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29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba.

Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor.

Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

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Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil… sus largas pestañas caídas lánguidamente, sus manos sobre sus rodillas.

Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima…

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela. Ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe.

Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable… Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba.

Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurga en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos.

Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas NO cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impide el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana.

Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra ha nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea.

Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa.

Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo:

–       Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–        Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

Bernabé replicó con sencillez:

–        Los dioses son espíritus malignos. Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea, revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinan los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco.

Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

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¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos.

Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra!

Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso.

Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

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Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer.

Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

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El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites.

Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera.

Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro.

Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres.

Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro.

Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió:

Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano.

Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él.

Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? Tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

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Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió.

Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!…

Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo.

Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre.

Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera…

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado.

Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, NO alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

103.- EXORCISTA FALLIDO


El grupo apostólico llega a una hermosa ciudad amurallada. Con bellas casas y una imponente sinagoga. Grande es también la fuente adornada con leones de cuyas numerosas bocas, sale agua fresca y abundante.

Jesús entra en un día de mercado. Ya no trae la mano vendada, pero sí se le ve una costra negruzca. Lo apóstoles ya no muestran señales de lo que les pasó. Caminan ligeros y comentando entre sí.

Andrés exclama:

–                     ¡Ésta es una ciudad de refugio!

Pedro le replica:

–                     ¡Que vayan a respetar el refugio y la santidad del lugar!…  ¡Qué inocente eres hermano!

Jesús camina entre los dos Judas. Delante de Él, van Santiago y Juan. Y detrás lo siguen los demás.

Todo va bien hasta que entran en una hermosa plaza, donde están: la fuente, la sinagoga, los mercaderes. Hay mucha gente y un grupo muy numeroso de fariseos, saduceos, con su porción de rabíes, está apoyado contra el ancho y bello portal lleno de esculturas y frisos de la rica sinagoga.

Parecen lobos que husmean el aire o perros rabiosos en espera de su presa… Y lo detectan… Al punto señalan a Jesús y a los apóstoles.

–                     Juan, volviéndose a Jesús, dice desalentado:

–                     ¡Ay de nosotros, Señor! ¡Están aquí!

Éste le responde tranquilo:

–                     No tengas miedo. Sigue adelante. Si alguien no se siente con valor para hacer frente a esos desgraciados, que regrese al albergue. Estoy decidido a hablar en esta antigua ciudad levítica y de refugio.

Todos protestan:

–                     Maestro, ¿Cómo puedes pensar que te vamos a dejar solo? Que nos maten si quieren, pero participamos de tu suerte.

Jesús va y se pone contra una pared y su hermosa voz llena toda la plaza de Quedes. Pronto se ve rodeado de gente…

Varios dicen:

–                     ¡Oh! ¡Es el Rabí Galileo! Vamos a escucharlo. Tal vez haga algún milagro.

–                     ¡Qué bien habla! ¡No como esas zorras astutas y esos gavilanes voraces! –dice otro señalando a los Judíos.

El sinagogo va por Él:

–                     Te lo ruego. Entra en la sinagoga y enseña allí. Nadie más que Tú, tiene el derecho. Ven y la Palabra de Dios esté en mi casa, así como está en tus labios. Soy Matías…

–                     Gracias, justo de Israel. La paz esté siempre contigo.

Jesús pasa entre la multitud que lo sigue hasta la sinagoga y ante los enfurecidos fariseos que tienen que quedarse en la puerta, porque la gente de Quedes, no los mira con buenos ojos.

Jesús ocupa su lugar junto al sinagogo y sigue hablando a la gente, que lo escucha muy atenta.

Los fariseos sueltan una carcajada de burla Y la gente protesta.

El sinagogo estaba concentrado oyendo a Jesús, se pone de pie e impone silencio, amenazando con echar fuera a los perturbadores.

Jesús dice en voz alta:

–                     Déjalos. Mejor invítalos a que expongan sus objeciones.

Los enemigos de Jesús, dicen cargados de ironía:

–                     ¡Oh! ¡Bien, bien! Déjanos acercarnos a Ti. Te queremos hacer algunas preguntas.

Y la gente, con miradas hostiles y uno que otro epíteto apropiado, los deja pasar. Jesús les pregunta con dureza:

–                     ¿Qué queréis saber?

El Fariseo Simón, pregunta:

–                     Afirmas ser el Mesías. ¿Estás seguro?

Jesús con los brazos cruzados en el pecho, mira al que habló con tal imperio, que la ironía se le va junto con la voz y enmudece.

El otro retoma la pregunta y dice:

–                     No puedes pretender que se te crea, confiando en tu Palabra. Cualquiera puede mentir aún de buena fe. Para creer tenemos necesidad de pruebas. Danos las pruebas de que Eres lo que afirmas ser.

Jesús afirma cortante:

–                     Israel está llena de ellas.

El Fariseo Uriel dice:

–                     ¡Oh! ¡Esas!… son cosas pequeñas que cualquier santo puede hacer. Ya han sido hechas y lo serán, mientras haya justos en Israel… ¡No está dicho que las hagas por ser santo y porque Dios te ayude! Se dice que Satanás te ayuda. Queremos otras pruebas que Satanás no pueda dar…

Un escriba afirma:

–                     ¡Sí! ¡La muerte vencida!…

Jesús confirma:

–                     Ya la tuvisteis.

–                     Eran apariencias de muerte. Muéstranos un cadáver corrupto, que vuelva a la vida y se rehaga. Esto, para tener la certeza de que Dios está contigo. Dios es el Único que puede devolver el aliento al fango, que se va a convertir en polvo.

Jesús dice:

–                     Jamás se pidió esto a los profetas, para creer en ellos.

–                     Tú Eres más que un Profeta. Por lo menos así lo dices; pues te crees el Hijo de Dios… ¡Ah! ¡Ah! ¿Por qué entonces no obras como Dios? ¡Ea, pues! ¡Danos una señal! ¡Una señal!

Otro fariseo grita furioso:

–                     ¡Claro! ¡Una señal del Cielo que te señale como Hijo de Dios! Y entonces te adoraremos.

Uriel dice con sarcasmo:

–                     ¡Muy bien! ¡Muy bien, Simón! ¡No queremos caer en el pecado de Aarón! ¡No adoramos al Becerro de oro, pero podremos adorar al Cordero de Dios! ¿No lo Eres? ¡Que el Cielo nos indique que lo eres! –y ríe.

Sadoc grita:

–                     Déjame hablar a mí; Sadoc el Escriba de Oro. ¡Óyeme Jesús! Muchos Mesías que no lo fueron, te han precedido. ¡Basta de engaños! Una señal de que eres lo que afirmas, si Dios está contigo, no te la puede negar. Y nosotros creeremos en Ti y te ayudaremos. De otro modo, no olvides lo que te espera, según el mandamiento de Dios.

Jesús levanta su mano herida y la muestra bien a su interlocutor:

–                     Sadoc, ¿Ves esta señal? Tú me la hiciste y has puesto el dedo en otra señal. Y cuando la veas clavada en la Carne del Cordero, te llenarás de júbilo. Mírala, ¿La ves? La verás también en el Cielo, cuando te presentes a dar cuenta de tu vida. Porque Yo te juzgaré

Y será con mi cuerpo glorificado, allá arriba. Con las señales de mi ministerio y vuestro. Con las de mi amor y con las de vuestro Odio. La verás también tú, Uriel. Y tú, Simón. Y la verán Annás y Caifás. Y muchos otros en el último día. Día de Ira. Día Terrible. Y por eso preferiréis estar en lo profundo. Porque mi Señal en la mano herida os flechará más, que el Fuego del Infierno.

Los fariseos gritan a coro:

–                     ¡Oh, esas son palabras y blasfemias!

–                     ¿Tú en el Cielo en Cuerpo?

–                     ¡Blasfemo!

–                     ¡Tú, Juez en lugar de Dios!

–                     ¡Anatema caiga sobre Ti!

–                     ¡Tú, Insultador del Pontífice!

–                     Mereces que se te lapide… -gritan en coro, Fariseos, Saduceos y Doctores.

De nuevo se pone de pie el sinagogo. Es majestuoso como otro Moisés y grita:

–                     ¡Quedes es una ciudad de refugio y ciudad levítica! Tened respeto.

–                     ¡Esos son cuentos de viejas que no sirven para nada!…

–                     ¡Bocas blasfemas!… ¡Vosotros sois unos pecadores y no Él! Yo lo defiendo. No ha dicho nada fuera del orden. Explica a los profetas y nos trae la promesa. Y vosotros lo interrumpís. Le ponéis lazos, para que caiga. Lo ofendéis. No lo permito. Está bajo la protección del viejo Matías de la estirpe de Leví por padre y de Aarón por madre. Salid y dejad que enseñe a mi vejez  y a todos los que deseamos oírlo.  –y lo toma del brazo como para defenderlo.

Los fariseos insisten:

–                     ¡Qué nos dé una señal verdadera y nos iremos convencidos!

Jesús dice:

–                     No pierdas la tranquilidad, Matías. Voy a hablar ahora. Ésta es la profecía que os voy a dar, en lugar de la que quería explicar de Habacuc: A esta generación perversa y adúltera, sólo se le dará la señal de Jonás…

Vámonos. La paz sea con vosotros.

Sale por una puerta lateral que da a una calle silenciosa, entre huertos y casas y se aleja con los apóstoles.

Pero el sinagogo y otros que no han quedado satisfechos, lo siguen hasta el albergue y le dicen:

–                     Maestro, tenemos ansia de tu Palabra. ¡Tan bella que es la profecía de Habacuc! ¿Porque hay quién te odia, deberán quedarse sin conocerte los que te aman y creen en la verdad?

Jesús lo mira y dice:

–                     No, padre. No es justo castigar a los buenos con los malos. Escuchad pues…

Jesús habla de la profecía de Habacuc a la gente reunida en un gran patio en el albergue y terminan cantando la plegaria del Profeta. Luego Jesús los bendice y se despide.

Cuando se quedan solos, Pedro dice:

–                     Yo quisiera saber quién fue el que nos los echó encima. Parecen adivinos…

Iscariote, pálido, da un paso adelante y se arrodilla a los pies de Jesús.

Y dice contrito:

–                     Maestro, yo soy el culpable. Hable en aquel poblado con uno de ellos de quién fui huésped….

Pedro lo increpa:

–                     ¿Cómo?… ¡Qué penitencia, ni qué nada! ¡Tú eres…!

Jesús interrumpe:

–                     ¡Silencio, Simón de Jonás! Tu hermano se ha acusado sinceramente. Respétalo por haberse humillado. No te aflijas Judas. Te perdono. Tú sabes que te perdono. De ahora en adelante, sé más prudente. Ahora vámonos. Caminaremos mientras haya luna…

La semana siguiente, Jesús y los apóstoles bajan de la barca en Cafarnaúm y se encuentran con un grupo de niños que inmediatamente rodean a Jesús.

Y con Mannaém y otros discípulos que los están esperando.

–                     ¡La paz sea contigo, Maestro! –dice con voz fuerte Mannaém.

Viene espléndidamente vestido como siempre, trae en la cintura una magnífica espada, que provoca la admiración temerosa de los niños; quienes ante este gallardo caballero vestido de púrpura; con un arma formidable que resplandece en oro y piedras preciosas; se apartan atemorizados.

Esto favorece que Jesús pueda abrazarlo y besarlo. Al igual que a los pastores.

Mannaém dice:

–                     Maestro, vine aquí pensando que tu viaje a Judea está próximo y aparte de que quería estar contigo, vine para protección tuya, Señor. Si no es demasiada soberbia el pensarlo. Hay mucha efervescencia contra Ti en Israel. Es doloroso decirlo, pero no creo que lo ignores.

Y mientras caminan hacia la casa, Mannaém continúa dando sus noticias:

–                     La efervescencia e interés acerca de tu Persona ha llegado a todas partes. Las nuevas de lo que haces, penetran hasta las inmundas murallas de Maqueronte y Herodes tiembla de miedo…

Herodías se retuerce en sus lechos, temerosa de que seas el Rey Vengador de sus muchos crímenes. Toda la corte se estremece de miedo. Desde que cayó la cabeza de Juan, parece como si un fuego consumiera las entrañas de sus asesinos. No gozan ni siquiera de la mísera paz de antes. Paz de cerdos satisfechos de crápulas que buscan silencio a los reproches de su conciencia en la embriaguez e inmoralidad. No pueden tener paz y se sienten perseguidos.

Se odian después de sus amores; satisfechos el uno de la otra. Se echan en cara el haber cometido el crimen que los perturba. Que ha sobrepasado toda medida. Salomé, como si estuviera poseída por un demonio, está bajo un erotismo que degradaría a una esclava de las minas.

El palacio huele peor que una cloaca.

Muchas veces Herodes me ha preguntado por Ti y siempre le respondo lo mismo: ‘Para mí es el Mesías. El Rey de Israel de la única estirpe: la de David. Es el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios; predicho por los Profetas. Es el Verbo de Dios, el que por ser el Mesías, tiene el derecho de reinar sobre todo ser viviente.’

Y él se muere de pavor. Tomándote como el Vengador. Algunos cortesanos, tratando de consolarlo, le han dicho que eres Juan o Elías. Y con esto lo hacen temblar más de horror y grita: ‘¡No puede ser Juan! A él lo mandé decapitar.

Y su cabeza la tiene bien guardada Herodías. Tampoco es el Mesías, ¿Quién lo afirma? ¿Quién se atreve a decirme que Él es el Rey de la única estirpe real? ¡Yo soy el rey! Y no otros. El Mesías fue muerto por Herodes el Grande, ahogado por un mar de sangre. Fue degollado como un corderito… ¿Oyes como llora? Su balido me grita siempre, dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan: “No te es lícito…” ¿Qué no me es lícito? Todo me es lícito, porque soy el rey. ¡Qué traigan vino y mujeres!

Si Herodías rehúsa mis abrazos, que dance Salomé, para despertar mis sentidos adormecidos con tus temerosas noticias.’

Y se embriaga entre las adulaciones de la corte; mientras que su insensata mujer aúlla sus blasfemias contra el Mártir y sus amenazas contra Ti. Y en las que lanza Salomé: reconoce lo que significa haber nacido del pecado de dos sensuales. De haber cooperado con un crimen, alcanzándolo con entregar su cuerpo a las ansias de un desenfrenado.

Después Herodes vuelve en sí y quiere saber cosas de Tu Persona y quisiera verte. Y por esto permite que venga a Ti, con la esperanza de yo te lleve a él… Cosa que jamás haré. Para no llevar tu Santidad a un antro de fieras inmundas.

Herodías quisiera tenerte a su alcance para golpearte. Herirte. Lo dice con su estilo en las manos. Salomé te vio en Tiberíades y enloqueció por Ti…

¡Esto es el palacio, Maestro! Estoy ahí, porque así me entero de lo que piensan acerca de Ti…

Jesús contesta:

–                     Te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello. También esto es servir al Eterno en sus decretos.

–                     Lo había pensado y por eso vine.

–                     Mannaém, ahora que estás aquí; necesito pedirte algo. Yo necesito ir con éstos por caminos desconocidos dónde no me podrán hacer ningún mal. Las mujeres están indefensas y quien las acompaña, tiene un corazón amable y acostumbrado a ofrecer la otra mejilla. No vas a bajar conmigo a Jerusalén, sino con ellas. Tu presencia será una protección segura. Comprendo que es un sacrificio, pero estaremos juntos en Judea. No me lo niegues, amigo mío.

Mannaém dice con una sonrisa:

–                     Señor, cualquier deseo tuyo es una orden para tu siervo. Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas. Desde este momento hasta que tú quieras.

–                     Gracias. También esta obediencia tuya se escribirá en el Cielo. Ahora vamos a curar a los enfermos que me esperan.

Días después…

Jesús, con Pedro, Santiago y Juan; bajan del Tabor, donde tuvo lugar la Transfiguración. Y van al encuentro de los demás discípulos.

Al salir del bosque entran en un llano que desciende suavemente, hasta encontrarse con el camino principal. Ven al grupo de discípulos a los que se han agregado viajeros curiosos, escribas y dan señales de excitación.

Pedro exclama señalándolos:

–                     ¡Ay de mí! ¡Escribas!… ¡Y ya están disputando!

Y baja los últimos metros de mala gana. Los que están abajo los ven y corren hacia ellos.

–                     Estábamos a punto de irnos al lugar indicado. Pero los escribas nos han detenido con sus disputas y las súplicas de un padre adolorido.

Jesús pregunta:

–                     ¿Porqué disputabais entre vosotros?

–                     A causa de un endemoniado. Los escribas se burlaron de nosotros, porque no pudimos curarlo. Judas de Keriot se puso al frente; pero ha sido inútil. Entonces dijimos, ‘Hacedlo vosotros.’ Y nos contestaron que no eran exorcistas.

Por casualidad venían otros escribas y entre ellos hay dos exorcistas, pero tampoco ellos pudieron hacer nada. Aquí está el padre que ha venido a suplicarte. ¡Escúchalo!

El hombre se adelanta y se arrodilla ante Jesús:

–                     Maestro, iba a Cafarnaúm a llevarte a mi hijo, para que lo liberes. Es presa de un espíritu mudo. Cuando se apodera de él, no emite más que gritos roncos, como una bestia a la que se degüella. El espíritu lo echa por tierra y él se revuelca rechinando los dientes, espumando como un caballo que mordiera el freno. Se hiere y se expone a morir ahogado, quemado o hecho pedazos.

Porque el espíritu varias veces lo ha arrojado al agua, al fuego o por las escaleras hacia abajo. Tus discípulos hicieron la prueba, pero no lo lograron. ¡Oh, Señor Bueno! ¡Ten piedad de mí y de mi hijo!

La mirada en el rostro de Jesús relampaguea…

Y grita:

–                     ¡Oh, Generación Perversa! ¡Oh, Turba satánica! ¡Legión rebelde! ¡Pueblo del Infierno, incrédulo y cruel! ¿Hasta cuando deberé estar en contacto contigo? ¿Hasta cuando tendré que soportarte?

Es tan imponente, que invade un silencio absoluto y cesan las indirectas de los escribas.

Jesús dice al padre:

–                     Levántate y tráeme aquí a tu hijo.

Va y regresa con todos en cuyo centro viene un jovencito como de trece años, buen mozo, pero con mirada un poco tonta. En su frente se ve una larga herida y más abajo, una antigua cicatriz.

En cuanto ve a Jesús que lo mira con sus ojos magnéticos, emite un grito ronco. Contuerce todo el cuerpo, se echa por tierra, espumeando y girando los ojos hasta que se le ve el bulbo blanco, en una típica convulsión epiléptica.

Jesús da unos pasos acercándose y dice:

–                     ¿Desde cuando le sucede esto? Habla fuerte para que todos oigan.

El padre contesta:

–                     Desde pequeño. Cuando el espíritu lo asalta, busca hacerle  todo el mal posible, para matarlo. Está lleno de cicatrices y de quemaduras. Nadie ha podido curarlo. Yo creo que Tú si puedes. Ten piedad de nosotros y socórrenos.

–                     Si puedes creer de este modo, todo me es posible; porque todo se concede a quien cree. 

–                     ¡Oh, Señor! ¡Sí creo! Pero si no fuere suficiente, auméntame la Fe para que sea perfecta y obtenga el milagro. –suplica el hombre de rodillas.

Llorando, cerca de su hijo que tiene convulsiones cada vez más violentas.

Jesús se yergue. Retrocede dos pasos.

Y en voz alta dice:

–                     ¡Espíritu maldito que haces sordo y mudo al niño y lo atormentas: Yo te lo mando! ¡Sal de él y no vuelvas a entrar!

El niño tirado por tierra, da tremendos brincos formando una especie de arco con su cuerpo, hacia atrás. Lanza gritos espeluznantes que no son humanos. Después del último brinco en que se revuelca pegando con la frente y la boca, contra una piedra saliente de la hierba, que se tiñe de sangre, se queda inmóvil.

Muchos gritan.

–                      ¡Ha muerto!

Otros compadecen:

–                     ¡Pobre muchacho! ¡Pobre padre!

Los escribas se guiñan los ojos y dicen:

–                     ¡Qué si te ha ayudado el Nazareno!

–                     Maestro, ¿Qué pasa?

–                     ¡Esta vez Belzebú te ha hecho pasar un mal rato!…

Y ríen venenosos.

Jesús no responde a nadie. Ni siquiera al padre que ha volteado a su hijo y le limpia la sangre de la frente y de la boca gimiendo, invocando a Jesús, el cual se inclina y toma de la mano al jovencillo.

Éste abre los ojos con un largo suspiro, como si despertase de un sueño. Se sienta y sonríe. Su mirada ya no refleja estupidez. Jesús tira de él hacia Sí, lo pone de pie y lo entrega a su padre.

La gente grita de entusiasmo y los escribas huyen perseguidos por las risas y burlas de la multitud.

Jesús dice a sus discípulos:

–                     Vámonos.

Y despide a la muchedumbre.

Cuando van caminando, comentan lo sucedido.

Simón, su primo exclama:

–                     ¡Eras Tú el que hacías falta! – porque también se ha integrado al grupo de los discípulos.

Salomón el barquero comenta:

¡Pero ni siquiera viendo que sus mismo exorcistas no podían hacer nada, se persuadieron aquellos tercos!… ¡Y eso que emplearon las fórmulas más duras! –Y mueve la cabeza.

Hermas responde:

–                     Quedó descartado toda clase de sortilegio diabólico del poder de Jesús, al decir que se sintieron invadidos por una paz profunda, cuando el Maestro obró el milagro. Pues cuando sale de un poder malo, lo sienten que les turba.

Varios dicen al mismo tiempo:

–                     ¡Pero qué espíritu tan terco! ¡No se quería ir!

–                     Pero, ¡Cómo! ¿No lo tenía siempre consigo?

–                     ¿Era un espíritu arrojado?

–                     ¿Perdido?

–                     ¿O bien el niño era tan santo que por sí mismo lo arrojaba?

Jesús responde:

–                     Muchas veces he explicado que cualquier enfermedad que es una molestia y un desorden, puede ocultar a Satanás y éste utilizarla. Crearla; para hacer que blasfemen contra Dios. El niño estaba enfermo. No era un poseído. Es un alma pura… Por esto la libré del astutísimo demonio que quería dominarla para hacerla impura.

Judas de Keriot pregunta:

–                     ¿Y por qué si era una enfermedad, nosotros no pudimos hacer nada?

Tomás observa:

–                     ¡Cierto! ¡se comprende que los exorcistas no pudieran hacer nada, tratándose de una enfermedad! Pero nosotros…

Y Judas, quién probó muchas veces y solo obtuvo que el jovencito aumentase sus convulsiones y sus auto agresiones, agrega:

–                     Hasta parece que nosotros le causábamos mayor mal. ¿Recuerdas Felipe? Tú que me ayudaste, oíste y viste los gestos burlones que me hacía. Hasta me gritó: ‘¡Lárgate! ¡Lárgate! ¡Tú eres un pecador! ¿Quieres que recite tus pecados?… ¡Entre tú y yo, tú eres más demonio que yo!’

Esto hizo reír mucho a los escribas y aumentaron sus burlas detrás de nosotros.

Jesús lo mira fijamente:

–                     ¿Te desagradó? –pregunta Jesús como si lo dicho por Judas, fuera algo sin importancia…

–                     ¡Claro! A nadie le gusta que se burlen de uno. Y no es bueno si se trata de tus apóstoles. Se pierde autoridad.

–                     Cuando se tiene a Dios consigo,  tiene uno autoridad. Aún cuando el mundo se burle, Judas de Simón.

–                     ¡Está bien! Pero aumenta al menos en tus apóstoles el poder; para que no nos sucedan ciertas cosas.

–                     Que aumente el poder no es justo, ni útil. Lo debéis hacer por vosotros mismos. Se debió a vuestra insuficiencia que no pudisteis. Y  también por haber disminuido con elementos no santos; cuanto os había dado… Esperando de este modo, conseguir triunfos mayores.

Iscariote pregunta:

–                     ¿Lo dices por mí, Señor?

Jesús responde:

–                     Tú lo sabrás. Estoy hablando a todos.

Bartolomé pregunta:

–                     ¿Entonces qué cosa es necesaria para vencer a esta clase de demonios?

–                     La Oración y el Ayuno, no más. Orad y ayunad. No solo con el cuerpo. Ayuno. Es útil que vuestro orgullo ayune de satisfacciones.

El orgullo satisfecho hace apática la inteligencia y el corazón. Y la oración se hace tibia, inerte. Así como cuando se ha comido demasiado, el cuerpo se hace pesado, somnoliento.

Vamos ahora a descansar. Tenemos que preparar nuestro viaje a Judea…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA