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255 PEDRO EVANGELISTA


255 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un poco cohibidos al principio, los campesinos paulatinamente se sienten a sus anchas.

Y sobre un gran pan que les sirve de plato, les sirven las porciones de cordero.

Ellos comen gustosos y tranquilos en medio de su sencillez;

calmando toda el hambre que acumularon, mientras cuentan los últimos sucesos.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados.

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

Es entonces que también vienen y se unen a los otros, los campesinos de Yocaná.

Es la hora de hablar.

Judas con posesión diabólica perfecta, por su soberbia hipócrita y su superioridad llena de egoísmo…

Los ojos azules de Jesús buscan a Judas de Keriot… 

Que recargado en un árbol; se hace el desentendido, ante el mudo llamado del Maestro.

Entonces Jesús lo llama con voz fuerte:

–       ¡Judas!».

Como alumno remolón, Judas se levanta y se acerca.

Jesús dice: 

–       No te apartes.

Te ruego que evangelices por Mí.

Estoy muy cansado.

¡Si no hubiera llegado esta tarde, por supuesto que tendríais que haber hablado vosotros!

–      Maestro…

no sé qué decir…

Al menos, hazme preguntas.

–      No te las tengo que hacer Yo.

Y volviéndose hacia el grupo,

pregunta a los campesinos.

–      Vosotros: ¿Qué deseáis oír?,

¿Qué deseáis que se os explique?

Los hombres se miran unos a otros… dudan…

Por fin un campesino pregunta: 

Hemos conocido el Poder y la Bondad del Señor, pero sabemos poco de su Doctrina.

Ahora que estamos con Yocana, tal vez podamos aprender algo más.

Tenemos muchísimos deseos de conocer cuáles son las cosas indispensables,

que deben hacerse para obtener el Reino que promete el Mesías.

¿Podremos obtenerlo con la nada que podemos hacer?

Judas responde:

–       La verdad es que estáis en condiciones muy penosas.

Todo, en vosotros y a vuestro alrededor, conjura para alejaros del Reino.

La falta de libertad para venir adonde el Maestro cuando quisierais;

La condición de siervos de un patrón que si no es una hiena como Doras; 

pero que por lo que se ve, es un perro guardián que a sus siervos tiene prisioneros.

Los sufrimientos y el estado de degradación en que os encontráis… 

todo esto, son circunstancias desfavorables para que elijáis el Reino.

En vosotros no pueden existir más que odio, resentimientos,

críticas o venganzas contra quienes os tratan tan cruelmente.

La cosa mínima y necesaria es amar a Dios y al prójimo.

Sin esto no hay salvación.

Deberéis vigilar para contener vuestro corazón dentro de una sumisión pasiva

a la Voluntad de Dios, que se manifiesta en vuestro destino;

y, aguantando pacientemente al amo, sin permitir a vuestro pensamiento siquiera la libertad

de un juicio, que está claro que no podría ser benévolo respecto al amo,

ni de gratitud por vuestra… por vuestro…

porque veo en vosotros buena voluntad unida a mansedumbre de ánimo,

lo que se manifiesta en vuestra suerte.

Y soportando pacientemente al patrón; sin permitir siquiera a vuestro pensamiento

la libertad de un juicio que no pueda ser benévolo para con él,

ni de agradecimiento para con vuestro… para con vuestra…

En una palabra: no debéis reflexionar en vuestro estado,

para que no tengáis rebeliones en vuestro corazón.

Rebeliones que matarían el Amor.

Quien no tiene amor, no tiene salvación, porque no obedece al primer precepto.

Yo estoy seguro de que os podréis salvar,

porque veo en vosotros la buena voluntad, junto con una mansedumbre de corazón;

lo cual es un buen augurio para que mantengáis lejos de vosotros el Odio… 

Y el espíritu de venganza.

Por lo demás, la Misericordia de Dios es tan grande,

que os perdonará todo lo que ahora falta a vuestra perfección.

Judas ha terminado.

Sigue un silencio profundo.

Jesús tiene la cabeza muy inclinada y no se puede ver la expresión de su rostro.

Pero las de los demás son claras y elocuentes.

Para nada dichosas. 

Las caras de los campesinos reflejan mucho más su estado de envilecimiento…

Y  expresan más abatimiento que al principio. 

Las de los apóstoles y las de las mujeres, una sorpresa aterrada

Y un estupor que casi es miedo.

El anciano responde humildemente: 

–       Trataremos de no dejar que surja en nosotros ningún pensamiento,

que no sea de paciencia y perdón.

Otro de los campesinos suspira:

–      La verdad es que será difícil llegar a la perfección del amor;

para nosotros… 

¡Que ya es mucho si no hemos acabado siendo asesinos de nuestros verdugos!

El corazón sufre, sufre, sufre…

Y aunque no odie, encuentra mucha dificultad en amar,

como esos niños macilentos que tienen dificultad en crecer…

Pedro dice para consolarlos: 

–       No, no, hombre.

Yo, por el contrario, creo que precisamente por haber sufrido tanto,

sin haceros unos asesinos o personas vengativas;

vuestro corazón es más fuerte que el nuestro en el amor.

Amáis sin percibirlo siquiera. 

Y aquí se da cuenta de que ha hablado…

Y se interrumpe para decir:

–       ¡Oh! ¡Maestro!…

Pero… me has dicho que debía hablar…

Que encontrase el tema incluso en el cordero que iba a asar.

He estado mirando, para buscar palabras buenas que decir a estos hermanos nuestros,

para su caso particular.

Pero, la verdad es que -sin duda alguna, porque soy un necio- no he encontrado nada apropiado.

Y sin saber cómo, me he visto muy lejos, en pensamientos que no sé si llamar extravagantes –

en ese caso serían míos o santos.

Entonces provendrían del Cielo.

Yo los manifiesto, tal y como me han venido…

Tú, Maestro, me los explicarás o me reprenderás por ellos,

Y todos vosotros sabréis ser comprensivos.

Así pues, estaba mirando lo primero:

la llama y me ha venido este pensamiento:

“¿De qué está hecha la llama?

Viene de la leña.

Pero la leña por sí sola no arde;

es más, si no está bien seca, no arde de ninguna manera,

porque el agua la carga e impide que la yesca la encienda.

La leña, cuando está muerta, acaba incluso pudriéndose;

desmenuzándose, por la carcoma; pero, por sí sola, no se enciende.

Ahora bien, si una persona la prepara adecuadamente y le acerca la yesca y el eslabón.

Y hace saltar la chispa.

Y favorece que la chispa prenda soplando en las ramas delgadas, para aumentar la llamita inicial. 

Porque se empieza siempre por las cosas más menudas,

entonces la llama brota, prende fuerte, se hace útil, arremete contra todo,

hasta los troncos más gruesos”.

Y me decía a mí mismo:

“Nosotros somos la leña.

Por nosotros mismos no nos encendemos.

Pero, eso sí, es necesario en nosotros el cuidado de no estar demasiado cargados,

de la pesada agua de la carne y la sangre,

para permitir que la yesca se encienda con su chispa.

Y debemos desear arder; porque, si nos quedamos inertes.

Podemos ser destruidos por la intemperie y la carcoma;

es decir, por la humanidad y el demonio.

Sin embargo, si nos abandonamos al fuego del amor,

éste empezará a quemar las ramitas más finas y las destruirá.

Las ramitas, para mí, eran las imperfecciones;

luego aumentará y arremeterá contra la leña más gorda,

o sea, las pasiones más fuertes.

Nosotros, que somos leña, cosa material, dura, opaca, incluso fea;

vendremos a ser esa cosa hermosa, incorpórea, ágil, espléndida, que es la llama.

Todo esto por habernos prestado al amor, que es el eslabón y la yesca,

que de nuestro mísero ser de hombres pecadores, hacen ángeles del tiempo futuro,

ciudadanos del Reino de los Cielos”.

Éste ha sido un pensamiento.

Jesús ha levantado un poco la cabeza y está escuchando con los ojos cerrados…

Y un asomo de sonrisa en sus labios.

Los demás miran a Pedro, todavía con estupor, pero el miedo ha desaparecido..  

Y la admiración ilumina las miradas…

Él sigue hablando tranquilo:

–      Mirando a los animales que se estaban asando,

me ha venido otro pensamiento.

No digáis que soy pueril en mis pensamientos.

El Maestro me había dicho que los buscara en lo que veía…

He obedecido.

Bien, pues estaba mirando a los corderos, y decía:

“Son dos seres inocentes y mansos.

Nuestra Escritura está llena de dulces alusiones al cordero;

tanto para recordar al Mesías prometido y Salvador…

Ya desde la alusión a Él en el cordero mosaico,

como para decir que Dios tendrá compasión de nosotros.

Lo dicen los profetas.

Viene a congregar a sus ovejas, a socorrer a las heridas,

a cargar sobre Sí a las que tienen algún miembro fracturado.

¡Cuánta bondad!” decía.

“¿Cómo tener miedo de un Dios que promete

tener tanta compasión con nosotros, miserables?

Pero” decía también

“tenemos que ser mansos, al menos mansos, dado que no somos inocentes; mansos.

Y estar deseosos de que el amor nos consuma.

Porque, hasta el más bonito y puro de los corderitos, una vez matado,

¿En qué acaba, si el fuego no lo asa?

Pues en carroña podrida.

Mientras que, si lo envuelve el fuego, viene a ser alimento sano y bendito”.

Y concluía:

“En definitiva, todo el bien lo hace el amor,

que nos aligera de los lastres de nuestra humanidad,;

nos hace resplandecientes y útiles;

nos hace buenos ante los hermanos y gratos a Dios;

sublima nuestras buenas cualidades,

hasta un nivel que recibe su nombre de virtudes sobrenaturales.

Y quien es virtuoso es santo, quien es santo posee el Cielo.

Por tanto, lo que nos abre los caminos de la perfección,

no es la ciencia ni el miedo, sino el amor;

el cual, mucho más que el temor al castigo, nos mantiene alejados del mal,

por el deseo de no entristecer al Señor.

Nos hace sentir compasión de nuestros hermanos y amarlos, porque vienen de Dios.

Por tanto, el amor es la salvación y santificación del hombre”.

En estas cosas pensaba mientras miraba a mi asado,

obedeciendo a mi Jesús.

Perdonad si son sólo éstas, pero a mí me han hecho bien;

os las entrego con la esperanza de que también a vosotros os hagan bien.

Todos miran a Pedro admirados, por el apóstol humilde y obediente. 

Solamente Judas, se ha volteado ligeramente y mira hacia lo alto de la montaña…

Sin que él mismo sepa porqué,

siente su corazón lleno de ira.

Y una mirada de odio satánico enciende sus ojos.

Es como una sombra fugaz que descompone la belleza de su rostro,

llenándolo de una maldad, que lo vuelve demoníaco.

Pero es solo por unos momentos.Cuando vuelve su cara hacia el grupo, todo esto ha desaparecido.

Y solo queda su sonrisa llena de soberbia y la autocomplacencia de sentirse superior.

Cuando Pedro termina, los campesinos están consolados y contentos.

Y dicen que así será muy fácil seguir la Doctrina del Amor.

Judas está amoscado.

Los demás están sorprendidos y miran a Pedro con un nuevo respeto.

Jesús abre los ojos.

Ahora están radiantes.

Alarga un brazo y pone la mano en el hombro de Pedro:

Y le dice: 

–      Verdaderamente has encontrado las palabras que debías. La obediencia y el amor han hecho que las encontraras;

la humildad y el deseo de consolar a tus hermanos harán de ellas,

estrellas en su cielo oscuro.

¡Dios te bendiga, Simón de Jonás!  

Pedro responde

–      ¡Que Dios te bendiga a Ti, Maestro mío!

¿No vas a hablar?

–      Mañana los campesinos entrarán en su nueva condición de dependencia.

Bendeciré su entrada con mi Palabra.

Podéis marcharos en paz.

Que Dios esté con vosotros.

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254 DESPRECIO CLASISTA


254 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y Santiago han bajado por la pendiente del Carmelo, hasta  llegar a un cruce de caminos  de la llanura de Esdrelón,

Donde se encuentran los discípulos en torno a una hoguera bien alimentada,

que resplandece en las primeras sombras del anochecer,

Jesús pregunta: 

–      ¿Qué hacéis, amigos, junto a este fuego?

Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan.

Y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro,

como si hiciera un siglo que no lo vieran.

Luego explican:

–      ¡Oh, Maestro!

Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yizreel.

Y de tan contentos como se han puesto, nos han regalado cada uno un cordero.

Hemos decidido asarlos y dárselos a los campesinos de Doras.

Miqueas de Yocaná los ha degollado y preparado.

Ahora los vamos a poner a que se asen.

Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras, para que

vengan cuando se haga de noche, cuando ya a esas horas,

el administrador se encierra en la casa a emborracharse. 

Las mujeres llaman menos la atención…

Hemos tratado de verlos pasando como viandantes por los campos, pero poco se ha hecho.

Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir…

algo más, para el alma.

Y poner los medios para que se sintieran bien, también en lo corporal,

como has hecho Tú las otras veces.

Pero, ahora que estás Tú, será más interesante.

–     ¿Quién iba a hablar?

Pedro comenta: 

–      ¡Bueno pues, todos un poco!

Así, como si fuera una cosa espontánea, familiar.

No somos capaces de más.

Y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, el Zelote y Tadeo no quieren hablar.

Tampoco Judas de Simón.

También Bartolomé está evitando hablar…

Incluso hemos discutido por este motivo… 

–      ¿Y por qué no quieren hablar estos cinco?

–      Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre sean ellos…

Tu hermano Tadeo porque quiere que hable yo, porque  dice que no empiezo nunca…

Bartolomé porque…

Porque tiene miedo a hablar demasiado como maestro y a no saberlos convencer.

Como ves son excusas…

Jesús mirando a Judas,

le pregunta: 

–       ¿Y tú, Judas de Simón, por qué no quieres hablar?

–      ¡Por las mismas razones que los demás!

Por todas al mismo tiempo, porque todas son justas…

–      Muchas razones.

Y una no ha sido dicha.

Ahora juzgo Yo…

Y con juicio inapelable.

Tú, Simón de Jonás hablarás, como lo juzgó Judas Tadeo, que dice sabiamente.

Y tú, Judas de Simón, también hablarás.

Así una de las muchas razones, que Dios conoce y también tú, dejará de existir.  

Judas trata de rebatir: 

–      Maestro…

Piénsalo, no se trata de nada.

Créeme que no hay más… 

Pero la voz de Pedro le interrumpe:

–      ¡Oh, Señor!

¿Yo hablar estando Tú?

¡No soy capaz!

Temo que te rías…

–      No quieres estar solo…

No quieres estar conmigo…

¿Qué quieres entonces?

–      Tienes razón.

Pero es que… ¿Qué digo?

–      Mira tu hermano;

está viniendo con los corderos.

Ayúdale, y mientras los asas piensas en ello.

Todo sirve para encontrar temas.  

Pedro pregunta incrédulo: 

–      ¿Incluso un cordero en el fuego? 

–       Incluso.

Obedece.

Pedro emite un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más.

Se acerca donde Andrés, le ayuda a ensartar a los animales en una estaca puntiaguda;

que servirá de asador. y su cara refleja una gran preocupación…

Y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro

que le hace asemejarse a un juez en el momento de la sentencia.

Jesús ordena: 

–      Vamos a recibir a las mujeres, Judas de Simón.

Y se pone en camino, a su encuentro, en dirección a los campos sin vida de Doras.  

Después de unos minutos y sin ningún preámbulo,

Jesús dice:

–      Un buen discípulo…

No desprecia lo que su Maestro no desprecia, Judas.

La soberbia y la hipocresía de Judas, lo impulsan inmediatamente,

a contestar: 

Judas con posesión diabólica perfecta… 

–       Maestro…

No es que desprecie, lo que pasa es que, como Bartolomé, siento que no me entenderían.

Y prefiero no hablar.

–      Nathanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo de iluminar y consolar los corazones.

Hace mal también, porque le falta confianza en el Señor.

Pero tu caso es mucho peor…

Porque no es que tengas miedo a no ser comprendido.

Sino desdén de hacerte entender de pobres campesinos ignorantes de todo,

menos de la virtud.

En ésta verdaderamente superan a muchos de vosotros.

No has entendido nada todavía, Judas.

El Evangelio es realmente la Buena Nueva comunicada a los pobres,

enfermos, esclavos, afligidos.

Luego será también de los demás.

Pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo de infelicidad,

para reciban ayuda y consuelo.

Judas baja la cabeza y no responde nada.

En este preciso instante…

María, María Cleofás y Susana salen de entre una espesura.

Jesús las saluda: 

–       ¡Hola, Madre!

¡Paz a vosotras, mujeres!

La sonrisa de la Madre es radiante,

y responde amorosa: : 

–       ¡Hijo mío!

He ido a ver a esos… torturados.

Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites.

Doras se ha liberado de estas tierras y han pasado a Yocaná.

No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno.

Hoy se lo ha dicho a los campesinos el administrador.

El ya se ha marchado, llevándose en los carros hasta el último grano de trigo.

De forma que ha dejado a todos sin comer.

Y como además, el vigilante de Yocaná, hoy tiene comida solamente para los suyos;

pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer.

¡Ha sido verdaderamente providencia esos corderos!

–       También es providencia el que no sean ya de Doras.

Susana está muy indignada,

cuando dice: 

–      Hemos visto sus chozas…

Son unos horrorosos cuchitriles… 

María Cleofás concluye:

–      ¡Están tan contentos todos esos pobrecillos! .

Jesús responde: 

–      También Yo estoy contento.

En todo caso, estarán mejor que antes. 

Y vuelve hacia donde están los apóstoles.

Regresan todos al lugar donde se cocinan los corderos, en medio de espesas columnas de humo.

Juan de Endor lo alcanza, con unas ánforas de agua que lleva junto con Hermasteo.

Saludan a Jesús postrándose…

Y explica: 

–      Nos las han dado los de Yocaná.

Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos;

entre densas nubes de humo untuoso.

Pedro sigue dando vueltas a su asado… 

 Está muy concentrado en el fuego, mientras sigue pensando…

Y dando vueltas a su espitón.

Sin embargo, Judas Tadeo, teniendo abrazado por la cintura a su hermano Santiago; 

va y viene caminando mientras habla muy animadamente.

Los otros tienen diversas ocupaciones…

Quién trae más leña, quién prepara la mesa según su ingenio (!),

trayendo voluminosas piedras para que hagan de asiento o de mesa… 

En esto, llegan los campesinos de Doras.

Más delgados y harapientos que la última vez.

¡Y, sin embargo, qué felices!

Son unos veinte.

No hay ni siquiera un niño ni una mujer: sólo hombres pobres y solos…

Jesús les da la bienvenida:

–     Paz a todos vosotros.

Bendigamos juntos al Señor por haberos dado un amo mejor.

Bendigámoslo orando por la conversión del que tanto os ha hecho sufrir.

¿No es verdad?

Al abuelo de Margziam,

le pregunta amoroso: 

–      ¿Te sientes feliz, anciano padre?

Yo también.

Podré venir más a menudo con el niño.

¿Ya te han puesto al corriente?

¿Lloras de alegría, verdad?

Ven, ven, sin miedo…

El anciano le besa las manos inclinándose mucho, y llora.

Y susurra:

–       «No pido nada más al Altísimo.

Me ha dado más de cuanto esperaba.

Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento».

Muy asombrados al principio por estar con el Maestro,

los campesinos se sienten pronto serenos y seguros.

De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas hojas grandes,

colocadas encima de las piedras que habían traído antes.

Luego los dividen y ponen cada una de las partes encima de unas tortas de pan, poco gruesas

pero grandes, que sirven de plato.

Están ya más relajados y tranquilos, dentro de su simplicidad.

Y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada;

mientras cuentan los últimos acontecimientos.

Uno dice:

–       Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas;

pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor,

porque por ellos dejamos este infierno.

Y a pesar de que comparar hormigas y langostas con los ejércitos angélicos sea un poco fuerte,

ninguno ríe porque todos sienten el drama que se esconde bajo esas palabras.

La llama ilumina este grupo de personas, pero las caras no miran a la llama.

Y pocos miran a lo que tienen delante.

Todos los ojos convergen hacia el rostro de Jesús.

Sólo se distraen unos momentos cuando María de Alfeo, que se ocupa de dividir los corderos,

pone más carne en los panes de los hambrientos campesinos

y termina su obra envolviendo dos muslos asados en otras hojas grandes

Mientras le dice al anciano padre de Margziam:

–       Ten.

Así tendréis también un bocado para cada uno mañana.

Entretanto, el vigilante de Yocaná proveerá.

–       Pero vosotros…

–       Iremos más ligeros.

Toma, toma, hombre.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados…

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

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250 OBISPO DE JERUSALÉN


250 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

258 Jesús revela a Santiago de Alfeo cuál será su misión de apóstol

La tarde baja envuelta en los gorjeos de los pajaritos.

En medio del rumor del viento que acaricia y refresca la cima y es preludio del rocío de la noche.  

Santiago está todavía retirado dentro de la grieta del monte, sentado. en cuclillas;

con la cabeza inclinada hasta las rodillas, elevadas y ceñidas con los brazos

Es tan profunda su meditación que pareciera que está dormido.

Se ve claramente que no percibe lo que sucede a su alrededor.

Concretamente una pelea entre dos aves grandes,

que por algún motivo suyo particular combaten ferozmente en el pequeño prado.

Pareciera que son gallos de montaña, urogallos o faisanes.

Porque tienen el volumen de un gallo pequeño y plumas irisadas;

pero no tienen cresta;

sólo un pequeño yelmo de carne roja como un coral en la parte alta de la cabeza y en las mejillas.

Si la cabeza es pequeña, el pico debe ser un punzón de acero.,

utilizado sin piedad en la lucha.

Plumas que vuelan por el aire, sangre que cae al suelo;

en medio de un guirigay muy sensible;

que ha hecho callar silbos, trinos y gorjeos, en la espesura.

Los pajarillos observan el feroz carrusel…

Santiago no oye nada.

Jesús, sin embargo, sí que oye;

baja de la cima adonde había subido y dando unas palmadas, separa a los contendientes;

los cuales huyen sangrando: 

uno hacia la ladera del monte, el otro a la copa de un roble.

Y allí se pone en orden las plumas erizadas y alborotadas.

Santiago no levanta la cabeza tampoco por el ruido que ha hecho Jesús;

Quien sonriendo, camina un poco más..

Y se para en el centro del prado.

Su túnica blanca parece teñirse de rojo en la parte derecha;

por la intensidad del arrebol del ocaso.

Parece verdaderamente como si el cielo hubiera prendido fuego.

Pues bien, a pesar de todo, Santiago no debió estar dormido,

porque cuando Jesús susurra – verdaderamente sólo susurra: 

–      Santiago, ven –

levanta la cabeza de las rodillas, abre el cerco de sus brazos, se pone en pie…

Y va hacia Jesús.

La Voz de Dios se escucha, especialmente  SI  ES a las 3.00 AM; 

cuando es emergencia que Oremos, por algo relacionado con Satanás

ES LA HORA DE INTERCEDER

¡¡Por lo que SEA que Dios lo esté necesitando!

Se para frente a Él, a unos dos pasos de distancia,

y lo mira.

Jesús también lo mira, con expresión seria aunque alentadora…

Por una sonrisa que es visible, aun no siendo ni de labios ni de miradas.

Lo mira fijamente, como queriendo leer hasta las más imperceptibles reacciones

y emociones de su primo y apóstol. 

El cual, como ayer, sintiéndose a las puertas de una revelación, palidece….

Y su palidez es mayor todavía, hasta parecer una continuación con su túnica de lino,

cuando Jesús levanta los brazos…

Le apoya las manos en los hombros y mantiene esta postura:

Santiago asemeja entonces verdaderamente a una hostia…

solamente los mansos ojos castaño oscuros y la barba castaña;

ponen algo de color en ese rostro atento.

Jesús dice:

–       Santiago, hermano mío.

¿Sabes por qué he querido que vinieras aquí?

¿Y estar a solas para hablarte, tras horas de Oración y meditación?

Da la impresión de que a Santiago le cueste responder…

Debido a la fuerte emoción.

Al fin, abre los labios para responder en voz baja:

–      Para darme una lección especial.

Para el futuro.

O porque soy el menos dotado de todos;

te doy las gracias de antemano… 

Aunque se trate de una corrección.

Créeme, Maestro y Señor, que si soy tardo e incapaz;

es por deficiencia, NO por mala voluntad.  

Jesús dice: 

–      No se trata de una corrección.

Sino de una lección para cuando no esté con vosotros.

Durante estos meses has pensado mucho en tu corazón, lo que te dije un día,

al pie de este monte.

Cuando te prometí que vendría aquí contigo, no sólo para hablar del profeta Elías…. 

Y para contemplar el mar que desde allí resplandecía infinito,

sino para hablarte de otro mar, aún mayor,

más mudable, más engañoso que éste, que hoy parece el más plácido de los embalses…

Pero que quizás, dentro de pocas horas se tragará, con hambre voraz;

barcas y hombres.

Nunca has separado el pensamiento de lo que te dije entonces….

Ni del hecho de que la venida aquí tuviera que ver con tu destino futuro.

Tanto es así, que te estás poniendo cada vez más pálido;

al intuir que se trata de un grave destino.

De una herencia llena de tal responsabilidad,

que haría temblar incluso a un héroe.

Son una responsabilidad y una misión que deben ser actuadas,

con toda la santidad que es posible en un hombre para no defraudar el deseo de Dios.

Es una misión que lleva consigo la santidad posible,

para que el hombre no eche a perder la voluntad de Dios.

No tengas miedo, Santiago; no quiero tu mal.

Por tanto, si te destino a ella, es señal de que sé que no te dañará,

sino  que te dará gloria sobrenatural.

Escúchame, Santiago,

pon paz en ti con un vivo acto de abandono en Mí,

para poder oír y recordar mis palabras.

Nunca volveremos a estar tan solos, ni con el espíritu tan predispuesto a comprendernos.

Yo un día me iré, como todos los hombres, que tienen un tiempo de permanencia en la tierra.

Mi permanencia cesará de una forma distinta de la de los hombres, pero cesará;

entonces no me tendréis a vuestro lado sino con mi Espíritu;

el cual te lo aseguro, no os abandonará jamás.

Me iré después de daros lo necesario, para hacer progresar mi Doctrina en el mundo;

después de cumplir el Sacrificio y obteneros la Gracia;

con ésta y con el Fuego sapiencial y heptamorfo podréis hacer,

lo que ahora sólo con imaginarlo os parecería locura y presunción.

Yo me iré y vosotros os quedaréis.

El mundo que no ha comprendido a Cristo, tampoco comprenderá a los apóstoles de Cristo.

Por eso os perseguirán.

Os dispersarán, como si fuerais los más peligrosos para el bienestar de Israel.

Pero, puesto que sois mis discípulos;

debéis sentiros contentos de sufrir los mismos dolores que vuestro Maestro.

Tú serás el jefe de los creyentes que Jesús haya hecho en Jerusalén.

Y deberás saber amar perfectamente, para ser un jefe santo.

Un día de Nisán te dije: “Tú serás el que quede, de los profetas del Señor”.

Tu madre, por ministerio espiritual, ha intuido de alguna forma el significado de estas palabras.

Pues bien, antes de que se cumplan para mis apóstoles;

a ti, y para ti, se te habrán cumplido ya. Santiago.

Todos serán dispersados excepto tú, hasta la llamada de Dios a su Cielo.

Permanecerás en el lugar para el que te elegirá Dios por boca de tus hermanos.

Tú, descendiente de la estirpe real, en la ciudad real.

Levantarás mi cetro y hablarás del verdadero Rey.

Rey de Israel y del mundo.

Según una realeza sublime que sólo comprenden aquellos a quienes es revelada.

Entonces necesitarás fortaleza, constancia, paciencia y sagacidad sin límites.

Tendrás que ser justo con caridad, con una Fe simple y pura como la de un niño.

Y al mismo tiempo erudita, propia de un verdadero maestro, para sostener la Fe,

agredida en muchos corazones y por muchas cosas contrarias

Y para refutar los errores de los falsos cristianos y las sutilezas doctrinales del viejo Israel.

El cual, ciego ya desde ahora, estará más ciego que nunca cuando haya matado la Luz.

Y forzará las palabras proféticas e incluso los mandamientos del Padre, de quien procedo,

para persuadirse a sí mismo, y así darse paz.

Y persuadir al mundo, de que los patriarcas y los profetas no hablaban de Mí,

sino que Yo era solamente un pobre hombre, un iluso, un desquiciado -esto para los mejores-

O para los menos buenos del viejo Israel, un hereje endemoniado.

Te ruego que entonces seas otro Yo.

¡No, que no es imposible! Es posible.

Deberás tener presente a tu Jesús, sus actos, su palabra, sus obras;

deberás vaciarte en Mí;

como si te depositaras suavemente en el molde de arcilla que usan los fundidores de metales

para darles una impronta

Yo estaré siempre presente.

Tan presente y vivo con vosotros, mis fieles, que podréis uniros a Mí, ser vosotros otro Yo, con sólo desearlo.

Y tú, que has vivido conmigo desde la más tierna edad,

que recibiste el alimento de la Sabiduría de manos de María antes que de mis propias manos;

tú que eres sobrino del hombre más justo que tuvo Israel, tú debes ser un perfecto Cristo…

–     ¡No puedo, no puedo, Señor!

Da esta misión a mi hermano, a Juan, a Simón Pedro, al otro Simón; a mí no, Señor.

¿Por qué a mí?

¿Qué he hecho para merecerlo?

¡¿No ves que soy un pobre, bien pobre, hombre que tiene sólo una capacidad:

quererte mucho y creer firmemente en todo lo que dices?!

–      Judas tiene un temperamento muy fuerte.

Irá muy bien donde haya que abatir el paganismo.

No aquí, donde lo que habrá que hacer será convencer del cristianismo a aquellos que,

por ser ya pueblo de Dios, creen a pies juntillas que están en lo cierto;

no aquí, donde lo que hay que hacer es convencer a todos aquellos que, a pesar de creer en Mí,

se sentirán defraudados  por el desarrollo de los acontecimientos.

Convencerlos de que mi Reino no es de este mundo;

sino que es el Reino enteramente espiritual de los Cielos, cuyo preludio es una vida cristiana.

O sea, una vida en que los valores preponderantes sean los del espíritu.

El convencimiento se obtiene con una firme dulzura.

¡Ay de aquel que echa las manos al cuello para persuadir!

La víctima dirá “sí” en ese momento, para librarse del estrangulamiento, pero luego huirá.

Y -si no es un malvado, sino solamente una persona extraviada- no volverá hacia atrás

ni querrá aceptar ya confrontaciones.

O si es un malvado o simplemente un fanático, huirá para ir a armarse…

Y luego dar muerte a este que atropellando a los demás, proclama doctrinas distintas de las suyas.

Pues bien, tú estarás rodeado de fanáticos, fanáticos cristianos y fanáticos israelitas.

Los primeros querrán de ti acciones de fuerza, o al menos el permiso para llevarlas a cabo.

Porque el viejo Israel, con sus intransigencias y restricciones;

estará todavía presente en ellos, agitando su venenosa cola.

Los segundos marcharán contra ti y los otros, como si fuera una guerra santa

en defensa de la vieja Fe y de sus símbolos y ceremonias.

Y tú estarás en el centro de este mar tempestuoso.

Tal es el sino de los líderes.

Tú serás la cabeza de los cristianos de la Jerusalén cristianizada por tu Jesús.

Habrás de saber amar con perfección para poder ser líder santamente.

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221 LA NUEVA DISCÍPULA


221 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ha vuelto el cielo sereno sobre el mar de Galilea.

Todo está incluso más hermoso que antes de la tormenta, porque ha quedado limpio de polvo.

El aire presenta una nitidez absoluta.

Y el ojo, mirando al firmamento, recibe la impresión de que haya sido retirado, hecho más ligero…

un velo casi transparente extendido entre la tierra y los fulgores del Paraíso.

El lago refleja este azul perfecto y sosegado con sus aguas de turquesa.

Está comenzando la aurora.

Jesús con María, Marta y Magdalena, sube a la barca de Pedro y Andrés;

también Simón Zelote, Felipe y Bartolomé.

Mateo, Tomás, los primos de Jesús y Judas Iscariote están, sin embargo, en la barca de Santiago y Juan.

Se enfilan hacia Betsaida: un breve trayecto favorecido por el viento.

En pocos minutos hacen el recorrido.

Cuando están ya para llegar,

Jesús dice a Bartolomé y al inseparable Felipe:

–     Iréis a avisar a vuestras mujeres e hijas.

Hoy visitare vuestra casa.

Y mira fijamente a los dos en manera elocuente.  

Felipe contesta: 

–    Así lo haremos, Maestro.

Y Bartolomé pregunta: 

–    ¿No nos vas a conceder ni a mí ni a Felipe hospedarte?

–     Nos detendremos sólo hasta la puesta del sol.

Y no quiero privar a Simón Pedro de la delicia de estar con Margziam.

La barca roza en la orilla y se detiene.

Bajan.

Felipe y Bartolomé se separan de los compañeros para ir al pueblo.

Pedro, que ha sido el primero en bajar y está a un lado de Jesús,

pregunta: 

–     ¿A dónde van esos dos? 

Jesús responde: 

–     A avisar a sus mujeres e hijas.

–     Voy yo también entonces a avisar a Porfiria.

–     No hace falta.

Porfiria es tan buena que no hace falta prepararla para nada.

Su corazón sólo sabe dar dulzura.

A Simón Pedro se le ilumina el rostro al oír la alabanza a su esposa y no dice nada más.

Entretanto han bajado también las mujeres, para ellas han puesto una tabla como puente.

Y todos se dirigen hacia la casa de Simón

El primero que los ve es Margziam, que en ese momento estaba saliendo con sus ovejas;

para llevarlas a pastar a la hierba fresca de las primeras pendientes de Betsaida.

El niño da el anuncio de esta visita con un grito de alegría.

Y corre a refugiarse en el pecho de Jesús, que se inclina para besarlo.

Luego va a Pedro.

Porfiria viene diligentemente, con las manos llenas de harina.

Y se inclina para saludar.  

Jesús dice: 

–     Paz a ti, Porfiria.

¿No nos esperabas tan pronto, verdad?

Es que te he querido traer a mi Madre y a dos discípulas, además de mi bendición.

Mi Madre deseaba ver de nuevo al niño…

Ahí está ya entre sus brazos.

Y las discípulas querían conocerte… 

Y Jesús las presenta: 

–    Ésta es la esposa de Simón…

La discípula buena y silenciosa, más activa en su obediencia que muchos otros.

Éstas son Marta y María de Betania.

Dos hermanas. Quereos.

Porfiria, muy sonriente responde: 

–     ¡Oh, Maestro!…

A las personas que Tú traes, las quiero más que a mi propia sangre.

Ven.

Mi casa se embellece cada vez que pones pie en ella.

María se acerca sonriente y abraza a Porfiria,

diciéndole:

–     Veo que tienes en ti verdaderamente viva la maternidad.

El niño ha prosperado y se le ve feliz.

Gracias.

–     ¡Oh, Mujer más bendita que ninguna otra!

Sé que por ti he recibido la alegría de ser llamada mamá.

Te digo que no te daré el dolor de no serlo con todo lo mejor que hay en mí.

Pasa, pasa con las hermanas…

Margziam mira con curiosidad a la Magdalena.

En su cabeza se forma todo un torbellino de pensamientos.

Al final dice:

–     Pero…

En Betania no estabas…

Magdalena se ruboriza intensamente y muy sonriente,

contesta: 

–     No estaba.

Pero ahora estaré siempre.

Y acaricia al niño,

mientras le pregunta:

–    ¿Me amarás….?

¿A pesar de que no nos hayamos conocido hasta ahora?  

Margziam contesta: 

–    ¡Claro que sí!

Ya te amo, porque también te llamas María…

Y porque eres buena. ¿Has llorado, verdad?

Por eso eres buena. ¿Te llamas María, verdad?

También mi mamá se llamaba así y era buena.

Todas las mujeres que se llaman María son buenas.

Pero… -agrega para no entristecer a Marta y a Porfiria…

Pero también hay mujeres buenas que tienen otro nombre. Tu mamá cómo se llamaba?

–     Euqueria…

Y era muy buena… 

Dos lagrimones caen de los ojos de María de Magdala.

Margziam le acaricia las manos, que Magdalena  tiene cruzadas sobre el vestido oscuro,

y le pregunta: 

–     ¿Lloras porque ha muerto? – 

Y añade:

No debes llorar. ¿Sabes?, no estamos solos.

Nuestras mamás están siempre a nuestro lado.

Lo dice Jesús.

Y son como ángeles custodios. Esto también lo dice Jesús.

Y, si somos buenos, vienen a nuestro encuentro cuando morimos y subimos a Dios en brazos de nuestras mamás.

Es verdad ¿Eh? ¡Lo ha dicho Él!

María de Magdala abraza fuertemente al pequeño consolador.

Y lo besa diciendo:

–    Reza entonces para que yo sea buena de esa forma».

–    ¿Pero no lo eres?

Con Jesús van sólo los que son buenos…

Y si uno no es del todo bueno progresa hasta serlo, para poder ser discípulos de Jesús;

porque no se puede enseñar si no se sabe.

No se puede decir “perdona” si primero no perdonamos nosotros.

No se puede decir: “Tienes que amar a tu prójimo”, si antes no lo amamos nosotros.

¿Sabes la Oración de Jesús?

–     No.

–     ¡Ah, claro!

¡Es que hace poco que estás con Él!

Es muy bonita, ¿Sabes?

Dice todo esto.

Escucha qué bonita es.

Y Margziam dice lentamente el “Pater noster”, con sentimiento y fe.

–     ¡Qué bien la sabes! – dice admirada María de Magdala.

–     Me la han enseñado mi mamá por la noche…

Y la Mamá de Jesús durante el día.

Si quieres te la enseño.

¿Quieres venir conmigo?

Las ovejitas balan. Tienen hambre.

Ahora las llevo al pasto. Ven conmigo.

Te enseño a rezar y así serás buena del todo.

Y la toma de la mano.

–     Pero, no sé si el Maestro quiere…  

Jesús la anima:  

–     Ve, ve, María.

Tienes a un inocente por amigo y corderitos…

Ve. Serenamente.

María de Magdala sale con el niño y se le ve alejarse precedida de las tres ovejitas.

Jesús mira…

Y también los otros.  

Martha dice: 

–     ¡Pobre hermana mía! 

Jesús observa: 

–     No la compadezcas.

Es una flor que está enderezando su tallo después del huracán.

¿Oyes?… Ríe…

La inocencia siempre conforta.

Mientras resuena en el aire, la risa cantarina de María de Mágdala…

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220 PARÁBOLA DE LOS PECES


220 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Están todos reunidos en la espaciosa habitación de arriba.

El violento temporal se ha resuelto en una lluvia persistente, ora leve hasta casi desaparecer,

ora intensa con repentina furia.

El lago, de ninguna manera, está hoy azul:

sino amarillento con estrías de espuma en los momentos de viento y aguacero;

gris plúmbico con espumas blancas, en las pausas del turbión.

Las colinas -todas chorreando agua, con las frondas tan cargadas de lluvia…

Que todavía están plegadas, algunas ramas colgando quebradas por el viento,

muchas hojas arrancadas por el granizo, muestran regatillos por todas partes.

Aguas amarillentas que llevan al lago hojas, piedras y tierra arrancada a sus pendientes.

La luz ha quedado turbia, verdosa.

En la habitación están, sentadas junto a una ventana que abre un panorama a las colinas;

María con Marta, la Magdalena y otras dos mujeres que charlan sosegadamente.

Sin duda, más que la Magdalena que está muy quieta, cabizbaja, pensativa, entre la Virgen y Marta

Se han vuelto a poner los vestidos que han sido secados al fuego y cepillados, para quitarles el barro.

La Virgen se ha puesto su vestido de lana azul marino.

la Magdalena tiene uno prestado, corto y estrecho para ella, que es alta y bien modelada.

Trata de remediar la escasez del vestido envolviéndose en el manto de su hermana.

Y se ha recogido la cabellera en dos gruesas trenzas anudadas a la altura de la nuca,

porque para sostener ese peso no bastan de ninguna manera, las pocas horquillas que ha podido juntar en ese momento.

En efecto, ella siempre ayuda a las horquillas con una cinta fina, que le sirve también casi de sutil diadema,

cuyo color paja se pierde en el oro de sus cabellos.

En el otro lado de la habitación, sentados unos en taburetes y otros en los alféizares de las ventanas,

están Jesús con los apóstoles y el dueño de la casa.

Falta el sirviente de Marta.

Pedro y los otros pescadores están estudiando el tiempo,

haciendo pronósticos para el día siguiente.

Jesús escucha, o responde, a unos o a otros.  

Santiago de Zebedeo,  mirando un momento hacia las mujeres.,

comenta: 

–     Si lo hubiera sabido,

le habría dicho a mi madre que viniera.

Conviene que esta mujer se sienta enseguida relajada con las compañeras

Tadeo mira a su hermano Santiago,

y pregunta: 

 –     ¡Ya!

¡Si lo hubiéramos sabido!…

Pero, ¿Y por qué mamá no ha venido con María?

Santiago de Alfeo responde: 

–     No lo sé.

Eso me pregunto también yo.

–     ¿No será que se siente mal?

–     María lo habría dicho.

–     Yo se lo pregunto –

Y Judas Tadeo va donde las mujeres.

Se oye la respuesta de la cristalina voz,

de María:

–     Está bien.

He sido yo, que le he ahorrado la paliza de este calor.

Nos hemos fugado como dos niñas, ¿No es verdad, María?

María llegó ya de noche y al alba hemos salido.

Sólo le he dicho a Alfeo: “Aquí está la llave. Volveré pronto. Díselo a María”.

Y he venido.  

Jesús agrega: 

–     Volveremos juntos, Madre.

Iremos todos juntos por la Galilea.

En cuanto el tiempo esté bien y María tenga un vestido.

Acompañaremos a las hermanas,, hasta el camino más seguro.

Así las conocerán también Porfiria, Susana y vuestras mujeres e hijas, Felipe y Bartolomé.

Dice: «las conocerán» y ello es exquisito.

Es por no decir: «conocerán a María».

También es fuerte, y abate todas las prevenciones y restricciones mentales, de los apóstoles hacia la redimida.

La impone, venciendo las resistencias de ellos, la vergüenza de ella y todo.

A Marta se le ilumina el rostro.

María Magdalena se ruboriza y mira suplicante, agradecida, turbada…

Sólo ella sabe, lo que piensa y siente…

María Santísima sonríe con su delicada sonrisa.  

Pedro pregunta:

–     ¿A qué lugar vamos a ir, Maestro?

–      A Betsaida.

Luego a Magdala, a Tiberíades, a Caná, a Nazaret.

Desde allí, por Jaffa y Semerón, iremos a Belén de Galilea, luego a Sicaminón y a Cesárea…

Un acceso de llanto de la Magdalena, interrumpe a Jesús.

Levanta la cabeza, la mira…

Y sigue hablando como si no hubiera sucedido nada:  

–     En Cesárea encontraréis vuestro carro.

Así se lo he ordenado al sirviente.

Iréis a Betania.

Nos volveremos a ver para los Tabernáculos.

Las principales fiestas hebreas, son:

La Pascua, que se celebraba durante el plenilunio de Nisán (marzo-abril)

Estaba seguida por la Pascua suplementaria, en el decimocuarto día del mes sucesivo;

para aquellos que no hubieran podido celebrarla;

Pentecostés o fiesta de las Semanas, cincuenta días después de la Pascua.

Los Tabernáculos o fiesta de las Tiendas, al final de las recolecciones de otoño;

Las Encenias o fiesta de las Luces; también llamada de la Purificación, de la Dedicación del Templo;

celebrada el 25 de Kisléu en Noviembre- Diciembre)

Magdalena recobra la tranquilidad al cabo de poco.

No responde a las preguntas de su hermana.

Sale de la habitación y se retira, rumbo la cocina, durante un tiempo.  

Martha, humilde y apurada,

explica: 

–     María sufre, Jesús.

Al oír que debe ir a ciertas ciudades.

Hay que comprenderla…

Lo digo más por los discípulos que por ti, Maestro.  

Jesús responde: 

–     Es verdad, Marta.

Pero debe suceder.

Si no afronta inmediatamente el mundo….

Si no ahoga ese horrendo tirano del respeto humano… 

Su heroica conversión quedará paralizada.

Por eso lo hará inmediatamente y con nosotros.

Pedro promete: 

–     Con nosotros nadie le dirá nada.

Te lo aseguro por mí y por todos mis compañeros, Marta.  

Tadeo confirma: 

–     ¡Pues claro!

La escudaremos como a una hermana.

María ha dicho que es hermana.

Y hermana será para nosotros. 

Zelote apoya: 

–    Además…

¡Somos todos pecadores!

¡Y el mundo no nos ha concedido inmunidad tampoco a nosotros!

Por tanto comprendemos sus luchas..

LIBRE DEL RESPETO HUMANO

Mateo agrega:   

–     Yo la comprendo más que todos.

En los lugares donde hemos pecado es muy meritorio vivir.

¡Las personas saben quiénes somos!…

Es una tortura.

Pero es también justicia y gloria el resistir allí.

Precisamente porque la potencia de Dios se manifiesta en nosotros con evidencia.

Somos medio de conversiones incluso sin hablar. 

Jesús dice: 

–     Como ves, Marta… 

Todos son comprensivos con tu hermana, todos la quieren.

Y la comprenderán y la querrán cada vez más.

Está llamada a ser signo indicador para muchas almas culpables y medrosas.

Y una gran fuerza también para los buenos.

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

Y es que María, una vez que haya roto las últimas cadenas de su humanidad; será una llama de amor.

No ha hecho otra cosa sino cambiar de dirección, a la exuberancia de su sentimiento.

Ha colocado a nivel sobrenatural esta poderosa facultad de amar que tiene.

Y en este campo hará prodigios, os lo aseguro.

Ahora está todavía turbada;

pero cada día que pase la veréis calmarse y fortalecerse en su nueva vida.

En casa de Simón dije: “Mucho le es perdonado porque ama mucho”.

En verdad os digo ahora que todo le será perdonado; porque amará a su Dios con toda su fuerza;

con toda su alma, con todo su pensamiento, con toda su sangre, con toda su carne…

Hasta el holocausto.  

Andrés suspira, muy profundo,

CORAZÓN ARDIENTE

diciendo: 

–     ¡Dichosa ella, que se ha hecho merecedora de estas palabras!

Quisiera merecerlas también yo… 

Jesús exclama: 

–     ¿Tú?…

¡Pero si ya las mereces!

Ven aquí, pescador mío, que quiero narrarte una parábola, que parece pensada exactamente para ti.   

Martha suplica: 

–     Maestro, espera.

Voy por María.

¡Tiene mucha sed de conocer tu doctrina! …

Mientras Marta sale, los demás colocan los asientos en semicírculo en torno al de Jesús.

Vuelven las dos hermanas….

Y se sientan al lado de María Stma.

Jesús empieza a hablar:

–     Unos pescadores salieron a mar abierto…

Y echaron en el mar su red.

Pasado un tiempo la subieron a bordo.

Trabajaban fatigosamente, por orden de un patrón que les había encargado de la provisión de pescado selecto para su ciudad.

Les había dicho: “De los peces malsanos o de poca calidad no os preocupéis siquiera de sacarlos a tierra.

Devolvedlos al mar.

Otros pescadores los pescarán.

Pero, al ser pescadores de otro patrón, los llevarán a su ciudad:

pues allí se consumen cosas malsanas; cosas que hacen cada vez más abominable, la ciudad de mi enemigo.

Pero, en la mía: bella, luminosa, santa, no debe entrar ninguna cosa malsana”.

Subida pues a bordo la red, los pescadores empezaron su trabajo de discernimiento y selección.

Había muchos peces y de distintos aspectos, tamaños y colores.

Había peces de buen aspecto, pero llenos de espinas, con mal sabor;

con un grueso vientre lleno de lodo, gusanos, hierbas pútrida;

que hacían peor todavía el sabor, ya de por sí malo, de la carne del pez.

Había otros, por el contrario, de aspecto feo, con una cabeza que parecía la fea cara de un delincuente;

o de un monstruo de pesadilla;

pero los pescadores sabían que su carne era exquisita.

Otros, por ser insignificantes, pasaban desapercibidos.

Los pescadores trabajaban y trabajaban.

Ya las cestas estaban repletas de pescado exquisito.

En la red quedaban los peces insignificantes.

“Bueno, las cestas están repletas.

Vamos a tirar todo el resto al mar” dijeron muchos de los pescadores.

Pero uno, que había hablado poco mientras los otros cantaban las magnificencias;

o se burlaban, de todo pez que caía en sus manos, se quedó todavía hurgando en la red.

Y entre las menudencias insignificantes, descubrió todavía dos o tres peces y los puso encima de todo.

Los otros en las cestas. “¿Pero qué haces?” preguntaron los otros.

“Las cestas ya están completas y bien presentadas.

Las echas a perder poniendo encima atravesado, ese pez irrisorio.

Da la impresión de que lo quieres celebrar como el mejor.”

“Dejadme, respondió aquél, que conozco este tipo de peces, sus cualidades y su exquisitez.”

Ésta es la parábola, que termina con la bendición del patrón al pescador paciente, experto y silencioso;

que ha sabido discernir entre la masa los mejores peces.

Escuchad ahora su aplicación.

El soberano de la ciudad bella, luminosa y santa, es el Señor.

La ciudad es el Reino de los Cielos.

Los pescadores, mis apóstoles.

Los peces de la mar, la humanidad, compuesta por todo tipo de personas.

Los peces buenos, los santos.

El patrón de la ciudad abominable es Satanás.

La ciudad abominable, el Infierno.

Sus pescadores son el mundo, la carne, las pasiones malas encarnadas en los siervos de Satanás;

bien sean espirituales (demonios), o humanos (hombres corruptores de sus semejantes).

Los peces malos, la humanidad no digna del Reino de los Cielos: los réprobos.

Entre los pescadores de almas para la Ciudad de Dios,

habrá siempre unos que emularán la capacidad paciente del pescador;

que sabe buscar con perseverancia, en los estratos de la humanidad,

donde sus otros compañeros, más impacientes,

han separado sólo los que aparecían buenos a primera vista.

Y por desgracia, habrá también pescadores que, por ser demasiado distraídos y habladores…

Mientras que el trabajo de discernimiento exige atención y silencio;

para oír las voces de las almas y las indicaciones sobrenaturales;

no verán peces buenos y los perderán.

Y habrá otros que por demasiada intransigencia;

rechazarán a almas que si bien no son perfectas en cuanto a su aspecto exterior

son excelentes en todo lo demás.

No os debe importar que uno de los peces que capturéis para Mí, muestre signos de pasadas luchas…

O presente mutilaciones producidas por muchas causas…

Si su espíritu no está lesionado.

No debe importaros que uno de éstos, por librarse del Enemigo, se haya herido

y se presente con estas heridas;

si su interior da muestras de una clara voluntad de querer ser de Dios.

Almas probadas, almas seguras;

más que esas otras, que son como niñitos protegidos por sus pañales, su cuna y su mamá.

Y que duermen saciados y tranquilos, pero que en el futuro pueden, con la razón, la edad

y las vicisitudes de la vida que van viniendo;

dar dolorosas sorpresas de desviaciones morales.

Os recuerdo la parábola del hijo pródigo.

Oiréis otras parábolas, pues seguiré buscando la manera de infundiros recta inteligencia,

en vuestra manera de distinguir las conciencias y de elegir los modos,

con que guiar las conciencias; que son singulares.

Y cada una por tanto, tiene su modo especial de escuchar y reaccionar, respecto a las tentaciones y las enseñanzas.

No creáis que sea fácil discernir espíritus.

Todo lo contrario.

Se necesita ojo espiritual enteramente iluminado de luz divina;

intelecto penetrado de divina sabiduría infusa; posesión de las virtudes en forma heroica.

En primer lugar la caridad.

Se necesita capacidad de concentrarse en la meditación, porque cada alma es un texto oscuro, que hay que leer y meditar.

Se necesita una unión continua con Dios, olvidando todos los intereses egoístas;

vivir para las almas y para Dios;

superar prevenciones, resentimientos, antipatías;

ser dulces como padres y férreos como guerreros.

Dulces para aconsejar y animar.

Férreos para decir:

“Eso no te es lícito y no lo harás”

O: “Eso se debe hacer y tú lo harás”.

Porque -pensadlo bien- muchas almas serán arrojadas a los estanques infernales.

Pero no serán sólo almas de pecadores.

También habrá almas de pescadores evangélicos:

Las de aquellos que hayan faltado a su ministerio, contribuyendo a la pérdida de muchos espíritus.

Llegará el día, el último de la Tierra, el primero de la Jerusalén completada y eterna;

en que los ángeles, como los pescadores de la parábola, separen a los justos de los malvados;

para que, tras el decreto inexorable del Juez, los buenos pasen al Cielo y los malos al fuego eterno.

Entonces será manifestada la verdad acerca de los pescadores y los pescados.

Caerán las hipocresías y aparecerá el Pueblo de Dios como es;

con sus caudillos y los salvados por los caudillos.

Veremos entonces que muchos de entre los más insignificantes en su aspecto exterior.

O peor: tratados externamente, serán esplendor del Cielo.

Y que los pescadores calmos y pacientes, son los que más han hecho.

Y emitirán resplandor de gemas por el número de sus salvados.

La parábola queda así, dicha y explicada.  

Pedro mira a Andrés.

Lo mira, lo mira…

Luego mira a la Magdalena…

Y pregunta: 

–     ¿Y mi hermano?…

¡Oh! ¡Pero!… –   

Andrés dice con franqueza: 

–     No, Simón.

Respecto a ella no tengo mérito.

Lo ha hecho el Maestro solo.  

Felipe cuestiona: 

–     ¿Pero entonces los otros pescadores?…

¿Los de Satanás, cogen sólo los restos?

Jesús responde: 

–     Tratan de coger los mejores…

Los espíritus capaces de mayor prodigio de Gracia.

Y se sirven para ello de los propios hombres y de las tentaciones de éstos.

¡Hay muchos en el mundo que por un plato de lentejas renuncian a su primogenitura!  

Santiago de Alfeo dice:  

–     Maestro…

El otro día decías que muchos son los que se dejan seducir por cosas del mundo.

¿Serían también éstos de los que pescan para Satanás?

–     Sí, hermano mío.

En aquella parábola, el hombre se dejó seducir por el mucho dinero, que podía proporcionar mucho placer.

Y perdió así todos los derechos al Tesoro del Reino.

En verdad os digo que de cien hombres, sólo la tercera parte sabe resistir a la tentación del oro.

O a otras seducciones.

Y de esta tercera parte sólo la mitad sabe hacerlo heroicamente.

El mundo muere asfixiado, porque se carga voluntariamente de las ataduras del pecado.

Vale más estar despojado de todo, que tener riquezas irrisorias e ilusorias.

Sabed hacer como los joyeros sabios,

que, habiendo tenido noticia de que en un lugar ha sido pescada una perla rarísima;

no se preocupan de conservar en sus cofres muchas joyas modestas,

sino que se liberan de todo, para comprar aquella perla maravillosa.

Bartolomé cuestiona: 

–     ¿Pero entonces…?

¿Por qué Tú mismo estableces diferencias entre las misiones que das a las personas que te siguen?

¿Y dices que debemos considerar las misiones don de Dios?

Deberíamos renunciar también a ellas,

porque respecto al Reino de los Cielos, no son tampoco más que migajas. 

–     No migajas:

Son medios.

Serían migajas, o, más aún, sucias briznas de paja, si vinieran a ser objetivo humano en la vida.

Quienes se afanan para conseguir un puesto con miras a una ganancia human;

hacen de ese puesto, aunque sea santo, una brizna de paja sucia.

Mas si la misión es para vosotros obediente aceptación, gozoso deber, total holocausto;

haréis de ella una perla singularísima.

La misión, si se cumple sin reservas, es holocausto, martirio, gloria.

Chorrea lágrimas, sudor, sangre.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Pero forma una corona de eterna majestad real.

–     ¡No hay nada a lo que no sepas responder!

–     ¿Pero, me habéis entendido?

¿Comprendéis lo que digo con comparaciones sacadas de las cosas cotidianas;

iluminadas -eso sí- con una luz sobrenatural, que las hace ilustrativas de cosas eternas?

–     Sí, Maestro.

–     Acordaos entonces del método para instruir a las turbas.

Porque este es uno de los secretos de los escribas y rabíes: recordar.

En verdad os digo que cada uno de vosotros, instruido en la sabiduría de poseer el Reino de los Cielos;

es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro aquello que necesita su familia; 

usando cosas viejas y nuevas.

Pero todas con la única finalidad de procurar el bienestar a sus propios hijos.

Ya no llueve.

Dejemos tranquilas a las mujeres.

Vamos donde el anciano Tobías, que está para abrir sus ojos espirituales, en las auroras del más allá.

Paz a vosotras, mujeres.

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214 EL BUEN PASTOR


214 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús dice:

 Os desvelo estas páginas del pasado, para dar una norma a los apóstoles de los Últimos Tiempos que deben saberse plegar hacia estas leprosas del alma.

Y para brindar a estas infelices que se ahogan en su sepulcro de vicio, una Voz que quiere invitarlas a salir de él.

Dios es bueno. Con todos es bueno. No mide con medidas humanas.

No hace diferencias entre pecado y pecado mortal. 

El pecado, cualquiera que sea, lo entristece;

el arrepentimiento lo alegra y le dispone a conceder solícito el perdón.

La resistencia a la Gracia lo pone inexorablemente severo;

porque la Justicia no puede perdonar al impenitente;

que muere siéndolo a pesar de todas las ayudas que tuvo para convertirse.

Pero causa primera de las conversiones no maduradas, si no en la mitad de los casos al menos en cuatro décimos;

es la falta de dedicación de los que están designados, para esta misión de convertir;

por un mal entendido y falso celo, que no es sino cortina que cubre un real egoísmo y orgullo,

en virtud de lo cual se quedan tranquilos en su propio refugio…

Y no descienden al lodo para arrancar de él un corazón.

“Yo soy puro, digno de respeto. No voy a la porquería, ni a donde se me pueda faltar al respeto”.

Quien se expresa en estos términos ¿No ha leído la parte del Evangelio donde dice que el Hijo de Dios,

fue a convertir a publicanos y meretrices; además de a los justos que sólo estaban en el ámbito de la Ley antigua?

¿No piensa que el orgullo es impureza de mente y que la anticaridad es impureza del corazón?

¿Qué sufrirás humillación?

Yo la sufrí primero y más que tú. Y era el Hijo de Dios.

¿Qué tendrás que arrastrar tus vestiduras por la inmundicia?

¿Y no toqué Yo acaso con mis manos, esta inmundicia para ponerla en pie y decirle:

“Anda por este nuevo camino”?

¿No recordáis lo que dije a vuestros primeros predecesores?

“En cualquier ciudad o pueblo en que entréis informaos acerca de quién hay merecedor de vuestra presencia, y quedaos en su casa”.  

Esto lo dije para evitar la murmuración del mundo.

Del mundo que con demasiada facilidad ve el mal en todas las cosas.

Pero añadí: “Cuando entréis en las casas –“casas” dije, no “casa”- saludadlas diciendo: “Paz a esta casa”.

Si la casa es digna de recibirla, la paz descenderá sobre ella; si no, volverá a vosotros”. (Mateo 10, 13)

Esto lo dije para enseñaros que, a falta de prueba segura de impenitencia, debéis tener para con todos un mismo corazón.

Y completé la enseñanza diciendo:

“Y si alguno no os recibe y no escucha vuestras palabras, al salir de esas casas o ciudades,

sacudid el polvo que se os haya quedado pegado a las suelas”. (Mateo 10, 14)

Y la fornicación de los pecadores que queramos ayudar a salir del fango; para los buenos,

para aquellos a quienes la Bondad constantemente amada hace semejantes a un cubo de cristal liso,

no es sino polvo que basta sacudirlo o soplar, para que vuele sin dejar lesión.

Sed verdaderamente buenos.

Formad un bloque único con la Bondad eterna en el centro.

Y ningún género de corrupción podrá subir a mancharos más arriba de las suelas, que apoyan en la tierra.

¡Tan alta está el alma!…

El alma del bueno y del que forma por entero una cosa con Dios.

El alma está en el Cielo.

Allí no llega ni el polvo ni el fango, ni siquiera si lo lanzan con odio contra el espíritu del apóstol.

Puede afectar a vuestra carne, es decir, heriros material y moralmente, persiguiéndoos;

porque el Mal odia al Bien u ofendiéndoos.

¿Y qué? ¿No me ofendieron a Mí? ¿No fui herido?

Pero, ¿Aquellos golpes y aquellas palabras indecentes incidieron en mi espíritu?

¿Lo turbaron? No.

Resbalaron sin penetrar, como esputo en un espejo…

O piedra lanzada contra la jugosa pulpa de un fruto.

O penetraron sólo Superficialmente, sin herir el germen de la semilla que estaba encerrado en el hueso.

Es más, favoreciendo su germinación, porque es más fácil surgir de una masa hendida que no de una íntegra.

Muriendo, el trigo germina y el apóstol produce.

Muriendo a veces materialmente.

ALMAS VÍCTIMAS CRUCIFICADOS POR EL AMOR

Casi muriendo a diario, en sentido metafórico, porque el yo humano resulta sólo fragmentado.

Pues bien, no es muerte, sino Vida.

Triunfa el espíritu sobre la muerte de la humanidad.

Había venido a mí (María Magdalena) por simple capricho de la mujer ociosa;

que no sabe cómo llenar sus horas de ocio.

En sus oídos embotados de falsas lisonjas de quien con himnos a la carnalidad;

la mecía para tenerla esclavizada;

sonó la voz límpida y severa de la Verdad.

De la Verdad que no tiene miedo a burlas e incomprensiones y expresa sus palabras mirando a Dios.

Y cual coro de campanas tocando a fiesta, se fundiéron en la Palabra, las voces habituadas a cantar el cielo;  

en el azul libre del aire, propagándose por valles y colinas, llanuras y lagos;

para recordar las glorias y delicias del Señor.

¿Recordáis el doble festivo que en los tiempos de paz, tanto alegraba el día dedicado al Señor?

La campana mayor daba, con el badajo sonoro, el primer toque en nombre de la Ley divina.

Decía:

“Hablo en nombre de Dios, Juez y Rey”.

Y luego las campanas menores, con sus arpegios: “que es bueno, misericordioso y paciente”.

Para terminar luego la campana más argentina, con voz de ángel,

diciendo:

“Y su caridad mueve al perdón y a la compasión; para enseñarnos que el perdón es más útil que el rencor.

Y la compasión más que la implacabilidad.

Venid a aquel que perdona, tened fe en él, que es compasivo”.

También Yo, tras haber recordado la Ley, pisoteada por la pecadora;

he hecho cantar la esperanza del perdón.

Como sérica cinta de verde y azul, la he agitado entre las tonalidades negras;

para que ahí introdujera sus consoladoras palabras.

¡Oh, el perdón!

Es rocío para la quemazón que siente la persona culpable.

El rocío no es como el granizo que asaetea, golpea, rebota y se aleja, sin penetrar.

Y destruye la flor.

El rocío desciende tan levemente, que ni la más delicada flor lo siente posarse sobre sus pétalos de seda;

pero luego ésta bebe su frescor y se sacia.

El rocío se posa junto a las raíces, encima de la gleba abrasada.

Y penetra aún más…

Es una humedad de lágrimas, llanto de las estrellas, amoroso llanto de madres criando a sus hijos;

que tienen sed.

Y que desciende sobre ellos junto con la dulce y fecunda leche.

¡Oh, los misterios de los elementos que actúan incluso cuando el hombre descansa o peca!

El perdón es como este rocío.

Aporta no sólo limpieza, sino también savias vitales, extraídas no de los elementos;

sino de las moradas divinas.

Luego, tras la promesa de perdón, he aquí que habla la Sabiduría y dice lo que es lícito y lo que no lo es…

Y conmina y remueve, no por severidad sino por materna diligencia de salvar.

¡Cuántas veces vuestro sílex se hace aún más impenetrable y cortante;

para con la Caridad que se inclina hacia vosotros!

¡Cuántas veces huís mientras ella os habla!

¡Cuántas, os burláis de ella!

¡Cuántas, la odiáis!…

Si la Caridad usara con vosotros los modos que vosotros usáis con ella,

¿Qué sería de vuestras almas!…

Sin embargo, ya veis que la Caridad es la incansable Caminante que va en busca de vosotros;

quiere llegarse a vosotros, aunque os guarezcáis en asquerosas guaridas.

¿Por qué quise ir a aquella casa?

¿Por qué no obré en ella el milagro?

Para enseñar a los apóstoles a comportarse desafiando prejuicios y crítica…

Cuando se trata de cumplir un deber tan alto y que está lejos de estas cosuchas, del mundo.

¿Por qué le dije a Judas aquellas palabras?

“La murmuración en el original significa hablar lepra, las palabras también MATAN.”

Los apóstoles eran muy humanos.

Todos los cristianos son muy humanos;

incluso los santos de la tierra, aunque en grado menor.

Algo de humano persiste incluso en los perfectos.

Mas los apóstoles no eran todavía perfectos.

Lo humano estaba filtrado en sus pensamientos.

Yo los elevaba, pero el peso de su humanidad les hacía descender de nuevo.

Para que cada vez bajaran menos, tenía que meter en el camino de subida;

cosas que sirvieran para detener su descenso,

de manera que se parasen en éstas meditando y descansando;

para luego subir más arriba del límite anterior. 

Tenían que ser cosas de un tenor adecuado, para convencerlos de que Yo era Dios.

Por tanto: penetración de almas, victorias sobre los elementos, milagros, transfiguración, resurrección y ubicuidad.

Estuve contemporáneamente en el camino de Emaús y en el Cenáculo.

Las horas de las dos Presencias, cotejadas por los apóstoles y los discípulos;

fue una de las razones que más los estremeció;

los arrancó de sus lazos y los lanzó al camino de Cristo.

Más que por Judas -miembro que incubaba ya en sí la muerte- hablé para los otros once.

El hecho de ser Dios tenía necesariamente que hacérselo lucir ante sus ojos;

no por orgullo sino por necesidad suya de formación.

Era Dios y Maestro;

aquellas palabras lo manifiestan de Mí:

Revelo una facultad extrahumana y enseño una perfección:

no tener conversaciones malas ni siquiera con nuestro interior.

Porque Dios ve.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite… Y POR ESO SON TAN CRUELES

Y debe ver puro el interior, para poder descender a él y morar en él.

¿Por qué no obré el milagro en aquella casa?

Para que todos entendieran que la Presencia de Dios exige un ambiente puro.

Por respeto a su excelsa majestad.

Para hablar, no con palabras pronunciadas con la boca, sino con una palabra aún más profunda;

al espíritu de la pecadora y decirle:

“¿Lo ves, desdichada?

Estás tan sucia, que todo lo que te rodea se vuelve sucio.

 Tan sucio, que en torno a ti, Dios no puede actuar.

Tú más sucia que éste.

En efecto, repites la culpa de Eva y ofreces el fruto a Adán, tentándolo y alejándolo del Deber.

Eres ministra de Satanás”.

Pero, ¿Por qué no quise que la llamara “Satanás” la angustiada madre?

Porque ninguna razón justifica el insulto ni el odio.

Lo primero que se necesita para tener a Dios con nosotros, la primera condición:

Es no tener rencor y saber perdonar.

Lo segundo que se necesita es saber reconocer la propia culpabilidad…

O de quien es nuestro.

No ver sólo las culpas de los demás.

La tercera cosa necesaria es saber conservarnos, por justicia hacia el Eterno, agradecidos y fieles;

después de haber recibido una gracia.

Quienes, tras haber recibido una gracia, son peores que los perros y no se acuerdan de su Benefactor 

mientras que el animal sí se acuerda, son unos desdichados.

No dije ni una palabra a la Magdalena.

La miré un instante como si se tratase de una estatua;

luego la dejé.

Volví a los “vivos” que quería salvar.

A ella, materia muerta como un mármol esculpido y más aún.

La circundé de indiferencia aparente.

En realidad, no dije una palabra, no hice nada, que no tuviera como principal objetivo esa pobre alma suya que quería redimir  .

La última palabra dicha a Pedro:

“Yo no insulto, no insultes tú; limítate a orar por los pecadores”,

Como guirnalda de flores que se completa, se fundió con la primera, la que dije en el monte:

“El perdón es más útil que el rencor; ser compasivos, más que ser implacables”.

Las dos frases envolvieron a la pobre infeliz en un círculo aterciopelado, fresco, perfumado, de bondad.

Y le hicieron sentir cuán distinto de la feroz esclavitud de Satanás es el amoroso servicio a Dios.

Y lo suave que es el perfume celeste respecto al hedor de la culpa,.

Y cuánto sosiega sentirse uno amado santamente, respecto a ser poseído satánicamente.

Observad cómo el deseo del Señor es comedido.

No exige conversiones fulminantes.

No pretende de un corazón lo absoluto.

Sabe esperar.

Sabe conformarse: se conformó con lo que le pudo dar la turbada madre;

mientras esperaba a que la extraviada encontrara de nuevo el camino, la loca la razón.

No le pregunté sino: “¿Eres capaz de perdonar?”.

¡Cuántas otras cosas habría podido pedirle para hacerla digna del milagro, si hubiera juzgado con patrón humano!

Pero Yo mido divinamente vuestras fuerzas.

Para aquella pobre madre exasperada, ya era mucho el que fuera capaz de perdonar.

En aquella hora sólo le pedí eso.

Después, cuando le restituí a su hijo, le dije:

“Sé santa y santifica tu casa”.

Pero, en medio del espasmo estremecedor; no le pedí sino el perdón para la culpable.

No se debe exigir todo de quien poco antes ha estado en la nada de las Tinieblas.

Aquella madre luego iba a salir a la Luz total.

Y con ella la esposa y los hijos.

Pero en ese momento, lo que hacía falta era portar a sus ojos ciegos de llanto, el primer crepúsculo de la Luz:

el perdón, alba del día de Dios.

De los presentes, uno sólo, no cuento a Judas, me refiero a los de la ciudad que estaban presentes en ese lugar.

No me refiero a mis discípulos; uno solo, el culpable, no iba a alcanzar la Luz.

Estas derrotas van unidas a las victorias del apostolado.

Siempre hay alguno por quien el apóstol se esfuerza en vano.

Pero no se debe perder el vigor por estas derrotas.

El apóstol no debe pretender conseguir todo.

Contra él se levantan las fuerzas adversas de muchos nombres;

las cuales, como tentáculos de pulpos gigantes, atrapan otra vez a la misma víctima, que el apóstol les había arrebatado.

De todas formas el mérito del apóstol permanece.

¡Pobre apóstol el que dice:

“No voy a ese lugar porque sé que no voy a poder convertir”!

Es un apóstol de muy escaso valor.

Es necesario ir a ese lugar, aunque se vaya a salvar sólo uno de mil.

Su jornada apostólica será fructuosa tanto por ese uno, como por mil;

porque él ha  hecho todo lo que podía hacer,

Y Dios premia eso.

Además, se debe pensar que puede intervenir Dios en los casos en que el apóstol no puede convertir

Porque la persona esté demasiado en las zarpas de Satanás y las fuerzas del apóstol sean inferiores,

a las que se necesitan.

¿Y si es así?… ¿Quién superior a Dios?

Otra cosa que el apóstol debe necesariamente practicar es el amor.

Amor visible, no sólo el secreto amor del corazón de los hermanos.

Sería suficiente para los hermanos buenos.

Pero el apóstol es un obrero de Dios y no debe limitarse a orar, debe actuar.

Actúe con amor, con amor grande.

El rigor paraliza el trabajo del apóstol y el movimiento de las almas hacia la Luz.

No rigor, sino amor.

El amor es esa vestidura de amianto que le hace a uno inalterable, frente a la mordedura de las llamaradas de las malas pasiones.

El amor es saturación de esencias que os preservan de que la podredumbre humano-satánica pueda entrar en vosotros.

Para conquistar a un alma es necesario saber amar.

Para conquistar a un alma es necesario conducirla a que ame,

a que ame el Bien y repudie sus pobres amores pecaminosos.

Yo quería el alma de María.

Igual que para ti pequeño Juan, no me limité a hablar desde mi cátedra de Maestro.

Bajé a buscarla en los caminos del pecado.

La seguí, la perseguí con mi amor. ¡Oh, dulce perseguir!

Yo-Pureza entré donde estaba ella impureza.

No temí el escándalo ni en Mí, ni en los demás.

El escándalo en Mí no podía entrar, porque Yo era la Misericordia.

Y ésta llora por las culpas, pero no se escandaliza de ellas.

¡Desventurado aquel pastor que se escandalice;

y tras esta barrera, se atrinchere para abandonar a un alma!

¿No sabéis que las almas resurgen más fácilmente que los cuerpos…

Y que la palabra piadosa y amorosa que dice:

“Hermana, por tu bien, ¡Levántate!” obra a menudo el milagro?

Tampoco temía el escándalo en los demás.

Ante la mirada de Dios lo que hacía estaba justificado;

la mirada de los buenos lo comprendía;

la mirada maligna, donde fermenta la malicia, que emana de entrañas corrompidas,

no tiene valor;

encuentra culpas hasta en Dios; sólo ve la perfección dentro de sí.

Por eso no hacía caso de ella.

Las tres fases de la salvación de un alma son:

Ser integrísimos para poder hablar sin temor a que nos hagan callarnos.

Hablar a toda una multitud, de forma que nuestra apostólica palabra, dirigida a las turbas que se aglomeran en torno a la mística barca,

vaya, en círculos de ola, cada vez más lejos, hasta la orilla cenagosa donde están echados los que viven inertes sobre el barro;

sin preocuparse de conocer la Verdad.

Éste es el primer trabajo para romper la costra del duro terruño y prepararlo para la semilla.

Es el trabajo más severo, tanto para quien lo hace como para quien lo recibe;

porque la palabra debe, cual penetrante reja de arado, herir para abrir.

En verdad os digo que el corazón del apóstol bueno se hiere y sangra, por el dolor que le supone tener que herir para abrir;

mas también este dolor es fecundo.

Con la sangre y el llanto del apóstol se hace fértil el terruño agreste.

Segunda cualidad: trabajar incluso donde otro, menos conquistado por su misión, huiría.

Quebrantarse en el esfuerzo de arrancar cizaña, esteba y espinas;

para poner al desnudo el terreno arado y que resplandezca sobre él, como sol:

el poder de Dios y su bondad.

Al mismo tiempo, con maneras de juez y de médico, ser severo…

Y no obstante, compasivo.

Firme en un período de espera para dar tiempo a las almas de superar la crisis, meditar y decidir. 

Tercer punto:

En el momento en que el alma que en el silencio se ha arrepentido;

llorando y pensando en sus errores, se atreve a venir tímidamente, con miedo a ser rechazada;

hacia el apóstol,

El apóstol ha de tener un corazón más grande que el mar, más dulce que un corazón de madre,

más enamorado que un corazón de esposo.

Y ha de abrirlo de par en par para que broten de él olas de ternura.

Si tenéis a Dios en vosotros -Dios que es Caridad-, encontraréis fácilmente las palabras de caridad para las almas.

Dios hablará en vosotros y por vosotros…

Y el amor llegará, cual miel que rezuma de un panal, para alivio de los labios ardientes y nauseados;

cual bálsamo que fluye de una ampolla, para medicina de los espíritus heridos.

Doctores de las almas, haced que los pecadores os amen;

haced que gusten el sabor de la caridad celeste y lo ansíen tanto que no busquen ya ningún otro alimento.

Haced que sientan en vuestra dulzura un alivio tan grande que lo busquen para todas sus heridas.

Es necesario que vuestra caridad aleje de ellos todo temor;

porque, como dice la epístola (I Juan 4, 18)

“El temor supone el castigo, el que teme no es perfecto en la caridad”.

Pero tampoco es perfecto en la caridad el que produce el temor.

No digáis: “¿Qué has hecho?”.

No digáis: “Vete”.

No digáis: “Tú no puedes degustar el amor bueno”.

Antes al contrario decid, decid en mi Nombre: “Ama y yo te perdono”;

Decid: “Ven, Jesús te abre los brazos”;

Decid: “Gusta este Pan angélico y esta Palabra y olvida la pez de infierno y las burlas de Satanás”.

Haceos acémilas para llevar las debilidades de los demás.

El apóstol debe llevar las suyas y las de los demás, junto con sus cruces y las de los demás.

Y, mientras venís a Mí, cargados con estas ovejas heridas;

tranquilizad a estas ovejas errantes, decid: “Todo está olvidado en este momento”;

Decid: “No tengas miedo del Salvador, que ha venido del Cielo por ti, exactamente por ti;

yo sólo soy el puente para llevarte a Él, que te está esperando, al otro lado del arroyo de la absolución penitencial,

para conducirte a sus pastos santos, cuyos comienzos están aquí, en la tierra;

pero que luego prosiguen, con Belleza eterna que alimenta y embelesa, en los Cielos”.

Éste es el comentario.

A vosotras, ovejas fieles al Pastor Bueno, poco os toca.

Pero si para ti pequeña esposa, significará un aumento de confianza;

para el Padre será aún más luz en su luz de juez.

Y para muchos actuará, no como un aguijón para ir al Bien, sino como el rocío de que he hablado,

que penetra y nutre y da nuevo vigor a las flores lacias.

Levantad la cabeza.

El Cielo está arriba.

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201 PARÁBOLA DEL HIJO DEFORME


201  IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Los olivos, ante un vientecillo ligero, bambolean entre el verdeplata de sus ramas, sus ovales gotas de jade colgadas del sutil pecíolo.

Los solemnes nogales mantienen, duros y erguidos en su pedúnculo sus frutos y los van engrosando bajo la felpa del ruezno.

Los almendros están terminando de madurarlos, bajo el involucro que ya frunce su terciopelo y cambia de color.

Las vides abultan sus uvas; ya alguno que otro racimo, en posición favorablemente orientada;

anuncia tímidamente el topacio transparente y el futuro rubí del  grano maduro.

Las cácteas de la llanura o de las primeras pendientes, exultan por los adornos cada día que pasa más vivos;

de los óvalos de coral que un decorador alegre ha posado caprichosamente, en lo alto de las carnosas palas, que parecen manos,

muchas manos, dentro de fundas espinosas, que elevan al cielo los frutos que ellas mismas han nutrido y madurado.

Palmeras aisladas y tupidos algarrobos, recuerdan bastante a la cercana África:

Las primeras suenan las castañuelas de sus hojas duras, dispuestas en forma de peine curvo;

los otros se han vestido de esmalte verde oscuro.

Y están engallados, señoriales con ese vestido suyo tan hermoso.

Cabras bermejas y negras, altas, gráciles, de largos cuernos retorcidos y ojos  dulces y penetrantes, comen las cactáceas.

Asaltan las carnosas pitas: 

esos enormes pinceles de hojas duras y espesas que, semejantes a alcachofas abiertas;

desde el centro de su corazón, extraen poderosos el candelabro de siete brazos, digno de una catedral;

de su tallo gigante, en cuyo ápice flamea su flor amarilla y roja, de delicado perfume.

Los apóstoles preguntan:

—    ¿De Yabnia vamos a ir a Ecrón? 

Mientras van a través de unos feracísimos campos en que el trigo duerme su último sueño bajo el fuerte sol que lo ha madurado.

Extendido en gavillas por los campos segados y tristes, inmensos lechos de muerte; ahora que ya no están vestidos de espigas.

Sino poblados de despojos a la espera de ser transportados a otro lugar.

Mas, si los campos están desnudos, los manzanos se visten de fiesta, con sus frutos que se dan prisa en madurar…

Que pasan del verde duro del fruto aún demasiado joven al tierno, amarillento, rosado brillante como cera, del fruto que ya madura.

Y la piel elástica de los higos se rompe.

Y abren éstos su cofre, su dulcísimo cofre de fruto-flor.

Y muestran, tras la fisura verdeblanca o morada y blanca;

la gelatina transparente, salpicada de granitos más oscuros que la pulpa.

África y Europa se dan la mano vistiendo la tierra de bellezas vegetales.

En cuanto el grupo apostólico deja la llanura para tomar el sendero que trepa por una colina literalmente cubierta de viñedos.

Por esta pendiente rocosa que mira al mar.

Pendiente  calcárea, en la cual la uva es verdaderamente preciosa, por la mutación de su jugo en almíbar

El maravilloso mar de Juan, creado por Dios, deja ver su desmesurado manto de seda crespa y azul.

Y habla de lejanías, de infinito, de poder;

cantando con el cielo y el Sol: el trío de las glorias creadoras.

Y la llanura toda se abre, con toda su ondulada belleza de tímidas elevaciones de pocos metros,

que se alterna con zonas llanas y dunas de oro, hasta las ciudades y pueblos de la orilla del mar,

blancos en el marco azul.

Juan está extasiado…

Y susurra: 

–     ¡Qué hermosura!

¡Qué hermosura!  

Pedro dice: 

–    ¡Mi Señor!…

Este muchacho vive de azul; deberás destinarlo a ello.

¡Es como si viera a su amada cuando ve el mar! –

Como Pedro no ve mucha diferencia entre agua marina y lacustre; ríe con bondad.

Jesús responde: 

eL Apocalipsis de Patmos

–    Ya está destinado, Simón.

Todos tenéis ya vuestro destino.

–    ¡Pues qué bien!

Y a mí a dónde me vas a mandar?

–     ¡Ah, tú…!.

–     ¡Anda, dímelo!

–     A un lugar más grande que tu ciudad y la mía.

Y Magdala y Tiberíades juntas».

–     Pues me voy a perder.

–     No temas.

Parecerás una hormiga en un esqueleto de grandes dimensiones.

Pero, yendo y viniendo incansable, resucitarás a ese esqueleto.

–     No entiendo nada…

Martirio de san Pedro en la colina del Vaticano, capital del imperio romano.

Sé más explícito.

–     ¡Ya entenderás, ya entenderás!…

Y Jesús sonríe.  

Y todos lo asaltan preguntando lo mismo:

–     ¿Y yo?

–    ¿Y yo?

Todos quieren saber.

Están en la orilla guijarrosa de un torrente, que lleva todavía mucha agua en su centro.

Jesús se agacha y coge del suelo un puñado de grava muy fina;

la tira hacia arriba y cae diseminándose en todas las direcciones.

Dice:

–     Esto es lo que pienso hacer.

Mirad, sólo una piedrecita ha terminado entre mi pelo.

Pues bien, vosotros seréis diseminados así.

Santiago de Alfeo dice: 

–     Y Tú hermano, representas Palestina, ¿Verdad?

Y vuelve a preguntar: 

–     Quisiera saber quién será el que se quede en Palestina.

–     Ten esta piedrecita.

Martirio de Santiago el obispo de Jerusalén

Como recuerdo.

Y Jesús le da a su primo Santiago, el granito de grava que se le había quedado enredado entre sus cabellos.

Y sonríe. 

Pedro dice: 

–     ¡¿No podrías dejarme a mí en Palestina?

Yo soy el más indicado, porque soy el menos cultivado.

Y, en nuestra casa, más o menos me arreglo, ¡Pero fuera…! 

–     Pues al contrario.

Tú eres el menos indicado para quedarte aquí.

‘Tenéis un prejuicio contra el resto del mundo.

Creéis que es más fácil evangelizar en país de fieles que de idólatras y gentiles.

Y sin embargo, la realidad es exactamente la contraria.

Meditad en lo que nos ofrecen las clases altas de la verdadera Palestina.

Y aunque menos, también el pueblo común.

Pensad luego que aquí, lugar de odio al nombre “Palestina” y de desconocimiento del nombre “Dios” en su verdadera expresión.

Hemos sido acogidos al menos no peor que en Judea, Galilea o la Decápolis.

Reflexionad en esto y veréis como caen vuestros prejuicios.

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Comprenderéis que es exacto esto que digo.

O sea, que es más fácil convencer a los que ignoran al Dios verdadero, que no a los del pueblo de Dios. 

Sutilmente idólatras; culpables, que orgullosamente se creen perfectos y que quieren seguir siendo como son.

¡Cuántas gemas, cuántas perlas ve mi mirada donde vosotros no veis sino tierra y mar!

La tierra de las multitudes que no son Palestina.

El mar de la Humanidad que no es Palestina: como mar,

no espera sino recibir a los buscadores de perlas, para  ofrecérselas;

como tierra, que escarben en ella, para dejarse arrebatar las gemas.

En todas partes hay tesoros, pero hay que buscarlos.

Todo terruño puede esconder un tesoro y dar alimento a una semilla.

Como también toda profundidad puede celar una perla.

¿O es que pretendéis que el mar revuelva su fondo con terribles borrascas, para arrancar de los placeles las  madreperlas

¿Y abrirlas con las embestidas de sus embravecidas olas, para ofrecerlas luego en la playa a los perezosos que no  quieren esforzarse.?  

O ¿A los pusilánimes que no quieren correr peligros?

¿Pretendéis acaso, que la tierra, sin semilla alguna, haga  crecer un árbol de un grano de arena para daros frutos?

No, amigos míos.

Es necesario esforzarse, trabajar, tener coraje.

Sobre  todo, huelgan los prejuicios.

Sé que desaprobáis quién más, quién menos, este viaje por tierras de filisteos.

Ni siquiera las glorias que estas tierras rememoran.

Las glorias de Israel que narran estos campos, fecundados con la sangre hebrea derramada para hacerlo grande.

O las ciudades arrebatadas una a una, de las manos de sus detentadores, para coronar a Judá y constituir una nación poderosa.

Ni siquiera ello basta, para despertar vuestra estima por este peregrinaje..

Ni siquiera es suficiente la idea de preparar el terreno, para recibir el Evangelio.

Y la esperanza de salvar espíritus.

No incluyo esta última entre las razones que someto a vuestra  consideración, para que veáis la justicia de este viaje.

Sería un pensamiento, hoy por hoy, demasiado alto para vosotros.

Si bien llegará el día en que lo comprendáis.

En aquel momento diréis:

“Creíamos que era un capricho, una pretensión, poco amor del Maestro para con nosotros,

el hacernos ir tan lejos por un camino largo y penoso.

Arriesgando pasar momentos muy desagradables.

Sin embargo, era amor, previsión; era allanarnos el camino, para ahora que ya no lo tenemos.

Y que nos sentimos  más desorientados; porque cuando estaba Él éramos como sarmientos que crecíamos en todas las direcciones;

pero sabiendo que la cepa nos nutría y que teníamos al lado, el palo robusto que nos podía sujetar.

Mientras que ahora somos sarmientos que deben crear por sí mismos una pérgola;

nutriéndose, sí, de la cepa de la vid, pero sin el madero en que apoyarse”.

Esto es lo que diréis.

Y entonces me lo agradeceréis.

Y, además…

¿Es que, acaso, no es hermoso ir dejando a nuestro paso destellos de luz en tierras envueltas en tinieblas?

¿Notas sonoras en corazones mudos, corolas celestiales en almas yermas como desiertos?

¿Perfumes de verdad para anular el hedor de la Mentira, sirviendo y dando gloria a Dios.

Y además hacerlo juntos así, Yo y vosotros.

Vosotros y Yo, el Maestro y los apóstoles, formando todos un solo corazón, un solo deseo, una sola voluntad?

¡Oh, que la esperanza, el deseo y el hambre de Dios consisten en querer que sea conocido y amado!

¡En querer reunir a todas las gentes bajo su dosel y que estén todos donde Él está!

¡Y son la misma esperanza, deseo y hambre de los espíritus;

los cuales no son de razas distintas sino de una sola: la creada por Dios!

Siendo todos hijos de Uno solo, tienen los mismos deseos, esperanzas, hambre, del Cielo, de la Verdad, del Amor real…

Se diría que siglos de error han cambiado el instinto de los espíritus, pero no es así.

El error envuelve a las mentes, porque éstas están fundidas con la carne

y se resienten del veneno inoculado por Satanás en el animal hombre.

De la misma forma, el error puede envolver también al corazón; pues como aquéllas, está injertado en la carne y se resiente de su veneno.

Una triple concupiscencia roe respectivamente la carne, el sentimiento y el pensamiento.

Mas el espíritu no está injertado en la carne.

Podrá sufrir un aturdimiento a causa de los golpes que le lanzan Satanás y la concupiscencia.

Podrá quedar casi ciego a causa de los baluartes carnales y de las salpicaduras de la sangre hirviente del animal-hombre en que ha sido infundido.

Sí, pero no cambiará su aspiración al Cielo, a Dios. No puede cambiar.

¿Veis el agua pura de este torrente?:

Ha descendido del cielo y al cielo tornará por evaporación de las aguas bajo el efecto del viento y el sol.

Baja y vuelve a subir.

El elemento no se consume sino que torna a los orígenes.

El espíritu torna a los orígenes.

Esta agua que corre entre las piedras si pudiera hablar, os diría que aspira a volver arriba, para que impulsada por el viento;

blanda, blanca, o rosada a la aurora, cobre encendido al ocaso, violeta como una flor en los crepúsculos ya estrellados,

surcar los hermosos campos del firmamento.

Os diría que querría ser tamiz para las estrellas que se asoman por los claros de los  cirros, para que recordasen a los hombres el Cielo.

O hacer de velo a la Luna para que no vea las fealdades nocturnas…

Sí, os diría que aspira a volver arriba, antes que estar aquí, encerrada entre los bordes de las orillas.

Amenazada de convertirse en barro, obligada a saber de los connubios de culebras y ranas;

cuando lo que desea vehementemente es la libertad solitaria de la atmósfera.

Lo mismo los espíritus.

Si tuvieran el valor de hablar, dirían todos lo mismo:

Si no miras a Dios, si no escuchas y no hablas de Dios, te secas y te mueres. ¡Vive para Dios!

“¡Dadnos a Dios! ¡Dadnos la Verdad!”.

Pero no lo dicen porque saben que el hombre no advierte, no comprende o ridiculiza esta súplica de los “grandes mendigos”

de los espíritus que con tremenda hambre – hambre de Verdad – buscan a Dios.

Estas gentes idólatras, estos romanos, estos ateos, estos desdichados que nos vamos encontrando en nuestro camino…

Y que siempre encontraréis, éstos que tienen denigrados sus deseos de Dios, por política, por egoísmo familiar,

o por herejía que radica en un corazón corrompido y prolifera en las naciones, éstos tienen hambre.

¡Tienen hambre! Y Yo, piedad de ellos.

¿Podría no sentir piedad Yo, que soy el que soy?

Si doy el alimento necesario por piedad, al hombre y al gorrión,

¿No habría de tener piedad con los espíritus a los que se han puesto obstáculos para ser del verdadero Dios?

Y que extienden sus brazos gritando:

“¡Tenemos hambre!’?

Muero interiormente y no sé por qué… ¡Tengo hambre de Dios!

¿Creéis que son malos, salvajes, incapaces de llegar a amar la religión de Dios y a Dios mismo?

Pues estáis en un error.

Son espíritus que esperan amor y luz.

Esta mañana nos ha despertado el balido agresivo del macho cabrío, que quería alejar a ese perro grande que ha venido a olfatearme.

Os habéis echado a reír al ver que orientaba sus cuernos amenazador hacia el perro,

tras haber roto la delgada cuerda con que estaba atado al árbol bajo el que dormíamos,

habiéndose puesto de un salto entre el perro y Yo,

sin pensar que en la desigual lucha por defenderme a mí, el maloso le habría podido atacar y lo habría degollado.

Pues lo mismo estos pueblos, que veis como machos cabríos salvajes…

Sabrán defender la fe de Cristo, una vez que hayan conocido que Cristo es Amor que los invita a seguirlo.

Sí, los invita.

Y vosotros debéis ayudarles a venir.

Escuchad una parábola.

Un hombre se casó y tuvo muchos hijos de su mujer.

Pero, uno de éstos nació con deformidades físicas.

Parecía además, de raza distinta.

El hombre lo consideró un deshonor y no lo amó, a pesar de que la criatura fuera inocente.

El niño creció desatendido, apartado con los últimos siervos ya que en efecto, se le juzgaba inferior a sus hermanos.

No tenía madre – pues había muerto al darle a luz – que pudiera moderar la dureza del padre.

O impedir la burla de sus hermanos.

O corregir las ideas equivocadas que nacían en la mente salvaje del niño:

Que una pequeña fiera mal soportada en la casa de los otros hijos bien queridos.

El niño, así se hizo hombre.

Entonces su razón, que aunque se hubiera desarrollado con retardo, había llegado a la madurez;

comprendió que no era ser hijo, vivir en las cuadras, recibir un mendrugo de pan y un andrajo.

Y nunca un beso, un palabra, una invitación a entrar en la casa paterna… Y sufría.

Sufría, lamentándose en su cuchitril: “¡Padre! ¡Padre!”.

Mordía su pan, pero continuaba la gran hambre de su corazón.

Se cubría con sus andrajos, pero seguía el gran frío de su corazón.

Tenía como amigos a los animales y a algunas personas compasivas del pueblo.

Pero su corazón estaba solo.

“¡Padre! ¡Padre!”… Lo oían gemir siempre así como fuera de sí; los siervos, los propios hermanos, sus paisanos.

Y lo llamaban “el loco”.

Por fin, un día uno de los siervos tuvo el coraje de ir a verlo.

Estaba casi convertido en una fiera y le dijo:

“¿Por qué no te arrojas a los pies de tu padre?”.

“Lo haría. Pero no me atrevo…”.

“¿Por qué no vienes a la casa?”

“Tengo miedo.”

“Pero, ¿Desearías hacerlo?”

“¡Sí, ciertamente! Es de esto de lo que tengo hambre.

Ésta es la causa del frío que paso, por eso me siento solo como en un desierto. 

Pero no sé cómo se vive en la casa de mi padre”.

Entonces el siervo bueno se puso a instruirle, a hacer que tuviera mejor aspecto…

A quitarle el terror a que su padre le tuviera aversión, diciéndole:

“Tu padre te querría a su lado, pero no sabe si tú lo quieres, porque siempre lo evitas…

Quita a tu padre el remordimiento de haber actuado demasiadoseveramente.

Y su dolor de verte errante

Ven. Tus hermanos tampoco tienen ya intención de burlarse de ti, porque les he referido tu dolor”.

Y así el pobre hijo, una tarde, guiado por el siervo bueno, fue a la puerta paterna…

Y gritó: “¡Padre, yo te quiero! ¡Déjame entrar!…”.

El padre que viejo y triste, pensaba en su pasado y en su futuro eterno, sintió un sobresalto cuando oyó esa voz.

Y dijo: “¡Oh, mi dolor se aplaca al fin, porque en la voz de mi hijo deforme, he oído la mía!

¡Y su amor prueba que es sangre de mi sangre y carne de mi carne!

Entre, pues, a ocupar su lugar junto a sus hermanos.

¡Bendito sea el siervo bueno que ha hecho posible que mi familia se completase, integrando al hijo repudiado con todos mis otros hijos!”.

Ésta es la parábola.

Ahora bien, al aplicarla debéis pensar que el Padre de los deformes espirituales:

Que son los cismáticos, los herejes, los separados, los pecadores voluntarios e impenitentes…

Dios, se ha visto obligado a la severidad por las deformidades voluntarias que ellos mismos han querido.

Pero su amor jamás ha abdicado.

Los espera. Llevadlos a él. Es vuestro deber.

Os he enseñado a decir: “Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro”.

Pero, ¿Sabéis qué significa “nuestro”?

No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce.

No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres.

He puesto en vuestros labios la Oración por TODOS.

Por todos los hombres:

Los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no lo conocen;

los que aman a Dios y a su Cristo.

2 Timoteo 3 – 5 Una religión sin vida…

Y los que no lo aman o lo aman mal.

Éste es vuestro ministerio.

Vosotros que conocéis a Dios, a su Cristo y los amáis, debéis orar por todos.

Os he dicho que mi Oración es universal, durará cuanto dure la tierra.

Pues bien, vosotros debéis orar universalmente…

Uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos, de la Iglesia de Jesús

a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas.

Y tenéis que insistir, porque sois hermanos.

Vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia…

Hasta que se les conceda, como a vosotros, el “Pan” verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas.

No en otras, donde está mezclado con alimentos impuros.

Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos “deformes”:

“Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito.

¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia”.

Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud, en todas vuestras intenciones.

¿Habéis comprendido?

Ahí se ve Yabnia. 

En una ocasión pasó por este lugar el Arca para ir a Ecrón, pero esta ciudad no pudo custodiarla y la envió a Betsemes.

El Arca vuelve a Ecrón.

Juan, ven conmigo.

Vosotros quedaos en Yabnia.

Sabed reflexionar y hablar.

La paz esté con vosotros.

Y Jesús se marcha con Juan y con el macho cabrío.

El cual, balando, le sigue como un perro.  

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197 UN PACTO SELLADO


197 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está parado en la plaza principal de la ciudad de Ascalón y ha despedido a los apóstoles en grupos de cuatro, para que misionen en el puerto filisteo.  

Él los mira mientras los apóstoles se alejan.

Con Él se ha quedado sólo Judas de Keriot, que ha declarado que a éstos no les va a decir nada, porque son peores que los paganos.

Pero, cuando oye que Jesús va a ir aquí o allá…

Y no va a hablar, entonces cambia de idea, 

y dice:

–     ¿Te molesta si te dejo solo?

Querría ir con Mateo, Santiago y Andrés…

Son los menos dotados…  

Jesús responde:

–     Ve, ve. Adiós.

Jesús, solo, va por la ciudad, sin rumbo fijo; a lo largo y a lo ancho, anónimo entre la atareada gente…

Ni siquiera se fijan en El

Salvo dos o tres niños que levantan curiosos, la cabeza,…

Y una mujer provocadoramente vestida, que viene resueltamente hacia Él con una sonrisa llena de insinuaciones… 

Pero Jesús la mira tan severamente, que ella se ruboriza violentamente;

 roja como la púrpura; baja los ojos y cambia de dirección. 

Llegando a la esquina se vuelve…

Pero uno del lugar que ha observado la escena, la hiere con una observación mordaz y burlona por su derrota.

Entonces ella se envuelve en su manto y huye.  

Los niños lo miran curiosos y lo rodean.

Lo miran, sonríen ante su sonrisa.

El que es más audaz, un chicuelo como de ocho años; 

le pregunta:

–            ¿Quién eres?

Jesús acariciándolo,

le responde:

–     Jesús.

–     ¿Qué haces?

–     Estoy esperando a unos amigos.

–     ¿De Ascalón?

–     No, de mi tierra y de Judea.

–     ¿Eres rico?

Yo sí. Mi padre tiene una casa bonita. Adentro trabaja alfombras.

Ven a ver. Está aquí cerca.

Y Jesús va con el niño. 

Entran en un largo atrio que se conecta con una calle cubierta.

En el fondo resplandece, avivado por la penumbra del atrio, un retazo de mar todo encendido por el sol.

Encuentran a una niña demacrada que llora de miedo.  

El niño explica: 

–     Es Dina.

Es pobre, ¿Sabes? Mi madre le da comida.

Su madre está muy enferma y ya no está en condiciones de ganar dinero.

Su padre murió en el mar, era un marinero nuestro.  

Fue una tormenta, mientras iba de Gaza al puerto del Gran Río a llevar y recoger mercancías.

Como la mercancía era de mi padre y el padre de Dina era uno de nuestros marineros, mi madre se ocupa ahora de ellos.

Muchos se han quedado sin padre así… ¿Tú que opinas?

Debe ser duro ser huérfano y pobre.

Ahí está mi casa. No digas que estaba en la calle, porque tenía que estar en la escuela.

Pero es que me han echado porque hacía reír a los compañeros con esto… 

Y saca de debajo del vestido, un muñeco tallado en una delgada tablita de madera, realmente muy cómico, 

Es la caricatura de un hombre con barba y una nariz descomunales.

Por los labios de Jesús se asoma una sonrisa que reprime rápidamente,

diciendo serio:

–   ¿No será el maestro verdad?

¿Ni ningún familiar? ¡No está bien!

El chiquillo responde:

–   No.

Es el sinagogo de los judíos.

Es viejo y feo. Y siempre nos burlamos de él.

–    Eso tampoco está bien.

Fíjate que es mucho mayor que tú y…

–   ¡Oh!….

Es un vejete medio jorobado y casi ciego.

Pero, ¡Es tan feo!… Yo no tengo la culpa de que sea feo.

–     No.

Pero tienes la culpa de burlarte de un anciano.

También tú cuando seas viejo serás feo.

Porque caminarás enclinado, tendrás pocos cabellos, estarás medio ciego y caminarás con bastones.

Tendrás una cara semejante…

¿Te gustaría que se burlaran de ti, muchachos sin respeto?

Y luego, ¿Por qué perturbas al maestro y a tus compañeros?

¡No está bien!

Si tu padre lo supiese te castigaría.

Tu madre se apenaría.

Yo no les voy a decir nada, pero tú me das inmediatamente dos cosas:

La promesa de no volver a cometer estas faltas y el muñeco.

¿Quién lo ha hecho?

-Yo, Señor… – dice el niño muy avergonzado.

Pues está plenamente consciente ya, de la gravedad de sus… fechorías…

Y añade:

«    ¡Me gusta mucho trabajar la madera!

Algunas veces logro reproducir las flores y los animales de las alfombras.

¡Fíjate… también los dragones, las esfinges… y otras figuras más!

–     Esos animales sí los puedes hacer. r.

Hay tantas cosas bellas en la tierra.

Así pues, promete y dame ese muñeco.

Si no, ya no somos amigos.

Lo guardaré como recuerdo tuyo y rogaré por ti.

¿Cómo te llamas?

–    Alexandro.

¿Y Tú que me das?

Jesús se preocupa.

Casi nunca tiene nada.

Se acuerda de que Salomé le puso una hebilla muy bonita en el cuello de su vestido.

Busca en su alforja, la encuentra, la quita.

Se la da al niño y le dice:

–    Ahora vámonos.

Pero ten en cuenta que aunque Yo me vaya; de todos modos Yo sé todo.

Y si sé que eres malo, regresaré y le diré todo a tu mamá.

El pacto queda hecho.

Entran en la casa.

Al otro lado del vestíbulo hay un espacioso patio, limitado en tres de sus lados por unas naves en que están los telares.

La criada que ha abierto, al ver al niño con un desconocido, se queda sorprendida…

Y va a avisar a la señora.

Y ésta, una mujer alta y de dulce aspecto, viene inmediatamente,

y pregunta:

–     ¿Se ha sentido mal mi hijo?

–     No, mujer…

Me ha conducido aquí para mostrarme tus telares.

Soy forastero.

–     ¿Quieres comprar?

–      No. Yo no tengo dinero.

Pero tengo amigos a los que les gustan las cosas bellas, llenas de arte y que tienen dinero.

La mujer mira sorprendida a este hombre que confiesa paladinamente así, sin rodeos, que es pobre.

Y dice:

–     Pues te creía un señor

Tienes modales y aspecto de gran señor.

–    Soy simplemente un rabí galileo, Jesús, el Nazareno.

–     Somos comerciantes. 

No tenemos prejuicios. Pasa y mira…

Y le acompaña a que vea sus telares, donde trabajan muchas jóvenes bajo su dirección.

Las alfombras son verdaderamente valiosas en cuanto a dibujo y flores;

espesas, blandas, parecen hermosos cuadros realizados con mucho arte. 

Pedazos de jardín llenos de flores, una imagen calidoscópica de gemas.

Otras, mezcladas con las flores, tienen figuras alegóricas:

Hipogrifos, sirenas, dragones o grifos heráldicos muy elaborados.

Jesús admira estas obras, 

Y dice: 

–     Eres muy hábil.

Me alegro de haber visto todo esto, eres muy inteligente, como también me alegra el que seas buena.

–     ¿Cómo sabes eso?

–     Se ve en la cara.

Además el niño me ha hablado de Dina.

Dios te lo pague. Aunque no lo creas, teniendo como tienes en ti la caridad, estás muy cerca de la Verdad.

–     ¿Qué verdad?

–     Muy cerca del Señor altísimo.

El que ama al prójimo y ejercita la caridad con su familia y sus subordinados…

Y la extiende a los pobres, tiene ya en sí la Religión.

El niño me ha contado lo de Dina. Es esa niña, ¿No es así?

–     Sí. Su madre se está muriendo.

Después la tomaré yo conmigo, pero no para los telares; es demasiado pequeña y débil para ello.  

Se vuelve hacia la niña y la llama:

–     Ven, Dina, acércate a este señor.

La niña, con la carita triste propia de los niños infelices, se acerca tímidamente.

Jesús la acaricia y dice

–     ¿Me llevas a ver a tu madre?

Querrías que se pusiera buena, ¿Verdad?

Bueno, pues llévame a ella.  

Jesús la toma de la mano y se despide:

–     Adiós, mujer.

Adiós, Alejandro; y sé bueno.

Sale llevando a la niña de la mano.  

Y le pregunta: 

-¿Tienes hermanos? 

La voz infantil se quiebra al contestar: 

–     Tengo tres hermanos pequeños.

El último no conoció a nuestro padre.

–     No llores.

¿Eres capaz de creer que Dios puede curar a tu madre?

¿Sabes, verdad, que hay un solo Dios, que quiere a los hombres que ha creado y especialmente a los niños buenos?

¿Y que lo puede todo?

–     Sí, lo sé, Señor.

Antes iba a la escuela mi hermano Tolmé.

Allí están mezclados con los judíos y aprenden muchas cosas.

Sé que existe y que se llama Yeohveh.

Y que nos castigó porque los filisteos fueron malos con Él.

Siempre nos lo echan en cara los niños hebreos.

Pero yo no vivía en aquella época, ni mi mamá ni mi padre.

Entonces, ¿Por qué…?

Y el llanto hace de barrera a la palabra.  

Jesús la consuela: 

–     No llores.

Te quiere también a ti y me ha traído aquí por ti y por tu mamá.

¿Sabes que los israelitas esperan al Mesías, que debe venir para fundar el Reino de los Cielos?

¿El Reino de Jesús, Redentor y Salvador del mundo?

–     Lo sé, Señor.

Nos amenazan diciendo:

–     Y cuando Él venga… “Entonces ¡Ay de vosotros cuando llegue!”

–     ¿Sabes lo que hará el Mesías?

–     Hará grande a Israel y a nosotros nos tratará muy mal. 

–    No. Redimirá al Mundo.

Quitará los pecados.

Enseñará a no pecar.

Amará a los pobres; a los enfermos, a los afligidos.

Irá a donde estén ellos.

Enseñará a los ricos, a los sanos; a los felices, a que lo amen.

Recomendará la bondad para obtener la Vida Eterna y bienaventurada en el Cielo.

Esto es lo que hará…

Y no será tirano con nadie

–     ¿Y cómo se sabrá que es Él?

–     Porque querrá a todos y curará a los enfermos que crean en Él.

Redimirá a los pecadores y enseñará el amor.

La niña exclama:

–    ¡Oh!…

¡Si Él estuviese antes de que mi mamá se muriese! ¡Yo creería!

¡Yo le rogaría! Iría a buscarlo hasta encontrarlo  y le diría:

‘Soy una pobre niña sin padre.

Mi mamá se está muriendo. Yo espero en Ti’

Y estoy segura de que aunque yo sea filistea, Él me escucharía.

Toda una fe sencilla y fuerte vibra en la voz de la niña.

Jesús la mira con infinita ternura y le sonríe a la inocente que camina a su lado.

Ella no ve esa sonrisa esplendorosa, porque va mirando que están por llegar a su paupérrima casa, que está situada en el fondo de un callejón. 

Empuja la puerta y…

La niña lo invita: 

–     Es aquí, Señor. Entra….

Es una habitación miserable.

Un jergón con un cuerpo desvanecido.

Tres pequeñitos que van desde los tres hasta los diez años, están sentados alrededor.

Miseria y hambre, se reflejan por todas partes.

Jesús saluda:

–    La paz sea contigo, mujer.

No te muevas

Tranquila. No te sientas incómoda ni hagas esfuerzos.

He conocido a tu hija, supe que estás enferma y he venido.

¿Quieres recobrar la salud?

La mujer, con un hilo de voz, responde:

–    ¡Oh, Señor!

 ¡Ya no tengo remedio! Para mí ya todo ha terminado…

Y le resbalan las lágrimas por las enjutas mejillas.

–    Tu hija ha llegado a creer, que el Mesías puede curarte…

¿Y tú?

–    ¡Oh! Si Él viniese también yo creería…

Pero,  ¿En dónde está el Mesías?

Jesús declara sencillamente:

–    Soy Yo, que te está hablando.  

Entonces Jesús, que estaba curvado hacia el jergón susurrando sus palabras junto a la cara de la enferma mortecina,

se endereza majestuoso,

y exclama en voz alta: 

–      ¡Lo quiero! ¡Queda curada!

Los niños sienten casi miedo de la gravedad de Jesús.

Están tres rostros llenos de estupor, formando una corona a la yacija materna.

Dina aprieta las manos contra su pequeño pecho; una luz de esperanza, de felicidad, ilumina su carita.

Contiene la respiración, por lo emocionada que está y casi jadea; tiene la boca abierta, preparada para una palabra que ya su corazón le susurra…

Y cuando ve que su madre, antes cérea y completamente sin fuerzas;

como atraída por una fuerza que le hubiera sido trasvasada, se incorpora y se sienta.

Y luego, sin quitar un momento los ojos de los del Salvador, se pone en pie…

Dina profiere un grito de júbilo:

–     ¡Mamá!

Ha sido pronunciada la palabra que llenaba su corazón…

Y luego otra:

–     « ¡Jesús!».

Entonces, abrazando a su madre, la obliga a arrodillarse,

mientras dice:

–     ¡Adora, adora!

Es el Salvador profetizado al que se refería el maestro de Tolmé.

Jesús dice:

–    Adorad al verdadero Dios.

Sed buenos. Acordaos de Mí. Adiós.  

Y Jesús sale rápidamente, mientras las dos felices, están postradas en el suelo…

Pronto se pierde entre las callejuelas de Ascalón

196 EL PRIMER CRISTIANO


196 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La aurora despierta con su hálito fresco a los durmientes.

Se levantan del lecho de arena en que han dormido, al abrigo de  una duna salpicada de escasas hierbas resecas.

Trepan hasta la cima.

Ante ellos se abre una profunda pendiente arenosa, mientras que un poco más allá y acá de ella;

hay parcelas cultivadas y bonitas.

Un torrente carente de agua marca con sus guijarros blancos el oro de la arena.

Y ya con este blancor de huesos resecos hasta el mar, que cabrillea a lo lejos;

con sus olas llenas por la marea de la mañana, más llenas por un ligero mistral que peina el océano.

Caminan por el borde de la duna, hasta el torrente desecado.

Lo pasan y siguen caminando en diagonal por las dunas, que ceden bajo sus pies.

Y que con su superficie toda ondulada, parecen continuación del océano, de materia sólida y seca en vez de las móviles aguas.

Llegan a la húmeda playa.

Ahora andan más deprisa.

Juan se queda como hipnotizado ante la visión del mar sin límites;

labrado en infinitas caras encendidas por los primeros destellos del sol;

Parece beber esa belleza y parecen teñirse aún más de azul sus ojos.

Mientras Pedro más práctico, se descalza, se sube un poco la ropa y chapotea por las suaves olas de la orilla;

con  la esperanza de encontrar algún cangrejillo o alguna concha de molusco que chupar.

A dos kilómetros largos de distancia se ve una bonita ciudad marítima, edificada en la orilla…

Siguiendo el arrecife de forma de media luna, al otro lado del cual el viento y las borrascas, han transportado las arenas.

El arrecife, ahora que el agua con la baja marea se está retirando, emerge también aquí;

obligandolos a volver a la arena seca, para no torturar con los escollos los pies desnudos.  

Felipe pregunta:  

-¿Por dónde entramos, Señor?

Por este lado se ve sólo una muralla bien sólida.

Por el mar no se puede entrar.

La ciudad está en el punto más profundo del arco. 

Jesús responde: 

–     Venid.

Sé por donde se entra.

–     ¿Has estado alguna otra vez aquí?

–     Una vez, de niño.

No creo que recuerde cómo es, pero sé por dónde se pasa.

Santiago de Zebedeo observa: 

–     ¡Extraño!

He notado muchas veces que Tú no yerras nunca el camino;

alguna vez te lo hacemos confundir nosotros.

¡Tú… parece como si hubieras estado en todos los sitios por donde te mueves! 

Jesús sonríe, pero no responde.

Va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad.

Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas.

Mujeres y hombres las cultivan.

Ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos a fuerza de brazos o con el viejo y chirriante sistema del pobre:

Un burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo.

Los cultivadores no dicen nada.

Jesús saluda:

–     Paz a vosotros.

Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

Tomás dice: 

–     Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre.

No comprenden tu saludo. Voy a probar yo. 

 Y aborda al primer hortelano que ve,

diciéndole:

–     ¿Cuesta cara tu verdura? 

El hombre contesta: 

–     No más que la de otras huertas.

Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa.

–     Bien has dicho…

Pero como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comertus verduras.

Lque significa que mi bolsa es una buena ubre.

En pocas palabras: Somos trece y podemos comprar…

¿Qué nos vendes?

–     Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas…

También pasas, porque son de hace bastante tiempo, aceitunas…

Lo que quieras.

–     Dame huevos, manzanas y pan, para todos.

–     Pan no tengo.

En la ciudad lo encuentras.

–     Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora.

No creo eso de que no tienes pan.

–     No tengo.

La mujer lo está haciendo.

Mira, ¿Ves allá, donde está a aquel viejo? Siempre tiene mucho pan…

 Porque estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos.

Ve donde Ananías y pídeselo.

Ahora te traigo los huevos.

De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par.

–     ¡Ladrón!

¿Qué pasa? ¿Acaso tus gallinas ponen huevos de oro?

–     No.

Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; ya que no es agradable.

Además, ¿No sois judíos?

Pues pagad.

–     Quédate con los huevos y considérate bien pagado

Tomás le vuelve la espalda y empieza a caminar…   

El hombre grita: 

–     ¡Eh, hombre!

¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario.

–     Ni cuatro; bébetelos.

Y a ver si se te atragantan.  

El hortelano sigue a Tomás. 

Y le dice: 

–     Ven.

Escúchame.

¿Cuánto me quieres dar?

–     Nada.

Ya no los quiero.

Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad.

Será mejor que no coma nada.

Así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey, ni el apetito para comer bien en la hostería.

–     Te los doy a un didracma el par.

–     ¡Uf, eres peor que un tábano!

¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos!

Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes.  

Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto.

Y le dice a Jesús: 

–     ¿Has visto?

A partir de ahora en este pueblo de ladrones, yo hago  las compras; sé cómo tratarlos.

Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres. 

Los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos…

Y se pasan jornadas enteras regateando el precio.

Ahora me vengo. 

Vamos con aquel otro escorpión.

Ven Pedro.

Y entregándolos, 

dice: 

–    Ten estos huevos, Juan.   

Los dos apóstoles se dirigen a donde está el anciano Ananías…

Que tiene la huerta a lo largo de la vía principal. que conduce a la ciudad.

Y que desde el norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, 

Es una vía bien adoquinada, sin lugar a dudas, hecha por los romanos.

Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad.

Dentro, se ve que la vía prosigue derecha verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío;

sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina;

dejando el centro de la calle para los asnos, camellos carros y caballos.

Tomás llega a su destino.

Preguntando:  

–     ¡Salud!

¿Nos vendes pan? 

El anciano no oye o finge que no quiere oír.

La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.

Pedro pierde la paciencia,

Y grita:

–     ¡Para a tu Sansón!

Al menos podrá coger respiro para no morir ante mi vista.

¡Escúchanos!

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos…

Pero Pedro le desarma inmediatamente,

diciendo:

–     ¡Vaya que sí es inteligente!…

¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro?

Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón…

Y si eres israelita también te gustará, porque recordaría una derrota de los filisteos.

Así que…

–     Soy filisteo…

¡Y a mucha honra!

–     Me parece bien.

Yo también te ensalzaré, si nos das pan.

–     Pero, ¿No eres judío?

–     Soy cristiano.

–     Nunca lo había escuchado…

No lo conozco. ¿Qué lugar es?

–     No es un lugar.

Es una persona.

Y yo soy de esa persona.

–     ¿Eres esclavo suyo?

–     Soy más libre que ningún otro hombre,

porque quien es de esa persona, ya no depende sino de Dios.

El anciano pregunta admirado: 

–     ¿Es verdad eso que dices?

¿Ni siquiera del César?

–     ¡Bah!,

¿Cómo vas a comparar al César con Aquel a quien yo sigo?…

¡Al cual pertenezco y en cuyo Nombre te pido un pan!

–     Pero, ¿Pónde está esta persona poderosa?

–     Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe.

Es el Cristo, el Mesías.

¿No le has oído nunca mencionar?

–     Sí.

El rey de Israel.

¿Derrotará a Roma?

–     ¡A Roma!

¡Al mundo entero y hasta al Infierno!

–     ¿Sois sus generales?

¿Vestidos así?

Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos…

–     Sí y no. Pero…

Dame pan y mientras comemos te explico.

–     ¿Pan?…

¡Hombre y también agua y vino!

¡Y unos bancos aquí a la sombra para ti, tú compañero y tu Mesías!

¡Llámalo!

Pedro trota ligero hacia Jesús. 

Y lo llama: 

–     ¡Ven, ven!

Ese filisteo anciano nos da lo que queramos.

Pero creo que te va a asaltar a preguntas…

Le he dicho quién Eres, más o menos.

Tiene buena disposición.

Todo el grupo se dirige hacia la huerta.

Cuando llegan…

El hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.

Jesús lo saluda, diciendo: 

–     Paz, Ananías.

Prosperidad a tus tierras por tu caridad.

Que te produzcan pingües frutos.  

El hombre agradece:  

–     Gracias.

Paz a ti. Siéntate, sentaos.   

Y a gritos llama,

Indicando:

–    ¡Anibé! ¡Nubi!

Pan, vino, agua.

Inmediatamente.

 Ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas:

Una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo.

La otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo.

El anciano explica:

–     «Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer.

También han muerto ya las que vinieron con ella.

Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo.

Mi mujer era de allí.

Prohibido, ¿No? no me preocupa. No soy de Israel y las mujeres de raza inferior son dóciles.

–     ¿No eres de Israel?

–     Lo soy a la fuerza…

Porque a Israel lo tenemos al cuello como un yugo. Pero…

Tú eres israelita… ¿Te ofendes por esto que digo?

–     No. No me ofendo.

Lo único que querría es que escucharas la Voz de Dios.

–     A nosotros no nos habla.

–     Eso lo dices tú.

Yo te estoy hablando, y es su Voz.

–     ¡Pero Tú eres el Rey de Israel!.

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino…

Y que oyen hablar de “rey” se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama “rey”.

Y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

Jesús les dice:   

–     Gracias, mujeres.

Paz también a vosotras.

Luego, vuelto al anciano:

–     Son jóvenes…

Sigue, sigue tu trabajo.

–     No. La tierra está mojada y puede esperar.

Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévalo a su sitio.

Tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego…  

Dirigiéndose a Jesús, le pregunta:

–    ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?

–     No te tomes más molestias.

Me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón.

–     No es molestia.

Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche;

partiremos el pan y compartiremos la sal.  

Y vuelve a dar órdenes: 

¡Venga, vosotras, daos prisa!

Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena.

Poneos en marcha.

Y las dos mujeres se van sin hablar.  

Ananías reanuda su diálogo con Jesús: 

–     ¿Así que eres Rey?

¿Y las armas?

Herodes es cruel en todas sus manifestaciones.

Nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!…

Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel.

¿Cómo te las vas a arreglar?

–     Sólo tengo el arma que viene de Dios.

–     ¿La espada de David?

–     La espada de mi palabra.

–     ¡Pobre iluso!

Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones.

–     ¿Tú crees?

Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo; sino por todos vosotros, al Reino de los Cielos.

–     ¿Todos nosotros?

¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?

–     Todos.

Tú y ellas. Y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas.

–     ¿Quieres construir un reino tan grande?

¿Por qué dices “de los Cielos”? Podrías llamarlo: Reino de la Tierra.

–     No.

No comprendas en modo errado.

Mi Reino es el Reino del verdadero Dios.

Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo.

Todo hombre es un alma vestida de cuerpo.

Y el alma no puede vivir sino en el Cielo.

Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios;

conducirla a Dios a través de la bondad y el amor.

–     Me agrada mucho esto.

Aunque no vaya a Jerusalén,

sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos.  

¿De modo que no nos odias?

–     No odio a nadie.

El anciano se queda pensando un momento…

Luego pregunta:

–     ¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?

–     Ciertamente.

No son fieras capturadas.

Son criaturas desdichadas.

Se las debe amar.

¿Tú lo haces?

–     No las trato mal.

Exijo obediencia, pero no uso el látigo.

Y además las alimento bien.

Animal mal nutrido no trabaja, se dice.

Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado.

Además… han nacido en casa. Las he visto niñas.

Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo.

Casi ochenta, ¿Sabes?

Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos.

Les tengo afecto, como a muebles míos.

Serán ellos quienes cierren mis ojos…

–     ¿Y luego?

–     Y luego…

¡Psss!… No lo sé.

Irán a servir y la casa se disgregará. Lo siento.

La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril…

Esta viña… la plantamos yo y mi mujer.

Aquel rosal… es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa…

Es para mí como un hijo, como mi hijo único… ya polvo, que está enterrado a sus pies…

Esto son penas…  

Mejor morir de joven y no ver esto.

Y la muerte que se acerca…

–     Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer. 

Sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta.

La muerte no debe causar terror.

La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia.

Piensa en esto.

Ahora voy a la ciudad.

Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos.

–     No, Señor.

Tengo muchas habitaciones vacías.

Te las ofrezco.

Judas pone encima de la mesa unas monedas.

–     No. No las acepto.

Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan.

Adiós, Señor».

–     Paz a ti, Ananías.

Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verlo marcharse.

Jesúss les dice: 

–     Paz también a vosotros.

Sed buenos. Adiós.

Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé.

Sonríe al hombre y se marcha.

Poco después entran en Ascalón por la calle del doble pórtico, que va recta hasta el centro de la ciudad.

Ascalón es un  torpe remedo de Roma, con estanques y fuentes;

plazas usadas como foro, torres distribuidas a lo largo de la muralla.

Y por todas partes, el nombre de Herodes que él mismo ha hecho colocar;

para autoaplaudirse, dado que los de Ascalón no lo aplauden.

Hay mucho movimiento, que crece en la medida en que la hora avanza y se va acercando la parte más céntrica de la ciudad;

abierta, aireada, con el mar luminoso como fondo.

Parece una turquesa en una tenaza de coral rosa, por las casas esparcidas en el arco profundo que aquí dibuja la costa:

No es un golfo, es un verdadero arco, una porción de círculo teñida toda de un rosa palidísimo a causa del sol. 

Jesús dice: 

–     Nos separamos en cuatro grupos.

Yo aquí me separo. 

O más bien idos vosotros; luego ya decidiré.

Marchad. Después de la hora nona nos encontraremos de nuevo en la Puerta por la que hemos entrado.

Sed prudentes y pacientes.

Jesús los mira mientras los apóstoles se alejan…

193 DEBUT MISIONERO


193 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El grupo apostólico va caminando por los senderos del bosque…

Y comentando del enorme cambio en Elisa, que ha accedido a ir con Juana de Cusa a su propiedad en Beter.

Después del regreso a Betsur y de haber dejado a Margziam con la Virgen y las discípulas en los jardines de rosales de Beter…

Hablan también de la bondad de Juana y de lo beneficioso que será para todas, disfrutar del agradable trabajo en los cultivos de los rosales, para la industria perfumera. 

Jesús avanza con los suyos a través de estos montes verdes, dando la espalda al oriente.

El lugar es muy montañoso y rico en vegetación, con bosques de árboles de piñones.

El olor de la resina, balsámico y vitalizador, se difunde por todo el espacio.

También hablan del nuevo rodeo que van a tener que dar, hacia las fértiles llanuras que preceden el litoral en las tierras filisteas. 

Y entonces tornan a la memoria nombres de glorias pasadas, que suscitan la narración de episodios acaecidos, preguntas, explicaciones y afable contraposición de opiniones.

Jesús dice. 

–     Cuando lleguemos a la cima de este monte, os enseñaré desde lo alto todas las zonas que os interesan;

de las que podréis extraer ideas para vuestros discursos al pueblo.  

 Andrés se queja: 

–     ¿Pero cómo haremos, Señor mío?…

Yo no soy capaz.

Pedro y Santiago se unen:

–    ¡Nosotros somos los menos agraciados del grupo!».

Tomás comenta:

–     ¡Oh!…

Si es por eso, no es que yo sea más capaz. 

Si se tratara de oro o plata, podría hablar, pero de estas cosas… 

Y Mateo:  

–     ¿Y yo?

¿Qué era yo?

Andrés replica: 

–     Tú no tienes miedo del público, sabes argumentar.   

–     Pero de otras cosas…

Pedro agrega: 

–     Sí, ya… pero…

Bueno… ya sabes lo que quiero decir, así que sea como si te lo hubiera dicho.

La cuestión es que vales más que nosotros.

Jesús dice: 

–     Amigos míos, no hace falta subir a lo sublime.

Decid simplemente lo que pensáis, con vuestra convicción.

Creedme que cuando uno está convencido siempre persuade.

Pero Judas de Keriot suplica:

–     Danos ideas Tú.

Danos muchas ideas. Una buena idea puede ser muy útil.

Estos lugares creo que no han oído nada de Tí, porque ninguno parece conocerte.

Pedro: 

–     Y porque aquí llega todavía… 

Mucho viento procedente del Moria…

Que causa esterilidad…

Judas replica con firmeza: 

–     Es porque no se ha sembrado:

Pero nosotros sembraremos…

Judas de Keriot, está contento por los primeros éxitos.

Ya han llegado a la cima del monte.

Un amplio panorama se descubre

Es hermoso contemplarlo estando a la sombra de los tupidos árboles que-coronan la cima:

Tan variado y luminoso:

Una imponente cordillera con sus series de montes entrecruzándose en todas las direcciones, como encrespadas olas petrificadas…

El inmenso océano al que barren vientos contrarios y laensenada en calma, donde todo se aplaca en una luminosidad sin límites…

Y en el lado opuesto, una vasta llanura en que se yergue como un faro, la entrada de un puerto.

Jesús extiende su brazo derecho y empieza a señalar.

Mientras dice:

–     Mirad.

Ahora vamos a Betginna.

Ese pueblo, donde nos detendremos, que se extiende sobre esa cresta casi queriendo acaparar todo el sol; 

es como el corazón de un verdadero nimbo radiado de lugares históricos.

Venid aquí.

Allí, a septentrión, está Yermot.

¿Os acordáis del pasaje de Josué?

La derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento israelita, fuerte tras la alianza con los gabaonitas.

Cerca está Betsemes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos restituyeron el Arca con los exvotos de oro,

que los adivinos y sacerdotes habían impuesto al pueblo,

para obtener la liberación de los castigos que atormentaban a los culpables filisteos.

Y allí, toda llena de sol, Sará, patria de Sansón.

Un poco más a al oriente, Timnata, donde él tomó esposa e hizo muchas proezas y también muchas estupidyeces.

Y allá, Azeca y Soko, que fue lugar de campamento filisteo. Más abajo está Zanoe, una de las ciudades de Judá.

Y aquí, volveos, aquí está el Valle del Terebinto, donde David luchó contra Goliat.

Allí está Maqueda, donde Josué derrotó a los amorreos.

Volveos hacia aquí. ¿Veis aquel monte solitario en medio de esa llanura que un tiempo fue de los filisteos?

Allí está Gat, patria de Goliat y lugar de refugio para David, con Akís, para que no le alcanzara la ira de Saúl.

Y donde el rey sabio se fingió demente, porque el mundo preserva a los locos de los sanos de mente.

Aquel horizonte abierto son las llanuras de la fertilísima tierra de los filisteos.

La atravesaremos, hasta Ramlé. Ahora vamos a Bet – Yinna.

Tú Felipe que miras con ojos suplicantes, irás con Andrés por el poblado.

Nosotros estaremos en la fuente de la plaza.

Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el poblado.

Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza. 

Los dos apóstoles suplican:

–     ¡Señor, no nos mandes solos! 

–    ¡Ven Tú también!

–     Id, he dicho.

La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia.

Así que Felipe y Andrés van, sin rumbo fijo, por el pueblo.

Llegan a una minúscula posada (más una caballeriza que una posada), donde hay unos intermediarios contratando corderos con unos pastores.

Entran y, cohibidos, se paran en medio de un patio rodeado de arcadas muy toscas.

Viene el posadero:

–     ¿Qué queréis?, ¿alojamiento?

Los dos apóstoles se consultan recíprocamente con la mirada (una mirada llena de apuro).

Es muy probable que de lo que habían pensado decir no les venga ni una sola palabra.

Contra toda previsión, es precisamente Andrés el primero que cobra fuerzas y responde:

–     Sí, alojamiento para nosotros y para el Rabí de Israel.

–     ¿Qué rabí?

¡Hay muchos rabíes! Todos muy señores. No vienen a los pueblos de pobres a traernos su sabiduría.

Somos los pobres los que tenemos que ir a ellos, ¡Y ya es un regalo, si nos toleran a su lado!

–     El Rabí de Israel es uno sólo.

Y viene precisamente a traer a los pobres la Buena Nueva;

cuanto más pobres y pecadores son, más los busca y se acerca a ellos – responde dulcemente Andrés.

–     ¡Entonces… no hará dinero!

–     No busca riquezas.

Es pobre y bueno. Cuando logra salvar a un alma, su jornada está cumplida – responde también esta vez Andrés.

–     ¡Hummm…!

Es la primera vez que oigo que un rabí es bueno y pobre.

Juan es pobre, pero es severo. Todos los demás son severos y ricos, insaciables como sanguijuelas.

¿Habéis oído? Venid aquí, vosotros que vais por todas partes.

Estos hombres dicen que hay un maestro pobre y bueno, que viene a buscar a los pobres y pecadores.

Uno de los tratantes dice:

–     ¡Ah!…

Debe ser ese que viste de blanco como un esenio.

Lo vi hace tiempo en Jericó.

Un pastor alto y musculosos añade: 

–     No. Ése está solo.

Debe ser aquel de que hablaba Toma porque así por azar, había estado hablando de él con unos pastores del Líbano.  

 Otro exclama:   

–     ¡Sí, vaya!

Y viene del Líbano hasta aquí… ¡Por tu cara bonita! 

Mientras el posadero habla y escucha la opinión de sus clientes, los dos apóstoles permanecen allí, en medio del patio, como dos postes.

Hasta que un hombre dice:

–     ¡Eh, vosotros, venid aquí’

¿Quién es? ¿De dónde viene este que decís?

Felipe contesta muy serio:  

–     Es Jesús de José, de Nazaret.  

Y permanece como quien espera que se burlen de él.

Andrés añade:

–     Es el Mesías anunciado.

Os conjuro, por vuestro bien: escuchadlo.

Habéis nombrado a Juan; pues bien, yo estaba con él y os puedo decir que él mismo, nos indicó a Jesús cuando pasaba, diciendo:

“He ahí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”.

Cuando Jesús entró en el Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una Voz gritó:

“Este es mi Hijo predilecto en quien tengo puestas mis complacencias”

Y el Amor de Dios descendió como una paloma y se colocó resplandeciente encima de su cabeza.

–     ¿Ves como es el Nazareno?

Pero, vamos a ver, vosotros que os llamáis amigos suyos, decidnos…

Andrés precisa: 

–     Amigos no.

Apóstoles, discípulos, enviados suyos para anunciaros su llegada; para que quien tenga necesidad desalvación vaya a Él.

–     Bien, de acuerdo…

Pero, decidnos si es realmente como lo describen algunos…

 O sea, un santo más santo que Juan el Bautista. 

O un demonio, como dicen otros.

Vosotros, que estáis con él, porque si sois discípulos estaréis juntos, ¿No?

–    Vamos a ver, hablad con sinceridad:

¿Es verdad que es lujurioso, comilón y bebedor?

¿Y que tiene simpatía por las meretrices y los publicanos?

¿Que es un nigromante y que por la noche invoca a los espíritus, para conocer los secretos de los corazones?

–     Pero, ¿ Por qué preguntas esto a estos hombres?

Pregunta más bien si es verdad que es bueno.

Si no, estos dos se van a sentir ofendidos y se van a marchar.

Y le van a contar al Rabí nuestras malas razones y nos va a maldecir.

¿Qué sabemos nosotros?…

¡Sea Dios o diablo, siempre será mejor tratarlo bien!…

Esta vez es Felipe el que habla:

–     Os podemos responder con sinceridad porque no hay nada torpe que ocultar.

Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos.

Durante el día dedica su esfuerzo a adoctrinar;

incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones.

Durante la noche ora por nosotros. 

No desprecia ni la mesa ni la amistad, pero no busca en ello ventaja propia.

Antes al contrario, lo hace para poderse acercar a aquellos a quienes de otra forma;

no sería posible acercarse.

No rechaza ni a publicanos ni a meretrices, pero sólo para redimirlos.

Señala su camino con curaciones y conversiones milagrosas.

le obedecen el viento y el mar.

Pero no tiene necesidad de nadie para obrar prodigios, ni de invocar espíritus para conocer los corazones.

El posadero pregunta: 

–     Y, ¿Con qué poder lo hace?…

Has dicho que el viento y el mar lo obedecen.

Pero si son cosas que no tienen razón.

¿Cómo puede mandar sobre ellos? 

–     Respóndeme a esto, hombre:

¿Tú qué crees, que sea más difícil:

Mandar sobre el viento y el mar o sobre la muerte?

–     ¡Por Yeohveh!

¡Sobre la muerte no se tiene poder!

Al mar se le puede echar aceite, se le puede hacer frente orientando adecuadamente las velas;

se puede, prudentemente, no ir a navegar.

Contra el viento se puede oponer los cierres de las puertas.

Pero sobre la muerte no se tiene poder:

No hay aceite que la aquiete, no hay vela que haga a nuestra navecilla tan rápida ,

que pueda distanciar a la muerte, no hay cierres contra ella;

cuando quiere venir pasa, a pesar de que estén echados los cerrojos.

¡No, no, nadie da órdenes a esta reina!

–     Pues, a pesar de todo, nuestro Maestro tiene poder sobre ella.

Y no sólo cuando está cercana, sino también cuando ya ha hecho presa.

Un joven de Naím estaba ya para ser introducido en la horrenda boca del sepulcro, cuando Él dijo:

“Te lo ordeno: Levántate!”

Y el joven volvió a la vida.

Naím no está en los confines del mundo.

Si vais, veréis.

–     ¿Así, sin más?

–    ¿En presencia de todos?

 

–     En el camino, en presencia de toda Naím.

E1 dueño de la posada y los huéspedes se miran en silencio…

 Luego el primero dice:

–     Pero, esas cosas las hará para sus amigos, ¿No?

Felipe dice con seguridad:

–     ¡No hombre, para todos los que creen en Él!

Y no sólo para ellos.

Créeme que es la Piedad en la tierra.

Nadie que va a Él vuelve de vacío.

Escuchad todos:

¿Entre vosotros no hay nadie que sufra o llore, por alguna enfermedad en la familia?

¿O por dudas, remordimientos, tentaciones o ignorancia?

Presentaos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva.

Él estará aquí hoy; mañana irá a otro lugar.

No desaprovechéis la Gracia del Señor ahora que pasa»

Felipe, que se ha ido sintiendo cada vez más cómodo, ha perdido la inseguridad.

El dueño de la posada se revuelve los cabellos, abre y cierra la boca, se manosea las franjas de la cintura…

Y al final, dice:

–     ¡Yo lo intento!…

Tengo una hija.

Hasta el pasado verano estaba bien.

Después todo cambió. Ahora es una lunática.

Está siempre en un rincón, como una fiera muda.

Su madre, con gran esfuerzo, apenas si logra vestirla y darle de comer.

Los médicos dicen que se le ha consumido el cerebro por exceso de sol; otros, que por un triste amor; el pueblo dice que está endemoniada.

¿Cómo es posible, si es una jovencita que no ha salido nunca de aquí?

¿Dónde se ha cogido este demonio?

¿Tu Maestro qué dice, que el demonio se puede apoderar de un inocente?

Felipe responde sin vacilar:

–     Sí, para atormentar a los familiares y hacer que se desesperen.

–     ¿Y… cura a los lunáticos?

¿Debo tener esperanza?

Andrés responde inmediatamente: 

–     Debes creer

Entonces les narra el milagro de los gerasenos…

y termina diciendo:

« ¿Si aquéllos – y eran una legión en corazones de pecadores – huyeron de ese modo…

Cuánto más lo hará ése, que ha entrado por la fuerza en un corazón fresco?

Te digo, hombre: para quien espera en Él, lo imposible se le hace tan fácil como respirar

Yo, que he visto las obras de mi Señor, doy testimonio de su potencia.

–     ¡Oh!…

¿Quién de vosotros va y lo llama?

–     Yo mismo.

Espérame, que vuelvo enseguida.

Y Andrés se marcha veloz.

Felipe se queda a hablar.

Cuando Andrés ve a Jesús parado en el zaguán de una casa, para evitar el sol implacable que llena la pequeña plaza del pueblo…

Corre hacia Él diciendo:

–     ¡Ven! ¡Ven, Maestro!

El posadero tiene una hija lunática.

Te implora que la cures.

–     ¿Pero me conocía?

–     No, Maestro.

Hemos tratado de darte a conocer…

–    Lo habéis conseguido.

Porque si uno llega ya a creer que puedo curar un mal que no tiene remedio;

es que ya está adelantado en la fe.

Y teníais miedo a no ser capaces de ello…

¿Qué habéis dicho?

–     Ni siquiera te lo sabría decir.

Hemos expresado lo que pensamos de ti y hemos hablado de tus obras.

Sobre todo, hemos dicho que eres Amor y Piedad.

¡Qué mal te conoce el mundo!

–     Pero vosotros me conocéis bien.

Es suficiente.

–     Llegan a la pequeña posada.

Todos los huéspedes están en la puerta, curiosos.

En medio, con Felipe, está el posadero, que sigue con sus monólogos.

Cuando ve a Jesús, corre a su encuentro:

–     ¡Maestro, Señor, Jesús…

Yo… yo creo tanto que Tú eres Tú.

Que sabes todo, que ves todo, que conoces todo, que todo lo puedes.

Tanto lo creo, que te digo:

Ten piedad de mi hija, aunque los pecados de mi corazón sean muchos;

Que no caiga sobre mi hija el castigo por haber sido inmoral en mi trabajo; juro que no volveré a ser avariento.

Tú ves mi corazón, lo que ha sido y lo que piensa ahora. Perdón. Piedad, Maestro.

y hablaré de ti a todos los que vengan aquí, a mi casa…

El hombre está de rodillas.

Jesús le dice:

–    Levántate y persevera en los sentimientos de ahora.

Llévame a donde tu hija.

–     Está en un establo, Señor.

Este calor bochornoso la pone más enferma todavía. No quiere salir.

–     Bien, no importa; voy Yo.   

No es el bochorno, es que el demonio me siente llegar.

Entran en un patio, luego en un establo oscuro.

Todos los demás van detrás.

La niña, despeinada, demacrada, se contorsiona en el rincón más oscuro.

Y en cuanto ve a Jesús,

grita:

–     ¡Atrás!

¡Atrás! No me hostigues.

Tú eres el Cristo del Señor; sobre mí descargas tu mano. Déjame tranquilo.

¿Por qué sigues siempre mis pasos?

Jesús toma la actitud majestuosa del Dios y Señor que Es,

y ordena: 

–     ¡Sal de ella!

¡Vete! ¡Lo quiero! ¡Devuelve a Dios tu presa y calla! 

Durante unos segundos espectantes…

Luego sigue un grito desgarrador, una sacudida, un cuerpo que se derrumba sobre la paja…

Pasa un pequeño lapso y luego un suspiro muy profundo…

Enseguida la jovencita se yergue con calma, tristeza, estupor…

Y se ruboriza violentamente…

Ya que ahora se avergüenza de estar sin velo y con un vestido roto, ante los ojos de muchos extraños…

Pregunta:

–     ¿Dónde estoy?

¡Por qué estoy aquí?, ¿Quiénes son éstos? 

Y grita: 

–     ¡¡¡Mamaaá!!!  

El padre exclama: 

–     ¡Oh, Señor eterno!

¡Está curada!…

Y aunque resulte extraño en el rubicundo y colorado hospedero, llora como un niño…

Se siente dichoso.

Llora. No sabe qué otra cosa hacer sino besar las manos de Jesús.

Entretanto, la madre también llora, circundada por la corona de sus hijitos, que miran asombrados. 

Y besa a esta primogénita suya que ha sido liberada del demonio.

Los presentes prorrumpen en un verdadero clamor…

 Otros acuden para ver el prodigio.

El patio está lleno.   

El hombre suplica:

–     Quédate, Señor.

Ven esta noche. Cobíjate bajo mi techo.

Jesús dice: 

–     Hombre, somos trece.

–     Aunque fuerais trescientos, sería como nada.

Sé lo que quieres decir, pero el Samuel avariento y deshonesto ha muerto, Señor.

Se ha marchado también mi demonio.

Ahora vive el nuevo Samuel. Seguirá siendo hospedero, pero santamente.

Ven, ven conmigo, que quiero honrarte como a un Rey, como a un Dios, como a quien Eres.

¡Oh, bendito el sol de hoy que te ha traído a mí!….