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259 LA MUJER EN LA IGLESIA


259 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mirando a Judas de Keriot,

la Virgen dice:

–       Hablaré con Jesús.

Si Él acepta, vendrás a mi casa.

No me preocupo del juicio del mundo.

No lesiona mi alma.

Sólo me puede causar horror ser culpable yo ante Dios.

La calumnia me deja indiferente.

De todas formas, no me calumniarán;

porque Nazaret sabe que su hija no es escándalo de su ciudad.

Además… ¡Que pase lo que pase!…

Lo que me preocupa es que te salves en tu espíritu.

Voy donde Jesús.

Queda en paz.

Se emboza en su velo, blanco como el vestido.

Y empieza a caminar ligera, por el sendero que conduce a una loma cubierta de olivos.

Busca a su Jesús.

Y lo encuentra absorto en profunda meditación.

Lo llama:

–       Hijo, soy yo…

Escucha.

Jesús sonríe feliz:

–       ¡Oh, Mamá!

¿Vienes a orar conmigo?

¡Qué alegría, qué consuelo me das!

–       ¿Qué, Hijo mío?

¿Sientes tu espíritu cansado?

¿Estás triste?

¡Díselo a tu Madre!

–      Sí, cansado, tú lo has dicho.

Y afligido.

No tanto por el cansancio y las miserias que veo en los corazones,

cuanto porque veo que mis amigos no cambian.

Pero no quiero ser injusto con ellos.

Uno sólo me produce cansancio:

Judas de Simón…

–       Hijo, vengo a hablarte de él…

–      ¿Ha hecho algo malo?

¿Te ha adolorado?

–       No.

Pero me ha causado la pena que me causaría el ver a una persona muy corrompida…

¡Pobre hijo! ¡Qué enfermo está en su espíritu!

–       ¿Sientes compasión de él?

¿Ya no te da miedo? Antes sí…

–       Hijo mío, mi compasión supera a mi miedo.

Quisiera ayudaros a Ti y a él a salvar su espíritu.

Tú lo puedes todo, no tienes necesidad de mí;

pero dices que todos deben cooperar con el Cristo en la redención…

¡Y este hijo está tan necesitado de redención!…

–       ¿Qué más debo hacer de lo que ya hago por él?

–       Tú no puedes hacer más.

Pero podrías dejarme intentarlo a mí.

Me ha rogado que le permita estar en nuestra casa;

porque le parece que así podrá liberarse de su monstruo…

Jesús nueve la cabeza negando…

¿Meneas la cabeza?

¿No quieres?

Bien, se lo diré…

–       No, Mamá.

No es que no quiera.

Meneo la cabeza porque sé que es inútil.

Judas es como uno que se está ahogando y que, a pesar de ver que se está ahogando;

rechaza por orgullo la soga que le echan para sacarlo a la orilla.

No tiene la voluntad de venir a la orilla.

De vez en cuando, sintiendo el terror de ahogarse, busca y pide ayuda, se agarra a la soga…

Pero luego por el orgullo, suelta la ayuda, la rechaza, quiere salir él solo..

Y se hace cada vez más pesado a causa del agua fangosa que traga.

Pero, para que no se diga que he dejado una posibilidad sin intentar, hágase esto también.

Pobre Mamá mía…

Sí, pobre Mamá, que te sometes por amor a un alma;

al sufrimiento de tener a tu lado a una persona…

Que te da miedo.

–       No, Jesús, no digas eso.

Soy una pobre mujer, porque todavía estoy sujeta a antipatías.

Regáñame.

Lo merezco.

No debería sentir repulsión por ninguna persona, por tu amor.

Pero ésa es mi pobreza, sólo ésa.

¡Ah, si pudiera devolverte a Judas espiritualmente curado!

Darte un alma es darte un tesoro.

y quien da un tesoro no es pobre. ¡Hijo!…

¡Voy y le digo a Judas que das tu consentimiento!

Dijiste: “Día llegará en que dirás: “¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!”.

Ya lo he dicho una vez… por Áglae…

Pero, ¿Qué es una vez!

¡La Humanidad son muchos!…

Y Tú eres Redentor de todos.

¡Hijo!… ¡Hijo!…

De la misma forma que te llevé a la pequeñuela en mis brazos, para que la bendijeras,

deja que te traiga en mis brazos a Judas, para que lo bendigas…

–       Mamá…

Mamá… Judas no te merece.

–       Jesús mío,

cuando no te decidías a entregar a Margziam a Pedro, te dije que sería un bien para él.

No puedes decir que Pedro no se haya renovado desde ese momento…

Déjame ocuparme de Judas.

–      De acuerdo.

Hágase como deseas.

¡Bendita seas, por tu intención amorosa por Mí,

y por Judas!

Ahora vamos a orar juntos, Mamá.

¡Es tan dulce orar contigo!…

Y los dos oran juntos.

Horas más tarde…

Acaba de empezar el alba cuando salen de la casa en que se habían hospedado.

Juan de Endor y Hermasteo se despiden de Jesús nada más llegar al camino.

María por su parte, con las mujeres, prosigue junto con su Hijo

por un camino que se abre paso entre los olivares de las colinas.

Van hablando también de los hechos de ese día.

Pedro dice:

–      ¡Qué loco ese Felipe!

¡A punto de repudiar a su mujer y a su hija, si no te hubieras metido a hacerlo razonar!

Tomás agrega.

–       Esperemos que le dure el arrepentimiento de ahora.

Y que no le dé enseguida de nuevo la locura de la aversión hacia las mujeres.

En el fondo, si el mundo va adelante, es por las mujeres.

Y muchos se echan a reír por la ocurrencia.

Bartolomé responde:

–       Cierto.

Es verdad.

Pero su condición impura es mayor que la nuestra y…

Tomás argumenta:

–      ¡Vamos hombre!

¡Si nos referimos a impureza!…

Nosotros tampoco somos ángeles.

Lo que quisiera saber es si después de la Redención, seguirá siendo así para la mujer.

Nos enseñan a honrar a nuestra madre,

a tener el máximo respeto para con nuestras hermanas

las hijas, las tías, las nueras, las cuñadas…

Y luego…

¡Anatemas a diestra y siniestra!

En el Templo no; estar con ellas muchas veces, no…

¿Qué pecó Eva?

De acuerdo.

También pecó Adán.

Dios dio a Eva su castigo y bastante severo.

¿No es suficiente?

Bartolomé:

–       Pero Tomás,

Si hasta Moisés la considera impura.

–       Moisés, que si no hubiera sido por las mujeres se hubiera ahogado…

Mira, escúchame un momento por favor, Bartolomé

Te recuerdo, a pesar de no ser docto como tú sino sólo un orfebre;

que Moisés cita las impurezas físicas de la mujer para que la respetemos;

no para condenarla.

La discusión se incrementa.

Jesús, que va adelante precisamente con las mujeres, con Juan y Judas, se detiene.

Se vuelve e interviene:

–       Dios tenía ante sí un pueblo moral y espiritualmente deforme;

contaminado por sus contactos con idólatras.

Quería convertirlo en un pueblo fuerte en lo físico y espiritual.

Dio como preceptos las normas saludables para la fortaleza física

y para la honestidad de costumbres.

No podía hacer otra cosa para frenar la concupiscencia del varón

para que los pecados por que fue sumergida la tierra

y fueron quemadas Sodoma y Gomorra no se repitieran.

En el futuro, la mujer redimida no vivirá esta opresión que vive ahora.

Seguirán existiendo las prohibiciones dictadas por la prudencia física;

pero los obstáculos que encuentra para acercarse al Señor quedarán eliminados.

Yo ya los elimino, para preparar a las primeras sacerdotisas del tiempo futuro.

Felipe está atónito y pregunta:

–       ¿Pero habrá mujeres sacerdotes!?

–       No me entendáis mal.

No serán sacerdotisas como los hombres.

No consagrarán, no administrarán los dones de Dios:

los Sacramentos que por ahora no podéis conocer

pero sí pertenecerán lo mismo a la clase sacerdotal,

cooperando con los sacerdotes de muchas maneras para el bien de las almas.

Bartolomé pregunta, incrédulo

–       ¿Van a predicar?

–       Como ya predica mi Madre.

Mateo inquiere:

–       ¿Van a hacer peregrinajes apostólicos?

–       Sí.

Y llevarán la Fe muy lejos.

Tengo que decirlo:

Lo harán con más heroísmo que los hombres.

Judas, riendo con cierta sorna,

dice:

–       ¿Van a hacer milagros?

–      Alguna hará también milagros.

SOR MARIA DE JESUS DE ÁGREDA, oraba y ayunaba. Y desde su celda EN ESPAÑA le decía a Jesús: “Señor, ayer el jefe de los sioux nos torturó hasta matarnos; ¿Crees que ahora sí se den por vencidos y accedan a escucharnos? Hoy que regresemos dices que también estaremos con los cherokees y los cheyennes; entonces  también el Espíritu Santo tendrá que multiplicar los rosarios, porque ya aumentaron las mujeres que me están enseñando a bordar, mientras rezamos…”

De todas formas, no os baséis en los milagros como si fuera lo esencial.

Las mujeres santas harán también muchos milagros de conversiones, con la Oración.

Nathanael:

–       ¡Mmm…!

Las mujeres rezar hasta el punto de hacer milagros!

–      No seas cerrado, como un escriba, Bartolomé.

¿Qué concepto tienes de la Oración?

–      Dirigirse a Dios con las fórmulas que sabemos.

–      Es eso y más.

La Oración es la conversación del corazón con Dios.

Y debería ser el estado habitual del hombre

La mujer, por su vida más retirada que la nuestra

y porque tiene una facultad afectiva más fuerte que la nuestra,

tiene más predisposición que nosotros para esta conversación con Dios.

En ella encuentra consuelo de sus dolores, alivio de sus fatigas,

que no son sólo las de la casa y las de engendrar,

sino también el soportarnos a nosotros los hombres;

encuentra aquello que enjuga sus lágrimas y devuelve la sonrisa a su corazón.

Porque la mujer sabe hablar con Dios.

Y sabrá hacerlo todavía mejor en el futuro.

Los hombres serán los gigantes de la doctrina;

las mujeres serán siempre las que con su Oración sostengan a los gigantes y al mundo.

Porque, efectivamente,

por sus oraciones se evitarán muchas desventuras

y muchos castigos quedarán suspendidos.

Así pues, harán milagros, por lo general invisibles, conocidos sólo por Dios,

pero no por ello irreales.

Tadeo dice:

–       También Tú hoy has hecho un milagro invisible, pero real.

¿No es verdad, Maestro?

–       Sí, hermano.

Felipe observa:

–      Mejor hubiera sido hacerlo visible.

–      ¿Querías que transformara a la pequeña en un niño?

El milagro en realidad es una alteración del destino de las cosas,

por tanto es un benéfico desorden,

que Dios concede para complacer la oración del hombre

y mostrarle así que lo ama

O para persuadir de que Él es el que ES.

Pero, dado que Dios es orden, no viola de forma exagerada el orden.

La niña ha nacido mujer y mujer seguirá siendo.

La Virgen. suspira:

–       ¡Me sentía muy apenada esta mañana!

Susana pregunta:

–      ¿Por qué?

La niña despreciada no era tuya.

Y añade:

–      Yo, cuando veo alguna desgracia en un niño, digo:

“¡Menos mal que no tengo niños!”

–      No digas eso, Susana

Eso no es caridad.

También yo podría decirlo, porque mi única Maternidad ha trascendido las leyes naturales.

Pero no lo digo, porque siempre pienso:

“Si Dios no hubiera querido que fuera virgen,

quizás esa semilla habría caído en mí y sería la madre de ese infeliz”

Y así tengo compasión de todos…

Porque digo: “Podría haber sido hijo mío”,

Y como madre, querría que todos fueran buenos, que estuvieran sanos, que fueran amados

y merecedores de amor, porque eso es lo que desean las madres para sus hijos

Responde dulcemente María.

Y Jesús la mira con unos ojos tan radiantes, que parece vestirla de luz.

Judas dice en voz baja:

–       Por eso tienes compasión de mí…

–      De todos.

Aunque se tratara del asesino de mi Hijo,

porque pienso que sería el más necesitado de perdón…

Y de amor.

Porque, sin duda, todos lo odiarían.

Pedro dice:

–       Mujer,

tendrías que empeñarte mucho en defenderlo, para darle tiempo de convertirse…

Yo sería el primero en quitarlo de en medio…

Jesús concluye:

–       Hemos llegado al lugar de la despedida.

Madre, Dios sea contigo.

Y contigo, María.

También contigo, Judas.

Se besan.

Jesús añade:

–      Recuerda que te he concedido una cosa muy grande, Judas.

Haz que sea un bien para ti y no un mal.

Adiós.

Y Jesús con los once restantes y Susana, se van ligeros hacia oriente.

Mientras María, la cuñada de María y el Iscariote siguen recto.

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Las monjas que intercedieron para salvar al Papa…

258 EL DEPREDADOR


258 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Por un terreno ondulante de colinas en que serpentea el camino que conduce a Nazaret,

aprovechando las sombras de las matas de olivos y de distintos árboles frutales

diseminadas por esta región cultivada y fértil,

Jesús regresa hacia su ciudad.

Cuando llega al cruce con el camino de Tolemaida, se detiene,

y dice:

–       Detengámonos aquí.

En esta casa, donde ya he estado otras veces.

Vamos a reponer fuerzas.

Así, mientras el Sol recorre su camino, estaremos juntos antes de separarnos de nuevo:

nosotros iremos hacia Tolemaida;

mi Madre y María, a Nazaret;

Juan con Hermasteo, a Sicaminón.

Van atravesando un olivar, en dirección a una casa de campesinos, ancha y baja,

adornada con la indefectible higuera,

enguirnaldada con los festones de una parra, que extiende sus ramas escalera arriba

y luego por la terraza.  

Jesús saluda: 

–     Paz a vosotros.

Aquí estoy nuevamente.

Un hombre anciano que en ese momento estaba cruzando el patio, con una brazada de haces de leña. 

Le responde: 

–      Ven, Maestro.

Tu presencia siempre es bien recibida

Dios te dé esa misma paz, a ti y a los tuyos.

Luego llama:

–     « ¡Sara!

¡Sara! Está aquí el Maestro con sus discípulos.

¡Añade harina a tu pan!».

Sale de una habitación una mujer, toda blanca de harina, pues la estaba cribando.

Y tiene en la mano todavía la criba con el moyuelo.

Se arrodilla sonriendo, delante de Jesús.

–       Paz a ti, mujer.

He traído conmigo a mi Madre, como te había prometido.

Es ésta. Y ésta es su cuñada, madre de Santiago y Judas.

¿Dónde están Dina y Felipe?

La mujer saluda a las dos Marías,

y luego responde:

–       Dina ha tenido ayer a su tercera hija.

Estamos un poco tristes, porque no se nos concede un nieto.

De todas formas, contentos.

¿No es verdad, Matatías?

–      Sí, porque es una niña muy linda.

Y en todo caso lleva nuestra misma sangre.

Te la daremos a conocer. Felipe ha ido a buscar a Ana y a Noemí a casa de sus padres.

Volverá pronto.

La mujer vuelve a su pan mientras el hombre, después de colocar en el horno los haces de leña,

se preocupa de los recién llegados

Les procura sillas.

Y les ofrece leche acabada de ordeñar para los que la desean.

O para el que lo prefiere, fruta y aceitunas.

La habitación de la planta baja es muy espaciosa, abierta por el frente y la trasera de la casa,

con sus dos puertas situadas a la sombra de la grande higuera y de un alto seto cubierto de flores estrelladas,

una especie de girasoles por la forma, pero de corola no tan gigantesca- es fresca y umbría.

Una luz esmeraldina entra en la espaciosa estancia:

dando gran alivio a los ojos fatigados a causa del exceso de sol.

Hay bancos y mesas en esta espaciosa habitación, que es donde las mujeres hilan y tejen.

Y los hombres arreglan los aperos de labranza o guardan las reservas de harina y fruta,

a juzgar por las viguetas llenas de ganchos y a lo largo de las paredes,

las tablas apoyadas en gruesas repisas, además de los largos arquibancos.

Colgados en las paredes encaladas,

hay esponjosos copos de lino o cáñamo que parecen trenzas despeinadas.

Y un trozo de tela rojo fuego, extendido encima de un telar que ha quedado destapado,

parece alegrar toda la habitación con su color alegre y pomposo.

Vuelve la dueña de la casa, que ha terminado de elaborar el pan y pregunta a los peregrinos,

si quieren ver a la recién nacida.

Jesús responde:

–      La voy a bendecir, ciertamente.

María, por su parte, se levanta,

y dice:

–      Voy a saludar a la madre.

Salen todas las mujeres.  

Bartolomé, que se le ve muy cansado,

dice:  

–      Se está bien aquí»

Pedro también medio adormilado, 

confirma: 

–      Sí. Hay sombra y silencio.

Al final nos dormiremos.  

Jesús dice: 

–      Dentro de tres días estaremos…

Y bastante tiempo, en nuestras casas.

Descansaréis, porque evangelizaréis en los aledaños.

–       ¿Y Tú?

–       En general no me moveré de Cafarnaúm;

salvo algunas veces que estaré en Betania.

Evangelizaré a los que vengan.

Luego, para la luna de Tisrí, de nuevo a caminar.

Y todos los días, acabada la jornada, seguiré mejorándoos…

Jesús calla, porque al mirarlos, ve que el sueño hace inútiles sus palabras.

Sonríe meneando la cabeza,

mientras observa a este grupo de personas vencidas por el cansancio,

que en posturas más o menos cómodas duermen con verdaderas ganas.

El silencio de la casa y la solana son completos.

Parece un lugar encantado.

Jesús sale a la puerta cercana al seto de las flores y mira, a través de sus ramas

a las suaves colinas galileas, grises todas por los olivos inmóviles.

Un ligero rumor de pasos y un gritito débil de recién nacido, suenan por encima de su cabeza.

Jesús levanta la cara y sonríe a su Madre, que está bajando;

llevando en sus brazos un bulto blanco del que sobresalen tres cositas rosáceas:

una cabecita y dos manitas gesticulantes.

–       ¡Mira, Jesús, qué niña tan bonita!

Se asemeja un poco a ti cuando tenías un día.

Eras tan rubio, que se hubiera dicho que no tenías pelo,

a no ser porque ya destacaba formando leves rizos,

como un copo de nube; respecto al color, eras también así, como una rosa.

Y… mira, mira, está abriendo los ojitos y busca el pecho;

mira, con esta sombra, tiene tus ojos azul oscuros…

¡Tesoro! ¡No tengo leche, pequeñita, rosita, tortolita mía!

Y la niña, acunada por la Virgen, calma su vagido, hace arrullos, como una tortolita y se duerme.

Al ver a su Madre acunando a la niña con la cara apoyada en la cabecita rubia.

Jesús pregunta: 

–      Mamá, ¿Hacías lo mismo conmigo? 

–      Sí, Hijo.

Te decía “corderito mío”.

¿Es bonita, verdad?

–      Muy bonita.

Y robusta.

¡Bien contenta puede estar la madre!

Confirma Jesús, que está también encorvado, observando el sueño de la inocente.

–       Pues no está contenta…

El marido está enfadado porque todos los hijos son niñas.

-Es verdad que con las tierras que tenemos son mejores los niños.

Sara la dueña de la casa, que acaba de llegar, suspira profundamente,

diciendo: 

–      Pero nuestra hija no tiene la culpa…

Jesús dice con seguridad: 

–      Son jóvenes.

Que se amen.

Y tendrán también niños. 

La mujer se turba y murmura: 

–      Ahí está Felipe…

Pondrá ceño… 

Y más fuerte, dice:

–      ¡Felipe, está aquí el Rabí de Nazaret!

El hombre dice: 

–      Me alegro mucho de verlo.

La paz sea contigo, Maestro.

–      Y contigo, Felipe.

He visto a tu bonita niña.

Es más, todavía la estoy mirando porque verdaderamente despierta admiración.

Dios te bendice con hijos bellos, sanos y buenos.

Debes sentirte muy agradecido a Él…

¿No respondes?

Pareces preocupado…

–       ¡Esperaba un niño!  

Jesús pregunta con tono severo: 

–      No querrás decirme ya que eres injusto,

¿Acusando a esta inocente de ser niña, no?

¿Y, menos aún, que eres duro con tu mujer, no? 

Felipe exclama resentido:

–      ¡Yo quería un niño, por el Señor y por mí!

–     ¿Y piensas obtenerlo siendo injusto y rebelde?

¿Has leído acaso, el pensamiento de Dios?

¿Eres más que El, como para decirle: “Haz esto, que es lo justo”?

Señalando a Susana, Jesús agrega: 

Esta mujer por ejemplo, es discípula mía y  no tiene hijos.

Y, a pesar de todo, me dice:

“Bendigo esta esterilidad que me pone alas para seguirte”.

Y ésta, madre de cuatro varones, desea que dejen de ser suyos los cuatro.

¿Verdad, Susana y María?

Ellas responden asintiendo. 

Y Jesús continúa: 

¿Las oyes?

¿Y tú, casado desde hace pocos años con una mujer fecunda,

bendecido con tres capullos de rosa que piden tu amor, estás enfadado?

¿Con quién?

¿Por qué?

¿No quieres decirlo?

Pues lo digo Yo: porque eres un egoísta.

Corta enseguida tu resentimiento.

Abre tus brazos a esta criatura nacida de ti y ámala.

¡Vamos!

¡Tómala en tus brazos!

Y Jesús coge el pequeño amasijo de ropa y se lo pone al joven padre en los brazos.

Jesús añade:

–     «Ve donde tu mujer, que está llorando.

Dile que la quieres.

Si no, Dios verdaderamente no te dará jamás un varón.

Te lo aseguro. ¡Ve!…

El hombre sube a la habitación donde está su esposa.  

La suegra susurra: 

–     ¡Gracias, Maestro!

Se le veía muy cruel desde ayer…

Pasan unos minutos y el hombre vuelve.

Dice:

–     Lo he hecho, Señor.

La mujer te da las gracias.

Dice que te pregunte el nombre de la pequeñuela, porque…

Porque yo le había destinado un nombre demasiado feo…

Por mi injusto odio…

–      Llámala María.

Ha bebido el llanto amargo junto con su primera gota de leche,

también amarga por tu dureza.

Puede llamarse María.

Y María la amará, ¿Verdad, Madre?

–      Sí, pobre criatura.

¡Tan bonita como es!

Será, sin duda, buena.

–      Será una estrellita del Cielo.

Regresan al gran salón donde los apóstoles se han quedado dormidos,

rendidos por el cansancio.

Menos Judas de Keriot, que parece revolverse sobre ascuas.

Y da la impresión de estar muy preocupado.  

Jesús pregunta: 

–      ¿Me necesitas para algo, Judas? 

–      No, Maestro;

pero no logro dormir.

Quisiera salir un poco.

–       ¿Quién te lo prohíbe?

Yo también salgo.

Iré a aquel colladito que está en la sombra…

Voy a descansar haciendo Oración.

¿Quieres venir conmigo?

–       No, Maestro.

Te molestaría, porque no estoy en condiciones de orar.

Estoy muy inquieto.

Tal vez…

Quizás no me siento bien y por eso estoy inquieto…

–      Quédate entonces.

No obligo a nadie.

Hasta pronto…

Adiós, mujeres.

Madre, cuando se despierte Juan de Endor, dile que vaya a verme, que vaya solo.

–      Sí, Hijo.

La paz sea contigo.

Jesús sale.

María y Susana se detienen a mirar la tela que está encima del telar.

María se sienta y pone las manos en su regazo, con la cabeza un poco baja;

quizás está orando también.

María de Alfeo pronto se cansa de mirar el trabajo del telar, se sienta en el rincón más oscuro

y se queda pronto dormida.

Susana juzga conveniente hacer lo mismo.

Quedan despiertos María y Judas.

Judas deambula un rato por el huerto.

Luego se sienta en una banca de piedra, que está junto al emparrado.

En el portal, María está recogida en sí, meditando;

mientras los demás duermen.

Judas la mira con los ojos muy abiertos.

Y una fugaz expresión de malvada hipocresía y de crueldad, se asoma a su mirada.

Es como un destello que pronto se pierde..

Tiene una belleza repulsiva. 

Hay en él una emanación de maldad, que casi se materializara.

La Virgen está absorta, totalmente alejada del mundo…

Ella, toda recogida en sí misma, meditando sin hacer caso de lo que la rodea. 

Judas mirándola fijamente con una expresión artera, con los ojos bien abiertos,

destellando una inteligencia que no es de este mundo…

Es cómo mirar a Lucifer, maquinando una estrategia de ataque…

Finalmente se levanta y se acerca a Ella sin hacer ruido.

Y al verlo es inevitable pensar que a pesar de su indiscutible belleza varonil,

parece la imagen depredadora de un felino o una serpiente mortal, acercándose a su presa.

Su personalidad es repulsiva porque emana tanta maldad,

que lo hace ver artero y cruel hasta en su paso…

La llama en voz baja:

–      ¡María!  

Ella pregunta con bondad:

–      ¿Qué quieres de mí, Judas?

Mientras lo mira con sus ojos dulcísimos.

–      Quisiera hablar contigo…

–      Habla. Te escucho.

–      Aquí no…

No quisiera que me oyeran…

¿Te importa salir un poco?

También afuera hay sombra…

–      Bien, vamos.

De todas formas, como ves, aquí están todos dormidos…

Podías hablar también aquí.

Pero se levanta y sale antes que Judas.

Y se pone junto al alto seto de flores

–      ¿Qué quieres de mí, Judas? – vuelve a preguntar.

Mientras fija agudamente su mirada en el apóstol.

El cual se turba un poco y muestra dificultad en encontrar las palabras…

María pregunta solícita: 

–     ¿Te sientes mal?

¿Has hecho algo malo y no sabes cómo decirlo?

¿Te ves a las puertas de hacer algo malo y te pesa confesar que te sientes tentado?

Habla, hijo.

De la misma forma que cuidé tu carne cuando enfermaste, cuidaré tu alma.

Dime lo que te turba y si puedo, te tranquilizaré.

Si no puedo sola, se lo diré a Jesús

Aunque hubieras pecado mucho, te perdonará si pido perdón para ti.

La verdad es que también Él te perdonaría enseguida..

Pero quizás ante Él, que es el Maestro, te avergüenzas.

Yo soy una madre…

No infundo sentimiento de vergüenza…

Judas confirma: 

–      Sí, no haces sentir vergüenza porque eres madre y además muy buena.

Eres verdaderamente la paz entre nosotros.

Yo… yo me siento muy turbado.

Tengo un pésimo carácter, María.

No sé lo que tengo en la sangre y en el corazón…

De vez en cuando no sé dominarlos…

En esos momentos, haría las cosas más extrañas…

Y las peores cosas, más perversas».

–      ¿No logras resistir al que te tienta ni siquiera al lado de Jesús?

–       No.

Créeme que sufro por ello.

Pero es así.

Soy un desdichado.

–      Oraré por ti, Judas.

–      No es suficiente.

–      Pondré a orar a los demás.

Sin decir por quién es la oración que solicito.

–       No es suficiente.

–       Pondré a orar a los niños.

A mi casa vienen muchos.

Vienen a mi huerto, como pajarillos en busca de trigo.

El trigo son las caricias y las palabras que les doy

Hablo de Dios…

Y ellos inocentes, prefieren esto antes que los juegos y las fábulas.

La Oración de los niños es grata al Señor.

–      ¡Nunca tanto como la tuya!

Pero… no, no es suficiente.

–      Le diré a Jesús que pida por ti al Padre».

–      Tampoco es suficiente

–       ¡Pero, si más ya no hay!

La Oración de Jesús vence incluso a los demonios…

–       Sí.

Pero Jesús no oraría siempre y yo volvería a ser yo…

Jesús lo dice siempre, un día se irá.

Tengo que preocuparme de cuando me falte Él.

Jesús ahora nos quiere enviar a evangelizar

Me da miedo ir a sembrar la palabra de Dios

La posesión demoníaca perfecta controla totalmente, por medio de los pecados convertidos en vicio que no se pueden dejar

acompañado por este enemigo mío que soy yo mismo.

Quisiera estar ya formado para este momento.

–       Pero, hijo mío;

si ni siquiera puede hacerlo Jesús, ¿Quién va a poder?

–      ¡Tú, Madre!

Déjame estar un poco de tiempo contigo.

Si han estado contigo paganos y meretrices, yo también puedo.

Si no quieres que esté en tu casa por la noche,

iré a dormir a casa de Alfeo o María de Cleofás, pero pasaré el día contigo y los niños.

Las veces pasadas he tratado de actuar solo y he empeorado las cosas.

Si voy a Jerusalén, tengo demasiados amigos malos.

Y en las condiciones en que me encuentro cuando se apodera de mí esto,

soy un juguete en sus manos…

Si voy a otra ciudad, es igual.

La tentación del camino se enciende en mí, además de la que ya tengo.

Si voy a Keriot a casa de mi madre, me esclaviza la soberbia.

Si voy a un lugar solitario, el silencio me tortura con las voces de Satanás.

Pero… en tu casa… ¡Oh!…

¡Contigo presiento que será distinto!…

¡Déjame que vaya!

¡Dile a Jesús que me lo conceda!

¿Quieres que me pierda?

¿Tienes miedo de mí?

Me miras con la mirada de una gacela herida,

sin fuerzas para seguir huyendo de sus perseguidores.

No, no te causaré ningún daño.

Yo también tengo una madre, y..

Y  te quiero más que a ella.

¡María, ten piedad de un pecador!

Judas se echa realmente a llorar a los pies de María,

diciendo: 

–      Mira, lloro a tus pies…

Si me rechazas, puede significar mi muerte espiritual…

Ella lo mira con una mirada de piedad, angustia y de miedo; está palidísima.

No obstante, da un paso hacia delante, porque estaba casi hundida en el seto,

para alejarse de Judas que se le estaba acercando demasiado.

Y pone una mano en el pelo moreno del Iscariote.

María lo tranquiliza: 

–     ¡Calla!

¡Que no te oigan!

Hablaré con Jesús.

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128 LAS NUPCIAS ESPIRITUALES


128 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La alborada blanquea los montes y parece atenuar las escabrosidades de esta agreste ladera,

en que la única voz es la del pequeño torrente espumante de su fondo; la cual, reflejada por los montes, llenos de cuevas, emite un rumor singular.

Allí, en el lugar en que se han instalado los discípulos, no se oye sino algún que otro cauto frú-frú entre el ramaje o las hierbas:

De los primeros pájaros que se despiertan, de los últimos animales nocturnos que van a su madriguera.

Un grupo de liebres o conejos montaraces, que están royendo una mata baja de moras, huyen porque los ha asustado una piedra al caer.

Luego vuelven prudentemente, moviendo sus orejas para detectar todos los sonidos…

Y viendo que todo está en calma, regresan a su mata.

El abundante rocío lava todas las hojas y las piedras.

El bosque adquiere un intenso aroma de musgo, poleo y mejorana.

Un petirrojo baja a posarse justo en el borde de una caverna a que hace de techo una gruesa lasca salediza; moviendo la cabecita,

bien erguido sobre sus patitas de seda preparado para huir, se asoma hacia dentro, mira hacia el suelo y susurra unos «chip» «chip» interrogativos.

Y… golosos, provocados por unas migas de pan que hay en la tierra. De todas formas, no se decide a bajar sino cuando ve que le está precediendo un mirlo grande, que se acerca saltando al sesgo.

Cómico con esa actitud suya de picaruelo y perfil de viejo notario, al que para serlo completo, le faltan sólo las gafas.

Entonces baja también el petirrojo y se coloca detrás de su señoría – muy corajinosa -, que cada cierto tiempo hinca el pico amarillo en la tierra húmeda en busca de…

arqueología alimenticia, para seguir adentrándose, después de emitir un «chop» o un silbido breve realmente de granuja.

El petirrojo llena su buche con las miguitas y se queda atónito al ver que el mirlo, penetrando seguro en la caverna silenciosa…

Sale luego con una corteza de queso y la golpea una y otra vez contra una piedra para desmenuzarla y procurarse una opípara comida.

Luego el mirlo vuelve a entrar, da una ojeada y no encontrando ya nada más, emite un brioso silbido burlón y alza el vuelo, para terminar su canto en la copa de un roble que sumerge su cima en el azul matutino.

También echa a volar el petirrojo, a causa de un ruido que ha oído venir del interior de la caverna…

Y se posa sobre una ramita delgada que se mece en el vacío.

Jesús sale hasta la boca de la cueva y se pone a desmigajar un poco de pan…  

Llamando muy suavemente a los pajarillos con un silbido modulado que bien imita el gorjear de muchas avecillas.

Después se separa de la cueva y va más arriba…

Y se queda inmóvil contra una pared rocosa, para no asustar a estos amigos suyos que al poco rato descienden:

Primero el petirrojo, luego otros de distintas especies.

La inmovilidad-de Jesús o también su mirada, hace que pasado un poco de tiempo, a pocos centímetros de El, estén saltando ya los pajarillos.

Y que el petirrojo ya saciado, vuele hacia la parte alta de la roca en que está apoyado Jesús y se agarre a una delgadísima ramita de clemátide…

Y se columpie por encima de su rubia cabeza con deseos de posarse en ella o en uno de sus hombros…

La comida ha terminado.

El sol dora primero, la cima del monte; luego, las ramas más altas de los árboles…

Mientras que hacia abajo, todavía todo recibe la pálida luz del alba.

Las avecillas vuelan satisfechas, saciadas, bajo el sol.

Y cantan con la plenitud de sus pequeñas gargantas. 

Entonces Jesús dice:

–     Ahora a despertar a estos otros hijos míos.

Y desciende porque su cueva es la más alta.

Y va entrando en las distintas cuevas y llamando por su nombre a los doce, que duermen.

Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés, responden enseguida.

Mateo, Pedro y Tomás se muestran más tardos en responder.

Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, va hacia Jesús en cuanto lo ve asomarse a la entrada.

El otro primo sin embargo y con él Judas de Keriot y Juan están profundamente dormidos.

Tanto es así, que Jesús debe moverlos en su cama de hojas para que se despierten.

Juan, que ha sido el último al que Jesús ha ido a llamar, está tan profundamente dormido que no se centra bien respecto a quien es el que lo está llamando,…

Y entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, susurra:

–    «Sí, mamá, voy enseguida…».

Pero luego se da la vuelta para el otro lado…

Jesús sonríe, se sienta en el rústico jergón hecho de follaje recogido en el bosque, se inclina y da un beso en la mejilla a su Juan…

Que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús.

Se sienta como impulsado por un resorte,

y dice:

–     ¿Me necesitas? Aquí estoy.

–     No. Te he despertado como a todos.

Pero creías que era tu madre; entonces te he dado un beso, como hacen las madres.

Juan, sólo con la camisola interior, por haber utilizado como cobijas la túnica y el manto), se echa al cuello de Jesús y ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara,

diciendo:

–     ¡Tú eres mucho más que mi madre!

La he dejado por ti, lo contrario no lo haría; ella me ha traído a este mundo, Tú me has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé.

–     ¿Qué otras cosas sabes más que los otros?

–     Lo que me ha dicho el Señor en esta gruta.

Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia, pero no me importa lo que piensen.

Sé que sabes la verdad.

No iba donde Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor Eterno de la Trinidad Santísima.

Su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia.

¡La verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en esta tétrica cueva oscura, que de tantas luces se ha llenado para mí!

¡En esta fría caverna en que he ardido en un fuego que no tenía forma sensible; pero que ha entrado a mis adentros encendiéndolos con llama de dulce martirio!

¡En este antro silencioso, que me ha cantado verdades celestiales!

Lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable Misterio que es Dios…

Y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia Sí, eso, lo he tenido siempre conmigo.

Todos mis deseos, lágrimas, preguntas se han derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios.

Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la amplitud de la que aquí me has dicho, Tú, Dios Hijo. Tú, Dios como el Padre. Tú, Dios como el Espíritu Santo,

Tú, Tú que eres el perno de la Tríada… ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin Tí, amor del Padre y al Padre, faltaría el Amor, el Divino Amor.

Y la Divinidad ya no sería Trina y le faltaría el atributo más propio de Dios:

Su amor! ¡Oh, mucho tengo aquí dentro, pero es como agua que gorgotea contra un dique sin poder salir…

Y me da la impresión de que fuera a morir por lo violento y sublime de la convulsión que ha penetrado mi corazón desde que te he comprendido…

Y por nada del mundo querría verme despojado de ello… ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!

Juan sonríe y llora, agitado, de su amor encendido, abandonado sobre el pecho de Jesús, como si la llama lo dejase sin fuerzas.

Y Jesús, lleno también de amor, lo acaricia con ternura.

Juan se recobra súbitamente en un arranque de humildad,

que le hace suplicar:

–     No les digas a los otros lo que te he manifestado.

Aunque ellos también habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio.

–     Puedes estar seguro, Juan.

Ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor.

Vístete, ven, que tenemos que marcharnos.

Jesús sale y va al sendero donde ya esperan los otros.

Los rostros muestran un aspecto más venerable, más recogido…

Los ancianos parecen patriarcas, los jóvenes tienen traza de madurez, de dignidad, celada antes bajo la juventud.

Judas de Keriot  mira a Jesús con una tímida sonrisa en su rostro signado por el llanto.

Y Jesús lo acaricia al pasar.

Pedro no habla, cosa tan extraña en él, que llama la atención más que cualquier otro cambio. 

Mira atentamente a Jesús con una dignidad nueva, que parece despejarle más esa frente suya ya con entrantes; más severo esa mirada fina que antes brillaba todo de perspicacia.

Jesús lo llama a su lado y lo tiene ahí, junto a sí, en espera de Juan…

Que por fin sale, con un rostro casi ruborizado, encendido por una llama que, aun no mudando el color, es patente.

Todos lo miran.

Jesús los llama: 

–     Ven aquí, Juan, junto a mí.

Y tú, Andrés; y tú, Santiago de Zebedeo; también tú, Simón; y tú, Bartolomé.

Y Felipe y vosotros, hermanos míos y Mateo.

Judas de Simón, aquí, frente a Mí. Tomás, ven aquí. Sentaos. Tengo que hablaros.

Se sientan, apacibles como niños, todos un poco absortos en su mundo interior.

Y a pesar de todo, más atentos que nunca a Jesús.

–     ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?

Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón.

El alma, que ha sido reina estos días, le ha enseñado a la razón dos grandes virtudes:

La humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a su vez son hijas de la caridad.

Hace sólo ocho días, habríais venido a proclamar, cual hábiles niños cuyo deseo es dejar asombrados a los demás, superar a su rival;

vuestras capacidades, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora calláis.

De niños habéis pasado a adolescentes.

Y sabéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría hacerle sentirse poco al otro, quizás menos favorecido por Dios…

Y por eso no habláis.

Sois como muchachas que han dejado de ser impúberes:

Ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que os ha revelado el Misterio Nupcial de las almas con Dios.

Matrimonio místico de santa Rosa de Lima

Estas cuevas el primer día os parecieron frías, hostiles, repelentes…

Ahora las miráis como a perfumadas y luminosas cámaras nupciales.

En ellas habéis conocido a Dios.

Antes sabíais acerca de Él, pero no lo conocíais en esa intimidad que hace de dos uno.

Entre vosotros hay hombres que están casados desde hace años; otros que tuvieron sólo falaces relaciones con mujeres. 

Algunos que, por distintas causas, son castos.

Mas los castos ahora saben como los casados, lo que es el amor perfecto…

Es más, puedo decir que ninguno como quien desconoce todo apetito carnal, SABE lo que es el amor perfecto.

Porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien es puro…

Reconociendo parte de Sí mismo, Purísimo, en la criatura exenta de toda lujuria; como para compensarle por cuanto se niega por amor a Él.

En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera llevar a cabo la obra del Padre; querría teneros aquí, estar con vosotros, alejados de la gente.

Ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos.

Ya no tendríais momentos de desconcierto, o defecciones, caídas o perdidas de ritmo o vueltas atrás.

Pero no puedo. Debo continuar mi camino y también vosotros.

El Mundo nos espera, este mundo profanado y profanador que necesita maestros y redentores.

Yo os he querido dar a conocer a Dios para que lo amarais mucho más que al Mundo, el cual con todos sus afectos no vale lo que una sola sonrisa de Dios.  

San Juan de la Cruz

He querido que pudierais meditar sobre lo que es el Mundo y sobre lo que es Dios…

Para que aspirarais a lo mejor.

En este momento aspiráis sólo a Dios. ¡Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en esta aspiración!

Pero el Mundo nos espera.

E iremos a ese mundo que espera, por la santa Caridad; que, de igual modo que me ha enviado a Mí al mundo, os envía a vosotros por imperativo mío.

Pero os lo suplico, como se guarda una perla en un cofre:

Guardaos bien el tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos.

De estos días en que os habéis erguido y procurado vestiduras nuevas

Santa Catalina de Siena

Y habéis contraído esponsales con Dios… en vuestro corazón.

Como las piedras del testimonio, elevadas por los Patriarcas a recuerdo de las alianzas con Dios, conservad y custodiad estos preciosos recuerdos en vuestro corazón.

A partir de hoy ya no sois sólo los discípulos predilectos, sino que sois los apóstoles, cabezas de mi Iglesia.

De vosotros brotarán y esto siempre, todas sus jerarquías.

Seréis llamados maestros, teniendo como Maestro a vuestro Dios en su triple potencia, sabiduría y caridad.

No os he elegido porque seáis los que más lo merecéis, sino por un complejo de causas que no es necesario que conozcáis ahora.

Os he elegido en vez de a los pastores, que son mis discípulos desde mis primeros vagidos.

¿Por qué lo he hecho? Porque era lo correcto.

Entre vosotros hay galileos y judíos, instruidos y no instruidos, ricos y pobres; esto por el mundo, para que no diga que he preferido a una sola categoría…

Mas vosotros no daríais abasto a todo lo que hay que hacer, ni ahora ni en el futuro.

Quizás no todos os acordéis de un punto del Libro. Os lo recuerdo.

En el segundo libro de los Paralipómenos, capítulo 29, se narra cómo Ezequías, rey de Judá, hizo purificar el Templo.

Y cómo, una vez purificado, ordenó sacrificar por el pecado, por el reino, por el santuario y por Judá.

Y cómo luego comenzaron las ofrendas individuales…

Mas, no siendo suficientes los sacerdotes para las inmolaciones, se recurrió a los levitas, consagrados con rito más breve que el de los sacerdotes.

Esto mismo haré Yo.

Vosotros sois los sacerdotes, a quienes Yo, Pontífice eterno, he preparado larga y atentamente.

Pero no dais abasto al trabajo, cada vez mayor, de inmolación de cada hombre en particular al Señor su Dios;

Santa Rosa de Lima, ALMA VÍCTIMA Y CORREDENTORA

por lo cual asocio a vosotros a los discípulos, a los que siguen siendo, eso, discípulos:

Los que nos esperan al pie del monte, los que ya están más arriba, los que ahora se encuentran esparcidos por la tierra de Israel,

Y que llegará el momento en que lo estén por todas las partes de la Tierra.

Ellos recibirán encargos iguales, porque una es la misión; pero ante los ojos del mundo estarán encuadrados de forma distinta, no ante los ojos de Dios, que es justo.

De forma que el discípulo oculto, ignorado por los apóstoles y por sus compañeros, si vive santamente, llevando almas a Dios…

Será mayor que aquel otro apóstol, conocido; que de apóstol no tiene sino el nombre y que rebaja su dignidad de apóstol al nivel de intereses humanos.

La tarea de los apóstoles y discípulos será siempre la de los sacerdotes y levitas de Ezequías:

Practicar el culto, derribar las idolatrías, purificar los corazones y los lugares, predicar al Señor y su Palabra.

No existe tarea más santa sobre la faz de la tierra, ni tampoco dignidad más alta que la vuestra.

En el Tercer Nivel del Purgatorio, se sufre TODO el calvario de Jesús, como en el Infierno, por los propios pecados y por nuestra negativa a ser CORREDENTORES en vida…

Precisamente por esto es por lo que os dicho: “Escuchaos. Examinaos”.

¡Ay del apóstol que caiga!…

Arrastrará consigo a muchos discípulos, y a su vez éstos arrastrarán a un número aún mayor de fieles. 

Y la ruina será cada vez mayor, cual alud en movimiento o círculo que va extendiéndose cada vez más en la superficie de un lago, cuando una y otra vez lanzan piedras al mismo punto.

¿Vais a ser todos perfectos? No.

¿Va a durar el espíritu de ahora? No.

El Mundo lanzará sus tentáculos para ahogar vuestra alma.

La victoria del mundo, que es hijo de Satanás en cinco de sus partes, siervo de Satanás en otras tres partes, apático respecto a Dios en las otras dos. consiste en extinguir las luces en los corazones de los santos.

“Subamos al Calvario con la Cruz a cuestas. No dudemos. Nuestra ascensión terminará con la visión celeste del Dulcísimo Salvador.”

Defendeos por vosotros mismos contra vosotros, contra el Mundo, la Carne y el Demonio; pero, sobre todo, defendeos de vosotros mismos.

¡Alerta, hijos, contra la soberbia, la sensualidad, la doblez, la tibieza, el sopor espiritual, la avaricia!

Cuando el yo inferior hable de supuestas crueldades que le perjudican y lloriquee, imponedle silencio diciendo:

“Por un brevísimo tiempo de privación a que te someto, te procuro para siempre el banquete extático que recibí en la cueva de la montaña al terminar la luna de Sabat”.

Vamos.

Vamos a donde los demás, que en gran número me esperan.

Luego iré unas horas a Tiberíades.

Vosotros, predicándome, iréis a esperarme al pie del monte que está en el camino de Tiberíades al mar…

Os alcanzaré y subiré para predicar.

Tomad alforjas y mantos.

La estancia aquí ha terminado, la elección se ha cumplido.

124 UN MILAGRO DESPERDICIADO


124 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está llegando en barca a Cafarnaúm. El ocaso está muy próximo. Todo el lago es un cabrilleo amarillo-rojo.

Mientras las dos barcas realizan las maniobras para arrimarse a la orilla,

Juan dice:

–     Voy enseguida a la fuente por agua para que puedas calmar tu sed.

Y Andrés exclama:

–     El agua aquí es buena.

Jesús responde:

–     Sí, es buena.

Y vuestro amor me la hace todavía mejor.

Pedro dice:

–     Yo llevo el pescado a casa.

Las mujeres lo prepararán para la cena. ¿Nos vas a hablar después a nosotros y a ellos?

–     Sí, Pedro.

–     Ahora volver a casa es más agradable.

Antes parecíamos un grupo de nómadas; ahora, con las mujeres, hay más orden, más amor. ¡Y además… ver a tu Madre me quita inmediatamente el cansancio! No sé…

Jesús sonríe y guarda silencio.

La barca roza ya en la grava de la orilla.

Juan y Andrés, vestidos solo con las camisolas cortas, saltan al agua y ayudados por los mozos, tiran de la barca hacia la orilla. Para bajar ponen una tabla como puente.

El primero en hacerlo es Jesús, que espera a que llegue a la orilla la segunda barca, para unirse a todos los suyos.

Luego se dirigen hacia la fuente caminando despacio:

Es una fuente natural, un manantial que está un poco fuera del pueblo. Brota un agua fresca, abundante, argentina, que va a caer a una pileta de piedra. Es muy cristalina e invita a beber.

Juan, que se ha adelantado corriendo con el ánfora, vuelve ya y ofrece a Jesús el cántaro, que todavía gotea.

Jesús bebe copiosamente.

–     ¡Cuánta sed tenías, Maestro mío!

Y yo, estúpido de mí, no me había procurado agua.

Jesús le hace una caricia,

diciendo:

–     No tiene importancia, Juan; ahora ya todo ha pasado.

Ya van a volverse cuando ven que llega, a toda la velocidad de que es capaz Pedro, que había ido a casa a llevar su pescado. 

Pedro grita:

–     ¡Maestro! ¡Maestro! – con el respiro entrecortado.

El pueblo está revolucionado porque el único nieto de Elí el fariseo se está muriendo. Le ha mordido una serpiente.

Había ido, precisamente con su abuelo,aunque contra la voluntad de su madre, al olivar que tienen.

Elí estaba vigilando unos trabajos mientras el niño jugaba al lado de las raíces de un viejo olivo; ha metido la mano en un agujero, esperando encontrar una lagartija y lo mordió la serpiente.

El anciano está como enloquecido.

La madre del niño, que dicho sea de paso odia a su suegro y con razón, le acusa de ser un asesino.

El niño se está enfriando por momentos.

Son parientes, pero no se han querido ¡Y más allegados que ellos…!

–     ¡Mala cosa los odios entre familiares!

–     Maestro, yo digo de todas formas…

Que es que las serpientes no han querido a la serpiente mayor, o sea, a Elí. Y le han matado a su viborita.

Siento que me haya visto, porque me ha gritado a mis espaldas preguntándome si estabas Tú.

También lo siento por el pequeño; era un niño hermoso y no tiene la culpa de ser nieto de un fariseo.

–     Sí, no tiene culpa de ello…

Dirigen sus pasos hacia el pueblo.

En esto, ven que viene hacia ellos mucha gente gritando y llorando, encabezados por el anciano Elí.

Pedro exclama:

–    ¡Ha dado con nosotros!

¡Regresemos!

Jesús cuestiona:

–     ¿Por qué?

Ese anciano está sufriendo.

–      Recuerda que ese anciano te odia.

Es uno de los primeros y más feroces acusadores tuyos ante el Templo.

–     Lo que recuerdo es que soy la Misericordia.

E1 anciano Elí, despeinado, profundamente turbado, con todos sus atavíos ministeriales en desorden, corre hacia Jesús, con los brazos tendidos hacia adelante.

Y se derrumba a sus pies gritando:

–     ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Perdón!

No te vengues de mi dureza en el inocente. ¡Sólo Tú puedes salvarlo!

Dios, tu Padre, te ha traído aquí. ¡Yo creo en Tí! ¡Te venero! ¡Te amo! ¡Perdón! He sido injusto, un embustero… Pero ya he recibido mi castigo.

Estas horas son ya suficiente castigo. ¡Socórreme! ¡Es el varón, el único hijo de mi hijo varón ya difunto!

Y ella me acusa de haberlo matado.

El hombre llora mientras golpea repetidas veces su cabeza contra el suelo. 

Jesús le dice:

–     ¡Ánimo! No llores de ese modo.

¿Es que quieres morir? No te podrás ocupar del crecimiento de tu nieto.

–     ¡Se está muriendo!

¡Se está muriendo! Quizás ya esté muerto. No te opongas a que muera yo también. Todo, menos vivir en esa casa vacía. ¡Oh…, qué tristes mis últimos días!

–     Elí, levántate. Vamos…

–     ¿Vienes?

¿Vienes Tú? ¿Pero sabes quién soy yo?

–     Un desdichado. Vamos.

El anciano se pone en pie y dice:

–     Te precedo.

¡Corre, corre, no te demores!

Y se marcha veloz a causa de la desesperación que le punza el corazón.

Pedro protesta:

–     Pero, Señor, ¿Crees que lo vas a cambiar con esto?

¡Oh…, es un milagro desperdiciado! ¡Deja que muera esa viborita! Se morirá también el viejo de un ataque al corazón. Y.. así uno menos se te cruzará en tu camino. Dios ha resuelto…

Jesús lo reprende:

–     ¡Simón! En verdad te digo que ahora la serpiente eres tú.

Jesús rechaza severamente a Pedro, el cual se queda cabizbajo, pero sigue caminando.

En la plaza más grande de Cafarnaúm hay una hermosa casa, delante de la cual hay mucha gente produciendo un verdadero estrépito…

Jesús se dirige a esta casa.

Estando ya para llegar, el anciano sale por la puerta, que está abierta de par en par, seguido de una mujer toda desgreñada que lleva estrechado entre sus brazos a una criaturita agonizante.

El veneno ya paraliza los órganos, ya está cercana la muerte. La manita herida pende con la señal del mordisco en la base del dedo pulgar.

Elí no hace sino gritar:

–     ¡Jesús! ¡Jesús!

Y Jesús, estrujado, rodeado por una multitud que se le echa materialmente encima, casi impedido en sus movimientos, coge la manita y se la lleva a la boca,

succiona en la herida, sopla ligeramente en la carita cérea de ojos entrecerrados y vítreos; luego se endereza,

y dice:

–     Ahora el niño se está despertando.

No lo asustéis con esos rostros desencajados, que ya de por sí tendrá miedo por el recuerdo de la serpiente.

Así es. El pequeño, cuyo rostro se sonrosa, abre la boca emitiendo un prolongado bostezo, se restriega los ojillos, los abre y…

se queda atónito al verse entre tanta gente.

Luego le viene el recuerdo y trata de salir corriendo,

dando un salto tan repentino que se habría caído si Jesús no hubiera estado preparado para recibirlo en sus brazos.  

Jesús lo calma:

–     ¡Tranquilo, tranquilo!

¿De qué tienes miedo? ¡Mira qué bonito sol! Allí está el lago; allí, tu casa; aquí, tu mamá y tu abuelo.

–     ¿Y la serpiente?

–     Ya no está. Estoy Yo.

–     Tú. Sí…

El niño se para a pensar un poco. Luego, voz de la verdad inocente, 

dice:

–     Me decía mi abuelo que te llamase “maldito”…

Pero no lo quiero hacer; yo te quiero.  

Elí se espanta y protesta:

–     ¿Yo? ¿Yo he dicho esto?

Este niño delira. No creas esto, Maestro. Yo te he respetado siempre. 

Va desapareciendo el miedo y resurge el viejo modo de ser.

Jesús sentencia:

–     Las palabras tienen y no tienen valor; las tomo por lo que valen.

Adiós, pequeño; adiós, mujer; adiós, Elí. Quereos… y queredme, si podéis.

Jesús se vuelve y se dirige hacia la casa en que reside. 

Judas cuestiona:

–     Maestro, ¿Por qué no has hecho un milagro espectacular?

Habrías debido mandar al veneno que saliera del niño, mostrarte Dios. Sin embargo, te has limitado a succionar el veneno como un pobre hombre cualquiera…

Judas de Keriot está poco contento; quería una cosa espectacular, para apabullar al fariseo.

También otros son de la misma opinión.

–     Deberías haberle aplastado a ese enemigo con tu poder.

–    ¿Has visto cómo enseguida ha vuelto a segregar veneno?

Jesús objeta:

–     No importa el veneno.

Considerad, más bien, que si hubiera actuado como queríais vosotros, habría dicho que me ayudaba Belcebú.

Esa alma suya en estado calamitoso puede admitir mi potencia de médico, pero no más.

El milagro conduce a la fe a quienes ya van por ese camino, mas en los que no tienen humildad, conduce a la blasfemia,

La fe prueba siempre la existencia de humildad en un alma.

Es mejor, por tanto, evitar incurrir en este peligro recurriendo a formas de vistosidad humana. Es la miseria de los incrédulos, la incurable miseria.

Ninguna moneda la elimina, porque ningún milagro los lleva a creer, ni a ser buenos. No importa: Yo, mi misión; ellos, su adversa ventura.

Judas pregunta:

–     ¿Y entonces por qué lo has hecho?

–     Porque soy la Bondad. 

Y para que no se pueda decir que he usado venganza con los enemigos o que he provocado a los provocadores. Acumulo carbones sobre su cabeza.

Y ellos me los dan para que los acumule. Tranquilo, Judas de Simón. Tú trata de no hacer como ellos basta. Y basta.

Vamos con mi Madre; se alegrará al saber que he curado a un pequeñuelo.