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371 LA SEÑAL DE JONÁS


327 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe ser una ciudad de reciente construcción, como Tiberíades y Ascalón.

Dispuesta en plano inclinado, culmina en la maciza fortaleza erizada de torres.

Está circundada por murallas ciclópeas. 

Y defendida por profundos fosos que reciben parte del agua de dos riachuelos

que, casi unidos antes formando un ángulo, se separan luego,

para fluir uno por fuera de la ciudad, el otro por dentro.

Y las bonitas calles, plazas, fuentes, el aire de moda romana en las construcciones

dicen que también aquí el obsequio servil de los Tetrarcas, pisoteando todo respeto

por las costumbres de la Patria, se ha manifestado.

La ciudad, quizás por ser nudo de importantes vías de primer orden

y rutas de caravanas dirigidas a Damasco, Tiro, Sefet y Tiberíades,

como indican en cada puerta los postes señaladores, está llena de movimiento

y de gente.

Gente a pie o a caballo y largas caravanas de asnos y camellos se cruzan en las calles

amplias y bien conservadas;

en las plazas, bajo los soportales o junto a las casas lujosas.

Junto a las termas, corrillos de negociantes o de ociosos, tratan de negocios u ocian en charloteos fatuos.

Jesús pregunta a Pedro: 

–        ¿Sabes dónde podremos encontrarlos?

Pedro responde: 

       Sí.

Me han dicho las personas a las que he preguntado, que los discípulos del Rabí

suelen reunirse a las horas de comer, en una casa de fieles israelitas,

que está cerca de la ciudadela.

Caesarea Philippi ruins at the Golan, Israel

Y me la han descrito.

No puedo equivocarme: una casa de Israel incluso en el aspecto externo.

Con una fachada sin ventanas exteriores y un portón alto con ventanillo;

en un lado del muro, una fuentecita;

las tapias altas del jardín prolongadas por dos lados en callejuelas;

una terraza llena de palomas, en el tejado.

–        Bien.

Entonces vamos…

Cruzan toda la ciudad hasta la ciudadela.

Llegan a la casa que buscaban.

Llaman.

Al ventanillo se asoma el rostro rugoso de una anciana.

Jesús se pone delante,

y saluda:

–        La paz sea contigo, mujer.

¿Han vuelto los discípulos del Rabí?

Ella dice:

–        No, hombre.

Están hacia la “fuente grande”, con otros que han venido de muchos pueblos de la

otra orilla a buscar precisamente al Rabí.

Todos lo están esperando.

¿Tú también eres de ellos?

–        No.

Yo buscaba a los discípulos. –

        Entonces mira: ¿Ves aquella calle casi enfrente de la fuente?

Tómala y ve hacia arriba, hasta que te encuentres de frente un paredón de rocas

del que sale agua que cae en una especie de pilón. 

Y luego forma como un regato.

Por allí cerca los encontrarás.

¿Pero, vienes de lejos?

¿Quieres reposar?

¿Entrar aquí a esperarlos?

Si quieres llamo a mis señores.

¡Son buenos israelitas, eh!

Y creen en el Mesías

Son discípulos sólo por haberlo visto una vez en Jerusalén en el Templo.

Pero ahora los discípulos del Mesías los han instruido sobre Él y han hecho milagros aquí, porque…

–        Bien, buena mujer.

Volveré más tarde con los discípulos.

Paz a ti. Vuelve, vuelve a tus labores.

Dice Jesús con bondad, aunque también con autoridad para detener esa avalancha de palabras.

Se ponen de nuevo en marcha.

Los más jóvenes de los apóstoles se ríen con ganas por la escena de la mujer.

Y hacen sonreír también a Jesús.

Juan dice:

–        Maestro, parecía ella la “fuente grande”. ¿No te parece?

Echaba palabras sin interrupción.

Y ha hecho de cada uno de nosotros un pilón que se hace regato al estar lleno de palabras…

Tadeo dice:

–        Sí.

Espero que los discípulos no hayan hecho milagros en su lengua…

Habría que decir: habéis hecho demasiado milagro.

Que, contrariamente a lo normal, se ríe con ganas.

Santiago de Zebedeo, dice:

–         ¡Lo mejor va a ser cuando nos vea volver y conozca al Maestro por lo que es!

¿Quién va a poderla callar?

Mateo por su parte, comenta:

–        No, no, se quedará muda de asombro.

Pedro añade: 

–        Alabaré al Altísimo si el asombro le paraliza la lengua.

Será porque estoy casi en ayunas…

Pero, la verdad, ese remolino de palabras me ha mareado – dice Pedro.

Tomás agrega:

–        ¡Y cómo gritaba!

¿Será que es sorda?

Judas añade:   

        No.

Creía que los sordos éramos nosotros. 

Jesús en tono semi-serio dice:   

–        Dejadla en paz.

¡Pobre viejecita!

Era buena y creyente.

Su corazón es tan generoso como su lengua. 

Juan suelta la carcajada y sin parar de reir, 

dice:

–          ¡Entonces, Maestro mío

¡Entonces esa anciana es generosa hasta el heroísmo!

Ya se puede ver la pared rocosa y calcárea.

Y también se oye el murmullo de las aguas que caen en el pilón.

Juan dice:

–        Éste es el regato.

Vamos a seguirlo… Ahí está la fuente… y allí..,

¡Benjamín! ¡Daniel! ¡Abel! ¡Felipe! ¡Hermasteo! ¡Estamos aquí!

¡Viene también el Maestro! – grita Juan a un nutrido grupo de hombres,

que están congregados en torno a uno que no se ve.

Pedro aconseja:

–        Calla, muchacho.

Que, si no, vas a ser tú también como esa vieja gallina

Los discípulos se han vuelto.

Han visto.

Y ver y lanzarse hacia abajo a saltos desde el escalón, ha sido todo uno

Cuando el grupo se disgrega, puede verse el compacto grupo, que con los discípulos,

que son muchos, también hay ya ancianos;

están mezclados habitantes de Quedes y del pueblo del sordomudo.

Deben haber tomado caminos más directos, porque han precedido al Maestro.

La alegría es mucha;

también las preguntas y respuestas.

Jesús, pacientemente, escucha y responde, hasta que, con otros dos, se ve venir al

delgado y risueño Isaac, cargado de provisiones.

Que dice:

–        Vamos a la casa hospitalaria, mi Señor.

Allí nos dirás lo que no hemos podido decir por no saberlo tampoco nosotros.

Éstos, los últimos en llegar, están con nosotros desde hace unas pocas horas.

Y quieren saber qué es para Ti la señal de Jonás que has prometido dar a la

generación malvada que te persigue

Jesús responde:

–        Se lo explicaré mientras vamos…

¡Ir! ¡Es fácil decirlo!

Como si un aroma de flores se hubiera esparcido por el aire y numerosas abejas

hubieran acudido, de todas partes viene gente, para unirse a los que ya están

alrededor de Jesús.

Isaac explica:

–        Son nuestros amigos.

Gente que ha creído y que te esperaba…

Uno de la muchedumbre, mientras señala a Isaac…

grita:

–           ¡Gente que de éstos!

¡Y de él en especial, han recibido beneficios! 

Isaac se pone rojo como la brasa.

Y casi excusándose, dice:

–        Pero yo soy el siervo, Él es el Señor.

¡Vosotros que esperáis, aquí tenéis al Maestro Jesús!

¡Entonces sí!

El ángulo tranquilo de Cesárea, un poco apartado por estar relegado a la periferia,

se transforma en un lugar más animado que un mercado.

Y también más rumoroso.

Voces de aleluya, aclamaciones, súplicas… de todo hay.

Jesús avanza muy lentamente, comprimido en esa tenaza de amor.

Pero sonríe y bendice.

Tan lentamente, que algunos tienen tiempo de marcharse corriendo a esparcir la noticia…

Y a volver con amigos o parientes, que traen a los niños y los aúpan, para que puedan

llegar, sin sufrir daño, hasta Jesús, el cual los acaricia y bendice.

Llegan así a la casa de antes.

Llaman.

La criada anciana de antes, al oír las voces, abre sin reserva alguna.

Pero… ve a Jesús en medio del gentío aclamador…

Y comprende…

Cae al suelo gimiendo:

–        ¡Piedad, mi Señor!

¡Tu sierva no te había conocido y no te había venerado!

–        No hay mal en ello, mujer.

No conocías al hombre, pero creías en Él.

Esto es lo que se requiere para ser amados por Dios.

Levántate y condúceme adonde tus señores.

La anciana obedece, toda temblorosa de respeto. 

Y ve a sus señores, también anonadados de respeto, literalmente contra la pared en el

fondo del vestíbulo un poco oscuro.

Los señala:

–        ¡Ahí están!

Jesús los saluda:

–        Paz a vosotros y a esta casa.

Os bendiga el Señor por vuestra fe en el Cristo y por vuestra caridad para con sus discípulos.

Dice Jesús yendo hacia los dos ancianos. 

Hacen un gesto de veneración y lo acompañan al vasto mirador,

donde tienen preparadas muchas mesas, bajo un tupido toldo.

La vista se extiende libre sobre Cesárea y los montes, que la ciudad tiene a sus espaldas y a los lados.

Las palomas trenzan vuelos desde la terraza al jardín, lleno de plantas en flor.

Mientras un siervo aumenta los puestos,

Isaac explica

–        ¡Benjamín y Ana no sólo nos reciben en su casa a nosotros,

sino también a todos los que vienen en busca de Ti!

Lo hacen en tu Nombre.

Jesús dice:

–        Que el Cielo los bendiga cada vez que lo hacen.

Ana la anciana, dice sencillamente:

–         Disponemos de medios y no tenemos herederos.

En el ocaso de la vida, adoptamos como hijos a los pobres del Señor.

Y Jesús le pone la mano en su encanecida cabeza,

diciendo:

–         Y esto te hace madre más que si hubieras concebido superabundantemente.

Mas ahora permitidme que explique a éstos lo que deseaban saber,

para poder despedir luego a los de la ciudad y sentarnos a la mesa.

La terraza está invadida de gente, que sigue entrando y apiñándose en los espacios libres.

Jesús está sentado en medio de una corona de niños,

que lo miran extáticos con sus ojazos inocentes.

Vuelve las espaldas a la mesa y sonríe a estos niños,

aunque esté hablando de un tema grave.

Parece como si leyera en sus caritas inocentes las palabras de la verdad solicitada. –

Escuchad.

La señal de Jonás, que prometí a los malos y que prometo también a vosotros,

no porque seáis malos, sino, al contrario, para que podáis creer con perfección

cuando la veáis cumplida, es ésta.

Como Jonás permaneció tres días en el vientre del monstruo marino

y luego fue restituido a la tierra para convertir y salvar a Nínive,

así será para el Hijo del hombre.

Para calmar las violentas olas de una grande, satánica tempestad,

los principales de Israel creerán útil sacrificar al Inocente.

Lo único que conseguirán será aumentar sus peligros, porque además del

conturbador Satanás, tendrán a Dios con su castigo tras el delito cometido.

Podrían triunfar contra la tempestad de Satanás creyendo en Mí.

Pero no lo hacen porque ven en Mí la razón de sus inquietudes, miedos, peligros y

desmentidas contra su insincera santidad.

Mas, llegada la hora, ese monstruo insaciable que es el vientre de la tierra,

que se traga a todo hombre que muere,

se abrirá de nuevo para restituir la Luz al mundo que renegó de ella.

4. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.»

He aquí, pues, que, como Jonás fue signo para los ninivitas,

de la potencia y misericordia del Señor,

así el Hijo del hombre lo será para esta generación;

con la diferencia de que Nínive se convirtió, mientras que Jerusalén no se convertirá,

porque está llena de esta generación malvada de que he hablado.

Por ello, la Reina del Mediodía se alzará el Día del Juicio contra los hombres de esta

generación y los condenará.

Porque ella vino, en su tiempo, desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de

Salomón, mientras que esta generación, que me tiene presente, y siendo Yo mucho

más que Salomón, no quiere oírme.

Y me persigue y expele como a un leproso y a un pecador.

También los ninivitas, que se convirtieron con la predicación de un hombre,

se alzarán en el día del Juicio contra la generación malvada

que no se convierte al Señor su Dios.

Yo Soy más que un hombre, aunque se tratara de Jonás o cualquier otro Profeta.

Por tanto, daré la señal de Jonás a quien pide una señal sin posibles equívocos.

Más de una señal daré a quien no baja la frente proterva ante las pruebas ya dadas

de vidas que renacen por voluntad mía.

Daré todas las señales: tanto la de un cuerpo en descomposición que vuelve a vivir y

a recomponerse, como la de un Cuerpo que por sí solo se resucita

porque a su Espíritu le es dada la plenitud del poder.

Pero éstas no serán gracias.

No significarán aligeramiento de la situación.

Ni aquí ni en los libros eternos. Lo escrito escrito está.

Y, como piedras para una próxima lapidación, las pruebas se amontonarán: contra mí,

para perjudicarme sin lograrlo;

contra ellos, para arrollarlos eternamente con la condena de Dios a los incrédulos

malvados.

A esta señal de Jonás me refería.

¿Tenéis más cosas que preguntar?

–        No, Maestro.

Se lo comunicaremos a nuestro jefe de la sinagoga

que ha juzgado la señal prometida con juicio muy cercano a la verdad.

–        Matías es un justo.

La Verdad se revela a los justos como se revela a estos inocentes, que mejor que

nadie saben quién soy Yo.

Dejadme, antes de despedirme de vosotros, oír alabar la misericordia de Dios

por boca de los ángeles de la tierra.

Venid niños.

Los niños, que habían estado quietos con pena hasta ese momento, corren hacia Él. –

Decidme, criaturas sin malicia,

¿Para vosotros, cuál es mi señal?

–        Que eres bueno.

–        Que curas a mi mamá con tu Nombre.

–        Que quieres a todos.

–        Que ninguno puede ser tan guapo como Tú.

–        Que haces volverse bueno hasta al que era malo como mi padre.

Cada una de las boquitas infantiles, anuncia una dulce propiedad de Jesús.

Y testifica penas que Jesús ha transformado en sonrisas.

Pero el más simpático de todos es un pilluelo de unos cuatro años,

que trepa hasta el regazo de Jesús y se abraza a su cuello,

diciendo

–        Tu señal es que quieres a todos los niños y que los niños te quieren.

Así te quieren… – y abre lo más que puede sus bracitos regordetes y ríe,

para luego abrazarse otra vez al cuello de Jesús restregando su mejilla infantil

con la de Jesús, que lo besa,

y pregunta:

–        «Pero, ¿Por qué me queréis si no me habéis visto nunca antes de ahora?

–        Porque pareces el ángel del Señor.

–         Tú no lo has visto, pequeñuelo… – prueba Jesús, sonriendo.

El niño se queda un momento desorientado.

Pero luego se echa a reír, mostrando todos los dientecitos,

y dice:

–        ¡Pero lo ha visto bien mi alma!

Dice mi mamá que la tengo y está aquí.

Y Dios la ve y el alma ha visto a Dios y a los ángeles y los ve.

Y mi alma te conoce porque eres el Señor.

Jesús lo besa en la frente,

y dice:

–          Que te aumente, por este beso, la luz en el intelecto – y lo pone en el suelo.

El niño, entonces, corre donde su padre dando brincos,

teniendo la mano apretada contra la frente en el lugar en que ha sido besado.

Y grita:

–        «¡Vamos donde mamá, donde mamá!

Que bese aquí, donde ha besado el Señor y le vuelva la voz y no llore más.

Explican a Jesús que se trata de una mujer casada, enferma de la garganta,

deseosa de un milagro, pero que no lo habían realizado en ella los discípulos

los cuales no habrían podido curar ese mal, que no se podía tocar de tan profundo

como estaba.

Jesús dice: 

–        La curará el discípulo más pequeño, su hijito.

Ve en paz, hombre Y ten fe como tu hijo.

Dice mientras despide al padre del pequeñuelo

Besa a los otros niños, que se han quedado deseosos del mismo beso en la frente.

Y despide a los que viven en la ciudad.

Se quedan los discípulos, los de Quedes y los del otro lugar.

Mientras se espera la comida,

Jesús ordena la partida para el día siguiente, de todos los discípulos que habrán de

precederlo a Cafarnaúm para unirse con los otros procedentes de otros lugares. –

Tomaréis luego con vosotros a Salomé y a las mujeres e hijas de Nathanael y Felipe.

Y a Juana y Susana, según vais descendiendo hacia Nazaret.

Allí tomaréis con vosotros a mi Madre y a la madre de mis hermanos.

Y las acompañaréis a Betania, a la casa donde está José, en las tierras de Lázaro.

Nosotros iremos por la Decápolis.

Pedro pregunta:

–        ¿Y Margziam?

–        He dicho: “precededme a Cafarnaúm”. No “id”.

Pero desde Cafarnaúm podrán avisar a las mujeres de nuestra llegada, de modo que

estén preparadas cuando nosotros vayamos hacia Jerusalén por la Decápolis.

Margziam, que ya es un jovencito, irá con los discípulos escoltando a las mujeres…

–        Es que…

Quería llevar también a mi mujer, pobrecilla, a Jerusalén.

Siempre lo ha deseado y…

No ha ido nunca porque no quería yo problemas…

Pero este año querría darle esta satisfacción. ¡Es tan buena!

–        Pues sí, Simón.

Razón de más para que Margziam vaya con ella.

Harán lentamente el viaje y nos reuniremos de nuevo todos allí…

El anciano dueño de la casa dice:

–         ¿Tan poco tiempo aquí?

–        Padre, tengo todavía mucho que hacer.

Y quiero estar en Jerusalén al menos ocho días antes de la Pascua.

Ten en cuenta que la primera fase de la luna de Adar ya ha terminado…

–        Es verdad.

¡Pero tanto te he anhelado!…

Teniéndote, me parece estar en la luz del Cielo…

Y que esta luz se haya de apagar en cuanto te marches.

–        No, padre.

Te la dejaré en tu corazón. Y a tu esposa.

A toda esta casa hospitalaria.

Se sientan a las mesas y Jesús ofrece y bendice los alimentos,

que luego el siervo distribuye a las distintas mesas.

325 LOS DAÑOS DEL OCIO


325 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los días son más cortos y anochece pronto en Diciembre.

También pronto se encienden las lámparas y la familia se reúne en una única habitación.

Igualmente es así en la casita de Nazareth.

Y mientras las dos mujeres trabajan, una en el telar, la otra con la aguja,

Jesús y Juan de Endor, sentados junto a la mesa, conversan en tono bajo.

Y Margziam termina de alisar dos arcones puestos en el suelo.

El niño trabaja con todo su ahínco;

hasta que Jesús se levanta, se agacha a tocar la madera,

y dice:

–        Ya basta.

Está muy lisa.

Mañana la barnizaremos.

Ahora guarda todo en su sitio, que mañana seguiremos trabajando.

Y mientras Margziam sale con sus instrumentos de pulimento:

espátulas duras con pieles rasposas de pescado clavadas en ellas, que  sirven como lijas;

y una especie de cuchillos, que ciertamente no son de acero, empleados para el mismo trabajo.  

Jesús toma en sus fuertes brazos uno de los arcones y lo lleva al taller, donde se ha trabajado

porque hay aserrín y viruta junto a uno de los bancos, que para esta ocasión;

ha sido puesto de nuevo en el centro.

Margziam ya ha colocado sus herramientas en los correspondientes soportes.

Y ahora está recogiendo la viruta para echarla al fuego;

querría también barrer el aserrín, pero esto lo hace Juan de Endor.

Todo está ya en orden cuando Jesús vuelve con el segundo arcón y lo coloca junto al primero.

Cuando están para salir los tres, se oye llamar a la puerta de la casa;

inmediatamente después, se escucha la voz grave del Zelote.

Que resuena con el reverente saludo que dirige a María,

al decir:

–       Te saludo, Madre de mi Señor.

Bendigo vuestra bondad, que me concede habitar bajo vuestro techo.  

Jesús dice:

–        Ha llegado Simón.

Ahora sabremos el porqué de su retraso.

Vamos… 

Entran en la pequeña habitación donde está el apóstol con las mujeres,

cuando éste se está liberando de un voluminoso envoltorio que traía sobre la espalda.

Jesús dice:

–        Paz a ti, Simón…  

Simón responde:

–      ¡Oh, Maestro bendito!

¿Me he retrasado, verdad?

Pero he hecho todo y lo he hecho bien…

Se besan.

Luego Simón sigue explicando:

–        He estado en Corozaín.

Fui a la casa de la viuda del carpintero.

Tus ayudas son muy oportunas.

La anciana está muy enferma y por tanto, han aumentado los gastos.

El pequeño carpintero José, se da maña en trabajar en objetos pequeños como él.

Y te recuerda siempre.

Todos te bendicen.

Luego fui a ver a Nara, Samira y Sira.

El hermano se muestra más duro que nunca, pero ellas están en paz, como santas que son.

Y comen su pobre pan condimentado con llanto y perdón.

Te bendicen por la ayuda que les has enviado.

Pero te suplican que ores para que su duro hermano se convierta.

También te bendice la anciana Raquel por el óbolo.

Por último, he estado en Tiberíades para las compras.

Espero haber acertado.

Ahora lo verán las mujeres…

Pero en Tiberíades me retuvieron algunos que me creían un emisario tuyo.

Me han tenido secuestrado tres días…

¡Prisión dorada, hasta cierto punto, pero prisión al fin y al cabo!…

Querían saber muchas cosas…

He dicho la verdad: que nos habías dejado en libertad a todos y que Tú, por tu parte,

te habías retirado durante el período más malo del invierno…

Cuando se persuadieron de que era verdad, incluso porque fueron a casa de Simón de Jonás

y de Felipe y no te encontraron, ni supieron más cosas, me dejaron partir.

Incluso la disculpa del mal tiempo, con estos bonitos días no valía ya.

Por eso me he retrasado.

–        No importa.

Tendremos tiempo de estar juntos.

Gracias por todo…

Madre, mira con Síntica lo que hay en el envoltorio.

Y dime si piensas que es suficiente para lo que ya sabes…

Y mientras las mujeres desenvuelven el envoltorio,

Jesús se sienta y habla con Simón.

Que pregunta:

–       ¿Y Tú qué has hecho, Maestro?

–       Dos arcones, para no estar ocioso y porque serán útiles.

He paseado, he gozado de mi casa…

Simón lo mira muy fijamente…

Pero no dice nada.

Las exclamaciones de Margziam, que ve salir del envoltorio:

telas, prendas de lana, sandalias, velos y cinturones;

hacen que Jesús y sus dos compañeros se vuelvan en esa dirección.

María dice:

–       Todo va bien, muy bien.

Nos pondremos en seguida a trabajar y pronto estará todo cosido.

El niño pregunta:

–       ¿Te vas a casar, Jesús?

Todos se echan a reír.

Jesús pregunta:

–        ¿Qué te lo hace suponer?  

Margziam replica:

–        Esta ropa de hombre y de mujer.

Y los dos arcones que has hecho.

Son el ajuar tuyo y de la prometida.

¿Me la presentas?

–        ¿Quieres verdaderamente conocer a mi prometida?

–        ¡Oh, sí!

¡Será hermosísima y muy buena!

¿Cómo se llama?…

–       Es un secreto por ahora.

Porque tiene dos nombres, como tú, que primero eras Yabés y luego Margziam.

–       ¿Y no puedo saberlos?

–       Por ahora no.

Pero un día los sabrás.

–       ¿Me invitas a los esponsales?

–       No será una fiesta adecuada para niños.

Te invitaré a la fiesta nupcial.

Serás uno de los invitados y testigos.

¿Te parece bien?

–       Pero ¿Cuánto tiempo falta?

¿Un mes?

–       ¡Mucho más!

–       ¿Y entonces por qué has trabajado tan deprisa,

que te has provocado ampollas en las manos?

–       Las ampollas me han salido porque había dejado de trabajar con las manos.

¿Ves, niño, que el ocio es penoso?

Siempre.

Cuando luego uno vuelve al trabajo sufre el doble;

porque se ha hecho demasiado delicado.

Imagínate tú:

¡Si perjudica así a las manos, qué daño no hará al alma!

¿Ves?

Esta misma tarde he tenido que decirte: “ayúdame”

porque sufría tanto que no podía tener la escofina;

mientras que hace sólo dos años trabajaba incluso catorce horas al día sin sentir dolor.

Lo mismo pasa con quien se vuelve tibio en el fervor, en la voluntad.

Pierde vigor, se hace débil.

Más fácilmente se cansa de todo.

Con mayor facilidad, siendo débil, entran en él los venenos de las enfermedades espirituales.

Por el contrario, cumple con doble dificultad las obras buenas que antes no le costaba cumplir

porque estaba en continuo ejercicio.

¡No conviene nunca estar ociosos diciendo:

“Pasado este período volveré más fresco al trabajo”

!No lo lograría nunca!

O con un esfuerzo extremo.

–       ¡Pero Tú no has estado ocioso!

–       No.

He hecho otro tipo de trabajo.

Pero date cuenta de que el ocio de mis manos ha sido perjudicial para ellas.

Y Jesús muestra las palmas enrojecidas y con ampollas en varios puntos.

Margziam las besa, 

diciendo:

–       Mi mamá, cuando yo me hacía daño, hacía esto, porque el amor cura.

–       Sí, el amor cura de muchas cosas…

Bien…

Ven, Simón.

Dormirás en el taller del carpintero.

Ven, que te voy a decir dónde puedes colocar tu ropa y…

Salen y todo termina.

317 EL MUNDO DE LOS SUEÑOS


317 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Todo el lago de Tiberíades es una lastra cenicienta.

Parece mercurio turbio, de tan pesado como se ve,

en una calma chicha que apenas si permite indicios de cansadas olas que no logran hacer espuma

y en cuanto inician el movimiento ya se detienen, se amansan, se uniforman a esta masa de agua sin brillo

bajo un cielo también opaco.

Pedro y Andrés en torno a su  barca,

Santiago y Juan al lado de la suya, preparan la partida en la pequeña playa de Betsaida.

Olor de hierbas y de tierra empapada de agua, leve bruma sobre las planicies herbosas hacia Corazaín.

Tristeza de Noviembre en todas las cosas.

Jesús sale de la casa de Pedro, llevando de la mano a los dos pequeñuelos Matías y María.

La mano de Porfiria los ha arreglado con maternal cuidado y ha sustituido el vestidito de María por uno de Margziam.

Matías, que es demasiado pequeño, no ha podido gozar de la misma gracia

y tiembla todavía con su tuniquita de algodón descolorida;

tanto que Porfiria, compasiva, vuelve a casa y sale con un pedazo de manta y arropa al niño

como si la manta fuera un manto.

Jesús le da las gracias mientras ella se arrodilla al despedirse,

para retirarse después de haber dado a los dos huerfanitos un último beso.   

Pedro que ha observado la escena, 

comenta:

–        Con tal de tener niños, se habría hecho cargo de éstos también.

Y también él se agacha para ofrecer a los dos niños un pedazo de pan untado con la miel,

que tenía guardada debajo de un asiento de la barca;

Lo cual hace reír a Andrés,

que dice:

–        ¿Y tú no?

¡Hasta le has robado la miel a tu mujer, para dar un poco de alegría a estos dos!…

–        ¡¿Robado?!

¡Robado! ¡La miel es mía!

–       Sí, pero mi cuñada la guarda con celo porque es de Margziam.

Y tú, que lo sabes, has entrado esta noche, descalzo como un ratero en la cocina,

a coger la cantidad de miel que te hacía falta para preparar ese pan.

Te he visto, hermano, y me he reído, porque mirabas a tu alrededor como un niño que teme los bofetones de su madre.  

Pedro ríe, diciendo:

–       ¡Qué granuja este espía!

Mientras abraza a su hermano, que a su vez lo besa,

diciendo:

—        ¡Pero qué hermano más hermoso tengo!

Jesús observa y sonríe abiertamente, entre los dos niños, que devoran su pan.

Del interior de Betsaida llegan los otros ocho apóstoles.

Quizás estaban alojados donde Felipe y Bartolomé.

Pedro grita:

–        ¡Ligeros!

Y toma en un único abrazo a los dos niños para llevarlos a la barca sin que se mojen los pies desnudos.

Mientras chapotea en el agua con sus piernas cortas y gruesas, desnudo hasta un palmo por encima de las rodillas,

pregunta.

–       ¿No tenéis miedo, verdad?

La niña dice:

–        No, señor.

Pero se agarra convulsamente al cuello de Pedro, y cierra los ojos cuando la pone dentro de la barca

(que se balancea con el peso de Jesús, que acaba de subir).

El niño, más valiente o más impresionado, no habla siquiera.

Jesús se sienta, arrima hacia sí a los dos pequeñuelos y los tapa con su manto,

que parece un ala extendida para proteger a dos pollitos.

Seis en una barca, seis en la otra, todos ya están a bordo.

Pedro quita el madero del arribo y empuja fuertemente con la mano la barca para meterla más en el agua;

luego, con un último salto, salva el borde de la barca; Santiago le imita con la suya.

La acción de Pedro ha hecho bambolearse mucho a la barca;

la niña gime:

–       « ¡Mamá!» 

Y esconde la cara en el regazo de Jesús agarrándose con fuerza a sus rodillas.

Mas ahora ya avanzan suavemente, aunque con fatiga para Pedro,

Andrés y el mozo, que tienen que remar, ayudados por Felipe, que hace de cuarto.

Con esta calma chicha, la vela pende floja  pesada y húmeda, no sirve.

Tienen que trabajar con los remos.

Pedro a los de la barca gemela, en la que hace de cuarto Judas de Keriot,

que rema perfectamente, lo cual es alabado por Pedro,  

Grita

–        ¡Qué boga!

Santiago de Zebedeo responde:

–        ¡Dale, Simón!

Dale o te ganamos.

Judas tiene la fuerza de un galeote.

¡Muy bien, Judas! 

Pedro, que rema por dos,

confirma:

–        Sí.

Te nombraremos jefe de remadores.

 Y ríe agregando:

–        «Pero no conseguiréis quitarle el primado a Simón de Jonás.

A los veinte años ya era remador principal en las apuestas entre los pueblos».

 Y alegre, da la voz de estrepada a sus remadores:

–    « ¡O-e!, ¡o-e!».

Las voces avanzan sobre el silencio del lago desierto en esta hora matutina.

Los niños recobran seguridad.

Cubiertos todavía por el manto, alzan sus caritas demacradas y apenas si asoma a ellas una sonrisa,

una por este lado, la otra por el otro lado del Maestro, que los tiene abrazados.

Se interesan por el trabajo de los remadores.

Intercambian algunos comentarios.  

El niño dice:

–         Parece como si fuéramos en un carro sin ruedas.

La niña María, responde:

–        No.

En un carro por las nubes.

¡Mira! Es como andar por el cielo. 

¡Mira, mira, ahora subimos a una nube!

Al ver que la barca hunde su punta en un lugar que refleja un nubarrón algodonoso.

Y ríe levemente.

Mas el sol rompe la bruma, y, aunque sea sólo un pálido sol de Noviembre, las nubes se hacen de oro

y el lago las refleja brillando.  

El niño aplaude:

–        ¡Qué bonito!

Ahora andamos sobre el fuego.

¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

Pero la niña calla, y luego rompe a llorar.

Todos le preguntan el porqué de ese llanto.

Entre sollozos explica:

–        Mi mamá decía una poesía…

O un salmo, no sé, para tenernos tranquilos, para que pudiéramos rezar a pesar de tanto dolor…

Y decía esa poesía de un Paraíso que será como un lago de luz, de dulce fuego, donde sólo estará Dios,

sólo habrá alegría, adonde irán los buenos… después de la venida del Salvador…

Este lago de oro me lo ha recordado…

¡Oh, mi mamá!

Se echa a llorar también Matías.

Y todos participan de este dolor.

Pero, de entre el rumor de las distintas voces y el lamento de los huerfanitos,

se levanta la dulce voz de Jesús:

–         No lloréis.

Vuestra mamá os ha traído a Mí, y está aquí con nosotros mientras os llevo a una mamá que no tiene hijos.

Se alegrará de tener dos niños buenos en vez del suyo, que ahora está donde vuestra mamá.

Porque también ella ha llorado,

¿Sabéis?

Como a vosotros se os ha muerto vuestra mamá, a ella se le murió su hijito…

María exclama:

–        ¡Entonces nosotros vamos con ella y su hijo irá con nuestra mamá! 

Jesús confirma:

–        Exactamente así.

Y seréis todos felices.

Los niños se interesan

–        ¿Cómo es esta mujer?

–        ¿Qué hace?

–        ¿Es una labriega?

–       ¿Tiene un buen amo?

Y lo miran interrogantes:

–        Juana no es una campesina.

Pero tiene un jardín lleno de rosas y es buena como un ángel.

Su marido también es bueno. Él también os querrá».

Un poco incrédulo, Mateo pregunta.

–       ¿Tú crees, Maestro? 

–        Estoy seguro.

Y vosotros también os convenceréis de ello.

Hace tiempo Cusa quería a Margziam para hacer de él un noble.  

Pedro grita.

–       ¡Ah, eso de ninguna manera! 

–       Margziam será un noble de Cristo.

Sólo esto, Simón. ¡Tranquilo!

El lago se pone de nuevo de color ceniza.

Se frunce al levantarse un poco de viento.

La vela se tensa, la barca avanza vibrando.

Pero los niños están tan embelesados con la idea de su nueva mamá, que no sienten miedo.

Pasa Mágdala con sus casas blancas entre el verdor de los campos.

Pasa la campiña entre Mágdala y Tiberíades.

Se ven las primeras casas de Tiberíades.  

Pedro pregunta.

–        ¿A dónde, Maestro?

–        Al embarcadero de Cusa.

Pedro vira y da indicaciones al mozo.

La vela cae, mientras la barca orienta su proa hacia el embarcadero para adentrarse;

luego en él, hasta detenerse junto al pequeño espigón, seguida por la otra.

Están paradas las dos, una detrás de otra, como dos ánades cansadas.

Bajan todos.

Juan se adelanta corriendo para avisar a los jardineros.

Los niños, acobardados, se arriman a Jesús.

Y María, emitiendo un suspiro, tirando del vestido de Jesús,

pregunta:

–        ¿Pero es buena de verdad?

Juan vuelve:

–       Maestro, un doméstico está abriendo la cancela.

Juana ya está levantada.

–        Bien.

Esperad todos aquí.

Voy a adelantarme.

Y Jesús se encamina solo.

Los otros lo ven ir adelante y hacen comentarios más o menos favorables al paso que quiere dar Jesús.

No faltan dudas ni críticas.

Desde el lugar donde están, sólo ven que acude Cusa al encuentro de Jesús,

se inclina profundamente en el umbral de la cancela,

y se adentra en el jardín a la izquierda de Jesús.

Luego no se ve nada más.

Jesús andando despacio al lado de Cusa, que muestra toda su alegría de recibirlo en su casa:  

El mayordomo de Herodes está tan dichoso,

que dice:

–        Mi Juana se pondrá muy contenta.

Yo también lo estoy.

Está cada vez mejor. Me ha hablado del viaje.

¡Qué éxitos, mi Señor!  

Jesús pregunta:

–        ¿No te ha causado pesar?

–        Juana es feliz.

Yo me siento feliz de verla feliz a ella.

Podía no tenerla ya desde hace meses, Señor.

–        Podía haber sido así…

Y Yo te la di de nuevo.

Tienes que saber ser agradecido con Dios.

Cusa lo mira turbado…

y susurra:

–        ¿Es una reprensión, Señor?

–        No. Un consejo.

Sé bueno, Cusa.

–        Maestro, sirvo a Herodes…

–        Lo sé.

Pero tu alma no está sometida a nadie, aparte de Dios, si no lo quieres.

–        Es verdad, Señor.

Me enmendaré.

Algunas veces se apodera de mí el respeto humano…

–        ¿Lo habrías tenido el año pasado, cuando querías salvar a Juana?

–        ¡No!

A costa de perder cualquier honor, me habría dirigido a quien hubiera pensado que la podía salvar.

–        Haz lo mismo por tu alma.

Es más valiosa aún que Juana.

Ahí viene ella.

Viene a su encuentro corriendo por el paseo.

Ellos aceleran el paso.  

Juana riendo feliz, dice:

–        ¡Maestro mío!

No esperaba volver a verte tan pronto.

¿Qué bondad tuya te conduce a tu discípula?

–        Una necesidad, Juana.

–        ¿Una necesidad?

Al mismo tiempo, los dos esposos exclaman:

–       ¿Cuál?

Habla que, si podemos te ayudamos. 

–        Ayer tarde he encontrado en un camino desierto a dos niños…

Una niñita y un pequeñuelo…

Descalzos, andrajosos, hambrientos, solos…

Y he visto a un hombre de corazón de fiera;

que los arrojaba de su presencia como si fueran animales perjudiciales.

Estaban medio muertos de hambre…

A ese hombre le procuré el bienestar el año pasado y ahora ha negado un pan a dos huérfanos.

Porque son huérfanos.

Huérfanos… por los caminos de este mundo cruel.

Ese hombre recibirá su castigo.

¿Queréis vosotros mi bendición?

Yo, Mendigo de amor, extiendo ante vosotros mi mano;

para estos huérfanos sin casa, sin vestidos, sin pan, sin amor.

¿Queréis ayudarme?

Impetuoso Cusa exclama:

–        ¡Pero, Maestro, ¿Lo pides?!

¡Di lo que quieres; cuanto quieras; di todo!…

Juana no habla, pero con las manos juntas en su pecho, una lágrima en sus largas pestañas…

Con una sonrisa de anhelo en sus rojos labios, espera…

Y habla más que si hablara.

Sonriendo…Jesús la mira y sonríe:

–       Quisiera que esos niños tuvieran una madre, un padre, una casa.

Y que la madre se llamara Juana…

No tiene tiempo de terminar…

Porque el grito de Juana es como el de uno que hubiera sido liberado de una prisión,

mientras se postra a besar los pies de su Señor.

–        ¿Y tú, Cusa, qué dices?

¿Acoges en mi Nombre a estos mis amados?

¿A estos que para mi corazón son mucho más estimables que las preseas?

Cusa está muy emocionado,

y dice:

–        Maestro, ¿Dónde están?

Llévame a ellos.

Por mi honor te juro que desde el momento en que deposite mi mano sobre sus cabezas inocentes,

los querré en tu Nombre como un verdadero padre. 

Jesús los invita:

–        Venid, entonces.

Sabía que no venía en vano. Venid.

Son agrestes, están asustados, pero son buenos.

Fiaos de Mí, que veo los corazones y el futuro.

Darán paz y unión a vuestra unión, no tanto ahora cuanto en el futuro.

En su amor os identificaréis de nuevo.

Sus inocentes abrazos serán la mejor argamasa para vuestra casa de esposos.

Y el Cielo se os mostrará benigno, siempre misericordioso por esta caridad que hacéis.

Están afuera, en la cancela.

Venimos de Betsaida…

Juana no escucha más.

Se adelanta, corriendo, cautiva del frenesí de acariciar niños.

Y lo hace:

Cae de rodillas, para estrechar contra su pecho a los dos huerfanitos.

Y besa sus mejillas macilentas;

mientras ellos miran atónitos a esta hermosa señora de vestido enjoyelado.

Miran asombrados a Cusa;

que los acaricia y coge en brazos a Matías.

Miran también el espléndido jardín…

Y a los domésticos, que están acudiendo al lugar…

Y miran la casa…

Que abre sus vestíbulos llenos de riquezas a Jesús y a sus apóstoles.

Y miran a Esther, la nodriza de Juana que los cubre de besos.

El mundo de los sueños se ha abierto ante estos pequeños desvalidos…

Jesús observa y sonríe…

297 CIENCIA Y SABIDURÍA


297 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es verdaderamente una familia -con Jesús y María como cabezas- Ésta que, dando la espalda

a Bethania en una mañana serena de Octubre,

se dirige hacia Jericó para pasar a la orilla opuesta del río Jordán.

Las mujeres marchan agrupadas en torno a María.

Sólo falta Analía en el grupo femenino de las discípulas.

O sea, en el grupo de las tres Marías, Juana, Susana, Elisa, Marcela, Sara y Síntica.

Agrupados en torno a Jesús están:

Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo,, Mateo, Juan y Santiago de Zebedeo,

Simón Zelote, Juan de Endor, Hermasteo y Timoneo.

Margziam, por su parte, saltando como un cabritillo, va y viene incansable de este grupo a aquél,

porque caminan a pocos metros uno tras otro.

Cargados con pesados talegos, van alegres por el camino dulcemente soleado,

por la campiña solemne transida de quietud.

Juan de Endor anda con esfuerzo, oprimido por el peso que le cuelga de sus espaldas.

Pedro se da cuenta,

y dice:

–       Dámelo, ya que has querido coger de nuevo este lastre.

¿Sentías nostalgia de esto?

–       Me lo ha indicado el Maestro.

–       ¿Sí?

¡Ésta sí que es buena!

¿Y cómo así?

–     No  lo sé.

Ayer por la noche me dijo: “Coge otra vez tus libros y sígueme con ellos”.

–       ¡Hay que ver!…

Bueno, pero, si lo ha dicho Él, está claro que es una cosa buena.

Quizás lo hace por esa mujer.

¡Cuánto sabe, ¿No?!

¿Tú también sabes tantas cosas?

–        Casi. Es muy docta.

–       De todas formas,

no vas a seguir viniendo detrás de nosotros con este peso, ¿Verdad?

–       ¡No creo!

No lo sé.

De todas formas, lo puedo llevar también yo…

–       No, amigo.

Me preocupa mucho que te enfermes.

¿No te das cuenta de que estás mal de salud?

–       Sí, lo sé.

Me siento morir.

–      No gastes bromas y déjanos al menos llegar a Cafarnaúm!

Se está tan bien ahora, nosotros solos sin ese…

¡Maldita lengua!

¡He faltado una vez más a mi promesa al Maestro!…

¿Maestro? ¿Maestro?

Jesús responde:

–       ¿Qué quieres, Simón?

–       He murmurado de Judas y te había prometido que no lo volvería a hacer.

Perdóname.

–       Sí.

Trata de no volver a hacerlo.

–       Tengo todavía 489 veces de recibir tu perdón..

Andrés sorprendido, pregunta: ..

–       Pero, ¿Qué dices, hermano?

Y Pedro, lleno de brillo de sagacidad su rostro bueno,

torciendo el cuello bajo el peso del saco de Juan de Endor:

–       ¿Ya no te acuerdas de que dijo que debíamos perdonar setenta veces siete?

Por tanto me quedan todavía 489 perdones.

Y llevaré la cuenta escrupulosamente…

Todos se echan a reír.

Incluso Jesús tiene que sonreír por fuerza; pero responde:

–       Mejor sería, niño grande, que es lo que eres;

si llevaras la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno.

Pedro se junta a Jesús y con el brazo derecho rodea su cintura,

diciendo:

–       ¡Querido Maestro mío!

¡Qué feliz me siento de estar contigo!

¡Bah! Tú también estás contento…

Y entiendes lo que quiero decir.

Estamos nosotros solos.

Está tu Madre. Está el niño.

Vamos a Cafarnaúm.

La estación es hermosa…

Cinco razones para sentirnos felices.

¡Verdaderamente es hermoso ir contigo!

¿Dónde vamos a detenernos esta noche?

–       En Jericó.

–       El año pasado en Jericó vimos a la Velada.

¿Quién sabe qué habrá sido de ella?Me gustaría saberlo…

Y hemos encontrado también al de las viñas…

La carcajada de Pedro es tan sonora que contagia a los demás.

Se echan a reír todos, recordando la escena del encuentro con Judas de Keriot.

Jesús en tono de reprensión.,

dice:

–       ¡Eres incorregible, Simón!

–       No he dicho nada, Maestro.

Me han venido ganas de reír al pensar en su cara cuando nos ha encontrado allí…

en sus viñas…

Pedro ríe con verdaderas ganas, tanto que debe detenerse,

mientras los otros siguen caminando y riéndose por fuerza.

Las mujeres alcanzan a Pedro.

María pregunta con dulzura:

–      ¿Qué te sucede, Simón?

–       No lo puedo decir porque cometería otra falta de caridad.

Pero… mira, Madre, tú que eres sabia, quisiera saber tu opinión.

Si acuso con un fondo maligno a alguien o peor todavía, levanto una calumnia, peco, es natural.

Pero, si me río de una cosa que todos saben, de un hecho que todos conocen,

una cosa que hace reír,

como por ejemplo, recordar la sorpresa de un  embustero, su turbación,

sus explicaciones para disculparse y volver a reírme como entonces nos reímos,

¿Está también mal?

María responde:

–       Es una imperfección respecto a la caridad.

No es pecado como lo es la maledicencia o la calumnia;

y ni siquiera como una acusación velada;

pero es de todas formas, una falta de caridad.

Es como una hebra de hilo que se saca de un tejido.

No se trata de un agujero que eche a perder la tela,

pero es algo que perjudica y da pie, para que haya rasgaduras y agujeros.

¿No te parece?

Pedro se restriega la frente…

y dice un poco avergonzado:

–       Sí.

No lo había pensado nunca.

–       Piénsalo ahora y no lo vuelvas a hacer.

Hay carcajadas que ofenden a la caridad más que un bofetón.

¿Alguno ha cometido un error?

¿Lo hemos pillado en una mentira o en otra falta?

La posesión demoníaca perfecta utiliza todos los pecados, para hacer sufrir al poseso y a sus prójimos…

¿Y entonces?

¿Por qué recordarlo?

¿Por qué hacérselo recordar a otros?

Corramos un velo sobre las faltas de los hermanos, pensando siempre:

“Si fuera yo el que hubiera faltado,

¿Me gustaría que otro recordase esta falta y que la hiciera recordar a otros?”

Hay sonrojos íntimos, Simón, que hacen sufrir mucho.

No menees la cabeza.

Sé lo que quieres decir…

Pero también los culpables los tienen, créelo.

Sea siempre tu primer pensamiento: “¿Desearía eso para mí?”.

Verás como no volverás a pecar contra la caridad.

Y sentirás siempre mucha paz dentro de ti.

Mira a Margziam allí cómo salta y canta feliz.

Es porque no tiene ninguna preocupación en su corazón; no tiene que pensar

en itinerarios, ni en compras, ni en las palabras que tendrá que decir.

Sabe que otros se preocupan por él de estas cosas.

Haz tú igual. Abandona todo en Dios,

incluso el juicio sobre las personas.

Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios,

¿Por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar?

Llegará el momento en que tengas que ser juez y árbitro.

Y entonces dirás: “¡Antes era mucho más fácil y menos peligroso!”.

Y te juzgarás necio por haber querido cargarte antes de tiempo con tanta responsabilidad.

¡Juzgar! ¡Qué cosa tan difícil!

¿Has oído lo que ha dicho Síntica hace unos días?

“Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto”.Dijo una cosa muy exacta.

Muchas veces juzgamos siguiendo justamente las reacciones de los sentidos,

y, por tanto, con suma imperfección.

Deja de juzgar…

–       Sí, María.

A ti verdaderamente te lo prometo.

¡Pero yo no sé todas esas cosas maravillosas que sabe Síntica!

Síntica responde:

–       ¿Y te apena, hombre?

¿No sabes que yo quiero desembarazarme de ellas, para tomar solamente las cosas que tú conoces?

–       ¿Lo dices de verdad?

¿Por qué?

–       Porque con la ciencia puedes mantenerte en esta tierra,

pero con la sabiduría conquistas el Cielo.

Lo mío es ciencia, lo tuyo sabiduría.

–       ¡Pero con tu ciencia has sabido llegar a Jesús!

Por tanto, es una cosa buena.

–      Mezclada con muchos errores;

por eso querría despojarme de ella para revestirme solamente de sabiduría.

¡Fuera las vestiduras engalanadas y vanas!

Sea mi vestido el austero y sin externa vistosidad de la sabiduría, que viste con

imperecedero vestido no lo corruptible sino lo inmortal.

La luz de la ciencia tiembla y vacila; la de la sabiduría resplandece uniforme y siempre

constante como es lo Divino de que se genera.

Jesús ha aminorado el paso para oír.

Se vuelve y dice a la griega:

–       No debes aspirar a despojarte de todo lo que sabes.

Lo que debes hacer es entresacar de este saber tuyo aquello que sea un átomo de

Inteligencia eterna, conquistado por mentes de innegable valor.

–       ¿Entonces, esas mentes han encarnado en sí el mito del fuego arrebatado a los dioses?

–        Sí, mujer.

En este caso, no es que lo hayan arrebatado, sino que han sabido tomarlo

cuando la Divinidad los rozaba con sus fuegos,

acariciándolos como ejemplares diseminados entre una humanidad venida a menos,

de lo que es el hombre, un ser dotado de razón.

–       Maestro, deberías señalarme lo que tengo que conservar y lo que tengo que dejar.

No sería buen juez.

Y luego, para llenar los espacios vacíos, meter luces de tu sabiduría.

–      Ésa es mi intención.

Te indicaré hasta dónde es sabio el pensamiento adquirido por ti

y lo continuaré desde ese punto, hasta el final de la idea verdadera.

Para que sepas.

Les vendrá bien también a éstos, destinados a tener muchos futuros contactos con los gentiles.

Santiago de Zebedeo. con tono de lamento,

dice:

–        No vamos a entender nada.

–       Por ahora, poco.

Pero llegará el día en que comprendáis, tanto las lecciones de ahora como su necesidad.

Tú, Síntica, exponme los puntos que para ti son oscuros.

Durante las pausas de nuestro camino te los iré aclarando.

–        Sí, mi Señor.

El deseo de mi alma se funde con tu deseo.

Yo, discípula de la Verdad;

Tú, Maestro.

El sueño de toda mi vida: poseer la Verdad.

295 EL JUICIO PERSONAL


295 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús regresa con los apóstoles de una gira apostólica por las cercanías de Betania.

Debe haber sido una gira breve, porque no traen siquiera los talegos de las provisiones.

Vienen hablando entre ellos.

Dicen:
–       Ha sido un buen regalo el de Salomón el barquero.

¿No es verdad, Maestro?

Jesús responde: 

–       Sí, un buen regalo.

Judas disiente de los demás,

observando con desprecio:

–       No veo mucho de bueno en esa cosa.

Nos ha dado lo que ya a él, que es discípulo, no le sirve.

No hay motivo para ensalzarlo…

Simón Zelote, dice serio:

–       Una casa siempre viene bien.

–       Si fuera como la tuya.

Pero, ¿Qué es?

Una casucha malsana.

—      Es todo lo que tiene Salomón 

Pedro añade: 

–      Y de la misma forma que él allí se ha hecho viejo sin enfermedades,

podremos ir de vez en cuando nosotros.

¿Qué quieres?

¿Todas las casas como la de Lázaro? 

–       No quiero nada.

No veo la necesidad de este regalo.

Cuando se fuera a ese lugar, se podría estar en Jericó.

Están sólo a unos pocos estadios de distancia.

Para unos como nosotros, que parecemos gente perseguida,

obligados a caminar siempre,

 –      ¿Unos pocos estadios qué es?

Antes de que la paciencia de los otros falle, como ya claros signos lo avisan…. 

Jesús interviene:,

–       Salomón, en proporción a sus bienes, ha dado más que nadie.

Porque ha dado todo.

Lo ha dado por amor.

Lo ha dado para ofrecernos un cobijo en caso de que nos coja la lluvia,

en esa zona poco hospitalaria.

O en caso de una crecida del río.

Y sobre todo, en caso de que la mala voluntad judía, se haga tan fuerte que sea aconsejable

interponer entre ella y nosotros el río.

Esto por lo que respecta al regalo.

Y el que un discípulo, humilde y rudo, pero muy fiel y lleno de buena voluntad,

haya sabido llegar a esta generosidad, que denota en él la clara voluntad de ser para siempre

discípulo mío, me procura una gran alegría.

Verdaderamente veo, que muchos discípulos con las pocas lecciones que han recibido de Mí

os han superado a vosotros, que mucho habéis recibido.

Vosotros no me sabéis sacrificar, tú especialmente, ni siquiera eso que no cuesta nada:

el juicio personal…

Tú te lo conservas duro, resistente a cualquier flexión.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Judas replica: 

–       Dices que la lucha contra uno mismo es la más costosa…

–       ¿Y con eso quieres decirme que me equivoco al decir que no cuesta nada?

¿Es así? 

¡Tú sabes bien lo que quiero decir!

Para el hombre -y verdaderamente eres un auténtico hombre- sólo tiene valor lo que es

comerciable.

El yo no se comercia a precio de moneda.

A menos que…

A menos que uno se venda a alguien esperando un beneficio.

Un tráfico ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás.

Es más, mayor, porque además de al alma abraza también al pensamiento,

juicio, o libertad del hombre, llámala como quieras.

Existen también estos desdichados…

Pero no pensemos en ellos por el momento.

He elogiado a Salomón porque veo todo lo bueno que hay en su acto.

Y basta así.

Hay un largo momento de silencio.

Luego Jesús continúa:

–       Dentro de algunos días Hermasteo podrá andar sin perjuicio.

Yo voy a volver a Galilea.

No vendréis todos conmigo.

Una parte se quedará en Judea y luego volverá arriba con los discípulos judíos,

de forma que estemos todos juntos para la fiesta de las Luces.

