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34.- PERDONA NUESTRAS OFENSAS II


000de-la-misericordiaEs necesario saber siempre perdonar, porque TODOS tienen necesidad del Perdón.

El crecimiento espiritual se manifiesta a través de esfuerzos superiores a las fuerzas humanas. No es un mérito guardar silencio: pero lo es y muy grande, cuando se lo guarda al NO responder cuando se recibe una ofensa. Este Perdón es muy valioso como testimonio para impulsar a otros a la conversión.

La única medicina para calmar la ira, es callarse.

En las disputas es muy difícil conservar la justicia y la paz del espíritu. Y los que son enemigos nuestros, son amigos de Satanás. ¿Queremos ser amigos de Satanás, al odiar al que nos odia?

El perdón es un regalo que nos devuelve el equilibrio interior y la salud: mental, espiritual y física. A fuerza de otorgarse una y otra vez; es como cubrirnos con una cúpula de fuerza protectora para las agresiones. En otras palabras: les quitamos a los demás, el poder para hacernos daño.

El Perdón es el Testimonio más poderoso de que Dios está con quién lo ejerce.

Al igual que la Fe y el amor, tiene su origen en la voluntad.

Esta es la respiración de la vida del cristiano:

QUERER CREER.  QUERER AMAR.  QUERER PERDONAR.  QUERER SALVARSE.

Amar Quiere decir imitar con espíritu de amor a quién se ama. El Amor es magnánimo y misericordioso. Tiene necesidad de perdonar. Porque no puede odiar.

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EL PERDON HACIA LOS DEMÁS, ATRAE EL PERDÓN DE DIOS.

El hambre de aceptación es un instinto básico en el ser humano y es por eso que los rechazos y las agresiones son tan dolorosos. Son como ardientes flechas que producen heridas punzantes en las que se inocula un veneno atormentador compuesto de Ira, Dolor, Amargura, Rencor y Venganza.

Su doloroso aguijón produce primero un escozor que dependiendo de nuestra susceptibilidad y nuestra soberbia, se va agigantando hasta convertirse en Odio. Nos enferma y nos hace perder el equilibrio en nuestras tres partes: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Cuando concluí la enseñanza del Padre Nuestro, lo hice con estas palabras: Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial los perdonará. En cambio, si NO perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.”

Mis palabras NO dejan alternativa.

Cuando tenemos una fe auténtica al orar el Pater Noster, si lo decimos, tenemos que hacerlo.

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Y SI NO LO DECIMOS, PERDEMOS LO MÁS IMPORTANTE DE DIOS EN ESTA TIERRA: SU PERDÓN.

YO practiqué esta enseñanza cuando desde la Cruz, oré para el perdón para mis asesinos…”

¿POR QUÉ DEBEMOS Y NECESITAMOS PERDONAR?

El hombre para ser feliz, necesita amar y ser amado.

Si Dios es amor y estamos hechos a imagen y semejanza de Él, es por eso que el Amor juega un papel tan fundamental en todas las relaciones humanas.

Al enfrentarnos a un mundo que NO SABE AMAR, el rechazo es determinante en las consecuencias de nuestras reacciones a lo que nos rodea.

Fuimos creados para amar y al empeñarnos en odiar, nos forzamos a funcionar al contrario.

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Éste conflicto es el núcleo de todas las alteraciones psicológicas en el ser humano.

Especialmente dañino es, cuando se ve obligado a odiar, lo que debe ser lo más amado en este mundo después de Dios: los hijos o los padres.

El hombre es la maquinaria más perfecta y su desequilibrio afecta las tres partes de él. Cuando el Odio se enseñorea de nuestro ser, el espíritu muere a la Gracia y se pierde la armonía con su Creador.

Al perder la armonía con la principal fuente de la Vida: Dios; se entra en contacto con la energía emanada por Satanás a través del Odio, que afectan terriblemente al alma y al cuerpo.

EL ODIO MATA EL ESPÍRITU.

El espíritu muerto es controlado por Satanás.

El alma se enferma.

De acuerdo al daño recibido son las alteraciones psicológicas manifestadas. Y la dureza de corazón y de carácter se agudiza.

Entre más herida está una persona, más llena de Odio, Amargura; y más endurecida estará. Al NO tener armonía con Dios, perdemos la armonía con nosotros mismos y NO podemos tenerla tampoco con los que nos rodean.

Y la depresión es el termómetro que marca la intensidad de una ira reprimida y convertida en Odio contra sí mismos y que NO encuentra salida a través de una venganza contra el que lo dañó.

El cuerpo: una mente dañada, se proyectará en un cuerpo enfermo. Éste es el origen de un gran porcentaje de las enfermedades crónicas, que la ciencia no ha podido curar.

El Odio es invalidante: la artritis y el cáncer, son un claro ejemplo de ello. Cuando el hombre aprende a perdonar, la mejoría es notable.

EL PERDON ES SALUD PARA EL CUERPO Y PARA EL ALMA.

Y PARA EL ESPIRITU ES SALVACIÓN.

PERDONAR ES SANAR.   PERDONAR ES LIBERARSE.   PERDONAR ES RESUCITAR.

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EL  PERDON  DE  DIOS

Dios perdona a cualquiera que con corazón contrito, humilde y decidido a perseverar en el bien, se lo pide. Porque por más grande que sea el pecado cometido, el arrepentimiento sincero, alcanza de Dios el Perdón.

Dios conoce nuestra debilidad. Sabe de qué barro estamos hechos y distingue perfectamente las intenciones del corazón. La humildad y el amor, siempre obtienen su Perdón.

La soberbia de la inteligencia y la lujuria de la carne, son los pecados que espiritualmente dejan al alma como un cadáver putrefacto y asqueroso.

Y así es como nos ven los ojos de Dios.

El llanto del arrepentimiento de un corazón contrito y humillado, es amor expiatorio que unido al Amor Purificador del Perdón de Dios, curan las almas de tan horrendas heridas.

Cuando se ama a Dios, el Pecado duele y no se quiere OfenderLo.

Para gozar de la protección de Dios, es necesario su Perdón. El alma que se sabe perdonada y tiene la seguridad de tener a Dios consigo, recupera la alegría y la paz. El bienestar se extiende hasta el cuerpo.

Yo sabía que esto era tan importante, que por eso lo convertí en Sacramento. El salmo 32, expresa muy bien este alivio.

ES NECESARIO EL PERDÓN DE DIOS

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El Sacramento de la Reconciliación, es un Sacramento de Liberación y de Sanación

Interior. Yo lo instituí precisamente por esto: el Pecado toma vida propia.

Y quise liberar a vuestro espíritu de las cadenas y las cargas por el Pecado. Y vuestra alma del Caos y la Destrucción, que siempre traen consigo.

El Perdón de Dios resucita nuestro espíritu a la Gracia y nuestra alma se une a la Vida: la Santísima Trinidad.

¿POR QUÉ ES NECESARIO EL PERDÓN DE LOS DEMÁS?

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HAY QUE HUMILLAR LA SOBERBIA …

 Casi nunca nos gusta reconocer las cosas lamentables de nuestra propia conducta. No es fácil reconocer nuestras culpas. Se necesitan grandes dosis de humildad, para reconocer los propios errores.

Y una confesión dolorosa que NO siempre estamos dispuestos a hacer.

Una auténtica disculpa, es mucho más que el mero reconocimiento de un error. Equivale a confesar que algo que dijimos o hicimos, le provocó un daño a otro.

Y que ese daño como un boomerang, también nos lastima a nosotros.

Nuestro equilibrio interior es tan sensible, que aunque conscientemente nos neguemos a aceptar que actuamos mal y disponemos de una montaña de justificaciones; la conciencia es un juez tan implacable, que hasta que NO resarcimos el daño, es como nos sentimos mejor.

El arrepentimiento sincero, es una medicina dolorosa y amarga, pero sus efectos son tan saludables, que cuando lo llevamos activo a solicitar el Perdón y somos capaces de decir sinceramente: ‘Lo siento. Lamento mucho haber…  Por favor, Perdóname.’

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¿ME PERDONAS POR…?

Estas palabras obran efectos maravillosos y curativos. Purifican de una manera esplendorosa nuestro interior. ¡Cuántas relaciones importantes se restaurarían, si fuésemos capaces de decirlas más seguido!

En una ocasión tuve un paciente que me fue a consultar, aquejado por una serie de síntomas: insomnio, depresión, dolores de cabeza, trastornos estomacales, etc.  El reconocimiento médico no reveló ningún trastorno orgánico.

El Espíritu Santo me hizo ‘percibir’…Y finalmente le dije:

–           Si no me dice usted lo que pesa en su conciencia, NO podré ayudarlo.

El hombre me miró sorprendido. Y después de dolorosas vacilaciones, confesó que como albacea del testamento de su padre, había despojado a su hermano de su parte de la herencia.

Allí mismo lo persuadí para que pidiera perdón a su hermano y le devolviera lo que le había quitado.

Después de haberlo hecho, el hombre fue a darme las gracias, porque se había curado.

A veces dudamos de pedir perdón por temor a vernos desairados. Es una dolorosa posibilidad que NO debe detenernos. Porque en el dado caso de que así sucediera, ya NO ES responsabilidad nuestra, el que no haya una reconciliación.

Vale la pena porque seremos nosotros los que sanaremos. 

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¿PORQUÉ ES NECESARIO EL PERDÓN HACIA NOSOTROS MISMOS?

 ARREPENTIMIENTO: Pesar de haber hecho una cosa con intención de resarcir y reparar el daño.

REMORDIMIENTO: Inquietud interior que perturba la conciencia, ante el recuerdo de un crimen cometido.

Cómo podemos observar el remordimiento es pasivo y el arrepentimiento es activo. Esta diferencia marca las consecuencias de nuestras acciones.

Cuando reconocemos nuestras culpas y pedimos perdón al que ofendimos, el siguiente paso es perdonarnos a nosotros mismos.

Cuando este último perdón NO lo llevamos a cabo, NO podemos recuperar la paz del espíritu.

Diablo significa Acusador.

Él hace honor a este título utilizando algunos pecados nuestros, como verdaderos tormentos que convierten la vida en un infierno.

Cuando esto sucede, el hombre que comete pecados tan atroces que le resulta imposible pensar que pueda alcanzar el Perdón: los remordimientos torturan tanto y el hombre se siente tan culpable, que cree que Dios no puede perdonarlo.

La humildad, llorando dice: ‘Señor, ten piedad de mí. Yo no puedo, Tú si puedes. Ayúdame porque solo Tú puedes hacerlo.’

La soberbia impotente, declara: ‘Dios NO puede perdonarme. Es imposible.’

El que dice estas palabras está midiendo a Dios consigo mismo. Y piensa que Dios NO perdonará, porque si él fuese el ofendido, NO perdonaría.

El humilde compadece y perdona, aun cuando sufra por haber sido ofendido.

El soberbio NO perdona, porque NO quiere renunciar a su Rencor.

El que NO se perdona a sí mismo, está odiándose. Y sé autodestruye con un castigo AUTO-impuesto, ya que de manera subconsciente busca sufrimientos para castigarse y se entrega a relaciones destructoras.

El arrepentimiento auténtico debe tener un valor viril y sin pedir excusas, ni dárselas; hay que aceptar las consecuencias del pecado, como un doloroso medio de expiación.

Y con renovadas fuerzas, aceptarnos como somos, amándonos y con inmensa gratitud hacia Dios.

Cuando hemos alcanzado el Perdón de Dios, debemos hacerlo extensivo a nuestra voluntad, con este pensamiento: “Si Dios me ha perdonado, ¿Quién soy yo para NO hacerlo?”

La soberbia impulsada por Satanás, es la que dice que Dios NO PUEDE perdonarnos.

Pues donde abunda el pecado, sobreabunda la Gracia. Esto debemos recordarlo porque nos muestra la infinita misericordia de Dios y debe ser el baluarte cuando Satanás quiere afligirnos, con sentimientos de culpa.

Entonces, ¿Qué es lo que debemos hacer? Efectuar los Siete Pasos del Perdón aplicados a ¡NOSOTROS MISMOS!

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Y AMEMOS AL ENEMIGO EN QUE NOSOTROS MISMOS NOS CONVERTIMOS…

Por ejemplo, si nuestro pecado fuese como el de Judas y ya cometimos el DEICIDIO, después de pedir perdón al Señor con arrepentimiento sincero, vamos a orar: “Yo…(fulano de tal), ME PERDONO A MÍ MISMO POR HABER MATADO A JESÚS, EN….

¡Y asunto concluido! Aceptemos las CONSECUENCIAS de nuestro Pecado como expiación por el mismo.

Y cuando Satanás venga a fastidiarnos, simplemente le decimos: ¡VADE RETRO SATÁN! Mi Abba ya me perdonó y yo también me perdoné…

¡LÁRGATE DE AQUÍ! ¡YO NO TENGO NADA CONTIGO! Invoquemos a nuestra Madrecita y verán como sale huyendo el muy Cobarde…

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¿PORQUÉ ES NECESARIO PERDONAR A LOS DEMÁS?

Muchas personas creen equivocadamente que el perdón solo debe otorgarse, cuando el ofensor se muestra arrepentido. Si queremos obtener óptimos resultados, debemos corregir este error.

Primero que nada tenemos que estar conscientes, que el perdón es un Regalo. Tanto para el perdonado, como para el perdonador.

El que recibe la mayoría de los beneficios, es el que lo otorga. 

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TE PERDONO…

A menos que decidamos amar nuestras enfermedades y desequilibrios y seguir manteniéndonos alejados de Dios por el resentimiento; NO nos queda otra alternativa.

Porque ni siquiera podremos volver a orar el ‘Pater Noster’, con la seguridad de estar siendo atendidos

Hagamos el Perdón activo, si podemos decirle a nuestro Ofensor: “Yo te perdono por esto…” Qué bien o si NO, al menos hagámoslo espiritualmente y digámosle a Jesús: “Señor yo perdono a fulano por esto… Bendícelo.”

Punto final, ya no tenemos pagarés que nos estorben para seguir amando y produciendo Amor…

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¿CUÁNTAS VECES SE DEBE PERDONAR?

Para el Amor y para el Perdón, no hay límites. No lo hay. Ni en Dios, ni en los verdaderos hijos de Dios. Mientras dure la vida, no hay límite.

En el cristiano, por más que las culpas produzcan dolor, hay que perdonar siempre al que nos hace daño.

La primera vez que perdonamos de verdad duele tanto; que es como si nos desollaran vivos.

Después va disminuyendo la sensación de dolor, hasta que quedamos envueltos en una muralla de amor tan densa; que los dardos envenenados del Demonio, pierden toda su eficacia.

Conforme nos habituamos a ejercer el Perdón, se va formando un escudo formidable a nuestro alrededor, que inclusive desarma al Enemigo.

Porque se convierte en un ejercicio tan habitual, que llegamos a perdonar en el mismo momento en que estamos siendo ofendidos y al contestar con amor, estamos poniendo la otra mejilla, al mismo tiempo que detenemos la flecha de fuego llena de Odio que se ha lanzado para herirnos, antes de que ésta llegue a tocarnos.

El Perdón de las ofensas es la Prueba de nuestra caridad y de nuestra unión con el Verbo.

Si consideramos las flechas de las ofensas como ofensas, NO las podemos amar. Si consideramos a los que nos afligen como injustos, NO los podemos amar.

Si consideramos las ofensas como plumas agregadas para volar a Dios y miramos a los torturadores como los cooperadores más valiosos para que adquiramos méritos celestiales, entonces SÍ los podemos amar.

Desgraciadamente vivimos en un mundo que nos obliga a practicar el perdón continuamente y por lo mismo, su valor es inapreciable. Porque al ser el Odio, el principal elemento que nos rodea; la única manera de neutralizarlo es el Perdón.

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Él nos ayuda a convertirnos en amos de nuestras pasiones y el Dolor deja de ser un Verdugo, para transformarse en un Maestro.

Y el maravilloso bienestar que lo acompaña es sensacional.

Entonces somos espectadores de las ofensas que nos infieren, sin sentirnos lastimados por ellas. Y somos capaces de realizar, al compadecer el porqué de la crueldad del ofensor, el precepto más asombroso de la Doctrina Cristiana: amar a nuestros enemigos.

EL AMOR A NUESTROS ENEMIGOS

El que no ama, permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un asesino. Y como lo saben ustedes, en el asesino NO permanece la Vida Eterna.” (1 de Juan 3, 15)

A S E S I N O.

Es una palabra bastante fuerte para calificar una conducta bastante común en nuestros días.

Es imposible pasar por esta vida, sin encontrarnos con gente que de muy diversas maneras, nos lastiman una y otra vez.

La reacción más natural es el enojo y el resentimiento.

Entonces ¿Cómo poder cumplir con el Mandamiento tan perentorio de Jesús?

El Perdón es totalmente activo y requiere de un enorme esfuerzo de la voluntad, pero su ejercicio es sumamente fácil, si dejamos que sea Jesús el que lo haga por nosotros.

Si él vive dentro de nosotros y de verdad lo amamos. Basta con que le entreguemos lo que sentimos y le pidamos ayuda. Nunca nos defraudará.

Cuando logramos dominar el ejercicio del Perdón, nuestra vida se transforma de manera total.

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 Es infinitamente feliz y saludable; porque el Odio aparte hacernos vivir infelices y amargados. Es una pasión tan avasalladora, que cuando no se vierte al exterior en desórdenes de conducta violentos, se vuelve contra nosotros mismos y toma cualquiera de las dos formas: alteraciones físicas que desarrollan enfermedades psicosomáticas hasta llegar al cáncer.

O alteraciones nerviosas en forma de depresión que culmina con el suicidio. lA DESESPERACION ES EL PRIMER PASO…

Viendo el contexto completo de lo que significa el Odio, adquiere sentido la fuerte palabra: ‘asesino’.

Si no somos asesinos de los demás, lo somos de nosotros mismos.

Si es el Odio o la indiferencia, uno de los látigos que nos fustigan, roguemos a Dios para que sane nuestro corazón, entregándole nuestros sentimientos y pidiéndole que resucite el amor.

Porque es solamente amando como adquiere sentido nuestra vida. Cuando todas nuestras potencias están ocupadas en amar, no hay lugar para el resentimiento.

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Es al señor al que le toca castigar, las venganzas se le deben entregar a Él. Al hombre le toca amar y perdonar. Compadecer y perdonar. Orar y perdonar. ¡Cuánta necesidad de ayuda y de perdón, tienen los culpables ante Dios!

Y solo a través de la Oración se ahuyentan los fantasmas de Satanás y podemos sentir la Presencia de Dios que nos llena de fortaleza, amor y compasión.

Si Dios está cerca puede uno enfrentarse a todo y soportarlo con rectitud y mérito. Solo la Fe en Aquel del cual nos alimentamos, puede ayudarnos a vencer el Odio y hacer posible lo que para muchos no solo es imposible, sino una verdadera locura: el amor por nuestros enemigos.

¿CÓMO DETECTAR AL ESPIRITU RENCOROSO?

El espíritu rencoroso es uno de los principales obstáculos para la Oración. El rencor es hijo del Odio y la Soberbia. El rencor es pecado. El pecado impide la comunicación con Dios.

Satanás es habilísimo para disfrazarse con la hipocresía. El que trata de orar con el rencor en el corazón, NO recibe contestación. Y el alma deja de orar. Deja de ser creyente. Es por eso que Jesús es tan intransigente con este Mandamiento.

En nuestro corazón siempre debe haber paz y alegría. Y el espíritu rencoroso nos está saboteando, si al pensar en nuestro ‘enemigo’ sentimos malestar y evitamos encontrarnos con él. Decimos perdono, pero no olvido.

Reconocemos que en el fondo del corazón, nos alegra que le vaya mal y lo consideramos ‘un justo castigo por su maldad’. Deseamos que Dios se encargue de vengar pronto nuestros agravios.

Cuando ‘inadvertidamente’ dejamos caer indirectas y pequeñas puyas venenosas que le hagan la existencia tan pesada, como nos la hicieron a nosotros. Cuando nos vengamos con críticas y murmuraciones, tratando de destruir la reputación del ‘enemigo’.

Si reconocemos cualquiera de estas circunstancias con alguien relacionado a nuestra vida, ¡Es el momento de efectuar los Siete Pasos del Perdón, para recuperar nuestro equilibrio interior!

En primer lugar, debemos recordar que el verdadero cristiano no ve en sus semejantes, ‘enemigos’. El Enemigo ya sabemos quién es.

Porque se debe amar a los malvados.

Porque con el amor se alcanza la misericordia que los convierte y los salva.

Cuando se siente aversión por el enemigo, es señal de que se puede fermentar en el corazón, la levadura del Odio.

El que camina por el Sendero de la Cruz, siguiendo a Jesús y NO perdona, termina por encaminarse hacia el Odio.

NO SE DEBE ODIAR AL QUE NOS ODIA. No abráis ni siquiera un resquicio a lo que no es de Dios.

¡Hay peligro de perecer y de ser vencidos por el verdadero Enemigo! ¡NO! Tened Caridad y prudencia…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

177.- POSESIÓN DIABÓLICA PERFECTA


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Judas se enfurece y recupera su diabólica audacia…

Casi se arroja contra Jesús y grita:

–        Mandaste a que me espiaran para quitarme la honra. Que me espiara ese muchacho estúpido, que ni siquiera sabe guardar silencio. Que me avergonzará delante de todos. ¡Esto era lo que querías! Por lo demás… ¡Sí! ¡Esto también lo busco yo! ¡Lo quiero! ¡Qué me arrojes! ¡Qué me maldigas! ¡Qué me maldigas! ¡Qué me maldigas! He hecho todo lo posible para que me arrojaras…

Su voz es muy ronca y  jadea como si algo lo estrangulase…

Jesús le repite en voz baja, pero terrible:

–          ¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Hoy Ladrón y mañana asesino como Barrabás!  ¡Y peor que él!

Mientras el Maestro se ha ido acercando cada vez más. El aliento de Jesús y su mirada escalofriante, llegan hasta la cara de Judas…

Éste le contesta desafiante:

–          Sí. Ladrón y por culpa tuya. Todo el mal que hago es por tu culpa y no te cansas nunca de llevarme a la ruina. Salvas a todos. Amas y honras a todos. Acoges a pecadores. No te causan asco las prostitutas y tratas como amigos a los ladrones, a los usureros, a los proxenetas de Zaqueo. Acoges como si fueses el Mesías al espía del Templo.

¡Eres un necio! Nos diste como jefe a un ignorante. Hiciste tesorero a un recaudador de impuestos y de tus confianzas a un estúpido. A mí me das lo mínimo…  No me das ni un céntimo. Me tienes cerca como un galeote amarrado al banco.

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No quieres que nosotros que yo, reciba los óbolos de los peregrinos. Y para que no toque yo el dinero, has dado órdenes de que no se reciba de nadie… Y todo esto es…  ¡Porque me odias!

Pues bien, ¡Yo también te odio! No te atreviste a pegarme, ni a maldecirme. Tu maldición me hubiera convertido en cenizas…  ¿Por qué no me la arrojaste? La hubiera preferido a verte así: inútil, debilucho, como un hombre sin fuerzas, como un vencido…

Jesús ordena:

–           ¡Cállate!

–          ¡No! ¿Tienes miedo de que Juan oiga? ¿No quieres que comprenda quién eres y te abandone?…  –Judas se ríe con la misma risa escalofriante y solapada de sus últimas manifestaciones… Y grita triunfante-  ¡Ah, esto es lo que temes!…

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Judas está agachado y parece un perro feroz a punto de lanzarse sobre su presa. Se acerca  Jesús y en su cara hay una transformación satánica… Sus manos parecen garfios. Los brazos, pegados al cuerpo y los ojos fulgurantes de rabia.

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Jesús lo encara sin miedo, esperando sin hacer ningún gesto, ni decir una palabra, a que la furia de Judas se calme, pues se desata como una avalancha…

Y su voz suena como un latigazo…

–      ¡Temes! ¡Tú que te crees un héroe!… ¡Temes! Me tienes miedo… ¡Me temes! Por esto no pudiste maldecir. Por esto finges amarme, cuando en realidad me odias. Para ablandarme. Para mantenerme quieto… ¡Sabes que yo soy una fuerza! ¡Sabes que soy la Fuerza! La Fuerza que te odia y que te vencerá…  

Te prometí que te seguiría hasta la muerte, ofreciéndote todo y todo te he ofrecido…

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Estaré cerca de Ti, hasta tu Hora y mi hora. ¡Valiente rey que no puede maldecir y arrojar a uno! ¡Un rey payaso! ¡Un rey ídolo! ¡Un rey necio! ¡Un rey mentiroso! Eres un traidor de tu mismo destino.

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Desde nuestro primer encuentro me has despreciado… No me has correspondido. ¡Te crees un sabio y eres un estúpido! Te señalaba el camino recto, pero Tú… ¡Oh, Tú eres el Puro!

Eres la creatura que es hombre, pero también Dios y te atreves a despreciar los consejos del Inteligente…  

Desde el primer momento te equivocaste y sigues equivocándote.  Tú… Tú Eres… ¡Ahggg!…

El torrente de palabras cesa de golpe. Hay un silencio lúgubre…

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Jesús ha estado callado, mirando con infinito dolor al desgraciado apóstol, elevando una plegaria silenciosa… Cuando de pronto, Jesús abre los brazos horizontalmente  y toma la postura de un crucificado. Es cuando Judas ha callado con un ahogado ¡Ah!…

En un momento de clara posesión diabólica, Satanás ha hablado por boca del apóstol pervertido, cercano ya al umbral del mayor delito, condenado por su propia voluntad.

El torrente de palabras cesó, dejando al apóstol como atolondrado… Pasa un larguísimo minuto…

Luego Judas parece como si saliera de un delirio y se pasa la mano por la frente perlada de sudor… Piensa… Recuerda… Las fuerzas lo abandonan y cae por tierra llorando…

Jesús baja los brazos.

Y con voz queda pero clara, le dice:

–         ¿Y luego?…  ¿Te odio?…  Podría pegarte con el pie y aplastarte llamándote ‘gusano’ Podría maldecirte, así como te he librado de la fuerza que te hacía delirar…

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Has creído que el no maldecirte es debilidad de mi parte. No lo es. Soy el Salvador y el Salvador no puede maldecir. Quiero salvar. Dijiste: ‘Soy la fuerza que te odia y que te vencerá’

Yo Soy la Única Fuerza y es Amor no Odio. El Amor no odia. No maldice, jamás. La Fuerza podría vencer las batallas individuales, como ésta entre Yo y Satanás, que está en ti. Quitarte tu patrón para siempre, como acabo de hacerlo. Tomando la actitud de la TAU, la Señal que salva y que Lucifer no puede ver.

Pero, ¿De qué serviría traspasar las reglas perfectas de mi Padre? ¿Sería justicia? ¿Habría mérito? ¡NO! Ni una cosa, ni la otra. No sería justicia para con los culpables, a los que no se les quitó la libertad de serlo. Los cuales podrían en el último día, preguntarme porqué fueron condenados y echarme en cara el haber sido parcial contigo.

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Habrá miles y miles de hombres, que cometerán tus mismos pecados: que se permitirán ser presa del demonio; ofensores de Dios; torturadores de sus padres; asesinos, ladrones, mentirosos, adúlteros, lujuriosos, sacrílegos y hasta deicidas…

Matando materialmente al Mesías dentro de poco tiempo; matándolo espiritualmente en sus corazones, en tiempos venideros…

Todos podrían decirme, cuando venga a separar a los corderos de los cabros. A bendecir a los primeros y a maldecir;  entonces sí, a maldecir a los otros. A maldecir porque ya no habrá más Redención. Sino Gloria o Condenación…  

A volverlos a maldecir después de haberlos maldecido individualmente, cuando murieron y fueron juzgados. Porque el hombre y lo sabes, porque lo he dicho muchísimas veces: puede salvarse mientras le dura la vida. Aún en sus últimos momentos basta un instante, para que todo se arregle entre el alma y Dios. Para que se pida perdón y se alcance absolución…

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     Todos los condenados podrían decirme: “¿Por qué no nos amarraste al bien, como hiciste con Judas?” Y tendrían razón…  Porque cada hombre nace con los mismos elementos.

Y mientras unos adornan su alma secundando el querer de Dios; haciendo fructificar sus dones gratuitos. Con una perfección cada vez más heroica. Tú por el contrario, has destruido tu alma y los dones que Dios le entregó. ¿Qué has hecho de tu libre albedrío? ¿Qué de tu inteligencia? ¿La has conservado libre? ¡NO! Tú que no quieres obedecerme a Mí. No digo a Mí Hombre,  pero ni siquiera a Mí, Dios. Obedeces a Satanás como un esclavo.

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Empleas tu inteligencia y tu libertad, para comprender a las Tinieblas. Voluntariamente. Delante de ti se te han puesto el Bien y el Mal. Y has elegido el Mal. Aún más: se te ha puesto delante solo el Bien: Yo el Eterno, Tu Creador, que ha seguido el desenvolvimiento de tu alma y te ha puesto delante solo el Bien, porque sabe que eres más débil que un alga seca.

Me echaste en cara que te odio y esta acusación la has lanzado contra Dios, Uno y Trino. Contra Dios Padre que te creó por Amor. Contra Dios Hijo que se Encarnó por Amor, para salvarte. Contra Dios Espíritu que te ha hablado muchas veces, para darte buenos deseos. Has acusado a Dios Uno y Trino que tanto te ha amado que te ha traído a mi Camino.

1LUCIFER

     Haz rechazado el Bien y libremente te has entregado al Mal. Con tu libre albedrío has querido esto y descortésmente siempre has rechazado mi Mano; que te he ofrecido para sacarte del remolino. Y siempre te alejas de Mí, para sumergirte en el enfurecido mar de las pasiones, del Mal. ¿Cómo puedes acusarnos de que te hemos odiado?

Me has echado en cara que quiero tu mal… También el niño enfermo se enoja contra el médico y contra su madre, porque le hacen beber medicinas amargas y porque le niegan cosas que le harán daño. ¿Te ha cegado tanto Satanás que ya no comprendes la verdadera razón de las providencias que he tomado por tu bien?

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¿Y te atreves a llamar mala voluntad y deseo de llevarte a la ruina lo que es providencia amorosa de tu Maestro, de tu Salvador, de tu Amigo que quiere curarte? Te he impedido que tocases ese metal infame que te enloquece, para que su veneno no te llevase a la muerte.

¿No sientes que es como uno de esos brebajes mágicos que provocan una sed insaciable que inocula en la sangre un ardor, una rabia que llevan a  la muerte? Leo en tu pensamiento que me estás reprochando: “Entonces, ¿Porqué por tanto tiempo me permitiste que administrase el dinero?”

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     ¿Por qué? Porque si te  lo hubiera impedido desde el principio. Te habrías vendido antes. Habrías robado antes. De todos modos te vendiste, porque poco podías robar. Yo tuve que impedirlo sin hacer violencia a tu voluntad. El oro es tu ruina. Porque por causa del oro te has hecho lujurioso y traidor.

Judas exclama:

–          ¡Eso! Te han informado mal. Yo no soy…

–          ¡Cállate!

Parece el eco de un trueno. Jesús lo ha dicho con Ira. Severamente mira a Judas, que se encoge y se queda callado.

En el silencio se escucha el esfuerzo que Jesús hace por dominarse. Luego vuelve a hablar con su tono dulce, enérgico, persuasivo, conquistador…

Sólo los demonios pueden resistir a esta voz:

–                       No necesito que nadie me diga para conocer tus acciones. ¡Oh, desgraciado! ¿Sabes delante de Quién estás?…  

Dijiste que ya no comprendías mis palabras, ¡Pobre Infeliz! Ni siquiera te comprendes a ti mismo. Ya ni siquiera distingues el Bien del Mal. Satanás, al que has obedecido en todas las tentaciones que te ha presentado, te ha vuelto estúpido.

Pero hubo un tiempo en que me comprendías. ¡Creías que Yo Soy Quien Soy! Y este recuerdo no se apagado en ti. ¿Puedes creer que el Hijo de Dios? ¿Qué Dios tenga necesidad de las palabras de un hombre, para saber el pensamiento y las acciones de otro?

Aún no estás del todo pervertido, que no creas que Soy Dios. Y en esto está tu mayor culpa. Lo demuestra el miedo que tienes a mi Ira. Sientes que no luchas contra un Hombre, sino contra Dios Mismo y tiemblas. Y pese a que sabes Quién Soy, luchas contra Mí…

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Si te maldijera no sería más el Salvador. Querrías que te arrojase y dices que todo lo haces, para que te arroje. Esta razón no justifica tus acciones, porque no hay necesidad de pecar, para separarte de Mí…

Puedes hacerlo, te lo he dicho. Desde que regresaste a Nobe, lleno de mentiras y de Lascivia; como si hubieras salido del Infierno para caer en el fango de los cerdos o con los libidinosos monos.

Y tuve que hacerme fuerza a Mí Mismo, para no arrojarte a puntapiés, como un harapo asqueroso. Y para refrenar la náusea que sentía, no solo en el corazón, sino aún en las entrañas.

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Siempre te lo dije aún antes de aceptarte, antes de que vinieras con nosotros. Pero quisiste quedarte… ¡Para tu ruina! ¡Tú, mi más grande dolor! Pero andas pensando y diciendo que soy superior al Dolor; tú, el primero de los herejes que vendrán…

NO. Sólo al Pecado soy superior. Sólo a la ignorancia lo soy. Al pecado porque soy Dios. A la ignorancia porque no puede existir en el alma que no ha sido herida por la Culpa Original. Y Yo soy superior al Pecado por mi propia voluntad, porque no quiero pecar.

Vine al Mundo para devolver a los hombres su realeza de hijos de Dios, enseñándoles a vivir como dioses. He querido demostrar que se puede vivir como enseño…  Y para mostrarlo, tuve que tomar un cuerpo verdadero. Para poder sufrir las tentaciones humanas y decir al hombre después de haberlo instruido: ‘Haced como Yo’

Todos los hombres pueden ser tentados pero solo son pecadores los que quieren serlo. No hay pecado donde no se consiente a la tentación, Judas. Existe el pecado dónde aún sin consumarlo, se consiente a la tentación y se mira con buenos ojos. Será pecado venial, pero ya es una preparación para el pecado mortal, que se desenvuelve en vosotros.

Porque acoger la tentación y pensar en ella siguiendo mentalmente las fases del pecado, es debilitarse a sí mismo. Satanás lo sabe y por eso lanza repetidos ataques, esperando que penetre uno; pues es fácil que el hombre tentado se haga culpable.

Y tú eres un hombre en el que la tentación rechazada no se calma… No se calma, porque no la rechazas totalmente…  No realizas el acto, pero cobijas su deseo y así lo has hecho hasta que caes en la realización del pecado. Por eso te  enseñé que pidieses la ayuda del Padre, para que no te dejase entrar en tentación.

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      Yo, el Hijo de Dios. Yo, el Vencedor de Satanás; he pedido ayuda al Padre, porque soy humilde. Tú no lo eres. Eres un soberbio y por eso te hundes… ¿Recuerdas esto?

¿Puedes comprender ahora lo que significa para Mí, verdadero Hombre con todas las reacciones humanas y verdadero Dios, con todas las reacciones de Dios?…  ¡Verte así: lujurioso, mentiroso, ladrón, traidor, homicida! ¿Sabes cuáles son los esfuerzos a los que me sujetas, para tenerte cercano a Mí? ¿Sabes lo que me cuesta dominarme como ahora, para que mi misión en ti, se realice completamente?…

Cualquier otro hombre te habría cogido por la garganta, al sorprenderte forzando los cofres y apoderándote del dinero, al saber que eres un traidor y más que un traidor… Te hablo con compasión. Mira…  no es verano y por la ventana entra ya el aire fresco del atardecer. Y sin embargo estoy sudando como si hubiera hecho un trabajo demasiado duro.

1JAVHE

¿No te das cuenta de los que me cuestas?  ¿De lo que eres? ¿Quieres que te arroje? No. Jamás. Cuando alguien se está ahogando, es un asesino el que lo deja que se hunda. Te encuentras en medio de dos fuerzas que te jalan: Yo y Satanás.

Si te dejo, solo lo tendrás a él. ¿Y cómo te salvarás? Y con todo me abandonarás… Ya me abandonaste en tu corazón.  Y Yo tengo todavía conmigo, la crisálida de Judas: tu cuerpo privado de la voluntad de amarme. Tu cuerpo inerte para el bien. Lo detengo hasta que exijas también este despojo, para unirlo al espíritu y pecar con todo tu ser…

Judas, ¿No me hablas? ¿No encuentras una palabra que decir a tu Maestro? No te exijo que me digas: “¡Perdón!” muchas veces te he perdonado sin resultado.  Sé que esa palabra saldría solo de tus labios, no de tu espíritu arrepentido. Quisiera que saliese de tu corazón.

1jnoche

 ¿Estás tan muerto que no eres capaz de formar un deseo? ¡Habla! ¿Me temes? ¡Oh, si fuera realidad! ¡Por lo menos esto! Pero no. Si me temieses te diría las palabras que te dije aquel día ya lejano, en que hablamos de las tentaciones y los pecados: “Te aseguro que aún después del Mayor Crimen que se cometerá,   si el culpable de él corriese a los pies de Dios con verdadero arrepentimiento y llorando pidiese perdón, ofreciéndose a expiar confiadamente, sin desesperarse; Dios lo perdonaría.  Y por medio de la expiación salvaría su alma.

Judas si no me temes, aun así, Yo todavía te amo. ¿No tienes nada que pedir ahora, a mi amor infinito?…

La voz de Jesús es una caricia dulcísima…

1bES

Judas responde con altanería:

–         No. Mejor dicho sí. Una sola cosa. Que impongas silencio a Juan. ¿Cómo quieres que pueda reparar, si seré la vergüenza entre vosotros?

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–        ¿Y así hablas? Juan no hablará. Pero Yo te pido que al menos tú, obres de tal modo, que nada trasluzca tu ruina. Recoge esas monedas y ponlas en la bolsa de Juana… Trataré de cerrar el cofre, con el alambre que empleaste para abrirlo…

La voz de Jesús tiene un timbre de derrota y está impregnada con un infinito Dolor.

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Mientras Judas de mala manera, recoge las monedas desparramadas sobre el suelo.

Jesús se apoya sobre el cofre abierto abrumado por el cansancio. Aunque la luz es débil, permite ver que llora en silencio; mirando al apóstol encorvado, que está recogiendo las monedas.

Cuando Judas termina se acerca al cofre; toma la gruesa y pesada bolsa, mete adentro las monedas, la cierra y dice:

–        Aquí están.  –y se hace a un lado.

Jesús toma la ganzúa y con mano temblorosa, hace girar la chapa y cierra el cofre. Caen lágrimas sobre su vestido blanco de lino.

Judas lo ve y finalmente tiene un impulso de arrepentimiento. Se cubre la cara con las manos y en medio de un sollozo…

Judas dice:

–      ¡Soy un maldito! ¡Soy el Oprobio de la tierra!

Jesús contesta:

–       ¡Eres el desgraciado eterno! ¡Y pensar que si quisieras, podrías todavía ser feliz!

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Judas grita:

–        ¡Júrame! ¡Júrame que nadie se enterará de esto!… ¡Y yo te juro que me redimiré!

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–        No. No digas ‘me redimiré.’ No puedes. Solo Yo puedo redimirte. Solo Yo puedo vencer al que habló por tus labios… Pronuncia la palabra de humildad: “Señor, Sálvame.” Y te libraré de tu opresor. ¿No comprendes que espero esta palabra con más ansias que un beso de mi Madre?…

Judas llora…  Pero no la pronuncia… 

Después de un minuto que parece un siglo.

Jesús dice:

–       Vete. Sube a la terraza. Vete a donde quieras, pero no hagas ninguna comedia. Vete, vete. Nadie te descubrirá, porque Yo me preocuparé de ello. Desde mañana tendrás el dinero. ¡Es inútil todo ya!…

Judas sale sin replicar.

Jesús se queda solo. Se sienta sobre una silla que hay cerca de la mesa. Y con la cabeza apoyada sobre sus brazos, llora angustiosamente.

Pocos minutos después, llega Juan. Se detiene un momento en el umbral. Está pálido como un muerto y corre hacia Jesús.

Lo abraza suplicando:

–       ¡No llores, Maestro! ¡No  llores! Te amo también por ese infeliz.

Juan ve las lágrimas de su Dios y llora a su vez.

1jesus-lloro

Jesús lo abraza. Y las dos cabezas rubias, juntas se intercambian las lágrimas y los besos.

Jesús pronto se domina y dice:

–       Juan, por amor mío. Olvida todo esto. Lo quiero.

Juan contesta:

–       Sí. Señor mío. Trataré de hacerlo. Pero no sufras más… ¡Ah, qué dolor! Me hizo pecar, Señor mío. Mentí. Tuve que mentir porque vinieron a agradecerte los samaritanos. Les nació felizmente un varoncito. Les dije que habías ido al monte… Luego vinieron las discípulas y volví a mentir, diciendo que tal vez estarías en la casa de Ada… Yo estaba atolondrado.  Tu Madre me vio que tenía lágrimas y me preguntó angustiada: ¿Qué te pasa Juan? Volví a mentir: Estoy conmovido por la felicidad de Ada… ¡A tanto puede llevar el estar cerca de un pecador! ¡A la mentira!… ¡Perdóname, Jesús mío! 

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–           Quédate en paz. Olvídate de estos momentos. No ha pasado nada. Es sólo un mal sueño…

–           Sufres. ¡Qué cambiado estás, Maestro! Respóndeme sólo esto: ¿Se arrepintió Judas?

–           ¡Quién puede comprenderlo, hijo mío!

–           Ninguno de nosotros. Pero Tú sí.

Jesús no responde. Nuevas lágrimas silenciosas corren por su cansado rostro.

Juan comprende aterrado:

–        ¡Ah! ¡No se arrepintió!

–        ¿Dónde está ahora? ¿Lo viste?

–         Sí. Asomándose a la terraza, mirando si había alguien. Y al verme que estaba solo, sentado bajo la higuera, bajó corriendo y salió por la puerta del huerto. Entonces me vine…

–        Hiciste bien. Pongamos las sillas en su lugar. Recoge la jarra. Que no queden huellas de nada…

–         Luchó contigo.

–        No, Juan. No.

–        Estás muy turbado Maestro, para quedarte aquí. Tu Madre comprendería y sufriría…

–         Tienes razón. Salgamos. Me adelanto al arroyo en dirección al bosque…

Jesús sale y Juan se queda a poner todo en orden. Luego, sale detrás de Jesús…

Lo encuentra sentado sobre una piedra.

1jmed

Él se vuelve al oír los pasos de su apóstol. Su figura resalta a la luz del atardecer. Juan se sienta a sus pies y recuesta la cabeza sobre sus rodillas. Ve que todavía llora…

Juan dice:

–       ¡No sufras, más! ¡No sufras más, Maestro! ¡No soporto verte sufrir!

Jesús contesta:

–        ¿No puedo sufrir por esto? ¡Es mi mayor dolor! Recuérdalo Juan: ¡Este será para siempre mi mayor dolor! Y todavía no puedes comprender todo… Mi mayor dolor…  -Jesús está totalmente abatido.

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Juan se aflige por no poder consolarlo…

Jesús levanta su cabeza. Abre sus ojos, que tenía cerrados tratando de contener las lágrimas y dice:

–        Recuerda que somos tres los que sabemos: el culpable, Yo y tú. Y que nadie más debe saberlo.

–        Nadie lo sabrá de mi boca. ¿Pero, cómo pudo hacerlo? Cuando se apropiaba el dinero de la bolsa común, ¡Paciencia!… ¡Pero esto! ¡Creí que estaba yo loco, cuando lo vi!… ¡Horror!

–       Te he dicho que lo olvides.

–        Me esfuerzo Maestro, pero es muy horrible…

–        ¡Horrible! Sí, ¡Horrible!

Jesús apoya su cabeza sobre la espalda de Juan y vuelve a llorar de dolor. Las sombras de la noche bajan rápidamente y los envuelven…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

34.- PERDONA NUESTRAS OFENSAS II


Es necesario saber siempre perdonar, porque todos tienen necesidad del Perdón. El crecimiento espiritual se manifiesta a través de esfuerzos superiores a las fuerzas humanas. No es un mérito guardar silencio: pero lo es y muy grande, cuando se lo guarda al no responder cuando se recibe una ofensa. Este Perdón es muy valioso como testimonio para impulsar a otros a la conversión.

La única medicina para calmar la ira, es callarse. En las disputas es muy difícil conservar la justicia y la paz del espíritu. Y los que son enemigos nuestros, son amigos de Satanás. ¿Queremos ser amigos de Satanás, al odiar al que nos odia?

El perdón es un regalo que nos devuelve el equilibrio interior y la salud: mental, espiritual y física. A fuerza de otorgarse una y otra vez; es como cubrirnos con una cúpula de fuerza protectora para las agresiones. En otras palabras: les quitamos a los demás, el poder para hacernos daño.

El Perdón es el testimonio más poderoso de que Dios está con quién lo ejerce. Al igual que la Fe y el amor, tiene su origen en la voluntad.

Esta es la respiración de la vida del cristiano:

QUERER CREER.  QUERER AMAR.  QUERER PERDONAR.  QUERER SALVARSE.

Amar Quiere decir imitar con espíritu de amor a quién se ama. El Amor es magnánimo y misericordioso. Tiene necesidad de perdonar. Porque no puede odiar.

EL PERDON HACIA LOS DEMÁS, ATRAE EL PERDÓN DE DIOS.

El hambre de aceptación es un instinto básico en el ser humano y es por eso que los rechazos y las agresiones son tan dolorosos. Son como ardientes flechas que producen heridas punzantes en las que se inocula un veneno atormentador compuesto de Ira, Dolor, Amargura, Rencor y Venganza. Su doloroso aguijón produce primero un escozor que dependiendo de nuestra susceptibilidad y nuestra soberbia, se va agigantando hasta convertirse en Odio. Nos enferma y nos hace perder el equilibrio en nuestras tres partes: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Cuando concluí la enseñanza del Padre Nuestro, lo hice con estas palabras: “Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.”

Mis palabras no dejan alternativa. Cuando tenemos una fe auténtica al orar el Pater Noster, si lo decimos, tenemos que hacerlo.

Y SI NO LO DECIMOS, PERDEMOS LO MÁS IMPORTANTE DE DIOS EN ESTA TIERRA: SU PERDÓN.

YO practiqué esta enseñanza cuando desde la Cruz, oré para el perdón para mis asesinos…”

¿POR QUÉ DEBEMOS Y NECESITAMOS PERDONAR?

El hombre para ser feliz, necesita amar y ser amado. Si Dios es amor y estamos hechos a imagen y semejanza de Él, es por eso que el Amor juega un papel tan fundamental en todas las relaciones humanas. Al enfrentarnos a un mundo que no sabe amar, el rechazo es determinante en las consecuencias de nuestras reacciones a lo que nos rodea.

Fuimos creados para amar y al empeñarnos en odiar, nos forzamos a funcionar al contrario.

Éste conflicto es el núcleo de todas las alteraciones psicológicas en el ser humano. Especialmente dañino es, cuando se ve obligado a odiar, lo que debe ser lo más amado en este mundo después de Dios: los hijos o los padres.

El hombre es la maquinaria más perfecta y su desequilibrio afecta las tres partes de él. Cuando el odio se enseñorea de nuestro ser, el espíritu muere a la Gracia y se pierde la armonía con su Creador. Al perder la armonía con la principal fuente de la Vida: Dios; se entra en contacto con la energía emanada por Satanás a través del Odio, que afectan terriblemente al alma y al cuerpo. EL ODIO MATA EL ESPÍRITU.

El espíritu muerto es controlado por Satanás.

El alma se enferma. De acuerdo al daño recibido son las alteraciones psicológicas manifestadas. Y la dureza de corazón y de carácter se agudiza.

Entre más herida está una persona, más llena de odio, amargura; y más endurecida estará. Al no tener armonía con Dios, perdemos la armonía con nosotros mismos y no podemos tenerla tampoco con los que nos rodean.

Y la depresión es el termómetro que marca la intensidad de una ira reprimida y convertida en odio contra sí mismos y que no encuentra salida a través de una venganza contra el que lo dañó.

El cuerpo: una mente dañada, se proyectará en un cuerpo enfermo. Éste es el origen de un gran porcentaje de las enfermedades crónicas, que la ciencia no ha podido curar.

El odio es invalidante: la artritis y el cáncer, son un claro ejemplo de ello. Cuando el hombre aprende a perdonar, la mejoría es notable.

EL PERDON ES SALUD PARA EL CUERPO Y PARA EL ALMA.

Y PARA EL ESPIRITU ES SALVACIÓN.

PERDONAR ES SANAR.   PERDONAR ES LIBERARSE.   PERDONAR ES RESUCITAR.

EL  PERDON  DE  DIOS

Dios perdona a cualquiera que con corazón contrito, humilde y decidido a perseverar en el bien, se lo pide. Porque por más grande que sea el pecado cometido, el arrepentimiento sincero, alcanza de Dios el Perdón.

Dios conoce nuestra debilidad. Sabe de qué barro estamos hechos y distingue perfectamente las intenciones del corazón. La humildad y el amor, siempre obtienen su Perdón.

La soberbia de la inteligencia y la lujuria de la carne, son los pecados que espiritualmente dejan al alma como un cadáver putrefacto y asqueroso.

Y así es como nos ven los ojos de Dios.

El llanto del arrepentimiento de un corazón contrito y humillado, es amor expiatorio que unido al Amor Purificador del Perdón de Dios, curan las almas de tan horrendas heridas.

Cuando se ama a Dios, el Pecado duele y no se quiere ofenderlo.

 

Para gozar de la protección de Dios, es necesario su Perdón. El alma que se sabe perdonada y tiene la seguridad de tener a Dios consigo, recupera la alegría y la paz. El bienestar se extiende hasta el cuerpo.

Yo sabía que esto era tan importante, que por eso lo convertí en Sacramento. El salmo 32, expresa muy bien este alivio.

ES NECESARIO EL PERDÓN DE DIOS

El Sacramento de la Reconciliación, es un Sacramento de Liberación y de Sanación

Interior. Yo lo instituí precisamente por esto: el pecado toma vida propia. Y quise liberar a vuestro espíritu de las cadenas y las cargas por el pecado. Y vuestra alma del Caos y la Destrucción, que siempre traen consigo.

El Perdón de Dios resucita nuestro espíritu a la Gracia y nuestra alma se une a la Vida: la Santísima Trinidad.

¿POR QUÉ ES NECESARIO EL PERDÓN DE LOS DEMÁS?

Casi nunca nos gusta reconocer las cosas lamentables de nuestra propia conducta. No es fácil reconocer nuestras culpas. Se necesitan grandes dosis de humildad, para reconocer los propios errores. Y una confesión dolorosa que no siempre estamos dispuestos a hacer.

Una auténtica disculpa, es mucho más que el mero reconocimiento de un error. Equivale a confesar que algo que dijimos o hicimos, le provocó un daño a otro. Y que ese daño como un boomerang, también nos lastima a nosotros. Nuestro equilibrio interior es tan sensible, que aunque conscientemente nos neguemos a aceptar que actuamos mal y disponemos de una montaña de justificaciones; la conciencia es un juez tan implacable, que hasta que no resarcimos el daño es como nos sentimos mejor.

El arrepentimiento sincero, es una medicina dolorosa y amarga, pero sus efectos son tan saludables, que cuando lo llevamos activo a solicitar el Perdón y somos capaces de decir sinceramente: ‘Lo siento. Lamento mucho haber…  Por favor, Perdóname.’

Estas palabras obran efectos maravillosos y curativos. Purifican de una manera esplendorosa nuestro interior. ¡Cuántas relaciones importantes se restaurarían, si fuésemos capaces de decirlas más seguido!

En una ocasión tuve un paciente que me fue a consultar, aquejado por una serie de síntomas: insomnio, depresión, dolores de cabeza, trastornos estomacales, etc.  El reconocimiento médico no reveló ningún trastorno orgánico.

El Espíritu Santo me hizo ‘percibir’…y finalmente le dije:

–           Si no me dice usted lo que pesa en su conciencia, no podré ayudarlo.

El hombre me miró sorprendido. Y después de dolorosas vacilaciones, confesó que como albacea del testamento de su padre, había despojado a su hermano de su parte de la herencia.

Allí mismo lo persuadí para que pidiera perdón a su hermano y le devolviera lo que le había quitado.

Después de haberlo hecho, el hombre fue a darme las gracias, porque se había curado.

A veces dudamos de pedir perdón por temor a vernos desairados. Es una dolorosa posibilidad que no debe detenernos. Porque en el dado caso de que así sucediera, ya no es responsabilidad nuestra, el que no haya una reconciliación.

Vale la pena porque seremos nosotros los que sanaremos. 

¿PORQUÉ ES NECESARIO EL PERDÓN HACIA NOSOTROS MISMOS?

ARREPENTIMIENTO: Pesar de haber hecho una cosa con intención de resarcir y reparar el daño.

REMORDIMIENTO: Inquietud interior que perturba la conciencia, ante el recuerdo de un crimen cometido.

Cómo podemos observar el remordimiento es pasivo y el arrepentimiento es activo. Esta diferencia marca las consecuencias de nuestras acciones.

Cuando reconocemos nuestras culpas y pedimos perdón al que ofendimos, el siguiente paso es perdonarnos a nosotros mismos.

Cuando este último perdón no lo llevamos a cabo, no podemos recuperar la paz del espíritu.

Diablo significa acusador. Él hace honor a este título utilizando algunos pecados nuestros, como verdaderos tormentos que convierten la vida en un infierno. Cuando esto sucede, el hombre que comete pecados tan atroces que le resulta imposible pensar que pueda alcanzar el Perdón: los remordimientos torturan tanto y el hombre se siente tan culpable, que cree que Dios no puede perdonarlo.

La humildad, llorando dice: ‘Señor, ten piedad de mí. Yo no puedo, Tú si puedes. Ayúdame porque solo Tú puedes hacerlo.’

La soberbia impotente, declara: ‘Dios no puede perdonarme. Es imposible.’ El que dice estas palabras está midiendo a Dios consigo mismo. Y piensa que Dios no perdonará, porque si él fuese el ofendido, no perdonaría.

El humilde compadece y perdona, aun cuando sufra por haber sido ofendido.

El soberbio no perdona, porque no quiere renunciar a su rencor.

El que no se perdona a sí mismo, está odiándose. Y sé autodestruye con un auto castigo impuesto, ya que de manera subconsciente busca sufrimientos para castigarse y se entrega a relaciones destructoras.

El arrepentimiento auténtico debe tener un valor viril y sin pedir excusas, ni dárselas; hay que aceptar las consecuencias del pecado, como un doloroso medio de expiación. Y con renovadas fuerzas, aceptarnos como somos, amándonos y con inmensa gratitud hacia Dios.

Cuando hemos alcanzado el Perdón de Dios, debemos hacerlo extensivo a nuestra voluntad, con este pensamiento: “Si Dios me ha perdonado, ¿Quién soy yo para no hacerlo?”

La soberbia impulsada por Satanás, es la que dice que Dios no puede perdonarnos.

Pues donde abunda el pecado, sobreabunda la Gracia. Esto debemos recordarlo porque nos muestra la infinita misericordia de Dios y debe ser el baluarte cuando Satanás quiere afligirnos, con sentimientos de culpa.

¿PORQUÉ ES NECESARIO PERDONAR A LOS DEMÁS?

Muchas personas creen equivocadamente que el perdón solo debe otorgarse, cuando el ofensor se muestra arrepentido. Si queremos obtener óptimos resultados, debemos corregir este error.

Primero que nada tenemos que estar conscientes, que el perdón es un regalo. Tanto para el perdonado, como para el perdonador. El que recibe la mayoría de los beneficios, es el que lo otorga.

A menos que decidamos amar nuestras enfermedades y desequilibrios y seguir manteniéndonos alejados de Dios por el resentimiento; no nos queda otra alternativa. Porque ni siquiera podremos volver a orar el ‘Pater Noster’, con la seguridad de estar siendo atendidos

¿CUÁNTAS VECES SE DEBE PERDONAR?

Para el Amor y para el Perdón, no hay límites. No lo hay. Ni en Dios, ni en los verdaderos hijos de Dios. Mientras dure la vida, no hay límite.

En el cristiano, por más que las culpas produzcan dolor, hay que perdonar siempre al que nos hace daño.

La primera vez que perdonamos de verdad duele tanto; que es como si nos desollaran vivos. Después va disminuyendo la sensación de dolor, hasta que quedamos envueltos en una muralla de amor tan densa; que los dardos envenenados del Demonio, pierden toda su eficacia.

Conforme nos habituamos a ejercer el Perdón, se va formando un escudo formidable a nuestro alrededor, que inclusive desarma al Enemigo. Porque se convierte en un ejercicio tan habitual, que llegamos a perdonar en el mismo momento en que estamos siendo ofendidos y al contestar con amor, estamos poniendo la otra mejilla, al mismo tiempo que detenemos la flecha de fuego llena de odio que se ha lanzado para herirnos, antes de que ésta llegue a tocarnos.

El Perdón de las ofensas es la Prueba de nuestra caridad y de nuestra unión con el Verbo.

Si consideramos las flechas de las ofensas como ofensas, no las podemos amar. Si consideramos a los que nos afligen como injustos, no los podemos amar.

Si consideramos las ofensas como plumas agregadas para volar a Dios y miramos a los torturadores como los cooperadores más valiosos para que adquiramos méritos celestiales, entonces sí los podemos amar.

Desgraciadamente vivimos en un mundo que nos obliga a practicar el perdón continuamente y por lo mismo, su valor es inapreciable. Porque al ser el Odio, el principal elemento que nos rodea; la única manera de neutralizarlo es el Perdón. Él nos ayuda a convertirnos en amos de nuestras pasiones y el dolor deja de ser un Verdugo, para transformarse en un Maestro.

Y el maravilloso bienestar que lo acompaña es sensacional. Entonces somos espectadores de las ofensas que nos infieren, sin sentirnos lastimados por ellas. Y somos capaces de realizar, al compadecer el porqué de la crueldad del ofensor, el precepto más asombroso de la Doctrina Cristiana: amar a nuestros enemigos.

EL AMOR A NUESTROS ENEMIGOS

El que no ama, permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un asesino. Y como lo saben ustedes, en el asesino no permanece la Vida Eterna.”

A S E S I N O.

Es una palabra bastante fuerte para calificar una conducta bastante común en nuestros días.

Es imposible pasar por esta vida, sin encontrarnos con gente que de muy diversas maneras, nos lastiman una y otra vez. La reacción más natural es el enojo y el resentimiento; entonces ¿Cómo poder cumplir con el Mandamiento tan perentorio de Jesús?

El Perdón es totalmente activo y requiere de un enorme esfuerzo de la voluntad, pero su ejercicio es sumamente fácil, si dejamos que sea Jesús el que lo haga por nosotros.

Si él vive dentro de nosotros y de verdad lo amamos. Basta con que le entreguemos lo que sentimos y le pidamos ayuda. Nunca nos defraudará.

Cuando logramos dominar el ejercicio del Perdón, nuestra vida se transforma de manera total.

 Es infinitamente feliz y saludable; porque el Odio aparte hacernos vivir infelices y amargados. Es una pasión tan avasalladora, que cuando no se vierte al exterior en desórdenes de conducta violentos, se vuelve contra nosotros mismos y toma cualquiera de las dos formas: alteraciones físicas que desarrollan enfermedades psicosomáticas hasta llegar al cáncer.

O alteraciones nerviosas en forma de depresión que culmina con el suicidio.

Viendo el contexto completo de lo que significa el odio, adquiere sentido la fuerte palabra: ‘asesino’.

Si no somos asesinos de los demás, lo somos de nosotros mismos.

Si es el Odio o la indiferencia, uno de los látigos que nos fustigan, roguemos a Dios para que sane nuestro corazón, entregándole nuestros sentimientos y pidiéndole que resucite el amor.

Porque es solamente amando como adquiere sentido nuestra vida. Cuando todas nuestras potencias están ocupadas en amar, no hay lugar para el resentimiento.

Es al señor al que le toca castigar, las venganzas se le deben entregar a Él. Al hombre le toca amar y perdonar. Compadecer y perdonar. Orar y perdonar. ¡Cuánta necesidad de ayuda y de perdón, tienen los culpables ante Dios!

Y solo a través de la Oración se ahuyentan los fantasmas de Satanás y podemos sentir la Presencia de Dios que nos llena de fortaleza, amor y compasión.

Si Dios está cerca puede uno enfrentarse a todo y soportarlo con rectitud y mérito. Solo la Fe en Aquel del cual nos alimentamos, puede ayudarnos a vencer el Odio y hacer posible lo que para muchos no solo es imposible, sino una verdadera locura: el amor por nuestros enemigos.

¿CÓMO DETECTAR AL ESPIRITU RENCOROSO?

El espíritu rencoroso es uno de los principales obstáculos para la Oración. El rencor es hijo del Odio y la Soberbia. El rencor es pecado. El pecado impide la comunicación con Dios.

Satanás es habilísimo para disfrazarse con la hipocresía. El que trata de orar con el rencor en el corazón, no recibe contestación. Y el alma deja de orar. Deja de ser creyente. Es por eso que Jesús es tan intransigente con este mandamiento.

En nuestro corazón siempre debe haber paz y alegría. Y el espíritu rencoroso nos está saboteando, si al pensar en nuestro ‘enemigo’ sentimos malestar y evitamos encontrarnos con él. Decimos perdono, pero no olvido. Reconocemos que en el fondo del corazón, nos alegra que le vaya mal y lo consideramos ‘un justo castigo por su maldad’. Deseamos que Dios se encargue de vengar pronto nuestros agravios. Cuando ‘inadvertidamente’ dejamos caer indirectas y pequeñas puyas venenosas que le hagan la existencia tan pesada, como nos la hicieron a nosotros. Cuando nos vengamos con críticas y murmuraciones, tratando de destruir la reputación del ‘enemigo’.

Si reconocemos cualquiera de estas circunstancias con alguien relacionado a nuestra vida, ¡Es el momento de efectuar los Siete Pasos del Perdón, para recuperar nuestro equilibrio interior!

En primer lugar, debemos recordar que el verdadero cristiano no ve en sus semejantes, ‘enemigos’. El Enemigo ya sabemos quién es.

Porque se debe amar a los malvados. Porque con el amor se alcanza la misericordia que los convierte y los salva.

Cuando se siente aversión por el enemigo, es señal de que se puede fermentar en el corazón, la levadura del Odio.

El que camina por el sendero de la cruz, siguiendo a Jesús y no perdona, termina por encaminarse hacia el Odio.

NO SE DEBE ODIAR AL QUE NOS ODIA. No abráis ni siquiera un resquicio a lo que no es de Dios.

¡Hay peligro de perecer y de ser vencidos por el verdadero Enemigo! ¡NO! Tened Caridad y prudencia…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA