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83.- SACERDOTES DISCIPULOS


Jesús está en las llanuras de Corozaím. Los campos están llenos de viñedos en donde ya empezó la vendimia.

Isaac se excusa de no haber podido llegar antes, porque dice que los nuevos discípulos lo retrasaron. Y no sabía si debía traerlos o no.

Y agrega:

–                     Pero pensé que el camino del cielo está abierto a todos los de buena voluntad y vinieron conmigo.

Jesús dice:

–                     Dijiste y obraste bien. Traédmelos aquí.

Isaac va y regresa con dos hombres jóvenes.

–                     La paz sea con vosotros. ¿Os parece tan segura la palabra de los apóstoles, que queréis uniros con nosotros?

–                     Sí. Y mucho más la tuya. No nos rechaces, Maestro.

–                     ¿Por qué habría de hacerlo?

–                     Porque somos de Gamaliel.

–                     ¡Y qué con eso! Yo honro a Gamaliel. Y quisiera que estuviese conmigo porque es digno de ello. Lo único que le falta es hacer de su sabiduría, una perfección. ¿Qué os dijo cuándo lo dejasteis? Pues seguramente fuisteis a saludarlo.

Esteban dice:

–                     Fuimos. Y nos dijo: “Bienaventurados vosotros que podéis creer. Rogad porque olvide para poder recordar.”

Los apóstoles, que se habían acercado curiosos alrededor de Jesús; se miran entre sí y se preguntan en voz baja:

–                      ¿Qué habrá querido decir?

–                     ¿Qué quiere olvidar para recordar?

Jesús oye el murmullo y explica:

–                     Quiere olvidar su sabiduría, para tomar la mía. Quiere olvidar que es el rabí Gamaliel; para recordar que es un hijo de Israel en espera del Mesías. Quiere olvidarse de sí mismo, para recordar la Verdad.

Hermas dice en tono de excusa.

–                     Maestro. Gamaliel no es mentiroso.

–                     No lo es. Pero el fárrago de pobres palabras humanas que sustituyen a la Palabra, lo es. Es necesario olvidarlas. Despojarse de ellas y venir a la Verdad. Esto requiere humildad. El escollo…

–                     ¿Entonces también nosotros debemos olvidar?

–                     Así es. Olvidar todo lo que es y pertenecer al hombre. Recordar todo lo que es de Dios. Venid. Podéis hacerlo.

–                     Queremos hacerlo. –afirma Hermas.

–                     ¿Habéis vivido ya la vida de discípulos?

Esteban responde:

–                     Sí. Desde el día en que sepultamos al difunto Bautista. La noticia llegó a Jerusalén muy pronto. La llevaron los cortesanos y jefes de Herodes. Su muerte nos sacó del entorpecimiento.

–                     La sangre de los mártires, siempre es fuerza para los entorpecidos. Recordadlo.

–                     Sí, Maestro. ¿Hablarás hoy? Tengo hambre de tu Palabra.

–                     Hablaré. Y mucho…

La mirada aguda de Jesús, descubre a un hombre envuelto en su manto de lino.

Y le pregunta:

–                     ¿No eres tú el sacerdote Juan?

El hombre contesta:

–                     Sí, maestro. Más árido que el valle maldito, es el corazón  de los judíos. Huí en tu busca.

–                     ¿Y el sacerdocio?

–                     La lepra me expulsó de él la primera vez. los hombres la segunda y es porque te amo. Tu Gracia me aspira a Ti. También ella es la que me saca de un lugar profanado, para traerme a uno puro. Tú me purificaste, Maestro, en el cuerpo y en el espíritu. Y lo puro no puede, no debe estar cerca de lo impuro. Sería ofensa para quién lo purificó.

–                     Tu juicio es severo, pero no injusto.

–                     Maestro, las deshonestidades de la familia las conocen, quienes viven dentro de ella. Y se cuentan a los que tienen corazón recto. Tú lo eres. Y también lo sabes. Yo no lo diré a otro. Aquí estamos Tú, tus apóstoles y dos que saben cómo Tú y como yo. Por esto…

–                     Está bien. Pero… ¡Oh! ¿También tú? La paz sea contigo. ¿Viniste a repartir otros alimentos?

El recién llegado responde:

–                     No. Para recibir los tuyos.

El escriba Juan.

–                     He venido con el leproso que curaste en mis tierras. Venimos para seguirte.

–                     ¡Venid! Uno, dos, tres, cuatro… ¡Buena cosecha! Pero… ¿Habéis reflexionado en la posición que teníais en el Templo? Sabéis y Yo sé… pero no añado más.

El sacerdote Juan afirma:

–                     Soy hombre libre y voy a donde yo quiero. Y quiero estar contigo.

Los otros tres confirman lo mismo y de esta forma se agregan al grupo de los discípulos.

Más tarde, cuando Jesús ha terminado de hablar, un hombre entre la multitud se abre paso y dice:

–                     No soy discípulo, pero te admiro. Quiero hacerte una pregunta: ¿Es lícito retener el dinero de otro?

–                     No. Es robo. Como lo es el quitar el dinero al que pasa.

–                     ¿Aunque sea el dinero de la familia?

–                     Aunque así sea. No es justo que alguien se apropie del dinero de los demás.

–                     Entonces Maestro, ven a Abelmain, que está sobre el camino de Damasco y ordena a mi hermano que reparta conmigo la herencia de nuestro padre, que murió sin dejar testamento. Él se quedó con todo y ten en cuenta que somos gemelos. Yo tengo los mismos derechos que él.

Jesús lo mira y dice:

–                     Es una situación difícil y tu hermano no obra bien. Pero lo que puedo hacer es orar por ti y por él; para que se convierta e ir a tu tierra a evangelizar para tocarle el corazón. No me pesa el camino, si puedo poner paz entre vosotros.

El hombre lleno de rabia grita:

–                     ¿Y para qué quiero tus palabras? Es otra cosa la que se requiere en este caso.

–                     Pero, no dijiste que ordenase a tu hermano que…

–                     Ordenar no es evangelizar. El mandar va unido a la amenaza. Amenázalo de que lo herirás en su persona, si no me da lo mío. Tú lo puedes hacer. Así como restituyes la salud, puedes provocar enfermedades.

–                     Oye, vine a convertir no a herir. Pero si tienes fe en mis palabras, encontrarás la paz.

–                     ¿Qué palabras?

–                     Te dije que rogaré por ti y por tu hermano, para que él se consuele y se convierta.

–                     ¡Cuentos! ¡Cuentos! No soy un estúpido para creerlo. Ven y ordena.

Jesús, que ha sido paciente y manso; cambia su aspecto en severidad. Antes estaba inclinado sobre el hombrecillo fuerte e iracundo.

Se endereza y dice:

–                     Hombre, ¿Quién me hizo juez y árbitro de vosotros? Nadie. Para quitar una división entre dos hermanos acepté ir. Para ejercer mi misión de pacificador y Redentor. Y si hubieses creído en mis palabras, al regresar habrías encontrado a tu hermano ya convertido.

No supiste creer. No tendrás el milagro. Tú, si hubieras sido el primero en apoderarte del tesoro, te habrías quedado con él privando de él a tu hermano. Porque en verdad, así como sois gemelos, tenéis iguales pasiones. Y tanto tú como tu hermano tenéis un solo amor: el oro. Una sola fe: el oro. Quédate pues con tu fe. Adiós.

El hombre se va maldiciendo, con escándalo de todos; que quisieron pegarle.

Pero Jesús se opone:

–                     Dejadlo que se vaya. ¿Por qué queréis ensuciaros las manos, pegando a un animal? Lo perdono porque es un hombre poseído por el demonio del oro, que lo extravía. Perdonad también vosotros y rogad porque este infeliz recobre la libertad.

Varios dicen:

–                     Es verdad. Su cara se volvió horrible por la avaricia. ¿Lo viste?

–                     Es verdad. Cuando el Maestro se lo negó por poco le pega.

–                     Mientras lo maldecía, su cara se hizo como de demonio.

–                     Un demonio que tentaba al maestro, para hacer un mal.

Jesús dice:

–                     Escuchad. En realidad los cambios del espíritu se reflejan en la cara. Sucedió como si el demonio se hubiese asomado a la superficie de su poseído. Pocos son los que siendo demonios con acciones o con aspecto, no traicionen lo que son. Y estos pocos son los perfectos en el Mal y completamente poseídos. 

La siguiente semana…

Jesús va hacia el Templo de Jerusalén.

Le preceden en grupo los discípulos y lo siguen las discípulas. Jerusalén está en la pompa de su mayor solemnidad y hay mucha gente. Se encuentran con Gamaliel que lo saluda grave y profundamente.

El gran Doctor de la Ley, mira fijamente a Esteban, el cual a su vez le envía una sonrisa, desde el grupo de los discípulos. Gamaliel, después de haberse inclinado ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras…  Después el discípulo regresa con los suyos.

Arrojarse en tierra y besar los pies de Jesús, es lo que hacen los campesinos de Yocana, capitaneados por su mayordomo.

La gente mira asombrada al grupo que también ha venido a la Fiesta de los Tabernáculos. El abuelo de Marziam responde con un grito, al grito del nieto. Y después de haber venerado al Maestro, abraza al niño, lo acaricia con lágrimas y besos, lleno de felicidad.

Al empezar a caminar, Jesús dice al mayordomo:

–                     Te ruego que me dejes tus hombres. Serán mis huéspedes hasta la noche.

El mayordomo responde respetuoso:

–                     Todo lo que ordenes, se hará. –y se va después de una profunda reverencia.

Jesús camina en medio del jubiloso grupo de campesinos.

El Templo está ya muy cerca y el hormiguero de gente es mucho mayor.

Un campesino de Yocana grita:

–                     Ved. Ahí está el patrón. –y se echa en tierra para saludarlo.

Todos los demás hacen lo mismo.

Y Jesús queda en medio de un grupo de postrados y frente a un tieso Saduceo que lo mira a su vez y que viene con otros de su casta. Un montón de telas preciosas, franjas, fíbulas, filacterias; todas mayores que las comunes.

Yocana mira atento a Jesús; una mirada llena de curiosidad, pero no irreverente. Luego hace un saludo tieso y una ligera inclinación de cabeza.

Jesús le corresponde con cortesía. Tres Fariseos lo saludan; mientras otros lo ven con desprecio y vuelven el rostro.

Uno solo; joven, con rostro duro y mirada de odio, le lanza un insulto que sobresalta a los que acompañan a Jesús.

El mismo Yocana voltea iracundo para contenerlo…

Después que pasan, un campesino dice a Jesús:

–                     El que te maldijo es Doras.

Jesús dice tranquilo:

–                     Déjalo en paz. Tengo a vosotros que me bendecís.

Cuando llegan al muro del Templo, Jesús da órdenes a Judas y a Zelote, para las compras del rito y de las ofertas.

Luego llama al sacerdote Juan y le dice:

–                     Tú que eres de este lugar, invita a algún levita que sepas que es digno de conocer la verdad; para que este año pueda celebrar realmente una fiesta alegre…

Juan se apresura a obedecer acompañado por Esteban.

Jesús les grita:

–                     Alcánzanos en el Pórtico de los Paganos.

Cuando salen del Templo, Jesús se reúne con los discípulos.

Y su Madre le dice:

–                     ¡Oh, Hijo! Juana de Cusa lloró conmigo, aunque parece muy serena.

Jesús pregunta:

–                     ¿Por qué Mamá?

–                     Por Cusa. Se está portando de manera inexplicable. A veces la ayuda en todo. otras, la rechaza completamente. Si están solos, donde nadie los ve; es el marido ejemplar de siempre. Pero si hay personas que sean de la corte, entonces se hace el autoritario y desprecia a su buena esposa. Ella no entiende el por qué…

–                     Te lo diré. Cusa es siervo de Herodes. Compréndeme, Mamá, SIERVO. No se lo digo a Juana, para no afligirla, pero así son las cosas. Cuando no tiene miedo de reproche o de burla del soberano, es el buen Cusa. Cuando los teme, deja de serlo.

–                     Es que Herodes está muy enojado por causa de Mannaém y…

–                     Herodes está así, por el remordimiento tardío de haber cedido al deseo de Herodías. Pero Juana tiene ya muchas cosas buenas en la vida. Debe llevar su cilicio bajo la diadema…

Se detienen ante una hermosa casa que Lázaro les ofreció para el banquete y donde todo está ya preparado. Les abren y entran todos hasta una sala dispuesta para más de un centenar de personas.

Llega María Magdalena que estaba ocupada en los preparativos y se postra ante Jesús.

Luego llega Lázaro con una sonrisa de dichoso en su cara de enfermo. Entran poco a poco los huéspedes y la cortesía de las mujeres, hace que pronto se sientan a sus anchas.

El sacerdote Juan conduce ante Jesús a los dos que tomó del Templo: Un anciano de aspecto patriarcal y un levita muy joven.

Los presenta:

–                     Maestro. Éste es mi buen amigo Jonathás y mi joven amigo Zacarías. Son verdaderos israelitas, sin malicia, ni rencor.

Jesús sonríe con dulzura:

–                     La paz sea con vosotros. Estoy contento de que estéis conmigo. El rito debe observarse, aún en estas dulces costumbres. Es hermoso que la fe antigua, extienda la mano amiga a la nueva fe que nace del mismo tronco. Sentaos a mi lado mientras llega la hora de la comida.

El viejo sacerdote, alisándose una larga barba blanca como la nieve, dice:

–                     Cuando fue a verme a mí, su maestro y me mostró su cuerpo curado, tuve deseos de conocerte. Pero Maestro, ya casi nunca salgo de mi lugar. Ya estoy viejo. Abrigaba la esperanza de verte antes de morir y Yeové, me escuchó. ¡Alabado sea Él! Hoy te escuché en el Templo. Superas a Hillell el viejo, el sabio.

Yo no puedo dudar de que seas lo que mi corazón espera. Pero, ¿Sabes lo que significa haber bebido por ochenta años la fe de Israel, como ha venido trasmitiéndose durante generaciones? ¿Fe de… una fabricación humana? Es como nuestra propia sangre y yo… ¡Yo estoy tan viejo!

Escucharte es como sentir el agua que brota de un fresco manantial. ¡Oh, sí! ¡Un agua pura! Pero yo… estoy lleno de agua sucia que viene de muy lejos. ¿Qué puedo hacer para vaciarme de esa agua y poder gustarte a Ti?

–                     Creer en Mí y amarme. El justo Jonathás, no tiene necesidad de otra cosa.

–                     Pero pronto moriré. ¿Tendré tiempo para creer todo lo que dices? No lograré ni siquiera escuchar todas tus palabras…

–                     Las aprenderás en el Cielo. Tan solo el condenado muere para la sabiduría. Quien muere en Gracia de Dios, alcanza la Verdad. ¿Quién piensas que Yo sea?

–                     El Esperado al que antecedió el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Lo conociste?

–                     Era mi pariente.

–                     ¡Oh! ¿Entonces Tú eres pariente del Bautista?

–                     Sí, sacerdote.

–                     Ya murió. Llevó a cabo su misión porque… ¡Oh, tiempos crueles que vivimos!

–                     Vendrán tiempos más crueles, sacerdote.

–                     ¿Lo dices Tú? Roma… ¿No es así?

–                     No solo Roma. El culpable Israel; será la primera causa.

–                     Es verdad. Dios nos castiga.

–                     Ven sacerdote de Israel. La mesa está preparada. Te toca a ti, patriarca entre nosotros que somos todos más jóvenes, ofrecer y bendecir.

–                     ¡Oh! ¡No, Maestro! No. ¡No puedo hacerlo ante Ti! ¡Tú Eres el Hijo de Dios!

–                     Y sin embargo ofreces el incienso ante el altar. ¿No crees que allí también esté Dios?

–                     ¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!

–                     ¿Y entonces? Si no tiemblas de ofrecer ante la Gloria Santísima del Altísimo, ¿Por qué vas a temblar de miedo ante la Misericordia que se revistió de Carne, para traerte también a ti la Bendición de Dios, antes de que te sobrevenga la noche?

¡Oh! ¿No sabéis vosotros de Israel que para que el hombre pudiese acercarse a Dios y no morir; puse sobre mi Divinidad, el velo de la carne? Ven, cree y sé feliz. En ti venero a todos los sacerdotes santos…

El anciano sacerdote tiembla de felicidad ante la actitud del Dios Encarnado y obedece.

El rito es celebrado y el banquete continúa con la Fiesta de los Tabernáculos…

Al día siguiente…

Jesús con los apóstoles y los discípulos, caminan en dirección a Bethania.

Esteban se acerca a su Maestro y le dice:

–                     Quisiera decirte una cosa, Maestro. Esperaba que me lo preguntases, pero no lo has hecho. Ayer me habló Gamaliel…

–                     Lo ví.

–                     ¿No me preguntas que me dijo?

–                     Espero que me lo digas, porque el buen discípulo no guarda secretos con su Maestro.

–                     Gamaliel… Maestro, adelántate conmigo un poco.

–                     Vamos pues. Podrías hablar en presencia de todos.

Esteban se pone colorado y le dice:

–                     Debo darte un consejo, Maestro. Perdóname.

–                     Si es bueno, lo aceptaré. Habla. Te escucho.

–                     Maestro, antes o después, en el Sanedrín todo se sabe. Es una institución que tiene miles de ojos y cientos de brazos. Por todas partes penetra. Todo lo ve. Todo lo oye. Tiene más informadores, que piedras hay en los muros del Templo. Muchos viven de ese modo.

–                     Haciendo de espías. Termina pues. Es verdad y lo sé. ¡Y bien! ¿Qué se dijo más o menos de verdad, al Sanedrín?

–                     Se refirió todo. No sé cómo pueden saber ciertos detalles. Ni siquiera sé si sean verdaderos. Pero voy a repetir textualmente lo que me dijo Gamaliel: ‘Dí al Maestro que haga circuncidar a Ermasteo o que lo aleje para siempre. No es menester agregar más.’

–                     Así es. No es menester agregar más. Primero porque por esta razón voy a Bethania. Dile a Gamaliel que le agradezco su consejo. Espera, que os voy a bendecir a todos, pues ya nos vamos a separar.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA