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226 ¿QUÉ ES LA VERDAD?


226 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Han llegado a los límites de la ciudad de Tiberíades y salen al camino polvoriento, que lleva a Caná.

A los lados hay huertos.

Jesús se adentra en uno y se detiene a la sombra de los árboles de tupido follaje.

Llegan las mujeres.

Y luego el jadeante romano, que realmente ya no puede más.

Se pone un poco separado, a una distancia donde puede escuchar;

no habla, pero mira.

Jesús dice:

–     Mientras descansamos…

Tomemos nuestros alimentos.

Allí está un pozo y cerca un campesino.

Id a pedirle agua.

Van Juan y Tadeo.

Vuelven con una jarra que gotea la fresca agua;

seguidos por el campesino, el cual les ofrece unos espléndidos higos.

Jesús lo bendice:

–     Dios te lo compense en tu salud y en tu cosecha.

El campesino pregunta:

–    Dios te proteja.

¿De veras eres el Mesías?

–    Sí.

–     ¿Eres el Maestro, verdad?

–     Lo soy.

–     ¿Vas a hablar aquí?

–     Nadie lo desea. 

El romano grita:

–     ¡Yo, Maestro!

¡Más que el agua, que tan buena es para quien tiene sed! 

Jesús le pregunta: 

–     ¿Tienes sed?

–     Mucha.

He venido corriendo detrás de Ti, desde la ciudad.

–     No faltan en Tiberíades fuentes de agua fresca.

–    No me comprendas mal, Maestro.

O no finjas no comprenderme.

He venido detrás de Ti, para oírte hablar.

–     ¿Por qué?

–     No sé por qué, ni cómo…

Fue al ver a esa mujer… (Y señala a la Magdalena)

No sé.

Algo me dijo desde mi interior: ‘Aquel Hombre te dará lo que todavía no sabes’ 

Y heme aquí.

Jesús ordena:

–     Dadle agua e higos.

Que el cuerpo cobre fuerzas.

–    ¿Y la inteligencia?

–     La inteligencia cobra fuerzas y refrigerio, en la Verdad.

–     Por esta razón te seguí.

He buscado la verdad en todas partes y encontré corrupción. 

En las mejores doctrinas hay siempre algo que no es bueno.

He llegado hasta el envilecimiento de tener asco de mí mismo y de causarlo;

sin otro futuro que la hora en que vivo.

Le dan al romano los higos, un pan y una botija con agua…

Jesús lo mira de hito en hito, mientras come el pan y los higos que le trajeron los apóstoles.

Pronto termina la comida.

Jesús, permaneciendo sentado, empieza a hablar;

como si estuviera exponiendo una simple lección a sus apóstoles.

Y todos se agrupan a su alrededor.

El campesino también se queda cerca.

–   Hay muchos que buscan la Verdad toda su vida, sin llegar a encontrarla.

Y es porque la buscan donde no está.

Parecen dementes que quieren ver teniendo una coraza de bronce que les tapa los ojos.

Y buscan con aspavientos espasmódicos, tan convulsamente, que se alejan cada vez más de la Verdad.

O la tapan arrojando encima de ella cosas que su propia búsqueda frenética remueve y hace caer.

No puede sucederles sino esto, porque buscan donde la Verdad no puede estar.

Para encontrar la Verdad es necesario unir el intelecto con el amor.

Y mirar las cosas no sólo con ojos sabios, sino también con ojos buenos,

Porque la bondad vale más que la sabiduría.

Quién ama siempre llega a descubrir una huella que lo lleva a la Verdad.

Amar no quiere decir gozar de la carne y por la carne.

Eso no es amor, es sensualidad.

Amor es amar al prójimo, para saber amar a Dios.

Este es el camino que lleva a la Verdad y la verdad es Dios.

Muchos son los que se pasan la vida buscando la Verdad, sin llegar a encontrarla. 

Amor es el afecto de corazón a corazón, de parte superior a parte superior;

por el que en la compañera no se ve esclava, sino la generadora de los hijos, sólo eso.

O sea, la mitad que forma con el hombre un todo que es capaz de crear una vida, varias vidas…

O sea, la compañera que es madre, hermana, hija del hombre;

que es más débil que un recién nacido o más fuerte que un león, según los casos.

Y que como madre, hermana, hija; debe ser amada con respeto confidencial y protector.

Lo que no es cuanto Yo digo, no es amor, es vicio.

No conduce hacia arriba sino hacia abajo.

No a la Luz sino a las Tinieblas, no a las estrellas sino al fango.

Amar a la mujer para saber amar al prójimo, amar al prójimo para saber amar a Dios.

¿Alguien conoce a otro Hombre que HAYA resucitado?

He aquí la vía de la Verdad.

La Verdad está aquí, hombres que la buscáis.

La Verdad es Dios.

La clave para comprender lo cognoscible está aquí.

Doctrina, sin defecto sólo la de Dios.

¿Cómo podrá el hombre dar respuesta a sus porqués, si no tiene a Dios que le responda?

¿Quién podrá descubrir los misterios de la Creación -aun sólo y simplemente éstos – ,

sino el Hacedor supremo que lo ha hecho?

Sólo Dios puede dar respuesta a los misterios de lo creado; porque

¿Cómo se puede comprender el prodigio viviente que es el hombre?

¿El ser en el que se funde la perfección animal, con lo inmortal que es el almapor la que somos dioses?

¿Cómo comprender el prodigio vivo que es el hombre,

ser en que se fusiona perfección animal, con aquella perfección inmortal que es el alma?

Si, dioses somos, si tenemos viva en nosotros el alma.

Todo en la Creación habla de Dios.

Todo explica a Dios.

Todo lo descubre y manifiesta.

Si la ciencia no se apoya en Dios, se convierte en error que envilece.

El saber no es corrupción, si es Religión.

Quién tiene su saber en Dios, no cae;

porque conoce su dignidad;

porque cree en su futuro eterno…

Y Jesús se explaya explicando ampliamente, La Sinfonía de la Creación… cap. 8 de Nerón, el 29 de Octubre de 2016,) (1)

Es decir, libre aquellas culpas que envilecerían incluso al animal…

Y que, no obstante, el hombre cumple y se gloría de cumplir.

A vosotros, buscadores de la Verdad, os digo las palabras de Job:

“Pregunta a los jumentos y te instruirán, a las aves y te lo indicarán.

Habla a la Tierra y ella te responderá, a los peces y te lo darán a conocer”.

Sí, la Tierra, esta tierra que verdece;

esta Tierra florida, esta fruta le va creciendo en los árboles, estas aves que procrean;

estas corrientes de viento que distribuyen las nubes;

este Sol que no yerra su alba desde hace siglos y milenios…

Todo habla de Dios, Todo da explicación de Dios, Todo descubre y revela a Dios.

Si la ciencia no se apoya en Dios viene a ser error.

¡Premio Nobel a la soberbia!… (Y lamento completo por su ceguera voluntaria, para lo espiritual)

Y no eleva; antes bien, degrada.

El saber no es corrupción si es religión.

Quien sabe en Dios no cae, porque siente su dignidad, porque cree en su futuro eterno.

Mas es necesario buscar al Dios real.

No fantasmas, que no son dioses, sino sólo delirios de hombres envueltos en las vendas de la ignorancia espiritual.

Por lo cual no hay traza de sabiduría en sus religiones ni de verdad en sus fes.

Toda edad es buena para venir a la sabiduría.

Es más, siguiendo con Job, se lee:

`Al atardecer te nacerá como una luz meridiana;

cuando te creas acabado, surgirás como la estrella de la mañana.

Te verás lleno de confianza por la esperanza a tí reservada”.

Basta la buena voluntad de encontrar la Verdad.

Y antes o después la Verdad se dejará encontrar.

Pero, una vez hallada, ¡Ay de quien no la siga!

Imitando a los obstinados de Israel, los cuales, teniendo ya en su mano el hilo conductor para encontrar a Dios

con todas las cosas que de Mí afirma el Libro, no quieren someterse a la Verdad.

Y la odian, acumulando en su intelecto y en su corazón, los cúmulos del odio y las fórmulas.

Y no saben que la Tierra, a causa del excesivo peso, se abrirá bajo su paso.

Que se cree victorioso, cuando en realidad no es sino un paso de esclavo de los legalismos,

del rencor, de los egoísmos…

Y se los tragará.

Y caerán al lugar de los culpables conscientes de un paganismo que es más culpable;

que el que algunos pueblos se han dado a sí mismos, para tener una religión con que conducirse.

¡¡¡Una verdad demasiado dolorosa…!!!

Yo, de la misma forma que no rechazo al hijo de Israel que se arrepiente,

no rechazo tampoco a estos idólatras, que creen en aquello que les fue propuesto, para que lo creyeran.

Y que dentro en su interior, gimen:

“¡Dadnos la Verdad!”.

Luego concluye diciendo:

He terminado.

Ahora descansaremos en este lugar verde, si el dueño lo permite.

Al atardecer iremos a Caná».  

Crispo dice; 

–     Señor, te dejo.

Esta misma noche me iré de Tiberíades, pues no quiero profanar la ciencia que me has dado.

Dejo esta tierra.

Me retiraré con mi siervo a las costas de Lucania.

Tengo allá una casa.

Mucho es lo que me has dado.

Comprendo que más no puedes darle al viejo epicúreo.

Pero con lo que me has dado, ya tengo con qué reconstruir mi vida y mi pensamiento.

Y… pide a tu Dios por el viejo Crispo, el único de Tiberíades que te escuchó.

Ruega porque antes del desfiladero de Líbítina pueda volver a escucharte.

Y con la capacidad que espero poder crear en mí, apoyándome sobre la base de tus palabras,

para comprenderte mejor y comprender mejor la Verdad.

Adiós, Maestro».

Y lo saluda a la usanza romana, como saludan los militares a su emperador… 

Pero luego, al pasar junto a las mujeres, que están sentadas un poco aparte,

se inclina ante María de Mágdala.

Diciéndole con admiración y gran respeto:

–     Gracias María.

¡Qué bueno es haberte conocido!

Has dado a tu viejo compañero de festines, el Tesoro buscado.

Si llego a donde ya estás, te lo deberé a tí, hermosa señora….

Adiós.

Y se va.

Magdalena se lleva las manos sobre el corazón, llena de júbilo.

Y con sus brazos cruzados sobre su pecho, con expresión asombrada y radiante.

Avanza de rodillas, sobre la tierra del huerto y se arrastra hasta donde está Jesús. 

Diciendo: 

–    ¡Oh! ¡Señor!

¡Señor, mío! ¡Mi Rabboní!

¿Entonces es verdad que puedo conducir otros al Bien?

¡Oh, mi Señor!

¡Esto es demasiada bondad!

Y postrándose hasta meter su rostro en la hierba, besa los pies de Jesús.

Y los humedece de nuevo con el llanto…

Ahora de agradecimiento.

de la gran enamorada de Mágdala.

 (1)LA SINFONIA DE LA CREACION

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216 EL BANQUETE DE SIMÓN


216 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Cafarnaúm es la casa de Simón el Fariseo, el hombre que lo invitó al banquete, mostrando que no es su enemigo;

desde el milagro que Jesús realizara cuando la serpiente estuvo a punto de matarle a su único nieto.

Es una enorme sala riquísima, con un gran candil con muchos quemadores que arde en el centro.

Las paredes están cubiertas con preciosos tapices.

Los asientos tienen incrustaciones de marfil y adornos variados, con láminas muy hermosas.

Los muebles son finos y muy bellos.

En el centro hay un cuadrado de mármol que contrasta de color, en donde no hay nada.

El piso reluciente refleja el candelero de aceite.

Alrededor hay triclinios, (lechos asientos) que ocupan los convidados.

Todos son hombres.

En el centro hay una mesa de grandes dimensiones, formada por cuatro tablas unidas en forma de rectángulo.

Muchos sirvientes van y vienen trayendo los manjares y los vinos;

en una preciosa vajilla y en valiosas copas adornadas con oro, en las que sirven diligentemente.

En la parte más retirada de la puerta, está el dueño de la casa, con los invitados más importantes.

Tanto él como los demás comensales, están reclinados en esos lechos-asiento paralelos respecto a la mesa.  

Es un hombre de más de sesenta años y viste una lujosa túnica, con una faja recamada en el cuello;

en las mangas, en los bordes del vestido, con galones bordados con hilos de oro.

En su rostro manifiesta orgulloso, que está muy consciente de su poder y su mirada está llena de soberbia.

La maldad, la crueldad y un frío menos precio, se reflejan en su duro semblante.

En el lado opuesto, frente a él; está Jesús.

Recostado al igual que todos, sobre su codo izquierdo.

Trae su acostumbrado vestido blanco.

Cerca de Jesús está Juan, sentado en el piso, entre la mesa que está frente a ellos

y su codo está a la altura de la ingle de Jesús, de modo que no le estorba para comer.

Y le permite cuando quiere, apoyarse confiadamente sobre el pecho de su maestro.

No hay ninguna mujer.

Todos hablan.

Y de vez en cuando el dueño de la casa se dirige con exagerada condescendencia…

Y una benignidad muy manifiesta, a Jesús.

Es evidente que quiere demostrar a todos los presentes, que ha hecho un gran honor al haberlo invitado a su rica casa;

al pobre profeta de Israel a quien todos consideran un loco…

Jesús responde a todas las cortesías y elegantemente sonríe a quién le pregunta.

Los temas de que hablan los comensales; tratan sobre hechos de actualidad:

Los romanos; la Ley, que encuentra oposición en los romanos; también la misión de Jesús como Maestro de una nueva escuela.

Pero, detrás de la aparente benevolencia, se comprende que son preguntas viciosas y capciosas, para embrollarlo, tendiéndole trampas.

Cosa no fácil, porque Jesús con pocas palabras, da una respuesta precisa y concluyente, a cada una de las cuestiones.

Por ejemplo, a la pregunta sobre cuál fuera en concreto la escuela o secta en que se había formado como nuevo maestro,

respondió sencillamente:

–       De la escuela de Dios.

Es a Él a quien sigo en su santa Ley; de Dios me preocupo, para hacer que estos pequeñuelos…

(Mirando con amor a Juan)

Y Jesús agrega: 

–     Y en Juan a todos los rectos de corazón, la tengan renovada en toda su esencia, tal como era el día en que el Señor la promulgara en el Sinaí.

Devuelvo a los hombres a la Luz de Dios.

A otra pregunta, sobre qué piensa del abuso del César, que se ha hecho dominador de Palestina,

Jesús responde: 

–     César es lo que es, porque así lo quiere Dios.

Recuerda lo que dice el profeta Isaías.

¿No llama, acaso, a Asur, por inspiración divina, “bastón” de su cólera, vara que azota al pueblo de Dios,

que se ha separado demasiado de Él y finge externamente y en su espíritu?

¿Y no dice que, después de usarlo como castigo, lo quebrantará,

porque abusará de su misión siendo demasiado soberbio y cruel?

A quien le pregunta, le sonríe con su leve sonrisa…

Y con excelente amabilidad corresponde a todas las atenciones que le prodigan.

Su sonrisa es luminosa, cuando Juan le habla y lo mira.

De repente se abre la pesada cortina y entra María Magdalena…

Es una estampa magnífica de juventud esplendorosa.

Luce hermosísima, con un lujoso vestido escarlata,

que está sostenido con preciosos broches de esmeraldas y rubíes en la espalda.

Joyas similares que sostienen los pliegues a la altura del pecho y lo realzan con cadenas de filigrana de oro.

Una faja recamada con oro y piedras preciosas, circundan su estrecha cintura…

Y hacen resaltar su figura escultural y su impresionante hermosura.

Está peinada con sumo esmero.

Su cabello rubio es un adorno de mechones, artísticamente entrelazados…

Y su abundante cabellera es tan resplandeciente, que parece como si trajera un yelmo de oro.

De la cabeza le cuelga un fino velo transparente, tan ligero que en realidad no cubre nada.

Y la adorna resaltando aún más su belleza excepcional.

Sus pies están calzados con sandalias de piel roja, adornadas con oro, perlas y amatistas en las correas.

Con broches preciosos, entrelazados en los tobillos.

Todos voltean a verla, menos Jesús.

Juan la mira un instante y luego se vuelve hacia Jesús.

Todos los demás la miran con aparente y maligna complacencia.

Ella no los mira para nada.

Los ignora como si no existiesen.

Y no se preocupa del murmullo que se levantó cuando entró, ni del intercambio de guiños que se hacen todos;

menos Jesús y el discípulo predilecto.

Jesús actúa como si no se diera cuenta de nada y continúa hablando con Simón el fariseo,

totalmente concentrado en la conversación.

María se dirige a Jesús.

Se arrodilla a sus pies.

Deposita en el suelo una jarra muy barriguda, de alabastro blanco.

Se levanta el velo y su belleza deslumbrante, se manifiesta en todo su esplendor.

Como si fuera un ritual, quita la diadema preciosa y se la quita junto con el velo.

Siguen los anillos; los brazaletes, los broches de perlas y rubíes que sostienen el cabello. 

Y las joyas que adornan su vestidura.

También sus sandalias…

Y  pone todo sobre el lecho asiento más próximo.

A continuación, toma entre sus manos los pies de Jesús y le desata las sandalias.

Primero el derecho, luego el izquierdo.

Las pone en el suelo.

Enseguida besa con gran llanto los pies divinos y apoya su frente contra ellos.

Los acaricia, mientras las lágrimas caen como una lluvia torrencial, que brilla al esplendor de la lámpara;

bañándolos completamente…

Jesús, lentamente vuelve la cabeza.

Su mirada azul-zafiro se detiene por un instante en aquella cabeza inclinada.

Una mirada que absuelve.

Luego vuelve a mirar al centro… 

Y la deja que se desahogue libremente…

Pero los fariseos se mofan de ella.

Se miran mutuamente con muchos guiños y sobreentendidos.

Se sonríen con sarcasmo.

Simón se endereza por un momento, para ver mejor.

Y su mirada refleja un deseo; un tormento; una ironía.

Un deseo por la mujer; esto se nota muy claro.

Un tormento; porque entró sin permiso y eso significa que ella frecuenta su casa.

Una ironía para Jesús…

Pero ella no se preocupa por nada.

Continúa llorando con todas sus fuerzas, sin  miedo alguno.

Una cascada de lágrimas silenciosas, que se mezclan con profundos suspiros.

Luego se despeina.

Se quita las peinetas de oro que sostienen el complicado peinado y las pone junto a las otras joyas.

Las guedejas doradas caen sobre su espalda.

Las toma con ambas manos y las pone sobre su pecho.

Enseguida las pasa sobre los pies de Jesús, hasta que los ve secos…

La redimida enamorada, usa los medios humanos para demostrar su amor a Jesús:

Las lágrimas, los cabellos…

No el agua, sino lágrimas.

Gotas del corazón…

Humor no contaminado con gérmenes impuros.

Filtrado por el amor y el arrepentimiento.

Rendido digno de Dios y juzgado precioso por Dios;

porque es la señal de un espíritu que ha comprendido la Verdad.

No linos; sino los cabellos…

Seda viva de la cual la mujer hace una seducción y un culto.

Y que la regenerada por la gracia humilla al hacerlos toalla de las plantas de su Salvador…

Entonces mete los dedos en la jarrita y saca una pomada ligeramente amarilla y olorosísima.

Un aroma de lirios y tuberosas se extiende por toda la sala del banquete.

Ella introduce los dedos una y otra vez, extendiendo el bálsamo;

mientras besa y acaricia los pies divinos…

El perfume: uno de los instrumentos enseñados por Satanás a la mujer.

Y que la mujer convertida a Dios, destruye para hacer bálsamo a su Señor.

Pero nadie comprende esto…

Jesús ve y cuenta aquellas lágrimas que caen contritas.

Aquellas caricias de mechones que no ponen en contacto la carne impura con la Inmaculada,

sino que han puesto un velo entre la una y la otra.

Y que por lo mismo; no puede ser desdeñado por Dios…

Aquellas gotas de nardo, mucho menos perfumado, que el amor de quién las esparce…

Simón el fariseo está escandalizado porque ella lo toca…

Pero ¿Puede escandalizarse uno que es escándalo?…  

De su lóbrego corazón brota la impureza y mancha todo lo que ve con la malicia…

Cada lágrima y cada gota de nardo son una profesión de amor y una confesión de error…

Jesús, de vez en cuando la mira con amorosa piedad.

Juan, que ha volteado sorprendido al oír el llanto; ahora mira a Jesús…

Luego al grupo y enseguida a la mujer.

El fariseo anfitrión ha estado pensativo, diciéndose interiormente:

‘Si este hombre fuera profeta, sabría quién es y qué clase de mujer, es la que lo toca:

¡Una pecadora!…

Y su rostro se vuelve más y más ceñudo.

Y mientras la mirada desdeñosa de Simón el Fariseo, al cual hay mucho que reprocharle;

mortifica a la arrepentida con las palabras de una escandalizada e hipócrita reflexión,

sobre ésta voluntaria, valerosa, humilde profesión de fe; de arrepentimiento y de amor…

Jesús toma la palabra y dice:

–      Simón, tengo algo que decirte.

–      Dí, Maestro.

–      Un prestamista tenía dos deudores.

Uno le debía quinientas monedas y el otro, cincuenta.

Cómo no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos.

¿Cual de los dos crees que lo querrá más?

–      Pienso que aquel al que le perdonó más.

–      Juzgaste bien.

Jesús mira a la Magdalena, es una mirada de completa absolución de todo el pasado.

Ha sido lavado con su llanto.

Sus tinieblas han sido vencidas con la luz del Amor.

Y en su corazón que ha sido instrumento del Mal…

En su mismo corazón ha encontrado el camino del Bien.

Y volviéndose a ella; sigue diciendo a Simón:

–     ¿Ves esta mujer?

Cuando entré en tu casa, no me ofreciste agua para los pies;

mientras que ella los mojó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos.

Tú no me besaste al llegar…

Pero ella desde que entró, no ha dejado de cubrirme los pies con sus besos.

No me echaste aceite en la cabeza…

Y ella en cambio derramó perfume en mis pies.

Por eso te digo que todos sus pecados; sus numerosos pecados;

le quedan perdonados por el mucho amor que demostró.

Pero aquel a quién se le perdona poco, demuestra poco amor.

Jesús lo ha dicho con un tono y una mirada que traspasa a Simón el fariseo.

Una mirada que es todo un discurso… Mental…

Y que llega también a todos los que se han escandalizado al oír las últimas palabras de Jesús;

pues se preguntaron:

‘¿Quién es este hombre que ahora pretende perdonar los pecados?…

Jesús responde más de lo que se le ha preguntado…

Aquel al que nada se le oculta de los pensamientos humanos…

El Espíritu de Jesús, a través de su mirada, ha dicho al Fariseo y a sus compañeros:

–    No hagas insinuaciones perversas…

Para justificarte tú mismo ante tus ojos.

Yo no tengo tu ansia sexual.

Ésta no ha venido a Mí, porque el sexo la haya traído.

No Soy como tú, ni como tus compañeros.

Ha venido porque mis palabras la iluminaron en su alma;

en la que la lujuria había creado tinieblas e incredulidad.

Ha venido porque quiere vencer los sentidos.

Y comprende que siendo una pobre criatura, por sí sola no puede lograrlo.

Ama en Mí al Espíritu de Dios, al cual ha reconocido…

Después de tantos males que recibió de todos vosotros, que habéis disfrutado de su debilidad… 

Y que le habéis pagado con los azotes del desprecio.

Viene a Mí, porque siente haber encontrado al Bien;

la alegría, la paz, que inútilmente buscó entre las pompas del Mundo.

Cúrate de esta lepra tuya que tienes en el alma, fariseo hipócrita.

Aprende a juzgar rectamente las cosas.

Despójate de la soberbia de la inteligencia y de la lujuria de la carne.

Éstas son las lepras más hediondas de vuestras personas.

 Puedo curaros de la lepra del cuerpo, si me lo pedís.

Pero de la lepra del espíritu no, porque no queréis curaros.

Porque os gusta y amáis vuestros vicios.

Esta quiere curarse y mira como la limpio.

Mira cómo le quito las cadenas de su esclavitud.

La pecadora está muerta.

Ha quedado ahí, en aquellos adornos que se avergüenza de ofrecer;

para que Yo los santifique al usarlos en mis necesidades y las de mis discípulos.

Y también en las de los pobres que socorro con lo superfluo de los demás;

porque Yo, el Señor del Universo;

no poseo nada, ahora que Soy el salvador del Hombre.

Ella está ahí, en ese perfume derramado a mis pies;

que ha usado en la parte de mi cuerpo a la que no te dignaste dar un poco de agua fresca,

a pesar de haber caminado tanto, para traerte a ti también, la Luz.

La pecadora está muerta.

Ha renacido María.

Es bella como una niña pudorosa.

Se ha lavado con el llanto.

En verdad te digo, ¡Oh, Fariseo!

Que entre aquella que me ama con su juventud pura y ésta que me ama con su sincera contrición;

de un corazón que ha vuelto a nacer a la Gracia, no hago ninguna diferencia.

Y al que es puro y a la arrepentida, les doy el encargo de comprender mi Pensamiento;

como no lo he hecho con nadie.

Ella se honrará de dar el último tributo de honor a mi Cuerpo y recibirá el primer saludo,

después de mi Madre, en mi Resurrección.

 Este mensaje mental penetró como una saeta ardiente,

en aquellas almas muertas y voraces.

Ellos entendieron su mudo lenguaje, que contiene mayores reproches,

que los que hubiese habido en sus Palabras.

Y el viejo fariseo envidioso, baja la cabeza.

 

Luego Jesús dice a María con infinito Amor:

–     Tus pecados te quedan perdonados.

Tu fe te ha salvado. 

 Vete en paz.

Y Jesús, con un gesto benignísimo; le pone por un momento la mano, sobre la cabeza inclinada.

Ella abandona a sus pies las joyas.

Se echa encima el velo, cubriendo su cabeza despeinada.

Y con los pies descalzos, se retira sin dar la espalda;

adorando al Señor, tal y como se hace en el Templo;

ante el Santo de los santos.

Fue amada porque mucho amó.

Y porque mucho amó; TODO se le perdonó.

Dios perdona todo a quién le ama con todo su ser.

María Magdalena; como los Tres Reyes magos que adoraron a la Divinidad Encarnada de Jesús;

humilló tres dones a los pies divinos:

el corazón a través del llanto.

La carne a través de los cabellos;

la mente a través del perfume.

Así es el que ama con todo.

Da sin retener NADA para sí; ni siquiera el soplo vital. 

Jesús dice:

Lo que le ha hecho bajar la cabeza al fariseo -y también a sus compañeros

Y que no está escrito en el Evangelio,

han sido las palabras que mi espíritu, a través de mi mirada; ha lanzado y clavado en esa alma yerma y ávida.

He respondido mucho más de lo que está escrito, porque ningún pensamiento de los hombres me estaba celado.

Y él ha entendido mi mudo lenguaje, más cargado aún de reproche que cuanto lo estaban mis palabras.

Le he dicho:

“No. No hagas insinuaciones malvadas para justificarte ante ti mismo.

Yo no tengo tu lujuria.

Esta mujer no viene a mí por atracción sensual.

Yo no soy tú, ni soy como tus semejantes.

Viene a mí porque mi mirada y mi palabra, oída por pura coincidencia, le han iluminado el alma;

en que la lujuria había creado tinieblas.

Y viene porque quiere vencer sobre la carne y ha comprendido, ¡pobre criatura!,

Que por sí sola no lo lograría nunca.

Ella ama en Mí el espíritu, nada más que el espíritu, que siente sobrenaturalmente bueno.

Después de tanto mal como ha recibido de todos vosotros, que os habéis aprovechado de su debilidad,

para vuestros vicios;

correspondiéndole luego con los latigazos de vuestro desprecio,

Viene a mí porque percibe que ha encontrado el Bien, la Alegría, la Paz;

que inútilmente ha buscado entre las pompas del mundo.

Procúrate la curación de esta lepra tuya de alma, ¡Oh, fariseo hipócrita!

Y recta visión en las cosas;

depón la soberbia de la mente y la lujuria de la carne.

Estas son lepras mucho más fétidas que las de vuestro cuerpo. 

De las últimas mi toque os puede curar porque por ellas me invocáis;

pero de la lepra del espíritu no, porque no queréis liberaros de ella porque os gusta.

Esta mujer, sin embargo, sí quiere.

Por eso Yo la limpio, por eso la libero de las cadenas de su esclavitud.

La pecadora ha muerto, ha quedado allí, en los adornos que ella se avergüenza de ofrecerme,

para que los santifique usándolos para atender mis necesidades y las de mis discípulos;

para los pobres a quienes socorro con lo que a otros les es superfluo;

porque se da el caso de que Yo, Dueño de1 Universo, ahora que soy el Salvador del hombre, no poseo nada.

Ella está allí, en el perfume con que ha ungido mis pies, disminuido -como sus cabellos-

en esa parte del cuerpo que tú no te has dignado refrescar con el agua de tu pozo;

después de que he recorrido tanto camino para venir a traerte también a ti luz.

La pecadora ha muerto.

Y ha renacido María, que ahora, por su vivo dolor y recto amor;

tiene nuevamente la hermosura de una púdica muchacha.

Ella se ha lavado en su llanto.

En verdad te digo, fariseo, que entre éste, que me ama con su juventud pura,

y ésta, que me ama con la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia, no establezco diferencia,

y que al Puro y a la Arrepentida les confío una misión, respectivamente:

comprender mi pensamiento como nadie y dar a mi Cuerpo los últimos honores y el primer saludo

(no cuento el saludo especial de mi Madre) cuando resucite”.

Esto es cuanto quería decir con mi mirada al fariseo.

Pero a ti te manifiesto otra cosa, para alegría tuya y de muchos.

En Betania, María repitió este gesto que signó el alba de su redención.

Hay gestos personales que se repiten.

Y que denuncian el estilo propio de una persona.

Son gestos inconfundibles.

En Betania, de todas formas -y ello era justo- el gesto fue menos humillante y más confidencial;

dentro de su actitud de reverente adoración.

Mucho había caminado María desde aquel amanecer de su redención. Mucho.

El amor, como viento veloz, la había impulsado consigo hacia arriba y hacia delante;

el amor, como una hoguera, la había devorado y había destruido en ella la carne impura,

y había proclamado señor en ella a un espíritu purificado.

María, distinta por su renacida dignidad de mujer, distinta en su vestido, sencillo como el de mi Madre,. 

Y en su peinado; de mirada sencilla, de actitud sencilla, de palabra sencilla y nueva;

ahora me honraba con el mismo gesto, pero de forma nueva:

cogió el último de sus vasos de perfume, que había reservado para Mí;

me lo esparció sobre los pies, sin llanto; con mirada dichosa, por el amor

y la seguridad de haber sido perdonada.

Y también sobre mi cabeza.

Ahora María podía, sí, ungirme y tocarme la cabeza.

El arrepentimiento y el amor la habían purificado con el fuego de los serafines,

y ella misma era un serafín.

Dítelo a ti misma, María mi pequeña “voz”, díselo a las almas.

Ve, díselo a las almas que no se atreven a venir a Mí porque se sienten culpables.

Mucho, mucho, mucho se le perdona a quien mucho ama, a quien mucho me ama.

¿No sabéis, pobres almas, cómo os ama el Salvador!

No tengáis miedo de Mí.

Venid. Con confianza.

Con coraje.

Que Yo os abro el Corazón y los brazos.

Te debería llamar como a Daniel.

Eres el alma de los deseos, te amo porque deseas intensamente a tu Dios.

Podría seguir diciéndote lo que mi ángel dijo a Daniel:

“No temas, porque desde el primer día en que aplicaste tu corazón a comprender…

Y a afligirte en la presencia de Dios, han sido escuchadas tus oraciones; por ellas he venido”.

Pero no te está hablando el ángel; soy Yo: Jesús.

Siempre que una persona “aplica su corazón a comprender”,

Yo me acerco.

No soy un Dios duro y severo.

Soy Misericordia viva.

Más rápido que el pensamiento me acerco a quien a mí se vuelve.

Y me acerqué veloz con mi espíritu también a la pobre María de Magdala; tan inmersa en su pecar,

En cuanto sentí que surgía en ella el deseo de comprender:

Comprender la luz de Dios y su estado de tinieblas;

Yo me hice Luz para ella.

Hablaba a muchos aquel día, pero verdad es que hablaba para ella sola.

Sólo la veía a ella, que se había acercado movida por un violento repente de su alma;

que se rebelaba contra la carne que la tenía sujeta.

Sólo la veía a ella, con su rostro atormentado;

con su forzada sonrisa, que escondía bajo apariencia de falsa seguridad y alegría,

que no eran sino desafío al mundo y a sí misma, con mucho llanto íntimo.

Sólo la veía a ella, mucho más enredada en las zarzas que la oveja extraviada de la parábola;

a ella, que se anegaba en la náusea de su vida.

Náusea que emergía como esos embates profundos que sacan consigo el agua del fondo.

No dije grandes palabras, ni toqué un tema referido a ella, pecadora bien conocida;

para no humillarla y obligarla a huir, a avergonzarse o a venir.

La dejé tranquila.

Dejé que mi palabra y mi mirada descendieran a su interior y que allí fermentasen;

para hacer de aquel impulso de un momento su glorioso futuro de santa.

Hablé con una de las más dulces parábolas, rayo de luz y bondad emanado exactamente para ella.

“Y aquella noche, mientras ponía pie en casa del rico soberbio en quien mi palabra no podía fermentar;

para transformarse en futura gloria, pues la mataba la soberbia farisaica.

Ya sabía que ella vendría, después de haber llorado mucho en su habitación de vicio;

después de haber decidido, a la luz de ese llanto, su futuro.

Los hombres, devorados por la lujuria, al verla entrar se estremecieron en la carne…

Y acusaron con el pensamiento.

Todos la desearon, excepto los dos “puros” del convite: Yo y Juan.

Todos pensaron que venía por uno de esos fáciles caprichos,

que – verdadera posesión diabólica- la arrojaban a repentinas aventuras.

Pero Satanás ya estaba vencido. 

Y todos con envidia pensaron, viendo que no se dirigía a ellos, que era Yo por quien venía.

El hombre, cuando no es sino hombre de carne y sangre, mancha siempre hasta las cosas más puras.

Sólo los puros ven bien, porque el pecado no les turba el pensamiento.

Pero no debe ser motivo de abatimiento el que el hombre no comprenda.

Dios comprende y es suficiente para el Cielo.

La gloria que viene de los hombres no aumenta ni en un gramo,

la gloria que es destino de los elegidos en el Paraíso.

Recuérdalo siempre.

La pobre María de Magdala fue siempre mal juzgada en sus actos buenos;

no lo había sido en sus malas acciones, porque eran bocados de lujuria,

ofrecidos a la insaciable hambre de los lascivos. 

Fue criticada y juzgada mal en Naím, en casa del fariseo; 

criticada y objeto de reproche en Betania, en su casa.

Pero Juan, diciendo una gran palabra, da la clave de esta última crítica:

“Judas… porque era ladrón”.

Yo digo: “El fariseo y sus amigos porque eran lujuriosos”.

¿Lo véis?

La avidez de la carne, la avidez por el dinero, alzan su voz y critican el acto bueno.

Los buenos no critican.

Nunca.

Comprenden.

Pero, repito, no importa la crítica del mundo; lo que importa es el juicio de Dios.

Recordad siempre esto:

“No establezco diferencia entre aquel que me ama con su pureza íntegra…

Y aquel que me ama en la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia”.

Soy el Salvador.

No lo olvidéis nunca.

Ve en paz. Te bendigo.

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205 EL CAMALEÓN


05 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en Jerusalén, cerca de la torre Antonia.

Todos los apóstoles, menos Judas de Keriot, están con Él. 

Bartolomé pregunta a sus compañeros:

–    ¿Qué habrá querido decir ese escriba con la frase:

“Un rebaño de terneros destinados a una vulgar carnicería?” 

Tomás responde:

–    Se habrá referido a algún negocio suyo.

–    No, nos señaló.

Lo ví bien.

La segunda frase confirmó la primera.

Pues sarcásticamente había dicho:

“Dentro de poco, el Cordero será trasquilado y luego, el degüello.”

Andrés confirma:

–   ¡Sí!

Yo también oí lo mismo.

Pedro dice:

–  ¡Ya!  ¡Bien!

Yo me muero de ansia por regresar y preguntar al escriba, si sabe algo de Judas de Keriot.

 

Santiago de Alfeo comenta:

–    ¿Y si no sabe nada?

Esta vez Judas no está con nosotros, porque de veras está enfermo.

Nosotros lo sabemos.  

Simón dice conciliador: 

–    Tal vez padeció mucho con el viaje.

Nosotros somos gente fuerte.

El está acostumbrado a vivir cómodamente aquí, entre el lujo y la riqueza del Templo.

Se cansa.

Pedro pregunta:

–    Así es como tú dices.

Pero ese escriba dijo:

‘En el grupo falta el camaleón’.

¿No es el camaleón el que cambia de color cada vez que se le antoja?

 

Zelote aconseja:

–     Es como tú dices, Simón.

Pero sin duda alguna se han referido a sus vestidos, siempre nuevos.

A él le gustan.

Está joven. Hay que comprenderlo.

Pedro concluye:

–    También esto es verdad.

Pero, ¡Qué frases tan curiosas!

Santiago de Zebedeo observa:

–     Parece siempre como si nos amenazaran…

Tadeo agrega:

–    La verdad es que nosotros sabemos que nos amenazan.

Y vemos amenazas también donde no hay.

Tomás concluye:

–    Y vemos faltas también donde no están.

Pedro agrega:

–     Bueno.

No por eso deja de haber sospecha.

Quién sabe cómo esté hoy, Judas.

Entretanto se la pasa bien en su paraíso, con sus angelitos cuidándolo.

También a mí me gustaría enfermarme, para tener todas esas comodidades…

Bartolomé responde:

–    Esperemos que pronto se alivie.

Es necesario terminar el viaje, porque los calores arrecian…

Andrés asegura:

–       ¡Oh! A Judas no le faltan cuidados.

Y luego, si le faltasen; ya pensaría el Maestro…

Santiago de Zebedeo dice:

–     Tenía mucha fiebre cuando lo dejamos.

Esa enfermedad le pegó tan de repente…

Mateo contesta:

–     Como siempre vienen.

Porque deben venir.

Pero yo no sé nada…

El Maestro no se preocupa por eso.

Si hubiese visto que era una cosa seria, no hubiera dejado el Palacio de Juana.

Realmente Jesús no está preocupado en absoluto.

Habla con Margziam y con Juan mientras camina y da limosnas.

Está explicando muchas cosas al niño, indicándole acá o allá, los diversos sitios del Templo.

Se dirige hacia el final de las murallas del ángulo nordeste,

donde hay mucha gente que está yendo a un lugar con muchas arquerías que precede a la puerta del Rebaño.

Va con Marziam, explicándole muchas cosas.

Atraviesan la Puerta del Rebaño y llegan al ángulo noreste del muro del Templo.

Hay un gran pórtico, en donde hay mucha gente.

Jesús explica:

–    Esta es la Probática.

La piscina de Betzaida.

Ahora tiene mucha agua, ¿Ves que tranquila está?

Dentro de poco verás que se mueve y que se levanta hasta llegar a aquella señal húmeda.

¿Lo ves?

Ahora baja el ángel del Señor, él da órdenes al agua de curar a quién se eche en ella.

¿Ves cuanta gente?

Pero mucho se distraen y no ven el primer movimiento…

Pero muchos se distraen y no ven el primer movimiento del agua.

O lo que pasa también es que los más fuertes sin caridad, impiden a los más débiles acercarse:

Jamás hay que distraerse ante los signos de Dios-

Es necesario tener el alma siempre vigilante, porque no se sabe nunca cuándo se manifiesta Dios…

O cuándo manda a su ángel.

Nunca ser egoístas, ni siquiera por la salud.

Muchas veces, por discutir por causa del derecho de precedencia o de la mayor o menor necesidad de unos u otros;

estos  desdichados pierden el beneficio de la venida angélica.

Margziam escucha muy atento.

Y mira el agua.

Luego pregunta:

–   ¿Se puede ver al Ángel?

Me gustaría.

–    Leví, un pastor de tu edad lo vio.

Mira bien y prepárate a alabarlo.

El niño se concentra en mirar el agua…

Y ya no se distrae.

Sus ojos van de la superficie del agua a la parte inmediatamente superior y viceversa.

Jesús mira al pequeño grupo de enfermos:

Ciegos, lisiados, paralíticos, que están esperando.

Los apóstoles también están atentos.

El sol juguetea con los rayos de luz sobre el agua e iluminan los cinco portales que rodean las piscinas.

 

Margziam grita:

–    ¡Mira!…

El agua sube, se mueve, resplandece…

¡Qué luz! ¡El Ángel!… –y el niño se arrodilla.

Efectivamente, mientras se mueve el líquido del estanque;

que parece crecer como por una masa de agua repentinamente introducida que lo hincha.

Y que lo eleva hacia el borde, el agua resplandece como espejo puesto al sol.

Un destello cegador por un instante.

Rápido, un cojo se hecha el agua.

Y poco después sale con la pierna curada; que antes estaba tullida con una gran cicatriz.

Los demás se lamentan y pelean con el sanado, diciendo que él no estaba imposibilitado para el trabajo.

Y se arma una riña.

Jesús mira a su alrededor…

Y ve a un paralítico en su camilla, que llora en silencio.

Se le acerca y lo acaricia.

 

Y le pregunta:

–    ¿Lloras?

El hombre se lamenta:

–     Sí.

Ninguno piensa nunca en mí.

Estoy aquí.

Todos se curan, menos yo.

Hace treinta y ocho años que estoy acostado sobre mi espalda

He consumido todo.

Han muerto los míos.

 Ahora soy gravoso a un pariente lejano que me trae aquí por la mañana y viene a recogerme por la tarde…

¡Pero, cuánto le pesa hacerlo!

¡Yo quisiera morirme!

–    No desfallezcas.

¡Con tanta paciencia y fe como has tenido!…

Dios te escuchará.

–    Eso espero…

Pero a uno le vienen momentos de depresión.

Tú eres bueno, pero los demás…

Yo me esfuerzo en arrastrarme con mis manos hasta allí, cuando el agua se mueve;

pero siempre otros se me adelantan y cerca del borde no se puede estar.

Me aplastarían.

Y aunque estuviese allí,

¿Quién me cuidaría?

Si te hubiese visto antes, te lo habría pedido

Los que se curan podrían,como agradecimiento a Dios;

estar aquí para socorrer a los pobres hermanos…

–     Sí, deberían hacerlo.

De todas formas, no guardes rencor.

Ni siquiera lo piensan; no es por maldad;

la alegría de verse curados es lo que los hace egoístas.

Perdónalos…

–    Tú eres bueno.

No actuarías así.

Me esfuerzo en arrastrarme con las manos hasta allí,

cuando se agitan las aguas de la piscina.

Pero siempre se me adelanta alguno.

Y en el borde no puedo estar, porque me pisotearían.

Además, aunque estuviera allí,

¿Quién me sumergiría en el agua?

Si te hubiera visto antes, te lo habría pedido…

–    ¡Grande es tu deseo de curarte!

¡Pues, levántate!

¡Toma tu camilla y anda!

Jesús se ha erguido al dar la orden.

Y parece como si al enderezarse, levantase también al paralítico.

porque éste se pone en pie…

Y da uno, dos, tres pasos, casi incrédulo, detrás de Jesús, que se está marchando.

Pero, puesto que realmente camina, el hombre emite un grito que hace que todos se vuelvan.

–    ¿Quién eres?

¡En nombre de Dios, dímelo!

¿Eres el Ángel del Señor?

–    Estoy por encima de los ángeles.

Mi nombre es Piedad.

Ve en paz.

Todos se aglomeran.

Quieren ver.

Quieren hablar.

Quieren ser cuados.

Pero acude enseguida la guardia del Templo que vigilaba también la piscina-

Y disuelven ese remolino vocinglero de gente, amenazando con castigarlos.

El paralítico toma sus angarillas:

dos barras con dos pares de ruedecitas y una tela rasgada clavada en las barras…

Y se marcha muy contento;

Y le dice a Jesús gritando:

–     ¡Te volveré a ver!

¡No olvidaré tu nombre ni tu rostro!

Jesús, mezclándose con la muchedumbre, se va en otra dirección, hacia las murallas.

Mas, no ha rebasado todavía la última arquería, cuando ya se han acercado a Él;

como impulsados por un viento furioso…

Un grupo de judíos de las castas sacerdotales.

Todos aunados en el deseo de decir insolencias a Jesús.

Buscan, miran, escrutan, pero no logran comprender bien de qué se trata.

Y Jesús se  mezcla entre la gente y se va en dirección contraria.   

Mientras los fariseos contrariados, siguiendo indicaciones de la guardia…

Asaltan al pobre infeliz que ha sido curado…

Y le recriminan:

–    ¿Por qué transportas esta camilla?

–    Es sábado.

–    te es lícito.

El hombre los mira y dice: 

–   –    Yo no sé nada.

Lo que sí sé; es que quien me curó me dijo:

‘Toma tu camilla y camina’

 

Y el interrogatorio es implacable:

–     Se tratará de un demonio.

–     Porque te ordenó que violases el sábado.

–    ¿Cómo era?

–    ¿Quién era?

–     ¿Judío?

–     ¿Galileo?

El hombre sanado responde:

–    No lo sé.

Estaba aquí.

Me vio llorar y se me acercó.

Me habló. Me curó.

Y se fue con un niño de la mano.

Tal vez era su hijo…

 

–   ¿Un niño?

–    Entonces no es Él.

–    ¿Cómo dijo que se llamaba?

–    ¿No se lo preguntaste?

–    ¡No mientas!

–    Me dijo que se llamaba Piedad.

–    Eres un pedazo de alcornoque.

–    Eso no es un nombre.

El hombre se encoge de hombros y se va.

Los otros dicen:

–    Ciertamente era Él.

–    Los escribas lo vieron en el Templo.

–    ¡Pero Él no tiene hijos!

–    Y sin embargo es Él.

–     Estaba con sus discípulos.

–    Pero no estaba Judas.

–    Es al que conocemos bien.

–     Los otros pueden ser gente de cualquier parte.

–     No.

Te digo que eran ellos.

–    Si les faltaba el Camaleón,

¿Cómo puedes estar tan seguro?

 

La discusión continúa.

Jesús vuelve a entrar al Templo por el otro lado.

Los apóstoles lo siguen.

Mira a su alrededor…

Y encuentra a Jonathán el mayordomo de Juana, uno de los pastores.

Jonathán le dice:

–     Judas se encuentra mejor, Maestro.

La fiebre ha bajado.

Tu Mamá dice que espera venir para el próximo sábado.

–    Gracias Jonathán.

Has sido puntual.

–    No muy puntual.

Maximino el de Lázaro me entretuvo.

Te anda buscando.

Fue al Pórtico de Salomón.

–     Voy a alcanzarlo.

Mi paz sea contigo.

Y dala a mi Madre, a las discípulas y también a Judas.

Jesús, rápido va al Pórtico de Salomón.

Y encuentra al mayordomo de Lázaro.

Maximino le dice:

–   Lázaro se enteró de que estabas aquí.

Te quiere ver para decirte una cosa importante.

¿Irás?

–    Sin duda alguna y pronto.

Dile que me espere dentro de esta semana.

Después de despedir a Maximino, se dirige al Atrio de los Hebreos,

diciendo:

–   Vamos a orar.

Pues por eso vinimos aquí.

Se encuentra al paralítico curado que también ha venido a dar gracias al Señor.

Cuando lo descubre entre la multitud, lo saluda con alegría.

Y le cuenta lo que pasó en la piscina, después de su partida.

Termina diciendo:

–     Luego, uno de los que estaban fuera de sí por verme sano;

me dijo que Tú Eres el Mesías.

¿Es verdad?

–     Lo Soy.

Tu deber para con Dios es emplear la salud en buenas obras.

Estás curado.

Vete y no peques más, no te vaya a castigar Dios más todavía..

Vete en paz. Adiós.

–    Yo soy viejo… no sé nada…

Pero quisiera seguirte, para servirte y para saber.

¿Me aceptas?

–    No rechazo a nadie.

De todas formas, piénsalo antes de venir.

Si te decides, ven.

–    ¿A dónde?

No sé a dónde vas…

—    Por el mundo.

todas partes encontrarás discípulos que te guiarán a Mí.

Que el Señor te ilumine para lo mejor.

Y Jesús se dirige a orar.

Mientras tanto, los fariseos que vieron al curado hablar con Jesús.

Lo detienen para preguntarle si Él fue, el que lo curó.

Y luego se acercan hasta la escalera;

por la que tiene que bajar para pasar a los otros patios… 

Y poder salir del Templo.

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EL TERCER PURGATORIO


Habla Dios Padre

Hijitos Míos, desde que sois pequeñitos, vosotros vais a la escuela, vais creciendo y vais aprendiendo de muchas materias.

Se va aumentando la base del conocimiento que primeramente os dieron vuestros padres, con el que luego vais tomando de la escuela,

de la universidad y luego de que vosotros mismos vais tomando de los libros.

¿Qué pasaría Mis pequeños, si después de tener todo ese conocimiento no hicierais nada?,

¿Qué os quedarais con el conocimiento, que no lo compartieras, que no trabajarais con lo que aprendisteis?

¿Para poder vivir del fruto de ese conocimiento?

Dirían que fue inútil en vuestra vida, que os hubierais llenado de tanto conocimiento;

aunque hubierais hecho una maestría o todavía más, un doctorado, para nada.

Lo mismo sucede en la vida espiritual.

Si vosotros os llenáis de Conocimiento y aún a pesar de que tuvierais por ejemplo, Mi Gracia

y que Yo os transmitiera directamente Conocimiento Divino, Sabiduría Divina,

leyerais infinidad de libros, que os llenarais de gran conocimiento religioso, un gran alimento para el alma;

Conócete, Acéptate, Supérate…” San Agustín de Hipona

si no dierais nada de esto, sería inútil, sería una pérdida de tiempo;

sería estéril vuestra vida espiritual y en vuestra vida humana.  

LA VIDA EN LA TIERRA ES LA OPORTUNIDAD

QUE TENÉIS PARA CONOCERME POR MEDIO DE LA FE

Y APRENDER A AMAR

PRACTICANDO ESE AMOR CON EL AMOR AL PRÓJIMO

Voy a esto, Mis pequeños:

Todo lo que obtenéis de Mí, si no lo ponéis en obras, de nada sirve lo que aprendísteis.

Es una obligación Divina dar a vuestros hermanos lo que Yo os doy,

tanto en las capacidades que vosotros tenéis en lo humano, como en lo espiritual.

Yo os las he regalado, Yo os las di para que vosotros las potencializárais.

Vosotros de ninguna forma podéis obtener capacidades si no habéis nacido con ellas.

Y si nacisteis con ellas, Yo os las di, Mis pequeños;

son Mis regalos para cada uno de vosotros.

Pero si el Conocimiento que se obtiene no se da, os repito:

es estéril vuestra vida y ahí es a donde os quiero llevar:

a las Obras de Misericordia.

Debéis dar el Conocimiento, debéis ayudar a vuestros hermanos, os debéis dar a vuestros hermanos.

Y de ésa forma, empezaréis a hacer dinámico todo Mi Amor y Conocimiento que Yo os doy;

para eso os mandé a Mi Hijo.

Os mandé a Mi Hijo, para que os enseñara todo esto. 

 Él, siendo Mi Hijo y siendo Dios, pudo haberse quedado en el Reino de los Cielos.

Pero Él, con todo ese Conocimiento Divino, os lo dio;

caminó entre los hombres, ahí está lo dinámico, convivió con gente de todos niveles para darse y para dar.

No mandó a ángeles, se pudo haber quedado aquí en el Reino de los Cielos, pudo haberMe pedido eso: 

mandar emisarios, ángeles que enseñaran a los hombres.

Pero Yo le pedí que bajara a la Tierra y que conviviera entre vosotros y ahí entra la primera parte del fruto del Amor, que es la humildad.

Si no tenéis humildad y ésa empieza Conmigo, con vuestro Dios, no sois nada.

El aceptó como Hijo Mío, en Obediencia, en Humildad Divina, convivir entre vosotros.

Todo un Dios inmenso, inconmensurable,

enseñándoos en su propia Persona lo que son las Virtudes, lo que es el Amor.

Aprendisteis del Maestro por excelencia.

Aprendiste de todo un Dios, cómo os debéis comportar.

Hubierais tenido pretexto de alguna forma, si Yo hubiera enviado otro tipo de emisario a enseñar a los hombres.

“Cuando sientas que ya no sirvas para nada, TODAVÍA PUEDES SER SANTO” San Agustín

No tendría la Perfección que tiene Mi Hijo.

Así no tenéis pretexto y por otro lado, tenéis el Conocimiento real y Divino;

en el cual no podéis tener ningún tipo de duda de lo que debéis hacer, para que también podáis ser perfectos.

Aquellos que han buscado ésa vida que dejo Mi Hijo, ésas Enseñanzas que él os dio;

encontraron la santidad, porque además se dieron igual que Él,

recibieron Sabiduría Divina, porque Me la pidieron,

porque Me buscaron,

porque hicieron a un lado el mundo y prefirieron la perla preciosa que Soy Yo, vuestro Dios.

Y al tener ésa perla preciosa, se dieron cuenta del tesoro tan grande y lo compartieron:

y a eso estáis llamados todos vosotros, Mis pequeños.

Podéis alcanzar la santidad y debéis alcanzarla para entrar fácilmente al Reino de los Cielos,

La santidad es hacer siempre con alegría, la VOLUNTAD DE DIOS

porque ningún alma entra al Reino de los Cielos si no es santa.

Os purificáis en la Tierra u os purificáis en el Purgatorio.

Pero tenéis que alcanzar la santidad para estar en el Reino de los Cielos.

Y si seguís el ejemplo de vida de Mi Hijo Jesucristo, es como alcanzareis la santidad en la Tierra.

Y podréis pasar fácilmente al Reino de los Cielos al momento en que Yo os mande llamar;

al final de vuestra vida, de vuestra misión en la Tierra.

Por eso os repito, el Conocimiento que se os da tiene que terminar en obras…

Y así es como alcanzareis fácilmente la santidad de vida.

Hijitos Míos, en las Escrituras, se os habla de que no podéis entrar a la fiesta, o sea, al Reino de los Cielos;

si no estáis bien arreglados, si vuestras ropas no están limpias y puras.

Y por eso, he Creado el Purgatorio; para que vosotros seáis purificados en él.

En el Purgatorio tenemos que APRENDER a AMAR HASTA ALCANZAR LA SANTIDAD, completamente SOLOS, sin la ayuda Divina…

Pero ciertamente, ahí conoceréis todo el daño que Me hicisteis y el que le hicisteis a vuestros hermanos.

Ciertamente tendréis la oportunidad, en el tiempo que Yo decida, para purificaros;

y para que os ganéis la entrada al Reino de los Cielos.

La estancia para algunos, será muy dolorosa;

otros, vivirán en la esperanza, en la alegría de saber que en cualquier momento, estarán Conmigo para siempre.

Mis pequeños, poco os acordáis del sufrimiento de las ánimas del Purgatorio;

poco hacéis para aliviar sus penas.

Si realmente os amarais, como decís que lo hacéis, debierais tener no solamente el alma de vuestros seres queridos;

sino también de todos vuestros hermanos de todo el Mundo, continuamente en vuestros pensamientos…

Y sobre todo, en los momentos en que podéis lograr para ellos, un alivio a sus dolores y penas.

En el Purgatorio sufrimos el Getsemaní y el Calvario SIN PALIATIVOS, TAL COMO LO SUFRIÓ JESÚS, por nuestra NEGATIVA TERRENAL a cooperar en La Redención

Habréis escuchado, una o varias veces, del sufrimiento que tienen las almas allí, en ése lugar de purificación.

Para que entendáis un poco esto, os quiero decir que así como vuestra alma, cuando está en vuestro cuerpo vivo, no puede gozar todo el gozo que Yo le puedo dar;

porque vuestro cuerpo no soportaría tanto gozo.

De igual manera, vuestra alma no podría vivir el sufrimiento de purificación que se sufre en el Purgatorio estando en vuestro cuerpo,

porque moriríais inmediatamente, os estoy hablando a nivel espiritual.

Cuando vuestra alma sale de vuestro cuerpo, vuestras potencias cambian,

se engrandecen, se vuelven también infinitas, porque si vosotros salisteis de Mí,

si Yo os creé a Imagen y Semejanza Mía, vuestra alma es infinita y vuestras potencias también.

Por eso no entendéis perfectamente, cuando os hablo de Amor,

porque estoy hablando de un Amor a nivel espiritual,

con potencias que vuestra mente humana y vuestras capacidades humanas, no pueden ni sentir ni imaginar,

porque vuestro cuerpo limita las potencias del alma.

Así como Mi Amor es el que se debiera manifestar en vosotros con gran potencia;

VUESTRA ALMA CUANDO SE LIBERA DEL CUERPO

ADQUIERE SUS POTENCIAS INFINITAS PARA AMAR

Y SER AMADA

Con la purificación es lo mismo, vuestra alma está libre ya de vuestro cuerpo y está en el Purgatorio.

Las penas, la purificación que tendréis ahí, es a nivel alma,

o sea, con vuestras potencias ya libres y

EL DOLOR ES INMENSO Y TREMENDO 

Os digo esto para que entendáis la gravedad y el dolor tan grande que se vive en el Purgatorio,

donde ciertamente, hay una esperanza de salir de ahí y que también ésa esperanza, ya a ciertos niveles,

va minimizando el dolor del padecimiento de purificación que tenéis.

De igual manera, quiero que entendáis el dolor que se vive en el Infierno.

También es infinito, como os dije, ya que vuestra alma es infinita…

y son dolores que vosotros no imagináis que puedan existir,

porque vuestras capacidades se ven minimizadas por vuestro cuerpo.

Hijitos Míos, os he dicho que son tiempos de mucho dolor.

Me causa mucho dolor el veros que no actuáis como verdaderos hermanos,

que no os cuidáis los unos a los otros, que no veis por el hermano abatido y sufriente,

que no veis por aquel que necesita de vuestra ayuda, tanto material como espiritual.

Y en este sentido Me quiero dirigir ahora hacia vuestras hermanas, las benditas ánimas del Purgatorio. 

Por esa apatía espiritual, ellas están sufriendo más;

Los sufrimientos en el Purgatorio expían nuestros propios pecados, PERO YA NO TIENEN MÉRITOS DE CORREDENCIÓN, porque éstos se terminan con la muerte…

porque ellas van saliendo del Purgatorio gracias a las Misas bien dichas y a vuestras oraciones.

Pero ya no hay mucho ni de lo uno ni de lo otro.

No hay Misas que tengan un valor alto, ni tampoco hay suficientes oraciones,

para que ellas puedan salir pronto del Lugar de Purificación.

Sabéis que el Dolor ahí es tremendo;

pero existe la esperanza de que en algún momento saldrán…

Y que gozarán eternamente en el Reino de los Cielos.

Pero mientras tanto su dolor es tremendo.

Muchos se imaginan que solamente es un paso, un momento en el que se estará en el Purgatorio.

Y en la gran mayoría de los casos, Mis pequeños, NO ES ASÍ. 

Sabed que hay diferentes niveles en el Purgatorio. 

El más bajo está prácticamente tocando el Infierno:

ES EL TERCER PURGATORIO.

Y ahí las almas son todavía tremendas, malas.

Pero, por alguna oración de alguien o por un hecho particular, esas almas se salvaron,

DE MANERA EXCEPCIONAL

Pero necesitan un tiempo más largo de purificación, que aquellas almas que trataron de estar toda su vida conMigo;

pero que no cumplieron totalmente todo lo necesario, para entrar al Reino de los Cielos al momento de su muerte.

La hermandad espiritual debe crecer en vosotros, Mis pequeños. 

Y debéis aprender a ver el dolor en vuestros hermanos y tratar de evitarlo en lo más que podáis;

así mismo tiene que ser con las Benditas ánimas del Purgatorio.

Vuestras oraciones intercediendo por ellas, vuestras misas ofrecidas con todo el amor hacia Mí, vuestro Padre, vuestro Dios;

El Amor aumenta con la Purificación. Cuando aumenta el Amor; disminuye el rigor de la Justicia Ofendida y aumenta el deseo para fundirnos con la Esencia Divina.

CON LA INTENCIÓN DE QUE SE PURIFIQUEN

Y CREZCAN PRONTO EN EL AMOR

SE PURIFIQUEN DE SU MALDAD

Y VAYAN SALIENDO DEL PURGATORIO

Penitencias, ayunos, sacrificios, buenas obras;

todo lo que podáis OFRECER para irle quitando Dolor a esos hermanos vuestros;

son necesarios para que ellas ya puedan gozar eternamente conMigo.

Pero necesitáis ser más conscientes de esta realidad espiritual;

no estarán un momento y ya saldrán.

Son tormentos fuertes según cómo vivieron en su vida.

En el Purgatorio se concientiza el pecado, en lo que fallasteis… 

Y además no solamente el Dolor que Me causasteis;

sino el que causasteis a vuestros hermanos y

TODO LO QUE ESE PECADO

LUEGO VA CAUSANDO ALREDEDOR VUESTRO

LAS CONSECUENCIAS UNIVERSALES

DE LO QUE NI SIQUIERA CONSIDERÁSTEIS FALTAS GRAVES

Toda acción tiene una reacción y a veces no veis esa reacción, que puede ser muy larga; 

que puede afectar a muchísimas almas.

Una palabra o una acción dicha en público que afecte a las almas;

ya con ello afectasteis a muchísimas almas y éstas, a la vez, quizá después lo proclamen a otros hermanos vuestros.

Y aquel que comete una falta así, que cause afectación espiritual a muchas almas;

tendrá que pagar por todo el daño causado a todas esas almas.

Y por eso su tiempo en el Purgatorio será mayor;

si es que llega al Purgatorio y no se pierde eternamente.

Por eso debéis cuidar vuestros pensamientos, vuestras palabras, vuestras obras, vuestras omisiones;

porque para mucha gente a vuestro al rededor, para muchas almas que os están observando;

podéis ser un buen ejemplo y ayudar a muchas almas a crecer en Virtud y en Amor;

pero podéis ser también un mal ejemplo y causar una destrucción espiritual;

A VECES TAN TREMENDA, QUE AFECTARÁ A MUCHAS ALMAS

 que quizá hasta se puedan perder eternamente, por culpa vuestra.

Tenéis que cuidaros, tenéis que cuidar vuestra forma de ser.

Os repito, vuestras palabras, obras, acciones, omisiones;

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

todo esto puede causar un mal a muchas almas y tendréis que responder por ellas

al momento de vuestro juicio.

Reparad, Mis pequeños, reparad por vuestras faltas pasadas; ciertamente perdonadas.

Pero el daño que habréis hecho a otras almas, eso tendrá que ser también purgado.

Cuidad pues Mis pequeños, cuidad vuestra alma y cuidad a vuestros hermanos;

ROGADME PORQUE PRONTO SALGAN DEL PURGATORIO.

Os repito, ahora el tiempo de Purgatorio es más largo, porque hay muy pocas almas que estén orando por ellas.

Son vuestros hermanos, lo que hagáis por ellas, tarde o temprano, también será un bien para vosotros;

porque un alma, que por vuestra intercesión sale del Purgatorio,

ELLA DESDE EL CIELO ME ROGARÁ POR VUESTRA SALIDA DE AHÍ,

Es un bien que os hacéis los unos a los otros.

Cuando obráis en el amor, Mi Amor cae sobre todas las almas y os favorece a todos.

No desperdiciéis toda ocasión que tengáis para ayudar a vuestros hermanos, vivos y difuntos.

Y así iréis procurando con ello que vuestra salida del Purgatorio sea pronta.

Cuando el alma llega al Cielo, a vuestro Hogar, Mi Reino;

también tendréis un gozo, que en éstos momentos no os podéis imaginar.

Ciertamente, he dado a conocer estos gozos y estos sufrimientos a almas que escojo,

pero ni aún ellas os lo pueden explicar.

Ciertamente, son gozos y dolores tremendos, porque los viven a nivel espiritual y por eso no los entendéis.

Quedaos pues con esta explicación, de que vuestra alma fuera de vuestro cuerpo,

tiene gozos y dolores indecibles, inimaginables para vuestras pobres potencias humanas.

Amad y haced todo lo posible por vuestros hermanos que sufren indeciblemente en el Purgatorio

y uníos también a las alegrías tremendas, inimaginables, que vuestros hermanos están gozando en el Reino de los Cielos

y pedidles, a unos, ayuda para no seguir cayendo en faltas y que hagan que vuestra alma tenga que ser purificada más tiempo en el Purgatorio

Y a vuestros hermanos, en el Reino de los Cielos, pedidles que os ayuden a lograr llegar

a donde Yo, vuestro Padre y vuestro Dios, os espero;

para que viváis eternamente Conmigo.

Habla Nuestro Señor Jesucristo

Hijitos Míos, tened una gran devoción por las Benditas Almas del Purgatorio,

en estos tiempos muy necesitadas están;

porque no hay suficientes Misas y oraciones para poderlas sacar del Purgatorio, lo más pronto posible…

Y SUFREN

SUFREN MUCHÍSIMO

Que vuestras oraciones, vuestras Misas, el rezo del Santo Rosario y todo lo que podáis hacer por ellas;

les alcance un alivio pronto en el Reino de los Cielos,

para que puedan salir rápidamente, porque su sufrimiento es muy grande.

Ciertamente un alma en el Purgatorio, saldrá en un determinado tiempo;

pero también, dependiendo del nivel en el que se encuentre.

Hay niveles muy bajos y dolorosos, todavía cercanos al Infierno, en donde el alma sufre mucho;

están también atormentadas no por demonios, pero sí por su propio dolor.

El Purgatorio es un lugar de purificación y arrepentimiento.

Un tiempo de meditación en el cual, el alma se da cuenta de todo el mal que sus pecados causaron.

En el Purgatorio tenemos que APRENDER a AMAR HASTA ALCANZAR LA SANTIDAD, completamente SOLOS, sin la ayuda Divina…

Hay pecados que pueden hacer solamente daño a la persona que los comete;

pero hay pecados que causan mucho mal, porque muchas almas los toman como propios y los repiten.

Por eso, cuando os he pedido ser otros Cristos,

debéis ser almas de ejemplo, para que otras almas tomen el buen ejemplo que vosotros deis.

Y ese buen ejemplo les alcance su salvación eterna.

Pero si sois almas malas, que en lugar de dar un buen ejemplo,

dais un mal ejemplo, vais a causar mucho daño en muchos de vuestros hermanos.

Por eso, hay almas que pasan tanto tiempo en el Purgatorio;

porque afectaron a muchas almas que las vieron hacer tal o cual cosa, que era pecaminosa.

Y que ellos repitieron, causándoles hasta una muerte eterna o también, una estancia larga en el Purgatorio.

Tenéis que pensar en vuestro futuro, Mis pequeños.

Los sufrimientos en el Purgatorio expían nuestros propios pecados, PERO YA NO TIENEN MÉRITOS DE CORREDENCIÓN, porque éstos se terminan con la muerte…

Pero en vuestro futuro eterno, porque debéis cuidar vuestros actos, vuestras palabras, el ejemplo que deis a los demás.

Porque tendréis que pagar también, por lo malo que hagan otras almas, por el mal ejemplo que disteis.

Y que tomaron como propio y repitieron,

DAÑANDO A MUCHOS MÁS.  

Mientras estéis en la Tierra, reparad; haced penitencias, ayunos, por el bien de vuestra alma.

 Porque si por algún tiempo en vuestra vida, disteis mal ejemplo y muchos os vieron y repitieron ese mal ejemplo;

TENSRÉIS QUE PADECER POR VUESTROS PROPIOS PECADOS

Y POR EL MAL QUE HICIERON ESAS ALMAS

POR CAUSA VUESTRA

En cambio, os ganaréis más Gloria, más Amor, más cuidados Divinos;

cuando vuestros actos o vuestras palabras, fueron buenos;

disteis un buen ejemplo y ese buen ejemplo fue tomado también, por hermanos vuestros y lo repitieron.

Y a la vez, otras y muchas almas más lo volvieron a repetir.

Tendréis una corona de Gloria, porque fuisteis verdaderos Cristos enseñando el Bien;

fuisteis apóstoles Míos, porque eso es ser un apóstol,

ES SER OTRA IMAGEN MÍA ENTRE VUESTROS HERMANOS

Seréis muy recompensados por todo ese bien que causáis en otras almas.

Tened cuidado Mis pequeños, con lo que decís y hacéis, que puede ser bueno o malo,

para las almas que estén a vuestro alrededor.

Todo será Juzgado, nada se escapa a Mis Ojos.

Os repito, cuidad vuestro futuro eterno.

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El que en la tierra se ponga la Corona de Espinas… En el Cielo se pondrá la Corona de Gloria…

195 LAS ESPIGAS DEL SÁBADO


195 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Una llanura martilleada por el sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan.

Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón… a verano.

El lugar es todavía el mismo, pero el sol se muestra menos implacable porque se encamina al ocaso.

Todos abandonan el paraje donde descansaron, mientras Jesús le dió a simón Zelote, la parábola sobre el diente de león. 

Reemprenden la caminata… 

Después de caminar un buen trecho…

Señalando a lo lejos,

Jesús dice:

–    disciEs necesario llegar hasta aquella casa.

Cuando llegan, piden pan y alivio. con la posibilidad de descanso…

Pero el guarda los rechaza bruscamente, con dureza. 

Jesús responde:

–    ¿Por qué faltáis a la caridad?

El tiempo del talión ya ha quedado atrás.  

Pero los apóstoles, cansados y hambrientos, manifiestan su frustración y su enojo de forma menos llena de virtud… 

Y exclaman:   

–     ¡Raza de filisteos!

–     ¡Víboras!

–    Son todos iguales!

–    Han nacido de esa cepa y dan frutos envenenados. 

 –   ¡Que recibáis lo mismo que dais!

Después del portazo que selló como respuesta al enojo de los judíos. 

Todos se retiran frustrados…

Jesús trata de confortar,

y dice: 

–     Caminemos.

Todavía no ha oscurecido y no os estáis muriendo de hambre.

Un poco de sacrificio, para que estas almas lleguen a sentir hambre de Mí.

Pero los discípulos, con el corazón inflamado más por el despecho y por el hambre insoportable, aguijoneada por Satanás…

Cansados avanzan hasta un campo lleno de espigas maduras. 

Entran hasta el centro de una de las parcelas cultivadas y se ponen a recoger espigas.

Las cortan, las desgranan sobren las palmas de las manos y empiezan a comerse los granos, con verdadero gusto.  

Pedro grita:  

–     ¡Están sabrosas, Maestro!…  

¿No quieres unas?

Además tienen doble sabor…

Me comería todo el campo. 

También voy a guardar unas para Tí.

Los otros, que van caminando entre los zurcos, cortando las espigas y comiendo con gusto.

Lo apoyan contentos: 

–    ¡Tienes razón!

–    ¡Así se arrepentirían de no habernos dado ni un pan! 

Cuando han tomado lo suficiente para saciar su hambre…

Empiezan a salirse de la parcela, para reanudar su travesía por las tierras fenicias.

Jesús va solo por el camino polvoriento.

Unos cinco o seis metros más atrás le siguen Simón Zelote y Bartolomé, pero van hablando entre sí.

Luego se integran los demás.

Jesús continúa adelante, seguido por los suyos que vienen desgranando espigas y comiendo alegremente.

Y al llegar a la encrucijada se topan con un grupo de fariseos ceñudos, que vienen del poblado de donde los arrojaron.

Jesús los saluda cordial y sonriente:

–   La paz sea con vosotros.

En lugar de responder el saludo, el más viejo levanta la barbilla de su rostro arrogante, 

Y le pregunta: 

–   ¿Quién eres?

–   Jesús de Nazareth.

Otro fariseo dice:

–   Se los dije…

 ¿Veis que es Él?

El primero vuelve a hablar:

–     ¡Ah!…

¡Así que Tú eres el famoso Jesús de Nazareth!

¿Cómo es posible que te encuentres aquí?

–    Porque también aquí hay almas que salvar.

–    Para eso bastamos nosotros.

Sabemos salvar las nuestras y las de los que dependen de nosotros.

–   Si es así.

Hacéis bien.

Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar.

Varios exclaman al mismo tiempo:

–    ¡Oh!

–    ¡Mandado!

–    ¡Mandado!

–   ¿Y quién nos lo prueba?

El más viejo dice con desprecio:

–    Ciertamente, ¡No tus obras!

Jesús pregunta:

–   ¿Por qué hablas así?

No te importa tu vida?

–   ¡Ah! ¡Entendido!

Tú eres el que da muerte a los que no te adoran.

Entonces vas a matar a toda la clase sacerdotal: a los fariseos, los escribas, saduceos…

Y a todos los demás porque no te adoran, ni jamás te adorarán. 

¿No puedes entender?

Nosotros los elegidos de Israel jamás te adoraremos y ni siquiera te amaremos.

–   No os fuerzo a amarme.

Os digo: Adorad a Dios porque…

El viejecillo lo interrumpe furioso:

–    En otras palabras a Ti, porque Eres Dios.

¿No es verdad? 

Nosotros no somos los piojosos campesinos galileos, ni los estúpidos de Judá que vienen en pos de Ti, olvidando a nuestros rabíes…

Jesús contesta con mansedumbre:

–   No te inquietes hombre.

No pido nada. Cumplo con mi misión.

Enseño a amar a Dios y vuelvo a repetir el Decálogo, porque ha sido olvidado.

Y lo peor de todo: se aplica mal..

Quiero dar la vida eterna.

No auguro la muerte corporal, ni mucho menos la espiritual.

La vida que te pregunté si no tenías interés en perder, es la de tu alma. 

Porque Yo amo tu alma, aun cuando ella no me ame. 

Y me duele ver que le matas, con ofender al Señor, despreciando a su Mesías.

Al fariseo parece darle una convulsión de furia…

Porque se agita violentamente, se descompone rasgando sus vestiduras y se arranca las franjas.

Se quita el turbante y se revuelve los cabellos…

Mientras grita:

–    ¡Oíd!

¡Me dice esto a mí, Jonatás de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo!

¡Yo, ofender al Señor!

No sé qué me detiene para no maldecirte, pero…

Jesús dice tranquilo:

–    El miedo. 

¡Hazlo! No serás convertido en cenizas.

A su tiempo lo serás y entonces me llamarás.

Pero entre tú y Yo habrá en ese entonces un arroyo purpúreo: Mi Sangre…

–   ¡Está bien!

Pero mientras tanto, Tú que te llamas santo…

¿Por qué permites ciertas cosas?

Tú que te llamas Maestro,

¿Por qué no instruyes primero a tus discípulos antes que a los demás?…

Míralos detrás de Ti, con el instrumento del pecado en sus manos…

¿Los ves?

Han cortado espigas y es Sábado.

Han cortado espigas que no son suyas.

Han violado el Sábado y han robado.

Pedro responde:

–    Tenían hambre.

Pedimos pan en el poblado a donde llegamos ayer tarde.

Pedimos alojamiento y comida y nos arrojaron.

Caminamos lo permitido.

Y luego nos detuvimos, cómo lo marca la Ley, a beber agua del río.

Cuando llegó el crepúsculo, fuimos a aquella casa y nos despidieron.

Ved que teníamos voluntad de obedecer la Ley. 

El viejo fariseo lo mira cual si fuera una pulga…

Y replica furioso: 

–    Pero no lo hicisteis.

¡No es lícito hacer en Sábado obras manuales!

Y jamás es lícito tomar lo que es de otros.

Yo y mis amigos estamos escandalizados.

Jesús pregunta:

–    ¿No habéis leído jamás, cómo David tomó los panes sagrados de la proposición, para alimentarse y alimentar a sus compañeros?

Los panes sagrados eran de Dios.

Estaban en su casa, reservados por orden eterna para los sacerdotes.

Y sin embargo David los tomó y los comió en sábado;

él a quién no era lícito comérselos.

Y con todo, no se le imputó como pecado, porque Dios continuó amándolo aun después de esta acción.

¿Cómo puedes llamarnos pecadores, si recogemos del suelo las espigas crecidas que también son de los pájaros?

¿Y cómo puedes prohibir que se alimenten de ellas, los hombres hijos del padre?

Les pidieron esos panes, no se los tomaron sin haberlos pedido.

Y esto cambia de aspecto.

Y Dios si se lo imputó como pecado, porque lo castigó duramente…

Un fariseo objeta: 

–     Pero no por esto.

Fue por la lujuria, por el censo, no por…  

El más viejo sentencia: 

–  ¡Oh! ¡Basta!

¡No es lícito!

Y… no es lícito.

No tenéis derecho de hacerlo y no lo haréis.

Largaos.

No os queremos en nuestras tierras.

Nos os necesitamos y ya no sabemos qué hacer con vosotros.

Jesús responde con mansedumbre: 

–    Está bien.

Nos iremos.

–   ¡Largo!

–   No os condeno.

Os perdono.

Pediré al Padre que os perdone; porque quiero misericordia y no castigo.

Pero sabed que el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.

Y que el Hijo del hombre, es el Señor también del Sábado. Adiós.

Y volviéndose a sus discípulos:

Jesús dice:

–    Venid.

Vamos a buscar un lecho entre la arena que ya está cerca.

Tendremos como compañeras las estrellas y nos dará alivio el rocío.

Dios que envió el maná a Israel, proveerá a alimentarnos también;

porque somos pobres y fieles a Él.

La noche ya baja con sus velos color violeta y encuentran unos nopales.

Sobre sus pencas llenas de espinas, hay tunas casi maduras.

Espinándose, se dan un dulce banquete, pues la fruta es deliciosa.

Y de esta forma van acercándose a las dunas.

De lejos llega el rumor de las olas del mar.

Jesús dice:

–     Quedémonos aquí.

La arena es suave y acogedora.

Mañana entraremos en Ascalón.

Y todos cansados se acuestan junto a una alta duna.

168 LA HORA DEL INCIENSO


  1. 169 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés.

Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás en grupo, todos los demás.

Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo:

–     ¿Has venido aquí alguna vez?

–     Cuando nací, padre.

Pero no me acuerdo – lo cual hace reír de satisfacción a Pedro,

que repite la respuesta a los compañeros y éstos se echan a reír también.

Y dicen, con bondad y perspicacia:

–     Quizás es que dormías y por eso…

–    Estamos todos como tú.

–    No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

Igualmente hace Jesús con su protegido.

Y recibe una respuesta análoga (poco más o menos).

Juan de Endor en efecto,

dice:

–     Éramos prosélitos.

Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar.

Mi madre era de Judea.

Se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor…

Quizás demasiado prematuramente…

De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud.

Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida.

Pero, siendo su primogénito – unigénito, por su enfermedad -, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley.

Mi padre me decía: “Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo”…

¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino…

–     Juan, no digas eso.

Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí.

Pero que no te desaliente ya más lo que fuiste… -¿No volviste ninguna vez al Templo?

–     ¡Sí, sí, a los doce años!

Y, a partir de entonces, siempre. Mientras… mientras pude hacerlo… Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque…

Bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio.

Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí.

Me siento extranjero en la Casa del Padre…

Lo he abandonado durante demasiado tiempo…

–     Tú vuelves al Templo de mi mano.

Y Soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado.

Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto,

y dice:

–     Gracias, Dios mío.

–     Sí, da gracias al Altísimo.

¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético?

Eres el varón consagrado al Señor y que no será rescatado.

Eres mío, eres de Dios, discípulo y por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión,

que de Mí recibirán el nombre.

Yo te absuelvo de todo, Juan.

Camina sereno hacia el Santo.

En verdad te digo que entre los que viven en este recinto, hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar…

Pedro entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo.

Y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón,

porque siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.

En esto, estän ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, cuando los llama José de Arimatea.

Después de los recíprocos saludos, 

José pregunta: 

–     ¿Estáis aquí?

¿Cuándo habéis llegado? 

–     Ayer por la tarde.

–     ¿Y el Maestro?

–     Está allí…

Con un discípulo nuevo. Ahora vendrá.

José mira al niño y le pregunta a Pedro:

–     ¿Un sobrinito tuyo?

–     No… sí.

Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor.

–     No te comprendo…

–     Un huerfanito…

Por tanto, nada en cuanto a la sangre.

Un discípulo… por tanto, mucho en cuanto a la fe.

Un hijo… por tanto, todo en cuanto al amor.

El Maestro lo ha recogido… y yo le doy mi cariño.

Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días…

–     ¿Tan pequeño y ya doce años?

–     Es que…

Bueno, ya te lo contará el Maestro… José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro…

Dime, ¿Estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes…

Lo presento come si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra…  

José se aterroriza separándose.

Y exclama preguuntando: 

–     ¡¿Lepra?! 

Pedro lo tranquiliza: 

–     ¡No tengas miedo!…

Mi lepra es la de ser de Jesús:

la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones.

–     ¡No, hombre, no!

]No digas eso!

–     Es la verdad y hay que decirla…

Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús.

Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots.

Jesús dice que sabe mucho…

–    ¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!

–     Aquéllos… con tal de amargarme…

–     ¿Quieres mucho a este niño, ¿eh!?

¿Lo llevas siempre contigo?

–     ¡No puedo!…

Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil…  

Yabé dice: 

–     Pero iría contigo con gusto…

Que, con las caricias de José, está más tranquilo.

Pedro rebosa de alegría…

Pero añade:

–     El Maestro dice que no se debe…

Y no lo haremos. De todas formas, nos veremos… José, ¿Me vas a ayudar?

–     ¡Claro, hombre!

Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo?

José ve llegar a Jesús…

Y exclama: 

 –   ¡Oh, Maestro!

¡Dame tu bendición!

–     Paz a ti, José.

Me alegro de verte. Y además, saludable.

–     También yo, Maestro.

Los amigos se alegrarán de verte. ¿Estás en Getsemaní?

–     Estaba.

Después de la oración voy a Betania.

–     ¿A casa de Lázaro?

–     No, donde Simón.

Tengo también allí a mi Madre, a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago.

¿Irás a verme?

–     ¿Lo preguntas?

Será una gran alegría y un gran honor.

Te lo agradezco. Iré con muchos amigos…  

Simón Zelote aconseja: 

–     ¡Prudente José, con los amigos!… 

–     ¡No, hombre… ya los conocéis!

Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire”.

Pero, cuando los veáis, comprenderéis que son amigos.

–     Entonces…

–     Maestro…

Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño.

Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo.

Quiero estar presente también yo.

–     El miércoles que precede a la Pascua.

Quiero que celebre su Pascua, ya como hijo de la Ley.

–     Muy bien.

Comprendido. Iré a recogeros a Betania.

Pero antes el lunes, iré con los amigos.

–     De acuerdo, no se hable más.

–     Maestro, te dejo.

La paz sea contigo. Es la hora del incienso.

–     Adiós, José.

La paz sea contigo.

Ven Yabé, que es la hora más solemne del día.

Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es todavía más solemne.

El día empieza con la mañana:

justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor lo bendiga durante todo el día en todas sus obras.

Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche.

La luz que declina recuerda la caída en el mal.

Y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche.

¿Por qué?

Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno,

que proyecta sus propuestas y pesadillas.

Bueno es por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día,

elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones.

La noche con su sueño, símbolo de la muerte…

Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas, sino en una fúlgida aurora.

El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios.

Y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos.

¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?

–     Yo quisiera… Me sentiría todavía más cerca de mi madre…

–     Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás.

Mas ahora ven.

Mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora.

Vamos con veneración a alabar a Yeohveh.

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130 EL NIÑO DE CRISTO


130 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El aturdimiento de los apóstoles es interrumpido por Simón Zelote,

al responder:

–     No habría arco si no hubiera base en el camino oscuro.

Ésta es matriz de aquél, que sobre ella se yergue y sube a ese azul que anhelas.

No pienses que las piedras hincadas en el suelo, que soportan el peso y no gozan de rayos ni vuelos.

Ignoran la existencia de éstos, pues de vez en cuando una golondrina desciende con su piada hasta el barro y acaricia la base del arco…

desciende también un rayo de sol, o de estrella, para expresar la gran belleza del firmamento.

De la misma forma, en los siglos pasados, de vez en cuando, ha descendido una palabra celeste portadora de promesa…

Un rayo celeste de sabiduría para acariciar las piedras que estaban oprimidas por el enojo divino.

Porque las piedras eran necesarias.

Y no son ni fueron, ni serán jamás inútiles.

Sobre ellas, lentamente, se ha elevado el tiempo y la perfección del conocimiento humano hasta alcanzar la libertad del tiempo presente y la sabiduría del conocimiento sobrehumano.

Veo escrita en tu rostro la objeción:

Es la misma que todos hemos puesto antes de saber comprender que ésta es la Nueva Doctrina…

La Buena Nueva que ahora se predica a los que, por un proceso de retrogradación, en vez de hacerse adultos,

paralelamente a la ascensión de las piedras del saber, se han ido entenebreciendo cada vez más, cual muro que se hunde en un abismo ciego.

Para curarnos de esta enfermedad de oscurecimiento sobrenatural, tenemos que liberar valientemente la piedra basilar de todas las otras que están encima.

No tengáis miedo de demoler ese alto muro que – a pesar de serlo – no porta la savia pura del manantial eterno. a la base, que no debe ser cambiada porque es de Dios y es inmóvil

De todas formas, antes de desechar las piedras, probadlas una a una con el sonido de la Palabra de Dios, porque no todas son desechables e inútiles.

Si su sonido no desentona, conservadlas. Construid de nuevo con ellas.

Mas si es el sonido desacorde de la voz humana o lacerante de la voz satánica…

Y no podéis equivocaros porque si es voz de Dios es sonido de amor, si es voz humana es sonido del sentido, si es satánica es voz de odio… ROMPEDLAS. 

Y digo “rompedlas”, porque es un acto de caridad el no dejar tras uno mismo semillas u objetos portadores de mal, que puedan seducir al viandante e inducirle a usarlos en perjuicio propio.

Romped literalmente toda cosa no buena que haya sido vuestra, en obras, escritos, enseñanzas o actos.

Es mejor quedarse con poco, elevarse apenas un codo, pero con buenas piedras,  que no varios metros con piedras malas.

Los rayos y las golondrinas descienden también hasta las albarradas que apenas sobresalen del suelo.

Y las humildes florecillas de los lindazos con facilidad llegan a acariciar las piedras bajas.

Mientras que las soberbias piedras que, inútiles y ásperas, quieren elevarse, no reciben sino azote de espinos y adhesiva ponzoña.

Demoled para construir, para subir, probando la calidad de vuestras viejas piedras con la voz de Dios.  

Esteban dice:

–     Hablas bien.

¡Pero, subir!… ¿Cómo? Te hemos dicho que somos incluso menos que los niños.

¿Quién nos ayudará a subir a la enhiesta columna? Probaremos las piedras con el sonido de Dios, romperemos las menos buenas…

Pero, ¿Cómo podremos subir? ¿Sólo el hecho de pensarlo ya da vértigo! 

Juan, que ha estado escuchando con la cabeza agachada, sonriendo para sí…   

Levanta su rostro luminoso y toma la palabra:

–     ¡Hermanos!

Da vértigo el solo hecho de pensar en subir. Cierto. Pero ¿Quién ha dicho que debemos afrontar la altura directamente?

Esto no sólo los niños, sino ni siquiera los adultos pueden hacerlo; sólo los ángeles pueden lanzarse a los cielos, pues están libres de todo peso material.

Y de entre los hombres, sólo los héroes de la santidad pueden hacerlo.

Hoy todavía, en este mundo decaído, entre nosotros vive uno que sabe ser héroe de santidad como los antiguos –ornato de Israel -,

cuando los Patriarcas eran amigos de Dios y la palabra del Código era la única, la que toda criatura recta obedecía.

Juan, el Precursor, enseña cómo afrontar la altura directamente. Juan es un hombre. Pero la Gracia que el Fuego de Dios le ha comunicado, purificándolo desde el vientre de su madre… 

De la misma forma que el Serafín purificó el labio del Profeta, para que pudiera preceder al Mesías sin dejar hedor de culpa original por el camino regio del Cristo, ha dado a Juan alas de ángel.

Luego la penitencia las ha hecho crecer, aboliendo al mismo tiempo el peso de humanidad que su naturaleza, propia de los nacidos de mujer, todavía poseía.

Por lo cual, Juan, desde su gruta donde predica la penitencia y desde su cuerpo donde arde el espíritu desposado con la Gracia..

Se lanza, puede lanzarse a sí mismo, al ápice del arco, por encima del cual está Dios, el altísimo Señor Dios nuestro.

Y puede, dominando los siglos pasados, el tiempo presente y el futuro, anunciar con voz de profeta y con ojo de águila capaz de clavar la mirada en el Sol eterno y reconocerlo:

“Éste es el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo”

Y morir tras este canto suyo sublime que será repetido no sólo durante el transcurso del tiempo limitado;

sino también durante el tiempo sin fin, en la Jerusalén sempiterna y para siempre beata; para aclamar a la Segunda Persona,

para invocarla por las miserias humanas, para cantar sus alabanzas entre los fulgores eternos.

Pero el Cordero de Dios, el dulcísimo Cordero que ha dejado su luminosa morada del Cielo en que es Fuego de Dios en abrazo de fuego…

¡Oh, eterna generación del Padre que concibe con el pensamiento ilimitado y santísimo a su Verbo!

¡Y lo atrae hacia Sí produciendo una fusión de amor de que procede el Espíritu de Amor, en que se centran la Potencia y la Sabiduría!

El Cordero de Dios que ha dejado su purísima, incorpórea forma para encerrar dentro de carne mortal su pureza infinita, su santidad, su Naturaleza Divina.

Sabe que no estamos todavía purificados por la Gracia…

Y que no podríamos, – como esa águila que es Juan –lanzarnos a las alturas, a ese ápice en que Dios Uno y Trino se encuentra.

Nosotros somos los pajarillos de tejados y caminos.

Golondrinas que tocan el cielo, pero se alimentan de insectos; calandrias que quieren cantar para imitar a los ángeles y que,

¡Ay! respecto al canto de los ángeles, el suyo no es sino desentonado runrún de cigarra estival.

Esto lo sabe el dulce Cordero de Dios, venido para quitar los pecados del mundo.

Porque, a pesar de no ser ya el Espíritu infinito del Cielo por haberse confinado a Sí Mismo dentro de una carne mortal, su infinitud NO ha quedado disminuida.

Y todo lo sabe, siendo siempre – como lo es – infinita su sabiduría.

Así pues, Él nos enseña su camino, el camino del amor.

Él es el amor que por misericordia hacia nosotros se hace carne.

Y es así que este Amor misericordioso nos crea un camino por el que pueden subir también los pequeñuelos;

y Él mismo – no por propia necesidad sino para enseñárnoslo – es el primero en recorrerlo.

Él no tendría tan siquiera necesidad de abrir las alas para fundirse de nuevo con el Padre.

Su espíritu, os lo juro, está encerrado aquí, dentro de esta mísera tierra, pero está siempre con el Padre, porque Dios todo lo puede..

Y Él es Dios.

Camina dejando tras sí el perfume de su santidad, Y fuego de su amor.

Observad su camino: a pesar de llegar al ápice el arco, ¡Cuán sosegado y seguro es!

No es una recta sino una espiral.

Es más largo, sí; pero precisamente su sacrificio de amor se revela en esta distancia, demorándose por amor a nosotros los débiles,

más largo, pero más adecuado a nuestra miseria.

La subida hacia el Amor, hacia Dios, es simple; como simple es el Amor.

Pero, al mismo tiempo,es profunda, porque Dios es un Abismo – inalcanzable, yo diría si Él no se rebajase y nos diera la posibilidad de alcanzarlo,

para sentir el beso de las almas que lo aman.

Mientras está hablando, Juan llora, aunque su boca sonríe, envuelto en el éxtasis de la revelación que está haciendo de Dios.

Largo es el sencillo camino del Amor, porque Dios es Profundidad sin fondo, en que uno podría adentrarse cuanto quisiera…

Mas la Profundidad admirable llama a la profundidad miserable.

Llama con sus luces y dice:  “¡Venid a mí!”

¡Oh, invitación de Dios!

¡Oh, invitación de Padre! ¡Escuchad! ¡Escuchad!

Del Cielo nos llegan palabras suavísimas de ese Cielo que está abierto porque Cristo ha abierto de par en par sus puertas y ha puesto ante ellas,

para que así las mantengan, a los ángeles de la Misericordia y el Perdón,

a fin de que, en espera de la Gracia, de él broten al menos las luces, perfumes, cantos y quietud, capaces de seducir santamente a los corazones humanos, y sobre éstos se depositen.

Habla la voz de Dios y la voz dice:

“¿Vuestra puericia?… ¡Pero si es vuestra mejor moneda!

Yo quisiera que os hicierais enteramente niños para que poseyerais la humildad, sinceridad y amor de los pequeñuelos, su confidente amor para con su padre.

¿Vuestra incapacidad?… ¡Pero si es mi gloria!

¡Venid! Ni siquiera os pido que seáis vosotros mismos quienes comprobéis el sonido de las piedras buenas o malas.  

¡Dádmelas a mí! Yo las elegiré, vosotros os reconstruiréis.

¿La subida hacia la perfección?… ¡Oh, no, hijos míos!

Poned vuestra mano en la de mi Hijo y Hermano vuestro. Ahora, así, y subid a su lado…”.

¡Subir! ¡Ir a ti, eterno Amor! ¡Adquirir tu semejanza, o sea, el amor!…

¡Amar! ¡Éste es el secreto!… ¡Amar! ¡Darse…!

¡Amar! ¡Abolirse…! ¡Amar! Fundirse…

¿La carne?: nada; ¿el dolor?: nada; ¿el tiempo?: nada. Nada es el pecado mismo, si lo disuelvo en tu fuego, ¡Oh, Dios! Sólo es el Amor.

¡El Amor! El Amor que nos ha dado el Dios Encarnado nos otorgará todo perdón.

Pues bien, amar es un acto que nadie sabe hacer mejor que los niños y nadie es más amado que un niño.

¡Oh, tú, a quien no conozco, pero que quieres conocer el Bien para distinguirlo del Mal, para poseer el azul del cielo, el sol celeste, todo aquello que signifique contento sobrenatural…

Ama y lo tendrás. Ama a Cristo.

Morirás en la vida, pero resucitarás en el espíritu.

Con un nuevo espíritu, sin necesidad ya de usar piedras, serás eternamente un fuego que no muere.

La llama sube, no necesita ni peldaños ni alas para subir.

Libera tu ‘yo’ de toda construcción, pon en el Amor, y resplandecerás.

Deja que ello sea sin restricciones, más, atiza la llama echándole como pasto todo tu pasado de pasiones y conocimientos: 

quedará consumido lo menos bueno, puro se hará el metal ya de por sí noble.

Arrójate, hermano, al amor activo y gozoso de la Trinidad:

Comprenderás lo que ahora te parece incomprensible porque comprenderás a Dios, que es el Comprensible,

pero sólo para quienes se dan sin medida a su fuego sacrificador…

 Quedarás finalmente fijo en Dios, en un abrazo de llama…

Y rogarás por mí, el niño de Cristo que ha osado hablarte del Amor.

Se han quedado todos de piedra:

Apóstoles, discípulos, fieles…

El interlocutor está pálido.

San Esteban, el primer  Mártir

Juan, por el contrario, está de color púrpura, no tanto por el esfuerzo cuanto por el amor.

Entonces Esteban grita:

–     ¡Bendito tú!

Dime: ¿Quién eres?

Y Juan, por su parte – con un gesto que me recuerda mucho a Virgen en el acto de la Anunciación  inclinándose como adorando a Aquel a quien nombra, 

en tono bajo, dice:

–     Soy Juan.

Estás viendo al menor de los siervos del Señor.

–     Pero, ¿Quién ha sido tu maestro antes?

–     Nadie aparte de Dios.

He recibido la leche espiritual de manos de Juan, el presantificado de Dios;

me alimento del pan de Cristo, Verbo de Dios; bebo el fuego de Dios que me viene del Cielo

¡Gloria al Señor!

–     Pues yo ya no me separo de vosotros.

¡Ni de ti, ni de éste, ni ninguno de vosotros! Recibidme.

–     Cuando… Bueno, aquí entre nosotros el jefe es Pedro

Y Juan toma a Pedro, que está atónito…

Y lo proclama así “el primero”.

Pedro reacciona y se pone en el lugar que le corresponde,

diciendo:

–     Hijo, puesto que se trata de una gran misión, es necesaria una severa reflexión.

Éste es nuestro ángel. Él enciende; pero es necesario saber si la llama va a poder durar en nosotros. 

Lapidación de Esteban

Mídete a ti mismo, luego ven al Señor. Nosotros te abriremos nuestro corazón como hermano nuestro queridísimo.

Por el momento, si quieres conocer mejor nuestra vida, quédate; las greyes de Cristo pueden crecer sin medida,

para ser separados – perfectos e imperfectos – los verdaderos corderos de los falsos carneros.

Y con esto termina la primera manifestación apostólica.  

38 EL PEQUEÑO CARPINTERO


38 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Primera lección de trabajo a Jesús.

21 de Marzo de 1944.

Que se sujetó a la regla de la edad. 

Veo aparecer, dulce como un rayo de sol en día lluvioso, a mi Jesús, pequeñuelo de unos cinco años aproximadamente,

todo rubio y todo lindo con un sencillo vestidito azul celeste que le llega hasta la mitad de sus bien contorneados muslos.

Está jugando con la tierra en el pequeño huerto.

Está haciendo montoncillos de tierra.

Y plantando encima ramitas, como si fueran bosques en miniatura; con piedritas marca los senderos.

Luego intenta hacer un pequeño lago en la base de sus minúsculas colinas.

Para ello coge un fondo de alguna pieza vieja de loza y lo entierra, hasta el borde.Luego lo llena de agua con una botija que zambulle en un pilón usado como lavadero o para regar el huerto.

Pero lo único que consigue es mojarse el vestido, sobre todo las mangas.

El agua se sale del plato desportillado y tal vez, rajado.

Y… el lago se seca.

José ha salido a la puerta y silencioso, se queda un tiempo mirando todo ese trabajo que está haciendo el Niño.

Y sonríe.

En efecto, es un espectáculo que hace sonreír de alegría.

Luego, para impedir que Jesús se moje más, le llama.

Jesús se vuelve sonriendo.

Y viendo a José, corre hacia él con sus bracitos tendidos hacia adelante

José, con el borde de su vestidura corta de trabajo, le seca las manitas llenas de tierra y se las besa.

Y comienza un dulce diálogo entre los dos.

Jesús explica su trabajo y su juego, así como las dificultades que había encontrado para llevarlo a cabo.

Quería hacer un lago como el de Genesaret. (por ello supongo que le han hablado de él o que lo han llevado a verlo).

Quería hacerlo en pequeño, como entretenimiento.

Aquí estaba Tiberíades, allí Magdala, allí Cafarnaúm.

Esta era la vía que llevaba, pasando por Caná, a Nazaret.

Quería botar al lago unas barquitas — estas hojas son barcas — e ir a la otra orilla.

Pero, el agua se sale…

José observa y se interesa, tomándolo todo con seriedad.

Luego propone hacer él “mañana” un pequeño lago, no con el plato desportillado, sino con un pequeño recipiente de madera, bien estucado y empecinado…

en el que Jesús podrá botar verdaderas barquitas de madera que José le va a enseñar a hacer.

Y agrega:

–   Precisamente en este momento te voy a enseñar unas pequeñas herramientas de trabajo, que he preparado par tí…

Ven, vamos al taller…

El amor de José lo ha hecho para Él; para que pueda aprender sin mayor esfuerzo, a usarlas.  

Jesús con una sonrisa, 

Dice:

–    Así te podré ayudar!

José responde:

–     Así me podrás ayudar.

Y te harás un hábil carpintero. Ven a verlas. Y entran en el taller.

José le muestra un pequeño martillo, una sierra pequeña, unos minúsculos destornilladores, una garlopa como de juguete…

Un banco adecuado a la estatura del pequeño Jesús.

–     ¿Ves cómo se sierra?

Se apoya este pedazo de madera así. Se coge la sierra así.

Y con cuidado de no ir a los dedos, se sierra.

Prueba tú…

Y empieza la lección.

Y Jesús, rojo del esfuerzo y apretando los labios, sierra con cuidado.

Y luego alisa la tablita con la garlopa.

Y a pesar de que esté no poco torcida, le parece bonita

Y José le alaba y le enseña a trabajar, con paciencia y amor.

María regresa — estaba fuera de casa —, se asoma a la puerta y mira.

Ninguno de los dos la ve porque están vueltos de espaldas.

La Madre sonríe al ver el interés con que Jesús usa la garlopa…

Y el afecto con que José le enseña.

Pero Jesús debe sentir esa sonrisa.

Se vuelve.

Ve a su Mamá y corre hacia Ella con su tablita medio cepillada y se la enseña.

María observa con admiración y se inclina hacia Jesús para darle un beso.

Le pone en orden los ricitos despeinados, le seca el sudor de su cara acalorada…

Y afectuosa, le escucha cuando Jesús le promete que le va a hacer una banquetita para que trabaje más cómoda.

José, erguido junto al minúsculo banco, apoyada su mano en uno de los lados, mira y sonríe.

He presenciado la primera lección de trabajo a mi Jesús.

Y toda la paz de esta Familia santa está en mí.  

Dice Jesús: 

Te he confortado, alma mía, con una visión de mi niñez.

Feliz dentro de su pobreza por haber estado rodeada del afecto de dos santos mayores, cuales el mundo no tiene ninguno.

Se dice que José fue el padre nutricio mío.

¡Cierto es que si bien no pudo como hombre, darme la leche con que me nutrió María…

sí se quebrantó a sí mismo trabajando, para darme pan y confortación!

 ¡Y tuvo una dulzura de sentimientos de verdadera madre!

De él aprendí — y jamás alumno alguno tuvo un maestro mejor — todo aquello que hace del niño un hombre.

Un hombre, además, que ha de ganarse el pan.

Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, hay que reflexionar y creer que Yo no quise saltarme sin más la regla de la edad.

Por eso, humillando mi perfección intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana…

me sujeté a tener como maestro a un hombre…

A tener necesidad de un maestro.

Y el hecho de haber aprendido con rapidez y buena voluntad, no me quita el mérito de haberme sujetado a un hombre,

como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él, quien nutrió mi pequeña mente con las nociones necesarias para la vida.

Esas gratas horas pasadas al lado de José (quien, como a través de un juego, me puso en condiciones de ser capaz de trabajar)

esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que estoy en el Cielo.

Y cuando miro a mi padre putativo, veo nuevamente el huertecito y el humoso taller.

Y me parece ver a mi Madre asomándose, con esa sonrisa suya que hacía de oro el lugar y dichosos a nosotros.

¡Cuánto deberían las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron como ningunos otros lo hicieran!

José era la cabeza.

Clara e indiscutible era su autoridad familiar.

Ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios.

A ella se sujetaba el Hijo de Dios.

Todo lo que José decidía, bien hecho estaba.

Sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna.

¡Y a pesar de ello, cuánta humildad tuvo!

Jamás abusó de su poder, jamás dictaminó cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser el jefe.

La Esposa era su dulce consejera.

Y aunque Ella, en su profunda humildad, se considerase la sierva de su consorte,

éste extraía, de su sabiduría de Llena de Gracia, la luz para conducirse en todo lo que acaecía.

Y Yo así fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos árboles,

entre estos dos amores que se entrelazaban por encima de Mí para protegerMe y amarMe.

NO.

Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentí nostalgia del Paraíso.

Presentes estaban Dios Padre y el Divino Espíritu, pues María estaba llena de Ellos.

Y los ángeles allí moraban, porque nada les hacía alejarse de esa casa.

Y hasta podría decir que uno de ellos se había revestido de carne y era José,

alma angélica liberada del peso de la carne, dedicada sólo a servir a Dios y a su causa.

Y a amarlo como le aman los serafines.

¡Oh, la mirada de José!:

Pacífica y pura como la de una estrella ajena a toda concupiscencia terrena.

Era nuestro descanso y nuestra fuerza.

Hay muchos que piensan que Yo no sufrí humanamente cuando la muerte apagó esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa.

Si bien, siendo Dios — y, como tal, conociendo la feliz ventura de José — no me apenó su partida (que tras breve estancia en el Limbo le había de abrir el Cielo),

Como Hombre sí lloré en esa casa privada de su amorosa presencia.

Lloré por el amigo desaparecido.

¿Y es que, acaso, no debía haber llorado por este santo mío, en cuyo pecho, de pequeño, yo había dormido?

¿Y del cual había recibido amor durante tantos años?

Finalmente, pongo ante la consideración de los padres, cómo sin contar con una erudición pedagógica,

José supo hacer de Mí un hábil artesano.

Apenas llegado Yo a la edad que me permitía manejar las herramientas, no dejándome saborear la ociosidad, me encaminó al trabajo,

Y se sirvió sobre todo de mi amor por María, para estimularme a trabajar…

Hacer aquellos objetos que le fueran útiles a Mamá.

Y así se inculcaba el debido respeto que todo hijo debería tener hacia su madre.

Y sobre este respetuoso y amoroso fulcro, apoyaba la formación del futuro carpintero.

¿Dónde están ahora las familias en que a los pequeños se les haga amar el trabajo como medio para realizar algo grato a los padres?

Los hijos, actualmente, son los déspotas de la casa.

Se desarrollan indiferentes, duros, mezquinos para con sus padres, a quienes consideran a su servicio, como si fueran sus esclavos.

No los aman.

Y de ellos reciben a su vez poco amor.

En efecto, al mismo tiempo que hacéis de vuestros hijos unos déspotas caprichosos…

Os separáis de ellos desentendiéndoos vergonzosamente.

Padres del siglo veinte (ya veintiuno), vuestros hijos son de todos menos vuestros:

Son de la nodriza, de la institutriz, del colegio, si sois ricos.

De los compañeros, de la calle, de las escuelas, si sois pobres.

No son vuestros.

Vosotras, madres, los generáis, nada más; vosotros, padres hacéis lo mismo.

Y sin embargo, un hijo no es sólo carne; es mente, es corazón, es espíritu.

Creed pues, que nadie tiene más deber y derecho que un padre y una madre, de formar esta mente, este corazón, este espíritu.

La familia existe, debe existir.

No hay teoría o progreso alguno que pueda válidamente, demoler esta verdad, sin provocar un desastre.

Una institución familiar desmoronada, sólo puede dar futuros hombres y mujeres,

cada vez más depravados; causa a su vez de calamidades crecientes.

En verdad os digo que sería preferible que no os casarais más,

que no engendrarais más sobre esta tierra,

lugar de tener estas familias menos unidas que un clan de monos.

Estas familias que no son escuela de virtud, de trabajo, de amor, de religión..

Sino un caos en que todos viven autónomamente, como engranajes desengranados, que al final terminan por romperse.

Seguid, seguid destruyendo.

Ya estáis viendo y sufriendo los frutos de vuestra acción quebrantadora,

de la forma más santa de la vida social.

Seguid, seguid, si queréis.

Pero luego no os quejéis de que este mundo sea cada vez más infernal,

morada de monstruos devoradores de familias y naciones.

¿Así lo queréis? Pues sea así…”

Esto lo dije en 1944…

¿Qué diré ahora, en 2021, con tantísima corrupción, con tantísimos devaneos y divorcios en los matrimonios,

que ya ni siquiera se casan sino que se juntan como los animales,?

¡Y encima en uniones brutales de hombres con hombres y de mujeres con mujeres!

Queriendo incluso adoptar hijos, en estas uniones abominables ante los ojos de Dios.

¿Para qué…?

¿Para que éstos vivan la corrupción desde pequeños?…

26 EL EDICTO DE AUGUSTO


26 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Augusto y el censo de Belén

“En mi sexto consulado (28 a.C), llevé a cabo, con Marco Agripa como colega el censo del pueblo. Celebré la ceremonia lustral después de que no se hubiera celebrado en 42 años; en ellas fueron censados 4.063.000 ciudadanos romanos.

Durante el consulado de Cayo Censorino y Cayo Asinio (8 a.C) llevé a cabo el censo por mi solo, en virtud de mi poder consular, en cuya lustración se contaron 4.233.000 ciudadanos romanos.

Hice el censo por tercera vez, en virtud de mi poder consular y teniendo por colega a mi hijo adoptivo Tiberio César, en el consulado de Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo (14 d.C); con ocasión de este censo conté 4.937.000 ciudadanos romanos” Augusto Res Gestae Divi Augusti

Nacimiento de Jesús
  1. Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo.
  2. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino.
  3. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.
  4. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David,
  5. para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

Lucas 2 1-5

El edicto de empadronamiento.

Enseñanzas sobre el amor al esposo y la confianza en Dios.

De nuevo veo la casa de Nazaret, la pequeña habitación en que María habitualmente come.

Ahora Ella está trabajando en una tela blanca.

La deja para ir a encender una lámpara, pues está atardeciendo y no ve ya bien con la luz verdosa que entra por la puerta entornada que da al huerto.

Cierra también la puerta.

Observo que su cuerpo está ya muy engrosado, pero sigue viéndosele muy hermosa. Su paso continúa siendo ágil; todos sus movimientos, están llenos de donaire.

No se ve en Ella ninguna de esas sensaciones de peso que se notan en la mujer cuando está próxima a dar a luz a un niño.

Sólo en el rostro ha cambiado. Ahora es “la mujer”. Antes, cuando el Anuncio, era una jovencita de carita serena e ingenua (como de niño inocente).

Luego, en la casa de Isabel, cuando el nacimiento del Bautista, su rostro se había perfeccionado, adquiriendo una gracia más madura.

Ahora es el rostro sereno, pero dulcemente majestuoso, de la mujer que ha alcanzado su plena perfección en la maternidad.

Ya no recuerda a esa “Virgen de la Anunciación” de Florencia.

Cuando era niña, yo sí que la veía reflejada en ella.

Ahora el rostro es más alargado y delgado; la mirada, más pensativa y grande.

En pocas palabras: como es María actualmente en el Cielo.

Porque ahora ha asumido el aspecto y la edad del momento en que nació el Salvador.

Tiene la eterna juventud de quien no sólo no ha conocido corrupción de muerte, sino que ni siquiera ha conocido el marchitamiento de los años.

El tiempo no ha tocado a esta Reina nuestra y Madre del Señor que ha creado el tiempo.

Es verdad que en el suplicio de los días de la Pasión — suplicio que para Ella empezó muchísimo antes,

podría decir que desde que Jesús comenzó la evangelización — se la vio envejecida, pero tal envejecimiento era sólo como un velo corrido por el dolor sobre su incorruptible cuerpo.

Efectivamente, desde cuando Ella vuelve a ver a Jesús, resucitado, torna a ser la criatura fresca y perfecta de antes del suplicio:

como si al besar las santísimas Llagas hubiera bebido un bálsamo de juventud que hubiese cancelado la obra del tiempo y, sobre todo, del dolor.

También hace ocho días, cuando he visto la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, veía a María “hermosísima y, en un instante, rejuvenecida”, como escribía; ya antes había escrito: “Parece un ángel azul”.

Los ángeles no experimentan la vejez. Poseen eternamente la belleza de la eterna juventud, del eterno presente de Dios que en sí mismos reflejan.

La juventud angélica de María, ángel azul, se completa y alcanza la edad perfecta — que se ha llevado consigo al Cielo y que conservará eternamente en su santo cuerpo glorificado,

cuando el Espíritu pone el anillo nupcial a su Esposa y la corona en presencia de todos — ahora, y no ya en el secreto de una habitación ignorada por el mundo, con un arcángel como único testigo.

He querido hacer esta digresión porque la consideraba necesaria. Ahora vuelvo a la descripción.

María, pues, ahora ya es verdaderamente “mujer”, llena de dignidad y donaire. Incluso su sonrisa se ha transformado, en dulzura y majestad. ¡Qué hermosa está María!

Entra José. Da la impresión de que vuelve del pueblo, porque entra por la puerta de la casa y no por la del taller.

María levanta la cabeza y le sonríe.

También José le sonríe a Ella… no obstante, parece como si lo hiciera forzado, como quien estuviera preocupado.

María lo observa escrutadora y se levanta para coger el manto que José se está quitando, para doblarlo y colocarlo encima de un arquibanco.

José se sienta al lado de la mesa. Apoya en ella un codo y la cabeza en una mano mientras con la otra, absorto, se peina y despeina alternativamente la barba. 

María pregunta:

–     ¿Estás preocupado por algo?

¿Te puedo servir de consuelo?

–     Tú siempre me confortas, María.

Pero esta vez es una gran preocupación… por ti.

–    ¿Por mí, José? ¿Y qué es, pues?

–     Han puesto un edicto en la puerta de la sinagoga.

Ha sido ordenado el empadronamiento de todos los palestinos. Hay que ir a anotarse al lugar de origen. Nosotros tenemos que ir a Belén…

–     ¡Oh! – interrumpe María, llevándose una mano al pecho.

–     ¿Te preocupa, verdad?

Es penoso. Lo sé.

–     No, José, no es eso.

Pienso… pienso en las Sagradas Escrituras: Raquel, madre de Benjamín y esposa de Jacob, del cual nacerá la Estrella, el Salvador.

Raquel, que está sepultada en Belén; de la que se dijo:

“Y tú, Belén Efratá, eres la más pequeña entre las tierras de Judá, mas de ti saldrá el Dominador”, el Dominador prometido a la estirpe de David; Él nacerá allí…

–     ¿Piensas… piensas que ya ha llegado el momento?

¡Oh! ¿Qué podemos hacer? 

José está enormemente preocupado y mira a María con ojos llenos de compasión.

Ella lo percibe, y sonríe. Su sonrisa es más para sí que para él. Es una sonrisa que parece decir: «Es un hombre; justo, pero hombre. Y ve como hombre, piensa como hombre.

Sé compasiva con él, alma mía, y guíalo a la visión de espíritu». Y su bondad la impulsa a tranquilizarlo. No mintiendo, sino tratando de quitarle la preocupación,

le dice:

–     No sé, José.

El momento está muy cercano, pero, ¿No podría el Señor alargarlo para aliviarte esta preocupación? Él todo lo puede. No temas.

–     ¡Pero el viaje!…

Y además, ¡Con la cantidad de gente que habrá!… ¿Encontraremos un buen lugar para alojarnos? ¿Nos dará tiempo a volver?

Y si… si eres Madre allí, ¿Cómo nos las arreglaremos? No tenemos casa… No conocemos a nadie….

–     No temas.

Todo saldrá bien. Dios provee para que encuentre un amparo el animal que procrea, ¿Y piensas que no proveerá para su Mesías? Nosotros confiamos en Él, ¿No es verdad?

Siempre confiamos en Él, Cuanto más fuerte es la prueba, más confiamos. Como dos niños, ponemos nuestra mano en su mano de Padre.

Él nos guía. Estamos completamente abandonados en Él.

Mira cómo nos ha conducido hasta aquí con amor. Ni el mejor de los padres podría haberlo hecho con más esmero.

Somos sus hijos y sus siervos. Cumplimos su voluntad. Nada malo nos puede suceder.

Este edicto también es voluntad suya. ¿Qué es César, sino un instrumento de Dios?

Desde que el Padre decidió perdonar al hombre, ha predispuesto los hechos para que su Hijo naciera en Belén.

Antes de que ella, la más pequeña de las ciudades de Judá, existiera, ya estaba designada su gloria.

Para que esta gloria se cumpla y la palabra de Dios no quede en entredicho — y lo quedaría si el Mesías naciera en otro lugar — he aquí que ha surgido un poderoso, muy lejos de aquí,

y nos ha dominado, y ahora quiere saber quiénes son sus súbditos, ahora, en un momento de paz para el mundo…

¡Qué es una pequeña molestia nuestra comparada con la belleza de este momento de paz!

Fíjate, José, ¡Un tiempo en que no hay odio en el mundo! ¿Existe, acaso, hora más feliz que ésta, para que surja la “Estrella” de luz divina y de influjo redentor?

¡Oh, no tengas miedo, José!

Si inseguros son los caminos, si la muchedumbre dificulta la marcha, los ángeles serán nuestra defensa y nuestro parapeto; no de nosotros, sino de su Rey.

Si no encontramos un lugar donde ampararnos, sus alas nos harán de tienda. Nada malo nos sucederá, no puede sucedemos: Dios está con nosotros.

José la mira y la escucha con devoción.. Las arrugas de la frente se alisan, la sonrisa vuelve. Se pone en pie, ya sin cansancio y sin pena. Sonríe.

–     ¡Bendita tú, Sol del espíritu mío!

¡Bendita tú, que sábes ver todo a través de la Gracia que te llena! No perdamos tiempo, pues, porque hay que partir lo antes posible y… volver cuanto antes, para que aquí todo está preparado para el… para el….

–     Para el Hijo nuestro, José.

Tal debe ser a los ojos del mundo, recuérdalo.

El Padre ha velado de misterio esta venida suya, y nosotros no debemos descorrer el velo. Él, Jesús, lo hará, llegada la hora…

La belleza del rostro, de la mirada, de la expresión, de la voz de María al decir este «Jesús» no es describible. Es ya el éxtasis…

Y con este éxtasis cesa la visión.

Dice María: 

No añado mucho, porque mis palabras son ya enseñanza. Eso sí, reclamo la atención de las mujeres casadas sobre un punto.

Demasiadas uniones se transforman en desuniones por culpa de las mujeres, las cuales no tienen hacia el marido ese amor que es todo (amabilidad, compasión, consuelo).

Sobre el hombre no pesa el sufrimiento físico que oprime a la mujer, pero sí todas las preocupaciones morales: necesidad de trabajo, decisiones que hay que tomar,

responsabilidades ante el poder establecido y ante la propia familia… ¡Oh, cuántas cosas pesan sobre el hombre, y cuánta necesidad tiene también él de consuelo!

Pues bien, es tal el egoísmo, que la mujer le añade al marido cansado, desilusionado, abrumado, preocupado, el peso de inútiles quejas, e incluso a veces injustas.

Y todo porque es egoísta; no ama.

Amar no significa satisfacer los propios sentidos o la propia conveniencia.

Amar es satisfacer a la persona amada, por encima de los sentidos y conveniencias, ofreciéndole a su espíritu esa ayuda que necesita para poder tener siempre abiertas las alas en el cielo de la esperanza y de la paz.

Hay otro punto en el que querría que centrarais vuestra atención. Ya he hablado de ello; no obstante, insisto. Se trata de la confianza en Dios.

La confianza compendia las virtudes teologales.

Si uno tiene confianza, es señal de que tiene fe; si tiene confianza, es señal de que espera y de que ama. Cuando uno ama, espera y cree en una persona, tiene confianza. Si no, no.

Dios merece esta confianza nuestra.

Si se la damos a veces a pobres hombres capaces de cometer faltas, ¿Por qué negársela a Dios, que no comete falta alguna? La confianza es también humildad.

El soberbio dice: “Voy a actuar por mí mismo. No me fío de éste, que es un incapaz, un embustero y un avasallador”.

El humilde dice: “Me fío. ¿Por qué no me voy a fiar? ¿Por qué debo pensar que yo soy mejor que él?”. Y así, con mayor razón, de Dios dice:

“¿Por qué voy a tener que desconfiar de Aquel que es bueno? ¿Por qué voy a tener que pensar que me basto por mí mismo?”.

5. De igual manera, jóvenes, sed sumisos a los ancianos; revestíos todos de humildad en vuestras mutuas relaciones, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. 
6. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce;
7. confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros. 1 Pedro 5

Dios se dona al humilde, del soberbio se retira. La confianza es, además, obediencia; y Dios ama al obediente.

La obediencia es signo de que nos reconocemos hijos suyos, de que lo reconocemos como Padre; y un padre, cuando es verdadero padre, no puede hacer otra cosa sino amar.

Dios es para nosotros Padre verdadero y perfecto.

Hay un tercer punto que quiero que meditéis. Se funda también en la confianza. Ningún hecho puede acaecer si Dios no lo permite.

Por lo cual, ya tengas poder, ya seas súbdito, será porque Dios lo ha permitido.

Preocúpate, pues, ¡Oh tú que tienes poder!, de no hacer de este poder tuyo tu mal. En cualquier caso sería “tu mal”, aunque en principio pareciese que lo fuera de otros.

En efecto, Dios permite, pero no sin medida; y, si sobrepasas el punto señalado, asesta el golpe y te hace pedazos.

Preocúpate, pues, tú que eres súbdito, de hacer de esta condición tuya una calamita para atraer hacia ti la celeste protección.

No maldigas nunca.

Deja que Dios se ocupe de ello. A Él, Señor de todos, le corresponde bendecir o maldecir a los seres que ha creado. 

116 SACRIFICIO CONYUGAL


116 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina con sus primos, hacia Caná, hasta llegar a la casa de Susana. 

Jesús está en esta casa descansando y comiendo, adoctrinando con sencillez a los parientes o amigos de Caná:  buenas personas que lo escuchan como siempre debería ser.

Jesús consuela además al marido de Susana, la cual parece estar enferma y él le habla de su dolor.

En esto, entra un hombre bien vestido y se postra a los pies de Jesús.

–     ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Mientras el hombre está todavía suspirando y llorando, el dueño de la casa le tira de un extremo de la túnica a Jesús y susurra:

–     Es un oficial del Tetrarca, no te fíes demasiado.

Jesús le pregunta al hombre postrado:

–     Habla. ¿Qué quieres de Mí?

–     Maestro, he sabido que habías vuelto.

Te esperaba como se espera a Dios. Ven en seguida a Cafarnaúm. Mi hijo varón yace enfermo; tanto, que sus horas están contadas.

He visto a tu discípulo Juan. Por él he sabido que estabas viniendo hacia aquí. Ven, ven enseguida, antes de que sea demasiado tarde.

–     ¿Cómo?

¿Tú, que eres siervo del perseguidor del santo de Israel, puedes creer en Mí?

¿Cómo podéis creer en el Mesías si no creéis en su Precursor?

–     Es verdad.

Vivimos en pecado de incredulidad y de crueldad. Pero, ¡Ten piedad de este padre! Conozco a Cusa.

He visto a Juana antes y después del milagro. He creído en Tí.

–     ¡Ya! Sois una generación tan incrédula y perversa que sin signos y prodigios no creéis.

Os falta la primera cualidad que se requiere para obtener milagros.

–     ¡Es verdad!

¡Todo eso es verdad! Pero ya ves que ahora creo en Tí y te ruego que vengas, que vengas enseguida a Cafarnaúm.

Tendrás preparada una barca en Tiberíades para que puedas ir más rápido. Ven antes de que mi niño muera.

Y el hombre llora desolado. 

Jesús declara:

–     Por ahora no iré a Cafarnaúm.

Vuelve tú. Tu hijo, desde este momento, está curado y vive.

El oficial del rey exclama:

–     ¡Que Dios te bendiga, mi Señor! Yo creo.

De todas formas, ven en otro momento a Cafarnaúm, a mi casa, que quiero que toda mi casa te festeje.

–    Iré. Adiós. La paz sea contigo.

El hombre sale rápido.

Inmediatamente después se oye el trote de un caballo.

El marido de Susana pregunta:

–     ¿Está curado de verdad ese muchacho? 

–     ¿Eres capaz de creer que Yo mienta?

–     No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá.

–     Para mi espíritu no hay barreras ni distancias.

–     ¡Oh, mi Señor!.

Entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda, transforma mi llanto en sonrisa: ¡Cúrame a Susana!

–    ¿Qué me das a cambio?

–     La suma que quieras.

–     No ensucio lo santo con la sangre del dios Riqueza.

Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará.

–     Pues incluso a mí mismo si lo deseas.

–     ¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?

–     Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros.

Creo que nada puedo considerarlo excesivo si recibo esto.

–     Vivísimo es tu amor hacia tu mujer.

Si la devolviera a la vida, pero conquistándola Yo para siempre como discípula, ¿Qué dirías?

–     Que… que estás en tu derecho.

Y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio.

–     Bien has dicho.

En el TERCER NIVEL DEL PURGATORIO, se sufre el Calvario de Jesús CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

Oíd esto todos:

La hora de mi Sacrificio se acerca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura.

Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión.

Mi Madre y María de Alfeo vendrán conmigo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman o que no me amarán jamás.

Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión impedido.

He venido a redimir también a la muje.

En el siglo futuro, en mi Hora, las mujeres símiles a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios.

Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres, que no son libres, debo pedírselo a los padres y a los maridos. ¿Tú lo quieres?

–    Señor, amo a Susana.

Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí;

ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios.

No te puedo disputar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia.

Me basta con que, te lo ruego, obres el milagro de sanarla a ella en su carne y a mí en mis apetitos…

–     Susana está curada.

Vendrá dentro de pocas horas a manifestarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso, sin hablar de cuanto ahora he dicho.

Verás como su alma viene espontáneamente a Mí, como la llama tiende a subir hacia arriba. No por ello acabará su amor de esposa;  antes al contrario, subirá al grado más alto.

O sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu.

–     Susana te pertenece, Señor.

Debía morir y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra.

Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus caminos.

Dios me la dio, Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!

Tiempo después, en Cafarnaúm…

Jesús está en la casa de Santiago y Juan con sus apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, Judas y Mateo.

Santiago y Juan están felices: van y vienen, de su madre a Jesús y viceversa, como mariposas que no saben cuál flor elegir de dos igualmente apreciadas.

Y María Salomé, cada vez que van a ella, acaricia feliz, a estos hijos suyos, mientras Jesús sonríe contento.

Acaban de terminar la comida.

Santiago y Juan, a toda costa, quieren que Jesús coma unos racimos de uva blanca en conserva, preparada por su madre y que deben saber dulce como la miel.

¿Qué no le darían a Jesús?

Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir.

Pasado un rato, en que ha estado pensativa mirando a Jesús y a Zebedeo, toma una decisión.

Se acerca al Maestro, que está sentado, aunque con los hombros apoyados contra la mesa. Y se arrodilla delante de Él.

Jesús pregunta:

–     ¿Qué quieres, mujer?

–     Maestro, has decidido que tu Madre y la de Santiago y Judas vayan contigo.

También va contigo Susana, y lo hará, sin duda, la gran Juana de Cusa.

Todas las mujeres que te veneran irán contigo, si una sola lo hace. Yo también quisiera contarme entre ellas.

Tómame contigo, Jesús; te serviré con amor.

–     Debes cuidar a Zebedeo. ¿Ya no lo quieres?

–     ¡Que si le quiero!…

Pero te quiero más a Tí. ¡Oh… No quiero decir que te quiera como hombre!

Tengo ya sesenta años, estoy casada desde hace casi cuarenta  y jamás he visto a hombre alguno aparte de mi marido. 

No voy a perder la cabeza ahora que soy una anciana.

No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo. Pero Tú… Yo no sé hablar.

Soy una pobre mujer.

Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo lo quiero con todo lo que yo era antes;

a Tí te quiero con todo lo que Tú me has sabido dar con tus palabras y las que me han referido Santiago y Juan.

Es algo completamente distinto, sin duda muy hermoso.

–     Nunca será tan hermoso como el amor de un excelente esposo.

« ¡Oh, no! ¡Mucho más!

No te lo tomes a mal, Zebedeo. Te sigo queriendo con toda mí misma. A Él, sin embargo, lo quiero con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es más…

¡Oh…, no sé decir!

Jesús sonríe a esta mujer que no quiere ofender a su marido, pero que al mismo tiempo no puede mantener escondido su grande, nuevo amor.

Zebedeo también sonríe, con gravedad. Y se acerca a su mujer,  la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús. 

Jesús le dice:

–     ¿Te das cuenta, María, de que vas a tener que dejar tu casa?

¡Para ti es muy importante! Tus palomas… tus flores… y esta vid que da esa dulce uva de que tan orgullosa te sientes…

Y tus colmenas: las más renombradas del pueblo…

Y tendrás que dejar ese telar en que has tejido tanta tela, tanta lana para tus amados…

¿Y tus nietecitos, los hijos de tus hijas? ¿Qué vas a hacer sin ellos?

María Salomé, además de Juan y Santiago, tiene hijas… 

Y responde:

–     Pero, mi Señor,

¿Qué son las paredes de la casa, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar?… Son cosas buenas, se les tiene cariño, sí.

¡Pero… son tan pequeñas comparadas contigo, comparadas con el amor a Tí!… Los nietecitos… sí.

Sentiré no poderlos dormir en mi regazo ni oír su voz cuando me llaman. ¡Pero Tú eres mucho más; sí, sí, eres más que todo eso que me nombras!

Y aun en el caso de que por mi debilidad lo estimase tanto como servirte y seguirte.

O más, de todas formas prescindiría de ello, no sin llanto femenino, para seguirte con la sonrisa en el alma.

¡Acéptame, Maestro. Decídselo vosotros,

Juan, Santiago… y tú, esposo mío. ¡Sed buenos, ayudadme todos!

–     Bien, de acuerdo.

Vendrás también tú con las otras mujeres. He querido hacerte meditar bien sobre el pasado y el presente, sobre lo que dejas y lo que tomas.

Ven, Salomé; estás preparada ya para entrar en mi familia.

–     ¡Preparada! Pero si soy menos que un párvulo…

Tú me perdonarás los errores, me sujetarás de la mano. Tú… porque, siendo tosca como soy, voy a sentir vergüenza ante tu Madre y ante Juana.

Y ante todos, excepto ante Tí, porque Tú eres el Bueno y todo lo comprendes, de todo te compadeces, todo lo perdonas.