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140 EL AMOR ES DINÁMICO


140 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Los dos pobres se quedan.

Son una mujer muy delgada y un anciano muy viejo.

No están juntos, se han encontrado allí por azar.

Se habían quedado en un ángulo intimidados, poniendo inútilmente la mano a quienes pasaban por delante.

Ahora no se atreven a acercarse, pero Jesús va directamente hacia ellos y los toma de la mano para ponerlos en el centro del grupo de los discípulos,

bajo una especie de tienda que Pedro ha montado en un ángulo

Quizás les sirve de refugio durante la noche y como lugar de reunión durante las horas más calurosas del día: es un cobertizo de ramajes y de… mantos.

Pero sirve para su finalidad, a pesar de que sea tan bajo, que Jesús y Judas Iscariote, los dos más altos. tienen que agacharse para poder entra.  

Jesús dice:

–     Aquí tenéis a un padre y a una hermana nuestra.

Traed todo lo que tenemos. Mientras comemos escucharemos su historia.  

Y Jesús se pone personalmente a servir a los dos vergonzosos y escucha la dolorosa narración.

Ambos viven solos:

El viejo, desde cuando su hija se fue con su marido a un lugar lejano y se olvidó de su padre…

La mujer, que además está enferma, desde que su marido murió a causa de una fiebre.  

El anciano dice:

–     El mundo nos desprecia porque somos pobres.

Voy pidiendo limosna para juntar unos ahorrillos y poder cumplir la Pascua.

Tengo ochenta años. Siempre la he cumplido. Esta puede ser la última.

No quiero ir con Abraham, a su seno, con algún remordimiento. De la misma forma que perdono a mi hija, espero ser perdonado.

Quiero cumplir mi Pascua.

–     Largo camino, padre.

–     Más largo es el del Cielo, si se incumple el rito.

–     ¿Vas sólo?…

¿Y si te sientes mal por el camino?

–     Me cerrará los párpados el ángel de Dios. 

Jesús acaricia la cabeza temblorosa y blanca del anciano.   

Y pregunta a la mujer:

–     ¿Y tú?

–     Voy en busca de trabajo.

Si estuviera mejor alimentada, me curaría de mis fiebres; una vez sana, podría trabajar incluso en los campos de cereales.

–     ¿Crees que sólo el alimento te curaría?

–     No. Estás también Tú…

Pero, yo soy una pobre cosa, demasiado pobre cosa como para poder pedir conmiseración.

–     Y, si te curara, ¿Qué pedirías después?

–     Nada más.

Habría recibido ya con creces cuanto puedo esperar.

Jesús sonríe y le da un trozo de pan mojado en un poco de agua y vinagre, que hace de bebida.

La mujer se lo come sin hablar.  

Jesús continúa sonriendo.

La comida termina pronto (¡era tan parca!…).

Apóstoles y discípulos van en busca de sombra por las laderas, entre los matorrales.

Jesús se queda bajo el cobertizo.

El anciano se ha apoyado contra la pared herbosa; ahora, cansado, duerme.

Pasado un poco de tiempo, la mujer, que también se había alejado en busca de sombra y descanso, vuelve hacia Jesús…

Que le sonríe para infundirle ánimo.

Ella se acerca, tímida, pero al mismo tiempo contenta, casi hasta la tienda;

luego la vence la alegría y da los últimos pasos velozmente, para caer finalmente rostro en tierra emitiendo un grito reprimido:

–     ¡Me has curado!

¡Bendito! ¡Es la hora del temblor fuerte y no se me repite!…

Y besa los pies a Jesús.

–     ¡Estás segura de estar curada?

Yo no te lo he dicho. Podría ser una casualidad…

–     ¡No!

Ahora he comprendido tu sonrisa cuando me dabas el trozo de pan. Tu virtud ha entrado en mí con ese bocado.

No tengo nada que darte a cambio, sino mi corazón.

Manda a tu sierva, Señor, que te obedecerá hasta la muerte.

–     Sí. ¿Ves aquel anciano?

Está solo y es un hombre justo.

Tú tenías marido, pero te fue arrebatado por la muerte; él tenía una hija, pero se la quitó el egoísmo. Esto es peor.

Y, no obstante, no impreca; pero no es justo que vaya sólo en sus últimas horas. Sé hija para él.

–     Sí, mi Señor.

–     Fíjate que ello significa trabajar para dos.

–     Ahora me siento fuerte. Lo haré.

–     Ve entonces allí, encima de ese risco.

Y dile al hombre que allí está descansando, aquél vestido de gris, que venga aquí.

La mujer va sin demora y vuelve con Simón Zelote. 

Jesús indica:

–     Ven, Simón.

Debo hablarte.

Espera, mujer.

Jesús se aleja unos metros. 

Y pregunta:

–     ¿Crees que a Lázaro le supondrá alguna dificultad el recibir a una trabajadora más?  

Simón exclama:

–     ¡Lázaro!

¡Si creo que ni siquiera sabe cuántos le prestan servicio!

¡Uno más o menos…! … Pero, ¿De quién se trata?

–     Es aquella mujer.

La he curado y…

–     No sigas, Maestro.

Si la has curado, es señal de que la amas. Y lo que Tú amas es sagrado para Lázaro. Empeño mi palabra por él.

–     Es verdad, lo que Yo amo es sagrado para Lázaro; bien dices. 

Por este motivo, Lázaro será santo, porque, amando lo que Yo amo, ama la perfección.

Deseo vincular a aquel anciano con esa mujer.

Y que aquel patriarca pueda cumplir con júbilo su última Pascua.

Quiero mucho a los ancianos santos.

Y si puedo hacerles sereno el crepúsculo de la vida, me siento dichoso.

–     También amas a los niños…

–     Sí, y a los enfermos…

–     Y a los que lloran…

–     Y a los que están solos…

–     ¡Maestro mío!

¿No te das cuenta de que amas a todos, incluso a tus enemigos?  

–     No me doy cuenta, Simón; amar es mi naturaleza.

Mira, el patriarca se está despertando.

Vamos a decirle que celebrará la Pascua con una hija a su lado y sin necesidad de buscarse el pan.

Y vuelven a la tienda, donde la mujer los está esperando.

Acto seguido van los tres donde el anciano, que está sentado, atándose las sandalias. 

Jesús pregunta:

–     ¿Qué piensas hacer, padre?

–     Voy a descender hacia el valle.

Espero encontrar un refugio para la noche. Mañana pediré limosna por el camino.   

luego, abajo, abajo, abajo,…

Dentro de un mes, si no me he muerto, estaré en el Templo.

–     No.

–     ¿No debo hacerlo?

¿Por qué?

–     Porque el buen Dios no quiere.

No vas a ir solo. Esta mujer irá contigo. Te conducirá al lugar que voy a indicaros; os acogerán por amor a Mí.

Celebrarás tu Pascua, pero sin penalidades. Ya has llevado tu cruz, padre; suéltala ahora.

Y recógete en acción de gracias al buen Dios.

–     ¿Por qué esto?…

¿Por qué esto?… No… no merezco tanto… Tú… una hija…

Es más que si me dieras veinte años… ¿A dónde me quieres enviar?…

El anciano llora entre la espesura de su poblada barba.

–     Con Lázaro de Teófilo.

No sé si lo conoces.

–     Soy de la zona confinante con Siria.

¡Claro que me acuerdo de Teófilo! ¡Oh, Hijo bendito de Dios, deja que te bendiga!

Y Jesús, que está sentado en la hierba frente al anciano…

Se inclina realmente para dejar que éste le imponga, solemne, las manos sobre su cabeza.

Y pronuncie, poderoso y con voz cavernosa de anciano venerable, la antigua bendición:

«El Señor te bendiga y te guarde. El Señor te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. El Señor vuelva a ti su rostro y te dé su paz.

Y Jesús, Simón y la mujer responden juntos:

–     Y así sea.

29 PRIMICIA DE ADORACIÓN


29 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

El anuncio a los pastores,

Que vienen a ser los primeros adoradores del Verbo hecho Hombre.

 Y ahora veo extensos campos. La Luna está en su cénit, surcando tranquila un cielo colmado de estrellas.

Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro.

La Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra.

Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros.

Y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche. Una casita lejana parece un bloque de mármol de Carrara.

A mi derecha veo un recinto, dos de cuyos lados son un seto de espinos; los otros dos, una tapia baja y tosca.

En ésta apoya la techumbre de una especie de cobertizo ancho y bajo, que en el interior del recinto está construido parte de fábrica y parte de madera:

como si en verano las partes de madera se debieran quitar y se transformase así el cobertizo en un pórtico.

De dentro del cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve.

Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva…

Y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.

Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba.

Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna; pero, en este caso es tan intensa que ciega,

especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro.

Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.

El pastor llama a sus compañeros.

Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades.

Entre ellos hay algunos que apenas si han llegado a la adolescencia, otros ya tienen el pelo cano. Comentan este hecho extraño.

Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar, con lo cual se hace objeto de las burlas de los más mayores.

El más viejo le dice: 

–    ¿A qué le tienes miedo, tonto?

¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? ¿Has estado siempre pegado a las faldas de tu madre, como un pollito a la gallina, no?

¡Pues anda que no tendrás que ver cosas! Una vez, yo había llegado hasta los montes del Líbano, e incluso los había sobrepasado, hacia arriba.

Era joven, no me pesaba andar, incluso era rico entonces… Una noche vi una luz de tal intensidad que pensé que estuviera volviendo Elías en su carro de fuego.

El cielo estaba todo de fuego. Un viejo — entonces el viejo era él — me dijo:

“Un gran advenimiento está para llegar al mundo”.

Y para nosotros supuso una desventura, porque vinieron los soldados de Roma. ¡Oh, muchas cosas tendrás que ver, si la vida te da años!….

Pero el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido incluso el miedo. De hecho, alejándose del umbral de la puerta,

dejando a hurtadillas la espalda de un musculoso pastor, detrás del cual estaba refugiado, sale al redil herboso que está delante del cobertizo.

Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara.

Llegado un momento grita:

–     ¡Oh! – y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos.

Los demás se miran estupefactos.

Uno dice:

–     Pero, ¿Qué le pasa a ese tonto? 

Otro dice:

–     Mañana lo mando con su madre.

No quiero locos cuidando a las ovejas.

El anciano que estaba hablando poco antes,

dice:

–     Vamos a ver antes de juzgar.

Llamad también a los que están durmiendo y coged palos. No vaya a ser un animal malo o gente malintencionada…

Entran llamando a los otros pastores…

Y salen con teas y garrotes.

Llegan donde está el muchacho.  

Que está muy feliz y sonriente…

Y señalando un lugar específico,

dice susurrando:

–     Allí, allí …

Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es!  

Los hombres comentan:

–     Yo lo único que veo es una luz más viva.

–     Yo también.

–     Yo también».

–     No. Yo veo como un cuerpo.

Lo reconozco: es el pastor que ofreció leche a María. 

El niño grita:

–     ¡Es un… es un ángel!

Mirad, está bajando, y se acerca…  

De todas las gargantas escapa un:

–    ¡¡¡Oh!!!

Largo y lleno de veneración…que se levanta del grupo de los pastores

El más anciano exclama: 

– ¡De rodillas ante el ángel de Dios!

Y esto hace que todos caigan con el rostro en tierra.

Cuanto más ancianos son, más contra el suelo se les ve por la aparición fulgente.

Los jovencitos están de rodillas, pero miran al ángel, que se aproxima cada vez más, hasta detenerse.

Candor de perla en el candor de luna que le circunda, suspendido en el aire, moviendo sus grandes alas, a la altura de la tapia del recinto. 

El  Ángel dice:

–     No temáis.

No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel,  y para todo el pueblo de la tierra …

La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.

El Ángel anuncia:

–     Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador.

Al decir esto, el ángel abre más las alas,y las mueve como por un sobresalto de alegría,.

Y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas.

Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.

El Ángel continúa:

–      … el Salvador, que es Cristo.

El ángel resplandece con mayor luz.

Sus dos alas, ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.

–      … ¡Cristo, el Señor! 

El ángel recoge sus dos fulgidas alas y con ellas se cubre, es como un manto de diamante sobre un vestido de perla, se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón;

su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas.

No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un “Gloria”.

Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden,

y dice:

–     Lo reconoceréis por estas señales:

En un pobre establo, detrás del Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David.

El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.

Y del Cielo vienen muchos — ¡oh, cuántos! — muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco,.

Y se reúnen en torno al Ángel Anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo, alcanzada en este caso la perfección del sonido.

Si la pintura es el esfuerzo de la materia para transformarse en luz, aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios;

y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle: «¡Te amamos!».

El “Gloria” angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz.

Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. 

 Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios.

El canto se hace más tenue, y la luz, mientras los ángeles retornan al Cielo…

…Los pastores vuelven en sí.

Y comentan:

–    ¿Has oído?

–    ¿Vamos a ver?

–    ¿Y las ovejas?

–    ¡No les sucederá nada!

–    ¡Vamos para obedecer a la palabra de Dios!…

–     Pero, ¿A dónde?

–    ¿Ha dicho que ha nacido hoy? 

–    ¿Y que no ha encontrado sitio en Belén?

El que habla ahora es el pastor que ofreció la leche;

–    Venid, yo sé.

He visto a la Mujer y me ha dado pena. He indicado un lugar para Ella, porque pensaba que no encontrarían hospedaje, y al hombre le he dado leche para Ella.

Es muy joven y hermosa. Debe ser tan buena como el ángel que nos ha hablado. Venid. Venid. Vamos a coger leche, quesos, corderos y pieles curtidas.

Deben ser muy pobres y… ¡quién sabe qué frío no tendrá Aquel a quien no oso nombrar!

Y pensar que yo le he hablado a la Madre como si se tratara de una pobre esposa cualquiera!..

Entran en el cobertizo y al poco rato, salen…

Quién con unas pequeñas cantimploras de leche, quién con unos quesitos de forma redondeada dentro de unas rejillas de esparto entretejido,

quién con cestas con un corderito balando, quién con pieles de oveja curtidas.

El más anciano dice:

–    Yo llevo una oveja.

Ha parido hace un mes. Tiene la leche buena. Les puede venir bien, si la Mujer no tiene leche. Me parecía una niña, ¡Y tan blanca!… Un rostro de jazmín bajo la luna.

Y los guía. Caminan bajo la luz de la luna y de las teas, tras haber cerrado el cobertizo y el recinto.

Van por senderos rurales, entre setos de espinos deshojados por el invierno.

Van a la parte de atrás de Belén.

Llegan al establo, caminando no por la parte por la que fue María, sino por la opuesta, de forma que no pasan por delante de los establos más lindos…

Y aquél es el primero que encuentran. Se acercan a la entrada.  

Y todos dicen:

–    ¡Entra!

–    No me atrevo.

–    Entra tú.

–    No.

–    Mira, al menos.

–    Tú, Leví,

mira tú que has sido el primero que ha visto al ángel, que es señal de que eres mejor que nosotros.

La verdad es que antes lo han llamado loco… pero ahora les conviene que él se atreva a lo que ellos no tienen el valor de hacer.

El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca a la entrada, descorre un poquito el manto, mira, y…

Se queda extático…  

e preguntan ansiosos en voz baja:

–    ¿Qué ves? 

Leví contesta:

–     Veo a una mujer, joven y hermosa,

Y a un hombre inclinados hacia un pesebre y oigo…,

Oigo que llora un niñito y la mujer le habla con una voz… ¡Oh, qué voz!.

–    ¿Qué dice?

–     Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”.

Dice: “¡Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñín! Pero no la tengo todavía”.

Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”.

Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, Y lo besa.  y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos,

porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre.

–    ¡Llama! ¡Que te oigan!

–     Yo no. Tú, que nos has traído y que la conoces.

El pastor abre la boca, pero se limita a farfullar unos sonidos.

José se vuelve y va a la puerta. 

Y pregunta:

–     ¿Quiénes sois?

Uno de los hombres contesta:

–     Pastores.

Os traemos comida y lana. Venimos a adorar al Salvador.

–     Entrad.

Entran. Las teas iluminan el establo.

Los viejos empujan a los niños delante de ellos.

María se vuelve y sonríe.

Los invitya con la mano, sonriendo, 

y diciendo: 

–     Venid»  « ¡Venid!» 

Toma al que había visto al ángel y lo acerca hacia sí, hasta el mismo pesebre.

El niño mira con beatitud.

Los otros, invitados también por José, se arriman con sus dones y los depositan, con breves y emocionadas palabras, a los pies de María.

Luego miran al Niño, que está llorando quedo, y sonríen emocionados y dichosos.

Uno de ellos, más intrépido,

dice:

–     Toma, Madre.

Es suave y está limpia. La había preparado para mi hijo, que está para nacer. Yo te la doy. Arropa a tu Hijo en esta lana; la sentirá suave y caliente…

Y le ofrece una piel de oveja, una piel preciosa de abundante lana blanca y larga. 

María levanta a Jesús y lo envuelve en la piel.

Luego se lo muestra a los pastores, los cuales, de rodillas sobre el heno del suelo, lo miran extasiados.

Sintiéndose más valerosos, uno de ellos propone:

–     Habría que darle un sorbo de leche.

O mejor: agua y miel. Pero no tenemos miel Se les da a los niñitos. Yo tengo siete hijos y entiendo de ello… –

–     Aquí está la leche. Toma, Mujer.  

El pastor objeta:

–     Pero está fría.

Tiene que ser caliente. ¿Dónde está Elías? Él tiene la oveja.

Elías debe ser el de la leche, pero no está; se había quedado afuera y ahora está mirando por el portillo, y en la oscuridad de la noche se difumina.

–     ¿Quién os ha conducido aquí?

–     Un ángel nos ha dicho que viniéramos, luego Elías nos ha guiado hasta aquí. Pero, ¿Dónde está ahora?

La oveja lo delata con un balido

–    Ven. Se te requiere.

Entra con su oveja, avergonzado por ser el más notado.

José dice reconociéndolo:

–     ¿Eres tú!

María, por su parte, le sonríe diciendo:

–   «Eres bueno».

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso.  

Todos sonríen.

Y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

Elías dice:

–     Pero aquí no podéis quedaros.

Hace frío y hay humedad. Y además… demasiado olor a animales. No es bueno… y… no está bien para el Salvador.

–    Lo sé – dice María suspirando profundamente.

–    Pero, no hay sitio para nosotros en Belén.

–     Ánimo, Mujer.

Nosotros te buscaremos una casa.

–     Se lo digo a mi ama – dice el de la leche, Elías

Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio.

–     Por lo menos para mi Niño.

Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo…

–     No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso.

Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores…

José dice:

–    Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar.

 –   ¡Oh… ni lo queremos!

¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. Él ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”.

Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. 

Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz.

¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que lo has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarlo en ti.

Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad.

¿Qué podemos hacer por ti?

–     Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos.

–     ¿Y para ti?

¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que Él ha nacido?

–     Sí, los tengo…

Pero no están cerca de aquí, están en Hebrón…  

Elías dice:

– Voy yo.

¿Quiénes son?

–     Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima.

–     ¿Zacarías?

¡Lo conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos. Y soy amigo de su pastor.

Después de que te vea establecida voy a donde Zacarías.

–     Gracias, Elías.

–     Nada de gracias.

Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador.

–     No.

Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”.

–     Eso diré.

–     Que Dios te lo pague.

Me acordaré de ti, de todos vosotros… 

–   ¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?.

–     Lo haré.

Y todos los pastores se presentan:

–    Yo soy Elías.

–    Y yo, Leví.

–    Y yo, Samuel.

–   Y yo, Jonás.

–    Y yo, Isaac.

–    Y yo, Tobías.

–    Y yo, Jonatán.

–    Y yo, Daniel.

–    Simeón, yo.

–    Yo me llamo Juan.

–    Yo, José;

y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos.

María promete:

–     Recordaré vuestros nombres.

–     Tenemos que marchamos…

Pero volveremos… ¡Y te traeremos a otros para adorar!…. -¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño? -¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!  

Leví con una sonrisa angelical, dice:

–     Déjanos besar su vestido.

María levanta despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen.

Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela.

Quien tiene barba primero se la adereza.

Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón…

La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo…

Y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.  

Dice Jesús:  

Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco. Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía

y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón.

Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo.

Los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije — y esto mismo lo dice también mi Iglesia — que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas.

Fe segura:

ellos creen pronta y ciegamente en el ángel. Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor. Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente,

con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo. Prontitud de obediencia:

María desea que sea avisado Zacarías, y Elías va enseguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien. ¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

Otra cosa. Ésta enteramente para ti. Observa a quién se revela el ángel en primer lugar, y quién es el que merece escuchar las efusiones del ánimo de María: Leví: el niño.

A quien tiene alma de niño Dios se le manifiesta, y le muestra sus misterios y permite que escuche las palabras divinas y de María.

Y quien tiene alma de niño tiene también la santa intrepidez de Leví y dice: “Déjame besar el vestido de Jesús”. Se lo dice a María, porque es siempre María la que os da a Jesús.

Ella es la Portadora de la Eucaristía.

Ella es el Sagrario Vivo.

Quien va a María me encuentra a Mí.

Quien me pide a Ella de Ella me recibe.

La sonrisa de mi Madre, cuando una criatura le dice: “Dame a tu Jesús para que yo le ame” — tan feliz se siente —, hace que el color del Cielo se cambie en un esplendor más vivo de júbilo.

Dile pues: “Déjame besar el vestido de Jesús, déjame besar sus llagas”.

Atrévete incluso a más. Di: “Déjame reclinar mi cabeza en el Corazón de tu Jesús para sentirme así bienaventurada”.

Ven. Descansa. Como Jesús en la cuna, entre Jesús y María.

GÉNESIS 3, 5


Los primeros padres se convirtieron y arrepintieron gradualmente:

¡Al ir saboreando lo amargo del pecado!

Lo duro del trabajo, los dolores del parto.

Abel asesinado, sangrando, convertido en gusanos…

Los huesos secos, convertidos en ceniza, en polvo…

Dios no había querido burlarse, ¡Sus palabras se realizaban! (Gén. 3,16-19).

Dice Jesús:

Hijitos Míos, recordad Mi Orden, Mi Consejo, cuando subí a los Cielos: “amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.

Muchos de vosotros estáis viendo los desastres que se están dando a nivel mundial, pero también, muchos de vosotros, sois secos de corazón.

Vuestro corazón no produce amor, vuestro corazón no se ha dejado penetrar por el Mío. 

Y muchas veces, permito todos estos desastres o que se sucedan situaciones penosas entre vosotros;

para que pueda surgir ese amor fraterno que, ciertamente, os va a salvar y os va a hacer crecer en Mi Amor.

Es penoso, lo digo así, es penoso que tenga que llegar a estas situaciones de castigo, de dolor, para que muchas almas reaccionen a que os améis los unos a los otros,

cuando debierais, todos, tener vuestro corazón en la mano.

Con esto, queriendo decir que estéis atentos a dar amor a cualquiera que se acerque a vosotros.

Sabéis, porque os lo he dicho, que el Amor es el que mueve a todo el Universo, ahora se os hace, quizá, difícil entender esta frase; pero; 

Mi Padre, vuestro Padre, todo lo creó en el Amor. 

Y todo lo que Él hace, tiene un inicio en el Amor.

Ved cómo Me pidió a Mí Su Hijo, Su Único Hijo, bajar a la Tierra; para alcanzar la salvación de todos vosotros, dándoMe en el Dolor.

Yo bien podría haberLe pedido que fuera de otra forma, que no tuviera que sufrir, que con la sola Evangelización Yo convenciera a todos.

Él Me lo pidió así, dándoMe, y es que el Dolor entró en el momento del Pecado Original, y el Dolor, también, tiene que ser vencido por el Amor.

Todos vosotros habéis vivido el amor y habéis vivido el dolor y sabéis que cuando el amor entra después del dolor, es vencido el dolor y de ahí nace una nueva experiencia, que os hace crecer.

Todo acto de amor produce un crecimiento, una purificación, un beneficio para las almas y para todo lo creado.   

EL AMOR ES LA FUERZA MAS PODEROSA DEL UNIVERSO

Si vosotros consintierais en cuidar vuestros actos diarios y tratarais de que todo lo que saliera de vosotros, en pensamientos, palabras, obras, llevaran amor,

contagiaríais a vuestros hermanos y, de esta forma iríais eliminado tanto mal a vuestro alrededor, un mal que todos tenéis, ciertamente, arraigado en vuestro ser y que produce dolor.

El dolor se puede eliminar con el amor, como Yo lo vencí con Mi Donación por vosotros, vencí a satanás con Mi Amor,

con Mi Sabiduría Divina, a la cual, todos vosotros tenéis acceso y Me lo debéis pedir, porque si queréis actuar, en esta vida, solos, no podréis salir adelante, Satanás os vencerá,

es más inteligente que vosotros. Pero si vosotros tomáis de Mi Sabiduría, que es muy diferente, lo venceréis junto con vuestro amor hacia los demás.

Yo estoy con vosotros, vivo en vuestro corazón, os conozco perfectamente, Mi Santo Espíritu está en vosotros, SoMos Una Sola Persona y os conoceMos perfectamente.

“No hagas a los demás, lo que no quieras que te hagan a tÏ.”

Debéis, pues, tratar, de que todos vuestros actos estén envueltos de amor e iréis viendo el resultado, prácticamente, de inmediato;

Y la principal regla a todo esto, es, no devolver mal cuando recibáis un mal.

También os lo he dicho muchas veces, amor y si no podéis dar en ese momento amor, callaos y vedMe a Mí en ese momento, ved todo Mi Dolor, toda Mi Donación por cada uno de vosotros,

y os podría preguntar, ¿No os mereceríais vosotros, más, ese Dolor que Yo sufrí?,

porque sufrí por vuestros pecados y vosotros sois los que debierais estar sufriendo, no Yo, vuestro Dios, que Soy Puro y Santo,

Yo tomé el lugar de cada uno de vosotros, y os saqué adelante, a la Vista de Mi Padre.

34. Jesús decía: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando a suertes. Lucas 23

Así que, en los momentos en que seáis ofendidos, vedMe, porque vosotros debierais estar sufriendo lo que Yo sufrí para vuestra salvación. 

Y cuando la Sabiduría llegue a vuestro interior, aprenderéis a perdonar, aún a aquél que os hizo mucho daño.

El Amor todo lo puede, Mis pequeños, pero deberéis ser lo suficientemente humildes, para reconocer que no os merecéis, plenamente, lo que tenéis,

se os da porque os amaMos, no porque os merezcáis lo que tenéis.

Hijitos Míos, todos vosotros estáis llamados a resucitar conMigo. Vuestra resurrección, Mis pequeños, es el dejar atrás vuestros pecados pasados que os podían haber llevado a la muerte eterna,

y es un cambio de vida el que debéis llevar en vuestra resurrección personal. 

Debéis dejar atrás todo aquello que Me ofende, que Me daña, que Me hace derramar Lágrimas de Dolor, porque veo a vuestras almas destrozadas por el pecado.  

Vosotros, ciertamente, no os dais cuenta de ello, pero desde el Cielo, al ver a las almas que están misionando o que están viviendo nada más por vivir en la Tierra,

se ven como deformadas, no son almas bellas, no son almas que viven en la Gracia, que viven el Amor, Mi Amor en sus vidas.  

Cuando os dije “las que están misionando”, ¡Ojalá todos estuvierais misionando!,

porque hay tantas almas que muertas están en vida y no hacen nada, ni para el bien de sus hermanos ni para el bien de sí mismas;

son almas que han desperdiciado el Don de la vida y han de dar cuenta de ello cuando regresen a Mí.

Mi Resurrección es Gloriosa, Mis pequeños, porque ella marca el haber vencido a la muerte, el haber vencido a satanás, el haber vencido lo que causó el Pecado Original.

Vuestros Primeros Padres tenían todo, tenían la vida, la verdadera Vida en sí mismos, pero erraron porque prefirieron seguir a Satanás.

Y vosotros también erráis muchas veces a lo largo de vuestra existencia.

Y así vais muriendo poco a poco. Muchos se quedan en esa muerte espiritual y no se levantan.

Y NO LES IMPORTA, QUE ES LO PEOR DE TODO.

No fuisteis llamados a la vida para morir durante la misión que debierais haber llevado, .

Fuisteis llamados a la vida, porque se confió en cada uno de vosotros, Mi Padre os dio el Don de la vida; para transmitir más vida a vuestros hermanos.

Vuestra muerte no tendrá resurrección, moriréis eternamente.

¡¡¡¡ÉL VIVE!!!

YO NO MORÍ, ESE ES MI TRIUNFO, MIS PEQUEÑOS,

Y EL TRIUNFO QUE DEBÉIS TENER TAMBIÉN VOSOTROS:

LA RESURRECCIÓN.

 Ciertamente, al morir, la gran mayoría de vosotros tendréis que purificar vuestra alma de vuestros pecados.

Y luego vuestra alma resucitará a la Gloria eterna y ahí tendréis vuestro triunfo personal.

PARA ALGUNOS,

ESE TIEMPO DE ESPERA EN EL PURGATORIO SERÁ LARGO…

En el Purgatorio tenemos que APRENDER a AMAR HASTA ALCANZAR LA SANTIDAD, completamente SOLOS, sin la ayuda Divina…

según vuestros pecados y el comportamiento que tuvisteis en la Tierra: el respeto que Me tuvisteis a Mí, vuestro Dios, el respeto que le tuvisteis a vuestros hermanos.

Para otros, ese paso será rápido, porque tratasteis en vuestra existencia de vivir vida en Mí, vida en Cristo, siendo otros Cristos.

Y de esta forma, saldréis pronto del Purgatorio, porque lograsteis hacer muchos méritos a lo largo de vuestra existencia…

Y ellos os llevarán a una purificación rápida para que alcancéis muy pronto el Reino de los Cielos.

Para muchos de vosotros, todo esto que os explico queda todavía como sin explicación, no entendéis porque no estáis compenetrados en la realidad espiritual.

Muchos todavía creéis que, después de vuestra vida humana al morir, ahí terminará todo y que no hay otra vida después de esta vida terrena.

Hay tantas creencias falsas, a donde os ha llevado Satanás, para que no penséis en una realidad que todas las almas tienen; pero que no todas aprovechan, que es la resurrección de vuestras almas.

Muchos viven por vivir, no hacen grandes méritos, destrozan su alma con el pecado y creen no tener obligaciones espirituales para conMigo, vuestro Dios.

Y así van desperdiciando toda su existencia sin hacer nada bueno, para la salvación de las almas ni para su crecimiento espiritual.

Se os ha repetido tantas veces que seáis otros Cristos, y esto implica trabajo, Mis pequeños, un trabajo espiritual al que todos estáis llamados.

Cuando se os da el Don de la vida, inmediatamente implica trabajo, Mis pequeños,

NO venís a la Tierra a pasar momentos agradables, como todos creéis…

Y los buscáis porque desecháis todo aquello que ofende a vuestros sentidos o a vuestra manera de pensar;

buscáis solamente los placeres que le podéis dar a vuestro cuerpo y a vuestra alma también.

Y despreciáis todo aquello que es trabajo, trabajo espiritual, para alcanzar una vida plena en el Reino de los Cielos.

¡Cuántas, cuántas almas llevan esa mentalidad, de que fueron creadas para gozar en la Tierra!

Hasta ministros de la Iglesia hablan de ello y lo pregonan:

“Si vosotros tenéis algún problema, deshaceos de ello inmediatamente, vosotros vinisteis a gozar en la Tierra, debéis buscarlo, debéis buscar ese gozo.”

Estas son las irrealidades, las Mentiras a donde ha llevado Satanás también a los ministros de Mi Iglesia.

Se olvidan de todo lo que Me costó a Mí salvar vuestras almas; toda Mi Vida fue de trabajo, de oración, de sufrimiento, persecución, blasfemias, alegrías…

Y terminó Mi Vida con una Donación de tormento por el bien de vosotros.

Y todavía, hablan estos ministros, falsos ministros, de que debéis buscar solamente el gozo… 

Y se olvidan de Mis Palabras: “El que quiera seguirMe, que tome su cruz y Me siga”.

¡Cuánta maldad! ¡Cuánto error ha puesto Satanás en los corazones de vosotros en el mundo!

No, no vinisteis a gozar, vinisteis a trabajar para Mí, vuestro Dios.

Y el gozo realmente, sí viene después cuando vuestro trabajo os hace saber que Me disteis un gozo grande al llevar a cabo lo que Yo os pedí.

Ciertamente, las almas buenas sí gozan con su trabajo, pero ese trabajo implica también dolor, implica sufrimiento, implica persecución. 

Si queréis resucitar conMigo, debéis llevar a cabo también lo que Yo hice:

Transmisión de vida espiritual a través de la palabra, a través del ejemplo, a través del amor que deis a vuestros hermanos.

Sabéis cómo gozo un alma que estaba perdida y que, por la intercesión de un alma buena, la regresa al buen camino.  

Así os volvéis salvadores de almas y ese es el camino que debéis seguir.

Y ese es el gozo que será premiado cuando lleguéis al Reino de los Cielos, un gozo que ahora no imagináis.

Y es un gozo grande, Mis pequeños, porque Me estáis dando a Mí, vuestro Dios, un gran gozo y la paga es inmensa,

porque Yo Soy el Infinito, el Omnipotente, Yo Soy el millonario de Amor,

Yo pago NO al ciento por uno sino mucho más que eso; cuando vosotros ayudáis a un alma a recuperar el camino del bien, a ayudarle en su resurrección.

Hay tantas almas muertas a vuestro alrededor, almas que no sienten tener un destino futuro.

Simplemente,viven por vivir; pero ni haciendo el bien ni haciendo el mal a lo largo de su existencia… 

SIMPLEMENTE VIVEN

Y VIVEN SEGÚN SU FORMA DE CREER QUE DEBE SER LA VIDA.

Todos lleváis un bien en vuestro interior, que es Mi Santo Espíritu,

pero también lleváis la marca del Pecado Original que os lleva hacia el Mal, esa es la gran lucha en cada uno de vosotros. 

Ciertamente, algunos aprendéis a detener esa maldad, pero por simple educación o respeto a vuestros hermanos… 

Y DE ESTA FORMA OS VOLVÉIS ALMAS BUENAS ANTE LOS OJOS DE LOS HOMBRES

Pero no lo estáis haciendo como crecimiento espiritual sino para evitaros problemas sociales con los que están a vuestro alrededor, para que os respeten, porque vosotros los estáis respetando.

No viven una interioridad espiritual, viven para evitarse problemas con los que están a su alrededor.

Estas almas necesitan una guía espiritual, que también vosotros podéis darles con la ayuda de Mi Santo Espíritu,

pero hay otras almas que son tremendas, son malas, da miedo tener contacto con ellas,

pero también tienen posibilidad de cambio y ciertamente, vosotros sin Mi ayuda, sin la ayuda de Mi Santo Espíritu, no podréis llegar a tocarles el corazón.

Son almas aisladas porque las almas que están a su alrededor les temen, no quieren tener ningún problema con estas almas y, al ser odiadas, se aíslan y crece su rencor hacia los hombres,

pero cuando sienten el amor de un alma que verdaderamente Me ama, Mi Amor brota de sus palabras, de sus obras,

y toca el corazón de estos hermanos vuestros que, a pesar del tiempo que han vivido, nunca han sentido ese Amor, un Amor diferente que no viene de los hombres,

que viene de Mí, vuestro Dios y a través de vuestros actos, de vuestras palabras, de vuestro deseo de ayudar al hermano caído, lo lleváis a la conversión.

Yo os voy dando, a lo largo de vuestra existencia, muchas oportunidades de ayudar a vuestros hermanos, especialmente cuando os habéis dado a Mí, vuestro Dios. 

Yo os tomo como instrumentos y os agradezco infinitamente lo que hacéis por vuestros hermanos.

Y os repito, seréis gratificados grandemente en el Reino de los Cielos. 

Porque os habéis dado por un hermano, habéis visto su necesidad, estaba muerto y le ayudasteis a resucitar, a poder resucitar a una nueva vida gracias a Mí, vuestro Dios, pero gracias a que sois Mis instrumentos.

17. Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.»
18. El dijo: «Traédmelos acá.»
19. Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente.
20. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos.
21. Y los que habían comido eran unos 5.000 hombres, sin contar mujeres y niños.

Mucho, mucho podéis hacer, Mis pequeños, con tantos hermanos vuestros que no Me conocen, pero que sienten que hay algo más…

Y cuando empiezan a vivir esa vida de amor, que sí existe pero que en su entorno no lo han tenido, al momento en que vosotros se lo dais,

estas almas caen fulminadas de amor, viene un enamoramiento intenso ya que nunca han tenido ese toque de Amor que Yo les doy a ellas a través de vosotros.

Sed sencillos, pues, Mis pequeños, dejadMe a Mí actuar a través de vosotros. 

Os he dicho que vosotros tendréis los reconocimientos y los agradecimientos de vuestros hermanos que ayudasteis,

pero bien sabéis vosotros que Soy Yo en vosotros EL que actúa para lograr ese cambio en vuestros hermanos, lo sabéis y lo gozáis.

Sois Mis hijos, sois Mis hermanos, somos familia y todos debeMos ayudarNos a gozar del Reino de los Cielos.

No seáis egoístas, si vosotros estáis conMigo, transmitidles a vuestros hermanos Mi Resurrección.

DadMe almas, Mis pequeños, dadMe almas os lo pedí en la Cruz; TENGO SED DE  ALMAS y vosotros Me tenéis a Mí para alcanzarMe muchas almas para su resurrección.

Recordad esto perfectamente y portaos como verdaderos hijos de Dios y hermanos Míos, sed puros y santos, porque esa es vuestra obligación,

porque deberéis ser perfectos, como Yo, ante Mi Padre, Soy el Perfecto, al haberMe dado totalmente y en Amor, por cada uno de vosotros.

Os amo, Mis pequeños, y busco vuestro amor, también, para mitigar los Dolores que Me causáis por vuestros pecados.

Os Bendigo, y dejad que Mi Santo Espíritu, actúe plenamente en vosotros. Gracias,

Yo, el Hijo del Hombre y vosotros, Mis pequeños, Mis hermanos, os Bendigo: que la Luz del Espíritu Santo, descienda sobre vosotros, os transforme y os lleve a la Perfección de Mi Padre, a la que estáis llamados todos vosotros.

Gracias, Mis pequeños.

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117 ESTIRPE DE LOS CÉSARES


117 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en el centro de una plaza amplia, bastante bonita, que se prolonga en una calle muy ancha hasta la orilla del mar.

Una galera parece haber dejado hace poco el puerto y sale a mar abierto impulsada por el viento y los remos, mientras que otra está haciendo las maniobras para atracar,

como se deduce del hecho de que están plegando velas y de que los remos se mueven sólo por una banda para hacer virar a la nave en la posición conveniente.

El puerto, desde la plaza no se ve, pero debe estar cerca.

En los lados de la plaza hay series de casas grandes, con las típicas paredes exteriores casi exentas de puertas y no hay ningún establecimiento de comercio.

Pedro desaprueba:

–     ¿A dónde vamos ahora?

Has querido venir aquí en vez de ir al lado oriental; éste es un lugar de paganos, ¿Quién crees que te va a escuchar? 

Jesús indica:

–     Vamos allí, a aquel ángulo que se abre hacia el mar; allí voy a hablar.

–     A las olas.

–     También las olas han sido creadas por Dios.

Y van…

Ahora están justo en ese ángulo.

Ven el puerto, donde está entrando lentamente la galera vista antes.

Ahora la amarran en el lugar destinado a ella.

Algún marinero se da al ocio a lo largo de los espigones; algún vendedor de fruta se arriesga a ir hacia la nave romana a vender su mercancía; nada más.

Jesús, arrimado de espaldas a una pared, da verdaderamente la impresión de que estuviera hablando a las olas.

Los apóstoles, poco satisfechos de la situación, están en torno a Él, parte en pie, parte sentados en piedras colocadas acá o allá, con la intención de que sirvan de banquetas.

Y Jesús predica a las olas…

“Insensato el hombre que viéndose poderoso, sano, feliz, dice: “¿De qué tengo necesidad?, ¿De quién?

De nadie tengo necesidad. Nada me falta, me basto a mí mismo. Las leyes y decretos de Dios y de la moral, para mí, son nulos.

Mi ley consiste en hacer lo que está en mi mano, sin preocuparme de si beneficia o perjudica a los demás”.

Uno de los vendedores se vuelve al oír esa voz sonora y se acerca hacia Jesús,

que continúa diciendo:

–     Así hablan el hombre y la mujer que no tienen ni sabiduría ni fe.

Con ello muestran su mayor o menor poder, mas denuncian su parentesco con el Mal.

Algunos hombres bajan de la galera y de otras barcas,

y se dirigen hacia Jesús.

–     El hombre demuestra, no con las palabras sino con los hechos, que está emparentado con Dios y la virtud,

cuando considera que la vida es más mudable que las olas del mar, ahora calmas, mañana furiosas.

Del mismo modo, el bienestar y poder de hoy pueden ser mañana miseria e impotencia. ¿Qué hará entonces el hombre que no vive unido a Dios?

¿Cuántos de los que ahora están en esa galera un día vivían dichosos y gozaban de poder. Y ahora son esclavos y se los considera reos!

Reos: por tanto, doblemente esclavos de la ley humana, en vano burlada porque existe y castiga a sus transgresores.

Y de Satanás, quien para siempre se apodera de los culpables que no llegan a odiar su culpa.  

Un oficial romano se acerca diciendo:

–     ¡Hola, Maestro!

¿Cómo por aquí? ¿Sabes quién soy?

Jesús le responde:

–     Que Dios sea contigo, Publio Quintiliano.

¿Ves como he venido?

–     Y además al barrio romano.

Ya no tenía esperanzas de volver a verte. Me alegra poder escucharte. 

–     Yo también me alegro.

¿Hay muchos en los remos en esa galera?

–     Muchos.

La mayoría son prisioneros de guerra.  ¿Te interesan?

–     Quisiera acercarme a esa nave.

–     Ven. Abrid paso vosotros… 

Les ordena a los pocos que se habían acercado y que se apartan enseguida farfullando improperios.

–    Déjalos también a ellos.

Estoy acostumbrado a que me apretuje la gente.

–    Hasta aquí puedo, pero más no. Es una galera militar.

–    Me es suficiente. Que Dios te lo pague.

Jesús reanuda su discurso.

El romano, verdaderamente espléndido con su atavío que lleva, parece montar guardia a su lado.

    “Esclavos por un doloroso suceso, esclavos una sola vez, esclavos mientras dura la vida. Cada una de las lágrimas que cae sobre sus cadenas,

cada uno de los golpes descargados sobre sus carnes para huella escrita de un dolor, afloja los grilletes, orna lo que no muere,  abre finalmente para ellos la paz de Dios,

que es amigo de sus pobres hijos infelices, a los que dará copiosa alegría, puesto que aquí el dolor abundó…

En la obra muerta de la galera se ven hombres de la tripulación, que se han asomado y se han puesto a escuchar.

A los galeotes, naturalmente no se les ve, pero oyen por todos los agujeros de las cuadernas, la voz potente de Jesús, que se difunde por el aire calmo de esta hora de baja marea.

Publio Quintiliano se ha marchado requerido por un soldado. 

Jesús continúa:

–     Quiero decirles a estos desdichados amados de Dios, que se resignen en su dolor, que hagan de él llama que abra las cadenas de la galera y de la vida,

consumiendo en el deseo de Dios este pobre día que es la vida, día oscuro, borrascoso, colmado de miedo y de fatigas, para entrar en el día de Dios, luminoso, sereno, ya sin miedos ni decaimientos.

Basta con que sepáis, vosotros, mártires de una penosa suerte, ser buenos en vuestro sufrimiento. 

Basta con que aspiréis a Dios, para que entréis en la gran paz, en la infinita libertad del Paraíso.

En esto, vuelve Publio Quintiliano con otros soldados; tras él unos esclavos traen una litera para la que los soldados consiguen un sitio. 

Jesús hace una pausa y luego continúa:

–     ¿Quién es Dios?

Estoy hablando a gentiles que no saben quién es Dios, a hijos de pueblos sometidos que no saben Quién es Dios.

En vuestros bosques, vosotros galos, iberos, tracios, germanos, celtas, tenéis sólo una apariencia de Dios.

Ayúdame Señor Jesús a encontrarte, para conocerte y amarte como debo hacerlo en la eternidad

El alma ttiende a la adoración, espontáneamente, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios verdadero que ha puesto uun alma en vuestros cuerpos,

un alma igual que la nuestra, israelitas, igual que la de los poderosos romanos que os han subyugado,

un alma que tiene los mismos deberes y derechos respecto al Bien y a la que el Bien, es decir, el Dios verdadero será fiel; sedlo igualmente vosotros respecto al Bien.

El dios, o los dioses, a los que hasta ahora habéis adorado, aprendiendo su nombre o sus nombres en las rodillas maternas;

el dios en que ahora quizás ya no pensáis porque no sentís que os consuele en nada vuestros sufrimientos,

o al que quizás incluso odiáis o maldecís en vuestras jornadas desesperadas, ése, no es el Dios verdadero.

El Dios verdadero es Amor y Piedad. ¿Acaso eran esto vuestros dioses? No. Más bien manifestaban dureza, crueldad, engaño, hipocresía, vicio, latrocinio…

y ahora os han dejado sin ese mínimo consuelo de la esperanza de ser amados y la certeza del descanso tras tanto sufrimiento.

Esto sucede porque vuestros dioses no existen. Sin embargo, Dios, el Dios verdadero que es Amor y Piedad, cuya segura existencia Yo os declaro,

es Aquel que ha hecho los cielos, los mares, montes, bosques, plantas, flores, animales… y al hombre;

es Aquel que inculca al hombre victorioso la piedad y amor que Él mismo es hacia los pobres de la tierra.

Y vosotros los poderosos, los dominadores, pensad que sois todos de una única planta. No os ensañéis con aquellos quienes la desventura ha puesto en vuestras manos;

sed humanos con los que por un delito están amarrados al banco de la galera. El hombre peca muchas veces. No hay ninguno exento de culpas más o menos celadas.

Si pensarais esto, ¡Cuán buenos seríais para con los hermanos que, menos afortunados que vosotros, han recibido castigo por culpas en que también vosotros habéis incurrido y que no os han sido castigadas!

La justicia humana adolece gravemente de exactitud cuando juzga. ¡Ay, si lo mismo fuera la justicia divina!

Hay reos que no parecen tales, hay inocentes a los que se juzga reos; no indaguemos por qué:

¡Sería acusación demasiado grave para el hombre injusto y lleno de odio hacia su semejante! Hay reos que efectivamente lo son,

pero que cometieron el delito movidos por fuerzas imperiosas que, en parte, aligeran la culpa.

Sed humanos, por tanto, vosotros que habéis sido colocados al frente de las galeras. Por encima de la justicia humana hay una Justicia divina que es mucho más alta:

la del Dios verdadero, la del Creador del rey y del esclavo, de la roca y del granito de arena. Él os mira, tanto a los que estáis en los remos como a quienes tenéis el encargo de regirlos

¡Ay de vosotros si arbitrariamente sois crueles!

Yo, Jesucristo, el Mesías del Dios verdadero, os aseguro que Él,

el día de vuestra muerte, os atará al banco de una galera eterna y pondrá en manos de los demonios el látigo ensangrentado

y seréis torturados y azotados como vosotros torturasteis; porque, si bien es ley humana el castigo del reo, es necesario no exceder la medida.

Sabed recordar esto. Quien hoy es poderoso mañana puede ser  un miserable; sólo Dios es eterno.

Quisiera cambiaros el corazón y, sobre todo, romper vuestras cadenas, devolveros la libertad y patria perdidas; pero,

hermanos galeotes que no veis mi rostro, hermanos galeotes cuyo corazón con todas sus heridas conozco, por la libertad y la patria terrenas que no os puedo dar,

¡Oh, pobres esclavos de los poderosos!, Os daré una libertad y una patria más altas. Por vosotros me he hecho prisionero, ausente estoy de mi patria,

Por vosotros me entregaré Yo mismo como rescate; para vosotros, sí, también para vosotros, que no sois oprobio de la Tierra como os llaman,

sino signo de vergüenza para el hombre que olvida la  medida del rigor de la guerra y de la justicia,

haré una nueva ley sobre la Tierra y una dulce morada en el Cielo.

Recordad mi Nombre, hijos de Dios que lloráis: es el nombre del Amigo. Repetidlo en medio de vuestros padecimientos.

Estad seguros de que si me amáis me tendréis, aunque no nos veamos jamás en esta Tierra.

Soy Jesucristo, el Salvador, el Amigo  vuestro.

En nombre del Dios verdadero os consuelo. La paz descienda pronto sobre vosotros.

La gente, en su mayoría romanos, se ha agolpado en torno a Jesús, cuyos conceptos nuevos han producido el asombro de todos. 

El oficial romano exclama:

–     ¡Por Júpiter, me has hecho pensar en cosas en las que nunca había pensado y que siento verdaderas!

Publio Quintiliano mira a Jesús, pensativo y cautivado al mismo tiempo.

Jesús responde: –

Así es, amigo. Si el hombre usara su pensamiento, no llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Por Júpiter, por Júpiter, qué palabras!

¡Tengo que recordarlas! ¿Has dicho: “si el hombre usase su pensamiento…”

…    No llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Pues claro!, ¡Es verdad!

¡Por Júpiter! ¿Sabes que eres grande?

–     Todo hombre que quisiera podría serlo como Yo, si fuera enteramente uno con Dios.

El romano continúa su serie de “¡por Júpiter!”, a cuál más exclamativo.

Jesús por su parte le dice:

–     ¿Podría dar a esos galeotes algo que los consolara?

Tengo dinero… Fruta, algo que los alivie; para que sepan que los amo.

–     Dámelo. Puedo hacerlo.

Además ahí hay una dama muy poderosa. Voy a preguntárselo.

Publio se acerca a la litera y habla muy cerca de las cortinas en las que ha sido abierto apenas un resquicio.

Vuelve.

–     Tengo plenos poderes para ello.

Me ocuparé yo mismo de la distribución, de forma que los esbirros no se aprovechen abusivamente.

Será la única vez que un soldado imperial ejercite la piedad con los esclavos de guerra.

–     La primera, no la única.

Llegará el día en que no habrá esclavos; pero ya antes mis discípulos habrán descendido a los galeotes y esclavos para llamarlos hermanos.

Otra serie de “¡Por Júpiter!” recorre el ambiente calmo; mientras, Publio espera a tener suficiente fruta y vino para los galeotes.

Luego, antes de subir a la galera,

le dice a Jesús al oído:

–     Ahí dentro está Claudia Prócula.

Quisiera oírte hablar en otra ocasión; ahora quiere preguntarte algo. Ve.

Jesús se acerca a la litera.

–     ¡Hola, Maestro!

La cortina apenas se abre un poco, dejando ver a una hermosa mujer de unos treinta años.

–     Descienda sobre ti el deseo de la sabiduría.

–     Has dicho que el alma tiene recuerdo del Cielo.

¿Es eterna, entonces, esa cosa que decís que poseemos?

–     Es eterna.

Por eso tiene recuerdo de Dios, del Dios que la ha creado.

–     ¿Qué es el alma?

–     El alma constituye la verdadera nobleza del hombre.

Tú eres gloriosa por ser de los Claudios; pues más lo es el hombre, por ser de Dios. Por tus venas corre la sangre de los Claudios; poderosa familia, pero que tuvo origen y tendrá fin.

Dentro del hombre, por razón del alma, fluye la sangre de Dios, porque el alma es la sangre espiritual – siendo Dios Espíritu purísimo – del

Creador del hombre: de Dios eterno, potente, santo. El hombre es, pues, eterno, potente, santo, por el alma que hay en él y que  vive mientras está unida a Dios.

–     Yo soy pagana, por tanto no tengo alma…

–     La tienes, aunque sumida en letargo; despiértala a la Verdad y a la Vida.

–     Adiós, Maestro.

–     Que la Justicia te conquiste. Adiós.

Jesús dice a sus disccípulos:

–     Como habéis podido ver, aquí también he tenido auditorio.

–     Sí, pero, menos los romanos,

¿Quién te habrá entendido? ¡Son bárbaros!

–     ¿Que quién?… Todos.

Llevan consigo la paz. Se acordarán de Mí mucho más que otros de Israel. Vamos a la casa que nos ofrece la comida.

Juan dice:

–     Maestro, la mujer ésa es la misma que me habló aquel día que curaste a aquel enfermo; la he reconocido.

–     Daos cuenta, pues, que también aquí había quien nos esperaba.

Pero… no os veo muy conformes. Mucho habré hecho el día que haya conseguido persuadiros de que he venido no sólo para los hebreos, sino para todos los pueblos.

Y de que os he preparado para todos ellos.

Una cosa os digo: de vuestro Maestro recordad todo; no hay hecho alguno, por insignificante que  fuere, que no esté llamado a ser para vosotros un día, regla en el apostolado.

Ninguno responde.

Jesús sonríe – no sin tristeza – compasivo.

101 EL DERRUMBE


 101 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús se encuentra con los suyos en un lugar muy montañoso.

El camino es incómodo y escabroso y a los más ancianos se les hace muy duro.

Sin embargo, los jóvenes se muestran muy contentos en torno a Jesús y suben ágiles, conversando entre sí.

El pensamiento de volver a Galilea tiene alborozados a los dos primos, los dos hijos de Zebedeo y a Andrés.

Y su alegría es tal, que conquista también a Judas, que desde hace un tiempo se encuentra en las mejores disposiciones de espíritu.

Se limita a decir:

–     Bueno, Maestro, pero, para Pascua, cuando se va al Templo…

¿Vas a volver a Keriot? Mi madre sigue esperando a que vayas. Me lo ha hecho saber. E igualmente mis paisanos…

Jesús contesta:

–     Por supuesto.

Ahora, aunque quisiéramos, la estación está demasiado desapacible como para meterse por esos caminos intransitables.

Daos cuenta de lo fatigoso que resulta incluso aquí. Y si no hubiese sido por esa imposición, no habría emprendido ahora el camino… Pero ya no se podía estar…

Jesús guarda silencio, pensativo.

Juan dice:

–     Y después, quiero decir por Pascua, se podrá ir?

Yo quisiera enseñar tu gruta a Santiago y a Andrés.

Judas pregunta:

–     ¿Te olvidas del amor de Belén hacia nosotros? 

0 mejor dicho, hacia el Maestro.

–      No. Pero iría yo con Santiago y Andrés.

Jesús podría estar en Yuttá o en tu casa…

–     ¡Oh…, esto me agrada!

¿Lo harás así, Maestro? Ellos van a Belén, Tú estás conmigo en Keriot. Realmente conmigo solo nunca has estado…

Y siento grandes deseos de tenerte enteramente para mí…

Jesús pregunta:

–     ¿Estás celoso?

¿No sabes que Yo os amo a todos de la misma forma? ¿No crees que Yo estoy con todos vosotros aun cuando parezco lejano?

–      Sé que nos quieres.

Si no nos quisieras, deberías ser mucho más severo, conmigo al menos. Creo que tu espíritu nos asiste continuamente.

Pero no somos del todo espíritu; está también el hombre, con sus amores de hombre, sus deseos, sus añoranzas.

Jesús mío  yo sé que no soy el que más te hace feliz.

Pero creo que Tú sabes lo vivo que está en mí el deseo de agradarte y el recuerdo amargo de todas las horas que te pierdo por mi miseria…

Jesús objeta:

–     No, Judas.

No te pierdo. Estoy más cerca de tí que de los demás, precisamente porque conozco quién eres.

–     ¿Qué soy, mi Señor? Dilo.

Ayúdame a entender qué soy. Yo no me entiendo. Me da la impresión de ser como una mujer turbada por deseos de concebir.

Tengo apetitos santos y apetitos depravados. ¿Por qué? ¿Qué soy yo?

Jesús lo mira con una mirada indefinible.

Está apenado. Pero es una tristeza embebida de piedad, de mucha piedad.

Parece un médico que constatara el estado de un enfermo y que supiera que se trata de un enfermo que no puede curarse…

Pero no habla.

Judas insiste:

–     Dilo, Maestro mío.

Tu juicio sobre el pobre Judas será siempre el menos severo de todos.

Y, además… estamos entre hermanos. No me importa que sepan de qué estoy hecho.

Es más, sabiéndolo de Tí, corregirán su juicio y me ayudarán. ¿No es verdad?

Los otros se sienten violentos y no saben qué decir.

Miran al compañero, miran a Jesús.

Jesús pone a su lado a Judas de Keriot, en el lugar donde antes estaba su primo Santiago.

Y dice:

–      Tú eres simplemente un desordenado.

 Tienes en ti los mejores elementos pero no bien asegurados. El soplo más débil de viento, los echa por tierra.

Hace poco pasamos por aquellos desfiladeros y nos mostraron el daño que el agua, la tierra y las plantas, causaron en el poblado.

Estos tres elementos son cosas útiles y benditas, ¿No es verdad? Y sin embargo allí, fueron una maldición.

¿Por qué? Porque el agua del río no tenía una ribera propia.

Además por la pereza del hombre, se había formado más riberas, según su capricho. Era bello, mientras no había tempestades.

Eran bellas las plantas nacidas al azar y que dejaban claros llenos de sol.

Bella, la tierra suave, depositada por lejanos aluviones, en la quebrada del monte.

Era como un primor de joyeles esa agua clara que regaba el monte con muchos riachuelos que el hombre gozaba porque era útil a sus campos.

Esa agua clara que irrigaba el monte con pequeños arroyos: collares de diamantes o de esmeraldas, según reflejasen la luz o la sombra de los bosques, era como un joyel.

Y el hombre gozaba de ello, porque las cantarinas venas de agua eran útiles para sus pequeños campos.

Como también eran hermosos los árboles nacidos por avatares de los vientos en caprichosos grupos; aquí, allá y acullá, dejando claros llenos de sol.

También era hermosa la tierra esponjosa, depositada por quién sabe qué lejanos aluviones entre las variadas ondulaciones del monte.

Tierra verdaderamente  fértil para los cultivos.

Bastó que llegaran hace un mes las tempestades, para que los caprichosos senderos del río, se uniesen y se desbordasen por otro curso, llevándose los desordenados árboles…

Y arrastrando hacia abajo las desordenadas acumulaciones de tierra junto con las plantas que no estaban en orden, llevándose consigo los trozos de tierra, hasta el valle.

Si las aguas hubieran sido reguladas, si los árboles hubieran estado agrupados en bosques ordenados…

Si la tierra hubiese estado sostenida con antemurales.

Entonces los tres elementos buenos: las plantas, el agua y la tierra, no se habrían convertido en ruina y muerte para ese poblado.

Tú tienes inteligencia, intrepidez, instrucción, prontitud, prestancia, actividad, elegancia y muchas otras cualidades.

Tienes muchas cosas, muchas, pero están salvajemente dispuestas en tí; están colocadas sin orden alguno… 

Y tú dejas que estén así.

Mira, necesitas un trabajo paciente y constante sobre ti mismo, para poner orden, que al final se traduciría en una gran fuerza vital, en tus cualidades,

De modo que cuando ruja la tempestad de la tentación, lo bueno que existe en tí, no se convierta en mal para tí y para los demás.

Judas lo mira pasmado y dice:

–    Tienes razón Maestro.

De vez en cuando un viento me golpea y todo se me embrolla. Y dices que podré…

–      La voluntad lo es todo, Judas.

–     Pero hay tentaciones tan ardientes…

Que se ocultan por miedo de que el mundo las pueda leer en la cara…

–    ¡Aquí está el error! 

Sería el momento preciso de no ocultarse. Sino de buscar en el mundo de los buenos, su ayuda. También el contacto con los buenos calma la fiebre.

Y buscar también a los criticones del mundo, porque el orgullo empuja a esconderse, para que no se lea entre nuestros espíritus tentados y esto sirve de reactivo a la debilidad moral… 

Y así no se caería.

–    Tú te metiste en el desierto…

–     Porque lo podía hacer.

Pero ¡Ay! De los solos si no son en su soledad, multitud contra multitud.

–    ¿Cómo? No entiendo.

–      Multitud de virtudes contra multitud de tentaciones.

Cuando la virtud es poca, hay que hacer lo que hace esta hiedra: aferrarse a las ramas de los árboles robustos para poder subir.

–    Gracias maestro.

Yo me aferro a Ti y a mis compañeros. Ayudadme todos. Sois mejores que yo.

Santiago de Zebedeo responde:

–     Ha sido mejor el ambiente parco y honesto en el que hemos crecido amigo.

Ahora estás con nosotros y te queremos mucho. Verás… no es por criticar la Judea, pero créeme que en Galilea hay menos riquezas  y menos corrupción.

Están cerca Tiberíades, Mágdala y otros lugares de recreo. Pero vivimos con nuestra alma sencilla, vulgar si quieres; pero activa, contenta, santamente con lo que da Dios.

Juan Objeta:

–     Pero ten en cuenta, Santiago, que la madre de Judas es una santa mujer.

Se le ve la bondad escrita en la cara.  

Judas de Keriot, contento por esta alabanza, le sonríe.

Y su sonrisa aumenta cuando Jesús confirma:

–      Es así, como has dicho, Juan; es una santa criatura.

Judas agrega:

–      ¡Sí! ¡Ya!

Pero mi padre soñaba con hacer de mí una persona grande en el mundo. Y me separó muy pronto y demasiado profundamente de mi madre…

Pedro pregunta desde lejos:

–      Pero, ¿Qué es lo que tenéis que decir, que no paráis de hablar?

 ¡Paraos! ¡Esperadnos! No le veo la gracia a ir así, sin pensar que yo tengo las piernas cortas.

Se detienen hasta que el otro grupo los alcanza.

–      ¡Uf! ¡Cuánto te quiero, barquita mía!

Aquí se hace esfuerzos de esclavos… ¿Qué decíais?

Jesús responde:

–      Hablábamos de las cualidades para ser buenos.

–      Y ¿A mí no me las dices, Maestro?

–      Claro que sí: orden, paciencia, constancia, humildad, caridad…

¡He hablado de ellas muchas veces!

–      Del orden no.

¿Qué tiene que ver con ello?

–      El desorden no es nunca una buena cualidad.

Se lo he explicado a tus compañeros. Ellos te lo dirán.

Y lo he puesto el primero; mientras que he puesto la última a la caridad, porque son los dos extremos de la recta de la perfección.

Ahora bien, como tú sabes, una recta, puesta horizontalmente, no tiene principio, como tampoco tiene fin.

Ambos extremos pueden ser principio y pueden ser fin, mientras que de una espiral o de cualquier otra figura no cerrada en sí misma, hay siempre un principio y un fin.

La santidad es lineal, simple, perfecta.

Y no tiene sino dos extremos, como la recta.

–      Es fácil hacer una recta…

–      ¿Tú crees? Te equivocas.

En un dibujo, complicado incluso, puede pasar inadvertido algún defecto; pero en la recta enseguida se ve cualquier falta.

O de inclinación o de incertidumbre.

José, enseñándome el oficio, insistía mucho en que fueran derechas las tablas.

Y con razón me decía:

¿Ves, hijo mío? En una moldura o en un trabajo de torno todavía puede pasar una leve imperfección, porque el ojo si no es expertísimo, si observa un punto no ve el otro.

Pero si una tabla no está derecha como se debe, ni siquiera el trabajo más simple, como puede ser una pobre mesa de campesinos, sale bien.

Estará arqueada, hacia abajo o hacia arriba. No sirve sino para el fuego”.

Podemos decir esto también respecto a las almas.

Para que no suceda que no se sirva sino para el fuego infernal, es decir, para conquistar el Cielo, hay que ser perfecto como una tabla debidamente cepillada y escuadrada

Quien empieza su trabajo espiritual con desorden, comenzando por las cosas inútiles; saltando como un ave inquieta, de esto a aquello,

Al final, cuando quiere reunir las partes de su trabajo, ya no puede, no encajan.

Por tanto, orden. Por tanto, caridad.

Luego, manteniendo fijos en las dos mordazas estos extremos, de forma que no se escapen nunca, trabajar en todo lo restante, ya se trate de molduras o de tallas.

¿Has comprendido?

–     Sí, he comprendido.

Pedro se mastica en silencio su lección y repentinamente,

concluye:

–     Entonces mi hermano vale más que yo.

Él es verdaderamente ordenado. Paso a paso, en silencio, tranquilo. Da la impresión de que no se moviera y sin embargo…

Yo desearía hacer muchas cosas y en poco tiempo. Y no hago nada. ¿Quién me ayuda?

–     Tu buen deseo.

No temas, Pedro. Tú también haces. Te haces.

–     ¿Y yo?

–      También tú, Felipe.

–     ¿Y yo?

Tengo la impresión de no ser realmente capaz de nada.

–     No, Tomás.

Tú también te trabajas. Todos, todos os trabajáis.

Sois árboles silvestres, pero los injertos os van cambiando en modo lento y seguro…

Y Yo tengo en vosotros mi alegría.

–     Eso. Estamos tristes y Tú nos consuelas.

Somos débiles y Tú nos fortaleces. Somos miedosos y nos infundes valor. Para todos y para todos los casos, tienes preparado el consejo y el consuelo.

Maestro, Tú siempre estás preparado y siempre eres bueno, ¿Cuál es el secreto?

–      Amigos míos, he venido para esto, sabiendo ya lo que me encontraría y lo que debía hacer.

Sin sufrir ilusiones no se tienen desilusiones; por tanto, no se pierde energía, se va hacia adelante.

Recordad esto, para cuando también vosotros tengáis que trabajar al hombre animal, para hacer de él el hombre espiritual.

96 EL SECRETO DEL REDENTOR


96 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús sube de nuevo a la terraza para hablar a la gente que de Betania y los alrededores, ha venido a escucharle.

–      Paz a vosotros.

Aun cuando Yo callara, los vientos de Dios llevarían hasta vosotros las palabras de mi amor y del odio de otros.

Sé que estáis turbados porque no desconocéis el porqué de que Yo esté entre vosotros. Pues no sea sino agitación de alegría…

Y bendecid al Señor conmigo, que aprovecha el mal para proporcionar un motivo de alegría a sus hijos, conduciendo de nuevo a su Cordero, aguijoneado por el Mal, a donde los otros corderos, para ponerlo al seguro contra los lobos.

Ved qué bueno es el Señor. Al lugar en que me encontraba llegaron como aguas a un mar, un río y un arroyuelo. Un río de amorosa dulzura, un arroyuelo de abrasadora amargura.

El primero era vuestro amor, desde Lázaro y Marta al último del lugar; el arroyuelo era el injusto rencor de quien, no pudiendo ir al Bien que le llama, acusa al Bien de ser Pecado.

Y el río decía: “Vuelve, vuelve con nosotros. Que nuestras olas te circunden, te aíslen, te defiendan, te den todo aquello que el mundo te niega”.

El arroyuelo malvado lanzaba amenazas y quería matar con su veneno. Mas, ¿Qué es un arroyuelo comparado con un río? ¿Qué, comparado con un mar? NADA.

Como a nada ha quedado reducido el veneno del arroyuelo, porque el río de vuestro amor lo ha sobrepujado en tal modo, que al mar de mi amor no ha llegado sino la dulzura de vuestro amor.

Podríamos decir más aún: ha producido un bien. Me ha traído de nuevo con vosotros. Bendigamos por ello al Señor Altísimo.

La voz de Jesús se expande poderosa, por el aire ttanquilo y silencioso.

Jesús, lleno de hermosura bajo el sol, desde lo alto de la terraza, gesticula y sonríe sereno.

Abajo, la gente lo escucha encantada: son como un jardín de rostros alzados sonriendo a la armonía de su Voz.

Lázaro está cerca de Jesús, como también Simón y Juan. Los demás están diseminados entre la multitud.

Sube también Marta y se sienta en el suelo a los pies de Jesús, mirando hacia su casa, que se ve más allá de los árboles frutales.

La voz de Jesús se expande:

“El mundo es de los malos. El Paraíso es de los buenos. Ésta es la verdad y la promesa; apóyese sobre ella nuestro firme vigor.

El mundo pasa. El Paraíso no pasa. Si, siendo bueno, uno se lo gana, eternamente lo gozará. ¿Por qué pues, debe turbarnos lo que hacen los malos?

¿Os acordáis de las quejas de Job?: son las eternas quejas de los buenos que se sienten oprimidos; porque la carne gime, más no debería hacerlo,

sino que, cuanto más pisoteada fuera, más se deberían levantar las alas del alma regocijándose con el júbilo del Señor.

¿Qué pensáis: que se sienten felices los que parecen estarlo debido a que en ocasiones lícitamente; en otras las más, ilícitamente tienen llenos los graneros, colmados los tinos, rebosantes de aceite sus odres?

No. Sienten el sabor de la sangre y de las lágrimas de los demás en todo lo que toman como alimento. Y el lecho les parece como erizado de espinas por lo desgarrador de sus remordimientos cuando en él yacen.

Depredan a los pobres, desvalijan a los huérfanos, le roban al prójimo para atesorar, tiranizan a quien es menos que ellos en poder y en perversidad.

No importa. Dejadlos. Su reino es de este mundo.

Después de su muerte, ¿Qué quedará? NADA. 

A menos que se quiera llamar tesoro al cúmulo de culpas que se llevan consigo y con el que ante Dios se presentan.

Dejadlos. Son los hijos de las Tinieblas, los que se rebelan contra la Luz; no pueden seguir los luminosos senderos de ésta.

Cuando Dios hace brillar la estrella de la mañana, ellos la llaman sombra de muerte y como tal, la consideran contaminada y prefieren caminar a la luz del destello sucio de su oro y de su odio,

que resplandece solamente porque las cosas infernales tienen brillo de fósforo, el brillo de los eternos lagos de perdición…

Lázaro exclama espantado:

–      ¡Mi hermana, Jesús… Oh!

Lázaro descubre a María, que se desliza tras un seto de la arboleda del huerto de Lázaro, para llegar lo más cerca posible. Va agachada, pero su cabeza rubia brilla como oro contra el boj oscuro.

Marta hace ademán de levantarse, pero Jesús le pone una mano sobre la cabeza y aprieta, de forma que debe quedarse donde está.

Jesús aumenta la potencia  de su Voz.

–     ¿Qué decir de estos infelices?

Dios les ha dado tiempo de hacer penitencia y ellos no hacen otra cosa sino abusar de él para pecar.

Pero no los pierde de vista Dios, aunque parezca que lo haga.

Llega el momento en que o bien porque, cual rayo capaz de penetrar incluso en la roca, el amor de Dios hiende y desgarra su duro corazón…

O bien, porque la suma de los delitos hace llegar el nivel de su cieno hasta introducirse en su boca y en su nariz.

Y experimentan, sí, ¡Al fin experimentan la repugnancia de ese sabor y de esa fetidez que a los demás da asco y que colma su corazón!

Llega el momento en que ello les produce náusea y surge un movimiento de aspiración al bien.

El alma entonces grita:

¿De quién recibiré el don de volver a ser como un tiempo fui, cuando vivía en amistad con Dios, cuando su luz resplandecía en mi corazón y bajo su rayo yo caminaba.

Cuando al ver mí justicia, guardaba silencio admirado el mundo, y quien me veía me llamaba bienaventurado?

El mundo bebía mi sonrisa, mis palabras eran acogidas como palabras de ángel, saltaba de orgullo el corazón en el pecho de mis familiares. Y ahora, ¿Qué soy?

Motivo de burla para los jóvenes, de horror para los ancianos, yo soy el tema de sus chácharas, el esputo de su desprecio me surca el rostro”.

Sí, así habla en ciertas horas el alma de los pecadores, de los verdaderos Job, porque no hay miseria mayor que ésta, la de quien ha perdido para siempre la amistad de Dios y su Reino.

Deben infundir piedad, sólo piedad.

Son pobres almas que han perdido, por ociosidad o por ligereza, al eterno Esposo. “Por la noche, en mi lecho, busqué el amor de mi alma y no lo encontré.”

Así es. En las Tinieblas no se puede distinguir al esposo. Y el alma, aguijoneada por el amor, irreflexiva por hallarse envuelta en la noche espiritual, busca y quiere encontrar un refrigerio para su tormento.

Cree encontrarlo con cualquier amor. NO. Uno sólo es el amor del alma: Dios. Van buscando amor estas almas a las que el amor de Dios aguijonea.

Bastaría con que admitieran la luz en ellas para que el amor fuera su consorte. Van como enfermas, buscando a tientas amor…

Y encuentran todos los amores, todas las cosas sucias que el hombre ha bautizado así, mas no encuentran el amor, porque el amor es Dios y no el oro, el sentido, el poder.

¡Pobres, pobres almas! Si, menos ociosas, se hubieran puesto en pie al oír la invitación del Esposo eterno, al oír a Dios que dice: “Sígueme”, a Dios que dice: “Ábreme”

No habrían llegado tarde a abrir la puerta, con el ímpetu de su amor despertado, cuando desilusionado, el Esposo ya estaba lejos y había desaparecido…

Y no habrían profanado ese ímpetu santo de una necesidad de amor en un lodo tan inútil y con tantos diminutos tríbulos diseminados en él, que hasta al animal inmundo le da asco.

Tríbulos que no eran flores, sino sólo pinchos, pinchos que laceran, no coronan.

Y no habrían conocido los vituperios de todos aquellos que, cual guardias de ronda, como Dios, pero por motivos opuestos, no pierden de vista al pecador y lo acechan para burlarse de él y criticarlo.

¡Pobres almas maltratadas, expoliadas, heridas por todos! Sólo Dios permanece al margen de esta lapidación de cruel escarnio.

Es más, vierte sus lágrimas para cura de las heridas y para cubrir con diamantino vestido a su criatura. Siempre su criatura… Sólo Dios… y los hijos de Dios con el Padre.

Bendigamos al Señor. Él ha querido que por los pecadores, Yo debiera volver aquí para deciros:

“Perdonad. Siempre perdonad. Haced de todo mal un bien. Haced de toda ofensa una gracia”. No os digo sólo “haced”; os digo: repetid mi gesto.

Yo amo y bendigo a los enemigos, porque por ellos he podido volver a vosotros, amigos míos.

La paz sea con todos vosotros.

La gente agita velos y ramajes en dirección a Jesús y luego lentamente, se va alejando.

Lázaro dice:

–     ¿Habrán visto a esa desvergonzada?

Jesús ressponde:

–     No, Lázaro.

Estaba detrás del seto bien escondida. Nosotros podíamos verla porque estábamos aquí arriba. Los demás, no.

–     Nos había prometido que…

–     ¿Y por qué no debía venir?

¿No es ella, acaso también una hija de Abraham? Quiero de vosotros, hermanos y de vosotros discípulos, el juramento de no hacerle observaciones de ningún tipo.

Dejadla. ¿Que se burla de Mí? Dejadla. ¿Qué llora? Dejadla. ¿Que quiere quedarse? Dejadla. ¿Que quiere alejarse? Dejadla.

Es el secreto del Redentor y de los redentores: tener paciencia, bondad, constancia y oración. Nada más.

Todo gesto sobra ante ciertas enfermedades…

Adiós, amigos. Yo me quedo orando. Vosotros marchad a las respectivas tareas. Y que Dios os acompañe.

Y todo termina.

81 ¡NO FORNICARÁS!


81 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Me dice Jesús:

 “Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días? Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón y también en Judas…

Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en tí, pequeño Juan. (Llamaba así Jesús, como seudónimo a María Valtorta)

¡Y AHORA NOS ESTÁ LLAMANDO ASÍ, A NOSOTROS, los que estamos leyendo estas enseñanzas!

Para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba.

Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura del Agua Especiosa.

Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas.

Los esfuerzos por amor a los hermanos, recibirán la recompensa de aquellos que se consumen, por dar a conocer a Dios a los hombres.

Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Dios, Uno y Trino.

Escribe y recibe mi Bendición.

EL SEXTO MANDAMIENTO

Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, levantadas a manera de tribuna, en el pesebre del establo.

Y desde allí habla con voz poderosa, para que lo oigan tanto los que están dentro de la estancia, como los que se encuentran bajo el cobertizo e incluso en la era, encharcada por la lluvia.

Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, todos parecen frailes.

En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio bajo la lluvia los fuertes, la mayoría hombres.

Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor,

a pesar de que tenga que ir chapoteando en el agua y se esté duchando sin desearlo.

Con él están Juan, Andrés y Santiago.

Están trayendo de la otra estancia con precaución, a unos enfermos. Guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.

Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse.

Y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.

Ante su preocupación, Pedro dice:

–     ¡Nada, nada! Somos madera empecinada.

No te preocupes. Nos bautizamos otra vez y el bautizador es Dios mismo.  

Cuando por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca.

Así lo hace, como también los otros tres.

Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada.

Y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón…

Y que otra vez se va a mojar.

Sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos el chubasco de agua.

La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto y la arrastra hasta la pared de la estancia, resguardada del agua.

Y  luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.

Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza, para celar la luminosidad de su sonrisa.

Ahora empieza a hablar:

     “No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los Diez Mandamientos.

Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico.

Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también hago así.

Hoy digo: “No forniquéis”.

No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: “lujurioso”.

Tened recíproca caridad. ¿Os gustaría que alguien la leyera en vosotros?

No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo.

Además… ¡Oh!, decidme especialmente vosotros, hombres.

¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual?

¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios?

¿No es acaso lujuria también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?

Matrimonio quiere decir procreación… Y el acto quiere decir y debe ser fecundación.

Sin ello es inmoralidad.

No se debe del tálamo hacer un lupanar.

Y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades.

La Tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada.

Por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla.

El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo.

Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza, para vicio, es culpa.

Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro.

Es más, agravado por la desobediencia al Mandamiento que dice: “Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos”.

Por tanto ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas no a los ojos de Dios, sino del mundo…

Cómo a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual.

Aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad; sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente.

¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere: contagia, produce quemazón, cual fuego que creyendo consumirse?

¿Traspasa devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado?

¿Y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer?

Porque cuando la conciencia se despierta – y lo hace entre dos momentos febriles – no puede dejar de nacer este desprecio de sí…

rebajados como quedan uno y otro, a un nivel incluso inferior al de los animales.

Nota del traductor, (un sacerdote) con respecto a este tema:

la Iglesia admite la paternidad responsable, o sea, que cuando ya se es generoso en hijos, se pueden adoptar determinadas medidas para no concebir.

Pero que no sean medios artificiales como anticonceptivos, preservativos, etc.

Sino recursos naturales, como el de la regulación natura basada en los días infértiles de la mujer, etc.

Asimismo, el placer sexual únicamente como simple demostración de amor y desahogo pasional, dentro del matrimonio, es lícito.

Siempre y cuando se tengan en cuenta estas dos medidas antes mencionadas: ser generosos en hijos y no usar medios anticonceptivos artificiales.

Jesús continúa:

“NO FORNICARÁS”, está escrito.

Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre, ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla…

Y que el Levítico condena con estas palabras:

TRIPLE SACRILEGIO: Como consagrado, como heredero del Padre y como hombre…

“Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer”

Y también: “No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella.

Y así hará la mujer.

Y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia” -.

Bien… he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio; el cual deja de ser santo cuando por malicia, viene a ser infecundo.

Y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer:

Por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.

El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar.

EL SEXTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

En ese altar debería estar Dios. Pero Dios no está donde hay corrupción.

Por tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios.

Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad…

El hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.

Decidme – si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo, como se hace con cereales o animales…

¿Qué beneficio os ha reportado?

Poneos, poneos vuestro corazón en la mano… observadlo.

Preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor.

Y luego decidme, respondedme:

¿Tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro…

FORZADO POR VOSOTROS A VIVIR EN UN CUERPO IMPURO?

¿A latir, para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?

Decidme:

¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: “mamá” y pensando en vuestra madre…  

¡Oh mujeres de placer que habéis huido de casa u os han echado de ella;

para que el fruto podrido no destruyera con el exudado de su putridez, a los demás hermanos! 

¿Pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma:

“He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio”?

¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne…?

¿Al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas…?

¿Y junto con el deshonor ha tenido que recibir,  el menosprecio de su tierra natal?

¿Porque todos los que luchan por su perfección espiritual, conocen su desgracia, PERO NO LO COMPADECEN;

Cuando un niño no es amado, como lo que es: UN DON DIVINO para ser custodiado y que deberemos regresar al Creador, convertido en OTRO CORREDENTOR…

pues Juzgan que no supo educar a quién ha llenado de oprobio a TODA la familia?

¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa?

¿O la inocencia de una virgen, teniendo que decir: “Yo he renunciado a todo esto… y nunca más volveré a poseerlo”?

¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?

¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: “Dámelo”…?

¡¿Porque habéis matado vidas en su comienzo?!

Vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol.

Vidas que ahora os gritan: “¡Asesinas!”

¿Pero es que no teméis sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros:

“¿Qué has hecho de ti misma?

¿Para eso acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿Cómo te atreves a estar en mi Presencia?

Tuviste todo lo que para ti era dios: EL PLACER. 

¡Ve al lugar de maldición sin término”!

¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: “ninguno”?

Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz?

¡NO! Porque siento piedad por su alma.

Todo en Mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo.

¡Pero su alma…! ¡Oh! ¡Padre! ¡Padre!

¡También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas!

¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada y llevarla al redil?

Limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar,

Y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser…

Tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio.

Tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado o lo haga sólo para decir:

“Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza.

¿Quién me restituirá el tiempo perdido?

¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?

A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo.

Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor.

Eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel.

Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas…

Y despedías fragancia de virginidad;

cantabas, serena, tus canciones de niña y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre,

y les decías: “Vosotros sois mis amores”.

Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca-azul…

¿Y luego? ¿Por qué?

¡¿Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente?!

¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre, para correr hacia otros corazones inciertos?

¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión?

¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?

Arrepiéntete, hija de Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo?

Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable a la bondad humana.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Y su Misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria.

Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma.

Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor.

¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la mártir de tu arrepentimiento.

Bien supiste martirizar tu corazón, para hacer gozar a la carne.

Sabe ahora martirizar la carne, para darle a tu corazón una eterna paz.

Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad.

 Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta.

¿Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!

Muchos se marchan en dirección al pueblo.

Otros entran en la habitación.

73 LA CARIDAD SECRETA


Taybeh el antiguo poblado de Efraín

73 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En una fría mañana de principios de Noviembre. 

Jesús está subiendo por el empinado sendero que lleva al rellano sobre el que está edificada Betania.

Esta vez no siguela calzada principal. Ha tomado este camino más empinado y más rápido, que en dirección noroeste este y que está mucho menos transitado quizás por estar tan en pendiente.

Sólo los que viajan con prisa hacen uso de él; o los que teniendo manadas de ganado, prefieren no meterlas en el trajín de la calzada principal.

O quienes como Jesús hoy, prefieren pasar desapercibidos.

Él sube delante, en vivaz conversación con el Zelote.

Detrás, los siguen los demás en tres grupos. En el primero, van los primos de Jesús con Juan y Andrés.

Luego, otro grupo formado por Santiago de Zebedeo, Mateo, Tomás y Felipe. Y enseguida los últimos, Bartolomé con Pedro y Judas Iscariote.

Ganada la planicie, sobre la cual Betania le sonríe al sol de un día frío y sereno del invierno que ya se cierne con su crudeza sobre la Tierra Prometida.

Y desde la que mirando hacia oriente, se ve el valle del Jordán y la via que viene de Jericó.

Entonces Jesús da orden a Juan de ir a avisar a Lázaro de su llegada.

Mientras Juan se marcha con paso rápido, Jesús prosigue con los suyos lentamente, siendo saludado a cada paso por personas del lugar.

La primera que viene de la casa de Lázaro es una mujer que se prosterna diciendo:

–      Dichoso este día para la casa de mi señora.

Ven. Maestro. Allí están Maximino y Lázaro ya en la puerta. 

El administrador es un hombre un poco mayor que Lázaro, quese acerca a Jesús,

diciéndole:

–     No esperábamos tenerte tan pronto.

Jesús responde:

–     Pido alojamiento para una noche.

–     Si fuera para siempre nos harías felices.

Han llegado al umbral de la entrada del Palacio de Sión, Lázaro besa y abraza a Jesús y saluda a los discípulos.

Luego, teniendo un brazo en torno a la cintura de Jesús, entra con Él en el jardín y se aísla de los demás.

Jesús y Lázaro están conversando en el jardín de la casa de Betania…

Lo primero que hace Lázaro, es preguntar:

–     ¿A qué debo la alegría de tenerte conmigo?

–      Al odio de los miembros del Sanedrín.

–     ¿Te han hecho daño?… ¿Otra vez? 

–      No. Pero me lo quieren hacer y no es la Hora.

Hasta que no haya arado toda Palestina y esparcido la semilla, no debo ser abatido.

–      También tienes que recoger tu cosecha, Maestro bueno; es justo que sea así.

–      Mi cosecha la recogerán mis amigos.

Ellos pasarán la hoz donde he sembrado. Lázaro, he decidido alejarme de Jerusalén. Sé que no es solución, lo sé ya desde ahora; pero servirá al menos para poder evangelizar.

En Sión se me niega incluso esto.

–      Te había enviado con Nicodemo el mensaje de que fueras a una de mis propiedades. Nadie osa violarlas. Podrías llevar a cabo tu ministerio sin molestias.

¡Oh, mi casa, la más dichosa de todas mis casas por santificarla Tú con tu enseñanza, con tu respiración! Dame alegría de serte útil, Maestro mío.

–      Ya ves que estoy dándotela ya; pero en Jerusalén no me puedo quedar.

Mira, aunque a mí no me molestaran, sí lo harían con quienes fueran a verme. Voy hacia Efraím, entre este lugar y el Jordán. Evangelizaré y bautizaré allí como el Bautista.

–      En los campos de esa zona tengo una pequeña casa que se utiliza para los arneses y guardar las herramientas de los trabajadores.

Algunas veces duermen en ella durante la corta del heno o la vendimia. Es muy pobre: simple techo apoyado en cuatro paredes; pero está en mis tierras, y se sabe…

Pues bien, el hecho de saberlo hará de espantajo contra los chacales. Acepta, Señor. Mandaré a los siervos a prepararla…

–     No hace falta. Si en ella duermen tus campesinos, será suficiente también para nosotros.

–     No pondré riquezas. Sólo completaré el número de las camas, pobres como Tú deseas.

Y mandaré mantas, asientos, ánforas y copas. Lógicamente, tendréis que comer y que taparos, especialmente en estos meses de invierno. Déjame a mí. Ni siquiera lo haré yo.

Aquí viene Marta. Posee la habilidad, práctica y solícita, de todos los cuidados familiares. Su lugar es la casa; su función, ser consuelo de los cuerpos y de los espíritus que están en la casa. ¡Ven, mi dulce y pura hospedera!

¿Ves? Incluso yo me he refugiado bajo su cuidado materno, en su parte de herencia. Así, no lloro demasiado ásperamente a mi madre.

Marta, Jesús se retira al llano del Agua Especiosa. Lo único especioso que hay es el suelo fértil; la casa es un aprisco. Pero Él quiere una casa de pobres. Hay que proveerla de lo indispensable. ¡Dispónlo tú, que eres inigualable para esto! 

Lázaro besa la mano de su hermana, que lo acaricia con verdadero amor de madre,

mientras dice:

–      Parto en seguida. Me llevo conmigo a Maximino y a Marcela.

Los hombres del carro ayudarán a aparejar. Bendíceme, Maestro; así, llevaré conmigo algo tuyo.

–      Sí, mi dulce hospedera.

Te llamaré como te llama Lázaro. Te doy mi corazón para que lo lleves contigo, en el tuyo.

Jesús la bendice y Martha se va.

Lázaro dice:

–     ¿Sabes, Maestro, que hoy está por estos campos Isaac con Elías y los demás?

Me han pedido pasto, abajo en la llanura, porque quieren estar un poco juntos y lo he permitido. Hoy están de cambio de pastos. 

Los estoy esperando porque los invité a comer aquí, todo el tiempo que quieran.

–      Me alegra. Les daré instrucciones…

–      Sí. Para podernos mantener en contacto. No obstante, alguna vez vendrás…

–      Vendré. He hablado ya de ello con Simón.

Y, dado que no es justo que Yo invada tu casa con los discípulos, iré a casa de Simón…

–      No, Maestro. ¿Por qué me quieres dar este dolor?

–      No preguntes, Lázaro; Yo sé que está bien así.

–      Pero entonces…

–      Entonces seguiré estando en tus propiedades. Lo que el mismo Simón ignora Yo lo sé.

Aquel que quiso comprar, sin revelar su identidad y sin detenerse a estudiar las condiciones, con tal de estar cerca de Lázaro de Betania, era el hijo de Teófilo, el fiel amigo de Simón el Zelote y el gran amigo de Jesús de Nazaret.

Aquel que duplicó la suma por Jonás y no gravó el patrimonio de Simón para proporcionarle a éste la alegría de poder hacer muchas cosas por el Maestro pobre y por los pobres del Maestro,

Aquél, es uno que tiene por nombre Lázaro.

El que discreto y atento, mueve, dirige, presta ayuda a todas las fuerzas buenas para ayudarme, aliviarme y protegerme; ése, es Lázaro de Betania. Yo lo sé.

–     ¡Oh, no lo digas! ¡Creí actuar bien de ese modo y en secreto!

–     Secreto, sí, para los hombres, pero no para Mí; Yo leo en el corazón.

¿Quieres que te diga por qué tu ya de por sí natural bondad se impregna de perfección sobrenatural?

Es porque pides don sobrenatural, pides la salvación de un alma y la santidad tuya y de Marta.

Tú sientes que no basta con ser buenos según el mundo, sino que se requiere ser buenos según las leyes del espíritu, para obtener de Dios la gracia.

Tú no has oído mis palabras, pero Yo he dicho: “Cuando hagáis el bien, hacedlo en secreto, y el Padre os dará una gran recompensa”.

Tú lo has hecho por un natural impulso a la humildad, y verdad te digo que el Padre te reserva una recompensa que ni siquiera puedes imaginar.

–     ¿La redención de María? …

–     Eso y más, más aún.

–     ¿Qué es Maestro, más imposible que esto?

Jesús lo mira y sonríe.

Luego dice, con el tono de un salmo:

«El Señor reina, y con Él sus santos. Con sus rayos de luz trenza una corona y sobre la cabeza de los santos la deposita.

Para que eternamente resplandezca ante los ojos de Dios y del universo.

¿De qué metal está entretejida? ¿Con qué piedras preciosas decorada?

Oro, oro purísimo es el círculo obtenido con el dúplice fuego del amor divino y del amor del hombre, cincelado por la voluntad, martillando, limando, cortando, afinando.

Gran profusión de perlas, y esmeraldas más verdes que la hierba nacida en Abril; turquesas de color de cielo, ópalos de color luna, amatistas como violetas pudorosas…

Y engarzados para toda la vida, jaspe y zafiros, jacintos y topacios. Y como broche de la obra, un círculo de rubíes, un gran círculo sobre la frente gloriosa.

Porque este hombre bendito ha tenido fe y esperanza, ha tenido mansedumbre y castidad, templanza y fortaleza, justicia y prudencia, misericordia sin medida.

Y en el fondo ha escrito con la sangre tu Nombre y la Fe en Mí, su amor en él por Mí y su nombre en el Cielo. ¡Exultad, oh justos del Señor!

El hombre ignora, Dios ve.

Él escribe en los libros eternos mis promesas y vuestras obras. Y con ellas vuestros nombres, Príncipes del siglo futuro, triunfadores eternos con el Cristo del Señor.

Lázaro lo mira asombrado.

 Luego susurra:

–     ¡Oh!… yo… no seré capaz…

–     ¿Tú crees?

Y Jesús coge una rama flexible de un sauce, cuyas frondas penden sobre el sendero y dice:

—     «Mira: como mi mano dobla fácilmente esta rama, el amor plegará tu alma y de ella hará una corona eterna.  El Amor es el redentor individual. 

Quién ama inicia su redención. Lo que falte, lo pondrá el Hijo del hombre.

Todo concluye.

56 EL COLEGIO APOSTÓLICO


56 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Nazareth Jesús  ha atravesado el huerto de Alfeo para ir a su casa y cuando está a punto de poner pie en la calle, entran Pedro y detrás de él, Juan; jadeantes, como quien ha corrido.

Pedro dice:

–      ¡Maestro! Pero, ¿Qué ha sucedido? Santiago me ha dicho: “Ve corriendo a mi casa. ¿Quién sabe qué trato recibirá Jesús!”.

Juan rebate:

–      ¡No, no es así! Ha entrado Alfeo, el de la fuente y le ha dicho a Judas: `Jesús está en tu casa” y entonces Santiago ha dicho eso…

Pedro concluye:

 –      Tus primos están abatidos. Yo no comprendo nada, pero… te veo… y me siento confortado. 

Jesús declara:

–      Nada, Pedro. Un pobre enfermo al que los dolores le hacen ser impaciente. Ya ha terminado todo.

–      ¡Oh, me alegro!

Judas de Keriot también ha llegado detrás y… 

Pedro lo interpela muy áspero:

–      ¿Y tú, por qué estás aquí?

Judas contesta a la defensiva:

–      Me parece que también estás tú.

–      A mí han pedido que viniera y he venido.

–      También yo he venido. Si el Maestro estaba en peligro y en su patria; yo, que ya lo he defendido en Judea, podía defenderlo también en Galilea.

–      Para eso bastamos nosotros. Pero no hay necesidad de ello en Galilea.

–      ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Exacto!

Su patria lo echa fuera como si se tratase de una comida indigesta. Bien. Me alegro por ti, que te escandalizaste por un pequeño incidente sucedido en Judea, donde no lo conocen.  Aquí, sin embargo… – y Judas concluye con un silbido que es un poema de sátira.

–      Mira, muchacho. Me siento en pocas condiciones de soportarte. Corta por tanto, si en algo tienes… algo. Maestro, ¿Te han hecho algún daño?

–      ¡No, hombre, no, Pedro mío! Te lo aseguro. Vamos más deprisa a consolar a mis primos.

Van. Entran en el amplio taller.

Judas y Santiago están junto al vasto banco de carpintero:

 Santiago, en pie; Judas, sentado en un taburete con el codo apoyado en el banco y la cabeza apoyada en la mano.

 Jesús va hacia ellos sonriente para darles inmediatamente la certeza de que su corazón los ama.

Y trata de consolarlos:

–      Alfeo está más sereno ahora. Los dolores se están calmando y todo vuelve a sosegarse. Estad tranquilos también vosotros.

Los dos preguntan al mismo tiempo:

–      ¿Lo has visto?

–      ¿Y a nuestra madre?

–      He visto a todos.

Tadeo pregunta:

–     ¿También a nuestros hermanos?

–      No. No estaban.

–      Estaban. No han querido que los vieras.

¡Pero… nosotros! Ni aunque hubiéramos cometido un delito habríamos sido tratados de esa forma. ¡Y nosotros, que volábamos desde Caná por la alegría de volver a verlo y traerle lo que a él le gusta!  

Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco.

Santiago se muestra más fuerte, pero su rostro manifiesta un interno martirio.   –    

Solamente añade abatido:

–     Lo queremos y… y ya no nos entiende… ya no nos cree.

Jesús dice:

–     No llores, Judas. Y tú, no sufras.

Santiago exclama:

–       ¡Oh! ¡Jesús! Somos hijos… y nos ha maldecido.

Pero, aunque esto nos acongoje, no, no volvemos hacia atrás. Somos tuyos y tuyos seremos, aunque nos amenazaran de muerte para separarnos de Tí.

–       ¿Y decías que no eras capaz de heroísmo? Yo lo sabía, pero tú, por ti mismo, ahora lo manifiestas. En verdad, serás fiel incluso contra la muerte. Y tú también.

Jesús los acaricia… pero ellos sufren.

El llanto de Judas llena la bóveda de piedra.

Y nunca mejor que con este episodio, se manifiesta plenamente el alma de los discípu1os.

Pedro, cuyo honesto rostro se muestra apenado, exclama:

–    ¡Claro! Es una cosa dolorosa… Cosas tristes. Pero, muchachos – y les da unos pequeños zarandeos con afecto.

Agregando:

–    No todos pueden merecer esas palabras… Yo… yo me doy cuenta de que he sido una persona afortunada en mi llamada.

Esa buena mujer que es mi esposa me dice siempre: “Es como si hubiera sido repudiada, porque tú ya no eres mío. Y yo digo: ¡Oh, dichoso repudio!”‘.

Decidlo igualmente vosotros. Perdéis un padre, pero ganáis a Dios.

El pastor José, desde su ignorante condición de huérfano, asombrado de que un padre pueda ser motivo de llanto, dice:

–      Creía ser el más infeliz porque me falta el padre. Me doy cuenta de que es mejor llorarlo por muerto que por enemigo.

Juan se limita a besar y a acariciar a los compañeros.

Andrés suspira y calla. Se consume por el deseo de hablar, pero, como si de una mordaza se tratara, su timidez se lo impide.

Tomás, Felipe, Mateo, Natanael hablan bajo en un rincón, con el respeto propio de quien se encuentra ante un dolor genuino e inconsolable.

Santiago de Zebedeo ora apenas perceptiblemente, para que Dios conceda paz.

Simón Zelote  deja su rincón y viene junto a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Judas, el otro brazo en torno a la cintura de Santiago,

 Y dice:

–      No llores, hijo. Él nos lo había dicho a mí y a ti: “Os uno: a ti, que por mí pierdes un padre; a ti, que tienes corazón de padre sin tener hijos”.

Y no entendimos cuánto había de profecía en esas palabras. Pero Él sabía.

Pues os lo ruego: Soy viejo y siempre he soñado con ser llamado “padre“; aceptadme como tal y yo, mañana y tarde, os bendeciré. Os lo ruego: Aceptadme como tal.

Los dos hacen un gesto de aceptación entre sollozos aún más fuertes.

Entra María y corre hasta donde los dos afligidos.

Acaricia la cabeza de un moreno intenso de Judas y a Santiago lo acaricia en la mejilla. Está blanca como una azucena.

Judas le toma la mano, la besa y pregunta:

–     Qué hace?

María contesta:

–     Duerme, hijo. Vuestra madre os manda su beso.

Y Ella los besa a ambos.

La voz áspera de Pedro se deja oír bruscamente:

–     Mira, ven aquí un momento, que quiero decirte una cosa.

 Y Pedro aferra con su robusta mano un brazo de Judas Iscariote y se lo lleva afuera, a la calle.   Luego vuelve solo.

Jesús pregunta:

–      ¿A dónde lo has mandado?

–      ¿A dónde? A tomar el aire; si no, acababa dándole yo el aire de otra manera… cosa que no he hecho por atención a Tí. ¡Ah!…, ¡Ahora se está mejor!

Quien se ríe ante un dolor, es un áspid y yo a las serpientes las aplasto… Aquí estás Tú… y por eso lo he mandado sólo a contemplar la luz de la luna.

¡No, no te lo tomes a mal! ¡Qué gran alivio para él, el librarse de esta tristeza!

Creo que yo me haré primero un escriba, con un milagro de Dios; a que él, ni siquiera con la ayuda divina, se haga bueno. Es más seco y duro que una piedra, bajo el sol de Agosto.

Te lo asegura Simón de Jonás. Y no me equivoco. 

¡Venga, muchachos! Aquí hay una Madre, que más dulce que Ella no la tiene ni siquiera el Cielo.

Aquí hay un Maestro que es más bueno que todo el Paraíso, aquí hay muchos corazones honestos que os aman sinceramente.

Las borrascas benefician, hacen caer el polvo. Mañana estaréis más frescos que unas flores, os sentiréis más ligeros que los pájaros, para seguir a nuestro Jesús.

Y con estas simples y buenas palabras de Pedro todo finaliza.

Unas horas después, por la noche terminada la cena, cuando los demás se retiraron a descansar.

Junto a la pequeña habitación que da al huerto que está lleno de follaje, con todo el esplendor del verano; Jesús está con María.

Están sentados juntos en la banca de piedra adosada a la pared. 

La Madre y el Hijo se sienten felices de estar cerca y de trabar una dulce conversación. Hablan de lo sucedido durante su separación:

Del bautismo. Del ayuno en el desierto. De la formación del Colegio Apostólico.

Jesús ha contado a su Madre sus primeras jornadas de evangelización. Sus primeras conquistas de corazones…

Y María está pendiente de cada palabra de su Jesús.

Está más pálida y más delgada, evidenciando el sufrimiento de este tiempo.

Sus bellísimos ojos azules, tienen las ojeras de quien ha llorado mucho y no oculta su preocupación. Pero ahora está feliz.

Y sonríe acariciando la mano de su Hijo. Ha vuelto a tenerlo ahí, corazón con corazón; en el silencio de la noche que comienza.

La higuera tiene ya sus primeros frutos maduros, que se extienden hasta la casa.

Y Jesús se pone de pie, a cortar algunos. Da los más bonitos a su Madre; limpiándolos con cuidado.

Se los presenta como si fueran cálices blancos de estrías rojas, con su corona de pétalos blancos por dentro y púrpura por fuera.

Los presenta en la palma de su mano y sonríe al ver que le gustan a su Mamá.

Después le pregunta a quemarropa:

–    Mamá, ¿Has visto a mis discípulos? ¿Qué piensas de ellos?

María, que está a punto de llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza.

Suspende su movimiento, se sobresalta y mira a Jesús.

Él recalca:

–           ¿Qué piensas de ellos ahora que te los he presentado?

Ella contesta:

–           Creo que te aman y que podrás obtener mucho de ellos.

Juan… Ama a Juan, como solo Tú puedes amar. Es un ángel y estoy tranquila cuando pienso que está contigo.

También Pedro es bueno. Es duro porque ya es viejo. Pero franco y de convicción. Igual su hermano Andrés; Felipe y Natanael.

Y también Tomás… te aman como ahora son capaces de hacerlo. Después te amarán más.

Zelote es agradecido y también Mateo. Así como los primos, ahora que se han convencido; te serán fieles. 

María suspira profundamente, antes de continuar:

–       Pero el hombre de Keriot… Ese no me gusta, Hijo. Su ojo no es limpio y mucho menos su corazón. Me causa miedo.

–      Contigo es respetuoso.

–      Demasiado respetuoso.

También contigo es muy respetuoso. Pero no es por ti, Maestro. Es por Ti, futuro rey de quien espera utilidades y gloria.

Era un donnadie. Apenas un poco más que los demás de Keriot. Pero ahora espera desempeñar a tu lado, un papel de gran importancia y…

¡Oh, Jesús!… No quiero faltar a la caridad. Pero pienso, aun cuando no quiero pensarlo; que en caso de que lo desilusiones, no dudará en reemplazarte.

O en tratar de hacerlo. Es ambicioso; avariento y vicioso. Está más preparado para ser ministro de un rey terrenal, que no un apóstol tuyo, Hijo mío. ¡Me causa mucho miedo!

Y la Mamá, mira a su Jesús con los ojos aterrorizados en su pálida cara…

María, la plena de Gracia por el poder del Espíritu santo; ha leído en el corazón de judas, como en un libro abierto.

Jesús lanza un suspiro. Piensa por un largo momento. Luego mira a su Madre.

Le sonríe para darle fuerzas.

Y dice:

–      También esto es necesario, Mamá. Si no fuese él, sería otro. 

Mi Colegio debe representar el mundo. Y en el mundo no todos son ángeles. Y no todos son del temple de Pedro y de Andrés.

Si escogiese todas las perfecciones, ¿Cómo podrían las pobres almas enfermas; atreverse a poder llegar a ser mis discípulos? He venido a salvar lo que estaba perdido.

Mamá; Juan por sí ya está a salvo. Pero, ¡Cuántos otros no lo están!

–     No tengo miedo de Leví. Se redimió porque quiso redimirde. Dejó su pecado, junto con su banco de tasador. Y se hizo un alma nueva para venir contigo. 

Pero Judas de Keriot, no. Y además el orgullo satura su alma manchada.

Pero Tú sabes todas estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? No puedo sino rogar y llorar por Ti. Tú eres el Maestro y maestro también de tu pobre Mamá.

El coloquio continúa…  

Y el tiempo sigue su curso…

Jesús dice:

“Llegados a este punto, las figuras morales de los apóstoles han dado ya suficientes destellos, sin crear escándalo para nada.  Yo no necesitaba el consejo de nadie.

Pero, cuando estábamos solos, mientras los discípulos estaban acá o allá con familias amigas o por los caseríos cercanos, durante mis estancias en Nazaret,

¡Qué delicioso me era el hablar y pedir consejo a mi dulce Amiga, mi Madre¡ ¡Y obtener confirmación, de su boca de gracia y sabiduría, de cuanto ya había visto Yo!

No he sido nunca sino “el Hijo” para con Ella.

Y entre los nacidos de mujer no hubo una madre más “madre” que Ella, en todas las perfecciones de las maternas virtudes humanas y morales; ni hubo hijo más “hijo” que Yo, en el respeto, en la confianza, en el amor.

Y ahora, que también vosotros habéis tenido un mínimo de trato con los Doce, de conocimiento de sus virtudes y de sus defectos, de su carácter, de sus luchas,

¿Hay todavía alguno que diga que me fue fácil unirlos, elevarlos, formarlos?

¿Hay todavía alguno que juzgue fácil la vida del apóstol y por ser un apóstol, frecuentemente por creerse tal, juzgue tener derecho a una vida llana, sin dolores, obstáculos, derrotas?

¿Hay todavía alguno que, por el hecho de que me sirva, pretenda que Yo sea su siervo y que haga milagros sin interrupción en favor suyo, haciendo de su vida una alfombra florida, fácil, humanamente gloriosa?

Mi Camino, mi Trabajo, mi servicio es la Cruz, el Dolor, las Renuncias, el Sacrificio.

Yo lo hice, háganlo quienes quieren decirse “míos”. Esto no va para los Juanes, sino para los doctores insatisfechos y difíciles.

Y digo para los doctores de la argucia, que he usado el término “tío” y “tía”, inusitado en las lenguas palestinas;

para aclarar y definir una irrespetuosa cuestión sobre mi condición de Unigénito de María y sobre la Virginidad “pre” y “post” parto de mi Madre,

Quien me tuvo por espiritual y divino connubio y repítase una vez más: NO conoció otras uniones, ni tuvo otros partos.

Carne inviolada, la cual ni siquiera Yo laceré, cerrada sobre el Misterio de un seno-tabernáculo, Trono de la Trinidad y del Verbo Encarnado.

36 EL RESCATE DEL BAUTISTA


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

36 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente en el vado del Jordán, el camino verde que sigue paralelo al río, está lleno por viajeros que buscan la sombra de los árboles que lo bordean.

Hileras de borriquillos van y vienen junto con los hombres.

En el margen del río están tres hombres que pastorean algunas ovejas.

En el camino, José que está esperando, mira a un lado y a otro, buscando a alguien.

A lo lejos, en el entronque con otra vía, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos.

José llama a los pastores.

Éstos mueven el pequeño rebaño, haciéndolas avanzar por el prado.

Rápidamente se dirigen al encuentro con Jesús.

–       Yo casi no me atrevo… ¿Con qué palabras lo voy a saludar? 

José les dice:

–      ¡Oh, es muy bueno! Dile: “La paz sea contigo”. El saluda siempre así.

–      Él sí…

–     Pero nosotros…

José trata de animarlos:

–      ¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores y me quiere mucho… muchísimo.

El pastor Juan pregunta:

–      ¿Quién es?

José lo señala diciendo:

–      Aquél más alto y rubio. 

Simeón dice:

–      ¿Le hablamos del Bautista, Matías?

–      ¡Sí!

–      ¿No pensará que lo hemos preferido antes que a Él?

Matías contesta:

–       No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándolo a Él.

–      Tienes razón.

Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro.

Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible.

 José acelera el paso.

Las ovejas, trotan azuzadas por los pastores.

Jesús levanta los brazos como para abrazarlos,

Y saludando:

–     La paz sea con vosotros. ¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!

Y besándolo en la mejilla, especifica:

–     Paz a ti, José.

Los otros tres lo adoran primero postrados, besando la orla de su túnica y luego de rodillas.

Jesús los invita:

–     Venid amigos. Vamos junto a las aguas del río y bajo aquellos árboles. Allí hablaremos.

Todos bajan hasta el sitio señalado por Jesús, que se sienta en una gran raíz que está sobre la tierra.

Los otros se sientan en el pasto, a su alrededor.

Jesús sonríe lleno de felicidad, los mira con atención y dice:

–     Permitidme que conozca vuestros rostros. Ya conozco los corazones; son de hombres justos que van tras el bien y aman despreciando las utilidades del mundo.

Os traigo saludos de Isaac, Elías y Leví. También el saludo de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?

Matías contesta:

–      Todavía está en prisión.

Nuestro corazón tiembla por él; porque está en manos de un cruel al que domina una criatura del infierno y al que rodea una corte corrompida.

Nosotros lo amamos. Tú sabes que lo amamos y que él merece nuestro amor. Después de que dejaste Belén, fuimos perseguidos.

Pero más que el odio; sentimos el vernos solos, abatidos como plantas que el ventarrón haya tronchado; porque te habíamos perdido.

Luego, después de años de dolor; sentimos que el Bautista era el hombre de Dios que se predijo que prepararía los senderos de su Mesías.

José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido por él, a alguna parte.

Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor lo escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios. 

Y fuimos a él, porque pensamos que al hacerlo, te encontraríamos a Ti. Porque era a Ti Señor, a quién buscábamos.

–      Lo sé. Me habéis encontrado. Estoy con vosotros. 

Y señalando a Juan, les pregunta:

–      ¿Conocéis a éste?

–      Lo veíamos con los otros galileos, entre las gentes más fieles del Bautista.

Juan lo señaló varias veces diciéndonos: ‘Ved. Yo el primero; él el último. Después él será el primero y yo el último’ Jamás entendimos lo que quiso decir.

Jesús voltea hacia donde está Juan; lo atrae hacia su pecho con una sonrisa más resplandeciente todavía,

Y dice:

–      El Bautista quería decir, que él era el primero en decir: ‘He aquí al Cordero de Dios’

Y que éste será el último de los amigos del Hijo del Hombre, que hablará a las multitudes del Cordero.

Pero que en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque ama al Cordero más que todos. Esto es lo que quería decir el Bautista.

Cuando lo veáis; porque lo volveréis a ver y lo serviréis hasta la hora que ya está determinada; decidle que él no es el último en el corazón del Mesías.

No tanto por ser pariente, sino por su santidad; Yo le amo igual que a estos.

Acordaos de ello, si la humildad del santo se proclama ser el último. La Palabra de Dios lo proclama compañero de su discípulo a quien más ama.

Decidle que amo a éste, porque lleva su nombre y porque encuentro en él su marca. Pues su corazón fue preparado para recibir al Mesías.

–       Lo diremos. Herodes no se atreve a matarlo por miedo al pueblo.

Y en esa corte de avaricia y corrupción, sería fácil librarlo si tuviéramos el suficiente dinero. En realidad, una fortuna. 

Todos los amigos han cooperado, pero todavía nos falta mucho.

Tenemos mucho miedo de que se nos acabe el tiempo y por no reunir lo necesario, que lo maten.

–     ¿Cuánto es lo que os hace falta para el rescate?

–     No para el rescate, Señor. Herodías lo odia y no quiere ni verlo. Y ella es la dueña de Herodes.

Es imposible un rescate. Pero en Maqueronte se han juntado todos los codiciosos del reino. Lo único que les importa es gozar y sobresalir; desde los ministros, hasta los criados.

Y para hacer esto se necesita mucho dinero. Hemos encontrado quien, por una considerable cantidad de dinero, dejaría salir al Bautista.

Esto, también Herodes lo desea; porque tiene miedo, no por otra razón. Miedo al pueblo y miedo a la mujer.

Si conseguimos liberarlo; podrá fingir que él no lo hizo. Así contentará al pueblo y la mujer no podrá acusarlo de nada.

–     ¿Cuánto quiere esa persona?

–     Veinte talentos de plata. Tenemos solo doce y medio.

Jesús se vuelve hacia Judas y le dice:

–     Judas, tú dijiste que esas joyas son muy valiosas.Judas contesta contundente:

–      Hermosas y preciosas.

–      Me parece que tú eres experto en estas cosas. ¿Cuánto crees que valen?

–      Sí lo soy. ¿Acaso quieres venderlas?

–      Tal vez. Dime, ¿Cuánto pueden valer?

–      Si se venden bien, por lo menos ocho talentos.

–     ¿Estás seguro?

–      Sí, Maestro. Tan solo las tiaras y las gargantillas son gruesas y pesadas.

Y están llenas de rubíes, zafiros, esmeraldas y amatistas.

Es oro purísimo. Por lo menos valen cinco talentos.

Los he revisado bien. Al igual que los brazaletes.

No puedo comprender como las frágiles muñecas de Aglae, los han podido llevar.

–      Eran sus cadenas, Judas.

–      Es verdad, Maestro. ¡Pero a muchos les encantarían semejantes grilletes!

–     ¿Lo crees?… ¿A quiénes?

Judas contesta evasivo:

–     ¡Oh! ¡A muchos!

–     Sí. A muchos que tan sólo son hombres, porque así se les llama. ¿Conoces a algún posible comprador?

–     ¿Quieres venderlas? Y ¿Por el Bautista? Pero, ¡Es oro maldito!

–      ¡Oh, incomprensión humana! Acabas de decir con un deseo patente, que a muchos les gustaría ese oro. ¿Y ahora dices que está maldito? ¡Ay Judas! ¡Judas!…  

Es maldito. ¡Sí!…

Es maldito, pero ella dijo: ‘Se santificará si sirve al que es pobre y santo’

Y lo dio con el fin de que el que fuere beneficiado, ruegue por su pobre alma; que como embrión de futura mariposa, crece en la semilla del corazón.

¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es igual que Elías por su misión; pero superior a éste en santidad. Es más pobre que Yo.

Yo tengo una Madre y una casa. Cuando se tienen estas cosas, puras y santas como las tengo, jamás puede uno decir que está abandonado.

Él ya no tiene casa. Ni siquiera le ha quedado el sepulcro de su madre. La perversidad humana, todo lo ha destruido y profanado.

Así que dime, ¿Quién sería el comprador?

–     Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén.

¡Pero éste de Jericó!, es un astuto orfebre oriental. Usurero; contrabandista; mercader en amores; ladrón ciertamente… y tal vez homicida.

Y seguramente también es un perseguido de Roma. Quiere que se le llame Isaac, para que lo tomen por hebreo. Más su nombre verdadero es Diomedes. Lo conozco bien…

Simón Zelote, que habla poco, pero substancioso y que todo lo observa.

Lo interrumpe:

–     ¡Lo comprendemos! ¿Cómo hiciste para llegar a conocerlo tan bien?      

Judas  balbucea:

–      Bueno. Sabes. Para agradar a los amigos poderosos, he ido a su casa. Hemos tenido tratos. Para los del Templo. ¿Sabes?…

–       Ya caigo. Toda clase de servicios. – Concluye Simón con un tono helado y lleno de ironía.

Judas se enciende, pero calla…

Jesús interroga:

–      ¿Podrá comprarlas?

–       Pienso que sí. Jamás le falta el dinero.

Ciertamente es necesario saber vender; porque el griego es astuto. Y si ve que se las tiene que arreglar con un hombre honrado… un pichón de nido. Lo despluma a su gusto.

Pero si se trata de un buitre como él…

Zelote concluye:

–     Ve, Judas. Eres el tipo ideal para esto. Tienes la astucia de la zorra y la rapacidad del buitre. Perdón, Maestro. Hablé antes que Tú.

Jesús dice:

–      Pienso como tú. Y le pido a Judas que vaya.

Se vuelve hacia su predilecto y le dice:

–      Juan, vete con él. Nos reuniremos cuando baje el sol; en la plaza que está cerca del mercado.

Mirando a Judas, agrega:

–      Ve y has lo mejor que puedas.

Inmediatamente Judas se levanta.

Juan tiene la mirada del perro que implora, porque se le ha arrojado fuera.

Sin embargo,  Jesús ignora esa mirada suplicante y se vuelve hacia los pastores:

El apóstol más joven también se levanta y sigue a Judas. 

Jesús dice a los pastores:

–       Quiero alegraros.

Juan, el pastor contesta:

–      Siempre lo harás, Maestro. El Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es tu amigo?

–      Sí. ¿No te parece que lo sea?

El hombre baja la cabeza y guarda silencio.

Simón dice:

–     Sólo quién es bueno, sabe ver.

Yo no soy bueno y no veo lo que la bondad ve. Veo lo externo. El bueno baja hasta el interior. También tú Juan ves como yo. Pero el Maestro es bueno y… ve…

Jesús pregunta:

–     ¿Qué ves en Judas, Simón? Te ordeno que hables.

Simón respira profundo y luego dice

–     Pues… al mirarlo pienso en ciertos lugares misteriosos que parecen cuevas de fieras y aguas estancadas y envenenadas.

Se vislumbra apenas algo que no está bien. Y al punto se retira uno lleno de miedo.

Por el contrario, por detrás hay tórtolas y ruiseñores y suelo abundante en aguas buenas y rico en hierbas salutíferas.

Quiero pensar que Judas es así. Lo creo, porque lo tienes contigo. Tú, que conoces…

–     Sí. Yo lo conozco. Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre.

Pero no le faltan los lados buenos. Lo viste en Belén y en Keriot.

Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual.

Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…

–      También Juan es joven, tiene sólo diecisiete años…  

Jesús lo mira con la vista espiritual que lee los pensamientos y los corazones:

–     Y tú concluyes en tu corazón: “y es mejor”.

¡Pero, Juan es Juan! Simón. Ama a ese pobrecito de Judas… Te lo ruego. Si lo amas… te parecerá más bueno.

–     Me esfuerzo en hacerlo, por Ti. Pero es él; el que rompe mis esfuerzos como si fueran cañas de río.

Maestro, yo tengo solo una ley: hacer lo que Tú quieras. Por esta razón amo a Judas; no obstante existe algo dentro de mí que me previene contra él.

–    ¿Qué cosa es, Simón?

–    Nada en concreto.

Algo así como el grito del soldado que está de guardia durante la noche y me dice: ‘¡Alerta! ¡No te duermas! ¡Mira!… ¡No sé!… no tiene nombre esta cosa. Pero, es contra él…

–    No pienses más en esto, Simón. Ni te esfuerces en definirla.

Hace daño conocer ciertas verdades. Y te podrías equivocar al conocerlas. Déjasela a tu Maestro. Dame tu amor y piensa en lo que me hace feliz.

Pasan las horas y por la tarde en la plaza,

Simón grita:

–    ¡Maestro! Ya viene Judas.

Jesús voltea hacia donde indicara su apóstol y puede constatar que Judas viene triunfante.

Juan sonríe a Jesús… Pero no parece muy feliz.