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55.- EL EDICTO


00roma-imperialLa liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos.

Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer.

Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos.

La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis.

Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular.

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También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor.

Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor.

Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito.

Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete.

De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador.

Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad.

Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

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Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

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El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que NO haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

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Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos.

Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia.

Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó.

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Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo…

Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder.

Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo.

Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

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–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino.

Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

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Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso.

Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes.

Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos.

Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

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Petronio estuvo a punto de decirle:

‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones.

¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

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–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme.

¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo!

Y aquí se dio un golpe en la frente exclamando:

–            ¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

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Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien.

Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

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Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No?

Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!

El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma.

Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

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Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales!

¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó.

Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

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Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó.

Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama.

Y las de todas aquellas gentes cuya religión él NO acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido.

Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

28.- CARIDAD Y CALUMNIA


La siguiente semana…

La mañana está muy fría. Jesús está de pié, sobre un montón de mesas que se han colocado como tribuna en el último galerón y habla con voz potente, cerca de la puerta para que oigan los que están adentro; los que están el cobertizo y hasta los que están en la era, al descubierto bajo una copiosa lluvia.

Todos parecen frailes bajo sus mantos oscuros y hechos de lana, en la que el agua no penetra. En el galerón están los más débiles. Bajo el cobertizo las mujeres y en el patio, bajo el agua; los más fuertes.

Pedro va y viene descalzo, con el vestido corto; un pedazo de tela que se ha puesto sobre la cabeza y no pierde el buen humor, aunque tenga que chapotear en el agua, dándose una bañada que no buscaba.

Le ayudan Juan, Andrés y Santiago; llevando con mucho cuidado al otro galerón a los enfermos.

Jesús espera con paciencia a que todos se acomoden y solo deplora que los cuatro discípulos estén completamente bañados.

A las observaciones de Jesús, Pedro responde:

–                     ¡Nada, nada! Somos leña dura. No te preocupes. Estamos recibiendo otro bautismo y el que nos bautiza es Dios Mismo.

Cuando finalmente todos están en su lugar, los cuatro se cambian los vestidos por otros, secos. Pero cuando el Maestro empieza a hablar, Pedro ve que se asoma en el rincón del cobertizo, el manto gris de la mujer velada.

Y sin preocuparse de que va a tener que atravesar de lado a lado la era, bajo la lluvia que se ha vuelto más tupida y que al meterse en los hoyos, el agua le da hasta las rodillas, va hacia donde está ella. La toma del brazo sin quitarle el manto y la lleva hasta la pared del galerón, donde ya no se moje. Luego se queda cerca de ella como un centinela; sin moverse y sin pestañear.

Jesús ha visto todo. Para ocultar la sonrisa que ha brillado en su rostro, baja la cabeza y luego continúa hablando:

–                     … no digáis, quienes habéis sido constantes en venir a Mí; que no hablo con orden y que paso por alto alguno de los Diez Mandamientos. Oís. Yo veo. Escucháis. Yo aplico a los dolores y a las llagas lo que veo en vosotros. Soy el Médico. Y un médico va primero a los enfermos más graves y después atiende a los menos enfermos. También Yo, hoy os digo: no cometáis impurezas…

Y Jesús predica extensamente sobre la lujuria, la fornicación, el matrimonio, el adulterio, el aborto, la impureza, la pureza y el placer.

Y agrega:

–           … el cuerpo humano es un magnífico templo que contiene un altar. Sobre el altar debe estar Dios. Pero Dios no está en donde hay corrupción. Por esto el cuerpo del impuro tiene el altar consagrado; pero sin Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima. La misericordia de Dios es infinitamente más grande que la miseria humana. Honraos a vosotros mismos haciendo que vuestra alma; con una vida honesta, sea digna de honra. Justifícate ante Dios, no volviendo a pecar más contra tu alma. Eres el vicio; conviértete en honestidad, en sacrificio, en mártir; por tu arrepentimiento. Supiste martirizar muy bien tu corazón, para que la carne gozara. Aprende ahora a martirizar la carne; para dar a tu corazón paz eterna.

Podéis iros todos. Cada uno con su peso y su reflexión. Y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a nadie de los que se arrepienten. Os dé el Señor su Luz para conocer vuestra alma. Idos…

Muchos se dirigen hacia el poblado. Otros entran en el galerón.

Jesús se dirige hacia los enfermos y los cura.

Un grupo de hombres discuten en un rincón. Gesticulan. Se acaloran. Algunos acusan a Jesús y otros lo defienden. Otros más, exhortan a unos y a otros, a un juicio más maduro.

Unos pocos de los más encarnizados, se acercan a Pedro; que junto con Simón, transportan las muletas que ya no necesitan los tres curados. Orgullosos y altaneros, les dicen:

–                     Hombres de galilea, escuchad…

Pedro se regresa y los mira como a bichos raros. Aunque no habla, su cara es toda una sátira. Simón les lanza una mirada. Reconoce a algunos y mejor se va. Dejándolos a todos.

Mientras el otro continúa:

–                     Yo soy Samuel el escriba. Este es Sadoc, otro escriba. Este es el judío Eleazar, muy célebre y muy poderoso. Este es el ilustre anciano, Calascebona. Y éste es Nahum. ¿Entiendes?… ¡Nahum! –ha recalcado de manera notoria éste último nombre.

Pedro ha hecho una inclinación al oír cada nombre. Pero al oír el último; la hace a medias. Y dice con la máxima indiferencia:

–                     No sé. Jamás lo había oído. Y… no entiendo nada.

Samuel dice con notorio desprecio:

–                     ¡Vulgar pescador! ¡Ten en cuenta que es el hombre de confianza de Annás!

Pedro replica:

–           No conozco a Annás. Conozco a muchas mujeres de nombre Anna. Hay un montón de ellas, También en Cafarnaúm. No sé de qué Annas hablas y quién pueda ser éste, el hombre de confianza…

El estirado Fariseo abandona su incógnito y se revuelve como una serpiente furiosa y chilla:

–                     ¡¿Éste?!… A mí… ¡¿A MI?!… ¿A mí, me está llamando ‘Este ’?

Pedro contesta:

–                     ¿Y cómo quieres que te llame? ¿Burro o pájaro? Cuando iba a la escuela, el maestro me enseñó a decir ‘este’, refiriéndose a un hombre. Y si los ojos no me engañan, tú eres un hombre. ¿O estoy equivocado?…

El hombre se retuerce, como si estas palabras lo hubieran torturado.

Y el escriba Samuel explica:

–                     Pero Annás es el suegro de Caifás…

–                     ¡Aaaa!… ¡Entendido!… ¿Y bien?

–                     ¡Y bien!… ¡Ten entendido que estamos disgustados!

–                     ¿De qué cosa?… ¿Del tiempo? También yo. Es la tercera vez que me cambio de vestidos y ya no tengo ningún otro seco.

–                     No te hagas el estúpido.

–                     ¿Estúpido? Es verdad. Si no estáis descontentos por el tiempo, ¿De quién entonces? ¿De  los romanos?

Los fariseos exclaman al mismo tiempo:

–                     ¡De tu Maestro!

–                     ¡Del falso profeta!

Pedro advierte:

–                     ¡Eje!… ¡Caro Samuel! Mira que me despierto y soy como el lago. De la bonanza a la tempestad, no necesito más que un instante. Ten cuidado como hablas…

Llegan los hijos de Zebedeo y de Alfeo. Y con ellos, Judas de Keriot y Simón. Cierran filas alrededor de Pedro, que cada vez levanta más la voz, respondiendo a los agresores.

Éstos exclaman:

–                     ¡No te atreverás a tocar con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!

Pedro los encara amenazante:

–           ¡Ohhhh! ¡Qué delicados fanfarrones!…¡Y vosotros no toquéis al Maestro, porque de otro modo los lanzaré al pozo para purificaros de verdad! ¡Por dentro y por fuera!…

Simón interviene con calma:

–                     Me permito hacer observar a los doctos del Templo, que esta casa es propiedad privada.

Judas de Keriot, refuerza:

–                     Y que el Maestro, de lo que yo soy
testigo; ha tenido siempre el máximo respeto para las casas de los demás. Y primero que todo, para la casa del Señor. Exijo que se tenga igual respeto para la suya.

Calascebona exclama:

–                     ¿Tú?… ¡Cállate, Gusano mentiroso!

Judas dice con desprecio:

–                     ¡Mentiroso en parte! Me habéis provocado asco y he venido a donde no hay corrupción. Ha sido voluntad de Dios que a pesar de que estuve con vosotros, ¡No me corrompí hasta los tuétanos!…

Santiago de Alfeo, pregunta secamente:

–                     Resumiendo, ¿Qué queréis?…

Sadoc pregunta con desprecio:

–                     ¿Y tú quién eres?

El apóstol contesta:

–                     Soy Santiago de Alfeo. Y Alfeo de Jacob. Y Jacob de Matán. Y Matán de Eleazar… y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el Rey David, que es de dónde vengo. Y también soy primo del Mesías. Por lo que te ruego que hables conmigo de estirpe real y de sangre judía; si a tu altanería le repugna hablar con un hombre israelita, que conoce mejor a Dios que Gamaliel y que Caifás. –Santiago exige- ¡Ea! ¡Habla!…

Calascebona dice:

–                     A tu Maestro y pariente lo siguen las prostitutas. La velada es una de ellas. La vi cuando vendía oro. Y la reconocí. Es la amante que huyó de Sciammai. Es deshonra para Él.

Judas de Keriot se burla:

–                     ¿Para quién? ¿Para Sciammai, el rabino? Entonces debe ser una vieja roña. Podéis estar tranquilos. No le amenaza ningún peligro de esta parte…

–                     ¡Cállate loco! Para Sciammai de Elqui; el predilecto de Herodes.

Judas desata su ironía:

–                     ¡Bah! ¡Bah! Señal de que para ella ya no es más el predilecto. Es ella la que debe ir al lecho y no tú. Entonces… ¿¡Qué te importa!?

Tadeo agrega preguntando:

–                     Hombre, ¿No piensas que te deshonras haciendo de espía? Y ¿No piensas que se deshonra a quién se rebaja a pecar; no al que trata de levantar al pecador? ¿Qué deshonra le viene a mi Maestro y hermano, si Él con su palabra hace que llegue su Voz hasta las orejas profanadas con la baba de los lujuriosos de Sión?

Samuel se burla lleno de veneno:

–                     ¿La Voz? ¡Ah! ¡Ah! Tu Maestro y primo, tiene treinta años. ¡Y no es más hipócrita igual que los demás! Y tú y vosotros dormís juntos por la noche…

Pedro grita:

–                     ¡Desvergonzado reptil!

Santiago y Juan lo amenazan:

–                     ¡Lárgate de aquí o te destrozo!

Simón dice con desprecio y asco:

–                     ¡Vergüenza! ¡Cómo eres juzgas! Tu hipocresía es tanta que se revuelve dentro de ti. Brota y babea como un caracol sobre la flor limpia. Sal y hazte hombre, porque ahora no eres más que una baba repugnante. Te reconozco Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Dios te perdone; ¡Pero vete de mi presencia!…

Mientras Judas y Santiago de Alfeo, contienen al enfurecido Pedro; Tadeo, con sus ojos azules centelleantes y sus ademanes majestuosos, dice con voz imperiosa:

Se deshonra a sí mismo, quién deshonra al inocente. Los ojos y la lengua, Dios los hizo para hacer cosas santas. El maldiciente los profana y envilece, al usarlas para hacer cosas malvadas. No ensuciaré mis manos con tus canas. Pero recuerda que los delincuentes odian al hombre íntegro. Nosotros vivimos en la Luz y nuestro jefe es Santo; pues no conoce mujer, ni pecado. Lo seguimos y lo defendemos de sus enemigos.

Aprende! ¡Oh, viejo!… De un joven que se hace maduro, porque la Sabiduría es su Maestra; a no ser ligero en el hablar. Vete y di a quién te envió; que no en la casa profanada que está en el Monte Moria, sino en esta humilde mansión; reposa Dios en su Gloria. ¡Adiós!…

Los cinco se quedan callados y se van.

Los discípulos se consultan: ¿Decirlo o no decirlo a Jesús; que está todavía atendiendo a los curados?… Finalmente deciden decirlo… ¡Es mejor así!… Se acercan. Lo llaman y se lo dicen.

Jesús oye con toda calma y responde:

–                     Os agradezco la defensa. ¿Pero qué se puede hacer?  Cada quién da lo que tiene…

Varios le dicen:

–                     Debemos reconocer que tienen un poco de razón.

–                     Ella siempre está allí afuera, como un perro.

–                     Te perjudica…

Jesús contesta:

–                     Déjenla. Ella no será la piedra que me pegue en la cabeza.  Y si ella se salva… ¡Oh! ¡Qué me critiquen por esta alegría! ¡Qué importa!…

Con esta dulce respuesta, da por concluido el asunto.

Al día siguiente, sigue lloviendo a cántaros y la era se ha convertido en una pequeña laguna, por la que flotan hojas secas; que arrastró el viento que silba y sacude puertas y ventanas. El día es tan tempestuoso que no hay ningún peregrino.

En la cocina, para impedir que entre la lluvia, se deben tener cerradas, puertas y ventanas. Y por lo mismo está oscura y llena de humo.

Pedro sentencia:

–           Tenía razón Salomón. Tres cosas arrojan fuera al hombre. La mujer pendenciera, y ésa la dejé en Cafarnaúm; para que se peleara con los otros yernos. La chimenea que echa humo y el techo que gotea. Y éstas dos cosas, las tenemos… Pero mañana me las arreglaré con esta chimenea. Voy al techo… Y ustedes tres, (Santiago, Juan y Andrés) vengan conmigo y traigan piedras planas. Haremos un techo a la chimenea.

Tomás pregunta:

–                     ¿Y dónde encontrarás las piedras planas?

–                     En el cobertizo. Si gotea allá, no se acaba el mundo. Pero aquí… ¿Te molesta que tus platillos no se decoren con más hollín?

–                     ¡Bonito estaría! ¡Ojala se pueda hacer! ¡Mira cómo estoy tiznado! Me cae en la cabeza cuando estoy cerca del fuego.

Juan dice riéndose:

–                     ¡Pareces un monstruo egipcio!

Efectivamente, Tomás tiene la cara pintada con extrañas figuras. Y siempre alegre. El mismo es el primero en reírse de ello.

Jesús también se ríe; porque al estar hablando, una nueva gota le cayó en la nariz y le ha puesto la punta negra.

Desde hace algún tiempo, Pedro ha cambiado mucho con Judas, se ha vuelto más amable…

Y éste le pregunta:

–                     Tú que eres experto en el tiempo, ¿Qué piensas?…

Pedro contesta:

–                     Ahora mismo te lo voy a decir. Voy a hacerla de astrólogo. –Pedro contesta al mismo tiempo que va hacia la puerta, sacando un poco el cuerpo y una mano. Después sentencia:

–                     Viento bajo y del sur. Caliente y neblina… ¡Hummm! Poco hay que… -Pedro calla. Despacio, vuelve a entrar. Casi cierra la puerta y atisba…

Varios le preguntan:

–                     ¿Qué pasa?

–                     ¿Qué es lo que hay?…

–                     ¿Por qué cierras la puerta?

Pedro hace señas de que guarden silencio. Mira atentamente…

Luego dice en voz baja:

–                     Es aquella mujer. Ha bebido agua del pozo. Y recoge un poco de leña del patio. Está toda mojada. ¡No encenderá!… Se va… Voy a seguirla. Quiero ver… -y sale cauteloso.

Tomás pregunta:

–                     Pero, ¿Dónde puede quedarse para estar siempre cerca?

Mateo confirma:

–                     Y… ¡Para estar aquí, con este tiempo!

Bartolomé aclara:

–                     Ciertamente va al poblado. Porque anteayer estaba allí comprando pan.

Santiago de Alfeo, observa:

–                     Tiene una constancia inaudita, en andar siempre velada.

Tomás concluye:

–                     O un gran motivo.

Juan dice:

–                     ¿Pero será precisamente esa de la que hablaba ayer, aquel judío?… son siempre tan falsos…

Jesús calla, como si no oyera. Todos lo miran seguros de que Él lo sabe. Él sigue trabajando con un cuchillo, en un pedazo de palo suave; que poco a poco toma la forma de un trinche, que sirve para sacar las verduras del agua hirviendo. Lo termina y se lo ofrece a Tomás, que está totalmente concentrado en la preparación de la comida.

Tomás lo recibe y  le dice:

–                     Eres muy bueno, Maestro. Pero, ¿No nos dices quién es?

Jesús contesta con dulzura:

–                     Un alma. Para Mí, todos vosotros y lo que vienen, son almas. Las caras y los cuerpos, nada significan. Yo os reconozco por vuestras almas.

–                     Pero, ¿Qué alma tiene ella?…

–                     Un alma menos curiosa que la de mis amigos. Porque va y viene silenciosa y sin mirar.

Judas de Keriot pregunta:

–                     Yo creía que era una mujer mala o leprosa. Pero he cambiado de parecer, porque… Maestro, ¿Si te digo una cosa, no me regañas? –y se acerca a Jesús y se apoya sobre sus rodillas. Humilde y bueno. Mucho más hermoso; que cuando se porta pomposo y soberbio.

Jesús lo mira y responde:

–                     No te regañaré. Habla…

–                     Sé en dónde vive. La seguí una tarde. Fingiendo que iba a sacar agua; porque me he dado cuenta que viene siempre al pozo, cuando ya está oscuro. Una mañana encontré tirada una horquilla de plata; exactamente junto al brocal del pozo. Y comprendí que ella la había perdido. Ella está en una chocita de leña, que hay en el bosque. ¡Está en ruinas!

La techó con ramas. No comprendo cómo puede soportar estar así. Apenas si cabría en ella, un perro grande o un asno pequeño. La luna brillaba y no pude ver bien. Está medio sepultada en las zarzas. Pero adentro… está vacía. Y no hay puertas. Por eso cambié de idea y me di cuenta, que no es una mala mujer. Ni es de mala vida…

–                     No debiste hacerlo. Pero sé sincero. ¿No hiciste algo más?…

–                     No, Maestro. Hubiera querido verla. Porque desde Jericó la vi y me parece conocer su paso suave; con el que va veloz a donde quiere. Es flexible… y bella. Se adivina a pesar de todos esos vestidos. Pero me atreví a espiarla cuando estaba acostada en la tierra. Esta vez no tenía el velo puesto; pero la respeté…

Jesús lo mira fijamente:

–                     Y has sufrido. Pero dijiste la verdad. Yo te digo que estoy contento contigo. Otra vez, te costará menos ser bueno. Todo consiste en dar el primer paso… ¡Muy bien, Judas! – y lo acaricia.

Pedro regresa:

–                     ¡Pero, Maestro! ¡Esa mujer está loca! ¿Sabes dónde está? Cerca de la ribera del río; en una casita de madera bajo un matorral. Tal vez algún tiempo sirvió a un pescador o guardabosques. ¿Quién sabe? ¡Jamás me hubiera imaginado que en aquel lugar  húmedo; metido en un foso; bajo una enramada de zarzas; se encontraba aquella pobre mujer y le dije:

–                     ¡Habla y sé sincera! ¿Eres leprosa?…

Me respondió con voz apagada:

–                     ¡No!

–                     ¡Júralo!

–                     Lo juro.

–                     Mira que si lo eres y no dices. Y vienes cerca de la casa… y llego a saber que eres inmunda; te hago lapidar. Pero si eres perseguida; ladrona o asesina. Y estás aquí por temor a nosotros… ¡No tengas miedo de nada! Sal de ahí. ¿No ves que estás en el agua? ¡Tienes hambre? ¡Estás temblando! Soy viejo, ¿Lo ves? No te hago la corte. Viejo y honesto. Por esto, ¡Escúchame!… Así le dije. Pero no ha querido venir. La encontraremos muerta; porque está en el agua.

Jesús piensa. Mira las caras que lo contemplan.

Luego pregunta:

–                     ¿Qué pensáis que se pueda hacer?

Simón contesta:

–                     Maestro, Tú decide.

–                     No. Quiero que vosotros juzguéis. Se trata de algo en que vuestra honra, también está mezclada…. Y no debo violentar vuestro derecho de conservarla…

Simón dice:

–                     En Nombre de la Misericordia digo; que no se le puede dejar ahí…

Bartolomé, dice:

–                     Diría que hoy la llevemos al galerón. ¡Allí, van también los peregrinos!… ¡Y ella puede ir!…

Andrés dice:

–           ¡Caramba! ¡Es una criatura como todas las demás! Nuestro deber es ayudarla…

Mateo observa:

–                     ¡Hoy no viene nadie!… Y por lo tanto…

Tadeo sugiere:

–                     Propongo darle hospedaje por hoy. Y mañana decirle al administrador. ¡Es un buen hombre!

Pedro exclama:

–                     Tienes razón. ¡Bravo! ¡Y tiene tantas cuadras vacías!… ¡Una cuadra será un palacio, con respecto a ese barquichuelo que está haciendo agua!

Tomás dice con ansia:

–                     ¡Ve a decírselo entonces!

Jesús observa:

–                     Los jóvenes todavía no han hablado…

Los dos Santiagos  junto con Juan, dicen casi simultáneamente:

–           ¡Yo no tengo inconveniente!

–           Ayudémosla. Dios sabe lo que hay en nuestro corazón.

–                     ¡Para mí está bien lo que Tú hagas!…

Felipe observa:

–                     La única desgracia sería que viniese un fariseo…

Entonces Judas de Keriot exclama:

–                     ¡Oh! Aunque caminásemos sobre las nubes, ¿Crees que no nos acusarían? No acusan a Dios porque está lejos. Pero si pudiesen tenerlo cerca, como lo tuvieron Abraham, Jacob y Moisés; le harían reproches. ¿Quién para ellos no tiene culpa?…

Jesús dice:

–                     Si es así. Id a decirle que venga a cobijarse bajo el galerón. Pedro, ve con Simón y Bartolomé. Sois viejos y haréis menos fuerza a la mujer. Decidle que le daremos comida caliente y un vestido seco. El que dejó Isaac. ¿Veis que todo sirve? También un vestido que una mujer dio a un hombre…

Los jóvenes ríen al recordar la historia bufa de ese vestido en particular… Los tres mayores se van y poco después regresan…

Bartolomé explica:

–                     Nos costó trabajo convencerla; pero terminó por venir.

Pedro añade:

–                     Le hemos jurado que no la perturbaremos de ningún modo. Ahora le llevo paja y el vestido. Tomás, dame las verduras y un pan. No tiene ni siquiera para comer hoy. Por otra parte, ¿Quién puede salir con este diluvio? –el buen Pedro sale con sus tesoros…

Jesús dice imperioso:

–                     Y ahora, a todos doy una orden: por ningún motivo se va al galerón. Mañana proveeremos. Acostumbraos a hacer el bien, por el bien; sin curiosidad. ¿Veis? ¡Os lamentabais de que hoy no se hubiese hecho algo útil! Hemos amado al prójimo y qué cosa más grande podíamos hacer. Si ella, como es verdad, es una infeliz, ¿No puede nuestro auxilio darle alivio, calor, protección más sentida que lo poco que le hemos dado?

Si es una culpable pecadora; una criatura que busca a Dios, ¿Nuestro amor no será la más bella lección? ¿La palabra más poderosa? ¿La señal más clara para ponerla en el camino de Dios?

Pedro ha entrado. Escucha a su Maestro y dice:

–                     Es verdad, Maestro. La mujer me dijo: ‘Sea Bendito el Salvador y Quién lo ha enviado. Y también todos vosotros que estáis con Él.’ ¡Y me quería besar los pies a mí; hombre miserable! Y lloraba por debajo de su denso velo. Pero ahora esperemos que no llegue ninguna de las celebridades de Jerusalén, porque a nosotros; ¿Quién nos salva?

Jesús dice:

–                     Nuestra conciencia nos libra del juicio de nuestro Padre. Eso es suficiente. –y ofrece y bendice los alimentos.

Todos se sientan a comer…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

55.- EL EDICTO


La liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos. Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer. Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos. La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis. Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular. También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor. Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor. Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito. Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete. De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador. Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad. Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que no haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos. Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia. Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó. Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo… Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder. Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo. Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino. Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso. Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes. Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos. Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

Petronio estuvo a punto de decirle: ‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

            Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones. ¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme. ¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo! –y aquí se dio un golpe en la frente exclamando-¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien. Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No? Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!  El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma. Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales! ¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó. Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó. Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama. Y las de todas aquellas gentes cuya religión él no acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido. Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA