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109 LA DESPEDIDA


109 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es una clara noche de luna.

Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles y los campos, con el trigo nacido pocos días antes,

parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos.

Velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado oeste.

Jesús va caminando seguro y solo.

Avanza muy deprisa por su camino…  

Hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección norte-este.

Remonta su curso hasta un lugar solitario al lado de una escarpadura cubierta de vegetación espesa.

Tuerce otra vez, trepando por un sendero y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra.

Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo.

Un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina el sendero, pero no penetra en la cueva.

Lo llama:

–     Juan.

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño.

Pronto se da cuenta de Quién es el que lo ha llamado…

Y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

–      ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?

–     Para alegrar tu corazón y el mío.

Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate.

Vamos a salir a la luz de la luna.

Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva.

Juan obedece, se levanta y sale.

Pero, una vez que Jesús se ha sentado…

él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo,

echándo hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo:

Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro.

El otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos que parecen febriles,

por el fuerte brillo de su negro de azabache.

Jesús dice:

–     Vengo a decirte “gracias”.

Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío.

Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios;

pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto.

–    Muy pronto entraré en la paz.

Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo; para fortalecerlo en la última prueba. Sé que está cercana.

Y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre.

Tú tampoco desconoces – menos todavía que yo – que mi hora está llegando.

Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo.

Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?

–     No, Juan.

No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento, hasta el mío.

–     ¡Bendito sea el Altísimo! Jesús…

¡Puedo llamarte así?

bautista

–     Puedes, por sangre y por santidad.

Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel.

Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?

–     Voy a la muerte.

Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos…

Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos.

El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor.

Recógelos Tú.

Te restituyo los tres tuyos, que en espera de Tí, han sido perfectos discípulos míos.

En ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría.

Tengo otros discípulos que irán a Tí. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los tres preferidos.

–    También Yo les profeso este amor.

Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes.

Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor.

Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y cosa que parece imposible en un personaje tan austero,

solloza fuertemente, de alegría espiritual.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

–     Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo.

Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que “ha hecho grandes cosas; Él, que es poderoso en los espíritus humildes”.

Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó.

Pero después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces.

Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; pero del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan.

–     No merezco tanto. Soy tu siervo.

–     Tú eres mi Juan.

Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando;

aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios,  con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente.

Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida.

–     No merezco tanto…

Lo he deseado siempre, durante toda la vida; sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú eres mi Dios.

–     Yo soy tu Jesús. Adiós.

Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto.

En el Cielo te daré el céntuplo, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios.

Lo ha puesto en pie y lo ha abrazado besándolo en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien tras ello, vuelve a arrodillarse.

Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si lo estuviera consagrando.

Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga así, durante un tiempo.

Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

–     Mi paz esté siempre contigo. 

Y emprende el regreso, por el mismo camino que había recorrido antes.

108 EXORCISMO Y CONVERSIÓN


108 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús va caminando solo, casi rozando un seto de cácteas que, burlándose de todas las demás plantas desnudas,

resplandecen bajo el sol con sus carnosas paletas espinosas, en las que hay todavía algún fruto al que el tiempo ha dado un color rojo ladrillo.

O en que ya ríe alguna flor precoz amarilla con pinceladas de color bermellón.

Los apóstoles, detrás, cuchichean. Están molestos y ciertamente no van alabando al Maestro.

En un momento dado, Jesús se vuelve de repente,

Y dice:

–     Quien está pendiente del viento no siembra, quien está pendiente de las nubes no recoge nunca.

Es un refrán antiguo, pero Yo lo sigo.

Como podéis ver, donde temíais adversos vientos y no queríais deteneros, he encontrado terreno y modo de sembrar.

Y, a pesar de “vuestras” nubes, que conviene que lo oigáis, no está bien que las mostréis donde la Misericordia quiere mostrar su sol,

estoy seguro de haber cosechado ya.

Tomás replica:

–     Sí, pero ninguno te ha pedido un milagro.

¡Es una fe en ti muy extraña!

–     Tomás, ¿Crees que el hecho de pedir milagros es lo único que prueba que hay fe?

Te equivocas. Es todo lo contrario.

Quien quiere un milagro para poder creer patentiza que sin el milagro, prueba tangible, no creería.

Sin embargo quien, por la palabra de otro, dice “creo” muestra la máxima fe.

Tadeo protesta:

–     ¡Así que entonces los samaritanos son mejores que nosotros!

–     No estoy diciendo eso.

Pero en su estado de minoración espiritual, han mostrado tener una capacidad de comprender a Dios mucho mayor que la de los fieles de Palestina.

Esto os lo encontraréis muchas veces en vuestra vida.

Os ruego que os acordéis también de este episodio para saberos conducir sin prejuicios con las almas que se acerquen a la fe en el Cristo.

Santiago de Alfeo, amonesta:

–     De todas formas – perdona, Jesús, si te lo digo – ya te persigue mucho odio y dar pie a nuevas acusaciones creo que te perjudica.

Si los miembros del Sanedrín vinieran a saber que has tenido…

–     ¡Dilo, hombre!: “amor”, porque esto es lo que he tenido y tengo, Santiago.

Tú, que eres primo mío, comprenderás que en Mí no puede haber sino amor.

Te he mostrado cómo en mí sólo hay amor, incluso para con quienes me eran enemigos en mi familia y en mi tierra.

Y entonces, ¿No debía amar a éstos, que me han respetado a pesar de que no me conocían?

Los miembros del Sanedrín pueden hacer todo el mal que quieran,

pero la consideración de este futuro mal no cerrará las esclusas de mi amor omnipresente y omnioperante.

Pero además es que, aunque lo hiciera, ello no impediría al odio del Sanedrín encontrar motivos de acusación.  

Felipe agrega:

–     Sí, pero Maestro…

Pierdes tu tiempo en una ciudad idólatra, habiendo como hay muchos lugares en Israel que te esperan.

Dices que es necesario consagrar cada hora del día al Señor. ¿No son horas perdidas?

Jesús advierte:

–     Un día dedicado a reagrupar las ovejas extraviadas no es un día perdido, Felipe.

Está escrito: “Hace muchas oblaciones quien respeta la Ley… mas quien practica la misericordia ofrece un sacrificio”.

Está escrito: “Que tu ofrenda al Altísimo esté en proporción de cuanto te ha dado; ofrece con mirada alegre según tus facultades”.

Yo lo hago, amigo, y el tiempo empleado en el sacrificio no es un tiempo perdido.

Practico la misericordia y uso de las facultades recibidas ofreciendo mi trabajo a Dios. Tranquilos, por tanto.

Además, el que de vosotros, quería que hubieran pedido milagros para convencerse de que los de Sicar creían en Mí, va a quedar satisfecho.

Aquel hombre nos sigue, sin duda por algún motivo. Detengámonos.

Efectivamente, el hombre viene en dirección a ellos.

Se le ve encorvado bajo la carga de un voluminoso fardo que lleva malamente contrapesado sobre los hombros.

Al ver que el grupo de Jesús se ha detenido lo hace él también.

Pedro refunfuña:

–     Se ha parado porque ve que nos hemos dado cuenta de sus malas intenciones.

¡Son samaritanos!

Jesús cuestiona:

–     ¿Estás seguro, Pedro?

–     ¡Sin duda!

–     Pues entonces quedaos aquí. Yo me acerco.

–     No, Señor, eso no. Si vas Tú, también yo.

–     De acuerdo, ven.

Jesús se dirige hacia el hombre.

Pedro trota a su lado, entre curioso y hostil.

Llegados a pocos metros uno del otro,

Jesús dice:

–     ¿Hombre, qué quieres?

¿A quién buscas?

El hombre responde:

–     A Tí.

–     Y ¿Por qué no has venido a Mí cuando estaba en la ciudad?

–     No me atrevía…

Si en presencia de todos me hubieras rechazado, hubiera sufrido demasiado dolor y vergüenza.

–     Podrías haberme llamado cuando me quedé solo con los míos.

–     Mi deseo era acercarme a ti estando Tú solo, como Fotinai.

También yo, como ella, tengo un motivo importante para estar a solas contigo…

–     ¿Qué quieres?

¿Qué es lo que transportas con tanto esfuerzo sobre tus hombros?

–     Es mi mujer.

Un espíritu se ha adueñado de ella y la ha transformado en un cuerpo muerto y una inteligencia apagada.

Debo hasta darle la comida en la boca, vestirla, llevarla como a una niña pequeña.

Ocurrió de improviso, sin previa enfermedad… La llaman “la endemoniada”.

Todo esto me supone dolor, afanes, gastos. Mira.

El hombre pone en el suelo su fardo de inerte carne envuelta en un sayo como un saco.

Y descubre un rostro de mujer, todavía joven, que si no respirase se podría decir que está muerta: ojos cerrados, boca entreabierta.

Es el rostro de una persona que ha expirado o que estuviese en estado comatoso.

Jesús se agacha hacia la desdichada mujer que yace en el suelo, la mira, luego mira al hombre,

Y le dice:

–     ¿Crees que puedo hacerlo?…

¿Por qué lo crees?

–     Porque eres el Cristo.

–     Pero tú no has visto nada que lo pruebe.

–     Te he oído hablar. Me basta.

–     ¿Has oído, Pedro?

¿Qué piensas que debo hacer ante una fe tan genuina?

Pedro balbucea:

–     Pues… Maestro… Tú… Yo… Bueno, decide Tú.

Pedro está desconcertado.

–     Sí, ya he decidido.

Hombre, mira.

Jesús coge la mano de la mujer y ordena:

–     ¡Vete de ella! ¡Lo quiero!

La mujer, que hasta ese momento había permanecido inerte, se contrae en una horrenda convulsión, primero muda.

Luego acompañada de quejidos y gritos que terminan con uno más fuerte durante el cual, como quien se despierta de una pesadilla,

abre como platos los ojos que hasta ahora había mantenido cerrados.

Luego se tranquiliza y con cierto estupor, mira a su alrededor…

Fija primero sus ojos en Jesús – el Desconocido que le sonríe… -; luego mira a la tierra del camino en que yace…

Y a una mata nacida en el borde, en la que la cabezuela blanco-roja de las margaritas de los prados, coloca perlas ya próximas a abrirse en forma de radiado nimbo.

Mira al seto de cactáceas, al cielo, muy azul. Luego vuelve la mirada y ve a su marido… 

A este marido suyo que ansioso, la mira a su vez escudriñando todos sus movimientos.

Sonríe y recuperada completamente su libertad, se pone en pie como impulsada por un resorte para refugiarse en el pecho de su marido.

Éste, llorando, la acaricia y la abraza. 

Ella pregunta:

–     ¿Cómo es que estoy aquí?

¿Por qué? ¿Quién es este hombre?

El esposo contesta:

–     Es Jesús, el Mesías.

Estabas enferma y te ha curado. Dile que lo quieres.

–     ¡Oh…, sí! ¡Gracias!…

Pero, ¿Qué tenía? Mis niños… Simón… no recuerdo cosas de ayer, pero sí recuerdo que tengo hijos…

Jesús dice:

–     No es necesario que te acuerdes de ayer.

Acuérdate siempre del día de hoy. Sé buena. Adiós. Sed buenos y Dios estará con vosotros.

Y Jesús, seguido por la bendiciones de los dos, se retira rápido.

Llegado adonde están los demás, que se habían quedado al pie del seto, no les dirige la palabra.

Pero sí a Pedro:

–     ¿Y ahora, tú, que estabas seguro de que aquel hombre venía con malas intenciones, qué dices?

¡Simón, Simón! ¡Cuánto te falta todavía para ser perfecto!

¡Cuánto os falta! Tenéis, excepto una patente idolatría, todos los pecados de éstos. Y además soberbia en el juicio.

Tomemos nuestro alimento. No podemos llegar antes de la noche a donde quería.

Dormiremos en algún aprisco, si es que no encontramos nada mejor.

Los doce, con el sabor en su corazón de la corrección recibida, se sientan sin hablar y se disponen a comer.

El sol de este sereno día ilumina los campos, que descienden, formando suaves ondulaciones, hacia una llanura.

Después de comer, todavía permanecen un tiempo en el lugar, hasta que Jesús se pone en pie,

y dice:

–     Venid tú, Andrés y tú, Simón; quiero ver si aquella casa es amiga o enemiga.

Y se pone en movimiento.

Los otros permanecen en el lugar y guardan silencio hasta que,

Santiago de Alfeo le dice a Judas de Keriot:

–     ¿Pero esta que viene no es la mujer que estaba en Sicar?

Judas contesta:

–     Sí, es ella.

La reconozco por el vestido. ¿Qué querrá?

Pedro responde malhumorado:

–     Seguir su camino.

–     No.

Nos está mirando demasiado, protegiéndose los ojos del sol con la mano.

La observan hasta que llega cerca de ellos…

Y pregunta sumisa:

–    ¿Dónde está vuestro Maestro?

–     Se ha ido.

¿Por qué preguntas por Él?

–    Lo necesito…

Pedro replica cortante:

–     No se echa a perder con mujeres.

–     Ya lo sé.

Con mujeres, no; pero yo soy un alma de mujer que tiene necesidad de Él.

Tadeo le aconseja a Pedro que la deje quedarse.

Y responde a la mujer: 

–    Espera. Dentro de poco vuelve.

La mujer se retira a una curva del camino y allí se queda, en silencio.

Los apóstoles se desinteresan de ella.

Jesús, al poco tiempo regresa.

Pedro dice a la mujer:

–     Ahí está el Maestro.

Dile lo que quieras. ¡Apúrate!

La mujer ni siquiera le responde.

Va hasta los pies de Jesús y se prosterna hasta tocar el suelo.

Y guarda silencio.

Jesús pregunta:

–     Fotinai, ¿Qué quieres de Mí?

–     Tu ayuda, Señor.

Yo soy muy débil. No quiero pecar más. Esto se lo he dicho ya al hombre.

Pero, ahora que he dejado de pecar no sé nada más. Ignoro el bien.

¿Qué tengo que hacer? Dímelo Tú. Soy fango, pero tu pie pisa también el camino para ir a las almas.

Pisa mi fango, pero ven a mi alma con tu consejo.

Y cubriéndose el rostro, con las manos juntas, empieza a llorar.

Jesús le dice:

–     Seguirme como única mujer no es posible.

Si verdaderamente quieres no pecar y conocer la ciencia de no pecar, regresa a tu casa con espíritu de penitencia, y espera.

Llegará el día en que tú mujer, entre otras muchas, igualmente redimidas, podrás estar al lado de tu Redentor y aprender la ciencia del Bien.

Ve. No tengas miedo. Sé fiel a la voluntad que tienes ahora de no pecar. Adiós.

La mujer besa la tierra, se levanta y se retira caminando hacia atrás durante algunos metros.

Luego se vuelve hacia Sicar…

103 UN CORAZÓN HERIDO


103 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Señalando al hombre que camina detrás…

Pedro pregunta:

–      Señor, ¿Qué vamos a hacer con éste?

Es José y los sigue desde que han dejado Emaús.

Va conversando con los dos hijos de Alfeo y Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Jesús responde: 

–    Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

–    ¿Y luego?…

–     Luego… se quedará con nosotros; ya verás…

–     ¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?

–      ¿También tú fariseo?

–      ¡No! Pero…

Lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

–     Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades.

Es lo que quieres decir, ¿No?

¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación?

No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

–     ¿Pero, ¿No somos nosotros ya tus discípulos?…

Jesús mira a Pedro y sonríe con gentileza.

 Luego responde:

–     Te dije un día, hace muchos meses: “Vendrán otros muchos discípulos”.

E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes…

Y también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo.

Pero vosotros seréis siempre mis predilectos.

Termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado, que con la promesa se ha tranquilizado.

–      Entonces viene con nosotros, ¿No?

–     Sí. Hasta que su corazón recobre la salud.

Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

–     No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.

Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales.

Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos.

No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

–     Mis principales obras, las que más testifican mi Naturaleza y mi Misión, las en que recae dichosa, la mirada de mi Padre,

son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales;

como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios?

Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo.

Vivir sin esperanza es horroroso. La vida es bonita, dentro de sus asperezas, sólo si recibe esta onda de Sol divino.

El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿Está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol.

Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación.

Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios.

Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí: “El Sol ha muerto”,

¿No le parecería acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto?

¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿Despojan a otros de sus bienes? ¿Calumnian?

5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡Y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado?

Bueno, ¿Y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: “Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno.

Más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo:

“Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo.

Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina,

la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor.

Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en Mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios, serán mis discípulos fieles,

los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo: “¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también.

¿Vosotros desesperados? También yo. Ved cómo a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo;

porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)”.

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi Nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores;

los uno en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce,

han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte.

En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro.

Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en Mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

José Emmaús exclama:

–     ¡Oh, Consolación mía!

Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa.

Hace tres días que estoy contigo y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento, fuera un sueño que se va desvaneciendo.

Lo hice, sí; pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes.

Estas noches he pensado mucho.

En Joppe tengo un pariente que es bueno, aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer.

Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija…

¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido; pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos.

Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así.

Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían.

Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo.

Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

–    Te daré su compañía.

Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento…

Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.  

Simón pregunta:

–     ¿No nos vamos a detener en casa de José? 

Jesús responde: 

–     José está probablemente en Jerusalén…

El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac.

Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche.

Tengo prisa de llegar a Galilea.

Allí hay una Madre que sufre, porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor y quiero confortarla.

102 EL CORDERO DE DIOS


102 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Juan y su hermano llaman a una casa, en el poblado de Emaús. Cuando les abren, avisan que el Maestro está por llegar. 

Luego salen a la entrada del pueblo y llegan hasta donde están Jesús y los otros, detenidos en un lugar apartado.

Juan dice:

–      Está, Maestro.

Y está contentísimo de que verdaderamente hayas venido.

Nos ha dicho: “Id a decirle que mi casa es suya. Ahora voy yo también”.

Jesús responde:

–      Vamos entonces.

Caminan durante un tiempo y se encuentran con el anciano jefe de la sinagoga, Cleofás a quién conociera en Agua Especiosa.

Se saludan mutuamente con una inclinación de cabeza; no obstante después el anciano, que parece un patriarca, se arrodilla con un devoto saludo.

Algunos habitantes del lugar al ver esto, se acercan curiosos.

El anciano se levanta y dice:

–     He aquí al Mesías prometido.

Recordad este día, habitantes de Emaús.

Unos observan con una curiosidad enteramente humana, otros ya expresan en sus miradas una religiosa reverencia.

Dos de ellos se abren paso y dicen:

–     Paz a ti, Rabí.

–      Estábamos presentes nosotros también aquel día.

–     Paz a vosotros, y a todos.

He venido, como me había pedido vuestro jefe de la sinagoga.

–     ¿Vas a hacer milagros aquí también?

–     Si hay hijos de Dios que crean y tengan necesidad de ello, ciertamente lo haré.

El jefe de la sinagoga dice:

–     Quienes deseen oír al Maestro que vengan a la sinagoga.

Igualmente el que tenga enfermos. ¿Puedo decir esto, Maestro?

–     Puedes.

Después de la hora sexta estaré a vuestra entera disposición. Ahora soy del buen Cleofás.

Y, seguido de un séquito de gente, prosigue al lado del anciano hasta su casa. 

Cleeofás presenta a su familia:

–     Éste es mi hijo, Maestro; y ésta, mi mujer…

Y la mujer de mi hijo y los niños pequeños. Siento mucho el que mi otro hijo esté con el suegro de mi hijo Cleofás en Jerusalén, junto con un infeliz de aquí…

 Ya te contaré. Entra, Señor, con tus discípulos.

Entran y reciben las atenciones que son habituales, para reponer fuerzas, en el uso hebreo.

Luego se acercan al fuego, que arde en una amplia chimenea, porque el día está húmedo y frío. 

Cleofás dice:

–     Dentro de poco nos sentaremos a la mesa.

He invitado a los notables del lugar. Hoy celebraremos una gran fiesta. No todos creen en ti, pero tampoco son enemigos; solamente indagadores.

Quisieran creer, pero hemos sufrido demasiadas veces desilusiones sobre el Mesías en estos últimos tiempos. Hay desconfianza.

Sería suficiente una palabra del Templo para eliminar cualquier tipo de duda, pero el Templo…

Yo he pensado que viéndote a ti y oyéndote, así, simplemente, se podría hacer mucho en este sentido.

Yo quisiera proporcionarte verdaderos amigos.

Jesús responde:

–     Tú eres ya uno de ellos.

–     Yo soy un pobre anciano.

Si fuera más joven, te seguiría; pero los años pesan.

–     Me estás sirviendo ya con tu creer.

Me estás predicando ya con tu fe. Estate tranquilo, Cleofás. No me olvidaré de tí en la hora de la Redención. 

El hijo del jefe de la sinagoga avisa:

–     Aquí llegan Simón y Hermas.

Entran dos personas de media edad, de noble aspecto.

Y se ponen todos en pie.

–     Éste es Simón y éste Hermas, Maestro.

Son verdaderos israelitas, de corazón sincero.

–     Dios se manifestará a sus corazones.

Entretanto, descienda la paz sobre ellos. Sin paz no se oye a Dios.

–     Está escrito también en el libro de los Reyes hablando de Elías.

Simón pregunta:

–     ¿Son tus discípulos éstos? 

–     Sí.

–     Los hay de las más diversas edades y lugares.

¿Y Tú? ¿Eres galileo?

–     De Nazaret, pero nacido en Belén en tiempos del censo.

–     Betlemita entonces.

Ello confirma tu figura.

–     Benigna confirmación… para la debilidad humana; mas la confirmación se halla en lo sobrehumano.

Hermas dice:

–     En tus obras, quieres decir, ¿No? 

–     En ellas y en las palabras que el Espíritu enciende en mis labios.

–     El que te oyó me las repitió.

Verdaderamente grande es tu sabiduría. ¿Tienes intención de fundar con ella tu Reino?

–    Un rey debe tener súbditos que estén en conocimiento de las leyes de su reino.

–    ¡Pero tus leyes, son todas espirituales!

–     Tú lo has dicho, Hermas.

Todas espirituales. Yo tendré un reino espiritual. Mi código, por tanto, es espiritual.

–     ¿Y la reconstitución de Israel, entonces?

–     No caigáis en el error común de tomar el nombre “Israel” en su significado humano.

Se dice “Israel” para decir “Pueblo de Dios”. Yo constituiré de nuevo la libertad y la verdadera potencia de este pueblo de Dios.

Y a él mismo, restituyendo al Cielo las almas, redimidas y conocedoras de las eternas verdades.

Cleofás invita:

–      Sentémonos a las mesas. Os lo ruego… 

Y toma asiento junto a Jesús, en el centro.

A la derecha de Jesús está Hermas, al lado de Cleofás está Simón, luego el hijo del arquisinagogo y en los otros sitios, los discípulos.

Jesús, a petición del huésped, realiza el ofrecimiento y la bendición.

Y empieza la comida.

Hermas pregunta:

–     ¿Vienes aquí, a esta zona, Maestro? 

–     No. Voy a Galilea. Aquí estoy de paso.

–     ¿Cómo? ¿Dejas Agua Especiosa?

–     Sí, Cleofás.

–     Pues iban las turbas incluso en invierno.

¿Por qué les quitas esta ilusión?

–     No soy Yo. Así lo quieren los puros de Israel.

–     ¡¿Qué?!

¿Por qué? ¿Qué mal hacías? Palestina tiene muchos rabíes que hablan donde quieren. ¿Por qué no se te concede a Tí?

–     No indagues, Cleofás.

Eres anciano y sabio. No metas en tu corazón veneno de amargo conocimiento.

Hermas pregunta:

–      ¿Quizás es que manifestabas doctrinas nuevas?

¿Consideradas peligrosas  evidentemente por error de valuación, por los escribas y fariseos?

Cuanto de Tí sabemos no nos parece… ¿Verdad, Simón? Pero quizás es que nosotros no sabemos todo.

¿En qué consiste para Tí la Doctrina? 

Jesús responde:

–      En el conocimiento exacto del Decálogo, en el amor y en la misericordia.

El amor y la misericordia, esta respiración y esta sangre de Dios, son la norma de mi conducta y de mi doctrina.

Y Yo los aplico en todos los aprietos de cada uno de mis días.

–     ¡Pues esto no es ninguna culpa! Es bondad.

–     Los escribas y fariseos la juzgan como culpa.

Mas Yo no puedo mentir a mi misión, ni desobedecer a Dios, que me ha enviado como “Misericordia” a la Tierra.

Ha llegado el tiempo de la Misericordia plena, después de siglos de Justicia.

Ésta es hermana de la primera; como dos que han nacido de un solo seno. Pero, mientras que antes era más fuerte la Justicia,

y la otra se limitaba sólo a atenuar el rigor, porque Dios no puede prohibirse el amar.

Ahora la Misericordia es reina ¡Y cuánto se regocija por ello la Justicia, que tanto se afligía por tener que castigar!

Si os fijáis bien, veréis fácilmente que ambas siempre existieron desde que el Hombre le obligó a Dios a ser severo.

El subsistir de la Humanidad no es sino la confirmación de cuanto estoy diciendo. Ya en el mismo castigo de Adán está incorporada la misericordia.

Podía haberlos reducido a cenizas en su pecado. Les dio la expiación.

Y en el horizonte de la mujer causa de todo mal, abatida por este ser causa del mal, hizo refulgir una figura de Mujer causa del bien.

Y a ambos les concedió los hijos y los conocimientos de la existencia.

Al asesino Caín, junto con la justicia le concedió el signo y era misericordia,  para que no lo mataran.

Y a la Humanidad corrompida le concedió a Noé para conservarla en el arca y luego prometió un pacto sempiterno de paz.

Ya no más el fiero Diluvio. Ya no más.

La Justicia fue sometida por la Misericordia. ¿Queréis recorrer conmigo la Historia sagrada para llegar hasta el momento mío?

Veréis siempre y cada vez más amplias, repetirse las ondas del amor. Ahora está colmo el mar de Dios y te eleva,

¡Oh, Humanidad! sobre sus aguas delicadas y serenas.

Te eleva al Cielo purificada, hermosa y te dice: “Te llevo de nuevo al Padre mío”.

Los tres han quedado abismados en el hechizo de tanta luz de amor.

Luego Cleofás suspira y dice:

–      Así es.

¡Pero sólo Tú eres así! ¿Qué será de José? ¡Deberían haberlo escuchado ya! ¿Lo habrán hecho?

Ninguno responde.

Cleofás se vuelve hacia Jesús y dice:

–      Maestro, uno de Emaús, cuyo padre había repudiado a su mujer,

la cual fue a establecerse a Antioquía con un hermano suyo, propietario de un emporio, ha incurrido en culpa grave.

Él no había conocido jamás a aquella mujer, repudiada, no quiero indagar las causas, tras pocos meses de matrimonio.

Nada había sabido de ella porque naturalmente, su nombre había quedado desterrado de esa casa.

Ya hecho un hombre, heredados de su padre actividad comercial y bienes pensó formar un hogar.

Y habiendo conocido en Joppe a una mujer, dueña de un rico emporio, la tomó por esposa.

Ahora no sé cómo se ha sabido, se ha sacado a la luz que esa mujer era hija de la mujer del padre de él.

Por tanto pecado grave, aunque para mí, es muy insegura la paternidad de la mujer.

José habiendo sido condenado, ha perdido al mismo tiempo su paz de fiel y su paz de marido.

Y a pesar de que con gran dolor hubiera repudiado a su mujer, quizás hermana suya la cual, por el sufrimiento cayó en estado febril y murió.

A pesar de ello, no lo perdonan.

En conciencia, yo digo que de no haber habido enemigos en torno a sus riquezas, no habrían procedido contra él de este modo.

  ¿Tú qué harías?

Jesús responde:

–     El caso es muy grave, Cleofás.

Cuando llegaste a mi encuentro, ¿Por qué no me hablaste de ello?

–     No quería alejarte de aquí.

–     ¡Pero si a Mí estas cosas no me alejan!

Ahora escucha. Materialmente hay incesto y por tanto, castigo.

bien, la culpa, para ser moralmente culpa, debe tener a la base la voluntad de pecar. ¿Este hombre ha cometido incesto a sabiendas? Tú dices que no.

Entonces, ¿Dónde está la culpa, quiero decir la culpa de haber querido pecar? Está aún la del contubernio con una del propio padre.

Pero tú dices que no era seguro que lo fuese. Y, aunque lo hubiera sido, la culpa cesa al cesar el contubernio.

El cese aquí es seguro, no sólo por el repudio, sino porque ha sobrevenido la muerte.

Por ello digo que ese hombre debería ser perdonado, incluso de su aparente pecado.

Y digo que, dado que no ha sido condenado el incesto regio, que continúa ante los ojos del mundo, debería mostrarse piedad hacia este doloroso caso,

cuyo origen se encuentra en la licencia de repudio que Moisés concedió, para evitar males, aunque no más graves, sí más numerosos.

Licencia que Yo condeno, porque el hombre, se haya casado bien o mal, debe vivir con el cónyuge y no repudiarlo.

Y favorecer adulterios o situaciones similares a ésta.

Además, repito, a la hora de ser severos, hay que serlo en igual medida con todos; es más, antes con uno mismo y con los grandes.

Ahora bien, que Yo sepa, ninguno, quitando al Bautista, ha alzado la voz contra el pecado regio.

¿Los que condenan están inmunes de culpas similares o peores? ¿O tal vez, estas culpas quedan cubiertas por el velo del nombre y del poder,

de la misma forma que el pomposo manto proporciona cobijo a su cuerpo, frecuentemente enfermo por el vicio?

–     Bien has hablado, Maestro.

Así es. Pero, en definitiva, ¿Tú quién eres?… – preguntan a una los dos amigos del sinagogo.

Jesús no puede responder porque se abre la puerta y entra Simón,, suegro de Cleofás hijo.

–     ¡Bienvenido de nuevo! ¿Entonces?…

La curiosidad es tan viva, que ninguno piensa ya en el Maestro.

Simón contesta:

–     Entonces… condena absoluta.

Ni siquiera han aceptado el ofrecimiento del sacrificio.  José ha quedado separado de Israel».

–    ¿Dónde está?

–    Ahí fuera. Y está llorando.

He tratado de hablar con los más influyentes. Me han arrojado de su presencia como si fuera un leproso. Ahora… pero…

Lo han hundido a ese hombre, en los bienes y en el alma. ¿Qué más puedo hacer?

Jesús se levanta y se dirige hacia la puerta, sin decir nada.

El anciano Cleofás piensa que se ha sentido ofendido por la falta de atención.

Y dice:

–     ¡Oh, perdona, Maestro!

Es que el dolor que me causa este hecho me turba la mente. ¡No te vayas! ¡Te lo ruego!

–     No me voy, Cleofás. Sólo voy donde ese desdichado.

Venid, si queréis, conmigo.

Jesús sale al vestíbulo.

La casa tiene una franja de terreno delante, unos cuadros pequeños de jardín, más allá de los cuales está el camino.

En el suelo, a la entrada, hay un hombre.

Jesús se le acerca con los brazos abiertos.

Detrás, todos los demás tratando de ver.

Jesús habla lleno de dulzura:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado? 

El hombre se estremece al oír esa voz nueva, llena de bondad, después de tantas voces de condena.

Levantael rostro y lo mira asombrado.

Jesús repite:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado?

Jesús se inclina para tomarle sus manos y levantarlo.

José, lleno de desdicha, pregunta:

–     ¿Quién eres? 

–     Soy la Misericordia y la Paz.

-.    Para mí ya no hay ni misericordia ni paz.

–     En el seno de Dios siempre hay misericordia y paz.

Es un seno colmado de estas cosas y especialmente para los hijos infelices.

–     Mi culpa es tal, que estoy separado de Dios.

Déjame, para no contaminarte, Tú, que ciertamente eres bueno.

–     No te dejo. Quiero llevarte a la paz.

–     Pero si yo soy un anatema. ¿Tú quién eres?

–     Te lo he dicho: Misericordia y Paz.

Soy el Salvador, soy Jesús. Levántate. Yo puedo lo que quiero. En nombre de Dios te absuelvo de la involuntaria contaminación.

El otro mal no existe. Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Todo juicio del Eterno ha quedado deferido a mí. Quien cree en mi Palabra tendrá la vida eterna… Ven, pobre hijo de Israel.

Repón las fuerzas de tu cuerpo cansado y fortalece el espíritu abatido. Culpas mucho mayores perdonaré.

¡NO! ¡De Mí no provendrá la desesperación de los corazones! Yo soy el Cordero sin mancha, pero no evito por miedo a contaminarme a las ovejas heridas.

Es más, las busco y las conduzco conmigo.

Demasiados, demasiados son los que se encaminan a la completa destrucción a causa de demasiada severidad, incluso injusta, de juicio.

¡Ay de aquellos que debido a un intransigente rigor conducen a un espíritu a desesperar! Tales no promueven los intereses de Dios, sino los de Satanás.

Pues bien, veo que una pecadora ansiosa de redención ha sido alejada del Redentor, veo que persiguen a un jefe de sinagoga por ser justo;

veo que ha sido castigado uno que inadvertidamente ha caído en culpa.

Veo que se hacen demasiadas cosas desde allí, desde allí donde viven el vicio y la mentira.

Y, como la pared que ladrillo a ladrillo se alza hasta cerrarse, así estas cosas  y en un año ya he visto demasiadas,

están levantando entre Mí y ellos un muro de dureza.

¡Ay de ellos cuando esté completamente levantado con los materiales aportados por ellos mismos!

Ten: bebe, come. Estás exhausto.

Luego, mañana, vendrás conmigo. No temas. Cuando recuperes la paz del espíritu, podrás juzgar libremente sobre tu futuro.

Ahora no podrías hacerlo, y sería peligroso dejártelo hacer.

Jesús se ha llevado consigo al hombre dentro de la sala y le ha obligado a sentarse en su sitio.

Incluso le sirve. Luego se vuelve hacia Hermas y hacia Simón,

Y dice:

–     Ésta es mi Doctrina.

Ésta y no otra. Y no me limito a predicarla, sino que la hago realidad. Quien tenga sed de Verdad y de Amor venga a Mí.

Dice Jesús:

    “Y con esto termina el primer año de evangelización. Conservad nota de ello. ¿Qué puedo deciros?

Lo he dado porque mi deseo era que fuera conocido. Pero, como con los fariseos, sucede con este trabajo.

Mi deseo de ser amado, conocer es amar, se ve rechazado por demasiadas cosas.

Y esto es un gran dolor para Mí, que soy el Eterno Maestro a quien vosotros habéis hecho prisionero…

100 UN LLAMADO


100 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús ha ido a dar las gracias, al administrador de las posesiones de Lázaro en Aguas Especiosas y a despedirse. 

El hombre le dice:

–      Señor, yo no he hecho sino cumplir con mi deber ante Dios, ante mi jefe y ante la honestidad de conciencia.

He estado atento a esa mujer durante este tiempo en que ha sido huésped mía, y siempre la he visto honesta. Habrá sido una pecadora.

Bien. Ahora no lo es. ¿Por qué razón tengo yo que indagar sobre un pasado que ella misma ha tachado para anularlo?

Yo tengo hijos en edad joven y no feos. Pues bien, no ha mostrado nunca su rostro, realmente muy hermoso, ni ha hecho oír su palabra.

Puedo decir que conocí el tono de su voz de plata, cuando gritó a causa de las heridas.

De hecho ella lo poco que pedía, siempre a mí o a mi mujer, lo susurraba tras su velo.

Y tan bajo que casi no se entendía.

Date cuenta de lo prudente que fue: cuando temió que su presencia pudiera ser causa de algún perjuicio, se marchó…

Yo le había prometido protección y ayuda. Y sin embargo, ella no quiso aprovecharlo. ¡No, así no se comportan las mujeres perdidas!

Yo rogaré por ella, como ha pedido; incluso sin este recuerdo. 

Y alarga hacia Jesús un valioso brazalete, cuajado de piedras preciosas…

Mientras agrega:  

–   Tenlo, Señor.

Empléalo como limosna para bien suyo. Dándola Tú, ciertamente, recibirá a cambio paz.

Ha sido el encargado quien ha hablado a Jesús y lo ha hecho respetuosamente.

Es un hombre todavía joven y de buena apariencia. rostro honesto y cuerpo recio.

Detrás de él hay seis galanes, jóvenes, parecidos al padre, seis rostros de aspecto franco e inteligente.

También está su esposa, una mujercita grácil y todo dulzura, que escucha a su marido como escucharía a un dios, asintiendo continuamente con la cabeza.

Jesús recibe el brazalete de oro y se lo pasa a Pedro diciendo:

–      Para los pobres.

Luego se dirige al encargado en estos términos:

–      No todos tienen tu rectitud en Israel.

Tú eres sabio, porque distingues el bien del mal y sigues el bien sin sopesar la utilidad humana que el cumplirlo pueda comportar.

En nombre del eterno Padre, te bendigo a ti, a tus hijos, a tu esposa y tu casa.

Manteneos siempre en esta disposición de espíritu y el Señor estará siempre con vosotros, y tendréis la vida eterna.

Yo ahora parto. Pero no quiere decir que no nos volvamos a ver nunca. Yo volveré… Y vosotros podréis siempre llegaros hasta Mí.

Por todo lo que habéis hecho por Mí y por esa pobre criatura, Dios os dé su paz.

El encargado, los hijos y por último, la mujer, se arrodillan y besan los pies de Jesús…  

El cual, tras un último gesto de bendición, se aleja con sus discípulos, dirigiéndose hacia el pueblo.  

Felipe pregunta:

–     ¿Y si están todavía esos granujas? 

Tadeo responde:

–     A nadie se le puede impedir que vaya por los caminos de la Tierra.

–     No.  Pero nosotros para ellos somos “anatema”.

–     ¡Déjalos, hombre! ¿Te preocupa?

Pedro refunfuña entre dientes:

–     Yo no me preocupo sino porque el Maestro no quiere violencia. Y ellos, que lo saben, se aprovechan…

Sin duda, piensa que Jesús, que está hablando con Simón y con el Iscariote, no está oyendo.

Pero sí ha oído y se vuelve, mitad severo, mitad sonriente…

Y dice:

–     ¿Tú crees que Yo vencería haciendo violencia?

Esto es un pobre sistema humano que sirve por un tiempo, para victorias de los hombres. 

¿Cuánto tiempo dura la opresión? Hasta que no produzca en los que la sufren, reacciones que al unirse, engendren una violencia mayor, que abate el atropello que existía antes.

No quiero un reino temporal. Quiero un Reino Eterno: el Reino de los Cielos. ¿Cuantas veces os lo he dicho? ¿Cuántas os lo deberé decir?

¿No lo entenderéis jamás? Sí. Vendrá el momento cuando lo entenderéis.

Pedro dice:

–      ¿Cuándo, Señor mío?

Tengo prisa por entender para ser menos ignorante.

–     ¿Cuándo? Cuando seáis triturados como el trigo entre las piedras del dolor y del arrepentimiento.

Podríais, es más, deberíais, entender antes. Pero para ello, deberíais quebrantar vuestra humanidad y dejar libre al espíritu…

Y no sabéis todavía, haceros esta violencia. Pero entenderéis… entenderéis.

Entonces entenderéis también cómo no podía hacer uso de la violencia, que es un medio humano, para instaurar el Reino de los Cielos: el Reino del espíritu.

Pero, mientras esto se cumple, no tengáis miedo.

Esos hombres que os preocupan no nos harán nada. Les basta con haberme arrojado.

Tomás advierte:

–      ¿No era más fácil mandar un recado al sinagogo para que viniese a la casa del administrador o que nos esperase en el camino principal?

–     ¡Oh! ¡Qué prudente estás hoy, Tomás mío!

Era más fácil pero no sería justo. Él ha demostrado heroísmo por Mí y se le injurió en su hogar por causa mía.

Es justo que Yo vaya a consolarlo a su casa.

Tomás se encoge de hombros y ya no habla más.

Ya se ve el pueblo, vasto pero de aspecto marcadamente rural, con casas entre huertos, que ahora están desnudos y con muchos apriscos.

Debe ser un lugar apto para el pastoreo, porque se oye por todas partes, un denso balar de rebaños que van a los pastos de la llanura o que vienen de ellos.

Tiene el consabido cruce de caminos con la plaza y su fuente en el centro en el lugar donde aquéllos confluyen.

Y ahí está la casa del jefe de la sinagoga.

Abre una mujer anciana con claros signos de llanto en su rostro.

No obstante, al ver al Señor experimenta un sentimiento de alegría y profiriendo palabras de bendición, se postra.

Jesús le dice:

–     Levántate, madre.

He venido para deciros adiós. ¿Dónde está tu hijo?

Ella señala una habitación en el fondo de la casa. 

Y dice:

–     Está allí…

 ¿Has venido a consolarlo? Yo no soy capaz…

–     Entonces, ¿Está afligido por algo?

¿Le duele el haberme defendido?

–     No, Señor.

Pero siente un escrúpulo. Bueno, Tú lo escucharás. Lo llamo.

–     No. Voy Yo. 

Y se vuelve hacia los discípulos diciendo:

Vosotros esperad aquí. Vamos, mujer.

Jesús recorre los pocos metros del vestíbulo, empuja la puerta, entra en la habitación.

Se acerca despacio a un hombre que está sentado, inclinado hacia el suelo, absorto en una dolorosa meditación.

Jesús lo saluda:

–     Paz a tí, Timoneo.

–     ¡Señor! ¡Tú!

–     Yo. ¿Por qué tan triste?

–     Señor… Yo… me han dicho que he pecado.

Me han dicho que soy anatema. Yo me examino… y no creo que lo sea. Pero ellos son los santos de Israel y yo el pobre jefe de la sinagoga.

Sin duda tienen razón. Yo ahora no me atrevo a levantar la mirada hacia el rostro airado de Dios, a pesar de que me sería muy necesario en este momento.

Yo le servía con verdadero amor. Trataba de darlo a conocer.

Ahora quedaré privado de este bien, porque el Sanedrín me ha maldecido. 

–      Pero, ¿Cuál es el dolor?

¿El de dejar de ser el jefe de la sinagoga? o ¿El de quedar imposibilitado para hablar de Dios?

–     Es precisamente esto, Maestro, lo que me produce dolor.

Supongo que cuando dices que si me duele el no ser jefe de la sinagoga te refieres a las ganancias y a los honores que ello conlleva.

Eso no me preocupa. Sólo tengo a mi madre. Ella es nativa de Aera y allí tiene una pequeña casa. Techo y sustento, para ella, hay.

Para mí… yo soy joven. Trabajaré. Pero ya jamás osaré hablar de Dios, pues he pecado.

–     ¿Por qué has pecado?

–     Dicen que soy cómplice del…

¡Señor…, no me hagas decirlo…!

–      No. Yo lo digo. Bueno, ni siquiera lo digo.

Yo y tú conocemos sus acusaciones. Y Yo y tú sabemos que no son ciertas. Por tanto, tú no has pecado. Yo te lo digo.

–       Entonces, ¿Puedo todavía levantar la mirada hacia el Omnipotente?

¿Todavía puedo…?

–      ¿Qué, hijo?

Jesús es todo dulzura mientras se inclina hacia el hombre, que se ha detenido bruscamente, como con miedo. 

Lo que sucede, es que ante los ojos de Timoneo, Jesús ha sufrido una transformación espiritual…

A través del velo de su Carne, El Padre Celestial se está manifestando con su propia Persona, en la persona de Jesús y mira a Timoneo con infinita ternura…

El afligido hombre, ha servido con fidelidad en la sinagoga al Dios Trino al que ama sobre todas las cosas y Jesús es el Tabernáculo Viviente y purísimo, que le está concediendo un privilegio extraordinario…

Mirando a Jesús casi aterrorizado, al hombre le cuesta trabajo asimilar que a través de Jesús, pueda entrever la Presencia de…

Pero Jesús se lo confirma diciendo: 

–      ¿Qué? Mi Padre busca tu mirada, la quiere.

Y Yo quiero tu corazón y tu pensamiento. Sí, el Sanedrín descargará su mano sobre ti; Yo abro los brazos y digo: “Ven”.

¿Quieres ser un discípulo mío? Yo veo en ti todo lo necesario para ser un obrero del Dueño eterno.

Ven a mi viña….

–      ¿Lo dices en serio, Maestro?

Madre… ¿Estás oyendo? ¡Yo me siento feliz, madre! Yo… bendigo este sufrimiento porque me ha procurado este gozo tan inmenso. 

¡Celebrémoslo a lo grande, madre! Luego me iré con el Maestro y tú volverás a tu casa.

Voy enseguida, Señor mío; Tú, que me has librado de todo temor y dolor. Y también del miedo a Dios.

Jesús objeta:

–      No. Esperarás la palabra del Sanedrín, con corazón sereno y sin rencor.

Quédate en en tu puesto, mientras se te permita que sigas. Luego te juntarás conmigo en Nazaret o en Cafarnaúm.

Adiós. La paz sea contigo y con tu madre.

–     ¿No te vas a quedar un tiempo en mi casa?

–      No. Iré a casa de tu madre.

–      Es pueblo poco fiel.

–      Le enseñaré la fidelidad.

Adiós, madre. ¿Te sientes feliz ahora?

Jesús la acaricia, como hace siempre con las mujeres ancianas, a las cuales les da casi siempre el nombre de “madre”.

La mujer llora ahora, pero de felicidad…

–       Feliz, Señor. Había criado y educado a un varón para el Señor.

El Señor me lo toma como siervo de su Mesías. Bendito sea por ello el Señor. Bendito seas Tú que eres su Mesías.

Bendita sea la hora en que has venido aquí. Bendito sea mi hijo, que ha sido llamado a tu servicio.

–       Bendita sea la madre santa como Ana de Elcana.

La paz sea con vosotros.

Jesús sale, seguido de madre e hijo.

Se junta con sus discípulos, saluda una vez más y luego inicia el regreso hacia la Galilea.

MI PROJIMO 2


Había comenzado ya la Cuaresma.

El Jueves muy temprano desperté oyendo carcajadas y mucha algarabía, en la terraza del huerto que estaba, justo debajo del balcón de mi habitación.

Así que me levante, me aseé y decidí averiguar el motivo de la fiesta. Cuando pasé por la cocina, me enteré que mi madre había llegado de visita…

Y por ese motivo, habían decidido servir el almuerzo en la terraza que estaba llena de equipales y servía para las comidas informales.

Cuando llegué, estaba toda la familia reunida…

Y un escalofrío me recorrió, al ver el entrecejo fruncido de mi madre, que era lo que más temía. 

Era evidente que estaba bastante contrariada y para variar, yo era el motivo de su disgusto. 

Suspiré resignada y me dispuse  a que me llovieran los reproches.

La saludé con un beso y tomé el asiento que más alejado estaba de ella.

De esta forma quedé en medio de dos de mis cuñados; los que NO disimulaban para nada, la tremenda diversión que estaban disfrutando…

Desde que me convertí y por la manera en que Jesús me guiaba para hacer su Voluntad, mi madre estaba muy resentida de lo que llamaba mi rebeldía para obedecerla…

Y que echaba por la borda, la esmerada educación que me había dado.

En realidad su malestar comenzó cuando Jesús me convirtió en su apóstol y me llevó a misionar a las iglesias que estaban en el selecto grupo social al que pertenecíamos.

Los problemas de incredulidad, recrudecían la resistencia a la aceptación del Evangelio como Jesús me lo estaba enseñando…

Y yo lo estaba conociendo y testimoniando ahora.  

En las pruebas y el dolor alaba a Dios, no importa cuán difícil sea lo que estás pasando… ALABA A DIOS, Él te dará su bendición…

Jesús me había dicho:

“Te he traído a estas parroquias, para que les enseñes a conocerMe a los más pobres entre los pobres; porque lo Único que poseen es dinero y mucha soberbia.” 

Y mientras Satanás hacía talco mi prestigio y destruía mi ego…

Yo intentaba obedecer la Voluntad de Dios, en medio de las constantes pruebas que me estaban acrisolando.

Porque al Dolor lo había convertido en un maestro… Y es bien sabido que lo que NO te mata, te fortalece.

Para mi madre, esto era imposible de entender y sólo veía las actitudes autodestructivas mías (así lo consideraba ella)

Y con las que estaba consumando un suicidio social.

“Cuando la desesperación me quiere arrollar, a veces tiro la toalla al piso, Dios la toma y la coloca en mis manos. Y me dice: NO OLVIDES QUE ESTA LUCHA ES DE LOS DOS…”

Ella NO entendía que al enamorarme de Dios, mi vida ya giraba en torno a Él.

Era lo más importante de mi vida y ya NO tomaba en cuenta para nada, lo que el Mundo pudiera pensar de mí.  

Y esto había sido una penosa confrontación con las ideas que mi madre tenía sobre la forma que debíamos llevar la religión…

Cómo la habían llevado los españoles a nuestro país y  se había practicado por siglos. SIN CARISMAS ESCANDALOSOS, por favor

Después que yo conocí a Dios en la Renovación Carismática; cuando viví la Unción del Bautismo del Espíritu Santo y experimenté mi propio pentecostés…

Cambió mi vida…

Y mi madre estaba convencida que también la religión, yo la había revolucionado por completo…

Afirmando en muchos la idea de que me había vuelto loca de remate.

Pero el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

Y ni modo. Si por amar a Jesús tenía que soportar el estigma de la Locura de la Cruz, (1 Cor. 2,14) decidí que ESE sería el menor de mis problemas.

A la Única Persona que me importaba agradar era a la Santísima Trinidad…

Y mientras yo estuviera satisfecha con mi propia opinión de mí misma, eché al cubo de la basura todo lo demás. 

Así estaban las cosas, aquel primer Jueves de Cuaresma…

Apenas había empezado a probar el desayuno, cuando ella me preguntó:

–     ¿Fuiste a tomar ceniza o también la Cuaresma la vas a modificar con tus locuras?

Traté de apaciguarla:

–          Mamá por favor…

Su ceño se frunció más y prosiguió implacable:

–        Digo esto, porque ya que me ha sido imposible convertirte en una verdadera dama…

Ahora también me entero que eres la Cantinflas’ con faldas del Reino Celestial y has perdido por completo toda compostura…

Me atraganté con el chocolate y pensé angustiada: ¿A qué se refiere?

Mi desconcierto era tan patético, que otro de mis cuñados vino en mi auxilio.

Y le dijo a mi sobrina Aracely, que estaba sentada junto a mi madre:

–    Hijita, platícale a tu tía lo que nos estabas contando a nosotros…

Un nuevo escalofrío me estremeció de pies a cabeza. ¡Oh NO!

A pesar de todos mis esfuerzos, mi madre siempre se enteraba de todo lo relacionado conmigo…

Y pensé aterrorizada en lo que diría, después de mi última aventura con Jesús…

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios…”

Y cuánta más limpieza que la inocencia infantil…

La niña destellaba el regocijo en su precioso rostro, mientras empezó a detallar la experiencia que había vivido…

Y mi sobrinita de cinco años, dividió su relato en Dos Películas sobrenaturales.

La primera la disfrutó en el salón de juegos, donde refirió a los diablos con la rosa en la boca y que no podían hablar.

También describió a los que salieron huyendo después…

Que estaban como electrocutados y parecía que hubieran salido del remolino de una licuadora. Caminaban como ebrios y estaban bastante maltratados. (Fueron a los que obligué a que entraran en mí)

Y fue en ese preciso momento que una de mis hermanas, la anfitriona y que participaba en el grupo de la parroquia, bautizó a esa oración como la de la Aspiradora…

Porque dijo que exactamente así era como funcionaba.

Con su lenguaje infantil y lleno de inocencia, Aracely enseguida relató como todos los Demonios tomaron la determinación de ir a quejarse contra mí, hasta el Cielo…

Para que Dios corrigiese todo…  Y me pusiese en mi lugar.

Mi otro cuñado de los que estaban junto a mí,  

concluyó:

–          ¡Pobres diablos!

Quien te viera cuñadita, convertida en el Azote del Infierno. Ya decía yo que a ti hay que tratarte con mucho cuidado.

NO sólo eres estupenda jinete, también sabes manejar a quién Nadie se atrevería a enfrentar… 

Y todos agregaron sus propios comentarios, bromeando y divirtiéndose a mis costillas.

Mi madre se limitó a decir:

–          ¿De verdad NO sientes miedo por tanto atrevimiento?

Traté de educarte para ser una gran dama y lo acabaste de arruinar ahora, con tus desvaríos de ninja vengadora con Satanás.

La miré con desconsuelo y NO respondí.

Porque viéndolo fríamente, NI siquiera yo lo comprendía.

Entretanto, mi sobrinita continúo con lo que había vivido como un sueño la noche anterior.

Era la segunda película.  Esa la describió en el Cielo y lo hizo de esta manera:

Que el Cielo es una ciudad bellísima y hay un estadio muy grande.

Que también hay un castillo hermosísimo y tiene unas oficinas donde Dios trabaja, moldeando los destinos de cada ser humano.

Que por un lado del Cielo hay un túnel de cristal transparente, por donde entran los que van a presentarle peticiones o quejas al Señor. 

Y cómo yo también veía con el Don de Ciencia Infusa, lo que ella con su lenguaje infantil describía, supe claramente lo que trataba de decir…

Y pude complementar perfectamente lo que le faltaba…

Que unos soldados vestidos como generales de un ejército (oficiales nazis),

van y presentan quejas contra los cristianos que oran y ayunan… Puntualizando sus fallas en kas peticiones que presentan…

Porque les están causando demasiados estragos.

Que el Padre Celestial preside los juicios contra ellos… Y dicta las sentencias.

En esos juicios, hay muy poquita gente.

 

 

 

 

Pero luego hubo un alboroto muy grande…

 

 

 

 

Y todos estaban avisando que me iban a enjuiciar a mí y se llenó el estadio.

Que parece que NO es la primera vez que me enjuician…

Y me he convertido en un personaje muy popular. (Tal vez por esto lo de Cantinflas con faldas)

Por el túnel transparente iban todos los diablos vestidos como participantes del Carnaval…

Y provocaron la admiración y las risas de todos, especialmente los niños.

Los ángeles trataban de disimular su diversión y su asombro. Y se obligaron a NO reirse.

Y que algunos habitantes del Cielo exclamaron: ¡Cuánta Imaginación!  

Que todos los niños se revolcaban de risa y nadie quería perderse mi juicio.

Que había un tribunal como se ve en las series de televisión…

Y que la Virgen María, Jesús y mi Ángel de la Guarda eran mis abogados defensores.

Que el Juez era el Padre Celestial, tiene una imponente Majestad y una Personalidad tan impactante,

que nos doblega en una reverencia automática y una adoración absoluta.

Todos los demás estábamos muy serios y espectantes…

Un detalle que llamaba mucho la atención, era que yo parecía una niña muy pequeña;

porque me veía como en mi fotografía de la primera comunión. (Tenía 7 años)

Y el Juicio comenzó.

Lucifer era el Fiscal…

Aunque estaba vestido con una falda hawuiana…

Se comportó con su soberbia de siempre.

Empezó diciendo que estaba muy agraviado porque yo había violado el Mandamiento del Amor y NO lo respetaba como mi prójimo.

Que había cometido abuso de la autoridad y había hecho uso excesivo del Poder, en su perjuicio.

Además había sido muy prepotente al humillarlo de tan tremenda forma.

Estaba enojadísimo y le dijo al Padre Celestial:

–          “¡Mira cómo nos dejó! ¡Quítanos esto!”

Y Aracely describía con lujo de detalles las vestimentas que lucían y lo graciosos que se veían.

Mientras esto sucedía al imaginarlos… 

Todos estaban desternillados de risa.

Era una verdadera fiesta de carcajadas a mis costillas…

Y hasta en mi madre sorprendí el destello de una sonrisa.

Mientras  tanto yo me encogí en el equipal y deseaba que la tierra me tragara.

El Padre Celestial me preguntó que si tenía algo qué alegar en mi defensa…

No pronuncié una palabra.

Entonces intervino la Virgen, luego Jesús, mi ángel de la Guarda y también el Espíritu Santo habló en mi defensa.

Yo permanecí en silencio y muy atenta. No había en mí, el menor rastro de miedo o de culpabilidad.

Satanás manifestó todos sus argumentos y solicitó la pena máxima, por mis trasgresiones a todos los Mandamientos del Amor… 

El Padre Celestial me miró con infinita ternura, pero NO abandonó su seriedad y tampoco me reprochó nada.

Al final, el Padre Celestial les dijo que Él NO podía hacer nada, porque yo había decretado que solamente yo podía revertirles el castigo. 

Además cuando pidieron permiso para zarandearnos, Él les advirtió que se atuvieran a las consecuencias… 

Porque Él me conocía y sabía que yo no me iba a quedar de brazos cruzados.

Pero que ellos hicieron caso omiso a esa advertencia.

Así que NO había nada que hacer, hasta que yo misma decidiera una resolución adversa.

Al contrario de lo que pudiera esperarse, esta sentencia me llenó de angustia y mi inquietud aumentó.

ORGULLO GAY

Los Demonios NO podían creer lo que había sucedido.

Protestaron ruidosamente, pero el Padre Celestial disolvió la Asamblea…

Y ellos tuvieron que irse, más enojados todavía.

Quedaron como yo los había dejado y… 

 Mientras regresaban por el túnel, en el Cielo había una gran algarabía…

Los ángeles empezaron a cantar y el Cielo se llenó de Alabanzas…

En mi familia había comentarios diversos y todos los expresaban según su sentir.

Yo ya NO los oía.

Cuando el relato de la niña terminó, yo me sentía muy incómoda.  Ni siquiera había desayunado.

Mi sobrinita me preguntó:

–      Tía, ¿Qué vas a hacer con tu prójimo?

” MI PRÓJIMO”…

Sentí como un puñetazo en el estómago y respondí apurada:

–      Después te lo digo corazón, ahorita NO lo sé…

Me levanté casi sin haber tocado el delicioso platillo; pues no pude comer una de mis comidas favoritas: chilaquiles con pollo y frijoles refritos.

Llevé mi plato a la cocina y me retiré a mi recámara.

Estuve varias horas pensando en todo lo que había sucedido…

La mirada del Padre Celestial era la que más me avergonzaba, porque yo lo adoro.

Lamentaba mi deplorable carácter y sentí en mi corazón que esta vez, había hecho algo verdaderamente mezquino.

Me urgía hablar con Jesús.

Me arrodillé y empecé mi Oración Personal.

Jesús se presentó dulce y maravilloso como siempre…

Y yo le relaté todo, como si Él no supiera nada.

Finalmente le pregunté:

–       Señor, ¿Todas esas acusaciones tenían fundamento?

¿Realmente violé todo lo que me acusaron?

30. = y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, = con toda tu mente y = con todas tus fuerzas. = 31. El segundo es: = Amarás a tu prójimo como a ti mismo. = No existe otro mandamiento mayor que éstos.» Marcos 12

Jesús suspiró y dijo:

–      Sí. Lo hiciste.

Y yo me defendí argumentando Defensa Propia:

–        Pero él se lo buscó.

Se lo advertí muchas veces y NO me hizo caso. Además estuvo abusando de su fuerza y quería matarnos.

¿Cómo se atreve a acusarme si él es el Culpable de todas las desgracias de la humanidad? Alega ser mi prójimo…

¿Y las violaciones que él comete contra nosotros, NO cuentan?

Sentí como el Amor Infinito de Jesús me invadía y me rodeaba, mientras me contestaba con una gran dulzura;

–         La Justicia de Dios equilibra todo.

Nadie puede ejercerla por sí mismo

Ustedes sólo deben obedecer el Supremo Mandamiento del Amor y estar dentro de la Voluntad de Nuestra Santísima Trinidad.

Suspiré con enorme desaliento. Esto NO contribuyó a que me sintiera mejor.

Sentía en mi pecho un profundo dolor que me ahogaba…

NO podía concebir en donde había fallado…

Pero había una sola verdad: yo me sentía muy mal…   Y la más miserable de todas las creaturas.

Si el Padre Celestial al que yo amaba tanto, NO me había reprochado nada…

¿Por qué me sentía tan mal?

Aunque NO había pronunciado una palabra…

Jesús me dijo:

–       Cuando actuaste contra el Amor, te heriste a ti misma…

Grandioso, era una aclaración, pero eso NO mejoraba el asunto.

Revisé mentalmente todo lo que había sucedido y recordé algunas enseñanzas que había recibido.

Pensé: “Por eso Jesús dice que todo lo hagamos en el bien.

El simple deseo o la expresión de malos pensamientos hacia los demás, se convierten en realidad

porque la Presencia de Dios en nosotros, les da un PODER descomunal.”

“Por eso Satanás influye tanto en que siempre estemos llenos de rencor, de sentirnos superiores y de Odio,

PARA QUE MALDIGAMOS Y BLASFEMEMOS.”

Cuando actuamos así, nos convertimos en Generadores de Maldad.

Entonces Jesús me introdujo en su Corazón e hizo que viera mi última confrontación con Satanás a través de Él.

Era como David y Goliath, pero al revés…

Yo era Goliath e hice con Satanás un puré de papas.

Y de manera increíble sentí una inmensa compasión por Satanás.

Estuve contemplando el Infinito Sufrimiento que lo invade por haber perdido a Dios… 

y ESO es lo que lo impulsa a actuar con un Odio mortal contra nosotros.

Nos tiene una Envidia Feróz, porque nosotros SÍ tenemos la Promesa de regresar al Cielo. 

Y por eso emplea todos sus recursos, para IMPEDIR que lo logremos.

Al mismo tiempo pude ver mi Gran Pecado contra el Amor en esta situación tan particular, cuando estaba cumpliendo mi misión de apóstol…

Mientras yo creía que NO me había apartado del Bien.

Recuerdo que reflexioné:

“Grandioso. ¿Entonces NADIE…?  ¿Quién puede ser santo delante de Dios?” 

 Suspiré con desaliento y una vez más acepté mi realidad:

“Soy una pecadora en rehabilitación, que la mayoría de las veces por mis actitudes, estoy en el suelo caída.”

“PERO DIOS ME AMA ASÍ COMO SOY.”

Y esta verdad me dio fuerzas para continuar por el Sendero que Dios me había marcado…

Nunca olvidar esto, me ha ayudado a seguir caminando por El Camino de la Cruz.

En aquel momento, sólo le pregunté a Jesús:

–        ¿Y ahora qué hago?

Jesús me miró cómo sólo Él puede hacerlo, cuando espera algo grande de nosotros…Y contestó:

–         Piensa…

Tú SABES lo que deberías hacer…

Yo suspiré y dije:

–         Está bien mi Señor. Después que lo haga te llamaré…

Todo estaba condicionado al Amor al Prójimo, al que había violentado.

Estuve meditándolo un par de horas y finalmente tomé una resolución.

Prendí mi cirio pascual, recé mi Rosario a la Virgen María y las Oraciones de mi devoción diaria, además de mi devoción particular a la Preciosísima Sangre.

Y luego hice la invocación que jamás pensé que algún día haría:

Invoqué tres veces a Satanás.  

Se presentó renuente y altanero.

Me preguntó:

–       ¿Qué Quieres?

Le contesté muy seria y sin altivéz:

–          Pedirte perdón.

Levantó su rostro con un gran desplante de arrogancia,

me miró con una airada expresión de sorprendido desprecio por mi atrevimiento, que lo obligó a presentarse ante mí…

Y replicó con una gran furia contenida:

–          Sabes que NO puedo dártelo.

Yo le respondí calmadamente y poniendo énfasis en la primera frase:

–         ESE, ES TU PROBLEMA.

Sabes que yo te estoy hablando sin soberbia. Lamento mucho haberte lastimado con mi prepotencia y con mi ira.

En este momento te quito todo el castigo que te infligí. Ya NO QUIERO ser causante de tu sufrimiento…

Él me miraba con sorpresa y sin disimular su asombro…

Y yo proseguí:

–        Y junto contigo, se lo quito a Todos los de tus Huestes Infernales.

Pero TE ADVIERTO una cosa…

Soy mujer y por lo tanto muy poco predecible.

Al hacer esto NO significa que te estoy presentando bandera blanca de rendición y tampoco significa que eres intocable e invencible…

El Amor que siento por mi Señor y mi Dios, me ha hecho reflexionar y…Esto NO es una Tregua. 

Te lo advierto: Voy a ser tu peor Contrincante.

Si te vuelves a atravesar en mi camino y NO estoy en uno de mis mejores momentos, NO te garantizo que NO te cause algo peor.” 

Se paralizó completamente, por lo que consideró una audacia inconcebible y que su rostro delató sin que pudiera evitarlo.

Entonces fue mi turno de mostrarme con la dignidad que tomaba mi madre, cuando de ejercer la autoridad ancestral de la familia lo requería…

Y levantando la barbilla le dije muy solemne:

–     Las mujeres somos hormonales, ¿Sabes?

Y yo NO tengo problemas de orgullo para pedir perdón.  

Lo único que puedo asegurarte, es que cada que te metas conmigo, te voy a hacer llorar.

Y ya puedes juntarte con los demás hombres en la cantina, a llorar por las penas causadas por una mujer, porque una cosa SI te prometo:

VOY A SER TU MÁS GRANDE PESADILLA.

Y ya lárgate. Ésta entrevista ha terminado.”

Sin esperar respuesta, le dí la espalda, me acerqué a la estatuilla de la Virgen de Guadalupe que señoreaba en mi habitación…

Y elevando los brazos  empecé a alabar a la Virgencita.

Luego me postré en el piso, ante el crucifijo de la Santísima Trinidad; le pedí perdón al Señor por las faltas que cometí también contra Él…

Y proseguí con mi vida cotidiana.

Desde aquel día, tomé la determinación de que para jamás equivocarme otra vez, en cualquier situación y bajo cualquier circunstancia, la pregunta más sabia, SIEMPRE es:

“Y ahora mi Señor, ¿CUÁL ES TU VOLUNTAD? ¿QUÉ ES LO QUE QUIERES QUE HAGA?

Y Obedecerlo inmediatamente…

Conociendo la capacidad y el poder de las Fuerzas Malignas, estoy plenamente consciente de que sin la Protección Divina, no estaría relatando esto.

Porque nuestras pruebas jamás son superiores a nuestra capacidad para soportarlas…

Increíblemente despues de cada batalla, mi voluntad se fortalece más, en seguir combatiendo hasta la muerte.

El camino de la Cruz es una guerra continua para pertenecer a Dios y siempre ofrezco todos mis sufrimientos unidos a los de Jesús en el Calvario, porque estoy amando mi propio calvario…

Y sólo pido fuerzas para no claudicar. 

Los consuelos divinos, son el mejor paliativo y Dios nunca nos abandona, sobre todo cuando Él toma el control de nuestra vida.

Y lo dejamos que Él sea, el que lo hace todo por nosotros. 

Las aparentes derrotas Dios las convierte en aplastantes victorias.

Porque al ser Generadores de Amor, es cuando alegramos el Corazón de nuestro Padre.

Ahora ya tengo muy claro, lo que quiso decir Jesús con eso de que las batallas con Él se ganan perdiendo. 

Cuando podemos paladear la dicha de gozar la Presencia y el Amor del Señor Único y Trino;

Las incomodidades y molestias que provoca Satanás, vale la pena soportarlas. 

Cuando nacemos, venimos sin nada…

Y cuando morimos debemos dejarlas.

Lo importante es prepararnos para ese momento crucial...

Y que NO estemos apegados a nada…

Y DEJÁNDOLO TODO, LE SIGUIERON

98 EL ALBA DEL MESÍAS


98 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En el palacio de Betania, todo ha sido preparado para celebrar la Fiesta de las Encenias y hay luces por todos lados.

Todo está iluminado de una manera muy especial y hasta en los senderos del jardín, se han encendido pequeñas lámparas de aceite. 

En la sala blanca, donde están todos reunidos, Jesús está celebrando su cumpleaños hablandoles a todos del Misterio de su Encarnación:

Habiéndose cumplido el tiempo de la Gracia, Dios se preparó su Virgen.

Os será fácil comprender cómo Dios no podía residir donde Satanás había puesto un incancelable signo.

Por tanto, la Potencia actuó para hacer su futuro tabernáculo sin mancha y de dos justos, en la ancianidad.

Y contra las reglas comunes de la procreación, fue concebida aquella en la que no existe mancha alguna.

¿Quién depositó esa alma en la carne embrional que con su presencia daba nueva lozanía al anciano seno de Ana de Aarón, la abuela mía?

Tú, Leví, viste al Arcángel de todos los anuncios. Puedes decir: es ése. Porque la “Fuerza de Dios” (“Fuerza de Dios” es el significado etimológico de “Gabriel”,

el nombre del arcángel de los anuncios) fue siempre el Victorioso que llevó el tañido de alegría a los santos y a los profetas.

El Indomable, contra el que la fuerza, también grande, de Satanás se quebró cual sutil tallo de musgo seco; el Inteligente que desvió con su buena y lúcida inteligencia

las insidias del otro inteligente, si bien malvado, poniendo en acto con prontitud el Mandato de Dios.

Con un grito de júbilo, él, el Anunciador, que ya conocía los caminos de la Tierra por haber descendido a hablarles a los Profetas, recogió del Fuego divino esa chispa inmaculada que era el alma de la eterna Doncella.

Y custodiada dentro de un círculo de llamas angélicas, las de su espiritual amor, la condujo a la Tierra, a una casa, a un seno.

El mundo, desde ese momento, tuvo consigo a la Adoradora. Y Dios, desde ese momento, pudo mirar a un punto de la Tierra sin experimentar disgusto.

Y nació una criaturita: la Amada de Dios y de los ángeles, la Consagrada a Dios, la santamente Amada de sus familiares.

“Y Abel dio a Dios las primicias de su rebaño.” ¡Oh…, realmente los abuelos del eterno Abel supieron ofrecer a Dios la primicia de lo que constituía su bien,

todo su bien, muriendo por haber dado este bien a quien se lo había dado a ellos!

Mi Madre fue la Jovencita del Templo desde los tres a los quince años y aceleró la venida del Cristo con la fuerza de su amar.

Virgen antes de su concepción, virgen en la oscuridad de un seno, virgen en sus vagidos, virgen en sus primeros pasos, la Virgen fue de Dios, de Dios sólo.

Y proclamó su derecho, superior al decreto de la Ley de Israel, obteniendo del esposo que le había sido dado por Dios el permanecer intacta después del desposorio.

José de Nazaret era un justo. Sólo él podía ser destinatario de la Azucena de Dios, y sólo él la recibió.

Ángel en el alma y en la carne, él amó como aman los ángeles de Dios.

La profundidad abismal de este fuerte amor, que supo dar toda la ternura conyugal sin sobrepasar la barrera de celeste fuego tras la que estaba el Arca del Señor, será comprendida en la Tierra sólo por pocos.

Es el testimonio de lo que puede un justo, con el simple hecho de que quiera; lo que puede, porque el alma, aun estando herida por la mancha de origen, posee poderosas fuerzas de elevación.

Y recuerdos y retornos a su dignidad de hija de Dios, y divinamente obra por amor al Padre.

Aún estaba María en su casa, en espera de unirse a su esposo, cuando Gabriel, el ángel de los divinos anuncios, volvió a la Tierra y pidió a la Virgen ser Madre.

Ya había prometido al sacerdote Zacarías el Precursor, y no había sido creído.

Pero la Virgen creyó que ello podía acaecer por voluntad de Dios y sublime en su desconocimiento, sólo preguntó: “¿Cómo puede acontecer esto?”.

Y el ángel le respondió:

“Tú eres la Llena de Gracia, María. No temas, por tanto, porque has hallado gracia ante el Señor también en cuanto a tu virginidad.

Concebirás y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador prometido a Jacob y a todos los Patriarcas y Profetas de Israel.

Será grande e Hijo verdadero del Altísimo, porque será concebido por obra del Espíritu Santo.

El Padre le dará el trono de David, como ha sido predicho, reinará en la casa de Jacob hasta el fin de los siglos, mas su verdadero Reino no tendrá nunca fin.

Ahora el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo esperan tu obediencia para cumplir la promesa. El Precursor del Cristo ya está en el seno de Isabel, tu prima.

Y si das tu consentimiento, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y será santo Aquel que nacerá de ti y llevará su verdadero nombre de Hijo de Dios”.

HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR

Entonces María respondió: “He aquí la Esclava del Señor. Hágase de mí según su palabra”.

Y el Espíritu Santo descendió sobre su Esposa y en el primer abrazo le impartió sus luces,

que sobreperfeccionaron las virtudes de silencio, humildad prudencia y caridad que Ella poseía en plenitud.

Y Ella resultó un todo con la Sabiduría e inseparable de la Caridad.

La Obediente y Casta se perdió así en el océano de la Obediencia que Yo soy, y conoció el gozo de ser Madre sin conocer la turbación de ser siquiera tocada.

Fue la nieve que se concentra en flor y se ofrece a Dios así…

Pedro pregunta lleno de estupor:

–     ¡Y el marido?

–     El sigilo de Dios cerró los labios de María.

Y José no tuvo noticia del prodigio sino cuando, de vuelta de la casa de Zacarías su pariente, María apareció como madre ante los ojos de su esposo.

–      ¿Y qué hizo él?

–      Sufrió… y María también…

–      Si hubiera sido yo…

–      José era un santo, Simón de Jonás.

Dios sabe dónde poner sus dones… Sufrió acerbamente y decidió abandonarla, cargándose sobre sí el ser tachado de injusto.

Pero el ángel bajó a decirle:

“No temas tomar contigo a María, tu esposa; porque lo que en Ella se está formando es el Hijo de Dios.

Es Madre por obra de Dios. Cuando nazca el Hijo, le pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador”

Bartolomé pregunta:

–      ¿Era docto José?

–       Como conviene a un descendiente de David.

–       Entonces habrá recibido una inmediata luz recordando al Profeta: “He aquí que una virgen concebirá…”

–      Sí. La recibió. A la prueba sucedió el gozo…

Pedro repite:

– Si hubiera sido yo no hubiera sucedido, porque antes yo habría… ¡Oh, Señor, qué bien que no fuera yo!

La habría quebrantado como a un tallo delgado sin dejarle tiempo ni de hablar.

Pero después, caso de que no me hubiera convertido en un asesino, habría tenido miedo de Ella… El miedo secular, al Tabernáculo, de todo Israel…

–      También Moisés tuvo miedo de Dios y no obstante, fue socorrido y estuvo con Él en el monte…

José se dirigió pues, a la casa santa de la Esposa, para cubrir las necesidades de la Virgen y del Niño que había de nacer.

Y habiendo llegado, para todos, el tiempo del edicto, fue con María a la tierra de los padres.

Pero Belén los rechazó porque el corazón de los hombres está cerrado a la caridad.

Jesús se vuelve hacia los pastores y les dice:

–     Ahora hablad vosotros. 

Elías agrega:

–     Yo, cayendo ya la tarde, me encontré con una mujer joven y sonriente montada en un borriquillo.

Un hombre venía con ella. Me pidió leche y algunas informaciones. Yo dije lo que sabía… Luego vino la noche… y una gran luz…

Y salimos… y Leví vio a un ángel que estaba cerca del aprisco.

El ángel dijo: “Ha nacido el Salvador”.

Ya era completamente de noche y el cielo estaba lleno de estrellas, aunque la luz quedaba absorbida por la de aquel ángel

y la de otros miles de ángeles… (Elías llora aún al recordarlo).

Y nos dijo el ángel: “Id a adorarlo. Está en un establo, en un pesebre, entre dos animales… Encontraréis a un Pequeñuelo envuelto en unos pobres pañales…”.

¡Oh…, qué fulgor el del ángel al decir estas palabras!…

¿Te acuerdas. Leví, cómo despedían llamas sus alas cuando, después de inclinarse para nombrar al Salvador, dijo: “… que es el Cristo Señor”?

–      ¡Claro que me acuerdo!

¿Y las voces de esos millares de ángeles: “¡Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”!?

Aquella música está aquí, está aquí, y me transporta al Cielo cada vez que la oigo.

y Leví levanta el rostro, un rostro extático en que luce el llanto.

Isaac añade:

–       Y fuimos, cargados como bestias, alegres como para una boda, y, luego…, cuando oímos tu tenue voz y la de Madre, ya no supimos hacer nada.

Y empujamos a Leví, que era un niño, para que mirase.

Nosotros nos sentíamos como unos leprosos junto a tanto candor…

Y Leví escuchaba y reía llorando y repetía las palabras, con una voz tal de cordero, que la oveja de Elías baló.

José vino al portillo y nos invitó a pasar… ¡Qué pequeño y lindo eras! Un capullo de rosa encarnada sobre el rudo heno… Y llorabas…

Luego te reíste por el calorcito de la piel de oveja que te ofrecimos y por la leche que ordeñamos para ti… Tu primera comida… ¡Oh!… y luego…

y luego te besamos… Dejaste en nosotros un sabor a almendra y a jazmín… y nosotros ya no podíamos separarnos de Ti… 

Jesús confirma:

–       Efectivamente, desde entonces no me habéis dejado.

Jonathán dice:

–       Es verdad.

Tu rostro quedó grabado en nosotros y lo mismo tu voz y tu sonrisa… Crecías… eras cada vez más hermoso…

El mundo de los buenos venía a deleitarse en Tí… y el de los malvados no te veía… Ana… tus primeros pasos… los tres Sabios… la Estrella…

–       ¡Qué luz aquella noche!

El mundo parecía arder con mil luces. Sin embargo, la noche de tu venida la luz estaba fija y era como de perla…

Ahora era la danza de los astros; entonces, la adoración de los astros.

Nosotros, desde un alto, vimos pasar la caravana y la seguimos para ver si se detenía…

Al día siguiente, toda Belén vio la adoración de los Sabios.

Y luego… ¡Oh…, no hablemos de aquel horror, no hablemos de él!…- Elías palidece al recordarlo.

–       Sí, no hables de ello. Guárdese silencio sobre el odio…

–       El mayor dolor era el hecho de no tenerte ya y el no tener noticias tuyas.

Ni siquiera Zacarías sabía nada; él, que era nuestra última esperanza… Luego… luego ya nada más.

–       ¿Por qué, Señor, no confortaste a tus siervos?

–     ¿Preguntas el porqué, Felipe?

Porque era prudente hacerlo. Mira cómo Zacarías, cuya formación espiritual se completó después de ese momento, tampoco quiso descorrer el velo. Zacarías…

–      Tú nos dijiste que Zacarías fue quien se ocupó de los pastores.

Siendo así, ¿por qué él no dijo, primero a ellos y luego a Ti, que los unos estaban buscando al Otro?

–       Zacarías era un justo enteramente hombre.

Se hizo menos hombre y más justo durante los nueve meses de mutismo.

Luego, durante los meses que siguieron al nacimiento de Juan, se perfeccionó.

Pero fue en el momento en que sobre su soberbia de hombre cayó el mentís de Dios, cuando se hizo espíritu justo.

Había dicho: “Yo, sacerdote de Dios, digo que en Belén debe vivir el Salvador”.

Dios le había mostrado cómo el juicio, aunque sea sacerdotal, si no está iluminado por Dios, es un pobre juicio.

Horrorizado por el pensamiento de que por su palabra hubiera podido provocar que mataran a Jesús, vino a ser el justo, el justo que ahora descansa en espera del Paraíso.

Y la justicia le enseñó prudencia y caridad. Caridad hacia los pastores, prudencia respecto al mundo que debía permanecer en la ignorancia acerca del Cristo.

Cuando, regresando a la patria, nos dirigimos a Nazaret, por la misma prudencia que ya guiaba a Zacarías, evitamos Hebrón y Belén.

Y costeando el mar, volvimos a Galilea.

Ni siquiera el día de mi mayoría de edad fue posible ver a Zacarías, que había partido el día antes con su niño para la misma ceremonia.

Dios velaba, Dios probaba, Dios proveía, Dios perfeccionaba.

Tener a Dios significa también esfuerzo, no sólo contento. Y así mi padre de amor y mi Madre de alma y de carne, tuvieron que esforzarse también.

Se puso veto incluso a lo lícito, para que el misterio envolviese con su sombra al Mesías niño.

Y que esto les sirva de explicación a muchos que no comprenden la dúplice razón de la congoja cuando no me encontraban durante tres días.

Amor de madre, amor de padre hacia el niño perdido; temblor de custodios por el Mesías que podía quedar de manifiesto antes de tiempo;

terror a haber tutelado mal la Salud del mundo y el gran don de Dios.

Éste fue el motivo de aquella insólita exclamación: “¡Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te estábamos buscando!”

“Tu padre”, “tu madre”… El velo echado sobre el resplandor del divino Encarnado.

Y la tranquilizante respuesta:

¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que Yo debo ser activo en las cosas del Padre mío?”.

Y la Llena de Gracia recogió y comprendió tal respuesta en su justo valor, o sea:

“No tengáis miedo. Soy pequeño. un niño; mas, si bien crezco, según la humanidad, en estatura, sabiduría y gracia ante los ojos de los hombres,

Yo soy el Perfecto en cuanto que soy el Hijo del Padre y por tanto, sé conducirme con perfección, sirviendo al Padre haciendo resplandecer su luz, sirviendo a Dios conservándole el Salvador”.

Y así hice hasta hace un año.

Ahora el tiempo ha llegado. Se descorren los velos, y el Hijo de José se muestra en su Naturaleza:

el Mesías de la Buena Nueva, el Salvador, el Redentor y el Rey del siglo futuro. 

Juan pregunta:

–      ¿Y no volviste a ver nunca a Juan?

–      Sólo en el Jordán, Juan mío, cuando solicité el Bautismo.

–      De modo que ¿Tú no sabías que Zacarías les había beneficiado a éstos?

–      Ya te he dicho que después del baño de sangre, de sangre inocente, los justos se hicieron santos, los hombres se hicieron justos.

Sólo los demonios permanecieron como eran. Zacarías aprendió a santificarse con la humildad, la caridad, la prudencia, el silencio.

Pedro dice:

–      Deseo recordar todo esto. Pero, ¿Podré hacerlo? 

Mateo dice:

–     Tranquilo, Simón. Mañana les pido a los pastores que me lo repitan, con sosiego, en el huerto, una, dos, tres veces, si hace falta.

Tengo buena memoria, ejercitada en mi banco de trabajo y me acordaré por todos. Cuando quieras, te podré repetir todo.

Tampoco tenía notas en Cafarnaúm y sin embargo…

–     ¡No te equivocabas ni en un didracma!… ¡Sí que me acuerdo… bien! Te perdono el pasado, de corazón realmente, si te acuerdas de esta narración… y si me la cuentas a menudo.

Quiero que me entre en el corazón de la misma forma que está en éstos… como lo tuvo Jonás… ¡Morir diciendo su Nombre!…

Jesús le mira a Pedro y sonríe.

Luego se levanta y le besa en la entrecana cabeza.

–      ¿A qué se debe este beso tuyo, Maestro?

–      A que has sido profeta: tú morirás diciendo mi Nombre; he besado al Espíritu, que hablaba en ti.

Luego Jesús entona fuerte, un salmo.

Y todos, en pie, le secundan:

–      “Levantáos y bendecid al Señor vuestro Dios, de eternidad en eternidad. Bendito sea su Nombre sublime y glorioso, con toda alabanza y bendición. Tú sólo eres el Señor.

Tú has hecho el cielo y el cielo de los cielos y todo su ejército, la Tierra y todo lo que contiene”, etc. (es el himno que cantan los levitas en la fiesta de la consagración del pueblo, cap. IX del libro II de Esdras)

A continuación, Jesús entona un Salmo y todos de pie le contestan, prosiguiendo con el Rito de la Fiesta de las Encenias.

97 LA FIESTA DE LAS ENCENIAS


97 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La ya de por sí espléndida casa de Lázaro, esta noche está maravillosa.

Parece arder por el número de lámparas encendidas y la luz se derrama hacia fuera en este comienzo de la noche, rebosando desde las salas al atrio y desde éste al pórtico.

Para alargarse vistiendo de oro los guijarrosos senderos, el césped y las matas de cuadros del jardín, luchando, venciendo en los primeros metros, con el fulgor de la luna con su esplendor,

mientras que más lejos todo toma aspecto angélico por el vestido de pura plata que la luna extiende sobre las cosas.

También el silencio que envuelve al magnífico jardín, en que se escucha sólo el arpegio del chorro de agua cayendo en el estanque de los peces, parece aumentar la recogida y paradisíaca paz de la noche lunar.

Mientras junto a la casa voces alegres y numerosas y un festivo rumor de correr muebles y de sacar la vajilla a las mesas, recuerda que el hombre es hombre y no todavía espíritu.

Marta se mueve ágilmente con su amplio vestido espléndido y pudoroso de un color violeta rojo; parece una flor, una hermosa campanilla; o una mariposa en vivaz movimiento chocándose contra las paredes purpúreas del atrio…

O contra las paredes de diminutas representaciones, parecen una alfombra de la sala del banquete.

Jesús sin embargo, pasea solo y absorto junto al estanque de los peces.

Y parece como si alternadamente quedara subsumido en la oscura sombra proyectada por un alto laurel, un verdadero árbol gigante.

O en la fosfórica luz lunar que cada vez se hace más clara.

Tan viva, que el surtidor del estanque parece un penacho de plata que luego se fragmenta en lascas de brillantes que van a caer para perderse en ella, en la lámina quieta, pura plata, del pilón.

Jesús mira y escucha las palabras del agua en la noche.

Estas llegan a tener un sonido tan musical, que despiertan a un ruiseñor que en el tupido laurel, responde al arpegio lento de las gotas con un agudo de flauta…

Y luego se para, como para tomar la nota y seguir el acorde del agua y finalmente comienza, como rey del canto que es, su perfecto, variado, suave himno de alegría.

Jesús ya ni siquiera camina, para no turbar con el rumor de los pasos la serena alegría del ruiseñor y con la cabeza inclinada, sonríe deleitándose con su canto. 

Cuando el ruiseñor, después de una nota purísima, sostenida y modulada en tono ascendente, que parece imposible que surja de una garganta tan pequeña, interrumpe su canto.

Jesús exclama:

–      ¡Te bendigo, Padre santo, por esta perfección y por el gozo que con ella me has proporcionado! 

Y continúa su paseo sumido en una profunda meditación…

Llega Simón diciendo:

–    Maestro.

Lázaro te ruega que vengas. Todo está listo.

Jesús contesta:

–     Vamos.

Y que así desaparezca la última duda que puedan tener, de que no les ame por causa de María.

–    ¡Qué llanto Maestro!

Sólo un milagro secreto tuyo, ha podido curar ese dolor. ¿Sabías que Lázaro estuvo a punto de huir, después de que ella regresó?

Ella salió de la casa diciendo que dejaba los sepulcros por la alegría… y otras insolencias parecidas.

Lázaro estuvo a punto de ir a alcanzarla para darle una buena tunda para que guardase silencio respecto a Ti.

Martha y yo lo contuvimos.

–    Habría podido hacer un milagro inmediato en ella.

Pero Yo no quiero una resurrección forzada de los corazones. Doblegaré a la Muerte y me devolverá sus presas; porque soy el Señor de la Muerte y de la Vida.

Pero los espíritus tienen esencias inmortales que los hacen capaces de resucitar por voluntad propia y no los fuerzo a resucitar.

Hago la primera invitación y doy la primera ayuda. Hago como quién abre un féretro donde está uno que fue enterrado vivo y que morirá si sigue encerrado en esas tinieblas asfixiantes.

Dejo que entre aire y luz y luego espero…

Si el espíritu tiene deseos de salir, saldrá. Si no quiere, busca más las tinieblas y se hunde más. ¡Pero si sale!… ¡Oh, si sale!

En verdad te digo que nadie será más grande que el espíritu resucitado.

Tan solo la inocencia absoluta es mayor, que este muerto que vuelve a vivir; porque ha amado y por la alegría que siente de Dios…

Observa el cielo, Simón. ¿Ves que tiene estrellas y planetas, más o menos grandes?

Todos poseen vida y esplendor por Dios, que los ha hecho y por el sol que los ilumina, mas no todos son luminosos y grandes en igual medida.

Así será también en mi Cielo: todos los redimidos tendrán vida por Mí y esplendor por mi luz, mas no todos serán luminosos y grandes en igual medida.

Unos serán simple polvo de astros, como el que hace láctea a Galatea: serán aquellos, innumerables, que habrán aspirado sólo ese mínimo indispensable para no ser réprobos.

Y sólo por la infinita misericordia de Dios, después de un largo Purgatorio, irán al Cielo.

Otros serán más fúlgidos y estarán más formados: los justos que hayan unido su voluntad a la del Cristo, y hayan prestado obediencia, para no condenarse, a mis palabras.  

Luego, estarán los planetas, las buenas voluntades, ¡oh…, luminosísimos!: son los enamorados hasta la muerte por el amor, los penitentes por amor, los que obran por amor, los inmaculados por amor;

su luz es de puro diamante o de resplandor de gemas de distintos colores rojo-rubí o violeta-amatista o amarillo-topacio o cándido-perla.

Y habrá algunos entre estos planetas – y serán mis glorias de Redentor – que tendrán en sí destellos de rubí y de amatista y de topacio y de perla, porque serán todo por amor.

Heroicos hasta llegar a perdonarse el no haber sabido amar antes, penitentes hasta saturarse de expiación como Ester antes de presentarse a Asuero se saturó de perfumes,

incansables para hacer en poco tiempo, en el poco tiempo que les queda, cuanto no hicieron durante los años que perdieron en el pecado,

puros hasta la heroicidad para olvidarse – no sólo en el alma y en el pensamiento, sino también en las propias entrañas – de que existe el sentido.

Serán aquellos que atraerán hacia sí, por su multiforme resplandor, los ojos de los creyentes, de los puros, de los penitentes, de los mártires, de los héroes, de los ascetas, de los pecadores.

Y para cada una de estas categorías, su resplandor será palabra, respuesta, llamada, garantía…

Pero, vamos, que nosotros estarnos aquí hablando y allí nos esperan.

–      Es que cuando Tú hablas uno se olvida de que vive.

¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece ver en ello una promesa…

–      Lo debes decir.

La palabra del amigo puede posarse sobre su herida y no se ruborizarán de haberse puesto colorados en mi Presencia…

–      Te hemos hecho esperar, Marta; es que estaba hablando con Simón de estrellas y nos hemos olvidado de estas luces.

Tu casa es verdaderamente un firmamento esta noche…

–     Las hemos encendido no sólo para nosotros y la servidumbre, sino también para ti y para los huéspedes, tus amigos.

Gracias por haber venido para la última noche. Ahora la fiesta es realmente la Purificación… –

Marta querría continuar hablando, pero siente que le sube el llanto y calla.

Jesús entra saludando:

–      Paz a todos vosotros.

 Avanza por el atrio resplandeciente de decenas de luces de plata, todas encendidas, colocadas por todas partes.

Lázaro, sonriente, se dirige hacia Jesús:

–      Paz y bendición a ti, Maestro, y muchos años de santa felicidad.

Se besan.

–      Me han dicho ciertos amigos nuestros que Tú naciste mientras Belén ardía por una lejana fiesta de las Luminarias.

Ellos y nosotros estamos jubilosos de tenerte en esta noche tan especial. ¿No preguntas quiénes son?

–     No tengo más amigos que los discípulos y mis amados de Betania, aparte de los pastores.

Por tanto son ellos. ¿Han venido?

Los cinco pastores se postran adorándolo con la misma veneración, que si lo estuvieran haciendo en el Lugar Santo, donde los sacerdotes adoran al Santo de los santos.

Elías, Leví, José y Jonatás, continúan con el rostro en el piso de mármol, de la rica sala blanca en la casa de Lázaro.

Solamente Isacc se levanta sobre sus rodillas, con las manos cruzadas sobre el pecho y en el rostro, una expresión de absoluto éxtasis…

Y contesta por todos:

–     Para adorarte, Mesías nuestro.

Lo supimos por Jonathán y aquí estamos, con nuestros rebaños, que ahora están en los establos de Lázaro.

Y con nuestros corazones, ahora y siempre a tus pies santos.

Isaac ha hablado por Elías, Leví, José y Jonathán, que están postrados a los pies de Jesús:

Jonatán con su lujoso vestido del intendente estimado por su señor.

Isaac con el suyo de incansable peregrino, de gruesa lana marrón oscura, impermeable al agua.

Leví, José, Elías, con las vestiduras que Lázaro les ha dado, frescas, limpias, para poder tomar asiento en las mesas, sin tener que llevar el pobre indumento, roto y con olor a aprisco, de los pastores.

–      ¿Por este motivo me habéis mandado al jardín?

¡Dios os bendiga a todos! Sólo falta mi Madre para completar mi felicidad. levantáos, levantáos.

Es la primera Navidad que celebro sin mi Madre. Pero vuestra presencia me alivia la tristeza, la nostalgia de su beso.

Entran todos en la sala blanca donde estan las mesas preparadas. 

Aquí la mayoría de las lámparas son de oro. El metal aumenta su brillo por la luz de la llama, la llama parece más resplandeciente por el reflejo de tanto oro.

La mesa está dispuesta en forma de U para que quepa tanta gente como hay y poderla servir sin dificultar las operaciones de los trinchadores y de los criados.

Además de Lázaro están los apóstoles, los pastores y Maximino, el anciano servidor de Simón.

Marta cuida de la disposición de los puestos. Querría permanecer en pie, pero Jesús se impone:

–      Hoy no eres la hospedadora, eres la hermana.

Y te vas a sentar como si fueras de mi misma sangre. Somos una familia.

Cesen las reglas para dar paso al amor. Aquí a mi lado y junto a ti, Juan. Yo con Lázaro. Dadme una lámpara. Entre mí y Marta vele una luz…

Una llama, por las ausentes que a pesar de todo están presentes: por las amadas, esperadas, por las mujeres amadas y lejanas. Todas.

La llama tiene palabras de luz.

El amor tiene palabras de llama, y estas palabras van lejos, siguiendo la onda incorpórea de los espíritus que se encuentran siempre,

más allá de los montes y de los mares, llevando besos y bendiciones…  Llevando todo. ¿No es, acaso, verdad?

Ella deposita la lámpara en el lugar donde Jesús desea, en un puesto que quedará vacío y habiendo comprendido, se inclina a besarle la mano.

La que luego, bendecidora y reconfortante, Jesús pone sobre la cabeza morena de Marta.

Comienza la cena.

Al principio un poco confusos, los tres pastores, Isaac se siente ya más seguro y Jonathán no da signos de sentirse incómodo, van tomando cada vez más confianza a medida que la cena se desarrolla.

Y después de un tiempo de silencio, comienzan a hablar:

¿De qué podría ser, sino de su recuerdo?

Leví dice:

–      Hacía poco que nos habíamos recogido. Tenía tanto frío, que me resguardé entre las ovejas, llorando por la nostalgia de mi madre…

Isaac recuerda:

–     Yo, sin embargo, pensaba en la joven Madre que había visto poco antes, y me decía a mí mismo: “¿Habrá encontrado lugar?”.  

Elías añade:

–     ¡Si hubiera sabido que estaba en un establo, la habría traído al aprisco!… Pero, era tan delicada, una azucena de nuestros valles; que me pareció una ofensa el decirle: “Ven con nosotros”.

Jonathán agrega:

–     Yo pensaba en Ella…

Y sentía más vivamente el frío, pensando en cuánto le debía hacer sufrir. ¿Te acuerdas qué luz aquella noche? ¿Y te acuerdas de tu miedo?

Leví contesta:

–     Sí… pero luego… el ángel… ¡Oh!… 

Leví, un poco absorto como en estado de ensoñación, sonríe al recordarlo.

Pedro los interrumpe:

–     ¡Un momento! ¡Escuchadme, amigos!

Nosotros sabemos poco y lo sabemos mal. Hemos oído hablar de ángeles, de pesebres, de rebaños, de Belén… Y sabemos que Él es galileo y carpintero…

¡No es justo que estemos en la ignorancia! Yo le he preguntado al Maestro en Agua Especiosa… pero luego se habló de otras cosas.

Éste, que sabe, no me ha dicho nada… Sí, hablo contigo, Juan de Zebedeo.

¡Vaya forma de respeto hacia el anciano! Te lo tienes todo para ti y me dejas que vaya adelante como un tarugo de discípulo.

¿Es que ya por mí mismo no soy suficiente tarugo?

Se echan a reír por el gesto bueno de indignación de Pedro. Pero él se vuelve hacia su Maestro,

y dice:

–      Se ríen, pero tengo razón.

Luego se vuelve a Bartolomé, Felipe, Mateo, Tomás, Santiago y Andrés:

–     ¡Venga, decidlo también vosotros, protestad conmigo!

¿Por qué no sabemos nada nosotros?

–     ¿Dónde estabais cuando murió Jonás? ¿Dónde estabais en los altos del Líbano?

–     Tienes razón. Pero, por lo que se refiere a Jonás, yo al menos, creí que se tratase del delirio de un moribundo.

Y en los altos del Líbano… estaba cansado y con sueño. Perdóname, Maestro, pero es la verdad.

Jesús responde:

–     ¡Y será la verdad de muchos!

El mundo de los evangelizados frecuentemente responderá, al Juez Eterno, para disculparse de su ignorancia a pesar de la enseñanza de mis apóstoles, eso mismo que tú dices: “Creí que se trataba de un delirio… Estaba cansado y tenía sueño”.  

Y frecuentemente, no admitirá la verdad porque la confundirá con un delirio y no se acordará de la verdad porque estará cansado y tendrá sueño por demasiadas cosas inútiles, caducas e incluso pecaminosas.

Una sola cosa es necesaria: conocer a Dios.

–     Bien, después de decirnos lo que nos corresponde, cuéntanos cómo sucedieron los hechos…

Cuéntaselo a tu Pedro. Yo después hablaré de ello a la gente. Si no… ya te lo he dicho, ¿Qué puedo decir?

El pasado no lo conozco; las profecías y el Libro… no los sé explicar; el futuro… ¡Oh, pobre de mí! Y entonces ¿Qué anuncio?

Bartolomé agrega:

–     Sí, Maestro, que lo sepamos también nosotros…

Sabemos que eres el Mesías y esto lo creemos, pero al menos por lo que a mí respecta, me ha costado trabajo admitir que de Nazaret pudiera provenir algo bueno…

¿Por qué no me has dado a conocer, ya desde el principio, tu pasado? 

–     Para probar tu fe y la luminosidad de tu espíritu.

Pero ahora sí os voy a hablar; es más, os vamos a hablar de mi pasado.

Yo diré lo que incluso los pastores no saben y ellos dirán lo que vieron. Conoceréis así el alba de Cristo. Oíd…

P OCASO DE LA HUMANIDAD


Noviembre 9 de 2020

Habla Nuestro Señor Jesucristo

Hijitos Míos, el mayor acto de Misericordia hecho por vosotros, como parte de vuestra purificación, es el Perdón, Mis pequeños.

Mi Padre ciertamente, aparta del Paraíso Terrenal a Adán y a Eva, su Pecado es grave;

pero los perdona y promete que a la descendencia de ellos los va a levantar con la Redención.

Cuando Pedro Me preguntó que cuántas veces tenía el hombre que perdonar y añadió: “¿Siete veces?”

“No”, le dije: “Hasta setenta veces siete”, refiriéndoMe a que debiera ser indefinido, que fuera siempre.

Si Mi Padre no os hubiera perdonado, ¡Imaginad en dónde estaríais ahora!, sufriendo por el pecado tan grave de vuestros Primeros Padres.

Al decir “indefinidamente” eso es lo que habéis venido teniendo a lo largo de la historia humana, Mis pequeños.

Primeramente, con el pueblo judío, ¡Cuántas veces no los perdoné!

A pesar de todas las tonterías que hacían, sus traiciones, sus olvidos, sus blasfemias, el olvidarse de Mí y llegar hasta a adorar ídolos.

Ciertamente, cuando Yo Me alejaba de ellos, entendían su error y pedían perdón, los perdonaba y seguían adelante.

Bajo Yo a la Tierra a darMe por los hombres, pero Me di para levantaros, para regresaros a la dignidad de hijos de Dios,

y este es un acto de Misericordia inmenso en donde se os concede el perdón de vuestros pecados.

¡Cuántas veces no tuve Yo que perdonar a lo largo de Mi Vida pública! A todos aquellos que Me atacaban, a aquellos que Me daban la espalda, a aquellos que Me blasfemaban.

Y  luego en Mi Pasión tan dolorosa, y no tanto por los dolores en Mi Cuerpo sino los dolores en Mi Espíritu, Espíritu Divino, delicado.

Y por ser tan delicado, cualquier pecado vuestro, aun los más pequeños que vosotros creéis que son pecados pequeños, son graves,

porque en Mi Divinidad todo se hace inmenso, precisamente por Mi Santidad, y sigo perdonando los pecados de los hombres.

Me sigo dando continuamente por vosotros, se sigue repitiendo Mi Vida, Mi Pasión, Mi Muerte, Mi Resurrección día a día Y OS SIGO PERDONANDO

Porque todos vosotros pecáis también, quizá hasta setenta veces siete al día en pensamientos, en palabras, en obras, en olvidos, en omisiones.

 No os dais cuenta de ello pero en vuestro juicio personal, cuando lleguéis ante Mí, os daréis cuenta de tantas ofensas que Me causasteis a lo largo de vuestra existencia.

Todas las veces que en humildad y aceptando vuestros errores, recurristeis al Sacramento de la Confesión, fueron perdonados vuestros pecados,

Mi Misericordia nuevamente actuando sobre vosotros para regresaros a la dignidad de hijos de Dios.

Hay un nuevo renacer del hombre, espiritualmente hablando, después de cada confesión,

y os sigo perdonando a lo largo de toda vuestra existencia, setenta veces siete, o sea, indefinidamente.

Soy vuestro Dios y os repito, es un acto de Misericordia inmenso el hecho que Yo os perdone y os devuelva nuevamente al estado de Gracia.

Y no Me canso de hacerlo Mis pequeños, porque os amo, ¡Os amamos en Nuestra Santísima Trinidad!

Y vosotros, ¿Qué hacéis? ¿Sabéis perdonar a vuestros hermanos en esa forma, como Yo os he enseñado, como os estoy explicando, como quiero que lo hagáis?

Perdonáis, ¿PERO CON RENCOR?, no habéis perdonado ahí, Mis pequeños.

Perdonáis, ¿PERO NUNCA OLVIDÁIS? No estáis perdonando de corazón.

Perdonáis, PERO NO TE VUELVO A HABLAR, ¿Acaso eso es un perdón absoluto?

¿Quiénes sois vosotros para juzgar en esa forma?

Ciertamente, la santidad a  la que quiero que lleguéis no la habéis buscado y os falta mucho para encontrarla, os falta misericordia para con vuestros hermanos.

Ciertamente, decís que os duele lo que os hicieron,

PERO MÁS OS VA A DOLER

EL TENER QUE PASAR MUCHO TIEMPO

En el Purgatorio tenemos que APRENDER a AMAR HASTA ALCANZAR LA SANTIDAD, completamente SOLOS, sin la ayuda Divina…

EN EL PURGATORIO

PARA QUE APRENDÁIS A PERDONAR Y A OLVIDAR

como Yo lo he hecho a lo largo de vuestra existencia y sin guardar ningún tipo de rencor ni apartarMe de vosotros ni apartar Mi Gracia de vosotros,

porque bien podría hacerlo, diciendo: “Me dañasteis y ya no os voy a cuidar, ya no os voy a regalar Mis Bendiciones, Mis cuidados, Mi Amor”.

Podría hacerlo, porque el daño que le hacéis a Mi Sacratísimo Corazón es inmenso, es grave, es muy doloroso, os lo merecéis.

Si Yo os pudiera hablar en la forma en que vosotros habláis, y sabéis que lo que Me hacéis es grave, es doloroso, pero no respondo como vosotros respondéis,

como Satanás actúa, porque él quiere que vosotros no lleguéis a altos grados de Virtud, que a eso os va a llevar precisamente a la santidad de vida, para que alcancéis rápidamente el Reino de los Cielos.

Mientras más defectuosos estéis en grados de Virtud, menos fácil os va a ser alcanzar el Reino de los Cielos.

En el Purgatorio sufrimos el Getsemaní y el Calvario SIN PALIATIVOS, TAL COMO LO SUFRIÓ JESÚS, por nuestra NEGATIVA TERRENAL a cooperar en La Redención

Son cosas en las que vosotros no pensáis, pero es una realidad, Mis pequeños.

Se os ha explicado que las almas que entran al Reino de los Cielos es porque ya aprendieron a amar como Yo os amo, en un grado absoluto, sin tener rencores, recelos ni envidias, odios,

PORQUE ENTONCES ESTARÍAN GUARDANDO

TODAS ESAS MALDADES EN SU CORAZÓN,

Y UN ALMA ASÍ, LLENA DE MALDADES,

RENCORES, DE RECUERDOS MALSANOS,

NO PUEDE ENTRAR AL REINO DE LOS CIELOS

PORQUE ESTÁ VIVIENDO TODAVÍA

COMO SATANÁS QUIERE QUE VIVA.

Debéis llegar a la plenitud de la Gracia, que esas fueron Mis Enseñanzas, y entonces alcanzaréis un alto grado en el Reino de los Cielos.

Ciertamente, el dolor que os causan vuestros hermanos, que ciertamente están tomados por Satanás, porque aquel que causa un dolor no está tomado por Nosotros,

porque no está produciendo Amor, está produciendo dolor; esos actos, esos ataques a vosotros os duelen y ¿Qué acaso los pecados que cometéis contra Mí no Me duelen?  En eso no pensáis tampoco.

Y cuando cometéis un pecado grave, un pecado que os separa totalmente de Nuestra Gracia, ¿Creéis que no Nos duele a Nuestra Santísima Trinidad?

Debéis pensar más Mis pequeños, en vuestra propia purificación, en vuestra santificación,

Y PARA ESO TENÉIS QUE OLVIDAROS DE VOSOTROS MISMOS

Debéis dejar que Yo tome vuestra vida y así os enseñe a vivir en la Virtud y en el Amor; que os enseñe a producir Amor y a olvidar el dolor que se os causa con los ataques que tenéis de Satanás.

Tenéis que aprender a vivir en la misericordia y no en la maldad a donde os lleva Satanás.

Debéis de dar ejemplo de vida espiritual en alto grado, y para eso debéis pedir ayuda a Nuestra Santísima Trinidad; para que se os llame hijos de Dios.

A esos estáis llamados, Mis pequeños, a que se os llame hijos de Dios.

 ¿Sentís en estos momentos que podéis ser llamados así? ¿Sabéis realmente amar a vuestros hermanos?

¿SABÉIS REALMENTE PERDONAR A VUESTROS HERMANOS?

¿SABÉIS REALMENTE OLVIDAR RENCORES?

¿Y RENCORES PASADOS DE AÑOS Y AÑOS ATRÁS?

ESO OS HACE MUCHO DAÑO

Dejad que Mi Santo Espíritu os lleve a la perfección santífica.

Debéis ser santos, Mis pequeños, debéis buscar la perfección, debéis vivir en el amor pleno que se os ha enseñado y que vosotros podéis obtener;

pero para eso debéis dejar que Nosotros, en Nuestra Divina Voluntad, vivaMos plenamente y actueMos plenamente en vosotros.

Vosotros, por vosotros mismos, no lograréis alcanzar la santidad a la que estáis llamados, empezando con el que no sabéis perdonar.

Os amaMos de una forma Infinita. Fuisteis creados por Nuestro Amor y os amaMos así, con un Amor inmenso, y quereMos vuestra perfección. 

Dejaos, pues, moldear por Nosotros para que alcancéis la perfección y os repito, para que seáis llamados hijos de Dios;

que seáis ejemplo entre vuestros hermanos, un ejemplo que puedan seguir ellos para que también alcancen su santificación.

Visión: Veo muchas cruces, muchas cruces sin personas en ellas; como la Cruz de Nuestro Señor, pero sin personas. Es un atardecer, casi oscureciendo:

Mis pequeños, es el Atardecer de la Humanidad, es su ocaso.

Yo estaba clavado en la Cruz y con Mi Muerte, los malvados creyeron que con eso terminaban conMigo, pero no pudieron.

Estoy en la Cruz, Muerto. He sido Ofrecido por Mi Padre, por la salvación de todos vosotros.

Se oscureció en aquel tiempo, pero Resucité y éste es el ocaso ahora de la humanidad. 

Vienen las Tinieblas, viene la aparente muerte de esta generación que, ciertamente en su mayoría, desaparecerá; pero resucitará como Yo Resucité

y vendrá una nueva Luz, una Luz que disipa las Tinieblas del Mal y dará una nueva vida a los escogidos.

Todo será un nuevo renacer después de haber pasado por los dolores de la Purificación.

Yo Me di por vosotros, tomé vuestros pecados. Yo fui Ofrecido como cordero en el sacrificio,

Mi Sangre os purificó y ha dado nueva vida a aquellos que han aceptado el seguirMe, el vivir en Mí, pero sobre todo, a aquellos que con Fe esperaron el momento profetizado de Mi Resurrección.

Nuevamente la Fe entra en juego, Mis pequeños.

Son un poco más de 2,000 años desde que os profeticé Mi Regreso.

Han pasado varias generaciones, algunas se han mantenido en Fe esperando lo Prometido, otros se han cansado de esperar porque su Fe ha sido débil.

Para aquellos que Me aman, para aquellos que Me buscan, para aquellos que quieren estar conMigo eternamente.

Ciertamente, han sido un poco más de 2,000 años de pruebas para así estar seguro de escoger a aquellos que permanecen en una Fe a prueba de todo.

Sois los escogidos para una nueva generación y sois premiados porque Me amáis, porque Me buscáis, porque crecéis con lo que Yo os he dado

Y porque habéis puesto en práctica Mis Enseñanzas, Mis pequeños, y habéis ayudado a vuestro prójimo a ser tocados también por Mi Amor. 

En eso se centra toda Mi Evangelización, en el Amor, pero hay muchos que buscan más que el Amor, que el verdadero Amor que Yo os traje a la Tierra; buscan vivir para el mundo, llenarse del mundo y hacen a un lado a sus hermanos.

Cuando os he pedido que os améis los unos a los otros, es el vivir como Yo os enseñé, ya que en ningún momento salieron de Mí Palabras o muestras en las cuales se viera que Yo odiara a aquellos que estaban junto a Mí

o que produjera revueltas, que peleara por cualquier cosa, que le faltara el respeto a los demás. 

Os di Ejemplo de lo que debe ser un seguidor Mío y no está fuera del alcance de vosotros, es el amor que os debéis tener los unos a los otros para mantener la armonía, la paz, el amor entre todos vosotros.

21. Porque habrá entonces una gran = tribulación, cual no la hubo = desde el principio del mundo = hasta el presente = ni volverá a haberla.
22. Y si aquellos días no se abreviasen, no se salvaría nadie; pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días.

¿Qué habéis hecho, Mis pequeños? Habéis desperdiciado tanto y ahora os estáis ganando por ello un dolor inmenso, un dolor que Yo también tendré que soportar porque os amo. 

El dolor de Mi Pasión que Me llevó a la muerte, en donde ciertamente Yo Me ofrecía para la salvación de todos, resultó ser para la salvación de una minoría y todo por la dureza del corazón del hombre

Satanás Me ha quitado a muchos hermanos vuestros, los ha apartado del verdadero Amor y de la eterna Sabiduría.

Fuisteis creados para ser un ejemplo santo entre vuestros hermanos y ¿Qué habéis hecho con todo lo que Yo os dejé, Mis pequeños?

Habéis tirado a la basura el gran tesoro, más valioso que el oro y piedras preciosas por las cuales os peleáis.

Os he dejado Ejemplo y Palabras de Vida que os llevarán a un gozo eterno, y vosotros habéis preferido gemas que solamente brillan, pero no valen nada.

Satanás os ha cegado totalmente, ha puesto un velo de mentira alrededor vuestro, no os permite ver la Verdad que os traje ni crecer en la Sabiduría Divina que se os dio, y todo eso por vuestro error.

Vuestro desprecio os va a traer un dolor inmenso; pudisteis haber vivido sin ese dolor si hubierais, primeramente, agradecido Mi Donación por vosotros y luego seguido Mis Enseñanzas y Ejemplo. 

No es venganza, porque Yo no vivo así ni pago de esa forma a los que Me han hecho a un lado, es simplemente el apartar Mi Amor y Mis Bendiciones de vosotros porque no las apreciáis ni las deseáis.

Y de esa forma, quedáis totalmente a merced del Enemigo, Satanás, y él se encarga de daros el castigo que os merecéis. 

Él perdió todo, todo lo que tenía por un error también como el vuestro.

Y también vosotros perderéis todo y no por un error de una sola vez, como le pasó a él.

Sino porque muchas veces Me hicisteis a un lado, despreciasteis muchas veces toda Mi donación y Mi Sabiduría y en ningún momento recapacitasteis sobre vuestro error.

Ahora el Dolor lo tendréis vosotros, porque eso os lo ganasteis por falta de sabiduría.

Vosotros, Mis pequeños, los que estáis conMigo, los que sí habéis tomado en cuenta y agradecido todo lo que Yo os di y lo que he hecho por vosotros, muy pronto tendréis ya vuestro premio. 

Todavía tendréis que padecer vuestra purificación, como ya os he dicho, PERO SERÁ MUY SOPORTABLE Y BENÉFICA

Y Me la agradeceréis, para pasar limpios a los Nuevos Cielos y Nuevas Tierras creadas para vosotros, el Resto Fiel.

Manteneos siempre atentos, alertas a las señales que Yo os daré.

Y aprended a escuchar lo que internamente os diré, manteniéndoos en Oración profunda.

Reconoceréis Mi Voz, sabréis que Soy Yo, vuestro Dios, vuestro Salvador, el que os está hablando y que os indicaré caminos y lugares seguros a dónde ir.

Os he prometido que no seréis tocados por la Maldad de Satanás, pero os repito, tendréis que padecer algún tipo de sufrimiento que soportaréis con alegría, porque sabréis que eso os llevará a gozar del premio prometido.

Que todo esto que os digo, Mis pequeños, los que estáis conMigo, os traiga una alegría inmensa, pero también compartid Mi tristeza por tantas almas que se perderán,

que no supieron apreciar todo lo que se hizo por todos vosotros y que despreciaron tantos regalos que se os dieron para que gozarais vuestra vida sobre la Tierra, sirviéndoMe a Mí, vuestro Dios, en Mi Santísima Trinidad.

Os bendigo, Mis pequeños, y os envío a Mi Santo Espíritu para que os dé la Luz de la Sabiduría, para que podáis tomar decisiones correctas en estos momentos que vendrán,

que para vosotros serán para bien, pero para muchos de vuestros hermanos, para su castigo.

Visión: Veo a Dios Nuestro Señor, del cuello para arriba. Él está viendo hacia arriba, trae la Corona de espinas puesta y dice: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

¡Cuánta maldad! ¡Cuánto desamor hay entre los hombres! ¡Cuánta mentira! ¡Cuánta falsedad!

La Verdad y la mentira han tenido su lucha continua desde la caída de vuestros Primeros Padres; a partir de ahí, Satanás ha llevado al hombre hacia el error, hacia la mentira, hacia la falsedad.

Desde ese tiempo estáis viendo cómo aparentemente, el Mal triunfa y el Bien sufre, por eso es la eterna lucha y el hombre, difícilmente, escoge la Verdad para vivir en ella.

Yo os vine a traer la Verdad que se vive en el Reino de los Cielos y Me costó la Vida, porque el hombre ha preferido a Satanás y Satanás os engaña de múltiples formas.

El vivir en la Verdad también os causa conflictos, pero producís luz, producís santidad, producís amor verdadero, producís vida santa, y los que están junto a vosotros se llenan de esa luz y de esas virtudes que emanan de la Verdad.

 Por eso, el Resto Fiel de estos tiempos es pequeño, porque Mi Padre ha escogido del rebaño por el cual sufrí, a los mejores para empezar un nuevo tiempo;

quienes vivirán en la Verdad que reina en los Cielos y que pocos tomaron aquí en la Tierra, para hacerla vida también.

Me di por vosotros y por eso Le pedí a Mi Padre: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”, porque fueron movidos por la mentira de los fariseos, de los escribas.

Son tiempos ya de recolectar el trigo y la cizaña.

Tiempo se os dio para que buscarais la Verdad, la guardarais en vuestro corazón como el tesoro más preciado y la transmitierais; ése es el buen trigo que se ha escogido para iniciar los Nuevos Tiempos. 

La cizaña, que creció junto al trigo y la atacaba constantemente, será amarrada y echada al fuego, al Fuego Eterno, porque ese es su lugar,

Os alegraréis cuando seáis llevados por Mis Ángeles a lugares de protección para que la Maldad de Satanás no os tome ni os quiera destruir.

Hijitos y hermanos Míos, aprended y tratad de ser UNO Conmigo, como Nosotros somos UNO en Nuestra Santísima Trinidad.

Y al permitirNos vivir plenamente en vosotros, eduqueMos, prediqueMos, deMos buen ejemplo, vivaMos por la salvación de vuestros hermanos y muraMos por su salvación eterna.

Y así a vuestro regreso, sigamos unidos eternamente en un solo Amor.

Yo os bendigo en el Santo Nombre de Mí Padre, en el de Mí Amor Redentor y en el del Amor de Vida de Mí Santo Espíritu.

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96 EL SECRETO DEL REDENTOR


96 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús sube de nuevo a la terraza para hablar a la gente que de Betania y los alrededores, ha venido a escucharle.

–      Paz a vosotros.

Aun cuando Yo callara, los vientos de Dios llevarían hasta vosotros las palabras de mi amor y del odio de otros.

Sé que estáis turbados porque no desconocéis el porqué de que Yo esté entre vosotros. Pues no sea sino agitación de alegría…

Y bendecid al Señor conmigo, que aprovecha el mal para proporcionar un motivo de alegría a sus hijos, conduciendo de nuevo a su Cordero, aguijoneado por el Mal, a donde los otros corderos, para ponerlo al seguro contra los lobos.

Ved qué bueno es el Señor. Al lugar en que me encontraba llegaron como aguas a un mar, un río y un arroyuelo. Un río de amorosa dulzura, un arroyuelo de abrasadora amargura.

El primero era vuestro amor, desde Lázaro y Marta al último del lugar; el arroyuelo era el injusto rencor de quien, no pudiendo ir al Bien que le llama, acusa al Bien de ser Pecado.

Y el río decía: “Vuelve, vuelve con nosotros. Que nuestras olas te circunden, te aíslen, te defiendan, te den todo aquello que el mundo te niega”.

El arroyuelo malvado lanzaba amenazas y quería matar con su veneno. Mas, ¿Qué es un arroyuelo comparado con un río? ¿Qué, comparado con un mar? NADA.

Como a nada ha quedado reducido el veneno del arroyuelo, porque el río de vuestro amor lo ha sobrepujado en tal modo, que al mar de mi amor no ha llegado sino la dulzura de vuestro amor.

Podríamos decir más aún: ha producido un bien. Me ha traído de nuevo con vosotros. Bendigamos por ello al Señor Altísimo.

La voz de Jesús se expande poderosa, por el aire ttanquilo y silencioso.

Jesús, lleno de hermosura bajo el sol, desde lo alto de la terraza, gesticula y sonríe sereno.

Abajo, la gente lo escucha encantada: son como un jardín de rostros alzados sonriendo a la armonía de su Voz.

Lázaro está cerca de Jesús, como también Simón y Juan. Los demás están diseminados entre la multitud.

Sube también Marta y se sienta en el suelo a los pies de Jesús, mirando hacia su casa, que se ve más allá de los árboles frutales.

La voz de Jesús se expande:

“El mundo es de los malos. El Paraíso es de los buenos. Ésta es la verdad y la promesa; apóyese sobre ella nuestro firme vigor.

El mundo pasa. El Paraíso no pasa. Si, siendo bueno, uno se lo gana, eternamente lo gozará. ¿Por qué pues, debe turbarnos lo que hacen los malos?

¿Os acordáis de las quejas de Job?: son las eternas quejas de los buenos que se sienten oprimidos; porque la carne gime, más no debería hacerlo,

sino que, cuanto más pisoteada fuera, más se deberían levantar las alas del alma regocijándose con el júbilo del Señor.

¿Qué pensáis: que se sienten felices los que parecen estarlo debido a que en ocasiones lícitamente; en otras las más, ilícitamente tienen llenos los graneros, colmados los tinos, rebosantes de aceite sus odres?

No. Sienten el sabor de la sangre y de las lágrimas de los demás en todo lo que toman como alimento. Y el lecho les parece como erizado de espinas por lo desgarrador de sus remordimientos cuando en él yacen.

Depredan a los pobres, desvalijan a los huérfanos, le roban al prójimo para atesorar, tiranizan a quien es menos que ellos en poder y en perversidad.

No importa. Dejadlos. Su reino es de este mundo.

Después de su muerte, ¿Qué quedará? NADA. 

A menos que se quiera llamar tesoro al cúmulo de culpas que se llevan consigo y con el que ante Dios se presentan.

Dejadlos. Son los hijos de las Tinieblas, los que se rebelan contra la Luz; no pueden seguir los luminosos senderos de ésta.

Cuando Dios hace brillar la estrella de la mañana, ellos la llaman sombra de muerte y como tal, la consideran contaminada y prefieren caminar a la luz del destello sucio de su oro y de su odio,

que resplandece solamente porque las cosas infernales tienen brillo de fósforo, el brillo de los eternos lagos de perdición…

Lázaro exclama espantado:

–      ¡Mi hermana, Jesús… Oh!

Lázaro descubre a María, que se desliza tras un seto de la arboleda del huerto de Lázaro, para llegar lo más cerca posible. Va agachada, pero su cabeza rubia brilla como oro contra el boj oscuro.

Marta hace ademán de levantarse, pero Jesús le pone una mano sobre la cabeza y aprieta, de forma que debe quedarse donde está.

Jesús aumenta la potencia  de su Voz.

–     ¿Qué decir de estos infelices?

Dios les ha dado tiempo de hacer penitencia y ellos no hacen otra cosa sino abusar de él para pecar.

Pero no los pierde de vista Dios, aunque parezca que lo haga.

Llega el momento en que o bien porque, cual rayo capaz de penetrar incluso en la roca, el amor de Dios hiende y desgarra su duro corazón…

O bien, porque la suma de los delitos hace llegar el nivel de su cieno hasta introducirse en su boca y en su nariz.

Y experimentan, sí, ¡Al fin experimentan la repugnancia de ese sabor y de esa fetidez que a los demás da asco y que colma su corazón!

Llega el momento en que ello les produce náusea y surge un movimiento de aspiración al bien.

El alma entonces grita:

¿De quién recibiré el don de volver a ser como un tiempo fui, cuando vivía en amistad con Dios, cuando su luz resplandecía en mi corazón y bajo su rayo yo caminaba.

Cuando al ver mí justicia, guardaba silencio admirado el mundo, y quien me veía me llamaba bienaventurado?

El mundo bebía mi sonrisa, mis palabras eran acogidas como palabras de ángel, saltaba de orgullo el corazón en el pecho de mis familiares. Y ahora, ¿Qué soy?

Motivo de burla para los jóvenes, de horror para los ancianos, yo soy el tema de sus chácharas, el esputo de su desprecio me surca el rostro”.

Sí, así habla en ciertas horas el alma de los pecadores, de los verdaderos Job, porque no hay miseria mayor que ésta, la de quien ha perdido para siempre la amistad de Dios y su Reino.

Deben infundir piedad, sólo piedad.

Son pobres almas que han perdido, por ociosidad o por ligereza, al eterno Esposo. “Por la noche, en mi lecho, busqué el amor de mi alma y no lo encontré.”

Así es. En las Tinieblas no se puede distinguir al esposo. Y el alma, aguijoneada por el amor, irreflexiva por hallarse envuelta en la noche espiritual, busca y quiere encontrar un refrigerio para su tormento.

Cree encontrarlo con cualquier amor. NO. Uno sólo es el amor del alma: Dios. Van buscando amor estas almas a las que el amor de Dios aguijonea.

Bastaría con que admitieran la luz en ellas para que el amor fuera su consorte. Van como enfermas, buscando a tientas amor…

Y encuentran todos los amores, todas las cosas sucias que el hombre ha bautizado así, mas no encuentran el amor, porque el amor es Dios y no el oro, el sentido, el poder.

¡Pobres, pobres almas! Si, menos ociosas, se hubieran puesto en pie al oír la invitación del Esposo eterno, al oír a Dios que dice: “Sígueme”, a Dios que dice: “Ábreme”

No habrían llegado tarde a abrir la puerta, con el ímpetu de su amor despertado, cuando desilusionado, el Esposo ya estaba lejos y había desaparecido…

Y no habrían profanado ese ímpetu santo de una necesidad de amor en un lodo tan inútil y con tantos diminutos tríbulos diseminados en él, que hasta al animal inmundo le da asco.

Tríbulos que no eran flores, sino sólo pinchos, pinchos que laceran, no coronan.

Y no habrían conocido los vituperios de todos aquellos que, cual guardias de ronda, como Dios, pero por motivos opuestos, no pierden de vista al pecador y lo acechan para burlarse de él y criticarlo.

¡Pobres almas maltratadas, expoliadas, heridas por todos! Sólo Dios permanece al margen de esta lapidación de cruel escarnio.

Es más, vierte sus lágrimas para cura de las heridas y para cubrir con diamantino vestido a su criatura. Siempre su criatura… Sólo Dios… y los hijos de Dios con el Padre.

Bendigamos al Señor. Él ha querido que por los pecadores, Yo debiera volver aquí para deciros:

“Perdonad. Siempre perdonad. Haced de todo mal un bien. Haced de toda ofensa una gracia”. No os digo sólo “haced”; os digo: repetid mi gesto.

Yo amo y bendigo a los enemigos, porque por ellos he podido volver a vosotros, amigos míos.

La paz sea con todos vosotros.

La gente agita velos y ramajes en dirección a Jesús y luego lentamente, se va alejando.

Lázaro dice:

–     ¿Habrán visto a esa desvergonzada?

Jesús ressponde:

–     No, Lázaro.

Estaba detrás del seto bien escondida. Nosotros podíamos verla porque estábamos aquí arriba. Los demás, no.

–     Nos había prometido que…

–     ¿Y por qué no debía venir?

¿No es ella, acaso también una hija de Abraham? Quiero de vosotros, hermanos y de vosotros discípulos, el juramento de no hacerle observaciones de ningún tipo.

Dejadla. ¿Que se burla de Mí? Dejadla. ¿Qué llora? Dejadla. ¿Que quiere quedarse? Dejadla. ¿Que quiere alejarse? Dejadla.

Es el secreto del Redentor y de los redentores: tener paciencia, bondad, constancia y oración. Nada más.

Todo gesto sobra ante ciertas enfermedades…

Adiós, amigos. Yo me quedo orando. Vosotros marchad a las respectivas tareas. Y que Dios os acompañe.

Y todo termina.