Los apóstoles comentan entre sí…

–      ¿Tanto tiempo?

–      ¿Y a quién le va a tocar? 

Jesús recoge el cuchicheo…

y responde:

–       Les va a tocar a Judas de Simón, a Tomás, a Bartolomé y a Felipe.

Pero no he dicho que haya que estar en Judea hasta la fiesta de las Luces.

Incluso quiero que recojáis o aviséis a los discípulos, para que estén para la fiesta de las Luces.

Por tanto, iréis, los buscaréis.

Los reunís y los avisáis.

Y mientras, les ponéis atención y les ayudáis en todo. 

Luego seguiréis mis pasos trayendo con vosotros a los que hayáis encontrado;

para los otros, dejáis dado el aviso de que vengan.

En estos momentos tenemos ya amigos en los principales lugares de Judea.

Nos harán este favor de avisar a los discípulos.

Después, en el camino de regreso hacia Galilea, por la Transjordania,

y sabiendo que Yo iré por Gerasa, Bosra, Arbela, hasta Aera;

vais recogiendo a todos los que a mi paso no se hayan atrevido a manifestar su petición

de doctrina o milagro y que luego hayan lamentado el no haberlo hecho.

Los conduciréis a Mí.

Estaré en Aera hasta vuestra llegada.

Judas dice: 

–       Entonces convendría salir en seguida.

–       No.

Saldréis al caer de la tarde del día anterior de mi partida.

Iréis donde Jonás, al Getsemaní.

Allí estaréis hasta el día siguiente.

Luego saldréis para Judea.

Así podrás ver a tu madre y le servirás de ayuda en este momento de contrataciones agrícolas.

–        Ya hace años que ha aprendido a arreglárselas por sí sola.  

Con una buena dosis de ironía,.

Pedro observa: 

–       ¿No te acuerdas de que el año pasado le eras indispensable para la vendimia?

Judas se pone más rojo que una amapola, afeado por su ira y vergüenza.

Pero Jesús sale al paso de cualquier posible respuesta hablando Él:

–       Un hijo siempre sirve de ayuda y de confortación a su madre.

Ya hasta Pascua, e incluso después, no te volverá a ver.  

Por tanto, ve y haz lo que te digo.

Judas no replica ya a Pedro,

pero descarga su rabia contra Jesús:

–       Maestro,

¿Sabes qué tengo que decirte?

Que tengo la impresión de que quieres deshacerte de mí; 

al menos separarme, porque tienes sospechas;

porque me crees injustamente culpable de algo, porque me faltas a la caridad,

porque…

Jesús ordena imperioso: 

–       ¡Judas!

¡Basta! Podría decirte muchas cosas.

Sólo te digo: “Obedece”.

Jesús se muestra majestuoso al decir esto.

Alto, con mirada centelleante y rostro severo…

Hace temblar.

Judas también se atemoriza.

Se repliega y se pone el último de todos, mientras que Jesús se pone a la cabeza, solo.

Entre ambos, el grupo enmudecido de los apóstoles.

271 EVANGELIZAR CON OBRAS


271 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y llevando al niño en medio entre Él y Mannaém, reanuda su camino.

Caminan ligeros por la campiña hacia Cafarnaúm

Durante el trayecto van hablando sobre la importancia de la Caridad.

Llegan a Cafarnaúm.

Los apóstoles ya han llegado.   

Después de la disputa con los fariseos ha comenzado ya la vigilia del sábado.

Y todos se han reunido en la terraza, a la sombra del emparrado,

donde cuentan a Mateo que todavía no está curado,

sus aventuras en sus respectivas misiones evangelizadoras.

Al oír el leve roce de las sandalias contra la pequeña  escalera, se vuelven.

Y ven que la cabeza rubia de Jesús sobresale cada vez más por el antepecho de la terraza.

Corren hacia Él, que viene muy sonriente…

Y se quedan de piedra cuando ven que detrás de Jesús hay un pobre niño.

Seguido por Mannaém, que sube regio y magnífico,

con su esplendorosa túnica de lino blanco.

Más bella de lo que ya de por sí es, ceñida por el valioso cinturón y  el manto rojo fuego,

de lino tan brillante que parece seda y que apenas si descansa sobre los hombros,

sostenido por fíbulas de oro, con rubíes;

para formarle una cauda detrás.

Y que junto con la prenda que cubre su cabeza de lino cendalí,

sujeta con una diadema sutil de oro,

lámina burilada, que divide su amplia frente a la mitad…

Y le hace parecer un rey egipcio.

La presencia majestuosa de Mannaém, evita una avalancha de preguntas;

expresadas de todas formas, muy claramente con los ojos.

Así que, después de los saludos recíprocos, una vez sentados ya al lado de Jesús,

los apóstoles, señalando al niño,

preguntan:

–       ¿Y éste?

Jesús responde:

–      Este es mi última conquista.

Un pequeño José, carpintero, como el que fue mi padre, el gran José;

por tanto, amadísimo mío, como Yo amado suyo.

¿No es verdad, pequeño?

El niño asiente con la cabeza.

Y Jesús lo llama:

–       Ven aquí.

Para presentarte a mis amigos:

Éstos de los que tanto has oído hablar.

Este es Simón Pedro, el hombre más bueno del mundo con los niños;

éste es Juan, un niño grande, que te hablará de Dios incluso jugando;

éste es Santiago su hermano, serio y bueno como un hermano mayor.

Y éste es Andrés, hermano de Simón Pedro:

harás inmediatamente buenas migas con él, porque es manso como un cordero.

Luego, éste es Simón el Zelote:

éste ama tanto a los niños que no tienen padre;

que creo que daría la vuelta al mundo, si no estuviera conmigo, para buscarlos.

Luego, éste es Judas de Simón y sentados junto a él, están:

Felipe de Betsaida y Nathanael.

¿Ves cómo te miran?

Ellos también tienen niños y quieren mucho  a los niños.

Y éstos son mis hermanos Santiago y Judas:

Aman todo lo que Yo amo, por eso mucho te querrán. 

(Los milagros son signos para ayudarnos en nuestro ministerio apostólico …

Señales para disipar dudas e incredulidad…

NO para proporcionarnos comodidades a los corredentores.

Por eso Mateo está incapacitado temporalmente…)

Ahora vamos a acercarnos a Mateo, que tiene muchos dolores en el pie.

Y a pesar de todo, no guarda rencor a los niños que, jugando alocadamente;

le han pegado con una piedra puntiaguda.

¿Verdad Mateo?

El apóstol sonríe y responde: 

–      Así es, Maestro. 

¿Es hijo de la viuda?

–       Sí.

Es un niño estupendo y muy inteligente, pero ahora está muy triste.

Mateo lo acaricia atrayéndolo hacia sí,

mientras dice.

–       ¡Pobre niño!

Voy a hacer que llamen a Santiaguito, para que juegues con él.

Jesús termina la presentación con Tomás,

el cual práctico como es

la completa ofreciéndole al niño un racimo de uvas arrancadas de la pérgola.   

Jesús concluye: 

–        Ahora sois amigos.

Y se sienta.

Mientras tanto, el niño disfruta sus jugosas uvas…

Y responde a Mateo, que lo tiene abrazado a su lado.

Pedro pregunta: 

–       ¿Dónde has estado tan solo, toda la semana?

Jesús dice; 

–       En Corozaín, Simón de Jonás.

–      Sí, lo sé.

¿Pero qué hiciste?

¿Estuviste en la casa de Isaac?

–       Isaac el viejo ha muerto.

–       ¿Y entonces?

–       ¿No te lo ha dicho Mateo?

–       No.

Sólo ha dicho que te habías quedado en Corozaín desde el día de nuestra partida.

–       Mateo es mejor que tú.

Sabe callar y tú no sabes refrenar tu curiosidad.

–       No solo la mía.

La de todos.

–       Pues bien.

Fui a Corozaím a predicar la Caridad con la práctica.

Varios le preguntan al mismo tiempo:

–      ¿La caridad con la práctica?

–      ¿Qué quieres decir? 

–       En Corozaín hay una viuda con cinco hijos y una anciana enferma.

El marido murió de repente cuando estaba trabajando en el banco de carpintero.

Y ha dejado tras de sí miseria y unos trabajos inacabados.

Corozaín no ha sabido encontrar una migaja de piedad, para con esta familia desdichada.

Fuí a terminar los trabajos y…

–       ¡¡¿ Queeé ?!!

Se produce un pandemónium:

Quién pregunta, quién protesta, quién regaña a Mateo por haberlo consentido.

Quién manifiesta admiración, quién critica.

Y por desgracia, quienes protestan o critican son la mayoría.

Jesús deja que la borrasca se calme, de la misma forma que se ha formado…

Y por toda respuesta, 

añade:

–      Y pasado mañana regresaré allí

Terminaré un trabajo.

Espero que al menos vosotros comprendáis.

Corozaín es un hueso de fruta cerrado, sin semilla.

Por lo menos vosotros sed huesos de fruta con ella.

Josesito, por favor dame esa nuez que te ha dado Simón.

Y escucha tú también.

¿Veis esta nuez?

La tomo porque no tengo otros huesos de fruta en la mano.

Pero, para entender la parábola, pensad en los núcleos de piñones o palmas.

Pensad en los más duros, por ejemplo: en los de las aceitunas.

Son envolturas clausuradas, sin fisuras;

durísimas, de una madera compacta.

Parecen mágicos cofres que sólo con violencia se pueden abrir.

Pues bien, a pesar de todo, si se echa uno de estos titos al suelo,

sencillamente arrojado  sobre la tierra. 

Y si algún caminante pasando por encima, lo incrusta en la tierra al pisarlo,

lo suficiente para que entre un poco en el suelo,

¿Qué sucede?

Pues que el cofre se abre, echa raíces y hojas.

¿Cómo se produce esto por sí solo?

¿Cómo lo logró?

Nosotros tenemos que emplear el martillo

Pues para conseguir abrirlos, tenemos que golpear mucho con el martillo;

Y sin embargo, sin golpes; el hueso se abrió.

¿Tiene algo mágico esa semilla?

No. Lo que tiene dentro es una pulpa.

¡Oh! ¡Una cosa muy débil respecto a la dura cáscara!

Y con todo, alimenta algo todavía más pequeño: la semilla.

Ésta es la poderosa palanca que fuerza, abre… 

Produce la planta con raíces y hojas, que luego será un árbol con frondas.

Haced la prueba de enterrar unos titos y luego esperad.

Veréis como algunos nacen y otros no.

Extraed de la tierra los que no han nacido.

Abridlos con el martillo.

Veréis como son semillas vacías.

No es pues, la humedad del suelo, ni el calor los que hacen abrir el hueso; sino la pulpa.

Y más: el alma de la pulpa;

el germen, que hinchándose, hace palanca y abre. 

Ésta es la parábola.

Apliquémosla a nosotros mismos.

¿Qué hice que no estuviera bien?

¿Nos hemos entendido tan poco, como para no comprender que la hipocresía es un pecado

y que la palabra es viento, si no es la fuerza de la acción?

¿Acaso no os he dicho siempre: Amaos los unos a los otros’?

El Amor es el precepto de la gloria.

Yo que predico, ¿Puedo faltar a la Caridad?

¿Daros el ejemplo de un Maestro Mentiroso?

¡No! ¡Jamás!

¡Amigos míos!

Nuestro cuerpo es el hueso duro;

en el hueso duro está encerrada la pulpa, el alma;

dentro de ella, el germen que Yo he depositado y que está formado de muchos elementos,

el principal de los cuales es la Caridad.

Es la caridad la que hace de palanca para abrir el hueso

y librar al espíritu de las constricciones de la materia

y restablece su unión con Dios, que es Caridad.

La caridad no se hace sólo de palabras o de dinero.

La caridad se hace sólo con la Caridad.

Y no os parezca un juego de palabras.

Yo no tenía dinero

Las palabras, para este caso, no eran suficientes.

Aquí había siete personas al borde del hambre y la angustia.

La desesperación ya lanzaba sus negras garras para hacer presa y asfixiar.

El mundo se apartaba, duro y egoísta, ante esta desventura;

daba muestras de no haber comprendido las palabras del Maestro.

El Maestro ha evangelizado con las Obras. 

Yo tenía la capacidad y libertad para hacerlo.

Y tenía el deber de amar por el mundo entero a estos míseros, a quienes el mundo desprecia.

He hecho todo esto.

¿Podéis todavía criticarme?

¿O debo ser Yo quien os critique, en presencia de un discípulo que no se acobardó

de meterse entre el aserrín y las virutas, por no abandonar al Maestro?

Y estoy seguro de que se convenció más de Mí,

viéndome inclinado, trabajando sobre la madera;

de lo que se hubiera persuadido viéndome sobre un trono.

O ante la presencia de un niño, que ha experimentado lo que Soy;

no obstante su ignorancia; la desventura que lo oprime…

Y su absoluta falta de conocimiento del Mesías, como Tal…

¿No respondéis?

No os apenéis sólo cuando levanto mi Voz, para corregir ideas equivocadas.

Lo hago por amor.

Si no… Meted en vosotros el germen que santifica y que abre el hueso.

De otro modo, seréis siempre seres inútiles.

Lo que hago debéis hacerlo con prontitud también vosotros…

Ningún trabajo, por amor del prójimo; para llevar a Dios un alma; os debe pesar.

El trabajo, cualquiera que sea; jamás humilla.

Pero sí humillan las acciones bastardas;

la falsedad; las acusaciones mentirosas; las acciones bajas, las denuncias mentirosas,

la crueldad, los abusos, la dureza; las vejaciones; 

la usura, las calumnias, la lujuria.

El Adulterio es el asesino mayor de las almas…

Éstas matan al hombre y con todo; las hacen sin experimentar vergüenza;

aún aquellos que quieren ser llamados perfectos.

Y que ciertamente se han sentido mal al verme trabajar con la sierra y el martillo…

El trabajo, sea cual fuere, no es nunca humillante;

Estas cosas son las que envilecen al hombre,

aunque, a pesar de ello, se lleven a cabo sin sentir vergüenza.

(Me refiero también a quienes quieren considerarse perfectos,

pero que se han escandalizado al verme trabajar con la sierra y el martillo).

¡Oh, el martillo!:

¡Cuán noble será, si se usa para meter clavos en una madera…

Y hacer un objeto que sirva para dar de comer a unos huerfanitos!,

¡Cuán distinta será la condición del martillo, modesta herramienta,

si lo usan mis manos y además con fin santo;

cuánto querrán tenerlo todos aquellos que ahora

¡Oh, hombre!

¡Criatura que deberías ser luz y verdad!

¡Cuán tenebroso y mentiroso eres!

Pero vosotros al menos comprended qué cosa es el bien.

Qué cosa sea la caridad.

Qué la obediencia.

En verdad os digo que los fariseos son muchos y que no faltan entre los que me rodean.

manifestarían a gritos su escándalo por causa de él!

¡Oh, hombre, criatura que deberías ser luz y verdad, cuánto eres tinieblas y mentira! 

.¡Vosotros, al menos vosotros, entended lo que es el bien!

¡Lo que es la caridad, lo que es la obediencia!

En verdad os digo que grande es el número de los fariseos.

Y…

254 DESPRECIO CLASISTA


254 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y Santiago han bajado por la pendiente del Carmelo, hasta  llegar a un cruce de caminos  de la llanura de Esdrelón,

Donde se encuentran los discípulos en torno a una hoguera bien alimentada,

que resplandece en las primeras sombras del anochecer,

Jesús pregunta: 

–      ¿Qué hacéis, amigos, junto a este fuego?

Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan.

Y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro,

como si hiciera un siglo que no lo vieran.

Luego explican:

–      ¡Oh, Maestro!

Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yizreel.

Y de tan contentos como se han puesto, nos han regalado cada uno un cordero.

Hemos decidido asarlos y dárselos a los campesinos de Doras.

Miqueas de Yocaná los ha degollado y preparado.

Ahora los vamos a poner a que se asen.

Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras, para que

vengan cuando se haga de noche, cuando ya a esas horas,

el administrador se encierra en la casa a emborracharse. 

Las mujeres llaman menos la atención…

Hemos tratado de verlos pasando como viandantes por los campos, pero poco se ha hecho.

Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir…

algo más, para el alma.

Y poner los medios para que se sintieran bien, también en lo corporal,

como has hecho Tú las otras veces.

Pero, ahora que estás Tú, será más interesante.

–     ¿Quién iba a hablar?

Pedro comenta: 

–      ¡Bueno pues, todos un poco!

Así, como si fuera una cosa espontánea, familiar.

No somos capaces de más.

Y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, el Zelote y Tadeo no quieren hablar.

Tampoco Judas de Simón.

También Bartolomé está evitando hablar…

Incluso hemos discutido por este motivo… 

–      ¿Y por qué no quieren hablar estos cinco?

–      Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre sean ellos…

Tu hermano Tadeo porque quiere que hable yo, porque  dice que no empiezo nunca…

Bartolomé porque…

Porque tiene miedo a hablar demasiado como maestro y a no saberlos convencer.

Como ves son excusas…

Jesús mirando a Judas,

le pregunta: 

–       ¿Y tú, Judas de Simón, por qué no quieres hablar?

–      ¡Por las mismas razones que los demás!

Por todas al mismo tiempo, porque todas son justas…

–      Muchas razones.

Y una no ha sido dicha.

Ahora juzgo Yo…

Y con juicio inapelable.

Tú, Simón de Jonás hablarás, como lo juzgó Judas Tadeo, que dice sabiamente.

Y tú, Judas de Simón, también hablarás.

Así una de las muchas razones, que Dios conoce y también tú, dejará de existir.  

Judas trata de rebatir: 

–      Maestro…

Piénsalo, no se trata de nada.

Créeme que no hay más… 

Pero la voz de Pedro le interrumpe:

–      ¡Oh, Señor!

¿Yo hablar estando Tú?

¡No soy capaz!

Temo que te rías…

–      No quieres estar solo…

No quieres estar conmigo…

¿Qué quieres entonces?

–      Tienes razón.

Pero es que… ¿Qué digo?

–      Mira tu hermano;

está viniendo con los corderos.

Ayúdale, y mientras los asas piensas en ello.

Todo sirve para encontrar temas.  

Pedro pregunta incrédulo: 

–      ¿Incluso un cordero en el fuego? 

–       Incluso.

Obedece.

Pedro emite un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más.

Se acerca donde Andrés, le ayuda a ensartar a los animales en una estaca puntiaguda;

que servirá de asador. y su cara refleja una gran preocupación…

Y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro

que le hace asemejarse a un juez en el momento de la sentencia.

Jesús ordena: 

–      Vamos a recibir a las mujeres, Judas de Simón.

Y se pone en camino, a su encuentro, en dirección a los campos sin vida de Doras.  

Después de unos minutos y sin ningún preámbulo,

Jesús dice:

–      Un buen discípulo…

No desprecia lo que su Maestro no desprecia, Judas.

La soberbia y la hipocresía de Judas, lo impulsan inmediatamente,

a contestar: 

Judas con posesión diabólica perfecta… 

–       Maestro…

No es que desprecie, lo que pasa es que, como Bartolomé, siento que no me entenderían.

Y prefiero no hablar.

–      Nathanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo de iluminar y consolar los corazones.

Hace mal también, porque le falta confianza en el Señor.

Pero tu caso es mucho peor…

Porque no es que tengas miedo a no ser comprendido.

Sino desdén de hacerte entender de pobres campesinos ignorantes de todo,

menos de la virtud.

En ésta verdaderamente superan a muchos de vosotros.

No has entendido nada todavía, Judas.

El Evangelio es realmente la Buena Nueva comunicada a los pobres,

enfermos, esclavos, afligidos.

Luego será también de los demás.

Pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo de infelicidad,

para reciban ayuda y consuelo.

Judas baja la cabeza y no responde nada.

En este preciso instante…

María, María Cleofás y Susana salen de entre una espesura.

Jesús las saluda: 

–       ¡Hola, Madre!

¡Paz a vosotras, mujeres!

La sonrisa de la Madre es radiante,

y responde amorosa: : 

–       ¡Hijo mío!

He ido a ver a esos… torturados.

Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites.

Doras se ha liberado de estas tierras y han pasado a Yocaná.

No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno.

Hoy se lo ha dicho a los campesinos el administrador.

El ya se ha marchado, llevándose en los carros hasta el último grano de trigo.

De forma que ha dejado a todos sin comer.

Y como además, el vigilante de Yocaná, hoy tiene comida solamente para los suyos;

pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer.

¡Ha sido verdaderamente providencia esos corderos!

–       También es providencia el que no sean ya de Doras.

Susana está muy indignada,

cuando dice: 

–      Hemos visto sus chozas…

Son unos horrorosos cuchitriles… 

María Cleofás concluye:

–      ¡Están tan contentos todos esos pobrecillos! .

Jesús responde: 

–      También Yo estoy contento.

En todo caso, estarán mejor que antes. 

Y vuelve hacia donde están los apóstoles.

Regresan todos al lugar donde se cocinan los corderos, en medio de espesas columnas de humo.

Juan de Endor lo alcanza, con unas ánforas de agua que lleva junto con Hermasteo.

Saludan a Jesús postrándose…

Y explica: 

–      Nos las han dado los de Yocaná.

Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos;

entre densas nubes de humo untuoso.

Pedro sigue dando vueltas a su asado… 

 Está muy concentrado en el fuego, mientras sigue pensando…

Y dando vueltas a su espitón.

Sin embargo, Judas Tadeo, teniendo abrazado por la cintura a su hermano Santiago; 

va y viene caminando mientras habla muy animadamente.

Los otros tienen diversas ocupaciones…

Quién trae más leña, quién prepara la mesa según su ingenio (!),

trayendo voluminosas piedras para que hagan de asiento o de mesa… 

En esto, llegan los campesinos de Doras.

Más delgados y harapientos que la última vez.

¡Y, sin embargo, qué felices!

Son unos veinte.

No hay ni siquiera un niño ni una mujer: sólo hombres pobres y solos…

Jesús les da la bienvenida:

–     Paz a todos vosotros.

Bendigamos juntos al Señor por haberos dado un amo mejor.

Bendigámoslo orando por la conversión del que tanto os ha hecho sufrir.

¿No es verdad?

Al abuelo de Margziam,

le pregunta amoroso: 

–      ¿Te sientes feliz, anciano padre?

Yo también.

Podré venir más a menudo con el niño.

¿Ya te han puesto al corriente?

¿Lloras de alegría, verdad?

Ven, ven, sin miedo…

El anciano le besa las manos inclinándose mucho, y llora.

Y susurra:

–       «No pido nada más al Altísimo.

Me ha dado más de cuanto esperaba.

Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento».

Muy asombrados al principio por estar con el Maestro,

los campesinos se sienten pronto serenos y seguros.

De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas hojas grandes,

colocadas encima de las piedras que habían traído antes.

Luego los dividen y ponen cada una de las partes encima de unas tortas de pan, poco gruesas

pero grandes, que sirven de plato.

Están ya más relajados y tranquilos, dentro de su simplicidad.

Y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada;

mientras cuentan los últimos acontecimientos.

Uno dice:

–       Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas;

pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor,

porque por ellos dejamos este infierno.

Y a pesar de que comparar hormigas y langostas con los ejércitos angélicos sea un poco fuerte,

ninguno ríe porque todos sienten el drama que se esconde bajo esas palabras.

La llama ilumina este grupo de personas, pero las caras no miran a la llama.

Y pocos miran a lo que tienen delante.

Todos los ojos convergen hacia el rostro de Jesús.

Sólo se distraen unos momentos cuando María de Alfeo, que se ocupa de dividir los corderos,

pone más carne en los panes de los hambrientos campesinos

y termina su obra envolviendo dos muslos asados en otras hojas grandes

Mientras le dice al anciano padre de Margziam:

–       Ten.

Así tendréis también un bocado para cada uno mañana.

Entretanto, el vigilante de Yocaná proveerá.

–       Pero vosotros…

–       Iremos más ligeros.

Toma, toma, hombre.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados…

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

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240 PARÁBOLA DEL MINERO


240 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

251 A los pescadores siro-fenicios: la parábola del minero perseverante.

Son las primeras horas de la mañana cuando Jesús llega a una ciudad de mar.

Está ante ella.

Cuatro barcas siguen a la suya.

La ciudad se adentra en el mar de una forma extraña, como si estuviera construida en un istmo.

O más exactamente como si un estrecho istmo uniera sus dos partes:

la que penetra completamente en el mar y la que se extiende sobre la orilla.

Vista desde el mar, parece un enorme hongo:

Acostada su cabeza en las olas, hincada su base en la costa y como pie el istmo).

A los lados del istmo, dos puertos:

Uno, el que mira a septentrión, menos cerrado, está lleno de embarcaciones pequeñas;

el otro, situado al Sur, mucho más protegido; está lleno de naves grandes, que llegan o zarpan.

Señalando hacia el puerto de las embarcaciones pequeñas,

Isaac dice:

–     Hay que ir allá.

Allí están los pescadores.

Costean la isla y se puede ver que el istmo es artificial;

una especie de dique ciclópeo que une la islita con tierra firme.

¡En aquellos tiempos construía sin tacañerías!

Realmente es una ciudad muy rica, con hermosos y funcionales puertos, con un gran número de navíos.

Con un comercio marítimo muy activo.

comercialmente muy activa.

Detrás de la ciudad, tras una zona de llanura, hay algunas colinas bajas y de gracioso aspecto.

En la lejanía se pueden ver el gran Hermón y la cadena libanesa.

Pues esta ciudad era una de las que se veía en la panorámica del monte;

donde estaban Simón y Juan contemplando el Líbano.

La barca de Jesús, entretanto, está llegando al puerto septentrional;

a la rada del puerto  donde se mueve lentamente sin atracar;

con los remos hacia adelante y hacia atrás, hasta que Isaac ve a los que buscaba.

Y los llama gritando.

Se acercan dos bonitas barcas de pesca.

Los pescadores se inclinan hacia las barcas más pequeñas de los discípulos.

Isaac les dice:

–       El Maestro está con nosotros, amigos.

Venid, si queréis oír su palabra.

Esta misma tarde vuelve a Sicaminón.

Ellos le contestan:

–      Enseguida.

–      ¿A dónde vamos?

–      A un lugar tranquilo.

El Maestro no baja a Tiro, ni a la ciudad de tierra firme.

Hablará desde la barca.

Elegid un sitio que esté a la sombra y protegido.

–      Venid detrás de nosotros.

Iremos hacia las rocas.

Allí hay ensenadas tranquilas y con sombra.

Podréis incluso bajar a tierra.

Y van a una concavidad del arrecife, más al Norte.

La pared rocosa, cortada a pico, protege del sol.

Es un lugar solitario, sólo poblado de gaviotas y las palomas torcazas;

que salen para hacer sus incursiones en el mar y vuelven emitiendo fuertes gritos a sus nidos de la roca.

Pero en esto, otras pequeñas embarcaciones se han ido uniendo a las que van en cabeza,

de manera que forman ya una minúscula flotilla.

En el fondo de este pequeñísimo golfo, hay una pequeña playa, verdaderamente minúscula.

Una pequeña explanada pedregosa;

pero una pequeña multitud de algunos cientos de personas sí que cabe.

Bajan sirviéndose de un escollo ancho y liso que, cual si fuera un espigón natural;

sobresale de las aguas profundas.

Y se colocan en la playita pedregosa y brillante de sal.

Son hombres morenos, enjutos, tostados por el sol y el mar.

Llevan cortas túnicas que dejan descubiertas las extremidades ágiles y delgadas.

Es muy visible la diversidad de la raza respecto a los judíos presentes…

Diversidad que se nota menos respecto a los galileos.

Pues estos siro-fenicios se parecen más a los filisteos lejanos, que a los pueblos cercanos.

Jesús se sitúa en un promontorio pegado a la pared rocosa…

Y empieza a hablar:

–     Se lee en el libro de los Reyes…

Cómo el Señor mandó a Elías que fuera a Sarepta de los Sidones

durante la sequía y carestía que afligieron a la Tierra durante más de tres años.

No es que al Señor le faltaran recursos para dar el necesario sustento a su profeta en todos los lugares.

No lo envió a Sarepta porque en esta ciudad abundasen los alimentos.

Es más, allí la gente ya moría de hambre.

¿Por qué, entonces, Dios mandó a Elías tesbita?

Había en Sarepta una mujer de corazón recto, viuda y santa.

Pobre y sola, madre de un niño;

la cual, a pesar de todo, no se rebelaba contra el tremendo castigo;

ni era desobediente., ni se mostraba egoísta padeciendo el hambre.

Dios quiso agraciarla con tres milagros:

Uno por el agua que ofreció al sediento

otro por el panecillo cocido bajo la brasa, cuando ella no tenía sino un puñado de harina;

otro por la hospitalidad que ofreció al profeta.

Le dio pan y aceite, la vida de su hijo y el conocimiento de la palabra de Dios.

Así podéis ver cómo un acto de caridad, no sólo sacia el cuerpo y aleja el dolor de la muerte;

sino que también instruye al alma en la sabiduría del Señor.

Vosotros habéis ofrecido alojamiento a los siervos del Señor y Él os da la palabra de la Sabiduría.

He aquí entonces, que a este lugar donde no viene la palabra del Señor, una buena acción la trae.

Os puedo comparar con aquella única mujer de Sarepta que recibió al profeta;

vosotros aquí también sois los únicos que recibís al Profeta;

porque si hubiera bajado a la ciudad;

los ricos, los poderosos, no me habrían recibido.

Y los atareados comerciantes y marineros de las naves, no me habrían hecho caso.

Y mi venida aquí habría resultado ineficaz.

Yo ahora os dejaré.

Y diréis: “Pero, ¿Qué somos nosotros? Un puñado de hombres.

¿Qué poseemos? Una gota de sabiduría”.

Pues bien, no obstante, os digo: “Os dejo con el encargo de anunciar la hora del Redentor”.

Os dejo, repitiendo las palabras de Elías profeta:

“El ánfora de la harina no se agotará, el aceite no disminuirá hasta que venga quien lo distribuya con mayor abundancia”.

Ya lo habéis hecho.

Porque aquí hay fenicios mezclados con vosotros de allende el Carmelo.

Señal es de que habéis hablado como se os habló a vosotros.

Como podéis ver el puñado de harina y la gota de aceite no se han agotado;

sino que han aumentado cada vez más.

Seguid haciendo que aumente.

Y si os parece extraño el que Dios os haya elegido para esta obra, porque no os sintáis capaces de llevarla a cabo,

pronunciad la palabra de la profunda confianza:

“Me fiaré de tu palabra y haré lo que dices”.

Un pescador de Israel pregunta:

–      Maestro,

¿Cómo tenemos que comportarnos con estos paganos?

A éstos los conocemos por la pesca.

Nos une a ellos el trabajo, que es el mismo.

Pero, ¿Los otros?

Jesús responde:

–      Dices que participáis del mismo trabajo y ello os une.

¿Y no debería uniros un origen común?

Dios ha creado tanto a los israelitas como a los fenicios.

Los de la llanura de Sarón o los de la Alta Judea, no difieren de los de esta costa.

El Paraíso fue hecho para todos los hijos del hombre.

Y el Hijo del hombre viene para llevar al Paraíso a todos los hombres.

La finalidad es conquistar el Cielo y alegrar al Padre.

Caminad, pues, por el mismo camino y amaos espiritualmente de la misma forma que os amáis por razones de trabajo.

Varios dicen:

–      Isaac nos ha dicho muchas cosas.

–      Pero quisiéramos saber más.

–     ¿Es posible tener a un discípulo para nosotros, tan lejos como estamos?

Judas de Keriot sugiere:

–      Maestro…

Mándales a Juan de Endor,

Vale mucho…

Y además está acostumbrado a vivir entre paganos.

Jesús responde con firmeza:

–      No.

Juan estará con nosotros.

Y volviéndose a los pescadores,

pregunta:

–      « ¿Cuándo termina la pesca de la púrpura?».

–      Con las borrascas de otoño.

Después el mar está demasiado agitado aquí.

–      ¿Volveréis entonces a Sicaminón?

–      Allí y a Cesárea.

Abastecemos mucho a los romanos.

–      Entonces podréis encontraros con los discípulos.

Mientras tanto perseverad.

–      A bordo de mi barca hay uno que yo no quería que viniera…

Pero que se presentó en tu nombre, casi.

–      ¿Quién es?

–      Un joven pescador de Ascalón.

–      Dile que baje y que venga.

El hombre sube a su barca

Y vuelve con un joven tímido al que se ve más bien aturdido, por ser objeto de tanta atención.

El apóstol Juan lo reconoce.

Y dice a Jesús:

–       ¡Oh! sí, Maestro.

Es uno de los que nos dieron el pescado,

Y se levanta a saludarlo,  caminando a su encuentro

diciéndole:

–       ¿Entonces has venido!

¡Eh! Hermasteo.

¿Tú aquí? y ¿Vienes solo?

El joven contesta:

–      Sí, solo.

En Cafarnaúm sentí vergüenza…

Me quedé en la orilla, esperando…

–      ¿Qué esperabas?

–       Ver a tu Maestro.

–      ¿No es todavía el tuyo?

¿Por qué, amigo, eludes la decisión todavía?

Ve a la Luz, que te está esperando.

Mira cómo te observa y sonríe.

Hermasteo se ruboriza más,

y pregunta:

–       ¿Cómo podrá soportarme?

Juan llama a Jesús:

–      Maestro, ven un momento.

Jesús se levanta de su promontorio y va donde Juan.

Juan lo disculpa, diciendo:

–      No se atreve porque es extranjero. 

Jesús contesta con dulzura:

–      Para mí no hay extranjeros.

¿Y tus compañeros?

¿No erais muchos?…

No te apenes.

Tú eres el único que ha sabido perseverar.

Pero, aunque sea por ti sólo, me siento feliz.

Ven conmigo.

Jesús vuelve con su nueva conquista a donde estaba.

Y mirando a Judas,

le dice:

–      A éste sí que se lo vamos a dar a Juan de Endor.

Hermasteo tiene el espíritu y el carácter para se un buen apóstol y alma víctima;

que crecerá mucho espiritualmente junto al juzgado indigno de acompañar al grupo apostólico;

pero que será la gema más preciosa en su corona de corredentor…

Igual que la Magdalena, porque los dos ya aprendieron a ser holocaustos vivientes,

para la gloria del Señor, Único y Trino.

Y se pone a hablarles a todos.

Parábola del minero perseverante…

Un grupo de excavadores bajaron a una mina en que sabían que había tesoros,

que, de todas formas, estaban muy escondidos en las entrañas del suelo.

Y empezaron a excavar.

Pero el terreno era duro y el trabajo fatigoso.

Muchos se cansaron.

Y, arrojando los picos, se marcharon.

Otros se burlaron del responsable del equipo de obreros, casi tratándolo como a un estúpido.

Otros imprecaron contra el estado en que se encontraban, contra el trabajo, contra la tierra, contra el metal…

Y, airadamente, golpearon las entrañas de la tierra y fragmentaron el filón en inservibles partículas.

Y luego,  al ver que en vez de obtener ganancias, sólo se habían hecho daño, se marcharon también.

Se quedó solo el más perseverante.

Con delicadeza trató los estratos de la tenaz tierra, para perforarla sin hacer daños.

Hizo una serie de pruebas, con las que decidió cual seguir en profundidad, excavó…

Al final quedó al descubierto un espléndido filón precioso.

La perseverancia del minero fue premiada y con el metal precioso que descubrió;

pudo obtener muchos trabajos y conquistar mucha gloria y muchos clientes;

porque todos querían de ese metal que solamente la perseverancia había sabido encontrar;

donde los otros holgazanes o iracundos, no habían obtenido nada.

Mas el oro hallado, para que sea bonito hasta el punto de que sirva para el orfebre;

debe a su vez perseverar en su voluntad de dejarse trabajar.

Si el oro, después del primer trabajo de excavación,

no quisiera ya volver a sufrir penas, no pasaría de ser un metal en bruto que no es elaborable.

Así pues, podéis ver cómo no basta el primer entusiasmo para tener éxito;

ni como apóstoles, ni como discípulos, ni como fieles.

El éxito en la vida no se mide por lo que logras; sino por los obstáculos que superas.”

Es necesario perseverar.

Eran muchos los compañeros de Hermasteo;

por efecto del primer entusiasmo, todos habían prometido venir.

Sólo él fue a Cafarnaún y ha venido.

Muchos son mis discípulos, y más lo serán.

Pero sólo la tercera parte de la mitad, sabrán serlo hasta el final.

Perseverar…

Es la gran palabra, para todas las cosas buenas.

¿Cuándo echáis el trasmallo para conseguir las conchas de la púrpura, lo hacéis una sola vez?

No. Lo hacéis una y otra vez y otra, durante horas, días, meses;

ya incluso con la idea de volver al año siguiente al mismo sitio…

Porque ello os da pan y bienestar a vosotros y a vuestras familias.

Pues bien, siendo esto así, ¿Os comportaréis de forma distinta en las cosas más grandes;

como son los intereses de Dios y de vuestras almas, si sois fieles;

vuestras y de vuestros hermanos, si sois discípulos?

En verdad os digo que para conseguir la púrpura de las vestiduras eternas, es necesario perseverar hasta el final.

Y ahora estemos aquí como buenos amigos hasta la hora de volver.

Así nos conoceremos mejor y nos será fácil reconocernos unos a otros…

Y todos se dispersan por la pequeña ensenada peñascosa.

Cuecen mejillones y cangrejos arrebatados a los escollos…

O peces pescados con pequeñas redes.

Y duermen en lechos de algas secas, dentro de cavernas abiertas en la costa rocosa por los terremotos o las olas.

Y el cielo y el mar son un azul cegador que se besa en el horizonte;

las gaviotas, continuo carrusel de vuelos, del mar a los nidos, con gritos y batir de alas;

únicas voces que, junto con el chapoteo de las olas, hablan en esta hora de bochorno estivo.

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209 LA CARIDAD


209 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Betsaida, Jesús está en la casa de Felipe.

Jesús está hablando a mucha gente que se ha congregado delante de la casa de Felipe;

habla erguido, en el umbral de la puerta realzado sobre dos altos escalones.

La novedad del hijo adoptivo de Pedro que ha venido con su minúscula riqueza de tres ovejitas,

en busca de la gran riqueza de una nueva familia se ha esparcido como una gota de aceite en una tela.

Todos hablan de ello, cuchichean, hacen comentarios que responden a los distintos modos de pensar.

Hay quien, sincero amigo de Simón y de Porfiria, se muestra contento por su alegría.

Hay quien, con malevolencia,

dice:

–     Para que lo aceptara, se lo ha tenido que ofrecer con dote.

Está también la persona buena que dice:

–     Vamos a querer todos mucho a este pequeñuelo amado de Jesús.

No falta quien maliciosamente dice:

–     ¡La generosidad de Simón!

¡Sí, precisamente eso! ¡Se lucrará, si no…!

Están también los ambiciosos: «

–     ¡También yo lo habría hecho, si me hubieran ofrecido un niño con tres ovejas.

¡Tres! ¿Os dais cuenta? Es un pequeño rebaño.

¡Además bien hermosas! Lana y leche están asegurados.

¡Y luego los corderos para venderlos o tenerlos!

¡Son riqueza!

Además el niño puede servir, puede trabajar…

Pero otros replican a los malpensados:

–     ¡Qué vergüenza!

–    ¡Decir que se ha hecho pagar por una buena acción!

Simón no ha pensado eso.

Lo conocemos. 

Siempre generoso con los pobres, especialmente con los niños,

a pesar de su modesto patrimonio de pescador.

Es justo que ahora que ya no gana con la pesca y carga con el peso de otra persona en la familia,

tenga otro modo de ganar algo.

Mientras la gente comenta, extrayendo cada uno de su propio corazón lo que de bueno o malo tiene;

y vistiéndolo de palabras,

Jesús conversa con uno de Cafarnaúm que ha venido a verlo para invitarlo a ir enseguida;

porque la hija del arquisinagogo se está muriendo,.

Y porque hace unos días que está viniendo una mujer noble con una sierva preguntando por él.

Jesús promete que irá al día siguiente por la mañana, cosa que entristece a los de Betsaida;

porque querrían que estuviera con ellos más días.  

Jesús dice: 

–     Vosotros tenéis menos necesidad de mí que otros.

Permitid que me vaya.

Además, durante todo el verano estaré en Galilea, y mucho en Cafarnaúm.

Será fácil vernos.

Allá hay un padre y una madre angustiados.

Hay que socorrerlos por caridad.

Vosotros -los buenos de entre vosotros- aprobáis la bondad de Simón para con el huérfano.

Sólo el juicio de los buenos tiene valor.

No se debe escuchar el juicio de los no buenos, que siempre está impregnado de veneno y mentira.

Así que vosotros, los buenos, debéis aprobar mi acto de bondad de ir a consolar a un padre y a una madre.

Haced que vuestra aprobación no quede estéril, sino que, al contrario, os mueva a imitación.

Hay páginas de la Escritura que hablan de cuánto bien nace de un acto bueno.

Recordemos a Tobit.

Mereció que un ángel tutelase a su Tobías y que enseñase a éste cómo devolver la vista a su padre.

¡Cuánta caridad, sin pensar en obtener beneficio, había practicado el justo Tobit, a pesar de los reproches de su muje.

Y de los peligros incluso de muerte!

Recordad las palabras del arcángel:

“Buenas cosas son la oración y el ayuno.

La limosna vale más que montañas de tesoros de oro, porque libra de la muerte, purifica los pecados. 

Quien la practica halla misericordia y vida eterna…

Cuando orabas entre lágrimas y enterrabas a los muertos… presenté tus oraciones al Señor”.

Pues bien, mi Simón, en verdad os lo digo, superará con mucho las virtudes del anciano Tobit.

Cuando Yo me vaya, quedará como tutor de vuestras almas en mi Vida.

Ahora él empieza su paternidad de alma, para ser mañana padre santo de todas las almas fieles a Mí.

Por tanto, no murmuréis; al contrario, si un día encontráis en vuestro camino, cual pajarillo caído de su nido, a un huérfano, recogedlo.

El pedazo de pan compartido con el huérfano, lejos de empobrecer la mesa de los hijos auténticos, trae a casa las bendiciones de Dios.

Hacedlo, porque Dios es el Padre de los huérfanos y es Él mismo quien os los pone delante;

para que los ayudéis reconstruyéndoles el nido que la muerte destruyera.

Hacedlo porque lo enseña la Ley que Dios dio a Moisés, que  es nuestro legislador; 

precisamente porque en tierra enemiga e idolátrica, encontró un corazón que se curvó compasivo,

hacia su debilidad de infante;

salvándolo de la muerte, arrebatándolo a la muerte, fuera de las aguas.

Al margen de las persecuciones, 

porque Dios había establecido que Israel tuviera un día su libertador

un acto de piedad le valió a Israel su caudillo.

Las repercusiones de un acto bueno son como ondas sonoras que se difunden hasta muy lejos del lugar en que nacen.

O si lo preferís, como flujo de viento que arrebata las semillas y consigo las lleva muy lejos, hasta las fértiles glebas.

Podéis iros.

La paz sea con vosotros.

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199 LOS PROFETAS AL REVÉS


199 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Obedientes a la orden recibida, los grupos de los apóstoles van llegando a la puerta de la ciudad.

Jesús está con sus apóstoles, que le están narrando las peripecias de misión como ap´sotoles en la ciudad de Ascalón…

La altanera respuesta de Judas a la reprensión de Simón Zelote, con la explicación no comprendia por nadie más en el grupo apostólico…

Provoca la serena réplica de Santiago de Alfeo:

¡Pues vaya una razón!…

 Y continúa:

–     Nosotros…

¿No estamos aquí para corregirnos, antes que para corregir?

El Maestro ha sido primero nuestro Maestro.

No lo habría sido si no hubiese querido que cambiásemos nuestras costumbres e ideas.

Judas insiste:

–    Era ya Maestro por la sabiduría.

Tadeo replica muy serio:

–   ¿Era?… ¡Es!

–    ¡Oh! ¡Cuántas cavilaciones!

Es. Sí. Es…

Santiago de Alfeo aconseja con dulzura:

–    Y también es Maestro de todos los demás.

No solo por la sabiduría.

Su enseñanza se dirige a todo lo que hay en nosotros.

Él es Perfecto. Nosotros imperfectos.

Esforcémonos pues por serlo y mejorarnos siempre más…

Judas replica a la defensiva:

–    No veo la falta que he cometido.

Es que éstos son una raza maldita. Todos son perversos…

Tomás interrumpe:

–     ¡Oye! No.

No puedes afirmar eso.

Juan fue a los de la clase ínfima.

A los pescadores que llevan el pescado al mercado.

Y mira este saco húmedo…

Es del pescado más sabroso.

Por miedo de que el de la mañana no estuviese fresco por la tarde, volvieron al mar y nos llevaron con ellos.

Es pescado de lo más fino: han renunciado a su ganancia por dárnoslo.

Me parecía estar en el Lago de Galilea.

Y te aseguro que si el lugar parecía recordarlo, lo parecían más las barcas llenas de caras atentas.

Mucho más lo recordaba Juan. Parecía otro Jesús.

Las palabras de su boca sonriente, le salían dulces como la miel.

Su cara brillaba como otro sol. ¡Cómo se parecía a Ti, Maestro!

Era como estarte oyendo a Ti.  

Con la fusión, el Padre Celestial habló a través del apóstol inocente y puro. 

Y Juan fue otro instrumento perfecto en manos de  la Voluntad Divina….

¡Yo estaba emocionado!

Hemos estado tres horas en el mar, esperando a que las redes extendidas entre las boyas, estuvieran llenas de peces. 

Y fueron tres horas llenas de felicidad…

Querían verte, pero Juan dijo:

‘Os doy la cita en Cafarnaúm…’

Como si estuviera, en la plaza de la ciudad.

Han prometido que irán.

¡Han tomado nota!

¡Y hemos tenido que oponernos a que nos cargaran con demasiado pescado!

Nos han dado el más selecto.

Vamos a cocinarlo. Esta noche habrá´un gran banquete, para compensar el ayuno de ayer.

Judas pregunta turbado:

–    Pero, ¿Tú qué dijiste pues?

Juan responde:

–    Nada especial.

Sólo hablé de Jesús… 

Tomás explica:

–     A la manera como tú hablaste…

También Juan citó a los profetas. Pero los puso al revés.

Judas replica sorprendido:

–    ¿Al revés?

¿Acaso los puso de cabeza?…

–    Sí.

Tú de los profetas extrajiste aspereza y él, dulzura…

Porque la misma aspereza de ellos es amor.

Exclusivo. Violento, si quieres…

Pero siempre amor por las almas, que querrían que fuesen fieles al Señor.

No sé si lo has pensado tú, alumno de los escribas más famosos.

No sé si tú has meditado alguna vez esto;

yo sí, a pesar de ser orfebre.

Al oro también se le golpea con el martillo y se le pasa por el crisol, pero es para afinarlo.

No por aversión, sino por aprecio.

Así actúan los Profetas con las almas.

Yo lo entiendo; porque soy orfebre.

Pues bien, Juan ha citado a Zacarías, en su profecía a cargo de Jadrak y Damasco.

Y ha  tocado el punto:

“A la vista de ello Ascalón quedará aterrorizada, Gaza experimentará una gran aflicción

  y también Ecrón, porque su esperanza se ha desvanecido.

Gaza quedará sin rey”.

Y se ha puesto a explicar cómo todo esto era porque el hombre se había separado de Dios.

Y hablando de la venida del Mesías, que es perdón amoroso;

ha prometido que de  una pobre realeza como la que desean para su nación los hijos de la tierra; 

los que sigan la Doctrina del Mesías

alcanzarán una realeza eterna e infinita en el Cielo.

Dicho así no parece nada, pero ¡Había que oírlo!…

Se tenía la impresión de estar oyendo una música y de subir de manos de los ángeles.

Y mira por dónde…

Mira que los profetas que a ti te dieron de palos; a nosotros nos dieron un pescado exquisito. 

Judas guarda silencio, totalmente desconcertado.     

Jesús pregunta a sus primos y a Zelote:

–    ¿Y vosotros?

Santiago de Alfeo explica:

–    Fuimos por donde están los astilleros; los calafateadores.

Nosotros también hemos preferido ir a los pobres.

De todas formas, había igualmente filisteos ricos, que vigilaban la construcción de sus navíos.  

No sabíamos quién debía hablar y lo decidimos como los niños: con puntos.

Judas sacó siete dedos, yo cuatro y Simón dos.

Le tocó pues a Judas.

Todos preguntan curiosos:

–    ¿Y qué fue lo que dijiste?

Tadeo refiere:

–     Me di a conocer francamente por lo que soy.

Les he dicho que recurría a su hospitalidad para pedir la bondad de acoger la palabra de un peregrino;

que en cada uno de ellos veía a un hermano suyo, teniendo un origen y un término comunes.

Y la esperanza no común, pero llena de amor, de poderlos conducir consigo a la casa del Padre.

Y llamarlos “hermanos” por los siglos de los siglos en la gran dicha del Cielo.

“Está escrito en Sofonías, nuestro Profeta: “

La región del mar será lugar de pastores… allí tendrán sus pastos, al atardecer descansarán en las casas de Ascalón”,

Y he desarrollado este pensamiento diciendo:

“El Pastor supremo ha venido a vosotros, no armado de flechas sino de amor.

Os abre los brazos, os señala sus santos pastos;

no se acuerda del pasado, si no es para mostrarse compasivo para con los hombres; 

por el gran daño que se han hecho unos a otros, como niños alocados, odiándose;

cuando, amándose pues son hermanos; habrían podido disolver muchos dolores.

Esta tierra será lugar de pastores santos, los siervos del Pastor Supremo;

los cuales ya saben que aquí tendrán sus pastos más fértiles y las greyes mejores.

Y su corazón cuando decline su vida, podrá descansar pensando en los vuestros y en los de vuestros hijos; 

más íntimos que casas amigas porque su Señor será Jesús, nuestro Señor”.

Me han comprendido.

Simón ha hablado de su curación, mi hermano de tu bondad para con los pobres.

De esto último es prueba esta nutrida bolsa para los pobres que encontramos por el camino.

Tampoco a nosotros nos han hecho ningún daño los Profetas…

Judas Iscariote no abre la boca.

Me entendieron. Nos preguntaron…

Simón refirió su curación…

Mi hermano Santiago; tu bondad para con los pobres.

La prueba aquí está.

Cinco gruesas bolsas para los pobres que encontremos por el camino.

Tampoco a nosotros los profetas nos hicieron ningún mal…

Judas traga saliva, pero permanece mudo.

Jesús dice consoladoramente:

–      Pues bien.

Otra vez Judas lo hará mejor.

Él creyó hacerlo bien de ese modo. Como obró con fin honesto, no cometió ningún pecado.

También con él estoy contento. Hacerla de apóstol, no es fácil.

Se aprende después.

Una cosa me desagrada y es no haber tenido antes ese dinero y no haberos encontrado.

Me hubieran servido para socorrer a una familia muy desgraciada.

Zelote dice:

–    Todavía podemos regresar.

Aún es temprano.

Pero; perdona, Maestro. ¿Cómo la encontraste?…

 ¿Tú que hiciste?

¿De veras nada? ¿No evangelizaste?

 

–   ¿Yo? He paseado.

Con el silencio dije a una prostituta: ‘Deja tu pecado’.

También encontré a un niño, pilluelo como el que más y lo evangelicé.

Intercambiamos regalos.

Le di la hebilla que María Salomé me puso en el vestido y él me dio este trabajo suyo…

Jesús saca del bolsillo el muñeco caricaturesco…

Todos lo miran admirados y sueltan la carcajada.

Jesús continúa:

–     Luego fui a ver los primorosos tapetes que hacen en un taller de Ascalón;

para venderlos en Egipto y otras muchas partes…

Luego he consolado a una niña huérfana de padre, curándole a su madre.

Y nada más.

Pedro dice asombrado:

–    ¿Y te parece poco?

–     Sí, porque hacía falta también dinero y no tenía.

Tomás decide: 

–    Pues volvemos dentro de la ciudad nosotros, que no hemos incomodado a nadie.  

Santiago de Zebedeo lo embroma:

–     ¿Y tus pescados? 

—    ¿El pescado?… 

El pescado aquí está.

Vosotros que tenéis encima el anatema, id a la casa del viejo que nos hospeda y comenzad a prepararlo.

Nosotros vamos a la ciudad.

Jesús confirma: 

–     Sí. 

De todas formas os voy a indicar la casa desde lejos.

Habrá gente. Yo no voy porque me van a entretener. 

No quiero ofender al que nos da hospedaje y nos está esperando, faltando a su invitación.

La descortesía es una acción que falta siempre a la caridad.

Judas de Keriot  baja más la cabeza y se pone morado como una berenjena.

Cambia tantas veces de color; cuantas veces ha caído en esa falta.

Jesús añade:

–     Vosotros id a esa casa.

Buscad a la niña.

No os podéis equivocar porque es la única niña.

Le daréis esta bolsa y le diréis:

“Esto te lo manda Dios por haber sabido creer.

Es para ti, tu mamá y tus hermanitos”.

No digáis nada más.

Y regresaos al punto.

Vámonos.

El grupo se divide: con Jesús y a la ciudad, van Juan, Tomás y los primos.

Los otros regresan a la casa de Ananías, el hortelano filisteo.

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