

–               Por todo esto, te decimos:

Sería mejor para Ti quedarte con nosotros.

El Templo te odia y te busca para causarte dolor.

Y no sólo eso.

Siempre estarás demasiado con aquellos que te rechazan como a un oprobio.

No de los judíos te vendrá el amor.

–             No puedo quedarme.

Pero recordaré vuestras palabras.

Entretanto, os digo que perseveréis en la observancia de las leyes de justicia que habéis recordado

y que brotan del precepto del amor al prójimo:

el precepto que con el del amor a Dios,

forma el Mandamiento Principal de la Religión antigua y de la mía.

Para el que vive como justo no está lejos el camino del Cielo.

A los que están en el sendero cercano, separados ya sólo por puntillo, más que por una convicción,

un solo paso los llevará al camino del Reino de Dios.

–             ¡Tu Reino!

–             El mío.

Pero no el Reino como lo imaginan los hombres…

Reino de poder temporal, justo y a lo mejor, violento para ser poderoso,

sino el Reino que empieza dentro del corazón de los hombres,

a quienes el Rey espiritual da un código espiritual y dará un premio espiritual.

Dará el Reino.

Este Reino que no estará habitado exclusivamente por judíos, galileos o samaritanos;

sino por todos aquellos que en la Tierra tuvieron una única fe:

la mía.

Y en el Cielo llevarán un único nombre:

santos.

Las razas…

Y las divisiones entre raza y raza, se quedan en la Tierra, limitadas a ella.

En mi Reino no habrá razas distintas,

sino únicamente la de los hijos de Dios.

Los hijos de Uno Solo pueden ser sólo de una única estirpe.

Ahora dejadme continuar.

Todavía es largo el camino que debo recorrer antes de que llegue la noche.

–            ¿Vas a Jerusalén?

–            A Ensemes.

–            Entonces te vamos a indicar un camino que sólo nosotros conocemos,

para ir al vado sin sufrir demora ni hostilidad.

No llevas cargas ni carros, así que puedes ir por él.

Para nona estarás en el lugar.

Y conocer ese sendero será bueno para Ti.

Pero descansa entre nosotros una hora, aceptando el pan y la sal.

Y danos a cambio tu palabra.

–              Hágase como queréis.

Pero vamos a quedarnos aquí donde estamos.

El día está muy plácido y este lugar es muy hermoso.

En efecto, están en una depresión cubierta de árboles frutales.

Por su centro fluye un pequeño torrente alimentado por las primeras lluvias,

que corre hacia el Jordán, cantarín y luciente bajo el sol;

bajando por entre piedras grandes que lo fragmentan en espumas nacaradas.

En las dos orillas, los arbustos, que han resistido el verano,

parecen gozar del agua rota en espuma y diminutamente polvorizada.

Brillando intensa, dulcemente trémulos por un viento templado con sabor a manzanas maduras

y a mostos en fermentación.

646 Una Gratitud Inoportuna


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

483b Los diez leprosos curados en Samaria.

Judas Tadeo de Alfeo dice:

–              Si…

Tenemos un dolor…

Es el que no todos nosotros los de la parentela, lo amamos en espíritu.

Y sólo con el espíritu.

Pero NO somos los únicos en Israel que lo aman mal…

Judas de Keriot lo mira.

Y quizás hablaría.

Pero le distraen unos gritos que llegan hasta ellos…

Desde un cerro que se levanta por encima del poblado que están orillando…

Buscando el camino para entrar en él,

se escucha fuerte como el sonido de una campana:

–              ¡Jesús!

–              ¡Rabí Jesús!

–              ¡Hijo de David y Señor nuestro, ten piedad de nosotros!

Los apóstoles dicen:

–           ¡Leprosos!

–           Vámonos, Maestro.

–           Si no…

Va a venir el pueblo y nos van a retener en sus casas.

Pero los leprosos tienen la ventaja de estar más adelante que ellos.

Arriba en el camino, al menos a unos quinientos metros del pueblo;

bajan cojeando por el camino.

Y corren hacia Jesús repitiendo su grito.

Algunos apóstoles dicen:

–             Entremos en el pueblo, Maestro.

–             Ellos NO pueden hacerlo.

Pero otros rebaten:

–              Ya algunas mujeres se han asomado a mirar.

–              Si entramos nos libraremos de los leprosos.

–              Pero NO de ser reconocidos y retenidos.

Y mientras titubean sobre la postura a tomar…

Los leprosos se van acercando a Jesús.

Quien, NO haciendo caso de los «peros y de los si, de sus apóstoles»

Ha proseguido por su camino.

Los apóstoles se resignan a seguirle.

Mientras mujeres con los niños agarrados a las faldas…

Y algún hombre viejo que se ha quedado en el pueblo;

vienen a ver.

Dejando una prudente distancia entre ellos y los leprosos.

Los cuales se detienen a algunos metros de Jesús…

Suplicando una vez más:

–               ¡Jesús, ten piedad de nosotros!

Jesús los contempla un instante.

Luego, sin arrimarse a este grupo de dolor;

pregunta:

–              ¿Sois de este pueblo?

Ellos le responden:

–              No, Maestro.

Somos de diversos lugares.

–              Pero este monte donde estamos, por la otra parte;

mira al camino que va a Jericó.

–              Y es bueno para nosotros ese lugar…

–              Id entonces al pueblo cercano a vuestro monte y mostraos a los sacerdotes.

Jesús reanuda la marcha.

Apartándose hacia el borde del camino, para no rozar a los leprosos;

Jesús siempre respetó, los límites impuestos por los hombres; 

en sus leyes y decretos…

Los cuales, sin otra cosa que una mirada de esperanza en los pobres ojos enfermos;

lo miran mientras se acerca.

Jesús llegando a su altura, levanta la mano para bendecir.

La gente del pueblo desilusionada, regresa a las casas…

Los leprosos ganan de nuevo el monte…

Para ir hacia su gruta o hacia el camino de Jericó.

Los apóstoles dicen:

–             Has hecho bien no curándolos.

–             Los del pueblo, ya no nos habrían dejado marcharnos…

–             Sí.

Todo ha estado muy bién.

–              Y sería necesario llegar a Efraím antes de la noche.

Jesús camina…

Y CALLA.

El pueblo ya está escondido a la vista, por las curvas del camino que es muy sinuoso;

porque sigue los caprichos del monte en cuyo pie está hendido.

Pero una voz los alcanza:

–                 ¡Alabado sea el Dios Altísimo y su verdadero Mesías!

¡En Él, todo poder;

toda sabiduría y piedad!

¡Alabado sea el Dios Altísimo, que en Él nos ha concedido la paz!

¡Alabadlo todos vosotros…

Hombres de las ciudades de Judea y Samaria, de Galilea y Transjordania!

¡Hasta las nieves del altísimo Hermón, hasta los resecos pedregales de Idumea!

¡Hasta las arenas bañadas por las olas del Mar Grande…!

Cántese con poderosa voz la alabanza al Altísimo y a su Cristo!

¡Se ha cumplido la profecía de Balaam!

¡La Estrella de Jacob resplandece en el cielo rehecho,

de la patria que el verdadero Pastor ha vuelto a unir!

¡Se han cumplido también las promesas hechas a los patriarcas!

¡Oíd la palabra de Elías, que nos amó…

Oídla, pueblos de Palestina!

¡Y comprendedla!

¡Ya no se debe cojear de las dos partes, sino que se debe elegir por luz de espíritu.

Y si el espíritu es recto elegirá bien!

¡Éste es el Señor!

¡Seguidle!

¡Ah!

¡Que hasta ahora hemos sido castigados, porque NO nos hemos esforzado en comprender!

El hombre de Dios maldijo el falso altar profetizando:

«Sí.

Nacerá de la casa de David un hijo llamado Josías,

que sacrificará en el altar y quemará huesos de Adán.

El altar entonces se romperá y se hundirá en las entrañas de la Tierra,

Las cenizas de la inmolación se esparcirán a septentrión y a mediodía, hacia oriente.

Hacia donde el Sol de pone».

No queráis hacer como el necio Ocozías,

que mandaba a consultar al dios de Ecrón cuando el Altísimo estaba en Israel.

No queráis ser inferiores a la burra de Balaam,…

La cual, por su reverencia al espíritu de Luz;

mientras que habría caído muerto el profeta que no veía, habría merecido la vida.

¡He aquí la Luz, que pasa entre nosotros!

¡Abrid los ojos, ciegos de espíritu, y ved!

Y uno de los leprosos los sigue, cada vez más cerca…

Incluso en el camino de primer orden en que ya están,

señalando a Jesús a los peregrinos.

Los apóstoles desazonados, se vuelven dos o tres veces;

intimando al leproso perfectamente curado, a callarse.

Y la última vez casi lo amenazan.

Pero él, dejando por un momento de levantar así la voz para hablar a todos,

responde:

–              ¿Y qué queréis?

¿Que no glorifique las grandes cosas que Dios me ha hecho?

¿Queréis que no lo bendiga?

Los apóstoles responden inquietos:

–              Bendícelo en tu corazón y calla.

–              No.

No puedo callar.

Dios pone las palabras en mi boca…

Y otra vez con voz fuerte:

–              ¡Gentes de los dos lugares de frontera, gentes que pasáis fortuitamente,

deteneos a adorar a Aquel que reinará en el nombre del Señor!

Yo rechazaba muchas palabras.

Pero ahora las repito porque las veo cumplidas.

Y todas las gentes se ponen en movimiento y vienen exultantes hacia el Señor por las vías del mar;

de los desiertos, por las colinas y los montes.

Y también nosotros, pueblo que hemos caminado en las tinieblas,

iremos hacia la gran Luz que ha surgido, hacia la Vida;

saliendo de la región de la muerte.

Lobos, leopardos y leones como éramos,

renaceremos en el Espíritu del Señor y nos amaremos en Él,

a la sombra del Retoño de Jesé que ya es cedro,

bajo el cual acampan las naciones por Él recogidas desde los cuatro puntos de la Tierra.

He aquí que llega el día en que los celos de Efraím tendrán fin,

porque ya no existen Israel y Judá, sino un solo Reino:

el del Cristo del Señor.

¡Oíd!

Yo canto las alabanzas del Señor, que me ha salvado y consolado.

Oíd, yo digo: alabadlo y venid a beber la salvación a la fuente del Salvador.

¡Hosanna!

¡Hosanna a las grandes cosas que Él hace!

¡Hosanna al Altísimo que ha puesto en medio de los hombres,

a su Espíritu revistiéndolo de Carne,

para que fuera el Redentor!

¡Es inagotable!

La gente aumenta, se agolpa, ocupa el camino.

Quien estaba atrás se acerca…

Quien estaba delante regresa.

Los habitantes de un pequeño pueblo -en cuyos aledaños están ya- se unen a los viandantes.

Inquietos, los apóstoles dicen:

–              Mándale que se calle, Señor.

–               Es el samaritano.

–               Esto dice la gente.

–               ¡No debe hablar de Ti!

–                ¡Si ya no permites siquiera, que nosotros te precedamos predicándote!

Jesús responde:

–             Amigos míos, repito las palabras de Moisés a Josué, hijo de Nun,

que se quejaba porque Eldad y Medad profetizaban en el campamento:

«¿Estás celoso por Mí, en vez de Mí?

¡Ojalá profetizara así todo el pueblo y el Señor diera a todos su Espíritu!»

De todas formas, me detengo y lo despido para complaceros.

Jesús se detiene.

Se vuelve y llama al leproso curado.

El cual se acerca presuroso, se postra ante Jesús y besa la tierra.

Jesús pregunta:

–                Levántate.

¿Dónde están los otros?

¿No erais diez?

–                Los otros nueve no han sentido la necesidad de dar gracias al Señor.

–                ¿Entonces?

¿De diez leprosos, de los cuales sólo uno era samaritano…

No se ha encontrado ninguno, aparte de este extranjero;

que sintiera el deber de regresar para dar gloria a Dios?

¿Antes de restituirse a sí mismo, a la vida y a la familia?

Y se le conoce como «samaritano»

¿Ya no están ebrios los samaritanos, puesto que ven sin equivocaciones

y acuden al camino de la Salvación sin paso vacilante?

¿Es que habla la Palabra un lenguaje extranjero;

pues lo entienden los extranjeros y NO los de su pueblo?

Jesús extiende la mirada de sus espléndidos ojos sobre la multitud que se encuentra allí,

procedente de todas partes de la Palestina.

Y esos ojos con su centelleo, SON irresistibles…

Muchos agachan la cabeza y azuzan a las cabalgaduras.

Luego se echan a caminar y se alejan…

Jesús baja los ojos hacia el samaritano que está arrodillado a sus pies.

La mirada se hace dulcísima.

Levanta la mano -la tenía relajada- haciendo un gesto de bendición,

y dice:

–             Levántate y márchate.

Tu Fe ha salvado en ti, más que tu carne.

Camina en la Luz de Dios.

Ve.

El hombre besa nuevamente la tierra.

Y antes de levantarse, pide:

–              Un nombre, Señor.

Un nombre nuevo, porque todo es nuevo en mí, para siempre.

–             ¿En qué tierra nos encontramos?

–              En la de Efraím.

–              Pues llámate Efrén de ahora en adelante;

porque dos veces, la Vida te ha dado vida.

(Efrén significa “doble fruto”)

Ve.

El hombre se pone de pie y se marcha.

La gente del lugar y algún peregrino quisieran retener a Jesús.

Pero Él subyuga con su mirada que no es severa, antes al contrario, es muy dulce al mirarlos.

Pero despide un Gran Poder, tan majestuoso….

Que ninguno hace un gesto para retenerlo.

Jesús deja el camino sin entrar en el poblado.

Cruza un campo, luego un regato y un sendero.

Sube al cerro oriental, todo lleno de bosques, donde se adentra con los suyos.

Dice:

–               Para no extraviarnos, seguiremos el camino…

Pero por el bosque.

Después de aquella curva, el camino se pega a este monte.

Encontraremos alguna gruta para dormir y al alba rebasaremos Efraím…

645 Las Tinieblas contra la Luz


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

483a Polémica de los apóstoles sobre el odio de los judíos. 

Sonriendo ante este pensamiento suyo, recogido dentro de sí como si monologara,

con su mirada velada por sus párpados bajados,

Juan continúa:

–                 Es la lucha de las Tinieblas contra la Luz.

La vemos todos los días en los amaneceres y en los crepúsculos.

Las dos fuerzas que se contraponen, que adquieren recíprocamente el dominio sobre la Tierra.

Pero las tinieblas siempre pierden, porque nunca son absolutas.

Siempre emana un poco de luz, aun en la noche más privada de astros.

Parece como si el aire por sí mismo la creara en los infinitos espacios del firmamento.

Y la diseminara, si bien limitadísima;

para convencer a los hombres de que los astros no están apagados.

Y yo digo que igualmente, en estas especiales tinieblas del Mal contra la Luz que es Jesús,

siempre, a pesar de todos los esfuerzos de las Tinieblas,

la Luz estará ahí para confortar a quien en Ella cree.

Santiago de Alfeo recoge su pensamiento:

-Los Libros (Génesis 1, 2-3. Números 11, 26-29; 22, 20-35; 23, 4-30; 24; 1 Reyes 13, 1-5; 2 Reyes 1, 15-16; Isaías 11-12)

Llaman al Cristo «Estrella de la mañana».

Él, por tanto, también conocerá una noche…

Y ¡Oh, espanto mío!

También nosotros la conoceremos;

conoceremos una noche, un tiempo en que no parecerá fuerte la Luz…

sino victoriosas las Tinieblas.

Pero, dado que Él es llamado Estrella de la mañana,

excluyendo un límite en el tiempo;

yo digo que tras la momentánea noche Él será Luz matutina, pura, fresca, virginal,

renovadora del mundo, semejante a la que siguió al Caos en el día primero.

¡Oh!, sí.

El mundo será creado de nuevo en su Luz.

Tadeo agrega:

–               Y la Maldición…

Caerá sobre los réprobos que hayan querido alzar las manos contra la Luz,

repitiendo los errores ya cometidos, desde Lucifer hasta los profanadores del Pueblo santo.

Yeohveh deja libre al hombre en sus acciones.

Pero, por amor del propio hombre, no permitirá que el Infierno prevalezca.

Judas exclama:

–            ¡Oh!

¡Menos mal que después de tanto sopor de espíritu,

por el que todos parecíamos como obtusos y entorpecidos por vejez precoz;

la sabiduría vuelve a florecer en nuestros labios!

¡Ya no parecíamos nosotros!

¡Ahora reconozco de nuevo al Zelote, a Juan y a los dos hermanos de otros tiempos!

Pedro objeta:

–               No me parece que hubiéramos cambiado tanto…

Que no pareciéramos nosotros.

Tadeo exclama:

–             ¡Que si habíamos cambiado!

Todos.

Tú el primero.

Luego Simón;

los otros, incluido yo.

Si había uno que era más o menos el de siempre, era Juan.

Pedro replica:

–              ¡Mmm!

Verdaderamente no sé en qué…

Felipe:

–               ¿En qué?

Taciturnos, como cansados, indiferentes, pensativos…

Ya no se oía nunca una de estas conversaciones, semejantes a muchas de otros tiempos.

Semejantes a la de ahora, que son tan útiles…

Tadeo dice:

–             Para discutir…

Recordando cómo efectivamente, con frecuencia degeneraban en disputas.

Judas rebate:

–              No.

Para formarse.

Porque no todos somos como Nathanael;

ni como Simón, ni como vosotros de Alfeo, por nacimiento o sabiduría.

Y quien lo es menos, aprende siempre de quien lo es más.

Tomás dice:

–              Verdaderamente…

Yo diría que más que nada es necesario formarse en la justicia.

Y de ésta nos ha dado magníficas lecciones Simón.

Pedro responde:

–             ¿Yo?

¡Tú ves mal!

Soy el más necio de todos.

Mateo confirma:

–              No.

Tú eres el que más ha cambiado.

En esto tiene razón Judas de Keriot.

Bien poco queda en ti del Simón que conocí yo cuando vine con vosotros.

Y que perdona, siguió siendo igual durante mucho tiempo.

Tomás dice:

–              Desde que estoy de nuevo contigo después de la separación para las Encenias,

no has hecho otra cosa que transformarte.

Judas agrega:

–              Ahora eres…

Sí, lo digo: eres más paterno.

Y al mismo tiempo, más austero.

Tienes conmiseración de todos tus pobres hermanos, mientras que antes…

Zelote añade:

–            Y se ve.

Yo al menos lo veo, que esto te cuesta.

Pero te vences a ti mismo.

Y nunca nos has impuesto tanto respeto como ahora, que hablas poco.

Y regañas poco…

–               ¡Pero, amigo mío, tú eres muy bueno viéndome así!..

Yo, aparte de en el amor hacia el Maestro, que me crece continuamente…

No he cambiado en nada de nada.

Varios confirman:

–               No.

–               Tomás tiene razón.

–               Estás muy cambiado.

Encogiéndose de hombros,

Pedro dice:

–              ¡Bueno, bueno!

Lo decís vosotros…

Y añade:

Sólo el juicio del Maestro sería seguro.

Pero me guardo bien de pedírselo.

Él conoce mi debilidad y sabe que incluso una alabanza mal dada, podría perjudicar a mi espíritu.

Por tanto, no me alabaría…

Y haría bien en no hacerlo.

Comprendo cada vez mejor su corazón y su sistema.

Y ahí veo toda la justicia.

Jesús, que hasta ese momento ha escuchado y guardado silencio,

interviene diciendo:

–              Porque tienes ánimo recto y porque amas cada vez más.

Lo que te hace ver y comprender es tu amor por Mí.

Maestro tuyo.

El verdadero y más grande Maestro que te hace comprender, es el Amor.

Pedro le responde:

–              Yo creo que…

Es también el dolor que llevo dentro…

Varios preguntan:

–              ¿Dolor?

–              ¿Por qué?»

–              ¡Bueno, pues por muchas cosas!

Que en el fondo son una sola cosa:

Todo lo que sufre el Maestro…

Y el pensamiento de lo que sufrirá.

No podemos seguir pensando en las musarañas como en los primeros tiempos,

pensando en las nubes como críos que no saben,

ahora que sabemos de qué son capaces los hombres y cómo se debe sufrir para salvarlos.

¡Vamos!

¡Creíamos todo fácil en los primeros tiempos!

¡Creíamos que bastaba presentarse para que los otros vinieran a nuestra parte!

Creíamos que conquistar Israel y el mundo era como…

Echar una red en un fondo abundante en pesca.

¡Pobres de nosotros!

Pienso que si no consigue Él una buena presa, nosotros no conseguiremos ninguna.

¡Pero esto no es nada todavía!

Pienso que ésos son malos y le hacen sufrir…

Y creo que éste es el motivo de nuestro cambio en general…

Zelote confirma:

–              Es verdad.

Por mi parte, es verdad.

Varios dicen:

–             También en mi caso.

–             También yo.

Judas confiesa:

–             Yo hace mucho que estaba inquieto por esto…

Y he tratado de disponer de buenas ayudas.

Pero me han traicionado…

Vosotros no me habéis comprendido…

Y yo no os he comprendido a vosotros.

Creía que erais como sois por cansancio del espíritu, por falta de confianza, por desilusión…

Zelote dice:

–              Yo nunca he esperado humanas alegrías.

Y por tanto, no estoy desilusionado.

Santiago con su admiración ilimitada por su Jesús,

dice:

–               Yo y mi hermano querríamos verlo victorioso;

pero para alegría suya.

Lo hemos seguido por amor de parientes antes que de discípulos.

Lo hemos seguido siempre, desde niños.

Él, el más pequeño en edad de nosotros, hermanos;

pero siempre mucho más grande que nosotros…

Tadeo dice:

–               Si tenemos un dolor;

es el que no todos nuestros hermanos:

nosotros, los de la parentela;

lo amamos en espíritu y sólo con el espíritu.

Pero no somos los únicos en Israel que lo aman mal…