Archivos de etiquetas: afrodita

49.- LAS LOCURAS DE NERON


roma-imperial

Cuando salieron de la casa del César,  Marco Aurelio dijo a Petronio:

–           Por un momento me dejaste petrificado y lleno de alarma. Pensé que te habías embriagado y solo esperaba la ruina. Recuerda que estás jugando con la muerte.

Petronio contesta seguro:

–           Esta es mi arena y me complace ser el mejor gladiador. Ya viste como concluyó todo… Mi influencia ha aumentado considerablemente desde hoy. Me enviará sus versos en un cilindro y eso es el mejor cumplido viniendo de él.

–           El Prefecto de los Pretorianos estaba furioso.

–           Tigelino al ver el éxito que alcanzan estas sutilezas, va a tratar de imitarme y superarme. Serán vanos sus esfuerzos, pues es tan solo una bestia cruel.

–           Es un enemigo muy peligroso. Él y la Augusta parecen congeniar bastante. ¿No te preocupa eso?

–           Popea está despechada. Y ahí no puedo hacer nada, más que esquivarla lo mejor que pueda. Si yo quisiera, acabaría con él y tendría al propio Enobarbo en mi poder. Pero NO quiero complicarme más la vida. El poder absoluto es una maldición…

–           ¡Qué habilidad la tuya para transformar la crítica en alabanza! Pero ¿Son realmente tan malos esos versos? Yo de eso no entiendo nada.

marcial

Los versos no son peores que cualquier otros. Es verdad que Marcial tiene más talento en uno solo de sus dedos. Aun así, Barba de Bronce tiene algo… Sobre todo un inmenso amor por la poesía y la música. Y sí. Se esfuerza mucho en lo que compone.

–           Se considera una artista divino y no sé si sea genialidad o…

–           Pasado mañana nos reuniremos con él, para escuchar su Himno a Venus Afrodita que ya está terminando. Los versos de Nerón a veces son elocuentes y yo sé que para componerlos sufre una verdadera tortura. A veces le tengo lástima. ¡Hace unas cosas tan extrañas!

Marco Aurelio pregunta reflexivo:

–           ¿Podría alguien prevenir hasta donde llegarán las locuras de Nerón?

Petronio levanta los hombros:

–           ¿Quién puede saberlo? Está decidido a que ocurran cosas que durarán en la memoria de la historia, pues su mayor anhelo es ser un dios inmortal en el arte y de él se puede esperar cualquier barbaridad.

–           No entiendo cómo puedes encontrar emocionante una conducta tan inestable.

–           Y aunque a veces me siento verdaderamente hastiado, creo que bajo el reinado de otro César, me fastidiaría cien veces más. En estas incertidumbres es en donde encuentro el encanto de la vida.

–           ¿La vida? A veces parece que coquetearas con la muerte…

–           Quien no arriesga no pierde, pero tampoco gana. En el riesgo hay una especie de deleite y olvido del presente. Yo juego a la vida, es cierto. Y en eso mismo está el encanto.

Marco Aurelio dice con sinceridad y amor:

–           Te compadezco Petronio.

–           No más de lo que me compadezco yo mismo. Tu amigo el cristiano me dijo la verdad. Y sin embargo él debe saber que los hombres como yo, no aceptaremos su Religión. Yo no quiero cambiar. Mi vida es emocionante y a la vez detestable, lo sé.

–           Si al menos trataras de conocerla, cambiarías de opinión…

–           Antes, tú pasabas la vida agradablemente entre nosotros. Y cuando hacías tus campañas militares, ansiabas volver a Roma. Ahora hay en ti algo diferente, ya no eres el mismo y a veces me pregunto si te conozco todavía.

–           Ahora mismo me ocurre igual. Ansío volver a Roma.

–          Porque estás enamorado de una vestal cristiana, que está esperando por ti. No me sorprende esto, ni te lo reprocho. Pero lo único que me pregunto es: ¿Eres feliz? ¿Tu nuevo Dios te hace feliz?…

Puedo jurarte por el alma de mi padre al que tanto amaste, que nunca imaginé que pudiera existir una felicidad como la que ahora disfruto. Lo único que me preocupa es una especie de presentimiento extraño, que me aflige respecto a Alexandra.

–           Dentro de dos días trataré de obtenerte un permiso, para que puedas dejar Anzio por todo el tiempo que te plazca. Han pasado tres meses. Popea parece estar más tranquila y hasta donde sé, ningún peligro te amenaza; ni a ti, ni a Alexandra.

–           En la mañana, me preguntó la Augusta, qué había estado haciendo en Roma y me sorprendió mucho, pues ya sabes que me fui en secreto.

–           Es posible que haya enviado espías a seguirte. Sin embargo es necesario que ahora ella también cuente conmigo.

–            El día que me despedí de Alexandra. Los dos estábamos sentados en una banca del jardín de la casa del obispo Acacio. En una noche tan tranquila como ésta, ideando planes para el futuro. Sería imposible tratar de describirte la felicidad y el éxtasis que sentía en aquellos momentos, junto a la mujer que amo más que a mi propia vida. Cuando de súbito se escuchó el rugido de los leones….

LEON

–           Tú sabes que esto es un fenómeno común y más cuando se acercan los juegos.

–           Pero desde aquel instante un presagio de infortunio, me inquieta profundamente. Te agradezco mucho ese permiso para salir de Anzio. Esto aliviará un poco la tortura que siento.

–           Los juegos son algo común y emocionante en nuestra cultura romana. ¿Por qué te angustias? ¡No te entiendo!

–           Me preocupa mucho mi esposa y ya no puedo permanecer aquí más tiempo. Me siento tan mal que estoy dispuesto a irme sin él.

–           ¿No crees que es un poco ridículo creer en presentimientos? Además ¿Cómo sabes que fueron leones? Los bisontes germanos rugen casi igual.

–           Anoche presencié una lluvia de estrellas…

lluvia_de_estrellas_fugaces_1

–           Yo también la vi. Fue un espectáculo muy bello. Y hay quien lo considera mal augurio…

Petronio medita unos momentos y después agrega:

–           Si vuestro Cristo se ha levantado de entre los muertos, Él puede protegeros contra la muerte, ¿No crees?

Marco Aurelio confirmó:

–           Así es. Los cristianos estamos protegidos de todas maneras. Para el que ama a Dios, la muerte no existe – Dijo estas palabras, mirando hacia el cielo lleno de estrellas.

estrella fugaz

Petronio le miró completamente desconcertado… Y cambió de tema.

Una semana después…

El César estaba tocando y cantando en honor de Palas Atenea, un himno cuyos versos y música había compuesto él mismo.

Y aquel día sintió que su voz realmente cautivaba a sus oyentes.

Y esta convicción le exalta tanto, que se siente realmente inspirado y al terminar el canto, está pálido, sudoroso y conmovido.

No tiene deseos de escuchar elogios y dice:

–           Estoy fatigado y necesito aire. Saldré a dar un paseo. Entretanto afinad las cítaras.

Y enseguida se envolvió el cuello con un pañuelo de seda y dijo volviéndose a Petronio:

–           Acompáñame. Dame tu brazo Marco Aurelio, pues las fuerzas me faltan. Me apoyaré en ti. Mientras tanto Petronio nos hablará de música.

Y salieron hacia una terraza que tiene pavimento de alabastro.

Cuando estuvieron fuera, Nerón dijo:

–          Aquí uno puede respirar más libremente. Mi alma está conmovida y triste. Aunque ahora sí sé con este ensayo, que ya estoy listo para presentarme en público y alcanzar un triunfo sin igual.

Petronio contestó:

–          Puedes presentarte aquí, en Roma y en Acaya. Tu grandeza artística puede resistir la prueba.

El César contestó mirándolo fijamente:

–           Lo sé. Eres demasiado insolente como para prodigar elogios haciéndote violencia a ti mismo. Y te juzgo sincero como Marcial… Pero tú tienes más conocimientos que él. Dime cuál es tu concepto de la música.

–           Cuando te escucho declamar unos versos. Cuando te veo en el Circo dirigiendo una cuadriga. Cuando veo la belleza de una obra de arte y cuando te oigo en las armonías de tu música, nuevos deleites embelesan mi espíritu; aunque siempre me sorprendes, porque hay en ti, un mar de talento para eso.

neron

¡Qué profundo conocimiento tienes en la materia! –Exclamó Nerón admirado- Tú has dado expresión exacta a mis propias ideas. Y por eso te repito siempre que en toda Roma, eres el único capaz de comprenderme.

–           Mi concepto de la música está en perfecta armonía con el tuyo.

–           Soy el César y el mundo es mío. Puedo hacer lo que yo quiera. Pero la música me abre nuevos horizontes.

–           Las musas te inspiran.

–           Siento a las musas, a los dioses y al Olimpo.

Los dioses son generosos contigo…

–           Hay una grandeza que percibo como en medio de una niebla sutil. ¡Estoy tan emocionado que hasta me siento pequeño! ¿Puedes creerlo?

Petronio concede:

–           Sí. Solamente los grandes artistas tienen la facultad de sentirse pequeños en presencia del Arte.

–           Esta es un anoche de sinceridad y franqueza. Así pues, voy a abrirte mi corazón, como ante un amigo. Dime ¿Crees que soy un hombre ciego o falto de juicio?

–           Eres un artista buscando la inmortalidad.

–           Yo sé que el Pueblo de Roma, escribe en las murallas insultos contra mí. Gritan lo que consideran mis crímenes y dicen que soy un monstruo y un tirano, solo porque Tigelino ha obtenido unas cuantas sentencias de muerte contra mis enemigos.

–         No es posible complacer a todo el mundo. Los inconformes siempre van a criticar…

–           Sí, querido amigo. Me consideran un monstruo y lo sé. Y hablan tanto de crueldad cuando se refieren a mí, que en ocasiones he llegado a preguntarme ¿Efectivamente soy cruel?…

–           Tu talento para sorprender, es tan grande como su incomprensión…

neron

–            Pero lo que ellos no comprenden es que los hechos de un hombre pueden ser crueles, sin que él mismo lo sea. ¡Ah! Nadie creería que en los momentos en que la música me acaricia el espíritu, me siento tan bueno e inofensivo como un infante en la cuna.

–           El verdadero arte ennoblece…

–           ¡Es la verdad! La gente ignora cuanta nobleza se anida en este corazón. ¡Y cuántos tesoros descubro en él, cuando la música lo abre a sus olímpicas armonías!

Petronio no duda que el César esté diciendo la verdad y que la música le despierte nobles inclinaciones que están sepultadas por un monstruoso egoísmo desenfrenado y criminal.

Y solo contestó con seriedad:

–           Los hombres debieran conocerte tan profundamente como yo. Roma jamás te apreciará en tu justo mérito.

El César se apoyó más pesadamente sobre el brazo de Marco Aurelio, como si se sintiese abrumado por una gravosa injusticia y replicó:

–           Tigelino me ha contado que en el Senado dicen que Menecrato y Terpnum tocan la cítara mejor que yo. ¡Hasta eso intentan negarme!

–           El verdadero talento, siempre despierta la envidia.

–           Pero dime tú que eres siempre sincero dímelo ahora: ¿Ellos tocan mejor que yo? ¿O están siquiera a mi altura en destreza?

Petronio exclamó rápido:

–           ¡De ninguna manera! Tú tocas con mayor dulzura e intensidad. En ti se palpa al artista. En ellos al ejecutante experimentado. Y el hombre que los escucha primero a ellos, comprende mejor quién eres tú.

Nerón contestó con inmensa petulancia:

–           ¡Si es así, que vivan! Nunca podrán imaginar le importante servicio que acabas de prestarles en este momento, pues te deben la vida. Por otra parte, si yo los hubiera condenado, tendría que tomar a otros para remplazarlos.

Petronio se limitó a decir:

–           Y las gentes te acusarían de que por amor a la música, destruyes la música en tus dominios. ¡Oh, divinidad! Nunca mates el arte por el arte,

Nerón exclamó con admiración:

–           ¡Qué diferente eres de Tigelino! Pero ya lo ves. Soy un artista antes que todo y no puedo llevar una vida vulgar. La música me dice que lo sobrenatural existe y por esto yo lo busco con todo el poder y todo el dominio que los dioses han puesto en mis manos.

–           Los dones con que te han favorecido, deben desarrollarse para glorificarlos.

–           En ocasiones siento que para alcanzar el Olimpo, es necesario que yo haga algo totalmente extraordinario y que jamás se haya realizado. Algo que sea asombroso para los mismos dioses…

–           Esa puede ser una empresa hercúlea. Y hay que meditarla muy bien.

–           Sé que muchos me llaman loco. Pero yo no estoy loco. ¡Sólo estoy buscando la gloria! ¿Me entiendes?

–           Los grandes artistas llevan ese anhelo en la sangre.

–           ¡Y por lo tanto, mi anhelo es alcanzar la grandeza absoluta, porque solamente de esa manera llegaré a ser el más grande de los artistas!

Y bajando la voz para que Marco Aurelio no le oiga, le dice Petronio al oído:

–           ¿Sabes que condené a muerte a mi madre y a mi esposa, principalmente porque yo deseaba presentar el más grande sacrificio que un hombre pudiera ofrecer?

–           Y ciertamente diste un regio presente. Los dioses deben estar complacidos.

–           Pero parece que para abrir las puertas del Empíreo, se necesita algo más grande que eso y ya que el destino así lo quiere…

petronio

Petronio se alarmó, pero controlándose dijo:

–           ¿Qué intentas hacer?

El César dijo suspicaz:

–           Tú lo verás más pronto de lo que te imaginas. Mientras tanto, solo piensa que existen dos Nerones: uno, el que el pueblo conoce. Otro, el que solo tú conoces. El cual si destruye como la muerte, dominado por un frenesí como Baco; se debe a la trivialidad y a las miserias humanas de la vida ordinaria que lo ahogan.

–           Pero para alcanzar la grandeza no hay necesidad de aniquilar la belleza de la vida.

–           Yo quisiera aniquilarla, aun cuando para ello sea necesario el uso del hierro o del fuego. ¡Oh! ¡Qué vulgar será este mundo cuando yo haya desaparecido de él!

–           Tu temperamento artístico está buscando un clímax.

0neron

–             Nadie tiene la menor idea de mi verdadero temperamento artístico. Este es mi sufrimiento que me llena de melancolía.

Petronio dijo cauteloso:

–           Hay ocasiones que es necesario atemperar el talento, sobre todo cuando hay que ponderar el riesgo desde un trono imperial.

–           ¡Es muy pavoroso para un hombre cargar al mismo tiempo con el peso  del poder supremo y del más excelso talento!

Aunque Petronio se sintió aterrado, consiguió decir:

–           Simpatizo contigo profundamente, ¡Oh, César! Y en ello me acompaña también Marco Aurelio, que te deifica desde el fondo de su alma.

–           Por su parentesco contigo, también me es caro, aunque más bien sirve a Marte y no a las Musas.

–           Él sirve ante todo a Venus Afrodita.

Y en ese mismo instante decidió resolver el asunto de su sobrino de una vez por todas y alejar el peligro que pudiera amenazarle.

Y agregó:

–           Él está perdidamente enamorado… Permítele señor que vuelva a Roma, si no quieres que muera aquí a mi lado. ¡El rehén que le diste fue encontrado! Y Marco Aurelio al venir para Anzio, la dejó a cargo de un cierto Acacio. Marco Aurelio quería convertirla en una amante.

–           ¿Y por qué no lo hizo? Ella es suya. Se la cedí y puede disponer de ella como quiera.

–           Pero como resultó muy virtuosa, eso lo ha cautivado aún más y desea casarse con ella.

alex

–           No veo cual sea el inconveniente. Como es una de las hijas del rey Vardanes I, no hay diferencia de condición entre ellos.

–           Pero Marco Aurelio es ante todo un soldado. Y aunque se pasa la vida entre gemidos y suspiros, no hará nada sin el permiso de su emperador…

Nerón se quedó perplejo…

Luego dijo con cierta suspicacia:

–           El emperador no elige las esposas de sus soldados. ¿Para qué le sirve mi permiso a Marco Aurelio?

Petronio dijo con diplomacia:

–           Ya te he dicho señor que él te deifica.

–           Con mayor razón alcanza mi permiso. Sí. Es esa doncella bonita, pero demasiado escuálida. La augusta Popea se ha quejado de que ella fue la autora de un maleficio a nuestra hija, en los jardines imperiales. Y a causa de eso murió.

–           Pero yo le dije a Tigelino que los dioses no están sujetos a malos encantamientos. Recordarás divinidad su confusión y cómo tú exclamaste ¡Habet!

–           Sí. Tienes razón. Ya lo recuerdo…

Y volviéndose hacia Marco Aurelio, Nerón le preguntó:

–           ¿Es cierto que la amas como dice Petronio?

Marco Aurelio contestó con convicción:

–           Así la amo, señor.

Entonces Nerón detuvo su paseo y declaró:

–           Entonces te ordeno que partas mañana para Roma, a unirte con ella en matrimonio. Y no te presentes de nuevo ante mí, sin el anillo nupcial.

Marco Aurelio se quedó pasmado por un momento y luego exclamó con júbilo:

–           ¡Te doy gracias con todo mi corazón!

El César sonrió con una increíble, benevolencia y dijo:

–           ¡Oh! ¡Cuán grato es hacer felices a los demás! ¡Oh, si los dioses me dejaran hacer solo eso en la vida!

Petronio se preparó a dar el golpe final. Hasta ese momento, su gran influencia y sus maniobras inteligentes, habían salvado a su sobrino de las garras de Popea…

Y por eso dijo:

–           Concédenos un favor más, ¡Oh, divinidad! Declara tu voluntad en este asunto en particular, delante de la Augusta. Marco Aurelio no osaría jamás unirse en matrimonio a una mujer, que no fuese grata a la emperatriz. Tú puedes desvanecer su prevención con solo una palabra, manifestando que has ordenado que se efectúe el matrimonio.

–           Así lo haré. Nada podría rehusaros a ti o a vosotros. –declaró el César sonriendo a Petronio.

Después de esto, suspendió el paseo y emprendió el regreso.

Ambos le siguieron con el corazón inundado de felicidad por la victoria alcanzada.

Marco Aurelio tuvo que refrenar el impulso de lanzarse al cuello de Petronio y besarlo en las mejillas con amor y agradecimiento. Pues ahora le parece que ha quedado removido todo peligro y todo obstáculo…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

93.- LA TEMPESTAD


En el mar Mediterráneo se levantan las olas en poderosas crestas llenas de espuma. Ya no hay neblina, ni obscuridad. Las poderosas olas se levantan y se estrellan sobre el puente de la nave, pasando de un lugar al otro y rompiéndose en una cascada, que moja todo lo que toca.

El navío sube y baja, balanceándose a merced del mar, desde el fondo hasta la punta de sus mástiles, cruje la madera golpeada por este mar embravecido. A excepción de los que tienen que gobernar la nave, no hay nadie en el puente de mando.

Las escotillas atrancadas no permiten ver lo que pasa bajo la cubierta. Pero indudablemente la mayoría de los navegantes están rezando a sus dioses favoritos, para escapar de la furia de la naturaleza desatada con todo su furor. El rugido del viento y los golpes de las olas, de un mar que parece poderoso e implacable…

Pedro saca la cabeza enmarañada por el viento que lo golpea sin piedad, mira atentamente y vuelve a cerrar, justo antes de que un torrente de agua se le eche encima. Vuelve a abrir y se asoma. Cierra rápido y logra saltar antes de que la siguiente ola lo atrape. Se ase de donde puede y contempla ese mar que es literalmente un infierno donde ruge el viento, el agua y la madera golpeada por las olas. Por todo comentario, se limita a silbar.

Nicomedes está desnudo en la cubierta, girando órdenes a diestra y siniestra.

Y cuando lo ve, le grita:

–           ¡Largo de aquí! ¡Largo! Cierra esa portezuela. Si la nave se llena de agua nos iremos a pique, hasta el fondo. Agradece que todavía no ha echado la carga al fondo… ¡Jamás había visto una tempestad igual! ¡Lárgate de aquí! ¡Te lo ordeno! No quiero hombres de tierra sobre la cubierta, en este terrible momento… Éste no es lugar para jardineros…

Y no sigue con su invectiva, porque una ola se estrella sobre el puente y cubre todo amenazando con arrastrarlos hacia el océano embravecido…

Nicomedes está amarrado con una cuerda en su cintura y grita:

–           ¿Lo has visto?

Pedro bañado como una sopa, contesta:

–           Lo estoy viendo. No sólo soy capaz de guardar jardines. Nací sobre el agua, sobre un lago de verdad… Fui pescador…

Pedro está inspirado y no muestra ninguna emoción. Hace ritmo con sus piernas cortas y encorvadas, siguiendo el movimiento del navío.

El cretense lo mira fijamente mientras se le acerca y le pregunta:

–           ¿No tienes miedo?

–           ¡Ni en sueños!

–           ¿Y los demás?

–           Tres de ellos son pescadores, cómo yo. Mejor dicho, lo fueron. Los demás a excepción del enfermo son fuertes.

–           ¿También la mujer? ¡Pon atención! ¡Fíjate! ¡Agárrate!

Una ola gigantesca se ha estrellado sobre el puente.

Pedro espera a que pase y dice:

–           ¡Qué bien me hubiera sabido esta bañada en los días calurosos! ¡Paciencia!…  ¿Decías algo sobre la mujer? Ruega… Y no estaría mal que también lo hicieras tú…. ¿Dónde nos encontramos? ¿En el canal de Chipre?…

¡Ojalá fuera así! Me acercaría a la isla en espera de la calma… Apenas estamos a la altura de la colonia Julia o Berito, si lo prefieres. Ahora viene lo peor… Aquellas son las montañas del Líbano.

–           ¿No podríamos anclar en aquella población que se ve a lo lejos?

–           el puerto es malo y tiene muchos escollos… ¡Ten cuidado!

Otro torrente y un tronco de árbol que hiere a un hombre y no lo arrastra la marejada porque es detenido por un obstáculo…

El cretense grita:

–           ¡Lo estás viendo! ¡Es muy peligroso estar aquí! ¡Vete abajo! ¡Lo estás viendo!

–           Lo veo. Pero ese hombre…

–           Si no está muerto, volverá en sí. Yo no puedo hacer nada. No puedo curarlo. Lo ves… Estoy tratando de gobernar la nave, hasta que salgamos de esto…

No cabe duda que el cretense está al tanto de todo…

Pedro le dice:

–           Dámelo. Lo curará la mujer que viene con nosotros…

¡Haz lo que quieras! ¡Pero ya lárgate a tu camarote y cierra bien!

Pedro se arrastra hasta el lugar en donde está el marino herido y tira de él por un pie. Lo ve… Silba y dice:

–           Tiene la cabeza abierta como una granada…  Aquí hace falta el Señor… ¡Oh! ¡Si estuviera Él! Señor Jesús, Maestro mío, ¿Por qué nos has dejado? –y el dolor repercute en su voz.

Se echa al herido sobre la espalda y la túnica se le mancha de sangre.  Y se dirige hacia la portezuela del camarote…

El cretense le grita:

–           ¡Es inútil todo! ¡Míralo bien! ¡Es un hombre muerto!…

Pedro, con su carga encima, no le hace caso y agarrándose fuertemente ante el embate de una nueva ola…

Pedro dice para sí mismo:

–           Eso lo veremos. – Y abriendo la portezuela grita- ¡Santiago! ¡Juan! ¡Venid aquí!

Cierra tras de sí la portezuela y con ayuda de los apóstoles baja al hombre herido.

A la pálida luz de las lámparas que se bambolean, los apóstoles preguntan:

–                     ¿Estás herido?

–                     Yo no. La sangre es de éste. Rogad para que… ¡Síntica! Ven aquí y ayúdame a curarlo. Tiene la cabeza abierta…

Síntica deja de sostener a Juan de Endor que sufre mucho y se acerca hasta la mesa en donde han puesto al herido.

La joven griega lo mira y exclama:

–                      ¡La herida es muy profunda!  Es igual a la que vi en dos esclavos a los que había golpeado su dueño y al otro, que lo había golpeado una enorme roca en Craparola. Es necesaria mucha agua para lavar la herida y detener la sangre…

Pedro grita:

–           Si solo necesitas agua, es lo que sobra en este momento. Ven Santiago y ayúdame. Con un cubo, los dos lo haremos pronto…

Van y regresan empapados.

Síntica le pone lienzos mojados, para lavar la herida en la nuca y aparece el daño infligido en el cráneo, en toda su horrorosa realidad… Desde la sien hasta la nuca, el hueso está al descubierto.

El herido abre sus ojos sin expresión y se le oye roncar… el miedo instintivo a la muerte se ha apoderado de él…

Síntica trata de consolarlo:

–           ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Te vas a curar! – Y se lo dice en griego, porque el hombre herido habló en esta lengua.

El hombre está semiinconsciente y la mira sorprendido. Y al escuchar su lengua materna, un atisbo de sonrisa se dibuja en sus labios. Busca la mano de Síntica… En los umbrales del sufrimiento, instintivamente busca la caricia maternal de la mujer que le ha hablado con ternura…

Cuando Síntica ve que la hemorragia se detiene, dice con fe:

–           Voy a ungirlo con el ungüento de María.

Mateo está palidísimo, tanto por la sangre como por el bamboleo del barco y objeta:

–                     Eso es para los dolores reumáticos de Juan…

Síntica explica:

–                     ¡Oh, lo hizo María con sus manos! Se lo aplicaré rogando a Jesús… Rogad también vosotros. El Padre Celestial nos escuchará… Y no le puede hacer ningún mal. El aceite es medicina…

Mateo encoge los hombros y Síntica va hacia la alforja de Pedro. Saca un recipiente que parece de bronce. Lo abre y toma un poco de ungüento. Lo calienta entre sus manos y lo pone sobre un trozo de lino doblado, que pone sobre la cabeza del herido y lo recuesta sobre su manto doblado como si fuera una almohada.  Y se sienta junto a él, orando mientras el herido parece adormecerse.

La acompañan en la oración todos los demás, mientras arriba la nave, sigue siendo fuertemente atacada por el mar; que sube y baja con el vaivén de las olas.

Después de un rato, se abre la portezuela y entra un marinero…

Pedro pregunta:

–                     ¿Qué sucede?

El marino responde:

–                     Estamos en peligro. Vengo a tomar incienso y las oblaciones para un sacrificio…

–                     ¡Déjate de esas cosas!

–                     Es que Nicomedes quiere hacer un sacrificio a Venus. ¡Estamos en su mar!…

Pedro dice despacio:

–                     ¡Qué está loco como él! -Luego agrega con voz fuerte-  Vengan todos. Vayamos al puente. Tal vez podamos hacer algo… –Y mirando a Síntica agrega- ¿Tienes miedo de quedarte sola con el herido y éstos dos?

Los dos, son Mateo y Juan de Endor que están absolutamente mareados…

Y Síntica responde:

–          ¡No! No. Id si os parece…

Mientras el grupo sube por el puente, se encuentran con el cretense que está esperando el incienso desesperado.

Lleno de rabia y a gritos dice:

–          ¿Acaso no estáis viendo que sin un milagro divino, naufragamos? ¡Es la primera vez!…  ¡La primera vez desde que navego que sucede esto!

Judas de Alfeo dice en voz baja:

–          Ahora fíjate que va a decir, que somos nosotros la causa…

En realidad, el cretense grita como un aullido:

–          ¡Malditos israelitas! ¿Qué maldición pesa sobre vosotros? ¡Perros hebreos, me habéis traído la mala suerte! ¡Largo de aquí! ¡Que ahora voy a sacrificar a la Venus Naciente!…

Pedro dice:

–          No. Mejor nosotros sacrificamos…

–          ¡Largaos! ¡Sois unos paganos! ¡Sois unos demonios!  ¡Sois…!

–          ¡Oye! ¡Te juro que si nos dejas, verás el prodigio!

–          ¡No! ¡Largo!

Nicomedes enciende el incienso y lo arroja al mar como puede. Y también un líquido que ya había ofrecido en un pebetero y ante un altar, sobre la cubierta…

Pero el mar rechaza el incienso y parece enfurecerse más…  y una ola arrastra tras de sí todas las tablas donde se había erigido el altar a Afrodita y se había ofrecido el sacrificio. Y por un verdadero milagro, no arrastra también a Nicomedes…

Pedro dice:

–                     ¡Qué buena respuesta te ha dado tu diosa! Ahora nos toca a nosotros… También nosotros tenemos una Mujer Pura, hecha de espuma del mar y después… Canta Juan, el mismo canto de ayer. Nosotros te seguimos…

Nicomedes grita furioso:

–           ¡Sí, probad! Pero si el mar se enfurece más, os arrojo a todos vosotros como víctimas propiciatorias para Afrodita…

–           Está bien. Aceptamos. ¡Vamos Juan!

Juan empieza a cantar y es seguido por todos los demás… Hasta Pedro que generalmente no canta porque siente que es bastante desentonado, agrega su voz con el ritmo de los remos del día anterior.

El cretense los mira con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa entre airada e irónica.  Después que termina el canto, los apóstoles oran con los brazos abiertos. Recitan el Pater Noster, como Jesús se los enseñara y lo cantan en arameo. Continúan con unos salmos de alabanza, que entonan triunfales y con las voces a todo pulmón… Y así se alternan unos con otros, a pesar de las olas que los bañan una y otra vez…

Ellos no se agarran de nada para sostenerse. Se sienten seguros, como si una fuerza invisible los asegurara al puente…

Las olas van disminuyendo de violencia, paulatinamente y aunque no ceden totalmente, ni el viento disminuye su aullido; la furia del mar que barría el puente sí se ha calmado. Las olas continúan azotando el puente, pero cada vez con menor intensidad…

El cretense y todos sus marinos no salen del estupor…

Pedro lo mira, pero no deja de orar…

Juan sonríe y canta con más fuerza… Los otros lo secundan venciendo el fragor del océano embravecido, que poco a poco se va calmando más y más…

Finalmente Pedro pregunta:

–           ¿Tienes algo que replicar?

El cretense pregunta pasmado:

–                     ¿Qué habéis dicho? ¿Qué fórmula empleasteis?

–                     La del Dios Verdadero y la de su Esclava…  Endereza la vela y prepara todo.  Aquello que se ve allá… ¿No es una isla?

–                     Sí. Es Chipre. El mar está todavía más tranquilo en este canal…En medio de la tormenta fuimos arrojados hasta acá…  ¡Extraño! ¿Cuál es  la Estrella que adoráis y a la que estabais alabando? ¡Siempre es Venus!… O ¿No?

–                     No hay nada de Venus.  Nosotros sólo adoramos a Dios. Le cantamos a María de Nazareth, la Madre de Jesús; que es el Mesías de Israel…

–                     ¿Y qué fue lo otro? ¿Estabais cantando en hebreo? ¿No es así?

–                     No. Hablamos en nuestro dialecto: el arameo. En la lengua de nuestro lago y de nuestra patria… Pero no podemos enseñártela a ti que eres pagano.  Es algo que dijimos a Yeové y sólo los creyentes pueden saberlo… Adiós Nicomedes. Y no lamentes lo que se ha ido al fondo. Un sortilegio menos… Que no te traerá infortunio… Adiós, ¿Eh?

–                     No… Pero perdonadme… Os he insultado.

–                     ¡No te preocupes por ello…!  Son cosas de tu culto por… Venus… Vamos muchachos a donde están los demás…

Y muy feliz y contento, Pedro se dirige al camarote donde dejó a Síntica.

El cretense los sigue preguntando:

–           ¡Por favor escuchadme! ¿Ya murió el herido?

Pedro lo mira y sonríe:

–           ¡Imposible! Creo que te lo devolveremos más sano de lo que estaba… Es algo que… ¡Tal vez también lo atribuyas a nuestros sortilegios! ¿Eh?

–           ¡Oh, Perdonad! Por favor, ¡Perdonadme! Decidme dónde puedo aprenderlos, para servirme de ellos… Os pagaré…

–           Lo siento, Nicomedes. ¡Adiós! No tenemos permitido vender a los paganos las cosas sagradas… ¡Qué te vaya bien amigo! Cuando conozcas al Dios Verdadero, también sabrás el secreto de su Poder…  ¡Que Dios te bendiga con su Luz y que te vaya muy bien!

Pedro, sonriente y acompañado de todos los suyos regresa al camarote, ante un mar plácido iluminado por la luna que con sus destellos plateados ilumina todo lo que toca y también parece sonreír…

Al día siguiente, el mar y el cielo les regalan paisajes maravillosos. El crepúsculo es hermosísimo cuando llegan a la ciudad de Seleucia. La nave, con sus velas desplegadas se dirige veloz hacia la lejana ciudad.

En la cubierta, están los marinos que ya se encuentran relajados por las magníficas condiciones de la travesía y los pasajeros que ya contemplan cercana su meta; junto a un Juan de Endor que sigue flaco y pálido y tambien el marinero herido. Tiene la cabeza vendada y sonríe feliz, tanto a sus bienhechores como a sus compañeros marinos, que lo miran con asombro y lo felicitan por haber regresado al puente.

El cretense deja por unos momentos su puesto, que entrega al jefe de la tripulación mientras se acerca a saludar a su marino convaleciente…

Y dice a los apóstoles:

–                ¡Querido Demetrio! Me alegro mucho de ver que estás cada día mejor. Nunca pensé que pudieras sobrevivir al golpe del palo y al del hierro. No cabe duda que éstos,-señala a los apóstoles- Te han engendrado otra vez a la vida. Porque ya habías muerto, cuando caíste prensado bajo todas las mercancías y luego por las olas que te arrastraron y te hubieran llevado al reino de Neptuno, entre las nereidas y los tritones; cuando este hombre santo te rescató.  Y luego te han curado con sus maravillosos ungüentos… ¡Déjame ver la herida!…

El marino se suelta la venda y muestra la cicatriz. Una señal roja que va de la sien a la nunca. Nicomedes la toca con la punta de los dedos muy ligeramente y exclama asombrado:

–           ¡Hasta el hueso está soldado! ¡De veras que te ha amado la Venus marina! Y quiere verte sobre las olas del mar y caminando dichoso, sobre las playas de Grecia. Que Eros te sea propicio ahora que desembarcaremos en Seleucia y haga que olvides esta desgracia y el terror de Thanatos, en cuyos brazos estuviste ayer.

La expresión en la cara de Pedro, manifiesta claramente  lo que piensa sobre este discurso mitológico. Recargado sobre un mástil, apenas puede contenerse para replicarle a Nicomedes sobre su paganismo.

Los demás apóstoles también manifiestan claramente su desprecio y optan por voltear a mirar el mar, ignorando totalmente al cretense.

El hombre lo nota y trata de disculparse:

–           ¡Es nuestra religión! Así cómo vosotros tenéis la vuestra, nosotros creemos en la nuestra… –Y decide cambiar de tema- Venid a la proa, para que podáis admirar la ciudad que se aproxima… ¿La conocéis?

Zelote responde tajante:

–           Yo vine una vez; pero el viaje lo hice por tierra.

–           ¡Ah! ¡Entonces sabes bien que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia, que está junto a la desembocadura del Orontes! Y que es posible viajar por su curso en barcas pequeñas, hasta llegar a Antioquía. ¡Oh! ¡Podréis admirar todas las grandiosas obras que han hecho los romanos en Seleucia y Antioquía! Un puerto con tres dársenas, que es uno de los mejores. Tiene canales, rompeolas, diques. Cosa igual no hay en Palestina y es porque Siria es la mejor provincia del imperio…

El entusiasmo por los romanos no encuentra eco en nadie y sus palabras caen envueltas con un silencio glacial. Aún Síntica que por ser griega, siente menos desprecio que los demás, se mantiene callada y hierática, como una diosa pagana.

El cretense lo nota y dice:

–           ¡Qué queréis! ¡Hablando en plata, yo siempre gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es dura como un sablazo:

–           ¡Y el oro quita el filo a la espada, al honor nacional y a la libertad!

Lo ha dicho de tal manera y con un latín tan puro, que el otro se queda callado. Luego Nicomedes pregunta con timidez:

–           ¿Eres griega?

–           Lo soy. Pero tú amas a los romanos. Por eso te hablo en la lengua de tus patrones, no en la mía, la de la patria mártir.

El cretense ya no sabe qué decir. Los apóstoles están contentos por la lección dada majestuosamente por Síntica.

Después de un largo silencio pregunta a Pedro:

–           ¿Ya saben cómo ir de Seleucia a Antioquía?

Pedro contesta muy serio:

–           Con los pies.

–           Ya es tarde. Será de noche cuando desembarquemos.

–           Buscaremos una posada.

–           ¡Claro! Pero podríais dormir aquí hasta mañana…

Tadeo, que ya vio los preparativos para honrar a los dioses en cuanto lleguen al puerto, contesta rápido:

–           No es necesario. Muchas gracias por tu gentileza. Pero es mejor que descendamos. ¿Verdad Simón?

–           Así es. También nosotros tenemos que presentar nuestras plegarias… Tú a tus dioses y nosotros a nuestro Dios.

–           Haced como os plazca. Quería honrar al hijo de Teófilo y agradaros a ustedes por él.

Zelote contesta:

–           También nosotros por el Hijo de Dios, al persuadirte que sólo hay un Dios Verdadero. Pero tú eres inconmovible como una piedra.  Estamos pues, iguales.  Ojalá qué un día te encontremos y ya no seas tan cerrado…

Nicomedes encoge los hombros, con un gesto de indiferencia irónica y sólo dice:

–           Adiós.

Y se va hacia el puente de mando para tomar el timón, pues ya están muy cerca del atracadero.

Pedro dice:

–           Vamos a tomar nuestro cargamento. No veo la hora de alejarnos de este asqueroso pagano. Juan… Síntica… En cuanto bajemos con la carga, vendremos por ustedes…

Y los ocho apóstoles se van ligeros a hacer lo que han dicho.

Los dos que se quedan observan los diques y la sinfonía de silbidos con que se trasmiten las órdenes para que el navío quede a punto para el desembarco.

Juan de Endor dice muy triste:

–           Síntica, cada vez damos un paso más hacia lo desconocido. Otro paso que nos aleja del dulce pasado. Otra agonía… no creo que aguante…

Síntica está muy pálida y tambien agobiada por la tristeza, pero es siempre la mujer fuerte que da fuerzas a los que ama:

–           Es verdad, Juan. Otro golpe que destroza el corazón. Otra agonía… Pero no digas: ‘Otro paso más hacia lo desconocido’ No está bien. Conocemos nuestra misión. Jesús nos lo dijo. Y nos estamos uniendo a la Voluntad de Dios, que sólo Él sabe por qué lo está permitiendo…

Ni siquiera debemos decir: ‘Otro golpe’ Nosotros seguimos fieles a su voluntad. El golpe abate. Nosotros nos unimos.  Nos vemos libres de los placeres sensibles de nuestro amor por Él, por nuestro Maestro. Y nos reservamos las delicias suprasensibles, haciendo que nuestro amor y obligación se trasladen a un plan superior. ¿No estás convencido de ello? ¿Sí?

Juan asiente en silencio con un gesto afirmativo.

–           Entonces no debes decir ‘otra agonía’ Decir agonía significa que la muerte está cerca. Pero nosotros al llegar a un plano espiritual por nuestros propósitos, no morimos, sino que ‘vivimos’. Porque lo espiritual es eterno. Por esta razón subimos a una vida mejor, anticipo de la vida verdadera del Cielo. ¡Ea, ánimo! ¡Olvida que eres el Juan inútil! Y piensa que eres el hombre destinado al Cielo. Reflexiona, reacciona y medita… Y espera solo en ser el ciudadano de aquella patria inmortal.

Los apóstoles ya tienen la carga lista para desembarcar, cuando la nave entra majestuosa, al lugar donde va a atracar. Se acercan los dos que están sufriendo el dolor infinito del alejamiento del que ya aman con todo su ser.

Nicomedes se acerca a despedirlos y Pedro dice:

–          Adiós y muchas gracias.

–          ¡Salve hebreos! También yo os las doy. Si os apresuráis, encontrareis alojamiento…  Hasta la vista…

Después de bajar la carga, los diez descienden y cargados con sus fardos, se alejan en busca del albergue…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

49.- LAS LOCURAS DE NERON


Cuando salieron de la casa del César,  Marco Aurelio dijo a Petronio:

–           Por un momento me dejaste petrificado y lleno de alarma. Pensé que te habías embriagado y solo esperaba la ruina. Recuerda que estás jugando con la muerte. 

Petronio contesta seguro:

–           Esta es mi arena y me complace ser el mejor gladiador. Ya viste como concluyó todo… Mi influencia ha aumentado considerablemente desde hoy. Me enviará sus versos en un cilindro y eso es el mejor cumplido viniendo de él.

–           El Prefecto de los Pretorianos estaba furioso.

–           Tigelino al ver el éxito que alcanzan estas sutilezas, va a tratar de imitarme y superarme. Serán vanos sus esfuerzos, pues es tan solo una bestia cruel.

–           Es un enemigo muy peligroso. Él y la augusta parecen congeniar bastante. ¿No te preocupa eso?

–           Popea está despechada. Y ahí no puedo hacer nada, más que esquivarla lo mejor que pueda. Si yo quisiera, acabaría con él y tendría al propio Enobarbo en mi poder. Pero no quiero complicarme más la vida. El poder absoluto es una maldición…  

–           ¡Qué habilidad la tuya para transformar la crítica en alabanza! Pero ¿Son realmente tan malos esos versos? Yo de eso no entiendo nada.

Los versos no son peores que cualquier otros. Es verdad que Marcial tiene más talento en uno solo de sus dedos. Aun así, Barba de Bronce tiene algo… Sobre todo un inmenso amor por la poesía y la música. Y sí. Se esfuerza mucho en lo que compone.

–           Se considera una artista divino y no sé si sea genialidad o…

–           Pasado mañana nos reuniremos con él, para escuchar su Himno a Venus Afrodita que ya está terminando. Los versos de Nerón a veces son elocuentes y yo sé que para componerlos sufre una verdadera tortura. A veces le tengo lástima. ¡Hace unas cosas tan extrañas!

Marco Aurelio pregunta reflexivo:

–           ¿Podría alguien prevenir hasta donde llegarán las locuras de Nerón?

Petronio levanta los hombros:

–           ¿Quién puede saberlo? Está decidido a que ocurran cosas que durarán en la memoria de la historia, pues su mayor anhelo es ser un dios inmortal en el arte y de él se puede esperar cualquier barbaridad.

–           No entiendo cómo puedes encontrar emocionante una conducta tan inestable.

–           Y aunque a veces me siento verdaderamente hastiado, creo que bajo el reinado de otro César, me fastidiaría cien veces más. En estas incertidumbres es en donde encuentro el encanto de la vida.

–           ¿La vida? A veces parece que coquetearas con la muerte…

–           Quien no arriesga no pierde, pero tampoco gana. En el riesgo hay una especie de deleite y olvido del presente. Yo juego a la vida, es cierto. Y en eso mismo está el encanto.

Marco Aurelio dice con sinceridad y amor:

–           Te compadezco Petronio.

–           No más de lo que me compadezco yo mismo. Tu amigo el cristiano me dijo la verdad. Y sin embargo él debe saber que los hombres como yo, no aceptaremos su Religión. Yo no quiero cambiar. Mi vida es emocionante y a la vez detestable, lo sé.

–           Si al menos trataras de conocerla, cambiarías de opinión…

–           Antes, tú pasabas la vida agradablemente entre nosotros. Y cuando hacías tus campañas militares, ansiabas volver a Roma. Ahora hay en ti algo diferente, ya no eres el mismo y a veces me pregunto si te conozco todavía.

–           Ahora mismo me ocurre igual. Ansío volver a Roma.

–          Porque estás enamorado de una vestal cristiana, que está esperando por ti. No me sorprende esto, ni te lo reprocho. Pero lo único que me pregunto es: ¿Eres feliz? ¿Tu nuevo Dios te hace feliz?…

Puedo jurarte por el alma de mi padre al que tanto amaste, que nunca imaginé que pudiera existir una felicidad como la que ahora disfruto. Lo único que me preocupa es una especie de presentimiento extraño, que me aflige respecto a Alexandra.

–           Dentro de dos días trataré de obtenerte un permiso, para que puedas dejar Anzio por todo el tiempo que te plazca. Han pasado tres meses. Popea parece estar más tranquila y hasta donde sé, ningún peligro te amenaza; ni a ti, ni a Alexandra.

–           En la mañana, me preguntó la Augusta, qué había estado haciendo en Roma y me sorprendió mucho, pues ya sabes que me fui en secreto.

–           Es posible que haya enviado espías a seguirte. Sin embargo es necesario que ahora ella también cuente conmigo.

El día que me despedí de Alexandra. Los dos estábamos sentados en una banca del jardín de la casa del obispo Acacio. En una noche tan tranquila como ésta, ideando planes para el futuro. Sería imposible tratar de describirte la felicidad y el éxtasis que sentía en aquellos momentos, junto a la mujer que amo más que a mi propia vida. Cuando de súbito se escuchó el rugido de los leones….

–           Tú sabes que esto es un fenómeno común y más cuando se acercan los juegos.

–           Pero desde aquel instante un presagio de infortunio, me inquieta profundamente. Te agradezco mucho ese permiso para salir de Anzio. Esto aliviará un poco la tortura que siento.

–           Los juegos son algo común y emocionante en nuestra cultura romana. ¡No te entiendo.

–           Me preocupa mucho mi esposa y ya no puedo permanecer aquí más tiempo. Me siento tan mal que estoy dispuesto a irme sin él.

–           ¿No crees que es un poco ridículo creer en presentimientos? Además ¿Cómo sabes que fueron leones? Los bisontes germanos rugen casi igual.

–           Anoche presencié una lluvia de estrellas…

–           Yo también la vi. Fue un espectáculo muy bello.

Y hay quien lo considera mal augurio.

Petronio medita unos momentos y después agrega:

–           Si vuestro Cristo se ha levantado de entre los muertos, Él puede protegeros contra la muerte, ¿No crees?

Marco Aurelio confirmó:

–           Así es. Los cristianos estamos protegidos de todas maneras. Para el que ama a Dios, la muerte no existe – Dijo estas palabras, mirando hacia el cielo lleno de estrellas.

Petronio le miró completamente desconcertado… Y cambió de tema.

Una semana después…

El César estaba tocando y cantando en honor de Palas Atenea, un himno cuyos versos y música había compuesto él mismo. Y aquel día sintió que su voz realmente cautivaba a sus oyentes.

Y esta convicción le exalta tanto, que se siente realmente inspirado y al terminar el canto, está pálido, sudoroso y conmovido. No tiene deseos de escuchar elogios y dice:

–           Estoy fatigado y necesito aire. Saldré a dar un paseo. Entretanto afinad las cítaras.

Y enseguida se envolvió el cuello con un pañuelo de seda y dijo volviéndose a Petronio:

–           Acompáñame. Dame tu brazo Marco Aurelio, pues las fuerzas me faltan. Me apoyaré en ti. Mientras tanto Petronio nos hablará de música.

Y salieron hacia una terraza que tiene pavimento de alabastro.

Cuando estuvieron fuera, Nerón dijo:

–          Aquí uno puede respirar más libremente. Mi alma está conmovida y triste. Aunque ahora sí sé con este ensayo, que ya estoy listo para presentarme en público y alcanzar un triunfo sin igual.

Petronio contestó:

–          Puedes presentarte aquí, en Roma y en Acaya. Tu grandeza artística puede resistir la prueba.

El César contestó mirándolo fijamente:

–           Lo sé. Eres demasiado insolente como para prodigar elogios haciéndote violencia a ti mismo. Y te juzgo sincero como Marcial… Pero tú tienes más conocimientos que él. Dime cuál es tu concepto de la música.

–           Cuando te escucho declamar unos versos. Cuando te veo en el Circo dirigiendo una cuadriga. Cuando veo la belleza de una obra de arte y cuando te oigo en las armonías de tu música, nuevos deleites embelesan mi espíritu; aunque siempre me sorprendes, porque hay en ti, un mar de talento para eso.

¡Qué profundo conocimiento tienes en la materia! –Exclamó Nerón admirado- Tú has dado expresión exacta a mis propias ideas. Y por eso te repito siempre que en toda Roma, eres el único capaz de comprenderme.

–           Mi concepto de la música está en perfecta armonía con el tuyo.

–           Soy el César y el mundo es mío. Puedo hacer lo que yo quiera. Pero la música me abre nuevos horizontes.

–           Las musas te inspiran.

–           Siento a las musas, a los dioses y al Olimpo.

Los dioses son generosos contigo…

–           Hay una grandeza que percibo como en medio de una niebla sutil. ¡Estoy tan emocionado que hasta me siento pequeño! ¿Puedes creerlo?

Petronio concede:

–           Sí. Solamente los grandes artistas tienen la facultad de sentirse pequeños en presencia del Arte.

–           Esta es un anoche de sinceridad y franqueza. Así pues, voy a abrirte mi corazón, como ante un amigo. Dime ¿Crees que soy un hombre ciego o falto de juicio?

–           Eres un artista buscando la inmortalidad.

–           Yo sé que el Pueblo de Roma, escribe en las murallas insultos contra mí. Gritan lo que consideran mis crímenes y dicen que soy un monstruo y un tirano, solo porque Tigelino ha obtenido unas cuantas sentencias de muerte contra mis enemigos.

No es posible complacer a todo el mundo. Los inconformes siempre van a criticar…

–           Sí, querido amigo. Me consideran un monstruo y lo sé. Y hablan tanto de crueldad cuando se refieren a mí, que en ocasiones he llegado a preguntarme ¿Efectivamente soy cruel?…

–           Tu talento para sorprender, es tan grande como su incomprensión…

 Pero lo que ellos no comprenden es que los hechos de un hombre pueden ser crueles, sin que él mismo lo sea. ¡Ah! Nadie creería que en los momentos en que la música me acaricia el espíritu, me siento tan bueno e inofensivo como un infante en la cuna.

–           El verdadero arte ennoblece…

–           ¡Es la verdad! La gente ignora cuanta nobleza se anida en este corazón. ¡Y cuántos tesoros descubro en él, cuando la música lo abre a sus olímpicas armonías!

Petronio no duda que el César esté diciendo la verdad y que la música le despierte nobles inclinaciones que están sepultadas por un monstruoso egoísmo desenfrenado y criminal.

Y solo contestó con seriedad:

–           Los hombres debieran conocerte tan profundamente como yo. Roma jamás te apreciará en tu justo mérito.

El César se apoyó más pesadamente sobre el brazo de Marco Aurelio, como si se sintiese abrumado por una gravosa injusticia y replicó:

–           Tigelino me ha contado que en el Senado dicen que Menecrato y Terpnum tocan la cítara mejor que yo. ¡Hasta eso intentan negarme!

–           El verdadero talento, siempre despierta la envidia.

–           Pero dime tú que eres siempre sincero dímelo ahora: ¿Ellos tocan mejor que yo? ¿O están siquiera a mi altura en destreza?

Petronio exclamó rápido:

–           ¡De ninguna manera! Tú tocas con mayor dulzura e intensidad. En ti se palpa al artista. En ellos al ejecutante experimentado. Y el hombre que los escucha primero a ellos, comprende mejor quién eres tú.

Nerón contestó con inmensa petulancia:

–           ¡Si es así, que vivan! Nunca podrán imaginar le importante servicio que acabas de prestarles en este momento, pues te deben la vida. Por otra parte, si yo los hubiera condenado, tendría que tomar a otros para remplazarlos.

Petronio se limitó a decir:

–           Y las gentes te acusarían de que por amor a la música, destruyes la música en tus dominios. ¡Oh, divinidad! Nunca mates el arte por el arte,

Nerón exclamó con admiración:

–           ¡Qué diferente eres de Tigelino! Pero ya lo ves. Soy un artista antes que todo y no puedo llevar una vida vulgar. La música me dice que lo sobrenatural existe y por esto yo lo busco con todo el poder y todo el dominio que los dioses han puesto en mis manos.

–           Los dones con que te han favorecido, deben desarrollarse para glorificarlos.

–           En ocasiones siento que para alcanzar el Olimpo, es necesario que yo haga algo totalmente extraordinario y que jamás se haya realizado. Algo que sea asombroso para los mismos dioses…

Esa puede ser una empresa hercúlea. Y hay que meditarla muy bien.

–           Sé que muchos me llaman loco. Pero yo no estoy loco. ¡Sólo estoy buscando la gloria! ¿Me entiendes?

–           Los grandes artistas llevan ese anhelo en la sangre.

–           ¡Y por lo tanto, mi anhelo es alcanzar la grandeza absoluta, porque solamente de esa manera llegaré a ser el más grande de los artistas!

Y bajando la voz para que Marco Aurelio no le oiga, le dice Petronio al oído:

–           ¿Sabes que condené a muerte a mi madre y a mi esposa, principalmente porque yo deseaba presentar el más grande sacrificio que un hombre pudiera ofrecer?

–           Y ciertamente diste un regio presente. Los dioses deben estar complacidos.

–           Pero parece que para abrir las puertas del Empíreo, se necesita algo más grande que eso y ya que el destino así lo quiere…

Petronio se alarmó, pero controlándose dijo:

–           ¿Qué intentas hacer?

El César dijo suspicaz:

–           Tú lo verás más pronto de lo que te imaginas. Mientras tanto, solo piensa que existen dos Nerones: uno, el que el pueblo conoce. Otro, el que solo tú conoces. El cual si destruye como la muerte, dominado por un frenesí como Baco; se debe a la trivialidad y a las miserias humanas de la vida ordinaria que lo ahogan.

–           Pero para alcanzar la grandeza no hay necesidad de aniquilar la belleza de la vida.

–           Yo quisiera aniquilarla, aun cuando para ello sea necesario el uso del hierro o del fuego. ¡Oh! ¡Qué vulgar será este mundo cuando yo haya desaparecido de él!

–           Tu temperamento artístico está buscando un clímax.

Nadie tiene la menor idea de mi verdadero temperamento artístico. Este es mi sufrimiento que me llena de melancolía.

Petronio dijo cauteloso:

–           Hay ocasiones que es necesario atemperar el talento, sobre todo cuando hay que ponderar el riesgo desde un trono imperial.

–           ¡Es muy pavoroso para un hombre cargar al mismo tiempo con el peso  del poder supremo y del más excelso talento!

Aunque Petronio se sintió aterrado, consiguió decir:

–           Simpatizo contigo profundamente, ¡Oh, César! Y en ello me acompaña también Marco Aurelio, que te deifica desde el fondo de su alma.

–           Por su parentesco contigo, también me es caro, aunque más bien sirve a Marte y no a las Musas.

–           Él sirve ante todo a Venus Afrodita.

Y en ese mismo instante decidió resolver el asunto de su sobrino de una vez por todas y alejar el peligro que pudiera amenazarle. Y agregó:

–           Él está perdidamente enamorado… Permítele señor que vuelva a Roma, si no quieres que muera aquí a mi lado. ¡El rehén que le diste fue encontrado! Y Marco Aurelio al venir para Anzio, la dejó a cargo de un cierto Acacio. Marco Aurelio quería convertirla en una amante.

–           ¿Y por qué no lo hizo? Ella es suya. Se la cedí y puede disponer de ella como quiera.

–           Pero como resultó muy virtuosa, eso lo ha cautivado aún más y desea casarse con ella.

No veo cual sea el inconveniente. Como es una de las hijas del rey Vardanes I, no hay diferencia de condición entre ellos.

–           Pero Marco Aurelio es ante todo un soldado. Y aunque se pasa la vida entre gemidos y suspiros, no hará nada sin el permiso de su emperador…

Nerón se quedó perplejo…

Luego dijo con cierta suspicacia:

–           El emperador no elige las esposas de sus soldados. ¿Para qué le sirve mi permiso a Marco Aurelio?

Petronio dijo con diplomacia:

–           Ya te he dicho señor que él te deifica.

–           Con mayor razón alcanza mi permiso. Sí. Es esa doncella bonita, pero demasiado escuálida. La augusta Popea se ha quejado de que ella fue la autora de un maleficio a nuestra hija, en los jardines imperiales. Y a causa de eso murió.

–           Pero yo le dije a Tigelino que los dioses no están sujetos a malos encantamientos. Recordarás divinidad su confusión y cómo tú exclamaste ¡Habet!

–           Sí. Tienes razón. Ya lo recuerdo…

Y volviéndose hacia Marco Aurelio, Nerón le preguntó:

–           ¿Es cierto que la amas como dice Petronio?

Marco Aurelio contestó con convicción:

–           Así la amo, señor.

Entonces Nerón detuvo su paseo y declaró:

–           Entonces te ordeno que partas mañana para Roma, a unirte con ella en matrimonio. Y no te presentes de nuevo ante mí, sin el anillo nupcial.

Marco Aurelio se quedó pasmado por un momento y luego exclamó con júbilo:

–           ¡Te doy gracias con todo mi corazón!

El César sonrió con una increíble, benevolencia y dijo:

–           ¡Oh! ¡Cuán grato es hacer felices a los demás! ¡Oh, si los dioses me dejaran hacer solo eso en la vida!

Petronio se preparó a dar el golpe final. Hasta ese momento, su gran influencia y sus maniobras inteligentes, habían salvado a su sobrino de las garras de Popea… Y por eso dijo:

–           Concédenos un favor más, ¡Oh, divinidad! Declara tu voluntad en este asunto en particular, delante de la Augusta. Marco Aurelio no osaría jamás unirse en matrimonio a una mujer, que no fuese grata a la emperatriz. Tú puedes desvanecer su prevención con solo una palabra, manifestando que has ordenado que se efectúe el matrimonio.

–           Así lo haré. Nada podría rehusaros a ti o a vosotros. –declaró el César sonriendo a Petronio.

Después de esto, suspendió el paseo y emprendió el regreso.

Ambos le siguieron con el corazón inundado de felicidad por la victoria alcanzada.

Marco Aurelio tuvo que refrenar el impulso de lanzarse al cuello de Petronio y besarlo en las mejillas con amor y agradecimiento. Pues ahora le parece que ha quedado removido todo peligro y todo obstáculo… 

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA