Publicaciones de la categoría: CARISMAS DEL ESPÍRITU SANTO

EL PRIMER APÓSTOL


3 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo.

Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.

Juan es un jovencito con el color rosáceo de las mejillas lisas, una bella sonrisa en su boca bien dibujada y la mirada pura de sus ojos color turquesa oscuro, donde asoma la limpieza del alma virgen y la inocencia del niño que no ha dejado de ser, aunque empieza a convertirse en un hombre.

Tiene una larga cabellera rubio oscura que ondula al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.

Llama, cuando está para pasar el seto:

 –       ¡Maestro!

Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.

–        ¡Maestro, suspiraba por Tí! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña… Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte.

 Juan habla levemente inclinado, con mucho respeto.

Y no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada que levanta hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.

Jesús responde con ternura:

–        He visto que me buscabas y he venido hacia ti.

–        ¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?

–        Allí – y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que  por el color del ramaje, parece que son olivos.

Y agrega sonriente: 

–         Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado enseguida, nada más verte.

Fue con la vista espiritual.

–         ¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?

–         Y sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».

–          Sí, lo hace el amor. Entonces, me amas, ¿No, Maestro?

–          Y tú, ¿Me amas Juan, hijo de Zebedeo?

–          Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba. Y cuando te he visto, ella me ha dicho: “He ahí a quien buscas”. Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido.

–          Tú lo dices Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?

–          Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú.

–          Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida y con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por Mí?

–          Maestro… no sé… pero me parece si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas.

–          ¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?

–           Será como nada, Maestro, si Tú me amas.

–           Y el día que Yo debiera morir…

–           ¡No! Eres joven, Maestro… ¿Por qué morir?

–           Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios.  

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

–           ¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!… Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame.

Juan tiene una mirada suplicante.

Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.

Jesús se detiene. Lo mira, lo taladra con la mirada de sus ojos profundos.

Y poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice:

–           Quiero que me ames.

–           ¡Oh, Maestro!

Juan se siente feliz. Aunque sus pupilas brillen por el lanto contenido.

Ríe con esa joven boca suya bien dibujada. Toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.

Luego, continúan su camino.

–           Has dicho que me buscabas…

–           Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte… Y porque… ¡Oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas… y ya no podía seguir sin ti.

–           Entonces, ¿Has sido un buen anunciador del Verbo?

–           También Santiago Maestro, ha hablado de ti de manera… convincente.

–           De forma que incluso quien desconfiaba…Y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva, se ha persuadido. Vamos a confirmarlo del todo.

–           Tenía un poco de miedo…

Jesús detiene el paso y dice:

–           ¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar.

Con los honestos seré todo Misericordia.

Intercesoramente, Juan interviene

–           ¿Y con los pecadores?

–           También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas.

Y hacen esas cosas y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo.

–           Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro.

–           Así me gusta, y así quiero que seáis todos.

–           Simón quiere decirte muchas cosas.

–           Lo escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva.

E1 poblado está cercano. Algunos niños juegan en la calle; uno, corriendo se choca con las piernas de Jesús.

Y se hubiera caído, si Él no lo hubiese aferrado con solicitud.

El niño llora de todas formas, como si se hubiera hecho daño.

 Y Jesús sujetándolo, le dice:

–        ¿Un israelita que llora? ¿Qué habrían debido hacer los miles y miles de niños que se hicieron hombres atravesando el desierto siguiendo a Moisés?

Pues bien, más por ellos que por los otros, porque el Altísimo ama a los inocentes y cuida providentemente de estos angelitos de la Tierra.

De estas avecillas sin alas, como de los pájaros del bosque y de los aleros, justamente por éstos envió tan dulce maná. ¿Te gusta la miel? ¿Sí? Bueno, pues si eres bueno comerás una miel más dulce que la de tus abejas.

–         ¿Dónde? ¿Cuándo?

–         Cuando, después de una vida de fidelidad para con Dios, vayas a Él.

–         Sé que no iré a Él si no viene el Mesías. Mamá me dice que por ahora cada uno de nosotros, israelitas, somos como Moisés y morimos teniendo ante nuestros ojos la Tierra Prometida.

Dice que nos damos a la espera de entrar en ella y que sólo el Mesías hará que entremos.

–        ¡Pero qué israelita tan genial! Pues bien, Yo te digo que cuando mueras entrarás enseguida en el Paraíso, porque el Mesías para entonces, habrá abierto ya las puertas del Cielo. Pero tienes que ser bueno.

Una mujer aparece y el niño grita:

–        ¡Mamá! ¡Mamá! 

El niño se desata de los brazos de Jesús y corre hacia una joven esposa que regresa con un ánfora de cobre.

–        ¡Mamá! El nuevo Rabí me ha dicho que iré inmediatamente al Paraíso cuando muera, y que comeré mucha miel… pero si soy bueno. ¡Seré bueno!

–        ¡Dios lo quiera! Perdona, Maestro, si te ha molestado. ¡Está lleno de vitalidad!

–        La inocencia no molesta, mujer. Dios te bendiga, porque eres una madre que cría a los hijos en el conocimiento de la Ley.

La mujer se sonroja ante esta alabanza y responde:

–        Que Dios te bendiga también a ti – y desaparece con su pequeño.

Juan pregunta:

–       ¿Te gustan los niños, Maestro?

Jesús contesta:

–        Sí, porque son puros y sinceros… y amorosos.

–         ¿Tienes sobrinos, Maestro?

–         No tengo sino una Madre. Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos.

En mi Madre tengo todo, Juan.

–         ¿Y la has dejado?

–         Dios está por encima incluso de la más santa de las madres.

–         ¿La conoceré yo?

–          La conocerás.

–         ¿Y me querrá?

–          Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús.

–         ¿Entonces no tienes hermanos?

–         Tengo algunos primos por parte del marido de mi Madre. Pero todo hombre es para mí un hermano y para todos he venido. Henos aquí delante de la sinagoga.

Yo entro; tú vendrás después con tus amigos.

Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles con rollos de pergamino.

Ya hay una multitud que espera y ora.

También Jesús ora.

La multitud bisbisea y hace comentarios detrás de Él.

Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.

Jesús empieza la lección…

–          El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: “Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel:

‘Enmendad vuestros hábitos y Vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar,

No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor.

Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda,

si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre”.

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios:

Lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria.

Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro?

¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas lo condujo y nutrió. Y lo defendió contra los enemigos?

¿Y para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados?

¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿Por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: “¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!”.

No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa Oración.

Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda. Y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: “Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela”.

Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no lo escucha prontamente. Y después, al mísero en ocasiones, de su propia sangre, que le dice: “Escúchame” y le responde con corazón de piedra: “No”.

Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa.

Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Más, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros.

Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis.

Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir.

¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.

Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los Diez Mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en la Luz del Amor.

Venid. Yo os mostraré cuáles son:

Amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor.

Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento.

Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la Eterna. La alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón.

Empezad por el amor. No hay nada más grande. CUANDO SEPÁIS AMAR, sabréis ya todo.

Y Dios os amará. Y Amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad.

Jesús ha terminado de hablar.

ROSTRO MAESTRO

Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve.

Jesús sale a la placita.

En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

Jesús los saluda:

–          La paz esté con vosotros. Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación.

Simón, ¿Has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿Por qué no has venido antes?

Los dos hermanos se miran turbados.

Andrés susurra:

–           No me atrevía…

Pedro está rojo, no habla.

 Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano:

–         ¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer.

Interviene con franqueza:

–          He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo… yo he dicho… Sí, he dicho: “No creo”, y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!…

Jesús sonríe y dice:

–          Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo.

–          Pero yo… yo no soy bueno… no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y si alguno me ofende… ¡bueno!…

Soy codicioso y me gusta tener dinero. Y al vender el pescado, bueno… no siempre… no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante.

Quiero seguirte, tengo poco tiempo y así recibir la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices… Pero… 

Jesús sonríe ampliamente y declara:

–         No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas.

Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide.

Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa.

Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios.

Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré.

–          ¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así… Es así… mira, ¡Yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!… Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿No? ¿Resides en esta casa?… Conozco al dueño.

–          Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén. Y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente.

–          Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza.

–          En el corazón sobre todo Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿No hablas?

Andrés responde:

–          Escucho, Maestro.

Pedro agrega:

–          Mi hermano es tímido.

–          Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id.

–          La paz sea contigo.

Se van.

Nada más salir, Pedro observa:

–          ¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes y otro tipo de peces?

Andrés cuestiona:

–          ¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas.

–          Me daba… vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!

Juan suspira con anhelo y gran nostalgia.

Y dice:

–          Ahora va a Jerusalén… Yo quería pedirle que me dejara ir con Él… pero no me he atrevido…

Pedro responde:

–          Vete a decírselo, muchacho. Nos hemos despedido de Él así, sin más… sin ni siquiera una palabra de afecto… Al menos, que sepa que lo admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre.

–          ¿Voy, Santiago?

–           Ve.

Juan se echa a correr…

Y también corriendo, vuelve lleno de júbilo:

–            Le he dicho: “¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?”. Me ha respondido: “Ven, amigo”. ¡Ha dicho “amigo”! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!…

Y vuelve a partir corriendo.

Jesús dice:

 Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido.

Lo admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente calla este detalle.

El apóstol de Pedro y por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan:

Primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿Veis lo que dice?:

“Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús.

El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: “Hemos encontrado al Mesías’

Y lo condujo a donde estaba Jesús”.

Justo además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido. Sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas y desea para él en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad.

Quiere que aparezca Andrés como el primer Apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano, le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

¿Quiénes, entre los que hacen algo por Mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas; que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna?

¿Y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro.

Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros.  Y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde.

Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto,.

Y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos, que tímidos pareciera que no hacen nada.

Y son sin embargo, los que le roban al Cielo el Fuego de que están investidos los audaces.

Corazón sincero en cuanto a decir: “Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: “

Dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto:

Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir:

‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza”.

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles,

descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda, que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota. Aprended todos.

¿Es mi predilecto? Sí.

Pero, ¿No tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes.

Lo amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndolo como un pequeño Cristo.

Y mi Madre me decía:

–    “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh…, la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente.

Y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre.

Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud:

Hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

Y LA LUZ VINO AL MUNDO


2 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una serenísima aurora sobre el Mar de Galilea. Cielo y agua presentan destellos rosáceos, poco diferentes de los que resplandecen tenues entre los muros de los pequeños huertos de la villa lacustre.

Huertos desde los que se alzan y se asoman volcándose casi sobre las calles, las copas de los árboles frutales.

El poblado comienza a despertarse con alguna mujer que va a la fuente o a una pila a lavar y algunos pescadores que descargan las cestas de pescado y con vocerío, contratan con mercaderes venidos de fuera, o llevan pescado a sus casas.

Es un pueblo grande, de gente trabajadora dilatado en su mayor parte a lo largo del lago.

Juan sale de una callejuela y va presuroso hacia el lago.

Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca.

Oteando a lo lejos, la descubre a algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!», que debe ser el reclamo usado.

Y luego cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: « ¡Venid, venid!.

Los hombres de la barca,  agarran los remos amainando la vela para agilizar la operación y la hacen avanzar más de prisa.

Cuando están a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más.

Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle sujetándola con una mano, se mete en el agua y va al encuentro de los que llegan.

Andrés pregunta:

 –       ¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?

Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

Juan responde cuestionando a su vez: 

–       Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago? 

–       He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre… 

–       Te había sugerido claramente que vinieras. Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!… Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”.

–       ¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos lo mostró el Bautista.

–        Es Él. No lo ha negado.

Pedro murmura malhumorado:

–        Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez… –

Juan se consterna al escucharlo.

Y contesta dolorido:

–       ¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!

Pedro se exaspera y exclama:

–       ¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye!

¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Será mejor que te vengas a trabajar y déjate de fábulas!

Juan intenta convencerlo:

–        Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras.

Santiago interviene:

–        Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años, soy y lo sabes,  reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios.

Y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo?

 Tú lo puedes hacer porque no lo has escuchado. Pero yo creo. ¿Qué somos pobres e ignorantes?

 Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes.

Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Más Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo.

A los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, oscuridad, cadenas y desprecio.

Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia.

Quien quiera verdad y paz, quien quiera Vida Eterna, venga a Mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?

 Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

 –      Sí. Y ha dicho: “El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz.

Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad.

En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red”

Se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla.

Ha dicho incluso: “Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo los hombres intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados;

porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen.

Su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás,

pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo.

Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una Fuerza tal a quienes crean en Mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo”.

Del rostro de Pedro ha desaparecido el gesto adusto y dice con decisión:

–      Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él enseguida.

Y pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque entre tanto la barca ha llegado ya a la orilla.

Y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen.

Luego reclama:

–        Y tú, Andrés, necio, ¿Por qué no has ido con éstos?

Andrés lo mira desconcertado y dice:

–        ¡Pero… Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo… Toda la noche has estado refunfuñando y ¡¿Y ahora me echas en cara el no haber ido?!….

Pedro concede:

–        Tienes razón… Pero yo no lo había visto… tú sí… y deberías haberte dado cuenta que no es como nosotros… ¡Algo especial tendrá!….

Juan interviene fascinado:

–        ¡Oh!, sí. ¡Tiene un rostro…, y unos ojos…! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una Voz…! ¡Ah, qué Voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso.

–        ¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar.

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

Pero Pedro, después de algunos metros se detiene, coge a Juan por un brazo,

Y pregunta:

–        Has dicho que sabe todo y que oye todo….

–        Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: “¿Quién sabe lo que estará haciendo Simón?”

Control del sentido de la “vista espiritual”

Él contestó:

“Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar…

No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros peces”.

Pedro se admira y concluye:

–        ¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también… también que lo he llamado poco menos que mentiroso… No puedo ir a Él.

Santiago advierte:

–         ¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando lo dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió:

“Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla.”

Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad.

Y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente”. Y añadió: “Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad”

Pedro recupera el ánimo:

–         ¿Ha dicho eso? Entonces voy. Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?

–         En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas.

–         ¿Pero es pobre?

–         Un obrero de Nazaret. Así dijo.

–         Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?

–         No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes.

–         Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta…, algo. ¡Vamos a consultar a un rabí, porque es como un rabí, y más que un rabí, con las manos vacías!… Nuestros rabinos no quieren que se actúe así….

–         Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: “Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo”.

Y enseguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían. Y a nosotros, que preguntábamos: “Y para ti, Maestro, ¿No guardas nada?”, nos respondió: “La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria”.

Dijimos también: “Tú nos llamas Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: “Un gran tesoro quiero de vosotros”.

Y nosotros dijimos: “¿Y si no tenemos nada?”

Él Contestó: “Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no. Lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio.

Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo. Y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria”

Eso dijo.

Con el Don del Discernimiento, otorgado por el Espíritu santo.

Pedro suspira aliviado, diciendo:

–         ¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero…

Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza.  

LA RENUNCIA TOTAL


IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
NEGARNOS A NOSOTROS MISMOS

RENUNCIAR A TODO PARA SEGUIR AL MAESTRO

Es el atardecer en el interior de la casa de Nazaret, en lo que parece ser el comedor, una estancia muy reducida que tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que está pegando a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados.

En las otras paredes hay un telar y un taburete y un bazar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. 

Jesús está sentado a la mesa. Está comiendo.

María le sirve, yendo y viniendo por una puertecita hasta la cocina donde está el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.

Jesús le dice a María dos o tres veces que se siente… y que también coma Ella.

Pero Ella no quiere; menea la cabeza sonriendo tristemente.

Y trae lo que parece ser una sopa de verduras y unos peces asados. Luego un queso de forma redondeada y unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, está ya en la mesa.

Jesús tiene delante un ánfora con agua y una copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.

María está apenada. Va, viene… para que no se le note. Enciende una lamparita y la pone junto a Jesús (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo).

Abre una bolsa de color castaño  y sale al huertecito, va a una especie de despensa y regresa con unas manzanas ya más bien rugosas, conservadas desde el verano y las mete en la bolsa junto con un pan y un pequeño queso, aunque Jesús no quiera y diga que ya tiene suficiente.

María se acerca a la mesa de nuevo y le mira mientras come.

Le mira con verdadera congoja, con adoración, con el rostro aún más pálido de lo normal y como más envejecido por la pena.

Con los ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lágrimas vertidas; parecen más claros que de costumbre, como lavados por el llanto que ya está casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.

Jesús, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre y está más pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira.

Se encuentra con una mirada llena de lágrimas y baja la cabeza para que no se sienta cohibida, limitándose a cogerle la delicada mano que tiene apoyada en el borde de la mesa.

La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara apoyando en ella su mejilla como rozándola un momento para sentir la caricia de esa pobre mano temblorosa.

Y la besa en el dorso con gran amor y respeto.

María se lleva la mano libre hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.

Jesús continúa comiendo.

María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz… y desaparece.

Jesús apoya el codo izquierdo sobre la mesa y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.

Luego un momento de atención… Se levanta de la mesa.

Sale Él también al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige hacia una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que es su taller de carpintero.

Esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las herramientas, todas en su sitio, nada más.

Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo doblado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor.

Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola “Mamá” con voz de amorosa reprensión.

María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho.

Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente.

Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor.

–      Ven, Mamá – le dice Jesús.

Y apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa.

El huerto está silencioso y ya oscuro. Hay sólo un hermoso claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche está serena.

Jesús le habla a María. Le da varias instrucciones.

Y concluye:

–       Y di a la familia…, a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo Madre, y tú sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi Misión.

Mi amor no te faltará. Vendré frecuentemente y cuando esté en Galilea y no pueda acercarme a casa te avisaré, entonces vendrás tú adonde este Yo.

Mamá, esta hora debía llegar. Empezó aquí, cuando el Ángel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿No es verdad, Mamá?

Después vendrá la paz de la prueba superada y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida.

Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro espíritu en el esfuerzo de la prueba.

Digamos juntos al Padre nuestro…».

Jesús se levanta y María con Él, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la Oración del Señor.

Hace mucho hincapié en las frases: «venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad», distanciando mucho estas dos frases de las otras.

Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «El Señor esté con vosotros»)

María tiene las manos juntas.

Entran de nuevo en casa. Y Jesús vierte en una copa un poco de vino blanco de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa.

Coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a Él y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece).

Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús. Luego estrecha a su Madre contra su costado.

 Y sujetándola contra su persona, en el lado del corazón. No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas.

Jesús acaricia el brazo y la cabeza de María.

Jesús se levanta y con Él María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez. Es una DESPEDIDA que ninguno de los dos quisiera terminar. Ambos tienen un infinito sufrimiento.  

Es la Virgen, pero es una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación.

Jesús coge el manto azul oscuro), se lo echa a los hombros y con él se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino.

María le ayuda, nunca termina de ajustarle la túnica, el manto y la capucha sin dejarlo de acariciar.

Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María lo sigue y en la puerta ya abierta, se besan una vez más.

La calle está silenciosa y solitaria, blanca de luna.

Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre, que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso.

Jesús se va alejando por la callejuela blanca.

María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una esquina de la calle.

Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminará en el Gólgota.

María entra llorando y cierra la puerta.

También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota.

Y por nosotros, que somos tan crueles, malagradecidos y egoístas; que sólo pensamos en lo material y le regateamos a Dios TODO…

Dice Jesús:

Éste es el cuarto dolor de María, Madre de Dios: el primero fue la presentación en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de José; el cuarto, mi separación de Ella.

La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa ¡Y cuántas encontráis en la vida!

Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón; lo sé. Pero para quien las acoge con resignación, mirad que no digo: “para quien las desea y las acoge con alegría” (esto ya es perfección), se transforman en eternas rosas.

Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales o sea con rebelión y blasfemias contra el buen Dios.

Y no digáis: “Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto y Dios me lo ha arrancado”.

También María mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo.

No le quedaba más que Él: los padres, muertos desde hacía tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola.

Los parientes por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles.

Como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes voz del sentido común, del sentido humano —vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido humano o sea, egoísmo — habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas.

En el fondo era siempre el miedo de tener un día que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — según ellos demasiado idealistas — que podían poner en contra a la sinagoga.

La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas.

No era una misión fácil la del profeta y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía.

Este contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mí,

Y SE AVERGONZABAN DE MI MANÍA — según ellos — de herir a las castas poderosas.  

Reprensión a Mí y a Ella. ¡Pobre Mamá!

Y no obstante María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes; no todos fueron como Santiago, Judas o Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás  y que preveía el estado de ánimo futuro.

María, que conocía su suerte durante esos tres años y la que le esperaba al final de los mismos y la SUERTE MÍA, no opuso resistencia como hacéis vosotros.

Lloró. Y ¿Quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos días, vacíos de mi Presencia, en la casa solitaria?

¿Ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inocente hasta matarlo?

 LLORÓ PORQUE ERA LA CORREDENTORA

Y LA MADRE DEL GÉNERO HUMANO RENACIDO A DIOS

Y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo!

Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado María.

Y POR TODOS LOS HIJOS QUE NACIDOS DE MUJER,

ESTÁN DESTINADOS A SER APÓSTOLES DE DIOS

O MÁRTIRES POR AMOR A DIOS,

“SU DIOS ES MI DIOS” Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

POR FIDELIDAD A DIOS O POR CRUELDAD HUMANA.

Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte;

la que anula en ellos las imperfecciones o también las culpas cometidas por su debilidad, dando además del martirio en cualquier caso, enseguida la Paz de Dios y si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde.

La caridad de María las exprime. Estas han brotado de un corazón de lirio.

Tienen por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios y cualquier otro afecto cae,

transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

LAS ENCUENTRAN LOS CONSAGRADOS A DIOS EN EL MUNDO

EN EL MUNDO QUE NO LOS ENTIENDE

Y NO LOS AMA

Desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡Muy grande es en efecto, la incomprensión que sufren y las burlas, por mi Amor!

Las encuentran mis queridas “víctimas”, porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús.

A sus discípulas Ella les da con mano de Madre y de Médico, sus Lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio. ¡Santo Llanto de mi Madre!

María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer “nuestras” voluntades al Eterno, en el momento en que comenzaba para estas voluntades

EL PERÍODO DE UNA RENUNCIA CADA VEZ MAYOR,

Que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María.

Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso nosotros los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados, absueltos incluso de un suspiro, dignamente nuestra Misión.

Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la Misión; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad.

Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón, como también pidieron el “pan de cada día”.

¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña, que es también necesario mientras se está en esta Tierra. 

NO ESE PAN, sino que “nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de Misión.

Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la Misión que Dios da es la alegría de “nuestro” día.

María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos.

Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre.

Yo he dicho: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá”, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”.

CUANDO ORÉIS, UNÍOS SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE, A MÍ.

Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre – Dios.

Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra Oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito.

Mi Voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre. Y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra Oración.

Estad en Mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

INICIANDO LA MISION 

El Bautismo de Jesús.

En una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y si muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matorrales, en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado.

Hay un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión.

El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano.

El agua es poco profunda, cuando mucho metro y medio, transparentándose el fondo.  

Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Es el valle del Jordán y el espacio desolado es el desierto de Judá.

En la lejanía, colinas y en una de las orillas del río, hay bastante gente:  Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas.

Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, está el Bautista. Habla a la multitud con bastante aspereza.

Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”… ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador?

Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto…

¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos!

Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos.

Es un hablar vertiginoso y rudo.

El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

Las palabras que relatan los Evangelios resuenan ampliadas en impetuosidad, mientras Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán.

Este rústico sendero ha sido hecho por las caravanas y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río es fácil vadearlo.

 El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente acercándose, a espaldas de Juan.

Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías.

Nada le distingue a Jesús de los demás.

Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura física que lo caracteriza, mas ningún signo divino lo distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial.

Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

Jesús y Juan se miran fijamente un momento.

Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos.

Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos — es el único parecido — son muy distintos en todo lo demás.

 Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso.

Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno;

negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que lo cubre.

Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso

cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire.

Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarlo con su ojo penetrante, exclama:

–      He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?.

Jesús responde lleno de paz:

–      Para cumplir el rito de penitencia.

–      Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿Y Tú vienes a mí?

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde:

–      Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo.

Juan lo mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla.

Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan.

Que lo bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y después de vestirse, se recoge en Oración.

Juan lo señala ante las turbas y testifica que lo ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Dice Jesús:

Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre, poseía esa vista de inteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin la Culpa de Adán.

Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas.

En el Génesis se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no desfallecía ante aquella Voz y no se equivocaba al discernirla.

Era destino del hombre VER Y ENTENDER A DIOS, justamente como un hijo con su padre.

Después vino la Culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.

Pero mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estéril, entonces fecunda.

El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de su alma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana.

El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó su obra de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvación encarnada,

sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a mí, no tanto por la sangre, cuanto por la Misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra.

Juan los labios, Yo la Palabra.

Él el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba con mi divina perfección, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.

Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería.

¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?

Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro.

E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría de descender Él mismo,

Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Éste es mi Hijo muy amado con quien me he complacido”.

Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.

Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del Jordán.

Después vinieron las infinitas otras que os daré a conocer, porque mis milagros son manifestaciones de mi Naturaleza Divina, hasta las últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.

Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida:

a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles.

También al presente se repiten. Pero — como entonces — el mundo no las acoge.

No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la Fe en mí.

Al mostraros AHORA el Evangelio Es un intento más fuerte de atraer a los hombres hacia Mí. A todos doy el modo de desear conocerMe.

Y si no sirviera aún y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender su valor, a vos quedará mi don y a ellos mi enojo.

Podré una vez más, pronunciar la antigua  recriminación:

Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvámonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo y tú el cayado que las conduce a Mí.

EL CARISMA DE SANACIÓN 1


IMITAR AL MAESTRO, ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la casa de Cafarnaúm, se preparan para el Sábado.

Mateo, que cojea todavía, recibe a los compañeros.

Les brinda agua y frutas frescas. Les pregunta sobre las misiones.

Pedro arruga la nariz al ver que hay fariseos vagabundeando cerca de la casa.

Y dice:

–        Tienen ganas de amargarnos el Sábado. Quisiera ir al encuentro del Maestro y decirle que se vaya a Betsaida, para que éstos se queden con un palmo de narices.

Andrés le pregunta:

–      ¿Y crees que el Maestro lo haría?

Y Mateo observa:

–       Además… En la habitación de abajo está el pobre infeliz que lo espera.

Pedro insiste:

–       Podríamos llevarlo en la barca a Betsaida y yo o cualquier otro ir al encuentro del Maestro, que hoy regresa de Corozaím.

Como Felipe tiene a su familia en Betsaida y nada le daría más gusto, dice entusiasmado:

–      Pues vamos…

Pedro agrega:

–       ¡Tanto más que estáis viendo cómo han reforzado la guardia con escribas! Vamos sin perder tiempo. Vosotros con el enfermo, pasáis por el huerto y salís por atrás de la casa.

Yo llevo la barca hasta el pozo de la higuera y Santiago hará lo mismo. Simón Zelote y los hermanos de Jesús, irán al encuentro del Maestro.

Judas de Keriot grita:

–        ¡Yo no voy con el endemoniado!

–       ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que se te pegue el demonio?

–        No me hagas enojar, Simón de Jonás. Dije que no voy y no voy.

–        Ve con los primos al encuentro de Jesús.

–         No.

–         ¡Uf! Ven en la barca.

–         No.

–         En resumidas cuentas… ¿Qué es lo que quieres? Eres siempre el de los obstáculos…

–        Quiero quedarme en donde estoy. No temo a nadie y no me escapo. Por otra parte, el Maestro no estaría contento con ello.

Sería causa para otro sermón de reproche y no me lo quiero merecer por vuestra culpa. Id vosotros. Yo me quedaré a informar…

Pedro grita:

–        ¡Así no! Todos o nadie.

Zelote, que estaba mirando hacia el camino, dice muy serio:

–        Entonces nadie. Porque el Maestro ya está aquí. Vedlo que se acerca.

Pedro disgustado, rezonga entre la barba y va a encontrar a Jesús con los demás.

Y después de los saludos le dicen del endemoniado ciego y mudo que con los familiares le esperan desde hace mucho tiempo.

Mateo explica:

–          Está como inerte. Se echó sobre unos sacos vacíos y de allí no se ha movido. Los familiares tienen confianza en Ti. Ven a tomar algo y luego lo curarás.

Jesús objeta:

–          No. Voy al punto donde está él. ¿En dónde?

–          En la habitación de abajo, cerca del horno. Allí lo puse junto con sus familiares. Porque hay muchos fariseos y también escribas que parecen estar al asecho.

Pedro refunfuña:

–         Es cierto. Y sería mejor no darles gusto.

Jesús pregunta:

–        ¿No está Judas de Simón?

Pedro vuelve a rezongar:

–         Se quedó en casa. Siempre hace lo que otros no hacen.

Jesús lo mira pero no reprende.

Se apresura a ir a la casa. Saluda a Judas, que parece muy ocupado en acomodar los trastes.

Jesús dice:

–          Sacad al enfermo.

Un fariseo extraño a Cafarnaúm, replica:

–        No es un enfermo. Es un endemoniado.

–        Es siempre una enfermedad del espíritu…

–        Le ha impedido el ver y el hablar.

–        La posesión es siempre una enfermedad del espíritu, que se extiende a los miembros y a los órganos. Si me hubieses dejado terminar; hubieras sabido que me refería a esto.

También la fiebre está en la sangre cuando uno se enferma. Y luego, a través de la sangre, ataca las diferentes partes del cuerpo. 

Por eso para usar del Carisma de Sanación con éxito, debemos averiguar DÓNDE está el problema.

Ahora hay muchos enfermos, con la POSESIÓN DIABÓLICA PERFECTA, como la de Judas. 

El fariseo no puede replicar más y se calla.

Llevan al endemoniado ante Jesús.

Se ve inerte y aniquilado.

La gente se agolpa, junto con los notables de Cafarnaúm, los fariseos, escribas, Jairo y un centurión romano, con otros gentiles.

Cuando “vemos” cuales son los demonios autores del tormento y con el Don de ciencia infusa, también conocemos cómo entraron…

Haciendo el ademán de imperio, Jesús ordena:

–        ¡En Nombre de Dios, deja las pupilas y la lengua de éste! Lo quiero. Sal de ésta criatura. Ya no te es lícito tenerla. ¡Largo!

El milagro se desenvuelve con un grito de rabia del demonio…

Y termina con uno de alegría del liberado que exclama:

–        ¡Hijo de David! ¡Hijo de  David! ¡Santo Rey!

Jesús comisiona a los apóstoles
14. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.
15. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.
16. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.
17. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas,
18. agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.»
La ascensión
19. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.
20. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Un escriba pregunta:

–       ¿Cómo supo que fue Él quien lo curó?

Otro fariseo contesta:

–       ¡Si todo es una comedia!

–       ¡Esta gente ha sido pagada para representarla! –contesta uno más alzando los hombros.

Jairo el sinagogo replica:

–      ¿Quién le pagó? ¿Se puede saber?

–       Tú también.

–       ¿Con qué fin?

–       Para hacer célebre Cafarnaúm.

–       No envilezcas tu inteligencia, diciendo estupideces. Y tu lengua, ensuciándola con mentiras. Sabes que no es verdad. Y deberías comprender que estás repitiendo una sandez.

Lo que sucedió aquí, ha sucedido en muchas partes de Israel. ¿Habrá siempre quién pague?

Yo no sabía que la plebe fuese tan rica, pues es la única que ama al Maestro.

–        Tú eres el sinagogo y lo amas.

–        Allí está Mannaém, el hermano de Herodes. En Bethania está Lázaro, el hijo de Teófilo.

–       Ellos no pertenecen a la plebe.

–       Pero ellos y yo somos honestos. No engañamos a nadie y menos en asuntos de creencia. No nos lo permitimos, pues tememos a Dios y a Él le agrada la honestidad.

Los fariseos le dan la espalda a Jairo y atacan a los familiares del curado:

–        ¿Quién os dijo que viniesen aquí?

–         Muchos que fueron sanados.

–         ¿Qué os dieron?

–        ¿Darnos? La seguridad de que Él lo sanaría.

–        ¿Pero de veras estaba enfermo?

–         ¡Oh, cabezas fraudulentas! ¿Pensáis que todo esto fue una pantomima? Si no nos creéis vayan a Gadara y preguntad por la desgracia de Anna de Ismael.

Se arma una discusión entre los que creen y  los que no creen.

Un escriba dice desdeñoso:

–       Pero no aumentéis el fanatismo del pueblo con vuestras afirmaciones.

–       ¿Y qué es entonces, según vosotros?

–       ¡Un Belzebú!

Varios gritan al mismo tiempo:

–       ¡Lenguas de víboras!

–       ¡Queréis quitarnos la alegría del Mesías!

–       ¡Blasfemos!

–       ¡Usureros!

–       ¡Ruina nuestra!…

Y se enciende más la disputa.

Jesús que había ido a la casa a beber un poco de agua, se asoma al umbral a tiempo para oír la necia acusación farisea:

–        Este es un Belcebú, porque los demonios lo obedecen. 

–        El gran Belcebú, su padre le ayuda y es con su poder que arroja a los demonios.

Jesús se acerca derecho y severo; pero tranquilo. Se detiene frente al grupo de escribas y fariseos.

Los mira agudamente y les dice:

–         Aún en la tierra vemos que un reino dividido en partidos contrarios, se debilita internamente…

Y en un larguísimo discurso habla de la astucia y la maldad de Satanás que vive para ‘robar, dañar, mentir, ofender, meter confusión, destruir…’

Del pecado contra el Espíritu Santo y de la posesión diabólica. 

NUESTRA MISIÓN ESTÁ PRIMERO

Casi ha terminado cuando dicen a Jesús:

–         Maestro, están tu Mamá y tus hermanos.

–         Da orden de que se aleje la gente, para que puedan acercarse a Ti, pues tienen una razón importante que los obligó a venir a buscarte.

21. Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.» 22. Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.» MATEO 8

Jesús levanta su cabeza y ve el rostro angustiado de María que lucha por no llorar, mientras que José de Alfeo, le habla irritado con gestos enérgicos.

Y la cara de Simón, claramente afligida y disgustada…

Pero Jesús no sonríe y no da ninguna orden.

Deja a la Afligida en su dolor y a sus primos, donde están.

Mira a la multitud y responde a los apóstoles que están cerca y que tratan de hacer valer la sangre sobre el deber.

Solamente dice:

–       ¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?

Gira los ojos. Hay severidad en su rostro, que palidece por la violencia que debe hacerse a Sí Mismo, para colocar el deber sobre el afecto y la sangre.

Y lograr negar su unión con su Madre, para servir al Padre.

Señala con un largo ademán a la multitud que se aprieta a su alrededor.

–      He aquí mi madre. He aquí a mis hermanos. Los que hacen la voluntad de Dios, son mis hermanos y hermanas, son mi madre. No tengo otros.

Los míos serán esto si cumplen la Voluntad Divina y con mayor perfección que cualquier otro;

en hacer la voluntad de Dios hasta el sacrificio total de cualquier otro querer o voz de sangre y de afectos.

La multitud ruge como un mar agitado por el viento.

Estaban al acecho por si curaba en Sábado.

Los escribas son los primeros en huir diciendo:

–        ¡Es un demonio! ¡Reniega hasta de su sangre!

Los parientes, hermanos de Judas Tadeo y Santiago de Alfeo, se adelantan:

–        ¡Es un loco!

–        ¡Tortura hasta a su madre!

Los apóstoles:

–       En verdad que en esta palabra concentra todo el heroísmo.

La multitud dice:

–       ¡Cómo nos ama!

A duras penas, María con José y Simón, se abren paso.

María toda dulzura. José, todo rabia. Simón, todo turbado.

Llegan hasta Jesús.

José al punto lo ataca:

–        Eres un loco. Ofendes a todos. No respetas ni siquiera a tu Madre. Pero ahora estoy aquí y te lo impediré. ¿Es verdad que vas de acá para allá como trabajador?

Si es verdad, ¿Por qué no trabajas en tu carpintería, para alimentar a tu Madre?

¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación? Ocioso e ingrato que eres; si luego vas a buscar en casa ajena un trabajo remunerado. ¡Responde!

Jesús se vuelve.

Toma de la mano al niño, lo levanta sosteniéndolo por las axilas y dice:

–        Mi trabajo fue para dar de comer a este inocente y a su familia. Y persuadirles de que Dios es Bueno. Se predicó a Corozaím la humildad y la caridad.

Y no sólo a Corozaím, sino también a ti José, hermano injusto. Te perdono porque sé que la sierpe te mordió. 

Con el Don de DISCERNIMIENTO, Jesús SABE lo que Satanás hizo a través de Judas y ahora TAMBIÉN TRATA DE IMPEDIR  que realice su MISIÓN.

Te perdono a ti también, Simón inconstante. A mi Madre no tengo nada que perdonar, ni Ella a Mí, porque juzga con justicia. Que el mundo haga lo que quiera.

Yo hago lo que Dios quiere. Y con la bendición del Padre y mi Madre soy más feliz; que si todo mundo me aclamase como Rey suyo.

Satanás siempre NOS ATACA o nos obstaculiza con lo que más amamos.

Ven Madre, no llores. Ellos no saben lo que hacen. Perdónalos.

María dice:

–        ¡Oh, Hijo! ¡Yo sé! Tú sabes. No hay nada que decir…

–         No hay otra cosa qué decir, más que: ‘Idos en paz.’

Jesús bendice a la multitud y tomando de la mano a María, sube la escalera…

 

¡VOLAR EN AMOR Y HACIA DIOS!


Mayo 7 2020

Habla Dios Espíritu Santo

     Mis pequeños, Soy el Amor de Dios.  Si el mundo entendiera que viviendo en el Amor todo sería el Cielo, el Cielo en la Tierra.
    
     Vosotros Mis pequeños queréis alimentaros, pedid el Amor, pedid Mi Amor, el Amor de vuestro Dios Espíritu Santo.

     Yo Soy vuestro Dios el Santo Espíritu, el Santo Espíritu que vendrá a la Tierra a renovar todo y a renovarlo por el Amor.
    
Si, el mundo ahora se debate en todo lo contrario, es por el Enemigo.

El Enemigo el que ha querido destruir todo lo que se creó por el Amor, pero es Mi Amor el que lo ha de vencer.

Será eliminado, será echado afuera de la obra de Dios, será apartado; porque todo aquello que no está con Dios tiene que ser apartado, es el Amor el que ha de Triunfar.

   A vosotros se os ha dado esa Gracia y la habéis aceptado.

Y la habéis hecho crecer no solamente en vosotros, sino en los vuestros; habéis transmitido lo que se os dio por gracia Divina, por regalo Divino, Mi Amor.

     Ahora os pido Mis pequeños que lo sigáis transmitiendo no solamente en ejemplo, en palabra, en obra; sino en Oración, para que podáis llegar a todos los rincones de la Tierra.

Nosotros tomareMos vuestras peticiones a través de Mi Esposa, la Santa Virgen María, Ella me trae todas vuestras peticiones.

      Si, Mi Hijo el Amor, el Verbo, vino a la Tierra a enseñaros ése Amor que Es hechura de Dios, Yo Soy vuestro Dios junto con el Padre y con el Hijo, todos Una misma Persona,

Pero a todos nos une una cosa: el Amor.

Y mientras no se viva el Amor entre vosotros no habrá unión; por eso, unid, unid en vuestro corazón al mundo entero, unidlo al Cielo.

    Ya se os había dicho que con un puñado de gente totalmente consagrada a Nuestro Amor,  Nosotros podríamos marcar al Mundo, marcarlo en el Amor y unirlo. 

Por eso os pido Mis pequeños que hagáis eso.

Más hacedlo de corazón y con ése ferviente deseo que tiene también el Padre de unir; pero que salga de vosotros  pequeños, hacia los pequeños.

Porque el Amor grande ya está implantado en vuestro corazón y vosotros tenéis el deseo de vuestro Dios.

     Amaos los unos a los otros eso os lo dijo el Verbo y os lo repito nuevamente:

Amaos los unos a los otros como la Trinidad de Dios os Ama. Uníos, uníos.

 Os pido os preparéis para la Fiesta de Pentecostés que ha de venir.

Como os he dicho, Satanás prepara a su ejército, pero Nuestra Santísima Trinidad también prepara a Nuestro ejército.

Mis pequeños, vuestras potencias espirituales son tremendas, son grandísimas, pero vosotros no las aprovecháis porque

NO QUERÉIS ESTAR CONSCIENTES DE ELLAS.

Imaginad que vosotros compráis un coche con lo último en tecnología, lo más alto en tecnología, que puede correr a altas velocidades, es un coche que todos quisieran tener,

PERO VOSOTROS LO SACÁIS A LA CALLE Y LO LLEVÁIS A 30 KM/H

Y NO UTILIZÁIS TODA LA ALTA TECNOLOGÍA QUE TIENE ADENTRO,

PORQUE NO HABÉIS LEÍDO EL MANUAL PARA UTILIZAR TODA ESA TECNOLOGÍA

En lo espiritual estáis así, Mis pequeños. Las potencias de vuestra alma son inmensas.

Ciertamente vuestro cuerpo detiene mucho de esas potencias, porque todavía estáis muy avocados a darle más gusto al cuerpo que a vuestra alma.

Tenéis las potencias, tenéis el manual, que son los Mandamientos y todo lo que se os ha enseñado, para que podáis dar Gloria a Nuestra Santísima Trinidad.

PODÉIS HACER MUCHO PARA EL CIELO,

PODÉIS AYUDAR A INFINIDAD DE ALMAS EN SU SALVACIÓN,

Pero seguís prefiriendo vuestro cuerpo, vuestros gustos temporales…

Y no le hacéis caso a vuestra alma ni a Mi Presencia en vosotros.

Sabéis que Yo Vivo en vosotros desde el momento de vuestra concepción y os voy aconsejando a lo largo de vuestra existencia, lo que debéis hacer, lo que debéis evitar,

cómo crecer espiritualmente para alcanzar vuestra santidad y cómo debéis rechazar el pecado, para que no perdáis la oportunidad de regresar nuevamente al Reino de los Cielos.

Todo esto lo lográis a través de la Oración,

Y UNA GRAN MAYORÍA DE VOSOTROS NO ORA LO SUFICIENTE

O PRÁCTICAMENTE NADA

COMO PARA QUE YO PUEDA MANIFESTARME EN VOSOTROS

Y HACEROS CRECER EN VIRTUDES, EN CARISMAS, EN AMOR

Hay tantas bendiciones que quereMos derramar sobre las almas, pero no nos las pedís.

Vivís inmersos en este mundo, mundo que os hace olvidar las potencias que tenéis en vuestro interior.

Algunos deseáis tener las potencias de algunos santos, pero no hacéis nada para obtenerlas. 

CIERTAMENTE LOS DONES Y CARISMAS

TAMBIÉN OS LLEVAN A UNA RESPONSABILIDAD,

NO SON PARA JUGAR,

NO SON PARA ENVANECEROS ANTE VUESTROS HERMANOS;

LOS DONES, CARISMAS, VIRTUDES,

SON PARA SERVIR, NO PARA QUE OS SIRVAN.

El Amor, Nuestro Amor, que tenéis también en vuestro interior, pero que no dejáis que fluya a través de vosotros, de vuestras palabras, acciones, pensamientos, lo tenéis todo estancado en vuestro interior;

Preferís ser como los demás, no queréis ser diferentes para que no os señalen u os persigan u os hagan a un lado porque sois diferentes; porque creéis en Dios, porque habláis de cosas buenas.

Estos son martirios incruentos Mis pequeños, que os llevan a la santidad; porque os estáis apartando del mundo.

Os estáis apartando de la maldad, os estáis apartando de todo aquello que no os ayuda a crecer espiritualmente.

Sois esa María que prefiere estar junto a la Palabra, a la Sabiduría, y no esa Martha del mundo que, ciertamente quiere tener todo en orden, pero es del mundo, y no quiere crecer espiritualmente.

Tenéis un horizonte inmenso Mis pequeños, cuando dejáis que Yo Me libere en vosotros.

 CIERTAMENTE VIVO EN VOSOTROS,

PERO ME TENÉIS CALLADO, ESCLAVIZADO, ENCADENADO

SOY VUESTRO DIOS ESPÍRITU SANTO

CON UN POTENCIAL INMENSO QUE QUIERO COMPARTIR CON VOSOTROS

PERO VOSOTROS NO QUERÉIS ESCUCHARME

ORACIÓN + FE = MILAGROS

NI QUERÉIS TOMAR TODOS ESOS TESOROS ESPIRITUALES

QUE OS VAN A ENGRANDECER ANTE DIOS Y ANTE LOS HOMBRES. 

Desperdiciáis mucho, Mis pequeños. Y se os tomará en cuenta eso en vuestro Juicio Personal. Mucho se os dio y poco quisisteis tomar.

Recordad que venís a servir a vuestro Dios, ayudando a la salvación de vuestros hermanos,

y para que el Cielo se dé aquí en la Tierra a través del Amor y de la vida de Amor que debéis vosotros enseñar a vuestros hermanos.

Debéis ser ejemplos de Amor.

Entrad en Oración a vuestro corazón, platicad conMigo, vuestro Dios.

DejadMe que os guíe, dejadMe que os instruya, dejadMe que os de la Sabiduría Divina, para que seáis esas almas que quereMos ver entre los seres humanos,

Almas que brillen, almas que alaben Nuestro Amor,

¡Almas felices, contentas porque viven el Cielo en la Tierra!

Porque habéis dejado que Nuestra Presencia Viva en vosotros plenamente y se manifieste ante los hombres.

DEJADME PUES MIS PEQUEÑOS, TRANSFORMAROS,

LO NECESITARÉIS PARA ESTOS TIEMPOS DIFÍCILES QUE SE ACERCAN

SI NO OS LLENÁIS DE NUESTRO AMOR,

PADECERÉIS INMENSAMENTE

PORQUE SATANÁS NO PUEDE CONTRA NUESTRO AMOR

Y SI VOSOTROS ESTÁIS LLENOS DE NUESTRO AMOR,

DIFÍCILMENTE OS VENCERÁ. 

Manteneos unidos en Paz, en Amor, en Armonía Santa entre vosotros y mantened esa vida de Oración, que es comunicación con el Cielo,

para que os dejéis guiar a donde Nosotros, en Nuestra Santísima Trinidad, os quereMos guiar a cada uno de vosotros.  

Esclavizaos a Nuestro Amor y estad seguros que no os arrepentiréis de estar esclavizados al Amor de vuestro Dios.

Yo os bendigo en la Trinidad Perfecta del Amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo y en el nombre del Perfecto Tabernáculo Viviente, en la persona de la Santísima Virgen María.

Yo os concedo Mi Sabiduría y Mi Paz.

Id, hijitos Míos, a transmitir y a vivir el amor de vuestro Dios y así lograréis empezar a vivir en el camino de la realización plena, en la perfección, que se obtiene al vivir vida de AMOR

Yo os bendigo en el Amor de Mi Padre, en el Amor vivido por el Hijo y por Mi Amor infundido en los corazones.

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LEVITACIÓN EN LOS SANTOS Y PERSONAS PIADOSAS

Leroy recogió doscientos quince casos; lo que constituye un fenómeno bastante raro.

Ciertos hechos citados en el Antiguo Testamento tienen ciertas analogías con la levitación.

Enoch raptado vivo en la tierra, Elias y su carro de fuego y Habacuc transportado desde Judea a Babilonia.

El Nuevo Testamento nos habla del traslado de Nuestro Señor sobre el pináculo del templo de Jerusalén, luego sobre la cumbre de un monte.

Finalmente, está el paseo de Nuestro Señor y San Pedro sobre el agua, y la Ascensión.

Desde esa época hasta nuestros días, las levitaciones (conocidas) parecen distribuirse casi parejas a través de los siglos.

Tenemos unas veinte para el siglo XIX y el comienzo del siglo XX.

“El caso más notable es el de San José de Cupertino en el siglo XVII.

 SAN JOSÉ DE CUPERTINO (1603-1663)

Sin duda uno de los santos mejor conocido por levitar durante la oración es San José de Cupertino, que experimentó tantas levitaciones que fueron presenciadas por sus hermanos de la Orden Franciscana y otros, que es considerado como el santo patrón del avión de pasajeros.

En la Biografía oficial de Fr. Angelo Pastrovicchi, que fue publicada por primera vez en 1767, el autor afirma que:

“No sólo durante los dieciséis años de estancia del santo en Grottella, sino durante toda su vida, estos éxtasis y vuelos eran tan frecuentes, como se lo demuestra en las actas del proceso de beatificación.

Que desde hace más de treinta y cinco años, sus superiores no le permitían participar en los ejercicios en el coro y el refectorio o en las procesiones, para que no molestara a la comunidad”.

San José estaba a menudo embelesado en levitaciones notables, a menudo se dejaba llevar por Dios a distancias.

En los registros de su proceso de beatificación oficial [Acta Sanctorum], se registran setenta de sus levitaciones y vuelos extáticos.

Una noche de Navidad del Santo invitó a algunos pastores a unirse en la celebración del nacimiento del Salvador.

Cuando empezaron a tocar la gaita y las flautas, el Santo dejó escapar un grito de alegría y voló de una distancia considerable por el aire hasta el altar mayor.

Permaneció en su éxtasis alrededor de un cuarto de hora.

A pesar de que estaba en el aire inclinado sobre varias velas encendidas, sus vestimentas no se vieron afectadas.

Como de costumbre, todos los presentes estaban asombrados por el milagro.

Durante una ceremonia de profesión en Cupertino, el santo de pronto se elevó a la altura del púlpito y se mantuvo durante algún tiempo con los brazos extendidos y las rodillas dobladas.

¡Imagínese el asombro de los religiosos y de la congregación!

‍Un Jueves Santo, mientras rezaba ante una representación del santo sepulcro que estaba situado sobre el altar mayor y encendido con muchas velas y lámparas, el santo se levantó en el aire y voló hacia el altar.

Sin tocar ninguna de las decoraciones, se mantuvo por un tiempo hasta que el superior le ordenó su regreso.

Otra vez al escuchar a un sacerdote decir: “Padre José, que hermoso Dios ha hecho el Cielo”,

‍el santo salió volando y se quedó en las ramas superiores de un olivo.

Allí permaneció en una posición de rodillas durante media hora, mientras que la rama en que se apoyaba lo balanceó tan ligeramente como si se hubiera posado un pájaro pequeño en ella.

‍Una vez al pasar por Monopoli en su camino a Nápoles, fue dirigido por su compatriota religioso a la iglesia del monasterio para ver una nueva imagen de San Antonio de Padua.

Tras contemplar desde la distancia, de repente voló a la estatua y luego volvió a su antiguo lugar.

Después que la Inquisición oyó hablar de estas maravillas, sintieron la necesidad de investigar y ordenaron que el santo diera misa en su presencia en la Iglesia de San Gregorio de Armenia, que perteneció a las monjas de San Ligorio.

‍De repente, el santo se levantó con un fuerte grito desde una esquina y mientras oraba, voló hacia el altar.

‍Se quedó de pie en el aire, inclinándose sobre las flores y las velas encendidas con sus brazos extendidos en forma de cruz.

“En estos momentos yo no os puedo amar como quisiera amaros, vuestro cuerpo no soportaría tanto amor, tanta belleza, tanta vida, que yo le doy al alma cuando me ama de corazón.”

Las monjas lloraban alarmadas de que se iba a prender fuego, pero él regresó al piso ileso.

‍Sin duda uno de los testigos más importantes de las levitaciones del santo fue el papa Urbano VIII.

‍Durante la primera estancia del santo en Roma fue con el Padre General a visitar al Papa.

Mientras estaban agachados a los pies del Pontífice el santo quedó cautivado y se elevó en el aire hasta que el Padre General le ordenó que regresara.

El Papa se maravilló ante el fenómeno y le dijo al Padre General que él mismo testificaría sobre el acontecimiento si el santo muriera durante su pontificado.

Para satisfacer la curiosidad del embajador español ante la Corte Papal y su esposa que fueron a Asís con el propósito de ver a San José, al santo le dijo Fr Custos de ir a la iglesia y visitar la estatua de Nuestra Señora.

Al entrar en la iglesia él miró hacia la estatua de la Inmaculada Concepción en un altar, y voló sobre las cabezas de los presentes, y se mantuvo en el aire a los pies de la estatua.

Después de unos momentos voló hacia atrás y luego se retiró a su celda.

‍Ocasionalmente los éxtasis del Santo duraban seis o siete horas.

‍Un aspecto curioso es que, cuando le sobrevenía un éxtasis en la Santa Misa, siempre la reanudaba donde la había dejado.

‍Otro aspecto inusual es que sus vestidos no eran perturbados durante sus muchos vuelos tanto si viajaba hacia adelante o hacia atrás, hacia arriba o hacia abajo.

Era tal el fuego del amor por Dios de San de José de Cupertino que se podía casi siempre llevarle a una levitación con sólo decir el amor adorable de Dios o la Virgen María, o dándole a contemplar una imagen de Jesús o María.

Las actas de su proceso de canonización, en realidad, comprobaron más de 70 casos de rapto personal en la sola ciudad de Cupertino o en las cercanías.

Se trata en él, casi siempre, de vuelos extáticos, es decir, de levitaciones con movimiento de traslación.

Según advierte la bula de canonización, publicada el 16 de julio de 1767 por Clemente XIII, ningún Santo puede comparársele en este aspecto.

Se le vio volar del centro de la iglesia hasta el altar mayor, por un trecho de 25 metros aproximadamente; elevarse hasta el pulpito en la misma forma, volar sobre árboles y quedarse posado sobre ramitas flexibles.

Le ocurrió que con él se levantaran un confesor del convento de Cupertino, el Padre guardián del convento de Asís y un alienado que se le llevara para ser curado.

El papa Urbano VIII fue testigo de una levitación, lo mismo que en 1645 el Gran Almirante de Castilla, cuya esposa se desmayó por la emoción.

“La más célebre, sin duda, de las levitaciones de José de Cupertino fue la que presenció Federico de Brunswick y que asombró tanto a ese príncipe, que le determinó a abandonar la religión luterana.

Juan Federico, de entonces de 25 años, visitó en 1649 las principales cortes europeas.

Hallándose en Roma, quiso llegar hasta Asís, donde le impelía el renombre del Santo.

La mañana siguiente a su llegada al convento, asistió con dos chambelanes a la Misa celebrada por José.

Y le vio elevarse del altar en que oficiaba, cubrir de rodillas en el aire una distancia de cinco pasos y volver al altar.

Al día siguiente, en el momento de la consagración, José se levantó un palmo del suelo y se mantuvo así más de cinco minutos sobre la grada del altar, con el brazo levantado, sosteniendo la Hostia.

Al ver eso, narra Pastrovicchi, el príncipe se puso a llorar.

Uno de sus chambelanes, como él luterano, declaró que lamentaba haber venido para asistir a un espectáculo que trastornaba sus convicciones.

El príncipe, después de una conversación con José, no sólo se declaró católico, sino que después de haber asistido a las completas y seguido la procesión, se enroló como miembro de la Orden Franciscana.

Volvió en seguida a Brunswick para arreglar algunos asuntos y, el año siguiente, volvió a Asís para abjurar solemnemente a manos de José, en presencia de los cardenales Facchinetti y Rappacioli.

El chambelán luterano H. J. Blume se convirtió a su vez en 1653.

Una de las últimas levitaciones de San José, es la que ocurrió durante una operación.

He aquí la exposición del cirujano Francisco de Pierpolo, que observó los hechos:

“Durante la última enfermedad del Padre José, de acuerdo con las órdenes del médico Jacinto Carosi, tuve que aplicar una cauterización en la pierna derecha.

El Padre José estaba sentado sobre una silla, con la pierna apoyada sobre mi rodilla.

Ya estaba aplicando yo el hierro para la operación; noté entonces que el Padre José estaba arrebatado fuera de sí y en una abstracción completa; los brazos estaban extendidos, los ojos abiertos y vueltos hacia el cielo; la boca estaba entreabierta; la respiración parecía haber cesado.

Noté que estaba levantado de un palmo más o menos sobre la silla citada, en la misma posición en que se hallaba antes del éxtasis.

Traté de bajar la pierna pero no lo logré: la misma quedó extendida.

Una mosca se había posado en su pupila; cuanto más me esforzaba en echarla, tanto más se obstinaba al parecer en volver al mismo sitio; al final tuve que dejarla.

Para observar mejor al Padre José me puse de rodillas.

El médico antes citado le observaba como yo.

Ambos reconocimos visiblemente que el Padre José estaba arrobado, sin sentido físico, y que además estaba bien suspendido en el aire, como dije.

Esta situación duró un cuarto de hora, hasta que llegó el Padre Silvestre Evangelista, que vivía en el convento de Osimo.

Después de haber observado el fenómeno, este ordenó al Padre José de volver en sí por santa obediencia y lo llamo por su nombre.

El Padre José sonrió y recobró los sentidos”.

SAN GERARDO MAJELLA (1726-1755)

Al igual que San José de Cupertino, San Gerardo Majella era a menudo embelesado en levitaciones notables, y a menudo era atraído por Dios hacia algunas distancias.

Era suficiente para San Gerardo Majella pensar en las perfecciones de Dios, contemplar el misterio de la Santísima Trinidad o el de la Encarnación, posar sus ojos en un crucifijo o una imagen de la Santísima Virgen, estar en la presencia del Santísimo Sacramento o incluso algún el milagro de la creación.

Los siguientes son algunos ejemplos:‍

Gerardo, con la intención de pasar unos días en Oliveto, recibió hospitalidad en la casa del arcipreste Don Salvadore.

‍Una mañana, la Santa Misa estaba a punto de comenzar, y Gerardo, a quien deseaba comunicárselo, no apareció.

Lo llamaron a su puerta, pero no hubo respuesta.

Por fin entraron y encontraron al hermano seráfico de rodillas en éxtasis, un crucifijo en la mano derecha, la mano izquierda en el pecho, la cara pálida, con los ojos medio cerrados.

Durante más de media hora, el arcipreste miró con admiración ante el espectáculo deslumbrante de levitación.

Esta casa hospitalaria ya había sido testigo de un éxtasis aún más notable, en el que el siervo de Dios estuvo suspendido sin apoyo en el aire.

Había tenido lugar en la misma mañana de su llegada a Oliveto.

‍Gerardo se había retirado a su cuarto para orar.

A la hora de la cena, el arcipreste fue para invitarlo a cenar.

Pero para su sorpresa se encontró con el hermano arrebatado en éxtasis y cerca de tres pies sobre el suelo.

Lleno de asombro, se retiró, pero volviendo poco después, lo encontró en el mismo estado.

Todos los testigos del acontecimiento extraordinario no pudieron sentarse a la mesa, esperando al huésped con lágrimas de emoción.

Por fin apareció, su rostro todo inflamado.

“Por favor, no esperen por mí”, dijo al arcipreste.

“No quiero incomodarlos”.

Para preservar la memoria de este rapto, el arcipreste marcó en la pared la sala la altura a la que había visto al Santo elevarse.

Un prodigio similar fue visto por toda la gente de Corato. ‍

El Viernes Santo de 1753, un cuadro que representa a Jesucristo Crucificado fue llevado en procesión.

Cuando la procesión entró en la iglesia de los benedictinos, Gerardo estaba ya en el interior dedicado a la oración.

Tan pronto como percibe la imagen sagrada del Salvador, un éxtasis se apoderó de él, y ante los ojos de todos, fue elevado a una altura considerable del suelo, con los ojos fijos en la imagen.

‍Otra ocasión fue cuando un mendigo ciego que vivía en Caposele tocaba con encanto la flauta.

‍Al verlo un día a la puerta del convento, Gerardo le rogó que tocara una conocida canción italiana: “En todas las cosas, oh Dios mío, quiero tu voluntad, no la mía.”

Inmediatamente, un rapto de amor divino se apoderó de él y comenzó a saltar, repitiendo las palabras: “Tu voluntad, oh Dios mío, y no la mía”.

Entonces, de repente levantando los ojos al cielo, fue elevado en el aire con la rapidez de una flecha, y quedó por algún tiempo arrebatado en éxtasis.

‍Esta inversión de las leyes de la gravedad, esta agilidad sobrenatural, tomaba la forma incluso de un vuelo extático.

Gerardo volvía un día para Iliceto con dos compañeros jóvenes.

Al pasar por delante de una capilla dedicada a la Virgen Santísima, se puso en conversación sobre la Madre tierna y compasiva.

Luego tomó un lápiz y escribió algo en un trozo de papel, que arrojó en el aire como si fuera una carta.

En ese mismo momento, sus dos compañeros lo vieron a levantarse en el aire y volar con la rapidez y la ligereza de un ave a una distancia de más de tres cuartas partes de una milla.

Después, nunca dejaron de contar este hecho prodigioso de que habían sido testigos.

‍Hubo otras ocasiones en que el siervo de Dios fue favorecido con el vuelo extático.

‍A una persona piadosa llamada Rosaria le gustaba contar que ella lo había visto un día llevado como una pluma en el aire, con los brazos extendidos.

Voló así durante más de tres cuartos de milla, apresurándose al convento al que era llamado, sin duda, para algunos ejercicios de la Regla o algún deseo del Superior.

Se trataba de un intenso amor a Dios que llama a los santos cada vez más hacia él.

‍En los últimos meses de su vida, Gerardo lanzaba suspiros que atraían sobre sí miradas de asombro.

El Padre Cajone le reprendió por llamar así la atención sobre sí mismo, y Gerardo tomó la buena mano del padre y la puso sobre su corazón, que latía con furia terrible.

‍En una ocasión similar, Gerardo dijo a Dr. Santorelli: “Si yo estuviera en una montaña, me parecería que iba a incendiar el mundo con esta llama de amor”.

Y luego tomó la mano del médico y la colocó sobre su corazón, que latía con furia inaudita, como si estuviera a punto de saltar de su pecho.

SAN PABLO DE LA CRUZ (1694-1775)

San Pablo de la Cruz, el santo fundador de los Pasionistas se encontraba en la ciudad de Latera, en la diócesis de Montefiascone, y estaba en la sacristía de una iglesia hablando con otros sacerdotes, cuando llegó a estar tan inflamado por el amor de Dios se levantó en el aire, ante el asombro completo de sus testigos.

Otra vez estaba en un pueblo en la isla de Elba en una misión, en la parte más ferviente de su sermón, caminó fuera de la plataforma, a través del aire y sobre las cabezas de la gente y luego regresó como si nada inusual hubiera tenido lugar.

Uno sólo puede imaginar las emociones sentidas por los que habían sido testigo de un despliegue inesperado de lo sobrenatural.

‍Durante los últimos años de su vida el santo estaba sentado en la sacristía Iglesia en Roma de los Santos Juan y Pablo y absorto en una conversación santa con un número de personas cuando

“Él comenzó, según su costumbre, a que su rostro se iluminara, rayos brillantes destellaban en su cara, y luego todo su cuerpo comenzó a temblar

Y luego, como yo creo, él percibió que estaba perdiendo el control de sus sentidos, se aferró con ambas manos a los brazos de la silla, apoyó los hombros en la parte posterior de la misma y tan pronto como él lo había hecho, empezó a subir, junto a la silla.

Ya tal altura, que creo que él debe haber subido al menos a la altura de cinco o seis pies… en este estado, continuó mucho tiempo en contemplación sublime.

Finalmente regresó a sí mismo, un ligero temblor tuvo lugar en todo el cuerpo, y poco a poco el siervo de Dios, con la silla, descendió y se apoyó en el suelo”.

Entre las levitaciones del siglo XIX, citaremos las del bienaventurado Andreas H. Furent, comprobadas por numerosos testigos, que declararon en el proceso informativo de beatificación.

‍Él se elevaba y permanecía elevado a una altura de 20 centímetros, ya de pie, ya de rodillas, durante la Misa, haciendo el Vía Crucis, orando.

La Madre de Bourg, tía de monseñor d’Hulst, se elevaba a menudo delante de los miembros de su familia o delante de las religiosas de su comunidad.

‍A veces intentó resistir, pero inútilmente, como el día en que habiéndose trabado en su reclinatorio, lo levantó con ella y al soltarlo, éste cayó con ruido y se rompió.

Sor María de Jesús Crucificado (1846-1879), carmelita árabe, se levantaba muy alto sin algún apoyo.

En sus éxtasis, se levantaba por sobre los árboles en el Jardín del Carmelo de Belén, pero se deslizaba sobre la superficie de las frondas libremente en el vacío.

  1. Leroy obtuvo del R. Padre Buzy, capellán del convento, pormenores recogidos de testigos oculares.

“Sor María —escribe el Padre Buzy— se levantaba hasta la cumbre de los árboles en la punta de las ramas.

Ponía su escapulario en una mano, tomaba con la otra una ramita del lado de las hojas, y en un parpadear del ojo se deslizaba por el exterior del árbol hasta su cima.

Los testigos insisten en el hecho de que subía instantáneamente.

Pasaba también de un tilo a otro por las puntas de las ramas.

Una vez subida, se mantenía sobre ramas demasiado débiles como para sostener normalmente una persona de su peso.

El Padre Buzy cita como ejemplos, dos o tres declaraciones hechas en el proceso.