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657 La Naturaleza del Cristo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

487a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

Jesús prosigue:

–                 La misma Verdad.

Vosotros no conocéis sus obras.

No conocéis sus caminos, los caminos por los que Yo he venido.

El odio no puede conocer los caminos ni las obras del Amor.

Las tinieblas no pueden aguantar la vista de la Luz.

Mas Yo conozco a Aquel, que me ha enviado, porque Yo soy suyo, parte suya y un Todo con El.

Y Él me ha enviado para que cumpla lo que su Pensamiento quiere.

Nace un tumulto.

Los enemigos se lanzan contra Él para ponerle las manos encima, para capturarlo y pegarle.

Apóstoles, discípulos, pueblo, gentiles, prosélitos reaccionan para defenderlo.

Acuden otros a ayudar a los primeros.

Y quizás hubieran logrado su objetivo…

Pero Gamaliel, que hasta ese momento parecía ajeno a todo, deja su alfombra…

Y va hacia Jesús.

Que ha sido apartado hacia el pórtico, por quienes lo quieren defender.

Y grita:

–               ¡Dejadlo!

Quiero oír lo que dice.

Más que el pelotón de legionarios que de la Antonia, acude para calmar el tumulto,

lo hace la voz de Gamaliel.

El tumulto cesa cual torbellino que se deshace.

Y el clamor se calma transformándose en rumor.

Los legionarios por prudencia, se quedan cerca del muro externo, pero ya sin función alguna.

Gamaliel a ordena a Jesús:

–             Habla.

Responde a los que te acusan.

El tono es imperioso, pero no burlón.

Jesús da unos pasos hacia delante, hacia el patio.

Tranquilo, reanuda el discurso.

Gamaliel permanece donde está.

Y sus discípulos se apresuran a llevarle alfombra y escabel, para que esté cómodo.

Pero él se queda de pie:

Con los brazos cruzados, la cabeza baja, los ojos cerrados;

concentrado en escuchar.

Jesús dice:

–              Me habéis acusado sin motivo;

como si hubiera blasfemado en lugar de decir la verdad.

Yo, no para defenderme,

sino para daros la luz con el fin de que podáis conocer la Verdad, hablo.

Y no hablo por Mí mismo,

sino que hablo recordando las palabras en que creéis y por las que juráis.

Ellas me dan testimonio.

Vosotros lo sé, no veis en mí sino a un hombre semejante a vosotros, inferior a vosotros.

Y os parece imposible que un hombre pueda ser el Mesías.

Como mínimo pensáis que tendría que ser un ángel este Mesías,

el cual debe tener un origen tan misterioso,

como para poder ser rey por la simple autoridad que el misterio de su origen suscita.

Pero, ¿Acaso alguna vez en la historia de nuestro pueblo,

en los libros que forman esta historia y que serán libros tan eternos cuanto el mundo,

porque a ellos los doctores de todas las naciones y de todos los tiempos irán a beber,

para corroborar su ciencia y sus investigaciones sobre el pasado, con las luces de la verdad.

Acaso alguna vez se dice en estos libros que Dios haya hablado a un ángel suyo

para decirle (Salmo 2, 7; 110, 1 y 4):

«Tú serás para mí, de ahora en adelante Hijo, porque Yo te he engendrado»?».

Entonces Gamaliel pide una tablilla y pergaminos,

se sienta y escribe…

Jesús continúa:

–            Los ángeles, criaturas espirituales siervas del Altísimo y mensajeras suyas,

han sido creados por Él como el hombre, como los animales, como todo lo que fue creado.

Pero no han sido engendrados por Él.

Porque Dios engendra únicamente a otro Sí mismo;

pues no puede el Perfecto engendrar sino a un Perfecto,

a otro Ser parejo a Sí mismo,

para no rebajar su perfección engendrando a una criatura inferior a Él.

Ahora bien, si Dios no puede engendrar a los ángeles:

Y ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos.

(Dios no puede… ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos:

Debe leerse a la luz de la frase:

Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel,

de unos renglones más abajo, donde se aduce un motivo de conveniencia,

no de imposibilidad divina)

¿Cómo será el Hijo al que dice:

«Tú eres mi Hijo. Hoy te he engendrado»?

¿Y de qué naturaleza será si engendrándolo y señalándoselo a sus ángeles,

dice: «Y le adoren todos los ángeles de Dios»?

¿Y cómo será este Hijo, para merecer oír que el Padre,

Aquel a cuya gracia se debe el que los hombres lo puedan nombrar

con el corazón anonadado en adoración,

le dice: «Siéntate a mi derecha hasta que haga de tus enemigos escabel para tus pies»?

Ese Hijo no podrá ser sino Dios como el Padre,

con quien comparte atributos y poderes.

Y con quien goza de la Caridad que los letifica en los inefables e incognoscibles amores,

de la Perfección hacia Sí misma.

Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel…

¿Habría podido decir de un hombre lo que al final de éste hará tres años,

dijo de quien aquí os habla en el vado de Betabara?

Y muchos de vosotros que os oponéis a Mí, estabais presentes cuando lo dijo.

Vosotros lo oísteis y temblasteis.

Porque la voz de Dios es inconfundible.

Y sin una especial gracia suya abate a quien la oye.

Estremeciendo su corazón.

¿Qué es entonces, el Hombre que os habla?

¿Es acaso, uno que ha nacido de principio y de voluntad de hombre, como todos vosotros?

¿Habría podido poner el Altísimo a su Espíritu a vivir en una carne carente de gracia,

como es la de los hombres nacidos por voluntad carnal?

¿Y podría el Altísimo, como satisfacción de la gran Culpa…

Aplacarse con el sacrificio de un hombre?

Pensad.

Él no designa a un ángel para ser Mesías y Redentor.

¿Podrá entonces, designar a un hombre para serlo?

¿Y podía el Redentor ser sólo Hijo del Padre, sin asumir naturaleza humana;

ser el Redentor con medios y poderes que superaran las humanas deducciones?

¿Y el Primogénito de Dios podía acaso tener padres, si es el Primogénito eterno?

¿No se os trastoca el soberbio pensamiento ante estos interrogantes,

que suben hacia los reinos de la Verdad,

acercándose cada vez más a ella…

Y que hallan respuesta sólo en un corazón humilde y lleno de fe?

¿Quién debe ser el Cristo?

¿Un ángel?

Más que un ángel.

¿Un hombre?

Más que un hombre.

¿Un Dios?

Sí, un Dios.

Pero con una carne unida a Él,

para que ésta pueda cumplir la expiación de la carne culpable.

Todas las cosas deben ser redimidas a través de la materia con que pecaron.

Dios por tanto, habría debido enviar a un ángel para expiar las culpas de los ángeles caídos.

Que expiara por Lucifer y sus seguidores angélicos.

Porque ya sabéis que Lucifer también pecó.

Pero Dios no envía a un espíritu angélico a redimir a los ángeles tenebrosos.

Ellos no han adorado al Hijo de Dios.

Y Dios no perdona el pecado contra su Verbo engendrado por su Amor.

Pero Dios ama al hombre y envía al Hombre, al único perfecto,

a redimir al hombre y a obtener paz con Dios.

Y es justo que sólo un Hombre-Dios pueda cumplir la redención del hombre y aplacar a Dios.

El Padre y el Hijo se han amado y se han comprendido.

Y el Padre ha dicho: «Quiero»

Y el Hijo ha dicho: «Quiero»

Y luego el Hijo ha dicho: «Dame».

Y el Padre ha dicho: «Toma»

Y el Verbo tuvo una carne, cuya formación es misteriosa.

Y esta carne se llamó Jesucristo, Mesías,

Aquel que debe redimir a los hombres, llevarlos al Reino,

vencer al demonio, quebrar las esclavitudes.

¡Vencer al demonio!

No podía un ángel, no puede cumplir lo que el Hijo del hombre puede.

Y por esto, Dios no llama a los ángeles a la gran obra, sino al Hombre.

Aquí tenéis al Hombre cuyo origen se os presenta incierto.

O es negado por vosotros u os pone pensativos.

Aquí tenéis al Hombre.

Al Hombre aceptable para Dios.

Al Hombre representante de todos sus hermanos.

Al Hombre que es como vosotros en la semejanza;

al Hombre superior y distinto de vosotros por la proveniencia;

el cual -que no por un hombre…

Sino por Dios ha sido engendrado y consagrado para su ministerio.

Está ante el excelso altar para ser Sacerdote y Víctima por los pecados del mundo.

Eterno y supremo Pontífice,

Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

¡No temáis!

No tiendo mis manos hacia la tiara pontifical.

Otra corona me espera.

¡No temáis!

No os voy a quitar el racional.

Otro está ya preparado para Mí.

Temed sólo, más bien, el que para vosotros no sirva el sacrificio del Hombre

y la misericordia del Cristo.

Os he amado tanto, tanto os amo,

que he obtenido del Padre mi anonadamiento.

Os he amado tanto, tanto os amo,

que he pedido asimilar todo el dolor del mundo, para daros la salud eterna.

¿Por qué no me queréis creer?

«Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

¿No podéis creer todavía?

¿No está escrito del Cristo:

«Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»?

¿Y cuándo comenzó el sacerdocio?

¿Quizás en tiempos de Abraham?

No.

Y vosotros lo sabéis.

El rey de justicia y de paz (Génesis 14, 18-20)

que viene a anunciarme, con figura profética, en la aurora de nuestro pueblo,

¿No os apercibe acerca de la existencia de un sacerdocio más perfecto,

que viene directamente de Dios?

Como Melquisedec, de quien nadie pudo jamás señalar sus orígenes y que es llamado

«el sacerdote»

Y sacerdote será para siempre.

¿No creéis ya en las palabras inspiradas?

Y si creéis…

¿Cómo es que vosotros, doctores,

no sabéis dar una explicación aceptable a las palabras que dicen y de mí hablan:

«Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»?

Hay pues otro sacerdocio, más allá, antes del de Aarón.

Y de éste está escrito «eres»; no, «fuiste»;

no, «serás».

Eres sacerdote para siempre.

He aquí pues,

que esta frase anticipa que el eterno Sacerdote no será de la estirpe conocida, de Aarón.

No será de ninguna estirpe sacerdotal.

No.

Será de proveniencia nueva, misteriosa, como Melquisedec.

Es de esta proveniencia.

Y si la Potencia de Dios lo manda,

señal es de que quiere renovar el Sacerdocio y el rito,

para que sea provechoso para la Humanidad.

¿Conocéis vosotros mi origen?

No.

¿Conocéis mis obras?

No.

¿Intuís sus frutos?

No.

Nada sabéis de Mí.

Podéis ver pues, que también en esto soy el «Cristo»,

cuyo origen, naturaleza y misión deben permanecer desconocidos

hasta que a Dios le plazca revelarlos a los hombres.

Bienaventurados los que sepan,

los que saben creer…

Antes de que la revelación tremenda de Dios los aplaste contra el suelo con su peso.

Y ahí los clave y triture bajo la fulgurante, poderosa verdad pronunciada:

como trueno desde los Cielos;

como grito desde la Tierra:

«Éste era el Cristo de Dios».

Vosotros decís:

«Es de Nazaret. Su padre era José. Su Madre es María».

No.

Yo no tengo padre que me haya engendrado hombre;

no tengo madre que me haya engendrado Dios.

Y no obstante, tengo una carne.

La he asumido por misteriosa obra del Espíritu.

He venido a vosotros pasando por un tabernáculo santo.

Y os salvaré después de haberme formado a Mí mismo por voluntad de Dios;

os salvaré haciendo salir a mi verdadero Yo mismo del tabernáculo de mi Cuerpo,

para consumar el gran Sacrificio de un Dios,

que se inmola por la salvación del hombre.

¡Padre!

¡Padre mío!

Te lo dije al principio de los días:

«Aquí estoy, para hacer tu voluntad».

Te lo dije en la hora de gracia antes de dejarte para revestirme de carne.

Y así padecer:

“Aquí estoy, para hacer tu voluntad»

Te lo digo una vez más para santificar a aquellos por quienes he venido:

“Aquí estoy, para hacer tu voluntad».

Y volveré a decírtelo, siempre te lo diré, hasta que tu voluntad sea cumplida…

Jesús baja los brazos.

Los tenía levantados hacia el cielo, orando.

Los recoge en su pecho y agacha la cabeza,

cierra los ojos y se sume en una oración secreta.

655 El Reino de la Luz


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486 En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

Jesús está en el Patio de los Gentiles,

apoyado en la columna que ha elegido para predicar:

Después la introducción sobre el Reino y la declaración sobre su propia Identidad.

Abre de nuevo sus labios:

–              Vosotros calláis:

La mitad admirados;

la otra mitad pensativos;

pensando en cómo podéis hacerme callar.

¿De quién son los Diez Mandamientos?

¿De dónde vienen?

¿Quién os los ha dado?

La gente grita:

–               ¡Moisés!

Jesús declara:

–               No.

El Altísimo.

Moisés su siervo, os los trajo.

Pero son de Dios.

Vosotros los que tenéis las fórmulas pero NO tenéis la fe,

en vuestro corazón decís:

«Nosotros a Dios no lo hemos visto.

Y tampoco lo vieron los hebreos que estaban al pie del Sinaí».

¡Oh!, no os son suficientes, para creer que Dios estaba Presente…

Ni siquiera los rayos,

que incendiaban el monte mientras Dios resplandecía,

tronando delante de Moisés.

No os valen ni siquiera los rayos y los terremotos,

para creer que Dios está sobre vosotros,

para escribir el Pacto eterno de salvación y de condena.

Una epifanía nueva, tremenda veréis…

Pronto, entre estos muros.

Y las mansiones sagradas ya no estarán en tinieblas,

porque habrá comenzado el Reino de la Luz.

y el Santo de los Santos, no celado ya tras la ternaria cortina…

Será elevado ante la Presencia de todos.

Y todavía no creeréis.

Entonces, ¿Qué se necesitará para haceros creer?

¿Que los rayos de la Justicia incidan en vuestras carnes?

Pero entonces la Justicia estará apaciguada.

Y descenderán los rayos del Amor.

Y a pesar de todo, ni siquiera éstos escribirán en vuestros corazones;

en todos vuestros corazones,

la Verdad.

Y suscitarán el arrepentimiento y luego el amor…

Los ojos de Gamaliel, en un rostro tenso;

están ahora fijos en el rostro de Jesús…

Que continúa impertérrito:

–              Pero, Moisés sabéis que era hombre entre los hombres;

de él os han dejado descripción los cronistas de su tiempo.

Y a pesar de todo, sabiendo incluso quién era…

De Quién y cómo recibió la Ley

¿Observáis acaso, esta Ley?

No.

Ninguno de vosotros la observa.

Un grito de protesta se eleva entre la gente.

Jesús impone silencio:

–            ¿Decís que no es verdad?

¿Que la observáis?

¿Y entonces por qué tratáis de matarme?

¿No prohíbe el Quinto Mandamiento matar al hombre?

¿Vosotros no admitís en Mí al Cristo?

Pero no podéis negar que Yo sea Hombre.

Entonces ¿Por qué tratáis de matarme?

Precisamente aquellos que lo quieren hacer…

Gritan enfurecidos:

–             ¡Pero Tú estás loco!

–            ¡Eres un endemoniado!

–              ¡Un demonio habla en ti y te hace delirar y decir embustes!

–              ¡Ninguno de nosotros piensa en matarte!

–             ¡Quién quiere matarte?

–             ¿Qué quién?

Vosotros.

Buscáis las disculpas para hacerlo.

Y me echáis en cara culpas no verdaderas.

Me echáis en cara -y no es la primera vez- el que haya curado a un hombre en sábado.

¿Y no dice Moisés (Deuteronomio 22, 4)

que tengamos piedad incluso del asno y del buey caídos;

porque representan un bien para el hermano?

¿Y Yo no debería tener compasión del cuerpo enfermo de un hermano,

para el cual la salud recuperada es un bien material…

Y un medio espiritual para bendecir a Dios y amarlo por su bondad?

¿Y la circuncisión que Moisés os dio, por haberla recibido de los patriarcas,

acaso no la practicáis también en día de sábado?

Si circuncidando a un hombre en día de sábado no se viola la Ley mosaica del sábado,

porque la circuncisión sirve para hacer de un varón un hijo de la Ley

¿Por qué os enojáis contra Mí si en día de sábado he curado a un hombre enteramente,

en el cuerpo y en el espíritu.

Haciendo de él un hijo de Dios?

No juzguéis según la apariencia y la letra,

sino juzgad con recto juicio y con el espíritu,

porque la letra, las fórmulas, las apariencias…

Son cosas muertas, escenarios pintados, pero no verdadera vida,

mientras que el espíritu de las palabras y apariencias;

es vida real y fuente de eternidad.

Pero vosotros no entendéis estas cosas porque no las queréis entender.

Vámonos.

Y vuelve la espalda a todos…

Dirigiéndose a la salida.

Seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos que lo miran…

Con pena por Él…

Con enojo contra los enemigos.

Él, pálido, les sonríe…

Y les dice:

–              No estéis tristes.

Vosotros sois amigos míos.

Y hacéis bien siéndolo, porque mi tiempo se acerca a su fin.

Pronto llegará el tiempo en que desearéis ver uno de estos días del Hijo del hombre,

mas no podréis ya verlo.

Entonces hallaréis confortación en deciros:

«Nosotros lo amamos y le fuimos fieles mientras estuvo entre nosotros».

Y para burlarse de vosotros y haceros aparecer como locos os dirán:

«Cristo ha vuelto.

¡Está aquí!

¡Está allá!»

No creáis en esas voces.

No vayáis, no os pongáis a seguir a estos falaces burladores.

El Hijo del hombre, una vez que se haya marchado, no volverá sino cuando llegue su Día.

Y entonces su manifestación será semejante al relámpago,

que resplandeciendo surca el cielo de una parte a otra, tan rápidamente,

que el ojo apenas puede seguirlo.

Vosotros…

Y no sólo vosotros, sino ningún hombre,

podría seguirme en mi aparición final.

para recoger a todos aquellos que fueron, son y serán.

Pero antes de que esto suceda, es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho.

SUFRA TODO.

Todo el dolor de la Humanidad.

Y además, sea repudiado por esta generación.

Matías el pastor, observa:

–                Pero entonces, mi Señor.

sufrirás todo el mal que será capaz de descargar sobre Ti esta generación.

Jesús corrige:

–              No.

He dicho: «Todo el dolor de la Humanidad»

Ella existía antes de esta generación.

Y existirá, por generaciones y generaciones, después de ésta.

Siempre pecará.

El Hijo del hombre gustará toda la amargura de los pecados pasados, presentes y futuros;

hasta el último pecado, en su espíritu, antes de ser el Redentor.

Y ya en su gloria, todavía sufrirá en su espíritu de amor,

al ver que la Humanidad pisotea su amor.

Vosotros no podéis entender por ahora…

Vamos ahora a esta casa que me es amiga.

Llama a una puerta, que se abre y lo deja entrar…

Sin que el custodio muestre estupor por el número de personas,

que entran detrás de Jesús.

654 La Lujuria de la Mente


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

En el Patio de los gentiles, Jesús se planta junto a una columna, para predicar…

Un escriba dice:

–                ¡Oh! Entonces satisface nuestras mentes.

Ya ves que el callar no es buena cosa,

porque fomenta las nubes de la duda en los corazones.

Jesús responde:

–             No de la duda.

De la soberbia.

Es más grave aún.

–            ¿Cómo?

¿Dudar de Ti es menos grave que ser soberbios?

–              Sí.

Porque la soberbia es la lujuria de la mente.

Y es el pecado más grande, siendo el mismo pecado de Lucifer.

Dios perdona muchas cosas.

Y su Luz resplandece amorosa para alumbrar las ignorancias y alejar las dudas.

Pero no concede su perdón a la soberbia que lo escarnece, afirmando ser mayor que Él.

Varios en el grupo de los poderosos de Israel,

Gritan exaltados:

–              ¿Quién de nosotros dice que Dios es más pequeño que nosotros?

–              Nosotros no blasfemamos…

Jesús responde tranquilo:

–              No lo decís con los labios, pero lo confirmáis con las obras.

Queréis decir a Dios:

«No es posible que el Cristo sea un galileo, uno del pueblo.

No es posible que sea éste».

¿Qué es imposible para Dios?

Al final la voz de Jesús es un trueno.

Si antes presentaba un aspecto un poco modesto,

apoyado como un mendigo en su columna,

ahora Jesús se endereza, se separa del pilar.

Yergue majestuosamente la cabeza y asaetea a la gente con sus fúlgidos ojos.

Está todavía en el escalón…

Pero tan regio es su aspecto, que es como si estuviera sobre un trono.

La gente retrocede, casi con miedo.

Y ninguno responde a la última pregunta.

Luego un rabí pequeño, lleno de arrugas…

Feo de aspecto como ciertamente lo es de alma,

Haciendo preceder la pregunta con una risita disonante y cascada,

Con un tono sarcástico y lleno de desprecio,

cuestiona:

–               La lujuria se cumple siendo dos.

¿La mente con quién la cumple?

No es corpórea.

¡Cómo puede, entonces, pecar lujuriosamente?

¿A qué, siendo incorpórea, se une para pecar?

Y ríe, estirando las palabras y la risita.

La voz de Jesús, truena fulgurante:

–             ¿A quién?

A Satanás.

La mente del soberbio fornica con Satanás contra Dios y contra el amor.

–            ¿Y Lucifer con quién fornicó para hacerse Satanás, si todavía no era Satanás?

–            Consigo mismo.

Con su propio pensamiento inteligente y desordenado.

¿Qué es la lujuria, escriba?

–             ¡Pero… te lo he dicho!

¿Y quién no sabe qué es la lujuria?

Todos la hemos experimentado…

–              No eres un rabí sabio…

Porque no conoces la esencia verdadera de este pecado universal…

Trino fruto del Mal;

así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la trina forma del Amor.

La lujuria es desorden, escriba.

Desorden guiado por una inteligencia libre y consciente, que sabe que su apetito está mal;

pero de todas formas quiere saciarlo.

La lujuria es desorden y violencia contra las leyes naturales,

contra la justicia y el amor hacia Dios,

hacia nosotros mismos, hacia nuestros hermanos.

Toda lujuria.

Tanto la carnal como la que tiende a las riquezas y poderes de la Tierra.

Como la de aquellos que quisieran impedirle al Cristo su misión,

porque mantienen contubernio con la inmoderada ambición que teme ser quebrantada por Mí.

Un gran murmullo se extiende por la aglomeración de gente.

Gamaliel, que se ha quedado solo en su alfombra,

levanta la cabeza y lanza una mirada penetrante a Jesús.

El fariseo insta de nuevo:

–            Pero, ¡Cuándo vendrá entonces, el Reino de Dios?

No has respondido…

Jesús responde:

–            Cuando el Cristo esté en el trono que Israel le prepara…

Más alto que todos los demás tronos;

más alto que este mismo Templo.

Varios preguntan:

–             ¿Pero, donde lo están aparejando, pues que no se ve aparato de nada?

–             ¿Podrá ser verdad que Roma deje resurgir a Israel?

–             ¿Es que las águilas se han quedado ciegas para no ver lo que se prepara?

Jesús responde:

–               El Reino de Dios no viene con aparato.

Sólo el ojo de Dios lo ve formarse, porque el ojo de Dios lee dentro de los hombres.

Por tanto, no vayáis buscando dónde está este Reino, dónde se prepara.

Y no creáis a quien diga:

«Se conjura en Batena, se conjura en las cavernas del desierto de Engadí,

se conjura en las orillas del mar».

El Reino de Dios está en vosotros, dentro de vosotros;

en vuestro espíritu que acoge la Ley venida de los Cielos,

como ley de la verdadera Patria;

ley que practicándola, hace a uno ciudadano del Reino.

Por esto, antes de Mí ha venido Juan a preparar los caminos de los corazones,

bautista

por los cuales debía penetrar en ellos mi Doctrina.

Con la penitencia se han preparado los caminos,

con el amor el Reino surgirá.

Y caerá la esclavitud del pecado, que impide a los hombres el Reino de los Cielos.

Uno que escuchaba atentamente,

Con voz fuerte y en tono muy alto,

como si gritara:

–              ¡Pero, verdaderamente este Hombre es grande!

¿Y vosotros decís que es un artesano?

Y otros, judíos por su vestimenta;

Quizás instigados por los enemigos de Jesús, se miran confundidos:

Miran a sus instigadores preguntando:

–              ¿Pero qué nos habéis imbuido?

–             ¿Quién puede decir que este hombre extravía al pueblo?

–             Nos preguntamos y os preguntamos estas cosas:

Si es verdad que ninguno de vosotros lo ha instruido,

¿Cómo tiene tantos conocimientos?

–           ¿Dónde los ha aprendido…

Si no ha estudiado nunca con ningún maestro?

Y  dirigiéndose a Jesús,

le dicen:

–             Di, pues…

¿Dónde has encontrado esta doctrina tuya?

Jesús levanta un rostro inspirado,

diciendo:

–             En verdad…

En verdad os digo que esta doctrina no es mía,

sino que es de Aquél que me ha enviado a vosotros.

En verdad, en verdad os digo que ningún maestro me la ha enseñado;

ni la he encontrado en ningún libro viviente.

O en ningún rollo o monumento de piedra.

En verdad, en verdad os digo que me he preparado para esta Hora,

oyendo al Viviente hablarle a mi espíritu.

Ahora la hora ha llegado para que Yo dé al pueblo de Dios,

la Palabra venida de los Cielos.

Lo hago y lo haré hasta el último respiro…

Y tras haberlo exhalado, las piedras que me oyeron y no se ablandaron,

conocerán un temor a Dios más fuerte que el que experimentó Moisés en el Sinaí.

Y en el temor, con voz de verdad, para bendecir o maldecir,

las palabras de mi Doctrina rechazada se grabarán en las piedras.

Y esas palabras ya no se borrarán nunca.

El signo permanecerá.

Luz para quien lo acoja al menos entonces, con amor;

absolutas tinieblas para quien ni siquiera entonces,

comprenda que ha sido la Voluntad de Dios la que me ha enviado para fundar su Reino.

Al principio de la creación fue dicho:

«Hágase la luz».

Y la luz apareció en el caos.

Al principio de mi vida fue dicho:

«Paz a los hombres de buena voluntad».

La buena voluntad es aquella que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella.

Ahora bien, aquel que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella,

siente que no puede combatir contra Mí,

porque siente que mi doctrina viene de Dios y no de mí mismo.

¿Acaso busco Yo mi gloria?

¿Digo acaso que soy el Autor de la Ley de gracia y de la era de perdón?

No.

Yo no tomo la gloria que no es mía,

sino que doy gloria a la gloria de Dios,

Autor de todo lo que es bueno.

Ahora bien;

mi gloria es hacer lo que el Padre quiere que haga;

El sacrificio más grato para el Señor, es el de la voluntad. Padre Pío

porque esto le da gloria a Él.

El que habla a favor propio para recibir alabanza, busca su propia gloria.

Mas aquel que pudiendo -incluso sin buscarla- recibir gloria de los hombres,

por lo que hace o dice y la rechaza diciendo:

«No es mía, creada por Mí sino que procede de la del Padre,

de la misma manera que Yo de Él procedo.

» está en la verdad y en él no hay injusticia,

pues da a cada uno lo suyo sin quedarse con nada de lo que no le pertenece.

Yo soy porque Él ha querido que fuera».

(El contexto presenta a Cristo en su Humanidad:

«Aquel que me ha enviado entre vosotros»

«me ha preparado para esta hora»

«hasta el último respiro»

«Al principio de mi vida»…)

por tanto hay que entender esta frase

en el sentido de la Encarnación por voluntad del Padre).

Jesús se detiene un momento.

Recorre con sus ojos la aglomeración de gente.

Escudriña las conciencias.

Las lee.

Las sopesa.

653 El Reino de Cristo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos

Jesús va al lugar que ha elegido para sí.

¡Oh!, ¡no tiene alfombras bajo los pies!

Ni siquiera está bajo el pórtico…

Simplemente junto a una columna, permanece en pie erguido,

en el escalón más alto, en el fondo del pórtico.

El lugar más modesto.

En torno a Él, apóstoles, discípulos, seguidores, curiosos;

más allá, fariseos, escribas, sacerdotes, rabíes.

Gamaliel no deja el sitio donde está.

Jesús se pone a predicar por centésima vez la venida del Reino de Dios.

De la preparación de este Reino.

Y se podría decir que ampliados en potencia…

Repite los mismos conceptos tratados,

casi en el mismo lugar, veinte años antes.

Habla de la profecía de Daniel,

del Precursor anunciado por los profetas;

recuerda la estrella de los Magos,

la matanza de los Inocentes.

Y sentadas estas premisas para mostrar los signos de la venida del Cristo a la Tierra,

cita, como corroboración de su venida,

los signos actuales que acompañan al Cristo docente;

como antes los otros acompañaban al adviento del Cristo encarnado.

o sea, recuerda la contradicción que lo acompaña…

la muerte del Precursor.

los milagros que continuamente se producen, confirmando que Dios está con su Cristo.

No ataca nunca a sus antagonistas.

Pareciera que no los ve siquiera.

Habla para confirmar en la fe a sus seguidores;

para iluminar acerca de la verdad a aquellos que sin culpa,

están todavía en tinieblas respecto a ella…

Una voz áspera se deja oír desde el extremo donde está la gente,

como una flecha ardiente de odio,

cuestiona:

–               ¿Cómo puede Dios estar en tus milagros, si se producen en día prohibido?

Incluso ayer has curado a un leproso en el camino de Betfagé.

Jesús mira al que lo ha interrumpido, pero no responde.

Sigue hablando de la liberación del dominio que oprime a los hombres.

De la instauración del Reino de Cristo:

eterno, invencible, glorioso, perfecto.

Un escriba con risitas sarcásticas,

pregunta:

–               Y esto, ¿Cuándo?

Ya sabemos que quieres hacerte rey.

Pero un rey como Tú sería la ruina de Israel.

¿Dónde está tu potencia de rey?

¿Dónde, los soldados?

¿Dónde, los tesoros?

¿Dónde, las alianzas?

¡Estás desquiciado!

Y muchos como él menean la cabeza riéndose con menosprecio.

Un fariseo, burlonamente agrega:

–             Así no.

De esta forma nunca sabremos qué entiende Él por reino;

cuáles leyes y cuáles manifestaciones tendrá ese reino.

¿Qué?

¿Acaso el reino antiguo de Israel fue de repente perfecto como en los tiempos de David y Salomón?

¿No recordáis cuántas incertidumbres y horas oscuras antes del esplendor regio del rey perfecto?

Para disponer del primer rey fue necesario antes,

formar al hombre de Dios que lo ungiera.

Y por tanto quitar la esterilidad a Ana de Elcaná.

E inspirarle que ofreciera el fruto de su vientre.

Meditad el cántico de Ana.

Otro escriba añade:

–                Es lección para nuestra dureza y ceguera:

Nadie es santo como el Señor…

No queráis multiplicar jactándoos, las palabras soberbias…

El Señor hace morir y vivir…

Exalta al pobre…

Hace seguros los pasos de sus santos.

Y los impíos callarán porque el hombre no es fuerte por su fuerza,

sino por la que le viene de Dios».

¡Recordad!

«El Señor juzgará los confines de la Tierra.

Dará el imperio a su rey y exaltará la potencia de su Cristo»

(1 Samuel 2; 1 Samuel 1, 10- 11 y 20; 2, 1-11)

¿El Cristo de las profecías no debía acaso, venir de David?

¿Y es que todas las premisas, desde el nacimiento de Samuel en adelante,

no son premisas para el reino del Cristo?

¿Tú Maestro, no eres acaso de David, nacido en Belén?

Pregunta para finalizar, directamente a Jesús.

Jesús responde firme y breve:

–              Tú lo has dicho.

652 El Reino del Miedo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486 En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos. 

Jesús entra en el Templo.

Viene con sus apóstoles y con numerosísimos discípulos conocidos.

También al final de todos, pero ya unidos al grupo como queriendo demostrar

que quieren ser considerados seguidores del Maestro; 

está la cara sagaz del griego venido de Antioquía, que habla con otros gentiles como él;

se detienen en el patio de los Paganos.

Mientras Jesús y los suyos prosiguen para entrar en el patio de los Israelitas.

Naturalmente, la entrada de Jesús en el Templo,

que está repleto de todos los que han venido para la Fiesta de los Tabernáculos,

no pasa desapercibida.

Un susurro nuevo se levanta, como de una colmena disturbada;

un susurro que cubre las voces de los doctores que dan sus lecciones,

bajo el pórtico de los Paganos.

Lecciones que se suspenden, como por ensalmo.

Y alumnos de los escribas corren en todas las direcciones…

A llevar la noticia de la llegada de Jesús;

de forma que cuando Él entra en el segundo recinto, donde está el atrio de los Israelitas;

ya bastantes fariseos, escribas y sacerdotes están atropados observándolo.

Mientras ora, no le dicen nada y ni siquiera se le acercan;

únicamente lo vigilan.

Jesús vuelve al pórtico de los Paganos.

Y ellos lo siguen detrás.

La comitiva de los malintencionados aumenta…

Como también aumenta la de los curiosos y de los bienintencionados.

Los susurros en voz baja se mueven entre la gente.

De vez en cuando, alguna voz se escucha más fuerte…

Diciendo:

« ¿Veis como ha venido?

Es un justo.

No podía faltar a la fiesta».

« ¿Qué ha venido a hacer?

¿A extraviar más aún al pueblo?».

O también:

«¿Estáis contentos ahora?

¿Ahora veis dónde está?

¡Mucho lo habéis preguntado!».

Voces aisladas y apagadas enseguida;

ahogadas en las gargantas por miradas significativas de discípulos y seguidores

que amenazan con su propio amor, a los rencorosos enemigos.

Voces irónicas, sarcásticas, mortificantes y mordientes,

de enemigos que arrojan una chorretada de veneno

y después se detienen, porque tienen miedo de la muchedumbre.

En medio del silencio de la multitud,

después de una manifestación significativa en favor del Maestro,

porque también se teme a las represalias de los poderosos.

El reino del miedo recíproco…

El único que no tiene miedo es Jesús.

Camina despacio con majestad, hacia el lugar a donde quiere ir.

Un poco absorto, pero pronto para salir de su abstracción

para acariciar a un niño que una madre le presenta.

O sonreír a un anciano que lo saluda bendiciéndolo.

En el pórtico de los Paganos, de pie, erguido, entre un grupo de alumnos, está Gamaliel:

Con los brazos cruzados, con su esplendorosa vestidura blanquísima y amplísima…

Que parece aún más blanca,

en contraste con la gruesa alfombra roja oscura extendida en el suelo,

en el punto donde esta Gamaliel.

Parece estar pensando con la cabeza un poco inclinada y sin interesarse de lo que ocurre.

Entre sus discípulos por el contrario, hay agitación;

la agitación de la más grande curiosidad.

Uno, pequeñito, incluso se sube a un alto escabel para ver mejor.

Pero, cuando Jesús está a la altura de Gamaliel, el rabí levanta el rostro.

Y sus ojos profundos, bajo su frente de pensador…

Se clavan un instante en el rostro sereno de Jesús.

Es una mirada escrutadora, mortificante y mortificada.

Jesús la siente y se vuelve.

Lo mira.

Los dos fulgores, el de los ojos negrísimos y el de los ojos de zafiro, se entrelazan:

el de Jesús, abierto, manso, que se deja escrutar;

el de Gamaliel, impenetrable, tendente a conocer y deseoso de rasgar el misterio de la verdad…

Porque para él es un misterio el Rabí galileo.

Pero farisaicamente celoso de su pensamiento,

de modo que se cierra a toda indagación que no sea de Dios.

Un instante.

Luego Jesús prosigue y el rabí Gamaliel vuelve a reclinar la cabeza sobre el pecho,

sordo a toda pregunta recta, ansiosa, de algunos que están en torno a él..

O subrepticia y cargada de aborrecimiento de otros:

–             ¿Es Él, maestro?

–             ¿Qué opinas tú?

–             ¡Bien!

–             ¿Cuál es tu juicio?

–             ¿Quién es Éste?

651 El Seductor


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485b Jesús llega con los apóstoles a Betania 

Los apóstoles están ahora con Margziam y con casi todos los pastores.

Refiriendo las insistencias de los fariseos en saber acerca de Jesús.

Y dicen que eso los ha escamado tanto que ellos los discípulos,

han pensado en ponerse de guardia en todos los caminos que conducen hacia

el interior de Jerusalén, para avisar al Maestro.

Isaac refiere:

–               Efectivamente…

Estamos diseminados a algunos estadios de las Puertas,

en todos los accesos.

Judas, riendo con ironía,

manifiesta:
–                Maestro…

Ellos dicen que en la Puerta de Jaffa, había hoy medio Sanedrín.

Y discutían unos con otros porque algunos recordaban mis palabras de Enganním;

otros juraban que habían sabido que habías estado en Dotán,

otros por el contrario, decían que te habían visto en los aledaños de Efraím.

Y eso los ponía furiosos, al no saber ya donde estabas…

Y se ríe de la burla jugada a los enemigos del Maestro.

Jesús dice:
–                   Mañana me verán.

Judas objeta:

–                  No.

Mañana vamos nosotros.

Ya lo hemos concertado.

Todos en grupo y haciéndonos ver bien.

–                  No quiero.

Tú mentirías.

–                  Te juro que no mentiré.

Si no me dicen nada, no digo nada.

Si nos preguntan si estás con nosotros, diré:

«¿Y no veis que no está?

Y si quieren saber dónde estás, responderé:

«Buscadlo vosotros.

¿Cómo queréis que sepa yo dónde está el Maestro en este momento?»

Ciertamente no podré saber si estás en la casa, aquí por los huertos o qué sé dónde.

–               Judas, Judas, te he dicho…

–               Y yo te digo que tienes razón.

Pero esto mío no será sencillez de paloma, sino prudencia de serpiente.

Tú, la paloma;

yo, la serpiente.

Y juntos formaremos esa perfección que has enseñado.

Judas toma el tono que tiene Jesús cuando enseña,

imitando a la perfección al Maestro,

dice:

«Yo os envío como ovejas en medio de lobos.

Sed, pues prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas…

No os preocupéis de qué responder,

porque en ese momento se os pondrá en los labios las palabras,

siendo así que no habláis vosotros, sino que habla en vosotros el Espíritu…

Cuando os persigan en una ciudad huid a otra,

hasta que venga el Reino del Hijo del hombre…

Las recuerdo y es la hora de aplicarlas.

Jesús objeta

–              No las he dicho así, ni dije sólo estas.

–              Por ahora, sólo es necesario recordar éstas.

Y decirlas así.

Sé lo que quieres decir.

Pero, si no está confirmada la fe en T, que es piedra en tu Reino…

No está bien el ponerse en manos de los enemigos.

Después…

Diremos y haremos lo demás…

Y la expresión de Judas es tan brillante de inteligencia y picardía, que conquista a todos…

Menos a Jesús, que suspira.

Es verdaderamente el hombre seductor al que nada le falta para triunfar sobre los hombres.

Jesús suspira y piensa…

Pero, sintiendo que no es del todo mala la medida propuesta por Judas, cede.

Y éste triunfante, formula todo su plan,

diciendo:

–              Nosotros pues, iremos mañana.

Y pasado mañana, hasta el día siguiente del sábado.

Estaremos en una cabaña hecha de ramas, en el valle del Cedrón,

como perfectos israelitas.

Ellos se cansarán de esperarte…

Y entonces irás.

Entretanto estarás aquí en paz, descansando.

Estás exhausto, Maestro mío.

Y nosotros esto no lo queremos.

Después de cerradas las puertas, uno de nosotros vendrá a decirte lo que hacen ellos.

¡Oh, será bonito verlos chasqueados!

Todos asienten y Jesús no opone resistencia.

Quizás el cansancio verdaderamente grande;

quizás el deseo de consolar a Lázaro, de darle todo el conforte antes de la lucha final;

contribuyen a que ceda.

Quizás también la necesidad real de mantenerse libre,

hasta que no se cumplan todas las obras que son necesarias

para que Israel no dude de su Naturaleza antes de juzgarlo como reo…

Lo cierto es que dice:

–                Pues así sea.

Pero no busquéis disputas.

Y evitad los embustes.

Mejor callad, pero no mintáis.

Ahora vámonos, que Martha nos llama.

Ven, Margziam.

Te encuentro con mejor aspecto…

Pasando un brazo en torno a los hombros del discípulo jovencito,

Se aleja hablando con él…

650 Dos Oasis de Paz


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485a Jesús llega con los apóstoles a Betania

Jesús está con las hermanas de Lázaro, en el quiosko de los jazmines, de la residencia de Bethania.

María Magdalena dice:

–             Nosotras…

Nosotras que sabemos muchas cosas,

que no se las decimos a Lázaro para no causarle dolor,

teníamos menos esperanza…

Porque pensábamos que no venías para escabullirte de los que te buscan…

Martha sí pensaba mucho esto.

Yo menos, porque… yo, si estuviera en tu lugar, desafiaría a los enemigos.

Yo no soy de esas que tienen miedo de los hombres.

Y ahora ya no tengo miedo tampoco de Dios.

Sé cuán bueno es para con las almas arrepentidas…

Termina María mirándolo con su mirada llena de amor.

Jesús pregunta:

–                ¿De nada tienes miedo, María?

–               Del pecado…

Y de mí misma…

Tengo siempre miedo de volver a caer en el mal.

Creo que Satanás me debe odiar mucho.

–               Tienes razón.

Eres una de las almas más odiadas por Satanás.

Pero eres también una de las más amadas por Dios.

Recuerda esto.

–               ¡Lo recuerdo!

¡Es mi fuerza este recuerdo!

Recuerdo lo que dijiste en casa de Simón.

Dijiste:

«Mucho se le perdona porque mucho ha amado»

Y a mí:

«Te son perdonados los pecados.

Tu fe te ha salvado.

Ve en paz».

Dijiste «los pecados».

No muchos.

TODOS.

Y entonces pienso Dios mío, en tu amor a mí, sin medida.

Pues bien, si mi pobre fe de entonces,

como la que podía haber nacido en un alma gravada de culpas, obtuvo tanto de Ti,

¿Mi Fe de ahora no podrá defenderme del Mal?

–               Sí, María.

Vela por ti misma y vigílate.

Es humildad y prudencia.

Pero ten fe en el Señor.

Él está contigo.

Entran en casa.

Marta va a ver a su hermano.

María quisiera servir a Jesús.

Pero Jesús quiere antes ir donde Lázaro.

Y entran en la habitación en penumbra en que se consuma el sacrificio.

Lázaro al verlo, exclama:

–                ¡Maestro!

–                ¡Amigo mío!

Los brazos esqueletados de Lázaro se extienden hacia arriba;

los de Jesús, hacia abajo para abrazar el cuerpo del amigo que languidece:

Se funden en un largo abrazo.

Luego Jesús coloca de nuevo al enfermo sobre las almohadas y lo contempla con piedad.

Pero Lázaro sonríe.

Está feliz.

En su rostro deshecho por el dolor,

sólo resplandecen vivaces los ojos hundidos,

iluminados con la alegría de tener allí a Jesús.

El Maestro le dice amorosamente:

–               ¿Lo ves?

He venido.

Y para estar mucho contigo.

Lázaro exclama:

–                ¡No puedes, Señor!

A mí no me dicen todo.

Pero sé lo suficiente, como para decirte que no puedes.

Al dolor que te causan, añaden el mío;

mi parte, no concediéndome expirar entre tus brazos.

Pero yo que te quiero, no puedo por egoísmo tenerte a mi lado, en el peligro.

Tú…

Ya he dado disposiciones…

Debes cambiar siempre de lugar.

Todas mis casas están abiertas para Ti.

Los custodios han recibido órdenes, como también los encargados de mis campos.

Pero no vayas al Getsemaní para estar allí un tiempo.

Está muy vigilado.

Me refiero a la casa.

Porque a los olivos, especialmente a los de arriba, puedes ir.

Y por muchos caminos, sin que lo sepan.

¿Sabes que Margziam está ya aquí`?

Algunos le hicieron preguntas mientras estaba en la almazara con Marcos.

Querían saber dónde estabas y si venías.

El muchacho respondió muy bien:

«Es israelita y vendrá. Por dónde, no lo sé, porque lo dejé en el Merón»

Así ha impedido que te tachasen de pecador y no ha mentido.

–             Te lo agradezco, Lázaro.

Seguiré tu consejo.

Pero de todas formas, nos veremos con frecuencia.

Lo sigue contemplando.

–                  ¿Me miras, Maestro?

¿Ves cómo me he quedado?

Como un árbol que se despoja de hojas en otoño yo, cada hora que pasa,

me despojo de carne,

de fuerza y de horas de vida.

Pero digo la verdad diciendo que, si siento el no vivir lo suficiente para ver tu triunfo,

exulto por marcharme para no ver -impotente como soy para frenarlo-

el odio que aumenta en torno a Ti.

–                 No eres impotente; nunca lo eres.

Eres providente para con tu amigo aun antes de que Él llegue.

Tengo dos casas de paz.

Y podría decir: igualmente queridas: la de Nazaret y ésta.

Si allí está mi Madre, el amor celeste casi cuanto el Cielo por el Hijo de Dios,

aquí tengo el amor de los hombres por el Hijo del hombre.

El amor amigo, creyente, venerante…

¡Gracias, amigos míos!

–               ¿Es que tu Madre no va a venir?

–               Al principio de la primavera.

–               ¡Oh, entonces yo ya no la volveré a ver!…

–               No.

la verás.

Yo te lo digo.

Me debes creer.

–               En todo, Señor.

Hasta en las cosas desmentidas por los hechos.

–               ¿Margziam dónde está?

–                En Jerusalén con los discípulos.

Pero viene aquí al atardecer.

Dentro de poco.

¿Y tus apóstoles?

¿No están contigo?

–               Están allá, con Maximino.

Que está atendiendo su cansancio y extenuación.

–              ¿Habéis caminado mucho?

–                Mucho.

Sin tregua.

Ya te contaré…

Ahora descansa.

Entretanto, te bendigo.

Y Jesús lo bendice y se retira.

649 Prueba de FE


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485 Jesús llega con los apóstoles a Betania

Los variados verdes de los campos que están en torno a Bethania aparecen a la vista

apenas salvado un picacho de monte,

apenas puesto el pie en la vertiente sur del monte,

que desciende con un camino en zigzag hacia Betania.

El verde plata de los olivos, el verde fuerte de los manzanos,

salpicado acá o allá de las primeras amarilluras de las hojas,

el desordenado y más amarillento verde de las vides,

el oscuro y compacto verde de los algarrobos y las encinas,

mezclados con el marrón de los campos, ya arados y a la espera de la semilla,

mezclados con el verde fresco de los prados, que echan la nueva hierba.

De los fértiles huertos, forman como una alfombra multicolor

para quien desde lo alto domina Bethania y sus alrededores.

y descollando sobre el verde más bajo, los pinceles de las palmas de dátiles,

siempre elegantes, siempre rememorativas del Oriente.

La pequeña ciudad de Ensemes,

acoclada en medio del verde y toda encendida de sol (de un sol que empieza su ocaso),

pronto queda atrás.

Y después queda atrás la fuente amplia, rica en agua,

situada un poco al norte donde empieza Bethania,

para  ver después las primeras casas entre el verde…

Han llegado después de mucho camino y camino fatigoso.

Y a pesar de estar cansadísimos…

Parecen recuperar sus fuerzas por el simple hecho de estar cerca de la casa amiga de Bethania.

La pequeña ciudad está calma, casi vacía.

Muchos habitantes deben haberse trasladado ya a Jerusalén para la fiesta.

Por eso, Jesús pasa inadvertido hasta los alrededores de la casa de Lázaro.

Sólo cuando está ya junto al jardín ensilvecido de la casa donde estaban todas aquellas zancudas,

encuentra a dos hombres que lo reconocen, lo saludan.

Y preguntan:

–              ¿Vas donde Lázaro, Maestro?

Haces bien.

Está muy mal.

Nosotros venimos de su casa.

Le hemos llevado la leche de nuestras burritas,

el único alimento que su estómago tolera todavía,

junto con un poco de miel y jugo de fruta.

Las hermanas no hacen más que llorar.

Están agotadas de vela y de dolor…

Y él no hace más que desear tu presencia.

Creo que ya habría muerto, pero el ansia de volverte a ver le ha hecho vivir hasta aquí.

Jesús dice:

–              Voy enseguida.

Dios esté con vosotros.

–              ¿Y… lo vas a curar? – preguntan curiosos.

–              La voluntad de Dios se manifestará en él.

Y con ella la potencia del Señor – responde Jesús, dejando perplejos a los dos.

Y se apresura a ir a la cancilla del jardín.

Lo ve un siervo y corre a abrir, pero sin ninguna exclamación de alegría.

Apenas abierta la cancilla, se arrodilla para venerar a Jesús,

diciendo con voz afligida:

–             ¡Bienvenido seas, Señor!

Quiera ser tu venida signo de alegría para esta casa llena de llanto.

Lázaro, mi señor…

–             Lo sé.

Resignaos todos a la voluntad del Señor, que premiará el sacrificio de vuestra voluntad a la suya.

Ve y llama a Martha y a María.

Las espero en el jardín.

El siervo se marcha corriendo.

Jesús lo sigue despacio;

después de haber dicho a los apóstoles:

–             Voy donde Lázaro.

Descansad, que lo necesitáis…

Y efectivamente, mientras se asoman a la puerta las dos hermanas.

Tienen dificultad en reconocer al Señor, pues muy cansados están sus ojos de vela y lágrimas.

Y el sol, dándoles precisamente en los ojos, aumenta la dificultad de ver.

Otros criados, por una puerta secundaria,

salen al encuentro de los apóstoles y los acompañan.

Jesús dice:

–               ¡Marta! ¡María!

Soy Yo.

No me reconocéis?

Las dos hermanas exclaman:

–               ¡Oh, el Maestro!

Y se echan a correr hacia Él.

Arrojándose a sus pies, a duras penas ahogando los sollozos.

Besos y lágrimas descienden sobre los pies de Jesús,

como ya en la casa de Simón el fariseo.

Pero esta vez Jesús no se queda inmóvil como entonces,

recibiendo el lavatorio del llanto de Martha y María;

esta vez se inclina y las toca en la cabeza, las acaricia y bendice con ese gesto.

Las obliga a levantarse,

mientras dice:

–               Venid.

Vamos a la pérgola de los jazmines.

¿Podéis dejar a Lázaro?

Más con gestos que con palabras, entre sollozos, dicen que sí.

Y van al quiosco umbrío, entre cuya fronda tupida y oscura,

alguna tenaz estrellita de jazmín albea y perfuma.

Jesús dice:

–              Hablad, pues…

Alternadamente ellas hablan:

–              ¡Oh, Maestro!

–              ¡Vienes a una casa bien triste!

–              El dolor nos ha entontecido.

–               Cuando el criado nos ha dicho: «Un hombre os busca», no hemos pensado en Ti.

–               Al verte, no te hemos reconocido.

–              Pero, ¿Ves?

Nuestros ojos están abrasados por el llanto.

–               ¡Lázaro está muriendo!…

El llanto vuelve…

E interrumpe las palabras de las dos hermanas.

–             Y Yo he venido…

Radiante de esperanza entre las lágrimas,

María dice:

–             ¿A curarlo?

¡Oh, mi Señor!

Juntando las manos con gesto de alegría,

Martha agrega:

–              ¡Ah, yo lo decía! Si Él viene…

Jesús responde:

–              ¡Marta, Marta!

¿Qué sabes tú de las operaciones y decretos de Dios?

Las dos exclaman juntas:

–              ¡Ay, Maestro!

–               ¿No lo vas a curar?

Y vuelven a sumirse en el dolor.

–               Yo os digo:

Tened una fe ilimitada en el Señor.

Seguid teniéndola, a pesar de toda insinuación…

Y acontecimiento…

Veréis grandes cosas cuando vuestro corazón ya no tenga motivo para esperar verlas.

¿Qué dice Lázaro?

María dice:

–              En sus palabras hay un eco de las tuyas.

Nos dice: «No dudéis de la bondad y poder de Dios.

Suceda lo que suceda, intervendrá para vuestro bien y el mío.

Y para el bien de muchos…

De todos los que como yo y como vosotros sepan permanecer fieles al Señor».

Martha agrega:

–                Y cuando está en condiciones de hacerlo, nos explica las Escrituras…

Ya es lo único que lee…

Y nos habla de Ti, diciendo que muere en un tiempo feliz,

porque la era de la paz y el perdón ha comenzado.

Pero, lo oirás…

Es que dice también otras cosas que nos hacen llorar incluso más que por él…

–             Ven, Señor.

Cada minuto que pasa es un minuto robado a la esperanza de Lázaro.

Contaba las horas…

Decía:

«Pues, para la fiesta estará en Jerusalén y vendrá…»

648 Parábola de la Granada


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

484a  parábola de la granada.

Jesús va justamente hasta el torrente y se sienta en una peña.

Sobre su cabeza, la leve sombra de un sauce;

al lado, las risueñas aguas que descienden.

La gente se sienta en la hierba nueva de las dos orillas.

Entretanto, han traído del pueblo pan, leche recién ordeñada, quesos, fruta y miel…

Y se lo ofrecen a Jesús para que coma de ello con los suyos.

Y lo miran comer, después de la ofrenda y bendición de los alimentos:

Como un mortal (¡Qué sencillo!)

Como un Dios (¡Qué soberanamente hermoso y espiritualmente imponente!)

Lleva una túnica de lana blanca…

(Un blanco levemente marfileño, como es el color de la lana hilada en casa)

Y el manto azul oscuro echado a la espalda.

El sol, filtrándose a través del sauce,

enciende sus cabellos con chispas de oro en continuo movimiento

que reproduce el de las livianas hojitas del sauce.

Y un rayo logra acariciarle la mejilla izquierda,

haciendo del esponjoso rizo en que termina la guedeja caediza sobre la mejilla;

una madeja de oro en hilos que repite más pálidamente su color,

en la blonda y no excesiva barba

que cubre el mentón y la parte baja de la cara.

La piel, de un color marfil antiguo;

a la luz del sol muestra el delicado bordado de las venas en las mejillas y en las sienes.

Y una de ellas atraviesa de la nariz al pelo la frente lisa y alta…

Y será precisamente de esa vena,

de donde caerá mucha sangre,

por una espina que la traspasaba durante la Pasión…

Siempre, cuando contemplamos a Jesús tan hermoso y compuesto en su varonil cuidado,

es imposible olvidar cómo quedó…

después de los sufrimientos y las agresiones de los hombres…

Jesús come…

Y sonríe a unos niños que están arrimados a sus rodillas, relajada la cabeza sobre ellas.

O que lo miran comer…

Asombrados al pensar que Jesús es Dios Encarnado

y ha tenido la Humildad de volverse como ellos…

Y Jesús, cuando llega a la fruta y la miel, les ofrece a ellos…

Y a los más pequeños cual si fueran pajarillos,

les pone en la boca granos de uva o migas untadas en la miel filamentosa.

Un niño al que sin duda le gustan y espera encontrarlas…

Se marcha corriendo por entre la gente en dirección a un árbol.

Vuelve con los brazos cruzados sobre su pequeño pecho,

haciendo de éste un cesto vivo en que descansan tres granadas

de un volumen y belleza maravillosos.

Se las ofrece a Jesús, insistiendo.

Jesús toma los frutos y abre dos de ellos;

los divide en tantas partes como pequeños amigos tiene.

Y las reparte.

Luego, tomando en la mano la tercera, se pone en pie;

teniendo en la palma izquierda, bien a la vista, la espléndida granada…

Y empieza a hablar:

–                 ¿Con qué compararé el mundo en general…

Y en particular Palestina, que estuvo unida,

-y lo está en el pensamiento de Dios- en una única nación,

y que luego se escindió por un error y por un obstinado odio entre hermanos?

¿Con qué compararé a Israel, así como está,

en el estado en que, por su voluntad, se halla?

Lo compararé con esta granada.

Y os digo en verdad, que las desavenencias que hay entre judíos y samaritanos se repiten,

en forma y medida distinta pero con una única sustancia de odio,

entre todas las naciones del mundo,

y en ocasiones entre provincias de una misma nación.

Y se consideran insalvables como si fueran cosas creadas por Dios mismo.

No.

El Creador no ha hecho tantos Adanes y tantas Evas como razas hay recíprocamente adversas,

como tribus hay,

como familias hay constituidas en enemigas la una de la otra.

Hizo a un solo Adán a una sola Eva.

Y de ellos han venido los hombres todos,

que se esparcieron luego para poblar la Tierra,

como si fuera una sola casa que va enriqueciéndose en el número de habitaciones

a medida que aumentan los hijos,

se casan y procrean a los nietos para sus padres.

¿Por qué entonces tanto odio entre los hombres, tantas barreras, tantas incomprensiones?

Habéis dicho:

«Sabemos estar unidos sintiéndonos hermanos».

No es suficiente.

Debéis amar también a los que no son samaritanos.

Mirad este fruto.

Ya conocéis su sabor, además de su belleza.

Está cerrado aún, como ahora.

Y ya os prometéis el jugo dulce de su interior;

abierto, alegra también la vista con sus filas apretadas de granos,

semejantes a rubíes dentro de un cofre.

Pero ¡Ay del incauto que lo mordiera sin haberle quitado las separaciones amarguísimas

puestas entre una y otra familia de granos!

Se intoxicaría los labios y las entrañas.

Y rechazaría el fruto diciendo:

«Es veneno»

Igualmente, las separaciones y los odios entre un pueblo y otro, una tribu y otra

transforman en veneno aquello que había sido creado para ser dulzura.

Son inútiles.

Lo único que hacen es, como en este fruto,

crear límites que comen espacio y producen incomprensión y dolor.

Son amargos.

Y a quien clava sus dientes, o sea,

a quien muerde a su prójimo a quien no ama,

para producirle daño y dolor,

le dan una amargura que envenena el espíritu.

¿No se pueden hacer desaparecer?

Se puede.

La buena voluntad los elimina;

de la misma forma que la mano de un niño quita las paredes de amargura en el dulce fruto

que el Creador hizo para deleite de sus hijos.

Y el primero que tiene buena voluntad es el mismo, único Señor,

Dios tanto de los judíos como de los galileos, de los samaritanos como de los batenos.

Y esto lo demuestra enviando al único Salvador, que salvará a éstos y a aquéllos

pidiendo sólo la fe en su Naturaleza y Doctrina.

El Salvador que os habla pasará derribando las inútiles barreras,

borrando el pasado que os ha dividido;

para sustituirlo por un presente que os hermane en su Nombre.

Vosotros todos, de aquí y de allende los confines,

lo único que tenéis que hacer es secundarlo y el odio caerá.

Y desaparecerá la postración que suscita rencor.

Y desaparecerá el orgullo que suscita injusticia.

Mi Mandamiento es éste:

Que los hombres se amen como hermanos que son.

Que se amen como el Padre de los Cielos los ama y como los ama el Hijo del hombre,

que por la naturaleza humana que ha asumido se siente hermano de los hombres.

Y que por su Paternidad se sabe dueño de vencer al Mal con todas sus consecuencias.

Habéis dicho: «Es nuestra ley no traicionar».

Entonces lo primero, no traicionéis a vuestras almas privándolas del Cielo.

Amaos los unos a los otros, amaos en Mí.

Y la paz descenderá sobre los espíritus de los hombres,

como ha sido prometido.

Y vendrá el Reino de Dios, que es Reino de paz y de amor

para todos aquellos que tienen recta voluntad de servir al Señor su Dios.

Os dejo.

Que la Luz de Dios ilumine vuestros corazones…

Vamos…

Se envuelve en su manto,

se pone en bandolera su saca y abre la marcha.

Junto a Él, a uno de los lados, Pedro.

Y al otro el notable que ha hablado al principio.

Detrás, los apóstoles.

Más atrás, puesto que en grupo no es posible caminar por el sendero que sigue el torrente…

Los jóvenes de Efraím…

647 Escapatoria Frustrada


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

484 Alto obligado en las cercanías de Efraím 

Y Jesús cree efectivamente, que con las primeras luces del alba podrá rebasar Efraím,

sin que nadie lo vea en la ciudad todavía silenciosa y con las calles desiertas.

Por prudencia orilla la ciudad sin entrar en ella, a pesar de que la hora sea más que matutina.

Pero cuando de la callecita que han recorrido, a espaldas del pueblo,

salen al camino de primer orden, se encuentran en frente a todo el pueblo reunido.

Y junto con los pobladores, a otros que han venido de los otros lugares ya rebasados.

Siendo éstos últimos, los que señalan a los de Efraím al Señor en cuanto lo ven aparecer.

Por suerte, faltan totalmente fariseos, escribas y otros semejantes.

Los notables, por voluntad de la gente de Efraím, se adelantan.

Uno de ellos, después de un solemne saludo,

dice por todos:

–             Hemos sabido que estabas entre nosotros…

Y que no te habías desdeñado de compadecerte de ninguno.

Sabíamos ya que habías sido compasivo con los de Siquem.

Y hemos deseado tu Presencia.

Ahora Aquel que ve los pensamientos de los hombres te ha guiado a nosotros.

Quédate y habla, porque también nosotros somos hijos de Abraham.

Jesús responde:

–             No me es dado quedarme…

–             ¡Oh, sabemos que te buscan!

Pero no por aquí.

Esta ciudad está en el límite del desierto y de las Montañas de la sangre.

Ellos no pasan con gusto por aquí.

Y esta vez además,

después de los primeros no hemos vuelto a ver a ninguno.

–             No puedo quedarme…

–             Te espera el Templo.

Lo sabemos.

Pero, créenos.

Nos consideráis gente proscrita porque no inclinamos la frente ante los pontífices de Israel.

¿Pero es que el pontífice es Dios?

Estamos lejos, pero no tanto como para no saber que vuestros sacerdotes

no son menos indignos que los nuestros.

Y nosotros pensamos que Dios no puede ya estar con ellos.

No.

Tras la nube del incienso ya no se cela el Altísimo.

Podrían dejar de quemarlo.

Y podrían entrar en el Santo de los Santos sin miedo a quedar reducidos a cenizas,

por el fulgor de Dios asentado en su gloria.

Nosotros adoramos a Dios, sintiéndolo fuera de las piedras deshabitadas de los templos vacíos.

Y para nosotros no está más vacío nuestro templo que el vuestro,

si queréis acusarnos de tener un templo ídolo.

Como ves, somos ecuánimes.

Escúchanos, pues.

Adquiere un tono solemne,

agregando:

–            Mejor sería que te quedaras a adorar al Padre entre aquellos que al menos,

reconocen que tienen un espíritu de religión vacío de verdad como los demás,

que no quieren reconocer esto y nos ofenden.

Solos, evitados como leprosos, sin profetas, sin doctores;

nosotros hemos sabido al menos, estar unidos sintiéndonos hermanos.

Y nuestra ley es no traicionar.

Porque está escrito (Éxodo 22, 20; 23, 2-3; Deuteronomio 16, 19; 28, 14; 27, 24-25):

«No sigas a la turba para hacer el mal;

en el juicio no te apartes de la verdad por adecuarte al parecer de la mayoría».

Está escrito: «No quites la vida al inocente y al justo, porque yo aborrezco al impío.

No aceptes dones, que ciegan incluso a los sabios y subvierten las palabras de los justos.

No hostigues al extranjero;

porque vosotros sabéis lo que quiere decir ser extranjeros en la tierra de otros».

Y en las bendiciones dichas precisamente en el Garizim, el monte amado del Señor,

que si lo eligió como monte de bendición,

se promete toda bendición a quien se atiene a la verdadera Ley que está en el Pentateuco.

Ahora bien, si rechazamos como ídolos las palabras de los hombres, pero conservamos las de Dios,

¿Podemos, acaso, ser llamados idólatras?

La maldición de Dios cae sobre el que ataca escondidamente a su prójimo

y acepta dones para condenar a muerte a un inocente.

Nosotros no queremos ser maldecidos por Dios por nuestras acciones.

Porque por ser samaritanos no seremos maldecidos,

siendo Dios el Justo que premia el bien donde se halla.

Ésta es nuestra confianza en el Señor.

Se recoge un instante,

luego continúa:

–               Por todo esto, te decimos:

Sería mejor para Ti quedarte con nosotros.

El Templo te odia y te busca para causarte dolor.

Y no sólo eso.

Siempre estarás demasiado con aquellos que te rechazan como a un oprobio.

No de los judíos te vendrá el amor.

–             No puedo quedarme.

Pero recordaré vuestras palabras.

Entretanto, os digo que perseveréis en la observancia de las leyes de justicia que habéis recordado

y que brotan del precepto del amor al prójimo:

el precepto que con el del amor a Dios,

forma el Mandamiento Principal de la Religión antigua y de la mía.

Para el que vive como justo no está lejos el camino del Cielo.

A los que están en el sendero cercano, separados ya sólo por puntillo, más que por una convicción,

un solo paso los llevará al camino del Reino de Dios.

–             ¡Tu Reino!

–             El mío.

Pero no el Reino como lo imaginan los hombres…

Reino de poder temporal, justo y a lo mejor, violento para ser poderoso,

sino el Reino que empieza dentro del corazón de los hombres,

a quienes el Rey espiritual da un código espiritual y dará un premio espiritual.

Dará el Reino.

Este Reino que no estará habitado exclusivamente por judíos, galileos o samaritanos;

sino por todos aquellos que en la Tierra tuvieron una única fe:

la mía.

Y en el Cielo llevarán un único nombre:

santos.

Las razas…

Y las divisiones entre raza y raza, se quedan en la Tierra, limitadas a ella.

En mi Reino no habrá razas distintas,

sino únicamente la de los hijos de Dios.

Los hijos de Uno Solo pueden ser sólo de una única estirpe.

Ahora dejadme continuar.

Todavía es largo el camino que debo recorrer antes de que llegue la noche.

–            ¿Vas a Jerusalén?

–            A Ensemes.

–            Entonces te vamos a indicar un camino que sólo nosotros conocemos,

para ir al vado sin sufrir demora ni hostilidad.

No llevas cargas ni carros, así que puedes ir por él.

Para nona estarás en el lugar.

Y conocer ese sendero será bueno para Ti.

Pero descansa entre nosotros una hora, aceptando el pan y la sal.

Y danos a cambio tu palabra.

–              Hágase como queréis.

Pero vamos a quedarnos aquí donde estamos.

El día está muy plácido y este lugar es muy hermoso.

En efecto, están en una depresión cubierta de árboles frutales.

Por su centro fluye un pequeño torrente alimentado por las primeras lluvias,

que corre hacia el Jordán, cantarín y luciente bajo el sol;

bajando por entre piedras grandes que lo fragmentan en espumas nacaradas.

En las dos orillas, los arbustos, que han resistido el verano,

parecen gozar del agua rota en espuma y diminutamente polvorizada.

Brillando intensa, dulcemente trémulos por un viento templado con sabor a manzanas maduras

y a mostos en fermentación.