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18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO


0-orgia-banquete-romano-l-7378vyVitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.priapo0

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El Clímax del Banquete está listo… 

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semi-cerrados.

orgia

Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

–         ¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinium…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la Maldad y la Depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas

Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo.

Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo… Y es precisamente Marco Aurelio el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza, el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

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Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

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La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

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Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino; quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia NO le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

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En ese estado, quiso cantar más versos suyos… Pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!..

¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes?

El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse.

Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes, pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

bernabe

Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio.

Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

57.- DE DOS, EN DOS


Jesús está con los apóstoles en un lugar montañoso, pleno de bosques de coníferas y el olor balsámico de su resina invade todo el ambiente. Van caminando por los senderos del bosque y comentando del cambio en Elisa, que ha accedido a ir con Juana de Cusa a su propiedad en Beter.

También hablan de la nueva gira que harán hacia las fértiles llanuras filisteas.

Jesús dice:

–           Cuando lleguemos a la cima de este monte, os mostraré desde lo alto las zonas más importantes. Al verlas podréis sacar pensamientos para lo que tengáis que decir al pueblo.

Andrés se queja:

–           Pero ¿Cómo haremos Señor mío? Yo no soy capaz.

Pedro y Santiago se unen:

–           Somos los más desgraciados del grupo.

Tomás dice:

            –           ¡Oh! Por esto… Tampoco soy de lo mejor. Si se tratase de oro y plata podría hablarles… Pero de estas cosas…

            Mateo pregunta:

–           Y yo… ¿Quién era yo?

Andrés objeta:

–           Pero tú no tienes miedo al público… Sabes discutir.

–           De otras cosas distintas.

Pedro dice:

–           ¡Eh, bueno!… Pero… A final de cuentas tú sabes lo que yo querría decir y haz de cuenta que te lo he dicho. Lo cierto es que vales más que nosotros.

Jesús interviene:

–           Pero queridos míos, no es necesario llegar hasta lo sublime. Decid con sencillez lo que pensáis, con convicción. Tened en cuenta que cuando uno está convencido siempre persuade.

Judas de Keriot dice con voz de ruego:

–           Dadnos muchos puntos. Una idea bien dada puede servir para muchas cosas. Me imagino que estos lugares se han quedado sin oir una palabra de Ti, porque nadie da señales de conocerte.

Pedro contesta:

–           Es porque aquí todavía hay mucho viento que llega del Moria… Esteriliza…

Judas de Queriot, que se siente muy feliz con sus primeros triunfos, replica con firmeza:

–           Es porque no se ha sembrado. Pero nosotros sembraremos…

Han llegado a la cima del monte, un amplio panorama se descubre y bajo los árboles que coronan la cresta, se contempla la cordillera, el océano al que barren vientos contrarios y la vasta llanura en la que se yergue como un faro, la entrada de un puerto.

Jesús dice:

–           Ved. Aquel horizonte amplio, son las llanuras de la fertilísima tierra filistea. Iremos por allí hasta Ramle. Ahora vamos a Betginna. Tú Felipe que miras con ojos suplicantes, irás con Andrés por el poblado. Nosotros estaremos en la fuente de la plaza.

Los dos apóstoles suplican:

–           ¡Oh, Señor! No nos mandes solos.

–           ¡Ven también tú!

–           Id, he dicho.  Vuestra obediencia os ayudará más que mi presencia muda.

Los dos apóstoles obedecen y van por el poblado hasta llegar al pequeño albergue. Acude el dueño:

–           ¿Qué queréis? ¿Hospedaje?

Los dos se consultan con una mirada de susto.

Pero Andrés toma valor y dice:

–           Sí. Hospedaje para nosotros y para el Rabí de Israel.

El hombre los mira con displicencia y dice:

–           ¿Qué rabbí? Hay tantos y tan pomposos. Ellos no vienen a tierras pobres como éstas, a traer su sabiduría a los necesitados. Son los pobres quienes deben ir a ellos y ¡Todavía es un favor si nos soportan cerca!

Andrés responde dulcemente:

–           El Rabbí de Israel es uno solo. Él viene a traeros la Buena Nueva a vosotros los pobres. Y entre más pobres y más pecadores, tanto más los busca y los acerca.

–           Si es así, ¡No ganará dinero!

–           No busca riquezas. Es pobre y bueno. Cuando puede salvar a un alma, está contento con ese día.

–           ¡Hum! Es la primera vez que oigo que un rabbí es pobre y bueno. El Bautista es pobre, pero es muy duro. Todos los demás, son severos y ricos; ávidos como sanguijuelas. – Se vuelve a los demás que están en el vestíbulo- ¿Oísteis? Venid aquí, vosotros que dais vueltas por el mundo. Estos hombres dicen que se trata de un maestro pobre y bueno; que viene a buscar a los pobres y a los pecadores.

Un mercader dice:

–           ¡Ah! Debe ser ese que viste de blanco como un esenio. Hace tiempo que lo ví en Jericó.

Un pastor alto y nervudo replica:

–           No. Aquel está solo. Tal vez sea del que habla Tolmai y del que le hablaron los pastores del Líbano.

Otro exclama:

–           Sí, exactamente. Y viene hasta aquí, si estaba en el Líbano. ¡Por tus ojos de gato!

Mientras el hostelero habla y escucha a sus clientes, los dos apóstoles siguen allí como dos estatuas de piedra.

Y uno de los hombres pregunta:

–           ¡Ey! ¡Vosotros! Venid aquí. ¿Quién es? ¿De dónde viene ése del que habláis!

Felipe se yergue, con el aire de quién espera que se burlen de él y dice majestuosamente:

–           Es Jesús de José de Nazareth.

Andrés añade:

–           Es el Mesías predicho. Os lo aseguro por vuestro bien, escuchadlo.  Hicisteis mención del Bautista. Pues bien, yo estuve con él y él nos señaló a Jesús que pasaba, con estas palabras: ‘He aquí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.’ Cuando Jesús vino al Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una voz clamó: ‘Este es mi Hijo Amado, en quien me he complacido’ Y el amor de Dios bajó cual paloma a brillar sobre su cabeza.

Varios exclaman:

–           ¿Lo ves?

–           ¡Es exactamente el Nazareno!

–           Pero decid vosotros que os proclamáis sus amigos…

Andrés replica:

–           Amigos no. Somos sus apóstoles y sus discípulos. Él nos mandó para anunciaros su llegada; para quien tenga necesidad de salvación, venga a Él…

El mercader pregunta:

–           Está bien. Pero decidnos, ¿Es exactamente como dicen algunos, un hombre más santo que el Bautista?… ¿O es un demonio como lo llaman otros? Vosotros que estáis junto a Él responded sinceramente, ¿Es verdad que es lujurioso y deshonesto?

Otro agrega:

–           ¿Qué ama a las prostitutas y a los publicanos? ¿Qué es nigromante y que por la noche evoca a los espíritus, para conocer los secretos de los corazones?

Otro mercader interviene:

–           Pero, ¿Para qué preguntas esto a estos hombres? Pregunta más bien si es bueno. Éstos se enojarán y le irán a decir al Rabbí nuestras malas respuestas y seremos maldecidos. ¡Nuca se sabe! Sea Dios, sea el diablo; siempre es mejor tratarlo bien.

Felipe contesta:

–           Os podemos responder sinceramente, porque no hay nada malo que se deba ocultar. Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos. Pasa el día entre las fatigas de enseñar. Incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones. Pasa la noche orando por nosotros. No desdeña ni la mesa, ni la amistad; pero no por sacar algún provecho propio; sino para acercarse a aquellos que de otro modo, nunca estarían cercanos.

No rechaza ni a publicanos, ni a prostitutas: pero los convierte en redimidos. Señala su vida con milagros de redención, curando a los enfermos. Le obedecen los vientos y el mar. ¡Y también la muerte!

No tiene necesidad de nadie para obrar prodigios. Ni tiene necesidad de evocar espiritus para conocer los corazones.

El hostelero pregunta:

–           ¿Cómo puede hacerlo?… has dicho que le obedecen vientos y mar. Se trata de seres sin razón. Y ¡¿Cómo puede darles órdenes?!

Un romano que está presente exclama:

–           ¡Por Júpiter! ¡A la muerte no se le dan órdenes! Al mar se le puede echar aceite y se le puede hacer frente con velas y si se piensa bien, no se va a él. Al viento se le puede enfrentar con cerrojos y puertas… ¡Pero a la muerte no se le manda!

No existe aceite que la calme. No existe vela que la haga tan veloz, que rápida pueda escapar de la muerte. Y tampoco existen cerrojos para ella. Cuando quiere venir… ¡Eh! ¡Nadie impera sobre esta reina!

Andrés responde:

–           Y sin embargo nuestro Maestro la manda. No solo cuando está cercana, sino cuando ya tiene a su presa. Un joven de Naím, estaba a punto de ser puesto en la tétrica boca del sepulcro y Él dijo: ‘Yo te lo digo, levántate’ y el joven volvió a la vida.  Naím no está tan lejos, podéis ir a comprobarlo.

Varios preguntan:

–           ¿Estás diciendo la verdad?

–           ¿En presencia de todos?

Felipe corrobora:

–           En el camino. Y en presencia de todo Naím.

Hostelero y clientes se miran en silencio.

Luego el hostelero dice:

–           ¿Será que estas cosa las hace sólo para sus amigos?

Felipe, que ya ha recuperado su confianza, responde:

–           No, hombre. Las hace para todos los que creen en Él y no solo para ellos. Es la Piedad sobre la tierra, créemelo.  Nadie se vuelve a Él en vano.

Oíd todos vosotros: ‘¿Hay entre vosotros alguno que sufra y llore a causa de algún enfermo que tenga en la familia; por dudas, remordimientos, tentaciones, ignorancias? Dirigíos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva.

El hostelero se despeina la cabeza; abre y cierra la boca. Se aprieta las franjas de la cintura y finalmente dice.

–           ¡Yo hago la prueba! Tengo una hija. Hasta el verano pasado estuvo muy bien, luego se volvió lunática. Se encuentra como una bestia muda en un rincón. Ahora su madre tiene que vestirla y darle de comer. Los médicos dicen que se le quemó el cerebro; unos por el sol y otros por desilusión del amor.

El pueblo dice que está endemoniada. Pero, ¿Cómo pudo suceder si jamás ha salido de aquí? ¿En dónde pudo cogerla este demonio? ¿Qué cosa dice tu Maestro? ¡El demonio puede apoderarse también de una inocente?…

Felipe responde con seguridad:

–           ¡Sí! Para atormentar a los padres y arrastrarlos a la desesperación.

–           ¿Y Él cura a los lunáticos? ¿Puedo abrigar esperanzas?

Andrés recuerda el milagro con los gerasenos y responde rápido:

–           Debes creer. –Y se los cuenta. Luego agrega- ¿Si aquellos que eran una legión dentro del corazón de un pecador, huyeron de esta manera; cómo no huirá aquel que ha penetrado en el corazón de una joven inocente de pecado?

Yo te lo aseguro: a quién en ÉL espera, lo imposible se le hace fácil, cómo el respirar. He visto las obras de mi señor y doy testimonio de su Poder.

¡Oh! Y entonces ¿Quién de vosotros va a llamarlo?

–           Yo mismo. Espérame un momento.

Y Andrés se va ligero, mientras Felipe sigue contestando las preguntas que le llueven…

Cuando Andrés llega hasta donde está Jesús, parado bajo un zaguán donde se defiende de un sol implacable que llena la plaza del poblado, le dice:

–           Ven maestro. La hija del hostelero es lunática y el padre implora su curación.

Jesús pregunta:

–           ¿Me conocía?

–           No, Maestro. Tratamos de darte a conocer…

–           Y lo habéis logrado. Cuando alguien puede creer que Yo puedo curar a un incurable, ya está adelantado en la Fe. Y vosotros teníais miedo de no saber qué hacer. ¿Qué dijisteis?

–           Ni siquiera te lo podría decir. Dijimos lo que pensábamos de Ti y de tus Obras. Dijimos sobre todo, que eres el Amor y la Piedad. ¡Te conoce tan mal el mundo!

–           Pero vosotros me conocéis bien y eso es suficiente.

Jesús y toda su comitiva, se van detrás de Andrés y llegan al pequeño albergue. Todos los clientes curiosos están en la puerta. Felipe está con el hostelero, que continúa hablando consigo mismo y cuando ve a Jesús corre a su encuentro.

El hombre se arrodilla y suplica:

–           Maestro. Señor Jesús… yo… creo; yo creo muy bien que Tú Eres Tú. Que sabes todo. Qué te digo: Ten piedad de mi hija aunque tenga yo muchos pecados en el corazón. Que no se castigue a mi hija por no haber ido yo honrado en mi negocio. No seré más odioso, te lo juro. Tú ves mi corazón con su pasado y los pensamientos que ahora tiene. ¡Perdón! ¡Piedad, Maestro! Hablaré de Ti a todos los que vengan a mi casa…

Jesús contesta:

–           Levántate y persevera en los sentimientos que ahora tienes. Llévame a dónde está tu hija.

–           Está en un rincón del corral, Señor. El bochorno hace que se sienta peor y no quiere salir.

–           No importa. Voy a donde está ella. No es el bochorno. Es que el demonio siente que me acerco.

Entran en el corral y llegan hasta un rincón oscuro. Los demás se quedan atrás.

La jovencita, despeinada y demacrada se retuerce en lo más oscuro y cuando ve a Jesús, aúlla y grita con una voz que no es la suya:

–           Atrás. Atrás. No me perturbes. Tú Eres el Mesías del Señor y yo un derrotado tuyo. Déjame estar. ¿Por qué siempre vienes sobre mis pasos?

–           Sal de ella. Lárgate. Lo ordeno. Devuelve a Dios tu presa y cállate.

Se oye un aullido desgarrador, un fuerte golpe y la joven, se deja caer sobre la paja. Y luego las preguntas lentas, tristes, llenas de estupefacción:

–           ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quienes son esos? –y el grito- ¡¡¡Mamaaaá!!!

La jovencita se avergüenza por no traer el velo y por tener los vestidos rotos… Y por estar así ante los ojos de tantos extraños.

El hostelero cae de rodillas llorando de felicidad y exclamando:

–           ¡Oh, Señor Eterno! ¡Está curada!- Y besa una y otra vez las manos de Jesús.

Toda la familia está estupefacta por lo acontecido y la madre se arroja a abrazar a su hija liberada del demonio.

El patio se llena de gente y aumenta la algarabía. Todos celebran el prodigio.

El hostelero se levanta y dice:

–           Quédate Señor. Llega la tarde. Quédate bajo mi techo

Jesús contesta:

–           Somos trece, hombre.

–           Si fueseis trescientos, no serían nada. Comprendo lo que quieres decir. Pero el Samuel avariento e injusto acaba de morir, Señor. Se ha ido también con el demonio. Ahora está el Samuel nuevo y continuará hospedando, pero como un santo. Ven. Ven conmigo para que te honre como a un rey, como a un Dios. Cualquiera que seas. ¡Oh! ¡Bendito el día de hoy qué te trajo a mí!

Y detrás de Jesús, lo siguen sus doce apóstoles que comentan regocijados alrededor de Andrés y Felipe el nuevo milagro…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO III


ILUSIONES DESTROZADAS

Vitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El clímax del banquete está listo…

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semicerrados.

Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinio…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la maldad y la depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas. Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo. Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo y es precisamente Marco Aurelio; el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza; el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia, totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino, quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia no le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

En ese estado, quiso cantar más versos suyos… pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!… ¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes? El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse. Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes; pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio. Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA