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UNA MISIÓN CLASIFICADA


LA CONTRA-INTELIGENCIA CATÓLICA, DESTROZANDO LOS PLANES DEL ANTICRISTO 

¿La Madre Teresa de Calcuta hizo consagrar a Rusia, dentro del Kremlin?

Juan Pablo II consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María el 25 de marzo de 1984.

Y la Hermana Lucía de Fátima luego anunció que esa consagración fue la aceptada por el Cielo.

Esto es discutible para los «fatimistas».

Pero lo que no se conoce, es que en el mismo momento, monseñor Pavel Hnilica viajó a Moscú por pedido de la Madre Teresa de Calcuta e hizo lo mismo.

El 25 de marzo de 1984 hizo la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María,

recitando la oración que en ese mismo momento, estaba diciendo Juan Pablo II en Roma.

Juan Pablo II y Obispo Pavel Hnilica

El 25 de marzo 1984, cuando el Papa Juan Pablo II llevaba a cabo la consagración del mundo al Corazón de María,

a 3.000 kilómetros de Roma, en el mismo Kremlin, un obispo eslovaco, enviado por la Madre Teresa, celebraba Misa clandestinamente.

Y realizaba la Consagración con una oración que llevaba escondida en las páginas del Pravda.

Así fue consagrada Rusia al Corazón de María, desde el corazón del ateísmo.

La Madre Teresa le pidió una misión desconcertante:

Que fuera él personalmente a realizar la Consagración en el mismo Moscú y depositara una ‘Medalla Milagrosa’ en el Kremlin,

en el preciso momento en el que el Santo Padre estaba Consagrando el Mundo al Inmaculado Corazón de María.

Durante aquellos días la Madre Teresa, así como todas las Misioneras de la Caridad, rezaron por esta intención.

Y la Madre Teresa acompañó personalmente a monseñor Hnilica al aeropuerto de Calcuta para abordar el vuelo a Moscú,

entregándole su rosario y diciéndole que iban a seguir rezando mucho por él en aquellos días.

Así, acompañado de su colaborador, el padre Leo Maasburg, aterrizó en Moscú el 24 de marzo de 1984,

de incógnito, como dos turistas que iban a ver los principales museos de la ciudad.

Esto lo narra el Padre Leo Maasburg en su libro “Madre Teresa de Calcuta: un retrato personal”.

Padre Leo Maasburg

ALGO DESCONOCIDO EN LA VIDA DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA

Un aspecto desconocido de la vida de la Madre Teresa se refiere a su deseo de trabajar por la conversión de Rusia.

Este aspecto lo reveló el obispo Pavel Hnilica, el obispo eslovaco que fue amigo de la Madre Teresa durante 33 años y colaboró con ella en muchas iniciativas en varias ocasiones.

Esto lo narra el padre Leo Maasburg que fue asistente del Obispo Hnilica.

Durante años, la Madre Teresa deseaba viajar a Rusia con sus monjas, para ser testigos de la Fe cristiana.
.
Sin embargo, pudo cumplir su deseo al final en la década de 1980 con la ayuda de Raissa Gorbatschova,

la esposa de Mijail Gorbachov, el presidente soviético de entonces.
.
Pero antes había estado operando para la Conversión de Rusia.

El Obispo Hnilica viajó a menudo a visitar a la Madre Teresa y grabó entrevistas y conversaciones con ella durante sus viajes.

La Madre Teresa nació en Skopje, en Kosovo, en 1910 y era de sangre eslava.

Es por esto que ella se consideraba relacionada con la población rusa…

Y sufrió mucho cuando oyó que el comunismo soviético, perseguía sin piedad cualquier forma de religión.

Monseñor Pavel Hnilica

Dice el Monseñor Hnilica:

“A menudo hablamos de Rusia.

Ella estaba muy familiarizada con lo que la Virgen había dicho durante las apariciones en Fátima, que surgiría una ideología atea que difundiría sus errores por el mundo,

pero que al final Rusia se convertirá y Su Corazón Inmaculado triunfaría”.

“Un día, al volver de Fátima, donde había conocido a la hermana Lucía, le conté a la Madre Teresa lo que esta famosa vidente me había dicho”

“Hice énfasis en un detalle que me había llamado la atención:

Que la Virgen de Fátima, en diversas apariciones, las oficiales en 1917 y las privadas de la hermana Lucía en los años que siguieron, había expresado su interés en Rusia.
.
Y esta insistencia, dije a la Madre Teresa, es una prueba de la bondad extraordinaria por parte de la Virgen María para con la población rusa”.

La Madre Teresa también fue conmovida por esto y en su corazón creció el gran deseo de trabajar por la conversión de Rusia.

A partir de entonces, se dedicó a este proyecto con todo su corazón.

LA INTERVENCIÓN DE LA MEDALLA MILAGROSA

El Obispo Hnilica explicó que la Madre Teresa rezaba mucho por la conversión de Rusia.
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Hizo a las monjas rezar.

Y enviaba rosarios, biblias y estampitas secretamente a Rusia.


.
Y sobre todo, trató de difundir la devoción a la ‘Medalla Milagrosa’ en esta nación.

De hecho, monseñor Hnilica contó una historia particularmente increíble de esta ‘Medalla Milagrosa

relacionada con la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María.

Es una aventura del estilo 007, ideada y organizada por la Madre Teresa, para poner la ‘Medalla Milagrosa’ en el corazón del Kremlin,

en el momento en que Juan Pablo II Consagraba el Mundo al Inmaculado Corazón de María.

Lo que demuestra que la Fe de los santos es simple, pero también audaz y no se dejar intimidar por ningún obstáculo.

En palabras del obispo Hnilica, ésta es la historia de la aventura en la que él fue el protagonista, siguiendo la voluntad de la Madre Teresa.

“La Madre Teresa estaba profundamente dedicada a la ‘Medalla Milagrosa”.

“Se trata de una pequeña medalla de forma ovalada, que fue acuñada siguiendo las indicaciones exactas de la misma Virgen María.

Ella apareció en París, en 1830 a una joven monja, Sor Catalina Labouré, que ahora es una santa”. Ver la historia aquí.

“Nuestra Señora le dijo que quería que la medalla se hiciera.

Es uno de los pocos casos que conocemos en la que la misma Virgen María dio instrucciones sobre la realización de una medalla en su nombre”.

“Sor Catalina confió lo dicho a sus superiores, que descartaron la idea, ya que pensaban que era absurda.

Sin embargo, como siempre con los eventos destinados desde arriba, el proyecto siguió adelante, la medalla fue acuñada, distribuida.

Y unos años más tarde ya era tan popular, que fue llamada la “Medalla Milagrosa” porque había introducido gracias extraordinarias a quienes la llevaban…

Y oraban por la intercesión y la ayuda de María”.

“La Madre Teresa era una de las mayores promotoras de esta medalla.
.
Ella siempre tenía copias en ella, que repartía a quien pedía oraciones.
.
Recomendaba que la llevaran alrededor del cuello o en un bolsillo como signo de protección.
.
Como ya he dicho, hizo llegar muchas de estas medallas a Rusia.
.
Ella me hizo comprar bolsas de de la Medalla, luego pedir que las bendijera Juan Pablo II.

Y luego las enviaba clandestinamente a países comunistas”.

LA CONSAGRACIÓN DE RUSIA

Continúa el relato del Obispo Hnilica:

“En 1984, la Madre Teresa tuvo una idea increíble.

Ella me dijo que unas de estas ‘Medallas Milagrosas’ tenían que ser introducidas en el Kremlin, para consagrar la capital del ateísmo a la Virgen María con este simple gesto.

Ella me preguntó si me sentía apto para la realización de su proyecto”.

“Para ser honesto, yo era la persona menos adecuada para hacer tal cosa, ya que en los países detrás de la Cortina de Hierro era considerado el enemigo número uno del comunismo.

Y en Checoslovaquia había sido condenado a muerte por causa de mi actividad anticomunista.

Entrar en la Unión Soviética era imposible para mí, pero yo no podía decir que no a la Madre Teresa.

Al estar con ella era fácil contagiarse por su entusiasmo y coraje”.

“Por lo tanto acepté tomar el riesgo y la madre Teresa organizó todo.

Ella tenía algunos contactos dentro del consulado ruso en Calcuta.

No sé lo que les dijo, pero ella me consiguió una visa”.

“Decidimos que la misión debía llevarse a cabo en Marzo de 1984.

La Madre Teresa eligió esta fecha ya que sabía que el 25 de marzo (fiesta de la Anunciación) de ese mismo año, el Papa iba a consagrar el Mundo al Inmaculado Corazón de María.

Ella quería que alguien estuviera dentro del Kremlin en el momento preciso en que el Papa recitara la oración de consagración en Roma,

con el fin de sumarse espiritualmente al Papa y depositar una ‘Medalla Milagrosa’ allí”.

“A Mediados de febrero de 1984, partí a Calcuta con el P. Leo Maasburg, mi fiel colaborador, que pedí me acompañara en esta misión”.

“La Madre Teresa dijo que era necesario prepararse para este viaje a través de la oración.

Durante todo un mes, oramos juntos para que nuestros planes funcionaran.

La Madre Teresa también hizo a sus monjas rezaran por ‘una intención particular’ ya que, además de nosotros dos y P. Leo, nadie más sabía lo que estábamos a punto de hacer”.

“Como ya he dicho, la Madre Teresa había hecho visar mis boletos a través del consulado ruso.

El P. Leo y yo íbamos a ser dos turistas que viajaban desde Calcuta a Roma vía Moscú, deteniéndonos en Moscú durante tres días para visitar los museos de la ciudad”.

“El 23 de marzo la Madre Teresa nos acompañó hasta el aeropuerto de Calcuta.
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Cuando me despedí, ella agarró mi mano y me dio su rosario personal”.

LA PELIGROSA MISIÓN DE CONSAGRAR A RUSIA, DENTRO DEL KREMLIN

Sigue relatando Monseñor Hnilica:

“No hubo ningún problema durante todo el viaje y llegamos a Moscú sanos y salvos a las 4 de la mañana del 24 de marzo.

Entonces, hubo un momento de pánico extremo para mí, cuando presenté mi pasaporte a un soldado en el mostrador de la aduana.

Me miró con desconfianza y luego comenzó a hacerme un montón de preguntas…

Pero yo no quería hacerle saber que yo entendía ruso, así que respondí en italiano porque mi pasaporte era italiano”.

“El soldado no me entendía, pero tenía serias dudas acerca sobre mí.

Él comenzó a hacer una serie de llamadas telefónicas desde la sala de guardia, pero eran las 5 de la mañana y nadie respondió.

Tuve que esperar fuera de la aduana a -5°C.

Estaba preocupado y por eso saqué el rosario de Madre Teresa de mi bolsillo y en secreto empecé a orar.

Yo ya me veía deportado a Siberia.

Pero también tenía mucha Fe en las oraciones de la Madre Teresa.

Siberia rusa

La monja había dicho que mi viaje estaría acompañado por sus constantes oraciones.

Por tanto dije: ‘¡Señor, que se haga tu voluntad! Pero recuerda que es la Madre Teresa, la que me ha enviado aquí’”.

“Después de casi una hora, el soldado me llamó y pude ver que estaba molesto, porque no había sido capaz de ponerse en contacto con ninguno de sus superiores.

Lo intentó una vez más preguntándome si mi pasaporte era mío y yo asentí. Al final, selló mi pasaporte y me dejó ir”.

“Me uní al P. Leo que había estado esperando en una esquina del aeropuerto y que también había estado muy preocupado.

Fuimos al hotel y luego comenzamos a visitar la ciudad, pero muy discretamente y por separado.

Encontramos la manera de entrar en el Kremlin…

Y por casualidad el Kremlin estaba abierto a los turistas durante estos pocos días”.

“El Kremlin es una ciudadela rodeada por un muro, dentro de la ciudad de Moscú.

Es un tipo de fortaleza que se extiende sobre una superficie de 28 hectáreas.

En la antigüedad era el centro civil y religioso de la ciudad.

Había de hecho palacios reales y algunas de las iglesias más importantes de Moscú,

entre las cuales está la Catedral de los Patriarcas ortodoxos, llamada la Iglesia de la Dormición o Catedral de la Asunción.

Después de la revolución bolchevique en 1918, estas iglesias fueron cerradas y se transformaron en museos”.

“De acuerdo con el proyecto acordado con la Madre Teresa: en la mañana del 25 de marzo, cuando el Papa comenzara la ceremonia de la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María,

tenía que visitar el Kremlin, como turista y hacer una pausa, en la Catedral de la Asunción.
.
Mientras pretendía estar interesado en las obras de arte valiosas contenidas en el mismo,

iba a comenzar a orar y buscar un lugar oculto donde podría colocar la ‘Medalla Milagrosa’ que la  Madre Teresa me había dado”.

“Todo había ido bien del mismo modo que me fue sugerido hacer, incluso cuando estuve muy asustado.

Afortunadamente había un montón de turistas en el Kremlin ese día.

Catedral de san Miguel Arcámgel en Moscú

Y en medio de un montón de gente me sentí más protegido”.

“Visité varios edificios y me detuve en la Catedral del Arcángel, la segunda más grande en el Kremli.

Y luego entré en la Catedral de la Asunción.

Miré a mi alrededor con atención para encontrar un lugar en el que podía depositar la medalla”.

“Se trata de una iglesia hermosa, llena de obras de arte que se han conservado durante mucho tiempo…

Aunque por desgracia ya no era una iglesia, sino un museo”.

“Me di cuenta leyendo mi guía, que estaban los tronos donde el zar, la zarina y el Patriarca de Moscú y de toda Rusia,

Catedral de la Dormicion de Moscu

utilizaban para sentarse durante las ceremonias religiosas con el Patriarca sentado en el medio.

Decidí que la ‘Medalla Milagrosa’ debía ser puesta bajo el trono del patriarca.

Mientras oraba para que el patriarca Alejo II pronto fuera capaz de volver a celebrar ritos religiosos en ese lugar”.

“En un momento dado, me encontré solo y empecé a concentrarse en la celebración de la Misa en secreto.

Llevé a cabo la Consagración de memoria, utilizando un trozo de pan y un poco de vino que había traído conmigo”.

“Este fue un momento de intensa emoción y religiosidad.

Trono del Zar en la Catedral de la Dormición

La Misa no se había celebrado en este lugar durante 76 años.

Luego muy lentamente, me acerque al trono del Patriarca…

Y me di cuenta de una pequeña grieta en el piso de madera, donde rápidamente puse la ‘Medalla Milagrosa’.

Permanecí allí por un tiempo más largo orando y luego volví al hotel, donde el P. Leo me estaba esperando.

Volamos para Italia en la misma tarde”

UN MISTERIOSO FINAL CON LA MADRE TERESA

¿El Obispo Hnilica contó esta historia a la Madre Teresa?.

“Unos meses más tarde la Madre Teresa llegó a Roma y le hice el cuento detallado” dijo el obispo eslovaco.

“Ella estaba muy encantada y continuó en su trabajo misionero en nombre de Rusia”.

“Un día, en 1988, recibí una llamada telefónica a las 6 en punto de la mañana de la Madre Teresa que me dijo:

‘Obispo (solía llamarme así) me voy a Moscú.

Usted sabe lo importante que es para mí trabajar en Rusia, por lo que quería informarle de mi viaje.

Me voy para el aeropuerto en este momento”.

La Madre Teresa había sido invitada a Moscú, para una reunión internacional.

En esa ocasión se encontró con Raissa Gorbachova, la esposa del Secretario General de la Unión Soviética y se hicieron amigas.

Ella confió a la Sra. Gorbachov su deseo de abrir un par de conventos de monjas en Rusia y la señora Gorbachov prometió ayudarla.

Un año más tarde, se abrió el primer convento.

MONSEÑOR HNILICA VISITA A JUAN PABLO II

Al salir de Moscú, Monseñor Hnilica fue donde su amigo Juan Pablo II.

“Cuando en 1984 visité al Papa en Castel Gandolfo y almorcé con él, le conté acerca de la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María que había podido cumplir el 25 de marzo de aquel mismo año,

de manera totalmente inesperada, en la Catedral de la Asunción en el Kremlin de Moscú, así como la Virgen lo había pedido en Fátima.

Él quedó muy conmovido y dijo:

“La Virgen te ha guiado hacia allí con su mano”

Y yo respondí: “¡No, Santo Padre, me ha llevado en brazos!”.

ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN

DEL PAPA JUAN PABLO II,

25 DE MARZO DE 1984

¡Oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal,

entre la luz y las tinieblas que invaden el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, elevamos directamente a tu corazón:

abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor a este mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos.

De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones, que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta consagración.

¡ Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”! ¡No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades!

He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro,

tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad”.

Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación.

El poder de esta consagración dura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones.

Y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo.

¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo!

En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.

Bendita seas por encima de todas las creaturas, tú, Sierva del Señor, que de la manera más plena obedeciste a la llamada divina.

Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo.

Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad.

Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento.

Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.

Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal.

¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy

y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.

¡Del hambre y de la guerra, líbranos!

¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!

¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!

¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!

¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!

¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!

¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!

¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!

¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!

Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.

Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del hombre y el « pecado del mundo », el pecado en todas sus manifestaciones.

Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención:

Poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal. Que transforme las conciencias. Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza».

Papa Juan Pablo II, 25 de marzo de 1984

45 CONSEJO MATERNAL


A MIS PEQUEÑOS CORREDENTORES

45 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Como conclusión de la vida oculta.

Dice María:

«Antes de que entregues estos cuadernos, uno a ellos mi bendición.

Ahora — tan sólo se necesita que queráis hacerlo con un poco de paciencia — podéis tener una colección completa de los hechos de la vida íntima de mi Jesús.

Tenéis, desde la Anunciación hasta el momento en que sale de Nazaret para predicar, no sólo los dictados, sino también la ilustración de los hechos que acompañaron la vida familiar de Jesús.

Los Evangelios, al describir el vasto cuadro de la vida de mi Hijo, engloban en breves referencias, sus primeros años, su niñez, su adolescencia y su juventud.

En los Evangelios, Él es el Maestro.

Aquí, es el Hombre, el Dios que se humilla por amor al hombre.

‘Mas también obra milagros aquí, en el anonadamiento de una vida corriente, los obra en mí.

Sintiendo mi alma llevada a la perfección al vivir en contacto con este Hijo mío que estaba formándose en mi seno.

Los obra en casa de Zacarías, santificando al Bautista, ayudando a Isabel en el momento del parto, devolviéndole la palabra y la fe, a Zacarías.

Los obra en José, abriéndole el espíritu a la luz de una verdad tan excelsa que no hubiera podido comprenderla por sí solo, a pesar de ser justo.

José, después de mí, fue el más consolado de esta lluvia de divinos beneficios.

Observa cuánto camino recorre, espiritual camino, desde que viene a mi casa hasta el momento de la huida a Egipto.

Al principio era solamente un hombre justo según los cánones de su tiempo.

Luego, por fases, deviene el justo del tiempo cristiano.

Se enriquece de la fe en Cristo y, tanto se abandona a esta fe segura, que de la frase pronunciada al principio del viaje de Nazaret hacia Belén: 

  “¿Cómo nos las arreglaremos?”

Frase en que estaba comprendido todo el hombre, todo ese hombre que se revela con sus temores humanos, con sus humanas preocupaciones, pasa a la esperanza.

Así, en la gruta, antes del nacimiento, dice: “Mañana irá mejor”.

Jesús, ya cercano, lo fortifica con esta esperanza, que entre los dones de Dios es uno de los más bellos.

Y luego, cuando el contacto con Jesús lo santifica, pasa de esta esperanza a la intrepidez.

Siempre se había dejado dirigir por mí, llevado del respeto de altísima veneración que hacia mí abrigaba.

Ahora, por el contrario, dirige él, tanto las cosas de orden material como las de otro orden superior. 

Y en calidad de cabeza de la Familia, decide todo él.

Es más, cuando tras los meses de unión con el Hijo divino que le saturaron de santidad, llega la penosa hora de la huida…

Es él quien alivia mi pena,

y me dice:

–    “Aun en el caso de perderlo todo, teniéndole a Él tenemos todo”.

Y también en los pastores mi Jesús obra milagros de gracia.

Así, el Ángel se dirige al pastor ya predispuesto a la Gracia por su fugaz encuentro conmigo.

Y lo conduce a la Gracia, para que sea de ella salvado para siempre.

Obra milagros por doquiera que pasa, ya en exilio, ya de nuevo en su pequeña patria de Nazaret.

Dondequiera que estuviese, en efecto, la santidad se expandía como el aceite sobre un lienzo o  la fragancia de las flores por el aire,

Y todo aquel que recibía su toque, a menos que no fuera un demonio, salía ansioso de santidad.

Tal anhelo es ya raíz de vida eterna, pues quien quiere ser bueno consigue la bondad, que lleva al Reino de Dios.

Ahora ya tenéis, en escenas que reflejan momentos diversos, la santa Humanidad de mi Hijo, desde el alba al ocaso.

Podríamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgó que así estaba bien; por ti, alma mía.

En cada uno de los dictados te hemos dado la medicina para aquellas heridas que te serían infligidas.

Te la hemos ido dando con antelación, para prepararte.

Mientras está granizando, nada parece protegernos, mas no es así.

Si bien es cierto que la tempestad reaviva la humanidad que duerme sepultada bajo las aguas espirituales,

No lo es menos que también saca a la superficie las gemas de una doctrina sobrenatural que, habiendo sido depositadas en vuestro corazón,

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina…

esperaban precisamente esa hora de tempestad para emerger y deciros:

“Acordaos de que también existimos nosotros”.

Y no es sólo una razón de Providencia, alma mía; sino que también hay en ello una razón de bondad.

En efecto, ¿Cómo te hubiera sido posible, en el actual estado de postración en que te encuentras, (se dirige a María Valtorta) ver u oír ciertas visiones o ciertos dictados?

Te habrían lesionado en modo tal, que te habrían incapacitado para tu misión de ”portavoz”.

Por eso, los hemos dado antes, evitando así quebrarte el corazón – pues somos buenos – con visiones y palabras demasiado acordes con tu sufrir.   

Que te lo habrían agudizado hasta llevarlo al espasmo.

No somos crueles, María.

Siempre actuamos de forma que recibáis de Nosotros consuelo…

Y no temor o aumento de vuestro dolor.

Nos es suficiente que os fiéis de Nosotros.

Nos es suficiente que, con José, digáis: “Si me queda Jesús, todo me queda”.

Para que vayamos con dones celestes a consolar vuestro espíritu.

No te prometo dones y consolaciones humanas.

Sí, las mismas consolaciones que tuvo José: sobrenaturales. 

Todos han de saber efectivamente que, bajo la presión de la usura, que sofoca a todo pobre fugitivo, los dones de los Magos se disiparon, con la rapidez del relámpago,

en conseguir un techo y ese mínimo de enseres o del necesario alimento, proveniente de aquella única fuente, mientras no pudimos encontrar trabajo.

En la comunidad hebrea ha habido siempre mucha ayuda mutua, pero la de Egipto en concreto estaba formada en su mayor parte por gente perseguida que había tenido que expatriarse.   

Gente pobre, por tanto, como nosotros, que nos añadíamos a su número.

Y una pequeña parte de aquella riqueza, que queríamos reservarla para Jesús, para cuando fuera adulto,

La que se había salvado de los gastos de asentarnos en Egipto, nos sirvió para cubrir las necesidades del regreso a la patria. 

 Y fue apenas suficiente para organizar de nuevo en Nazaret casa y taller.

Los tiempos cambian, pero la avidez humana es siempre la misma. 

Y siempre aprovecha la necesidad ajena para, abusivamente, succionar su parte.

No. El tener con nosotros a Jesús no nos procuró bienes materiales.

Muchos de vosotros es esto lo que pretendéis en cuanto os sentís un poquito unidos a Jesús.

Os olvidáis de que Él dijo: “Buscad las cosas del espíritu”.

Todo lo demás es añadidura.

Es verdad que Dios proporciona también el alimento a los hombres, como a las aves, pues sabe que mientras la carne sea armadura de vuestra alma, lo necesitáis.

Cierto; pero, pedid primero su Gracia, pedid primero por vuestro espíritu.

El resto se os dará por añadidura.

A José, humanamente hablando, la unión con Jesús no le procuró sino trabajos, esfuerzos, persecuciones, hambre.

Pero, dado que tendía sólo hacia Jesús, todo esto se transformó en paz espiritual, en alegría sobrenatural.

Yo quisiera conduciros al punto en que estaba mi esposo cuando decía:

Aunque nos quedáramos sin nada, tendremos siempre TODO, porque tenemos a Jesús”.

Sé que el corazón se rompe, sé que la mente se nubla, sé que la vida se consume.

Sí, María, pero… ¿Eres de Jesús? ¿Quieres serlo? ¿Dónde, cómo murió Jesús?

Niña querida mía, llora, pero persevera en la fortaleza.

El martirio no está en la forma del tormento, está en la constancia con que el mártir lo soporta.

Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad.

Tú soportas por amor a mi Hijo.

Todo lo que haces los hermanos es siempre amor a Jesús, el cual los quiere salvos.

Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en él.

No quieras actuar por tí sola.

Es suficiente, puesto que estás sometida a presión demasiado fuerte como para poder tener todavía el vigor de guiarte por tí sola… Y de dominar incluso tu humanidad, impidiéndole llorar.   

Es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte.

Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”.

Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti.

Permanece en Él. Siempre en Él.

No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres.

Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.

Te bendigo. Di conmigo: “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto” .

Que éste sea siempre tu grito.

Hasta que lo digas en el Cielo.

La gracia del Señor esté siempre en ti». 

44 TRÁNSITO DE JOSÉ


44 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La muerte de José.

Jesús es la paz de quien sufre y de quien muere.

Veo un interior de taller de carpintero.

Dos de sus paredes parecen estar formadas de roca (como si se hubieran aprovechado grutas naturales para hacer habitaciones).

En este caso, para mayor detalle, son de roca los lados norte y oeste; las otras dos paredes, sin embargo, la sur y la este, están enlucidas, como las nuestras.

En el lado norte, un entrante de la roca ha sido adaptado para fogón rudimentario; en él hay una cazuelita con barniz o cola, no lo distingo bien.

La leña quemada desde hace años en ese lugar ha ennegrecido tanto la pared, que parece alquitranada. ¿Y como chimenea para aspirar el humo de la combustión?…

Un agujero en la pared con una especie de teja grande y cóncava en su parte alta.

Pero esta chimenea ha debido cumplir mal su función; en efecto, no sólo esta pared sino también las otras están muy ennegrecidas a causa del humo;

en este momento, incluso, por toda la habitación hay una niebla de humo.

Jesús está trabajando en un banco de carpintero.

Está alisando unas tablas.

Y las va apoyando en la pared que está a sus espaldas.

Luego va a donde tiene una especie de taburete apretado por dos lados en una mordaza.

Lo saca, mira si el trabajo está perfectamente hecho, observa el objeto desde todos los puntos.

Luego se acerca al fogón, coge la cazuelita y remueve dentro con un palito. 

Jesús está vestido de color castaño oscuro, la túnica es más bien corta, está remangado hasta más arriba del codo.

Y delante trae puesto una especie de delantal, en el cual se restriega los dedos que han tocado la cazuelita.

Está solo.

Trabaja sin pausas, pero con sosiego.

No hay en él ningún movimiento desordenado o impaciente.

Trabaja con continuidad y precisión.

No pierde la paciencia por nada: ni por un nudo en la madera, que no se deja alisar; ni por un destornillador — eso al menos me parece — que dos veces se le ha caído del banco.

Ni por el humo del ambiente, que debe estarle entrando en los ojos.

De vez en cuando levanta la cabeza para mirar hacia la pared sur, donde hay una puerta que está cerrada…

Como queriendo escuchar.

Después hay un momento en que abre una puerta que está en la pared este y que da a la calle…

Y se asoma.

Veo un trecho de una callejuela polvorienta.

Parece como si estuviera esperando a alguien.

Luego vuelve a su labor. No está triste, pero sí serio.

Cierra de nuevo la puerta y reanuda su trabajo.

Y mientras está ocupado en fabricar unos componentes — al menos eso me parece — del aro de una rueda…

Entra su Madre.

Entra por una puerta de la pared situada al sur.

Entra con prisa y corre hacia Jesús.

Está vestida de azul oscuro y lleva la cabeza descubierta.

Su vestido es una túnica sencilla ceñida a la cintura con un cordón del mismo color.

Acongojada, apoyada con las dos manos en un brazo de su Hijo, lo llama con un gesto de súplica y dolor.

Jesús la acaricia, le pasa un brazo por encima de los hombros y la consuela.

Luego, dejando inmediatamente el trabajo y quitándose el mandil, va con Ella.

María dice:

–    ¡Oh! ¡Jesús!

 ¡Ven! ¡Está mal!

Han sido pronunciadas estas palabras por labios temblorosos…

Y con un brillo de llanto en sus enrojecidos y cansados ojos.

Jesús únicamente dice:

–   « ¡Mamá!»- más todo está incluido en esa palabra. 

Pasan a la habitación de al lado.

El sol, que entra por una puerta que da a un huertecillo lleno de luz y de verdor en que revolotean unas palomas por entre el ondear de ropa tendida,

hace encantadora esta habitación, que es pobre sí, pero está ordenada.

Hay en ella un lecho bajo, cubierto de colchoncitos (digo colchoncitos porque son unas cosas altas y mullidas, pero no es una cama como las nuestras).

Sobre él, recostado sobre muchos almohadones, está José.

Agoniza. Lo refleja claramente la palidez cárdena de su rostro, la mirada apagada, el pecho jadeante…

Y el completo decaimiento de todo el cuerpo.

María se pone a su izquierda.

Le coge la mano rugosa, cárdena en las uñas.

Y la frota, la acaricia y la besa.

Luego, con un paño de lino, le seca el sudor, que crea surcos brillantes en las sienes hundidas…

Y la lágrima, que en el lagrimal se vuelve vítrea.

Y le humedece los labios con un paño mojado en un líquido que parece vino blanco.

Jesús se pone a la derecha.

Levanta levemente, ligero pero con cuidado, este cuerpo que se está hundiendo.

Le incorpora apoyándolo sobre los almohadones.

Y junto con María, pone en orden éstos.

Acaricia la frente del moribundo, trata de reanimarlo.

María llora quedo… sin hacer ruido, pero llora.

Los lagrimones ruedan hacia abajo por las pálidas mejillas y caen sobre el vestido azul oscuro; parecen zafiros resplandecientes.

José se reanima bastante y mira fijamente a Jesús…

Le da la mano como para decirle algo y para recibir, con el contacto divino, fuerza en la última prueba.

Jesús inclina su cabeza hacia esta mano y la besa.

José sonríe.

Luego se vuelve buscando a María con la mirada…

Y le sonríe también a Ella.

María se arrodilla al lado de la cama tratando de sonreír.

No le sale la sonrisa…

Y entonces agacha la cabeza.

José le pone la mano encima de Ella, con una casta caricia que parece una bendición.

Sólo se oye el revoloteo y el arrullo de las palomas, el frufrú de las hojas, un gorgoritear de agua…

Y en la habitación, el respiro del moribundo.

Jesús pasa al otro lado de la cama, toma un taburete y se lo ofrece a María, para que se siente en él. 

Llamándola una vez más,

y solamente:

–    «Mamá».

Luego vuelve a donde estaba y coge de nuevo entre sus manos la mano de José.

La escena es tan real, que me pongo a llorar a causa del dolor de María.

Y Jesús, inclinándose hacia el moribundo…

Le susurra un salmo.

Sé que es un salmo, pero ahora no sé cuál de ellos.

Empieza así:

«”Protégeme, Señor, porque en ti he puesto mi esperanza… En pro de los santos que en la tierra de él están, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos… Bendeciré al Señor, que me aconseja…

Tengo siempre la presencia del Señor. Él está a mi derecha para que no vacile. Por ello se alegra mi corazón y exulta mi lengua,

y mi cuerpo también descansará en la esperanza. Porque Tú no abandonarás a mi alma en su estancia entre los muertos,

y no permitirás que tu santo vea la corrupción. Me darás a conocer los caminos de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro”».

José se reanima mucho, sonríe a Jesús con una mirada más viva y le aprieta los dedos.

Jesús responde a la sonrisa con otra sonrisa,

Y al gesto de la mano con una caricia.

Y continúa, dulcemente…

inclinado hacia su padre putativo:

–   “¡Cuán grande es el encanto de tus Tabernáculos, Señor! Mi alma se consume en el deseo de los atrios del Señor. El gorrión encuentra una casa, la tortolita un nido para sus criaturas.

Yo deseo tus altares, Señor. ¡Dichosos los que habitan en tu casa!… ¡Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza! Él tiene en su corazón las veredas para subir del valle de las lágrimas al lugar electo.

¡Oh, Señor, escucha mi oración…! ¡Oh, Dios, vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Cristo…!”».

José, visiblemente conmovido, mira a Jesús.

Y hace ademán de querer hablar, como para bendecirlo, pero no puede…

Se ve que entiende, pero no puede hablar.

No obstante, está feliz y mira con vivacidad y confianza a su Jesús.

Jesús continúa:

«”¡Oh, Señor, Tú has sido propicio a tu tierra, has liberado de la esclavitud a Jacob…! Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvador. Quiero oír lo que dice dentro de mí el Señor Dios.

Él, sin duda, hablará de paz a su pueblo para sus santos y para quien de corazón vuelve a Él. Sí, tu salvación está cercana… y la gloria habitará sobre la tierra…

Se han dado encuentro la bondad y la verdad; la justicia y la paz se han besado.  La verdad ha germinado de la tierra, la justicia ha mirado desde el Cielo.

Sí, el Señor se mostrará benigno y nuestra tierra dará su fruto. La justicia caminará en su presencia y dejará imprimidas en el camino sus huellas”.

Jesús añade:

Tú has visto esta hora, padre.

Y por ella has trabajado fatigosamente. Has colaborado en el cumplimiento de esta hora y el Señor te premiará por ello. Yo te lo digo»

Enjugando una lágrima de alegría que desciende lentamente por la mejilla de José.

Y sigue:

«”¡Oh, Señor, acuérdate de David y de toda su benignidad. Acuérdate de que juró al Señor: ‘Yo no entraré en mi casa, no me echaré en el lecho de mi reposo,

no concederé sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados ni quietud a mis sienes, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob…’.

¡Levántate, Señor y ven a tu reposo, Tú y el Arca de tu santidad! (María comprende la alusión y rompe a llorar).

Revístanse de justicia tus sacerdotes, regocíjense tus santos. Por amor de David, tu siervo, no nos niegues el rostro de tu Cristo.

El Señor ha jurado a David la promesa y la mantendrá: ‘Pondré en tu trono al fruto de tu seno’.

El Señor la ha elegido como morada… Yo haré florecer la potencia de David preparando una antorcha encendida para mi Cristo”. Gracias, padre mío, por Mí y por mi Madre.

Tú has sido para mí un padre justo.

Y el Eterno te ha puesto como custodio de su Cristo y de su Arca.

Tú fuiste la antorcha encendida para Él. Para con el Fruto del seno santo has tenido entrañas de caridad.

Ve en paz, padre. La Viuda no quedará desamparada. El Señor ya ha provisto a que no se quede sola.

Ve sereno a tu reposo. Yo te lo digo».

María llora con su rostro apoyado contra las cobijas (parecen mantos) que cubren este cuerpo de José que ya se está enfriando.

Jesús se prodiga aún más en confortarle, pues la respiración se ha hecho más fatigosa y la mirada ha vuelto a velarse.

«”¡Dichoso el hombre que teme al Señor y sólo se complace en sus mandamientos!… Su justicia permanecerá por los siglos de los siglos.

En medio de los hombres rectos, se alza luminoso en las tinieblas el misericordioso, el benigno, el justo… El justo será recordado eternamente… Su justicia es eterna, su potencia se elevará hasta la gloria…”.

Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a llevarte, junto con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera.

Exulte tu espíritu con estas palabras mías.

“Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo”.

Ésa es tu morada, padre mío. “Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras duras. Te cubrirá con sus alas; bajo sus plumas encontrarás amparo.

Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos nocturnos… No se acercará a ti el mal… porque ha dado orden a sus ángeles de protegerte en todos tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en las piedras. Caminarás sobre el áspid y el basilisco; hollarás al dragón y al león. Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá.

Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación; te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde ésta su Salvación”.

Y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te conforta y que pronto, ¡Oh…, pronto irá, te lo repito, a ceñirte con un abrazo divino y a llevarte consigo,

a la cabeza de todos los Patriarcas, al lugar preparado para morada del Justo de Dios que fue el padre mío bendito!

Precédeme para decirles a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo y que el Reino de los Cielos pronto les será abierto.

Ve, padre. Que mi Bendición te acompañe».

Ahora la voz de Jesús es más alta, para que pueda llegar a la mente de José, que está abismándose en las nieblas de la muerte.

El final es inminente.

El anciano respira a duras penas.

María le acaricia.

Jesús se sienta en el borde de la cama y abraza y atrae hacia sí al moribundo, el cual, exhausto, se apaga sin convulsión alguna.

Es una escena llena de paz solemne.

Jesús coloca de nuevo al Patriarca y abraza a María, que, al final, angustiada de dolor; se había acercado a Él.

Dice Jesús:

«Mi lección para todas las mujeres casadas que sienten una pena acongojante es ésta:

Imitar a María de viuda.

Y lo que Ella hizo fue unirse a Jesús.

Se equivocan los que piensan que las penas del corazón no hicieran sufrir a María.

Mi Madre sufrió, sabedlo.

Sufrió, sí, santamente – todo en Ella era santo —, mas no por ello no sufrió intensamente.

Igualmente se equivocan aquellos que piensan que María amó tibiamente a su esposo, fundándose en que José era su esposo de espíritu no de carne. NO.

María amaba intensamente a su José, al cual le había dedicado seis lustros de vida fiel.

Y José había sido para Ella un padre, un esposo, un hermano, un amigo, un protector.

Y Ella ahora se sentía sola, como un sarmiento si le talan el árbol que le servía de apoyo.

Su casa estaba como si la hubiera asestado su golpe el rayo; se dividía.

Primero era una unidad cuyos miembros se sostenían mutuamente; ahora venía a faltar el muro maestro.

Éste fue el primer golpe asestado a esa Familia…

Y fue símbolo del otro abandono, que ya estaba próximo:

el de su amado Jesús.

La voluntad del Eterno había querido que fuera esposa y Madre.

Ahora, por ésta misma voluntad, habría de experimentar la viudez y el que su Hijo la dejara.

Y María responde, entre lágrimas, con uno de esos “síes” sublimes suyos:

“Sí, Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Y ¿Qué hace en esa hora, para tener la necesaria fuerza?: se abraza a Jesús.

María, siempre, en las horas más graves de su vida, se había abrazado a Dios.

Así lo hizo en el Templo, cuando recibió la llamada al matrimonio.

Como en Nazaret, cuando fue llamada a la Maternidad.

O llorando al verse viuda.

O en Nazaret también, cuando tuvo que pasar por el suplicio de verse separada de su Hijo.

Como en el Calvario, bajo la tortura que le supuso el verme morir.

Aprended, vosotros, los que lloráis.

Aprended vosotros, que morís.

Vosotros, que para morir vivís, aprendedlo.

Tratad de merecer las mismas palabras que Yo dije a José.

Ellas serán vuestra paz en medio de la batalla de la muerte.

Aprended, vosotros, que morís, a merecer que Jesús esté a vuestro lado para confortaros.

Mas, aunque NO lo hubierais merecido, tened la osadía, de todas formas, de llamarMe para que vaya a vuestro lado.

Yo iré, llenas mis manos de gracias y consuelo, lleno mi Corazón de perdón y de Amor, llenos mis labios de palabras de absolución y de palabras de aliento.

La muerte, vivida entre mis brazos, pierde toda su parte cruda; creedlo.

Yo no puedo abolir la muerte, pero sí puedo hacérsela dulce a aquel que muere confiando en Mí.

Ya dijo Cristo, en su Cruz, por todos vosotros: “Señor, te confío mi espíritu”.

Lo dijo en su agonía pensando en la de cada uno de vosotros,

pensando en vuestros sentimientos de terror, en vuestros errores, en vuestros temores, en vuestros deseos de perdón.

Lo dijo con el corazón quebrado más que por la lanzada por la congoja, por una congoja más espiritual que física…

Para que la agonía de aquellos que mueren pensando en Él fuera dulcificada por el Señor.

Y para que el espíritu pasara de la muerte a la Vida, del dolor al gozo, para siempre.  

43 ENCONTRADO EN EL TEMPLO


43 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La disputa de Jesús con los doctores en el Templo.

“Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la Fiesta de Pascua.

Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser.

Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. 

Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo ente sus parientes y conocidos, como no lo encontraron volvieron a Jerusalén en su búsqueda.

Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: 

‘Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.’ 

ÉL les contestó: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre? 

Pero ellos no comprendieron esta respuesta.

Jesús entonces regresó con ellos llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles.

Su madre por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón.

Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres. (Lucas 2, 41-52)

Dice Jesús:

Volvemos muy atrás en el tiempo, muy atrás.

Volvemos al Templo, donde Yo, con doce años, estoy disputando; es más, volvemos a las vías que van a Jerusalén.

Y de Jerusalén al Templo.

Observa la angustia de María al ver — una vez congregados de nuevo juntos hombres y mujeres — que Yo no estoy con José.

No levanta la voz regañando duramente a su esposo. Todas las mujeres lo habrían hecho. Lo hacéis, por motivos mucho menores, olvidándoos de que el hombre es siempre cabeza del hogar.

No obstante, el dolor que emana del rostro de María traspasa a José más de lo que pudiera hacerlo cualquier tipo de reprensión.

No se da tampoco María a escenas dramáticas.

Por motivos mucho menores, vosotras lo hacéis deseando ser notadas y compadecidas.
No obstante, su dolor contenido es tan manifiesto (se pone a temblar, palidece su rostro, sus ojos se dilatan) que conmueve más que cualquier escena de llanto y gritos.

Ya no siente ni fatiga ni hambre. ¡Y el camino había sido largo, y sin reparar fuerzas desde hacía horas!

Deja todo; deja al camastro que se estaba preparando, deja la comida que iban a distribuir. Deja todo y regresa.

Está avanzada la tarde, anochece; no importa; todos sus pasos la llevan de nuevo hacia Jerusalén.

Hace detenerse a las caravanas, a los peregrinos; pregunta.

José la sigue, la ayuda.

Un día de camino en dirección contraria, luego la angustiosa búsqueda por la Ciudad.

¿Dónde, dónde puede estar su Jesús?

Y Dios permite que Ella, durante muchas horas, no sepa dónde buscarMe.

Buscar a un niño en el Templo no era cosa juiciosa:

¿Qué iba a tener que hacer un niño en el Templo?

En el peor de los casos, si se hubiera perdido por la ciudad y llevado de sus cortos pasos, hubiera vuelto al Templo, su llorosa voz habría llamado a su mamá,

atrayendo la atención de los adultos y de los sacerdotes.

y se habrían puesto los medios para buscar a los padres fijando avisos en las puertas.

Pero no había ningún aviso.

Nadie sabía nada de este Niño en la ciudad. ¿Guapo? ¿Rubio? ¿Fuerte? ¡Hay muchos con esas características!

Demasiado poco para poder decir: “¡Lo he visto! ¡Estaba allí o allá!”.

Y vemos a María, pasados tres días, símbolo de otros tres días de futura angustia, entrando exhausta en el Templo, recorriendo patios y vestíbulos.

Nada.

Corre, corre la pobre Mamá hacia donde oye una voz de niño.

Hasta los balidos de los corderos le parecen el llanto de su Hijo buscándola.

Mas Jesús no está llorando; está enseñando.

Y he aquí que desde detrás de una barrera de personas llega a oídos de María la amada voz diciendo:

“Estas piedras trepidarán…”.

Entonces trata de abrirse paso por entre la muchedumbre…

Y lo consigue después de una gran fatiga:

Ahí está su Hijo, con los brazos abiertos, erguido entre los doctores.

María es la Virgen prudente.

Pero esta vez la congoja sobrepuja su conocimiento.

Es una presa que derriba todo lo que pilla a su paso.

Corre hacia su Hijo, lo abraza, levantándolo y bajándolo del escabel,

Y exclama:

–    “¡Oh! ¿Por qué nos has hecho esto!

Hace tres días que te estamos buscando. Tu Madre está a punto de morir de dolor, Hijo.

Tu padre está derrengado de cansancio. ¿Por qué, Jesús?”.

No se preguntan los “porqués” a Aquel que sabe, los “porqués” de su forma de actuar.

A los que han sido llamados no se les pregunta “por qué” dejan todo para seguir la voz de Dios.

Yo era Sabiduría y sabía.

Yo había “sido llamado” a una misión y la estaba cumpliendo.

Por encima del padre y de la madre de la tierra, está Dios, Padre divino.

Sus intereses son superiores a los nuestros; su amor es superior a cualquier otro.

Y esto es lo que le digo a mi Madre.

Termino de enseñar a los doctores enseñando a María, Reina de los doctores.

Y Ella no se olvidó jamás de ello.

Volvió a surgir el Sol en su corazón al tenerme de la mano, de esa mano humilde y obediente; pero mis palabras también quedaron en su corazón.

Muchos soles y muchas nubes habrían de surcar todavía el cielo durante los veintiún años que debía Yo permanecer aún en la tierra.

Mucha alegría y mucho llanto, durante veintiún años, se darán el relevo en su corazón.

Mas nunca volverá a preguntar:

–    “¿Por qué nos has hecho esto, Hijo mío?”.

¡Aprended, hombres arrogantes!

María revela:

“Y ¿POR QUÉ ME BUSCABAN?

¿NO SABEN QUE TENGO QUE ESTAR DONDE MI PADRE?

El Padre permitió mi angustia de madre; pero no me ocultó el profundo significado de las palabras de mi Hijo:

sobre el padre y la madre está Dios, el Padre Celestial.

Sus intereses y sus afectos están sobre cualquiera y se debe dejar todo para obedecer a Dios.

A sus llamadas nunca se pregunta: ¿Por qué?

Dice el Evangelio: “Ellos no comprendieron, lo que les acababa de decir.”

Yo ya lo sabía desde antes y entendí las palabras de mi Hijo.

Pero guardé silencio para no mortificar a  mi José, que no tenía la plenitud de la Gracia.

Yo era la madre de Dios; pero también debía ser mujer respetuosa para el que para mí, era un compañero amoroso y tierno protector. 

Nos amábamos profundamente con un amor santo y nuestra única preocupación era: nuestro Hijo.

En ninguna circunstancia nuestra familia tuvo grietas de ninguna especie.

Jesús es modelo de hijos, como José lo es de maridos.

Mucho fue el dolor que recibí del mundo…

Más mi Santo Hijo y mi Justo esposo, no me hicieron derramar otras lágrimas, que las motivadas por su dolor.

Aunque José era padre adoptivo, se hizo pedazos en el trabajo, para que no nos faltara nada.

Jesús aprendió de él, a ser un hombre trabajador y un buen carpintero.

José era la cabeza de nuestro hogar; su autoridad familiar era indiscutible y no obstante,

 ¡Cuánta humildad había en él!

 Jamás abusó de su poder y me convirtió en su dulce consejera.

Yo me tenía por su sierva y le atendía con amor y respeto.

Cuando quedé viuda, sufrí un agudo dolor… Porque perdí al compañero al que dediqué seis lustros de una  vida fiel.

José fue para mí, padre, esposo, hermano, amigo y protector.

Su ausencia me hizo sentir una terrible soledad y fue como si perdiera el muro principal de mi vida. .

Me sentí sola, como sarmiento arrancado de la vid y sólo hallé consuelo cuando me abracé de Jesús. 

 Dios era la fuerza que me sostenía en mis horas de dolor.

El día que fuimos a Jerusalén y al volver advertimos que no venía con nosotros…

Como todo lo compartíamos con amor, pensando solo en nuestro Hijo…

Nuestra preocupación y angustia fue muy grande, mientras lo buscábamos.

En este misterio mi Hijo quiso darnos una enseñanza sublime…

 ¿Podríais acaso  suponer que El ignoraba lo que Yo sufría? 

¡Todo lo contrario!

Porque mis lágrimas, mi búsqueda por haberlo perdido, mi intenso y crudo dolor se repercutía en su corazón…

Y durante aquellas horas tan penosas, El sacrificaba a la Divina Voluntad a su propia Mamá, a quien tanto amaba…

Para demostrarme que Yo también un día debía,

 SACRIFICAR SU MISMA VIDA AL QUERER SUPREMO.

En esta pena indecible no te olvidé, alma mía y pensando que ella te iba a servir de ejemplo,

la puse a tu disposición a fin de que también tú pudieras tener en el momento oportuno, la fuerza para sacrificar todas las cosas a la Divina Voluntad. 

Cuando lo hallamos en el Templo, la alegría volvió nuevamente a nuestro corazón,

al tomarlo nuevamente de la mano, humilde y obediente para volver a Nazaret.

El mundo se desquicia en ruinas porque se insiste en destruir la unidad familiar.

 Nuestra familia es el modelo que debéis imitar. 

42 JESÚS PERDIDO Y…


42 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La disputa de Jesús con los doctores en el Templo.

La angustia de la Madre y la respuesta del Hijo.

Veo a Jesús. Es ya un adolescente.

Lleva una túnica blanca que le llega hasta los pies; me parece que es de lino.

Encima se coloca, formando elegantes pliegues, una prenda rectangular de un color rojo pálido.

Lleva la cabeza descubierta.

Los cabellos, de una coloración más intensa que cuando lo vi de niño, le llegan hasta la mitad de las orejas.

Es un muchacho de complexión fuerte, muy alto para su edad (muy tierna aún, como refleja el rostro).

Me mira y me sonríe tendiendo las manos hacia Mí.

Su sonrisa de todas formas se asemeja ya a la que le veo de adulto: dulce y más bien seria.

Está solo.

Está apoyado en un murete de una callecita toda en subidas y bajadas, pedregosa y con una zanja que está aproximadamente en su centro.

Y que en tiempo de lluvia se transforma en arroyuelo; ahora, como el día está sereno, está seca.

Me da la impresión de estarme acercando yo también al murete y de estar mirando alrededor y hacia abajo, como está haciendo Jesús.

Veo un grupo de casas; es un grupo desordenado: unas son altas, otras, bajas; van en todos los sentidos.

Parece — haciendo una comparación muy pobre pero muy válida — un puñado de cantos blancos esparcidos sobre un terreno oscuro.

Las calles, las callejas, son como venas en medio de esa blancura.

Ora aquí, ora allá, hay árboles que descuellan por detrás de las tapias; muchos de ellos están en flor, .

Muchos otros están ya cubiertos de hojas nuevas: debe ser primavera.

A la izquierda respecto a mí que estoy mirando, se alza una voluminosa construcción, compuesta de tres niveles de terrazas cubiertas de construcciones.

Y torres y patios y pórticos;

En el centro se eleva una riquísima edificación, más alta, majestuosa, con cúpulas redondeadas, esplendorosas bajo el sol.

Como si estuvieran recubiertas de metal, cobre u oro.

El conjunto está rodeado por una muralla almenada (almenas de esta forma: M, como si fuera una fortaleza).

Una torre de mayor altura que las otras, horcada en su base sobre una vía más bien estrecha y en subida, cual severo centinela, domina netamente el vasto conjunto.

Jesús observa fijamente ese lugar.

Luego se vuelve otra vez, apoya de nuevo la espalda sobre el murete, como antes.

Y dirige su mirada hacia una pequeña colina que está frente al conjunto del Templo.

El collado sufre el asalto de las casas sólo hasta su base, luego aparece virgen.

Veo que una calle termina en ese lugar, con un arco tras el cual sólo hay un camino pavimentado con piedras cuadrangulares, irregulares y mal unidas.

No son demasiado grandes, no son como las piedras de las calzadas consulares romanas; parecen más bien las típicas piedras de las antiguas aceras de Viareggio (no sé si existen todavía),

pero colocadas sin conexión: un camino de mala muerte.

El rostro de Jesús toma un aspecto tan serio, que yo fijo mi atención buscando en este collado la causa de esta melancolía.

Pero no encuentro nada de especial; es una elevación del terreno, desnuda, nada más.

Eso sí, cuando me vuelvo, he perdido a Jesús; ya no está ahí.

Y me quedo adormilada con esta visión.

Cuando me despierto, con el recuerdo en mi corazón de lo que he visto, recobradas un poco las fuerzas y en paz, porque todos están durmiendo…

Me encuentro en un lugar que nunca antes había visto.

En él hay patios y fuentes, pórticos y casas (más bien pabellones, porque tienen más las características de pabellones que de casas).

Hay una gran muchedumbre de gente vestida al viejo uso hebreo. 

Y mucho griterío.

Me miro a mi alrededor y al hacerlo, me doy cuenta de que estoy dentro de esa construcción que Jesús estaba mirando…

Efectivamente, veo la muralla almenada que circunda el conjunto.

Y la torre centinela,

Y la imponente obra de fábrica que se yergue en el centro, pegando a la cual hay pórticos, muy bellos y amplios.

Y bajo éstos, multitud de personas ocupadas, quiénes en una cosa, quienes en otra.

Comprendo que se trata del recinto del Templo de Jerusalén.

Veo fariseos, con sus largas vestiduras ondeantes, sacerdotes vestidos de lino y con una placa de precioso material en la parte superior del pecho y de la frente.   

Y con otros reflejos brillantes esparcidos aquí o allá por los distintos indumentos, muy amplios y blancos, ceñidos a la cintura con un cinturón también de material precioso.

Luego veo a otros menos engalanados, pero que de todas formas deben pertenecer también a la casta sacerdotal.

Y que están rodeados de discípulos más jóvenes que ellos.

Comprendo que se trata de los doctores de la Ley.

Entre todos estos personajes me encuentro como perdida, porque no sé qué pinto yo ahí.

Me acerco al grupo de los doctores, donde ha comenzado una disputa teológica.

Mucha gente hace lo mismo. 

Entre los “doctores” hay un grupo capitaneado por uno llamado Gamaliel y por otro, viejo y casi ciego, que apoya a Gamaliel en la disputa.

Oigo que le llaman Hil.lel (pongo la hache porque oigo una aspiración al principio del nombre), y creo que es un maestro o pariente de Gamaliel:

Lo deduzco de la confidencia y al mismo tiempo respeto con que éste lo trata.

El grupo de Gamaliel es de mentalidad más abierta, mientras que el otro grupo, que es el más numeroso está dirigido por uno llamado Siammai…

Y adolece de esa intransigencia llena de resentimiento.

Y retrógrada, tan claramente descrita por el Evangelio.

Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos, hábil de la venida del Mesías…

Y apoyándose en la profecía de Daniel, sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas…

Contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del Templo.

Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la esclavitud de Israel ha aumentado.

Y que la paz que debía haber traído Aquél que los Profetas llamaban “Príncipe de la paz” está bien lejos de ser una realidad en el mundo.  

Y especialmente en Jerusalén, oprimida bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso dentro del recinto del Templo… 

Controlado por la Torre Antonia, que está llena de legionarios romanos, dispuestos a aplacar con la espada cualquier tumulto de independencia patria.

La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a durar.

Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que escuchan.   

Este propósito es evidente.

Del interior del nutrido grupo de fíeles se oye una tierna voz de niño:

–     Gamaliel tiene razón.

Movimiento en la gente y en el grupo de doctores…

Buscan al que acaba de interrumpir.  

De todas formas, no hace falta buscarlo, Él no se esconde.

Antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca al grupo de los “rabíes”.

Reconozco en Él a mi Jesús adolescente.

Se le ve seguro y franco.

Y sus ojos centellean llenos de inteligencia. 

Entonces le preguntan:

–    ¿Quién eres? 

–     Un hijo de Israel que ha venido a cumplir con lo que la Ley ordena.

Gusta esta respuesta intrépida y segura.

Y obtiene sonrisas de aprobación y de benevolencia.

Despierta interés el pequeño israelita.

–    ¿Cómo te llamas?

–     Jesús de Nazaret.

Y aquí acaba la benevolencia del grupo de Siammai.

Sin embargo, Gamaliel, más benigno, prosigue el diálogo junto con Hil.lel.

Es más, es Gamaliel el que con deferencia, le dice al anciano:

–     Pregúntale alguna cosa al niño.

Hil.lel pregunta:

–     ¿En qué basas tu seguridad? 

(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro)

Jesús:

–     En la profecía, que no puede errar respecto a la época. Y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su cumplimiento.

Cierto es que César nos domina.

Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas.

Tanto es así que le fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en Palestina.

De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación del Templo, para que el Mesías sea ungido.

Y se cumpla lo que conlleva la profecía para el pueblo que no lo quiso

¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de Belén de Judá?

¿Y que las profecías y las visiones, desde Jacob en adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era de Belén?

¿No os acordáis de Balaam? “Una estrella nacerá de Jacob”.

Los Sabios de Oriente, cuya pureza y Fe abría sus propios ojos y sus propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre: “Mesías”.   

Y vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo.

Siammai, con mirada maligna:

–    ¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?

Jesús:

–     Yo lo digo.

Siammai:

–     Entonces ya no existe.

¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad, de Belén y de los alrededores?

Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que “un grito se ha oído en lo alto…

Es Raquel que está llorando por sus hijos”.

Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados.

Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías.

Jesús:

–     Te equivocas, anciano.

El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al “hijo de su dolor”, la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha,

Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarlo de la más terrible de las esclavitudes.

Siammai:

–     ¿Y cómo, si lo mataron?

Jesús:

–     ¿No has leído de Elías que fue raptado por el carro de fuego?

¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo?

Él, que separó el mar ante Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra,

¿No va a haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de la crueldad del hombre?

En verdad os digo; el Cristo vive y está entre vosotros.

Y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia

La voz de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo que llena el espacio.

Sus ojos centellean aún más,.

Y con un gesto de dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha… 

Y luego los baja, como para jurar.

Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad de un hombre.

Hil.lel:

–     Niño, ¿Quién te ha enseñado estas palabras?

Jesús:

–     El Espíritu de Dios.

Yo no tengo maestro humano. Ésta es la Palabra del Señor que os habla a través de mis labios.

Hil.lel:

–     Ven aquí entre nosotros, que quiero verte de cerca.

¡Oh niño!, Para que mi esperanza se reavive en contacto con tu Fe y mi alma se ilumine con el sol de la tuya.

Y lo sientan a Jesús en un asiento alto y sin respaldo, entre Gamaliel e Hil.lel.

Y le entregan unos rollos para que los lea y los explique.

Es un examen en toda regla.

La muchedumbre se agolpa atenta.

La voz infantil de Jesús lee:

–     “Consuélate, pueblo mío. Hablad al corazón de Jerusalén, consoladla porque su esclavitud ha terminado… 

Voz de uno que grita en el desierto: preparad los caminos del Señor… Entonces se manifestará la gloria del Señor…”

Siammai:

–     Como puedes ver, nazareno, aquí se habla de una esclavitud ya terminada.

Y nosotros somos ahora más esclavos que nunca. Aquí se habla de un precursor. ¿Dónde está? Tú desvarías.

Jesús:

–     Yo te digo que tú y los que son como tú, más que los demás, necesitáis escuchar la llamada del Precursor.

Si no, no verás la gloria del Señor, ni comprenderás la palabra de Dios, porque las bajezas, las soberbias, las dobleces, te obstaculizarán ver y oír.

Siammai:

–     ¿Así le hablas a un maestro?

Jesús:

–     Así hablo y así hablaré hasta la muerte.

Porque por encima de mi propio beneficio está el interés del Señor y el amor a la Verdad, de la cual soy Hijo.

Y además te digo, rabí, que la esclavitud de que habla el Profeta, que es de la que Yo hablo; no es la que crees, como tampoco la regalidad será la que tú piensas.

Antes bien, por mérito del Mesías, el hombre será liberado de la esclavitud del Mal que lo separa de Dios.   

Y la señal del Cristo, liberados los espíritus de todo yugo, hechos súbditos del Reino eterno, signará a éstos.

Todas las naciones inclinarán su cabeza, ¡Oh, estirpe de David!, ante el Vástago de ti nacido, árbol ahora que extiende sus ramas sobre toda la Tierra y se levanta hacia el Cielo.

Y en el Cielo y en la Tierra, toda boca glorificará su Nombre y doblará su rodilla ante el Ungido de Dios, ante el Príncipe de la Paz, el Caudillo.  

Ante Aquel que, tomando de Sí mismo, embriagará a toda alma cansada y saciará toda alma hambrienta: el Santo que estipulará una alianza entre la Tierra y el Cielo. 

No como la que fue estipulada con los Padres de Israel cuando los sacó de Egipto (siguiendo considerándolos de todas formas siervos).   

Sino imprimiendo la paternidad celeste en el espíritu de los hombres, con la Gracia de nuevo infundida por los méritos del Redentor, por el cual todos los hombres buenos conocerán al Señor…

Y el Santuario de Dios no volverá a ser derruido y hollado.

Siammai:

–     ¡Pero, niño, no blasfemes!

Acuérdate de Daniel, que dice que, cuando hayan matado al Cristo, el Templo y la Ciudad serán destruidos por un pueblo y por un caudillo venidero.

¡Y tú sostienes que el Santuario de Dios no volverá a ser derribado! ¡Respeta a los Profetas!

Jesús:

–     En verdad te digo que hay Uno que está por encima de los Profetas. Y tú no lo conoces, ni lo conocerás, porque te falta el deseo de ello.

Y has de saber que todo cuanto he dicho es verdad.

No conocerá ya la muerte el Santuario verdadero.

Al igual que su Santificador, resucitará para vida eterna y al final de los días del mundo, vivirá en el Cielo.

Hil.lel:

–     Préstame atención, niño.

Ageo dice: “… Vendrá el Deseado de las gentes…

Grande será entonces la gloria de esta casa, y de esta última más que de la primera”. ¿Crees que se refiere al Santuario de que Tú hablas?

Jesús:

–     Sí, maestro.

Esto es lo que quiere decir. Tu rectitud te conduce hacia la Luz.

Y Yo te digo que, una vez consumado el Sacrificio del Cristo, recibirás paz porque eres un israelita sin malicia.

Gamaliel:

–     Dime, Jesús: ¿Cómo puede esperarse la paz de que hablan los Profetas, si tenemos en cuenta que este pueblo ha de sufrir la devastación de la guerra?

Habla y dame luz también a mí.

Jesús:

–     ¿No recuerdas, maestro, que quienes estuvieron presentes la noche del nacimiento del Cristo dijeron que las formaciones angélicas cantaron: “Paz a los hombres de buena voluntad”?

Ahora bien, este pueblo no tiene buena voluntad.

Y no gozará de paz; no reconocerá a su Rey, al Justo, al Salvador; porque lo espera como rey con poder humano, mientras que es Rey del espíritu.

Y no lo amará, puesto que el Cristo predicará lo que no le gusta a este pueblo.

Los enemigos, los que llevan carros y caballos, no serán subyugados por el Cristo…

Sí los del alma, los que doblegan para infernal dominio el corazón del hombre, creado por el Señor.

Y no es ésta la victoria que de El espera Israel.

Tu Rey vendrá, Jerusalén, sobre “la asna y el pollino”…

O sea, los justos de Israel y los gentiles.

Mas Yo os digo que el pollino le será más fiel a Él…,

Y precediendo a la asna, le crecerá en el camino de la Verdad y de la Vida.

Israel, por su voluntad, perderá la paz.

Y sufrirá en sí, durante siglos, aquello mismo que hará sufrir a su Rey al convertirlo en el Rey de Dolor de que habla Isaías.

Siammai:

–     Tu boca tiene al mismo tiempo sabor de leche y de blasfemia, nazareno.

Responde: ¿Dónde está el Precursor? ¿Cuándo lo tuvimos?

Jesús:

–     Él ya es una realidad.

¿No dice Malaquías: “Yo envío a mi ángel para que prepare delante de mí el camino; enseguida vendrá a su Templo el Dominador que buscáis y el Ángel del Testamento, anhelado por vosotros”?

Luego entonces el Precursor precede inmediatamente al Cristo.

Él es ya una realidad, como también lo es el Cristo.

Si transcurrieran años entre quien prepara los caminos al Señor y el Cristo, todos los caminos volverían a llenarse de obstáculos y a hacerse retortijados.

Esto lo sabe Dios y ha previsto que el Precursor preceda en una hora sólo al Maestro.

Cuando veáis al Precursor, podréis decir: “Comienza la Misión del Cristo”.

Y a ti te digo que el Cristo abrirá muchos ojos y muchos oídos cuando venga a estos caminos.   

Mas no vendrá a los tuyos, ni a los de los que son como tú. Vosotros le daréis muerte por la Vida que os trae.

Pero cuando más alto que este Templo, más alto que el Tabernáculo que está dentro del Santo de los Santos, más alto que la Gloria que está sostenida por los Querubines…

El Redentor ocupe su trono y su altar…

De sus numerosísimas heridas fluirán: maldición para los deicidas; vida para los gentiles.

Porque Él, ¡Oh, maestro insipiente!,…

No es, lo repito, Rey de un reino humano, sino de un Reino espiritual.

Y sus súbditos serán únicamente aquellos que por su amor sepan renovarse en el espíritu…

Y como Jonás, nacer una segunda vez, en tierras nuevas, ‘las de Dios”,

a través de la generación espiritual que tendrá lugar por Cristo, el cual dará a la Humanidad la Vida verdadera.

Siammai y sus seguidores:

–     ¡Este nazareno es Satanás!

Hil.lel y los suyos:

–     No. Este niño es un Profeta de Dios.

Quédate conmigo, Niño; así mi ancianidad transfundirá lo que sabe en tu saber… 

Y Tú serás Maestro del pueblo de Dios.

Jesús:

–     En verdad te digo que si muchos fueran como tú, Israel sanaría; mas la hora mía no ha llegado.

A mí me hablan las voces del Cielo.

Y debo recogerlas en la soledad hasta que llegue mi Hora.

Entonces hablaré, con los labios y con la sangre, a Jerusalén: 

Y correré la misma suerte que corrieron los Profetas, a quienes Jerusalén misma lapidó y les quitó la vida.

Pero sobre mi ser está el del Señor Dios, al cual Yo me someto como siervo fiel, para hacer de mí escabel de su gloria…

En espera de que Él haga del mundo escabel para los píes del Cristo.

Esperadme en mi Hora.

Estas piedras oirán de nuevo mi Voz y trepidarán cuando diga mis últimas palabras.

Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa Voz y crean en Él a través de ella.

El Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que, sin embargo, es celeste.   

Y por el cual Yo digo: “Aquí tienes a tu siervo, Señor, que ha venido a hacer tu voluntad. Consúmala, porque ardo en deseos de cumplirla”.

Y con la imagen de Jesús con su rostro inflamado de ardor espiritual elevado al cielo, con los brazos abiertos, erguido entre los atónitos doctores.  

La visión termina. 

41 ALBORADA DEL MESÍAS


41 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Jesús examinado en su mayoría de edad en el Templo.

El Templo en días de fiesta.

Muchedumbre de gente entrando o saliendo por las puertas de la muralla, o cruzando los patios o los pórticos.

Gente que entra en esta o en aquella construcción sita en uno u otro de los distintos niveles en que está distribuido el conjunto del Templo.

Y también entra, cantando quedo salmos, la comitiva de la familia de Jesús; todos los hombres primero, luego las mujeres.

Se han unido a ellos otras personas, quizás de Nazaret, quizás amigos de Jerusalén, no lo sé.

José, después de haber adorado con todos al Altísimo desde el punto en que se ve que los hombres podían hacerlo.

Las mujeres se han quedado en un piso inferior, se separa. 

 Y con su Hijo, cruza de nuevo, en sentido inverso, unos patios.

Luego tuerce hacia una parte y entra en una vasta habitación que tiene el aspecto de una sinagoga. 

Habla con un levita.

Y éste desaparece tras una cortina de rayas para volver después con algunos sacerdotes ancianos.

Son sacerdotes, doctores de la Ley. maestros en cuanto al conocimiento de la Ley y tienen como misión examinar a los fieles. ‘

Los dos se inclinan con gran reverencia ante los diez doctores, los cuales se han sentado con majestuosidad en unas banquetas bajas de madera.

José presenta a Jesús:

–     Éste es mi hijo.

Desde hace tres lunas y doce días ha entrado en el tiempo que la Ley destina para la mayoría de edad.

Mas yo quiero que sea mayor de edad según los Preceptos de Israel.

Os ruego que observéis que por su complexión muestra que ha dejado la infancia y la edad menor.

Os ruego que lo examinéis con benignidad y justicia para juzgar que cuanto aquí yo, su padre, afirmo, es verdad.

Yo lo he preparado para este momento y para que tenga esta dignidad de hijo de la Ley.

Él sabe los preceptos, las tradiciones, las decisiones, conoce las costumbres de las fimbrias y de las filacterias, sabe recitar las oraciones y las bendiciones cotidianas.

Puede por tanto, conociendo la Ley en sí y en sus tres ramas, Halasia, Midrás y Haggadá, guiarse como hombre.

Por ello, deseo ser liberado de la responsabilidad de sus acciones y de sus pecados.

Que de ahora en adelante quede sujeto a los preceptos y pague en sí las penas por las faltas respecto a ellos.

Examinadlo.

El que parece ser el superior de todos, 

responde:

–     Lo haremos.

Acércate, niño. ¿Tu nombre?

Jesús, muy solemne, responde:

–     Jesús de José, de Nazaret.  

Varios entrecejos se levantan y se fruncen. 

El interrogatorio continúa:

–     Nazareno… Entonces…

¿Sabes leer?

–     Sí, rabí.

Sé leer las palabras escritas y las que están encerradas en las palabras mismas.

–     ¿Qué quieres decir con ello?

–     Quiero decir que comprendo el significado de la alegoría o del símbolo celado bajo la apariencia…

De la misma forma que no se ve la perla, pero está dentro de la concha fea y cerrada. Todos lo miran sorprendidos…

Ha captado totalmente su atención. 

El sacerdote dice:

–     Respuesta no común, y muy sabia.

Raramente se oye esto en boca de adultos, ¡Así que fíjate tú, oírselo a un niño, y además, por si fuera poco, nazareno!….

Se ha despertado la atención de los doctores y sus ojos no pierden de vista un instante al hermoso Niño rubio.

Que los está mirando seguro; sin petulancia sí, pero también sin miedo.

–     Eres honra de tu maestro, el cual ciertamente, era muy docto.

–     La Sabiduría de Dios estaba recogida en su corazón justo.

–     ¡¿Estáis oyendo?!

¡Dichoso tú, padre de un hijo así!

José, que está en el fondo de la sala, sonríe y hace una reverencia.

Entonces le dan a Jesús tres rollos distintos,

Y le dicen:

–     Lee el que está cerrado con una cinta de oro. 

Jesús lo desenrolla y lee.

Es el Decálogo.

Pero, leídas las primeras palabras, un juez le quita el rollo.

Y dice:

–     Sigue de memoria.

Jesús sigue, tan seguro que parece como si estuviera leyendo.

Y cada vez que nombra al Señor hace una profunda reverencia. 

El examinador pregunta asombrado:

–     ¿Quién te ha enseñado a hacer eso?

¿Por qué lo haces?

–     Porque es un Nombre santo y hay que pronunciarlo con signo interno y externo de respeto.

Ante el rey, que lo es por breve tiempo, se inclinan los súbditos… y es sólo polvo,

¿Ante el Rey de los reyes, ante el altísimo Señor de Israel, presente, aunque sólo visible al espíritu; no habrá de inclinarse toda criatura, que de Él depende con sujeción eterna?

–     ¡Muy bien! 

Y volviéndose hacia José,

Agrega:

–     Hombre, nuestro consejo es que pongas a tu Hijo bajo la guía de Hil.lel o de Gamaliel.

Es nazareno… pero sus respuestas permiten esperar de Él un nuevo gran doctor. 

José responde: 

–     Mi hijo es mayor de edad.

Hará lo que Él quiera. Yo, si su voluntad es honesta, no me opondré.

–     Niño, escucha.

Has dicho: “Acuérdate de santificar las fiestas, teniendo en cuenta que el precepto de no trabajar en día de sábado fue dicho no sólo para ti, sino también para tu hijo y tu hija, para tu siervo y tu sierva. E incluso para el asno”.

Entonces, dime:

Si una gallina pone un huevo en día de sábado, o si una oveja pare,

¿Será lícito hacer uso de ese fruto de su vientre? o ¿Habrá que considerarlo como cosa oprobiosa?

–     Sé que muchos rabíes, el último de los cuales en vida aún, es Siammai, dicen que el huevo puesto en día de sábado va contra el precepto.

Pero Yo pienso que hay que distinguir entre el hombre y el animal. O quien cumple un acto animal como dar a luz.

Si le obligo al asno a trabajar, yo, al imponerme con el azote a que trabaje, cumplo también su pecado.

Pero, si una gallina pone un huevo que ha ido madurando en su ovario, o si una oveja pare en día de sábado, porque ya está en condiciones de nacer su cría, entonces no.

Tal obra en efecto, no es pecado, como tampoco lo son, a los ojos de Dios, ni el huevo puesto ni el cordero parido en sábado.

–     ¿Y cómo puede ser eso, si todo trabajo, cualquiera que fuere, en día de sábado, es pecado?

–     Porque el concebir y generar corresponde a la Voluntad del Creador.

Y están regulados por leyes dadas por Él a todas las criaturas.

Pues bien, la gallina no hace sino obedecer a esa ley que dice que después de tantas horas de formación, el huevo está completo y ha de ponerse.

Y la oveja lo mismo. No hace sino que obedecer a esas leyes puestas por Aquel que todo hizo, el cual estableció que dos veces al año, cuando ríe la primavera por los campos floridos.

Y cuando el bosque se despoja de su follaje y el frío intenso oprime el pecho del hombre, las ovejas se emparejasen para dar luego leche, carne y sustanciosos quesos en las estaciones opuestas,

en los meses de más arduo trabajo por las mieses, o de más dolorosa escasez a causa de los hielos.Pues entonces, si una oveja, llegado su tiempo, da a luz a su criatura, ¡Oh, ésta bien puede ser sagrada incluso para el altar, porque es fruto de obediencia al Creador!

El doctor se vuelve hacia los demás,

diciendo:

–     Yo no seguiría examinándole.

Su sabiduría es asombrosa y supera a la de los adultos. 

Algunos objetan:

–     No.

Se ha declarado capaz de comprender incluso los símbolos.

–     Oigámoslo.

–     Que antes diga un salmo, las bendiciones y las oraciones.

–     También los preceptos.   

Uno se vuelve hacia Jesús diciéndo:

–    Sí. Di los midrasiots.

Jesús dice sin vacilar una letanía de:  «no hagas esto… no hagas aquello… ».

Si nosotros debiéramos tener todavía todas estas limitaciones, siendo rebeldes como somos, lo más seguro es que no se salvaría ninguno…

Otro le indica:

–  Muy bien. 

Ahora abre el rollo de la cinta verde.

Jesús abre y hace ademán de leer. 

Le indica: 

–     Más adelante, más.

Jesús obedece.

–     Basta. Allí…

Lee y explica, si es que te parece que haya algún símbolo.

–     En la Palabra santa raramente faltan.

Somos nosotros quienes no sabemos ver ni aplicar. Leo: cuarto libro de los Reyes, capítulo veintidós, versículo diez:

“Safan, escriba, siguiendo informando al rey, dijo: ‘El Sumo Sacerdote Jilquías me ha dado un libro’. Habiéndolo leído Safan en presencia del rey, éste, oídas las palabras de la Ley del Señor, se rasgó las vestiduras y dio…”.

–     Sigue hasta después de los nombres.

-“…esta orden: ‘Id a consultarle al Señor por mí, por el pueblo, por todo Judá, respecto a las palabras de este libro que ha sido encontrado;

pues la gran ira de Dios se ha encendido contra nosotros porque nuestros padres no escucharon, siguiendo sus prescripciones, las palabras de este libro’…”.

–     Basta.

Este hecho sucedió hace muchos siglos.

¿Qué símbolo encuentras en un hecho de crónica antigua?

–     Lo que encuentro es que no hay tiempo para lo eterno.

Y Dios es eterno, y nuestra alma; como eternas son también las relaciones entre Dios y el alma.

Por tanto, lo que había provocado entonces el castigo, es lo mismo que provoca los castigos ahora. E iguales son los efectos de la culpa.

–     ¿Cuáles?

–     Israel ya no conoce la Sabiduría, que viene de Dios.

Y es a Él, y no a los pobres seres humanos, a quien hay que pedirle luz; pero la luz no se recibe sin justicia y fidelidad a Dios.

Por eso se peca, y Dios, en su ira, castiga.

–     ¿Nosotros ya no sabemos?

¿Qué dices, niño? ¿Y los seiscientos trece preceptos?

–     Los preceptos existen, pero son palabras. 

Los sabemos, pero no los ponemos en práctica. Por tanto, no sabemos.

El símbolo es éste: todo hombre, en todo tiempo, tiene necesidad de consultar al Señor para conocer su Voluntad.

Y debe atenerse a ella para no atraer su ira.

Un doctor sentencia:  

–     El niño es perfecto.

Ni siquiera la celada de la pregunta insidiosa, ha confundido su respuesta.

Que sea conducido a la verdadera sinagoga.

Pasan a una habitación de mayores dimensiones y más pomposa.

Aquí lo primero que hacen es rebajarle el pelo.

José recoge los rizos.

Luego le aprietan la túnica roja con un largo cinturón dando varias vueltas en torno a la cintura.

Le ciñen la frente y un brazo con unas cintas.

Y le fijan con una especie de bullones unas cintas al manto.

Luego cantan salmos.

Y José alaba al Señor con una larga oración…

E invoca toda suerte de bienes para su Hijo.

Termina la ceremonia.

Jesús sale acompañado de José.

Vuelven al lugar de donde habían venido.

Se unen de nuevo con los varones de la familia, compran y ofrecen un cordero.

Y luego, con la víctima degollada, van a donde las mujeres.

María besa a su Jesús.

Es como si hiciera años que no lo viera.

Lo mira — ahora tiene vestidura y pelo más de hombre — lo acaricia…

Salen y todo termina.

40 EXAMEN EN EL TEMPLO


40 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 Preparativos para la mayoría de edad de Jesús y salida de Nazaret.

Veo a María encorvada hacia un barreño de barro, mezclando algo que despide vapor en el aire frío y sereno que llena el huerto de Nazaret.

Es pleno invierno.

Lo deduzco del hecho de que, menos los olivos, todos los árboles están deshojados y exhaustos.

Arriba, un cielo tersísimo y un sol que aun siendo radiante no logra templar la tramontana que hay, que sopla y hace chocar unas con otras las desnudas ramas…

U ondular las ramitas entre grises y verdes de los olivos.

La Virgen María lleva un vestido tupido de color marrón casi negro, que la cubre enteramente.

Se ha colocado delante una tela basta, a manera de mandil, para protegerlo.

Saca de la tina el palo conque estaba removiendo el contenido.

Veo que del palo caen gotas de un bonito color bermejo.

María observa, se moja un dedo con las gotas que caen…

Y prueba el color en el mandil.

Parece satisfecha.

Entra en la casa y vuelve a salir con muchas madejas de blanquísima lana y las echa, una a una, en la tina, con paciencia y cautela.

Mientras está haciendo esto, su cuñada María de Alfeo sale del taller de José.

Se encuentran y se saludan empezando a conversar…

Maria de Alfeo pregunta:

 –    ¿Queda bien?

María responde:

–     Espero que sí.

–     Me aseguró esa gentil que se trata de la misma tinta y del mismo sistema de teñir, que utilizan en Roma.

Si me lo dio es porque se trataba de tí y por haber hecho aquellas labores.

Ella dice que no hay quien borde como tú, ni siquiera en Roma. Debes haber perdido la vista haciéndolas…

María sonríe y hace un movimiento de cabeza como diciendo:

–     ¡Son cosas sin importancia!.

La cuñada mira las últimas madejas de lana antes de pasárselas a María.

 Y exclama:

–     ¡Qué bien las has hilado!

Son hilos tan finos y uniformes que parecen cabellos. Tú todo lo haces bien…

Y ¡Qué rápida! ¿Estas últimas serán más claras?

–     Sí, para la túnica; el manto es más oscuro.

Las dos mujeres se ponen a trabajar juntas:

Primero, en la tina.

Luego sacan las madejas, ya de un lindo color purpúreo…

Y corren veloces a sumergirlas en el agua helada que llena el pilón, colocado bajo la fina vena que mana y cae…

Produciendo notas de risitas apenas perceptibles.

Aclaran una y otra vez…

Y luego extienden las madejas sobre unas cañas aseguradas a los árboles, de unas ramas a otras.

María cleofás dice:

–     Con este viento se secarán bien y rápido.  

María aconseja: 

–     Vamos donde José.

Hay lumbre. Debes estar helada.

Has sido buena conmigo ayudándome. He acabado pronto y con menos esfuerzo. Gracias.

–     ¡Oh! ¡María!

¿Qué no haría yo por tí! Estar a tu lado es motivo siempre de gozo.

Además… todo este trabajo es por Jesús. Y, ¡Es tan encantador tu Hijo!…

Ayudándote a ti para la celebración de su mayoría de edad, me parecerá sentirme yo también madre suya.

Y las dos mujeres entran en el taller, lleno de ese olor a madera cepillada que es típico de los talleres de carpintero.

Y la visión sufre una interrupción… 

Para continuar después, en el momento de la partida de Jesús para Jerusalén a los doce años.

Su figura es bellísima.

Está tan desarrollado, que parece un hermano menor de su joven Madre, pues ya le llega a María a los hombros.

Su cabeza, rubia y ensortijada, de melena hasta más abajo de las orejas, ya no tiene el pelo corto, como en los primeros años de su vida, parece un casco de oro repleto de relucientes bucles laborados.

Va vestido de rojo, un bonito rojo de rubí claro: una túnica que le llega hasta los tobillos dejando ver sólo los pies, calzados con sandalias; es una túnica suelta, de mangas largas y amplias.

En el cuello, en los bordes de las mangas y en la base, grecas tejidas con colores sobrepuestos, muy bonitas…

Veo el momento en que Jesús entra, acompañado de su Madre, en el comedor de la casa de Nazaret.

Jesús tiene doce años.

Es un muchacho alto, bien formado, fuerte, aunque no gordo.

Parece, por su complexión, más adulto de lo que realmente es.

Le llega ya a su Madre a la altura de los hombros.

Su rostro es todavía redondeado y rosado, es todavía el rostro de Jesús niño. 

Rostro que con el paso del tiempo, con la edad juvenil y viril, se alargará.

Y tomará un cromatismo indefinido, una tonalidad como la de ciertos alabastros delicados que tienden apenas al amarillo- rosa.

Sus ojos son todavía ojos de niño.

Son grandes y miran bien abiertos, con una chispa de alegría perdida en la seriedad de la mirada.

Pasado el tiempo, ya no estarán tan abiertos…

Los párpados descenderán hasta medio cerrar los ojos, para velarle al Puro y Santo, el exceso de mal que hay en el mundo.

Solamente en los momentos de los milagros…

O cuando ponga en fuga a los demonios o a la muerte, o para curar las enfermedades y los pecados…

Solamente entonces los abrirá y centellearán, aún más que ahora.

Pero, ni siquiera entonces tendrán esta chispa de alegría, mezclada con la seriedad..

La muerte y el pecado estarán cada vez más cerca y más presentes.

Y con ambos, el conocimiento, con su faceta humana de la inutilidad del sacrificio, a causa de la voluntad contraria del hombre.

Sólo en rarísimos momentos de alegría, por estar con los redimidos…

Y especialmente con los puros, generalmente niños, brillarán de júbilo estos ojos santos y buenos.

Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San José frente a Él, sonriéndole con amor…

Y con esos primitos suyos que le admiran.

Y con su tía, María de Alfeo, que le está acariciando, se siente feliz.

Mi Jesús tiene necesidad de amor para sentirse feliz.

Y en este momento lo tiene.

Está vestido con una túnica suelta, de lana, de color rojo rubí claro, suave.

Perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo.

En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la túnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies…

Tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color más oscuro sobre el color rubí de la túnica.

Lleva sandalias nuevas y bien hechas — no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas.  

Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.

Su bonito pelo rubio tiene ya una tonalidad más cargada que cuando era un niño pequeño, con reflejos cobrizos en los aros de los bucles que terminan bajo las orejas;

Ya no son esos ricitos cortos y vaporosos de la infancia…

Pero tampoco es la melena de la edad adulta, ondulada, que termina a la altura de los hombros en delicada forma tubular.

De todas maneras ya tiende a ésta, en color y forma. 

María levanta con su mano derecha la izquierda de Jesús…

Y dice:

– He aquí a nuestro Hijo.

Parece como si se lo quisiera presentar a todos y confirmar la paternidad del Justo, que sonríe.

Y añade:

–     Bendícelo, José, antes de partir para Jerusalén.

No fue necesaria la bendición para su inicio en la escuela, primer paso en la vida.

Hazlo ahora que Él va al Templo para ser declarado mayor de edad.

Y bendíceme también a mí. Tu bendición… (María contiene el llanto) lo fortalecerá a Él y me dará fuerza a mí para separarme de Él un poco más…

José le dice dulcemente:

–     María, Jesús será siempre tuyo.

La fórmula no lesionará nuestras mutuas relaciones. Yo no te voy a disputar a este Hijo, amado nuestro.

Ninguno merece como tú el guiarlo en la vida, ¡Oh Santa mía!

María se inclina, toma la mano de José y la besa: es la esposa,

Y ¡Qué respetuosa y amante de su consorte!

José acoge este signo de respeto y de amor con dignidad.

Más luego alza esa misma mano y la deposita sobre la cabeza de su Esposa,

diciéndole:

–     Sí.

Te bendigo, Bendita. Y a Jesús contigo.

Venid, mis únicos tesoros, honor y finalidad míos.

José se muestra solemne:

Con los brazos extendidos y las palmas vueltas hacia abajo sobre las dos cabezas inclinadas, igualmente rubias y santas.

Pronuncia la bendición:

«El Señor os guarde y os bendiga, tenga misericordia de vosotros y os dé paz. El Señor os dé su bendición».

Y luego dice:

–     En marcha.

La hora es propicia para el viaje.

María coge un manto amplio, de color granate oscuro y en elegantes pliegues lo dispone sobre el cuerpo de su Hijo.

¡Y cómo lo acaricia al hacerlo!

Salen.

Cierran.

Se ponen en marcha.

Otros peregrinos van en la misma dirección.

Fuera del pueblo, las mujeres se separan de los hombres.

Los niños van con quien quieren.

Jesús se queda con su Madre.

Los peregrinos caminan, la mayoría entonando salmos, por las campiñas llenas de hermosura en el más jubiloso tiempo de primavera.

Frescos prados, tiernos cereales, frescos follajes en los árboles hace poco florecidos. 

Hombres cantando por los campos y por los caminos, cantos de pájaros en celo entre las frondas.

Límpidos arroyos, espejo de las flores de las orillas; corderitos saltarines al lado de sus madres…

Paz y alegría bajo el más hermoso cielo de abril.

La visión cesa así.

39 UNA MAESTRA SUBLIME


39 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María maestra de Jesús, Judas y Santiago.

Veo la habitación (ya en Nazaret) que habitualmente usan como comedor, la misma en que María teje o cose.

Es la habitación contigua al taller de José, cuyo diligente trabajar se siente; aquí hay, por el contrario, silencio.

María está cosiendo unas piezas de lana alargadas, ciertamente tejidas por Ella, que tienen aproximadamente medio metro de anchas y un poco más del doble de largas;

creo entender que están destinadas a ser un manto para José.

Por la puerta abierta de la parte del huerto-jardín se ve el seto formado por unas matas de enredado ramaje

de esas margaritas pequeñas de color azul-violeta que comúnmente se llaman “Marías” o “Cielo estrellado”.

Desconozco su exacto nombre botánico.

Están florecidas. Por tanto, debe ser otoño.

De todas formas, los árboles tienen todavía un follaje verde tupido y hermoso.

Y las abejas, desde dos colmenas adosadas a una pared soleada, vuelan zumbando, danzando y brillando al sol,

de una higuera a la vid, de ésta a un granado lleno de redondos frutos, algunos de los cuales han estallado ya por exceso de vigor

y muestran sus collares de jugosos rubíes, alineados en el interior de su verde-rojo cofre, de compartimentos amarillos.

Bajo los árboles.

Jesús está jugando con otros dos niños de más o menos su misma edad. Son de pelo rizado y castaño.

Es más, uno de ellos es intensamente moreno:

Una cabecita de corderito negro que hace resaltar aún más la blancura de la piel de su carita redonda, que se abren dos ojazos de un azul tendente al violáceo; bellísimos.

El otro es menos rizado y de un color castaño oscuro, tiene ojos castaños y coloración más morena, aunque con una tonalidad rosácea en las mejillas.

Jesús, con su cabecita rubia, entre los otros dos, oscuros, parece ya aureolado de fulgor.

Están jugando en concordia con unos pequeños carritos en los que hay… distintas mercancías: piedritas, virutas, pedacitos de madera.

Son mercaderes sin duda.

Y Jesús es el que compra para su Mamá, a la que le lleva ora una cosa, ora otra.

María, sonriendo, acepta los objetos comprados.

Pero después de un poco, el juego cambia.

Santiago uno de los dos niños propone:

–     Por qué no hacemos el Éxodo a través de Egipto?

Jesús es Moisés; yo, Aarón; tú… María. 

Judas Tadeo protesta:

–     ¡Pero si yo soy chico!

Santiago se encoge de hombros,

y dice:

–     ¡No importa!

¿Qué más da?

Tú eres María y bailas ante el becerro de oro, que será aquella colmena.

–     Yo no bailo.

Soy un hombre y no quiero ser una mujer; soy un fiel, y no quiero bailar ante el ídolo.

Jesús interviene diciendo:

–     Pues no hacemos este pasaje.

Podemos hacer ese otro de cuando le eligen a Josué sucesor de Moisés.

Así no está ese feo pecado de idolatría y Judas estará contento de ser hombre y sucesor mío. ¿Verdad que estás contento?

–     Sí, Jesús.  

Pero entonces Tú tienes que morir, porque Moisés muere después.

No quiero que Tú mueras; Tú, que siempre me quieres tanto».

–     Todos morimos…

Pero Yo antes de morir bendeciré a Israel. Y dado que aquí sólo estáis vosotros, en vosotros bendeciré a todo Israel.

Es aceptada la propuesta.

Pero luego surge una cuestión:

Si el pueblo de Israel, después de tanto caminar; llevaba o no los carros que tenía al salir de Egipto.

Hay disparidad de ideas.

Se recurre a María.

–     Mamá, Yo digo que los israelitas tenían todavía los carros.

Santiago dice que no. Judas no sabe a quién de los dos dar la razón.

¿Tú sabes si los tenían?

María contesta:

–     Sí, Hijo.

El pueblo nómada tenía todavía sus carros. En los descansos los reparaban. Montaban en ellos los más débiles.

Se cargaba en ellos aquellos víveres o cosas que un pueblo tan numeroso necesitaba.

Todas las demás cosas iban en los carros, menos el Arca, que la llevaban a mano.

La cuestión está resuelta.

Los niños van al final del huerto y desde allí, entonando salmos, vienen hacia la casa

Jesús viene delante cantando salmos con su vocecita de plata.

Detrás de Él vienen Judas y Santiago portando un pequeño carrito elevado al rango de Tabernáculo.

Pero, dado que además de a Aarón y a Josué tienen que representar también al pueblo, se han quitado los cinturones y se han atado al pie los otros carros en miniatura,

y así caminan, serios como si fueran verdaderos actores.

Hacen el recorrido de la pérgola, pasan por delante de la puerta de la habitación donde está María,

y Jesús dice:

– Mamá, pasa el Arca, salúdala.

María se levanta sonriendo y se inclina ante su Hijo que, radiante, pasa, aureolado de sol.

Acto seguido Jesús trepa un poco por el lado del monte que limita la casa, o mejor, el huerto. 

Y subiendo hasta arriba de la peña, seguido por Tadeo, que se queda un poco más abajo…

Arriba de la gruta, erguido, dirige unas palabras a… Israel.

Manifiesta los preceptos y las promesas de Dios, señala a Josué como caudillo, le llama a sí , le anima y le bendice.

Luego pide una… tabla (es la hoja ancha de una higuera) y escribe el cántico, y lo lee;

no todo, pero sí una buena parte de él, y al hacerlo da la impresión de que realmente lo estuviera leyendo en la hoja.

A continuación se despide de Josué, el cual le abraza llorando, y sube más arriba, justo hasta el borde de la peña.

Allí bendice a todo Israel, es decir, a los dos niños que están prosternados en tierra, y luego se acuesta sobre la corta hierbecilla, cierra los ojos y… muere.

María se había quedado, sonriente, a la puerta,

y, cuando lo ve echado en el suelo, rígido,

grita:

–     ¡Jesús!

¡Jesús! ¡Levántate! ¡No estés así! ¡Mamá no quiere verte muerto!.

Jesús se levanta del suelo, sonríe,

y va hacia Ella corriendo, y la besa.

Se acercan lo mismo Santiago y Judas, y María los acaricia también. 

Santiago pregunta:

-¿Cómo puede acordarse Jesús de ese cántico tan largo y difícil y de todas esas bendiciones?

María sonríe y responde sencillamente:

–     Tiene una memoria muy buena y está muy atento cuando yo leo.

–     Yo, en la escuela, estoy atento, pero con tanta lamentación me viene el sueño…

Entonces, ¿No voy a aprender nunca?.

–     Aprenderás. Tranquilo.

Llaman a la puerta.

José atraviesa con paso rápido huerto y habitación, y abre.  

Y saluda a los recién llegados:

–    ¡La paz sea con vosotros, Alfeo y María! 

Su hermano Alfeo y su cuñada, contestan:

–     Y con vosotros.

–    Paz y bendición.

 Un rústico carro tirado por un robusto burro está parado en la calle.

–     ¿Habéis tenido buen viaje?

–     Sí, bueno. 

Maria Cleofás pregunta:

–     ¿Y los niños?

–     Están en el huerto con María.

Ya los niños han venido corriendo a saludar a su mamá.

También María está viniendo, trayendo a Jesús de la mano.

Las dos cuñadas se besan.

–     ¿Se han portado bien?

Maria responde: 

–     Sí, muy bien.

Y han sido muy cariñosos.

José pregunta:

–     ¿La familia está toda bien?

María Cleofás:

–     Todos están bien.

Alfeo dice:

–     Nos han dado recuerdos para vosotros.

De Caná os mandan muchos regalos: uvas, manzanas, queso, huevos, miel.

Y… José, he encontrado exactamente lo que tú querías para Jesús. Está en el carro, en aquella cesta redonda.

La mujer de Alfeo, sonriendo, se inclina hacia Jesús, que la está mirando con unos ojos maravillados, abiertísimos…

Y le besa en esos dos pedacitos de azul

Y dice:

–     ¿Sabes lo que he traído para ti? Adivina.

Jesús piensa, pero no adivina.

Probablemente lo hace a propósito, para que José tenga la alegría de dar una sorpresa.

En efecto, José entra trayendo consigo una cesta redonda.

La deposita en el suelo a los pies de Jesús, desata la cuerda que está sujetando la tapadera, la levanta…

Y una ovejita toda blanca, un verdadero copo de espuma, aparece, dormida sobre un heno muy limpio.

Jesús exclama:

–     ¡Oh! –  con estupor y beatitud.

Mientras hace ademán de echarse hacia el animalito, pero… NO. 

Se vuelve y corre a donde José, que aún está agachado…

Y lo abraza y lo besa dándole las gracias.

Los primitos miran con admiración al animalito, que ahora está despierto y alza su rosado morrito y bala buscando a su mamá.

Sacan de la cesta a la ovejita y le ofrecen un manojo de tréboles.

Ella come, mirando a su alrededor con sus mansos ojos.

Jesús repite una y otra vez:

–     ¡Para mí!

¡Para mí! ¡Padre, gracias!

José pregunta con mucha ternura:

–     ¿Te gusta mucho?

–     ¡Oh, mucho! Blanca, limpia… una cordera… ¡Oh!

Y le echa sus bracitos al cuello a la ovejita, pone su cabeza rubia sobre la cabecita. 

Y se queda así, satisfecho. 

Alfeo dice a sus hijos:

–     También os he traído a vosotros otras dos.

Pero son de color oscuro. Vosotros no sois ordenados como lo es Jesús y si hubieran sido blancas, las tendríais mal.

Serán vuestro rebaño, las tendréis juntas. Y así vosotros dos, golfos, no estaréis ya más por ahí por las calles tirando piedras.

Los dos niños van corriendo al carro para ver a estas otras dos ovejas, más negras que blancas.

Jesús por su parte se ha quedado con la suya.

La lleva al huerto, le da de beber.

Y el animalito le sigue como si lo conociera desde siempre.

Jesús la llama por su nombre:

Le pone por nombre «Nieve».

Ella responde balando jubilosa.

Los llegados ya están sentados a la mesa.

María les sirve pan, aceitunas y queso.

Trae también un ánfora de sidra o de agua de manzanas, no lo sé; veo que es de un color dorado muy claro.

Los niños juegan con los tres animales y ellos se ponen a conversar.

Jesús quiere que estén las tres ovejas, para darles a las otras también agua.

Y un nombre:

–     La tuya, Judas, se llamará “Estrella”, por el signo ese que tiene en la frente;

Y la tuya “Llama”, porque tiene un color como el de ciertas llamas de brezo lánguido.

Los dos primitos, responden:

–     De acuerdo. 

Alfeo dice:

–     Espero haber resuelto así la historia de las peleas entre muchachos.

Tu idea, José, ha sido la que me ha iluminado. Dije: “Mi hermano quiere una cordera para Jesús, para que juegue un poco. Yo me llevo dos para esos golfos.

Para que estén un poco tranquilos y no tener siempre problemas con otros padres por cabezas o rodillas rotas.

Un poco la escuela y un poco las ovejas, lograré tenerlos quietos.

Por cierto, este año tendrás que mandar tú también a Jesús a la escuela. Ya es tiempo.

María, con un tono resoluto, responde:

–    Yo no voy a mandarlo jamás a Jesús a la escuela.

Resulta insólito oírla hablar así, y además antes que José (!).

–     ¿Por qué?

El Niño tiene que aprender, para que a su debido tiempo sea capaz de afrontar el examen de la mayoría de edad…».

–     El Niño sabrá; pero no irá a la escuela. Está decidido.

–     Pues serías la única que actuara así en Israel.

–     Pues seré la única, pero actuaré así.

¿No es verdad, José?

José la apoya:

–     Así es; Jesús no tiene necesidad de ir a la escuela.

María se ha formado en el Templo y es una verdadera doctora en el conocimiento de la Ley.

Será su Maestra. Es también mi deseo.

–     Le estáis mimando demasiado al muchacho.

–     Eso no puedes decirlo.

Es el mejor de Nazaret. ¿Lo has visto alguna vez llorar o hacer alguna pataleta o negarse a obedecer o faltar al respeto?

–     No.

Pero un día será así si lo seguís mimando.

José dice:

–     Tener al lado a los hijos no es mimarlos.

Es quererlos, con mente cabal y buen corazón. Nosotros amamos así a nuestro Jesús. 

 Y dado que María es una mujer más instruida que el maestro, será Ella la Maestra de Jesús.

–     Y cuando sea hombre, tu Jesús será una mujercita temerosa hasta de las moscas.

–     No lo será.

María es una mujer fuerte y sabe educarle virilmente.

Y yo no soy ningún mezquino, y sé dar ejemplos viriles.

Jesús es un niño sin defectos físicos ni morales. Por tanto se desarrollará recto y fuerte en el cuerpo y en el espíritu.

Estate seguro de esto, Alfeo. No dejará mal a la familia.

Y además, ya lo he decidido y es suficiente.

–     Lo habrá decidido María. Tú sólo….

–    ¿Y si así fuera?

¿No es acaso bonito que dos personas que se aman estén en la disposición de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad; porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio?

Si María desease estupideces, yo le diría que no. Pero lo que pide son cosas llenas de sabiduría, y yo las apruebo y hago mías.

Nosotros nos amamos como el primer día…

Y lo seguiremos haciendo mientras vivamos, ¿Verdad, María?

–     Sí, José.

Y aún en el caso — y ojalá no suceda jamás — de que uno de los dos muriese y el otro no…

Nos seguiríamos amando.

José le acaricia a María la cabeza, como si fuera una hija pequeña,

Y Ella a su vez lo mira con ojos serenos y amorosos.

La cuñada interviene diciendo:

–     Tenéis realmente razón.

¡Si yo fuera capaz de enseñar!… En la escuela nuestros hijos aprenden el bien y el mal. 

En casa, sólo el bien. Pero yo no sé hacerlo… Si María…

María pregunta solícita:

–     ¿Qué quieres, cuñada?

Habla libremente. Tú sabes que te quiero y que me siento contenta cada vez que puedo satisfacerte en algo.

–     No, yo lo que pensaba… era…

Santiago y Judas son sólo un poco mayores que Jesús. Ya van a la escuela… ¡Pero, para lo que saben!…

Por el contrario, Jesús ya sabe muy bien la Ley… Yo quisiera… bueno,

¿Si te pidiera que los tuvieras también a ellos cuando enseñas a Jesús?

Creo que ganarían en bondad y en conocimientos. Al fin y al cabo son primos y sería justo que se quisieran como hermanos.., ¡Qué feliz me sentiría!.

–     Si José y tu marido quieren, yo por mí estoy dispuesta.

Hablar para uno o para tres es igual. Repasar la Escritura es motivo de gozo. Que vengan.

Los tres niños, que habían entrado despacito, han oído estas palabras y están a la espera del veredicto… 

Alfeo dice:

–     Te harán desesperar, María.

–     ¡No! Conmigo siempre se portan bien.

María se vuelve hacia los niños: 

–    ¿Verdad que os vais a portar bien si yo os enseño?

Los dos niños acuden a su lado corriendo, uno a la derecha, el otro a la izquierda.

Le ponen los brazos en torno a los hombros apoyando en ellos sus cabecitas.

Y hacen promesas de todo el bien posible.

–     Déjalos que prueben, Alfeo.

Y déjame probar también a mí. Yo creo que no quedarás descontento de la prueba.

Que vengan todos los días desde la hora sexta hasta la tarde. Será suficiente, créelo. Conozco el arte de enseñar sin cansar.

A los niños hay que tenerlos cautivados y distraídos al mismo tiempo.

Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos.

Y vosotros me queréis, ¿No?

La respuesta es dos fuertes besos.

–     ¿Lo ves?

–     Ya lo veo.

Sólo me queda decirte: “Gracias”.

Alfeo dice: 

–     Y Jesús ¿Qué va a decir cuando vea a su mamá entretenida en otros?

¿Tú qué dices, Jesús?

Jesús responde:

–     Yo digo: “Bienaventurados los que le prestan atención y levantan su morada junto a la de Ella”.

Como con la Sabiduría, dichoso aquel que es amigo de mi Madre. Me gozo viendo que aquéllos a quienes amo son sus amigos. 

Alfeo pregunta asombrado:

–     ¿Quién pone tales palabras en labios de este Niño?

José dice:  

–     Nadie, hermano, nadie de este mundo.

La visión cesa en este momento.  

Dice Jesús:

Y María fue Maestra mía, de Santiago y de Judas. 

Y éste es el motivo por el cual hubo entre nosotros amor fraternal, además de por el parentesco; por la ciencia y por haber crecido juntos…

Como tres sarmientos con un único palo como soporte: la Madre mía.

Que en verdad mi dulce Madre era doctora como nadie en Israel.

Sede de la Sabiduría, de la verdadera Sabiduría.

Ella nos instruyó para el mundo y para el Cielo.

Digo que “nos instruyó”, porque yo fui alumno suyo no en modo distinto de mis primos.

Y el “sello” colocado sobre el Misterio de Dios fue mantenido contra las pesquisas de Satanás…

Mantenido bajo la apariencia de una vida común.  

38 EL PEQUEÑO CARPINTERO


38 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Primera lección de trabajo a Jesús.

21 de Marzo de 1944.

Que se sujetó a la regla de la edad. 

Veo aparecer, dulce como un rayo de sol en día lluvioso, a mi Jesús, pequeñuelo de unos cinco años aproximadamente,

todo rubio y todo lindo con un sencillo vestidito azul celeste que le llega hasta la mitad de sus bien contorneados muslos.

Está jugando con la tierra en el pequeño huerto.

Está haciendo montoncillos de tierra.

Y plantando encima ramitas, como si fueran bosques en miniatura; con piedritas marca los senderos.

Luego intenta hacer un pequeño lago en la base de sus minúsculas colinas.

Para ello coge un fondo de alguna pieza vieja de loza y lo entierra, hasta el borde.Luego lo llena de agua con una botija que zambulle en un pilón usado como lavadero o para regar el huerto.

Pero lo único que consigue es mojarse el vestido, sobre todo las mangas.

El agua se sale del plato desportillado y tal vez, rajado.

Y… el lago se seca.

José ha salido a la puerta y silencioso, se queda un tiempo mirando todo ese trabajo que está haciendo el Niño.

Y sonríe.

En efecto, es un espectáculo que hace sonreír de alegría.

Luego, para impedir que Jesús se moje más, le llama.

Jesús se vuelve sonriendo.

Y viendo a José, corre hacia él con sus bracitos tendidos hacia adelante

José, con el borde de su vestidura corta de trabajo, le seca las manitas llenas de tierra y se las besa.

Y comienza un dulce diálogo entre los dos.

Jesús explica su trabajo y su juego, así como las dificultades que había encontrado para llevarlo a cabo.

Quería hacer un lago como el de Genesaret. (por ello supongo que le han hablado de él o que lo han llevado a verlo).

Quería hacerlo en pequeño, como entretenimiento.

Aquí estaba Tiberíades, allí Magdala, allí Cafarnaúm.

Esta era la vía que llevaba, pasando por Caná, a Nazaret.

Quería botar al lago unas barquitas — estas hojas son barcas — e ir a la otra orilla.

Pero, el agua se sale…

José observa y se interesa, tomándolo todo con seriedad.

Luego propone hacer él “mañana” un pequeño lago, no con el plato desportillado, sino con un pequeño recipiente de madera, bien estucado y empecinado…

en el que Jesús podrá botar verdaderas barquitas de madera que José le va a enseñar a hacer.

Y agrega:

–   Precisamente en este momento te voy a enseñar unas pequeñas herramientas de trabajo, que he preparado par tí…

Ven, vamos al taller…

El amor de José lo ha hecho para Él; para que pueda aprender sin mayor esfuerzo, a usarlas.  

Jesús con una sonrisa, 

Dice:

–    Así te podré ayudar!

José responde:

–     Así me podrás ayudar.

Y te harás un hábil carpintero. Ven a verlas. Y entran en el taller.

José le muestra un pequeño martillo, una sierra pequeña, unos minúsculos destornilladores, una garlopa como de juguete…

Un banco adecuado a la estatura del pequeño Jesús.

–     ¿Ves cómo se sierra?

Se apoya este pedazo de madera así. Se coge la sierra así.

Y con cuidado de no ir a los dedos, se sierra.

Prueba tú…

Y empieza la lección.

Y Jesús, rojo del esfuerzo y apretando los labios, sierra con cuidado.

Y luego alisa la tablita con la garlopa.

Y a pesar de que esté no poco torcida, le parece bonita

Y José le alaba y le enseña a trabajar, con paciencia y amor.

María regresa — estaba fuera de casa —, se asoma a la puerta y mira.

Ninguno de los dos la ve porque están vueltos de espaldas.

La Madre sonríe al ver el interés con que Jesús usa la garlopa…

Y el afecto con que José le enseña.

Pero Jesús debe sentir esa sonrisa.

Se vuelve.

Ve a su Mamá y corre hacia Ella con su tablita medio cepillada y se la enseña.

María observa con admiración y se inclina hacia Jesús para darle un beso.

Le pone en orden los ricitos despeinados, le seca el sudor de su cara acalorada…

Y afectuosa, le escucha cuando Jesús le promete que le va a hacer una banquetita para que trabaje más cómoda.

José, erguido junto al minúsculo banco, apoyada su mano en uno de los lados, mira y sonríe.

He presenciado la primera lección de trabajo a mi Jesús.

Y toda la paz de esta Familia santa está en mí.  

Dice Jesús: 

Te he confortado, alma mía, con una visión de mi niñez.

Feliz dentro de su pobreza por haber estado rodeada del afecto de dos santos mayores, cuales el mundo no tiene ninguno.

Se dice que José fue el padre nutricio mío.

¡Cierto es que si bien no pudo como hombre, darme la leche con que me nutrió María…

sí se quebrantó a sí mismo trabajando, para darme pan y confortación!

 ¡Y tuvo una dulzura de sentimientos de verdadera madre!

De él aprendí — y jamás alumno alguno tuvo un maestro mejor — todo aquello que hace del niño un hombre.

Un hombre, además, que ha de ganarse el pan.

Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, hay que reflexionar y creer que Yo no quise saltarme sin más la regla de la edad.

Por eso, humillando mi perfección intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana…

me sujeté a tener como maestro a un hombre…

A tener necesidad de un maestro.

Y el hecho de haber aprendido con rapidez y buena voluntad, no me quita el mérito de haberme sujetado a un hombre,

como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él, quien nutrió mi pequeña mente con las nociones necesarias para la vida.

Esas gratas horas pasadas al lado de José (quien, como a través de un juego, me puso en condiciones de ser capaz de trabajar)

esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que estoy en el Cielo.

Y cuando miro a mi padre putativo, veo nuevamente el huertecito y el humoso taller.

Y me parece ver a mi Madre asomándose, con esa sonrisa suya que hacía de oro el lugar y dichosos a nosotros.

¡Cuánto deberían las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron como ningunos otros lo hicieran!

José era la cabeza.

Clara e indiscutible era su autoridad familiar.

Ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios.

A ella se sujetaba el Hijo de Dios.

Todo lo que José decidía, bien hecho estaba.

Sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna.

¡Y a pesar de ello, cuánta humildad tuvo!

Jamás abusó de su poder, jamás dictaminó cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser el jefe.

La Esposa era su dulce consejera.

Y aunque Ella, en su profunda humildad, se considerase la sierva de su consorte,

éste extraía, de su sabiduría de Llena de Gracia, la luz para conducirse en todo lo que acaecía.

Y Yo así fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos árboles,

entre estos dos amores que se entrelazaban por encima de Mí para protegerMe y amarMe.

NO.

Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentí nostalgia del Paraíso.

Presentes estaban Dios Padre y el Divino Espíritu, pues María estaba llena de Ellos.

Y los ángeles allí moraban, porque nada les hacía alejarse de esa casa.

Y hasta podría decir que uno de ellos se había revestido de carne y era José,

alma angélica liberada del peso de la carne, dedicada sólo a servir a Dios y a su causa.

Y a amarlo como le aman los serafines.

¡Oh, la mirada de José!:

Pacífica y pura como la de una estrella ajena a toda concupiscencia terrena.

Era nuestro descanso y nuestra fuerza.

Hay muchos que piensan que Yo no sufrí humanamente cuando la muerte apagó esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa.

Si bien, siendo Dios — y, como tal, conociendo la feliz ventura de José — no me apenó su partida (que tras breve estancia en el Limbo le había de abrir el Cielo),

Como Hombre sí lloré en esa casa privada de su amorosa presencia.

Lloré por el amigo desaparecido.

¿Y es que, acaso, no debía haber llorado por este santo mío, en cuyo pecho, de pequeño, yo había dormido?

¿Y del cual había recibido amor durante tantos años?

Finalmente, pongo ante la consideración de los padres, cómo sin contar con una erudición pedagógica,

José supo hacer de Mí un hábil artesano.

Apenas llegado Yo a la edad que me permitía manejar las herramientas, no dejándome saborear la ociosidad, me encaminó al trabajo,

Y se sirvió sobre todo de mi amor por María, para estimularme a trabajar…

Hacer aquellos objetos que le fueran útiles a Mamá.

Y así se inculcaba el debido respeto que todo hijo debería tener hacia su madre.

Y sobre este respetuoso y amoroso fulcro, apoyaba la formación del futuro carpintero.

¿Dónde están ahora las familias en que a los pequeños se les haga amar el trabajo como medio para realizar algo grato a los padres?

Los hijos, actualmente, son los déspotas de la casa.

Se desarrollan indiferentes, duros, mezquinos para con sus padres, a quienes consideran a su servicio, como si fueran sus esclavos.

No los aman.

Y de ellos reciben a su vez poco amor.

En efecto, al mismo tiempo que hacéis de vuestros hijos unos déspotas caprichosos…

Os separáis de ellos desentendiéndoos vergonzosamente.

Padres del siglo veinte (ya veintiuno), vuestros hijos son de todos menos vuestros:

Son de la nodriza, de la institutriz, del colegio, si sois ricos.

De los compañeros, de la calle, de las escuelas, si sois pobres.

No son vuestros.

Vosotras, madres, los generáis, nada más; vosotros, padres hacéis lo mismo.

Y sin embargo, un hijo no es sólo carne; es mente, es corazón, es espíritu.

Creed pues, que nadie tiene más deber y derecho que un padre y una madre, de formar esta mente, este corazón, este espíritu.

La familia existe, debe existir.

No hay teoría o progreso alguno que pueda válidamente, demoler esta verdad, sin provocar un desastre.

Una institución familiar desmoronada, sólo puede dar futuros hombres y mujeres,

cada vez más depravados; causa a su vez de calamidades crecientes.

En verdad os digo que sería preferible que no os casarais más,

que no engendrarais más sobre esta tierra,

lugar de tener estas familias menos unidas que un clan de monos.

Estas familias que no son escuela de virtud, de trabajo, de amor, de religión..

Sino un caos en que todos viven autónomamente, como engranajes desengranados, que al final terminan por romperse.

Seguid, seguid destruyendo.

Ya estáis viendo y sufriendo los frutos de vuestra acción quebrantadora,

de la forma más santa de la vida social.

Seguid, seguid, si queréis.

Pero luego no os quejéis de que este mundo sea cada vez más infernal,

morada de monstruos devoradores de familias y naciones.

¿Así lo queréis? Pues sea así…”

Esto lo dije en 1944…

¿Qué diré ahora, en 2021, con tantísima corrupción, con tantísimos devaneos y divorcios en los matrimonios,

que ya ni siquiera se casan sino que se juntan como los animales,?

¡Y encima en uniones brutales de hombres con hombres y de mujeres con mujeres!

Queriendo incluso adoptar hijos, en estas uniones abominables ante los ojos de Dios.

¿Para qué…?

¿Para que éstos vivan la corrupción desde pequeños?…

37 VIVIENDO EN EGIPTO


37 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La Sagrada Familia en Egipto.

Una lección para las familias. 25 de Enero de 1944 (12 de la noche).

La suave visión de la Sagrada Familia.

El lugar está en Egipto.

No tengo dudas de ello porque veo el desierto y una pirámide.

Veo una casucha de un solo piso, el bajo, toda blanca.

Una pobre casa de una muy pobre gente.

Las paredes están apenas revocadas y cubiertas de una mano de cal.

La casita tiene dos puertas, una junto a la otra, que introducen en sus dos únicas habitaciones, en las que, por ahora, no entro.

Está en medio de un pedazo de tierra arenosa rodeada por una protección de cañas hincadas en el suelo:

Una protección muy débil contra los ladrones; puede servir sólo como defensa contra algún perro o gato vagabundo.

Claro, ¿A quién le van a venir ganas de robar donde se ve que no hay ni sombra de riqueza?

Esta poca tierra que el seto de cañas limita ha sido cultivada pacientemente como una pequeña huerta, a pesar de ser árida y poco fértil.

Para hacer más tupido y menos escuálido el seto, han traído unas plantas trepadoras, que me parecen modestos convólvulos.

Sólo en uno de los lados, hay un arbusto de jazmines en flor y una mata de rosas de las más comunes.

En la huertecilla, en los pocos cuadros del centro, noto que hay unas modestísimas verduras, bajo un árbol dejado crecer libremente,

Y que da un poco de sombra al terreno soleado y a la casita.

A este árbol está atada una cabrita blanca y negra, que está comiendo y rumiando las hojas de algunas ramas dejadas caer al suelo.

Allí cerca, sobre una estera extendida en el suelo, está el Niño Jesús.

Me da la impresión de que tiene unos dos años y medio como mucho.

Está jugando con unos pedacitos de madera tallados, que parecen ovejitas o caballitos,

y con unas virutas de madera de color claro, menos rizadas que sus bucles de oro.

Con sus manitas regordetas está tratando de poner estos collares de madera en el cuello de sus animalitos.

Está tranquilo y sonriente. Muy guapo.

Una cabecita toda de bucles de oro muy tupidos; piel clara y delicadamente rosácea; ojitos vivos, brillantes, de color azul intenso.

La expresión, naturalmente, es distinta, pero reconozco el color de los ojos de mi Jesús (dos zafiros oscuros y bellísimos).

Viste una especie de larga camisita blanca, que será, sin duda, su túnica; con las mangas hasta el codo.

Los pies, en este momento, al desnudo.

Las diminutas sandalias están sobre la estera y juega también con ellas el Niño: mete en la suela sus animalitos,

Y tira de la correa de la sandalia, como si fuera un carrito.

Son unas sandalias muy sencillas: una suela y dos correas, que salen: una, de la puntera; otra, del talón;

la de la puntera tiene un punto en que se bifurca y una parte pasa por el ojo de la correa del talón

para anudarse luego con la otra parte, formando un anillo en la garganta del pie

Un poco separada — también a la sombra del árbol — está la Virgen.

Está tejiendo en un tosco telar; mientras, vigila al Niño.

Veo que las finas y blancas manos van y vienen entramando, y el pie, calzado con sandalia, mueve el pedal.

La viste una túnica de color flor de malva, un violeta rosáceo, como el de ciertas amatistas.

Tiene la cabeza descubierta, con lo cual puedo ver cómo sus cabellos rubios están separados en dos en la cabeza,

y peinados sencillamente con dos trenzas que a la altura de la nuca le forman un bonito moño.

Las mangas de la túnica son largas y más bien estrechas.

No lleva ningún adorno, aparte de su belleza y de su expresión dulcísima.

El color del rostro, del pelo y de los ojos, la forma de la cara, son como siempre que la veo.

Aquí parece jovencísima. Aparenta apenas veinte años.

En un momento dado se levanta; se inclina hacia el Niño y, cuidadosamente, le pone otra vez las sandalias y se las ata; lo acaricia y lo besa en la cabecita y en los ojitos.

El Niño farfulla unas palabras y Ella responde, pero no entiendo las palabras.

Luego vuelve a su telar, extiende sobre la tela y sobre la trama un paño, coge la banqueta en que estaba sentada y se la lleva a la casa.

El Niño la sigue con la mirada, sin importunarla cuando Ella lo deja solo.

Se ve que el trabajo ha terminado y que empieza a caer la tarde.

En efecto, el Sol baja hacia las arenas desnudas y un verdadero fuego invade el cielo detrás de la pirámide lejana.

María vuelve. Coge de la mano a Jesús para que se levante de la esterilla.

El Niño obedece sin resistencia.

Mientras su Mamá está recogiendo los juguetes y la estera y llevando esas cosas a casa,

Él corre hacia la cabrita con un trotecillo de sus bien torneadas piernecitas, y le echa los bracitos al cuello.

La cabrita bala y frota su morrito en los hombros de Jesús.

María vuelve.

Maria le enseñó a dar los primeros pasos a Quién es el Camino

Tiene ahora un largo velo sobre la cabeza y una ánfora en la mano.

Coge a Jesús de la manita y se encaminan los dos, rodeando la casa, hacia la otra fachada

Yo los sigo, admirando la gracia de la escena:

la ‘Virgen conformando su paso al del Niño, y el Niño a su lado dando saltitos o pasitos rápidos.

Veo cómo se alzan y se posan los rosados talones, con la gracia propia de los pasos de los niños, sobre la arena del senderillo.

Me doy cuenta de que su túnica no le llega a los pies, sino sólo hasta la mitad del muslo.

Es primorosa, sencillísima, y está sujeta a la cintura por un cordoncito también blanco.

Veo que en la parte delantera de la casa el seto está interrumpido por un tosco cancel.

María lo abre para salir al camino, un mísero camino al extremo de un pequeño poblado, 

donde el centro habitado termina en el campo abierto, que aquí está constituido de arena y alguna que otra casita,

pobre como ésta, con alguna que otra míserable huerta.

No veo a nadie.

María mira hacia el centro, no hacia el campo, como si esperara a alguien…

Luego se dirige a un pilón, que está a unos cuantos metros más arriba, sombreado en círculo por palmeras.

Y veo que el terreno en ese lugar tiene hierba verde.

Veo que se acerca por el camino un hombre; no demasiado alto, pero robusto. Reconozco en él a José. Viene sonriente.

Es más joven que cuando lo vi en la visión del Paraíso.

Aparenta como treinta y cinco años.

Su pelo y barba son tupidos y negros; la piel, más bien tostada; los ojos, oscuros.

Un rostro honesto y agradable, un rostro que inspira confianza.

Al ver a Jesús y a María acelera el paso.  

Trae sobre el hombro izquierdo una especie de sierra y una especie de cepillo de carpintero.

Y en la mano otras herramientas del oficio, no iguales que las de ahora, pero sí muy parecidas.

Parece como si estuviera regresando de haber hecho algún trabajo en casa de alguno.

Su vestido es de un color entre avellana y marrón; no muy largo, le llega sólo hasta un buen trozo por encima del tobillo, con las mangas cortas, hasta el codo.

Lleva a la cintura una correa de cuero. 

Se trata de un vestido típicamente de trabajo.

Calzan sus pies unas sandalias cruzadas a la altura del tobillo.

María sonríe y el Niño emite unos grititos de alegría mientras tiende hacia adelante su bracito libre.

Cuando se encuentran los tres, José se inclina para ofrecerle al Niño una manzana.

Luego le tiende los brazos y el Niño deja a su Mamá y se acurruca entre los brazos de José.

E inclina su cabecita para apoyarla en la cavidad que forma el cuello de él.

 

José besa a Jesús y Jesús besa a José.

Una acción llena de afectuosa gracia.

María diligentemente, ha tomado las herramientas de trabajo de José, para que pueda abrazar al Niño sin ningún estorbo.

Luego José, que se ha acuclillado para ponerse a la altura de Jesús, se levanta de nuevo.

Coge sus herramientas con la mano izquierda y mantiene al pequeño Jesús estrechado contra su robusto pecho con la derecha.

Así, se encamina hacia la casa mientras María va a la fuente a llenar su ánfora.

Entrado en el recinto de la casa, José baja al suelo al Niño, coge el telar de María y lo lleva a casa.

Luego ordeña a la cabrita.

Jesús observa atentamente estas operaciones, como también la de encerrar a la cabrita en un cuartito hecho en uno de los lados de la casa.

Se pone la tarde.

Veo el rojo del ocaso hacerse violáceo sobre la arena que parece temblar por el calor;

Y la pirámide parece más oscura.

José entra en la casa, en una habitación que debe ser taller, cocina y comedor al mismo tiempo.

Se ve que el otro cuarto es el destinado al descanso; pero en él yo no entro.

Hay una tenue lumbre encendida.

Hay un banco de carpintero, una pequeña mesa, unas banquetas, unas repisas donde están los pocos platos y vasos que tienen.

Y también dos lámparas de aceite.

En uno de los rincones, el telar de María.

Y… mucho, mucho orden y limpieza.

Es una morada paupérrima, pero está muy limpia.

Quisiera hacer esta observación: en todas las visiones que tienen por objeto la vida humana de Jesús,

he notado que, tanto El, como María, como José, como Juan, tienen siempre en orden y limpios el vestido y la cabeza.

Vestidos modestos, peinados sencillos, pero de una limpieza que les hace parecer señoriales.

María vuelve con el ánfora.

Ha llegado rápido el crepúsculo.

Cierran la puerta.

Una lamparita, que José ha encendido y colocado sobre su banco, da claridad a la habitación;

encorvado hacia éste, él sigue trabajando, en unas pequeñas tablas.

Mientras tanto María prepara la cena.

También la lumbre da claridad a la habitación.

Jesús, con sus manitas apoyadas en el banco y con la cabecita mirando hacia arriba, observa lo que hace José.

Luego se sientan a la mesa después de haber rezado.

No se hacen — es natural — el signo de la cruz, pero rezan.

José dirige la oración, María responde.

No entiendo las palabras. Debe ser un salmo.

Lo dicen en una lengua que me es totalmente desconocida.

Se sientan a cenar.

Ahora la lamparita está encima de la mesa.

María tiene a Jesús en su regazo y le da a beber la leche de la cabrita.

Y moja en la leche unas rebanadas de un pan pequeño y de forma redondeada, de corteza y miga duras.

Parece un pan hecho con centeno y cebada.

Tiene mucho salvado, claro, porque es pan moreno.

Entre tanto, José come pan y queso: una raja delgada de queso y mucho pan.

Luego María sienta a Jesús en una banquetita que está a su lado.

Y trae a la mesa unas verduras cocidas, que están hervidas y condimentadas en la forma en que normalmente hacemos nosotros .

Después de servirse José, también las come Ella.

Jesús mordisquea tranquilo su manzana y descubre sonriendo sus pequeños dientitos blancos.

La cena termina con unas aceitunas o dátiles.

No sé bien, porque, para ser aceitunas, son demasiado claras, pero, para ser dátiles, son demasiado duros.

Vino, nada.

Es una cena de gente pobre.

Pero tanta es la paz que se respira en esta habitación, que no podría dármela igual la visión de ningún pomposo palacio.

¡Y cuánta armonía!

Dice Jesús: 

La lección, para ti y para los demás, está en las cosas que has visto.

Es una lección de humildad, de resignación y de armonía.

Sirva de ejemplo a todas las familias cristianas.

Y de forma particular, a las que viven en este peculiar y doloroso momento.

Has visto una casa pobre.

Una casa pobre — y esto es lo doloroso — en un país extranjero.

Muchos, sólo por el hecho de ser unos fieles “pasables”,

que rezan y me reciben a Mí, bajo las especies eucarísticas,

que rezan y comulgan por “sus” necesidades, NO por las necesidades de las almas y para la gloria de Dios.

Porque es muy raro el que al orar no sea egoísta.

Muchos, sólo por este hecho,

esperan poder disfrutar de una vida material fácil, al amparo del más mínimo dolor, de una vida próspera y feliz

José y María me tenían a mí, Dios verdadero, como Hijo suyo.

Y  no obstante, no tuvieron ni siquiera ese mínimo bien de ser pobres en su patria, en el país donde se los conocía…

Donde, por lo menos, tenían una casita “suya” y al menos la preocupación del alojamiento no añadía angustia a las muchas otras,

en el país en que, por ser conocidos, habría sido más fácil encontrar trabajo y proveer a las necesidades de la vida.

Son dos expatriados precisamente por tenerme a Mí.

Un clima distinto, un país distinto…

¡Y tan triste respecto a los dulces campos de Galilea!

Lengua distinta, costumbres distintas.

Allí, entre una gente que no los conocía y que, como es normal entre los pueblos, desconfiaban de expatriados y desconocidos.

Les faltaban los queridos y cómodos muebles de “su” casita.

Y esas otras muchas cosas, humildes pero necesarias, que allí había y que entonces no parecían tan necesarias. 

Mientras que aquí, rodeados de esta nada, habrían parecido incluso bonitas…

Como lo superfluo que hace deliciosas las casas de los ricos..

Sentían la nostalgia de la tierra y de la casa. 

Y la preocupación de esas pobres cosas dejadas allí, de la huertecita que quizás ninguno cuidaría, de la vid y de la higuera y de las otras plantas útiles.

Les apremiaba la necesidad de conseguir el alimento cotidiano, el vestido, el fuego todos los días.

Y la necesidad de atenderme a Mí, un Niño, al cual no se le podía dar la comida que a sí mismo uno puede darse.

Y tenían el corazón lleno de pesares: por las nostalgias, la incógnita del mañana…

La desconfianza de la gente, reacia como es, especialmente en los primeros momentos, a acoger ofertas de trabajo de dos desconocidos.

Y a pesar de todo, ya has visto cómo en esta morada se respira serenidad, sonrisa, concordia.

Y cómo de común acuerdo, se trata de embellecerla — incluso la mísera huertecita — para que se asemeje más a la que han dejado…

Y para hacerla más confortable.

Y cómo en ellos hay un solo pensamiento: 

Hacerme esa tierra menos hostil a mí, Santo; hacerme esa tierra menos mísera, a Mí, que vengo de Dios.

Es un amor de creyentes y de padres, que se manifiesta en mil cuidados, que van desde la cabrita,  — comprada con muchas horas extra de trabajo…

Hasta los juguetitos tallados en la madera que sobraba.

O hasta esa fruta obtenida sólo para Mí, negándose a sí mismos un bocado.

¡Oh, amado padre mío de la Tierra, cuánto te ha querido Dios… 

Dios Padre en las Alturas; Dios Hijo, que se ha hecho Salvador, en la Tierra! 

En esta casa no hay nerviosismos, caras largas o sombrías…

Como no hay tampoco el echarse en cara recíprocamente nada… 

Y mucho menos a Dios, que no los ha colmado de bienestar material.

José no acusa a María de ser causa de su incomodidad, como tampoco María acusa a José de no saberle dar un mayor bienestar.

Se aman santamente, eso es todo.

Y por tanto, su preocupación no es el propio bienestar, sino el del cónyuge.

El verdadero amor no conoce egoísmo. 

El verdadero amor es siempre casto, aunque no sea perfecto en la castidad como el de los dos esposos vírgenes.

La castidad unida a la caridad conlleva todo un bagaje de otras virtudes…

Y por tanto hace, de dos que se aman castamente, dos cónyuges perfectos.

El amor de mi Madre y de José era perfecto.

Por tanto era impulso de todas las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios,

Que en todo momento era bendecido, a pesar de que su santa Voluntad resultase penosa para la carne y para el corazón.

Era bendecido porque por encima de la carne y del corazón, en estos dos santos, vivía y dominaba más intensamente el espíritu,

el cual magnificaba agradecido al Señor por haberlos elegido para ser los custodios de su Eterno Hijo.

En aquella casa se hacía Oración.

Demasiado poco se reza en las casas ahora.

Se levanta el día y desciende la noche, empezáis a trabajar y os sentáis a la mesa…

sin un pensamiento para el Señor, que os ha permitido ver un nuevo día

Que os ha permitido llegar a una nueva noche.

Que ha bendecido vuestros esfuerzos y ha concedido que éstos os fueran medio, para obtener ese alimento, ese fuego, esos vestidos.

Ese techo que sí, también le son necesarios a vuestra condición humana

Siempre es “bueno” lo que viene de Dios, que es bueno.

Aunque ello sea pobre y escaso, el amor le da sabor y sustancia.

Ese amor que os hace ver en el eterno Creador al Padre que os ama. En aquella casa había frugalidad.

La habría habido aunque el dinero no hubiera faltado.

Se comía para vivir, no para gozo de la gula con la insaciabilidad de los comilones y los caprichos de los glotones, que se llenan hasta rebosar.

O desperdician dinero en alimentos caros sin pensar siquiera en quien escasea de comida o no la tiene.

Sin reflexionar en que si fueran moderados ellos, muchos podrían ser aliviados de las dentelladas del hambre.

En aquella casa había amor por el trabajo.

Este amor hubiera existido aunque el dinero hubiera abundado.

Porque trabajando, el hombre obedece al mandato de Dios y se libera del vicio que, cual tenaz hiedra,

aprieta y ahoga a los ociosos, que son como bloques de piedra inmóviles.

Bueno es el alimento, sereno es el descanso, contento se siente el corazón, cuando uno ha trabajado bien y disfruta de su tiempo de reposo entre un trabajo y otro.

El vicio, con sus múltiples facetas, no arraiga ni en la casa ni en la mente de quien ama el trabajo.

Al no arraigar el vicio, prospera el afecto, la estima, el respeto mutuo.

Y crecen los tiernos vástagos en un ambiente puro, viniendo a ser así a su vez origen de futuras familias santas.

En aquella casa reinaba la humildad.

¡Cuán vasta lección de humildad para vosotros, soberbios!

María habría tenido, humanamente, miles de motivos para ensoberbecerse y para obtener que el cónyuge la adorase.

Muchas mujeres lo hacen.

Y sólo por ser un poco más cultas, o de ascendencia más noble, o más acaudaladas que el marido.

María es Esposa y Madre de Dios.

Y sin embargo, sirve — no se hace servir — al cónyuge, y es toda amor para con él.

José es la cabeza en esa casa.

Ha sido juzgado por Dios digno de ser cabeza de familia, de recibir de Dios al Verbo encarnado y a la Esposa del Espíritu Santo para custodiarlos.

Y con todo, se muestra solícito en aligerar a María de esfuerzos y labores.

Y se ocupa de los más humildes quehaceres que puede haber en una casa, para que María no se fatigue;

Y no sólo esto, sino que, como puede, en la medida de sus posibilidades, la alivia y se las ingenia para hacerle cómoda la casa…

Y alegre de flores la pequeña huerta.

En aquella casa se respetaba el orden: sobrenatural, moral y material.

Dios, como Señor supremo que es, recibe culto y amor: éste es el orden sobrenatural.

José es el cabeza de familia, y recibe afecto, respeto y obediencia: orden moral.

La casa es un don de Dios, como también el vestido y los enseres; en todas las cosas se manifiesta la Providencia de Dios,

de ese Dios que proporciona la lana a las ovejas, plumas a los pájaros, hierba a los prados, heno a los animales, semillas y ramas a las aves.

De ese Dios que teje el vestido del lirio de los valles.

Casa, vestido, enseres: estas cosas hay que recibirlas con gratitud, bendiciendo la mano divina que las otorga, tratándolas con respeto, como don del Señor;

no mirándolas, porque sean pobres, con enfado y sin maltratarlas, abusando de la Providencia: éste es el orden material.

No has comprendido la conversación en dialecto nazareno, ni tampoco las palabras de la oración, pero las cosas que has visto han servido de gran lección.

¡Meditadla, vosotros, los que tanto sufrís ahora por haber faltado en tantas cosas a Dios,

incluso en aquellas en que jamás faltaron los santos Esposos que me fueron Madre y padre!

Y tú regocíjate con el recuerdo del pequeño Jesús; sonríe pensando en sus pasitos infantiles.

Dentro de poco le verás caminar bajo una cruz; entonces será una visión de llanto.