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223 PARÁBOLA DEL DRACMA PERDIDO


223 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ya se ve Mágdala, que se extiende en el borde del lago.

De frente, el sol naciente; a sus espaldas, la montaña de Arbela, que la protege del viento.

Y el estrecho valle peñascoso y agreste, por el que desemboca un pequeño torrente en el lago;

que se adentra hacia el occidente, con sus paredes rocosas a pico,

llenas de una belleza seductora y severa.   

Desde la otra barca,

Juan grita: 

–     ¡Maestro!

Ahí está el valle de nuestro retiro…

Y se ilumina su rostro como si se hubiera encendido un sol en su interior.  

Jesús sonriente confirma: 

–     Nuestro valle.

Sí, lo has reconocido bien.

–     No se puede no recordar los lugares en que se ha conocido a Dios.

–     Entonces yo recordaré siempre este lago…

Porque aquí te he conocido.

¿Sabes, Marta, que aquí vi al Maestro una mañana?…  

Pedro está haciendo las maniobras para atracar…

Y recuerda:  

–     Sí…

Y por poco si no nos vamos todos al fondo.

Nosotros y vosotros.

Mujer, créeme, tus remadores no valían un comino. 

Magdalena confirma:

–     No valían nada ni los remadores ni quienes con ellos iban…

De todas formas fue el primer encuentro y eso vale mucho.

Luego te vi en el monte, después en Mágdala y a continuación en Cafarnaúm…

Muchos encuentros, muchas cadenas rotas…

Pero Cafarnaúm ha sido el lugar más hermoso porque allí me has liberado…  

La barca ha quedado quieta y dispuesta.

Todos se disponen a poner pie en tierra.

Ya han bajado los de la otra barca.

Entran en la ciudad.

La curiosidad simple o… no simple de los habitantes de Mágdala;

debe ser como una tortura para la Magdalena.

Pero ella la soporta heroicamente, siguiendo al Maestro, que va delante en medio de todos sus apóstoles;

mientras que las tres mujeres van detrás de ellos.

El cuchicheo es fuerte; no falta la ironía.

Todos los que aparentemente por temor a represalias, respetaban a María;

cuando era la poderosa dominadora de Mágdala;

ahora que la ven separada para siempre de sus amigos pudientes, humilde y casta;

se permiten manifestaciones de desprecio y epítetos poco lisonjeros.

Marta, que sufre tanto como ella por esto,

le pregunta:

–     ¿Quieres retirarte a casa?

María se niega: 

–     No.

No dejo al Maestro.

Y antes de que la casa no haya sido purificada de todo recuerdo del pasado, no lo invito a entrar.

–     ¡Pero estás sufriendo, hermana!…

–     Me lo merezco.

Y la verdad es que debe sufrir:

el sudor que aljofara su rostro y el rubor que la cubre incluso en el cuello, no se deben sólo al calor.

Cruzan toda Magdala y van a los barrios pobres;

a la casa en que se detuvieron la otra vez, con la mamá de Benjamín

La mujer se queda de piedra cuando levanta la cabeza del lavadero, para ver quién la saluda.

Y se encuentra de frente a Jesús y a la muy conocida señora de Mágdala.

Se asombra al ver que ésta ya no tiene apariencia pomposa, ni va cargada de joyas;

sino que tiene la cabeza cubierta con un velo ligero de lino y lleva un vestido sencillo de color oscuro con el cuello cerrado.

Estrecho, se ve claramente que no es suyo, a pesar del trabajo realizado para transformarlo.

Y va envuelta en un pesado manto que con ese calor debe ser un suplicio.   

Jesús dice: 

–     ¿Me permites estar en tu casa y hablar desde aquí, a los que me siguen?

0 sea, a toda Mágdala, porque toda la población se ha ido agregando al grupo apostólico

–     ¿Me lo preguntas, Señor?

¡Pero si mi casa es tuya!

La mujer se apresura para traer sillas y bancos, para las mujeres y los apóstoles.

Cuando pasa delante de la Magdalena hace una reverencia de esclava.

–     «Paz a ti, hermana»- responde ésta.

La sorpresa de la mujer es tal que deja caer el pequeño banco que trae; pero guarda silencio.

De todas formas, esta reacción hace reflexionar,

que María acostumbraba tratar a sus súbditos, en forma déspota y llena de soberbia.

Y se queda ya completamente pasmada,

cuando le pregunta cómo están sus hijos, dónde están, y si la pesca ha sido abundante. 

–     Están bien…

En la escuela o con mi madre.

Sólo el pequeño está aquí, durmiendo en la cuna.

La pesca es buena. Mi marido te llevará el diezmo…

–     Ya no es el caso.

Úsalo para tus niños.

María pregunta:

–     ¿Me dejas ver al pequeñín?

–     Ven….

La gente se ha ido aglomerando en la calle.

Jesús empieza a hablar:

Una mujer tenía diez dracmas en su bolsa.

Pero, con un movimiento, la bolsa cayó de su pecho, se abrió y las monedas rodaron por el suelo. 

Las recogió con la ayuda de las vecinas que estaban presentes;

las contó: eran nueve.

La décima no se encontraba.

Dado que se acercaba la noche y la luz empezaba a faltar,

la mujer encendió una lámpara, la puso en el suelo.

Y tomando una escoba, se puso a barrer atentamente para ver si había rodado lejos del lugar donde había caído.

Pero la dracma no aparecía.

Las amigas, cansadas de buscar, se marcharon.

La mujer corrió entonces el arquibanco, el bazar, el pesado baúl;

movió las ánforas y orzas que estaban en el nicho de la pared.

La dracma no aparecía.

Entonces se puso a gatas y buscó en el montón de la barredura que estaba puesto contra la puerta de la casa;

para ver si la dracma había rodado afuera y se había mezclado con los desperdicios de las verduras.

Y por fin encontró la dracma, toda sucia, casi sepultada por los desperdicios que le habían caído encima.

Llena de alegría, la mujer cogió la dracma, la lavó, la secó.

Ahora era más bonita que antes.

Gritó para llamar a las vecinas de nuevo,

que se habían ido después de haberla ayudado en los primeros momentos de la búsqueda.

Y se la enseñó diciendo: “¿Veis? Me aconsejabais que no me cansara más.

Pero he insistido y he encontrado la dracma perdida.

Alegraos pues conmigo, que no he perdido ninguno de mis bienes”.

Pues vuestro Maestro y con Él sus apóstoles, hace como la mujer de la parábola.

Sabe que un movimiento puede hacer que caiga al suelo un tesoro.

Toda alma es un tesoro.

Y Satanás, envidioso de Dios, provoca los falsos movimientos para que caigan las pobres almas.

Hay quien en la caída se queda junto a la bolsa,

o sea, se aleja poco de la Ley de Dios;

que recoge las almas en la salvaguardia de los Mandamientos.

Hay quien se aleja más, o sea, se aleja más de Dios y de su Ley;

en fin, hay quien va rodando hasta caer en la barredura, en la inmundicia, en el barro…

Y ahí acabaría pereciendo, ardiendo en el fuego eterno;

de la misma forma que la basura se quema en los lugares apropiados.

El Maestro lo sabe y busca incansable las monedas perdidas.

Las busca por todas partes, con amor. Son sus tesoros.

Y no se cansa ni nace ascos de nada; antes al contrario, hurga, hurga, remueve, barre…

Hasta que encuentra.

Una vez que ha encontrado, lava con su -perdón al alma hallada.

Y convoca a los amigos: todo el Paraíso y todos los buenos de la tierra.

Y dice:

“Alegraos conmigo porque he encontrado lo que se había perdido.

Y es más hermoso que antes, porque mi perdón lo hace nuevo”.

En verdad os digo que hay gran regocijo en el Cielo y exultan los ángeles de Dios y los buenos de la Tierra; 

por un pecador que se convierte.

En verdad os digo que no hay cosa más hermosa que las lágrimas del arrepentimiento.

En verdad os digo que los únicos que ni saben ni pueden exultar por esta conversión,

que es un triunfo de Dios:

son los demonios.

Y también os digo que el modo en que un hombre acoge la conversión de un pecador;

es la medida de su bondad y unión con Dios.

La paz sea con vosotros.

La gente comprende la lección y mira a la Magdalena,

que se había sentado en la puerta con el lactante en sus brazos.

Quizás para cubrir su azoramiento.

Y se van marchando lentamente….

De forma que quedan sólo la dueña de la casa y la madre, que había venido con los niños.

Falta Benjamín, porque está todavía en la escuela.

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219 LA TEMPESTAD


219 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de escudriñar el cielo con aire conocedor, 

Pedro dice: 

–     Quizás haya tormenta hoy, Maestro.

¿Ves allí aquellas franjas de plomo que asoman detrás del Hermón, cómo vienen hacia aquí?

¿Ves cómo se riza el lago?

Mira qué soplos de tramontana alternados con oleadas calientes de siroco.

Torbellino de viento: signo cierto de tempestad.  

Jesús pregunta: 

–     ¿Dentro de cuánto tiempo, Simón?

–     Antes del final de la hora prima.

Mira cómo se apresuran a regresar los pescadores.

Sienten el rumor del lago, que dentro de poco tendrá aspecto plomizo;

luego se pondrá como la pez y luego vendrá la furia.  

Tomás asombrado y con incredulidad, 

objeta: 

–     ¡Pero si parece muy tranquilo! 

–     Tú conoces el oro, yo el agua.

Sucederá como digo.

Además no es una tempestad repentina.

Se está preparando con signos claros.

El agua está tranquila en la superficie, sólo ese fruncido que parece una nadería.

¡Pero, si fueras en barca!

Sentirías como miles de avellanas golpear contra el casco y sacudir extrañamente la barca.

El agua hierve ya debajo.

Espera la señal del cielo y luego verás…

Deja que la tramontana se anude con el siroco.

Y luego…

¡Eh, mujeres!  ¡Retirad lo que habéis tendido y poned al resguardo vuestros animales’!

Dentro de poco van a llover piedras y baldes de agua.

Efectivamente, el cielo se va poniendo cada vez más verdoso, veteado de esquisto por la invasión continua,

de estratos de nubes que parecen eruptadas por el gran Hermón… 

Y que repelen la aurora hacia el lugar de donde ha venido, como si la hora retrocediera hacia la noche,

en vez de avanzar hacia el mediodía.

Sólo una lámina de sol, que pone una irreal pincelada de un amarillo-verde en la cima de una colina,

situada al suroeste de Cafarnaúm, se resiste a huir de detrás de la barricada de nubes de pez.

El lago ya ha pasado de azul a negro-azul y las primeras espumas ligeras, quebradas, de las cabrillas;

sobre esa agua oscura, parecen de un blanco irreal.

Ya no hay ninguna barca en el lago.

Los hombres se apresuran a sacar las barcas al guijarral de la orilla,

a poner en su sitio redes, cestas, velas y remos.

O si se trata de campesinos, a retirar los productos agrícolas, a asegurar estacas y junturas;

a encerrar en los establos a los animales.

Y las mujeres van de prisa a la fuente, antes de que empiece a llover.

O reagrupan a los niños que se habían levantado con el primer sol y los mueven hacia casa.

Cierran las puertas, diligentes como cluecas que perciben próximo el granizo.  

Jesús indica: 

–     Simón, ven conmigo.

Llama también al sirviente de Marta y a Santiago, mi hermano.

Coge una tela gruesa, gruesa y grande.

Hay dos mujeres en el camino.

Hay que salir a su encuentro.

Pedro lo mira con curiosidad, pero obedece sin perder tiempo.

Sólo cuando ya están en el camino, atravesando rápidamente el pueblo hacia el Sur,

Simón pregunta:

–     Pero, ¿Quiénes son?

–     Mi Madre y María de Mágdala.

La sorpresa es tal, que Pedro se detiene un momento como clavado en el suelo…

Y dice:

–     ¿Tú Madre y María de Magdala?

¿Juntas?

Luego reemprende el camino corriendo, porque Jesús no se ha parado, ni tampoco Santiago y el sirviente.

Pero vuelve a decir:

–     ¡Tú Madre y María de Mágdala!

¡Juntas!…

Pero, ¿Desde cuándo?

–     Desde cuando no es sino María de Jesús.

Date prisa Simón, que empiezan a caer las primeras gotas…

Y Pedro se esfuerza en seguir el paso de sus compañeros, todos más altos y ligeros que él.

El viento levanta ahora nubes de polvo del camino reseco.

Es un viento que por momentos se hace más fuerte.

Un viento que rompe el lago y lo levanta en crestas de olas;

que se estrellan con un primer estruendo, contra la playa.

Cuando es posible ver el lago, se le ve convertido en un enorme caldero, en pleno furor de ebullición.

Olas de al menos un metro de altas, lo recorren en todas las direcciones;

se entrechocan, crecen fundiéndose, se separan corriendo en direcciones opuestas;

en busca de otra ola con que chocarse:

todo un duelo de espuma, de crestas, de prominencias abultadas, de estruendos.

De bramidos, de embates contra las casas más cercanas a la orilla.

Cuando las casas impiden la vista, el lago hace constar su presencia con su fragor;

que supera al silbido del viento que comba los árboles, arranca hojas y hace caer frutos.

Y también al retumbo de los truenos largos, amenazadores;

precedidos de relámpagos cada vez más frecuentes y potentes.  

Pedro resopla jadeando: 

–     ¡A saber cuánto miedo tendrán esas mujeres! 

–     Mi Madre no.

No sé la otra.

Pero, lo que está claro es que si no nos damos prisa se van a calar.

Ya han dejado Cafarnaúm a unos cien metros, cuando entre nubes de polvo;

en medio del primer estruendo de un aguacero que cae oblicuo y violento, rayando el aire oscuro.

Y  que pronto es una verdadera catarata que se transforma en polvo, cegando, cortando la respiración…

Cuando se ve correr a una pareja de mujeres buscando amparo bajo algún árbol frondoso.  

Jesús grita: 

–     ¡Ahí están!

¡Corramos!

Pero Pedro, aunque su amor por María le ponga alas, con sus piernas cortas y ciertamente no de corredor;   

llega cuando Jesús y Santiago, ya protegieron a las mujeres bajo un enorme pedazo de vela.  

Pedro llega jadeando y dice. 

–     Aquí no se puede estar.

Hay peligro de rayos y dentro de poco el camino será un torrente.

Vamos, Maestro; al menos hasta la primera casa.

Y van andando con presteza, con las mujeres en el centro;

con el telón extendido apoyado sobre sus cabezas y espaldas.

La Magdalena, que lleva todavía el vestido de la noche del convite en casa de Simón el fariseo; 

pero ahora con un manto de María echado sobre los hombros…  

Escucha primera palabra que Jesús le dice: 

–     ¿Tienes miedo, María?

Ella, que se ha mantenido siempre con la cabeza inclinada

bajo el velo de su cabellera desordenada por la carrera;

se ruboriza, agacha aún más la cabeza…

y susurra:

–     No, Señor.

También la Virgen ha perdido las horquillas,

y parece una niña con las trenzas cayéndole sobre los hombros.

Sonríe a su Hijo, que está a su lado y le habla con esa sonrisa tan suya.

Santiago de Alfeo, dice a su tía: 

–     Estás muy mojada, María.

 Mientras toca el velo y el manto de la Virgen.  

Ella responde: 

–     No importa.

Y agrega con dulzura, mirando a la hermana de Lázaro: 

–      Ahora ya no nos mojamos.

¿Verdad, María?

Él nos ha salvado también de la lluvia. 

Comprensiva ante el pudor de la Magdalena..

Ésta asiente con la cabeza. 

Jesús le dice:  

–     Tu hermana se pondrá contenta al verte otra vez.

Está en Cafarnaúm. Te buscaba.

María levanta un momento la cabeza y fija sus espléndidos ojos en el rostro de Jesús;

que le habla con la misma naturalidad que usa con las otras discípulas. 

Pero no dice nada.

Siente un nudo en la garganta por demasiadas emociones.

Jesús termina:

–     Me alegro de haberla retenido.

Podréis marcharos después de que os bendiga.

La palabra se pierde en el estallido seco de un rayo que ha caído cerca.

La Magdalena reacciona con un gesto de miedo.

Se lleva las manos a la cara, se pliega… 

Y rompe a llorar.  

Pedro la conforta: 

–     ¡No tengas miedo, que ya ha pasado!

Además, con Jesús no se debe tener miedo nunca.

También Santiago, que está al lado de la Magdalena,

dice:

–     No llores.

Que ya están cerca las casas.  

Magdalena declara: 

–     No lloro de miedo…

Lloro porque me ha dicho que me va a bendecir…

Yo… yo…

Y ya no puede decir nada más.

La Virgen interviene para calmarla,

diciendo:

–     Tú, María…

Ya has superado tu tempestad.

No pienses más en ello.

Ahora todo es cielo sereno y paz.

¿No es verdad, Hijo mío?

Jesús confirma: 

–     Sí, Madre.

Es todo verdad.

Dentro de poco saldrá de nuevo el sol y todo se verá más hermoso, limpio, fresco, que ayer.

Pues igual será para ti, María.

La Madre interviene de nuevo, apretando la mano de la Magdalena:

–     Referiré a Marta tus palabras.

Me siento feliz de poderla ver enseguida y decirle cuán llena de buena voluntad está su María.

Pedro, chapoteando en el lodo y tomándose con paciencia el diluvio;

sale de debajo del toldo y avisa que irá hacia una casa a pedir cobijo. 

Jesús objeta: 

–     No, Simón.

Preferimos todos volver a nuestra casa.

¿No es verdad? 

Todos asienten y Pedro regresa al toldo.

Cafarnaúm es un desierto.

Se han adueñado de ella viento, lluvia, truenos, relámpagos…

Y ahora el granizo, que suena y rebota en terrazas y fachadas.

El lago está de una terribilidad imponente.

Las casas cercanas a él sufren las embestidas de las olas, pues la playita ya no existe.

Las barcas, aseguradas cerca de las casas, están tan llenas de agua, que parece hubieran naufragado.

Y cada nuevo golpe de mar aumenta el agua, haciendo que rebose la que ya tenían.

Entran corriendo en el huerto, que ahora es un enorme charco en que flotan detritos en el agua fangosa.

Del huerto van a la cocina, donde están todos reunidos.

El grito de Martha, cuando ve a su hermana de la mano de María, es agudo.

Se echa a su cuello, sin sentir cuánto se moja al hacerlo;

la besa, le dice:

–     ¡Mirí!

¡Mirí, tesoro mío!

Es el diminutivo afectuoso que usaban para la Magdalena cuando era pequeñita.

María llora, encorvada, con la cabeza apoyada en el hombro fraterno;

revistiendo el vestido oscuro de Martha con un tupido velo de oro;

la única cosa que resplandece en la oscura cocina…

En que sólo hay un fuego de hornija para romper las tinieblas;

que no es capaz de vencer por sí sola una lamparita encendida.

Los apóstoles se han quedado de piedra.

Y también el dueño de la casa y la dueña, que se han asomado al oír el grito de Marta;

pero éstos, pasado el primer momento de curiosidad comprensible, se retiran discretamente.

Sedada un poco la vehemencia de los abrazos, Marta se acuerda de Jesús, de María;

del hecho llamativo de que hayan llegado todos juntos.

Y pregunta a su hermana, a la Virgen, a Jesús,

¡A todos!

–     ¿Pero cómo es que venís todos juntos?

Jesús responde: 

–     Marta, la tormenta estaba llegando.

He salido, con Simón, Santiago y tu sirviente, al encuentro de las dos peregrinas.

Marta está tan atónita,

que no se detiene a pensar en el hecho de que Jesús haya salido con tanta seguridad

al encuentro de ellas…

Y no pregunta:

« ¿Pero lo sabías?».

Es Tomás quien se lo pregunta a Jesús.

Pero no obtiene respuesta, porque Marta le dice a su hermana:

–     ¿Pero cómo es que estabas con María?

La Magdalena agacha la cabeza.

La socorre la Virgen, tomándola de la mano,

y diciendo:

–     Vino a verme…

Como la peregrina que se dirige a donde le pueden indicar el camino que debe recorrer, para llegar a la meta.

Y me dijo: “Enséñame lo que debo hacer para ser de Jesús”.

Dado que en ella hay voluntad verdadera y total; enseguida ha comprendido y captado esta sabiduría.

Y yo la he visto enseguida, preparada para tomarla de la mano, así.

Y traerla a tu Presencia, Hijo mío.

A tu presencia, Marta buena, a vuestra presencia, hermanos discípulos.

Y deciros a todos:

“He aquí a la discípula y hermana que no dará sino alegrías espirituales a su Señor y a sus hermanos”.

Os pido a todos que me creáis y que la améis como Jesús y yo la amamos.

Entonces los apóstoles se acercan y saludan a la nueva hermana.

No se puede decir que no haya algo de curiosidad…

¡Pues claro! Todavía queda su humanidad…

Es el buen sentido de Pedro,

el que dice:

–    Todo bien, sí.

Vosotros le aseguráis ayuda y santa amistad;

pero habría que pensar en que esta Madre y esta hermana están caladas…

También nosotros, verdaderamente…

Pero para ellas es peor.

Su pelo chorrea agua como sauces después de un huracán;

sus vestidos están mojados y embarrados.

Vamos a hacer fuego, pidamos otros vestidos, preparemos comida caliente…

Todos colaboran.

Marta lleva a la habitación a las dos caladas viajeras.

Mientras tanto, avivan el fuego.

Tienden delante de la llama los mantos, los velos y vestidos empapados.

Marta, recuperada su energía de magnífica mujer de casa,

va y viene solícita, con baldes de agua caliente;

tazas de leche humeantes, vestidos prestados por la dueña de la casa…

Para socorrer a las dos Marías…

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215 REGRESANDO AL REDIL


215 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

235 Marta ha recibido de su hermana María la certidumbre de la conversión

Una clara aurora de verano que deshoja rosas en la seda crespa de1 lago.

Jesús está para subir a la barca, cuando he aquí que llega Marta con su sierva:

Martha dice:

–     ¡Maestro, escúchame por amor de Dios!

Jesús baja de nuevo a la orilla.

Y dice a los apóstoles:

–     Poneos en movimiento.

Esperadme cerca del torrente.

Entretanto, preparad todo para la misión hacia Magedán.

La Decápolis también espera la Palabra. Marchaos.

Y, mientras la barca zarpa y sale a zona abierta,

Jesús va andando al lado de Marta, a quien Marcela sigue  respetuosamente.

Se van alejando así del pueblo, caminando por la orilla:

primero una faja arenosa, aunque ya salpicada de matas silvestres;

enseguida, cubierta de vegetación.

No ya horizontal sino asumiendo la dirección vertical, acometiendo las pendientes que se reflejan en el lago.

Cuando llegan a un lugar solitario,

Jesús dice sonriendo:

–     ¿Qué me querías decir?

–     Maestro, esta noche…

Poco después de la segunda vigilia, María ha vuelto a casa.

¡Ah… se me olvidaba decirte que, mientras estábamos comiendo, a la hora sexta,

me había dicho: “¿Te importaría prestarme tu vestido y un manto?

Serán un poco cortos, pero si dejo suelta la túnica y llevo bajo el manto…”.

Yo le dije: “Coge lo que quieras, hermana mía”.

El corazón me latía fuerte, porque antes en el jardín yo había dicho, hablando con Marcela:

“Al atardecer tenemos que estar en Cafarnaúm; porque esta noche el Maestro va a hablar a la multitud”.

Y había visto que María se sobresaltaba;

que cambiaba de color; no sabía ya estar quieta, iba y venía de un lado para otro…

Sola, como angustiada, en vilo, como una persona que estuviera para tomar una decisión…

Sin saber todavía qué aceptar y qué rechazar.

Después de la comida ha venido a mi habitación, ha tomado el vestido más oscuro que tenía, el más modesto.

Se lo ha probado y le ha pedido a la nodriza que bajase toda la bastilla, porque era demasiado corto.

Primero lo intentó ella, pero me confesó llorando:

“Ya no sé coser. Todo lo útil y bueno lo he olvidado…”,

Y me echó los brazos al cuello diciendo: “Reza por mí”.

Salió de casa sola, hacia la hora del ocaso…

¡Cuánto oré para que no se encontrase con ninguno que le estorbara venir aquí!

¡Para que comprendiera tu Palabra, para que lograse definitivamente estrangular al monstruo que la esclaviza!…

Mira: me he puesto tu cinturón, bien ceñido debajo de los otros;

cuando sentía la opresión del cuero duro en mi cintura, que no está habituada a  cinturones tan recios…

Decía: “Él es más fuerte que todo”.

Luego vinimos yo y Marcela. Con el carro es poco tiempo.

No sé si nos viste entre la gente…

Pero, ¡qué dolor, qué espina en el corazón, al no ver a María!

Pensaba: “Ha cambiado de idea. Se ha vuelto a casa. 0…

O ha huido porque no podía resistir mi imposición sobre ella, la que ella misma me había pedido”.

Te escuchaba y lloraba bajo mi velo.

Tus palabras parecían exactamente para ella…

¡Y no las estaba oyendo!

Lo pensaba porque no la veía.

Volví a casa desconsolada.

Es verdad que te he desobedecido; porque me habías dicho: “Si viene, espérala en casa”.

Pero considera el estado de mi corazón, Maestro.

¡Era mi hermana, que iba a Tí!

¿Podía faltar yo y no verla a tu lado?

Además… me habías dicho: “Estará quebrantada”.

Quería estar al lado de ella antes, para apoyarla…

Estaba de rodillas, llorando y orando en mi habitación

Hhacía mucho que había terminado ya la segunda vigilia-

Y ella ha entrado tan suavemente, que no me he dado cuenta de su presencia,

sino cuando se ha arrojado a mí y me ha abrazado fuertemente diciéndome:

“Es verdad todo lo que dices, bendita hermana mía.

Y supera con mucho lo que tú dices, su misericordia es mucho mayor.

¡Oh, Marta mía, ya no es necesario que me tengas sujeta!

Ya no me verás ni cínica ni desesperada.

Ya no me oirás decir: `¡Para no pensar!’.

Ahora quiero pensar, sé en qué pensar:

En la Bondad hecha carne.

Tú rezabas, hermana mía, sin duda rezabas por mí.

Pues bien, tienes tu victoria ya en tu puño.

Tu María, que no quiere pecar más y que renace ahora.

Aquí está.

Mírala bien a la cara.

Porque es una María nueva.

Su cara ha sido lavada por el llanto de la esperanza y del arrepentimiento.

Puedes besarme, hermana mía pura.

Ya no hay señales de amores vergonzosos en mi rostro.

El ha dicho que ama mi alma.

Porque hablaba a mi alma y de mi alma.

La oveja extraviada era yo. Ha dicho…

Escucha, mira a ver si lo digo bien, tú que conoces el modo de hablar del Salvador…”.

Y me ha repetido perfectamente tu parábola.

¡María es muy inteligente, mucho más que yo! Y sabe recordar.

Así, te he oído dos veces.

Y si en tu labio esas palabras eran santas y adorables,

en el suyo me eran santas, adorables, encantadoras;

porque me las decía un labio de hermana,

de mi hermana encontrada, que había vuelto al redil familiar.

Estábamos abrazadas las dos, sentadas en la estera, como cuando éramos niñas…

Y estábamos así en la habitación de nuestra madre.

O junto al telar donde ella tejía o bordaba sus espléndidas telas;

estábamos así, desaparecida ya la división del pecado.

Y me parecía como si nuestra madre estuviera también con su espíritu.

Llorábamos sin dolor; es más, con una gran paz. Nos besábamos felices…

Luego María, cansada por el camino recorrido a pie, por la emoción y muchas otras cosas,

se ha dormido entre mis brazos.

Con la ayuda de la nodriza la acostamos en mi cama…

Y la he dejado.

Luego he venido corriendo aquí…

Y Marta besa toda feliz, las manos de Jesús.

Jesús dice:

–     Yo también te digo lo mismo que te ha dicho María:

“Tienes tu victoria en tu puño”.

Ve y sé feliz. Ve en paz.

Sigue una conducta llena de dulzura y de prudencia para con la renacida.

Adiós, Marta.

Comunícaselo a Lázaro, que está preocupado allá abajo.

–     Sí, Maestro.

Pero María ¿Cuándo va a venir con nosotras discípulas?

Jesús sonríe,

y dice:

–     El Creador hizo la creación en seis días y el séptimo descansó.

–     Entiendo.

Hay que tener paciencia.

–     Paciencia, sí.

No suspires.

Esta también es una virtud.

Paz a vosotras, mujeres.

Nos volveremos a ver pronto.

Y Jesús las deja y se dirige hacia el lugar en que la barca está esperando, en la orilla.

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213 PARÁBOLA DE LA OVEJA PERDIDA


213 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hablando a la muchedumbre.

Desde encima del ribazo arbolado de un pequeño torrente;

está llamando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido;

que presenta el desolador aspecto propio de los rastrojos ahornagados.

Declina la tarde.

Es la hora del crepúsculo.

Pero la Luna está subiendo.

Es un bonito y claro atardecer de comienzos de verano.

Los rebaños vuelven a sus apriscos y el din-don de los cencerros, se mezcla con un intenso canto de grillos.

O cigarras, un intenso gri, gri, gri…

Jesús se inspira en las greyes que pasan.

Dice:

–     Vuestro Padre es como un pastor solícito.

¿Qué hace un pastor bueno?

Busca pastos buenos para sus ovejas, en que no haya ni cicuta ni otras plantas venenosas,

sino delicados tréboles, poleo aromático, achicorias amargas pero saludables.

Busca lugares donde, además del alimento, haya también un riachuelo fresco y puro.

Y sombra de árboles, y no reinen las áspides por entre la hierba de las glebas.

No pone especial preferencia en los pastos más pingües;

porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; elige,

más bien, los pastos montanos, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles,

donde el  aire se mueve y es bueno, no cargado y malsano como el de llanura.

El buen pastor observa a cada una de sus ovejas.

Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura.

Llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse;

a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad;

o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado.

Y si una está desganada y no come, busca para ella los tallitos acídulos y aromáticos

capaces de despertarle el apetito y se los ofrece con su propia mano, hablándole como a persona amiga.

Así hace el Padre bueno que está en los Cielos con sus hijos que viven errantes en la Tierra.

Su amor es el cayado que  los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

Pero, he aquí que una oveja lo abandona.

¡Cuánto la amaba!

Era joven, pura, cándida, como nube en cielo abrileño.

El pastor la miraba con mucho amor, pensando en el mucho bien que podía hacerle…

Y en el mucho amor que de ella podía recibir.

Y ella lo abandona…

Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador.

No lleva pellico austero, sino un atavío de mil colores.

No lleva cinturón de piel de donde penden hacha y cuchillo,

sino cinturón de oro del que penden cascabeles argentinos,

melodiosos cual canto de ruiseñor.

Y ampollas de esencias embriagadoras…

No lleva tampoco bordón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas.

Y si no es suficiente el bordón, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo…

y hasta con la vida.

No, este tentador que pasa lleva en sus manos un turíbulo brillante de gemas,

que emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo,

pero que enajena; de la misma forma que los tornasoles de las joyas -¡qué falsas!-deslumbran.

Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro…

Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están;

la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece en pos del tentador.

El pastor la llama, pero no vuelve.

Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado.

Para mantenerse durante la carrera, gusta aquella sal.

La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa.

Por ello, desea las aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa;

donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces.

Y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el legamoso abrazo de los reptiles.

Queriendo beber, bebe aguas contaminadas;

queriendo nutrirse, come hierbas brillantes por las repugnantes babas que las cubren.

¿Qué hace entretanto el pastor bueno?

Deja cerradas en lugar seguro a las noventa y nueve fieles y se pone en camino. 

No se detiene hasta que no encuentra huellas de la oveja perdida.

Dado que ella no vuelve a él, a pesar de que confía al viento sus voces de reclamo, él va a ella.

La ve desde lejos, ebria, atrapada entre las roscas de los reptiles;

tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama;

antes bien, lo injuria.

De nuevo la ve, culpable de haber entrado como ladrona en morada ajena;

tan culpable que no se atreve ya a mirarlo…

Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa…

Y continúa…

La busca; la busca, la sigue, la acosa.

Llorando ante las señales que va dejando la oveja perdida:

Mechones de lana, pedazos de alma; huellas de sangre, delitos diversos;

porquerías, pruebas de su lujuria..

Sigue y la alcanza.

¡Ah, te he encontrado, amada!

Te he alcanzado! 

¡Cuánto camino he recorrido por ti, para conducirte de nuevo al redil!

No agaches la frente humillada.

Tu pecado está sepultado en mi corazón.

Ninguno lo conocerá, excepto Yo, que te amo.

Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con el escudo de mi propia persona;

contra las piedras de tus acusadores.

Ven.

¿Estás herida? ¡Enséñame tus heridas! Las conozco…

Pero quiero que me las muestres con la confidencia que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a Mí,

pastor y dios tuyo, con mirada inocente…

Aquí están. Todas tienen un nombre.

¡Qué profundas son!

¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón?

Lo sé: el Tentador.

No lleva ni bordón ni hacha;

pero con su mordisco envenenado hiere más a fondo. 

Y después de él hieren también las falsas gemas de su turíbulo, las que te han seducido con sus resplandores.

Y que en realidad eran piedras de azufre infernales, sacadas a la luz para abrasarte el corazón.

¡Mira cuántas heridas, cuántas vedijas arrancadas, cuánta sangre!

¡Cuántas zarzas!

¡Oh, pobre, pequeña alma ilusa! Dime:

¿Si te perdono, me amarás todavía? Dime: ¡Si tiendo a ti mis brazos, vendrás?

Dime: ¿Tienes sed del amor bueno?…

Pues entonces ven y renace.

Vuelve a los pastos santos.

Llora. Tu llanto con el mío lavarán las huellas de tu pecado.

Yo, para nutrirte -porque estás consumida por el mal que te ha abrasado;

me abro el pecho, me abro las venas,

y te digo:

“¡Nútrete! ¡Y vive!”.

Ven, te tomaré en mis brazos.

Iremos más veloces a los pastos santos y seguros.

Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada.

Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se regocijarán al verte regresar.

Sí, porque te digo -oveja mía perdida que he venido a buscar desde muy lejos y he encontrado y rescatado:

que hacen más fiesta los buenos por uno que, habiéndose extraviado, regresa;

que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.

Jesús en todo este tiempo no se ha vuelto en ninguna ocasión a mirar al camino que tiene a sus espaldas,

a donde ha llegado, en la penumbra nocturna, María de Magdala…

Todavía elegantísima pero al menos vestida.

Y cubierta con un velo oscuro que amalgama rasgos y formas.

Y, cuando Jesús llega al punto: «Te he encontrado, amada», María introduce bajo el velo sus manos…

Y llora, con un llanto silencioso y continuo.

La gente no la ve, porque ella está a este lado del ribazo, que bordea el camino.

La ve sólo la Luna ya alta.

Y el espíritu de Jesús…

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AVISO IMPORTANTE


Enero 23 de 2021

Amadísimos hermanitos en Cristo, estamos pasando una situación verdaderamente apremiante.

Nuestra misión siempre la hemos trabajado con una total confianza y abandono en nuestro ABBA y siempre recurrimos a Él para presentarle nuestras intercesiones y necesidades.

Nuestro peregrinar ahora está lleno de pruebas y hemos tenido varias despedidas hacia el Cielo,  de algunos familiares muy amados y cercanos,

así como también tenemos varios enfermos por la Pandemia y muchos despidos del trabajo…

Porque en nuestro amado México, al igual que a todo el mundo: Satanás nos está flagelando durísimo…

Pero cómo lo que no nos mata nos fortalece; seguimos en el frente de batalla y no nos vamos a dar por vencidos…

Porque cuando Dios está con nosotros, ¿Quién contra nosotros?

Y como nuestra intención NO ES MONETIZAR, porque sería pecado de Simonía y no pensamos caer en esa trampa…

Por eso no ponemos botón de “donar” porque nuestra entrega es de total amor y renuncia. 

Pero las circunstancias nos obligan por esta ÚNICA OCASIÓN a solicitar la Misericordia divina, a través de la caridad que vosotros queráis ejercer en vuestro corazón…

Y esa ayuda que con total libertad hagáis a nuestro ABBA, podréis apoyarnos en la cuenta de Paypal que anexamos abajo…

Será Él Mismo, quién os lo retribuirá como sólo Él sabe hacerlo…

Muchas gracias y que Dios los siga protegiendo y bendiciendo, cómo también lo está haciendo con nosotros.

Que la Preciosíma Sangre de nuestro Señor Jesucristo os cubra ahora y siempre…

El equipo de Crónica de una Traición, que os servirá hasta con su último aliento, porque en cada uno de vosotros está el Dios que amamos y al Cual servimos.

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