Archivos de etiquetas: carismas del Espíritu Santo

EL CIEGO DE CAFARNAÚM


11 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo el calor veraniego, el Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.

Las calles de Cafarnaúm apenas empiezan a poblarse de gente:

Mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna; niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.

Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago.

Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado y las redes; coloca asientos, rollos de cuerdas Y todo lo que se necesita para la pesca.

 Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.

Jesús le pregunta a Santiago:

–          ¿Tendremos buena pesca?

Santiago responde:

–           Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará.

–          ¿Vamos solos?

–          ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?

–          No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.

Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.

Pedro le dice:

–          Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados.

Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿No? eso me has dicho.

Jesús replica:

–           Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.

–          No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces.

Y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento.

Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago.

Y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme.

Y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red.

En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado.

Atención, Maestro, es nuestro pan.

Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos,

Y si son muchos… entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.

–          Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula.

Sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital.

Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo.

¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.

–            Tienes razón, Maestro… Pero, ¡Somos tan débiles…!.

–            Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.

–            ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?

–            Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo… No, Pedro. Él te ama y continuará amándote.

El tímido hermano de Pedro, pregunta:

–            ¿Y yo?

–             También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.

–             ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea…

–             ¡Oh… muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos…:

Que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él.

Noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores,

hijos del Padre Dios, similares a Mí… Ahora no podéis entender.

Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.

Pues bien, Yo obtendré a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.

–             ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?

–             ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros y en mi Corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama.

¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago?  No. No podrías. Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi Corazón.

¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas?

No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.

Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.

Andrés mira y no se atreve.

Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:

–          También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: “Te amo. Ven”

Y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial… 

Se oyen los gritos de Juan:

–          ¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy…

Juan corre jadeante hacia ellos:       

 –         ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?

 Juan mira a Jesús con ojos afectuosos.

Pedro interviene:

–           Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?….

Juan explica:

–           Eso… nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar.

Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿Qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones…

Jesús dice:

–           Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?

–           ¡Claro!

–          ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?

–           Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza… Maestro, ¿Me perdonas el haberme comportado con dureza?

–           Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemelo.

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. 

Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar.

Y suspira.

Jesús dice:

–           ¿Simón?

Pedro contesta:

–           ¿Maestro?

–            No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.

–          ¿También esta vez?

–            Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.

–            Ahí llega el ciego.

El pobrecito camina entre Santiago y Juan.

Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.

–            Aquí está el Maestro, frente a ti.

El ciego se arrodilla y suplica:

–            ¡Señor mío! ¡Piedad!.

–            ¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

–             Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados, que eran muchos.

Pero, forjando un hierro en forma de ancla y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes, saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo

Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo y el otro también se apagó al cabo de tres meses.

He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…

–           ¿Estás solo?

–           Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… de uno no conozco ni siquiera su cara. Y tengo también a mi madre, que es ya anciana.

No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan. Y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre.

¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo.

–           ¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?

–           Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.

–           ¿Qué te ha dicho?

–            Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios.

Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón.

 Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: “Ahí hay salud ¡Ve!”. Y fui”.

Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándolo sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación.

Yo lo conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti.

Y te he encontrado. ¡Ten Piedad de mí!

–            Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!

–            Entonces, ¿Me curas?

Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo.

Se lo pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz.

El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño muy dulce.

Jesús invoca:

 –         ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!

 Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas. Permanece así un momento.

Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

Jesús pregunta:

–          ¿Qué ves?

El hombre responde asombrado:

–           ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… me parece… oh… que veo… Te veo el vestido, es rojo, ¿NO es verdad? Una mano blanca y un cinturón de lana! ¡Oh, Jesús bueno.

Veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!… La hierba del suelo y eso es un pozo, ¡Claro! Y allí hay una vid…

–           Levántate, amigo.

El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se levanta y pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús.

Un Jesús sonriente lleno  de piedad, de una piedad que es toda amor.

¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro!

El hombre emite un grito y tiende los brazos en un acto instintivo. Pero enseguida se frena.

Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.

Y le dice:

–          Ve a tu casa, ahora y sé feliz y justo. Ve con mi Paz.

–          ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz. Pero si veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol. Y el primer atisbo de luna…

Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos. Y en Tí veo la belleza del Sol más verdadero y el resplandecer lo puro de la Luna más santa.

¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!

–          Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.

–          Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.

¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!  

–          ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.

Y el hombre parte dichoso, seguro.

Mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

LA SUEGRA DE PEDRO


10 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro le está hablando a Jesús.

Y dice:

–           Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras.

Jesús pregunta:

–          ¿A Betsaida?

–          No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.

–          ¿Por qué este deseo, Pedro?

–          Por muchas razones… Y además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…

–          Termina, Simón.

–          Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… Sí, en definitiva, ya sabes; una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verlo y oírlo. Y si esta persona además cura, pues entonces….

–          Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.

–          No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres. Y ella… No sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús.

–          Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.

Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa.

Al parecer durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha y da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago.

El ramaje del árbol, como una cabellera despeinada, apenas roza sus muros y toca los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita.

Sólo se ve esta higuera, esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

Pedro invita:

–           Entra, Maestro.

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes y otras, a preparar la comida.

Saludan a Pedro y luego se inclinan confusas ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.

Jesús dice:

–           Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?

 Tres mujeres le dicen a una, que se está secando las manos con el borde del vestido. 

–           Habla tú, que eres la mayor.

Y ella contesta:

–           La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llama do al médico, pero dice que es demasiado anciana para que pueda sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre especialmente a esa edad, la persona muere.

Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿Ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gusta tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados.

Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡Está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…

Jesús indica:

–          Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.

La mujer advierte:

–          Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”.

Jesús sonríe sin perder la calma.

Se vuelve hacia Pedro:

–          Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.

Pedro hace una mueca muy significativa…

Obedece. Cruza la cocina, entra en una habitación y a través de la puerta cerrada tras él, conversa con una mujer.

Asoma la cabeza y una mano.

Y dice:

–          Ven, Maestro, date prisa – y añade, más bajo, apenas inteligiblemente – Antes de que cambie de idea.

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta.

Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:

–           La paz sea contigo.

Entra, a pesar de no haber recibido respuesta.

Va junto a una litera baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la anciana.

 Y le dice:

–           ¿Te encuentras mal?

Ella contesta jadeante:

–           ¡Me muero!

–           No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?

–           ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.

–           Por Simón, que me lo ha pedido… Y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.

–           ¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?

–            Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide.

–            Entonces, ¿Piensas curarme? ¿Ya no moriré?

–            No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?

–            Creo, creo. ¡Me basta con no morir!

Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil.

Se yergue majestuoso, tomando el aspecto de cuando hace un milagro

Y decreta:

 –       ¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! – y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje.

 Mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio…

Luego, la anciana exclama fuerte:

–         ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!

Acuden las nueras.

–         ¡Mirad! – dice la anciana – ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy.

Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!

No hay ¡Ni siquiera una palabra para el Señor!

Pero Jesús no se lo toma a mal.

Le dice a la nuera más mayor:

–         Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo. Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:

–         El Maestro te ha curado y ¿No le dices nada?

Ella parece reflexionar:

–         ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?

Jesús dice con dulzura:

–          Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa.

He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.

Ella contesta apresurada:

–          ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres.

Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.

–          ¡Maestro!….

–          ¿Pedro mío?

–          Estoy desolado.

Jesús hace un gesto como queriendo significar:

 –        ¡Bah!, no te preocupes.

Luego añade:

–          No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud.

Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.

–          ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?

–          ¡Qué curioso eres, Simón! Pero deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara?

Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer para que la niña que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra…

Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”.

Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde…

De todas formas la curé, por sus niños.

Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:

–         “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”.

La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío…

 

Y se le castigó por haber hablado conmigo.

Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa.

Pedro dice impetuoso:

–          Yo la volvía a poner enferma.

Jesús se muestra severo:

–          ¡Pedro! ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado?

¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?

–           Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡No puedo soportar el que no te quieran!

–           ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro!

Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publícanos y que sin embargo, serán ejemplo para el mundo.

Y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia. Pecadores que se enmiendan…

Pedro objeta:

–           Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…

–          ¿No lo crees?

–           Yo no.

–           Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.

La mujer invita:

–           Maestro… Te ruego que compartas mi mesa.

–           Gracias, mujer. Dios te lo pague.

Entran en la cocina y se sientan a la mesa.

Y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.

–           Perdonad, pero no tengo más que esto.

Y para no perder la costumbre reprocha  a Pedro:

–          ¡Demasiado hacen tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija…

Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.

Sorprendentemente, Pedro responde con calma:

–          Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.

–          Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo.

Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.

–          Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?

–          Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que andas de vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote.

Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.

–           Porque está Él, que si no…

Jesús interviene:

–           Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí.

Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.

Pedro se desconcierta:

–          ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…

–          Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿Qué más te da estar o no estar en esta casa?

Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

Pedro concede:

–          Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿Y éstos? – alude a Juan y a Santiago, sus socios.

E intercede:

–          ¿No pueden venir también ellos?

Los hermanos, hijos del trueno apoyan:

–          Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.

Pedro añade:

–          Quizás venga también Zebedeo.

Santiago agrega:

–          Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos. 

Un niño se asoma a la puerta y pregunta:

–          ¿Está aquí Jesús de Nazaret?

Juan lo invita:

–           Está aquí. Pasa.

Entra un niño de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús, para comer la miel del Paraíso.

Jesús dice:

–           Pequeño amigo, pasa.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo coloca sobre las rodillas.

Jesús le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

El niño le entrega un pequeño saco y explica:

–            Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: “Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí”. ¡Sabe que eres mi amigo!…

Y el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.

Jesús toma el bolsito, diciendo:

–           ¡Sí señor! Santiago, le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.

Pedro pregunta:

–           ¿Es para los pobres?

–           Sí.

–           ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.

Jesús le da la bolsa.

Pedro vuelca las monedas y cuenta,

Exclamando admirado:

–          ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿Quién es?

El pequeño Santiago mueve la cabeza, afirmando:

–          No lo debo decir y no lo diré.

–          ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!

–          Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.

–           ¡Mirad qué lengua!

Jesús pontifica:

–           Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.

–           Tú, Maestro, ¿Sabes quién es esta persona?

Jesús no responde.

 Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas.

Pero Pedro insiste y Jesús debe responder:

–           Yo sé todo, Simón.

–           ¿Y nosotros no podemos saberlo?

Jesús reprende sonriente:

–           ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?

 Y añade:     

 –          Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios,

cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo.

Ve, Santiago. Llévale mi Bendición.

RECONOCIMIENTO INFERNAL


9 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando.

en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin se oye un grito:

–        ¡Ha llegado el Rabí!

Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante.

Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

Jesús está en el umbral de la puerta y saluda:

–         La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad.

Entra bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante.

 La luz de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz.

Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva regularmente.

Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.

Un joven que parece tuberculoso, se aferra a su vestido,

Gimiendo:

 –        ¡Estoy enfermo, cúrame!

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: 

–         Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré.

El joven lo suelta y se tranquiliza.

Una mujer con un niño en brazos, le pregunta:

–         ¿Qué te ha dicho? 

–         Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá.

–         ¿Te cura entonces?

–         No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío.

Muchos preguntan:

–         ¿Qué ha dicho?

–         ¿Qué ha dicho?

La muchedumbre está deseosa de saber.

Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús. 

Entonces varios dicen:

–          Entonces yo voy por mi niño.

–          Y yo traigo aquí a mi padre anciano.

–          ¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento… pero no vendrá.

Jesús ha llegado a su puesto.

 Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo, es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano.

Para hablarle, Jesús se inclina.

Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

El sinagogo pregunta:

–           ¿Qué quieres que te dé?

Jesús responde:

–           Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará.

–           Pero… ¿Y estarás preparado?

–           Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo.

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto.

Y dice: 

 –      Esto.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado:

«Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!

Y diles: “Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡Oh, Israel! Tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito”

Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima.

Sólo bisbisean algunos:

–         ¡Verás lo que oímos contra los enemigos!».

–         ¡Es el Rey de Israel, el Prometido. Y recoge a su pueblo!».

Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores.

El silencio es total.

Jesús expone:

Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión.

Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo.

No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡Oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo.

Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos o los lujuriosos.

O los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos.

Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón.

Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino.

Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna.

Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros.

No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito.

La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra.

Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida.

Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador.

Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías q ue abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás,

porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser poseedores del eterno día.

La paz sea con vosotros.

Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante.

Que habla así:

–           Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel.

En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar enseguida al castigo.

El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”.

Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados.

Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿No habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?  

Jesús DECIDE no manifestar su uso del Don de Ciencia Infusa, al declarar:

–           No sé quién eres (1), pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu.

Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico y aplico, a lo eterno y sobrenatural.

Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra.

Pero, ¡Cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que lo escuchéis y os salvéis antes de la hora de la Ira Divina!

No quiere que seáis pecadores.

Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación.

Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando.

–           ¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú… ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿Por orden de quién hablas?

–            Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor.

Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor… El Señor Dios viene… Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”.

Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma.

Y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía.

–           Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error.

Nosotros no te conocemos.

–            Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo.

Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben.

–           ¡Oh, ellos!… Pueden decir lo que quieran o lo que Tú les hagas decir.

–           Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes.

Jesús mira a la muchedumbre, asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas.

La mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro.

Con el Don de Ciencia Infusa SABE todo el conocimiento que necesita…

Y dice con fuerte voz:

–           ¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

El israelita togado pregunta:

–           ¿Conoces a este hombre?

La mujer contesta:

–            Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que lo arrastra a repentinos y furiosos estados de locura.

Jesús interroga a la asamblea:

–            ¿Todos lo conocen?

La multitud grita:

–            ¡Sí, sí!

–            ¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?

La multitud grita:

–             No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella.

–             Mujer, acércamelo.

La mujer lo empuja y lo arrastra.

Y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: 

 –            ¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarlo de un momento a otro… Y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde.

La gente abre paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Hay un instante de lucha interior.

 Parece que el hombre acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime…

Y con una tonalidad cavernosa y escalofriante, surgida de lo más profundo del Averno

La voz se forma en palabras:

–             ¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarmos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra?

Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en… 

Jesús lo interrumpe: 

 –            ¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno.

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre.

Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que lo maltratase con bruscos golpes y empujones…

Chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado. 

Jesús le pregunta a su opositor:

–             ¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y vencido, se va sin responder.

La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

Jesús sentencia majestuoso:

–             ¡Silencio, el lugar es sagrado! – y ordena: – Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios.

Viene el enfermo tuberculoso.

 Jesús lo acaricia:

–            ¡Has tenido Fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo.

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente!

Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento.

Luego dice:

–            ¡Gracias por mí y por mi madre!

Vienen otros enfermos:

Un niño con las piernitas paralizadas. Jesús lo coge en brazos, lo acaricia y lo pone en el suelo… Y lo deja.

 Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual lo recibe llorando en su corazón y bendice a GRITOS a  «el Santo de Israel».

Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre prorrumpe en un alud de bendiciones hacia Jesús.

Él se abre paso sonriendo y aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud, si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte.

Y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús y después lo protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

(1) “No sé quién eres”: una afirmación de este tipo en boca de Jesús recibe, como nota en una copia mecanografiada, la siguiente explicación de María Valtorta:

“Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias y de éstas veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta).

Como Hombre conocía sólo según el modo humano personas y lugares, cuando el Padre suyo y su propia naturaleza divina no juzgaban útil el conocimiento de los lugares y personas sin preguntar.

De forma análoga, las palabras ¡Ageo! ¡Pasa adelante!…, Tienen la siguiente nota: “Aquí, debiendo dar prueba al fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo.

Del que sabe que está endemoniado, mientras que en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: “No sé quién eres”. 

 “Y el Padre Eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las Tinieblas;

permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas:

“¿Quién es éste? No lo conozco…”. Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararlo a la gran oscuridad de la Hora de las Tinieblas, al abandono del Padre:

Horas tremendas en que Jesús fue el Hombre y además, un Hombre rechazado por el Padre, habiendo venido a ser “Anatema por nosotros”…

Por tanto, las referencias de “ignorancias” de Jesús no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de su “omnisciencia”.

EL APÓSTOL TOMÁS


8 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es la casita del Olivar en la baja y ancha cocina oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: 

Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.

Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) 

Está hablando todavía con Tomás.

La mano de Jesús ha bajado desde la cabeza de Tomás a su hombro.

Jesús dice:

–        Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?.

–        No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he regresado diciéndole que quería hablar con el leproso curado…

He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado.

Pero yo te buscaba a ti, no al leproso… Quería decirte: “¡Acéptame!”… He estado dando vueltas arriba y abajo por el olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía.

Debe haber creído que era una persona malintencionada… Estaba cerca de una pilastra, en donde empieza la propiedad.

El dueño de la casa sonríe.

Y aclara:

–          Es mi hijo – y añade – Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la cosecha del año. Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite.

En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines para desvalijar los lugares no custodiados.

Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde entonces una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena.

Tomás continúa:

–          “¿Qué quieres?” me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida: 

–           Busco al Maestro, que está viviendo aquí”.

Entonces me ha respondido:

–          “Si es verdad lo que dices, ven a la casa”.

Y me ha acompañado hasta aquí.

Es él quien ha llamado a la puerta y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras.

Jesús pregunta:

–           ¿Vives lejos?

–            Estoy en la otra punta de la ciudad, cerca de la Puerta Oriental.

–           ¿Estás solo?

–            Estaba con mis parientes. Pero se han marchado a donde otros familiares que están en el camino de Belén. Yo me he quedado para buscarte día y noche, hasta que te hubiera encontrado.

Jesús sonríe y dice:

–            Entonces, ¿No te espera nadie?

–            No, Maestro.

–            El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros.

Tomás se llena de felicidad y lo demuestra emocionado:

–             ¡Oh…, Maestro!

–             Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano.

Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante.

Explica a Tomás:

–             Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da .

Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice:

–             Cédele el puesto al amigo.

Juan se levanta enseguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.

–             Siéntate, Tomás. Come.

Y luego dice a todos:

 –          Esto haréis siempre amigos, por ley de caridad. La Ley de Dios ya de por sí, protege al peregrino. Pero ahora en mi Nombre, lo deberéis amar más aún.

Cuando uno en nombre de Dios os pida un pan, un sorbo de agua, un lugar donde cobijarse, en nombre de Dios debéis dárselo. Y Dios os recompensará. Esto debéis hacerlo con todos.

También con los enemigos. Ésta es la Ley nueva.

Hasta ahora se os había dicho: “Amad a los que os aman y odiad a los enemigos”. Yo os digo: “Amad también a los que os odian”. ¡Si supierais cómo os amará Dios si amáis como Yo os digo!

Y si uno dijere: “Quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y en seguir a su Cordero”, entonces debéis quererlo más que a un hermano de sangre, porque estaréis unidos por un vínculo eterno: el del Cristo.

Pedro ha perdido su habitual humor jovial.

Y enfadado, cuestiona:

–           Pero, ¿si te topas con uno que no es sincero? Decir: “Quiero hacer esto o aquello” es fácil. Pero no siempre la palabra refleja la verdad.

Jesús con gran paciencia explica:

–           Pedro, escucha. Hablas con sensatez y justicia. Pero, mira: mejor es pecar de bondad y de confianza que de desconfianza y dureza. Si haces el bien a un indigno, ¿Qué mal te acarreará ello? Ninguno.

Antes bien, el premio de Dios para ti permanecerá siempre activo, mientras que él recibirá el demérito de haber traicionado tu confianza.

–          ¿Ningún mal, ¿¡Eh!? A veces quien es indigno no se conforma con la ingratitud, sino que va más allá y llega incluso a difamar, a dañar el patrimonio y la vida misma.  

–          Cierto. Pero ¿Esto disminuirá tu mérito? No. Aunque todo el mundo creyera las calumnias, aunque te quedaras en la ruina más que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿Qué cambiaría a los ojos de Dios? Nada.

O más bien sí habría un cambio, pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de la bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero, físico…

–          ¡Bien, bien! Será así.

Pedro no habla más. Malhumorado como está, tiene la cabeza apoyada en la mano.

Jesús se dirige a Tomás:

–           Amigo, antes te he dicho, en el olivar: “Cuando vuelva por aquí, si todavía quieres, serás mío”. Ahora te digo: “¿Estás dispuesto a hacer un favor a Jesús?”.

–           Sin duda.

–          ¿Y si este favor puede comportar un sacrificio?

–           Servirte no es ningún sacrificio. ¿Qué quieres?

–           Quería decirte… Pero, tú tendrás cosas que resolver, afectos…

–           ¡Nada, nada! ¡Te tengo a ti! Habla.

–           Escucha. Mañana al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad.

Y dirás fuerte: “Tú, que ayer has quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado”.

Haz que el mundo de los “muertos-vivos” conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure.

Es la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño.

Un día otorgaré una limpieza mucho más profunda… Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas,

por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben…

Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti.

Y le dirás también: “Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir”.

–           Así lo haré. ¿Y el otro?

–           ¿Quién? ¿El Iscariote?

–           Sí, Maestro.

–           Para él persiste mi consejo. Déjale decidir por sí mismo y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con él.

–           Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos.

Pedro masculla unas palabras.

Jesús oye y cuestiona:

–           Pedro, ¿Qué te pasa? ¿Callas o murmuras? Pareces descontento. ¿Por qué?

–           Me siento descontento. Nosotros somos los primeros y Tú no nos ofreces un milagro. Nosotros somos los primeros y Tú sientas a tu lado a un extraño. Nosotros somos los primeros y Tú le confías a él una misión y no a nosotros.

Nosotros somos los primeros y… sí, exactamente, y parecemos los últimos. ¿Por qué los esperas en el camino del río? Para confiarles alguna misión, claro. ¿Por qué a ellos y no a nosotros?

Jesús lo mira. No se muestra airado. Hasta incluso sonríe como se le sonríe a un niño celoso. Se levanta, va lentamente hacia Pedro, le pone la mano en el hombro.

Y dice sonriendo:

–           ¡Pedro, Pedro, eres un niño grande, un niño mayor!

 

Y a Andrés, que está sentado junto a su hermano, le dice:

 –          Ve a sentarte donde Yo estaba sentado.

Y se sienta al lado de Pedro, lo toma por el hombro y le habla, estrechándole contra su costado:

–           Pedro, a ti te parece que Yo cometo injusticia, pero no es injusticia lo que hago; antes bien, es una prueba de que sé lo que valéis. Mira. ¿Quién necesita pruebas? Quien todavía no está seguro.

 Ahora bien, Yo os sabía tan seguros de mí, que no he sentido la necesidad de daros pruebas de mi Poder. Aquí, en Jerusalén, hacen falta pruebas.

Aquí, donde el vicio, la irreligión, la política, tantas cosas del mundo, ofuscan los espíritus hasta el punto de que no pueden ver la Luz que pasa.

Pero allí, en nuestro hermoso lago, tan puro bajo un cielo puro, allí entre gente honesta y deseosa de bien, no son necesarias las pruebas. Tendréis milagros. A ríos derramaré sobre vosotros las gracias.

Pero, mira lo que os he estimado, Yo os he tomado conmigo sin exigir pruebas y sin sentir la necesidad de daros pruebas, porque sé quiénes sois. Amados, muy amados, y muy fieles a mí.

Pedro se calma:

–            Perdóname, Jesús.

–            Sí, te perdono porque tu gesto de enojo es amor. Pero acaba en la envidia, Simón de Jonás. ¿Sabes qué es el corazón de tu Jesús? ¿Has visto alguna vez el mar, el verdadero mar? ¿Sí?

Pues bien, ¡mi Corazón es mucho más amplio que el ancho mar! Y en él hay lugar para todos, para toda la Humanidad. Y el más pequeño tiene, como el más grande, un lugar. Y el pecador, como el inocente, encuentra amor en él.

A éstos les encargo una misión. Seguro. ¿Me quieres prohibir el darla? Yo os he elegido, no vosotros. Por tanto puedo, libremente, juzgar cómo emplearos.

Y si a éstos los dejo aquí con una misión — que también puede ser una prueba, como puede ser misericordia el espacio de tiempo dejado al Iscariote

¿Puedes reprochármelo? ¿Sabes si a ti no te reservo una más grande? ¿Y no es la más hermosa la de oír que te digo: “Tú vendrás conmigo”?

Pedro se ruboriza avergonzado.

–            ¡Es cierto, es cierto! ¡Soy un animal! Perdón…

–            Sí, todo, todo el perdón. ¡Oh, Pedro!… Pero os ruego a todos: no discutáis nunca por los méritos o por los puestos. Habría podido nacer rey; he nacido pobre, en un establo.

Podría haber sido rico; he vivido del trabajo, y ahora de la caridad. Y, no obstante, creedlo amigos, no hay nadie más grande que Yo a los ojos de Dios; que Yo que estoy aquí: siervo del hombre.

–           ¿Siervo Tú? ¡No, jamás!

–           ¿Por qué, Pedro?

–            Porque yo te serviré.

–            Aunque me sirvieras como una madre sirve a su pequeñuelo, Yo he venido para servir al hombre. Seré su Salvador. ¿Qué servicio puede ser comparado a éste?

–           ¡Maestro, Tú lo explicas todo, y lo que parecía oscuro se torna claro enseguida!

–            ¿Contento ahora, Pedro? Entonces déjame terminar de hablar con Tomás.

Y volviéndose hacia el recién llegado, pregunta:

 –           ¿Estás seguro de reconocer al leproso? No hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito.

Y quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares… podría ocupar su puesto.

Escucha su retrato. Yo estaba cerca de él y a la luz del crepúsculo lo he visto bien. Es alto y delgado. Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos bajo unas cejas de nieve.

Cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios, labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes.

 Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería.

–            Es un viejo, si es todo blanco.

–            No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra lo ha hecho cano.

–            ¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?

–            Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de África.

–            ¿Será israelita, entonces?

–            Ya lo sabremos. ¿Y sí no lo fuera?

–             ¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure.

–             No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no lo rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz…

Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.

La visión cesa así.

El Espíritu Santo dice:

Jesús ha enviado a Tomás por ese leproso sanado porque es Simón, el apóstol. Luego les mostraré cuando él y Judas Tadeo vayan en pos del Maestro.

LAS BODAS DE CANÁ


5 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la cocina de Pedro además de Jesús, están Pedro y su mujer, Santiago y Juan. Al parecer están en la sobremesa después de cenar  y están conversando.

Jesús muestra interés por la pesca y cada quién hace su aporte sobre el tema.

Entonces entra Andrés y dice:

–         Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo.

Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen.

Y cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre del fogón, ve entrar a Judas Tadeo.

Exclama:

–         ¿Tú, Judas?

Tadeo responde:

–         Yo, Jesús.

Se besan. Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril.

Es alto, aunque no tanto como Jesús, de robustez bien proporcionada, moreno como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo.

Sus ojos son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos ondulados y castaños como la barba.

–         Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre con un mensaje:

“Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda”. María participa en la ceremonia y con ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios.

Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice:

– Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo… lo siento por vosotros…

Y mirando a Pedro y a los otros, explica a su primo:

 –        Son mis amigos.

Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice:  

–        Y éste es Juan.

Su tono es tan especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, provocando el rubor del predilecto.

Jesús termina la presentación diciendo:

–        Amigos, éste es Judas hijo de Alfeo, mi primo hermano, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida.

Pedro lo invita:

 –       Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate.

Luego dirigiéndose a Jesús, Pedro dice:

–        ¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?

Jesús responde:

–        Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret.

–        Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda – esto dice el hombre de Cafarnaúm.

–         Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Caná. Y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo.

El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua.

–           ¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga. 

Tadeo pregunta:

–           ¿Ya predicas, Jesús?

–           Sí, primo.

Santiago de Zebedeo:

   –        ¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!

Tadeo suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera.

Jesús lo anima para que hable:

–           ¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?

–           Nada.

–           No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?

–           ¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos a ti, Maestro de tu primo más mayor…

–           ¿Entonces? Habla.

–           Quería decirte… Jesús, sé prudente. Tienes una Madre que aparte de ti no tiene nada. Tú quieres ser un “rabí” distinto de los demás.

Y sabes mejor que yo, que las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos.

Conozco tu modo de pensar, es santo. Pero el mundo no es santo y oprime a los santos.

Jesús, ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan…

Lo han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo.

SAN JUAN BAUTISTA

¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?

  –         Judas, ¿Me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas!

Te han mandado, no mi Madre por supuesto, a decirme esto…

Judas baja la cabeza y calla.

–           Habla, primo.

–           Mi padre… y con él José y Simón. Sabes, por tu bien… por afecto hacia ti y María. No ven con buenos ojos lo que te propones hacer… Y querrían que Tú pensaras en tu Madre…

–           ¿Y tú qué piensas?

–           Yo… yo.

–           Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú.

Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos.

–           Pero… ¿Y tu Madre?

–           Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra. O sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre.

Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia.

Y desde entonces se ha preparado para esto.

No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz.

Y Ella me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa, teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno o en las claras de verano llenas de estrellas.  

Y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo.

Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la Misión que me viene de Dios.

 Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos…

Y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca.

Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella.

María le enseñó a dar los primeros pasos a QUIÉN ES el CAMINO.

Con la fuerza de su amorosa, segura Fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia Mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios.

Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú y contigo los otros, no sabéis Quién es mi Madre.

Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios,

LA PODEROSA QUE TODO LO PUEDE EN ORDEN AL CORAZÓN DEL ETERNO PADRE,

que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón.

Ciertamente iré a Cana. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora.

Jesús ha sido majestuoso y persuasivo.

Judas lo mira atentamente. Piensa.

Y dice:

–          Yo también sin duda iré contigo, con esto, si me aceptas… porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!…

–          No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace. ¿Qué tienes en esa bolsa?–          La túnica que tu Madre te manda. Mañana será una gran fiesta. Ella piensa que su Jesús la necesita para no causar mala impresión entre los invitados.

Ha estado hilando incansable desde las primeras luces hasta las últimas, diariamente, para prepararte esta túnica. Pero no ha ultimado el manto. Todavía le faltan las orlas. Se siente desolada por ello.

–          No hace falta. Iré con éste. Y aquél lo reservaré para Jerusalén. El Templó es más que una boda. Ella se alegrará.

Pedro dice:

 –          Si queréis estar para el alba en el camino que lleva a Caná, os conviene levar anclas enseguida. La Luna sale, la travesía será buena.

Jesús se despide:

–           Vamos entonces. Ven, Juan. Te llevo conmigo. Simón Pedro, Santiago, Andrés, ¡Adiós! Os espero el sábado por la noche en Cafarnaúm. ¡Adiós! mujer. Paz a ti y a tu casa.

Salen Jesús con Judas y Juan.

Pedro los sigue hasta la orilla y colabora en la operación de partida de la barca.

Al día siguiente…  

En una característica casa oriental: un cubo blanco más ancho que alto, con raras aberturas, terminada en una azotea que está rodeada por un pequeño muro de aproximadamente un metro de alto.

Y sombreada por una pérgola de vid que trepa hasta allí y extiende sus ramas sobre más de la mitad de esta soleada terraza que hace de techo.

Una escalera exterior sube a lo largo de la fachada hasta una puerta, que se abre a mitad de altura.

En el nivel de la calle hay unas puertas bajas y distanciadas, no más de dos por cada lado, que dan a habitaciones también bajas y oscuras.

La casa se alza en medio de un espacio amplio mitad jardín y huerto, que tiene en el centro un pozo. Hay higueras y manzanos.

Su parte frontal mira hacia el camino y un sendero  entre la hierba, la une a lo que parece un camino principal.

Pareciera  que la casa está en la periferia de Cana en un campo se extiende tras la casa con sus lejanías verdes y apacibles. El cielo está sereno y despejado.

 Se acercan dos mujeres con amplios vestidos y un manto que hace también de velo.

Vienen por el camino y luego por el sendero. Una pareciera de  cincuenta años y viste de oscuro. La otra como de treinta y cinco años, trae un vestido amarillo pálido y manto azul.

Es muy hermosa, esbelta y tiene un porte lleno de dignidad, a pesar de ser toda gentileza y humildad.

Cuando está más cerca, se ve el color pálido del rostro, los ojos azules y los cabellos rubios que pueden verse sobre la frente bajo el velo. Es María Santísima.

Hablan entre ellas. La Virgen sonríe. Cerca ya de la casa, alguien encargado de ver quiénes van llegando, lo comunica.

Y salen a su encuentro hombres y mujeres, todos vestidos de fiesta, que las acogen con gran alegría, especialmente a María.

Son las primeras horas de la mañana y se nota en el campo que tiene ese aspecto fresco por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo.

La estación primaveral  se engalana en el trigo de los campos aún tierno y sin espiga, todo verde.

Las hojas de la higuera y del manzano están tiernas y también las de la parra. Pero no hay flores, ni frutos en ningún árbol.  

María, agasajada por el dueño de la casa, un anciano que la acompaña y que es también su pariente, sube la escalera exterior y entra en una amplia sala que parece ocupar una buena parte de la planta alta.

Los recintos de la planta baja son las habitaciones, las despensas, los trasteros y las bodegas.

Mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional como hoy, que ha sido adornado con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas.

En el centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta.

A lo largo de la pared está otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente.

Y en la pared opuesta hay una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos, tortas con miel, dulces y otros manjares.

En el suelo junto a esta misma pared, hay otras ánforas, una especie de tinajas y tres grandes recipientes con forma de jarras de cobre.

María escucha benignamente a todos; después se quita el manto y ayuda a terminar los preparativos del banquete.

Va y viene, poniendo en orden los divanes, acomodando las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite.

Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja; pero escucha mucho y con mucha paciencia.

Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino.

Todos menos María, corren afuera. Entra la novia toda adornada y feliz, rodeada de parientes y amigos; al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a su encuentro.

Mientras tanto en el camino principal, Jesús vestido de blanco con un manto azul marino, viene con Juan y Judas Tadeo.

Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un aldeano y transmite la respuesta a Jesús.

Jesús sonríe ampliamente y dice:

–          Vamos a darle una satisfacción a mi Madre.

Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa.

Cuando Jesús llega, el vigía avisa a los demás.

El dueño de la casa junto con su hijo el novio y con María, bajan a su encuentro y lo saludan respetuosamente. Reciben cariñosamente a los recién llegados.

Cuando se encuentran Madre e Hijo hay un saludo lleno de amor y de respeto.

–        La paz está contigo» va acompañada de una mirada y una sonrisa de tal naturaleza, que valen por cien abrazos y cien besos.

 El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera.

Jesús sube al lado de su Madre; detrás los discípulos y los dueños de la casa.

Entra en la sala del banquete, donde las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados en la mesa principal.

Se expande por todo el lugar la Voz de tenor, viril y llena de dulzura del Maestro decir al poner pie en la sala:

–          La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros.

Un saludo global y lleno de majestad para todos los presentes.

Jesús domina con su aspecto y estatura a todos. Es el invitado, pero parece el rey del convite más que el novio, más que el dueño de la casa.

Jesús toma asiento en la mesa del centro, con los novios, los parientes de los novios y los amigos más notables.

A los dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.

Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores.

Por ello no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos de asado, que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a los aparadores.

Hay una cosa notable: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa.

Todas las mujeres están y meten bulla como si fueran cien, en la otra mesa que está pegando a la pared.

Y se las sirve después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes.

Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado de la novia.

El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre la cual además, casi no habla.

Jesús es parco de palabras. Es un hombre afable que expone su parecer, pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar.

Sonríe y María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan; que está hacia el fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.

María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado.

Y comprendiendo lo que sucede.

Llama la atención de Jesús:

–        Hijo – dice en voz muy baja- Hijo, no tienen más vino.

Jesús sonríe aún más dulcemente al decir:

 –      Mujer, ¿Qué hay YA entre tú y Yo?

Y sonríe María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.

Jesús explica el significado de la frase:

Ese “ya”, que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado.

Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro.

Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios.

Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre “Mamá” a María, mi Santa.

El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación,

Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador.

Su tercera sublime mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dio a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.

“¿Qué hay ya entre tú y Yo?”. Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba “sujeto”.

Ahora soy de mi Misión.

¿Acaso no lo he dicho?: “Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios”.

Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones y sembrar en ellos la palabra de Dios.

Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el Perdón para la Humanidad.

Ese “ya”, olvidado por la mayoría, quería decir esto:

“Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu.

Pero desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío.

Espera un poco todavía y acabada la Misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño,

y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado un Oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a tí del oprobio de ser madre de un reo.

Y después me tendrás de nuevo, Triunfante.

Y después me tendrás para siempre, tú también triunfante, en el Cielo.

Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos”.

Esto es lo que quiere decir ese pequeño y tan denso de significado, “ya”.

Entonces…

María ordena a los criados:

–        Haced lo que El os diga.

María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los “llamados”.

Y Jesús ordena a los criados:

–        Llenad de agua los cántaros.

Inmediatamente los criados obedecen y llenan las tinajas de agua traída del pozo, se oye rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea.

Luego el mayordomo sirve en una copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio.

María mira una vez más al Hijo y sonríe.

Luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza ruborizándose tenuemente; se siente muy dichosa. 

Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas…

Sigue un profundo silencio y después, un coro de alabanzas a Jesús.

Pero Él se levanta y dice:

–         Agradecédselo a María.

Y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen.

En el umbral de la puerta vuelve a decir:

–         La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobré vosotros – y añade: – Adiós, Madre.

Jesús dice:

 Cuando dije a los discípulos: “Vamos a hacer feliz a mi Madre”, había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía.

No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la Humanidad.

Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del milagro.

Yo no niego nada a mi Madre.

Por su Oración anticipo incluso el tiempo de la Gracia.

Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor.

Por esto, sabiéndolo, dije; “Vamos a hacerla feliz”.

Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía.

Destinada a unirse a mí en la carne, puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmado de vida

Destinada a unirse a mí en el Dolor, puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu.

De la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende, era justo unirla a mí en la Potencia que se muestra al mundo.

Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados:

“Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el Perdón”. 

EL “SIGNO” DE LA GUERRA


4 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús.

Se asoma una mujer y viendo quién es, avisa a Jesús.

Se saludan con un gesto de paz.

Jesús dice:

–        Has venido solícito, Juan.

–        He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de Tí a muchos…

No hemos pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo; renunciando con ello al lucro porque… el sábado todavía no había terminado.

Luego esta mañana, hemos ido por las calles hablando de Tí. Hay gente que quisiera oírte… ¿Vienes, Maestro?

Jesús responde:

–        Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén.

–        Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes.

–        Vamos, entonces.

Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última.

Y después de saludar a la dueña de casa, se marchan.

Llegando a la salida del pueblo comienzan el viaje hacia Betsaida, donde los esperan a la entrada, Pedro, Andrés y Santiago y con ellos algunas mujeres.

Jesús los saluda:   

–         La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis.

–         Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿No les vas a hablar a los que esperan tus palabras?

–         Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa.

Pedro se muestra jubiloso:

–          Ven entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros parientes y amigos nuestros.

–          Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré. Cuando salimos de Cafarnaúm se estaba poniendo el sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.  

Pedro solicita:

–          Maestro… te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche.

Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador.

Sonríe y dice:

 –          Sí.

Nueva alegría de Pedro.

Algunos miran desde las puertas y se hacen señas.

Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja señalando a Jesús.

Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.

Entran en la casa de Pedro.

Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el hogar ancho y bajo, por ahora apagado.

Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto pequeño, con la higuera y la vid.

Más allá del camino, el celeste ondear del lago. Más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.

Pedro dice:

– Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacerlo…

Jesús responde:

– No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor.

Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas.

Jesús come un poco, en realidad para que vean que lo acepta y luego con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.

Unos niños curiosean desde el huerto y el camino.

Pedro mira severamente a estos niños impetuosos, para que no se acerquen.

Jesús sonríe y dice:

–         Déjalos.

–         Maestro, ¿Quieres descansar? Ahí está mi habitación, allá la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando.

–        ¿Tienes una terraza?

–         Sí. Y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra.

–         Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré. 

–         Como quieras. Ven.

Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja.

También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!

Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete.

Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid, para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol.

Se siente brisa y silencio.

Jesús se deleita en ello.

–         Yo me voy, Maestro.

–         Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí.

Jesús se queda solo y Ora durante mucho tiempo.

 Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante.

Las horas pasan calmas y serenas.

Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago.

Mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle y que le sonríen.

Mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja.

Se asoma a la cocina:

 –        Mujer, voy a pasear por la orilla.

Sale y efectivamente va a la orilla, con los niños.

Les pregunta:

–        ¿Qué hacéis?

–        Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca.

El “él” que no quiere es un niño, ya un hombrecito de constitución menuda, pero de rostro muy luminoso.

Quizás sabe que siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo “la guerra” y por ello sostiene la paz.

Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños:

–         Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres. Y Signo de que el hombre ha venido a menos en su condición de verdadero hijo de Dios. 

Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas:

El Sol, el mar, las estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo las armas.

Creó al hombre y le dio OJOS para que tuviera miradas de amor; BOCA para pronunciar palabras de amor; OÍDOS para oírlas, MANOS, para socorrer y acariciar; PIÉS para correr con rapidez hacia el hermano necesitado.

Y CORAZÓN CAPAZ DE AMAR.

 Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el Odio. ¿Por qué?

Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios.

Si el hombre hubiera permanecido TAL como criatura, habría permanecido en el amor. Y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte.

El niño, con su lógica infantil, insiste:

–         Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre.

Jesús sonríe y dice:

–         No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a todos. Si uno dice: “No quiero esto porque me produce una pérdida“, es egoísta.

 Sin embargo, el buen hijo de Dios dice:

“Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros”.

¡Cómo ha comprendido éste el precepto principal!

¿Quién me lo sabe decir?

En coro, las once bocas dicen:

–          Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a tí mismo”.

–          ¡Sois unos niños excelentes! ¿Vais todos al colegio?

–          Sí.

–          ¿Quién es el más listo?

–          Él (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).

–          ¿Cómo te llamas?

–          Joel.

–          ¡Gran nombre! Joel habla así: “… el débil diga: “¡Soy fuerte!”. Pero ¿Fuerte en qué? En la Ley del Dios verdadero, para estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos.

Mas el JUICIO está próximo: NO en el valle de la Decisión, sino en el Monte de la Redención.

Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror y estrellas temblando llanto de piedad, serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas.

Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido.

Dichosos los que lo hayan reconocido:

Recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas.

¿Quién de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?.

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!.

–           ¿Amaréis entonces al Mesías?

Y el coro de voces infantiles responde:

–           ¡Sí!

–           ¡Sí!

–           ¡A Tí!

–           ¡A Tí!

–           ¡Te amamos a Tí!

–           ¡Sabemos quién eres!

–           Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres.

–          ¡Llévanos contigo!.

–           En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas. Nunca más, abusos. Nunca más, riñas. Nunca más, malas respuestas a los padres.

Oración, Estudio, Trabajo, Obediencia.

Y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino. 

 

Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús.

Parece una corola policroma ceñida en torno a un largo pistilo azul oscuro.

Un hombre bastante anciano se ha acercado, curioso.

Jesús se vuelve para acariciar a un niño que le está tirando del vestido y lo ve.

La VISIÓN ESPIRITUAL, entra en acción…

Detiene en él intensamente su mirada.

El anciano se limita a saludar ruborizándose.

Jesús lo llama:

 –       Felipe, ¡Ven! ¡Sígueme!

El hombre responde:

– Sí, Maestro.

Jesús bendice a los niños y al lado de Felipe vuelve a casa. Se sientan en el huertecillo.

Jesús le pregunta:

–         ¿Quieres ser mi discípulo?

–         Lo quiero. Y no oso esperar serlo.

–         Yo te he Llamado.

–         Lo soy entonces. Heme aquí.

–         ¿Tenías conocimiento de mí?

–         Me ha hablado de ti Andrés. Me ha dicho: “Aquel por quien tú suspirabas ha venido“. Porque Andrés sabía que yo suspiraba por el Mesías.

–         No queda frustrada tu espera. Él está delante de ti. 

Jesús se transfigura ante el hombre lo ha anhelado tanto.

O sea, que permite que Felipe vislumbre la DIVINIDAD oculta en Él.

Felipe exclama emocionado:

–         ¡Mi Maestro y mi Dios!

–         Eres un israelita de recta intención. Por esto me manifiesto a ti. Otro amigo tuyo como tú, sincero israelita espera.

Ve a decirle: “Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de la estirpe de David, aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”. ¡Ve!   

Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Nathanael – Bartolomé.

Jesús lo saluda:

–         He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Nathanael.

–        ¿Cómo me conoces?

–          Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera.

Usando los ojos con la mirada espiritual.

Nathanael exclama:

–          ¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!

–          ¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás.

 En verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros por la Fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo, quien te está hablando. 

 –          ¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!

–           Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?

–           Quiero, Maestro.

Mientras tanto en la terraza, que está llena de gente.  Otras personas están en el huertecillo de Pedro.

Luego Jesús llega.

Y saluda diciendo: 

–      Paz a los hombres de buena voluntad. Paz y bendición a sus casas, mujeres y niños. La Gracia y la Luz de Dios reinen en ellas y en los corazones que las habitan.

Deseabais oírme. La Palabra habla. Habla a los honestos con alegría, habla a los deshonestos con dolor, habla a los santos y a los puros con gozo, habla a los pecadores con piedad. No se niega.

Ha venido para derramarse como río que riega tierras necesitadas de agua y que de él reciben alivio de olas y nutrición de limo.

Vosotros queréis saber qué se requiere para ser discípulos de la Palabra de Dios; del Mesías Verbo del Padre, que viene a reunir a Israel para que oiga una vez más las palabras del Decálogo santo e inmutable, y se santifique en ellas.

Para estar limpio, en la medida en que el hombre puede hacerlo de por sí, para la hora de la Redención y del Reino. Mirad.

Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralíticos, a los muertos:

“Levantaos, sanad, resucitad, caminad, ábranse en vosotros los ríos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podáis ver, oír, hablar de mí”.

Pero más que a los cuerpos, esto se lo digo a vuestros espíritus.

Hombres de buena voluntad, venid a mí sin temor.

Si el espíritu está lesionado, Yo le devuelvo la salud. Si está enfermo, lo curo; Si muerto, lo resucito. Quiero sólo vuestra buena voluntad.

¿Es difícil esto que os pido? No.

No os impongo los cientos de preceptos de los rabinos. Os digo: seguid el Decálogo. La Ley es una e inmutable.

Muchos siglos han pasado desde la hora en que fue promulgada:

Hermosa, pura, fresca, como criatura recién nacida; como rosa recién abierta en el tallo. Simple, sin mancha, ligera de seguir.

Durante los siglos, las culpas y las inclinaciones la han complicado con leyes y más leyes menores, pesos y restricciones, demasiadas cláusulas penosas.

Yo os conduzco de nuevo a la Ley como ésta era cuando el Altísimo la dio.

Pero, os lo ruego por vuestro bien; recibidla con el corazón sincero de los verdaderos israelitas de entonces.

Vosotros susurráis, más en vuestro corazón que con los labios; que la culpa está arriba.

Más que en vosotros, gente humilde. Lo sé.

En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario más. 

Pero no juzguéis a quien actuó no para sí, sino para los demás. Vosotros haced lo que Dios dice.

Y sobre todo, esforzaos en ser perfectos en los dos preceptos principales.

Si amáis a Dios con todo vuestro ser, NO PECARÉIS. no pecaréis,

PORQUE EL PECADO PRODUCE DOLOR A DIOS

QUIEN AMA NO QUIERE CAUSAR DOLOR.

Si amáis al prójimo como a vosotros mismos;

Sólo podréis ser hijos respetuosos para con los padres, esposos fieles a los consortes, hombres honestos en las transacciones.

Sin violencias para con los enemigos, sinceros a la hora de testificar sin Envidia de quien posee, sin deseos de Lujuria hacia la mujer del prójimo.

No queriendo hacer a los demás lo que No querríais que se os hiciera a vosotros,

NO robaréis, NO mataréis, NO calumniaréis,

NO entraréis como los cucos en el nido de los demás.

Pero incluso os digo: “Portad a Perfección vuestra Obediencia a los Dos Preceptos de Amor:

Amad también a vuestros Enemigos”.

¡Oh, si sabéis amar como Él, cómo os amará el Altísimo, que ama al hombre transformado en Enemigo suyo por la culpa original y por los pecados individuales.

Hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os está hablando, el Mesías, prometido para redimiros de toda culpa!

 

AMAD. El amor sea para vosotros escalera por la cual hechos ángeles, subáis (como vio Jacob) hasta el Cielo, oyendo al Padre decir a todos y a cada uno:

“Yo seré tu Protector dondequiera que vayas.

Y te traeré de nuevo a este lugar: al Cielo, al Reino Eterno”.

La Paz esté con vosotros.

La gente manifiesta su conmovida aprobación y se va lentamente.

Se quedan Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé.

Pedro pregunta:

–          ¿Te vas mañana, Maestro?

Jesús replica:

–          Mañana al amanecer, si no te desagrada.

–          Desagradarme el que te vayas sí, pero la hora “NO“; es incluso propicia.

–          ¿Vas a ir a pescar?

–          Esta noche, cuando salga la Luna.

–          Has hecho bien Simón Pedro, en no pescar durante la pasada noche. Todavía no había terminado el sábado.

 

Nehemías en sus reformas, quiso que en Judá se respetara el Sábado.

Ahora también demasiada gente en sábado, prensa en los lagares.

Transporta haces: carga vino y fruta. 

Y vende y compra pescado y corderos.

Tenéis seis días para esto.

El sábado es del Señor.

Sólo una cosa podéis hacer en sábado:

El bien a vuestro prójimo, pero sin ningún tipo de afán de lucro. Quien viola por lucro el sábado sólo puede obtener de Dios el Castigo.

¿Gana algo?: Lo perderá con creces en los otros seis días. ¿No lo gana?: se ha esforzado en vano el cuerpo, no concediéndole ese reposo que la Inteligencia ha establecido para él,

airándose el espíritu por haber trabajado inútilmente, llegando incluso a proferir imprecaciones.

Sin embargo, el día de Dios debe transcurrirse con el corazón unido a Dios en dulce oración de amor. Hay que ser fieles en todo.

–          Pero… los escribas y doctores, que son tan severos con nosotros… No trabajan durante el sábado. Ni siquiera le dan al prójimo un pan por evitar el trabajo de dárselo…

Y sin embargo, fían préstamos abusivos aun en sábado, ¿Se puede hacer esto en sábado porque no sea trabajo material?

–          No. Nunca. Ni durante el sábado ni durante los otros días. Quien presta abusivamente es deshonesto y cruel.

–          Los escribas y fariseos, entonces…

–          Simón no juzgues. Tú no lo hagas.

–          Pero tengo ojos para ver…

–          ¿Sólo el mal está ante nuestros ojos, Simón?.

–          No, Maestro.

–          Entonces, ¿Por qué mirar sólo el mal?

–          Tienes razón, Maestro.

–          Entonces mañana al amanecer partiré con Juan».

–          Maestro…

–          Simón, ¿Qué te sucede?

–          Maestro… ¿Vas a Jerusalén?

–          Ya lo sabes.

–          Yo también voy a Jerusalén para la Pascua… y también Andrés y Santiago….

–          ¿Y entonces?… Quieres decir que desearías venir conmigo ¿No? ¿Y la pesca? ¿Y la ganancia? Me has dicho que te gusta tener dinero y Yo me ausentaré durante muchos días.

Primero voy donde mi Madre y a Jerusalén a la vuelta. Me quedaré allí predicando. ¿Cómo te las arreglarás?…

Pedro se muestra dudoso, vacilante…

Pero al final se decide:

–          Por mí… voy contigo. ¡Te prefiero a ti antes que al dinero!

Andrés:

–          Yo también voy.

Santiago:

–          También yo.

Bartolomé:

–          Y nosotros también, ¿verdad, Felipe?

Jesús los invita:

–          Venid, pues. Me serviréis de ayuda.

Pedro se emociona ante la idea:

–          ¡Oh!… ¿En qué te podemos ayudar?

–          Os lo diré. Para actuar bien sólo tendréis que hacer cuanto os diga. El obediente siempre actúa bien. Ahora oraremos y luego cada uno irá a realizar sus cometidos.

–          ¿Y Tú, Maestro?

–          Oraré más. Soy la Luz del mundo, pero también soy el Hijo del hombre. Por ello siempre tengo que beber de la Luz para ser el Hombre que redime al hombre. Oremos.

Jesús ora: 

“Quien reposa en la ayuda del Altísimo vivirá bajo la protección del Dios del Cielo. Dirá al Señor: “Tú eres mi protector, mi refugio. Es mi Dios, en Él está mi esperanza. Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras agresivas… (Salmo 91)

EL PRIMER APÓSTOL


3 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo.

Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.

Juan es un jovencito con el color rosáceo de las mejillas lisas, una bella sonrisa en su boca bien dibujada y la mirada pura de sus ojos color turquesa oscuro, donde asoma la limpieza del alma virgen y la inocencia del niño que no ha dejado de ser, aunque empieza a convertirse en un hombre.

Tiene una larga cabellera rubio oscura que ondula al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.

Llama, cuando está para pasar el seto:

 –       ¡Maestro!

Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.

–        ¡Maestro, suspiraba por Tí! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña… Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte.

 Juan habla levemente inclinado, con mucho respeto.

Y no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada que levanta hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.

Jesús responde con ternura:

–        He visto que me buscabas y he venido hacia ti.

–        ¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?

–        Allí – y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que  por el color del ramaje, parece que son olivos.

Y agrega sonriente: 

–         Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado enseguida, nada más verte.

Fue con la vista espiritual.

–         ¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?

–         Y sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».

–          Sí, lo hace el amor. Entonces, me amas, ¿No, Maestro?

–          Y tú, ¿Me amas Juan, hijo de Zebedeo?

–          Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba. Y cuando te he visto, ella me ha dicho: “He ahí a quien buscas”. Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido.

–          Tú lo dices Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?

–          Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú.

–          Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida y con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por Mí?

–          Maestro… no sé… pero me parece si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas.

–          ¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?

–           Será como nada, Maestro, si Tú me amas.

–           Y el día que Yo debiera morir…

–           ¡No! Eres joven, Maestro… ¿Por qué morir?

–           Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios.  

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

–           ¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!… Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame.

Juan tiene una mirada suplicante.

Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.

Jesús se detiene. Lo mira, lo taladra con la mirada de sus ojos profundos.

Y poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice:

–           Quiero que me ames.

–           ¡Oh, Maestro!

Juan se siente feliz. Aunque sus pupilas brillen por el lanto contenido.

Ríe con esa joven boca suya bien dibujada. Toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.

Luego, continúan su camino.

–           Has dicho que me buscabas…

–           Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte… Y porque… ¡Oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas… y ya no podía seguir sin ti.

–           Entonces, ¿Has sido un buen anunciador del Verbo?

–           También Santiago Maestro, ha hablado de ti de manera… convincente.

–           De forma que incluso quien desconfiaba…Y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva, se ha persuadido. Vamos a confirmarlo del todo.

–           Tenía un poco de miedo…

Jesús detiene el paso y dice:

–           ¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar.

Con los honestos seré todo Misericordia.

Intercesoramente, Juan interviene

–           ¿Y con los pecadores?

–           También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas.

Y hacen esas cosas y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo.

–           Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro.

–           Así me gusta, y así quiero que seáis todos.

–           Simón quiere decirte muchas cosas.

–           Lo escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva.

E1 poblado está cercano. Algunos niños juegan en la calle; uno, corriendo se choca con las piernas de Jesús.

Y se hubiera caído, si Él no lo hubiese aferrado con solicitud.

El niño llora de todas formas, como si se hubiera hecho daño.

 Y Jesús sujetándolo, le dice:

–        ¿Un israelita que llora? ¿Qué habrían debido hacer los miles y miles de niños que se hicieron hombres atravesando el desierto siguiendo a Moisés?

Pues bien, más por ellos que por los otros, porque el Altísimo ama a los inocentes y cuida providentemente de estos angelitos de la Tierra.

De estas avecillas sin alas, como de los pájaros del bosque y de los aleros, justamente por éstos envió tan dulce maná. ¿Te gusta la miel? ¿Sí? Bueno, pues si eres bueno comerás una miel más dulce que la de tus abejas.

–         ¿Dónde? ¿Cuándo?

–         Cuando, después de una vida de fidelidad para con Dios, vayas a Él.

–         Sé que no iré a Él si no viene el Mesías. Mamá me dice que por ahora cada uno de nosotros, israelitas, somos como Moisés y morimos teniendo ante nuestros ojos la Tierra Prometida.

Dice que nos damos a la espera de entrar en ella y que sólo el Mesías hará que entremos.

–        ¡Pero qué israelita tan genial! Pues bien, Yo te digo que cuando mueras entrarás enseguida en el Paraíso, porque el Mesías para entonces, habrá abierto ya las puertas del Cielo. Pero tienes que ser bueno.

Una mujer aparece y el niño grita:

–        ¡Mamá! ¡Mamá! 

El niño se desata de los brazos de Jesús y corre hacia una joven esposa que regresa con un ánfora de cobre.

–        ¡Mamá! El nuevo Rabí me ha dicho que iré inmediatamente al Paraíso cuando muera, y que comeré mucha miel… pero si soy bueno. ¡Seré bueno!

–        ¡Dios lo quiera! Perdona, Maestro, si te ha molestado. ¡Está lleno de vitalidad!

–        La inocencia no molesta, mujer. Dios te bendiga, porque eres una madre que cría a los hijos en el conocimiento de la Ley.

La mujer se sonroja ante esta alabanza y responde:

–        Que Dios te bendiga también a ti – y desaparece con su pequeño.

Juan pregunta:

–       ¿Te gustan los niños, Maestro?

Jesús contesta:

–        Sí, porque son puros y sinceros… y amorosos.

–         ¿Tienes sobrinos, Maestro?

–         No tengo sino una Madre. Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos.

En mi Madre tengo todo, Juan.

–         ¿Y la has dejado?

–         Dios está por encima incluso de la más santa de las madres.

–         ¿La conoceré yo?

–          La conocerás.

–         ¿Y me querrá?

–          Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús.

–         ¿Entonces no tienes hermanos?

–         Tengo algunos primos por parte del marido de mi Madre. Pero todo hombre es para mí un hermano y para todos he venido. Henos aquí delante de la sinagoga.

Yo entro; tú vendrás después con tus amigos.

Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles con rollos de pergamino.

Ya hay una multitud que espera y ora.

También Jesús ora.

La multitud bisbisea y hace comentarios detrás de Él.

Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.

Jesús empieza la lección…

–          El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: “Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel:

‘Enmendad vuestros hábitos y Vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar,

No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor.

Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda,

si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre”.

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios:

Lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria.

Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro?

¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas lo condujo y nutrió. Y lo defendió contra los enemigos?

¿Y para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados?

¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿Por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: “¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!”.

No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa Oración.

Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda. Y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: “Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela”.

Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no lo escucha prontamente. Y después, al mísero en ocasiones, de su propia sangre, que le dice: “Escúchame” y le responde con corazón de piedra: “No”.

Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa.

Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Más, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros.

Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis.

Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir.

¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.

Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los Diez Mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en la Luz del Amor.

Venid. Yo os mostraré cuáles son:

Amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor.

Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento.

Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la Eterna. La alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón.

Empezad por el amor. No hay nada más grande. CUANDO SEPÁIS AMAR, sabréis ya todo.

Y Dios os amará. Y Amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad.

Jesús ha terminado de hablar.

ROSTRO MAESTRO

Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve.

Jesús sale a la placita.

En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

Jesús los saluda:

–          La paz esté con vosotros. Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación.

Simón, ¿Has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿Por qué no has venido antes?

Los dos hermanos se miran turbados.

Andrés susurra:

–           No me atrevía…

Pedro está rojo, no habla.

 Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano:

–         ¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer.

Interviene con franqueza:

–          He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo… yo he dicho… Sí, he dicho: “No creo”, y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!…

Jesús sonríe y dice:

–          Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo.

–          Pero yo… yo no soy bueno… no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y si alguno me ofende… ¡bueno!…

Soy codicioso y me gusta tener dinero. Y al vender el pescado, bueno… no siempre… no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante.

Quiero seguirte, tengo poco tiempo y así recibir la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices… Pero… 

Jesús sonríe ampliamente y declara:

–         No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas.

Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide.

Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa.

Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios.

Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré.

–          ¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así… Es así… mira, ¡Yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!… Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿No? ¿Resides en esta casa?… Conozco al dueño.

–          Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén. Y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente.

–          Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza.

–          En el corazón sobre todo Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿No hablas?

Andrés responde:

–          Escucho, Maestro.

Pedro agrega:

–          Mi hermano es tímido.

–          Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id.

–          La paz sea contigo.

Se van.

Nada más salir, Pedro observa:

–          ¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes y otro tipo de peces?

Andrés cuestiona:

–          ¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas.

–          Me daba… vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!

Juan suspira con anhelo y gran nostalgia.

Y dice:

–          Ahora va a Jerusalén… Yo quería pedirle que me dejara ir con Él… pero no me he atrevido…

Pedro responde:

–          Vete a decírselo, muchacho. Nos hemos despedido de Él así, sin más… sin ni siquiera una palabra de afecto… Al menos, que sepa que lo admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre.

–          ¿Voy, Santiago?

–           Ve.

Juan se echa a correr…

Y también corriendo, vuelve lleno de júbilo:

–            Le he dicho: “¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?”. Me ha respondido: “Ven, amigo”. ¡Ha dicho “amigo”! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!…

Y vuelve a partir corriendo.

Jesús dice:

 Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido.

Lo admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente calla este detalle.

El apóstol de Pedro y por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan:

Primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿Veis lo que dice?:

“Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús.

El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: “Hemos encontrado al Mesías’

Y lo condujo a donde estaba Jesús”.

Justo además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido. Sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas y desea para él en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad.

Quiere que aparezca Andrés como el primer Apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano, le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

¿Quiénes, entre los que hacen algo por Mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas; que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna?

¿Y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro.

Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros.  Y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde.

Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto,.

Y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos, que tímidos pareciera que no hacen nada.

Y son sin embargo, los que le roban al Cielo el Fuego de que están investidos los audaces.

Corazón sincero en cuanto a decir: “Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: “

Dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto:

Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir:

‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza”.

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles,

descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda, que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota. Aprended todos.

¿Es mi predilecto? Sí.

Pero, ¿No tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes.

Lo amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndolo como un pequeño Cristo.

Y mi Madre me decía:

–    “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh…, la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente.

Y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre.

Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud:

Hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

Y LA LUZ VINO AL MUNDO


2 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una serenísima aurora sobre el Mar de Galilea. Cielo y agua presentan destellos rosáceos, poco diferentes de los que resplandecen tenues entre los muros de los pequeños huertos de la villa lacustre.

Huertos desde los que se alzan y se asoman volcándose casi sobre las calles, las copas de los árboles frutales.

El poblado comienza a despertarse con alguna mujer que va a la fuente o a una pila a lavar y algunos pescadores que descargan las cestas de pescado y con vocerío, contratan con mercaderes venidos de fuera, o llevan pescado a sus casas.

Es un pueblo grande, de gente trabajadora dilatado en su mayor parte a lo largo del lago.

Juan sale de una callejuela y va presuroso hacia el lago.

Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca.

Oteando a lo lejos, la descubre a algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!», que debe ser el reclamo usado.

Y luego cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: « ¡Venid, venid!.

Los hombres de la barca,  agarran los remos amainando la vela para agilizar la operación y la hacen avanzar más de prisa.

Cuando están a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más.

Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle sujetándola con una mano, se mete en el agua y va al encuentro de los que llegan.

Andrés pregunta:

 –       ¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?

Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

Juan responde cuestionando a su vez: 

–       Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago? 

–       He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre… 

–       Te había sugerido claramente que vinieras. Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!… Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”.

–       ¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos lo mostró el Bautista.

–        Es Él. No lo ha negado.

Pedro murmura malhumorado:

–        Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez… –

Juan se consterna al escucharlo.

Y contesta dolorido:

–       ¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!

Pedro se exaspera y exclama:

–       ¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye!

¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Será mejor que te vengas a trabajar y déjate de fábulas!

Juan intenta convencerlo:

–        Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras.

Santiago interviene:

–        Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años, soy y lo sabes,  reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios.

Y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo?

 Tú lo puedes hacer porque no lo has escuchado. Pero yo creo. ¿Qué somos pobres e ignorantes?

 Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes.

Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Más Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo.

A los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, oscuridad, cadenas y desprecio.

Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia.

Quien quiera verdad y paz, quien quiera Vida Eterna, venga a Mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?

 Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

 –      Sí. Y ha dicho: “El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz.

Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad.

En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red”

Se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla.

Ha dicho incluso: “Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo los hombres intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados;

porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen.

Su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás,

pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo.

Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una Fuerza tal a quienes crean en Mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo”.

Del rostro de Pedro ha desaparecido el gesto adusto y dice con decisión:

–      Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él enseguida.

Y pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque entre tanto la barca ha llegado ya a la orilla.

Y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen.

Luego reclama:

–        Y tú, Andrés, necio, ¿Por qué no has ido con éstos?

Andrés lo mira desconcertado y dice:

–        ¡Pero… Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo… Toda la noche has estado refunfuñando y ¡¿Y ahora me echas en cara el no haber ido?!….

Pedro concede:

–        Tienes razón… Pero yo no lo había visto… tú sí… y deberías haberte dado cuenta que no es como nosotros… ¡Algo especial tendrá!….

Juan interviene fascinado:

–        ¡Oh!, sí. ¡Tiene un rostro…, y unos ojos…! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una Voz…! ¡Ah, qué Voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso.

–        ¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar.

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

Pero Pedro, después de algunos metros se detiene, coge a Juan por un brazo,

Y pregunta:

–        Has dicho que sabe todo y que oye todo….

–        Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: “¿Quién sabe lo que estará haciendo Simón?”

Control del sentido de la “vista espiritual”

Él contestó:

“Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar…

No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros peces”.

Pedro se admira y concluye:

–        ¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también… también que lo he llamado poco menos que mentiroso… No puedo ir a Él.

Santiago advierte:

–         ¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando lo dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió:

“Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla.”

Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad.

Y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente”. Y añadió: “Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad”

Pedro recupera el ánimo:

–         ¿Ha dicho eso? Entonces voy. Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?

–         En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas.

–         ¿Pero es pobre?

–         Un obrero de Nazaret. Así dijo.

–         Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?

–         No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes.

–         Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta…, algo. ¡Vamos a consultar a un rabí, porque es como un rabí, y más que un rabí, con las manos vacías!… Nuestros rabinos no quieren que se actúe así….

–         Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: “Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo”.

Y enseguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían. Y a nosotros, que preguntábamos: “Y para ti, Maestro, ¿No guardas nada?”, nos respondió: “La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria”.

Dijimos también: “Tú nos llamas Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: “Un gran tesoro quiero de vosotros”.

Y nosotros dijimos: “¿Y si no tenemos nada?”

Él Contestó: “Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no. Lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio.

Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo. Y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria”

Eso dijo.

Con el Don del Discernimiento, otorgado por el Espíritu santo.

Pedro suspira aliviado, diciendo:

–         ¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero…

Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza.  

¡AYUDADME, PEQUEÑITOS!


Junio 25 de 2020

Habla Dios Padre

Hijitos Míos, pequeños Míos, os he dicho que así como el cuerpo necesita alimento para crecer, para mantenerse sano, para desarrollarse y para poder ser alguien en la vida dando frutos, lo mismo sucede con las almas.

Las almas también se tienen que alimentar para que crezcan y den fruto.

Esta humanidad perversa, muy similar al pueblo escogido, se ha alejado de su Dios.

Os llamo de diferentes formas, trato de llamar vuestra atención, para que os deis cuenta del error en el que vivís.

Yo os trato de proteger contra las fuerzas del Mal y vosotros os escabullís, ya no tenéis confianza en vuestro Dios.

Sois como un adolescente que se cree fuerte, capaz de moverse solo por el mundo y hasta que no comete graves errores, se da cuenta que necesitaba la guía paterna o materna.

Sois todavía ese pueblo inmaduro como niño, como adolescente, traviesos, groseros.

Pueblo inmaduro que no quiere crecer en la virtud, que no quiere crecer en la vida.

Quiere ser consentido, pero no crecer ni dar lo que debe de dar el hijo agradecido.

Queréis seguir siendo consentidos, pero viviendo en el pecado, viviendo a espaldas de vuestro Dios y esto no puede ser, Mis pequeños.

Y no lo digo por Mí, porque Yo Soy el Perfecto; lo digo por vosotros que necesitáis crecer, que necesitáis desarrollaros;

que necesitáis ser adultos en la Gracia y en el Amor que Yo os quiero dar.

Mis pequeños, cuando el alma realmente CRECE y aprende a AMAR, como Mi Hijo os enseñó,

es cuando ya estáis aprendiendo realmente a llevar a cabo vuestra MISIÓN, es cuando realmente estáis viendo lo que debe de ser vuestra vida sobre la Tierra.

Se dice fácil y lo oís continuamente, -que debéis AMAR-, pero para vosotros esa palabra ya casi no significa lo que debe de significar para Mí.

O son amoríos ligeros, pecaminosos. O es amor en el que dais lo mínimo, porque os distraéis y no queréis dar en total donación.

Siempre mantenéis reserva para vosotros mismos, no os soltáis completamente a vuestro Dios y a vuestros hermanos.

Siempre con esa reserva en la que os protegéis tontamente, porque no sabéis daros en totalidad, como Yo Me doy en totalidad por vosotros.

No habéis aprendido a desprenderos, ni aún de las cosas bellas que Yo os doy.

No habéis aprendido todavía Mis pequeños, que cuando vosotros os negáis a vosotros mismos

ES CUANDO YO ENTRO PERFECTAMENTE EN EL ALMA

Y AL PERDER VUESTRO “YO”, ME ENCONTRÁIS A MÍ

Y ENTONCES ES CUANDO HABITO YO PLENAMENTE

EN CADA UNO DE VOSOTROS.

El olvidaros de sí mismos, os va a traer un bien infinitamente superior: el tenerMe a Mí, vuestro Dios.

Entended esto Mis pequeños, ya no actuéis como niños distraídos, como niños inmaduros, como niños que no se percatan de la realidad espiritual que debéis vivir.

Sed maduros ya en Mis enseñanzas, en Mi Vida y sobre todo en los frutos que debéis dar a vuestros hermanos.

Por eso el mundo en el que habitáis es un mundo de TIBIEZA, porque no podéis dar mucho, porque no tenéis mucho en vuestro corazón.

Os mantenéis con el mínimo necesario, tibios, inmaduros, mediocres y no queréis llegar a esa perfección a la que habéis sido llamados.

Sois Mis hijos, Yo Soy el Perfecto y Yo no puedo permitir la mediocridad en los Míos.

El niño consentido no lucha por temor a la caída, por temor al dolor y se conforma con lo mínimo.

Las almas que valen, las almas valientes, son las que se llevan el Premio, son siempre las que tienen más, porque han arriesgado todo.

Y el Premio es infinitamente superior a lo que arriesgaron.

Yo no Soy un Dios de mediocres, Yo no Soy un Dios para aceptar la mediocridad de sus hijos.

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

Creced ya Mis pequeños, os da flojera, no queréis trabajar para vuestra propia perfección; es egoísmo, es falta de caridad, no hay amor en vuestro corazón.

Porque no queréis tomar el compromiso de ser perfectos, porque después deberéis dar a vuestros hermanos lo que de Mí aprendisteis.

Os acompaño durante vuestra vida.

VENID A MÍ

YA NO OS APARTÉIS

TOMAD DE MÍ TODO LO QUE NECESITÉIS PARA VOSOTROS MISMOS,

PARA VUESTROS HERMANOS,

Cuando oraba, levitaba y quedaba absorto totalmente. A veces el mismo virrey que iba a consultarlo, aunque Martín era de pocos estudios, tenía que aguardar mucho rato a la puerta de su celda, esperando a que terminara el éxtasis. Tenía el don, para leer corazones y siempre daba el consejo preciso. Podía predecir la vida propia y la ajena, incluido el momento de la muerte.

PARA QUE MADURÉIS, PARA QUE DEIS MUCHO FRUTO.

Arrepentíos de vuestro pasado y Yo lo olvidaré de inmediato.

Deseo hombres nuevos, Vida Nueva en vuestro interior; pero ese es el compromiso que cada uno de vosotros deberá hacer Conmigo, vuestro Dios.

Dejad ya vuestros temores, el sentir que perderéis mucho, que arriesgáis mucho al dejar que vuestro Dios actúe en vosotros.

No es así Mis pequeños, os lo he dicho dadMe, dadMe todo vuestro ser, toda vuestra voluntad, todas vuestras capacidades, todas vuestras riquezas.

DejadMe a Mí actuar en vosotros y así Yo os satisfaré, os daré todo y haré hombres nuevos,

almas nuevas que gozarán Mi Presencia activa en su corazón.

DadMe, dadMe, que Yo os daré al ciento por uno.

Quitad vuestro lastre de vuestra espalda que no os deja caminar, que no os deja volar hacia esa perfección y dejad que Mi Santidad, Mi Perfección os invada.

Porque os he dicho que cada uno de vosotros tenéis una misión única y esta es diferente a todas las de vuestros hermanos.

No debéis envidiar lo que otros tengan, vuestros ojos deben estar puestos solamente en Mí.

Vais conociendo vuestra misión a lo largo de vuestra existencia, algunos la conocerán antes, porque así es vuestra misión y otros la conocerán después.

Y es muy importante Mis pequeños esto que os he dicho, porque vuestros ojos deben de estar puestos en Mí.

¿Qué estáis haciendo para servirMe, a Mí?

Romanos 12, 6-8 1 Corintios 12, 8-10 1 de Corintios 12, 28-30 Efesios 4, 11-12

Si vosotros os la pasáis envidiando lo que tienen vuestros hermanos, o los dones que Yo os he concedido para llevar a cabo vuestra misión.

O si tienen más o menos bienes del mundo, eso no os debe importar a vosotros.

Vosotros sois únicos para Mí, vuestra misión es única y es muy importante que la llevéis a cabo como Yo os la he pedido.

Y eso es lo único que os debe importar a vosotros, cumplir conMigo, cumplir con lo que Yo os he pedido.

Imaginad que tenéis dentro de un cuarto riquezas inmensas y es una puerta muy fuerte que nadie la puede abrir y ésta, solamente se puede abrir con una llave.

Y ESA LLAVE LA TENÉIS ALGUNO DE VOSOTROS.Es un trabajo sencillo, pero importantísimo, esas riquezas están ahí y nadie las puede tocar, si el encargado no abre ésa puerta con la Llave, que se le ha pedido proteger.

Otros, tendrán misiones aparentemente más importantes; ir a luchar por defender Mi Iglesia.

Serán personajes fuertes, robustos, que a primera vista os impresionen por su fuerza, por sus capacidades;

en cambio el primer personaje es pequeñito, aparentemente insignificante, porque nada más tiene que cuidar ésa Llave.

El pequeño podrá envidiar al fornido que está haciendo grandes cosas.

Entended esto que os estoy diciendo, Mis pequeños.

Martín seguía los modelos de santidad de Santo Domingo de Guzmán, San José, santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer. Y mantenía entrevistas sobrenaturales con Santa Rosa de Lima y San Juan Macías, que también estaban recluídos en  sus conventos.

Cada uno de vosotros fuisteis creados para la misión que tenéis que llevar a cabo.

El fornido, ese valeroso soldado no tiene la Llave y no puede sacar esas riquezas de ése cuarto, porque no tiene la Llave, la tiene el pequeño.

Y el pequeño, si es puesto en el campo de batalla, no podrá quizá ni levantar el arma que se le dé.

Entonces no queráis tomar la vida de otros, tratar de ser quien no sois ante Mis Ojos.

TODOS VOSOTROS SOIS IMPORTANTES

PORQUE OS HE DADO UNA MISIÓN PARTICULAR PARA SERVIRME,

 ASÍ QUE NO ENVIDIES LO QUE TIENEN LOS DEMÁS

 LLEVAD A CABO VUESTRA MISIÓN LO MEJOR POSIBLE

 CON LOS CUIDADOS MÁS DELICADOS QUE ME PODÁIS DAR

Y CON UN DESEO GRANDE DE SERVIRME.

Aprended de esta lección Mis pequeños y os repito, no veáis a vuestro alrededor.

VedMe a Mí a Mis Ojos, durante toda vuestra existencia, y dadMe cuenta de la misión que os concedí a cada uno de vosotros, en lo particular.

Yo, vuestro Padre y vuestro Dios, os he dado un regalo inmenso: el alma.

Mis pequeños, es parte de Mí vuestra alma, Soy Yo en vosotros.

 Como dicen las escrituras, el ALMA está guardada en una vasija de barro; sois tierra, como lo sabéis.

7. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. GÉNESIS 2, 7

Barro al que Yo le di vida y de ahí salieron vuestros primeros padres.

El barro ahora se queda en la tierra, se queda en el barro, se une al barro de la tierra; pero el ALMA, el ALMA CRECE y así debe ser vuestra alma en este tiempo.

Creced, CRECED Mis pequeños; recordad que de todo mal, Yo siempre saco un bien y estos son momentos de crecimiento espiritual.

No penséis en el barro, no penséis en vuestro exterior, que éste se quedará aquí en la Tierra.

PENSAD EN VUESTRA ALMA QUE ES PARTE MÍA

Y YO SOY OMNIPOTENTE,

Y LAS ALMAS QUE SE ACERCAN A MÍ

ADQUIEREN ESA OMNIPOTENCIA

Ciertamente, vuestra vasija de barro no permite que la omnipotencia de vuestra alma se desarrolle; porque vuestra alma todavía está envuelta en el pecado,

Pero cuando se libere, entenderéis la Potencia que llevabais en vuestro interior.

En estos momentos dejad que vuestra Fe os haga entender esto.

Tenéis un gran regalo que Yo os di, pero con vuestra Oración podéis hacer grandes cosas; porque la Omnipotencia de Mi Ser, que vive en vosotros, puede realizar grandes prodigios.

Porque es el amor, Mi Amor, el que los va a realizar para el bien de vosotros y de vuestros hermanos.

Veis cómo de un mal Yo siempre saco un bien. 

OS REÚNO Y VUESTRA POTENCIA DE ORACIÓN

SOR MARIA DE JESUS DE ÁGREDA, oraba y ayunaba. Y desde su celda le decía a Jesús: “Señor, ayer el jefe de los sioux nos torturó hasta matarnos ¿Crees que ahora sí se den por vencidos y accedan a escucharnos? Hoy que regresemos dices que también estaremos con los cherokees y los cheyennes; entonces  también el Espíritu Santo tendrá que multiplicar los rosarios, porque ya aumentaron las mujeres que me están enseñando a bordar, mientras rezamos…”

UNIDA A MI AMOR, QUE ESTÁ EN VOSOTROS

PUEDE REALIZAR GRANDES PRODIGIOS

GRANDES MILAGROS

PEDID PARA QUE MI AMOR SE EXTIENDA POR TODOS LADOS,

PARA QUE LAS SOMBRAS SE DISIPEN

 Para que la maldad de los hombres se vuelva paz, amor, armonía…

Y vuelva a ser éste el Paraíso que Yo creé para vuestros primeros padres y que vosotros, como descendientes de ellos, tenéis derecho a vivir en ese Paraíso.

Cuerpo incorrupto de la Dama de azul de los Llanos, Sor Maria de Jesús de Ágreda, (2 de abril de 1602 – 24 de mayo de 1665), abadesa del convento.

Pero pedídmeLo de corazón, pedidLe a Mi Omnipotencia en vosotros, que se realice ese milagro de amor,

que volváis a ese tiempo de Alegría y de una Paz infinita que solamente podéis obtener estando en Mí, vuestro Señor y vuestro Dios.

No escatiméis, NO DUDÉIS, utilizad pues esa Potencia de Amor, para que podáis ayudar a vuestros hermanos y os podáis ayudar a vosotros mismos. 

PEDIDME UN AUMENTO DE FE EN VOSOTROS,

UNA CONFIANZA PLENA Y UNA SABIDURÍA INFINITA

PARA QUE PODÁIS VOSOTROS UTILIZARLA EN AYUDAR,

EN SER LOS CRISTOS DE ESTE MUNDO,

EN SER LOS CRISTOS DE ESTE MOMENTO,

EN DEJARME VIVIR PLENAMENTE ENTRE TODOS VOSOTROS 

Satanás, satanás está vencido y todavía os molestará más; pero esa Potencia de Amor que lleváis en vuestro interior y unidos todos en esa intención, podéis vencerlo.

No dudéis, Mis pequeños, no dudéis.

Porque mucha compasión debe haber en vuestro corazón hacia vuestros hermanos que se encuentran en el Mal, ante vuestros hermanos que viven en el error,

especialmente en éstos momentos de Purificación, en los cuales veréis que son destruidos algunos lugares, como se destruyó Sodoma y Gomorra.

Donde el Mal habitaba, donde el Mal se difundía, donde el Mal era vida de todos los días.

Que nunca salga de vuestra boca ni de vuestro pensamiento, la frase “se lo merecían”, 

porque vosotros no conocéis el corazón de vuestros hermanos, no conocéis su historia, no conocéis su ambiente.

A TRAVÉS DE LA COMPASIÓN, LA CARIDAD FLORECERÁ EN VOSOTROS

Y así, podréis ayudar mucho más en el amor hacia vuestros hermanos en compasión, que en la crítica destructiva, malsana, que os lleva a degradaros espiritualmente.

En la Compasión, vosotros levantaréis almas, ayudaréis, aún a pesar del pecado que tengan.

Recordad que Mi Compasión hacia vosotros, os levantó y os está llevando a éstos niveles bellos espirituales que estáis viviendo.

Si Yo he tenido Compasión de vosotros; vosotros, por haber ya crecido en virtud la debéis tener para vuestros hermanos.

ORACIÓN + FE = MILAGROS

No critiquéis, AMAD, haréis mejor trabajo para Mi Corazón en ésta forma que criticando, porque al criticar caeréis en soberbia, en vanidad,  y caeréis peor que ellos.

Os amo, Mis pequeños y os quiero perfectos, como Yo Soy Perfecto, por eso os guío, os enseño.

Me tomo Mi tiempo para dároslo, para estar con vosotros, para llevaros a ésas alturas que no os imagináis que existan.

Aquél que se acerca a Mí, Fuente de Vida y de Amor, de Pureza, de Santidad, de Omnipotencia y Divinidad, podrá obtener de Mí grandes cosas, grandes regalos, si se acerca a Mí pequeñito, amoroso, sediento, humilde.

Venid a Mí, os necesito a todos y especialmente a aquellos por los que Mi Hijo bajó: a los más enfermitos, a los más necesitados, a los muertos espiritualmente.

Es vuestra hora, es vuestro tiempo, el de levantar a vuestros hermanos, en el daros por vuestros hermanos.

 ¿Puede acaso, la hoja de un árbol, luchar contra una corriente y detenerla? NO, Mis pequeños.

Yo Soy ésa Corriente que inunda, que está ya entre vosotros.

Vosotros, pequeñas hojitas de árbol, si tenéis la sabiduría os dejaréis llevar por Mi Corriente, por Mi Sabiduría, por Mi Amor,

pero todos aquellos que traten de oponerse a toda ésa Fuerza tremenda que voy suscitando ya entre vosotros,

se dañarán, caerán y no podrán hacer el bien debido.

La Sabiduría os indicará cómo deberéis dejaros guiar por Mí, por ésa Fuerza tremenda, Divina, que se tiene ya que implantar en los corazones,

QUE TIENE QUE MODIFICAR A LA TIERRA ENTERA,

QUE TIENE QUE TRAER LAS BELLEZAS DEL CIELO NUEVAMENTE,

Se le atribuye el don de la bilocacion. Sin salir de Lima, fue visto en México, en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad o curando enfermos. Mientras permanecía encerrado en su celda, lo vieron llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos o curarlos. Muchos lo vieron entrar y salir de recintos, estando las puertas cerradas. En ocasiones salía del convento, a atender a un enfermo grave y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, siempre respondía: ‘yo tengo mis modos de entrar y salir.’

PARA QUE LAS PODÁIS VIVIR

Aquellos que están en Mi Contra, aquellos que no Me favorecen con su estado de vida, aquellos que se oponen a Mí y a Mis enseñanzas, tendrán que caer.

Serán arrollados por Mi Fuerza, se dañarán; porque no podrán luchar contra Mí vuestro Dios, vuestro Padre, vuestro Creador.

Anunciadles Mis pequeños que el Cielo se acerca a la Tierra, que la vida cambiará para bien del hombre, que todo será renovado en Pureza y Santidad.

Que las almas crecerán, porque se dejarán llevar por ésta Corriente Divina, que ya está llegando al Mundo, con Fuerza arrolladora,

que irá purificando a todos los pueblos de la Tierra y que saneará de todo pecado a las almas.

Dejaos llevar por Mí, dejad que Yo os lleve como brisa suave, como riachuelo; que os va cuidando, que os va consintiendo.

De los relatos que se guardan de sus milagros, se deduce que Fray Martín de Porres no les daba mayor importancia. Al imponer silencio acerca de ellos, lo hacía con joviales bromas, llenas de donaire y humildad. En su vida los milagros, formaban parte de algo natural y cotidiano.

DejadMe, Mis pequeños, hacer Mi obra en vosotros, confiad en Mí, vuestro Dios, que de Mi solamente sale Belleza, Santidad, crecimiento espiritual, una vida desconocida que aún no habéis sentido ni vivido.

Confiad en Mí vuestro Dios, que os transformaré y haré de vosotros nuevas almas, que gozaréis de los bienes del Cielo aquí en la Tierra.

Gozad y vivid alegres, a pesar de que lo que esté a vuestro alrededor traiga infelicidad a muchos.

Confiad en Mí vuestro Dios, que Yo estaré con todos aquellos que se dejen llevar libremente por Mis deseos amorosos.

Confiad en que tendréis un nuevo Hogar, muy superior al que estáis acostumbrados ahora.

Os prometo grandes cosas, y Yo cumplo, Mis pequeños, porque tengo el Poder para hacerlo.

Confiad y ya vivid desde ahora agradecidos a ésta gran promesa que os hago.

Ya que si he invertido Mi tiempo, Mis enseñanzas, Mi guía amorosa en vosotros, en cada uno de vosotros; vosotros deberéis perseverar, aún a pesar de que todo se vea obscuro a vuestro alrededor.

Ésa perseverancia santa, os hará alcanzar vuestra meta.

Ciertamente pronto se vendrá la Obscuridad, obscuridad espiritual a la Tierra.

La perseverancia os abrirá el camino, junto con la Fortaleza.

Deberéis estar atentos Mis pequeños cuando se vaya dando todo esto, para que vosotros podáis ayudar a vuestros hermanos para que no caigan en ésa negligencia,

en ése temor, en ésa tibieza, en ésa negación que destruye al hombre, a su alma, a su espiritualidad.

Deberéis perseverar, porque ya Me conocéis; porque sabéis cómo actúa el Amor entre los hombres, cómo puede levantar aún a aquél que está prácticamente muerto a la Gracia.

Porque el Espíritu de Dios NO NOS HACE COBARDES, al contrario, NOS DA PODER para amar a los demás y nos fortalece para que podamos vivir, una buena vida cristiana, 2Tim 1-7

Es ahí en donde se obra el Milagro en la Fe, en la Perseverancia, en la Fortaleza, en la lucha fiel que tendréis que padecer en éstos tiempos de gran prueba.

EL MILAGRO SE DARÁ ENTRE VOSOTROS,

VOSOTROS DEBERÉIS PROCURARLO Y PEDIRLO,

PARA EL BIEN DE VUESTROS HERMANOS

LA HUMILDAD OS AYUDARÁ

A QUE EL MILAGRO SE DÉ FÁCILMENTE

Mis pequeños, estáis acostumbrados que el Milagro, solamente grandes almas lo pueden lograr.

¿Acaso creéis que éstas almas no eran pecadoras? ¿Qué no tenían defectos y debilidades?

¡Claro que los tenían, Mis pequeños! Pero lo que hacía el Milagro a pesar de su debilidad, de su pecado, ES EL AMOR.

El amor por sus hermanos, la necesidad que veían en sus hermanos y que el amor en su corazón,

movió a Mi Corazón, para lograr ésa ayuda, tanto espiritual, como material o física hacia sus hermanos.

ESTÁIS OBLIGADOS MIS PEQUEÑOS AL MILAGRO

PORQUE EL MILAGRO SALVARÁ A MUCHAS ALMAS

Y ASÍ ES COMO MUCHOS DE VOSOTROS

AYUDARÉIS A VUESTROS HERMANOS A VOLVER A MÍ,

A TRAVÉS DE MI PODER EN VOSOTROS.

YO TRABAJANDO A TRAVÉS DE CADA UNO DE VOSOTROS,

PRODUCIRÉ ÉSOS MILAGROS DE VIDA,

Ésos Milagros de Amor, ésos Milagros que modificarán a la Tierra entera, por vuestro deseo sincero de Amar y de amarMe.

Que mi Paz y mi Amor queden con vosotros.

Yo os bendigo en Mi Santo Nombre, en el de Mi Hijo Jesucristo, en el de Mi Santo Espíritu de Amor y en el Nombre de Mi Hija Santísima, la Siempre Virgen María, Madre del Redentor y Madre vuestra por siempre.

http://diospadresemanifiesta.com/

CUANDO ABBA PROVEE


EL EVANGELIO NO ES UNA MENTIRA

La multiplicación de los panes y los peces es uno de los milagros de Jesús quien, con una pequeñísima cantidad de alimento, fue capaz de dar de comer a toda una multitud.

El suceso está contado seis veces en los Evangelios: los cuatro evangelistas describen la primera, en que cinco mil hombres son saciados con cinco panes y dos peces.

Mateo el Apóstol y Marcos, además relatan la segunda en que cuatro mil hombres se alimentan de siete panes y “unos pocos pescados”.

La primera multiplicación de los panes puede apreciarse en cuatro textos “paralelos”, escrito por cada uno de los cuatro evangelistas.

En el Evangelio de Mateo está en el capítulo 14, versículos 13 a 21. En Marcos: capítulo 6.30-44. En Lucas: capítulo 9, vers. 10-17. En Juan: 6.1-15.

LA PROVIDENCIA DIVINA

Está el caso de un sacerdote jesuita en Texas, en su misión en El Paso, el padre Richard M. Thomas, relata:

Que desde hace más de veinte años había organizado el trabajo misionero a los mexicanos empobrecidos y mexico-americanos.

Dice que él y los que trabajan en la misión han encontrado la multiplicación inexplicable de comida en decenas de ocasiones.

Ha ocurrido en una cárcel que visitan.

Ha ocurrido en el lugar conocido como Rancho del Señor.

Se ha producido con familias pobres que limpian en los vertederos.

 El otoño  fue la última vez que recuerdo. No sabíamos que se estaba multiplicando hasta más tarde, cuando se contó todo.

‍Ellos estaban sirviendo sándwiches de jamón y queso.

La mujer que trajo la comida usó dos barras de pan, envolviendo cada sándwich en una servilleta y sirviéndolos en una clínica.

Había hecho 26 sándwiches. Cuando llegó a la clínica le dio seis o siete sándwiches a los trabajadores voluntarios y luego comenzó a repartirlos a las madres, que estaban allí para obtener la leche para sus hijos.

Yo estaba de pie justo al lado de ella y entonces me dijo que no iban a alcanzar. Pero aún así, 26 madres tomaron sus bocadillos y cuando todo había terminado todavía había bocadillos de sobra.

Cuando estaba conduciendo de regreso a su casa le dio más sándwiches a la gente pobre en la calle.

La mayor parte del tiempo, todo sucedió de manera imperceptible.  

“Es como el florecimiento de una rosa”, dice el sacerdote.

En gran parte es de bajo perfil, no dramático. Me ha pasado varias veces, en diversos lugares, con un número distinto de personas.

En otra ocasión, fuimos a visitar a la cárcel, la semana anterior a la  Pascua.

Estábamos dando a los prisioneros un plato especial de México: budín de pan.

Y como nosotros estábamos dando también afuera, la señora me dijo que no sería suficiente, ya que los presos fuera de las celdas eran 75 u 80.

Los reclusos “iban y venían”, y sin embargo el budín de pan no disminuyó. Tampoco la limonada. Estos presos seguían viniendo y nosotros seguíamos entregando.

Comprendimos que Dios estaba multiplicando budín de pan, dice el padre Thomas.

Todo el mundo tenía un plato con budín de pan y también limonada.

Todos los prisioneros consiguieron toda la limonada que querían.

Esto se prolongó durante media hora.

Y nos dimos cuenta de lo que estaba sucediendo.

Pudimos ver allí la limonada que seguía saliendo.

Luego repartimos también a los policías y guardias, todo lo que querían; que fue más de lo previsto. Después que nadie quería más, se acabó todo.

No es muy dramático. Dios es sutil. Pero no había ninguna duda al respecto. No hay redoble de tambor. – dice el sacerdote.  

SEGUNDO TESTIMONIO

Esto sucedió al padre Dwight Longenecker, un anglicano que se pasó al catolicismo y dice:

Cuando yo era un pastor anglicano joven, vivía en un apartamento con mi hermano menor, yo era un estudiante de teología que vivía por la Fe.

Realmente no tenía dinero y estaba viviendo a salto de mata con lo poco que podía ganar mientras estudiaba.

Todo era muy emocionante, mientras dependíamos de la Providencia  divina y veiámos los pequeños milagros, con los cuales el Señor nos amparaba.

Después que tenía un trabajo, una casa y un sueldo, dejaron de suceder cosas y yo me sentía aburrido. Un día me lamenté con mi hermano…

Así que él dijo: 

–     ¿Por qué no das la mitad de tu dinero? Eso hará que sea interesante”

Repliqué: 

–     Está bien. Vamos a hacerlo.    

 –    Por cierto creo que aumentarán nuestros huéspedes, porque hay más estudiantes que vendrán a vivir aquí.

Empecé a dar la mitad de mi dinero y vivimos con el resto y tenía razón.

En un año mi apartamento estaba lleno de otros seis chicos que vivían con nosotros, en una informal comunidad religiosa.

Rezábamos juntos y hacíamos en trabajo de la iglesia.

Cuando llegaron los empleos a tiempo parcial, contribuyeron a nuestras necesidades financieras.

No le dije a nadie que estaba regalando la mitad de mi sueldo y que lo que había dejado tenía que proporcionar para ocho de nosotros.

Para ayudar a alimentar a todo el mundo, mi hermano se levantaba temprano y horneaba dos panes.

Él fue a la panadería local y compró una gran bolsa de 25 kilos de harina.

Esto fue en Junio.

El panadero estimaba que si mi hermano horneaba dos panes al día, la harina duraría hasta Septiembre.

Y habríamos tenido que usarla para entonces, porque si no lo hacíamos se llenaría de gorgojos.

Con la nueva gente necesitábamos más pan y mi hermano comenzó a hornear tres o incluso cuatro panes al día.

En Diciembre nos dimos cuenta de que la harina no se había agotado.

Duró tres meses más de lo que debería y no tenía gorgojos.

Entonces uno de los chicos tuvo un buen trabajo y él nos ayudaría a comprar la harina cuando la necesitábamos.

¿Experimentamos una multiplicación de alimentos similar a la que tuvo Elías y la viuda? (1 Reyes 17:8-24)

Creo que lo hicimos. Y eso es una de las razones por las que creo en los milagros.

Un milagro es por definición, una suspensión o una excepción a las leyes naturales.

1 de Reyes 17, 15

¿Fue nuestra harina de pan multiplicada milagrosamente?

Bueno, creo que si fue un milagro. Y ¡Gracias a Dios!”

Y la fuente que nos proveyó esta información concluye:

“Tan pronto como lo digo, otros pensamientos preocupantes vienen a la mente. Si se trató de un milagro, ¿Por qué de repente se detuvo?

Si Dios proveyó la harina para el pan nuestro por unos pocos meses, ¿Por qué no hace milagros y detiene las hambrunas?

¿Por qué niños pequeños todavía mueren de hambre?

Respuesta: TENEMOS QUE PONER NUESTRA CARIDAD EN ACCIÓN.

Al final, un milagro es por definición, algo que desafía no sólo nuestras expectativas, sino nuestra lógica.

Los milagros están fuera del dominio de la lógica humana por sí solos.

Ellos son parte de un plan más grande y extraño que no podemos ver. “

Ese plan, y ese reino opera con una lógica que está más allá de nuestra lógica y un razonamiento que es más extraño y más grande que el nuestro.

El problema con los testimonios de oídas, es que NO ACLARAN nuestras dudas y sí aumentan la confusión, cuando NO TENEMOS EL ALMA VIVA, por la experiencia de la conversión.

Porque el Alma viva, contiene al Dios Viviente y Él MISMO nos ayuda a COMPRENDERLO y a agradecer, tanto lo sutil, como lo clamoroso.

¿CÓMO PODEMOS REALIZAR UN MILAGRO DE MULTIPLICACIÓN?

Mi Amada Familia del Cielo:

Después de mi donación y cuando ABBA me convirtió en apóstol, recuerdo MUCHÍSIMAS veces en que mi Señor Jesús me mostró su Bondad y su maravilloso Amor, en diferentes maneras portentosas.

Por principio de cuentas, les suplico que cuando vean funcionar los Carismas del Espíritu Santo, JAMÁS lo atribuyan a mérito propio.

Recuerden que somos templos vivos del Espíritu Santo o sea, una especie de envase que lo Contiene Y ES ÉL, EL QUE HACE TODAS LAS COSAS.

Dios lo hace porque ÉL es Bueno y tiene piedad de nuestra absoluta miseria. Porque si lo hiciera por nuestros méritos, ¡UFFF! el Cielo estaría casi vacío y nosotros jamás veríamos la Gloria de Dios.

En los primeros años, cuando ya experimentaba el Amor de Coparticipación y trabajábamos en diversos ministerios, en el grupo carismático de nuestra parroquia. 

Hacíamos retiros donde el Señor nos tomaba y Él enseñaba a los catecúmenos, que luego entregábamos al párroco y en una Misa,

En una renovación del Sacramento de la CONFIRMACIÓN al estilo Pentecostés, el Espíritu Santo derramaba sus Dones y así aumentaba el Rebaño de Jesús. 

Luego cada uno iba descubriendo sus Talentos y se integraban a los diferentes ministerios, que dos santos sacerdotes pastoreaban y organizaron, para servir al Señor.

Antes de cada retiro ayunábamos y orábamos…

Y JESÚS DECIDÍA quienes iban a ENSEÑAR los diferentes TEMAS a impartir.

Cuando CADA QUIÉN sabíamos nuestra asignatura designada, debíamos aumentar nuestro AYUNO, nuestra ENTREGA y nuestra meditación del EVANGELIO, para saturarnos de las enseñanzas contenidas en la BIBLIA. 

Luego dejábamos que el Señor ACTUARA.

A mí NO ME GUSTABAN las telenovelas en la TV. me parecían una locura barata y melodramática de desperdiciar un tiempo valioso para cosas más interesantes.  

Y en varias ocasiones me sucedió, que mientras Jesús PREDICABA a través mío, me dejaba pasmada con lo que hacía.

En una ocasión, nuestro grupo de oyentes eran de un municipio cercano a la ciudad donde vivía y mi tema asignado era el PERDÓN.

Gran sorpresa me llevé, cuando JESÚS empezó a hablar de la telenovela “Marimar” donde la VENGANZA parecía haberse servido con todos los aderezos. 

Y durante más de una hora, JESÚS estuvo hablando sin que yo ENTENDIERA NADA, porque incluía personajes, situaciones e interacciones de la telenovela, para puntualizar sus enseñanzas.

Mientras mantenía FASCINADOS a todos sus oyentes, yo sólo entendía lo kerigmático; pero no tenía la mínima idea de quiénes eran los involucrados, ni porqué habían hecho lo que hicieron.  

Hasta el día de hoy, ignoro de qué se trata “Marimar”, porque siguen sin gustarme las telenovelas.

Creo que tengo que aumentar mi crecimiento espiritual en la MORTIFICACIÓN, porque como aprendiz en la escuela del SUFRIMIENTO, sigo estando reprobada. 

Y tal vez “MARIMAR” sea otra de mis lecciones a estudiar. 

Porque también me dijo que viera la telenovela “Senda de Gloria” ya que todo lo relatado en ella IBA A REPETIRSE en México y varias partes del mundo. 

Y necesitamos aprender, cómo tenemos que conducirnos, cuando esos eventos sucedan. 

Un día tuvimos una evangelización en una finca campestre que nos facilitaron en un rancho al norte, donde comienza la sierra de Zacatecas.  

Nos prestaron las instalaciones, pero nosotros debíamos llevar las provisiones.

Y cómo siempre he sido muy respetuosa con las Sagradas Escrituras, a todos nuestros invitados no les pedimos cuota para gastos; porque para mí, traficar con Dios es simonía.

Era un retiro para jóvenes, con duración de tres días, en un puente de fin de semana.

Llevamos provisiones para nuestros sesenta invitados y los doce siervos del Ministerio de Evangelización.

Como sucede en las bodas, con los agregados a los invitados: 

Muchos padres decidieron acompañar a sus retoños ¡Y lo hicieron acompañados de sus demás hijos! 

Y muchos amigos de ellos, decidieron que era una buena oportunidad para vacacionar y pachanguear.

Y más si era una ocasión en la que ¡No se iba a gastar ni un peso, más que el transporte!

Pero esto, no lo prevenimos en absoluto. ¿Pueden imaginar mi consternación, cuando vi cuadruplicada la asistencia, además de nuestros catecúmenos originales?

Y teníamos que alimentar a aquella multitud que llegó confiada en una invitación que no exigía nada, más que la presencia física. 

Cómo es lógico, al iniciar el segundo día, nuestras provisiones estaban casi agotadas; quedaban unas cuantas cosas que alcanzarían escasamente para alimentarnos a los doce…

¡Y todavía faltaba la comida del sábado y la del domingo! ¿Qué íbamos a hacer?

De mis once ayudantes, SÓLO UNO TUVO FE.

Los demás se hicieron los desentendidos, buscaron un pretexto y ¡Casi desaparecieron!…  

Estábamos aislados en una colina, a muchos kilómetros de la ciudad, rodeados por un bosque y ¡Ninguna tienda para comprar nada!… 

 Yo estaba llorando en la cocina lamentándome y diciéndome:

–     Querías conocer el Evangelio de su primera fuente. ¡Anda! ¿Cómo vas a resolver esto?”

Estaba tan abrumada, que casi no hice caso cuando el encargado de cuidar la finca, entró y depositó un envoltorio en el escurridor del fregadero, diciéndome: 

–     Los acabo de sacar de la presita. Ya los limpié y espero que le sirvan. Si necesita más, dígame.

Aunque ahorita hay muy pocos, porque el patrón vino la semana pasada y se llevó casi todos los que ya estaban crecidos.  

Pocos minutos después entró Griselda, la única que mantenía la Fe y me dijo: 

–     ¿Ya viste lo que trajo don Juan? Limpió y arregló una docena de pescados para que hagamos ceviche. Ahora está platicando con Francisco (su esposo).

Pero me dijo que lo que nos haga falta, se lo pidamos sin pena.

Creo que entre los dos van a bajar unos aguacates de los árboles y podremos hacer guacamole. ¡Excelente noticia! ¿No crees?

¡CEVICHE! Esta palabra fue cómo un campanazo en mi cerebro y corrí a abrir mi Biblia…

El Evangelio de San Juan capítulo 14, v.12 estaba palpitante frente a mis ojos y me recordó la multiplicación de los panes y los pescados.

Entonces le pedí a Griselda que me acompañara a Orar.

Fuimos al Oratorio y le entregué TODO a Jesús.

En una pequeña cesta pusimos nuestros escasos víveres y también se los ofrendé a ABBA.

Y las dos alabamos a la Santísima Trinidad y le pedimos que repitiese aquel Milagro.

Dimos las Gracias por anticipado y regresamos a la cocina.

Preparamos los pescados, junto con 1k de jitomates y cuatro cebollas.

Lo pusimos en un bol grande y empezamos a preparar el ciento de tostadas de nos quedaban… Y a distribuirlas con tres tostadas por plato.

Y pusimos a los demás a repartir.

En mi interior cantaba alabanzas al Espíritu Santo y me concentraba en mi labor culinaria.

Yo preparaba sin mirar nada más, que una cucharada grande que depositaba en cada tostada; la distribuía sobre la tostada, mientras alababa y le rogaba al Señor que ayudara a mi Fe tan raquítica.

No sé cuánto tiempo transcurrió. Yo preparaba las tostadas y Griselda las entregaba para que las distribuyeran.

 ¡Sinceramente no entiendo CÓMO! El ceviche no se acababa y siempre parecía ser la misma cantidad. 

El colmo llegó cuando muchos preguntaban cuál era la receta, porque estaba muy sabroso y…

 ¡Todos repitieron plato! 

Y exactamente cuando todos estaban satisfechos, se acabó el ceviche.

Yo estaba muda por el asombro y el agradecimiento. ¡Y dejé de preocuparme por el día siguiente!

El Domingo terminó la evangelización y en la comida Jesús repitió el prodigio.

Con tres kg de frijoles recién cocidos y tres kg de tortillas aderezadas con un guacamole, ¡Comimos casi 300 personas!

A la olla sólo le agregamos  agua, mientras seguía hirviendo. Y han sido los frijoles más deliciosos de TODA mi vida.

Para concluir esto, también voy a platicarles cómo Jesús me enseñó a bendecir la basura.

Yo trabajaba y un día por muchas circunstancias unidas, nadie comió en la casa.

Cómo nadie lo hirvió, ni lo guardó en el refrigerador; un riquísimo Caldo de Res que tenía kilo y medio de carne y mucha verdura, se echó a perder.

¡Olía terriblemente mal! Y cuando estaba a punto de tirarlo, Jesús me dijo que lo bendijera.

Obedecí y ¡Oh, sorpresa! Ya no olía mal y cuando lo probé, tampoco sabía mal. 

LOS MILAGROS NO SON PARA QUE LOS SANTOS RESUELVAN SU COMODIDAD

Entonces pensé en reservarlo para la comida y Jesús me reprendió diciéndome que el Milagro no lo había hecho para mí.

Luego me enseñó a bendecirlo MULTIPLICÁNDOLO y me mandó que lo tirara en el cesto de la basura.

Y completó la enseñanza diciéndome que cuando tirara comida hiciera lo mismo y sus ángeles la llevarían a quién la estaba necesitando.

Cuando pasa el camión de la basura por mi casa, lo bendigo junto con TODOS los contenedores en el mundo.

MULTIPLICO todo su contenido alimenticio, al mismo tiempo que el DESPERDICIO de los privilegiados por la RIQUEZA,

Y SE LO ENTREGO A ABBA. 

Desde ese día dejé de sentirme culpable por el desperdicio de la comida y la Oración es más o menos así:

“Amadísimo Padre Celestial. Tú que Eres infinitamente Bueno. Infinitamente Poderoso. Infinitamente Misericordioso, escucha la Oración que te presento a través del Inmaculado Corazón de María y por la Sangre de Jesús:

Te doy Gracias porque en esta casa no hace falta nada y tu Amor nos provee hasta de las cosas que deseamos sin merecerlo.

(Con cada crucesita hay que hacer una bendición en el aire)

+ Yo bendigo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo estos alimentos y te ruego que los multipliques las veces que sea necesario.

+ en las mesas de los que no tienen que comer + Y se los des junto con tu Espíritu Santo para saciar también su hambre espiritual.

+ Gracias Padre Santo porque lo haces por tu infinita bondad y misericordia para los hijos que amas. Amén

Cristo espera que le AYUDEMOS a repartir su GENEROSIDAD