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72.- UN PLAN… ¿PERFECTO?


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En la madrugada ya casi cerca del alba, Petronio y Marco Aurelio regresan a casa.

Durante el trayecto estuvieron silenciosos, pues se encontraron con las carretas que del Spolarium están conduciendo, los sangrientos despojos de los cristianos…

Cuando están en la biblioteca, Petronio dice a Marco Aurelio:

–           ¿Has pensado en lo que te propuse?

–           Sí.

–           ¿Puedes creerme que para mí también esta cuestión, es ahora de vital importancia? Tenemos que liberarla a despecho del César y de Tigelino.

Es una batalla que debo ganar aunque me cueste la vida. Y lo que pasó hoy, me ha confirmado en mi propósito.

Marco Aurelio exclama emocionado:

–           ¡Qué Cristo te lo pague con su Luz!

Petronio replica sin ocultar su preocupación:

–           Mejor dile que nos ayude…

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En ese momento entra el mayordomo y dice:

–           Hay un joven que dice traer noticias de la amita.

Marco Aurelio responde anhelante:

–           ¡Pásalo aquí!

Cuando lo llevan, el joven se descubre la cabeza.

Echa atrás la capucha de su capa, diciendo:

–           ¿Está aquí el noble Marco Aurelio Petronio?

Éste exclama al reconocer al hijo de Isabel:

–           ¡Oh, David! ¡Eres tú hermano mío! La paz sea contigo. ¿Qué deseas?

–           Y también contigo, hermano. Vengo de la prisión y traigo noticias de Alexandra.

El tribuno puso una mano en el hombro del joven. Lo miró a los ojos sin poder hablar.

alex Godward, John William, 1861-1922; On the Terrace

Pero David comprendió y dijo:

–           Ella vive todavía. Bernabé me manda a decirte que en su delirio, ella ora y repite tu nombre.

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Gracias a Dios! ¡Alabado sea Jesucristo!

David contestó:

–           Por los siglos de los siglos. Amén. La enfermedad la salvó de la violación y de la muerte. A ella no se la pudieron llevar con los jóvenes destinados a la diversión del César.

Marco Aurelio y Petronio intercambian una mirada de mutua comprensión, al recordar los sucesos del frustrado banquete y el encuentro de Nerón con los jóvenes en el Circo. Y en las teas…

David continúa:

–           Los verdugos temen al contagio. Bernabé y Mauro el médico, velan día y noche a su lado.

Petronio pregunta:

–           ¿Tiene siempre los mismos guardianes?

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–           Sí. Y está en el aposento de ellos. Todos los presos que estaban en el calabozo inferior del tullianum, murieron de hambre o de fiebre, a causa del aire infectado.

–           ¿Quién eres tú?

–           Soy el hijo de la viuda donde se hospedó Marco Aurelio y recuperó su salud.

–           Entonces también eres cristiano.

El joven contesta contundente:

–           Sí. Soy cristiano.

–           ¿Y cómo es que puedes entrar y salir libremente de la prisión?

David mira interrogante, primero al joven tribuno…

Éste afirma con la cabeza.

Y David contesta:

–           Me tomaron para la faena de transportar cadáveres y acepté el oficio porque así puedo ayudar a mis hermanos y llevarles noticias del exterior.

Petronio miró con más atención el rostro bien parecido del joven. Sus enormes y bellos  ojos azules y el rubio cabello abundante y ondulado.

–           ¿De qué país eres?

–           Soy Galileo de Palestina.

–           ¿Nos ayudarías a liberar a Alexandra?

–           Claro que sí. Aunque en ello me vaya la vida…

–           Di a los guardias que la coloquen entre los muertos.  Y sáquenla durante la noche. Cerca de las fosas pútridas habrá gente aguardando con una litera y se la entregarás a ellos.

–           Hay un hombre encargado de quemar con hierro candente, los cuerpos que sacamos de la prisión, a fin de comprobar que sí son cadáveres…

Pero ese hombre puede ser sobornado y no quemará la cara de los muertos, ni tocará absolutamente el cuerpo.

Petronio aconsejó:

–           Prométele todo el oro que sea necesario. Y busca auxiliares seguros.

–           Así lo haré. En la prisión misma o en la ciudad, por dinero son capaces de todo.

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Marco Aurelio pregunta:

–           ¿Podría ir contigo como un asalariado?

Pero Petronio objetó con fuerza:

–           ¡No! Eso no. Los pretorianos podrían reconocerte, aún con tu disfraz. Y entonces, todo estará perdido. Tú no debes ir a ningún lado.

Es necesario que tanto el César como Tigelino estén convencidos de que ella ha muerto, pues de otra manera ordenarán su persecución inmediata.

La única manera de alejar sus sospechas, es que después de que se la hayan llevado a los Montes Albanos o a Sicilia, nosotros permanezcamos aquí en Roma.

Un mes después te enfermarás tú y llamarás al médico de Nerón, que te prescribirá un viaje a las montañas y entonces tú y ella se reunirán de nuevo. Y luego…- se detiene unos momentos meditando…

Y luego agregó con un ademán:

–        ¿Quién puede conocer el futuro? Pueden venir otros tiempos…

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Petronio! ¡Tú estás hablando de Sicilia, mientras que ella está gravemente enferma y puede morir!

–           Dejémosla al principio, cerca de Roma. Bastará el aire puro para que se restablezca.

Lo importante es que logremos sacarla de la prisión. ¿No tienes tú en las montañas algún administrador en el que puedas confiar?

–           Tengo uno cerca de Tibur. Hay un hombre que me llevó en sus brazos cuando era niño y siempre me ha amado.

Petronio le pasó unas tablillas y dijo:

–           Escríbele que venga mañana. Enviaré un correo al punto. -Y llamó al mayordomo, para darle las órdenes oportunas.

Marco Aurelio dijo:

–           Quisiera que Bernabé la acompañase, así estaría yo más tranquilo.

Petronio objetó:

–           ¡No! Que él salga como pueda, pero no al mismo tiempo que ella, porque lo seguirán y terminarán por encontrarla. ¿Acaso quieres perderte y perderla?

Os prohíbo que digáis a Bernabé, ni una palabra… ¡O no cuenten conmigo!

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Marco Aurelio reconoció la cordura de estas palabras y guardó silencio.

David entonces, pidió permiso para retirarse y prometió volver al día siguiente.

El tribuno acompañó a David a la puerta y éste le dijo:

–           Voy a sobornar a uno de mis compañeros con los que sacamos los cadáveres. No revelaré a nadie nuestro plan. Sólo al apóstol Pedro, cuando vaya a nuestra casa.

–           Aquí puedes hablar libremente. Espérame… Iré contigo, hablaré personalmente con él y le pediré consejo.

Y ordenó que le trajeran un manto y una túnica de esclavo.

Se despidió de Petronio diciéndole a donde iba. Y los dos salieron juntos.

Petronio se quedó solo en la biblioteca y exhaló un profundo suspiro, mientras se decía a sí mismo:

–           Y yo llegué a desear que ella muriera de la fiebre, porque era menos terrible para Marco Aurelio. Pero ahora, ¡Ah! ¡Enobarbo!… Tú has querido hacer de la angustia de un esposo, un espectáculo.

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Y tú Augusta, has tenido envidia de la hermosura de la doncella y quisieras devorarla viva, como el odio que te devora a ti porque ha muerto tu pequeño Rufio Crispino. ¡Oh, dioses! y…

¡Tú Tigelino, anhelas destruirla por tu rivalidad conmigo y quieres vengar en ella, tu enojo contra mí! Pero… ¡Ya lo veremos! Os digo a todos que en lo que de mí dependa: ¡No ganaréis! ¡No! ¡NO!

Si ella no muere por esa fiebre, os la voy a arrancar de tal forma, como ni siquiera sospecháis. Y luego, cada que os encuentre me diré: “He aquí a estos imbéciles, a quienes ha burlado Tito Petronio Níger”

Y satisfecho con estos pensamientos, se dirigió al triclinium a comer con Aurora.

FIESTA

Afuera el viento arrastra pesadas nubes que se van agrupando. Y luego se desata una tempestad, en aquella tranquila tarde estival.

A intervalos retumban los truenos entre las siete colinas.

Cuando regresó Marco Aurelio, Petronio fue a su encuentro:

–           ¿Qué pasó?

Marco Aurelio se arregló el cabello empapado por la lluvia y contestó:

–           David habló con los guardias y ya hablé con Pedro, quién me ha mandado que ore y tenga Fe.

–           Eso está muy bien. Si todo resulta como lo esperamos, la sacaremos mañana por la noche.

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–           Octavio debe estar aquí al rayar el alba, acompañado de algunos hombres.

Petronio concluye:

–           El camino es corto. Ahora ve a descansar.

Pero el tribuno fue a su cubiculum solo para ponerse de rodillas y orar fervientemente.

Al amanecer, Octavio el administrador llegó trayendo consigo: mulas, una litera, un carro y cuatro hombres de confianza, elegidos entre sus esclavos de la Galia y quienes se han quedado en una posada del Transtíber.

Marco Aurelio, que ha velado toda la noche; fue al encuentro de Octavio.

Éste, al ver a su joven amo, lo saludó cariñosamente, diciendo:

–           Amado mío, tú estás enfermo o los sufrimientos te están acabando. Estás tan demacrado que apenas si te puedo reconocer.

Marco Aurelio lo condujo por la galería y lo hizo partícipe de su secreto…

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Octavio le escuchó con atención.

Su enjuto y atezado semblante, se llenó de una emoción que no intentó ocultar:

–           ¡Entonces ella es cristiana! –exclamó con una interrogante implícita en su mirada anhelante.

Marco Aurelio contestó comprendiéndolo:

–           Yo también soy cristiano.

El anciano exclamó sin reprimir las lágrimas:

–           ¡Alabado sea Jesucristo!

Y orando en voz alta, agregó:

–           Te doy gracias Señor, por haber dado la luz al alma que me es más cara en el mundo.

Y abrazando al joven tribuno, llorando de felicidad, lo besó en la frente.

Luego llegó David.

Después de los saludos, Octavio dijo a Petronio:

–           ¿Y tú noble patricio, también eres cristiano?

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Petronio contestó sonriente:

–           Todavía no, Octavio. Pero lo estoy considerando…

Entonces David le dijo a Marco Aurelio:

–           ¡Traigo buenas noticias! El Señor te manda decir a través de Mauro el médico, que Alexandra vivirá aun cuando tenga la misma fiebre, que en el Tullianum está matando a los prisioneros. Que recuerdes que Dios es el Dueño de nuestra vida y es el Único que marca el fin de la misma.

Lo de los guardias y el que supervisa los cuerpos, está arreglado. Artemio el ayudante, también aceptó. El único peligro es que ella pueda gemir o hablar, cuando pasemos junto a los pretorianos.

Pero está muy débil y no ha abierto los ojos en toda la mañana. Además, le llevé un narcótico que Mauro me dio.

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Mientras David dice todo esto, Marco Aurelio se puso pálido…

Y Petronio preguntó:

–           ¿Sacarán otros cuerpos de la prisión?

–           Anoche murieron más de doce y antes de que termine el día, tendremos más cadáveres. Iremos con otros individuos; pero tenemos un plan para poder retrasarnos a cierta distancia y para que no se den cuenta, os la entregaremos.

000bosque-nocheUstedes nos esperarán en un punto determinado.

David:

–          ¡Quiera Dios que la noche esté lo suficientemente oscura!

Octavio dice:

–           ¡Lo estará! Aunque no estuviera nublado, la luna está muy tierna y Dios nos ayudará.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¿Iréis sin antorchas?

David contestó:

–           Las antorchas sólo las llevan los que van adelante. Transportamos los cadáveres, después del anochecer.

Petronio interviene:

–           Marco Aurelio y yo iremos con vosotros.

El tribuno exclama:

–           ¡Sí! ¡Sí! Yo tengo que estar ahí. Yo mismo la trasladaré a la litera.

Octavio agrega:

–           Yo la llevaré a Tibur y allí la cuidaré con mi vida.

Petronio confirma:

–           Entonces hagámoslo.

Y cada quién se ocupa de lo suyo.

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Octavio se fue a la posada a dar instrucciones a los suyos.

David guardó la bolsa con oro bajo su túnica y se fue a la prisión.

Y para Marco Aurelio comenzó un día de zozobra, angustia, sobreexcitación y esperanza…

Petronio dice esperanzado:

–           El proyecto debe dar buenos resultados porque ha sido bien estructurado.

Es imposible inventar un procedimiento mejor. ¡Es un plan perfecto! ¿Qué podría fallar?

Tú deberás arrostrar un dolor profundo y vestir de luto. No abandones el Anfiteatro. Es necesario que te vean allí.

Todo está dispuesto de tal forma que no puede fracasar. Pero ¿Estás perfectamente seguro de tu administrador?

Marco Aurelio totalmente seguro,  dijo por toda explicación:

–           Es cristiano.

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Petronio contestó reflexivo:

–           Después de todo lo que he presenciado, lo que me extraña es que esta religión no se haya extendido a todo el imperio. Es mejor que descanses. Nos espera una jornada muy agitada.

Y los dos se retiran a descansar.

Más tarde se encuentran en el atrium.

Y dice Petronio:

–           Fui a la casa de Tiberio. Fui expresamente a dejarme ver y jugué a los dados. Mañana piensan exhibir a los crucificados, aunque tal vez la lluvia lo impida. Pero tú no la verás en la Cruz. ¡La tendremos en Tíbur!

Vamos, come aunque solo sea un poco y luego nos iremos. Ya comenzó a llover y pronto será de noche. Tal vez esto sea favorable para nosotros.

–           No puedo comer nada. Mejor vámonos. Es posible que a causa de la lluvia, transporten los cadáveres más temprano.

–           Está bien. ¡Vámonos!

Y cubriéndose con sus mantos salen.

Petronio lleva su espada, para protegerse.

La ciudad está desierta en las calles a causa de la tempestad. Avanzan rápido y se reúnen con Octavio.

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Buscaron refugio para protegerse del granizo, cuando la lluvia arrecia.

La temperatura bajó y comienza a hacer frío. Llegaron al lugar convenido y esperaron…

Después de un rato, la tormenta se calma y…

Octavio dice:

–           Veo una luz a través de la neblina. Son tres antorchas…

Petronio y Marco Aurelio exclaman:

–           ¡Ya vienen!

–            ¡Son ellos!

La procesión se fue acercando…

Pasaron frente a ellos y siguieron su marcha.

No pueden creer lo que está sucediendo…

Lo que sucedió a continuación, fue como una bomba…

Finalmente oyeron la dolorida voz de David:

–           Se la llevaron con Bernabé a la cárcel del Esquilino. La trasladaron al mediodía y cuando llegué, ya no estaban…

Cuando regresan a la casa, Petronio está tan triste que ni siquiera intenta consolar a su sobrino.

Comprende que liberar a Alexandra de los calabozos del Esquilino, en el Palacio de Tiberio; es prácticamente imposible.

Es evidente que la sacaron del Tullianum, porque no quieren que muera allí y pueda escapar a la suerte que le han preparado en el Anfiteatro.

Y ahora deben haber aumentado la vigilancia y la custodia sobre ella.

La venganza de Popea continúa implacable…

Desde lo íntimo de su corazón lo siente por los dos.

Todos sus esfuerzos han resultado infructuosos y el amargo sabor del fracaso lo invade con toda su plenitud. Es la primera vez que lo que más ha deseado, no alcanza el éxito.

Y en lo que él considera hasta hoy, que es el combate más importante de su vida, ha sido vencido.

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Y se dijo a sí mismo:

–           ‘La fortuna parece abandonarme’ 

Su ánimo está totalmente deprimido.

Y al mirar a su sobrino, se quedó desconcertado…

Éste está totalmente sereno y no entiende porqué…

¡Entonces recordó a Joshua cuando estaba siendo torturado en la parrilla!

A su vez, Marco Aurelio, que está lleno de Paz,

Dice firme y convencido:

–           Jesús me la devolverá. Pase lo que pase… Él me la regresará… –y una sonrisa de esperanza ilumina su semblante.

Sobre Roma se escuchan los últimos retumbos de la tempestad.

Durante tres días, la lluvia azotó la ciudad sin interrupción. Hubo trombas y granizadas que interrumpieron los espectáculos programados.

El pueblo comenzó a alarmarse y empezaron los rumores. Temen por la próxima vendimia.

Un rayo fundió la estatua de Ceres en el Capitolio y se ordenó la ofrenda de sacrificios en el templo de Júpiter Capitolino.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

39.- UNA TRAMPA MORTAL


00roma-imperialAl día siguiente de la Fiesta Flotante, Nerón decidió irse a Anzio y declaró que al tercer día se iría sin falta.

Y dio a los augustanos la lista de los invitados.

Petronio está por ir a la casa de Marco Aurelio, cuando le avisan que llegó un cisio y una invitación.

Al leerla frunció el ceño con preocupación y luego dijo a Aurora que se arregle, porque van a ir juntos a un evento muy importante.

En realidad lo único que ella hizo, fue cambiar su túnica por una de gran gala y adornarse con joyas más apropiadas, pues como todo en la casa de Petronio, siempre está preciosa y engalanada como una gran señora.

Cuando llegan a la casa de su sobrino, pocos minutos después llega el carruaje adornado y con la novia.

Marco Aurelio está más elegante que nunca… Y espera a la entrada de la casa, bajo un arco adornado con mirtos y rosas blancas.

Ayudan a bajar a Actea que trae un hermoso vestido color malva y luce llena de joyas en las que resplandecen amatistas y diamantes.

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Luego sigue la novia. Alexandra trae un vestido adornado con una greca recamada con hilos de plata y perlas. Blanco sobre blanco. Sus joyas hacen juego con una diadema cuajada de zafiros y esmeraldas, que realzan aún más su deslumbrante belleza.

Un finísimo velo blanco, bordado en plata y que parece de seda, le pende de la cabeza hasta los pies. Realmente parece una reina.

Marco Aurelio la admira embelesado. Avanza hasta situarse frente a ella y le da la mano.

El cortejo entra en la casa, que ha sido adornada espléndidamente. Adelante los novios. Le siguen Actea y unas doncellas. Enseguida Petronio y Aurora.

Completan el cortejo nupcial, Pedro y Bernabé, Mauro y otros cristianos.

La ceremonia es más bien íntima, porque los invitados no son muchos.

Hay música, cantos, danzas, ceremonia de saludos y aspersiones. Se paran frente al Lararium.

Los dos se dan la mano y dicen la frase ritual: “Donde estés tú Cayo, allí estoy yo, Caya.”

Luego continúan caminando alrededor del atrium y recorren los nichos de los antepasados de Marco Aurelio.

Siguen pasando bajo arcos adornados a lo largo de toda la casa. Marco Aurelio preside como si fuera un sacerdote.

En el umbral ofrecen dones: una roca y un huso que les da Actea.

En el jardín posterior están todos los siervos, que les dan la bienvenida y se inclinan ante ella, en señal de sumisión.

Llegan hasta el triclinium y empieza el banquete.

Alexandra sonríe a su esposo, que le habla y que la mira con amor.

Exquisitas viandas son servidas y escanciados finos licores. Los sirvientes se esmeran en que todos estén cómodos y bien atendidos. Los novios están radiantes.

Marco Aurelio les platica el  incidente que tuvo con sus esclavos el día de su regreso a su casa y finaliza diciendo:

–           Ahora todos son libres. Y algo me ha llamado la atención: el perdón que les otorgué no solo NO los volvió insolentes, sino que ni siquiera perturbó la disciplina.

Y he comprobado una cosa: Que jamás el terror les hizo prestar el servicio más esmerado que ha seguido a la gratitud. Ahora no solo me sirven bien, sino que parecen rivalizar entre ellos para ver quién adivina primero mis deseos.

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Actea y Pedro platican animadamente.

Petronio, contra su costumbre está callado y pensativo…

Marco Aurelio lo nota y le dice:

–           ¿No estás feliz por mi boda? ¿Por qué estás tan preocupado?…

Petronio lo observa con una mirada inescrutable…

–           Te lo diré más tarde. –contesta dándole un trago a su copa de vino.

Hacia el atardecer, los músicos descansan un rato.

Y Marco Aurelio le pide a Petronio que le diga el motivo de su preocupación.

Agrega:

–           Puedes hablar con libertad. Todas las personas presentes aquí, son de mi absoluta confianza.

Petronio le alarga la lista de los invitados al viaje a Anzio…

Y dice:

–           Partiremos mañana muy temprano.

Marco Aurelio se la devuelve diciendo:

–          Mi nombre figura en ella y también el tuyo. Hoy la trajeron también aquí.

–           Si yo no estuviera entre los invitados, eso significaría que llegó mi hora de morir. Pero parece que aún le soy útil a Nerón. Apenas acabamos de llegar a Roma y ya nos vemos obligados a irnos de nuevo, ahora hacia Anzio.

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Actea interviene:

–           Pero es necesario ir. Esa no es una invitación. Es una orden.

Marco Aurelio pregunta con un tono casi desafiante:

–           ¿Y qué pasaría si alguien se negase a obedecer?

Actea concluye lacónica:

–           Se le invitaría a hacer un viaje notablemente más largo y del cual NO hay regreso.

Marco Aurelio lleva sus manos hacia su cabeza, con un gesto de desesperación…

Se siente totalmente derrotado y dice:

–           Tendré que ir a Anzio… ¡Ahora! –Suspira con impotencia- ¡Considerad que tiempos vivimos y cuán viles esclavos somos!

Petronio interviene:

–           ¿Hasta ahora te das cuenta? Yo he dicho en el Palatino que estás enfermo, imposibilitado para salir de casa y sin embargo te están convocando. Esto prueba que en el Palacio alguien no da crédito a mis palabras y está tomando participación directa para solicitarte.

A Nerón le importa muy poco, puesto que solo eres un soldado sin nociones de poesía o de música y con quién a lo sumo, hablaría de las carreras en el circo. Lo más probable es que sea Popea la que ha puesto allí tu nombre. Y eso significa…

Petronio calla con un silencio más que significativo.

Pero Marco Aurelio comprende…

Él para ella, ahora es un capricho y persiste en hacer su conquista.

Moviendo la cabeza de un lado para otro, piensa: “¡Vaya, vaya! ¡Intrépida la Augusta!”…

Actea declara:

–           Significa  que Alexandra está en peligro. Popea es maligna y vengativa.

Marco Aurelio dice preocupado:

–           Yo no puedo arriesgarla.

Pedro aconseja con calma:

–           Ve a ese viaje. No desafíes al César y NO te preocupes por Alexandra. La llevaremos a casa de Acacio, el obispo. Tú NO temas al César, pues en verdad te digo que no ha de caer un solo cabello de tu cabeza.

Marco Aurelio contesta con ansiedad:

–           En Anzio yo tengo una casa de campo. Está muy cerca de la de Nerón. Yo quiero terminar mi instrucción.

Pedro, esa casa está a tu disposición. Ya NO podré ir a la escuela de Apolonio, ni a la Puerta del Cielo. Enviaré la mayor parte de mi ‘familia’ para allá y yo quiero recibir el Bautismo. ¿Cómo le hago?

–           Hay unos obispos que viajarán a Grecia y a Cartago. Te enviaré a Acacio y a Lucano el médico, para que prosigan con tu enseñanza. Todo estará bien. Ya lo verás…

Marco Aurelio mira a Alexandra con absoluto desconsuelo…

Y dice casi con ganas de llorar:

–           ¡Ay, amor mío! Entonces… -Y luego se vuelve hacia Bernabé:

–          Guárdala como la luz de tus ojos, pues ella es mi domina igual que la tuya.

luego toma la mano de su esposa. La besa y le dice:

–      Reina mía, necesito protegerte. Volveré. Volveré para ti, te lo prometo.

Enseguida, llama a Demetrio el mayordomo y le indica:

–        Enviarás a las prisiones rurales, una orden de indulto general. Que caigan los grilletes a los pies de los presos. Les darás suficiente alimento y cuando estén listos, reintégralos al servicio. Hoy es para mí un día de felicidad. Y quiero que vibre la alegría en nuestra casa.

Los llevarás luego al Pretor y les darás a ellos, lo mismo que has recibido. Les dirás también, que es el Regalo de mi esposa y la reina de esta casa.

Más tarde la fiesta termina y los invitados se retiran.

Alexandra y Marco Aurelio se reúnen unos minutos en la biblioteca, para despedirse en la intimidad.

Y cuando salen, la novia aún con su vestido nupcial, se retira en otro carruaje con Pedro, Isabel y Mauro.

Actea regresa al Palatino.

Marco Aurelio, con Petronio y Aurora, se quedan solos en la biblioteca.

Petronio comenta:

–           Barba de Bronce está ronco y maldice a Roma. Está desesperado y reniega de todo lo que le rodea. Ayer se empecinó en igualar a Paris como danzante y se puso a bailar las aventuras de Leda. Durante el baile sudó y luego se resfrió.

¿Puedes imaginar a nuestro Arlequín imperial tratando de ser cisne, con su gran abdomen y sus piernas delgadas y tambaleantes? ¡Y ahora quiere representar en Anzio semejante pantomima!

Marco Aurelio exclama:

–           Ya con haber cantado en público, escandalizó a mucha gente. ¡Pensar que ahora tenemos que aguantar a un César romano actuando como mimo!

–           Querido mío. Roma todo lo soporta. Ya verás como el Senado también aplaudirá al ‘Padre de la Patria’.

–           Y veremos a la plebe engreída, al ver al César convertido en bufón. Petronio dime tú mismo, ¿Acaso es posible llegar a un mayor envilecimiento?

–           Como tú vives en otro mundo, con Alexandra y los cristianos, es evidente que no sabes la última noticia: Nerón se vistió de novia y se unió públicamente en matrimonio con Pitágoras. Esto parecería rebasar los límites de la locura ¿Verdad?

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Pues bien. Llamó a los flamines (sacerdotes), quienes celebraron la ceremonia con toda la solemnidad y Nerón la presidió.  Soy de mucho aguante y estuve presente en ella. Sin embargo pensé que si los dioses existiesen, algo debiera suceder. Pues lo que no prohíben las leyes, lo prohíbe la honestidad.

Pero no, nada sucedió. El César no cree en los dioses; se siente totalmente impune y… pareciera que tiene razón.

Marco Aurelio dijo con una sonrisa llena de ironía:

–           De manera que Nerón es entonces y en la misma persona: sumo sacerdote, dios y ateo.

Petronio soltó la carcajada y dijo riendo:

–           ¡Vaya! Es verdad. No había pensado en eso. Pero es una combinación como no se ha visto otra igual en el mundo.

Siguió un largo momento de silencio.

Luego Petronio agregó:

–           ¿Sabes que es lo más gracioso? Este sumo sacerdote que no cree en los dioses. Y este dios que los desdeña; siendo ateo, les teme.

Marco Aurelio confirmó:

–           Y prueba de ello es lo que sucedió en el Templo de Vesta.

Y Petronio exclamó con asombro:

–           ¡Y aun así profanó a Rubria!

–           Por eso la invitó a la ‘Fiesta Flotante’ y cambió su lugar por el mío…

Éste último comentario, provocó un silencio lleno de remembranzas…

Y los dos llegaron a la misma conclusión.

Luego, el tribuno agregó en voz alta:

–           Es audaz la Augusta.

Petronio responde sumamente preocupado:

–           Lo es realmente. Porque ello puede ser causa de su propia ruina. Sin embargo, espero que Afrodita le inspire cuanto antes otro amor. Pero entre tanto, puesto que la emperatriz te desea, debes actuar con la mayor cautela.

Barba de bronce ha empezado a cansarse de ella: prefiere a Esporo o a Pitágoras. Pero por consideración a sí mismo, bien podría descargar sobre otros, la más terrible de las venganzas.

Marco Aurelio mueve la cabeza con asombro y concluye:

–           Cuando estábamos bajo aquellos árboles, yo no supe quién me hablaba. Pero tú alcanzaste a escuchar nuestra conversación. Yo le dije que amaba a otra y por eso no le podía corresponder.

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–          Si hubieras herido su vanidad, no habría salvación para ti. ¡Por Zeus! Si llegas a ofender a Popea, te puede estar reservada una muerte terrible.

En otro tiempo me era más fácil conversar contigo y convencerte. En esta emergencia ¿Qué puede haber de malo en que le sigas ligeramente el juego a la Augusta?

¿Acaso esta aventura podría ocasionarte alguna clase de pérdida o privarte de seguir amando a Alexandra? Ten presente además, que Popea la vio en el Palatino y ya sabe por quién la rechazaste. Va a ser capaz de buscarla hasta por debajo de las piedras y serás el causante no solo de tu propia destrucción, sino también de la ruina de Alexandra. ¿Entiendes la gravedad de la situación?

Marco Aurelio reflexiona… Comprende… Intenta decir algo…

Está paralizado por el asombro, pero de su boca no sale un sonido…

Luego palidece y se toma la cabeza entre las manos.

Enseguida  dice con angustia:

–           Si acepto a Popea, Nerón me condenará. Si la rechazo, Popea nos arruinará. ¡Oh!…

Está cazado en una trampa mortal.

Y NO hay salida…

Siguió un silencio muy denso que fue interrumpido por Petronio:

–           ¿Sabes por qué estoy doblemente preocupado? Temo que lo de Popea no sea solo un capricho pasajero. Verás… Hace tiempo que Nerón no le hace caso. El secreto mejor guardado del emperador es éste: mandó castrar a Esporo y está intentando cambiarlo en mujer…

Cuando se harta de sus libertinajes, se entrega a su liberto Doríforo, a quién sirve de mujer, tal como Esporo le sirve a él mismo. Y en estos casos imita la voz y los gemidos de una doncella que sufre la violencia de una violación… Es su última fantasía.

Y ahora lo de Rubria… Ese sacrilegio, Vesta lo vengará. Todos esos excesos le van a cobrar factura.

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Marco Aurelio exclama asqueado:

–           ¡Qué sociedad!

Petronio sentencia:

–           A tal sociedad, tal César.

–           Me iré contigo para que mañana salgamos juntos.

–           ¡Vámonos! –confirma Petronio.

Y Marco Aurelio prepara todo para irse con él.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

19.- ATRAPADA…


jardin neptune_fountain_schonbrunn-foto-simon-matzinger-1140x580Nadie intentó detener a Bernabé. Los sirvientes y los soldados que lo vieron pasar con Alexandra semidesmayada en los brazos creyeron que se trataba de un esclavo que lleva a su ama embriagada.

Además, la presencia de Actea fue suficiente para abrirles el paso. Y así se fueron desde el triclinium, a lo largo de una serie de salas y galerías interiores hasta llegar a las habitaciones de Actea.

Después que recorrieron la columnata, entraron por un pórtico lateral que daba a los jardines imperiales. El aire fresco de la mañana despertó a Alexandra.

La aurora pinta el cielo con resplandecientes y cambiantes colores, que se reflejan en las copas de los pinos y los cipreses, a los primeros albores de la mañana.

Esa parte del conjunto de edificios que conforman el Palatino; está casi vacía y solo llegan apagados los últimos sonidos de la fiesta que ya agoniza.

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A Alexandra le parece que ha sido rescatada del Infierno y al mirar en aquel hermoso lugar el firmamento, la espléndida aurora, la luz, la paz, el silencio, el sonido de la naturaleza que despierta; llorando busca refugio en los brazos del gigante.

Y exclama entre sollozos:

–           ¡Vámonos a la casa de Publio, Bernabé! ¡Vámonos!

Bernabé contestó:

–           Sí. Nos iremos.

Pero Actea movió la cabeza negando y a su señal, Bernabé depositó a Alexandra sobre una banca de mármol, a corta distancia de la fuente.

Actea se esfuerza por tranquilizarla. Le asegura que por el momento no hay ningún peligro, pues todos están tan embriagados, que dormirán hasta muy tarde.

Alexandra insiste como una niña.

–           Debemos regresar a nuestra casa, Bernabé. ¡Vámonos!

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Actea dijo entonces:

–          A nadie le está permitido huir de la casa de Nerón. Quién lo intente ofende la majestad el César. Es verdad, podrían irse. Pero en la tarde un centurión con una partida de soldados, sería portador de una sentencia de muerte para toda la familia de Publio Quintiliano. Traerán nuevamente al palacio al rehén y para entonces no tendrás ninguna salvación. Si Publio y su esposa te reciben les llevarás la muerte.

Alexandra dejó caer los brazos con desaliento: ¡Está atrapada! Debe escoger entre su ruina y la ruina de Publio.

Al saber que Marco Aurelio y Petronio han sido los responsables de su situación, ya no hay solución posible. Solo un milagro puede salvarla del abismo de la degradación: un milagro y el poder de Dios.

Alexandra dijo con angustia:

–           Actea. ¿Oíste cuando dijo Marco Aurelio que el César me había destinado para él y que mandaría por mí esta misma tarde, a unos esclavos suyos para que me lleven a su casa?

Actea contestó lacónica:

–           Sí. En la casa del César no estarás más segura que en la de Marco Aurelio.

Y siguió un silencio más que expresivo.

Alexandra lo comprendió.

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Actea le dijo sin palabras: “Resígnate a tu suerte. Eres un rehén de Roma. Tendrás que ser la concubina de Marco Aurelio.”

La joven que todavía siente en sus labios, los besos ardientes del oficial, se ruborizó de vergüenza al recordar la afrenta…

Y exclamó con ímpetu incontenible:

–           ¡Jamás!…  No permaneceré aquí. Ni en la casa de  Marco Aurelio… ¡Jamás!

Actea la miró atónita y preguntó con una gran sorpresa en voz:

–           Pero ¿Entonces tú aborreces a Marco Aurelio?

A Alexandra le fue imposible contestar.

Sintió su corazón hecho pedazos por la desilusión, por el dolor y su llanto brotó incontenible.

Actea la abrazó tratando de consolarla.

Bernabé aprieta los puños, conteniéndose a duras penas.

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Actea, que sigue confortando a Alexandra con sus caricias maternales, le pregunta:

–           ¿Tan odioso te es Marco Aurelio?

Alexandra murmura entre sollozos:

–           No es odio. Yo le amaba.

–           Nuestra doctrina, tampoco permite matar.

–           Lo sé.

–          Entonces ¿Cómo puedes querer que la venganza del César, caiga sobre la casa de Publio Quintiliano?

Sigue un largo silencio…

Por primera vez en mucho tiempo, Alexandra siente la dolorosa amargura de la esclavitud.

Actea continúa:

–          Desde que era niña he vivido en esta casa y sé perfectamente lo que es la cólera del César. ¡NO! Tú NO estás en libertad para huir de aquí. Lo único que te queda es recordar que solo eres una cautiva. E implorar de Marco Aurelio que te regrese a la casa de Publio.

Pero Alexandra la tomó de la mano y suplicó:

–           Acompáñame a orar.

Y se puso de rodillas implorando al Altísimo Señor del Universo.

Actea y Bernabé hicieron lo mismo.

Y los tres dirigieron sus plegarias al Cielo, en la casa del César, al amanecer.

El sol asoma con sus primeros rayos, iluminando las tres figuras que imploran la protección del Altísimo, en aquella mansión saturada de infamia y de crimen.

Oraron con fervor y al fin, cuando Alexandra se levantó; hay en su rostro una expresión de paz y de esperanza.

Bernabé se levantó también y esperó las órdenes de su ama.

Alexandra exclamó decidida:

–         Que Dios bendiga a Publio y a Fabiola. No me está permitido llevarles la ruina a su casa y por lo tanto, no volveré a verlos nunca más.

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Publio no sabrá dónde estaría ella. Nadie lo sabrá; porque va a fugarse cuando se efectúe el traslado y esté en camino hacia la casa de Marco Aurelio.

Él le dijo cuando estaba ebrio que mandaría a sus esclavos a buscarla en la tarde. Nunca hubiera hecho semejante confesión, si hubiera estado sobrio…

Entonces se volvió hacia Bernabé:

–           Por favor avísale al obispo Acacio. Y espera su consejo y su ayuda. Debes estar pendiente de mi traslado, para que organices mi rescate.

Bernabé exclamó con energía:

–           Voy inmediatamente. Por si tardamos demasiado en venir por ti y nos alcanza la noche, por favor vístete de blanco. No te preocupes por nada. Todo saldrá bien.

La realización de este plan, le devolvió la sonrisa y los colores al rostro de Alexandra. Y en un impulso, abrazó a actea diciéndole:

–           Tú no me denunciarás. ¿Verdad Actea?

Actea negó con la cabeza y admiró su increíble intrepidez. Luego confirmó apoyándola:

–          No lo haré. Te lo prometo. Pero ruega a Dios que dé a Bernabé las fuerzas, para poder arrancarte de tus conductores.

Bernabé está feliz y Actea sorprendida. El plan es perfecto.

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Al efectuar la fuga en estas circunstancias. El César acaso, ni siquiera se moleste en ayudar a Marco Aurelio a perseguirla. Y su huida ya no será crimen de lesa majestad, puesto que ya es propiedad de Marco Aurelio y no del César.

Bernabé se inclinó y dijo:

–           Voy ahora mismo a la casa del santo obispo. –y salió rápido a cumplir el encargo.

Alexandra siente un inmenso dolor por perder a sus seres queridos. Lamenta mucho no poder regresar a su hogar, donde siempre se sintió protegida y amada.

Pero piensa que ha llegado el momento de poner en práctica las enseñanzas más difíciles que ha recibido: tiene que sacrificar las comodidades y el bienestar, por el Culto a la Verdad. Va a empezar una vida errante, pero esa es su prueba de Fe. Creer o no creer. ¿Confía o NO confía en Jesucristo?

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Decidió confiarle todo su futuro y de allí en adelante, Él Mismo guiará sus pasos. Ella solo será una hija fiel y sumisa a su divina Voluntad.

Y si la esperan los sufrimientos, le ruega a Dios aprender a amarlos y soportarlos, por amor a Él. Todo lo que Él disponga, lo aceptará con amor.

Ella cree en la Vida Eterna y sabe que en el Cielo recuperará a sus seres queridos. Él se lo prometió cuando oró. Y ella le creyó. Ella es cristiana y ha llegado el momento de rendir el Verdadero Culto al Dios que ama sobre todas las cosas.

En su corazón se mezcla la alegría, el dolor y el miedo a lo desconocido…  Pero éste último, se desvanece al recordar que Jesús está con ella y cuenta con su protección y la de su Madre Santísima. Ahora es el momento de emprender el camino… Pero…

pobreza de espiritu¿A dónde?

Eso qué importa. Dios lo sabe y es más que suficiente, porque ha puesto su confianza en Él. Volvió a sentirse feliz, segura y protegida. Y todo esto se trasluce en su bello semblante.

Sabe que emprende una aventura que puede tener un desenlace fatal, para huir del amor del apuesto tribuno del que se ha enamorado.

Pero ¿Y qué? Ama a Marco Aurelio que es un traidor y un mentiroso. Pero ama más a su Dios Uno y Trino y ÉL, le ayudará a sanar su corazón. Esto no es un juego.

La Verdad es Dios. Todo lo demás es vanidad, falsedad y espejismo. Marco Aurelio le ofrece un futuro lleno de vergüenza, de mentira y de dolor como el de Actea…

¿Qué es el Palacio del César? Una cloaca de vicios y degradación. Nunca había sentido tanto asco, como el que sintió la noche anterior.

¿Para qué sirven tanto lujo, riquezas y fastuosidad? Volvió a recordar a Marco Aurelio y la fascinación que ejerció en ella… Y lágrimas de dolor, de vergüenza, de humillación y desilusión bañaron sus mejillas, con un llanto ardiente y silencioso.

Pero también son lágrimas de agradecimiento. Ella es una verdadera princesa. Y  una Princesa Celestial. Y con su oportuna intervención, Bernabé la ha salvado de ser únicamente una prostituta privilegiada.

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Su destino está sellado. Ahora está segura del Amor de Dios que vela sobre ella. Y su resolución se fortalece. Decide enfrentar lo que venga. Su rostro radiante y su sonrisa llena de dulzura, le devuelven la belleza por la que Marco Aurelio se ha vuelto loco.

Actea es demasiado prudente y piensa con terror en lo que pueden traer las próximas horas. 

Pero no se atreve a descubrir a Alexandra sus temores y la invita a ir a sus habitaciones a tomar el reposo que es necesario, después de la desvelada anterior.

