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284 LAS TRES CARAS DEL ODIO


284 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en un vasto jardín que se prolonga hasta el lago.

En realidad el jardín rodea la casa, precedida y flanqueada por él;

por detrás se extiende al menos tres veces más que por los lados y por delante

Hay muchas flores; 

pero, sobre todo, árboles formando  bosquetes.

Y preciosos  rincones herbosos, unos rodeando pilones de mármol…

Otros en forma de quioscos con mesas y asientos de piedra.

Y donde hubo estatuas diseminadas, tanto a lo largo de los senderos como en el centro de los pilones.

Ahora quedan sólo los pedestales de las estatuas, para recuerdo de ellas al pie de laureles

o bojes, para reflejarse en los pilones colmados de límpida agua.

La presencia de Jesús con los suyos y la presencia de gente de Mágdala,

entre los cuales está el pequeño Benjamín que se atrevió a llamar malo a Judas,

confirma que se trata de los jardines de la casa de la Magdalena…

supervisados y modificados para su nuevo uso,

quitando aquellas cosas que hubieran podido ser desagradables o escandalizar,

al recordar el pasado.

El lago es uh espejo gris-azul, reflejando el cielo en que corretean nubes cargadas

con las primeras lluvias del otoño.

Pero es hermoso también así, con esta luz detenida y leve de un día nublado que presagia lluvia…

Sus riberas ya no tienen muchas flores y están pintadas por ese sumo pintor que es el otoño,

y muestran pinceladas de ocre y púrpura, con la extenuada palidez de hojas agonizantes

en los árboles y vides que cambian de color antes de entregar a la tierra sus vestiduras vivas.

En el jardín de una casa de campo que está a orillas del lago como ésta,

Beautiful view of the Sea of Galilee, Tiberias, Mount of Blessedness, Israel, The Sermon on the Mount

hay un punto lleno, que rojea, como sangre derramada en las aguas,

por un seto de flexibles ramas ondulantes que el otoño ha teñido de cobre flamígero,

mientras los sauces diseminados por la orilla, poco lejos, tiemblan:

tiemblan sus hojas glauco-argentinas, finas, más pálidas de lo normal antes de morir.

Jesús está mirando a unos pobres enfermos a quienes imparte la curación;

a unos ancianos mendigos y les da dinero;

a unos niños presentados a Él por sus madres para que los bendiga.

Mira compasivamente a unas mujeres hermanas, que le están refiriendo la mala conducta

de su único hermano, causa de la muerte de su madre, por congoja…

Y de la ruina de ellas mismas;

le ruegan estas pobres mujeres que les dé un consejo y que pida por ellas.

Jesús dice:

–       Verdaderamente oraré por vosotras.

Le pediré a Dios que os dé paz y que vuestro hermano se convierta y se acuerde de vosotras,

con la devolución de lo que es justo y sobre todo, con renovado amor a vosotras.

Porque si hace esto, hará todo lo demás.

¿Pero lo queréis, o le guardáis rencor?

¿Lo perdonáis de corazón o lloráis con desdén?

Porque él también es infeliz.

más que vosotras.

 A pesar de sus riquezas, es más pobre que vosotras;

así que hay que compadecerlo.

Ya no tiene amor, y carece del amor de Dios.

¿Os dais cuenta de lo desdichado que es?

Carga con la muerte primero de vuestra madre y luego con la culpa

de lo que os ha hecho a vosotras. 

cerraréis con júbilo esta vida triste que os ha provocado;

él, sin embargo no:

es más, del falso gozo de ahora pasaría a un tormento eterno y atroz.

Venid conmigo.

Voy a hablar a todos hablándoos a vosotras.

Y Jesús se dirige al medio de un prado salpicado de matas de flores,

en cuyo centro antes debía haber una estatua;

ahora sólo queda la base, rodeada de un seto bajo de mirto y rositas menudas.

Jesús se pone junto a ese seto y hace ademán de querer hablar.

Todos se agrupan en torno a Él y guardan silencio.

Paz a vosotros. Escuchad.

Está escrito:

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Pero, ¿En el prójimo quién está contenido?

Todo el género humano tomado en general.

Luego, más en particular, todos los de la misma nación;

luego, más en particular todavía, todos los de la misma ciudad

Luego, restringiendo aún más, todos los parientes. 

En fin, último círculo de esta corona de amor, ceñida cual pétalos de rosa 

en torno al corazón de la flor,

el amor a los hermanos de sangre, que son los primeros prójimos. 

El centro del corazón de la flor de amor es Dios:

el amor a Dios es el primero que hay que tener.

Alrededor de este centro, el amor a los padres, que es el segundo que hay que tener,

porque realmente el padre y la madre son los pequeños “Dios” de la tierra,

al crearnos y cooperar con Dios en nuestra creación,

además de cuidarnos con amor incansable.

Alrededor de este ovario, llameante de pistilos,

que exhala los perfumes de los más selectos amores; 

se disponen estrechamente ceñidos los círculos de los varios amores.

El primero de ellos es el del amor a los hermanos nacidos del mismo seno

y de la misma sangre de que nacimos nosotros.

Pero, ¿Cómo se debe amar al propio hermano?

¿Sólo porque su carne y su sangre sean iguales que las nuestras?

Eso lo saben hacer también los pajarillos agrupados en un nido.

Ellos, efectivamente lo único que tienen en común es el haber nacido de una misma nidada

y el sentir en común en su lengua el sabor de la saliva materna y paterna.

Los hombres valemos más que los pájaros.

Tenemos más que carne y sangre.

Tenemos al Padre, además de un padre y una madre

Tenemos el alma, y tenemos a Dios, Padre de todos.

Así pues, hay que saber amar al hermano como hermano,

por el padre y la madre que nos han generado,

y como hermano por Dios, que es Padre universal.

Hay que amarlo por tanto, además de carnalmente, espiritualmente;

amarlo no sólo por la carne y la sangre; sino por el espíritu que tenemos en común;

amar –como tiene que ser- más el espíritu que la carne de nuestro hermano,

porque el espíritu es más que la carne, porque el Padre Dios es más que el padre hombre,

porque el valor del espíritu es mayor que el de la carne,

porque nuestro hermano sería mucho más infeliz si perdiera al Padre Dios

que perdiendo al padre hombre.

Ser huérfano de padre – hombre es cosa verdaderamente lastimosa,

pero es sólo media orfandad.

Se resiente de ella sólo lo terreno, nuestra necesidad de ayuda y caricias.

Cuándo ABBA está en nuestro corazón, NO necesitamos NADA más…

El espíritu, sí sabe creer, no queda lesionado por la muerte del padre.

Es más, el espíritu del hijo, para seguir al justo hasta el lugar en que se encuentra,

asciende como atraído por una fuerza de amor.

En verdad os digo que ello es amor,

amor a Dios y al padre que con su espíritu ha subido a región sabia.

Asciende a estos lugares en que Dios está más cercano, y obra con más rectitud,

porque no le falta lo que es la verdadera ayuda

(las oraciones de su padre, que ahora sabe amar cumplidamente);

ni el freno que le viene de la certeza de que el padre ahora ve las obras de su hijo

mejor que en vida, y también de deseo de poder reunirse con él mediante una vida santa.

Por eso hay que preocuparse más del espíritu que del cuerpo del propio hermano.

Bien pobre amor sería un amor que se dirigiera sólo a lo perecedero,

descuidando aquello que es imperecedero

y que, habiéndolo descuidado, puede perder la  alegría eterna.

Demasiados son los que trabajan por cosas inútiles, se afanan por cosas de relativo mérito,

mientras pierden de vista aquello que es verdaderamente necesario.

Las buenas hermanas, los buenos hermanos, no deben preocuparse solamente 

de tener en orden la ropa, preparada la comida o de ayudar a sus hermanos con el trabajo;

deben poner atención a los espíritus de sus hermanos y oír sus voces,

percibir sus defectos y, con amorosa paciencia, trabajar para darles un espíritu sano y santo,

si en esas voces y defectos ven un peligro para su vida eterna;

y deben -si recibieron ofensa de su hermano- empeñarse en perdonar

y en que Dios lo perdone mediante su retorno al amor, sin el cual Dios no perdona.

Está escrito en el Levítico:

“No odies a tu hermano en tu corazón,

sino repréndelo públicamente, para no cargarte de pecados por su causa”.

Pero, de no odiar a amar hay todavía un abismo.

Quizás os parece que la antipatía, la separación y la indiferencia no son pecado

por el hecho de no ser odio.

No.

Yo vengo a dar nuevas luces al amor.

Y por tanto, necesariamente, al odio;

pues lo que clarifica en todos sus detalles al primero,

sabe clarificar en todos sus detalles al segundo;

la misma elevación del primero a altas esferas produce como consecuencia

un alejamiento mayor del segundo,

pues cuanto más se eleva el primero 

el segundo parece hundirse en un fondo cada vez más profundo.

Mi doctrina es perfección, finura de sentimiento y de juicio;

verdad sin metáforas ni perífrasis;.

Y os digo que la antipatía, la separación y la indiferencia son ya odio;

simplemente porque no son amor.

Lo contrario del amor es el odio.

¿Vas a dar otro nombre a la antipatía, al hecho de alejarse de un ser o a la indiferencia?

Quien ama siente simpatía por el amado;

así que, si siente antipatía por él, es que ya no lo ama.

Quien ama sigue cerca del amado con su espíritu,

aunque materialmente la vida lo haya alejado de él;

por lo cual, cuando uno se separa de otro con el espíritu, es porque ya no lo ama.

Quien ama no siente jamás indiferencia hacia el amado;

antes al contrario, todas sus cosas le interesan;

el rencor encadena

así pues, si uno siente indiferencia por una persona, es señal de que ya no lo ama.

Como veis, estas tres cosas son ramificaciones de un solo árbol: el del odio.

Veamos,

¿Qué sucede en cuanto nos sentimos ofendidos por una persona a la que amamos?

El noventa por ciento de las veces, si no viene odio,

viene antipatía, separación o indiferencia.

No. No os comportéis así.

No congeléis vuestro propio corazón con estas tres formas del odio.

Amad. Os preguntáis: “¿Cómo podremos hacerlo?”.

Os respondo: “De la misma forma que puede Dios, que ama también a quien lo ofende;

es un Amor Doloroso, pero siempre bueno”.

Decís: “’¿Cómo lo hacemos?”.

Pues bien, os doy la nueva ley sobre las relaciones con el hermano ofensor:

“Si tu hermano te ofende, no lo humilles públicamente reprendiéndole delante de los demás;

antes bien, alarga tu amor hasta cubrir la culpa de tu hermano ante los ojos del mundo”;

tendrás gran mérito ante los ojos de Dios

si por amor niegas anticipadamente a tu orgullo toda satisfacción.

¡Cuánto le gusta al hombre que se sepa que fue ofendido y que sufrió por ello!

No va al rey, a pedir una dádiva de oro, sino que, cual mendigo sin juicio,

va a donde otros insensatos y pordioseros como él

para pedir unos puñados de ceniza y estiércol

y sorbos de ardiente bebedizo:

esto da el mundo al ofendido que va lamentándose y mendigando consuelos.

Dios, el Rey, da oro puro a quien, habiendo sido ofendido, va sin rencor,

sólo a llorar a sus pies su dolor y a pedirle, a pedir al Amor y Sabiduría,

consuelo de amor y enseñanza para esa penosa contingencia.

Por tanto, si queréis consuelo, id a Dios y obrad con amor.

Corrijo la ley antigua y os digo:

“Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas.

Si te escucha, habrás ganado de nuevo a tu hermano,y muchas bendiciones de Dios.

Pero si tu hermano no te hace caso y obstinado en su culpa, te rechaza,

entonces, porque no se diga que asientes a su pecado

o que no te importa el bien del espíritu de tu hermano,

toma contigo a dos o tres testigos serios, buenos, dignos de confianza,

vuelve con ellos donde tu hermano y repite en su presencia tus observaciones,

para que los testigos puedan dar fe de que hiciste todo lo que estaba en tu mano

para corregir con santidad a tu hermano.

Porque es éste el deber de un buen hermano, dado que ese pecado contra ti, cometido por él,

lesiona su alma, y tú te debes preocupar de su alma.

Si no da resultado esto tampoco, ponlo en conocimiento de la sinagoga,

para que lo llame al orden en nombre de Dios.

Si ni siquiera con esto se corrige, sino que rechaza a la sinagoga o al Templo

de la misma forma que te rechazó a ti, considéralo publicano y gentil.

simplemente hay que interceder…

Haced esto con los hermanos de sangre y con los hermanos de amor,

pues hasta con vuestro más lejano prójimo debéis obrar con santidad,

y sin codicia ni intransigencia ni odio.

Y cuando haya causas por las que sea necesario ir a los jueces

y estés yendo ya con tu adversario,

Yo te digo, ¡Oh, hombre, que muchas veces te ves metido en males mayores por tu culpa!,

te digo que hagas todo lo que esté de tu mano, mientras vas de camino,

por reconciliarte con él, tengas razón o no;

porque la justicia humana es siempre imperfecta,

y generalmente el astuto se sale con la suya a costa de la justicia,

de forma que podría pasar por inocente el culpable y tú, inocente,

podrías pasar por culpable.

Entonces te sucedería que no sólo no obtendrías reconocimiento de tu derecho,

sino que incluso perderías la causa,

que pasarías, de inocente, a la situación de culpable de difamación

con lo cual el juez te entregaría al brazo de la justicia,

y no te soltarían hasta que hubieras pagado el último centavo.

Sé conciliador.

¿Qué tu orgullo se resiente? Muy bien.

¿Qué bolsa se consume? Mejor todavía.

Basta con que tu santidad aumente.

No sintáis nostalgia por el oro, no seáis codiciosos de alabanzas.

Procuraos la alabanza que viene de Dios, procuraos una rica bolsa en el Cielo.

Y orad por los que os ofenden, para que se enmienden;

si ello sucede, serán ellos mismos quienes os restituirán honores y bienes;

si no lo hacen, Dios proveerá.

Podéis marcharos, ahora que es la hora de la comida.

Que se queden sólo los mendigos para sentarse a la mesa apostólica.

La paz sea con vosotros.

273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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266 JUAN BAUTISTA Y ELÍAS


266 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Durante las horas siguientes los discípulos del Bautista, conocen un poco más la Doctrina de Jesús.

Y luego sigue la preparación de la partida de los dos discípulos hacia Jericó.

Mannaém estaba incierto sobre si marchar con ellos, para regresar a Maqueronte o quedarse.

Al parecer se queda, pues su caballo no ha sido traído. 

Sólo los dos fuertes asnos enfrente de la abertura de la tapia del patio.

Los dos enviados de Juan, después de muchas reverencias al Maestro y a Mannaém,

suben a las monturas…

Y todavía se vuelven para mirar y saludar,

hasta que un recodo del camino los esconde a la vista.

Muchos de Cafarnaúm se han congregado para ver esta despedida,

porque la noticia de la venida de los discípulos de Juan

y la respuesta que Jesús les ha dado, se han propagado por el pueblo.

Y también por otros pueblos cercanos. 

Pues hay personas de Betsaida y Corozaín;

algunos ex discípulos del Bautista, que antes se han presentado a los enviados de Juan,

les han preguntado por él y le han mandado saludos a través de ellos.

Y ahora se quedan hablando en grupo con los de Cafarnaúm.

Jesús, con Mannaém a su lado, hace ademán de volver a la casa mientras habla.

Pero la gente se apiña alrededor de Él, curiosa de observar al hermano de Herodes

y su trato lleno de deferencia hacia Jesús;

deseosos también de hablar con el Maestro.

Está también Jairo, el arquisinagogo.

Por gracia de Dios, no hay fariseos.

Precisamente Jairo dice:

–      ¡Estará contento Juan!

No sólo le has enviado una respuesta exhaustiva, sino que,

invitándolos a quedarse, has podido adoctrinarlos y mostrarles un milagro.  

Un hombre agrega:

–       ¡Y no de poco relieve! 

Había traído expresamente a mi hija hoy para que la vieran.

Nunca se ha sentido tan bien como ahora.

Y para ella es un motivo de alegría el venir a estar con el Maestro.

¿Habéis oído su respuesta, no?

“No recuerdo lo que es la muerte.

Recuerdo, eso sí, que un ángel me llamó

y me llevó a través de una luz que aumentaba cada vez más…

Y al final de esa luz estaba Jesús.

Como lo vi entonces, con mi espíritu volviendo a mí, no lo veo ni siquiera ahora;

vosotros y yo ahora, vemos al Hombre,

pero mi espíritu vio a ese Dios que está dentro del Hombre”.

¡Qué buena se ha hecho desde entonces!

Era ya buena, pero ahora es un verdadero ángel.

¡Ah, que digan lo que quieran todos!

¡Para mí el único santo que hay eres Tú!

Uno de Betsaida añade:

–      De todas formas, también Juan es santo. 

Y se desatan los comentarios:  

–      Sí, pero es demasiado severo.

–      No lo es más con los demás que consigo mismo.

–      Pero no hace milagros.

–      Y se dice que ayuna porque es como un mago.

–      Pues de todas formas es santo.

La disputa de la gente se hace mayor.

Jesús levanta la mano y la extiende con el gesto habitual que hace,

cuando pide silencio y atención porque quiere hablar;

enseguida se hace el silencio.

Jesús dice:

–      Juan es santo y grande.

No miréis su manera de actuar ni la ausencia de milagros.

En verdad os digo que es grande en el Reino de los Cielos.

Allí se manifestará con toda su grandeza.

Muchos se quejan porque era y es severo, hasta el punto de parecer rudo.

En verdad os digo que ha hecho un trabajo de gigante para preparar los caminos del Señor.

Quien trabaja de ese modo no tiene tiempo que perder en blanduras.

¿No decía, cuando estaba en el Jordán,

las palabras de Isaías que lo profetizan a él y profetizan al Mesías:

“Todo valle será colmado, todo monte será rebajado,

los caminos tortuosos serán enderezados y las breñas allanadas”

y ello para preparar los caminos al Señor y Rey?

¡Verdaderamente ha hecho él más que todo Israel, para prepararme el camino!

Quien debe rebajar montes, colmar valles, enderezar caminos

o transformar cuestas penosas en subidas suaves, tiene que trabajar rudamente.

En efecto, era el Precursor y sólo le anticipaba a Mí una breve serie de lunas;

todo debía estar ultimado antes de que el Sol se alzara en el día de la Redención.

El tiempo ha llegado, el Sol sube para resplandecer sobre Sión.

Y desde Sión, extender su luz al mundo entero.

Juan ha preparado el camino, como debía.

¿Qué habéis ido a ver al desierto?

¿Una caña agitada por el viento en distintas direcciones?

¿Qué es lo que habéis ido a ver?

¿A un hombre refinadamente vestido?

¡No!…

Esas personas viven en las casas de los reyes; ataviados con delicadas vestiduras,

agasajados por mil siervos y cortesanos.

Cortesanos que lo son de un pobre hombre como ellos.

Aquí tenemos un ejemplo.

Preguntadle, a ver si no experimenta desazón por la vida de la Corte

y admiración por el risco solitario y escabroso, en vano embestido por el rayo y el pedrisco,

en vano circundado por los necios vientos que quieren arrancarlo

y él se mantiene no obstante firme, elevándose entero hacia el cielo,

con su punta tan enhiesta -puntiaguda cual llama que asciende-,

que predica la alegría de lo alto.

Éste es Juan.

Así lo ve Manahén, porque ha comprendido la verdad de la vida y la muerte

Y ve la grandeza donde está, aunque esté oculta bajo apariencias agrestes.

Y vosotros,

¿Qué habéis visto en Juan cuando habéis ido a verlo?

¿Un profeta?,

¿Un santo?

Os digo que es más que un profeta; es más que muchos santos,

más que los santos porque es aquel de quien está escrito:

“Mando ante vosotros a mi ángel para preparar tu camino delante de Ti”.

Ángel. Pensad.

Sabéis que los ángeles son espíritus puros creados por Dios según su semejanza espiritual,

colocados como nexo entre el hombre:

perfección de lo creado visible y material.

Y Dios:

Perfección del Cielo y de la Tierra, Creador del reino espiritual y del reino animal.

Aún en el hombre más santo subsisten la carne y la sangre,

que abren un abismo entre él y Dios:

Abismo que se ahonda profundamente con el pecado,

que hace pesado incluso lo espiritual del hombre.

Así pues, Dios crea a los ángeles, criaturas que tocan el vértice de la escala creadora,

de la misma forma que los minerales señalan su base: los minerales,

polvo que compone la tierra, las materias inorgánicas en general.

Espejos tersos del Pensamiento de Dios;

voluntariosas llamas que obran por amor, resueltos para comprender,

diligentes para obrar, de voluntad libre como la nuestra;

aunque enteramente santa, ajena a rebeliones y a estímulos de pecado.

Esto son los ángeles adoradores de Dios,

mensajeros suyos ante los hombres,

protectores nuestros;

ellos nos dan la Luz de que están investidos y el Fuego que adorando, recogen.

La palabra profética llama “ángel” a Juan.

Pues bien, Yo os digo:

“Entre los nacidos de mujer no ha habido nunca uno mayor que Juan Bautista”.

No obstante, el menor del Reino de los Cielos será mayor que él hombre.

Porque quien es del Reino de los Cielos es hijo de Dios y no hijo de mujer.

Tended, pues, todos, a ser ciudadanos del Reino.  

Se dirige señalándolos y cuestiona:

–       ¿Qué os estáis preguntando entre vosotros dos?

Los hombres responden:

–       Decíamos:

“¿Juan estará en el Reino?”

y “¿Cómo estará en el Reino?”

–       En su espíritu está ya en el Reino.

Cuando muera, estará en el Reino como uno de los soles

más resplandecientes de la eterna Jerusalén.

Es así por la Gracia sin resquebrajaduras que hay en él y por su propia voluntad.

En efecto, ha sido y es, violento también consigo mismo, con fin santo.

A partir de Juan el Bautista, el Reino de los Cielos es de los que saben

conquistárselo con la fuerza opuesta al Mal.

Y son los violentos los que lo conquistan.

Sí, ahora ya se sabe lo que hay que hacer y todo ha sido dado

para llevar a cabo esta conquista.

El tiempo en que hablaban sólo la Ley y los Profetas ha pasado.

Los Profetas han hablado hasta Juan.

Ahora habla la Palabra de Dios.

Y no esconde ni una iota de cuanto ha de saberse para esta conquista.

Si creéis en Mí, debéis ver en Juan a ese Elías que debe venir.

Quien tenga oídos para oír que oiga.

¿Con quién compararé a esta generación?

Es semejante a la que describen esos muchachos que,

sentados en la plaza gritan a sus compañeros:

“Hemos tocado y no habéis bailado;

hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

En efecto, ha venido Juan, que no come ni bebe, y esta generación dice:

“Puede hacerlo porque tiene al demonio, que le ayuda”;

ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen:

“Ahí tenemos a un comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”.

¡Así la Sabiduría ha sido acreditada por sus hijos!

“En verdad os digo que sólo los niños saben reconocer la verdad,

porque en ellos no hay malicia.

El arquisinagogo dice:

–       Bien has dicho, Maestro.

 Por eso mi hija, que no conoce aún la malicia,

te ve como nosotros no alcanzamos a verte.

Pero esta ciudad y las otras cercanas rebosan de tu poder, sabiduría y bondad.

Y debo confesarlo, no te responden sino con maldad.

No se convierten.

El bien que de Ti reciben se transforma en odio contra Ti.  

Uno de Betsaida exclama:

–       ¿Qué estás diciendo, Jairo?

¡Nos estás calumniando!

Si estamos aquí es por fidelidad al Cristo.  

–       Sí. Nosotros.

¿Pero cuántos somos

Menos de cien en tres ciudades que deberían estar a los pies de Jesús.

De los que faltan -me refiero a los hombres- la mitad son enemigos;

la cuarta parte, indiferentes;

la otra cuarta parte…

Quiero pensar que no puede venir.

¿No es esto ya pecado ante los ojos de Dios?

¿No será castigada toda esta aversión y obcecación en el mal?

Habla, Maestro,

Tú que no ignoras.

Tú que si guardas silencio es por tu bondad, no porque no sepas.

Eres longánimo, y confunden tu longanimidad con ignorancia y debilidad.

Habla, pues;

que tu palabra remueva al menos a los indiferentes,

ya que los malos no se convierten, sino que se hacen cada vez peores.

Kesús toma la palabra:

–       Sí.

Es culpa y será castigada.

Porque no se debe despreciar nunca el don de Dios, ni usarlo para hacer el mal.

¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

¡Que hacéis mal uso de los dones de Dios!

Si en Tiro y Sidón se hubieran cumplido los milagros que se han producido entre vosotros,

ya haría mucho tiempo que, vestidos de cilicio y espolvoreados de ceniza,

habrían hecho penitencia y habrían venido a Mí.

Por esto os digo que Tiro y Sidón serán tratadas,

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

con mayor clemencia que vosotras en el día del Juicio.

¿Y tú, Cafarnaúm, crees que por haberme dado alojamiento serás elevada hasta el Cielo?

Hasta el Infierno bajarás

Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que Yo te he dado,

estaría todavía floreciente, porque habría creído en Mí y se habría convertido.

Por tanto, Sodoma, en el último Juicio,

será tratada con mayor clemencia que tú, que has conocido al Mesías

y has oído su palabra y no te has convertido,

porque Sodoma no conoció al Salvador y su Palabra,

por lo cual su culpa es menor.

No obstante, como Dios es justo,

los de Cafarnaúm, Betsaida y Corazaín que han creído

y se santifican prestando obediencia a mi palabra,

serán tratados con mucha misericordia;

no es justo, en efecto

que los justos se vean implicados en el descalabro de los pecadores.

Respecto a tu hija Jairo, a la tuya Simón, a tu hijo Zacarías y a tus nietos, Benjamín,

os digo que no conociendo malicia, ven ya a Dios.

Ya veis que su fe es pura y activa, unida a sabiduría celestial

y también a deseos de caridad como no tienen los adultos.

Y Jesús, levantando los ojos al cielo que ya se va oscureciendo con la noche,

exclama:

–      Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido

estas cosas a los sabios y a los doctos y se las has revelado a los pequeños.

Así, Padre, porque así te plugo.

Todo me ha sido confiado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquellos a los que el Hijo quiera revelárselo.

Y Yo se lo he revelado a los pequeños, a los humildes, a los puros,

porque Dios se comunica con ellos.

Y la verdad desciende como semilla a las tierras libres.

Y sobre la verdad hace llover el Padre sus luces para que eche raíces y dé un árbol.

Es más, verdaderamente el Padre prepara a estos espíritus de los pequeños de

edad o de corazón, para que conozcan la Verdad y Yo exulte por su Fe…

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255 PEDRO EVANGELISTA


255 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un poco cohibidos al principio, los campesinos paulatinamente se sienten a sus anchas.

Y sobre un gran pan que les sirve de plato, les sirven las porciones de cordero.

Ellos comen gustosos y tranquilos en medio de su sencillez;

calmando toda el hambre que acumularon, mientras cuentan los últimos sucesos.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados.

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

Es entonces que también vienen y se unen a los otros, los campesinos de Yocaná.

Es la hora de hablar.

Judas con posesión diabólica perfecta, por su soberbia hipócrita y su superioridad llena de egoísmo…

Los ojos azules de Jesús buscan a Judas de Keriot… 

Que recargado en un árbol; se hace el desentendido, ante el mudo llamado del Maestro.

Entonces Jesús lo llama con voz fuerte:

–       ¡Judas!».

Como alumno remolón, Judas se levanta y se acerca.

Jesús dice: 

–       No te apartes.

Te ruego que evangelices por Mí.

Estoy muy cansado.

¡Si no hubiera llegado esta tarde, por supuesto que tendríais que haber hablado vosotros!

–      Maestro…

no sé qué decir…

Al menos, hazme preguntas.

–      No te las tengo que hacer Yo.

Y volviéndose hacia el grupo,

pregunta a los campesinos.

–      Vosotros: ¿Qué deseáis oír?,

¿Qué deseáis que se os explique?

Los hombres se miran unos a otros… dudan…

Por fin un campesino pregunta: 

Hemos conocido el Poder y la Bondad del Señor, pero sabemos poco de su Doctrina.

Ahora que estamos con Yocana, tal vez podamos aprender algo más.

Tenemos muchísimos deseos de conocer cuáles son las cosas indispensables,

que deben hacerse para obtener el Reino que promete el Mesías.

¿Podremos obtenerlo con la nada que podemos hacer?

Judas responde:

–       La verdad es que estáis en condiciones muy penosas.

Todo, en vosotros y a vuestro alrededor, conjura para alejaros del Reino.

La falta de libertad para venir adonde el Maestro cuando quisierais;

La condición de siervos de un patrón que si no es una hiena como Doras; 

pero que por lo que se ve, es un perro guardián que a sus siervos tiene prisioneros.

Los sufrimientos y el estado de degradación en que os encontráis… 

todo esto, son circunstancias desfavorables para que elijáis el Reino.

En vosotros no pueden existir más que odio, resentimientos,

críticas o venganzas contra quienes os tratan tan cruelmente.

La cosa mínima y necesaria es amar a Dios y al prójimo.

Sin esto no hay salvación.

Deberéis vigilar para contener vuestro corazón dentro de una sumisión pasiva

a la Voluntad de Dios, que se manifiesta en vuestro destino;

y, aguantando pacientemente al amo, sin permitir a vuestro pensamiento siquiera la libertad

de un juicio, que está claro que no podría ser benévolo respecto al amo,

ni de gratitud por vuestra… por vuestro…

porque veo en vosotros buena voluntad unida a mansedumbre de ánimo,

lo que se manifiesta en vuestra suerte.

Y soportando pacientemente al patrón; sin permitir siquiera a vuestro pensamiento

la libertad de un juicio que no pueda ser benévolo para con él,

ni de agradecimiento para con vuestro… para con vuestra…

En una palabra: no debéis reflexionar en vuestro estado,

para que no tengáis rebeliones en vuestro corazón.

Rebeliones que matarían el Amor.

Quien no tiene amor, no tiene salvación, porque no obedece al primer precepto.

Yo estoy seguro de que os podréis salvar,

porque veo en vosotros la buena voluntad, junto con una mansedumbre de corazón;

lo cual es un buen augurio para que mantengáis lejos de vosotros el Odio… 

Y el espíritu de venganza.

Por lo demás, la Misericordia de Dios es tan grande,

que os perdonará todo lo que ahora falta a vuestra perfección.

Judas ha terminado.

Sigue un silencio profundo.

Jesús tiene la cabeza muy inclinada y no se puede ver la expresión de su rostro.

Pero las de los demás son claras y elocuentes.

Para nada dichosas. 

Las caras de los campesinos reflejan mucho más su estado de envilecimiento…

Y  expresan más abatimiento que al principio. 

Las de los apóstoles y las de las mujeres, una sorpresa aterrada

Y un estupor que casi es miedo.

El anciano responde humildemente: 

–       Trataremos de no dejar que surja en nosotros ningún pensamiento,

que no sea de paciencia y perdón.

Otro de los campesinos suspira:

–      La verdad es que será difícil llegar a la perfección del amor;

para nosotros… 

¡Que ya es mucho si no hemos acabado siendo asesinos de nuestros verdugos!

El corazón sufre, sufre, sufre…

Y aunque no odie, encuentra mucha dificultad en amar,

como esos niños macilentos que tienen dificultad en crecer…

Pedro dice para consolarlos: 

–       No, no, hombre.

Yo, por el contrario, creo que precisamente por haber sufrido tanto,

sin haceros unos asesinos o personas vengativas;

vuestro corazón es más fuerte que el nuestro en el amor.

Amáis sin percibirlo siquiera. 

Y aquí se da cuenta de que ha hablado…

Y se interrumpe para decir:

–       ¡Oh! ¡Maestro!…

Pero… me has dicho que debía hablar…

Que encontrase el tema incluso en el cordero que iba a asar.

He estado mirando, para buscar palabras buenas que decir a estos hermanos nuestros,

para su caso particular.

Pero, la verdad es que -sin duda alguna, porque soy un necio- no he encontrado nada apropiado.

Y sin saber cómo, me he visto muy lejos, en pensamientos que no sé si llamar extravagantes –

en ese caso serían míos o santos.

Entonces provendrían del Cielo.

Yo los manifiesto, tal y como me han venido…

Tú, Maestro, me los explicarás o me reprenderás por ellos,

Y todos vosotros sabréis ser comprensivos.

Así pues, estaba mirando lo primero:

la llama y me ha venido este pensamiento:

“¿De qué está hecha la llama?

Viene de la leña.

Pero la leña por sí sola no arde;

es más, si no está bien seca, no arde de ninguna manera,

porque el agua la carga e impide que la yesca la encienda.

La leña, cuando está muerta, acaba incluso pudriéndose;

desmenuzándose, por la carcoma; pero, por sí sola, no se enciende.

Ahora bien, si una persona la prepara adecuadamente y le acerca la yesca y el eslabón.

Y hace saltar la chispa.

Y favorece que la chispa prenda soplando en las ramas delgadas, para aumentar la llamita inicial. 

Porque se empieza siempre por las cosas más menudas,

entonces la llama brota, prende fuerte, se hace útil, arremete contra todo,

hasta los troncos más gruesos”.

Y me decía a mí mismo:

“Nosotros somos la leña.

Por nosotros mismos no nos encendemos.

Pero, eso sí, es necesario en nosotros el cuidado de no estar demasiado cargados,

de la pesada agua de la carne y la sangre,

para permitir que la yesca se encienda con su chispa.

Y debemos desear arder; porque, si nos quedamos inertes.

Podemos ser destruidos por la intemperie y la carcoma;

es decir, por la humanidad y el demonio.

Sin embargo, si nos abandonamos al fuego del amor,

éste empezará a quemar las ramitas más finas y las destruirá.

Las ramitas, para mí, eran las imperfecciones;

luego aumentará y arremeterá contra la leña más gorda,

o sea, las pasiones más fuertes.

Nosotros, que somos leña, cosa material, dura, opaca, incluso fea;

vendremos a ser esa cosa hermosa, incorpórea, ágil, espléndida, que es la llama.

Todo esto por habernos prestado al amor, que es el eslabón y la yesca,

que de nuestro mísero ser de hombres pecadores, hacen ángeles del tiempo futuro,

ciudadanos del Reino de los Cielos”.

Éste ha sido un pensamiento.

Jesús ha levantado un poco la cabeza y está escuchando con los ojos cerrados…

Y un asomo de sonrisa en sus labios.

Los demás miran a Pedro, todavía con estupor, pero el miedo ha desaparecido..  

Y la admiración ilumina las miradas…

Él sigue hablando tranquilo:

–      Mirando a los animales que se estaban asando,

me ha venido otro pensamiento.

No digáis que soy pueril en mis pensamientos.

El Maestro me había dicho que los buscara en lo que veía…

He obedecido.

Bien, pues estaba mirando a los corderos, y decía:

“Son dos seres inocentes y mansos.

Nuestra Escritura está llena de dulces alusiones al cordero;

tanto para recordar al Mesías prometido y Salvador…

Ya desde la alusión a Él en el cordero mosaico,

como para decir que Dios tendrá compasión de nosotros.

Lo dicen los profetas.

Viene a congregar a sus ovejas, a socorrer a las heridas,

a cargar sobre Sí a las que tienen algún miembro fracturado.

¡Cuánta bondad!” decía.

“¿Cómo tener miedo de un Dios que promete

tener tanta compasión con nosotros, miserables?

Pero” decía también

“tenemos que ser mansos, al menos mansos, dado que no somos inocentes; mansos.

Y estar deseosos de que el amor nos consuma.

Porque, hasta el más bonito y puro de los corderitos, una vez matado,

¿En qué acaba, si el fuego no lo asa?

Pues en carroña podrida.

Mientras que, si lo envuelve el fuego, viene a ser alimento sano y bendito”.

Y concluía:

“En definitiva, todo el bien lo hace el amor,

que nos aligera de los lastres de nuestra humanidad,;

nos hace resplandecientes y útiles;

nos hace buenos ante los hermanos y gratos a Dios;

sublima nuestras buenas cualidades,

hasta un nivel que recibe su nombre de virtudes sobrenaturales.

Y quien es virtuoso es santo, quien es santo posee el Cielo.

Por tanto, lo que nos abre los caminos de la perfección,

no es la ciencia ni el miedo, sino el amor;

el cual, mucho más que el temor al castigo, nos mantiene alejados del mal,

por el deseo de no entristecer al Señor.

Nos hace sentir compasión de nuestros hermanos y amarlos, porque vienen de Dios.

Por tanto, el amor es la salvación y santificación del hombre”.

En estas cosas pensaba mientras miraba a mi asado,

obedeciendo a mi Jesús.

Perdonad si son sólo éstas, pero a mí me han hecho bien;

os las entrego con la esperanza de que también a vosotros os hagan bien.

Todos miran a Pedro admirados, por el apóstol humilde y obediente. 

Solamente Judas, se ha volteado ligeramente y mira hacia lo alto de la montaña…

Sin que él mismo sepa porqué,

siente su corazón lleno de ira.

Y una mirada de odio satánico enciende sus ojos.

Es como una sombra fugaz que descompone la belleza de su rostro,

llenándolo de una maldad, que lo vuelve demoníaco.

Pero es solo por unos momentos.Cuando vuelve su cara hacia el grupo, todo esto ha desaparecido.

Y solo queda su sonrisa llena de soberbia y la autocomplacencia de sentirse superior.

Cuando Pedro termina, los campesinos están consolados y contentos.

Y dicen que así será muy fácil seguir la Doctrina del Amor.

Judas está amoscado.

Los demás están sorprendidos y miran a Pedro con un nuevo respeto.

Jesús abre los ojos.

Ahora están radiantes.

Alarga un brazo y pone la mano en el hombro de Pedro:

Y le dice: 

–      Verdaderamente has encontrado las palabras que debías. La obediencia y el amor han hecho que las encontraras;

la humildad y el deseo de consolar a tus hermanos harán de ellas,

estrellas en su cielo oscuro.

¡Dios te bendiga, Simón de Jonás!  

Pedro responde

–      ¡Que Dios te bendiga a Ti, Maestro mío!

¿No vas a hablar?

–      Mañana los campesinos entrarán en su nueva condición de dependencia.

Bendeciré su entrada con mi Palabra.

Podéis marcharos en paz.

Que Dios esté con vosotros.

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226 ¿QUÉ ES LA VERDAD?


226 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Han llegado a los límites de la ciudad de Tiberíades y salen al camino polvoriento, que lleva a Caná.

A los lados hay huertos.

Jesús se adentra en uno y se detiene a la sombra de los árboles de tupido follaje.

Llegan las mujeres.

Y luego el jadeante romano, que realmente ya no puede más.

Se pone un poco separado, a una distancia donde puede escuchar;

no habla, pero mira.

Jesús dice:

–     Mientras descansamos…

Tomemos nuestros alimentos.

Allí está un pozo y cerca un campesino.

Id a pedirle agua.

Van Juan y Tadeo.

Vuelven con una jarra que gotea la fresca agua;

seguidos por el campesino, el cual les ofrece unos espléndidos higos.

Jesús lo bendice:

–     Dios te lo compense en tu salud y en tu cosecha.

El campesino pregunta:

–    Dios te proteja.

¿De veras eres el Mesías?

–    Sí.

–     ¿Eres el Maestro, verdad?

–     Lo soy.

–     ¿Vas a hablar aquí?

–     Nadie lo desea. 

El romano grita:

–     ¡Yo, Maestro!

¡Más que el agua, que tan buena es para quien tiene sed! 

Jesús le pregunta: 

–     ¿Tienes sed?

–     Mucha.

He venido corriendo detrás de Ti, desde la ciudad.

–     No faltan en Tiberíades fuentes de agua fresca.

–    No me comprendas mal, Maestro.

O no finjas no comprenderme.

He venido detrás de Ti, para oírte hablar.

–     ¿Por qué?

–     No sé por qué, ni cómo…

Fue al ver a esa mujer… (Y señala a la Magdalena)

No sé.

Algo me dijo desde mi interior: ‘Aquel Hombre te dará lo que todavía no sabes’ 

Y heme aquí.

Jesús ordena:

–     Dadle agua e higos.

Que el cuerpo cobre fuerzas.

–    ¿Y la inteligencia?

–     La inteligencia cobra fuerzas y refrigerio, en la Verdad.

–     Por esta razón te seguí.

He buscado la verdad en todas partes y encontré corrupción. 

En las mejores doctrinas hay siempre algo que no es bueno.

He llegado hasta el envilecimiento de tener asco de mí mismo y de causarlo;

sin otro futuro que la hora en que vivo.

Le dan al romano los higos, un pan y una botija con agua…

Jesús lo mira de hito en hito, mientras come el pan y los higos que le trajeron los apóstoles.

Pronto termina la comida.

Jesús, permaneciendo sentado, empieza a hablar;

como si estuviera exponiendo una simple lección a sus apóstoles.

Y todos se agrupan a su alrededor.

El campesino también se queda cerca.

–   Hay muchos que buscan la Verdad toda su vida, sin llegar a encontrarla.

Y es porque la buscan donde no está.

Parecen dementes que quieren ver teniendo una coraza de bronce que les tapa los ojos.

Y buscan con aspavientos espasmódicos, tan convulsamente, que se alejan cada vez más de la Verdad.

O la tapan arrojando encima de ella cosas que su propia búsqueda frenética remueve y hace caer.

No puede sucederles sino esto, porque buscan donde la Verdad no puede estar.

Para encontrar la Verdad es necesario unir el intelecto con el amor.

Y mirar las cosas no sólo con ojos sabios, sino también con ojos buenos,

Porque la bondad vale más que la sabiduría.

Quién ama siempre llega a descubrir una huella que lo lleva a la Verdad.

Amar no quiere decir gozar de la carne y por la carne.

Eso no es amor, es sensualidad.

Amor es amar al prójimo, para saber amar a Dios.

Este es el camino que lleva a la Verdad y la verdad es Dios.

Muchos son los que se pasan la vida buscando la Verdad, sin llegar a encontrarla. 

Amor es el afecto de corazón a corazón, de parte superior a parte superior;

por el que en la compañera no se ve esclava, sino la generadora de los hijos, sólo eso.

O sea, la mitad que forma con el hombre un todo que es capaz de crear una vida, varias vidas…

O sea, la compañera que es madre, hermana, hija del hombre;

que es más débil que un recién nacido o más fuerte que un león, según los casos.

Y que como madre, hermana, hija; debe ser amada con respeto confidencial y protector.

Lo que no es cuanto Yo digo, no es amor, es vicio.

No conduce hacia arriba sino hacia abajo.

No a la Luz sino a las Tinieblas, no a las estrellas sino al fango.

Amar a la mujer para saber amar al prójimo, amar al prójimo para saber amar a Dios.

¿Alguien conoce a otro Hombre que HAYA resucitado?

He aquí la vía de la Verdad.

La Verdad está aquí, hombres que la buscáis.

La Verdad es Dios.

La clave para comprender lo cognoscible está aquí.

Doctrina, sin defecto sólo la de Dios.

¿Cómo podrá el hombre dar respuesta a sus porqués, si no tiene a Dios que le responda?

¿Quién podrá descubrir los misterios de la Creación -aun sólo y simplemente éstos – ,

sino el Hacedor supremo que lo ha hecho?

Sólo Dios puede dar respuesta a los misterios de lo creado; porque

¿Cómo se puede comprender el prodigio viviente que es el hombre?

¿El ser en el que se funde la perfección animal, con lo inmortal que es el almapor la que somos dioses?

¿Cómo comprender el prodigio vivo que es el hombre,

ser en que se fusiona perfección animal, con aquella perfección inmortal que es el alma?

Si, dioses somos, si tenemos viva en nosotros el alma.

Todo en la Creación habla de Dios.

Todo explica a Dios.

Todo lo descubre y manifiesta.

Si la ciencia no se apoya en Dios, se convierte en error que envilece.

El saber no es corrupción, si es Religión.

Quién tiene su saber en Dios, no cae;

porque conoce su dignidad;

porque cree en su futuro eterno…

Y Jesús se explaya explicando ampliamente, La Sinfonía de la Creación… cap. 8 de Nerón, el 29 de Octubre de 2016,) (1)

Es decir, libre aquellas culpas que envilecerían incluso al animal…

Y que, no obstante, el hombre cumple y se gloría de cumplir.

A vosotros, buscadores de la Verdad, os digo las palabras de Job:

“Pregunta a los jumentos y te instruirán, a las aves y te lo indicarán.

Habla a la Tierra y ella te responderá, a los peces y te lo darán a conocer”.

Sí, la Tierra, esta tierra que verdece;

esta Tierra florida, esta fruta le va creciendo en los árboles, estas aves que procrean;

estas corrientes de viento que distribuyen las nubes;

este Sol que no yerra su alba desde hace siglos y milenios…

Todo habla de Dios, Todo da explicación de Dios, Todo descubre y revela a Dios.

Si la ciencia no se apoya en Dios viene a ser error.

¡Premio Nobel a la soberbia!… (Y lamento completo por su ceguera voluntaria, para lo espiritual)

Y no eleva; antes bien, degrada.

El saber no es corrupción si es religión.

Quien sabe en Dios no cae, porque siente su dignidad, porque cree en su futuro eterno.

Mas es necesario buscar al Dios real.

No fantasmas, que no son dioses, sino sólo delirios de hombres envueltos en las vendas de la ignorancia espiritual.

Por lo cual no hay traza de sabiduría en sus religiones ni de verdad en sus fes.

Toda edad es buena para venir a la sabiduría.

Es más, siguiendo con Job, se lee:

`Al atardecer te nacerá como una luz meridiana;

cuando te creas acabado, surgirás como la estrella de la mañana.

Te verás lleno de confianza por la esperanza a tí reservada”.

Basta la buena voluntad de encontrar la Verdad.

Y antes o después la Verdad se dejará encontrar.

Pero, una vez hallada, ¡Ay de quien no la siga!

Imitando a los obstinados de Israel, los cuales, teniendo ya en su mano el hilo conductor para encontrar a Dios

con todas las cosas que de Mí afirma el Libro, no quieren someterse a la Verdad.

Y la odian, acumulando en su intelecto y en su corazón, los cúmulos del odio y las fórmulas.

Y no saben que la Tierra, a causa del excesivo peso, se abrirá bajo su paso.

Que se cree victorioso, cuando en realidad no es sino un paso de esclavo de los legalismos,

del rencor, de los egoísmos…

Y se los tragará.

Y caerán al lugar de los culpables conscientes de un paganismo que es más culpable;

que el que algunos pueblos se han dado a sí mismos, para tener una religión con que conducirse.

¡¡¡Una verdad demasiado dolorosa…!!!

Yo, de la misma forma que no rechazo al hijo de Israel que se arrepiente,

no rechazo tampoco a estos idólatras, que creen en aquello que les fue propuesto, para que lo creyeran.

Y que dentro en su interior, gimen:

“¡Dadnos la Verdad!”.

Luego concluye diciendo:

He terminado.

Ahora descansaremos en este lugar verde, si el dueño lo permite.

Al atardecer iremos a Caná».  

Crispo dice; 

–     Señor, te dejo.

Esta misma noche me iré de Tiberíades, pues no quiero profanar la ciencia que me has dado.

Dejo esta tierra.

Me retiraré con mi siervo a las costas de Lucania.

Tengo allá una casa.

Mucho es lo que me has dado.

Comprendo que más no puedes darle al viejo epicúreo.

Pero con lo que me has dado, ya tengo con qué reconstruir mi vida y mi pensamiento.

Y… pide a tu Dios por el viejo Crispo, el único de Tiberíades que te escuchó.

Ruega porque antes del desfiladero de Líbítina pueda volver a escucharte.

Y con la capacidad que espero poder crear en mí, apoyándome sobre la base de tus palabras,

para comprenderte mejor y comprender mejor la Verdad.

Adiós, Maestro».

Y lo saluda a la usanza romana, como saludan los militares a su emperador… 

Pero luego, al pasar junto a las mujeres, que están sentadas un poco aparte,

se inclina ante María de Mágdala.

Diciéndole con admiración y gran respeto:

–     Gracias María.

¡Qué bueno es haberte conocido!

Has dado a tu viejo compañero de festines, el Tesoro buscado.

Si llego a donde ya estás, te lo deberé a tí, hermosa señora….

Adiós.

Y se va.

Magdalena se lleva las manos sobre el corazón, llena de júbilo.

Y con sus brazos cruzados sobre su pecho, con expresión asombrada y radiante.

Avanza de rodillas, sobre la tierra del huerto y se arrastra hasta donde está Jesús. 

Diciendo: 

–    ¡Oh! ¡Señor!

¡Señor, mío! ¡Mi Rabboní!

¿Entonces es verdad que puedo conducir otros al Bien?

¡Oh, mi Señor!

¡Esto es demasiada bondad!

Y postrándose hasta meter su rostro en la hierba, besa los pies de Jesús.

Y los humedece de nuevo con el llanto…

Ahora de agradecimiento.

de la gran enamorada de Mágdala.

 (1)LA SINFONIA DE LA CREACION

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216 EL BANQUETE DE SIMÓN


216 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Cafarnaúm es la casa de Simón el Fariseo, el hombre que lo invitó al banquete, mostrando que no es su enemigo;

desde el milagro que Jesús realizara cuando la serpiente estuvo a punto de matarle a su único nieto.

Es una enorme sala riquísima, con un gran candil con muchos quemadores que arde en el centro.

Las paredes están cubiertas con preciosos tapices.

Los asientos tienen incrustaciones de marfil y adornos variados, con láminas muy hermosas.

Los muebles son finos y muy bellos.

En el centro hay un cuadrado de mármol que contrasta de color, en donde no hay nada.

El piso reluciente refleja el candelero de aceite.

Alrededor hay triclinios, (lechos asientos) que ocupan los convidados.

Todos son hombres.

En el centro hay una mesa de grandes dimensiones, formada por cuatro tablas unidas en forma de rectángulo.

Muchos sirvientes van y vienen trayendo los manjares y los vinos;

en una preciosa vajilla y en valiosas copas adornadas con oro, en las que sirven diligentemente.

En la parte más retirada de la puerta, está el dueño de la casa, con los invitados más importantes.

Tanto él como los demás comensales, están reclinados en esos lechos-asiento paralelos respecto a la mesa.  

Es un hombre de más de sesenta años y viste una lujosa túnica, con una faja recamada en el cuello;

en las mangas, en los bordes del vestido, con galones bordados con hilos de oro.

En su rostro manifiesta orgulloso, que está muy consciente de su poder y su mirada está llena de soberbia.

La maldad, la crueldad y un frío menos precio, se reflejan en su duro semblante.

En el lado opuesto, frente a él; está Jesús.

Recostado al igual que todos, sobre su codo izquierdo.

Trae su acostumbrado vestido blanco.

Cerca de Jesús está Juan, sentado en el piso, entre la mesa que está frente a ellos

y su codo está a la altura de la ingle de Jesús, de modo que no le estorba para comer.

Y le permite cuando quiere, apoyarse confiadamente sobre el pecho de su maestro.

No hay ninguna mujer.

Todos hablan.

Y de vez en cuando el dueño de la casa se dirige con exagerada condescendencia…

Y una benignidad muy manifiesta, a Jesús.

Es evidente que quiere demostrar a todos los presentes, que ha hecho un gran honor al haberlo invitado a su rica casa;

al pobre profeta de Israel a quien todos consideran un loco…

Jesús responde a todas las cortesías y elegantemente sonríe a quién le pregunta.

Los temas de que hablan los comensales; tratan sobre hechos de actualidad:

Los romanos; la Ley, que encuentra oposición en los romanos; también la misión de Jesús como Maestro de una nueva escuela.

Pero, detrás de la aparente benevolencia, se comprende que son preguntas viciosas y capciosas, para embrollarlo, tendiéndole trampas.

Cosa no fácil, porque Jesús con pocas palabras, da una respuesta precisa y concluyente, a cada una de las cuestiones.

Por ejemplo, a la pregunta sobre cuál fuera en concreto la escuela o secta en que se había formado como nuevo maestro,

respondió sencillamente:

–       De la escuela de Dios.

Es a Él a quien sigo en su santa Ley; de Dios me preocupo, para hacer que estos pequeñuelos…

(Mirando con amor a Juan)

Y Jesús agrega: 

–     Y en Juan a todos los rectos de corazón, la tengan renovada en toda su esencia, tal como era el día en que el Señor la promulgara en el Sinaí.

Devuelvo a los hombres a la Luz de Dios.

A otra pregunta, sobre qué piensa del abuso del César, que se ha hecho dominador de Palestina,

Jesús responde: 

–     César es lo que es, porque así lo quiere Dios.

Recuerda lo que dice el profeta Isaías.

¿No llama, acaso, a Asur, por inspiración divina, “bastón” de su cólera, vara que azota al pueblo de Dios,

que se ha separado demasiado de Él y finge externamente y en su espíritu?

¿Y no dice que, después de usarlo como castigo, lo quebrantará,

porque abusará de su misión siendo demasiado soberbio y cruel?

A quien le pregunta, le sonríe con su leve sonrisa…

Y con excelente amabilidad corresponde a todas las atenciones que le prodigan.

Su sonrisa es luminosa, cuando Juan le habla y lo mira.

De repente se abre la pesada cortina y entra María Magdalena…

Es una estampa magnífica de juventud esplendorosa.

Luce hermosísima, con un lujoso vestido escarlata,

que está sostenido con preciosos broches de esmeraldas y rubíes en la espalda.

Joyas similares que sostienen los pliegues a la altura del pecho y lo realzan con cadenas de filigrana de oro.

Una faja recamada con oro y piedras preciosas, circundan su estrecha cintura…

Y hacen resaltar su figura escultural y su impresionante hermosura.

Está peinada con sumo esmero.

Su cabello rubio es un adorno de mechones, artísticamente entrelazados…

Y su abundante cabellera es tan resplandeciente, que parece como si trajera un yelmo de oro.

De la cabeza le cuelga un fino velo transparente, tan ligero que en realidad no cubre nada.

Y la adorna resaltando aún más su belleza excepcional.

Sus pies están calzados con sandalias de piel roja, adornadas con oro, perlas y amatistas en las correas.

Con broches preciosos, entrelazados en los tobillos.

Todos voltean a verla, menos Jesús.

Juan la mira un instante y luego se vuelve hacia Jesús.

Todos los demás la miran con aparente y maligna complacencia.

Ella no los mira para nada.

Los ignora como si no existiesen.

Y no se preocupa del murmullo que se levantó cuando entró, ni del intercambio de guiños que se hacen todos;

menos Jesús y el discípulo predilecto.

Jesús actúa como si no se diera cuenta de nada y continúa hablando con Simón el fariseo,

totalmente concentrado en la conversación.

María se dirige a Jesús.

Se arrodilla a sus pies.

Deposita en el suelo una jarra muy barriguda, de alabastro blanco.

Se levanta el velo y su belleza deslumbrante, se manifiesta en todo su esplendor.

Como si fuera un ritual, quita la diadema preciosa y se la quita junto con el velo.

Siguen los anillos; los brazaletes, los broches de perlas y rubíes que sostienen el cabello. 

Y las joyas que adornan su vestidura.

También sus sandalias…

Y  pone todo sobre el lecho asiento más próximo.

A continuación, toma entre sus manos los pies de Jesús y le desata las sandalias.

Primero el derecho, luego el izquierdo.

Las pone en el suelo.

Enseguida besa con gran llanto los pies divinos y apoya su frente contra ellos.

Los acaricia, mientras las lágrimas caen como una lluvia torrencial, que brilla al esplendor de la lámpara;

bañándolos completamente…

Jesús, lentamente vuelve la cabeza.

Su mirada azul-zafiro se detiene por un instante en aquella cabeza inclinada.

Una mirada que absuelve.

Luego vuelve a mirar al centro… 

Y la deja que se desahogue libremente…

Pero los fariseos se mofan de ella.

Se miran mutuamente con muchos guiños y sobreentendidos.

Se sonríen con sarcasmo.

Simón se endereza por un momento, para ver mejor.

Y su mirada refleja un deseo; un tormento; una ironía.

Un deseo por la mujer; esto se nota muy claro.

Un tormento; porque entró sin permiso y eso significa que ella frecuenta su casa.

Una ironía para Jesús…

Pero ella no se preocupa por nada.

Continúa llorando con todas sus fuerzas, sin  miedo alguno.

Una cascada de lágrimas silenciosas, que se mezclan con profundos suspiros.

Luego se despeina.

Se quita las peinetas de oro que sostienen el complicado peinado y las pone junto a las otras joyas.

Las guedejas doradas caen sobre su espalda.

Las toma con ambas manos y las pone sobre su pecho.

Enseguida las pasa sobre los pies de Jesús, hasta que los ve secos…

La redimida enamorada, usa los medios humanos para demostrar su amor a Jesús:

Las lágrimas, los cabellos…

No el agua, sino lágrimas.

Gotas del corazón…

Humor no contaminado con gérmenes impuros.

Filtrado por el amor y el arrepentimiento.

Rendido digno de Dios y juzgado precioso por Dios;

porque es la señal de un espíritu que ha comprendido la Verdad.

No linos; sino los cabellos…

Seda viva de la cual la mujer hace una seducción y un culto.

Y que la regenerada por la gracia humilla al hacerlos toalla de las plantas de su Salvador…

Entonces mete los dedos en la jarrita y saca una pomada ligeramente amarilla y olorosísima.

Un aroma de lirios y tuberosas se extiende por toda la sala del banquete.

Ella introduce los dedos una y otra vez, extendiendo el bálsamo;

mientras besa y acaricia los pies divinos…

El perfume: uno de los instrumentos enseñados por Satanás a la mujer.

Y que la mujer convertida a Dios, destruye para hacer bálsamo a su Señor.

Pero nadie comprende esto…

Jesús ve y cuenta aquellas lágrimas que caen contritas.

Aquellas caricias de mechones que no ponen en contacto la carne impura con la Inmaculada,

sino que han puesto un velo entre la una y la otra.

Y que por lo mismo; no puede ser desdeñado por Dios…

Aquellas gotas de nardo, mucho menos perfumado, que el amor de quién las esparce…

Simón el fariseo está escandalizado porque ella lo toca…

Pero ¿Puede escandalizarse uno que es escándalo?…  

De su lóbrego corazón brota la impureza y mancha todo lo que ve con la malicia…

Cada lágrima y cada gota de nardo son una profesión de amor y una confesión de error…

Jesús, de vez en cuando la mira con amorosa piedad.

Juan, que ha volteado sorprendido al oír el llanto; ahora mira a Jesús…

Luego al grupo y enseguida a la mujer.

El fariseo anfitrión ha estado pensativo, diciéndose interiormente:

‘Si este hombre fuera profeta, sabría quién es y qué clase de mujer, es la que lo toca:

¡Una pecadora!…

Y su rostro se vuelve más y más ceñudo.

Y mientras la mirada desdeñosa de Simón el Fariseo, al cual hay mucho que reprocharle;

mortifica a la arrepentida con las palabras de una escandalizada e hipócrita reflexión,

sobre ésta voluntaria, valerosa, humilde profesión de fe; de arrepentimiento y de amor…

Jesús toma la palabra y dice:

–      Simón, tengo algo que decirte.

–      Dí, Maestro.

–      Un prestamista tenía dos deudores.

Uno le debía quinientas monedas y el otro, cincuenta.

Cómo no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos.

¿Cual de los dos crees que lo querrá más?

–      Pienso que aquel al que le perdonó más.

–      Juzgaste bien.

Jesús mira a la Magdalena, es una mirada de completa absolución de todo el pasado.

Ha sido lavado con su llanto.

Sus tinieblas han sido vencidas con la luz del Amor.

Y en su corazón que ha sido instrumento del Mal…

En su mismo corazón ha encontrado el camino del Bien.

Y volviéndose a ella; sigue diciendo a Simón:

–     ¿Ves esta mujer?

Cuando entré en tu casa, no me ofreciste agua para los pies;

mientras que ella los mojó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos.

Tú no me besaste al llegar…

Pero ella desde que entró, no ha dejado de cubrirme los pies con sus besos.

No me echaste aceite en la cabeza…

Y ella en cambio derramó perfume en mis pies.

Por eso te digo que todos sus pecados; sus numerosos pecados;

le quedan perdonados por el mucho amor que demostró.

Pero aquel a quién se le perdona poco, demuestra poco amor.

Jesús lo ha dicho con un tono y una mirada que traspasa a Simón el fariseo.

Una mirada que es todo un discurso… Mental…

Y que llega también a todos los que se han escandalizado al oír las últimas palabras de Jesús;

pues se preguntaron:

‘¿Quién es este hombre que ahora pretende perdonar los pecados?…

Jesús responde más de lo que se le ha preguntado…

Aquel al que nada se le oculta de los pensamientos humanos…

El Espíritu de Jesús, a través de su mirada, ha dicho al Fariseo y a sus compañeros:

–    No hagas insinuaciones perversas…

Para justificarte tú mismo ante tus ojos.

Yo no tengo tu ansia sexual.

Ésta no ha venido a Mí, porque el sexo la haya traído.

No Soy como tú, ni como tus compañeros.

Ha venido porque mis palabras la iluminaron en su alma;

en la que la lujuria había creado tinieblas e incredulidad.

Ha venido porque quiere vencer los sentidos.

Y comprende que siendo una pobre criatura, por sí sola no puede lograrlo.

Ama en Mí al Espíritu de Dios, al cual ha reconocido…

Después de tantos males que recibió de todos vosotros, que habéis disfrutado de su debilidad… 

Y que le habéis pagado con los azotes del desprecio.

Viene a Mí, porque siente haber encontrado al Bien;

la alegría, la paz, que inútilmente buscó entre las pompas del Mundo.

Cúrate de esta lepra tuya que tienes en el alma, fariseo hipócrita.

Aprende a juzgar rectamente las cosas.

Despójate de la soberbia de la inteligencia y de la lujuria de la carne.

Éstas son las lepras más hediondas de vuestras personas.

 Puedo curaros de la lepra del cuerpo, si me lo pedís.

Pero de la lepra del espíritu no, porque no queréis curaros.

Porque os gusta y amáis vuestros vicios.

Esta quiere curarse y mira como la limpio.

Mira cómo le quito las cadenas de su esclavitud.

La pecadora está muerta.

Ha quedado ahí, en aquellos adornos que se avergüenza de ofrecer;

para que Yo los santifique al usarlos en mis necesidades y las de mis discípulos.

Y también en las de los pobres que socorro con lo superfluo de los demás;

porque Yo, el Señor del Universo;

no poseo nada, ahora que Soy el salvador del Hombre.

Ella está ahí, en ese perfume derramado a mis pies;

que ha usado en la parte de mi cuerpo a la que no te dignaste dar un poco de agua fresca,

a pesar de haber caminado tanto, para traerte a ti también, la Luz.

La pecadora está muerta.

Ha renacido María.

Es bella como una niña pudorosa.

Se ha lavado con el llanto.

En verdad te digo, ¡Oh, Fariseo!

Que entre aquella que me ama con su juventud pura y ésta que me ama con su sincera contrición;

de un corazón que ha vuelto a nacer a la Gracia, no hago ninguna diferencia.

Y al que es puro y a la arrepentida, les doy el encargo de comprender mi Pensamiento;

como no lo he hecho con nadie.

Ella se honrará de dar el último tributo de honor a mi Cuerpo y recibirá el primer saludo,

después de mi Madre, en mi Resurrección.

 Este mensaje mental penetró como una saeta ardiente,

en aquellas almas muertas y voraces.

Ellos entendieron su mudo lenguaje, que contiene mayores reproches,

que los que hubiese habido en sus Palabras.

Y el viejo fariseo envidioso, baja la cabeza.

 

Luego Jesús dice a María con infinito Amor:

–     Tus pecados te quedan perdonados.

Tu fe te ha salvado. 

 Vete en paz.

Y Jesús, con un gesto benignísimo; le pone por un momento la mano, sobre la cabeza inclinada.

Ella abandona a sus pies las joyas.

Se echa encima el velo, cubriendo su cabeza despeinada.

Y con los pies descalzos, se retira sin dar la espalda;

adorando al Señor, tal y como se hace en el Templo;

ante el Santo de los santos.

Fue amada porque mucho amó.

Y porque mucho amó; TODO se le perdonó.

Dios perdona todo a quién le ama con todo su ser.

María Magdalena; como los Tres Reyes magos que adoraron a la Divinidad Encarnada de Jesús;

humilló tres dones a los pies divinos:

el corazón a través del llanto.

La carne a través de los cabellos;

la mente a través del perfume.

Así es el que ama con todo.

Da sin retener NADA para sí; ni siquiera el soplo vital. 

Jesús dice:

Lo que le ha hecho bajar la cabeza al fariseo -y también a sus compañeros

Y que no está escrito en el Evangelio,

han sido las palabras que mi espíritu, a través de mi mirada; ha lanzado y clavado en esa alma yerma y ávida.

He respondido mucho más de lo que está escrito, porque ningún pensamiento de los hombres me estaba celado.

Y él ha entendido mi mudo lenguaje, más cargado aún de reproche que cuanto lo estaban mis palabras.

Le he dicho:

“No. No hagas insinuaciones malvadas para justificarte ante ti mismo.

Yo no tengo tu lujuria.

Esta mujer no viene a mí por atracción sensual.

Yo no soy tú, ni soy como tus semejantes.

Viene a mí porque mi mirada y mi palabra, oída por pura coincidencia, le han iluminado el alma;

en que la lujuria había creado tinieblas.

Y viene porque quiere vencer sobre la carne y ha comprendido, ¡pobre criatura!,

Que por sí sola no lo lograría nunca.

Ella ama en Mí el espíritu, nada más que el espíritu, que siente sobrenaturalmente bueno.

Después de tanto mal como ha recibido de todos vosotros, que os habéis aprovechado de su debilidad,

para vuestros vicios;

correspondiéndole luego con los latigazos de vuestro desprecio,

Viene a mí porque percibe que ha encontrado el Bien, la Alegría, la Paz;

que inútilmente ha buscado entre las pompas del mundo.

Procúrate la curación de esta lepra tuya de alma, ¡Oh, fariseo hipócrita!

Y recta visión en las cosas;

depón la soberbia de la mente y la lujuria de la carne.

Estas son lepras mucho más fétidas que las de vuestro cuerpo. 

De las últimas mi toque os puede curar porque por ellas me invocáis;

pero de la lepra del espíritu no, porque no queréis liberaros de ella porque os gusta.

Esta mujer, sin embargo, sí quiere.

Por eso Yo la limpio, por eso la libero de las cadenas de su esclavitud.

La pecadora ha muerto, ha quedado allí, en los adornos que ella se avergüenza de ofrecerme,

para que los santifique usándolos para atender mis necesidades y las de mis discípulos;

para los pobres a quienes socorro con lo que a otros les es superfluo;

porque se da el caso de que Yo, Dueño de1 Universo, ahora que soy el Salvador del hombre, no poseo nada.

Ella está allí, en el perfume con que ha ungido mis pies, disminuido -como sus cabellos-

en esa parte del cuerpo que tú no te has dignado refrescar con el agua de tu pozo;

después de que he recorrido tanto camino para venir a traerte también a ti luz.

La pecadora ha muerto.

Y ha renacido María, que ahora, por su vivo dolor y recto amor;

tiene nuevamente la hermosura de una púdica muchacha.

Ella se ha lavado en su llanto.

En verdad te digo, fariseo, que entre éste, que me ama con su juventud pura,

y ésta, que me ama con la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia, no establezco diferencia,

y que al Puro y a la Arrepentida les confío una misión, respectivamente:

comprender mi pensamiento como nadie y dar a mi Cuerpo los últimos honores y el primer saludo

(no cuento el saludo especial de mi Madre) cuando resucite”.

Esto es cuanto quería decir con mi mirada al fariseo.

Pero a ti te manifiesto otra cosa, para alegría tuya y de muchos.

En Betania, María repitió este gesto que signó el alba de su redención.

Hay gestos personales que se repiten.

Y que denuncian el estilo propio de una persona.

Son gestos inconfundibles.

En Betania, de todas formas -y ello era justo- el gesto fue menos humillante y más confidencial;

dentro de su actitud de reverente adoración.

Mucho había caminado María desde aquel amanecer de su redención. Mucho.

El amor, como viento veloz, la había impulsado consigo hacia arriba y hacia delante;

el amor, como una hoguera, la había devorado y había destruido en ella la carne impura,

y había proclamado señor en ella a un espíritu purificado.

María, distinta por su renacida dignidad de mujer, distinta en su vestido, sencillo como el de mi Madre,. 

Y en su peinado; de mirada sencilla, de actitud sencilla, de palabra sencilla y nueva;

ahora me honraba con el mismo gesto, pero de forma nueva:

cogió el último de sus vasos de perfume, que había reservado para Mí;

me lo esparció sobre los pies, sin llanto; con mirada dichosa, por el amor

y la seguridad de haber sido perdonada.

Y también sobre mi cabeza.

Ahora María podía, sí, ungirme y tocarme la cabeza.

El arrepentimiento y el amor la habían purificado con el fuego de los serafines,

y ella misma era un serafín.

Dítelo a ti misma, María mi pequeña “voz”, díselo a las almas.

Ve, díselo a las almas que no se atreven a venir a Mí porque se sienten culpables.

Mucho, mucho, mucho se le perdona a quien mucho ama, a quien mucho me ama.

¿No sabéis, pobres almas, cómo os ama el Salvador!

No tengáis miedo de Mí.

Venid. Con confianza.

Con coraje.

Que Yo os abro el Corazón y los brazos.

Te debería llamar como a Daniel.

Eres el alma de los deseos, te amo porque deseas intensamente a tu Dios.

Podría seguir diciéndote lo que mi ángel dijo a Daniel:

“No temas, porque desde el primer día en que aplicaste tu corazón a comprender…

Y a afligirte en la presencia de Dios, han sido escuchadas tus oraciones; por ellas he venido”.

Pero no te está hablando el ángel; soy Yo: Jesús.

Siempre que una persona “aplica su corazón a comprender”,

Yo me acerco.

No soy un Dios duro y severo.

Soy Misericordia viva.

Más rápido que el pensamiento me acerco a quien a mí se vuelve.

Y me acerqué veloz con mi espíritu también a la pobre María de Magdala; tan inmersa en su pecar,

En cuanto sentí que surgía en ella el deseo de comprender:

Comprender la luz de Dios y su estado de tinieblas;

Yo me hice Luz para ella.

Hablaba a muchos aquel día, pero verdad es que hablaba para ella sola.

Sólo la veía a ella, que se había acercado movida por un violento repente de su alma;

que se rebelaba contra la carne que la tenía sujeta.

Sólo la veía a ella, con su rostro atormentado;

con su forzada sonrisa, que escondía bajo apariencia de falsa seguridad y alegría,

que no eran sino desafío al mundo y a sí misma, con mucho llanto íntimo.

Sólo la veía a ella, mucho más enredada en las zarzas que la oveja extraviada de la parábola;

a ella, que se anegaba en la náusea de su vida.

Náusea que emergía como esos embates profundos que sacan consigo el agua del fondo.

No dije grandes palabras, ni toqué un tema referido a ella, pecadora bien conocida;

para no humillarla y obligarla a huir, a avergonzarse o a venir.

La dejé tranquila.

Dejé que mi palabra y mi mirada descendieran a su interior y que allí fermentasen;

para hacer de aquel impulso de un momento su glorioso futuro de santa.

Hablé con una de las más dulces parábolas, rayo de luz y bondad emanado exactamente para ella.

“Y aquella noche, mientras ponía pie en casa del rico soberbio en quien mi palabra no podía fermentar;

para transformarse en futura gloria, pues la mataba la soberbia farisaica.

Ya sabía que ella vendría, después de haber llorado mucho en su habitación de vicio;

después de haber decidido, a la luz de ese llanto, su futuro.

Los hombres, devorados por la lujuria, al verla entrar se estremecieron en la carne…

Y acusaron con el pensamiento.

Todos la desearon, excepto los dos “puros” del convite: Yo y Juan.

Todos pensaron que venía por uno de esos fáciles caprichos,

que – verdadera posesión diabólica- la arrojaban a repentinas aventuras.

Pero Satanás ya estaba vencido. 

Y todos con envidia pensaron, viendo que no se dirigía a ellos, que era Yo por quien venía.

El hombre, cuando no es sino hombre de carne y sangre, mancha siempre hasta las cosas más puras.

Sólo los puros ven bien, porque el pecado no les turba el pensamiento.

Pero no debe ser motivo de abatimiento el que el hombre no comprenda.

Dios comprende y es suficiente para el Cielo.

La gloria que viene de los hombres no aumenta ni en un gramo,

la gloria que es destino de los elegidos en el Paraíso.

Recuérdalo siempre.

La pobre María de Magdala fue siempre mal juzgada en sus actos buenos;

no lo había sido en sus malas acciones, porque eran bocados de lujuria,

ofrecidos a la insaciable hambre de los lascivos. 

Fue criticada y juzgada mal en Naím, en casa del fariseo; 

criticada y objeto de reproche en Betania, en su casa.

Pero Juan, diciendo una gran palabra, da la clave de esta última crítica:

“Judas… porque era ladrón”.

Yo digo: “El fariseo y sus amigos porque eran lujuriosos”.

¿Lo véis?

La avidez de la carne, la avidez por el dinero, alzan su voz y critican el acto bueno.

Los buenos no critican.

Nunca.

Comprenden.

Pero, repito, no importa la crítica del mundo; lo que importa es el juicio de Dios.

Recordad siempre esto:

“No establezco diferencia entre aquel que me ama con su pureza íntegra…

Y aquel que me ama en la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia”.

Soy el Salvador.

No lo olvidéis nunca.

Ve en paz. Te bendigo.

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205 EL CAMALEÓN


05 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en Jerusalén, cerca de la torre Antonia.

Todos los apóstoles, menos Judas de Keriot, están con Él. 

Bartolomé pregunta a sus compañeros:

–    ¿Qué habrá querido decir ese escriba con la frase:

“Un rebaño de terneros destinados a una vulgar carnicería?” 

Tomás responde:

–    Se habrá referido a algún negocio suyo.

–    No, nos señaló.

Lo ví bien.

La segunda frase confirmó la primera.

Pues sarcásticamente había dicho:

“Dentro de poco, el Cordero será trasquilado y luego, el degüello.”

Andrés confirma:

–   ¡Sí!

Yo también oí lo mismo.

Pedro dice:

–  ¡Ya!  ¡Bien!

Yo me muero de ansia por regresar y preguntar al escriba, si sabe algo de Judas de Keriot.

 

Santiago de Alfeo comenta:

–    ¿Y si no sabe nada?

Esta vez Judas no está con nosotros, porque de veras está enfermo.

Nosotros lo sabemos.  

Simón dice conciliador: 

–    Tal vez padeció mucho con el viaje.

Nosotros somos gente fuerte.

El está acostumbrado a vivir cómodamente aquí, entre el lujo y la riqueza del Templo.

Se cansa.

Pedro pregunta:

–    Así es como tú dices.

Pero ese escriba dijo:

‘En el grupo falta el camaleón’.

¿No es el camaleón el que cambia de color cada vez que se le antoja?

 

Zelote aconseja:

–     Es como tú dices, Simón.

Pero sin duda alguna se han referido a sus vestidos, siempre nuevos.

A él le gustan.

Está joven. Hay que comprenderlo.

Pedro concluye:

–    También esto es verdad.

Pero, ¡Qué frases tan curiosas!

Santiago de Zebedeo observa:

–     Parece siempre como si nos amenazaran…

Tadeo agrega:

–    La verdad es que nosotros sabemos que nos amenazan.

Y vemos amenazas también donde no hay.

Tomás concluye:

–    Y vemos faltas también donde no están.

Pedro agrega:

–     Bueno.

No por eso deja de haber sospecha.

Quién sabe cómo esté hoy, Judas.

Entretanto se la pasa bien en su paraíso, con sus angelitos cuidándolo.

También a mí me gustaría enfermarme, para tener todas esas comodidades…

Bartolomé responde:

–    Esperemos que pronto se alivie.

Es necesario terminar el viaje, porque los calores arrecian…

Andrés asegura:

–       ¡Oh! A Judas no le faltan cuidados.

Y luego, si le faltasen; ya pensaría el Maestro…

Santiago de Zebedeo dice:

–     Tenía mucha fiebre cuando lo dejamos.

Esa enfermedad le pegó tan de repente…

Mateo contesta:

–     Como siempre vienen.

Porque deben venir.

Pero yo no sé nada…

El Maestro no se preocupa por eso.

Si hubiese visto que era una cosa seria, no hubiera dejado el Palacio de Juana.

Realmente Jesús no está preocupado en absoluto.

Habla con Margziam y con Juan mientras camina y da limosnas.

Está explicando muchas cosas al niño, indicándole acá o allá, los diversos sitios del Templo.

Se dirige hacia el final de las murallas del ángulo nordeste,

donde hay mucha gente que está yendo a un lugar con muchas arquerías que precede a la puerta del Rebaño.

Va con Marziam, explicándole muchas cosas.

Atraviesan la Puerta del Rebaño y llegan al ángulo noreste del muro del Templo.

Hay un gran pórtico, en donde hay mucha gente.

Jesús explica:

–    Esta es la Probática.

La piscina de Betzaida.

Ahora tiene mucha agua, ¿Ves que tranquila está?

Dentro de poco verás que se mueve y que se levanta hasta llegar a aquella señal húmeda.

¿Lo ves?

Ahora baja el ángel del Señor, él da órdenes al agua de curar a quién se eche en ella.

¿Ves cuanta gente?

Pero mucho se distraen y no ven el primer movimiento…

Pero muchos se distraen y no ven el primer movimiento del agua.

O lo que pasa también es que los más fuertes sin caridad, impiden a los más débiles acercarse:

Jamás hay que distraerse ante los signos de Dios-

Es necesario tener el alma siempre vigilante, porque no se sabe nunca cuándo se manifiesta Dios…

O cuándo manda a su ángel.

Nunca ser egoístas, ni siquiera por la salud.

Muchas veces, por discutir por causa del derecho de precedencia o de la mayor o menor necesidad de unos u otros;

estos  desdichados pierden el beneficio de la venida angélica.

Margziam escucha muy atento.

Y mira el agua.

Luego pregunta:

–   ¿Se puede ver al Ángel?

Me gustaría.

–    Leví, un pastor de tu edad lo vio.

Mira bien y prepárate a alabarlo.

El niño se concentra en mirar el agua…

Y ya no se distrae.

Sus ojos van de la superficie del agua a la parte inmediatamente superior y viceversa.

Jesús mira al pequeño grupo de enfermos:

Ciegos, lisiados, paralíticos, que están esperando.

Los apóstoles también están atentos.

El sol juguetea con los rayos de luz sobre el agua e iluminan los cinco portales que rodean las piscinas.

 

Margziam grita:

–    ¡Mira!…

El agua sube, se mueve, resplandece…

¡Qué luz! ¡El Ángel!… –y el niño se arrodilla.

Efectivamente, mientras se mueve el líquido del estanque;

que parece crecer como por una masa de agua repentinamente introducida que lo hincha.

Y que lo eleva hacia el borde, el agua resplandece como espejo puesto al sol.

Un destello cegador por un instante.

Rápido, un cojo se hecha el agua.

Y poco después sale con la pierna curada; que antes estaba tullida con una gran cicatriz.

Los demás se lamentan y pelean con el sanado, diciendo que él no estaba imposibilitado para el trabajo.

Y se arma una riña.

Jesús mira a su alrededor…

Y ve a un paralítico en su camilla, que llora en silencio.

Se le acerca y lo acaricia.

 

Y le pregunta:

–    ¿Lloras?

El hombre se lamenta:

–     Sí.

Ninguno piensa nunca en mí.

Estoy aquí.

Todos se curan, menos yo.

Hace treinta y ocho años que estoy acostado sobre mi espalda

He consumido todo.

Han muerto los míos.

 Ahora soy gravoso a un pariente lejano que me trae aquí por la mañana y viene a recogerme por la tarde…

¡Pero, cuánto le pesa hacerlo!

¡Yo quisiera morirme!

–    No desfallezcas.

¡Con tanta paciencia y fe como has tenido!…

Dios te escuchará.

–    Eso espero…

Pero a uno le vienen momentos de depresión.

Tú eres bueno, pero los demás…

Yo me esfuerzo en arrastrarme con mis manos hasta allí, cuando el agua se mueve;

pero siempre otros se me adelantan y cerca del borde no se puede estar.

Me aplastarían.

Y aunque estuviese allí,

¿Quién me cuidaría?

Si te hubiese visto antes, te lo habría pedido

Los que se curan podrían,como agradecimiento a Dios;

estar aquí para socorrer a los pobres hermanos…

–     Sí, deberían hacerlo.

De todas formas, no guardes rencor.

Ni siquiera lo piensan; no es por maldad;

la alegría de verse curados es lo que los hace egoístas.

Perdónalos…

–    Tú eres bueno.

No actuarías así.

Me esfuerzo en arrastrarme con las manos hasta allí,

cuando se agitan las aguas de la piscina.

Pero siempre se me adelanta alguno.

Y en el borde no puedo estar, porque me pisotearían.

Además, aunque estuviera allí,

¿Quién me sumergiría en el agua?

Si te hubiera visto antes, te lo habría pedido…

–    ¡Grande es tu deseo de curarte!

¡Pues, levántate!

¡Toma tu camilla y anda!

Jesús se ha erguido al dar la orden.

Y parece como si al enderezarse, levantase también al paralítico.

porque éste se pone en pie…

Y da uno, dos, tres pasos, casi incrédulo, detrás de Jesús, que se está marchando.

Pero, puesto que realmente camina, el hombre emite un grito que hace que todos se vuelvan.

–    ¿Quién eres?

¡En nombre de Dios, dímelo!

¿Eres el Ángel del Señor?

–    Estoy por encima de los ángeles.

Mi nombre es Piedad.

Ve en paz.

Todos se aglomeran.

Quieren ver.

Quieren hablar.

Quieren ser cuados.

Pero acude enseguida la guardia del Templo que vigilaba también la piscina-

Y disuelven ese remolino vocinglero de gente, amenazando con castigarlos.

El paralítico toma sus angarillas:

dos barras con dos pares de ruedecitas y una tela rasgada clavada en las barras…

Y se marcha muy contento;

Y le dice a Jesús gritando:

–     ¡Te volveré a ver!

¡No olvidaré tu nombre ni tu rostro!

Jesús, mezclándose con la muchedumbre, se va en otra dirección, hacia las murallas.

Mas, no ha rebasado todavía la última arquería, cuando ya se han acercado a Él;

como impulsados por un viento furioso…

Un grupo de judíos de las castas sacerdotales.

Todos aunados en el deseo de decir insolencias a Jesús.

Buscan, miran, escrutan, pero no logran comprender bien de qué se trata.

Y Jesús se  mezcla entre la gente y se va en dirección contraria.   

Mientras los fariseos contrariados, siguiendo indicaciones de la guardia…

Asaltan al pobre infeliz que ha sido curado…

Y le recriminan:

–    ¿Por qué transportas esta camilla?

–    Es sábado.

–    te es lícito.

El hombre los mira y dice: 

–   –    Yo no sé nada.

Lo que sí sé; es que quien me curó me dijo:

‘Toma tu camilla y camina’

 

Y el interrogatorio es implacable:

–     Se tratará de un demonio.

–     Porque te ordenó que violases el sábado.

–    ¿Cómo era?

–    ¿Quién era?

–     ¿Judío?

–     ¿Galileo?

El hombre sanado responde:

–    No lo sé.

Estaba aquí.

Me vio llorar y se me acercó.

Me habló. Me curó.

Y se fue con un niño de la mano.

Tal vez era su hijo…

 

–   ¿Un niño?

–    Entonces no es Él.

–    ¿Cómo dijo que se llamaba?

–    ¿No se lo preguntaste?

–    ¡No mientas!

–    Me dijo que se llamaba Piedad.

–    Eres un pedazo de alcornoque.

–    Eso no es un nombre.

El hombre se encoge de hombros y se va.

Los otros dicen:

–    Ciertamente era Él.

–    Los escribas lo vieron en el Templo.

–    ¡Pero Él no tiene hijos!

–    Y sin embargo es Él.

–     Estaba con sus discípulos.

–    Pero no estaba Judas.

–    Es al que conocemos bien.

–     Los otros pueden ser gente de cualquier parte.

–     No.

Te digo que eran ellos.

–    Si les faltaba el Camaleón,

¿Cómo puedes estar tan seguro?

 

La discusión continúa.

Jesús vuelve a entrar al Templo por el otro lado.

Los apóstoles lo siguen.

Mira a su alrededor…

Y encuentra a Jonathán el mayordomo de Juana, uno de los pastores.

Jonathán le dice:

–     Judas se encuentra mejor, Maestro.

La fiebre ha bajado.

Tu Mamá dice que espera venir para el próximo sábado.

–    Gracias Jonathán.

Has sido puntual.

–    No muy puntual.

Maximino el de Lázaro me entretuvo.

Te anda buscando.

Fue al Pórtico de Salomón.

–     Voy a alcanzarlo.

Mi paz sea contigo.

Y dala a mi Madre, a las discípulas y también a Judas.

Jesús, rápido va al Pórtico de Salomón.

Y encuentra al mayordomo de Lázaro.

Maximino le dice:

–   Lázaro se enteró de que estabas aquí.

Te quiere ver para decirte una cosa importante.

¿Irás?

–    Sin duda alguna y pronto.

Dile que me espere dentro de esta semana.

Después de despedir a Maximino, se dirige al Atrio de los Hebreos,

diciendo:

–   Vamos a orar.

Pues por eso vinimos aquí.

Se encuentra al paralítico curado que también ha venido a dar gracias al Señor.

Cuando lo descubre entre la multitud, lo saluda con alegría.

Y le cuenta lo que pasó en la piscina, después de su partida.

Termina diciendo:

–     Luego, uno de los que estaban fuera de sí por verme sano;

me dijo que Tú Eres el Mesías.

¿Es verdad?

–     Lo Soy.

Tu deber para con Dios es emplear la salud en buenas obras.

Estás curado.

Vete y no peques más, no te vaya a castigar Dios más todavía..

Vete en paz. Adiós.

–    Yo soy viejo… no sé nada…

Pero quisiera seguirte, para servirte y para saber.

¿Me aceptas?

–    No rechazo a nadie.

De todas formas, piénsalo antes de venir.

Si te decides, ven.

–    ¿A dónde?

No sé a dónde vas…

—    Por el mundo.

todas partes encontrarás discípulos que te guiarán a Mí.

Que el Señor te ilumine para lo mejor.

Y Jesús se dirige a orar.

Mientras tanto, los fariseos que vieron al curado hablar con Jesús.

Lo detienen para preguntarle si Él fue, el que lo curó.

Y luego se acercan hasta la escalera;

por la que tiene que bajar para pasar a los otros patios… 

Y poder salir del Templo.

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EL TERCER PURGATORIO


Habla Dios Padre

Hijitos Míos, desde que sois pequeñitos, vosotros vais a la escuela, vais creciendo y vais aprendiendo de muchas materias.

Se va aumentando la base del conocimiento que primeramente os dieron vuestros padres, con el que luego vais tomando de la escuela,

de la universidad y luego de que vosotros mismos vais tomando de los libros.

¿Qué pasaría Mis pequeños, si después de tener todo ese conocimiento no hicierais nada?,

¿Qué os quedarais con el conocimiento, que no lo compartieras, que no trabajarais con lo que aprendisteis?

¿Para poder vivir del fruto de ese conocimiento?

Dirían que fue inútil en vuestra vida, que os hubierais llenado de tanto conocimiento;

aunque hubierais hecho una maestría o todavía más, un doctorado, para nada.

Lo mismo sucede en la vida espiritual.

Si vosotros os llenáis de Conocimiento y aún a pesar de que tuvierais por ejemplo, Mi Gracia

y que Yo os transmitiera directamente Conocimiento Divino, Sabiduría Divina,

leyerais infinidad de libros, que os llenarais de gran conocimiento religioso, un gran alimento para el alma;

Conócete, Acéptate, Supérate…” San Agustín de Hipona

si no dierais nada de esto, sería inútil, sería una pérdida de tiempo;

sería estéril vuestra vida espiritual y en vuestra vida humana.  

LA VIDA EN LA TIERRA ES LA OPORTUNIDAD

QUE TENÉIS PARA CONOCERME POR MEDIO DE LA FE

Y APRENDER A AMAR

PRACTICANDO ESE AMOR CON EL AMOR AL PRÓJIMO

Voy a esto, Mis pequeños:

Todo lo que obtenéis de Mí, si no lo ponéis en obras, de nada sirve lo que aprendísteis.

Es una obligación Divina dar a vuestros hermanos lo que Yo os doy,

tanto en las capacidades que vosotros tenéis en lo humano, como en lo espiritual.

Yo os las he regalado, Yo os las di para que vosotros las potencializárais.

Vosotros de ninguna forma podéis obtener capacidades si no habéis nacido con ellas.

Y si nacisteis con ellas, Yo os las di, Mis pequeños;

son Mis regalos para cada uno de vosotros.

Pero si el Conocimiento que se obtiene no se da, os repito:

es estéril vuestra vida y ahí es a donde os quiero llevar:

a las Obras de Misericordia.

Debéis dar el Conocimiento, debéis ayudar a vuestros hermanos, os debéis dar a vuestros hermanos.

Y de ésa forma, empezaréis a hacer dinámico todo Mi Amor y Conocimiento que Yo os doy;

para eso os mandé a Mi Hijo.

Os mandé a Mi Hijo, para que os enseñara todo esto. 

 Él, siendo Mi Hijo y siendo Dios, pudo haberse quedado en el Reino de los Cielos.

Pero Él, con todo ese Conocimiento Divino, os lo dio;

caminó entre los hombres, ahí está lo dinámico, convivió con gente de todos niveles para darse y para dar.

No mandó a ángeles, se pudo haber quedado aquí en el Reino de los Cielos, pudo haberMe pedido eso: 

mandar emisarios, ángeles que enseñaran a los hombres.

Pero Yo le pedí que bajara a la Tierra y que conviviera entre vosotros y ahí entra la primera parte del fruto del Amor, que es la humildad.

Si no tenéis humildad y ésa empieza Conmigo, con vuestro Dios, no sois nada.

El aceptó como Hijo Mío, en Obediencia, en Humildad Divina, convivir entre vosotros.

Todo un Dios inmenso, inconmensurable,

enseñándoos en su propia Persona lo que son las Virtudes, lo que es el Amor.

Aprendisteis del Maestro por excelencia.

Aprendiste de todo un Dios, cómo os debéis comportar.

Hubierais tenido pretexto de alguna forma, si Yo hubiera enviado otro tipo de emisario a enseñar a los hombres.

“Cuando sientas que ya no sirvas para nada, TODAVÍA PUEDES SER SANTO” San Agustín

No tendría la Perfección que tiene Mi Hijo.

Así no tenéis pretexto y por otro lado, tenéis el Conocimiento real y Divino;

en el cual no podéis tener ningún tipo de duda de lo que debéis hacer, para que también podáis ser perfectos.

Aquellos que han buscado ésa vida que dejo Mi Hijo, ésas Enseñanzas que él os dio;

encontraron la santidad, porque además se dieron igual que Él,

recibieron Sabiduría Divina, porque Me la pidieron,

porque Me buscaron,

porque hicieron a un lado el mundo y prefirieron la perla preciosa que Soy Yo, vuestro Dios.

Y al tener ésa perla preciosa, se dieron cuenta del tesoro tan grande y lo compartieron:

y a eso estáis llamados todos vosotros, Mis pequeños.

Podéis alcanzar la santidad y debéis alcanzarla para entrar fácilmente al Reino de los Cielos,

La santidad es hacer siempre con alegría, la VOLUNTAD DE DIOS

porque ningún alma entra al Reino de los Cielos si no es santa.

Os purificáis en la Tierra u os purificáis en el Purgatorio.

Pero tenéis que alcanzar la santidad para estar en el Reino de los Cielos.

Y si seguís el ejemplo de vida de Mi Hijo Jesucristo, es como alcanzareis la santidad en la Tierra.

Y podréis pasar fácilmente al Reino de los Cielos al momento en que Yo os mande llamar;

al final de vuestra vida, de vuestra misión en la Tierra.

Por eso os repito, el Conocimiento que se os da tiene que terminar en obras…

Y así es como alcanzareis fácilmente la santidad de vida.

Hijitos Míos, en las Escrituras, se os habla de que no podéis entrar a la fiesta, o sea, al Reino de los Cielos;

si no estáis bien arreglados, si vuestras ropas no están limpias y puras.

Y por eso, he Creado el Purgatorio; para que vosotros seáis purificados en él.

En el Purgatorio tenemos que APRENDER a AMAR HASTA ALCANZAR LA SANTIDAD, completamente SOLOS, sin la ayuda Divina…

Pero ciertamente, ahí conoceréis todo el daño que Me hicisteis y el que le hicisteis a vuestros hermanos.

Ciertamente tendréis la oportunidad, en el tiempo que Yo decida, para purificaros;

y para que os ganéis la entrada al Reino de los Cielos.

La estancia para algunos, será muy dolorosa;

otros, vivirán en la esperanza, en la alegría de saber que en cualquier momento, estarán Conmigo para siempre.

Mis pequeños, poco os acordáis del sufrimiento de las ánimas del Purgatorio;

poco hacéis para aliviar sus penas.

Si realmente os amarais, como decís que lo hacéis, debierais tener no solamente el alma de vuestros seres queridos;

sino también de todos vuestros hermanos de todo el Mundo, continuamente en vuestros pensamientos…

Y sobre todo, en los momentos en que podéis lograr para ellos, un alivio a sus dolores y penas.

En el Purgatorio sufrimos el Getsemaní y el Calvario SIN PALIATIVOS, TAL COMO LO SUFRIÓ JESÚS, por nuestra NEGATIVA TERRENAL a cooperar en La Redención

Habréis escuchado, una o varias veces, del sufrimiento que tienen las almas allí, en ése lugar de purificación.

Para que entendáis un poco esto, os quiero decir que así como vuestra alma, cuando está en vuestro cuerpo vivo, no puede gozar todo el gozo que Yo le puedo dar;

porque vuestro cuerpo no soportaría tanto gozo.

De igual manera, vuestra alma no podría vivir el sufrimiento de purificación que se sufre en el Purgatorio estando en vuestro cuerpo,

porque moriríais inmediatamente, os estoy hablando a nivel espiritual.

Cuando vuestra alma sale de vuestro cuerpo, vuestras potencias cambian,

se engrandecen, se vuelven también infinitas, porque si vosotros salisteis de Mí,

si Yo os creé a Imagen y Semejanza Mía, vuestra alma es infinita y vuestras potencias también.

Por eso no entendéis perfectamente, cuando os hablo de Amor,

porque estoy hablando de un Amor a nivel espiritual,

con potencias que vuestra mente humana y vuestras capacidades humanas, no pueden ni sentir ni imaginar,

porque vuestro cuerpo limita las potencias del alma.

Así como Mi Amor es el que se debiera manifestar en vosotros con gran potencia;

VUESTRA ALMA CUANDO SE LIBERA DEL CUERPO

ADQUIERE SUS POTENCIAS INFINITAS PARA AMAR

Y SER AMADA

Con la purificación es lo mismo, vuestra alma está libre ya de vuestro cuerpo y está en el Purgatorio.

Las penas, la purificación que tendréis ahí, es a nivel alma,

o sea, con vuestras potencias ya libres y

EL DOLOR ES INMENSO Y TREMENDO 

Os digo esto para que entendáis la gravedad y el dolor tan grande que se vive en el Purgatorio,

donde ciertamente, hay una esperanza de salir de ahí y que también ésa esperanza, ya a ciertos niveles,

va minimizando el dolor del padecimiento de purificación que tenéis.

De igual manera, quiero que entendáis el dolor que se vive en el Infierno.

También es infinito, como os dije, ya que vuestra alma es infinita…

y son dolores que vosotros no imagináis que puedan existir,

porque vuestras capacidades se ven minimizadas por vuestro cuerpo.

Hijitos Míos, os he dicho que son tiempos de mucho dolor.

Me causa mucho dolor el veros que no actuáis como verdaderos hermanos,

que no os cuidáis los unos a los otros, que no veis por el hermano abatido y sufriente,

que no veis por aquel que necesita de vuestra ayuda, tanto material como espiritual.

Y en este sentido Me quiero dirigir ahora hacia vuestras hermanas, las benditas ánimas del Purgatorio. 

Por esa apatía espiritual, ellas están sufriendo más;

Los sufrimientos en el Purgatorio expían nuestros propios pecados, PERO YA NO TIENEN MÉRITOS DE CORREDENCIÓN, porque éstos se terminan con la muerte…

porque ellas van saliendo del Purgatorio gracias a las Misas bien dichas y a vuestras oraciones.

Pero ya no hay mucho ni de lo uno ni de lo otro.

No hay Misas que tengan un valor alto, ni tampoco hay suficientes oraciones,

para que ellas puedan salir pronto del Lugar de Purificación.

Sabéis que el Dolor ahí es tremendo;

pero existe la esperanza de que en algún momento saldrán…

Y que gozarán eternamente en el Reino de los Cielos.

Pero mientras tanto su dolor es tremendo.

Muchos se imaginan que solamente es un paso, un momento en el que se estará en el Purgatorio.

Y en la gran mayoría de los casos, Mis pequeños, NO ES ASÍ. 

Sabed que hay diferentes niveles en el Purgatorio. 

El más bajo está prácticamente tocando el Infierno:

ES EL TERCER PURGATORIO.

Y ahí las almas son todavía tremendas, malas.

Pero, por alguna oración de alguien o por un hecho particular, esas almas se salvaron,

DE MANERA EXCEPCIONAL

Pero necesitan un tiempo más largo de purificación, que aquellas almas que trataron de estar toda su vida conMigo;

pero que no cumplieron totalmente todo lo necesario, para entrar al Reino de los Cielos al momento de su muerte.

La hermandad espiritual debe crecer en vosotros, Mis pequeños. 

Y debéis aprender a ver el dolor en vuestros hermanos y tratar de evitarlo en lo más que podáis;

así mismo tiene que ser con las Benditas ánimas del Purgatorio.

Vuestras oraciones intercediendo por ellas, vuestras misas ofrecidas con todo el amor hacia Mí, vuestro Padre, vuestro Dios;

El Amor aumenta con la Purificación. Cuando aumenta el Amor; disminuye el rigor de la Justicia Ofendida y aumenta el deseo para fundirnos con la Esencia Divina.

CON LA INTENCIÓN DE QUE SE PURIFIQUEN

Y CREZCAN PRONTO EN EL AMOR

SE PURIFIQUEN DE SU MALDAD

Y VAYAN SALIENDO DEL PURGATORIO

Penitencias, ayunos, sacrificios, buenas obras;

todo lo que podáis OFRECER para irle quitando Dolor a esos hermanos vuestros;

son necesarios para que ellas ya puedan gozar eternamente conMigo.

Pero necesitáis ser más conscientes de esta realidad espiritual;

no estarán un momento y ya saldrán.

Son tormentos fuertes según cómo vivieron en su vida.

En el Purgatorio se concientiza el pecado, en lo que fallasteis… 

Y además no solamente el Dolor que Me causasteis;

sino el que causasteis a vuestros hermanos y

TODO LO QUE ESE PECADO

LUEGO VA CAUSANDO ALREDEDOR VUESTRO

LAS CONSECUENCIAS UNIVERSALES

DE LO QUE NI SIQUIERA CONSIDERÁSTEIS FALTAS GRAVES

Toda acción tiene una reacción y a veces no veis esa reacción, que puede ser muy larga; 

que puede afectar a muchísimas almas.

Una palabra o una acción dicha en público que afecte a las almas;

ya con ello afectasteis a muchísimas almas y éstas, a la vez, quizá después lo proclamen a otros hermanos vuestros.

Y aquel que comete una falta así, que cause afectación espiritual a muchas almas;

tendrá que pagar por todo el daño causado a todas esas almas.

Y por eso su tiempo en el Purgatorio será mayor;

si es que llega al Purgatorio y no se pierde eternamente.

Por eso debéis cuidar vuestros pensamientos, vuestras palabras, vuestras obras, vuestras omisiones;

porque para mucha gente a vuestro al rededor, para muchas almas que os están observando;

podéis ser un buen ejemplo y ayudar a muchas almas a crecer en Virtud y en Amor;

pero podéis ser también un mal ejemplo y causar una destrucción espiritual;

A VECES TAN TREMENDA, QUE AFECTARÁ A MUCHAS ALMAS

 que quizá hasta se puedan perder eternamente, por culpa vuestra.

Tenéis que cuidaros, tenéis que cuidar vuestra forma de ser.

Os repito, vuestras palabras, obras, acciones, omisiones;

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

todo esto puede causar un mal a muchas almas y tendréis que responder por ellas

al momento de vuestro juicio.

Reparad, Mis pequeños, reparad por vuestras faltas pasadas; ciertamente perdonadas.

Pero el daño que habréis hecho a otras almas, eso tendrá que ser también purgado.

Cuidad pues Mis pequeños, cuidad vuestra alma y cuidad a vuestros hermanos;

ROGADME PORQUE PRONTO SALGAN DEL PURGATORIO.

Os repito, ahora el tiempo de Purgatorio es más largo, porque hay muy pocas almas que estén orando por ellas.

Son vuestros hermanos, lo que hagáis por ellas, tarde o temprano, también será un bien para vosotros;

porque un alma, que por vuestra intercesión sale del Purgatorio,

ELLA DESDE EL CIELO ME ROGARÁ POR VUESTRA SALIDA DE AHÍ,

Es un bien que os hacéis los unos a los otros.

Cuando obráis en el amor, Mi Amor cae sobre todas las almas y os favorece a todos.

No desperdiciéis toda ocasión que tengáis para ayudar a vuestros hermanos, vivos y difuntos.

Y así iréis procurando con ello que vuestra salida del Purgatorio sea pronta.

Cuando el alma llega al Cielo, a vuestro Hogar, Mi Reino;

también tendréis un gozo, que en éstos momentos no os podéis imaginar.

Ciertamente, he dado a conocer estos gozos y estos sufrimientos a almas que escojo,

pero ni aún ellas os lo pueden explicar.

Ciertamente, son gozos y dolores tremendos, porque los viven a nivel espiritual y por eso no los entendéis.

Quedaos pues con esta explicación, de que vuestra alma fuera de vuestro cuerpo,

tiene gozos y dolores indecibles, inimaginables para vuestras pobres potencias humanas.

Amad y haced todo lo posible por vuestros hermanos que sufren indeciblemente en el Purgatorio

y uníos también a las alegrías tremendas, inimaginables, que vuestros hermanos están gozando en el Reino de los Cielos

y pedidles, a unos, ayuda para no seguir cayendo en faltas y que hagan que vuestra alma tenga que ser purificada más tiempo en el Purgatorio

Y a vuestros hermanos, en el Reino de los Cielos, pedidles que os ayuden a lograr llegar

a donde Yo, vuestro Padre y vuestro Dios, os espero;

para que viváis eternamente Conmigo.

Habla Nuestro Señor Jesucristo

Hijitos Míos, tened una gran devoción por las Benditas Almas del Purgatorio,

en estos tiempos muy necesitadas están;

porque no hay suficientes Misas y oraciones para poderlas sacar del Purgatorio, lo más pronto posible…

Y SUFREN

SUFREN MUCHÍSIMO

Que vuestras oraciones, vuestras Misas, el rezo del Santo Rosario y todo lo que podáis hacer por ellas;

les alcance un alivio pronto en el Reino de los Cielos,

para que puedan salir rápidamente, porque su sufrimiento es muy grande.

Ciertamente un alma en el Purgatorio, saldrá en un determinado tiempo;

pero también, dependiendo del nivel en el que se encuentre.

Hay niveles muy bajos y dolorosos, todavía cercanos al Infierno, en donde el alma sufre mucho;

están también atormentadas no por demonios, pero sí por su propio dolor.

El Purgatorio es un lugar de purificación y arrepentimiento.

Un tiempo de meditación en el cual, el alma se da cuenta de todo el mal que sus pecados causaron.

En el Purgatorio tenemos que APRENDER a AMAR HASTA ALCANZAR LA SANTIDAD, completamente SOLOS, sin la ayuda Divina…

Hay pecados que pueden hacer solamente daño a la persona que los comete;

pero hay pecados que causan mucho mal, porque muchas almas los toman como propios y los repiten.

Por eso, cuando os he pedido ser otros Cristos,

debéis ser almas de ejemplo, para que otras almas tomen el buen ejemplo que vosotros deis.

Y ese buen ejemplo les alcance su salvación eterna.

Pero si sois almas malas, que en lugar de dar un buen ejemplo,

dais un mal ejemplo, vais a causar mucho daño en muchos de vuestros hermanos.

Por eso, hay almas que pasan tanto tiempo en el Purgatorio;

porque afectaron a muchas almas que las vieron hacer tal o cual cosa, que era pecaminosa.

Y que ellos repitieron, causándoles hasta una muerte eterna o también, una estancia larga en el Purgatorio.

Tenéis que pensar en vuestro futuro, Mis pequeños.

Los sufrimientos en el Purgatorio expían nuestros propios pecados, PERO YA NO TIENEN MÉRITOS DE CORREDENCIÓN, porque éstos se terminan con la muerte…

Pero en vuestro futuro eterno, porque debéis cuidar vuestros actos, vuestras palabras, el ejemplo que deis a los demás.

Porque tendréis que pagar también, por lo malo que hagan otras almas, por el mal ejemplo que disteis.

Y que tomaron como propio y repitieron,

DAÑANDO A MUCHOS MÁS.  

Mientras estéis en la Tierra, reparad; haced penitencias, ayunos, por el bien de vuestra alma.

 Porque si por algún tiempo en vuestra vida, disteis mal ejemplo y muchos os vieron y repitieron ese mal ejemplo;

TENSRÉIS QUE PADECER POR VUESTROS PROPIOS PECADOS

Y POR EL MAL QUE HICIERON ESAS ALMAS

POR CAUSA VUESTRA

En cambio, os ganaréis más Gloria, más Amor, más cuidados Divinos;

cuando vuestros actos o vuestras palabras, fueron buenos;

disteis un buen ejemplo y ese buen ejemplo fue tomado también, por hermanos vuestros y lo repitieron.

Y a la vez, otras y muchas almas más lo volvieron a repetir.

Tendréis una corona de Gloria, porque fuisteis verdaderos Cristos enseñando el Bien;

fuisteis apóstoles Míos, porque eso es ser un apóstol,

ES SER OTRA IMAGEN MÍA ENTRE VUESTROS HERMANOS

Seréis muy recompensados por todo ese bien que causáis en otras almas.

Tened cuidado Mis pequeños, con lo que decís y hacéis, que puede ser bueno o malo,

para las almas que estén a vuestro alrededor.

Todo será Juzgado, nada se escapa a Mis Ojos.

Os repito, cuidad vuestro futuro eterno.

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El que en la tierra se ponga la Corona de Espinas… En el Cielo se pondrá la Corona de Gloria…

195 LAS ESPIGAS DEL SÁBADO


195 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Una llanura martilleada por el sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan.

Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón… a verano.

El lugar es todavía el mismo, pero el sol se muestra menos implacable porque se encamina al ocaso.

Todos abandonan el paraje donde descansaron, mientras Jesús le dió a simón Zelote, la parábola sobre el diente de león. 

Reemprenden la caminata… 

Después de caminar un buen trecho…

Señalando a lo lejos,

Jesús dice:

–    disciEs necesario llegar hasta aquella casa.

Cuando llegan, piden pan y alivio. con la posibilidad de descanso…

Pero el guarda los rechaza bruscamente, con dureza. 

Jesús responde:

–    ¿Por qué faltáis a la caridad?

El tiempo del talión ya ha quedado atrás.  

Pero los apóstoles, cansados y hambrientos, manifiestan su frustración y su enojo de forma menos llena de virtud… 

Y exclaman:   

–     ¡Raza de filisteos!

–     ¡Víboras!

–    Son todos iguales!

–    Han nacido de esa cepa y dan frutos envenenados. 

 –   ¡Que recibáis lo mismo que dais!

Después del portazo que selló como respuesta al enojo de los judíos. 

Todos se retiran frustrados…

Jesús trata de confortar,

y dice: 

–     Caminemos.

Todavía no ha oscurecido y no os estáis muriendo de hambre.

Un poco de sacrificio, para que estas almas lleguen a sentir hambre de Mí.

Pero los discípulos, con el corazón inflamado más por el despecho y por el hambre insoportable, aguijoneada por Satanás…

Cansados avanzan hasta un campo lleno de espigas maduras. 

Entran hasta el centro de una de las parcelas cultivadas y se ponen a recoger espigas.

Las cortan, las desgranan sobren las palmas de las manos y empiezan a comerse los granos, con verdadero gusto.  

Pedro grita:  

–     ¡Están sabrosas, Maestro!…  

¿No quieres unas?

Además tienen doble sabor…

Me comería todo el campo. 

También voy a guardar unas para Tí.

Los otros, que van caminando entre los zurcos, cortando las espigas y comiendo con gusto.

Lo apoyan contentos: 

–    ¡Tienes razón!

–    ¡Así se arrepentirían de no habernos dado ni un pan! 

Cuando han tomado lo suficiente para saciar su hambre…

Empiezan a salirse de la parcela, para reanudar su travesía por las tierras fenicias.

Jesús va solo por el camino polvoriento.

Unos cinco o seis metros más atrás le siguen Simón Zelote y Bartolomé, pero van hablando entre sí.

Luego se integran los demás.

Jesús continúa adelante, seguido por los suyos que vienen desgranando espigas y comiendo alegremente.

Y al llegar a la encrucijada se topan con un grupo de fariseos ceñudos, que vienen del poblado de donde los arrojaron.

Jesús los saluda cordial y sonriente:

–   La paz sea con vosotros.

En lugar de responder el saludo, el más viejo levanta la barbilla de su rostro arrogante, 

Y le pregunta: 

–   ¿Quién eres?

–   Jesús de Nazareth.

Otro fariseo dice:

–   Se los dije…

 ¿Veis que es Él?

El primero vuelve a hablar:

–     ¡Ah!…

¡Así que Tú eres el famoso Jesús de Nazareth!

¿Cómo es posible que te encuentres aquí?

–    Porque también aquí hay almas que salvar.

–    Para eso bastamos nosotros.

Sabemos salvar las nuestras y las de los que dependen de nosotros.

–   Si es así.

Hacéis bien.

Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar.

Varios exclaman al mismo tiempo:

–    ¡Oh!

–    ¡Mandado!

–    ¡Mandado!

–   ¿Y quién nos lo prueba?

El más viejo dice con desprecio:

–    Ciertamente, ¡No tus obras!

Jesús pregunta:

–   ¿Por qué hablas así?

No te importa tu vida?

–   ¡Ah! ¡Entendido!

Tú eres el que da muerte a los que no te adoran.

Entonces vas a matar a toda la clase sacerdotal: a los fariseos, los escribas, saduceos…

Y a todos los demás porque no te adoran, ni jamás te adorarán. 

¿No puedes entender?

Nosotros los elegidos de Israel jamás te adoraremos y ni siquiera te amaremos.

–   No os fuerzo a amarme.

Os digo: Adorad a Dios porque…

El viejecillo lo interrumpe furioso:

–    En otras palabras a Ti, porque Eres Dios.

¿No es verdad? 

Nosotros no somos los piojosos campesinos galileos, ni los estúpidos de Judá que vienen en pos de Ti, olvidando a nuestros rabíes…

Jesús contesta con mansedumbre:

–   No te inquietes hombre.

No pido nada. Cumplo con mi misión.

Enseño a amar a Dios y vuelvo a repetir el Decálogo, porque ha sido olvidado.

Y lo peor de todo: se aplica mal..

Quiero dar la vida eterna.

No auguro la muerte corporal, ni mucho menos la espiritual.

La vida que te pregunté si no tenías interés en perder, es la de tu alma. 

Porque Yo amo tu alma, aun cuando ella no me ame. 

Y me duele ver que le matas, con ofender al Señor, despreciando a su Mesías.

Al fariseo parece darle una convulsión de furia…

Porque se agita violentamente, se descompone rasgando sus vestiduras y se arranca las franjas.

Se quita el turbante y se revuelve los cabellos…

Mientras grita:

–    ¡Oíd!

¡Me dice esto a mí, Jonatás de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo!

¡Yo, ofender al Señor!

No sé qué me detiene para no maldecirte, pero…

Jesús dice tranquilo:

–    El miedo. 

¡Hazlo! No serás convertido en cenizas.

A su tiempo lo serás y entonces me llamarás.

Pero entre tú y Yo habrá en ese entonces un arroyo purpúreo: Mi Sangre…

–   ¡Está bien!

Pero mientras tanto, Tú que te llamas santo…

¿Por qué permites ciertas cosas?

Tú que te llamas Maestro,

¿Por qué no instruyes primero a tus discípulos antes que a los demás?…

Míralos detrás de Ti, con el instrumento del pecado en sus manos…

¿Los ves?

Han cortado espigas y es Sábado.

Han cortado espigas que no son suyas.

Han violado el Sábado y han robado.

Pedro responde:

–    Tenían hambre.

Pedimos pan en el poblado a donde llegamos ayer tarde.

Pedimos alojamiento y comida y nos arrojaron.

Caminamos lo permitido.

Y luego nos detuvimos, cómo lo marca la Ley, a beber agua del río.

Cuando llegó el crepúsculo, fuimos a aquella casa y nos despidieron.

Ved que teníamos voluntad de obedecer la Ley. 

El viejo fariseo lo mira cual si fuera una pulga…

Y replica furioso: 

–    Pero no lo hicisteis.

¡No es lícito hacer en Sábado obras manuales!

Y jamás es lícito tomar lo que es de otros.

Yo y mis amigos estamos escandalizados.

Jesús pregunta:

–    ¿No habéis leído jamás, cómo David tomó los panes sagrados de la proposición, para alimentarse y alimentar a sus compañeros?

Los panes sagrados eran de Dios.

Estaban en su casa, reservados por orden eterna para los sacerdotes.

Y sin embargo David los tomó y los comió en sábado;

él a quién no era lícito comérselos.

Y con todo, no se le imputó como pecado, porque Dios continuó amándolo aun después de esta acción.

¿Cómo puedes llamarnos pecadores, si recogemos del suelo las espigas crecidas que también son de los pájaros?

¿Y cómo puedes prohibir que se alimenten de ellas, los hombres hijos del padre?

Les pidieron esos panes, no se los tomaron sin haberlos pedido.

Y esto cambia de aspecto.

Y Dios si se lo imputó como pecado, porque lo castigó duramente…

Un fariseo objeta: 

–     Pero no por esto.

Fue por la lujuria, por el censo, no por…  

El más viejo sentencia: 

–  ¡Oh! ¡Basta!

¡No es lícito!

Y… no es lícito.

No tenéis derecho de hacerlo y no lo haréis.

Largaos.

No os queremos en nuestras tierras.

Nos os necesitamos y ya no sabemos qué hacer con vosotros.

Jesús responde con mansedumbre: 

–    Está bien.

Nos iremos.

–   ¡Largo!

–   No os condeno.

Os perdono.

Pediré al Padre que os perdone; porque quiero misericordia y no castigo.

Pero sabed que el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.

Y que el Hijo del hombre, es el Señor también del Sábado. Adiós.

Y volviéndose a sus discípulos:

Jesús dice:

–    Venid.

Vamos a buscar un lecho entre la arena que ya está cerca.

Tendremos como compañeras las estrellas y nos dará alivio el rocío.

Dios que envió el maná a Israel, proveerá a alimentarnos también;

porque somos pobres y fieles a Él.

La noche ya baja con sus velos color violeta y encuentran unos nopales.

Sobre sus pencas llenas de espinas, hay tunas casi maduras.

Espinándose, se dan un dulce banquete, pues la fruta es deliciosa.

Y de esta forma van acercándose a las dunas.

De lejos llega el rumor de las olas del mar.

Jesús dice:

–     Quedémonos aquí.

La arena es suave y acogedora.

Mañana entraremos en Ascalón.

Y todos cansados se acuestan junto a una alta duna.

168 LA HORA DEL INCIENSO


  1. 169 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés.

Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás en grupo, todos los demás.

Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo:

–     ¿Has venido aquí alguna vez?

–     Cuando nací, padre.

Pero no me acuerdo – lo cual hace reír de satisfacción a Pedro,

que repite la respuesta a los compañeros y éstos se echan a reír también.

Y dicen, con bondad y perspicacia:

–     Quizás es que dormías y por eso…

–    Estamos todos como tú.

–    No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

Igualmente hace Jesús con su protegido.

Y recibe una respuesta análoga (poco más o menos).

Juan de Endor en efecto,

dice:

–     Éramos prosélitos.

Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar.

Mi madre era de Judea.

Se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor…

Quizás demasiado prematuramente…

De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud.

Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida.

Pero, siendo su primogénito – unigénito, por su enfermedad -, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley.

Mi padre me decía: “Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo”…

¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino…

–     Juan, no digas eso.

Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí.

Pero que no te desaliente ya más lo que fuiste… -¿No volviste ninguna vez al Templo?

–     ¡Sí, sí, a los doce años!

Y, a partir de entonces, siempre. Mientras… mientras pude hacerlo… Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque…

Bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio.

Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí.

Me siento extranjero en la Casa del Padre…

Lo he abandonado durante demasiado tiempo…

–     Tú vuelves al Templo de mi mano.

Y Soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado.

Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto,

y dice:

–     Gracias, Dios mío.

–     Sí, da gracias al Altísimo.

¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético?

Eres el varón consagrado al Señor y que no será rescatado.

Eres mío, eres de Dios, discípulo y por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión,

que de Mí recibirán el nombre.

Yo te absuelvo de todo, Juan.

Camina sereno hacia el Santo.

En verdad te digo que entre los que viven en este recinto, hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar…

Pedro entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo.

Y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón,

porque siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.

En esto, estän ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, cuando los llama José de Arimatea.

Después de los recíprocos saludos, 

José pregunta: 

–     ¿Estáis aquí?

¿Cuándo habéis llegado? 

–     Ayer por la tarde.

–     ¿Y el Maestro?

–     Está allí…

Con un discípulo nuevo. Ahora vendrá.

José mira al niño y le pregunta a Pedro:

–     ¿Un sobrinito tuyo?

–     No… sí.

Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor.

–     No te comprendo…

–     Un huerfanito…

Por tanto, nada en cuanto a la sangre.

Un discípulo… por tanto, mucho en cuanto a la fe.

Un hijo… por tanto, todo en cuanto al amor.

El Maestro lo ha recogido… y yo le doy mi cariño.

Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días…

–     ¿Tan pequeño y ya doce años?

–     Es que…

Bueno, ya te lo contará el Maestro… José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro…

Dime, ¿Estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes…

Lo presento come si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra…  

José se aterroriza separándose.

Y exclama preguuntando: 

–     ¡¿Lepra?! 

Pedro lo tranquiliza: 

–     ¡No tengas miedo!…

Mi lepra es la de ser de Jesús:

la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones.

–     ¡No, hombre, no!

]No digas eso!

–     Es la verdad y hay que decirla…

Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús.

Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots.

Jesús dice que sabe mucho…

–    ¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!

–     Aquéllos… con tal de amargarme…

–     ¿Quieres mucho a este niño, ¿eh!?

¿Lo llevas siempre contigo?

–     ¡No puedo!…

Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil…  

Yabé dice: 

–     Pero iría contigo con gusto…

Que, con las caricias de José, está más tranquilo.

Pedro rebosa de alegría…

Pero añade:

–     El Maestro dice que no se debe…

Y no lo haremos. De todas formas, nos veremos… José, ¿Me vas a ayudar?

–     ¡Claro, hombre!

Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo?

José ve llegar a Jesús…

Y exclama: 

 –   ¡Oh, Maestro!

¡Dame tu bendición!

–     Paz a ti, José.

Me alegro de verte. Y además, saludable.

–     También yo, Maestro.

Los amigos se alegrarán de verte. ¿Estás en Getsemaní?

–     Estaba.

Después de la oración voy a Betania.

–     ¿A casa de Lázaro?

–     No, donde Simón.

Tengo también allí a mi Madre, a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago.

¿Irás a verme?

–     ¿Lo preguntas?

Será una gran alegría y un gran honor.

Te lo agradezco. Iré con muchos amigos…  

Simón Zelote aconseja: 

–     ¡Prudente José, con los amigos!… 

–     ¡No, hombre… ya los conocéis!

Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire”.

Pero, cuando los veáis, comprenderéis que son amigos.

–     Entonces…

–     Maestro…

Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño.

Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo.

Quiero estar presente también yo.

–     El miércoles que precede a la Pascua.

Quiero que celebre su Pascua, ya como hijo de la Ley.

–     Muy bien.

Comprendido. Iré a recogeros a Betania.

Pero antes el lunes, iré con los amigos.

–     De acuerdo, no se hable más.

–     Maestro, te dejo.

La paz sea contigo. Es la hora del incienso.

–     Adiós, José.

La paz sea contigo.

Ven Yabé, que es la hora más solemne del día.

Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es todavía más solemne.

El día empieza con la mañana:

justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor lo bendiga durante todo el día en todas sus obras.

Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche.

La luz que declina recuerda la caída en el mal.

Y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche.

¿Por qué?

Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno,

que proyecta sus propuestas y pesadillas.

Bueno es por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día,

elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones.

La noche con su sueño, símbolo de la muerte…

Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas, sino en una fúlgida aurora.

El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios.

Y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos.

¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?

–     Yo quisiera… Me sentiría todavía más cerca de mi madre…

–     Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás.

Mas ahora ven.

Mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora.

Vamos con veneración a alabar a Yeohveh.

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