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212 RAZÓN DEL SILENCIO


212 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Luego Jesús baja a la cocina; pero al ver que Juan va a salir para ir a la fuente;

en vez de quedarse en la cocina caliente y humosa, prefiere ir con él.

Y deja a Pedro batallando con unos peces que acaban de traer los mozos de Zebedeo, para la cena del Maestro y los apóstoles.

No van al manantial de las afueras del pueblo, sino a la fuente de la plaza;

que recibe el agua del abundante manantial que brota de la escarpa del monte que está junto al lago.

En la plaza se ve la consabida aglomeración de gente, típica de los pueblos palestinos por la tarde.

Mujeres con ánforas, niños jugando, hombres hablando de negocios o… de dimes y diretes del lugar.

Pasan también, circundados de siervos o clientes, los fariseos, dirigiéndose hacia las casas ricas;

todos se apartan para dejarlos pasar, haciéndoles reverencias.

Aunque luego, nada más que han pasado, los maldicen de corazón y cuentan sus últimos atropellos y engaños.

Mateo, en un ángulo de la plaza, arenga a sus amigos de antes…

lo cual hace decir en tono despreciativo y en voz alta,

al fariseo Urías:

–     ¡Las famosas conversiones!

El apego al pecado permanece.

Se ve en que se mantienen las amistades. ¡Ja!, ¡ja!

Entonces Mateo, resentido, se gira…

y responde:

–     Se mantienen para convertirlos».

–     ¡No es necesario!

Es suficiente tu Maestro.

Tú manténte a distancia, no vaya a ser que te vuelva la enfermedad;

suponiendo que verdaderamente estés curado.

Mateo se pone violáceo por el esfuerzo de no decirle cuatro verdades.

Pero se limita a contestar:

–     Ni temas ni esperes.

–    ¿Qué?

–     Que no temas que vuelva a ser Leví el publicano.

Y que no esperes que te imite para perder a estas almas.

Las distancias y los desprecios te los dejo a ti y a tus amigos.

Yo imito a mi Maestro y me acerco a los pecadores, para conducirlos a la Gracia.

Urías se dispone a replicar, pero en esto llega el otro fariseo, el viejo Elí,

que dice:

–     Pero hombre, no manches tu pureza.

No contamines tu boca amigo; ven conmigo.

Y toma del brazo a Urías y le lleva hacia su casa.

Entretanto la gente, especialmente los niños, se han ido arrimando más a Jesús.

Entre los niños están la pareja de hermanitos Juana y Tobías, los que en un día ya lejano;

reñían por unos higos.

Ahora le dicen a Jesús, mientras toquetean con las manitas su alto cuerpo, para llamar su atención:

–     ¡Oye, oye!

¡Hoy también hemos sido buenos!,

¿Sabes?

No hemos llorado en todo el día, ni nos hemos molestado, por amor a Tí.

¿Nos das un beso?

Jesús les dice: 

–     ¿Entonces habéis sido buenos?  

¡Y por amor a Mí!

¡Qué alegría me dais!

Aquí tenéis el beso.

Mañana sed mejores todavía.

También está Santiago, el niño que llevaba todos los sábados, la bolsa de Mateo a Jesús.

Dice:

–     Leví ya no me da nada para los pobres del Señor.

Pero yo he reservado toda la recompensa que me dan, cuando soy bueno.

Toma.

¿Se lo das a los pobres por mi abuelo?

–     Sí claro.

Pero, ¿Qué le pasa a tu abuelo?

–     Ya no puede andar.

Es muy viejo y no se mantiene en pie con las piernas.

–     ¿Te entristece esto?

–     Sí,.

Porque era mi maestro, cuando caminábamos por el campo.

Me decía muchas cosas.

Me hacía amar al Señor.

Ahora todavía me habla de Job y me muestra las estrellas del cielo, pero…

Desde su silla…

Era más bonito antes.

–     Iré mañana a ver a tu abuelo.

Estás contento?

Pero Benjamín el de Cafarnaúm, que ha llegado a la plaza con su mamá y ha visto a Jesús.

Suplanta a Santiago.

Suelta la mano materna y corre con un grito que parece de golondrina, adentro de la pequeña muchedumbre.

Ha llegado donde Jesús, le rodea con los brazos las rodillas,

y le dice: 

–     ¡También a mí!

¡Hazme también a mí una caricia

En ese momento pasa el fariseo Simón.

Dedica a Jesús una pomposa reverencia.

Jesús devuelve el saludo.

El fariseo se para y mientras la gente se aparta como atemorizada,

dice:

–     A mí no me harías una caricia?

Y sonríe levemente.

–     A todos los que me la piden.

Me alegro contigo Simón, de que estés en perfecta salud.

Me habían dicho en Jerusalén que habías estado muy enfermo.

–     Sí. Mucho.

Deseaba verte… para sanar.

–     ¿Creías que podía hacerlo?

–     Nunca lo he dudado.

Pero he tenido que curarme solo, porque has estado ausente durante mucho tiempo.

¿Dónde has estado?

–     En los confines de Israel:

Así he ocupado los días entre Pascua y Pentecostés.

–     ¿Muchos éxitos?

He sabido lo de los leprosos de Hinnon y Siloán.

Grandioso.

–     ¿Sólo eso?

–     No, ciertamente.

Pero eso se sabe por el sacerdote Juan.

Quien no tiene prejuicios, cree en Tí y es feliz.

–     ¿Y quien no cree porque tiene prejuicios?

¿Qué es de él, sabio Simón?

El fariseo se turba un poco…

Vacila entre el deseo de no condenar a sus demasiados amigos, que tienen prejuicios contra Jesús.

Y el de merecer de verdad los elogios de Jesús.

Vence éste último,

y dice:

–     Quien no quiere creer en Tí…

A pesar de las pruebas que das, está condenado

–     Yo no quisiera la condena de ninguno…

–     Tú.

Y sin embargo, nosotros no correspondemos contigo con la misma medida de bondad, que Tú tienes con nosotros.

Son demasiados los que no te merecen…

Jesús, quisiera invitarte mañana a mi casa…

–     Mañana no puedo.

Dejémoslo para dentro de dos días.

¿Aceptas?

–     Siempre.

Vendrán… amigos míos…

Tendrás que compadecerlos si…

–     Sí, sí.

Iré con Juan.

–     ¿Sólo él?

–     Los otros tienen otros encargos.

Mira, están volviendo de la campiña.

Paz a ti, Simón.

–     Dios esté contigo, Jesús.

El fariseo se marcha.

Y Jesús se reúne con los apóstoles.

Vuelven a casa para la cena.

Mientras están a la mesa, comiendo el pescado asado;

llegan unos ciegos que ya antes en el camino, habían implorado el favor de Jesús.

Repiten ahora su súplica:

–    « ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!».

A lo cual, en tono de reproche,

contesta Simón-Pedro:

–     ¡Marchaos, hombre!

Si os ha dicho que mañana, es mañana.

Dejadlo comer. 

Jesús objeta: 

–     No, Simón.

No los eches.

Tanta constancia merece un premio.

Y a los ciegos,

les dice:

–     Entrad los dos.

Los ciegos entran tentando con el bastón el suelo y las paredes.

–     ¿Creéis que os puedo devolver la vista?

–     ¡Oh, sí, Señor!

Hemos venido porque estamos seguros de ello.

Jesús se levanta de la mesa y se acerca a ellos.

Pone las yemas de sus dedos en los párpados ciegos, levanta el rostro, ora…

Y dice:

–     Hágase con vosotros según la fe que tenéis.

Entonces quita las manos:

En uno, los párpados que antes no tenían movimiento se mueven, porque la luz hiere de nuevo sus pupilas renacidas.

Al otro se le desellan los párpados, de forma que donde antes había una sutura natural;

debida ciertamente a úlceras mal curadas; ahora se forma de nuevo el borde palpebral sin defectos.

Y sube y baja con movimiento de ala.

Los dos caen de rodillas.

–     Levantaos.

Marchaos.

Cuidad de que nadie sepa lo que he hecho con vosotros.

Llevad a vuestras ciudades la nueva de la gracia recibida.

A los familiares, a los amigos.

Aquí ni es necesario ni es bueno para vuestra alma.

Conservadla inmune de toda lesión a su fe; de la misma forma que ahora que sabéis lo que son los ojos…

Los preservaréis de toda lesión, para no quedaros ciegos de nuevo.

Los curados se van llorando de felicidad.

Termina la cena.

Suben a la terraza, donde hay un poco de aire fresco.

El lago es todo un cabrilleo bajo el cuarto de luna.

Jesús se sienta en el borde del antepecho y se abstrae, contemplando este lago de plata en movimiento.

Los demás hablan entre sí, aunque en voz baja, para no molestarlo.

Eso sí, lo miran como embelesados.

¡Claro! ¡Qué hermosura la suya!

Tiene la cabeza levemente hacia atrás, apoyada sobre el áspero sarmiento de vid que desde ahí sube y se extiende por la terraza.

Le aureola por entero una luna que ilumina su rostro, al mismo tiempo severo y sereno;

permitiendo estudiarlo hasta sus mínimos detalles.

Sus ojos de forma alargada, de un azul que en la noche asemeja casi al color del ónix;

parecen emanar olas de paz sobre todas las cosas.

De vez en cuando se levantan hacia el cielo sereno, sembrado de astros.

Otras veces descienden para mirar a las colinas.

O más aún para mirar al lago; más todavía.

Y entonces se quedan fijos en un punto indeterminado y parecen sonreír ante algo que sólo ellos ven.

Sus cabellos ondean leves con el viento ligero.

Está sentado al sesgo, con una pierna suspendida a poca distancia del suelo y la otra apoyada en la tierra. 

Las manos relajadas sobre el regazo.

Su vestidura blanca parece acentuar su propio candor, haciéndose casi de plata por la luz lunar.

Sus largas manos blanco marfil, parecen intensificar la propia tonalidad de marfil viejo…

Y la propia belleza viril, a pesar de su forma ahusada.

También la cara, con su frente alta y su nariz recta;

con sus delicadas mejillas ovaladas, alargadas por la barba rubia-cobre, que parece bajo esta luz lunar; 

hacerse de color marfil viejo, perdiendo el tenue matiz róseo, que de día se nota en los pómulos. 

Pedro pregunta: 

–    ¿Estás cansado, Maestro? 

–     No.

–     Te veo pálido y pensativo…

–     Estaba pensando, sí…

Pero no creo que esté más pálido de lo habitual.

Venid aquí…

La luz de la luna os pone a todos vosotros pálidos también.

Mañana iréis a Corazaín.

Quizás encontréis a algunos discípulos.

Habladles.

Y tened en cuenta que mañana a la caída de la tarde, tenéis que estar aquí.

Predicaré junto al torrente.

Andrés pregunta: 

–     ¡Qué bien!

Se lo diremos a los de Corazaín.

Hoy, regresando aquí, nos hemos encontrado con Marta y Marcela.

¿Habían estado aquí.

–     Sí.

Santiago de Zebedeo dice: 

–     En Mágdala se hablaba mucho de María:

Que ya no sale de casa, ya no organiza fiestas.

Nos hemos parado a descansar donde la mujer de la otra vez.

Benjamín me ha dicho que cuando le vienen ganas de comportarse mal, piensa en Tí y… 

Judas dice: 

–    … Y en mí.

Puedes decirlo, Santiago.

–     No lo ha dicho.

–     Lo ha dado a entender diciendo:

“Yo no quiero ser guapo, pero malo” 

Y me ha mirado de reojo.

No me puede soportar…  

Jesús dice: 

–     Antipatías sin peso, Judas.

No pienses en ello.

–     Sí, Maestro.

Pero es molesto que…  

Una voz masculina, gritando desde el camino,

lo interrumpe: 

–     ¿Está el Maestro? 

Pedro ordena: 

–     Está… 

Pero, ¿Qué queréis otra vez ahora?

¿No os basta todo el tiempo del día?

¿Es hora ésta de venir a importunar a unos pobres peregrinos?

Volved mañana.

–     Es que tenemos aquí con nosotros a un mudo endemoniado.

Se nos ha escapado tres veces por el camino;

Si no, hubiéramos llegado antes.

¡Sed benévolos!

Dentro de poco, cuando la Luna esté alta, dará fuertes gritos y atemorizará a todo el pueblo.

¿Veis como ya empieza a agitarse?

Jesús atraviesa toda la terraza y se asoma por el antepecho.

Los apóstoles hacen lo mismo.

Es un collar de cabezas inclinadas hacia una turba de gente;

que a su vez la levantan hacia aquellos que la agachan.

En medio, con movimientos y aullidos de oso o de lobo, encadenado;

hay un hombre bien atado por las muñecas para impedir que se escape.

Aúlla revolviéndose con movimientos animalescos y como buscando en el suelo quién sabe qué cosa.

Cuando alza los ojos y se encuentra con la mirada de Jesús, emite un grito brutal, inarticulado.

Un verdadero aullido…

Y trata de huir.

La multitud, casi toda Cafarnaúm, se aparta atemorizada.  

El hombre suplica: 

–     ¡Ven, por caridad!

¡Le está volviendo a dar como antes…!  

Jesús responde: 

–     Voy enseguida.

Y Jesús baja rápidamente y va de frente hacia el desdichado;

que está más agitado que nunca.

Jesús ordena: 

–     Sal de éste! ¡Lo quiero!

El aullido queda estrellado en una palabra:

–     ¡Paz!

Sí, paz.

Ten paz ahora que has sido liberado.

La muchedumbre grita maravillada al ver el inmediato paso, de la furia a la quietud;

de la posesión a la liberación;

del mutismo a la posibilidad de hablar.  

Jesús pregunta: 

–     ¿Cómo habéis sabido que estaba aquí?

–     En Nazaret nos dijeron: 

“Está en Cafarnaúm”.

En Cafarnaúm nos lo confirmaron dos hombres, que decían que les habías curado los ojos, en esta casa.

Muchos dicen: 

–     Es verdad.

–    Es verdad.

–    Nos lo han dicho también a nosotros…

Y comentan:

–     « ¡Jamás se han visto cosas semejantes en Israel!

Mas los fariseos de Cafarnaúm -entre los que no está Simón-, con risa sarcástica,

dicen:

–     Si no fuera con la ayuda de Belcebú, no las haría.  

El liberado dice: 

–     Ayuda o no ayuda, estoy curado.

Y los ciegos también.

Vosotros no lo podríais hacer a pesar de vuestras altas oraciones.

Replica el endemoniado mudo curado.

Y besa la túnica de Jesús.

El cual no responde a los fariseos.

Se limita a despedir a la muchedumbre,

diciendo:

–     La paz esté con vosotros.

Retiene al hombre curado y a los que lo acompañan,.

Y les ofrece hospedaje en la habitación alta para que descansen hasta el alba.

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72.- JUSTICIA DIVINA


El grupo va caminando por una cañada que hay entre dos colinas, verdes y muy bien cultivadas, desde abajo hasta la cima. El rocío las conserva brillantes y frescas, al contacto con el sol. Todos admiran el paisaje imitando a Jesús. Pero María Magdalena recorre con sus ojos la cresta de los montes, como si no encontrase un lugar.

Susana, que también va con ella, le dice:

–                     ¿Qué buscas?

Magdalena contesta:

–                     Quisiera encontrar el monte en donde encontré al Maestro.

–                     Pregúntaselo.

Martha dice:

–                     ¡Oh! No es necesario que lo perturbes. Ahora está hablando con Judas de Keriot.

Susana cuchichea:

–                     ¡Qué clase de hombre es ese! –y sin que agregue nada más, se entiende lo que quiere decir.

Magdalena concluye:

–                     Aquel monte no se encuentra en este camino. Algún día te llevaré allí, Martha. Era un día como éste y con tantas flores y tanta gente… ¡Oh, Martha! ¡Y tuve la desfachatez de presentarme con un vestido muy pecaminoso!… ¡Y con unos amigos que…! –mueve la cabeza- No puedo ofenderme con las palabras de Judas.

Me las merezco. Todo me he merecido. Mi expiación está en sufrir esto. Todos lo recuerdan. Todos tienen derecho a decirme la verdad. Y yo debo guardar silencio. ¡Oh! ¡Si se meditase antes de pecar…!  Quien me ofende ahora es mi mejor amigo, porque me ayuda a expiar.

Martha pregunta:

–                     Pero eso no quita que haya faltado. Madre, ¿De veras tu Hijo está contento con ese hombre?

La Virgen contesta:

–                     Es necesario rogar mucho por él. Así me lo ha dicho.

Juan se separa de los apóstoles para ir a ayudar a las mujeres en un lugar que está escabroso, donde las sandalias resbalan. Zelote lo imita y apoyándose en ellos, suben el lugar peligroso.

Zelote dice:

–                     Es un poco difícil este atajo, pero no tiene polvo, ni hay gente. Es más corto.

María dice con un suspiro:

–                     Lo conozco, Simón. Lo recorrí con mis sobrinos cuando Jesús fue arrojado de Nazareth.

Mientras tanto, Santiago de Zebedeo pregunta a Jesús:

–                     ¿En dónde haremos parada Señor mío?

Jesús contesta:

–                     En el monte que domina Merala. Nosotros los hombres podríamos haber avanzado más, pero detrás vienen las discípulas, aunque jamás se lamentan, no debemos cansarlas en exceso.

Bartolomé admite:

–                     Jamás se lamentan, es verdad. Nosotros somos más propensos a hacerlo.

Pedro comenta:

–                     Y sin embargo están menos acostumbradas que nosotros a esta vida.

Tomás interviene:

–                     Tal vez por eso lo hacen con más gusto.

Jesús dice:

–                     No, Tomás. Lo hacen por amor. Mi Madre y todas, son mujeres de hogar y no están acostumbradas a las fatigas. No lo harían gustosas si el amor no las impulsase. Respecto a María Magdalena, solo un poderoso amor le puede dar fuerzas para soportar este tormento.

Judas replica:

–                     ¿Por qué se lo impusiste si sabes que es tortura? No es buena cosa, ni para ella ni para nosotros.

–                     Ninguna otra cosa podría persuadir al mundo de su indudable conversión,  que es una demostración clara. María quiere convencer al mundo de que ha cambiado. Su separación del pasado ha sido perfecta. Es completa.

–                     ¡Habrá que ver! Todavía es pronto para afirmarlo. Cuando se está acostumbrado a un determinado género de vida; difícilmente se separa del todo. Amistades y nostalgias, nos llevan otra vez a él.

Mateo le pregunta;

–                     Entonces, ¿Tú sientes nostalgia de tu vida de antes?

–                     ¿Yo?… ¡No! Soy un hombre que ama al Maestro… Y tengo en mí, medios que me sirven para perseverar en mi propósito. Pero, ella es una mujer. ¡Y qué mujer! Y luego, aunque estuviese muy firme; no es nada agradable tenerla con nosotros.

Si nos encontramos con rabíes o sacerdotes y grandes fariseos, pensad que no será placentero el momento. De antemano me siento enrojecer de vergüenza.

Jesús dice:

–                     No te contradigas Judas. Si realmente has destruido los puentes que te unían con el pasado, como tratas de insinuar, ¿Por qué te duele tanto que una pobre alma nos siga para completar su transformación en el bien?

–                     Por amor, Maestro. Yo también lo hago todo por amor. Amor por Ti.

–                     Entonces perfecciónate en este amor. Un amor para ser tal, jamás debe ser exclusivista; porque eso no es amor, es Odio. Debes amar a todos los niveles y con todas las fuerzas.

–                     Sí, Maestro.

Han llegado a un bosque y buscan un lugar para descansar.

Alguien duerme. Alguien conversa en voz baja. Alguien contempla un panorama. Las mujeres se han retirado detrás de una cortina flotante de madreselvas en flor y se refrescan en un pequeño manantial. Los de más edad se duermen cansados.

Magdalena dice:

–                     Voy con Juan, ahora que está con Simón, viendo el mar.

La Virgen dice:

–                     También yo voy.

Pasan cerca de donde está Jesús solo, orando.

María dice:

–                     Mi Hijo encuentra su descanso en la Oración.

Magdalena dice:

–                     ¿Sabes Madre? Hice lo que me dijiste. Cada noche me aíslo para poder restablecer dentro de mí, la calma que turban demasiadas cosas. Y luego me siento mucho más fuerte.

–                     Por ahora te sientes fuerte. Más tarde feliz. Créeme María. En todo momento nuestro espíritu tiene necesidad de sumergirse dentro del océano de la Meditación, para reconstruir lo que el mundo y las vicisitudes humanas debilitan. Para crear nuevas fuerzas, para poder subir siempre hacia arriba.

En Israel usamos y hasta abusamos de la oración vocal; pero es más útil al corazón elevarse a Dios con la mente, en la Meditación. En la que se contempla su Divina Perfección y nuestra miseria… o la de tantas pobres almas; no para murmurar de ellas, sino para compadecerlas, comprenderlas y amarlas; agradeciendo al Señor que nos ha sostenido para no pecar o nos ha perdonado, para no dejarnos caídas. Y así llegamos a orar realmente con amor.

Y… abandónate al amor. No le hagas violencia. Aún más; permite que en ti se convierta en un incendio devorador. El incendio consume todo lo que es material y tu espíritu aumentará su vitalidad. Y se hará puro y ágil para subir a Dios. ¿Ves ahí a Juan? Es realmente muy joven y con todo, es un águila. Es el más fuerte de todos los apóstoles. Porque ha comprendido el secreto de la formación espiritual: la meditación amorosa.

–                     Pero él es puro y yo… él es un jovencillo… yo…

–                     Mira a Zelote. No es jovencillo. Llevó su vida, luchó y odió. Lo confiesa sinceramente. Pero aprendió a orar. Y créeme, también él ha llegado muy alto. ¿Ves? Ambos se buscan porque se sienten iguales. Han llegado a la misma edad perfecta del espíritu y con el mismo medio: la Oración Mental.Y… ¿Sabes quién por su inclinación natural a la Meditación está muy adelantado y desde que se hizo amigo de Jesús, se ha convertido en él, en una necesidad espiritual? Tu hermano Lázaro…

–                     ¡Mi hermano Lázaro!… ¡Oh, Madre! Tengo miedo. Fui muy cruel con mis hermanos. Dímelo, tú que sabes muchas cosas porque Dios te las muestra, ¿Cómo me tratará Lázaro en nuestro primer encuentro? Mi corazón era cínico y desvergonzado. Cerrado a toda voz que no fuese el ‘Mal’. Ahora ya no tengo la fuerza perversa del Mal. Y tengo miedo… ¿Qué me va a hacer Lázaro?

–                     Te abrirá los brazos y te gritará más con el corazón que con  los labios: ‘¡Hermana mía, amada!’ Ha avanzado tanto en Dios, que procederá de este modo. No tengas miedo. No te dirá nada del pasado. te está esperando en Bethania…

–                     Lo amaré aunque me eche en cara todo. Me lo merezco.

–                     Él solo te amará. Sólo esto.

Han llegado a donde están Simón y Juan.

María dice:

–                     También nosotras venimos a alabar al Señor por las bellas obras de su Creación.

Simón pregunta:

–                     ¿Habías visto antes el mar, Madre?

–                     Lo ví. Y en esa ocasión estaba menos tempestuoso que mi corazón. Menos salado que mí llanto. Huía a lo largo del litoral de Gaza, hacia el Mar Rojo. Con mi Niño entre los brazos y el miedo de Herodes en la espalda. Lo ví cuando regresamos. Entonces estaba la primavera en la tierra y en mi corazón. La primavera del regreso a la patria.

Jesús movía sus manitas, feliz de ver cosas nuevas. José y yo también éramos felices; pues la Bondad del Señor nos había hecho de mil modos, menos duro el destino en Matarea, en Egipto…

Y María se sumerge en sus recuerdos, para deleite de sus oyentes.

Es ya tarde cuando llegan a Belén de Galilea. La ciudad está rodeada de colinas ondulantes, verdes y llenas de bosques. De prados en los que pastan los rebaños que poco a poco, van bajando a sus rediles para pasar la noche.

El crepúsculo baña con sus violáceos colores todo lo que toca. El aire está lleno de una música pastoril de cencerros y balidos temblorosos, a los que se unen los gritos alegres de los niños que juegan y las voces de las madres llamándolos.

Jesús dice:

–                     Judas de Simón, ve con Simón a buscar alojamiento para nosotros y las mujeres. En el centro del poblado está el albergue. Allí nos reuniremos.

Mientras Judas y Zelote lo obedecen, Jesús se vuelve a su Madre y le dice:

–                     Esta vez no será como en la otra Belén, en Judea. Aquí encontrarás reposo, Mamá. En esta estación pocos se mueven y no hay edicto.

María contesta amorosa:

–                     En esta estación sería placentero dormir aún en los prados.

Y María envía una sonrisa a su Hijo, así como a unos pastorcillos que la miran con curiosidad. Es tan atractiva su sonrisa, que uno de ellos da un codazo al otro y le dice en voz baja:

–                     Tiene que ser Ella.

Y se le acercan diciendo:

–                     Te saludo, María llena de Gracia. ¿El Señor está contigo?

María responde con una sonrisa mucho más dulce:

–                     Ahí está. – y les señala a Jesús. Se acerca a Él, diciendo- Hijo mío, estos pastorcitos te buscan y me han reconocido, no sé cómo…

Jesús sonríe y dice:

–                     Es que ha pasado por aquí Isaac, dejando el perfume de la Revelación. Muchacho, ven aquí.

Y efectivamente, los pastores dicen que Isaac anda por allí todavía. Y llegan los demás pastores que se apiñan con sus ganados, alrededor de Jesús.

Conversan con Él y con María.

Ella se inclina a acariciar a los corderitos y dice:

–                     Había uno en casa de Isabel mi pariente, que cada vez que me veía, me lamía las trenzas. Éste se parece mucho a él, con estos ojos de dos colores. No lo matéis. Al otro también lo dejaron vivir, porque yo lo quería mucho.

El pastor dice:

–                     Es una corderita, Señora. Y la queríamos vender porque tiene ojos de dos colores y creo que con uno no ve bien. pero la tendremos con nosotros si tú la quieres.

–                     ¡Oh, sí! Yo no querría que fuese degollado un cordero más… Son tan inocentes y con una voz de niño, llaman a su mamá. Me da la impresión de que matase a un niño, al degollar uno de estos.

El Pastor más anciano contesta:

–                     Pero Señora, si no se degollase a todos los corderitos, no habría lugar en la tierra para nosotros.

–                     Lo sé. Pienso en su dolor y en el de sus madres. Tanto que gimen cuando les quitan a sus hijos. Se parecen a nosotras las madres. No puedo ver que alguien sufra y siento la aflicción de una madre destrozada…

Es diferente de las demás, porque a nosotras nos desgarran no solo el corazón y el cerebro cuando se mata a un hijo nuestro, sino las mismas entrañas. Nosotras las madres permanecemos unidas al hijo, siempre y es desgarrarse cuando nos lo quitan…

María ya no sonríe. Tiene una gota de llanto en sus ojos azules y mira a Jesús que la ve y la escucha. Le pone una mano en el brazo, como si temiese que lo arrebatasen de su lado.

Por el camino polvoriento se acercan un pequeño grupo de personas armadas y gritando.

Los pastores se miran entre sí y hablan en voz baja.

Luego dicen:

–                     Ha sido buena suerte que no hayan entrado esta tarde en Belén de Galilea.

Jesús pregunta:

–                     ¿Por qué?

–                     Porque esa gente que acaba de pasar y de entrar en la ciudad, va a arrebatar su hijo a una madre.

–                     ¡Oh! Pero, ¿Por qué?

–                     Para matarlo.

–                     ¡Oh, no! ¿Qué hizo?

Todos se juntan para oír:

–                     Encontraron asesinado por el camino al rico Yoel. Regresaba de Sicaminón con las bolsas llenas de dinero. No se trató de ladrones porque el dinero estaba con el occiso. El siervo que lo acompañaba dice que su patrón le había dicho que se adelantara corriendo para avisar de su llegada.

Y por el camino, dirigiéndose al lugar donde se cometió el homicidio, solo vio al joven que ahora van a matar. Dos de la población juran haberle visto cuando atacaba a Yoel. Ahora las familias del occiso exigen su muerte. Y si es homicida…

Jesús pregunta:

–                     ¿No lo creéis?

–                     No me parece que sea posible. El joven no es muchacho cualquiera. Es bueno. Siempre ha vivido con su madre y es su único hijo. Ella es una viuda santa. No le faltan los medios para vivir, pues su marido también era rico. Él no piensa en las mujeres. No es buscapleitos. Es un hombre cabal. ¿Por qué tendría que matarlo?

–                     Tal vez tendrá enemigos.

–                     ¿Quién? ¿Yoel el muerto o Abel, el acusado?

–                     El acusado.

–                     ¡Ah! No sabría… No sabría…

–                     Sé franco, hombre.

–                     Señor, pienso una cosa… Pero Isaac nos dijo que no debemos pensar mal del prójimo…

–                     Pero se debe tener valor para salvar a un inocente.

–                     Si hablo… Tenga razón o no; tendré que huir de aquí, porque Aser y Jacobo son poderosos.

–                     Habla sin temor. No te verás obligado a huir.

–                     Señor, la madre de Abel es joven y bella. Y muy industriosa. Aser y Jacobo no son industriosos. Al primero le gusta la viuda y al segundo… Todo el poblado sabe que el segundo es un adúltero, profanador del tálamo de Yoel. Yo pienso que…

Jesús dice terminante:

–                     Entendido. Quedaos aquí vosotras las mujeres con los pastores. Regreso pronto.

María suplica:

–                     No, Hijo. Yo voy contigo.

Jesús va con premura hacia el centro de la población y la Virgen con María de Alfeo, se van detrás del grupo apostólico.

En la tercera calle se encuentran con los que se habían adelantado a buscar hospedaje: Iscariote, Simón, Pedro y Santiago, que hacen señas y dan gritos.

Pedro está desencajado y dice con angustia:

–                     ¡Qué desgracia, Maestro! ¡Qué desgracia y qué pena!

Simón agrega:

–                     Un hijo a quién arrebatan de su madre a la fuerza.

Pedro:

–                     Ella lo defiende como una leona. Pero es mujer y ellos están armados.

Judas dice:

–                     Le sale sangre por todas partes.

Santiago de Zebedeo añade:

–                     Le rompieron la puerta porque se había atrancado detrás de ella.

Jesús dice:

–                     Voy allá.

Simón:

–                     ¡Oh, sí! ¡Tú eres el único que puede consolarla!

En el centro del poblado se distingue un montón de gente que se agita alrededor de la casa de Abel. Se oyen los gritos desgarradores de la madre. Gritos que no parecen humanos. Agresivos y dignos de compasión al mismo tiempo.

Jesús apresura el paso. Llega hasta donde el tumulto está en su colmo.

La mujer defiende a su hijo contra los soldados. Con una mano está agarrada a un pedazo de la puerta destrozada y con la otra, a la cintura de su hijo. Si alguien trata de quitársela lo muerde con furia, sin importarle los golpes que recibe, ni los tirones en su cabellera; que son tan fuertes que le echan la cabeza hacia atrás.

Cuando no muerde, grita:

–                     ¡Dejadlo! ¡Asesinos! ¡Es inocente! ¡La noche en que mataron a Yoel durmió conmigo a mi lado! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Calumniadores! ¡Inmundos! ¡Perjuros! ¡Perversos!

Y al joven a quién sus captores han cogido por la espalda y lo arrastran por los brazos, se vuelve con el rostro desencajado y grita:

–                     ¡Mamá, mamá! ¿Por qué he de morir si no he hecho nada?

Es hermoso. Alto, delgado. De ojos oscuros y dulces. De cabello negro. Sus vestidos desgarrados, muestran su cuerpo ágil y muy joven.

Jesús, con ayuda de quienes lo acompañan, se abre paso entre la multitud y llega en un momento en que la mujer cansada, es arrancada de la puerta y arrastrada como un costal, unida al cuerpo de su hijo, por la calle empedrada.

Pero luego un tirón mucho más fuerte, arranca la mano materna de la cintura del hijo y la mujer cae por tierra, golpeando con su cara contra el suelo, en medio de un charco de sangre. Al punto se endereza y se pone de rodillas. Tiende sus brazos hacia su hijo, al que se llevan a toda prisa.

El joven le grita:

–                     Adiós, mamá. Recuerda al menos tú, que yo soy inocente.

La mujer lo mira con ojos de demente y luego cae por tierra, desvanecida.

Jesús se interpone al paso de los captores y ordena:

–                     ¡Deteneos un momento! ¡Os lo ordeno! –su voz y su rostro no admiten réplica.

Un ciudadano le pregunta agresivo:

–                     ¿Quién eres? No te conocemos. Retírate y déjanos ir para que muera antes de que llegue la noche.

–                     Soy un Rabí. El más grande. En Nombre de Yeové deteneos o Él os destruirá con sus rayos. –Parece como si fuese Él, el que los despidiese con su mirada centelleante- ¿Quién es el que da testimonio contra éste?

Aser dice:

–                     Yo, él y él.

–                     Vuestro testimonio no es válido, porque no es verdadero.

–                     ¿Y cómo puedes decirlo? ¡Estamos prontos a jurarlo!

–                     Vuestro juramento es pecado.

Los tres hombres dicen al mismo tiempo:

–                     ¿Qué estamos pecando nosotros?

–                     ¿Nosotros?

–                     ¿Sabes quiénes somos?…

Jesús los atraviesa con su mirada severa y declara:

–                     Lo sé. Vosotros, sí. Así como adentro fomentáis la lujuria; dais pasto al odio; apacentáis la avaricia de las riquezas y cometéis homicidios. Así también sois unos perjuros. Os habéis vendido a la inmundicia. Podéis realizar cualquier crimen.

–                     Ten cuidado con lo que estás diciendo. Yo soy Aser…

–                     Y Yo Soy Jesús.

–                     No eres de aquí. Y no eres ni sacerdote, ni juez. No eres nada. Eres un forastero.

–                     Sí. Soy el Forastero, porque la Tierra no es mi Reino. Pero Soy Juez y Sacerdote, no solo de esta pequeña parte de Israel; sino de todo Israel y de todo el Mundo. 

Jacobo exclama:

–                     ¡Vámonos! Vámonos. Dejemos a este loco. –y da un empujón a Jesús, para quitarlo de ahí.

Jesús grita con una mirada que paraliza:

–                     ¡No darás ni un paso más! Tú no darás ni un paso más. ¿No crees lo que estoy diciendo? Pues bien, mira… Aquí no hay polvo del Templo, ni el agua de él. Y no están las palabras escritas con tinta, para hacer el agua amarguísima, que es la señal de los celos y el adulterio. Pero aquí estoy Yo. ¡Y Yo voy a juzgar!

La voz de Jesús es tan resonante como una trompeta.

La gente se amontona para ver y solo la Virgen y María de Alfeo, se quedan a ayudar a la mujer desvanecida.

Jesús continúa:

–                     Y Yo voy a Juzgar aquí. Dadme un poco de polvo del camino y un poco de agua en una taza. Y mientras me lo traéis, vosotros acusadores y tú, el acusado, responded: ¿Eres tú inocente, hijo? Dilo con sinceridad al que es tu Salvador.

Abel responde:

–                     Lo soy, Señor.

–                     Aser, ¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–                     Lo juro. No tengo razón para mentir. Lo juro por el altar. Descienda del Cielo fuego que me queme, si no digo la verdad.

–                     Jacobo, ¿Puedes jurar que eres sincero en tu acusación y no tienes ningún motivo interno para mentir?

–                     Lo juro por Yeové. El amor que tengo por mi amigo occiso, me obliga a hablar. No tengo nada que ver con éste.

–                     Y tú siervo: ¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–                     Mil veces si fuera necesario. Mi patrón, mi pobre patrón… -el hombre llora cubriéndose la cabeza con el manto.

–                     Está bien. He aquí el agua y he aquí el polvo. Voy a decir lo siguiente: “Padre Santo y Dios Altísimo. Muestra tu Juicio verdadero por este medio, a fín de que vida y honra, permanezcan con el inocente y con la madre desolada.

Y venga digno castigo para el que no lo es. Pero por la Gracia que tengo ante tus ojos, no fuego ni muerte; sino larga expiación tenga, el que cometió el pecado.”

Jesús ha dicho estas palabras, con las manos extendidas sobre la taza, como hace el sacerdote en el altar, durante la Misa, en el Ofertorio.

Después mete la mano derecha en la taza y con la mano rocía a los cuatro sujetos al juicio y luego les hace beber un poco de agua. Primero al joven y luego a los demás.

Cruza los brazos sobre el pecho y mira…

También la gente mira y un momento después, un grito se les escapa de los labios y se arrojan de bruces a la tierra. Aterrorizados y adorando al mismo tiempo.

Entonces los cuatro que estaban en línea, se miran entre sí y gritan a su vez. El el joven Abel, de estupefacción.

Los otros de horror… ¡Porque se ven cubiertos en la cara de una subitánea lepra! ¡Mientras que en la del joven no hay nada!

El siervo se arroja a los pies de Jesús, que se aparta, como todos los demás, incluidos los soldados.

Y se separa tomando de la mano al joven Abel, para no contaminarse con los tres leprosos.

El siervo grita:

–                     ¡No! ¡No! ¡Perdón! ¡Estoy leproso! Son ellos los que me pagaron para que retardase a mi patrón hasta el atardecer, para pegarle en el camino solitario. Me hicieron que quitara las herraduras a la mula. Me enseñaron como mentir, diciendo que yo me había adelantado y no es así; porque yo me estuve allí, para matarlo junto con ellos.

Diré también por qué lo hicieron. Porque Yoel se enteró que Jacobo amaba a su joven esposa. Y porque Aser deseaba a la madre de Abel y ella lo rechazaba. Se pusieron de acuerdo para librarse de Yoel y de Abel al mismo tiempo y quedarse con las mujeres. Esta es la verdad. ¡Quítame la lepra! ¡Quítamela! Abel, tú eres bueno, ¡Intercede por mí!…

Jesús ordena:

–                     Tú vete a donde está tu madre. Que cuando salga de su desvanecimiento vea tu cara y vuelva a una vida tranquila. Y vosotros… debería deciros: ‘Qué os castiguen como queríais hacer’ sería una justicia humana, pero os entrego a una expiación sobrehumana.

La lepra de la que os horrorizáis, os salva de ser arrestados y muertos; cómo debería ser y merecéis. Pueblo de Belén, apartaos. Abríos como el agua de mar, para que se vayan éstos a su galera. ¡Horrible galera! Más atroz que la muerte. Es una piedad divina que les ha dado un medio para recapacitar si quieren. ¡Váyanse! ¡Largaos!

La multitud se pega a las paredes, dejando libre el centro de la calle.

Y los tres, cubiertos de lepra como si ya tuvieran muchos años padeciéndola; se van, uno detrás del otro, a la Montaña del silencio, envueltos en la penumbra que ha empezado a caer.

Lo único que se escucha es su llanto.

Jesús dice a todos:

–                     Purificad el camino con mucha agua después de haberos quemado con el fuego. Soldados; referid que se hizo justicia según la más perfecta Ley Mosaica.

Jesús trata de ir a donde su Madre y su tía María Cleofás, siguen socorriendo a la mujer que está volviendo de su desmayo, mientras el hijo acaricia las manos heladas y las besa.

Pero la gente de Belén, con un respeto lleno de terror, le ruega:

–                     Háblanos, Señor. Realmente eres Poderoso. Ciertamente Tú Eres el Hombre del que habló uno que pasó por aquí, anunciando al Mesías.

–                     Hablaré por la noche, cerca del redil de los pastores. Ahora voy a consolar a la madre.

Y Jesús va con la mujer…

Más tarde, se ha prendido una gran hoguera para iluminar la reunión.

Jesús sale del redil y se dirige a donde lo esperan. Jesús da un largo discurso sobre la Ley, la hipocresía para obedecerla por la falta de fe y finaliza diciendo:

–                     … Nada es inútil de cuanto Dios estableció en su Ley. La Ley que dio, Israel la observa de Nombre, pero no en la realidad. Son ilusorias apariencias de cuerpos vivos. Reales presencias de cosas muertas: las cosas inmateriales; esto es, la virtud y las almas muertas.

La Ley existe en Israel, pero se ha convertido como las plantas petrificadas en el desierto de Egipto, en el Valle del Nilo; en un espejismo que produce la muerte. Tuvisteis hoy un ejemplo de lo que significa una Ley reducida a piedra en corazones que se habían petrificado. Es causa de toda clase de pecados y desventuras. Que esto os sirva para poder vivir y para saber hacer vivir la Ley en vosotros, en su integridad que Yo ilustro con luces de misericordia.

Si el haber venido sirvió para establecer el Reino de Dios entre vosotros, sea Bendito el Señor. Si el haber venido sirvió para hacer brillar una inocencia, Bendito sea el Señor. Si el haber llegado a tiempo para impedir un crimen, sirve también para dar un medio para redimirse a tres culpables, Bendito sea el Señor.

Ya es muy noche. Las estrellas nos están mirando y también Dios. Levantad la mirada al cielo estrellado y elevad hacia Dios vuestro corazón, sin criticar a los infelices que Dios ha castigado. Sin orgullo por haber estado limpios de pecado. La paz sea con vosotros.

Los bendice y luego se retira al amplio recinto del redil, rodeado de rústicos portales, bajo los cuales pusieron heno los pastores, para que sirva de lecho a los siervos del Señor.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

16.- EL LLAMADO DEL AMOR


Días después…

En una mañana de mercado en Cafarnaúm. Hay tianguis. La plaza está llena de vendedores de toda clase de mercancía. A ella llega Jesús, viniendo del lago y ve que vienen a su encuentro, sus primos: Judas y Santiago.

Él se apresura y después de abrazarlos con cariño, pregunta ansioso:

–           ¿Vuestro padre? ¿Qué pasó?

Judas Tadeo responde:

–           Nada nuevo en lo que respecta a su salud.

Jesús dice:

–           ¿Entonces a qué viniste? Te dije que te quedaras.

Tadeo baja la cabeza y calla.

Pero el que se expansiona es Santiago y dice:

–           Por mi culpa, él no te obedeció. Sí. Por culpa mía. Pero no puede soportar más. ¡Todos en contra! Y ¿Por qué? ¿Acaso hago mal en amarte? ¿Lo hacemos acaso? Hasta aquí, un escrúpulo del Mal, me había detenido. Pero ahora que sé. Ahora que has dicho que sobre Dios no hay nadie, ni el padre. Ya no lo pude soportar. ¡Oh! Judas trató de ser respetuoso. De hacer entender razones. De corregir ideas. Dijo: ‘¿Por qué me combatís? Si Él es el Profeta. Si es el Mesías. ¿Por qué queréis que el mundo diga: ‘Su familia no lo quería? Cuando todos lo seguían, ella no lo hizo.’ Y yo declaré:Porque si fuera el infeliz que vosotros decís. ¿No debemos nosotros, los de su familia; estar cerca de su demencia; para impedirle que se dañe o nos dañe?

¡Oh, Jesús! De este modo hablaba yo para discutir humanamente, como ellos razonaban. Pero Tú sabes bien que Judas y yo no creemos que Tú estés loco. Tú sabes que en Ti vemos al Santo de Dios. Que te consideramos como nuestra estrella mayor. Pero no nos han querido comprender. Ni siquiera nos han querido escuchar. Y me vine. Acosados entre la elección de Jesús y la familia, te he escogido a Ti. Aquí estoy si me quieres. Si no, seré entonces el hombre más infeliz, porque no tendré nada. Ni tu amistad, ni el amor de la familia.

Jesús dice:

–           ¿Resuelto? ¡Oh, Santiago mío! ¡Mi pobre Santiago! ¡No hubiera querido verte sufrir así, porque te amo! Pero si el Jesús-Hombre llora contigo, ¡El Jesús Verbo se regocija por ti! ¡Ven! Estoy cierto de que la alegría de ser portador de Dios entre los hombres, aumentará de día en día tu gozo; hasta llegar al éxtasis completo, en la última hora de la Tierra y en la eterna del Cielo.

Jesús se vuelve y llama a sus discípulos, que prudentemente se habían mantenido retirados unos cuantos metros.

–           Venid, amigos. Mi primo Santiago desde ahora es de mis amigos y por esto, amigo vuestro. ¡Cuánto he deseado esta hora! Este día, para él; mi amigo perfecto de la infancia. Mi buen hermano de juventud.

Los discípulos, alegres dan la bienvenida a Santiago y a Judas Tadeo, al que hacía tiempo no veían.

Tadeo dice:

–           Te buscamos en casa. Pero estabas en el lago.

Jesús contesta:

–           Sí. Estuve en el lago por dos días, con Pedro y los demás. Pedro ha tenido buena pesca. ¿Verdad?

Pedro responde:

–           Sí. Y ahora esto me desagrada porque deberé entregar más dracmas a aquel ladrón… -y señala al alcabalero Mateo, cuyo banco está rodeado de gente que paga por la tierra o por los frutos.

Jesús dice:

–           Será todo en proporción: más pescados, más pagas; pero también más ganancias.

Pedro objeta:

–           No, Maestro. Más pesco, más gano. Pero si hago cálculos, ese de allá me hace pagar no el doble, sino el cuádruplo. ¡Chacal!

Jesús exclama con un tono:

–           ¡Pedro!… Acerquémonos a él. Quiero hablar. Siempre hay gente cerca del banco de la alcábala.

Pedro refunfuña:

–           ¡Ya lo creo! Gente y maldiciones.

Jesús mueve la cabeza y responde:

–           Pues bien. Yo iré a introducir bendiciones. Tal vez entre un poco de honradez en el alcabalero.

–           ¡Puedes estar tranquilo! Tu palabra no entrará es esa piel de cocodrilo.

–           ¡Veremos!

–           ¿Qué le vas a decir?

–           Directamente nada. Pero hablaré de tal forma, que sirva también para él.

–           ¿Dirás que es un ladrón tan grande igual al que asalta por las calles? Porque es como quien despelleja a los pobres que trabajan por tener pan. No por mujeres, ni ebriedades…

–           Pedro, ¿Quieres hablar tú por Mí?

–           No, Maestro. No sabría hacerlo bien.

–           Y con el vinagre que traes adentro, te haría mal a ti y a él.

Cuando llegan cerca del banco de la alcábala, Pedro intenta pagar cuando Jesús lo detiene y le dice:

–           Dame las monedas. Hoy pago Yo.

Pedro lo mira sorprendido y le entrega una bolsa de cuero con dinero.

Jesús espera su turno y cuando está enfrente del alcabalero, le dice:

–           Pago por ocho canastos de Simón de Jonás. Allá están los canastos, a los pies de los trabajadores. Verifica si quieres. Pero entre honrados basta solo la palabra. Y creo que me tienes por tal. ¿Cuánto es la tasa?

Mateo, que estaba sentado en su banco, en el momento en que Jesús dijo: ‘Creo que como a tal me tienes’, se pone de pie.

No es un hombre alto y parece ser de la misma edad que Pedro. En su cara se ve el cansancio de mundanas alegrías y una vergüenza completa. Al principio, tiene la cabeza inclinada. Luego la levanta y mira a Jesús, que también lo mira atenta y serenamente, como dominándole con su imponente estatura.

Jesús vuelve a preguntar:

–           ¿Cuánto?

Mateo responde:

–           No hay tasa para el discípulo del Maestro. –y añade en voz muy baja- Ruega por mi alma.

–           La llevo conmigo porque recojo la de los pecadores. Pero tú… ¿Por qué no la curas?

Después de decir esto, inmediatamente se vuelve y le da la espalda para ir hacia Pedro, que está con los ojos como platos y boquiabierto por la admiración.

También los otros lo están. Hablan en voz baja o lo hacen con los ojos.

Jesús se dirige hacia un árbol y se recarga en él. Está a unos diez metros de donde está Mateo, empieza a hablar:

“El mundo se puede comparar con una gran familia, cuyos miembros desempeñan quehaceres diversos y todos son necesarios. Hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles, herreros, escribanos, soldados oficiales. Soldados destinados a diversas funciones, médicos, sacerdotes; de todo hay. El mundo no podría componerse de una sola clase. Todas las profesiones son necesarias. Todas santas, si todas hacen lo que deben con honradez y con justicia. ¿Cómo se puede llegar a esto, si Satanás tienta por todas partes? Si se piensa en Dios, en que todo lo ve; aún las obras ocultas. Y en su Ley que dice: ‘Ama a tu prójimo, como te amas tú mismo. No hagas a otro lo que no quieras que te hagan. No debes robar de ningún modo.’

Decidme vosotros que me estáis escuchando: ¿Cuándo uno muere, se lleva acaso su dinero? Y cuando alguien fuese tan necio de querer tenerlo en el sepulcro, ¿Puede usarlo en la otra vida? ¡No! El dinero se convierte en metal mohoso al contacto de la corrupción de un cuerpo descompuesto. Y su alma estaría en otra parte desnuda, más pobre que el desventurado Job. Sin tener siquiera un céntimo, aun cuando aquí o en la tumba hubiere dejado millones y millones. Antes bien.

¡Escuchad! ¡Escuchad!

En verdad os digo que difícilmente se conquista el Cielo con riquezas. Sino más bien y casi siempre; se pierde con ellas. Aun cuando fueran riquezas que se hubieran adquirido honestamente; bien por herencia, bien por ganancia. Porque pocos son los ricos que saben usar justamente de ellas. Entonces, ¿Qué se necesita para tener este cielo bendito? ¿Este descansar en el seno del Padre? Es necesario no tener sed de riquezas.

En el sentido de no querer tenerlas a cualquier precio, aun faltando a la honradez y al amor. En el sentido de que si se tienen, no se las ame más que al Cielo y que al prójimo. Y se niegue la caridad al que tiene necesidad. No tener sed en el sentido de que pueden proporcionar mujeres, placeres, banquetes. Vestiduras suntuosas que son una bofetada para el que tiene frío y hambre. Existe una moneda que cambia el dinero injusto, en valores que son reconocidos en el Reino de los Cielos.

En la santa astucia de hacer de las riquezas humanas frecuentemente injustas o causa de injusticia, riquezas eternas. En otras palabras, ganar con honradez. Devolver lo que se obtuvo injustamente. Usar de los bienes con parsimonia y despego. Saberse separar de ellas, porque antes o después, ellas nos dejan. Y pensar por otra parte, que el bien llevado a cabo, jamás nos abandona.

A todos nos gustaría ser justos y como a tales ser tenidos. Y que Dios nos premie como a tales. Pero, ¿Puede Dios premiar a quien solo tiene el nombre de justo, pero no las obras? ¿Cómo puede decir: ‘Te perdono’;  si ve que el arrepentimiento es tan solo de palabra y que no va acompañado de un verdadero cambio de espíritu? No hay arrepentimiento mientras dure el deseo por el objeto por el que pecamos. Pero cuando uno se humilla. Cuando uno se corta la parte moral por una mala pasión, sea mujer u oro.

Y uno dice: ‘Por Ti Señor y no por esto’ entonces es cuando se está realmente arrepentido. Y Dios lo recoge con estas palabras: ‘Ven. Te quiero como a un inocente y como a un héroe.’

Jesús ha terminado. Se va sin siquiera voltear a donde está Mateo, que se acercó al círculo de oyentes, desde las primeras palabras.

Cuando está por llegar a la casa de Pedro, su mujer corre al encuentro de su marido para decirle algo. Luego Pedro hace señas a Jesús de que se acerque y le dice:

–           Llegó la madre de Judas y de Santiago. Quiere hablar contigo, pero no quiere que la vean. ¿Cómo le hacemos?

–           Bien. Yo entro en casa como si fuera a descansar y vosotros vayan  a distribuir las limosnas entre los pobres. Ten también el dinero de la tasa que no quiso. Vete.

Jesús hace señal a todos de que se vayan. Mientras Pedro los llama para  que se vengan juntos.

Jesús pregunta a Porfiria, la mujer de Pedro:

–           ¿Dónde está la mamá, mujer?

Porfiria le contesta:

–           En la terraza, Maestro. Allá hay sombra  y está fresco. Sube Tú también. Allí se está mejor que en cualquier otra parte de la casa.

Jesús sube por la escalera. En un ángulo, bajo el viñedo; sentada en un banquillo junto a la baranda; vestida toda de oscuro, con el velo en la cara, está María de Alfeo.  Llora sin hacer ruido.

Jesús la llama:

–           ¡María! ¡Amada, tía!

Ella levanta su pobre cara angustiada y extiende las manos, mientras exclama:

–           ¡Jesús! ¡Traigo un dolor en el corazón!

Jesús ha llegado junto a ella y la hace que siga sentada. Él permanece de pie, con su manto sobre el hombro. Pone una mano en la espalda de su tía y con la otra cubre sus manos y le pregunta:

–           ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras tanto?

María de Alfeo contesta:

–           ¡Oh, Jesús! Escapé de casa diciendo: ‘Voy a Caná a buscar vino y huevos para el enfermo’ en casa se quedó tu Madre que cuida como sólo Ella sabe hacerlo y por eso estoy tranquila. Pero lo que en realidad quería, era venir aquí. He caminado durante dos noches para llegar aquí lo más pronto posible. Y ya no puedo más… pero el cansancio no me importa.

¡Es el dolor de mi corazón lo que me hace mal! ¡Mi Alfeo! ¡Mis hijos! ¡Oh! ¿Por qué en la misma sangre hay tanta diferencia? ¿Por qué ésta es, como dos piedras en una máquina que muelen el corazón de una madre? ¿Están contigo Judas y Santiago? ¿Sí?…

Jesús asiente con la cabeza.

Ella continúa:

–           Mi Alfeo. ¿Por qué no comprende? ¿Por qué se muere? ¿Por qué quiere morir así? ¿Y Simón y José? ¿Por qué? ¿Por qué están contra Ti y no contigo?

–           No llores, María. No les guardo rencor. Se lo dije también a Judas. Los entiendo y los compadezco. Si por esto lloras, no llores.

–           Lloro, sí. Porque te ofenden. Y también porque no quiero que mi esposo muera como un enemigo tuyo. Dios no lo perdonará. Y yo… ¡Oh! ¡No lo tendré para siempre en la otra vida! –María está tan angustiada, que gruesas lágrimas caen sobre su mano izquierda, que Jesús le ha soltado.

Él, objeta:

–           No. No digas eso. Perdono. Y si perdono Yo…

–           ¡Oh! ¡Ven Jesús! Ven a salvarle el alma y el cuerpo. Ven. Empiezan a decir, también para acusarte… ya empezaron a decir que has quitado los hijos a un padre que muere y lo dicen por todo Nazareth. ¿Entiendes?…  Y añaden: ‘Por todas partes hace milagros; pero en su casa no puede hacerlos’ Y como yo te defiendo diciendo: ‘¿Qué cosa puede hacer si lo habéis arrojado con vuestros reproches y no creéis?’ Y no me dejaron en paz.

–           Dijiste bien: ‘Si no creéis’ ¿Qué puedo hacer donde no se cree?

–           ¡Oh! ¡Tú lo puedes todo! ¡Yo creo por todos! Ven. Haz un milagro para tu pobre tía…

–           No puedo. –Jesús al decir esto, está tristísimo. De pie y apretando contra su pecho a la que está llorando.

Entonces ella llora mucho más fuerte.

Jesús prosigue:

–           Escucha, María. Sé buena. Yo te juro que si pudiese; si conviniese hacerlo, lo haría. ¡Oh! Obtendría del Padre esta gracia, por ti. Por mi pobre Madre. Por Judas y Santiago. Y también… ¡Sí! También por Alfeo, José y Simón. Pero, ¡No puedo! Un gran dolor oprime tu corazón y no puedes entender la justicia del Poder mío. Te lo puedo decir, pero no lo comprenderías. Cuando llegó la hora del tránsito de mi padre… Y tú sabes si era un justo y si mi Madre lo amaba… no lo devolví a la vida. No es razonable que la familia donde vive un santo; esté libre de las desventuras inevitables de la vida.

Si no fuese así, Yo debería ser eterno en la tierra. Y sin embargo pronto moriré. Ni María, mi santa Madre, podrá arrebatarme de la muerte. No puedo…

Lo que puedo es esto y lo haré. –Jesús se ha sentado junto a ella. Toma entre sus manos la cabeza de su tía y agrega- haré esto. Por este dolor tuyo, te prometo la paz a tu Alfeo. No estarás separada de él, en la otra vida. Te doy mi palabra de que nuestra familia estará reunida en el Cielo: junta por toda la eternidad. No llores más. Ve en paz. Fuerte, resignada y santa. Mi Madre ha sido viuda antes que tú y te consolará, como sólo Ella sabe hacerlo. No quiero que partas sola, bajo este sol. Pedro te acompañará en la barca hasta el Jordán. Y te irás de allí a Nazareth en un borriquillo. Cálmate.

–           Bendíceme, Jesús. Tú dame fuerzas.

–           Sí. Te bendigo y te beso, buena tía.

Y la besa tiernamente, hasta que ella se serena.

Días después…

Jesús está en Betsaida. Habla de pie, en la barca que está anclada en la orilla. Y hay mucha gente sentada, formando un círculo a su alrededor.

–           … por esto también comprendo a todos vosotros que me amáis y me habéis seguido dejando negocios y las comodidades, para oír la Palabra que os hace doctos. Sé muy bien que más que el descuido de vuestros negocios, que es merma en vuestra bolsa, os trae burlas y hasta daño social. Tengo muchos que hoy me son contrarios y mañana serán mis enemigos declarados. Y os digo, porque a nadie quiero engañar. Ni a vosotros, mis leales amigos, que para dañarme a Mí. Para causarme dolor. Para vencerme al aislarme…  Ellos, los poderosos de Cafarnaúm, emplearán todos los medios: Insinuaciones, amenazas, burlas sin igual y calumnias.

El Enemigo está haciendo uso de todo para arrebatar almas al Mesías y convertirlas en su presa. Os digo: quien persevera se salvará. Pero también os digo: quien ama más su vida y el bienestar que a la salvación eterna, puede irse; dejarme; ocuparse de la vida insignificante y del transitorio bienestar. Yo no detengo a nadie. El hombre debe ser libre. He venido para liberarlo del Pecado y fortalecer su espíritu, liberándolo de las cadenas de una religión deformada; opresora. Con la Palabra de Dios, que es neta, breve, luminosa, fácil, santa, perfecta. Mi venida es un cedazo de las conciencias…

Durante siglos hubo un desafío entre el Eterno y Satanás, que enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, dijo a Dios:

–                 Tus criaturas para siempre serán mías. Ninguna cosa; ni el castigo, ni siquiera la Ley que les quieres dar; los harán capaces de ganarse el Cielo. Y este lugar tuyo del que me has arrojado a Mí, el único inteligente entre tus criaturas; quedará vacío, inútil y triste, como todas las cosas inútiles.

Y el Eterno respondió al Maldito:

–                 Podrás hacer todavía esto, mientras tu veneno sea el único que reine en el hombre. Pero mandaré Yo a mi Verbo y su Palabra lo neutralizará. Él sanará los corazones. Curará la locura con la que los has satanizado y… ellos volverán a mi redil. Y el Cielo se poblará. Lo he hecho para ellos. Tú rechinarás tus horridos dientes, con impotente rabia; allá en tu tétrico reino que es prisión y lugar maldito. Y sobre ti los ángeles colocarán la Piedra de Dios y la sellarán contigo y los tuyos. Tan sólo habrá tinieblas y odio; entretanto que la Luz y el Amor; el canto y la beatitud. La libertad infinita, eterna, sublime; pertenecerán a los míos.

Y Mammón con una risa burlona, dijo:

–                 Y yo te juro que cuando llegue la hora, vendré. Estaré junto a todos los evangelizadores y veremos cuál de los dos, es el vencedor.

Así es. Satanás os pone asechanzas para heriros. Y también Yo os rodeo por lo mismo. Los competidores somos dos: Yo y él. Vosotros estáis en medio. El Duelo del Amor con el Odio. De la Sabiduría con la Ignorancia. De la bondad con el Mal. Es por causa vuestra y alrededor vuestro. Yo me basto para apartar de vosotros los golpes del Malvado. Me interpongo entre las almas de Satanás y vuestro ser. Y acepto que se me hiera, en lugar vuestro, porque os amo. Pero los golpes en vuestro interior… esos debéis retirarlos con vuestra voluntad. Viniendo a Mí. Poniéndoos en mi camino, que es Verdad y Vida. Quién no tenga ganas del Cielo; jamás lo tendrá. Quién es Enemigo del Mesías, es semilla mala que renacerá en el Reino Satánico.

Sé por qué habéis venido, vosotros de Cafarnaúm. Tengo conciencia pura, del pecado del que se me culpa. Y en nombre de un pecado que no existe; se murmura detrás de Mí y se insinúa que oírme y seguirme, es haceros cómplices con el pecador.

Entre vosotros, ciudadanos de Betsaida, hay personas que recuerdan a la Bella de Corozaím. Hay hombres que pecaron con ella. Hay mujeres que por causa de ella gimieron y después se alegraron cuando supieron que la podredumbre había salido fuera de sus entrañas impuras; al exterior de su magnífico cuerpo.

Esa corrupción era la figura de aquella mucho más dura, que había roído su alma adúltera, homicida y prostituta. Setenta veces siete, adúltera; con cualquier hombre que tuviera dinero. Homicida siete veces siete, por sus concepciones bastardas. Prostituta por el vicio y ni siquiera por necesidad. ¡Oh! ¡Comprendo, esposas traicionadas! Comprendo vuestro júbilo, cuando supisteis que las carnes de la Bella tenían el hedor y estaban deshechas como una carroña llena de gusanos. Pero Yo os digo: Sabed Perdonar. Dios os ha vengado. Y luego Él, ha perdonado. Perdonad también vosotras que me habéis saludado con el grito: ¡Bendito el Cordero de Dios! Sí, Soy el Cordero. Y vosotras debéis ser ovejas mansas. Yo la he perdonado y también deben hacerlo las que traen un dolor profundo de esposas traicionadas y que con instinto de fiera, defendieron su nido. No podría Yo que soy el Cordero, permanecer entre vosotras, si sois tigresas y hienas.

El que ha venido en el Nombre Santísimo de Dios a recoger a justos y pecadores para llevarlos al Cielo; fue también a ver a la arrepentida y le dijo: ‘Queda limpia. Vete y expía’. Esto lo hice en sábado. Y de esto se me acusa. Acusación Oficial. La segunda, es la de haberme acercado a una prostituta. A una que lo FUE. Y que entonces sólo era un alma que lloraba sobre sus pecados. Era un alma enferma. Y los enfermos son los que tienen necesidad del médico.

Pues bien. Yo digo: lo hice y lo haré. Traedme el Libro de la Escritura. Escudriñadlo, estudiadlo, desentrañadlo. No encontraréis jamás un punto sonde se prohíba al médico, que cure a un enfermo. Al levita, que se ocupe del altar. Y al sacerdote, que no escuche a un fiel; tan sólo porque es sábado. Ella era un altar profanado y tenía necesidad de un levita que lo limpiase. Era una fiel que lloraba ante el Templo Verdadero de Dios y tenía necesidad del sacerdote que la presentase. En verdad os digo que si no cumplo con mi deber y que si pierdo una sola alma de las que sienten el acicate de la salvación; Dios Padre me pedirá cuenta de ella y me castigará por esa alma perdida.

Este es mi pecado, según los poderosos de Cafarnaúm. Podría haber esperado al día siguiente al sábado, para hacerlo. Pero en aquel corazón había humildad verdadera; sinceridad clara; dolor perfecto. ¿Por qué esperar a que un corazón contrito, se ponga en paz con Dios? La lepra todavía estaba sobre su cuerpo; pero su corazón ya estaba curado por el bálsamo de años de arrepentimiento; de lágrimas; de expiación. Salió limpia del lago, también en su cuerpo. Pero mucho más en su corazón. ¡Oh! ¡Cuántos de los que entraron en las aguas del Jordán, para obedecer la orden del Precursor; no salieron de él limpios!  Porque su bautismo no era un acto sincero de un espíritu que quisiese prepararse a mi llegada. Sino tan solo una forma de aparentar ser perfectos en santidad a los ojos del mundo.

Y era por esto, hipocresía y soberbia. Dos culpas que aumentaban el cúmulo de las que ya existían en sus corazones. El bautismo de Juan no era más que un símbolo que quería decir: ‘Limpiaos de la soberbia, humillándoos hasta confesaros pecadores. De la lujuria; lavándoos de su escoria.’ Es el alma, la que se bautiza por voluntad vuestra, para estar limpia a la invitación de Dios.

No hay culpa tan grande que no pueda lavarse primero con el arrepentimiento; después, con la Gracia; a fin de que la pueda lavar el SalvadorNo hay pecador tan grande, que no pueda levantar su cara estropeada y sonreír con una esperanza de Redención.  Basta con que tal acto sea completo al renunciar a la culpa. Heroico, al resistir a la tentación. Sincero, en la voluntad de renacer.

Os digo una verdad que a mis enemigos les parecerá blasfema; pero vosotros sois mis amigos. Hablo especialmente a vosotros, mis discípulos y elegidos. Y luego, a todos quienes me escucháis. Os digo: Los ángeles, espíritus puros y perfectos; que viven en la Luz de la Santísima Trinidad y en ella se gozan; reconocen que la perfección que tienen, es inferior a la vuestra. ¡Oh, hombres lejanos del Cielo! Son inferiores porque no tienen poder para sacrificarse. De sufrir para cooperar en la Redención del Hombre.

Y qué os parece? Dios no toma a un ángel para decirle: ‘Sé el Redentor del Género Humano.’ Sino que toma a su Hijo y sabiendo que por más que sea incalculable e infinito su poder; todavía falta. Y es una muestra de su Bondad Paternal que no quiere hacer diferencia entre el Hijo de su Amor  y los hijos de su Poder; al conjunto de los méritos que se pondrán a los de los pecados de cada momento, que el género humano va acumulando. Por esto no toma a los ángeles. Para completar la medida. Y  no les dice: ‘Sufrid para imitar al Mesías.’ Sino que lo dice a vosotros, hombres. Os dice: ‘Sufrid. Sacrificaos. Sed semejantes a mi Cordero. Sed Corredentores…’

¡Oh! Yo veo cohortes de ángeles que dicen: ‘¡Benditos vosotros que podéis sufrir con el Mesías y por el Dios Eterno; que es nuestro y vuestro!’

Muchos no lograrán comprender esta grandeza. Está muy por arriba del hombre. Pero cuando la Hostia sea Inmolada. Cuando el Grano eterno, Resucite para no morir más… entonces comprenderéis que no he blasfemado. Sino que os he anunciado la dignidad más alta del hombre: ‘La de ser corredentores, aun cuando antes se era sólo un pecador.’ Entretanto preparaos para ello con una pureza de corazón y de propósitos. Cuanto más puros seáis, tanto mejor comprenderéis…

Porque la impureza, cualquiera que sea; es siempre humo que oscurece y apesanta la vista y la inteligencia. Sed puros. Empezad por los cinco sentidos, para pasar a las siete pasiones. Empezad por la vista. Por el sentido que es rey y que abre el camino al hambre más voraz y complicada: los ojos ven la carne de la mujer y desean la carne. Los ojos ven la riqueza de los ricos y desean el oro. Los ojos ven el poder del gobernante y desean el poder. Cuanto más puros sean vuestros ojos; más puro será vuestro corazón. Sed castos en las miradas; si queréis ser castos en el cuerpo. Si tuvieseis castidad en la carne; tendréis castidad en las riquezas y en el poder. Tendréis toda castidad y seréis amigos de Dios.

No tengáis miedo de que se os haga burla, porque sois castos. En verdad os digo que Dios ha dejado el matrimonio para elevaros en la procreación y para que cooperéis con Él, para poblar los Cielos. Pero hay un estado mucho más alto; ante el cual se inclinan los ángeles porque ven su sublimidad, sin poder imitarla. Un estado que no excluye a los que ya no son vírgenes y que voluntariamente destruyen su fecundidad ya sea femenina o masculina; anulando su virilidad animal, para ser fecundos tan solo en el espíritu. El eunuquismo más alto; el que tiene como instrumento amputador la voluntad de pertenecer solo a Dios y conservar para Él; casto el cuerpo y el corazón; para que brillen siempre con el esplendor que ama el Cordero.

He hablado al pueblo y a los elegidos de entre el pueblo; antes de entrar a partir el pan y compartir la sal, en la casa de Felipe. Os bendigo a todos. A los buenos como premio y a los pecadores, para infundirles valor de acercarse al que vino a perdonar. La paz sea con vosotros.

Jesús desciende de la barca y pasa entre la multitud que se agolpa alrededor. En la esquina de una casa todavía está Mateo que ha escuchado desde allí al Maestro, pero no se atrevió a más. Cuando llega Jesús y pasa junto a él, se detiene. Y como si bendijese a todos, bendice una vez más y mira a Mateo. Luego continúa caminando entre el grupo de los suyos, seguido por el pueblo. Y entra en una casa…

Mateo se va para la suya reflexionando, mientras una esperanza se agiganta en su corazón. Prepara todo y sale de viaje a Jerusalén. Entra en el recinto del Templo y se dirige sin vacilar hacia el Patio de los Israelitas. Luego, entra al lugar donde los varones de Israel, pueden presentar sus oraciones ante el Santo de los santos. Y concentrado en una oración profunda llora y dice al Altísimo:

‘Bendito y alabado seas Yheové Sebaoth. Creo en la Palabra de tu Mesías. Sé que ni siquiera debiera estar pisando en este lugar sagrado. Él dijo que tu perdón puede hacer del peor de los pecadores, un discípulo santo a los pies de tu Ungido. Yo soy el peor de los pecadores. Pero le creo a Él. Te suplico que me perdones.  Muéstrame tu misericordia ante mi arrepentimiento. Soy tuyo, Adonaí…

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA