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20.- Y SIN SALIDA…


vasarri-boda-romanaY efectivamente. La casa de Marco Aurelio estaba arreglada como para una boda. Con el verdor del mirto, la hiedra, las flores. Todo había sido preparado para una recepción regia.

Marco Aurelio se sintió tan mal por la resaca, que había seguido meticulosamente los consejos de Petronio y por eso mandó a Secundino a buscarla, llevando el permiso otorgado por el César.

Petronio le había dicho:

–           Ayer te vi y estabas borracho. Te comportaste con ella como un rufián. En el amor,  no solo hay que atacar la plaza, hay que conquistarla. No seas majadero y recuerda que el buen vino debe beberse poco a poco.

Sintiéndose en un estado deplorable, mientras bebió una pócima para mejorarse, sólo atinó a contestar:

–           Pasaron muchas cosas y ya no sé lo que sucedió, me siento muy indispuesto. Sólo dime que será lo mejor que debo hacer.

Petronio prosiguió implacable:

–           Entérate también de que es muy dulce el desear, pero es más dulce aún el ser deseado. Gánate su confianza. Sé magnánimo. Júrale por los hados que la devolverás a la casa de Publio y dependerá de ti el que mañana sea ella, la que prefiera quedarse aquí contigo…

Marco Aurelio recuerda todo esto y su corazón palpita intranquilo, bajo sus elegantes atavíos.

¡Oh, dioses inmortales! ¡Si tan solo no se hubiese embriagado, ya tendría a Alejandra en su casa! Se la hubiera llevado desde el mismo banquete…

¡Pero NO!… ¡Oh! ¿Por qué tiene la desesperante sensación de haber cometido un terrible error?

¡Rayos! ¡Si tan sólo no le doliera tanto la cabeza!…

–           Ya deben haber salido de palacio.-pensó.

Se levantó y comenzó a pasear muy nervioso, lamentándose por haberle hecho caso a Petronio y NO haber ido personalmente por ella.

Mientras tanto…

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La comitiva viene recorriendo el Vicus de las Carenas. Las calles cercanas al palacio están casi desiertas, pero más adelante hay un movimiento inusual. Casi desde todas las calles, afluyen grupos de tres o de cuatro individuos, que se han ido agregando a la comitiva de la litera, mezclándose con los esclavos acompañantes.

Otros más numerosos vienen en dirección opuesta. Algunos se tambalean como si estuvieran borrachos y empieza a ser difícil avanzar.

Los esclavos gritan:

–           ¡Paso al noble tribuno Marco Aurelio Petronio!

Alexandra va notando a través de las cortinas como aumentan los transeúntes y en su corazón se alterna la esperanza y el miedo.

El mismo Secundino que al principio no receló nada, comienza a alarmarse, pues hay en todo aquello algo muy extraño.

Se dificulta cada vez más el paso de la litera. La multitud prácticamente la ha rodeado hasta el punto que Secundino se ve obligado a ordenar a los esclavos que rechacen a golpes a toda esa gente…

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De pronto se oye un grito entre los que encabezan la comitiva y en un instante se apagaron todas las luces.

Y alrededor de la litera se produjo un movimiento de empuje, un tumulto, una lucha. Secundino comprende al punto que es un ataque y se llenó de miedo.

Todos saben que el César con una turba de servidores, acostumbra dar asaltos por sorpresa por pura diversión y quién sea que resulte responsable por defenderse, tiene pena de muerte aunque fuese senador.

En tales casos los guardias cuyo deber es velar por el orden en la ciudad, fingen ser sordos y ciegos.

El tumulto sigue alrededor de la litera.

Secundino trata de proteger a Alexandra, huyendo con ella y dejando a los demás entregados a su suerte.

Cuando la tomó en sus brazos en medio de la oscuridad, ella gritó:

–           ¡Bernabé! ¡Bernabé!

La joven viste de blanco y es fácil distinguirla.

Secundino acababa de cubrirla con su manto, cuando se sintió levantado por el cuello y luego se desplomó como si lo hubiese herido un rayo.

Los esclavos en su mayor parte están derribados por el suelo, han escapado o se mantienen pegados a las murallas. En el lugar, solo ha quedado la litera completamente destrozada desde la primera embestida.

Bernabé se llevó a Alexandra y sus camaradas le siguieron dispersándose gradualmente en el camino.

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Más tarde…

Los esclavos llegan a la casa de Marco Aurelio con el cuerpo de Secundino. Se detienen a la entrada de la domus…  Deben dar cuenta a su amo de lo que sucedió.

–           Que lo declare Lucio, -dijeron en voz baja algunos- la sangre brota de su rostro, tanto como del nuestro y el amo lo quiere. Lucio corre menos peligro que cualquiera de nosotros.

Lucio, un antiguo esclavo galo que había criado a Marco Aurelio y había sido heredado a éste por su madre, dijo:

–           Yo se lo diré. Pero venid todos conmigo. No caiga solo sobre mi cabeza, la cólera del amo.

Mientras tanto en el triclinium, Marco Aurelio está ya completamente impaciente:

–      ¡Ya debían estar aquí! ¿Por qué no llegan?

De pronto se oyeron pasos en la entrada. Los esclavos se precipitaron al atrium y se detuvieron bruscamente. Levantaron los brazos, lamentándose.

Marco Aurelio corrió hacia ellos:

–           ¿Dónde está Alexandra? –preguntó con voz alterada.

Entonces Lucio se adelantó con el rostro ensangrentado y exclamó lastimero:

–          ¡Ved nuestra sangre señor! ¡Hemos luchado! ¡Algunos han muerto! ¡Luchamos por ella! ¡Ved nuestra sangre!

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Pero no dijo más porque Marco Aurelio cogió una estatuilla de bronce y con un golpe, destrozó el cráneo del esclavo.

Luego se tomó con ambas manos la cabeza y se mesó los cabellos con desesperación. Se le puso cárdeno el rostro y ordenó que azotaran a los esclavos.

Y en aquella casa engalanada para una fiesta, solo se escucharon los alaridos de dolor y el chasquido de los azotes.

Pero los gemidos de los esclavos no calmaron ni su dolor, ni su cólera. Reunió a otro grupo de siervos y salió a buscar a Alexandra, en una pesquisa sin éxito.

A su regreso ordenó que se llevaran el cadáver de Lucio, que nadie se había atrevido a tocar.

A los esclavos de cuyas manos Alexandra fue arrebatada, los envió a las prisiones rurales, castigo más terrible que la muerte. Luego se desplomó sobre una poltrona y se puso a planear los medios para encontrar y recuperar a Alexandra.

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Perderla, renunciar a ella, no verla nunca más… Le pareció imposible porque ya no podía vivir sin ella. 

Estos pensamientos lo envolvieron en un loco frenesí. Por primera vez en su vida, la voluntad imperiosa del joven guerrero, encontraba la resistencia inquebrantable de otra voluntad.

Y no podía comprender qué había sucedido, que lo hacía sentir tan impotente y hasta cierto punto derrotado, al ver tan contrariados sus deseos en lo que más había anhelado jamás.

Marco Aurelio habría preferido ver hundirse el mundo entero en ruinas, antes que ver fallidos sus propósitos. La copa de la felicidad le había sido arrebatada casi de los labios.

Lo que le había ocurrido era algo tan inaudito, que además clama la más terrible de las venganzas.

Por momentos sentía una irritación tan grande contra la joven, que casi se aproximaba a la locura y sentía deseos de destruirla. Pero luego le atormentaba el ansia de volver a verla, de perderse en sus ojos.

Y se sentía dispuesto a rendirse a sus pies y darle lo que ella le pidiera con tal de que volviese a su lado. Recordaba sus besos embriagadores…

Y finalmente lloró como un niño, al ver su sueño destruido.

Luego mil ideas descabelladas cruzaron por su mente: Tal vez Publio era el responsable de raptar a Alexandra y en todo caso. Él debía saber dónde encontrarla. Y se levantó bruscamente, dispuesto a ir a la casa de Publio.

Pero un nuevo pensamiento le paralizó y le llenó de pavor: ¿Y si había sido el mismo César, quién se había apoderado de ella?… Todo mundo sabe que Nerón para disipar el tedio, hace incursiones nocturnas.

Y en esos ataques se apodera de mujeres y las mantea en la capa de un soldado hasta que se desmayan. El propio Nerón llama a estas expediciones ‘caza de perlas’ porque se han dado casos en que ha sido una verdadera perla de belleza y juventud.

Entonces la rapta y la ‘perla’ es enviada a una de las casas de campo, donde se divierte con ellas. Y cuando se cansa, la cede a sus íntimos. ¿Y si fue esto lo que sucedió en el caso de Alexandra?…

El César la miró en la fiesta y Marco Aurelio no tuvo la menor duda de que se dio cuenta, de que es infinitamente más hermosa que la misma Popea.

Petronio dice que Nerón es un cobarde para obrar abiertamente y comete sus crímenes en forma clandestina. ¿Y si no fue  el César? Entonces ¿Quién ha tenido el atrevimiento?…

¿Habrá sido el gigante de ojos azules que tuvo la osadía de sacarla del triclinium imperial y se la llevó de la fiesta en sus brazos?

¡NO! ¡Es imposible que un esclavo se atreva a tanto! El único capaz es el propio César. Si esto es lo que sucedió, Alexandra está perdida para él. Podría recuperarla de cualquiera, pero del César, ¡NO! ¡Imposible!

La imaginación le presentó a Alexandra en brazos de Nerón…

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Y por primera vez entendió que hay pensamientos imposibles de soportar dentro de la resistencia humana.

Y entonces comprendió en toda su plenitud, la magnitud y la intensidad de su amor por ella. Y recordó todas las escenas desde que la viera por primera vez, cada una de sus palabras, sus gestos, sus ademanes.

La contempló en la fuente, en la fiesta. Volvió a sentir su calor, su perfume. La delicia de los besos que le diera en sus labios inocentes. Y le pareció cien veces más dulce, más hermosa, más deseable que nunca.

Era la única mujer deseada en todo el Universo. La elegida entre todos los mortales y las divinidades. Para él no existe nadie más que ella.

La tiene metida en su mente, en su corazón, en su sangre y corre por todas las venas de su cuerpo. Alexandra es su vida, su todo, el único tesoro que desea poseer. Nada le importa más que ella.

El solo pensamiento de que Nerón pudiera poseerla, le hace sentir la muerte. No puede soportarlo, ¡NO! Por un momento teme volverse loco de dolor. Ya no puede vivir sin ella.

Y un sentimiento de venganza se apoderó de él. Decidió ir al palacio y hablar con Actea. Y ordenó que tengan listo su Cisio.

Cuando llegó al arco de la entrada, el centurión lo recibió con una amable sonrisa.

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–          Salve, noble tribuno. Si deseas presentar tus homenajes al César, no has venido en momento propicio. Es imposible que te sea permitido verle ahora.

Marco Aurelio preguntó sorprendido:

–           ¿Qué ha sucedido?

–          La Infanta Augusta enfermó repentinamente ayer. El César y la Augusta Popea la están atendiendo, junto con los mejores médicos de la ciudad.

Ese es un suceso importante. Cuando nació esa hija, el César estaba loco de alegría.

Ama a esa niña con un amor sin límites. Y por esto, para Popea la niña le es doblemente preciosa, porque afirma su posición y aumenta su influencia sobre el emperador.

Marco Aurelio le contestó:

–           Solo deseo ver a Actea.

El centurión le hizo el saludo militar y le franqueó el paso.   Y entró al palacio.

Pero Actea estaba ocupada también cerca de la Infanta y Marco Aurelio tuvo que esperarla. Cuando regresó, la palidez de su rostro se intensificó al ver al tribuno.

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–           ¡Actea! –Exclamó Marco Aurelio, tomándola de la mano- ¿Dónde está Alexandra?

–           Yo iba a preguntarte lo mismo.-contestó ella, mirándolo de frente y con una expresión de reproche.

Pero aun cuando Marco Aurelio se prometió a sí mismo conservar la calma, dijo con el rostro descompuesto por el dolor y la cólera:

–           ¡Me fue arrebatada en el camino a mi casa! ¡Oh, Actea! Si no deseas ser causante de infortunios que tú ni siquiera puedes imaginar, dime la verdad ¿Se apoderó de ella el César?

Actea contestó con firmeza:

–           El César no ha salido de Palacio.

–           Por la sombra de tu madre. Por todos los dioses, dime ¿Entonces Alexandra no está en el palacio?

–           Por la sombra de mi madre, Marco Aurelio; yo te lo aseguro que ella no está en el palacio y que no ha sido el César quién te la ha interceptado. La Infanta augusta está enferma desde ayer y Nerón no se ha movido de su cuna.

Marco Aurelio suspiró aliviado, esa amenaza desapareció.

Se sentó en el banco y dijo con los puños apretados:

–           ¡Ah! Entonces ha sido Publio, el raptor. ¡Ay, de él!

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–          Publio Quintiliano, estuvo aquí esta mañana y preguntó por Alexandra a Epafrodito y a otros sirvientes del César. Les dijo que regresaría para verme, porque yo estaba ocupada y no pude atenderlo.

Marco Aurelio ´levantó los puños y dijo con ira:

–           Desea alejar de sí las sospechas. Si no supiera lo que ha sucedido, habría ido a buscar a Alexandra a mi casa.

–           Dejó escritas unas palabras en una tablilla. Por ellas te darás cuenta que sabía que Alexandra había sido sacada de su casa por el César, a petición tuya y de Petronio. El esperaba que te la enviaran y esta mañana estuvo en tu casa, donde le participaron lo ocurrido.

Y le mostró a Marco Aurelio la tablilla que le dejara el general.

El tribuno leyó y guardó silencio.

Actea adivinó los pensamientos que se ocultaban bajo su tétrico semblante y le dijo:

–           No, Marco Aurelio. Lo sucedido se ha verificado por voluntad de la misma Alexandra.

Marco Aurelio exclamó atónito:

–           ¡Entonces tú sabías que se proponía huir!

Actea le contestó un tanto severa y pausando las palabras:

–           Yo sabía que ella no sería nunca tu concubina.

–           ¿Y tú? ¿Qué fuiste tú durante toda tu vida?

Actea respiró profundo y contestó con serenidad:

–           Yo… Fui ante todo, una esclava.

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Pero no por esto se calmó la cólera de Marco Aurelio. El César le había dado a Alexandra. La buscaría, la encontraría y dispondría de ella a su antojo. ¡Así lo haría en verdad!

Ella sería su concubina. Se fue exaltando más y más.

Y Actea comprendió que eran su dolor y su ira las que en realidad hablaban. Pudo haber sentido compasión hacia él; pero le agotaron la paciencia los arranques del joven y le preguntó:

–           ¿A qué debo el honor de tu visita?

Marco Aurelio contestó:

–           Pensé que tú me podrías dar algunas respuestas. Alexandra al emprender la fuga se está oponiendo a la voluntad del César y voy a solicitar una orden para buscarla por todo el imperio, si es necesario.

Petronio apoyará esta petición y el registro comenzará hoy mismo. Así tenga que hacer uso de todas las legiones, la encontraré dondequiera que se haya ocultado.

Actea le advirtió:

–           Ten cuidado. No vaya a suceder que la pierdas para siempre por disposición del César, desde el momento en que la encuentres.

Marco Aurelio frunció el ceño:

–           ¿Qué quieres decir?

–           Escúchame Marco. Ayer Alexandra y yo estábamos en los jardines de Palacio. Allí encontramos a Popea con la Infanta Augusta que era conducida por una africana. Por la tarde se enfermó la niña y Coralia la nutriz sostiene que ha sido víctima de un hechizo y que la mujer extranjera con la que Popea habló, fue la causante del maleficio.

Si la niña mejora, esto quedará olvidado. Pero en caso contrario, Popea será la primera en acusar a Alexandra de hechicería. Y dondequiera que la encuentre, no habrá salvación para ella.

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Después de un momento de silencio en el cual Marco Aurelio asimila lo que Actea le ha dicho, exclamó:

–           Pero quién sabe si sea verdad que ha hechizado a la niña ¡Si me ha hechizado a mí!

–           Coralia repite que la niña empezó a llorar desde el momento que pasó frente a nosotras. Y realmente eso es lo que sucedió. Lo cierto es que ya estaba enferma cuando la sacaron a los jardines.

Marco, puedes buscar a Alexandra donde y cuando te plazca. Pero hasta que no haya recuperado la salud la Infanta Augusta no hables de tu amada al César, si no quieres atraer sobre ella la venganza de Popea.

Alexandra ha derramado bastantes lágrimas por causa tuya. Quiera Dios conservar su pobre cabeza, pues su vida pende de un hilo.

–           Tú la amas Actea. ¿Verdad? –preguntó Marco Aurelio con acento melancólico.

–           Sí. La amo. Es una criatura fácil de amar. –contestó Actea.

Y las lágrimas asomaron a sus ojos.

–           A ti no te ha correspondido con odio, como a mí.-dijo Marco Aurelio suspirando.

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Actea lo miró con duda, antes de exclamar:

–           ¡Hombre necio, apasionado y ciego!…  ¡Ella te amaba!

Marco Aurelio dio un salto.

–           ¡No es cierto! –gritó con dolor- ¡Ella me aborrece!… ¿Por qué dices eso? ¿Acaso ella te confesó sus sentimientos con tan solo un día de conocerla?

Y además ¿Qué clase de amor es ese qué prefiere la vida errante, los infortunios, la pobreza, la incertidumbre del mañana y hasta una muerte ignominiosa quizá… a todo lo que yo le ofrecí?…

Y continuó con un borbotón de frases apasionadas que reflejan toda impotencia de sus más caros e íntimos deseos:

Toda su persona la anhelaba. La esperaba con una casa engalanada para recibirla, él que deseaba servirla y la adora como a una diosa. Él, que estaba dispuesto a ser su esclavo si era preciso.

Él, que era un amante apasionado que la esperaba con una fiesta… Mejor para él no darle crédito a lo que dice, porque está a punto de enloquecer. No habría cambiado a esa joven por todos los tesoros del César y ella había huido de él. 

¿Qué clase de amor es ése que tiene al alcance la felicidad y busca el dolor? ¿Quién podría comprenderlo? Si no fuera por la esperanza que aún abriga de poder encontrarla, ya se habría arrojado sobre su espada.

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Y concluye desesperado:

–          El amor rinde, no hace huir. Es verdad que en la casa de Publio hubo momentos prometedores de una felicidad increíblemente cercana; pero ahora estoy convencido de que ella me odiaba entonces, me odia ahora y morirá con el corazón impregnado de odio hacia mí.

Actea, que normalmente es apacible y tímida; al escucharlo exclamó con gran indignación:

–           ¡Cómo te atreves a hablar así! ¿Cómo trataste de conquistar a Alexandra? En vez de inclinarte ante Publio y Fabiola para obtenerla de su mano y convertirla en tu esposa; la arrancaste de sus padres adoptivos, valiéndote de la estratagema de un rufián.

Tú no deseaste una esposa, sino una concubina. La humillaste. A la hija adoptiva de una casa honrada. A la hija de un rey; la trajiste a esta morada de crimen y de infamia. Todavía más: La profanaste haciendo pasar ante sus ojos inocentes, el espectáculo de una fiesta vergonzosa.

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Y te comportaste con ella, como si fuese una libertina. ¿Acaso olvidaste cómo era la casa de Publio y de Fabiola? ¿No sabías cómo la educaron?…

¿No tienes el suficiente criterio para comprender que hay mujeres distintas a Lucrecia, a Lucila y a Julia Mesalina; a Popea y a todas las demás que acostumbran asistir a las orgías de este palacio?

¿Acaso no te percataste con solo mirarla, de que Alexandra es una pudorosa doncella, que prefiere la muerte a la deshonra?  ¿Cómo sabes qué clase de Dios adora ella y si no es más puro y mejor que los que adoran las depravadas mujeres de Roma?

¡NO! ¡Ella no me hizo ninguna confesión de amor actual! Pero sí me dijo que era a ti a quién pensaba recurrir en busca de auxilio y que esperaba de ti que le obtuvieras el permiso para regresar a la casa de Publio.

Y Alexandra al expresarlo, se ruborizó como una virgen que ama y  confía. En el corazón de ella, había latidos consagrados a ti. Pero tú en cambio, la aterrorizaste y la ofendiste. ¡La indignaste tanto!…

Bien puedes buscarla ahora, con la ayuda de los soldados del César, pero debes saber que si llega a morir la hija de Popea, las sospechas recaerán sobre Alexandra, cuya destrucción es inevitable.

Marco Aurelio miró asombrado a Actea.

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La siempre dulce y apacible Actea le ha hablado con imperial enojo, le ha soltado todas sus verdades y parece una emperatriz más temible que la misma Popea.

La emoción de saberse amado por Alexandra le cayó como un rayo, en medio de su rabia y su dolor. ¡Amado por Alexandra! Saber esto le conmovió todas las fibras de su ser. La recordó con su rostro ruborizado y sus ojos radiantes. Y le pareció que fue cuando ella empezó a amarlo.

Y esa sola idea fue como una fresca brisa que le invadió de felicidad. De una felicidad mayor de la que nunca había experimentado y ansiado, hasta ese momento. Pensó que la habría podido conquistar gradualmente, sabiendo que su amor era correspondido.

Ella hubiera sido su esposa y hubiera sido suya para siempre. ¿Por qué no lo había hecho así? Al principio lo había pensado y estaba dispuesto a hacerlo…

Pero ella había huido y acaso fuera imposible encontrarla. Y si lo hace, con ello causará su muerte. Y ahora, ni ella, ni Publio, ni Fabiola, le brindarán una acogida favorable…

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Entonces su cólera se volvió contra Petronio. Él era el culpable de todo. De no haber sido por él y por haber escuchado sus consejos, Alexandra no se hubiera visto obligada a la fuga.

Ella ya hubiera sido su esposa y ningún peligro amenazaría su vida. Pero ahora ya es demasiado tarde y ya nada tiene remedio. Es demasiado tarde…

–           ¡Demasiado tarde! –repitió en voz alta. Y al decir esto sintió que un abismo se abrió a sus pies.

Actea, como un eco repitió:

–           ¡Demasiado tarde!

Y esta frase le sonó a Marco Aurelio como una sentencia de muerte. 

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En eso entró en el atrium Fabiola.

Y Marco Aurelio se encontró frente a frente, con su rostro triste. Había venido para tener noticias de Alexandra.

Al verlo, palideció y le dijo serena:

–           ¡Qué Dios te perdone Marco Aurelio, el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra! Y que te lleve a la Luz.

Él se mantuvo de pie con la cabeza inclinada, abrumado por un sentimiento de culpa y de infortunio. Se envolvió en su toga y salió de allí totalmente desconcertado y confundido.

Avanzó por las inmensas galerías sumido en tormentosos pensamientos.

Ya no sabe cómo proceder. Por dónde empezar. Qué procedimiento seguir para remediar un mal que no tiene remedio.

¿Adónde acogerse? Una sola idea está fija en su mente: “O busca y encuentra a Alexandra. O algo funesto va a sucederle a él.”

Sin comprender todavía lo que Dios debe o puede perdonarle. A su juicio, Fabiola no tiene razón para hablar de perdón. Debía clamar por venganza.

En el patio, en la galería; se ve una multitud de patricios y senadores pidiendo informes acerca de la salud de la infanta, para mostrarse en el Palatino y dar testimonio de su solicitud.

Algunos notaron que viene del interior del palacio y le preguntan por la ‘divinidad’. Pero él apresura el paso sin contestar a nadie.

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Hasta que Petronio, que viene con el mismo propósito, casi se estrelló con el pecho de Marco Aurelio al detenerlo.

A Petronio le salvó el que el joven viniese tan trastornado al separarse de Actea. Se siente tan deprimido y exhausto que hasta su ira se esfumó.

Empujó a Petronio a un lado e intentó seguir su camino.

Pero el dramaturgo lo detuvo casi por la fuerza y preguntó:

–           ¿Cómo está la divina Infanta?

Marco Aurelio se irritó violentamente y contestó muy indignado:

–           ¡Qué los hados se la traguen a ella y a toda esta casa!

–          ¡Silencio, desgraciado! –exclamó Petronio mirando asustado a su alrededor y deseando que nadie hubiese oído.

Y tomándolo del brazo para alejarlo, agregó precipitadamente:

–         Si quieres saber de Alexandra, ven conmigo. Aquí no te diré nada.

Le pasó el brazo por la espalda del joven tribuno. Le llevó afuera del palacio lo más rápido que pudo. En realidad no tenía noticias que darle. Pero a pesar de su disgusto, ama a su sobrino y se siente responsable por todo lo que ha  ocurrido.

Cuando entraron a la litera le dijo:

–           He ordenado a mis esclavos que vigilen todas las puertas de la ciudad. Si Publio y Fabiola intentan ocultarla, también he tomado mis providencias y pronto sabremos en donde está. Y empezaremos a buscarla hoy mismo por toda Roma.

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Marco Aurelio le dijo muy deprimido:

–           Publio no sabe en dónde está.

–           ¿Cómo lo sabes?

–           He visto a Fabiola. Ella también la busca.

Petronio exhaló profundamente y contestó:

–          Ha sido una suerte para ti que el César no te la quitara. Estoy al tanto de todos los secretos del palacio.

Pero Marco Aurelio soltó un torrente de quejas, más doloridas que enconadas. Y con su voz quebrantada le refirió a Petronio su conversación con Actea, notificándole los nuevos peligros que amenazan a Alexandra.

Peligros tan terribles que va a ser necesario ocultarla a todas las pesquisas de Popea, en el caso de que la encuentren. Él ya no puede vivir sin ella. Luego hizo a Petronio amargos reproches por los consejos que le había dado.

De no ser por él, todo sería muy diferente. A medida que le fue relatando, ya no pudo contenerse y lloró amargamente de dolor y de cólera.

Petronio está atónito. Él jamás hubiera imaginado que Marco Aurelio estuviera enamorado hasta ese grado de desesperación. Y ve las lágrimas del valiente soldado con admiración y cierta envidia.

Cuando llegaron a la casa, el mayordomo les dijo que los esclavos enviados a las puertas no habían regresado y se les había enviado alimentos para que permanezcan vigilantes.

Petronio se volvió hacia su sobrino:

–           ¿Ya lo ves? Están en Roma. Los encontraremos. Pero es necesario que órdenes a tu gente, que también ellos vigilen. Envía los mismos esclavos que fueron a buscarla antes, porque la reconocerán más fácilmente.

Marco Aurelio suspira con desaliento, pero contesta:

–           Revocaré las órdenes que di, de enviarlos a las prisiones rurales y los enviaré a las puertas.

Escribió sobre una tablilla y Petronio la envió al punto, a la casa de Marco Aurelio.

Luego pasaron al pórtico interior, se sentaron en una banca y empezaron a conversar. Aurora, la de los cabellos dorados; les escanció sendas copas de vino de unas jarras que son unas primorosas obras de arte.

Petronio preguntó:

–           ¿Hay entre tus siervos alguno que conozca a ese gigantesco parto?

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Marco Aurelio contestó:

–          Secundino y Lucio lo conocían. Pero Secundino cayó al pie de la litera y a Lucio lo maté yo.

–           Lo siento. Lucio como a ti, también me llevó a mí en los brazos.

–          Pensaba manumitirlo… Pero ya no hablemos de él. Mejor dime como hallaremos a Alexandra. Roma es…

–           Por supuesto que no será fácil y tal vez tardemos un poco. Pero lo seguro es que la encontraremos. Tú acabas de acusarme de haberte aconsejado el procedimiento. Pero éste en sí era bueno. Solo fue malo cuando se arruinó.

Tú oíste decir al mismo Publio que pensaba retirarse a Sicilia con todos los suyos. Y en ese caso la joven también estaría lejos de ti.

–           Yo los habría seguido y ella estaría fuera de peligro. Pero ahora si esa niña muere, Popea creerá que ha sido culpa de Alexandra.

–           Cierto. Y eso me alarma a mí también. –Petronio reflexionó unos momentos y agregó- se dice que Popea sigue la religión de los judíos y cree en espíritus malignos.

El César es supersticioso. Si hacemos correr el rumor de que los espíritus arrebataron a Alexandra, esa noticia será creída. Especialmente porque ni César, ni Publio la han interceptado. Su fuga ha sido realmente misteriosa.

Ese parto no pudo haberla efectuado solo y ¿Cómo puede un esclavo reunir tantos cooperadores en un solo día?

petronio–           Los esclavos se auxilian mutuamente en Roma.

–           Sí, pero algunos pagan eso con la vida. Es verdad que se ayudan recíprocamente, pero no unos contra otros. Y en este caso sabían que la responsabilidad y el castigo caerían sobre los suyos. Por eso es muy improbable que haya sucedido así.

Después de reflexionar un momento, Marco Aurelio preguntó:

–           Bernabé no pudo hacerlo solo. Entonces ¿Quién lo ayudó?

Petronio contestó:

–           Sus correligionarios.

–           ¿Quiénes son?

–           ¿Cuál es la deidad que ella adora?

–           No lo sé.

–           Habrá que averiguarlo…

símbolos cristianismo

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

P51 INVITACIÓN CELESTIAL


jesusbendice

Publicado el 23/04/2014por Y María del Getsemaní

DOMINGO 27 DE ABRIL

CELEBRACIÓN DE LA DIVINA MISERICORDIA DE JESÚS

(HABLA NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO)

Si esta Fiesta fue instituida es por la APREMIANTE NECESIDAD de que así se hiciera. Ya millones de almas caían a los infiernos porque no se atrevían a acudir a Mí.

Habían olvidado que Yo vine a la tierra por los más pecadores, no tanto por los Santos. Ellos Necesitan de Mí, pero ¡Cuánto más vosotros los pecadores!

Y así ha sido, miles y miles de almas se han salvado por apelar a ella.

¿No fuiste tú, Pequeña Muy Mía, Muy Nuestra, entre quienes no se atrevían a acercarse a Mi Santa Iglesia por creer que estaba hecha para Santos?

La Santidad es el final del Camino, pero el pecado es el principio.

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Todo aquel que llega, viene con su traje manchado y viene a Mí con el anhelo, con la esperanza, con el vehemente deseo de ser limpiado por Mí.

No vais al médico cuando estáis sanos, sino cuando algo os duele y es síntoma o señal de que estáis enfermos.

De la misma manera quiero que quienes acudan a Mí y apelen a Mi Santa, Infinita e Inconmensurable Misericordia, lo hagan porque les duele el alma; porque por más que acumulan logros y monedas no encuentran saciedad, paz ni contento alguno.

Sois vosotros los pecadores, quienes más necesitáis de Mí,

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y es por eso precisamente, que os He abierto Mis Santas llagas para que veáis a Vuestro Cristo Crucificado, Agonizando y Sangrante:

Así llegáis a Mí, Mis Pequeños. Así Me agradáis y ya entre Mis brazos os puedo mimar y limpiar.

No esperéis a estar sanos para ver al médico; no esperéis a dejar de ser pecadores para acudir a Mí:

1la-oveja-perdida

Venid con vuestras miserias, con vuestros harapos Y DEJADLOS el Día de Mi Santa y Divina Misericordia,

que Yo sabré perdonaros, limpiaros, asearos y blanquearos; pero debéis acudir a Mí y solicitar Mi Perdón, Mis Pequeños.

Aún quienes no estuvieron Conmigo en estos pasados días santos, pueden acudir este Domingo 27 de Abril, a la Santa Iglesia y encontrarán perdón de sus pecados y finalmente, la tan anhelada paz.

ACUDID, ACUDID, ACUDID A RECIBIR MIS SACRAMENTOS

y dejadMe abrir Mi Sacratísimo Corazón y derramar tantas Gracias que tengo para vosotros;

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pero si no abrís las manos, si no os colocáis de rodillas frente a Mí,

¿Cómo podré hacerlo si vuestro corazón está en las cosas del mundo y vuestros ánimos pendientes de cometer el pecado de lo que anhelan?

No os cerréis más, Mis Niños, QUE EL TIEMPO YA NO ES TIEMPO, porque se ha agotado la Paciencia del Padre Eterno y estáis viviendo en tiempos de Tribulación Tremenda que no ha de disminuir, sino que se irá incrementando.

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CreedMe cuando os lo digo que Mi Palabra es Verdad. Ya  habéis podido comprobar a lo largo de vuestra Historia cómo Mi Palabra siempre se ha cumplido, se cumple y se cumplirá.

No os desaniméis pensando que vuestro pecado es mayor que Mi Misericordia porque, os lo digo, no lo es;

pero necesito de vuestra voluntad, de vuestra santa disposición para llenaros de perdón, de Amor, de Paz y de todo Bien que tengo reservado para vosotros.

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Id: compartid Mi Banquete y veréis que vuestro corazón comenzará a sentir el amor y la tan anhelada Paz.

(HABLA NUESTRA SANTÍSIMA MADRE MARÍA)

Niños Míos:

Os lo Dice Mi Amadísimo Hijo Jesucristo (Nuestra Madre se hinca en reverencia), os lo pide, os exhorta, os suplica que abráis las manos para que podáis recibir aquello que tiene reservado para vosotros. ¡Hacedlo ya, que no hay tiempo!

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(HABLA DIOS PADRE)

Os exhorto, Pequeños Míos, a acudir a La Santa Invitación de Mi Amadísimo Hijo.

(HABLA UN ÁNGEL DEL SEÑOR)

Aprovechad las Fiestas que el Cielo ha reservado para otorgaros Perdón y Gracias, os lo Ha Dicho Nuestro y Vuestro Padre. No es tiempo de desperdiciar ni una migaja, que el hambre es grande en el alma

Y no hay banquete comparable al de LA SANTA Y DIVINA MISERICORDIA DE NUESTRO Y VUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.

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Aún estáis a tiempo de alcanzar vuestra salvación. ID, ID, ID.

(HABLA SAN JOSÉ)

Pequeños,

Habréis de saber que un alma rescatada es un goce sin par en el Cielo.

Sed Hijitos bien agradecidos, sed esa almita que tanto goce de al Cielo en esta Fiesta. Os lo suplico.

Y a vosotros, Hijitos que ya estáis en Gracia, convenced a un solo pecador que os acompañe en este día instituido ESPECIALMENTE para los pobres pecadores.

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PROMESA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO A SANTA FAUSTINA SOBRE LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA:

Deseo conceder el perdón total a las almas que se acerquen a la confesión y reciban la Santa Comunión el día de la Fiesta de Mi misericordia. (Diario 1109).

EL PAPA TAMBIEN NECESITA EL SACRAMENTO

EL PAPA TAMBIEN NECESITA EL SACRAMENTO

Este es un Recordatorio Del Cielo de Diálogos anteriores, pero este año -como en ningún otro- será en el Día de la Canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII. Es un día irrepetible.

Divina Misericordia - JPII

Por favor lleven  a aquellos cuya salvación está en riesgo, que  este día tan grande no se repetirá y  puede ser la diferencia entre la Salvación y la condenación para un pecador.

“QUIENES CONMIGO AGONIZAN, CONMIGO RESUCITAN.”

Publicado el 20/04/2014 por Y María del Getsemaní

(Nuestro Señor Jesucristo Resucitado)

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“QUIENES CONMIGO AGONIZAN, CONMIGO RESUCITAN.”

(Dios Padre)

“TU ABBA DESCANSÓ EL SÉPTIMO DÍA, DESCANSEN TAMBIÉN VOSOTROS QUE ACOMPAÑARON A MI DIVINO HIJO.”

(Vuestra Santísima Madre María de Nazaret)

“GRACIAS, NIÑOS AMADOS DE MI INMACULADO CORAZÓN POR HABER ACOMPAÑADO A MI DIVINO HIJO AMADO Y RESUCITADO. LOS BENDIGO.”

SAN JOSÉ NOS BENDICE.

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Domingo de Resurrección

(Abril, 20)

Año de El Señor 2014

Y María Del Getsemaní

http://tambienestuya.com/

188.- DESHONRA DE LA MALICIA


1ocaso

Impulsados por el amor, la rabia y la curiosidad, una multitud se agolpa en el cancel de Bethania. Han venido sin esperar a que se ponga el sol.

Lázaro, que ha sido llamado por un siervo, queda sorprendido por la violación sabática, porque los primeros que llegan son los más intransigentes de los judíos y que dan una respuesta verdaderamente farisea:

–                       Desde la Puerta de las Ovejas ya no se ve el disco solar y entonces nos pusimos en camino, pensando que sin duda no sobrepasaríamos la medida prescrita; antes de que el sol se oculte, detrás de las cúpulas del Templo.

Una sonrisa irónica se dibuja en la afilada cara de Lázaro. Está sano, de buen aspecto y delgado.

Les responde educadamente, pero con sarcasmo:

–                       ¿Qué queréis ver? El Maestro respeta el sábado. Está descansando… Todavía no se oculta el sol, para decir que el sábado ha terminado. No voy a perturbarlo.

Muchos peregrinos suplican e insisten en ver a Jesús. Con los hebreos están mezclados los gentiles. Todos observan disimuladamente a Lázaro, como si fuese un ser irreal.

Lázaro soporta la molestia de una fama que no quiso; pero no abre el cancel.

Pacientemente responde a quién le pregunta:

–                       Lo veréis en la ciudad. Ahora no puedo llamarlo.  Idos tranquilos, pero no hagáis que vuestra curiosidad sea estéril. El haberme visto vivo y prueba del Poder de Jesús, Cordero de Dios y el Mesías Santísimo, os lleve a todos al Camino. Estoy contento de haber resucitado.

1lazaro-resurreccion

Y espero que el milagro pueda sacudir a los que dudan y convertir a los paganos. Convenciéndolos a todos de que Uno solo es el Dios Verdadero. Y uno solo el Verdadero Mesías: Jesús de Nazareth, el Maestro Santo.

Un gentil pregunta:

–                       ¿Pero de veras moriste?

Lázaro responde:

–                            Preguntadlo a aquellos judíos principales. Vinieron a mi entierro y muchos de ellos estuvieron presentes cuando resucité.

Le llueven las preguntas:

–                       ¿Qué sentiste?

–                       ¿Dónde estuviste?

–                       ¿Qué recuerdos tienes?

–                       Cuando regresaste vivo, ¿Qué te pasó?

–                       ¿Cómo te resucitó?

–                       ¿De qué moriste?

–                       ¿Te encuentras bien ahora?

–                        ¿Ya no tienes señales de las llagas?

–                       ¿Tú eres el resucitado?

–                       ¿Podemos ver el sepulcro donde estuviste?

Lázaro los mira con caridad y responde:

–                       Los soy. Para dar gloria Dios que me sacó de la muerte, para que fuera siervo de su Mesías.

Lázaro pacientemente trata de responder a todos. Y aunque puede decir que las señales de las llagas se han borrado, no puede responder a lo que experimentó, ni cómo resucitó.

1jlazaro

Finaliza diciendo:

–                       No lo sé. Me encontré vivo en mi jardín, entre los siervos y mis hermanas. Cuando me quitaron el sudario vi el sol, la luz. Sentí hambre, comí. Sentí el placer de la vida y el gran amor que el Rabí tuvo por Mí. Lo demás lo saben mejor que yo, aquellos tres que están conversando y aquellos dos que apenas llegan.

El hombre dice:

–                       A nosotros los gentiles no nos hablan. Vosotros que sois judíos, id a preguntadles… Tú déjanos ver el sepulcro donde estuviste.

Insisten tanto que cansan a Lázaro y éste se decide.

Da instrucciones a sus siervos y luego se dirige a  la gente:

–                       Id a aquella vereda y os saldré al encuentro, para llevaros a donde está el sepulcro. Aun cuando no hay otra cosa que ver, más que un hueco abierto en la roca.

–                       ¡No importa!

–                       ¡Vamos, vamos!

Un escriba pregunta:

–                       ¡Lázaro, detente! ¿Podemos ir también nosotros? ¿O nos está prohibido lo que permites a los extranjeros?

Lázaro contesta:

–                       No, Arquélao. Ven también tú. Si el acercarte a un sepulcro no te contamina…

–                       No. Porque adentro no hay ningún cadáver.

–                       Pero yo estuve dentro por cuatro días. Por cosas mucho menores, se ha pensado en Israel que hay contaminación. Vosotros decís que queda inmundo el que roza con su vestido un cadáver.

1ltumba

Mi sepulcro todavía despide tufos de cadáver. No obstante que desde hace mucho tiempo ha estado abierto.

–                       No importa. Nos purificaremos.

Lázaro mira a los dos fariseos que llegaron al último y les pregunta:

–                       ¿También vosotros queréis venir?

–                       Sí.

Los lleva a todos al sepulcro.

Un rosal en flor rodea la entrada, pero de nada sirve para  suprimir el hedor que sale de la tumba abierta. En la roca, bajo el arco adornado del rosal, se lee: “¡Lázaro, sal afuera!

1rosal-trepador

Los enemigos al verlas, gritan:

–                       ¿Por qué mandaste  esculpir esas palabras? ¡No debías hacerlo!

–                       ¿Por qué no? En mi casa yo puedo hacer lo que me plazca y nadie puede acusarme por querer esculpir sobre la roca, las palabras del grito  divino que me devolvió a la vida, para que jamás se borren. Y todo el que las lea bendiga el poder misericordioso en el grito del Mesías que me arrancó de la muerte…

Todos los fariseos responden:

–                       ¡Eres un pagano!

–                       ¡Un sacrílego!

–                       ¡Blasfemas contra nuestro Dios!

–                       ¡Festejas el sortilegio del hijo de Belcebú!

–                       ¡Ten cuidado, Lázaro!

Lázaro advierte:

–                       Os recuerdo que estoy en mi casa y que estáis en ella. Que nadie os invitó a venir…  Y que vinisteis por fines indignos. Sois peores que estos paganos, los cuales si ven en El que me resucitó a un Dios.

1RaisingofLazarus

Todos protestan escandalizados:

–                       ¡Anatema!

–                       ¡El discípulo es como el Maestro!

–                       ¡Horror!

–                       ¡Vámonos de esta cloaca impura!

–                       ¡Corruptor de Israel!

–                       El Sanedrín tendrá presentes tus palabras…

Esto es demasiado para Lázaro y grita:

–                       Y Roma vuestros complots… ¡Largaos de aquí!

El siempre bueno Lázaro se comporta como un hijo de Teófilo y los arroja como si fueran una jauría de perros rabiosos.

Después despide a la gente que se va de mala gana, pues insisten en ver a Jesús.

Los siervos cierran el cancel…

Lázaro está por retirarse, cuando ve que salen de un matorral de mirtos el escriba Eleazar y el sacerdote Juan…

1MIRTO

Que le ruegan:

–                       No nos eches fuera.

–                       Nos metimos entre tus plantas para que no nos vieran. Debemos hablar con el Maestro.

–                        Hemos venido porque sospechan menos de nosotros, que de José y Nicodemo.

–                        No quisiéramos que nadie nos viera aparte de ti y del Maestro.

Lázaro los invita:

–                       Venid.

Los lleva a través del jardín hasta una doble barrera de bojes y de laureles.

–                       Quedaos aquí. Os traeré a Jesús.

El sacerdote Juan suplica:

–                       Que nadie se dé cuenta.

–                       No tengáis miedo.

Muy poco tiempo tienen que esperar.

Por la vereda semioscura a causa de las ramas entrelazadas, aparece Jesús con su vestido blanco de lino.

Lázaro también se acerca mientras Jesús saluda a los dos que ante Él se inclinan profundamente.

1levita

El sacerdote Juan dice:

–                       Maestro y tú Lázaro, escuchad. En cuanto se supo que estás aquí, el Sanedrín se reunió en la casa de Caifás. Todo lo que hace es ilegal… ¡No te hagas ilusiones, Maestro! ¡Sé prudente Lázaro!…  No os engañe la calma fingida. La aparente somnolencia del Sanedrín. Es algo preparado, Maestro.

Fingen para atraerte y aprehenderte sin que la multitud se agite y se prepare para defenderte. Tu suerte está sellada y no cambiará. Si es mañana o dentro de un año, el decreto se llevará a cabo. El Sanedrín nunca olvida sus venganzas. Sabe esperar la ocasión propicia y dar el golpe…

Eleazar agrega:

–                       También a ti Lázaro, quieren quitarte de en medio. Aprehenderte, suprimirte. Porque por tu causa, muchos los abandonan para seguir al Maestro. Tú has dicho con palabras muy exactas, que eres el testimonio de su poder.

Y quieren destruirlo. Ellos saben que las multitudes pronto olvidan. Y dicen que desaparecidos tú y el Rabí, muchos entusiasmos se apagarán…

Jesús exclama:

–                       ¡No, Eleazar! ¡Echarán llamas!

Juan dice:

–                       ¡Oh, Maestro! ¿Qué pasará si mueres? ¿Qué es lo que hará que nuestra Fe en Ti arda en llamas? Y aun cuando así fuera, ¿Qué será de nosotros si Tú estás muerto?

Eleazar dice:

–                       Por favor cuídate. Debemos irnos, Maestro. Ya cumplimos con venir a avisarte. La paz sea contigo.

Jesús los despide:

–          Gracias por haber venido. Que nadie os vea. La paz sea con vosotros…

Los dos sinedristas se van.

Y Jesús y Lázaro entran en la casa.

1flor-durazno

En un resplandecer de blancura y de plata en que ponen una nota menos nívea, los manojos de ramitos de manzano, peral, durazno y de otros árboles frutales que hay en los jarrones y cuyas flores blancas, con un ligero tinte de rosa, derraman su perfume de frescura primaveral.

Sobre las mesas hay una vajilla preciosa: jarras de diferentes tamaños, ensaladeras y salseras, que hacen juego con las copas de plata cincelada. Hay un aire festivo en la sala del banquete, que ha sido preparada con exquisito cuidado.

Cuando llega el crepúsculo, un último rayo de sol ilumina las palmeras que están afuera y la de un gigantesco laurel, en el que los pajarillos hacen mucha bulla, antes de dormir.

En la sala adyacente, Lázaro muestra a Jesús los rollos nuevos que ha adquirido recientemente.

Jesús comenta con Lázaro, el contenido de esas obras y explica los errores doctrinales que contienen y la diferencia con las verdades fundamentales que Lázaro, rico y culto, ha querido conocer.

Luego los dos pasan a la sala blanca, donde se lleva a cabo la cena, seguidos por los apóstoles. Los últimos en entrar son las hermanas de Lázaro y Maximino.

Jesús se sienta sonriente en su lugar junto a Lázaro y mira a Juan que está en un ángulo de la mesa, que tiene forma de “U”. A su lado se sienta Lázaro y a su izquierda, su primo Santiago. Tadeo está en el otro ángulo, en  donde empieza la mesa larga.

1-BODAS

Martha y María, ofrecen las palanganas para la ablución y las toallas. Luego María hecha vino en las copas y Martha coloca las fuentes llenas de alimentos, conforme los siervos los van trayendo de la cocina; en un ir y venir de exquisitas y variadas viandas.

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Las dos hermanas atienden personalmente a todos los comensales, especialmente a los seres más queridos: Jesús y Lázaro.

Pedro, que ha estado comiendo con mucho gusto, observa:

–                       ¡Ah! ¡Ahora me doy cuenta! Todos los platillos son como si estuviéramos en Galilea. Esto parece un banquete de nupcias. Pero aquí no falta el vino, como faltó en Caná.

María sonríe y no dice nada.

1milagro-vino

Lázaro explica:

–                       Fue idea de mis hermanas, sobretodo de María: el presentar una cena en la que el Maestro tuviera la impresión de estar en Galilea.

Después, cuando la cena casi concluye y están en la sobremesa, entretenidos con la conversación, Magdalena sale y Martha pone sobre la mesa, bandejas con flores de higuera y hermosas y suculentas frutas.

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Lázaro dice:

–                       Comed de las últimas frutas de los naranjales libios y los primeros melones de Egipto, cultivados en los solares.  Éstas son almendras de nuestra patria. Martha, ¿Y el niño?

Martha contesta:

–                       Está bien. Noemí lo está cuidando.

1Sphinxes, Luxor, Egypt

Jesús se llena de emoción al recordar Egipto:

–                       Teníamos algunas plantas en el huerto. Cuando hacía mucho calor, metíamos los melones en el pozo del vecino, que era profundo y frío. Y era una delicia comerlos por la noche. Todavía recuerdo…

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Yo tenía una cabra golosa a la que había que cuidar bien, porque se despachaba plantas y frutas tiernas.  -Jesús ha dicho estas palabras con la cabeza un poco inclinada. La levanta y mira las palmeras que se mueven al suave contacto del viento nocturno y agrega-  Cuando veo esas palmeras…

1piramides

Siempre que veo palmeras, me acuerdo de Egipto. De su tierra amarillenta y arenosa, que con el viento se levanta tan fácilmente. Y de sus pirámides que parecían moverse, en medio del aire enrarecido.

Los altos troncos de las palmeras. La casa donde… pero es inútil hablar de esto. A cada hora su preocupación y con ella su alegría…

Vuelve  entrar María Magdalena. Trae una jarra de cuello delgado, que termina en un hermoso pico. Es de alabastro de color amarillo rojizo, como la piel de algunas personas rubias.

Los apóstoles la miran creyendo que trae algún raro manjar.

María pasa detrás de los lechos y llega hasta donde están Jesús y Lázaro.

Destapa la jarra y deja caer algunas gotas sobre su mano, de un líquido que apenas si sale. Un perfume intenso y riquísimo, se esparce por todo el salón. María no se contenta con lo poco que sale. Se inclina y rompe de un golpe el cuello de la jarra, contra la saliente del lecho de Jesús. Cae al suelo, esparciendo sobre los mármoles gotas perfumadas. Ahora sí sale bastante.

María se llena la mano y hecha sobre la cabeza de Jesús, el denso bálsamo. Lo extiende con las peinetas que se ha quitado y unge toda su cabellera. Le acomoda los rizos que toma, mechón por mechón; entre sus dedos. Parece una mamá que peina a su niño. Queda bastante perfume en la jarra.

La cabellera de Jesús ha quedado empapada. Su cabeza rubio rojizo, brilla como si fuera oro bruñido. La luz de la araña que los siervos prendieron, se refleja cómo sobre un casco de bronce pulido. El perfume es embriagador y muy intenso.

1Nardos

Cuando termina, María besa suavemente la cabeza de Jesús. Y después le toma las manos, las embalsama y se las besa.

Entonces, María repite lo que llevada por el amor hiciera en aquel lejano atardecer. Se arrodilla a los pies del lecho, desata las correas de las sandalias de Jesús y se las quita.

Metiendo sus dedos dentro de la jarra, saca el perfume y lo extiende con cuidado sobre los pies desnudos; dedo por dedo, en la planta, en el calcañal, el tobillo y finalmente, sobre el empeine que descubre haciendo a un lado el vestido de lino, hasta que se acaba el bálsamo. Rompe entonces la jarra y hecha el último resto de bálsamo, sobre los pies de Jesús…

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Cuando termina, María besa suavemente la cabeza de Jesús. Y después le toma las manos, las embalsama y se las besa.

Entonces, María repite lo que llevada por el amor hiciera en aquel lejano atardecer. Se arrodilla a los pies del lecho, desata las correas de las sandalias de Jesús y se las quita.

Metiendo sus dedos dentro de la jarra, saca el perfume y lo extiende con cuidado sobre los pies desnudos; dedo por dedo, en la planta, en el calcañal, el tobillo y finalmente, sobre el empeine que descubre haciendo a un lado el vestido de lino, hasta que se acaba el bálsamo. Rompe entonces la jarra y hecha el último resto de bálsamo, sobre los pies de Jesús…

Judas, que hasta ahora había estado silencioso, contemplando con lujuria a la hermosísima mujer y envidioso del Maestro, a quién ungía en la cabeza y en los pies…   Explota su malhumor; pues si los otros habían mostrado un cierto descontento, pero sin mayores consecuencias…  Él, que se había puesto de pie para ver mejor la unción de los pies…

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Judas levanta su voz grave en clamorosa protesta:

–                       ¡Qué estulticia! ¡Basta ser mujer, para ser necia! ¡Qué derroche inútil y pagano! ¿Para qué tanto desperdicio? El Maestro no es un publicano, ni una meretriz para recibir estos afeminamientos. Es una deshonra para Él.

¿Qué dirán los judíos al sentirlo perfumado como un efebo? ¡Y luego no se quiere que los jefes del Sanedrín, nos critiquen de pecado!…

Esas acciones son propias de una cortesana lasciva, ¡Y no hablan bien de ti; pues demasiado recuerdan tu pasado!

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El insulto es tal, que todos se quedan asombrados y miran a Judas como si de repente se hubiera vuelto loco.

Martha se pone colorada.

Lázaro, aprieta los puños y los labios.

María Magdalena, está como si estuviese sorda y continúa secando los pies de Jesús, con la punta de su cabellera suelta, que con el ungüento se ha vuelto más pesada  y oscura, que en la parte superior.

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Los pies de Jesús están lisos y suaves, como si se hubieran cubierto de una nueva piel y María le pone nuevamente las sandalias. Le besa los pies, indiferente a todo lo que no sea su amor por Jesús.

Mientras tanto, Judas dice retador:

–                       ¿Me miráis? Todos habéis murmurado en vuestro corazón. Ahora, porque me convertí en eco vuestro y he dicho claramente lo que pensabais; no me dais la razón. Repito lo que he dicho.

No quiero afirmar que María sea la amante del Maestro; pero sí digo que ciertos actos no son apropiados ni a Él, ni a ella. Es una acción imprudente e injusta. ¿Para qué este desperdicio?

Si ella quería borrar los recuerdos de su pasado, podía haberme dado esa jarra y el ungüento… ¡Por lo menos era una libra de nardo puro! Y de gran valor.

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Lo habría vendido al menos por trescientos denarios, qué es lo que vale un nardo de tal calidad, para dar el dinero a los pobres que nos asedian. Nunca faltan y mañana encontraremos muchos en Jerusalén.

Maestro, me asombra que Tú permitas de una mujer, tales estupideces. Si tiene riquezas para derrochar; que nos las dé para repartirlas y sería más juiciosa. Mujer, a ti te lo digo: suspende lo que estás haciendo, pues me parece asqueroso…

María lo mira ruborizada y con reproche. Y está por obedecer…

Pero Jesús le pone la mano sobre la cabeza, que ella ha inclinado para besarle  los pies. Y después hace descender aquella mano sobre su espalda, atrayéndola levemente hacia Sí, como para defenderla mientras…

1Magdalena

Jesús dice:

–                       Déjala en paz. ¿Por qué la reprendes y la molestas? Nadie debe reprobar una obra buena  y llenarla del fango que únicamente la malicia enseña. No sabéis lo que ha hecho. María ha realizado en Mí, una acción de deber y de amor. Siempre habrá pobres entre vosotros. Ya estoy para irme…  A ellos les podéis continuar haciendo el bien. A Mí, el Hijo del Hombre entre los hombres; no será posible tributarle ninguna honra, porque así lo quieren y porque le ha llegado su Hora.

1amor total

El Amor ha sido para María, Luz. Presiente que voy a morir y ha anticipado el homenaje a mi Cuerpo Sacrificado por todos vosotros. Me ha ungido para la sepultura, porque entonces no podrá hacerlo y le dolerá demasiado el no haberme podido embalsamar.

En verdad les digo que hasta el fin del Mundo y en todos los lugares donde será predicado el Evangelio, se recordará este acto profético. Y de lo que ella ha hecho, tomarán lecciones las almas para darme su amor, bálsamo amado por Cristo.

1jesus_ magdalena

Y serán heroicos en el sacrificio, pensando que cada sacrificio es embalsamamiento del Rey de reyes…  Del Ungido de Dios del Cual la Gracia desciende como este nardo desde mis cabellos, para fecundar el amor en los corazones…  En los cuales el amor asciende en un continuo y abundante reflujo  de amor, de mí a las almas mías y de ellas hacia Mí.

Sí. En todo el mundo y durante todos los siglos, quiera Dios hacer de cada hijo suyo otra María, que no se pone a calcular en precios, que no fomenta ningún apego; que no guarda ningún recuerdo, aún el más mínimo del pasado…

1madalena-adorando

Sino que destruye y aplasta, todo lo carnal y mundano. Y se rompe y se esparce, como hizo con el alabastro y con el nardo, por amor a su Señor.

Judas, imita si puedes…  Respétate también a ti mismo. Porque la deshonra no existe aceptando un puro amor con amor puro; sino nutriendo la envidia y el odio, haciendo insinuaciones bajo el impulso de los sentidos…

Ya son tres años, Judas; que te amaestro y todavía no te he podido cambiar. Y la hora se acerca. Judas… Judas… 

María, gracias. Persevera en tu amor. No llores, María, te repito: “Todo ha sido perdonado, porque has sabido amar totalmente” Has elegido la mejor parte y no se te quitará. Quédate en paz, mi hermosa oveja a quién encontré nuevamente.

1La Oveja Perdida

Quédate en paz. Que los pastizales del amor, sean en la eternidad tu alimento. Levántate. Besa también mis manos que te absolvieron y has bendecido… ¡A cuántos han absuelto, bendecido, curado, hecho bien!  Y sin embargo yo os aseguro que el pueblo, a quien han hecho tantos bienes, está preparándose para torturarlas…

1las-manos-de-jesus

Un silencio pesado se cierne sobre el aire impregnado del fuerte perfume.

Nadie tiene ganas de seguir comiendo… Las palabras de Jesús los dejan a todos reflexionando.

El primero que se levanta es Judas Tadeo. Pide permiso para retirarse. Santiago su hermano lo sigue y luego Andrés y Juan.

Judas de Keriot pasa por delante de las mesas y se dispone para salir.

La mirada de Jesús sobre el apóstol traidor es indescriptible. Una mirada de llamada, de dolor infinito…

Pero Judas no la acepta.

1Judas

Entonces Jesús le pregunta:

–                       ¿A dónde vas?

Judas responde evasivo:

–                       Afuera…

–                       ¿Fuera de la habitación o fuera de la casa?

–                       A caminar un poco.

–                       No vayas, Judas. Quédate con nosotros…

–                       Ya se fueron los demás, ¿Por qué yo no puedo salir?

–                       Tú no vas a descansar como ellos…

Judas no responde y obstinado sale.

Nadie habla. Pedro, Simón, Mateo y Bartolomé, se miran entre sí.

Jesús se levanta y a través de la ventana lo ve salir de la casa, con el manto puesto y lo llama con voz fuerte:

–                       ¡Judas, espérame! ¡Debo decirte una cosa!

Y sale detrás de Judas, que sigue caminando pero más despacio. Lo alcanza cerca de la valla del jardín.

Jesús toma a Judas del antebrazo y lo lleva hacia un bosquecillo que tiene plantas llenas de flores.

Jesús dice:

–                       ¿A dónde vas Judas? Te ruego que te quedes aquí.

Judas responde:

–                       Tú qué sabes todo, ¿Para qué me lo preguntas? ¿Qué necesidad tienes de preguntar, Tú que lees en el corazón de los hombres? Sabes qué voy a ver a mis amigos. No me das permiso de ir con ellos… Ellos me buscan. Voy.

1pharisee

–                       ¡Tus amigos! ¡Tú ruina querrás decir! A ella vas. ¡A tus verdaderos asesinos, vas! ¡No vayas, Judas! ¡No vayas! Vas a cometer un crimen. Tú…

–                       ¡Ah, tienes miedo! ¡Finalmente lo tienes! ¡Finalmente sientes que eres humano! ¡Qué eres un hombre! ¡No más que eso!…  Porque solamente el hombre tiene miedo de la muerte. Dios no, porque sabe que no puede morir. Si te sintieses Dios, sabrías que no puedes morir y no deberías tener miedo.

1-muerte

Porque Tú, ahora que sientes próxima la muerte; la temes como cualquier mortal y buscas evitarla por todos los medios. Y en todas las cosas ves un peligro. ¿Dónde está tu antigua audacia? ¿Dónde tus protestas de estar contento? ¿De estar sediento por realizar el sacrificio?

¡No hay ni un eco de ellos en tu corazón! Creías que nunca llegaría esta hora y por eso te hacías el fuerte, el generoso, decías cosas pomposas. ¡No eres menos que los que tachas de hipócritas!

¡Nos deslumbraste y nos has desilusionado! ¡A nosotros que por Ti dejamos todas las cosas! ¡A nosotros que por tu causa seremos objeto de odio! ¡Tú eres la causa de nuestra ruina!

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–                       ¡Basta! ¡Ve! ¡Ve! No han pasado muchas horas desde que tú me dijiste: “Ayúdame a quedarme. ¡Defiéndeme!” Lo he hecho y ¿De qué ha servido? Dime una sola cosa; pero antes de decírmela, reflexiona bien… ¿Realmente quieres ir con tus amigos? ¿Los prefieres a Mí? ¿Es ésta tu voluntad?

Judas lo mira desafiante:

–                       Sí. Lo es. No tengo necesidad de reflexionar, porque desde hace tiempo no tengo más que ésta voluntad.

–                       Entonces vete. Dios no hace fuerza a la voluntad el hombre.

Jesús le vuelve la espalda y regresa despacio hacia la casa.

Siente la mirada de Lázaro que lo ve desde la misma ventana, donde momentos antes El mirara salir a Judas. Y el pálido rostro de Jesús, se esfuerza por sonreír al amigo fiel…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

20.- Y SIN SALIDA…


Y efectivamente. La casa de Marco Aurelio estaba arreglada como para una boda. Con el verdor del mirto, la hiedra, las flores. Todo había sido preparado para una recepción regia.

Marco Aurelio se sintió tan mal por la resaca, que había seguido meticulosamente los consejos de Petronio y por eso mandó a Secundino a buscarla, llevando el permiso otorgado por el César.

Petronio le había dicho:

–           Ayer te vi y estabas borracho. Te comportaste con ella como un rufián. En el amor,  no solo hay que atacar la plaza, hay que conquistarla. No seas majadero y recuerda que el buen vino debe beberse poco a poco.

Sintiéndose en un estado deplorable, mientras bebió una pócima para mejorarse, sólo atinó a contestar:

–           Pasaron muchas cosas y ya no sé lo que sucedió, me siento muy indispuesto. Sólo dime que será lo mejor que debo hacer.

Petronio prosiguió implacable:

–           Entérate también de que es muy dulce el desear, pero es más dulce aún el ser deseado. Gánate su confianza. Sé magnánimo. Júrale por los hados que la devolverás a la casa de Publio y dependerá de ti el que mañana sea ella, la que prefiera quedarse aquí contigo…

Marco Aurelio recuerda todo esto y su corazón palpita intranquilo, bajo sus elegantes atavíos.

¡Oh, dioses inmortales! ¡Si tan solo no se hubiese embriagado, ya tendría a Alejandra en su casa! Se la hubiera llevado desde el mismo banquete…

¡Pero no!…

¡Oh! ¿Por qué tiene la desesperante sensación de haber cometido un terrible error?

¡Rayos! ¡Si tan sólo no le doliera tanto la cabeza!…

–           Ya deben haber salido de palacio.-pensó.

Se levantó y comenzó a pasear muy nervioso, lamentándose por haberle hecho caso a Petronio y no haber ido personalmente por ella.

Mientras tanto…

La comitiva viene recorriendo el Vicus de las Carenas. Las calles cercanas al palacio están casi desiertas, pero más adelante hay un movimiento inusual. Casi desde todas las calles, afluyen grupos de tres o de cuatro individuos, que se han ido agregando a la comitiva de la litera, mezclándose con los esclavos acompañantes.

Otros más numerosos vienen en dirección opuesta. Algunos se tambalean como si estuvieran borrachos y empieza a ser difícil avanzar.

Los esclavos gritan:

–           ¡Paso al noble tribuno Marco Aurelio Petronio!

Alexandra va notando a través de las cortinas como aumentan los transeúntes y en su corazón se alterna la esperanza y el miedo.

El mismo Secundino que al principio no receló nada, comienza a alarmarse, pues hay en todo aquello algo muy extraño.

Se dificulta cada vez más el paso de la litera. La multitud prácticamente la ha rodeado hasta el punto que Secundino se ve obligado a ordenar a los esclavos que rechacen a golpes a toda esa gente…

De pronto se oye un grito entre los que encabezan la comitiva y en un instante se apagaron todas las luces.

Y alrededor de la litera se produjo un movimiento de empuje, un tumulto, una lucha. Secundino comprende al punto que es un ataque y se llenó de miedo.

Todos saben que el César con una turba de servidores, acostumbra dar asaltos por sorpresa por pura diversión y quién sea que resulte responsable por defenderse, tiene pena de muerte aunque fuese senador.

En tales casos los guardias cuyo deber es velar por el orden en la ciudad, fingen ser sordos y ciegos.

El tumulto sigue alrededor de la litera.

Secundino trata de proteger a Alexandra, huyendo con ella y dejando a los demás entregados a su suerte.

Cuando la tomó en sus brazos en medio de la oscuridad, ella gritó:

–           ¡Bernabé! ¡Bernabé!

La joven viste de blanco y es fácil distinguirla.

Secundino acababa de cubrirla con su manto, cuando se sintió levantado por el cuello y luego se desplomó como si lo hubiese herido un rayo. Los esclavos en su mayor parte están derribados por el suelo, han escapado o se mantienen pegados a las murallas. En el lugar, solo ha quedado la litera completamente destrozada desde la primera embestida. Bernabé se llevó a Alexandra y sus camaradas le siguieron dispersándose gradualmente en el camino.

Más tarde…

Los esclavos llegan a la casa de Marco Aurelio con el cuerpo de Secundino. Se detienen a la entrada de la domus…  Deben dar cuenta a su amo de lo que sucedió.

–           Que lo declare Lucio, -dijeron en voz baja algunos- la sangre brota de su rostro, tanto como del nuestro y el amo lo quiere. Lucio corre menos peligro que cualquiera de nosotros.

Lucio, un antiguo esclavo galo que había criado a Marco Aurelio y había sido heredado a éste por su madre, dijo:

–           Yo se lo diré. Pero venid todos conmigo. No caiga solo sobre mi cabeza, la cólera del amo.

Mientras tanto en el triclinium, Marco Aurelio está ya completamente impaciente:

–      ¡Ya debían estar aquí! ¿Por qué no llegan?

De pronto se oyeron pasos en la entrada. Los esclavos se precipitaron al atrium y se detuvieron bruscamente. Levantaron los brazos, lamentándose.

Marco Aurelio corrió hacia ellos:

–           ¿Dónde está Alexandra? –preguntó con voz alterada.

Entonces Lucio se adelantó con el rostro ensangrentado y exclamó lastimero:

–          ¡Ved nuestra sangre señor! ¡Hemos luchado! ¡Algunos han muerto! ¡Luchamos por ella! ¡Ved nuestra sangre!

Pero no dijo más porque Marco Aurelio cogió una estatuilla de bronce y con un golpe, destrozó el cráneo del esclavo.

Luego se tomó con ambas manos la cabeza y se mesó los cabellos con desesperación. Se le puso cárdeno el rostro y ordenó que azotaran a los esclavos. Y en aquella casa engalanada para una fiesta, solo se escucharon los alaridos de dolor y el chasquido de los azotes. Pero los gemidos de los esclavos no calmaron ni su dolor, ni su cólera. Reunió a otro grupo de siervos y salió a buscar a Alexandra, en una pesquisa sin éxito. A su regreso ordenó que se llevaran el cadáver de Lucio, que nadie se había atrevido a tocar.

A los esclavos de cuyas manos Alexandra fue arrebatada, los envió a las prisiones rurales, castigo más terrible que la muerte. Luego se desplomó sobre una poltrona y se puso a planear los medios para encontrar y recuperar a Alexandra. Perderla, renunciar a ella, no verla nunca más… Le pareció imposible porque ya no podía vivir sin ella.  Estos pensamientos lo envolvieron en un loco frenesí. Por primera vez en su vida, la voluntad imperiosa del joven guerrero, encontraba la resistencia inquebrantable de otra voluntad. Y no podía comprender qué había sucedido, que lo hacía sentir tan impotente y hasta cierto punto derrotado, al ver tan contrariados sus deseos en lo que más había anhelado jamás.

Marco Aurelio habría preferido ver hundirse el mundo entero en ruinas, antes que ver fallidos sus propósitos. La copa de la felicidad le había sido arrebatada casi de los labios. Lo que le había ocurrido era algo tan inaudito, que además clama la más terrible de las venganzas.

Por momentos sentía una irritación tan grande contra la joven, que casi se aproximaba a la locura y sentía deseos de destruirla. Pero luego le atormentaba el ansia de volver a verla, de perderse en sus ojos. Y se sentía dispuesto a rendirse a sus pies y darle lo que ella le pidiera con tal de que volviese a su lado. Recordaba sus besos embriagadores…

Y finalmente lloró como un niño, al ver su sueño destruido.

Luego mil ideas descabelladas cruzaron por su mente: Tal vez Publio era el responsable de raptar a Alexandra y en todo caso. Él debía saber dónde encontrarla. Y se levantó bruscamente, dispuesto a ir a la casa de Publio. Pero un nuevo pensamiento le paralizó y le llenó de pavor: ¿Y si había sido el mismo César, quién se había apoderado de ella?… Todo mundo sabe que Nerón para disipar el tedio, hace incursiones nocturnas. Y en esos ataques se apodera de mujeres y las mantea en la capa de un soldado hasta que se desmayan.

El propio Nerón llama a estas expediciones ‘caza de perlas’ porque se han dado casos en que ha sido una verdadera perla de belleza y juventud. Entonces la rapta y la ‘perla’ es enviada a una de las casas de campo, donde se divierte con ellas. Y cuando se cansa, la cede a sus íntimos. ¿Y si fue esto lo que sucedió en el caso de Alexandra?… El César la miró en la fiesta y Marco Aurelio no tuvo la menor duda de que se dio cuenta, de que es infinitamente más hermosa que la misma Popea.

Petronio dice que Nerón es un cobarde para obrar abiertamente y comete sus crímenes en forma clandestina. ¿Y si no fue  el César? Entonces ¿Quién ha tenido el atrevimiento?… ¿Habrá sido el gigante de ojos azules que tuvo la osadía de sacarla del triclinium imperial y se la llevó de la fiesta en sus brazos?

¡NO! ¡Es imposible que un esclavo se atreva a tanto! El único capaz es el propio César. Si esto es lo que sucedió, Alexandra está perdida para él. Podría recuperarla de cualquiera, pero del César, ¡No! ¡Imposible!

La imaginación le presentó a Alexandra en brazos de Nerón…

Y por primera vez entendió que hay pensamientos imposibles de soportar dentro de la resistencia humana.

Y entonces comprendió en toda su plenitud, la magnitud y la intensidad de su amor por ella. Y recordó todas las escenas desde que la viera por primera vez, cada una de sus palabras, sus gestos, sus ademanes. La contempló en la fuente, en la fiesta. Volvió a sentir su calor, su perfume. La delicia de los besos que le diera en sus labios inocentes. Y le pareció cien veces más dulce, más hermosa, más deseable que nunca. Era la única mujer en todo el Universo. La elegida entre todos los mortales y las divinidades. Para él no existe nadie más que ella. La tiene metida en su mente, en su corazón, en su sangre y corre por todas las venas de su cuerpo. Alexandra es su vida, su todo, el único tesoro que desea poseer. Nada le importa más que ella.

El solo pensamiento de que Nerón pudiera poseerla, le hace sentir la muerte. No puede soportarlo, ¡NO! Por un momento teme volverse loco de dolor. Ya no puede vivir sin ella. Y un sentimiento de venganza se apoderó de él. Decidió ir al palacio y hablar con Actea. Y ordenó que tengan listo su Cisio.

Cuando llegó al arco de la entrada, el centurión lo recibió con una amable sonrisa.

–          Salve, noble tribuno. Si deseas presentar tus homenajes al César, no has venido en momento propicio. Es imposible que te sea permitido verle ahora.

Marco Aurelio preguntó sorprendido:

–           ¿Qué ha sucedido?

–          La Infanta Augusta enfermó repentinamente ayer. El César y la Augusta Popea, la están atendiendo, junto con los mejores médicos de la ciudad.

Ese es un suceso importante. Cuando nació esa hija, el César estaba loco de alegría.

Ama a esa niña con un amor sin límites. Y por esto, para Popea la niña le es doblemente preciosa, porque afirma su posición y aumenta su influencia sobre el emperador.

Marco Aurelio le contestó:

–           Solo deseo ver a Actea.

El centurión le hizo el saludo militar y le franqueó el paso.   Y entró al palacio.

Pero Actea estaba ocupada también cerca de la Infanta y Marco Aurelio tuvo que esperarla. Cuando regresó, la palidez de su rostro se intensificó al ver al tribuno.

–           ¡Actea! –Exclamó Marco Aurelio, tomándola de la mano- ¿Dónde está Alexandra?

–           Yo iba a preguntarte lo mismo.-contestó ella, mirándolo de frente y con una expresión de reproche.

Pero aun cuando Marco Aurelio se prometió a sí mismo conservar la calma, dijo con el rostro descompuesto por el dolor y la cólera:

–           ¡Me fue arrebatada en el camino a mi casa! ¡Oh, Actea! Si no deseas ser causante de infortunios que tú ni siquiera puedes imaginar, dime la verdad ¿Se apoderó de ella el César?

Actea contestó con firmeza:

–           El César no ha salido de Palacio.

–           Por la sombra de tu madre. Por todos los dioses, dime ¿Entonces Alexandra no está en el palacio?

–           Por la sombra de mi madre, Marco Aurelio; yo te lo aseguro que ella no está en el palacio y que no ha sido el César quién te la ha interceptado. La Infanta augusta está enferma desde ayer y Nerón no se ha movido de su cuna.

Marco Aurelio suspiró aliviado, esa amenaza desapareció. Se sentó en el banco y dijo con los puños apretados:

–           ¡Ah! Entonces ha sido Publio, el raptor. ¡Ay, de él!

–          Publio Quintiliano, estuvo aquí esta mañana y preguntó por Alexandra a Epafrodito y a otros sirvientes del César. Les dijo que regresaría para verme, porque yo estaba ocupada y no pude atenderlo.

Marco Aurelio ´levantó los puños y dijo con ira:

–           Desea alejar de sí las sospechas. Si no supiera lo que ha sucedido, habría ido a buscar a Alexandra a mi casa.

–           Dejó escritas unas palabras en una tablilla. Por ellas te darás cuenta que sabía que Alexandra había sido sacada de su casa por el César, a petición tuya y de Petronio. El esperaba que te la enviaran y esta mañana estuvo en tu casa, donde le participaron lo ocurrido.

Y le mostró a Marco Aurelio la tablilla que le dejara el general.

El tribuno leyó y guardó silencio. Actea adivinó los pensamientos que se ocultaban bajo su tétrico semblante y le dijo:

–           No, Marco Aurelio. Lo sucedido se ha verificado por voluntad de la misma Alexandra.

Marco Aurelio exclamó atónito:

–           ¡Entonces tú sabías que se proponía huir!

Actea le contestó un tanto severa y pausando las palabras:

–           Yo sabía que ella no sería nunca tu concubina.

–           ¿Y tú? ¿Qué fuiste tú durante toda tu vida?

Actea respiró profundo y contestó con serenidad:

–           Yo… Fui ante todo, una esclava.

Pero no por esto se calmó la cólera de Marco Aurelio. El César le había dado a Alexandra. La buscaría, la encontraría y dispondría de ella a su antojo. ¡Así lo haría en verdad! Ella sería su concubina. Se fue exaltando más y más.

Y Actea comprendió que eran su dolor y su ira las que en realidad hablaban. Pudo haber sentido compasión hacia él; pero le agotaron la paciencia los arranques del joven y le preguntó:

–           ¿A qué debo el honor de tu visita?

Marco Aurelio contestó:

–           Pensé que tú me podrías dar algunas respuestas. Alexandra al emprender la fuga se está oponiendo a la voluntad del César y voy a solicitar una orden para buscarla por todo el imperio, si es necesario. Petronio apoyará esta petición y el registro comenzará hoy mismo. Así tenga que hacer uso de todas las legiones, la encontraré dondequiera que se haya ocultado.

Actea le advirtió:

–           Ten cuidado. No vaya a suceder que la pierdas para siempre, por disposición del César, desde el momento en que la encuentres.

Marco Aurelio frunció el ceño:

–           ¿Qué quieres decir?

–           Escúchame Marco. Ayer Alexandra y yo estábamos en los jardines de Palacio. Allí encontramos a Popea con la Infanta Augusta que era conducida por una africana. Por la tarde se enfermó la niña y Coralia la nutriz sostiene que ha sido víctima de un hechizo y que la mujer extranjera con la que Popea habló, fue la causante del maleficio. Si la niña mejora, esto quedará olvidado. Pero en caso contrario, Popea será la primera en acusar a Alexandra de hechicería. Y dondequiera que la encuentre, no habrá salvación para ella.

Después de un momento de silencio en el cual Marco Aurelio asimila lo que Actea le ha dicho, exclamó:

–           Pero quién sabe si sea verdad que ha hechizado a la niña ¡Si me ha hechizado a mí!

–           Coralia repite que la niña empezó a llorar desde el momento que pasó frente a nosotras. Y realmente eso es lo que sucedió. Lo cierto es que ya estaba enferma cuando la sacaron a los jardines. Marco, puedes buscar a Alexandra donde y cuando te plazca. Pero hasta que no haya recuperado la salud la Infanta Augusta no hables de tu amada al César, si no quieres atraer sobre ella la venganza de Popea. Alexandra ha derramado bastantes lágrimas por causa tuya. Quiera Dios conservar su pobre cabeza, pues su vida pende de un hilo.

–           Tú la amas Actea. ¿Verdad? –preguntó Marco Aurelio con acento melancólico.

–           Sí. La amo. Es una criatura fácil de amar. –contestó Actea.

Y las lágrimas asomaron a sus ojos.

–           A ti no te ha correspondido con odio, como a mí.-dijo Marco Aurelio suspirando.

Actea lo miró con duda, antes de exclamar:

–           ¡Hombre necio, apasionado y ciego!…  ¡Ella te amaba!

Marco Aurelio dio un salto.

–           ¡No es cierto! –gritó con dolor- ¡Ella me aborrece!… ¿Por qué dices eso? ¿Acaso ella te confesó sus sentimientos con tan solo un día de conocerla? Y además ¿Qué clase de amor es ese qué prefiere la vida errante, los infortunios, la pobreza, la incertidumbre del mañana y hasta una muerte ignominiosa quizá… a todo lo que yo le ofrecí?…

Y continuó con un borbotón de frases apasionadas que reflejan toda impotencia de sus más caros e íntimos deseos:

Toda su persona la anhelaba. La esperaba con una casa engalanada para recibirla, él que deseaba servirla y la adora como a una diosa. Él, que estaba dispuesto a ser su esclavo si era preciso. Él, que era un amante apasionado que la esperaba con una fiesta… Mejor para él no darle crédito a lo que dice, porque está a punto de enloquecer. No habría cambiado a esa joven por todos los tesoros del César y ella había huido de él.

¿Qué clase de amor es ése que tiene al alcance la felicidad y busca el dolor? ¿Quién podría comprenderlo? Si no fuera por la esperanza que aún abriga de poder encontrarla, ya se habría arrojado sobre su espada.

Y concluye desesperado:

–          El amor rinde, no hace huir. Es verdad que en la casa de Publio hubo momentos prometedores de una felicidad increíblemente cercana; pero ahora estoy convencido de que ella me odiaba entonces, me odia ahora y morirá con el corazón impregnado de odio hacia mí.

Actea, que normalmente es apacible y tímida; al escucharlo exclamó con gran indignación:

–           ¡Cómo te atreves a hablar así! ¿Cómo trataste de conquistar a Alexandra? En vez de inclinarte ante Publio y Fabiola para obtenerla de su mano y convertirla en tu esposa; la arrancaste de sus padres adoptivos, valiéndote de la estratagema de un rufián. Tú no deseaste una esposa, sino una concubina. La humillaste. A la hija adoptiva de una casa honrada.

A la hija de un rey; la trajiste a esta morada de crimen y de infamia. Todavía más: La profanaste haciendo pasar ante sus ojos inocentes, el espectáculo de una fiesta vergonzosa. Y te comportaste con ella, como si fuese una libertina. ¿Acaso olvidaste cómo era la casa de Publio y de Fabiola? ¿No sabías cómo la educaron?…

¿No tienes el suficiente criterio para comprender que hay mujeres distintas a Lucrecia, a Leticia y a Julia Mesalina; a Popea y a todas las demás que acostumbran asistir a las orgías de este palacio? ¿Acaso no te percataste con solo mirarla, de que Alexandra es una pudorosa doncella, que prefiere la muerte a la deshonra? ¿Cómo sabes qué clase de Dios adora ella y si no es más puro y mejor que los que adoran las depravadas mujeres de Roma? ¡NO! ¡Ella no me hizo ninguna confesión de amor actual! Pero sí me dijo que era a ti a quién pensaba recurrir en busca de auxilio y que esperaba de ti que le obtuvieras el permiso para regresar a la casa de Publio.

Y Alexandra al expresarlo, se ruborizó como una virgen que ama y  confía. En el corazón de ella, había latidos consagrados a ti. Pero tú en cambio, la aterrorizaste y la ofendiste. ¡La indignaste tanto!… Bien puedes buscarla ahora, con la ayuda de los soldados del César, pero debes saber que si llega a morir la hija de Popea, las sospechas recaerán sobre Alexandra, cuya destrucción es inevitable.

Marco Aurelio miró asombrado a Actea.

La siempre dulce y apacible Actea le ha hablado con imperial enojo, le ha soltado todas sus verdades y parece una emperatriz más temible que la misma Popea.

La emoción de saberse amado por Alexandra le cayó como un rayo, en medio de su rabia y su dolor. ¡Amado por Alexandra! Saber esto le conmovió todas las fibras de su ser. La recordó con su rostro ruborizado y sus ojos radiantes. Y le pareció que fue cuando ella empezó a amarlo. Y esa sola idea fue como una fresca brisa que le invadió de felicidad. De una felicidad mayor de la que nunca había experimentado y ansiado, hasta ese momento. Pensó que la habría podido conquistar gradualmente, sabiendo que su amor era correspondido. Ella hubiera sido su esposa y hubiera sido suya para siempre. ¿Por qué no lo había hecho así? Al principio lo había pensado y estaba dispuesto a hacerlo…

Pero ella había huido y acaso fuera imposible encontrarla. Y si lo hace, con ello causará su muerte. Y ahora, ni ella, ni Publio, ni Fabiola, le brindarán una acogida favorable…

Entonces su cólera se volvió contra Petronio. Él era el culpable de todo. De no haber sido por él y por haber escuchado sus consejos, Alexandra no se hubiera visto obligada a la fuga. Ella ya hubiera sido su esposa y ningún peligro amenazaría su vida. Pero ahora ya es demasiado tarde y ya nada tiene remedio. Es demasiado tarde…

–           ¡Demasiado tarde! –repitió en voz alta. Y al decir esto sintió que un abismo se abrió a sus pies.

Actea, como un eco repitió:

–           ¡Demasiado tarde!

Y esta frase le sonó a Marco Aurelio como una sentencia de muerte. 

En eso entró en el atrium Fabiola.

Y Marco Aurelio se encontró frente a frente, con su rostro triste. Había venido para tener noticias de Alexandra. Al verlo, palideció y le dijo serena:

–           ¡Qué Dios te perdone Marco Aurelio, el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra! Y que te lleve a la Luz.

Él se mantuvo de pie con la cabeza inclinada, abrumado por un sentimiento de culpa y de infortunio. Se envolvió en su toga y salió de allí totalmente desconcertado y confundido. Avanzó por las inmensas galerías sumido en tormentosos pensamientos.

Ya no sabe cómo proceder. Por dónde empezar. Qué procedimiento seguir para remediar un mal que no tiene remedio. ¿Adónde acogerse? Una sola idea está fija en su mente: “O busca y encuentra a Alexandra. O algo funesto va a sucederle a él.” Sin comprender todavía lo que Dios debe o puede perdonarle. A su juicio, Fabiola no tiene razón para hablar de perdón. Debía clamar por venganza.

En el patio, en la galería; se ve una multitud de patricios y senadores pidiendo informes acerca de la salud de la infanta, para mostrarse en el Palatino y dar testimonio de su solicitud. Algunos notaron que viene del interior del palacio y le preguntan por la ‘divinidad’. Pero él apresura el paso sin contestar a nadie.

Hasta que Petronio, que viene con el mismo propósito, casi se estrelló con el pecho de Marco Aurelio al detenerlo.

A Petronio le salvó el que el joven viniese tan trastornado al separarse de Actea. Se siente tan deprimido y exhausto que hasta su ira se esfumó. Empujó a Petronio a un lado e intentó seguir su camino.

Pero el dramaturgo lo detuvo casi por la fuerza y preguntó:

–           ¿Cómo está la divina Infanta?

Marco Aurelio se irritó violentamente y contestó muy indignado:

–           ¡Qué los hados se la traguen a ella y a toda esta casa!

–          ¡Silencio, desgraciado! –exclamó Petronio mirando asustado a su alrededor y deseando que nadie hubiese oído. Y tomándolo del brazo para alejarlo, agregó precipitadamente: -Si quieres saber de Alexandra, ven conmigo. Aquí no te diré nada.

Le pasó el brazo por la espalda del joven tribuno. Le llevó afuera del palacio lo más rápido que pudo. En realidad no tenía noticias que darle. Pero a pesar de su disgusto, ama a su sobrino y se siente responsable por todo lo que ha  ocurrido.

Cuando entraron a la litera le dijo:

–           He ordenado a mis esclavos que vigilen todas las puertas de la ciudad. Si Publio y Fabiola intentan ocultarla, también he tomado mis providencias y pronto sabremos en donde está. Y empezaremos a buscarla hoy mismo por toda Roma.

Marco Aurelio le dijo muy deprimido:

–           Publio no sabe en dónde está.

–           ¿Cómo lo sabes?

–           He visto a Fabiola. Ella también la busca.

Petronio exhaló profundamente y contestó:

–          Ha sido una suerte para ti que el César no te la quitara. Estoy al tanto de todos los secretos del palacio.

Pero Marco Aurelio soltó un torrente de quejas, más doloridas que enconadas. Y con su voz quebrantada le refirió a Petronio su conversación con Actea, notificándole los nuevos peligros que amenazan a Alexandra. Peligros tan terribles que va a ser necesario ocultarla a todas las pesquisas de Popea, en el caso de que la encuentren. Él ya no puede vivir sin ella. Luego hizo a Petronio amargos reproches por los consejos que le había dado. De no ser por él, todo sería muy diferente. A medida que le fue relatando, ya no pudo contenerse y lloró amargamente de dolor y de cólera.

Petronio está atónito. Él jamás hubiera imaginado que Marco Aurelio estuviera enamorado hasta ese grado de desesperación. Y ve las lágrimas del valiente soldado con admiración y cierta envidia.

Cuando llegaron a la casa, el mayordomo les dijo que los esclavos enviados a las puertas no habían regresado y se les había enviado alimentos para que permanezcan vigilantes.

Petronio se volvió hacia su sobrino:

–           ¿Ya lo ves? Están en Roma. Los encontraremos. Pero es necesario que órdenes a tu gente, que también ellos vigilen. Envía los mismos esclavos que fueron a buscarla antes, porque la reconocerán más fácilmente.

Marco Aurelio suspira con desaliento, pero contesta:

–           Revocaré las órdenes que di, de enviarlos a las prisiones rurales y los enviaré a las puertas.

Escribió sobre una tablilla y Petronio la envió al punto, a la casa de Marco Aurelio. Luego pasaron al pórtico interior, se sentaron en una banca y empezaron a conversar. Aurora, la de los cabellos dorados; les escanció sendas copas de vino de unas jarras que son unas primorosas obras de arte.

Petronio preguntó:

–           ¿Hay entre tus siervos alguno que conozca a ese gigantesco parto?

Marco Aurelio contestó:

–          Secundino y Lucio lo conocían. Pero Secundino cayó al pie de la litera y a Lucio lo maté yo.

–           Lo siento. Lucio como a ti, también me llevó a mí en los brazos.

–          Pensaba manumitirlo… Pero ya no hablemos de él. Mejor dime como hallaremos a Alexandra. Roma es…

–           Por supuesto que no será fácil y tal vez tardemos un poco. Pero lo seguro es que la encontraremos. Tú acabas de acusarme de haberte aconsejado el procedimiento. Pero éste en sí era bueno. Solo fue malo cuando se arruinó. Tú oíste decir al mismo Publio que pensaba retirarse a Sicilia con todos los suyos. Y en ese caso la joven también estaría lejos de ti.

–           Yo los habría seguido y ella estaría fuera de peligro. Pero ahora, si esa niña muere, Popea creerá que ha sido culpa de Alexandra.

–           Cierto. Y eso me alarma a mí también. –Petronio reflexionó unos momentos y agregó- se dice que Popea sigue la religión de los judíos y cree en espíritus malignos. El César es supersticioso. Si hacemos correr el rumor de que los espíritus arrebataron a Alexandra, esa noticia será creída. Especialmente porque ni César, ni Publio la han interceptado. Su fuga ha sido realmente misteriosa. Ese parto no pudo haberla efectuado solo y ¿Cómo puede un esclavo reunir tantos cooperadores en un solo día?

–           Los esclavos se auxilian mutuamente en Roma.

–           Sí, pero algunos pagan eso con la vida. Es verdad que se ayudan recíprocamente, pero no unos contra otros. Y en este caso sabían que la responsabilidad y el castigo caerían sobre los suyos. Por eso es muy improbable que haya sucedido así.

Después de reflexionar un momento, Marco Aurelio preguntó:

–           Bernabé no pudo hacerlo solo. Entonces ¿Quién lo ayudó?

Petronio contestó:

–           Sus correligionarios.

–           ¿Quiénes son?

–           ¿Cuál es la deidad que ella adora?

–           No lo sé.

–           Habrá que averiguarlo…  

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA