614 El Pequeño Rebaño


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

469 Despidiéndose de los pocos fieles de Corozaín.

No ha llegado todavía la aurora…

Cuando Jesús se encuentra con los otros once apóstoles,

que tienen en medio al pequeño carpintero José;

el cual, en cuanto ve a Jesús…

Sale como una flecha y se abraza a sus rodillas, con la sencillez de quien es todavía niño.

Jesús se agacha para besarlo en la frente.

Y luego, llevándolo de la mano, va a donde están Pedro y los demás.

Jesús los saluda diciendo:

–               La paz a vosotros.

No creía encontraros tan pronto aquí.

Pedro explica:

–              El niño se ha despertado todavía de noche…

Y ha querido venir por miedo a llegar con retraso.

Tadeo añade:

–               La madre estará aquí dentro de poco con los otros hijos.

Quiere saludarte.

Los otros informan:

–                 Y lo mismo la mujer que estuvo tullida…

Con la hija de Isaac, la madre de Elías y otros que has curado.

–                 Nos han hospedado…

Jesús pregunta:

–               ¿Y los otros?

–               Señor…

–               Corozaín conserva su espíritu duro.

–              Comprendo.

No importa.

La buena semilla está echada y un día germinará…

Por mérito de éstos…

Jesús mira al niño, al finalizar.

–               ¿Será discípulo y convertirá?

–               Discípulo ya es.

¿No es verdad, José?

–               Sí.

Pero no sé hablar.

Y por lo que yo sé no me escuchan.

–               No importa.

Hablarás con tu bondad.

Jesús toma entre sus largas manos la carita del niño,

y le habla estando un poco inclinado hacia la carita levantada.

–               Yo me marcho, José.

Sé bueno.

Sé trabajador.

Perdona a quien no os quiere.

Sé agradecido con quien te favorece.

Piensa siempre esto: que en quien te favorece está presente Dios.

Por tanto, recibe con respeto cualquier beneficio…

Pero sin pretenderlo, sin decir:

«Voy a estar ocioso, porque hay quien se preocupa de mí»

Y sin malgastar la ayuda recibida.

Trabaja, porque el trabajo es santo.

Y tú pequeño niño, eres el único hombre de la familia.

Recuerda que ayudar a la madre es honrarla.

Recuerda que dar buen ejemplo a los hermanitos y velar por el honor de las hermanas, es un deber.

Desea tener lo que es justo y trabaja para tenerlo, pero no envidies al rico;

ni tengas deseos de riquezas para poder gozar mucho.

Recuerda que tu Maestro te enseñó no sólo la palabra de Dios, sino también el amor al trabajo,

la humildad y el perdón.

Sé siempre bueno, José.

Y un día volveremos a estar juntos.

El pequeño carpintero Josesito,

pregunta:

–           ¿Pero es que no vas a volver?

¿A dónde vas, Señor?

–             Voy a donde quiere la voluntad del Padre de los Cielos.

Su voluntad debe siempre ser más fuerte que la nuestra.

Y debemos amarla más que a la nuestra, porque es siempre voluntad perfecta.

Y tú tampoco en la vida, pongas tu voluntad delante de la de Dios.

Todos los obedientes se reunirán en el Cielo y habrá entonces gran fiesta.

Dame un beso, pequeñito mío.

¿Un beso?

Muchos besos y lágrimas le da el niño.

Enroscado al cuello de Jesús, así es como lo encuentra su madre,

cuando aparece acompañada por la nidada de sus hijos…

Junto con los otros poquísimos, siete en total, habitantes  de Corozaín.

Después de haber saludado al Maestro, la mujer pregunta:

–              ¿Por qué llora mi hijo?

Jesús responde:

–              Porque todo adiós significa dolor.

Pero aunque estemos separados, siempre estaremos unidos si vuestro corazón sigue queriéndome.

Vosotros sabéis cómo es el amor a Mí y en qué consiste.

En hacer lo que os he enseñado, porque el que hace lo que uno le ha enseñado,

demuestra que tiene estima y estima es siempre amor por esa persona.

Haced, pues, lo que os he enseñado con la palabra y el ejemplo.

Y haced lo que os enseñen mis discípulos en mi Nombre.

No lloréis.

El tiempo es breve y pronto estaremos unidos de nuevo y en un modo mejor.

Y no lloréis tampoco por egoísmo.

Pensad en los que todavía me esperan, en los que habrán de morir sin haberme visto…

En cuantos habrán de amarme sin haberme conocido nunca.

Vosotros me habéis tenido más de una vez…

Podéis ver facilitada vuestra fe y la esperanza, por la caridad que hay entre vosotros.

Ellos sin embargo, tendrán que tener una grande, una ciega fe para poder llegar a decir:

«Él es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador.

Y su palabra es veraz».

Una gran fe para poder tener la gran esperanza de la Vida Eterna…

Y de la inmediata posesión de Dios después de una vida de justicia.

Deberán amar a quien no han conocido, a quien no han oído, a quien no han visto obrar prodigios.

Y no obstante, sólo si aman así, tendrán la Vida Eterna.

Vosotros bendecid al Señor, que os ha favorecido dándoos el conocimiento de Mí.

Ahora marchaos.

Sed fieles a la Ley del Sinaí y a mi Mandamiento nuevo, de amaros todos como hermanos,

porque en el amor está Dios.

Amar también a quien os odie.

Porque Dios primero, os ha dado el ejemplo de amar a los hombres,

que con el pecado muestran odio a Dios.

Perdonad siempre, como Dios ha perdonado a los hombres, mandando a su Verbo Redentor

a borrar la Culpa, motivo de resentimiento y separación.

Adiós.

Mi paz esté en vosotros.

Recordad mis obras en vuestros corazones, para fortificarlos contra las palabras,

de aquellos que quieran persuadiros de que Yo no soy vuestro Salvador.

Conservad mi bendición para fuerza vuestra, en las pruebas del tiempo futuro.

Jesús extiende las manos mientras recita la bendición mosaica…

Sobre el minúsculo rebaño postrado a sus pies.

Luego da media vuelta y se marcha…

613 La Guerra Espiritual


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

468a Un episodio de reflexión de Judas de Keriot. 

Jesús calla y piensa.

Judas guarda silencio.

Reflexiona también él.

Luego habla:

–              ¡Qué hermoso Maestro, es oírte hablar así!

Todo se ilumina ante los ojos, ante la mente, ante el corazón…

Y todo vuelve a ser fácil.

También el decir: «¡Quiero ser bueno!»

Incluso el decirte…

incluso el decirte…

Decirte:

«¡Maestro, yo también tengo turbada el alma!

No sientas repudio por mí, Maestro…

Tú que amas tanto a los puros»»

–             ¡Oh, mi Judas!

¿Yo repudio?

Amigo…

Hijo…

¿Qué es lo que te turba?

–              Tenme junto a ti, Maestro.

Estréchame a tu lado…

Tras tan dulces palabras tuyas, he jurado ser bueno;

he jurado volver a ser el Judas de los primeros días…

Que te seguía y te quería como el esposo ama a su esposa…

Y sólo suspiraba por Ti, hallando en ti todo contento.

Te quería así, Jesús…

–              Lo sé…

Y te quise por eso…

Pero todavía te quiero, mi pobre amigo herido…

–             ¿Cómo sabes que lo estoy?

¿Sabes de qué?…

Silencio.

¡Jesús mira a Judas con una mirada tan dulce!…

Parecen como si las lágrimas los hiciesen más amorosos y disminuyeran su fulgor.

Es una mirada de niño inocente e indefenso…

Que se dona por completo en el amor.

Judas cae a sus pies, con la cara sobre las rodillas…

Abrazando a sus caderas;

con sollozos desgarradores…

Gime:

–             Tenme junto a Ti, Maestro…

Tenme…

Mi carne grita como un demonio…

Y si cedo…

Entonces sobreviene todo el mal…

Sé que Tú sabes;

ya que esperas a que yo diga…

Pero es muy duro, Maestro…

Decir:

«He pecado».

–             Lo sé, amigo.

Por eso habría que obrar bien.

Para no tener luego que humillarse diciendo:

«He pecado».

De todas formas Judas, hay en esto también una gran medicina.

El tener que hacer el esfuerzo al manifestar la culpa, retiene respecto a ella…

Si ya se ha verificado, la pena de acusarse es ya penitencia que redime.

Y si luego uno sufre no tanto por orgullo propio y por miedo al castigo,

sino porque sabe que faltando ha causado dolor…

Entonces Yo te lo digo, la culpa se anula.

El amor es lo que salva.

–             Yo te amo, Maestro.

Pero soy muy débil…

¡Oh!

¡Tú no puedes amarme!

(La soberbia Judas le ciega y no puede aceptar el amor divino)

Eres puro y amas a los puros…

No puedes amarme, porque yo soy…

Yo soy…

¡Oh!…

Judas lanza un lamento de horror, seguido por una súplica;

que domina por un instante, la atroz lucha interna que lo desgarra…

¡Hohhh!…

¡Jesús, quítame el hambre de la carne!

¿Sabes qué Demonio es?

–            Lo sé.

No la he seguido, pero sé qué poderosa voz tiene.

–            ¿Lo ves?

¿Lo ves?

Sientes tanto repudio que por sólo decirlo tu cara se turba…

La voz de Judas adquiere un tono de desolación absoluta y su corazón,

se siente totalmente aniquilado…

Al expresar lo que su soberbia sentencia para sí mismo…

Y proclama su derrota:

¡Oh!

¡NO PUEDES PERDONARME!

–              Judas…

¿No te acuerdas de María?

¿Ni de Mateo?

¿Ni de aquel publicano que se contagió la lepra?

¿Y no te acuerdas de aquella mujer meretriz romana…

A la que profeticé celeste destino porque tras mi perdón, tendría fuerza para una vida santa?

–             Maestro…

Maestro…

Maestro…

¡Oh!

¿Qué mal tengo en el corazón!…

El pecado genera al ESPÍRITU INMUNDO. El Espíritu inmundo es POSESIÓN DIABÓLICA…

Esta noche he huido…

Hui de Corozaín.

Porque si me quedaba…

Si me quedaba…

Estaba perdido.

Mira…

Es como uno que bebe y se pone enfermo…

El médico le quita el vino y cualquier otra bebida embriagadora.

Y se cura.

Y está sano mientras no vuelve a sentir ese sabor…

Pero si cede, una sola vez…

Y vuelve a sentir su sabor…

Le viene una sed…

Una sed tan fortísima de beber eso..

Que ya no resiste…

Y bebe y bebe…

Los adictos a la lujuria, son adoradores y esclavos de Asmodeo

Y se pone enfermo de nuevo…

Enfermo para siempre…

Pierde la razón…

Queda poseído…

Poseído por ese demonio suyo…

POR ESE DEMONIO SUYO…

¡Oh, Jesús, Jesús, Jesús!…

¡Quítame el hambre del placer!

No se lo digas a los otros…

No lo digas…

Siento vergüenza ante todos…

–              Pero no ante Mí.

Judas comprende mal.

La posesión demoníaca perfecta hace que Judas le presente continuamente a Jesús, el Arcángel caído que lo posee y que lo odia mortalmente…

–              ¡Es verdad!

¡Perdón!

Debería sentir más vergüenza ante Ti que ante ningún otro, porque eres Perfecto…

–              No, hijo.

No decía esto.

No te pongan un velo tu dolor, tu angustia, tu postración.

He dicho que ante todos puedes avergonzarte, pero no ante Mí.

Un hijo no tiene miedo y vergüenza ante el padre bueno;

ni un enfermo ante un médico de valía.

Y a ambos se confiesa uno sin temor;

porque el uno ama y perdona y el otro comprende y sana.

Yo te quiero y te comprendo.

Por tanto, te perdono y te curo.

Pero dime, Judas.

¿Qué es lo que te pone en las manos de tu demonio?

¿Yo?

¿Los hermanos?

¿Las mujeres de vicio?

No.

Es tu voluntad.

(Porque el desventurado apóstol no quiere renunciar a sus idolatrías: 

las mujeres, el dinero, el poder y su egolatría con el egoísmo desenfrenado)

Ahora yo te perdono y te sano…

¡Oh, qué alegría me has dado, mi Judas!

Ya de por sí mi gozo era grande por esta noche serena, perfumada, alegre de cantos…

Y por ello alababa al Señor.

Pero ahora la alegría que me das…

Supera a este claro de Luna y a estos perfumes, a esta paz y a estos cantos.

¿Oyes?

El ruiseñor parece unirse para decirte conmigo que se siente feliz de tu buena voluntad.

Él, el pequeño cantarín, tan lleno de buena voluntad para hacer aquello para lo que fue creado.

Y también este primer viento del alba, que pasa sobre las flores y las despierta…

Haciendo caer en la cavidad del cáliz un diamante de rocío,

para que poco después, lo encuentren la mariposa y el rayo de sol…

Y aquélla se refresque y el sol se proporcione un exiguo espejo para su gran fulgor.

Mira: la Luna se pone.

El alba se anuncia con este canto lejano de gallo.

Las tinieblas de la noche y sus fantasmas se disipan.

¿Ves lo rápido y dulce que ha pasado este tiempo que, si no hubieras venido a Mí…

Habría pasado envuelto en el sinsabor y el remordimiento?

Ven siempre que tengas miedo de ti.

¡El propio yo!

¡Gran amigo, gran tentador, gran enemigo y gran juez, Judas!

Y ¿Ves?

Mientras que es amigo sincero y fiel si has sido bueno, sabe ser amigo insincero si no eres bueno.

Y después de haber sido cómplice tuyo…

Se yergue como juez implacable y te tortura con sus reproches…

Él es despiadado cuando reprocha…

¡No Yo!

Bien, pues vamos.

La noche ha pasado…

–               Maestro, no te he dejado descansar…

Y hoy vas a tener que hablar mucho…

–              He descansado con la alegría que me has dado.

No tengo descanso mejor que el de decir:

«Hoy he salvado a uno que estaba pereciendo».

Ven, ven…

¡Vamos a bajar a Corozaín!

¡Oh, si esta ciudad supiera imitarte, Judas!

–              Maestro…

¿Qué les vas a decir a mis compañeros?

–              Nada si no preguntan…

Si preguntan…

Diré que hemos hablado de las misericordias de Dios…

Es tema verdadero.

Tan ilimitado que la más larga de las vidas no basta para desarrollarlo.

Vamos…

Y bajan.

El Uno junto al otro.

Altos, distinta la hermosura pero igual la juventud.

Y desaparecen tras un grupo de árboles…

Dice Jesús:

–                Es episodio de misericordia como los de la Magdalena.

Pero si hacéis un libro…

Mejor será que pongáis ordenadamente en serie más que las categorías las épocas.

Y os limitéis a decir, como encabezamiento o a pie de página para cada episodio,

a qué categoría pertenece.

¿Por qué ilustro la figura de Judas?

Muchos se lo preguntarán.

Respondo:

La figura de Judas ha sido demasiado alterada durante los siglos…

Y últimamente, del todo desfigurada.

Ciertas escuelas han hecho de él casi una apoteosis:

La del segundo e indispensable artífice de la Redención.

Y otros muchos piensan que cedió ante un improviso, feroz asalto del Tentador.

No.

Toda caída tiene premisas en el tiempo.

Cuanto más grave es la caída, más preparación tiene.

Los preliminares explican el hecho.

Uno no se hunde, ni asciende, al improviso.

Ni en el bien ni en el mal.

Largos e insidiosos son los factores que cooperan a los descensos;

pacientes y santos, los que cooperan a subir.

Y el desventurado drama de Judas os puede proporcionar muchas enseñanzas para salvaros…

Y conocer el método de Dios y sus misericordias,

para salvar y perdonar a aquellos que bajan hacia el Abismo.

No se llega al delirio satánico, en el que veréis que se debatirá Judas, después del Delito…

si uno no está enteramente corrompido por hálitos infernales…

Interiorizados voluptuosamente durante años.

Cuando uno lleva a cabo incluso un delito, pero ha sido arrastrado a él por un imprevisto acontecimiento

que obnubila la razón…

Sufre pero sabe expiar;

porque aún algunas partes del corazón están inmunes de veneno infernal.

Al mundo que niega a Satanás porque lo tiene tan dentro de sí…

Que ya ni se da cuenta de su presencia…

Que lo ha interiorizado de forma que ha venido a ser parte del «yo»…

A ese mundo le muestro que Satanás existe.

Eterno e inmutable en el método usado para hacer de vosotros sus víctimas.

Basta por ahora.

Tú quédate con mi paz.

612 Oración nocturna


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

468 Un episodio de acercamiento de Judas de Keriot y otros que ilustran su figura.

Dice Jesús:

–            El orden de los Evangelios es bueno, pero no perfecto desde el punto de vista cronológico.

Un observador atento lo nota.

Aquel que habría podido dar el exacto orden de los hechos,

por haber estado conmigo desde el principio de la evangelización hasta la ascensión, no lo hizo;

porque Juan, hijo verdadero de la Luz, se ocupó y preocupó de hacer refulgir la Luz

a través de su exterioridad de Carne ante los ojos de los heréticos,

que impugnaban la verdad de la Divinidad dentro de una carne humana.

El Evangelio sublime de Juan ha alcanzado su finalidad sobrenatural,

pero no ha ayudado a la crónica de mi vida pública.

Los otros tres evangelistas muestran igualdades entre sí, en cuanto a los hechos;

pero alteran el orden temporal de éstos,

porque de tres sólo uno estuvo presente en casi toda mi vida pública:

Mateo.

Que la escribió quince años después.

Los otros escribieron más tarde,

habiendo oído la narración de labios de mi Madre, de Pedro, de otros apóstoles y discípulos.

Quiero ofreceros una guía para cuando reunáis los hechos del trienio, año por año.

Del que ahora ve y escribe… (M. V.)

El episodio que sigue…

En cuanto a los episodios que quieren ilustrar la figura de Judas de Keriot;

pero no lo sigue inmediatamente en la narración completa de los hechos de la vida pública de Jesús…

Jesús está paseando lentamente, yendo y viniendo…

Por un senderillo campestre luminoso de luna.

Es una Luna llena, que resplandece con su disco plateado en un cielo serenísimo;

pero, por su posición en el cielo en el que empieza a colocarse,

pareciera que debe ser más tarde de la media noche.

Jesús camina pensando y sin duda orando, sin hablar una sola palabra en voz alta.

Pero no pierde de vista las cosas de su alrededor.

En un momento se detiene a escuchar sonriendo, el gran canto de un ruiseñor enamorado,

que hace toda una melodía de arpegios, trinos y notas de solo, bien sostenidas;

tan fuertes y largas…

que parece imposible que salgan de ese pequeño ser que es solo una bolita de plumas.

Para no molestarlo ni siquiera con el crujido de las sandalias contra los pequeños cantos del sendero

y de la túnica al rozar la hierba…

Jesús se ha detenido con los brazos cruzados y el rostro levantado y sonriente.

Entorna incluso los ojos para concentrarse mejor en oír…

Y cuando el ruiseñor termina con un agudo que sube, sube, sube por la tercera escala… 

Y termina con una nota agudísima, sostenida mientras resiste la espiración,

Él aprueba y aplaude silenciosamente, agachando dos o tres veces la cabeza con una sonrisa contenta.

Y ahora se inclina hacia una mata de madreselva en flor,

que a través de sus abundantísimos cálices blancos emana intenso perfume;

cálices semejantes a bocas de serpientes bostezando,

en que tembletea la lengua: los pistilos amarillos.

Y brilla el trazo dactilado de oro en el pétalo inferior.

Las flores bajo la luna, parecen aún más blancas, casi argénteas.

Jesús las admira, las huele y las acaricia con la mano.

Vuelve sobre sus pasos.

Debe ser un lugar ligeramente elevado, porque el claro de Luna muestra al sur,

algo que brilla como vidrio bañado de luna:

un trocito de lago sin duda.

Porque no es río, ni tampoco mar…

Pues a éste se le ve, en el lado opuesto en el que está Jesús, bordeado por una serie de colinas.

Jesús observa este plácido titileo de aguas serenas, en la calma de la noche estival.

Luego da media vuelta sobre sí mismo de sur a oeste.

Y observa la albura de un pueblo, distante unos dos kilómetros al máximo.

Es casi una ciudad…

Se detiene para contemplarlo…

Y meneando la cabeza, como si siguiera un pensamiento que lo aflige mucho…

Reanuda su lento paseo y su oración.

Hasta que se sienta en una voluminosa piedra, al pie de un árbol muy alto.

Y toma su postura habitual:

Con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia afuera,

con las manos unidas en oración.

Está así un tiempo y seguiría más tiempo…

Pero un hombre, una sombra desde la espesura, se está acercando a Él.

Y lo llama:

–               ¿Maestro?

Jesús se vuelve, puesto que el que está viniendo lo hace por detrás de Él,

y dice:

–            ¿Judas?

¿Qué quieres?

–             ¿Dónde estás, Maestro?

–              Al pie del nogal.

Acércate.

Y Jesús se pone en pie.

Avanzando hasta y junto al sendero…

bajo el claro de Luna, para que Judas pueda verlo.

Jesús pregunta:

–               ¿Has venido Judas, a hacer un poco de compañía a tu Maestro?

Ahora están el uno junto al otro.

Y Jesús pone con afecto un brazo en el hombro del discípulo;

preguntando:

–               ¿O es que tienen necesidad de Mí en Corozaín?

–               No, Maestro.

Ninguna necesidad.

Ha sido un deseo mío de venir a Ti.

–              Ven, pues.

Hay sitio para los dos en esta piedra.

Se sientan muy cercanos.

Silencio.

Judas no habla.

Mira a Jesús.

Lucha fuertemente consigo mismo.

Jesús quiere ayudarle.

Lo mira con dulzura, pero profundamente.

Y dice:

–               ¡Qué hermosa noche, Judas!

¡Mira qué puro es todo!

Yo creo que no fue más pura, la primera noche que sonrió sobre la Tierra…

Y sobre el sueño de Adán en el Paraíso terrenal.

Fíjate cómo huelen esas flores.

Huélelas.

Pero no las arranques.

¡Son tan bellas y puras!

Yo también me he abstenido de hacerlo, porque arrancarlas es profanarlas.

Siempre está mal usar la violencia.

Tanto contra la planta como contra el animal;

contra el animal como contra el hombre.

¿Por qué quitar la vida?

¡Es tan bella la vida cuando se emplea bien!…

Y esas flores la emplean bien porque perfuman, alegran con su aspecto y sus aromas,

dan néctar a las abejas y a las mariposas…

Y ceden a éstas el oro de sus pistilos,

para poner gotitas de topacio en la perla de sus alas.

Y hacen de lecho a los nidos…

Si hubieras estado aquí hace poco,

hubieras oído a un ruiseñor cantar con gran dulzura su alegría de vivir…

Y de alabar al Señor.

¡Amados pajarillos!

¡Cuánto sirven de ejemplo para los hombres!

Con poco se contentan.

Y sólo con aquello que es lícito y santo:

Un granito y un gusanillo, porque el Padre Creador se lo da.

Y si no hay no sienten ira o desdén;

sino que engañan al hambre de la carne con el impulso del corazón…

Que les hace cantar las alabanzas del Señor y las alegrías de la esperanza.

Se sienten felices de estar cansados por haber volado desde el alba hasta el anochecer,

para hacerse un nido calentito, blando, seguro;

no por egoísmo, sino por el amor a la prole.

Y cantan por la alegría de amarse honestamente.

El ruiseñor hacia su hembra…

Y ambos hacia los hijos.

Los animales son siempre felices, porque no tienen remordimientos, ni acusaciones en su corazón.

Nosotros los hacemos infelices, porque el hombre es malo, desconsiderado…

Subyugando a los demás, es cruel.

Y no le basta serlo con sus semejantes.

Hace rebosar su maldad sobre los inferiores.

Y cuantos más remordimientos internos tiene,

más le punza su conciencia y más cruel se muestra hacia los demás.

Estoy seguro por ejemplo,

de que aquel que iba a caballo y que hoy lo espoleaba…

Tan sudado y cansado como estaba hasta hacerlo sangrar…

Que lo azotaba hasta hacerle erizar en franjas el pelo, en el cuello y en los lomos…

Y que le pegaba hasta en los ollares, tan delicados…

Y en los oscuros párpados que se cerraban dolientes sobre los ojos, tan dulces y resignados;

no tenía el alma tranquila:

O iba a un delito contra la honestidad o venía de él.

Jesús calla y piensa.

Judas guarda silencio.

611 Paz y Presencia


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

467b Perdón condicionado para el campesino Jacob.

Jesús se ha despedido de sus oyentes…

Luego se dirige hacia los discípulos y los dueños de la casa y los bendice uno a uno.

Da a Judas el dinero que le han entregado…

Reemprende la marcha.

El verde de la campiña se traga a Jesús…

Mientras va caminando hacia el suroeste,

en dirección a Cafarnaúm…

Pedro exclama:

–                ¡Caminas demasiado, Maestro!

Estamos cansados.

Hemos recorrido ya muchos estadios…

–               Calma, Simón.

Pronto estaremos a la vista de Corozaín.

Vosotros entraréis en ella e iréis a las pocas casas amigas que tenemos,

especialmente a la casa de la viuda.

Y diréis al pequeño José que quiero saludarlo al amanecer.

Lo llevaréis hasta Mí, al camino que sube hacia Yiscala…

–               ¿Pero Tú no entras en Corozaín?

–                No.

Voy al monte a orar.

–                Estás agotado.

Estás pálido.

¿Por qué no te cuidas más?

¿Por qué no vienes con nosotros?

¿Por qué no entras en la ciudad?

Lo colman de preguntas.

Su afecto a veces es abrumador.

Pero Jesús es paciente…

Y pacientemente responde:

–              Ya lo sabéis.

Para mí la oración es descanso.

Fatiga es estar entre la gente, cuando no estoy para curar o evangelizar.

Así que iré al monte.

Al mismo lugar a donde he ido otras veces.

Conocéis el lugar.

–               ¿En el sendero que va a casa de Joaquín?

–               Sí.

Sabéis dónde encontrarme.

Al amanecer iré a vuestro encuentro…

–              ¿Y… vamos a ir hacia Yiscala?

–               Es el camino adecuado para ir hacia los confines sirofenicios.

Dije en Afeq que iba a ir e iré.

–               Es porque…

¿No te acuerdas lo que pasó la otra vez?

–                No temas, Simón.

Han cambiado el sistema.

Actualmente me ensalzan…

–               ¿Entonces te aman?

–                No.

Me odian más que antes.

Pero, no pudiendo echarme a tierra con sus fuerzas, tratan de hacerlo con sus engaños.

Tratan de seducir al Hombre…

Y para seducir se usan los honores, aunque sean falsos.

Es más…

Acercaos todos aquí.

Dice a los demás, que caminaban en grupo al ver que Jesús hablaba privadamente con Pedro.

Se reagrupan todos.

Jesús dice:

–                Estaba diciendo a Simón.

Y lo digo a todos porque no tengo secretos para mis amigos…

Decía a Simón que los enemigos míos han cambiado de sistema para perjudicarMe,

pero no han cambiado su idea respecto a Mí.

Por tanto, de la misma manera que antes usaban el insulto y la amenaza, ahora usan los honores.

Para Mi y sin duda, también para vosotros.

Sed fuertes y sabios.

No os dejéis engañar por palabras falaces, ni por regalos, ni por seducciones.

Recordad lo que dice el Deuteronomio (Dt 16, 1,4):

«Los donativos ciegan los ojos de los sabios y corrompen las palabras de los justos».

Tened presente a Sansón. (Jueces 13-16).

Era nazireo de Dios desde el nacimiento.

Desde el seno de su madre, que lo concibió y lo formó en abstinencia por orden del ángel,

para que fuera un justo juez de Israel.

Pero, ¿Tanto bien dónde terminó?

¿Cómo?

¿Por quién?

¿Y no es verdad que otras veces,

con honores, monedas y con mujeres asoldadas,

fue abatida la virtud para hacer el juego a los enemigos?

Ahora estad despiertos y vigilad, para que no os engañen.

Y para no servir aun inconscientemente, a los enemigos.

Sabed manteneros libres como los pájaros;

que prefieren el alimento parco y la rama para su descanso, antes que las doradas jaulas,

donde hay mucha comida y cómodo es el lugar para el descanso;

pero donde están prisioneros del capricho de los hombres.

Pensad que sois mis apóstoles;

siervos por tanto sólo de Dios,

de la misma forma que Yo soy siervo sólo de la voluntad del Padre.

Tratarán de seduciros, quizás ya lo han hecho, tomándoos a cada uno por el punto más débil,

porque los siervos del Mal son astutos, pues son instruidos por el Maligno.

No creáis en sus palabras.

No son sinceras.

Si lo fueran,

Yo sería el primero en deciros: «Saludemos a éstos cual buenos hermanos nuestros».

Sin embargo, hay que desconfiar de sus acciones…

Y orar por ellos, para que se hagan buenos.

Yo lo hago.

Oro por vosotros, para que la nueva guerra no os haga caer en el engaño.

Y oro por ellos, para que dejen de urdir engaños al Hijo del hombre y ofensas a Dios su Padre.

Y vosotros imitadme.

Orad mucho al Espíritu Santo.

Que os dé la luz para ver.

Y sed puros si queréis tenerlo por amigo.

Yo, antes de dejaros, quiero fortaleceros.

Os absuelvo si habéis pecado hasta el momento.

De todo os absuelvo.

Sed buenos en el futuro.

Buenos, sabios, castos, humildes, fieles.

Que la gracia de mi absolución os fortalezca…

¿Por qué lloras, Andrés?

¿Y por qué te turbas tú, hermano mío?

Santiago de Alfeo, sólo mueve la cabeza sin decir nada.

Andrés dice:

–               Porque esto me parece un adiós…

–               ¿Y piensas que me despediría de vosotros con tan pocas palabras?

Es sólo un consejo para estos tiempos.

Veo que estáis todos turbados.

Eso no os debe suceder.

La turbación turba la paz.

Siempre debe haber paz en vosotros.

Estáis al servicio de la Paz.

Y Ella os ama tanto, que os ha elegido como a los primeros siervos suyos.

Os ama.

Debéis pues pensar que os ayudará siempre, aun cuando os quedéis solos.

La Paz es Dios.

Si sois fieles a Dios, Él estará en vosotros.

Instrumentos del Amor

Y con Él en vosotros…

¿A qué vais a tenerle miedo?

¿Quién os podrá separar de Dios, si no os ponéis en condiciones de perderlo?

Sólo el pecado separa de Dios.

Pero el resto:

Tentaciones, persecuciones, muerte;

ni siquiera la muerte, separan de Dios.

Es más, unen más a Él, porque toda tentación vencida eleva en un escalón hacia el Cielo;

porque las persecuciones os obtienen un redoblado amor protector de Dios…

Y la muerte del santo o del mártir no son sino fusión con el Señor Dios.

En verdad os digo que, menos los hijos de la perdición;

ninguno de mis grandes discípulos morirá antes de que Yo haya abierto las puertas de los Cielos.

Por tanto, ninguno de mis discípulos fieles deberá esperar al abrazo de Dios

tras haber pasado de este destierro caliginoso a las luces de la otra vida.

No os diría esto si no fuera verdad.

Vosotros mismos veis.

Hoy mismo habéis visto a un hombre que después de un descarrío, ha vuelto a los caminos de la justicia.

No habría que pecar.

Pero Dios es misericordioso y perdona a quien se arrepiente.

Y el que se arrepiente puede incluso superar al que no ha pecado, si su arrepentimiento es absoluto…

Y es heroica su virtud subsiguiente.

¡Será tan dulce encontrarnos allá arriba!

¡Veros subir hacia Mí y correr Yo a vuestro encuentro para abrazaros…

Y llevaros al Padre mío y decir:

«Aquí tienes a un amado mío.

Él me amó siempre y por tanto, te amó siempre;

desde que le hablé de Ti.

Ahora ha venido.

¡Bendícelo, Padre mío, y que tu bendición sea su corona resplandeciente»!

Amigos míos…

Amigos aquí y amigos en el Cielo.

¿No os parece que todo sacrificio es ligero para obtener esta eterna alegría?

«Ya habéis recobrado la serenidad.

Separémonos aquí.

Yo subo allá;

vosotros estad calmos…

Démonos un beso…

Y los besa uno a uno.

Judas al besarlo, llora.

Ha esperado a ser el último;

él que busca siempre ser el primero.

Y está fuertemente abrazado a Jesús, besándolo repetidamente…

Y susurrándole al oído, entre el pelo:

–              Pide…

Pide, pide por mí…

Se separan:

Jesús va hacia el monte;

los otros prosiguen hacia Corozaín, que ya albea entre el verdor de los árboles.

610 Arrepentimiento


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

467a Perdón condicionado para el campesino Jacob.

Jesús continúa su enseñanza:

La parábola ha terminado.

Todos pueden entenderla.

Os digo sólo que quien es rico…

Es el depositario de esta riqueza que Dios le concede con el mandato,

de ser distribuidor de ella para quien sufre.

Pensad en la magnitud del honor que os otorga Dios,

llamándoos a ser cooperadores en la obra de la Providencia,

en favor de los pobres, enfermos, viudas, huérfanos

Dios podría hacer llover dinero, vestidos, alimentos sobre los pasos del pobre.

Pero entonces quitaría al hombre rico grandes méritos:

Los de la caridad hacia los hermanos.

No todos los ricos pueden ser doctos, pero sí todos pueden ser buenos.

No todos los ricos pueden atender a los enfermos, sepultar a los muertos, visitar a los enfermos

y a los que están en la cárcel.

Pero todos los ricos, incluyendo simplemente los no pobres,

pueden dar un pan, un sorbo de agua, un vestido usado o acoger en torno al fuego a quien tiembla,

o bajo su techo a quien no tiene casa y sufre la lluvia o el sol abrasador.

El pobre es el que no tiene lo necesario para vivir.

Los otros no son pobres.

Tienen escasos medios;

pero son siempre ricos respecto a quien muere de hambre, de privaciones, de frío.

Yo me marcho.

No puedo ya practicar la beneficencia con los pobres de estos lugares.

Mi corazón sufre pensando que pierden un amigo…

Pues bien, Yo que os hablo…

y vosotros sabéis Quién Soy…

Os pido que seáis la providencia de los pobres que se quedan sin su Amigo misericordioso.

Dad limosna y amadlos en mi nombre, por recuerdo de Mí…

Sed mis continuadores.

Confortad con una promesa mi corazón abatido:

Que en los pobres me veréis siempre a Mí…

Y que los acogeréis como a los más verdaderos representantes de Cristo, que es Pobre.

Que quiso ser pobre por amor a los más infelices de la Tierra…

Y para expiar con sus penurias y febril amor las injustas prodigalidades y los egoísmos de los hombres.

Recordad que la caridad, la misericordia, reciben premio eterno.

Recordad que la caridad, la misericordia, son absolución de las culpas.

Dios mucho perdona a quien mucho ama.

Y el amor a los indigentes que no pueden corresponder, es el más meritorio ante los ojos de Dios.

Recordad estas palabras mías hasta el final de la vida.

Y os salvaréis y seréis bienaventurados en el Reino de Dios.

Descienda mi bendición sobre quienes aceptan la palabra del Señor y la ponen en práctica.

Los apóstoles y Margziam con los discípulos, han ido saliendo de casa mientras Él hablaba.

Y ahora forman un grupo compacto detrás de la gente.

Pero se abren paso cuando Jesús termina de hablar.

Y recogen al pasar las limosnas que muchos ofrecen.

Llevan este dinero a Jesús.

Detrás de ellos se introduce un hombre ajado y de un aspecto muy pobre.

Camina tan cabizbajo, que no es posible verle la cara.

Va a los pies de Jesús y dándose golpes de pecho, gimiendo,

diciendo :

–              He pecado, Señor.

Y Tú me has castigado.

Me lo he merecido.

Pero, al menos, dame tu perdón antes de marcharte.

¡Ten piedad del pecador Jacob!

Levanta la cara…

Se revela el aspecto muy maltratado del campesino una vez favorecido…

Y castigado otra por su dureza de corazón, con los dos huerfanitos:

María y Matías que fueron entregados para su custodia, a Juana de Cusa…

Jacob dice:

–             ¡Mi perdón!

Jesús responde:

–             Tú querías el perdón para la curación.

Y te angustiabas porque las mieses estaban echadas a perder.

Éstos sembraron para ti.

¿Acaso no tienes pan?

–              Tengo lo suficiente.

–             ¿Y no es esto acaso perdón?

Jesús se muestra muy severo.

–              No.

Quisiera morir de hambre, pero sentir que el espíritu está en paz.

He tratado, dentro de mis pocas posibilidades, de expiar…

He orado y llorado…

Pero sólo Tú puedes perdonar y dar paz a mi espíritu.

Señor sólo te pido perdón…

Jesús lo mira fijamente…

Hace levantar la cara que el hombre tiene reclinada.

Y lo perfora con sus ojos resplandecientes, mientras está un poco curvado hacia él…

Luego dice:

–             Ve.

Tendrás o no tendrás el perdón, dependiendo de cómo vivas en el tiempo que te queda.

–             ¡Oh!

¡Señor mío!

¡No así!

Has concedido el perdón a culpas mayores…

–              No eran personas favorecidas, como tú lo habías sido.

Y no habían pecado contra los inocentes.

Siempre es sagrado el pobre;

pero los más sagrados son el huérfano y las viudas.

¿No conoces la Ley?…

El hombre llora.

Quería un perdón inmediato.

Jesús resiste:

–               Has descendido dos veces.

Y no has tenido prisa en levantarte de nuevo…

Acuérdate.

Lo que tú hombre, te has permitido.

Dios puede permitírselo.

Y muy bueno sigue siendo Dios,

pues que te dice que no te niega el perdón del todo,

sino que lo condiciona a tu modo de vivir hasta la muerte.

Ve.

–             Bendíceme al menos…

que tenga más fuerza para ser justo.

–             Ya he bendecido.

–              No, así no.

A mí en particular.

Mira mi corazón…

Jesús le pone la mano en la cabeza,

y dice:

–              He dicho.

Pero que esta caricia te persuada, de que si bien soy severo, no te odio.

Mi amor severo es para salvarte;

es para tratarte como a un amigo infeliz, no porque eres pobre;

sino porque has sido malo.

Recuerda que te amé, que tuve compasión de tu espíritu.

Y que este recuerdo te infunda deseos de tenerMe como Amigo, que no sea ya severo.

–             ¿Cuándo, Señor?

¿Dónde te encontraré, si dices que te marchas?

–             En mi Reino.

–             ¿Cuál?

¿Dónde lo fundas?

Yo voy…

–               Mi Reino estará en tu corazón si lo haces bueno.

A la hora de la muerte, lo que cuenta es el Amor.

Y luego estará en el Cielo.

Adiós.

Tengo que marcharme, porque atardece…

Y debo bendecir a los que dejo.

Jesús se despide de él…

Mostrándole su infinita Misericordia…

609 Parábola del Agua


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

467 Parábola de la distribución de las aguas. 

Advertencias a los apóstoles camino de Corozaín.

Sin duda, se ha difundido la noticia de que está el Maestro y que hablará antes del anochecer;

de forma que la gente bulle en las cercanías de la casa, hablando en voz baja;

porque saben que el Maestro está descansando y no quieren despertarlo.

Esperan pacientes debajo de los árboles, protegidos del sol pero no del calor, que es fuerte todavía.

No hay enfermos, al menos eso parece;

pero como siempre, hay muchos niños.

Y Ana para tenerlos tranquilos, manda distribuir fruta.

Pero Jesús no tiene un sueño largo.

Todavía está alto el sol cuando, descorriendo la cortina y sonriendo a la multitud, aparece.

Está solo.

Los apóstoles siguen durmiendo.

Jesús se encamina hacia la gente, para ir a ponerse en el bajo brocal de un pozo,

que ciertamente sirve para regar los árboles de este huerto…

Porque del pozo salen en disposición radial, una serie de canalillos de riego que se prolongan luego

de uno a otro tronco.

Se sienta en el bajo borde.

Y empieza inmediatamente a hablar…

–                Escuchad esta parábola:

Un rico señor tenía muchos subordinados esparcidos por muchos lugares de sus propiedades,

que no eran todas ricas en aguas, ni en fecundidad del suelo.

Había en efecto, lugares que sufrían la falta de agua.

Y más que los lugares sufrían las personas;

porque si bien se cultivaba la tierra con plantas resistentes a la sequedad,

la gente sufría mucho por la escasez de agua.

El señor rico sin embargo tenía, justo en el lugar donde vivía,

un lago de abundantes aguas, procedentes de fuentes subterráneas.

Un día, el señor quiso realizar un viaje por todas sus propiedades.

Vio que algunas, las más cercanas al lago, tenían abundante agua;

las otras lejanas, carecían de ella:

Sólo la poca agua que Dios mandaba con las lluvias.

Y vio también que los que tenían agua abundante…

no eran buenos para con sus hermanos que de ella carecían.

Y regateaban hasta un cubo de agua, con la disculpa de que temían quedarse sin ella.

El señor pensó…

Y decidió esto:

«Mandaré desviar las aguas de mi lago hacia los más cercanos.

Y les daré la orden de no negar ya más el agua,

a mis siervos lejanos que sufren por 1a sequedad del suelo».

E inmediatamente dio comienzo a las obras.

Hizo cavar canales que llevaran el agua buena del lago, a las propiedades más cercanas

donde mandó excavar grandes cisternas, de forma que el agua se acumulara con abundancia,

aumentando así 1a riqueza de agua que ya había en el lugar.

Y de estas cisternas hizo que salieran canales menores, para alimentar otras cisternas más lejanas.

Luego llamó a los que vivían en estos lugares y dijo:

«Recordad que lo que he hecho, no lo he hecho para daros algo superfluo,

sino para favorecer a través de vosotros a los que carecen incluso de lo necesario.

Sed por tanto, misericordiosos como yo lo soy»

Y se despidió de ellos.

Pasó un tiempo.

El señor rico quiso realizar un nuevo viaje por todas sus propiedades.

Vio que las más cercanas se habían embellecido y que no sólo eran ricas en plantas útiles,

sino que también lo eran en plantas ornamentales…

En pilas, piscinas y fuentes puestas por todas partes:

en las casas y cerca de éstas.

El señor observó:

–             Habéis hecho de estas moradas, casas de ricos.

Ni siquiera yo, tengo tantas cosas bellas superfluas.

Y preguntó:

–             ¿Pero los otros vienen?

¿Les habéis dado con abundancia?

¿Los canales menores están alimentados?

Ellos respondieron:

–              Sí.

Han recibido todo lo que han pedido.

Y hay que decir que son exigentes.

Nunca están satisfechos.

No tienen prudencia ni medida.

Vienen a todas horas a pedir, como si nosotros fuéramos sus siervos.

Y tenemos que defendernos para tutelar nuestras cosas.

No les bastaban ya los canales y las cisternas pequeñas;

venían hasta las grandes.

–             ¿Es éste el motivo por el que habéis cercado los lugares…

y habéis puesto en cada uno, estos perros feroces?

–              Es por eso, señor.

Entraban sin miramientos, pretendían quitarnos todo.

Y luego desperdiciaban…

–              ¿Pero vosotros realmente habéis dado?

¿Sabéis que por ellos hice esto y que a vosotros os he hecho intermediarios,

entre el lago y sus tierras áridas?

No entiendo…

Había dicho que se tomase del lago lo que hiciera falta para que todos tuvieran, pero sin desperdicio».

–                Pues créenos, nunca hemos negado el agua.

El señor se dirigió hacia las propiedades lejanas.

Los árboles altos adecuados para un suelo árido, estaban verdes y frondosos.

El señor, viéndolos desde lejos agitarse con el viento,

se dijo:

–               Han dicho la verdad.

Pero en cuanto se acercó y luego se adentró por entre ellos…

Vio el terreno quemado, muerta casi toda la hierba, que ovejas jadeantes fatigosamente pastaban.

Vio arenosas las huertas cercanas a las casas.

Luego vio a los primeros labriegos: ajados, febriles los ojos, descorazonados…

Lo miraban bajando la cabeza y se retiraban como con miedo.

Él, asombrado de esa actitud, los llamó.

Se acercaron temblorosos.

–              ¿De qué tenéis miedo?

¿No soy ya vuestro señor bueno que se ha tomado cuidado de vosotros…

Y que con trabajo próvido os ha aliviado de la escasez de agua?

¿Por qué esos rostros de enfermos?

¿Por qué estas tierras áridas?

¿Por qué los rebaños están tan escuálidos?

Y vosotros…

¿Por qué parecéis tener miedo de mí?

Hablad sin temor.

Decid a vuestro señor qué es lo que os hace sufrir.

Un hombre habló por todos.

–              Señor, hemos sufrido una gran desilusión y mucha pena.

Nos habías prometido ayuda…

Y nosotros hemos perdido hasta lo que teníamos antes y también la esperanza en ti.

–             ¿Cómo?

¿Por qué?

¿No he hecho llevar el agua en abundancia a los más cercanos,

dándoles la orden de que la abundancia fuera para vosotros?

–            ¿Eso dijiste?

¿Exactamente así?

–              Así.

Sin duda.

No podía por razones del terreno, hacer llegar el agua aquí directamente.

Pero con buena voluntad, podíais ir a los pequeños canales de las cisternas,

ir con odres y asnos a tomar toda la que quisierais.

¿No teníais suficientes asnos y odres?

¿No estaba yo para proporcionároslos?

–              ¡Ah, ya lo había dicho yo!

Dije: “No puede haber sido el señor el que haya dado la orden de negarnos el agua”.

¡Si hubiéramos ido!

Hemos tenido miedo.

Nos decían que el agua era un premio para ellos y que nosotros estábamos castigados.

Y contaron al buen amo, que los encargados de las propiedades beneficiadas les habían dicho:

«Que el señor, para castigar a los siervos de las tierras áridas que no sabían producir más,

había dado la orden de poner medida no sólo al agua de las cisternas,

sino también a la de los antiguos pozos;

de forma que si antes disponían incluso de doscientas ánforas al día para ellos y para las tierras.

Tomadas éstas con una gran fatiga de camino y de peso…

Ahora ya ni siquiera tenían cincuenta.

Y que para disponer de estas cincuenta ánforas para los hombres y los animales,

debían ir a los arroyos lindantes con los lugares bendecidos,

donde revertían las aguas de los jardines y baños.

Y tomar esa agua limosa…

Y morían.

Morían de enfermedad y de sed.

Morían las hortalizas y las ovejas…

–              ¡Oh, esto es demasiado!

Y debe terminar.

Tomad todas vuestras cosas y vuestros animales y seguidme.

Os será un poco fatigoso, porque estáis exhaustos,

pero luego vendrá la paz.

Iré despacio para permitir a vuestra debilidad seguirme.

Yo soy un patrón bueno, un padre para vosotros…  y soy providente para con mis hijos.

Y se puso en camino lentamente, seguido de la triste turba de sus siervos y de los animales;

mas aquéllos ya exultaban por el alivio del amor de su buen señor.

Llegaron a las tierras riquísimas en agua.

A las lindes de éstas…

El señor tomó a alguno de entre los más fuertes y dijo:

–               Id en mi nombre a pedir ayuda.

–               ¿Y si nos azuzan los perros?

–                Yo voy detrás de vosotros.

No temáis.

Decid que os envío yo y que no cierren el corazón a la justicia,

porque las aguas son de Dios y todos los hombres son hermanos.

Que abran inmediatamente los canales.

Fueron.

Y el amo detrás.

Se presentaron delante de un cancel.

Y el amo se quedó escondido detrás de la tapia.

Llamaron.

Acudieron los encargados de las tierras.

–                ¿Qué queréis?

–                Tened misericordia de nosotros.

Morimos.

Nos envía el amo con la orden de tomar las aguas que ha hecho fluir para nosotros.

Dice que las aguas se las ha dado Dios.

Y él las dio a vosotros para nosotros, porque somos hermanos,.

Y que abráis inmediatamente los canales.

Los crueles soltaron la carcajada…

Diciendo:

–                ¡Ja, Ja, Ja!

¿Hermanos esta turba de harapientos?

¿Qué morís?

Pues mucho mejor.

Así nos quedaremos con vuestros terrenos y llevaremos allí el agua.

¡Entonces sí que la llevaremos!

Y haremos fértiles esos lugares.

¿Agua para vosotros?

¡Estáis locos!

El agua es nuestra.

–                Piedad.

Morimos.

Abrid.

Lo ordena el amo.

Los malos encargados deliberaron entre sí…

Y dijeron:

–                Esperad un momento.

Y se marcharon deprisa.

Luego volvieron y abrieron.

Pero tenían los perros gruñendo y gruesos garrotes…

Los pobres tuvieron miedo.

–              Entrad, entrad…

¿No entráis ahora que os hemos abierto?

Luego diréis que no hemos sido generosos…

Un incauto entró…

Y le llovió una granizada de palos…

Mientras los perros, liberados de la cadena, se lanzaron contra los otros.

El amo salió de detrás de la tapia.

–             ¿Qué hacéis, crueles?

Ahora os conozco, a vosotros y a vuestros animales…

Y os voy a castigar.

Flechó a los perros aniquilándolos…

Y enseguida entró severo y airado.

Diciendo:

–             Es así como ejecutáis mis órdenes?

¿Para esto os he dado estas riquezas?

Llamad a todos los vuestros.

Quiero hablaros.

Se volvió hacia los siervos sedientos,

diciendo:

–               Y vosotros… 

Entrad con vuestras mujeres e hijos;

ovejas, asnos, palomas y todos los demás animales.

Bebed, refrescaos…

Tomad estas frutas jugosas.

Y vosotros pequeños inocentes, corred por los jardines, entre las flores.

Gozad.

Justicia hay en el corazón del amo bueno y justicia habrá para todos.

Y mientras los sedientos corrieron a las cisternas y se zambullían en las piscinas…

El ganado fue a las pilas, bebieron hasta saciarse.

Y todo fue alborozo para ellos;

mientras los otros acudían temerosos de todas partes.

El señor subió al borde de una cisterna y dijo:

–             Había hecho estas obras y os había hecho depositarios de mi mandato y de este tesoro;

porque os había designado ministros míos.

En la prueba habéis fallado.

Parecíais buenos.

Debíais serlo, porque el bienestar debería hacer buenas a las personas, agradecidas hacia su benefactor.

Y yo os había hecho siempre el bien, dándoos la administración de estas tierras bien regadas.

La abundancia y la elección os han hechos duros de corazón;

más áridos que las tierras que habéis hecho áridas del todo;

más enfermos que éstos, que tienen sed ardiente.

Porque ellos pueden sanar con el agua;

mientras que vosotros con el egoísmo habéis quemado vuestro espíritu y difícilmente sanará.

Y con mucha fatiga, volverá a vosotros el agua de la caridad.

(Del Purgatorio no se sale, hasta que se aprende a perdonar y amar perfectamente;

mientras se padece toda la Pasión y el Calvario que sufrió Jesús,

con todo el RIGOR de la Justicia Divina.)

Ahora yo os castigo:

Id a las tierras de éstos y sufrid lo que ellos han sufrido.

–               ¡Piedad, señor!

¡Piedad de nosotros!

¿Es que quieres que muramos?

¿Menos compasivo tú hacia nosotros hombres, que nosotros hacia los animales?

–               ¿Y éstos qué son?

¿No son hombres hermanos vuestros?

¿Qué compasión habéis tenido vosotros?

Os pedían agua, les habéis propinado palos y burlas.

Os pedían lo que es mío y que yo había prestado…

Y vosotros lo habéis negado, diciendo que era vuestro.

¿De quién son las aguas?

Ni siquiera yo digo que el agua del lago sea mía, aunque sea mío el lago.

El agua es de Dios.

¿Quién de vosotros ha creado una sola gota de rocío?

¡Id!…

Y a vosotros os digo;

a vosotros que habéis sufrido:

Sed buenos.

Haced con ellos, lo que hubierais querido que se hiciera con vosotros.

Abrid los canales que ellos han cerrado…

Y dejad que fluyan las aguas hacia ellos en cuanto podáis.

Os hago mis distribuidores para estos hermanos culpables;

a ellos les dejo la manera y el tiempo para redimirse.

Y el Señor Altísimo más que yo, os confía la riqueza de sus aguas,

para que vosotros seáis providencia para quien de ellas carece.

Si sabéis hacer esto con amor y justicia.

contentándoos con lo necesario,

dando lo superfluo a los indigentes,

siendo justos,

no considerando vuestro aquello que es un don recibido.

Y más que don depósito, entonces grande será vuestra paz.

Y el amor de Dios y el mío estarán siempre con vosotros.

La parábola ha terminado.

Todos pueden entenderla.

Os digo sólo que quien es rico,

es el depositario de esta riqueza que Dios le concede,

con el mandato de ser distribuidor de ella para quien sufre.

Pensad en la magnitud del honor que os otorga Dios,

llamándoos a ser cooperadores en la obra de la Providencia:

en favor de los pobres, enfermos, viudas, huérfanos

608 Interferencias Humanas


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

466 Un alto en la casa de los ancianos cónyuges Judas y Ana.

Llegan sudorosos, a pesar de que hayan andado entre tupidos árboles frutales,

que se pliegan bajo el peso de la fruta madura.

De los viñedos, numerosos y hermosísimos, viene el típico olor de las vides…

Cuando los racimos están ya maduros y las hojas empiezan a acusar su marchitamiento otoñal.

A los primeros a los que se ve llegar es a dos campesinos que regresan de los árboles frutales,

cargados de cestas de apetitosas manzanas…

Avisando a un doméstico, el cual a su vez avisa a los de la casa.

Entretanto los dos campesinos saludan a Jesús…

Y anuncian que «muchos discípulos, provenientes de los montes de la Gaulanítida y de Iturea,

que se dirigen hacia Jerusalén, están alojados en la casa»

Y que «sus señores han decidido ir con ellos a los Tabernáculos por la Decápolis y la Perea».

Pero apenas si han terminado de dar sus informaciones, cuando ya aquéllos;

precedidos y seguidos por muchos discípulos, salen fuera de la casa al encuentro del Maestro.

Entre los discípulos está casi todo el grupo de los pastores de Belén.

Y con ellos otros, como el primer leproso curado y el baldado restablecido, su amigo y otros más,

los de la Transjordania, excepto Timoneo.

Mezclados con ellos, hay siervos y campesinos.

Entre los cuales están el niño curado milagrosamente de la parálisis durante la otra vendimia y su madre.

Levantando la mano para bendecir,

Jesús dice:

–               La paz sea con todos vosotros.

Paz a esta casa»

Judas el anciano, responde:

–              Entra, Maestro.

Y descansa bajo nuestro techo.

La época es todavía calurosa para caminar a esta hora.

Pero te procuraremos alivio.

Y las habitaciones son frescas por la noche.

–               Voy a estar aquí sólo unas pocas horas.

Al anochecer me marcho.

Falta poco para los Tabernáculos y debo ir todavía a otros lugares.

Los dueños de la casa se quedan desilusionados, pero no insisten.

Sólo dicen:

–             Esperábamos que nos aguardases.

Mañana es la vendimia.

La recolección de la fruta ha empezado ya.

Después de la pisa íbamos a partir todos, con estos discípulos tuyos.

Somos viejos.

Y los caminos son inseguros.

porque no sabemos desde cuando, ni de dónde…

han venido bandas de salteadores a infestar esta orilla del Jordán.

Se guarecen en los montes de Rabat-Ammón y de Galaad, a lo largo del valle del Yabboq.

Y se abaten sobre los caminos de caravanas.

Los legionarios de Roma los persiguen…

Pero…

¿Es acaso bueno encontrarse con ellos?

Preferimos estar con éstos.

Son tus discípulos…

Y Dios ciertamente los protege.

Jesús sonríe…

Es una sonrisa perspicaz, pero no dice nada al respecto.

Entra en la casa.

Agradece los refrigerios que los huéspedes ofrecen a los miembros y a las gargantas sedientas.

Después escucha a los discípulos….

Que refieren lo que ha sido su trabajo en los montes:

–               Pero con poco fruto, Maestro.

Poco también en Cesárea de Filipo.

Donde, de todas formas, no fuimos molestados.

Pero volveremos allá contigo.

¡Y entonces!

Jesús los mira.

No los desengaña.

Responde:

–               Perseverando, ciertamente los convertiréis.

Dios ayuda siempre a sus siervos.

Y luego Jesús los deja.

Va donde la dueña de la casa, que está preparando personalmente las mesas.

Y la invita a salir con Él porque debe decirle algo.

La buena viejecita no se lo deja decir dos veces.

Y para no ir con el calor fuera de casa, lleva a Jesús a una habitación larga, fresca, orientada al norte.

Jesús dice:

–               Ana, siempre dices que quisieras servirme en todos los modos…

Ana responde:

–              Sí, mi Señor.

Yo y Judas.

Pero no recurres nunca a nosotros.

Ahora es una gran fiesta para nosotros, porque en tus discípulos hay un poco de Ti.

Y teniéndolos en casa nos parece como servirte a Ti.

.              Efectivamente, lo es.

Porque lo que se hace a un discípulo se hace al Maestro…

Y un vaso de agua, incluso uno solo o un pan, dados en ayuda de quien por Mí se fatiga,

recibirá compensación de Dios mismo.

Los discípulos cuidan el espíritu de los fieles.

Y los fieles deben tener amor por los discípulos y ayudarlos,

pensando que éstos han renunciado a todo…

Dispuestos incluso a renunciar a la vida, con tal de dar a los fieles el Camino, la Vida y la Verdad;

que su Maestro les ha dado a ellos con el mandamiento de dárselo a los fieles.

–                ¡Oh, Señor, deja que llame a mi Judas!

¡Son tan santas tus palabras!

Jesús consiente sonriendo:

–               Llama a tu Judas.

Y la mujer sale.

Para volver con su marido, al cual le está repitiendo las palabras del Maestro.

Al legar junto al maestro,

Judas dice:

–               Nosotros, créelo…

Lo haríamos con gusto.

Estamos apartados y sin duda por eso, tus discípulos vienen poco aquí.

Se percibe un pesar en el anciano, por este hecho, de ser dejado de lado.

–              Les diré que vengan frecuentemente.

Entretanto, os pido una gracia…

–               ¿Tú?

¡Pero si es gracia para nosotros servirte!

Ordena, Señor.

Somos viejos y no podemos seguirte corno muchos hacen.

Pero de servirte sí que tenemos deseo.

¿Qué necesitas?

Si quieres incluso estos viñedos y esta casa, tan amados porque eran de mi padre,

y porque aquí nacieron nuestros hijos, te los damos.

Prométenos sólo la misericordia divina para nuestros espíritus.

–              No dudéis de que os pueda faltar.

Pero no pido tanto sacrificio.

Escuchad.

Voy a Judea y el invierno viene.

En Corozaín hay una viuda con muchos hijos.

El mayor es poco más que un niño.

Su padre era carpintero…

–              ¡Ah, el carpintero!

¡Todos hablaron de tu gesto!

Pero Corozaín no se ha convertido, a pesar de que más que la palabra, tu acción debía conseguirlo.

La madre ha trabajado en las mieses…

Pero es de salud débil…

Sí, sabemos.

–                 Bueno, pues no os pido que hagáis de ellos personas ociosas, sino que los ayudéis.

No os faltará alguna necesidad de arreglar una u otra cosa.

Pensad en José y que la paga debida sea completada por la piedad amorosa.

–                ¡Oh, Maestro!

¡Tan poco!

Yo diría…

¿Qué dices mujer?…

Yo diría que tomamos a las dos niñitas que vinieron a espigar aquí.

La casa es grande.

Tú eres anciana.

Y son ancianas María y Noemí…

Te ayudarían para las pequeñas cosas…

–               Eso haremos, Judas.

En recuerdo de nuestra pequeña…

De la única hija, Señor…

Floreció tres primaveras…

Y luego…

Han pasado muchos años…

pero el dolor está aquí…

Si hubieras estado ya entre nosotros, no habría muerto…

Yo no la habría perdido…

Una hija es siempre una sonrisa…

La anciana está emocionada y el anciano suspira.

–              No está perdida…

Os espera…

Es un espíritu inocente y debéis estar seguros de encontrarlo de nuevo.

Más hay que temer por los hijos adultos,

que no están completamente en los caminos del Señor…

Los dos ancianos responden:

–              ¡Es verdad!

–              ¡Es verdad!…

–             Tú sabes las cosas, Señor…

–              Tú lo sabes todo.

–             En esta casa tan serena existe este dolor…

–              Maestro…

¿El sacrificio puede obtener gracia alguna vez?

–                 No alguna vez…

Siempre.

–                 ¡Ah, dulce es oírte decir esto!

Ve tranquilo, Maestro.

La viuda de Corozaín recibirá ayuda y Tú los encontrarás felices en primavera.

Porque, si  nos los confías para el invierno…

Es señal de que no vuelves hasta la primavera.

–              No vuelvo…

Bajo a Judea y no vuelvo.

–              ¿Y va a Judea también el pequeño discípulo?

–               Sí.

Margziam viene también a Judea…

–              Un largo viaje, Maestro.

Está muy ajado…

–               Ha perdido a su último pariente.

Vosotros conocéis su historia…

Y este nuevo dolor lo ha debilitado.

–                Es también la edad y el desarrollo…

Pero sí, sabemos…

Y también conocemos el bien que hace.

Un pequeño maestro, verdaderamente un pequeño maestro…

El pariente estaba en la llanura de Esdrelón, ¿No es verdad?

¿Y ha muerto allí?

¿Y él allí sufrió?

–               Sí, mujer.

¿Por qué lo preguntas?

–             Porque…

Maestro, no debería decirte esto a Ti, que eres Maestro;

pero soy madre y he llorado…

Te digo: ¿Por qué quieres llevarlo a esos lugares.

Déjamelo a mí hasta que vayamos a Jerusalén…

Me parecerá bajar a la Ciudad Santa todavía con mis hijos jovencitos…

Y él no seguirá cansándose y sufriendo.

Vienen también los otros discípulos…

Jesús piensa.

Objeta:

–               Margziam se siente feliz de estar conmigo y Yo con él.

–               Sí.

Pero si se lo dices Tú, obedecerá contento.

Serán solamente pocos días de separación.

¿Qué son poco más de dos semanas para alguien tan joven?

Tiempo tiene para gozar de Ti…

Jesús la mira, mira al anciano.

Tan ajenos a la realidad…

De que no es mucho el tiempo que queda para gozar del Salvador.

Pero no dice nada.

Abre los brazos como queriendo decir «hágase como queréis»

Dice solamente:

–               Llamad, entonces, a Margziam y a Simón.

El viejo sale y vuelve con los dos.

Simón tiene mirada indagadora.

Pareciera que sospecha algo, quién sabe qué.

Pero cuando oye el motivo se calma,

y dice:

–                ¡Que Dios os beneficie!

Este hijo está muy maltratado…

Y digo la verdad, me parecía una imprudencia el hacerle caminar tanto…

Margziam protesta,

diciendo:

–               ¡Pero yo iba de buena gana!

Estaba con el Maestro.

Y si el Maestro me llevaba consigo, señal era de que podía ir…

Él lo hace todo bien…

Casi le vienen a la voz, las lágrimas a Margziam.

–                Es verdad, Margziam.

Pero también hay que ser condescendientes.

Estos son dos buenos amigos.

Para Mí y para todos mis amigos.

Yo asiento a este deseo suyo y tú…

–               Como Tú quieras, Maestro mío.

Pero a Jerusalén…

Jesús promete:

–               A Jerusalén vienes conmigo.

Y Margziam dócil, no replica nada.

Salen de la habitación…

Jesús se reúne con sus discípulos, que se muestran contentos de este encuentro imprevisto.

El anciano dueño de la casa ronda en torno al grupo.

Jesús se da cuenta y cuando se lo observa al anciano.

judas dice:

–               Bueno, es que querría unas palabras tuyas.

Estás cansado.

Lo veo.

Pero ¿Antes de comer, antes del descanso…

Porque al menos hasta el atardecer, descansarás…

¿No vas a decir nada?

Jesús responde:

–               Hablaré antes de partir.

Así también los siervos y los trabajadores de los campos podrán oírme.

Ahora tu mujer nos llama.

¿Lo ves?…

Jesús se levanta.

Y entra en la habitación…

Donde están preparadas las mesas para los benditos huéspedes.

607 Despedida de Cafarnaúm


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

465a Apresurada partida de Cafarnaún.

Jesús sale.

sube a la terraza.

Entra en una especie de pabellón hecho de velas extendidas y sujetas por cuerdas,

bajo el cual están los dos lechos.

Margziam duerme todavía, con la cara casi hacia abajo, comprimida contra la pequeña almohada.

Se ve solamente un pómulo de su cara morena y un brazo, largo y delgado,

fuera de la sábana que lo cubre.

Jesús se sienta en el suelo, al lado del lecho.

Y acaricia levemente los cabellos desordenados que caen sobre la pálida mejilla del durmiente…

El cual se mueve un poco, pero sin despertarse todavía.

Jesús repite el gesto.

Y luego se inclina a besar en la frente el rostro, que ahora está descubierto.

Margziam abre los ojos y ve a Jesús a su lado, inclinado hacia él.

Casi no da crédito a lo que ve, quizás piensa que está soñando;

pero Jesús lo llama dulcemente…

Entonces el jovencito se incorpora.

Se echa en los brazos de Jesús, se refugia en sus brazos…

Diciendo:

–              ¿Tú aquí, Maestro?

Jesús responde:

–             He venido a recogerte, para llevarte conmigo durante unos meses.

¿Te agradaría?

–              ¡Oh!

¿Y Simón?

–              Está en Cafarnaúm.

Hemos venido Yo y Juan…

–              ¿Ha vuelto también él?

¡Se va a alegrar!

Le daré lo que he escrito.

–               No hablo de Juan de Endor, sino de Juan de Zebedeo.

¿No estás contento?

–              Sí.

Lo quiero.

Pero también al otro…

Casi más…

–             ¿Por qué, Margziam?

Juan de Zebedeo es muy bueno.

–             Sí, pero el otro es muy infeliz.

Y yo también he sido infeliz…

Un poco infeliz me siento todavía…

Entre los que sufrimos nos comprendemos y nos queremos…

–             ¿Te alegraría el saber que ya no sufre y que es muy feliz?

-Claro que me alegraría.

Pero el sólo puede ser feliz si está contigo…

O es que…

¿Es que ha muerto, Señor?

–              Está en la paz.

Hay que alegrarse de ello, sin egoísmos;

porque ha muerto como un justo y porque ahora ya no hay separación entre su espíritu y el nuestro.

Tenemos un amigo más que ora por nosotros.

Margziam tiene dos lagrimones en la cara, verdaderamente muy enflaquecida y pálida;

pero susurra:

–               Es verdad.

Jesús no dice nada más al respecto,

ni hace observaciones sobre el estado físico y moral de Margziam;

que está visiblemente debilitado.

Antes al contrario,

dice:

–             ¡Levántate vamos!

He hablado ya con Porfiria.

Seguro que ya ha preparado tu ropa.

Arréglate tú también, que Juan nos espera.

Le daremos una sorpresa a Simón.

¿No es aquélla su barca, que vuelve a Cafarnaúm?

Quizás ha pescado algo para regresar…

–                Es aquélla, sí.

¿A dónde vamos, Señor?

–               A septentrión y luego a Judea.

–               ¿Tanto?

–               Tanto.

Margziam, animado por la idea de estar con Jesús, se levanta rápidamente…

Baja corriendo al lago, a lavarse.

Vuelve, todavía con el pelo húmedo,

gritando:

–              ¡He visto a Juan!

Me ha hecho una señal de saludo.

Está en la desembocadura, en el cañizar…

–               Vamos.

Bajan.

Porfiria está terminando de cerrar dos sacas,

explicando:

–               He pensado mandar después la ropa gruesa…

Al Getsemaní, con mi hermano para los Tabernáculos.

Así caminaréis más rápido tanto tú como tu padre…

Y mientras termina de atar las correas, alude a lo que ha preparado:

Leche, pan, fruta… 

Jesús se despide,

diciendo:

–               Tomamos todo.

Comeremos en la barca.

Quiero marcharme antes de que la orilla se llene de gente.

Adiós, Porfiria.

Que Dios te bendiga siempre y que la paz de los justos esté siempre en ti.

Ven Margziam…

Recorren pronto el pequeño tramo de camino y mientras Margziam va donde Juan…

Jesús va a la barca.

Enseguida se reúnen con Él los dos, corriendo entre las cañas y saltando luego a la barca.

Empujan enseguida con el remo contra la orilla para meterse en aguas profundas.

Pronto el pequeño trayecto queda recorrido.

Se detienen en la playa de Cafarnaúm, en espera de la barca de Pedro, que está llegando.

La hora los salva del asedio de la gente, así que pueden comer en paz su pan y su fruta,

echados en la arena a la sombra de la barca.

Simón no conoce la barquita.

Y por tanto, sólo cuando pone pie en la orilla y ve levantarse detrás de la barca a Jesús…

Se da cuenta de que está Él allí.

Sorprendido, Pedro exclama:

–               ¡Maestro!

¡Y tú, Margziam!

¿Pero, desde cuándo?

Jesús responde:

–              Desde ahora.

He pasado por Betsaida.

Date prisa.

Hay que partir inmediatamente…

Pedro lo mira y no dice nada.

Él y los compañeros descargan de la barca los peces pescados y las sacas de la ropa…

Incluida la de Juan, que por fin puede volverse a vestir.

Simón dice algo a su compañero, el cual le hace un gesto como diciendo:

–             Espera…

Van a la casa.

Entran.

Los apóstoles que se habían quedado vienen.

Jesús ordena:

–           Daos prisa.

Nos marchamos en seguida.

Coged todo porque no volvemos aquí.

Los apóstoles se miran un momento unos a otros.

Y hay un intercambio de gestos entre uno y otro grupo.

Pero obedecen.

Lo hacen con solicitud para poder hablar entre sí, en las otras habitaciones…

Jesús se queda en la cocina con Margziam y se despide de los dueños de la casa.

Pero no les dice «no voy a volver»

Y tampoco dice esto, pasando por la calle a quienes de Cafarnaúm, lo ven y lo saludan.

Simplemente los saluda, como hace todas las veces que se marcha.

Se detiene solamente en la casa de Jairo.

Pero Jairo no ha vuelto todavía…

Encuentra junto a la fuente a la viejecita que vive cerca de la casa de la madre del pequeño Alfeo…

Y le dice:

–              Dentro de poco vendrá aquí una viuda.

Te buscará.

Viene a vivir aquí.

Sé amiga suya y quered mucho al niño y a sus hermanos…

Hacedlo santamente, en Nombre mío…

Reanuda la marcha,

diciendo:

–                Hubiera querido saludar a todos los niños…

Pedro recomienda:

–               Puedes hacerlo, Maestro.

¿Por qué no has descansado?

Estás muy cansado.

Tu cara está pálida y tienes la mirada exhausta.

Te va a hacer daño…

Hace calor todavía y seguro que no has dormido…

Ni en Tiberíades, ni tampoco en la mansión de Cusa…

–              No puedo, Simón.

Debo ir a algunos lugares y hay poco tiempo…

Están junto a la orilla.

Jesús llama a los mozos de Pedro y los saluda…

Les da órdenes de que la pequeña barca sea llevada al pueblo que está antes de Ippo…

Y que se le restituya a Saúl de Zacarías.

Toma el camino sombreado que orilla al río.

Lo sigue hasta una bifurcación y se adentra por esta parte.

Simón, que hasta ahora sólo había hablado en voz baja con los compañeros,

pregunta:

–             ¿A dónde vamos, Señor?

–             A casa de Judas y Ana.

Después a Corozaín.

Quiero saludar a mis buenos amigos…

Hay otra ojeada de los apóstoles entre sí y otro cuchicheo.

Finalmente Santiago de Alfeo se adelanta y alcanza a Jesús, que va por delante de todos con Margziam.

Preguntando:

–              Hermano, dices que quieres saludar a los amigos.

¿es que no vamos a volver por estos lugares?

Deseamos saberlo.

Jesús responde:

–               Volveréis, ciertamente…

Pero dentro de muchos meses.

–                ¿Y Tú?

Jesús hace un gesto evasivo…

Margziam se retira discretamente, para reunirse con los demás.

Dejándolos solos a los dos.

Donde Judas de Keriot va solo en la cola, del grupo apostólico;

Y se muestra más bien taciturno, como apático.

Mientras tanto Santiago poniendo una mano en el hombro de Jesús,

dice:

–              Hermano…

¿Qué te ha sucedido?

–              ¿Por qué lo preguntas?

–              Porque…

No sé.

Todos nos lo preguntamos.

Nos pareces distinto…

Has venido sólo con Juan…

Simón ha dicho que habías estado como invitado en casa de Cusa…

No descansas…

Saludas sólo a pocas personas…

Da la impresión de que no quieres volver aquí…

Y tu cara…

¿Ya no merecemos saber?

Yo tampoco…

Tú me querías…

Me has confiado cosas que sólo yo sé…

–             Te sigo queriendo.

Pero no tengo nada que decir.

He perdido un día más de lo previsto.

Lo estoy recuperando.

–              ¿Es necesario ir al septentrión?

–               Sí, hermano.

–               Entonces…

¡Has sufrido!

Lo percibo…

Pasando un brazo por detrás de la espalda a su primo…

Jesús lo abraza,

diciendo:

–              Ha muerto Juan de Endor…

¿Lo sabes?

–               Me lo ha dicho Simón mientras preparaba yo la ropa.

¿Y qué otras cosas?…

–               Un nuevo adiós a mi Madre.

–               ¿Pero qué más te ha pasado?

Santiago más bajo que Jesús,

lo mira de abajo arriba, insistente, indagador.

–               Pues que estoy contento de estar contigo, con vosotros, con Margziam.

Lo voy a tener conmigo algunos meses.

Lo necesita.

Está triste y sufre.

¿Lo has visto?

–              Sí.

Pero no es nada de esto…

No quieres decirlo.

No importa.

Te quiero…

Aunque ya no me  trates ni siquiera como amigo.

–               Santiago, tú para mí eres más que un amigo.

Pero mi corazón necesita descansar…

–               Y por tanto, no hablar de lo que para ti constituye dolor.

Comprendo.

¿Es Judas el que te aflige?

–               ¿Judas?

¿Tu hermano?

–              No.

El otro.

–              ¿Por qué esta pregunta?

–              No sé.

Mientras estabas fuera…

Uno, enviado no sabemos por quién, ha venido a buscar varias veces a Judas.

Él lo ha rechazado siempre, pero…

–              En vosotros toda acción de Judas es siempre un delito.

¿Por qué faltar a la caridad?…

–            Porque siempre está tan torvo, tan turbado.

Evita a los compañeros.

Es apático…

–            Déjalo.

Hace más de dos años que está con nosotros y siempre ha sido así…

Piensa en lo felices que se van a sentir los dos ancianos.

¿Y sabes por qué voy allí?

Quiero confiarles el pequeño carpintero de Corozaín…

Se alejan hablando.

Detrás de ellos en grupo, van los apóstoles, que han esperado a Judas para no dejarlo atrás solo…

A pesar de que esté tan visiblemente hastiado…

Que no despierta ningún interés el tenerlo al lado

606 El Secreto de Jesús


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

465 En Betsaida para un encargo secreto a Porfiria. 

El Maestro está con Juan en una pequeña barca,

verdaderamente una cáscara de nuez, en medio del lago;

que lentamente va aclarándose con el clarear del día.

Jesús ordena:

–               Dirige la barca a Betsaida.

Juan obedece sin decir nada.

Un vientecillo más bien enérgico, pone tirante la pequeña vela

y da veloz movimiento a la barca…

Que hasta se inclina hacia uno de los lados, de tan veloz como es su marcha.

La costa oriental va pasando rápidamente y la curva del lado septentrional,

se va acercando cada vez más.

Jesús indica:

–              Aborda antes del pueblo.

Quiero ir donde Porfiria sin que me vean otros.

Luego ve al lugar de siempre y me esperas en la barca.

Juan responde:

–               Sí, Maestro.

¿Y si me ve alguien?

–                Retenlos a todos…

Pero no les digas dónde estoy.

Tardaré poco.

Juan observa si en la playa hay un lugar bueno para abordar.

Lo encuentra: es un recuerdo…

Sólo un recuerdo de torrente arenoso al que los hombres le han extraído tierra,

para alguna necesidad que tuvieran;

de manera que forma un golfito de pocos metros,

pero suficiente para que una barca se arrime a la orilla:

elevada unos cincuenta centímetros por encima del agua.

Va allí.

barca roza un poco en el guijo, pero logra abordar.

Juan la mantiene arrimada a la orilla agarrando una raíz que sobresale de la tierra.

Jesús salta a la orilla.

Juan dirige el remo contra ella y hace fuerza para impulsar a la barca de nuevo al lago.

Lo consigue.

Levanta la cara, iluminada con su sonrisa bondadosa,

y dice:

–                Adiós, Maestro.

–                Adiós, Juan.

Jesús se encamina por entre los árboles,

mientras Juan da bordadas con su barquita.

Jesús tuerce hacia el interior, pasa entre unas huertas situadas a espaldas de Betsaida.

Va raudo para evitar entrar en el pueblo cuando éste se anima.

Llega, sin toparse con nadie en el camino, a la casa de Pedro.

Llama a la puerta de la cocina.

Pasados unos segundos, la cabeza de Porfiria se asoma cauta por encima del pretil de la azotea.

Ve y emite una exclamación de estupor.

Recoge con una mano sus espléndidos cabellos -su única belleza- que le caen sueltos por la espalda.

Y baja corriendo por la pequeña escalera, descalza…

Así está en este momento del apresurado aseo de la mañana.  

Mira asombrada al Maestro,

preguntando:

–               ¡Señor, Tú!

¿Solo?

Jesús responde:

–               Sí, Porfiria.

¿Margziam dónde está?

–               Está durmiendo.

Todavía duerme…

El muchacho se ha quedado un poco triste, un poco lánguido…

Así que lo descargo un poco.

Es también la edad…

El desarrollo…

Mientras duerme no piensa, ni llora..

–             ¿Llora a menudo?

–              Sí, Maestro.

Creo que es su debilidad actual.

Trato de fortalecerlo…

Y consolarlo…

Pero dice: «Me quedo solo.

Todas las personas a las que quiero se marchan.

Cuando no esté ya Jesús…»

Y lo dice como si estuvieras para dejarnos…

Es verdad que ha sufrido mucho en su vida…

Pero yo y Simón lo queremos…

Mucho.

Créelo, Maestro.

–             Lo sé.

Pero su alma siente…

Porfiria, necesito hablarte precisamente de estas cosas.

Por este motivo he venido, sin Simón, a esta hora.

¿Dónde podemos ir para hablar, de forma que Margziam no nos oiga y que nadie moleste?

–               Señor…

Sólo tengo…

Mi habitación nupcial.

O el cuarto de las redes…

Arriba está Margziam.

Yo también estaba ahí, porque para huir del calor nos hemos ido a dormir ahí arriba…

–                 Vamos al cuarto de las redes.

Está más lejos.

Margziam no nos oirá aunque se despierte.

–                 Ven, Señor.

Porfiria lo guía hasta el rústico y amplio cuarto ocupado por un poco de todo:

Redes, remos, comestibles, heno para las ovejas, un telar…

Porfiria se apresura a liberar una especie de tabla adosada a la pared.

A desempolvarla con un ovillo de estopa, para que el Maestro se siente.

–                 No importa, mujer.

No estoy cansado.

Porfiria levanta sus mansos ojos para mirar el rostro ajado, fatigado de Jesús.

Y parecer querer decir:

«Sí que lo estás».

Pero acostumbrada a callar, no habla.

–                 Escucha, Porfiria.

Tú eres una mujer buena y una buena discípula.

Te he querido mucho desde que te conocí…

Con mucha alegría te he recibido como discípula y he puesto en tus manos al niño.

Se que eres prudente y virtuosa como pocas.

Y sé que sabes guardar silencio, virtud rarísima en las mujeres.

Por todo esto he venido a hablarte en secreto y a confiarte una cosa que ninguno sabe;

ni siquiera los apóstoles y tampoco Simón.

Te la confío porque debo decirte cómo te debes comportar en el futuro con Margziam…

Y con todos…

Estoy seguro de que complacerás a tu Maestro en lo que te pide y que serás prudente como siempre…

Porfiria, que se ha puesto como la púrpura al oír de su Señor esta alabanza…

No hace más que asentir con la cabeza, estando como está, demasiado conmovida.

Ella que es tan tímida…

y que está acostumbrada a sufrir siempre la presión de voluntades dominantes,

que imponen sin saber si ella está dispuesta a asentir…

Demasiado conmovida para poder decir con las palabras que acepta.  

Jesús continúa:

–               Porfiria…

Yo no volveré nunca más por aquí.

Nunca más hasta que todo esté consumado…

¿Sabes, no es verdad, lo que debo consumar?…

Porfiria al oír estas palabras, ha dejado sueltos sus cabellos,

que tenía recogidos todavía en la nuca con la izquierda.

Y emite, más que un grito, un sollozo…

Un sollozo que sofoca llevándose las dos manos a la cara, mientras lentamente cae de rodillas,

gimiendo:

–                Lo sé, Señor, mi Dios…

Y llora con silencioso llanto,

que no se acusa sino por las lágrimas;

que gotean contra el suelo a través de los dedos que comprimen la cara.

–               No llores, Porfiria.

Para esto he venido.

Yo estoy preparado…

Y también lo están los que sirviendo al Mal, servirán al Bien, en verdad…

Porque harán surgir la hora de la Redención.

Podría cumplirse incluso ahora, porque tanto Yo como ellos estamos preparados…

Y cada hora que pase o cada hecho que suceda no serán sino…

Perfeccionamiento para su delito…

Y para Mi, Sacrificio.

Y serán útiles también estas horas todavía numerosas, que transcurrirán antes de esa Hora

Hay todavía algunas cosas que cumplir y que decir;

para que todo lo que debía cumplirse para conocimiento de mí quede realizado…

Pero Yo no volveré a venir aquí…

Miro por última vez este lugar…

Y entro por última vez en esta casa honrada…

No llores…

No he querido irme sin darte el adiós y la bendición de tu Maestro.

Me llevaré conmigo a Margziam.

Lo llevaré conmigo ahora, yendo hacia los confines fenicios.

Y luego, cuando baje a Judea para los Tabernáculos.

No me faltará el modo de mandarlo para acá, antes del pleno invierno.

¡Pobre niño!

Gozará de Mí durante un tiempo.

Y además…

Porfiria, no es indicado que Margziam esté presente en mi Hora.

Por tanto, no lo dejarás partir para la Pascua…

–               El precepto, Señor…

–               Yo lo libero del precepto.

Soy el Maestro Porfiria…

Y soy Dios, tú lo sabes.

Como Dios puedo absolver anticipadamente de una omisión, que ni siquiera lo es;

porque la ordeno Yo por un motivo de justicia.

La obediencia a mi orden es ya de por sí absolución a la omisión del precepto,

porque la obediencia a Dios y ésta es también un sacrificio para Margziam;

es siempre superior a cualquier otra cosa.

Y soy Maestro.

No es buen Maestro el que no sabe medir las cualidades y las reacciones de un discípulo suyo…

Y no sabe meditar sobre las consecuencias, que un esfuerzo superior a lo que el discípulo puede soportar,

puede producir en él.

También cuando se impone la virtud hay que ser prudentes y no pretender un máximo,

que la formación espiritual o las fuerzas generales del ser, no pueden dar.

Exigiendo una virtud o un dominio espiritual demasiado fuertes,

respecto al grado de fuerzas espirituales, morales e incluso físicas alcanzado por la criatura,

se puede producir una dispersión de las fuerzas ya acumuladas…

Y un quebrantamiento del ser en sus tres grados:

espiritual, moral, físico.

Margziam, un pobre niño, ha sufrido demasiado ya.

Y ha conocido demasiado la brutalidad de sus semejantes, hasta rozar el odio hacia ellos.

No podría soportar lo que será mi Pasión:

Un mar de amor doloroso en que lavaré los pecados del mundo.

Y un mar de odio satánico que tratará de sumergir a todos aquellos que Yo he amado,

anulando todo mi trabajo de Maestro.

En verdad te digo que hasta los más fuertes se plegarán bajo la marea de Satanás,

al menos durante un breve tiempo…

Pero no quiero que Margziam se pliegue y que beba esa ola desoladora…

Es un inocente…

Y lo quiero…

Yo siento mucha piedad,

por quien ya ha sufrido más que lo que sus fuerzas consienten…

He llamado al más allá al espíritu de Juan de Endor…

–                ¿Ha muerto Juan?

¡Oh!…

Margziam había escrito muchos rollos para él…

Otro dolor para el niño…

–                  Yo le comunicaré la muerte de Juan…

Decía que lo he arrebatado a esta vida, para preservarlo también a él del choque de esa Hora.

También Juan había sufrido demasiado por parte de los hombres.

¿Por qué despertar los sentimientos adormecidos?

Dios es bueno.

Prueba a sus hijos.

Pero no es un incauto experimentador…

¡Oh, si los hombres supieran hacer lo mismo!

¡Cuántas menos destrucciones de corazones…

O simplemente cuántas menos borrascas peligrosas en los corazones!…

Pero volviendo a Margziam,

él no debe venir a la Pascua próxima.

Por ahora tú no hablarás.

Cuando llegue el momento, le dirás esto:

«El Maestro me ha dado la orden de no mandarte a Jerusalén.

Y te promete un premio singular si lo obedeces»

Margziam es bueno y obedecerá…

Porfiria esto es lo que quiero de ti:

Tu silencio, tu fidelidad, tu amor.

–                Todo lo que quieras, mi Señor.

Honras demasiado a tu pobre sierva…

No merezco tanto…

Vete tranquilo, Maestro y Dios.

Haré lo que quieres…

Pero el dolor la vence y cae rostro en tierra.

Antes había permanecido siempre arrodillada, relajada sobre los talones,

con los ojos fijos en la cara de Jesús…

Ahora cae al suelo, cubierta toda por el manto de sus cabellos de azabache.

Y solloza fuertemente,

diciendo:

–                ¡Qué dolor, Maestro!

¡Oh, qué dolor!

¡Qué conclusión!

¡Qué conclusión para el Mundo!

¡Qué será para nosotros que te amamos!

¡Qué pasará con tu sierva!

¡El Único!

¡El único que realmente me ha amado, que no me ha despreciado nunca,

que no ha sido dominante conmigo, que me ha tratado como a las otras…

A mí que soy tan ignorante, tan poca cosa, tan torpe!

¡Oh, y yo y Margziam, porque primero me lo dijo Margziam a mi, cuando nos habíamos serenado..!

Todos decían que no podía ser cierto…

Todos:

Simón, Natanael, Felipe…

Sus mujeres…

Ellos saben, son hombres sabios…

Y Simón…

¡Oh mi Simón!…

¡Si Tú lo has elegido debe valer algo!…

¡Y todos… todos decían que no podía ser!…

Pero ahora lo dices Tú.

Tú lo dices…

Y no se puede dudar de tu palabra…

Porfiria está verdaderamente desolada y conmueve por su dolor.

Jesús se inclina hasta ponerle una mano en la cabeza.

Trata de consolarla:

–               No llores así…

Va a oír Margziam…

Ya sé que nadie lo cree, ninguno quiere llegar a creer…

Su propia sabiduría y su propio amor causa en ellos el no creer…

Y no obstante, así es…

Porfiria, Yo me marcho.

Antes de dejarte, te bendigo para este momento y para siempre.

Piensa siempre que te he amado y que he estado contento de tu amor por Mí.

No te digo: persevera en él.

Sé que lo harás, porque el recuerdo de tu Maestro será siempre tu dulzura, en la que te refugiarás.

Tu dulzura y tu paz, incluso en la hora de la muerte.

Piensa entonces que tu Maestro murió para abrirte el Paraíso…

Y que te espera allí…

¡Vámos, levántate!

Voy a despertar a Margziam y a entretenerlo un poco.

Tú mientras, borra las huellas de tu llanto.

Luego reúnete con nosotros.

Juan me espera para llevarme a Cafarnaúm.

Si tienes algo que mandar a Simón, prepáralo.

Recuerda que tendrá necesidad de su ropa gruesa…

Porfiria, verdadera criatura de sumisión y solícita obediencia, besa los pies de Jesús.

Hace ademán de levantarse, pero una ola de amor le hace perder el control;

ruborizándose vivamente, toma las dos manos de Jesús y las besa:

Una, dos, diez veces.

Luego se levanta y deja que se marche…

Jesús sale.

605 La Última Tentación


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

464d En la casa de campo de Cusa, intento de elegir rey a Jesús. El testimonio del Predilecto.

Dice Jesús:

–                 Esta página evangélica, desconocida y tan ilustrativa…

Ha sido dada para los rectos de corazón.

Juan, al escribir después de muchos lustros su Evangelio, hace una breve alusión a este hecho.

(Una brece alusión a este hecho es la de Juan 6, 14-15,

puesta al final del episodio de la primera multiplicación de los panes, que ocupa los precedentes versículos 1-13.

La multiplicación de los panes no fue contemporánea del intento de proclamar a Jesús rey,

pero sirvió para suscitar la idea;

tanto, que el evangelista une en la narración esos dos hechos, distantes en el tiempo)

Obediente al deseo de su Maestro, cuya naturaleza divina ilustra más que ningún otro evangelista,

descubre a los hombres este detalle ignorado.

Y lo descubre con esa discreción virginal suya que envolvía todas sus acciones y palabras,

con pudor humilde y reservado.

Juan, mi confidente de los hechos más graves de mi vida,

nunca se engalanó pomposamente con estos beneficios míos.

Antes al contrario -leed bien-, parece sufrir cuando los revela y parece decir;

«Debo decir esto porque es una verdad que exalta a mi Señor,

pero os pido perdón de tenerme que mostrar como el único que la sabe»

Y con palabras concisas alude al detalle que sólo él conoce.

Leed el primer capítulo de su Evangelio, donde narra su encuentro conmigo:

“Juan el Bautista se hallaba de nuevo con dos discípulos suyos…

Los dos discípulos, oídas estas palabras…

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan

y habían seguido a Jesús.

El primero con que se topó Andrés…»

Él no se nombra;

es más, se esconde tras Andrés, al que pone de relieve.

En Caná estaba conmigo, y dice: “Jesús estaba con sus discípulos… y sus discípulos creyeron en Él»

Eran los otros los que tenían necesidad de creer.

Él ya creía.

Pero se unifica con los otros, cual criatura que necesitara ver milagros para creer.

Testigo de la primera expulsión de los mercaderes del Templo y del coloquio con Nicodemo,

del episodio de la Samaritana, nunca dice:

«Yo estaba allí»

Sino que conserva la línea de conducta que había tomado en Caná, y dice: «Sus discípulos»

incluso cuando estaba él sólo o él y otro más.

Y así continúa, no nombrándose nunca;

antes al contrario, poniendo siempre delante a sus compañeros,

cual si él no hubiera sido el más fiel, el siempre fiel, el perfectamente fiel.

Recordad la delicadeza con que alude al episodio de la Cena, del cual resulta que él era el predilecto,

reconocido como tal también por los demás;

que a él recurren cuando quieren saber los secretos del Maestro:

“Así pues, empezaron los discípulos a mirarse unos a otros, no sabiendo a quién aludía el Maestro.

Estaba uno de ellos, el predilecto de Jesús, recostado en el pecho de Jesús.

A éste le hizo una señal Simón Pedro y le preguntó: “¿De quién habla?’

Y aquél, estando recostado en el pecho de Jesús, le preguntó a Él: “¿Y quién es, Señor?”

Ni siquiera se nombra como llamado en el Getsemaní con Pedro y Santiago.

Ni siquiera dice: «Yo seguí al Señor».

Dice:

«Le siguió Simón Pedro y otro discípulo;

y este otro, siendo conocido por el Pontífice, entró con Jesús en el atrio del Pontífice”.

Sin Juan Yo no habría tenido el consuelo de verlos a él y a Pedro, en las primeras horas de la captura.

Pero Juan no se jacta de ello.

Fue uno de los personajes principales en las horas de la Pasión,

el único apóstol que en ella estuvo siempre presente, amorosamente, compasivamente,

heroicamente presente junto a Cristo, junto a la Madre, frente a una Jerusalén desatada…

Y calla su nombre incluso en ese episodio especialmente importante de la Crucifixión

y de las palabras del Moribundo:

«Mujer, ahí tienes a tu hijo»

«Ahí tienes a tu madre».

Es el «discípulo», el sin nombre…

sin otro nombre aparte del que tras haber constituido su vocación,

constituye su gloria: «el discípulo».

No se exalta siquiera después de haber recibido el honor de ser el «hijo» de la Madre de Dios.

Y en la Resurrección dice todavía: «Pedro y el otro discípulo,

(a los que María de Lázaro había hablado del sepulcro vacío)

Salieron y fueron…

Corrían…

Pero aquel otro discípulo corrió más que Pedro y llegó antes…

Agachándose, vio… pero no entró…».

¡Hechura de delicada humildad!

Él, el predilecto, el fiel;

deja que Pedro entre antes, aún cuando había sido pecador por cobardía, pero cabeza.

No lo juzga.

Es su Pontífice.

Antes al contrario, lo socorre con su santidad porque también los que son «cabeza»

pueden ser apoyados por sus súbditos;

es más, tienen necesidad de ellos como apoyo.

Cuando están equivocados, más necesitan de nuestra oración. Cuando los consagramos al Inmaculado Corazón de María, los arrancamos de las garras de Satanás y aunque tengan posesión como Judas, le destruimos sus planes al Adversario…

¡Cuántos súbditos son mejores que sus «jefes»!

¡No neguéis nunca vuestra piedad, oh súbditos santos, a los «jefes» que se pliegan,

bajo el peso que no saben llevar…!

¡O a aquellos a los que el humo del honor produce ceguera y embriaguez!

¡Sed, oh súbditos santos, los cirineos de vuestros Superiores;

Sed -sé, mis pequeños Juanes.

Porque aquí os hablo a todos los que estén leyendo y alimentándose de estas palabras;

a esos “Juanes» que se adelantan corriendo y guían a los «Pedros»

Y luego se detienen dejándolos entrar, por respeto a su cargo…

Y que -¡oh obra maestra de humildad!- y que para no humillar a los «Pedros»

que no saben comprender y creer, llegan al punto de dar de sí una imagen…

Y dejar creerlo, de que también ellos como los «Pedros» son tardos e incrédulos!

Leed el último episodio del lago de Tiberíades.

Es también Juan el que repitiendo el acto de otras veces,

reconoce al Señor en el Hombre que está en pie en la orilla…

Y después de haber compartido juntos el alimento, ante la pregunta de Pedro:

«¿Y de éste que será?”, es siempre «el discípulo», nada más.

Por lo que a él respecta, se anonada.

Más cuando debe decirse algo que haga resplandecer con luz cada vez más divina,

al Verbo de Dios Encarnado,

¡Ah! entonces Juan alza los velos y revela un secreto.

En el sexto capítulo del Evangelio dice:

«Dándose cuenta de que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, huyó de nuevo solo al monte».

Y esta hora del Cristo es comunicada a los creyentes para que sepan que múltiples y complejas,

fueron las tentaciones y las luchas intentadas contra Él en sus distintas características de Hombre:

Maestro, Mesías, Redentor, Rey.

Y que los hombres y Satanás, el eterno instigador de los hombres…

No le evitaron ninguna insidia a Cristo, para rebajarlo, abatirlo, destruirlo.

Contra el Hombre,

contra el eterno Sacerdote, contra el Maestro, contra el Señor;

arremetieron las malicias satánicas y humanas,

enmascaradas bajo los pretextos más aceptables como buenos.

Y todas las pasiones del ciudadano, del patriota, del hijo, del hombre;

fueron hurgadas o tentadas para descubrir un punto débil que sirviera de fulcro.

¡Oh, hijos míos que no reflexionáis más que en la tentación inicial y en la última.

Y que de mis fatigas de Redentor os parecen «fatigas»

sólo las últimas y dolorosas;

sólo las últimas horas.

Y amargas y desengañadoras sólo las últimas experiencias:

Poneos sólo una hora en mi lugar.

Pensad que es a vosotros a quienes se os propone la paz con los coterráneos, su ayuda,

la posibilidad de llevar a cabo el necesario acrisolamiento para hacer santo al País amado,

las posibilidades de restaurar, de reunir a los diseminados miembros de Israel,

de acabar con el dolor, con la servidumbre, con el sacrilegio!

Y no digo:

poneos en mi lugar, pensando en vosotros como destinatarios de una corona que se os ofrece.

10. No temas por lo que vas a sufrir: el Diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis tentados, y sufriréis una tribulación de diez días. Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. Apocalipsis 2

Digo sólo que tengáis mi Corazón de Hombre durante una hora…

Y que penséis en cómo habríais salido de esta seductora propuesta.

¿Cómo triunfadores fieles a la divina Idea…

O más bien, como vencidos?

¿Habríais salido de ella más santos y espirituales que nunca…

U os habríais destruido a vosotros mismos  adhiriéndoos a la tentación o cediendo a las amenazas?

¿Y con qué corazón habríais salido de ella, tras haber constatado hasta qué punto Satanás

usaba sus armas para herirme en la misión y en los sentimientos;

llevándome a los discípulos buenos por un camino desviado,

poniéndome en estado de lucha abierta con los enemigos, en ese momento ya desenmascarados,

agresivos ahora por haber sido descubiertas sus arterías?

No estéis ahí con el compás y la medida pequeña, con el microscopio y la ciencia humana;

no andéis ahí midiendo, comparando, refutando, con pedantes razonamientos de escriba,

sobre si Juan habló con exactitud y hasta qué punto es verdad esto o aquello.

No superpongáis la frase de Juan y el episodio dado ayer, para ver si los contornos coinciden.

Ni erró Juan por debilidad senil, ni ha errado el pequeño Juan (María Valtorta) por debilidad de enferma.

Éste ha dicho lo que ha visto.

Juan el grande, pasados muchos lustros después del episodio, narró lo que sabía…

Y con fina concatenación de lugares y hechos,

reveló el secreto que sólo él conocía de cuando intentaron, no sin malicia, coronar a Cristo.

En Tariquea, después de la primera multiplicación de los panes, surge en el pueblo la idea

de hacer del Rabí nazareno el rey de Israel.

Están presentes Mannahém, el escriba y otros muchos que aún imperfectos en el espíritu,

pero honestos de corazón, recogen la idea y la apoyan para dar honor al Maestro,

para acabar con la lucha injusta contra Él, por error en la interpretación de las Escrituras,

un error difundido por todo Israel cegado por sueños de humana regalidad

y por esperanzas de santificar a la Patria contaminada por muchas cosas.

Muchos, como era natural, se adhieren simplemente a la idea.

Muchos fingen subrepticiamente su adhesión para perjudicarMe.

Unidos estos últimos por el odio contra Mí,

olvidan sus odios de casta, que los habían mantenido siempre separados.

Y se alían para tentarMe…

Para poder dar después una apariencia legal, al delito que ya sus corazones habían decidido.

Esperan en una debilidad mía, en un orgullo mío.

El orgullo y la debilidad, con consiguiente aceptación de la corona que me ofrecían,

darían una justificación a las acusaciones que querían lanzar contra Mí.

Y después…

Después ello serviría para dar la paz a su espíritu engañoso, atrapado por los remordimientos,

porque se dirían a sí mismos, esperando poder creerlo:

«Roma, no nosotros, ha castigado al Nazareno revoltoso»

La eliminación legal de su Enemigo…

(enemigo era para ellos su Salvador)…

Aquí están las razones de la proclamación que intentaron.

Aquí está la clave de los odios más fuertes, que siguieron.

Aquí tenéis en fin, la alta lección de Cristo.

¿La comprendéis?

Es lección de humildad, de justicia, de obediencia, de fortaleza, de prudencia,

de fidelidad, de perdón, de paciencia, de vigilancia, de saber soportar,

respecto a Dios, respecto a la propia misión, respecto a los amigos, respecto a los ingenuos,

respecto a los enemigos, respecto a Satanás,

respecto a los hombres que de éste son instrumentos de tentación,

respecto a las cosas, respecto a las ideas.

Todo debe ser contemplado, aceptado, rechazado, amado o no, mirando al fin santo del hombre:

el Cielo, la voluntad de Dios.

Pequeño@ Juan…

Ésta fue una de las horas de Satanás para Mí.

Y como las tuvo el Cristo las tienen los pequeños Cristos.

Es necesario sufrirlas y superarlas, sin soberbias ni desconfianzas.

No carecen de finalidad buena.

Pero no temas, porque Dios, durante estas horas, no abandona, sino que sujeta al que es fiel.

Y luego, desciende el Amor para hacer reyes a los fieles.

Y posteriormente acabada la hora de la Tierra, suben los fieles al Reino,

en paz para siempre, victoriosos para siempre…

Quedad en Mi paz, pequeño Juan coronado@ de espinas…

Mi paz…