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69 LA SEÑAL PROMETIDA


69 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina a través de los montes hacia la fértil llanura.

Arimatea, está en una zona montañosa.

El camino desaparece por los recodos en el horizonte, en medio de una neblina baja que parece una extensión de agua interminable… 

Jesús está con Simón y Tomás. No lleva otros apóstoles consigo.

Pareciera que valora sabiamente los efectos de los tipos de personas con que debe tratar,

Llevando consigo, según los distintos ambientes, a aquellos que pueden ser aceptados sin crear demasiado contraste en el entorno requerido.

Van conversando sobre José de Arimatea.

Tomás parece conocerlo muy bien, porque señala las posesiones vastas y muy ricas que se extienden por la montaña,

especialmente por la parte de Jerusalén, siguiendo el camino que desde la capital viene hacia Arimatea y une después este lugar con Joppe.

También Tomás elogia las tierras que José posee a lo largo de los caminos de la llanura. 

Simón dice:

–      ¡Al menos aquí no se trata como animales a los hombres! ¡Oh…. ese Doras! 

Efectivamente, aquí los trabajadores están bien nutridos y bien vestidos. Y reflejan esa satisfacción, propia de quien se encuentra a gusto.

Los trabajadores lo saludan respetuosamente:

Al parecer, ya se ha corrido la voz del caminante que recorre los campos de Arimatea.

Y saben Quién ES el se acerca hacia la casa de su patrón; saben Quién es ese Hombre alto y apuesto. 

Lo observan y hacen comentarios en voz baja.

En el punto en que ya se ve la casa, hay un siervo de José, que se postra…

Y pregunta:

–     ¿Eres Tú el Rabí esperado?

–     Soy Yo – responde Jesús.

El hombre se despide con profundo respeto y se marcha corriendo para avisar a su patrón.

Luego otro lo conduce a través de un vastísimo jardín, hacia la casa que está circundada por una alta valla de siemprevivas y de árboles que por ahora no tienen mucho follaje.

El Anciano José de Arimatea, con sus amplias vestiduras y cintas, sale al encuentro de Jesús y se inclina profundamente, con los brazos cruzados sobre el pecho. 

No es el saludo humilde de quien reconoce en Jesús el Dios hecho Carne y que hace acto de sumisión postrándose, besando sus pies y la orla de la túnica; no es esto.

Pero, de todas formas, es una demostración de profundo respeto.

Jesús, igualmente, se inclina y da su saludo de paz.

José agrega:

–    Entra, Maestro. Me haces feliz al haber aceptado mi invitación. No esperaba tanta condescendencia de tu parte.

Jesús contesta con sencillez:

–   ¿Por qué? También voy a la casa de Lázaro y…

–    Lázaro es tu amigo. Y yo soy un desconocido.

–    Eres un alma que busca la Verdad. Por eso la Verdad no te rechaza.

–   ¿Eres Tú la Verdad?

–    Soy Camino, Vida y Verdad. Quien me ama y me sigue, tendrá el camino cierto; la vida bienaventurada y conocerá a Dios. Porque Dios, además de ser Amor y Justicia; es Verdad.

–   Eres un gran Doctor. Cada palabra tuya respira sabiduría.

Luego se dirige a Simón: 

–    Estoy contento de que tú también regreses a mi casa, después de tan larga ausencia.

Simón contesta:

–    No lo estuve porque quise. Tú sabes la suerte que tuve y cuán grande llanto hubo en la vida del pequeño Simón, a quién tu padre amaba.

–    Lo sé. Y creo que sabes que jamás dije nada contra ti.

–   Sé todo. Mi fiel siervo me dijo que también a tí te debo el que mis posesiones fueran respetadas. Dios te lo premie.

–   Valía yo algo en el Sanedrín y lo emplee en ayudar según la justicia, a un amigo de mi casa.

El zelote reitera: 

–   Muchos eran amigos de mi casa. Y muchos eran algo, en el Sanedrín. Pero no todos fueron honrados como tú…

José mira al otro discípulo de Jesús e interroga:

–  ¿Y éste quién es? Me parece conocido. No recuerdo dónde…

Él sonríe y contesta complacido:

–  Soy Tomás, apodado Dídimo.

–   ¡Ah! ¡Ya!.. ¿Vive aún tu anciano padre?

–   Vive. Continúa con sus negocios, con mis hermanos. Lo abandoné por el Maestro; pero soy muy feliz por ello.

Simón dice:

–   Su padre es un verdadero israelita.

Y como ha llegado a creer que Jesús de Nazareth es el Mesías; es muy feliz al saber que su hijo es uno de los predilectos.

Conversando de esta forma, han llegado hasta la puerta principal de la casa.

Cuando están a punto de entrar,

José dice:

–    Entretuve a Lázaro. Está en la biblioteca.

Está leyendo un resumen de las últimas juntas del sanedrín. No quería quedarse, porque… sé bien que Tú también lo sabes.

Y no quería quedarse. Pero yo le dije: ‘No es justo que te avergüences así. En mi casa, nadie te ofenderá. Quédate. Quién se aísla, queda solo contra todo un mundo.

Y como en el mundo hay más malos que buenos; el que está solo siempre es derrotado y pisoteado. ¿Dije bien?

Jesús responde:

–    Dijiste bien y has hecho bien.

–   Maestro, hoy estará Nicodemo y… Gamaliel. ¿Te molesta?

–   ¿Cómo quieres que me moleste? Reconozco su saber.

–   Sí. Él también tiene deseos de verte y…

Pero está aferrado a sus ideas, ¿Sabes? Él dice que ya vio una vez al Mesías y que espera la señal que Él le prometió cuando se manifieste.

Pero también reconoce que Tú eres un hombre de Dios. No dice: ‘El Hombre de Dios’.

Sutilezas rabínicas. ¿Verdad? ¿No te ofendes? ¿No es así?

–   Sutilezas. Lo has dicho bien.

No hay que preocuparse. Los mejores se podarán a sí mismos, de todas las ramas inútiles, que no son más que follaje y que no dan ningún fruto. Y vendrán a Mí.

–      He querido referirte sus palabras porque, sin duda, te las repetirá a ti. Es auténtico – hace notar José.

–      Virtud rara y que aprecio mucho. 

–      Sí. Le he dicho también: “Pero, con el Maestro está Lázaro de Betania”.

Se lo he dicho porque…, sí, en suma, por causa de su hermana.

Pero Gamaliel ha respondido: “¿Ella está presente? ¿No? ¿Y entonces? Del vestido que no sigue en el fango el barro se desprende.

Lázaro se lo ha sacudido de sí, y no me contamina la túnica.

Además, juzgo que si a su casa va un hombre de Dios, puedo también tratarlo yo, Doctor de la Ley”.

–     Gamaliel juzga bien. Fariseo y doctor hasta la médula, pero todavía honesto y justo.

–     Me alegra oírtelo decir. Maestro mira, ahi viene Lázaro.

Lázaro se inclina hasta besar el borde de la túnica de Jesús.

Se siente dichoso de estar con Él, pero también se ve claramente que esperando a los convidados, está muy preocupado.

El pobre Lázaro a sus conocidas torturas, conocidas por los hombres por haber sido transmitidas por la historia, ha de añadir ésta desconocida y no meditada por la mayoría:

Su sufrimiento moral de ese tremendo aguijón que supone el pensamiento:

«¿Qué me dirá éste? ¿Qué piensa de mí? ¿Cómo me considera? ¿Me herirá con palabras o mirada de desprecio?».

Aguijón éste que atormenta a todos aquellos que tienen alguna deshonra en su familia y reciben el desprecio y el sarcasmo del ‘qué dirán’.

Han entrado en la grandiosa sala, en donde está la mesa ya preparada y  solo esperan a Gamaliel y a Nicodemo; porque los otros invitados ya han llegado y son presentados como:

Félix, Juan, Simón y Cornelio.

Se arma un alboroto entre los siervos, cuando llegan Nicodemo y Gamaliel.

El siempre imponente Gamaliel. El de espléndido vestido níveo, que lleva con regia majestad.

José se precipita a encontrarlo y el saludo que se dan, es de un pomposo respeto.

También se inclina ante Jesús y Él lo hace igual.

Nicodemo lo saluda:

–    El Señor sea contigo.

Jesús responde:

–   Y su paz siempre te acompañe.

Lázaro a su vez, también los saluda.

Gamaliel ocupa el centro de la mesa, entre Jesús y José.

Junto a Jesús, está Lázaro. Y junto a José, Nicodemo.

Empieza la comida y las preces rituales las recita Gamaliel, .

Luego de un intercambio oriental de cortesías, entre los principales personajes: Jesús, Gamaliel y José.

Gamaliel es un hombre de gran dignidad, pero no orgulloso. Prefiere escuchar que hablar.

Se ve que medita cada una de las palabras de Jesús. Y lo mira frecuentemente con sus negros, profundos y severos ojos.

Cuando Jesús se calla, porque el tema se ha agotado; Gamaliel, con una pregunta oportuna, enciende de nuevo la conversación.

Lázaro, al principio estaba un poco sin saber qué decir. Pero después que ha tomado confianza, participa en la conversación.

Hasta cuando la comida está por terminar, no hacen alusiones directas a la personalidad de Jesús.

Se prende entonces entre Félix y Lázaro, a quién se une a apoyarlo Nicodemo y también el escriba Juan;

una discusión acerca de los milagros y lo que pueden significar a favor o en contra del individuo.

Jesús guarda silencio. Se le nota una sonrisa hasta cierto punto misteriosa, pero no dice nada.

Gamaliel también calla. Tiene un codo apoyado sobre el lecho y mira intensamente a Jesús.

Parece que quisiera descifrar algún enigma sobrenatural escrito en la cara de Jesús o como si quisiera conocer sus pensamientos.

Félix sostiene que la santidad de Juan el Bautista es innegable.

Y de esta santidad de la que nadie discute, ni duda; saca una conclusión desfavorable para Jesús de Nazareth, autor de muchos y muy famosos milagros.

Concluye:

–    El milagro no es prueba de santidad, porque en la vida de Juan no los hay.

Y sin embargo nadie en Israel, lleva una vida igual a la suya. Para él no hay banquetes, ni amistades, ni comodidades.

Para él, los sufrimientos y las prisiones por el honor de la Ley. Para él, la soledad. Aunque sí tiene discípulos, no convive con ellos y encuentra culpas aún en los más honrados.

Y sobre todos truena… mientras… ¡Eh!… mientras el Maestro de Nazareth aquí presente, ha hecho grandes milagros, es verdad. Pero veo que a Él también le gusta lo que la vida ofrece.

No desdeña amistades… y perdona que te lo diga uno de los ancianos del Sanedrín:

Es muy fácil en perdonar en Nombre de Dios y en amar a los pecadores públicos y señalados con anatemas. No lo debería hacer, Jesús.

Jesús sonríe. Pero no habla.

Lázaro responde por Él:

–    Nuestro poderoso Señor es libre de dirigir a sus siervos, cómo y a donde quiera.

A Moisés le concedió el milagro. A Aarón su primer Pontífice, no se lo concedió. Y entonces, ¿Qué concluyes? ¿El uno más santo que el otro?

Félix responde:

–   Ciertamente. Así es.

–   Entonces el más santo es Jesús, que hace milagros.

Todo desorientado, Félix no sabe qué decir. Ya perdió la brújula.

Pero acude a un último subterfugio:

–    A Aarón se le había concedido el Pontificado. Era suficiente.

Nicodemo replica:

–    No amigo. El pontificado es un cargo santo; pero no es más que un cargo.

No siempre y no todos los pontífices de Israel han sido santos. Y sin embargo fueron pontífices, aunque no fuesen santos.

Entonces Félix exclama provocador:

–   ¡No querrás decir que el Sumo Sacerdote sea un hombre privado de Gracia!

El escriba Juan, interviene:

–   Félix. No entremos en el fuego que quema. Yo, tú, Gamaliel, José, Nicodemo… todos sabemos muchas cosas.

Félix se escandaliza:

–  ¡Pero, cómo!… ¡Pero, cómo!… ¡Gamaliel, interviene!

Los tres que la traen contra Félix dicen:

–   Si es justo, dirá la verdad que no quieres oír, ni reconocer.

José el Anciano, interviene y trata de poner paz.

Jesús no dice nada. Lo mismo hacen Tomás, Zelote y el otro Simón, amigo de José.

Gamaliel simula estar jugando con las cintas de su vestido. Pero mira de arriba abajo a Jesús.

Félix grita:

–   ¡Habla pues, Gamaliel!

Los otros tres dicen:

–   ¡Sí!

–   ¡Habla!

–   ¡Habla, Gamaliel!

Gamaliel respira profundamente y responde:

–   Yo digo: las debilidades de la familia se mantienen ocultas.

Félix se encrespa:

–   ¡Esa no es una respuesta! Parece como si confesases que hay culpas en la casa del Pontífice.

Los tres le replican:

–   Es boca de la que sale la verdad.

Gamaliel se corrige y se vuelve hacia Jesús:

–   Aquí está el Maestro que eclipsa a los más doctos. Que sea Él; el que hable sustanciosamente.

Jesús lo mira fijamente y luego dice despacio:

–   ¿Lo quieres? Obedezco.

Yo digo: el hombre es hombre. El cargo o misión está sobre el hombre. Pero el hombre revestido de un cargo, se hace capaz de cumplirlo como superhombre; cuando lleva una vida santa y tiene a Dios como Amigo.

Él es Quién dijo: ‘tú eres sacerdote según el orden que Yo te he dado’ ¿Qué cosa está escrita en el Racional? “Doctrina y Verdad” esto deberían tener los que son pontífices.

A la Doctrina se llega por medio de una meditación constante, dirigida a conocer al Sapientísimo.

A la Verdad, con fidelidad absoluta al bien. El que juega con el Mal, entra en la Mentira y pierde la Verdad.

Gamaliel no puede contenerse y exclama:

–   ¡Has respondido bien! Como un gran Rabí. Yo Gamaliel te lo digo: ¡Me ganas!

Félix estalla:

–   Entonces que Éste aclare porqué Aarón no hizo milagros y Moisés sí.

Jesús al punto responde:

–   Porque Moisés debía imponerse sobre la masa oscura, pesada y hasta contraria de los israelitas.

Y debía llegar a tener sobre ellos un ascendiente, para poder inclinarlos a hacer la Voluntad de Dios. El hombre es el eterno salvaje y el eterno niño se admira con lo que se sale de las reglas.

Eso es lo que es el milagro. Es una luz movida ante las pupilas cerradas. Es un sonido que resuena cerca de las orejas tapadas.

Despierta. Llama. Hasta que se diga: ‘Aquí está Dios’

Félix rebate:

–    Esto lo dices a tu favor.

–   ¿A mi favor? ¿Y en qué me favorece el hacer milagros?

¿Puedo parecer más alto, si pongo una hoja de hierba bajo mis pies? Así es el milagro con respecto a la santidad. Hubo santos que jamás hicieron milagros.

Hay magos y nigromantes que con fuerzas oscuras hacen prodigios, pero no son santos y ellos son unos demonios.

Yo seré Yo, aunque no hiciere más milagros.

Gamaliel aplaude aprobando:

–    ¡Perfectamente bien! ¡Eres grande, Jesús!

Félix pregunta con ansia a Gamaliel:

–   ¿Y quién es según tú, este ‘Grande’?

Gamaliel contesta:

–    El más grande Profeta que yo haya conocido. Tanto en obras como en palabras.

José dice:

–   Es el Mesías. Te lo digo Gamaliel, créelo. Tú eres sabio y justo.

Félix les dice a los dos con sarcasmo:

–   ¡Cómo! ¿Con que tú jefe de los judíos? ¿Tú, el Anciano, gloria nuestra?

¿Has caído en la idolatría por un hombre? ¿Quién te prueba que es el Mesías?

Yo no lo creeré jamás aunque lo vea hacer milagros. Pero ¿Por qué no hace uno delante de nosotros? ¡Díselo tú que lo alabas!

Y ¡También tú que lo defiendes!

José responde seriamente:

–   No lo invité para ser diversión de mis amigos. Y te ruego que recuerdes que eres mi huésped.

Félix, enojado y grosero; se levanta y se va.

Después de unos momentos, Jesús se dirige a Gamaliel:

–   ¿Y tú no me pides el milagro para creer?

El gran doctor le contesta:

–   No serán los milagros de un hombre de Dios, los que me quiten la espina dolorosa que llevo en el corazón, de tres preguntas que siempre han permanecido sin respuesta.

–   ¿Qué preguntas?

–    ¿Está vivo el Mesías? ¿Era Aquel?… ¿Es éste?

José exclama:

–    ¡El Es! Te lo digo, Gamaliel.

¿No lo sientes santo? ¿Diferente? ¿Poderoso? ¿Sí? ¿Entonces qué esperas para creer?

Gamaliel no responde a José y se dirige a Jesús:

–    Una vez… no te desagrade Jesús, si soy tenaz en mis ideas.

Una vez, cuando aún vivía el grande, el sabio Hilell. Yo creí y él conmigo, que el Mesías ya estaba en Israel. ¡Un gran resplandor del Sol Divino en aquel frío día, de un persistente invierno!

Era Pascua. El campesino temblaba por las mieses heladas. Yo dije después de haber oído sus palabras: ‘Israel está a salvo, ¡Desde hoy, abundancia en los campos y bendiciones en los corazones!

‘El Esperado se ha manifestado con su primer fulgor’ Y no me equivoqué.

Todos podéis recordar qué cosechas hubo aquel año de trece meses. Cosa que se repite en este año.

Varios dicen al mismo tiempo:

–   ¿Qué palabras oíste?

–   ¿Quién las dijo?

Gamaliel reponde:

–    Uno que era poco más que un Niño.

Pero Dios resplandecía en su inocente y apacible Rostro. Hace ya diecinueve años que pienso… que recuerdo… y trato de volver a oír aquella Voz.

Que hablaba palabras llenas de sabiduría. ¿En qué parte de la tierra está? Yo pienso que era Dios revestido como un niño para no aterrorizar al hombre.

Y como el rayo que instantáneamente recorre los cielos de oriente a poniente. De norte a sur. Él, el Divino, recorre con su vestidura de hermosa Misericordia,

con Voz y Rostro de Niño y pensamiento divino; la tierra para decir a los hombres: ‘Yo Soy’. Así pienso.

¿Cuándo regresará a Israel? ¿Cuándo? Y me digo: Cuando Israel sea un altar, para los pies de Dios.

Y mi corazón gime al ver la abyección de Israel. Y un dolor me dice que jamás sucederá. ¡Oh! ¡Dura respuesta!

¡Y verdadera! ¿Puede la Santidad descender en su Mesías, mientras exista en nosotros el Abominio?

Jesús responde:

–    Puede y lo hace, porque es Misericordia.

Gamaliel lo mira pensativo y le pregunta:

–    ¿Cuál es tu verdadero Nombre?

Y Jesús imponente, se levanta y con infinita Majestad, declara:

–   Yo Soy Quién Soy.

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»

El Pensamiento y la Palabra del Padre. Soy el Mesías del Señor.

Gamaliel lo mira con angustia.

Y dice:

–    ¿Tú? No lo puedo creer. Grande es tu santidad.

Pero Aquel Niño en quién creo; cuando estábamos en el Templo, dijo: ‘Yo daré una Señal.

Estas piedras bramarán cuando llegue mi Hora’. Espero esta Señal, para creer. ¿Me la puedes dar Tú, para persuadirme de que Eres el Esperado?

Los dos están de pie. Altos, majestuosos.

Uno con su vestido de lino muy blanco. Otro con el suyo de lana, de color rojo tinto oscuro. Uno de edad. El otro, joven.

Ambos de ojos dominadores y profundos, se miran fijamente; en un mutuo reconocimiento.

Entonces Jesús baja su brazo derecho que tenía sobre el pecho,

Y como si jurase exclama:

–    ¿Ésta señal aguardas? ¡Y la tendrás!

Repito las palabras de aquel día: ‘Las piedras del Templo del Señor, se estremecerán con mis últimas palabras’

Espera esa señal, Doctor de Israel. Hombre justo. Y luego cree, si quieres obtener perdón y salvación.

¡Serías bienaventurado si pudieses creer antes! Pero no puedes.

Siglos de creencias equivocadas de una promesa justa. Y nubes de orgullo, como muro se interponen para llegar a la Verdad y a la Fe.

–    Dices bien. Esperaré esa señal. ¡Adiós! ¡El Señor sea contigo!

–    Adiós, Gamaliel. Que el Espíritu Eterno te ilumine y te guíe.

Todos saludan a Gamaliel, que se va con Nicodemo, Juan y Simón, el sanedrista.

Se quedan Jesús, Lázaro, Tomás, Simón Zelote y Cornelio.

José dice con pesar:

–    ¡No se doblega!

Me gustaría que estuviese entre tus discípulos. Sería un peso decisivo en tu favor y no lo logro.

–    No te aflijas por ello.

. No hay influencia capaz de salvarme de la tempestad que se está preparando. Pero Gamaliel, si no se pliega a favor, tampoco lo hará contra Cristo. Es de los que esperan…

Todo termina.

64 UN SALUDO DIFERENTE


64 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En  el llano de Esdrelón; un día medio nublado de finales de otoño, ha debido caer durante la noche una de las primeras lluvias de los tristes meses invernales, porque la tierra está mojada.

Sopla un viento calado que se lleva las hojas amarillentas y penetra hasta los huesos, con su frialdad cargada de humedad.

En los campos hay escasas yuntas de bueyes tirando del arado. Levantan fatigosamente la tierra densa y pesada de esta fértil llanura para prepararla a recibir la semilla.

Lo que es doloroso ver, que en ciertos lugares son los mismos hombres los que hacen el trabajo de los bueyes, empujando la reja del arado con toda la fuerza de sus brazos.

E incluso del pecho, apretando fuertemente los pies contra el suelo removido, trabajando como esclavos en esta operación que cansa incluso a los robustos novillos.

También Jesús los mira y se entristece tanto su rostro, que se le escapan silenciosas lágrimas y ruedan por sus mejillas.

Los discípulos, once porque Judas aún no ha vuelto y los pastores ya no están, hablan entre sí…

Y Pedro dice:

–     Pequeña, pobre, fatigosa es también la barca…

¡Pero cien veces mejor que este servicio de animales de tiro! 

Y pregunta:

–     Maestro, ¿Serán ya siervos de Doras?

Simón Zelote responde:

–     No lo creo.

Me parece que sus campos están al otro lado de aquellos árboles frutales. Todavía no los vemos.  

Pero Pedro, curioso siempre, deja el camino y va por un lindero entre dos parcelas.

En los bordes se han sentado un momento cuatro fatigados y sudorosos agricultores. Están jadeantes por el esfuerzo realizado.

Pedro les pregunta:

–     ¿Sois de Doras?

–     No. Pero somos de su pariente, de Jocanán. ¿Y tú quién eres?

–     Soy Simón de Jonás, pescador de Galilea hasta la luna de Ziv. Ahora, Pedro de Jesús de Nazaret, el Mesías de la Buena Nueva.

Pedro ha hablado con el respeto y la gloria con que uno diría: “Pertenezco al alto y divino César de Roma” y mucho más todavía.

Su honesto rostro resplandece por la alegría de profesarse de Jesús. 

Los cuatro infelices responden: 

–     ¡Oh, el Mesías! ¿Dónde, dónde está?

–     Aquél es. Aquél, alto y rubio, vestido de rojo oscuro. Aquél, el que mira ahora hacia aquí esperándome sonriente.

–     ¿Si fuéramos nosotros… nos rechazaría?

–     ¿Rechazaros? ¿Por qué?

Es el amigo de los desdichados, de los pobres, de los oprimidos, y me da la impresión de que vosotros… sí, realmente sois de ésos…

Los cuatro responden simultáneamente:

–     ¡Claro que lo somos!

–     ¡Y cómo! De todas formas, de ninguna manera como los de Doras. 

–    Al menos disponemos del pan que queramos. 

–     Y no nos azotan sino en el caso de que interrumpamos nuestro trabajo, pero…

Pedro cuestiona:

–     De modo que si ahora ese señorito de Jocanán os encuentra aquí hablando, os…

–     Nos azotaría como no lo hace ni con sus perros…

Pedro silba en modo significativo.

Luego dice:

–     Entonces será mejor así…

Y abocinando las manos en torno a la boca, llama fuerte:

–     “¡Maestro! ¡Ven aquí! ¡Que hay corazones que sufren y te necesitan!

Los cuatro exclaman:

–     ¿Pero qué estás diciendo?

–    ¿Él?

–    ¡¿Aquí, donde nosotros?!

–     !Pero si nosotros no somos más que unos despreciables siervos!

Los cuatro hombres están aterrorizados de tanta osadía. 

Pedro comenta riendo:

–      A nadie le gusta que lo azoten.

Y si pasa por aquí ese “distinguido” fariseo, no quisiera recibir yo también una ración… – mientras zarandea con su manota al más aterrorizado de los cuatro.

Jesús, con su largo paso, ya está llegando.

Los cuatro hombres no saben qué hacer.

Quisieran correr a su encuentro, pero el respeto los paraliza, son unos pobres individuos a quienes la maldad humana ha transformado en seres atemorizados de todo.

Caen rostro en tierra, adorando desde ahí al Mesías, que se acerca a ellos.

Y los saluda:

–      La paz a todos los que me anhelan.

El que me anhela, anhela el bien, y Yo lo quiero como a un amigo. Levantaos. ¿Quiénes sois?

Pero los cuatro apenas alzan el rostro del suelo, permaneciendo de rodillas y mudos.

Habla Pedro y dice:

–      Son cuatro siervos del fariseo Jocanán, familiar de Doras.

Querrían hablarte, pero… si llega él les dan de palos; por eso te he dicho: “Ven”.

Y volviéndose hacia los campesinos asustados, agrega:   

–     ¡Venga, muchachos, que no os come! Tened confianza. Considerad que es un amigo vuestro.

Finalmente el más osado balbucea:

–     Nosotros… nosotros sabemos de Tí… por Jonás… 

Jesús sonriendo con dulzura dice:

–     Por él vengo. Sé que me ha anunciado. ¿Qué sabéis de Mí?

–     Que eres el Mesías. Que te vio cuando eras niño.

Que los ángeles, con tu venida, cantaron la paz a los buenos. Que fuiste perseguido… pero que te salvaste, y que ahora has buscado a tus pastores y… y los quieres.

Esto lo decía ahora, esto último. Y nosotros pensábamos: si es bueno como para amar y buscar a unos pastores, sin duda también a nosotros nos querrá un poco…

Necesitamos verdaderamente a alguien que nos quiera…

–     Yo os quiero. ¿Sufrís mucho?

–     ¡Oh!… Pero más todavía los de Doras.

¡Si Jocanán nos encontrase aquí hablando!… Pero hoy está en Gerguesa. Todavía no ha vuelto de los Tabernáculos. 

No obstante, su intendente esta noche vendrá a medir el trabajo y luego nos dará la ración de alimento.

Pero no importa, recuperaremos el tiempo no descansando para la comida de la hora sexta.

Pedro pregunta:

–     Dime, muchacho. ¿No sería yo capaz de empujar ese apero? ¿Es un trabajo difícil? 

–     Difícil no, pero sí fatigoso. Se requiere fuerza.

–     La tengo. Déjame ver. Si soy capaz, tú hablas y yo hago de buey.

Entonces Pedro llama a los apóstoles: 

–     Tú, Juan, Andrés y Santiago, ¡Vengan!, a la lección.

Pasamos de los peces a los gusanos del suelo. ¡Hala!

Pedro pone su mano sobre el eje transversal del timón. Por cada arado hay dos hombres, uno a este lado, el otro al otro lado de la larga barra del timón.

Mira e imita todos los movimientos del campesino. Siendo fuerte y estando descansado, trabaja bien. El hombre lo alaba.

Pedro exclama contento:

–      Soy todo un maestro de la aradura.

Y da las instrucciones pertinentes: 

–      ¡Venga, Juan, ven aquí! Un toro y un novillo por arado.

En el otro. Santiago y el mudo ternero de mi hermano. ¡Venga! ¡Ah… eup!»

Los dos pares de aradores van parejos removiendo la tierra y trazando los surcos por el largo campo. Llegados al linde, vuelven el arado y hacen el nuevo surco.

Parece como si hubieran trabajado siempre en el campo.  

El más audáz de los siervos de Yocanán dice:

–     ¡Qué buenos son tus amigos! ¿Los has hecho tú así?

Jesús contesta:

–     Yo he dado una regla a su bondad.

Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya estaba en ellos. Ahora florece bien, porque hay quien la cuida.

–     También son humildes. ¡Amigos tuyos y servir así a unos pobres siervos…!

–     Conmigo sólo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la honestidad y el amor.

Sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y consigue el Cielo.

–     ¿Nosotros también podremos conseguirlo?

¿Nosotros que no tenemos tiempo para rezar, para ir al Templo, para ni siquiera levantar la cabeza del surco?

–     Responded: ¿Guardáis odio a quien tan duramente os trata? ¿Hay en vosotros rebelión y acusación contra Dios por haberos colocado entre los ínfimos de la Tierra?

–     ¡No, no, Maestro! Es nuestro destino.

Pero cuando cansados, nos dejamos caer sobre el jergón de paja, decimos: “Bien, pues el Dios de Abraham sabe que estamos tan agotados que no podemos decirle más que: ` ¡Bendito sea el Señor!”‘

También decimos: “Un día más hemos vivido sin pecar”… Ya sabes… podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras cocidas.

Pero el patrón ha dicho:

A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas y durante la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y dar energía“.

Y nosotros lo hacemos. En fin… se podría estar peor.

–     Os digo que en verdad el Dios de Abraham sonríe por vuestros corazones, mientras que muestra rostro acerbo a quienes lo insultan en el Templo con engañosas oraciones mientras no aman a sus semejantes.

–     ¡Pero entre iguales se aman!

Al menos… eso parece, porque se veneran recíprocamente con regalos y reverencias. Es con nosotros con quienes no tienen amor.

Pero nosotros somos distintos de ellos, y es justo.

–     No. En el Reino del Padre mío no es justo, y distinto será el modo de juzgar.

No recibirán honores los ricos y poderosos por el hecho de serlo, sino sólo aquellos que hayan amado siempre a Dios, queriéndolo por encima de sí mismos y por encima de cualquier otra cosa, como el dinero, el poder, la mujer, la mesa.

Y amando a sus propios semejantes, que son todos los hombres, sean ricos o pobres, conocidos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados.

Sí, también hay que amar a los malvados. No por su maldad, sino por piedad hacia su alma, herida de muerte por ellos mismos. Hay que amarlos con un amor que suplique al Padre celeste curarlos y redimirlos.

En el Reino de los Cielos serán bienaventurados los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia y hayan amado a los padres y a los familiares por respeto.

Los que no hayan robado en modo alguno ni nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de los servidores; los que no hayan matado ni reputaciones ni criaturas.

Y no hayan deseado matar, aunque los modos de actuar de los demás hayan sido crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de sublevación;

Quienes no hayan jurado lo falso, dañando al prójimo y lesionando la verdad. Quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal.

Quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidias hacia los demás.

De éstos es el Reino de los Cielos. El mendigo puede ser un rey bienaventurado allí arriba, mientras que el Tetrarca con su poder no será nada.

Es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la Ley eterna del Decálogo.

Los hombres le están escuchando con la boca abierta de admiración.

Con Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas de Alfeo.

Los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Basta Pedro para tenerlos alegres a todos.

–     ¡Qué razón tenía Jonás llamándote Santo!

En Tí todo es santo: las palabras, la mirada, la sonrisa; ¡Jamás hemos sentido el alma tanto!

–     ¿Hace mucho que no veis a Jonás?

–     Desde que está enfermo.

–     ¿Enfermo?

–     Sí, Maestro. No puede más.

Antes a duras penas lograba moverse, después de las faenas estivas y de la vendimia ya realmente es que no se tiene en pie. Y a pesar de todo… le hace trabajar ese… ¡Oh…!

¡Dices que hay que amar a todos, pero es muy difícil amar a las hienas, y Doras es peor que una hiena!

–    Jonás lo ama…

–    Sí, Maestro. Pienso que es tan santo como aquéllos a quienes, por fidelidad al Señor Dios nuestro, han matado con martirio.

–    Dices bien. ¿Cómo te llamas?

Y señalando a sus compañeros: 

–    Miqueas y éste Saulo y éste Joel y éste Isaías.

–    Le recordaré vuestros nombres al Padre. ¿Y decís que Jonás se encuentra muy enfermo?

–    Sí, nada más terminar el trabajo se deja caer sobre el forraje y nosotros no lo vemos. Nos lo dicen otros siervos de Doras.

–    ¿Está trabajando a esta hora?

–     Si está en pie, sí. Debería estar al otro lado de aquel manzanar.

–    ¿Ha sido buena la cosecha de Doras?

–    Se ha hablado de ella en toda la región.

Los árboles estaban apuntalados porque los frutos tenían un tamaño verdaderamente milagroso.

Doras ha tenido que mandar hacer nuevos lagares, porque la uva, de tanta como había, no habrían podido meterla en los que se venían usando.

–     ¿Entonces Doras habrá premiado a su siervo?

–     ¿Premiado? ¡Señor, qué mal lo conoces!

–     Pero si Jonás me dijo que hace años le dio una paliza mortal por haber desaparecido algunos racimos.

Y que pasó a ser esclavo por deudas habiéndole acusado el patrón de pérdidas por la escasa cosecha. Este año, que ha tenido una abundancia milagrosa, habría debido premiarlo.

–     No. Lo azotó ferozmente, acusándole de no haber obtenido los años precedentes la misma abundancia por no haber cuidado la tierra como se debía.  

Mateo exclama: 

–     ¡Este hombre es una fiera salvaje! 

Jesús dice:

–     No. Es un hombre sin alma. Os dejo, hijos, con una bendición. ¿Tenéis pan y comida para hoy?

–     Tenemos este pan. 

Y sacan un pan oscuro de un talego que estaba en el suelo, se lo enseñan.  

–      Tomad mi comida. No tengo más que esto. Pero Yo hoy estaré en casa de Doras y…

–     ¿Tú en casa de Doras?

–     Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabíais?

–     Aquí ninguno sabe nada.

Pero… no te fíes, Maestro; serás como una oveja en el antro del lobo.

–     No podrá hacerme nada. Tomad mi comida.

Se vuelve hacia sus discípulos diciendo:   

–     Santiago, da cuanto tenemos, incluso nuestro vino.

Que haya un poco de gozo también para vosotros, pobres amigos, en el alma y en el cuerpo. ¡Pedro, vámonos!

Pedro contesta;

–     Voy, Maestro. Sólo queda este surco por terminar.

Y corre hacia Jesús, congestionado por la fatiga. Se seca con el manto que se había quitado, se lo vuelve a poner y ríe contento.

Los cuatro no cesan de dar las gracias.

–     ¿Pasarás por aquí, Maestro?

–     Sí, esperadme. Saludaréis incluso a Jonás. ¿Podéis hacerlo?

–     ¡Claro! La tierra debía estar arada para la noche. Están hechos más de dos tercios de ella.   

–     ¡Y qué bien y qué rápido! 

–      ¡Son fuertes tus amigos!… 

–      Que Dios os bendiga. Hoy para nosotros es más que la fiesta de los Ázimos. 

–      ¡Que Dios os bendiga a todos, a todos, a todos!

Jesús va derecho hacia el huerto señalado, lo cruzan y llegan a los campos de Doras.

Más campesinos al arado o agachados para limpiar los surcos de las hierbas arrancadas; pero Jonás no está.

Reconocen a Jesús, y sin dejar de trabajar, lo saludan.

Jesús pregunta:

–      ¿Dónde está Jonás?  

Ellos contestan: 

–     Después de dos horas ha caído sobre el surco y lo han llevado a casa.

–     ¡Pobre Jonás! Poco tiempo más deberá sufrir.

–     Está realmente en las últimas. Jamás tendremos un amigo mejor.

Jesús responde:

–      Me tenéis a Mí en la Tierra y a él en el seno de Abraham.

Los muertos quieren a los vivos con dúplice amor: el propio y el que asumen estando con Dios, por tanto es un amor perfecto.

–     ¡Ve enseguida con él! ¡Que te vea ahora que sufre!

Jesús bendice y continúa su camino.

Los dicípulos preguntan:

–     ¿Y ahora qué piensas hacer?

–     ¿Qué le piensas decir a Doras? 

–     Voy a ir como si no supiera nada. Si se siente descubierto, es capaz de cebarse en Jonás y en sus siervos.  

Pedro dice a Simón cananeo:

–     Tiene razón tu amigo: es un chacal.

Simón contesta:

–     Lázaro siempre dice la verdad y nunca habla mal de nadie. ¡Cuando lo conozcas, lo querrás!

Siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo.

Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta.

Es una casa campirana rica y cómoda.

Pedro con Simón, van por delante para avisar.

Pedro y Simón se adelantan para avisar.  

Sale Doras.

Es un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaricioso:

Con ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa, detrás de una barba más blanca que negra. 

Saluda a Jesús con un tono familiar y con clara ostentación de benevolencia:

–     Salud, Jesús. 

Jesús no dice: «Paz». Sólo responde:

–     Que ella vuelva a tí.

63 MADRE DEL AMOR


63 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Todos los campos de Galilea están en el festivo trabajo de la vendimia.

Los hombres, encaramados sobre altas escaleras, recogen uva de las pérgolas y de las parras; las mujeres, en cestos, sobre la cabeza, llevan racimos de oro y rubí a donde esperan los pisaúvas.

Cantos, risas, bromas corren de loma a loma, de huerto a huerto, junto al olor de mostos y a un gran zumbar de abejas que parecen ebrias de tan veloces y danzarinas

como van de los sarmientos aún restantes, aún ricos de racimos, a los cestos y a los tinos donde se pierden los granos, que ellas buscan, en el caldo turbio de los mostos.

Los niños cual faunos, pringados de zumo trinan como golondrinas corriendo por la hierba, por los patios, por los caminos.

Jesús se dirige hacia un pueblo que está a poca distancia del lago y que a pesar de ello, es de llanura.

Parece un amplio álveo entre dos lejanos sistemas montañosos orientados hacia el Norte.

La llanura está bien regada, porque la atraviesa el río Jordán.

Jesús pasa por la calzada principal.

Muchos lo saludan con el grito:

–     ¡Rabí! ¡Rabí!». Jesús pasa bendiciendo.

Antes de llegar al pueblo hay una rica propiedad, al principio de la cual un matrimonio anciano está esperando al Maestro.

El dueño del viñedo dice:

–      Entra. Cuando el trabajo cese, todos acudirán aquí para oírte.  

¡Cuánta alegría llevas contigo! Emana de ti y se extiende como la savia por los sarmientos. Y se transforma en vino de gozo para los corazones. ¿Aquélla es tu Madre? 

Jesús responde:

–     Es Ella. Os la he traído porque ahora también forma parte del grupo de mis discípulos.

El último en ser recibido, el primero en orden de fidelidad. Es el Apóstol. Me predicó aún antes de que Yo naciera… 

Luego se vuelve hacia María diciendo: 

–    Madre, ven. 

Un día – eran los primeros tiempos en que evangelizaba – esta madre fue tan dulce con tu Hijo cansado, que hizo que no llorase tu recuerdo. 

María dice:

–     Que el Señor te otorgue su don, mujer piadosa. 

La mujer contesta:

–     Ya lo poseo porque tengo al Mesías y te tengo a ti.  

El anciano invita:

–     Ven. La casa es fresca y la luz que hay en ella es moderada.  

Entran en una hermosa finca solariega.

El anciano conversando con Jesús y María conversando con la anfitriona.  

La anciana dice: 

–     Podrás descansar. Estarás fatigada.

–     Sólo me supone cansancio el odio del mundo.

Seguirlo y oírlo…! Ha sido mi deseo desde la más lejana infancia.

–     ¿Sabías que eras la futura Madre del Mesías?

–     ¡Oh, no!

Sí esperaba vivir tanto como para poder oírlo y servirle; última entre sus evangelizados, pero fiel, ¡Fiel!

–     Lo oyes y le sirves y eres la primera.

Yo también soy madre y tengo hijos sabios; cuando los oigo hablar, mi corazón salta de orgullo. ¿Qué sientes Tú oyéndolo a Él?

–     Un delicado éxtasis.

Me sumerjo en mi nada, y la Bondad – que es Él mismo – me eleva consigo.

Entonces veo con simple mirada la Verdad eterna y Ella se hace carne y sangre de mi espíritu.

–     ¡Bendito corazón tuyo!

Es puro, por ello comprende así al Verbo. Nosotros somos más duros porque estamos llenos de culpas…

–     Quisiera dar a todos mi corazón para esto, para que el amor fuera en ellos luz para comprender.

Porque, créelo, es el amor – y yo soy su Madre y por tanto en mí es natural el amor – lo que hace fácil toda empresa.

Las dos mujeres siguen hablando, la anciana junto a la muy joven, siempre muy joven Madre del Señor.  

Mientras, Jesús habla con el dueño de la casa, junto a los lagares, donde grupos y más grupos de vendimiadores vuelcan racimos y más racimos.

Los apóstoles, sentados a la sombra de una pérgola de jazmines, saborean con buen apetito uva y pan.

Ya declina el día y el trabajo cesa lentamente.

Todos los colonos están ya en el amplio patio rústico, donde hay un fuerte olor de uvas pisadas.

De casas cercanas vienen también otros campesinos.

Jesús sube por una pequeña escalera que da a un ala: una galería de arcos bajo la cual se conservan sacos de productos agrícolas y herramientas.

¡Cómo sonríe Jesús subiendo esos pocos peldaños! Lo veo sonreír entre el ondear de sus esponjosos cabellos agitados por una brisa vespertina.

¡Oh, su hermosa sonrisa tan luminosa!

La alegría de esta sonrisa entra en el corazón que cuando está triste es como ese vino de que hablaba el dueño de la casa, confortándolo.

Se vuelve. Se sienta en el último peldaño, en el punto más alto de la escalera, que se transforma en una tribuna para los más afortunados oyentes.

Es decir, para los dueños de la casa, para los apóstoles y para María, la cual, siempre humilde, ni siquiera había tratado de subir a ese puesto de honor, sino que la había conducido a él la señora.

Está sentada justamente un peldaño más abajo que Jesús, de manera que su cabeza está a la altura de las rodillas de su Hijo.

Y estando sentada de lado, Ella lo puede mirar a la cara, con su mirada de paloma enamorada. El delicado perfil de María destaca nítido como en un mármol contra el muro oscuro de la rústica galería.

Más abajo están los apóstoles y los dueños de la casa. En el patio, todos los aldeanos: unos en pie, otros sentados en el suelo, otros encaramados en los lagares o en las higueras que hay en los cuatro ángulos del patio.

Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de la espalda en María; parece como si estuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto,

mientras con la derecha gesticula sosegadamente:

–     Me han dicho: “Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre”. Heme aquí.

En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo trabajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto:

La primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones.

Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se cumplen teniendo presente en el espíritu al eterno Dios.

¿Puede acaso pecar uno que diga: “Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones”? No. No puede.

Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le impide al hombre pecar más que cualquier amenaza humana. ¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad.

Os fue dicho: “Teme al Señor tu Dios”. Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos.

Y ciertamente es verdad que en tiempo de cólera divina, la aparición de lo sobrenatural debe hacer temblar el corazón.

¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya paradisíaco?

Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de un ángel, para concederle al ojo humano poder mirarlo sin que se le queden abrasadas pupila y mente.

¿Qué será entonces ver a Dios? Pero esto es así mientras dura la ira.

Cuando ésta queda sustituida por la paz y el Dios de Israel dice:

“He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Palabra que se hace Carne para ser Redención”

Entonces el amor debe -suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con alegría; porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra.

La Paz ha llegado entre Dios y el hombre.

Cuando los primeros vientos de la primavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe temer aún, dado que la intemperie y los insectos pueden tenderle al fruto muchas insidias.

Más cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡Ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha.

E1 Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está entre vosotros.

Él es Racimo óptimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres.

Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él.

Pero, ¡Ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado!

¡Y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con Él, lo hayan rechazado o mezclado en su interior con la comida de Satanás!

Y así vuelvo al primer concepto.

La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las del hombre, es la honestidad de propósitos.

Honesto es el que dice: “Sigo la Ley, no para obtener de ella alabanza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios”.

Honesto es aquel que dice: “Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna”.

Honesto es quien dice: “Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, mortificante, preservativo, elevante;

trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una macolla de espigas,

de una semilla de uva hace una gran cepa, de la semilla de un fruto hace un árbol.

Y de Mí, hombre, pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar los cereales, vides y árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres”.

Hay personas que trabajan como bestias, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas.  

¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este miserable? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas?

Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno.

Y hay otros que dilapidan lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: “Y a pesar de todo Dios los protege”.

No. No los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la Eternidad, les recordará este precepto: 

“Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo'”.

¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí!

Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os digo sólo éstas: “Amad a Dios. Amad al prójimo”.

Son como el trabajo que hace fecundo al sarmiento, realizado con la vid en primavera.

El amor a Dios y al prójimo es como la grada que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones.

Es como la azada que excava un círculo en torno a la cepa para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y nutrida con frescas aguas de riego;

es como cizalla que elimina lo superfluo para condensar la energía y dirigirla hacia donde dará fruto; es lazo que aprieta y sostiene junto al robusto palo;

es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna.

Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y óptima la vendimia.

Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga:

“Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid.

Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a Mí cuajados de los zumos dulces del amor a mí y al prójimo.

Floreced en mis jardines durante toda la eternidad”.

Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien. Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo.

Bendecidlo por la gracia de su Palabra, bendecidlo por la gracia de la buena cosecha.

Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama.

Jesús habría terminado, pero todos gritan:

–      ¡Bendícenos, bendícenos! ¡Danos tu bendición!

Jesús se levanta, extiende los brazos y dice con voz de trueno:

–      Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz.

Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos.

La multitud, la pequeña multitud reunida, prorrumpe en un griterío de alegría y de aclamaciones al Mesías, mas luego calla.

Y se abre para dejar pasar a una madre que lleva en brazos a un niño paralítico de unos diez años.

Ella lo coloca echado a los pies de la escalera, como si se lo ofreciera a Jesús. 

El anciano anfitrion explica:

–     Es una criada mía. Su hijo varón se cayó el año pasado desde la terraza y se partió la columna.

La dueña añade: 

–    Toda la vida tendrá que yacer sobre la espalda. Ha esperado en ti todos estos meses… 

Jesús indica:

–     Dile que se acerque.

Pero la pobre mujer está tan emocionada, que parece como si tuviera ella la parálisis. Tiembla toda y se le enredan los pies en el largo vestido al subir los altos escalones con su hijo en brazos.

María, piadosa, se pone en pie y baja hacia ella.

–     Ven. No temas. Mi Hijo te quiere.

Dame a tu niño. Así podrás subir mejor. Ven, hija. Yo también soy madre.

Y le toma al niño, al cual sonríe dulcemente. Luego sube con el peso de esta conmovedora carga sobre sus brazos.

La madre del niño la sigue, llorando.

Ya está María ante Jesús.

Se arrodilla y dice:

–     ¡Hijo! ¡Por esta madre!

No dice nada más.

Jesús ni siquiera solicita su consabido “¿Qué deseas que te haga? ¿Crees que puedo hacerlo?”. No.

Hoy sonríe y dice:

–      Mujer, ven aquí.

La mujer se coloca justo junto a María.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza y se limita a decir: «Alégrate».

Aún no ha terminado de decir esta palabra y el niño, que hasta ahora había estado extendido como un cuerpo muerto, colgándole las piernas en brazos de María, se sienta como impulsado por un resorte…

Y prorrumpe en un grito de alegría « ¡Mamá!», y corre a refugiarse en el pecho materno.

Los gritos de hosanna parece como si quisieran penetrar en el cielo completamente rojo del atardecer.

La mujer, con su hijo apretado contra el corazón, no sabiendo qué decir,

Pregunta:

–     ¿Qué… qué tengo que hacer para decirte que soy feliz?

A lo que Jesús, que sigue acariciándola, contesta:

–     Ser buena, amar a Dios y a tu prójimo, educar en este amor a tu hijo.

Pero la mujer no se muestra todavía satisfecha. Quisiera… quisiera…

Y por fin, pide:

–     Dadle un beso Tú y tu Madre a mi niño.

Jesús se inclina y lo besa, y María también.

Y mientras la mujer se marcha feliz, entre las aclamaciones de un cortejo de amigos,

Jesús le explica a la dueña de casa:

–     No ha hecho falta más.

Él estaba en los brazos de mi Madre. Incluso sin mediar palabra alguna lo habría curado, porque Ella se siente feliz cuando puede consolar una aflicción.

Y Yo deseo hacerla feliz.

Entonces Jesús y María se intercambian una de esas miradas cuyo significado es tan profundo, que sólo quien las ha visto las puede entender.

T LAS LÁGRIMAS DE MARÍA


CUANDO LA IGLESIA CALLA, HABLAN LAS PIEDRAS

¿Por Qué Lloran en Todo el Mundo Imágenes de la Virgen María?

Por todo el mundo aparecen noticias de que alguna imagen de la Virgen llora.

‍Algunos casos clamorosos han sido aprobados por la Iglesia.

38. Decían: = «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! = Paz en el cielo y gloria en las alturas.» 39. Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos.» 40. Respondió: «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.» LUCAS 19

Mientras que la inmensa mayoría ha quedado en la esfera privada.

Este fenómeno se ha acentuado desde el siglo XX.

Y en las iglesias ortodoxas se ven iconos que exudan aceite y mirra, pero se puede considerar que es el mismo fenómeno.

¿Que hay que pensar cuando uno mira las gotas de agua, de las lágrimas, que aparecen en una estatua de plástico o yeso?

Acá te ofrecemos pistas.

Quien recorra las redes verá cantidad de imágenes de la Santísima Virgen que derraman lágrimas, sangre, óleo.

‍Naturalmente que esta información se puede encontrar en los sitios que creen en las manifestaciones sobrenaturales y no en los sitios católicos que son refractarios a los sucesos sobrenaturales.

Incluso algunos argumentos que aducen, es que su posición es porque la Iglesia Católica no aprobó esas manifestaciones.

‍Lo cual es un argumento absurdo.

Porque la iglesia no tiene la capacidad de investigar todas las manifestaciones sobrenaturales que suceden ni siquiera un 1%.

Ni muchos párrocos ni obispos está dispuestos a hacerlo, por aquello que dijo el padre Rene Laurentin:

Que ha avanzado tanto la INCREDULIDAD en lo sobrenatural, que si las apariciones de Lourdes se hubieran dado en estos años, la Iglesia no las aprobaría.

Además, cuando al final se forma una comisión para investigar un fenómeno sobrenatural, debido a la presión de la opinión pública, la conclusión es que no se sabe lo que pasó.

Por lo tanto es razonable que la absoluta mayoría de los fenómenos sobrenaturales queden en el ámbito privado, como manifestaciones privadas, sin la intención que la Iglesia se expida.

Lamentablemente la formación mariológica de la mayoría de los sacerdotes es mala o inexistente y su predisposición lo mismo.

Por lo cual no le prestan atención a estos hechos, porque creen que al Vaticano no le gustan estas cosas Y TAMPOCO QUIEREN COMPROMETERSE…

Y algo de razón tienen para cultivar esta conducta políticamente correcta.

Y recién le van a dar crédito cuando algo de eso explote en su parroquia, como sucedió en el caso de la Virgen de la Paz de Civitavecchia.

Donde el Obispo era absolutamente contrario a las manifestaciones marianas y se encontró con una imagen que lloraba en una casa y la trasladaron a la parroquia.

Era tal su aversión que le pidió al párroco que destruyera la imagen a martillazos.

‍Pero un día lloró en sus manos y el Obispo cayó de rodillas, casi desvanecido, pidiendo perdón.

‍A partir de ahí se convirtió en un firme creyente en estas manifestaciones.  

 Historia de los eventos de la Virgen de Civitavecchia

‍Muchos sacerdotes no saben nada de La Salette por ejemplo, una aparición aprobada por la Iglesia en que la Virgen lloraba.

Las lacrimaciones son expresiones de dolor de Nuestra Señora y esto no se puede ignorar.

‍Y debemos compadecernos, o sea padecer con ella.

También el llanto tiene la intención de conmover el corazón de sus hijos.

‍Y podríamos considerar que la diferencia entre las lácrimaciones de oleo o de suero humano y las lacrimaciones de sangre sea la gravedad de los fenómenos que ella está evocando.

Naturalmente estas manifestaciones tienen un mensaje detrás.

‍El primer mensaje es: Yo estoy aquí, Me preocupo por ustedes, crean en Mí y en Mi Hijo, existe el mundo sobrenatural, etc…

De modo que toda manifestación debe hacernos doblar las rodillas y rezar intensamente, porque Nuestra Señora está al lado nuestro y le debemos reverencia.

Pero también puede haber mensajes más específicos, que pueden estar referidos a un tema local o a un tema global.

Y puede ser una expresión de dolor por lo que está sucediendo como por lo que vendrá.

Y sí está referido al futuro es un aviso.

Por lo que siempre es recomendable discernir el mensaje sobre lo que puede haber causado esa lacrimación.

Preguntarse qué nos quiere decir Nuestra Madre con estas lágrimas.

Es posible también que no lleguemos a una conclusión única, porque hay muchísimos temas locales y globales, por las que Nuestra Señora está preocupada, al punto de provocar sus lágrimas.

‍Desde la dureza de nuestros corazones para convertirnos, hasta el avance de la Persecución al mensaje de Jesús.

‍Y desde las cosas que suceden dentro de la Iglesia, hasta el desprecio y la ignorancia que tiene de Dios la mayoría de la población.

‍Una pista la podemos tener en los mensajes que decenas de videntes están recibiendo en todo el mundo en este momento.

Pero de cualquier forma, nada justifica que no caigamos de rodillas ante una lacrimación de la Santísima Virgen, aunque no entendamos su mensaje.

DOS EXPERIENCIAS DE PERIODISTAS

Cuando Michael H. Brown, a mediados de la década de 1990 en un suburbio de Toronto, sostuvo una estatua en sus manos “lloró profusamente.”

Una pequeña estatua hueca.

Miró en el interior y buscó cualquier manguera o mecanismo alguno, pero nada.

Era una estatua de plástico hueca de la Santísima Madre.

Esto también sucedió hace un par de años a otro periodista, Rod Dreher.

‍Que ha servido varias temporadas como columnista en periódicos como el Dallas Morning News y The New York Post.

Ahora escribe para publicaciones como The American Conservative.

Dreher observó con asombro como una estatua en Baton Rouge, Louisiana, hizo lo mismo.

Una estatua de la Rosa Mystica que pertenecía a una mujer que había estado sufriendo de cáncer.

Una vez más, era una representación de María que estaba ante sus ojos mientras oraban y un líquido se formada en ella.

CIENTOS DE TESTIMONIOS DE LACRIMACIONES

Estas estatuas se han reconocido por derramar lágrimas por todo el mundo.

‍Lo mismo ha sido con una estatua peregrina de Fátima, así como una de tamaño natural de la Virgen de Guadalupe.

Hay casas donde no una, sino un gran número de objetos “lacriman”.

Los fenómenos parecen estar vinculado a un lugar o una persona.

De hecho, eso sucedió cerca de Syracusa, Nueva York, y en el norte de California.

Y en una iglesia en Virginia (este caso vinculado a un sacerdote).

A través de los años hay cientos de testimonios en internet de aquellos que han visto decenas de objetos – estatuas, rosarios, imágenes, y medallas – que exudan líquidos acuosos o aceitosos.

‍A veces sucede el caso que todo lo que tienes que hacer es traer una estatua cerca de un que está lacrimando, para que lo haga.

‍Uno de los casos más sorprendentes es en Medjugorje, donde un Corpus de bronce macizo de Jesús,  misteriosamente exuda constantemente un líquido acuoso-aceitosa, durante más de una década, de una “herida” en la rodilla derecha.

Y varios milagros son informados a raíz de esto.

LOS MISTERIOS DE LAS ESTATUAS SON HISTÓRICOS

Casi desde el comienzo del cristianismo, sin duda antes de la Edad Media, los milagros se han asociado con las representaciones de Jesús y María.

En su mayor parte, está involucrados con luces inexplicables que vienen de tal objeto, reacciones extrañas de animales a las imágenes sagradas.

O una aparición indicando una estatua enterrada, porque muchas fueron escondidas cuando los musulmanes trataron de conquistar Europa.

Pero no fue hasta el siglo XX que los milagros se concentraron en las lágrimas.

En las iglesias ortodoxas, a menudo es la emanación de aceite y mirra.

Hay casos clásicos de llanto como en una iglesia en Long Island, ver aquí, es la iglesia ortodoxa griega de San Pablo en Hempstead).

‍También en una iglesia en Michigan, una imagen que derrama aceite y mirra: a la que también acompañan  curaciones.

‍A veces, la exudación es sangre, lo que puede ser problemático, sobre todo cuando hay coagulación antiestética.

‍¿El diablo participa en alguna de ellas? Uno tiene siempre que discernir.

En alguno de estos casos, se puede sentir la gracia, en otros, puede haber una sensación de desbarajuste.

CASOS DE APROBACIONES DE LA IGLESIA

Una de las más famosas estatuas que lloran fue en Siracusa, Sicilia.

Los investigadores enviados por el obispo lo vieron por sí mismos.

Las lágrimas se acumulaban en una cavidad formada por la mano sobre su corazón. En un discurso por radio el 17 de octubre de 1954, el Papa Pío XII reconoció:

“La declaración unánime de la Conferencia Episcopal celebrada en Sicilia de la realidad del caso” y preguntó:

–     ¿Los hombres comprenden el misterioso lenguaje de las lágrimas?

Estas manifestaciones parecen especialmente dirigidas a nuestra era, pero estos fenómenos, se remontan veinte siglos.

Otro caso famoso y aprobado por la Iglesia fue en Akita, Japón, donde una estatua de madera de María lloró en 101 ocasiones.

Las lágrimas se analizaron químicamente, como también fue el caso de Syracusa.

‍En Italia, una estatua de Nuestra Señora Reina de la Paz de Medjugorje comprada también ha llorado delante de un obispo  y ha tenido la aprobación de la Iglesia, esto en Civitavecchia.

Se trataba de sangre huamana.

¿POR QUÉ LLORA?

¿Aborto? ¿Guerra? ¿Qué pensar de estatuas e imágenes que lloran?

¿Es una manifestación sobre el estado general de la moralidad?.

¿Es también un aviso sobre lo que viene como resultado?

¿Tiene que ver con un aviso de algo que vendrá en esa parte del mundo?

‍Hemos informado del caso de un fenómeno extraordinario de muchas imágenes llorando en Irlanda hace 20 años.

Y luego la que otrora  fuera la nación mas católica del mundo, votó en un referéndum para habilitar el ‘matrimonio’ homosexual, fue primera vez que este hecho se dió en el mundo.

Las pistas hay que buscarlas en cada caso, pero siempre hay un aviso detrás de la lacrimación.

También hay mensajes que han recibido videntes sobre este fenómeno.

Estos son dados a Luz de María:

Vivencia mística de Luz de María

10/02/2015

Contemplación al final del Mensaje:

Luego Nuestra Madre Santísima toma el globo terráqueo en Sus Manos, lo besa y con Sus benditos Labios, miro que besa la sangre de inocentes en varios continentes.

Nuestra Madre derrama lágrimas sobre la Tierra y todos los seres que penden de Su Manto en ese instante, quedan como inertes, cada uno sintiendo el dolor de la Madre Santísima.

El Manto de la Madre no destella luz, toma un solo color, y con el globo terráqueo en Sus Manos la miro poco a poco desaparecer. 

MANIFESTACIÓN EN CALIFORNIA, EE.UU

NOVIEMBRE DE 2015

Esta manifestación se produjo en el lugar donde se hospedaba Luz de María, al mismo tiempo en que Cristo le compartía Su Pasión.

06/05/2015

¡Tanto crisol se acerca a ustedes, amado Pueblo Mío! ¡Cuánto sufro por ello!

Mi Madre, derrama lágrimas de sangre en diferentes hogares o templos, anunciando que ese dolor es una nueva espada en Su Corazón,

PERO USTEDES NO REGRESAN A MÍ

Se sumergen en el libertinaje mundano en instantes en que los espíritus malignos llevan a caer, a aquellas criaturas que no permanecen seguras de ser de Mi Propiedad. 

COSTA RICA, 29.03.2018

En esta fecha tan sublime Nuestro Señor Jesucristo no solo nos bendice con Su Palabra, sino que nos grafica Su Amor a través de una manifestación visible para reafirmarnos Su donacion por la Humanidad.

CALIFORNIA, EE.UU 30.10.18

Estando Luz de María en éxtasis frente al Crucifijo manifestándose Nuesto Señor le dió el siguiente mensaje…

Amado Pueblo Mío:

He aquí Mi Sangre… He aquí el Óleo de Mi Amor que se derrama por toda la Humanidad, ante tanta ofensa, ante tanto pecado con el que el hombre continuamente Me azota, Me hiere y Me crucifica.

ME MANIFIESTO PARA QUE DESISTAN DE ENTREGARSE AL MAL

Mi Sangre Preciosa sea el Escudo que fortalezca a Mi Pueblo para que ningún alma se pierda…

Mi Óleo sea en cada uno la defensa para que no sucumban por un día de festividad y de ahí en adelante continúen entregándose más y más al desenfreno que el demonio ha sembrado en la Humanidad.

PUEBLO MÍO, HEME AQUÍ, YO TE AMO Y TE BENDIGO

Su Jesús.

 El día 15 de septiembre de 2015  se manifestó con sangre una imagen de Cristo en el hogar de Luz de Maria

 La Santísima Virgen María 

22/04/2015

¡Mírenme como Madre de la humanidad!  Así permanezco.

Mis lágrimas descienden de Mi rostro, así como la impureza y la maldad han logrado que la sangre corra por la Tierra.

Me llaman Madre para que les auxilie en las congojas, para que les proteja cuando los opresores les persiguen, cuando les niegan los alimentos y cuando les niegan la salud.

Pero Yo, que soy Abogada de todos los hombres, a pesar de eso les miro cual si fuera la primera vez que están ante Mí y Mis Ojos derraman lágrimas de sangre y Mi Corazón sangra. 

No desfallezcan, continúen orando el Santo Rosario, Me atraen, Mi Mirada se vuelve instantáneamente hacia aquel que clama a Mí en cada Avemaría.

Porque como Madre del Verbo, en Mi Vientre Materno albergo a cada una de las creaturas humanas y sangro con lágrimas de sangre por aquellos que se han alejado, que desprecian Mi Maternidad, pero sobre todo por los que desprecian el Amor de Mi Hijo. 

22/11/2015

Con Mis Lágrimas lograré que el corazón de piedra se vuelva de carne, que la mente oprimida encuentre la libertad y que la razón nublada por lo mundano, por la codicia, por el desconocimiento y el desamor encuentre, la luz de Mi Hijo

31/01/2016

Por esta humanidad flagelada por sí misma, lloro lágrimas de sangre pero al final les tomaré de Mi mano, y como intercesora de toda la humanidad, les presentaré ante Mi hijo. 

07/10/2016

Derramo Mis lágrimas por la Tierra, en diferentes lugares, llamándoles a la conversión para que no padezcan lo que no es Voluntad Divina.

11/07/2017

He derramado Mis lágrimas por la violencia en que vive la Humanidad, la matanza de inocentes, la subversión en que se encuentra la Humanidad. 

30/08/2017

Continúo derramando Mis Lágrimas por la Tierra, como signo de Mi Presencia y del padecer de Mis hijos, como preludio a los instantes anteriores a una tribulación para la Humanidad. 

Mis Lágrimas de Sangre son Mi dolor ante la falta de Amor en el corazón de Mis hijos.

UN APÓSTOL CELESTIAL


En China la Persecución no cesa y nuestros hermanitos, padecen con heroísmo la confesión de la Fe Cristiana.

Como Dios ama tanto a sus hijos, hubo una intervención directa del Cielo y con un Apóstol… ¡Sencillamente extraordinario! 

He aqui dos testimonios de cómo nuestro ABBA no nos abandona en las garras del Anticristo…

Dos Fantásticas CONVERSIONES Sobrenaturales en China

Las intervenciones del Cielo para la conversión tienen las formas más imprevisibles.

Y muchas se están operando hoy en China que será el país con más cantidad de cristianos en una década.

Traemos dos historias.

Una de una mujer que durante su vida estuvo esperando que la bautizaran; había sido catequizada por San José.

Y otra de una mujer que tuvo una experiencia cercana a la muerte, tuvo un mini juicio por Jesucristo y se convirtió.

FANTÁSTICA APARICIÓN Y CATEQUESIS DE SAN JOSÉ A UNA CHINA

El que presentamos es un caso muy especial.

‍Una anciana china agonizante, que no sabía leer, ni nada sobre el cristianismo.

Fue localizada por unos misioneros jesuitas y pidió que la bautizaran, mostrando un sorprendente conocimiento de los ritos católicos.

Al final resultó que había sido visitada por un enviado de Dios que la fue instruyendo a través de los años.

Ese parece que fue San José.

Dos misioneros jesuitas austríacos, el padre Gotsch y el hermano Gervasio, vivieron en China una experiencia única.

Gervasio, que había acompañado al Profesor Filchner a través del Tibet y en India, contó este hecho ocurrido en 1976.

Un día, en China meridional, estaba acompañando al P. Gotsch que había ido a asistir a un moribundo en Kaotai para administrarle los últimos sacramentos.

Atravesaron 200 km por caminos montañosos y colinas montados a caballo y llegaron después de 3 días a la casa de aquel hombre.

Demasiado tarde, porque éste ya había fallecido.

‍Emprendieron el camino de regreso luego de haberlo enterrado religiosamente.

A mitad del camino se encontraron con un joven que parecía estar esperándolos al borde del camino y que les pidió que lo siguieran a casa de su madre que estaba enferma.

Acompañaron a este joven hasta un pueblito que distaba 15 km de allí.

‍En una habitación extremadamente precaria, una mujer agonizaba.

Al ver al sacerdote, le preguntó:

      Extranjero, ¿Me contestarás la verdad a las preguntas que te haga?

–      Por supuesto, madre.

–     ¿Existe un Dios en el cual hay tres personas? ¿Existe otra vida, un lugar de felicidad para los buenos y un lugar de terror para los malos?

¿Es verdad que Dios vino a esta tierra para morir por los hombres y abrirles el lugar de felicidad?

Extranjero, ¿Es verdad todo eso?

Estupefacto, el sacerdote le respondió SI.

Pero ¿De quién había podido esta mujer aprender todo aquello?

La mujer continuó:

–      Traes agua contigo, entonces, ¡lávame (bautízame), para que pueda ir a aquel sitio de felicidad!

¿Cómo sabía que el sacerdote llevaba consigo agua para los bautismos?

‍Su actitud decidida era algo infantil y al mismo tiempo convincente.

El sacerdote le explico brevemente la liturgia y el sentido del Sacramento y luego la Bautizó.

‍La enferma, desbordante de alegría, todavía dijo:

–      También tienes contigo el pan. Ese es un pan especial porque Dios está adentro. ¡Dame de ese pan!

El padre extrajo de su bolso la hostia consagrada que llevaba consigo.

¡La enferma sabía que él tenía “El Pan”!

El sacerdote le explicó el sentido del Sacramento de la Eucaristía y le dio la comunión.

Le administró también los últimos sacramentos (la confesión de los pecados y la unción de los enfermos).

Después le dijo:

–      Hasta ahora fuiste tú quién hacías las preguntas. Ahora me toca a mí:

‍¿Quién te ha enseñado las verdades de la fe? ¿Has conocido a creyentes católicos o evangelistas?

–      No, extranjero.

–      Entonces ¿Has leído libros cristianos?

–      No sé leer, extranjero, y ni siquiera sabía que existían libros de ese tipo.

–       Entonces, ¿De dónde y de quién has recibido la noticia de la Fe?

San José, Terror de los Demonios

–       Siempre pensé que debía ser así y desde hace 10 años que vivo de esta forma.

También he instruido así a mis hijos y puedes lavarlos a todos (bautizarlos).

–       Pero ¿Sabías que íbamos a pasar hoy por aquí?

–       ¡Por supuesto!

‍Vi a un hombre en sueños. Él fue quien me dijo que enviara a mi hijo menor a la ruta a que llamara a los dos extranjeros que pasarían por allí.

También me dijo que me iban a “lavar” para ir al lugar de la felicidad después de la muerte.

Los misioneros estaban profundamente conmovidos.

La actitud de la mujer frente a la muerte era tan apacible que no dejaba lugar a duda.

‍Antes de partir, los misioneros le regalaron una estampa de san José, patrono de los moribundos.

‍Colmada de felicidad exclamó:

–     ¡Pero a éste, lo conozco!

Vino a verme muchas veces.

¡Es quien me dijo que mandara a mi hijo a la ruta para llamarlos!

¿Había tenido un sueño o san José verdaderamente había ido en persona a visitarla?

Ella no lo sabía.

Por otra parte, no importaba saberlo. ‍

Lo importante era que san José había instruido a la enferma.

Los misioneros se enteraron más tarde que la mujer había muerto aquella noche.

Hay otra interesante historia de conversión de una china llamada Mei.

Quien tuvo el mini-juicio en una experiencia cercana a la muerte, que muchos llaman la ‘iluminación de la conciencia”.

La historia es la siguiente.

Ella disfrutaba de la playa en el sur de China por primera vez en su vida.

Había sido abandonada por su esposo y era divorciada.

Estaba de vacaciones en la playa de Sanya con su novio, un hombre casado.

‍Su esposo la había abandonado inmediatamente después de tener familia. Y en su desesperación había manejado su vida en dirección equivocada.

Estaba sin trabajo, sin dinero, sin dignidad y este hombre casado se acercó a ella y la invitó a ir a la playa con él.

Era a la primera vez qué veía el mar y no tenía conocimiento de Dios.

Ella se había criado en el río Yangtse y era una nadadora capaz.

De repente estaba nadando y fue arrastrada mar adentro.

‍Ella sintió una mano sosteniéndole el tobillo, que la arrastraba hacia abajo en el agua, e hizo todo lo que pudo para nadar hasta la orilla pero no podía.

Trato de pedir Auxilio pero sintió una mano alrededor de su garganta que no le permitía gritar.

No podía hacer ningún ruido aunque su boca se movía y la mano la sostenía cada vez más fuerte.

‍De repente vio una cara en medio del remolino, y aunque nunca le enseñaron quién era el diablo, ahí lo identificó.

Se acercó a ella y le susurró “te voy a matar hoy”.

Ella pensó que estaba acabada y estaba muriendo.

Pensó en sus padres y en su hija, mientras trataba en vano de llegar a la orilla.

En un último arrebato gritó algo que ella no comprendió dijo “mi Dios…” con toda su fuerza, aunque no sabía que estaba diciendo.

Fue cuando los cielos se abrieron y descendió una paloma sobre ella que identificó como el Espíritu Santo, si bien no tenía ninguna información sobre la Biblia y sobre Espíritu Santo.

Y apareció un hombre alto con una túnica y un aura de luz.

Hizo un gesto y penetró un rayo de luz sobre ella y vio pasar su vida ante sus ojos como en una película, apreciando los pecados que había cometido.

Esto es lo que han experimentado muchos que tuvieron experiencias cercanas a la muerte y es un mini juicio a través de la iluminación de la conciencia.

Ella dice que no podía creer que “yo fuera a una persona tan pecadora y tan sucia”.

En ese momento ella quiso morir pero oyó una voz misericordiosa que le dijo:

“Mi hija has vuelto por fin. Te he estado esperando mucho tiempo”.

Entonces vio un amor puro que brotaba de los ojos de esa figura y ella le preguntó:

–       “¿Es para mí?”

Y la figura le respondió:

–       “Si es para ti, te amo y nunca pedí nada de ti”

Ella nunca había experimentado un amor tan grande e incondicional y se echó a llorar.

Pero aún estaba en peligro de ahogarse y oyó la voz que decía “ve a ayudarla”.

De repente apareció un hombre y la arrastró hasta la orilla poniéndola en la arena.

En ese momento ella pensó que se había encontrado con el Dios que no conocía ni sabía nada de Él.

Cuando regresó a su pueblo fue a una iglesia y pidió una Biblia, pero tuvo que esperar algunos meses porque las Biblias en China son escasas.

‍Cuando le llegó la Biblia después de un año, la empezó a leer desde el Génesis; todo le parecía extraño y difícil de entender.

‍En definitiva Mei tuvo una aparición o se la imaginó, no sabemos, y descubrió a Jesús en su corazón comenzando la peregrinación hacia el cristianismo en un medio hostil como China.

Mira el video relacionado a continuación.

60 DUELO EN LA FAMILIA


60 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La tarde agoniza en medio de un gran arrebol de ocaso que, como un fuego que se va apagando, se vuelve cada vez más oscuro hasta asumir casi un color violeta rubificado.

Una coloración espléndida, rara, que pincela difuminándose lentamente el occidente, hasta desaparecer en el cobalto oscuro del cielo.

La noche avanza cada vez más con sus estrellas y con su arco de luna creciente, ya camino de la segunda fase.

Los agricultores acuden raudos a sus casas, las bajas casitas de Nazaret, que muestran ya los fogones encendidos y se nota por los aros de humo que salen de ellas.

Jesús está para entrar en la ciudad y contrariamente a cuanto desearían los otros, no quiere que ninguno vaya a avisar a su Madre.

Trata de calmarlos:

–      No va a suceder nada. ¿Por qué intranquilizarla antes?

Cuando entran en el poblado de Nazareth y el grupo camina por las calles, entre las casas sucede algo muy curioso, porque pasa de todo:

Algún saludo, algún cuchicheo después que han pasado, algún volverse de espaldas maleducado…  O incluso ruidosos portazos cuando pasa el grupo apostólico.

La gesticulación de Pedro es un verdadero poema, pero también los demás empiezan a inquietarse sorprendidos. 

Los hijos de Alfeo parecen dos condenados: caminan con la cabeza baja a ambos lados de Jesús, observando todo.

Y de vez en cuando se miran asustados entre sí o manifiestan temor por Jesús, según lo que sucede en su caminata a través del poblado.

Él, como si no pasara nada, responde a los saludos con su habitual afabilidad y se inclina para acariciar a los niños.

Los cuales en su simplicidad, no toman partido como los adultos y son siempre amigos de su Jesús, que siempre se muestra tan afectuoso con ellos.

Uno, un tonelito muy regordete de unos tres años, separándose del vestido materno, acude corriendo a su encuentro y le tiende los bracitos diciendo:

–     ¡Súbeme!

Y dado que Jesús lo complace y lo sutoma entre sus brazos, éste lo besa con su boquita toda embadurnada del higo que está chupando.

Y luego lleva su amor hasta el punto de… ofrecerle a Jesús un trocito de higo, diciendo:

–      ¡Toma! ¡Está bueno!

Jesús acepta el ofrecimiento y ríe cuando ese hombrecito naciente le mete el trocito de higo en la boca.

Isaac, cargado de ánforas, viene de la fuente.

Ve a Jesús, deja la  vasijas en el suelo y corre a su encuentro,

gritando:

–     ¡Mi Señor! Tu Madre ha vuelto ahora a casa. Estaba donde su cuñada. Pero…  ¿Recibiste la carta?

Jesús responde:

–     Estoy aquí por este motivo. No digas nada a mi Madre, por ahora. Primero voy a casa de Alfeo.

Isaac, prudente, no dice más que:

–     Te obedeceré.

 Y tomando sus ánforas, va directamente a casa.

Jesús dice a los primos:

–     Pongámonos en camino. Vosotros amigos, nos esperaréis aquí. Estaré poco tiempo en casa de Alfeo.

Pedro protesta:

–     ¡Nooo!

Nosotros no entramos en la casa del luto. Estaremos fuera, eso sí. ¿Verdad?

Los demás apoyan:

–      Pedro tiene razón. Nos tendrás cerca, aunque estemos en la calle.

Jesús cede a la voluntad de todos, pero sonríe… al comprender sus temores.

Y dice:

–      No me harán nada. Creedlo.

No son malos. Sólo están humanamente exaltados. Vamos.

Jesús encabeza la comitiva, detrás avanzan Tadeo y Santiago.

Llegan a la calle donde está la casa y avanzan hasta la entrada del huerto. Después de cruzarlo, en la cocina están los hermanos de Tadeo y Santiago, junto con otros familiares.

Encuentran a Alfeo, cocinando y… llorando.

En un ángulo, Simón y José con otros hombres, sentados en grupo. Entre ellos está Alfeo de Sara.

Están allí, callados como estatuas. ¿Será ésta, costumbre en los funerales?

Jesús entra saludando:

–      Paz a esta casa y paz al espíritu que la ha dejado.

La viuda emite un grito y hace un movimiento instintivo de cerrarle el paso a Jesús, interponiéndose entre Él y los otros.

Simón y José se levantan, hoscos y confundidos; pero Jesús no muestra darse cuenta de su actitud hostil.

Va hacia los dos hombres. Por su aspecto, Simón tiene ya rebasó los cincuenta y cinco años.

Jesús abre los brazos en amorosa iniciativa y los dos hombres se turban aún más, pero no se atreven a comportarse groseros.

Alfeo de Sara tiembla angustiado, sufre visiblemente.

Los demás se muestran reservados, en espera de una indicación.

Jesús pregunta gentil:

–   Simón, tú, ya cabeza de la familia, ¿Por qué no me recibes afablemente?

Vengo a llorar contigo. ¡Cuánto habría deseado estar con vosotros en la hora del duelo! Pero me encontraba lejos, no por culpa mía.

Eres justo, Simón. Y lo debes reconocer.

El hombre sigue con actitud reservada.

Jesús se dirige al otro:

–     Y tú, José, que tienes un nombre muy estimado por mí, ¿Por qué no acoges mi beso? ¿No me permitís llorar con vosotros?

La muerte es lazo para los verdaderos afectos. Y nosotros nos quisimos. ¿Por qué ahora debe haber desunión?

José responde con dureza:

–      Por ti nuestro padre ha muerto resentido.

Y Simón reclama:

–     Debías haberte quedado. Sabías que estaba agonizando. ¿Por qué te marchaste? Te quería a su lado…  

Jesús replica con tristeza:

–     No habría podido hacer por él más de cuanto hice. Y vosotros lo sabéis…

Simón, más justo, dice:

–     Es verdad. Sé que viniste y que te echó. Pero era un enfermo, un hombre afligido.

Jesús responde sin esconder su aflicción:

–     Lo sé. De hecho dije a tu madre y a tus hermanos: “No le guardo rencor, porque comprendo su corazón”.

Pero por encima de todos está Dios. Y Dios quería este dolor para todos. Para mí que creedlo, he sufrido como si me hubieran arrancado carne viva.

Para vuestro padre, que en esta pena ha comprendido una gran verdad, la cual durante toda la vida le había permanecido oscura;

para vosotros, que con este dolor tenéis el modo de ofrecer un sacrificio más beneficioso que el becerro inmolado.

Y para Santiago y Judas, que ahora ya no están menos formados que tú mi Simón;

porque tanto dolor, para ellos es la mayor carga y los oprime como rueda de molino y los ha hecho adultos de perfecta edad, ante los ojos de Dios.

José rebate con mayor dureza:

–     ¿Qué verdad ha visto nuestro padre? Una sola: que su sangre en la última hora, le era enemiga.  

Jesús corrige con firmeza:

–     No. Que el espíritu es más que la sangre. Ha comprendido el dolor de Abraham y por eso Abraham le ha ayudado.

–     ¡Ojalá fuera verdad! Pero ¿Quién lo asegura?

–     Yo, Simón.

Y más que Yo, la muerte de tu padre. ¿No ha anhelado mi Presencia? Tú lo has dicho.

–     Lo he dicho. Es verdad.

Quería que viniera Jesús. Y decía: “¡Al menos que no muera el espíritu! Él puede hacerlo. Lo he rechazado y no volverá. ¡Oh, muerte sin Jesús, qué horror eres! ¿Por qué le obligué a irse?“.

Sí, esto decía, como también: “Él me preguntó muchas veces: ¿Debo marcharme?’ y yo lo eché. Ahora ya no vuelve“. Te anhelaba, te anhelaba.

Tu Madre te mandó recado, pero no te encontraron en Cafarnaúm y él lloró mucho. Y con sus últimas fuerzas tomó la mano de tu Madre y quiso tenerla cercana.

A duras penas podía hablar, pero decía: “La Madre es un poco el Hijo. Me agarro a su Madre para tener algo de Él, porque tengo miedo de la muerte”. ¡Pobre padre mío!

Se produce una escena oriental de gritos y actos de dolor, en la que todos toman parte; también Santiago y Judas, que se han atrevido a entrar.

Jesús, que solamente llora, es el más tranquilo.

Simón pregunta:

–     ¿Lloras? ¡Entonces lo querías?

Jesús, con sus mejillas bañadas por el llanto, responde:

–     ¡Simón! ¿Lo preguntas?

Si hubiera podido, ¿Crees que habría permitido este dolor suyo? Yo estoy con el Padre, pero no por encima del Padre.

José replica con mucha aspereza:

–     Curas a los moribundos y a él no lo curaste.

–     No creía en Mí.

Simón observa:

–     Esto es verdad, José.

Jesús baja los brazos con gesto de derrota:

–     No creía y tampoco deponía el rencor.

Yo no puedo hacer nada donde hay incredulidad y odio.

Por eso, os digo: no sigáis odiando a vuestros hermanos. Vedlos. Que su congoja no resulte gravada por vuestro rencor.

Vuestra madre está más acongojada por este odio vivo que por la muerte, que termina en sí misma.

Y en vuestro padre termina en la paz porque su deseo de Mí le significó perdón de Dios.

Ni hablo de Mí, ni abogo por Mí. Yo estoy en el mundo, pero no soy del mundo. Aquel que dentro de Mí vive, me compensa lo que el mundo me niega.

Sufro con mi Humanidad, pero elevo el espíritu por encima de la Tierra y siento júbilo por las cosas celestes.

¡Pero ellos!… No faltéis a la ley del amor y de la sangre. Amaos. En Santiago y Judas no existe ofensa a la sangre. Pero, aun en el caso de que existiera, perdonad.

Mirad con ojo justo las cosas y veréis que los más ofendidos han sido ellos. Incomprendidos en las necesidades del alma raptada por Dios. Y a pesar de todo no guardan rencor, sino que sólo desean el amor. ¿No es verdad, primos?

Judas y Santiago, a los cuales la madre tiene estrechamente abrazados, asienten entre lágrimas.

Jesús amonesta dulcemente:

–     Simón, eres el mayor, da ejemplo…

Simón balbucea:

–     Yo… por mí… Pero el mundo… pero Tú…

–     ¡Oh, el mundo! Olvida y cambia a cada amanecer… Y Yo…

Ven, dame tu beso fraterno. Yo te quiero. Esto lo sabes. Despójate de estas escamas que te hacen duro y no son tuyas; sino que te vienen de persona a ti ajena y menos justa que tú.

Tú juzga siempre con tu recto corazón.

Simón, todavía un poco reticente, abre los brazos.

Jesús lo besa y luego lo conduce adonde sus hermanos. Se besan entre llanto y lamentos.

Jesús se dirige al otro:

–     Ahora tú, José.

–     No. No insistas. Tengo presente el dolor de nuestro padre.

–     En verdad tú lo perpetúas con tu rencor.

–     No importa. Soy fiel.

Jesús no insiste.

Se vuelve hacia Simón:

–      La tarde está avanzada. Pero, si quisieras… Nuestro corazón arde por el deseo de venerar sus restos mortales. ¿Dónde está Alfeo? ¿Dónde le habéis puesto?

–      Detrás de la casa. Donde el olivar cesa contra el barranco. Un sepulcro digno.

–      Te lo ruego. Llévame.

Y dirigiéndose hacia María de Cleofás,  exhorta: 

 –    María, sé fuerte. El esposo exulta porque ve a sus hijos en tu seno.

Quedaos. Yo voy con Simón. ¡Estad en paz! ¡Estad en paz! José, te digo a ti cuanto dije a tu padre: “No hay rencor en mí. Te quiero. Cuando quieras que venga, llámame. Vendré a llorar contigo. Adiós“.

Y Jesús sale con Simón…

Los apóstoles miran de reojo con curiosidad, pero se sienten contentos al ver a Jesús y Simón en armonía.

Jesús los llama:

–      Venid también vosotros. Son mis discípulos, Simón. Ellos también desean honrar a tu padre. Vamos.

Se van por el olivar y todo termina.

Jesús dice:

Como ves, Simón – menos obstinado – se rindió, si no completamente sí al menos en parte, a la justicia, con santa prontitud.

Es cierto que no se hizo discípulo mío y menos aún apóstol enseguida,  sino hasta después de otro encuentro,  por la muerte de Alfeo. Pero sí fue al menos, espectador y no enemigo.

Incluso fue tutor de su madre y de la mía en momentos en que había necesidad de que un hombre las protegiera y defendiera de las sátiras de la gente.

No fue fuerte hasta el punto de imponerse contra quien me llamaba “LOCO”.

Todavía era “demasiado hombre”,  se avergonzaba un poco de Mí y se preocupaba por los peligros que podía correr toda la familia a causa de mi apostolado contrario a las sectas.

No obstante, ya estaba en el camino del Bien por el cual luego, después del Sacrificio, supo proseguir cada vez más firme, hasta confesarme con la sangre.

La Gracia obra en ocasiones fulminantemente, otras veces lentamente, mas siempre obra en donde existe la voluntad de ser justo. Ve en paz. Queda en paz en medio de tus dolores. Lleva por Mí la Cruz.

Te bendigo, discípulo@ de los Últimos Tiempos.

59 ESTERILUDAD Y REPUDIO


59 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús se encuentra en esa preciosa ciudad marítima que en el mapa presenta un golfo natural amplio y bien protegido.

Este golfo tiene capacidad para muchos navíos y lo hace aún más seguro un fuerte espigón portuario.

Al parecer es muy usado incluso militarmente porque hay trirremes romanas con soldados a bordo.

En uno están desembarcando tropas para reforzar la guarnición. El puerto se parece un poco a la ciudad portuaria de Nápoles, dominada por los montes vesubianos.

Jesús está sentado dentro de una modesta casa cercana al puerto, donde habitan amigos de Pedro y de Juan, pescadores como ellos.

Y con quienes hablan de la diferencia entre la pesca en el mar de Galilea y en este gran puerto, situado en el gran océano.

Jesús habla con los miembros de la familia que los han hospedado y con otros que han venido a escucharlo. No es, sin embargo, una predicación formal, son palabras sencillas de consejo, de consuelo; como sólo Él puede ofrecer. 

Andrés regresa con los panes que le habían encargado y se acerca ruborizado al maestro, diciendo con  su característica timidéz:

–      Maestro, ¿Podrías venir conmigo? Se… se trata de hacer un poco de bien. Sólo Tú puedes.

Jesús se pone en pie sin preguntar ni siquiera qué bien es ése.

Sin embargo, Pedro pregunta:

–     ¿A dónde lo llevas? Está muy cansado. Es la hora de la cena. Lo pueden esperar mañana.

–     No… Es una cosa que hay que hacer en seguida. Es…

–     ¡Habla, gacela espantada! ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así?… ¡Parece un pez enmarañado en la red!

Andrés se pone todavía más colorado.

Jesús, atrayéndolo hacia sí, lo defiende:

–     A mí me gusta así. Déjalo.

Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale de la tierra como un hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés. 

Pedro contesta decidido:

–     Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva.

Andrés suplica:

–     No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede… Es cosa de corazones…

–     ¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?

Andrés no le responde a su hermano.

Dice a Jesús:

–      Un hombre quiere repudiar a su esposa y… y yo he intervenido, pero no sé hacerlo.

Si hablas Tú… te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es… es… él te lo dirá.

Jesús sale con Andrés sin decir nada más.

Pedro permanece un poco en duda.

Luego dice:

–      Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van.

Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga.

A pesar del rechazo, Pedro se detiene; pero sólo lo suficiente para pasar desapercibido a los que ha decidido perseguir.

Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro lo sigue detrás.

Continúan luego por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás.

Entran en un portal que es un arco sin puerta y que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres. Y Pedro detrás.

 Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. Y Pedro se aposta fuera.

Una mujer lo ve y le pregunta:

–     ¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?

Pedro contesta fastidiado:

–     ¡Cállate, cotorra! No me deben ver.

¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres.

Enseguida el pobre Pedro, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres; los que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un gran rumor que denuncia su presencia.

Pedro se consume interiormente, se enfada… pero no sirve de nada.  

Del interior de la casa se oye la voz grave, hermosa, serena de Jesús; junto a la voz quebrada de una mujer y a la de un hombre ronca y cortante.

Jesús dice:

–     Si ha sido siempre buena esposa, ¿Por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?

La mujer gime:

–     No, Maestro, ¡Te lo juro! Lo he querido como a la pupila de mis ojos.

Y el hombre, breve y duro, dice:

–     No, no me ha faltado nada más que en ser estéril y yo quiero hijos. No quiero la maldición Dios sobre mi nombre.

–     Tu mujer no tiene la culpa de serlo.

–     Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición…

–     Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?

–     No. Era y soy en todo como todas.

El médico lo ha dicho también. Pero no logro tener hijos.

–     ¿Ves como no te ha engañado?

Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿La repudiarías?

–     No. Lo juro. No tengo motivo para ello.

Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba: “La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándola de hijos”

Yo hago lo que la Ley dice.

Jesús rebate:

–      No. Escucha. La Ley dice: “No cometas adulterio” y tú estás para cometerlo.

El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. Y, si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio, fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios.

Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moisés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que sor las condiciones actuales de la mujer,

víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios.

¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elcana a Ana? ¿Y Manué a su esposa?

¿Conoces al Bautista? ¿Sí? Está bien, ¿No fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios, así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón, y Ana de Elcana a Samuel, y Raquel a José, y Sara a Isaac?

Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio y es un premio celebrado por los siglos,

así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas regocijándose de ser madres.

No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará más de lo que mereces.

El hombre lo mira asombrado.

Y trata de disculparse:

–      Maestro, sólo Tú hablas así… Yo no sabía.

Había preguntado a loa doctores y me habían dicho: “Hazlo”. Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno.

Estamos en sus manos… y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo.

–      No te rechazo.

Me produces más compasión, que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vida y el tuyo comenzará entonces y para toda la eternidad. Piénsalo.

–     No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?

–     Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en Mí tendrá en Él justicia, sabiduría, amor y paz.

–     Te quiero creer. Sí. Te quiero creer.

No sé… siento en Tí algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo: “Ya no la repudio. Me quedo con ella y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir menos el dolor de no tener hijos”.

Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva para mantenerme calmado. Y tú… sigue queriéndome.

La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual.

Jesús, por el contrario, sonríe:

–      No llores. Mírame. Mírame, mujer.

Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso. 

Jesús los llama:

–      Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. 

Cuando los dos han obedecido,

Jesús abre sus brazos y dice con solemnidad:

Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad:

“Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor,

desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para portar a un doble pecado de adulterio y de desesperación.

Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos.

Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta.

Desciende, Vida, a dar vida. Desciende, Fuego, a calentar. Desciende, Poderoso, a obrar. ¡Desciende!

Haz que para la fiesta de alabanza por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo vástago, su primogénito, hijo consagrado a Tí, Eterno, que bendices a quienes esperan en Tí.

Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas.

La gente no se contiene más y se arremolina en torno, con Pedro en primera línea.

Jesús dice:

–     Levantaos. Tened fe y sed santos. 

Los dos reconciliados imploran:

–     ¡No te vayas, Maestro! 

–     No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces.

La multitud grita:

–     ¡No te vayas, no te vayas!

–     ¡Háblanos también a nosotros!

Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto.

Y seguido por la pequeña multitud de vecinos, se dirige hacia la casa donde los hospedan.

Por el camino pregunta a Pedro:

–     Hombre curioso, ¿Qué debería hacer contigo?

Pedro contesta:

–     Lo que quieras, pero, ahora ya… yo estuve allí…

Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído y se ponen a cenar.

Pedro se siente todavía curioso.

–     Maestro, ¿Pero realmente tendrán un hijo?

–     ¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan?

¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?

–     No… pero… ¿Podrías hacer esto con todas las esposas?

–     Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago.

Pedro se alborota el pelo entrecano y calla.

Entonces entra el pastor José. Está completamente lleno de polvo del camino, como quien hubiera andado mucho. 

Después del beso de saludo, Jesús pregunta:

–     ¿Tú? ¿Por qué? 

José contesta:

–      Tengo cartas para ti.

Tu Madre me las ha dado y una es suya. Aquí están.

Y José entrega tres pequeños rollos de una especie de pergamino fino, atados con una cinta.

La más voluminosa de las cartas está incluso cerrada con un sello, otra tiene sólo el nudo, la tercera muestra un sello roto.

–      Ésta es de tu Madre – dice José, indicando la que tiene el nudo.

Jesús la desenrolla y la lee.

Primero en voz baja, luego alto:

“A mi amado Hijo, paz y bendición. Ha llegado a mí a la hora prima de las calendas de la luna de Elul un enviado de Betania.

Se trata de Isaac, pastor. Le he dado en tu nombre un ósculo de paz y refrigerio como personal agradecimiento.

Me ha traído estas dos cartas que ahora te envío, diciéndome de palabra que el amigo Lázaro de Betania te insta para que condesciendas con lo que te pide.

Amado Jesús, mi bendito Hijo y Señor, yo también tendría dos cosas que pedirte:

Una, recordarte que me prometiste llamar a tu pobre Mamá para instruirla en la Palabra; la segunda, que no vengas a Nazaret sin haber hablado conmigo antes”.

Jesús se detiene bruscamente y se pone de pie, caminando luego hasta encontrarse entre Santiago y Tadeo.

Los abraza estrechamente y termina repitiendo sin leer, las palabras:

–     Alfeo ha vuelto al seno de Abraham la pasada luna llena, con gran duelo de la ciudad…

Los dos hijos lloran sobre el pecho de Jesús, que termina:

…En el último momento te hubiera deseado a su lado, pero Tú estabas lejos. Esto, no obstante, es un consuelo para María, que ve en ello perdón de Dios y debe dar paz también a mis sobrinos”.

¡Habéis oído? Ella lo dice, y Ella sabe lo que dice.

Santiago suplica:

–     Dame la carta.

Jesús se opone:

–     No. Te perjudicaría.

Tadeo dice con un suspiro:

–      ¿Por qué? ¿Qué puede decir que sea más penoso que la muerte de un padre?…

–      Que nos ha maldecido

Jesús refuta:

–      No. No es eso.

Santiago se lamenta:

–      Lo dices… para no traspasar nuestro corazón. Pero es así. 

Jesús le entrega la carta:

–      Lee, entonces.

Y Judas lee:

«Jesús, te ruego, y conmigo María, que no vengas a Nazaret hasta que el duelo no haya terminado. El amor hacia Alfeo hace injustos a los nazarenos respecto a Tí y tu Madre llora por ello.

El buen amigo Alfeo me consuela, y pone calma en el pueblo. Ha tenido mucha resonancia lo que han contado Aser e Ismael de la mujer de Cusa, pero Nazaret es ahora un mar agitado por vientos contrarios.

Te bendigo, Hijo mío y te pido paz y bendición para mi alma. Paz a mis sobrinos. Mamá”.

Los apóstoles hacen comentarios y consuelan a los dos hermanos, que están llorando.

Pedro pregunta:

–   ¿Y esas, no las lees?

Jesús hace un gesto de asentimiento y abre la de Lázaro.

Llama a Simón Zelote. Leen juntos en un ángulo.

Luego abren el otro rollo y lo leen también. Debaten. Enseguida Simón trata de persuadir de algo a Jesús, pero no lo consigue.

Jesús, con los rollos en la mano, se coloca en medio de la estancia y dice:

–   Oíd, amigos. Somos todos una familia y no hay secretos entre nosotros.

Y si tener oculto el mal es piedad, dar a conocer el bien es justicia. Oíd lo que escribe Lázaro de Betania:

“Al Señor Jesús paz y bendición, y paz y salud a mi amigo Simón. He recibido tu carta y como siervo que soy he puesto mi corazón, mi palabra y todos mis medios a tu servicio, para satisfacerte y tener el honor de serte siervo no inútil.

He ido a ver a Doras a su castillo de Judea, a rogarle que me vendiera a su siervo Jonás como Tú deseas. Confieso que si no hubiera sido petición de Simón, amigo fiel paraTí, no habría enfrentado a ese chacal burlón, cruel y funesto.

Pero por Tí, mi Maestro y Amigo, me siento capaz de enfrentar hasta incluso a Satanás. Ello porque pienso que quien trabaja para Tí, te tiene cercano y está por tanto, protegido.

Y ciertamente he recibido ayuda, porque he vencido, contra todas las previsiones. Dura fue la discusión y humillantes las primeras negativas.

Tres veces tuve que agachar la cabeza ante este esbirro con poder. Luego me impuso una espera de días.

Finalmente, la carta; digna de un áspid. Yo casi no me atrevo decirte: “Cede para conseguir el objetivo”, porque él no es digno de tu Presencia; pero no hay otra forma.

He aceptado en tu Nombre y he firmado. Si he hecho mal, repréndeme.

No obstante – créeme – he tratado de servirte lo mejor que podía. Ayer ha venido un discípulo tuyo judío, diciendo que venía en tu Nombre a saber si había alguna noticia que llevarte. Ha dicho llamarse Judas de Keriot.

Sin embargo he preferido esperar a Isaac para entregarle la carta. Y me ha extrañado mucho el que hubieras mandado a otros, sabiendo que todos los sábados viene aquí Isaac, para su reposo sabático.

No tengo más que decirte. Sólo, besándote los pies santos, te ruego conducirlos adonde tu siervo y amigo Lázaro, como prometiste. A Simón, salud. A ti, Maestro y Amigo, un ósculo de paz solicitando tu bendición. Lázaro”. 

Jesús despliega el pergamino que tiene roto el sello, mientras dice:   

–     Y ahora la otra:

“A Lázaro, salud. He decidido. Por que por una suma doble obtendrás a Jonás. Y no pienso cambiar respecto a lo que propongo, por ningún motivo.

Estas son las condiciones:

Quiero que primero Jonás termine la cosecha de este año y su entrega se efectuará al final de la luna de Tisri.

Quiero que venga personalmente a recogerlo Jesús de Nazaret, al cual le pido que entre bajo mi techo, para conocerlo.

Quiero pago inmediato a la vista de contrato en regla.

Adiós. Doras”.  

Pedro grita:

–    ¡Qué peste! Pero, ¿Quién paga?

Quién sabe lo que pide. Y nosotros… ¡Estamos siempre sin un céntimo!

Jesús dice:

–    Simón paga.

Para darme esta alegría a Mí y al pobre Jonás. No adquiere más que un residuo de hombre, que de ninguna manera le prestará servicio; pero adquiere un gran mérito en el Cielo. 

Todos miran asombrados a Simón cananeo:

–    ¿Tú? ¡Oh!

Hasta los hijos de Alfeo salen de su aflicción por el estupor. 

Y Jesús confirma:

–     Él es. Es justo que ello sea conocido. 

Pedro indaga:

–     Sería también justo saber por qué Judas de Keriot ha ido donde Lázaro. ¿Quién lo había enviado? ¿Tú?

Jesús no le responde a Pedro. Se muestra muy serio y pensativo.

Sale de su meditación sólo para decir:

–     Preocupaos de que José cene y repose, luego nos retiraremos a descansar.

Yo prepararé la contestación para Lázaro… ¿Isaac está todavía en Nazaret?

José responde:

–     Me espera.

–     Iremos todos.

–     ¡Noo! Tu Madre dice…

Todos se agitan.

–     Callad. Quiero que sea así.

Mi Madre habla con su corazón de amor. Yo juzgo con mi razón. Prefiero hacer esto mientras no esté Judas y deseo tender la mano amiga a mis primos Simón y José.

Y  también llorar con ellos antes de que termine el duelo. Luego volveremos a Cafarnaúm, a Genesaret. En definitiva al lago, esperando finalice la luna de Tisri. 

Y tomaremos a las Marías con nosotros. Vuestra madre tiene necesidad de amor. Se lo daremos. Y la mía tiene necesidad de paz. Yo soy su paz. 

Pedro indaga:

–     ¿Crees que en Nazaret?…

–      No creo nada.

–      ¡Ah, bueno! Porque si le causasen algún daño o algún dolor… ¡Se las tendrían que ver conmigo! – dice Pedro todo agitado.

Jesús lo acaricia, pero está tan absorto en otros pensamientos que más bien está triste.

Luego va hacia donde Tadeo y Santiago, se pone entre los dos y se sienta, teniéndolos abrazados para consolarlos.

Los demás hablan bajo para no turbar su dolor.

58 AUTÉNTICOS ADORADORES


58 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina al lado de Jonathán siguiendo un terraplén verde, boscoso y sombreado. Detrás van los apóstoles hablando entre sí.

Pedro separándose de ellos, se adelanta, y franco como siempre, pregunta a Jonathán:

–      ¿Pero no era más rápido el camino que va a Cesárea de Filipo?

Hemos venido por éste y… ¿Cuándo vamos a llegar? ¡Tú con la patrona has ido por aquél!

–      Con una enferma, me he atrevido a todo.

Date cuenta de que yo soy de un cortesano de Antipas y Filipo, después de aquel sucio incesto no ve muy bien a los cortesanos de Herodes…

Mira, no es por mí por quien temo. Lo que no quiero es crearos dificultades ni enemigos, y menos aún al Maestro.

La Tetrarquía de Filipo tiene necesidad de la Palabra, como la tiene la de Antipas; si os odian, ¿Cómo podéis…? Al regreso, si lo veis conveniente, vais por ese camino.

Jesús dice:

–     Alabo tu prudencia, Jonathán. Pero al regreso tengo intención de pasar hacia las tierras fenicias.

–     Están envueltas en las tinieblas del error.

–     Tocaré frontera, para recordarles que hay una Luz.  

Pedro pregunta:

–     ¿Crees que Filipo se desquitaría en un siervo del perjuicio que le ha causado su hermano?

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» Marcos 6

–     Sí, Pedro. Son iguales.

Dominados por todos los más bajos instintos, no hacen distinción. Parecen animales y no hombres, créelo.

–     Y sin embargo, teniendo en cuenta que Juan, hablando en nombre de Dios, ha hablado también en su nombre y favor, debería estimarlo a Él, que es pariente de Juan.

–     No os preguntaría ni siquiera de donde venís, ni quiénes sois, viéndoos conmigo si me reconociera.

O si algún enemigo de la casa de Antipas me señalara como siervo de su Procurador, seríais encarcelados inmediatamente.

¡Si supierais cuánto fango hay tras las vestiduras de púrpura! Venganzas, atropellos, delaciones, lujurias y hurtos son la pasta de su alma. ¿Alma?… ¡bien!, llamémosla así.

Yo creo que ya no tienen alma. Vosotros mismos podéis verlo: para bien, pero… ¿Por qué ha recobrado Juan la libertad?

Por una venganza entre dos oficiales de la Corte.

Uno, para deshacerse de otro tan favorecido por Antipas, que tenía a Juan en custodia; por una suma abrió de noche el calabozo… Yo creo que atontó a su rival con un vino drogado.

Y a la mañana siguiente… el desdichado pagó con su cabeza la evasión del Bautista. Te digo que es un asco.

–     ¿Y tu patrón está de acuerdo? Me parece bueno.

–     Lo es. Pero no puede actuar de otro modo.

Su padre y el padre de su padre fueron de la Corte de Herodes el Grande. El hijo lo ha tenido que ser por fuerza.

No lo aprueba, pero no puede más que limitarse a mantener a su mujer lejos de esa corte de vicios.

–     ¿Y no podría decir “me das asco” y marcharse?

–     Podría, pero, a pesar de que sea muy bueno, todavía no es capaz de tanto.

Eso significaría casi ciertamente la muerte. Y ¿Quién quiere morir por honestidad de espíritu llevada a su punto más alto? Un santo como el Bautista. Pero nosotros… ¡Pobrecillos!

Jesús, que los ha dejado hablar entre sí, interviene:

–      Dentro de no mucho, en todo lugar de la tierra conocida, el número de los santos contentos de morir por esta honestidad hacia la Gracia y por amor a Dios, será denso como flores en un prado abrileño.

Pedro dice:

–     ¿Sí? Me gustaría saludar a estos santos y decirles: “¡Rogad por el pobre Simón de Jonás!”.

Jesús lo mira fijo y sonriente.

–     ¿Por qué me miras así?

–      Porque tú, prestándoles auxilio, los verás… y los verás cuando te lo presten a ti.

–     ¿En qué, Señor?

–      Para ser la Piedra consagrada por el Sacrificio, sobre la que se celebre y edifique mi Testimonio.

–      No te entiendo.

–      Entenderás.

Los otros discípulos, que se habían acercado y que han escuchado, cuchichean entre sí.

Jesús se vuelve:

–      En verdad os digo que todos seréis probados con uno u otro suplicio:

por ahora, el de la renuncia a las comodidades, a los afectos, a las cosas útiles; luego irá siendo una cosa cada vez más vasta, hasta llegar a aquella, excelsa, que os ciña con una diadema inmortal.

Sed fieles. Todos vosotros lo seréis. Y obtendréis esto.

–     ¿Nos matarán los judíos, el Sanedrín acaso, por nuestro amor a Tí?

–     Jerusalén lava los umbrales de su Templo con la sangre de sus Profetas y sus Santos.

Y también el mundo espera ser lavado… Abundan los templos de dioses horrendos.

En un futuro serán templos del Dios verdadero y la lepra del paganismo quedará purificada con el agua lustral de la sangre de los mártires. 

Se escuchan las exclamaciones de los discípulos:

–     ¡Oh!

–     ¡Dios Altísimo!

–     ¡Señor!

–     ¡Maestro! 

–     ¡Yo no soy digno de tanto!  

Pedro se arroja a los pies de Jesús diciendo:

–     ¡Soy débil! ¡Le temo al dolor! ¡Oh! ¡Señor!…

Despide a tu inútil siervo o dame fuerza. No querría menoscabar tu imagen Maestro, con mi ruindad. 

Es una genuina súplica, brotada del corazón lleno de integridad del apóstol pescador.

Jesús le dice:

–     Levántate, mi Pedro. No temas. Todavía mucho has de caminar…

Llegará la hora en que no quieras sino cumplir el último esfuerzo. Y entonces tendrás todo, del Cielo y de ti mismo. Yo te estaré mirando admirado.

–     Tú lo dices… y yo lo creo. ¡Pero soy una miseria de hombre!

Se ponen de nuevo a caminar y avanzan hasta dejar la llanura, para luego encumbrarse hasta la parte alta de un monte boscoso y progresivamente elevado. 

Y al alba del día siguiente, con una hermosa aurora naciente que enciende y destellan en todas las plantas bañadas de rocío, pequeños diamantes líquidos.

Bosques y más bosques de coníferas han quedado abajo, pero sigue habiendo bosques de cedros arriba e imperan dominadores desde lo alto.

Bosques que como verdes catedrales, acogen entre sus arboledas a los peregrinos incansables.

Los cedros de Líbano cubren una cadena montañosa, que se yergue en un nudo alto y enredado de crestas y barrancos, de valles y mesetas.

A lo largo de las cuales discurren, para luego precipitarse abajo en torrentes que parecen cintas de plata ligeramente verde-azul.

Aves de todo tipo llenan de cantos y vuelos los bosques de coníferas, que son como un oleaje perfumado de resinas en esta hora matutina.

Volviendo la mirada hacia abajo, se  contempla a lo lejos el mar grande, imponente y majestuoso con toda la costa que se extiende hacia el Norte y hacia el Sur,

con sus ciudades, sus puertos y los numerosos torrentes que descienden por las laderas, juntando sus cursos de rumorosas aguas, hasta sus desembocaduras en el océano; 

donde sus estuarios bosquejan el dibujo de una coma resplandeciente sobre la tierra árida, con sus aguas disminuídas por el ardiente sol del verano en el azul del mar.

Pedro observa:

–      Son hermosos estos lugares.

Simón dice:

–      Y no hace tampoco mucho calor.

Mateo añade:

–      Con estos árboles, el sol molesta poco…

Juan pregunta:

–      ¿Han tomado de aquí los cedros del Templo?

Jonathán contesta:

–       De aquí. Son éstos los bosques que dan las maderas más bellas.

El patrón de Daniel y Benjamín tiene muchísimos, además de tener ricos rebaños. Sierran los árboles en el propio lugar y luego los transportan hacia abajo por aquellas acanaladuras o a fuerza de brazos.

Trabajo difícil cuando los troncos deben ser usados enteros, como fue el caso del Templo. No obstante, paga bien y hay muchos a su servicio

Además es bastante bueno. No es como el feroz Doras. 

José exclama:

–     ¡Pobre Jonás!

Pedro agrega:

–     ¿Pero cómo es posible que los que están a su servicio sean casi esclavos?

Cuando le dije: “Déjale plantado y ven con nosotros, que Simón de Jonás podrá ofrecerte en el peor de los casos un pan”, me respondió: “No puedo si no pago mi rescate”. ¿Qué historia es ésta? 

Jonathán explica:

–      Doras y no sólo él en Israel, habitualmente hace esto:

cuando ve que uno que está a su servicio es bueno, lo conduce con aguda astucia a la esclavitud.

Le carga en cuenta falsas sumas que el pobre hombre no puede pagar; cuando la suma es suficiente, dice: “Tú eres esclavo mío por deudas”. 

Simón:

–     ¡Qué vergüenza!   

Bartolomé:

–     ¡Y además es fariseo!

Jonathán:

–     Sí. Jonás mientras tuvo ahorros pudo pagar… luego…

Un año el granizo, otro la sequía, el trigo y la uva dieron poco. Doras multiplica el daño por diez… y otra vez por diez. Posteriormente Jonás cayó enfermo debido al excesivo trabajo.

Doras le prestó la suma necesaria, pero quiso el doce por uno. Como Jonás no lo tenía, añadió esto al resto.

En pocas palabras: pasados unos años, se había acumulado una deuda que lo convirtió en esclavo y jamás lo dejará marcharse… Siempre encontrará otras disculpas y otras deudas. 

Jonathán calla con tristeza pensando en su amigo.  

Simón pregunta:

–     ¿Y tu patrón no podía…?

–     ¿Qué? ¿Hacer que lo trataran como a un ser humano?

¿Pero quién se enfrenta a los fariseos? Doras es uno de los más poderosos: creo que incluso es pariente del Sumo Sacerdote… Al menos eso se dice.

Una vez, cuando le dieron de palos a Jonás hasta desmayarlo y yo lo supe, lloré tanto, que Cusa me dijo: “Pago yo su rescate por hacerte feliz”.

Pero Doras se le rió delante de su cara y no aceptó nada. ¡Ése!… tiene los campos más ricos de Israel… pero, te lo juro, han sido abonados con la sangre y las lágrimas de sus siervos.

Jesús mira a Simón Zelote y éste mira a Jesús. Ambos están apenados.

–     ¿Y este de Daniel es bueno?

–     Al menos, humano. Quiere, pero no oprime.

Y dado que los pastores son honestos, los trata con amor; son los que mandan en los pastos. A mí me conoce y me respeta porque soy un doméstico de Cusa y… podría serle útil…

Pero, Señor, ¿Por qué el hombre es tan egoísta? 

Jesús responde:

–     Porque el amor fue estrangulado en el Paraíso Terrenal. Yo vengo, no obstante, a aflojar el lazo y a dar nueva vida al amor. 

Después de recorrer el último bosque, en una curva del camino,

Jonathán dice:

–     Hemos llegado a la propiedad de Eliseo. Los pastos están aún lejanos, pero a esta hora las ovejas casi siempre están en los apriscos, por el sol. Voy a ver si están.

Y Jonatán se marcha casi corriendo.

Vuelve después de un rato con dos pastores entrecanos y robustos, los cuales realmente se precipitan abajo por la pendiente, para ir a donde Jesús.

Y cuando llegan se postran adorándolo.

Jesús los saluda:

–     La paz a vosotros.

Y ellos responden:

–    ¡Oh! ¡Nuestro Niño de Belén!

–     Bendita seas, Paz de Dios, que has venido a nosotros. 

Los dos hombres están prosternados sobre la hierba. El saludo a un altar no es tan profundo como éste dedicado al Maestro.  

Jesús dice:

–     Levantaos. Os devuelvo la bendición.

Y me alegra hacerlo porque la bendición desciende con gozo sobre quien es digno de ella.

–     ¡Oh, dignos nosotros!…

–     Sí, vosotros, que habéis sido siempre fieles.

–     ¿Quién no lo habría sido? ¿Quién puede borrar aquella hora?

¿Quién puede decir: “No es verdad lo que vimos”? ¿Quién puede olvidar que Tú nos sonreíste durante meses, cuando volviendo entre las ovejas al atardecer, te llamábamos? ¿Y Tú, al son de nuestros flautines batías las manitas?…

¿Lo recuerdas, Daniel?

Daniel agrega:

–    Casi siempre vestido de blanco en los brazos de su Madre; te nos mostrabas entre rayos de sol en el prado de Ana.

O asomados a la ventana, parecías una flor depositada sobre la nieve del vestido materno. 

Jonathán añade:

–     Y aquella vez que viniste, dando los primeros pasos, a acariciar un corderito menos rizado que Tú…

¡Qué feliz se te veía! Y nosotros no sabíamos qué hacer de nuestras rudas personas.

Habríamos deseado ser ángeles para no parecerte tan burdos…  

Jesús dice emocionado:

–     ¡Amigos míos!, Yo veía vuestro corazón y eso veo también ahora.

Benjamín:

–     ¡Y nos sonríes como entonces!

Daniel:

–     ¡Y has venido hasta aquí, donde los pobres pastores!

–     Donde mis amigos. Ahora estoy contento.

Os he vuelto a encontrar a todos y ya no os perderé. ¿Podéis dar hospedaje al Hijo del hombre y a sus amigos?

–     ¡Señor! ¿Tú lo pides?

No nos falta ni pan ni leche, pero si tuviéramos sólo un bocado te lo daríamos con tal de tenerte con nosotros. ¿Verdad, Benjamín?

–     ¡Hasta el corazón te daríamos por alimento, nuestro anhelado Señor!

–     Vamos, entonces. Hablaremos de Dios…

–     Y de tus parientes, Señor.

¡José, tan bueno! ¡María…, oh, la Madre! Fijaos, mirad este narciso bañado de rocío, hermoso y puro con su corola como una estrella adiamantada.

Ella, sin embargo… ¡Oh, esto no está lleno de fealdad en comparación con la Madre! Una sonrisa suya era purificación.

Encontrarla, una fiesta; oírla, santificarse. ¿Te acuerdas de aquellas palabras también tú, Benjamín?

–     Sí. Te las puedo repetir, Señor.

Porque cuanto Ella nos dijo en los meses en que pudimos oírla está escrito aquí (y se señala el pecho). Es la página de nuestra sabiduría.

Nosotros podemos comprenderla porque es palabra de amor y el amor lo entienden todos. Ven, Señor, entra y bendice esta morada feliz.

Entran en una estancia cercana al vasto redil y todo termina.

57 EN EL UMBRAL DE LA MUERTE


57 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y al día siguiente… El amplio taller de carpintería ha sido convertido en dormitorio. Con lechos bajos que han sido colocados junto a las paredes.

Y los discípulos están cenando en el gran banco que sirve de mesa.

Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.

Judas de Keriot, pregunta:

–    ¿Vas de veras al Líbano?

Jesús responde con firmeza:

–    No prometo nunca, si no voy a cumplir.

Y en este caso lo he prometido dos veces: a los pastores y a la nodriza de Juana de Cusa.

He esperado los cinco días que le había dicho y he añadido aún hoy por prudencia. Pero ahora parto. 

Será un largo camino, aunque usemos la barca hasta Betsaida. No obstante, será para mi corazón motivo de gozo saludar también a Benjamín y a Daniel.

Ya ves qué almas tienen los pastores. ¡Oh!, merece la pena ir a honrarlos; efectivamente, ni siquiera Dios mengua honrando a un siervo suyo, antes bien acrecienta su justicia.

Apenas salga la luna, partiremos. El camino será largo; aun cuando usemos la barca hasta Betsaida. 

–    ¡Con este calor!

¡Apenas comienza el verano!  ¡Mira lo que haces! Lo digo por Ti.

–    Las noches están menos sofocantes.

El sol estará un poco más en León y las tormentas hacen menos abrasador el calor.  Además, os lo repito: no obligo a nadie a venir.

Todo es espontáneo en mí y en torno a mí. Si tenéis otras ocupaciones o si os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después.

–       Eso, Tú lo has dicho.

Yo tendría que ocuparme de asuntos de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me había rogado que viera a algunos amigos… Ya sabes que yo soy el hombre de mi casa y cabeza de la familia.

Pedro rezonga:

–       Menos mal que se acuerda de que la madre es siempre la primera después del padre.

Sea que Judas no oiga o no quiera oír, no da señales de comprender lo que ha dicho Pedro.

A quién por otra parte, Jesús refrena con una mirada. Mientras que Santiago de Zebedeo, sentado junto a Pedro, le jala el vestido para hacerlo callar.

Jesús dice:

–    Ve pues, Judas. Comprendo que debes ir. No hay que faltar a la obediencia a la madre.

–    Me voy al punto, si me lo permites. Llegaré a Naím a tiempo para encontrar hospedaje. Adiós, Maestro. Adiós, amigos.

Jesús le dice:

–    Sé amigo de la paz y merece tener a Dios siempre contigo. ¡Adiós!

Todos le saludan con un gesto simultáneo.

No hay ninguna aflicción al verlo partir. Al contrario…

Pedro, para que no se arrepienta, le ayuda a apretar las cintas de su alforja y a ponérsela. Lo acompaña hasta la puerta del huerto y se queda en el umbral para verlo partir.

Y cuando ve que se ha alejado hace un gesto de alegría y de irónico saludo. Y regresa restregándose las manos. No dice nada. Pero ya lo ha dicho todo.

Los que lo vieron, ríen para sus adentros.

Pero Jesús no lo advierte, porque está mirando fijamente  a su primo Santiago, que se ha ruborizado y entristecido, dejando de comer sus aceitunas.

Le pregunta:

–   ¿Qué te pasa?

Santiago de Alfeo contesta:

–    Has dicho: “No se debe desobedecer a la madre…”. ¿Y nosotros entonces?

–   No tengas escrúpulo. Como línea de conducta así es.

Cuando uno no es más que hombre y más que hijo. Pero cuando está uno cerca de otra naturaleza y de otra paternidad, no. 

Ella es más sublime si se le sigue según órdenes y deseos. Judas llegó primero que tú y que Mateo. Pero está muy atrás todavía. 

Es necesario que se forme. Y lo hará muy despacio. Tened caridad con él. ¡Tenla, Pedro! 

Pedro responde:

–    ¡Oh, Maestro! ¡Me es tan difícil con él…!

–    Lo comprendo, pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas difíciles es una virtud. ¡Úsala!

–    Sí, Maestro… pero, cuando lo veo tan… tan…

Bien, cállate, Pedro, total… Tú comprendes. Tengo la impresión de ser una vela que está demasiado tirante por el viento… Crujo, me hace crujir este esfuerzo, y se me rompe siempre algo…

Ahora bien, Tú sabes, bueno… no sabes, porque como barquero no vales nada… Por tanto te lo digo yo: si a una vela, por demasiada tensión, se le rompen todas las amarras, te juro que le da un voleo tal al inexperto barquero, que lo atonta…

Bueno, pues yo siento que corro el riesgo de que se me rompan todos los lazos y entonces… Es mejor, sí, que de vez en cuando se vaya él.

Así la vela, faltándole el viento, se calma, y a mí me da tiempo de reforzar las amarras.

Jesús sonríe y mueve la cabeza, compadeciendo al justo y sanguíneo Pedro.

Un estrépito de cascos herrados y un vocerío de chicos llega de fuera.

–      ¡Aquí es! ¡Aquí es! ¡Para, hombre!

De pronto en el umbral de la calle, se asoma el cuerpo negro y sudoroso de un caballo; del que se apea un jinete que se precipita como un bólido y se postra a los pies de Jesús. Los besa con adoración.

Todos lo miran asombrados.

Jesús pregunta:

–           ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

El hombre contesta:

–           Soy Jonathán.

Responde un grito de José, que, por estar sentado detrás del alto banco y por lo fulminante de la llegada, no ha podido reconocer al amigo.

El pastor corre hasta el hombre postrado:

–    ¡Tú! ¡Si eres tú!…

–    Sí. Adoro a mi Señor amado.

Treinta años de esperanza ¡Oh, larga espera! que florecen ahora como flor solitaria de agave; y florecen en un instante, en un éxtasis feliz.

Tanto más feliz aún que aquél, lejano. ¡Oh, mi Salvador!

Mujeres, niños y algún hombre, entre los cuales el buen Alfeo de Sara, que tiene todavía un pedazo de pan y queso en la mano, se arremolinan en la entrada y hasta dentro de la espaciosa estancia.

Jesús dice:

–    Levántate Jonathán. Estaba a punto de ir a buscarte. También a Benjamín y a Daniel.

–    Lo sé.

–    Levántate para darte el beso que he dado a tus compañeros.

Jesús se inclina y lo levanta para besarlo. 

Jonathán está muy conmovido:

–     Lo sé. –repite el  viajero robusto; bien parecido y lujosamente vestido- Lo sé.

Con gran emoción continúa:  

Ella tenía razón. No era delirio de agonizante. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo te ve el alma y cómo te siente cuando Tú la llamas!

¡Oh, no os burléis de un hombre dichoso, vosotros que escucháis! ¡Dichoso y angustiado hasta obtener tu “Voy”! Ya sabes que estaba de viaje con la patrona moribunda.

¡Qué viaje! De Tiberíades a Betsaida fue bueno; pero luego, dejada la barca y tomado un carro, a pesar de haberlo acondicionado lo mejor que podía, fue una tortura. Se viajaba despacio y de noche, pero ella sufría.

En Cesárea de Filipo estuvo a punto de morir por los vómitos de sangre. Nos detuvimos…

A la tercera mañana, hace siete días, me manda llamar. De lo blanca y agotada que estaba, parecía ya muerta. Pero cuando la llamé abrió sus dulces ojos de gacela agonizante y me sonrió.

Me indicó con la manita helada que me inclinase, porque tiene sólo un hilo de voz y me dijo: “Jonatán, llévame a casa; pero inmediatamente”. ¡OBEDECE!

Era tan grande el esfuerzo de su orden, ella que es siempre más dulce que una buena niña, que se le colorearon las mejillas y durante un momento, recobraron el fulgor sus ojos. Continuó diciéndome:

“He soñado con mi casa de Tiberíades. Dentro estaba Uno con rostro de estrella, alto, rubio, con ojos de cielo y una voz más dulce que sonido de arpa. Me decía: “Yo soy la Vida. Ven. Vuelve. Te espero para dártela”. “

Jonathán quiero ir” Yo decía: “¡Pero, patrona!… ¡No puedes! ¡Estás mal! Ahora, cuando estés mejor, veremos”.

Lo consideraba delirio de moribundo. Pero ella se echó a llorar y luego…

Es la primera vez que lo ha dicho en estos seis años que la tengo como patrona. Estaba enojada, se sentó; ella, que no tiene fuerzas para nada. Y luego me dijo: “Siervo, lo quiero. Yo soy tu patrona. ¡OBEDECE!”

Y cayó envuelta en sangre. Creí que moría… Y me dije: “Démosle gusto. ¡Muerte por muerte!…

No sentiré el remordimiento de no haberla complacido al final, después de haber querido hacerlo siempre”.

¡Qué viaje! No quería descansar ella, aparte de las horas entre tercia y sexta. Casi he matado a los caballos para abreviar. Hemos llegado a Tiberíades esta mañana a la hora de nona.

Ester me ha referido… Entonces he entendido que eras Tú quien la había llamado, porque coincidían la hora y el día en que Tú prometías un milagro a Ester y te aparecías al espíritu de mi patrona.

Ha querido proseguir de inmediato y a mí me ha mandado adelante… ¡Oh, Salvador mío! Jesús, Salvador y Mesías nuestro, he venido a rogarte que vengas conmigo.

Jesús responde:   

–     Voy enseguida. La Fe merece premio. Quien me desea me tiene. Vamos.

–     Espera. He arrojado mientras venía una bolsa a un joven, diciendo: “Tres, cinco, los asnos que queráis, si no tenéis caballos; rápido a la casa de Jesús”.

Estarán para llegar. Así abreviaremos. Espero encontrarla cerca de Caná. Si al menos…

–     ¿Qué, Jonathán?

–      Si al menos estuviera viva…

–     Viva está. Pero, aunque estuviese muerta, Yo soy Vida. ‘Aquí está mi Madre.

La Virgen se acerca, seguida por María de Alfeo

Y pregunta:

–     Hijo, ¿Te vas?

–     Sí, Madre. Voy con Jonathán. Ha venido. Sabía que podría dártelo a conocer. Por eso he esperado un día más.

Jonathás cruza las manos sobre el pecho y la saluda inclinándose profundamente. Luego se arrodilla y besa la orla de su vestido, diciendo:

–           Te saludo, Madre de mi Señor.

Alfeo de Sara dice a los curiosos:

–     ¿Qué decís a esto? ¿No deberíamos avergonzarnos de ser sólo nosotros quienes no tenemos Fe?

Un estrépito numeroso de cascos se oye en la calle. Son los borricos. Pareciera que son todos los de Nazaret; y son tantos, que bastarían para un escuadrón.

Mientras Jonatán escoge los mejores y contrata, pagando sin escatimar y toma consigo a dos nazarenos con otros borricos,

por precaución a que algún animal por el camino, pierda las herraduras y para que puedan volver con toda esta rebuznadora recua.

María y la otra María ayudan a cerrar sacos y talegos.

María de Alfeo dice a sus hijos:

–     Dejaré aquí vuestras camas y las acariciaré… Me parecerá estaros acariciando a vosotros.

Sed buenos, dignos de Jesús, hijos… y yo… yo me sentiré feliz…» y mientras dice esto vierte gruesos lagrimones.

María ayuda por su parte a su Jesús y lo acaricia con amor, haciendo mil recomendaciones y encargos para los otros dos pastores libaneses, porque Jesús declara que no volverá hasta encontrarlos.

Se ponen en marcha. Ha caído la tarde y el cuarto creciente de la Luna se alza ahora.

A la cabeza va Jesús con Jonathán; detrás, todos los demás.

Mientras están en la ciudad van al paso, porque la gente se arremolina. Pero en cuanto salen van al trote, en una caravana sonora de cascos y cascabeles.

Jonathán explica:

–     Está en el carro con Ester. ¡Oh, patrona mía! ¡Qué alegría, hacerte feliz!

¡Llevarte a Jesús! ¡Oh, mi Señor! ¡Tenerte aquí, a mi lado! ¡Tenerte!… Tienes justamente el rostro de estrella que ella te ha visto, y eres rubio y con ojos de Cielo. Y tu voz es realmente un sonido de arpa…

¡Oh, pero tu Madre!… ¿La vas a llevar a la patrona un día?

–     Irá la patrona a Ella. Serán amigas.

–     ¿Sí?… Sí, puede serlo. Juana está casada y ha sido madre, pero tiene un alma pura como una virgen. Puede estar junto a María bendita.  

Entonces Jesús vuelve su rostro al escuchar una carcajada fresca de Juan, a la que hacen coro los demás…

Pedro explica:

–    Soy yo, Maestro, el que hago reír. En la barca estoy más seguro que un gato. Pero aquí arriba, ¡Parezco un barril de madera suelto en el puente de una nave, con el viento del sudoeste!

Jesús sonríe y lo anima prometiéndole que pronto terminará el trote.

Pedro contesta:

–    ¡Oh! No importa. Si los muchachos se ríen, no hay nada de malo. ¡Vamos! Vamos a hacer feliz a esa buena mujer.

Después de un rato, otra explosión de risas hace que Jesús voltee una vez más.

Pedro exclama:

–    ¡No! Esto no te lo digo, Maestro. Aunque pensándolo bien… ¿Por qué no? Sí que te lo digo…

Decía yo: ‘Nuestro supremo primer ministro, se roerá las manos cuando sepa que no estuvo cuando tenía que hacerla de pavo real, cerca de la dama’

Todos se ríen.

Y Pedro continúa: 

–     Pero así es. Estoy seguro que si hubiera sabido, no hubiera habido viñedos que cuidar.

Jesús no contradice.

Se recorre rápido el camino sobre estos borriquillos bien nutridos. Con el claro de luna dejan atrás Caná.

Jonathán dice:

–     Si me permites, te precedo. Paro el carro. Los movimientos bruscos la hacen sufrir mucho.

–     Ve, sí.

Jonatán pone el caballo al galope.

Siguen y siguen bajo la luz blanca de la Luna.

Luego aparece la forma oscura de un voluminoso carro cubierto, parado en el borde del camino.

El asno en que va Jesús, instigado por Él, alcanza un pequeño galope sesgado.

Jesús llega al carro. Se apea.

Jonathán anuncia:

–     ¡El Mesías!

La anciana nodriza se arroja del carro al camino, del camino al polvo.

Y suplica:

–     ¡Oh, sálvala! Se está muriendo.

–     Aquí estoy.

Y Jesús sube al carro, donde hay extendido, un considerable número de almohadones y sobre ellos un cuerpo macilento.

Hay un farolito en un ángulo y copas y ánforas. Y una joven criada llorando, está secando el sudor helado de la agonizante.

Jonatán acude con uno de los faroles del carro.

Jesús se inclina hacia la mujer decaída, verdaderamente moribunda.

No hay diferencia entre el candor del vestido de lino y la palidez, incluso ligeramente azulada, de las manos y del rostro esqueléticos.

Sólo las pobladas cejas y las largas pestañas negrísimas proporcionan un color a ese rostro de nieve.

Ni siquiera tiene ya ese rojo infausto de los tísicos en los pómulos descarnados. Los labios, semiabiertos por el respiro dificultoso, son apenas una sombra de un rosa violáceo.

Jesús se arrodilla a su lado y la observa. La nodriza le toma una mano y la llama, pero el alma, ya en los umbrales de la muerte, no oye nada.

Habiendo llegado los discípulos y los dos jóvenes de Nazaret, se agolpan en torno al carro.

Jesús pone una mano sobre la frente de la moribunda, la cual un momento abre los ojos nublados y vagos para volver a cerrarlos luego.

Esther gime:

–     Ya no oye nada – Y llora con más fuerza.

Jesús hace un gesto:

–     Madre, oirá. Ten fe.

Y luego llama:

–     ¡Juana! ¡Juana! ¡Soy Yo! Soy Yo quien te llama. Soy la Vida. Mírame. Juana.

La moribunda abre con una mirada más viva sus grandes ojos negros y mira al rostro que hacia ella se ha inclinado.

Manifiesta un movimiento de alegría y una sonrisa.

Mueve despacio los labios: una palabra que no llega a adquirir sonido.  

Y jesús la interpela:

–     Sí, Yo soy. Has venido y Yo he venido, a salvarte. ¿Puedes creer en mí?

La moribunda asiente con la cabeza.

Toda la vitalidad está concentrada en la mirada así como también toda la palabra, no pudiendo expresarla de otra manera.

–     Pues bien…

Jesús, aunque permanezca de rodillas y con la izquierda sobre la frente de ella, se endereza y toma el aspecto de milagro.

Y dice con autoridad:

–     Pues bien, Yo lo quiero, queda curada, levántate.

Quita la mano y se pone en pie.

Una fracción de minuto y Juana de Cusa, sin ningún tipo de ayuda, se sienta, emite un grito…

Y se arroja a los pies de Jesús gritando con voz fuerte y dichosa:

–     ¡Oh, amarte, toda mi Vida! ¡Para siempre! ¡Tuya! ¡Para siempre tuya!

¡Nodriza! ¡Jonatán! ¡Estoy curada! ¡Rápido! ¡Corred a decírselo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor!

¡Oh, bendíceme, sigue haciéndolo, sigue, sigue! ¡Oh, mi Salvador!

Llora y ríe besando los indumentos y las manos de Jesús.

–     Te bendigo, sí. ¿Qué más quieres que te haga?

–     Nada, Señor. Sólo quererme y dejar que yo te quiera.

–     ¿Y no querrías un niño?

–     ¡Oh, un niño!…

En tus manos lo dejo, Señor. Yo te abandono todo: mi pasado, mi presente, mi futuro. Te debo todo, todo te doy. Da Tú a tu sierva lo que consideres mejor.

–     Entonces, la vida eterna. Sé feliz. Dios te ama. Yo me marcho. Te bendigo y os bendigo.

–     No, Señor. Quédate un tiempo en mi casa, que ahora es realmente rosal florido. Permíteme que vuelva a ella contigo…

¡Dichosa de mí! –     Voy. Pero tengo a mis discípulos.

–     Mis hermanos, Señor. Juana tendrá, tanto para ellos como para Tí, comida, bebida y todo tipo de refrigerio.¡Concédemelo. 

–     Vamos. Que se regresen los burros, seguidnos a pie.

El camino ya es poco. Iremos lentamente para que podáis seguirnos. Adiós, Ismael y Aser. Despedidme una vez más de mi Madre y de mis amigos.

Los dos nazarenos, estupefactos, parten con sus rebuznadores asnos, mientras el carro emprende el retorno con su carga de alegría, ahora.

Detrás van los discípulos en grupo comentando el hecho.

P PURIFICACION DE FUEGO


Septiembre 06_2020

Habla Dios Padre

El fuego consumirá todo aquello que no servirá para el Nuevo Mundo

Hijitos Míos, en las Sagradas Escrituras se os profetiza que el Día del Señor vendrá como el rayo, como el día del Diluvio,

que a pesar de que Noé avisó por tanto tiempo, de que vendría el Diluvio; muy pocos salvo su familia, fueron los que entendieron.

Burlas por todos lados, ataques, hasta que llegó el momento.

Se os viene avisando desde hace muchos, muchos años sobre los acontecimientos próximos a suceder.

¿Cuántos han entendido?, ¿Cuántos, realmente, han tomado Mi Palabra como cierta y han cambiado de vida?

Entended, Mis pequeños, que estáis obrando mal, que vivís en la  maldad, que le habéis abierto vuestro corazón a Satanás y os he venido previniendo de una muerte total, de una Muerte Eterna,

Y NO QUERÉIS ENTENDER. 

Mi Hijo se dio para abriros las Puertas del Cielo, que estaban cerradas por el Pecado,

¡Dichosos debierais estar por esto, Mis pequeños!, ¡Tanto tiempo con las Puertas cerradas!

Viene Mi Hijo con una Evangelización de Amor, con una Evangelización de Salvación, os trajo Luz, os trajo Vida y vosotros, ¿Qué habéis hecho? prácticamente nada.

No agradecisteis, pocos son los que lo han hecho y la gran mayoría de vosotros, persistís en la maldad, persistís en el desorden espiritual a donde os ha llevado Satanás.

Vivís en el mal, os ha llevado a sufrir y le seguís; en cambio, no seguís a Mi Hijo que os vino a traer la Paz, el Amor, el Orden; preferís la mentira, preferís el error, preferís el dolor.

¿En dónde están vuestros valores? Seguís al que os hace daño y hacéis a un lado Al que os vino a salvar. 

En el INFIERNO, EL REINO DEL ODIO están peor, los demonios desquitan su ODIO, SE SUFRE EL CALVARIO DE JESUS CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

NO FUISTEIS CREADOS PARA QUE OS CONDENARAIS,

FUISTEIS CREADOS PARA VIVIR EN MI REINO, QUE ES VUESTRO HOGAR.

Qué tristeza Me dais la gran mayoría de vosotros. Os di lo mejor de Mí, que es Mi Hijo Jesucristo y Lo habéis despreciado,

habéis despreciado Sus Enseñanzas, Su Amor, Sus Milagros, Su Donación y persistís en seguir a aquél que os daña, que os lleva a la condenación eterna, al sufrimiento eterno, Mis pequeños.

¿En dónde tenéis la cabeza? ¿En dónde tenéis el corazón? Me dais pena, Mis pequeños, Me hacéis sufrir a Mí también.

Con la Donación de Mi Hijo, os di la Gracia tan grande, de ser también hijos Míos y, ni así entendéis.

¿NO OS DAIS CUENTA DE LA DIGNIDAD

A LA QUE FUISTEIS ELEVADOS EN EL MOMENTO DE LA CRUZ,

CUANDO MI HIJO, LE PIDIÓ A MI HIJA, LA SIEMPRE VIRGEN MARÍA,

QUE CUIDARA DE VOSOTROS?

Y no tomáis en cuenta todos estos momentos Santos, todos estos momentos Divinos, en los que todos vosotros, fuisteis incluidos

y con ello, obtener una dignidad altísima, de hermanos de Mi Hijo, hijos Míos, ¿Y despreciáis todo esto?

Os sigo insistiendo Mis pequeños, cambiad, os he dicho que el tiempo ya es muy breve, no pasarán los días de este año, os he hablado de semanas, 

en donde os daréis cuenta, la gran mayoría de los seres humanos que habitan este Mundo,  que errasteis al tomar el camino del Mal, al seguir a Satanás; pero tarde será cuando os deis cuenta de vuestro error.

Os quise tener Conmigo, pero preferisteis seguir a Satanás, fue vuestro libre albedrío y no Me echéis la culpa a Mí, vuestro Dios, de vuestra mala decisión.

Fue vuestra libre decisión y tendréis que padecer por ello.

Los que todavía tengáis un poco de razón, de Sabiduría, entended Mis Palabras, entended Mi Amor y cambiad, Mis pequeños,

OS ESTÁIS JUGANDO LA ETERNIDAD, PERO SOIS LIBRES

Y YO, RESPETARÉ VUESTRA DECISIÓN.

Hijitos Míos, vosotros no tenéis idea del mal con que os puede atacar Satanás.

Ya os he explicado, alguna vez, que si Satanás os quiere atacar, él tiene que venir a Mí y pedirMe permiso para atacaros…

Dios utiliza las Maldades de Satanás para entrenarnos y hacernos crecer espiritualmente…

Y Yo, conociéndoos a cada uno de vosotros, ciertamente le doy permiso, porque él también tiene libertad; pero lo limito. 

Os conozco y sé hasta dónde podéis soportar su ataque y que este ataque produzca un Bien en vosotros.

Ved cómo os cuido, Mis pequeños, en cada momento.

Si tenéis una espiritualidad alta, ciertamente le voy a permitir que os ataque un poco más fuerte, que a aquél que tiene una espiritualidad baja,

que podría ser destruido fácilmente por Satanás, a diferencia de aquél que tiene esa espiritualidad alta.

Como os dije, Yo, vuestro Dios, os cuido en todo momento y de todo ataque de Satanás, siempre vais a salir con algo positivo, para poder vencer a Satanás en sus subsecuentes ataques.

Cuando estáis Conmigo, vosotros podéis sobrellevar ésos ataques. Satanás es muy poderoso, ya os lo he explicado, Yo lo puedo detener, porque Yo lo creé y Soy Infinitamente más poderoso que él,

Pero vosotros necesitáis de Mi ayuda para poder vencerle; lo malo es que la gran mayoría de vosotros, no tenéis un crecimiento espiritual favorable, con el cual lo podáis vencer fácilmente.

Y por eso, está causando tanto mal alrededor del Mundo, porque no os podéis defender de él, porque sois débiles en lo espiritual.

Él se las ha ingeniado para ir haciendo que vuestra espiritualidad decaiga y esto a través de los años, ha hecho que mengüe vuestra fuerza y no tengáis gran defensa contra él,

POR ESO, MUCHAS ALMAS SEGUIRÁN CAYENDO AL INFIERNO,

COMO HOJAS QUE CAEN EN EL OTOÑO

Y ESO ME CAUSA MUCHO DOLOR Y TRISTEZA

PORQUE PARECE QUE A VOSOTROS NO OS IMPORTA

Las almas caen al Infierno, como las hojas en el otoño…

PASAR UNA ETERNIDAD DE DOLOR

Ya os he dicho que, prácticamente, nadie, de todos vosotros, os habéis puesto a meditar esta frase, “que sufriréis eternamente en el Infierno”,

porque no supisteis ser verdaderos hijos Míos y en realidad, es que poco os importó hacerlo.

Mucho os he insistido en la Oración, en el Sacrificio, en el Ayuno, en la Penitencia, para que os podáis defender fuertemente contra los ataques de Satanás. 

Os he dado todo lo necesario para que pudierais salir victoriosos de sus ataques, pero no lo habéis hecho, no os habéis preparado.

Se os ha pedido mucha oración en estos tiempos por dos razones muy importantes:

Primeramente, para la salvación de aquellos que no están preparados para bien morir.

Estamos en Guerra Espiritual y el campo de batalla del Enemigo es nuestra mente

Pero la segunda razón es que son los Últimos Tiempos de Satanás

Y SUS ATAQUES SERÁN MUCHO MÁS FUERTES

QUE LO QUE HABÉIS SUFRIDO ANTERIORMENTE,

POR ESO NECESITARÉIS UNA ARMADURA ESPIRITUAL MUY FUERTE,

MUY RESISTENTE CONTRA LAS FUERZAS DE SATANÁS

Estos son tiempos de una gran lucha espiritual, y por eso os decía que una gran mayoría de personas en la humanidad no están preparadas para resistir las potencias malignas de Satanás.

Si aún aquellos escogidos sufren y vosotros lo sentís, lo sabéis los que estáis conMigo; ahora imaginad a aquellos que no toman en cuenta la Oración, la Penitencia y los Sacrificios;

ellos mismos dicen que no están de acuerdo con ello, que no son tiempos ya de sufrir de esa forma, que esos son actos de tiempos pasados

Y NO ES ASÍ, MIS PEQUEÑOS,

POR ESO EL SUFRIMIENTO PARA AQUELLAS ALMAS QUE NO ESTÁN PREPARADAS,

SERÁ MUY FUERTE.

ORAD POR ELLOS, MIS PEQUEÑOS,

ORAD POR ELLOS Y DADLES VOSOTROS LA FUERZA ESPIRITUAL QUE ELLOS NO TIENEN. 

DEJAD QUE MI SANTO ESPÍRITU OS GUÍE EN LA ORACIÓN,

¡ESTÁIS INDEFENSOS CONTRA EL ENEMIGO!

OS DÉ TODAS AQUELLAS PAUTAS EN LAS CUALES VOSOTROS

PODRÉIS AYUDAR A VUESTROS HERMANOS.

Dejad que Mi Santo Espíritu trabaje en vosotros para el bien de vuestros hermanos y para el bien vuestro. 

Es mucha la fuerza espiritual que vosotros adquirís estando conMigo y la podéis vosotros compartir con vuestros hermanos.

No se imaginan estos hermanos vuestros que no están preparados a lo que se van a enfrentar.

Vosotros mismos sabéis lo que son las fuerzas de Satanás, porque habéis sido preparados para ello; pero estos hermanos vuestros tendrán un enfrentamiento muy difícil y doloroso.

Ayudadles pues, Mis pequeños, con vuestra fuerza de Oración que os dará Mi Santo Espíritu.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo.

Os he pedido mucho que os dejéis mover por Él, que no elucubréis y que os dejéis mover a donde os quiera llevar Mi Santo Espíritu.

Haced lo que Él os indique.

 En el Antiguo Testamento, cuando le pido a Moisés salvar al pueblo judío de Egipto, le voy dando Enseñanzas a este pueblo, que se había olvidado de Mí,

que muchos de ellos habían aceptado a los ídolos de la gente de Egipto, pero en Mi Promesa estaba cuidar de ellos.

Los saqué con Mi Mano Poderosa, con Mi Amor grande sobre ellos, pero ellos también dudaban de todo lo que pasaba y lo que fuera a pasar.

No entendían totalmente lo que estaba sucediendo y dudaban muchos de ellos, de Moisés.

Y de lo que sucedería con ellos en el desierto.

Pero aun así Mi Mano Poderosa los guiaba y Milagros portentosos vieron.

Yo los cuidaba, los alimentaba, como cuido de todas Mis creaturas,

pero éste era un pueblo infiel, un pueblo de cabeza dura, un pueblo difícil porque su Fe dejaba mucho que desear.

A PESAR DE LOS MILAGROS TAN PORTENTOSOS,

DUDABAN, Y SE REBELARON,

ME GRITABAN QUE YA ESTABAN HARTOS DEL MANÁ

Y QUE QUERÍAN CARNE,

Y LES MANDÉ LAS CODORNICES

 Yo los consentía pero también los iba reeducando para que tuvieran nuevamente una Fe plena en Mí,

una confianza absoluta en Mí, su Dios y ahora Yo vuestro Dios.

A lo que voy con esto es una Enseñanza, Mis pequeños.

Cuando Yo les decía que tomaran el maná y las codornices que pudieran comer en ese día, pero que si guardaban algo más se echaría a perder, así sucedía.

¿Qué os quiero decir con todo esto, Mis pequeños?

QUE YO, VUESTRO DIOS Y CREADOR,

Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?

QUE ASÍ COMO CUIDO A LAS PLANTAS, A LOS ANIMALITOS,

A LA NATURALEZA CREADA EN GENERAL,

PARA QUE TODO CAMINE SEGÚN MIS DESIGNIOS,

TAMBIÉN EL HOMBRE TIENE QUE APRENDER

A CONFIAR EN MÍ, VUESTRO DIOS 

Cuando no confiáis, cuando guardáis más allá de lo que necesitáis y que muchos más necesitan, caéis en la avaricia

Y la avaricia viene a ser la falta de confianza y de Fe en Mí.

Cuando Yo os doy algo, aceptadlo en totalidad, no pidáis más; os conozco y conozco vuestras necesidades.  Si pedís más, lo guardaréis y no lo usaréis.

Y lo que quiero que aprendáis, Mis pequeños, es a tomar a diario lo que necesitaréis para ese día,

Y deberéis aprender y aceptar, con total confianza, que Yo velo por cada uno de vosotros en todo momento.

Ciertamente, cuando José es tomado como administrador de Egipto y el faraón le permite ser el administrador de los bienes de Egipto,

por revelación Mía él supo que iba a haber un tiempo de angustia y que no iban a tener alimento por varios años,

y entonces mandó construir silos para que se guardara mucho grano para esos 7 años en que no tendría cosechas la población.

Parece contradictorio lo primero que os dije de no guardar porque se echaría a perder lo que guardarais.

UNA LECCIÓN DE PERDÓN… (Génesis 41 y 42)

Y aquí los silos estaban guardando alimento para que la población no sufriera. 

AQUÍ LA LECCIÓN, MIS PEQUEÑOS,

ES QUE ESE ALIMENTO, QUE SE ESTABA GUARDANDO,

IBA A SERVIR PARA PROTEGER LA VIDA,

NO SOLAMENTE DE GENTE DE EGIPTO SINO DE MUCHOS OTROS PUEBLOS A SU ALREDEDOR;

LLEVABA UN FINAL BUENO Y NO AVARICIOSO

 Cuando tenéis, Yo os lo doy para que os provea de vuestro alimento y vuestras necesidades de ese día y no guardéis lo demás, que no tendrá un fin inmediato

O próximo inmediato a usarse, a menos que sea para que lo compartáis con vuestros hermanos.

Cada milagro en la Biblia, fué originado por un problema que FUE RESUELTO CON LA FE

Ciertamente, esto lo debéis ir meditando, dejando que Mi Santo Espíritu os vaya guiando a que entendáis lo que quiero de vosotros,

PORQUE CIERTAMENTE SE PRESENTARÁN TIEMPOS DIFÍCILES:

HAMBRE, GUERRA, MUERTE

Y YO VELARÉ POR VOSOTROS

Y ACEPTARÉIS LO QUE YO OS DÉ

Y así como los animalitos y la Naturaleza entera no Me pide más allá de lo que Yo les doy, también vosotros debéis aprender a ser así como la Naturaleza,

tener una plena confianza en Mí, vuestro Dios, en que velaré para vuestro bien y para el bien de vuestros hermanos.

SOLO DANDO EL PASO DE FE, ¡APRENDEMOS A VOLAR!

De ahora en adelante, tratad de vivir así, en plena confianza conMigo, aceptando lo que Yo os dé para cubrir vuestras necesidades diarias.

Tiempos difíciles, como os digo, vendrán; pero tened plena confianza en que velaré por vosotros y por los vuestros, si vuestra confianza plena Me dais.

Yo Soy vuestro Dios, Yo Soy el Amor infinito, el Amor pleno y no Me gusta que sufráis, sobre todo cuando vosotros os estáis dando plenamente a Mí, cuando estáis aceptando Mi Voluntad.

Tendréis vuestro premio a vuestra plena confianza en Mí, vuestro Dios. 

REPASAD LAS ESCRITURAS Y OS DARÉ LUZ

PARA QUE COMPRENDÁIS LAS PALABRAS QUE OS DIGO Y DE ELLAS APRENDÁIS MÁS

Las preocupaciones terminan, donde la FE en Dios comienza…

Y ASÍ, CONOCIÉNDOME MÁS PROFUNDAMENTE,

OS DARÉIS CUENTA DE MI BONDAD Y MISERICORDIA,

MI AMOR INFINITO POR VOSOTROS.

OS AMO TANTO, PERO VOSOTROS ME TENÉIS MUCHA DESCONFIANZA,

PENSÁIS QUE NO VELO POR VOSOTROS

 Que distraído estoy por otras cosas y estáis en un grave error,

Yo velo por cada uno de vosotros porque Vivo en vuestro interior y os conozco plenamente.

10. ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en Mí es el que realiza las obras.
11. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí. Al menos, creedlo por las obras.
12. En verdad, en verdad os digo: el que crea en Mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.
13. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Vuestra falta de confianza y Fe en Mí Me duele mucho, porque estáis desconfiando de Mí, vuestro Dios y Creador, Yo que os di la vida y cuido de esa vida.

Poneos pues, nuevamente en Mi Corazón y dejad que Yo actúe plenamente en vosotros y mueva vuestro corazón hacia la perfección.

Soy vuestro Dios y os amo infinitamente.

Todo será renovado, la Maldad será encadenada, todo lo que veis ahora, que está afectado por el pecado, será renovado.

Y Mi Luz invadirá todo lo Creado y lo veréis tal cual fue Creado; lo que ahora veis sucio, malo, cambiará a bello y bueno.

Todo fue Creado para que vosotros gozarais, desde lo más pequeñito, hasta lo más grande.

Los vientos, los mares, la misma Tierra ya no os atacará, el Fuego tampoco os hará daño.

Yo puse Amor en todo lo Creado y el Amor respeta, el Amor cuida, el Amor os ayuda a crecer.

EN ESTOS MOMENTOS, EN VUESTRO MUNDO,

ESTÁIS VIENDO Y VIVIENDO LO QUE SATANÁS HIZO CON TODO LO CREADO

LAS ESTACIONES SE HAN VUELTO CONTRA VOSOTROS,

LOS CALORES OS HACEN SUFRIR, LOS FRÍOS OS ENFERMAN,

EL AGUA DESTROZA PUEBLOS Y CIUDADES;

MATA LO QUE OS DEBIERA DAR VIDA.

LOS ANIMALES OS ATACAN,

TODO SE HA VUELTO EN CONTRA VUESTRA,

PORQUE SATANÁS ASÍ LO HA PROVOCADO.

El hombre fue creado en el último momento de la Creación,

porque fuisteis escogidos para ser los reyes de la Creación, con capacidades para cuidar y entender lo que Yo os di para vuestro bien,

pero Satanás lo volvió todo contra vosotros, porque el hombre se volvió contra Mí, al traicionar Mi Amor, al traicionar Mis Ordenes Divinas.

Esto es lo que os ha traído Satanás:

Muerte, destrucción, ataque de todo lo creado contra vosotros que de ser los reyes de la Creación, en un Principio, ahora sois esclavos. 

Habéis caído hasta lo más bajo, no cuidáis la Creación, no la cuidasteis; es más, la atacasteis y ahora, se ha vuelto contra vosotros.

OS HE PROFETIZADO QUE, EN ESTE TIEMPO,

EL FUEGO CONSUMIRÁ TODO AQUELLO QUE NO SERVIRÁ PARA EL NUEVO MUNDO

El agua, hizo su parte en el Diluvio, ahora el fuego hará su parte en esta Purificación, que dará pie para una nueva generación, renovada, santificada.

Todas las almas creadas habéis tenido la oportunidad de crecer y santificaros, de volver a tomar vuestra posición de reyes de la Creación, cuidando de todo lo creado,

Pero os aliasteis a Satanás e hicisteis todo lo contrario que Yo les pedí a vuestros Primeros Padres.

EL FUEGO DESTRUIRÁ A TODOS AQUELLOS

Y A TODO AQUELLO, AFECTADO POR SATANÁS,

NO QUISISTEIS LUCHAR CONTRA SU MALDAD

Y le dejasteis crecer, le apoyasteis y de ser en el Principio, una pequeña víbora, ahora es un monstruo inmenso, que ya no podéis controlar.

Os prometí estar siempre con vosotros para ayudaros, pero no Me invocasteis, no pedisteis Mi ayuda.

Vuestra soberbia os hizo sentir poderosos y con lo que ahora viviréis, os daréis cuenta de que NO SÓIS NADA  si no estáis Conmigo. 

Vuestra soberbia os llevará al Dolor, a la Desesperación y a blasfemar Mi Santo Nombre; pocos, muy pocos, reaccionarán y pedirán perdón y ésas almas se salvarán.

Generación tonta, cruel, mala, porque os aliasteis con Satanás,

Preferisteis seguirle y seguir sus mentiras y ahora estáis viviendo el resultado: os engañó y sufriréis por haberle creído.

TUVISTEIS A MI HIJO ENTRE VOSOTROS

EL AMOR VIVIÓ ENTRE LOS HOMBRES, LO DESPRECIASTEIS

Y LO SEGUÍS DESPRECIANDO

POCOS LE HABÉIS DADO CABIDA EN VUESTRO CORAZÓN,

SÓLO ASÍ OS SALVARÉIS Y GOZARÉIS LOS NUEVOS TIEMPOS

Mi Justicia Divina caerá sobre aquellos necios que pudiendo haber tenido todo, que es Mi Presencia Divina en vosotros,

Preferisteis la nada de Satanás, porque maldad buscasteis y la Maldad os condenará.

 Os burlasteis de aquellos que Me buscaron durante su vida y os daréis cuenta de ello ya tarde,

cuando la condenación os llegue en vuestro Juicio Particular.

Confiad en Mí, hijitos Míos, Yo no Me separaré de vosotros en ningún momento.

Os daré fuerza física y espiritual para vencer en ésta prueba; prueba que os hará alcanzar vida de Amor en ésta nueva era de Mi Santo Espíritu por venir.

Confiad, que Yo estoy a vuestro lado, para guiaros y en vuestro corazón para amaros y daros fuerza, fuerza que ha de vencer a las fuerzas del mal.

Yo os amo y os bendigo en Mi Santo Nombre, en el de Mi Hijo y en el del Amor de Mi Santo Espíritu por venir.

¡Llamadlo, hijitos Míos, llamadlo!

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