Publicaciones de la categoría: BIOGRAFIA DE JUDAS

230.- EL LABERINTO


1CENCUL~1

Dos días después… El Miércoles de Pascua…

Los Diez están en el patio del Cenáculo y conversan…

Simón Zelote dice:

–                       Estoy muy preocupado porque Tomás no se ha dejado ver. Y no sé dónde encontrarlo.

Juan:

–                       Tampoco yo.

Varios dicen:

–                       No está en la casa de sus padres.

–                       Nadie lo ha visto.

–                       ¿Lo habrán aprehendido?

Juan:

–                       Si así fuera, el Maestro no hubiera dicho: “Diré lo demás cuando llegue el que está ausente.”

Zelote:

–                       Es verdad. Voy a ir otra vez a Bethania. Tal vez ande por los montes y no tiene valor para acercarse.

2tomas

Mateo:

–                       Ve, ve, Simón. A todos nos reuniste y nos salvaste al llevarnos con Lázaro. ¿Os acordáis de lo que el Señor dijo de él?: “Fue el primero que en mi Nombre ha perdonado y guiado.” ¿Por qué no lo pondrá en lugar de Iscariote?

Felipe:

–                       Porque no ha de querer dar a su amigo fidelísimo el lugar del Traidor.

Pedro:

–                       En la mañana, oí… Cuando estaba con los vendedores de pescado en el mercado… Y sé que no fue una habladuría, pues conozco al que lo dijo. Que los del Templo no saben qué hacer con el cuerpo de Judas. Nadie quiere retirarlo…  No saben quién habrá sido; pero encontraron dentro del recinto sagrado su cuerpo totalmente corrompido y con la faja todavía amarrada al cuello. Me imagino que fueron los paganos quienes lo descolgaron y lo arrojaron allí. Quién sabe cómo…

3templo-de-salomon

Santiago de Alfeo:

–                       Pues a mí me dijeron en la fuente, que desde el domingo por la tarde, las entrañas del Traidor, estaban esparcidas desde la casa de Caifás, hasta la de Annás. Ciertamente se trata de paganos; porque ningún hebreo hubiera tocado jamás el cuerpo, después de cinco días…  ¡Quién sabe cuán corrompido estaba ya!

Juan se pone palidísimo, al recordar lo que vio.

Y exclama:

–                       ¡Qué horror! ¡Ya estaba corrompido desde el sábado!

Bartolomé:

–                       ¡Y arrojarlo en el lugar sagrado!… ¡Profanar el Templo de esa manera!…

Andrés:

–                       Pero, ¿Quién podía hacerlo? ¡Si tienen guardias por todos lados!…

Felipe:

–                       A menos que haya sido Satanás…

4demonio

Mateo:

–                       Pero como fue a parar al lugar donde se colgó. ¿Era suyo?

Nathanael:

–                       ¿Y quién supo algo con certeza sobre Judas de Keriot? ¿Os acordáis cuán difícil y complicado era?

Zelote:

–                       Dirías mejor mentiroso, Bartolomé. Jamás fue sincero. Estuvo con nosotros tres años y nunca se nos integró. Y nosotros que siempre estábamos juntos, cuando estábamos con él, parecía como si nos topásemos contra una muralla.

Tadeo:

–                       ¿Una muralla? ¡Oh, Simón! Mejor di un laberinto…

5laberinto

Juan:

–                       Oídme. Ya no hablemos de él. Me parece como si al recordarlo, lo tuviésemos todavía aquí con nosotros y que volviera a darnos camorra. Quisiera borrar su recuerdo no solo de mí, sino de todo corazón humano, hebreo o gentil. Hebreo, para que no enrojezca de vergüenza, por haber salido de nuestra raza semejante monstruo. Gentil, para que ninguno de ellos llegue a decir: ‘Su Traidor fue uno de Israel’

Soy un muchacho y comprendo que no debería hablar antes que Pedro, que es nuestra cabeza. Pero como quisiera que lo más pronto posible se nombre a alguien para que ocupe su lugar. Uno que sea santo. Porque mientras vea ese lugar vacío en nuestro grupo, veré la boca del Infierno con sus hedores, sobre nosotros. Y tengo miedo de que nos engañe…

Andrés:

–                       ¡Qué no, Juan! Te ha quedado una espantosa impresión de su Crimen y de su cuerpo pendiente del árbol.

Juan objeta:

–                       No, no. También María lo ha dicho: “He visto a Satanás, al ver a Judas de Keriot” ¡Oh, Pedro! ¡Tratemos de buscar a un hombre santo que ocupe su Lugar!

6satan

Pedro:

–                       Escúchame. Yo no escojo a nadie. Si Él que es Dios, escogió a un Iscariote,  ¿Qué voy a escoger el pobre de mí?

Tadeo:

–                       Y con todo, tendrás que hacerlo.

Pedro:

–                       No, querido. Yo no escojo a nadie. Lo preguntaré al Señor… Basta con los pecados que he cometido.

Santiago de Alfeo dice desconsolado:

–                       Tenemos muchas cosas que preguntar. La otra noche nos quedamos como atolondrados. Nos falta aprender muchas cosas… Y cómo vamos a hacer para saber lo que está mal ¿O no lo está? Mira como el Señor se expresa de nosotros, muy diferente de los paganos. Mira cómo encuentra excusa ante una cobardía o negación. Pero no ante la duda sobre su Perdón. ¡Oh! ¡Tengo miedo de equivocarme!

Santiago de Zebedeo lo apoya:

–                       No cabe duda de que nos ha dicho tantas cosas. Pero me parece que no he entendido nada. Desde hace una semana estoy como tonto. Parece que tuviera un agujero en la cabeza…

Todos confiesan sentirse igual.

Sigue un largo silencio que es interrumpido por los toques en la puerta. Todos se quedan callados y esperan. Cuando un siervo va a abrir, todos se quedan sorprendidos y lanzan un ‘¡Oh!’ De emoción al ver que entra en el vestíbulo Elías junto con Tomás…

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Un Tomás tan cambiado, que está irreconocible.

Todos los rodean con gritos de júbilo:

–                       ¿Sabes que Jesús ha Resucitado y que ha venido?

–                        Espera tu regreso.

Tomás contesta:

–                       Lo sé. Me lo ha dicho también Elías. Pero no lo creo. Creo en lo que mis ojos ven. Y veo que todo ha terminado. Veo que estamos dispersos. Veo que no hay ni un sepulcro, a donde se le pueda ir a llorar… Veo que el Sanedrín se quiere librar de su cómplice… Y por eso ha decretado que se le entierre a los pies del olivo donde se colgó, como si fuese un animal inmundo.

8-suicidio-de-judas-

Y también se quiere liberar de los seguidores del Nazareno. En las Puertas me detuvieron el viernes y me dijeron: ‘¿Eras también uno de los suyos? Está Muerto. No hay nada que hacer. Vuelve a trabajar el oro.’ Y huí…

1templo-jerusalen

Zelote:

–                       ¿A dónde? Si te buscamos por todas partes.

–                       ¿A dónde? Fui a la casa de mi hermana que vive en Rama. Luego no me atreví a entrar, porque no quise que me regañara una mujer… Desde entonces vagué por las montañas de la Judea.

Ayer terminé en Belén. Fui a su Gruta. ¡Cuánto he llorado!… Me dormí entre las ruinas y allí me encontró Elías, que había ido… No sé por qué.

9Birth of Christ - Carl Bloch

Elías contesta:

–                       ¿Por qué? Porque en las horas de alegría o de dolor intensos, se va  dónde se siente más a Dios. En esa gruta mi alma se siente acariciada por el recuerdo de su llanto de pequeñín…

Esta vez yo fui para gritar mi felicidad y tomar lo más que pudiera de Él, porque queremos predicar su Doctrina y esas ruinas nos ayudarán. Un puñado de esa tierra. Una astilla de esos palos que lo vieron Nacer. No somos santos, para tener el atrevimiento de tomar tierra del Calvario…  

10redencion

Pedro:

–                       Tienes razón, Elías. También nosotros lo haremos. ¿Y Tomás?…

–                       Dormía y lloraba. Le dije: ‘Despiértate. No llores más. Ha resucitado’ No quiso creerme. Pero tanto le insistí, que lo convencí. Y aquí está ahora, lo he traído con vosotros. Y yo me retiro. Voy a unirme con mis compañeros que han ido a Galilea. La paz sea con vosotros.

Elías se va.

Y Pedro dice:

–                       Tomás, ¡Ha resucitado! Te lo aseguro. Estuvo con nosotros. Comió. Habló. Nos bendijo. Nos perdonó. Nos ha dado potestad de perdonar… ¡Oh! ¿Por qué no viniste antes?

Tomás no se ve libre de su abatimiento.

Tercamente mueve la cabeza y dice convencido:

–                       Yo no creo. Habéis visto un fantasma. Todos vosotros estáis locos. Sobre todo, las mujeres. Un muerto no resucita por sí mismo.

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Felipe:

–                       Un hombre no. Pero Él es Dios.

–                       Sí creo que es Dios. Pero porque lo creo, pienso y digo que por más Bueno que sea, no puede regresar a nosotros que tan poco le amamos. Igualmente aseguro que por más Humilde que sea, ya estará harto de haber tomado nuestra carne. No. Seguro que está en el Cielo, cual Vencedor. Y puede ser que se digne aparecer como Espíritu. He dicho: Tal vez… ¡Porque ni siquiera de esto somos dignos! Pero que haya resucitado en carne y huesos… ¡No lo creo!

12tomas

Tadeo:

–                       Si lo hemos besado. Y lo vimos comer. Hemos oído su voz, tocamos su mano y vimos sus heridas.

Aunque así sea, no creo. No puedo. Necesito ver para creer. Si no veo en sus manos el agujero de los clavos y no meto en ellas mi dedo. Si no toco las heridas de sus pies y si no meto mi mano en el agujero que hizo la lanza, no creeré. No soy un niño, ni una mujercilla. Quiero la evidencia. Lo que mi razón no puede aceptar, lo rechazo. Y no puedo aceptar lo que me decís.

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Juan:

–                       Pero, ¡Tomás! ¿Crees que te queremos engañar?

–                       No. Más bien os agradezco que seáis tan buenos, de querer darme la paz que habéis logrado obtener con vuestra ilusión. Pero… No. No creo en su Resurrección.

Bartolomé:

–                       ¿No tienes miedo de que te vaya a castigar? Él sabe y ve todo. Tenlo en cuenta.

–                       Le pido que me convenza. Tengo cabeza y la uso. Que Él, Señor de la Inteligencia humana, enderece la mía si está extraviada.

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Zelote:

–                       Pero la razón como Él lo ha dicho, es libre.

–                       Con mayor razón no puedo sujetarla a una sugestión colectiva. Os quiero. Y quiero mucho al Señor. Le serviré como pueda. Y me quedaré con vosotros. Predicaré su Doctrina. Pero no puedo creer, sino lo que veo. 

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Todos intervienen para tratar de convencerlo… Pero Tomás es obstinado y no escucha a nadie más que a sí mismo.

Le hablan todos de lo que han visto y de cómo lo han visto.  Le aconsejan que hable con la Virgen.  Pero él mueve su cabeza. Se ha sentado sobre la banca de piedra, que es menos dura que su razón y…

Tercamente repite:

–                       Creeré si lo veo. 

16apostoles

Los apóstoles mueven la cabeza, pero nada pueden hacer. Lo invitan a que pase al comedor, para cenar. Se sientan dónde quieren, alrededor de la mesa donde se celebró la Pascua…  Pero el lugar de Jesús, es considerado sagrado.

Las ventanas están abiertas, al igual que las puertas. La lámpara con dos mechas, esparce una luz débil sobre la mesa. Lo demás en el amplio salón, está sumergido en la penumbra.

Juan tiene a su espalda una alacena. Y está encargado de dar a sus compañeros, lo que deseen comer. El pescado asado, ya está sobre la mesa. Así como el pan, la miel, las aceitunas, las nueces y los higos frescos. Juan está volteado, tomando de la alacena el queso  que su hermano Santiago le pidió. Y ve… Se queda paralizado, con el plato en la mano…

Entonces en la pared que está detrás de los apóstoles como a un metro del suelo, con una luz tenue y fosforescente… Como si saliese de las penumbras en las capas de una niebla luminosa, emerge cada vez más clara la figura de Jesús.

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Parece como si su cuerpo, con la luz que llega inmaterial al principio; poco a poco se va materializando más y más, hasta que su Presencia se manifiesta totalmente real.

Está vestido de blanco. Hermosísimo. Amoroso. Sonriente. Con los brazos abiertos y las palmas de sus manos expuestas. Las llagas parecen dos estrellas diamantinas, de las que brotan vivísimos rayos de Luz…

Las llagas que no se ven; porque el vestido las oculta, son los pies y el costado… Y también de allí brota la luz. Al principio parece como si estuviera bañado por la luna. Finalmente aparece su cuerpo concreto. Es Jesús. El Dios-Hombre. Pero más solemne y majestuoso, desde que Resucitó.

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Todo esto sucedió en el lapso de unos tres segundos. Nadie más se ha dado cuenta. Hasta que Juan pega un brinco y deja caer sobre la mesa el plato con el queso… Apoya las manos en la orilla y se inclina, como si fuese atraído por un imán y lanza un ¡Oh! Apagado, que todos oyen…

Con el ruido del plato que cayó y el salto de Juan…  Al verlo extasiado, miran en la misma dirección que Él ve…

1jmisericordioso

Y ven a Jesús.

Felices y llenos de entusiasmo, se ponen de pie. Y se dirigen hacia Él.

Jesús, con una sonrisa mucho mayor, avanza hacia ellos. Caminando por el suelo, como cualquier mortal.

Jesús, que antes había mirado solo a Juan, acariciándolo con la mirada.

Los mira a todos y dice:

–                       La paz sea con todos vosotros.

Todos lo rodean jubilosos.

Pedro y Juan de rodillas. Otros de pie, pero inclinados, lo reverencian y lo adoran. El único que se queda como cohibido, es Tomás.

Está arrodillado junto a la mesa. En el mismo lugar donde estaba sentado, pero no se atreve a acercarse…  Y hasta parece como si quisiera hallar, un lugar donde ocultarse.

Jesús extiende sus manos para que se las besen.

Los apóstoles las buscan con ansia sin igual.

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Jesús los mira, como si buscase al Undécimo. Claro que Él hace así para dar tiempo a Tomás, a que tenga valor para acercarse… Al ver que el incrédulo apóstol; avergonzado por lo que siente, que no se atreve a hacerlo…

Lo llama:

–                       Tomás. Ven aquí.

El apóstol, totalmente desconcertado… Levanta la cabeza y tiene los ojos llenos de lágrimas… Pero no sabe qué hacer. Baja la cabeza y ya no se mueve…

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Jesús da unos pasos a donde él está y vuelve a ordenar:

–                       Ven aquí, Tomás.

La voz de Jesús, es más imperiosa que antes.

Tomás se levanta a duras penas y completamente  avergonzado, se dirige lentamente a donde está Jesús.

Jesús exclama:

–                       Ved a quién no cree, si no ve. –y en su voz hay un tono de Perdón.

22Resucitadoapostoles

Tomás lo siente. Mira a Jesús y lo ve sonreír… Toma valor y corre hacia él.

Jesús le dice:

–                       Ven aquí. Acércate. Mira… Mete tu dedo, si no te basta con mirar en las heridas de tu Maestro.

Jesús extiende su mano. Se descubre el pecho y muestra la herida.

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Ahora la luz ya no brota de las llagas. Desde el momento en que caminó como cualquier mortal, la luz cesó. Las heridas son reales. Dos agujeros abiertos… Uno en la muñeca derecha y otro en la mano izquierda.

Tomás tiembla. Pero no toca…  Mueve sus labios y no sale ni una palabra.

Jesús ordena con una dulzura infinita:

–                       Dame tu mano, Tomás.

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Con su mano derecha toma la del apóstol. Le toma el dedo índice y lo pone dentro de la herida de la mano izquierda, hasta hacerle sentir que está bien atravesada. Después le toma los cuatro dedos y los introduce en la herida del costado.

Y mientras tanto, mira a Tomás… Una mirada dura y dulce al mismo tiempo…

Y le dice:

–                       Ya no quieras ser un hombre incrédulo, sino de Fe.

Tomás por fin se atreve a hablar. Con la mano dentro del Corazón de Jesús, sus palabras brotan entrecortadas por el llanto…

25incredulidad

Y cae de rodillas al pronunciarlas, con los brazos levantados por el arrepentimiento…

Tomás grita:

–                       ¡Señor mío y Dios mío!

No dice más.

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Jesús lo perdona. Le pone su mano derecha sobre la cabeza y…

Le responde:

–                       Dignos de alabanza serán los que creerán en Mí, sin haberme visto. ¡Qué premio les daré si tengo en cuenta vuestra fe, que ha necesitado verme para creer!… 

27TOMAS TOCANDO EL COSTADO DE CRISTO

Luego pone su brazo sobre la espalda de Juan… Toma a pedro de la mano y se sientan a la mesa. Jesús ocupa su lugar. Están sentados como en la noche de la Pascua. Pero Jesús quiere que Tomás se siente enseguida de Juan.

Luego dice:

–                       Comed amigos.

Pero nadie tiene hambre. Rebosan de alegría. La alegría de contemplarlo.

Jesús toma todos los alimentos, los ofrece, los bendice y los reparte. Él toma un pedazo de miel, le da a Juan y toma lo demás.

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Luego dice:

–                       Amigos, no debéis asustaros cuando Yo me aparezco. Soy siempre vuestro Maestro, que ha compartido con vosotros el pan, la sal y el sueño. Que os eligió porque os ha amado. También ahora os sigo amando…

29ascension

Y Jesús continúa hablando. Enseñando. Dando instrucciones…

Finaliza diciendo:

–                       Cuando me amáis hasta vencer todo por Mí; tomo vuestra cabeza y vuestro corazón en mis manos llagadas y con mi Aliento os inspiro mi Poder. Os salvo a vosotros, hijos a quienes amo. Os hacéis hermosos, sanos, libres y felices. Os convertís en los hijos queridos del Señor. Os hago portadores de mi Bondad, entre los pobres hombres; para que los convenzáis de ella y de Mí. Tened fe en mí. amadme. No temáis. Todo lo que he sufrido para salvaros, sea la prenda segura de mi corazón, de vuestro Dios.

Cuando me necesitéis, invocadme… Yo vendré inmediatamente y os daré lo que anhela vuestro corazón. Es tan dulce para Mí, contestar a mis hijos que me llaman… Sobre todo a los que desean conocerme y comprobar el amor infinito que les tengo… Llamadme así: JESÚS. JESÚS. JESÚS. ‘Ven a mí Señor y dame tu Amor …’

30jresucitado (2)

Soy el Primogénito de los Resucitados. Igual será en vosotros. Tanto en la tierra como en el Cielo; SOY YO… VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE; con mi Divinidad, mi Cuerpo, mi Alma, mi Sangre; Infinito cual mi Naturaleza Divina Es. Contenido en un Fragmento de pan, como mi Amor lo Quiso, Real, Omnipresente, Amante, Verdadero Dios,

31Eucaristia1

Verdadero Hombre; Alimento del Hombre hasta la consumación de los siglos. Gozo Verdadero de los elegidos, no para el Tiempo, sino para la Eternidad.

LA EUCARISTIA ES EL ÚLTIMO MILAGRO DEL HOMBRE-DIOS.

32Juan-Jesus-Eucaristia-Pan-Vino-sacrificio-Misa

LA RESURRECCIÓN ES EL PRIMER MILAGRO DEL DIOS-HOMBRE.

Que por Sí Mismo trasmuta su cadáver,  el Viviente Eterno, porque soy el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin.

33tomas

Juan canta:

¡Ven Señor Jesús! ¡Ven Amor Eterno! ¡Ven Señor Excelso! ¡Digno Eres de tomar el Libro y de abrir los Sellos! Ya que Tú fuiste degollado y con tu Sangre compraste para Dios, a hombres de toda raza, pueblo y nación. Los hiciste Reino y Sacerdotes para nuestro Dios. Y dominarán toda la Tierra. ¡Digno es el Cordero que ha sido Degollado, de recibir, el Poder y la Riqueza, la Sabiduría, la Fuerza y la Honra! ¡La Gloria y la Alabanza al que está sentado en el Trono y al Cordero! ¡Alabanza, Honor, Gloria y Poder, por los siglos de los siglos! Amén.

34segunda-venida1

Al día siguiente…

Los apóstoles toman sus mantos y preguntan:

–                       ¿A dónde vamos Señor?

Cuando se dirigen a Jesús ya no lo hacen con la familiaridad de antes. Parece como si hablasen con su alma arrodillada. El Maestro que su fe creía ser Dios; pero que estaba junto a sus sentidos, pues era un Hombre…

35cristo20resucito

Ahora es el Señor…  Es Dios. Y lo miran como el verdadero creyente, mira la Hostia Consagrada.

36mir1

El amor los empuja a que sus ojos se claven en el Amado. Pero el temor los hace bajar los ojos.

Y es que aun cuando Jesús sea el mismo, después de su Resurrección ya no es el mismo. Aunque su cuerpo sea verdadero, sin embargo es diferente. Se ha revestido de su majestad de Rey del Universo y su aire de súplica, ya desapareció.

37Christ

Se ha revestido de una majestad divina. El Jesús Resucitado parece todavía más alto y robusto. Libre de todo peso, seguro, victorioso, infinitamente Majestuoso y Divino.

Atrae e infunde temor al mismo tiempo. Ahora habla poco. Y si no responde. No insisten. Todos se han vuelto tímidos en su Presencia.

Y si como ahora, extiende su mano para tomar su manto, ya no corren como antes para ayudarle, cuando los apóstoles se disputaban el honor de hacerlo. Parece como si tuvieran miedo de tocar su vestidura y su cuerpo.

38Christ Blessing the Little Child, 1873

Debe ordenar, como ahora lo hace:

–                       Ven Juan. Ayuda a tu Maestro. Estas heridas son verdaderas heridas. Y las manos heridas no son ágiles como antes…

Juan obedece y ayuda a Jesús a ponerse su amplio manto. Parece como si vistiera a un pontífice, por los gestos majestuosos que asume, procurando no lastimarlo.

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Jesús dice:

–                       Vamos al Getsemaní. Debo enseñaros algo… Tenemos que borrar muchas cosas.

En varias caras se dibuja el pavor al preguntar:

–                       ¿Vamos a ir al Templo?

Jesús responde:

–                       No. Lo santificaría con mi Presencia y no se puede. No hay más redención para él. Es un cadáver que rápidamente se descompone, pues no quiso la Vida… Y pronto desaparecerá… 

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

227.- “IMAGINACIÓN DE MUJERES”


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Las mujeres que salieron antes del amanecer, para ir al sepulcro a embalsamar bien a Jesús, caminan a lo largo del muro sumido en la penumbra. Avanzan presurosas y calladas. Van bien arropadas y miedosas de tanto silencio y soledad. Luego, cobrando ánimo a la vista de la absoluta tranquilidad que reina en la ciudad, se reúnen en grupo y dejando el miedo a un lado, hablan.

Susana pregunta:
–           ¿Estarán ya abiertas las puertas?

Salomé responde:

–           Claro. Mira allá al primer hortelano que entra con verduras. Se dirige al mercado.- y mirando a Magdalena añade- ¿Nos dirán algo?

Magdalena interroga:

–           ¿Quién?

–           Los soldados, en la puerta Judiciaria… Por allí… entran pocos y salen menos… Podríamos levantar sospecha…

–           ¡Y qué con eso! Nos verán…  Y verán a cinco mujeres que van al campo. Nos pueden tomar por quienes, después de haber celebrado la Pascua regresan a su ciudad.

–           Pero… para no llamar la atención de ningún malintencionado, ¿Por qué mejor no salimos por otra puerta y luego damos vuelta a lo largo del muro?…

–           Se haría más largo el camino.

–           Pero estaríamos más seguras. Vamos a la puerta del Agua…

Magdalena responde secamente:

–           ¡Oh, Salomé! ¡Si yo fuera tú, escogería la puerta Oriental! Sería más largo el recorrido… ¡Olvidas que hay que hacerlo pronto y volver presto!

1puertajudiciaria

Todas le ruegan:

–           Entonces escojamos otra, pero no la Judiciaria.

–           Sé buena…

Magdalena concede:

–           Está bien… Y ya que lo queréis, pasaremos por donde Juana. Nos pidió que se lo hiciéramos saber. Si fuéramos derecho, no habría necesidad. Pero como queréis dar una vuelta más larga, pasemos por su casa…

–           ¡Oh, sí! También por los guardias que hay allí… Juana es conocida y respetada…

Martha dice:

–           Propondría que se pasase por la casa de José de Arimatea. Es el dueño del lugar.

Magdalena se detiene y contesta:

–           ¡Claro! ¡Hagamos ahora un cortejo para que nadie repare en nosotras! ¡Oh, qué cobarde hermana tengo! Más bien, Marta, hagamos así. Yo me adelanto y espero. Vosotras venís con Juana. Me pondré en medio del camino…  Si hay peligro alguno, me veréis y regresaremos. Os aseguro que los guardias ante esto que previne, (enseña una bolsa llena de monedas) nos dejarán hacer todo.

Susana dice:

–           Lo diremos también a Juana. Tienes razón.

Magdalena decide:

–           Entonces id, que yo me voy por mi parte.

Martha dice temerosa por ella:

–           ¿Te vas sola, María? Voy contigo.

–           No. Tú vete con María de Alfeo a la casa de Juana. Salomé y Susana te esperarán cerca de la puerta, del lado del afuera de los muros. Luego tomaréis juntas el camino principal. Hasta pronto.

Magdalena no da pie a otros posibles pareceres y se va veloz con su bolsa de perfumes y el dinero en el seno. Pasa por la puerta Judiciaria para llegar más pronto. Nadie la detiene…

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Las otras la miran… Y se van.

Más adelante en otra calle, vuelven a dividirse…

Salomé y Susana siguen adelante por la calle, entre tanto que Marta y María de Alfeo llaman al portón de hierro de la rica mansión de Juana de Cusa.

Cuando están en el atrio esperándola, sucede el breve y fuerte terremoto que vuelve a aterrorizar a todos los habitantes de Jerusalén, que no han olvidado los sustos del Viernes.

Magdalena por su parte, está exactamente en los linderos del huerto de José de  Arimatea, cuando la sorprende el poderoso rugir de esta señal celestial.

María siente el sacudimiento y cae por tierra, murmurando:

–           ¡Señor mío!

Luego se levanta y corre veloz hacia el huerto. El celeste meteoro ha entrado destruyendo sello y cal puestos para refuerzo de la tumba. Con el estruendo cae la puerta de piedra, dejando como muertos a los guardias aterrorizados.

María al llegar ve a estos carceleros del Triunfador echados por tierra como un manojo de espigas segadas, pero no relaciona el terremoto con la resurrección.

Y cuando  contempla aquel espectáculo piensa que haya sido un castigo de Dios contra los profanadores del sepulcro de Jesús y…

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Cayendo de rodillas grita:

–           ¡Ay de mí! ¡Lo han robado!

Queda destrozada. Se desploma llorando como una niña al encontrar la tumba vacía.

Luego se levanta y corre para ir a decirlo a Pedro y Juan.

Y como no piensa sino en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de sus compañeras, ni de esperarlas en el camino… Como  una gacela regresa por la puerta Judiciaria…  Vuela por las calles y llega hasta el Cenáculo. Toca fuertemente en el portón y le abren.

Magdalena pregunta angustiada:

–           ¿Dónde están Juan y Pedro?

La mujer señala el Cenáculo y dice:

–           Allí.

Los dos discípulos la miran sorprendidos, cuando ella en voz baja por compasión a la Virgen, pero llena de dolor…

Magdalena dice:

–           ¡Se han llevado al Señor del Sepulcro! ¡Quién sabe dónde lo habrán puesto!

Los dos apóstoles dicen al mismo tiempo:

–           ¡Pero cómo!

–           ¿Qué estás diciendo?

Magdalena responde ansiosa:

–           Me adelanté… Para comprar las guardias… Para que nos dejasen embalsamarlo. Pero los centinelas están allí como muertos… El sepulcro está abierto, la piedra por tierra… ¿Quién habrá sido? ¡Oh, venid! Corramos…

Mientras tanto…

Susana y Salomé han llegado a la muralla, cuando el terremoto las asusta. Pero el amor sobrepuja el miedo y rápidas se dirigen al sepulcro. Cuando entran en el huerto, ven a los guardias tirados por tierra… Y ven que sale una gran luz del sepulcro abierto.

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Luego se asoman al umbral y en la oscuridad de la gruta sepulcral ven a un ser muy luminoso y bellísimo, que les sonríe. Las saluda desde el lugar de donde está: apoyado a derecha de la piedra de la unción que desaparece con el inmenso resplandor.
Espantadas caen de rodillas.
Dulcemente el ángel les habla:

–           No temáis. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para ser feliz con su término. Jesús no siente más el dolor, ni la humillación de la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado a quien buscáis, ha resucitado. ¡No está más aquí! Vacío está el lugar donde lo pusieron. Alegraos conmigo. Id. Decid a Pedro y a los discípulos que ha resucitado, que se os adelanta en Galilea. Allá lo veréis por un poco de tiempo más, según lo había dicho.

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Las mujeres caen con el rostro a tierra y cuando lo levantan, murmuran aterrorizadas:

–           ¡Ahora moriremos!

–           ¡Hemos visto el ángel del Señor!
En campo abierto se tranquilizan un poco.

Salomé dice:

–           Si contamos lo que vimos nadie nos creerá…

Susana contesta:

–           Si decimos que estuvimos en el sepulcro, los judíos pueden acusarnos de haber matado a los guardias. Y…

Martha dice:

–           ¡Oh no! ¡No! ¡No podemos decir nada a nadie!

Y deciden callar sin decir nada ni a amigos, ni a enemigos. Espantadas y enmudecidas… Regresan por otro camino a casa. Entran y se meten al cenáculo. Ni siquiera tratan de ver a la Virgen… Allí piensan si lo que han visto, no habrá sido un engaño del demonio.

Como humildes que son, piensan…

–          “No puede ser que se nos haya concedido ver al enviado de Dios.”

–          No. “Es Satanás que nos quiso aterrorizar.”
Y lloran, rogando como dos niñas aterradas por una pesadilla…

Mientras tanto…

El tercer grupo: el de Juana, María de Alfeo y Marta; van por la calle donde  las sorprendió el terremoto y ven a la gente aterrorizada, recordando lo sucedido el Viernes.

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María de Alfeo dice:

–           ¡Mejor si todos están atemorizados! Tal vez hasta los guardias lo estarán y nos dejarán pasar.

Ligeras van a la muralla.

Mientras caminan, Juan, Pedro y Magdalena han llegado al huerto Juan se adelanta y  llega primero al sepulcro. Ya no están los guardias. Tampoco el ángel…

Juan se arrodilla temeroso y afligido en el umbral abierto…

Y dice:

–           Simón, ¡No está! María ha visto bien. Ven, entra, mira.

La oscuridad a estas horas de la mañana, es densa dentro del sepulcro.  Sólo se ilumina por la abertura de la puerta en la que se dibujan las sombras de Juan y Magdalena…

Pedro se esfuerza en ver y tembloroso toca la mesa de la unción y la siente vacía…

Y dice:
–           Juan, ¡No está! ¡No está!… ¡Oh, ven también tú! Tanto he llorado que apenas si puedo ver algo con esta raquítica luz.
Juan se levanta y entra.

Mientras lo hace Pedro descubre el sudario colocado en un rincón, bien doblado y con él la Sábana enrollada cuidadosamente.

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Pedro dice muy triste:

–           De veras que lo han robado. No pusieron los guardias por nosotros, sino para hacer esto… Y nosotros permitimos que lo hicieran…

Magdalena pregunta:

–           Oh, ¿dónde lo habrán puesto?

Juan dice:

–           ¡Pedro, Pedro, ahora… todo se ha acabado!»

Los dos discípulos salen anonadados.

Pedro dice:

–           Vámonos, Magdalena. Lo dirás a su Madre…

Magdalena objeta:

–           Yo no me voy. Me quedo aquí… Podrá venir alguien… No me voy… Aquí hay todavía algo de Él. Su Madre tenía razón… Respirar el aire donde estuvo Él es el único consuelo que nos queda.

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Pedro confirma:

–           El único consuelo… Ahora tú misma lo ves que era una tontería esperar.

Por toda respuesta, Magdalena se abate hasta el suelo, junto a la puerta y llora mientras los otros despacio se van…

Jesús fue  a ver a su Madre, con su vestido de Hombre Glorificado, con su resplandor sin igual y…  Después se presenta a la MUJER REDIMIDA, a la representante de todas las mujeres a quienes ha librado de la mordida de la Lujuria, para decirles que se acerquen a Él para curarlas; que tengan fe en Jesús; que crean en su Misericordia que comprende y perdona. Que para vencer a Satanás, el Instigador de sus cuerpos, miren el suyo adornado con sus Cinco Llagas.

Magdalena la resucitada a la Gracia, será la primera en verlo, después de la Madre Santísima.

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 Después de un rato Magdalena levanta su cabeza, mira adentro y entre sus lágrimas ve a dos ángeles sentados a la cabeza y a los pies de la mesa donde se hizo el embalsamamiento.

La pobre María está tan aturdida con la lucha que se traba entre la esperanza y la Fe, que los mira sin siquiera sorprenderse.

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Y uno de ellos le pregunta:

–           ¿Por qué estás llorando, mujer?

Magdalena responde:

–           Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

El ángel mira a su compañero y sonríe. Con mucha alegría, los dos miran hacia el huerto florido con los miles de corolas que se han abierto a los primeros rayos del sol en los manzanos que hay allí.
María se vuelve para ver lo que miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo al que no reconoce…

Él la mira con piedad y le pregunta:

–           Mujer, ¿Por qué estas llorando? ¿A quién buscas?

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Entre sollozos Magdalena dice:

–        ¡Me han quitado al Señor Jesús! Había venido para embalsamarlo con la esperanza de que resucitase… Todo mi valor, todas mis esperanzas, toda mi fe giran en torno a mi amor por El… Pero ahora no lo encuentro más… ¡Todo es inútil! Los hombres han robado a mi Amor y con ello se lo han llevado todo…

¡Oh Señor mío, si tú te lo llevaste, dime dónde lo pusiste! Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy a tus pies para suplicártelo como una esclava…

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 ¿Quieres que te compre su cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. ¡Dime, dime, dónde está mi Señor Jesús! Hace tres días que la Ira de Dios nos ha castigado por lo que se hizo a su Hijo… No agregues profanación al delito…

Jesús se revela en su triunfante fulgor y centellea al decir:

–        ¡María!

–        ¡Rabboní!

María al son de su grito que llena el huerto se levanta, se echa a los pies de Jesús. Quiere besarlos.

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Pero Jesús tocándola apenas con la punta de sus dedos sobre la frente la separa diciéndole:

–        ¡No me toques! Aún no he subido a mi Padre con este vestido. Ve donde están mis hermanos y amigos y diles que subo a mi Padre y vuestro, a mi Dios y vuestro. Y luego iré donde están ellos.

Jesús desaparece envuelto en un destello.

No permite que le toque; todavía le falta mucho para purificarse con la penitencia. Pero su amor merece un premio. Supo resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio; deshacerse de Satanás que la tenía aferrada; desafiar al mundo por amor a su Salvador. Supo despojarse de todo lo que no fue amor…  Para no ser más que amor que arde por su Dios.

Magdalena besa el suelo donde estuvo y corre a casa. Entra como un cohete hasta la habitación de la Virgen y la abraza llorando de alegría y…

Magdalena grita:

–           ¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!

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Mientras acuden Pedro y Juan…

Y del cenáculo salen espantadas Salomé y Susana, que escuchan lo sucedido…  Llegan de la calle María de Alfeo, Marta y Juana que con el aliento entrecortado…

Y dicen:

–           ¡Estuvimos allí!

–           Vimos dos ángeles que dijeron ser los custodios del Hombre-Dios.

–           Y el ángel de su Dolor nos dio la orden de decir a los discípulos que había resucitado.

Pedro mueve la cabeza negando…

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Martha confirma:

–           Sí.  Han dicho: “¿Por qué buscáis al Viviente entre los muertos? Él no está aquí. Ha resucitado como lo predijo cuando estaba en Galilea. ¿No os acordáis de ello? Dijo: ‘El Hijo del hombre debe ser entregado en las manos de los pecadores y será crucificado. Pero resucitará al tercer día’ ”

Pedro sacude su cabeza diciendo:

–           ¡Muchas cosas han sucedido en estos días! Os habéis quedado asustadas.
Magdalena levanta la cabeza del regazo de María y…

María de Mágdala confiesa:

–           ¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y que luego vendrá. ¡Qué bello es!… ¡Oh! ¡Señor mío!…

Y en ese grito se oye su corazón. Jesús le dio el encargo por haberlo merecido, de ser la Mensajera de su Resurrección. Se le tacha de haber visto fantasmas; pero no le importa a María de Mágdala, María de Jesús; el juicio de los hombres… Lo ha visto Resucitado y esto le produce una alegría tal, que le impide cualquier otro sentimiento. Jesús AMA A LA QUE FUE CULPABLE, PERO QUISO SALIR DE SU CULPA.

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Y Magdalena llora como nunca lo había hecho, ahora que no tiene por qué atormentarse a sí misma al luchar contra las dudas que le asechaban de todas partes.
Pedro y Juan dudan. Se miran…

Su mirada dice:

–           ¡Imaginaciones de mujeres! 

Ahora Susana y Salomé se atreven a hablar…

Pero la inevitable diversidad de detalles: de los guardias que antes estaban como muertos y después, no…  De los ángeles que son uno y dos, que los apóstoles no vieron…  De que Jesús viene aquí y de que se adelanta a ellos en Galilea, hace que la duda crezca más en los apóstoles y que se persuadan que son “imaginaciones de mujeres”.

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María, la feliz Madre, guarda silencio sosteniendo a Magdalena…

María de Alfeo dice a Salomé:

–          Vayamos nosotras dos. Veamos si todas estaban ebrias…

Y salen corriendo.
Las otras se quedan.

Los dos apóstoles tranquilamente se burlan de ellas, cerca de María que no dice nada, absorta en un pensamiento que nadie comprende que sea un éxtasis.

Más tarde…

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Vuelven las dos mujeres entradas en años, llorando de felicidad y diciendo:

–           ¡Es verdad! ¡Es verdad!

–           Lo hemos visto.

–           Nos ha dicho, cerca del huerto de Bernabé: “La paz sea con vosotras. No tengáis miedo. Id a decir a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de pocos días a Galilea. Allí estaremos todavía un poco juntos”. Así ha dicho.

–           Magdalena tiene razón. Hay que decirlo a los que están en Galilea, a José, a Nicodemo, a los discípulos de mayor confianza, a los pastores. Id.

–           Haced algo… ¡Oh, ha resucitado!…

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Los apóstoles les contestan incrédulos:

–           ¡Estáis locas!

–           ¡El dolor os ha trastornado la cabeza!

–           Habéis creído que la luz fuese un ángel, que el viento fuese voz, que el sol fuese Jesús.

–           No os critico. Os comprendo, pero no puedo creer sino en lo que yo he visto: el Sepulcro abierto y vacío y los guardias que huyeron después de haber sido robado el cadáver.

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Salomé objeta:

–           ¡Pero si los guardias mismos lo están diciendo que ha resucitado!…  ¡Si la ciudad está alborotada y los jefes de los sacerdotes están que se mueren de rabia porque los guardias aterrorizados, han hablado!…  Ahora quieren que digan de modo diverso y para eso les han pagado. Pero ya se sabe. Si los judíos no creen en la resurrección, si no quieren creer, muchos otros creerán…

Pedro levanta sus hombros y hace intento de irse mientras murmura:

–           ¡Uhm, mujeres!…

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Entonces la Virgen, levanta la mirada transfigurada y…

Sonriente confirma:

–           Realmente ha resucitado. Lo he tenido entre mis brazos. Lo he besado en sus llagas. –  Y luego se inclina depositando un beso sobre los cabellos de Magdalena y agrega- Sí, la alegría es más fuerte que el dolor, pero no es más que un grano de arena de lo que será tu océano de júbilo eterno. Bienaventurada tú que sobre la razón has hecho que hablase el espíritu…

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Pedro ya no se atreve a protestar…

Y luego dice:

–           Entonces si es así, hay que hacerlo saber a los demás. A los que andan por los campos… Buscar… hacer algo. ¡Ea!, levantaos. Si viniese… Que por lo menos nos encuentre…

Y no cae en la cuenta que confiesa que no cree aun en la resurrección.

María se retira a su habitación…

En eso se oye  que alguien llama en el portón.

Magdalena abrió y luego fue a buscar a María diciéndole:

–                       Madre, es Mannaém. Quiere saber si en algo puede servir.

María contesta:

–                       Hazlo entrar. Siempre ha sido bueno. Tráelo hasta aquí.

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Mannaém entra. No viene vestido de lujo, como antes. Parece un hombre acomodado, pero del pueblo. Su vestido es café oscuro, casi negro. Y un manto igual. No trae joyas, ni la espada. Con las manos cruzadas sobre el pecho, se inclina al saludar. Y luego se arrodilla, como si estuviera ante un altar.

María le dice:

–                       Levántate. Y perdona si no respondo a la inclinación. No puedo…

Mannaém contesta:

–                       No debes. No lo permitiría. Sabes quién soy. Por eso te ruego que me trates como tú siervo. ¿Te puedo servir en algo? Veo que no hay ningún hombre aquí. Por Nicodemo que es mi amigo, supe que todos huyeron. No se podía hacer nada. Esa es la verdad. Pero al menos le dimos el consuelo de que nos viera. Yo… yo lo saludé en el Sixto. Y luego ya no pude porque… Es inútil decirlo. También esto fue obra de Satanás. Ahora estoy libre… Y vine a ponerme a tu servicio. Ordena, Mujer.

–                       Quiero reunir a todos los apóstoles. Unos están en casa de Lázaro y a todos los quisiera tener aquí.

–                       ¡Ah! ¡Voy! ¡Les avisaré!

Se levanta. Y al hacerlo no puede reprimir un gesto de dolor, que contrae su bello rostro varonil.

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María pregunta preocupada:

–                       ¿Estás herido?

Mannaém trata de restarle importancia:

–                       ¡Umh!… Sí. Es cualquier cosa… Un brazo que me duele un poco…

–                       ¿Acaso por nuestra causa? ¿Por eso no estuviste allá arriba?

–                       Sí. Por ello. Y esto es lo que más me duele. No la herida… –Mannaém comienza a llorar-  El resto de farisaísmo, hebraísmo, satanismo; que hubo en mí; porque satanismo es lo que ha llegado a ser el culto de Israel; salió con la sangre. Me siento como un bebé a quién después de habérsele cortado el ombligo, no tiene más contacto con la sangre de su madre. Y las pocas gotas que todavía quedan en el cordón recién cortado; no entran en él. Sino que caen inútiles… El recién nacido vive con su corazón y su sangre. Así yo. Hasta ahora no me había formado completamente. He llegado a término y he nacido a la Luz. Nací el viernes… Mi madre es Jesús de Nazareth. Me dio a luz cuando lanzó su último grito… ¡Oh! ¡Sólo quisiera verlo!… ¡No he visto su Rostro de Redentor!… Cuando vayáis a su sepulcro decídmelo…

–                       Te está mirando, Mannaém. Vuélvete…

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Mannaém que había entrado con la cabeza inclinada y que sólo había mirado a la Virgen, se vuelve un poco asustado y ve el Sudario de la Verónica…

María explica…

–                       Nique me ha traído este milagro, para consolarme. ¡Es el rostro de Jesús! Se imprimió…  ¡Vivo!…  En el lienzo; ¡Doloroso y sin embargo sonriente! Al que lo contemple… Está doloroso, pero está sonriendo…

Mannaém se postra en el suelo, en señal de Adoración… Y llora.

Luego se levanta. Arrodillado, se inclina ante María y dice:

–                       Me voy. ¡Bendíceme, Madre de los pecadores!…

María lo bendice como una Madre muy amorosa y lo besa en la frente. Y él se va.

Después de visitar a la Virgen…

Mannaém va subiendo con cierta dificultad, por una vereda hacia una hermosa casa en medio del olivar. Y como ya no hay nadie ante quién tenga que disimular, el dolor que lo atormenta…Con mucho sufrimiento continúa por la vereda. Un grupo de cedros del Líbano, rodean la casa a donde se dirige…

Los árboles gigantes que la resguardan, hacen más hermoso el panorama.

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Sin titubeo entra…

Y pregunta al siervo que ha acudido:

–                       ¿Dónde está tu patrón?

–                       Allá… -señala la terraza que da hacia el jardín-  Con José. Hace poco acaba de llegar…

–                       Diles que estoy aquí.

El siervo regresa con Nicodemo y José.

Las voces de los tres, se mezclan en un solo grito:

–                       ¡Ha resucitado!

Se miran sorprendidos…

Luego, Nicodemo toma su amigo del brazo y lo lleva a una rica sala, blanca y lujosa. José los sigue. Toman asiento en los cómodos sillones. Un criado les lleva Agua fresca y frutas.

Mannaém es el que queda más cerca de la puerta. Y José nota el rictus de dolor que hizo Mannaém al sentarse…

Le pregunta:

–                       ¿Qué te pasa?

Mannaém contesta:

–                       Un regalo de mi hermano… Por eso no pude estar con Él. Pero espero que pronto se me pasará… En cuanto me vi libre, fui al Cenáculo. Ella quiere a todos los discípulos.

Nicodemo pregunta:

–                       ¿Tuviste el valor de regresar?

Mannaém:

–                       Sí. Él lo dijo. ‘¡Al Cenáculo!’  Quiero verlo… Quiero verlo glorioso para que se me borre el dolor del recuerdo de haberlo visto ligado y cubierto de suciedades como si fuera un malhechor, a quién el mundo pisoteaba con desdén.

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José de Arimatea en voz baja dice:

–                       ¡Oh! También nosotros quisiéramos verlo… Para arrancar de nosotros el horror del recuerdo cuando lo vimos condenado. Con sus innumerables heridas. Él ya se apareció a las mujeres. Inclusive a las romanas…Y a Longinos y a Octavio; los dos centuriones que estaban encargados de la ejecución…  Fueron a decírselo a Ella. ¡Estaban tan felices!…

Nicodemo:

–                       Es justo. En estos años ellas han sido fieles siempre. Nosotros teníamos miedo. Su Madre lo ha reprochado: ‘En esta hora habéis demostrado un amor tan pobre’

José:

–                       Pero para desafiar a Israel que hoy más que nunca le es contrario, tenemos necesidad de verlo… ¡Si supieses! Los guardias hablaron… Ahora los jefes del Sanedrín y los fariseos, que ni con la Ira del Cielo se han convertido, andan buscando a quien sepa que ha resucitado, para echarlo a la cárcel.

Yo mandé al pequeño Marcial, un niño no atrae la atención; a avisar a los de casa para que estén alertas. Han sacado dinero sagrado del Templo, para pagar a los guardias y que digan que los discípulos robaron el cuerpo. El soborno fue lo bastante cuantioso, para comprarles el testimonio de que lo de la resurrección fue una mentira por temor al castigo. La ciudad está en efervescencia como una paila. Ahora perseguirán a los que afirmen que Resucitó.

Mannaém:

–                       Tenemos necesidad de su bendición, para tener valor.

Nicodemo:

–                       Ya se le apareció a Lázaro. Era como la hora de tercia. Vimos a Lázaro como transfigurado.

José:

–                       ¡Oh! ¡Lázaro lo merece!… Nosotros…

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Nicodemo:

–                       Tienes razón. Nosotros tenemos todavía la costra de la duda y del respeto humano, como una lepra que no hubiese sido sanada. Y solamente Él puede decir: ‘Quiero que quedéis limpios’

Mannaém:

–                        Somos los más imperfectos. Tal vez a nosotros no nos conceda el privilegio de verlo Resucitado. ¿Ya no nos hablará?

José pregunta:

–                       ¿Y ya no hará más milagros para castigo del mundo, ahora que ha resucitado de la muerte y dejado atrás las miserias de la carne?

Sus preguntas solo pueden tener una respuesta. La de Jesús que no viene. Los tres quedan muy desanimados.

Luego Mannaém dice:

–                       Me voy a ir al Cenáculo. Ahí lo esperaré. Si me matan, Él absolverá mis pecados y lo veré en el Cielo. Si no lo veo aquí en la Tierra. Mannaém es algo tan inútil en sus filas que si cae, será como el tallo de una flor cortada en un tupido jardín; apenas si se nota su vacío…

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En ese momento, una luz más brillante que el sol, pero que no lastima el mirarla; ilumina la puerta. Y de esta luz emerge la divina Presencia del Resucitado.

Jesús tiene las palmas de las manos abiertas, en actitud de abrazar. Los tres quedan estupefactos…

Jesús avanza hasta dónde está Mannaém y le pone su mano derecha sobre el hombro izquierdo, deteniéndolo de levantarse mientras dice:

–                       ¡La paz sea contigo! La paz sea con vosotros. Quedaos donde estáis. –se inclina sobre Mannaém y le dice: ¡Quiero que seas sano!

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Luego se yergue:

–                       Aquí me tenéis y pronuncio la palabra qué queréis: “Quiero que quedéis  limpios de todo cuanto de impuro hay en vuestro creer” Mañana bajareis a la ciudad. Id a donde están los hermanos. Esta tarde quiero hablar sólo a los apóstoles. Hasta pronto. Dios esté siempre con vosotros. Mannaém, gracias. Has creído mejor que éstos. Gracias pues, a tu espíritu. A vosotros, gracias por vuestra piedad. Haced que se transforme en algo más alto, con una vida de Fe intrépida.

Jesús desaparece y la luz poco a poco se desvanece…

Los tres quedan felices y sin saber qué decir.

José pregunta:

–                       ¿Pero era Él?

Nicodemo responde:

–                       ¿No reconociste su voz?

–                       La voz… Puede tenerla aún un espíritu. Tú Mannaém, que estuviste tan cerca, ¿Qué te pareció?

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Mannaém pega un brinco y dice emocionado:

–                       Un cuerpo verdadero. Hermosísimo. Respiraba. Sentí su aliento. Despedía calor. Y… he visto las llagas. Estaban abiertas. No manaban sangre, pero eran carne viva. ¡Oh, no dudéis más! No os vaya a castigar. ¡Hemos visto al Señor! Quiero decir: Jesús ha vuelto glorioso como su Naturaleza Divina lo exige. Y nos sigue amando… En verdad os digo que sí Herodes me ofreciese el reino, le respondería: ‘Tu trono y corona son para mí, polvo y estiércol. Nada es superior a lo que poseo. ¡He visto el rostro de Dios! 

Nicodemo se lleva las manos a la cabeza y en el colmo del asombro, pregunta:

–                       José, tú preguntaste si seguiría haciendo milagros… ¿Ya viste a Mannaém, cómo se levantó?…

Mannaém exclama:

–                       ¡Oh! Cuando me puso la mano en el hombro sentí un calor que me recorrió por todo el…  -y rápido se quita la ropa hasta quedar sólo con los calzoncillos de lino.

Los dos amigos miran asombrados la fuerte espalda de Mannaém que está surcada por un montón de líneas rojas, completamente cicatrizadas.

Nicodemo le acerca un espejo de plata, mientras le dice:

–                       ¡Vaya que hiciste enojar a Herodes! Mira cómo te dejó…

José cae de rodillas llorando…

Mannaém se postra adorando y diciendo:

–                       ¡Bendito seas Señor Jesús! ¡Señor mío y Dios mío! ¡Gracias!…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

5.- EL PRIMER DISCÍPULO


Jesús se dirige a la pequeña casa blanca que está entre los olivos y se encuentra con Juan. Los dos se abrazan afectuosamente.

Juan le dice:

–           Iba a buscarte… Pensábamos que estarías en Betania.

–           Así quería hacerlo. Debo comenzar a evangelizar también los alrededores de Jerusalén. Pero luego me entretuve en la ciudad… Para instruir a un discípulo nuevo.

Después que entran en la casa, Jesús pregunta:

–           ¿Hace mucho tiempo que llegaste?

Juan contesta:

–           No, Maestro. Con el alba salí de Docco, junto con Simón. Nos detuvimos en la campiña de Betania y hablamos de Ti a los campesinos. Simón fue a hablarle de Ti a un amigo suyo, al que conoce desde que eran niños y es el dueño de casi toda Betania. Mañana viene y me pidió que te dijera que es muy feliz al servirte. Simón es muy capaz. Yo quisiera ser como él. Pero sólo soy un muchacho ignorante.

Jesús le objeta:

–           No, Juan. También tú haces mucho bien.

–           ¿Estás de veras contento con tu Juan?

–            Muy contento, Juan mío. Muy contento.

–            ¡Oh, Maestro mío!- Juan se inclina y toma la mano de Jesús para besarla. Después levanta su alforja y dice- He traído pescado seco que me dieron Santiago y Pedro. Y al pasar por Nazareth, tu madre me dio pan y miel para Ti. Aunque caminé sin detenerme, pienso que ya está duro.

–            No importa Juan. Tendrá siempre el sabor de las manos de Mamá.

Juan saca sus tesoros y preparan la cena. Ésta termina pronto. Y luego salen al olivar. Caminan un poco, hasta llegar a un punto desde el cual se ve toda Jerusalén. Jesús se detiene y dice:

–            Sentémonos aquí y hablemos.

Juan se sienta sobre la hierba, a los pies de Jesús. Es solo un jovencito, que está junto a la persona que más quiere. Y dice contento:

–           Aquí también es hermoso, Maestro. Mira como la ciudad parece más grande ahora que es de noche. Más que de día.

Jesús contempla y comenta:

–           Es la luz de la luna que hace desaparecer los alrededores. Mira… parece como si el límite se extendiera dentro de una luz plateada. Allá está la cúpula del Templo. Parece como si estuviera suspendida en el aire, ¿O no?

Juan concluye:

–           Parece como si los ángeles lo tuviesen sobre sus alas de plata.

Jesús da un hondo suspiro.

–           ¿Por qué suspiras, Maestro?

–           Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y de santidad está solo en sus muros. Los que deberían darle ese aspecto al alma del Templo, son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Aunque sean muchos los que viven ahí; ni una décima parte son capaces de dar vida al Lugar Santo. Muerte sí que le dan. Le comunican la muerte que está en sus almas; las que están muertas para todo lo que es santo. Tienen fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres que tienen calor, tan solo por la putrefacción que los hincha. Y así como ahora los ángeles han abandonado el Templo, después el Espíritu Santo también abandonará la Iglesia, cuando sus sacerdotes repitan los errores que están cometiendo éstos.

Juan dice intranquilo:

–           ¿Te han hecho algún mal, Maestro?

–           No. Al contrario. Me dejaron hablar cuando lo pedí.

–           ¿Lo pediste?… ¿Por qué?

–           Porque no quiero ser el que empiece la lucha. Ésta vendrá por sí misma. Porque en algunos produciré un terror humano irrazonable. Y para otros, será un reproche. Pero esto debe estar en el libro de ellos, no en el mío.

Después de un rato de silencio, Juan vuelve a hablar:

–            Maestro, conozco a Anás y a Caifás. Mi padre los provee siempre con el mejor pescado. Y cuando estuve en Judea por causa de Juan el Bautista, venía también al Templo y ellos nos trataban bien a nosotros, los hijos de Zebedeo. Si te parece, hablaré de Ti al Sumo Sacerdote. Y también conozco a uno que hace negocios con mi padre. Es un rico mercante de pescado. Tiene una casa muy grande y hermosa cerca del hípico. Es un hombre bueno y sé que podemos contar con él. Estarías mejor y te cansarías menos. Para venir hasta aquí se debe pasar por ese suburbio de Ofel, tan sórdido y mugriento. Siempre lleno de burros y de gente que busca pleitos.

–            No, Juan. Te lo agradezco. Estoy bien aquí. ¿Ves cuanta paz? Se lo dije también al otro discípulo que me propuso lo mismo. Él decía que para ser mejor tenido.

–            Yo lo digo para que te canses menos.

–            No me canso. Caminaré mucho y jamás me cansaré. ¿Sabes que es lo que produce cansancio? La falta de amor. ¡Oh! Esto es una carga muy pesada en el corazón.

–            Yo te amo, Jesús.

–            Y me das consuelo. Te quiero mucho, Juan. Te querré siempre, porque jamás me traicionarás.

Juan está aterrado:

–           ¡Traicionarte!… ¡Oh!

–            Y con todo habrá muchos que me traicionarán… Juan, escucha. Te dije que me detuve a instruir a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido.

–            Entonces te encontrarás mejor con él, que con nosotros, Maestro. Me alegra que tengas a alguien que sea más capaz que nosotros.

–            ¿Crees tú que me costará menos trabajo?

–            ¡Claro! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor. Te servirá excelente. Sobre todo si te ama perfectamente.

–            ¡Qué si lo has dicho bien! Pero el amor no está en proporción a la instrucción y ni siquiera con la educación. Uno que jamás ha amado y ama por primera vez, lo hace con toda la fuerza del primer amor. Lo mismo sucede con el primer amor del pensamiento. El amado penetra, se imprime más en un corazón y un pensamiento vírgenes de otro amor; que en aquel en quién ya ha habido otros amores. Pero Dios dispondrá. Oye, Juan. Te ruego que seas amigo suyo. Mi corazón tiembla al ponerte a ti, cordero sin trasquilar; con el experto de la vida. Él reconocerá tu inexperiencia. Pero también eres águila y si el experto te quisiera hacer tocar el suelo lleno de fango y oscuridad, del buen sentido humano; tú con un golpe de alas, sabrás librarte y volarás hacia el sol. Por eso te ruego que seas amigo de mi nuevo discípulo, porque los demás no lo aceptarán fácilmente, ni lo querrán mucho. Especialmente, Pedro.Quiero que le trasmitas tu corazón…

–            ¿Yo? ¡Oh, Maestro!… Pero ¿No bastas tú?

–            Soy el Maestro, al que no se dirá todo. Tú eres condiscípulo, un poco más joven, con quién más fácilmente se abre uno. No te digo que me repitas todo lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Pero te ruego que lo evangelices con tu fe y tu caridad. Con tu pureza. Es una tierra sucia con aguas muertas. Se puede secar con el sol del amor; purificarse con la honestidad de pensamientos, deseos y obras. Cultivarse con la fe. Puedes hacerlo…

–            Si crees que puedo… ¡Oh! ¡Si dices que puedo hacerlo, lo haré por amor a Ti!

–            Gracias, Juan.

–            Maestro, cuando regresamos de Cafarnaúm; después de Pentecostés, encontramos la acostumbrada suma del desconocido. El niño se la llevó a mi madre, ella la entregó a Pedro y él me la dio diciendo que tomase un poco para el regreso y que el resto te lo diese a Ti, para lo que puedas necesitar… Pues Pedro también piensa que aquí todo es incómodo. Yo solo tomé dos denarios para dos pobres que encontré. Viví con lo que me dio mi madre y con lo que me dieron los buenos a quienes prediqué en tu Nombre. Aquí está la bolsa.

–            Mañana la distribuiremos entre los pobres. De esta forma también Judas aprenderá nuestro modo de administrarnos.

–            ¿Ya vino tu primo?  ¿Cómo hizo para llegar tan pronto? Estaba en Nazareth y no me dijo que vendría.

–            No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú lo viste en Pascua, aquí. La tarde en que curé a Simón. Estaba con Tomás.

Juan exclama admirado:

–            ¡Ah! ¡Es él!…-Juan se queda perplejo.

Jesús confirma:

–            Es él. ¿Y qué hace Tomás?

–            Obedeció tus órdenes. Dejó a Simón Cananeo y fue al encuentro de Felipe y Bartolomé, por el camino del mar.

–            ¡Bien! Quiero que os améis sin preferencia. Os ayudéis mutuamente. Os compadezcáis, el uno al otro. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes; ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad, llegaréis a la perfección y lo que os falte, lo supliré Yo. Sois como los hijos de una familia santa, en la que hay muchos temperamentos desiguales. Quién es duro; quién suave. Quién valiente, quién tímido. Quién impulsivo y quién muy cauto. Si fueseis todos iguales, seríais una fuerza en un solo temperamento y una flaqueza en todo lo demás. Pero de esta manera hacéis una unión perfecta; porque os completáis mutuamente. El amor os une. Debe uniros el amor por un único motivo: Dios.

–            Y por Ti, Jesús.

–            La causa de Dios es primera. Y después el amor hacia su Mesías.

–            Y Yo… ¿Qué es lo que soy en nuestra familia?

–            Eres la paz amorosa del Mesías de Dios. ¿Estás cansado Juan? ¿Quieres regresar? Yo me quedo a Orar.

–            También yo me quedo contigo a Orar. Déjame que me quede contigo a Orar.

–            Quédate.

Jesús recita unos salmos y Juan lo sigue. Pero la voz se acaba pronto y el jovencito se queda dormido, con la cabeza apoyada en las rodillas de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre la espalda del más joven de sus apóstoles. Lo mira con amor y mentalmente hace la comparación entre éste y el otro discípulo que acaba de aceptar. Juan era discípulo del Bautista y se ha despojado hasta de su modo de pensar y juzgar; entregándose completamente, para ser moldeado por su Maestro.

Judas es el que no se quiere despojar de sí mismo y trae consigo su ‘yo’ enfermo de soberbia, sensualidad, avaricia. Conserva su manera de pensar y con ello neutraliza los efectos de la Gracia y no se entrega. Jesús suspira y piensa: “Judas, cabeza de todos los apóstoles fallidos… ¡Y son tantos!…Juan: cabeza de los que se hacen ‘hostia’ por amor a Mí. Judas investiga, cavila, escudriña, aparenta ceder pero en realidad no cambia su modo de pensar. Juan se siente nada. Acepta todo. No pide razones. Se contenta con hacerme feliz. Es mi descanso su confianza absoluta: “Todo lo que Tú haces Maestro; está bien hecho.” Y por eso será el Predilecto. Porque será mi paz llena de amor.

Jesús también necesita consuelo… Y continúa orando mentalmente.

La mañana siguiente,  Jesús pasea con Judas Iscariote de arriba abajo; cerca de una de las puertas del recinto del Templo.

Judas pregunta:

–           ¿Estás seguro de que vendrá?

Jesús responde:

–           Lo estoy. Al alba salió de Betania y en Get-Sammi debía encontrarse con mi primer discípulo.- Jesús se detiene y mira fijamente a Judas. Lo tiene frente a Sí. Lo estudia. Después le pone una mano sobre la espalda y le pregunta- Judas,  ¿Por qué no me dices lo que estás pensando?

Judas se sorprende:

–            ¡Quée!… no pienso en nada en especial en este momento, Maestro. Pienso que hasta te hago demasiadas preguntas. No puedes lamentarte de mí mutismo.

–                         Es verdad. Me haces muchas preguntas y me das muchas noticias. Pero no me abres tu corazón.¿Crees que me interesan mucho las noticias sobre el censo o sobre la estructura de esta o aquella familia? No soy un ocioso que haya venido aquí a pasar el tiempo. Tú sabes para que vine. Y puedes comprender bien que lo que para Mí tiene el mayor interés, es el ser Maestro de mis discípulos. Por eso exijo de ellos, sinceridad y confianza. ¿Te amaba tu padre, Judas?

–            Me amaba mucho. Era yo su orgullo. Cuando regresaba de la escuela y años después, cuando regresaba de Jerusalén a Keriot, quería que le dijera todo. Se interesaba en todo lo que hacía. Si había cosas buenas, se alegraba. Si no lo eran tanto, me consolaba. Y si había cometido algún error y me habían reprendido, me mostraba la justicia de la reprensión o en donde estaba mal lo que yo había hecho. Pero lo hacía tan dulcemente… que más que un padre, parecía un hermano mayor. Casi siempre terminaba de este modo: “Esto te digo, porque quiero que mi Judas sea un justo. Quisiera ser bendecido a través de mi hijo.”  Judas está tiernamente conmovido por la evocación de su padre.

Jesús que ha estado mirando atentamente a su discípulo, dice:

–                         Mira Judas. Puedes estar seguro de todo lo que te digo. Nada hará más feliz a tu padre, que el que seas un discípulo fiel. El espíritu de tu padre se regocijará allí donde está, en espera de la luz; porque así te educó; al ver que eres mi discípulo. Más para que lo seas verdaderamente, debes decirte: “El padre que parecía un hermano mayor, lo he encontrado en mi Jesús. Y a Él, igual que el padre amado al que todavía lloro; le diré todo para que sea mi guía. Para tener sus bendiciones y sus dulces reproches.” Quiera el Eterno y tú sobre todo, hacer que Jesús no tenga otra cosa que decirte: “Eres bueno. Te bendigo.”

Judas exclama impulsivo:

–            ¡Oh, sí! ¡Sí, Jesús; sí! Si me llegas a amar tanto como él; podré ser bueno como Tú quieres y como mi padre quería. Mi padre podrá sacar aquella espina de su corazón. Pues él siempre me mimaba mucho y me decía: “Estás sin guía, hijo y te hace mucha falta.” ¡Cuándo sepa que te tengo a Ti!

–             Te amaré como ningún otro hombre sería capaz. Te amaré tanto…Mucho te amaré. No me desengañes.

–            No, Maestro, no. Sé que estoy lleno de contradicciones. Envidias, celos, manías de ser el primero en todo. La carne me arrastra. Todo choca dentro de mí contra los impulsos buenos. Todavía hace poco, me causaste mucho dolor. Mejor dicho… Tú no. Me lo causó mi naturaleza malvada. Pensaba que yo era tu primer discípulo… Y Tú me dijiste que tienes a otro.

–            Tú lo viste. ¿No recuerdas que en la Pascua, estaba Yo en el Templo con unos Galileos?

–            Pensé que eran tus amigos. Creí que yo era el primer elegido para esto y con ello, el predilecto.

–            En mi corazón no hay distinción entre los últimos y los primeros. Si el primero faltase y el último fuese santo; entonces sí que a los ojos de Dios habrá distinción. Pero Yo… Yo los amaré igual: con un amor de dicha al santo y con un amor que sufre al pecador. Pero… ¡Oh! Ahí viene Juan con Simón. Juan es mi primero y Simón es el que estaba enfermo.

–            ¡Ah! ¡El leproso! Lo recuerdo. ¿Y ya es tu discípulo?

–            Desde el día siguiente.

–            ¿Y por qué yo tuve que esperar tanto?

–            ¿Judas?…

–            Es verdad. Perdón.

Cuando llegan, Juan y Jesús se saludan con un beso mutuo. Simón se  postra a los pies de Jesús, besándolos y diciendo:

–           ¡Gloria a mi Salvador! Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios y yo le dé gloria por haberme dado a Ti.

Jesús le pone las manos sobre la cabeza y le dice:

–           Sí. Te bendigo para agradecerte tu trabajo. Levántate Simón. ¡Éste es el nuevo discípulo! También él quiere la Verdad. Y por esto es un hermano para todos vosotros.

Se saludan entre sí. Los dos judíos con mutuo escudriño. Juan con franqueza.

Jesús pregunta:

–           ¿Estás cansado, Simón?

Simón sonríe:

–            No, Maestro. Junto con la salud me ha venido tal fuerza, como no la había tenido antes.

–            Y sé que la usas bien. He hablado con muchos y sé lo que han trabajado a favor del Mesías.

Simón ríe contento y dice:

–            Ayer hablé de Ti a un israelita honrado. Espero que un día lo conocerás. Quiero ser yo quién te lleve a él.

–            No es imposible.

Judas interrumpe:

–           Maestro, me prometiste venir conmigo a Judea.

–           Iré. Simón continuará instruyendo a la gente sobre mi venida. Amigos, el tiempo es breve y la gente es mucha. Ahora voy con Simón.  Al atardecer nos encontraremos en el camino del Monte de los Olivos y distribuiremos el dinero a los pobres. ¡Id!

En su interior, Judas está renuente a separarse de Jesús; pero obedece con prontitud. Y dice:

–           Vamos, Juan.

Y los dos apóstoles más jóvenes, se alejan alegremente.

Cuando Jesús queda solo con Simón, le pregunta:

–            ¿Esa persona de Betania, es un verdadero israelita?

–            Lo es. Existen en él, todas las ideas imperantes; pero tiene verdadera ansia por el Mesías. Y cuando le dije: “Él está entre nosotros” me contestó: “Feliz de mí, que vivo en estos tiempos.”

–            Algún día iremos a su casa, a llevarle mi bendición. ¿Qué te parece el nuevo discípulo?

–            Se ve que es muy joven y parece inteligente.

–            Lo es. Tú que también eres judío; lo comprenderás y lo compadecerás más que los otros, por sus ideas.

–            ¿Es un deseo o una orden?

–            Es una dulce orden. Tú que has sufrido, puedes tener mayor comprensión. El dolor es maestro de muchas cosas.

–            Porque Tú me lo mandas, seré para él comprensión.

–            Así es. Probablemente mi Pedro y no tan solo él; se admirará un poco de cómo cuido y me preocupo más por este discípulo. Pero algún día lo entenderán… Cuando uno no ha madurado en su formación, tiene más necesidad de cuidado. Los demás… ¡Oh! Los otros se formarán por sí mismos, tan sólo por el contacto. No quiero hacer todo Yo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás, para formar a un hombre. Os llamo para que me ayudéis… y agradezco mucho la ayuda.

–            Maestro, ¿Te imaginas que él te proporcionará desilusiones?

–            No. Pero es joven y se formado en el Templo y en Jerusalén.

–            Oh! Cerca de Ti, se curará de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro.

Jesús murmura:

–           Así sea. –Y luego dice con voz más fuerte- Ven conmigo al Templo. Evangelizaré al Pueblo…

Y se van juntos.  

Al día siguiente. Al rayar el alba, Jesús está con Juan, Simón y Judas; en la cocina de la casita. Y les dice:

–                 Amigos. Os ruego que vengáis conmigo por la Judea. Si no os cuesta mucho. Sobre todo a ti, Simón.

El apóstol le pregunta:

–                 ¿Porqué, Maestro?

Jesús contesta:

–                 El camino es muy duro por los montes de Judea y tal vez para ti sea más duro si te encuentras con algunos de los que te hicieron daño.

–                 Por lo que toca al camino, me siento fuerte y no siento ninguna fatiga. Mucho menos si voy contigo. Por lo que toca a quién me dañó… el odio cayó junto con las escamas de la lepra. Y no sé, créemelo; en qué has hecho el mayor milagro, si al curarme la carne corroída o el alma que ardía con el rencor. Pienso que no me equivoco si afirmo, que el milagro más grande fue en el alma. Una llaga del espíritu, no se cura tan fácilmente. Y Tú me has curado de un golpe, en una forma completa. El hombre no se cura de un hábito moral, si Tú no aniquilas ese hábito con tu querer santificante. Aunque uno lo quiera hacer con todas sus fuerzas.

–                 No te equivocas al juzgar así.

Judas pregunta un poco resentido:

–                 ¿Por qué no lo haces así con todos?

Juan pone una mano sobre el brazo de Judas y le dice cariñoso:

–                 Lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes cambiado, desde que estás con Él? Yo era discípulo de Juan el Bautista; pero me siento totalmente cambiado, desde que Él me dijo: ‘Ven’- y mirando a Jesús agrega- Perdón, Maestro. Hablé en tu lugar. Es que no quiero que Judas te cause ningún dolor.

Jesús lo tranquiliza:

–                 Está bien, Juan. No me ha causado ninguna pena como discípulo. Cuando lo sea, si continúa con su modo de pensar, me causará dolor. Vendrá un día en que tendréis la Sabiduría, con su Espíritu… entonces podréis juzgar justamente.

Judas pregunta:

–                 ¿Y todos podremos juzgar justamente?

–                 No, Judas.

–                 ¿Pero hablas de nosotros los discípulos o de todos los hombres?

–                 Hablo refiriéndome primero a vosotros y después a los demás. Cuando llegue la hora; el Maestro instituirá discípulos y los enviará por el mundo…

–                 ¿No lo estás haciendo ya?…

–                 Por ahora no os empleo más que para que digáis: “El Mesías está aquí. Venid a Él.” Entonces os haré capaces de que prediquéis en mi Nombre y que hagáis milagros en mi Nombre…

–                 ¡Oh! ¿También milagros?

–                 Sí. En los cuerpos y también en las almas.

Judas  está feliz ante la idea y exclama gozoso:

–                 ¡Oh! ¡Cómo nos admirarán!

Juan mira pensativamente a Jesús y dice con un dejo de tristeza en la voz:

–                 Entonces ya no estaremos más con el Maestro. Y yo tendré temor de hacer lo que es de Dios, a mi manera de hombre.

Simón dice:

–                 Juan, si el Maestro lo permite, me gustaría decirte lo que pienso.

Jesús contesta:

–                 Díselo a Juan. Deseo que mutuamente os aconsejéis.

–                 Ya sabes que es un consejo.

Jesús sonríe y calla.

Simón le dice a Juan:

–                 Creo que no debes y no debemos temer. Si nos apoyamos en la sabiduría del Maestro Santo y en su promesa. Si Él dice: “Os enviaré” y promete vestir nuestra miseria intelectual, con los rayos de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros que lo hará y que lo podremos hacer, por su infinita misericordia. Todo saldrá bien, si no introducimos el orgullo, el deseo humano en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión, que es del todo espiritual, con elementos que son terrenales, entonces la promesa de Cristo se depreciará; no por incapacidad suya, sino porque nosotros la rebajaremos con nuestra soberbia. No sé si me explico bien…

Judas le dice:

–                 Lo has hecho muy bien. Yo me equivoqué. Pero sabes… Pienso que en el fondo desear ser admirados como discípulos del Mesías, es porque somos suyos a tal punto, que haremos lo que Él hace. Y todo proviene de aumentar más la figura poderosa de Él entre el pueblo. ¡Alabanzas al Maestro que tiene tales discípulos! Esto es lo que quería decir yo.

Simón le contesta:

–                 No es todo error lo que dices. Pero, mira Judas. Provengo de una casta que es perseguida por haber entendido mal lo que es el Mesías. Si lo hubiésemos esperado con una justa visión de su Ser, no habríamos caído en errores que son blasfemias a la Verdad y rebelión contra la ley de Roma. Por lo cual tanto Dios, como Roma; nos han castigado. Hemos querido ver en el Mesías, sólo a un hombre conquistador y a un libertador humano de Israel. A un nuevo líder y más grande que el héroe, Judas Macabeo. Sólo esto y ¿Por qué? Porque cuidábamos más de nuestros intereses; de la patria y de los ciudadanos, que de Dios. ¡Oh! El amar la  patria es una cosa santa; pero ¡Qué es frente el Cielo eterno! La patria verdadera es la celestial.

Cuando fui perseguido y anduve fugitivo, me escondía en las cuevas de las bestias. Compartía con ellas el lecho y la comida, para escapar de los romanos y sobre todo, de las delaciones de falsos amigos. También cuando en espera de la muerte, probé el olor del sepulcro en mi cueva de leproso… ¡Cuánto he pensado y he visto! He visto con el espíritu, la figura verdadera tuya, Maestro y Rey del espíritu. La tuya, ¡Oh, Mesías! Hijo del Padre que llevas al Padre y no a los palacios de polvo; no a las deidades de fango. ¡Tú! ¡A Ti! ¡Oh, me es fácil seguirte! Perdona mi entusiasmo que se explaya de este modo, porque te veo cómo te había imaginado. Te reconocí inmediatamente, porque mi alma ya te había conocido…

Jesús sonríe y contesta:

–                 Por esto te llamé. Y por eso te llevo conmigo, ahora en mi primer viaje a Judea. Quiero que completes el reconocimiento. Y quiero que también éstos jóvenes, aprendan a ser capaces como tú, de llegar a la verdad por medio de una meditación constante. Y sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora. Después entenderéis. Hemos llegado ya a la Torre de David. La Puerta Oriental está cerca.

Judas pregunta:

–                 ¿Saldremos por ella?

–         Sí, Judas. Primero iremos a Belén. Allí nací. Es bueno que lo sepáis, para que lo digáis a los demás. También esto entra en el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voces que no pertenecen más a la Profecía, sino a la historia. Daremos la vuelta, donde están los palacios de Herodes.

Judas dice:

–                 Donde vive la vieja zorra, malvada y lujuriosa.

Jesús advierte:

–                 No juzguéis. Sólo Dios es Quién juzga. Vayamos por aquella vereda, entre las hortalizas, nos cobijaremos bajo la sombra de un árbol, cerca de algún lugar hospitalario hasta que el sol deje de quemar. Después…

Jesús continúa instruyendo…

Y emprenden la marcha hacia Belén.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

4.- LA PRIMERA LECCIÓN


Cerca de una zanja, Jesús está sentado bajo los olivos. En la forma habitual que acostumbra, con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos adelante y las manos juntas. La tarde desciende y la luz se va cada vez más. Se ha quitado el manto, porque tiene calor y su vestido blanco resalta sobre lo verde del lugar.

Un hombre va subiendo entre los olivos y parece buscar a alguien. Es muy alto; joven, de cabello castaño oscuro y ensortijado. Viste muy elegante, en un alegre color palo de rosa que al ondear; hace más llamativo su manto color tinto. Cuando distingue a Jesús, sus ojos gris oscuro brillan y su bello rostro se ilumina. Apresura el paso hasta llegar a Él y lo saluda con alegría:

–           ¡Salve, Maestro!

Jesús se vuelve sorprendido. Y lo mira con seriedad y una gran tristeza.

El recién llegado repite:

–           Te saludo, Maestro. Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te   acuerdas de mí?

Jesús responde:

–           Te recuerdo y te reconozco. Eres el que me hablaste con Tomás, la Pascua pasada.

–           Y al que le dijiste: “Piensa y reflexiona al decidirte, antes de mi regreso.’ Ya he decidido. ¡Aquí estoy!

Jesús lo mira realmente triste y le dice:

–            ¿Por qué vienes, Judas?

–            Porqué… Te lo dije la otra vez. Porque sueño en el reino de Israel y yo te he visto cual Rey.

–            ¿Vienes por este motivo?

–            Por éste. Me pongo a mí mismo y a cuanto poseo: capacidad, conocimiento, amistades, fatiga; a tu servicio y al servicio de tu misión, para reconstruir a Israel.

También Judas es un hombre muy alto, casi igual a Jesús.  Los dos están frente a frente y se miran. Jesús, serio y muy triste.

Judas, exaltado. Con su aspecto joven y señorial; sonriente, hermoso, elegante, frívolo y ambicioso.

Jesús dice:

–            Yo no te busqué, Judas.

Judas contesta:

–            Lo sé. Pero yo si te buscaba. Día tras día, puse en las puertas quién me avisase de tu llegada. Pensaba que vendrías con seguidores y que así, fácilmente se podría saber de Ti. Pero fue al contrario. He comprendido que estabas porque después de que curaste a un enfermo, los peregrinos te bendecían; pero nadie sabía decirme en donde estabas. Entonces me acordé de este lugar. Si no te hubiese encontrado aquí, me hubiera resignado a no encontrarte más.

–            ¿Piensas que ha sido para ti un bien el haberme encontrado?

–            Sí. Porque te buscaba. Te anhelaba. Te quiero.

–            ¿Por qué?… ¿Por qué me has buscado?

Judas lo mira extrañado y dice:

–            ¡Ya te lo dije, Maestro! ¿No me has comprendido?

–            Te he comprendido. Sí… te he comprendido. Pero quiero que tú también me comprendas a Mí, antes de seguirme. Ven, hablaremos en el camino.

Y empiezan a caminar uno al lado del otro, subiendo y bajando por las veredas que atraviesan el olivar.

Jesús dice:

–            Tú me sigues por una idea que es completamente humana, Judas. Debo disuadirte. No he venido para eso.

Judas objeta:

–            Pero ¿No eres Tú el señalado Rey de los Judíos? ¿Del que han hablado los Profetas? Han venido otros. Pero les faltaron muchas cosas y cayeron como hojas que el viento no vuelve a levantar. Tú tienes a Dios contigo en tal forma que haces milagros. Donde está Dios, el éxito de la misión es seguro.

–            Has dicho bien. Yo tengo a Dios conmigo. Soy su Verbo. Soy el que profetizaron los Profetas, el Prometido a los Patriarcas. El Esperado de las multitudes. Pero ¿Por qué te has hecho así; ciego y sordo para que no sepas leer y ver; oír y comprender los verdaderos hechos? Mi reino no es de este mundo Judas, no te hagas ilusiones. Vengo a traer a Israel la Luz y la Gloria; pero no la luz y la gloria de esta tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel, al Reino. Porque de Israel y con Israel, debe formarse y brotar la planta de Vida Eterna, cuya Savia será la Sangre del Señor. Planta que se extenderá por toda la tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores son de Israel. Aún mis verdugos, serán de Israel. Y también el que me traicionará, será de Israel…

Judas protesta:

–            No Maestro. Esto no sucederá jamás. Aunque todos te traicionasen, yo quedaré y te defenderé.

–            ¿Tú, Judas?… Y ¿En qué fundas esta seguridad?

–            En mi palabra de honor.

–            Cosa más frágil es, que la tela de araña, Judas. A Dios debemos pedir la fuerza para ser honrados y fieles. ¡El hombre!… El hombre realiza obras de hombre. Pero para realizar obras del espíritu. –Y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir, realizar obras del espíritu.- Es necesario matar al hombre y hacerlo renacer. ¿Eres capaz de cosa tan grande?

Judas afirma totalmente seguro de sí:

–            Sí, Maestro. Y después… No todo Israel te amará. Pero Israel no dará ni verdugos, ni traidores a su Mesías. ¡Te espera desde hace siglos!

–            Me los dará. Recuerda a los Profetas… sus palabras y el fin que tuvieron. Estoy destinado a desilusionar a muchos. Y tú eres uno de ellos. Judas, tienes enfrente de ti a un hombre manso, pacífico, pobre y que quiere permanecer pobre. No he venido para imponerme, ni para hacer guerras. No disputo a los fuertes ni a los poderosos, ningún reino, ningún poder. Sólo disputo a Satanás las almas.

Y he venido a destrozar las cadenas, con el fuego de mi amor. He venido a enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Te digo a ti y a todos: No tengáis sed de riquezas humanas, sino trabajad por el dinero eterno… desilusiónate Judas, si crees que soy un vencedor de Roma y de las castas que mandan. Tanto Herodes como los Césares, pueden dormir tranquilos mientras yo hablo a las multitudes. No he venido a arrebatar el cetro a nadie… Y mi cetro ya está listo. Pero nadie que no fuese Amor como Yo lo Soy, podría tenerlo. Vete Judas y medita.

–            ¿Me rechazas Maestro?

–            No rechazo a nadie, porque quién rechaza no ama. Pero dime, Judas: ¿Cómo llamarías al hecho de que alguien que sabe que tiene una enfermedad contagiosa, dijese a uno que no lo sabe y que se acerca a beber agua de su vaso: “Piensa lo que haces”? ¿Lo llamarías odio o amor?

–            Lo llamaría amor, porque no quiere que el que ignora su enfermedad, destruya su salud.

–            Dale también este nombre a lo que estoy haciendo.

–            ¿Puedo destruir mi salud al venir contigo? ¡No! ¡Jamás!

–            Más que destruir la salud, tú mismo te puedes destruir. Piensa bien, Judas. Poco se exigirá al que asesinare creyendo que lo hace justamente. Y lo cree porque no conoce la Verdad. Pero mucho será exigido de quién después de haberla conocido; no solo no la sigue, sino que se hace su enemigo.

–            Yo no lo seré. Acéptame, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el salvador y ves que soy pecador, oveja extraviada, un ciego que está fuera del camino recto; ¿Por qué no quieres salvarme? Acéptame. Te seguiré hasta la muerte…

–            ¡Hasta la muerte! Es verdad. Esto es cierto. Después…

–            ¿Después que, Maestro?

–            El futuro está en el seno de Dios. Mañana nos veremos junto a la Puerta de los Peces.

–            Gracias, Maestro. El Señor sea contigo.

–            Y su misericordia te salve.

Al día siguiente, al amanecer de un hermoso día de verano, alegrado por los pajarillos que cantan entre los olivos, lentiscos, acacias y el canto melancólico de las tórtolas silvestres; Jesús atraviesa el riachuelo sobre un grueso tronco que hace las veces de puente y llega al lugar convenido.

Hay muchos vendedores de hortalizas y de alimentos, que están esperando que se abran las puertas de la ciudad. Se oyen rebuznos de asnos que se pelean entre sí. Sus propietarios también participan intercambiando insultos. Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean porque el burro de uno de ellos se comió bastantes lechugas que estaban en el cesto del otro. La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol. Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza. Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Detente en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo. Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios. ¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate! ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra. Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos. El estupor apaga la ira. La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos. El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo. Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–                 ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿Sobre qué cosa apoyáis vuestro derecho? ¿Sobre esos pedazos de metal que están ahora en el polvo? Sobre esos trozos de hierro que no tenían ninguna otra fuerza, que el pecado de ira contra un hermano y…

La gente lo mira asombrada, primero por el prodigio y luego por la sabiduría que fluye de sus labios como una cascada. Todos escuchan muy atentos una larga disertación. Jesús habla sobre el amor al prójimo, la violencia y el homicidio…

Y concluye así:

–           Idos y meditad sobre esto.

Varias personas le dicen al mismo tiempo:

–            ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y haces pedazos las armas sólo con tu Voluntad?

Judas se adelanta de entre los soldados y  proclama:

–            Sólo uno puede hacer estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan Bautista es más grande que Él.

Judas acaba de proclamar su fe. Qué formidable apóstol hubiese sido, si desde el principio no vacila en anunciar al mundo hebreo lo que piensa de Jesús.

Un peregrino pregunta:

–           ¿Eres acaso el Mesías?

Jesús responde:

–           Lo Soy.

Otro hombre le dice:

–           Tengo a mi madre anciana que muere. ¡Sálvala!

Una mujer joven suplica:

–           Yo. Yo… ¡Mira! Estoy perdiendo las fuerzas por los dolores. –se descubre el rostro y muestra un gran tumor que le deforma la cabeza, a un lado del ojo izquierdo- Todavía tengo hijos pequeños. ¡Cúrame!

Jesús  mirando al hombre contesta:

–           Vete a tu casa. Tu madre te preparará esta tarde la cena. –se vuelve a la mujer- Y tú,  sé sana. ¡Lo quiero!

Después de unos segundos electrizantes. Ella siente que un calor la envuelve y recorre todo su cuerpo. Entonces la mujer se yergue, echa hacia atrás el manto y muestra su rostro, totalmente curada. Y le grita:

–           ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

Sonriendo con infinita compasión, su benefactor declara:

–           ¡Jesús de Nazareth!

La multitud enloquece de alegría:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Los burros hacen lo que quieren, pues ya nadie se ocupa de ellos. La voz se corre rápidamente y lo rodean los enfermos pidiendo salud. Muchos son sanados en forma espectacular. Jesús bendice y sonríe. Trata de romper el cerco que lo aclama, para entrar a la ciudad e ir a donde quiere; pero la gente no lo deja.

Varios le gritan a la vez:

–           ¡Quédate con nosotros! ¡En Judea! ¡En Judea!

Entonces Judas se acerca a Él:

–           ¡Maestro! ¿Lo ves Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que te quedes aquí… ¿Por qué te vas?

Jesús contesta:

–           No me voy Judas. He venido solo a propósito, para que la falta de educación de mis discípulos galileos, no moleste la sofistiquería de los judíos. Quiero reunir bajo el Cetro de Dios a todas las ovejas de Israel.

Judas argumenta:

–           Por esto te dije: “Acéptame” Yo soy judío y sé cómo tratar a mis iguales. ¿Te quedarás en Jerusalén?

–           Por pocos días. Esperaré a un discípulo que también es judío. Después viajaré por la Judea.

–           ¡Oh! Yo iré contigo. Te acompañaré. ¿Vendrás a mi tierra?… Te llevaré a mi casa. ¿Vendrás, Maestro?

–           Vendré. ¿Sabes alguna cosa del Bautista, tú que eres judío y vives con los poderosos?

–                      Sé que está todavía en prisión, pero lo quieren dejar salir de la cárcel, porque la gente amenaza con sedición si no liberan al Profeta. ¿Lo conoces?

–           Lo conozco.

–           ¿Lo amas?… ¿Qué piensas de él?

–           Pienso que no ha habido otro como él. ¡Ni siquiera Elías!

–           ¿Lo tienes en realidad como al Precursor?

–           Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia el sol. Bienaventurados los que estén preparados para el sol, por medio de su predicación.

Judas advierte:

–           Juan es muy duro.

–            Lo es tanto con los demás, como consigo mismo.

–            Eso es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres Bueno y es  fácil amarte.

–            Y sin embargo…

–            Y sin embargo ¿Qué, Maestro?

–            Como a él lo odian por su severidad, a Mí me odiarán por mi bondad; porque tanto la una como la otra predican a Dios. Y Dios no se deja ver de los que no aman. Pero está escrito que así será. Así como él ha sido primero que Yo en la predicación, así también me precederá en la muerte. Pero ¡Ay! De los asesinos de la Penitencia y de la Bondad.

–            ¿Por qué Maestro siempre estas tristes previsiones?… la multitud te ama, lo ves…

–           Porque es una cosa segura. La humilde multitud, sí me ama. Pero no toda la multitud es humilde, ni está compuesta por humildes. Pero no es tristeza la mía. Es una visión tranquila de lo futuro y una sumisión a la Voluntad del Padre, que para esto me ha enviado. Y para esto vine. Hemos llegado al Templo. Voy a Bel-Nidrasc a enseñar a la gente. Si quieres quédate.

–            Me quedaré a tu lado. No tengo otro objetivo que el de servirte y hacerte triunfar.

Los dos entran en el recinto del Templo.

Se detienen en el Pórtico del patio de los Gentiles, que está cubierto con mármoles de diversos colores. El lugar es muy hermoso y está lleno de gente. Jesús busca a su alrededor un lugar conveniente; pero antes de dirigirse a él, le dice a Judas:

–            Llámame al encargado del lugar. Debo presentarme, para hacer esto. No se vaya a decir que falto a las costumbres y al respeto.

–            Maestro, Tú estás sobre las costumbres y nadie más que Tú, tiene el derecho de hablar en la Casa de Dios. Tú que Eres el Mesías.

–            Lo sé. Tú lo sabes. Pero ellos no lo saben. No he venido para dar escándalo, ni para enseñar a violar la Ley, ni a las costumbres. Por el contrario; he venido a enseñar el respeto, la humildad, la obediencia y para quitar los escándalos. Por esta razón quiero pedir permiso para hablar en Nombre de Dios, haciéndome reconocer del encargado del lugar. Así es como hay que hacerlo.

Judas objeta muy remolón:

–            La otra vez no lo hiciste.

–            La otra vez me consumió el celo por la Casa de Dios, profanada con tantas cosas. La otra vez era el hijo del Padre. El Heredero que en Nombre del Padre y por amor de mi Casa, empleaba su Majestad, a la que son inferiores los encargados del lugar. Ahora soy el Maestro de Israel y enseño a Israel también esto. Por otra parte, Judas ¿Piensas que el discípulo es mayor que el Maestro?

–            No, Jesús.

–            Y ¿Tú quién eres?… Y ¿Quién Soy Yo?

–            Tú eres el Maestro y yo el discípulo.

–            Si reconoces que las cosas son así ¿Por qué quieres enseñar al Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre. Tú obedece a tu Maestro. La primera condición del hijo de Dios, es obedecer sin discutir, pensando que el Padre solo da órdenes santas. Condición primera del discípulo, es obedecer al Maestro; pensando que el Maestro sabe y solo da órdenes justas.

–            Es verdad. Perdona. Obedezco.

–            Te perdono. Ve y escúchame: acuérdate de esto. Recuérdalo siempre, en los días que están por venir.

–            ¿De obedecer?… Sí.

–            ¡No! Recuerda que fui respetuoso y humilde para con el Templo. Esto es, con las castas poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo. Interrogativamente… pero no se atreve a preguntar nada. Y se va pensando, sin comprender la conducta de su Maestro.

Regresa  con un sacerdote que ostenta lujosamente su alta jerarquía.

–           Maestro. He aquí al encargado.

Jesús lo saluda:

–           La paz sea contigo. Pido poder enseñar a Israel, entre los rabíes de Israel.

El sacerdote le pregunta:

–           ¿Eres tú rabí?

–           Lo Soy.

–           ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios que me habla con su Sabiduría y que me ilumina con su Luz todas las palabras de los textos sagrados.

–            ¿Acaso eres más que Hilell, Tú que sin maestro dices conocer cualquier doctrina? ¿Cómo puede uno aprender si no hay quién le enseñe?

–            Como se formó David, el pastorcillo desconocido y que llegó a ser el rey poderoso y sabio por la Voluntad de Dios.

–            ¿Cuál es tu nombre?

–            Jesús de José, de la estirpe de David y de María de Joaquín, de la estirpe de David. Y de Anna de Aarón, María la virgen que el sumo sacerdote casó en el Templo, según la Ley de Israel porque era huérfana.

–            ¿Quién lo prueba?

–            Todavía aquí deben haber levitas que se acuerden del hecho y que fueron coetáneos de Zacarías de la clase a Abía, mi pariente. Pregúntales si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. Pero ¿Quién me prueba que tú eres capaz de enseñar?

–            Escúchame y tú mismo decidirás.

–            Eres libre de hacerlo… Pero… ¿No eres Nazareno?

–            Nací en Belén de Judá. En el tiempo del censo que ordenó el César. Proscritos por leyes injustas, los hijos de David, están por todas partes, pero la estirpe es de Judá.

–            Sabes…los fariseos…Toda Judea… por Galilea…

–            Lo sé. Pero no desconfíes. En Belén vi la luz. En Belén Efratá de donde viene mi estirpe. Si ahora vivo en Galilea es solo para que se cumpla lo escrito…

El encargado se aleja unos metros, dirigiéndose a donde lo están llamando.

Judas pregunta:

–           ¿Por qué no le dijiste que Eres el Mesías?

Jesús contesta:

–           Mis palabras lo dirán.

–           ¿Cuál es lo escrito que debe cumplirse?

–           La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Mesías. Soy el Pastor de quién hablan los Profetas…

Jesús está inspirado. Judas lo contempla admirado. La gente se acerca atraída por la imponencia diversa de ambos, que son muy altos y varonilmente muy hermosa.

Jesús mira sonriendo con su inefable dulzura a la pequeña multitud. Se va hacia un pórtico y se apoya en una columna. Y empieza a hablar…

Y Judas se convierte en el mejor agente publicitario; pues empieza a decir a diestra y siniestra, a todo el que puede:

–           Es el Mesías el que os está hablando. Os lo aseguro. Yo lo conozco y soy su primer discípulo. Pedidle algún milagro. Él es muy poderoso. Cura. Lee los corazones. Responde a todas las dificultades…

Y con esta promoción empieza la demanda de milagros, cuando Jesús termina de predicar.

Jesús sonríe y cumple ampliamente con todas las expectativas de los que esperan en Él. Después, los dos van a orar al lugar más cercano al Santo de los Santos, como les está permitido a los israelitas varones. Luego salen del Templo.

Judas quiere quedarse con Jesús pero encuentra la oposición del Maestro:

–            Judas, deseo estar solo en las horas de la noche. Es cuando mi espíritu obtiene su alimento del Padre. Tengo más necesidad de la Oración, Meditación y soledad; que del alimento corporal. El que quiera vivir por el espíritu y quiera llevar a otros a que vivan la misma vida, debe posponer la carne. Diría casi matarla, para cuidar solo del espíritu. Todos, sábelo Judas; también tú; si quieres ser solamente de Dios, o sea, de lo sobrenatural.

–            Pero, Maestro. Nosotros pertenecemos todavía a la tierra. ¿Cómo podemos dejar de pensar en la carne y pensar solo en el espíritu? ¿No está en contradicción lo que dices con el Mandamiento de Dios: No matarás? ¿No se incluye en él, no suicidarse?… Si la vida es un don de Dios debemos amarla ¿O no?

–            Te responderé, como no respondería a una persona sin preparación; a la que le basta levantar la mirada del alma o de la mente a esferas sobrenaturales, para elevarse a los reinos del espíritu. Tú no eres un simple. Te has formado en ambientes que te han pulido… pero también te han manchado, con sus sutilezas y doctrinas. Judas ¿Te acuerdas de Salomón? Era sabio. El más sabio de aquellos tiempos. Recuerdas que después de haber conocido todo el saber humano, dijo: no hay más que vanidad. Todo es vanidad. Tener a Dios y observar sus Mandamientos; para el hombre, esto lo es todo. Ahora bien, te digo que es menester saber tomar lo que se come; es decir, que sea alimento y no veneno. Si algo nos hace daño, lo mejor es no comerlo; aun cuando sea agradable al paladar. Es mejor pan y agua de la fuente, que los manjares de la mesa del rey, en los que hay drogas que perturban y envenenan.

–            ¿Qué debo dejar, Maestro?

–            Todo lo que sabes que te hace daño. Dios es Paz y si quieres ponerte en el sendero de Dios; debes escombrar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz y te turba. Sé que es difícil reformarse a sí mismo; pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a que se haga hijo de Dios; a volver a crearse por medio de una segunda creación, en una autogénesis que él mismo quiere.

Y te responderé a lo que me preguntabas, para que no digas que quedaste en un error por culpa mía. Es verdad que suicidarse es lo mismo que matar. Sea la vida propia o la de otro. La vida es don de Dios y solo Dios que la dio, tiene el poder de quitarla. Quién se mata muestra su soberbia y Dios odia la soberbia.

–            ¿Muestra la soberbia? Yo diría más bien que la desesperación.

–            ¿Y qué es la desesperación, sino soberbia? Mira Judas, ¿Por qué alguien se desespera? Porque las desgracias se recrudecen contra él y se quiere por sí solo vencerlas, pero no se puede. O también porque siendo culpable, cree que Dios no puede perdonarlo. En el primero y el segundo casos, ¿No es acaso reina la soberbia? El que cree que por sí mismo puede hacer algo y no tiene la humildad para extender su mano al Padre y decirle: “No puedo, pero Tú si puedes. Ayúdame porque de Ti lo espero todo.” O bien el que dice: “Dios no puede perdonarme.” Lo dice porque midiendo a Dios consigo mismo, piensa que Dios no perdonaría, porque él tampoco si fuera el ofendido, no lo haría. En otras palabras, también esto es soberbia. El humilde compadece y perdona, aun cuando sufra por haber sido ofendido. El soberbio no perdona. Es soberbio porque no sabe doblar la frente y decir: “Padre, he pecado. Perdona a tu hijo culpable.” ¿No sabes Judas que el Padre perdonará a cualquiera que con corazón sincero y contrito, humilde y decidido a levantarse en el bien, lo pida?

Judas objeta:

–            Pero ciertos pecados no son perdonados. ¡No lo pueden ser!

–            Lo dices tú. Y será verdad porque el hombre así lo quiere. Pero en verdad, ¡Oh! En verdad te digo que aún después del Crimen más grande que puedas imaginarte, si el culpable corre a los pies del Padre infinitamente Perfecto y llorando le pidiese perdón. Le ofreciese expiación, pero sin desesperarse. El Padre le daría la manera de expiar, para merecer su perdón y salvar su alma. 

–            Siendo así, estás diciendo que quienes cita la Escritura que se mataron, ¿Hicieron mal?

–                         No es lícito hacer violencia a nadie y ni siquiera a sí mismo. Hicieron mal.    Según su conocimiento relativo del bien; habrán conseguido en determinados casos, misericordia de Dios. Pero desde que el Verbo ha iluminado con la Verdad y dado fuerzas a las almas con su Espíritu, a partir de ese momento no será perdonado quien muera desesperado. Ni en el momento del Juicio Particular; ni después  de siglos de Gehena; ni en el Juicio Final. ¡Jamás!… ¿Es dureza de Dios ésta?… ¡No! ¡No! ¡Es Justicia!

Dirá Dios: “Tú, criatura dotada de razón y de ciencia sobrenatural, a quién crié libre; creíste poder seguir el sendero que escogiste y dijiste: Dios no me perdona. Estoy separado de Él para siempre. Juzgo que debo aplicarme la justicia debida a mi delito. Huyo de la vida para escapar de los remordimientos- Qué jamás los habrías tenido, si hubieras venido a mi pecho paternal. Y cómo haz juzgado, vete. No hago fuerza a la libertad que te di. Digo amén a lo que has querido.”

Esto es lo que dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don y debe amarse. Pero ¿Qué clase de don es? Es un don santo y por eso debe amarse santamente. La vida dura, cuanto la carne es capaz de ella. Después empieza la vida grande, la vida eterna; que será de felicidad para los justos y de maldición para los injustos. ¿Es la vida fin o medio? Es medio. Sirve para el fin que es la eternidad. Por eso hay que dar a la vida lo que le sirve para la conquista del espíritu. Continencia de la carne en todos los aspectos. En todos. Continencia de la mente en todos sus deseos. En todos. Continencia del corazón en todas sus pasiones que saben a humano. Pero debe ser ilimitada en el ansia por las pasiones que llevan al Cielo: amor de Dios y del prójimo. Voluntad de servir a Dios y al prójimo. Obediencia a la Palabra Divina; heroísmo en el bien y en la virtud.

Te he respondido, Judas. ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y pregunta, si no sabes lo suficiente. Estoy aquí para enseñarte.

Judas parece reflexionar. Y luego dice:

–           He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil hacer lo que he comprendido. Tú puedes hacerlo porque eres Santo. Pero yo… Yo soy un hombre joven, lleno de vitalidad. Y de deseos de vivir…

–      He venido para los hombres, Judas. Y no para los ángeles. Ellos no tienen necesidad de Maestro, porque ven a Dios y viven en su Paraíso. No ignoran las pasiones de los hombres, porque la inteligencia que es su vida, les hace comprender todo. Y lo saben aun los que no son custodios del hombre. Pero espirituales como son, no podían tener más que un solo pecado. Como uno de ellos lo cometió y arrastró consigo a los menos fuertes en la Caridad: la Soberbia fue la flecha que manchó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles y lo convirtió en el Monstruo pavoroso del Abismo. No he venido para los ángeles; que después de la caída de Lucifer, se horrorizan tan solo de pensar en el orgullo. He venido para los hombres: Para hacer de ellos ángeles.

El hombre era la perfección de lo creado. Tenía de ángel el alma y del animal; la completa belleza de todas sus partes animales y morales. No existía creatura igual. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo. Y el último día que hubiese dormido sobre la Tierra; hubiera despertado como rey, con el Padre; en el Cielo.

Satanás ha arrebatado las alas al ángel-hombre y le ha puesto garras de fiera; deseos ardientes de inmundicia. Lo ha convertido en un hombre-demonio; más que hombre. Quiero borrar la mancha de Satanás. Destruir el hambre corrosiva de su carne manchada. Devolverle las alas al hombre y llevarlo otra vez para que sea rey, coheredero del Padre y del Reino Celestial.

Sé que el hombre, si realmente lo quiere; puede hacer todo lo que digo; para volver a ser rey y ángel. No os diré  que hagáis cosas que no podáis hacer. No soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado carne verdadera; para poder saber por experiencia de la carne, cuáles son las tentaciones del hombre.

Judas cuestiona:

–             ¿Y los pecados?

–             Tentados, todos pueden serlo. Pecadores; tan solo los que quieren serlo.

–             Jesús… ¿Jamás has pecado?

–             Jamás he querido pecar. Y esto no porque sea el Hijo del Hombre. Sino que      lo he querido y querré; para demostrar al hombre que el Hijo del Hombre no pecó; porque no quiso pecar y que el hombre si no lo quiere, puede también no pecar.

–              ¿Te has enfrentado alguna vez a las tentaciones?

–              Tengo treinta años, Judas. Y no he vivido ermitaño en la cueva de algún     monte, sino entre los hombres. Y aun cuando hubiese vivido en el lugar más solitario; ¿Crees que no hubiere llegado hasta ahí la Tentación?… Todos tenemos dentro de nosotros el Bien y el Mal. Sobre el bien sopla Dios y lo agita como incensario de agradables y sagrados trozos de incienso. Sobre el Mal sopla Satanás y lo convierte en una hoguera de ardientes pasiones. Pero el cuidado atento y la Oración constante, son arena húmeda sobre la Hoguera del Infierno: la sofoca y la domina.

–             Pero si jamás has pecado, ¿Cómo puedes juzgar a los pecadores?

–             Soy Hombre. Y Soy el Hijo de Dios. Cuanto pudiese ignorar como hombre   y juzgar mal; conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y… ¡Por lo demás!…  ¡Respóndeme esto!… Uno que tiene hambre, sufre más cuando dice: “Más tarde me sentaré a comer” o cuando sabe: “No hay comida para mí.”

–             Sufre más en el segundo caso. Porque tan solo de saber que no tiene comida;   con sólo el olor de los platillos, la boca se le hace agua.

–            Entonces la Tentación es tan fuerte como este deseo, Judas. Satanás sabe hacerla más aguda y tentadora, para llevar a cabo cualquier acción. Después del hecho consumado, tal vez provoque náuseas. Pero la Tentación no consentida, no desaparece; sino que es como un árbol podado: produce más ramas.

–            ¿Y jamás has cedido?

–             Jamás he cedido.

–             ¿Cómo lo has logrado?

–             He dicho: “Padre, no me dejes caer en la Tentación…”

Judas lo mira completamente asombrado y exclama:

–                  ¡Cómo!… ¿Tú, el Mesías?… ¿Tú, que obras milagros?… ¿Has pedido la            ayuda del Padre?

–                 No tan solo ayuda. Le he pedido: no inducirme en tentación.  ¿Crees tú, que porque Yo sea Yo; puedo prescindir del Padre? ¡Oh! ¡No!… en verdad te digo que el Padre concede al Hijo todo. Pero también te digo, que el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se pidiere al Padre en mi Nombre: será concedido.

Pero mira que hemos llegado a Get-Sammi, donde vivo.  Ya se distinguen  más allá de las murallas los primeros olivos. Tú vives más allá de Tofet. La tarde ya baja. No te conviene subir más allá. Nos volveremos a ver mañana, en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.

–                  También a Ti la paz, Maestro… más te quería decir otra cosa. Te acompaño hasta el cedrón y después me regresaré. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? ¿Sabes? La gente tiene en cuenta muchas cosas. ¿No conoces a alguien en la ciudad, que tenga una casa hermosa? Si quieres; yo puedo llevarte con amigos. Te hospedarán por la amistad que me tienen. Esos lugares, serán más dignos de Ti.

–                  ¿Así lo crees? Yo no lo creo. En todos los grupos hay dignos e indignos… Y sin faltar a la caridad, pero para no ofender a la Justicia; te digo que el indigno y el maliciosamente indigno; se encuentran frecuentemente entre los grandes. No es necesario; ni útil, ser poderoso; para ser bueno o para esconder el pecado a los ojos de Dios. Todo debe cambiarse bajo mi Señal. Y no será grande el que es poderoso; sino el que es humilde y santo.

–                  Pero para ser respetado. Para imponerse…

Jesús refuta:

–                             ¿Es acaso respetado Herodes?… ¿Lo es también César?… ¡No!.. Se les soporta y se les maldice con los labios y con los corazones. Créeme Judas; que entre los buenos o en los que tienen buena voluntad, sabré imponerme más con la modestia; que con el poderío.

–                             Pero entonces… ¿Despreciarás siempre a los poderosos? Te los harás enemigos. Pensaba hablar de Ti a muchos que conozco y que son famosos…

–                             Yo no desprecio a nadie. Iré a los pobres, como a los ricos. A los esclavos, como a los reyes. A los puros, como a los pecadores. Pero sí seré agradecido al que me dé pan y techo en mis fatigas. Cualquiera que sea el pan, cualquiera que sea el techo; preferiré siempre al que es humilde. Los grandes tienen de su parte, muchas alegrías. Los pobres no tienen más que su conciencia recta; un amor fiel, sus hijos y el saber que éstos los escuchan. Siempre me inclinaré hacia los pobres, los afligidos y los pecadores. Te agradezco tus buenos sentimientos; pero déjame en paz, en este lugar de paz y de oración… Vete. Y que Dios te inspire lo que esté bien.

Jesús deja al nuevo discípulo y se interna entre los olivos….

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

3.- CONQUISTADO POR EL PODER


La primavera está en todo su esplendor. Es la primera Pascua, después del retiro en el desierto.

Jesús entra en el recinto del Templo de Jerusalén, con Pedro, Andrés, Juan, Santiago de Zebedeo, Felipe y Bartolomé. Una multitud de peregrinos llegan de todas partes. En el primer patio hay una verdadera feria.

No existe el menor recogimiento en el lugar sagrado. Quién corre. Quién llama. Quién contrata a los corderos; grita y maldice por el precio excesivo. Quién empuja a los pobres animales que balan en los corrales improvisados con cuerdas o estacas. Y son custodiados por los mercaderes. Palos, balidos, blasfemias. Insultos a los criados que se descuidan en juntar o en separar a los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van. Y mayores insultos en los que a sabiendas, se han llevado algún cordero.

El Templo también funciona como banco financiero. Y junto a los cambistas, hay otro griterío por los abusos en el cambio en el valor monetario, que cada quién impone a su capricho; pues según el cliente, es lo que le cobran.

Dos pobres viejecillos miran una y otra vez su bolsillo, con el dinero obtenido con tanto trabajo y sacrificio. Van de uno a otro cambista y terminan por regresar con el primero; que decide vengarse porque lo dejaron y aumenta la usura en el cambio.

Luego van con los vendedores de corderos que entregan a los viejos medio ciegos, al más flaco. Entran en el Templo…

Y al poco rato regresan empujando al pobre animalillo, que ha sido rechazado por los sacrificadores.

Llantos, súplicas, malos gestos, palabrotas; van y vienen sin que el vendedor se conmueva:

–          Para lo que queréis gastar galileos, el que os he dado es muy hermoso todavía. ¡Lárguense! O dad otros cinco denarios por uno mejor.

El anciano suplica:

–                      ¡En Nombre de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Acaso quieres impedir que celebremos la Pascua, que tal vez sea la última? ¿No te basta lo que pediste por un pequeño animal?

Inconmovible, el mercader exclama:

–           ¡Lárguense apestosos! Allá viene José el Anciano y me honra con su preferencia.

El vendedor deja a los afligidos viejos y saluda al recién llegado:

–                     ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!

José de Arimatea es un fariseo muy majestuoso; entra en el corral y toma un soberbio ejemplar. Luego pasa indiferente frente a los pobrecitos que gimotean a la entrada del corral. Casi los empuja cuando pasa con el gordo cordero que va balando.

También Jesús ha hecho su compra y es Pedro, el que lleva un cordero de regular tamaño. Pasan cerca de los viejecillos, que temerosos e indecisos lloran, mientras la gente los empuja y son insultados por el vendedor.

Jesús es muy alto. Mide un poco más de dos metros y llega junto a ellos, cuyas cabezas apenas si le llegan a la altura del pecho. Se acerca y poniendo su mano en la espalda de la mujer, le pregunta:

–           ¿Por qué lloras, mujer?

Ella mira muy sorprendida y admirada a este joven alto y majestuoso, que parece un rabí y que viste una túnica y un manto blanquísimos; porque nadie se preocupa de la gente, ni de defender a los pobres contra la avaricia de los vendedores…

Y le dice la razón de su llanto.

Cuando termina la transacción entre José y el mercader; Jesús se dirige a éste último:

–           Cambia este cordero a estos fieles. No es digno del altar. Así como tampoco es justo que te aproveches de dos viejecitos, tan sólo porque son débiles e indefensos.

El hombre se sorprende y recorriéndolo con la mirada de arriba abajo, dice con desprecio:

–           ¿Y Tú quién eres?

Jesús contesta:

–           Un justo.

–                      Tu modo de hablar y el de tus compañeros, te denuncian como Galileo. ¿Acaso puede haber un justo en Galilea?

Jesús dice con seriedad:

–           Haz lo que te digo y sé justo.

El hombre ríe con burla:

–        ¡Oíd! ¡Oíd! ¡Al galileo defensor de sus iguales! ¡Nos quiere enseñar a nosotros los del Templo! –al decir esto remeda la cadencia del hablar Galileo, que es más melodioso que el judío.

La gente se reúne. Otros vendedores y cambistas, se unen para defender a su compañero en contra de Jesús.

También intervienen algunos rabíes que lo interrogan con un gran sarcasmo:

–           ¿Eres tú doctor?

Jesús contesta muy serio:

–           Tú lo has dicho.

–           ¿Qué enseñas?

La hermosísima voz de tenor de Jesús resuena en el aire, como una trompeta:

–           Enseño esto: a hacer de la Casa de Dios, Casa de Oración y no lugar de usura y de mercado. ¡Esto es lo que enseño!

Todos quedan paralizados por el miedo; pues Jesús parece un arcángel airado. Sus bellísimos ojos azules, parecen dos zafiros centelleantes. Y con santa Ira camina impetuoso, entre banco y banco; volcando las mesas y las mesitas. Y todo cae al suelo con gran estrépito de monedas que rebotan y maderos quebrados.

El aire se llena de gritos de ira, de pavor, de aprobación. Enseguida arranca de las manos de los mozos que cuidan los animales, las cuerdas con las que guardan los bueyes, las ovejas y los corderos. Y forma con ellos un duro látigo, en el que los lazos sueltos se convierten en flagelo. Lo levanta y le da vueltas por arriba y por abajo sin consideración alguna. ¡Y sin ninguna piedad!

Al golpear sacude cabezas y espaldas. Los fieles se separan admirando lo que pasa.

Los culpables son perseguidos y huyen dejando en el suelo, el dinero y los animales; en medio de una gran confusión de piernas, cuernos, alas. Hay quién corre; quién vuela… todo en medio de mugidos, balidos, aleteos de palomas y de tórtolas. Y a este alboroto se unen las risas y burlas, con que los fieles siguen a los usureros que escapan dando alaridos que sobrepasan los berridos y balidos de los corderos, que están siendo degollados en otra parte del Santuario.

Israel es una teocracia y el Templo, su principal sede de gobierno. Con toda esta barahúnda, acuden los sacerdotes, junto con los fariseos y los rabíes con sus discípulos.

Jesús está en medio del patio. Ha regresado de perseguir a los culpables y todavía tiene el látigo en la mano.

Es una estampa prodigiosa, poder contemplarlo en toda su majestuosa belleza masculina; airosa y triunfante; poderosa como un rey…

Y las preguntas llueven al mismo tiempo:

–               ¿Quién eres?

–               ¿De qué escuela provienes?

–               ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas?

–               Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres.

Jesús los escudriña a todos como si los traspasara con su mirada. Ellos la sienten y parecen encogerse. Jesús al contrario… Se yergue más majestuoso todavía y adquiere toda la grandeza del Hombre-Dios…

Y declara con voz poderosa:

–           Yo Soy el que puedo. Todo lo puedo. Destruid si queréis este Templo Real y Yo lo levantaré para alabar a Dios. Yo no turbo la santidad de la Casa de Dios, ni sus ceremonias. Vosotros sois la que la turbáis, permitiendo que su morada se convierta en sede de ladrones y mercaderes. Mi escuela es la Escuela de Dios. La misma que Israel tuvo cuando le hablaba el Eterno, por medio de Moisés. ¿No me conocéis?… ¡Me conoceréis! ¿No sabéis de dónde vengo?… ¡Lo sabréis!

Y volviéndose al pueblo, sin preocuparse más por los sacerdotes. Alto, vestido de blanco, con el manto abierto y cayéndole sobre la espalda.

Majestuosísimo como un Rey y con los brazos abiertos como un orador en lo más emocionante de su discurso, dice:

–           ¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: establecerás jueces y magistrados en todas las puertas…y ellos juzgarán con justicia al pueblo, sin inclinarse por ninguna de las partes. No tendrás respetos personales, ni aceptarás donativos. Porque los donativos cierran los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo, para vivir y poseer la tierra que el Señor Dios Tuyo te habrá dado.

¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: no prestarás a interés, ni dinero ni semillas, ni cosa alguna a tu hermano. Podrás hacerlo con el extranjero; pero a tu hermano no prestarás con interés, de lo que tiene necesidad. Esto ha dicho el Señor.

¡Ved ahora qué injusticia para con el pobre se comete en Israel! No triunfa el justo, sino el fuerte. Y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: “Quién nos juzga es justo” si ve que no lo respetan los que deberían hacerlo? ¿El violar los Mandamientos de Dios, es acaso respetarlo? ¿Por qué razón los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publicanos y pecadores, los cuales los hacen para tener de su parte a los sacerdotes; así como éstos los reciben para tener una mayor riqueza?

Dios es la herencia de los sacerdotes. Para ellos Él, el Padre de Israel; es más que Padre y les provee de comida como es justo. Pero no más de lo justo. Él no prometió a los servidores del Santuario bolsas de dinero, ni posesiones. En la Eternidad tendrán el Cielo porque fueron justos; como lo tendrán Moisés y Elías, Jacob y Abraham. Pero sobre esta tierra no deben tener más que el vestido de lino y una diadema de oro incorruptible: Pureza y Caridad.Y que el cuerpo sea siervo del espíritu, que es siervo de Dios Verdadero. Y que no sea el cuerpo quién sea señor del espíritu y contrario a Dios.

Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto.

Y ellos ¿Con qué autoridad profanan los Mandamientos de Dios y a la sombra de los muros sagrados permiten usura contra sus hermanos de Israel, que han venido por obedecer un Mandamiento Divino? Se me ha preguntado de qué escuela provengo y yo he respondido: “De la Escuela de Dios”. Así es Israel. Yo he venido a traerte a esta escuela santa e inmutable. Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida. Quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, que venga a Mí. Como habéis seguido a Moisés a través del desierto, ¡Oh, vosotros de Israel! Seguidme a Mí que os llevaré a través de un desierto más desolado al encuentro de la Verdadera Tierra Prometida. Por el mar abierto de los Mandamientos de Dios, os llevaré a ella y levantando mi señal, os curaré de cualquier mal.

Ha llegado la Hora de la Gracia. Los Patriarcas murieron esperándola, la predijeron los Profetas y fallecieron con esta esperanza. Los justos soñaron con ella y murieron confortados con este sueño. Ha llegado la Hora.

¡Venid! El Señor está por juzgar a su Pueblo y para hacer misericordia a sus siervos. Así como lo prometió por boca de Moisés.

El largo discurso termina y la gente agolpada alrededor de Jesús, lo ha escuchado con la boca abierta. Después comenta las palabras del nuevo Rabí. Y van y vienen preguntas.

En un nutrido grupo de fariseos, sacerdotes y Doctores de la Ley; que están tan estupefactos, que se han quedado paralizados al igual que todos los que presencian la insólita escena…Está el escriba Sadoc y sus discípulos.

Y entre sus asombrados oyentes, hay uno que se pregunta a sí mismo:

–           ¿Acaso es el Mesías?

Y su corazón palpita con violencia ante el pensamiento que cruza como un relámpago:

–           ¡Sí! ¡Es el Mesías! Sólo el Mesías sería capaz de hablar así a los poderosos de Israel. ¡El Rey prometido ha llegado!

Y un frenético anhelo de seguirlo y conseguir ser su discípulo, se agiganta dentro de sí y lo domina por completo. Y jala a su compañero de una manga y lo arrastra consigo.

Mientras tanto, Jesús se dirige al Patio de los Israelitas, seguido por sus amigos.

Tres días después…

Jesús llega con sus seis discípulos a una casita que está en la orilla de la ciudad, entre la campiña y los olivos, bañada por la luz del atardecer.

Un anciano campesino, propietario del olivar, que es conocido de Juan, le dice:

–           Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo.

Juan inquiere:

–           ¿Dónde están? ¿Quiénes son?

–                      Están esperando en la cocina y… y… en el fondo del huerto, hay otro que es todo llagas. Hice que se quedara allí, porque…mucho me temo de que esté leproso. Dice que quiere ver al profeta que habló en el Templo.

Jesús dice:

–                      Vamos primero con éste. Diles a los otros que si quieren venir, que vengan. Hablaré con ellos en el Olivar.

Y avanza al lugar que señaló el anciano.

Pedro pregunta:

–           ¿Y nosotros que hacemos?

–           Venid si queréis.

Un hombre todo embozado está pegado a la barda que sirve de apoyo a una zanja, la más cercana al sembradío. Cuando ve que Jesús se acerca, grita:

–           ¡Atrás! ¡Atrás! –Descubre su tronco, dejando caer el vestido y gritando- ¡Piedad! ¡Piedad!

Si la cara está cubierta de costras, el tronco es un entretejido de llagas. Unas, son hoyos profundos. Otras parecen quemaduras de color rojo. Y otras más, blanquizcas y transparentes como si tuvieran un vidrio blanco.

Jesús lo mira con infinita compasión:

–                     ¡Eres leproso! ¿Para qué me quieres?

El hombre suplica:

–                     ¡No me maldigas! ¡No me tires piedras! Me han contado que la otra tarde te manifestaste como Voz de Dios y Portador de su Gracia. Me han dicho que Tú has afirmado que al levantar tu Señal, sanas cualquier enfermedad. Por favor, ¡Levántala sobre mí! ¡Vengo de los sepulcros… desde allá! Me he arrastrado como una serpiente entre los espinos del riachuelo para llegar sin ser visto. He esperado el atardecer para hacerlo, porque en la penumbra no se distingue lo que soy. Me he atrevido. Encontré al buen amo de la casa que no me mató y sólo me dijo: “Espera junto a la barda” Por favor te lo pido, ten piedad Tú también.

Los seis discípulos, el dueño del lugar y los dos desconocidos, se quedan paralizados y muestran claramente su repudio.

Jesús empieza a caminar para acercarse al enfermo.

Y el leproso, grita:

–           ¡No! ¡Alto! ¡No más adelante! ¡No más!… ¡Estoy infectado!

Pero Jesús avanza. Lo mira con tanta piedad que el hombre se pone a llorar y se arrodilla con la cara casi sobre el suelo y solloza:

–           ¡Tu Señal! ¡Tú Señal!

Jesús sonríe lleno de majestad y dice:

–           Será levantada a su Hora. Pero Yo te digo: ¡Levántate! ¡Cúrate! ¡Lo quiero! Y sé para Mí, testigo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, te lo mando! Y no peques más en gratitud a Dios.

El hombre se levanta poco a poco; parece emerger de la alta hierba, como de un sudario, en una tumba…

¡Y está curado!

Grita:

–           ¡Estoy limpio! ¡Oh! ¿Qué debo hacer yo ahora por Ti?

–           Obedecer la Ley. Ve al sacerdote. Sé bueno en el porvenir. ¡Ve!

El hombre trata de arrojarse a los pies de Jesús; pero se acuerda de que todavía está impuro según la Ley y se detiene. Entonces se besa la mano y envía con ella un beso a Jesús, llorando de alegría.

Los otros están petrificados. Jesús le sonríe al curado y lo bendice. Le vuelve la espalda y regresa con los demás.

Su maravillosa sonrisa los hace volver en sí al decirles:

–           Amigos, era solamente una lepra de la carne. Pero vosotros veréis caer la lepra de los corazones. –Volviéndose hacia los dos desconocidos, pregunta- ¿Sois vosotros los que me buscabais? Aquí estoy. ¿Quiénes sois?

El más alto le dice:

–           Te oímos la otra tarde en el Templo. Te buscamos por la ciudad. Uno que dijo ser pariente tuyo, nos dijo que estabas aquí.

Jesús pregunta:

–           ¿Por qué me buscáis?

–           Para seguirte si quieres. Porque has dicho palabras de verdad.

–           ¿Seguirme? ¿Pero sabéis a donde debo ir?

–           No Maestro. Pero ciertamente que a la gloria.

–           Sí. Pero no a una gloria de la tierra; sino a la que tiene su asiento en el Cielo y que se conquista con la virtud y los sacrificios. ¿Por qué queréis seguirme?

–           Para tener parte en tu gloria.

–           ¿Según el Cielo?

–           Sí. Según el Cielo.

–           No todos pueden llegar; porque Mammón asecha a los que desean el Cielo, más que a todos los demás. Y sólo el que sabe querer con todas sus fuerzas, resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme significa una lucha contra el Enemigo que es Satanás?

–           Porque así lo quiere nuestro corazón que ha quedado conquistado por Ti. Tú eres Santo y Poderoso. Queremos ser tus amigos.

Jesús exclama:

–           ¡Amigos! –calla un rato y suspira.

Luego mira fijamente al que siempre ha estado hablando.

Es un judío joven, elegantemente vestido y que ahora ha dejado caer el capucho de su manto hacia atrás, descubriendo su cabeza rapada.

Y Jesús le pregunta:

–           ¿Quién eres tú, que hablas mejor que uno del pueblo?

–           Soy Judas de Simón. Soy de Keriot, pero estoy en el Templo. Soy sacerdote y fariseo. Hijo de Simón, sacerdote fariseo de la treceava de las veinticuatro castas sacerdotales. Soy de la tribu de Leví. Espero y sueño con el Rey de los Judíos. Te he visto que eres Rey en la Palabra y en el gesto. Tómame contigo.

–           ¿Tomarte?… ¿Ahora?… ¿Inmediatamente?… ¡No!

El ‘NO’ de Jesús es rotundo y cortante. Los apóstoles lo miran sorprendidos ante una actitud insólita  y que generalmente es  dulce y amorosa de su Maestro…

Judas pregunta extrañado:

–           ¿Por qué Maestro?

–           Porque es mejor pesarse a sí mismo, antes de emprender un camino muy pendiente.

–           ¿No te fías de mi sinceridad?

–           ¡Tú lo has dicho! Creo en tu impulso, pero no creo en tu constancia. Piénsalo bien, Judas. Por ahora me voy, pero regresaré para Pentecostés. Si estás en el Templo podrás verme. ¡Pésate a ti mismo!… –se vuelve hacia el otro desconocido- Y tú ¿Quién eres?

el hombre contesta un poco turbado:

–           Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora siento miedo.

Jesús contesta con firmeza y dulzura:

–           ¡No! La presunción es ruina. El temor puede ser obstáculo, pero si procede de la humildad, es ayuda. No tengas miedo. También tú piénsalo y cuando regrese…

–           Maestro, ¡Eres tan Santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque de mi amor no recelo.

–           ¿Cómo te llamas?

–           Tomás. Y de sobrenombre, Dídimo.

–           Recordaré tu nombre. Vete en paz.

Jesús los despide y entra en la casa con los seis discípulos.

Juan pregunta:

–           ¿Por qué has hecho tanta diferencia entre los dos, Maestro? Ambos tenían el mismo impulso.

Jesús contesta:

–           Amigo. Aunque el impulso sea el mismo, éste puede tener diferentes orígenes y producir diversos efectos. Ciertamente los dos tienen el mismo impulso. Pero no son iguales en el fin. El que parece menos perfecto lo es más, porque no tiene el acicate de la gloria humana. Me ama porque… me ama.

Pedro interviene:

–           Nosotros hemos dejado todo por Ti.

–           Lo sé Pedro. Por eso os amo más. Pero también vendrá Judas.

–           ¿Quién?… ¿Judas de Keriot?… ¡Ese!… ¡No me agrada! Es un elegante y apuesto señorito, pero… prefiero… ¡Me prefiero a mí mismo!

Todos lanzan una carcajada, con la salida de Pedro. Éste aclara:

–           No hay porqué reírse. Quise decir que prefiero ser un Galileo franco, burdo, ignorante, pescador; pero sin malicia… él tiene…no sé… ¡Ea! El Maestro entiende lo que yo pienso.

Jesús dice:

–           Sí entiendo. Pero no hay que juzgar. Tenemos necesidad de…

Lo interrumpen unos golpes que tocan a la puerta. Cuando la abren, Tomás entra y se arroja a los pies de Jesús.

Y le suplica:

–           Maestro… no puedo esperar hasta tu regreso. Déjame contigo. Estoy lleno de defectos; pero tengo un amor único, grande y verdadero que es mi tesoro. Es tuyo y es para Ti… ¡Por favor deja que me quede Maestro!

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:

–          Quédate, Dídimo. Ven conmigo. Bienaventurados los que son sinceros y tenaces en el querer. Vosotros sois benditos. Para Mí sois más que parientes; porque sois hijos y hermanos, no según la sangre que perece; sino conforme al querer de Dios y al querer vuestro espiritual. Ahora declaro que no tengo ningún pariente más cercano a Mí, que el que hace la Voluntad de mi Padre y quiere el bien. Levántate amigo. ¿Ya cenaste?

Tomás contesta:

–           No, Maestro. Caminé unos cuantos metros con el otro que vino conmigo. Después lo dejé y me regresé diciéndole que quería hablar con el leproso curado… Lo dije porque pensé que él desdeñaría acercarse a un impuro y no me equivoqué. Pero yo te buscaba a Ti; no al leproso…Quería pedirte que me aceptaras.

–           ¿Vives lejos?

–           Estoy alojado cerca de la Puerta Oriental.

–           ¿Estás solo?

–           Estaba con parientes. Pero te oí en el Templo y me quedé para buscarte.

Jesús sonríe y dice:

–           ¿Entonces nadie te espera?

Tomás contesta muy feliz:

–           No, Maestro.

–           Siéntate, Tomás y come con nosotros. Somos pobres y la cena la compartiremos con amor.

Después de que terminan de cenar, Jesús le pregunta:

–           Tomás, ¿Estarías dispuesto a hacerme un favor?

–           Ordena, Maestro. Estoy para servirte.

–           Mañana al rayar el alba, el leproso saldrá de los sepulcros, para buscar quién le avise al sacerdote. Es caridad que tú vayas antes a ese lugar y digas en voz alta: “Tú que ayer fuiste curado, ven fuera. Me manda Jesús de Nazareth, el Mesías de Israel. El que te sanó.” Con esto harás que el mundo de los muertos vivientes conozca mi Nombre y arda de esperanza. Y que a la esperanza se una la fe para que lo cure. Después, él vendrá a ti. Harás lo que te diga que tienes que hacer. Y lo ayudarás en todo como si fuese tu hermano. Le dirás también: “Cuando hayamos cumplido con tu purificación, el Maestro te espera en el camino a Jericó; junto al río. Para decirnos en qué debemos servirlo.”

–           ¡Así lo haré! ¿Y el otro?

–           ¿Quién?… ¿Iscariote?

–           Sí, Maestro.

–           Para él persiste mi consejo. Déjalo que decida por sí mismo. Y por largo, muy largo tiempo; evita aún el encontrarlo. En cuanto al leproso, déjame decirte como es; para que nadie trate de engañarte. Es alto, delgado, de piel oscura, como de sangre mezclada. Ojos profundos y muy negros, bajo unas cejas blancas. Cabellos blancos y encrespados. Nariz larga y labios gruesos. En la frente tiene una cicatriz antigua que le ha quedado.

Felipe comenta:

–           Entonces es un viejo, si está todo blanco.

Jesús refuta:

–           No Felipe. Sólo es un poco mayor que yo. La lepra lo hizo canoso. Oremos…

Jesús se levanta y da gracias al Padre. Luego todos se retiran a descansar.

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

2.- LA PRIMERA CONFRONTACIÓN


Once años después…

En medio de una gran soledad; rocas, tierra quemada en tal forma que está convertida en polvo amarillo que el viento levanta en pequeños torbellinos, secos y calientes.

Debajo de un enorme peñasco que casi parece una gruta, hay una piedra que ha servido de reclinatorio y de almohada, cuando descansa envuelto en su manto por algunas horas; a la luz de las estrellas y del aire frío de la noche. En esa piedra, ahora está sentado con los codos apoyados sobre las rodillas; los antebrazos que se ven delante, muestran a un hombre que está muy flaco y pálido. Es Jesús de Nazareth…

Tiene las manos unidas y los dedos entrelazados. De vez en cuando levanta la vista, mira alrededor y ve que el sol ya está alto, casi perpendicular, en el cielo azul. Luego cierra los ojos y se apoya en la roca que le sirve de refugio, como si sintiera vértigo.

Entonces llega un beduino muy elegante, que lleva un turbante en la cabeza, cuyos flancos blancos caen sobre sus espaldas y le cubren parte de la cara.

Se acerca a él y le pregunta:

–      ¿Estás solo?

Jesús lo mira… pero no responde.  Lo ha reconocido. Satanás siempre se presenta con ropaje benévolo y en forma ordinaria. El contacto espiritual con Dios advierte el aviso que pone a las almas en alerta y prontas a combatir las asechanzas del Demonio. La Oración es la ayuda que da fuerzas para librarse de sus trampas escondidas bajo apariencias inofensivas. Es necesario reaccionar con valor a su presencia. Y a su seducción con la Plegaria…

El otro insiste:

–      ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Te perdiste?

Jesús lo recorre con la mirada, de la cabeza a los pies y calla.

El otro continúa muy obsequioso:

–      Si tuviera agua en la botija, te la daría. Pero yo tampoco tengo. Se me murió el caballo y voy a pie al río. Beberé y buscaré alguien que me de pan. Conozco el camino. Ven conmigo. Te guiaré.

Jesús ni siquiera levanta los ojos.

–      ¿No me respondes? ¿No sabes que si te quedas aquí te mueres? El viento comienza a soplar. Habrá torbellino. ¡Ven!

Jesús aprieta las manos en muda adoración.

El beduino se frota las manos con inmensa satisfacción. Y en sus labios asoma un atisbo de sonrisa muy malicioso…

Luego dice con sarcasmo:

–                      ¡Ah! ¿Con que eres Tú exactamente? ¡Tanto que te he buscado desde el momento en que te bautizaste! ¿Llamas al Eterno?… ¡Está lejos! Ahora estás en la Tierra y en medio de los hombres. Entre los hombres Yo reino. Sin embargo me mueves a compasión. Y quiero ayudarte. Porque Eres y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad. No saben de otra cosa más que de oro, comida y sentidos. Sacrificio, dolor y obediencia son palabras más muertas para ellos, que esta tierra que nos rodea. Vete de aquí. No merecen que sufras por ellos. Los conozco mejor que Tú.

Jesús sigue callado y orando en silencio.

Satanás se ha sentado frente a Jesús y lo escudriña con su escalofriante mirada. En su boca se dibuja una sonrisa maligna. Y mientras continúa hablando le expone portentosas imágenes mentales…

–                      Desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría en la Tierra. Puedo ser tu maestro para enseñarte a triunfar. ¿Ves? Lo importante es triunfar. Después, cuando el uno se haya impuesto y el mundo ha sido engañado, entonces se le lleva a donde uno quiera. Eres joven y muy bello. Empieza por la mujer.

Siempre se debe empezar por ella. Yo me equivoqué al inducir a la mujer a la desobediencia. Debía haberla aconsejado de otro modo. La habría convertido en un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Me apresuré…  Pero ¡Tú! Yo te enseño, porque existió un día en que te miré con angelical alegría y me ha quedado un resto de aquel amor. Pero escúchame y aprovéchate de mi experiencia. Búscate una compañera. Donde Tú no seas capaz de llegar, lo será ella.

Eres el nuevo Adán, debes de tener tu Eva. Y por otra parte ¿Cómo puedes comprender y curar las enfermedades de los sentidos, si no sabes qué cosa son? ¿No sabes que allí se esconde el meollo de donde nace la planta de la avidez y de la arrogancia? ¿Por qué quiere reinar el hombre? ¿Por qué quiere ser rico y poderoso? Para poseer a la mujer. Ésta es como la alondra. Tiene necesidad de guiño para que se le atrape. El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a la mujer y la causa del mal en el mundo.

¡Mira! Detrás de mil delitos de todas clases, hay por lo menos novecientos que tienen su raíz en el hambre de poseer a la mujer. O en la voluntad de una mujer que arde de deseo por el hombre que todavía no satisface o no lo satisfará jamás. Ve a la mujer si quieres saber qué cosa es la vida. Y sólo después sabrás curar y aliviar las enfermedades de la humanidad.

Es muy hermosa, ¿Sabes? ¡La mujer! No hay cosa más bella en el mundo. El hombre posee el pensamiento y la fuerza. Pero ¡la mujer! Su pensamiento es un perfume; su contacto es una caricia de flores; su belleza es como un vino que desciende; su debilidad es como una cuerda de seda o un cordón de niño en manos del hombre; sus caricias son fuerza que se derrama sobre las nuestras y las encienden. El dolor, la fatiga, el desdén; desaparecen cuando se está cerca de una mujer y es como un manojo de flores en nuestros brazos.

Pero ¡Qué tonto soy! Tú tienes hambre y yo te hablo de mujeres. Tu vigor está agotado por eso. Esta fragancia de la tierra, estas flores de lo creado, este fruto que produce y suscita amor; te parecen ahora cosas sin ningún valor. Pero mira estas piedras. ¡Qué redondas! ¡Qué bien labradas! Doradas por el sol que desciende, ¿No te parecen panes? Tú hijo de Dios, sólo tienes que decir “Quiero”, para que ellas se conviertan en un pan oloroso como el que ahora los panaderos están sacando del horno, para la cena de sus familias…

Éstos espinos tan áridos…  Si Tú quieres podrían cubrirse de frutas, de dátiles o de miel. ¡Sáciate! ¡Oh, Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina ante su Creador, para ponerse a tus pies y para calmar tu hambre.

¿Lo ves que palideces y sientes mareo, tan solo de oír hablar de pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil que no puedes ni siquiera ordenar que se haga un milagro? ¿Quieres que lo haga yo por Ti? No me puedo comparar contigo, pero puedo hacer algo. Me privaré por un año de mi fuerza. La juntaré toda. Pero te quiero servir; porque eres bueno y yo siempre me acuerdo que Eres mi Dios; aunque por ahora me he hecho indigno de llamarte como Tal. Ayúdame con tu plegaria, para que pueda…

Jesús lo interrumpe:

–                 ¡Calla! No sólo de pan vive el hombre, sino de cualquier palabra que viene de Dios.

La Tentación sobre el cuerpo ha sido vencida.

El Demonio tiene un arrebato de rabia. Rechina los dientes y cierra los puños. Luego se controla y cambia la mueca en sonrisa.

–      Comprendo. Tú estás sobre las necesidades de la tierra y tienes horror de servirte de mí. ¡Lo tengo merecido! Pero… ven ahora y mira algo en la casa de Dios. Ve también como los sacerdotes no rehúsan llegar a transacciones entre el espíritu y la carne; porque al fin son hombres y no ángeles. Haz un milagro espiritual. Yo te llevo al pináculo del Templo y Tú te transformarás en lo que Eres. Y luego llama a las cohortes de los ángeles y diles que entrelacen sus alas para peana de tus pies y que te bajen en el pórtico principal. ¡Qué te vean y se acuerden de que existe Dios!

De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria tan flaca; sobre todo en cosas espirituales. ¡Qué felices se sentirán los ángeles de servir de peana a tus pies y de escalera sobre la que subas!

Jesús lo mira con dureza y sentencia:

–      Está escrito: No tentarás al Señor Dios tuyo.

La Tentación sobre el alma ha sido vencida.

Satanás prosigue implacable:

–                      ¡Oh! Comprendes que aún tu aparición no cambiaría las cosas y que el Templo continuaría siendo un mercado y una corrupción. Tu Divina Sabiduría conoce que los corazones de los ministros del Templo; son un nido de víboras, que se desgarran y desgarran tan solo por dominar.

No se les puede domar más que con la fuerza humana. Así pues oye: adórame y te daré la Tierra. Alejandro, Ciro,  César; todos los más grandes conquistadores que han vivido, no serán nada en comparación tuya; pues tendrás todos los reinos bajo tu cetro.

Y con los reinos, todas las riquezas; todas las bellezas de la Tierra y mujeres, ejércitos y templos. Podrás levantar en todas partes tu Señal; cuando seas Rey de reyes y Señor de señores en el mundo. Entonces serás obedecido y venerado por el Pueblo y el sacerdocio.

Abriendo los brazos, se manifiesta con todo su satánico esplendor y continúa:

Todas las razas te honrarán y te servirán, porque serás poderoso y el único Señor… ¡Adórame un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado! ¡Es la que me perdió! Ha quedado en mí y me quema. Las llamas del Infierno son como fresco aire matutino, en comparación a esto que me quema por dentro. Es mi infierno esta sed. Un momento… Sólo un momento, ¡Oh, Cristo! ¡Tú que eres bueno! ¡Un momento de alegría al Eterno Atormentado! Déjame sentir qué cosa se experimenta al ser Dios y me tendrás por tuyo;  obediente como un siervo por toda la vida y para todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Tan solo un momento y no te atormentaré más!…

Y Satanás se arrodilla suplicándolo.

Jesús se ha puesto de pié.

Enflaquecido por el ayuno de cuarenta días, parece aún más alto. Su rostro se llena de severidad y poder. Sus ojos son dos zafiros llameantes. Su voz es un trueno que repercute a su alrededor cuando dice:

–           ¡Lárgate, Satanás! Está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo y a Él solo servirás.

La Tentación sobre el espíritu, ha sido vencida. 

Satanás, con un bramido de odio indescriptible, se levanta.  Y amenaza:

–           Por esta vez me has vencido, pero volveremos a encontrarnos cuando seas un amasijo de carne ensangrentada. ¡¡¡Mira!!!

Y le muestra… Por unos instantes, en una visión futura; TODO lo que hará con Él cuando llegue su hora…

Espeluznante es ver su figura llenarse de humo.

Después desaparece con un aullido de maldito.

Jesús se sienta cansado y apoya la cabeza sobre el peñasco. Parece exhausto y suda. Los ángeles vienen a revolotear a su alrededor y refrescan con sus alas el aire caliente. Jesús abre los ojos y sonríe.

Los ángeles han venido a consolarle.

Jesús parece nutrirse con el aroma del Paraíso  y se levanta lleno de vigor. Emprende la caminata.

El sol desaparece en el horizonte. Los ángeles le acompañan y le iluminan con una luz muy suave. Ha recuperado su expresión de siempre y camina con paso seguro. Lo único que le queda después del largo ayuno, es un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido. En sus ojos hay una alegría que no es de esta tierra…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

1.- LA PROMESA


Es una florida y esplendorosa mañana primaveral. El aire está perfumado con el aroma de los azahares y del incienso. En el grandioso edificio hay unos  patios colosales con elaboradas fuentes, magníficos pórticos y amplias escalinatas que conducen de un lugar a otro; convirtiéndolo en un auténtico laberinto, prototipo de un portentoso genio arquitectónico.

Está lleno de una fervorosa multitud  que lo inunda con una ruidosa algarabía.  Es el Templo de Jerusalén en días de fiesta.

En un grandioso salón, hay muchos fariseos con sus largas vestiduras ondeantes y el efod de oro, de púrpura, violeta y escarlata.  Son imponentes sacerdotes vestidos de carmesí y finísimo lino, trabajados con arte sin igual.

Llevan un pectoral  y una diadema adornados con piedras preciosas, que muestran un exquisito trabajo de orfebrería;  con una placa de metal precioso sobre el pecho y en la frente. El cinturón que ciñe sus túnicas, también está confeccionado en oro igual que el efod. Sus joyas están profusamente decoradas con un arte fastuoso y a la vez delicado.

Diez regios doctores de la Ley están sentados muy majestuosos, en unas banquetas bajas de madera. Un levita habla con otro y éste desaparece tras una cortina de rayas.

Más tarde, regresa con un nutrido grupo de sacerdotes, ancianos, maestros y un garboso adolescente que viste de rojo y con un manto de púrpura, que lo hace lucir magnífico. Calza sandalias bordadas con hilos de plata y oro; un cinturón precioso y un talet sostenido con una lámina de oro adornada con amatistas de un color violeta intenso con destellos rojos, donde está simbolizada la tribu de Leví.

Después de que todos toman sus lugares, en el centro del salón quedan solo un joven sacerdote fariseo y el jovencito. Luego el hombre dice con solemnidad y con tono de quién recita un ritual:

–            Este es mi hijo. Desde hace nueve lunas y dieciocho días ha entrado en el tiempo que la Ley destina para la mayoría de edad. Pero yo quiero que sea mayor de edad según los preceptos de Israel. Observaréis que ya ha dejado atrás la infancia. Examinadle con benignidad y justicia, para juzgar que cuanto afirmo es verdad. Yo lo he preparado para este momento y para que tenga esta dignidad de hijo de la Ley. Él sabe los preceptos, las tradiciones y las decisiones. Conoce las costumbres de las fimbrias y las filacterias. Sabe recitar las oraciones y las bendiciones; puede por tanto, conociendo la Ley en sí y en sus tres ramas: Halasia, Midras y Haggadá, guiarse como un hombre. Por ello deseo ser liberado de la responsabilidad de sus acciones y sus pecados. Que de ahora en adelante quede sujeto a los preceptos y pague en sí, las penas por las faltas que cometa respecto a ellos. Examinadlo.

Uno de los ancianos doctores dice:

–       Lo haremos. –Mirando al adolescente, agrega- Acércate, niño. ¿Cuál es tu    nombre?

El jovencito levanta la cabeza y sus grandes y expresivos ojos color  acero oscuro, tienen un destello de orgullo, al decir:

–                  Judas de Simón. Levita fariseo de Keriot. De la tribu de Leví y de la treceava de las veinticuatro clases sacerdotales.

–      ¿Sabes leer?

–      Sí, rabí.

–      Eres honra de tu maestro, el cual ciertamente es muy docto.

Judas inclina la cabeza y dice con halago:

–      La sabiduría de Dios, está en el corazón justo de mi padre Simón y de Sciammai, el sabio doctor de Israel.

El escriba Sadoc exclama admirado:

–      ¿Estáis oyendo? –Y luego se dirige al sacerdote que está tres pasos atrás del hijo-  ¡Eres dichoso por ser el padre de un hijo así!

Simón hace una reverencia.

Enseguida le dan a Judas, tres rollos distintos y le dicen:

–     Lee el que está cerrado con una cinta de oro.

Judas lo desenrolla y lo lee: es el Decálogo.

Pero después de las primeras palabras, un juez le quita el rollo y dice:

–           Sigue de memoria.

Judas los recita de una manera perfecta.

Otro juez le dice:

–           Di los Midrasiots.

Judas repite sin vacilar, una letanía de: “No harás…”

El más imponente de todos, le ordena:

–           Bien. Ahora abre el rollo de la cinta roja.

Judas lo abre y empieza a leer el libro del Profeta Daniel…

La ceremonia continúa y cuando terminan, se disponen a pasar a otro recinto sagrado.

El escriba Sadoc se reúne con los participantes y poniendo una mano sobre el hombro de Judas, dice al padre:

–           Eres uno de mis mejores amigos. Cuando dejes a Judas en el Templo, me gustaría ser su maestro…

Simón contesta visiblemente halagado:

–           Será un honor y una alegría muy grande para mí, dejártelo a ti, noble Sadoc. Quiero que sea un sacerdote noble y digno.

Sadoc confirma:

–           Lo será. La casta sacerdotal la lleva en la sangre y la nobleza la heredó de ti. La dignidad la colmará, con su formación en el Templo y a la sombra del Altísimo.

Siguen conversando, mientras van caminando a lo largo de las colosales galerías, hasta llegar  a una estancia más grande y más pomposa. Es la sinagoga dentro del Templo. Aquí le cortan a Judas, los rizos de su cabello castaño oscuro. Le aprietan la túnica con un largo cinturón que da varias vueltas a su cintura. Le ciñen la frente y un brazo con unas cintas y también le fijan con una especie de pliegues, unas cintas en el fino manto.

Enseguida cantan salmos y Simón alaba al Señor con una larga oración e invoca toda suerte de bendiciones para su hijo.

La ceremonia termina.

Uno de los doctores de la Ley, se separa del grupo y se retira del lugar. Avanza con paso firme, hasta llegar al Patio de los Israelitas.  Es un hombre maduro y enérgico.

Mira hacia una zona en particular… Y una expresión nostálgica y angustiosa se refleja en su semblante.

Al escuchar a Judas leer al Profeta Daniel, una avalancha de recuerdos le estrujó el corazón…

Siete años atrás, otro jovencito rubio excepcionalmente hermoso; leyó la misma profecía… Y durante tres días asombró a todos los Doctores de la Ley, con su Sabiduría.

Gamaliel mira hacia la grandiosa columna donde Él estaba parado, junto a su maestro Hilell… Dónde él admiró la gloria de Dios encarnada en aquella creatura excepcional.

Y en su mente revive la escena, con increíble exactitud…

     La hermosa y varonil voz de Jesús dice:

–      Daniel dice que cuando hayan matado al Cristo, el Templo y la ciudad serán destruidos por un pueblo y por un caudillo venidero…

Sciammai, otro doctor de la Ley que es un hombre intransigente, resentido y retrógrado; discute con Jesús la profecía y los acontecimientos. Con sus contundentes argumentos, basados en que todavía NO ES TIEMPO… Niega rotundo que el Mesías esté sobre la tierra…

Entonces  él y todo su grupo fueron enérgicamente increpados por un intrépido Jesús adolescente, en su primer encuentro contra los fariseos hostiles y para los que Él será piedra de tropiezo… En su primera iniciativa como adulto en la Ley del Señor, en el Patio de los Israelitas…

Jesús les dijo:

–           Ustedes no comprenden la palabra de Dios por las bajezas, las soberbias y los dobleces, que les obstaculizarán ver y oír. Y a pesar de todo, el Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que sin embargo es celestial.

¡Un vulgar nazareno se atreve a reprender al que se considera a sí mismo, el más sabio de todos los doctores de la ley! ¡Esto es algo inaudito que no es posible pasar por alto! Y…

Sciammai replica enfurecido:

–      Tu boca atrevida, tiene al mismo tiempo; sabor de leche y de blasfemia. ¡Este Nazareno es Satanás!

Hilell rebate:

–      No. Este niño es un profeta de Dios. –Y acercándose a Jesús, le dice- Quédate conmigo. Así mi ancianidad trasfundirá lo que sabe en tu saber y Tú serás Maestro del Pueblo de Dios.

Jesús sentencia y promete:

–      En verdad te digo que si muchos fueran como tú, Israel sanaría… Pero aún no ha llegado mi hora… A mí me hablan las voces del Cielo y debo recogerlas hasta que llegue mi Hora. Entonces hablaré con los labios y con la sangre a Jerusalén… Y correré la misma suerte que corrieron los profetas, a quienes Jerusalén misma lapidó y les quitó la vida. Pero sobre mi ser está el del Señor Dios al cual Yo me someto como siervo fiel, para hacer de Mí, escabel para su gloria; en espera de que Él haga del mundo, escabel para los pies del Cristo.

Esperadme en mi Hora. Estas piedras oirán de nuevo mi voz y trepidarán cuando diga mis últimas palabras. Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa voz y crean en Él a través de ella. Repito, el Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que sin embargo es celeste y por el cual yo digo: “Aquí tienes a tu siervo Señor; que ha venido para hacer Tu Voluntad. Consúmala porque ardo en deseos de cumplirla”

La imagen de Jesús es sorprendente: con su juvenil rostro inflamado de ardor espiritual elevado al Cielo; con los brazos abiertos, erguido en medio de los atónitos Doctores de la Ley…
En ese preciso instante aparecieron sus padres que lo estaban buscando…

“Todos los que le oían quedaban asombrados por su Inteligencia y por sus respuestas” Sus padres se emocionaron mucho al verlo…”

La Madre dijo:

–          Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados, mientras te buscábamos.

Jesús contestó.

–           ¿Y por qué me buscaban? ¿Acaso no saben que Yo debo estar, donde está mi Padre?

Y Él se fue con ellos.

El recuerdo inolvidable ha quedado grabado en su mente y en su corazón. Gamaliel cierra los ojos. Se estremece y piensa:

–           ¡Yo lo comprendí! ¡Sé que Tú Eres el Mesías! ¡Oh, Señor y Dios Mío! ¿En  dónde…? ¿En dónde estás?… 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA