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36 EL RESCATE DEL BAUTISTA


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

36 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente en el vado del Jordán, el camino verde que sigue paralelo al río, está lleno por viajeros que buscan la sombra de los árboles que lo bordean.

Hileras de borriquillos van y vienen junto con los hombres.

En el margen del río están tres hombres que pastorean algunas ovejas.

En el camino, José que está esperando, mira a un lado y a otro, buscando a alguien.

A lo lejos, en el entronque con otra vía, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos.

José llama a los pastores.

Éstos mueven el pequeño rebaño, haciéndolas avanzar por el prado.

Rápidamente se dirigen al encuentro con Jesús.

–       Yo casi no me atrevo… ¿Con qué palabras lo voy a saludar? 

José les dice:

–      ¡Oh, es muy bueno! Dile: “La paz sea contigo”. El saluda siempre así.

–      Él sí…

–     Pero nosotros…

José trata de animarlos:

–      ¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores y me quiere mucho… muchísimo.

El pastor Juan pregunta:

–      ¿Quién es?

José lo señala diciendo:

–      Aquél más alto y rubio. 

Simeón dice:

–      ¿Le hablamos del Bautista, Matías?

–      ¡Sí!

–      ¿No pensará que lo hemos preferido antes que a Él?

Matías contesta:

–       No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándolo a Él.

–      Tienes razón.

Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro.

Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible.

 José acelera el paso.

Las ovejas, trotan azuzadas por los pastores.

Jesús levanta los brazos como para abrazarlos,

Y saludando:

–     La paz sea con vosotros. ¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!

Y besándolo en la mejilla, especifica:

–     Paz a ti, José.

Los otros tres lo adoran primero postrados, besando la orla de su túnica y luego de rodillas.

Jesús los invita:

–     Venid amigos. Vamos junto a las aguas del río y bajo aquellos árboles. Allí hablaremos.

Todos bajan hasta el sitio señalado por Jesús, que se sienta en una gran raíz que está sobre la tierra.

Los otros se sientan en el pasto, a su alrededor.

Jesús sonríe lleno de felicidad, los mira con atención y dice:

–     Permitidme que conozca vuestros rostros. Ya conozco los corazones; son de hombres justos que van tras el bien y aman despreciando las utilidades del mundo.

Os traigo saludos de Isaac, Elías y Leví. También el saludo de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?

Matías contesta:

–      Todavía está en prisión.

Nuestro corazón tiembla por él; porque está en manos de un cruel al que domina una criatura del infierno y al que rodea una corte corrompida.

Nosotros lo amamos. Tú sabes que lo amamos y que él merece nuestro amor. Después de que dejaste Belén, fuimos perseguidos.

Pero más que el odio; sentimos el vernos solos, abatidos como plantas que el ventarrón haya tronchado; porque te habíamos perdido.

Luego, después de años de dolor; sentimos que el Bautista era el hombre de Dios que se predijo que prepararía los senderos de su Mesías.

José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido por él, a alguna parte.

Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor lo escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios. 

Y fuimos a él, porque pensamos que al hacerlo, te encontraríamos a Ti. Porque era a Ti Señor, a quién buscábamos.

–      Lo sé. Me habéis encontrado. Estoy con vosotros. 

Y señalando a Juan, les pregunta:

–      ¿Conocéis a éste?

–      Lo veíamos con los otros galileos, entre las gentes más fieles del Bautista.

Juan lo señaló varias veces diciéndonos: ‘Ved. Yo el primero; él el último. Después él será el primero y yo el último’ Jamás entendimos lo que quiso decir.

Jesús voltea hacia donde está Juan; lo atrae hacia su pecho con una sonrisa más resplandeciente todavía,

Y dice:

–      El Bautista quería decir, que él era el primero en decir: ‘He aquí al Cordero de Dios’

Y que éste será el último de los amigos del Hijo del Hombre, que hablará a las multitudes del Cordero.

Pero que en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque ama al Cordero más que todos. Esto es lo que quería decir el Bautista.

Cuando lo veáis; porque lo volveréis a ver y lo serviréis hasta la hora que ya está determinada; decidle que él no es el último en el corazón del Mesías.

No tanto por ser pariente, sino por su santidad; Yo le amo igual que a estos.

Acordaos de ello, si la humildad del santo se proclama ser el último. La Palabra de Dios lo proclama compañero de su discípulo a quien más ama.

Decidle que amo a éste, porque lleva su nombre y porque encuentro en él su marca. Pues su corazón fue preparado para recibir al Mesías.

–       Lo diremos. Herodes no se atreve a matarlo por miedo al pueblo.

Y en esa corte de avaricia y corrupción, sería fácil librarlo si tuviéramos el suficiente dinero. En realidad, una fortuna. 

Todos los amigos han cooperado, pero todavía nos falta mucho.

Tenemos mucho miedo de que se nos acabe el tiempo y por no reunir lo necesario, que lo maten.

–     ¿Cuánto es lo que os hace falta para el rescate?

–     No para el rescate, Señor. Herodías lo odia y no quiere ni verlo. Y ella es la dueña de Herodes.

Es imposible un rescate. Pero en Maqueronte se han juntado todos los codiciosos del reino. Lo único que les importa es gozar y sobresalir; desde los ministros, hasta los criados.

Y para hacer esto se necesita mucho dinero. Hemos encontrado quien, por una considerable cantidad de dinero, dejaría salir al Bautista.

Esto, también Herodes lo desea; porque tiene miedo, no por otra razón. Miedo al pueblo y miedo a la mujer.

Si conseguimos liberarlo; podrá fingir que él no lo hizo. Así contentará al pueblo y la mujer no podrá acusarlo de nada.

–     ¿Cuánto quiere esa persona?

–     Veinte talentos de plata. Tenemos solo doce y medio.

Jesús se vuelve hacia Judas y le dice:

–     Judas, tú dijiste que esas joyas son muy valiosas.Judas contesta contundente:

–      Hermosas y preciosas.

–      Me parece que tú eres experto en estas cosas. ¿Cuánto crees que valen?

–      Sí lo soy. ¿Acaso quieres venderlas?

–      Tal vez. Dime, ¿Cuánto pueden valer?

–      Si se venden bien, por lo menos ocho talentos.

–     ¿Estás seguro?

–      Sí, Maestro. Tan solo las tiaras y las gargantillas son gruesas y pesadas.

Y están llenas de rubíes, zafiros, esmeraldas y amatistas.

Es oro purísimo. Por lo menos valen cinco talentos.

Los he revisado bien. Al igual que los brazaletes.

No puedo comprender como las frágiles muñecas de Aglae, los han podido llevar.

–      Eran sus cadenas, Judas.

–      Es verdad, Maestro. ¡Pero a muchos les encantarían semejantes grilletes!

–     ¿Lo crees?… ¿A quiénes?

Judas contesta evasivo:

–     ¡Oh! ¡A muchos!

–     Sí. A muchos que tan sólo son hombres, porque así se les llama. ¿Conoces a algún posible comprador?

–     ¿Quieres venderlas? Y ¿Por el Bautista? Pero, ¡Es oro maldito!

–      ¡Oh, incomprensión humana! Acabas de decir con un deseo patente, que a muchos les gustaría ese oro. ¿Y ahora dices que está maldito? ¡Ay Judas! ¡Judas!…  

Es maldito. ¡Sí!…

Es maldito, pero ella dijo: ‘Se santificará si sirve al que es pobre y santo’

Y lo dio con el fin de que el que fuere beneficiado, ruegue por su pobre alma; que como embrión de futura mariposa, crece en la semilla del corazón.

¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es igual que Elías por su misión; pero superior a éste en santidad. Es más pobre que Yo.

Yo tengo una Madre y una casa. Cuando se tienen estas cosas, puras y santas como las tengo, jamás puede uno decir que está abandonado.

Él ya no tiene casa. Ni siquiera le ha quedado el sepulcro de su madre. La perversidad humana, todo lo ha destruido y profanado.

Así que dime, ¿Quién sería el comprador?

–     Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén.

¡Pero éste de Jericó!, es un astuto orfebre oriental. Usurero; contrabandista; mercader en amores; ladrón ciertamente… y tal vez homicida.

Y seguramente también es un perseguido de Roma. Quiere que se le llame Isaac, para que lo tomen por hebreo. Más su nombre verdadero es Diomedes. Lo conozco bien…

Simón Zelote, que habla poco, pero substancioso y que todo lo observa.

Lo interrumpe:

–     ¡Lo comprendemos! ¿Cómo hiciste para llegar a conocerlo tan bien?      

Judas  balbucea:

–      Bueno. Sabes. Para agradar a los amigos poderosos, he ido a su casa. Hemos tenido tratos. Para los del Templo. ¿Sabes?…

–       Ya caigo. Toda clase de servicios. – Concluye Simón con un tono helado y lleno de ironía.

Judas se enciende, pero calla…

Jesús interroga:

–      ¿Podrá comprarlas?

–       Pienso que sí. Jamás le falta el dinero.

Ciertamente es necesario saber vender; porque el griego es astuto. Y si ve que se las tiene que arreglar con un hombre honrado… un pichón de nido. Lo despluma a su gusto.

Pero si se trata de un buitre como él…

Zelote concluye:

–     Ve, Judas. Eres el tipo ideal para esto. Tienes la astucia de la zorra y la rapacidad del buitre. Perdón, Maestro. Hablé antes que Tú.

Jesús dice:

–      Pienso como tú. Y le pido a Judas que vaya.

Se vuelve hacia su predilecto y le dice:

–      Juan, vete con él. Nos reuniremos cuando baje el sol; en la plaza que está cerca del mercado.

Mirando a Judas, agrega:

–      Ve y has lo mejor que puedas.

Inmediatamente Judas se levanta.

Juan tiene la mirada del perro que implora, porque se le ha arrojado fuera.

Sin embargo,  Jesús ignora esa mirada suplicante y se vuelve hacia los pastores:

El apóstol más joven también se levanta y sigue a Judas. 

Jesús dice a los pastores:

–       Quiero alegraros.

Juan, el pastor contesta:

–      Siempre lo harás, Maestro. El Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es tu amigo?

–      Sí. ¿No te parece que lo sea?

El hombre baja la cabeza y guarda silencio.

Simón dice:

–     Sólo quién es bueno, sabe ver.

Yo no soy bueno y no veo lo que la bondad ve. Veo lo externo. El bueno baja hasta el interior. También tú Juan ves como yo. Pero el Maestro es bueno y… ve…

Jesús pregunta:

–     ¿Qué ves en Judas, Simón? Te ordeno que hables.

Simón respira profundo y luego dice

–     Pues… al mirarlo pienso en ciertos lugares misteriosos que parecen cuevas de fieras y aguas estancadas y envenenadas.

Se vislumbra apenas algo que no está bien. Y al punto se retira uno lleno de miedo.

Por el contrario, por detrás hay tórtolas y ruiseñores y suelo abundante en aguas buenas y rico en hierbas salutíferas.

Quiero pensar que Judas es así. Lo creo, porque lo tienes contigo. Tú, que conoces…

–     Sí. Yo lo conozco. Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre.

Pero no le faltan los lados buenos. Lo viste en Belén y en Keriot.

Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual.

Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…

–      También Juan es joven, tiene sólo diecisiete años…  

Jesús lo mira con la vista espiritual que lee los pensamientos y los corazones:

–     Y tú concluyes en tu corazón: “y es mejor”.

¡Pero, Juan es Juan! Simón. Ama a ese pobrecito de Judas… Te lo ruego. Si lo amas… te parecerá más bueno.

–     Me esfuerzo en hacerlo, por Ti. Pero es él; el que rompe mis esfuerzos como si fueran cañas de río.

Maestro, yo tengo solo una ley: hacer lo que Tú quieras. Por esta razón amo a Judas; no obstante existe algo dentro de mí que me previene contra él.

–    ¿Qué cosa es, Simón?

–    Nada en concreto.

Algo así como el grito del soldado que está de guardia durante la noche y me dice: ‘¡Alerta! ¡No te duermas! ¡Mira!… ¡No sé!… no tiene nombre esta cosa. Pero, es contra él…

–    No pienses más en esto, Simón. Ni te esfuerces en definirla.

Hace daño conocer ciertas verdades. Y te podrías equivocar al conocerlas. Déjasela a tu Maestro. Dame tu amor y piensa en lo que me hace feliz.

Pasan las horas y por la tarde en la plaza,

Simón grita:

–    ¡Maestro! Ya viene Judas.

Jesús voltea hacia donde indicara su apóstol y puede constatar que Judas viene triunfante.

Juan sonríe a Jesús… Pero no parece muy feliz.  

30 UN SUEÑO EQUIVOCADO


30 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pareciera que el nudo más angosto de las montañas de Judea, se encuentra entre Hebrón y Yuttá.

Porque  en este valle  que se despliega ante vastos horizontes en los que emergen montes aislados, que ya no forman una cadena, hay diversas plantaciones de cereales distribuidas en terrenos muy bien cuidados:  

Cebada, centeno y también bonitos viñedos en las partes más soleadas. Más arriba, lindos bosques de pinos, abetos y otros árboles de maderas preciosas.

Por un camino ondulante llegan a un pequeño poblado, Jesús y tres de sus apóstoles.

Judas está verdaderamente exaltado…

Y dice:

–    Éste es un suburbio de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después iremos a Keriot.  

Jesús replica:

–    Como quieras, Judas; pero también podíamos habernos quedado aquí para conocer a tu madre.

–   ¡Oh, no! Es un barracón. Mi madre viene en tiempo de cosecha, pero después vuelve a Keriot. ¿No quieres que mi ciudad te vea? ¿No quieres traer aquí tu Luz? 

–    Si que quiero, Judas, pero ya sabes que no me detengo a considerar la humildad del lugar que me hospeda.

–    Pero hoy eres mi invitado…

Y Judas sabe ser hospitalario.

Caminan todavía unos metros entre casas pequeñas esparcidas por el campo.

Mujeres y hombres, avisados por los niños, se asoman. Está muy claro que se ha despertado la curiosidad.

Judas ha lanzado un grito de reclamo.

Y dice:

–    He aquí mi pobre casa. Perdona su pobreza.

La casa no es ninguna barraca: es un cubo de un solo piso pero amplio y bien cuidado, dentro de un terreno tupido y floreciente de árboles frutales.

Un camino privado muy limpio, va desde la calzada a la casa.

–   ¿Me permites que me adelante, Maestro?

–    Como quieras.

Judas se adelanta.

Simón dice:

–    Maestro, Judas ha preparado algo grande. Antes lo sospechaba, pero ahora estoy seguro. Tú dices: ‘Espíritu, espíritu, espíritu…’ Pero él no lo entiende así.

Jamás te entenderá, pues solo piensa en lo material. O lo hará muy tarde… -corrige finalmente para no mortificar  a Jesús.

Jesús suspira y calla.

Llegan a una bella casa que está en medio de un jardín frondoso y muy bien cultivado. 

Judas sale con una mujer que tiene alrededor de cuarenta años.

Es muy alta y muy hermosa.

Inmediatamente se nota que es de ella, de quién Judas ha heredado su belleza y su cabello castaño oscuro, abundante y ondulado.

Sus ojos son iguales y diferentes.

Tienen el mismo color gris oscuro; pero los de ella, tienen una mirada suave y más bien triste; mientras que los de Judas, son imperiosos y astutos.

Cuando llegan ante Jesús, ella se postra como una verdadera súbdita y dice:

–   Te saludo, Rey de Israel. Haz el favor de que tu sierva te dé hospitalidad.

Jesús la mira con amor y dice:

–   La paz sea contigo, mujer. Y Dios sea contigo y con tu hijo.

Ella contesta con una voz que es más bien un suspiro, que una respuesta:

–   ¡Oh sí, con mi hijo!…

Jesús la toma por los antebrazos diciendo:

–    Levántate madre. También yo tengo una madre y no puedo permitir que me bese los pies.

En nombre de mi madre te beso, mujer. Es tu hermana en el amor… -y añade enigmáticamente- … y en el destino doloroso de madre de los señalados.

Judas pregunta un poco inquieto:

–    ¿Qué es lo que quieres decir, Mesías?

Pero Jesús no le responde. Está abrazando cariñosamente a la mujer, a la que ha levantado del suelo y a quién besa en las mejillas.

Y luego, con ella de la mano; camina hacia la casa.

Entran en una habitación fresca y adornada con festones. Sobre las mesas hay bebidas y frutas frescas.

Ella hace una señal a la sierva y ésta trae agua y toallas.

La madre de Judas trata de quitar las sandalias a Jesús, para lavarle los pies llenos de polvo. 

Pero Jesús se opone diciendo:

–    No, madre. La madre es una criatura muy santa.  Sobre todo cuando es honrada y buena como tú lo eres; para permitir que lo hagas como si fueras una esclava.

Ella voltea y mira fijamente a Judas, con una mirada extraña…

Y luego se va.

Mientras tanto Jesús se ha refrescado y cuando está a punto de ponerse las sandalias…

La mujer regresa con un par nuevo y dice:

–    Aquí están éstas, Mesías nuestro. Creo que las hice bien… Tal y como las quería Judas. Él me dijo: ‘Un poco más grandes que las mías, pero igual de anchas’

Jesús mira a Judas con un mudo reproche y pregunta:

–   ¿Por qué, Judas?

Judas responde:

–   ¿No quieres permitirme que te haga un regalo? ¿Acaso no eres mi Rey y mi Dios?

–   Sí, Judas. Pero no debías haber causado tantas molestias a tu madre. Tú sabes como  Soy Yo…

–   Lo sé. Eres Santo. Pero también debes aparecer como un Rey Santo.

Así es como debe ser. El mundo en el que nos movemos está compuesto de tontos.

A nueve de cada diez, les importan mucho las apariencias y es necesario imponerse con la presencia.

Porque esto es muy importante… Yo lo sé.

Jesús calla y se amarra las sandalias de fina piel roja, que van desde el empeine hasta las pantorrillas.  Son mucho más hermosas, exquisitas y elegantes; que las sencillas sandalias de obrero que usa Jesús.

Son semejantes a las de Judas, que parecen unos mocasines a los que apenas si se les ve algo del pie.

Entonces la madre de Judas, le entrega una túnica nueva diciendo:

–   También el vestido Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas.

Pero él te lo regala. Es de lino; fresco y nuevo. Por favor, permite que una madre te vista, como si fueses su hijo.

Jesús vuelve a mirar a Judas, pero no contradice. Se suelta en el cuello la cinta y cae la amplia túnica. Quedándose solamente con la túnica corta.

La mujer le pone el vestido nuevo y le ofrece un cinturón que es una faja muy rica, recamada con hilos de oro; de la que sale un cordón, que termina con muchos hilos.

Es indudable que los elegantes vestidos frescos y limpios de polvo, son muy confortables. Pero Jesús no parece muy contento…

Los demás también se han aseado

Y Judas; como el anfitrión perfecto, invita:

–   Ven Maestro. Son de mi pobre huerto. Éste es el jugo de manzanas que mi madre prepara. –le alarga un vaso de cristal labrado exquisitamente.

Y agrega:     

–   Tú Simón, tal vez te guste más, este vino blanco. Toma. Lo elaboramos en mi viñedo. Y tú Juan, ¿Igual que el maestro?

Juan asiente con la cabeza.

Judas está feliz, mostrando sus hermosos vasos y en lo más profundo de su corazón, se regodea con la oportunidad de presumir que lo que posee, no sólo es lo mejor de lo mejor…

Sino que sólo un sacerdote, descendiente de la clase sacerdotal; es decir, la élite del Pueblo de Israel; tiene la riqueza y la clase para honrar a Dios.

La madre habla poco. Mira una y otra vez a su Judas.

Pero mira mucho más a Jesús. 

Y cuando Él antes de comer; le ofrece la fruta más hermosa y jugosa: un durazno muy grande y de un color que manifiesta su punto óptimo, para ser ingerido;

Mientras le dice:

–     Primero es la madre.

Una lágrima como una perla, asoma a sus ojos.

Judas pregunta:

–   ¿Mamá; todo lo demás está listo?

Ella contesta titubeante:

–   Sí, hijo mío. Creo que todo lo he hecho bien. Yo he vivido siempre aquí… Y no sé…  no conozco las costumbres de los reyes.

Jesús interviene interrogante:

–    ¿A qué costumbres te refieres, mujer? ¿A qué reyes?  Pero… ¿Qué has hecho, Judas?

Judas contesta a la defensiva:

–    Pero… ¿Acaso no eres Tú, el Rey Prometido a Israel? Es hora de que el mundo te salude como a tal.

Lo que debe suceder, tiene que ser por vez primera aquí en mi ciudad y en mi casa. Yo te venero como a tal.

Por el amor que me tienes, respeto tu Nombre de Mesías, de Rey. El Nombre que los profetas te dieron por orden Yeove. Y por favor no me desmientas.

Jesús se dirige a todos:

–    Mujer… Amigos, permítanme un momento. Debo hablar con Judas. Debo darle órdenes precisas.

Su Voz es una orden perentoria.

La madre y los discípulos se retiran. 

Y Luego, volviéndose hacia el discípulo que conoce perfectamente su identidad..,

Lo cuestiona con severidad:

–     Judas, ¿Qué has hecho? ¿Hasta ahora me has entendido tan poco? ¿Por qué me has rebajado hasta el punto de hacerme tan solo un poderoso de la tierra?

¿Aún mucho más: a uno que se esfuerza en ser poderoso?

¿No entiendes que es una ofensa a mi misión y hasta un obstáculo?

Sí. No digas que no: OBSTÁCULO. Israel está sujeto a Roma.

Tú sabes lo que ha sucedido cuando alguien con apariencia de cabecilla, ha querido levantarse contra Roma y crea sospechas de fomentar una guerra de liberación.

Has oído justamente en estos días, como se ensañaron contra un Niño, tan solo porque se pensó que fuese un futuro Rey, según el mundo.

¡Y tú!…  ¡Tú! ¡Oh, Judas!…  ¡Pero qué es lo que esperas de un poder mío, humano!  ¿Qué esperas?… 

¡Te he dado tiempo para que pensaras! Y decidieras.

Te hablé muy francamente desde la primera vez. Te he rechazado, porque sabía…  Porque sé. Sí. Porque sé… 

Porque lo leo y veo, lo que hay en ti.

¿Por qué quieres seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te hagas daño y no me lo hagas… ¡Vete!…  Es lo mejor para ti.

No eres un obrero apto para esta obra… Es muy superior a ti.

En ti hay mucha soberbia. Concupiscencia con sus tres ramas. Autosuficiencia.

Tú misma madre debe tener miedo de ti. Tienes inclinación hacia la mentira. ¡No! Así no debe ser el que me siga…

Judas, Yo no te odio. No te maldigo y tan solo te digo con el dolor del que ve que no se puede cambiar al que ama…

Tan solo te digo: ‘Vete por tu camino. Ábrete camino en el mundo, que es el lugar que tú quieres:

Pero No te quedes conmigo’ 

¡Mi camino! ¡Mi Palacio! ¡Oh, cuánta aflicción hay en ellos! ¿Sabes en donde seré Rey? ¿Sabes cuándo seré proclamado Rey?…

¡Cuando sea levantado en un madero infame y tendré mi Sangre por púrpura!

¡Por corona un tejido de espinas; por bandera un cartelón de burla! Por trompetas, tambores, organillos y cítaras, que saluden al proclamado Rey: ¡Blasfemias de todo un pueblo!

De mi Pueblo, que no habrá entendido nada.

¿Y sabes por obra de quién todo esto? De uno que no me habrá entendido, QUE NO HABRÁ ENTENDIDO NADA.

Corazón de bronce hueco en el que la soberbia, la sensualidad y la avaricia, para entonces ya habrán destilado sus humores y éstos habrán engendrado una maraña de serpientes que servirán como cadena para mí y…

Y MALDICIÓN PARA ÉL. Los demás no conocen tan claramente mi suerte. Y te ruego que no lo digas. Que esto quede entre tú y Yo. 

Por otra parte es un regaño…  Y tú callarás por no decir: ‘Me regañaron¿Has entendido, Judas?

Judas está muy colorado. De pié ante Jesús, está avergonzado, con la cabeza baja.

Se deja caer y llora con la cabeza pegada a las rodillas de Jesús.

Suplica:

–    Maestro, te amo. No me rechaces. Soy un necio. Sí, soy soberbio… pero no me apartes de Ti. No, Maestro. Será la última vez que falto. Tienes razón. No he reflexionado.

Pero también en este error, hay amor. Quise proporcionarte mucho honor. Y que los demás te lo diesen porque te amo. ¡Ea, pues; Maestro! Yo estoy a tus rodillas.

Me has dicho que serás para mí un padre y te pido perdón. Te pido que me hagas un adulto santo. No me despidas, Jesús.

Jesús, Jesús, Jesús… No todo es maldad en mí. ¿Lo ves?… Por Ti he dejado todo y he venido.

Tú vales más que los honores y victorias que obtenía yo, cuando servía a otros. Tú en realidad Eres el amor del pobre e infeliz Judas; que querría darte tan solo alegrías y que en cambio te da dolores…  

Jesús está fatigado, por un tremendo cansancio espiritual… 

Es indispensable mirar este diálogo con el Carisma de Discernimiento…

Y lo interrumpe:

–    Basta, Judas. Una vez más, te perdono… Te perdono esperando… esperando que en el futuro me comprendas.

Una sombra pasa por la mirada de Judas y aparece el verdadero motivo de su insistencia:

Pero Judas se obstina y sin querer revela el verdadero motivo por el que no quiere ser expulsado del grupo apostólico:

–   Sí, Maestro, sí. Ahora ya no quieras en modo alguno, desmentirme. Pues esto haría de mí, una burla.

Todo Keriot sabe que he venido con el descendiente de David; el Rey de Israel… Y esta ciudad mía se ha preparado para recibirte.

Pensé que hacía bien. Quise presentarte de tal forma, que todos te temieran y te obedecieran.

También Simón y Juan…

Y a través  de ellos trasmitir a los demás… cómo se equivocan al tratarte como un igual.

Ahora…  también mi madre será objeto de burla, por ser la madre de un hijo mentiroso y loco.

Por ella, Señor mío, te suplico… Y te juro que yo…

Jesús lo interrumpe:

–   No jures por Mí. Jura por ti mismo, si puedes; para no pecar más en este sentido.

Por tu madre y por los ciudadanos, no me marcharé. Levántate…

–                 ¿Qué dirás a los demás?

–                 La verdad.

–                 ¡Nooooo!

–                 La Verdad. Ya te he dado órdenes para hoy. Siempre existe la manera de decir la Verdad con caridad… Llama a tu madre y a los demás.

Jesús está severo y no sonríe.

 

215.- ECCE HOMO


1JCONDENADO

Es la hora del Odio Satánico.

Multitudes de Demonios hay sobre la tierra para seducir a los corazones, para ayudarlos a decidir su Muerte. Cada sinedrista tiene el suyo, lo mismo que Herodes, Pilatos y todos los judíos que pidieron su Sangre. También los tenían los apóstoles en Getsemaní, para adormecerlos y prepararlos a ser cobardes.

Cuando Jesús salió de la casa de Caifás, lo llevaron al Pretorio. Dice el Evangelio: ·Era de madrugada. Ellos no entraron en el Pretorio para no contaminarse y poder así comer de la Pascua.” La hipocresía no fue prerrogativa de los judíos que lo condenaron. La ley determina que cualquiera que cometa un crimen en la Pascua, debe ser castigado con la muerte…

Pero ellos que eran tan observantes, decidieron pasar por alto también este precepto; porque su Odio contra Él,  es más poderoso que su conciencia y su afán de parecer piadosos ante el mundo, los inclinó a guardar las apariencias en el Pretorio.

Ellos no creyeron poder contaminarse al cometer un crimen y celebrar la Pascua después. Pero sí observaron el rito de no pisar la casa de un gentil y no quisieron entrar a la casa del Gobernador romano.

También ahora muchos en su interior, maquinan el mal y muestran una fachada de piedad y respeto por la religión.

1jesuspilate1

Pilatos sintió piedad de Jesús, por ser Inocente. Lo conoce a través de todos los relatos de Claudia Prócula… Y trató de salvarlo desde el primer momento… Cómo Roma es la única que tiene el derecho de ejercer justicia contra los malhechores, trata de librarlo diciendo: ‘Juzgadle, según vuestra Ley’.

Nuevamente hipócritas, los judíos no quisieron condenarlo. Y Herodes, que no vaciló en ajusticiar al Bautista, lo devuelve a Poncio Pilatos… Quieren que sea Roma la que lo sentencie… Lo odian y lo temen… No quieren reconocerlo como Mesías, pero decidieron matarlo por sí lo era. Y lo acusaron de alborotapueblos contra el poder romano, para conseguir que Roma lo condenase.

En su interrogatorio, Pilatos no puede comprender en qué consiste su Reino y lo más triste: no pide que se lo explique. Al invitarle a que conozca la Verdad, paganamente responde: ¿Qué cosa es la Verdad?

Con un levantamiento de hombros, vuelve a donde están los judíos y en los umbrales del crimen, trata de salvarlo una vez más.

Cuando Pilatos lo miró, tuvo compasión de Él. Espera que la Plebe también la tenga… Pero ante sus amenazas y su dureza, le faltó valor…

1jcrucificalo

Su debilidad y su ambición, pues temió perder su puesto, lo llevan a una cruel transacción: LA FLAGELACIÓN.

Cuatro soldados llevan a Jesús al patio enlozado con mármoles de color, más allá del atrio. En medio hay una columna alta semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, tiene una varilla de hierro sobresaliente por lo menos un metro, que termina en una argolla.

Hacen que se quite los vestidos y Jesús se queda solamente con los calzoncillos cortos de lino y las sandalias.

Las manos las atan juntas alrededor de las muñecas y se las amarran a la argolla, sobre la cabeza. De modo que aun cuando es muy alto, apenas si toca el suelo con la punta de los pies.

Esta posición en sí, ya es muy dolorosa.

Dos verdugos se colocan, uno delante de Él y otro detrás. Están armados con un flagelo de siete correas de nervios durísimos, unidas a un mango y que terminan en la punta con bolas de plomo.

1flagelo

La mano que Dios dio al hombre, para distinguirlo de los animales. La mano que Dios enseñó a usar al hombre como instrumento de la inteligencia humana para acariciar, bendecir y trabajar; se convirtió en instrumento de tortura contra el Hijo de Dios: le dio de bofetadas y se convirtió en tenazas para arrancarle los cabellos… Tomó el flagelo y los clavos e hirió a su Dios y Creador…

Alternada y rítmicamente, como si estuvieran haciendo un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno delante, el otro, detrás. De esta forma, el tronco de Jesús queda apretado entre estos instrumentos de dolor.

Los cuatro soldados a quienes se ha entregado al Prisionero, sin preocuparse mayormente del asunto, se ponen a jugar a los dados con otros tres que acaban de llegar.

Las voces de los jugadores se mezclan con el golpe de los flagelos, que silban como serpientes y luego suenan como piedras arrojadas contra la piel tensa de un tambor; azotando el grácil cuerpo de color marfil viejo, que al principio toma el color cebrado vivo de una rosa; luego el violeta llenándose de relieves de color añil, muy hinchados. Y después el rojinegro…  Para terminar rompiéndose y arrojando sangre por todas partes.

1flagelacion

El amor de Jesús por su Padre y por sus hijos, lo llevó a entregar su cuerpo a quien lo golpeaba. A presentar su rostro a quien lo abofeteaba y escupía. Él debía ser quebrantado, para expiar los pecados de la carne.

En su cuerpo no queda un lugar que no haya sido golpeado. Es el siervo del que habla Isaías. Su amor por su  Padre inflamó en Él el deseo de devolverle a los hijos perdidos por el Pecado.

Los hosannas mentirosos del Domingo de Ramos, se convirtieron en el grito de muerte, sediento de sangre y los hombres utilizaron además de su cuerpo creado por Dios para atormentarlo; las cosas creadas por ÉL, para ser instrumento de tortura y hacer más doloroso su Martirio.

1azotado

Aunque sus golpes los dirigen sobre todo al tórax y al abdomen, tampoco faltan los golpes en las piernas, los brazos y hasta en la cabeza, para que no quede ningún miembro sin dolor.

¡Cuánto sufrimiento!… ¡Y no se escucha ni un lamento!…

Si la cuerda no lo sostuviera, caería al suelo. Solo la cabeza se le mueve y cae sobre el pecho una y otra vez, entre golpe y golpe…

Sus órganos internos magullados y contusos, tienen grandes sufrimientos. Sofocaciones y tos convulsiva por los pulmones. Y la anemia consecutiva a toda la sangre que ha esparcido desde Getsemaní…

El hígado, el bazo y los riñones, magullados, inflamados y congestionados. Junto con el corazón exangüe y exhausto. Enfermo por la bárbara flagelación y por los dolores morales que le han precedido y que harán más penosas las próximas horas…

Los riñones que casi han sido despedazados por los flagelos, ya han dejado de funcionar. Incapaces de filtrar más, la urea se irá acumulando y se esparcirá por todo su cuerpo, torturando con el sufrimiento de la intoxicación urémica…

1azotes

Un soldado grita:

–           ¡Eh! ¡Deteneos que lo matáis! – Y agrega tono de mofa.- Necesita estar vivo, para que puedan matarlo.

Los dos verdugos se paran y se secan el sudor.

Y dicen:

–           ¡No podemos más!

–           Pensé que os habíais olvidado…

–           Pagadnos. Porque nos vamos a saciar la sed con un vaso de vino.

–           La flagelación de los esclavos es más pesada…

–           Deberían pagarnos más…

El decurión les arroja una moneda grande a cada uno, mientras les contesta:

–           ¡A la horca os mandaría! tened…

Dos jugadores comentan:

–           Habéis trabajado a conciencia.

–           Parece un mosaico.

Luego que los verdugos se van.

Un soldado dice a otro:

–           ¡Oye Tito, dinos! ¿No era éste al que amaba Alejandro?

El aludido responde:

–           Sí.

–           Le daremos la noticia para que cumpla el luto.

Tito confirma:

–           Primero hay que desatarlo.

1desmayo

Lo desatan, y Jesús cae al suelo como muerto. Lo dejan ahí.

De vez en cuando lo mueven con el pie calzado con las cáligas, para ver si se lamenta.

Pero Jesús ni siquiera gime.

No meditamos nunca en lo que le costamos y no reflexionamos en las torturas que nos dieron la salvación…

En su Cuerpo no queda un lugar que no haya sido golpeado. Ningún dolor se le perdonó: Ni en la carne, ni en la mente, ni en el corazón, ni en el espíritu. De todos se abrevará hasta morir…

Pasan unos minutos y los soldados comentan:

–           ¿Acaso habrá muerto?

–           Es posible.

–           Es joven y artesano. Eso me han dicho.

–           A mí me dijeron que es como una vestal y parece una delicada doncella…

–           ¡Déjenmelo a mí!

Y el último que habló, va y lo sienta contra la columna.

1flagelado (2)

Donde antes estuviera Jesús tirado, se ven los grumos de sangre…

Mirad la humanidad de nuestro Redentor: de la cabeza a los pies es toda una herida… LA FLAGELACIÓN hace horrorizar a quién la medita y agonizar a quién la prueba. Pero fue tortura de una hora. Los hombres que lo traicionan, le flagelan el corazón y son siglos que lo hacemos…

El soldado, va a una pequeña fuente que gorgotea bajo el pórtico. Llena un cubo de agua y se lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de Jesús.

Mientras dice:

–           ¡Así! ¡A las flores les gusta el agua!

Jesús suspira profundamente. Trata de levantarse. Pero sigue con los ojos cerrados.

Varias voces dicen al mismo tiempo:

–           ¡Eso es!

–           ¡Bien!

–           ¡Arriba, Adonis!

–           ¡Qué te esperan las damas!…

Pero Jesús inútilmente apoya en el suelo los puños intentando erguirse…

Entonces le ordenan:

–           ¡Arriba!

–           ¡Rápido!

–           ¿Te sientes débil?

–           ¡Oye precioso!… ¡Date prisa!

–           ¡Qué te espera alguien!…

El más brutal, con sonrisa mordaz le grita:

–           Con esto te vas a reponer.

Y con el asta de su lanza descarga un golpe en el Rostro de Jesús, dándole entre el pómulo derecho y la nariz, desviándole el tabique y que al punto comienza a sangrar.

1cristo

Jesús abre los ojos y mira a su alrededor. Es una mirada perdida… Mira fijamente al soldado que lo ha golpeado. Se enjuga la sangre con la mano. Y con un gran esfuerzo, se pone de pie.

Los militares se burlan:

–           ¡Vístete!

–           ¡Es una indecencia estar así!

–           ¡Impúdico!

Y todos sueltan la carcajada.

Jesús obedece sin decir nada. Sólo ÉL sabe lo que sufre al inclinarse, por las heridas que tiene, pues al moverse, su piel se abre y la sangre vuelve a brotar…

Pero no hay ninguna piedad y empiezan a jugar con ÉL cruelmente.

1Flagelacion_Murillo

Un soldado da una patada a sus vestidos y los dispersa cada vez que Jesús quiere alcanzarlos, balanceándose penosamente. Otro soldado los arroja al lado contrario. Y cada vez que Jesús tambaleándose llega a donde ha caído su ropa, otro soldado la arroja lejos en otra dirección. Mientras hacen esto le dicen obscenidades y se burlan de él.

Jesús sufriendo agudamente sigue a la ropa, sin decir una palabra.

Finalmente y en silencio todavía, Jesús logra tomar sus vestidos. Antes de ponerse la túnica blanca interior corta, que estaba apartada en un rincón y mojada, se limpia con ella la cara del polvo, la sangre, los escupitajos y los excrementos.

1Cristo_despues_de_la_Flagelacion_

Parece como si quisiera ocultar su vestido rojo que ayer mismo era tan hermoso y ahora está sucio de porquerías y manchado por la sangre que sudó en Getsemaní. Pero termina de vestirse con él. Luego se compone los cabellos y la barba, llevado por un instinto natural, de limpieza y orden en su persona.

Y la pobre y santa faz aparece limpia, sólo marcada por los moretones y las pequeñas heridas.

Y luego se acerca a que le dé el sol, pues está temblando por los escalofríos…

Y al suplicio al que se le sometió, se añadió otro: LA CORONACIÓN DE ESPINAS.

1jesus-cryingg

La fiebre ha comenzado a apoderarse de Él, debido a la pérdida de sangre, al ayuno y a la larga caminata.

Nuevamente le atan las manos. La cuerda vuelve a cortarle en donde hay rozaduras anteriores.

Un soldado dice:

–                       ¿Y ahora qué vamos a hacer? ¡Estoy aburrido y fastidiado!

Otro le contesta:

–                       Espera… Los Judíos quieren un rey… ¡Se los daremos!…

Corre afuera, más allá del patio.

Poco después regresa con un manojo de ramas de zarza que todavía están flexibles porque es primavera, pero que tienen las espinas largas y puntiagudas.

1corona de espinas (2)

 Con la daga les quita las hojas y las florecillas. Las dobla entretejiéndolas de modo que formen una corona y la pone sobre la cabeza, tratando de encajarla alrededor de la frente.

Pero como es demasiado grande, se le va hasta el cuello.

Dos de los soldados dicen:

–                       No le queda.

–                       Debe ser más estrecha.

–                       Quítasela.

Al quitársela, le rasgan las mejillas y parte de los párpados, con peligro de dejarlo ciego. Y con el brusco movimiento, tambien le arrancan  los cabellos que se han enredado entre las zarzas.

1jrey-judios

La estrechan. Pero ahora lo han hecho demasiado y a pesar de forzarla, no le cabe.

De nuevo se la quitan y le arrancan más cabellos.

La vuelven a hacer…  Ahora está bien: por delante hay una hilera triple de espinas y por detrás donde se unen las ramas, hay un verdadero nudo de espinas que se clavan en su nuca.

1cristo2

El soldado que inventó este suplicio, le dice con burla:

–                       ¡Ahora estás mejor! Pareces un bronce natural con rubíes. Mírate, ¡Oh rey! En mi coraza…

Y se acerca mostrándole la lóriga reluciente…

Tito dice:

–                       La corona no basta para representar un rey. Es necesario la púrpura y el cetro. En el establo hay una caña y en la alcantarilla una clámide roja. Ve a traerla Cornelio.

Éste las trae. Le echan encima la sucia clámide roja.

1salve-Rey-de-los-judios

Antes de ponerle la caña entre las manos, lo golpean con ella en la cabeza y lo saludan diciendo:

–                       ¡Salve!

–                       ¡Ave! ¡Rey de los Judíos!

Y se mueren de risa.

Jesús no se opone a nada. Permite que se le siente en el ‘trono’: un artesón boca abajo que usan para dar de beber a los caballos.

Ellos lo siguen golpeando y burlándose de él como ‘Rey de los Judíos’.

1jrey

Jesús no dice una palabra. Tan solo los mira… Una mirada única de dulzura y de dolor tan atroz, que rompe el corazón el contemplarla…

Parece decir:

–                       He venido a salvaros… ¿Por qué no me amáis?…

1jcoronado

Entra en el patio el tribuno Publio Quintiliano…

Los soldados suspenden sus burlas al oír su voz, que ordena que lleven al Reo ante Poncio Pilatos.

Llevan a Jesús al atrio, donde el sol ya alumbra con todo su esplendor. Todavía lleva la corona, la clámide y  la caña.

El Procónsul le dice:

–           Adelante, para que te muestre al pueblo.

Jesús, pese a sentirse muy débil y enfermo, se yergue dignamente… Y… ¡Vaya si parece un Rey! ¡Un Rey muy Majestuoso!…

1jpresentado

Pilatos declara:

–           Escuchad hebreos. Aquí está EL. Lo he mandado castigar. Ahora permitid que lo deje libre.

Los judíos gritan:

–           ¡No!

–           ¡No!

–           ¡Queremos verlo afuera!

–            ¡Que se vea el blasfemo!

El Gobernador ordena:

–           Sacadlo afuera. ¡Pero tened cuidado de que no le echen mano!

1Cristo coronado de espinas

Y mientras Jesús entra en el atrio y aparece en medio de una decuria…

Poncio Pilatos lo señala diciendo:

–           ¡He ahí al Hombre! Ahí lo tenéis. Aquí tenéis a vuestro Rey.  ¿No os basta todavía?

1ecce-homo

Es un día bochornoso. El sol cae directamente sobre todos, pues están entre la hora tercia y la sexta. Los que gritan parecen hienas rabiosas, enseñan sus puños y piden que se le mande a muerte.

El Hombre-Dios que en Sí tenía la perfección de la belleza física, apareció entonces ante los ojos de los que lo miraban, un ser feo, el oprobio de los hombres… Pues lo han convertido en todo una llaga…  En este día es semejante a un leproso, por los golpes y la humillación que recibió.

1ecce-homo2

Ved, ¡OH, hombres, a vuestro Salvador! ¡A vuestro Rey coronado por el Dolor, para que en nuestra cabeza no fermenten tantos pensamientos!

Nosotros que nos sentimos ofendidos por cualquier cosa; mirad a nuestro Rey ofendido… ¡Y es Dios!, ¡Con el manto de púrpura, con la caña cual cetro y la Corona de Espinas!

Corona que desgarró su carne, penetrando por múltiples heridas, para purificar nuestros pensamientos culpables.

Jesús sigue de pie, erguido con majestad.

1jante-pilatos

Nunca había resaltado esta realeza como ahora, ni siquiera cuando hacía milagros…

Es una nobleza dolorosa pero en tal forma divina, que basta verla para señalarlo como Dios.

Jerusalén en este día está habitado por los demonios y dominado por el Infierno. Y ciertamente Satanás debió temblar al contemplarlo…

1crucificale

Pilatos lo ha señalado diciendo:

–           ¡He ahí al Hombre! Ahí lo tenéis. Aquí tenéis a vuestro Rey.  ¿No os basta todavía?

la multitud ruge:

–            ¡No! ¡No!

–            ¡Crucifícalo!

–            ¡A la muerte el Blasfemo!

–            ¡Crucifícalo!

–            ¡Condénalo ya!

Jesús extiende su mirada sobre la turba, busca…

Encuentra en medio de este mar de caras que lo odian, las de sus amigos. ¿Cuántos? Una veintena, entre millares…

Inclina su cabeza abatido ante tal abandono. Le cae una lágrima… Luego otra…después la siguiente.

Ante su llanto no hay compasión; sino solo Odio.

1jesus_coronado

La mentira y la blasfemia lo rodearon… Y de los mismos labios que habían brotado los hosannas, surgió después el crucifige.

Basta con decir la Verdad y ser bueno, para que la gente lo odie a uno, después de pasado el entusiasmo. La Verdad es reproche y consejo. La bondad arranca el látigo y hace que los no buenos, no teman más. De esto surgió el crucifige, después de haber gritado los hosannas. Su vida de Maestro, se vio llena de estos dos gritos. El último fue el de ¡Crucifícalo!

1ecce-homo3

Poncio Pilatos intenta salvarlo una vez más:

–                       ¡Bueno! Dejad que se vaya. Es un acto de justicia.

La multitud ruge:

–                       ¡No!

–                        A la muerte.

–                       ¡Crucifícalo!

Pilatos trata de negociar:

–                       Os entrego a Barrabás.

1cristo-ou-barrabas

La multitud ruge:

–                       ¡No! ¡Al Mesías!

–                       Si es así, tomadlo vosotros. Yo no encuentro ninguna culpa en Él.

Los príncipes de los sacerdotes:

–                       ¡Dijo que es Hijo de Dios!

–                       Nuestra Ley castiga con la muerte al reo de semejante blasfemia.

Pilatos se queda pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta sobre su silla. Se ponen una mano en la frente y el codo sobre la rodilla. Mira atentamente a Jesús.

1jpilatos1

Luego le ordena:

–                       Acércate.

Jesús se acerca hasta la tarima.

Pilatos le pregunta:

–                       ¿Es verdad? Respóndeme.

Jesús guarda silencio.

–                       ¿De dónde has venido? ¿Qué es Dios?

1corona de espinas

Jesús contesta con dulzura:

–                       El Todo.

–                       ¿Y luego? ¿Qué quieres decir con el Todo? ¿Qué cosa es el Todo para quién muere? Estás loco… Dios no existe. Yo lo soy. Y yo sí existo.

Jesús no replica ha pronunciado su palabra salvadora y se encierra en el silencio.

El tribuno se acerca y le dice:

–                       Poncio, la liberta de Claudia Prócula te pide permiso para entrar. Trae un recado para ti.

Poncio exclama:

–                       ¡Oh, no! ¡Sólo esto me faltaba!  ¡Ahora las mujeres!… –Hace un gesto de resignación. Y autoriza- Que venga.

Entra la romana. Se arrodilla.

Le presenta al Procónsul una tablilla encerada en la que Claudia le pide a su marido, que no condene a Jesús.

La mujer se retira de espaldas, mientras Pilatos la lee…

1imperator

Luego el Gobernador le dice a Jesús:

–                       Se me aconseja que evite tu muerte. ¿Es verdad que eres más que un arúspice? Me infundes miedo…

Jesús no contesta.

–                       ¿Pero no sabes que tengo poder para dejarte libre o para mandarte a la crucifixión?

Jesús dice:

–                       No tendrías ningún poder, si no se te hubiese concedido de lo alto. Por esto quien me ha puesto en tus manos, es más culpable que tú.

1Poncio-Pilatos-

–                       ¿Quién es? ¿Tu Dios? Tengo miedo…

Jesús no responde.

Pilatos está en ascuas. No sabe qué hacer. Teme al castigo de Dios. Teme al de Roma. Recuerda todas las pláticas que ha tenido con su esposa, respecto a Jesús… Teme al poder de los vengativos judíos…

1pilatos-indeciso

Por un momento gana el temor de Dios y grita:

–                       ¡No es culpable!

Los príncipes de los sacerdotes lo amenazan:

–                     Si lo proclamas eres enemigo de César.

–                      Quien se hace rey es enemigo suyo.

–                       Tú quieres libertar al Nazareno.

–                        Se lo notificaremos a César.

1crucifícalo

Aunque Pilatos intenta salvarlo y lo presenta ante la plebe. Siente mucha compasión por Jesús y espera que la plebe la tenga. Pero ante su dureza, ante sus amenazas, no tiene valor para obrar con rectitud y decir: “Le doy la Libertad porque es Inocente. Vosotros sois los culpables y si no os alejáis, probaréis el látigo de Roma.” Esto es lo que hubiera dicho si hubiera sido justo, sin calcular en el mal que le hubiera sobrevenido. Pero para proclamar esto, es necesario ser un héroe y…

Pilatos es presa del temor humano:

–                       En una palabra. ¿Queréis que le mate?  ¿O no?…  Que se haga. Pero que la sangre de este Justo, no se le busque en mis manos.

1_Pilate_Washes_His_Hands__James_Tissot

Como poseídos por un frenesí, los judíos exclaman:

–                       ¡Qué se le encuentre en las nuestras!

–                       ¡Que caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!

–                       No le tenemos miedo.

–                       ¡A la Cruz!

–                       ¡A la Cruz!

–                       ¡Crucifícalo!

Poncio Pilatos ordena que le traigan una jofaina. Se lava las manos delante del pueblo y luego regresa a su silla.

1pilatos se lava las manos

Llama al centurión Longinos y a un esclavo.

El esclavo le trae una tablilla sobre la que pone un anuncio y ordena que se escriba:

            “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”

Lo muestra al pueblo.

1jesus-condemned-pilate

Los príncipes de los sacerdotes protestan:

–                       ¡No!

–                       ¡No así!

–                       ¡No Rey de los Judíos!

–                       Sino que se dijo que sería rey de los judíos.

Pilatos responde secamente:

–                       Lo que escribí…  Escrito queda.

1crucificale2

Y de pie, con la palma vuelta hacia el frente, ordena a Longinos:

–                       Que vaya a la Cruz, soldado. Ve. Prepara la Cruz.

Y pronuncia la sentencia:

“¡Ibis ad Crucem! I, miles, expedi Crucem.” 

(¡Va a ir a la Cruz!)  (A un soldado la cruz del problema)

1Poncio Pilatos

           Y baja del Pretorio sin voltear a  ver ni a la gente que mete confusión, ni al Hombre que ha condenado. Sale del atrio y se retira al interior de su palacio.

Jesús se queda en medio del atrio de la Torre Antonia bajo la custodia de los soldados, en espera de la Cruz…

Detrás de la columna, Juan se cubre la boca para ahogar un grito de dolor… Es hora de ir por la Madre.

Y se va rápido…

1Dore

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

11.- EL RESCATE DEL BAUTISTA


Al día siguiente en el vado del Jordán, el camino verde que sigue paralelo al río, está lleno por viajeros que buscan la sombra de los árboles que lo bordean. Hileras de borriquillos van y vienen junto con los hombres. En la ribera del río hay cuatro hombres que apacientan muy pocas ovejas.

Un poco lejos, en un entronque del camino, aparece Jesús con sus tres discípulos. Cuando los pastores lo ven, corren a su encuentro. El rostro de Jesús se ilumina con una inefable sonrisa y levanta los brazos en un gesto de amorosa bienvenida. ¡Es la sonrisa de Dios! Las ovejas trotan, arreadas por los pastores.

Cuando se encuentran con Él, los saluda diciendo:

–                 ¡La paz sea con vosotros, Simeón, Juan y Matías, mis amados discípulos y discípulos de Juan, el Profeta! ¡La paz sea contigo, José! –y lo besa en la mejilla.

Los otros tres se han arrodillado y besan la orla de su túnica.

Jesús agrega:

–                 Venid amigos. Vamos junto a las aguas del río y bajo aquellos árboles. Allí hablaremos.

Todos bajan hasta el sitio señalado por Jesús, que se sienta en una gran raíz que está sobre la tierra. Los otros se sientan en el pasto, a su alrededor.

Jesús sonríe lleno de felicidad, los mira con atención y dice:

–                 Permitidme que conozca vuestros rostros. Ya conozco los corazones; son de hombres justos que van tras el bien y aman despreciando las utilidades del mundo. Os traigo saludos de Isaac, Elías y Leví. También el saludo de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?

Matías contesta:

–                 Todavía está en prisión. Nuestro corazón tiembla por él; porque está en manos de un cruel al que domina una criatura del infierno y al que rodea una corte corrompida. Nosotros lo amamos. Tú sabes que lo amamos y que él merece nuestro amor. Después de que dejaste Belén, fuimos perseguidos. Pero más que el odio; sentimos el vernos solos, abatidos como plantas que el ventarrón haya tronchado; porque te habíamos perdido. Luego, después de años de dolor; sentimos que el Bautista era el hombre de Dios que se predijo que prepararía los senderos de su Mesías. Y fuimos a él, porque pensamos que al hacerlo, te encontraríamos a Ti. Porque era a Ti Señor, a quién buscábamos.

–                 Lo sé. Me habéis encontrado. Estoy con vosotros. –y señalando a Juan, les pregunta- ¿Conocéis a éste?

–                 Lo veíamos con los otros galileos, entre las gentes más fieles del Bautista. Juan lo señaló varias veces diciéndonos: ‘Ved. Yo el primero; él el último. Después él será el primero y yo el último’ Jamás entendimos lo que quiso decir.

Jesús voltea hacia donde está Juan; lo atrae hacia su pecho con una sonrisa más resplandeciente todavía y dice:

–                 El Bautista quería decir, que él era el primero en decir: ‘He aquí al Cordero de Dios’ Y que éste será el último de los amigos del Hijo del Hombre, que hablará a las multitudes del Cordero. Pero que en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque ama al Cordero más que todos. Esto es lo que quería decir el Bautista. Cuando lo veáis; porque lo volveréis a ver y lo serviréis hasta la hora que ya está determinada; decidle que él no es el último en el corazón del Mesías. No tanto por ser pariente, sino por su santidad; Yo le amo igual que a éstos. Acordaos de ello, si la humildad del santo se proclama ser el último. La Palabra de Dios lo proclama compañero de su discípulo a quien más ama. Decidle que amo a éste, porque lleva su nombre y porque encuentro en él su marca. Pues su corazón fue preparado para recibir al Mesías.

–                 Lo diremos. Herodes no se atreve a matarlo por miedo al pueblo. Y en esa corte de avaricia y corrupción, sería fácil librarlo si tuviéramos el suficiente dinero. En realidad, una fortuna.  Todos los amigos han cooperado, pero todavía nos falta mucho. Tenemos mucho miedo de que se nos acabe el tiempo y por no reunir lo necesario, que lo maten.

–                 ¿Cuánto es lo que os hace falta para el rescate?

–                 No para el rescate, Señor. Herodías lo odia y no quiere ni verlo. Y ella es la dueña de Herodes. Es imposible un rescate. Pero en Maqueronte se han juntado todos los avarientos del reino. Lo único que les importa es gozar y sobresalir; desde los ministros, hasta los criados. Y para hacer esto se necesita mucho dinero. Hemos encontrado quien, por una considerable cantidad de dinero, dejaría salir al Bautista. Esto, también Herodes lo desea; porque tiene miedo, no por otra razón. Miedo al pueblo y miedo a la mujer. Si conseguimos liberarlo; podrá fingir que él no lo hizo. Así contentará al pueblo y la mujer no podrá acusarlo de nada.

–                 ¿Cuánto quiere esa persona?

–                 Veinte talentos de plata. Tenemos solo doce y medio.

Jesús se vuelve hacia Judas y le dice:

–                 Judas, tú dijiste que esas joyas son muy valiosas.

Judas contesta contundente:

–                 Hermosas y preciosas.

–                 Me parece que tú eres experto en estas cosas. ¿Cuánto crees que valen?

–                 Sí lo soy. ¿Acaso quieres venderlas?

–                 Tal vez. Dime, ¿Cuánto pueden valer?

–                 Si se venden bien, por lo menos ocho talentos.

–                 ¿Estás seguro?

–                 Sí, Maestro. Tan solo las tiaras y las gargantillas son gruesas y pesadas. Y están llenas de rubíes, zafiros, esmeraldas y amatistas. Es oro purísimo. Por lo menos valen cinco talentos. Los he revisado bien. Al igual que los brazaletes. No puedo comprender como las frágiles muñecas de Aglae, los han podido llevar.

–                 Eran sus cadenas, Judas.

–                 Es verdad, Maestro. ¡Pero a muchos les encantarían semejantes grilletes!

–                 ¿Lo crees?… ¿A quiénes?

Judas contesta evasivo:

–                 ¡Oh! ¡A muchos!

–                 Sí. A muchos que tan sólo son hombres, porque así se les llama. ¿Conoces a algún posible comprador?

–                 ¿Quieres venderlas? Y ¿Por el Bautista? Pero, ¡Es oro maldito!

–                 ¡Oh, incomprensión humana! Acabas de decir con un deseo patente, que a muchos les gustaría ese oro. ¿Y ahora dices que está maldito? ¡Ay Judas! ¡Judas!…  Es maldito. ¡Sí!… Es maldito, pero ella dijo: ‘Se santificará si sirve al que es pobre y santo’ Y lo dio con el fin de que el que fuere beneficiado, ruegue por su pobre alma; que como embrión de futura mariposa, crece en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es igual que Elías por su misión; pero superior a éste en santidad. Es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa. Cuando se tienen estas cosas, puras y santas como las tengo, jamás puede uno decir que está abandonado. Él ya no tiene casa. Ni siquiera le ha quedado el sepulcro de su madre. La perversidad humana, todo lo ha destruido y profanado. Así que dime, ¿Quién es el comprador?

–                 Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡Pero éste de Jericó!, es un astuto orfebre oriental. Usurero; contrabandista; mercader en amores; ladrón ciertamente… y tal vez homicida. Y seguramente también es un perseguido de Roma. Quiere que se le llame Isaac, para que lo tomen por hebreo. Más su nombre verdadero es Diomedes. Lo conozco bien…

Simón Zelote, que habla poco, pero substancioso y que todo lo observa. Lo interrumpe:

–                 ¡Lo comprendemos! ¿Cómo hiciste para llegar a conocerlo tan bien?      

Judas  balbucea:

–                 Bueno. Sabes. Para agradar a los amigos poderosos, he ido a su casa. Hemos tenido tratos. Para los del Templo. ¿Sabes?…

–       Ya caigo. Toda clase de servicios. -Concluye Simón con un tono helado y lleno de ironía.

Judas se enciende, pero calla…

Jesús interroga:

–                 ¿Podrá comprarlas?

–         Pienso que sí. Jamás le falta el dinero. Ciertamente es necesario saber vender; porque el griego es astuto. Y si ve que se las tiene que arreglar con un hombre honrado… un pichón de nido; lo despluma a su gusto. Pero si se trata de un buitre como él…

Zelote concluye:

–                 Ve, Judas. Eres el tipo ideal para esto. Tienes la astucia de la zorra y la rapacidad del buitre. Perdón, Maestro. Hablé antes que Tú.

Jesús dice:

–                 Pienso como tú. Y le pido a Judas que vaya. Juan, vete con él. Nos reuniremos cuando baje el sol; en la plaza que está cerca del mercado. –mirando a Judas, agrega- Ve y has lo mejor que puedas.

Inmediatamente Judas se levanta. Juan tiene la mirada del perro que implora, porque se le ha arrojado fuera. Pero el apóstol más joven también se levanta y sigue a Judas.

Sin embargo,  Jesús ignora esa mirada suplicante y se vuelve hacia los pastores:

–           Quiero alegraros.

Juan, el pastor contesta:

–                 Siempre lo harás, Maestro. El Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es tu amigo?

–                 Sí. ¿No te parece que lo sea?

El hombre baja la cabeza y guarda silencio.

Simón dice:

–         Sólo quién es bueno, sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la bondad ve. Veo lo externo. El bueno baja hasta el interior. También tú Juan ves como yo. Pero el Maestro es bueno y… ve…

Jesús pregunta:

–           ¿Qué ves en Judas, Simón? Te ordeno que hables.

Simón respira profundo y luego dice:

–           Pues… al mirarlo pienso en ciertos lugares misteriosos que parecen cuevas de fieras y aguas estancadas y envenenadas. Se vislumbra apenas algo que no está bien. Y al punto se retira uno lleno de miedo. Por el contrario, por detrás hay tórtolas y ruiseñores y suelo abundante en aguas buenas y rico en hierbas salutíferas. Quiero pensar que Judas es así. Lo creo, porque lo tienes contigo. Tú, que conoces…

–           Sí. Yo lo conozco. Hay muchos repliegues en el corazón de ese hombre. Pero no le faltan los lados buenos. Lo viste en Belén y en Keriot. Hay que ayudar a ese lado bueno que es muy humano, para llevarlo a una bondad que sea espiritual. Entonces sí que Judas será como quieres que sea. Es joven…

–           También Juan es joven; tiene solo diecisiete años…

–           Y concluyes en tu corazón, que es mejor. ¡Pero Juan, es Juan! Simón. Ama a ese pobrecito de Judas. Te lo ruego. Si lo amas te parecerá más bueno.

–           Me esfuerzo en hacerlo, por Ti. Pero es él; el que rompe mis esfuerzos como si fueran cañas de río. Maestro, yo tengo solo una ley: hacer lo que Tú quieras. Por esta razón amo a Judas; no obstante que hay algo dentro de mí que me previene contra él.

–           ¿Qué cosa es, Simón?

–           Nada en concreto. Algo así como el grito del soldado que está de guardia durante la noche y me dice: ‘¡Alerta! ¡No te duermas! ¡Mira!… ¡No sé!… no tiene nombre esta cosa. Pero, es contra él…

–           No pienses más en esto, Simón. Ni te esfuerces en definirla. Hace daño conocer ciertas verdades. Y te podrías equivocar al conocerlas. Déjasela a tu Maestro. Dame tu amor y piensa en lo que me hace feliz.

Pasan las horas y por la tarde en la plaza, Simón grita:

–           ¡Maestro! Ya viene Judas.

Jesús voltea hacia donde indicara su apóstol y puede constatar que Judas viene triunfante.

Juan sonríe a Jesús… Pero no parece muy feliz.

Cuando se reúnen, Judas dice a Jesús:

–           Ven. Ven, Maestro. Creo que lo hice bien… Pero ven conmigo. En la calle no se puede hablar.

Jesús pregunta:

–           ¿A dónde, Judas?

–           A la fonda. Aparté cuatro habitaciones. ¡Oh! Son modestas, no te asustes. Lo hice tan solo para poder descansar en un lecho, después de tantos sinsabores. De este calor. Volver a comer como gentes y no como pajaritos, junto al pozo. Y hablar también tranquilamente. Hice una buena venta. ¿Verdad, Juan?

Juan asiente sin muchas ganas.

Pero Judas está tan contento de su obra, que no se fija ni en la poca alegría de Jesús ante la perspectiva de un alojamiento cómodo; ni ante el poco entusiasmo de Juan.

Y continúa su informe:

–           Después de que vendí en más de lo que había pensado me dije: ‘Es justo que tome un poquitín: cien denarios, para dormir y comer. Si nosotros que siempre hemos comido, estamos agotados; mucho más debe estarlo Jesús. ¡Mi deber es cuidar de que no se enferme mi Maestro! Deber de amor. Porque Tú me amas y yo también. Hay lugar para todos y para vuestras ovejas. –dice a los pastores- He pensado en todo.

Jesús no dice una palabra. Lo sigue con los demás. Llegan a una plaza secundaria y Judas extiende su brazo y señala:

–           ¿Veis aquella casa sin ventanas en esa calle y con la puertecilla tan estrecha que parece una hendidura? Es la casa del orfebre Diomedes. Parece una casa pobre. ¿No es así? Pero adentro hay tanto oro, como para comprar a toda Jericó. Y ¡Ah! ¡Ah! –Judas ríe con malicia- Y en ese oro se pueden encontrar muchos collares, copas y muchas otras cosas de personas muy influyentes en Israel. Diomedes. ¡Oh! Todos fingen no conocerlo; pero todos lo conocen. Desde los herodianos, hasta… Bueno…

Todos, son todos. En esa pared lisa y pobre, se podría escribir: ‘Misterio y secreto’ ¡Si hablase! Juan, nadie se podría escandalizar del modo en cómo hice el trato. Tú te morías, ahogado de vergüenza y de escrúpulos. Escúchame, Maestro. No vuelvas a mandarme con Juan a ciertos negocios. Por poco hace que todo saliera mal. No sabe agarrarlas al vuelo. No sabe negar. Y con un astuto como Diomedes, es necesario ser rápidos.

Juan dice entre dientes:

–           Decía cada cosa tan rara y tan… tan… ¡Sí, Maestro! No me vuelvas a mandar. Sólo soy capaz de amar. Yo…

Jesús responde muy serio:

–           Difícilmente tendremos necesidad de ventas semejantes.

Judas señala una edificación muy grande y dice:

–           Allí está la fonda. Ven, Maestro. Yo hablaré, porque es a mí al que conocen.

Entran y judas habla con el dueño que hace que lleven las ovejas al establo y después conduce a los huéspedes a un salón donde hay esteras para lecho; sillas y una mesa preparada. Se retira al punto.

Judas dice apresurado:

–           Hablemos pronto, Maestro. Mientras los pastores están ocupados en acomodar a sus ovejas.

–           Te escucho.

–           Juan puede decir si soy sincero o no.

–           No lo dudo. Entre honrados no es necesario ni juramento, ni testimonio. Habla.

–           Llegamos a Jericó a la hora de la siesta. Estábamos sudados como animales de carga. ¡Preparé un plan cuando veníamos por el camino! Y primero venimos aquí para descansar; refrescarnos y arreglarnos. No quería dar a Diomedes la impresión de que tenemos necesidad urgente. ¡Oh! Juan no quería acicalarse con ungüento, ni arreglarse los cabellos. Me costó mucho trabajo convencerlo. Y cuando ya estábamos descansados y frescos; como dos ricachones en viaje de placer, al atardecer dije: ¡Vámonos! Y nos fuimos hacia la casa de Diomedes. Cuando estábamos a punto de llegar, le dije a Juan: ‘Tú me secundas. No me desmientas y sé rápido en comprender’

Pero hubiera sido mejor que lo dejara afuera. Para nada me ayudó. Al contrario.

Por buena suerte, soy rápido por los dos y todo salió bien. En ese momento salía el alcabalero. Usurero y ladrón como todos sus iguales. Siempre tiene collares que ha arrancado con amenazas y usuras, a los desgraciados a quienes impone una tasa mayor de lo lícito, para poder gozar así de más crápulas y con mujeres. Es un amigo de Diomedes que compra y vende oro y carne. Entramos después de que me di a conocer. Digo entramos, porque una cosa es ir al lugar donde finge trabajar honradamente el oro y otra, bajar al subterráneo donde él hace sus verdaderos negocios. Es necesario que él lo conozca a uno muy bien, para poder hacer esto.

Cuando me vio me dijo: ‘¿Otra vez quieres vender oro? La situación es muy difícil y tengo poco dinero.’ Su acostumbrado cantar. Y le respondí: ‘No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyeles de mujeres que sean bonitos; preciosos y de oro puro? Diomedes quedó estupefacto y preguntó:

–         ¿Quieres una mujer?

–         No te preocupes. No se trata de mí. Se trata de este amigo mío que está comprometido y quiere comprar oro para su amada.

Y aquí, Juan empezó a portarse como un chiquillo. Diomedes lo estaba mirando.

Vio que se ponía colorado y como el viejo lujurioso que es, dijo:

–        ¡Eh! El muchacho solo al oír la palabra ‘prometido’, siente fiebre de amor. ¿Es muy hermosa tu dama?

Le di un puntapié a Juan para despertarlo y hacerle comprender que no hiciera el tonto. Y respondió con un ‘sí’ tan apagado, que Diomedes comenzó a sospechar.

Entonces yo tomé la palabra:

–           Sí. Hermosa. Y eso no debe importarte viejo. Ella no será jamás del número de mujeres por el que merecerás el infierno. Es una doncella honesta y en breve será una buena esposa. Saca tu oro. Soy el padrino de bodas y tengo el encargo de ayudar al joven. Yo soy judío y ciudadano; él es Galileo. ¿O no? ¡Siempre os entregáis por esos cabellos!

–           ¿Es rico?

–           ¡Mucho!

Enseguida fuimos abajo y Diomedes abrió sus cofres y sus tesoros. -Judas se vuelve hacia Juan-  Pero di la verdad Juan, ¿No parecía uno estar en el Cielo ante tantas joyas de oro maravillosas y llenas de piedras preciosas? Gargantillas y collares entretejidos, brazaletes, aretes, redecillas de oro y piedras preciosas para los cabellos; peinetas, broches, anillos. ¡Ah! ¡Qué esplendor! Con mucha calma escogí de aquí y de allá. Elegí joyas como las de Aglae. Todo tal y como lo tenía en la bolsa y en igual número. Diomedes estaba aterrado y preguntó:

–           ¿Todavía más? Pero, ¿Quién es éste? Y la novia, ¿Quién es? ¿Acaso una princesa?

–           Cuando tuve todo lo que quería, dije:

–           ¡El Precio!

¡Oh! ¡Qué letanía de lamentos preparatorios sobre la situación actual; sobre las tasas; los peligros, los ladrones! ¡Oh! ¡Qué letanía de afirmaciones de honradez! Y luego, la respuesta:

–           Porque se trata de ti, te diré la verdad sin exageraciones. Pero menos no puedo, ni siquiera un dracma. Pido doce talentos de plata.

–           ¡Ladrón! ¡Vámonos, Juan! En Jerusalén encontraremos uno que sea menos ladrón que éste.

Simulé que salía y corrió detrás de mí.

–           Mi muy grande amigo. Mi amigo predilecto. Ven. Escucha a tu pobre siervo. No puedo menos. De veras que no puedo. Mira. Hago un verdadero esfuerzo. Me arruino. Lo hago porque siempre me has brindado tu amistad. Y me has traído buenos negocios. Once talentos. ¿Qué tal? Es lo que daría si tuviera que comprar este oro a quien tiene hambre. Ni un céntimo menos. Sería como quitarme la sangre de las venas.

¿Verdad que así hablaba? Causaba risa y náuseas.

Cuando vi que se mantenía en el precio, le di el golpe:

–           Viejo sucio. Comprende que no quiero comprar, sino vender. –Judas saca la bolsa y agrega- Mira. Es hermoso. Oro de Roma y de nueva cuña. Muchos lo querrán. Es tuyo por once talentos. Lo mismo que pediste por esto. Tú pusiste el precio. Paga tú.

–           ¡Uff! ¡Entonces es una traición! ¡Has traicionado la estima que tenía de ti! ¡Eres mi ruina! ¡No puedo dar tanto!- aullaba- ¡No puedo!

–           Mira que lo llevo a otros.

–           No, amigo.

Y extendía sus manos ganchudas, sobre las joyas de Aglae.

Entonces paga. Yo debería pedir doce talentos, pero me conformo con tu último pedido.

–           No puedo.

–           ¡Usurero! Mira que tengo aquí un testigo que te puede denunciar como ladrón…-y le dije otras virtudes que no puedo repetir porque aquí está este muchacho. En fin. Como tenía necesidad de vender y de hacerlo pronto. Le hablé al oído y dije una cosita entre él y yo que no observaré. Pues, ¿Qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y cerramos el trato en diez talentos y medio. Llegamos a este acuerdo en medio de lloriqueos y afirmaciones de amistad y… de mujeres. Y Juan casi se pone a llorar. Pero ¿Qué te importa que piensen que eres un vicioso? Basta con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que eres un aborto del mundo? Un joven que no conoce a lo que sabe una mujer. ¿Quién quieres que te crea? Y si te creen… ¡Oh! ¡No me gustaría que pensasen de mí, lo que pueden pensar de ti, quienes creen que no tienes deseos de mujer!

Judas entrega la bolsa a Jesús y agrega:

–           Mira, Maestro. Tú mismo cuenta. Después de cerrar el negocio y porque Diomedes me lo dijo; pasé con el alcabalero y le dije: ‘Tómate esta porquería y dame los talentos que Diomedes te dio’.

Así pues por último y cuando me despedí de él, le dije: ‘Acuérdate que el Judas del Templo, no existe más. Ahora soy discípulo de un santo. Disimula no haberme conocido jamás, si en algo estimas el cuello.’ – Y por poco se lo tuerzo, porque me respondió de muy mala manera.

Simón pregunta con indiferencia:

–           ¿Qué te dijo?

–           Me dijo: ¿Tú, discípulo de un santo? Jamás lo creeré. O muy pronto veré aquí también al santo, venir para pedirme una mujer. Diomedes es una vieja alimaña en el mundo. Pero tú eres la joven. Yo todavía podré cambiar, aunque he llegado a ser lo que soy de viejo. Pero tú no cambiarás, porque ya naciste así. – se vuelve hacia Jesús- ¡Viejo lujurioso! ¡Niega tu poder! ¿Entiendes?

Simón dice:

–           Y como buen griego, dice muchas verdades.

–           ¿Qué insinúas Simón? ¿Lo dices por mí?

–           No. Por todos. Es uno que conoce el oro y los corazones, de la misma manera. Es un ladrón en todos sus negocios y tiene muy mala fama. Pero se escucha en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal con siete branquias de pecado. Pulpo que destroza el bien, la honradez, el amor. Tantas otras cosas en sí y en los demás.

–           Pero no conoce a Dios.

–           ¿Y tú se lo querrías enseñar?

–           ¿Yo? Sí, ¿Por que no? Los pecadores son los que tienen necesidad de conocer a Dios.

–           Así es. Pero el maestro debe conocerlo; para poder enseñarlo.

Jesús interviene:

–           Paz, amigos. Ya vienen los pastores. No perturbemos su corazón con estas peleas entre nosotros. ¿Contaste tú el dinero?

Judas afirma con la cabeza.

–           Es suficiente. Lleva a buen término todas tus acciones; cómo has llevado esta. Y te lo repito: si puedes, en lo porvenir no mientas. Ni siquiera para realizar una acción buena.

Los pastores entran y Jesús les dice:

–           Amigos, aquí hay diez talentos y medio. Faltan solo diez denarios que Judas tomó para gastos de alojamiento, tomadlos.

Judas pregunta:

–           ¿Lo das todo?

–           Todo. No quiero ni siquiera un céntimo. Nosotros tenemos la limosna de Dios y de éstos que le buscan honradamente. Y jamás nos faltará lo indispensable. Creedlo. Tomadlos y sed felices, por causa del Bautista, como lo soy Yo. Mañana iréis a su prisión, vosotros, Juan y Matías. Simón y José irán con Elías a contárselo y a darle instrucciones para el futuro. Elías sabe. Después José regresará con Leví. El encuentro será dentro de diez días en la Puerta de los Peces, en Jerusalén, al amanecer. Ahora, comamos y descansemos. Mañana temprano parto con los míos. No tengo otra cosa que deciros. Más tarde tendréis noticias de Mí.

Unos días después…

Es una bella campiña donde se encuentra Jesús. Hay magníficos árboles frutales; espléndidos viñedos con racimos a punto de colorearse de oro y rubí. Jesús está sentado bajo un árbol y come la fruta que le ofreció un campesino. Juan Simón y Judas comen sabrosos higos, sentados sobre una pequeña barda.

El hombre dice:

–           ¡Oh, Maestro! Nosotros bebemos tus palabras. Como en verano lo hace el sediento al beber agua miel en una jarra fresca. ¿De veras partes mañana, Maestro?

Jesús contesta:

–           Sí. Mañana. Pero regresaré otra vez para agradecerte lo que has hecho por Mí y por los míos. Y para pedirte una vez más, pan y descanso.

–           Aquí siempre los habrá para Ti, Maestro.

Se adelanta un hombre que trae un borriquillo cargado de verduras. El campesino agrega:

–           Mira, si tu amigo quiere ir; mi hijo va a Jerusalén para el mercado de Pascua.

Entonces Jesús dice a su discípulo más joven:

–           Ve. Juan, sabes lo que hay que hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo.

Jesús abraza a Juan y lo besa. También Simón hace lo mismo.

Y Judas dice:

–           Maestro, si me permites iré con Juan. Necesito ver a un amigo. Cada sábado está en Jerusalén. Iré con Juan hasta Betfagué y después seguiré yo solo. Es un amigo de casa. Mi madre me dijo…

Jesús lo interrumpe:

–           Amigo, nada te he preguntado.

–           Mi corazón llora al dejarte. Pero dentro de cuatro días, estaré de nuevo contigo. Y te seguiré en tal forma que hasta te cansarás de mí.

–           Ve, pues. Dentro de cuatro días al rayar el alba, los espero en la Puerta de los Peces. Hasta entonces. Que Dios te guarde.

Judas besa al Maestro y se va caminando cerca del borriquillo que trota sobre la senda polvorienta. Lentamente, la tarde va bajando sobre la campiña y la envuelve en el silencio. Simón observa el trabajo de los hortelanos que riegan los surcos.

Minutos después, Jesús se levanta y camina rodeando la casa por detrás, por el sendero que va al huerto. Se dirige hasta un tupido grupo de granados que están separados entre sí por parras silvestres. Se aísla detrás de los árboles. Se arrodilla y ora. Luego se postra con su rostro entre la hierba y llora con suspiros profundos y entrecortados. Es un llanto sin sollozos, amargo y muy triste.

Pasa el tiempo. La luz crepuscular agoniza lentamente. En esta semipenumbra se asoma el rostro feo, pero honrado de Simón. Éste busca con la mirada y descubre la figura encorvada de Jesús, cubierta con el manto azul oscuro, que casi hace que se pierda entre las sombras del suelo. Tan solo sobresalen la rubia cabeza y las manos unidas en Oración, que van más allá de la cabeza que está apoyada sobre los codos.

Simón escucha los suspiros y comprende…

Lo llama:

–           Maestro.

Jesús levanta el rostro.

En la cara de Simón se reflejan la sorpresa y el dolor, al preguntar:

–           ¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites que vaya a dónde estás?

Jesús lo invita dulcemente:

–           Ven, Simón. Amigo mío.

Jesús está sentado sobre la hierba, recargado contra el tronco de un árbol. Simón se acerca y se sienta frente a Él. Le pregunta:

–           ¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no puedo consolarte como él lo haría. Aunque es mi dolor el sentirme incapaz de hacerlo aunque lo deseo con todo mi corazón. Dime, ¿Te he causado algún desagrado en estos días, de tal forma que te agobie el que tengas que estar conmigo?

–           No, buen amigo. Desde que te vi, no me has causado ningún desagrado y creo que jamás me serás causa de llanto.

–           ¿Y entonces, Maestro? No soy digno de tu confianza, pero por mi edad podría ser padre tuyo. Siempre he tenido una gran sed de hijos. Permíteme que te acaricie como si fueses un hijo mío. Yo sé que tienes necesidad de tu Madre, para olvidar muchas cosas…

–           ¡Oh, sí! ¡De mi Madre…!

–           Pues bien, mientras llega el momento de que sea Ella la que te consuela, permite a tu siervo la alegría de hacerlo, Maestro. ¿Lloras porque hubo alguien que te disgustó? Hace días que tu rostro es como un sol cubierto por nubes. Te he estado observando. Tu Bondad oculta la herida, para que no odiemos al que nos hiere. Pero esta herida te duele y te provoca náuseas. Pero dime, Señor mío; ¿Por qué no alejas a la fuente de esta pena?

–           Porque humanamente es inútil. Y sería contra la caridad.

–           ¡Ah! ¡Has entendido que me refería a Judas! Tú sufres por él. ¿Cómo puedes Tú, Verdad absoluta; soportar a ese mentiroso? Miente y ni siquiera cambia de color. Es más falso que un político. Más cerrado que una piedra. Ahora se ha ido… ¿Qué es lo que va a hacer? ¿Será posible que tenga tantos amigos como dice? ¡Aleja a ese hombre de Ti, Señor mío!

–           Es inútil. Lo que debe ser será.

–           ¿Qué quieres decir?

–           Nada en particular.

–           Lo dejaste ir de buena gana, porque… Porque te causó asco su modo de obrar en Jericó.

–           Así es, Simón. Una vez más te digo: Lo que debe ser será. Y Judas forma parte de ese futuro. También él debe ser…

–           Juan me ha contado que Simón Pedro es franqueza y fuego. ¿Tolerará a éste?

–           Lo tiene que soportar. También él está destinado a lo suyo. Y Judas es la tosca tela en la que él debe tejer su parte. O si te parece mejor: es la escuela en la que Pedro se ejercitará más, que con cualquier otro. Ser buenos con Juan. Entender los corazones como Juan; también es virtud de tontos. Pero ser buenos con quién es un Judas… Saber comprender los corazones como el de Judas… ser médico y ser sacerdote para ellos, es muy difícil. Judas es vuestra enseñanza viviente. 

–           ¿La nuestra?

–           Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la tierra. Se irá después de haber comido el pan más duro y bebido el vino más amargo. Pero vosotros os quedaréis para ser mis continuadores y… debéis saber. El Mundo no termina con el Maestro; sino que continúa con el regreso final del Mesías y hasta el Juicio Final del hombre. En verdad te digo que por cada Juan; Pedro; Simón; Santiago; Andrés; Felipe; Bartolomé y Tomás… Hay por lo menos otras tantas veces: siete Judas.

Simón reflexiona en silencio… Luego dice:

–           Los pastores son buenos. Judas los desprecia, pero yo los amo.

–           Yo los amo y los alabo.

–           Son almas sencillas como las que te agradan.

–           Judas ha vivido en la ciudad.

–           Su único pretexto. Muchos también han vivido así y sin embargo… ¿Cuándo irás a la casa de mi amigo?

–           Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos solos tú y Yo. Me imagino que es un hombre culto y experto como tú.

–           Sufre mucho. En el cuerpo y en el corazón. Maestro… me gustaría pedirte un favor: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes nada referente a su casa.

–           No lo haré. Sé por quién sufre. Pero no quiero confidencias forzadas. El llanto tiene su pudor.

–           Yo se lo he respetado. Pero me causa tanta pena…

–           Tú eres mi amigo y habías dado ya un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo, soy el Rabí Desconocido. Cuando me conozca… entonces… ¡Vámonos! Ya entra la noche. No hagamos esperar a los que nos hospedan, que deben estar cansados. Mañana al amanecer, iremos a Betania.

–           Lázaro estará feliz al conocerte y sé que te amará mucho.

Se levantan, caminan y entran en la casa.

Cuanto se es mejor, más se sufre. Jesús es el Santo de los santos. El Amor, la Bondad y la Sabiduría; vestidos con carne mortal. ¡Cuánto sufrimiento en el choque frontal con la Maldad!

Lo que Jesús no dijo a Simón fue que en Judas, Jesús como Dios está enfrente de Satanás, su acérrimo Enemigo. Que había visto sus intenciones y lo que iba a hacer… Y por esto sufre. Al ver al Traidor y a los ingratos. Y por eso se alegra de que alguien lo ame y se convierta a ÉL. Y por eso su alma se duele profundamente y llora ante el cadáver espiritual de Judas…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

9.- UN SUEÑO EQUIVOCADO


En un valle entre las montañas de Judea. Por los campos bien labrados se ve la cebada, el centeno y los viñedos. También en las partes más altas, hay bosques de pinos, de abetos y otros árboles de maderas preciosas. Por un camino ondulante llegan a un pequeño poblado, Jesús y tres de sus apóstoles.

Judas dice muy agitado:

–                 Este es el suburbio de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después vamos a Keriot. ¿Me permites que vaya adelante, Maestro?

Jesús le contesta:

–                 Ve, si quieres.

Judas se va y Simón dice:

–                 Maestro, Judas ha preparado algo grande. Antes lo sospechaba, pero ahora estoy seguro. Tú dices: ‘Espíritu, espíritu, espíritu…’ Pero él no lo entiende así. Jamás te entenderá, pues solo piensa en lo material. O lo hará muy tarde… -corrige finalmente para no disgustar a Jesús.

Jesús da un suspiro y calla.

Llegan a una bella casa que está en medio de un jardín frondoso y muy bien cultivado. Judas sale con una mujer que tiene alrededor de unos cuarenta años. Es muy alta y muy hermosa. Inmediatamente se nota que es de ella, de quién Judas ha heredado su belleza y su cabello castaño oscuro, abundante y ondulado. Sus ojos son iguales y diferentes. Tienen el mismo color gris oscuro; pero los de ella, tienen una mirada suave y más bien triste; mientras que los de Judas, son imperiosos y astutos.

Cuando llegan ante Jesús, ella se postra como una verdadera súbdita y dice:

–                 Te saludo, Rey de Israel. Haz el favor de que tu sierva te dé hospitalidad.

Jesús la mira con amor y dice:

–                 La paz sea contigo, mujer. Y Dios sea contigo y con tu hijo.

Ella contesta con una voz que es más bien un suspiro, que una respuesta:

–                 ¡Oh sí, con mi hijo!…

–                 Levántate madre. También yo tengo una madre y no puedo permitir que me bese los pies. En nombre de mi madre te beso, mujer. Es tu hermana en el amor… -añade enigmáticamente- … y en el destino doloroso de madre de los señalados.

Judas pregunta un poco inquieto:

–                 ¿Qué es lo que quieres decir, Mesías?

Pero Jesús no le responde. Está abrazando cariñosamente a la mujer, a la que ha levantado del suelo y a quién besa en las mejillas. Y luego, de la mano con ella; camina hacia la casa. Entran en una habitación fresca y adornada con festones. Sobre las mesas hay bebidas y frutas frescas. Ella hace una señal a la sierva y ésta trae agua y toallas.

La madre de Judas trata de quitar las sandalias a Jesús, para lavarle los pies llenos de polvo; pero Jesús se opone diciendo:

–                 No, madre. La madre es una criatura muy santa.  Sobre todo cuando es honrada y buena como tú lo eres; para permitir que lo hagas como si fueras una esclava.

Ella voltea y mira fijamente a Judas, con una mirada extraña. Y luego se va.

Mientras tanto Jesús se ha refrescado y cuando está a punto de ponerse las sandalias, la mujer regresa con un par nuevo y dice:

–                 Aquí están éstas, Mesías nuestro. Creo que las hice bien… Tal y como las quería Judas. Él me dijo: ‘Un poco más grandes que las mías, pero igual de anchas’

Jesús mira a Judas con un mudo reproche y pregunta:

–                 ¿Por qué, Judas?

Judas responde:

–         ¿No quieres permitirme que te haga un regalo? ¿Acaso no eres mi Rey y mi Dios?

–                 Sí, Judas. Pero no debías haber molestado tanto a tu madre. Tú sabes como  Soy Yo…

–                 Lo sé. Eres Santo. Pero también debes aparecer como un Rey Santo. Así es como debe ser. El mundo en el que nos movemos está compuesto de tontos. A nueve de cada diez, les importan mucho las apariencias y es necesario imponerse con la presencia. Esto es muy importante… Yo lo sé.

Jesús calla y se amarra las sandalias de fina piel roja, que van desde el empeine hasta las pantorrillas. Son mucho más hermosas, exquisitas y elegantes; que las sencillas sandalias de obrero que usa Jesús. Son semejantes a las de Judas, que parecen unos zapatos a los que apenas si se les ve algo del pie.

Entonces la madre de Judas, le entrega una túnica nueva y dice:

–                 También el vestido Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas. Pero él te lo regala. Es de lino; fresco y nuevo. Por favor, permite que una madre te vista, como si fueses su hijo.

Jesús vuelve a mirar a Judas, pero no contradice. Se suelta en el cuello la cinta… y cae la amplia túnica. Se queda solamente con la túnica corta. La mujer le pone el vestido nuevo y le ofrece un cinturón que es una faja muy rica, recamada con hilos de oro; de la que sale un cordón, que termina con muchos hilos. Es indudable que los elegantes vestidos frescos y limpios de polvo, son muy confortables. Pero Jesús no parece muy contento…

Los demás también se han aseado.

Y Judas; como el anfitrión perfecto, invita:

–                 Ven Maestro. Son de mi pobre huerto. Éste es el jugo de manzanas que mi madre prepara. –le alarga un vaso de cristal labrado exquisitamente. Y agrega- Tú Simón, tal vez te guste más, este vino blanco. Toma. Lo elaboramos en mi viñedo. Y tú Juan, ¿Igual que el maestro?

Juan asiente con la cabeza.

Judas está feliz, mostrando sus hermosos vasos y en lo más profundo de su corazón, se regodea con la oportunidad de presumir que lo que posee, no sólo es lo mejor de lo mejor; sino que sólo un sacerdote, descendiente de la clase sacerdotal; es decir, la élite del Pueblo de Israel; tiene la riqueza y la clase para honrar a Dios.

La madre habla poco. Mira una y otra vez a su Judas. Pero mira mucho más a Jesús. Y cuando Él antes de comer; le ofrece la fruta más hermosa y jugosa: un durazno muy grande y de un color que manifiesta su punto óptimo, para ser ingerido; mientras le dice:

–                 Primero es la madre.

Una lágrima como una perla, asoma a sus ojos.

Judas pregunta:

–                 ¿Mamá; todo lo demás está listo?

Ella contesta titubeante:

–                 Sí, hijo mío. Creo que todo lo he hecho bien. Yo he vivido siempre aquí… Y no sé…  no conozco las costumbres de los reyes.

Jesús interviene interrogante:

–                 ¿A qué costumbres te refieres, mujer? ¿A qué reyes?  Pero… ¿Qué has hecho, Judas?

Judas contesta a la defensiva:

–                 Pero… ¿Acaso no eres Tú, el Rey Prometido a Israel? Es hora de que el mundo te salude como a tal. Lo que debe suceder, tiene que ser por vez primera aquí en mi ciudad y en mi casa. Yo te venero como a tal. Por el amor que me tienes, respeto tu Nombre de Mesías, de Rey. El Nombre que los profetas te dieron por orden Yeove. Y por favor no me desmientas.

Jesús se dirige a todos:

–                 Mujer… Amigos, permítanme un momento. Debo hablar con Judas. Debo darle órdenes precisas. –su Voz es una orden perentoria.

La madre y los discípulos se retiran.  Y Luego; volviéndose hacia el discípulo que conoce perfectamente su identidad:

–                 Judas, ¿Qué has hecho? ¿Hasta ahora me has entendido tan poco? ¿Por qué me has rebajado hasta el punto de hacerme tan solo un poderoso de la tierra? ¿Aún mucho más: a uno que se esfuerza en ser poderoso? ¿No entiendes que es una ofensa a mi misión y hasta un obstáculo? Israel está sujeto a Roma. Tú sabes lo que ha sucedido cuando alguien con apariencia de cabecilla, ha querido levantarse contra Roma y crea sospechas de fomentar una guerra de liberación. Has oído justamente en estos días, como se encrudecieron contra un Niño, tan solo porque se pensó que fuese un futuro Rey, según el mundo.

¡Y tú!…  ¡Tú! ¡Oh, Judas!…  ¡Pero qué es lo que esperas de un poder mío, humano!  ¿Qué esperas?…  ¡Te he dado tiempo para que pensaras! Y decidieras. Te hablé muy francamente desde la primera vez. Te he rechazado, porque sabía…  Porque sé. Sí. Porque sé…  Porque lo leo y veo, lo que hay en ti. ¿Por qué quieres seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te hagas daño y no me lo hagas… ¡Vete!…  Es lo mejor para ti. No eres un obrero apto para esta obra… Es muy superior a ti. En ti hay mucha soberbia. Concupiscencia con sus tres ramas. Autosuficiencia. Tú misma madre debe tener miedo de ti. Tienes inclinación hacia la mentira. ¡No! Así no debe ser el que me siga…

Judas, Yo no te odio. No te maldigo y tan solo te digo con el dolor del que ve que no se puede cambiar al que ama… Tan solo te digo: ‘Vete por tu camino. Ábrete camino en el mundo, que es el lugar que tú quieres: pero No te quedes conmigo’ 

¡Mi camino! ¡Mi Palacio! ¡Oh, cuánta aflicción hay en ellos! ¿Sabes en donde seré Rey? ¿Sabes cuándo seré proclamado Rey?…

¡Cuando sea levantado en un madero infame y tendré mi Sangre por púrpura! ¡Por corona un tejido de espinas; por bandera un cartelón de burla! Por trompetas, tambores, organillos y cítaras, que saluden al proclamado Rey: ¡Blasfemias de todo un pueblo! De mi Pueblo, que no habrá entendido nada. Corazón de bronce en quién la soberbia; el sentido y la avaricia, habrán destilado sus humores. Y éstos habrán producido como flor: un montón de serpientes que se unirán como una cadena contra Mí y como maldición en contra de él.

Los demás no conocen así; tan claramente, mi suerte… y te ruego que no lo digas. Que esto quede entre tú y yo. Por otra parte es un regaño…  Y tú callarás por no decir: ‘Me regañaron’ ¿Has entendido, Judas?

Judas está muy colorado. De pié ante Jesús, está avergonzado, con la cabeza baja. Se deja caer y llora con la cabeza pegada a las rodillas de Jesús. Suplica:

–                 Maestro, te amo. No me rechaces. Soy un necio. Sí, soy soberbio… pero no me apartes de Ti. No, Maestro. Será la última vez que falto. Tienes razón. No he reflexionado. Pero también en este error, hay amor. Quise proporcionarte mucho honor. Y que los demás te lo diesen porque te amo. ¡Ea, pues; Maestro! Yo estoy a tus rodillas. Me has dicho que serás para mí un padre y te pido perdón. Te pido que me hagas un adulto santo. No me despidas, Jesús. Jesús, Jesús, Jesús… No todo es maldad en mí. ¿Lo ves?… Por Ti he dejado todo y he venido. Tú vales más que los honores y victorias que obtenía yo, cuando servía a otros. Tú en realidad Eres el amor del pobre e infeliz Judas; que querría darte tan solo alegrías y que en cambio te da dolores…

Jesús lo interrumpe:

–                 ¡Basta, Judas! Una vez más, te perdono. -Jesús parece muy cansado- te perdono esperando… Esperando que en lo porvenir comprendas…

Pero Judas insiste y sin querer revela el verdadero motivo por el que no quiere ser expulsado del grupo apostólico:

–                 Sí, Maestro, sí. Ahora ya no quieras en modo alguno, desmentirme. Pues esto haría de mí, una burla. Todo Keriot sabe que he venido con el descendiente de David; el Rey de Israel… Y esta ciudad mía se ha preparado para recibirte. Pensé que hacía bien. Quise presentarte de tal forma, que todos te temieran y te obedecieran.

También Simón y Juan… Y a través  de ellos trasmitir a los demás… cómo se equivocan al tratarte como un igual. Ahora…  también mi madre será objeto de burla, por ser la madre de un hijo mentiroso y loco. Por ella, Señor mío, te suplico… Y te juro que yo…

Jesús lo interrumpe:

–                 No jures por Mí. Jura por ti mismo, si puedes; para no pecar más en este sentido. Por tu madre y por los ciudadanos, no me marcharé. Levántate…

–                 ¿Qué dirás a los demás?

–                 La verdad.

–                 ¡Nooooo!

–                 La Verdad. Ya te he dado órdenes para hoy. Siempre existe la manera de decir la Verdad con caridad… Llama a tu madre y a los demás.

Jesús está severo y no sonríe.

Judas va por su madre y los demás discípulos. La mujer escudriña a Jesús… Pero al verlo complaciente; toma confianza. Aun así se nota que es un alma que está muy afligida…

Jesús dice:

–                 ¿Vamos a Keriot? He descansado y te agradezco madre, tu gentileza. El Cielo te recompense y te conceda, por la caridad que usas conmigo; reposo y alegría a tu esposo, por quién lloras.

Ella trata de besarle mano. Pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola y no permite que se la bese.

Judas, dice:

–                 La carreta está lista, Maestro. Ven.

En esos momentos llega una carreta tirada por bueyes, sobre la que hay unos almohadones que sirven de asientos y un pabellón de tela roja.

Judas dice:

–                 Sube, Maestro.

Jesús contesta:

–                 La madre, primero.

Sube la mujer, después Jesús y al último los demás.

–                 Aquí, Maestro. –Judas ya no lo llama Rey.

Jesús se sienta adelante y a su lado Judas. Detrás la mujer y los discípulos. El conductor que va de pie, con la garrocha pincha a los bueyes para que caminen. Aparecen pronto las primeras casa de Keriot.

Un niño que está en el camino, los mira y parte como un rayo. Los pobladores salen a recibirlo con banderas y ramas; gritando de júbilo y haciendo reverencias. Jesús no puede despreciar estos homenajes y desde lo alto de su bamboleante trono, saluda y bendice.

La carreta llega hasta la plaza, da vuelta por una calle y entra hasta una aristocrática casa que tiene el portón abierto. Se detienen y bajan.

Judas dice solemne:

–                 Mi casa es tu casa, Maestro.

–                 Paz sea en ella, Judas. Paz y santidad.

Entran. Atraviesan el vestíbulo y llegan a una sala amplia, con muebles incrustados de color café. Los principales del lugar, entran con Jesús y los demás. Todo es inclinaciones, curiosidad y gran pompa.

Un viejo imponente y elegante; pronuncia un pomposo discurso de bienvenida al ‘Señor y Rey’

Jesús lo agradece con sencillez, habla de la Bondad del Eterno Padre  y termina diciendo:

–                 … sino a Dios Altísimo van dirigidas las gracias, honor y gloria y alabanza. No a Jesús, siervo de la voluntad eterna; sino a esta Voluntad amorosa.

El hombre dice:

–                 Hablas como santo… Soy el sinagogo. Hoy no es Sábado, pero ven a mi casa a explicar la   Ley. Tú, sobre quién más que el aceite real, está la unción de la Sabiduría.

–                 Iré.

Judas objeta:

–                 Acabamos de llegar de un viaje. Mi Señor tal vez estará cansado.

Jesús dice:

–                 No, Judas. Jamás me canso de hablar de Dios. Y nunca tengo deseos de quitar las esperanzas de los corazones.

El sinagogo insiste:

–                 Entonces, ven. Todo Keriot está afuera, esperándote.

–                 Vamos.

Jesús  sale, entre Judas y el arquisinagogo. Pasa bendiciendo. Atraviesa la plaza y entra a la sinagoga. Jesús se dirige hacia el lugar donde se enseña.

Empieza a hablar. Jesús habla de las profecías y de cómo se deben  preparar los corazones, para ser mansiones purificadas y poder ser templos vivos que reciban al Espíritu de Dios. Su vestidura es muy blanca. Su rostro inspirado. Los brazos extendidos según la costumbre. Finaliza diciendo:

–                      … y Príncipe de Paz soy Yo. Os he traído la Ley, no otra cosa. La paz sea con vosotros.

La gente que ha escuchado atenta, un poco inquieta murmura entre sí.

Jesús habla con el sinagogo. Se les unen otras personas de los principales del pueblo. Y le preguntan:

–                 Maestro… ¿Pero no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho…

–                 Lo Soy.

–                 Pero Tú has dicho…

–                 Que no poseo y que no prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la Verdad. Y así es. Conozco vuestro pensamiento. Pero el error proviene de una mala interpretación y de un sumo respeto hacia el Altísimo. Se os dijo: ‘Viene el Mesías’ y pensasteis como muchos en Israel, que Mesías y rey fuesen una misma cosa. Levantad más hacia lo alto el espíritu. Hasta el inimaginable Paraíso, a donde el Mesías conducirá a los justos muertos en el Señor. Hay una infinita diferencia entre la realeza mesiánica que el hombre imagina y la verdadera; que es todo divina.

–                 Pero, podremos nosotros pobres hombres ¿Levantar el espíritu hasta donde Tú dices?

–                 Tan solo con que lo queráis. Y si lo quisierais, al punto os ayudaré.

–                 Entonces ¿Cómo te debemos llamar si no eres Rey?

–                 Maestro. Jesús. Como queráis. Maestro soy y Soy Jesús el Salvador. Dejemos a los Césares y a los tetrarcas con sus botines. Yo tendré el mío. Pero no será un botín que merezca el castigo de fuego. Antes bien, arrancaré del Fuego de Satanás; presas y botines, para llevarlas al Reino de la Paz.

Todos se quedan meditando en las palabras de Jesús…

Al fin, un viejo dice:

–                 Señor. Hubo una ocasión hace mucho tiempo; cuando fue el edicto de Augusto; que llegó la noticia que había nacido en Belén el Salvador. Yo fui con otros… Vi a un pequeñín, igual que los demás. Pero lo adoré con fe. Después supe que había un hombre santo que se llamaba Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?

–                 Juan es el Precursor del que tú adoraste. Un gran santo a los ojos del Altísimo; pero NO el Mesías.

–                 ¿Eras Tú?

–                 Yo era. Y… ¿Qué viste alrededor de Mí, cuando apenas había nacido?

–                 Pobreza y limpieza. Honradez y pureza… Un carpintero gentil y serio que se llamaba José, pero de la estirpe de David. Una joven mujer rubia y gentil de nombre María; ante cuya belleza las rosas más hermosas de Engadí palidecen y los lirios de los palacios reales, son feos. Y un niño, con los ojos grandes color de cielo y cabellos oro pálido. No vi otra cosa.

Y todavía me parece oír la voz de su Madre que me dijo: ‘Por mi Hijo yo te digo, sea el Señor contigo hasta el encuentro final. Y su gracia venga a tu encuentro en tu camino.’ Tengo ochenta y cuatro años. El camino se está acabando. No esperaba más que encontrar la Gracia de Dios. Pero te he encontrado. Y ahora no deseo ver otra Luz que no sea la tuya…

¡Oh! ¡Sí! ¡Te veo cual eres bajo esos vestidos de piedad que son la carne y que has tomado¡ ¡Oh! ¡Te veo! Escuchad la voz del que al morir ve la Luz de Dios.

La gente se agolpa alrededor del viejito inspirado que está en el grupo de Jesús y que arrojando el bastón, levanta los brazos trémulos.

Tiene la cabeza toda blanca. La barba larga y partida en dos. Parece un verdadero patriarca y profeta.

Y dice señalando a Jesús:

–                 Veo a Éste: al Elegido; al Supremo; al Perfecto; que habiendo bajado por amor, vuelve a subir hasta la Diestra del Padre. A volver a ser Uno con Él. Pero no veo su Voz y Esencia incorpórea, como Moisés vio al Altísimo… Y como refiere el Génesis que lo conocieron los Primeros Padres y hablaron con Él, al aura del atardecer. Lo veo subir como un verdadero hombre hacia el Eterno. Cuerpo que brilla. Cuerpo Glorioso. ¡Oh, Pompa del Cuerpo Divino! ¡Oh, Belleza del Hombre Dios! Es el Rey. ¡Sí, es el Rey! No de Israel, sino del Mundo.

Ante Él se inclinan todas las realezas de la Tierra. Y todos los cetros y coronas palidecen, ante el fulgor de su cetro y de sus joyas. ¡Una corona! Una corona tiene en su frente. Un cetro tiene en su mano. Sobre su pecho tiene un escudo. Hay en él perlas y rubíes de un esplendor jamás visto.

Salen llamas como de un altísimo horno. En sus muñecas hay dos rubíes y un lazo de rubíes sobre sus santos pies. ¡Luz! ¡Luz de rubíes! ¡Mirad, ¡Oh pueblos! al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! ¡Subo contigo!… ¡Ah, Señor! ¡Redentor nuestro!… ¡Oh! ¡La Luz aumenta en los ojos del alma! ¡El Rey está adornado con su Sangre!… la corona… ¡Es una corona de espinas que sangran! El cetro… el trono… ¡Una Cruz!… ¡He ahí al Hombre! ¡Helo!… ¡Eres Tú!…  ¡Señor, por tu Inmolación ten piedad de tu siervo! ¡Jesús, a tu piedad confío mi espíritu!…

El anciano, que había estado erguido y que se había rejuvenecido con el fuego del profeta, se dobla de improviso… Y caería al suelo, si Jesús rápido no lo levantase contra su pecho.

La gente grita:

–                 ¡Saúl!

–                 ¡Se está muriendo Saúl!

–                 ¡Auxilio!

–                 ¡Corred!

Jesús dice:

–                 Paz en torno al justo que muere.

Mientras habla, poco a poco se ha arrodillado, para sostener mejor al viejo que cada vez se está haciendo más pesado. Hay un silencio total.

Jesús lo coloca en el suelo, se yergue y dice:

–                 Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz y en la espera que será breve; verá el Rostro de Dios y será feliz. No existe la muerte para aquellos que mueren en el Señor.

Pasados algunos minutos la gente se aleja comentando lo sucedido. Quedan los ancianos; Jesús, los suyos y el sinagogo. Éste dice:

–                 ¿Ha profetizado, Señor?

–                 Sus ojos han visto la verdad. –volviéndose a los suyos, ordena- Vámonos.

Y salen.

Simón pregunta:

–                 Saúl ha muerto revestido con el Espíritu de Dios. Quienes le hemos tocado ¿Estamos limpios o inmundos?

Jesús contesta:

–                 Inmundos.

Judas exclama:

–                 ¡Oh! ¡NO! ¡Ya no…!

Jesús es terminante:

–                 Yo como los otros. No cambio la Ley. La Ley es ley y el Israelita la observa. Estamos inmundos. Dentro del tercero y último día, nos purificaremos. Hasta entonces estamos inmundos. –se vuelve hacia el apóstol y agrega- Judas, no regreso a la casa de tu madre. No llevaré inmundicia a su casa. Comunícaselo por medio de alguien que pueda hacerlo. Paz a esta ciudad. ¡Vámonos!

Y se van a través del huerto…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA