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201 PARÁBOLA DEL HIJO DEFORME


201  IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Los olivos, ante un vientecillo ligero, bambolean entre el verdeplata de sus ramas, sus ovales gotas de jade colgadas del sutil pecíolo.

Los solemnes nogales mantienen, duros y erguidos en su pedúnculo sus frutos y los van engrosando bajo la felpa del ruezno.

Los almendros están terminando de madurarlos, bajo el involucro que ya frunce su terciopelo y cambia de color.

Las vides abultan sus uvas; ya alguno que otro racimo, en posición favorablemente orientada;

anuncia tímidamente el topacio transparente y el futuro rubí del  grano maduro.

Las cácteas de la llanura o de las primeras pendientes, exultan por los adornos cada día que pasa más vivos;

de los óvalos de coral que un decorador alegre ha posado caprichosamente, en lo alto de las carnosas palas, que parecen manos,

muchas manos, dentro de fundas espinosas, que elevan al cielo los frutos que ellas mismas han nutrido y madurado.

Palmeras aisladas y tupidos algarrobos, recuerdan bastante a la cercana África:

Las primeras suenan las castañuelas de sus hojas duras, dispuestas en forma de peine curvo;

los otros se han vestido de esmalte verde oscuro.

Y están engallados, señoriales con ese vestido suyo tan hermoso.

Cabras bermejas y negras, altas, gráciles, de largos cuernos retorcidos y ojos  dulces y penetrantes, comen las cactáceas.

Asaltan las carnosas pitas: 

esos enormes pinceles de hojas duras y espesas que, semejantes a alcachofas abiertas;

desde el centro de su corazón, extraen poderosos el candelabro de siete brazos, digno de una catedral;

de su tallo gigante, en cuyo ápice flamea su flor amarilla y roja, de delicado perfume.

Los apóstoles preguntan:

—    ¿De Yabnia vamos a ir a Ecrón? 

Mientras van a través de unos feracísimos campos en que el trigo duerme su último sueño bajo el fuerte sol que lo ha madurado.

Extendido en gavillas por los campos segados y tristes, inmensos lechos de muerte; ahora que ya no están vestidos de espigas.

Sino poblados de despojos a la espera de ser transportados a otro lugar.

Mas, si los campos están desnudos, los manzanos se visten de fiesta, con sus frutos que se dan prisa en madurar…

Que pasan del verde duro del fruto aún demasiado joven al tierno, amarillento, rosado brillante como cera, del fruto que ya madura.

Y la piel elástica de los higos se rompe.

Y abren éstos su cofre, su dulcísimo cofre de fruto-flor.

Y muestran, tras la fisura verdeblanca o morada y blanca;

la gelatina transparente, salpicada de granitos más oscuros que la pulpa.

África y Europa se dan la mano vistiendo la tierra de bellezas vegetales.

En cuanto el grupo apostólico deja la llanura para tomar el sendero que trepa por una colina literalmente cubierta de viñedos.

Por esta pendiente rocosa que mira al mar.

Pendiente  calcárea, en la cual la uva es verdaderamente preciosa, por la mutación de su jugo en almíbar

El maravilloso mar de Juan, creado por Dios, deja ver su desmesurado manto de seda crespa y azul.

Y habla de lejanías, de infinito, de poder;

cantando con el cielo y el Sol: el trío de las glorias creadoras.

Y la llanura toda se abre, con toda su ondulada belleza de tímidas elevaciones de pocos metros,

que se alterna con zonas llanas y dunas de oro, hasta las ciudades y pueblos de la orilla del mar,

blancos en el marco azul.

Juan está extasiado…

Y susurra: 

–     ¡Qué hermosura!

¡Qué hermosura!  

Pedro dice: 

–    ¡Mi Señor!…

Este muchacho vive de azul; deberás destinarlo a ello.

¡Es como si viera a su amada cuando ve el mar! –

Como Pedro no ve mucha diferencia entre agua marina y lacustre; ríe con bondad.

Jesús responde: 

eL Apocalipsis de Patmos

–    Ya está destinado, Simón.

Todos tenéis ya vuestro destino.

–    ¡Pues qué bien!

Y a mí a dónde me vas a mandar?

–     ¡Ah, tú…!.

–     ¡Anda, dímelo!

–     A un lugar más grande que tu ciudad y la mía.

Y Magdala y Tiberíades juntas».

–     Pues me voy a perder.

–     No temas.

Parecerás una hormiga en un esqueleto de grandes dimensiones.

Pero, yendo y viniendo incansable, resucitarás a ese esqueleto.

–     No entiendo nada…

Martirio de san Pedro en la colina del Vaticano, capital del imperio romano.

Sé más explícito.

–     ¡Ya entenderás, ya entenderás!…

Y Jesús sonríe.  

Y todos lo asaltan preguntando lo mismo:

–     ¿Y yo?

–    ¿Y yo?

Todos quieren saber.

Están en la orilla guijarrosa de un torrente, que lleva todavía mucha agua en su centro.

Jesús se agacha y coge del suelo un puñado de grava muy fina;

la tira hacia arriba y cae diseminándose en todas las direcciones.

Dice:

–     Esto es lo que pienso hacer.

Mirad, sólo una piedrecita ha terminado entre mi pelo.

Pues bien, vosotros seréis diseminados así.

Santiago de Alfeo dice: 

–     Y Tú hermano, representas Palestina, ¿Verdad?

Y vuelve a preguntar: 

–     Quisiera saber quién será el que se quede en Palestina.

–     Ten esta piedrecita.

Martirio de Santiago el obispo de Jerusalén

Como recuerdo.

Y Jesús le da a su primo Santiago, el granito de grava que se le había quedado enredado entre sus cabellos.

Y sonríe. 

Pedro dice: 

–     ¡¿No podrías dejarme a mí en Palestina?

Yo soy el más indicado, porque soy el menos cultivado.

Y, en nuestra casa, más o menos me arreglo, ¡Pero fuera…! 

–     Pues al contrario.

Tú eres el menos indicado para quedarte aquí.

‘Tenéis un prejuicio contra el resto del mundo.

Creéis que es más fácil evangelizar en país de fieles que de idólatras y gentiles.

Y sin embargo, la realidad es exactamente la contraria.

Meditad en lo que nos ofrecen las clases altas de la verdadera Palestina.

Y aunque menos, también el pueblo común.

Pensad luego que aquí, lugar de odio al nombre “Palestina” y de desconocimiento del nombre “Dios” en su verdadera expresión.

Hemos sido acogidos al menos no peor que en Judea, Galilea o la Decápolis.

Reflexionad en esto y veréis como caen vuestros prejuicios.

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Comprenderéis que es exacto esto que digo.

O sea, que es más fácil convencer a los que ignoran al Dios verdadero, que no a los del pueblo de Dios. 

Sutilmente idólatras; culpables, que orgullosamente se creen perfectos y que quieren seguir siendo como son.

¡Cuántas gemas, cuántas perlas ve mi mirada donde vosotros no veis sino tierra y mar!

La tierra de las multitudes que no son Palestina.

El mar de la Humanidad que no es Palestina: como mar,

no espera sino recibir a los buscadores de perlas, para  ofrecérselas;

como tierra, que escarben en ella, para dejarse arrebatar las gemas.

En todas partes hay tesoros, pero hay que buscarlos.

Todo terruño puede esconder un tesoro y dar alimento a una semilla.

Como también toda profundidad puede celar una perla.

¿O es que pretendéis que el mar revuelva su fondo con terribles borrascas, para arrancar de los placeles las  madreperlas

¿Y abrirlas con las embestidas de sus embravecidas olas, para ofrecerlas luego en la playa a los perezosos que no  quieren esforzarse.?  

O ¿A los pusilánimes que no quieren correr peligros?

¿Pretendéis acaso, que la tierra, sin semilla alguna, haga  crecer un árbol de un grano de arena para daros frutos?

No, amigos míos.

Es necesario esforzarse, trabajar, tener coraje.

Sobre  todo, huelgan los prejuicios.

Sé que desaprobáis quién más, quién menos, este viaje por tierras de filisteos.

Ni siquiera las glorias que estas tierras rememoran.

Las glorias de Israel que narran estos campos, fecundados con la sangre hebrea derramada para hacerlo grande.

O las ciudades arrebatadas una a una, de las manos de sus detentadores, para coronar a Judá y constituir una nación poderosa.

Ni siquiera ello basta, para despertar vuestra estima por este peregrinaje..

Ni siquiera es suficiente la idea de preparar el terreno, para recibir el Evangelio.

Y la esperanza de salvar espíritus.

No incluyo esta última entre las razones que someto a vuestra  consideración, para que veáis la justicia de este viaje.

Sería un pensamiento, hoy por hoy, demasiado alto para vosotros.

Si bien llegará el día en que lo comprendáis.

En aquel momento diréis:

“Creíamos que era un capricho, una pretensión, poco amor del Maestro para con nosotros,

el hacernos ir tan lejos por un camino largo y penoso.

Arriesgando pasar momentos muy desagradables.

Sin embargo, era amor, previsión; era allanarnos el camino, para ahora que ya no lo tenemos.

Y que nos sentimos  más desorientados; porque cuando estaba Él éramos como sarmientos que crecíamos en todas las direcciones;

pero sabiendo que la cepa nos nutría y que teníamos al lado, el palo robusto que nos podía sujetar.

Mientras que ahora somos sarmientos que deben crear por sí mismos una pérgola;

nutriéndose, sí, de la cepa de la vid, pero sin el madero en que apoyarse”.

Esto es lo que diréis.

Y entonces me lo agradeceréis.

Y, además…

¿Es que, acaso, no es hermoso ir dejando a nuestro paso destellos de luz en tierras envueltas en tinieblas?

¿Notas sonoras en corazones mudos, corolas celestiales en almas yermas como desiertos?

¿Perfumes de verdad para anular el hedor de la Mentira, sirviendo y dando gloria a Dios.

Y además hacerlo juntos así, Yo y vosotros.

Vosotros y Yo, el Maestro y los apóstoles, formando todos un solo corazón, un solo deseo, una sola voluntad?

¡Oh, que la esperanza, el deseo y el hambre de Dios consisten en querer que sea conocido y amado!

¡En querer reunir a todas las gentes bajo su dosel y que estén todos donde Él está!

¡Y son la misma esperanza, deseo y hambre de los espíritus;

los cuales no son de razas distintas sino de una sola: la creada por Dios!

Siendo todos hijos de Uno solo, tienen los mismos deseos, esperanzas, hambre, del Cielo, de la Verdad, del Amor real…

Se diría que siglos de error han cambiado el instinto de los espíritus, pero no es así.

El error envuelve a las mentes, porque éstas están fundidas con la carne

y se resienten del veneno inoculado por Satanás en el animal hombre.

De la misma forma, el error puede envolver también al corazón; pues como aquéllas, está injertado en la carne y se resiente de su veneno.

Una triple concupiscencia roe respectivamente la carne, el sentimiento y el pensamiento.

Mas el espíritu no está injertado en la carne.

Podrá sufrir un aturdimiento a causa de los golpes que le lanzan Satanás y la concupiscencia.

Podrá quedar casi ciego a causa de los baluartes carnales y de las salpicaduras de la sangre hirviente del animal-hombre en que ha sido infundido.

Sí, pero no cambiará su aspiración al Cielo, a Dios. No puede cambiar.

¿Veis el agua pura de este torrente?:

Ha descendido del cielo y al cielo tornará por evaporación de las aguas bajo el efecto del viento y el sol.

Baja y vuelve a subir.

El elemento no se consume sino que torna a los orígenes.

El espíritu torna a los orígenes.

Esta agua que corre entre las piedras si pudiera hablar, os diría que aspira a volver arriba, para que impulsada por el viento;

blanda, blanca, o rosada a la aurora, cobre encendido al ocaso, violeta como una flor en los crepúsculos ya estrellados,

surcar los hermosos campos del firmamento.

Os diría que querría ser tamiz para las estrellas que se asoman por los claros de los  cirros, para que recordasen a los hombres el Cielo.

O hacer de velo a la Luna para que no vea las fealdades nocturnas…

Sí, os diría que aspira a volver arriba, antes que estar aquí, encerrada entre los bordes de las orillas.

Amenazada de convertirse en barro, obligada a saber de los connubios de culebras y ranas;

cuando lo que desea vehementemente es la libertad solitaria de la atmósfera.

Lo mismo los espíritus.

Si tuvieran el valor de hablar, dirían todos lo mismo:

Si no miras a Dios, si no escuchas y no hablas de Dios, te secas y te mueres. ¡Vive para Dios!

“¡Dadnos a Dios! ¡Dadnos la Verdad!”.

Pero no lo dicen porque saben que el hombre no advierte, no comprende o ridiculiza esta súplica de los “grandes mendigos”

de los espíritus que con tremenda hambre – hambre de Verdad – buscan a Dios.

Estas gentes idólatras, estos romanos, estos ateos, estos desdichados que nos vamos encontrando en nuestro camino…

Y que siempre encontraréis, éstos que tienen denigrados sus deseos de Dios, por política, por egoísmo familiar,

o por herejía que radica en un corazón corrompido y prolifera en las naciones, éstos tienen hambre.

¡Tienen hambre! Y Yo, piedad de ellos.

¿Podría no sentir piedad Yo, que soy el que soy?

Si doy el alimento necesario por piedad, al hombre y al gorrión,

¿No habría de tener piedad con los espíritus a los que se han puesto obstáculos para ser del verdadero Dios?

Y que extienden sus brazos gritando:

“¡Tenemos hambre!’?

Muero interiormente y no sé por qué… ¡Tengo hambre de Dios!

¿Creéis que son malos, salvajes, incapaces de llegar a amar la religión de Dios y a Dios mismo?

Pues estáis en un error.

Son espíritus que esperan amor y luz.

Esta mañana nos ha despertado el balido agresivo del macho cabrío, que quería alejar a ese perro grande que ha venido a olfatearme.

Os habéis echado a reír al ver que orientaba sus cuernos amenazador hacia el perro,

tras haber roto la delgada cuerda con que estaba atado al árbol bajo el que dormíamos,

habiéndose puesto de un salto entre el perro y Yo,

sin pensar que en la desigual lucha por defenderme a mí, el maloso le habría podido atacar y lo habría degollado.

Pues lo mismo estos pueblos, que veis como machos cabríos salvajes…

Sabrán defender la fe de Cristo, una vez que hayan conocido que Cristo es Amor que los invita a seguirlo.

Sí, los invita.

Y vosotros debéis ayudarles a venir.

Escuchad una parábola.

Un hombre se casó y tuvo muchos hijos de su mujer.

Pero, uno de éstos nació con deformidades físicas.

Parecía además, de raza distinta.

El hombre lo consideró un deshonor y no lo amó, a pesar de que la criatura fuera inocente.

El niño creció desatendido, apartado con los últimos siervos ya que en efecto, se le juzgaba inferior a sus hermanos.

No tenía madre – pues había muerto al darle a luz – que pudiera moderar la dureza del padre.

O impedir la burla de sus hermanos.

O corregir las ideas equivocadas que nacían en la mente salvaje del niño:

Que una pequeña fiera mal soportada en la casa de los otros hijos bien queridos.

El niño, así se hizo hombre.

Entonces su razón, que aunque se hubiera desarrollado con retardo, había llegado a la madurez;

comprendió que no era ser hijo, vivir en las cuadras, recibir un mendrugo de pan y un andrajo.

Y nunca un beso, un palabra, una invitación a entrar en la casa paterna… Y sufría.

Sufría, lamentándose en su cuchitril: “¡Padre! ¡Padre!”.

Mordía su pan, pero continuaba la gran hambre de su corazón.

Se cubría con sus andrajos, pero seguía el gran frío de su corazón.

Tenía como amigos a los animales y a algunas personas compasivas del pueblo.

Pero su corazón estaba solo.

“¡Padre! ¡Padre!”… Lo oían gemir siempre así como fuera de sí; los siervos, los propios hermanos, sus paisanos.

Y lo llamaban “el loco”.

Por fin, un día uno de los siervos tuvo el coraje de ir a verlo.

Estaba casi convertido en una fiera y le dijo:

“¿Por qué no te arrojas a los pies de tu padre?”.

“Lo haría. Pero no me atrevo…”.

“¿Por qué no vienes a la casa?”

“Tengo miedo.”

“Pero, ¿Desearías hacerlo?”

“¡Sí, ciertamente! Es de esto de lo que tengo hambre.

Ésta es la causa del frío que paso, por eso me siento solo como en un desierto. 

Pero no sé cómo se vive en la casa de mi padre”.

Entonces el siervo bueno se puso a instruirle, a hacer que tuviera mejor aspecto…

A quitarle el terror a que su padre le tuviera aversión, diciéndole:

“Tu padre te querría a su lado, pero no sabe si tú lo quieres, porque siempre lo evitas…

Quita a tu padre el remordimiento de haber actuado demasiadoseveramente.

Y su dolor de verte errante

Ven. Tus hermanos tampoco tienen ya intención de burlarse de ti, porque les he referido tu dolor”.

Y así el pobre hijo, una tarde, guiado por el siervo bueno, fue a la puerta paterna…

Y gritó: “¡Padre, yo te quiero! ¡Déjame entrar!…”.

El padre que viejo y triste, pensaba en su pasado y en su futuro eterno, sintió un sobresalto cuando oyó esa voz.

Y dijo: “¡Oh, mi dolor se aplaca al fin, porque en la voz de mi hijo deforme, he oído la mía!

¡Y su amor prueba que es sangre de mi sangre y carne de mi carne!

Entre, pues, a ocupar su lugar junto a sus hermanos.

¡Bendito sea el siervo bueno que ha hecho posible que mi familia se completase, integrando al hijo repudiado con todos mis otros hijos!”.

Ésta es la parábola.

Ahora bien, al aplicarla debéis pensar que el Padre de los deformes espirituales:

Que son los cismáticos, los herejes, los separados, los pecadores voluntarios e impenitentes…

Dios, se ha visto obligado a la severidad por las deformidades voluntarias que ellos mismos han querido.

Pero su amor jamás ha abdicado.

Los espera. Llevadlos a él. Es vuestro deber.

Os he enseñado a decir: “Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro”.

Pero, ¿Sabéis qué significa “nuestro”?

No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce.

No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres.

He puesto en vuestros labios la Oración por TODOS.

Por todos los hombres:

Los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no lo conocen;

los que aman a Dios y a su Cristo.

2 Timoteo 3 – 5 Una religión sin vida…

Y los que no lo aman o lo aman mal.

Éste es vuestro ministerio.

Vosotros que conocéis a Dios, a su Cristo y los amáis, debéis orar por todos.

Os he dicho que mi Oración es universal, durará cuanto dure la tierra.

Pues bien, vosotros debéis orar universalmente…

Uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos, de la Iglesia de Jesús

a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas.

Y tenéis que insistir, porque sois hermanos.

Vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia…

Hasta que se les conceda, como a vosotros, el “Pan” verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas.

No en otras, donde está mezclado con alimentos impuros.

Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos “deformes”:

“Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito.

¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia”.

Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud, en todas vuestras intenciones.

¿Habéis comprendido?

Ahí se ve Yabnia. 

En una ocasión pasó por este lugar el Arca para ir a Ecrón, pero esta ciudad no pudo custodiarla y la envió a Betsemes.

El Arca vuelve a Ecrón.

Juan, ven conmigo.

Vosotros quedaos en Yabnia.

Sabed reflexionar y hablar.

La paz esté con vosotros.

Y Jesús se marcha con Juan y con el macho cabrío.

El cual, balando, le sigue como un perro.  

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174 EL APÓSTOL REBELDE


174 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es la vigilia de la Pascua, Jesús espera a que regrese Pedro que ha llevado el cordero pascual al sacrificio.

Está Él solo, con los discípulos y Jesús le habla a Margziam de Salomón…

Entonces Judas atraviesa el gran patio, con un grupo de jóvenes de su edad.

Habla con grandes gesto y ademanes de un hombre muy importante.

Su manto se mueve continuamente y se lo compone con presuntuosos movimientos de sabio.

Es tan exagerada su pomposidad, que ni siquiera Cicerón habrá hecho tanto alarde, cuando pronunciaba sus discursos…

Tadeo exclama:

–    ¡Miren! ¡Allá está Judas!…

Felipe observa:

–    Está con un grupo de ‘saforim’ (escribas)

Tomás dice:

–    Voy a oír lo que está diciendo.

Tomás se va; uniendo la acción a la palabra.  

Y lo hace tan rápido, que Jesús no tiene tiempo de decir su acostumbrado ‘No’…

¡Y Jesús!… ¡Ay, el rostro de Jesús!…  

¡Oh! ¡Qué rostro tiene Jesús!…

De verdadero sufrimiento y de juicio muy severo…

Marziam, que lo ha estado mirando atento a Jesús desde el principio, mientras le hablaba del gran rey de Israel, con un tinte de tristeza y su dulzura…

Nota el repentino cambio y se espanta.

Toma la mano de Jesús y la sacude para volver a atraer su atención

Y le dice:

–    ¡No mires!

¡No mi-res!… mírame a mí. Yo sí te quiero mucho.

Tomás logra acercarse a Judas, sin que éste lo vea y lo sigue por algunos metros.

Al oír lo que está diciendo…

Suelta una retumbante exclamación:

–    ¡Bravo rabí!  

Que hace voltear a muchos a mirarlo.

La posesión demoníaca perfecta no tolera ninguna crítica, ni acepta sus errores…

Especialmente a Judas que se pone pálido de rabia. 

Y Tomás aplaude con burla… 

Agregando con sorna:   

–    ¡Pero cuántos maestros espléndidos tiene Israel!

¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!¡Eres extraordinario para imitar!

Judas aumenta su aire orgulloso, como si fuera un gran doctor de Israel,

Y dice despectivo:

–   No soy una piedra, sino una esponja.

¡Y absorbo! Y cuando lo exige el deseo de los que tienen hambre de sabiduría; entonces me exprimo para darme a todos con los jugos de la vida.

Tomás reprime su deseo de lanzar una carcajada…

Y también el impulso de sorda ira que experimenta por un instante, en su carácter bonachón.

Se limita a decir:

–    Se diría que eres un eco fiel.

Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; de otro modo muere, amigo.

Y tú, me parece que te estás alejando de ella.

Él está allí. ¿No vienes?

La posesión demoníaca perfecta se siente superior y merecedor de la pleitesía de los demás…

Judas se pone de todos los colores.

Con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores…

Por un instante, su cara; como en uno de sus peores momentos; refleja una ira diabólica y es repugnante.

Pero inmediatamente se domina… 

Y se despide: 

–     Adiós, amigos.  

Y volviéndose hacia su compañero apóstol, 

declara: 

 –    Aquí estoy contigo Tomás, querido amigo mío.

Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo.

Si lo hubiera sabido, lo hubiera buscado.

Y pasa el brazo por los hombros a Tomás, como si experimentara por él un cariño muy grande.

La posesión demoníaca perfecta es HIPÓCRITA y manipuladora…

Y empiezan a caminar.

Tomás, complaciente pero nada tonto; no se deja engatusar por estas palabras.

Y con algo de ironía le pregunta:

–    ¿Cómo?

¿No sabes que es Pascua?

¿Crees que el Maestro no sea fiel a la Ley?

Judas dice con altanería:

–   ¡Oh! ¡No se trata de eso!

El año pasado se mostraba. Hablaba… me acuerdo que exactamente en este día, me atrajo precisamente por su energía de Rey.

Ahora parece que se hubiera apagado y hubiera perdido su fuerza…

¿No te parece?

–     A mí no.

Me parece más bien como que alguien perdió crédito.

–     En su misión.

Lo dices bien.

La posesión demoníaca perfecta no reconoce, cualidades superiores en los demás…

–     No.

Entiendes mal.

Ha perdido confianza en los hombres. Y tú eres uno de los que ha contribuido a ello.

¡Deberías avergonzarte!

Tomás está serio y su última frase suena como una bofetada.

Ya no ríe Tomás, está muy serio con una expresión sombría y su última frase suena como una bofetada.

La soberbia de Judas siente su reprensión como un latigazo.  

Y responde amenazador: 

–     ¡Ten cuidado con lo que dices! 

–     ¡Y tú ten cuidado con lo que haces!

Somos dos judíos sin testigos y por eso hablo. Y te repito: ¡Deberías avergonzarte!

Y ahora cállate. No te quieras dar baños de santo, no seas trágico, ni te pongas a lloriquear…

Porque de otro modo, hablo fuerte y delante de todos.

Ahí están el Maestro y los compañeros. ¡Pórtate bién!

Cuando llegan al grupo

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Judas saluda:  

–     Paz a ti, Maestro… 

Jesús responde con cortesía y severidad:  

–     Paz a ti, Judas de Simón.

–     Es un placer encontrarte aquí…

Tengo algo que decirte…

–     Habla.

Judas mira nervioso a su alrededor…

Y dice titubeante:

–     Mira, es que…

Quería decirte… ¿No puedo decírtelo aparte?

–     Estás entre tus compañeros. 

–    Pero yo quisiera hablarte solo a Ti.

–    En Bethania estoy a solas con quién quiere y me busca.

Pero tú no lo haces. Tratas de evitarme.Me huyes.

La posesión demoníaca perfecta es un juez implacable con los demás, NO ADMITE LAS CRÍTICAS y su mayor preocupación es lo que puedan pensar los demás…Viven obsesionados con la imagen…

–    No, Maestro.

No puedes afirmarlo.

El rostro de Jesús aumenta su severidad,

al cuestionar: 

–     ¿Por qué ayer has ofendido a Simón?

¿Y con él a Mí? ¿Y con nosotros a José de Arimatea y a los compañeros? ¿Y a mi Madre y a las otras mujeres?  

Con cada frase aumenta la dureza y restallan como latigazos.  

Judas pone cara de inocencia, 

al contestar: 

–     ¿Yooo?

¡Pero si no os vi!

–     No quisiste vernos.

¿Por qué no viniste, como habíamos convenido, para bendecir al Señor por un inocente que iba a ser acogido en el seno de la Ley?

¡Responde! ¿No sentiste ni siquiera la necesidad de avisar de que no ibas a venir?  

El reclamo es totalmente divino y los que contemplan la escena, realmente no desearían conocer sobre sí, (incluída yo) la faceta de Jesús, como un Juez muy Severo…

A lo lejos se ve a Pedro venir de regreso con su cordero degollado, sin las vísceras y envuelto en su piel  

Margziam lo ve y grita: 

–     ¡Ahí viene mi padre!

¡Oh! Y con él vienen Miqueas y los demás.

¿Puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?

Jesús lo acaricia y le dice con mucha dulzura: 

–     Ve, hijo.

Tocando a Juan de Endor en un hombro, le pide: 

–    Por favor, acompáñalo y…

Entretenlo un poco».  

Su rostro y su voz vuelven al punto en que estaba con Judas. 

De nuevo se dirige a él con una gran autoridad en su Voz:

Nosotros con el Don del Discernimiento funcionando en todo su esplendor, comprendemos que…

Es cuando se advierte que El que está cuestionando a través de Jesús… ¡Es el mismísimo Padre Celestial!

Y ABBA está  bastante molesto…

–   ¡Responde, pues!

¡Te estoy esperando!

La posesión demoníaca perfecta es tan egoísta, que no puede ser empática. Tiene tendencias sociópatas y lo que menos le importa es rendir cuentas a nadie de sus actos… La soberbia es su impulso vital. 

Una sombra pasa por la mirada de Judas…

Por un momento Judas se encoge,

y balbucea…

–    Me surgió repentinamente…

Luego aspira profundo, se recupera pronto,

y agrega con descaro:

–     Maestro, un encuentro inesperado…

Que no podía menos que… me pudo mucho… pero…

Jesús lo interrumpe:

–    Pero, ¿No había en todo Jerusalén, alguien que pudiese notificarnos tu excusa…?

¡Admitiendo que la tuvieras!…

Y ya de por sí esto era reprobable.

Te recuerdo que hace poco un hombre dejó de ir a enterrar a su padre por seguirme

Y que estos hermanos míos dejaron en medio de maldiciones, la casa paterna, por seguirme. 

Que Simón, Tomás, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Nathanael, dejaron su familia.

Simón Cananeo su riqueza, para dármela y Mateo su vida pecaminosa, por seguirme.

Así podría enumerarte cien más.

Hay quién abandona su vida, la vida misma, por seguirme en el Reino de los Cielos.

Y podría continuar con otros cien nombres.

Hay quien deja la vida, la misma vida para seguirme hasta el Reino de los Cielos.

Pero ya que no eres generoso; procura ser por lo menos educado y tener elegancia. 

No tienes caridad; pero al menos sé caballeroso.

Imita, ya que te gustan tanto; a los fariseos falsos que me traicionan…

Que nos traicionan, pero que lo hacen mostrándose educados.

Tu obligación era no comprometerte para estar con nosotros.

Para no ofender a Pedro, al que ordeno que todos respetéis.

¡Si al menos hubieras avisado!

Por un momento, Judas siente un escalofrío de terror.

La posesión demoníaca perfecta transforma el MIEDO en ODIO y deseo de aplastar lo que le incomoda. Por eso aumenta su crueldad y su desprecio…

Pero una extraña fuerza interna llena de rebeldía, hace que permanezca inmutable…

Y dice con la mayor desfachatez:

–    He faltado.

Pero ahora venía con intenciones de buscarte para decirte, que siempre por la misma razón, mañana no podré venir. ¿Sabes?

Tengo amigos de mi padre y me…   

Jesús lo para en seco: 

–    ¡Basta!

Vete con ellos. ¡Adiós!

–   ¡Maestro!

¿Estás enojado conmigo? Me dijiste que serías como mi padre… Soy un joven atolondrado; pero un padre perdona…

–   Te perdono, sí.

Pero vete.

No hagas esperar más a los amigos de tu padre.

Así como Yo no hago esperar a los amigos del santo Jonás.

–    ¿Cuándo partirás de Bethania?

–     Al fin de los Azimos. Adiós.

Jesús le da la espalda y da unos cuantos pasos.

Judas se va, rápido.

22. Pero Samuel dijo: ¿Acaso se complace Yahveh en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra de Yahveh? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros.
23. Como pecado de hechicería es la rebeldía, crimen de terafim la contumacia.1 Samuel 15

Todos están asombrados…

 Y boquiabiertos…

Acaban de presenciar una confrontación abierta con Satanás, ¡Y Nadike lo percibió!

Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están encantados ante el cambio que ven en Margziam.

Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace su apóstol….

Tomás exclama:

–    ¡Por Yeové!

Quería verte con la energía de un Rey… ¡Y te ha visto…!

La otra mitad de la frase que Tomás calla es:

‘Con la majestad de Dios’…   

Entonces Jesús les pide: 

–     Os ruego que olvidéis todos este incidente…

De la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño.

Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres, aflicción, ni escándalo.

Y silencio también en Betania ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo. 

NO está bien causar y NO vamos a darle dolor ni escándalo a nadie…

Os ordeno que no digáis nada a nadie. 

Todos dicen:

–   ¡Lo haremos!

Puedes estar tranquilo, Maestro», haremos de todo para reparar esto».

Y para consolarte.   

–     ¡Gracias!…

Cuando se encuentran los dos grupos, 

y Jesús dice:

–    ¡Oh, paz a todos vosotros!

Isaac os ha encontrado Me alegro. Gozad en paz vuestra Pascua.

Cada uno de mis pastores será un buen hermano para vosotros.

Isaac, antes de que se marchen tráemelos. Quiero bendecirlos otra vez.

¿Os habéis fijado, el niño?

–     ¡Maestro, qué bien está!

¡Ya está más lozano! Se lo diremos al anciano. ¡Qué contento se va a poner!

Y señalando a Pedro…

Agrega: 

–    Este justo nos ha dicho que ahora Yabés es su hijo…

¡Un hecho providencial! Lo vamos a contar todo, todo.  

Margziam dice: 

–     También que soy hijo de la Ley.

Que me siento feliz y que me acuerdo siempre de él. Que no llore ni por mí ni por mi mamá, porque la tengo a mi lado.

Y también a él como un ángel…

Y la tendrá siempre y en la hora de la muerte.

Si Jesús ha abierto para entonces las puertas del Cielo…

Pues entonces mi mamá, más linda que un ángel, saldrá al encuentro del anciano padre y lo conducirá a Jesús.

Lo ha dicho Él.

¿Se lo vais a decir? ¿Lo vais a saber decir bien?

–     Sí, Yabés.

–     No. Ahora soy Margziam.

Me ha puesto este nombre la Madre del Señor. Es como si se dijera su nombre. Me quiere mucho.

Me mete Ella en la cama todas las noches y me hace decir las mismas oraciones que hacía decir a su Hijo.

Por las mañanas me despierta con un beso, luego me viste. Me enseña muchas cosas…

¡Él también, eh!…

Entran dentro tan suavemente, que se aprenden sin trabajo. ¡Mi Maestro!

El niño se abraza a Jesús con tal adoración de acto y de expresión que se conmueve todo el que lo ve. 

Jesús confirma:

–     Sí.

Diréis todo esto, y también que no pierda la esperanza el anciano: este ángel pide por él y Yo lo bendigo.

También os bendigo a vosotros.

Idos. La paz sea con vosotros.

Los grupos se separan y se van cada uno por su lado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

169 EL AMOR DINÁMICO


169 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania, siguiendo con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania.

Jesús con los suyos camina ligero hacia la propiedad de Lázaro.

No ha entrado aún y ya lo han reconocido:

Emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada.

De forma que empiezan a aparecer por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José.

La tercera es Marta con Marcela,que levanta su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús.

Inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración…

Y luego abrazan efusivamente a los propios hijos.

El pequeño Yabé, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas…

Observa esto lleno de asombro.

Juan de Endor sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo y se aparta.

Y por el sendero que conduce hacia  la casa de Simón, viene la Madre.

Jesús suelta la mano de Yabé y delicadamente elude a los amigos, para apresurarse a ir a su encuentro.

Las ya conocidas palabras rompen el aire: « ¡Hijo! », «¡Mamá! ».

Tañendo como un solo de amor que se destaca entre el murmullo de la gente.

Se besan.

María expresa en su beso toda su angustia que la mantuvo presa desde el arresto del Bautista…

Y al ver a su Hijo, se desvanece el terror que la embargó y que la flaagela, siempre que recuerda las profecóas…

siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que su Hijo ha corrido…

Jesús la acaricia. Ha comprendido.

Dice:

–     Además de mi ángel…

Velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo.

–     Gloria al Señor por ello.

De todas formas he sufrido mucho.

–     Mi deseo ha sido venir antes… 

Pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a Tí. Y ha sido positivo:

Tu indicación Madre mía, como siempre, ha sido fructífera.

–     ¡Tu obediencia, Hijo!

–     Tu sabia indicación, Madre…

Se sonríen mutuamente como dos enamorados.  

¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre?

¿Dónde están los dieciséis años de diferencia?

La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo,

que está en la plenitud de su bellísima virilidad.

Un Jesús muy sonriente,

dice: 

–     ¿No me preguntas por qué ha sido fructífera? 

–     Sé que mi Jesús no me oculta nada.

–     ¡Qué encanto eres, Mamá!…

y la vuelve a besar…

La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena.

Pero todos los ojos, que parecen atentos a otra parte, no se abstienen de mirar de reojo a este tierno cuadro.

El que más mira es Yabé.

Jesús lo había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre.

Se ha quedado solo. Ahora, con el aluvión de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido.

Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto…

Pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo:

–     ¡Mamá! ¡Mamá!

Todos – los primeros, Jesús y María – se vuelven, todos tratan le poner remedio de alguna forma.

O de saber quién es el niño.

María de Alfeo y Pedro, que estaban juntos, se acercan inmediatamente,

–     ¿Por qué lloras?

Pero antes de que Yabé ahogado por su llanto, pueda tomar respiro para hablar…

Ya ha venido María y tomándolo en brazos,

ha dicho:

–     ¡Sí, hijito mío, Mamá!

No llores más… y perdona si no te he visto antes… Os presento, amigos, a mi hijito…

Y es porque Jesús, en los pocos metros que mediaban, le dijo:

–     Es un huerfanito que he tomado conmigo.

El resto lo ha intuido María y ha consolado rápidamente.

El niño llora, pero ya con menos desolación.

Al final, dado que María lo tiene en brazos y lo está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.

–     Deja que te seque todas estas lágrimas.

¡No debes llorar más! Dame un beso…

Era precisamente lo que estaba deseando Yabé.

Después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla suave y aterciopelada de María.

Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor y lo ve allá, apartado.

Se dirige a él y lo lleva hacia María – que está siendo saludada por todos los apóstoles.

Y teniendo sujeta su mano,

dice:

–     Mira, Madre, el otro discípulo.

Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste.

–     Tu obediencia, Hijo – repite María.

Luego saluda al hombre, diciendo:

–    «La Paz está contigo».

El hombre, el rudo e inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas de Keriot llevó a Jesús a Endor,

termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María, a juzgar por lo sereno y verdaderamente “pacificado” que se ve su rostro cuando lo levanta, una vez cumplido el respetuosísimo saludo.

Se encaminan todos hacia la casa de Simón.

María llevando en brazos a Yabé. 

Jesús – cogida su mano – con Juan de Endor.

Luego a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.

En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe.

Entran en la casa.

–     La paz a ti José, y a esta casa.

Dice Jesús, levantando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.

Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes,

de forma que Jesús pregunta:

–     ¿Por qué, amigos?

–     Porque no estás con nosotros.

Y porque todos se aceran a Tí, excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya.

–     Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración.

Además, Yo estoy con vosotros. ¿Esta casa?…

Esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará, para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia…

Y  si se considera la cosa sobrenaturalmente, infinitamente más cercanos en el amor.

Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro.

¿Acaso se puede estar más cerca?

De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa.  

María de Alfeo exclama:

–     ¡Ay, pobre de mí!

¡Y yo aquí holgazaneando! ¡Ven, Salomé, que tenemos cosas que hacer!

 Y se levanta diligentemente para ir a su trabajo.

Tanto el exabrupto como el salto para irse, hace sonreír a todos.

Pero Marta la alcanza,

y le dice:

–     No te preocupes María, por la comida.

Voy a dar las disposiciones oportunas para que tú tengas que preparar sólo las mesas.

Te traerán sillas suficientes y todo lo que se necesita.

Y voñviéndose hacia su dama de compañía,

agrega:   

–    Ven, Marcela.

Vuelvo enseguida, Maestro.

Jesús dice:

–     Juan, lleva al niño a la terraza, para que se divierta.

Juan de Zebedeo siempre obediente, se levanta enseguida de su sitio…

Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus patadas en la terraza que rodea la casa.

Luego Jesús  dice:

–    Lázaro, vi a José de Arimatea.

El lunes viene aquí con amigos suyos.

Lázaro exclama:

–     ¡Oh!

¡Entonces ese día estarás conmigo!

–     Sí.

Viene a tratar de una ceremonia que tiene que ver con Yabé y a estar con nosotros.

El niño, -explica Jesús a todos- Es nieto de un campesino de Doras.

Pasé por Esdrelón.  

–     ¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?

–     Están desolados.

Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Yocana me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro.

–     Si los vendiera…

Los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para Tí, incluso en medio de ese nido de serpientes.

–     No creo que lo consigas.

Yocana ya está pensando en adquirirlos.

–     Veremos…

Pero… continúa tu narración. ¿Qué campesinos son?

–     ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!

–     Sí.

Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño.

Lo tenía en el bosque como a un animal salvaje, para que Doras no lo descubriera…

Estuvo allí desde el invierno.

Todas las mujeres se conmueven:

–     ¡Oh, pobre niño!

Pero, ¿Por qué?…

–    Porque sus padres quedaron sepultados en el derrumbe que hubo cerca de Emmaús.

Todos: padre, madre, hermanitos. Él sobrevivió porque no estaba en la casa.

Lo llevaron al abuelo. Pero, ¿Qué puede hacer un campesino de un fariseo cómo Doras? 

Tú Isaac, le hablaste de Mí como de un Salvador, aún en este caso.

El pastor pregunta humildemente:

–     ¿Hice mal, Señor?

–     Hiciste bien.

Dios lo quería. El viejo me dio al niño, que en estos días será mayor de edad.

María de Alfeo exclama:

–    ¡Oh, pobrecito!

¿Tan pequeño a los doce? Mi Judas a su edad tenía casi el doble de su tamaño…

Y Jesús, ¡Oh! ¡Qué flor!…

Martha dice:

–    Realmente es muy pequeño.

Pensé que tendría cuando mucho diez años.

Pedro explica:

–      ¡Eh! ¡El hambre es horrible!

Debe haberla padecido desde que vino al mundo.

Además, ¿Qué cosa podía darle el pobre viejo, si allí todos mueren de hambre?

Jesús dice:

–     Sí. Ha sufrido mucho.

Pero es muy bueno e inteligente.  Lo tengo para consolar al viejo.

Lázaro pregunta:

–    ¿Lo adoptas?

–     No. No puedo.

–     Entonces lo tomo yo.

Pedro ve que sus esperanzas se le van y con un verdadero grito de angustia,

exclama:

–     Señor, ¿Todo a él?

Jesús sonríe,

y dice:

–    Lázaro, ya has hecho muchas cosas y te lo agradezco.

Pero no te puedo confiar este niño. Es ‘nuestro niño’. De todos nosotros y la alegría de los apóstoles y del Maestro.

Por otra parte, aquí crecería en medio de la abundancia. Quiero regalarle mi manto real: la pobreza honrada.

Lo que el Hijo del Hombre quiere para Sí, para poder acercarse a todas las grandes miserias, sin mortificar a nadie.

–    Al menos me permitirás…

Pedro grita:

–     ¡Yo me ocuparé de su vestido para la fiesta!

Todos se echan a reír por lo inesperado del grito.

Lázaro dice:

–    Está bien.

Pero tendrá necesidad de otros vestidos. Simón, sé bueno.

También yo estoy sin niños; permite que yo y Martha nos consolemos proveyendo algunas cosas.

Pedro, ante esta súplica de Lázaro se conmueve al punto,

y dice:

–     Pero el vestido del miércoles, lo compro yo.

Me lo ha permitido el Maestro y me dijo que iré mañana con su Madre a comprarlo.

Pedro ha dicho esto por temor de que haya algún cambio en su contra.

Jesús sonríe y dice a María:

–    Sí, Madre.

Te ruego que vayas mañana con Simón; de otro modo este hombre se me muere de ansiedad.

Lo aconsejarás en la compra.

Pedro dice:

–     Ya dije: vestido rojo y faja verde.

Se verá muy bien. Mejor que con ese color que trae ahora.

María sugiere dulcemente:

–     El rojo le quedará muy bien.

También Jesús iba vestido de rojo. Yo propondría que sobre el vestido rojo, hubiese una faja roja o al menos recamada en rojo.

Pedro contesta:

–     Yo decía así…

Porque veo que Judas se ve muy bien con esa faja sobre su vestido rojo.

Judas replica con una sonrisa:

–    Pero estas no son verdes, amigo.

–    ¿No?

¿Entonces de qué color son…?

–     Este color se llama ‘vena de ágatha’

–     ¿Y cómo quieres que yo lo sepa?

Me pareció verde. Lo he visto en las hojas…

María interviene con dulzura:

–     Simón tiene razón.

Es el color exacto con el que se revisten las hojas en las primeras aguas de Tisri.  

Pedro concluye contento:

–     Y como las hojas son verdes, yo pienso que son verdes tus fajas.

María ha puesto paz y ha dado alegría, aún en esta cosa tan pequeña.

Luego dice:

–     Llamad al niño.

Cuando Juan lo trae,

María pregunta acariciándolo:

–     ¿Cómo te llamas?

–     Me llamo…

Me llamaba Yabé. Pero ahora estoy esperando el nombre…

–   ¿Lo estás esperando?

Jesús responde:

–     Sí.

Yabé quiere un nombre que quiera decir que lo salvé.

Lo buscarás, Madre. Un nombre que entrañe amor y salvación.

María piensa…

Y luego dice:

–    Margziam.

Eres la pequeña gota en el mar de los que salva Jesús. ¿Te gusta?

Y así recuerdas la salvación.

–     Es muy hermoso.

Dice contento el niño, mientras María lo acaricia.

María de Alfeo toca el manto de Yabé,

y dice:

–    Esta es una buena lana.

Pero, ¡Tiene un color!...

¿Qué te parece si lo teñimos de rojo oscuro? Quedará mejor.

María contesta:

–    Lo haremos mañana por la tarde.

Porque mañana tendrá un vestido nuevo y ahora no podemos desteñirlo.  

Marta dice:

–     ¿Quieres venir conmigo, niño?

Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos…

Yabé no se opone. Nunca dice que no a nada…

Pero está un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida.

Dice, tímido y educado:

–     ¿Podría venir conmigo Juan?

–     ¡Pues claro!…

Se marchan.

En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan.

Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.

Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista.

Quién dice que está en Maqueronte, quién en Tiberíades.

Los discípulos no han vuelto aún… 

–    Pero, ¿No lo habían seguido?

–     Sí, pero…

Cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero.

Y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte.

Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde lo llevaron.

Ciertamente, no lo abandonarán.

–     Como tú tampoco Isaac…

Me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo.

–     Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana.

Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros.

Este año vienen todos. Y estaremos con Jonathán

–     ¿También los del Líbano?

–     También.

Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan.

–     ¿Sabes que vienen los de Yocana?

–    ¡Oh! ¿De verdad?

Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones.

Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo.

–     Espéralos para última hora…

Pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero.

–     Yo también.

Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para el regreso- 

Vuelven Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestido de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.  

Martha pregunta: 

–     ¿Los reconoces, Lázaro?

¿Te das cuenta como todo sirve?

Los dos hermanos se sonríen mutuamente.

Jesús dice:

–     Gracias, Marta.

–     Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo.

Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre.

De vez en cuando tomo una de ellas para algún niño. Ahora es para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden arreglar.

Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso… Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño…

Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro.

La hermana lo acaricia, amorosa.

Lázaro, por su parte, le toma su bella mano, se la besa,

y dice:

–     ¿Y tú no?

Se sonríen de nuevo.

–     Ha sido providencial – observan muchos de los presentes.

–     Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto.  Jesús dice a Lázaro:   

–    Tú, recientemente has recibido también un regalo mío…

–     ¡Ah, sí!

El anciano patriarca y su hija.

La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno.

–     ¿Dónde están ahora?

¿En qué sitio los pusiste?

–     ¡Aquí, claro!, en Betania.

¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas?

La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas.

El anciano, dado que insistió en que quiere trabajar, le he destinado a los panales. 

Ayer – ¿verdad, hermana mía? – tenía una larga barba que parecía toda de oro.

Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa enorme y blanca barba.

Y él les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz.  

Jesús exclama: 

–     ¡Lo creo!

¡Bendito seas! 

–     Gracias, Maestro…

Y de esta manera los diferentes grupos continúan conversando…

Hasta que les avisan  que la cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio…

Por la noche, Jesús y María están sentados en la terraza de la casa de Simón y hablan a solas.

Jesús le cuenta todo lo sucedido.

Cuando llega el turno de María,

le dice:

–    Hijo.

Después de tu partida vino a la casa una mujer que te buscaba.

Una gran miseria y una gran redención.

Esta persona tiene necesidad de que la perdones, para que sea tenaz en su resolución.

Se la confié a Susana diciéndole que era una a la que habías curado. Es verdad.

La habría tenido conmigo si nuestra casa no fuese ya un mar, donde todos navegan… Y muchos con malas intenciones.

La mujer siente ya el desprecio por el mundo. ¿Quieres saber quién es?

–    Es un alma.

Pero dime su nombre.

–    Es Aglae.

Romana, danzarina y pecadora, a la que empezaste a salvar en Hebrón.

Que te buscó y te encontró en Aguas Hermosas.

La que ha sufrido mucho por tratar de ser honesta.

Me lo dijo todo. ¡Qué horror!…

–     ¿Su pecado?

–      También.

¡Qué horrible es el mundo! ¡Oh, Hijo mío! Desconfía de los fariseos de Cafarnaúm.

Quisieron utilizar a esta infeliz para hacerte daño…

–     Lo sé madre.

¿Dónde está Aglae?

–    Llegará con Susana antes de la Pascua.

–    Está bien.

le hablaré. Todas las tardes estaré aquí. Menos la de la pascua que dedicaré a la familia. La esperaré.

Si viene, sólo dile que me espere. Es como dijiste: una gran redención.

Y ¡Tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones, mi semilla ha echado tan profundas raíces, como en este terreno pobre.

Andrés la ayudó a crecer hasta que se hizo grande.

–     Me lo dijo.

–     Madre…

¿Qué has experimentado al acercarte a esa pobre alma?

–     Asco y alegría.

Me pareció estar cerca de un abismo del Infierno.

Pero al mismo tiempo me sentí transportada a la región azul.

¡Cómo eres Dios, Jesús mío; cuando realizas estos milagros

Jesús sonríe…

Y se quedan callados bajo las brillantes estrellas…

Y el candor de una Luna creciente  que le falta un cuarto para llenar totalmente su esplendor…

En silencio, descansando en su mutuo amor: Madre e Hijo…

Dos corazones que se aman…

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163 EL RICO EPULÓN


163 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En un viñedo que señala los límites de las posesiones de Yocana y cerca de un  pozo que siempre tiene agua…

Jesús tiene todo preparado para esperar a los campesinos de Doras.  

Y rodeado de los campesinos de Yocana escucha a Isaías,

cuando dice:

–     ¿Ves? Yocana se peleó con Doras por esto.

Yocana decía: ‘Es culpa de tu padre si todo esto es una ruina.

Si no lo quería adorar, por lo menos debió haberlo temido… 

Y no debió provocarlo.’

Y Doras hijo aullaba de impotencia.

Parecía un demonio.

Y le contestó:

‘Tú has salvado tus tierras por este foso. Los animalejos no lo han pasado.’

Y Yocana le contestó:

‘Y entonces, ¿Porqué sobre ti tanta desolación, cuando antes tus campos eran los más bellos del Esdrelón? 

¡Es el castigo de Dios!

Créemelo. Habéis sobrepasado la medida.

¿Esta agua? Siempre ha estado y no es la que me ha salvado. 

La plaga no ha pasado los límites de mi propiedad.

Y Doras gritaba:

‘¡Esto prueba que Jesús es un demonio!’

Y Yocana le contestó contundente: 

¡No! ¡Es un justo!

Y así continuaron mientras tuvieron aliento.

Después Yocana, con grandes gastos, trajo el agua del río…  

Y mandó excavar un gran número de canales entre los límites, para regar.

Mandó hacer pozos más profundos y a nosotros nos dijo lo que te dijimos ayer…

En el fondo, él está feliz con lo que ha sucedido.

Tenía mucha envidia de Doras.

Ahora espera comprar todo; porque Doras acabará por venderlo en unos cuantos céntimos.

Jesús escucha todas estas confidencias. 

El sábado por la mañana…

El grupo apostólico llega hasta los límites de las dos propiedades.

Los siguen los campesinos de Yocana: mujeres, hombres y niños.

Los hombres llevan dos ánforas llenas de vino…

Luego llegan los campesinos de Doras y se postran ante Él.

Jesús les dice:

–    La paz sea con vosotros, amigos.

Venid. Hoy la sinagoga es aquí. Y Yo soy vuestro sinagogo.

Pero primero quiero ser vuestro Padre de familia. Sentaos alrededor para que os de algo de comer. Hoy tenéis al Esposo y celebremos las Nupcias.

Jesús quita la tapadera de un canasto y saca panes que da a los estupefactos campesinos de Doras.

Quesos, verduras cocidas y un cordero asado que reparte entre esos pobres.

Luego les da vino en una copa grande.  

Los pobres campesinos están sorprendidos:

–    Pero, ¿Por qué?

¿Y ellos?

Preguntan los de Doras, señalando a los de Yocana.

Jesús les contesta:

–    Ya tuvieron lo suyo.  

–    ¡Cuánto gasto!

¿Cómo lo has hecho?  

Jesús contesta sonriente:

–     En Israel todavía hay buenas personas.

–    Pero hoy es sábado…

–      Dad gracias a esta persona.

Jesús señala al hombre de Endor.

Y agrega:

–    Él fue quien dio el corderito.

Lo demás fue fácil obtenerlo.

Todos devoran la comida desconocida para ellos.

Hay entre ellos un viejo que tiene a su lado a un niño.

Come y llora.  

Jesús le pregunta:

–    ¿Por qué lloras, padre?…

–     Porque eres muy Bueno.

Juan de Endor, con su voz gutural,

añade:

–    Es verdad…

Y hace llorar. Pero su llanto no tiene amargura.

El anciano dice:

–     No la tiene.

Es verdad y quisiera pedirte una cosa…

Jesús pregunta:

–    ¿Qué deseas, padre?  

–    ¿Ves este niño?…

Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno.

Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque lo tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no lo veo sino los sábados.

Si lo descubre, lo arrojará o lo pone a trabajar…

Y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que un animal de tiro.

Para la Pascua pienso mandarlo a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley…

¡Es el hijo de mi hija!…

–     ¿Me lo confiarías a Mí?…

No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; lo educarán santamente en mi camino…

–     Señor, ¡Desde que he tenido noticia de Tí, lo he deseado!

Al santo Jonás le rogaba – a él, que sabe lo que significa ser de este amo…

Que salvase a mi nieto de una vida y una muerte así…

Jesús pregunta:

–      Muchacho, ¿Quieres venir conmigo?

–      Sí, Señor mío.

Y no te causaré molestias.

–    No se hable más. 

Pedro jala a Jesús de una manga:

–     Pero, ¿A quién se lo vas a dar?

¿También éste a Lázaro?…

–     No, Simón.

¡Hay tantos sin hijos!…

En la cara de Pedro se dibuja el anhelo…

–    También yo…

–    Simón, ya te lo dije…

Tú debes ser padre de todos los hijos que te daré en herencia.

Pero no debes estar encadenado a ningún hijo tuyo. No te entristezcas…

El pobre Pedro hace un esfuerzo muy notorio, por adherirse a la Voluntad de Jesús.

Y dice:

–      Está bien, Señor.

Que sea como Tú quieres.

Y es un héroe al aceptar la Voluntad de Jesús.

–      Será el hijo de mi naciente Iglesia.

¿Te parece bien? De todos y de nadie. 

Nos seguirá y andará con nosotros, cuando lo permitan las distancias.

¿Cómo te llamas muchacho? Ven aquí.

El niño responde con aplomo.

–    Yabé de Juan.

Y soy de Judá.

El anciano confirma:

–   Así es.

Nosotros somos judíos. Yo trabajaba en tierras de Doras en Judea. Y mi hija se casó con uno de éstas regiones.

Trabajaba en los bosques cercanos a Arimatea. Y en este invierno con la inundación, hubo un deslizamiento de tierra …

–     He visto la desgracia…

–     El muchacho se salvó porque esa noche estaba en la casa de un pariente lejano.

–     El niño invocará al Señor.

El Señor lo bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él.

El Señor se lo concederá para consuelo tuyo padre y de los espíritus de los muertos.

Y también  para fortalecimiento de este huérfano.

Y ahora que hemos satisfecho la necesidad del cuerpo y del alma, con un acto de amor por este niño.

Escuchad esta parábola.

Jesús abraza contra Sí al niño y empieza a hablar: 

Había un hombre muy rico.

Sus atavíos eran muy lujosos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa.

Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho.

Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, con una multitud de invitados – todos ricos y por tanto, no necesitados – que adulaban al rico Epulón.  

Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un hombre llamado Lázaro.

Era un pobre mendigo, verdadero indigente; tan mísero era éste cuán rico era el otro.

Pero bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se ocultaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón.

Tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad.

Pero sobre todo, había cumplido el Precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre.

Al declinar la tarde, todos los días iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban.

Se sentaba en el suelo en la calle, junto a la puerta.

Y paciente, esperaba.

Pero si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que lo arrojasen,

porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados.  

Eso decía Epulón.

En realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad, le significaba un continuo reproche.

Más compasivos que él eran sus perros – que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares -,pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas.

Gimoteando de alegría por sus caricias y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas.  

Así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales.

Porque si hubiera sido por Epulón habría muerto,

pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas.

Un día Lázaro murió.

Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie lo lloró.

Es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta.

Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles y en sus últimos estertores, en su casucha fría y desposeída de todo…

Estaban presentes las cohortes celestes, las cuales rutilantes recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos!

Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde estaba la casa,

para ser notados como amigos del grande, por curiosidad o por interés hacia los herederos, se unió al duelo.

El vocerío subió hasta el cielo y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá acaso palabra humana alguna cambiar el juicio de Dios?

¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida?

No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está.

A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas,

hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad…

Elevó la mirada al Limbo de los justos, a ese Limbo que había visto en una exhalación, en un átomo de minuto.

Y cuya inefable belleza recordaba cual tormento, entre atroces tormentos.

Vio arriba a Abraham lejano, pero fúlgido, gozoso…

Y en su seno, también fúlgido y feliz a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, mísero…

¿Y ahora?… ¡Ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad.

Rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando:

“¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro, puesto que no puedo esperar que vengas tú, manda a Lázaro

para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla; porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió:

“Acuérdate hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes y Lázaro todos los males. 

 Y supo hacer del mal un bien,

Mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes.

Por tanto, es justo que ahora él, aquí sea consolado y que tú sufras.

Pero es que además no es posible lo que pides.

Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres… 

Pero cuando a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es – en tu caso, un demonio – inútil es recurrir después a los santos.

Ahora estamos separados.

Las hierbas en el campo están mezcladas, más una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas.

Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y contra el amor.

Nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido.   

Pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían,

ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “¡Ál menos padre santo, manda – te lo ruego -, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos.

Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora…

Ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados.

Y dado que aquí donde estoy vive el odio, ahora he comprendido – por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios – lo que es el Amor.

No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba.

¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué! ¡A decirles que el Infierno existe y que es atroz!

¡Y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándalo, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde!

¡Y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”

A lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó:

¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos, para dirigirles palabras de Verdad.

Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo.

El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece por orden de Dios,

que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola.

Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

Aquí ha vivido verdaderamente conquistando su santidad, el nuevo Lázaro:

Mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en Él espera.

Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo, porque es un santo.

Vendrá si sois siempre buenos.

Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo.

Este es mi pesar.

Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro.  

No odiéis jamás por ningún motivo.

El odio es poderoso en el mundo, pero siempre tiene sus límites.

El amor no tiene límites. Ni en fuerza, ni en tiempo.

Por lo tanto, amad, para poseerlo como defensa y consuelo sobre la tierra y como premio en el Cielo.

Es mejor ser Lázaros que Epulones…  Creédmelo. Buscad la manera de creerlo y seréis felices.

No tengáis en los sufrimientos de estos campos, ni una palabra de odio… Aun cuando los hechos los justificaren.

No interpretéis mal el milagro…  Soy el Amor y no habría castigado…

 Pero al ver que el amor no podía doblegar al cruel Epulón; lo entregué a la Justicia.

Y ésta vengó al mártir Jonás y a sus hermanos.

Vosotros lo sabéis por el milagro; que la Justicia siempre vigila, aunque parezca ausente.

Y que Dios es el Dueño de todo lo creado.

Se puede servir para aplicarla; de los animales pequeños como las orugas y las hormigas; para morder el corazón del cruel y del ambicioso.

Y hacerlo morir con un desbordamiento de veneno que estrangule, en un absurdo ataque de soberbia y de ira…

Os bendigo. A cada aurora rogaré por vosotros.

Y tú padre; no te preocupes más por el corderito que me confías.

Te lo traeré de vez en cuando, para que puedas regocijarte de verlo crecer en sabiduría y bondad; en el camino de Dios.

Será tu cordero de esta pobre Pascua. 

El más agradable de los corderos que se presentarán ante el altar de Yeové.

Yabé, despídete de tu abuelo y luego ven a tu Salvador, a tu Buen Pastor.

¡La paz sea con vosotros!

Los campesinos protestan:

–   ¡Oh, Maestro!

¡Maestro Bueno! Dejarte…

–   Sí. Es doloroso.

Pero no sería bueno que el vigilante os encuentre.

Vine a propósito hasta aquí para evitaros castigos.

Obedeced por amor del Amor que os aconseja.

Los desventurados se levantan con lágrimas en los ojos y se van a su cruz…

Jesús nuevamente los bendice.

Y luego, con la mano del niño en la suya y con el hombre de Endor en el otro lado; regresa a la casa de Miqueas.

Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.

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161 RESURRECCIÓN EN NAÍM


161 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús.

No es muy grande pero está bien construida. La rodea una muralla, 

Se asienta sobre una colina derivada del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fértil llanura abierta hacia el noroeste.

Para llegar a ella viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán.

Que desde aquí ya no se ve, pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el este.

Jesús avanza en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos.

Tras El van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: 

Unos doscientos metros, no más.

Ya está avanzada la mañana y las puertas de la ciudad están abiertas.

Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad,

se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros.

Es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido,

ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras, un cortejo fúnebre.  

Los habitantes de Endor, se precipitan a la puerta, para mirar…

Algunos apóstoles preguntan:

–     ¿Vamos a ver, Maestro? 

Jesús acepta diciendo: 

–     Bueno, vamos.  

Judas dice a Juan:

–     Debe ser un niño…

¡Fíjate cuántas flores y cintas hay sobre el lecho fúnebre!   Juan responde:

–     O quizás una virgen.  

Bartolomé niega:

–     No.     

Sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto.

Además faltan los mirtos…

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad.

No es posible ver lo que hay en la litera, que va en alto, cargada sobre los hombros…

Sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana.

Y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la camilla.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes, camina llorando.

Es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras.

Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la litera sufre una violenta oscilación,

la madre gime:

–     ¡No, no, despacio!

¡Mi niño ha sufrido mucho!

Y levantando una de sus temblorosas manos, acaricia el borde de la camilla. 

–     ¡Más no puede!

Y besa los ondeantes velos y las cintas que el viento agita, acariciando la figura inmóvil. 

Pedro, a punto de llorar,

exclama con aflicción: 

–     Es la madre.  

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja:

Al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos.

Todos, todos están conmovidos.

Judas dice en voz baja:

–     ¡Si fuera yo…!

¡Pobrecilla de mi madre…!  

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible,

Se dirige hacia la camilla.

La madre, sollozando ahora más intensamente,

porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto.  

Con un impulso incomprensible –¡Quién sabe de qué tiene miedo!- aparta con violencia a Jesús.

Al ver su ademán de tocar la camilla.

Y mirándolo con ojos delirantes por el dolor.

 grita:

–    ¡Es mío!  

Jesús responde:

–     Ya sé que es tuyo, madre.

–     ¡Es mi único hijo!

¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?:

¿Por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda?

¿Por qué?… 

La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre,

que continúa:

–     ¿Por qué él y no yo?

No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre.

El fruto debe vivir, porque, si no, ¿Qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?

Con violencia y desesperada, se golpea el vientre.  

Jesús le toma las manos,

diciendo:

–     ¡No, así no!

¡No llores, madre!

Se las aprieta fuertemente, sujetándolas con su mano izquierda, mientras con la derecha toca la camilla,

y dice a los que la llevan:

–    Deteneos.

Poned en el suelo la camilla.

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús agarra la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, con el nombre de su hijo:

–     ¡Daniel!

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas.

Se yergue imponente, con su mirada centelleante en su rostro,

que es la expresión de los milagros más poderosos.

Y bajando la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz:

–     Jóven, Yo te lo mando: ¡Levántate!

Después de unos segundos impactantes…

El muerto envuelto en las vendas, se incorpora.

Se sienta en la camilla,

y dice:

–   ¡Mamá!…

Es el grito de un niño aterrorizado.

Jesús, soltándo las manos de la madre,

dice:

–    Es tuyo, mujer.

Te lo devuelvo en el Nombre de Dios.

Ayúdale a quitarse el sudario. Sed felices.

Jesús trata de retirarse.

Pero no lo dejan.

La multitud lo aprisiona junto a la camilla.

A donde la madre se ha arrojado, gesticulando entre las vendas, para quitarlas lo más pronto posible.

Mientras se oye una y otra vez la voz implorante:

–    ¡Mamá! ¡Mamá!…

Ella ha quitado el sudario y las vendas

Madre e hijo se abrazan.

Sin tomar en cuenta las capas de bálsamo pegajoso, que la madre retira de la cara, de las manos…

Con las mismas vendas.

Y luego, no teniendo con qué vestirlo de nuevo, se quita el manto y con él lo envuelve.

Y todo sirve para acariciarlo, con inmenso amor…

Jesús los mira.

Observa a esta pareja que se abraza llena de amor, estrechándose sobre la orilla de la camilla…

Que ha dejado de ser fúnebre.

Y viendo en el tiempo, contempla una escena similar y a la vez muy diferente…

Que sucederá en un futuro no muy lejano…

Y sus ojos se llenan de lágrimas.

Judas de Keriot ve este llanto y pregunta:

–     ¿Por qué lloras, Señor?

Jesús voltea su rostro,

y dice:

–    Pienso en mi Madre…

Esta breve conversación hace que la mujer se vuelva hacia su Bienhechor.

Toma por la mano al hijo, lo levanta.

Ella se arrodilla,

y dice:

–    También tú, hijo mío.

Bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre.

Y se inclina a besar la orla del vestido de Jesús.

Mientras que la multitud prorrumpe en hosannas a Dios y a su Mesías;

porque los apóstoles y los vecinos de Endor, lo han propalado así.

Toda la multitud grita:

–   ¡Sea Bendito el Dios de Israel!

–    ¡Bendito el Mesías, su enviado!

–    ¡Bendito Jesús, Hijo de David

–   ¡Un gran profeta ha nacido entre nosotros!

–    ¡Dios ha visitado realmente a su Pueblo!

–    ¡Aleluya! ¡Aleluya!…

Finalmente Jesús puede escabullirse y entrar en la ciudad.

La multitud lo sigue.

 Lo persigue, con amor exigente.  

Le sale al paso un sacerdote que se inclina profundamente,

y lo saluda:

–    Te ruego que te quedes en mi casa.

Jesús objeta:

–     No puedo.

La Pascua me impide que me detenga fuera de lo establecido.

Dentro de pocas horas llegará el atardecer y hoy es Viernes.

Por esta razón debo llegar antes del crepúsculo a mi próxima etapa. Te doy las gracias como si me quedase. No me retengas.

–    Soy el sinagogo.

–    Hombre, hubiera bastado con que me tardase una hora…

Para que aquella mujer no hubiese recuperado a su hijo.

Voy a donde otros infelices me están esperando. No retardes su alegría, por egoísmo.

Otra vez regresaré y me hospedaré contigo en Naím, por algunos días.

Te lo prometo. Ahora déjame ir.

El hombre no insiste más.

Se limita a decir:

–    Lo has dicho.

Te espero.

–    Sí.

La paz sea contigo y con los habitantes de Naím.

Y volviéndose hacia la comitiva que venía con él,

agrega:

–    También a vosotros los de Endor.

Regresad a vuestras casas.

Dios os ha hablado a través del milagro.

Haced que en todos vuestros corazones, por la fuerza del amor; haya otras tantas resurrecciones.

Hay una última, unánime, exultación de la multitud.

para después dejar a Jesús que continúe su camino.

Y Jesús atraviesa diagonalmente la ciudad …

Y sale hacia los campos, en dirección al Esdrelón.

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154 EL LOBO FERÓZ


154 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Pedro no vuelve hasta la mañana siguiente.

El regreso es más sereno que la partida, porque no ha encontrado sino buena acogida en Cafarnaúm.

Y en la ciudad ya no están ni Elí ni Joaquín.  

Pedro dice: 

–     Deben ser ellos los del complot. 

He preguntado a unos amigos que cuándo se habían marchado.

Y he comprendido que habían ido a visitar al Bautista como penitentes y no habían vuelto.

Y creo que no volverán tan pronto, ahora que he dicho que estaban presentes durante el arresto…

Ha producido revuelo este arresto del Bautista.

Y me las ingeniaré para que lo sepan hasta los mosquitos.

Es nuestra mejor arma.

He visto también al fariseo Simón…

Bueno… si es como se me ha presentado, su actitud me parece buena.

Me dijo, remarcando las palabras:

“Aconséjale al Maestro que no siga el curso del Jordán por el valle occidental.

Es más segura la otra parte”.

Y terminó:

“Yo no te he visto, no he hablado contigo. Recuérdalo.

Obra en consecuencia, por el bien mío, tuyo y de todos. Di al Maestro que soy amigo suyo”.

Y miraba hacia arriba, como si estuviera hablándole al viento. 

Siempre – incluso cuando hacen cosas buenas – son falsos y…

Y… bueno, digo “extraños” para que no me reprendas.

Eso sí… fui a dar un toquecito al centurión…

Así… diciendo: “¿Está bien tu siervo?”.

Y habiéndome sido confirmado, respondí:

–    “¡Menos mal! Pues estáte atento a tenerlo sano, porque están al acecho del Maestro.

Ya han tomado prisionero a Juan el Bautista…”.

El romano lo ha cazado al vuelo. ¡Es sagaz!

Me respondió:

–   Dondequiera que haya una enseña, estará protegido.

Y habrá quien recuerde a los israelitas que bajo el signo de Roma no se permiten complots, so pena de muerte o cárcel”.

Son paganos… pero lo habría besado.

¡Me gusta la gente que comprende y que hace! Así que podemos ir.  

Jesús dice: 

–     Vamos.

Pero no hacía falta todo esto.

–     ¡Hacía falta, hacía falta!

Jesús se despide de la hospitalaria familia que lo ha acogido

Así como también del neodiscípulo, al cual parece que le ha dado instrucciones.

De nuevo están solos el Maestro y sus apóstoles.

Van andando por la campiña fresca, por un camino que ha tomado Jesús.

No sin estupor de Pedro, que quería tomar otro distinto:

–     Nos alejamos del lago…

–     Llegaremos de todas formas a tiempo, para lo que debo hacer.

Los apóstoles ya no hablan más.

Se dirigen hacia un pequeño poblado, un puñado de casas perdido en la campiña.

Se oye un vivo cascabeleo de rebaños que van a pacer a los montes.

Habiéndose detenido Jesús para dejar pasar a un rebaño numeroso…

Los pastores se lo señalan unos a otros y se reúnen en grupo.

Se consultan unos a otros, pero no se atreven a más.

Es Jesús quien elimina irresoluciones e incertidumbres atravesando el rebaño.

Que se ha detenido a pacer en el abundante pasto. 

Va derecho a acariciar a un pastorcito.

Que está en el centro de la lanuda aglomeración de ovejas y balidos.

Le pregunta: 

–     ¿Son tuyas?

Bien sabe Jesús que no son del niño,

pero lo que quiere es que hable.

–     No, Señor; estoy con aquéllos.

Los rebaños son de muchos dueños.

Nos hemos unido por los bandidos.

–     ¿Cómo te llamas?

–     Zacarías, hijo de Isaac.

Pero mi padre se murió.

Yo sirvo porque somos pobres y mi madre tiene a otros tres más pequeños que yo.

–     ¿Hace mucho tiempo que murió?

–     Tres años, Señor…

Y desde entonces no he vuelto a reír porque mi madre llora continuamente…

Y yo ya no tengo a nadie que me acaricie…

Soy el primogénito, y la muerte de mi padre, siendo todavía un niño, me ha hecho hombre…

No debo llorar, sino ganar… Pero, ¡Qué difícil es!

Efectivamente, descienden ahora también las lágrimas por esa carita demasiado seria para su edad.

Entretanto, los pastores se han acercado.

Y también los apóstoles.

Un grupo de hombres en medio de un bullir de ovejas.

–     Tienes padre, Zacarías.

Tienes un Padre santo en el Cielo y te ama siempre, si eres bueno.

Y tu padre no te ha dejado de querer, porque está con Abraham, en su seno.

Debes creerlo y por esta fe, debes ser cada vez mejor.

Jesús habla con dulzura mientras acaricia al niño.

Uno de los pastores, intrépido,

pregunta:

–     Eres el Mesías, ¿No es verdad?

–     Sí, lo soy.

¿De qué me conoces?

–     Sé que estás por Palestina y que pronuncias palabras santas.

Por esto te reconozco.

–     ¿Vais lejos?

–     A las montañas altas…

Llega el calor… ¿No nos vas a hablar?

Allá en las cimas, donde estamos, hablan sólo los vientos.

Y algunas veces el lobo haciendo una carnicería, como en el caso del padre de Zacarías.

Hemos estado deseando verte todo el invierno, pero no te hemos encontrado nunca.

–     Venid conmigo a la sombra de esa arboleda.

Voy a hablaros.

Jesús va a la cabeza, llevando de la mano al pastorcillo.

Acaricia con la mano libre a las corderas, que balando, levantan el morro.

Los pastores reúnen el rebaño a la sombra del soto maderable.

Y mientras las ovejas se acueclan y rumian o pacen y se restriegan contra los troncos,

Jesús habla.

–     Habéis dicho: “Allá en las cimas, donde estamos, hablan sólo el viento.

Y algunas veces el lobo haciendo una carnicería.

Lo mismo que sucede allá en las cimas sucede en los corazones por obra de Dios, del hombre y de Satanás.

Por tanto, allá arriba podéis tener lo mismo que tendríais en cualquier parte.

¿Tenéis suficiente conocimiento de la Ley como para saber sus Diez Mandamientos?

¿Tú también, niño? ¿Sí?

Pues entonces ya sabéis suficiente.

Si practicáis fielmente cuanto Dios ha mandado, seréis santos.

No os quejéis de estar lejos del mundo, porque ello os preserva de mucha corrupción.

Dios no está lejos de vosotros, sino más cerca, en esa soledad donde habla su Voz en el viento que Él ha creado.

O en las hierbas y las aguas… más cerca que no entre los hombres.

Este rebaño os enseña una gran virtud, es más, muchas grandes virtudes:

Es manso y obediente.

Se conforma con poco y agradece lo que tiene.

Sabe amar a quien lo cuida y reconocer a quien lo quiere.

Haced vosotros lo mismo, diciendo:

“Dios es nuestro Padre; nosotros, sus ovejas. Su ojo vela por nosotros. Nos tutela.

Nos concede no lo que es fuente de vicio, sino lo que es necesario para la vida”.

Y mantened lejos de vuestro corazón al lobo, que representa a los hombres malos.

Que tal vez os instigan y seducen a malas acciones por orden de Satanás.

Y al mismo Satanás, que os tienta para que pequéis y así despedazaros.

Vigilad. Vosotros, pastores, conocéis las costumbres del lobo.

Tan astuto es él como sencillas e inocentes son las ovejas.

Primero observa desde lo alto las costumbres del rebaño…

Luego se acerca despacio, deslizándose entre los matorrales.

Para no llamar la atención, permanece inmóvil en posiciones pétreas:

¿No parece, acaso, un bloque de piedra que ha rodado hacia abajo para caer entre las matas?

Pero luego, una vez que se ha asegurado de que nadie vigila, salta y apresa con sus dientes.

Lo mismo hace Satanás:

Os vigila para conocer vuestros puntos flacos…

Merodea alrededor de vosotros, parece inocuo, ausente, atento a otras cosas.

Cuando en realidad os está vigilando.

Luego de repente, salta para arrastraros al pecado…

Y alguna vez lo consigue.

Pero tenéis cerca a un médico y a un ser compasivo:

Dios y vuestro ángel.

Si os habéis herido, si habéis enfermado, no os separéis de ellos… 

Antes bien, llorando, elevad a ellos vuestro grito de ayuda.

Dios perdona al arrepentido, vuestro ángel está dispuesto a suplicar por vosotros y con vosotros a Dios.

Amaos entre vosotros y amad a este niño.

Todos os debéis sentir un poco padres de este huérfano.

Que la presencia de un niño entre vosotros modere vuestras acciones,

con el freno santo del respeto hacia los niños.

Y que vuestra presencia a su lado supla lo que la muerte le ha arrebatado.

Hay que amar al prójimo.

Este niño es el prójimo que Dios os confía de manera especial.

Educadlo bueno y creyente, honesto y sin vicios.

Vale mucho más que una de estas ovejas.

Pues bien, si cuidáis de ellas porque son del patrono y os castigaría si las dejaseis morir.

¡Cuánto mayor habrá de ser vuestro cuidado…

Para con esta alma que Dios os confía por Él mismo y por el difunto padre!

Muy triste es su condición de huérfano, no la agravéis aprovechándoos de su tierna edad…

Y de su orfandad para avasallarlo.

Pensad que Dios ve las acciones y las lágrimas de todos los hombres… 

Y todo lo tiene en cuenta para premiar y castigar.

Y tú, niño, recuerda que nunca estás solo.

Dios te ve, y también el espíritu de tu padre.

Cuando algo te turbe y te proponga hacer el mal, di: “No, no quiero la eterna orfandad”.

Huérfano para siempre serías, en efecto, si condenaras tu corazón con el pecado.

Sed buenos.

Yo os bendigo para que todo el bien os acompañe.

Si siguiéramos el mismo camino, continuaría hablando todavía mucho.

Pero el sol ya va estando alto y tenéis que partir.

Y Yo también:

Vosotros, a resguardar de este fuego a las ovejas.

Yo, a apartar de otro fuego más tremendo a algunos corazones.

Orad para que vean en Mí al Pastor.

Adiós, Zacarías. Sé bueno.

Paz a vosotros.

Jesús besa al pastorcito y da su bendición.

Y mientras el rebaño se encamina lentamente, Él lo sigue con la mirada.

Para volver luego a su camino.  

Judas pregunta: 

–     Has hablado de apartar a los corazones de otro fuego…

¿A dónde vamos? 

–     Por el momento a aquel sitio con más sombra, donde está aquel riachuelo.

Comeremos allí.

Luego sabréis a dónde vamos.

25 LA PASIÓN DE JOSÉ


25 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

José pide perdón a María.  

Fe, caridad y humildad para recibir a Dios. Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro.

La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.

Así, veo el huertecillo de Nazaret.

María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen con su redondez y color rosado, carrillos de niño.

Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara.

En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral.

Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado.

No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.

Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana.

Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento.

Y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro cobrizo.

De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos.

Se oye sólo el murmullo del arroyuelo que va a un pilón del fondo del huerto.

María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir.

A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está.

María mira con ojos que escrutan tristemente; José, con ojos que parecen suplicar. Guardan silencio, mirándose.

María rompe el silencio:

–     ¿A esta hora, José?

¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven. José entra y cierra la puerta.

Todavía guarda silencio.

–     Habla, José. ¿Qué deseas de mí? 

Con una voz ronca por el llanto contenido,

José dice:

–     Tu perdón – José se curva como si quisiera arrodillarse.

Pero María, siempre tan reservada al tocarlo, lo agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente rojo, ora de nieve como antes.

María responde:

–     ¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José.

No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia y el amor que me tienes.

José la mira.

Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de sus ojos profundos, permanecer como en el borde de un recipiente, para luego deslizarse por las mejillas y por la barba.

–     Perdóname, María.

He desconfiado de ti. Ahora veo. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad.

He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo…

–     ¡Oh, no, no has faltado!

–     Sí, María.

19. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 20. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. 21. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Mateo 1

Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú..

No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María.

El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido… tres días de suplicio… perdóname, María.

–     No tengo nada que perdonarte.

Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado.

–     ¡Oh, dolor sí que fue!

¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!

Pero, María, ¿Por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera.

María le pone su mano en la cabeza, y sonríe. Parece como si lo absolviera.

Dice:

–     Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre.

Y además no he hecho sino obedecer… Dios me pidió esta obediencia… Me ha costado mucho,. por ti, por el dolor que te produciría… pero, tenía que obedecer.

Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan José, aunque provoquen lágrimas de sangre.

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo.

Entonces, levanta la cabeza y — es la primera vez que le veo hacer este gesto — aprieta las manos de María entre las suyas, oscuras y fuertes.

Y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

–     Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que… 

José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura…

Y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa

–     Habrá que actuar rápidamente.

Yo vendré aquí… Cumpliremos la ceremonia de la boda… La próxima semana. ¿Te parece bien?

–     Todo lo que tú haces está bien, José.

Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva.

–     No. Yo soy tu siervo.

Yo soy el devoto siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes.

Y después… ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir…

¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios?

¡Moriré de gozo!… ¡Jamás podré osar tocarle!….

–     Podrás, como yo, por gracia de Dios.

–     Pero tú eres tú.

¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!….

–      Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios.

Viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos.

Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado.

Y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres.

Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan…

¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “¡Padre y Madre!” ¡Oh!….

María llora de alegría; ¡Un llanto tan feliz…!

Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

Dice María: 

Que nadie interprete erróneamente mi palidez.

No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José.

Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad.

Cuando le vi, por este motivo, la sangre se me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad, habría podido ofender a la Justicia.

Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta — él, que no la cometía nunca — me hubiera producido un dolor supremo.

Aunque breves numéricamente, los tres días de la pasión de José fueron de tremenda intensidad.

Como también la mía, esta primera pasión mía.

En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarlo en modo alguno, por obediencia al decreto de Dios que me había dicho: “¡Guarda silencio!”.

¡Ay, y, llegados a Nazaret, cuando lo vi marcharse, tras un lacónico saludo, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo,

y no volver por la tarde como solía hacer, os digo, hijos, que mi corazón lloró con grandísima aflicción!

Sola, encerrada en mi casa, en la casa en que todo me recordaba el Anuncio y la Encarnación, y donde todo me recordaba a José, desposado conmigo en intachable virginidad,

tuve que resistir contra el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, tener esperanza.

Y orar, orar, orar, y perdonar, perdonar, perdonar, la sospecha de José, su movimiento interior de justa indignación.

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar, para obtener que Dios intervenga en favor nuestro.

Vivid también vosotros vuestra pasión, merecida por vuestras culpas. Yo os enseño a superarla y convertirla en gozo.

Esperad sin medida, orad con confianza, perdonad para ser perdonados; el perdón de Dios será, hijos, la paz que deseáis.

Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite — como he dicho a José — no habría merecido llevar en mí a Aquel que,

para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a Sí Mismo hasta la humillación de ser hombre.

Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada,

de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe.

José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno

y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor.

No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera.

Él vivía la Ley, y la Ley dice: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿Por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta.

Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad.

Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”.

Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”?

Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros— cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos.

¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.

Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos.

Él tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita,

porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios lo quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor.

¡Permaneced en la sombra y en el silencio, oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen,

para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!

¡Oh, Luz beatísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti,

sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman.

Por ahora no os digo nada más.

Hasta pasado el triunfo pascual, silencio. Es la Pasión (esta revelación se la dio Dios a María Valtorta en Semana Santa).

Sed compasivos para con vuestro Redentor. Oíd sus quejidos, contad sus heridas y sus lágrimas, cada una de las cuales fue vertida por vosotros, fue padecida por vosotros.

Desaparezca cualquier otra visión ante esta que os recuerda la Redención que por vosotros se ha cumplido.

SAN JOSE, CUSTODIO Y PROTECTOR DE LA IGLESIA

MI PROJIMO 2


Había comenzado ya la Cuaresma.

El Jueves muy temprano desperté oyendo carcajadas y mucha algarabía, en la terraza del huerto que estaba, justo debajo del balcón de mi habitación.

Así que me levante, me aseé y decidí averiguar el motivo de la fiesta. Cuando pasé por la cocina, me enteré que mi madre había llegado de visita…

Y por ese motivo, habían decidido servir el almuerzo en la terraza que estaba llena de equipales y servía para las comidas informales.

Cuando llegué, estaba toda la familia reunida…

Y un escalofrío me recorrió, al ver el entrecejo fruncido de mi madre, que era lo que más temía. 

Era evidente que estaba bastante contrariada y para variar, yo era el motivo de su disgusto. 

Suspiré resignada y me dispuse  a que me llovieran los reproches.

La saludé con un beso y tomé el asiento que más alejado estaba de ella.

De esta forma quedé en medio de dos de mis cuñados; los que NO disimulaban para nada, la tremenda diversión que estaban disfrutando…

Desde que me convertí y por la manera en que Jesús me guiaba para hacer su Voluntad, mi madre estaba muy resentida de lo que llamaba mi rebeldía para obedecerla…

Y que echaba por la borda, la esmerada educación que me había dado.

En realidad su malestar comenzó cuando Jesús me convirtió en su apóstol y me llevó a misionar a las iglesias que estaban en el selecto grupo social al que pertenecíamos.

Los problemas de incredulidad, recrudecían la resistencia a la aceptación del Evangelio como Jesús me lo estaba enseñando…

Y yo lo estaba conociendo y testimoniando ahora.  

En las pruebas y el dolor alaba a Dios, no importa cuán difícil sea lo que estás pasando… ALABA A DIOS, Él te dará su bendición…

Jesús me había dicho:

“Te he traído a estas parroquias, para que les enseñes a conocerMe a los más pobres entre los pobres; porque lo Único que poseen es dinero y mucha soberbia.” 

Y mientras Satanás hacía talco mi prestigio y destruía mi ego…

Yo intentaba obedecer la Voluntad de Dios, en medio de las constantes pruebas que me estaban acrisolando.

Porque al Dolor lo había convertido en un maestro… Y es bien sabido que lo que NO te mata, te fortalece.

Para mi madre, esto era imposible de entender y sólo veía las actitudes autodestructivas mías (así lo consideraba ella)

Y con las que estaba consumando un suicidio social.

“Cuando la desesperación me quiere arrollar, a veces tiro la toalla al piso, Dios la toma y la coloca en mis manos. Y me dice: NO OLVIDES QUE ESTA LUCHA ES DE LOS DOS…”

Ella NO entendía que al enamorarme de Dios, mi vida ya giraba en torno a Él.

Era lo más importante de mi vida y ya NO tomaba en cuenta para nada, lo que el Mundo pudiera pensar de mí.  

Y esto había sido una penosa confrontación con las ideas que mi madre tenía sobre la forma que debíamos llevar la religión…

Cómo la habían llevado los españoles a nuestro país y  se había practicado por siglos. SIN CARISMAS ESCANDALOSOS, por favor

Después que yo conocí a Dios en la Renovación Carismática; cuando viví la Unción del Bautismo del Espíritu Santo y experimenté mi propio pentecostés…

Cambió mi vida…

Y mi madre estaba convencida que también la religión, yo la había revolucionado por completo…

Afirmando en muchos la idea de que me había vuelto loca de remate.

Pero el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

Y ni modo. Si por amar a Jesús tenía que soportar el estigma de la Locura de la Cruz, (1 Cor. 2,14) decidí que ESE sería el menor de mis problemas.

A la Única Persona que me importaba agradar era a la Santísima Trinidad…

Y mientras yo estuviera satisfecha con mi propia opinión de mí misma, eché al cubo de la basura todo lo demás. 

Así estaban las cosas, aquel primer Jueves de Cuaresma…

Apenas había empezado a probar el desayuno, cuando ella me preguntó:

–     ¿Fuiste a tomar ceniza o también la Cuaresma la vas a modificar con tus locuras?

Traté de apaciguarla:

–          Mamá por favor…

Su ceño se frunció más y prosiguió implacable:

–        Digo esto, porque ya que me ha sido imposible convertirte en una verdadera dama…

Ahora también me entero que eres la Cantinflas’ con faldas del Reino Celestial y has perdido por completo toda compostura…

Me atraganté con el chocolate y pensé angustiada: ¿A qué se refiere?

Mi desconcierto era tan patético, que otro de mis cuñados vino en mi auxilio.

Y le dijo a mi sobrina Aracely, que estaba sentada junto a mi madre:

–    Hijita, platícale a tu tía lo que nos estabas contando a nosotros…

Un nuevo escalofrío me estremeció de pies a cabeza. ¡Oh NO!

A pesar de todos mis esfuerzos, mi madre siempre se enteraba de todo lo relacionado conmigo…

Y pensé aterrorizada en lo que diría, después de mi última aventura con Jesús…

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios…”

Y cuánta más limpieza que la inocencia infantil…

La niña destellaba el regocijo en su precioso rostro, mientras empezó a detallar la experiencia que había vivido…

Y mi sobrinita de cinco años, dividió su relato en Dos Películas sobrenaturales.

La primera la disfrutó en el salón de juegos, donde refirió a los diablos con la rosa en la boca y que no podían hablar.

También describió a los que salieron huyendo después…

Que estaban como electrocutados y parecía que hubieran salido del remolino de una licuadora. Caminaban como ebrios y estaban bastante maltratados. (Fueron a los que obligué a que entraran en mí)

Y fue en ese preciso momento que una de mis hermanas, la anfitriona y que participaba en el grupo de la parroquia, bautizó a esa oración como la de la Aspiradora…

Porque dijo que exactamente así era como funcionaba.

Con su lenguaje infantil y lleno de inocencia, Aracely enseguida relató como todos los Demonios tomaron la determinación de ir a quejarse contra mí, hasta el Cielo…

Para que Dios corrigiese todo…  Y me pusiese en mi lugar.

Mi otro cuñado de los que estaban junto a mí,  

concluyó:

–          ¡Pobres diablos!

Quien te viera cuñadita, convertida en el Azote del Infierno. Ya decía yo que a ti hay que tratarte con mucho cuidado.

NO sólo eres estupenda jinete, también sabes manejar a quién Nadie se atrevería a enfrentar… 

Y todos agregaron sus propios comentarios, bromeando y divirtiéndose a mis costillas.

Mi madre se limitó a decir:

–          ¿De verdad NO sientes miedo por tanto atrevimiento?

Traté de educarte para ser una gran dama y lo acabaste de arruinar ahora, con tus desvaríos de ninja vengadora con Satanás.

La miré con desconsuelo y NO respondí.

Porque viéndolo fríamente, NI siquiera yo lo comprendía.

Entretanto, mi sobrinita continúo con lo que había vivido como un sueño la noche anterior.

Era la segunda película.  Esa la describió en el Cielo y lo hizo de esta manera:

Que el Cielo es una ciudad bellísima y hay un estadio muy grande.

Que también hay un castillo hermosísimo y tiene unas oficinas donde Dios trabaja, moldeando los destinos de cada ser humano.

Que por un lado del Cielo hay un túnel de cristal transparente, por donde entran los que van a presentarle peticiones o quejas al Señor. 

Y cómo yo también veía con el Don de Ciencia Infusa, lo que ella con su lenguaje infantil describía, supe claramente lo que trataba de decir…

Y pude complementar perfectamente lo que le faltaba…

Que unos soldados vestidos como generales de un ejército (oficiales nazis),

van y presentan quejas contra los cristianos que oran y ayunan… Puntualizando sus fallas en las peticiones que presentan…

Porque les están causando demasiados estragos.

Que el Padre Celestial preside los juicios contra ellos… Y dicta las sentencias.

En esos juicios, hay muy poquita gente.

Pero luego hubo un alboroto muy grande…

Y todos estaban avisando que me iban a enjuiciar a mí y se llenó el estadio.

Que parece que NO es la primera vez que me enjuician…

Y me he convertido en un personaje muy popular. (Tal vez por esto lo de Cantinflas con faldas)

Por el túnel transparente iban todos los diablos vestidos como participantes del Carnaval…

Y provocaron la admiración y las risas de todos, especialmente los niños.

Los ángeles trataban de disimular su diversión y su asombro. Y se obligaron a NO reirse.

Y que algunos habitantes del Cielo exclamaron: ¡Cuánta Imaginación!  

Que todos los niños se revolcaban de risa y nadie quería perderse mi juicio.

Que había un tribunal como se ve en las series de televisión…

Y que la Virgen María, Jesús y mi Ángel de la Guarda eran mis abogados defensores.

Que el Juez era el Padre Celestial, tiene una imponente Majestad y una Personalidad tan impactante,

que nos doblega en una reverencia automática y una adoración absoluta.

Todos los demás estábamos muy serios y espectantes…

Un detalle que llamaba mucho la atención, era que yo parecía una niña muy pequeña;

porque me veía como en mi fotografía de la primera comunión. (Tenía 7 años)

Y el Juicio comenzó.

Lucifer era el Fiscal…

Aunque estaba vestido con una falda hawuiana…

Se comportó con su soberbia de siempre.

Empezó diciendo que estaba muy agraviado porque yo había violado el Mandamiento del Amor y NO lo respetaba como mi prójimo.

Que había cometido abuso de la autoridad y había hecho uso excesivo del Poder, en su perjuicio.

Además había sido muy prepotente al humillarlo de tan tremenda forma.

Estaba enojadísimo y le dijo al Padre Celestial:

–          “¡Mira cómo nos dejó! ¡Quítanos esto!”

Y Aracely describía con lujo de detalles las vestimentas que lucían y lo graciosos que se veían.

Mientras esto sucedía al imaginarlos… 

Todos estaban desternillados de risa.

Era una verdadera fiesta de carcajadas a mis costillas…

Y hasta en mi madre sorprendí el destello de una sonrisa.

Mientras  tanto yo me encogí en el equipal y deseaba que la tierra me tragara.

El Padre Celestial me preguntó que si tenía algo qué alegar en mi defensa…

No pronuncié una palabra.

Entonces intervino la Virgen, luego Jesús, mi ángel de la Guarda y también el Espíritu Santo habló en mi defensa.

Yo permanecí en silencio y muy atenta. No había en mí, el menor rastro de miedo o de culpabilidad.

Satanás manifestó todos sus argumentos y solicitó la pena máxima, por mis trasgresiones a todos los Mandamientos del Amor… 

El Padre Celestial me miró con infinita ternura, pero NO abandonó su seriedad y tampoco me reprochó nada.

Al final, el Padre Celestial les dijo que Él NO podía hacer nada, porque yo había decretado que solamente yo podía revertirles el castigo. 

Además cuando pidieron permiso para zarandearnos, Él les advirtió que se atuvieran a las consecuencias… 

Porque Él me conocía y sabía que yo no me iba a quedar de brazos cruzados.

Pero que ellos hicieron caso omiso a esa advertencia.

Así que NO había nada que hacer, hasta que yo misma decidiera una resolución adversa.

Al contrario de lo que pudiera esperarse, esta sentencia me llenó de angustia y mi inquietud aumentó.

ORGULLO GAY

Los Demonios NO podían creer lo que había sucedido.

Protestaron ruidosamente, pero el Padre Celestial disolvió la Asamblea…

Y ellos tuvieron que irse, más enojados todavía.

Quedaron como yo los había dejado y… 

 Mientras regresaban por el túnel, en el Cielo había una gran algarabía…

Los ángeles empezaron a cantar y el Cielo se llenó de Alabanzas…

En mi familia había comentarios diversos y todos los expresaban según su sentir.

Yo ya NO los oía.

Cuando el relato de la niña terminó, yo me sentía muy incómoda.  Ni siquiera había desayunado.

Mi sobrinita me preguntó:

–      Tía, ¿Qué vas a hacer con tu prójimo?

” MI PRÓJIMO”…

Sentí como un puñetazo en el estómago y respondí apurada:

–      Después te lo digo corazón, ahorita NO lo sé…

Me levanté casi sin haber tocado el delicioso platillo; pues no pude comer una de mis comidas favoritas: chilaquiles con pollo y frijoles refritos.

Llevé mi plato a la cocina y me retiré a mi recámara.

Estuve varias horas pensando en todo lo que había sucedido…

La mirada del Padre Celestial era la que más me avergonzaba, porque yo lo adoro.

Lamentaba mi deplorable carácter y sentí en mi corazón que esta vez, había hecho algo verdaderamente mezquino.

Me urgía hablar con Jesús.

Me arrodillé y empecé mi Oración Personal.

Jesús se presentó dulce y maravilloso como siempre…

Y yo le relaté todo, como si Él no supiera nada.

Finalmente le pregunté:

–       Señor, ¿Todas esas acusaciones tenían fundamento?

¿Realmente violé todo lo que me acusaron?

30. y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. 31. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Marcos 12

Jesús suspiró y dijo:

–      Sí. Lo hiciste.

Y yo me defendí argumentando Defensa Propia:

–        Pero él se lo buscó.

Se lo advertí muchas veces y NO me hizo caso. Además estuvo abusando de su fuerza y quería matarnos.

¿Cómo se atreve a acusarme si él es el Culpable de todas las desgracias de la humanidad? Alega ser mi prójimo…

¿Y las violaciones que él comete contra nosotros, NO cuentan?

Sentí como el Amor Infinito de Jesús me invadía y me rodeaba, mientras me contestaba con una gran dulzura;

–         La Justicia de Dios equilibra todo.

Nadie puede ejercerla por sí mismo

Ustedes sólo deben obedecer el Supremo Mandamiento del Amor y estar dentro de la Voluntad de Nuestra Santísima Trinidad.

Suspiré con enorme desaliento. Esto NO contribuyó a que me sintiera mejor.

Sentía en mi pecho un profundo dolor que me ahogaba…

NO podía concebir en donde había fallado…

Pero había una sola verdad: yo me sentía muy mal…   Y la más miserable de todas las creaturas.

Si el Padre Celestial al que yo amaba tanto, NO me había reprochado nada…

¿Por qué me sentía tan mal?

Aunque NO había pronunciado una palabra…

Jesús me dijo:

–       Cuando actuaste contra el Amor, te heriste a ti misma…

Grandioso, era una aclaración, pero eso NO mejoraba el asunto.

Revisé mentalmente todo lo que había sucedido y recordé algunas enseñanzas que había recibido.

Pensé: “Por eso Jesús dice que todo lo hagamos en el bien.

El simple deseo o la expresión de malos pensamientos hacia los demás, se convierten en realidad

porque la Presencia de Dios en nosotros, les da un PODER descomunal.”

“Por eso Satanás influye tanto en que siempre estemos llenos de rencor, de sentirnos superiores y de Odio,

PARA QUE MALDIGAMOS Y BLASFEMEMOS.”

Cuando actuamos así, nos convertimos en Generadores de Maldad.

Entonces Jesús me introdujo en su Corazón e hizo que viera mi última confrontación con Satanás a través de Él.

Era como David y Goliath, pero al revés…

Yo era Goliath e hice con Satanás un puré de papas.

Y de manera increíble sentí una inmensa compasión por Satanás.

Estuve contemplando el Infinito Sufrimiento que lo invade por haber perdido a Dios… 

y ESO es lo que lo impulsa a actuar con un Odio mortal contra nosotros.

Nos tiene una Envidia Feróz, porque nosotros SÍ tenemos la Promesa de regresar al Cielo. 

Y por eso emplea todos sus recursos, para IMPEDIR que lo logremos.

Al mismo tiempo pude ver mi Gran Pecado contra el Amor en esta situación tan particular, cuando estaba cumpliendo mi misión de apóstol…

Mientras yo creía que NO me había apartado del Bien.

Recuerdo que reflexioné:

“Grandioso. ¿Entonces NADIE…?  ¿Quién puede ser santo delante de Dios?” 

 Suspiré con desaliento y una vez más acepté mi realidad:

“Soy una pecadora en rehabilitación, que la mayoría de las veces por mis actitudes, estoy en el suelo caída.”

“PERO DIOS ME AMA ASÍ COMO SOY.”

Y esta verdad me dio fuerzas para continuar por el Sendero que Dios me había marcado…

Nunca olvidar esto, me ha ayudado a seguir caminando por El Camino de la Cruz.

En aquel momento, sólo le pregunté a Jesús:

–        ¿Y ahora qué hago?

Jesús me miró cómo sólo Él puede hacerlo, cuando espera algo grande de nosotros…Y contestó:

–         Piensa…

Tú SABES lo que deberías hacer…

Yo suspiré y dije:

–         Está bien mi Señor. Después que lo haga te llamaré…

Todo estaba condicionado al Amor al Prójimo, al que había violentado.

Estuve meditándolo un par de horas y finalmente tomé una resolución.

Prendí mi cirio pascual, recé mi Rosario a la Virgen María y las Oraciones de mi devoción diaria, además de mi devoción particular a la Preciosísima Sangre.

Y luego hice la invocación que jamás pensé que algún día haría:

Invoqué tres veces a Satanás.  

Se presentó renuente y altanero.

Me preguntó:

–       ¿Qué Quieres?

Le contesté muy seria y sin altivéz:

–          Pedirte perdón.

Levantó su rostro con un gran desplante de arrogancia,

me miró con una airada expresión de sorprendido desprecio por mi atrevimiento, que lo obligó a presentarse ante mí…

Y replicó con una gran furia contenida:

–          Sabes que NO puedo dártelo.

Yo le respondí calmadamente y poniendo énfasis en la primera frase:

–         ESE, ES TU PROBLEMA.

Sabes que yo te estoy hablando sin soberbia. Lamento mucho haberte lastimado con mi prepotencia y con mi ira.

En este momento te quito todo el castigo que te infligí. Ya NO QUIERO ser causante de tu sufrimiento…

Él me miraba con sorpresa y sin disimular su asombro…

Y yo proseguí:

–        Y junto contigo, se lo quito a Todos los de tus Huestes Infernales.

Pero TE ADVIERTO una cosa…

Soy mujer y por lo tanto muy poco predecible.

Al hacer esto NO significa que te estoy presentando bandera blanca de rendición y tampoco significa que eres intocable e invencible…

El Amor que siento por mi Señor y mi Dios, me ha hecho reflexionar y…Esto NO es una Tregua. 

Te lo advierto: Voy a ser tu peor Contrincante.

Si te vuelves a atravesar en mi camino y NO estoy en uno de mis mejores momentos, NO te garantizo que NO te cause algo peor.” 

Se paralizó completamente, por lo que consideró una audacia inconcebible y que su rostro delató sin que pudiera evitarlo.

Entonces fue mi turno de mostrarme con la dignidad que tomaba mi madre, cuando de ejercer la autoridad ancestral de la familia lo requería…

Y levantando la barbilla le dije muy solemne:

–     Las mujeres somos hormonales, ¿Sabes?

Y yo NO tengo problemas de orgullo para pedir perdón.  

Lo único que puedo asegurarte, es que cada que te metas conmigo, te voy a hacer llorar.

Y ya puedes juntarte con los demás hombres en la cantina, a llorar por las penas causadas por una mujer, porque una cosa SI te prometo:

VOY A SER TU MÁS GRANDE PESADILLA.

Y ya lárgate. Ésta entrevista ha terminado.”

Sin esperar respuesta, le dí la espalda, me acerqué a la estatuilla de la Virgen de Guadalupe que señoreaba en mi habitación…

Y elevando los brazos  empecé a alabar a la Virgencita.

Luego me postré en el piso, ante el crucifijo de la Santísima Trinidad; le pedí perdón al Señor por las faltas que cometí también contra Él…

Y proseguí con mi vida cotidiana.

Desde aquel día, tomé la determinación de que para jamás equivocarme otra vez, en cualquier situación y bajo cualquier circunstancia, la pregunta más sabia, SIEMPRE es:

“Y ahora mi Señor, ¿CUÁL ES TU VOLUNTAD? ¿QUÉ ES LO QUE QUIERES QUE HAGA?

Y Obedecerlo inmediatamente…

Conociendo la capacidad y el poder de las Fuerzas Malignas, estoy plenamente consciente de que sin la Protección Divina, no estaría relatando esto.

Porque nuestras pruebas jamás son superiores a nuestra capacidad para soportarlas…

Increíblemente despues de cada batalla, mi voluntad se fortalece más, en seguir combatiendo hasta la muerte.

El camino de la Cruz es una guerra continua para pertenecer a Dios y siempre ofrezco todos mis sufrimientos unidos a los de Jesús en el Calvario, porque estoy amando mi propio calvario…

Y sólo pido fuerzas para no claudicar. 

Los consuelos divinos, son el mejor paliativo y Dios nunca nos abandona, sobre todo cuando Él toma el control de nuestra vida.

Y lo dejamos que Él sea, el que lo hace todo por nosotros. 

Las aparentes derrotas Dios las convierte en aplastantes victorias.

Porque al ser Generadores de Amor, es cuando alegramos el Corazón de nuestro Padre.

Ahora ya tengo muy claro, lo que quiso decir Jesús con eso de que las batallas con Él se ganan perdiendo. 

Cuando podemos paladear la dicha de gozar la Presencia y el Amor del Señor Único y Trino;

Las incomodidades y molestias que provoca Satanás, vale la pena soportarlas. 

Cuando nacemos, venimos sin nada…

Y cuando morimos debemos dejarlas.

Lo importante es prepararnos para ese momento crucial...

Y que NO estemos apegados a nada…

Y DEJÁNDOLO TODO, LE SIGUIERON