Alexandra acepta y llegan al cubículum que es muy amplio y está lujosamente amueblado. Allí se recuestan, cada una en su propio lecho.

Más a pesar del cansancio, Actea no puede conciliar el sueño.

Se vuelve hacia Alexandra para conversar sobre su próxima fuga y la ve apaciblemente dormida, como si no la amenazara ningún peligro. Y a través de la cortina, que no ha sido corrida por completo; llega un rayo de sol en cuya extensión titilan en el aire, unos átomos de polvo, suspendidos en el rayo de oro.

A la luz de esos rayos contempla Actea el delicado rostro de la joven, que descansa apaciblemente con la respiración regular de quién duerme con un tranquilo sueño.

Y se dijo mentalmente:

–           ¡Ella es tan diferente de mí!

alex-john-william-waterhouse-sleeping-beauty-copiaAl pensar en los peligros que la aguardan, siente una inmensa pena y el impulso de protegerla, pero ¿Cómo? Sin poder contenerse la besa suavemente en los cabellos.

Alexandra siguió durmiendo por largas horas.

Era más del mediodía cuando abrió sus ojos y distinguió en medio de la semioscuridad, la figura de la griega.

Y amodorrada, preguntó:

–           ¿Eres tú, Actea?

La griega contestó dulcemente:

–           Sí. Alexandra.

–           ¿Es muy tarde?

–           No. Pero son más de las doce.

–           ¿Bernabé no ha regresado?

–           No dijo que volvería, sino que permanecería al asecho de la litera.

–           Es verdad.

Abandonaron ambas el cubículum y se dirigieron al baño.

Después de arreglarse otra vez y ataviarse con otros vestidos, almorzaron y enseguida se dirigieron a los jardines del palacio, que se encuentran vacíos, puesto que el César y sus cortesanos todavía están durmiendo, después de la juerga de la noche anterior.

Esta vez, Alexandra pudo apreciar en todo su esplendor, los magníficos jardines. Hay enormes pinos, cipreses, robles, olivos y arrayanes. Muchas flores y una gran variedad de estatuas. Los estanques de aguas cristalinas, parecen espejos.

Muchos rosales en plena floración son salpicados por las gotas de las fuentes. Hay grutas, arroyuelos y pequeñas cascadas, rodeados de exuberantes madreselvas, hiedras y vides. Cisnes, gacelas, venados, pavorreales blancos y de vistosos colores.

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También flamencos y aves exóticas de coloridos y riquísimos plumajes, vagan en total libertad. Bellísimos animales procedentes de todos los países conocidos de la tierra. Muchos esclavos están trabajando en el cuidado de los jardines: cantando, podando, arreglando y regando.

Las dos dieron un prolongado paseo, admirando aquella increíble belleza natural y decorada, que a cada paso les brinda alegría y motivos para alabar al Creador; por la sorpresa de tantos primores que se albergan ahí.

Y nadie más que ellas dos pasean por aquel espléndido lugar.

Alexandra piensa que si el César fuera bueno, sería muy feliz viviendo en aquel palacio y rodeado de tanta belleza, en aquellos fantásticos jardines.

Cuando se sintieron un tanto fatigadas se sentaron en un banco de mármol que está  oculto casi por completo detrás de unos cipreses. Y volvieron a conversar sobre el proyecto de la fuga.

Actea está más que preocupada por el éxito de la empresa.

Todo lo contrario de Alexandra, que está convencida de que un milagro la va a salvar…

Actea no oculta su zozobra:

–          Pienso que es un plan insensato que va a ser imposible de realizar. Sería mucho más seguro intentar convencer a Marco Aurelio de que voluntariamente te regrese a la casa de Publio. Por el tiempo que tienes de conocerlo, ¿No crees que sería más probable que tú logres influir en su decisión y que se retracte de lo que ha hecho?

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Alexandra niega moviendo con tristeza la cabeza:

–         No. En la casa de Publio, Marco Aurelio era muy distinto. Fue muy bueno y gentil. El hombre de ayer, es para mí un desconocido. Un sátiro protervo y  me causa pavor y prefiero huir hasta el fin del mundo, antes que caer en sus manos.

–           Pero en la casa de Publio, Marco Aurelio era para ti alguien muy especial. Hasta llegaste a amarlo. ¿No es así?

–           Lo fue y lo amo todavía. –esta última frase la musitó con voz casi inaudible- Pero este amor está condenado a morir. El hombre del que me enamoré no existe. –y Alexandra inclinó su rostro y cerró los ojos con dolor. Luego concluyó- No puedo amarlo. Ahora ya no.

–           Pero tú no eres una esclava. –La voz de Actea es reflexiva- Marco Aurelio podría casarse contigo. En tus venas corre sangre real. Tú eres un rehén y la hija del rey Vardanes I. Publio y Fabiola te aman como a su hija, ellos podrían adoptarte y así ya no habría ningún obstáculo legal para que fueras su esposa. Marco Aurelio y tú formarían una pareja y una familia muy respetable dentro de la sociedad romana.

Alexandra la miró con sus ojos angustiados y contestó con voz suave:

–           No. No me casaré con él. Prefiero huir hasta el fin del mundo.

–           Alexandra, por favor recapacita. Si tú quieres yo puedo ir a la casa de Marco Aurelio, hablo con él y le digo lo que acabo de decirte.

Pero ella contestó con dolor y firme determinación:

–           ¡No! Ya no quiero saber nada de él.

Y de sus ojos brota su corazón deshecho en el más amargo llanto.

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El ruido de pasos que se aproximan interrumpe su conversación.

Y antes de que Actea pueda hacer ningún movimiento, sorpresivamente tuvieron frente a ellas a Popea Sabina con un pequeño séquito de esclavos.

Dos de ellos sostienen sobre su cabeza, varios haces de plumas de avestruz, sujetos con alambres dorados y con ellos abanican suavemente a la emperatriz y al mismo tiempo la protegen del sol de verano que se deja sentir con fuerza.

Delante de ella, una mujer africana negra como el ébano y con los senos turgentes y rebosantes de leche, lleva en sus brazos a una niña envuelta en un suave manto, púrpura con franjas de oro.

Actea y Alexandra se ponen de pié, creyendo que Popea seguirá adelante, sin fijarse en ellas, pero no fue así.

Popea Sabina se detuvo cuando las vio y se acercó hasta quedar frente a ellas.

Luego dijo:

–           Actea, los cascabeles que enviaste a la niña no estaban bien asegurados. La niña cortó uno y se lo llevó a la boca. Afortunadamente Coralia pudo verla a tiempo.

–           Perdón, divinidad. –contesta Actea inclinando la cabeza y cruzando los brazos sobre el pecho.

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Pero Popea mira detenidamente a Alexandra…

Y después de una larga pausa, preguntó con voz neutra:

–           ¿Quién es esta esclava?

Actea responde con mucho respeto:

–           No es una esclava, divina Augusta. Sino la hija adoptiva de Publio Quintiliano e hija de Vardanes I, rey de los partos y entregada a Roma como rehén.

–           ¿Y ha venido a visitarte?

–           No, Augusta. Desde anteayer vive en el palacio.

–           ¿Estuvo anoche en la fiesta?

–           Sí, Augusta.

–           ¿Por orden de quién?

–           Por mandato del César.

Al escuchar esto, Popea contempla entonces con más atención a Alexandra, quién se  mantiene de pié con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a Popea con disimulada curiosidad y respeto en sus ojos brillantes.

De repente un ceño de contrariedad se dibuja en la frente de la emperatriz…

Celosa de su belleza y de su poder, vive en continua alerta por temor de que  alguna vez, una afortunada rival, pueda ser su perdición; tal y como ella misma lo había sido para Octavia. De allí que toda mujer hermosa que ve en el palacio, despierta en ella mortificantes suspicacias.

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Con verdadero ojo crítico, abarcó de un solo golpe y en conjunto, el cuerpo escultural de la doncella y pudo aquilatar hasta el más mínimo detalle de sus exquisitas facciones; de sus ojos increíbles y de su bellísimo rostro.

Este examen minucioso la hizo estremecer y se apoderó de ella un gran sobresalto. Su inteligencia reconoció el enorme peligro que representa esta beldad que la rebasa. Y por primera vez sintió miedo.

–           ¡Es más bella que Venus! –pensó. Y de pronto pasó por su mente una idea que no la había perturbado hasta entonces, en presencia de ninguna otra mujer bella: ¡Qué la edad empezaba a hacer estragos en ella!

Y entonces su vanidad herida palpitó con violencia.

En el alma de Popea, se fue materializando una creciente alarma y varias formas sucesivas de inquietud, cruzaron por su mente como relámpagos: ¿Acaso Nerón no había visto a esta joven ninfa? ¿A través de su esmeralda no había apreciado su portentosa belleza?

Más… ¿Qué pasaría si el César contemplara en pleno día y a la luz del sol, semejante maravilla de mujer? Por otra parte no es una esclava. ¡Es una verdadera princesa real! ¡La hija de un rey! “¡Dioses inmortales, es tan hermosa como yo y mucho más joven!”  Con estas reflexiones se hizo más profundo el surco de su entrecejo. Y sus ojos brillaron con un frío fulgor de acero, bajo sus rubias pestañas.

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Su voz se endureció al preguntar a Alexandra:

–           ¿Has hablado con el César?

Alexandra respondió gentil:

–           No, Augusta.

–           ¿Por qué prefieres quedarte aquí a seguir en la casa de Publio?

–           No lo prefiero, señora. Petronio indujo al César a que me sacara de su casa.   Mi  presencia aquí es contra mi voluntad.

–           Así que ha sido Petronio… ¿Y tú quisieras volver a la casa de Publio?

Y como Popea hizo esta pregunta en forma más benigna y suave, se despertó una esperanza en el corazón de Alexandra.

Y extendiendo suplicante la mano, dijo:

–           Señora, el César ha prometido darme a Marco Aurelio como esclava. Más tú intercede por mí y regrésame a la casa de Publio.

Y con una sonrisa llena de inocencia, Popea repite:

–           ¿Entonces Petronio indujo al César a que te sacara de la casa de Publio y te diese a Marco Aurelio?

–           Precisamente señora. Marco Aurelio va a enviar hoy por mí. Por favor ten compasión y ayúdame a regresar a la casa de los Quintiliano.

Al decir esto se inclinó y tomando la orla del traje de Popea, esperó su respuesta con el corazón anhelante.

Popea la siguió contemplando por unos momentos que parecieron eternos…

Y después, con el semblante iluminado por una diabólica sonrisa, dijo al fin:

–           Entonces te prometo que hoy mismo serás la esclava de Marco Aurelio.

Y prosiguió su paseo soberbiamente fastuosa, como una poderosa deidad maligna. Las palabras de Popea siguieron resonando en el aire como una diabólica sentencia…

Y a los oídos de Alexandra y de Actea, que se habían quedado como estatuas, solo llegaron los gemidos de la niña, que comenzó a llorar de repente.

A Alexandra se le llenaron los ojos de lágrimas, pero respiró profundo, se dominó y tomando la mano de Actea, le dijo:

–           Volvamos. El auxilio ha de esperarse tan solo de Aquel que puede darlo.

Y regresaron al atrium, del cual no salieron hasta la tarde.

Actea reunió parte de sus joyas y las puso en una bolsa de fino paño que dio a Alexandra:

–           Por favor no rechaces este obsequio. Te servirán mucho en tu fuga.

Alexandra la abrazó. Y besándola en la mejilla le dijo:

–           Gracias.

Ya casi era de noche cuando se presentó Secundino, el liberto de Marco Aurelio, a quien había  visto una vez en la casa de Publio.

El hombre anciano, pero todavía muy fuerte; hizo una profunda reverencia y dijo:

–           Divina Alexandra te saludo en nombre de Marco Aurelio Petronio, quien te espera en su casa con una fiesta preparada en tu honor.

La joven palideció y contestó:

–           Voy.

Y abrazando a Actea, se despidió de ella.

La griega, mentalmente oró:

“Ay Madrecita protégela, porque en su futuro amenaza la más oscura tormenta”

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

P143 NO SOIS DEL MUNDO


dio padre ensu tronoHijitos Míos, os he hablado de la Paz, la Paz es imprescindible para el corazón del hombre, para que éste se pueda desarrollar perfectamente en el Amor, en la vida interior, en la vida con sus hermanos. Sin esa paz interior Mis pequeños, no podréis dar el fruto que deseo de cada uno de vosotros; porque si no hay orden en la casa, todo será desorden también fuera.

Vuestra casa es Mi Reino en vuestro interior, ahí habito Yo y la Paz es un fruto de Mi Vivencia en vosotros. Si Yo Vivo perfectamente en vosotros, la Paz vivirá en vosotros. Y Paz transmitiréis a vuestros hermanos.

La Paz, deberéis dejarla en todos aquellos lugares a donde vayáis, con las personas en las que entréis en contacto. Sin paz interior, no podréis dar fruto.  A todo lugar a donde vayáis, aunque no lo digáis en voz alta internamente, dejad la Paz: dejad la Paz en el lugar, dejad la Paz en los corazones, para que esa Paz se asiente ahí y esa Paz empiece a  dar fruto también en las personas que por ahí transiten.

PAZ EN LA TORMENTA

Por donde caminéis dejad Paz, en todos aquellos lugares, en todos aquellos corazones en donde Mi Santo Espíritu os indique, dejad Paz. Y así poco a poco, el mundo irá tomando esa Paz que solamente puede venir de Mí, vuestro Dios.

Deberéis caminar mucho, Mis pequeños. Deberéis orar mucho, para que esa Paz se vaya transmitiendo a todo el mundo. Llenad al mundo de Paz, llenad al mundo de Amor.

Vuestra vivencia en el mundo es necesarísima, porque así como Yo os he trabajado, he quitado de vosotros todo aquello que impide la Luz de la Verdad, el Amor Infinito, la Paz Divina. También vosotros Mis pequeños, deberéis hacer lo mismo. Aquellos que están llenos del Amor de Dios, solamente podrán dar Paz.

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La guerra, las turbaciones de éste mundo, solo pueden venir de almas que no han abierto el corazón al Amor y por lo tanto producir Paz.

Deberéis dejar paz, primeramente con los vuestros, en toda rencilla, en todo lugar donde haya mal. En los países donde haya guerras, ahí deberá estar puesto vuestro corazón, para que reciban Mi Paz. Vividla y transmitidla,  Mis pequeños. 

Y así Me dejarán Vivir también en ellos y Yo estaré Viviendo nuevamente, para lograr que éste mundo vuelva sus ojos a su Dios en la Paz y en el Amor que Mi Hijo os entregó.

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Hijitos Míos, deberéis siempre de mantener, de proteger y de acrecentar esa dignidad de ser hijos de Dios. Ser hijos de Dios es algo muy grande. Si realmente meditáis esto, os daréis cuenta que por Mi Hijo fuisteis nuevamente herederos del Reino. volvisteis a recuperar esa dignidad. Con Su Martirio se os dio grandeza.

Los malos judíos creyeron que con Su Muerte iban a destruir Su Vida, iban a destruir Su Obra. Pero no Mis pequeños, ahí empezó la Obra, porque Su Muerte os dio la vida y además recuperasteis esa dignidad de hijos de Dios.

Por eso, Mis pequeños, manteneos siempre en ese estado de Gracia, que significa unión Conmigo, con vuestro Dios, con vuestro Padre en Mi Santísima Trinidad.

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Vosotros pertenecéis a la Realeza Celestial, estáis trabajando para vuestro Dios, estáis viviendo para vuestro Dios. Se os concedió el Don de la vida, sois emisarios del Cielo; venís a la Tierra a traer las Buenas Nuevas, como lo hizo Mi Hijo.

Es Tiempo de Buenas Nuevas, no os involucréis en lo negativo que sucede alrededor del Mundo. Deberéis ser como Mi Hijo, deberéis ser como los Ángeles. Aquél que baja del Cielo, deberá traer cosas del Cielo y son cosas buenas: es conversión, es salvación, es nueva vida. Es cambio interior para producir un cambio exterior, una renovación mundial.

Si os involucráis en lo negativo, si buscáis lo negativo, os llevará a esa pobreza espiritual. No estaréis dando vida, estaréis ahuyentando la paz en los corazones y vosotros deberéis dejar Paz, confianza en vuestro Dios, vida en los corazones.

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LUCIFER SIEMPRE DISFRAZA SU MALDAD CON BONDAD Y CON VENGANZA JUSTIFICADA

Como vivís en el mundo, el Mal se dedica a destruir. Se dedica a transmitir todo aquello en donde pueda hacer que las almas se desvíen y no produzcan bien, no produzcan sensación de vida Divina, crecimiento espiritual.

No Mis pequeños, no busquéis lo negativo del mundo, buscad lo que os va a ayudar a vosotros a tener esa vida, a transmitir vida, a regresadMe vida al Reino de los Cielos.

También se os ha dicho que no podéis servir a Dios y servir al mundo al mismo tiempo, porque al hacerlo así estaréis contaminando uno u otro. Vinisteis a servir a Dios, pero estáis en el mundo, ciertamente.

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Cuando servís a Dios, podéis Divinizar las cosas del mundo y así se vuelve diferente el vivir en el mundo. Cuando vivís para Dios estáis utilizando las cosas del mundo para servir a vuestro Dios. Cuando servís al Mundo, os dejáis llevar por las cosas del mundo y os olvidáis de Dios.

Servid a vuestro Dios tomando las cosas del mundo, pero no olvidando que vuestro Dios las Creó para vuestro servicio. No os encadenéis a las cosas del Mundo, no os esclavicéis con las cosas del mundo que os impiden volar hacia vuestro Dios.

Al ir por el mundo, id Divinizando todo lo que Dios permite a vuestro paso. Yo os he dado todo, de Mi ha salido todo. Yo no Creo cosas malas, el corazón del hombre es el que hace que las cosas se vuelvan malas. Os pedí que fuerais bendiciendo todo a vuestro paso…

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 De ésta forma el mundo se vuelve a vuestro favor, os ayuda, está con vuestro Dios… Todo entra en armonía con vuestra misión y con la vida que debéis llevar en vuestro interior.

Pero cuando os volcáis por las cosas del mundo le dais preferencia a las cosas del mundo y nada más vivís para ellas y os olvidáis de vuestro Dios. En ese momento, el mundo os absorbe y os quita esa espiritualidad que debéis siempre proteger Mis pequeños; el Gran Regalo que os he dado, es vuestra alma y el que viváis unidos a vuestro Dios.

Cuando escogéis vivir para el mundo, estáis despreciando Mi gran regalo, el gran regalo de vida. DadMe vuestra preferencia, vivid Conmigo, Divinizad todo lo que este a vuestro paso y a vuestro alrededor para que vuestra misión sea más agradable, llevadera, más fácil de cumplir.

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Señor, te ofrezco mi Rosario por las intenciones tu Sacratísimo Corazón y por…   Y te doy gracias por…

Os pido abráis vuestro corazón a Mis intenciones. Así como ahora Me estáis ofreciendo éste Santo Rosario por las peticiones que lleguen a vuestro corazón y a vuestra mente… Yo os quiero pedir Mis pequeños, que dejéis entrar a vuestro corazón Mis peticiones, porque mucho se necesita para la salvación de todos los hombres.

 Aunque solamente una cosa se necesitaría realmente, que es vuestro arrepentimiento de corazón. Pero hay tantas almas que no están Conmigo, que no saben ni siquiera qué es esto… Porque desgraciadamente, como no han tenido una vida espiritual desde pequeños… No saben siquiera qué es pecar y eso deberéis tomarlo vosotros en cuenta cuando juzguéis.

Que ya os he dicho muchas veces que no debéis juzgar, porque juzgáis sin saber, juzgáis a vuestros hermanos sin tener bases y hay muchos de vuestros hermanos que no pueden ser juzgados a vuestra manera de pensar, porque no han recibido lo que vosotros habéis recibido.

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Os pido pues, que todo lo que Yo os vaya poniendo en vuestro corazón, Me lo pongáis en Mi Corazón… Yo os voy aconsejando, pero necesito que vosotros pidáis por vuestros hermanos. Ya os he dicho que Yo no puedo imponer Mi Voluntad; pero sí utilizo Mis trucos de Amor para que viniendo de vosotros, Yo pueda actuar.

Esto es Mi Misericordia por vosotros, es Mi Amor por vosotros, Mis pequeños… Y por eso debéis estar siempre atentos a las inspiraciones de Mi Santo Espíritu en vuestro interior; para que vosotros Me deis almas para salvar, que Me deis todo lo que llegue a vuestro corazón para vuestro bien y para el de los vuestros.

Por eso os he pedido tanto que no os embebáis en las cosas del Mundo, que debéis estar siempre pensando en lo que Yo haría, porque así actuamos Mi Hijo y Yo cuando Él estuvo en la Tierra… Él seguía Mis inspiraciones.

JESUS-ORANDO

Él Me daba lo que Yo quería y es así, como es que muchas Bendiciones se han derramado sobre toda la Tierra y en cada uno de vosotros: por la intercesión de Mi Hijo, por el Amor que os tiene, por el amor que debe haber ya en toda la Tierra y en todos los corazones.

Mis pequeños, vivid más atentos para la misión para la cual vinisteis a la Tierra, que es una misión de amor y  que eso os debe de alentar, porque no os estoy pidiendo cosas extraordinarias, no se está saliendo de vuestras capacidades. Todos vosotros, aun aquellos hermanos vuestros que consideráis malos, también saben amar y es por eso que es a través del Amor que Yo os tengo que reunir a todos vosotros.

Compartid el amor que Yo pongo en vuestro corazón, para que lo podáis dar a vuestros hermanos, ya sea en deseo con vuestro pensamiento o con vuestras obras, con vuestras palabras, con vuestras acciones. Pero debéis reflejar Mi Amor a través de todo vuestro ser.

00adorando a jesus ante la cruz

Mucho debéis dar, como Mi Hijo Me dio. Pero Él NO se distrajo en las cosas del mundo y vosotros continuamente estáis distraídos en las cosas del mundo. Ciertamente debéis actuar en el mundo, pero también debéis ofrecerMe todo lo que hacéis en el mundo y así cambia la perspectiva de vuestras acciones.

No es lo mismo actuar por vosotros mismos a que actuemos Nosotros dos: Yo, en vosotros.

Os agradezco Mis pequeños, que acudáis a Mí, que agradezcáis de corazón lo que os doy. Pero os pido nuevamente, que tengáis una vida íntima más prolongada durante el día Conmigo, con vuestro Dios. Ciertamente podéis hacer las cosas que tenéis que hacer por vuestro estado de vida, pero incluyéndoMe a Mí, ofreciéndoMe todo lo que hagáis y veréis que todo saldrá más fácil y más perfecto.

VIDA DE ORACION tiempo

Quiero que sigáis así, aumentando vuestro tiempo de oración no solamente de rezo, sino de Oración. O sea comunicación Conmigo, hasta que completemos las veinticuatro horas de cada día. Yo os iré diciendo cómo. Dejaos que Mi Santo Espíritu os guíe, porque os quiero en totalidad Conmigo. Fuisteis creados para estar plenamente Conmigo, no solamente a ratos.

Yo Soy totalmente para vosotros, Yo quiero que ahora seáis vosotros totalmente para Mí. Me lo merezco, porque Soy vuestro Creador, Soy vuestro Padre y os amo infinitamente.

Hijitos Míos, ya os había profetizado que el Mal os iba a rodear, que iba a rodear la Tierra entera, que ibais a ver su ataque por todos lados y esto también os lo había dicho en las Sagradas Escrituras. Ciertamente, llegará el momento en que sentiréis que os ahogáis de tanto mal que veréis a vuestro alrededor.

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Ahora muchos de vuestros hermanos, aunque no entienden lo que está pasando, se están dando cuenta de que ya no existe la ‘normalidad’ que ellos pregonaban antes. Que ya se están desarrollando acontecimientos que se salen de ésa normalidad que pregonaban.

Estos son tiempos de cambio, primeramente porque Satanás os quiere poner a prueba y quiere la Destrucción de todo lo que Yo he creado con Mi Corazón de Padre y Creador. Él se siente poderoso, él cree poder destruir Mi Creación; pero no es así, Mis pequeños.

Sus poderes satánicos son muy limitados y está viendo que no ha podido destruir lo que él más quisiera, que es el Amor en el mundo, Mi Iglesia y una gran cantidad de escogidos Míos alrededor del mundo.

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 Mis pequeños, Yo os he pedido que os soltéis dócilmente a Mi Voluntad y así recibiréis lo que necesitéis para poder sobrellevar éstos tiempos de cambio. Vosotros los que estáis Conmigo, sobrellevaréis la situación, que no es lo mismo que aquellos que no están Conmigo, porque Me atacan, destruyen todo lo que es Mío o simplemente no quieren creer.

Ellos padecerán ésta Purificación. No es lo mismo sobrellevar que padecer, Mis pequeños.

Vosotros, sois de los escogidos y sois escogidos, porque Me escogisteis. Porque todos vuestros hermanos, pasados, presentes y futuros, han tenido la misma oportunidad o tendrán la misma oportunidad que vosotros, de escogerMe o hacerMe a un lado. Vosotros como María, habéis escogido la mejor parte.

Jesus Mary Martha 2

 Y si estáis con el que es Todopoderoso que Soy Yo, vuestro Dios, ¿Acaso creéis que os voy a tratar como a los demás, que no solamente no Me han escogido, sino que además Me han atacado? No, Mis pequeños. No puede ser así, porque entonces estaríamos hablando de una injusticia de Mi parte.

 Y esto no puede ser, porque Yo Soy Perfecto y Justo. Por eso vosotros los que estáis Conmigo, padeceréis vuestros errores, pero seréis purificados rápidamente. Mucho todavía se tiene que dar a vuestro alrededor y también en vuestro corazón.

DejadMe que Yo actúe perfectamente en vosotros, para que gocéis junto Conmigo de Mis Regalos. Yo Me gozo en Mi Pensamiento y en Mi Corazón del trato que os voy a dar a vosotros, los escogidos y ahora os digo esto para que vosotros también gocéis desde ahora, de ése trato que os daré.

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Seguid siendo Mis consentidos, Mis pequeños. Seguid llevando almas a Mi Corazón, para que se alivien. PedidMe por aquellos innumerables hermanos vuestros que necesitan de una curación de corazón, porque la necesitan y también vosotros la necesitáis. Buscad siempre en vuestra vida el vivir en el amor, transmitir el amor y en todas sus fases.

En pocas palabras, que seáis agradables a Mis Ojos y a los ojos de vuestros hermanos. Sed alegres y sencillos, no seáis artificiales ante vuestros hermanos y menos ante Mí. No actuéis hipócritamente, sino quiero que actuéis siempre en la Verdad. Os Bendigo, Mis pequeños y recordadMe cuando vayáis a hacer algo o a decir algo o aún pensar algo.

Inmediatamente acudid a Mí y ofrecedMe vuestro pensamiento, vuestra palabra o aquello que tengáis intención de hacer, para que seamos dos los que opinemos de cómo hacer lo que vayáis a hacer. Para que lo que hagáis sea perfecto, agradable a Mis Ojos y benéfico para vuestros hermanos.

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Hijitos Míos, el hombre fácilmente se siente derrotado cuando le llegan a él situaciones difíciles en su vida. Especialmente a aquellos que no están Conmigo y que no quieren contar con Mi ayuda, se desesperan y hasta pueden atentar contra su vida, porque no encuentran una salida a sus problemas.

Ciertamente, algunos de vosotros tratáis de salir adelante utilizando vuestra inteligencia, tratáis y tratáis… Y a veces encontraréis el camino de salida. Pero generalmente si tratáis así en lo personal, sin contar con Mi ayuda, cuando es vuestra soberbia la que está actuando; en la mayoría de los casos no saldréis adelante, porque Yo pongo pruebas al hombre para que crezca.

Sí, Mis pequeños, es como cuando vosotros vais creciendo y vais teniendo un sinnúmero de pruebas. Empezaréis en el hogar, la problemática del hogar con sus diferentes facetas, ya sea con vuestros padres o ya con hermanos mayores o menores, pero en la vida siempre estaréis aprendiendo y siempre habrá metas, retos, problemas que deberéis resolver.

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Y la experiencia que tengáis, ya sea personal o aquella que obtenéis cuando un hermano vuestro os platica cómo salieron adelante de sus problemas, aprendéis con hermanos vuestros cómo resolver alguna problemática similar.

Vuestra vida siempre es de aprendizaje, principalmente dentro del ámbito de lo espiritual. Y en vuestra vida personal o profesional, siempre estaréis creciendo. Hay tanto que debéis desarrollar todavía… Porque si Yo Mismo, Soy ilimitado; también vosotros por vuestra alma, sois ilimitados.

Nadie se puede jactar de decir que ya sabe todo y que no necesita aprender más. O es muy tonto o es muy soberbio.

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Vosotros deberéis siempre estar llenos de humildad, para reconoceros pequeños ante Mí, vuestro Dios y también deberéis siempre de tener la humildad de acercaros a Mí, para pedirMe lo que necesitéis; para que vuestras situaciones diarias las podáis resolver con Sabiduría Divina y no con inteligencia humana.

Aquellos que han aprendido a convivir Conmigo y han aprendido esto, de confiar plenamente en Mí y de vivir acompañados Conmigo y pidiéndoMe consejo continuamente en sus obligaciones y quehaceres, son aquellos que a vuestros ojos humanos se les llama triunfadores.

Pero debéis saber que atrás de cada uno de vuestros hermanos triunfadores estoy Yo, cuando realmente ellos están buscando el hacer el Bien a vosotros.

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 Porque hay otros hermanos vuestros que los consideráis triunfadores y muchos de ellos se han acercado al Enemigo para que vosotros los veáis como triunfadores. Realmente es Satanás quien los está apoyando a triunfar pero para el mundo, que es muy diferente a la misión real que traéis cada uno de vosotros.

Y deberéis tener Discernimiento Santo que Me debéis pedir, para que podáis diferenciar entre aquellos hermanos vuestros que realmente están Conmigo o aquellos que se han vendido a Satanás.

Ciertamente estáis viviendo la Maldad de Satanás a vuestro alrededor, porque ya estaba también profetizado que iba a ser así, que iba a llegar un tiempo en que hasta el mismo Satanás se iba a sentir dueño de todo el mundo. Aunque él en lugar de vosotros, es el que debiera estar temiendo y fuertemente, porque su reino va a ser eliminado de la Tierra por un tiempo y su Maldad será exterminada.

EL MUNDO EN PODER DEL MALIGNO

Vosotros fuisteis creados para amar y ser amados y al vivir vosotros aquí en la Tierra, que es el reino de Satanás; vosotros de alguna forma sois afectados, pero por vuestra misma indiferencia y afectación a donde os ha llevado el Pecado de Adán y Eva. Y al no vivir en perfección, vosotros continuamente pecáis, aunque no queráis.

Y a pesar de que os esté rodeando el Mal, Yo puedo estar Perfectamente Vivo en vuestro corazón y el Bien está dentro de vosotros. Y así el Mal, aunque os trate de atacar y os trate de sacar de vuestra misión, llevándoos hacia el Mal y no manteniendo el Bien en vuestra vida; si vosotros perseveráis en el Bien, triunfaréis junto Conmigo.

Mi Hijo venció a Satanás. Vosotros con la ayuda de Mi Hijo, lo deberéis vencer también. Aunque el Mal esté a vuestro alrededor y os ataca de innumerables formas, no estáis vencidos. Vosotros, al contar con Mi Gracia y con Mi Amor, nunca seréis vencidos si lucháis por mantener lo que es Mío dentro de vosotros.

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El Mal siempre hará su lucha de llevaros a la perdición o al menos de que Me ofendáis. Pero si vosotros os defendéis con Mi Gracia, con las Bendiciones que os he concedido a cada uno de vosotros y sobre todo, con el amor que debéis ya haber acrecentado en vuestro interior, el Mal tratará de atacaros continuamente, cada vez más fuertemente, pero no podrá venceros.

Aún en algún momento podrá quitaros la vida, pero vuestra verdadera vida del alma, que es la que Me pertenece y que estará siempre Conmigo, nunca os la quitará. Se os ha dicho en las Escrituras, que temáis a aquellos que os puedan llevar a la muerte espiritual, que no temáis a aquellos que puedan dañar vuestro cuerpo, sino a aquellos que puedan dañar vuestra alma.

Si realmente contáis Conmigo Mis pequeños, aunque se den cosas futuras muy graves y que hasta dudéis vosotros mismos de vuestras capacidades para salir adelante, si estáis Conmigo y sabéis que contáis con Mi Poder Divino, venceréis.

Tentacion

Que no os importe el ataque ni la magnitud de éste, Yo Soy Omnipotente y Satanás no. Y Mi Omnipotencia siempre va a destruir los ataques de Satanás. Y si vosotros estáis Conmigo íntimamente ligados, veréis que Mi Omnipotencia siempre lo vencerá. Pero por eso os pido Mis pequeños, que os mantengáis siempre Conmigo, porque sabéis que lo Mío es vuestro.

Soy vuestro Padre y un padre no limita sus bendiciones a sus hijos y así Soy Yo, Mis pequeños, Yo Me doy en totalidad por vosotros y contáis con todo lo que es Mío. Aprovechad ésta Promesa, para que vosotros os mantengáis siempre en rumbo perfecto en vuestra vida, que no os acobardéis en ningún momento y que siempre luchéis por hacer el Bien a vuestros hermanos con todo lo que es Mío y que vosotros lo trabajaréis para dárselos.

Ya os he dicho, Me verán a Mí a través de vosotros, pero también os verán a vosotros como instrumentos Míos. Gozaréis porque estaréis trabajando para Mí y gozaréis porque seréis reconocidos ante vuestros hermanos, porque os reconocerán como hijos Míos, como hijos de Dios.

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CUANDO NUESTRA PROFESIÓN LA INCLUÍMOS EN EL SERVICIO A NUESTRO DIOS ALTÍSIMO

Hijitos Míos, por vuestra falta de Fe, por vuestra falta de amor, por la negligencia de tratar de vivir en perfección en el ámbito de lo espiritual, de ahí es donde se ha aprovechado Satanás de vuestra vida.

Si vosotros os comprometierais Conmigo a buscar la perfección de vuestros actos, de vuestros pensamientos, de vuestra vida hacia la santidad, inútil sería su ataque. Inútil sería su presencia en vosotros, puesto que ya tendríais una coraza muy fuerte que os defendería contra sus ataques.

 Pero vosotros en general sois veletas, que vais hacia donde el viento sopla, que es vuestra propia conveniencia. No mantenéis un rumbo fijo hacia la perfección, sino que caminando en vuestra vida, vais hacia donde os conviene y hacia donde vuestra espiritualidad, poco desarrollada, os deja ir.

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Y así es como vais pecando contra Mí a lo largo de vuestra existencia: caéis, os levantáis, os perdono, volvéis a caer y se vuelve a repetir el ciclo; cientos y miles de veces a lo largo de la vida del hombre y esto en el mejor de los casos. En aquellos que ya tienen cierta espiritualidad y que se dan cuenta de que han caído en el pecado, se arrepienten y se levantan.

Pero hay infinidad de hermanos vuestros que caen y quedan ahí, caídos; sin deseo siquiera de levantarse y así es como vais perdiendo las oportunidades de llegar al final de vuestra vida en un grado de perfección alto… Llegáis solamente con lo poco que lograsteis y que os arrepentís fuertemente al estar ante Mí…

 Viendo lo que os pude haber dado si hubierais logrado más y no lo lograsteis por vuestra negligencia o por vuestra comodidad y no por vuestra lucha para poder venceros a vosotros mismos.

VENCEDOR TOTAL GUERRA

Nuevamente os pido que luchéis fuertemente contra todo lo adverso que se dé en vuestra vida espiritual, porque ciertamente tengo para las almas grandes regalos cuando regreséis a Mí y que gozaréis eternamente. Y quiero eso, dároslos a cada quien. Quiero complaceros grandemente, pero os lo tenéis que ganar.

Vuestra mente no alcanza a concebir los regalos tan grandes con los que Yo os consiento ahora y os consentiré eternamente. Por eso debéis tener la suficiente Fe y confianza en Mí, vuestro Dios. En las Promesas que os hago y os pido que luchéis fuertemente por complacerMe, ganándoMe almas para su salvación eterna.

Y esto es llevando Mi Amor a todos vuestros hermanos, para que viviendo en Mi Amor, puedan ellos fácilmente salvarse. Porque aquél que no ama, obviamente no desea vivir en el Amor eternamente, que es lo que Yo os tengo preparado a cada uno de vosotros. Amad y seréis amados.

PODER Y VICTORIA

Yo os bendigo ahora y por siempre, en Mí Santo Nombre, en el de Mí Hijo,  Salvador vuestro y en el del Espíritu de Amor y Vivificador.

Mí Santa Hija, la Siempre Virgen Maria, os cuidará y os guiará para aplastar la cabeza de la serpiente del mal. Dejaos llevar por Sus Palabras de Amor y Salvación. Su ternura es excelsa.

Hijitos Míos, ¡Cuánto os amo!

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11.- EL RESCATE DEL BAUTISTA


Al día siguiente en el vado del Jordán, el camino verde que sigue paralelo al río, está lleno por viajeros que buscan la sombra de los árboles que lo bordean. Hileras de borriquillos van y vienen junto con los hombres. En la ribera del río hay cuatro hombres que apacientan muy pocas ovejas.

Un poco lejos, en un entronque del camino, aparece Jesús con sus tres discípulos. Cuando los pastores lo ven, corren a su encuentro. El rostro de Jesús se ilumina con una inefable sonrisa y levanta los brazos en un gesto de amorosa bienvenida. ¡Es la sonrisa de Dios! Las ovejas trotan, arreadas por los pastores.

Cuando se encuentran con Él, los saluda diciendo:

–                 ¡La paz sea con vosotros, Simeón, Juan y Matías, mis amados discípulos y discípulos de Juan, el Profeta! ¡La paz sea contigo, José! –y lo besa en la mejilla.

Los otros tres se han arrodillado y besan la orla de su túnica.

Jesús agrega:

–                 Venid amigos. Vamos junto a las aguas del río y bajo aquellos árboles. Allí hablaremos.

Todos bajan hasta el sitio señalado por Jesús, que se sienta en una gran raíz que está sobre la tierra. Los otros se sientan en el pasto, a su alrededor.

Jesús sonríe lleno de felicidad, los mira con atención y dice:

–                 Permitidme que conozca vuestros rostros. Ya conozco los corazones; son de hombres justos que van tras el bien y aman despreciando las utilidades del mundo. Os traigo saludos de Isaac, Elías y Leví. También el saludo de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?

Matías contesta:

–                 Todavía está en prisión. Nuestro corazón tiembla por él; porque está en manos de un cruel al que domina una criatura del infierno y al que rodea una corte corrompida. Nosotros lo amamos. Tú sabes que lo amamos y que él merece nuestro amor. Después de que dejaste Belén, fuimos perseguidos. Pero más que el odio; sentimos el vernos solos, abatidos como plantas que el ventarrón haya tronchado; porque te habíamos perdido. Luego, después de años de dolor; sentimos que el Bautista era el hombre de Dios que se predijo que prepararía los senderos de su Mesías. Y fuimos a él, porque pensamos que al hacerlo, te encontraríamos a Ti. Porque era a Ti Señor, a quién buscábamos.

–                 Lo sé. Me habéis encontrado. Estoy con vosotros. –y señalando a Juan, les pregunta- ¿Conocéis a éste?

–                 Lo veíamos con los otros galileos, entre las gentes más fieles del Bautista. Juan lo señaló varias veces diciéndonos: ‘Ved. Yo el primero; él el último. Después él será el primero y yo el último’ Jamás entendimos lo que quiso decir.

Jesús voltea hacia donde está Juan; lo atrae hacia su pecho con una sonrisa más resplandeciente todavía y dice:

–                 El Bautista quería decir, que él era el primero en decir: ‘He aquí al Cordero de Dios’ Y que éste será el último de los amigos del Hijo del Hombre, que hablará a las multitudes del Cordero. Pero que en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque ama al Cordero más que todos. Esto es lo que quería decir el Bautista. Cuando lo veáis; porque lo volveréis a ver y lo serviréis hasta la hora que ya está determinada; decidle que él no es el último en el corazón del Mesías. No tanto por ser pariente, sino por su santidad; Yo le amo igual que a éstos. Acordaos de ello, si la humildad del santo se proclama ser el último. La Palabra de Dios lo proclama compañero de su discípulo a quien más ama. Decidle que amo a éste, porque lleva su nombre y porque encuentro en él su marca. Pues su corazón fue preparado para recibir al Mesías.

–                 Lo diremos. Herodes no se atreve a matarlo por miedo al pueblo. Y en esa corte de avaricia y corrupción, sería fácil librarlo si tuviéramos el suficiente dinero. En realidad, una fortuna.  Todos los amigos han cooperado, pero todavía nos falta mucho. Tenemos mucho miedo de que se nos acabe el tiempo y por no reunir lo necesario, que lo maten.

–                 ¿Cuánto es lo que os hace falta para el rescate?

–                 No para el rescate, Señor. Herodías lo odia y no quiere ni verlo. Y ella es la dueña de Herodes. Es imposible un rescate. Pero en Maqueronte se han juntado todos los avarientos del reino. Lo único que les importa es gozar y sobresalir; desde los ministros, hasta los criados. Y para hacer esto se necesita mucho dinero. Hemos encontrado quien, por una considerable cantidad de dinero, dejaría salir al Bautista. Esto, también Herodes lo desea; porque tiene miedo, no por otra razón. Miedo al pueblo y miedo a la mujer. Si conseguimos liberarlo; podrá fingir que él no lo hizo. Así contentará al pueblo y la mujer no podrá acusarlo de nada.

–                 ¿Cuánto quiere esa persona?

–                 Veinte talentos de plata. Tenemos solo doce y medio.

Jesús se vuelve hacia Judas y le dice:

–                 Judas, tú dijiste que esas joyas son muy valiosas.

Judas contesta contundente:

–                 Hermosas y preciosas.

–                 Me parece que tú eres experto en estas cosas. ¿Cuánto crees que valen?

–                 Sí lo soy. ¿Acaso quieres venderlas?

–                 Tal vez. Dime, ¿Cuánto pueden valer?

–                 Si se venden bien, por lo menos ocho talentos.

–                 ¿Estás seguro?

–                 Sí, Maestro. Tan solo las tiaras y las gargantillas son gruesas y pesadas. Y están llenas de rubíes, zafiros, esmeraldas y amatistas. Es oro purísimo. Por lo menos valen cinco talentos. Los he revisado bien. Al igual que los brazaletes. No puedo comprender como las frágiles muñecas de Aglae, los han podido llevar.

–                 Eran sus cadenas, Judas.

–                 Es verdad, Maestro. ¡Pero a muchos les encantarían semejantes grilletes!

–                 ¿Lo crees?… ¿A quiénes?

Judas contesta evasivo:

–                 ¡Oh! ¡A muchos!

–                 Sí. A muchos que tan sólo son hombres, porque así se les llama. ¿Conoces a algún posible comprador?

–                 ¿Quieres venderlas? Y ¿Por el Bautista? Pero, ¡Es oro maldito!

–                 ¡Oh, incomprensión humana! Acabas de decir con un deseo patente, que a muchos les gustaría ese oro. ¿Y ahora dices que está maldito? ¡Ay Judas! ¡Judas!…  Es maldito. ¡Sí!… Es maldito, pero ella dijo: ‘Se santificará si sirve al que es pobre y santo’ Y lo dio con el fin de que el que fuere beneficiado, ruegue por su pobre alma; que como embrión de futura mariposa, crece en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es igual que Elías por su misión; pero superior a éste en santidad. Es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa. Cuando se tienen estas cosas, puras y santas como las tengo, jamás puede uno decir que está abandonado. Él ya no tiene casa. Ni siquiera le ha quedado el sepulcro de su madre. La perversidad humana, todo lo ha destruido y profanado. Así que dime, ¿Quién es el comprador?

–                 Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡Pero éste de Jericó!, es un astuto orfebre oriental. Usurero; contrabandista; mercader en amores; ladrón ciertamente… y tal vez homicida. Y seguramente también es un perseguido de Roma. Quiere que se le llame Isaac, para que lo tomen por hebreo. Más su nombre verdadero es Diomedes. Lo conozco bien…

Simón Zelote, que habla poco, pero substancioso y que todo lo observa. Lo interrumpe:

–                 ¡Lo comprendemos! ¿Cómo hiciste para llegar a conocerlo tan bien?      

Judas  balbucea:

–                 Bueno. Sabes. Para agradar a los amigos poderosos, he ido a su casa. Hemos tenido tratos. Para los del Templo. ¿Sabes?…

–       Ya caigo. Toda clase de servicios. -Concluye Simón con un tono helado y lleno de ironía.

Judas se enciende, pero calla…

Jesús interroga:

–                 ¿Podrá comprarlas?

–         Pienso que sí. Jamás le falta el dinero. Ciertamente es necesario saber vender; porque el griego es astuto. Y si ve que se las tiene que arreglar con un hombre honrado… un pichón de nido; lo despluma a su gusto. Pero si se trata de un buitre como él…

Zelote concluye:

–                 Ve, Judas. Eres el tipo ideal para esto. Tienes la astucia de la zorra y la rapacidad del buitre. Perdón, Maestro. Hablé antes que Tú.

Jesús dice:

–                 Pienso como tú. Y le pido a Judas que vaya. Juan, vete con él. Nos reuniremos cuando baje el sol; en la plaza que está cerca del mercado. –mirando a Judas, agrega- Ve y has lo mejor que puedas.

Inmediatamente Judas se levanta. Juan tiene la mirada del perro que implora, porque se le ha arrojado fuera. Pero el apóstol más joven también se levanta y sigue a Judas.

Sin embargo,  Jesús ignora esa mirada suplicante y se vuelve hacia los pastores:

–           Quiero alegraros.

Juan, el pastor contesta:

–                 Siempre lo harás, Maestro. El Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es tu amigo?

–                 Sí. ¿No te parece que lo sea?

El hombre baja la cabeza y guarda silencio.

Simón dice:

–         Sólo quién es bueno, sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la bondad ve. Veo lo externo. El bueno baja hasta el interior. También tú Juan ves como yo. Pero el Maestro es bueno y… ve…

Jesús pregunta:

–           ¿Qué ves en Judas, Simón? Te ordeno que hables.

Simón respira profundo y luego dice:

–           Pues… al mirarlo pienso en ciertos lugares misteriosos que parecen cuevas de fieras y aguas estancadas y envenenadas. Se vislumbra apenas algo que no está bien. Y al punto se retira uno lleno de miedo. Por el contrario, por detrás hay tórtolas y ruiseñores y suelo abundante en aguas buenas y rico en hierbas salutíferas. Quiero pensar que Judas es así. Lo creo, porque lo tienes contigo. Tú, que conoces…

–           Sí. Yo lo conozco. Hay muchos repliegues en el corazón de ese hombre. Pero no le faltan los lados buenos. Lo viste en Belén y en Keriot. Hay que ayudar a ese lado bueno que es muy humano, para llevarlo a una bondad que sea espiritual. Entonces sí que Judas será como quieres que sea. Es joven…

–           También Juan es joven; tiene solo diecisiete años…

–           Y concluyes en tu corazón, que es mejor. ¡Pero Juan, es Juan! Simón. Ama a ese pobrecito de Judas. Te lo ruego. Si lo amas te parecerá más bueno.

–           Me esfuerzo en hacerlo, por Ti. Pero es él; el que rompe mis esfuerzos como si fueran cañas de río. Maestro, yo tengo solo una ley: hacer lo que Tú quieras. Por esta razón amo a Judas; no obstante que hay algo dentro de mí que me previene contra él.

–           ¿Qué cosa es, Simón?

–           Nada en concreto. Algo así como el grito del soldado que está de guardia durante la noche y me dice: ‘¡Alerta! ¡No te duermas! ¡Mira!… ¡No sé!… no tiene nombre esta cosa. Pero, es contra él…

–           No pienses más en esto, Simón. Ni te esfuerces en definirla. Hace daño conocer ciertas verdades. Y te podrías equivocar al conocerlas. Déjasela a tu Maestro. Dame tu amor y piensa en lo que me hace feliz.

Pasan las horas y por la tarde en la plaza, Simón grita:

–           ¡Maestro! Ya viene Judas.

Jesús voltea hacia donde indicara su apóstol y puede constatar que Judas viene triunfante.

Juan sonríe a Jesús… Pero no parece muy feliz.

Cuando se reúnen, Judas dice a Jesús:

–           Ven. Ven, Maestro. Creo que lo hice bien… Pero ven conmigo. En la calle no se puede hablar.

Jesús pregunta:

–           ¿A dónde, Judas?

–           A la fonda. Aparté cuatro habitaciones. ¡Oh! Son modestas, no te asustes. Lo hice tan solo para poder descansar en un lecho, después de tantos sinsabores. De este calor. Volver a comer como gentes y no como pajaritos, junto al pozo. Y hablar también tranquilamente. Hice una buena venta. ¿Verdad, Juan?

Juan asiente sin muchas ganas.

Pero Judas está tan contento de su obra, que no se fija ni en la poca alegría de Jesús ante la perspectiva de un alojamiento cómodo; ni ante el poco entusiasmo de Juan.

Y continúa su informe:

–           Después de que vendí en más de lo que había pensado me dije: ‘Es justo que tome un poquitín: cien denarios, para dormir y comer. Si nosotros que siempre hemos comido, estamos agotados; mucho más debe estarlo Jesús. ¡Mi deber es cuidar de que no se enferme mi Maestro! Deber de amor. Porque Tú me amas y yo también. Hay lugar para todos y para vuestras ovejas. –dice a los pastores- He pensado en todo.

Jesús no dice una palabra. Lo sigue con los demás. Llegan a una plaza secundaria y Judas extiende su brazo y señala:

–           ¿Veis aquella casa sin ventanas en esa calle y con la puertecilla tan estrecha que parece una hendidura? Es la casa del orfebre Diomedes. Parece una casa pobre. ¿No es así? Pero adentro hay tanto oro, como para comprar a toda Jericó. Y ¡Ah! ¡Ah! –Judas ríe con malicia- Y en ese oro se pueden encontrar muchos collares, copas y muchas otras cosas de personas muy influyentes en Israel. Diomedes. ¡Oh! Todos fingen no conocerlo; pero todos lo conocen. Desde los herodianos, hasta… Bueno…

Todos, son todos. En esa pared lisa y pobre, se podría escribir: ‘Misterio y secreto’ ¡Si hablase! Juan, nadie se podría escandalizar del modo en cómo hice el trato. Tú te morías, ahogado de vergüenza y de escrúpulos. Escúchame, Maestro. No vuelvas a mandarme con Juan a ciertos negocios. Por poco hace que todo saliera mal. No sabe agarrarlas al vuelo. No sabe negar. Y con un astuto como Diomedes, es necesario ser rápidos.

Juan dice entre dientes:

–           Decía cada cosa tan rara y tan… tan… ¡Sí, Maestro! No me vuelvas a mandar. Sólo soy capaz de amar. Yo…

Jesús responde muy serio:

–           Difícilmente tendremos necesidad de ventas semejantes.

Judas señala una edificación muy grande y dice:

–           Allí está la fonda. Ven, Maestro. Yo hablaré, porque es a mí al que conocen.

Entran y judas habla con el dueño que hace que lleven las ovejas al establo y después conduce a los huéspedes a un salón donde hay esteras para lecho; sillas y una mesa preparada. Se retira al punto.

Judas dice apresurado:

–           Hablemos pronto, Maestro. Mientras los pastores están ocupados en acomodar a sus ovejas.

–           Te escucho.

–           Juan puede decir si soy sincero o no.

–           No lo dudo. Entre honrados no es necesario ni juramento, ni testimonio. Habla.

–           Llegamos a Jericó a la hora de la siesta. Estábamos sudados como animales de carga. ¡Preparé un plan cuando veníamos por el camino! Y primero venimos aquí para descansar; refrescarnos y arreglarnos. No quería dar a Diomedes la impresión de que tenemos necesidad urgente. ¡Oh! Juan no quería acicalarse con ungüento, ni arreglarse los cabellos. Me costó mucho trabajo convencerlo. Y cuando ya estábamos descansados y frescos; como dos ricachones en viaje de placer, al atardecer dije: ¡Vámonos! Y nos fuimos hacia la casa de Diomedes. Cuando estábamos a punto de llegar, le dije a Juan: ‘Tú me secundas. No me desmientas y sé rápido en comprender’

Pero hubiera sido mejor que lo dejara afuera. Para nada me ayudó. Al contrario.

Por buena suerte, soy rápido por los dos y todo salió bien. En ese momento salía el alcabalero. Usurero y ladrón como todos sus iguales. Siempre tiene collares que ha arrancado con amenazas y usuras, a los desgraciados a quienes impone una tasa mayor de lo lícito, para poder gozar así de más crápulas y con mujeres. Es un amigo de Diomedes que compra y vende oro y carne. Entramos después de que me di a conocer. Digo entramos, porque una cosa es ir al lugar donde finge trabajar honradamente el oro y otra, bajar al subterráneo donde él hace sus verdaderos negocios. Es necesario que él lo conozca a uno muy bien, para poder hacer esto.

Cuando me vio me dijo: ‘¿Otra vez quieres vender oro? La situación es muy difícil y tengo poco dinero.’ Su acostumbrado cantar. Y le respondí: ‘No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyeles de mujeres que sean bonitos; preciosos y de oro puro? Diomedes quedó estupefacto y preguntó:

–         ¿Quieres una mujer?

–         No te preocupes. No se trata de mí. Se trata de este amigo mío que está comprometido y quiere comprar oro para su amada.

Y aquí, Juan empezó a portarse como un chiquillo. Diomedes lo estaba mirando.

Vio que se ponía colorado y como el viejo lujurioso que es, dijo:

–        ¡Eh! El muchacho solo al oír la palabra ‘prometido’, siente fiebre de amor. ¿Es muy hermosa tu dama?

Le di un puntapié a Juan para despertarlo y hacerle comprender que no hiciera el tonto. Y respondió con un ‘sí’ tan apagado, que Diomedes comenzó a sospechar.

Entonces yo tomé la palabra:

–           Sí. Hermosa. Y eso no debe importarte viejo. Ella no será jamás del número de mujeres por el que merecerás el infierno. Es una doncella honesta y en breve será una buena esposa. Saca tu oro. Soy el padrino de bodas y tengo el encargo de ayudar al joven. Yo soy judío y ciudadano; él es Galileo. ¿O no? ¡Siempre os entregáis por esos cabellos!

–           ¿Es rico?

–           ¡Mucho!

Enseguida fuimos abajo y Diomedes abrió sus cofres y sus tesoros. -Judas se vuelve hacia Juan-  Pero di la verdad Juan, ¿No parecía uno estar en el Cielo ante tantas joyas de oro maravillosas y llenas de piedras preciosas? Gargantillas y collares entretejidos, brazaletes, aretes, redecillas de oro y piedras preciosas para los cabellos; peinetas, broches, anillos. ¡Ah! ¡Qué esplendor! Con mucha calma escogí de aquí y de allá. Elegí joyas como las de Aglae. Todo tal y como lo tenía en la bolsa y en igual número. Diomedes estaba aterrado y preguntó:

–           ¿Todavía más? Pero, ¿Quién es éste? Y la novia, ¿Quién es? ¿Acaso una princesa?

–           Cuando tuve todo lo que quería, dije:

–           ¡El Precio!

¡Oh! ¡Qué letanía de lamentos preparatorios sobre la situación actual; sobre las tasas; los peligros, los ladrones! ¡Oh! ¡Qué letanía de afirmaciones de honradez! Y luego, la respuesta:

–           Porque se trata de ti, te diré la verdad sin exageraciones. Pero menos no puedo, ni siquiera un dracma. Pido doce talentos de plata.

–           ¡Ladrón! ¡Vámonos, Juan! En Jerusalén encontraremos uno que sea menos ladrón que éste.

Simulé que salía y corrió detrás de mí.

–           Mi muy grande amigo. Mi amigo predilecto. Ven. Escucha a tu pobre siervo. No puedo menos. De veras que no puedo. Mira. Hago un verdadero esfuerzo. Me arruino. Lo hago porque siempre me has brindado tu amistad. Y me has traído buenos negocios. Once talentos. ¿Qué tal? Es lo que daría si tuviera que comprar este oro a quien tiene hambre. Ni un céntimo menos. Sería como quitarme la sangre de las venas.

¿Verdad que así hablaba? Causaba risa y náuseas.

Cuando vi que se mantenía en el precio, le di el golpe:

–           Viejo sucio. Comprende que no quiero comprar, sino vender. –Judas saca la bolsa y agrega- Mira. Es hermoso. Oro de Roma y de nueva cuña. Muchos lo querrán. Es tuyo por once talentos. Lo mismo que pediste por esto. Tú pusiste el precio. Paga tú.

–           ¡Uff! ¡Entonces es una traición! ¡Has traicionado la estima que tenía de ti! ¡Eres mi ruina! ¡No puedo dar tanto!- aullaba- ¡No puedo!

–           Mira que lo llevo a otros.

–           No, amigo.

Y extendía sus manos ganchudas, sobre las joyas de Aglae.

Entonces paga. Yo debería pedir doce talentos, pero me conformo con tu último pedido.

–           No puedo.

–           ¡Usurero! Mira que tengo aquí un testigo que te puede denunciar como ladrón…-y le dije otras virtudes que no puedo repetir porque aquí está este muchacho. En fin. Como tenía necesidad de vender y de hacerlo pronto. Le hablé al oído y dije una cosita entre él y yo que no observaré. Pues, ¿Qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y cerramos el trato en diez talentos y medio. Llegamos a este acuerdo en medio de lloriqueos y afirmaciones de amistad y… de mujeres. Y Juan casi se pone a llorar. Pero ¿Qué te importa que piensen que eres un vicioso? Basta con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que eres un aborto del mundo? Un joven que no conoce a lo que sabe una mujer. ¿Quién quieres que te crea? Y si te creen… ¡Oh! ¡No me gustaría que pensasen de mí, lo que pueden pensar de ti, quienes creen que no tienes deseos de mujer!

Judas entrega la bolsa a Jesús y agrega:

–           Mira, Maestro. Tú mismo cuenta. Después de cerrar el negocio y porque Diomedes me lo dijo; pasé con el alcabalero y le dije: ‘Tómate esta porquería y dame los talentos que Diomedes te dio’.

Así pues por último y cuando me despedí de él, le dije: ‘Acuérdate que el Judas del Templo, no existe más. Ahora soy discípulo de un santo. Disimula no haberme conocido jamás, si en algo estimas el cuello.’ – Y por poco se lo tuerzo, porque me respondió de muy mala manera.

Simón pregunta con indiferencia:

–           ¿Qué te dijo?

–           Me dijo: ¿Tú, discípulo de un santo? Jamás lo creeré. O muy pronto veré aquí también al santo, venir para pedirme una mujer. Diomedes es una vieja alimaña en el mundo. Pero tú eres la joven. Yo todavía podré cambiar, aunque he llegado a ser lo que soy de viejo. Pero tú no cambiarás, porque ya naciste así. – se vuelve hacia Jesús- ¡Viejo lujurioso! ¡Niega tu poder! ¿Entiendes?

Simón dice:

–           Y como buen griego, dice muchas verdades.

–           ¿Qué insinúas Simón? ¿Lo dices por mí?

–           No. Por todos. Es uno que conoce el oro y los corazones, de la misma manera. Es un ladrón en todos sus negocios y tiene muy mala fama. Pero se escucha en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal con siete branquias de pecado. Pulpo que destroza el bien, la honradez, el amor. Tantas otras cosas en sí y en los demás.

–           Pero no conoce a Dios.

–           ¿Y tú se lo querrías enseñar?

–           ¿Yo? Sí, ¿Por que no? Los pecadores son los que tienen necesidad de conocer a Dios.

–           Así es. Pero el maestro debe conocerlo; para poder enseñarlo.

Jesús interviene:

–           Paz, amigos. Ya vienen los pastores. No perturbemos su corazón con estas peleas entre nosotros. ¿Contaste tú el dinero?

Judas afirma con la cabeza.

–           Es suficiente. Lleva a buen término todas tus acciones; cómo has llevado esta. Y te lo repito: si puedes, en lo porvenir no mientas. Ni siquiera para realizar una acción buena.

Los pastores entran y Jesús les dice:

–           Amigos, aquí hay diez talentos y medio. Faltan solo diez denarios que Judas tomó para gastos de alojamiento, tomadlos.

Judas pregunta:

–           ¿Lo das todo?

–           Todo. No quiero ni siquiera un céntimo. Nosotros tenemos la limosna de Dios y de éstos que le buscan honradamente. Y jamás nos faltará lo indispensable. Creedlo. Tomadlos y sed felices, por causa del Bautista, como lo soy Yo. Mañana iréis a su prisión, vosotros, Juan y Matías. Simón y José irán con Elías a contárselo y a darle instrucciones para el futuro. Elías sabe. Después José regresará con Leví. El encuentro será dentro de diez días en la Puerta de los Peces, en Jerusalén, al amanecer. Ahora, comamos y descansemos. Mañana temprano parto con los míos. No tengo otra cosa que deciros. Más tarde tendréis noticias de Mí.

Unos días después…

Es una bella campiña donde se encuentra Jesús. Hay magníficos árboles frutales; espléndidos viñedos con racimos a punto de colorearse de oro y rubí. Jesús está sentado bajo un árbol y come la fruta que le ofreció un campesino. Juan Simón y Judas comen sabrosos higos, sentados sobre una pequeña barda.

El hombre dice:

–           ¡Oh, Maestro! Nosotros bebemos tus palabras. Como en verano lo hace el sediento al beber agua miel en una jarra fresca. ¿De veras partes mañana, Maestro?

Jesús contesta:

–           Sí. Mañana. Pero regresaré otra vez para agradecerte lo que has hecho por Mí y por los míos. Y para pedirte una vez más, pan y descanso.

–           Aquí siempre los habrá para Ti, Maestro.

Se adelanta un hombre que trae un borriquillo cargado de verduras. El campesino agrega:

–           Mira, si tu amigo quiere ir; mi hijo va a Jerusalén para el mercado de Pascua.

Entonces Jesús dice a su discípulo más joven:

–           Ve. Juan, sabes lo que hay que hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo.

Jesús abraza a Juan y lo besa. También Simón hace lo mismo.

Y Judas dice:

–           Maestro, si me permites iré con Juan. Necesito ver a un amigo. Cada sábado está en Jerusalén. Iré con Juan hasta Betfagué y después seguiré yo solo. Es un amigo de casa. Mi madre me dijo…

Jesús lo interrumpe:

–           Amigo, nada te he preguntado.

–           Mi corazón llora al dejarte. Pero dentro de cuatro días, estaré de nuevo contigo. Y te seguiré en tal forma que hasta te cansarás de mí.

–           Ve, pues. Dentro de cuatro días al rayar el alba, los espero en la Puerta de los Peces. Hasta entonces. Que Dios te guarde.

Judas besa al Maestro y se va caminando cerca del borriquillo que trota sobre la senda polvorienta. Lentamente, la tarde va bajando sobre la campiña y la envuelve en el silencio. Simón observa el trabajo de los hortelanos que riegan los surcos.

Minutos después, Jesús se levanta y camina rodeando la casa por detrás, por el sendero que va al huerto. Se dirige hasta un tupido grupo de granados que están separados entre sí por parras silvestres. Se aísla detrás de los árboles. Se arrodilla y ora. Luego se postra con su rostro entre la hierba y llora con suspiros profundos y entrecortados. Es un llanto sin sollozos, amargo y muy triste.

Pasa el tiempo. La luz crepuscular agoniza lentamente. En esta semipenumbra se asoma el rostro feo, pero honrado de Simón. Éste busca con la mirada y descubre la figura encorvada de Jesús, cubierta con el manto azul oscuro, que casi hace que se pierda entre las sombras del suelo. Tan solo sobresalen la rubia cabeza y las manos unidas en Oración, que van más allá de la cabeza que está apoyada sobre los codos.

Simón escucha los suspiros y comprende…

Lo llama:

–           Maestro.

Jesús levanta el rostro.

En la cara de Simón se reflejan la sorpresa y el dolor, al preguntar:

–           ¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites que vaya a dónde estás?

Jesús lo invita dulcemente:

–           Ven, Simón. Amigo mío.

Jesús está sentado sobre la hierba, recargado contra el tronco de un árbol. Simón se acerca y se sienta frente a Él. Le pregunta:

–           ¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no puedo consolarte como él lo haría. Aunque es mi dolor el sentirme incapaz de hacerlo aunque lo deseo con todo mi corazón. Dime, ¿Te he causado algún desagrado en estos días, de tal forma que te agobie el que tengas que estar conmigo?

–           No, buen amigo. Desde que te vi, no me has causado ningún desagrado y creo que jamás me serás causa de llanto.

–           ¿Y entonces, Maestro? No soy digno de tu confianza, pero por mi edad podría ser padre tuyo. Siempre he tenido una gran sed de hijos. Permíteme que te acaricie como si fueses un hijo mío. Yo sé que tienes necesidad de tu Madre, para olvidar muchas cosas…

–           ¡Oh, sí! ¡De mi Madre…!

–           Pues bien, mientras llega el momento de que sea Ella la que te consuela, permite a tu siervo la alegría de hacerlo, Maestro. ¿Lloras porque hubo alguien que te disgustó? Hace días que tu rostro es como un sol cubierto por nubes. Te he estado observando. Tu Bondad oculta la herida, para que no odiemos al que nos hiere. Pero esta herida te duele y te provoca náuseas. Pero dime, Señor mío; ¿Por qué no alejas a la fuente de esta pena?

–           Porque humanamente es inútil. Y sería contra la caridad.

–           ¡Ah! ¡Has entendido que me refería a Judas! Tú sufres por él. ¿Cómo puedes Tú, Verdad absoluta; soportar a ese mentiroso? Miente y ni siquiera cambia de color. Es más falso que un político. Más cerrado que una piedra. Ahora se ha ido… ¿Qué es lo que va a hacer? ¿Será posible que tenga tantos amigos como dice? ¡Aleja a ese hombre de Ti, Señor mío!

–           Es inútil. Lo que debe ser será.

–           ¿Qué quieres decir?

–           Nada en particular.

–           Lo dejaste ir de buena gana, porque… Porque te causó asco su modo de obrar en Jericó.

–           Así es, Simón. Una vez más te digo: Lo que debe ser será. Y Judas forma parte de ese futuro. También él debe ser…

–           Juan me ha contado que Simón Pedro es franqueza y fuego. ¿Tolerará a éste?

–           Lo tiene que soportar. También él está destinado a lo suyo. Y Judas es la tosca tela en la que él debe tejer su parte. O si te parece mejor: es la escuela en la que Pedro se ejercitará más, que con cualquier otro. Ser buenos con Juan. Entender los corazones como Juan; también es virtud de tontos. Pero ser buenos con quién es un Judas… Saber comprender los corazones como el de Judas… ser médico y ser sacerdote para ellos, es muy difícil. Judas es vuestra enseñanza viviente. 

–           ¿La nuestra?

–           Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la tierra. Se irá después de haber comido el pan más duro y bebido el vino más amargo. Pero vosotros os quedaréis para ser mis continuadores y… debéis saber. El Mundo no termina con el Maestro; sino que continúa con el regreso final del Mesías y hasta el Juicio Final del hombre. En verdad te digo que por cada Juan; Pedro; Simón; Santiago; Andrés; Felipe; Bartolomé y Tomás… Hay por lo menos otras tantas veces: siete Judas.

Simón reflexiona en silencio… Luego dice:

–           Los pastores son buenos. Judas los desprecia, pero yo los amo.

–           Yo los amo y los alabo.

–           Son almas sencillas como las que te agradan.

–           Judas ha vivido en la ciudad.

–           Su único pretexto. Muchos también han vivido así y sin embargo… ¿Cuándo irás a la casa de mi amigo?

–           Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos solos tú y Yo. Me imagino que es un hombre culto y experto como tú.

–           Sufre mucho. En el cuerpo y en el corazón. Maestro… me gustaría pedirte un favor: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes nada referente a su casa.

–           No lo haré. Sé por quién sufre. Pero no quiero confidencias forzadas. El llanto tiene su pudor.

–           Yo se lo he respetado. Pero me causa tanta pena…

–           Tú eres mi amigo y habías dado ya un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo, soy el Rabí Desconocido. Cuando me conozca… entonces… ¡Vámonos! Ya entra la noche. No hagamos esperar a los que nos hospedan, que deben estar cansados. Mañana al amanecer, iremos a Betania.

–           Lázaro estará feliz al conocerte y sé que te amará mucho.

Se levantan, caminan y entran en la casa.

Cuanto se es mejor, más se sufre. Jesús es el Santo de los santos. El Amor, la Bondad y la Sabiduría; vestidos con carne mortal. ¡Cuánto sufrimiento en el choque frontal con la Maldad!

Lo que Jesús no dijo a Simón fue que en Judas, Jesús como Dios está enfrente de Satanás, su acérrimo Enemigo. Que había visto sus intenciones y lo que iba a hacer… Y por esto sufre. Al ver al Traidor y a los ingratos. Y por eso se alegra de que alguien lo ame y se convierta a ÉL. Y por eso su alma se duele profundamente y llora ante el cadáver espiritual de Judas…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

72.- UN PLAN… ¿PERFECTO?


En la madrugada ya casi cerca del alba, Petronio y Marco Aurelio regresan a casa. Durante el trayecto estuvieron silenciosos, pues se encontraron con las carretas que del Spolarium están conduciendo, los sangrientos despojos de los cristianos…

Cuando están en la biblioteca, Petronio dice a Marco Aurelio:

–           ¿Has pensado en lo que te propuse?

–           Sí.

–           ¿Puedes creerme que para mí también esta cuestión, es ahora de vital importancia? Tenemos que liberarla a despecho del César y de Tigelino. Es una batalla que debo ganar aunque me cueste la vida. Y lo que pasó hoy, me ha confirmado en mi propósito.

Marco Aurelio exclama emocionado:

–           ¡Qué Cristo te lo pague con su Luz!

Petronio replica sin ocultar su preocupación:

–           Mejor dile que nos ayude…

En ese momento entra el mayordomo y dice:

–           Hay un joven que dice traer noticias de la amita.

Marco Aurelio responde anhelante:

–           ¡Pásalo aquí!

Cuando lo llevan, el joven se descubre la cabeza. Echa atrás la capucha de su capa, diciendo:

–           ¿Está aquí el noble Marco Aurelio Petronio?

Éste exclama al reconocer al hijo de Isabel:

–           ¡Oh, David! ¡Eres tú hermano mío! La paz sea contigo. ¿Qué deseas?

–           Y también contigo, hermano. Vengo de la prisión y traigo noticias de Alexandra.

.           El tribuno puso una mano en el hombro del joven. Lo miró a los ojos sin poder hablar. Pero David comprendió y dijo:

–           Ella vive todavía. Bernabé me manda a decirte que en su delirio, ella ora y repite tu nombre.

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Gracias a Dios! ¡Alabado sea Jesucristo!

David contestó:

–           Por los siglos de los siglos. Amén. La enfermedad la salvó de la violación y de la muerte. A ella no se la pudieron llevar con los jóvenes destinados a la diversión del César.

Marco Aurelio y Petronio intercambian una mirada de mutua comprensión al recordar los sucesos del frustrado banquete y el encuentro de Nerón con los jóvenes en el Circo. Y en las teas…

David continúa:

–           Los verdugos temen al contagio. Bernabé y Mauro el médico, velan día y noche a su lado.

Petronio pregunta:

–           ¿Tiene siempre los mismos guardianes?

–           Sí. Y está en el aposento de ellos. Todos los presos que estaban en el calabozo inferior del tullianum, murieron de hambre o de fiebre, a causa del aire infectado.

–           ¿Quién eres tú?

–           Soy el hijo de la viuda donde se hospedó Marco Aurelio y recuperó su salud.

–           Entonces también eres cristiano.

El joven contesta contundente:

–           Sí. Soy cristiano.

–           ¿Y cómo es que puedes entrar y salir libremente de la prisión?

David mira interrogante, primero al joven tribuno… Éste afirma con la cabeza y David contesta:

–           Me tomaron para la faena de transportar cadáveres y acepté el oficio porque así puedo ayudar a mis hermanos y llevarles noticias del exterior.

Petronio miró con más atención el rostro bien parecido del joven. Sus enormes y bellos  ojos azules y el rubio cabello abundante y ondulado.

–           ¿De qué país eres?

–           Soy Galileo de Palestina.

–           ¿Nos ayudarías a liberar a Alexandra?

–           Claro que sí. Aunque en ello me vaya la vida…

–           Di a los guardias que la coloquen entre los muertos.  Y sáquenla durante la noche. Cerca de las fosas pútridas habrá gente aguardando con una litera y se la entregarás a ellos.

–           Hay un hombre encargado de quemar con hierro candente, los cuerpos que sacamos de la prisión; a fin de comprobar que sí son cadáveres. Pero ese hombre puede ser sobornado y no quemará la cara de los muertos, ni tocará absolutamente el cuerpo.

Petronio aconsejó:

–           Prométele todo el oro que sea necesario. Y busca auxiliares seguros.

–           Así lo haré. En la prisión misma o en la ciudad, por dinero son capaces de todo.

Marco Aurelio pregunta:

–           ¿Podría ir contigo como un asalariado?

Pero Petronio objetó con fuerza:

–           ¡No! Eso no. Los pretorianos podrían reconocerte, aún con tu disfraz. Y entonces, todo estará perdido. Tú no debes ir a ningún lado. Es necesario que tanto el César como Tigelino estén convencidos de que ella ha muerto, pues de otra manera ordenarán su persecución inmediata. La única manera de alejar sus sospechas, es que después de que se la hayan llevado a los Montes Albanos o a Sicilia; nosotros permanezcamos aquí en Roma. Un mes después te enfermarás tú y llamarás al médico de Nerón, que te prescribirá un viaje a las montañas y entonces tú y ella se reunirán de nuevo. Y luego…- se detiene unos momentos meditando… y luego agregó con un ademán- ¿Quién puede conocer el futuro? Pueden venir otros tiempos…

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Petronio! ¡Tú estás hablando de Sicilia, mientras que ella está gravemente enferma y puede morir!

–           Dejémosla al principio, cerca de Roma. Bastará el aire puro para que se restablezca. Lo importante es que logremos sacarla de la prisión. ¿No tienes tú en las montañas algún administrador en el que puedas confiar?

–           Tengo uno cerca de Tívoli. Hay un hombre que me llevó en sus brazos cuando era niño y siempre me ha amado.

Petronio le pasó unas tablillas y dijo:

–           Escríbele que venga mañana. Enviaré un correo al punto. -Y llamó al mayordomo, para darle las órdenes oportunas.

Marco Aurelio dijo:

–           Quisiera que Bernabé la acompañase, así estaría yo más tranquilo.

Petronio objetó:

–           ¡No! Que él salga como pueda, pero no al mismo tiempo que ella, porque lo seguirán y terminarán por encontrarla. ¿Acaso quieres perderte y perderla? Os prohíbo que digáis a Bernabé, ni una palabra… ¡O no cuenten conmigo!

Marco Aurelio reconoció la cordura de estas palabras y guardó silencio.

David entonces, pidió permiso para retirarse y prometió volver al día siguiente.

El tribuno acompañó a David a la puerta y éste le dijo:

–           Voy a sobornar a uno de mis compañeros con los que sacamos los cadáveres. No revelaré a nadie nuestro plan. Sólo al apóstol Pedro, cuando vaya a nuestra casa.

–           Aquí puedes hablar libremente. Espérame… Iré contigo, hablaré personalmente con él y le pediré consejo.

Y ordenó que le trajeran un manto y una túnica de esclavo. Se despidió de Petronio diciéndole a donde iba. Y los dos salieron juntos.

Petronio se quedó solo en la biblioteca y exhaló un profundo suspiro, mientras se decía a sí mismo:

–           Y yo llegué a desear que ella muriera de la fiebre, porque era menos terrible para Marco Aurelio. Pero ahora, ¡Ah! ¡Enobarbo!… Tú has querido hacer de la angustia de un esposo, un espectáculo. Y tú Augusta, has tenido envidia de la hermosura de la doncella y quisieras devorarla viva, como el odio que te devora a ti porque ha muerto tu pequeño Rufio Crispino. ¡Oh, dioses! y… ¡Tú Tigelino, anhelas destruirla por tu rivalidad conmigo y quieres vengar en ella, tu enojo contra mí! Pero… ¡Ya lo veremos! Os digo a todos que en lo que de mí dependa: ¡No ganaréis! ¡No! ¡NO! Si ella no muere por esa fiebre, os la voy a arrancar de tal forma, como ni siquiera sospecháis. Y luego, cada que os encuentre me diré: “He aquí a estos imbéciles, a quienes ha burlado Tito Petronio Níger”

Y satisfecho con estos pensamientos, se dirigió al triclinium a comer con Aurora.

Afuera el viento arrastra pesadas nubes que se van agrupando. Y luego se desata una tempestad, en aquella tranquila tarde estival. A intervalos retumban los truenos entre las siete colinas.

Cuando regresó Marco Aurelio, Petronio fue a su encuentro:

–           ¿Qué pasó?

Marco Aurelio se arregló el cabello empapado por la lluvia y contestó:

–           David habló con los guardias y ya hablé con Pedro, quién me ha mandado que ore y tenga Fe.

–           Eso está muy bien. Si todo resulta como lo esperamos, la sacaremos mañana por la noche.

–           Octavio debe estar aquí al rayar el alba, acompañado de algunos hombres.

Petronio concluye:

–           El camino es corto. Ahora ve a descansar.

Pero el tribuno fue a su cubiculum solo para ponerse de rodillas y orar fervientemente.

Al amanecer, Octavio el administrador llegó trayendo consigo: mulas, una litera, un carro y cuatro hombres de confianza, elegidos entre sus esclavos de la Galia y quienes se han quedado en una posada del Transtíber.

Marco Aurelio, que ha velado toda la noche; fue al encuentro de Octavio. Éste, al ver a su joven amo, lo saludó cariñosamente, diciendo:

–           Amado mío, tú estás enfermo o los sufrimientos te están acabando. Estás tan demacrado que apenas si te puedo reconocer.

Marco Aurelio lo condujo por la galería y lo hizo partícipe de su secreto…

Octavio le escuchó con atención. Su enjuto y atezado semblante, se llenó de una emoción que no intentó ocultar:

–           ¡Entonces ella es cristiana! –exclamó con una interrogante implícita en su mirada anhelante.

Marco Aurelio contestó comprendiéndolo:

–           Yo también soy cristiano.

El anciano exclamó sin reprimir las lágrimas:

–           ¡Alabado sea Jesucristo!- Y orando en voz alta, agregó- Te doy gracias Señor, por haber dado la luz al alma que me es más cara en el mundo.

Y abrazando al joven tribuno, llorando de felicidad, lo besó en la frente.

Luego llegó David.

Después de los saludos, Octavio dijo a Petronio:

–           ¿Y tú noble patricio, también eres cristiano?

Petronio contestó sonriente:

–           Todavía no, Octavio. Pero lo estoy considerando…

Entonces David le dijo a Marco Aurelio:

–           ¡Traigo buenas noticias! El Señor te manda decir a través de Mauro el médico, que Alexandra vivirá; aun cuando tenga la misma fiebre que en el Tullianum está matando a los prisioneros. Que recuerdes que Dios es el Dueño de nuestra vida y es el Único que marca el fin de la misma. Lo de los guardias y el que supervisa los cuerpos, está arreglado. Artemio el ayudante, también aceptó. El único peligro es que ella pueda gemir o hablar, cuando pasemos junto a los pretorianos. Pero está muy débil y no ha abierto los ojos en toda la mañana. Además, le llevé un narcótico que Mauro me dio.

Mientras David dice todo esto, Marco Aurelio se puso pálido y Petronio preguntó:

–           ¿Sacarán otros cuerpos de la prisión?

–           Anoche murieron más de doce y antes de que termine el día, tendremos más cadáveres. Iremos con otros individuos; pero tenemos un plan para poder retrasarnos a cierta distancia y para que no se den cuenta, os la entregaremos. Ustedes nos esperarán en un punto determinado. ¡Quiera Dios que la noche esté lo suficientemente oscura!

Octavio dice:

–           ¡Lo estará! Aunque no estuviera nublado, la luna está muy tierna y Dios nos ayudará.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¿Iréis sin antorchas?

–           Las antorchas sólo las llevan los que van adelante. Transportamos los cadáveres, después del anochecer.

Petronio interviene:

–           Marco Aurelio y yo iremos con vosotros.

El tribuno exclama:

–           ¡Sí! ¡Sí! Yo tengo que estar ahí. Yo mismo la trasladaré a la litera.

Octavio agrega:

–           Yo la llevaré a Tívoli y allí la cuidaré con mi vida.

Petronio confirma:

–           Entonces hagámoslo.

Y cada quién se ocupa de lo suyo.

Octavio se fue a la posada a dar instrucciones a los suyos. David guardó la bolsa con oro bajo su túnica y se fue a la prisión. Y para Marco Aurelio comenzó un día de zozobra, angustia, sobreexcitación y esperanza…

Petronio dice esperanzado:

–           El proyecto debe dar buenos resultados porque ha sido bien estructurado. Es imposible inventar un procedimiento mejor. ¡Es un plan perfecto! ¿Qué podría fallar? Tú deberás arrostrar un dolor profundo y vestir de luto. No abandones el Anfiteatro. Es necesario que te vean allí. Todo está dispuesto de tal forma que no puede fracasar. Pero ¿Estás perfectamente seguro de tu administrador?

Marco Aurelio; totalmente seguro,  dijo por toda explicación:

–           Es cristiano.

Petronio contestó reflexivo:

–           Después de todo lo que he presenciado, lo que me extraña es que esta religión no se haya extendido a todo el imperio. Es mejor que descanses. Nos espera una jornada muy agitada.

Y los dos se retiran a descansar.

Más tarde se encuentran en el atrium y dice Petronio:

–           Fui a la casa de Tiberio. Fui expresamente a dejarme ver y jugué a los dados. Mañana piensan exhibir a los crucificados, aunque tal vez la lluvia lo impida. Pero tú no la verás en la Cruz. ¡La tendremos en Tívoli! Vamos. Come aunque solo sea un poco y luego nos iremos. Ya comenzó a llover y pronto será de noche. Tal vez esto sea favorable para nosotros.

–           No puedo comer nada. Mejor vámonos. Es posible que a causa de la lluvia, transporten los cadáveres más temprano.

–           Está bien. ¡Vámonos!

Y cubriéndose con sus mantos salen. Petronio lleva un largo puñal, para protegerse.

La ciudad está desierta en las calles a causa de la tempestad. Avanzan rápido y se reúnen con Octavio.

Buscaron refugio para protegerse del granizo, cuando la lluvia arrecia. La temperatura bajó y comienza a hacer frío. Llegaron al lugar convenido y esperaron…

Después de un rato, la tormenta se calma y…

–           Veo una luz a través de la neblina. Son tres antorchas… –dice Octavio.

Petronio exclama:

–           ¡Ya vienen! ¡Son ellos!

La procesión se fue acercando… Pasaron frente a ellos y siguieron su marcha.

No pueden creer lo que está sucediendo…

Lo que sucedió a continuación, fue como una bomba…Finalmente oyeron la dolorida voz de David:

–           Se la llevaron con Bernabé a la cárcel del Esquilino. La trasladaron al mediodía y cuando llegué, ya no estaban…

Cuando regresan a la casa, Petronio está tan triste que ni siquiera intenta consolar a su sobrino. Comprende que liberar a Alexandra de los calabozos del Esquilino, en el Palacio de Tiberio; es prácticamente imposible.

Es evidente que la sacaron del Tullianum, porque no quieren que muera allí y pueda escapar a la suerte que le han preparado en el Anfiteatro. Y ahora deben haber aumentado la vigilancia y la custodia sobre ella. La venganza de Popea continúa implacable…

Desde lo íntimo de su corazón lo siente por los dos. Todos sus esfuerzos han resultado infructuosos y el amargo sabor del fracaso lo invade con toda su plenitud. Es la primera vez que lo que más ha deseado, no alcanza el éxito.

Y en lo que él considera hasta hoy, que es el combate más importante de su vida, ha sido vencido.

–           ‘La fortuna parece abandonarme’ Se dijo a sí mismo.

Su ánimo está totalmente deprimido. Y al mirar a su sobrino, se quedó desconcertado…

Éste está totalmente sereno y no entiende porqué… entonces recordó a Joshua cuando estaba siendo torturado en la parrilla.

A su vez, Marco Aurelio dice firme y convencido:

–           Jesús me la devolverá. Pase lo que pase… Él me la regresará… –y una sonrisa de esperanza ilumina su semblante.

Sobre Roma se escuchan los últimos retumbos de la tempestad. Durante tres días, la lluvia azotó la ciudad sin interrupción. Hubo trombas y granizadas que interrumpieron los espectáculos programados. El pueblo comenzó a alarmarse y empezaron los rumores. Temen por la próxima vendimia. Un rayo fundió la estatua de Ceres en el Capitolio y se ordenó la ofrenda de sacrificios en el templo de Júpiter Capitolino.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

39.- UNA TRAMPA MORTAL


Al día siguiente de la Fiesta Flotante, Nerón decidió irse a Anzio y declaró que al tercer día se iría sin falta. Y dio a los augustanos la lista de los invitados.

Petronio está por ir a la casa de Marco Aurelio, cuando le avisan que llegó un cisio y una invitación. Al leerla frunció el ceño con preocupación y luego dijo a Aurora que se arregle, porque van a ir juntos a un evento muy importante.

En realidad lo único que ella hizo, fue cambiar su túnica por una de gran gala y adornarse con joyas más apropiadas, pues como todo en la casa de Petronio, siempre está preciosa y engalanada como una gran señora.

Cuando llegan a la casa de su sobrino, pocos minutos después llega el carruaje adornado y con la novia. Marco Aurelio está más elegante que nunca… Y espera a la entrada de la casa, bajo un arco adornado con mirtos y rosas blancas.

Ayudan a bajar a Actea que trae un hermoso vestido color malva y luce llena de joyas en las que resplandecen amatistas y diamantes.

Luego sigue la novia. Alexandra trae un vestido adornado con una greca recamada con hilos de plata y perlas. Blanco sobre blanco. Sus joyas hacen juego con una diadema cuajada de zafiros y esmeraldas, que realzan aún más su deslumbrante belleza. Un finísimo velo blanco, bordado en plata y que parece de seda, le pende de la cabeza hasta los pies. Realmente parece una reina.

Marco Aurelio la admira embelesado. Avanza hasta situarse frente a ella y le da la mano. El cortejo entra en la casa, que ha sido adornada espléndidamente. Adelante los novios. Le siguen Actea y unas doncellas. Luego Petronio y Aurora. Pedro y Bernabé, Mauro y otros cristianos. La ceremonia es más bien íntima, porque los invitados no son muchos. Hay música, cantos, danzas, ceremonia de saludos y aspersiones. Se paran frente al Lararium.

Los dos se dan la mano y dicen la frase ritual: “Donde estés tú Cayo, allí estoy yo, Caya.” Luego continúan caminando alrededor del atrium y recorren los nichos de los antepasados de Marco Aurelio.

Siguen pasando bajo arcos adornados a lo largo de toda la casa. Marco Aurelio preside como si fuera un sacerdote. En el umbral ofrecen dones: una roca y un huso que les da Actea. En el jardín posterior están todos los siervos, que les dan la bienvenida y se inclinan ante ella, en señal de sumisión. Llegan hasta el triclinium y empieza el banquete.

Alexandra sonríe a su esposo, que le habla y que la mira con amor. Exquisitas viandas son servidas y escanciados finos licores. Los sirvientes se esmeran en que todos estén cómodos y bien atendidos. Los novios están radiantes.

Marco Aurelio les platica el  incidente que tuvo con sus esclavos el día de su regreso a su casa y finaliza diciendo:

–           Ahora todos son libres. Y algo me ha llamado la atención: el perdón que les otorgué no solo no los volvió insolentes, sino que ni siquiera perturbó la disciplina. Y he comprobado una cosa: Que jamás el terror les hizo prestar el servicio más esmerado que ha seguido a la gratitud. Ahora no solo me sirven bien, sino que parecen rivalizar entre ellos para ver quién adivina primero mis deseos.

Actea y Pedro platican animadamente.

Petronio, contra su costumbre está callado y pensativo…

Marco Aurelio lo nota y le dice:

–           ¿No estás feliz por mi boda? ¿Por qué estás tan preocupado?…

Petronio lo observa con una mirada inescrutable…

–           Te lo diré más tarde. –contesta dándole un trago a su copa de vino.

Hacia el atardecer, los músicos descansan un rato.

Y Marco Aurelio le pide a Petronio que le diga el motivo de su preocupación. Agrega:

–           Puedes hablar con libertad. Todas las personas presentes aquí, son de mi absoluta confianza.

Petronio le alarga la lista de los invitados al viaje a Anzio y dice:

–           Partiremos mañana muy temprano.

Marco Aurelio se la devuelve diciendo:

–          Mi nombre figura en ella y también el tuyo. Hoy la trajeron también aquí.

–           Si yo no estuviera entre los invitados, eso significaría que llegó mi hora de morir, pero parece que aún le soy útil a Nerón. Apenas acabamos de llegar a Roma y ya nos vemos obligados a irnos de nuevo, ahora hacia Anzio.

Actea interviene:

–           Pero es necesario ir. Esa no es una invitación. Es una orden.

Marco Aurelio pregunta con un tono casi desafiante:

–           ¿Y qué pasaría si alguien se negase a obedecer?

Actea concluye lacónica:

–           Se le invitaría a hacer un viaje notablemente más largo y del cual no hay regreso.

Marco Aurelio lleva sus manos hacia su cabeza, con un gesto de desesperación y dice:

–           Tendré que ir a Anzio… ¡Ahora! –Suspira con impotencia- ¡Considerad que tiempos vivimos y cuán viles esclavos somos!

Petronio interviene:

–           ¿Hasta ahora te das cuenta? Yo he dicho en el Palatino que estás enfermo, imposibilitado para salir de casa y sin embargo te están convocando. Esto prueba que en el Palacio alguien no da crédito a mis palabras y está tomando participación directa para solicitarte. A Nerón le importa muy poco, puesto que solo eres un soldado sin nociones de poesía o de música y con quién a lo sumo, hablaría de las carreras en el circo. Lo más probable es que sea Popea la que ha puesto allí tu nombre. Y eso significa…

Petronio calla con un silencio más que significativo.

Pero Marco Aurelio comprende… Él para ella ahora es un capricho y persiste en hacer su conquista. Moviendo la cabeza de un lado para otro, piensa: “¡Vaya, vaya! ¡Intrépida la Augusta!”…

Actea declara:

–           Significa  que Alexandra está en peligro. Popea es maligna y vengativa.

Marco Aurelio dice preocupado:

–           Yo no puedo arriesgarla.

Pedro aconseja con calma:

–           Ve a ese viaje. No desafíes al César y no te preocupes por Alexandra. La llevaremos a casa de Acacio, el obispo. Tú no temas al César, pues en verdad te digo, que no ha de caer un solo cabello de tu cabeza.

Marco Aurelio contesta con ansiedad:

–           En Anzio yo tengo una casa de campo. Está muy cerca de la de Nerón. Yo quiero terminar mi instrucción. Pedro, esa casa está a tu disposición. Ya no podré ir a la escuela de Apolonio, ni a la Puerta del Cielo. Enviaré la mayor parte de mi ‘familia’ para allá y yo quiero recibir el Bautismo. ¿Cómo le hago?

–           Hay unos obispos que viajarán a Grecia y a Cartago. Te enviaré a Acacio y a Lucano el médico, para que prosigan con tu enseñanza. Todo estará bien. Ya lo verás…

Marco Aurelio mira a Alexandra con absoluto desconsuelo:

–           ¡Ay, amor mío! Entonces… -Y luego se vuelve hacia Bernabé- Guárdala como la luz de tus ojos, pues ella es mi domina igual que la tuya. – luego toma la mano de su esposa. La besa y le dice.- Reina mía, necesito protegerte. Volveré. Volveré para ti, te lo prometo. -Enseguida, llama a Demetrio, el mayordomo y le dice- Enviarás a las prisiones rurales, una orden de indulto general. Que caigan los grilletes a los pies de los presos. Les darás suficiente alimento y cuando estén listos, reintégralos al servicio. Hoy es para mí un día de felicidad. Y quiero que vibre la alegría en nuestra casa. Los llevarás luego al Pretor y les darás a ellos, lo mismo que has recibido. Les dirás también que es el regalo de mi esposa y la reina de esta casa.

Más tarde la fiesta termina y los invitados se retiran. Alexandra y Marco Aurelio se reúnen unos minutos en la biblioteca, para despedirse en la intimidad. Y cuando salen, la novia aún con su vestido nupcial; se retira en otro carruaje con Pedro, Isabel y Mauro.

Actea regresa al Palatino.

Marco Aurelio, con Petronio y Aurora, se quedan solos en la biblioteca.

Petronio comenta:

–           Barba de Bronce está ronco y maldice a Roma. Está desesperado y reniega de todo lo que le rodea. Ayer se empecinó en igualar a Paris como danzante y se puso a bailar las aventuras de Leda. Durante el baile sudó y luego se resfrió. ¿Puedes imaginar a nuestro Arlequín imperial tratando de ser cisne, con su gran abdomen y sus piernas delgadas y tambaleantes? ¡Y ahora quiere representar en Anzio semejante pantomima!

Marco Aurelio exclama:

–           Ya con haber cantado en público, escandalizó a mucha gente. ¡Pensar que ahora tenemos que aguantar a un César romano actuando como mimo!

–           Querido mío. Roma todo lo soporta. Ya verás como el Senado también aplaudirá al ‘Padre de la Patria’.

–           Y veremos a la plebe engreída, al ver al César convertido en bufón. Petronio                                 dime tú mismo, ¿Acaso es posible llegar a un mayor envilecimiento?

–           Como tú vives en otro mundo, con Alexandra y los cristianos, es evidente que no sabes la última noticia: Nerón se vistió de novia y se unió públicamente en matrimonio con Pitágoras. Esto parecería rebasar los límites de la locura ¿Verdad? Pues bien. Llamó a los flamines (sacerdotes), quienes celebraron la ceremonia con toda la solemnidad y Nerón la presidió.  Soy de mucho aguante y estuve presente en ella. Sin embargo pensé que si los dioses existiesen, algo debiera suceder. Pues lo que no prohíben las leyes, lo prohíbe la honestidad. Pero no, nada sucedió. El César no cree en los dioses; se siente totalmente impune y… pareciera que tiene razón.

Marco Aurelio dijo con una sonrisa llena de ironía:

–           De manera que Nerón es entonces y en la misma persona: sumo sacerdote, dios y ateo.

Petronio soltó la carcajada y dijo riendo:

–           ¡Vaya! Es verdad. No había pensado en eso. Pero es una combinación como no se ha visto otra igual en el mundo.

Siguió un largo momento de silencio.

Luego Petronio agregó:

–           ¿Sabes que es lo más gracioso? Este sumo sacerdote que no cree en los dioses. Y este dios que los desdeña; siendo ateo, les teme.

Marco Aurelio confirmó:

–           Y prueba de ello es lo que sucedió en el Templo de Vesta.

Y Petronio exclamó con asombro:

–           ¡Y aun así profanó a Rubria!

–           Por eso la invitó a la ‘Fiesta Flotante’ y cambió su lugar por el mío…

Éste último comentario, provocó un silencio lleno de remembranzas… y los dos llegaron a la misma conclusión.

Luego, el tribuno agregó en voz alta:

–           Es audaz la Augusta.

Petronio responde sumamente preocupado:

–           Lo es realmente. Porque ello puede ser causa de su propia ruina. Sin embargo, espero que Afrodita le inspire cuanto antes otro amor. Pero entre tanto, puesto que la emperatriz te desea, debes actuar con la mayor cautela. Barba de bronce ha empezado a cansarse de ella: prefiere a Esporo o a Pitágoras. Pero por consideración a sí mismo, bien podría descargar sobre otros, la más terrible de las venganzas.

–           Cuando estábamos bajo aquellos árboles, yo no supe quién me hablaba. Pero tú alcanzaste a escuchar nuestra conversación. Yo le dije que amaba a otra y por eso no le podía corresponder.

Si hubieras herido su vanidad, no habría salvación para ti. ¡Por Zeus! Si llegas a ofender a Popea, te puede estar reservada una muerte terrible. En otro tiempo me era más fácil conversar contigo y convencerte. En esta emergencia ¿Qué puede haber de malo en que le sigas ligeramente el juego a la Augusta? ¿Acaso esta aventura podría ocasionarte alguna clase de pérdida o privarte de seguir amando a Alexandra? Ten presente además, que Popea la vio en el Palatino y ya sabe por quién la rechazaste. Va a ser capaz de buscarla hasta por debajo de las piedras y serás el causante no solo de tu propia destrucción, sino también de la ruina de Alexandra. ¿Entiendes la gravedad de la situación?

Marco Aurelio reflexiona… Comprende… Intenta decir algo… Está paralizado por el asombro, pero de su boca no sale un sonido…

Luego palidece y se toma la cabeza entre las manos.

Enseguida  dice con angustia:

–           Si acepto a Popea, Nerón me condenará. Si la rechazo, Popea nos arruinará. ¡Oh!…

Está cazado en una trampa mortal. Y no hay salida…

Siguió un silencio muy denso que fue interrumpido por Petronio:

–           ¿Sabes por qué estoy doblemente preocupado? Temo que lo de Popea no sea solo un capricho pasajero. Verás… Hace tiempo que Nerón no le hace caso. El secreto mejor guardado del emperador es éste: mandó castrar a Esporo y está intentando cambiarlo en mujer…  Cuando se harta de sus libertinajes, se entrega a su liberto Doríforo, a quién sirve de mujer, tal como Esporo le sirve a él mismo. Y en estos casos imita la voz y los gemidos de una doncella que sufre la violencia de una violación… Es su última fantasía.

Y ahora lo de Rubria… Ese sacrilegio, Vesta lo vengará. Todos esos excesos le van a cobrar factura.

Marco Aurelio exclama asqueado:

–           ¡Qué sociedad!

Petronio sentencia:

–           A tal sociedad, tal César.

–           Me iré contigo para que mañana salgamos juntos.

–           ¡Vámonos! –confirma Petronio.

Y Marco Aurelio prepara todo para irse con él.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

19.- ATRAPADA…


Nadie intentó detener a Bernabé. Los sirvientes y los soldados que lo vieron pasar con Alexandra semidesmayada en los brazos creyeron que se trataba de un esclavo que lleva a su ama embriagada.

Además, la presencia de Actea fue suficiente para abrirles el paso. Y así se fueron desde el triclinium, a lo largo de una serie de salas y galerías interiores hasta llegar a las habitaciones de Actea.

Después que recorrieron la columnata, entraron por un pórtico lateral que daba a los jardines imperiales. El aire fresco de la mañana despertó a Alexandra. La aurora pinta el cielo con resplandecientes y cambiantes colores, que se reflejan en las copas de los pinos y los cipreses, a los primeros albores de la mañana.

Esa parte del conjunto de edificios que conforman el Palatino; está casi vacía y solo llegan apagados los últimos sonidos de la fiesta que ya agoniza.

A Alexandra le parece que ha sido rescatada del Infierno y al mirar en aquel hermoso lugar el firmamento, la espléndida aurora, la luz, la paz, el silencio, el sonido de la naturaleza que despierta; llorando busca refugio en los brazos del gigante.

Y exclama entre sollozos:

–           ¡Vámonos a la casa de Publio, Bernabé! ¡Vámonos!

Bernabé contestó:

–           Sí. Nos iremos.

Pero Actea movió la cabeza negando y a su señal, Bernabé depositó a Alexandra sobre una banca de mármol, a corta distancia de la fuente.

Actea se esfuerza por tranquilizarla. Le asegura que por el momento no hay ningún peligro, pues todos están tan embriagados, que dormirán hasta muy tarde.

Alexandra insiste como una niña.

–           Debemos regresar a nuestra casa, Bernabé. ¡Vámonos!

Actea dijo entonces:

–          A nadie le está permitido huir de la casa de Nerón. Quién lo intente ofende la majestad el César. Es verdad, podrían irse. Pero en la tarde un centurión con una partida de soldados, sería portador de una sentencia de muerte para toda la familia de Publio Quintiliano. Traerán nuevamente al palacio al rehén y para entonces no tendrás ninguna salvación. Si Publio y su esposa te reciben les llevarás la muerte.

Alexandra dejó caer los brazos con desaliento: ¡Está atrapada! Debe escoger entre su ruina y la ruina de Publio.

Al saber que Marco Aurelio y Petronio han sido los responsables de su situación, ya no hay solución posible. Solo un milagro puede salvarla del abismo de la degradación: un milagro y el poder de Dios.

Alexandra dijo con angustia:

–           Actea. ¿Oíste cuando dijo Marco Aurelio que el César me había destinado para él y que mandaría por mí esta misma tarde, a unos esclavos suyos para que me lleven a su casa?

Actea contestó lacónica:

–           Sí. En la casa del César no estarás más segura que en la de Marco Aurelio.

Y siguió un silencio más que expresivo.

Alexandra lo comprendió.

Actea le dijo sin palabras: “Resígnate a tu suerte. Eres un rehén de Roma. Tendrás que ser la concubina de Marco Aurelio.”

La joven que todavía siente en sus labios, los besos ardientes del oficial, se ruborizó de vergüenza al recordar la afrenta…

Y exclamó con ímpetu incontenible:

–           ¡Jamás!…  No permaneceré aquí. Ni en la casa de  Marco Aurelio… ¡Jamás!

Actea la miró atónita y preguntó con una gran sorpresa en voz:

–           Pero ¿Entonces tú aborreces a Marco Aurelio?

A Alexandra le fue imposible contestar.

Sintió su corazón hecho pedazos por la desilusión, por el dolor y su llanto brotó incontenible.

Actea la abrazó tratando de consolarla.

Bernabé aprieta los puños, conteniéndose a duras penas.

Actea, que sigue confortando a Alexandra con sus caricias maternales, le pregunta:

–           ¿Tan odioso te es Marco Aurelio?

Alexandra murmura entre sollozos:

–           No es odio. Yo le amaba.

–           Nuestra doctrina, tampoco permite matar.

–           Lo sé.

–          Entonces ¿Cómo puedes querer que la venganza del César, caiga sobre la casa de Publio Quintiliano?

Sigue un largo silencio…

Por primera vez en mucho tiempo, Alexandra siente la dolorosa amargura de la esclavitud.

Actea continúa:

–          Desde que era niña he vivido en esta casa y sé perfectamente lo que es la cólera del César. ¡NO! Tú no estás en libertad para huir de aquí. Lo único que te queda es recordar que solo eres una cautiva. E implorar de Marco Aurelio que te regrese a la casa de Publio.

Pero Alexandra la tomó de la mano y suplicó:

–           Acompáñame a orar.

Y se puso de rodillas implorando al Altísimo Señor del Universo.

Actea y Bernabé hicieron lo mismo.

Y los tres dirigieron sus plegarias al Cielo, en la casa del César, al amanecer.

El sol asoma con sus primeros rayos, iluminando las tres figuras que imploran la protección del Altísimo, en aquella mansión saturada de infamia y de crimen.

Oraron con fervor y al fin, cuando Alexandra se levantó; hay en su rostro una expresión de paz y de esperanza.

Bernabé se levantó también y esperó las órdenes de su ama.

Alexandra exclamó decidida:

–         Que Dios bendiga a Publio y a Fabiola. No me está permitido llevarles la ruina a su casa y por lo tanto, no volveré a verlos nunca más.

Publio no sabrá dónde estaría ella. Nadie lo sabrá; porque va a fugarse cuando se efectúe el traslado y esté en camino hacia la casa de Marco Aurelio.

Él le dijo cuando estaba ebrio que mandaría a sus esclavos a buscarla en la tarde. Nunca hubiera hecho semejante confesión, si hubiera estado sobrio…

Entonces se volvió hacia Bernabé:

–           Por favor avísale al obispo Acacio. Y espera su consejo y su ayuda. Debes estar pendiente de mi traslado, para que organices mi rescate.

Bernabé exclamó con energía:

–           Voy inmediatamente. Por si tardamos demasiado en venir por ti y nos alcanza la noche, por favor vístete de blanco. No te preocupes por nada. Todo saldrá bien.

La realización de este plan, le devolvió la sonrisa y los colores al rostro de Alexandra. Y en un impulso, abrazó a actea diciéndole:

–           Tú no me denunciarás. ¿Verdad Actea?

Actea negó con la cabeza y admiró su increíble intrepidez. Luego confirmó apoyándola:

–          No lo haré. Te lo prometo. Pero ruega a Dios que dé a Bernabé las fuerzas, para poder arrancarte de tus conductores.

Bernabé está feliz y Actea sorprendida. El plan es perfecto.

Al efectuar la fuga en estas circunstancias. El César acaso ni siquiera se moleste en ayudar a Marco Aurelio a perseguirla. Y su huida ya no será crimen de lesa majestad, puesto que ya es propiedad de Marco Aurelio y no del César.

Bernabé se inclinó y dijo:

–           Voy ahora mismo a la casa del santo obispo. –y salió rápido a cumplir el encargo.

Alexandra siente un inmenso dolor por perder a sus seres queridos. Lamenta mucho no poder regresar a su hogar, donde siempre se sintió protegida y amada. Pero piensa que ha llegado el momento de poner en práctica las enseñanzas más difíciles que ha recibido: tiene que sacrificar las comodidades y el bienestar, por el culto a la verdad. Va a empezar una vida errante, pero esa es su prueba de Fe. Creer o no creer. ¿Confía o no confía en Jesucristo?

Decidió confiarle todo su futuro y de allí en adelante, Él Mismo guiará sus pasos. Ella solo será una hija fiel y sumisa a su divina Voluntad.

Y si la esperan los sufrimientos, le ruega a Dios aprender a amarlos y soportarlos, por amor a Él. Todo lo que Él disponga, lo aceptará con amor. Ella cree en la Vida Eterna y sabe que en el Cielo recuperará a sus seres queridos. Él se lo prometió cuando oró. Y ella le creyó. Ella es cristiana y ha llegado el momento de rendir el Verdadero Culto al Dios que ama sobre todas las cosas.

En su corazón se mezcla la alegría, el dolor y el miedo a lo desconocido…  Pero éste último, se desvanece al recordar que Jesús está con ella y cuenta con su protección y la de su Madre Santísima. Ahora es el momento de emprender el camino… Pero…

¿A dónde?

Eso qué importa. Dios lo sabe y es más que suficiente, porque ha puesto su confianza en Él. Volvió a sentirse feliz, segura y protegida. Y todo esto se trasluce en su bello semblante.

Sabe que emprende una aventura que puede tener un desenlace fatal, para huir del amor del apuesto tribuno del que se ha enamorado, pero ¿Y qué? Ama a Marco Aurelio que es un traidor y un mentiroso. Pero ama más a su Dios Uno y Trino y ÉL, le ayudará a sanar su corazón. Esto no es un juego.

La Verdad es Dios. Todo lo demás es vanidad, falsedad y espejismo. Marco Aurelio le ofrece un futuro lleno de vergüenza, de mentira y de dolor como el de Actea… ¿Qué es el Palacio del César? Una cloaca de vicios y degradación. Nunca había sentido tanto asco, como el que sintió la noche anterior. ¿Para qué sirven tanto lujo, riquezas y fastuosidad? Volvió a recordar a Marco Aurelio y la fascinación que ejerció en ella… Y lágrimas de dolor, de vergüenza, de humillación y desilusión bañaron sus mejillas, con un llanto ardiente y silencioso.

Pero también son lágrimas de agradecimiento. Ella es una verdadera princesa. Y  una princesa celestial. Y con su oportuna intervención, Bernabé la ha salvado de ser únicamente una prostituta privilegiada.

Su destino está sellado. Ahora está segura del Amor de Dios que vela sobre ella. Y su resolución se fortalece. Decide enfrentar lo que venga. Su rostro radiante y su sonrisa llena de dulzura, le devuelven la belleza por la que Marco Aurelio se ha vuelto loco.

Actea es demasiado prudente y piensa con terror en lo que pueden traer las próximas horas. 

Pero no se atreve a descubrir a Alexandra sus temores y la invita a ir a sus habitaciones a tomar el reposo que es necesario, después de la desvelada anterior.

Alexandra acepta y llegan al cubículum que es muy amplio y está lujosamente amueblado. Allí se recuestan, cada una en su propio lecho.

Más a pesar del cansancio, Actea no puede conciliar el sueño.

Se vuelve hacia Alexandra para conversar sobre su próxima fuga y la ve apaciblemente dormida, como si no la amenazara ningún peligro. Y a través de la cortina, que no ha sido corrida por completo; llega un rayo de sol en cuya extensión titilan en el aire, unos átomos de polvo, suspendidos en el rayo de oro. A la luz de esos rayos contempla Actea el delicado rostro de la joven, que descansa apaciblemente con la respiración regular de quién duerme con un tranquilo sueño.

Y se dijo mentalmente:

–           ¡Ella es tan diferente de mí!

Al pensar en los peligros que la aguardan, siente una inmensa pena y el impulso de protegerla, pero ¿Cómo? Sin poder contenerse la besa suavemente en los cabellos.

Alexandra siguió durmiendo por largas horas.

Era más del mediodía cuando abrió sus ojos y distinguió en medio de la semioscuridad, la figura de la griega.

Y amodorrada, preguntó:

–           ¿Eres tú, Actea?

La griega contestó dulcemente:

–           Sí. Alexandra.

–           ¿Es muy tarde?

–           No. Pero son más de las doce.

–           ¿Bernabé no ha regresado?

–           No dijo que volvería, sino que permanecería al asecho de la litera.

–           Es verdad.

Abandonaron ambas el cubículum y se dirigieron al baño.

Después de arreglarse otra vez y ataviarse con otros vestidos, almorzaron y enseguida se dirigieron a los jardines del palacio, que se encuentran vacíos, puesto que el César y sus cortesanos todavía están durmiendo, después de la juerga de la noche anterior.

Esta vez, Alexandra pudo apreciar en todo su esplendor, los magníficos jardines. Hay enormes pinos, cipreses, robles, olivos y arrayanes. Muchas flores y una gran variedad de estatuas. Los estanques de aguas cristalinas, parecen espejos. Muchos rosales en plena floración son salpicados por las gotas de las fuentes. Hay grutas, arroyuelos y pequeñas cascadas, rodeados de exuberantes madreselvas, hiedras y vides. Cisnes, gacelas, venados, pavorreales blancos y de vistosos colores. También flamencos y aves exóticas de coloridos y riquísimos plumajes, vagan en total libertad. Bellísimos animales procedentes de todos los países conocidos de la tierra. Muchos esclavos están trabajando en el cuidado de los jardines: cantando, podando, arreglando y regando.

Las dos dieron un prolongado paseo, admirando aquella increíble belleza natural y decorada, que a cada paso les brinda alegría y motivos para alabar al Creador; por la sorpresa de tantos primores que se albergan ahí. Y nadie más que ellas dos pasean por aquel espléndido lugar.

Alexandra piensa que si el César fuera bueno, sería muy feliz viviendo en aquel palacio y rodeado de tanta belleza, en aquellos fantásticos jardines.

Cuando se sintieron un tanto fatigadas se sentaron en un banco de mármol que está  oculto casi por completo detrás de unos cipreses. Y volvieron a conversar sobre el proyecto de la fuga.

Actea está más que preocupada por el éxito de la empresa.

Todo lo contrario de Alexandra, que está convencida de que un milagro la va a salvar…

Actea no oculta su zozobra:

–          Pienso que es un plan insensato que va a ser imposible de realizar. Sería mucho más seguro intentar convencer a Marco Aurelio de que voluntariamente te regrese a la casa de Publio. Por el tiempo que tienes de conocerlo, ¿No crees que sería más probable que tú logres influir en su decisión y que se retracte de lo que ha hecho?

Alexandra niega moviendo con tristeza la cabeza:

–         No. En la casa de Publio, Marco Aurelio era muy distinto. Fue muy bueno y gentil. El hombre de ayer, es para mí un desconocido. Un sátiro protervo y  me causa pavor y prefiero huir hasta el fin del mundo, antes que caer en sus manos.

–           Pero en la casa de Publio, Marco Aurelio era para ti alguien muy especial. Hasta llegaste a amarlo. ¿No es así?

–           Lo fue y lo amo todavía. –esta última frase la musitó con voz casi inaudible- Pero este amor está condenado a morir. El hombre del que me enamoré no existe. –y Alexandra inclinó su rostro y cerró los ojos con dolor. Luego concluyó- No puedo amarlo. Ahora ya no.

–           Pero tú no eres una esclava. –La voz de Actea es reflexiva- Marco Aurelio podría casarse contigo. En tus venas corre sangre real. Tú eres un rehén y la hija del rey Vardanes I. Publio y Fabiola te aman como a su hija, ellos podrían adoptarte y así ya no habría ningún obstáculo legal para que fueras su esposa. Marco Aurelio y tú formarían una pareja y una familia muy respetable dentro de la sociedad romana.

Alexandra la miró con sus ojos angustiados y contestó con voz suave:

–           No. No me casaré con él. Prefiero huir hasta el fin del mundo.

–           Alexandra, por favor recapacita. Si tú quieres yo puedo ir a la casa de Marco Aurelio, hablo con él y le digo lo que acabo de decirte.

Pero ella contestó con dolor y firme determinación:

–           ¡No! Ya no quiero saber nada de él.

Y de sus ojos brota su corazón deshecho en el más amargo llanto.

El ruido de pasos que se aproximan interrumpe su conversación.

Y antes de que Actea pueda hacer ningún movimiento, sorpresivamente tuvieron frente a ellas a Popea Sabina con un pequeño séquito de esclavos.

Dos de ellos sostienen sobre su cabeza, varios haces de plumas de avestruz, sujetos con alambres dorados y con ellos abanican suavemente a la emperatriz y al mismo tiempo la protegen del sol de verano que se deja sentir con fuerza.

Delante de ella, una mujer africana negra como el ébano y con los senos turgentes y rebosantes de leche, lleva en sus brazos a una niña envuelta en un suave manto, púrpura con franjas de oro.

Actea y Alexandra se ponen de pié, creyendo que Popea seguirá adelante, sin fijarse en ellas, pero no fue así.

Popea Sabina se detuvo cuando las vio y se acercó hasta quedar frente a ellas. Luego dijo:

–           Actea, los cascabeles que enviaste a la niña no estaban bien asegurados. La niña cortó uno y se lo llevó a la boca. Afortunadamente Coralia pudo verla a tiempo.

–           Perdón, divinidad. –contesta Actea inclinando la cabeza y cruzando los brazos sobre el pecho.

Pero Popea mira detenidamente a Alexandra…

Y después de una larga pausa, preguntó con voz neutra:

–           ¿Quién es esta esclava?

–           No es una esclava, divina Augusta. Sino la hija adoptiva de Publio Quintiliano e hija de Vardanes I, rey de los partos y entregada a Roma como rehén.

–           ¿Y ha venido a visitarte?

–           No, Augusta. Desde anteayer vive en el palacio.

–           ¿Estuvo anoche en la fiesta?

–           Sí, Augusta.

–           ¿Por orden de quién?

–           Por mandato del César.

Al escuchar esto, Popea contempla entonces con más atención a Alexandra, quién se  mantiene de pié con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a Popea con disimulada curiosidad y respeto en sus ojos brillantes.

De repente un ceño de contrariedad se dibuja en la frente de la emperatriz…  Celosa de su belleza y de su poder, vive en continua alerta por temor de que  alguna vez, una afortunada rival, pueda ser su perdición; tal y como ella misma lo había sido para Octavia. De allí que toda mujer hermosa que ve en el palacio, despierta en ella mortificantes suspicacias.

Con verdadero ojo crítico, abarcó de un solo golpe y en conjunto, el cuerpo escultural de la doncella y pudo aquilatar hasta el más mínimo detalle de sus exquisitas facciones; de sus ojos increíbles y de su bellísimo rostro. Este examen minucioso la hizo estremecer y se apoderó de ella un gran sobresalto. Su inteligencia reconoció el enorme peligro que representa esta beldad que la rebasa. Y por primera vez sintió miedo.

–           ¡Es más bella que Venus! –pensó. Y de pronto pasó por su mente una idea que no la había perturbado hasta entonces, en presencia de ninguna otra mujer bella: ¡Qué la edad empezaba a hacer estragos en ella!

Y entonces su vanidad herida palpitó con violencia.

En el alma de Popea, se fue materializando una creciente alarma y varias formas sucesivas de inquietud, cruzaron por su mente como relámpagos: ¿Acaso Nerón no había visto a esta joven ninfa? ¿A través de su esmeralda no había apreciado su portentosa belleza? Más… ¿Qué pasaría si el César contemplara en pleno día y a la luz del sol, semejante maravilla de mujer? Por otra parte no es una esclava. ¡Es una verdadera princesa real! ¡La hija de un rey! “¡Dioses inmortales, es tan hermosa como yo y mucho más joven!”  Con estas reflexiones se hizo más profundo el surco de su entrecejo. Y sus ojos brillaron con un frío fulgor de acero, bajo sus rubias pestañas.

Su voz se endureció al preguntar a Alexandra:

–           ¿Has hablado con el César?

Alexandra respondió gentil:

–           No, Augusta.

–           ¿Por qué prefieres quedarte aquí a seguir en la casa de Publio?

–           No lo prefiero, señora. Petronio indujo al César a que me sacara de su casa.   Mi  presencia aquí es contra mi voluntad.

–           Así que ha sido Petronio… ¿Y tú quisieras volver a la casa de Publio?

Y como Popea hizo esta pregunta en forma más benigna y suave, se despertó una esperanza en el corazón de Alexandra. Y extendiendo suplicante la mano, dijo:

–           Señora, el César ha prometido darme a Marco Aurelio como esclava. Más tú intercede por mí y regrésame a la casa de Publio.

Y con una sonrisa llena de inocencia, Popea repite:

–           ¿Entonces Petronio indujo al César a que te sacara de la casa de Publio y te diese a Marco Aurelio?

–           Precisamente señora. Marco Aurelio va a enviar hoy por mí. Por favor ten compasión y ayúdame a regresar a la casa de los Quintiliano.

Al decir esto se inclinó y tomando la orla del traje de Popea, esperó su respuesta con el corazón anhelante.

Popea la siguió contemplando por unos momentos que parecieron eternos…

Y después, con el semblante iluminado por una diabólica sonrisa, dijo al fin:

–           Entonces te prometo que hoy mismo serás la esclava de Marco Aurelio.

Y prosiguió su paseo soberbiamente fastuosa, como una poderosa deidad maligna. Las palabras de Popea siguieron resonando en el aire como una diabólica sentencia…

Y a los oídos de Alexandra y de Actea, que se habían quedado como estatuas, solo llegaron los gemidos de la niña, que comenzó a llorar de repente.  A Alexandra se le llenaron los ojos de lágrimas, pero respiró profundo, se dominó y tomando la mano de Actea, le dijo:

–           Volvamos. El auxilio ha de esperarse tan solo de Aquel que puede darlo.

Y regresaron al atrium, del cual no salieron hasta la tarde.

Actea reunió parte de sus joyas y las puso en una bolsa de fino paño que dio a Alexandra:

–           Por favor no rechaces este obsequio. Te servirán mucho en tu fuga.

Alexandra la abrazó. Y besándola en la mejilla le dijo:

–           Gracias.

Ya casi era de noche cuando se presentó Secundino, el liberto de Marco Aurelio, a quien había  visto una vez en la casa de Publio. El hombre anciano, pero todavía muy fuerte; hizo una profunda reverencia y dijo:

–           Divina Alexandra te saludo en nombre de Marco Aurelio Petronio, quien te espera en su casa con una fiesta preparada en tu honor.

La joven palideció y contestó:

–           Voy.

Y abrazando a Actea, se despidió de ella.

La griega, mentalmente oró:

“Ay Madrecita protégela, porque su futuro amenaza la más oscura tormenta”

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA