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31 LA MUERTE DE UN PROFETA


 31 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

Obedeciendo la orden recibida, Judas ha ido a llamar a su madre y a los demás apóstoles.

Jesús se siente devastado, por lo sucedido en los últimos minutos y no vuelve a sonreír sino cuando regresa Judas con su madre y los discípulos.

La mujer escudriña a Jesús…

Pero al verlo complaciente; toma confianza. Aun así se nota que es un alma que está muy afligida…

Jesús dice:

–    ¿Qué? ¿Vamos a Keriot? He descansado y te agradezco madre, tu gentileza.

El Cielo te recompense y te conceda por la caridad que usas conmigo, reposo. Y alegría a tu esposo, por quién lloras.

Ella trata de besarle mano.

Pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola y no permite que se la bese.

Judas dice:

–    El carro está preparado, Maestro. Ven.

Afuera, efectivamente está llegando un carro tirado por bueyes.

Un hermoso y cómodo carro, dentro del cual se han colocado cojines para que sirvan como asientos. Tiene encima, un toldo de paño rojo.

Judas ha dejado de llamarlo rey.

–    Sube, Maestro.

–    Tu madre antes.

La mujer sube, luego Jesús y los demás.

–    Aquí, Maestro.

Jesús se sienta en la parte de adelante; a su lado Judas, detrás la mujer y los discípulos.

El conductor aguijonea a los bueyes; los fustiga caminando a su lado.

E1 trayecto es breve, poco menos de una milla y luego se ven las primeras casas de Keriot que no es un poblado grande.

Un niño pequeño que está en el camino pleno de sol, los mira y parte como un rayo.

Los pobladores salen a recibirlo con banderas y ramas; gritando de júbilo y haciendo reverencias.

Ramos y bandas adornan las calles, de casa a casa y sobre las entradas.

Jesús no puede despreciar estos homenajes y desde lo alto de su bamboleante trono, saluda y bendice.

La carreta llega hasta la plaza, da vuelta por una calle y entra hasta una aristocrática casa que tiene el portón abierto.

Se detiene el carro y bajan.

Judas dice solemne:

–    Mi casa es tu casa, Maestro.

–    Paz sea en ella, Judas. Paz y santidad.

Entran.

Atraviesan el vestíbulo y llegan a una amplia sala con divanes bajos y muebles con incrustaciones.

Con Jesús y los demás, entran las personalidades del lugar.

Hay muchas reverencias, curiosidad, júbilo festivo…

Todo con una gran pompa y mucho ceremonial.

Un anciano imponente y muy elegante, pronuncia un discurso de bienvenida al ‘Señor y Rey’.

Y dice con gran ceremonia:

–      ¡Gran fortuna para la tierra de Keriot al tenerte, oh Señor! ¡Gran fortuna! ¡Feliz día!

¡Fortuna por tenerte y fortuna por ver que un hijo suyo es amigo tuyo y te ayuda! ¡Dichoso él, que te ha conocido antes que ningún otro!

Y Tú, bendito seas diez veces diez por haberte manifestado. Tú, el Esperado por generaciones y generaciones.

Habla, Señor y Rey. Nuestros corazones esperan tu palabra, como la tierra sedienta de verano abrasador espera la primera dulce agua de septiembre. 

Jesús dice:

–      Gracias, quienquiera que seas, gracias. Y gracias a los hombres de esta ciudad que han inclinado sus corazones ante el Verbo del Padre, ante el Padre cuyo Verbo soy Yo.

Porque, sabed que no es al Hijo del hombre, que os está hablando, sino al Señor altísimo, a quien hay que rendir gracias y honor por este tiempo de paz con que Él vuelve a soldar la paternidad quebrada con los hijos del hombre.

Alabemos al Señor verdadero, al Dios de Abraham, que ha tenido piedad de su pueblo, lo ha amado y le otorga al Redentor prometido.

No a Jesús, siervo de la eterna Voluntad, sino a esta Voluntad de amor, gloria y honor. 

El hombre lo invita:

–     Hablas como un santo… Yo soy el jefe de la sinagoga. No es sábado.

Ven de todas formas a mi casa a explicar la Ley, Tú, sobre quién más que el aceite real, está la unción de la Sabiduría. 

–     Iré.

Judas objeta:

–     Acabamos de llegar de un viaje. Mi Señor tal vez está cansado.

Jesús dice:

–     No, Judas. Jamás me canso de hablar de Dios. Y nunca tengo deseos de quitar las esperanzas de los corazones.

El sinagogo insiste:

–     Entonces, ven. Todo Keriot está afuera, esperándote.

–     Vamos.

Jesús sale entre Judas y el arquisinagogo; pasa bendiciendo. La sinagoga está en la plaza.

Atraviesan la plaza y entran a la sinagoga.

Jesús se dirige hacia el puesto reservado a quien enseña.

Se ve magnífico, todo angelical con su espléndida vestidura, el rostro inspirado, los brazos extendidos según su gesto habitual.

Empieza a hablar:

–      Pueblo de Keriot, el Verbo de Dios habla. Escuchad. Quien os habla no es sino Palabra de Dios. Su soberanía viene del Padre y al Padre volverá después de evangelizar a Israel.

Ábranse los corazones y las mentes a la verdad, para que el error no quede estancado, para que no nazca la confusión.

Isaías dice: “Toda depredación tumultuosa y las vestiduras bañadas de sangre serán consumidas por el fuego. He aquí que nos ha nacido un niño.

He aquí que se nos concede un Hijo. Lleva sobre sus hombros el principado. Éste es su nombre: el Admirable, el Consejero, Dios el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz”.

Este es mi Nombre. Dejemos a los Césares y a los Tetrarcas su botín. Yo depredaré, pero no será una depredación que merezca castigo de fuego.

No sólo esto sino que le arrebataré al fuego de Satanás gran número de presas para llevarlas al Reino de paz del que soy Príncipe.

Y al siglo futuro: el eterno tiempo del cual soy Padre.

“Dios” dice también David, de cuya estirpe provengo; como habían predicho quienes vieron porque eran santos, gratos a Dios, elegidos por Dios para hablar

“ha escogido a uno sólo… a mi hijo… pero la obra es grandiosa, porque se trata no de preparar la casa de un hombre, sino la de Dios”. Así es.

Dios, el Rey de los reyes, ha elegido a uno sólo, a su Hijo, para construir en los corazones, su casa. Y ha preparado ya el material. ¡Oh, cuánto oro de caridad. Y cobre, y plata y hierro. Y maderas raras y piedras preciosas!

Todas están acumuladas en su Verbo y Él las usa para construir en vosotros la morada de Dios.

Pero si el hombre no ayuda al Señor, inútilmente el Señor querrá construir su casa. Al oro se responde con el oro, a la plata con la plata, al cobre con el cobre, al hierro con el hierro.

O sea, por el amor debe darse amor, continencia para servir a la Pureza, constancia para ser fieles, fuerza para no desistir.

Y luego, llevar hoy la piedra, mañana la madera: hoy el sacrificio, mañana la obra. Y construir, construir siempre el templo de Dios en vosotros.

El Maestro, el Mesías, el Rey del Israel eterno, del pueblo eterno de Dios, os llama. Pero quiere que estéis limpios para la obra.

Caigan las soberbias: a Dios gloria. Caigan los humanos pensamientos: de Dios es el Reino. Humildes, decid conmigo: “Tuyas son todas las cosas, Padre, tuyo todo cuanto es bueno; enséñanos a conocerte y a servirte, en verdad”.

Decid: “¿Quién soy yo?” Y reconoced que seréis algo sólo cuando seáis moradas purificadas a las que Dios pueda descender, en las que pueda descansar.

Todos peregrinos y extranjeros en esta tierra, sabed reuniros e ir hacia el Reino prometido.

El camino son los Mandamientos puestos en práctica no por temor a un castigo, sino por amor a ti, Padre santo.

El arca, un corazón perfecto en el cual está el nutritivo maná de la sabiduría y florece la vara de la pura voluntad. Y para que la casa sea luminosa, venid a la Luz del mundo.

Yo os la traigo. Os traigo la Luz. Nada más que esto. No poseo riquezas ni prometo honores de esta Tierra, pero sí poseo todas las riquezas sobrenaturales de mi Padre.

Y a aquellos que sigan a Dios en amor y caridad les prometo el honor eterno del Cielo.

La paz sea con vosotros.

La gente, que ha estado escuchando atenta, bisbisea un poco inquieta.

Jesús habla con el jefe de la sinagoga. Se unen al grupo también los personajes más importantes de Keriot. 

Uno de ellos pregunta:

–     Maestro… ¿Pero entonces no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho… 

Jesús contesta: 

–     Lo soy.

–     Pero Tú has dicho…

–     Que no poseo ni prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la verdad. Así es.

Conozco vuestro pensamiento. Y el error proviene de una mala interpretación, y de un sumo respeto vuestro hacia el Altísimo.

Se os dijo: ‘Viene el Mesías’ y pensasteis como muchos en Israel, que Mesías y rey fuesen una misma cosa.

Elevad más alto el espíritu. Observad este hermoso cielo de verano. ¿Pensáis que termina allí su límite, allí donde el aire parece una bóveda de zafiro? No.

Más allá están los estratos más puros, los azules más nítidos, hasta llegar a aquél inimaginable, del Paraíso; adonde el Mesías conducirá a los justos muertos en el Señor.

Hay una infinita diferencia entre la realeza mesiánica que el hombre imagina y la verdadera; que es totalmente divina.

–      Pero, ¿Podremos nosotros pobres hombres, elevar el espíritu adonde Tú dices?.

–      Basta que lo queráis. Y si lo queréis, Yo os ayudaré.

–     ¿Cómo te tenemos que llamar, si no eres rey?

–      Maestro, Jesús; como queráis. Maestro soy y soy Jesús, el Salvador.

Dejemos a los Césares y a los tetrarcas con sus botines. Yo tendré el mío. Pero no será un botín que merezca el castigo de fuego.

Antes bien, arrancaré del Fuego de Satanás; presas y botines, para llevarlas al Reino de la Paz.

Todos se quedan meditando en las palabras de Jesús…

Al fin, un anciano dice:

–     Señor. Hubo una ocasión hace mucho tiempo; cuando fue el edicto de Augusto; que llegó la noticia que había nacido en Belén el Salvador.

Yo fui con otros… Vi a un pequeñín, igual que los demás. Pero lo adoré con fe.

Después supe que había un hombre santo que se llamaba Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?

–      Aquel a quien tú adoraste. El otro es su Precursor. Gran santo a los ojos del Altísimo, pero no Mesías.

–     ¿Eras Tú?

–      Era Yo. Y ¿qué viste en torno a mí recién nacido?

–      Pobreza y limpieza, honestidad y pureza. Un carpintero amable y serio de nombre José. Artesano, pero de la estirpe de David.

Una joven Madre rubia y gentil de nombre María, ante cuya belleza palidecen las rosas más hermosas de Engadí y parecen feos y deformes, los lirios de los jardines en los palacios reales.

Y un Niño de grandes ojos azul de cielo y cabellos oro pálido…

No vi nada más…

Y oigo todavía la voz de la Madre que me decía:

“Por mi Criatura te digo: el Señor esté contigo hasta el eterno encuentro y su Gracia te salga al paso en tu camino”. Tengo ochenta y cuatro años… el camino está terminándose.

Ya no esperaba encontrar la Gracia de Dios y sin embargo, te he encontrado… Y ahora ya no deseo ver más luz que la tuya…

Sí. TE VEO CUAL ERES bajo esta vestidura de piedad que es la carne que has tomado. ¡Te veo! ¡Oíd la voz de aquel que al morir ve la Luz de Dios!

La gente se arremolina en torno al anciano inspirado que está en el grupo de Jesús y que arrojando el bastón, levanta los brazos trémulos.

Tiene la cabeza toda blanca. La barba larga y partida en dos. Parece un verdadero patriarca y profeta.

Y dice señalando a Jesús:

–     Veo a Éste: al Elegido; al Supremo; al Perfecto; que habiendo bajado por amor, vuelve a subir hasta la Diestra del Padre. A volver a ser Uno con Él. Pero no veo su Voz y Esencia incorpórea, como Moisés vio al Altísimo…

Y como refiere el Génesis que lo conocieron los Primeros Padres y hablaron con Él, al aura del atardecer.

Como verdadera Carne lo veo subir al Eterno, ¡Carne refulgente!, ¡Carne gloriosa!; ¡Oh, pompa de Carne divina!, ¡oh, Belleza del Hombre Dios!

Lo veo subir como un verdadero hombre hacia el Eterno. Cuerpo que brilla. Cuerpo Glorioso. ¡Oh, Pompa del Cuerpo Divino! ¡Oh, Belleza del Hombre Dios!

Es el Rey. ¡Sí, es el Rey! No de Israel, sino del Mundo.

Ante Él se inclinan todas las realezas de la tierra, y todos los cetros y coronas palidecen ante el fulgor de su Cetro y de sus joyas. 

¡Una corona! Una corona tiene en su frente. Un cetro tiene en su mano. Sobre su pecho tiene un racional: Hay en él perlas y rubíes de un esplendor jamás visto.

De él salen llamas como de un horno sublime. En las muñecas, dos rubíes, y lleva una fíbula de rubíes en sus pies santos. ¡De los rubíes, luz, luz…!

¡Mirad, oh pueblos, al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! Subo contigo… ¡Ah! ¡Señor!, ¡Redentor nuestro!…

 ¡Oh! ¡La Luz aumenta en los ojos del alma! ¡El Rey está adornado con su Sangre!… la corona… ¡Es una corona de espinas que sangran!

El cetro… el trono… ¡Una Cruz!… ¡Aquí está el Hombre! ¡Aquí está! ¡Eres Tú!… 

¡Señor, por tu Inmolación ten piedad de tu siervo! ¡Jesús, a tu piedad confío mi espíritu!…

El anciano, que había estado erguido y que se había rejuvenecido con el fuego de su profecía, se derrumba de improviso…

Y caería al suelo, si Jesús rápido no lo sostuviese contra su pecho.

La gente grita:

–   ¡Saúl!

–   ¡Se está muriendo Saúl!

–   ¡Auxilio!

–   ¡Corred!

Jesús, lentamente se ha arrodillado para sujetar mejor al anciano que se vuelve paulatinamente más pesado. 

Y dice:

–   Paz en torno al justo que muere.  

Hay un silencio total.

Jesús lo coloca en el suelo, se yergue y dice:

–    Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz y en la espera que será breve; verá el Rostro de Dios y será feliz. No existe la muerte para aquellos que mueren en el Señor.

Pasados algunos minutos la gente se aleja comentando lo sucedido. Quedan los ancianos; Jesús, los suyos y el sinagogo.

Éste dice:

–    ¿Ha profetizado, Señor?

–     Sus ojos han visto la verdad.

Y volviéndose a los suyos, ordena:

–     Vámonos.

Y salen.

Simón pregunta:

–      Saúl ha muerto revestido con el Espíritu de Dios. Quienes le hemos tocado ¿Estamos limpios o inmundos?

Jesús contesta:

–      Inmundos.

Espiritualmente cuando alguien muere, sus pecados que son los espíritus inmundos’ generados por la maldad personal con la que TODOS los seres humanos contribuímos al universo espiritual, se trasladan a la persona más cercana al fallecido. 

El sacramento de la Reconciliación en realidad es un poderosísimo exorcismo y el mantenernos en Gracia nos protegen de estas ‘invasiones’...

Los Sacramentos se originaron de la Llaga que Longinos abrió con su lanza en el Calvario, por eso…

Judas exclama:

–      ¡Oh! ¡NO! ¡Ya no…!

Jesús es terminante:

–      Yo como los otros. No cambio la Ley. La Ley es ley y el Israelita la observa.

Estamos inmundos. Dentro del tercero y último día, nos purificaremos. Hasta entonces estamos inmundos. 

Se vuelve hacia el apóstol y agrega: 

–        Judas, no regreso a la casa de tu madre. No llevaré inmundicia a su casa.

Comunícaselo por medio de alguien que pueda hacerlo. Paz a esta ciudad. ¡Vámonos!

Y se van a través del huerto…

18 LA PESCA MILAGROSA


18 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la barca Jesús está hablando:

–           Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza.

Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡Cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, enfermedades de las plantas, o del campesino.

Así es que los árboles que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.

Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán.

Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de Mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer.

Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada.

Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.

Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿Entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No.

Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir.

Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma.

Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma!

Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿Vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe.

No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.

Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo.

Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los Diez Mandamientos que dan la vida eterna.

Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los Diez santos Mandamientos.

Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse.

No hay ni enfermos ni pobres.

Jesús dice a Simón:

–            Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.

–            Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.

–           Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.

–           Haré lo que dices por respeto a tu palabra – y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan – Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

–           Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red.

Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

Pedro tiene los ojos como platos.

Y exclama sorprendido:

–            ¡Esto son peces, Maestro! 

Jesús sonríe y calla.

–            ¡Eúp! ¡Eúp! – dirige Pedro a los peones.

Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

–            ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.

Se apresuran.

Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas.

Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.

Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas.

Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía.

Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

–            ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo!

–            ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!

¡Demasiado peso!

Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona.

Pero una vez en la orilla, lo hace. Entiende.

Siente una gran turbación.

–            ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!

Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús lo mira y sonríe:

–            ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres.

Y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.  

Pedro exclama agradecido:

–             Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado.

Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.

16 LOS PRIMEROS DISCÍPULOS


16 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret.

Desde lo alto de la colina en que se encuentran se ve, blanca entre el verde la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida.

Un suave ondular de laderas: en algunos lugares apenas perceptible y en otros, más marcado.  

Jesús dice:

–          Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan.

No os digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan y conocer a Aquella que Juan conoce, os digo: “¡Venid!”.

Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de corazón.

–           Vamos, entonces.

Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal.

Anochece.

Todavía hace calor, pero ya las sombras descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.

Entran en el pueblo.

Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los huertos saludan a Jesús y a Judas.

Los niños se apiñan en torno a Jesús.  

Y le cuentan sus novedades:

–             ¿Has vuelto?

–             ¿Ahora te quedas aquí?

–             Se me ha roto otra vez la rueda de la carretilla.

–             ¿Sabes, Jesús? Tengo una nueva hermana y le han puesto de nombre María.

–             El maestro me ha dicho que sé todo y que soy un verdadero hijo de la Ley.

–             Sara no está porque tiene a su mamá muy enferma. Llora porque tiene miedo.

–             Mi hermano Isaac se ha casado. Han hecho una gran fiesta.

Jesús escucha, acaricia, encomia, promete ayuda.

Así llegan a casa.

Y en el umbral de la casa está ya María, avisada por un muchachito premuroso.

–             ¡Hijo mío!

–             ¡Mamá!

Los dos están el uno entre los brazos del otro.

María, que es mucho más baja que Jesús, tiene la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho del Hijo, y está cerrada en el círculo de sus brazos.

El la besa sobre el pelo rubio.

Entran en casa.

Los discípulos incluido Judas se quedan afuera, para que se sientan libres en estas primeras muestras de afecto.

María habla con voz trémula, como la de quien tiene las lágrimas en la garganta.

–             ¡Jesús! ¡Hijo mío!

Jesús pregunta amoroso:

–            ¿Por qué, Mamá, estás así?

–             ¡Hijo! Me han dicho… En el Templo aquel día había galileos, nazarenos… Han vuelto… y han contado… ¡Hijo!….

–             ¡Pero tú, Mamá, ya ves que estoy bien! No he sufrido ningún mal. Sólo ha sido glorificado Dios en su Casa.

–             Sí. Lo sé, Hijo de mi corazón. Sé que ha sido como el toque que llama a los que duermen. Y por la gloria de Dios yo me alegro…

Me alegro de que este pueblo mío se despierte a Dios… Yo no te lo reprocho… no te pongo obstáculos… te comprendo… y… y estoy contenta… pero te he engendrado, yo, ¡Hijo mío!….

María está todavía en el círculo de los brazos de Jesús y ha hablado teniendo las manos abiertas y apoyadas sobre el pecho del Hijo, con la cabeza alzada hacia Él, los ojos más brillantes por el llanto que está para rebosarlos.

Y ahora calla, volviendo a apoyar la cabeza en el pecho de su Hijo.

 Parece una tortolita gris, vestida como está de pardo grisáceo, amparada por dos fuertes alas de candor.

 Porque Jesús está todavía con su vestidura y manto blancos.

–             ¡Mamá! ¡Pobre Mamá! ¡Mi querida Mamá!… –

Jesús la vuelve a besar.

Luego dice:

–             Bueno, ¿Ves? Estoy aquí y no estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos y otros están en Judea.

También el primo Judas está conmigo y me sigue…

–            ¿Judas?

–            Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos… y no yerro diciendo que me han criticado.

Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la tierra y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo.

–            ¿Dónde está ahora?

–            Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?

–             Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora.

–             Dios la glorificará.

 Jesús sale a la puerta y llama:

–             ¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!

Entran y saludan.

Judas besa a María y luego corre a buscar a su madre.

Jesús nombra a los cinco:

Pedro, Andrés, Santiago, Natanael, Felipe.

Porque Juan a quien María ya conocía, la ha saludado inmediatamente después de Judas, inclinándose y recibiendo su bendición.

María los saluda y los invita a sentarse. 

Es la señora de la casa y aun adorando con la mirada a su Jesús, parece que el alma continúe hablando por los ojos, con el Hijo, se ocupa de los huéspedes.

Querría llevar agua para que repusieran fuerzas.

Pero Pedro salta:

–          No, Mujer. No puedo permitirlo. Tú siéntate junto a tu Hijo, Madre santa. Voy yo. Ahora vamos al huerto, a refrescarnos.

Acude María de Alfeo, roja y llena de harina.

Saluda a Jesús, el cual la bendice.

Luego conduce a los seis al huerto, a la pila.

Y vuelve feliz:

–           ¡Oh, María! – le dice a la Virgen – Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán.

Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos… sentimos lo que es bueno para los hijos.

Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús.

Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.

Vuelven los discípulos y María de Alfeo sirve pan fragante, aceitunas y queso. Trae una pequeña ánfora de vino tinto.

Jesús llena los vasos de sus amigos.

Es siempre Jesús quien ofrece y luego distribuye.

Un poco azorados al principio, los discípulos se sienten más seguros y hablan de sus casas, del viaje a Jerusalén, de los milagros acaecidos.

Se sienten llenos de celo y de afecto y Pedro trata de hacer de María una aliada para obtener que Jesús los tome enseguida sin previa espera en Betsaida.

Ella, con una suave sonrisa los exhorta:

–           Haced todo lo que Él dice. Esta espera os granjeará más beneficios que una unión inmediata. Mi Jesús todo lo que hace, lo hace bien.

La esperanza de Pedro muere. Pero se resigna con elegancia.

Sólo pregunta:  

 –          ¿Durará mucho la espera?

Jesús lo mira sonriéndole, pero no dice nada más.

María interpreta esa sonrisa como un signo benévolo y dice:

–           Simón de Jonás, Él sonríe… por eso yo te digo: ligero como vuelo de golondrina, será el tiempo de tu espera obediente.

–           Gracias, Mujer.

–           ¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?

–           Te miro, María.

–           Yo también.

–           También yo os miro y… ¿Sabéis?… me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de ojos fijos en mi rostro con amor.

¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?

–           ¡Ah, que si me acuerdo!… ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor.

Y éste, Juan me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado y el más joven.

Los otros se muestran deseosos de saber.

Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras.

Cae la noche.

Y Jesús dice:

–            Amigos, Yo no tengo habitaciones. Pero allí está el taller donde trabajaba. Si queréis cobijaros allí… Sólo están los bancos.

Pedro responde:

–            Cama cómoda para pescadores habituados a dormir en estrechos tablones. Gracias, Maestro. Dormir bajo tu techo es honor y santificación.

Se retiran despidiéndose efusivamente.

También Judas se retira con su madre y se van a su casa.

En esta habitación quedan Jesús y María, sentados sobre el arca, a la luz de la lamparita, un brazo en el hombro del otro.

Jesús participa sus confidencias…

 Y María escucha dichosa, trémula, contenta… 

15 PARENTESCO ESPIRITUAL


15 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Las riberas del Jordán exhiben una majestuosa paz  verde – azul, con rumor de aguas y de frondas de tono dulce como una melodía.

Es una calzada militar bastante amplia, trazada por los romanos para unir las distintas regiones con la capital que sigue a poca distancia el curso del río y está separada de éste por una franja de bosque, que cumple la función de afianzar las márgenes y oponer resistencia a las aguas durante las crecidas.

Al otro lado de la calzada continúa la floresta, de modo que la vía parece una galería natural a la que hacen de techo entrelazadas, las frondosas ramas: benéfico alivio para los viandantes por el sol abrasador.

El río  y  por tanto, la calzada traza un arco muy amplio y la rampa frondosa parece una muralla verde colocada para cerrar una concavidad de aguas quietas.

Parece casi un lago de un parque señorial, aunque el agua discurre lentamente con un suave murmullo, al chocar los primeros cañizares que han crecido en el terreno guijarroso  y la ondulación de las largas cintas de sus hojas, colgando a ras del agua que las mueve.

También un grupo de sauces, de flexibles ramas suspendidas, le han confiado al río el extremo de su verde cabellera. Y éste parece peinarlas acariciándolas, extendiéndolas suavemente  en la dirección de su corriente.

Silencio y paz en la hora matutina.

Sólo cantos y reclamos de aves, susurro de aguas y frondas en un intenso brillar de rocío sobre la hierba verde y alta que está entre los árboles y que el sol estival aún no ha quemado.

Floresta tierna y nueva por haber nacido después de la primaveral efusión de aguas que ha nutrido la tierra en lo profundo, llena de humedad y de substancias buenas.

Tres viandantes están parados en esta curva de la calzada, justamente en un ápice del arco.

Otean la lejanía en sus distintas direcciones: miran hacia arriba y hacia abajo; al Sur, donde está Jerusalén; al Norte, donde está Samaría.

Esperan ansiosos y escrutan entre las columnatas de los árboles para ver si llega alguno esperado.

Son Tomás, Judas Tadeo y el leproso curado.

Hablan entre sí.

Tomás:

–          ¿Ves algo?

Tadeo:

–            Yo no.

Simón Cananeo:

–            Yo tampoco.

Tomás:

–            Y sin embargo, éste es el lugar.

–            ¿Estás seguro?

–             Seguro, Simón. Uno de los seis, mientras el Maestro se alejaba entre las aclamaciones de la muchedumbre después del milagro de un mendigo lisiado, curado en la puerta de los Peces, me dijo:

 “Nosotros ahora nos vamos de Jerusalén. Espéranos a cinco millas entre Jericó y Doco, a la altura de la curva del río, en la calzada flanqueada de árboles”. Ésta.

Dijo también: “Allí estaremos, dentro de tres días, al amanecer”.

Es el tercer día y aquí nos ha encontrado la cuarta vigilia.

Simón:

–          ¿Vendrá? Quizás hubiera sido mejor haberle seguido desde Jerusalén.

Tomás:

–           Todavía no podías ir entre la muchedumbre, Simón.

Tadeo:

–           Si mi primo os dijo que vinierais aquí, aquí vendrá. Siempre mantiene lo que promete. Debemos esperar.

Tomás:

–           ¿Has estado siempre con Él?

Tadeo: 

–           Siempre. Desde que volvió a Nazaret fue conmigo un buen compañero. Siempre juntos. Somos de la misma edad, yo un poco mayor.Y además yo era el preferido de su padre, hermano del mío. También su Madre me quería mucho. He crecido más con Ella que con la mía.

–            Te quería… ¿Ya no te quiere lo mismo?

–            ¡Oh, sí!, pero nos hemos desligado un poco desde que Él se ha hecho profeta. A mi familia no le gusta.

–            ¿Qué familia?

–            Mi padre y los dos mayores. El otro está en duda… Mi padre es muy anciano y no he tenido corazón para llevarle la contraria. Pero ahora… Ya no más.

Ahora yo voy a donde me llevan el corazón y la mente. Voy con Jesús. No creo ofender a la Ley actuando así.

Y… si no fuera justo lo que quiero hacer, Jesús me lo diría. Haré lo que Él dice. ¿Le es lícito a un padre ponerle obstáculos a un hijo en el camino del bien?

Si yo siento salvación en ello, ¿Por qué impedirme conseguirla? ¿Por qué los padres algunas veces nos son enemigos?

Simón suspira como por tristes recuerdos y baja la cabeza, pero no habla.

Sin embargo, Tomás responde:

–            Yo ya he superado la dificultad. Mi padre me ha escuchado y me ha comprendido. Me ha bendecido diciendo: “Ve. Que esta Pascua signifique para ti liberación de la esclavitud de una espera. Dichoso tú que puedes creer.

Yo espero. Más si es Él y lo sabrás siguiéndolo, vuelve a tu anciano padre para decirle: ‘Ven. Israel ya tiene al Esperado”.

–             Eres más afortunado que yo. ¡Y pensar que hemos vivido a su lado!… Y no creemos, ¡Nosotros los de la familia!… ¡Y decimos, o sea, ellos dicen: “Ha perdido el juicio”!….

De repente, Simón exclama:

–             Mirad, mirad un grupo de personas ¡Es Él, es Él! ¡Reconozco su cabeza rubia! ¡Oh! ¡Venid! ¡Corramos!

Se echan a andar velozmente hacia el Sur.

Los árboles, ahora que han llegado al punto culminante del arco, ocultan el resto de la calzada, de manera que los dos grupos se encuentran casi uno frente al otro, cuando menos se lo esperan.

Jesús parece que sube del río, porque está entre los árboles de la orilla.

–          ¡Maestro!

–          ¡Jesús!

–          ¡Señor!

Los tres gritos del discípulo, del primo, del curado, resuenan adoradores y festivos.

Jesús les da la bienvenida:

–          ¡Paz a vosotros!

De nuevo la hermosa, inconfundible voz, llena, sonora, serena, expresiva, neta, viril, dulce e incisiva:   

–          ¿Tú también, Judas, primo mío?

Se abrazan.

Judas llora.

Jesús pregunta:

–          ¿Por qué este llanto?

Tadeo responde entre sollozos:

–           ¡Jesús… yo quiero estar contigo!

–           Te he esperado siempre. ¿Por qué no has venido?

Judas baja la cabeza y calla.

–           ¡No han querido! ¿Y ahora?

–           Jesús, yo… yo no puedo obedecerlos a ellos. Quiero obedecerte sólo a ti.

–           Yo no te he mandado nada.

–           No, Tú no. ¡Pero es tu Misión la que manda! Es Aquel que te ha enviado quien habla aquí, en el centro de mi corazón, y me dice: “Ve a Él”.

Es Aquella que te ha engendrado y que ha sido para mí maestra suave quien, con su mirada de paloma, me dice, sin usar palabras: “¡Sé de Jesús!”.

¿Puedo no tener en cuenta esa voz excelsa que me traspasa el corazón? ¿Esa oración de santa que ciertamente me suplica para mi bien?

 ¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido  y no te había visto jamás aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado “Cordero de Dios”?

Y yo, yo que he crecido contigo, yo que me he hecho bueno siguiéndote a ti, yo que he venido a ser hijo de la Ley por mérito de tu Madre y que de Ella he aspirado no los seiscientos trece preceptos de los rabíes,

además de la Escritura y las oraciones, sino el espíritu de éstas… ¿Es que no voy a ser capaz de nada?

–            ¿Y tu padre?

–            ¿Mi padre? No le falta pan ni asistencia, y además… Tú me das ejemplo. Tú has pensado en el bien del pueblo más que en el pequeño bien de María. Y Ella está sola.

Dime Tú, Maestro mío, ¿No es lícito, acaso, sin faltarle al respeto, decirle a un padre:

“Padre, yo te quiero. Pero, por encima de ti está Dios, y a Él lo sigo”?

–             Judas, pariente y amigo mío, Yo te lo digo: vas muy adelante en el camino de la Luz. Ven. Sí, es lícito hablarle al padre así cuando es Dios quien llama.

Nada está por encima de Dios. Incluso las leyes de la sangre cesan, o sea, se subliman, porque con nuestras lágrimas los ayudamos más a los padres, a las madres, y por algo más eterno que no lo cotidiano del mundo.

Los llevamos con nosotros al Cielo y, por la misma vía del sacrificio de los afectos, a Dios. Quédate pues, Judas. Te he esperado y me siento contento de volverte a tener, amigo de mi vida nazarena.

Tadeo está conmovido.

Jesús se vuelve hacia Tomás:

–         Has obedecido fielmente. Primera virtud del discípulo.

–         He venido para serte fiel.

–          Y lo serás. Yo te lo digo.

Y volviéndose hacia el sanado, le dice:  

–         Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas.

El ex leproso se postra a los pies de Jesús:

–          ¡Señor mío!

–          Levántate. ¿Tu nombre?

–           Simón.

–          ¿Tu familia?

–          Señor… era poderosa… yo también tenía poder… Pero odios de sectas y… y errores de juventud lesionaron su poder. Mi padre…

¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo me ha dado!

–          ¿Era leproso?

–           No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma y que nosotros los de Israel la incluimos en las distintas lepras.

Él, entonces dominaba todavía su casta, vivió y murió como poderoso en su casa. Yo… si no me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros.

–           ¿Estás solo?

–            Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto.

–            ¿Tu madre?

El hombre parece sentirse violento.

Y responde: 

–            Murió.

Jesús le observa atentamente.

–            Simón, me dijiste: “¿Qué debo hacer por ti?”. Ahora te digo: “¡Sígueme!”.

–            ¡Enseguida, Señor!… Pero… pero yo… déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban “zelote” por la casta, y “cananeo” por madre.

Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de una esclava.

Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió…

–            No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla desaparecer.

Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?

–            Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando subió al rostro… no daban crédito a sus ojos.

Mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los “muertos”, aunque,  como dijo un médico romano de Cesárea que consulté, la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario.

 Por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?

–            Debes no maldecirlo. Te ha hecho todo tipo de mal…

–            ¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa…

De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado todo: incluso la alegría de ser padre.

–            Por eso te digo: “¡Sígueme!”. A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el verdadero Padre te sonríe.

Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan.

Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor.

Ven, Simón, tú que no has tenido hijos. Ven, Judas, tú que pierdes al padre por mi amor. Os uno en el destino.

Jesús los acerca hacia Sí y poniéndolas manos sobre sus hombros, como para una toma de posesión y para imponer un yugo común.

Luego dice:

–            Os uno. Pero ahora os separo. Tú, Simón, te quedarás aquí con Tomás. Prepararás con él los caminos de mi retorno.

Pronto regresaré y quiero que muchos me estén esperando. Decidles a los enfermos (tú lo puedes decir) que Aquel que cura viene. Decidles a los que esperan que el Mesías está entre su pueblo.

Decidles a los pecadores que hay quien perdona para dar la fuerza necesaria para subir.

–           Pero ¿Seremos capaces?

–           Sí. Sólo tenéis que decir: “Él ha llegado. Os llama. Os espera, Viene para liberaros. Estad aquí preparados para verlo”.

Y a las palabras unid el relato de lo que sabéis.

Y tú primo Judas, ven conmigo y con éstos. Tú de todas formas te quedarás en Nazaret.

–            ¿Por qué, Jesús?

Jesús suspira profundo y dice:

–             Porque debes prepararme mi camino en mi tierra. ¿Consideras pequeña esta misión? En verdad no hay una más grave…

–            ¿Y lo lograré?

–            Sí y no. Pero todo será suficiente para quedar justificados.

–            ¿De qué? ¿Y ante quién?

–            Ante Dios. Ante la propia tierra. Ante la familia. No podrán censurarnos por haber ofrecido el bien.

Y si la patria y la familia lo desdeñan, nosotros no tendremos culpa de su daño.

 

–            ¿Y nosotros?

–            ¿Vosotros, Pedro? Volveréis a las redes.

–            ¿Por qué?

–              Porque pienso instruiros lentamente y tomaros conmigo cuando os vea preparados.

–              Pero, entonces, ¿Te veremos?

–              Claro. Iré frecuentemente. Os avisaré, si no, cuando esté en Cafarnaúm.

Ahora despedíos, amigos y vamos. Os bendigo a vosotros que os quedáis. Mi Paz sea con vosotros.

8 LAS BODAS DE CANÁ


8 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la cocina de Pedro además de Jesús, están Pedro y su mujer, Santiago y Juan. Al parecer están en la sobremesa después de cenar  y están conversando.

Jesús muestra interés por la pesca y cada quién hace su aporte sobre el tema.

Entonces entra Andrés y dice:

–         Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo.

Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen.

Y cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre del fogón, ve entrar a Judas Tadeo.

Exclama:

–         ¿Tú, Judas?

Tadeo responde:

–         Yo, Jesús.

Se besan. Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril.

Es alto, aunque no tanto como Jesús, de robustez bien proporcionada, moreno como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo.

Sus ojos son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos ondulados y castaños como la barba.

–         Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre con un mensaje:

“Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda”. María participa en la ceremonia y con ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios.

Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice:

– Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo… lo siento por vosotros…

Y mirando a Pedro y a los otros, explica a su primo:

 –        Son mis amigos.

Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice:  

–        Y éste es Juan.

Su tono es tan especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, provocando el rubor del predilecto.

Jesús termina la presentación diciendo:

–        Amigos, éste es Judas hijo de Alfeo, mi primo hermano, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida.

Pedro lo invita:

 –       Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate.

Luego dirigiéndose a Jesús, Pedro dice:

–        ¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?

Jesús responde:

–        Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret.

–        Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda – esto dice el hombre de Cafarnaúm.

–         Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Caná. Y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo.

El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua.

–           ¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga. 

Tadeo pregunta:

–           ¿Ya predicas, Jesús?

–           Sí, primo.

Santiago de Zebedeo:

   –        ¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!

Tadeo suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera.

Jesús lo anima para que hable:

–           ¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?

–           Nada.

–           No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?

–           ¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos a ti, Maestro de tu primo más mayor…

–           ¿Entonces? Habla.

–           Quería decirte… Jesús, sé prudente. Tienes una Madre que aparte de ti no tiene nada. Tú quieres ser un “rabí” distinto de los demás.

Y sabes mejor que yo, que las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos.

Conozco tu modo de pensar, es santo. Pero el mundo no es santo y oprime a los santos.

Jesús, ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan…

Lo han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo.

SAN JUAN BAUTISTA

¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?

  –         Judas, ¿Me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas!

Te han mandado, no mi Madre por supuesto, a decirme esto…

Judas baja la cabeza y calla.

–           Habla, primo.

–           Mi padre… y con él José y Simón. Sabes, por tu bien… por afecto hacia ti y María. No ven con buenos ojos lo que te propones hacer… Y querrían que Tú pensaras en tu Madre…

–           ¿Y tú qué piensas?

–           Yo… yo.

–           Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú.

Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos.

–           Pero… ¿Y tu Madre?

–           Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra. O sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre.

Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia.

Y desde entonces se ha preparado para esto.

No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz.

Y Ella me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa, teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno o en las claras de verano llenas de estrellas.  

Y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo.

Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la Misión que me viene de Dios.

 Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos…

Y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca.

Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella.

María le enseñó a dar los primeros pasos a QUIÉN ES el CAMINO.

Con la fuerza de su amorosa, segura Fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia Mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios.

Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú y contigo los otros, no sabéis Quién es mi Madre.

Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios,

LA PODEROSA QUE TODO LO PUEDE EN ORDEN AL CORAZÓN DEL ETERNO PADRE,

que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón.

Ciertamente iré a Cana. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora.

Jesús ha sido majestuoso y persuasivo.

Judas lo mira atentamente. Piensa.

Y dice:

–          Yo también sin duda iré contigo, con esto, si me aceptas… porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!…

–          No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace. ¿Qué tienes en esa bolsa?–          La túnica que tu Madre te manda. Mañana será una gran fiesta. Ella piensa que su Jesús la necesita para no causar mala impresión entre los invitados.

Ha estado hilando incansable desde las primeras luces hasta las últimas, diariamente, para prepararte esta túnica. Pero no ha ultimado el manto. Todavía le faltan las orlas. Se siente desolada por ello.

–          No hace falta. Iré con éste. Y aquél lo reservaré para Jerusalén. El Templó es más que una boda. Ella se alegrará.

Pedro dice:

 –          Si queréis estar para el alba en el camino que lleva a Caná, os conviene levar anclas enseguida. La Luna sale, la travesía será buena.

Jesús se despide:

–           Vamos entonces. Ven, Juan. Te llevo conmigo. Simón Pedro, Santiago, Andrés, ¡Adiós! Os espero el sábado por la noche en Cafarnaúm. ¡Adiós! mujer. Paz a ti y a tu casa.

Salen Jesús con Judas y Juan.

Pedro los sigue hasta la orilla y colabora en la operación de partida de la barca.

Al día siguiente…  

En una característica casa oriental: un cubo blanco más ancho que alto, con raras aberturas, terminada en una azotea que está rodeada por un pequeño muro de aproximadamente un metro de alto.

Y sombreada por una pérgola de vid que trepa hasta allí y extiende sus ramas sobre más de la mitad de esta soleada terraza que hace de techo.

Una escalera exterior sube a lo largo de la fachada hasta una puerta, que se abre a mitad de altura.

En el nivel de la calle hay unas puertas bajas y distanciadas, no más de dos por cada lado, que dan a habitaciones también bajas y oscuras.

La casa se alza en medio de un espacio amplio mitad jardín y huerto, que tiene en el centro un pozo. Hay higueras y manzanos.

Su parte frontal mira hacia el camino y un sendero  entre la hierba, la une a lo que parece un camino principal.

Pareciera  que la casa está en la periferia de Cana en un campo se extiende tras la casa con sus lejanías verdes y apacibles. El cielo está sereno y despejado.

 Se acercan dos mujeres con amplios vestidos y un manto que hace también de velo.

Vienen por el camino y luego por el sendero. Una pareciera de  cincuenta años y viste de oscuro. La otra como de treinta y cinco años, trae un vestido amarillo pálido y manto azul.

Es muy hermosa, esbelta y tiene un porte lleno de dignidad, a pesar de ser toda gentileza y humildad.

Cuando está más cerca, se ve el color pálido del rostro, los ojos azules y los cabellos rubios que pueden verse sobre la frente bajo el velo. Es María Santísima.

Hablan entre ellas. La Virgen sonríe. Cerca ya de la casa, alguien encargado de ver quiénes van llegando, lo comunica.

Y salen a su encuentro hombres y mujeres, todos vestidos de fiesta, que las acogen con gran alegría, especialmente a María.

Son las primeras horas de la mañana y se nota en el campo que tiene ese aspecto fresco por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo.

La estación primaveral  se engalana en el trigo de los campos aún tierno y sin espiga, todo verde.

Las hojas de la higuera y del manzano están tiernas y también las de la parra. Pero no hay flores, ni frutos en ningún árbol.  

María, agasajada por el dueño de la casa, un anciano que la acompaña y que es también su pariente, sube la escalera exterior y entra en una amplia sala que parece ocupar una buena parte de la planta alta.

Los recintos de la planta baja son las habitaciones, las despensas, los trasteros y las bodegas.

Mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional como hoy, que ha sido adornado con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas.

En el centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta.

A lo largo de la pared está otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente.

Y en la pared opuesta hay una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos, tortas con miel, dulces y otros manjares.

En el suelo junto a esta misma pared, hay otras ánforas, una especie de tinajas y tres grandes recipientes con forma de jarras de cobre.

María escucha benignamente a todos; después se quita el manto y ayuda a terminar los preparativos del banquete.

Va y viene, poniendo en orden los divanes, acomodando las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite.

Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja; pero escucha mucho y con mucha paciencia.

Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino.

Todos menos María, corren afuera. Entra la novia toda adornada y feliz, rodeada de parientes y amigos; al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a su encuentro.

Mientras tanto en el camino principal, Jesús vestido de blanco con un manto azul marino, viene con Juan y Judas Tadeo.

Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un aldeano y transmite la respuesta a Jesús.

Jesús sonríe ampliamente y dice:

–          Vamos a darle una satisfacción a mi Madre.

Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa.

Cuando Jesús llega, el vigía avisa a los demás.

El dueño de la casa junto con su hijo el novio y con María, bajan a su encuentro y lo saludan respetuosamente. Reciben cariñosamente a los recién llegados.

Cuando se encuentran Madre e Hijo hay un saludo lleno de amor y de respeto.

–        La paz está contigo» va acompañada de una mirada y una sonrisa de tal naturaleza, que valen por cien abrazos y cien besos.

 El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera.

Jesús sube al lado de su Madre; detrás los discípulos y los dueños de la casa.

Entra en la sala del banquete, donde las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados en la mesa principal.

Se expande por todo el lugar la Voz de tenor, viril y llena de dulzura del Maestro decir al poner pie en la sala:

–          La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros.

Un saludo global y lleno de majestad para todos los presentes.

Jesús domina con su aspecto y estatura a todos. Es el invitado, pero parece el rey del convite más que el novio, más que el dueño de la casa.

Jesús toma asiento en la mesa del centro, con los novios, los parientes de los novios y los amigos más notables.

A los dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.

Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores.

Por ello no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos de asado, que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a los aparadores.

Hay una cosa notable: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa.

Todas las mujeres están y meten bulla como si fueran cien, en la otra mesa que está pegando a la pared.

Y se las sirve después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes.

Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado de la novia.

El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre la cual además, casi no habla.

Jesús es parco de palabras. Es un hombre afable que expone su parecer, pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar.

Sonríe y María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan; que está hacia el fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.

María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado.

Y comprendiendo lo que sucede.

Llama la atención de Jesús:

–        Hijo – dice en voz muy baja- Hijo, no tienen más vino.

Jesús sonríe aún más dulcemente al decir:

 –      Mujer, ¿Qué hay YA entre tú y Yo?

Y sonríe María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.

Jesús explica el significado de la frase:

Ese “ya”, que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado.

Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro.

Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios.

Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre “Mamá” a María, mi Santa.

El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación,

Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador.

Su tercera sublime mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dio a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.

“¿Qué hay ya entre tú y Yo?”. Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba “sujeto”.

Ahora soy de mi Misión.

¿Acaso no lo he dicho?: “Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios”.

Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones y sembrar en ellos la palabra de Dios.

Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el Perdón para la Humanidad.

Ese “ya”, olvidado por la mayoría, quería decir esto:

“Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu.

Pero desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío.

Espera un poco todavía y acabada la Misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño,

y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado un Oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a tí del oprobio de ser madre de un reo.

Y después me tendrás de nuevo, Triunfante.

Y después me tendrás para siempre, tú también triunfante, en el Cielo.

Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos”.

Esto es lo que quiere decir ese pequeño y tan denso de significado, “ya”.

Entonces…

María ordena a los criados:

–        Haced lo que El os diga.

María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los “llamados”.

Y Jesús ordena a los criados:

–        Llenad de agua los cántaros.

Inmediatamente los criados obedecen y llenan las tinajas de agua traída del pozo, se oye rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea.

Luego el mayordomo sirve en una copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio.

María mira una vez más al Hijo y sonríe.

Luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza ruborizándose tenuemente; se siente muy dichosa. 

Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas…

Sigue un profundo silencio y después, un coro de alabanzas a Jesús.

Pero Él se levanta y dice:

–         Agradecédselo a María.

Y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen.

En el umbral de la puerta vuelve a decir:

–         La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobré vosotros – y añade: – Adiós, Madre.

Jesús dice:

 Cuando dije a los discípulos: “Vamos a hacer feliz a mi Madre”, había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía.

No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la Humanidad.

Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del milagro.

Yo no niego nada a mi Madre.

Por su Oración anticipo incluso el tiempo de la Gracia.

Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor.

Por esto, sabiéndolo, dije; “Vamos a hacerla feliz”.

Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía.

Destinada a unirse a mí en la carne, puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmado de vida

Destinada a unirse a mí en el Dolor, puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu.

De la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende, era justo unirla a mí en la Potencia que se muestra al mundo.

Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados:

“Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el Perdón”. 

7 EL “SIGNO” DE LA GUERRA


 7 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús.

Se asoma una mujer y viendo quién es, avisa a Jesús.

Se saludan con un gesto de paz.

Jesús dice:

–        Has venido solícito, Juan.

–        He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de Tí a muchos…

No hemos pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo; renunciando con ello al lucro porque… el sábado todavía no había terminado.

Luego esta mañana, hemos ido por las calles hablando de Tí. Hay gente que quisiera oírte… ¿Vienes, Maestro?

Jesús responde:

–        Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén.

–        Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes.

–        Vamos, entonces.

Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última.

Y después de saludar a la dueña de casa, se marchan.

Llegando a la salida del pueblo comienzan el viaje hacia Betsaida, donde los esperan a la entrada, Pedro, Andrés y Santiago y con ellos algunas mujeres.

Jesús los saluda:   

–         La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis.

–         Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿No les vas a hablar a los que esperan tus palabras?

–         Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa.

Pedro se muestra jubiloso:

–          Ven entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros parientes y amigos nuestros.

–          Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré. Cuando salimos de Cafarnaúm se estaba poniendo el sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.  

Pedro solicita:

–          Maestro… te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche.

Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador.

Sonríe y dice:

 –          Sí.

Nueva alegría de Pedro.

Algunos miran desde las puertas y se hacen señas.

Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja señalando a Jesús.

Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.

Entran en la casa de Pedro.

Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el hogar ancho y bajo, por ahora apagado.

Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto pequeño, con la higuera y la vid.

Más allá del camino, el celeste ondear del lago. Más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.

Pedro dice:

– Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacerlo…

Jesús responde:

– No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor.

Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas.

Jesús come un poco, en realidad para que vean que lo acepta y luego con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.

Unos niños curiosean desde el huerto y el camino.

Pedro mira severamente a estos niños impetuosos, para que no se acerquen.

Jesús sonríe y dice:

–         Déjalos.

–         Maestro, ¿Quieres descansar? Ahí está mi habitación, allá la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando.

–        ¿Tienes una terraza?

–         Sí. Y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra.

–         Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré. 

–         Como quieras. Ven.

Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja.

También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!

Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete.

Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid, para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol.

Se siente brisa y silencio.

Jesús se deleita en ello.

–         Yo me voy, Maestro.

–         Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí.

Jesús se queda solo y Ora durante mucho tiempo.

 Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante.

Las horas pasan calmas y serenas.

Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago.

Mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle y que le sonríen.

Mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja.

Se asoma a la cocina:

 –        Mujer, voy a pasear por la orilla.

Sale y efectivamente va a la orilla, con los niños.

Les pregunta:

–        ¿Qué hacéis?

–        Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca.

El “él” que no quiere es un niño, ya un hombrecito de constitución menuda, pero de rostro muy luminoso.

Quizás sabe que siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo “la guerra” y por ello sostiene la paz.

Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños:

–         Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres. Y Signo de que el hombre ha venido a menos en su condición de verdadero hijo de Dios. 

Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas:

El Sol, el mar, las estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo las armas.

Creó al hombre y le dio OJOS para que tuviera miradas de amor; BOCA para pronunciar palabras de amor; OÍDOS para oírlas, MANOS, para socorrer y acariciar; PIÉS para correr con rapidez hacia el hermano necesitado.

Y CORAZÓN CAPAZ DE AMAR.

 Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el Odio. ¿Por qué?

Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios.

Si el hombre hubiera permanecido TAL como criatura, habría permanecido en el amor. Y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte.

El niño, con su lógica infantil, insiste:

–         Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre.

Jesús sonríe y dice:

–         No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a todos. Si uno dice: “No quiero esto porque me produce una pérdida“, es egoísta.

 Sin embargo, el buen hijo de Dios dice:

“Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros”.

¡Cómo ha comprendido éste el precepto principal!

¿Quién me lo sabe decir?

En coro, las once bocas dicen:

–          Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a tí mismo”.

–          ¡Sois unos niños excelentes! ¿Vais todos al colegio?

–          Sí.

–          ¿Quién es el más listo?

–          Él (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).

–          ¿Cómo te llamas?

–          Joel.

–          ¡Gran nombre! Joel habla así: “… el débil diga: “¡Soy fuerte!”. Pero ¿Fuerte en qué? En la Ley del Dios verdadero, para estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos.

Mas el JUICIO está próximo: NO en el valle de la Decisión, sino en el Monte de la Redención.

Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror y estrellas temblando llanto de piedad, serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas.

Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido.

Dichosos los que lo hayan reconocido:

Recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas.

¿Quién de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?.

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!.

–           ¿Amaréis entonces al Mesías?

Y el coro de voces infantiles responde:

–           ¡Sí!

–           ¡Sí!

–           ¡A Tí!

–           ¡A Tí!

–           ¡Te amamos a Tí!

–           ¡Sabemos quién eres!

–           Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres.

–          ¡Llévanos contigo!.

–           En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas. Nunca más, abusos. Nunca más, riñas. Nunca más, malas respuestas a los padres.

Oración, Estudio, Trabajo, Obediencia.

Y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino. 

 

Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús.

Parece una corola policroma ceñida en torno a un largo pistilo azul oscuro.

Un hombre bastante anciano se ha acercado, curioso.

Jesús se vuelve para acariciar a un niño que le está tirando del vestido y lo ve.

La VISIÓN ESPIRITUAL, entra en acción…

Detiene en él intensamente su mirada.

El anciano se limita a saludar ruborizándose.

Jesús lo llama:

 –       Felipe, ¡Ven! ¡Sígueme!

El hombre responde:

– Sí, Maestro.

Jesús bendice a los niños y al lado de Felipe vuelve a casa. Se sientan en el huertecillo.

Jesús le pregunta:

–         ¿Quieres ser mi discípulo?

–         Lo quiero. Y no oso esperar serlo.

–         Yo te he Llamado.

–         Lo soy entonces. Heme aquí.

–         ¿Tenías conocimiento de mí?

–         Me ha hablado de ti Andrés. Me ha dicho: “Aquel por quien tú suspirabas ha venido“. Porque Andrés sabía que yo suspiraba por el Mesías.

–         No queda frustrada tu espera. Él está delante de ti. 

Jesús se transfigura ante el hombre lo ha anhelado tanto.

O sea, que permite que Felipe vislumbre la DIVINIDAD oculta en Él.

Felipe exclama emocionado:

–         ¡Mi Maestro y mi Dios!

–         Eres un israelita de recta intención. Por esto me manifiesto a ti. Otro amigo tuyo como tú, sincero israelita espera.

Ve a decirle: “Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de la estirpe de David, aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”. ¡Ve!   

Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Nathanael – Bartolomé.

Jesús lo saluda:

–         He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Nathanael.

–        ¿Cómo me conoces?

–          Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera.

Usando los ojos con la mirada espiritual.

Nathanael exclama:

–          ¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!

–          ¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás.

 En verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros por la Fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo, quien te está hablando. 

 –          ¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!

–           Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?

–           Quiero, Maestro.

Mientras tanto en la terraza, que está llena de gente.  Otras personas están en el huertecillo de Pedro.

Luego Jesús llega.

Y saluda diciendo: 

–      Paz a los hombres de buena voluntad. Paz y bendición a sus casas, mujeres y niños. La Gracia y la Luz de Dios reinen en ellas y en los corazones que las habitan.

Deseabais oírme. La Palabra habla. Habla a los honestos con alegría, habla a los deshonestos con dolor, habla a los santos y a los puros con gozo, habla a los pecadores con piedad. No se niega.

Ha venido para derramarse como río que riega tierras necesitadas de agua y que de él reciben alivio de olas y nutrición de limo.

Vosotros queréis saber qué se requiere para ser discípulos de la Palabra de Dios; del Mesías Verbo del Padre, que viene a reunir a Israel para que oiga una vez más las palabras del Decálogo santo e inmutable, y se santifique en ellas.

Para estar limpio, en la medida en que el hombre puede hacerlo de por sí, para la hora de la Redención y del Reino. Mirad.

Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralíticos, a los muertos:

“Levantaos, sanad, resucitad, caminad, ábranse en vosotros los ríos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podáis ver, oír, hablar de mí”.

Pero más que a los cuerpos, esto se lo digo a vuestros espíritus.

Hombres de buena voluntad, venid a mí sin temor.

Si el espíritu está lesionado, Yo le devuelvo la salud. Si está enfermo, lo curo; Si muerto, lo resucito. Quiero sólo vuestra buena voluntad.

¿Es difícil esto que os pido? No.

No os impongo los cientos de preceptos de los rabinos. Os digo: seguid el Decálogo. La Ley es una e inmutable.

Muchos siglos han pasado desde la hora en que fue promulgada:

Hermosa, pura, fresca, como criatura recién nacida; como rosa recién abierta en el tallo. Simple, sin mancha, ligera de seguir.

Durante los siglos, las culpas y las inclinaciones la han complicado con leyes y más leyes menores, pesos y restricciones, demasiadas cláusulas penosas.

Yo os conduzco de nuevo a la Ley como ésta era cuando el Altísimo la dio.

Pero, os lo ruego por vuestro bien; recibidla con el corazón sincero de los verdaderos israelitas de entonces.

Vosotros susurráis, más en vuestro corazón que con los labios; que la culpa está arriba.

Más que en vosotros, gente humilde. Lo sé.

En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario más. 

Pero no juzguéis a quien actuó no para sí, sino para los demás. Vosotros haced lo que Dios dice.

Y sobre todo, esforzaos en ser perfectos en los dos preceptos principales.

Si amáis a Dios con todo vuestro ser, NO PECARÉIS. no pecaréis,

PORQUE EL PECADO PRODUCE DOLOR A DIOS

QUIEN AMA NO QUIERE CAUSAR DOLOR.

Si amáis al prójimo como a vosotros mismos;

Sólo podréis ser hijos respetuosos para con los padres, esposos fieles a los consortes, hombres honestos en las transacciones.

Sin violencias para con los enemigos, sinceros a la hora de testificar sin Envidia de quien posee, sin deseos de Lujuria hacia la mujer del prójimo.

No queriendo hacer a los demás lo que No querríais que se os hiciera a vosotros,

NO robaréis, NO mataréis, NO calumniaréis,

NO entraréis como los cucos en el nido de los demás.

Pero incluso os digo: “Portad a Perfección vuestra Obediencia a los Dos Preceptos de Amor:

Amad también a vuestros Enemigos”.

¡Oh, si sabéis amar como Él, cómo os amará el Altísimo, que ama al hombre transformado en Enemigo suyo por la culpa original y por los pecados individuales.

Hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os está hablando, el Mesías, prometido para redimiros de toda culpa!

 

AMAD. El amor sea para vosotros escalera por la cual hechos ángeles, subáis (como vio Jacob) hasta el Cielo, oyendo al Padre decir a todos y a cada uno:

“Yo seré tu Protector dondequiera que vayas.

Y te traeré de nuevo a este lugar: al Cielo, al Reino Eterno”.

La Paz esté con vosotros.

La gente manifiesta su conmovida aprobación y se va lentamente.

Se quedan Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé.

Pedro pregunta:

–          ¿Te vas mañana, Maestro?

Jesús replica:

–          Mañana al amanecer, si no te desagrada.

–          Desagradarme el que te vayas sí, pero la hora “NO“; es incluso propicia.

–          ¿Vas a ir a pescar?

–          Esta noche, cuando salga la Luna.

–          Has hecho bien Simón Pedro, en no pescar durante la pasada noche. Todavía no había terminado el sábado.

Nehemías en sus reformas, quiso que en Judá se respetara el Sábado.

Ahora también demasiada gente en sábado, prensa en los lagares.

Transporta haces: carga vino y fruta. 

Y vende y compra pescado y corderos.

Tenéis seis días para esto.

El sábado es del Señor.

Sólo una cosa podéis hacer en sábado:

El bien a vuestro prójimo, pero sin ningún tipo de afán de lucro. Quien viola por lucro el sábado sólo puede obtener de Dios el Castigo.

¿Gana algo?: Lo perderá con creces en los otros seis días. ¿No lo gana?: se ha esforzado en vano el cuerpo, no concediéndole ese reposo que la Inteligencia ha establecido para él,

airándose el espíritu por haber trabajado inútilmente, llegando incluso a proferir imprecaciones.

Sin embargo, el día de Dios debe transcurrirse con el corazón unido a Dios en dulce oración de amor. Hay que ser fieles en todo.

–          Pero… los escribas y doctores, que son tan severos con nosotros… No trabajan durante el sábado. Ni siquiera le dan al prójimo un pan por evitar el trabajo de dárselo…

Y sin embargo, fían préstamos abusivos aun en sábado, ¿Se puede hacer esto en sábado porque no sea trabajo material?

–          No. Nunca. Ni durante el sábado ni durante los otros días. Quien presta abusivamente es deshonesto y cruel.

–          Los escribas y fariseos, entonces…

–          Simón no juzgues. Tú no lo hagas.

–          Pero tengo ojos para ver…

–          ¿Sólo el mal está ante nuestros ojos, Simón?.

–          No, Maestro.

–          Entonces, ¿Por qué mirar sólo el mal?

–          Tienes razón, Maestro.

–          Entonces mañana al amanecer partiré con Juan».

–          Maestro…

–          Simón, ¿Qué te sucede?

–          Maestro… ¿Vas a Jerusalén?

–          Ya lo sabes.

–          Yo también voy a Jerusalén para la Pascua… y también Andrés y Santiago….

–          ¿Y entonces?… Quieres decir que desearías venir conmigo ¿No? ¿Y la pesca? ¿Y la ganancia? Me has dicho que te gusta tener dinero y Yo me ausentaré durante muchos días.

Primero voy donde mi Madre y a Jerusalén a la vuelta. Me quedaré allí predicando. ¿Cómo te las arreglarás?…

Pedro se muestra dudoso, vacilante…

Pero al final se decide:

–          Por mí… voy contigo. ¡Te prefiero a ti antes que al dinero!

Andrés:

–          Yo también voy.

Santiago:

–          También yo.

Bartolomé:

–          Y nosotros también, ¿verdad, Felipe?

Jesús los invita:

–          Venid, pues. Me serviréis de ayuda.

Pedro se emociona ante la idea:

–          ¡Oh!… ¿En qué te podemos ayudar?

–          Os lo diré. Para actuar bien sólo tendréis que hacer cuanto os diga. El obediente siempre actúa bien. Ahora oraremos y luego cada uno irá a realizar sus cometidos.

–          ¿Y Tú, Maestro?

–          Oraré más. Soy la Luz del mundo, pero también soy el Hijo del hombre. Por ello siempre tengo que beber de la Luz para ser el Hombre que redime al hombre. Oremos.

Jesús ora: 

“Quien reposa en la ayuda del Altísimo vivirá bajo la protección del Dios del Cielo. Dirá al Señor: “Tú eres mi protector, mi refugio. Es mi Dios, en Él está mi esperanza. Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras agresivas… (Salmo 91)

5 Y LA LUZ VINO AL MUNDO


5 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una serenísima aurora sobre el Mar de Galilea. Cielo y agua presentan destellos rosáceos, poco diferentes de los que resplandecen tenues entre los muros de los pequeños huertos de la villa lacustre.

Huertos desde los que se alzan y se asoman volcándose casi sobre las calles, las copas de los árboles frutales.

El poblado comienza a despertarse con alguna mujer que va a la fuente o a una pila a lavar y algunos pescadores que descargan las cestas de pescado y con vocerío, contratan con mercaderes venidos de fuera, o llevan pescado a sus casas.

Es un pueblo grande, de gente trabajadora dilatado en su mayor parte a lo largo del lago.

Juan sale de una callejuela y va presuroso hacia el lago.

Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca.

Oteando a lo lejos, la descubre a algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!», que debe ser el reclamo usado.

Y luego cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: « ¡Venid, venid!.

Los hombres de la barca,  agarran los remos amainando la vela para agilizar la operación y la hacen avanzar más de prisa.

Cuando están a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más.

Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle sujetándola con una mano, se mete en el agua y va al encuentro de los que llegan.

Andrés pregunta:

 –       ¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?

Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

Juan responde cuestionando a su vez: 

–       Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago? 

–       He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre… 

–       Te había sugerido claramente que vinieras. Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!… Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”.

–       ¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos lo mostró el Bautista.

–        Es Él. No lo ha negado.

Pedro murmura malhumorado:

–        Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez… –

Juan se consterna al escucharlo.

Y contesta dolorido:

–       ¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!

Pedro se exaspera y exclama:

–       ¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye!

¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Será mejor que te vengas a trabajar y déjate de fábulas!

Juan intenta convencerlo:

–        Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras.

Santiago interviene:

–        Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años, soy y lo sabes,  reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios.

Y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo?

 Tú lo puedes hacer porque no lo has escuchado. Pero yo creo. ¿Qué somos pobres e ignorantes?

 Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes.

Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Más Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo.

A los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, oscuridad, cadenas y desprecio.

Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia.

Quien quiera verdad y paz, quien quiera Vida Eterna, venga a Mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?

 Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

 –      Sí. Y ha dicho: “El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz.

Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad.

En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red”

Se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla.

Ha dicho incluso: “Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo los hombres intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados;

porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen.

Su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás,

pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo.

Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una Fuerza tal a quienes crean en Mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo”.

Del rostro de Pedro ha desaparecido el gesto adusto y dice con decisión:

–      Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él enseguida.

Y pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque entre tanto la barca ha llegado ya a la orilla.

Y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen.

Luego reclama:

–        Y tú, Andrés, necio, ¿Por qué no has ido con éstos?

Andrés lo mira desconcertado y dice:

–        ¡Pero… Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo… Toda la noche has estado refunfuñando y ¡¿Y ahora me echas en cara el no haber ido?!….

Pedro concede:

–        Tienes razón… Pero yo no lo había visto… tú sí… y deberías haberte dado cuenta que no es como nosotros… ¡Algo especial tendrá!….

Juan interviene fascinado:

–        ¡Oh!, sí. ¡Tiene un rostro…, y unos ojos…! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una Voz…! ¡Ah, qué Voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso.

–        ¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar.

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

Pero Pedro, después de algunos metros se detiene, coge a Juan por un brazo,

Y pregunta:

–        Has dicho que sabe todo y que oye todo….

–        Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: “¿Quién sabe lo que estará haciendo Simón?”

Control del sentido de la “vista espiritual”

Él contestó:

“Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar…

No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros peces”.

Pedro se admira y concluye:

–        ¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también… también que lo he llamado poco menos que mentiroso… No puedo ir a Él.

Santiago advierte:

–         ¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando lo dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió:

“Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla.”

Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad.

Y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente”. Y añadió: “Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad”

Pedro recupera el ánimo:

–         ¿Ha dicho eso? Entonces voy. Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?

–         En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas.

–         ¿Pero es pobre?

–         Un obrero de Nazaret. Así dijo.

–         Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?

–         No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes.

–         Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta…, algo. ¡Vamos a consultar a un rabí, porque es como un rabí, y más que un rabí, con las manos vacías!… Nuestros rabinos no quieren que se actúe así….

–         Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: “Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo”.

Y enseguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían. Y a nosotros, que preguntábamos: “Y para ti, Maestro, ¿No guardas nada?”, nos respondió: “La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria”.

Dijimos también: “Tú nos llamas Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: “Un gran tesoro quiero de vosotros”.

Y nosotros dijimos: “¿Y si no tenemos nada?”

Él Contestó: “Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no. Lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio.

Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo. Y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria”

Eso dijo.

Con el Don del Discernimiento, otorgado por el Espíritu santo.

Pedro suspira aliviado, diciendo:

–         ¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero…

Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza.  

1 LA RENUNCIA TOTAL


1 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
NEGARNOS A NOSOTROS MISMOS

RENUNCIAR A TODO PARA SEGUIR AL MAESTRO

Es el atardecer en el interior de la casa de Nazaret, en lo que parece ser el comedor, una estancia muy reducida que tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que está pegando a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados.

En las otras paredes hay un telar y un taburete y un bazar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. 

Jesús está sentado a la mesa. Está comiendo.

María le sirve, yendo y viniendo por una puertecita hasta la cocina donde está el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.

Jesús le dice a María dos o tres veces que se siente… y que también coma Ella.

Pero Ella no quiere; menea la cabeza sonriendo tristemente.

Y trae lo que parece ser una sopa de verduras y unos peces asados. Luego un queso de forma redondeada y unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, está ya en la mesa.

Jesús tiene delante un ánfora con agua y una copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.

María está apenada. Va, viene… para que no se le note. Enciende una lamparita y la pone junto a Jesús (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo).

Abre una bolsa de color castaño  y sale al huertecito, va a una especie de despensa y regresa con unas manzanas ya más bien rugosas, conservadas desde el verano y las mete en la bolsa junto con un pan y un pequeño queso, aunque Jesús no quiera y diga que ya tiene suficiente.

María se acerca a la mesa de nuevo y le mira mientras come.

Le mira con verdadera congoja, con adoración, con el rostro aún más pálido de lo normal y como más envejecido por la pena.

Con los ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lágrimas vertidas; parecen más claros que de costumbre, como lavados por el llanto que ya está casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.

Jesús, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre y está más pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira.

Se encuentra con una mirada llena de lágrimas y baja la cabeza para que no se sienta cohibida, limitándose a cogerle la delicada mano que tiene apoyada en el borde de la mesa.

La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara apoyando en ella su mejilla como rozándola un momento para sentir la caricia de esa pobre mano temblorosa.

Y la besa en el dorso con gran amor y respeto.

María se lleva la mano libre hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.

Jesús continúa comiendo.

María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz… y desaparece.

Jesús apoya el codo izquierdo sobre la mesa y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.

Luego un momento de atención… Se levanta de la mesa.

Sale Él también al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige hacia una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que es su taller de carpintero.

Esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las herramientas, todas en su sitio, nada más.

Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo doblado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor.

Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola “Mamá” con voz de amorosa reprensión.

María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho.

Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente.

Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor.

–      Ven, Mamá – le dice Jesús.

Y apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa.

El huerto está silencioso y ya oscuro. Hay sólo un hermoso claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche está serena.

Jesús le habla a María. Le da varias instrucciones.

Y concluye:

–       Y di a la familia…, a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo Madre, y tú sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi Misión.

Mi amor no te faltará. Vendré frecuentemente y cuando esté en Galilea y no pueda acercarme a casa te avisaré, entonces vendrás tú adonde este Yo.

Mamá, esta hora debía llegar. Empezó aquí, cuando el Ángel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿No es verdad, Mamá?

Después vendrá la paz de la prueba superada y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida.

Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro espíritu en el esfuerzo de la prueba.

Digamos juntos al Padre nuestro…».

Jesús se levanta y María con Él, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la Oración del Señor.

Hace mucho hincapié en las frases: «venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad», distanciando mucho estas dos frases de las otras.

Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «El Señor esté con vosotros»)

María tiene las manos juntas.

Entran de nuevo en casa. Y Jesús vierte en una copa un poco de vino blanco de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa.

Coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a Él y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece).

Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús. Luego estrecha a su Madre contra su costado.

 Y sujetándola contra su persona, en el lado del corazón. No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas.

Jesús acaricia el brazo y la cabeza de María.

Jesús se levanta y con Él María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez. Es una DESPEDIDA que ninguno de los dos quisiera terminar. Ambos tienen un infinito sufrimiento.  

Es la Virgen, pero es una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación.

Jesús coge el manto azul oscuro), se lo echa a los hombros y con él se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino.

María le ayuda, nunca termina de ajustarle la túnica, el manto y la capucha sin dejarlo de acariciar.

Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María lo sigue y en la puerta ya abierta, se besan una vez más.

La calle está silenciosa y solitaria, blanca de luna.

Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre, que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso.

Jesús se va alejando por la callejuela blanca.

María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una esquina de la calle.

Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminará en el Gólgota.

María entra llorando y cierra la puerta.

También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota.

Y por nosotros, que somos tan crueles, malagradecidos y egoístas; que sólo pensamos en lo material y le regateamos a Dios TODO…

Dice Jesús:

Éste es el cuarto dolor de María, Madre de Dios: el primero fue la presentación en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de José; el cuarto, mi separación de Ella.

La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa ¡Y cuántas encontráis en la vida!

Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón; lo sé. Pero para quien las acoge con resignación, mirad que no digo: “para quien las desea y las acoge con alegría” (esto ya es perfección), se transforman en eternas rosas.

Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales o sea con rebelión y blasfemias contra el buen Dios.

Y no digáis: “Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto y Dios me lo ha arrancado”.

También María mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo.

No le quedaba más que Él: los padres, muertos desde hacía tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola.

Los parientes por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles.

Como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes voz del sentido común, del sentido humano —vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido humano o sea, egoísmo — habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas.

En el fondo era siempre el miedo de tener un día que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — según ellos demasiado idealistas — que podían poner en contra a la sinagoga.

La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas.

No era una misión fácil la del profeta y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía.

Este contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mí,

Y SE AVERGONZABAN DE MI MANÍA — según ellos — de herir a las castas poderosas.  

Reprensión a Mí y a Ella. ¡Pobre Mamá!

Y no obstante María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes; no todos fueron como Santiago, Judas o Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás  y que preveía el estado de ánimo futuro.

María, que conocía su suerte durante esos tres años y la que le esperaba al final de los mismos y la SUERTE MÍA, no opuso resistencia como hacéis vosotros.

Lloró. Y ¿Quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos días, vacíos de mi Presencia, en la casa solitaria?

¿Ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inocente hasta matarlo?

 LLORÓ PORQUE ERA LA CORREDENTORA

Y LA MADRE DEL GÉNERO HUMANO RENACIDO A DIOS

Y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo!

Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado María.

Y POR TODOS LOS HIJOS QUE NACIDOS DE MUJER,

ESTÁN DESTINADOS A SER APÓSTOLES DE DIOS

O MÁRTIRES POR AMOR A DIOS,

“SU DIOS ES MI DIOS” Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

POR FIDELIDAD A DIOS O POR CRUELDAD HUMANA.

Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte;

la que anula en ellos las imperfecciones o también las culpas cometidas por su debilidad, dando además del martirio en cualquier caso, enseguida la Paz de Dios y si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde.

La caridad de María las exprime. Estas han brotado de un corazón de lirio.

Tienen por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios y cualquier otro afecto cae,

transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

LAS ENCUENTRAN LOS CONSAGRADOS A DIOS EN EL MUNDO

EN EL MUNDO QUE NO LOS ENTIENDE

Y NO LOS AMA

Desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡Muy grande es en efecto, la incomprensión que sufren y las burlas, por mi Amor!

Las encuentran mis queridas “víctimas”, porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús.

A sus discípulas Ella les da con mano de Madre y de Médico, sus Lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio. ¡Santo Llanto de mi Madre!

María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer “nuestras” voluntades al Eterno, en el momento en que comenzaba para estas voluntades

EL PERÍODO DE UNA RENUNCIA CADA VEZ MAYOR,

Que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María.

Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso nosotros los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados, absueltos incluso de un suspiro, dignamente nuestra Misión.

Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la Misión; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad.

Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón, como también pidieron el “pan de cada día”.

¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña, que es también necesario mientras se está en esta Tierra. 

NO ESE PAN, sino que “nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de Misión.

Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la Misión que Dios da es la alegría de “nuestro” día.

María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos.

Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre.

Yo he dicho: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá”, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”.

CUANDO ORÉIS, UNÍOS SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE, A MÍ.

Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre – Dios.

Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra Oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito.

Mi Voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre. Y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra Oración.

Estad en Mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

16 LA PESCA MILAGROSA


16 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la barca Jesús está hablando:

–           Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza.

Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡Cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, enfermedades de las plantas, o del campesino.

Así es que los árboles que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.

Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán.

Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de Mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer.

Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada.

Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.

Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿Entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No.

Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir.

Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma.

Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma!

Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿Vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe.

No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.

Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo.

Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los Diez Mandamientos que dan la vida eterna.

Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los Diez santos Mandamientos.

Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse.

No hay ni enfermos ni pobres.

Jesús dice a Simón:

–            Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.

–            Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.

–           Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.

–           Haré lo que dices por respeto a tu palabra – y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan – Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

–           Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red.

Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

Pedro tiene los ojos como platos.

Y exclama sorprendido:

–            ¡Esto son peces, Maestro! 

Jesús sonríe y calla.

–            ¡Eúp! ¡Eúp! – dirige Pedro a los peones.

Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

–            ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.

Se apresuran.

Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas.

Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.

Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas.

Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía.

Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

–            ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo!

–            ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!

¡Demasiado peso!

Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona.

Pero una vez en la orilla, lo hace. Entiende.

Siente una gran turbación.

–            ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!

Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús lo mira y sonríe:

–            ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres.

Y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.  

Pedro exclama agradecido:

–             Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado.

Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.

14 LOS PRIMEROS DISCÍPULOS


14 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret.

Desde lo alto de la colina en que se encuentran se ve, blanca entre el verde la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida.

Un suave ondular de laderas: en algunos lugares apenas perceptible y en otros, más marcado.  

Jesús dice:

–          Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan.

No os digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan y conocer a Aquella que Juan conoce, os digo: “¡Venid!”.

Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de corazón.

–           Vamos, entonces.

Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal.

Anochece.

Todavía hace calor, pero ya las sombras descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.

Entran en el pueblo.

Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los huertos saludan a Jesús y a Judas.

Los niños se apiñan en torno a Jesús.  

Y le cuentan sus novedades:

–             ¿Has vuelto?

–             ¿Ahora te quedas aquí?

–             Se me ha roto otra vez la rueda de la carretilla.

–             ¿Sabes, Jesús? Tengo una nueva hermana y le han puesto de nombre María.

–             El maestro me ha dicho que sé todo y que soy un verdadero hijo de la Ley.

–             Sara no está porque tiene a su mamá muy enferma. Llora porque tiene miedo.

–             Mi hermano Isaac se ha casado. Han hecho una gran fiesta.

Jesús escucha, acaricia, encomia, promete ayuda.

Así llegan a casa.

Y en el umbral de la casa está ya María, avisada por un muchachito premuroso.

–             ¡Hijo mío!

–             ¡Mamá!

Los dos están el uno entre los brazos del otro.

María, que es mucho más baja que Jesús, tiene la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho del Hijo, y está cerrada en el círculo de sus brazos.

El la besa sobre el pelo rubio.

Entran en casa.

Los discípulos incluido Judas se quedan afuera, para que se sientan libres en estas primeras muestras de afecto.

María habla con voz trémula, como la de quien tiene las lágrimas en la garganta.

–             ¡Jesús! ¡Hijo mío!

Jesús pregunta amoroso:

–            ¿Por qué, Mamá, estás así?

–             ¡Hijo! Me han dicho… En el Templo aquel día había galileos, nazarenos… Han vuelto… y han contado… ¡Hijo!….

–             ¡Pero tú, Mamá, ya ves que estoy bien! No he sufrido ningún mal. Sólo ha sido glorificado Dios en su Casa.

–             Sí. Lo sé, Hijo de mi corazón. Sé que ha sido como el toque que llama a los que duermen. Y por la gloria de Dios yo me alegro…

Me alegro de que este pueblo mío se despierte a Dios… Yo no te lo reprocho… no te pongo obstáculos… te comprendo… y… y estoy contenta… pero te he engendrado, yo, ¡Hijo mío!….

María está todavía en el círculo de los brazos de Jesús y ha hablado teniendo las manos abiertas y apoyadas sobre el pecho del Hijo, con la cabeza alzada hacia Él, los ojos más brillantes por el llanto que está para rebosarlos.

Y ahora calla, volviendo a apoyar la cabeza en el pecho de su Hijo.

 Parece una tortolita gris, vestida como está de pardo grisáceo, amparada por dos fuertes alas de candor.

 Porque Jesús está todavía con su vestidura y manto blancos.

–             ¡Mamá! ¡Pobre Mamá! ¡Mi querida Mamá!… –

Jesús la vuelve a besar.

Luego dice:

–             Bueno, ¿Ves? Estoy aquí y no estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos y otros están en Judea.

También el primo Judas está conmigo y me sigue…

–            ¿Judas?

–            Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos… y no yerro diciendo que me han criticado.

Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la tierra y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo.

–            ¿Dónde está ahora?

–            Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?

–             Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora.

–             Dios la glorificará.

 Jesús sale a la puerta y llama:

–             ¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!

Entran y saludan.

Judas besa a María y luego corre a buscar a su madre.

Jesús nombra a los cinco:

Pedro, Andrés, Santiago, Natanael, Felipe.

Porque Juan a quien María ya conocía, la ha saludado inmediatamente después de Judas, inclinándose y recibiendo su bendición.

María los saluda y los invita a sentarse. 

Es la señora de la casa y aun adorando con la mirada a su Jesús, parece que el alma continúe hablando por los ojos, con el Hijo, se ocupa de los huéspedes.

Querría llevar agua para que repusieran fuerzas.

Pero Pedro salta:

–          No, Mujer. No puedo permitirlo. Tú siéntate junto a tu Hijo, Madre santa. Voy yo. Ahora vamos al huerto, a refrescarnos.

Acude María de Alfeo, roja y llena de harina.

Saluda a Jesús, el cual la bendice.

Luego conduce a los seis al huerto, a la pila.

Y vuelve feliz:

–           ¡Oh, María! – le dice a la Virgen – Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán.

Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos… sentimos lo que es bueno para los hijos.

Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús.

Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.

Vuelven los discípulos y María de Alfeo sirve pan fragante, aceitunas y queso. Trae una pequeña ánfora de vino tinto.

Jesús llena los vasos de sus amigos.

Es siempre Jesús quien ofrece y luego distribuye.

Un poco azorados al principio, los discípulos se sienten más seguros y hablan de sus casas, del viaje a Jerusalén, de los milagros acaecidos.

Se sienten llenos de celo y de afecto y Pedro trata de hacer de María una aliada para obtener que Jesús los tome enseguida sin previa espera en Betsaida.

Ella, con una suave sonrisa los exhorta:

–           Haced todo lo que Él dice. Esta espera os granjeará más beneficios que una unión inmediata. Mi Jesús todo lo que hace, lo hace bien.

La esperanza de Pedro muere. Pero se resigna con elegancia.

Sólo pregunta:  

 –          ¿Durará mucho la espera?

Jesús lo mira sonriéndole, pero no dice nada más.

María interpreta esa sonrisa como un signo benévolo y dice:

–           Simón de Jonás, Él sonríe… por eso yo te digo: ligero como vuelo de golondrina, será el tiempo de tu espera obediente.

–           Gracias, Mujer.

–           ¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?

–           Te miro, María.

–           Yo también.

–           También yo os miro y… ¿Sabéis?… me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de ojos fijos en mi rostro con amor.

¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?

–           ¡Ah, que si me acuerdo!… ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor.

Y éste, Juan me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado y el más joven.

Los otros se muestran deseosos de saber.

Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras.

Cae la noche.

Y Jesús dice:

–            Amigos, Yo no tengo habitaciones. Pero allí está el taller donde trabajaba. Si queréis cobijaros allí… Sólo están los bancos.

Pedro responde:

–            Cama cómoda para pescadores habituados a dormir en estrechos tablones. Gracias, Maestro. Dormir bajo tu techo es honor y santificación.

Se retiran despidiéndose efusivamente.

También Judas se retira con su madre y se van a su casa.

En esta habitación quedan Jesús y María, sentados sobre el arca, a la luz de la lamparita, un brazo en el hombro del otro.

Jesús participa sus confidencias…

 Y María escucha dichosa, trémula, contenta…