20 LOS PUÑALES PARTIDOS


20 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, entre varias colinas está enclavado el pequeño valle con muchos arroyuelos que forman en el centro un pequeño río, bordeado de sauces.

Es el amanecer de un hermoso día de verano, musicalizado por los pajarillos que cantan entre el ramaje de los árboles y sumado al coro melancólico de las tórtolas silvestres, que hacen más alegre la frescura del ambiente.

Apenas iluminan los primeros albores y el lugar está desierto. Hay bosques de olivos, arbustos de acacias, lentisco, pitas y muchos árboles frutales.

En un camino sombreado, Jesús va caminando solo en el fresco valle, inundado por el canto de los pájaros entre los árboles y el rumor del pequeño torrente, que refleja el verde esmeralda de la vegetación en esta fresca mañana veraniega.

Jesús atraviesa un puentecito primitivo: un tronco colocado por encima del torrente, sin protecciones laterales  y continúa por la otra orilla, hasta llegar a los muros que rodean Jerusalén.

Va aumentando la gente con un común destino, hasta que se arremolinan en las puertas todavía cerradas, los mercaderes de hortalizas u otros alimentos, para entrar en la ciudad.

Hay muchos ciudadanos que están esperando que se abran las puertas de la ciudad.

Hay un gran rebuznar de asnos y coces entre ellos. Tampoco bromean los propietarios de los mismos.

Están furiosos y también participan intercambiando insultos.

Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro, comiéndose una buena cantidad.

Y empieza la trifulca…

Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento.

La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol.

Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza.

Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Deténganse en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo.

Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios.

¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate!

–            ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra.

Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos.

El estupor apaga la ira.

La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos.

El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo.

Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–           ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿En qué basáis vuestro derecho? ¿En esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?

 ¿En esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y por tanto, de toda fuerza?

¡Oh…, míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel y también vosotros, soldados de Roma:

la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es Precepto de Amor hacia el Prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo.

El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente.

Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín.

Y, ¿Por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer.

¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad.

¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino.

Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad.

Cuatro individuos preguntan:

–         ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad?

–          Sólo uno hace estas cosas: el Mesías.

–          Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él.

–          ¿Eres Tú el Mesías?

Jesús responde solemne:

–           Lo soy.

–          ¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?

–           Soy Yo.

–           Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!

–           Y yo, ¿Ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!

–           Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena. Y tú, queda curado. ¡Lo quiero!

La muchedumbre grita.

Luego dicen:

–            ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

–            ¿Quién eres?

Jesús responde:

–            ¡Jesús de Nazaret!

–            ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!.

La multitud está alborozada.

Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. 

Veloz como una centella, corre el rumor por la ciudad.

Algunas madres acuden desde la ciudad y levantan a sus pequeñuelos.

Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere.

Pero la multitud no está dispuesta a ello.

Y gritan:

–             ¡Quédate con nosotros!

–             ¡En Judea!

–             ¡En Judea!

–             ¡También nosotros somos hijos de Abraham!

Judas llega presuroso:

 –            ¡Maestro! Maestro, has llegado antes que yo… ¿Qué sucede?

Judas es zaforím (escriba y sacerdote) del Templo, lo reconocen como tal y…

La gente le informa:

–             ¡El Rabí ha hecho milagros!

–             No en Galilea; aquí, aquí lo queremos con nosotros. 

Judas está emocionado:

–             ¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehuyes?

Jesús dice:

–              No lo rehuyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía.

Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios.

–              Por eso te dije: “Tómame contigo”. Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?

–              Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea…

–              ¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?

–              Iré… ¿Sabes algo del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría?

–              Sé que todavía está prisionero, pero que lo quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Lo conoces?

–              Lo conozco.

–              ¿Lo amas? ¿Qué piensas de él?

–              Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él.

–              ¿Le consideras verdaderamente el Precursor?

–               Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación.

–               Es muy severo Juan.

–               No más para los demás que para sí mismo.

–               Es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte.

–               Y sin embargo…

–               ¿Y, sin embargo, Maestro?…

–               Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios.

Y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte.

Pero, ¡Ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!

–               ¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿No lo ves?…

–                Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes.

Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo.

Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate.

–                Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar.

Entran en el Templo y todo termina.

19 EL NO INVITADO


19 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo unos olivos,  está sentado Jesús sobre un escalón del terreno, en su postura habitual: con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos hacia adelante y las manos unidas.

Empieza a anochecer y la luz va disminuyendo en el tupido olivar.

Jesús está solo.

Se ha quitado el manto como si tuviera calor.

Va vestido de blanco, poniendo así una nota clara en este lugar de tonalidad verde muy oscurecida por el crepúsculo.

Un hombre baja entre los olivos. Da la impresión de que busca algo o a alguien.

Es muy alto; joven, de cabello castaño oscuro y ensortijado. Viste muy elegante, en un alegre color palo de rosa que al ondear; hace más llamativo su manto color tinto.

Cuando distingue a Jesús, sus ojos gris oscuro brillan y su bello rostro se ilumina. 

–         ¡Ahí está!

Apresura el paso bajando por las terrazas formadas en el olivar hasta llegar a Él. 

Cuando llega a pocos metros, lo saluda con alegría:

–         ¡Salve, Maestro!

Jesús se vuelve sorprendido. Y lo mira con seriedad y una gran tristeza.

El recién llegado repite:

–          ¡Hola, Maestro! Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas?

Jesús responde:

–          Recuerdo y reconozco. Eres el que me habló aquí con Tomás en la Pascua pasada.

–          Y a quien Tú dijiste: “Piensa y sé juicioso en la decisión antes de mi regreso”. Lo he decidido: voy contigo.

La tristeza  en Jesús se acentúa notablemente.

Y se refleja en su voz:

–           ¿Por qué vienes, Judas?

–           Porque… ya te dije la otra vez por qué: porque sueño con el Reino de Israel y en el Templo te he visto rey.

–         ¿Por esto vienes?

–          Por esto. Me pongo a mí mismo y todo lo que tengo: capacidad, conocimientos, amistades, todo mi esfuerzo, a tu servicio y al servicio de tu misión para reconstruir Israel.

También Judas es un hombre muy alto, casi igual a Jesús.  Los dos están frente a frente y se miran.

Jesús, serio y muy triste.

Judas, exaltado.

Con su aspecto joven y señorial; sonriente, hermoso, elegante, frívolo y ambicioso.

Jesús dice:

–          Yo no te he buscado, Judas.

–          Sí, ya me he percatado. Pero yo te buscaba. Hace muchos días que he puesto personas en las puertas para que me informasen de tu llegada. Pensaba que vendrías con algunos seguidores tuyos y que sería fácil verte.

Sin embargo… He deducido que habías venido porque un grupo de peregrinos iba bendiciéndote por haber curado a un enfermo. Pero nadie sabía decirme con exactitud dónde estabas.

Entonces me he acordado de este lugar. Y he venido. Si no te hubiera encontrado aquí, me habría resignado a no encontrarte…

–        ¿Crees que haya supuesto un bien para ti el haberme encontrado?

–         Sí, porque te buscaba, te deseaba, quiero tenerte.

–        ¿Por qué? ¿Por qué me has buscado?

–         ¡Pero si ya te lo he dicho, Maestro! ¿No me has comprendido?

–         Te he comprendido, sí, te he comprendido. Pero quiero que tú también me comprendas antes de seguirme. Ven. Hablaremos mientras caminamos.

Y se ponen a caminar el uno al lado del otro, hacia arriba y luego hacia abajo, por los senderillos que cortan transversalmente el olivar.

Jesús suspira profundo y dice:

 –         Tú, Judas, me sigues por una idea que es humana. Yo te debo disuadir de ello. No he venido para esto.

–           Pero, ¿Tú no eres el que ha sido designado para Rey de los judíos, aquél de quien hablaron los profetas?

Otros han surgido, pero les faltaban demasiadas cosas y han caído como hojas que el viento ya no sostiene. Tú tienes a Dios contigo, hasta el punto de que obras milagros.

Allí donde está Dios, el éxito de la misión está asegurado.

–          Es verdad lo que has dicho: que Yo tengo a Dios conmigo. Yo soy su Verbo. Soy aquel que anunciaron los Profetas, que fue prometido a los Patriarcas, el esperado de las muchedumbres.

Pero,  ¿Por qué, ¡Oh Israel!, te has vuelto tan ciega y sorda que ya no sabes leer ni ver, oír ni comprender lo verdadero de los hechos?

Mi Reino no es de este mundo, Judas. Disuádete. Vengo a traerle a Israel la Luz y la Gloria, más no las de la Tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel al Reino.

Porque de Israel y con Israel debe formarse y venir la planta de Vida Eterna cuya linfa será la Sangre del Señor, la planta que se extenderá por toda la Tierra hasta el fin de los siglos.

Mis primeros seguidores serán de Israel; mis primeros confesores, de Israel.

Más también mis perseguidores, mis verdugos y quien me traicionará serán de Israel…

–          No, Maestro. Eso no sucederá nunca. Aunque todos te traicionasen yo estaré contigo y te defenderé.

–          ¿Tú, Judas? ¿Y en qué basas tu seguridad?

–           En mi honor de hombre.

–           Cosa más frágil que una tela de araña, Judas. Es a Dios a quien tenemos que pedirle la fuerza de ser honestos y fieles. ¡El hombre!… El hombre lleva a cabo obras de hombre. Para llevar a cabo obras del espíritu,

Y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir realizar obras de espíritu, hace falta matar al hombre y hacer que vuelva a nacer. ¿Eres capaz de tanto?

–           Sí, Maestro. Y además… cierto que no todo Israel te amará, pero no llegará al punto de darle a su Mesías verdugos y traidores: ¡Te espera desde hace siglos!

–           Me los dará. Ten presente a los Profetas, sus palabras… y cómo terminaron. Yo estoy destinado a defraudar a muchos y TÚ ERES UNO DE ELLOS.

Judas, tienes aquí frente a ti, a una persona mansa, pacífica, pobre y que quiere seguir siendo pobre.

No he venido para imponerme o guerrear; no disputo ningún reino ni ningún poder a los fuertes y a los poderosos; Yo sólo a Satanás le disputo las almas.

Y vengo a vencer las cadenas de Satanás con el Fuego de mi Amor. Vengo para enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia.

Yo te digo, y digo a todos: no tengáis sed de riquezas humanas; trabajad más bien por las monedas eternas.

Judas, si me crees uno que ha de triunfar sobre Roma y sobre las castas que imperan, desengáñate.

Herodes y César, y los que son como ellos, pueden dormir tranquilos mientras Yo hablo a las turbas. No he venido para arrancar cetros a nadie…

Mi cetro Eterno, ya está preparado; pero nadie, que no fuera amor como soy Yo, lo querría empuñar.

Vete, Judas y medita…

–          ¿Me rechazas, Maestro?

–          Yo no rechazo a nadie, porque quien rechaza no ama. Pero dime Judas:

¿Cómo llamarías tú la acción de uno que sabiendo que tiene una enfermedad contagiosa, le dijera a otro que desconocedor del hecho, fuera a beber de su cáliz: “Piensa lo que estás haciendo“? ¿Lo llamarías odio o amor?

–           Lo llamaría amor porque no quiere que esa persona pierda la salud.

–           Pues entonces llama también así a mi acto.

–           ¿Puedo perder la salud yendo contigo? No, nunca.    

–           Más que destruir la salud, tú mismo te puedes destruir. Piensa bien, Judas. Poco se exigirá al que asesinare creyendo que lo hace justamente. Y lo cree porque no conoce la Verdad. 

Pero mucho será exigido de quién después de haberla conocido; no solo no la sigue, sino que se hace su enemigo.

–           Yo no lo seré. Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo,

¿Por qué no quieres salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte…

–           ¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego…

–           ¿Luego, Maestro?

–           El futuro está en el seno de Dios. Vete.

Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces.

–           Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».

–            Y su misericordia te salve.

18 LA PESCA MILAGROSA


18 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la barca Jesús está hablando:

–           Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza.

Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡Cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, enfermedades de las plantas, o del campesino.

Así es que los árboles que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.

Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán.

Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de Mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer.

Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada.

Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.

Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿Entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No.

Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir.

Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma.

Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma!

Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿Vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe.

No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.

Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo.

Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los Diez Mandamientos que dan la vida eterna.

Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los Diez santos Mandamientos.

Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse.

No hay ni enfermos ni pobres.

Jesús dice a Simón:

–            Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.

–            Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.

–           Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.

–           Haré lo que dices por respeto a tu palabra – y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan – Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

–           Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red.

Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

Pedro tiene los ojos como platos.

Y exclama sorprendido:

–            ¡Esto son peces, Maestro! 

Jesús sonríe y calla.

–            ¡Eúp! ¡Eúp! – dirige Pedro a los peones.

Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

–            ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.

Se apresuran.

Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas.

Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.

Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas.

Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía.

Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

–            ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo!

–            ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!

¡Demasiado peso!

Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona.

Pero una vez en la orilla, lo hace. Entiende.

Siente una gran turbación.

–            ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!

Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús lo mira y sonríe:

–            ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres.

Y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.  

Pedro exclama agradecido:

–             Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado.

Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.

17 EL PARALÍTICO DE CAFARNAÚM


17 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En las orillas del lago de Genesaret, las barcas de los pescadores son sacadas a tierra.

En la playa, apoyados en ellas están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas, aclarándolas en el lago.

A una distancia de unos diez metros Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella.

Son ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta y cinco años que parece ser Zebedeo,  porque el peón le llama ‘jefe” y porque es muy parecido a Santiago.

Pedro y Andrés de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores.

Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual al parecer ha sido infructuoso.

Y no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo,

Pedro se queja de ello:

–           Lo siento porque… ¿Cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas, que hemos recogido en estos cuatro días.

El Maestro y sólo Él, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas.

¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!… El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres…

Y si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡Pero los enfermos…!.

Andrés dice:

–            ¡Y además ese paralítico!… Ya han recorrido mucho camino para traerlo aquí… Mira, hermano, yo pienso… que no podemos estar divididos.

No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos… no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y aunque los viera, podría decirles: “Él está aquí”.

Una clamorosa Voz de tenor dice:

–             ¡Aquí estoy!

Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.

Pedro y Andrés se estremecen.

Se les escapa un grito: 

 –          ¡Oh! ¡Maestro!

Y llaman a Santiago y a Juan:       

–           ¡El Maestro!

 –          ¡Venid!.

Los dos acuden y todos se arriman a Jesús.

Uno le besa la túnica, otro las manos.

Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho.

Jesús lo besa en el pelo.

Y pregunta:

–             ¿De qué hablabais?

Pedro responde:

–             Maestro… estábamos diciendo que te íbamos a necesitar.

–             ¿Para qué, amigos?

–             Para verte y amarte viéndote. Y además, por algunos pobres y enfermos. Te esperan desde hace dos días o más… Yo he hecho lo qué podía.

Los he alojado allí ¿Ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de la ribera.

Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre. No podía mandarlos a buscarte. 

–             Has hecho bien. Pero, ¿Cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡Me has dicho que son pobres!…

–            Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido.

 Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una moneda. Tú lo harás.

–            Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente… Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas.

–           No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad.

Pero créeme he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido.

–            Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no. Y es viva, activa, santa a los ojos de Dios.

Algunos niños han llegado corriendo y gritan:

–            ¡El Maestro!

–            ¡Está el Maestro!

–            ¡Jesús!

–            ¡Ha venido Jesús!

Y se le arriman.

Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos:

–            Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos.

Los discípulos salen rápidos, en distintas direcciones.

No obstante toda Cafarnaúm ya sabe, que Jesús ha llegado.

Lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso las casas, las calles, las plazas.

Van y vienen jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol.

Y luego vuelven para que una vez más los acaricie Aquél que los ama.

Y uno audaz, dice:

–            Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores.

Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos.

Luego con los pequeños siguiéndole se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz:       

–             La paz descienda sobre esta casa.

La gente se apiña en la estancia grande posterior empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones.

Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre.

El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera.

Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

Jesús empieza a hablar.

 En primera fila, se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe, cinco personas de elevada condición social.

Mantos púrpura bordados en oro, riqueza de vestidos y soberbia, denuncian que son fariseos y doctores.

Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él.

Jesús habla, acariciando de vez en cuando la cabecita rizada de un niño, que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre su bracito doblado.

Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

–           Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios… él, que se sacia entre los lirios, dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?…

Y sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre.

Un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran propagado, como dulces abejas desde una colmena, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la Tierra de santidad destinada toda al Cielo.

Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán. Y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la Tierra no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la Serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás.

El jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el vergel del que toma las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos.

Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría, éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la cañada, ni diadema de más aérea y espléndida gracia, que la que tiene el lirio en su cáliz de perla.

Y no obstante, para mi Corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos.

No hay parque, no hay jardín de ricos todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd!

Vosotros estáis aquí porque queréis conocerMe y amarMe.

Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles.

Os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la inocencia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano?

¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital?

¿Por qué tienen tanto poder ellos que son débiles, inermes, ignorantes todavía?

Porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría:

Saben amar y creer. Creer y querer, vivir en este amor y en esta Fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino.

Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor.

Jesús ha terminado.

Pedro grita entre la muchedumbre: 

–            ¡Maestro! Aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste lo está estrujando la multitud.

Y además… ya no aguanta más y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?

Jesús responde:

– No. Descolgadlo por el techo.

– ¡Es verdad! ¡Enseguida!

Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento;

sino sólo un tejado de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra.

Hacen una abertura y con unas cuerdas bajan la pequeña camilla en la que está el enfermo.

La descuelgan justo delante de Jesús.

La gente se apiña aún más, para ver.

Jesús dice:

–            Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído.

El enfermo es un hombre muy joven:

–            ¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en Tí?

–            Pues bien, Yo te digo: hijo, te son perdonados todos tus pecados.

El hombre lo mira llorando… Quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.

Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.

Jesús usa el Don para leer corazones…

Y dice:

–         ¿Por qué murmuráis, con los labios y sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿Es más fácil decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”

O “Levántate, toma la camilla y anda”?

Vosotros pensáis “sólo Dios puede perdonar los pecados”.

Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo lo puede curar Dios.

Pues bien, PARA QUE SEPÁIS QUE YO LO PUEDO TODO, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la Tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste:

–        ¡Levántate, toma tu camilla y anda! Ve a tu casa y sé santo.

El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe.

Y con él los familiares y la multitud, la cual luego se abre para dejarlo pasar.

Siguiendolo jubilosa la muchedumbre, menos los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas.

Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo:

Un niño todavía lactante, esquelético. Lo acerca.

Dice solamente:

–           Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre…!- … y se echa a llorar.

Jesús toma al lactante realmente moribundo, se lo pone contra el corazón, lo tiene un momento con la boca en la carita cérea de labios violáceos y párpados ya caídos.

Un momento lo tiene así…

Y cuando lo separa de su barba rubia, la carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante.

Los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.

La mamá grita dichosa:

–          ¡Oh, hijo mío!

–           Toma, mujer. Sé feliz y buena.

Y la mujer toma al niño renacido y lo estrecha contra su pecho.

Y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de alimento: hurga, abre, encuentra… y se amamanta ávido y feliz.

Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos.

Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.

–           ¡Maestro! ¡Sé bueno!

–           Y tú también. Usa la salud en la justicia.

Lo acaricia y sale.

Vuelve a la orilla seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:

–            Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros.

Jesús hace un gesto de aceptación y dado que la multitud lo oprime hasta casi ahogarlo, monta en la barca de Pedro.

No es suficiente. El asedio es sofocante.

Jesús le dice a Pedro:

–            Mete la barca en el mar y sepárate bastante.

16 LOS PRIMEROS DISCÍPULOS


16 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret.

Desde lo alto de la colina en que se encuentran se ve, blanca entre el verde la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida.

Un suave ondular de laderas: en algunos lugares apenas perceptible y en otros, más marcado.  

Jesús dice:

–          Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan.

No os digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan y conocer a Aquella que Juan conoce, os digo: “¡Venid!”.

Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de corazón.

–           Vamos, entonces.

Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal.

Anochece.

Todavía hace calor, pero ya las sombras descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.

Entran en el pueblo.

Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los huertos saludan a Jesús y a Judas.

Los niños se apiñan en torno a Jesús.  

Y le cuentan sus novedades:

–             ¿Has vuelto?

–             ¿Ahora te quedas aquí?

–             Se me ha roto otra vez la rueda de la carretilla.

–             ¿Sabes, Jesús? Tengo una nueva hermana y le han puesto de nombre María.

–             El maestro me ha dicho que sé todo y que soy un verdadero hijo de la Ley.

–             Sara no está porque tiene a su mamá muy enferma. Llora porque tiene miedo.

–             Mi hermano Isaac se ha casado. Han hecho una gran fiesta.

Jesús escucha, acaricia, encomia, promete ayuda.

Así llegan a casa.

Y en el umbral de la casa está ya María, avisada por un muchachito premuroso.

–             ¡Hijo mío!

–             ¡Mamá!

Los dos están el uno entre los brazos del otro.

María, que es mucho más baja que Jesús, tiene la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho del Hijo, y está cerrada en el círculo de sus brazos.

El la besa sobre el pelo rubio.

Entran en casa.

Los discípulos incluido Judas se quedan afuera, para que se sientan libres en estas primeras muestras de afecto.

María habla con voz trémula, como la de quien tiene las lágrimas en la garganta.

–             ¡Jesús! ¡Hijo mío!

Jesús pregunta amoroso:

–            ¿Por qué, Mamá, estás así?

–             ¡Hijo! Me han dicho… En el Templo aquel día había galileos, nazarenos… Han vuelto… y han contado… ¡Hijo!….

–             ¡Pero tú, Mamá, ya ves que estoy bien! No he sufrido ningún mal. Sólo ha sido glorificado Dios en su Casa.

–             Sí. Lo sé, Hijo de mi corazón. Sé que ha sido como el toque que llama a los que duermen. Y por la gloria de Dios yo me alegro…

Me alegro de que este pueblo mío se despierte a Dios… Yo no te lo reprocho… no te pongo obstáculos… te comprendo… y… y estoy contenta… pero te he engendrado, yo, ¡Hijo mío!….

María está todavía en el círculo de los brazos de Jesús y ha hablado teniendo las manos abiertas y apoyadas sobre el pecho del Hijo, con la cabeza alzada hacia Él, los ojos más brillantes por el llanto que está para rebosarlos.

Y ahora calla, volviendo a apoyar la cabeza en el pecho de su Hijo.

 Parece una tortolita gris, vestida como está de pardo grisáceo, amparada por dos fuertes alas de candor.

 Porque Jesús está todavía con su vestidura y manto blancos.

–             ¡Mamá! ¡Pobre Mamá! ¡Mi querida Mamá!… –

Jesús la vuelve a besar.

Luego dice:

–             Bueno, ¿Ves? Estoy aquí y no estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos y otros están en Judea.

También el primo Judas está conmigo y me sigue…

–            ¿Judas?

–            Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos… y no yerro diciendo que me han criticado.

Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la tierra y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo.

–            ¿Dónde está ahora?

–            Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?

–             Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora.

–             Dios la glorificará.

 Jesús sale a la puerta y llama:

–             ¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!

Entran y saludan.

Judas besa a María y luego corre a buscar a su madre.

Jesús nombra a los cinco:

Pedro, Andrés, Santiago, Natanael, Felipe.

Porque Juan a quien María ya conocía, la ha saludado inmediatamente después de Judas, inclinándose y recibiendo su bendición.

María los saluda y los invita a sentarse. 

Es la señora de la casa y aun adorando con la mirada a su Jesús, parece que el alma continúe hablando por los ojos, con el Hijo, se ocupa de los huéspedes.

Querría llevar agua para que repusieran fuerzas.

Pero Pedro salta:

–          No, Mujer. No puedo permitirlo. Tú siéntate junto a tu Hijo, Madre santa. Voy yo. Ahora vamos al huerto, a refrescarnos.

Acude María de Alfeo, roja y llena de harina.

Saluda a Jesús, el cual la bendice.

Luego conduce a los seis al huerto, a la pila.

Y vuelve feliz:

–           ¡Oh, María! – le dice a la Virgen – Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán.

Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos… sentimos lo que es bueno para los hijos.

Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús.

Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.

Vuelven los discípulos y María de Alfeo sirve pan fragante, aceitunas y queso. Trae una pequeña ánfora de vino tinto.

Jesús llena los vasos de sus amigos.

Es siempre Jesús quien ofrece y luego distribuye.

Un poco azorados al principio, los discípulos se sienten más seguros y hablan de sus casas, del viaje a Jerusalén, de los milagros acaecidos.

Se sienten llenos de celo y de afecto y Pedro trata de hacer de María una aliada para obtener que Jesús los tome enseguida sin previa espera en Betsaida.

Ella, con una suave sonrisa los exhorta:

–           Haced todo lo que Él dice. Esta espera os granjeará más beneficios que una unión inmediata. Mi Jesús todo lo que hace, lo hace bien.

La esperanza de Pedro muere. Pero se resigna con elegancia.

Sólo pregunta:  

 –          ¿Durará mucho la espera?

Jesús lo mira sonriéndole, pero no dice nada más.

María interpreta esa sonrisa como un signo benévolo y dice:

–           Simón de Jonás, Él sonríe… por eso yo te digo: ligero como vuelo de golondrina, será el tiempo de tu espera obediente.

–           Gracias, Mujer.

–           ¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?

–           Te miro, María.

–           Yo también.

–           También yo os miro y… ¿Sabéis?… me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de ojos fijos en mi rostro con amor.

¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?

–           ¡Ah, que si me acuerdo!… ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor.

Y éste, Juan me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado y el más joven.

Los otros se muestran deseosos de saber.

Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras.

Cae la noche.

Y Jesús dice:

–            Amigos, Yo no tengo habitaciones. Pero allí está el taller donde trabajaba. Si queréis cobijaros allí… Sólo están los bancos.

Pedro responde:

–            Cama cómoda para pescadores habituados a dormir en estrechos tablones. Gracias, Maestro. Dormir bajo tu techo es honor y santificación.

Se retiran despidiéndose efusivamente.

También Judas se retira con su madre y se van a su casa.

En esta habitación quedan Jesús y María, sentados sobre el arca, a la luz de la lamparita, un brazo en el hombro del otro.

Jesús participa sus confidencias…

 Y María escucha dichosa, trémula, contenta… 

15 PARENTESCO ESPIRITUAL


15 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Las riberas del Jordán exhiben una majestuosa paz  verde – azul, con rumor de aguas y de frondas de tono dulce como una melodía.

Es una calzada militar bastante amplia, trazada por los romanos para unir las distintas regiones con la capital que sigue a poca distancia el curso del río y está separada de éste por una franja de bosque, que cumple la función de afianzar las márgenes y oponer resistencia a las aguas durante las crecidas.

Al otro lado de la calzada continúa la floresta, de modo que la vía parece una galería natural a la que hacen de techo entrelazadas, las frondosas ramas: benéfico alivio para los viandantes por el sol abrasador.

El río  y  por tanto, la calzada traza un arco muy amplio y la rampa frondosa parece una muralla verde colocada para cerrar una concavidad de aguas quietas.

Parece casi un lago de un parque señorial, aunque el agua discurre lentamente con un suave murmullo, al chocar los primeros cañizares que han crecido en el terreno guijarroso  y la ondulación de las largas cintas de sus hojas, colgando a ras del agua que las mueve.

También un grupo de sauces, de flexibles ramas suspendidas, le han confiado al río el extremo de su verde cabellera. Y éste parece peinarlas acariciándolas, extendiéndolas suavemente  en la dirección de su corriente.

Silencio y paz en la hora matutina.

Sólo cantos y reclamos de aves, susurro de aguas y frondas en un intenso brillar de rocío sobre la hierba verde y alta que está entre los árboles y que el sol estival aún no ha quemado.

Floresta tierna y nueva por haber nacido después de la primaveral efusión de aguas que ha nutrido la tierra en lo profundo, llena de humedad y de substancias buenas.

Tres viandantes están parados en esta curva de la calzada, justamente en un ápice del arco.

Otean la lejanía en sus distintas direcciones: miran hacia arriba y hacia abajo; al Sur, donde está Jerusalén; al Norte, donde está Samaría.

Esperan ansiosos y escrutan entre las columnatas de los árboles para ver si llega alguno esperado.

Son Tomás, Judas Tadeo y el leproso curado.

Hablan entre sí.

Tomás:

–          ¿Ves algo?

Tadeo:

–            Yo no.

Simón Cananeo:

–            Yo tampoco.

Tomás:

–            Y sin embargo, éste es el lugar.

–            ¿Estás seguro?

–             Seguro, Simón. Uno de los seis, mientras el Maestro se alejaba entre las aclamaciones de la muchedumbre después del milagro de un mendigo lisiado, curado en la puerta de los Peces, me dijo:

 “Nosotros ahora nos vamos de Jerusalén. Espéranos a cinco millas entre Jericó y Doco, a la altura de la curva del río, en la calzada flanqueada de árboles”. Ésta.

Dijo también: “Allí estaremos, dentro de tres días, al amanecer”.

Es el tercer día y aquí nos ha encontrado la cuarta vigilia.

Simón:

–          ¿Vendrá? Quizás hubiera sido mejor haberle seguido desde Jerusalén.

Tomás:

–           Todavía no podías ir entre la muchedumbre, Simón.

Tadeo:

–           Si mi primo os dijo que vinierais aquí, aquí vendrá. Siempre mantiene lo que promete. Debemos esperar.

Tomás:

–           ¿Has estado siempre con Él?

Tadeo: 

–           Siempre. Desde que volvió a Nazaret fue conmigo un buen compañero. Siempre juntos. Somos de la misma edad, yo un poco mayor.Y además yo era el preferido de su padre, hermano del mío. También su Madre me quería mucho. He crecido más con Ella que con la mía.

–            Te quería… ¿Ya no te quiere lo mismo?

–            ¡Oh, sí!, pero nos hemos desligado un poco desde que Él se ha hecho profeta. A mi familia no le gusta.

–            ¿Qué familia?

–            Mi padre y los dos mayores. El otro está en duda… Mi padre es muy anciano y no he tenido corazón para llevarle la contraria. Pero ahora… Ya no más.

Ahora yo voy a donde me llevan el corazón y la mente. Voy con Jesús. No creo ofender a la Ley actuando así.

Y… si no fuera justo lo que quiero hacer, Jesús me lo diría. Haré lo que Él dice. ¿Le es lícito a un padre ponerle obstáculos a un hijo en el camino del bien?

Si yo siento salvación en ello, ¿Por qué impedirme conseguirla? ¿Por qué los padres algunas veces nos son enemigos?

Simón suspira como por tristes recuerdos y baja la cabeza, pero no habla.

Sin embargo, Tomás responde:

–            Yo ya he superado la dificultad. Mi padre me ha escuchado y me ha comprendido. Me ha bendecido diciendo: “Ve. Que esta Pascua signifique para ti liberación de la esclavitud de una espera. Dichoso tú que puedes creer.

Yo espero. Más si es Él y lo sabrás siguiéndolo, vuelve a tu anciano padre para decirle: ‘Ven. Israel ya tiene al Esperado”.

–             Eres más afortunado que yo. ¡Y pensar que hemos vivido a su lado!… Y no creemos, ¡Nosotros los de la familia!… ¡Y decimos, o sea, ellos dicen: “Ha perdido el juicio”!….

De repente, Simón exclama:

–             Mirad, mirad un grupo de personas ¡Es Él, es Él! ¡Reconozco su cabeza rubia! ¡Oh! ¡Venid! ¡Corramos!

Se echan a andar velozmente hacia el Sur.

Los árboles, ahora que han llegado al punto culminante del arco, ocultan el resto de la calzada, de manera que los dos grupos se encuentran casi uno frente al otro, cuando menos se lo esperan.

Jesús parece que sube del río, porque está entre los árboles de la orilla.

–          ¡Maestro!

–          ¡Jesús!

–          ¡Señor!

Los tres gritos del discípulo, del primo, del curado, resuenan adoradores y festivos.

Jesús les da la bienvenida:

–          ¡Paz a vosotros!

De nuevo la hermosa, inconfundible voz, llena, sonora, serena, expresiva, neta, viril, dulce e incisiva:   

–          ¿Tú también, Judas, primo mío?

Se abrazan.

Judas llora.

Jesús pregunta:

–          ¿Por qué este llanto?

Tadeo responde entre sollozos:

–           ¡Jesús… yo quiero estar contigo!

–           Te he esperado siempre. ¿Por qué no has venido?

Judas baja la cabeza y calla.

–           ¡No han querido! ¿Y ahora?

–           Jesús, yo… yo no puedo obedecerlos a ellos. Quiero obedecerte sólo a ti.

–           Yo no te he mandado nada.

–           No, Tú no. ¡Pero es tu Misión la que manda! Es Aquel que te ha enviado quien habla aquí, en el centro de mi corazón, y me dice: “Ve a Él”.

Es Aquella que te ha engendrado y que ha sido para mí maestra suave quien, con su mirada de paloma, me dice, sin usar palabras: “¡Sé de Jesús!”.

¿Puedo no tener en cuenta esa voz excelsa que me traspasa el corazón? ¿Esa oración de santa que ciertamente me suplica para mi bien?

 ¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido  y no te había visto jamás aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado “Cordero de Dios”?

Y yo, yo que he crecido contigo, yo que me he hecho bueno siguiéndote a ti, yo que he venido a ser hijo de la Ley por mérito de tu Madre y que de Ella he aspirado no los seiscientos trece preceptos de los rabíes,

además de la Escritura y las oraciones, sino el espíritu de éstas… ¿Es que no voy a ser capaz de nada?

–            ¿Y tu padre?

–            ¿Mi padre? No le falta pan ni asistencia, y además… Tú me das ejemplo. Tú has pensado en el bien del pueblo más que en el pequeño bien de María. Y Ella está sola.

Dime Tú, Maestro mío, ¿No es lícito, acaso, sin faltarle al respeto, decirle a un padre:

“Padre, yo te quiero. Pero, por encima de ti está Dios, y a Él lo sigo”?

–             Judas, pariente y amigo mío, Yo te lo digo: vas muy adelante en el camino de la Luz. Ven. Sí, es lícito hablarle al padre así cuando es Dios quien llama.

Nada está por encima de Dios. Incluso las leyes de la sangre cesan, o sea, se subliman, porque con nuestras lágrimas los ayudamos más a los padres, a las madres, y por algo más eterno que no lo cotidiano del mundo.

Los llevamos con nosotros al Cielo y, por la misma vía del sacrificio de los afectos, a Dios. Quédate pues, Judas. Te he esperado y me siento contento de volverte a tener, amigo de mi vida nazarena.

Tadeo está conmovido.

Jesús se vuelve hacia Tomás:

–         Has obedecido fielmente. Primera virtud del discípulo.

–         He venido para serte fiel.

–          Y lo serás. Yo te lo digo.

Y volviéndose hacia el sanado, le dice:  

–         Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas.

El ex leproso se postra a los pies de Jesús:

–          ¡Señor mío!

–          Levántate. ¿Tu nombre?

–           Simón.

–          ¿Tu familia?

–          Señor… era poderosa… yo también tenía poder… Pero odios de sectas y… y errores de juventud lesionaron su poder. Mi padre…

¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo me ha dado!

–          ¿Era leproso?

–           No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma y que nosotros los de Israel la incluimos en las distintas lepras.

Él, entonces dominaba todavía su casta, vivió y murió como poderoso en su casa. Yo… si no me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros.

–           ¿Estás solo?

–            Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto.

–            ¿Tu madre?

El hombre parece sentirse violento.

Y responde: 

–            Murió.

Jesús le observa atentamente.

–            Simón, me dijiste: “¿Qué debo hacer por ti?”. Ahora te digo: “¡Sígueme!”.

–            ¡Enseguida, Señor!… Pero… pero yo… déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban “zelote” por la casta, y “cananeo” por madre.

Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de una esclava.

Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió…

–            No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla desaparecer.

Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?

–            Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando subió al rostro… no daban crédito a sus ojos.

Mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los “muertos”, aunque,  como dijo un médico romano de Cesárea que consulté, la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario.

 Por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?

–            Debes no maldecirlo. Te ha hecho todo tipo de mal…

–            ¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa…

De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado todo: incluso la alegría de ser padre.

–            Por eso te digo: “¡Sígueme!”. A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el verdadero Padre te sonríe.

Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan.

Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor.

Ven, Simón, tú que no has tenido hijos. Ven, Judas, tú que pierdes al padre por mi amor. Os uno en el destino.

Jesús los acerca hacia Sí y poniéndolas manos sobre sus hombros, como para una toma de posesión y para imponer un yugo común.

Luego dice:

–            Os uno. Pero ahora os separo. Tú, Simón, te quedarás aquí con Tomás. Prepararás con él los caminos de mi retorno.

Pronto regresaré y quiero que muchos me estén esperando. Decidles a los enfermos (tú lo puedes decir) que Aquel que cura viene. Decidles a los que esperan que el Mesías está entre su pueblo.

Decidles a los pecadores que hay quien perdona para dar la fuerza necesaria para subir.

–           Pero ¿Seremos capaces?

–           Sí. Sólo tenéis que decir: “Él ha llegado. Os llama. Os espera, Viene para liberaros. Estad aquí preparados para verlo”.

Y a las palabras unid el relato de lo que sabéis.

Y tú primo Judas, ven conmigo y con éstos. Tú de todas formas te quedarás en Nazaret.

–            ¿Por qué, Jesús?

Jesús suspira profundo y dice:

–             Porque debes prepararme mi camino en mi tierra. ¿Consideras pequeña esta misión? En verdad no hay una más grave…

–            ¿Y lo lograré?

–            Sí y no. Pero todo será suficiente para quedar justificados.

–            ¿De qué? ¿Y ante quién?

–            Ante Dios. Ante la propia tierra. Ante la familia. No podrán censurarnos por haber ofrecido el bien.

Y si la patria y la familia lo desdeñan, nosotros no tendremos culpa de su daño.

 

–            ¿Y nosotros?

–            ¿Vosotros, Pedro? Volveréis a las redes.

–            ¿Por qué?

–              Porque pienso instruiros lentamente y tomaros conmigo cuando os vea preparados.

–              Pero, entonces, ¿Te veremos?

–              Claro. Iré frecuentemente. Os avisaré, si no, cuando esté en Cafarnaúm.

Ahora despedíos, amigos y vamos. Os bendigo a vosotros que os quedáis. Mi Paz sea con vosotros.

14 EL CIEGO DE CAFARNAÚM


14 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo el calor veraniego, el Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.

Las calles de Cafarnaúm apenas empiezan a poblarse de gente:

Mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna; niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.

Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago.

Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado y las redes; coloca asientos, rollos de cuerdas Y todo lo que se necesita para la pesca.

 Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.

Jesús le pregunta a Santiago:

–          ¿Tendremos buena pesca?

Santiago responde:

–           Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará.

–          ¿Vamos solos?

–          ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?

–          No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.

Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.

Pedro le dice:

–          Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados.

Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿No? eso me has dicho.

Jesús replica:

–           Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.

–          No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces.

Y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento.

Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago.

Y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme.

Y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red.

En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado.

Atención, Maestro, es nuestro pan.

Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos,

Y si son muchos… entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.

–          Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula.

Sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital.

Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo.

¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.

–            Tienes razón, Maestro… Pero, ¡Somos tan débiles…!.

–            Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.

–            ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?

–            Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo… No, Pedro. Él te ama y continuará amándote.

El tímido hermano de Pedro, pregunta:

–            ¿Y yo?

–             También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.

–             ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea…

–             ¡Oh… muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos…:

Que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él.

Noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores,

hijos del Padre Dios, similares a Mí… Ahora no podéis entender.

Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.

Pues bien, Yo obtendré a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.

–             ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?

–             ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros y en mi Corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama.

¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago?  No. No podrías. Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi Corazón.

¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas?

No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.

Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.

Andrés mira y no se atreve.

Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:

–          También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: “Te amo. Ven”

Y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial… 

Se oyen los gritos de Juan:

–          ¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy…

Juan corre jadeante hacia ellos:       

 –         ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?

 Juan mira a Jesús con ojos afectuosos.

Pedro interviene:

–           Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?….

Juan explica:

–           Eso… nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar.

Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿Qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones…

Jesús dice:

–           Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?

–           ¡Claro!

–          ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?

–           Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza… Maestro, ¿Me perdonas el haberme comportado con dureza?

–           Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemelo.

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. 

Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar.

Y suspira.

Jesús dice:

–           ¿Simón?

Pedro contesta:

–           ¿Maestro?

–            No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.

–          ¿También esta vez?

–            Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.

–            Ahí llega el ciego.

El pobrecito camina entre Santiago y Juan.

Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.

–            Aquí está el Maestro, frente a ti.

El ciego se arrodilla y suplica:

–            ¡Señor mío! ¡Piedad!.

–            ¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

–             Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados, que eran muchos.

Pero, forjando un hierro en forma de ancla y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes, saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo

Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo y el otro también se apagó al cabo de tres meses.

He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…

–           ¿Estás solo?

–           Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… de uno no conozco ni siquiera su cara. Y tengo también a mi madre, que es ya anciana.

No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan. Y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre.

¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo.

–           ¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?

–           Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.

–           ¿Qué te ha dicho?

–            Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios.

Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón.

 Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: “Ahí hay salud ¡Ve!”. Y fui”.

Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándolo sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación.

Yo lo conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti.

Y te he encontrado. ¡Ten Piedad de mí!

–            Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!

–            Entonces, ¿Me curas?

Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo.

Se lo pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz.

El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño muy dulce.

Jesús invoca:

 –         ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!

 Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas. Permanece así un momento.

Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

Jesús pregunta:

–          ¿Qué ves?

El hombre responde asombrado:

–           ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… me parece… oh… que veo… Te veo el vestido, es rojo, ¿NO es verdad? Una mano blanca y un cinturón de lana! ¡Oh, Jesús bueno.

Veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!… La hierba del suelo y eso es un pozo, ¡Claro! Y allí hay una vid…

–           Levántate, amigo.

El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se levanta y pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús.

Un Jesús sonriente lleno  de piedad, de una piedad que es toda amor.

¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro!

El hombre emite un grito y tiende los brazos en un acto instintivo. Pero enseguida se frena.

Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.

Y le dice:

–          Ve a tu casa, ahora y sé feliz y justo. Ve con mi Paz.

–          ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz. Pero si veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol. Y el primer atisbo de luna…

Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos. Y en Tí veo la belleza del Sol más verdadero y el resplandecer lo puro de la Luna más santa.

¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!

–          Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.

–          Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.

¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!  

–          ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.

Y el hombre parte dichoso, seguro.

Mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

13 LA SUEGRA DE PEDRO


13 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro le está hablando a Jesús.

Y dice:

–           Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras.

Jesús pregunta:

–          ¿A Betsaida?

–          No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.

–          ¿Por qué este deseo, Pedro?

–          Por muchas razones… Y además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…

–          Termina, Simón.

–          Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… Sí, en definitiva, ya sabes; una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verlo y oírlo. Y si esta persona además cura, pues entonces….

–          Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.

–          No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres. Y ella… No sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús.

–          Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.

Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa.

Al parecer durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha y da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago.

El ramaje del árbol, como una cabellera despeinada, apenas roza sus muros y toca los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita.

Sólo se ve esta higuera, esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

Pedro invita:

–           Entra, Maestro.

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes y otras, a preparar la comida.

Saludan a Pedro y luego se inclinan confusas ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.

Jesús dice:

–           Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?

 Tres mujeres le dicen a una, que se está secando las manos con el borde del vestido. 

–           Habla tú, que eres la mayor.

Y ella contesta:

–           La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llama do al médico, pero dice que es demasiado anciana para que pueda sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre especialmente a esa edad, la persona muere.

Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿Ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gusta tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados.

Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡Está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…

Jesús indica:

–          Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.

La mujer advierte:

–          Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”.

Jesús sonríe sin perder la calma.

Se vuelve hacia Pedro:

–          Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.

Pedro hace una mueca muy significativa…

Obedece. Cruza la cocina, entra en una habitación y a través de la puerta cerrada tras él, conversa con una mujer.

Asoma la cabeza y una mano.

Y dice:

–          Ven, Maestro, date prisa – y añade, más bajo, apenas inteligiblemente – Antes de que cambie de idea.

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta.

Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:

–           La paz sea contigo.

Entra, a pesar de no haber recibido respuesta.

Va junto a una litera baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la anciana.

 Y le dice:

–           ¿Te encuentras mal?

Ella contesta jadeante:

–           ¡Me muero!

–           No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?

–           ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.

–           Por Simón, que me lo ha pedido… Y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.

–           ¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?

–            Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide.

–            Entonces, ¿Piensas curarme? ¿Ya no moriré?

–            No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?

–            Creo, creo. ¡Me basta con no morir!

Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil.

Se yergue majestuoso, tomando el aspecto de cuando hace un milagro

Y decreta:

 –       ¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! – y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje.

 Mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio…

Luego, la anciana exclama fuerte:

–         ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!

Acuden las nueras.

–         ¡Mirad! – dice la anciana – ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy.

Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!

No hay ¡Ni siquiera una palabra para el Señor!

Pero Jesús no se lo toma a mal.

Le dice a la nuera más mayor:

–         Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo. Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:

–         El Maestro te ha curado y ¿No le dices nada?

Ella parece reflexionar:

–         ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?

Jesús dice con dulzura:

–          Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa.

He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.

Ella contesta apresurada:

–          ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres.

Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.

–          ¡Maestro!….

–          ¿Pedro mío?

–          Estoy desolado.

Jesús hace un gesto como queriendo significar:

 –        ¡Bah!, no te preocupes.

Luego añade:

–          No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud.

Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.

–          ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?

–          ¡Qué curioso eres, Simón! Pero deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara?

Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer para que la niña que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra…

Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”.

Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde…

De todas formas la curé, por sus niños.

Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:

–         “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”.

La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío…

 

Y se le castigó por haber hablado conmigo.

Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa.

Pedro dice impetuoso:

–          Yo la volvía a poner enferma.

Jesús se muestra severo:

–          ¡Pedro! ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado?

¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?

–           Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡No puedo soportar el que no te quieran!

–           ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro!

Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publícanos y que sin embargo, serán ejemplo para el mundo.

Y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia. Pecadores que se enmiendan…

Pedro objeta:

–           Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…

–          ¿No lo crees?

–           Yo no.

–           Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.

La mujer invita:

–           Maestro… Te ruego que compartas mi mesa.

–           Gracias, mujer. Dios te lo pague.

Entran en la cocina y se sientan a la mesa.

Y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.

–           Perdonad, pero no tengo más que esto.

Y para no perder la costumbre reprocha  a Pedro:

–          ¡Demasiado hacen tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija…

Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.

Sorprendentemente, Pedro responde con calma:

–          Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.

–          Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo.

Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.

–          Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?

–          Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que andas de vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote.

Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.

–           Porque está Él, que si no…

Jesús interviene:

–           Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí.

Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.

Pedro se desconcierta:

–          ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…

–          Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿Qué más te da estar o no estar en esta casa?

Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

Pedro concede:

–          Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿Y éstos? – alude a Juan y a Santiago, sus socios.

E intercede:

–          ¿No pueden venir también ellos?

Los hermanos, hijos del trueno apoyan:

–          Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.

Pedro añade:

–          Quizás venga también Zebedeo.

Santiago agrega:

–          Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos. 

Un niño se asoma a la puerta y pregunta:

–          ¿Está aquí Jesús de Nazaret?

Juan lo invita:

–           Está aquí. Pasa.

Entra un niño de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús, para comer la miel del Paraíso.

Jesús dice:

–           Pequeño amigo, pasa.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo coloca sobre las rodillas.

Jesús le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

El niño le entrega un pequeño saco y explica:

–            Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: “Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí”. ¡Sabe que eres mi amigo!…

Y el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.

Jesús toma el bolsito, diciendo:

–           ¡Sí señor! Santiago, le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.

Pedro pregunta:

–           ¿Es para los pobres?

–           Sí.

–           ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.

Jesús le da la bolsa.

Pedro vuelca las monedas y cuenta,

Exclamando admirado:

–          ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿Quién es?

El pequeño Santiago mueve la cabeza, afirmando:

–          No lo debo decir y no lo diré.

–          ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!

–          Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.

–           ¡Mirad qué lengua!

Jesús pontifica:

–           Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.

–           Tú, Maestro, ¿Sabes quién es esta persona?

Jesús no responde.

 Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas.

Pero Pedro insiste y Jesús debe responder:

–           Yo sé todo, Simón.

–           ¿Y nosotros no podemos saberlo?

Jesús reprende sonriente:

–           ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?

 Y añade:     

 –          Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios,

cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo.

Ve, Santiago. Llévale mi Bendición.

12 RECONOCIMIENTO INFERNAL


12 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando.

en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin se oye un grito:

–        ¡Ha llegado el Rabí!

Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante.

Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

Jesús está en el umbral de la puerta y saluda:

–         La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad.

Entra bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante.

 La luz de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz.

Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva regularmente.

Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.

Un joven que parece tuberculoso, se aferra a su vestido,

Gimiendo:

 –        ¡Estoy enfermo, cúrame!

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: 

–         Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré.

El joven lo suelta y se tranquiliza.

Una mujer con un niño en brazos, le pregunta:

–         ¿Qué te ha dicho? 

–         Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá.

–         ¿Te cura entonces?

–         No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío.

Muchos preguntan:

–         ¿Qué ha dicho?

–         ¿Qué ha dicho?

La muchedumbre está deseosa de saber.

Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús. 

Entonces varios dicen:

–          Entonces yo voy por mi niño.

–          Y yo traigo aquí a mi padre anciano.

–          ¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento… pero no vendrá.

Jesús ha llegado a su puesto.

 Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo, es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano.

Para hablarle, Jesús se inclina.

Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

El sinagogo pregunta:

–           ¿Qué quieres que te dé?

Jesús responde:

–           Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará.

–           Pero… ¿Y estarás preparado?

–           Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo.

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto.

Y dice: 

 –      Esto.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado:

«Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!

Y diles: “Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡Oh, Israel! Tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito”

Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima.

Sólo bisbisean algunos:

–         ¡Verás lo que oímos contra los enemigos!».

–         ¡Es el Rey de Israel, el Prometido. Y recoge a su pueblo!».

Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores.

El silencio es total.

Jesús expone:

Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión.

Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo.

No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡Oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo.

Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos o los lujuriosos.

O los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos.

Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón.

Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino.

Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna.

Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros.

No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito.

La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra.

Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida.

Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador.

Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías q ue abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás,

porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser poseedores del eterno día.

La paz sea con vosotros.

Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante.

Que habla así:

–           Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel.

En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar enseguida al castigo.

El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”.

Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados.

Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿No habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?  

Jesús DECIDE no manifestar su uso del Don de Ciencia Infusa, al declarar:

–           No sé quién eres (1), pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu.

Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico y aplico, a lo eterno y sobrenatural.

Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra.

Pero, ¡Cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que lo escuchéis y os salvéis antes de la hora de la Ira Divina!

No quiere que seáis pecadores.

Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación.

Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando.

–           ¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú… ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿Por orden de quién hablas?

–            Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor.

Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor… El Señor Dios viene… Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”.

Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma.

Y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía.

–           Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error.

Nosotros no te conocemos.

–            Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo.

Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben.

–           ¡Oh, ellos!… Pueden decir lo que quieran o lo que Tú les hagas decir.

–           Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes.

Jesús mira a la muchedumbre, asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas.

La mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro.

Con el Don de Ciencia Infusa SABE todo el conocimiento que necesita…

Y dice con fuerte voz:

–           ¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

El israelita togado pregunta:

–           ¿Conoces a este hombre?

La mujer contesta:

–            Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que lo arrastra a repentinos y furiosos estados de locura.

Jesús interroga a la asamblea:

–            ¿Todos lo conocen?

La multitud grita:

–            ¡Sí, sí!

–            ¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?

La multitud grita:

–             No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella.

–             Mujer, acércamelo.

La mujer lo empuja y lo arrastra.

Y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: 

 –            ¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarlo de un momento a otro… Y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde.

La gente abre paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Hay un instante de lucha interior.

 Parece que el hombre acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime…

Y con una tonalidad cavernosa y escalofriante, surgida de lo más profundo del Averno

La voz se forma en palabras:

–             ¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarmos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra?

Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en… 

Jesús lo interrumpe: 

 –            ¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno.

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre.

Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que lo maltratase con bruscos golpes y empujones…

Chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado. 

Jesús le pregunta a su opositor:

–             ¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y vencido, se va sin responder.

La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

Jesús sentencia majestuoso:

–             ¡Silencio, el lugar es sagrado! – y ordena: – Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios.

Viene el enfermo tuberculoso.

 Jesús lo acaricia:

–            ¡Has tenido Fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo.

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente!

Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento.

Luego dice:

–            ¡Gracias por mí y por mi madre!

Vienen otros enfermos:

Un niño con las piernitas paralizadas. Jesús lo coge en brazos, lo acaricia y lo pone en el suelo… Y lo deja.

 Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual lo recibe llorando en su corazón y bendice a GRITOS a  «el Santo de Israel».

Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre prorrumpe en un alud de bendiciones hacia Jesús.

Él se abre paso sonriendo y aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud, si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte.

Y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús y después lo protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

(1) “No sé quién eres”: una afirmación de este tipo en boca de Jesús recibe, como nota en una copia mecanografiada, la siguiente explicación de María Valtorta:

“Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias y de éstas veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta).

Como Hombre conocía sólo según el modo humano personas y lugares, cuando el Padre suyo y su propia naturaleza divina no juzgaban útil el conocimiento de los lugares y personas sin preguntar.

De forma análoga, las palabras ¡Ageo! ¡Pasa adelante!…, Tienen la siguiente nota: “Aquí, debiendo dar prueba al fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo.

Del que sabe que está endemoniado, mientras que en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: “No sé quién eres”. 

 “Y el Padre Eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las Tinieblas;

permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas:

“¿Quién es éste? No lo conozco…”. Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararlo a la gran oscuridad de la Hora de las Tinieblas, al abandono del Padre:

Horas tremendas en que Jesús fue el Hombre y además, un Hombre rechazado por el Padre, habiendo venido a ser “Anatema por nosotros”…

Por tanto, las referencias de “ignorancias” de Jesús no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de su “omnisciencia”.

11 EL APÓSTOL TOMÁS


11 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es la casita del Olivar en la baja y ancha cocina oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: 

Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.

Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) 

Está hablando todavía con Tomás.

La mano de Jesús ha bajado desde la cabeza de Tomás a su hombro.

Jesús dice:

–        Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?.

–        No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he regresado diciéndole que quería hablar con el leproso curado…

He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado.

Pero yo te buscaba a ti, no al leproso… Quería decirte: “¡Acéptame!”… He estado dando vueltas arriba y abajo por el olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía.

Debe haber creído que era una persona malintencionada… Estaba cerca de una pilastra, en donde empieza la propiedad.

El dueño de la casa sonríe.

Y aclara:

–          Es mi hijo – y añade – Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la cosecha del año. Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite.

En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines para desvalijar los lugares no custodiados.

Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde entonces una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena.

Tomás continúa:

–          “¿Qué quieres?” me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida: 

–           Busco al Maestro, que está viviendo aquí”.

Entonces me ha respondido:

–          “Si es verdad lo que dices, ven a la casa”.

Y me ha acompañado hasta aquí.

Es él quien ha llamado a la puerta y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras.

Jesús pregunta:

–           ¿Vives lejos?

–            Estoy en la otra punta de la ciudad, cerca de la Puerta Oriental.

–           ¿Estás solo?

–            Estaba con mis parientes. Pero se han marchado a donde otros familiares que están en el camino de Belén. Yo me he quedado para buscarte día y noche, hasta que te hubiera encontrado.

Jesús sonríe y dice:

–            Entonces, ¿No te espera nadie?

–            No, Maestro.

–            El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros.

Tomás se llena de felicidad y lo demuestra emocionado:

–             ¡Oh…, Maestro!

–             Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano.

Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante.

Explica a Tomás:

–             Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da .

Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice:

–             Cédele el puesto al amigo.

Juan se levanta enseguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.

–             Siéntate, Tomás. Come.

Y luego dice a todos:

 –          Esto haréis siempre amigos, por ley de caridad. La Ley de Dios ya de por sí, protege al peregrino. Pero ahora en mi Nombre, lo deberéis amar más aún.

Cuando uno en nombre de Dios os pida un pan, un sorbo de agua, un lugar donde cobijarse, en nombre de Dios debéis dárselo. Y Dios os recompensará. Esto debéis hacerlo con todos.

También con los enemigos. Ésta es la Ley nueva.

Hasta ahora se os había dicho: “Amad a los que os aman y odiad a los enemigos”. Yo os digo: “Amad también a los que os odian”. ¡Si supierais cómo os amará Dios si amáis como Yo os digo!

Y si uno dijere: “Quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y en seguir a su Cordero”, entonces debéis quererlo más que a un hermano de sangre, porque estaréis unidos por un vínculo eterno: el del Cristo.

Pedro ha perdido su habitual humor jovial.

Y enfadado, cuestiona:

–           Pero, ¿si te topas con uno que no es sincero? Decir: “Quiero hacer esto o aquello” es fácil. Pero no siempre la palabra refleja la verdad.

Jesús con gran paciencia explica:

–           Pedro, escucha. Hablas con sensatez y justicia. Pero, mira: mejor es pecar de bondad y de confianza que de desconfianza y dureza. Si haces el bien a un indigno, ¿Qué mal te acarreará ello? Ninguno.

Antes bien, el premio de Dios para ti permanecerá siempre activo, mientras que él recibirá el demérito de haber traicionado tu confianza.

–          ¿Ningún mal, ¿¡Eh!? A veces quien es indigno no se conforma con la ingratitud, sino que va más allá y llega incluso a difamar, a dañar el patrimonio y la vida misma.  

–          Cierto. Pero ¿Esto disminuirá tu mérito? No. Aunque todo el mundo creyera las calumnias, aunque te quedaras en la ruina más que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿Qué cambiaría a los ojos de Dios? Nada.

O más bien sí habría un cambio, pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de la bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero, físico…

–          ¡Bien, bien! Será así.

Pedro no habla más. Malhumorado como está, tiene la cabeza apoyada en la mano.

Jesús se dirige a Tomás:

–           Amigo, antes te he dicho, en el olivar: “Cuando vuelva por aquí, si todavía quieres, serás mío”. Ahora te digo: “¿Estás dispuesto a hacer un favor a Jesús?”.

–           Sin duda.

–          ¿Y si este favor puede comportar un sacrificio?

–           Servirte no es ningún sacrificio. ¿Qué quieres?

–           Quería decirte… Pero, tú tendrás cosas que resolver, afectos…

–           ¡Nada, nada! ¡Te tengo a ti! Habla.

–           Escucha. Mañana al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad.

Y dirás fuerte: “Tú, que ayer has quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado”.

Haz que el mundo de los “muertos-vivos” conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure.

Es la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño.

Un día otorgaré una limpieza mucho más profunda… Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas,

por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben…

Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti.

Y le dirás también: “Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir”.

–           Así lo haré. ¿Y el otro?

–           ¿Quién? ¿El Iscariote?

–           Sí, Maestro.

–           Para él persiste mi consejo. Déjale decidir por sí mismo y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con él.

–           Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos.

Pedro masculla unas palabras.

Jesús oye y cuestiona:

–           Pedro, ¿Qué te pasa? ¿Callas o murmuras? Pareces descontento. ¿Por qué?

–           Me siento descontento. Nosotros somos los primeros y Tú no nos ofreces un milagro. Nosotros somos los primeros y Tú sientas a tu lado a un extraño. Nosotros somos los primeros y Tú le confías a él una misión y no a nosotros.

Nosotros somos los primeros y… sí, exactamente, y parecemos los últimos. ¿Por qué los esperas en el camino del río? Para confiarles alguna misión, claro. ¿Por qué a ellos y no a nosotros?

Jesús lo mira. No se muestra airado. Hasta incluso sonríe como se le sonríe a un niño celoso. Se levanta, va lentamente hacia Pedro, le pone la mano en el hombro.

Y dice sonriendo:

–           ¡Pedro, Pedro, eres un niño grande, un niño mayor!

 

Y a Andrés, que está sentado junto a su hermano, le dice:

 –          Ve a sentarte donde Yo estaba sentado.

Y se sienta al lado de Pedro, lo toma por el hombro y le habla, estrechándole contra su costado:

–           Pedro, a ti te parece que Yo cometo injusticia, pero no es injusticia lo que hago; antes bien, es una prueba de que sé lo que valéis. Mira. ¿Quién necesita pruebas? Quien todavía no está seguro.

 Ahora bien, Yo os sabía tan seguros de mí, que no he sentido la necesidad de daros pruebas de mi Poder. Aquí, en Jerusalén, hacen falta pruebas.

Aquí, donde el vicio, la irreligión, la política, tantas cosas del mundo, ofuscan los espíritus hasta el punto de que no pueden ver la Luz que pasa.

Pero allí, en nuestro hermoso lago, tan puro bajo un cielo puro, allí entre gente honesta y deseosa de bien, no son necesarias las pruebas. Tendréis milagros. A ríos derramaré sobre vosotros las gracias.

Pero, mira lo que os he estimado, Yo os he tomado conmigo sin exigir pruebas y sin sentir la necesidad de daros pruebas, porque sé quiénes sois. Amados, muy amados, y muy fieles a mí.

Pedro se calma:

–            Perdóname, Jesús.

–            Sí, te perdono porque tu gesto de enojo es amor. Pero acaba en la envidia, Simón de Jonás. ¿Sabes qué es el corazón de tu Jesús? ¿Has visto alguna vez el mar, el verdadero mar? ¿Sí?

Pues bien, ¡mi Corazón es mucho más amplio que el ancho mar! Y en él hay lugar para todos, para toda la Humanidad. Y el más pequeño tiene, como el más grande, un lugar. Y el pecador, como el inocente, encuentra amor en él.

A éstos les encargo una misión. Seguro. ¿Me quieres prohibir el darla? Yo os he elegido, no vosotros. Por tanto puedo, libremente, juzgar cómo emplearos.

Y si a éstos los dejo aquí con una misión — que también puede ser una prueba, como puede ser misericordia el espacio de tiempo dejado al Iscariote

¿Puedes reprochármelo? ¿Sabes si a ti no te reservo una más grande? ¿Y no es la más hermosa la de oír que te digo: “Tú vendrás conmigo”?

Pedro se ruboriza avergonzado.

–            ¡Es cierto, es cierto! ¡Soy un animal! Perdón…

–            Sí, todo, todo el perdón. ¡Oh, Pedro!… Pero os ruego a todos: no discutáis nunca por los méritos o por los puestos. Habría podido nacer rey; he nacido pobre, en un establo.

Podría haber sido rico; he vivido del trabajo, y ahora de la caridad. Y, no obstante, creedlo amigos, no hay nadie más grande que Yo a los ojos de Dios; que Yo que estoy aquí: siervo del hombre.

–           ¿Siervo Tú? ¡No, jamás!

–           ¿Por qué, Pedro?

–            Porque yo te serviré.

–            Aunque me sirvieras como una madre sirve a su pequeñuelo, Yo he venido para servir al hombre. Seré su Salvador. ¿Qué servicio puede ser comparado a éste?

–           ¡Maestro, Tú lo explicas todo, y lo que parecía oscuro se torna claro enseguida!

–            ¿Contento ahora, Pedro? Entonces déjame terminar de hablar con Tomás.

Y volviéndose hacia el recién llegado, pregunta:

 –           ¿Estás seguro de reconocer al leproso? No hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito.

Y quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares… podría ocupar su puesto.

Escucha su retrato. Yo estaba cerca de él y a la luz del crepúsculo lo he visto bien. Es alto y delgado. Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos bajo unas cejas de nieve.

Cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios, labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes.

 Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería.

–            Es un viejo, si es todo blanco.

–            No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra lo ha hecho cano.

–            ¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?

–            Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de África.

–            ¿Será israelita, entonces?

–            Ya lo sabremos. ¿Y sí no lo fuera?

–             ¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure.

–             No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no lo rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz…

Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.

La visión cesa así.

El Espíritu Santo dice:

Jesús ha enviado a Tomás por ese leproso sanado porque es Simón, el apóstol. Luego les mostraré cuando él y Judas Tadeo vayan en pos del Maestro.