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229 EL APÓSTOL DE LA LUZ


229 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El grupo va caminando por una cañada que hay entre dos colinas verdes y muy bien cultivadas, desde abajo hasta la cima. 

Van todos avanzando por frescos atajos que conducen a Nazareth.

Las abruptas laderas de las colinas galileas, de tanto como la reciente tormenta las ha lavado…

Y junto con el rocío las conserva brillantes y frescas, al contacto con el sol mañanero

Parecen creadas esa misma mañana, frenesí rutilante bajo los primeros rayos del sol.

El ambiente está tan puro y radiante; 

que pone de manifiesto hasta los más mínimos detalles, de los montes más o menos cercanos;

produciendo una  sensación de ligereza y lozanía.   

El rocío las conserva brillantes y frescas, al contacto con el sol mañanero

Todos admiran el paisaje imitando a Jesús.

Solo María Magdalena recorre con sus ojos indagadores la cresta de los montes, como si no encontrase un lugar

Así llegan al picacho de un monte.

La vista se deleita en un pedazo de lago, bellísimo en esta luz matutina.

Todos, imitando a Jesús observan con admiración.

Pero María de Mágdala pronto desvía de ese punto la mirada y busca algo en otra dirección.

Sus ojos se posan sobre las crestas montanas situadas al noroeste del lugar donde se encuentra;

pero parece que no encuentra lo que busca.  

Susana, que también va con ella,

le dice:

–     ¿Qué buscas?

Magdalena contesta:

–      Quisiera reconocer el monte, en donde encontré al Maestro.

–       Pregúntaselo.

Obviamente Magdalena se refiere al Monte de las Bienaventuranzas…

Que se encuentra entre el montón de colinas que se agrupan a lo lejos.

Martha dice:

–    ¡Oh!…

No es necesario que lo perturbes.

Mira, ahora está hablando con Judas de Keriot.

Haciendo gestos muy expresivos con la mirada,

Susana cuchichea:

–    ¡Vaya!…

 ¡Qué clase de hombre es ese!….

Y sin que agregue nada más, se entiende lo que quiere decir. 

En ese preciso momento… 

Finalmente después de un examen panorámico más minucioso, 

Magdalena se vuelve hacia sus compañeras.

Mirando hacia los lagos y el Valle del Jordán, les señala un punto específico…

Y les dice: 

–     El monte es aquel, ciertamente…

No está por este camino; pero nunca olvidaré esa mañana.

¡Estaba fascinada con Él y cegada por Satanás…

Sólo me importaba el Hombre y no respeté su Divinidad…

Había decidido conquistarlo!…Era un día como éste, con tantas flores y tanta gente…

¡Sí! Algún día te llevaré allí, Martha.  

¡Allí comenzó mi liberación!

¡Oh, Martha!

¡Y tuve la desfachatez de presentarme con un vestido muy pecaminoso!… ¡

Y con unos amigos que…!

No, no puedes sentirte ofendida por las palabras de Judas.

Mueve la cabeza, antes de agregar: 

 –     Tampoco yo puedo ofenderme…

Me las merezco.

Todo me he merecido.

En este sufrimiento está mi expiación.

Todos recuerdan…

Y todos tienen derecho a decirme la verdad.

Yo debo guardar silencio.

¡Oh, si se reflexionara antes de pecar!

Quien me ofende, ahora es mi mejor amigo, porque me ayuda a expiar.

Su hermana un tanto molesta,

replica

–    Pero eso no quita que haya faltado.

Y Martha se vuelve hacia María,

preguntando:

–     Madre,

¿De veras tu Hijo está contento con ese hombre?

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite… Y POR ESO SON TAN CRUELES

La Virgen contesta:

–     Es necesario rogar mucho por él.

Jesús así me lo ha dicho.

Mientras tanto, el grupo ha llegado a cierto punto del trayecto;

donde el Maestro da unas instrucciones específicas… 

Juan se separa de los apóstoles, para ir a ayudar a las mujeres,

en un lugar cuyo recorrido es bastante complicado.

Está escabroso, sembrado mucho más que el sendero, de piedras lisas como esquirlas de pizarra rojiza…

Y de una hierbecilla brillante y dura…

Muy traicioneras para el pie que si no se afirma, con seguridad. 

Y se camina con mucho cuidado, las sandalias resbalan…

Y la caída no sólo sería aparatosa, sino con consecuencias indeseables.

Simón Zelote lo acompaña y los dos apóstoles acuden al rescate. 

Y las discípulas apoyándose en ellos, suben el lugar peligroso.

Simón les dice:

–    Es un poco difícil este atajo.

Pero no tiene polvo, ni hay gente.

Además, es más corto.

María da un profundo suspiro.

Y dice

–    Es fatigoso, sí…

Lo conozco, Simón.

Vine a aquel pueblito que está en mitad de la pendiente…

Y lo recorrí con mis sobrinos, cuando Jesús fue arrojado de Nazareth.

Siempre amoroso y optimista,

Juan comenta:

–     Pero desde aquí es bonito el mundo.

Allí están el Tabor y el Hermón.

Y al norte los montes de Arbela.

Y allá en el fondo el gran Hermón.

¡Qué pena que no se vea el mar como se ve desde el Tabor!

Susana pregunta:

–     ¿Has estado allí, alguna vez?

Juan contesta:

–     Sí, con el Maestro.  

Zelote agrega:

–     Juan, con su amor por el infinito… 

Nos atrajo una gran dicha, porque Jesús allá arriba, habló de Dios…

Y este jovencito, con un arrobamiento como nunca habíamos oído;

nos dio

a todos una gran lección.

Y luego, después de tanto como habíamos recibido; obtuvimos una gran conversión.

Y volviéndose hacia Magdalena, agrega:

–     Lo conocerás tú también María.

Y se fortalecerá tu espíritu aún más de lo que ya lo está.

Encontramos a un hombre endurecido de odio, afeado por los remordimientos.

Y Jesús lo transformó en una persona de la que no dudo en decir, que será un gran discípulo.

Como tú, María.

Porque, cree en la verdad de lo que te digo:

nosotros los pecadores somos más dúctiles a la acción del Bien que nos alcanza,

porque sentimos la necesidad de ser perdonados, incluso por nosotros mismos» 

Magdalena, sonriendo le dice:

–     Es verdad.

Pero eres muy bueno diciendo “nosotros los pecadores“.

Tú has sido un desdichado, no un pecador.

–     Todos lo somos.

Quién más, quién menos.

Y quien cree que lo es menos, es el más;  sujeto a serlo si es que no lo es ya.

Todos lo somos.

Pero son los pecadores más grandes que se convierten, los que saben ser absolutos en el Bien,

como lo fueron en el mal.

–     Tu consolación me conforta.

Siempre has sido un padre para con los hijos de Teófilo.

–     Y como un padre…

Exulto por teneros a los tres como amigos de Jesús.  

–     ¿Dónde encontrasteis a ese discípulo gran pecador?

Juan responde:

–     En Endor, María.

Simón quiere atribuir a mi deseo de ver el mar el mérito de tantas cosas hermosas y buenas.

Pero si Juan el anciano ha venido a Jesús no ha sido por mérito de Juan el necio;

sino por mérito de Judas de Simón… 

Termina sonriendo el hijo de Zebedeo.

Martha pregunta con incertidumbre:

–     ¿Lo convirtió él? 

–     No.

Pero quiso ir a Endor y… 

Zelote comenta:

–     Sí, para ver el antro de la maga…

Judas de Simón es un hombre muy extraño…

Hay que tomarlo como es… ¡En fin!…

Y Juan de Endor nos guió a la caverna.

Luego se quedó con nosotros.  

Y mirando a Juan, agrega:

Pero, hijo mío, el mérito es tuyo de todas formas;

porque sin tu deseo de infinito, no habríamos ido por ese camino y no le habría venido a Judas de Simón,

el deseo de ir averiguar esa extraña cosa.    

Lo que para Simón es extraño, porque es distinto; nosotros lo llamamos satanismo en nuestra actualidad.. 

Para los hebreos era idolatría pura y por lo mismo, prácticamente incomprensible;

porque sus convicciones son contrarias y aman a Dios.

Magdalena, que conoce perfectamente las prácticas religiosas de los adoradores de dioses paganos; 

por su intenso contacto de forma tan continua, tanto con romanos como con griegos:… 

Y se enteró de sus creencias y pensamiento. 

Y esto aunado a su dolorosa experiencia personal con Satanás…

la hace entender perfectamente toda la compleja situación; 

que observa con su inteligencia despierta y bastante vivaz…. 

Suspira profundamente,

y dice:  

–     Me gustaría saber lo que dijo Jesús en el Tabor…

Y también reconocer el monte en que lo vi…  

Zelote responde:

–     El monte es aquel en que ahora parece encenderse un sol, por aquel pequeño estanque; 

usado por los rebaños, porque recoge agua de manantial.

Nosotros estábamos más arriba…

Donde la cima parece abrirse cual largo bidente, que quisiera pinchar las nubes,

para llevarlas a otra parte.

Por lo que respecta al discurso de Jesús…

Creo que Juan te lo puede referir.  

Juan se ruboriza y dice:

–     ¡Simón!

¿Puede acaso un muchacho repetir las palabras de Dios?

–     Un muchacho, no.

Tú, sí. Inténtalo.

Por complacer a tus hermanas y a mí, que te quiero más.

Juan se ruboriza todavía más,

cuando empieza a repetir el discurso de Jesús.

Dijo:

“He aquí la página infinita en que las corrientes escriben la palabra “Creo”.

Pensad en el caos del Universo, antes de que el Creador quisiera ordenar los elementos;

y constituirlos en maravillosa sociedad

que dio a los hombres la Tierra y cuanto contiene.

Y al firmamento los astros y los planetas.

Todo era todavía inexistente.

No existía ni como caos informe, ni como cosa ordenada, que Dios hizo.

Hizo pues primero los elementos que son necesarios, a pesar de que alguna vez parezcan nocivos.

Pero -pensadlo siempre- ni la más diminuta gota de rocío existe, sin su razón buena de ser;

no hay insecto, por pequeño y latoso que sea, que no tenga su razón buena de ser.

Y lo mismo:

No hay monstruosa montaña que escupa fuego e incandescente lapilli de sus entrañas

que no tenga su razón buena de ser.

Y no hay ciclón que exista sin un motivo.

Y no hay – pasando de las cosas a las personas- hecho, llanto, alegría, nacimiento, muerte,

esterilidad o maternidad prolífica, larga vida matrimonial o rápida viudez;

desventura de miseria y de enfermedad, prosperidad de medios y de salud;

que no tenga su razón buena de ser;

aunque no se le presente como tal, a la miopía y soberbia humanas;

que ve o juzga con todas las cataratas y ofuscaciones propias de las cosas imperfectas.

Mas el ojo de Dios ve, el pensamiento ilimitado de Dios sabe.

El secreto para vivir exentos de estériles dudas,

que dan a la jornada terrena nerviosismo, agotamiento, hieles;

está en saber creer que Dios todo lo hace por una razón inteligente y buena;  

Cuando estamos conscientes, de que TODO en la Tierra es pasajero…  

Que NADA nos pertenece realmente,

porque Dios nos lo ha entregado para ADMINISTRARLO…

Y que Dios hace lo que hace por amor…

Porque Dios utiliza las Maldades de Satanás para entrenarnos y hacernos CRECER espiritualmente...

Su Voluntad permite, las acciones de Satanás en los sucesos de nuestra vida; 

por Amor...

Y no por un estúpido intento de mortificar por mortificar.

Dios ya había creado a los ángeles.

Parte de ellos, por haber querido no creer que fuera bueno,

el nivel de gloria en que Dios los había colocado,,

se rebelaron y con su corazón agostado por la falta de fe en su Señor;

trataron de asaltar el inalcanzable Trono de Dios.

A las armoniosas razones de los ángeles creyentes;

habían opuesto su desacorde, injusto y pesimista pensamiento.

17. Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has corrompido tu sabiduría por causa de tu esplendor. Yo te he precipitado en tierra, te he expuesto como espectáculo a los reyes. EZEQUIEL 28

Y el pesimismo, que es falta de fe, 

los hizo pasar de espíritus de luz, a espíritus entenebrecidos.

¡Vivan eternamente, aquellos que tanto en el Cielo como en la Tierra;

saben basar su pensamiento en una premisa de optimismo lleno de luz!

Nunca errarán completamente, aunque los hechos los contradigan.

¡No errarán, al menos por lo que se refiere a su espíritu,

que continuará creyendo, esperando;

amando sobre todo a Dios y al prójimo;

permaneciendo por tanto en Dios, por los siglos de los siglos!

El Paraíso había sido ya liberado de estos orgullosos pesimistas;

“Pues si Dios no perdonó a los Angeles que pecaron, sino que, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, los entregó para ser custodiados hasta el Juicio. 2 Pedro 2, 4 

que veían negrura incluso en las luminosísimas obras de Dios… 

De la misma forma que en la Tierra,

los pesimistas ven negrura hasta en las más claras y luminosas acciones del Hijo del Hombre.

Y queriendo aislarse dentro de una torre de marfil, pues se creen los únicos perfectos;

se auto-condenan a una oscura prisión que termina en las tinieblas del reino infernal;

el reino de la Negación;

porque el pesimismo es también Negación.

Dios hizo pues, la Creación.

Y, de la misma forma que para comprender el misterio glorioso de nuestro Ser Uno y Trino,

hay que saber creer y ver que desde el principio el Verbo existía y estaba con Dios;

unidos por el Amor perfectísimo que sólo puede ser espirado por Dos que Dios Son…

Siendo Uno…

Así igualmente para ver la Creación como realmente es;

es necesario mirarla con ojos de fe, porque en su ser;

de la misma forma que un hijo lleva el imborrable reflejo de su padre…

La Creación tiene en sí el indeleble reflejo de su Creador.

Veremos entonces que también aquí al principio fueron el cielo y la tierra;

luego fue la luz, que puede ser comparada con el amor, porque la luz es alegría como lo es el amor.

Y la luz es la atmósfera del Paraíso.

Y Dios, incorpóreo Ser, es Luz y es Padre de toda luz intelectiva, afectiva, material, espiritual;

en el Cielo y en la Tierra.

Al principio fueron el cielo y la tierra…

Y les fue dada la luz y por la luz todo fue hecho.

Y de la misma forma que en el Cielo altísimo habían sido separados los espíritus de luz de los de tinieblas;

en la Creación fueron separadas las tinieblas de la luz.

Y se hizo el Día y la Noche:

El primer día de la Creación se había cumplido, con su mañana y su tarde, su mediodía y su media noche.

Y cuando la sonrisa de Dios la luz, pasada la noche volvió la mano de Dios, su poderosa Voluntad,

se extendió sobre la tierra informe y vacía.

Y sobre el cielo por el que vagaban las aguas -uno de los elementos libres en el caos-

y quiso que el firmamento separase el desordenado errar de las aguas entre el cielo y la tierra,

para que fuera entre-cielo que protegiera de los rayos paradisíacos;

contención de las aguas superiores;

para que no cayeran los diluvios sobre la fermentación de metales y átomos,

Y erosionasen y disgregasen lo que Dios estaba reuniendo.

Estaba establecido el orden en el cielo.

El imperativo dado por Dios a las aguas que se extendían sobre la tierra, puso orden en ésta.

Y tuvo origen el mar, con las arenas de las playas como sus límites….

Ahí está.

En él, como en el firmamento, está escrito: “Dios existe”.

Cualquiera que sea la capacidad intelectual de un hombre y su fe;

O SU NO FE, ante esta página; 

en que brilla una partícula de la infinitud que es Dios y en que está testificado su Poder…

 Porque ningún poder humano ni ninguna ordenación natural de elementos pueden repetir,

ni siquiera en mínima medida, un prodigio semejante…

Está obligado a creer.

A CREER no sólo en el poder, sino también en la Bondad del Señor,

que a través de ese mar le da al hombre alimento y caminos, sales saludables.

Y mitiga el sol y da espacio al viento, semillas a las tierras lejanas entre sí;

da voces de tempestades para que llamen a la hormiga que es el hombre hacia el Infinito, su Padre.

Y da la forma de elevarse, contemplando visiones más altas, a más altas esferas.

En la creación todo es testimonio de Dios, mas tres son las cosas que más hablan de Él:

La luz, el firmamento y el mar:

el orden astral y meteorológico, reflejo del Orden divino;

la luz que sólo un Dios podía hacer;

el mar, esa potencia que sólo Dios, tras haberla creado, podía meter en sólidos confines…

Y darle movimiento y voz, sin que por ello, cual turbulento elemento de desorden, dañase a la tierra.

A esta tierra que lo sostiene sobre su superficie.

Penetrad el misterio de la luz que nunca se agota.

Levantad la mirada al firmamento en que ríen estrellas y planetas.

Bajad vuestra mirada hacia el mar.

Ved su verdadera realidad: no es algo que separe;

sino puente entre los pueblos, con los que están en las otras orillas, invisibles, incluso desconocidas;

pero en cuya existencia es necesario creer, por el simple hecho de que existe este mar.

Dios no hace ninguna cosa inútil.

Por tanto, no habría hecho esta infinitud si no tuviera como límite, más allá del horizonte que nos impide la visión,

otras tierras, pobladas por otros hombres, con origen todos ellos en un único Dios,

llevados allá por tempestades y corrientes, por voluntad de Dios, para poblar continentes y regiones.

Este mar trae en sus ondas, en el rumor de sus olas y mareas, invocaciones lejanas;

es elemento de unión, no de separación.

Esta ansia que le produce a Juan una dulce angustia, es la llamada de los hermanos lejanos.

Cuanto más señor de la carne se hace el espíritu;

más es capaz de oír las voces de los espíritus que están unidos, aunque medie separación entre ellos

(como están unidas las ramas nacidas de una única raíz; 

a pesar de que una ya ni siquiera vea a la otra porque un obstáculo se interpone entre ellas).

Mirad el mar con ojos de luz.

Veréis tierras y más tierras extendidas sobre sus playas, en sus confines.

Y, dentro de él, más tierras todavía…

Pues bien, de todas ellas llega un grito: “¡Venid! ¡Traednos esa Luz que poseéis, esa Vida que se os da!

¡Decidle a nuestro corazón esa palabra que ignoramos;

pero que sabemos que es la base del Universo: amor. 

Enseñadnos a leer la palabra que vemos escrita, en las páginas infinitas del firmamento y el mar:

D i o s .

Iluminadnos, porque sentimos que hay una luz aún más verdadera,

que la que arrebola el cielo y hace de pedrería la superficie del mar.

Dad a nuestras tinieblas esa Luz que Dios os ha dado tras haberla engendrado con su amor;

que os ha dado a vosotros, pero para todos,

de la misma forma que se la dio a los astros para que la dieran a la Tierra.

Vosotros sois los astros; nosotros, el polvo.

Pero formadnos, de la misma forma que el Creador creó con el polvo la Tierra,

para que el hombre la poblara y lo adorase, ahora y siempre,

hasta que llegue la hora en que ya no sea Tierra, sino que venga el Reino,

el Reino de la luz, del amor, de la paz, como el Dios Vivo os ha dicho que será.

Porque también nosotros somos hijos de este Dios y pedimos conocer a nuestro Padre”.

Sabed ir por caminos de infinito, sin temores, sin sentimientos de desdén, hacia aquellos que invocan y lloran,

hacia aquellos que os producirán, sí, dolor, porque sienten a Dios pero no saben adorarlo,

pero que os darán también la gloria, porque seréis grandes en la medida en que, poseyendo el amor,

sepáis darlo, conduciendo a la Verdad a los pueblos que esperan”.

Jesús habló así.

Mucho mejor de como lo he dicho yo.

Pero al menos su concepto es éste.   

Zelote:

–     Juan…

Has dado una exacta repetición del Maestro.

Sólo has dejado fuera lo que dijo sobre tu poder de comprender a Dios, por tu generosidad de donarte.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Eres bueno, Juan.

¡El mejor de entre nosotros!

Hemos recorrido la distancia sin darnos cuenta.

Allí está Nazaret, construida sobre su terreno ondulado.

El Maestro nos está mirando y sonríe.

¡Venga, vamos a alcanzarlo para entrar en la ciudad juntos!  

La Virgen dice: 

–     Gracias, Juan.

Por el gran regalo que has dado a la Mamá.

Magdalena: 

–     Yo también te doy las gracias.

También a la pobre María le has abierto horizontes infinitos…  

Cuando se reúnen con Jesús,

les pregunta: 

–     ¿De qué hablabais tanto? 

Zelote responde: 

–     Juan ha repetido tu discurso del Tabor.

Perfectamente.

Y hemos gozado de ello.

–     Me alegro de que mi Madre, cuyo nombre tiene que ver con el mar…

Y cuya caridad es vasta como él, lo haya oído.

–     Hijo mío,

Tú la posees como Hombre.

Y no es nada respecto a tu infinita caridad de Verbo divino.

¡Mi dulce Jesús!

–     Ven, Mamá.

A mi lado; como cuando volvíamos de Caná o de Jerusalén;

cuando era niño, que me llevabas de la mano.

Y se miran con su mirada pletórica de amor. 

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222 JARDÍN DE AZUCENAS


222 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La barca costea el trecho que va de Cafarnaúm a Magdala.

María de Magdala está por primera vez, en la que será, su postura habitual de convertida:

sentada en el fondo de la barca a los pies de Jesús…

el cual está sentado, con porte grave, en uno de los bancos de la barca.

El rostro de la Magdalena tiene hoy un aspecto muy distinto del de ayer;

no es todavía ese rostro radiante de la Magdalena que sale al encuentro de su Jesús,

cada vez que Él va a Betania,

pero es ya un rostro liberado de temores y tormentos;

y su mirada, que antes fuese descarada y luego reflejaba humillación, ahora es seria, pero segura,

y en su noble seriedad brilla de vez en cuando,

una chispa de alegría escuchando a Jesús, que habla con los apóstoles o con su Madre y Marta.

Ahora van hablando de la bondad de Porfiria, tan sencilla y amorosa.

Y de la afectuosa acogida de Salomé.

Junto con las mujeres e hijas de Bartolomé y Felipe.

Éste dice:

–     Si no fuera porque son todavía muy niñas…

Y su madre es contraria a que estén por los caminos, también te seguirían, Maestro.  

Jesús responde: 

–     Me sigue su alma.

Que es igualmente santo amor. Felipe, escúchame.

Tu hija mayor está para prometerse, ¿No?

–     Sí, Maestro.

Dignos esponsales y un buen esposo.

¿No es verdad, Bartolomé?

–      Es verdad.

Lo puedo garantizar porque conozco a la familia.

No he podido aceptar hacer yo la propuesta.

Pero lo habría hecho si no estuviera ocupado en el seguimiento del Maestro;

con plena tranquilidad de crear una santa familia.

–     Pero la muchacha me ha rogado que te dijera que no hicieras nada.  

Felipe dice: 

–     ¿No le gusta el novio?

Está en un error.

De todas formas, la juventud no tiene seso.

Espero que se persuada. No hay razón para rechazar a un excelente esposo.

A menos que…

¡No, no es posible! 

Jesús lo incita: 

–     ¿A menos que…?

Termina, Felipe

–     A menos que ame a otro.

Pero eso no es posible.

No sale nunca de casa y en casa vive muy retirada.

¡No es posible!

–     Felipe…

Hay amadores que penetran hasta en las casas más cerradas.

Y saben hablar a sus amadas a pesar de todas las barreras y vigilancias;

derriban cualquier obstáculo (viudez o juventud bien custodiadas… u otros)

Y las consiguen.

Hay amadores que no pueden ser rechazados, porque su anhelo es impositivo;

porque vencen seductoramente toda posible resistencia, hasta la del mismo diablo.

Pues bien, tu hija ama a uno de éstos.

Y además al más poderoso.

–     ¿Y quién es?

¿Uno de la corte de Herodes?

–     ¡Eso no es poder!

–     ¿Uno… uno de la casa del Procónsul?,

¿Un patricio romano? No lo permitiré de ninguna manera.

La sangre pura de Israel no tendrá contacto con la impura.

Aunque tuviera que matar a mi hija.

¡No sonrías, Maestro, que yo sufro!

–     Porque estás como un caballo encabritado.

Ves sombras donde sólo hay luz. ¡Tranquilízate, hombre!

El Procónsul no es más que un siervo también, como lo son también sus amigos patricios.

Y siervo es el César.

–     ¡Estás bromeando, Maestro!

Querías asustarme.

Nadie hay mayor que César, ni con más autoridad que él.

–     ¿Y Yo, Felipe?

–     ¡Tú!

¿Tú quieres casarte con mi hija!

–     No.

Con su alma.

Soy Yo el amante que penetra en las casas más cerradas y en los corazones más cerrados aún:

Con un sinfín de llaves.

Soy Yo el que sabe hablar a pesar de todas las barreras y vigilancias,

el que abate todo obstáculo y toma lo que anhela:

puros o pecadores, vírgenes o viudos, de vicios libres o esclavos.

Doy a todos ellos un alma única y nueva, regenerada, beatificada, eternamente joven.

Son mis esponsales.

Y nadie puede negarme mis dulces presas; ni el padre, ni la madre, ni los hijos, ni siquiera Satanás.

Sea que hable al alma de una joven como tu hija;

sea que se trate de un pecador envuelto en el pecado y encadenado por Satanás con siete cadenas;

Cuando Dios te quiere, te busca, te sigue, te persigue y te consigue

el alma viene a mí.

Y nada ni nadie me las arrebatará.

No hay riqueza, ni poder, ni alegría del mundo, que comunique esa felicidad perfecta;

propia de quienes se desposan con mi pobreza, con mi mortificación:

despojados de todo pobre bien; vestidos de todo bien celeste.

Jubilosos, con esa beatitud de ser de Dios, sólo de Dios…

Son los señores de la tierra y del Cielo: de la primera, porque la dominan; del segundo, porque lo conquistan.  

Bartolomé exclama: 

–     ¡Nunca ha sido así en nuestra Ley! 

–     Despójate del hombre viejo, Natanael.

La primera vez que te vi te saludé definiéndote perfecto israelita sin engaño.

Pero ahora eres de Cristo, no de Israel.

Sélo sin engaño y sin ataduras.

Revístete de esta nueva mentalidad.

Si no, habrá muchas bellezas de la redención que he venido a traer a toda la Humanidad, que no podrás entender.

Felipe interviene diciendo:

–     ¿Y dices que has llamado a mi hija?

¿Y ahora qué hará?

Yo ciertamente no me voy a oponer, pero quisiera saber, incluso para ayudarla, en qué consiste su llamada…

–     En llevar a las azucenas de amor virginal al jardín de Cristo.

¡Habrá muchas en los siglos futuros!… ¡Muchas!

Macizos de incienso para contrapesar las sentinas de vicios.

Almas orantes para contrapesar a blasfemos y ateos;

auxilio en todas las desdichas humanas: alegría de Dios.

María de Magdala toda ruborizada, abre los labios para preguntar: 

–    ¿Y nosotros, las ruinas que Tú reconstruyes?

¿Qué acabamos siendo?

–     Lo mismo que las hermanas vírgenes…

–     ¡Oh, no es posible!

Hemos pisado demasiado fango y… y…

¡No puede ser!  

La Virgen responde: 

–     ¡María, María!

Jesús no perdona nunca a medias.

Te ha dicho que te ha perdonado y así es.

Jesús confirma: 

–    Tú…

Y todos los que como tú han pecado y han sido perdonados por mi amor, que con vosotros se desposa;

perfumaréis, oraréis, amaréis, consolaréis, siendo conscientes ya del mal. 

Y aptos para curarlo donde se encuentra, siendo almas mártires ante los ojos de Dios.

Y amadas por tanto, como las vírgenes».

–     ¿Mártires?

¿En qué, Maestro?

DAME MÁS AMOR, PARA AMARTE MÁS Y ADORACIÓN, PARA ADORARTE ETERNAMENTE

–     Contra vosotras mismas…

Y los recuerdos del pasado.

Y por sed de amor y expiación.

–     ¿Lo debo creer?…

La Magdalena mira a todos los que están en la barca, pidiendo confirmación a la esperanza que se enciende en ella.

Jesús le dice: 

–     Pregúntaselo a Simón.

Una noche estrellada, en tu jardín, hablé de ti y de vosotros pecadores en general.

Todos tus hermanos te pueden decir si mi palabra no cantó los prodigios de la misericordia.

Y la inversión respecto a todos los redimidos.

–     Me lo ha expresado también el niño, con voz de ángel.

He vuelto con el alma confortada después de su lección.

Por él te he conocido mejor aún que por mi hermana.

Tanto que hoy me sentía más fuerte para afrontar el regreso a Mágdala.

Y, ahora que me dices esto, siento crecer mi fortaleza.

He dado escándalo al mundo, pero te juro mi Señor, que ahora el mundo al mirarme; comprenderá tu poder.

Jesús deposita un momento la mano sobre su cabeza.

Mientras María Santísima le sonríe como ella sabe hacer:

paradisíacamente.

Ya se ve Magdala, que se extiende en el borde del lago.

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204 APÓSTOL DEL AMOR


204 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La comitiva apostólica sufre un cambio en su séquito.

Ya no viene más el macho cabrío.

Y en su lugar vienen trotando una oveja y dos corderillos.

La oveja está gorda; las ubres llenas y los corderitos alegres.

Un minúsculo rebaño que, por su aspecto menos mágico que la negrísima cabra, da más alegría a todos.

Jesús dice:

–    Os había dicho que quería la cabrita para Margziam.

Para que fuese un pequeño pastor feliz..

En vez de la cabrita, dado que no queréis saber nada de cabras, han venido ovejas.

Y además blancas, exactamente como Pedro las soñaba.

Pero en lugar de ella; porque a vosotros no os gustaba, tenemos ovejas blancas…

¡Eh! Tal cual la soñaba Pedro…

Pedro confirma:

–    Tienes razón.

Me parecía que el macho cabrío nos arrastraba en pos de Belcebú.

Judas dice irritado:

–    Y de hecho…

Desde que estuvo con nosotros, nos pasaron cosas muy desagradables.

Era el sortilegio que nos perseguía.

Juan contesta calmadamente:

–    Entonces era un buen sortilegio. ¿No?

Nada malo nos sucedió.

Todos desaprueban, como recriminándolo por su ceguera:

–     ¿Pero no has visto cómo se han burlado de nosotros en Modín?

–     ¿Te parece nada la caída de mi hermano?…

–     Pues se podía haber hecho daño de verdad…

–     Y si se hubiera roto las piernas o la columna… 

–    ¿Cómo nos las hubiéramos arreglado para transportarlo?;

–    ¿Te ha parecido bonito el entreacto de ayer?

Juan dice: 

–    He visto todo.

Todo lo he considerado. Y he bendecido al Señor porque no nos ha sucedido nada malo.

El mal ha venido hacia nosotros, pero luego se ha alejado, como siempre.

El encuentro con el mal ha servido para dejar la simiente del bien, tanto en Modín como con los viñadores; 

que vinieron inmediatamente con la certeza de encontrar una persona al menos herida; 

arrepentidos por haberse comportado sin caridad, hasta el punto de que quisieron reparar el mal de alguna forma.

Y también con los ladrones de ayer noche, que no han hecho ningún mal.

Además, hemos ganado – bueno, Pedro nos ha conseguido

las ovejas a cambio del macho cabrío y como regalo por haber salido ilesos.

Por si fuera poco, ahora tenemos mucho dinero para los pobres:

Las bolsas que nos han dado los mercaderes y las ofrendas de las mujeres.

Además todos – y es lo que más valor tiene – han recibido la palabra de Jesús.

Zelote ratifica:

–   Juan tiene razón.

Tadeo agrega:

–    Parece que todo lo que hubiese sido malo se convirtió en un bien.

Voltea hacia Jesús,

y agrega:

–    Hermano, dime la verdad.

¿Tú sabías lo que nos iba a suceder?

«Da la impresión de que todo suceda por una clara cognición de las cosas venideras.

¡Mira que encontrarnos precisamente allí, con retraso por causa de mi caída,

junto a aquellas mujeres enjoyadas!

¡Con esos pastores de gordos rebaños, con esos mercaderes repletos de dinero!…

Todos ellos magníficas presas para los ladrones.

Hermano, dime la verdad, ¿Sabías que iba a suceder lo que ha sucedido? 

Jesús contesta:

–     Muchas veces os he dicho que leo en los corazones.

Y que cuando el Padre no dispone de otro modo; no ignoro lo que debe suceder.

Judas de Keriot le pregunta:

–    Entonces, ¿Por qué a veces cometes errores, como los de ir al encuentro de fariseos que son hostiles o de ciudadanos que no nos quieren?

Jesús lo mira fijamente, por unos segundos…

Y luego responde con calma:

–     No son errores.

Es algo inherente a mi misión.

Los enfermos tienen necesidad del Médico y los ignorantes del Maestro.

Algunas veces, unos y otros rechazan al Médico y al Maestro

Pero éstos, si son buenos médicos y buenos maestros,

siguen yendo a quienes los rechazan, porque es su deber…

Vosotros querríais que donde me presente se desvanezca toda resistencia.

Lo podría hacer. Pero no hago violencia a nadie.

Persuado.

La coacción se usa tan solo en casos muy excepcionales.

Y sólo cuando el espíritu iluminado por Dios; 

comprende que tal gesto puede servir para persuadir de que Dios existe y es el más fuerte.

O también en casos de salvación múltiple.

Pedro pregunta:

–   ¿Cómo ayer noche?

Judas de Keriot dice con significativo desprecio:

–     Los ladrones de anoche tuvieron miedo al vernos bien despiertos para recibirlos. 

Tomás objeta: 

–    No.

Las palabras los persuadieron.  

Felipe comenta: 

–    ¡Sí! ¡Estás listo!

¡Como si fueran tiernas almas que se dejan persuadir por dos palabras, aunque sean de Jesús!

¡Bien presente tengo aquella vez que nos asaltaron a toda mi familia, a mí…

y a muchos de Betsaida en el desfiladero de Adomín! 

Santiago de Zebedeo, pregunta:

–    Maestro, dime la verdad.

Desde ayer te lo quería preguntar.

¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad, lo que hizo que no sucediera nada?

Jesús sonríe y calla.

Mateo responde:

–    Yo creo que fue su voluntad…

La que venció la dureza de esos corazones, para paralizarlos y así poder hablarles y salvarlos.

Andrés dice:

–    Yo también soy de esa opinión.

Por eso se quedó allí solo, mirando al bosque.

Los tenía subyugados con su mirada, con su confianza en ellos, sereno e inerme.

¡No tenía ni siquiera una estaca!… 

Pedro dice: 

–    Bien, de acuerdo. 

 Pero todas estas cosas es lo que decimos nosotros, son ideas nuestras.

Yo lo quiero saber del Maestro. 

Entonces se enciende un vivo debate, que Jesús permite; 

entre Bartolomé quien piensa que, habiendo declarado Jesús que no fuerza a nadie;

no habrá aplicado la violencia tampoco con estos ladrones,.

Y por otra parte Judas apoyado moderadamente por Tomás,

que dice que no puede creer que la mirada de un hombre tenga tanto poder.

Todos se muestran tenaces en su propia tesis, de forma que se elevan “síes” y “noes” discrepantes, violentos.

Juan, como Jesús, guarda silencio, sonríe con la cabeza inclinada (lo hace para disimular su sonrisa).

Pedro vuelve al asalto, porque ninguna de las razones de los compañeros lo convence.

Piensa que la mirada de Jesús es distinta que la de los otros hombres;

pero quiere saber si es por ser Jesús, el Mesías, o por ser Dios.

Iscariote apoyado ligeramente por Tomás,

dice:

–    No puedo creer que la mirada de un hombre tenga tanta fuerza.  

Mateo replica:

–  Esto y algo más.

Yo me convertí al contacto, primero de su mirada que de sus palabras.

Pedro dice:

–     ¡Está bien!

Pero esto lo decimos nosotros.

Son ideas nuestras.

Quiero saberlo del Maestro.

La mirada de Jesús es diferente a la de cualquier hombre.

Y pregunta: 

¿Es porque eres el Mesías?

O ¿Por qué eres siempre Dios? 

Jesús toma la palabra:

–    En verdad os digo que no solo Yo;

Sino cualquiera que esté unido íntimamente a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha;

podrá hacer esto y mucho más.

La mirada de un niño, si su espíritu está unido a Dios;

puede hacer que se desplomen los templos sin necesidad de imprimir ninguna sacudida como lo hizo Sansón;

puede ordenar la mansedumbre a las fieras y a los hombres-fiera;

rechazar la muerte, domeñar las enfermedades del espíritu.

De la misma forma, la palabra de un alma víctima corredentora,

fundida con el Señor e instrumento del Señor;

puede curar enfermedades, quitar el veneno a las serpientes, obrar cualquier milagro.

Porque Dios obra en él.Lo mismo que los hombres fieras, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu.

Pedro exclama:

–     ¡Ah! ¡He entendido!

Mira fijamente a Juan y luego concluye su razonamiento que tenía fermentando en su interior,

Agregando:

–     ¡Cierto!

Maestro, Tú lo has podido porque Eres Dios y porque Eres Hombre unido con Dios. 

Y lo mismo sucede con quién llega a estar fusionado por el amor con Dios.

¡He entendido perfectamente

Jesús lo mira y pregunta:

–    Pero, ¿No te preguntas acerca de la clave de esta unión y el secreto de este poder?

No todos lo alcanzan, incluso en el caso de hombres dotados de iguales capacidades.

–    ¡Exacto!

¿Dónde está la clave de esta fuerza para unirse a Dios y someter las cosas?

¿Es una oración, o quizás palabras secretas…?

Jesús responde: 

–    Hace poco Judas culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han ocurrido.

Las bestias no traen ningún sortilegio consigo.

Arrojad de vosotros esas supersticiones que huelen a idolatría y que pueden acarrear males.

Los brujos obran prodigios porque al ser posesos de Satanás,

es el Arcángel caído que sigue siendo poderoso, el que obra los sortilegios.

Y así como no existen fórmulas para hacer brujerías,

así tampoco existen para hacer milagros. 

Tan solo existe el Amor.

Si Dios está en vosotros y lo poseéis de un modo pleno, por medio de un amor perfecto;.

El ojo se convierte en fuego o en un arma que desarma.

Y la palabra se hace poderosa. 

Como he dicho ayer por la noche, el Amor calma a los violentos y sacia a los codiciosos.

El Amor es Dios.

Con Dios en vosotros, plenamente poseída por el mérito de un amor perfecto;

vuestra mirada se transforma en fuego que quema todo ídolo y echa por tierra sus imágenes.

Y la palabra se transforma en potencia.

Y os digo, la mirada es entonces, arma que  desarma.

Dios, el Amor, es irresistible.

Sólo el demonio le resiste, porque es el Odio perfecto.

Y con él, los que son hijos suyos.

Los otros, los débiles, los que están subyugados por una pasión,

pero que no se han vendido voluntariamente al demonio, no lo resisten.

Sea cual sea su religión,o su abstención completa de fe.

Sea cual sea su bajeza espiritual, reciben el impacto del Amor, que es el gran Vencedor.

Trata de llegar a esto pronto… 

Y harás lo que hacen los hijos y portadores de Dios.

Pedro no quita los ojos de Juan.

También las inteligencias de Simón Zelote, los hijos de Alfeo, Santiago y Andrés,

se han despertado e indagan.

Santiago de Zebedeo dice: 

–    Pero entonces, Señor… 

 ¿Qué es lo que le ha acontecido a mi hermano?

Hablas de él.

¿Es él el muchacho que hace milagros?

Es eso?,

¿Es así? ¿Qué ha hecho?

–    Ha pasado una página del libro de la Vida, ha leído y ha conocido nuevos misterios.

Nada más.

Os ha precedido porque no se detiene a considerar cada uno de los obstáculos…

A sopesar cada dificultad, a calcular si compensa o no…

Ya no ve este mundo, ve la Luz y a ella va, sin momentos de pausa.

Dejadlo, dejadlo tranquilo.

Hay almas que arden más que otras.

No se debe poner dificultad a este fuego suyo que alegra y consume.

Hay que dejarlas arder, lo cual es al mismo tiempo sumo gozo y sumo esfuerzo.

Dios les concede momentos de noche;

porque sabe que el ardor mata a estas almas-flor,  si están expuestas a un sol continuo.

Dios concede silencio y místico rocío a estas almas-flor, como a las flores del campo.

Dejad descansar al atleta del amor cuando Dios lo deja descansar.

Imitad a los preparadores de los gimnastas…

que conceden a éstos el debido descanso…

Cuando lleguéis vosotros adonde él ha llegado…

Y más lejos, pues tanto vosotros como él llegaréis a más todavía…

Comprenderéis la necesidad de respeto, de silencio…

De penumbra que experimentan esas almas de las que el Amor se ha apropiado…

“¿Y ahora qué quieres que HAGAMOS Abba?

Y a las que ha hecho instrumento suyo.

Y no penséis:

“Llegado ese momento querré darlo a conocer.

Juan se comporta como un necio, porque el alma del prójimo, como la de los niños,

desea la seducción de lo maravilloso”.

No.

Cuando lleguéis a ese estado, sentiréis el mismo deseo de silencio y penumbra que ahora siente Juan.

Cuando yo no esté ya con vosotros, acordaos de que,

teniendo que juzgar sobre una conversión o sobre una santidad exuberante

debéis tomar siempre como medida la humildad.

Si en alguien perdura el orgullo, no os hagáis ilusiones de que se haya convertido.

Y si en alguien; aun cuando sea tenido por ‘santo’, reina la soberbia;

estad seguros de que santo no es.

Podrá como charlatán e hipócrita, hacerse el santo y simular prodigios.  

Pero no es santo:

La apariencia es hipocresía; los prodigios, satanismo.

¿Habéis entendido?

-Sí, Maestro….

Todos, muy pensativos, guardan silencio.

Pero, aunque las bocas estén cerradas,

los pensamientos se adivinan con claridad a través de sus miradas y expresiones.

Los envuelve, como un éter tembloroso que emanase de ellos, un gran deseo de saber.

Simón Zelote se esfuerza en distraer a sus compañeros, para tener tiempo de aconsejarlos aparte; 

para insistir en que sepan callar.

Al parecer Simón Zelote tiene encargado este ministerio en el grupo apostólico;

es el moderador, el conciliador, el consejero de sus compañeros; 

además de ser un apóstol que comprende muy bien al Maestro.

En este momento está diciendo:

–    Estamos ya en las tierras de Juana.

Aquel pueblo que se ve en aquella cuna es Béter

Aquel palacio que está en aquella cima es su castillo natal.

¿No percibís este perfume del aire?

Son los rosales, que empiezan a perfumar bajo el sol de la mañana;

por la tarde es una exuberancia de aromas.

Pero ahora, con el frescor de la mañana es precioso verlos, aljofarados todavía de rocío;

como millones de diamantes desparramados sobre millones de corolas que florecen.

Cuando declina el sol recogen todas las flores que están completamente abiertas.

Venid. Os quiero mostrar desde una loma la vista de los rosales,

que desde la cima rebosan como en cascada…

Y van descendiendo por los rellanos de la otra ladera.

Una cascada de flores, que luego vuelve a subir como una ola, por las otras dos colinas.

Es un anfiteatro, un lago de flores.

¡Espléndido

El camino es más empinado, pero merece la pena ir, porque desde aquel borde se domina todo ese paraíso.

Llegaremos pronto también al castillo.

Juana vive allí libre, con sus campesinos, que es la única vigilancia de tanta copiosidad.

Pero quieren tanto a su ama, que hace de estos valles un edén de belleza y paz…

que son más eficientes que toda la guardia de Herodes.

Mira Maestro; mirad, amigos…

Y con el gesto indica un semicírculo de colinas invadido de rosales.

La mirada, en cualquier parte en que se deposite ve,

bajo altísimos árboles que tienen la función de proteger del viento, de los rayos de sol demasiado intensos…

Y de las granizadas, un sinfín de rosales.

El sol traspasa y el aire circula bajo este leve techo, que hace de velo pero no ahoga.

Y que los jardineros mantienen en las debidas condiciones:

debajo viven, felices, los más bellos rosales del mundo.

millares y millares de rosales de toda especie:

enanos, bajos, altos, altísimos; formando un matorral, como cojines recamados de flores al pie de los árboles. 

O esparcidos por los prados de verdísima hierba, formando setos a lo largo de los senderos…

y de los leves cursos de agua.

O en círculo alrededor de los estanques de riego que están  diseminados,

por este parque que comprende también colinas.

Enroscados en los troncos de los árboles y tendiendo de uno a otro…

sus cabelleras florecidas, para formar festones y guirnaldas.

Es una cosa realmente de sueño.

Todos los tamaños, las tonalidades, están representados.

Y se entremezclan colocando los colores marmóreos de las rosas de té,

al lado del sangriento ardor de otras corolas.

Y reinando soberanas por número, las verdaderas rosas del color de mejilla infantil

que va atenuándose hacia los bordes, hasta una tonalidad blanquecina rosácea

Todos quedan impresionados por tanta belleza. 

Felipe pregunta:

–     ¿Para que quiere todo esto? 

Tomás responde: 

–    Lo goza.  

Simón explica: 

–    No.

También saca esencias, con lo cual da trabajo a cientos de jardineros y de trabajadores de las prensas,

para extraer esencias.

Los romanos las solicitan con avidez.

Jonathán me lo decía mientras me mostraba las cuentas de la última recolección.

Pedro mira y dice:

–    Pero…

Ahí está María de Alfeo con el niño.

Nos han visto. Están llamando a las otras…

Así es.

Juana y las dos Marías, precedidas de Margziam, que baja corriendo,

con los brazos ya preparados para el abrazo…

Vienen deprisa, hacia Jesús y Pedro.

Se postran ante Jesús.

Jesus with his arms open and posing outdoors

Que las saluda sonriente,

y preguntando:

–    Paz a todas vosotras.

¿Dónde está mi Madre?

Juana responde: 

–    Entre los rosales, Maestro.

Está con Elisa, ¡Que está bien curada y puede afrontar el mundo y seguirte!

¡Gracias por haberte servido de mí para esto!

–    Gracias a ti, Juana.

¿Ves como era provechoso venir a Judea?

Y mirando al niño le entrega, 

diciendo: 

–    Margziam, estos regalos son para ti:

Este bonito muñeco y estas lindas ovejitas.

¿Te gustan?

El niño, de la alegría, se ha quedado sin respiración.

Se echa hacia Jesús, que se había agachado para darle el muñeco y se había quedado mirando su rostro.

Y se abraza a su cuello y lo besa con toda la vehemencia de que es capaz.

–    Así te harás manso como las ovejas. 

Y luego serás un buen pastor para los que crean en Jesús.

¿Verdad?

Margziam dice “sí, sí, sí” con la respiración entrecortada…

Y los ojos brillantes de alegría

–    Ahora ve donde Pedro.

Yo voy con mi Madre.

Veo allí una parte de su velo moviéndose a lo largo de un seto de rosas.

Y corre al encuentro de María. 

Y la recibe abrazándola contra su corazón a la altura de la curva del sendero.

Después del primer beso…

María, todavía jadeante,

explica:

–    Detrás viene Elisa…

He corrido para besarte…porque, Hijo mío, no besarte no podía…

Y besarte ante ella, no quería…

Está muy cambiada…

Pero el corazón sigue doliendo ante una alegría ajena, que a ella le ha sido negada para siempre.

Ahí viene

Elisa recorre veloz los últimos metros y se arrodilla para besar la túnica de Jesús.

Ya no es la mujer de trágica imagen de Betsur.

Ahora es una anciana austera, marcada por el dolor;

solemne por la huella que la pena ha dejado en su rostro y su mirada.

Elisa lo saluda: 

–    ¡Bendito seas, Maestro mío!   

¡Ahora y siempre, por haberme procurado de nuevo lo que había perdido!

Jesús responde: 

–    Paz cada vez mayor a ti, Elisa.

Me alegro de verte aquí.

Levántate

–    Yo también me alegro.

Tengo muchas cosas que decirte y que preguntarte, Señor.

–    Tendremos todo el tiempo que queramos…

Dado que pienso permanecer aquí unos días.

Ven, que quiero que conozcas a los condiscípulos.

–    ¡Oh!…,

¿Entonces has entendido ya lo que quería decirte?

¿Que quiero renacer a vida nueva: la tuya.

Tener de nuevo una familia: la tuya.

Unos hijos: los tuyos.

Como dijiste en mi casa, en Betsur, hablando de Noemí.

Yo soy una nueva Noemí gracias a ti, Señor mío.

¡Bendito seas por ello!

Ya no vivo afligida, ni soy infecunda.

Seré todavía madre.

Y si María lo permite, incluso un poco madre tuya; además de madre de los hijos de tu doctrina.

–    Sí, lo serás.

María no se sentirá celosa y Yo te querré de forma que no te arrepentirás de tu decisión.

Vamos ahora a ver a los que quieren decirte que te quieren como hermanos.

Y Jesús la toma de la mano y la lleva con su nueva familia.  

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El viaje en espera de Pentecostés ha terminado.

P DIVINO ALFARERO


Enero 06 2021 

Habla Dios Padre

Hijitos Míos, ved a los cielos, veis estrellas, planetas, todo lo que existe en el firmamento, es un regalo inmenso que tengo para vosotros.

Vuestros Primeros Padres lo gozaron en pleno, porque fue Mi Creación y ellos, conocían perfectamente todo lo que Yo Creé.

Le pusieron nombre a cada planeta, estrella, a todo lo que hay en el firmamento. Conocían todo y gozaron todo, antes de la caída en el Pecado.

Se deleitaban con Mi Obra, gozaban con Mi Obra, se transportaban al firmamento cuando querían y lo gozaban.

Esas capacidades, que tenían vuestros Primeros Padres, las estáis recuperando y con esta Purificación que se os avecina;

recuperaréis muchísimo y empezaréis a gozar, plenamente, de lo que ellos gozaron en los Principios de la Creación. 

Sobre todo, el interactuar con Mi Creación, que es Mi Regalo a vosotros.

Cuando vosotros tenéis un animalito que se os regala para que lo cuidéis, vosotros empezáis a interactuar con ése ser vivo.

El animalito os conoce y vosotros también lo conocéis, os entendéis y vais creciendo en ése entendimiento y llega a haber un amor muy particular entre el animalito y vosotros.

Ahora, poned esto, en una proporción inmensamente mayor, que fue lo que Yo os di con la Creación. 

Os he dicho que la Creación completa, está viva, aunque vosotros veáis, aparentemente, inertes, la tierra, las rocas, el viento que no veis, pero que lo sentís, el agua, TODO ESTÁ VIVO. 

En este cambio que tendréis, gozaréis ésa vida que Yo he puesto a vuestro alrededor, ella os cuida, la vida de la Naturaleza os cuida y, por eso, Yo les pedí a vuestros Primeros Padres que la cuidaran también.

Cuando os concentráis en una vida ajena, os amáis en cierta forma, vosotros dais y por otro lado, recibís y a la inversa, os dan y vosotros dais también.

ASÍ SE VIVE EN EL CIELO,

ASÍ SE VIVE EN MÍ, VUESTRO DIOS Y CREADOR

Yo os he Creado; pero pedidMe, pedidLe a Mi Santo Espíritu, que os haga entender esta frase:

“Yo os he Creado”, porque lo que se deriva de esta frase, es inmenso. 

Fuisteis Creados por Mí, vuestro Dios y de ahí, se derivan infinidad de cosas a vuestro favor.

Para haberos Creado, primeramente hubo Amor, pero el Amor de parte Mía todavía es incomprensible para vosotros, es inmenso y,

 EL HABEROS DADO VIDA,

ES UN ACTO DE AMOR DE PARTE MÍA,

QUE NO ENTENDÉIS TODAVÍA,

Y os pido, Le pidáis a Mi Santo Espíritu, que os dé las capacidades para que entendáis, este Misterio tan grande de Mi Amor.

El que os haya dado vida para servirMe, es un regalo inmenso para un alma, es un regalo de Mi Corazón.

Cuando os he dado vida, os he dado también Mi Amor, Mis Cuidados, Mi Guía, Mis Delicias y un futuro eterno, bellísimo.

Cuando pensé en vosotros, para daros vida, os estaba ya regalando, inmensidades de Mi Corazón,

por eso, es necesario que vosotros le pidáis a Mi Santo Espíritu, que os deje comprender todo esto que os digo, y entraréis en un éxtasis hermoso.

Fuisteis escogidos por Mí, vuestro Dios, para que Yo os diera vida y que OS DIERA UNA MISIÓN MUY ESPECIAL, muy particular, a cada uno de vosotros.

¡PENSÉ EN VOSOTROS SOLAMENTE!!

¡OS CREÉ EN LO PARTICULAR!

 os he ido llevando a una perfección espiritual muy grande

y estáis destinados, cada uno de vosotros, a algo más grande, pero para servirMe, para servir a vuestro Dios.

PedidLe a vuestros Santos Ángeles que os enseñen y os expliquen, LO QUÉ ES EL GOZO DE SERVIR A SU DIOS.

  O sea, a Mí, vuestro Padre, vuestro Creador.  

Los Ángeles gozan al estar ante Mi Presencia, es una Gracia muy grande que os he dado, Mis pequeños.

El Cielo goza por haber sido Creados para estar ante Mí.

LES IRRADIO MI AMOR,

LES IRRADIO MIS BENDICIONES, LES IRRADIO VIDA

Y ELLOS RECIBEN TODO ESTO,

GOZAN INMENSAMENTE Y ME AMAN MÁS.

Mientras más recibo su amor, irradio más vida sobre ellos, sobre toda creatura que Me ama.  

Sobre todo aquello que ha sido Creado para vivir en Mí y para Mí.

Soy vuestro Dios, la Creación se realizó para que vosotros crecierais y vivierais en Mi Amor.

OS HE DICHO QUE MI AMOR ES DINÁMICO

QUE NO SE PUEDE DETENER

Cuando tenéis Mi Amor, lo dais necesariamente a vuestros hermanos, lo dais de regreso a Quien os Creó, que Soy Yo, vuestro Dios.

VIVIR EN MÍ, ES UN TORBELLINO DE AMOR,

Amor que nunca se termina, y no solamente esto, sino que crece y crece y crece.

El AMOR INFINITO según Albert Einstein…

POR ESO, VOSOTROS NO PODÉIS, TODAVÍA,

VIVIR MI AMOR EN PLENO,

PORQUE VUESTRO CUERPO NO SOPORTARÍA TANTO GOZO.

Mi Amor está limitado todavía en vosotros, porque vuestro cuerpo, afectado por el Pecado Original, no puede soportar tanto Amor,

POR ESO, DEBÉIS SER TRANSFIGURADOS

Porque vuestro cuerpo no puede soportar y, digo así, “soportar” tanta belleza de Amor.

Por eso, las almas cuando salen ya de vuestro cuerpo, gozan,

gozan infinitamente, se expanden y llegan a un gozo inconmensurable. 

Las almas, ya libres de las ataduras del cuerpo, tienen un gozo infinito y a eso estáis destinados vosotros,

si os mantenéis en Mí, si Me seguís buscando, si gozáis en Mí y si vivís para Mí.

Es tanto lo que os quiero amar…

DejadMe Mis pequeños, que Me derrame plenamente sobre vosotros, que os siga dando Mi Vida en pleno.

GOZADME DESDE AHORITA,

AUN CUANDO SOIS LIMITADOS, 

16. «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas.

VUESTRA FE OS ESTÁ ENGRANDECIENDO.

Aceptáis en Fe lo que os digo y eso tendrá un regalo muy grande, cuando vuestra alma, ya libre de vuestro cuerpo, Me goce plenamente.

Espero ése momento Mis pequeños, espero cuando regreséis a Mí y os pueda dar ése regalo tan grande que os quiero dar, por haber vivido en Mí

y por haberMe servido para la salvación de las almas y para la expansión de Mi Gloria en el Universo entero.

Porque ciertamente, cada uno de vosotros, tiene su propia personalidad y, al decir vuestra propia personalidad, os estoy también diciendo, que cada uno de vosotros

FUISTEIS DOTADOS CON CIERTAS

CARACTERÍSTICAS ESPIRITUALES, MUY PERSONALES

Con muchos Carismas, especialmente el DON DE HACER MILAGROS

para que vosotros dierais vuestro máximo en la misión que se os ha encomendado. 

Os he puesto en diferentes estratos sociales, en diferentes países, en diferentes situaciones económicas, sociales, aún espirituales,

para que vosotros deis lo que debéis dar,

PARA IR RECUPERANDO EL CUERPO MÍSTICO DE MI HIJO.

Como os dije, tenéis una personalidad propia espiritual,

y deberéis dar ésa vida espiritual particular, para los bienes de la humanidad, para los bienes de la Iglesia, para los bienes del Cielo. 

JUAN 14

9. Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?

10. ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.

11. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras.

12. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.

13. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

14. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.

Por otro lado, CUANDO VOSOTROS OS DONÁIS PLENAMENTE A MÍ,

Es Mi Voluntad la que debe trabajar en vosotros.

ciertamente, mantendréis vuestra personalidad, pero vuestra personalidad va a ser guiada bajo Mi Voluntad. 

Y de esta forma, lo que vosotros tengáis que dar, de acuerdo a la misión que Yo os he encomendado, va a salir perfecta, porque vosotros daréis lo máximo.

Esto es algo muy bello que vosotros debéis entender, que cuando vosotros actuáis solos, vuestra actuación siempre va a ser imperfecta, 

cuando vosotros actuáis bajo Mi Voluntad, vuestra actuación va a ser perfecta.  

Mientras más os vayáis dejando mover por Mí, más perfectas van a ser vuestras acciones.

El hombre, va a poner algo de lo suyo, por no confiar plenamente en Mí, porque,

A VECES, OS PEDIRÉ COSAS QUE SE SALEN

COMPLETAMENTE DE LA RAZÓN HUMANA

Y entonces, pondréis vuestra parte y ahí es donde empieza la imperfección;

pero es natural, Mis pequeños, que hagáis esto en un principio,

PORQUE SE SALE, COMO OS DIJE,

18. Pues la predicación de la cruz es una LOCURA para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios. 1 Corintios 1,

COMPLETAMENTE DE VUESTRA LÓGICA HUMANA.

Cuando vosotros os dais cuenta de que, aquello que aparentemente os pedí, que no era lo que vosotros, en lógica humana creíais que saldría bien y realmente, sale bien,

ENTONCES, OS VAIS A IR DEJANDO MOVER POR MÍ PLENAMENTE

Y es cuando, vosotros mismos, os vais a asombrar de lo que salga de vosotros, porque es que Yo, ya estaré actuando, casi en forma total, a través de vosotros.

Como os dije, siempre habrá imperfección humana pero, mientras más os acerquéis a Mí y os dejéis mover por Mí, vuestras acciones cada vez van a ser mejores.

Y así, se va a ir dando totalmente Mi Voluntad en la Tierra, que es la misma que se da en el Cielo.

Hijitos Míos, hace unos momentos, os pedí que hicierais un recuento de vuestra vida pasada, desde el momento en que fuisteis tomados por Mí, por Mi Amor. 

Vosotros mismos sois testigos de cómo os tomé, sois vuestros propios jueces de cómo erais antes y cómo sois ahora. 

Lo que antes os gustaba, lo que era del Mundo, los placeres, la vida de fiesta, que antes tanto gozabais,

ahora os dais cuenta, que eso os aburre, ya no es el gozo que antes teníais, ya lo veis en su dimensión real, era pérdida de tiempo.

ESTÁIS A OTRO NIVEL ESPIRITUAL, Mis pequeños;

os levanté del suelo, vivíais para el Mundo y os aparté de él, poco a poco, sin que os dierais cuenta. 

Os fui transformando, fui haciendo de vosotros, nuevas almas.

Del barro que erais antes, os volví a modelar, 

Yo Soy el Alfarero Bendito, Divino e hice una nueva pieza de cada uno de vosotros. 

Habéis sido transformados y lo sabéis, Mis pequeños y os he llevado lentamente, sin que casi vosotros os dierais cuenta.

No os presioné, respeté vuestra libertad en totalidad, os fui dando nueva vida que ahora estáis gozando,  

OS FUI APARTANDO DEL MUNDO

PORQUE NO PERTENECÉIS AL MUNDO,

SOIS MÍOS, SOIS OBRA MÍA, YO OS CREÉ

PARA QUE ESTUVIERAIS CONMIGO SIEMPRE, ETERNAMENTE.

OS HE DADO DONES ESPECIALES,

Que, a lo mejor no os dais plena cuenta de ellos, pero que ya, vuestra misma presencia, vuestras palabras y oraciones, van transformando a vuestros hermanos, con los que tenéis contacto o a los que queréis ayudar.

Cuando habláis de Mí, ya Soy Yo, a través de vosotros, ya no son vuestros conceptos de hace diez, veinte años, treinta, ya habláis con la Verdad, con Mi Verdad,

ya no tomáis conceptos humanos, sino Divinos, ya movéis a las almas con Mis Palabras. Con Mi Presencia en vosotros, movéis corazones a la conversión, porque Yo estoy en vosotros.

VUESTRA TRANSFIGURACIÓN YA SE ESTÁ DANDO

Y VA A LLEGAR A SU CULMEN DENTRO DE POCO

Y OS VERÉIS COMO YO OS VEO.

Seréis transfigurados para hacer la tarea que habéis venido haciendo, pero en una forma más grande. 

Ya sois almas que vivís en Mí, aunque estéis en el Mundo.

El Mundo, aunque os coquetea, ya no caéis en él, Me preferís a Mí, que Soy vuestro Dios y porque Yo os doy muchísimo más de lo que os da el Mundo.

Os he llevado a que conozcáis Mis Riquezas, a que conozcáis Mi Amor, a que conozcáis Mis Promesas, a que conozcáis vuestro futuro eterno y,

ESO, NO OS LO VA  A DAR SATANÁS, QUIEN REPRESENTA EL MUNDO.

Lo que Yo os he dado, y a donde os llevo, es infinitamente más grande, más bello que lo que os puede dar Satanás.

ÉL, PERDIÓ TODO ESO,

NO OS LO PUEDE DAR, PORQUE NO LE PERTENECE.

Yo Soy vuestro Creador, vuestro Dios y os he ido preparando para que gocéis plenamente, lo que Yo sí os puedo dar y que os he Prometido.

Grandes cosas viviréis, porque ya estáis Conmigo, porque habéis sido preparados para ello.

Estáis viviendo situaciones, que la gran mayoría de la humanidad, no vive:

Me tenéis con vosotros, estoy más cerca de vosotros, porque Me habéis abierto vuestro corazón.

Ciertamente, esto conlleva una responsabilidad, que es el que ME DÉIS con vuestra presencia, a vuestros hermanos. Que mováis corazones. Que también los acerquéis a Mí, como Yo os he acercado a Mi Corazón.

Mucho todavía os daré, pero también vosotros, mucho debéis dar a vuestros hermanos.

CUANDO SEÁIS TRANSFIGURADOS,

COMPRENDERÉIS MUCHO MEJOR,

VUESTRA FUNCIÓN AQUÍ EN LA TIERRA

Y MI SANTO ESPÍRITU OS TOMARÁ

PARA QUE ÉL OS MUEVA

 Y deis lo que tenéis qué dar, para que Mi Reino se implante en los corazones que serán escogidos para los Cielos Nuevos y las Tierras Nuevas.

Yo, en Mi Sencillez de Padre Amoroso  hacia vosotros, os seguiré ayudando a crecer así como os he llevado: lentamente, delicadamente, amorosamente.

Dejaos mover, que todavía os falta gozar de grandes bellezas y de Mi Amor en pleno.

TODAVÍA TENGO GRANDES SORPRESAS

CON LAS QUE OS VOY A ENAMORAR MÁS DE MI AMOR.

Sed sencillos, sed como niños, como os pidió Mi Hijo, que Yo os voy a consentir y todo esto, porque vosotros os habéis dado a Mí.

Hijitos Míos, os he dicho muchas veces que después de la Purificación quedará el Resto Fiel…  

Y vosotros os preguntaréis: “¿Por qué será premiado el Resto Fiel y por qué es tan pequeño?”

Todos vosotros habéis tenido una vida larga o medianamente larga, y quizá habrá algunos pequeños.

Pero los que habéis vivido sobre la Tierra igual que todos vuestros hermanos, habéis sufrido ataques de Satanás y habéis caído en varios pecados, algunos graves, otros no tan graves.

Me habéis dado la espalda en algún momento, pero volvisteis a Mí.

La diferencia entre los escogidos, para empezar un Nuevo Mundo, está en la Fe y la confianza de estar Conmigo, vuestro Dios.

Muchos otros de vuestros hermanos cayeron y se mantuvieron en ese pecado o en peores. 

Todos habéis sufrido los ataques de Satanás, pero vosotros os levantabais y reaccionábais todo lo contrario a vuestros hermanos: 

A Satanás: ‘Me hiciste caer; pero nomás espérate a que me levante… Y…

al ser atacados, al ser probados, respondíais con un bien, que era regresar a Mí, vuestro Dios.

A veces, aconsejados por algún otro hermano vuestro, por ignorancia o por querer ver qué había de nuevo en la vida del hombre, o sea, por curiosidad,

caíais en errores que éstos, a su vez, os iban dando protección a vuestra alma sin que os dierais cuenta; por decirlo así, probabais el pecado pero no os gustaba y lo rechazabais.

Y eso os iba dando una madurez espiritual cada vez más fuerte.

Y así fuisteis venciendo todos esos ataques de Satanás y vuestra alma se fue acrisolando sin que os dierais cuenta.

Por eso, las almas que pasarán a estos Nuevos Tiempos son almas acrisoladas, almas probadas fuertemente en el pecado, en la maldad, ya que no aceptaron seguir en ellos.

Y eligieron seguir viviendo bajo Mi Gracia y bajo Mi Amor, sirviéndoMe y sirviendo a sus hermanos, cosas que muchos, la gran mayoría de vuestros hermanos, no quisieron hacer.

La Maldad los venció, les di la oportunidad de ser acrisolados para que tuvieran este regalo que tendréis vosotros, los escogidos,

pero prefirieron seguir a Satanás, a sus obras, a sus maldades, a sus pecados.

No quisieron mejorarse, ser almas que pudieran repeler fácilmente a Satanás al vivir en las Virtudes, se dejaban vencer fácilmente por los vicios, por las maldades a donde os llevaba Satanás.

Las almas buenas, las almas que tomaron para sí, y como medio de vida, lo que tenéis en las Sagradas Escrituras, especialmente lo que Mi Hijo os dejó,

sois almas enamoradas de Mi Amor y por eso entraréis a este Nuevo Tiempo,

 que será un tiempo de un gran amor entre los hombres; un amor puro, un amor santo, un amor de donación, como no lo habéis tenido nunca antes.

Yo voy agradando a las almas escogidas, les doy Mis Regalos ya desde ahora,

para que se sientan protegidas y seguras, que a pesar del cambio que se viene y los dolores que se darán, saben internamente que Yo estaré con ellas.

Vuestra prueba de acrisolamiento se ha dado a lo largo de vuestra existencia y eso os ha llevado a una madurez espiritual muy grande, lo cual Me halaga inmensamente.

El que en la tierra se ponga la Corona de Espinas… En el Cielo se pondrá la Corona de Gloria…

Y como ya pasasteis muchas pruebas y con ellas vencisteis al Mal, no tenéis por qué pasar más dolores y más pruebas grandes, dolorosas, porque ya Me habéis demostrado a quién pertenecéis.

Sois Mis almas escogidas, consentidas, amadas de Mi Corazón.

Y así os he de pagar también a vosotros, consintiéndoos en estos Tiempos de Tribulación.

Manteneos pues, Mis pequeños, en la línea en la que os habéis mantenido, ya que en estos Últimos Tiempos

noto perfectamente la línea de santidad que escogisteis para servirMe, porque para eso estáis llamados, para ser santos.

Ciertamente, vosotros no os dais cuenta de esa evolución espiritual que habéis tenido y ese es el camino de la santidad:

Habéis sufrido y a pesar de ello os mantuvisteis Conmigo.

Eso es un acto de santidad, Mis pequeños, el haberMe amado a pesar de los problemas y preocupaciones; pero seguíais Conmigo, no Me dabais la espalda, no Me blasfemabais…

Y eso también os llevaba hacia la santidad porque confiabais en Mí, vuestro Dios. Os puse pruebas de diferente índole y las vencisteis todas.

Aquí estoy ya, pues, vuestro Dios y Señor, esperando el momento con ansia en que entraréis a este regalo tan grande que os estoy preparando, vuestro nuevo hogar:

las Tierras Nuevas para vosotros, las almas escogidas, las almas acrisoladas, las almas que han buscado su santidad antes de perderse en el pecado.

Os bendigo, Mis pequeños, y os seguiré cuidando en estos momentos de Tribulación.

Sé que seguiréis Conmigo pese a la situación tan fuerte que se os presentará.

Yo estaré con vosotros, os protejo, Mis pequeños, Soy vuestro Dios.

Nota: Y con esta publicación reanudaremos, las que quedaron suspendidas el 21 de Diciembre de 2020 con “CONVERSIÓN SIN ENTREGA…”

 

45 CONSEJO MATERNAL


A MIS PEQUEÑOS CORREDENTORES

45 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Como conclusión de la vida oculta.

Dice María:

«Antes de que entregues estos cuadernos, uno a ellos mi bendición.

Ahora — tan sólo se necesita que queráis hacerlo con un poco de paciencia — podéis tener una colección completa de los hechos de la vida íntima de mi Jesús.

Tenéis, desde la Anunciación hasta el momento en que sale de Nazaret para predicar, no sólo los dictados, sino también la ilustración de los hechos que acompañaron la vida familiar de Jesús.

Los Evangelios, al describir el vasto cuadro de la vida de mi Hijo, engloban en breves referencias, sus primeros años, su niñez, su adolescencia y su juventud.

En los Evangelios, Él es el Maestro.

Aquí, es el Hombre, el Dios que se humilla por amor al hombre.

‘Mas también obra milagros aquí, en el anonadamiento de una vida corriente, los obra en mí.

Sintiendo mi alma llevada a la perfección al vivir en contacto con este Hijo mío que estaba formándose en mi seno.

Los obra en casa de Zacarías, santificando al Bautista, ayudando a Isabel en el momento del parto, devolviéndole la palabra y la fe, a Zacarías.

Los obra en José, abriéndole el espíritu a la luz de una verdad tan excelsa que no hubiera podido comprenderla por sí solo, a pesar de ser justo.

José, después de mí, fue el más consolado de esta lluvia de divinos beneficios.

Observa cuánto camino recorre, espiritual camino, desde que viene a mi casa hasta el momento de la huida a Egipto.

Al principio era solamente un hombre justo según los cánones de su tiempo.

Luego, por fases, deviene el justo del tiempo cristiano.

Se enriquece de la fe en Cristo y, tanto se abandona a esta fe segura, que de la frase pronunciada al principio del viaje de Nazaret hacia Belén: 

  “¿Cómo nos las arreglaremos?”

Frase en que estaba comprendido todo el hombre, todo ese hombre que se revela con sus temores humanos, con sus humanas preocupaciones, pasa a la esperanza.

Así, en la gruta, antes del nacimiento, dice: “Mañana irá mejor”.

Jesús, ya cercano, lo fortifica con esta esperanza, que entre los dones de Dios es uno de los más bellos.

Y luego, cuando el contacto con Jesús lo santifica, pasa de esta esperanza a la intrepidez.

Siempre se había dejado dirigir por mí, llevado del respeto de altísima veneración que hacia mí abrigaba.

Ahora, por el contrario, dirige él, tanto las cosas de orden material como las de otro orden superior. 

Y en calidad de cabeza de la Familia, decide todo él.

Es más, cuando tras los meses de unión con el Hijo divino que le saturaron de santidad, llega la penosa hora de la huida…

Es él quien alivia mi pena,

y me dice:

–    “Aun en el caso de perderlo todo, teniéndole a Él tenemos todo”.

Y también en los pastores mi Jesús obra milagros de gracia.

Así, el Ángel se dirige al pastor ya predispuesto a la Gracia por su fugaz encuentro conmigo.

Y lo conduce a la Gracia, para que sea de ella salvado para siempre.

Obra milagros por doquiera que pasa, ya en exilio, ya de nuevo en su pequeña patria de Nazaret.

Dondequiera que estuviese, en efecto, la santidad se expandía como el aceite sobre un lienzo o  la fragancia de las flores por el aire,

Y todo aquel que recibía su toque, a menos que no fuera un demonio, salía ansioso de santidad.

Tal anhelo es ya raíz de vida eterna, pues quien quiere ser bueno consigue la bondad, que lleva al Reino de Dios.

Ahora ya tenéis, en escenas que reflejan momentos diversos, la santa Humanidad de mi Hijo, desde el alba al ocaso.

Podríamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgó que así estaba bien; por ti, alma mía.

En cada uno de los dictados te hemos dado la medicina para aquellas heridas que te serían infligidas.

Te la hemos ido dando con antelación, para prepararte.

Mientras está granizando, nada parece protegernos, mas no es así.

Si bien es cierto que la tempestad reaviva la humanidad que duerme sepultada bajo las aguas espirituales,

No lo es menos que también saca a la superficie las gemas de una doctrina sobrenatural que, habiendo sido depositadas en vuestro corazón,

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina…

esperaban precisamente esa hora de tempestad para emerger y deciros:

“Acordaos de que también existimos nosotros”.

Y no es sólo una razón de Providencia, alma mía; sino que también hay en ello una razón de bondad.

En efecto, ¿Cómo te hubiera sido posible, en el actual estado de postración en que te encuentras, (se dirige a María Valtorta) ver u oír ciertas visiones o ciertos dictados?

Te habrían lesionado en modo tal, que te habrían incapacitado para tu misión de ”portavoz”.

Por eso, los hemos dado antes, evitando así quebrarte el corazón – pues somos buenos – con visiones y palabras demasiado acordes con tu sufrir.   

Que te lo habrían agudizado hasta llevarlo al espasmo.

No somos crueles, María.

Siempre actuamos de forma que recibáis de Nosotros consuelo…

Y no temor o aumento de vuestro dolor.

Nos es suficiente que os fiéis de Nosotros.

Nos es suficiente que, con José, digáis: “Si me queda Jesús, todo me queda”.

Para que vayamos con dones celestes a consolar vuestro espíritu.

No te prometo dones y consolaciones humanas.

Sí, las mismas consolaciones que tuvo José: sobrenaturales. 

Todos han de saber efectivamente que, bajo la presión de la usura, que sofoca a todo pobre fugitivo, los dones de los Magos se disiparon, con la rapidez del relámpago,

en conseguir un techo y ese mínimo de enseres o del necesario alimento, proveniente de aquella única fuente, mientras no pudimos encontrar trabajo.

En la comunidad hebrea ha habido siempre mucha ayuda mutua, pero la de Egipto en concreto estaba formada en su mayor parte por gente perseguida que había tenido que expatriarse.   

Gente pobre, por tanto, como nosotros, que nos añadíamos a su número.

Y una pequeña parte de aquella riqueza, que queríamos reservarla para Jesús, para cuando fuera adulto,

La que se había salvado de los gastos de asentarnos en Egipto, nos sirvió para cubrir las necesidades del regreso a la patria. 

 Y fue apenas suficiente para organizar de nuevo en Nazaret casa y taller.

Los tiempos cambian, pero la avidez humana es siempre la misma. 

Y siempre aprovecha la necesidad ajena para, abusivamente, succionar su parte.

No. El tener con nosotros a Jesús no nos procuró bienes materiales.

Muchos de vosotros es esto lo que pretendéis en cuanto os sentís un poquito unidos a Jesús.

Os olvidáis de que Él dijo: “Buscad las cosas del espíritu”.

Todo lo demás es añadidura.

Es verdad que Dios proporciona también el alimento a los hombres, como a las aves, pues sabe que mientras la carne sea armadura de vuestra alma, lo necesitáis.

Cierto; pero, pedid primero su Gracia, pedid primero por vuestro espíritu.

El resto se os dará por añadidura.

A José, humanamente hablando, la unión con Jesús no le procuró sino trabajos, esfuerzos, persecuciones, hambre.

Pero, dado que tendía sólo hacia Jesús, todo esto se transformó en paz espiritual, en alegría sobrenatural.

Yo quisiera conduciros al punto en que estaba mi esposo cuando decía:

Aunque nos quedáramos sin nada, tendremos siempre TODO, porque tenemos a Jesús”.

Sé que el corazón se rompe, sé que la mente se nubla, sé que la vida se consume.

Sí, María, pero… ¿Eres de Jesús? ¿Quieres serlo? ¿Dónde, cómo murió Jesús?

Niña querida mía, llora, pero persevera en la fortaleza.

El martirio no está en la forma del tormento, está en la constancia con que el mártir lo soporta.

Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad.

Tú soportas por amor a mi Hijo.

Todo lo que haces los hermanos es siempre amor a Jesús, el cual los quiere salvos.

Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en él.

No quieras actuar por tí sola.

Es suficiente, puesto que estás sometida a presión demasiado fuerte como para poder tener todavía el vigor de guiarte por tí sola… Y de dominar incluso tu humanidad, impidiéndole llorar.   

Es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte.

Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”.

Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti.

Permanece en Él. Siempre en Él.

No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres.

Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.

Te bendigo. Di conmigo: “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto” .

Que éste sea siempre tu grito.

Hasta que lo digas en el Cielo.

La gracia del Señor esté siempre en ti». 

43 ENCONTRADO EN EL TEMPLO


43 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La disputa de Jesús con los doctores en el Templo.

“Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la Fiesta de Pascua.

Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser.

Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. 

Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo ente sus parientes y conocidos, como no lo encontraron volvieron a Jerusalén en su búsqueda.

Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: 

‘Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.’ 

ÉL les contestó: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre? 

Pero ellos no comprendieron esta respuesta.

Jesús entonces regresó con ellos llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles.

Su madre por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón.

Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres. (Lucas 2, 41-52)

Dice Jesús:

Volvemos muy atrás en el tiempo, muy atrás.

Volvemos al Templo, donde Yo, con doce años, estoy disputando; es más, volvemos a las vías que van a Jerusalén.

Y de Jerusalén al Templo.

Observa la angustia de María al ver — una vez congregados de nuevo juntos hombres y mujeres — que Yo no estoy con José.

No levanta la voz regañando duramente a su esposo. Todas las mujeres lo habrían hecho. Lo hacéis, por motivos mucho menores, olvidándoos de que el hombre es siempre cabeza del hogar.

No obstante, el dolor que emana del rostro de María traspasa a José más de lo que pudiera hacerlo cualquier tipo de reprensión.

No se da tampoco María a escenas dramáticas.

Por motivos mucho menores, vosotras lo hacéis deseando ser notadas y compadecidas.
No obstante, su dolor contenido es tan manifiesto (se pone a temblar, palidece su rostro, sus ojos se dilatan) que conmueve más que cualquier escena de llanto y gritos.

Ya no siente ni fatiga ni hambre. ¡Y el camino había sido largo, y sin reparar fuerzas desde hacía horas!

Deja todo; deja al camastro que se estaba preparando, deja la comida que iban a distribuir. Deja todo y regresa.

Está avanzada la tarde, anochece; no importa; todos sus pasos la llevan de nuevo hacia Jerusalén.

Hace detenerse a las caravanas, a los peregrinos; pregunta.

José la sigue, la ayuda.

Un día de camino en dirección contraria, luego la angustiosa búsqueda por la Ciudad.

¿Dónde, dónde puede estar su Jesús?

Y Dios permite que Ella, durante muchas horas, no sepa dónde buscarMe.

Buscar a un niño en el Templo no era cosa juiciosa:

¿Qué iba a tener que hacer un niño en el Templo?

En el peor de los casos, si se hubiera perdido por la ciudad y llevado de sus cortos pasos, hubiera vuelto al Templo, su llorosa voz habría llamado a su mamá,

atrayendo la atención de los adultos y de los sacerdotes.

y se habrían puesto los medios para buscar a los padres fijando avisos en las puertas.

Pero no había ningún aviso.

Nadie sabía nada de este Niño en la ciudad. ¿Guapo? ¿Rubio? ¿Fuerte? ¡Hay muchos con esas características!

Demasiado poco para poder decir: “¡Lo he visto! ¡Estaba allí o allá!”.

Y vemos a María, pasados tres días, símbolo de otros tres días de futura angustia, entrando exhausta en el Templo, recorriendo patios y vestíbulos.

Nada.

Corre, corre la pobre Mamá hacia donde oye una voz de niño.

Hasta los balidos de los corderos le parecen el llanto de su Hijo buscándola.

Mas Jesús no está llorando; está enseñando.

Y he aquí que desde detrás de una barrera de personas llega a oídos de María la amada voz diciendo:

“Estas piedras trepidarán…”.

Entonces trata de abrirse paso por entre la muchedumbre…

Y lo consigue después de una gran fatiga:

Ahí está su Hijo, con los brazos abiertos, erguido entre los doctores.

María es la Virgen prudente.

Pero esta vez la congoja sobrepuja su conocimiento.

Es una presa que derriba todo lo que pilla a su paso.

Corre hacia su Hijo, lo abraza, levantándolo y bajándolo del escabel,

Y exclama:

–    “¡Oh! ¿Por qué nos has hecho esto!

Hace tres días que te estamos buscando. Tu Madre está a punto de morir de dolor, Hijo.

Tu padre está derrengado de cansancio. ¿Por qué, Jesús?”.

No se preguntan los “porqués” a Aquel que sabe, los “porqués” de su forma de actuar.

A los que han sido llamados no se les pregunta “por qué” dejan todo para seguir la voz de Dios.

Yo era Sabiduría y sabía.

Yo había “sido llamado” a una misión y la estaba cumpliendo.

Por encima del padre y de la madre de la tierra, está Dios, Padre divino.

Sus intereses son superiores a los nuestros; su amor es superior a cualquier otro.

Y esto es lo que le digo a mi Madre.

Termino de enseñar a los doctores enseñando a María, Reina de los doctores.

Y Ella no se olvidó jamás de ello.

Volvió a surgir el Sol en su corazón al tenerme de la mano, de esa mano humilde y obediente; pero mis palabras también quedaron en su corazón.

Muchos soles y muchas nubes habrían de surcar todavía el cielo durante los veintiún años que debía Yo permanecer aún en la tierra.

Mucha alegría y mucho llanto, durante veintiún años, se darán el relevo en su corazón.

Mas nunca volverá a preguntar:

–    “¿Por qué nos has hecho esto, Hijo mío?”.

¡Aprended, hombres arrogantes!

María revela:

“Y ¿POR QUÉ ME BUSCABAN?

¿NO SABEN QUE TENGO QUE ESTAR DONDE MI PADRE?

El Padre permitió mi angustia de madre; pero no me ocultó el profundo significado de las palabras de mi Hijo:

sobre el padre y la madre está Dios, el Padre Celestial.

Sus intereses y sus afectos están sobre cualquiera y se debe dejar todo para obedecer a Dios.

A sus llamadas nunca se pregunta: ¿Por qué?

Dice el Evangelio: “Ellos no comprendieron, lo que les acababa de decir.”

Yo ya lo sabía desde antes y entendí las palabras de mi Hijo.

Pero guardé silencio para no mortificar a  mi José, que no tenía la plenitud de la Gracia.

Yo era la madre de Dios; pero también debía ser mujer respetuosa para el que para mí, era un compañero amoroso y tierno protector. 

Nos amábamos profundamente con un amor santo y nuestra única preocupación era: nuestro Hijo.

En ninguna circunstancia nuestra familia tuvo grietas de ninguna especie.

Jesús es modelo de hijos, como José lo es de maridos.

Mucho fue el dolor que recibí del mundo…

Más mi Santo Hijo y mi Justo esposo, no me hicieron derramar otras lágrimas, que las motivadas por su dolor.

Aunque José era padre adoptivo, se hizo pedazos en el trabajo, para que no nos faltara nada.

Jesús aprendió de él, a ser un hombre trabajador y un buen carpintero.

José era la cabeza de nuestro hogar; su autoridad familiar era indiscutible y no obstante,

 ¡Cuánta humildad había en él!

 Jamás abusó de su poder y me convirtió en su dulce consejera.

Yo me tenía por su sierva y le atendía con amor y respeto.

Cuando quedé viuda, sufrí un agudo dolor… Porque perdí al compañero al que dediqué seis lustros de una  vida fiel.

José fue para mí, padre, esposo, hermano, amigo y protector.

Su ausencia me hizo sentir una terrible soledad y fue como si perdiera el muro principal de mi vida. .

Me sentí sola, como sarmiento arrancado de la vid y sólo hallé consuelo cuando me abracé de Jesús. 

 Dios era la fuerza que me sostenía en mis horas de dolor.

El día que fuimos a Jerusalén y al volver advertimos que no venía con nosotros…

Como todo lo compartíamos con amor, pensando solo en nuestro Hijo…

Nuestra preocupación y angustia fue muy grande, mientras lo buscábamos.

En este misterio mi Hijo quiso darnos una enseñanza sublime…

 ¿Podríais acaso  suponer que El ignoraba lo que Yo sufría? 

¡Todo lo contrario!

Porque mis lágrimas, mi búsqueda por haberlo perdido, mi intenso y crudo dolor se repercutía en su corazón…

Y durante aquellas horas tan penosas, El sacrificaba a la Divina Voluntad a su propia Mamá, a quien tanto amaba…

Para demostrarme que Yo también un día debía,

 SACRIFICAR SU MISMA VIDA AL QUERER SUPREMO.

En esta pena indecible no te olvidé, alma mía y pensando que ella te iba a servir de ejemplo,

la puse a tu disposición a fin de que también tú pudieras tener en el momento oportuno, la fuerza para sacrificar todas las cosas a la Divina Voluntad. 

Cuando lo hallamos en el Templo, la alegría volvió nuevamente a nuestro corazón,

al tomarlo nuevamente de la mano, humilde y obediente para volver a Nazaret.

El mundo se desquicia en ruinas porque se insiste en destruir la unidad familiar.

 Nuestra familia es el modelo que debéis imitar. 

30 SANTIDAD DEL SACERDOCIO


30 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Visita de Zacarías

La santidad de José y la obediencia a los sacerdotes. 

Veo la larga sala donde presencié el encuentro de los Magos con Jesús y su acto de adoración.

Comprendo que me encuentro en la casa hospitalaria que ha acogido a la Sagrada Familia.

Asisto a la llegada de Zacarías. Isabel no está.

La dueña de la casa sale presurosa, por la terraza que circunda la casa, al encuentro del huésped que está llegando…

Le acompaña hasta una puerta y llama; luego, discreta, se retira.

José abre y, al ver a Zacarías, exulta de júbilo.

Lo pasa a una habitacioncita pequeña, de las dimensiones de un pasillo. 

José dice:

–    María está dándole la leche al Niño.

Espera un poco. Siéntate, que estarás cansado.

Y le deja sitio en su recostadero, sentándose a su lado.

Oigo que José pregunta por el pequeño Juan,

y que Zacarías responde:

–    Crece vigoroso como un potrillo.

De todas formas, ahora está sufriendo un poco por los dientes. Por eso no hemos querido traerlo. Hace mucho frío.

Así que tampoco ha venido Isabel. No podía dejarlo sin la leche.

Lo ha sentido mucho; pero, ¡Está siendo una estación tan fría…!

–     Sí, efectivamente, muy fría.

–    Me dijo el hombre que me enviasteis que cuando nació el Niño estabais sin casa.

¡Lo que habréis tenido que pasar!…

–    Sí, verdaderamente lo hemos pasado muy mal…

Pero era mayor el miedo que la precariedad en que nos encontrábamos. Teníamos miedo de que esta precariedad le pudiera perjudicar al Niño.

Y los primeros días tuvimos que pasarlos allí.

A nosotros no nos faltaba nada, porque los pastores habían transmitido la buena nueva a los betlemitas y muchos vinieron con dones.

Pero faltaba una casa, faltaba una habitación resguardada, un lecho…

Y Jesús lloraba mucho, especialmente por la noche, por el viento que entraba por todas partes.

Yo encendía un poco de fuego, pero poco, porque el humo le hacía toser al Niño… y así el frío seguía.

Dos animales calientan poco, ¡Y menos todavía en un sitio donde el aire entra por todas partes!

Faltaba agua caliente para lavarlo, faltaba ropa seca para cambiarlo… ¡Oh! ¡Ha sufrido mucho! Y María sufría al verlo sufrir.

¡Sufría yo… conque te puedes hacer una idea Ella, que es su Madre!

Le daba leche y lágrimas, leche y amor… Ahora aquí estamos mejor.

Yo había hecho una cuna muy cómoda y María había puesto un colchoncito blando. ¡Pero la tenemos en Nazaret! ¡Ah, si hubiera nacido allí, habría sido distinto!.

– Pero el Cristo tenía que nacer en Belén.

Así estaba profetizado.

María ha oído que hablaban y entra. Está toda vestida de lana blanca. Ya no lleva el vestido oscuro que tenía durante el viaje y en la gruta.

Con este de ahora está enteramente blanca, como ya la he visto otras veces; no lleva nada en la cabeza.

En sus brazos sí, a Jesús, que está durmiendo, satisfecho de leche, envuelto en sus blancos pañales.

Zacarías se levanta reverente y se inclina con veneración.

Luego se acerca y mira a Jesús dando señales de un grandísimo respeto.

Está inclinado, no tanto para verlo mejor, cuanto para rendirle homenaje.

María se lo ofrece.

Zacarías lo toma con tal adoración que parece como si estuviera elevan do un ostensorio.

Efectivamente, está cogiendo en brazos la Hostia,

la Hostia ya ofrecida, que será inmolada sólo cuando se haya dado a los hombres como alimento de amor y de redención.

Zacarías devuelve Jesús a María.

Se sientan.

Zacarías refiere de nuevo — esta vez a María — el motivo por el cual Isabel no ha venido, y cómo ello la ha apenado.

–     Durante estos meses ha estado preparando ropa para tu bendito Hijo.

Te lo he traído. Está abajo, en el carro».

Se levanta y va afuera. Vuelve con un paquete voluminoso y con otro más pequeño.

De uno y de otro — José enseguida lo ha liberado del grande — saca inmediatamente los presentes:

Una suave colcha de lana tejida a mano, pañales y vestiditos.

Del otro, miel, harina blanquísima, mantequilla y manzanas, para María. Y tortas amasadas y cocidas por Isabel.

Y muchas otras cositas que manifiestan el afecto maternal de la agradecida prima hacia la joven Madre.

María dice:  

–     Le dirás a Isabel que le quedo agradecida, como también a ti.

Me habría gustado mucho verla, pero comprendo las razones. También me hubiera gustado ver de nuevo al pequeño Juan…

–     Lo veréis para la primavera.

Vendremos a veros. 

José dice:

–     Nazaret está demasiado lejos.

–    ¿Nazaret?

Pero si debéis quedaros aquí. El Mesías debe crecer en Belén. Es la ciudad de David.

El Altísimo lo ha traído, a través de la voluntad de César, a nacer en la tierra de David, la tierra santa de Judea.

¿Por qué llevarlo a Nazaret? Ya sabéis qué es lo que piensan los judíos de los nazarenos.

El día de mañana este Niño deberá ser el Salvador de su pueblo. La capital no debe despreciar a su Rey por el hecho de despreciar a su ciudad de procedencia.

Vosotros sabéis como yo, lo insidioso que es en sus razonamientos el Sanedrín y lo desdeñosas que son las tres castas principales…

Además aquí, no lejos de mí, podré ayudaros bastante,

Y podré poner todo lo que tengo, no tanto de cosas materiales cuanto de dones morales, al servicio de este Recién Nacido.

Y cuando esté en edad de entender me sentiré dichoso de ser maestro suyo, como de mi hijo; para que así, incluso, cuando sea mayor, me bendiga.

Tenemos que pensar en el gran destino suyo, y que, por tanto, debe poderse presentar al mundo con todas las cartas para poder ganar fácilmente su partida.

Está claro que Él poseerá la Sabiduría, pero el solo hecho de que haya tenido a un sacerdote por maestro, le hará más acepto a los difíciles fariseos y a los escribas,

Y le facilitará la misión.  

María mira a José, José mira a María.

Por encima de la cabeza inocente del Niño, que duerme rosado y ajeno a lo que le rodea, se entreteje un mudo intercambio de preguntas.

Son preguntas veladas de tristeza.

María piensa en su casita; José, en su trabajo. Aquí habría que partir de cero, en un lugar en que, apenas unos días antes, nadie los conocía.

En este lugar no hay ninguna de esas cosas amadas dejadas allí, y que habían sido preparadas para el Niño con gran amor.

Y María lo dice:

–     ¿Cómo hacemos?

Allí hemos dejado todo. José ha trabajado para mi Jesús sin ahorrar esfuerzo ni dinero.

Ha trabajado de noche, para trabajar durante el día para los demás,

y ganar así lo necesario para poder comprar las maderas más bonitas, la lana más esponjosa, el lino más cándido, para preparar todo para Jesús.

Ha hecho colmenas, ha trabajado hasta de albañil para darle otra distribución a la casa, de forma que la cuna pudiera estar en mi habitación hasta que Jesús fuese más grande,

y que luego pudiese dar espacio a la cama; porque Jesús estará conmigo hasta que sea un jovencito.

Zacarías pontifica: 

–     José puede ir a recoger lo que habéis dejado.

–    ¿Y dónde lo metemos?

Como tú sabes, Zacarías, nosotros somos pobres. No tenemos más que el trabajo y la casa.

Y ambos nos dan para tirar adelante sin pasar hambre.

Pero aquí… trabajo encontraremos, quizás, pero tendremos que pensar de todas formas en una casa.

Esta buena mujer no nos puede hospedar permanentemente, y yo no puedo sacrificar a José más de lo que ya lo está por mí. 

José dice: 

–   ¡Oh, yo!

¡Por mí no es nada! Me preocupa el dolor de María, el dolor de no vivir en su casa…

Le brotan a María dos lagrimones.

–     Yo creo que debe amar esa casa como el Paraíso, por el prodigio; que allí tuvo lugar en Ella…

Hablo poco, pero entiendo mucho.

Si no fuera por este motivo, no me sentiría afligido.

A fin de cuentas, lo único es que trabajaré el doble, pero soy fuerte y joven como para trabajar el doble de lo acostumbrado y cubrir todas las necesidades.

Si María no sufre demasiado… si tú dices que se debe hacer así… por mí… aquí estoy.

Haré lo que estiméis más justo. Basta con que le sea útil a Jesús.

–     Ciertamente será útil.

Pensad en ello y veréis los motivos.  

María objeta: 

–     Se dice también que el Mesías será llamado Nazareno…

–    Cierto.

Pero, al menos hasta que se haga adulto, haced que crezca en Judea.

Dice el Profeta: “Y tú, Belén Efratá, serás la más grande, porque de ti saldrá el Salvador”.

No habla de Nazaret. Quizás ese apelativo se le dará por un motivo que desconocemos. Pero su tierra es ésta.

–     Tú lo dices, sacerdote, y nosotros…

Y nosotros con dolor te escuchamos… y seguimos tu consejo. 

María se lamenta:  

–     ¡Y qué dolor!… ¿Cuándo veré aquella casa donde fui Madre?- María llora quedo.

Y yo entiendo este llanto suyo… ¡Vaya que si lo entiendo!

La visión me termina con este llanto de María.  

Dice María:

Sé que comprendes mi llanto. De todas formas, me verás llorar más intensamente.

Por el momento voy a aliviar tu espíritu mostrándote la santidad de José,

que era hombre, o sea, que no tenía más ayuda de su espíritu que su santidad.

Yo, en mi condición de Inmaculada, tenía todos los dones de Dios; no sabía que lo era, pero en mi alma éstos eran activos y me daban fuerza espiritual.

Él, sin embargo, no era inmaculado.

La humanidad estaba en él con todo su peso gravoso…

Y debía elevarse hacia la perfección con todo ese peso,

a costa del esfuerzo continuo de todas sus facultades por querer alcanzar la perfección y ser agradable a Dios.

¡Oh, sí, verdaderamente santo era mi esposo! Santo en todo, incluso en las cosas más humildes de la vida:  

santo por su castidad de ángel, santo por su honestidad de hombre, santo por su paciencia, por su laboriosidad, por su serenidad siempre igual, por su modestia, por todo.

Esa santidad brilla también en este hecho acaecido. 

Un sacerdote le dice:

“Conviene que te establezcas aquí”; y él, aun sabiendo que su decisión le acarreará el tener que trabajar mucho más, dice:

“Por mí no es nada. Lo que me preocupa es el sufrimiento de María.

Si no fuera por esto, yo, por mí, no me afligiría; es suficiente con que le sea útil a Jesús”.

Jesús, María: sus angélicos amores. Mi santo esposo no tuvo otro amor en este mundo… y se hizo a sí mismo siervo de este amor.

Lo han hecho protector de las familias cristianas, de los trabajadores, de muchas otras categorías (moribundos, esposos…); pues bien, a mayor razón, debería hacérsele protector de los consagrados.

Entre los consagrados de este mundo al servicio de Dios, quienquiera que sea, ¿Habrá alguno que se haya ofrecido como él al servicio de su Dios, aceptando todo,

renunciando a todo, soportándolo todo, llevando todo a cabo con prontitud, con espíritu gozoso, con constancia de ánimo como él?

No, no lo hay.

Y observa otra cosa; o mejor, dos:   

Zacarías es un sacerdote; José, no.

Y, sin embargo, observa cómo él, que no lo es, tiene su espíritu en el Cielo más que quien lo es.

Zacarías piensa humanamente…

Y humanamente interpreta las Escrituras, porque — no es la primera vez que lo hace — se deja guiar demasiado por su buen sentido humano.

Ya fue castigado por ello, pero vuelve a caer en lo mismo, aunque menos gravemente.

Ya respecto al nacimiento de Juan había dicho:

“¿Cómo podrá ser esto, si yo soy viejo y mi mujer estéril?”.

Ahora dice: “Para allanarse el camino, el Cristo debe crecer aquí”;

y piensa — con esa pequeña raíz de orgullo que persiste incluso en los mejores, que él le puede ser útil a Jesús.

No útil como quiere serlo José (sirviéndole),

sino útil ¡siendo maestro suyo! Dios le perdonó de todas formas por la buena intención; pero, ¿Necesitaba, acaso, maestros el “Maestro”?

Traté de hacerle ver la luz en las profecías, mas él se sentía más docto que yo y usaba a su modo esta impresión suya.

Yo habría podido insistir y vencer, pero — y ésta es la segunda observación que te presento — respeté al sacerdote; por su dignidad, no por su saber.

Por lo general, Dios ilumina siempre al sacerdote. Digo “por lo general”. Es iluminado cuando es un verdadero sacerdote.

No es el hábito el que consagra; consagra el alma.

Para juzgar si uno es un verdadero sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma.

Como dijo mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo.

“Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

Pues bien, cuando uno es un verdadero sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira.

¿Y los otros, que no son tales?: 

Hay que tener con ellos caridad sobrenatural, orar por ellos.

Y mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta redención, y no digo más.

Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos sacerdotes.

Descansa en la palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo.

Obedecer salva siempre.

Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe. Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno.

Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores.

Pero, ¿No habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio; propagarlas mucho más allá de Belén? y

¿Persuadir a un mismo delito a todos los poderosos de Palestina, para lograr matar al futuro Rey de los judíos?

Sí, habría podido.

Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos.

Y, si ello hubiera sucedido, ¿Cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos,

y, además, con un niño pequeño y en plena persecución?

Más sencilla la fuga de Belén, aunque — eso sí — igualmente dolorosa.

La obediencia salva siempre, recuérdalo; “y el respeto al sacerdote es siempre señal de formación cristiana.

¡Ay — y Jesús lo ha dicho — ay de los sacerdotes que pierden su llama apostólica!

Pero también ¡Ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan verdadero que del Cielo baja.

Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más.

No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos.

Aprended de Él.

Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión,

si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

Llamadlo, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir.

Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia.

Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios,

y salvar a un sacerdote,

o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona. Vete en paz.

29 PRIMICIA DE ADORACIÓN


29 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

El anuncio a los pastores,

Que vienen a ser los primeros adoradores del Verbo hecho Hombre.

 Y ahora veo extensos campos. La Luna está en su cénit, surcando tranquila un cielo colmado de estrellas.

Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro.

La Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra.

Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros.

Y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche. Una casita lejana parece un bloque de mármol de Carrara.

A mi derecha veo un recinto, dos de cuyos lados son un seto de espinos; los otros dos, una tapia baja y tosca.

En ésta apoya la techumbre de una especie de cobertizo ancho y bajo, que en el interior del recinto está construido parte de fábrica y parte de madera:

como si en verano las partes de madera se debieran quitar y se transformase así el cobertizo en un pórtico.

De dentro del cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve.

Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva…

Y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.

Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba.

Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna; pero, en este caso es tan intensa que ciega,

especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro.

Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.

El pastor llama a sus compañeros.

Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades.

Entre ellos hay algunos que apenas si han llegado a la adolescencia, otros ya tienen el pelo cano. Comentan este hecho extraño.

Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar, con lo cual se hace objeto de las burlas de los más mayores.

El más viejo le dice: 

–    ¿A qué le tienes miedo, tonto?

¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? ¿Has estado siempre pegado a las faldas de tu madre, como un pollito a la gallina, no?

¡Pues anda que no tendrás que ver cosas! Una vez, yo había llegado hasta los montes del Líbano, e incluso los había sobrepasado, hacia arriba.

Era joven, no me pesaba andar, incluso era rico entonces… Una noche vi una luz de tal intensidad que pensé que estuviera volviendo Elías en su carro de fuego.

El cielo estaba todo de fuego. Un viejo — entonces el viejo era él — me dijo:

“Un gran advenimiento está para llegar al mundo”.

Y para nosotros supuso una desventura, porque vinieron los soldados de Roma. ¡Oh, muchas cosas tendrás que ver, si la vida te da años!….

Pero el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido incluso el miedo. De hecho, alejándose del umbral de la puerta,

dejando a hurtadillas la espalda de un musculoso pastor, detrás del cual estaba refugiado, sale al redil herboso que está delante del cobertizo.

Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara.

Llegado un momento grita:

–     ¡Oh! – y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos.

Los demás se miran estupefactos.

Uno dice:

–     Pero, ¿Qué le pasa a ese tonto? 

Otro dice:

–     Mañana lo mando con su madre.

No quiero locos cuidando a las ovejas.

El anciano que estaba hablando poco antes,

dice:

–     Vamos a ver antes de juzgar.

Llamad también a los que están durmiendo y coged palos. No vaya a ser un animal malo o gente malintencionada…

Entran llamando a los otros pastores…

Y salen con teas y garrotes.

Llegan donde está el muchacho.  

Que está muy feliz y sonriente…

Y señalando un lugar específico,

dice susurrando:

–     Allí, allí …

Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es!  

Los hombres comentan:

–     Yo lo único que veo es una luz más viva.

–     Yo también.

–     Yo también».

–     No. Yo veo como un cuerpo.

Lo reconozco: es el pastor que ofreció leche a María. 

El niño grita:

–     ¡Es un… es un ángel!

Mirad, está bajando, y se acerca…  

De todas las gargantas escapa un:

–    ¡¡¡Oh!!!

Largo y lleno de veneración…que se levanta del grupo de los pastores

El más anciano exclama: 

– ¡De rodillas ante el ángel de Dios!

Y esto hace que todos caigan con el rostro en tierra.

Cuanto más ancianos son, más contra el suelo se les ve por la aparición fulgente.

Los jovencitos están de rodillas, pero miran al ángel, que se aproxima cada vez más, hasta detenerse.

Candor de perla en el candor de luna que le circunda, suspendido en el aire, moviendo sus grandes alas, a la altura de la tapia del recinto. 

El  Ángel dice:

–     No temáis.

No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel,  y para todo el pueblo de la tierra …

La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.

El Ángel anuncia:

–     Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador.

Al decir esto, el ángel abre más las alas,y las mueve como por un sobresalto de alegría,.

Y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas.

Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.

El Ángel continúa:

–      … el Salvador, que es Cristo.

El ángel resplandece con mayor luz.

Sus dos alas, ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.

–      … ¡Cristo, el Señor! 

El ángel recoge sus dos fulgidas alas y con ellas se cubre, es como un manto de diamante sobre un vestido de perla, se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón;

su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas.

No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un “Gloria”.

Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden,

y dice:

–     Lo reconoceréis por estas señales:

En un pobre establo, detrás del Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David.

El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.

Y del Cielo vienen muchos — ¡oh, cuántos! — muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco,.

Y se reúnen en torno al Ángel Anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo, alcanzada en este caso la perfección del sonido.

Si la pintura es el esfuerzo de la materia para transformarse en luz, aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios;

y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle: «¡Te amamos!».

El “Gloria” angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz.

Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. 

 Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios.

El canto se hace más tenue, y la luz, mientras los ángeles retornan al Cielo…

…Los pastores vuelven en sí.

Y comentan:

–    ¿Has oído?

–    ¿Vamos a ver?

–    ¿Y las ovejas?

–    ¡No les sucederá nada!

–    ¡Vamos para obedecer a la palabra de Dios!…

–     Pero, ¿A dónde?

–    ¿Ha dicho que ha nacido hoy? 

–    ¿Y que no ha encontrado sitio en Belén?

El que habla ahora es el pastor que ofreció la leche;

–    Venid, yo sé.

He visto a la Mujer y me ha dado pena. He indicado un lugar para Ella, porque pensaba que no encontrarían hospedaje, y al hombre le he dado leche para Ella.

Es muy joven y hermosa. Debe ser tan buena como el ángel que nos ha hablado. Venid. Venid. Vamos a coger leche, quesos, corderos y pieles curtidas.

Deben ser muy pobres y… ¡quién sabe qué frío no tendrá Aquel a quien no oso nombrar!

Y pensar que yo le he hablado a la Madre como si se tratara de una pobre esposa cualquiera!..

Entran en el cobertizo y al poco rato, salen…

Quién con unas pequeñas cantimploras de leche, quién con unos quesitos de forma redondeada dentro de unas rejillas de esparto entretejido,

quién con cestas con un corderito balando, quién con pieles de oveja curtidas.

El más anciano dice:

–    Yo llevo una oveja.

Ha parido hace un mes. Tiene la leche buena. Les puede venir bien, si la Mujer no tiene leche. Me parecía una niña, ¡Y tan blanca!… Un rostro de jazmín bajo la luna.

Y los guía. Caminan bajo la luz de la luna y de las teas, tras haber cerrado el cobertizo y el recinto.

Van por senderos rurales, entre setos de espinos deshojados por el invierno.

Van a la parte de atrás de Belén.

Llegan al establo, caminando no por la parte por la que fue María, sino por la opuesta, de forma que no pasan por delante de los establos más lindos…

Y aquél es el primero que encuentran. Se acercan a la entrada.  

Y todos dicen:

–    ¡Entra!

–    No me atrevo.

–    Entra tú.

–    No.

–    Mira, al menos.

–    Tú, Leví,

mira tú que has sido el primero que ha visto al ángel, que es señal de que eres mejor que nosotros.

La verdad es que antes lo han llamado loco… pero ahora les conviene que él se atreva a lo que ellos no tienen el valor de hacer.

El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca a la entrada, descorre un poquito el manto, mira, y…

Se queda extático…  

e preguntan ansiosos en voz baja:

–    ¿Qué ves? 

Leví contesta:

–     Veo a una mujer, joven y hermosa,

Y a un hombre inclinados hacia un pesebre y oigo…,

Oigo que llora un niñito y la mujer le habla con una voz… ¡Oh, qué voz!.

–    ¿Qué dice?

–     Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”.

Dice: “¡Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñín! Pero no la tengo todavía”.

Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”.

Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, Y lo besa.  y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos,

porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre.

–    ¡Llama! ¡Que te oigan!

–     Yo no. Tú, que nos has traído y que la conoces.

El pastor abre la boca, pero se limita a farfullar unos sonidos.

José se vuelve y va a la puerta. 

Y pregunta:

–     ¿Quiénes sois?

Uno de los hombres contesta:

–     Pastores.

Os traemos comida y lana. Venimos a adorar al Salvador.

–     Entrad.

Entran. Las teas iluminan el establo.

Los viejos empujan a los niños delante de ellos.

María se vuelve y sonríe.

Los invitya con la mano, sonriendo, 

y diciendo: 

–     Venid»  « ¡Venid!» 

Toma al que había visto al ángel y lo acerca hacia sí, hasta el mismo pesebre.

El niño mira con beatitud.

Los otros, invitados también por José, se arriman con sus dones y los depositan, con breves y emocionadas palabras, a los pies de María.

Luego miran al Niño, que está llorando quedo, y sonríen emocionados y dichosos.

Uno de ellos, más intrépido,

dice:

–     Toma, Madre.

Es suave y está limpia. La había preparado para mi hijo, que está para nacer. Yo te la doy. Arropa a tu Hijo en esta lana; la sentirá suave y caliente…

Y le ofrece una piel de oveja, una piel preciosa de abundante lana blanca y larga. 

María levanta a Jesús y lo envuelve en la piel.

Luego se lo muestra a los pastores, los cuales, de rodillas sobre el heno del suelo, lo miran extasiados.

Sintiéndose más valerosos, uno de ellos propone:

–     Habría que darle un sorbo de leche.

O mejor: agua y miel. Pero no tenemos miel Se les da a los niñitos. Yo tengo siete hijos y entiendo de ello… –

–     Aquí está la leche. Toma, Mujer.  

El pastor objeta:

–     Pero está fría.

Tiene que ser caliente. ¿Dónde está Elías? Él tiene la oveja.

Elías debe ser el de la leche, pero no está; se había quedado afuera y ahora está mirando por el portillo, y en la oscuridad de la noche se difumina.

–     ¿Quién os ha conducido aquí?

–     Un ángel nos ha dicho que viniéramos, luego Elías nos ha guiado hasta aquí. Pero, ¿Dónde está ahora?

La oveja lo delata con un balido

–    Ven. Se te requiere.

Entra con su oveja, avergonzado por ser el más notado.

José dice reconociéndolo:

–     ¿Eres tú!

María, por su parte, le sonríe diciendo:

–   «Eres bueno».

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso.  

Todos sonríen.

Y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

Elías dice:

–     Pero aquí no podéis quedaros.

Hace frío y hay humedad. Y además… demasiado olor a animales. No es bueno… y… no está bien para el Salvador.

–    Lo sé – dice María suspirando profundamente.

–    Pero, no hay sitio para nosotros en Belén.

–     Ánimo, Mujer.

Nosotros te buscaremos una casa.

–     Se lo digo a mi ama – dice el de la leche, Elías

Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio.

–     Por lo menos para mi Niño.

Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo…

–     No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso.

Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores…

José dice:

–    Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar.

 –   ¡Oh… ni lo queremos!

¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. Él ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”.

Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. 

Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz.

¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que lo has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarlo en ti.

Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad.

¿Qué podemos hacer por ti?

–     Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos.

–     ¿Y para ti?

¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que Él ha nacido?

–     Sí, los tengo…

Pero no están cerca de aquí, están en Hebrón…  

Elías dice:

– Voy yo.

¿Quiénes son?

–     Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima.

–     ¿Zacarías?

¡Lo conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos. Y soy amigo de su pastor.

Después de que te vea establecida voy a donde Zacarías.

–     Gracias, Elías.

–     Nada de gracias.

Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador.

–     No.

Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”.

–     Eso diré.

–     Que Dios te lo pague.

Me acordaré de ti, de todos vosotros… 

–   ¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?.

–     Lo haré.

Y todos los pastores se presentan:

–    Yo soy Elías.

–    Y yo, Leví.

–    Y yo, Samuel.

–   Y yo, Jonás.

–    Y yo, Isaac.

–    Y yo, Tobías.

–    Y yo, Jonatán.

–    Y yo, Daniel.

–    Simeón, yo.

–    Yo me llamo Juan.

–    Yo, José;

y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos.

María promete:

–     Recordaré vuestros nombres.

–     Tenemos que marchamos…

Pero volveremos… ¡Y te traeremos a otros para adorar!…. -¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño? -¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!  

Leví con una sonrisa angelical, dice:

–     Déjanos besar su vestido.

María levanta despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen.

Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela.

Quien tiene barba primero se la adereza.

Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón…

La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo…

Y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.  

Dice Jesús:  

Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco. Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía

y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón.

Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo.

Los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije — y esto mismo lo dice también mi Iglesia — que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas.

Fe segura:

ellos creen pronta y ciegamente en el ángel. Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor. Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente,

con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo. Prontitud de obediencia:

María desea que sea avisado Zacarías, y Elías va enseguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien. ¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

Otra cosa. Ésta enteramente para ti. Observa a quién se revela el ángel en primer lugar, y quién es el que merece escuchar las efusiones del ánimo de María: Leví: el niño.

A quien tiene alma de niño Dios se le manifiesta, y le muestra sus misterios y permite que escuche las palabras divinas y de María.

Y quien tiene alma de niño tiene también la santa intrepidez de Leví y dice: “Déjame besar el vestido de Jesús”. Se lo dice a María, porque es siempre María la que os da a Jesús.

Ella es la Portadora de la Eucaristía.

Ella es el Sagrario Vivo.

Quien va a María me encuentra a Mí.

Quien me pide a Ella de Ella me recibe.

La sonrisa de mi Madre, cuando una criatura le dice: “Dame a tu Jesús para que yo le ame” — tan feliz se siente —, hace que el color del Cielo se cambie en un esplendor más vivo de júbilo.

Dile pues: “Déjame besar el vestido de Jesús, déjame besar sus llagas”.

Atrévete incluso a más. Di: “Déjame reclinar mi cabeza en el Corazón de tu Jesús para sentirme así bienaventurada”.

Ven. Descansa. Como Jesús en la cuna, entre Jesús y María.

28 NACIMIENTO DE JESÚS


28 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Nacimiento de Jesús.

En el interior de este pobre refugio de piedra en que han encontrado amparo, unidos en la suerte a unos animales, María y José.

El fuego se adormila junto con su guardián.

María levanta lentamente la cabeza de su yacija y mira.

Ve que José tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si estuviera meditando…

Piensa, será que el cansancio ha sobrepujado su buena voluntad de permanecer despierto,

Y sonríe bondadosa; luego, con menos ruido del que puede hacer una mariposa posándose en una rosa, se sienta, para después arrodillarse.

Ora con una sonrisa beatífica en su rostro. Ora con los brazos extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia adelante…

Y no parece cansarse de esa posición molesta.

Luego se postra con el rostro contra el heno, adentrándose aún más en su oración; y la oración es larga.

José sale bruscamente de su sueño; ve mortecino el fuego y casi oscuro el establo.

Echa un puñado de tamujo muy fino. La llama vuelve a chispear.  Y va añadiendo ramitas cada vez más gruesas.

En efecto, el frío debe ser punzante, el frío de esa noche invernal, serena, que penetra por todas las partes de esas ruinas.

El pobre José, estando como está cerca de la puerta — llamemos así a la abertura a la que hace de cortina su manto —, debe estar congelado.

Acerca las manos a la llama, se quita las sandalias, acerca también los pies; así se calienta.

Luego, cuando el fuego ha adquirido ya viveza y su luz es segura, se vuelve; no ve nada…

Ni siquiera la blancura del velo de María que antes dibujaba una línea clara sobre el heno oscuro.

Se pone en pie y se acerca despacio a la yacija.

Y pregunta:

–     ¿No duermes, María? 

Lo pregunta tres veces, hasta que Ella torna en sí y responde:

–     Estoy orando.

–     ¿No necesitas nada?

–     No, José.

–     Trata de dormir un poco, de descansar al menos.

–     Lo intentaré, pero la oración no me cansa.

–     Hasta luego, María.

–     Hasta luego, José.

María vuelve a su posición de antes.

José, para no ceder otra vez al sueño, se pone de rodillas junto al fuego, y ora.

Ora con las manos unidas en el rostro; de vez en cuando las separa para alimentar el fuego, y luego vuelve a su ferviente oración.

Menos el ruido del crepitar de la leña y el del asno, que de tanto en tanto pega con una pezuña en el suelo, no se oye nada.

Un inicio de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpórea plata que buscase a María.

Se alarga a medida que la Luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor.

María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas.

¡Oh, qué hermoso es este momento!

Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente?

Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad.

Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta;

parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido.

Este color, que me recuerda, a pesar de ser más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos,

se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo.

Ahora ya es Ella la Depositaría de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo.

Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, 

un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo…

La techumbre, llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen y están en equilibrio por un milagro de estática,

esa techumbre negra, ahumada, repelente, parece la bóveda de una sala regia.

Los pedruscos son bloques de plata; las grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquinos engastados de plata y diamantes.

Un voluminoso lagarto, aletargado entre dos bloques de piedra, parece un collar de esmeraldas olvidado allí por una reina;

y un racimo de murciélagos en letargo, una lámpara de ónice de gran valor.

Ya no es hierba el heno que cuelga del pesebre más alto, es una multitud de hilos de plata pura que oscilan temblorosos en el aire con la gracia de una cabellera suelta.

La madera oscura del pesebre de abajo parece un bloque de plata bruñida.

Las paredes están recubiertas de un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el candor de la seda.

Y el suelo… ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas al suelo como obsequio;

los hoyos, cálices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y perfumes.

La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste.

En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen…

y emerge la Madre.

Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con su Hijo recién nacido en los brazos.

Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del tamaño de un capullo de rosa;

que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa;

que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menudita fresa de bosque, 

y mostrando una lengüita temblorosa contra el rosado paladar;

que menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos,

mirando a su Niño, adorándolo, llorando y riendo al mismo tiempo…

Y se inclina para besarlo, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… 

en donde un día se abrirá la Herida.

Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado.

El buey se ha despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas, y muge.

El asno vuelve la cabeza y rebuzna.

Es la luz la que los saca del sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador, por ellos mismos y por todos los animales.

Y José, que, casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí…

Y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz.

Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve.

El buey, que está en pie, oculta a María,

pero Ella le llama:

–     «José, ven».

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia… 

Y está casi para caer de rodillas en ese mismo lugar;

pero María insiste:

–     Ven, José.

Y apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se levanta y se dirige hacia José,

quien, por su parte, se mueve azorado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud.  

María dice:

–     Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre.

José se pone de rodillas.

Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos,

y dice:

–     Heme aquí, por Él, ¡Oh Dios!, te digo esto, heme aquí para hacer tu voluntad.

Y con Él yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, tu voluntad, para gloria tuya y por amor a Ti.

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante,

le dice:

–     Toma, José. 

José está aterrotizado:

–     ¿Yo? ¿A mí?

¡Oh, no! ¡No soy digno! 

José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios.

Pero María insiste sonriendo:

–     Bien digno eres de ello tú.

Y nadie lo es más que tú y por eso el Altísimo te ha elegido. Toma, José, tenlo mientras yo busco su ropita.

José, rojo como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frío;

una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de mantenerlo separado de sí por respeto,

sino que lo estrecha contra su corazón rompiendo a llorar fuertemente:

–     ¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!

 

Y se inclina para besar los piececitos.

Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y lo recoge en su regazo,

y con su vestidura marrón y con las manos trata de cubrirlo, calentarlo, defenderlo del cierzo de la noche.

Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta.

Mejor quedarse donde está, o, mejor todavía, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor.

Y se pone entre el buey y el asno dando la espalda a la puerta,

con su cuerpo hacia el Recién Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas;

un hocico grande, blanco, con unos ojos húmedos buenos  y un morro que exhala vapor.

María ha abierto el baulillo y ha sacado unos pañales y unas fajas, ha ido al fuego y las ha calentado.

Ahora se acerca a José y envuelve al Niño en esos paños calentitos, y con su velo le cubre la cabeza. 

Y pregunta:

–     ¿Dónde le ponemos ahora? 

José mira alrededor, piensa… 

Y dice:

–     Mira, corremos un poco más para acá a los dos animales y la paja,

y bajamos ese heno de allí arriba y lo ponemos a Él aquí dentro.

La madera del borde le resguardará del aire, el heno será su almohada, el buey con su aliento lo calentará un poquito.

Mejor el buey. Es más paciente y tranquilo.

Y se pone manos a la obra mientras María acuna a su Niño estrechándolo contra su corazón, con su mejilla sobre la cabecita para darle calor.

José reaviva el fuego, sin ahorrar leña, para hacer una buena hoguera, y se pone a calentar el heno, de forma que según lo va secando, para que no se enfríe, se lo va metiendo en el pecho;

luego, cuando ya tiene suficiente para un colchoncito para el Infante, va al pesebre y lo dispone como una cunita.

Y dice:

–     Ya está.

Ahora sería necesaria una manta, porque el heno pica y además para taparlo…  

María dice:

–     Coge mi manto.

–     Vas a tener frío.

–     ¡Oh, no tiene importancia!

La manta es demasiado áspera; el manto, sin embargo, es suave y caliente. Yo no tengo frío en absoluto.

¡Lo importante es que Él no sufra más!.

José coge el amplio manto de suave lana azul oscura y lo dispone doblado encima de la paja, y deja un borde colgando fuera del pesebre.

El primer lecho del Salvador está preparado.

Su Madre, con dulce paso ondeante, lo lleva al pesebre, en él lo coloca.

Y lo tapa con la parte del manto que había quedado fuera y con ella arropa también la cabecita desnuda, que se hunde en el heno, protegida apenas por el fino velo de María.

Queda sólo destapada la carita, del tamaño de un puño de hombre.

Y los dos, inclinados hacia el pesebre, lo miran con beatitud mientras duerme su primer sueño;

en efecto, el calorcito de los paños y de la paja le ha calmado el llanto y le ha hecho conciliar el sueño al dulce Jesús.

Dice María:

Te había prometido que Él vendría a traerte su paz.

¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veías con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento.

Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo.

Jesús – Hombre tornó a ser Jesús – Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión. 

Tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman.

Mas durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.

Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer.

Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. 

Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era árbol de cuatro ramas:

soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerlo estéril en sus raíces.

Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. 

La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla.

¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna?

Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. 

Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado…

Y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron.

Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades,

que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio;

crueles humillaciones en el momento del Calvario;

humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

Vencí la avaricia de los Progenitores renunciando con antelación a mi Hijo. Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello.

Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazón, ella se resiste a la separación.

Es natural que sea así. El hijo crece dentro de nosotras,

y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente roto.

A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual, más vivo y sensible que un nervio físico)

y arraiga en el corazón del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor dé Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazón si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que lo tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di.

Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

Vencí la glotonería, tanto de saber como de gozar, aceptando sorber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin preguntarme a mí misma, sin preguntarle a Él, más de cuanto se me dijera.

Creí sin indagar.

Vencí la gula de gozar porque me negué todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies.

Puse la carne, instrumento de Satanás, y con ella al mismo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un escalón para acercarme al Cielo. 

¡El Cielo!… Mi meta. Donde estaba Dios. Mi única hambre.

Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación.

En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria;

efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero.

Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ángel.

Es ese momento en que poseía a Dios, y con El sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme de todo ello diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”.

Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los pensamientos.

Yo tenía que ser la Casta para anular a la Impúdica de la carne, del corazón y de la mente. 

Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sólo mío, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mío y para mí lo quiero”.

Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva había perdido.

Esa paz os la procuré al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú has visto nacer.

Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedé vacía de toda feminidad de connotación humana: ya no carne sino ángel.

María, la Virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la dio.

La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas.

De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho — basta con que lo queráis — las santas de Dios.

Por vosotras subí, y, como a José, os elevé.

La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ése fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer,

junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios

y anulado en mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido,

y que había arrastrado a la caída a la Humanidad.

Y que hasta el final de los siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas.

Desde allí, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuál es la Medicina para venceros a vosotras mismas:

La Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo. 

Y tú, voz mía, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquí,

Y aquí se viene a través del dolor;

Porque te queremos aquí, y más alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo . 

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

UNA ESTIRPE DIVINA 8


María recibida en el Templo.

En su humildad, no sabía que era la Llena de Sabiduría.

Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén.

Los que pasan se paran a mirar a la bonita Niña vestida toda de blanco nieve y envuelta en un ligerísimo tejido que, por sus dibujos de ramas y flores más opacos que el tenue fondo,

creo que es el mismo que tenía Ana el día de su Purificación.

Lo único es que, mientras que a Ana no le sobrepasaba la cintura, a María, siendo pequeñita, le baja casi hasta el suelo, envolviéndola en una nubecita ligera y lúcida de singular gracia.

El oro de la melena suelta sobre los hombros, mejor: sobre la delicada nuca, se transparenta a través del sutilísimo fondo, en las partes del velo no adamascadas.

Éste está sujeto a la frente con una cinta de un azul palidísimo que tiene, obviamente hecho por su mamá, unas pequeñas azucenas bordadas en plata.

El vestido blanquísimo, le llega hasta abajo, y los piececitos, con sus pequeñas sandalias blancas, apenas se muestran al caminar.

Las manitas parecen dos pétalos de magnolia saliendo de la larga manga. Aparte del círculo azul de la cinta, no hay ningún otro punto de color. Todo es blanco. María parece vestida de nieve.

Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación.

Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar,

y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto.

Éste protege por una parte, de los que pasan; también de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo).

Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le cubre los lados del rostro. Joaquín está muy envejecido.

Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano.

El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más viejo de lo que en realidad es;

su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas — tan marcadas hoy — de los lados de la nariz.

Los dos tratan de celar el llanto.

Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre.

Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe.

Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».

Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino.

Todo es ocasión para detenerse… Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!… Y éste está ya para acabarse.

En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo.

Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María.

Isabel dice:

–     ¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo!

Se oye su voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles

Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora,

le dice:

–     Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías.

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

–     No creas que estoy arrepentida.

O que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor — explica Ana entre lágrimas — … Lo que pasa es que el corazón…

¡Oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!… Si lo sintieras…

–     Lo comprendo, Ana mía…

Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿Verdad?.

María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez.

Y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa… no se sacia de besarla.

Entra Zacarías y saluda diciendo:

–     A los justos la paz del Señor.

Joaquín responde:

–     Sí, pide paz para nosotros…

Porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro padre Abraham mientras subía el monte.

Y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios.

Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios y no te seamos motivo de escándalo.

–     Jamás.

Es más, vuestro dolor, que sabe no traspasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de amor al Altísimo. ¡Ánimo! La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón.

En este momento es la única azucena que David tiene de su estirpe santa en el Templo y cual perla regia será cuidada.

A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe, de consagrar sus hijas al Templo,

puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías…

No obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo.

Y de esta estirpe regia ninguna, después de que hace ya tres años, Sara de Elíseo salió desposada.

Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo.

Y… ¿Quién sabe?….

Zacarías se detiene en estas palabras y… mira pensativo a María.

Luego prosigue diciendo:

–     También yo velaré por Ella.

Soy sacerdote y ahí dentro tengo mi influencia. Haré uso de ella para este ángel. Además, Isabel vendrá a menudo a verla…

Isabel confirma:

–     ¡Oh, claro!

Tengo mucha necesidad de Dios y vendré a decírselo a esta Niña para que a su vez se lo diga al Eterno.

Ana ya está más animada.

Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta:

–    ¿No es éste tu velo de cuando te casaste?

¿O has hilado más muselina?.

–     Es aquél.

Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar…

Además, por impuestos y adversidades, las posibilidades económicas son mucho menores… No me era lícito hacer gastos onerosos.

Sólo me he preocupado de que tuviera un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después… porque creo que no seré yo quien la vista para la boda…

Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la haya ornado para la boda y le haya hilado la ropa y el vestido de novia.

–     ¡Oh, por qué tienes que pensar así?.

–     Soy vieja, prima.

Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida se las he dado a esta flor, para llevarla y nutrirla, y ahora…

Y ahora… el dolor de perderla sopla sobre las postreras y las dispersa.

–     No digas eso.

Queda Joaquín.

–     Tienes razón.

Trataré de vivir para mi marido.

Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.

Zacarías dice:

–     Estamos entre tercia y sexta.

Creo que sería conveniente ponernos en marcha.

Todos se levantan para ponerse los mantos y comenzar a salir.

Pero María se adelanta y se arrodilla en el umbral de la puerta con los brazos extendidos, un pequeño querubín suplicante:

–    ¡Padre, Madre, vuestra bendición!.

No llora la fuerte pequeña; pero los labiecitos sí tiemblan, y la voz, rota por un interno sollozo, presenta más que nunca el tembloroso gemido de una tortolita.

La carita está más pálida y el ojo tiene esa mirada de resignada angustia que — más fuerte, hasta el punto de llegar a no poderse mirar sin que produzca un profundo sufrimiento — veré en el Calvario y ante el Sepulcro.

Sus padres la bendicen y la besan. Una, dos, diez veces. No se sacian de besarla…

Isabel llora en silencio.

Zacarías, aunque quiera no dar muestras de ello, está también conmovido. Salen.

María entre su padre y su madre, como antes; delante, Zacarías y su mujer… Ahora están dentro del recinto del Templo.

Zacarías indica:

–     Voy a ver al Sumo Sacerdote. Vosotros subid hasta la Gran Terraza.

Atraviesan tres atrios y tres patios superpuestos…  Llegan al pie del vasto cubo de mármol coronado de oro.

Cada una de las cúpulas, convexas como una media naranja enorme, resplandece bajo el sol, que cae a plomo, ahora que es aproximadamente mediodía, en el amplio patio que rodea a la solemne edificación.

Y llena el vasto espacio abierto y la amplia escalinata que conduce al Templo.

Sólo el pórtico que hay frente a la escalinata, a lo largo de la fachada, tiene sombra.

Y la puerta, altísima, de bronce y oro, con tanta luz, aparece aún más oscura y solemne.

Por el intenso sol, María parece aún más de nieve. Ahí está, al pie de la escalinata, entre sus padres.  ¡Cómo debe latirles el corazón a los tres!

Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso.

Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce, parecen producir sonido de cítara.

Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior.

Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.

Cuando llegan al umbral, va adelante el Sumo Sacerdote:

Un anciano solemne, vestido de lino finísimo, cubierto con una túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla, recuerda en parte a la casulla y en parte al paramento de los Diáconos, multicolor:

púrpura y oro, violáceo y blanco se alternan en ella y brillan como gemas al sol; y dos piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso);

al pecho lleva una ancha placa resplandeciente de gemas sujeta con una cadena de oro.

y colgantes y adornos lucen en la parte de abajo de la túnica corta y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza

(una prenda que me recuerda a la de los sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica).

El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido.

Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.

El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe.

¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un templo egipcio!

Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna.

Luego… una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada.

Y sonríe, sonríe a la zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el preciado Velo…

Ha llegado a lo alto de la escalinata, a los pies del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada.

¿Alguna vez había tenido el Templo una hostia más pura?

Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a la puerta del Templo.

Y antes de hacerla pasar pregunta:

–     María de David, ¿Conoces tu voto?

Ante el «sí» argentino que le responde, él grita:

–     Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta.

Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan cada vez más, la separan… Ya no se la ve…

La puerta se vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura, cada vez más estrecha, permite todavía ver al cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada.

Al último acorde de los sonoros goznes responde un sollozo de los dos ancianos y un grito único:

« ¡María! ¡Hija!».

Luego dos gemidos invocándose mutuamente:

« ¡Ana, Joaquín!».

Luego, como final:

«Glorifiquemos al Señor, que la recibe en su Casa y la conduce por sus caminos».

Y todo termina así.

Dice Jesús:

El Sumo Sacerdote había dicho: “Camina en mi presencia y sé perfecta”.

El Sumo Sacerdote no sabía que estaba hablándole a la Mujer que, en perfección, es sólo inferior a Dios.

Mas hablaba en nombre de Dios y, por tanto, su imperativo era sagrado. Siempre sagrado, pero especialmente a la Repleta de Sabiduría.

María había merecido que la “Sabiduría viniera a su encuentro tomando la iniciativa de manifestarse a Ella”, porque “desde el principio de su día Ella había velado a su puerta.

Y deseando instruirse, por amor, quiso ser pura para conseguir el amor perfecto y merecer tenerla como maestra”.

En su humildad, no sabía que la poseía antes de nacer y que la unión con la Sabiduría no era sino un continuar los divinos latidos del Paraíso. No podía imaginar esto.

Y cuando, en el silencio del corazón, Dios le decía palabras sublimes, Ella, humildemente, pensaba que fueran pensamientos de orgullo,

y elevando a Dios un corazón inocente suplicaba: “¡Piedad de tu sierva, Señor!”.

En verdad, la verdadera Sabia, la eterna Virgen, tuvo un solo pensamiento desde el alba de su día:

“Dirigir a Dios su corazón desde los albores de la vida y velar para el Señor, orando ante el Altísimo”,

pidiendo perdón por la debilidad de su corazón, como su humildad le sugería creer, sin saber que estaba anticipando la solicitud de perdón para los pecadores que haría al pie de la Cruz junto con su Hijo moribundo.

“Luego, cuando el gran Señor lo quiera, Ella será colmada del Espíritu de inteligencia”, y entonces comprenderá su sublime misión.

Por ahora no es más que una párvula que, en la paz sagrada del Templo, anuda, “reanuda”, cada vez de forma más estrecha, sus coloquios, sus afectos, sus recuerdos, con Dios. Esto es para todos.

Pero, para ti, pequeña María (se dirige aquí a María Valtorta),

¿No tiene ninguna cosa particular que decir tu Maestro? “Camina en Mi Presencia, sé por tanto perfecta”.

Modifico ligeramente la sagrada frase y te la doy por orden.

Perfecta en el amor, perfecta en la generosidad, perfecta en el sufrir.

Mira una vez más a la Madre.

Y medita en eso que tantos ignoran, o quieren ignorar, porque el dolor es materia demasiado ingrata para su paladar y para su espíritu.

El dolor. María lo tuvo desde las primeras horas de la vida.

Ser perfecta como Ella era poseer también una perfecta sensibilidad. Por eso, el sacrificio debía serle más agudo; mas, por eso mismo, más meritorio.

Quien posee pureza posee amor, quien posee amor posee sabiduría, quien posee sabiduría posee generosidad y heroísmo, porque sabe el porqué de por qué se sacrifica.

¡Arriba tu espíritu, aunque la cruz te doble, te rompa, te mate! Dios está contigo».