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128 LAS NUPCIAS ESPIRITUALES


128 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La alborada blanquea los montes y parece atenuar las escabrosidades de esta agreste ladera,

en que la única voz es la del pequeño torrente espumante de su fondo; la cual, reflejada por los montes, llenos de cuevas, emite un rumor singular.

Allí, en el lugar en que se han instalado los discípulos, no se oye sino algún que otro cauto frú-frú entre el ramaje o las hierbas:

De los primeros pájaros que se despiertan, de los últimos animales nocturnos que van a su madriguera.

Un grupo de liebres o conejos montaraces, que están royendo una mata baja de moras, huyen porque los ha asustado una piedra al caer.

Luego vuelven prudentemente, moviendo sus orejas para detectar todos los sonidos…

Y viendo que todo está en calma, regresan a su mata.

El abundante rocío lava todas las hojas y las piedras.

El bosque adquiere un intenso aroma de musgo, poleo y mejorana.

Un petirrojo baja a posarse justo en el borde de una caverna a que hace de techo una gruesa lasca salediza; moviendo la cabecita,

bien erguido sobre sus patitas de seda preparado para huir, se asoma hacia dentro, mira hacia el suelo y susurra unos «chip» «chip» interrogativos.

Y… golosos, provocados por unas migas de pan que hay en la tierra. De todas formas, no se decide a bajar sino cuando ve que le está precediendo un mirlo grande, que se acerca saltando al sesgo.

Cómico con esa actitud suya de picaruelo y perfil de viejo notario, al que para serlo completo, le faltan sólo las gafas.

Entonces baja también el petirrojo y se coloca detrás de su señoría – muy corajinosa -, que cada cierto tiempo hinca el pico amarillo en la tierra húmeda en busca de…

arqueología alimenticia, para seguir adentrándose, después de emitir un «chop» o un silbido breve realmente de granuja.

El petirrojo llena su buche con las miguitas y se queda atónito al ver que el mirlo, penetrando seguro en la caverna silenciosa…

Sale luego con una corteza de queso y la golpea una y otra vez contra una piedra para desmenuzarla y procurarse una opípara comida.

Luego el mirlo vuelve a entrar, da una ojeada y no encontrando ya nada más, emite un brioso silbido burlón y alza el vuelo, para terminar su canto en la copa de un roble que sumerge su cima en el azul matutino.

También echa a volar el petirrojo, a causa de un ruido que ha oído venir del interior de la caverna…

Y se posa sobre una ramita delgada que se mece en el vacío.

Jesús sale hasta la boca de la cueva y se pone a desmigajar un poco de pan…  

Llamando muy suavemente a los pajarillos con un silbido modulado que bien imita el gorjear de muchas avecillas.

Después se separa de la cueva y va más arriba…

Y se queda inmóvil contra una pared rocosa, para no asustar a estos amigos suyos que al poco rato descienden:

Primero el petirrojo, luego otros de distintas especies.

La inmovilidad-de Jesús o también su mirada, hace que pasado un poco de tiempo, a pocos centímetros de El, estén saltando ya los pajarillos.

Y que el petirrojo ya saciado, vuele hacia la parte alta de la roca en que está apoyado Jesús y se agarre a una delgadísima ramita de clemátide…

Y se columpie por encima de su rubia cabeza con deseos de posarse en ella o en uno de sus hombros…

La comida ha terminado.

El sol dora primero, la cima del monte; luego, las ramas más altas de los árboles…

Mientras que hacia abajo, todavía todo recibe la pálida luz del alba.

Las avecillas vuelan satisfechas, saciadas, bajo el sol.

Y cantan con la plenitud de sus pequeñas gargantas. 

Entonces Jesús dice:

–     Ahora a despertar a estos otros hijos míos.

Y desciende porque su cueva es la más alta.

Y va entrando en las distintas cuevas y llamando por su nombre a los doce, que duermen.

Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés, responden enseguida.

Mateo, Pedro y Tomás se muestran más tardos en responder.

Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, va hacia Jesús en cuanto lo ve asomarse a la entrada.

El otro primo sin embargo y con él Judas de Keriot y Juan están profundamente dormidos.

Tanto es así, que Jesús debe moverlos en su cama de hojas para que se despierten.

Juan, que ha sido el último al que Jesús ha ido a llamar, está tan profundamente dormido que no se centra bien respecto a quien es el que lo está llamando,…

Y entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, susurra:

–    «Sí, mamá, voy enseguida…».

Pero luego se da la vuelta para el otro lado…

Jesús sonríe, se sienta en el rústico jergón hecho de follaje recogido en el bosque, se inclina y da un beso en la mejilla a su Juan…

Que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús.

Se sienta como impulsado por un resorte,

y dice:

–     ¿Me necesitas? Aquí estoy.

–     No. Te he despertado como a todos.

Pero creías que era tu madre; entonces te he dado un beso, como hacen las madres.

Juan, sólo con la camisola interior, por haber utilizado como cobijas la túnica y el manto), se echa al cuello de Jesús y ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara,

diciendo:

–     ¡Tú eres mucho más que mi madre!

La he dejado por ti, lo contrario no lo haría; ella me ha traído a este mundo, Tú me has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé.

–     ¿Qué otras cosas sabes más que los otros?

–     Lo que me ha dicho el Señor en esta gruta.

Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia, pero no me importa lo que piensen.

Sé que sabes la verdad.

No iba donde Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor Eterno de la Trinidad Santísima.

Su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia.

¡La verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en esta tétrica cueva oscura, que de tantas luces se ha llenado para mí!

¡En esta fría caverna en que he ardido en un fuego que no tenía forma sensible; pero que ha entrado a mis adentros encendiéndolos con llama de dulce martirio!

¡En este antro silencioso, que me ha cantado verdades celestiales!

Lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable Misterio que es Dios…

Y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia Sí, eso, lo he tenido siempre conmigo.

Todos mis deseos, lágrimas, preguntas se han derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios.

Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la amplitud de la que aquí me has dicho, Tú, Dios Hijo. Tú, Dios como el Padre. Tú, Dios como el Espíritu Santo,

Tú, Tú que eres el perno de la Tríada… ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin Tí, amor del Padre y al Padre, faltaría el Amor, el Divino Amor.

Y la Divinidad ya no sería Trina y le faltaría el atributo más propio de Dios:

Su amor! ¡Oh, mucho tengo aquí dentro, pero es como agua que gorgotea contra un dique sin poder salir…

Y me da la impresión de que fuera a morir por lo violento y sublime de la convulsión que ha penetrado mi corazón desde que te he comprendido…

Y por nada del mundo querría verme despojado de ello… ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!

Juan sonríe y llora, agitado, de su amor encendido, abandonado sobre el pecho de Jesús, como si la llama lo dejase sin fuerzas.

Y Jesús, lleno también de amor, lo acaricia con ternura.

Juan se recobra súbitamente en un arranque de humildad,

que le hace suplicar:

–     No les digas a los otros lo que te he manifestado.

Aunque ellos también habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio.

–     Puedes estar seguro, Juan.

Ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor.

Vístete, ven, que tenemos que marcharnos.

Jesús sale y va al sendero donde ya esperan los otros.

Los rostros muestran un aspecto más venerable, más recogido…

Los ancianos parecen patriarcas, los jóvenes tienen traza de madurez, de dignidad, celada antes bajo la juventud.

Judas de Keriot  mira a Jesús con una tímida sonrisa en su rostro signado por el llanto.

Y Jesús lo acaricia al pasar.

Pedro no habla, cosa tan extraña en él, que llama la atención más que cualquier otro cambio. 

Mira atentamente a Jesús con una dignidad nueva, que parece despejarle más esa frente suya ya con entrantes; más severo esa mirada fina que antes brillaba todo de perspicacia.

Jesús lo llama a su lado y lo tiene ahí, junto a sí, en espera de Juan…

Que por fin sale, con un rostro casi ruborizado, encendido por una llama que, aun no mudando el color, es patente.

Todos lo miran.

Jesús los llama: 

–     Ven aquí, Juan, junto a mí.

Y tú, Andrés; y tú, Santiago de Zebedeo; también tú, Simón; y tú, Bartolomé.

Y Felipe y vosotros, hermanos míos y Mateo.

Judas de Simón, aquí, frente a Mí. Tomás, ven aquí. Sentaos. Tengo que hablaros.

Se sientan, apacibles como niños, todos un poco absortos en su mundo interior.

Y a pesar de todo, más atentos que nunca a Jesús.

–     ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?

Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón.

El alma, que ha sido reina estos días, le ha enseñado a la razón dos grandes virtudes:

La humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a su vez son hijas de la caridad.

Hace sólo ocho días, habríais venido a proclamar, cual hábiles niños cuyo deseo es dejar asombrados a los demás, superar a su rival;

vuestras capacidades, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora calláis.

De niños habéis pasado a adolescentes.

Y sabéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría hacerle sentirse poco al otro, quizás menos favorecido por Dios…

Y por eso no habláis.

Sois como muchachas que han dejado de ser impúberes:

Ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que os ha revelado el Misterio Nupcial de las almas con Dios.

Matrimonio místico de santa Rosa de Lima

Estas cuevas el primer día os parecieron frías, hostiles, repelentes…

Ahora las miráis como a perfumadas y luminosas cámaras nupciales.

En ellas habéis conocido a Dios.

Antes sabíais acerca de Él, pero no lo conocíais en esa intimidad que hace de dos uno.

Entre vosotros hay hombres que están casados desde hace años; otros que tuvieron sólo falaces relaciones con mujeres. 

Algunos que, por distintas causas, son castos.

Mas los castos ahora saben como los casados, lo que es el amor perfecto…

Es más, puedo decir que ninguno como quien desconoce todo apetito carnal, SABE lo que es el amor perfecto.

Porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien es puro…

Reconociendo parte de Sí mismo, Purísimo, en la criatura exenta de toda lujuria; como para compensarle por cuanto se niega por amor a Él.

En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera llevar a cabo la obra del Padre; querría teneros aquí, estar con vosotros, alejados de la gente.

Ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos.

Ya no tendríais momentos de desconcierto, o defecciones, caídas o perdidas de ritmo o vueltas atrás.

Pero no puedo. Debo continuar mi camino y también vosotros.

El Mundo nos espera, este mundo profanado y profanador que necesita maestros y redentores.

Yo os he querido dar a conocer a Dios para que lo amarais mucho más que al Mundo, el cual con todos sus afectos no vale lo que una sola sonrisa de Dios.  

San Juan de la Cruz

He querido que pudierais meditar sobre lo que es el Mundo y sobre lo que es Dios…

Para que aspirarais a lo mejor.

En este momento aspiráis sólo a Dios. ¡Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en esta aspiración!

Pero el Mundo nos espera.

E iremos a ese mundo que espera, por la santa Caridad; que, de igual modo que me ha enviado a Mí al mundo, os envía a vosotros por imperativo mío.

Pero os lo suplico, como se guarda una perla en un cofre:

Guardaos bien el tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos.

De estos días en que os habéis erguido y procurado vestiduras nuevas

Santa Catalina de Siena

Y habéis contraído esponsales con Dios… en vuestro corazón.

Como las piedras del testimonio, elevadas por los Patriarcas a recuerdo de las alianzas con Dios, conservad y custodiad estos preciosos recuerdos en vuestro corazón.

A partir de hoy ya no sois sólo los discípulos predilectos, sino que sois los apóstoles, cabezas de mi Iglesia.

De vosotros brotarán y esto siempre, todas sus jerarquías.

Seréis llamados maestros, teniendo como Maestro a vuestro Dios en su triple potencia, sabiduría y caridad.

No os he elegido porque seáis los que más lo merecéis, sino por un complejo de causas que no es necesario que conozcáis ahora.

Os he elegido en vez de a los pastores, que son mis discípulos desde mis primeros vagidos.

¿Por qué lo he hecho? Porque era lo correcto.

Entre vosotros hay galileos y judíos, instruidos y no instruidos, ricos y pobres; esto por el mundo, para que no diga que he preferido a una sola categoría…

Mas vosotros no daríais abasto a todo lo que hay que hacer, ni ahora ni en el futuro.

Quizás no todos os acordéis de un punto del Libro. Os lo recuerdo.

En el segundo libro de los Paralipómenos, capítulo 29, se narra cómo Ezequías, rey de Judá, hizo purificar el Templo.

Y cómo, una vez purificado, ordenó sacrificar por el pecado, por el reino, por el santuario y por Judá.

Y cómo luego comenzaron las ofrendas individuales…

Mas, no siendo suficientes los sacerdotes para las inmolaciones, se recurrió a los levitas, consagrados con rito más breve que el de los sacerdotes.

Esto mismo haré Yo.

Vosotros sois los sacerdotes, a quienes Yo, Pontífice eterno, he preparado larga y atentamente.

Pero no dais abasto al trabajo, cada vez mayor, de inmolación de cada hombre en particular al Señor su Dios;

Santa Rosa de Lima, ALMA VÍCTIMA Y CORREDENTORA

por lo cual asocio a vosotros a los discípulos, a los que siguen siendo, eso, discípulos:

Los que nos esperan al pie del monte, los que ya están más arriba, los que ahora se encuentran esparcidos por la tierra de Israel,

Y que llegará el momento en que lo estén por todas las partes de la Tierra.

Ellos recibirán encargos iguales, porque una es la misión; pero ante los ojos del mundo estarán encuadrados de forma distinta, no ante los ojos de Dios, que es justo.

De forma que el discípulo oculto, ignorado por los apóstoles y por sus compañeros, si vive santamente, llevando almas a Dios…

Será mayor que aquel otro apóstol, conocido; que de apóstol no tiene sino el nombre y que rebaja su dignidad de apóstol al nivel de intereses humanos.

La tarea de los apóstoles y discípulos será siempre la de los sacerdotes y levitas de Ezequías:

Practicar el culto, derribar las idolatrías, purificar los corazones y los lugares, predicar al Señor y su Palabra.

No existe tarea más santa sobre la faz de la tierra, ni tampoco dignidad más alta que la vuestra.

En el Tercer Nivel del Purgatorio, se sufre TODO el calvario de Jesús, como en el Infierno, por los propios pecados y por nuestra negativa a ser CORREDENTORES en vida…

Precisamente por esto es por lo que os dicho: “Escuchaos. Examinaos”.

¡Ay del apóstol que caiga!…

Arrastrará consigo a muchos discípulos, y a su vez éstos arrastrarán a un número aún mayor de fieles. 

Y la ruina será cada vez mayor, cual alud en movimiento o círculo que va extendiéndose cada vez más en la superficie de un lago, cuando una y otra vez lanzan piedras al mismo punto.

¿Vais a ser todos perfectos? No.

¿Va a durar el espíritu de ahora? No.

El Mundo lanzará sus tentáculos para ahogar vuestra alma.

La victoria del mundo, que es hijo de Satanás en cinco de sus partes, siervo de Satanás en otras tres partes, apático respecto a Dios en las otras dos. consiste en extinguir las luces en los corazones de los santos.

“Subamos al Calvario con la Cruz a cuestas. No dudemos. Nuestra ascensión terminará con la visión celeste del Dulcísimo Salvador.”

Defendeos por vosotros mismos contra vosotros, contra el Mundo, la Carne y el Demonio; pero, sobre todo, defendeos de vosotros mismos.

¡Alerta, hijos, contra la soberbia, la sensualidad, la doblez, la tibieza, el sopor espiritual, la avaricia!

Cuando el yo inferior hable de supuestas crueldades que le perjudican y lloriquee, imponedle silencio diciendo:

“Por un brevísimo tiempo de privación a que te someto, te procuro para siempre el banquete extático que recibí en la cueva de la montaña al terminar la luna de Sabat”.

Vamos.

Vamos a donde los demás, que en gran número me esperan.

Luego iré unas horas a Tiberíades.

Vosotros, predicándome, iréis a esperarme al pie del monte que está en el camino de Tiberíades al mar…

Os alcanzaré y subiré para predicar.

Tomad alforjas y mantos.

La estancia aquí ha terminado, la elección se ha cumplido.

124 UN MILAGRO DESPERDICIADO


124 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está llegando en barca a Cafarnaúm. El ocaso está muy próximo. Todo el lago es un cabrilleo amarillo-rojo.

Mientras las dos barcas realizan las maniobras para arrimarse a la orilla,

Juan dice:

–     Voy enseguida a la fuente por agua para que puedas calmar tu sed.

Y Andrés exclama:

–     El agua aquí es buena.

Jesús responde:

–     Sí, es buena.

Y vuestro amor me la hace todavía mejor.

Pedro dice:

–     Yo llevo el pescado a casa.

Las mujeres lo prepararán para la cena. ¿Nos vas a hablar después a nosotros y a ellos?

–     Sí, Pedro.

–     Ahora volver a casa es más agradable.

Antes parecíamos un grupo de nómadas; ahora, con las mujeres, hay más orden, más amor. ¡Y además… ver a tu Madre me quita inmediatamente el cansancio! No sé…

Jesús sonríe y guarda silencio.

La barca roza ya en la grava de la orilla.

Juan y Andrés, vestidos solo con las camisolas cortas, saltan al agua y ayudados por los mozos, tiran de la barca hacia la orilla. Para bajar ponen una tabla como puente.

El primero en hacerlo es Jesús, que espera a que llegue a la orilla la segunda barca, para unirse a todos los suyos.

Luego se dirigen hacia la fuente caminando despacio:

Es una fuente natural, un manantial que está un poco fuera del pueblo. Brota un agua fresca, abundante, argentina, que va a caer a una pileta de piedra. Es muy cristalina e invita a beber.

Juan, que se ha adelantado corriendo con el ánfora, vuelve ya y ofrece a Jesús el cántaro, que todavía gotea.

Jesús bebe copiosamente.

–     ¡Cuánta sed tenías, Maestro mío!

Y yo, estúpido de mí, no me había procurado agua.

Jesús le hace una caricia,

diciendo:

–     No tiene importancia, Juan; ahora ya todo ha pasado.

Ya van a volverse cuando ven que llega, a toda la velocidad de que es capaz Pedro, que había ido a casa a llevar su pescado. 

Pedro grita:

–     ¡Maestro! ¡Maestro! – con el respiro entrecortado.

El pueblo está revolucionado porque el único nieto de Elí el fariseo se está muriendo. Le ha mordido una serpiente.

Había ido, precisamente con su abuelo,aunque contra la voluntad de su madre, al olivar que tienen.

Elí estaba vigilando unos trabajos mientras el niño jugaba al lado de las raíces de un viejo olivo; ha metido la mano en un agujero, esperando encontrar una lagartija y lo mordió la serpiente.

El anciano está como enloquecido.

La madre del niño, que dicho sea de paso odia a su suegro y con razón, le acusa de ser un asesino.

El niño se está enfriando por momentos.

Son parientes, pero no se han querido ¡Y más allegados que ellos…!

–     ¡Mala cosa los odios entre familiares!

–     Maestro, yo digo de todas formas…

Que es que las serpientes no han querido a la serpiente mayor, o sea, a Elí. Y le han matado a su viborita.

Siento que me haya visto, porque me ha gritado a mis espaldas preguntándome si estabas Tú.

También lo siento por el pequeño; era un niño hermoso y no tiene la culpa de ser nieto de un fariseo.

–     Sí, no tiene culpa de ello…

Dirigen sus pasos hacia el pueblo.

En esto, ven que viene hacia ellos mucha gente gritando y llorando, encabezados por el anciano Elí.

Pedro exclama:

–    ¡Ha dado con nosotros!

¡Regresemos!

Jesús cuestiona:

–     ¿Por qué?

Ese anciano está sufriendo.

–      Recuerda que ese anciano te odia.

Es uno de los primeros y más feroces acusadores tuyos ante el Templo.

–     Lo que recuerdo es que soy la Misericordia.

E1 anciano Elí, despeinado, profundamente turbado, con todos sus atavíos ministeriales en desorden, corre hacia Jesús, con los brazos tendidos hacia adelante.

Y se derrumba a sus pies gritando:

–     ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Perdón!

No te vengues de mi dureza en el inocente. ¡Sólo Tú puedes salvarlo!

Dios, tu Padre, te ha traído aquí. ¡Yo creo en Tí! ¡Te venero! ¡Te amo! ¡Perdón! He sido injusto, un embustero… Pero ya he recibido mi castigo.

Estas horas son ya suficiente castigo. ¡Socórreme! ¡Es el varón, el único hijo de mi hijo varón ya difunto!

Y ella me acusa de haberlo matado.

El hombre llora mientras golpea repetidas veces su cabeza contra el suelo. 

Jesús le dice:

–     ¡Ánimo! No llores de ese modo.

¿Es que quieres morir? No te podrás ocupar del crecimiento de tu nieto.

–     ¡Se está muriendo!

¡Se está muriendo! Quizás ya esté muerto. No te opongas a que muera yo también. Todo, menos vivir en esa casa vacía. ¡Oh…, qué tristes mis últimos días!

–     Elí, levántate. Vamos…

–     ¿Vienes?

¿Vienes Tú? ¿Pero sabes quién soy yo?

–     Un desdichado. Vamos.

El anciano se pone en pie y dice:

–     Te precedo.

¡Corre, corre, no te demores!

Y se marcha veloz a causa de la desesperación que le punza el corazón.

Pedro protesta:

–     Pero, Señor, ¿Crees que lo vas a cambiar con esto?

¡Oh…, es un milagro desperdiciado! ¡Deja que muera esa viborita! Se morirá también el viejo de un ataque al corazón. Y.. así uno menos se te cruzará en tu camino. Dios ha resuelto…

Jesús lo reprende:

–     ¡Simón! En verdad te digo que ahora la serpiente eres tú.

Jesús rechaza severamente a Pedro, el cual se queda cabizbajo, pero sigue caminando.

En la plaza más grande de Cafarnaúm hay una hermosa casa, delante de la cual hay mucha gente produciendo un verdadero estrépito…

Jesús se dirige a esta casa.

Estando ya para llegar, el anciano sale por la puerta, que está abierta de par en par, seguido de una mujer toda desgreñada que lleva estrechado entre sus brazos a una criaturita agonizante.

El veneno ya paraliza los órganos, ya está cercana la muerte. La manita herida pende con la señal del mordisco en la base del dedo pulgar.

Elí no hace sino gritar:

–     ¡Jesús! ¡Jesús!

Y Jesús, estrujado, rodeado por una multitud que se le echa materialmente encima, casi impedido en sus movimientos, coge la manita y se la lleva a la boca,

succiona en la herida, sopla ligeramente en la carita cérea de ojos entrecerrados y vítreos; luego se endereza,

y dice:

–     Ahora el niño se está despertando.

No lo asustéis con esos rostros desencajados, que ya de por sí tendrá miedo por el recuerdo de la serpiente.

Así es. El pequeño, cuyo rostro se sonrosa, abre la boca emitiendo un prolongado bostezo, se restriega los ojillos, los abre y…

se queda atónito al verse entre tanta gente.

Luego le viene el recuerdo y trata de salir corriendo,

dando un salto tan repentino que se habría caído si Jesús no hubiera estado preparado para recibirlo en sus brazos.  

Jesús lo calma:

–     ¡Tranquilo, tranquilo!

¿De qué tienes miedo? ¡Mira qué bonito sol! Allí está el lago; allí, tu casa; aquí, tu mamá y tu abuelo.

–     ¿Y la serpiente?

–     Ya no está. Estoy Yo.

–     Tú. Sí…

El niño se para a pensar un poco. Luego, voz de la verdad inocente, 

dice:

–     Me decía mi abuelo que te llamase “maldito”…

Pero no lo quiero hacer; yo te quiero.  

Elí se espanta y protesta:

–     ¿Yo? ¿Yo he dicho esto?

Este niño delira. No creas esto, Maestro. Yo te he respetado siempre. 

Va desapareciendo el miedo y resurge el viejo modo de ser.

Jesús sentencia:

–     Las palabras tienen y no tienen valor; las tomo por lo que valen.

Adiós, pequeño; adiós, mujer; adiós, Elí. Quereos… y queredme, si podéis.

Jesús se vuelve y se dirige hacia la casa en que reside. 

Judas cuestiona:

–     Maestro, ¿Por qué no has hecho un milagro espectacular?

Habrías debido mandar al veneno que saliera del niño, mostrarte Dios. Sin embargo, te has limitado a succionar el veneno como un pobre hombre cualquiera…

Judas de Keriot está poco contento; quería una cosa espectacular, para apabullar al fariseo.

También otros son de la misma opinión.

–     Deberías haberle aplastado a ese enemigo con tu poder.

–    ¿Has visto cómo enseguida ha vuelto a segregar veneno?

Jesús objeta:

–     No importa el veneno.

Considerad, más bien, que si hubiera actuado como queríais vosotros, habría dicho que me ayudaba Belcebú.

Esa alma suya en estado calamitoso puede admitir mi potencia de médico, pero no más.

El milagro conduce a la fe a quienes ya van por ese camino, mas en los que no tienen humildad, conduce a la blasfemia,

La fe prueba siempre la existencia de humildad en un alma.

Es mejor, por tanto, evitar incurrir en este peligro recurriendo a formas de vistosidad humana. Es la miseria de los incrédulos, la incurable miseria.

Ninguna moneda la elimina, porque ningún milagro los lleva a creer, ni a ser buenos. No importa: Yo, mi misión; ellos, su adversa ventura.

Judas pregunta:

–     ¿Y entonces por qué lo has hecho?

–     Porque soy la Bondad. 

Y para que no se pueda decir que he usado venganza con los enemigos o que he provocado a los provocadores. Acumulo carbones sobre su cabeza.

Y ellos me los dan para que los acumule. Tranquilo, Judas de Simón. Tú trata de no hacer como ellos basta. Y basta.

Vamos con mi Madre; se alegrará al saber que he curado a un pequeñuelo.