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97.- REY DE LOS JUDÍOS


La gente que lo encuentra, mira con curiosidad al grupo galileo, que es verdaderamente extraño en estas partes.

Mateo dice señalando el promontorio que cae al mar:

–           Este debe ser el peñón de la tempestad, del que habló el pescador…

Santiago de Zebedeo extiende el brazo y dice:

–           Ved allí el poblado que nos dijeron.

Jesús observa:

–           Desde la cima podremos ver Alejandroscene…

Juan contesta:

–           Dentro de poco anochecerá. ¿Dónde nos quedaremos?

–           En Alejandroscene. Iremos por aquel camino que baja hacia allá…

Andrés pregunta:

–           Es la ciudad de la mujer de Antigonia. ¿Cómo podríamos hacer para alegrarla?

Juan explica:

–           Maestro, ella nos dijo: ‘Id a Alejandroscene. Mis hermanos tienen allí negocios y son prosélitos. Procurad que se enteren del Maestro. Nosotros también somos hijos de Dios…’ Y lloraba porque su matrimonio no es bien visto. Sus hermanos jamás van a visitarla y ella no sabe nada de ellos.

Jesús dice:

–           Buscaremos a sus hermanos. Si nos acogen como a peregrinos, le daremos una alegría…

–           Pero ¿Cómo vamos a decirle que la vimos?

–           Trabaja en las posesiones de Lázaro y nosotros somos sus amigos.

–           Es verdad. Tú tomarás la palabra…

Cómo queráis. Pero démonos prisa, para que encontremos la casa. ¿Sabéis dónde está?

–           Cerca del campamento. Tienen relaciones con  los romanos, pues les venden muchas cosas.

–           Está bien.

Caminan rápidos por el camino consular. Alejandroscenne, que es una estratégica ciudad militar, extendida entre dos promontorios; sobre el mar. Ahora ya pueden distinguirse las torres que forman una cadena con las de la llanura y que hacen formidable el imponente campamento.

Llegan a las tiendas de los hermanos de Hermione y ven a los compradores saliendo y llevando sus mercancías: telas, utensilios, granos, heno, aceite, vinos y alimentos. El aire huele a cuero, especias, paja y lana. Es un vasto patio que semeja una plaza y en cuyos pórticos están las diversas bodegas.

Un hombre los recibe y les pregunta:

–           ¿Qué se os ofrece? ¿Alimentos?

Jesús contesta:

–           Sí. Y también hospedaje… Si es que no te desagrada hospedar a peregrinos. venimos de lejos y nunca hemos estado aquí. Danos hospedaje en el Nombre del señor…

El hombre mira atentamente a Jesús y lo escudriña… Luego dice:

–           En realidad no acostumbro hospedar a nadie; pero Tú me caes bien. Eres galileo ¿Verdad? Mejor los galileos que los judíos. Son demasiado orgullosos y no nos perdonan que tengamos sangre impura. sería mejor que ellos tuvieran el alma pura. Ven entra aquí. Regreso pronto. Voy a cerrar porque ya atardeció…

De hecho el crepúsculo va dejando lugar a la oscuridad que desciende sobre el patio que domina el majestuoso campamento.

Todos entran en la habitación señalada y se sientan. Regresa el hombre con otras dos personas y dice:

–           Ahí los tenéis. ¿Qué os parece? A mí me parecieron gente buena…

El hombre mayor dice al hermano:

–           Hiciste bien. – y volviéndose hacia Jesús le pregunta- ¿Cómo os llamáis?

Jesús hace las presentaciones:

–           Jesús de Nazareth. Santiago y judas también de Nazareth. Santiago, Juan y Andrés de Betsaida y Mateo de Cafarnaúm…

–           ¿Por qué habéis venido aquí? ¿Sois perseguidos?

–           No. Evangelizamos. Hemos recorrido más de una vez la Palestina, desde Galilea hasta Judea; de mar a mar. También hemos estado en Transjordania y en la Aurinítide y ahora hemos venido aquí. A enseñar…

–           Pero, ¿Aquí un Rabbí? ¡Nos sorprende! Felipe, Elías, ¡Esto no es posible!

Elías apoya:

–           Mucho. ¿De qué casta eres?

–           De ninguna. Soy de Dios. Los buenos del mundo creen en Mí. Soy pobre y amo a los pobres. Con todo, no desprecio a los ricos a quienes enseño el amor, la misericordia y a no amar las riquezas. Así cómo también enseño a los pobres a amar su pobreza, confiando en Dios que no deja que alguien se pierda. Entre mis ricos amigos y discípulos se encuentra Lázaro de Bethania…

–           ¿Lázaro? Una de nuestras hermanas está casada con uno de sus trabajadores…

–           Lo sé. También por esta razón he venido. Para deciros que os manda saludos y os ama.

–           ¿La viste?

–                      Yo no. Pero éstos que me acompañan, sí. Lázaro los envió a Antigonia.

–                      ¡Oh! ¡Hablad! ¿Cómo está Hermione? ¿Está feliz?

Tadeo responde:

–           Su esposo y su suegra la aman mucho. Su suegro la respeta…

–           Pero no le perdonan su sangre maternal. Dilo…

–           Se la perdonarán. Se expresó de ella muy bien. Tiene cuatro niños bellos y muy buenos. Esto la hace feliz. Pero siempre os recuerda y nos pidió que os trajéramos al Maestro…

–           ¿Pero cómo? ¿Eres a quien llaman el Mesías? ¿Tú?

–           Yo Soy.

–           Eres verdaderamente Él… Nos dijeron en Jerusalén que te llaman el Verbo de Dios…  ¿Es verdad?

–           Sí.

–           Pero, ¿Lo Eres sólo para los de allá o para todos?

–           Para todos. ¿Podéis creer que sea Yo lo que habéis dicho?

–           Creer no cuesta nada. Tanto más cuanto se espera que lo que se cree, pueda arrancar lo que nos hace sufrir.

–           Es verdad, Elías. Pero no hables de este modo. Es un pensamiento muy impuro. mucho más que la sangre mezclada. Alégrate no con la esperanza de que desaparezca lo que es la causa de desprecio de los demás. Más bien alégrate con la esperanza de conquistar el Reino de los Cielos.

–           Tienes razón, Señor. Soy medio pagano.

–           No te preocupes. También te amo a ti. Y también por ti he venido.

Felipe dice:

–           Han de estar cansados. Elías, deja las cosas como están. Vamos a cenar… Aquí no hay criadas. Ninguna israelita nos ha querido. Perdona si la casa te parece fría y sin arreglar…

–           Vuestro corazón la hará caliente y acogedora.

–           ¿Cuánto tiempo vas a estar?

–           No más de un día. Voy a ir en dirección a Tiro y a Sidón. Y necesito estar en Aczib antes del sábado…

–           ¡Sidón está muy lejos!

–           Mañana quisiera hablar aquí…

Nuestra casa parece un puerto. Sin que salgas de ella tendrás oyentes de muchos lugares. Y mañana es día de mercado.

–           Vamos pues. Y el Señor os pague vuestra caridad…

Al día siguiente, en el patio de los tres hermanos que está iluminado en más de la mitad por el sol, está lleno de gente que va y viene haciendo compras y vendiendo. Los soldados romanos, imperiosos y conquistadores; vigilan el orden en todo este barullo. Tambien Jesús, junto con los apóstoles, pasea por el inmenso patio que se ha convertido en una gran plaza de mercado. Muchos comentan mirando al grupo apostólico; reconociendo al Mesías y esperando a que hable.

Una niña acompaña a un viejo semiciego y suplica:

–           Dejad paso libre al viejo Marcos. ¡Por favor decidnos dónde está el Mesías!

Alguien contesta:

–           Si queréis ver al Rabbí, vedlo. Allá está parado, hablando con los pordioseros…

Y los dos se apresuran a llegar al lugar indicado…

Hay numerosos soldados y al verlo, dos de ellos comentan:

–                     Debe ser al que persiguen los judíos, Escipión. Son unos buenos canallas. Basta con verlo para darse cuenta que es mejor que todos ellos.

–                     ¡Por esto les da fastidio, Cayo!

–                     Vamos a decirlo al oficial. Son órdenes.

–                     ¡Esto es muy tonto, Cayo! Roma toma precauciones de los corderos y soporta la caricia de los Tigres.

–                     ¡No me parece como piensas, Escipión! ¡A Poncio no le cuesta matar!

–                     Cierto. Pero no cierra la puerta a las hienas que lo adulan.

–                     ¡Política, Escipión! ¡Política!

–                     ¡Cobardía, Cayo! Y ¡Estupidez! Debería hacerse amigo de este Hombre; para tener una ayuda pronta contra esta gente asiática. Poncio no favorece los intereses de Roma, en hacer a un lado a este Hombre Bueno. Y en adular a los malvados.

–                     No critiques al Procónsul. Nosotros somos soldados. Y el jefe es sagrado como un dios. Hemos jurado obediencia al divino César. Y el Procónsul es su representante…

–                     Eso está bien por lo que se refiere al deber con la Patria, sagrada e inmortal. Pero para nuestro fuero interno…

–                     El obedecer supone juzgar. Si tu juicio se rebela contra una orden y la crítica; no puedes obedecer como se debe. Roma se apoya en nuestra obediencia ciega; para proteger sus conquistas.

–                     Pareces un tribuno y dices bien. pero quiero decirte que si Roma es reina; nosotros no somos esclavos, sino súbditos. Y Roma no debe tener súbditos esclavos. Y por eso afirmo que mi razón juzga que Poncio hace mal, en no preocuparse de este israelita. Llámalo Mesías; Santo, Profeta, Rabí o cómo te dé la gana. Y puedo decirlo porque con ello no disminuye mi amor por Roma. Yo estoy convencido de que Él, al enseñar el respeto a las leyes y a los cónsules, como lo hace; coopera para el bienestar de Roma.

–                     Eres un hombre culto, Escipión. Llegarás a ser algo. Pero mira… hay gente alrededor de Él… Vamos a decirlo a los jefes…

De hecho, una multitud rodea a Jesús.

Luego se oye un grito y algunos se separan del grupo y corren…

Cayo pregunta:

–                     ¿Qué ha pasado?

–                     ¡El Hombre de Israel ha curado al viejo Marcos!

–                     ¡El velo de sus ojos ha desaparecido!

Un limosnero se arrastra apoyado en unos bastones, pues tiene las piernas torcidas y flacuchas. Con voz fuerte, grita sin descansar:

–                     ¡Santo! ¡Santo! ¡Mesías!… ¡Rabí! ¡Ten piedad de mí!

Los hebreos le gritan:

–                     Deja de gritar. Marcos es hebreo y tú no.

Un hebreo grita:

–                     Hace favores a los verdaderos israelitas, ¡No a los nacidos de una perra!

–                     Mi madre era hebrea…

–                     Y Dios la castigó. ¡Haciendo que nacieras como naciste! Por su pecado. ¡Lárgate, hijo de loba! ¡Vuelve a tu lugar; lodo que has de ser!

El pobre hombre se apoya contra la pared… Acobardado, humillado, espantado al ver los puños levantados de los hebreos puros.

Jesús se detiene. Se vuelve y ordena.

–                     ¡Oye! ¡Ven aquí!

El hombre lo mira… Mira a los que lo amenazan… No se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la gente y se le acerca.

Le pone la mano sobre el hombro y le dice:

–                     No tengas miedo. Ven conmigo. –y mirando a los que no tuvieron compasión… Con tono severo agrega- Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos.

Los otros comprenden y ya no se mueven.

Jesús los ve avergonzados y a punto de irse y les dice:

–                     No. Venid también vosotros. Y fortaleced vuestra alma, así como éste que supo tener fe. Yo lo mando. Vete libre desde ahora de tu enfermedad.

Quita su mano del hombro del hombre que se estremece. Éste se levanta. Arroja los bastones acabados por el uso y grita:

–                     ¡Me ha curado! ¡Alabado sea el Dios de mi madre!  -y se postra adorando y besando la orla del vestido de Jesús.

El tumulto aumenta y llega hasta las murallas del campamento romano. Los soldados creen que hay riña. Un pelotón corre, abriéndose paso y preguntando qué sucede:

–                     ¡Un milagro! ¡Un milagro! ¡Jonás el chueco!…  ¡El Paralítico, está curado! ¡Vedlo junto al Galileo!

Los soldados se miran entre sí…

–                     ¡El oficial nos ordenó que vigilásemos!

Escipión responde:

–                     ¿A quién? ¿A Él? Si se trata de Él, podemos ir a tomarnos una jarra de vino.

–                     Por mi parte yo diría que Él es quién debe ser protegido. ¿Lo veis allá? Entre nuestros dioses no hay uno que sea tan Bueno y con un aspecto tan viril. Esos no son dignos de Él. Los que no son dignos, es porque son malos. Quedémonos por si hay que defenderlo. Por lo menos podremos cuidarle la espalda. Y acariciar las de esos sinvergüenzas…  -dice con sarcasmo y admiración uno de los soldados.

–                     Has dicho bien Pudente. Voy a llamar a Prócoro que siempre ve complots contra Roma, donde no hay. En lo único que piensa es en que se le promueva y aquí se convencerá…

–                     No viene Prócoro. Mandó al triario, Aquila…

Los soldados lo aclaman y él pregunta:

–                     ¿Qué pasa?

–                     Que hay que vigilar a este hombre alto y rubio.

–                     Perfectamente. Pero, ¿Quién es?

–                     Lo llaman el Mesías. Su Nombre es Jesús de Nazareth. Es el mismo por quién se dieron las órdenes… Dicen que quiere hacerse rey y hacer a un lado a Roma. El Sanedrín; los Fariseos, Saduceos, Herodianos; se lo dijeron así a Poncio. Bien sabes que los hebreos son un poco especiales. Y que de cuando en cuando, creen tener un rey…

–                     Bien, bien… ¡Pero si es por Ese!… De todos modos escuchemos lo que dice. Parece que va a hablar…

–                     Publio Quintiliano dice que es un filósofo divino. Las damas imperiales lo admiran. –dice otro soldado muy joven.

–                     ¡No lo dudo! ¡Lo mismo me parecería si yo fuera mujer; pues me encantaría ir a la cama con Él!… –dice riendo de buena gana, otro soldado.

–                     ¡Cállate desvergonzado! ¡La lujuria te sigue por todas partes!

–                     ¿Y tú no, Fabio? ¿Qué me dice de Anna, Sira, Alba…?

–                     ¡Silencio, Sabino! Empieza a hablar y quiero escucharlo. –ordena el Triario. Y todos guardan silencio.

Jesús, subido sobre una caja. Apoyada contra una pared, de forma que todos puedan verlo. Dice:

–                     Paz a todos vosotros… Hijos de un solo Creador…

La gente escucha atenta el mensaje evangélico… La sabiduría, el amor y la parábola de los trabajadores y la viña…

Los vendedores de la plaza protestan diciendo que por su culpa perdieron los clientes. Los romanos desde su lugar gritan:

–                     ¡Por Júpiter! ¡Qué bien habla!

La gente se divide en dos bandos. Y llueven injurias, alabanzas, bendiciones, maldiciones, amenazas…

Jesús cruza sus brazos y los mira con tristeza; pero con dignidad.

Los soldados intervienen diciendo:

–                     ¡Qué va a ser Éste un revoltoso! ¡Él es el atacado!

Y con las astas dispersan a la multitud. El centurión se acerca violento e increpa con ira al viejo Aquila:

–                     ¿Es de este modo como velas por Roma? ¿Dejando que se dé el título de Rey en tierras que nos están sujetas?

El viejo soldado saluda militarmente y responde:

–                     Enseñaba el respeto y la obediencia. Hablaba de un Reino que no es de esta tierra. Por eso lo odian. Porque es Bueno y respetuoso. No encontré motivo para hacerlo callar. No contravenía nuestras leyes.

El centurión se calma y refunfuña:

–                     Entonces se trata de una nueva sedición de esa apestosa gentuza. Bien decidle que se vaya lo más pronto posible. No quiero molestias aquí. Cumplid mis órdenes y escoltadlo hasta fuera de la ciudad, tan pronto esté libre el camino. Que se vaya a donde mejor le parezca. A los infiernos si quiere; pero que salga de mi jurisdicción. ¿Entendieron?

–                     Así lo haremos.

El centurión les da la espalda, que resplandece con la coraza que trae puesta. Ondea su manto de púrpura. Y se va sin siquiera mirar a Jesús.

Los soldados comentan:

–                     ¿Podrán amarnos a nosotros sí odian a ese que no les hace ningún mal?

–                     No solo eso. Hasta les hace milagros.

–                     ¡Por Hércules! ¿Quién fue el que dijo que teníamos que vigilarlo?…

–                     Cayo.

–                     ¡El celoso! Por su culpa hemos perdido la comida…

El triario va a donde está Jesús y lo mira sin saber que decirle. Jesús le sonríe para darle ánimos. El soldado no sabe qué hacer.

Pero se acerca y Jesús le dice señalando sus cicatrices:

–                     Eres un héroe y un soldado fiel.

Aquila se pone colorado por la alabanza.

–                     Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador. ¿No quisieras sufrir algo por una patria mayor: el Cielo? ¿por un emperador eterno, que es Dios?

El soldado mueve la cabeza afirmando y responde:

–                     Soy un pobre pagano. Llegaría yo al atardecer. ¿Pero quién me va a instruir? Lo estás viendo. Te arrojan fuera. Y esto sí que son heridas que hacen mal. ¡No las mías! Por lo menos yo también herí a mis enemigos. ¿Pero Tú a quién hieres? ¿Qué das?…

–                     Perdón, soldado. Perdón y amor.

–                     Tengo razón. ¡Es necio que sospechen de Tí! ¡Adiós Galileo!

–                     ¡Adiós romano!

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA