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26.- TRÁNSITO DE MARÍA


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El sol luce todo su esplendor en una cálida tarde veraniega. Los pajarillos llenan con sus trinos el huerto de la casa del Getsemaní. En la habitación situada en la terraza, se encuentra María vestida totalmente de blanco; está doblando y ordenando sus vestidos y los de Jesús.

Los mira detenidamente, se sumerge en sus recuerdos y los besa; luego los dobla y los apila sobre una mesa. Son: una túnica de lino que Jesús acostumbraba llevar en los días veraniegos; un manto azul con el que lucía regio cuando predicaba y el manto encontrado en el Huerto de Getsemaní, que todavía conserva las manchas con la sangre brotada con el Sudor Sanguíneo de aquella Hora Tremenda.

También los vestidos que ella llevaba el Viernes Santo en el Calvario y que también están ensangrentados, por el momento cuando recibió el Cuerpo Santísimo de su Hijo al pie de la Cruz.

Cuando termina de seleccionar y doblar, se dirige hacia el cofre donde guarda las reliquias de la Última Cena y de la Pasión y coloca también allí, las prendas seleccionadas. Acaricia todos los objetos y luego cierra el baúl. Todavía no ha sacado la llave de la cerradura, cuando escucha una voz grave…

Es Juan diciendo:

–           ¿Qué haces, Madre?

María contesta:

–           He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo  constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos.

Juan se acerca y pregunta:

–           ¿Por qué Madre, quieres volver a abrir las heridas de tu corazón viendo de nuevo estas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla.

–           ¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… Que en realidad, jamás se han cerrado del todo. También la paz  y el gozo están en mí. Y nunca como ahora, habían sido tan completos.

–           ¡Nunca como ahora! No comprendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…

CALVARIO

Y por esto debería sufrir más, quieres decir. Y humanamente, tienes razón. Pero no es así. Estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de Él. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre, eran actos de obediencia a la Voluntad divina y por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí.

Yo sufría cuando Jesús partía.

¡Claro! Me sentía sola. El dolor que sufrí cuando, siendo niño, me dejó por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad. Fuera de la pregunta que como madre tuve que hacerle, no le dije nada más. Y tampoco lo retuve cuando me dejó para convertirse en el Maestro. Y ya había enviudado de José y estaba sola en una ciudad que fuera de algunas personas, no me quería.

Y no me sorprendió su respuesta en el banquete de las bodas de Caná. Él cumplía con la voluntad del Padre, yo lo dejaba libre para hacerla. Podía elevar una súplica, dar un consejo. Consejo a sus discípulos. Una súplica por algún desdichado. Pero más, no. Sufría cuando me dejaba para ir al mundo, a este mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en medio de él era un sufrimiento. ¡Pero, cuánta alegría cuando regresaba! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete, el dolor de la separación.

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Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿Con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta cuando mi vida terrenal termine. Ahora soy feliz como en otro tiempo padecí; porque presiento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celestial, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que como mi Jesús, haya cumplido lo que tenía que realizar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría, la única gota de bálsamo que Jesús tuvo en sus amarguísimos, finales y últimos atroces sufrimientos, cuando pudo decir: “Todo está consumado”.

–           ¿Alegría de Jesús? ¿En aquella hora?

–           Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa luz.

Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, unida a Él, por mi entrega al Padre, no comprendí entonces. La Luz se había apagado para el mundo en aquella hora. Para el mundo que no había querido aceptarla. Y también se apagó para mí. No por un justo castigo, sino porque siendo Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, las tinieblas, la desolación, las tentaciones de Satanás, que me gritaban que no era posible creer en lo que Él había dicho.

En todo lo que Él padeció en el espíritu desde el Jueves hasta el Viernes. Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, final alegría de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”.

Crucificado

Yo también he cumplido todo lo que, ab aeterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. La Iglesia actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica. Mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más. Y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan.

Dios está contento de ello y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección. Lo mismo en número de cristianos y en una doctrina poderosa. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor. Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites.

Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”.

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La Iglesia para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas y de la misma manera, no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril. Y raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión.

Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde ésta hasta la Redención. De la Redención a la fundación de la Iglesia y finalmente, de ésta hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…

Juan la interrumpe diciendo:

–           También los otros aman y se aman».

–           Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como cualquier ser humano la tiene.  Entre los Doce, tú fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Ciertamente por ser tan puro amas tanto.

–           ¿Y Pedro?

–           Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano, Andrés, tímido y callado. Santiago tu hermano, impulsivo; tanto que Jesús lo llamó hijo del trueno. El otro Santiago primo de Jesús, fue justo y heroico. Judas de Alfeo su hermano, noble y leal en todas las circunstancias. La descendencia de David era evidente en él. Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón el Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido.

Y Judas de Keriot… ¡Ay!, La oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor y fue el satánico embustero, siempre.

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Pero tú todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío: Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo.

Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello. Los profetas estaban presentes en mi mente y sus palabras, la luz divina me las hacía clarísimas. Por tanto, desde mi primer “fiat” al Ángel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer.

Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es para cualquiera que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia lo alto, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende. Transformando y convirtiendo en sí  a todos los que ciñe en su abrazo. Sí, el amor es realmente llama. Es llama que destruyendo todo lo más despreciable; lo convierte en un espíritu purificado y digno del Cielo.

¡Cuántos hombres deshechos, sucios, asquerosos encontraréis en vuestro sendero de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie lo amó nunca o lo amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vuelva a habitarlos después de la purificación, esos templos que muchas cosas hicieron vacíos y sucios. Dios para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta.

Luego infundiendo en ella su aliento, esto es, su amor; elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios. Mi Hijo en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. A1 contrario, con amor los recogió y acogió y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como Él actuó.

Recordad todos los hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas y ponedlas en práctica.

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Escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad. Pero escribid de ellas, cuantas más podáis. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios.

Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban, Santiago, mi Santiago y otros más…

Cuando estés solo, salva esta arca…

Juan palidece más de lo que ya estaba cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando:

–           ¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?

–           No.

–           ¿Entonces es que quieres dejarme?

–           No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate Juan mío, a estar solo.

–           ¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…

–           No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que…Sí. Pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no. Y está sujeta como todo cuerpo humano, a la muerte.

–           ¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!

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Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió!…  Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero morir, moriré. Y además has de saber hijo mío, que si tengo un deseo entero y solamente mío y que permanece desde que Él me dejó, es precisamente éste. Éste es el primero, intenso deseo del todo mío. Es más, puedo decir: la primera voluntad mía.

Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina. Voluntad de Dios, puesta por Él mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía.

¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo desde hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad. ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz; no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos.

Ya no soy la hebrea, sino la cristiana. La primera cristiana, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí. Porque fui su primera discípula, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos. Ningún ser humano, excepto mi padre, mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo.

Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… Ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero, ¿por qué lloras, Juan?

–           Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!

–           Resistirás. Dios te ayudará a vivir y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo; habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos.

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¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven. Para ti, cristiana; para ti, la Purísima que -estoy seguro de ello- no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, deificado como ningún otro, por no haber tenido Pecado original y más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo. Por lo cual tú eres la más auténtica reliquia suya, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…

María mira la cara desencajada y bañada de lágrimas del apóstol y dice:

–           ¡No sigas llorando!  Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!

–           Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un torbellino de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eres mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos de sangre y de misión están lejos, incluido el queridísimo Marziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo y en medio de la más fuerte tempestad!

Juan cae a sus pies, sollozando más fuerte.

María se inclina hacia él y le pone una mano sobre la cabeza sacudida por los sollozos y le dice:

–           No. Así no. ¿Por qué me haces sufrir? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡Y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡¿Tan fuerte, tan consolador para Él y para mí, en aquel momento…!? Y hoy en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, ¡¿Te turbas de esta manera?!

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Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve movimiento, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡Es tan dulce este murmullo, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida.

Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina. Y si no vinieron a mí, porque el Rey de ellos había venido dónde estaba yo en canto resucitó, se aparecieron a las pías mujeres en el amanecer del primer día después del sábado y les ordenaron que dijeran a ti y a Pedro lo que debíais hacer. Ángeles y luz siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que descendiendo del trono de Dios a mí, su sierva y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse. Y también para crear un velo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran, antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de la Encarnación.

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También en este atardecer siento aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando lo di al mundo. Luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté del Cielo antes del tiempo, al Verbo para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu para cantar eternamente con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero “Magníficat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva.

–           No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo aunque veladamente de ti Tobit, (Tobías 13, 13-18) porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima.

–           Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene; incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan. Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu. No temáis. Amad y no temáis.

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En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios… Y obtiene del Omnipotente lo que desea.

Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!

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Juan que escuchando a María se había calmado un poco aunque permanecía turbado y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él; palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima…

Acude a ella para sujetarla mientras exclama:

–           ¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como diamante colocado frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa.

Y amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse el manto. Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor con sus párpados.

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María dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

–           Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel. Y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo, lo cual observa María con una sonrisa, diciendo:

–           ¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús! – entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. (En la “neovulgata” se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1-3; Salmo 39, 1-8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24) Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 a146; por último, entona el Magníficat.

Pero llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, serena, como si no hubiera advertido el cese de la vida.

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Juan, con un grito de desgarro se arroja al suelo, contra la orilla del lecho y llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que en su cuerpo ya no existe el alma vital. ¡Pero, claro, tiene que rendirse a la evidencia! Se inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho.

Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.

Pasado el primer ímpetu de dolor Juan, recordando el deseo de María recoge los extremos del amplio manto de lino y los del velo y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza.

María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago.

Juan la contempla durante largo tiempo y mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.

Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja sólo la cama; la pequeña mesa contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María y una repisa sobre la que está la lamparita que Juan ha encendido porque ya va llegando la noche.

Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

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Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice (haciendo referencia al Cantar de los Cantares 2, 1-2; Eclesiástico 24, 14-17; Salmo 104, 13-15):

–           Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, via fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas.

Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez.

El segundo es que tú; de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que entonces obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo. ¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no.

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Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí a tu lado, hasta que Dios o con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino.

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo junto al lecho la lamparita y contempla orando, a María yacente.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

148.- PRIMER MONASTERIO


01

Jesús ha regresado a Jericó. Lo rodea la gente de toda la ciudad. Zaqueo trata de acercarse y es una empresa casi imposible.

Jesús premia su constancia y grita:

–                       ¡Zaqueo, acércate a Mí! Dejadlo pasar, porque quiero entrar a su casa.

Hay que obedecer. La multitud se apretuja para dejar pasar a Zaqueo.

Jesús, con su hermosa sonrisa le dice:

–                       La paz sea contigo, Zaqueo. Acércate para que te dé el beso de paz. Lo has merecido.

Zaqueo contesta:

–                       ¡Oh, sí Señor! bien que me lo he merecido. ¡Qué difícil es llegar hasta Ti!

Jesús lo besa y dice:

–                            No te premio por esta fatiga; sino por las otras que los demás ignoran y que Yo conozco. Tienes razón. Es difícil llegar a Mí. Pero no es la multitud el único obstáculo. Ni siquiera el más insuperable.

¡Oh, pueblo que me has traído en triunfo! El obstáculo más difícil, el más compacto, el más duro de romperse, es el propio ‘yo’. He visto a un pecador convertido. A uno que fue duro de corazón. Que fue amante de comodidades, soberbio, vanidoso, lujurioso y avaro. Y lo he visto despojarse de su antiguo ‘yo’ aún en las cosas menores. Y tomar modales y afectos como los que lo empujaron a correr a su Salvador, que le dieron ánimos para llegar hasta Él; suplicar humildemente, oír pullas y aceptar los reproches con paciencia. Que sufrió en su cuerpo los golpes de la gente. En el corazón al verse rechazado y arrojado por todos, sin poder conseguir siquiera una mirada mía. Otras cosas vi en él. Cosas que también vosotros conocéis; pero que no queréis contar con ellas, para encontrar consuelo.

2pueblo

Diréis: ‘¿Y cómo las conoces Tú, si no vives entre nosotros?’ Os respondo: porque leo en el corazón de los hombres. Por eso no ignoro sus acciones y sé ser justo en premiar, en proporción del camino hecho para llegar a Mí. Y como no ignoraba las obras de Zaqueo; sus pensamientos, sus fatigas;  así tampoco ignoraba que en muchos de esta ciudad que me habían aclamado, había más bien un amor sensible que espiritual.

Si me hubierais amado rectamente; hubierais sido compasivos con vuestro conciudadano. No lo habríais mortificado recordándole su pasado, que él ha borrado y que Dios ya no recuerda. Porque el perdón no se pierde a no ser que la creatura vuelva a pecar. Y si lo juzga otra vez, es por el nuevo pecado. No por el que ya ha sido perdonado. Ahora os digo y procurad meditarlo en las horas de la noche, que el amarme en verdad no consiste en aclamarme; sino en hacer lo que Yo hago y enseño.

3JesusZaqueoB (1)

En practicar el amor mutuo. En ser humildes y misericordiosos, recordando que sois de un mismo lodo, en lo que se refiere a la parte material. Que el polvo se puede convertir en pantano y el espíritu que no ha conocido derrotas, el día de mañana podría conocerlas en número y alcance peor, que las de aquel viejo pecador que había renacido a la Gracia. Mañana os hablaré. Por ahora basta. Ven Zaqueo.

Zaqueo contesta:

–                       Sí, Señor mío. Ya no tengo más que a un viejo criado. Y yo mismo abro la puerta, con mi corazón emocionado por tu infinita bondad.

Abierto el cancel, hace que pasen Jesús y los apóstoles. Y los guía a las habitaciones, pasando por el jardín que ahora es hortaliza.

La casa está limpia de todo lo superfluo.

Zaqueo prende una lámpara y llama al siervo:

–                       El Maestro está aquí. Cena aquí y dormirá aquí con los suyos. ¿Preparaste todo como te dije?

El siervo contesta:

–                       Sí. Todo está preparado.

–                       Entonces cámbiate de vestido y ve a llamar a los que sabes.

–                       Voy patrón. –se vuelve hacia Jesús y agrega- ¡Bendito seas Maestro, porque ya puedo morir contento!  -y se va.

Zaqueo dice a Jesús:

–                       Es el siervo que tenía mi padre y que se ha quedado conmigo. A todos los demás, los licencié. Lo quiero mucho. Fue la voz que jamás se calló cuando yo pecaba y por eso yo lo maltrataba. Ahora después de Ti, es el que más amo.

copero

Llegan los amigos de Zaqueo y les dice:

–                       Venid amigos, allí hay fuego. Y todo cuanto puede dar descanso a vuestros cansados y helados cuerpos. Tú Maestro, ven.

Lo lleva a su propia habitación. Hecha agua hirviente en una jarra, quita las sandalias a Jesús y le lava los pies. Se los besa y antes de ponerle otra vez las sandalias, se pone el pie desnudo sobre el cuello, diciendo:

–                       ¡Así! ¡Para que arrojes los restos del viejo Zaqueo!

Se levanta y mira a Jesús con una sonrisa humilde y lágrimas en los ojos.

Hace un gesto para señalar todo el ambiente que lo rodea y dice:

–                       He cambiado todo. He dejado que sobreviviese el recuerdo de mi conversión en estas paredes desnudas. En este lecho duro. Lo demás lo vendí porque me quedé sin dinero y quería hacer el bien. siéntate, Maestro…

Jesús se sienta sobre un banco de madera. Y Zaqueo a sus pies. Sentado en el piso…

caridad

Zaqueo continúa hablando:

–                       Tú me enseñaste a amarlos verdaderamente. Antes eran mis cómplices en el vicio, pero no los amaba. Ahora los reprendo y los amo. Porque sé cuán dulce es la paz que proviene del hecho de ser perdonados, redimidos, renovados… esto también lo quise para ellos. Los busqué. ¡Qué fatigas! ¡Al principio fue una cosa muy dura! Los he hospedado hasta que acepten el nuevo yugo. Muchos ya se circuncidaron. Pero yo no los obligo. Extiendo mis brazos al abrazar las miserias; yo, que de ellos no puedo tener asco. Quisiera dar a todos ellos lo que Tú quieres dar: la alegría de no tener remordimientos. La paz de estar sin pecado. Dime ahora Señor mío, si me he atrevido a mucho…

5zaqueo

–                       Has hecho bien, Zaqueo. También les has dado la alegría de ser ciudadanos de mi Reino Celestial. No ignoraba tus obras. Te seguía por el camino arduo, pero glorioso de la Caridad. Porque esto es caridad y muy digna de alabanza. Tú has comprendido la palabra  del Reino. Pocos lo han logrado, porque sobrevive en ellos la antigua concepción y convicción de ser ya santos y doctos. Tú después de haber arrancado de tu corazón el pasado, quedaste vacío y has querido poner dentro de ti las palabras nuevas, lo futuro, lo eterno. Continúa así, Zaqueo…

–                       ¿Apruebas todo, Señor?

–                       Todo, Zaqueo.

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–                       ¿Sabes Señor, que tus enemigos asueldan hasta ladrones, la hez de pueblo, para tener secuaces prontos, para infundir miedo e imponerse sobre los demás?… Lo supe por uno de mis pobres hermanos… ¡Eh! ¡Cuantas veces los verdaderos culpables son los que parece que no cometen ningún mal! Me explicó como y el porqué se había hecho ladrón… Le dije: ‘No robes. Si tienes hambre, pan no te faltará. Te buscaré un trabajo honrado. Como todavía no has cometido ningún homicidio, detente. Sálvate.’

Lo persuadí. Me dijo que se había quedado solo, porque los otros habían sido comprados con mucho dinero, por los que te odian y ahora están listos para fomentar motines, diciendo que son partidarios tuyos, para escandalizar al pueblo. ¿Qué intentan hacer, Señor?

6AY+DE+VOSOTROS+ESCRIBAS+Y+FARISEOS

–                       Josué pudo detener el Sol. Pero éstos a pesar de lo que hagan; no podrán detener jamás la Voluntad de Dios.

–                       ¡Tienen dinero, Señor! El Templo es rico y usan el oro que se ofrece en el Templo, para que triunfen sus empresas.

–                       No tienen nada. ¡La Fuerza es mía! Su edificio caerá, como hojas secas en el Otoño, no tengas miedo, Zaqueo. Tu Jesús será Jesús.

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–                       Dios lo quiera, Señor. Nos llaman. Vamos…

Después de al comida están todos sentados en la sala que había sido muy bella  y lujosa. Y que ahora es solo ancha y austera.

Zaqueo habla de una quinta de labranza, comprada con el dinero con el que todos contribuyeron…

Y dice:

–                       ¡Debíamos hacer algo! La ociosidad no es buena medicina para evitar el pecado. La quinta no es un lugar fértil, porque se le descuidó. Nique nos prestó a sus campesinos, para que nos enseñen como abrir los pozos descuidados; a limpiar los campos;  a podar los árboles que había y a plantar nuevos.

Conocíamos muchas cosas, pero no las santas obras del hombre. En este trabajo que es nuevo para nosotros, encontramos una vida realmente nueva. A nuestro alrededor nada nos recuerda el pasado, tan solo la conciencia; pero está bien, somos pecadores. ¿Quieres venir a verlos?

8huerto-abril

–                       Cuando salgamos para ir al Jordán, me detendré en ese lugar. Me has dicho que está situado, sobre el camino que lleva al río…

–                       Así es, Maestro. Está feo. La casa se está cayendo. No tenemos nada de muebles. No tuvimos dinero para tanto…  Tal vez cuando hayamos reparado nuestros crímenes contra el prójimo. Fuera de Démetes, Valente y Leví, que están demasiado viejos para ciertas privaciones y que duermen aquí, los demás se han acostumbrado a dormir en el heno, Señor.

–                       Muchas veces ni eso tengo. También Yo dormiré en el heno, Zaqueo. Dormí en él mis primeros sueños y fueron dulcísimos, porque el amor los cubrió. Puedo dormir allí y no me molestará; porque estaré en medio de hombres en quienes ha resucitado la buena voluntad.

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Y Jesús mira con unos ojos que son una caricia a estas primeras flores de redimidos de varios países. Son quince… y ellos lo miran.

No son hombres que lloren fácilmente, ¡Sólo Dios sabe cuantas lágrimas hicieron derramar! Y sin embargo sus caras se iluminan con una luz de esperanza sobrenatural, al oír que el Maestro les dice palabras alentadoras.

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Zaqueo continúa hablando:

–                       ¿Entonces apruebas todo lo que hemos hecho? Mira Maestro, te había dicho ‘te seguiré’ y quería realizarlo. Pero esa misma tarde, Démetes, por uno de esos infames negocios que tenía, vino porque necesitaba dinero. Yo no tenía. Te lo había dado todo. Y le dije: ‘No tengo dinero. Pero tengo algo que vale más que un tesoro.’ Le conté mi conversión. Tus palabras. La paz que tenía yo dentro de mí…

Hablé mucho. Al final, él dio un puñetazo sobre la mesa y exclamó: “Mercurio a perdido un secuaz y los sátiros un compañero. Tómame contigo. Haré lo que hiciste. Quiero oler perfume y no más hedores nauseabundos.”

Mercurio-Hermes

Y se quedó. Y a los que les di la mano en el Mal y que tal vez pecaron por mis consejos, los busqué para ayudarlos para atraerlos al bien. Y así como he restituido a los que hice mal, he buscado reparar con ellos y han hablado conmigo. No todos han sido como Démetes. Algunos huyeron, después de injuriarme. Otros se han andado por las ramas y evadieron comprometerse. Otros se estuvieron un poco de tiempo, pero luego regresaron a su infierno.  Estos se quedaron.

Pienso que debo seguirte de este modo. Que debemos seguirte, luchando contra nosotros mismos; soportando los desprecios del mundo, que no sabe perdonarnos. Cuando vemos que el no nos perdona; lágrimas secretas brotan del corazón. Así como cuando vuelven los recuerdos, muchos de los cuales nos afligen. Algunos de ellos son…

Démetes interviene agregando:

–                       La terrible Némesis que nos echa en cara nuestros crímenes y que nos dice que en ultratumba se vengará de nosotros.

Y empiezan a hablar acusándose, todos los demás:

Leonel:

–                       Las maldiciones de los que convertí en esclavos, después de haberles arrebatado lo que tenían.

_dismas (2)

Anastasio:

–                       Las lágrimas de mi madre, de mi esposa, de mis hijos; muertos de hambre. Mientras yo derrochaba todo en banquetes y mujeres.

Heliodoro:

–                       Las súplicas de las viudas y huérfanos que no podían pagar y a los que secuestré sus últimas cosas, en nombre de la Ley.

Lucio:

–                       Los lamentos de los que ya desvanecidos, golpee para hacerlos trabajar.

Valente:

–                       Las horribles cosas cometidas en los países conquistados y aterrorizados después de la batalla.

Dios es amor

Adriano:

–                     Son nuestros pecados… ¡Oh! ¡Mis crímenes no tienen Nombre! No tengo sangre en las manos, pero disfruté de todas las miserias de las inocentes jovenzuelas de los derrotados. De las huérfanas. De las vendidas como mercancía, por un pedazo de pan. Caminé detrás de los ejércitos buscando doncellas sin protección y las convertí en mercancía infame. Por mis manos pasó la virginidad de las jovencitas. La honra de jóvenes esposas; cuando las ciudades eran conquistadas. Mis lupanares eran célebres… Señor, no me maldigas, ahora que sabes…

mercado esclavas

Los apóstoles se apartan del último que habló.

Jesús se levanta y se le acerca…

Le pone la mano en la espalda y le dice:

–                       Es verdad. Tu crimen ha sido grande. Tienes mucho que reparar. Pero Yo la Misericordia; te aseguro que aunque fueras el mismo demonio y hubieses cometido todos los crímenes de la Tierra; si tú quieres, puedes reparar todo. Y Dios te perdonará, porque es como un Padre.

sacredheartjesus

Si tú quieres, une tu voluntad a la mía. También Yo quiero que seas perdonado. Únete a Mí. Dame tu pobre corazón destruido; plagado de cicatrices y de abatimiento; después de que dejaste el Pecado.  Lo pondré en mi Corazón… donde pongo a los más grandes pecadores  y lo llevaré conmigo al Sacrificio Redentor.

2scLa Sangre más Santa. La que
manará de mi Corazón. Las últimas gotas de Sangre de la Víctima por los hombres;
se esparcirá sobre las peores piltrafas humanas y las regenerará. Ten
esperanza. Una esperanza mucho mayor que tus grandes crímenes; fundada en la
Misericordia de Dios, porque es ilimitada para quien en ella sabe confiar.
sagrado-corazon-lindo

El pecador siente deseos de tomar y besar la mano de Jesús pero no se atreve.

Jesús lo comprende y extiende su mano pálida y ascética.

Y dice:

–                       Bésame la palma. Ese beso me aliviará de una tortura. Mano besada, mano herida. Herida por amor. ¡Oh! ¡Si todos supiesen besar a la Gran Víctima! y que Ella muriera cubierta de llagas, sabiendo que en cada una están los besos y está el amor de todos los hombres redimidos…

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Y empuja su mano contra los labios del romano arrepentido. Y la conserva así hasta que el antiguo pecador se separa como saciado de haber bebido la Misericordia, de haber apagado sus remordimientos…

Jesús regresa a su lugar y al pasar pone la mano sobre la cabeza rizada de un joven hebreo que no tiene más de veinte años.

Le pregunta:

–                       ¿Y tú hijo mío, no tienes nada que decir a tu Salvador?

El joven levanta la cabeza y lo mira… es una mirada que revela una historia de dolor, de odio, de arrepentimiento, de amor.

Jesús le mira fijamente y el joven hace lo mismo…

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Jesús lee una historia muda y dice:

–                       Por eso te llamé ‘hijo’. Ya no estás solo. Perdona a todos los de tu raza y a los extranjeros como Dios perdona. Ama el Amor que te ha salvado. Ven un momento conmigo. Quiero decirte una palabra aparte.

El joven se levanta y lo sigue. Cuando están solos…

Jesús le dice:

–                       El Señor te ha amado mucho, aunque a primera vista no lo parezca. La vida te ha probado mucho. Los hombres te han hecho mucho daño. Ambos  habrían podido convertirte en una ruina irreparable. Detrás de ellos estaba Satanás, envidioso de tu alma.

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Dios los contuvo y puso a Zaqueo en tu camino y con él a Mí, que te estoy hablando. Ahora te digo que debes encontrar en este amor, todo lo que no has tenido. Y debes olvidar todo lo que te ha herido. Perdona a tu madre. Perdona al patrón infame. Perdónate a ti mismo. No te odies así, hijo. Odia el tiempo que estuviste cometiendo pecados. Pero no a tu corazón que ha decidido no pecar más. Que tus pensamientos sean buenos amigos de tu corazón y que juntos lleguen a la perfección.

–                       ¿Perfecto yo?

–                       ¿Oíste lo que dije a ese hombre? ¡También él estuvo en el fondo del Abismo! ¡Gracias hijo!…

–                       ¿De qué, Señor mío? ¡Soy yo quién debo darte las gracias!

–                       De que no hayas querido ir con quién compra hombres para traicionarme…_dismas (1)

–                       ¡Oh, Señor! ¿Crees que lo iba a hacer cuando sé que no desprecias ni siquiera a los ladrones? Uno de los que está ahora en poder de los romanos, me refirió tus palabras en un valle cerca de Modín. Pero no he hecho nada que merezca tu gratitud. Tú eres bueno. También yo quiero serlo. Y avisar a un amigo tuyo, ¿Puedo llamar así a Zaqueo?

–                       Puedes. Todos los que me aman son mis amigos. También tú…

–                       ¡Oh! Se lo dije para que te protegiese. Pero esto no vale la pena.

–                       Te repito que te doy las gracias. Porque no te vendiste contra Mí y esto es lo que vale.

–                       ¿Y el haber advertido a Zaqueo no vale?

–                       Hijo mío. Ninguna cosa podrá impedir el Odio,  para que no me ataque. ¿Has visto alguna vez un río desbordado?

–                       Sí.

–                       ¿Algo pudo detener las aguas?

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–                       No. Todo fue cubierto y destruido. Hasta las casas fueron arrastradas.

–                       Así es el Odio. Pero me revolcará. Seré sumergido, pero no destruido. Y en las horas más amargas, el amor de quién no quiso odiar al Inocente, será mi consuelo. Mi luz en las tinieblas de horas oscurísimas. Mi dulzura en el cáliz del vino mezclado con hiel y mirra.

–                       Hablas de Ti Mismo como si… Para los ladrones que mueren en la cruz, es que está destinada esa copa… ¡Pero Tú no eres un ladrón! ¡Tú no eres criminal! ¡Tú Eres…!

–                       El Redentor. Dame un beso hijo…

Jesús le toma la cabeza entre las manos y lo besa en la frente.

Y se inclina para recibir en la mejilla, el beso tímido del joven que se arroja llorando sobre el pecho de Jesús.

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Jesús dice con mucha ternura:

–                       No llores, hijo mío. El Amor me sacrifica. Y siempre es un dulce sacrificio aún cuando no le guste a la naturaleza humana.

Lo tiene en sus brazos hasta que el llanto cesa. Y tomándolo de la mano, regresa con él a donde están los demás.

Y torna a hablar:

–                       Mientras comíamos. Uno de vosotros dijo que quería preguntarme algo. Háganlo ahora porque luego nos separaremos.

Démetes dice:

–                       Fui yo. Zaqueo no supo explicarlo nadie de tu religión tampoco. ¿Qué cosa es el alma?

–                       El alma es…

Y Jesús explica de manera magistral La Sinfonía de la Creación…   

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Y al terminar dice:

–                       Hay algo más que preguntar…

–                       No, Señor. Tenemos que empezar a aprender todo…

–                       Por algunos días os dejaré a Juan y a Andrés. Después les enviaré a discípulos buenos y sabios. Levantaos y vámonos. Tengo que hablar a la gente. Pasad adelante. Y no tengáis miedo. Habéis desafiado al mundo cuando hacíais el mal, no debéis temerlo ahora que os despojasteis de él.

Lo que habéis empleado hasta ahora para dominarlo, la indiferencia al qué dirán. La única arma que hace que el mundo se canse de hablar. Volved a emplearla ahora y no deis importancia a lo que no la tiene.

Más tarde en el rancho donde se juntan los diversos y heterogéneos amigos de Zaqueo que en realidad es muy pobre sobre todo ahora que es invierno y no sirve para que el corazón se alegre.

Hay tres campos arados y negruzcos para el trigo. Un huerto con árboles frutales y con otros que acaban de plantarse. Una hilera de vides y la hortaliza.

vendimia-francia

Un establo con una vaca. Un borrico para la noria. Un gallinero con unas cuantas gallinas, cinco pares de palomos. Seis ovejas. Una casa con su cocina y tres cuartos. Un cobertizo, un tejaban que hace de leñera y un pesebre. Un pozo con su brocal y una cisterna. Es todo…

En los pensamientos de todos, están las palabras que no dicen…

–                       Si resiste la estación…

–                       Si los animales tienen crías…

–                       Si los árboles pegan…

Todo está sujeto al ‘si…’ esperanzas muy precarias.

Andrés se acuerda de que años antes sucedió la cosecha prodigiosa  que tuvo Doras, porque el Maestro bendijo sus terrenos para que fuese humano con sus siervos y dice:

–                       Maestro… si tú bendices este lugar… también Doras era un pecador…

1juvas

Jesús responde:

–                       Tienes razón. Lo hice aún sabiendo que no cambiaría de corazón. Con mayor razón o haré con los que lo han cambiado y me aman.

Jesús abre sus brazos y lo bendice diciendo:

–                       Lo hago inmediatamente porque quiero convenceros de que os amo.

Y continúan su camino hacia el río…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

116.- DOLOR DE UNA MADRE


Llegan a la casa de campo de Judas, en una fresca y brillante mañana. Los manzanares están bañados de rocío y la hierba es un tapiz de flores, sobre el que revolotean las abejas. La casa tiene abiertas las ventanas. Quién en ella vive; la mujer fuerte que combina su autoridad con una gran bondad, está dando órdenes a sus siervos y personalmente da a cada uno sus alimentos, antes de que partan al trabajo. Con su vestido oscuro, se le ve ir y venir a través de la amplia puerta de la cocina. Habla con todos y distribuye las porciones a cada trabajador. Una parvada de palomas la esperan en la puerta.

María de Simón sale con una bolsita en la mano, diciendo:

–                       Y ahora a vosotras, palomas. Comeos ahora esto y luego al sol, a alabar al Señor. ¡Orden, orden! Hay para todas, sin que os peléis…  -Arroja la comida en todas direcciones, para que los palomos no se traben en riñas inútiles. Jesús se adelanta sonriente; pero ella no lo ve. Porque está inclinada, acariciando a sus palomas. Toma uno, lo besa y suspira. Luego lo suelta…

Jesús dice:

–                       La paz sea contigo, María. Y con tu casa.

–                       ¡Maestro!  -exclama ella dejando caer la bolsita que tenía bajo el brazo y corre al encuentro de Jesús- ¡Oh, Señor! ¡Qué día santo y feliz!

Cuando intenta arrodillarse para besar los pies de Jesús, Él se lo impide diciendo:

–                       Las madres de mis discípulos y las israelitas santas, no deben humillarse como esclavas ante Mí Presencia. Me han entregado su corazón leal y sus hijos. Y en cambio les amo con predilección.

La madre de Judas, conmovida le besa las manos y dice en voz baja:

–                       Gracias, Señor.

Luego levanta su cabeza. Mira al reducido grupo de apóstoles que están quietos y asombrados de que su hijo no le venga al encuentro.  Mira más detenidamente al grupo… Su cara palidece y con ansia pregunta:

–                       ¿Dónde está mi hijo?  -y mira con miedo y con aflicción a Jesús.

Jesús responde:

–                       No tengas miedo María. Lo envié con Simón Zelote a casa de Lázaro; para un encargo. Si hubiera podido detenerme en Masada, todo el tiempo que había pensado, lo habría encontrado aquí. Pero no pude hacerlo. La ciudad no me quiso. Y me vine pronto para acá. Para encontrar consuelo con una madre y para darle en consuelo de que sepa de que su hijo sirve al Señor. –lo dice acentuando las últimas palabras, para darles un amplio significado.

María es como una flor marchita que vuelve a la vida. El color vuelve a sus mejillas; la luz a sus ojos.

Pregunta:

–                       ¿De veras, Señor? ¿Es bueno, él? ¿Te tiene contento? ¿De veras? ¡Oh, qué alegría! Alegría para el corazón de una madre. ¡He pedido tanto al Señor! ¡He dado mucha limosna! ¡He hecho muchos sacrificios!… ¡Y qué no haría yo para que mi hijo fuese un santo! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias porque lo quieres mucho! ¡Tu amor es el que salva a mi Judas!…

–                       Tienes razón. Es nuestro amor el que lo… sostiene.

–                       ¡Nuestro amor! ¡Cómo eres Bueno, Señor! ¡Poner mi pobre amor junto al tuyo, Divino!… ¡Qué palabras tan confortadoras! ¡Qué tranquilidad! ¡Qué consuelo y paz me has dado con ellas! Judas muy poco podría aprovechar con solo mi amor, tan pequeño que es. Pero tú con perdonarlo… Porque Tú conoces sus pecados… Tú con tu amor infinito… ¡Judas se vencerá a sí mismo y para siempre! ¿No es verdad, Maestro?…

María lo mira fijamente con sus ojos profundos e indagadores. Con sus manos unidas en una muda plegaria…

Jesús… ¡Oh! Jesús que no puede decirle que sí y que al mismo tiempo no quiere arrebatarle la paz y el gozo que quiere quitarle sus temores, encuentra una palabra que no es mentira, que no es una promesa; pero que la mujer acoge con un suspiro de alivio:

–                       Su buena voluntad unida a nuestro amor, puede realizar verdaderos milagros, María. Estate siempre tranquila, recordando que Dios te ama; te comprende muy bien. Siempre será para ti un amigo.

María le besa las manos para darle las gracias.

Luego dice:

–                       Entra entonces en mi casa y esperemos a Judas. Aquí hay amor y paz, Maestro bendito.

Jesús llama a los suyos y entran en la casa. El crepúsculo agoniza.

La noche se pasa lentamente sobre los campos. Los rumores se apagan, uno detrás del otro. Tan solo queda entre la fronda el viento ligero que interrumpe el silencio. Se oye el primer grillo que canta entre los trigales maduros.

Y luego, uno tras otro repite en la campiña, el mismo monótono ruido. Hasta que… un ruiseñor lanza su primera melodía a las estrellas, desde el follaje espeso del nogal, que está cerca de la casa. Se oyen balidos a lo lejos. Estrépito de cencerros. Luego silencio.

Jesús está sentado junto a María, en el portal de la casa. Con ellos están los apóstoles y los siervos. ¡Qué dulces son estos momentos de quietud, en que cuerpo y alma gozan de ellos! Jesús habla poco y a intervalos. Deja que los apóstoles refieran lo que les ha pasado en el viaje. María y los siervos escuchan atentos.

Una oveja gime porque le han arrebatado a su corderito, para matarlo.

El administrador dice:

–                       ¡No puede tranquilizarse el animal! Temo que la leche se le pare. No ha comido desde la mañana. Oíd como bala…

Otro siervo contesta filosóficamente:

–                       Se le pasará… Dan hijos para que nos los comamos.

María de simón dice:

–                       Pero no todas son iguales. Esta es menos tonta y sufre más. ¿La oyes? ¿No te parece como si llorara? Maestro, sufro… Es como si fuese el llanto de una madre que ha perdido a su hijo.

–                       ¡Y tú al contrario lo encuentras, Mamá!  -dice Judas de Keriot apareciéndose a su espalda, junto con Simón y haciendo dar a todos un brinco por la sorpresa. Agrega- ¡Maestro! ¡Bendícenos ahora que hemos regresado; así como nos bendijiste al partir!

–                       Sí, Judas.  –Y Jesús abraza a ambos.

–                       La tuya, mamá. –María abraza y besa a su hijo.

Simón dice:

–                       No pensábamos que te encontraríamos ya aquí, Maestro. Caminamos sin detenernos y casi siempre por atajos, para no encontrar a nadie. Encontramos a algunos discípulos y avisamos a Juana y a Elisa, que pronto nos veremos.

Judas confirma:

–                       Es verdad todo eso. Y además simón caminaba como un joven. Maestro, cumplimos con tu encargo. Lázaro está muy mal. El calor lo hace sufrir mucho más. Te ruega que vayas pronto a su casa…  Maestro, fuera de la Antonia a la que fui por caridad a Egla, antes de que se vaya a Jericó y para agradecer a Claudia; no fui a ningún otro lugar. ¿Verdad Simón?

–                       Cierto. Fuimos a la torre Antonia, a la hora de la siesta. Hacía un calor tan terrible que obligaba a todos a permanecer en casa. Mientras Judas hablaba con Claudia, a quién Álbula Domitila, había llamado al jardín; yo hablé con las otras. No creo haber hecho mal en darme a entender como pude, para saber lo que quería.

Jesús dice:

–                       Hiciste bien. Ellas tienen la voluntad de conocer la Verdad.

–                       Y Claudia la de ayudarte. Se despidió de Egla, que también fue a saludar a Plautina y a las demás. Me hizo varias preguntas. Si entendí bien; ella quiere persuadir a Poncio de que no crea las calumnias de los Fariseos, saduceos y demás.

 

Hasta un cierto punto, Poncio se fía de sus centuriones que son muy buenos para la batalla, pero no muy aptos para hacer de embajadores. Pide a su mujer que le ayude. Ella es una mujer muy inteligente hasta la astucia y que quiere conocer las cosas como son. En realidad el Procónsul es Claudia. Él debe ser una nulidad que está arriba, porque ella es la que vale como fuerza y consejera. Nos dieron dinero para tus pobres. Aquí está.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–                       ¿Cuándo llegasteis? No parecéis estar ni cansados, ni sucios.

Judas contesta:

–                       Antes del mediodía. Fuimos a Keriot para ver si estaba allí mi madre y para avisar que llegarían. Me porté como quieres, Maestro. No me dejé llevar de los deseos humanos. ¿No es verdad, Simón?

–                       Así es.

–                       Hiciste bien. obedece siempre y te salvarás.

–                       Así lo haré, Maestro. ¡Bueno! Ahora que sé que Claudia está a nuestro favor, no tengo más mis necias prisas. Ahora son tan solo amor. Y convendrás en ello. Amor desordenado… desordenado porque lo sentía  sin protección; sin ayuda para llegar a la meta; que es la de hacer que te amen. Que te respeten como mereces, como debe de ser. Ahora estoy más tranquilo. No temo más. Hasta me es dulce esperar… -Judas sueña con los ojos abiertos.

Jesús lo amonesta:

–                       No te entregues a tus ensueños Judas. Sigue firme en la Verdad. Soyla Luz del Mundo y la Luz la odiarán siempre las Tinieblas…

Ha salido la luna y pone pinceladas de plata a todo lo que toca…

Al día siguiente…

Después de la comida del mediodía, los apóstoles se han esparcido para descansar, antes de emprender nuevamente el camino cuando llegue la tarde. Jesús está bajo la sombra de los manzanos cuyo fruto pronto madurarán.

María de Simón se acerca y dice a Jesús con mucho respeto:

–                       Señor, ¿No querrías venir conmigo solo a la casa de una madre que es infeliz?  Esto es lo que más deseo.

Jesús sonríe y contesta:

–                       Sí, mujer. Yo también tengo deseos de estar contigo, solos en estas últimas horas, como las primeras cuando llegamos. Vamos.

Entran en la casa y toman sus mantos. Luego salen y van por veredas entre los huertos y los campos.

Todavía hace mucho calor y de los trigales se respira el bochorno. Pero el viento de la montaña suaviza el calor de la llanura, que de otro modo sería insoportable.

María dice:

–                       Me desagrada hacerte caminar con este calor. Me he atrevido porque dijiste: “María para darte prueba de que te amo como si fueses mi madre, pídeme lo que quieras, que te contentaré.” Señor, ¿Sabes a donde vamos?

–                       No, mujer.

–                       Vamos a la casa de aquella que debió ser suegra de Judas. –María lanza un suspiro doloroso-  Debía…  No lo fue, ni lo será jamás; porque Judas abandonó a su hija, la que murió de dolor. Y la madre me guarda rencor a mí y a mi hijo. Siempre nos maldice…

Judas es muy… Muy débil… en el mal. No tiene necesidad más que de bendiciones… Yo quisiera que le hablases. Tú la puedes persuadir de que fue un bien, que no se hubieran celebrado las bodas. Decirle que yo no tuve la culpa. Decirle que deje de odiarme, porque se está muriendo poco a poco y con este nudo en el alma.

Quisiera que hubiera paz entre nosotras. Porque he sufrido mucho y he sufrido vergüenzas por lo que pasó. Y veo con dolor que se destruye la amistad de una que fue mi compañera, desde que yo me casé. Tú sabes… En fin… Señor…

–                       Sí. No te angusties. Tu petición es justa y cumplo los encargos buenos.

Atraviesan el vallecito y llegan hasta una casa que está cerca del poblado, rodeada por enormes huertos.  Dan vuelta por una vereda y caminan hasta estar cerca de un portón. María se estruja las manos:

–                       Ana vive aquí desde que murió su hija. En sus posesiones. Antes vivía en Keriot y cuando nos encontraba, sus reproches nos destrozaban el corazón. Hemos llegado. Me salta el corazón… No me querrá ver… se intranquilizará… y su pobre corazón sufrirá mucho más… Maestro…

–                       Así es. Yo voy. Tú quédate aquí hasta que te llame. Y ruega para ayudarme.

Jesús se acerca solo a la puerta que está semiabierta y entra saludando con dulzura. Le sale al encuentro una mujer:

–                       ¿Qué se te ofrece? ¿Quién eres?

–                       Vengo a dar alivio a tu  patrona. Condúceme a donde está.

–                       ¿Eres médico? ¡De nada sirve! Ya no hay esperanzas. Su corazón se le está marchitando.

–                       Todavía se le puede curar su alma. Soy el Rabí.

–                       No le harás ningún provecho. Está mohína con el Eterno y no quiere oír sermones. Déjala en paz.

–                       Precisamente porque está mohína, por eso he venido. Déjame pasar y sus últimos días no los pasará en la desventura.

La mujer se encoge de hombros y dice:

–                       ¡Entra!

Un corredor semioscuro y fresco.

Hay varias puertas. En la última, en el fondo, está entreabierta y de ella salen lamentos.

La mujer entra diciendo:

–                       Señora, hay un Rabí que quiere hablarte.

–                       ¿Para qué?… ¿Para decirme que estoy maldecida? ¿Qué no tendré paz ni siquiera en la otra vida? –responde una voz jadeante. Inquieta.

Jesús se asoma por el umbral y contesta:

–                       No. Para decirte que tendrás paz completamente, con tal de que quieras. Y serás dichosa para siempre con tu Juana.

La enferma, amarilla, hinchada, jadeante sobre su camastro, recostada sobre muchos almohadones, lo mira y dice:

–                       ¡Qué palabras! Es la primera vez que un rabí no me reprende… ¡Qué esperanza!… Mi Juana conmigo, en la bienaventuranza… No más dolor… El dolor que causó un maldito a quien su madre no impidió el haber nacido… Que me traicionó… después de haberme hecho concebir esperanzas… ¡Infeliz hija mía!… –su agitación es mayor.

La sirvienta dice:

–                       ¿Lo ves? Le causas mal. Yo lo sabía. ¡Vámonos!

–                       No. Vete tú. Déjame solo…

La mujer sale moviendo la cabeza.

 

Jesús se acerca al lecho poco a poco. Seca bondadosamente el sudor de la enferma, que no puede hacerlo con sus manos enormemente hinchadas. Le da aire con un abanico de palma. Le da de beber, porque ella busca alivio en la bebida que está sobre la mesita.

 

Jesús parece un hijo, al lado de su madre enferma. Luego se sienta decidido a cumplir con toda suavidad su encargo.

 

La mujer toma respiro y lo observa.

 

Y con una sonrisa de enfermo le dice:

 

–                       Eres hermoso y bueno. ¿Quién eres Rabí? Tienes la delicadeza de mi amada hija, en proporcionarme consuelo.

 

–                       ¡Soy Jesús de Nazareth!

 

–                       ¡Tú!… ¡Tú en mi casa!… ¿Por qué?

 

–                       Porque te amo. Porque también tengo Yo una Madre y en cada madre veo a la mía…

 

–                       ¿Por qué? ¿Llora acaso tu Madre? ¿Por qué? ¿Se le ha muerto algún hermano tuyo?

 

–                       Todavía no. Soy el único hijo suyo y todavía no me muero. Pero Ella llora porque sabe que debo morir.

–                       ¡Oh, infeliz! ¡Saber de antemano que un hijo va a morir! ¿Pero cómo lo sabe? ¡Estás sano! Estás fuerte. Eres bueno. Yo me hice ilusiones hasta que se murió mi hija que estaba muy enferma… ¿Cómo puede saber tu Madre que debes morir?

–                       Porque Soy el Hijo del Hombre del que hablaron los Profetas. Soy el Hombre de Dolores que vio Isaías. El Mesías del que cantó David y describió sus torturas de Redentor. Soy el Salvador. El Redentor, mujer.

Me espera una muerte horrible y mi Madre asistirá a ella… Y mi Madre sabe desde que nací, que su corazón será traspasado de Dolor, como el mío… No llores. Con mi muerte abriré las puertas del Paraíso, a tu querida Juana.

–                       ¡También a mí! ¡También a mí!

–                       Sí. Cuando llegue tu tiempo. Pero antes debes aprender a amar y a perdonar. A volver a amar. A ser justa. A perdonar… de otro modo no podrás entrar al Cielo con Juana y conmigo…

La mujer llora angustiosamente.

Entre gemidos dice:

–                       Amar… Amar cuando los hombres me enseñaron a odiar… Cuando Dios no nos amó ni tuvo piedad… ¡Es difícil!… ¿Cómo amar cuando los hombres nos han atormentado; las amigas herido y Dios, abandonado?…

–                       No. Jamás te ha abandonado. Yo estoy aquí para hacerte promesas celestiales. Para asegurarte que tu dolor terminará en gozo; con solo que lo quieras. Ana, escúchame… Lloras por unas bodas que no se celebraron. Les echas la culpa de tu dolor.

De ello acusas a un hombre y dices que es asesino. Y de cómplice acusas a su pobre madre. Escucha Ana; no pasarán muchos meses, cuando verás que fue un gran favor del Cielo, que Juana no se hubiera casado con Judas…

 

La mujer grita:

 

–                       ¡No me lo nombres!

 

–                       Lo he hecho para decirte que debes agradecer al Señor. Y dentro de pocos meses lo harás…

 

–                       Ya estaré muerta.

 

–                       No es verdad. Estarás viva y te acordarás de Mí. Y comprenderás que hay dolores más grandes que el tuyo…

 

–                       ¿Mayores? ¡No es posible!

 

–                       ¿Dónde pones el de Mi Madre, que me verá morir en una Cruz?  -Jesús se ha levantado. Es imponente.-  ¿Y dónde el de la madre del que traicionará a Jesucristo, el Hijo de Dios?

 

Piensa mujer en esa madre… Tú… Toda Keriot, la campiña y otros más te han acompañado en tu dolor. De ello te has gloriado como si fuese una corona de mártir. ¡Pero esa madre! Como Caín; pero sin serlo. Más bien siendo cual Abel; porque será la víctima de su hijo Traidor.

 

Del asesino de Dios; Sacrílego, Maldito. ¡Ella no podrá soportar la mirada de los demás! Porque en cada mirada verá una piedra que se le arroja para lapidarla. Y en cada palabra que pronuncien los hombres le parecerá escuchar una maldición, un insulto. Y jamás encontrará refugio sobre la Tierra, sino hasta que muera.

Hasta que Dios que es Justo, venga a llevarse consigo a la mártir. Borrándole de su memoria el haber sido la madre del Asesino de Dios; al darle su eterna posesión de Sí Mismo… El dolor de esta madre, ¿No es acaso mayor?

–                       Un inmenso dolor.

–                       Lo comprendes… Sé buena, Ana. Reconoce que Dios fue Bueno en su modo de obrar…

–                       Pero mi hija está muerta. Judas me la hizo morir por ambición de otra dote mayor y su madre lo aprobó.

–                       No. Esto no es cierto. Yo te lo aseguro. Yo que veo en los corazones. Judas es mi apóstol y con todo afirmo que hizo mal y que recibirá su castigo.

Su madre es inocente. Te ama. Quisiera que también tú la amases… Ana, sois dos madres infelices. Tú te glorías de tu hija muerta; inocente, pura. A quién el mundo respeta… María de Simón no puede gloriarse de su hijo. Los hombres reprueban sus acciones.

–                       Es verdad. Pero si se hubiera casado con Juana, nada le reprocharía.

–                       Pero poco después hubieses visto morir a Juana de dolor, porque Judas perecerá de muerte violenta.

–                       ¿Qué dices? ¡Oh, Infeliz María! ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?

–                       Presto. Y de una manera horrenda… ¡Ana! ¡Ana! ¡Tú eres buena! Tú eres madre. Conoces lo que es el dolor de una madre. Ana, vuelve a ser amiga de María. Que el dolor os una; cómo debió uniros la alegría. Déjame irme contento; sabiendo que ella tendrá una amiga.  Una sola por lo menos…

–                       Señor… Amarla… quiere decir perdonarla… ¡Es muy duro! Me parece que vuelvo a enterrar a mi hija. ¡Que yo misma la mato!…

–                       Pensamientos que las Tinieblas te sugieren. No los escuches. Escúchame a Mí, Luz del Mundo. La Luz te dice que menos amarga ha sido la suerte de Juana muriendo virgen; que si muriese siendo la viuda de Judas. Créemelo Ana. Y piensa que María de Simón es mucho más infeliz que tú…

La mujer piensa. Piensa. Lucha, llora y luego dice:

–                       Pero yo la maldije a ella y al fruto de sus entrañas. Pequé…

–                       De ello te absuelvo. Y entre más la ames, más serás absuelta en el Cielo.

–                       Pero si me hago su amiga encontraré a Judas. No puedo hacer esto, Señor.

–                       Nunca lo volverás a ver. No regresaré más a Keriot, ni tampoco Judas. Nos hemos despedido ya de la gente.

–                       ¿Dijiste que…?

–                       Que no volveré jamás. Judas dijo que no podrá venir más hasta que yo desaparezca. Él piensa que voy a subir a algún trono. Pero no es así; me espera la muerte. Tú no dirás esto, jamás. Que María lo ignore hasta que todo se haya cumplido.

Tú misma acabas de decir que es infeliz de antemano, la madre que sabe que su hijo debe morir. Si los sufrimientos de mi Madre, porque lo sabe, van a aumentar los méritos de mi Sacrificio; para María de Simón es una cosa que debe dársele por compasión. No dirás ni una palabra de esto.

–                       No Señor. Te lo juro en nombre de mi Juana.

–                       Quiero otra promesa más. Es grande. Es santa. Tú eres buena. Me amas ya…

–                       Sí. Mucho. Desde que estás aquí, siento tener paz.

–                       Cuando María de Simón no tenga más que a su hijo y cuando el mundo la cubra de… desprecio. Tú sola le abrirás tu casa y el corazón. ¿Me lo prometes? En Nombre de Dios y de Juana. Ella lo habría hecho porque María fue siempre para ella, la madre del siempre amado. –insiste Jesús.

Ana exclama:

–                       ¡Sí! – y se escucha su llanto.

–                       Dios te bendiga, mujer. Y te de paz… Y salud… Ven. Vamos a ver a María y a darle el beso de paz…

–                       Pero, Señor. no puedo caminar. Tengo las piernas paralizadas e hinchadas. ¿Ves? Estoy aquí vestida; pero no soy más que un leño…

–                       Lo fuiste. ¡Ven!  -y le extiende la mano invitándola a dejar su lecho…

La mujer, con sus ojos fijos en los de Él, mueve las piernas. Las saca del lecho. Pisa la tierra descalza; se levanta y camina… parece como hechizada… No se da cuenta de su curación. Sale tomada de la mano de Jesús, al corredor semioscuro. Se dirige hacia la salida. Casi está llegando cuando la sirvienta la ve y da un grito de gozo…

Acuden  otros siervos, temiendo que esté por morir. Pero ven que su patrona que antes estaba agonizante y que guardaba rencor a María de Simón, camina rápida con los brazos extendidos, desprendiéndose de Jesús hacia la mortificada María. Y la llama y la estrecha contra su corazón. Ambas terminan abrazadas y llorando.

Más tarde… al regresar a su casa, después de la despedida de paz; María de Simón da las gracias al Señor y le pregunta:

–                       ¿Cuándo volverás, para hacer otro bien?

Jesús contesta:

–                       Nunca más volveré, mujer. Lo dije ya a los del pueblo. Pero mi corazón estará siempre contigo. Acuérdate de que siempre te he amado y que te amo. Recuerda que sé que eres buena y que Dios te ama por esto. Tenlo siempre presente y también cuando lleguen días y horas amarguísimas.

Que nunca llegue a tu mente el pensamiento de que Dios te juzgue culpable. Ante sus ojos, tu alma está adornada y lo estará siempre de joyas de virtudes y de perlas de tus dolores.

María de Simón, madre de Judas, te voy a bendecir. Quiero abrazarte y besarte, para que tu beso maternal, sincero, leal;  me consuele de otro…

Para que mi beso te compense de tus dolores. Ven, madre de Judas. Y gracias porque me has amado y honrado…  -y la abraza y la besa en la frente, como hace con María de Alfeo.

María recibe el beso con emoción y dice:

–                       Nos veremos otra vez. Iré a la Pascua…

–                       No. No vayas. Te lo ruego. ¿Quieres hacerme feliz? No vayas a la próxima Pascua. Las mujeres no.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque… en la próxima Pascua, habrá en Jerusalén un terrible espectáculo; al que no está bien que asistan mujeres. Más bien diré a tu pariente Ananías, que venga para estar contigo. Que se quede para siempre. Tendrás necesidad… De hoy en adelante Judas no podrá ayudarte más. Ni venir…

–                       Haré como dices.  Luego… ¿No volveré jamás a ver tu Rostro en que se refleja la paz del Cielo? ¡Cuánta serenidad ha brotado de tus ojos y se ha derramado sobre mi corazón, que sufre!…

María llora.

–                       No llores. La vida es breve. Después me verás para siempre en mi Reino…

–                       ¿Crees entonces que tu humilde sierva vaya a entrar en él?

–                       Veo ya tu lugar entre los ejércitos de mártires y corredentoras. No tengas miedo, María. El Señor será tu eterna recompensa. Sigamos. La tarde baja ya y ya es hora de ponernos en camino…

Regresan por el camino entre los manzanos y campos.

Llegan a la casa donde esperan los apóstoles. Jesús es breve en la despedida. Bendice a todos y se pone a la cabeza de los suyos… Se va…

María se queda de rodillas, llorando…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

 

31.- FIESTA DE LAS ENCENIAS


Han llegado a la llanura desde donde se ve Betania bañada por el sol de Diciembre, que hace que la despojada campiña se vea menos triste. Pasan frente a una espléndida casa en la que ven a una joven romana que viste lujosamente y los mira con curiosidad, al oír los gritos y los hosannas con los que es recibido Jesús. Una sonrisa de desprecio se dibuja en su cara y por un instante…

Jesús la mira… Luego continúa su camino, hasta llegar al cancel, donde Lázaro ha venido a darle la bienvenida.

Maximino el mayordomo, se ha adelantado unos metros y dice:

–                     Maestro, me dijo Simón que vas a su casa.

Jesús contesta:

–                     Así es.

–                     Es un dolor para Lázaro…

–                     Luego hablaremos de ello.

–                     Pero se comprende… Lázaro está muy abatido.

–                     ¿Dónde está?

–                     En la biblioteca.

–                     Voy con él… ¡Oh, amigo mío!

Jesús va ligero hacia donde está Lázaro, que lo mira con agobio. Lo besa en las mejillas y se saludan mutuamente. Luego caminan al jardín, hacia los huertos de Simón, que son colindantes.

Lázaro pregunta con pesar:

–                     ¿De veras prefieres ir a la casa de Simón?

–                     Sí, amigo mío. Traigo conmigo a todos mis discípulos. Y es mejor así…

A Lázaro le desagrada su determinación, pero no objeta. Se dirige a la pequeña multitud que los sigue y dice:

–           Idos. El Maestro tiene necesidad de descanso.

Todos se inclinan al oír sus palabras y se retiran, mientras Jesús les dice con dulzura:

–                     La paz sea con vosotros. Os avisaré cuando predique.

Lázaro dice angustiado:

–           Maestro, Martha está hecha un mar de lágrimas… Si hubiésemos sabido que ella vendría… Pero jamás viene a las fiestas… Sí. Jamás viene. Me imagino que el demonio la trajo precisamente aquí…

Jesús objeta:

–                     ¿El Demonio? ¿Y por qué no pudo ser su ángel por órdenes de Dios? Pero créeme que aunque ella no hubiese venido; hubiera ido a la casa de Simón.

–                     ¿Por qué, Señor mío? ¿No te ha brindado tranquilidad mi casa?

–                     Tanta. Que después de Nazareth, es mi lugar preferido. Pero respóndeme, Por qué me dijiste: ‘Sal de Aguas Hermosas?’ Es por las asechanzas que se acercan, ¿No es así? Por eso entro a tierras de Lázaro… Pero no quiero que Lázaro sea insultado.

¿Crees que te respetarían? Con tal de pisotearme, pasarían sobre el Arca Santa… ¡Déjame hacer las cosas así, por lo menos ahora! Luego vendré…  Por otra parte, nadie me prohíbe que venga a comer a tu casa y de que tú vengas a donde Yo estoy.  Procura que se diga: ‘Está en casa de un discípulo suyo’…

–                     ¿Y yo no lo soy?

–                     Tú eres el amigo más querido para el corazón, que un discípulo. La malicia no entiende eso. Déjame hacer lo que Yo quiero, Lázaro. Esta casa es la hermosa casa del hijo de Teófilo. Y para los pedantes, eso significa mucho.

–                     ¿Por qué hablas así? Es a causa de ella… ¿No es así? Estaba tratando de persuadirme a perdonarla… Pero si te aleja… ¡Vive Dios que la odiaré!…

–                     Y me perderás para siempre. ¡Pronto. Deshecha ese pensamiento al punto! O al punto me perderás…

Llega Martha que bajo el velo, llora. Se arrodilla ante Jesús.

Y Él le dice:

–                     La paz sea contigo, mi buena anfitriona.

Martha llorando dice:

–                     ¡Oh, Señor!…

–                     ¿Por qué ese llanto?… ¡Oh, Martha! ¡Parece que te olvidas de quién Soy Yo! De Hombre no quiero más que el vestido… Mi corazón es divino y como tal palpita. ¡Ea! ¡Levántate y ven a casa! En cuanto a ella… ¡Déjala en paz! Os lo digo. No es ella, sino el que la tiene y la hace instrumento de turbación.

Pero aquí hay Uno que es más poderoso que su amo. Ahora, la lucha pasa de él a Mí; directamente. Rogad. Perdonad. Tened paciencia y creed. Nada más.

Llegan hasta la casa y Jesús dice a Simón:

–                     Di a los demás, que después de la comida hablaré en este lugar. Que vengan al huerto. Como no tiene fruta, la gente no puede dañarlo. Hablaré desde la terraza y todos me escucharán.

Martha regresa a trabajar con los siervos y los apóstoles. Preparan las mesas y los lugares en donde descansarán, proveyendo todo lo necesario.

Se quedan solos Lázaro y Jesús, que le pone su brazo sobre la espalda y sale con él; a pasear sobre la terraza que circunda la casa. Desde arriba mira a los siervos y a los discípulos trabajando. Envía una sonrisa a Martha, que va y viene; pero sin la cara de congoja que antes tenía. Contempla el hermoso panorama que rodea el lugar. Platican de diversas cosas y luego…

Jesús, exabrupto pregunta:

–                     ¿Entonces la muerte de Doras, fue como una vara lanzada en un nido de víboras?

Lázaro contesta:

–                     ¡Oh, Maestro! Me dijo Nicodemo que fue una de las sesiones más violentas a las que haya asistido en el Sanedrín.

–                     ¿Qué fue lo que hice para que el Sanedrín se inquietase tanto? Doras murió por sí mismo, a la vista de todo el pueblo. Muerto por un ataque de ira. No permití que se faltase al respeto a su cadáver. Luego…

–                     Tienes razón. Pero ellos están aterrorizados. Y, ¿Sabes? Han dicho que es menester cogerte en pecado; para poder matarte.

–                     ¡Oh! Si es así, no te preocupes…  ¡Tendrán que esperar hasta la Hora de Dios!

–                     Pero Jesús, ¿Sabes de quién se habla? ¿Sabes de lo que son capaces los fariseos y los escribas? ¿Sabes qué alma tiene Annás? ¿Conoces a su segundo?…  ¿Nahúm? ¿Sabes?…

Pero, ¿Qué estoy diciendo? ¡Tú sabes! Y por esto es inútil que te diga que inventarán el pecado; para poder acusarte…

–                     Ya lo encontraron. He hecho más de lo que necesitan…  He hablado a los romanos. He hablado a los pecadores. Sí. ¡A las pecadoras! Lázaro. Una… ¡No me mires con esa cara de espanto! Una siempre fue a oírme y se hospeda en uno de los establos de tu administrador; porque se lo pedí. La razón es para que estuviera cerca de Mí. Había tomado por habitación una pocilga…

Lázaro, estupefacto; parece una estatua. No se mueve. Mira a Jesús, como quién mira algo sumamente raro…

Jesús, sonriente, lo sacude por el brazo y le pregunta:

–                     ¿Has visto a Mammón?

–                     No. He visto la Misericordia.  Pero… Lo entiendo. ¡Ésos! Los del Consejo, ¡No! Dicen que es pecado. ¡Entonces es verdad…! ¡Creía!… ¡Oh! Pero, ¿Qué has hecho?

–                     Mi deber, mi derecho y mi deseo. Buscar y redimir a un alma caída, por esto podrás ver que tu hermana no será el primer fango al que me acerque… Y sobre el que me incline. ¡Y tampoco será la última!… Quiero sembrar flores en el fango… ¡Y quiero que nazcan flores de bien!…

–           ¡Oh! ¡Dios mío!… ¡Oh, Maestro mío!… tienes razón. Es tu derecho; es tu deber y es tu deseo. Pero las hienas no comprenden esto. Son carroñas que no pueden oler el perfume de los lirios…  Te ruego que no permanezcas en un lugar por mucho tiempo. Ve de un lugar a otro. Sin darles tiempo para que te alcancen.

Sé cómo un fuego nocturno que danza sobre los pistilos de las flores. Veloz. Inconquistable, desconcertante en su movimiento. ¡Hazlo! No por cobardía, sino por amor del mundo; que tiene necesidad de que vivas para que sea santificado… ¿Ya viste a la nueva habitante de Betania?

Es una romana casada con un judío. Él es observante, pero ella, es idólatra. Y mientras en mi casa, no ponen un pié por María y su pecado, que pesa sobre toda la familia. A la casa de ella, sí van. Goza del favor de Poncio Pilatos y vive sin el marido, que está en Jerusalén… y ella aquí.

De este modo se hacen la ilusión, de que al ir a esa casa; ellos no se profanan. ¡Hipócritas! ¡Se vive de la hipocresía, hasta el cuello!  Y en breve nos ahogará.

El sábado es el dia del festín… Y también vienen miembros del Consejo. El hijo de Annás, Eleazar; es el más asiduo.

Jesús dice:

–           ¡La vi! Déjala en paz. Y déjala que haga lo que ella quiera. Bajemos. ¡Nos están llamando!

Más tarde…

Jesús vuelve a subir a la terraza, para hablar a la gente que se ha reunido… Lázaro; Simón, Juan y Martha; han subido también para estar cerca de Jesús. Y los demás, se han mezclado entre la multitud.  La fuerte Voz de tenor de Jesús, se extiende por el aire, tranquilo y silencioso. Abajo la gente lo escucha atenta y feliz…

En el punto álgido de su discurso…:

“… Aun cuando Yo guardase silencio; los vientos de Dios llevarían hasta vosotros; la palabra de mi amor y las del rencor de los otros. Sé que estáis intranquilos porque no desconocéis el motivo por el cual estoy entre vosotros. Pero no hagáis otra cosa que alegraros y bendecid conmigo al Señor; que emplea el mal para dar alegría a sus hijos. Al traer otra vez, bajo el aguijón del Mal; a su Cordero entre los corderos; para salvarlo de los lobos. Ved cuán bueno es el Señor…

El mundo es de los malos. El Paráiso de los Buenos. Ésta es  la Verdad y la Promesa.  Y sobre ésta se apoya vuestra fuerza. El mundo pasa. El Paraíso, no. Quién es bueno y lo conquista en la eternidad, en la eternidad  gozará de Él. Si es así, ¿Por qué perturbarse por lo que hacen los malos? ¡Recordáis los lamentos de Job? Son los eternos lamentos de quien es bueno y oprimido. ¿Por qué la carne gime? Es algo que no debería hacer. Y tanto más pisoteada; tanto más debería levantar las alas del alma, en el júbilo del Señor.

¿Pensáis que son felices, quienes así lo parecen; porque con su modo ilícito de obrar; sus graneros y sus barriles repletos?…  Su abundancia lo grita… ¡No!…

En ese preciso momento, Lázaro descubre a María:

–                     Mi hermana, Jesús… ¡Oh!…

Ella se escurre detrás de una valla del huerto de Lázaro. Para acercarse lo más posible. Camina agachada. Su rubia cabellera resplandece como oro, contra el rojo oscuro de su manto.

Martha intenta levantarse…

Pero Jesús le pone la mano sobre la cabeza y DEBE quedarse en donde está. Jesús continúa su discurso con una voz todavía más potente… y los demás continúan quietos en su lugar…

La voz divina rasga el aire:

… saborean la sangre y lágrimas del prójimo; en cada comida que hacen y su lecho les parece estar tapizado de espinas. Tan grandes son los gritos de su remordimiento. Saquean a los pobres. Roban al prójimo; para amasar fortunas. Oprimen a quién puede menos que ellos, en poder y perversidad. No importa. No los molestéis. Su reino no es de este mundo. Y cuando mueren, ¿Qué les queda? ¡NADA! ¡Sólo un cúmulo de culpas, para presentarse ante Dios! Dejadlos. Son los hijos de las Tinieblas. Los rebeldes a la Luz que no pueden seguir los senderos luminosos que Ella les brinda.

Dios les ha dado tiempo para hacer Penitencia. Y ellos lo emplean en pecar. Hasta que llega el momento en que el amor de Dios, resquebraja su duro corazón, como un rayo que penetra en el peñasco. Y sienten náusea de sus delitos, al mismo tiempo que brota un movimiento de deseo por el Bien. Y el alma, aguijoneada por el Amor. Sin saber qué hacer; porque está rodeada de la noche espiritual. Busca y  trata de encontrar un alivio a su tormento. Cree poder encontrarlo en cualquier amor. ¡No! ¡Uno solo es el Amor del alma!: DIOS.

Estas almas aguijoneadas por el amor de Dios; andan en busca del amor. Bastaría con que quisiesen dentro de sí a la Luz y tendrían por consorte suyo al Amor. Caminan como enfermas. Buscan a tientas un amor y encuentran toda clase de amores. Todo lo asqueroso que el hombre así ha bautizado. Y no encuentran el Amor; porque el Amor es Dios y no el oro. Ni los placeres, ni el poder.

¡Pobres almas!… A quienes el mundo a apaleado; desnudado; herido. Dios es el Único que no acude a esa lapidación que nace de un desprecio despiadado…

El largo discurso, termina así: … Y por eso os digo: imitad mi modo de obrar. Amo y bendigo a mis enemigos; porque por ellos pude regresar entre vosotros, amigos míos. La paz sea con todos vosotros.

La gente se aleja poco a poco.

Lázaro está enojado y angustiado:

–                     ¿Habrán visto a aquella impúdica?

Jesús dice con calma:

–                     No, Lázaro. Estaba escondida detrás de la valla. Podemos verla porque estamos aquí arriba, en la terraza. Los demás, no.

–                     Había prometido que…

–                     ¿Por qué no podía venir? ¿No es también ella una hija de Abraham? Quiero que vosotros, hermanos discípulos; me juréis que no haréis ninguna alusión a ella. Dejadla en paz. ¿Qué se reirá de Mí? Dejadla que ría. ¿Qué llorará? Dejadla que llore. ¿Qué querrá quedarse? Dejadla que se quede. ¿Tendrá ganas de huir? Que escape. El secreto del Redentor y los redentores, es: tener paciencia, bondad, constancia y Oración. Algunas veces cualquier tocamiento a los enfermos es insufrible. Adiós amigos. Me quedo a orar. Cada quién vaya a su empeño. Y que Dios os acompañe…

  Cuando llega la festividad de las Encenias; la casa de Lázaro luce grandiosa, casi como si estuviera incendiándose. La luz se desparrama por todos lados; por la gran cantidad de lámparas que arden por doquier.

En el magnífico jardín, Jesús pasea solo y absorto; cerca del estanque. Escucha embelesado el canto de un ruiseñor, mientras que en la casa se oyen las voces alegres de los que hacen los últimos toques en los preparativos para el banquete. En el rostro de Jesús se dibuja una sonrisa, cuando el ruiseñor termina de cantar y exclama:

–           ¡Te bendigo Padre Santo, por esta perfección y esta alegría qué me has dado!

    Y continúa su paseo sumido en una profunda meditación…

Llega Simón diciendo:

–                     Maestro. Lázaro te ruega que vengas. Todo está listo.

Jesús contesta:

–                     Vamos. Y que así desaparezca la última duda que puedan tener, de que no les ame por causa de María.

–                     ¡Qué llanto Maestro! Sólo un milagro secreto tuyo, ha podido curar ese dolor. ¿Sabías que Lázaro estuvo a punto de huir, después de que ella regresó? Ella salió de la casa diciendo que dejaba los sepulcros por la alegría… y otras insolencias parecidas. Lázaro estuvo a punto de ir a alcanzarla para darle una buena tunda para que guardase silencio respecto a Ti. Martha y yo lo contuvimos.

–                     Habría podido hacer un milagro inmediato en ella. Pero Yo no quiero una resurrección forzada de los corazones. Doblegaré a la Muerte y me devolverá sus presas; porque soy el Señor de la Muerte y de la Vida. Pero los espíritus tienen esencias inmortales que los hacen capaces de resucitar por voluntad propia y no los fuerzo a resucitar. Hago la primera invitación y doy la primera ayuda. Hago como quién abre un féretro donde está uno que fue enterrado vivo y que morirá si sigue encerrado en esas tinieblas asfixiantes. Dejo que entre aire y luz y luego espero…

Si el espíritu tiene deseos de salir, saldrá. Si no quiere, busca más las tinieblas y se hunde más. ¡Pero si sale!… ¡Oh, si sale! En verdad te digo que nadie será más grande que el espíritu resucitado. Tan solo la inocencia absoluta es mayor, que este muerto que vuelve a vivir; porque ha amado y por la alegría que siente de Dios…

 ¡Mis grandes triunfos! ¡Serán las luces brillantísimas de mi Cielo! Mis glorias de Redentor… los enamorados hasta la muerte por el Amor. ¡Mis estrellas! ¡Fueron héroes porque se perdonaron a sí mismos de haber sabido amar antes! Fueron penitentes, porque abrazaron completamente la expiación. Fueron incansables para  hacer en el poco tiempo que les quedaba, lo que no hicieron en los años que perdieron pecando. Fueron puros hasta el heroísmo de olvidar no solo en su cuerpo mismo; sino también en su corazón y en su pensamiento, que existe un instinto. Serán aquellos que llamarán la atención, por su brillo diferente…

–                     ¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece que en ello se oculta una promesa…

–                     Lo debes decir. La palabra del amigo puede tocar su herida y no se avergonzará, como se avergonzaría ante Mí.

Y los dos regresan al vestíbulo que resplandece con las luces plateadas que hay por todas partes.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA