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393 LA HEREJÍA MONUMENTAL


393 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

356 Las herejías de Judas Iscariote

Juan se pone al lado del Maestro,

preguntando:

–          ¿Es verdad que donde están aquellas aguas, antiguamente,

fue arrojado a las entrañas de la tierra un réprobo?

Mi madre, cuando éramos pequeños, nos lo decía,

para que comprendiéramos que no se debe pecar; si no, el infierno se abre

bajo los pies de aquel a quien Dios maldice,

y se lo traga.

Y luego, como recuerdo y advertencia,

quedan fisuras de las que sale olor, calor y aguas de infierno.

Yo tendría miedo a bañarme en esas aguas…

Jesús responde:

–           ¿De qué, muchacho?

No te corromperían.

Es más fácil ser corrompidos por los hombres que llevan dentro el Infierno

y de él emanan hedor y venenos.

Pero se corrompen solamente aquellos que por sí mismos,

tienen ya tendencia a corromperse.

–          ¿Me podrían corromper a mí?

–          No.

Aunque estuvieras en medio de una turba de demonios, NO.

Inmediatamente, Judas pregunta:

–         ¿Por qué?

¿Qué tiene de distinto de los demás?

–         Tiene que es puro bajo todos los aspectos.IPor tanto, ve a Dios – responde Jesús.

Y Judas ríe maliciosamente.

Juan pregunta otra vez:

–        ¿Entonces no son bocas del infierno esos manantiales?

–        No.

Son, al contrario, cosas buenas puestas por el Creador para sus hijos.

El Infierno no está bajo la tierra.

Está sobre la tierra, Juan;

en el corazón de los hombres.

Más allá, se completa.

Aquí Jesús no niega que el Infierno esté en el centro de la Tierra,

sino que el Infierno, fundamentalmente está en primer lugar, en el alma del condenado,

lo lleva cada réprobo en su propia alma;

Pero el Infierno existe también como un LUGAR físico, real, en el centro de la Tierra;

como afirman San Francisco Javier, la Beata Ana Catalina Emmerick,

“He visto muy afligido al Padre Santo. Vive en otro palacio y solo se deja ver de muy pocos amigos de confianza. Si el partido malo conociera de su propia fuerza habría ya estallado la revolución. Temo que el Papa tenga que padecer mucho antes de morir. Veo la negra iglesia de Satanás prosperar y ejercitar su pernicioso influjo…  

Y cómo lo hemos conocido, por la Gracia de Dios, algunos exorcistas…

Y también cómo lo experimentarán muchísimos, durante el AVISO:

Judas de Keriot pregunta:

–          ¿Pero existe verdaderamente el Infierno?

Los compañeros, muy escandalizados,

le preguntan:

–         ¿Pero qué dices?

–         Digo: ¿Existe verdaderamente?

Yo – y hay otros, no soy sólo yo – no lo creo.

Horrorizados le gritan:

–         ¡Pagano!

Judas responde contundente:

–         No. Israelita.

Somos muchos en Israel los que no creemos en ciertas patrañas.

Los apóstoles lo miran asombrados y escandalizados,

y gritan:

–        ¿Pero, entonces, cómo puedes creer en el Paraíso?

–        ¿Y en la justicia de Dios?

–        ¿Dónde metes a los pecadores?,

–       ¿Cómo explicas a Satanás?

Judas con ínfulas de un sabio doctor del Templo,

declara:

–          Digo lo que pienso.

Se me ha echado en cara hace poco que soy un embustero.

Os demuestro que soy sincero, aunque esto os haga escandalizaros de mí

y me haga odioso ante vuestros ojos.

Además, no soy el único en Israel que cree esto;

desde que Israel ha progresado en el saber,

en contacto con helenistas y romanos.

Y el Maestro, el único cuyo juicio respeto;

que protege a los griegos y es visiblemente amigo de los romanos;

no puede censurarnos ni a mí ni a Israel…

Yo parto de este concepto filosófico:

Si Dios controla todo, todo lo que hacemos es por su Voluntad;

por tanto, nos debe premiar a todos de una única forma,

porque no somos sino autómatas movidos por Él.

Somos seres desprovistos de voluntad.

Lo dice también el Maestro.

Dice: «La voluntad del Altísimo. La voluntad del Padre».

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite… ¡Y por eso lo desafía, como a un igual!

Ésa es la única Voluntad.

Y es tan infinita, que aplasta y anula la voluntad limitada de las criaturas.

Por tanto, Dios hace tanto el bien como el mal, porque nos los impone;

aunque parezcan hechos por nosotros.

Y por tanto, no nos castigará por el mal y así quedará ejercida su justicia,

porque nuestras culpas no son voluntarias,

sino impuestas por quien quiere que las hagamos para que en la tierra haya bien y mal.

E1 malo es el medio de expiación de los menos malos.

Y él sufre el no poder ser considerado bueno, expiando así su parte de culpa.

Jesús ha dicho que el infierno está sobre la tierra y en el corazón de los hombres.

Yo no siento a Satanás. No existe.

Tiempo ha lo creía.

Pero ya desde hace algo de tiempo estoy seguro de que todo es una patraña.

Y creer de esta forma es llegar a la paz.

Judas exhibe estas teorías con un engreimiento tan formidable,

que las tremendas HEREJÍAS expresadas por su soberbia;

hacen que los otros se quedan sin respiración…

Jesús guarda silencio.

Y Judas le incita:

–        ¿No tengo razón, Maestro?

–        ¡¡¡NO!!!

El «no» es tan seco, que parece un estallido.

–          Pues a pesar de todo yo…

NO siento a Satanás y no admito el libre albedrío, el Mal

Y todos los saduceos están conmigo.

Y muchos otros, de Israel o de fuera de Israel.

NO. Satanás no existe.

Jesús lo mira.

Una mirada tan compleja, que no se puede analizar:

De juez, de médico, de persona afligida, asombrada…

Hay todo en esa mirada…

Judas, ya lanzado,

finaliza diciendo:

–          Será que he superado el terror de los hombres hacia Satanás;

porque soy mejor que los demás, más perfecto.

Y Jesús guarda silencio.

Judas lo pincha:

–          ¡Pero habla!

¿Por qué no siento terror de él?

Jesús calla.

–          ¿No respondes, Maestro?

¿Por qué?

¿Tienes miedo?

–          No. Soy la Caridad.

Y la Caridad retiene su juicio hasta que no se ve obligada a emitirlo…

Déjame, y retírate…

Dice terminando, porque Judas intenta abrazarlo.

Y estrechado a la fuerza entre los brazos del blasfemo,

termina, susurrando:

–         « ¡Me horrorizas!

¡No ves ni sientes a Satanás porque forma unidad contigo!

¡Márchate, demonio!

Judas, con verdadero descaro, lo besa y ríe;

como si el Maestro le hubiera hecho en secreto algún elogio.

Vuelve donde los otros, que se han detenido horrorizados,

y dice:

–           ¿Os dais cuenta?

Yo sé abrir el corazón al Maestro

Y lo hago feliz porque me abro a Él y de Él recibo la lección correspondiente.

¡Vosotros, por el contrario!…

Jamás os atrevéis a hablar.

Porque sois soberbios.

(con la envidia que siente por Juan, finaliza,

diciendo:

–        ¡Oh, yo seré el que más sepa de Él!

Y podré hablar…

No hay que olvidar que la ciencia es ATEA…

378 VIRGEN Y MADRE


378 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

348 Revelación de las transfiguraciones de la Virgen.

Entretanto, han descargado las flores y todas las otras cosas que deben quedarse en Nazaret.

Luego el carro va a su lugar: en alguna de las caballerizas de la ciudad.

La pequeña casa parece una rosalera por las rosas que las discípulas han distribuido

por todas partes.

Pero la planta de Porfiria, que ha sido puesta encima de la mesa,

recoge la más viva admiración de María.

Y dice que la lleven a un lugar apropiado,

según las indicaciones de la mujer de Pedro.

Ciertamente no pueden entrar todos en la minúscula casa,

ni en el huerto, que no es

un latifundio ni una hacienda.

Pero que eso sí,

parece ascender hacia el cielo sereno, hacerse etéreo, por la gran

cantidad de nubes de flores de los árboles de este huerto.

Y Judas de Alfeo, sonriendo,

pregunta a María:

–        ¿Has cortado hoy también la rama para tu ánfora?

Ella contesta feliz:

–        Claro, Judas.

La estaba contemplando cuando habéis llegado…

Jesús dice:

–       Y soñando de nuevo, Mamá, tu vasto misterio.

Ciñéndola con su brazo izquierdo y arrimándola contra su pecho.

María levanta su rostro ruborizado,

y suspira diciendo:

–        Sí, Hijo mío…

Y también el primer latido de tu corazón en mí…

Jesús dice

–        Que se queden las discípulas,

los apóstoles, Margziam, los discípulos pastores,

el sacerdote Juan, Esteban, Hermas y Mannahém.

Los demás que se dispersen en busca de alojamiento…

Simón de Alfeo grita desde la puerta:

–        Muchos pueden alojarse en mi casa…

Donde está retenido, porque ya no cabe.

Agregando:

–        Soy condiscípulo de ellos y los reclamo.

Jesús dice efusivo:

–        ¡Hermano, acércate para que te pueda besar.

Mientras Alfeo de Sara, Ismael y Aser, los dos discípulos ex arrieros de asnos,

de Nazaret, dicen, a su vez:

–        ¡A nuestra casa. ¡Venid, venid!

Los discípulos que no habían sido nombrados se marchan.

Se puede entonces cerrar la puerta…

Para ser abierta de nuevo inmediatamente, por la llegada de María de Alfeo,

que no puede estar lejos aunque se estropee su colada.

Son casi cuarenta personas las que han quedado,

así que se esparcen por el huerto tibio y calmo.

Se distribuyen los alimentos.

Todos, tan contentos como están de consumirlos en la casa del Señor y además

distribuidos por María, los encuentran de un sabor celestial.

Regresa Simón, después de acomodar convenientemente a los discípulos,

y dice:

–        No me has llamado como a los demás, pero soy hermano tuyo

y vengo de todas formas.

Jesús dice:

–        Bien.

Ven, Simón.

He querido que estuvierais aquí para daros a conocer a María.

Muchos de vosotros conocéis a la «madre» María;

algunos a la «esposa» María.

Pero ninguno conoce a la «virgen» María.

Os la quiero dar a conocer en este jardín en flor, al cual vuestro corazón viene, con

el deseo, en los momentos de lejanía forzada, como a un lugar de reposo, durante

las fatigas del apostolado.

He oído lo que decíais, apóstoles, discípulos y parientes;

he oído vuestras impresiones, vuestros recuerdos,

vuestras afirmaciones acerca de mi Madre.

Quiero transfiguraros todo esto, cargado de admiración pero todavía muy humano

en conocimiento sobrenatural

Porque mi Madre, antes de Mí,

debe ser transfigurada ante los ojos de los más

merecedores, para ser mostrada cual Ella es.

Veis a una mujer.

Una mujer que por su santidad os parece distinta de las demás.

Y que veis en realidad como un alma envuelta en la carne,

como la de todas sus hermanas de sexo.

Pero ahora quiero descubriros el alma de mi Madre, su verdadera y eterna belleza.

Ven aquí, Madre mía.

No te ruborices.

No te eches hacia atrás atemorizada, paloma suave de Dios.

Tu Hijo es la Palabra de Dios,

No puede hablar de Ti y de tu misterio, de tus misterios,…

¡Oh sublime Misterio de Dios!

Vamos a sentarnos aquí,

bajo esta sombra ligera de árboles en flor,

junto a la casa, junto a tu habitación santa. ¡Así!

Vamos a descorrer esta cortina ondeante.

Que salgan olas de santidad

y de Paraíso de esta habitación virginal para saturarnos

de Tí a todos…

Sí. A mí también y quede perfumado de ti, Virgen perfecta,

para poder soportar los hedores del mundo,

para, teniendo saturada la pupila de tu Candor,

poder ver candor…

Venid aquí, Margziam, Juan, Esteban y vosotras, discípulas,

poneos bien de frente a la puerta abierta de la morada casta

de la que es Casta entre todas las mujeres.

Y detrás vosotros, amigos míos.

Y aquí, a mi lado, tú, amada Madre mía.

Poco antes os he dicho: «la eterna belleza del alma de mi Madre».

Soy la Palabra y por ello sé hacer uso de la palabra sin error.

He dicho: eterna, no inmortal.

Y no lo he dicho sin una finalidad.

Inmortal es quien, habiendo nacido, ya no muere.

Así, el alma de los justos es inmortal en el Cielo,

el alma de los pecadores es inmortal en el Infierno;

porque el alma, una vez creada, ya no muere sino a la gracia.

Pero el alma tiene vida, existe desde el momento en que Dios la piensa.

La crea el Pensamiento de Dios.

El alma de mi Madre desde siempre es pensada por Dios.

Por tanto es eterna en su belleza,

en la cual Dios ha vertido todas las perfecciones

para recibir de ella delicia y confortación

Está escrito en el Libro de nuestro antepasado Salomón, que te antevió… 

Y, por tanto, puede ser llamado profeta tuyo:

«Dios me poseyó al principio de sus obras, desde el mismo principio, antes de la

Creación. Ab aeterno fui establecida, al principio,

antes de que fuera hecha la Tierra.

No existían todavía los abismos y yo había sido ya concebida.

No manaban aún las fuentes de las aguas, no habían sido asentadas aún las

montañas sobre su pesada mole y yo ya existía.

Antes de las colinas había sido dada a luz.

Él no había hecho todavía la Tierra, ni los ríos, ni los fundamentos del mundo,

y yo ya existía

Cuando preparaba los cielos y el Cielo, estaba presente

Cuando con ley inviolable cerró debajo de la bóveda el Abismo,

cuando afianzó en lo alto la bóveda celeste

y colgó de ella las fuentes de las aguas,

cuando fijó al mar sus confines y dictó a las aguas la ley de no superarlos,

mientras echaba los cimientos de la Tierra,

yo estaba con Él dando orden a todas las cosas.

En medio de una constante alegría, jugaba en su presencia continuamente.

Jugaba en el orbe».

¡Sí, oh Madre de la que Dios, el Inmenso, el Sublime, el Virgen, el Increado, estaba

grávido, y te llevaba como al dulcísimo fruto de su seno, exultando al sentirte

agitarte dentro de Él, dándole las sonrisas con las que hizo la Creación!

Tú, a la que dio a luz al dolor para darte al Mundo,

alma suavísima, nacida del Virgen para ser la «Virgen»,

Perfección de la Creación,

Luz del Paraíso, Consejo de Dios, el cual, mirándote, pudo perdonar la Culpa,

porque sólo tú, tú sola,

sabes amar como no sabe hacerlo toda la Humanidad junta.

¡En ti e1 Perdón de Dios!

¡En ti la Medicina de Dios, tú, caricia del Eterno

en la herida infligida por el hombre a Dios!

¡En ti la Salud del mundo,

Madre del Amor encarnado y del Redentor concedido!

¡Oh, el alma de mi Madre!

¡Fundido en el Amor con el Padre, te miraba dentro de Mí,

¡Oh alma de mi Madre!..

Tu esplendor, tu oración, la idea de que tú me llevaras,

eran eterno consuelo de mi

destino de dolor y de experiencias inhumanas, de lo que significa para el Dios

perfectísimo el mundo corrompido.

¡Gracias, Madre!

He venido ya saturado de tus consuelos, he descendido sintiéndote sólo a ti,

tu perfume, tu canto, tu amor…

¡Alegría, alegría mía!

Pero, oíd, vosotros que ahora sabéis que una sola es la mujer en la que no hay

mancha, una sola la Criatura que no cuesta heridas al Redentor,

oíd la segunda transfiguración de María, la Elegida de Dios.

Era una tarde serena de Adar.

Estaban en flor los árboles en el huerto silencioso.

María, desposada con José,

había cogido una rama de árbol florecido para sustituir

a la otra que había en su habitación.

Hacía poco que María había venido a Nazaret,

tomada del Templo para adornar una casa de santos.

Y con el alma tripartita (entre el Templo, la casa y el Cielo),

miraba la rama florecida, pensando que con una parecida a ésa

florecida en modo insólito,

una rama cortada en este huerto en pleno invierno.

y que había echado flores como en primavera delante del Arca del Señor.

Quizás le había dado calor el Sol-Dios radiante en el lugar de su Gloria…

Dios le había expresado su voluntad…

Y pensaba también que el día de la boda José le había llevado otras flores,

aunque no como esa primera, que tenía escrito en sus pétalos ligeros:

«Te quiero unida a José»…

Muchas cosas pensaba…

Y pensando subió a Dios.

Las manos se movían diligentes entre la rueca y el huso.

E hilaban un hilo más delgado que un cabello de su joven cabeza…

El alma tejía un tapiz de amor, yendo diligente, como la lanzadera del telar,

de la tierra al Cielo;

38. Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue. Lucas 1

de las necesidades de la casa, de su esposo

a las del alma, de Dios.

Y cantaba y oraba.

El tapiz se formaba en el místico telar, se desenrollaba desde la tierra al Cielo,

subía para perderse arriba… ¿Formado con qué?

Con los hilos finos, perfectos, fuertes, de sus virtudes;

con el veloz hilo de la lanzadera que Ella creía «suya»

Y sin embargo, era de Dios:

la lanzadera de la Voluntad de Dios en la cual estaba arrollada la voluntad de la

pequeña, grande Virgen de Israel,

la Desconocida para el Mundo, la Conocida para Dios;

su voluntad arrollada,

hecha una con la Voluntad del Señor.

Y el tapiz se adornaba con flores de amor, de pureza,

palmas de paz, de gloria,

con violetas, jazmines…

Todas las virtudes florecían en el tapiz del amor que la Virgen de Dios extendía,

invitante, desde la tierra hasta el Cielo.

Y no bastando el tapiz, lanzaba su corazón cantando:

«Venga mi Amado a su jardín y coma el fruto de sus árboles frutales…

Baje mi Amado a su jardín, a la era de los aromas, a halagarse en los jardines,

a recoger lirios.

¡Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío;

Él, que se halaga entre los lirios!».

Y, desde lejanías infinitas,

entre torrentes de Luz, venía una Voz cual oído humano

no puede oír, ni garganta humana formar.

Decía: «¡Cuán hermosa eres, amiga mía! ¡Qué hermosa!…

Miel gotean tus labios..

¡Un jardín cerrado eres tú, una fuente sellada, oh hermana, esposa mía!…»

Y las dos voces se unían para cantar la eterna verdad:

«El amor es más fuerte que la muerte.

Nada puede extinguir o ahogar `nuestro’ amor».

La Virgen se transfiguraba así…, así… así…

Mientras descendía Gabriel y la reclamaba, con su llamear,

a la Tierra; uníale de nuevo el espíritu al cuerpo, para que Ella pudiera oír y

comprender la demanda de Aquel que la había llamado «Hermana»

pero que la quería «Esposa».

Pues bien, allí tuvo lugar el Misterio…

Y una púdica, la más púdica entre todas las mujeres,

Aquella que ni siquiera conocía el estímulo instintivo de la carne,

se turbó ante el ángel de Dios, porque hasta un ángel turba la humildad

y la verecundia de la Virgen;

Y sólo se calmó oyéndolo hablar…

Y creyó;

Y dijo la palabra por la que el amor «de Ella y Él » se hizo Carne

Y vencerá a la Muerte.

Y no habrá agua que pueda apagarlo, ni maldad que pueda sumergirlo…

Jesús se inclina dulcemente hacia María, que ha caído a sus pies, casi extática,

al rememorar la lejana hora,

iluminada con una luz especial que parece exhalar del alma.

Y le pregunta quedo:

–        ¡Cuál fue, ¡Purísima!,

tu respuesta a aquel que te aseguraba que viniendo a ser

Madre de Dios no perderías tu perfecta Virginidad

Y María, casi en sueño, lentamente, sonriendo,

con los ojos dilatados por un feliz llanto:

–        ¡He aquí a la Sierva del Señor!

Hágase en mí según su Palabra

Y reclina, adorando, la cabeza en las rodillas de su Hijo.

Jesús la cubre con su manto,

celándola así a los ojos de todos,

y dice:

–        Y se cumplió.

Y se cumplirá hasta el final.

Hasta sus otras transfiguraciones.

Ella será siempre «la Sierva de Dios».

Hará siempre lo que diga «la Palabra».

¡Ésta es mi Madre!

Bueno es que empecéis a conocerla en toda su santa Figura…

¡Madre! ¡Madre!

levanta tu cara, Amada…

Llama a tus devotos a esta Tierra en que por ahora estamos…

Dice mientras destapa a María,

después de un rato en que no se ha oído ningún

sonido aparte del zumbido de las abejas

Y el gorgoteo de la fuentecita.

María levanta la cara, cubierta de llanto,

y susurra:

–        ¿Por que me has hecho esto Hijo?

Los secretos del Rey son sagrados…

–         Pero el Rey los puede revelar cuando quiere.

Madre, lo he hecho para que se comprenda lo que dijo un Profeta:

«Una Mujer abarcará al Hombre», y lo otro del otro Profeta:

«La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo».

Y también para que ellos,

que se horrorizan por demasiadas cosas del Verbo de Dios

que consideran humillantes,

tengan como contrapeso otras muchas cosas que los

confirmen en el gozo de ser «míos».

Así no se volverán a escandalizar.

Y conquistarán así también el Cielo…

Ahora los que tengan que ir a las casas hospitalarias que vayan.

Yo me quedo aquí con las mujeres y Margziam.

Que mañana, al alba, estén aquí todos los hombres;

quiero llevaros a un lugar cercano.

Luego regresaremos para saludar a las discípulas.

Después volveremos a Cafarnaúm.

Y reuniremos a los otros discípulos para enviarlos detrás de ellas…

34 EL SACRIFICIO


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

34 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Juan 16, 13

Habla Dios Espíritu Santo

La Tierra es un altar. Un enorme Altar. 

Fue creada para ser un Altar de Alabanza  Perpetua a su Creador.

Pero el hombre con su Pecado, la ha convertido en un Altar de Expiación.

La Tierra debe como todos los demás astros del Universo, cantar los Salmos a su Creador.

Todos los astros cantan con su voz de luz y movimiento, en los espacios infinitos del Firmamento, las Alabanzas a Dios.

También la Tierra canta el Salmo de las Esferas, como el Cielo con los vientos, con las aguas, con las voces de las plantas y de los animales.

Sobre el Templo de la Tierra solo falta el hombre, que tiene una misión que debiera ser algo más que un deber, una alegría: AMAR A DIOS.

Dar inteligente y voluntariamente, Culto de Amor a Dios, correspondiéndole por el Amor que Él ha dado al hombre, dándole la vida y dándole el Cielo, después de la Vida.

Y la Tierra está llena de Pecado y por eso debe ser Altar de Expiación Perpetua,

De Sacrificio Perpetuo, sobre el cual ardan las hostias que sufren: los inocentes y los santos.

Las almas víctimas que se unen a la Gran Víctima y se inmolan por todos.

Y de esta manera se convierte la injusticia en Redención.

El sudor y el trabajo fertilizan los campos.

El sacrificio de  las víctimas, fertiliza los corazones y los prepara para la salvación.

SER CRISTIANO  =    INMOLACIÓN.

Debemos vivir en el Amor y alcanzar en la Escuela del Sufrimiento, la cima del Sacrificio y la caridad: el Martirio.

Con el ‘callar, aceptar, sufrir y ofrecer’, se vence a Satanás.

Con esto se da muerte al ‘yo’, a la propia voluntad.

El ‘yo’ es orgullo y a Satanás no hay nada que lo irrite más, que un acto de humildad.

Y LA VERGÜENZA DE SER VENCIDO

POR UN HOMBRE INFERIOR A ÉL POR NATURALEZA;

LO EXASPERA Y LO HIERE

Vivir para los hombres o para Dios.

La diferencia la establece la medida del sacrificio de nuestro egoísmo.

La vida cristiana es un perpetuo heroísmo. Porque es una lucha contra el Mundo, el demonio y la Carne.

La libertad que Dios nos concede, no nos permite ser hipócritas:

o con Jesús o contra Él.

Tu corazón se volcará a lo que le dediques: tiempo, dinero. energía.

Si somos de Dios no podemos pactar alianzas con el Enemigo.

El que quiere servir a dos amos, con alguno queda mal.

Y al que se acerca a Satanás, éste lo arrebata sin contemplaciones.

Judas quiso adorar en dos altares y es muy conocido en donde terminó.

El sacrificio que Dios quiere, es el espíritu compungido, obediente, amoroso; porque puede también realizar un sacrificio de Alabanzas, de alegría, de amor y no solo de expiación.

CUANDO LE SACRIFICAMOS NUESTRA VOLUNTAD A SU VOLUNTAD,

HAY QUE INVOCAR LAS LÁGRIMAS DE MARÍA,

QUE NOS VIGORIZAN E INFUNDEN VALOR,

PARA UN MAYOR SACRIFICIO.

El Crecimiento en el Amor aumenta el hambre de sacrificio…

Y el sacrificio más tremendo, se vuelve soportable, cuando se sabe su utilidad.

Entonces sobre las lágrimas florece una sonrisa y sobre la angustia, una seguridad.

El hombre espiritual deja de ser esclavo de los sentidos y siempre tiene en los labios con amorosa resignación, estas palabras:

“No lo que yo quiero, Padre mío. Hágase tu Voluntad.”

¡Padre, SI QUIERES aparta de Mí éste Cáliz! Pero NO SE HAGA MI VOLUNTAD, sino la Tuya!

EL SACRIFICIO ES AMOR OFRENDADO AL AMOR.

La Perfección está compuesta del fruto de incontables sacrificios.

EL SACRIFICIO Y LA PENITENCIA, SON EL CAMINO DE LA SALVACIÓN.

Para ser verdadero cristiano se debe amar y reparar por los que han esterilizado el amor en su corazones.

La forma más elevada del amor es el sacrificio que imita al Amor Supremo: EL AMOR REDENTOR. 

Jesús como Rey del espíritu, solo ofreció privaciones, sacrificios y dolores,

que le serán cambiados en gloria al que persevere hasta el fín y no claudique del Camino del Calvario,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

que está sembrado de Dolor y de lágrimas.

NO HAY RESURRECCIÓN SIN CRUCIFIXIÓN.

La victoria está en el sacrificio.

EL SACRIFICIO ES OFRENDA DE AMOR OFRECIDA AL PADRE.

Los dones vienen de Dios. El amor es mérito del hombre. El sacrificio es amor.

Es el que hace esplendoroso el altar del corazón.

El holocausto voluntario perfuma como el Incienso más agradable y es más precioso para Dios, que el perfume de todas las flores de la Tierra.

En el Purgatorio estamos SOLOS y se sufre LA SENTENCIA EN LA CRUZ DE NUESTROS PROPIOS PECADOS, que merecemos… PROPORCIONADA POR LA JUSTICIA DIVINA

Cada renuncia va envuelta con el oro de la Caridad que la ofrece a Dios en un culto verdadero, para que tome valor de Redención y así la Tierra se salvará con el sacrificio.

El Sacrificio es el que abre los oídos del espíritu y es la sangre que lava la lengua que habla de Dios.

Jesús es el Verbo del Padre y su Palabra es lo más sagrado, porque es la que da la Vida Eterna.

No puede ser Profeta de Jesús, el que no se crucifica totalmente con Él y convierte su vida en un sacrificio continuo.

Las almas víctimas están totalmente fusionadas con Dios e igual que Jesús está en el Padre y es uno con Él;

las almas que se inmolan ven realizarse el Misterio de que Dios las trabaje para que sean espejos purísimos en donde se reproduzca la imagen de Jesús Crucificado,

tal y como Él está en la Cruz: coronadas, azotadas, clavadas, desoladas, traspasadas y desamparadas.

En el INFIERNO, EL REINO DEL ODIO están peor, los demonios desquitan su ODIO Y SE SUFRE EL CALVARIO DE JESUS CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

En cada uno de estos aspectos se convierten en un retrato viviente, para que el Padre se complazca en ellas y derrame gracias sobre los pecadores.

Como Iglesia, tenemos el deber sagrado de morir por Dios, abandonadas y crucificadas.

En el altar de la Tierra no fue consumada más que la Carne y la Sangre del Hombre-Dios.

En el altar del Cielo son ofrecidas las Hostias vivientes como oblación de suavísimo olor ardiente

sobre el altar del sacrificio de un corazón enamorado de Dios, constituyendo con esto: el Verdadero Culto a Dios.

LA PENITENCIA

Cuando Dios creó al hombre, se hizo un Templo perfecto para Sí Mismo y puso en él sólo una necesidad: la del Amor.

Amor de hijos hacia su Padre. Amor de súbditos para su Rey. Y amor de creaturas para su Creador.

Y si el ácido de la culpa no hubiese corroído las raíces del amor; éste habría crecido potente en nosotros como un gozo;

como una necesidad que produce alivio cuando se realiza, igual que lo es el respirar.

Y el amar se hubiera efectuado sin fatiga, porque el amor es la respiración y la sangre que hace vital al espíritu.

Peor que la ruina y la destrucción que hacen las bombas nucleares en el mundo material; más nefasta fue la Culpa.

Pues trastornó la Obra Maestra de la Creación y desbarató, en la raíz del hombre;

aquel conjunto perfecto de carne dócil al espíritu y aquel armónico contorno que pusiera Dios alrededor de su hijo; para que fuera un rey feliz.Desaparecido el amor del hombre para con Dios; desapareció el Amor de la Tierra para con el hombre.

Se desencadenó la ferocidad entre los seres inferiores; entre éstos y el hombre y…

¡El Horror de los horrores!.. Entre los mismos hombres.

La sangre hirvió a causa del Odio y se derramó contaminando el altar de la Tierra.

Y de la semilla de la Culpa nació una planta de amargo fruto y de punzantes ramas: el Dolor.

El Pecado evolucionó en perversión y ferocidad; haciendo que el Dolor se hiciera más vasto y complicado.

Jesús, el Dios-Hombre. Vino a santificar el Dolor, sufriéndolo por nosotros.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y fundiendo el suyo que es Infinito, con el nuestro; para darle mérito.

Dos son las necesidades primordiales del hombre: el Amor y el Dolor.

El Amor que nos impide cometer el mal. Y el Dolor que lo repara.

Esta es la ciencia que se debe aprender: saber amar y saber sufrir.

El que aprende a dominar el arte de sufrir se convierte en penitente.

SOLO LA PENITENCIA Y EL AMOR PESAN A LOS OJOS DE DIOS;

 

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina… Y TENEMOS EL PALIATIVO DEL CIELO. EL SUFRIMIENTO SE TORNA GOZO

PARA DETENER LOS ACONTECIMIENTOS Y DESVIARLOS….

PENITENCIA

Su nombre causa horror, pero sus efectos dan frutos preciosos en el campo de las virtudes, porque surge de la humildad y es el fuego que conserva, desarrolla y fortalece las virtudes.

De ella nace el propio desprecio. Se desprende el ansia de padecer y se fortalece el hambre de crucifixión.

La Penitencia atrae a Dios y sirve para expiar y merecer, porque es el arrepentimiento activo.

La expiación por el dolor dado a Dios y un dolor reparador a través de un castigo infligido con objeto de desagraviarlo.

La Penitencia da luz y agilidad de espíritu, porque doma la carnalidad y es el arma más poderosa contra los vicios.

Porque ataca directamente todos los pecados capitales e impide que el alma se hunda en la molicie.

La Penitencia nos arranca del fango y nos dispara en el vuelo hacia el encuentro del Amor.

La Penitencia es un secreto entre el alma y Dios, consumado por amor a Él, a los hermanos y hacia nosotros mismos, para que el espíritu vuelva a ser rey.

Es la muralla que protege la castidad. Desarma la Justicia de Dios y la convierte en Gracias.

Purifica las almas; apaga el fuego del Purgatorio; eleva el alma de la Tierra

Y ES LA COOPERACIÓN A LA REDENCIÓN:

PORQUE LA PENITENCIA Y EL SACRIFICIO,ARRANCAN LAS ALMAS A SATANÁS.

La penitencia es la humillación que le infiltra el hombre a sus bajezas y miserias: trabajar para derribar el ‘yo’.

debe pedir a Dios, a través de una vida de Penitencia que nos lave de tanta humanidad y que nuestro corazón arda, por el celo de Dios y de las almas.

Y que nos convierta en carbones encendidos por la Caridad.

Y si no sabemos imponernos penitencias, hay que aceptar aquella de la vida que no es plena, diciendo: ‘Si esta pena viene de Dios, hágase señor tu Voluntad.’

Si viene de un pobre hermano cautivo: ‘Padre, yo te la ofrezco para que tú lo perdones y él se redima.’

Cuando se hace así, todo es puro y entonces se alcanza la pureza del Corazón que lo convierte en Trono de Dios.

Y aún el más perfecto de los penitentes, arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

Y Jesús enseñó que por más que ayunemos con la boca; si después no se ayuna con el corazón

dejando de perjudicar con las obras, con las palabras y hasta con el pensamiento, al prójimo; le resulta detestable nuestro ayuno, que da muerte a nuestra alma.

Porque las prácticas sin la caridad, sólo pavimentan el camino para el infierno…

La Penitencia que le agrada a Dios, sólo la conoce Dios.

Es mejor pasar por inmortificados a los ojos del mundo… y de esta manera la practicamos con la pureza de corazón necesaria.

“Bienaventurados los limpios de corazón…”

La Penitencia abre los ojos del espíritu. Los ojos del espíritu ‘ven’ las sublimes visiones y ellas anulan la sensibilidad corporal.

Es lo que nos ayudad a soportar los horrendos suplicios sonriendo.

El éxtasis anula la sensibilidad dolorífica.

Cuando alcanzamos la perfección en el amor, podemos ver con su perfección, la Perfección de Dios sin velos y con una verdadera anulación, lo material desaparece.

La alegría de la visión, suprime la miseria de la carne sensible al sufrimiento. Y empezamos a gozar del Paraíso.

La Penitencia no mata más que lo que va a morir.

No debe haber temor por el cuerpo al que se debe amar poquísimo:

sólo como se ama y se cuida un vestido, que tarde o temprano se vuelve inservible.

Los cilicios y las disciplinas no son las que matan. Los penitentes no mueren de esto.

Mueren por la Caridad que los consume y que arde en ellos como un horno. Porque la hoguera del amor consume más de lo que destruye la austeridad.

La Penitencia purifica el cuerpo y el alma.

El ayuno corporal, purifica los sentidos y es una reparación por los que aman la carne como la cosa más preciosa y solamente buscan la felicidad en los placeres sensuales y materiales.

El ayuno es una tremenda fuerza de oposición contra los males con los que Satanás inunda las almas; porque no solo de pan vive el hombre.

La Penitencia se ejerce con el control de las pasiones y la mortificación de los sentidos, controlando la lengua y guardando silencio exterior e interior.

Huyendo de la murmuración y el descontento; de los chismes y la fácil tentación del juicio y la condena.

La Penitencia es sufrimiento para el cuerpo y luz para el espíritu.

Fortifica la debilidad y alcanza las gracias de Dios.

Con la Penitencia se preparan los caminos y caen las cadenas de la esclavitud y el Pecado.

La Penitencia nos ayuda a vencer las tentaciones y a vencer a Satanás en los corazones que se desea redimir.

PORQUE CIERTOS DEMONIOS SE VENCEN

SÓLO CON LA ORACIÓN Y LA MORTIFICACIÓN

CON LA PENITENCIA SE ENCIENDE EL AMOR EN LOS CORAZONES APAGADOS

Los hombres no saben cuántas lágrimas; cuantos dolores; cuantas penitencias; cuantos sacrificios; son el precio de su existencia.

Creen tener la vida por la madre que los ha engendrado y por el padre que les ha dado el pan.  Esto es verdad, si se calcula con la medida de los brutos que así tienen la vida.

Pero la Verdadera Vida para darles tiempo para convertirse, es obra de las almas víctimas.

Muchos no mueren eternamente por estos héroes para ellos desconocidos, que metiéndose entre los hombres y Dios, con los brazos levantados trasfieren hacia sí mismos; como si fueran un pararrayos, los castigos divinos.

Y les trasfunden un poco de la sangre espiritual, que es sangre de Gracia, que circula en le Gran Cuerpo Místico, a los que están desvanecidos por las enfermedades morales.

Pero todo esto lo hacen a través del tamiz de su yo sacrificado y es como se filtra este bien a los malvados.

La Tierra tiene mucha necesidad de Penitencia, para que los débiles puedan tener fuerzas para resistir a Satanás.

Y aún el más perfecto de los penitentes, arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

la Penitencia; al tener subyugado al pólipo que lo humano lleva adherido en su fondo; confiere luz y agilidad al espíritu.

La penitencia nos arranca de la carnalidad y nos lanza como bólidos al encuentro del Amor.

La Penitencia debe siempre precederlo todo porque es la que amerita las alegrías.

Toda visión nace de una precedente penitencia y cada penitencia abre el camino para la más alta contemplación.

Sacrificio. Sacrificio. Sacrificio. Debe ser nuestra vida, nuestra fuerza, nuestra gloria.

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

Sólo cuando las almas se adormecen en Dios, es cuando dejan de ser hostias, para convertirse en dioses. Su vida es un total sacerdocio.

El Pensamiento del Crucificado, ¡Qué ligeras hace todas las penitencias del cuerpo y los dolores internos!

A Dios se le encuentra en la Cruz y la misión es ser un reflejo de Jesús Crucificado.

Las almas víctimas son los gigantes del Amor.

Expían por amor de los hermanos y esto es amor del prójimo llevado hasta el heroísmo.

Se ofrece al Dios Ofendido al que le brinda consuelo por la ofensa recibida y esto es Amor de Dios llevado hasta el heroísmo.

El Amor es el Sacrificador Eterno.

El que inmoló al Dios hecho Carne y…

13 LA SUEGRA DE PEDRO


13 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro le está hablando a Jesús.

Y dice:

–           Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras.

Jesús pregunta:

–          ¿A Betsaida?

–          No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.

–          ¿Por qué este deseo, Pedro?

–          Por muchas razones… Y además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…

–          Termina, Simón.

–          Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… Sí, en definitiva, ya sabes; una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verlo y oírlo. Y si esta persona además cura, pues entonces….

–          Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.

–          No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres. Y ella… No sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús.

–          Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.

Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa.

Al parecer durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha y da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago.

El ramaje del árbol, como una cabellera despeinada, apenas roza sus muros y toca los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita.

Sólo se ve esta higuera, esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

Pedro invita:

–           Entra, Maestro.

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes y otras, a preparar la comida.

Saludan a Pedro y luego se inclinan confusas ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.

Jesús dice:

–           Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?

 Tres mujeres le dicen a una, que se está secando las manos con el borde del vestido. 

–           Habla tú, que eres la mayor.

Y ella contesta:

–           La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llama do al médico, pero dice que es demasiado anciana para que pueda sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre especialmente a esa edad, la persona muere.

Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿Ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gusta tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados.

Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡Está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…

Jesús indica:

–          Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.

La mujer advierte:

–          Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle «ahora te traigo aquí al Rabí».

Jesús sonríe sin perder la calma.

Se vuelve hacia Pedro:

–          Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.

Pedro hace una mueca muy significativa…

Obedece. Cruza la cocina, entra en una habitación y a través de la puerta cerrada tras él, conversa con una mujer.

Asoma la cabeza y una mano.

Y dice:

–          Ven, Maestro, date prisa – y añade, más bajo, apenas inteligiblemente – Antes de que cambie de idea.

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta.

Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:

–           La paz sea contigo.

Entra, a pesar de no haber recibido respuesta.

Va junto a una litera baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la anciana.

 Y le dice:

–           ¿Te encuentras mal?

Ella contesta jadeante:

–           ¡Me muero!

–           No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?

–           ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.

–           Por Simón, que me lo ha pedido… Y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.

–           ¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?

–            Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide.

–            Entonces, ¿Piensas curarme? ¿Ya no moriré?

–            No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?

–            Creo, creo. ¡Me basta con no morir!

Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil.

Se yergue majestuoso, tomando el aspecto de cuando hace un milagro

Y decreta:

 –       ¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! – y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje.

 Mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio…

Luego, la anciana exclama fuerte:

–         ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!

Acuden las nueras.

–         ¡Mirad! – dice la anciana – ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy.

Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!

No hay ¡Ni siquiera una palabra para el Señor!

Pero Jesús no se lo toma a mal.

Le dice a la nuera más mayor:

–         Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo. Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:

–         El Maestro te ha curado y ¿No le dices nada?

Ella parece reflexionar:

–         ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?

Jesús dice con dulzura:

–          Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa.

He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.

Ella contesta apresurada:

–          ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres.

Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.

–          ¡Maestro!….

–          ¿Pedro mío?

–          Estoy desolado.

Jesús hace un gesto como queriendo significar:

 –        ¡Bah!, no te preocupes.

Luego añade:

–          No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud.

Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.

–          ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?

–          ¡Qué curioso eres, Simón! Pero deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara?

Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer para que la niña que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra…

Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron diciendo: «¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga».

Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde…

De todas formas la curé, por sus niños.

Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:

–         «Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más».

La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío…

 

Y se le castigó por haber hablado conmigo.

Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa.

Pedro dice impetuoso:

–          Yo la volvía a poner enferma.

Jesús se muestra severo:

–          ¡Pedro! ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado?

¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?

–           Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡No puedo soportar el que no te quieran!

–           ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro!

Personas que el mundo llamado «santo» desprecia como publícanos y que sin embargo, serán ejemplo para el mundo.

Y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia. Pecadores que se enmiendan…

Pedro objeta:

–           Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…

–          ¿No lo crees?

–           Yo no.

–           Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.

La mujer invita:

–           Maestro… Te ruego que compartas mi mesa.

–           Gracias, mujer. Dios te lo pague.

Entran en la cocina y se sientan a la mesa.

Y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.

–           Perdonad, pero no tengo más que esto.

Y para no perder la costumbre reprocha  a Pedro:

–          ¡Demasiado hacen tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija…

Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.

Sorprendentemente, Pedro responde con calma:

–          Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.

–          Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo.

Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.

–          Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?

–          Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que andas de vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote.

Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.

–           Porque está Él, que si no…

Jesús interviene:

–           Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí.

Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.

Pedro se desconcierta:

–          ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…

–          Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿Qué más te da estar o no estar en esta casa?

Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

Pedro concede:

–          Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿Y éstos? – alude a Juan y a Santiago, sus socios.

E intercede:

–          ¿No pueden venir también ellos?

Los hermanos, hijos del trueno apoyan:

–          Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.

Pedro añade:

–          Quizás venga también Zebedeo.

Santiago agrega:

–          Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos. 

Un niño se asoma a la puerta y pregunta:

–          ¿Está aquí Jesús de Nazaret?

Juan lo invita:

–           Está aquí. Pasa.

Entra un niño de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús, para comer la miel del Paraíso.

Jesús dice:

–           Pequeño amigo, pasa.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo coloca sobre las rodillas.

Jesús le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

El niño le entrega un pequeño saco y explica:

–            Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: «Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí». ¡Sabe que eres mi amigo!…

Y el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.

Jesús toma el bolsito, diciendo:

–           ¡Sí señor! Santiago, le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.

Pedro pregunta:

–           ¿Es para los pobres?

–           Sí.

–           ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.

Jesús le da la bolsa.

Pedro vuelca las monedas y cuenta,

Exclamando admirado:

–          ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿Quién es?

El pequeño Santiago mueve la cabeza, afirmando:

–          No lo debo decir y no lo diré.

–          ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!

–          Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.

–           ¡Mirad qué lengua!

Jesús pontifica:

–           Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.

–           Tú, Maestro, ¿Sabes quién es esta persona?

Jesús no responde.

 Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas.

Pero Pedro insiste y Jesús debe responder:

–           Yo sé todo, Simón.

–           ¿Y nosotros no podemos saberlo?

Jesús reprende sonriente:

–           ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?

 Y añade:     

 –          Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios,

cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo.

Ve, Santiago. Llévale mi Bendición.

6 EL PRIMER APÓSTOL


6 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo.

Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.

Juan es un jovencito con el color rosáceo de las mejillas lisas, una bella sonrisa en su boca bien dibujada y la mirada pura de sus ojos color turquesa oscuro, donde asoma la limpieza del alma virgen y la inocencia del niño que no ha dejado de ser, aunque empieza a convertirse en un hombre.

Tiene una larga cabellera rubio oscura que ondula al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.

Llama, cuando está para pasar el seto:

 –       ¡Maestro!

Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.

–        ¡Maestro, suspiraba por Tí! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña… Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte.

 Juan habla levemente inclinado, con mucho respeto.

Y no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada que levanta hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.

Jesús responde con ternura:

–        He visto que me buscabas y he venido hacia ti.

–        ¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?

–        Allí – y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que  por el color del ramaje, parece que son olivos.

Y agrega sonriente: 

–         Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado enseguida, nada más verte.

Fue con la vista espiritual.

–         ¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?

–         Y sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».

–          Sí, lo hace el amor. Entonces, me amas, ¿No, Maestro?

–          Y tú, ¿Me amas Juan, hijo de Zebedeo?

–          Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba. Y cuando te he visto, ella me ha dicho: «He ahí a quien buscas». Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido.

–          Tú lo dices Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?

–          Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú.

–          Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida y con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por Mí?

–          Maestro… no sé… pero me parece si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas.

–          ¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?

–           Será como nada, Maestro, si Tú me amas.

–           Y el día que Yo debiera morir…

–           ¡No! Eres joven, Maestro… ¿Por qué morir?

–           Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios.  

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

–           ¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!… Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame.

Juan tiene una mirada suplicante.

Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.

Jesús se detiene. Lo mira, lo taladra con la mirada de sus ojos profundos.

Y poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice:

–           Quiero que me ames.

–           ¡Oh, Maestro!

Juan se siente feliz. Aunque sus pupilas brillen por el lanto contenido.

Ríe con esa joven boca suya bien dibujada. Toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.

Luego, continúan su camino.

–           Has dicho que me buscabas…

–           Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte… Y porque… ¡Oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas… y ya no podía seguir sin ti.

–           Entonces, ¿Has sido un buen anunciador del Verbo?

–           También Santiago Maestro, ha hablado de ti de manera… convincente.

–           De forma que incluso quien desconfiaba…Y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva, se ha persuadido. Vamos a confirmarlo del todo.

–           Tenía un poco de miedo…

Jesús detiene el paso y dice:

–           ¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar.

Con los honestos seré todo Misericordia.

Intercesoramente, Juan interviene

–           ¿Y con los pecadores?

–           También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas.

Y hacen esas cosas y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo.

–           Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro.

–           Así me gusta, y así quiero que seáis todos.

–           Simón quiere decirte muchas cosas.

–           Lo escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva.

E1 poblado está cercano. Algunos niños juegan en la calle; uno, corriendo se choca con las piernas de Jesús.

Y se hubiera caído, si Él no lo hubiese aferrado con solicitud.

El niño llora de todas formas, como si se hubiera hecho daño.

 Y Jesús sujetándolo, le dice:

–        ¿Un israelita que llora? ¿Qué habrían debido hacer los miles y miles de niños que se hicieron hombres atravesando el desierto siguiendo a Moisés?

Pues bien, más por ellos que por los otros, porque el Altísimo ama a los inocentes y cuida providentemente de estos angelitos de la Tierra.

De estas avecillas sin alas, como de los pájaros del bosque y de los aleros, justamente por éstos envió tan dulce maná. ¿Te gusta la miel? ¿Sí? Bueno, pues si eres bueno comerás una miel más dulce que la de tus abejas.

–         ¿Dónde? ¿Cuándo?

–         Cuando, después de una vida de fidelidad para con Dios, vayas a Él.

–         Sé que no iré a Él si no viene el Mesías. Mamá me dice que por ahora cada uno de nosotros, israelitas, somos como Moisés y morimos teniendo ante nuestros ojos la Tierra Prometida.

Dice que nos damos a la espera de entrar en ella y que sólo el Mesías hará que entremos.

–        ¡Pero qué israelita tan genial! Pues bien, Yo te digo que cuando mueras entrarás enseguida en el Paraíso, porque el Mesías para entonces, habrá abierto ya las puertas del Cielo. Pero tienes que ser bueno.

Una mujer aparece y el niño grita:

–        ¡Mamá! ¡Mamá! 

El niño se desata de los brazos de Jesús y corre hacia una joven esposa que regresa con un ánfora de cobre.

–        ¡Mamá! El nuevo Rabí me ha dicho que iré inmediatamente al Paraíso cuando muera, y que comeré mucha miel… pero si soy bueno. ¡Seré bueno!

–        ¡Dios lo quiera! Perdona, Maestro, si te ha molestado. ¡Está lleno de vitalidad!

–        La inocencia no molesta, mujer. Dios te bendiga, porque eres una madre que cría a los hijos en el conocimiento de la Ley.

La mujer se sonroja ante esta alabanza y responde:

–        Que Dios te bendiga también a ti – y desaparece con su pequeño.

Juan pregunta:

–       ¿Te gustan los niños, Maestro?

Jesús contesta:

–        Sí, porque son puros y sinceros… y amorosos.

–         ¿Tienes sobrinos, Maestro?

–         No tengo sino una Madre. Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos.

En mi Madre tengo todo, Juan.

–         ¿Y la has dejado?

–         Dios está por encima incluso de la más santa de las madres.

–         ¿La conoceré yo?

–          La conocerás.

–         ¿Y me querrá?

–          Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús.

–         ¿Entonces no tienes hermanos?

–         Tengo algunos primos por parte del marido de mi Madre. Pero todo hombre es para mí un hermano y para todos he venido. Henos aquí delante de la sinagoga.

Yo entro; tú vendrás después con tus amigos.

Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles con rollos de pergamino.

Ya hay una multitud que espera y ora.

También Jesús ora.

La multitud bisbisea y hace comentarios detrás de Él.

Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.

Jesús empieza la lección…

–          El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: «Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel:

‘Enmendad vuestros hábitos y Vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar,

No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor.

Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda,

si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre».

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios:

Lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria.

Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro?

¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas lo condujo y nutrió. Y lo defendió contra los enemigos?

¿Y para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados?

¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿Por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: «¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!».

No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa Oración.

Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda. Y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: «Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela».

Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no lo escucha prontamente. Y después, al mísero en ocasiones, de su propia sangre, que le dice: «Escúchame» y le responde con corazón de piedra: «No».

Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa.

Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Más, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros.

Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis.

Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir.

¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.

Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los Diez Mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en la Luz del Amor.

Venid. Yo os mostraré cuáles son:

Amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor.

Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento.

Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la Eterna. La alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón.

Empezad por el amor. No hay nada más grande. CUANDO SEPÁIS AMAR, sabréis ya todo.

Y Dios os amará. Y Amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad.

Jesús ha terminado de hablar.

ROSTRO MAESTRO

Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve.

Jesús sale a la placita.

En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

Jesús los saluda:

–          La paz esté con vosotros. Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación.

Simón, ¿Has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿Por qué no has venido antes?

Los dos hermanos se miran turbados.

Andrés susurra:

–           No me atrevía…

Pedro está rojo, no habla.

 Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano:

–         ¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer.

Interviene con franqueza:

–          He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo… yo he dicho… Sí, he dicho: «No creo», y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!…

Jesús sonríe y dice:

–          Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo.

–          Pero yo… yo no soy bueno… no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y si alguno me ofende… ¡bueno!…

Soy codicioso y me gusta tener dinero. Y al vender el pescado, bueno… no siempre… no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante.

Quiero seguirte, tengo poco tiempo y así recibir la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices… Pero… 

Jesús sonríe ampliamente y declara:

–         No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas.

Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide.

Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa.

Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios.

Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré.

–          ¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así… Es así… mira, ¡Yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!… Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿No? ¿Resides en esta casa?… Conozco al dueño.

–          Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén. Y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente.

–          Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza.

–          En el corazón sobre todo Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿No hablas?

Andrés responde:

–          Escucho, Maestro.

Pedro agrega:

–          Mi hermano es tímido.

–          Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id.

–          La paz sea contigo.

Se van.

Nada más salir, Pedro observa:

–          ¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes y otro tipo de peces?

Andrés cuestiona:

–          ¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas.

–          Me daba… vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!

Juan suspira con anhelo y gran nostalgia.

Y dice:

–          Ahora va a Jerusalén… Yo quería pedirle que me dejara ir con Él… pero no me he atrevido…

Pedro responde:

–          Vete a decírselo, muchacho. Nos hemos despedido de Él así, sin más… sin ni siquiera una palabra de afecto… Al menos, que sepa que lo admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre.

–          ¿Voy, Santiago?

–           Ve.

Juan se echa a correr…

Y también corriendo, vuelve lleno de júbilo:

–            Le he dicho: «¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?». Me ha respondido: «Ven, amigo». ¡Ha dicho «amigo»! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!…

Y vuelve a partir corriendo.

Jesús dice:

 Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido.

Lo admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente calla este detalle.

El apóstol de Pedro y por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan:

Primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿Veis lo que dice?:

«Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús.

El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: «Hemos encontrado al Mesías’

Y lo condujo a donde estaba Jesús».

Justo además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido. Sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas y desea para él en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad.

Quiere que aparezca Andrés como el primer Apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano, le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

¿Quiénes, entre los que hacen algo por Mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas; que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna?

¿Y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro.

Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros.  Y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde.

Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto,.

Y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos, que tímidos pareciera que no hacen nada.

Y son sin embargo, los que le roban al Cielo el Fuego de que están investidos los audaces.

Corazón sincero en cuanto a decir: «Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: «

Dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto:

Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir:

‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza».

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles,

descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda, que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota. Aprended todos.

¿Es mi predilecto? Sí.

Pero, ¿No tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes.

Lo amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndolo como un pequeño Cristo.

Y mi Madre me decía:

–    «Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre».

¡Oh…, la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente.

Y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre.

Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud:

Hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

5 Y LA LUZ VINO AL MUNDO


5 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una serenísima aurora sobre el Mar de Galilea. Cielo y agua presentan destellos rosáceos, poco diferentes de los que resplandecen tenues entre los muros de los pequeños huertos de la villa lacustre.

Huertos desde los que se alzan y se asoman volcándose casi sobre las calles, las copas de los árboles frutales.

El poblado comienza a despertarse con alguna mujer que va a la fuente o a una pila a lavar y algunos pescadores que descargan las cestas de pescado y con vocerío, contratan con mercaderes venidos de fuera, o llevan pescado a sus casas.

Es un pueblo grande, de gente trabajadora dilatado en su mayor parte a lo largo del lago.

Juan sale de una callejuela y va presuroso hacia el lago.

Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca.

Oteando a lo lejos, la descubre a algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!», que debe ser el reclamo usado.

Y luego cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: « ¡Venid, venid!.

Los hombres de la barca,  agarran los remos amainando la vela para agilizar la operación y la hacen avanzar más de prisa.

Cuando están a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más.

Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle sujetándola con una mano, se mete en el agua y va al encuentro de los que llegan.

Andrés pregunta:

 –       ¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?

Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

Juan responde cuestionando a su vez: 

–       Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago? 

–       He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre… 

–       Te había sugerido claramente que vinieras. Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!… Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: «Venid».

–       ¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos lo mostró el Bautista.

–        Es Él. No lo ha negado.

Pedro murmura malhumorado:

–        Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez… –

Juan se consterna al escucharlo.

Y contesta dolorido:

–       ¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!

Pedro se exaspera y exclama:

–       ¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye!

¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Será mejor que te vengas a trabajar y déjate de fábulas!

Juan intenta convencerlo:

–        Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras.

Santiago interviene:

–        Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años, soy y lo sabes,  reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios.

Y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo?

 Tú lo puedes hacer porque no lo has escuchado. Pero yo creo. ¿Qué somos pobres e ignorantes?

 Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes.

Ha dicho: «Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Más Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo.

A los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, oscuridad, cadenas y desprecio.

Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia.

Quien quiera verdad y paz, quien quiera Vida Eterna, venga a Mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo». ¿No se ha expresado así, Juan?

 Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

 –      Sí. Y ha dicho: «El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz.

Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad.

En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red»

Se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla.

Ha dicho incluso: «Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo los hombres intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados;

porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen.

Su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás,

pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo.

Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una Fuerza tal a quienes crean en Mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo».

Del rostro de Pedro ha desaparecido el gesto adusto y dice con decisión:

–      Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él enseguida.

Y pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque entre tanto la barca ha llegado ya a la orilla.

Y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen.

Luego reclama:

–        Y tú, Andrés, necio, ¿Por qué no has ido con éstos?

Andrés lo mira desconcertado y dice:

–        ¡Pero… Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo… Toda la noche has estado refunfuñando y ¡¿Y ahora me echas en cara el no haber ido?!….

Pedro concede:

–        Tienes razón… Pero yo no lo había visto… tú sí… y deberías haberte dado cuenta que no es como nosotros… ¡Algo especial tendrá!….

Juan interviene fascinado:

–        ¡Oh!, sí. ¡Tiene un rostro…, y unos ojos…! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una Voz…! ¡Ah, qué Voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso.

–        ¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar.

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

Pero Pedro, después de algunos metros se detiene, coge a Juan por un brazo,

Y pregunta:

–        Has dicho que sabe todo y que oye todo….

–        Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: «¿Quién sabe lo que estará haciendo Simón?»

Control del sentido de la «vista espiritual»

Él contestó:

«Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar…

No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros peces».

Pedro se admira y concluye:

–        ¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también… también que lo he llamado poco menos que mentiroso… No puedo ir a Él.

Santiago advierte:

–         ¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando lo dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió:

«Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla.»

Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad.

Y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente». Y añadió: «Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad»

Pedro recupera el ánimo:

–         ¿Ha dicho eso? Entonces voy. Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?

–         En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas.

–         ¿Pero es pobre?

–         Un obrero de Nazaret. Así dijo.

–         Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?

–         No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes.

–         Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta…, algo. ¡Vamos a consultar a un rabí, porque es como un rabí, y más que un rabí, con las manos vacías!… Nuestros rabinos no quieren que se actúe así….

–         Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: «Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo».

Y enseguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían. Y a nosotros, que preguntábamos: «Y para ti, Maestro, ¿No guardas nada?», nos respondió: «La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria».

Dijimos también: «Tú nos llamas Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: «Un gran tesoro quiero de vosotros».

Y nosotros dijimos: «¿Y si no tenemos nada?»

Él Contestó: «Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no. Lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio.

Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo. Y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria»

Eso dijo.

Con el Don del Discernimiento, otorgado por el Espíritu santo.

Pedro suspira aliviado, diciendo:

–         ¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero…

Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza.  

1 LA RENUNCIA TOTAL


1 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
NEGARNOS A NOSOTROS MISMOS

RENUNCIAR A TODO PARA SEGUIR AL MAESTRO

Es el atardecer en el interior de la casa de Nazaret, en lo que parece ser el comedor, una estancia muy reducida que tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que está pegando a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados.

En las otras paredes hay un telar y un taburete y un bazar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. 

Jesús está sentado a la mesa. Está comiendo.

María le sirve, yendo y viniendo por una puertecita hasta la cocina donde está el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.

Jesús le dice a María dos o tres veces que se siente… y que también coma Ella.

Pero Ella no quiere; menea la cabeza sonriendo tristemente.

Y trae lo que parece ser una sopa de verduras y unos peces asados. Luego un queso de forma redondeada y unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, está ya en la mesa.

Jesús tiene delante un ánfora con agua y una copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.

María está apenada. Va, viene… para que no se le note. Enciende una lamparita y la pone junto a Jesús (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo).

Abre una bolsa de color castaño  y sale al huertecito, va a una especie de despensa y regresa con unas manzanas ya más bien rugosas, conservadas desde el verano y las mete en la bolsa junto con un pan y un pequeño queso, aunque Jesús no quiera y diga que ya tiene suficiente.

María se acerca a la mesa de nuevo y le mira mientras come.

Le mira con verdadera congoja, con adoración, con el rostro aún más pálido de lo normal y como más envejecido por la pena.

Con los ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lágrimas vertidas; parecen más claros que de costumbre, como lavados por el llanto que ya está casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.

Jesús, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre y está más pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira.

Se encuentra con una mirada llena de lágrimas y baja la cabeza para que no se sienta cohibida, limitándose a cogerle la delicada mano que tiene apoyada en el borde de la mesa.

La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara apoyando en ella su mejilla como rozándola un momento para sentir la caricia de esa pobre mano temblorosa.

Y la besa en el dorso con gran amor y respeto.

María se lleva la mano libre hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.

Jesús continúa comiendo.

María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz… y desaparece.

Jesús apoya el codo izquierdo sobre la mesa y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.

Luego un momento de atención… Se levanta de la mesa.

Sale Él también al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige hacia una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que es su taller de carpintero.

Esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las herramientas, todas en su sitio, nada más.

Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo doblado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor.

Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola «Mamá» con voz de amorosa reprensión.

María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho.

Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente.

Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor.

–      Ven, Mamá – le dice Jesús.

Y apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa.

El huerto está silencioso y ya oscuro. Hay sólo un hermoso claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche está serena.

Jesús le habla a María. Le da varias instrucciones.

Y concluye:

–       Y di a la familia…, a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo Madre, y tú sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi Misión.

Mi amor no te faltará. Vendré frecuentemente y cuando esté en Galilea y no pueda acercarme a casa te avisaré, entonces vendrás tú adonde este Yo.

Mamá, esta hora debía llegar. Empezó aquí, cuando el Ángel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿No es verdad, Mamá?

Después vendrá la paz de la prueba superada y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida.

Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro espíritu en el esfuerzo de la prueba.

Digamos juntos al Padre nuestro…».

Jesús se levanta y María con Él, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la Oración del Señor.

Hace mucho hincapié en las frases: «venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad», distanciando mucho estas dos frases de las otras.

Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «El Señor esté con vosotros»)

María tiene las manos juntas.

Entran de nuevo en casa. Y Jesús vierte en una copa un poco de vino blanco de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa.

Coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a Él y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece).

Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús. Luego estrecha a su Madre contra su costado.

 Y sujetándola contra su persona, en el lado del corazón. No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas.

Jesús acaricia el brazo y la cabeza de María.

Jesús se levanta y con Él María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez. Es una DESPEDIDA que ninguno de los dos quisiera terminar. Ambos tienen un infinito sufrimiento.  

Es la Virgen, pero es una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación.

Jesús coge el manto azul oscuro), se lo echa a los hombros y con él se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino.

María le ayuda, nunca termina de ajustarle la túnica, el manto y la capucha sin dejarlo de acariciar.

Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María lo sigue y en la puerta ya abierta, se besan una vez más.

La calle está silenciosa y solitaria, blanca de luna.

Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre, que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso.

Jesús se va alejando por la callejuela blanca.

María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una esquina de la calle.

Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminará en el Gólgota.

María entra llorando y cierra la puerta.

También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota.

Y por nosotros, que somos tan crueles, malagradecidos y egoístas; que sólo pensamos en lo material y le regateamos a Dios TODO…

Dice Jesús:

Éste es el cuarto dolor de María, Madre de Dios: el primero fue la presentación en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de José; el cuarto, mi separación de Ella.

La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa ¡Y cuántas encontráis en la vida!

Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón; lo sé. Pero para quien las acoge con resignación, mirad que no digo: «para quien las desea y las acoge con alegría» (esto ya es perfección), se transforman en eternas rosas.

Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales o sea con rebelión y blasfemias contra el buen Dios.

Y no digáis: «Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto y Dios me lo ha arrancado».

También María mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo.

No le quedaba más que Él: los padres, muertos desde hacía tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola.

Los parientes por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles.

Como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes voz del sentido común, del sentido humano —vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido humano o sea, egoísmo — habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas.

En el fondo era siempre el miedo de tener un día que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — según ellos demasiado idealistas — que podían poner en contra a la sinagoga.

La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas.

No era una misión fácil la del profeta y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía.

Este contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mí,

Y SE AVERGONZABAN DE MI MANÍA — según ellos — de herir a las castas poderosas.  

Reprensión a Mí y a Ella. ¡Pobre Mamá!

Y no obstante María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes; no todos fueron como Santiago, Judas o Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás  y que preveía el estado de ánimo futuro.

María, que conocía su suerte durante esos tres años y la que le esperaba al final de los mismos y la SUERTE MÍA, no opuso resistencia como hacéis vosotros.

Lloró. Y ¿Quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos días, vacíos de mi Presencia, en la casa solitaria?

¿Ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inocente hasta matarlo?

 LLORÓ PORQUE ERA LA CORREDENTORA

Y LA MADRE DEL GÉNERO HUMANO RENACIDO A DIOS

Y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo!

Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado María.

Y POR TODOS LOS HIJOS QUE NACIDOS DE MUJER,

ESTÁN DESTINADOS A SER APÓSTOLES DE DIOS

O MÁRTIRES POR AMOR A DIOS,

«SU DIOS ES MI DIOS» Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

POR FIDELIDAD A DIOS O POR CRUELDAD HUMANA.

Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte;

la que anula en ellos las imperfecciones o también las culpas cometidas por su debilidad, dando además del martirio en cualquier caso, enseguida la Paz de Dios y si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde.

La caridad de María las exprime. Estas han brotado de un corazón de lirio.

Tienen por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios y cualquier otro afecto cae,

transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

LAS ENCUENTRAN LOS CONSAGRADOS A DIOS EN EL MUNDO

EN EL MUNDO QUE NO LOS ENTIENDE

Y NO LOS AMA

Desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡Muy grande es en efecto, la incomprensión que sufren y las burlas, por mi Amor!

Las encuentran mis queridas «víctimas», porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús.

A sus discípulas Ella les da con mano de Madre y de Médico, sus Lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio. ¡Santo Llanto de mi Madre!

María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer «Pater noster» fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer «nuestras» voluntades al Eterno, en el momento en que comenzaba para estas voluntades

EL PERÍODO DE UNA RENUNCIA CADA VEZ MAYOR,

Que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María.

Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso nosotros los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados, absueltos incluso de un suspiro, dignamente nuestra Misión.

Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la Misión; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad.

Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón, como también pidieron el «pan de cada día».

¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña, que es también necesario mientras se está en esta Tierra. 

NO ESE PAN, sino que «nuestro» pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de Misión.

Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la Misión que Dios da es la alegría de «nuestro» día.

María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos.

Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre.

Yo he dicho: «Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá», y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: «Por Jesucristo Nuestro Señor».

CUANDO ORÉIS, UNÍOS SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE, A MÍ.

Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre – Dios.

Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra Oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito.

Mi Voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre. Y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra Oración.

Estad en Mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

11 LA SUEGRA DE PEDRO


11 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro le está hablando a Jesús.

Y dice:

–           Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras.

Jesús pregunta:

–          ¿A Betsaida?

–          No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.

–          ¿Por qué este deseo, Pedro?

–          Por muchas razones… Y además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…

–          Termina, Simón.

–          Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… Sí, en definitiva, ya sabes; una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verlo y oírlo. Y si esta persona además cura, pues entonces….

–          Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.

–          No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres. Y ella… No sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús.

–          Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.

Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa.

Al parecer durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha y da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago.

El ramaje del árbol, como una cabellera despeinada, apenas roza sus muros y toca los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita.

Sólo se ve esta higuera, esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

Pedro invita:

–           Entra, Maestro.

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes y otras, a preparar la comida.

Saludan a Pedro y luego se inclinan confusas ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.

Jesús dice:

–           Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?

 Tres mujeres le dicen a una, que se está secando las manos con el borde del vestido. 

–           Habla tú, que eres la mayor.

Y ella contesta:

–           La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llama do al médico, pero dice que es demasiado anciana para que pueda sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre especialmente a esa edad, la persona muere.

Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿Ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gusta tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados.

Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡Está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…

Jesús indica:

–          Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.

La mujer advierte:

–          Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle «ahora te traigo aquí al Rabí».

Jesús sonríe sin perder la calma.

Se vuelve hacia Pedro:

–          Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.

Pedro hace una mueca muy significativa…

Obedece. Cruza la cocina, entra en una habitación y a través de la puerta cerrada tras él, conversa con una mujer.

Asoma la cabeza y una mano.

Y dice:

–          Ven, Maestro, date prisa – y añade, más bajo, apenas inteligiblemente – Antes de que cambie de idea.

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta.

Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:

–           La paz sea contigo.

Entra, a pesar de no haber recibido respuesta.

Va junto a una litera baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la anciana.

 Y le dice:

–           ¿Te encuentras mal?

Ella contesta jadeante:

–           ¡Me muero!

–           No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?

–           ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.

–           Por Simón, que me lo ha pedido… Y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.

–           ¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?

–            Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide.

–            Entonces, ¿Piensas curarme? ¿Ya no moriré?

–            No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?

–            Creo, creo. ¡Me basta con no morir!

Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil.

Se yergue majestuoso, tomando el aspecto de cuando hace un milagro

Y decreta:

 –       ¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! – y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje.

 Mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio…

Luego, la anciana exclama fuerte:

–         ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!

Acuden las nueras.

–         ¡Mirad! – dice la anciana – ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy.

Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!

No hay ¡Ni siquiera una palabra para el Señor!

Pero Jesús no se lo toma a mal.

Le dice a la nuera más mayor:

–         Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo. Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:

–         El Maestro te ha curado y ¿No le dices nada?

Ella parece reflexionar:

–         ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?

Jesús dice con dulzura:

–          Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa.

He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.

Ella contesta apresurada:

–          ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres.

Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.

–          ¡Maestro!….

–          ¿Pedro mío?

–          Estoy desolado.

Jesús hace un gesto como queriendo significar:

 –        ¡Bah!, no te preocupes.

Luego añade:

–          No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud.

Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.

–          ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?

–          ¡Qué curioso eres, Simón! Pero deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara?

Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer para que la niña que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra…

Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron diciendo: «¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga».

Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde…

De todas formas la curé, por sus niños.

Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:

–         «Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más».

La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío…

 

Y se le castigó por haber hablado conmigo.

Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa.

Pedro dice impetuoso:

–          Yo la volvía a poner enferma.

Jesús se muestra severo:

–          ¡Pedro! ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado?

¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?

–           Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡No puedo soportar el que no te quieran!

–           ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro!

Personas que el mundo llamado «santo» desprecia como publícanos y que sin embargo, serán ejemplo para el mundo.

Y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia. Pecadores que se enmiendan…

Pedro objeta:

–           Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…

–          ¿No lo crees?

–           Yo no.

–           Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.

La mujer invita:

–           Maestro… Te ruego que compartas mi mesa.

–           Gracias, mujer. Dios te lo pague.

Entran en la cocina y se sientan a la mesa.

Y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.

–           Perdonad, pero no tengo más que esto.

Y para no perder la costumbre reprocha  a Pedro:

–          ¡Demasiado hacen tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija…

Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.

Sorprendentemente, Pedro responde con calma:

–          Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.

–          Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo.

Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.

–          Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?

–          Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que andas de vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote.

Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.

–           Porque está Él, que si no…

Jesús interviene:

–           Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí.

Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.

Pedro se desconcierta:

–          ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…

–          Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿Qué más te da estar o no estar en esta casa?

Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

Pedro concede:

–          Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿Y éstos? – alude a Juan y a Santiago, sus socios.

E intercede:

–          ¿No pueden venir también ellos?

Los hermanos, hijos del trueno apoyan:

–          Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.

Pedro añade:

–          Quizás venga también Zebedeo.

Santiago agrega:

–          Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos. 

Un niño se asoma a la puerta y pregunta:

–          ¿Está aquí Jesús de Nazaret?

Juan lo invita:

–           Está aquí. Pasa.

Entra un niño de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús, para comer la miel del Paraíso.

Jesús dice:

–           Pequeño amigo, pasa.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo coloca sobre las rodillas.

Jesús le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

El niño le entrega un pequeño saco y explica:

–            Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: «Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí». ¡Sabe que eres mi amigo!…

Y el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.

Jesús toma el bolsito, diciendo:

–           ¡Sí señor! Santiago, le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.

Pedro pregunta:

–           ¿Es para los pobres?

–           Sí.

–           ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.

Jesús le da la bolsa.

Pedro vuelca las monedas y cuenta,

Exclamando admirado:

–          ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿Quién es?

El pequeño Santiago mueve la cabeza, afirmando:

–          No lo debo decir y no lo diré.

–          ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!

–          Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.

–           ¡Mirad qué lengua!

Jesús pontifica:

–           Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.

–           Tú, Maestro, ¿Sabes quién es esta persona?

Jesús no responde.

 Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas.

Pero Pedro insiste y Jesús debe responder:

–           Yo sé todo, Simón.

–           ¿Y nosotros no podemos saberlo?

Jesús reprende sonriente:

–           ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?

 Y añade:     

 –          Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios,

cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo.

Ve, Santiago. Llévale mi Bendición.

4 EL PRIMER APÓSTOL


4 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo.

Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.

Juan es un jovencito con el color rosáceo de las mejillas lisas, una bella sonrisa en su boca bien dibujada y la mirada pura de sus ojos color turquesa oscuro, donde asoma la limpieza del alma virgen y la inocencia del niño que no ha dejado de ser, aunque empieza a convertirse en un hombre.

Tiene una larga cabellera rubio oscura que ondula al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.

Llama, cuando está para pasar el seto:

 –       ¡Maestro!

Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.

–        ¡Maestro, suspiraba por Tí! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña… Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte.

 Juan habla levemente inclinado, con mucho respeto.

Y no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada que levanta hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.

Jesús responde con ternura:

–        He visto que me buscabas y he venido hacia ti.

–        ¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?

–        Allí – y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que  por el color del ramaje, parece que son olivos.

Y agrega sonriente: 

–         Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado enseguida, nada más verte.

Fue con la vista espiritual.

–         ¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?

–         Y sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».

–          Sí, lo hace el amor. Entonces, me amas, ¿No, Maestro?

–          Y tú, ¿Me amas Juan, hijo de Zebedeo?

–          Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba. Y cuando te he visto, ella me ha dicho: «He ahí a quien buscas». Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido.

–          Tú lo dices Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?

–          Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú.

–          Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida y con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por Mí?

–          Maestro… no sé… pero me parece si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas.

–          ¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?

–           Será como nada, Maestro, si Tú me amas.

–           Y el día que Yo debiera morir…

–           ¡No! Eres joven, Maestro… ¿Por qué morir?

–           Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios.  

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

–           ¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!… Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame.

Juan tiene una mirada suplicante.

Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.

Jesús se detiene. Lo mira, lo taladra con la mirada de sus ojos profundos.

Y poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice:

–           Quiero que me ames.

–           ¡Oh, Maestro!

Juan se siente feliz. Aunque sus pupilas brillen por el lanto contenido.

Ríe con esa joven boca suya bien dibujada. Toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.

Luego, continúan su camino.

–           Has dicho que me buscabas…

–           Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte… Y porque… ¡Oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas… y ya no podía seguir sin ti.

–           Entonces, ¿Has sido un buen anunciador del Verbo?

–           También Santiago Maestro, ha hablado de ti de manera… convincente.

–           De forma que incluso quien desconfiaba…Y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva, se ha persuadido. Vamos a confirmarlo del todo.

–           Tenía un poco de miedo…

Jesús detiene el paso y dice:

–           ¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar.

Con los honestos seré todo Misericordia.

Intercesoramente, Juan interviene

–           ¿Y con los pecadores?

–           También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas.

Y hacen esas cosas y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo.

–           Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro.

–           Así me gusta, y así quiero que seáis todos.

–           Simón quiere decirte muchas cosas.

–           Lo escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva.

E1 poblado está cercano. Algunos niños juegan en la calle; uno, corriendo se choca con las piernas de Jesús.

Y se hubiera caído, si Él no lo hubiese aferrado con solicitud.

El niño llora de todas formas, como si se hubiera hecho daño.

 Y Jesús sujetándolo, le dice:

–        ¿Un israelita que llora? ¿Qué habrían debido hacer los miles y miles de niños que se hicieron hombres atravesando el desierto siguiendo a Moisés?

Pues bien, más por ellos que por los otros, porque el Altísimo ama a los inocentes y cuida providentemente de estos angelitos de la Tierra.

De estas avecillas sin alas, como de los pájaros del bosque y de los aleros, justamente por éstos envió tan dulce maná. ¿Te gusta la miel? ¿Sí? Bueno, pues si eres bueno comerás una miel más dulce que la de tus abejas.

–         ¿Dónde? ¿Cuándo?

–         Cuando, después de una vida de fidelidad para con Dios, vayas a Él.

–         Sé que no iré a Él si no viene el Mesías. Mamá me dice que por ahora cada uno de nosotros, israelitas, somos como Moisés y morimos teniendo ante nuestros ojos la Tierra Prometida.

Dice que nos damos a la espera de entrar en ella y que sólo el Mesías hará que entremos.

–        ¡Pero qué israelita tan genial! Pues bien, Yo te digo que cuando mueras entrarás enseguida en el Paraíso, porque el Mesías para entonces, habrá abierto ya las puertas del Cielo. Pero tienes que ser bueno.

Una mujer aparece y el niño grita:

–        ¡Mamá! ¡Mamá! 

El niño se desata de los brazos de Jesús y corre hacia una joven esposa que regresa con un ánfora de cobre.

–        ¡Mamá! El nuevo Rabí me ha dicho que iré inmediatamente al Paraíso cuando muera, y que comeré mucha miel… pero si soy bueno. ¡Seré bueno!

–        ¡Dios lo quiera! Perdona, Maestro, si te ha molestado. ¡Está lleno de vitalidad!

–        La inocencia no molesta, mujer. Dios te bendiga, porque eres una madre que cría a los hijos en el conocimiento de la Ley.

La mujer se sonroja ante esta alabanza y responde:

–        Que Dios te bendiga también a ti – y desaparece con su pequeño.

Juan pregunta:

–       ¿Te gustan los niños, Maestro?

Jesús contesta:

–        Sí, porque son puros y sinceros… y amorosos.

–         ¿Tienes sobrinos, Maestro?

–         No tengo sino una Madre. Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos.

En mi Madre tengo todo, Juan.

–         ¿Y la has dejado?

–         Dios está por encima incluso de la más santa de las madres.

–         ¿La conoceré yo?

–          La conocerás.

–         ¿Y me querrá?

–          Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús.

–         ¿Entonces no tienes hermanos?

–         Tengo algunos primos por parte del marido de mi Madre. Pero todo hombre es para mí un hermano y para todos he venido. Henos aquí delante de la sinagoga.

Yo entro; tú vendrás después con tus amigos.

Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles con rollos de pergamino.

Ya hay una multitud que espera y ora.

También Jesús ora.

La multitud bisbisea y hace comentarios detrás de Él.

Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.

Jesús empieza la lección…

–          El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: «Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel:

‘Enmendad vuestros hábitos y Vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar,

No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor.

Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda,

si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre».

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios:

Lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria.

Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro?

¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas lo condujo y nutrió. Y lo defendió contra los enemigos?

¿Y para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados?

¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿Por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: «¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!».

No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa Oración.

Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda. Y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: «Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela».

Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no lo escucha prontamente. Y después, al mísero en ocasiones, de su propia sangre, que le dice: «Escúchame» y le responde con corazón de piedra: «No».

Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa.

Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Más, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros.

Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis.

Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir.

¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.

Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los Diez Mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en la Luz del Amor.

Venid. Yo os mostraré cuáles son:

Amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor.

Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento.

Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la Eterna. La alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón.

Empezad por el amor. No hay nada más grande. CUANDO SEPÁIS AMAR, sabréis ya todo.

Y Dios os amará. Y Amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad.

Jesús ha terminado de hablar.

ROSTRO MAESTRO

Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve.

Jesús sale a la placita.

En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

Jesús los saluda:

–          La paz esté con vosotros. Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación.

Simón, ¿Has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿Por qué no has venido antes?

Los dos hermanos se miran turbados.

Andrés susurra:

–           No me atrevía…

Pedro está rojo, no habla.

 Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano:

–         ¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer.

Interviene con franqueza:

–          He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo… yo he dicho… Sí, he dicho: «No creo», y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!…

Jesús sonríe y dice:

–          Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo.

–          Pero yo… yo no soy bueno… no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y si alguno me ofende… ¡bueno!…

Soy codicioso y me gusta tener dinero. Y al vender el pescado, bueno… no siempre… no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante.

Quiero seguirte, tengo poco tiempo y así recibir la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices… Pero… 

Jesús sonríe ampliamente y declara:

–         No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas.

Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide.

Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa.

Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios.

Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré.

–          ¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así… Es así… mira, ¡Yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!… Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿No? ¿Resides en esta casa?… Conozco al dueño.

–          Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén. Y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente.

–          Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza.

–          En el corazón sobre todo Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿No hablas?

Andrés responde:

–          Escucho, Maestro.

Pedro agrega:

–          Mi hermano es tímido.

–          Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id.

–          La paz sea contigo.

Se van.

Nada más salir, Pedro observa:

–          ¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes y otro tipo de peces?

Andrés cuestiona:

–          ¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas.

–          Me daba… vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!

Juan suspira con anhelo y gran nostalgia.

Y dice:

–          Ahora va a Jerusalén… Yo quería pedirle que me dejara ir con Él… pero no me he atrevido…

Pedro responde:

–          Vete a decírselo, muchacho. Nos hemos despedido de Él así, sin más… sin ni siquiera una palabra de afecto… Al menos, que sepa que lo admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre.

–          ¿Voy, Santiago?

–           Ve.

Juan se echa a correr…

Y también corriendo, vuelve lleno de júbilo:

–            Le he dicho: «¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?». Me ha respondido: «Ven, amigo». ¡Ha dicho «amigo»! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!…

Y vuelve a partir corriendo.

Jesús dice:

 Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido.

Lo admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente calla este detalle.

El apóstol de Pedro y por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan:

Primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿Veis lo que dice?:

«Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús.

El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: «Hemos encontrado al Mesías’

Y lo condujo a donde estaba Jesús».

Justo además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido. Sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas y desea para él en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad.

Quiere que aparezca Andrés como el primer Apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano, le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

¿Quiénes, entre los que hacen algo por Mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas; que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna?

¿Y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro.

Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros.  Y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde.

Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto,.

Y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos, que tímidos pareciera que no hacen nada.

Y son sin embargo, los que le roban al Cielo el Fuego de que están investidos los audaces.

Corazón sincero en cuanto a decir: «Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: «

Dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto:

Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir:

‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza».

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles,

descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda, que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota. Aprended todos.

¿Es mi predilecto? Sí.

Pero, ¿No tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes.

Lo amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndolo como un pequeño Cristo.

Y mi Madre me decía:

–    «Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre».

¡Oh…, la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente.

Y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre.

Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud:

Hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

3 Y LA LUZ VINO AL MUNDO


3 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una serenísima aurora sobre el Mar de Galilea. Cielo y agua presentan destellos rosáceos, poco diferentes de los que resplandecen tenues entre los muros de los pequeños huertos de la villa lacustre.

Huertos desde los que se alzan y se asoman volcándose casi sobre las calles, las copas de los árboles frutales.

El poblado comienza a despertarse con alguna mujer que va a la fuente o a una pila a lavar y algunos pescadores que descargan las cestas de pescado y con vocerío, contratan con mercaderes venidos de fuera, o llevan pescado a sus casas.

Es un pueblo grande, de gente trabajadora dilatado en su mayor parte a lo largo del lago.

Juan sale de una callejuela y va presuroso hacia el lago.

Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca.

Oteando a lo lejos, la descubre a algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!», que debe ser el reclamo usado.

Y luego cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: « ¡Venid, venid!.

Los hombres de la barca,  agarran los remos amainando la vela para agilizar la operación y la hacen avanzar más de prisa.

Cuando están a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más.

Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle sujetándola con una mano, se mete en el agua y va al encuentro de los que llegan.

Andrés pregunta:

 –       ¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?

Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

Juan responde cuestionando a su vez: 

–       Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago? 

–       He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre… 

–       Te había sugerido claramente que vinieras. Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!… Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: «Venid».

–       ¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos lo mostró el Bautista.

–        Es Él. No lo ha negado.

Pedro murmura malhumorado:

–        Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez… –

Juan se consterna al escucharlo.

Y contesta dolorido:

–       ¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!

Pedro se exaspera y exclama:

–       ¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye!

¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Será mejor que te vengas a trabajar y déjate de fábulas!

Juan intenta convencerlo:

–        Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras.

Santiago interviene:

–        Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años, soy y lo sabes,  reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios.

Y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo?

 Tú lo puedes hacer porque no lo has escuchado. Pero yo creo. ¿Qué somos pobres e ignorantes?

 Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes.

Ha dicho: «Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Más Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo.

A los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, oscuridad, cadenas y desprecio.

Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia.

Quien quiera verdad y paz, quien quiera Vida Eterna, venga a Mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo». ¿No se ha expresado así, Juan?

 Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

 –      Sí. Y ha dicho: «El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz.

Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad.

En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red»

Se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla.

Ha dicho incluso: «Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo los hombres intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados;

porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen.

Su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás,

pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo.

Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una Fuerza tal a quienes crean en Mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo».

Del rostro de Pedro ha desaparecido el gesto adusto y dice con decisión:

–      Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él enseguida.

Y pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque entre tanto la barca ha llegado ya a la orilla.

Y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen.

Luego reclama:

–        Y tú, Andrés, necio, ¿Por qué no has ido con éstos?

Andrés lo mira desconcertado y dice:

–        ¡Pero… Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo… Toda la noche has estado refunfuñando y ¡¿Y ahora me echas en cara el no haber ido?!….

Pedro concede:

–        Tienes razón… Pero yo no lo había visto… tú sí… y deberías haberte dado cuenta que no es como nosotros… ¡Algo especial tendrá!….

Juan interviene fascinado:

–        ¡Oh!, sí. ¡Tiene un rostro…, y unos ojos…! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una Voz…! ¡Ah, qué Voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso.

–        ¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar.

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

Pero Pedro, después de algunos metros se detiene, coge a Juan por un brazo,

Y pregunta:

–        Has dicho que sabe todo y que oye todo….

–        Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: «¿Quién sabe lo que estará haciendo Simón?»

Control del sentido de la «vista espiritual»

Él contestó:

«Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar…

No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros peces».

Pedro se admira y concluye:

–        ¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también… también que lo he llamado poco menos que mentiroso… No puedo ir a Él.

Santiago advierte:

–         ¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando lo dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió:

«Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla.»

Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad.

Y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente». Y añadió: «Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad»

Pedro recupera el ánimo:

–         ¿Ha dicho eso? Entonces voy. Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?

–         En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas.

–         ¿Pero es pobre?

–         Un obrero de Nazaret. Así dijo.

–         Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?

–         No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes.

–         Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta…, algo. ¡Vamos a consultar a un rabí, porque es como un rabí, y más que un rabí, con las manos vacías!… Nuestros rabinos no quieren que se actúe así….

–         Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: «Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo».

Y enseguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían. Y a nosotros, que preguntábamos: «Y para ti, Maestro, ¿No guardas nada?», nos respondió: «La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria».

Dijimos también: «Tú nos llamas Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: «Un gran tesoro quiero de vosotros».

Y nosotros dijimos: «¿Y si no tenemos nada?»

Él Contestó: «Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no. Lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio.

Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo. Y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria»

Eso dijo.

Con el Don del Discernimiento, otorgado por el Espíritu santo.

Pedro suspira aliviado, diciendo:

–         ¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero…

Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza.