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18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO


0-orgia-banquete-romano-l-7378vyVitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.priapo0

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El Clímax del Banquete está listo… 

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semi-cerrados.

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Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

–         ¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinium…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la Maldad y la Depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas

Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo.

Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo… Y es precisamente Marco Aurelio el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza, el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

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Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

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La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

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Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino; quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia NO le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

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En ese estado, quiso cantar más versos suyos… Pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!..

¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes?

El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse.

Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes, pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

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Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio.

Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

177.- POSESIÓN DIABÓLICA PERFECTA


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Judas se enfurece y recupera su diabólica audacia…

Casi se arroja contra Jesús y grita:

–        Mandaste a que me espiaran para quitarme la honra. Que me espiara ese muchacho estúpido, que ni siquiera sabe guardar silencio. Que me avergonzará delante de todos. ¡Esto era lo que querías! Por lo demás… ¡Sí! ¡Esto también lo busco yo! ¡Lo quiero! ¡Qué me arrojes! ¡Qué me maldigas! ¡Qué me maldigas! ¡Qué me maldigas! He hecho todo lo posible para que me arrojaras…

Su voz es muy ronca y  jadea como si algo lo estrangulase…

Jesús le repite en voz baja, pero terrible:

–          ¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Hoy Ladrón y mañana asesino como Barrabás!  ¡Y peor que él!

Mientras el Maestro se ha ido acercando cada vez más. El aliento de Jesús y su mirada escalofriante, llegan hasta la cara de Judas…

Éste le contesta desafiante:

–          Sí. Ladrón y por culpa tuya. Todo el mal que hago es por tu culpa y no te cansas nunca de llevarme a la ruina. Salvas a todos. Amas y honras a todos. Acoges a pecadores. No te causan asco las prostitutas y tratas como amigos a los ladrones, a los usureros, a los proxenetas de Zaqueo. Acoges como si fueses el Mesías al espía del Templo.

¡Eres un necio! Nos diste como jefe a un ignorante. Hiciste tesorero a un recaudador de impuestos y de tus confianzas a un estúpido. A mí me das lo mínimo…  No me das ni un céntimo. Me tienes cerca como un galeote amarrado al banco.

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No quieres que nosotros que yo, reciba los óbolos de los peregrinos. Y para que no toque yo el dinero, has dado órdenes de que no se reciba de nadie… Y todo esto es…  ¡Porque me odias!

Pues bien, ¡Yo también te odio! No te atreviste a pegarme, ni a maldecirme. Tu maldición me hubiera convertido en cenizas…  ¿Por qué no me la arrojaste? La hubiera preferido a verte así: inútil, debilucho, como un hombre sin fuerzas, como un vencido…

Jesús ordena:

–           ¡Cállate!

–          ¡No! ¿Tienes miedo de que Juan oiga? ¿No quieres que comprenda quién eres y te abandone?…  –Judas se ríe con la misma risa escalofriante y solapada de sus últimas manifestaciones… Y grita triunfante-  ¡Ah, esto es lo que temes!…

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Judas está agachado y parece un perro feroz a punto de lanzarse sobre su presa. Se acerca  Jesús y en su cara hay una transformación satánica… Sus manos parecen garfios. Los brazos, pegados al cuerpo y los ojos fulgurantes de rabia.

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Jesús lo encara sin miedo, esperando sin hacer ningún gesto, ni decir una palabra, a que la furia de Judas se calme, pues se desata como una avalancha…

Y su voz suena como un latigazo…

–      ¡Temes! ¡Tú que te crees un héroe!… ¡Temes! Me tienes miedo… ¡Me temes! Por esto no pudiste maldecir. Por esto finges amarme, cuando en realidad me odias. Para ablandarme. Para mantenerme quieto… ¡Sabes que yo soy una fuerza! ¡Sabes que soy la Fuerza! La Fuerza que te odia y que te vencerá…  

Te prometí que te seguiría hasta la muerte, ofreciéndote todo y todo te he ofrecido…

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Estaré cerca de Ti, hasta tu Hora y mi hora. ¡Valiente rey que no puede maldecir y arrojar a uno! ¡Un rey payaso! ¡Un rey ídolo! ¡Un rey necio! ¡Un rey mentiroso! Eres un traidor de tu mismo destino.

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Desde nuestro primer encuentro me has despreciado… No me has correspondido. ¡Te crees un sabio y eres un estúpido! Te señalaba el camino recto, pero Tú… ¡Oh, Tú eres el Puro!

Eres la creatura que es hombre, pero también Dios y te atreves a despreciar los consejos del Inteligente…  

Desde el primer momento te equivocaste y sigues equivocándote.  Tú… Tú Eres… ¡Ahggg!…

El torrente de palabras cesa de golpe. Hay un silencio lúgubre…

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Jesús ha estado callado, mirando con infinito dolor al desgraciado apóstol, elevando una plegaria silenciosa… Cuando de pronto, Jesús abre los brazos horizontalmente  y toma la postura de un crucificado. Es cuando Judas ha callado con un ahogado ¡Ah!…

En un momento de clara posesión diabólica, Satanás ha hablado por boca del apóstol pervertido, cercano ya al umbral del mayor delito, condenado por su propia voluntad.

El torrente de palabras cesó, dejando al apóstol como atolondrado… Pasa un larguísimo minuto…

Luego Judas parece como si saliera de un delirio y se pasa la mano por la frente perlada de sudor… Piensa… Recuerda… Las fuerzas lo abandonan y cae por tierra llorando…

Jesús baja los brazos.

Y con voz queda pero clara, le dice:

–         ¿Y luego?…  ¿Te odio?…  Podría pegarte con el pie y aplastarte llamándote ‘gusano’ Podría maldecirte, así como te he librado de la fuerza que te hacía delirar…

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Has creído que el no maldecirte es debilidad de mi parte. No lo es. Soy el Salvador y el Salvador no puede maldecir. Quiero salvar. Dijiste: ‘Soy la fuerza que te odia y que te vencerá’

Yo Soy la Única Fuerza y es Amor no Odio. El Amor no odia. No maldice, jamás. La Fuerza podría vencer las batallas individuales, como ésta entre Yo y Satanás, que está en ti. Quitarte tu patrón para siempre, como acabo de hacerlo. Tomando la actitud de la TAU, la Señal que salva y que Lucifer no puede ver.

Pero, ¿De qué serviría traspasar las reglas perfectas de mi Padre? ¿Sería justicia? ¿Habría mérito? ¡NO! Ni una cosa, ni la otra. No sería justicia para con los culpables, a los que no se les quitó la libertad de serlo. Los cuales podrían en el último día, preguntarme porqué fueron condenados y echarme en cara el haber sido parcial contigo.

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Habrá miles y miles de hombres, que cometerán tus mismos pecados: que se permitirán ser presa del demonio; ofensores de Dios; torturadores de sus padres; asesinos, ladrones, mentirosos, adúlteros, lujuriosos, sacrílegos y hasta deicidas…

Matando materialmente al Mesías dentro de poco tiempo; matándolo espiritualmente en sus corazones, en tiempos venideros…

Todos podrían decirme, cuando venga a separar a los corderos de los cabros. A bendecir a los primeros y a maldecir;  entonces sí, a maldecir a los otros. A maldecir porque ya no habrá más Redención. Sino Gloria o Condenación…  

A volverlos a maldecir después de haberlos maldecido individualmente, cuando murieron y fueron juzgados. Porque el hombre y lo sabes, porque lo he dicho muchísimas veces: puede salvarse mientras le dura la vida. Aún en sus últimos momentos basta un instante, para que todo se arregle entre el alma y Dios. Para que se pida perdón y se alcance absolución…

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     Todos los condenados podrían decirme: “¿Por qué no nos amarraste al bien, como hiciste con Judas?” Y tendrían razón…  Porque cada hombre nace con los mismos elementos.

Y mientras unos adornan su alma secundando el querer de Dios; haciendo fructificar sus dones gratuitos. Con una perfección cada vez más heroica. Tú por el contrario, has destruido tu alma y los dones que Dios le entregó. ¿Qué has hecho de tu libre albedrío? ¿Qué de tu inteligencia? ¿La has conservado libre? ¡NO! Tú que no quieres obedecerme a Mí. No digo a Mí Hombre,  pero ni siquiera a Mí, Dios. Obedeces a Satanás como un esclavo.

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Empleas tu inteligencia y tu libertad, para comprender a las Tinieblas. Voluntariamente. Delante de ti se te han puesto el Bien y el Mal. Y has elegido el Mal. Aún más: se te ha puesto delante solo el Bien: Yo el Eterno, Tu Creador, que ha seguido el desenvolvimiento de tu alma y te ha puesto delante solo el Bien, porque sabe que eres más débil que un alga seca.

Me echaste en cara que te odio y esta acusación la has lanzado contra Dios, Uno y Trino. Contra Dios Padre que te creó por Amor. Contra Dios Hijo que se Encarnó por Amor, para salvarte. Contra Dios Espíritu que te ha hablado muchas veces, para darte buenos deseos. Has acusado a Dios Uno y Trino que tanto te ha amado que te ha traído a mi Camino.

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     Haz rechazado el Bien y libremente te has entregado al Mal. Con tu libre albedrío has querido esto y descortésmente siempre has rechazado mi Mano; que te he ofrecido para sacarte del remolino. Y siempre te alejas de Mí, para sumergirte en el enfurecido mar de las pasiones, del Mal. ¿Cómo puedes acusarnos de que te hemos odiado?

Me has echado en cara que quiero tu mal… También el niño enfermo se enoja contra el médico y contra su madre, porque le hacen beber medicinas amargas y porque le niegan cosas que le harán daño. ¿Te ha cegado tanto Satanás que ya no comprendes la verdadera razón de las providencias que he tomado por tu bien?

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¿Y te atreves a llamar mala voluntad y deseo de llevarte a la ruina lo que es providencia amorosa de tu Maestro, de tu Salvador, de tu Amigo que quiere curarte? Te he impedido que tocases ese metal infame que te enloquece, para que su veneno no te llevase a la muerte.

¿No sientes que es como uno de esos brebajes mágicos que provocan una sed insaciable que inocula en la sangre un ardor, una rabia que llevan a  la muerte? Leo en tu pensamiento que me estás reprochando: “Entonces, ¿Porqué por tanto tiempo me permitiste que administrase el dinero?”

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     ¿Por qué? Porque si te  lo hubiera impedido desde el principio. Te habrías vendido antes. Habrías robado antes. De todos modos te vendiste, porque poco podías robar. Yo tuve que impedirlo sin hacer violencia a tu voluntad. El oro es tu ruina. Porque por causa del oro te has hecho lujurioso y traidor.

Judas exclama:

–          ¡Eso! Te han informado mal. Yo no soy…

–          ¡Cállate!

Parece el eco de un trueno. Jesús lo ha dicho con Ira. Severamente mira a Judas, que se encoge y se queda callado.

En el silencio se escucha el esfuerzo que Jesús hace por dominarse. Luego vuelve a hablar con su tono dulce, enérgico, persuasivo, conquistador…

Sólo los demonios pueden resistir a esta voz:

–                       No necesito que nadie me diga para conocer tus acciones. ¡Oh, desgraciado! ¿Sabes delante de Quién estás?…  

Dijiste que ya no comprendías mis palabras, ¡Pobre Infeliz! Ni siquiera te comprendes a ti mismo. Ya ni siquiera distingues el Bien del Mal. Satanás, al que has obedecido en todas las tentaciones que te ha presentado, te ha vuelto estúpido.

Pero hubo un tiempo en que me comprendías. ¡Creías que Yo Soy Quien Soy! Y este recuerdo no se apagado en ti. ¿Puedes creer que el Hijo de Dios? ¿Qué Dios tenga necesidad de las palabras de un hombre, para saber el pensamiento y las acciones de otro?

Aún no estás del todo pervertido, que no creas que Soy Dios. Y en esto está tu mayor culpa. Lo demuestra el miedo que tienes a mi Ira. Sientes que no luchas contra un Hombre, sino contra Dios Mismo y tiemblas. Y pese a que sabes Quién Soy, luchas contra Mí…

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Si te maldijera no sería más el Salvador. Querrías que te arrojase y dices que todo lo haces, para que te arroje. Esta razón no justifica tus acciones, porque no hay necesidad de pecar, para separarte de Mí…

Puedes hacerlo, te lo he dicho. Desde que regresaste a Nobe, lleno de mentiras y de Lascivia; como si hubieras salido del Infierno para caer en el fango de los cerdos o con los libidinosos monos.

Y tuve que hacerme fuerza a Mí Mismo, para no arrojarte a puntapiés, como un harapo asqueroso. Y para refrenar la náusea que sentía, no solo en el corazón, sino aún en las entrañas.

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Siempre te lo dije aún antes de aceptarte, antes de que vinieras con nosotros. Pero quisiste quedarte… ¡Para tu ruina! ¡Tú, mi más grande dolor! Pero andas pensando y diciendo que soy superior al Dolor; tú, el primero de los herejes que vendrán…

NO. Sólo al Pecado soy superior. Sólo a la ignorancia lo soy. Al pecado porque soy Dios. A la ignorancia porque no puede existir en el alma que no ha sido herida por la Culpa Original. Y Yo soy superior al Pecado por mi propia voluntad, porque no quiero pecar.

Vine al Mundo para devolver a los hombres su realeza de hijos de Dios, enseñándoles a vivir como dioses. He querido demostrar que se puede vivir como enseño…  Y para mostrarlo, tuve que tomar un cuerpo verdadero. Para poder sufrir las tentaciones humanas y decir al hombre después de haberlo instruido: ‘Haced como Yo’

Todos los hombres pueden ser tentados pero solo son pecadores los que quieren serlo. No hay pecado donde no se consiente a la tentación, Judas. Existe el pecado dónde aún sin consumarlo, se consiente a la tentación y se mira con buenos ojos. Será pecado venial, pero ya es una preparación para el pecado mortal, que se desenvuelve en vosotros.

Porque acoger la tentación y pensar en ella siguiendo mentalmente las fases del pecado, es debilitarse a sí mismo. Satanás lo sabe y por eso lanza repetidos ataques, esperando que penetre uno; pues es fácil que el hombre tentado se haga culpable.

Y tú eres un hombre en el que la tentación rechazada no se calma… No se calma, porque no la rechazas totalmente…  No realizas el acto, pero cobijas su deseo y así lo has hecho hasta que caes en la realización del pecado. Por eso te  enseñé que pidieses la ayuda del Padre, para que no te dejase entrar en tentación.

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      Yo, el Hijo de Dios. Yo, el Vencedor de Satanás; he pedido ayuda al Padre, porque soy humilde. Tú no lo eres. Eres un soberbio y por eso te hundes… ¿Recuerdas esto?

¿Puedes comprender ahora lo que significa para Mí, verdadero Hombre con todas las reacciones humanas y verdadero Dios, con todas las reacciones de Dios?…  ¡Verte así: lujurioso, mentiroso, ladrón, traidor, homicida! ¿Sabes cuáles son los esfuerzos a los que me sujetas, para tenerte cercano a Mí? ¿Sabes lo que me cuesta dominarme como ahora, para que mi misión en ti, se realice completamente?…

Cualquier otro hombre te habría cogido por la garganta, al sorprenderte forzando los cofres y apoderándote del dinero, al saber que eres un traidor y más que un traidor… Te hablo con compasión. Mira…  no es verano y por la ventana entra ya el aire fresco del atardecer. Y sin embargo estoy sudando como si hubiera hecho un trabajo demasiado duro.

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¿No te das cuenta de los que me cuestas?  ¿De lo que eres? ¿Quieres que te arroje? No. Jamás. Cuando alguien se está ahogando, es un asesino el que lo deja que se hunda. Te encuentras en medio de dos fuerzas que te jalan: Yo y Satanás.

Si te dejo, solo lo tendrás a él. ¿Y cómo te salvarás? Y con todo me abandonarás… Ya me abandonaste en tu corazón.  Y Yo tengo todavía conmigo, la crisálida de Judas: tu cuerpo privado de la voluntad de amarme. Tu cuerpo inerte para el bien. Lo detengo hasta que exijas también este despojo, para unirlo al espíritu y pecar con todo tu ser…

Judas, ¿No me hablas? ¿No encuentras una palabra que decir a tu Maestro? No te exijo que me digas: “¡Perdón!” muchas veces te he perdonado sin resultado.  Sé que esa palabra saldría solo de tus labios, no de tu espíritu arrepentido. Quisiera que saliese de tu corazón.

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 ¿Estás tan muerto que no eres capaz de formar un deseo? ¡Habla! ¿Me temes? ¡Oh, si fuera realidad! ¡Por lo menos esto! Pero no. Si me temieses te diría las palabras que te dije aquel día ya lejano, en que hablamos de las tentaciones y los pecados: “Te aseguro que aún después del Mayor Crimen que se cometerá,   si el culpable de él corriese a los pies de Dios con verdadero arrepentimiento y llorando pidiese perdón, ofreciéndose a expiar confiadamente, sin desesperarse; Dios lo perdonaría.  Y por medio de la expiación salvaría su alma.

Judas si no me temes, aun así, Yo todavía te amo. ¿No tienes nada que pedir ahora, a mi amor infinito?…

La voz de Jesús es una caricia dulcísima…

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Judas responde con altanería:

–         No. Mejor dicho sí. Una sola cosa. Que impongas silencio a Juan. ¿Cómo quieres que pueda reparar, si seré la vergüenza entre vosotros?

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–        ¿Y así hablas? Juan no hablará. Pero Yo te pido que al menos tú, obres de tal modo, que nada trasluzca tu ruina. Recoge esas monedas y ponlas en la bolsa de Juana… Trataré de cerrar el cofre, con el alambre que empleaste para abrirlo…

La voz de Jesús tiene un timbre de derrota y está impregnada con un infinito Dolor.

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Mientras Judas de mala manera, recoge las monedas desparramadas sobre el suelo.

Jesús se apoya sobre el cofre abierto abrumado por el cansancio. Aunque la luz es débil, permite ver que llora en silencio; mirando al apóstol encorvado, que está recogiendo las monedas.

Cuando Judas termina se acerca al cofre; toma la gruesa y pesada bolsa, mete adentro las monedas, la cierra y dice:

–        Aquí están.  –y se hace a un lado.

Jesús toma la ganzúa y con mano temblorosa, hace girar la chapa y cierra el cofre. Caen lágrimas sobre su vestido blanco de lino.

Judas lo ve y finalmente tiene un impulso de arrepentimiento. Se cubre la cara con las manos y en medio de un sollozo…

Judas dice:

–      ¡Soy un maldito! ¡Soy el Oprobio de la tierra!

Jesús contesta:

–       ¡Eres el desgraciado eterno! ¡Y pensar que si quisieras, podrías todavía ser feliz!

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Judas grita:

–        ¡Júrame! ¡Júrame que nadie se enterará de esto!… ¡Y yo te juro que me redimiré!

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–        No. No digas ‘me redimiré.’ No puedes. Solo Yo puedo redimirte. Solo Yo puedo vencer al que habló por tus labios… Pronuncia la palabra de humildad: “Señor, Sálvame.” Y te libraré de tu opresor. ¿No comprendes que espero esta palabra con más ansias que un beso de mi Madre?…

Judas llora…  Pero no la pronuncia… 

Después de un minuto que parece un siglo.

Jesús dice:

–       Vete. Sube a la terraza. Vete a donde quieras, pero no hagas ninguna comedia. Vete, vete. Nadie te descubrirá, porque Yo me preocuparé de ello. Desde mañana tendrás el dinero. ¡Es inútil todo ya!…

Judas sale sin replicar.

Jesús se queda solo. Se sienta sobre una silla que hay cerca de la mesa. Y con la cabeza apoyada sobre sus brazos, llora angustiosamente.

Pocos minutos después, llega Juan. Se detiene un momento en el umbral. Está pálido como un muerto y corre hacia Jesús.

Lo abraza suplicando:

–       ¡No llores, Maestro! ¡No  llores! Te amo también por ese infeliz.

Juan ve las lágrimas de su Dios y llora a su vez.

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Jesús lo abraza. Y las dos cabezas rubias, juntas se intercambian las lágrimas y los besos.

Jesús pronto se domina y dice:

–       Juan, por amor mío. Olvida todo esto. Lo quiero.

Juan contesta:

–       Sí. Señor mío. Trataré de hacerlo. Pero no sufras más… ¡Ah, qué dolor! Me hizo pecar, Señor mío. Mentí. Tuve que mentir porque vinieron a agradecerte los samaritanos. Les nació felizmente un varoncito. Les dije que habías ido al monte… Luego vinieron las discípulas y volví a mentir, diciendo que tal vez estarías en la casa de Ada… Yo estaba atolondrado.  Tu Madre me vio que tenía lágrimas y me preguntó angustiada: ¿Qué te pasa Juan? Volví a mentir: Estoy conmovido por la felicidad de Ada… ¡A tanto puede llevar el estar cerca de un pecador! ¡A la mentira!… ¡Perdóname, Jesús mío! 

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–           Quédate en paz. Olvídate de estos momentos. No ha pasado nada. Es sólo un mal sueño…

–           Sufres. ¡Qué cambiado estás, Maestro! Respóndeme sólo esto: ¿Se arrepintió Judas?

–           ¡Quién puede comprenderlo, hijo mío!

–           Ninguno de nosotros. Pero Tú sí.

Jesús no responde. Nuevas lágrimas silenciosas corren por su cansado rostro.

Juan comprende aterrado:

–        ¡Ah! ¡No se arrepintió!

–        ¿Dónde está ahora? ¿Lo viste?

–         Sí. Asomándose a la terraza, mirando si había alguien. Y al verme que estaba solo, sentado bajo la higuera, bajó corriendo y salió por la puerta del huerto. Entonces me vine…

–        Hiciste bien. Pongamos las sillas en su lugar. Recoge la jarra. Que no queden huellas de nada…

–         Luchó contigo.

–        No, Juan. No.

–        Estás muy turbado Maestro, para quedarte aquí. Tu Madre comprendería y sufriría…

–         Tienes razón. Salgamos. Me adelanto al arroyo en dirección al bosque…

Jesús sale y Juan se queda a poner todo en orden. Luego, sale detrás de Jesús…

Lo encuentra sentado sobre una piedra.

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Él se vuelve al oír los pasos de su apóstol. Su figura resalta a la luz del atardecer. Juan se sienta a sus pies y recuesta la cabeza sobre sus rodillas. Ve que todavía llora…

Juan dice:

–       ¡No sufras, más! ¡No sufras más, Maestro! ¡No soporto verte sufrir!

Jesús contesta:

–        ¿No puedo sufrir por esto? ¡Es mi mayor dolor! Recuérdalo Juan: ¡Este será para siempre mi mayor dolor! Y todavía no puedes comprender todo… Mi mayor dolor…  -Jesús está totalmente abatido.

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Juan se aflige por no poder consolarlo…

Jesús levanta su cabeza. Abre sus ojos, que tenía cerrados tratando de contener las lágrimas y dice:

–        Recuerda que somos tres los que sabemos: el culpable, Yo y tú. Y que nadie más debe saberlo.

–        Nadie lo sabrá de mi boca. ¿Pero, cómo pudo hacerlo? Cuando se apropiaba el dinero de la bolsa común, ¡Paciencia!… ¡Pero esto! ¡Creí que estaba yo loco, cuando lo vi!… ¡Horror!

–       Te he dicho que lo olvides.

–        Me esfuerzo Maestro, pero es muy horrible…

–        ¡Horrible! Sí, ¡Horrible!

Jesús apoya su cabeza sobre la espalda de Juan y vuelve a llorar de dolor. Las sombras de la noche bajan rápidamente y los envuelven…

1anochecer

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO III


ILUSIONES DESTROZADAS

Vitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El clímax del banquete está listo…

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semicerrados.

Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinio…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la maldad y la depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas. Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo. Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo y es precisamente Marco Aurelio; el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza; el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia, totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino, quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia no le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

En ese estado, quiso cantar más versos suyos… pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!… ¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes? El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse. Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes; pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio. Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA