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P La Potencia del Amor 1


No tendrás dioses ajenos delante de Mí… Éxodo 20, 3

Enero 09 de 2022

Habla el Espíritu Santo:

Dios es Amor.

Cuando creó al hombre,

lo creó a SU Imagen y Semejanza.

Y por eso la vida del hombre, gira alrededor del Amor.

Como templo viviente,

el alma fue creada para contener a Dios:

El Amor en el alma viva,

para palpitar necesita de un corazón.

Y ese corazón,

es como un pebetero que arde y perfuma.

Y Dios le puso como una necesidad vital:

LA CAPACIDAD DE AMAR

El espíritu es la linfa vital del alma, cuya esencia es el Amor.

Y en el altar del espíritu,

Dios preparó la plenitud de la vida y de la unión con la Gracia.

La habitación de Dios, Espíritu de Amor,

hubiera sido perfecta, si el hombre NO hubiese pecado.

El espíritu vivo también tiene un corazón palpitante…

Y fue creado como un altar:

Con la necesidad de Adoración.

Es el pebetero donde arde el Fuego del Amor.

Porque verdaderamente Dios había puesto en el hombre,

solo una necesidad:

La del AMOR. 

Amor de hijos al Padre.

Amor de súbditos al Rey.

Amor de creaturas al Creador.

Y si no se hubiese corroído con el ácido de la culpa

las raíces del Amor,

éste hubiera crecido poderoso en nosotros,

sin requerir ningún esfuerzo.

No fatiga, sino una alegría; 

una necesidad que alivia al igual que la respiración.

Porque el Amor había sido destinado

a que fuese la respiración del espíritu.

La sangre del espíritu.

EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE

Es una fuerza absoluta como el bien, la obediencia, la esperanza y la Fe.

El Amor es un aguijón amargo.

Hambre y nostalgia de estar con el Amado.

Y amar con todas las fuerzas es ya un martirio…

Porque tortura cada vez más la separación.

El Amor es una Fuerza Sobrenatural.

La clave de los afectos humanos está

en que los hombres buscan amarse a sí mismos en las creaturas…

Y DEBEN BEBER

LA AMARGURA QUE LLENA

PERO NO SACIA

Porque el verdadero Amor, es totalmente sobrenatural…

Y solamente Dios puede darlo.

El Verdadero Amor,

tiene varias manifestaciones y potencias:

El Amor de Primera Fuerza, es el que se da a Dios.

El Amor de Segunda Fuerza, es el paterno o el materno.

El Amor de Tercera Fuerza, es el que se siente por el cónyuge.

El Amor de Cuarta Fuerza, es el que se siente por los padres.

El Amor de Quinta Fuerza, es el amor hacia nosotros mismos.

El Amor de Sexta Fuerza, es el amor hacia el prójimo.

El Amor de Séptima Fuerza, es el amor por las creaturas;

el trabajo, el desarrollo de la vocación, etc.

CUANDO SE AMAN TODAS LAS COSAS

A TRAVÉS DE DIOS,

SE CONOCE LA TREMENDA FUERZA

QUE ES EL AUTÉNTICO Y VERDADERO AMOR,

PORQUE ES 

EL ALIMENTO DE LA VIDA.

Jesús dio a los hombres un Mandamiento Nuevo,

SÍNTESIS DE TODA LA LEY

Y en él dio a la Humanidad, la llave de la felicidad.

La práctica de este Mandamiento

es la que transformará la Tierra en antecámara del Paraíso,

porque en el Paraíso está el triunfo del Amor.

Dios es el Amor y en Él viven todas las almas.

La perfección de la vida en la Tierra,

«Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser y SOBRE TODAS LAS COSAS… Y a tu prójimo, como a tí mismo…»

es dada por el grado de intensidad con el que las almas lo aman a Él.

Y con Él aman a los hermanos.

Tanto y más perfecto y santo se es, cuanto más se ama así.

En el Amor Verdadero en el Amor a través de Jesús,

está la verdadera razón de la vida y el auténtico gozo de la vida.

EL AMOR ES ENTREGA

El hombre que no tiene amor, se corrompe y corrompe a otros.

Todas las desventuras de la Tierra,

proceden de la falta de Amor.

Adán y Eva no tuvieron Amor para Dios y por eso desobedecieron.

Y trajeron la enfermedad y la muerte;

el Dolor y el sufrimiento.

El Amor de Dios hace amigo a Dios y enseña a amar.

Quién no ama a Dios que es Perfecto y Bueno,

El amor de Dios nos restaura y nuestro corazón aprende a amar con heroismo, practicando el PERDÓN…

ciertamente no puede amar a su prójimo,

que está lleno de defectos.

Todo el Bien lo hace el Amor.

El Amor que nos hace buenos para con los demás

y aceptables a los ojos de Dios.

El Amor sublima las buenas cualidades del hombre

y las convierte en virtudes sobrenaturales.

Es así como el alma se hace virtuosa.

Quién es virtuoso, es santo

y quién es santo, posee el Cielo.

Por eso no es la sabiduría ni el temor,

los que abren el camino de la perfección, sino el Amor.

El Amor fortifica el espíritu y es la esencia de la vida.

El deseo de no afligir a Dios,

aleja del Mal, más que el temor de un castigo.

1Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. 2Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 1 Corintios 13

Del amor nace la compasión y se ama al prójimo, porque viene de Dios.

Por esto el Amor es la salvación y la santificación del hombre.

En el Amor se encuentra la fuerza para conservar la santidad.

PORQUE EN EL AMOR

ESTÁ LA FUERZA PARA PERDONAR 

Y EL HEROÍSMO DE TODAS LAS VIRTUDES.

EL SECRETO DEL AMOR,

ES LA BONDAD.

Porque el que ama es bueno.

Ama sin pensar en razones para hacerlo.

La Obediencia para Dios es Amor.

EL QUE AMA SE DA.

Jesús Santísimo: penetra y posee todo mi ser tan completamente, que mi vida entera sea un resplandor de la tuya…

Y SE ENTREGA A  AMAR,

FUNDIÉNDOSE EN DIOS

El que ama, pierde todas las dimensiones.

La materia es nada.

El dolor es nada.

El tiempo, nada.

El pecado mismo se anula,

porque para ello existe el Perdón.

Amar sin límites como lo hacen los niños:

simplemente amar,

porque solo el amor existe.

El que aprende a amar lo que Dios ama y como Él lo ama,

alcanza la perfección.

El que llega a tener una chispita de amor por el Altísimo

y realiza sus acciones bajo Mi Guía,

siendo dócil a mis santas inspiraciones

como Espíritu Santo, NO PECA.

El Amor hace cumplir los preceptos del Decálogo,

porque no se miente al prójimo.

Y COMO NO SE QUIERE HERIR AL AMADO:

DIOS

Se observa una conducta de justicia:

Y se es hijo amoroso, esposo fiel, no se estafa en el comercio,

no se es falso, ni violento.

No se exige nada con crueldad y se es sincero en todas las acciones.

La Fuerza del Amor Verdadero hace del hombre un ángel

y destruye la animalidad de los instintos, al aprender la Ley del Amor:

Dios es Amor.

Y PARA AMARLO,

HAY QUE AMAR TODO

3. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha, 1 de Corintios 13

A TRAVÉS DE ÉL

Es así como se aprende a amar sin condiciones.

El Amor aplaca a los violentos y destruye los ídolos.

Nada se resiste al Amor;

porque es una Fuerza muy poderosa y un arma que desarma.

Solo el Demonio que es el Odio Perfecto;

es el único que resiste al Amor.

Él y los que se han vendido al Odio de manera voluntaria,

lo rechazan y se resisten.

Están sin amor y viven sin él,

con una vida sombría, desesperada, árida.

Sin una sonrisa nunca, sin un rayo de luz.

SE DEJAN ENVOLVER

POR EL ORGULLO, EL RENCOR,

Ningún bien humano por necesario que sea, puede colmar el VACÏO que deja la falta de Dios.

LA DESESPERACIÓN,

LA ENVIDIA, LOS CELOS,

LA DUREZA DE CORAZÓN,

LA MÁS GRANDE AMARGURA

Y LA MÁS ATERRADORA SOLEDAD.

Porque el Amor es el más profundo sentimiento misterioso,

que tiene su fuente en Dios

Y COMO FLECHA LANZADA POR EL ARCO

Se dirige hacia las almas.

Que pueden aceptarlo o rechazarlo.

El alma muere por la falta del Amor Perfecto.

Cuando se une la inteligencia con el Amor,

se encuentra la Verdad

y se miran las cosas con ojos buenos,

porque VALE MÁS LA BONDAD

QUE LA SABIDURÍA

Quién ama, descubre la huella de Dios en todas las cosas,

Y TODO LO AMA EN DIOS

La Oración es Amor.

A través de la Oración se pide y se obtiene el Amor para Amar.

EL QUE SE ABANDONA AL AMOR

Y PERMITE QUE SE CONVIERTA

EN UN INCENDIO DEVORADOR

QUE ELEVA EL ALMA HACIA DIOS

Y QUE TODO LO QUE TOCA

LO LLENA DE ÉL,

ES ENTONCES CUANDO SE AMA DE VERDAD.

343 EXILIADOS…


343 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En una bellísima puesta de sol, se delinea la ciudad de Seleucia

como un voluminoso aglomerado blanco en el límite de las aguas azules del mar calmo

y risueño: todo un jugueteo de olitas bajo un cielo que funde su cobalto sin nubes

con la púrpura del ocaso.

La nave, desplegadas sus velas, enfila veloz hacia la ciudad lejana,

y tanto inciden en ella los esplendores del sol poniente, que parece incendiarse,

con fuego de alegría por la fiesta de la llegada ya cercana.

En el puente de la nave, entre los marineros, que ya ni trajinan ni están inquietos,

están los pasajeros, que ven acercarse la meta.

Sentado junto a Juan de Endor (más macilento aún que cuando partió),

se ve al marinero herido

Todavía tiene fajada la cabeza con una venda ligera;

su tez, pálida-marfil por la gran cantidad de sangre que ha perdido.

Pero sonríe y habla con sus salvadores, o con los compañeros que, pasando,

se congratulan con él de verlo en el puente.

También el cretense se percata de su presencia.

Deja por un momento su puesto, poniéndolo en manos del jefe de la tripulación,

para ir a saludar a su «óptimo Demetes», que ha vuelto al puente por primera vez

después de sufrir la herida.

Y dirigiéndose a los apóstoles,

les dice:

       «Y gracias a todos vosotros» .

«No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera, después del golpe de ese pesado travesaño

y del hierro que lo hacía todavía más pesado

Verdaderamente, Demetes, éstos te han dado de nuevo a la vida,

porque estabas ya dos veces muerto.

La primera, yaciendo como una mercancía en el puente, donde habrías perecido por el

desangramiento… y por las olas, que te hubieran llevado al mar;

habrías descendido al reino de Neptuno, a hacer compañía a nereidas y tritones.

La segunda, por haberte curado con esos maravillosos ungüentos.

Y se va hacia el puente de mando para tomar el timón, pues ya están muy cerca del atracadero.

Pedro dice:

–           Vamos a tomar nuestro cargamento.

No veo la hora de alejarnos de este asqueroso pagano.

Juan… Síntica…

En cuanto bajemos con la carga, vendremos por ustedes…

Y los ocho apóstoles se van ligeros a hacer lo que han dicho.

Los dos que se quedan,

observan los diques y la sinfonía de silbidos con que se trasmiten las órdenes

para que el navío quede a punto para el desembarco.

Juan de Endor dice muy triste:

–           Síntica, cada vez damos un paso más hacia lo desconocido.

Otro paso que nos aleja del dulce pasado.

Otra agonía… no creo que aguante…

Síntica está muy pálida y también agobiada por la tristeza,

pero es siempre la mujer fuerte que da fuerzas a los que ama:

–        Es verdad, Juan.

Otro golpe que destroza el corazón.

Otra agonía…

Pero no digas: ‘Otro paso más hacia lo desconocido’ No está bien.

Conocemos nuestra misión.

Jesús nos lo dijo.

Y nos estamos uniendo a la Voluntad de Dios, que sólo Él sabe por qué lo está permitiendo…

Ni siquiera debemos decir: ‘Otro golpe’

Nosotros seguimos fieles a su Voluntad.

El golpe abate.

Nosotros nos unimos.

Nos vemos libres de los placeres sensibles de nuestro amor por Él, por nuestro Maestro.

Y nos reservamos las delicias suprasensibles, haciendo que nuestro amor y obligación

se trasladen a un plan superior.

¿No estás convencido de ello?

¿Sí?

Juan asiente en silencio con un gesto afirmativo.

–        Entonces no debes decir ‘otra agonía’

Decir agonía significa que la muerte está cerca.

Pero nosotros al llegar a un plano espiritual por nuestros propósitos, no morimos,

sino que ‘vivimos’.

Porque lo espiritual es eterno.

Por esta razón subimos a una vida mejor, anticipo de la vida verdadera del Cielo.

¡Ea, ánimo!

¡Olvida que eres el Juan inútil!

Y piensa que eres el hombre destinado al Cielo.

Reflexiona, reacciona y medita…

Y espera solo en ser el ciudadano de aquella patria inmortal.

Los apóstoles ya tienen la carga lista para desembarcar,

cuando la nave entra majestuosa, al lugar donde va a atracar.

Se acercan los dos que están sufriendo el dolor infinito del alejamiento

del que ya aman con todo su ser.

Nicómedes se acerca a despedirlos.

Y Pedro dice:

–        Adiós y muchas gracias.

–        ¡Salve hebreos!

También yo os las doy.

Si os apresuráis, encontrareis alojamiento…

Hasta la vista…

Después de bajar la carga, los diez descienden.

Y cargados con sus fardos, se alejan en busca del albergue…

Al día siguiente…

Erguido enfrente de los apóstoles bajo el primer sol de la mañana…

El anciano posadero dice:

–        En los mercados encontraréis seguro un carro.

Pero, si queréis el mío os lo dejo, en recuerdo de Teófilo.

Si vivo tranquilo, se lo debo a él.

Me defendió, porque era justo.

Ciertas cosas no se olvidan.   

Pedro objeta:

–        Es que tú estarías sin tu carro varios días…

Y además, ¿Quién lo guía?

Yo con un burro… todavía…

¡Pero con un caballo!…

–        ¡Es igual!

No te voy a dar un potro indómito.

doy un prudente caballo de tiro, bueno como un cordero.

Llegaréis pronto y sin fatigaros.

Para la hora novena estaréis en Antioquía;

mucho más considerando que el caballo conoce muy bien el camino y va solo.

Me lo devolverás cuando quieras, sin interés por mi parte,

si no es el de hacer una cosa grata al hijo de Teófilo.

Decidle que todavía le debo muchas cosas.

Y que lo recuerdo y me siento siervo suyo. 

Pedro pregunta a sus compañero

–       ¿Qué hacemos? – 

–        Lo que te parezca mejor.

Tú juzga y nosotros obedecemos…

-¿Probamos con el caballo?

Lo digo por Juan…

Y también para abreviar…

Me siento como si estuviera llevando a uno a la muerte

y estoy deseando acabar todo esto lo antes posible…

Todos aprueban: 

–        Tienes razón

–        Entonces, hombre, acepto.

—       Y yo ofrezco con alegría.

Voy a aparejar el vehículo.

El hospedero se marcha.

Pedro da rienda suelta a su pensamiento:

–        He consumido en estos pocos días la mitad del tiempo de vida que tenía.

¡Una pena!… ¡Una pena!…

Habría querido tener el carro de Elías, el manto que cogió Eliseo,

que les hiciera olvidar, que les…

¡No sé! Algo, en definitiva, que no les hiciera sufrir tanto…

Pero, si logro saber quién es la causa principal de este dolor,

dejo de ser Simón de Jonás si no lo retuerzo como a un paño empapado.

No digo matarlo, ¡No!,

Pero sí exprimirlo, como él ha exprimido la alegría y la vida a esos dos pobrecillos…

Santiago de Alfeo.,

dice:

–        Tienes razón.

Es una gran pena.

Pero Jesús dice que se debe perdonar las ofensas… 

–         Si me las hubieran hecho a mí, debería perdonar.

Y podría.

Estoy sano y fuerte.

Y si alguien me ofende tengo fuerza para reaccionar incluso contra el dolor.

¡Pero, el pobre Juan!

No, no puedo perdonar la ofensa contra el redimido del Señor;

contra uno que muere afligido de esta forma…

Andrés suspira, diciendo: 

–        Yo pienso en el momento en que lo dejemos del todo… – 

Mateo susurra:

–        Yo también.

Es un pensamiento fijo y que aumenta a medida que se acerca el momento…

Pedro dice:

–        Hagámoslo pronto, por piedad

Poniendo una mano en el hombro de Pedro.

Zelote dice serenamente:

–        No, Simón.

Perdona si te observo que te equivocas deseando eso.

Tu amor al prójimo se está transformando en un amor desviado.

Y esto no debe suceder en ti, que siempre has sido recto.

–       ¿Por qué, Simón?

Eres culto y bueno.

Muéstrame mi error.

Y yo, si así lo veo, te diré: tienes razón.

–        Tu amor se está haciendo malsano, porque está para transformarse en egoísmo.

–        ¿Cómo?

¿Me aflijo por ellos y soy egoísta?

–        Sí, hermano;

porque tú, por exceso de amor, todo exceso es desorden.

Y por tanto, induce al pecado, te envileces.

Quieres no sufrir tú de ver sufrir.

Eso es egoísmo, hermano en el nombre del Señor.

Pedro concede:

-¡Es verdad!

Tienes razón. Y

Te agradezco esta advertencia.

Así se debe hacer entre buenos compañeros. Bien.

Entonces ya no tendré prisa…

Pero, decid la verdad,

¿No es un acto de piedad? 

Todos dicen: 

–       Lo es, lo es… 

–       ¿De qué forma los vamos a dejar? 

Andrés sugiere: 

–       Propondría hacerlo cuando nos haya recibido Felipe,

pero quedándonos quizás ocultos un tiempo en Antioquía.

Y preguntándole a Felipe cómo se van adaptando… 

Santiago de Alfeo.. objeta: 

–        No.

Sería hacerles sufrir demasiado con una separación tan brusca.  

Santiago de Zebedeo, comenta:

–        Entonces…

Sigamos a medias el consejo de Andrés.

Quedémonos en Antioquía, pero no en casa de Felipe.

Y durante unos días vamos a verlos, cada vez menos, cada vez menos, hasta que…

No volvemos… 

Tadeo opina:

–        Dolor renovado una y otra vez.

Y cruel desilusión.

No. No se debe hacer. 

–        ¿Qué hacemos, Simón?

Pedro dice abatido:

–       ¡Ah!, por lo que a mí respecta,

quisiera estar en su lugar, más bien que tener que decir: «Me despido de vosotros»

Zelote dice: 

–        Propongo una cosa.

Vamos con ellos a casa de Felipe.

Nos quedamos allí.

Luego, siguiendo todavía juntos, vamos a Antigonio.

Es un lugar ameno…

Y allí también estamos un tiempo.

Una vez que ellos se hayan aclimatado, nos retiramos, con dolor pero con virilidad.

Yo diría esto.

A menos que Simón-Pedro tenga órdenes distintas del Maestro. 

–        ¿Yo? No.

Me dijo: «Haz todo, bien, con amor, sin pereza y sin prisa.

Y de la forma que juzgues mejor».

Hasta ahora creo que lo he hecho. 

¡Está eso de que dije que era pescador!…

Pero, si no lo hubiera dicho no me habría dejado estar en el puente.

Tadeo lo conforta:

–      No te crees escrúpulos tontos, Simón.

Son puntadas del demonio para turbarte. 

Juan de Zebedeo confirma:

–       Verdaderamente es así!

Creo que está alrededor de nosotros como no lo ha estado jamás,

poniéndonos obstáculos y creándonos miedos, para movernos a actos viles.

Y concluye en voz baja:

«       Creo que quería inducir a la desesperación a ellos dos, reteniéndolos en Palestina…

Y ahora que se escapan de su asechanza se venga en nosotros…

Me lo siento alrededor como una serpiente escondida entre la hierba…

Y ya hace meses que me lo siento alrededor así…

Mirad, ahí vienen el hospedero por un lado y Juan y Síntica por el otro.

Os diré el resto cuando estemos solos, si os interesa.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

340 VÍCTIMAS PROPICIATORIAS


340 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, Tiro se despierta entre ráfagas de mistral

Es una mañana esplendorosa con un cielo despejado,

adornado por unos cuantos cirros muy blancos, como la espuma de las olas,

que revientan rumorosas en la playa…

El sol goza de su jornada de cielo claro, después de tanta oscuridad,

causada por el mal tiempo.  

La abundante brisa marina, provocada por la marejada, el impredecible viento,

y el fuerte oleaje de un mar inquieto,

cubre con su helada humedad invernal, a los marineros madrugadores,

que están sobre las naves atracadas en el muelle.

Y que se mueven alternadamente, subiendo y bajando. 

meciéndose al suave ritmo de las fuertes olas. 

Después de otra fuerte y violenta ráfaga de mistral;

Pedro despierta en la barca, donde ha dormido…

Y hablando consigo, murmura en voz baja: 

–       Entendido.

Es hora de moverse.

Señalando al mar que entra inquieto incluso en el puerto, 

con cuya abundante brisa le ha refrescado, cubriéndolo completamente.

agrega: 

–        Y «él»  nos ha proporcionado el agua lustral…

¡Mmm!

Vamos a consumar la segunda parte del sacrificio propiciatorio…

Pedro poniéndose en pie, se levanta del lugar en donde pasó la noche

y viendo a Santiago que también se ha despertado,

le dice:

–       Creo que ya es hora de que nos vayamos.

¡Humm!… 

Dime, Santiago…

¿No te da la impresión, de que realmente estamos llevando a dos víctimas propiciatorias al sacrificio?

A mí sí.

Santiago de Zebedeo,

responde;

–        También a mí, Simón.

Pero… ¿Sabes?

De mi parte agradezco al Maestro, la confianza que ha depositado en nosotros.

Pero no me gusta que se haya sufrido tanto…

Jamás había visto, ni imaginado siquiera, una cosa tan dolorosa… 

El Sufrimiento en Jesús era tan grande, que no lo pudo ocultar…

Él que siempre es tan calmado.

Y también en estos dos…   

¡Cómo los ha torturado!  

Me dolió tanto…

Sentí que casi fue, como si se me partiera también a mí el corazón…

–       Todos los sentimos…

Hasta el corazón de paloma de mi Porfiria…

Y tampoco yo lo había experimentado así…

Pero… ¿Sabes?

Estoy seguro de que el Maestro nunca lo hubiera hecho,

si el Sanedrín no hubiera metido sus narices…

–       Él ya lo dijo…

Pero ¿Quién habrá informado al Sanedrín?

¡Es lo que quisiera saber…!

Pedro exclama:

–      ¿Qué quién?

¡Dios eterno, ayúdame guardar silencio!

¡Haz que no piense!

Y en vox más baja añade;

–        Es un voto que he hecho;

para quitarme esta sospecha, que me trepana el cerebro con una sola idea…

Ayúdame Santiago a no pensar…

Habla de otra cosa completamente distinta.

–        Pero ¿De qué?

¿Del tiempo?

–        Sí, por ejemplo. 

Si así lo quieres…

–        Porque yo no entiendo nada del océano grande…

Pedro se queda mirando el mar

y dice:

–           Pienso que vamos a tener un buen baile.

Santiago mira el cielo examinándolo…

Y  luego a los enormes barcos,

y objeta: 

–           ¡Nooo!

Las olas son pequeñas y están para reír… 

Ayer si estaba un poco enfurecido.

¡Qué hermoso será ver este mar agitado, desde lo alto de la nave!

A Juan le va a gustar…

Hará que se inspire para cantar.  

Les llega otra ráfaga de brisa refrescante… 

Y se pone de pie también Santiago..

Observa las naves que están en la otra parte, en el muelle grande;

visibles, con sus altas superestructuras.  

Es un notorio contraste, sobre todo cuando la ola levanta la barquita de ellos

con un movimiento alternado de sube y baja.

Miran, estudiando las distintas naves, haciendo pronósticos…

Poco a poco, el puerto se llena de gente y de movimiento.

Santiago observa los barcos,

y pregunta: 

–      ¿Cuál será la nave?

Y Pedro  contesta:

–      Ahora lo averiguo. 

Espera…  

Y saltando de la barca;

se dirige hacia un marinero ocupado en otra barca cercana…

Diciéndole: 

–        ¡Oye!

¿Sabes si se encuentra en el puerto el navío de…?

Espera, voy a leer su nombre… 

Y sacando un pergamino que trae en la cintura y está atado con una cinta,

añade: 

     Sí.  

Aquí está

Es Nicómedes Filadelfo de Filipo; cretense de Paleocastro…

El marinero se admira,

y exclama:

–       ¡Oh!

¡El famoso gran navegante!

¡¿Y quién no lo conoce?!

Es el más conocido desde el Golfo de las Perlas,

hasta las Columnas de Hércules.

Y aun más allá…

Hasta en los fríos mares congelados,

en los que la noche puede durar meses enteros.

¿Cómo es que no lo conoces, tú que eres marinero?

–       No.

Es así.

No lo conozco; pero ando en su busca; 

porque conocemos a nuestro amigo Lázaro de Teófilo,

que en un tiempo fue gobernador de Siria…

–           ¡Ah! ¡Sí!

Cuando yo navegaba…

Ahora estoy viejo, pero entonces él estaba en Antioquía…

¡Qué tiempos aquellos, tan hermosos!…

¿Lázaro es amigo tuyo…?

Y buscas a Nicómedes el cretense.

Entonces puedes ir seguro. 

Y señalándolo, a lo lejos,

agrega: 

¿Ves aquel navío?

El más grande, más alto y que tiene muchas banderolas flotando al viento…

Ese es el suyo.

Ve pronto.

Zarpa antes de la hora sexta.

¡No le tiene miedo al mar!

Santiago empieza a decir:

–       Efectivamente, no hay por qué tenerle miedo.

No es nada del otro mundo.

No es un gran…

Pero lo interrumpe el rudo embate de una enorme ola… 

Que se abate rompiéndose también sobre ellos.

Que le demuestra lo contrario.

 Y le quita la palabra, bañándolos desde la cabeza, hasta los pies.

Mientras se seca la cara:

Pedro refunfuña, 

–        Ayer estaba calmado… demasiado quieto;

Hoy, demasiado agitado. 

Un tonto bravucón, ¿No?

El oleaje aumenta su fuerza y Pedro agrega,

exclamando:

¡Caramba, qué loco!

Prefiero el lago… 

El marinero dice:

–       Os aconsejo que entréis en la dársena.

Allá se están yendo todos. ¿Veis?

Llevad vuestra barca, podréis guardarla hasta vuestro regreso…

Por una cuota diaria, te la cuidarán…

–        Pero nosotros tenemos que partir.

Tenemos que marcharnos con la nave de… de…

Espera: Nicomedes… Y todo lo demás

Dice Pedro, que no logra recordar los nombres extraños del cretense.

–       ¡No querréis cargar la barca en la nave!

–       ¡No, claro!

–       Entonces en las dársenas hay sitio para la custodia

Y hombres de guardia el tiempo que lo necesites.

Pagando una moneda al día hasta el regreso.

Porque supongo que volveréis…

–        ¡Claro, claro!

Vamos y volvemos…

Una vez visto el estado de los jardines de Lázaro.

–       Ah!,

¿Sois sus administradores?

–      Y más que eso…

–      Bien.

Venid conmigo.

Os enseño el sitio

Está pensado precisamente para los que dejan, como vosotros, las barcas…

Mirando al extremo del muelle,

Pedro dice:

–      Espera…

Ahí están mis hermanos.

Te alcanzamos enseguida.

Y agrega: 

–       Gracias amigo.

Ahorita con mis compañeros, la guardaremos donde dices…

Y Pedro salta al andén del puerto.

Luego corre al encuentro del grupo apostólico que están llegando. 

Andrés pregunta solícito: 

–       ¿Dormiste bien hermano?  

Pedro responde: 

–        Como un niño en la cuna.

Y no me han faltado el arrullo, el meneo, ni la canción…

Tadeo agrega sonriente:

–       Me parece que tampoco te ha faltado el chapuzón.

Porque parece que acabas de bañarte con las vestiduras…

–        Tampoco.

El mar es…

Tan bueno, que me ha lavado la cara para quitarme el sueño.

Mateo observa:

–        Un poco rudo, me parece.

–        El mar se encargó de lavarnos y quitarnos el sueño que quedaba,…

¿Verdad Santiago?

Santiago, igual de mojado que Pedro, asiente con una carcajada…

Y luego dice:

–      Pero ya sabemos con quién debemos ir…

Pedro comenta: 

–        ¡Si supierais con quién vamos!

¡Uno conocido hasta por los peces de los hielos

–        ¿Ya lo has visto?

–        No.

Pero me ha hablado de él, uno que me dice que hay un sitio para las barcas:

Un depósito en la dársena.

Venid, vamos a descargar los arcones y nos ponemos en marcha

porque Nicodemo, no…  Nicomedes el cretense, parte dentro de poco..

En ese momento llegan hasta  donde el marinero de Tiro los espera…

Cuando están otra vez al pie de la barca.

Pedro anuncia:

–        Aquí estamos, hombre.

Ahora descargamos estas cosas y luego vamos allí, dado que eres tan bueno.

El hombre de Tiro., responde:

       Nos ayudamos unos a otros… 

–       ¡Sí, claro!

Nos ayudamos, nos deberíamos ayudar.

Nos deberíamos amar unos a otros, porque ésta es la Ley de Dios…

–       Me dicen que en Israel ha surgido un nuevo Profeta que predica esto.

¿Es verdad?

–       Vaya que si es verdad!

¡Esto y otras cosas!

¡Y los milagros que hace!

Resucita los muertos, cura a los enfermos, convierte a los ladrones…

Y da órdenes al mar, para tranquilizarlo.

–      ¡Oh!

¿Pero es verdad todo eso?…

–      No dudes.

Todos nosotros hemos sido testigos de eso…

–       ¡Oh!

¿Dónde?…

–       En el lago de Genesareth.

Ven conmigo a la barca y mientras vamos al depósito te contaré…  

Juan de Endor comenta:

–       En el canal de Chipre sí que vamos a bailar bien.  

Preocupado, Mateo pregunta: 

–       ¡Ah! ¿Sí?

Parece que lo conoces bien…

–        Estuve muchos años allá….

Santiago de Alfeo afirma: 

–       Sí.  Pero lo que suceda…

Dios nos ayudará.

Mientras la ola levanta la barca…

Mirando a su hermano,

Pedro agrega:

–        Ánimo, Andrés

¡Aúpa, aúpa, más a la derecha. Venga,

 ¡Eso es! ¡Ya está…!  

Y volviéndose hacia el hombre,

continúa:

–        Te estaba diciendo, hombre:

¡Y qué milagros!

Muertos que resucitan, enfermos que quedan curados, ciegos que recuperan la vista,

ladrones que se convierten y hasta…

¿Ves?

Si estuviera aquí, diría al mar: «Detente» y el mar se calmaría…

Y mezclando la predicación, con instrucciones precisas, Pedro se las arregla,

para continuar:

¿Puedes, Juan?

Espera, voy yo.

Vosotros sujetad fuerte y bien pegado…

¡Arriba!,

¡arriba!… Un poco más…

Tú, Simón, agarra el asa…

¡Cuidado con la mano, Tadeo!

¡Arriba!, ¡arriba!…

Gracias, hombre…

¡Cuidado, no os caigáis al agua, vosotros los de Alfeo!…

¡Arriba!… ¡Eso es!

¡Loado sea Dios!

Ha sido menor el trabajo para bajar todo, que para subirlas y acomodarlas…

Es que yo tengo los brazos deshechos del ejercicio de ayer…

Volviendo a lo que te decía, del mar que le obedeció… 

Sube a la barca, que te explico mientras vamos allí…

Y se marcha, con el hombre y con Santiago,

remando por el canal que conduce a las dársenas.

Pedro da instrucciones a Andrés y a Santiago de Zebedeo para llevar la barca al depósito. 

mientras le habla de Jesús al marinero de Tiro..

Zelote observa:

–           ¿Ya vísteis a Pedro?

Mientras dirige las maniobras, evangeliza.

Juan de Endor:

–       Lo que me gusta mucho de él,

es su honestidad y su franqueza.

Mateo añade: –   

   Y su constancia.   

Santiago de Alfeo comenta:

–        Y su humildad.

¡Fijaos cómo no se ensoberbece sabiendo que es el «jefe»!

Trabaja más que ninguno.

Y se preocupa por todos y cada uno de nosotros.

Más que de sí mismo.

Síntica concluye:

–        A su modo es muy virtuoso.

Un hermano bueno.

Y un excelente líder…

Ni más ni menos… 

Después de un rato, Zelote rompe el silencio dirigiéndose a a los dos discípulos.,

Preguntando:

–        ¿Así que está decidido?

¿Pasáis por hermanos? 

Síntica responde: 

–       Sí. Es mejor.

Y no es mentira.

Es una verdad espiritual.

Es mi hermano mayor.

No de las mismas nupcias, pero sí de un único padre:.

El Padre es Dios; las nupcias distintas, Israel y Grecia

Y Juan es mayor que yo.

Y se ve, en edad y como discípulo más antiguo que yo.

Eso no se ve, pero es así.

Y ya no pueden seguir comentando, porque Pedro regresa,

diciendo:

–     Ya está todo hecho y arreglado.

Dejaremos la barca.

Vamos…

Y hay que llevar el cargamento hasta el navío que está allá…

Todos toman los cofres y las  cajas.

Se cargan con los arcones y todo el equipaje.

Y se van avanzando a través del estrecho Istmo, hasta el otro puerto;

en el muelle grande. 

El hombre de Tiro que tiene más experiencia, los sigue acompañando y ayudando;

por las callejuelas que forman las balas de mercancías apiladas; bajo vastísimas cubiertas

Los acompaña hasta la poderosa nave del cretense;

que ya está haciendo las maniobras de la próxima partida.

Y Pedro grita a los marineros que están a bordo,

para que vuelvan a echar la pasarela que habían levantado.

El contramaestre,  

responde gritando:

       No se puede.

¡Ya está cargado…!

La carga se ha terminado.

El marinero de Tiro les grita, señalando a Pedro:

–      ¡Tiene unas cartas que entregar en la mano, a Nicómedes!

–      ¿Cartas?

¿De quién?…

–       De Lázaro de Teófilo…

El que fue gobernador de Siria, en Antioquía…

–       ¡Ah! ¡Espera!

¡Se lo voy a decir al patrón!…

Pedro dice a Zelote y a Mateo:

–       Ahora os toca.

Yo soy un pobre maleducado para tratar con personajes como ese…

Mateo objeta:

–       ¡No!

Tú eres el jefe y lo haces muy bien.

Y Simón:

–       Te ayudaremos si es necesario.

Pero estamos seguros de que todo lo resolverás perfectamente…

Se asoma un hombre moreno y vestido como egipcio.

Delgado, hermoso, musculoso y elegante.

Mientras se asoma por la baranda, ordena que bajen la pasarela, que habían levantado.

Y el jefe de la tripulación grita. :

–      ¡Que suba el que trae las cartas!

Pedro se ha cambiado, se ha puesto túnica y manto, mientras esperaba la respuesta.

Sube con toda dignidad, seguido por Mateo y Zelote.

Cuando aborda la nave y llegan hasta donde está el cretense. 

Que es un hombre esbelto, severo, de unos cuarenta años,

Pedro saluda muy ceremonioso:

–      Que la paz sea contigo.

El cretense lo mira y le responde,

diciendo:

–      Salve.

¿Dónde está la carta?

Pedro le extiende el pergamino.

El cretense rompe el sello y lo extiende…

Lo lee y dice:

–      ¡Sean bienvenidos los enviados de la familia de Teófilo!

Los cretenses no olvidan jamás que él fue bueno y caballeroso. 

Pero agilizad la operación.

Daos prisa, porque estamos listos para zarpar.

¿Traéis mucho equipaje?

Pedro señala en el muelle,

y dice:

–        Lo que ves en el andén.

–       ¿Y cuántos sois…?

–       Diez.

–       Está bien.

Daremos un lugar especial a la mujer y vosotros os arreglaréis cómo podáis… 

¡Apresuraos!

Hay que zarpar y llegar a alta mar, antes de que el viento aumente;

lo cual sucederá después de la hora sexta.

Y ordena, con silbidos lacerantes, cargar y estibar los arcones;

señalando a los marineros el lugar, donde acomodarán el cargamento.

Luego suben los apóstoles con Juan de Endor y Síntica.

Cuando todos han abordado, Izan velas y cierran todo..

Se levanta nuevamente la pasarela,

Se cierra la obra muerta, se sueltan las amarras, se izan las velas.

Y las velas se hinchan ante el fuerte viento que sopla.

Empieza a moverse el navío, que bascula fuertemente, para salir del puerto..

Y balanceándose la nave de un lado a otro, emprenden el camino hacia Antioquía…

Luego la nave empieza su marcha.

Cuando las velas muy hinchadas por el viento, se ponen tirantes y crujen.

Y con un amplio cabeceo, la nave sale a alta mar.

Y huye rauda en dirección a Antioquía.

Pese al fuerte movimiento, Juan y Síntica permanecen en la cubierta…

agarrados a un aparejo, en la popa.

A pesar de la violencia del viento, Juan y Síntica, cerca el uno del otro,

Contemplan cómo la costa se va alejando . 

Dejando atrás la tierra de Palestina,…

Y los dos se abrazan llorando..

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

338 UNA ORACION PROFUNDA


  1. 338 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está de nuevo al pie del macizo sobre el que se alza Yiftael.

No en la calzada – llamémosla así – o camino de herradura recorrido antes con el carro;

sino en una senda tan empinada, que se diría que es para cabras monteses.

Pues está toda formada de grandes lascas, con grietas profundas, pegada contra el monte.

Pareciera que está excavada, en la pared vertical del monte;

como si éste hubiera sido rayado por una enorme zarpa

La limita un tajo que se abre a pico a nuevas profundidades;

en cuyo fondo espuma ruidoso un torrente.

Pisar en falso ahí, significa despeñarse sin esperanza, rebotando de una mata a otra.

Matas de zarzas y de otras plantas agrestes, nacidas entre las fisuras de la roqueda.

Y sin la disposición vertical propia de las plantas, sino oblicua, o incluso horizontal,

porque a ello las constriñe su lugar de arraigamiento.

Pisar en falso ahí significa la laceración a causa de todos los peines espinosos,

de estas plantas;

quedar deslomado por los golpes contra los troncos rígidos,

que se asoman hacia el abismo.

Pisar en falso ahí, significa desgarraduras con las piedras aguzadas,

que sobresalen de las paredes del tajo.

Pisar en falso ahí, significa llegar sangrando y quebrantado a las aguas espumosas

del ruidoso torrente y ahogarse.

Y yacer sumergido en un lecho de escollos puntiagudos, a merced de los ramalazos

de las violentas aguas.

Mas a pesar de ello, Jesús recorre este sendero, este arañazo en la roca,

más peligroso aún por la humedad que sube del torrente, evaporándose;

que rezuma de la pared superior;

que gotea de las plantas nacidas en esta pared superior vertical;

casi levemente cóncava.

Va lentamente, estudiando dónde pone el pie,

sobre las aguzadas piedras, algunas removidas.

A veces, el sendero se estrecha tanto,

que se ve obligado a apretarse contra la pared rocosa.

Para pasar puntos sobremanera peligrosos,

debe agarrarse a las ramas colgantes de la pared.

Rodea así el lado oeste y llega al lado sur;

que es el lado en que el monte, después de un descenso a plomada desde la cima,

se hace más cóncavo…

Y da más respiro en anchura al sendero, aunque se lo quita en altura:

tanto que, en ciertos puntos, Jesús tiene que caminar agachado,

para no golpear la cabeza contra las rocas.

Quizás tiene intención de detenerse,

al llegar a un lugar en que el sendero termina bruscamente,

como por rocas desprendidas.

Pero observa…

Y ve que hay debajo una caverna, más que una caverna, es una gran grieta del monte.

Y desciende a ella por entre las rocas caídas.

Entra.

Una grieta al principio; dentro, una amplia gruta…

Como si el monte hubiera sido excavado mucho tiempo atrás, a golpe de pico.

Se ve claramente dónde se han asociado a las curvas naturales de la roca,

con las producidas por los hombres,

Los cuales, en el lado opuesto a la hendidura de entrada;

abrieron a una estrecha galería, en cuyo fondo hay una franja de luz…

Y una lejana vista de bosques que indican, que la galería penetra de sur a este

cortando el espolón del monte.

Jesús se mete por esa galería semi-oscura y estrecha.

Y la recorre hasta llegar a la abertura;

situada por encima del camino que sigue con los apóstoles y el carro para subir a Yiftael.

Los montes que rodean el lago de Galilea, están frente a Él.

Allende el valle; en dirección nordeste, resplandece el gran Hermón vestido de nieve.

Aquí no tan vertical, ni hacia arriba ni hacia abajo.

Pero sí han excavado en la ladera del monte, una escalera primitiva,

que conduce al camino de herradura del valle y también a la cima, donde está Yiftael.

Jesús se muestra satisfecho de su exploración.

Vuelve para atrás al interior de la vasta caverna…

Y busca un sitio resguardado.

Allí amontona hojarasca que el viento ha empujado hacia dentro del antro:

haciendo de esta manera una mísera yacija.

Un velo de hojas secas entre su cuerpo y el suelo desnudo y gélido…

Se deja caer encima y se queda así, inmóvil, extendido, con las manos debajo de la cabeza,

los ojos fijos en la bóveda rocosa, absorto…

Pareciera aturdido, como quien hubiera soportado un esfuerzo,

o un dolor superior a sus fuerzas.

Luego, lágrimas lentas, sin sollozos;

empiezan a descender de sus ojos…

Y caen a ambos lados de la cara, para perderse entre sus cabellos, hacia las orejas.

Y terminar ciertamente entre la hojarasca…

Llora así, largamente…

Sin decir nada, ni hacer ningún movimiento…

Luego se sienta y con la cabeza entre las rodillas;

alzadas y ceñidas con sus manos entrelazadas;

llama, con toda su alma, a su lejana Madre:

–       ¡Madre! ¡Madre!

¡Madre mía! ¡Mi eterna dulzura!

¡Oh, Mamá, cuánto quisiera tenerte a mi lado!

¿Por qué no te tengo siempre, único consuelo de Dios?

Solamente la gruta hueca, responde a sus palabras, a sus sollozos;

con un susurro de imperfecto eco…

Y parece que ella misma llore y solloce también, con sus salientes, sus rocas…

Y las pocas y todavía pequeñas estalactitas, que en un ángulo penden;

delatando quizás el más sujeto a labor de aguas internas.

E1 llanto de Jesús continúa, aunque ahora más tranquilo…

Como si el simple hecho de haber invocado a su Madre, lo hubiera consolado.

Y lentamente, se transforma en un monólogo.

–       Han partido…

¿Y por qué? ¿Y por quién?

¿Por qué he tenido que dar este dolor…?

¿Y  a mí mismo también?

¿Si ya el mundo me llena de dolor mis jornadas?…

¡ J u d a s ! …

Se queda en silencio por un largo lapso de tiempo…

¿Quién sabrá a dónde vuela ahora el pensamiento de Jesús…?

Que levanta la cabeza de las rodillas y mira hacia adelante…

Con ojos dilatados y el rostro tenso,

propio de quien está absorto en espectáculos espirituales futuros…

¡O en gran meditación!

Ya no llora, pero sufre visiblemente.

Luego, parece responder a un interlocutor invisible.

Para hacerlo se yergue y se pone en pie.

Diciendo:

–       Soy Hombre, Padre.

Soy el Hombre.

La virtud de la amistad, herida y arrancada de Mí,

se lamenta y se retuerce dolorosamente…

Sé que debo sufrir todo.

Lo sé. Como Dios, lo sé.

Y como Dios, lo quiero por el bien del mundo.

También como hombre lo sé;

porque mi espíritu divino lo comunica a mi humanidad.

Y también como hombre lo quiero, por el bien del mundo.

¡Pero, qué DOLOR, ¡Oh Padre mío!  

Esta hora es mucho más penosa, que la que viví con mi espíritu y el tuyo en el desierto…

Y es mucho más fuerte, LA TENTACIÓN PRESENTE DE NO AMAR…

Y no soportar a mi lado a ese ser legamoso y tortuoso, que tiene por nombre Judas;

causa del mucho dolor que hasta la saciedad como y bebo.

Y que tortura las almas a las que Yo había dado paz.

Y es mucho más fuerte la tentación presente…” (1)

–       Padre, siento que te vas haciendo riguroso con tu Hijo,

a medida que me voy acercando al final, de esta expiación mía por el género humano.

Se va alejando de mí cada vez más tu suavidad…

Y aparece severo tu Rostro a mi espíritu;

que cada vez se ve más apartado hacia las profundidades, donde la Humanidad,

padeciendo tu castigo, gime desde milenios.

Me era suave el sufrimiento; suave el camino al principio de la existencia;

suave también, cuando de hijo del carpintero, pasé a ser Maestro del mundo,

arrancándome de una Madre para darte a Ti Padre, al hombre caído.

Me fue suave también, respecto a este momento, la lucha con el Enemigo,

en la Tentación del desierto.

La afronté con el ardimiento del héroe, que cuenta con todas sus fuerzas…

¡Oh, Padre mío!…

Que ahora mis fuerzas están debilitadas por la falta de amor de demasiados…

Y el conocimiento de demasiadas cosas…

Yo sabía que Satanás, una vez terminada la tentación, se marcharía…

Y así fue.

Y los ángeles vinieron a consolar de ser hombre, al Hijo tuyo;

de ser objeto de la Tentación del Demonio.

Pero ahora NO cesará. 

Una vez pasada la hora en que el Amigo sufre, por los amigos enviados  a un país lejano.

Y por el amigo perjuro, que lo perjudica de cerca y de lejos.

No cesará.

No vendrán tus ángeles a consolarme en este momento;

ni pasado este momento.

Antes al contrario;

vendrá el mundo con TODO su ODIO, su burla, su incomprensión;.

Vendrá y estará cada vez más cerca;

será cada vez más tortuoso y legamoso el perjuro, 

el traidor, el vendido a Satanás.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite… Y POR ESO SON TAN CRUELES

¡PADRE!...

Es verdaderamente un grito de congoja, de espanto, de invocación…

Y Jesús se estremece…

y ESTA ANGUSTIA SE REPETIRÁ

en la Hora del Getsemaní.

¡Padre! Lo sé.

Lo veo…

Mientras Yo aquí sufro y seguiré sufriendo…

Y te ofrezco mi sufrimiento por su conversión.

Y por los que me han sido arrebatados de mis brazos…

Y están marchando a su destino;

con el corazón traspasado;

él se está vendiendo para ser mayor que Yo….

¡El Hijo del hombre!

¿Soy Yo, no es verdad, el Hijo del hombre?

( ¡LA DUDA LO MUERDE…! )

(Pero la rechaza inmediatamente)

¡  S Í !

Pero no soy el único que lo es.

La Humanidad, la Eva fecunda ha generado a sus hijos…

Si Yo soy Abel, el Inocente,…

NO falta Caín entre la prole de la Humanidad.

Y, si soy el Primogénito;

porque soy como habrían debido ser los hijos del hombre;

sin mancha ante tus ojos;

él, el engendrado en pecado;

es el primero de lo que vinieron  a ser,

después de que mordieron el fruto envenenado.

Ahora, no contento con tener dentro de sí,

los fómites repugnantes y blasfemos de la mentira,

la anti-caridad, la sed de sangre, la avidez de dinero, la soberbia y la lujuria;

ÉL…

«Judas con posesión diabólica perfecta…» ¡Este magnífico actor, se le parece mucho en la fisonomía, al verdadero Judas…!

EL HOMBRE QUE PODRÍA HACERSE ÁNGEL

se hace como el Demonio, para ser el hombre que se  convierte en demonio...

«Y Lucifer quiso ser como Dios; por ello, fue expulsado del Paraíso.

Y transformado en demonio, habitó el Infierno.”

¡Pero, Padre!

¡Oh, Padre mío!

Yo lo amo… lo amo todavía.

Es un hombre…

Es uno de aquellos por quienes te dejé…

Por mi humillación, sálvalo…

¡Concédeme redimirlo, Señor Altísimo!

¡Sé que es incongruente lo que pido;

Yo, que CONOZCO todo cuanto existe!…

Pero, Padre mío, no veas en mí por un instante a tu Verbo.

Contempla sólo mi humanidad de Justo…

Y deja que Yo, por un instante, pueda ser sólo «el Hombre» en gracia tuya;

el Hombre que no conoce el futuro, que puede forjarse ilusiones…

El Hombre que, no conociendo el ineluctable destino;

puede orar, con esperanza absoluta,

para arrancar el milagro.

¡Un milagro!

¡Un milagro a Jesús de Nazaret!

a Jesús de María de Nazaret, nuestra eterna Amada!

¡Un milagro que viole lo signado y lo anule!

¡La salvación de Judas!

Ha vivido a mi lado, ha bebido mis palabras;

ha compartido conmigo el alimento, ha dormido sobre mi pecho…

¡No sea él, no, no sea él mi demonio!…

No te pido no ser traicionado…

Debe suceder, Y SUCEDERÁ....

Para que, por mi dolor de ser traicionado;

sean anuladas todas las mentiras;

por mi dolor de ser vendido;

quede expiada toda avaricia;

por mi congoja de ser blasfemado;

reparadas todas las blasfemias.

Y por la congoja de no ser creído;

reciban la FE aquellos que no la tienen, ahora o en el futuro;…

Para que, por mi tortura;

queden purificados todos los pecados de la carne…

¡Pero, te lo ruego: no él, NO él, Judas, mi amigo, mi apóstol!

Yo querría que ninguno traicionara…

Ninguno…

Ni siquiera el más lejano habitante de los hielos hiperbóreos…

O de los fuegos de la zona tórrida…

Yo quisiera que sólo Tú fueras el Sacrificador…

Como otras veces lo fuiste, quemando los holocaustos con tu fuego…

Dado que debo morir a manos del hombre…

Y más que el verdugo real;

será verdugo el amigo traidor, el corrompido que portará en sí

ese hedor de Satanás que ya está aspirando;

La ENVIDIA produce el ODIO gratuito y con ello Satanás consigue, los CRÍMENES más ruines…  

buscando ser como Yo, EN CUANTO AL PODER

Así piensa en su orgullo y ansia; 

Judas es levita y sacerdote.

Y para ser admitido ante el Sancta Sanctorum

sólo le falta el requisito de la edad, -25 años- los va a cumplir en el invierno anterior

a la Pascua en la que asesinaron a Jesús…

Con todas las implicaciones espirituales que ESTO significa.

Y EL HOMBRE-DIOS SERÁ SU PRIMER SACRIFICIO RITUAL

Dado que debo morir a manos del hombre;

Padre, otorga que no sea el Traidor

aquel a quien he llamado amigo y he amado como tal   

Multiplica, Padre mío, mis torturas, pero dame el alma de Judas…

Pongo esta oración sobre el altar de mi Persona víctima…

¡Padre, acógela!…

¡El Cielo está cerrado y mudo!…

¿Es éste el horror que tendré conmigo hasta la muerte?

¡El Cielo está mudo y cerrado!…

¿Será éste el silencio y la mazmorra en que exhalaré mi espíritu?

El Cielo está cerrado y mudo!…

¿Será ésta la suprema tortura del Mártir?…

Padre, hágase tu Voluntad y no la mía…

Pero, por mis penas, ¡Oh, al menos esto!,

Por mis penas, da paz e ingenuidad al otro mártir de Judas;

a Juan de Endor, Padre mío…

Él realmente es mejor que muchos.

Ha recorrido un camino como pocos saben ni sabrán.

Para él ya se ha cumplido todo de la Redención.

Dale pues, tu paz plena y completa;

para que Yo lo tenga en mi Gloria;

cuando también para Mí, todo se haya cumplido,

para honrarte y obedecerte…

¡Padre mío!…

Jesús, lentamente, ha ido arrodillándose.

Ahora llora rostro en tierra.

Ora mientras la luz del breve día invernal muere precoz en el antro oscuro.

Y el grito del torrente parece ganar voz;

cuanto más aumenta la sombra en el valle…

(1)  EL DRAMA DEL HOMBRE-DIOS

Lucha entre las dos Naturalezas unidas en Cristo.

Dios es AMOR y como Dios, no podía sino amar.

Como Hombre, NO PODÍA, NO sentir rechazo por el falso discípulo.

Aviándose hacia la meta de su Misión Redentora,

advertía la preparación a ese abandono paterno;

QUE SERÍA TOTAL en las horas de la Pasión.

El gran Solitario y gran Desconocido, como era el Verbo Encarnado,

venido a vivir en medio de los hombres;

se sintió siempre «solo y desconocido».

Sólo su Madre lo conoció verdaderamente y fue su perfecta compañera.

En los demás;

a medida que iba acercándose la hora redentora,

iba aumentando la Incomprensión, el Odio o el Abandono.

La pasión incruenta, pero pasión al cabo.

Y, respecto a la oración que sigue, aproximadamente una página después,

Que no sorprenda a los supercríticos esta Oración al Padre.

Es evangelio que Cristo fue tentado «como Hombre» en el desierto.

y que sufrió hasta sudar sangre en su lucha de Hombre,  

SOLO UN HOMBRE, COMPLETAMENTE HUMANO…

Puro hombre, que ya NO era sostenido por la Divinidad;

en el Getsemaní, en la noche del Jueves Santo.

Ésta es otra de sus horas de «auténtico» Hombre…

SOLAMENTE UN HOMBRE MÁS,..

como TODOS los que habitamos este planeta Tierra que es nuestra casa. 

Hombre, sujeto al amor y al dolor humanos, en Él perfectos;

porque era «perfecto» entre todos los hombres.

Nota importante:

se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, = Hebreos 6

337 LAS FLORES TRIUNFALES DEL SALVADOR


337 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

AL día siguiente, perseguidos por un tiempo lluvioso y frío, que dificulta la marcha,

reanudan el viaje por el mismo camino, el único de este pueblo,

que parece un nido de águila en la cima de un pico solitario.

Tiene que bajar del carro también Juan de Endor,

porque el camino cuesta abajo, es todavía más peligroso que cuesta arriba,

Y aunque el burro por sí solo no correría peligro, el peso del carro,

fuertemente empujado hacia adelante por el desnivel,

hace que el pobre animal vaya muy mal.

Como van también mal sus conductores, que hoy tienen que sudar no ya para empuja;

sino para retener el vehículo, que podría despeñarse, provocando alguna desgracia. 

O por lo menos, pérdida de la carga.

El camino es así, horrible hasta llegar a un tercio, aproximadamente, de su longitud

(el último tercio respecto al valle).

Y se bifurca: un ramal, más cómodo y llano que va hacia el oeste.

Se paran a descansar y se secan el sudor.

Pedro premia al borrico que tiembla todo, de jadeo y que sacude las orejas resoplando,

ciertamente absorto en una profunda meditación, sobre la dolorosa condición de los asnos

y sobre los caprichos de los hombres que escogen estos caminos.

Al menos también Simón de Jonás atribuye a estas consideraciones,

la expresión pensativa del animal.

Y para subirle los ánimos, le cuelga al cuello una saca de habas forrajeras.

Mientras el asno quebranta el duro alimento con ávido placer,

también los hombres comen pan, queso y beben la leche de que sus odres están llenos.

Termina la comida.

Pero Pedro quiere dar de beber al asno,

mientras comenta:

–       «Mi Antonio, que merece los honores más que César» 

Y va con un cubo que tiene en el carro, a sacar agua a un torrente cercano,

que discurre hacia el mar

Jesús dice: .

–        Ahora podemos reanudar la marcha…

Iremos incluso al trote, porque pienso que detrás de aquel collado es todo llanura…

Los apóstoles objetan:

–        Pero nosotros no podemos trotar.

De todas formas, caminaremos ligero.

Pedro llama:

–        ¡Vamos, Juan y tú, mujer, montad y vamos!

Jesús en cuanto suben los dos;

dice

–        Yo también subo, Simón.

Y guío Yo.

Todos los demás seguidnos…

Pedro pregunta:

–        ¿Por qué?

¿Te encuentras mal

¡Estás muy pálido!…

–        No, Simón.

Quiero hablar a solas con ellos… 

Y señala a los dos que, como Él, están pálidos también;

intuyendo que ha llegado el momento del adiós.

Pedro concede:

–        Ah! Bien.

Sube, sube.

Nosotros te seguimos.  

Y Pedro se agrega al grupo de los apóstoles caminantes.

Mientras Jesús se sienta en la tabla que sirve de asiento, para el conductor,

y dice:

–        Ven aquí a mi lado, Juan.

Y tú, Síntica, acércate…

Juan se sienta a la izquierda del Señor.

Síntica a sus pies, casi en el borde del carro, de espaldas al camino;

con la cara levantada hacia Jesús.

Colocada así, sentada sobre los talones, relajada como si soportara un peso agotador;

abandonadas las manos en su regazo y unidas para mantenerlas quietas, porque tiemblan;

Se le ve la cara cansada, sus bellísimos ojos de color negro-violeta

están como empañados por el mucho llanto vertido; bajo la sombra de su velo y su manto;

muy cubierta con ambos, parece una Piedad desolada.

¡Y Juan…!

El pobre y penitente Juan de Endor…

Pareciera que si al final del camino le esperara el patíbulo, estaría menos turbado.

El asno se pone al paso, tan obediente y juicioso, que no obliga a su nuevo conductor,

a una estrecha vigilancia. 

Y Jesús aprovecha de ello, para abandonar las riendas y tomar la mano de Juan;

poniendo la otra en la cabeza de Síntica.

Diciendo:

–        Hijos míos, os agradezco toda la alegría que me habéis procurado.

Este año ha estado para Mí, tachonado de flores de alegría;

porque he podido tomar vuestras almas,

y ponérmelas delante, para no ver las cosas feas del mundo.

Y perfumarme el aire viciado por el pecado del mundo,

e infundirme dulzura y confirmarme, en la esperanza de que mi Misión no es inútil.

Margziam, tú, Juan mío; Hermasteo, tú, Síntica; María de Lázaro, Alejandro Misax y otros más…

Sóis las flores triunfales del Salvador, al que sólo sienten como tal, los rectos de corazón…

¿Por qué meneas la cabeza, Juan?

–        Porque eres Bueno y me pones entre los rectos de corazón.

Pero yo siempre tengo en mi pensamiento mi pecado…

–      Tu pecado es el fruto de una carne azuzada, por dos malvados.

Tu rectitud de corazón es el substrato de tu yo honesto, deseoso de cosas honestas;

desgraciado, porque estas cosas te fueron arrebatadas por la muerte o la maldad;

mas no por ello menos vivo aun, bajo el cúmulo de tanto dolor.

Fue suficiente que la Voz del Salvador se filtrara en las profundidades,

donde tu yo se marchitaba;

para que saltaras y te pusieras en pie,

Liberándote de todo peso, para venir a Mí. ¿No es así?

Pues entonces eres recto de corazón; mucho;

mucho más recto que otros que no tienen tu pecado,

pero que tienen otros mucho peores; porque son pecados meditado…

Y conservados vivos, obstinadamente…

Benditos seáis pues, mis Flores de mi triunfo de Salvador;

en este mundo,  tardo en comprender y enemigo, que da de beber amargura…

y aversión al Salvador.

Habéis representado el amor. ¡Gracias!

En las horas más penosas que he vivido este año;

os he tenido presentes, para recibir de vosotros consuelo y apoyo.

En las horas más penosas que viviré, os tendré todavía más presentes.

Hasta la muerte.

Y estaréis conmigo eternamente.

Os lo prometo.

Os confío mis más estimados intereses…

O sea, la preparación de mi Iglesia de Asia Menor.

Allí no puedo ir, porque aquí en Palestina, está mi lugar de misión.

Y porque la mentalidad reaccionaria de los importantes de Israel;

me perjudicaría con todos los medios, si fuera a otro lugar distinto.

¡Ya quisiera tener otros Juanes y otras Sínticas, para otros países!

¡De modo que mis apóstoles encontraran arada la Tierra para esparcir la semilla,

en la Hora que ha de llegar!

Sed dulces y pacientes. Y al mismo tiempo fuertes, para penetrar y soportar.

Encontraréis cerrazón y escarnio.

No os descorazonéis por ello.

Pensad esto: «Comemos el mismo pan y bebemos el mismo cáliz que bebe nuestro Jesús».

No sois más que vuestro Maestro y no podéis pretender mejor suerte que la suya.

La mejor suerte es ésta: compartir lo que es del Maestro.

Doy una sola orden: que no os desaniméis;

 que no pretendáis daros una respuesta acerca de esta lejanía;

que no es un destierro, como quiere pensar Juan,

sino que es antes al contrario;

un poneros a las puertas de la Patria antes que a todos los demás

como a siervos más formados que ningún otro.

El Cielo desciende para vosotros, como materno velo…

Y el Rey de los Cielos ya os acoge en su seno, os protege bajo sus alas de luz y amor,

como a los primogénitos de la inconmensurable nidada, de los siervos de Dios;

del Verbo de Dios;

que en Nombre del Padre y del eterno Espíritu, os bendice para ahora y para siempre.

Y orad por Mí, el Hijo del hombre que se está acercando a todas sus torturas de Redentor.

¡Oh, verdaderamente mi Humanidad está para conocer todas las más amargas experiencias,

que van a triturarla!...

Orad por Mí. Tendré necesidad de vuestras oraciones…

Serán caricias…

Serán profesiones de amor…

Serán ayudas, para no llegar a decir:

«La Humanidad está hecha sólo de demonios»…  

(¡Y vaya que sí lo está...!)

–        ¡Adiós, Juan!

Vamos a darnos el beso del adiós…

No llores de ese modo…

Aun a costa de arrancarme jirones de carne, te habría tenido conmigo;

si no hubiera visto todo el bien que esta separación producirá para ti y para Mí.

Eterno bien…

Adiós, Síntica.

Sí, besa si quieres mis manos;

pero piensa que si la diversidad de sexo me veda besarte como a una hermana;

a tu alma sí le doy mi beso fraterno…

Y esperadme, con vuestro espíritu. Iré. 

(Con el Carisma de la Ubicuidad)

Me tendréis cerca de vuestros trabajos y de vuestras almas.

Sí, porque, si bien el amor por el hombre, ha encerrado mi Naturaleza Divina,

en carne mortal; no ha podido limitar su libertad.

Libre soy de ir, como Dios, a quien merece tener consigo a Dios.

Adiós, hijos míos.

El Señor está con vosotros…

Y se deshace del abrazo convulso de Juan, que circunda con fuerza sus espaldas.

Y de Síntica, que se ha agarrado a sus rodillas.

Y salta del carro. hace un gesto de saludo a sus apóstoles,.

Y se echa a correr por el camino ya recorrido;

rápido como ciervo perseguido.

E1 asno, al sentir caer del todo las riendas, que antes estaban encima de las rodillas de Jesús;

se ha detenido del todo.

Y también, están atónitos los ocho apóstoles;

mirando al Maestro que se aleja cada vez más.  

Juan de Zebedeo,

susurra:

–        Lloraba… 

Santiago de Alfeo, en voz baja,

agrega:

–        Y estaba pálido como un muerto… 

Santiago de Zebedeo, observa:

–        Ni siquiera ha tomado su talego…

Ahí está en el carro… 

Mateo pregunta:

–       ¿Y ahora cómo se las va a componer?

Tadeo lanza toda su poderosa voz,

llamándolo:

–        ¡Jesús!  ¡Jesús!  ¡Jesús!…

Pero un recodo del camino absorbe dentro del verde de sus plantas al Maestro;

sin que Él se vuelva siquiera a mirar a quién lo llama…

–       Se ha marchado…

Pedro está desolado.

Y lo manifiesta su voz:

–       Lo único que podemos hacer…

Es ponernos en marcha también nosotros… –

Mientras se sube al carro y agarra las riendas, para arrear al burro.

Y el carro se pone en camino, con su chirrido;

acompañado del rítmico sonido de los cascos herrados…

Y del angustioso llanto de los dos que, abatidos en el fondo del carro,

gimen amargamente:

–       No lo volveremos a ver:

–       Nunca, nunca…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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332 CARGANDO LA CRUZ


332 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

312 Jesús comunica a Juan de Endor la decisión de enviarle a Antioquía. Final del segundo año

Es una lluviosa mañana de invierno.

Jesús se ha levantado y está trabajando en su taller.

Trabaja en objetos de pequeño tamaño.

Pero en uno de los ángulos ya está listo un telar recién hecho;

no muy grande pero sí bien acabado.

Entra María con una taza de leche humeante.

Y le dice:

–        Bebe, Jesús.

Hace mucho que estás levantado.

Y el ambiente está húmedo y hace frío.

Jesús responde:

–        Sí.

Pero al menos he podido ultimar todo…

Estos ocho días de fiesta habían paralizado el trabajo…

Jesús se ha sentado en el banco de carpintero, un poco al bies y bebe la leche.

Mientras María observa el telar y lo acaricia con la mano.

Jesús sonriendo,

pregunta: 

–        ¿Lo bendices, Mamá? 

–        No.

Lo acaricio, porque lo has hecho Tú.

La bendición se la has dado Tú, haciéndolo.

Has tenido una buena idea.

A Síntica le servirá.

Es muy experta en la textura.

Y esto le servirá para entablar relación con mujeres y jovencitas.

¿Qué otras cosas has hecho, que veo virutas finas de olivo me parece, al lado del torno?

–        He hecho cosas que le servirán a Juan.

¿Ves?

Un estuche para las plumas y una pequeña mesa para escribir.

Y estos ambones para tener dentro sus libros.

No lo habría podido hacer si Simón de Jonás no hubiera tenido la idea del carro.

Así, ahora podremos cargar también esto…

Y sentirán que los he amado también en estas pequeñas cosas…

–        ¿Sufres mandándolos lejos, verdad?

–        Sufro…

Por Mí y por ellos.

He esperado hasta ahora a hablar…

Ya se demora demasiado Simón con Porfiria…

Es hora de que hable…

Un sufrimiento que he tenido en el corazón todos estos días…

Y que me ha hecho tristes incluso las luces de muchas lámparas…

Un sufrimiento que ahora debo dar a otros…

¡Mamá, hubiera querido padecerlo Yo solo!…

María le acaricia una mano para consolarlo..

–        ¡Hijo bueno! – 

Un momento de silencio…

Luego Jesús dice:

–        ¿Se ha levantado Juan?

–        Sí.

Le he oído toser.

Quizás está en la cocina bebiéndose la leche.

¡Pobre Juan!…

Una lágrima desciende por las mejillas de María.

Jesús se levanta:

–       Voy…

Tengo que ir a decírselo.

Con Síntica será más fácil…

Pero para él…

Mamá, ve donde Margziam, despiértalo.

Y orad mientras hablo a este hombre…

Es como si tuviera que hurgar en sus entrañas.

Puedo matar o paralizar su vitalidad espiritual…

¡Qué dolor, Padre mío!…

Voy… 

Y sale, realmente abatido.

Da los pocos pasos que conducen del taller a la habitación de Juan,

que es la misma en que murió Jonás…

O sea, la de José.

Se encuentra con Síntica, que está volviendo con una fajina que ha tomado del horno;

y que lo saluda desconocedora de las cosas, que martirizan a su Maestro.

Responde absorto al saludo de la griega y luego se detiene a mirar un cuadro de lirios

que apenas muestran el hacecillo de sus hojas.

Pero que quizás no los ve…

Luego se decide.

Se vuelve y llama a la puerta de Juan.

Y éste se asoma y su rostro se llena de luminosidad al ver a Jesús que viene a él.

Jesús. pregunta: 

–        ¿Puedo entrar un poco en tu habitación? 

Juan de Endor, contesta:

–       ¡Oh! ¡Maestro!

¡Siempre!

Estaba escribiendo lo que dijiste ayer noche sobre la prudencia y la obediencia.

Es más, sería conveniente que lo vieras,

porque me parece que no he recogido bien,

lo que se refiere a la prudencia.

Jesús ha entrado en la habitación ya ordenada,

a la que ha sido agregada una mesita para comodidad del viejo maestro.

Jesús se inclina hacia el pergamino y lee.

–        Muy bien.

Has transcrito muy bien.

–        ¿Ves?

Creía que había sido inexacto en esta frase.

Siempre dices que no debemos afanarnos por el mañana, ni por el propio cuerpo.

Ahora bien, decir aquí que la prudencia,

incluso la que se refiere a las cosas relativas al mañana, es una virtud, 

me parecía un error: mío, naturalmente.

–        No.

No has errado.

Dije exactamente eso.

El afán exagerado y temeroso del egoísta, es distinto del cuidado prudente del justo.

Pecado es la avaricia dirigida al mañana, que quizás no gozaremos nunca;

no es pecado la sobriedad para garantizarse un pan y garantizárselo a los nuestros,

en los tiempos de escasez.

Pecado es el cuidado egoísta del propio cuerpo, exigiendo que todos los que están

alrededor de nosotros estén preocupados de él, evitando todos los trabajos o sacrificios

por miedo a que la carne sufra;

no es pecado preservar el cuerpo de inútiles enfermedades, cogidas por imprudencias; 

enfermedades que luego serán un peso para los familiares,

y una pérdida de productivo trabajo para nosotros.

Dios ha dado la vida.

Es un don suyo.

Debemos, por tanto, hacer uso de ella santamente,

sin imprudencias y sin egoísmos. 

¿Ves?

Algunas veces la prudencia aconseja acciones que a los necios pueden parecerles vileza

o volubilidad;

mientras que no son sino santos actos de prudencia, derivados de hechos nuevos

que se han presentado.

Por ejemplo: si Yo te enviara ahora a estar precisamente, entre gente que te pudiera dañar…

como los familiares de tu mujer o los guardianes de las minas en que trabajaste,

¿Actuaría bien o mal?

–       Yo…

No quisiera juzgarte,

pero diría que sería mejor mandarme a otro sitio, donde no hubiera peligro de que mi poca

virtud fuera sometida a una prueba demasiado dura.

–        ¡Eso es!

Juzgarías con sabiduría y prudencia.

Por esto mismo Yo nunca te mandaría a Bitinia o a Misia, donde ya has estado.

Ni siquiera a Cintium, a pesar de que tú, espiritualmente, hayas deseado ir.

Allí, podrían dominar sobre tu espíritu las muchas intransigencias humanas.

Y tu espíritu podría retroceder.

La prudencia, pues, enseña a no mandarte a un lugar en que serías inútil;

mientras que podría mandarte a otro sitio, con buen fruto para Mí

y para las almas del prójimo y la tuya.

¿No es verdad?

Juan, que ignora lo que el destino le reserva, no capta las alusiones de Jesús

a una posibilidad de misión fuera de Palestina.

Jesús le estudia el rostro,

lo ve tranquilo y escuchándolo dichoso…

Y resuelto en la respuesta:

–       Sin duda, Maestro, produciría más en otro lugar.

Yo mismo, cuando hace unos días, he dicho: 

«Querría ir a los gentiles para dar buen ejemplo en el lugar en que di mal ejemplo»,

me he reprendido a mí mismo diciendo:

“A los gentiles sí, porque no tienes las reservas de los otros de Israel;

pero a Cintium no y tampoco a los yermos montes en que viviste como presidiario

y como un lobo, trabajando en el plomo o en los mármoles preciosos.

Ni siquiera podrías ir allí por sed de sacrificio absoluto.

Se te subvertiría el corazón con recuerdos crueles;

Siempre tenlo presente, que entre más dura sea la prueba, Mayor serpa la Bendición.

y si te reconocieran, aun en el caso de que no arremetieran contra ti, dirían:

“Calla, asesino. No podemos escucharte” y sería inútil ir allí».

Esto es lo que me he dicho.

Y es un buen pensamiento.

–       Como puedes ver, tú también posees la prudencia.

Yo también.

Por eso te he evitado las fatigas del apostolado como lo hacen los otros.

Y te he traído aquí al descanso y a la paz.

–       ¡Oh! ¡Sí!

¡Cuánta paz!

La Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos…

Si viviera todavía cien años, aquí sería siempre igual.

Es una paz sobrenatural.

Y, si me marchara a otro lugar, me la llevaría conmigo.

La llevaré incluso a la otra vida…

Los recuerdos podrán todavía subvertir mi corazón,

las ofensas podrán hacerme sufrir, porque soy hombre;

pero ya nunca seré capaz de odiar, porque aquí el odio ha quedado inerte para siempre;

hasta en sus más profundas extremidades.

Ya tampoco tengo antipatía hacia la mujer,

que veía como el animal más inmundo y despreciable de la tierra.

Tu Madre está al margen de todo esto. 

A tu Madre la veneré desde el momento en que la vi,

porque la sentí distinta a todas la mujeres.

Ella es el perfume de la mujer; pero el de la mujer santa.

¿Quién no estima el perfume de las flores más puras?…

Pero también las otras mujeres, las discípulas buenas, amorosas;

pacientes con su peso de llanto, como María Cleofás y Elisa.

O generosas como María de Mágdala, tan absoluta en su cambio de vida.

O delicadas y puras como Marta y Juana;

o dignas, inteligentes, llenas de pensamiento y de rectitud, como Síntica;

sí, también ellas me han reconciliado con la mujer.

Bueno, te confieso que a Síntica es a la que prefiero.

Afinidades de mente me la hacen estimable;

afinidades de condición –

ella esclava, yo presidiario – me permiten tener con ella

una familiaridad que la diversidad de las otras me impide.

Para mí Síntica es descanso.

No sabría decirte exactamente lo que veo en ella, ni cómo la veo.

Yo, viejo respecto a ella, la veo como a una hija,

esa hija sabia y estudiosa que habría deseado tener…

Pero, como enfermo asistido por ella con tanto afecto;

como hombre triste y solitario que ha llorado y ha echado de menos a la propia madre

durante toda la vida, y que ha buscado a la mujer-madre en todas las mujeres,

sin encontrarla, pues ahora veo en ella la realidad de ese sueño soñado…

Y siento que el rocío de un afecto materno desciende a mí cansada cabeza 

y a mí alma que va al encuentro de la muerte…

Como ves, percibiendo en Síntica un alma de hija y de madre;

siento en ella la perfección de la mujer.

y por ella perdono todo el mal que de la mujer me vino.

Si, suponiendo una cosa imposible, aquella infame, que tuve por mujer

y que yo maté, resucitara, siento que la perdonaría;

porque ahora he comprendido el alma femenina, propensa al afecto, generosa en darse…

sea en el mal, sea en el bien.

–       Me alegro mucho de que hayas encontrado todo esto en Síntica.

Será una buena compañera tuya para el resto de la vida y juntos haréis mucho bien.

Porque os voy a asociar…

Jesús estudia nuevamente a Juan.

Pero en el discípulo – el cual no obstante, no es un superficial – no hay ningún signo de que

su atención se haya despertado.

¿Qué misericordia divina le esconde hasta el momento decisivo su sentencia?

No es posible saberlo.

Sólo es visible su inocente ignorancia;

de lo que le depara la crueldad de sus infames perseguidores…  

Los instrumentos de Satanás para flagelarlo en su doloroso martirio de alma-víctima;

que como corredentor, al igual que la Magdalena, su donación absoluta y ofrenda viviente;

han sellado su espiritual Camino al Calvario, donde acompañan a su Maestro,

con su tremendo sufrimiento;

Y que al igual que todos los cristianos en su heroíca entrega de amor;

aceptan con júbilo sobrenatural…

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Juan sonríe diciendo:

–       Trataremos de servirte con lo mejor de nosotros.

–       Sí.

Y estoy también seguro de que lo haréis, sin discutir ni trabajo ni el lugar que os asignaré,

aun no siendo como vosotros deseáis…

Juan tiene un primer indicio  de lo que le espera… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera,

para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

«es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes».

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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36 LA HUÍDA A EGIPTO


35 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Dice Jesús: 

Y también esta serie de visiones terminan así. Hemos ido mostrándote las escenas que precedieron, acompañaron y siguieron a mi Llegada;

no por ellas mismas, que son muy conocidas, sino para aplicación, en ti y en los demás, del sentido sobrenatural que de ellas deriva…

Y dároslo como norma de vida.

Estas escenas son muy conocidas, aunque haya que decir que han sido alteradas por elementos que han ido superponiéndose con los siglos, debido siempre a ese modo de ver, humano.

Que, pretendiendo dar mayor gloria a Dios — y por ello queda perdonado —transforma en irreal, lo que sería tan bonito dejar real.

Porque ello no disminuye mi Humanidad ni la de María, de la misma manera que este ver las cosas en su realidad no ofende ni a mi Divinidad, ni a la Majestad del Padre, ni al Amor de la Trinidad Santísima.  

Antes bien, con ello resplandecen los méritos de mi Madre y mi perfecta humildad.

Y refulge la bondad omnipotente del eterno Señor. 

El Decálogo es la Ley; mi Evangelio, la doctrina que os la hace más clara y más atractiva de seguirse.

Serían suficientes esta Ley y esta Doctrina para obtener, de los hombres, santos.

Pero vuestra humanidad os pone tantas dificultades — humanidad que, verdaderamente, en vosotros sobrepuja demasiado al espíritu — que no podéis seguir estos caminos.

Y caéis, u os detenéis descorazonados.

Os decís a vosotros mismos, y a quienes quisieran haceros caminar citándoos los ejemplos del Evangelio: «Pero Jesús, María, José… (y así todos los santos) no eran como nosotros.

Eran fuertes; han sufrido, pero han sido inmediatamente consolados; fueron aliviados incluso de ese poco dolor que sufrieron; no sentían las pasiones…

Eran seres que ya estaban fuera de la tierra».

¡Ese poco dolor!… ¡No sentían las pasiones!…

El dolor fue amigo fiel nuestro, con los más variados aspectos y nombres

Las pasiones… No uséis mal la palabra, llamando «pasiones» a los vicios que os sacan del camino recto.

Llamadlos sinceramente «vicios», y, además, capitales.

No es que nosotros ignorásemos los vicios.

Teníamos ojos y oídos.

Y Satanás hacía danzar ante nosotros y a nuestro alrededor estos vicios, mostrándonoslos en los viciosos con toda su carga de suciedad.

O tentándonos con insinuaciones.

Mas estas porquerías y estas insinuaciones, tendida como estaba la voluntad a querer agradar a Dios, en vez de producir lo que se había propuesto Satanás, producían lo contrario.

Y cuanto más insistía él, más nos refugiábamos nosotros en la luz de Dios, por asco hacia las tinieblas fangosas que nos ponía ante los ojos del cuerpo y del espíritu.

Pero no hemos ignorado las pasiones en sentido filosófico entre nosotros.

Amamos la patria y con ella a nuestra pequeña Nazaret, más que a cualquier otra ciudad de Palestina.

Tuvimos afectos hacia nuestra casa, hacia los parientes y los amigos. ¿Por qué no íbamos a haberlos tenido?

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Pero no nos hicimos esclavos de los afectos, porque nada sino Dios debe ser Señor.

antes bien hicimos de ellos buenos compañeros nuestros.

Mi Madre gritó de alegría cuando, pasados aproximadamente cuatro años, volvió a Nazaret y puso pie en su casa.

Y besó esas paredes entre las cuales su «Sí» abrió su seno para recibir la Semilla de Dios.

José saludó con alegría a los parientes, a los sobrinitos, crecidos en número y en edad.

Gozó al verse recordado por sus conciudadanos y al ver que por sus dotes en el oficio lo buscaron enseguida.

Yo fui sensible a la amistad.

Sufrí por la traición de Judas como por una crucifixión moral.

¿Y qué?

Ni mi Madre ni José antepusieron su amor a la casa, o a los familiares, a la voluntad de Dios.

Y Yo no escatimé palabras — si había que decirlas — que me habrían de acarrear el rencor de los hebreos o la animadversión de Judas.

Yo sabía — y podría haberlo hecho — que bastaba el dinero para sujetarlo a Mí; pero hubiera sido no a mí como Redentor, sino a mí como rico.

Yo, que multipliqué los panes, si hubiera querido, habría podido multiplicar el dinero; pero no había venido para proporcionar satisfacciones humanas. A nadie.

Mucho menos a los que había llamado.

Yo había predicado sacrificio, desapego, vida casta, puestos humildes.

¿Qué Maestro habría sido Yo, qué Justo; si hubiese dado dinero a uno para su sensualismo mental y físico, sólo porque ése hubiera sido el modo de sujetarlo a Mí.

Para ser grandes en mi Reino hay que hacerse «pequeños». 

Quien quiera ser «grande» a los ojos del mundo no es apto para reinar en mi Reino; paja es para el lecho de los demonios.

Porque la grandeza del mundo está en antítesis con la Ley de Dios.

El mundo llama «grandes» a quienes — con medios casi siempre ilícitos — saben conseguir los mejores puestos y para hacerlo, hacen del prójimo escabel.

Y ponen su pie encima y lo aplastan.

Llama «grandes» a los que saben matar para reinar — matar moral o materialmente — y arrebatan puestos o se enseñorean de las naciones. 

Y se enriquecen desangrando a los demás, arrebatándoles la riqueza individual o colectiva.

El mundo llama frecuentemente «grandes» a los delincuentes.

No. La «grandeza» no está en la delincuencia, está en la bondad, la honradez, el amor, la justicia.

¡Observad qué venenosos frutos — recogidos en su malvado, demoníaco jardín interior — vuestros «grandes» os ofrecen!

Deseo hablar de la última visión, dejando de lado otras cosas.

Total, sería inútil, porque el mundo no quiere oír la verdad que le concierne.

Esta visión da luz acerca de un detalle citado dos veces en el Evangelio de Mateo, una frase repetida DOS VECES:   «¡Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto!»

«¡Levántate, toma al Niño y a su Madre y vuelve a la tierra de Israel!».

Y has podido ver cómo en la habitación estaba María sola con el Niño.

La virginidad de María después del parto y la castidad de José sufren muchas agresiones,

por parte de quienes, siendo sólo lodo putrefacto, no admiten que uno pueda ser ala y luz.

Desdichados, cuyo fauno está tan corrompido y cuya mente está tan prostituida a la carne…

Qson incapaces de pensar que uno como ellos pueda respetar a una mujer, viendo en ella el alma y no la carne.

Incapaces de elevarse a sí mismos viviendo en una atmósfera sobrenatural, tendiendo no a las cosas carnales, sino a las divinas.

Pues bien, a estos que combaten contra la suprema belleza,

a estos gusanos incapaces de transformarse en mariposa, a estos reptiles cubiertos por la baba de su lujuria,

incapaces de comprender la belleza de una azucena…

Yo les digo que María fue virgen y siguió siéndolo.

Y que solo su alma se desposó con José, como también su espíritu únicamente se unió al Espíritu de Dios,

Y por obra de Éste concibió al Único que llevó en su seno:

a M, a Jesucristo, Unigénito de Dios y de María.

No se trata de una tradición que haya florecido después, por un amoroso respeto hacia mi Bienaventurada Madre;

se trata de una verdad conocida ya desde los primeros tiempos.

Mateo no nació siglos más tarde; era contemporáneo de María.

Mateo no era un pobre ignorante que hubiera vivido en los bosques y que fuera propenso a creerse cualquier patraña.

Era un funcionario de hacienda, como diríais ahora vosotros (nosotros entonces decíamos recaudador).

Sabía ver, oír, entender, escoger entre la verdad y la falsedad.

Isaías 7, 14

Mateo no oyó las cosas por referencias de terceros, sino que las recogió de labios de María, preguntándole a Ella. 

Llevado de su amor hacia el Maestro y hacia la verdad.

Y no quiero pensar que estos que niegan la inviolabilidad de María piensen que Ella quizás pudo mentir.

Mis propios parientes, si hubiera habido otros hijos, hubieran podido desmentir su testimonio:

Santiago, Judas, Simón y José eran condiscípulos de Mateo.

Por tanto éste hubiera podido fácilmente confrontar las versiones, si hubiese habido otras versiones.

Y sin embargo Mateo nunca dice: «¡Levántate y toma contigo a tu mujer!». Dice: «¡Toma contigo a la Madre de Él!».

Y antes dice: «Virgen desposada con José»; ‘José, su esposo».

Y que éstos no objeten que se trataba de un modo de hablar de los hebreos, como si decir «la mujer de» fuera una infamia.

No, negadores de la Pureza. Ya desde las primeras palabras del Libro se lee: «… y se unirá a su mujer». Se la llama «compañera» hasta el momento de la consumación física del vínculo matrimonial,

Y luego se la llama «la mujer de» en distintos momentos y en distintos capítulos.

Así se les llama a las esposas de los hijos de Adán: 

y a Sara, llamada «mujer de» Abraham: «Sara, tu mujer». Y también: «Toma contigo a tu mujer y a tus dos hijas», a Lot.

Y en el libro de Rut está escrito: «La Moabita, mujer de Majlón».

Y en el primer libro de los Reyes se dice: «Elcana tuvo dos mujeres»; y luego: «Elcana después conoció a su mujer Ana»

Y  también: «Elí bendijo a Elcana y a la mujer de éste».

Y también en el libro de los Reyes está escrito: «Betsabé, mujer de Urías Eteo, vino a ser mujer de David y le dio a luz un hijo».

Y ¿Qué se lee en el libro azul de Tobías, lo que la Iglesia os canta en vuestras bodas, para aconsejaros que seáis santos en el matrimonio?

Se lee:

«Llegado Tobit con su mujer y con su hijo…»; y también: «Tobit logró huir con su hijo y con su mujer».

Y en los Evangelios, o sea, en tiempos contemporáneos a Cristo, en que, por tanto, se escribía con lenguaje moderno respecto a aquellos tiempos — por lo que no pueden sospecharse errores de trascripción — se dice,

Y precisamente lo dice Mateo en el capítulo 22: «…y el primero, habiendo tomado mujer, murió y dejó su mujer a su hermano». Y Marcos en el capítulo 10: «Quien repudia a su mujer…». 

Y Lucas llama a Isabel mujer de Zacarías, cuatro veces seguidas; y en el capítulo 8 dice: ‘Juana, mujer de Cusa».

Como podéis ver, este nombre no era un vocablo proscrito por quien estaba en las vías del Señor, un vocablo inmundo, no digno de ser proferido y mucho menos escrito,

donde se tratara de Dios y de sus obras admirables.

Y el ángel, diciendo: «el Niño y su Madre», os demuestra que María fue verdadera Madre suya, pero no fue la mujer de José.

Siempre fue: la Virgen desposada con José.

Y ésta es la última enseñanza de estas visiones.

Y es una aureola que resplandece sobre las cabezas de María y de José. 

La Virgen inviolada.

El hombre justo y casto.

Las dos azucenas entre las que crecí oyendo sólo fragancias de pureza.

A ti, pequeño Juan, te podría hablar sobre el dolor de María por su doble, brusca separación de la casa y de la patria.

Pero no hay necesidad de palabras.

Tú lo comprendes y ello te hace morir.

Dame tu dolor. Sólo quiero esto. Es más que cualquier otra cosa que puedas darme.

Es viernes, María. (María Valtorta)

Piensa en mi dolor y en el de María en el Gólgota para poder soportar tu cruz.

Nuestra paz y nuestro amor quedan contigo

35 FUGITIVOS DE BELÉN


35 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La visita de los magos

  1. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
  2. diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»
  3. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
  4. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
  5. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
  6. = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» =
  7. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
  8. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
  9. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
  10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.
  11. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
  12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

Matanza de los niños

  1. Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.»
  2. El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto;
  3. y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: = De Egipto llamé a mi hijo. =
  4. Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos.
  5. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías:
  6. = Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen. =
  7. Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:
  8. «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.»
  9. El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.
  10. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea,

23. y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: = Será llamado Nazareno. =

Huida a Egipto.

Mi espíritu ve la siguiente escena. Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación.

Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia.

Lo veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo. 

Como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente.

Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando.

Pero de repente, su sonrisa se transforma en congoja.

Emite el típico suspiro, profundo de quien está teniendo una pesadilla…

Y se despierta sobresaltado.

Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor,…

Y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz.

Es plena noche.

No obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel.

Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata.  

Se pone de pie y enseguida enciende una lamparita de aceite, de una sola llama, para iluminarse con ella.  

 Y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos. 

Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic.

Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido.

Entra…

En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja, al lado de una cuna, ya arde otra lamparita.  

La llamita oscilante en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada, que permite ver sin molestar a quien esté dormido..

Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando.

Y velando a Jesús, que duerme tranquilo.

Jesús tiene la edad de la visión de los Magos.

Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio.

Y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.

José en voz baja denotando asombro, 

pregunta:

–     ¿No duermes?

¿Por qué? ¿Jesús no está bien?

María responde:

–    ¡Oh, no!

Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?

Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.

José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante,

dice:

–     Tenemos que irnos de aquí ¡Enseguida! enseguida.

Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos.

Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda…

Cuando empiece a clarear huimos.

Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa….

–    ¿Y por qué esta huida?

–     Después te lo explico mejor.

Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: «Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto».

No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda.

No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo.

Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida; ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura.

Y de un salto se ha puesto en pie.

Con su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada.

Enseguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera.

Y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta.

Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden.

De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo. 

Cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta,

pregunta:

–     ¿Necesitas ayuda?

–     No, gracias – responde siempre María.

Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama.

No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto. 

María pregunta:

–     ¿Llevo también las mantas de lana? 

–     Lleva todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos.

Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque… ¡Porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!…

 José está muy apenado al decir esto.

Y María… se puede uno hacer idea de cómo está.

Suspirando, dobla las colchas suyas y las de José.

Y éste las ata con una cuerda.

Y mientras está atando las colchas,

José agrega:

–     Dejamos los bordados y las esterillas.

 A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto.

Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto.

He tomado los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien.

Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos.

Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo.

Y se marcha.

María recoge todavía algunos objetos.

Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas.

Ya no queda nada más. Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera.

La toma en sus manos… un sollozo entrecortado… un beso:

La madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús.

Y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos.

María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara; pero de mucho valor para Ella,

ya que le habla del afecto de José por Jesús. Y de su Niño.

Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.

Ahora ya sí que no queda nada.

Sólo Jesús, que está en su cunita.

María piensa que sería conveniente también preparar al Niño. Va donde la cuna y la mueve un poco para despertar al Pequeñuelo.

Mas Él solamente refunfuña un poco; se da la vuelta y sigue durmiendo.

María le acaricia delicadamente los ricitos.

Jesús, bostezando, abre la boquita.

María se inclina hacia Él y lo besa en la mejilla.

Jesús termina de despertarse. Abre los ojos. Ve a su Mamá y sonríe.

Y tiende las manitas hacia su pecho. 

María dice con ternura:

–     Sí, amor de tu Mamá.

Sí, la leche. Antes que de costumbre… ¡De todas formas, Tú siempre estás preparado para mamar, corderito mío santo!

Jesús ríe y juguetea, agitando los piececitos por fuera de las mantas. Y los brazos, con una de esas manifestaciones de alegría de los niños pequeños, que tan bonitas son de ver.

Hinca los piececitos contra el estómago de su Mamá, se curva en forma de arco y apoya su cabecita rubia en el pecho de Ella,

y luego se echa bruscamente para atrás y se ríe agarrando con sus manitas las cintas que ciñen al cuello el vestido de María tratando de abrirlo. 

Con su camisita de lino, se le ve a Jesús guapísimo, regordete, rosado como una flor.

María se inclina.

Así, inclinada, sobre la cuna como protección, llora y sonríe al mismo tiempo, mientras el Niño balbucea esas palabras, que no son palabras, de todos los niños pequeños.

Entre las cuales se oye nítida y repetidamente la palabra «mamá».

La mira, asombrado de verla llorar.

Alarga una manita hacia los brillantes hilos de llanto, que se la mojan al hacer la caricia.

Primorosamente, vuelve a apoyarse en el pecho materno y en él se recoge enteramente, acariciándoselo con su manita.

María lo besa por entre el pelo y lo toma en brazos, se sienta y se pone a vestirlo: ya tiene el vestidito de lana, ya las diminutas sandalitas.

Le da la leche.

Jesús mama con avidez la leche buena de su Mamá.

Y cuando ya le parece que por la parte derecha viene menos, va a buscar a la izquierda.

Y ríe al hacerlo, mirando a su Mamá de abajo arriba, para luego dormirse de nuevo,..

Apoyando aún la mejilla rosada y redonda en el seno blanco y redondo, sobre el pecho de Ella.

María se levanta muy despacito y lo coloca sobre la manta acolchada de su cama.

Lo tapa con su manto. Vuelve a la cuna y dobla las mantitas.

Piensa en si conviene o no coger también el colchoncito. ¡Tan pequeño como es… se puede llevar!

Lo pone, junto con la almohada, con las cosas que ya estaban encima del baulito.

Y llora ante la cuna vacía.

¡Pobre Madre, perseguida en su Criatura!

José regresa.

–     ¿Estás preparada?

¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita?

No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito.

¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!

María grita:

–    ¡José! –  agarrándose al brazo de José. 

José confirma: 

–     Sí, María, a muerte.

Herodes lo quiere muerto… porque tiene miedo de Él…

Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano.

No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. 

No creo que se vengue buscándolo incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos;

más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente.

A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios.

Mas… si eso sucede… Dios nos ayudará igualmente.

No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio.

-¡Perdóname, José!

No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti… ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar!

Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa… ¡Cuánto te cuesto, José!

–     ¿Cuánto? No, María.

No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana.

Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio.

Luego me buscaré un trabajo.

Un obrero honrado y competente se abre camino enseguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo.

–     Sí, lo sé.

Pero, ¿Quién te va a aliviar tu nostalgia?

-¿Y a ti?

¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?

–     Jesús.

Teniéndolo a Él, tengo todo lo que allí tenía.

–     Y yo también.

Teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses,

Y… tengo a mi Dios.

Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo.

Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda.

Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos.

O los aún más amados campos de Galilea,

Siempre tendremos todo porque lo tendremos a Él.

Ven, María, que empieza a clarear.

Llega el momento de saludar a la huésped y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien.

María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto.

Mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale.

María levanta delicadamente al Niño, lo arropa en un mantón y lo aprieta contra su pecho.

Mira las paredes que durante meses la han hospedado y rozándolas apenas, las toca con una mano.

¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María!

Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande.

La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella.

Y levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente.

Él duerme tranquilo.

Bajan por la escalerita exterior.

Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver.

En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda.

José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero.

Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero. 

Nuevos saludos y nuevas lágrimas.

María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y lo besa una vez más; luego se lo devuelve a María.

Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María.

La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera.

Y la visión cesa así.

73 LA CARIDAD SECRETA


Taybeh el antiguo poblado de Efraín

73 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En una fría mañana de principios de Noviembre. 

Jesús está subiendo por el empinado sendero que lleva al rellano sobre el que está edificada Betania.

Esta vez no siguela calzada principal. Ha tomado este camino más empinado y más rápido, que en dirección noroeste este y que está mucho menos transitado quizás por estar tan en pendiente.

Sólo los que viajan con prisa hacen uso de él; o los que teniendo manadas de ganado, prefieren no meterlas en el trajín de la calzada principal.

O quienes como Jesús hoy, prefieren pasar desapercibidos.

Él sube delante, en vivaz conversación con el Zelote.

Detrás, los siguen los demás en tres grupos. En el primero, van los primos de Jesús con Juan y Andrés.

Luego, otro grupo formado por Santiago de Zebedeo, Mateo, Tomás y Felipe. Y enseguida los últimos, Bartolomé con Pedro y Judas Iscariote.

Ganada la planicie, sobre la cual Betania le sonríe al sol de un día frío y sereno del invierno que ya se cierne con su crudeza sobre la Tierra Prometida.

Y desde la que mirando hacia oriente, se ve el valle del Jordán y la via que viene de Jericó.

Entonces Jesús da orden a Juan de ir a avisar a Lázaro de su llegada.

Mientras Juan se marcha con paso rápido, Jesús prosigue con los suyos lentamente, siendo saludado a cada paso por personas del lugar.

La primera que viene de la casa de Lázaro es una mujer que se prosterna diciendo:

–      Dichoso este día para la casa de mi señora.

Ven. Maestro. Allí están Maximino y Lázaro ya en la puerta. 

El administrador es un hombre un poco mayor que Lázaro, quese acerca a Jesús,

diciéndole:

–     No esperábamos tenerte tan pronto.

Jesús responde:

–     Pido alojamiento para una noche.

–     Si fuera para siempre nos harías felices.

Han llegado al umbral de la entrada del Palacio de Sión, Lázaro besa y abraza a Jesús y saluda a los discípulos.

Luego, teniendo un brazo en torno a la cintura de Jesús, entra con Él en el jardín y se aísla de los demás.

Jesús y Lázaro están conversando en el jardín de la casa de Betania…

Lo primero que hace Lázaro, es preguntar:

–     ¿A qué debo la alegría de tenerte conmigo?

–      Al odio de los miembros del Sanedrín.

–     ¿Te han hecho daño?… ¿Otra vez? 

–      No. Pero me lo quieren hacer y no es la Hora.

Hasta que no haya arado toda Palestina y esparcido la semilla, no debo ser abatido.

–      También tienes que recoger tu cosecha, Maestro bueno; es justo que sea así.

–      Mi cosecha la recogerán mis amigos.

Ellos pasarán la hoz donde he sembrado. Lázaro, he decidido alejarme de Jerusalén. Sé que no es solución, lo sé ya desde ahora; pero servirá al menos para poder evangelizar.

En Sión se me niega incluso esto.

–      Te había enviado con Nicodemo el mensaje de que fueras a una de mis propiedades. Nadie osa violarlas. Podrías llevar a cabo tu ministerio sin molestias.

¡Oh, mi casa, la más dichosa de todas mis casas por santificarla Tú con tu enseñanza, con tu respiración! Dame alegría de serte útil, Maestro mío.

–      Ya ves que estoy dándotela ya; pero en Jerusalén no me puedo quedar.

Mira, aunque a mí no me molestaran, sí lo harían con quienes fueran a verme. Voy hacia Efraím, entre este lugar y el Jordán. Evangelizaré y bautizaré allí como el Bautista.

–      En los campos de esa zona tengo una pequeña casa que se utiliza para los arneses y guardar las herramientas de los trabajadores.

Algunas veces duermen en ella durante la corta del heno o la vendimia. Es muy pobre: simple techo apoyado en cuatro paredes; pero está en mis tierras, y se sabe…

Pues bien, el hecho de saberlo hará de espantajo contra los chacales. Acepta, Señor. Mandaré a los siervos a prepararla…

–     No hace falta. Si en ella duermen tus campesinos, será suficiente también para nosotros.

–     No pondré riquezas. Sólo completaré el número de las camas, pobres como Tú deseas.

Y mandaré mantas, asientos, ánforas y copas. Lógicamente, tendréis que comer y que taparos, especialmente en estos meses de invierno. Déjame a mí. Ni siquiera lo haré yo.

Aquí viene Marta. Posee la habilidad, práctica y solícita, de todos los cuidados familiares. Su lugar es la casa; su función, ser consuelo de los cuerpos y de los espíritus que están en la casa. ¡Ven, mi dulce y pura hospedera!

¿Ves? Incluso yo me he refugiado bajo su cuidado materno, en su parte de herencia. Así, no lloro demasiado ásperamente a mi madre.

Marta, Jesús se retira al llano del Agua Especiosa. Lo único especioso que hay es el suelo fértil; la casa es un aprisco. Pero Él quiere una casa de pobres. Hay que proveerla de lo indispensable. ¡Dispónlo tú, que eres inigualable para esto! 

Lázaro besa la mano de su hermana, que lo acaricia con verdadero amor de madre,

mientras dice:

–      Parto en seguida. Me llevo conmigo a Maximino y a Marcela.

Los hombres del carro ayudarán a aparejar. Bendíceme, Maestro; así, llevaré conmigo algo tuyo.

–      Sí, mi dulce hospedera.

Te llamaré como te llama Lázaro. Te doy mi corazón para que lo lleves contigo, en el tuyo.

Jesús la bendice y Martha se va.

Lázaro dice:

–     ¿Sabes, Maestro, que hoy está por estos campos Isaac con Elías y los demás?

Me han pedido pasto, abajo en la llanura, porque quieren estar un poco juntos y lo he permitido. Hoy están de cambio de pastos. 

Los estoy esperando porque los invité a comer aquí, todo el tiempo que quieran.

–      Me alegra. Les daré instrucciones…

–      Sí. Para podernos mantener en contacto. No obstante, alguna vez vendrás…

–      Vendré. He hablado ya de ello con Simón.

Y, dado que no es justo que Yo invada tu casa con los discípulos, iré a casa de Simón…

–      No, Maestro. ¿Por qué me quieres dar este dolor?

–      No preguntes, Lázaro; Yo sé que está bien así.

–      Pero entonces…

–      Entonces seguiré estando en tus propiedades. Lo que el mismo Simón ignora Yo lo sé.

Aquel que quiso comprar, sin revelar su identidad y sin detenerse a estudiar las condiciones, con tal de estar cerca de Lázaro de Betania, era el hijo de Teófilo, el fiel amigo de Simón el Zelote y el gran amigo de Jesús de Nazaret.

Aquel que duplicó la suma por Jonás y no gravó el patrimonio de Simón para proporcionarle a éste la alegría de poder hacer muchas cosas por el Maestro pobre y por los pobres del Maestro,

Aquél, es uno que tiene por nombre Lázaro.

El que discreto y atento, mueve, dirige, presta ayuda a todas las fuerzas buenas para ayudarme, aliviarme y protegerme; ése, es Lázaro de Betania. Yo lo sé.

–     ¡Oh, no lo digas! ¡Creí actuar bien de ese modo y en secreto!

–     Secreto, sí, para los hombres, pero no para Mí; Yo leo en el corazón.

¿Quieres que te diga por qué tu ya de por sí natural bondad se impregna de perfección sobrenatural?

Es porque pides don sobrenatural, pides la salvación de un alma y la santidad tuya y de Marta.

Tú sientes que no basta con ser buenos según el mundo, sino que se requiere ser buenos según las leyes del espíritu, para obtener de Dios la gracia.

Tú no has oído mis palabras, pero Yo he dicho: «Cuando hagáis el bien, hacedlo en secreto, y el Padre os dará una gran recompensa».

Tú lo has hecho por un natural impulso a la humildad, y verdad te digo que el Padre te reserva una recompensa que ni siquiera puedes imaginar.

–     ¿La redención de María? …

–     Eso y más, más aún.

–     ¿Qué es Maestro, más imposible que esto?

Jesús lo mira y sonríe.

Luego dice, con el tono de un salmo:

«El Señor reina, y con Él sus santos. Con sus rayos de luz trenza una corona y sobre la cabeza de los santos la deposita.

Para que eternamente resplandezca ante los ojos de Dios y del universo.

¿De qué metal está entretejida? ¿Con qué piedras preciosas decorada?

Oro, oro purísimo es el círculo obtenido con el dúplice fuego del amor divino y del amor del hombre, cincelado por la voluntad, martillando, limando, cortando, afinando.

Gran profusión de perlas, y esmeraldas más verdes que la hierba nacida en Abril; turquesas de color de cielo, ópalos de color luna, amatistas como violetas pudorosas…

Y engarzados para toda la vida, jaspe y zafiros, jacintos y topacios. Y como broche de la obra, un círculo de rubíes, un gran círculo sobre la frente gloriosa.

Porque este hombre bendito ha tenido fe y esperanza, ha tenido mansedumbre y castidad, templanza y fortaleza, justicia y prudencia, misericordia sin medida.

Y en el fondo ha escrito con la sangre tu Nombre y la Fe en Mí, su amor en él por Mí y su nombre en el Cielo. ¡Exultad, oh justos del Señor!

El hombre ignora, Dios ve.

Él escribe en los libros eternos mis promesas y vuestras obras. Y con ellas vuestros nombres, Príncipes del siglo futuro, triunfadores eternos con el Cristo del Señor.

Lázaro lo mira asombrado.

 Luego susurra:

–     ¡Oh!… yo… no seré capaz…

–     ¿Tú crees?

Y Jesús coge una rama flexible de un sauce, cuyas frondas penden sobre el sendero y dice:

—     «Mira: como mi mano dobla fácilmente esta rama, el amor plegará tu alma y de ella hará una corona eterna.  El Amor es el redentor individual. 

Quién ama inicia su redención. Lo que falte, lo pondrá el Hijo del hombre.

Todo concluye.