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71 LA IDOLATRÍA


Mount of Olives view from Solomon’s Temple grounds in Jerusalem, Israel

71 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Por la noche, Jesús está cenando con sus discípulos en la casita del olivar.

Intercambian comentarios de lo sucedido durante el día y de la curación de un leproso, cerca de los sepulcros de Betfagé.

Bartolomé, dice:

–     Había un centurión romano que observaba y me preguntó desde su caballo: ‘El Hombre a quién sigues, ¿Hace frecuentemente cosas similares? Y yo le dije que sí.  Y él me dijo:

–     Entonces es más grande que Esculapio y será más rico que Creso.

Y yo le contesté:

–     Será siempre pobre según el mundo; porque no recibe, sino que da. Y lo único que busca es llevar almas al conocimiento del Dios Verdadero.

El centurión me miró con tamaños ojos, lleno de admiración. Espoleó su caballo y partió al galope.

Tomás agrega:

–    Había también una mujer romana en su litera. Tenía las cortinas corridas y se asomaba furtivamente por ellas. Yo la vi.

Juan confirma:

–    Sí. Estaba cerca de la curva alta del camino. Había dado órdenes de detenerse cuando el leproso gritó: ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí!’

Entonces recorrió la cortina y yo vi que te miró a través de una lente preciosa y se rió con ironía.

Pero cuando vio que Tú, sólo con tu Palabra la habías curado; me llamó y me preguntó: ‘Pero, ¿Ése es el que dicen que es el verdadero Mesías?’ respondí que sí.

‘¿Y es verdaderamente Bueno?’ Volví a decir que sí. ‘¿Estás tú con Él?’ Sí.

Pedro y Judas preguntan al mismo tiempo:

–     ¡Entonces la viste!

–    ¿Cómo era?

Juan contesta sencillamente:

–     Pues… una mujer.

Pedro ríe:

–    ¡Qué descubrimiento!

Iscariote insiste:

–    ¿Era bella? ¿Joven? ¿Rica?

–     Sí. Me parece que era joven y también hermosa.

Pero yo estaba mirando más bien a Jesús que a ella. Quería cerciorarme, cuando el Maestro se pusiera en camino.

Judas dice entre dientes:

–     ¡Estúpido!

Santiago de Zebedeo lo defiende:

–     ¿Por qué? Mi hermano no es un libertino en busca de aventuras.

Respondió por educación y no faltó a su primera cualidad.

Judas pregunta:

–     ¿Cuál?

–     La del discípulo que ama tan solo a su Maestro.

Judas irritado, inclina la cabeza.

Felipe dice:

–     Y luego… no es muy bueno que lo vean a uno hablar con los romanos.

Ya nos andan acusando de que somos galileos. Y por eso, menos puros que los judíos. Esto por nacimiento…

También nos acusan de detenernos en Tiberíades con demasiada frecuencia. Lugar de cita de los gentiles romanos, sirios, fenicios… y luego… ¡Oh! ¡De cuantas cosas nos acusan!

Jesús, que hasta ahora había permanecido callado;

Dice:

–    Eres bueno, Felipe.

Y pones un velo en la dureza de la verdad que dices. Porque sin velo, es ésta: ¡De cuantas cosas me acusan!

Iscariote corrobora:

–    En el fondo no están del todo equivocados. Demasiado contacto con los paganos. 

Jesús pregunta:

–   ¿Tienes tan solo por paganos a los que no tienen la Ley Mosaica?

–   ¿Y cuáles otros podrían ser?

–   Judas…

¿Puedes jurar por nuestro Dios, que no tienes paganismo en el corazón? ¿Puedes  jurar que no lo tengan los israelitas más sobresalientes?

–    Maestro, de los otros no lo sé. De mí… Puedo jurar.

–   ¿Qué cosa es para ti, el paganismo, según tu manera de pensar?

Judas replica con vehemencia:

–    Seguir a una religión que no es la verdadera. Adorar a otros dioses.

–   ¿Y cuáles son?

–    Los dioses de Grecia, Roma y de los egipcios.

En una palabra; los dioses de mil nombres y de seres que no existen; pero que según los paganos, llenan sus olimpos.

–   ¿Y ningún otro dios existe? ¿Sólo los olímpicos?

–   ¿Y Cuáles otros? ¿Acaso no son ya demasiados?

–   Demasiados. Sí. Demasiados.

Pero hay otros. Y a ellos, cada hombre les quema  incienso en los altares de su corazón.

También los sacerdotes; escribas, rabíes, saduceos y herodianos. Todos los de Israel. ¿No es verdad?

No sólo ellos; sino que hasta mis discípulos, lo hacen.

Todos replican vivamente:

–    ¡Ah! ¡Eso, no!

Jesús los mira a todos y dice:

–    ¿No?… Amigos… 

¿Quién de vosotros, no tiene un culto, o muchos cultos secretos?

Uno, tiene la belleza y la elegancia. El otro, el orgullo de su saber. Otro, inciensa la esperanza de llegar a ser humanamente grande.

Otro… adora todavía a la mujer. Otro; el dinero. Otro se postra delante de su saber.

Y habrá quién; con un egoísmo monstruoso, se adorará a sí mismo; en un auto idolatría, infernal.

 ¿De verdad queréis saber cuál es el ídolo que adoráis?…

Responderos a vosotros mismos: ‘¿En qué pienso cuando me levanto por las mañanas? ¿En qué pienso a lo largo del día?

¿En qué pienso, cuando me acuesto a descansar? ¿En qué pienso todos los días? ¡Los siete días, de la semana!

¿A QUIÉN LE ESTOY DEDICANDO MI VIDA?… 

La respuesta…

¡Es el nombre del ídolo de vuestro corazón! A quién le hemos entregado el dominio de nuestros pensamientos; es el nombre del ídolo al cual se está adorando… 

Y así sucesivamente…

En verdad os digo que no hay hombre que no esté manchado de idolatría.

¡¿Cómo entonces se puede desdeñar a los paganos?! Que lo son por desgracia; mientras que estando uno con el Dios Verdadero; permanece pagano por su voluntad…

Muchos exclaman al mismo tiempo:

–   Pero somos humanos, Maestro.

–   Es verdad. Entonces tened caridad para con los otros. Porque Yo la he tenido para todos. Y para eso he venido y vosotros no valéis más que Yo.

Judas objeta:

–    Pero entretanto nos acusan y a tu misión le ponen trabas.

–    Eso no importa. Seguiré adelante.

Pedro, dice:

–    A propósito de mujeres…

Desde que hablaste en Betania la primera vez; después de tu regreso a Judea; hay una mujer velada que siempre nos sigue.

Y la veo que te escucha detrás de un árbol o procurando pasar desapercibida, porque no habla con nadie. Ahora  la vi tres veces en Jerusalén.

Hoy le pregunté: ¿Necesitas algo? ¿Estás enferma? ¿Quieres una limosna…?

Y siempre negó con la cabeza.

Juan dice:

–    A mí me dijo un día: ‘¿En dónde vive Jesús?’ y le contesté: ‘En Get-Sammi’

Judas de Keriot exclama iracundo:

–   ¡Valiente bobo!

¡No debiste hacerlo! Debías haber dicho: ‘¡Descúbrete! ¡Hazte conocer y te lo diré!

Juan pregunta sencilla e inocentemente:

–    Pero… ¿Desde cuándo exigimos esas cosas?

Judas explica con impaciencia:

–    A los otros se les puede ver.

Ella está cubierta completamente con el velo. O es una espía o una leprosa. No debe seguirnos y enterarse.

Si es espía, es para hacer el mal. Tal vez el Sanedrín le paga por esto…

Pedro pregunta:

–    ¡Ah! ¿El Sanedrín usa estos medios? ¿Estás seguro?

–    Segurísimo. Estuve en el Templo y lo sé.

Pedro comenta:

–    ¡Qué belleza! Esto viene como anillo al dedo a lo que acaba de decir el Maestro…

Judas se pone rojo de ira e increpa:

–    ¿Qué?

–    Que también hay sacerdotes paganos.

–    ¿Qué tiene que ver esto con pagar a una espía?

–    ¡Qué si tiene!… ¿Por qué pagan?

Para aplastar al Mesías y triunfar ellos. Se ponen pues en el altar con sus puercas almas, bajo sus limpísimos vestidos. –responde Pedro convencido, con su buen juicio de iliterato.

Judas concluye:

–    Bien. En resumidas cuentas, esa mujer es un peligro para nosotros o para la gente.

Para la gente, si es leprosa. Para nosotros, si es espía.

Pedro replica:

–     Esto es: Para Él, en caso de que así fuese.

–     Pero si cae Él; nosotros también caemos.

–     ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! –ríe Pedro con perspicacia.

Y concluye: 

–    Y si cae uno, el ídolo se rompe en pedazos.

Y se pierde el tiempo, estima y tal vez hasta el pellejo. Y entonces… ¡Ah! ¡Ah!… entonces es mejor tratar de que no caiga… o retirarnos a tiempo…. ¿Verdad?

Yo al revés. ¡Mira!

Pedro abraza estrechamente a Jesús,

Y agrega:

–      Lo abrazo con todas mis fuerzas. Si cae pisoteado por los traidores de Dios, quiero caer con Él.

Juan dice muy triste:

–     No pensaba que había hecho tanto mal, Maestro.

Pégame. Maltrátame. Pero sálvate. ¡Ay de mí, si yo fuera la causa de tu muerte!… ¡Oh!…

¡Jamás volvería a tener paz! Me quedaría ciego de tanto llorar. ¿Qué he hecho?

¡Judas tiene razón! ¡Soy un tonto!…

–     ¿Entonces no he hecho mal?…

Jesús interviene:

–     No Juan. No lo eres e hiciste bien.

Déjala que venga siempre. Respetad su velo. Puede ser que lo use como defensa entre el pecado y la sed de redimirse.

¿Tenéis idea de qué causa ese llanto y ese pudor? Dijiste Juan; hijo de corazón de niño bueno, que un llanto continuo surcaría tu rostro si fueses causa de un mal mío.

Pues debes saber que cuando una conciencia, despertada de nuevo, comienza a roer una carne que fue pecado, para destruirla y triunfar con el espíritu, debe por fuerza consumir todo aquello que fue seducción de la carne,

Y la criatura sufre y lucha por vencerse en sus apetitos; envejece, languidece bajo la llamarada de este fuego taladrador.

Sólo después, completada la redención, se compone de nuevo una segunda, santa y más perfecta belleza…

Porque es entonces lo hermoso del alma lo que aflora por la mirada, a través de la sonrisa, de la voz, de la honesta dignidad de la frente sobre la cual se ha depositado y resplandece como diadema el Perdón de Dios.

–    ¿Entonces no hice mal?

–      No. Y tampoco Pedro. Dejadla.

Y ahora, que todos se vayan a descansar. Yo me quedo con Juan y Simón. Tengo que hablarles. Marchaos.

Los discípulos se retiran.

Quizás duermen en la almazara porque ciertamente no vuelven a Jerusalén, ya que las puertas están cerradas desde hace horas.

–     ¿Has dicho, Simón, que Lázaro te ha enviado a Isaac con Maximino hoy, mientras Yo estaba al lado de la torre de David. ¿Qué quería?

–    Quería decirte que Nicodemo está en su casa y que quería hablarte en secreto.

Me he tomado la libertad de decir: “Que venga. El Maestro lo esperará durante la noche”. Sólo tienes la noche para estar solo.

Por este motivo te he dicho: “Despide a todos, menos a Juan y a mí”.

Juan es necesario para ir al puente del Cedrón, a esperar a Nicodemo, que está en una de las casas de Lázaro, extramuros.

Yo hacía falta para explicar. ¿He hecho mal?

–      Hiciste bien. Juan, ve a esperarlo.

Se quedan solos Simón y Jesús; el cual está pensativo.

Simón respeta su silencio.

Pero de pronto lo rompe Jesús, como si terminase un coloquio interior…

Con los carismas de Oración y Profecía activos, también hacemos lo mismo y es cuando vivimos el Cielo en la Tierra…

Jesús es el Verdadero Templo y estaba orando mentalmente con su compañero y Huésped interno…

Cuando somos capaces de aprender a ORAR ASÍ, usando el CELULAR CELESTIAL…

Jamás podemos separarnos de Dios, ni siquiera cuando estamos casados y en plena luna de miel.

Porque el acto sexual es un rito sagrado. (Tobías 8, 4-8)

Tobías 8, La noche de Bodas de Tobías y Sara, Biblia Católica

Pero de pronto lo rompe Jesús, como si terminase un coloquio interior…

Y dice:

–     Sí. Está bien hacer así…

Sí. Está bien así. Isaac, Elías, los otros, son suficientes para mantener viva la Idea que se está conslidando entre los buenos y en los humildes.

Para los poderosos… hay otras levas. Está Lázaro, Cusa, José, y otros…

Pero los poderosos… no me aceptan. Temen y tiemblan por su poder.

Me iré lejos de este corazón judío que cada vez se muestra más hostil al Mesías.

Simón pregunta:

–     ¿Vamos a volver a Galilea?

–      No. Pero nos vamos lejos de Jerusalén.

Judea debe ser evangelizada; también ella es Israel. Pero aquí, ya ves… Todo sirve para acusarme.

Me retiro. Y esta es la segunda vez…

P APÓSTOLES Y SERVIDORES


Septiembre 02_ 2020  

Habla Dios Padre

Hoy hijitos Míos, os quiero hablar sobre lo que debiera ser  primordial en cada alma de Mis hijos: el Don del Servicio.

A cada uno de vosotros se os han dado dones, cualidades, bendiciones.

Cada uno de vosotros es un ser único, con características propias; nadie es igual a otro, en cada uno de vosotros he derramado Mi Santo Espíritu en forma diferente.

Sois similares en algunas cosas pero individuales en otras y de ahí que cada uno de vosotros forméis, junto con Mi Hijo Jesucristo, el Cuerpo Místico de Mi Iglesia, el Cuerpo Místico de Mi Gloria.

EL HECHO DE SER IRREMPLAZABLES OS HACE NECESARIOS, EN CIERTA FORMA,

PARA LLEVAR A CABO MI PLAN DE SALVACIÓN Y REDENCIÓN DEL GÉNERO HUMANO.

Todos los dones que habéis recibido son dones gratuitos y prestados para ser usados para servir a vuestro Dios y a vuestros hermanos.

Los dones para servicio a vuestro Dios son aquellos que he otorgado, primeramente a Mis sacerdotes, Mis consagrados.

En ellos he puesto dones de una finura muy especial, puesto que ellos son los encargados de llevarMe a la Tierra, para que en Mi Presencia real en la Sagrada Eucaristía, puedan tomarMe y vivirMe.

He puesto en ellos DONES ESPECIALES para que puedan conocer mejor a las almas y así, ya sea en la confesión, ya sea en el dar una guía o consejo, Mi Presencia Real se manifieste a través de ellos.

He puesto infinidad de bendiciones en Mis Ministros, para que pueda seguir viviendo Mi Iglesia, la Iglesia de Mi Hijo Jesucristo, a pesar de los ataques de nuestro Enemigo

Y A PESAR DE LOS DEFECTOS HUMANOS, DE TODOS CUÁLES,

AÚN MIS MISMOS CONSAGRADOS, NO ESTÁN EXENTOS DE ELLOS

Ellos así se vuelven vínculo de amor entre Yo, vuestro Dios y vosotros, Mis pequeños.

Ellos llevan una tarea de unión fraterna y de crecimiento, en las enseñanzas de Mi Espíritu.

LUEGO SIGUEN LOS DONES QUE LES HE OTORGADO A TODOS VOSOTROS, MIS HIJITOS

Y ÉSTOS VARÍAN DE ACUERDO AL PLAN QUE TENGO YO

PARA PROSEGUIR MI OBRA DE SALVACIÓN

Todos los dones que os he otorgado son para servir.

Vosotros, cada uno de vosotros, Me pedisteis bajar a la Tierra a servirMe y para ayudarMe en la salvación de todas las almas.

Os he otorgado Mis Dones para fortaleceros en la lucha por llevar Mi Amor entre las Tinieblas en las que vuestro Mundo se encuentra.

Yo he previsto TODO y conozco perfectamente las necesidades que se van presentando con el transcurso de los años y de las necesidades espirituales que se necesitan, para que no seáis absorbidos por las Tinieblas del Mal.

El Maligno conoce perfectamente que en cada uno de vosotros he puesto Mi Vida Espiritual, la cuál tiene que ser compartida para con vuestros hermanos y así salvarlos de sus Garras con las que os quiere ahogar y condenar.

El Maligno usará de todos sus artificios para haceros olvidar vuestra misión en la donación libre que debéis de tener, cada uno de vosotros, para la salvación de vuestros hermanos.

POR VUESTRO LIBRE ALBEDRÍO, VOSOTROS OS CONVERTÍS EN CORREDENTORES

O EN TRAIDORES A MI CAUSA DE SALVACIÓN

Sois libres de usar de todos los dones con los que Yo os he dotado.

Y de ésa Libertad y de la forma de usarlos se desprenderá la prontitud de Mi Llegada, de la Llegada de Mi Reino.

Romanos 12, 6-8 1 Corintios 12, 8-10 1 de Corintios 12, 28-30 Efesios 4, 11-12

Si vosotros pudiérais ver los regalos tan grandes que son los Dones y que he puesto en cada uno de vosotros, no dejaríais de darMe las gracias por ellos.

Son piedras preciosas que brillan intensamente ante Mis Ojos y ante os ojos de todas las almas purificadas que están Conmigo en el Cielo.

CADA DON QUE TENÉIS Y QUE UTILICÉIS PARA SERVIRME EN VUESTROS HERMANOS,

SERÁ VUESTRO DISTINTIVO POR TODA LA ETERNIDAD

Obviamente cada don debe ser utilizado con base en el amor.

Nunca un don que otorgo se ofrece a los demás forzando vuestra voluntad.

Por ejemplo, los que tenéis el don de curación, éste trabaja muchísimo mejor, cuando es el amor el que lo guía.

Se le atribuye el don de la bilocacion. Sin salir de Lima, fue visto en México, en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad o curando enfermos. Mientras permanecía encerrado en su celda, lo vieron llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos o curarlos. Muchos lo vieron entrar y salir de recintos, estando las puertas cerradas. En ocasiones salía del convento, a atender a un enfermo grave y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, siempre respondía: ‘yo tengo mis modos de entrar y salir.’

Cuando es el amor el que se interesa en la necesidad que tiene el alma que pide su curación y cuando en ambas partes existe la humildad en alto grado,

en uno, el enfermo, en confiar en que la curación que ¡se pide a un semejante, se va a lograr gracias a que Mi Voluntad se va a hacer patente con la ayuda de Mi hijo que paseé el Don,

quién con humildad e intercediendo por amor a su hermano, va a obtener la gracia que se Me pide, sabiendo que una petición hecha con amor sincero, Yo no la desoigo.

ESTO MISMO ES APLICABLE A TODOS LOS DEMÁS DONES,

SIEMPRE DEBERÉIS ACTUAR CON AMOR Y HUMILDAD.

Como véis, hijitos Míos, Yo os he dado todo lo que necesitáis en vuestra estadía temporal en la Tierra, tanto en lo material como en lo espiritual.

Lo que causa que no todos obtengan lo que necesitáis en lo espiritual y en lo material,

14. ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor.
15. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados. Santiago 5

Es por vuestra falta de Fé y de confianza en Mí, vuestro Padre.

Ya os he explicado que la Fé mueve montañas y las montañas no son otra cosa, que

LOS OBSTÁCULOS QUE VOSOTROS MISMOS OS PONÉIS

PARA NO DEJAR QUE MI VIDA FLUYA LIBREMENTE A TRAVÉS VUESTRO.

Imaginaos todos por un momento, si cada uno de vosotros Me permitiera hacer Mi Voluntad haciéndoos instrumentos fieles de Mi Amor, ¿Qué sucedería?

El Mal y todas sus causas terminarían inmediatamente, porque sería el Amor el que reinaría.

Todos los Dones de Mi Santo Espíritu se lograrían desarrollar a niveles inimaginables, produciendo en todos vosotros un crecimiento inmenso en Sus dones.

Obtendríais una Sabiduría como antes nadie la ha tenido anteriormente.

Entenderíais Mis Misterios y agradeceríais profundamente la forma en que os he consentido desde antes de que fuerais.

Entenderíais Mi Amor para con todos vosotros y vuestra felicidad sería inconmensurable.

Compartiríais vuestros Dones con total libertad y donación, sin esperar más recompensa que la de saberMe contento al veros por fin, viviendo como verdaderos hijos Míos.

TENDRÍAIS VUESTRO CIELO EN LA TIERRA

Vuestro paso de la Tierra al Cielo no sería en ninguna forma, de incertidumbre ni de temor, sino de una santa alegría al saber que cumplisteis perfectamente con vuestra misión.

Os falta Fé hijitos Míos, para que podáis lograr esto.

Estáis retrasando vuestra felicidad por no poner vuestros dones al servicio de los demás, en forma desinteresada y amorosa.

Estáis cegados con las cosas del mundo, cegados por sus Tinieblas, las cuáles cubren las bellezas y maravillas que existen en cada una de vuestras almas.

Estáis cegados a la Gracia de Mi Espíritu que habita en vosotros y que si aprendierais a interiorizaros, encontraríais la Luz de Amor que habita en vosotros.

Al tener ésa vida interior, encontraríais Mi Reino de Luz, de Vida y de Amor y si le permitierais salir, produciríais Luz Divina la cuál destruiría a las Tinieblas que os rodean.

Cada uno de vosotros debe interiorizarse, vivir en comunión con Mi Santo Espíritu, para que El os guíe y os enseñe a usar de Sus Dones,

Dones que ha otorgado a cada uno de vosotros en forma particular y al permitirLe que El trabaje a través vuestro, lograréis así el cambio que tanto necesita el Mundo.

Y no digo vuestro Mundo, ya que los que son realmente Mis Hijos, saben que NO PERTENECEN AL MUNDO, Me pertenecen, pertenecen al Reino de los Cielos.

JUNTOS, VOSOTROS CONMIGO, PODEMOS LOGRAR LA REDENCIÓN DEL MUNDO

Y ASÍ REPARAR JUNTOS,

POR EL PECADO COMETIDO POR VUESTROS PRIMEROS PADRES.

Yo no os puedo forzar a vivir bajo Mi Divina voluntad, os dí libertad, os dí el libre albedrío y éste es el que debe actuar para permitir que Mi Vida fluya libremente a través vuestro.

¡Cambiad hijitos Míos, cambiad!

DETENED EN VOSOTROS TODO AQUELLO QUE IMPIDE

QUE MIS DONES Y VIRTUDES FLUYAN

Romanos 12, 6-8 1 Corintios 12, 8-10 1 de Corintios 12, 28-30 Efesios 4, 11-12

PARA BIEN DE VUESTROS SEMEJANTES.

Volveos fieles instrumentos Míos y si acaso teméis a que os vaya a pedir cosas imposibles de realizar, os equivocáis,

ya que ¿Qué padre ó que madre de la Tierra obliga a sus hijos a hacer cosas en las que los pueda poner en peligro de accidente ó de muerte?

Yo Soy el más sensible y amoroso, Yo Soy El Amor En Pleno, de Mi sólo obtendréis amor infinito

y aún cuando os pidiera vuestra propia vida, vuestros dolores los tomaría Yo y así lo podéis corroborar con la vida de Mis Santos Mártires.

Podéis comprobar como aún en el suplicio o en los momentos en los cuáles deberían sufrir lo indecible, estaban felices, estaban gozosos y algunos hasta bromistas de lo que sus verdugos hacían en sus cuerpos.

Lo estaban, ya que Yo viviendo plenamente en ellos, tomaba sus dolores y les daba al mismo tiempo Mi Gozo infinito en gratitud a su libre donación.

NO TEMÁIS A LOS ACONTECIMIENTOS,

NO DEJÉIS QUE NADA NI NADIE OS QUITE EL GRAN REGALO DE MI PAZ.

No desconfiéis en lo absoluto de Mi Presencia Paternal que os cuidará en todo momento.

Si a ratos sentís abandono, es por vuestra falta de Fé.

Yo nunca abandono a Mis hijos y si acaso sentís el “abandono santo” es para acrisolaros en la Fé y haceros crecer en méritos para consentiros con más regalos cuando lleguéis al Reino de los Cielos.

Aún en el supuesto abandono, estad seguros que Yo os estoy mirando y que esto os baste para que confiéis en Mí. Nunca os dejaré caer, si os volcáis en Mi Divina Voluntad.

También os quiero hablar sobre el Celo por Mi Casa.

Mi Hijo Jesucristo durante Su Vida Pública, os dio muestra de lo que la Iglesia, Mi Templo, el lugar santo en donde Yo habito, junto con El en la Sagrada Eucaristía, debe ser.

Recordaréis cómo con celo santo, corrió a los vendedores del Templo diciéndoles: “Mi Casa es Casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”.

TODOS LOS QUE OS CONSIDERÁIS MIS VERDADEROS HIJOS,

DEBERÉIS TENER ÉSE CELO POR MI CASA, POR MI TEMPLO,

TANTO COMO EDIFICIO MATERIAL,

ASÍ COMO MI TEMPLO EN VUESTRO SER, EN VUESTRO CORAZÓN.

Mi Casa como edificio material, alberga Mi Presencia viva en el Tabernáculo.

Todo el edificio, así, se vuelve santo, porque es Santísimo lo que está albergando.

Vuestra presencia dentro de Mi Templo debe ser de perfecto recato, de perfecta devoción, de perfecta Fé, de perfecto respeto en vuestro vestir y en vuestros modales.

¡Estáis ante la Presencia Santa y Divina de vuestro Dios!

No estáis entrando al mercado, no estáis entrando a un lugar público en el que podáis platicar de vuestros acontecimientos cotidianos o de vuestras experiencias sin valor espiritual con vuestros vecinos ahí reunidos,

ESTÁIS EN UN LUGAR SANTO, PRIVADO,

EN EL QUE ES VUESTRO DIOS, EL QUE OS ESCUCHA,

PORQUE ES MI CORAZÓN ABIERTO EL QUE OS ESTÁ ESPERANDO

PARA ESCUCHAR VUESTROS PENSAMIENTOS AMOROSOS,

VUESTROS DESEOS DE AGRADECIMIENTO, VUESTROS DESEOS DE REPARACIÓN,

VUESTRA COMPAÑÍA EN MI SAGRADA EUCARISTÍA, LA SANTA MISA.

Está Mi Presencia Viva para tener un coloquio secreto entre vuestro corazón y el Mío.

Es Mi divina Presencia entre vosotros, Mis pequeñitos, como en los tiempos antiguos cuando Mi Hijo os llevó Mi Vida y Mi Presencia a través de El Mismo.

Aquí, en Mi Templo, Me volvéis a tener real y verdaderamente entre vosotros.

Yo estoy realmente Presente en la Sagrada Eucaristía, os escucho, os consuelo, comparto con vosotros alegrías y tristezas.

Yo os espero con verdadera ansia y deseos grandes de que os acerquéis con confianza de niños, sin preguntaros nada, simplemente aceptando Mi Presencia ahí, delante de vosotros.

ES ÉSA CONFIANZA DE NIÑO LA QUE MÁS GRACIAS ARRANCA A MI CORAZÓN DESEOSO DE DAR.

Es ésa confianza sincera y llena de Fé la que produce los milagros, es ésa confianza amorosa la que más repara a Mi corazón adolorido por causa de tantos pecados y faltas de Fé que existen actualmente en el Mundo.

El santo celo lo deben de vivir y hacer vivir enseñándolo a sus pequeños y a sus semejantes, pero no sólo con palabras sino con vuestro ejemplo.

Mi Casa es casa de Oración, no de reunión social.

Vosotros, todos, venís a verMe a Mí, a vivir momentos divinos Conmigo, no debéis venir a Mi Casa a platicar con vuestro amigo o pariente, al que tenéis tiempo de no verle.

YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚNICO DIOS VERDADERO

En el Sagrario te amo, en el Sagrario te espero, en el Sagrario te aguardo.

Y MI PRESENCIA ES SAGRADA

Me ofendéis cuando entráis a Mi Templo y os ponéis a platicar de vanalidades o a criticar la vestimenta de vuestros semejantes u os ponéis a reír de tonterías.

Si vosotros pudiérais ver cómo los ángeles del cielo suben y bajan continuamente a postrarse en adoración ante los Tabernáculos de la Tierra,

OS DARÍA VERGUENZA VER VUESTRA FRIALDAD Y VUESTRA TIBIEZA

al no saberos comportar dignamente ante Mi Presencia Divina en el Tabernáculo.

Mi Hijo os prometió quedarse con vosotros hasta el fin del Mundo y lo ha cumplido.

¿Por qué vosotros pagáis tan infamemente éste prodigio de Amor?

Cuántos quisieran tener lo que vosotros tenéis y NO lo tienen ni lo tuvieron.

Hijitos Míos, Me merezco todo el respeto posible de parte de Mis sacerdotes y de todos Mis fieles hijitos.

EL AMBIENTE QUE SE DEBE SENTIR DENTRO DE UNA IGLESIA, DENTRO DE UN TEMPLO,

DEBE SER SANTO, LLENO DE VIDA ESPIRITUAL,

LLENO DE RESPETO A VUESTRO DIOS Y A VUESTROS HERMANOS.

Se debe sentir Mi Presencia, al darse el respeto debido dentro del Templo. Mis Iglesias y Templos deben ser lugares santos en los que todos vosotros, Mis pequeños, entren a llenarse de Gracias y Bendiciones

QUE YO, VUESTRO DIOS, DERRAMARÉ SOBRE TODOS VOSOTROS

AL VENIR A MÍ Y QUE CON SINCERO DESEO Y FÉ ABSOLUTA.

ME PIDÁIS LO QUE NECESITÉIS

Yo Soy Fuente de Vida, Yo Soy Fuente, de Amor y a Mi se acercan todos los que Humildemente se reconocen pequeños y necesitados de su Dios.

Además de Mis Templos e Iglesias como construcciones materiales, existe Mi Templo Divino en vuestro ser.

YO realmente habito en vosotros y si en Mi Templo material os pido respeto, presencia y modales dignos para estar frente a vuestro Dios;

lo mismo en lo espiritual os pido, para Mi Templo en vuestro corazón.

MI Presencia Viva se debe transparentar a través de vuestros actos todos, el respeto hacia vuestros semejantes, la ayuda mutua, las conversaciones, vuestra intercesión ante Mí.

17. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.» MATEO 3

TODOS DEBERÉIS SER MI HIJO NUEVAMENTE,

QUE CAMINA EN PRESENCIA VUESTRA

Os deberéis preguntar ante cada acontecimiento que se os presente en vuestra vida:

¿Cómo actuaría Mi Jesús aquí, ante éste suceso? ¿Cómo respondería Mi Jesús ante ésta grosería o ante éste ataque de parte de un semejante?

¿Qué ayuda daría mi Jesús ante el necesitado que se me acerque? ¿Qué ejemplo daría Mi Jesús ante hijos, familiares y amigos?

La Vida de Mi Hijo que es la Mía, es la que debe de ahora en adelante, hacerse patente en vuestras vidas.

YA NO debe ser vuestro egoísmo, vuestra soberbia, vuestra vanagloria, vuestra decadencia por el pecado, lo que salga a relucir de un alma que fue creada por Mi en total santidad y amor.

YA ES EL TIEMPO EN QUE DEBERÉIS CRECER

Y DAROS CUENTA DE QUE VUESTRO DIOS

NECESITA DE UN CRECIMIENTO MAYOR EN SUS HIJOS,

DE UNA MADUREZ ESPIRITUAL MÁS ALTA,

PARA PODERLES DAR RESPONSABILIDADES MAYORES

El tiempo que viene es tiempo de vida en el amor hacia Mí y hacia vuestros hermanos.

Debéis prepararos para entrar en una época santa, en una Era del Amor Supremo de vuestro Dios, donde el respeto,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

la donación total, libre y soberana de vuestra voluntad, se vuelque a la Voluntad Amorosa de vuestro Dios.

Es la humildad y vuestra sed por Mi Divinidad la que os deberá acercar a Mí.

El alma que se acepta pequeña y sedienta, vendrá a apagar su sed a Mi Fuente Divina, a Mi Corazón abierto de Amor por todos vosotros.

¡SÓIS MÍOS! OS AMO INFINITAMENTE

Y OS NECESITO VOLCADOS PLENAMENTE A MI VOLUNTAD

PARA ASÍ CONSENTIROS Y DAROS LOS REGALOS MÁS GRANDES

QUE AÚN VUESTRAS CAPACIDADES NO ALCANZAN A VISLUMBRAR

Os quiero consentir, hijitos Míos, llevadMe amorosamente en vuestro interior.

TenedMe respeto santo en vuestros pensamientos, platicadMe íntimamente y compartidMe todo lo vuestro.

Todo lo sé, todo lo escucho, pero no es lo mismo que Yo habite como ser solitario en vuestro corazón, al que Yo habite como vuestro amigo, como vuestro Padrecomo vuestra compañía perfecta.

ya que cuando así lo hacéis, Mi gozo se vuelve grandísimo y al compartidMe vuestra vida, YO OS COMPARTO LA MÍA y juntos hacemos un Cielo divino aquí en la Tierra.

Buscad ése celo santo en Mi Templo, en Mis sacerdotes, en vuestros semejantes y en vuestro interior.

Y así Yo Me podré manifestar perfecta y libremente en todos vosotros.

Y, así como Mi Presencia en el Tabernáculo santifica a todo el edificio, Mi Presencia en vosotros, cuando Me dejáis vivir plenamente., también os santifica.

SOR MARIA DE JESUS DE ÁGREDA, oraba y ayunaba. Y desde su celda le decía a Jesús: “Señor, ayer el jefe de los sioux nos torturó hasta matarnos; ¿Crees que ahora sí se den por vencidos y accedan a escucharnos? Hoy que regresemos dices que también estaremos con los cherokees y los cheyennes; entonces  también el Espíritu Santo tendrá que multiplicar los rosarios, porque ya aumentaron las mujeres que me están enseñando a bordar, mientras rezamos…”

GRANDES DONES OS HE OTORGADO A CADA UNO DE VOSOTROS

Y SI LO PUDIÉRAMOS HABLAR EN TÉRMINOS DEL MUNDO

OS DIRÍA QUE NI CON TODAS LAS RIQUEZAS QUE EXISTEN EN VUESTRO MUNDO,

PODRÍAIS PAGAR EL MÁS PEQUEÑO DE LOS DONES CON LOS QUE YO OS PUEDO DOTAR

Son regalos inmensos que Yo he derramado en cada uno de vosotros.

Ponedlos a crecer, viviéndolos en el servicio a vuestros hermanos.

No les saquéis provecho propio porque se os volverían jueces en lugar de bendiciones, al momento de vuestro juicio, al final de vuestra misión.

Sois poseedores de regalos inimaginables y si no los sabéis ver es por vuestra falta de vida interior.

APARTAOS DEL MUNDO Y DE SUS MENTIRAS

VIVID BAJO LA LUZ Y GUÍA DE MI SANTO ESPÍRITU Y LLEVAD EL CIELO, MI REINO,

QUE CADA UNO DE VOSOTROS PASEÉ EN VUESTRO INTERIOR,

A TODOS VUESTROS HERMANOS

Y ASÍ, JUNTO CONMIGO, LOGREMOS LA VIDA DE MI REINO DE AMOR EN LA TIERRA.

Yo os bendigo y pedídMe que os conceda el Don de poder hacer vida interior para que podáis abrir vuestro ser, vuestra voluntad a Mi Voluntad y así Me pueda hacer patente, a través vuestro, con todos vuestros hermanos.

Que Mi Paz y Mi Amor queden con todos vosotros.

Yo os amo y os bendigo en Mi Santo Nombre, en la Presencia Divina y Real de Mi Hijo en la Sagrada Eucaristía y en el Amor que todo perdona y que todo lo une” de Mi Santo Espíritu.

Dejaos guiar por Mi Hija, la Siempre Virgen María, quién aceptó siempre con celo bendito Mi Presencia en Su Vida.

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47 LA PROFECÍA DE CAÍN


47 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús ha llevado a los suyos a la sombra de un enorme nogal, que pende desde donde está – elevado respecto al huerto de María – hasta el mismo huerto.

Jesús continúa instruyéndolos.

El día está borrascoso, se avecina una tormenta; quizás por eso Jesús no se ha alejado mucho de la casa.

María va y viene de la casa al huerto y del huerto a la casa.

Y cada vez que lo hace levanta la cabeza y sonríe a su Jesús, que está sentado en la hierba, junto al tronco, rodeado de discípulos.

 Jesús dice:

–      Ayer os anuncié que lo que había provocado una palabra imprudente habría servido de lección hoy. La lección es ésta:

Tened por seguro – y sea regla en vuestro actuar – que nada de cuanto está escondido permanece siempre oculto.

O Dios se ocupa de dar a conocer las obras de un hijo suyo a través de sus signos milagrosos, o a través de las palabras de los justos que reconocen los méritos de un hermano.

O es Satanás quien, a través de la boca de un imprudente – no quiero decir más -, revela lo que los buenos, para no incitar a la anticaridad, han preferido callar.

O altera las verdades, creando así confusión en los pensamientos. Por tanto, siempre llega el momento en que lo oculto se da a conocer.

Tened, pues, siempre esto presente en vuestro pensamiento. Sea para vosotros freno respecto al mal, sin que por otro lado os sintáis incitados a proclamar el bien que realizáis.

¡Cuántas veces uno actúa por bondad, verdadera bondad, pero humana!

Y siendo humana su actuación, o sea, de no perfecta intención, desea que los hombres la conozcan, se enoja y se amarga viendo que pasa desapercibida y estudia la forma de manifestarla.  

No, amigos; así no. Haced el bien y dádselo al Señor eterno. Él sabrá darlo a conocer también a los hombres, si es bueno para vosotros.

Si, por el contrario, ello pudiera anular bajo un reflujo de complacencia de orgullo, vuestro comportamiento justo, entonces el Padre lo mantendrá secreto,

reservándose el daros en el Cielo la gloria correspondiente, en presencia de toda la Corte celeste.

Quien vea un acto jamás juzgue por las apariencias. No acuséis nunca a nadie, porque las acciones de los hombres pueden en ocasiones presentar feo aspecto y celar otros motivos.

Un padre, por ejemplo puede decirle a un hijo suyo ocioso y entregado a la crápula: “Vete”, y ello puede parecer crueldad e incumplimiento de los deberes paternos; pero no siempre lo es.

Su “vete” está sazonado con un llanto amarguísimo (más del padre que del hijo); a su “vete” le acompañan las palabras “volverás cuando te hayas arrepentido de tu ociosidad” y el voto de que se cumplan.

Por otra parte, es un acto de justicia hacia los otros hijos, porque impide que un crapuloso consuma en vicios no sólo lo suyo, sino también lo de los demás.

Malo será en cambio, si esa palabra la dice un padre que se encuentre en culpa respecto a Dios y respecto a la prole,

porque en su egoísmo se juzgará a sí mismo superior a Dios y considerará que su derecho se extiende también al espíritu de su hijo.

No. El espíritu es de Dios, y ni siquiera Dios violenta la libertad del espíritu a donarse o no donarse. Para el mundo parecen iguales estos actos.

El sufrimiento es INEVITABLE, por eso lo mejor es santificarlo con la donacion voluntaria con la crucifixión de la voluntad.

Y sin embargo, ¡Qué distintos son el uno del otro! El primero es justicia, el segundo es arbitrio culpable. Por tanto, no juzguéis nunca a nadie.

Ayer Pedro le dijo a Judas: “¿Qué maestro has tenido?”. Que no vuelva a decirlo. Que nadie eche la culpa a los otros de lo que ve en uno o en sí mismo.

Los maestros tienen una misma palabra para todos los discípulos. ¿Por qué entonces, diez discípulos resultan justos y diez malvados?

Porque cada uno añade por su parte lo que tiene en el corazón y ello pesa hacia el bien o hacia el mal.

¿Cómo es posible, entonces, acusar al maestro de haber enseñado mal, porque el bien que ha inculcado quede anulado por el exceso de mal que reina en un corazón determinado?

El primer factor de éxito está en vosotros. El maestro trabaja vuestro yo. Pero si vosotros no sois susceptibles de mejora, ¿Qué puede hacer el maestro? ¿Qué soy Yo?

En verdad os digo que no habrá maestro más sabio, paciente y perfecto que Yo. Y no obstante, incluso de alguno de los míos se dirá: “Pero, ¿Quién fue su maestro?“.

No os dejéis vencer nunca, al juzgar, por motivos personales. Ayer Judas, amando su tierra más de lo justo, estimó que en Mí había injusticia hacia ella.

Frecuentemente el hombre subyace bajo estos elementos imponderables que son el amor patrio o el amor a una idea. Y se desvía, como alción desorientado, de su meta.

La meta es Dios. Ver todo en Dios para ver bien.

No ponerse a sí mismo, no poner ninguna cosa por encima de Dios. Y si uno realmente se equivoca… ¡Pedro!, ¡Todos!, no seáis intransigentes.

El error que tanto os fastidia, cometido por uno de vosotros, ¿Realmente no lo habéis cometido nunca vosotros? ¿Estáis seguros?

Y, aun admitiendo que no lo hayáis cometido nunca, ¿Qué habréis de hacer? Pues agradecérselo a Dios. Nada más.

Y velar. Vigilar mucho. Continuamente. Para no caer mañana en lo que hasta hoy ha podido ser evitado. ¿Veis?

El cielo está nublado porque el granizo está próximo. Nosotros, escrutando el cielo, hemos dicho: “No nos alejemos de casa”.

Ahora bien, ¿Por qué no sabemos juzgar dónde puede haber peligro para el alma?

Si sabemos juzgar así respecto a las cosas que, a pesar de ser peligrosas, no son nada en relación a los peligros que hay, pecando, de perder la amistad de Dios.

Mirad: ved allí a mi Madre. ¿Podéis pensar que en Ella haya tendencia alguna al mal? Pues bien, dado que el amor la impulsa a seguirMe, dejará su casa cuando mi amor lo desee.

Pero esta mañana después de habérmelo pedido una vez más – porque Ella, mi Maestra, me decía: “Que entre tus discípulos esté también tu Madre, Hijo: Yo quiero aprender tu doctrina”

Ella, que ya poseía esta doctrina su seno y antes aún en su espíritu, por don dado por Dios a la futura Madre de su Verbo Encarnado – Ella ha dicho:

“No obstante… juzga, si puedo ir contigo sin la posibilidad de perder la unión con Dios; sin que eso que es mundo, y que Tú dices que penetra con sus hedores, pueda corromper este corazón mío que fue y es y quiere ser sólo de Dios.

Yo me someto a examen y por cuanto sé, me parece que puedo hacerlo, porque… (y en esto, sin saberlo, se ha procurado la más alta alabanza)

Porque no encuentro diferencia entre mi paz cándida cuando era una flor del Templo y ésta que tengo en mí, ahora que desde hace más de seis lustros soy la mujer de casa.

Pero yo soy indigna sierva que conoce mal y juzga aún peor, las cosas del espíritu.-Tú eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz, y puedes ser luz para tu pobre Mamá, que acepta el no volver a verte, antes que ser no grata al Señor”

Y Yo le he tenido que decir, temblándome el corazón de admiración: “Mamá, Yo te lo digo, no serás corrompida por el mundo; antes bien, el mundo será embalsamado por ti”.

Mi Madre – lo acabáis de oír – ha sabido ver los peligros de vivir en el mundo, que son peligros también para Ella. También para Ella.

Y vosotros, hombres, ¿Pretendéis no verlos? ‘¡Ay!, Satanás verdaderamente está al acecho y sólo los que vigilen resultarán vencedores.

¿Los demás? ¿Preguntáis acerca de los demás? Para los demás, lo que está escrito.

Tomás pregunta:

–    ¿Qué está escrito, Maestro?

–    Y Caín se abalanzó sobre Abel y lo mató.

Y el Señor le dijo a Caín ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho de él? El grito de su sangre llega hasta Mí.

Por tanto, serás maldito sobre la Tierra que ha conocido el sabor de la sangre humana por mano de un hermano que ha abierto las venas a su hermano.

Y no cesará esta horrible hambre de la Tierra de sangre humana. Y la Tierra, envenenada por esta sangre será más estéril que una mujer seca por la edad. Y huirás, buscando paz y pan. Y no lo encontrarás. 

Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y en cada tallo de hierba, en toda agua y alimento. El cielo te parecerá sangre y sangre el mar.

Del cielo, de la tierra, del mar, llegarán a tí tres voces: la de Dios, la del Inocente, la del Demonio. Y para no oírlas, te darás muerte. 

Pedro observa:

–     No habla así el Génesis.

Jesús replica: 

–      No, el Génesis no; Yo lo digo.

Y no yerro. Lo digo para los nuevos Caínes de los nuevos Abeles, para quienes, por no vigilar respecto a sí mismos y al Enemigo, vendrán a ser una cosa con él.

Juan dice:

–       Pero, entre nosotros, no habrá de esos, ¿No es cierto, Maestro?

–       Juan, cuando sea desgarrado el Velo del Templo, una gran verdad brillará escrita en toda Sión. 

 –     ¿Cuál, mi Señor?

–       Que los hijos de las tinieblas en vano han estado en contacto con la Luz. Recuérdalo, Juan.

–      ¿Seré yo, Maestro, un hijo de las Tinieblas?

–       No, tú no. Pero recuérdalo para explicar el Delito al mundo.

–      ¿Qué delito, Señor? ¿El de Caín?

–       No. Ese es el primer acorde del himno de Satanás. Hablo del Delito perfecto, el inconcebible Delito,

aquel que, para comprenderlo hay que mirarlo a través del sol del divino Amor y a través de la mente de Satanás.

Porque sólo el Amor perfecto y el perfecto Odio, solo el infinito Bien y el infinito Mal, pueden explicar tal Donación y tal Pecado. 

Jesús ha hablado del DEICIDIO y ha profetizado el castigo del Caín y de los Caínes de Dios...

La tormenta ruge su cercanía…

Y Jesús dice:

–      ¿Oís? Parece como si Satanás estuviera oyendo y gritase de deseo de llevarlo a cabo.

Vámonos, antes de que la nube rompa en relámpagos y granizo.

Y bajan corriendo por la pendiente, saltando al huerto de María mientras la tormenta estalla furiosamente.

34 EL SACRIFICIO


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

34 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Juan 16, 13

Habla Dios Espíritu Santo

La Tierra es un altar. Un enorme Altar. 

Fue creada para ser un Altar de Alabanza  Perpetua a su Creador.

Pero el hombre con su Pecado, la ha convertido en un Altar de Expiación.

La Tierra debe como todos los demás astros del Universo, cantar los Salmos a su Creador.

Todos los astros cantan con su voz de luz y movimiento, en los espacios infinitos del Firmamento, las Alabanzas a Dios.

También la Tierra canta el Salmo de las Esferas, como el Cielo con los vientos, con las aguas, con las voces de las plantas y de los animales.

Sobre el Templo de la Tierra solo falta el hombre, que tiene una misión que debiera ser algo más que un deber, una alegría: AMAR A DIOS.

Dar inteligente y voluntariamente, Culto de Amor a Dios, correspondiéndole por el Amor que Él ha dado al hombre, dándole la vida y dándole el Cielo, después de la Vida.

Y la Tierra está llena de Pecado y por eso debe ser Altar de Expiación Perpetua,

De Sacrificio Perpetuo, sobre el cual ardan las hostias que sufren: los inocentes y los santos.

Las almas víctimas que se unen a la Gran Víctima y se inmolan por todos.

Y de esta manera se convierte la injusticia en Redención.

El sudor y el trabajo fertilizan los campos.

El sacrificio de  las víctimas, fertiliza los corazones y los prepara para la salvación.

SER CRISTIANO  =    INMOLACIÓN.

Debemos vivir en el Amor y alcanzar en la Escuela del Sufrimiento, la cima del Sacrificio y la caridad: el Martirio.

Con el ‘callar, aceptar, sufrir y ofrecer’, se vence a Satanás.

Con esto se da muerte al ‘yo’, a la propia voluntad.

El ‘yo’ es orgullo y a Satanás no hay nada que lo irrite más, que un acto de humildad.

Y LA VERGÜENZA DE SER VENCIDO

POR UN HOMBRE INFERIOR A ÉL POR NATURALEZA;

LO EXASPERA Y LO HIERE

Vivir para los hombres o para Dios.

La diferencia la establece la medida del sacrificio de nuestro egoísmo.

La vida cristiana es un perpetuo heroísmo. Porque es una lucha contra el Mundo, el demonio y la Carne.

La libertad que Dios nos concede, no nos permite ser hipócritas:

o con Jesús o contra Él.

Tu corazón se volcará a lo que le dediques: tiempo, dinero. energía.

Si somos de Dios no podemos pactar alianzas con el Enemigo.

El que quiere servir a dos amos, con alguno queda mal.

Y al que se acerca a Satanás, éste lo arrebata sin contemplaciones.

Judas quiso adorar en dos altares y es muy conocido en donde terminó.

El sacrificio que Dios quiere, es el espíritu compungido, obediente, amoroso; porque puede también realizar un sacrificio de Alabanzas, de alegría, de amor y no solo de expiación.

CUANDO LE SACRIFICAMOS NUESTRA VOLUNTAD A SU VOLUNTAD,

HAY QUE INVOCAR LAS LÁGRIMAS DE MARÍA,

QUE NOS VIGORIZAN E INFUNDEN VALOR,

PARA UN MAYOR SACRIFICIO.

El Crecimiento en el Amor aumenta el hambre de sacrificio…

Y el sacrificio más tremendo, se vuelve soportable, cuando se sabe su utilidad.

Entonces sobre las lágrimas florece una sonrisa y sobre la angustia, una seguridad.

El hombre espiritual deja de ser esclavo de los sentidos y siempre tiene en los labios con amorosa resignación, estas palabras:

“No lo que yo quiero, Padre mío. Hágase tu Voluntad.”

¡Padre, SI QUIERES aparta de Mí éste Cáliz! Pero NO SE HAGA MI VOLUNTAD, sino la Tuya!

EL SACRIFICIO ES AMOR OFRENDADO AL AMOR.

La Perfección está compuesta del fruto de incontables sacrificios.

EL SACRIFICIO Y LA PENITENCIA, SON EL CAMINO DE LA SALVACIÓN.

Para ser verdadero cristiano se debe amar y reparar por los que han esterilizado el amor en su corazones.

La forma más elevada del amor es el sacrificio que imita al Amor Supremo: EL AMOR REDENTOR. 

Jesús como Rey del espíritu, solo ofreció privaciones, sacrificios y dolores,

que le serán cambiados en gloria al que persevere hasta el fín y no claudique del Camino del Calvario,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

que está sembrado de Dolor y de lágrimas.

NO HAY RESURRECCIÓN SIN CRUCIFIXIÓN.

La victoria está en el sacrificio.

EL SACRIFICIO ES OFRENDA DE AMOR OFRECIDA AL PADRE.

Los dones vienen de Dios. El amor es mérito del hombre. El sacrificio es amor.

Es el que hace esplendoroso el altar del corazón.

El holocausto voluntario perfuma como el Incienso más agradable y es más precioso para Dios, que el perfume de todas las flores de la Tierra.

En el Purgatorio estamos SOLOS y se sufre LA SENTENCIA EN LA CRUZ DE NUESTROS PROPIOS PECADOS, que merecemos… PROPORCIONADA POR LA JUSTICIA DIVINA

Cada renuncia va envuelta con el oro de la Caridad que la ofrece a Dios en un culto verdadero, para que tome valor de Redención y así la Tierra se salvará con el sacrificio.

El Sacrificio es el que abre los oídos del espíritu y es la sangre que lava la lengua que habla de Dios.

Jesús es el Verbo del Padre y su Palabra es lo más sagrado, porque es la que da la Vida Eterna.

No puede ser Profeta de Jesús, el que no se crucifica totalmente con Él y convierte su vida en un sacrificio continuo.

Las almas víctimas están totalmente fusionadas con Dios e igual que Jesús está en el Padre y es uno con Él;

las almas que se inmolan ven realizarse el Misterio de que Dios las trabaje para que sean espejos purísimos en donde se reproduzca la imagen de Jesús Crucificado,

tal y como Él está en la Cruz: coronadas, azotadas, clavadas, desoladas, traspasadas y desamparadas.

En el INFIERNO, EL REINO DEL ODIO están peor, los demonios desquitan su ODIO Y SE SUFRE EL CALVARIO DE JESUS CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

En cada uno de estos aspectos se convierten en un retrato viviente, para que el Padre se complazca en ellas y derrame gracias sobre los pecadores.

Como Iglesia, tenemos el deber sagrado de morir por Dios, abandonadas y crucificadas.

En el altar de la Tierra no fue consumada más que la Carne y la Sangre del Hombre-Dios.

En el altar del Cielo son ofrecidas las Hostias vivientes como oblación de suavísimo olor ardiente

sobre el altar del sacrificio de un corazón enamorado de Dios, constituyendo con esto: el Verdadero Culto a Dios.

LA PENITENCIA

Cuando Dios creó al hombre, se hizo un Templo perfecto para Sí Mismo y puso en él sólo una necesidad: la del Amor.

Amor de hijos hacia su Padre. Amor de súbditos para su Rey. Y amor de creaturas para su Creador.

Y si el ácido de la culpa no hubiese corroído las raíces del amor; éste habría crecido potente en nosotros como un gozo;

como una necesidad que produce alivio cuando se realiza, igual que lo es el respirar.

Y el amar se hubiera efectuado sin fatiga, porque el amor es la respiración y la sangre que hace vital al espíritu.

Peor que la ruina y la destrucción que hacen las bombas nucleares en el mundo material; más nefasta fue la Culpa.

Pues trastornó la Obra Maestra de la Creación y desbarató, en la raíz del hombre;

aquel conjunto perfecto de carne dócil al espíritu y aquel armónico contorno que pusiera Dios alrededor de su hijo; para que fuera un rey feliz.Desaparecido el amor del hombre para con Dios; desapareció el Amor de la Tierra para con el hombre.

Se desencadenó la ferocidad entre los seres inferiores; entre éstos y el hombre y…

¡El Horror de los horrores!.. Entre los mismos hombres.

La sangre hirvió a causa del Odio y se derramó contaminando el altar de la Tierra.

Y de la semilla de la Culpa nació una planta de amargo fruto y de punzantes ramas: el Dolor.

El Pecado evolucionó en perversión y ferocidad; haciendo que el Dolor se hiciera más vasto y complicado.

Jesús, el Dios-Hombre. Vino a santificar el Dolor, sufriéndolo por nosotros.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y fundiendo el suyo que es Infinito, con el nuestro; para darle mérito.

Dos son las necesidades primordiales del hombre: el Amor y el Dolor.

El Amor que nos impide cometer el mal. Y el Dolor que lo repara.

Esta es la ciencia que se debe aprender: saber amar y saber sufrir.

El que aprende a dominar el arte de sufrir se convierte en penitente.

SOLO LA PENITENCIA Y EL AMOR PESAN A LOS OJOS DE DIOS;

 

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina… Y TENEMOS EL PALIATIVO DEL CIELO. EL SUFRIMIENTO SE TORNA GOZO

PARA DETENER LOS ACONTECIMIENTOS Y DESVIARLOS….

PENITENCIA

Su nombre causa horror, pero sus efectos dan frutos preciosos en el campo de las virtudes, porque surge de la humildad y es el fuego que conserva, desarrolla y fortalece las virtudes.

De ella nace el propio desprecio. Se desprende el ansia de padecer y se fortalece el hambre de crucifixión.

La Penitencia atrae a Dios y sirve para expiar y merecer, porque es el arrepentimiento activo.

La expiación por el dolor dado a Dios y un dolor reparador a través de un castigo infligido con objeto de desagraviarlo.

La Penitencia da luz y agilidad de espíritu, porque doma la carnalidad y es el arma más poderosa contra los vicios.

Porque ataca directamente todos los pecados capitales e impide que el alma se hunda en la molicie.

La Penitencia nos arranca del fango y nos dispara en el vuelo hacia el encuentro del Amor.

La Penitencia es un secreto entre el alma y Dios, consumado por amor a Él, a los hermanos y hacia nosotros mismos, para que el espíritu vuelva a ser rey.

Es la muralla que protege la castidad. Desarma la Justicia de Dios y la convierte en Gracias.

Purifica las almas; apaga el fuego del Purgatorio; eleva el alma de la Tierra

Y ES LA COOPERACIÓN A LA REDENCIÓN:

PORQUE LA PENITENCIA Y EL SACRIFICIO,ARRANCAN LAS ALMAS A SATANÁS.

La penitencia es la humillación que le infiltra el hombre a sus bajezas y miserias: trabajar para derribar el ‘yo’.

debe pedir a Dios, a través de una vida de Penitencia que nos lave de tanta humanidad y que nuestro corazón arda, por el celo de Dios y de las almas.

Y que nos convierta en carbones encendidos por la Caridad.

Y si no sabemos imponernos penitencias, hay que aceptar aquella de la vida que no es plena, diciendo: ‘Si esta pena viene de Dios, hágase señor tu Voluntad.’

Si viene de un pobre hermano cautivo: ‘Padre, yo te la ofrezco para que tú lo perdones y él se redima.’

Cuando se hace así, todo es puro y entonces se alcanza la pureza del Corazón que lo convierte en Trono de Dios.

Y aún el más perfecto de los penitentes, arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

Y Jesús enseñó que por más que ayunemos con la boca; si después no se ayuna con el corazón

dejando de perjudicar con las obras, con las palabras y hasta con el pensamiento, al prójimo; le resulta detestable nuestro ayuno, que da muerte a nuestra alma.

Porque las prácticas sin la caridad, sólo pavimentan el camino para el infierno…

La Penitencia que le agrada a Dios, sólo la conoce Dios.

Es mejor pasar por inmortificados a los ojos del mundo… y de esta manera la practicamos con la pureza de corazón necesaria.

“Bienaventurados los limpios de corazón…”

La Penitencia abre los ojos del espíritu. Los ojos del espíritu ‘ven’ las sublimes visiones y ellas anulan la sensibilidad corporal.

Es lo que nos ayudad a soportar los horrendos suplicios sonriendo.

El éxtasis anula la sensibilidad dolorífica.

Cuando alcanzamos la perfección en el amor, podemos ver con su perfección, la Perfección de Dios sin velos y con una verdadera anulación, lo material desaparece.

La alegría de la visión, suprime la miseria de la carne sensible al sufrimiento. Y empezamos a gozar del Paraíso.

La Penitencia no mata más que lo que va a morir.

No debe haber temor por el cuerpo al que se debe amar poquísimo:

sólo como se ama y se cuida un vestido, que tarde o temprano se vuelve inservible.

Los cilicios y las disciplinas no son las que matan. Los penitentes no mueren de esto.

Mueren por la Caridad que los consume y que arde en ellos como un horno. Porque la hoguera del amor consume más de lo que destruye la austeridad.

La Penitencia purifica el cuerpo y el alma.

El ayuno corporal, purifica los sentidos y es una reparación por los que aman la carne como la cosa más preciosa y solamente buscan la felicidad en los placeres sensuales y materiales.

El ayuno es una tremenda fuerza de oposición contra los males con los que Satanás inunda las almas; porque no solo de pan vive el hombre.

La Penitencia se ejerce con el control de las pasiones y la mortificación de los sentidos, controlando la lengua y guardando silencio exterior e interior.

Huyendo de la murmuración y el descontento; de los chismes y la fácil tentación del juicio y la condena.

La Penitencia es sufrimiento para el cuerpo y luz para el espíritu.

Fortifica la debilidad y alcanza las gracias de Dios.

Con la Penitencia se preparan los caminos y caen las cadenas de la esclavitud y el Pecado.

La Penitencia nos ayuda a vencer las tentaciones y a vencer a Satanás en los corazones que se desea redimir.

PORQUE CIERTOS DEMONIOS SE VENCEN

SÓLO CON LA ORACIÓN Y LA MORTIFICACIÓN

CON LA PENITENCIA SE ENCIENDE EL AMOR EN LOS CORAZONES APAGADOS

Los hombres no saben cuántas lágrimas; cuantos dolores; cuantas penitencias; cuantos sacrificios; son el precio de su existencia.

Creen tener la vida por la madre que los ha engendrado y por el padre que les ha dado el pan.  Esto es verdad, si se calcula con la medida de los brutos que así tienen la vida.

Pero la Verdadera Vida para darles tiempo para convertirse, es obra de las almas víctimas.

Muchos no mueren eternamente por estos héroes para ellos desconocidos, que metiéndose entre los hombres y Dios, con los brazos levantados trasfieren hacia sí mismos; como si fueran un pararrayos, los castigos divinos.

Y les trasfunden un poco de la sangre espiritual, que es sangre de Gracia, que circula en le Gran Cuerpo Místico, a los que están desvanecidos por las enfermedades morales.

Pero todo esto lo hacen a través del tamiz de su yo sacrificado y es como se filtra este bien a los malvados.

La Tierra tiene mucha necesidad de Penitencia, para que los débiles puedan tener fuerzas para resistir a Satanás.

Y aún el más perfecto de los penitentes, arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

la Penitencia; al tener subyugado al pólipo que lo humano lleva adherido en su fondo; confiere luz y agilidad al espíritu.

La penitencia nos arranca de la carnalidad y nos lanza como bólidos al encuentro del Amor.

La Penitencia debe siempre precederlo todo porque es la que amerita las alegrías.

Toda visión nace de una precedente penitencia y cada penitencia abre el camino para la más alta contemplación.

Sacrificio. Sacrificio. Sacrificio. Debe ser nuestra vida, nuestra fuerza, nuestra gloria.

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

Sólo cuando las almas se adormecen en Dios, es cuando dejan de ser hostias, para convertirse en dioses. Su vida es un total sacerdocio.

El Pensamiento del Crucificado, ¡Qué ligeras hace todas las penitencias del cuerpo y los dolores internos!

A Dios se le encuentra en la Cruz y la misión es ser un reflejo de Jesús Crucificado.

Las almas víctimas son los gigantes del Amor.

Expían por amor de los hermanos y esto es amor del prójimo llevado hasta el heroísmo.

Se ofrece al Dios Ofendido al que le brinda consuelo por la ofensa recibida y esto es Amor de Dios llevado hasta el heroísmo.

El Amor es el Sacrificador Eterno.

El que inmoló al Dios hecho Carne y…

31 LA MUERTE DE UN PROFETA


 31 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

Obedeciendo la orden recibida, Judas ha ido a llamar a su madre y a los demás apóstoles.

Jesús se siente devastado, por lo sucedido en los últimos minutos y no vuelve a sonreír sino cuando regresa Judas con su madre y los discípulos.

La mujer escudriña a Jesús…

Pero al verlo complaciente; toma confianza. Aun así se nota que es un alma que está muy afligida…

Jesús dice:

–    ¿Qué? ¿Vamos a Keriot? He descansado y te agradezco madre, tu gentileza.

El Cielo te recompense y te conceda por la caridad que usas conmigo, reposo. Y alegría a tu esposo, por quién lloras.

Ella trata de besarle mano.

Pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola y no permite que se la bese.

Judas dice:

–    El carro está preparado, Maestro. Ven.

Afuera, efectivamente está llegando un carro tirado por bueyes.

Un hermoso y cómodo carro, dentro del cual se han colocado cojines para que sirvan como asientos. Tiene encima, un toldo de paño rojo.

Judas ha dejado de llamarlo rey.

–    Sube, Maestro.

–    Tu madre antes.

La mujer sube, luego Jesús y los demás.

–    Aquí, Maestro.

Jesús se sienta en la parte de adelante; a su lado Judas, detrás la mujer y los discípulos.

El conductor aguijonea a los bueyes; los fustiga caminando a su lado.

E1 trayecto es breve, poco menos de una milla y luego se ven las primeras casas de Keriot que no es un poblado grande.

Un niño pequeño que está en el camino pleno de sol, los mira y parte como un rayo.

Los pobladores salen a recibirlo con banderas y ramas; gritando de júbilo y haciendo reverencias.

Ramos y bandas adornan las calles, de casa a casa y sobre las entradas.

Jesús no puede despreciar estos homenajes y desde lo alto de su bamboleante trono, saluda y bendice.

La carreta llega hasta la plaza, da vuelta por una calle y entra hasta una aristocrática casa que tiene el portón abierto.

Se detiene el carro y bajan.

Judas dice solemne:

–    Mi casa es tu casa, Maestro.

–    Paz sea en ella, Judas. Paz y santidad.

Entran.

Atraviesan el vestíbulo y llegan a una amplia sala con divanes bajos y muebles con incrustaciones.

Con Jesús y los demás, entran las personalidades del lugar.

Hay muchas reverencias, curiosidad, júbilo festivo…

Todo con una gran pompa y mucho ceremonial.

Un anciano imponente y muy elegante, pronuncia un discurso de bienvenida al ‘Señor y Rey’.

Y dice con gran ceremonia:

–      ¡Gran fortuna para la tierra de Keriot al tenerte, oh Señor! ¡Gran fortuna! ¡Feliz día!

¡Fortuna por tenerte y fortuna por ver que un hijo suyo es amigo tuyo y te ayuda! ¡Dichoso él, que te ha conocido antes que ningún otro!

Y Tú, bendito seas diez veces diez por haberte manifestado. Tú, el Esperado por generaciones y generaciones.

Habla, Señor y Rey. Nuestros corazones esperan tu palabra, como la tierra sedienta de verano abrasador espera la primera dulce agua de septiembre. 

Jesús dice:

–      Gracias, quienquiera que seas, gracias. Y gracias a los hombres de esta ciudad que han inclinado sus corazones ante el Verbo del Padre, ante el Padre cuyo Verbo soy Yo.

Porque, sabed que no es al Hijo del hombre, que os está hablando, sino al Señor altísimo, a quien hay que rendir gracias y honor por este tiempo de paz con que Él vuelve a soldar la paternidad quebrada con los hijos del hombre.

Alabemos al Señor verdadero, al Dios de Abraham, que ha tenido piedad de su pueblo, lo ha amado y le otorga al Redentor prometido.

No a Jesús, siervo de la eterna Voluntad, sino a esta Voluntad de amor, gloria y honor. 

El hombre lo invita:

–     Hablas como un santo… Yo soy el jefe de la sinagoga. No es sábado.

Ven de todas formas a mi casa a explicar la Ley, Tú, sobre quién más que el aceite real, está la unción de la Sabiduría. 

–     Iré.

Judas objeta:

–     Acabamos de llegar de un viaje. Mi Señor tal vez está cansado.

Jesús dice:

–     No, Judas. Jamás me canso de hablar de Dios. Y nunca tengo deseos de quitar las esperanzas de los corazones.

El sinagogo insiste:

–     Entonces, ven. Todo Keriot está afuera, esperándote.

–     Vamos.

Jesús sale entre Judas y el arquisinagogo; pasa bendiciendo. La sinagoga está en la plaza.

Atraviesan la plaza y entran a la sinagoga.

Jesús se dirige hacia el puesto reservado a quien enseña.

Se ve magnífico, todo angelical con su espléndida vestidura, el rostro inspirado, los brazos extendidos según su gesto habitual.

Empieza a hablar:

–      Pueblo de Keriot, el Verbo de Dios habla. Escuchad. Quien os habla no es sino Palabra de Dios. Su soberanía viene del Padre y al Padre volverá después de evangelizar a Israel.

Ábranse los corazones y las mentes a la verdad, para que el error no quede estancado, para que no nazca la confusión.

Isaías dice: “Toda depredación tumultuosa y las vestiduras bañadas de sangre serán consumidas por el fuego. He aquí que nos ha nacido un niño.

He aquí que se nos concede un Hijo. Lleva sobre sus hombros el principado. Éste es su nombre: el Admirable, el Consejero, Dios el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz”.

Este es mi Nombre. Dejemos a los Césares y a los Tetrarcas su botín. Yo depredaré, pero no será una depredación que merezca castigo de fuego.

No sólo esto sino que le arrebataré al fuego de Satanás gran número de presas para llevarlas al Reino de paz del que soy Príncipe.

Y al siglo futuro: el eterno tiempo del cual soy Padre.

“Dios” dice también David, de cuya estirpe provengo; como habían predicho quienes vieron porque eran santos, gratos a Dios, elegidos por Dios para hablar

“ha escogido a uno sólo… a mi hijo… pero la obra es grandiosa, porque se trata no de preparar la casa de un hombre, sino la de Dios”. Así es.

Dios, el Rey de los reyes, ha elegido a uno sólo, a su Hijo, para construir en los corazones, su casa. Y ha preparado ya el material. ¡Oh, cuánto oro de caridad. Y cobre, y plata y hierro. Y maderas raras y piedras preciosas!

Todas están acumuladas en su Verbo y Él las usa para construir en vosotros la morada de Dios.

Pero si el hombre no ayuda al Señor, inútilmente el Señor querrá construir su casa. Al oro se responde con el oro, a la plata con la plata, al cobre con el cobre, al hierro con el hierro.

O sea, por el amor debe darse amor, continencia para servir a la Pureza, constancia para ser fieles, fuerza para no desistir.

Y luego, llevar hoy la piedra, mañana la madera: hoy el sacrificio, mañana la obra. Y construir, construir siempre el templo de Dios en vosotros.

El Maestro, el Mesías, el Rey del Israel eterno, del pueblo eterno de Dios, os llama. Pero quiere que estéis limpios para la obra.

Caigan las soberbias: a Dios gloria. Caigan los humanos pensamientos: de Dios es el Reino. Humildes, decid conmigo: “Tuyas son todas las cosas, Padre, tuyo todo cuanto es bueno; enséñanos a conocerte y a servirte, en verdad”.

Decid: “¿Quién soy yo?” Y reconoced que seréis algo sólo cuando seáis moradas purificadas a las que Dios pueda descender, en las que pueda descansar.

Todos peregrinos y extranjeros en esta tierra, sabed reuniros e ir hacia el Reino prometido.

El camino son los Mandamientos puestos en práctica no por temor a un castigo, sino por amor a ti, Padre santo.

El arca, un corazón perfecto en el cual está el nutritivo maná de la sabiduría y florece la vara de la pura voluntad. Y para que la casa sea luminosa, venid a la Luz del mundo.

Yo os la traigo. Os traigo la Luz. Nada más que esto. No poseo riquezas ni prometo honores de esta Tierra, pero sí poseo todas las riquezas sobrenaturales de mi Padre.

Y a aquellos que sigan a Dios en amor y caridad les prometo el honor eterno del Cielo.

La paz sea con vosotros.

La gente, que ha estado escuchando atenta, bisbisea un poco inquieta.

Jesús habla con el jefe de la sinagoga. Se unen al grupo también los personajes más importantes de Keriot. 

Uno de ellos pregunta:

–     Maestro… ¿Pero entonces no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho… 

Jesús contesta: 

–     Lo soy.

–     Pero Tú has dicho…

–     Que no poseo ni prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la verdad. Así es.

Conozco vuestro pensamiento. Y el error proviene de una mala interpretación, y de un sumo respeto vuestro hacia el Altísimo.

Se os dijo: ‘Viene el Mesías’ y pensasteis como muchos en Israel, que Mesías y rey fuesen una misma cosa.

Elevad más alto el espíritu. Observad este hermoso cielo de verano. ¿Pensáis que termina allí su límite, allí donde el aire parece una bóveda de zafiro? No.

Más allá están los estratos más puros, los azules más nítidos, hasta llegar a aquél inimaginable, del Paraíso; adonde el Mesías conducirá a los justos muertos en el Señor.

Hay una infinita diferencia entre la realeza mesiánica que el hombre imagina y la verdadera; que es totalmente divina.

–      Pero, ¿Podremos nosotros pobres hombres, elevar el espíritu adonde Tú dices?.

–      Basta que lo queráis. Y si lo queréis, Yo os ayudaré.

–     ¿Cómo te tenemos que llamar, si no eres rey?

–      Maestro, Jesús; como queráis. Maestro soy y soy Jesús, el Salvador.

Dejemos a los Césares y a los tetrarcas con sus botines. Yo tendré el mío. Pero no será un botín que merezca el castigo de fuego.

Antes bien, arrancaré del Fuego de Satanás; presas y botines, para llevarlas al Reino de la Paz.

Todos se quedan meditando en las palabras de Jesús…

Al fin, un anciano dice:

–     Señor. Hubo una ocasión hace mucho tiempo; cuando fue el edicto de Augusto; que llegó la noticia que había nacido en Belén el Salvador.

Yo fui con otros… Vi a un pequeñín, igual que los demás. Pero lo adoré con fe.

Después supe que había un hombre santo que se llamaba Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?

–      Aquel a quien tú adoraste. El otro es su Precursor. Gran santo a los ojos del Altísimo, pero no Mesías.

–     ¿Eras Tú?

–      Era Yo. Y ¿qué viste en torno a mí recién nacido?

–      Pobreza y limpieza, honestidad y pureza. Un carpintero amable y serio de nombre José. Artesano, pero de la estirpe de David.

Una joven Madre rubia y gentil de nombre María, ante cuya belleza palidecen las rosas más hermosas de Engadí y parecen feos y deformes, los lirios de los jardines en los palacios reales.

Y un Niño de grandes ojos azul de cielo y cabellos oro pálido…

No vi nada más…

Y oigo todavía la voz de la Madre que me decía:

“Por mi Criatura te digo: el Señor esté contigo hasta el eterno encuentro y su Gracia te salga al paso en tu camino”. Tengo ochenta y cuatro años… el camino está terminándose.

Ya no esperaba encontrar la Gracia de Dios y sin embargo, te he encontrado… Y ahora ya no deseo ver más luz que la tuya…

Sí. TE VEO CUAL ERES bajo esta vestidura de piedad que es la carne que has tomado. ¡Te veo! ¡Oíd la voz de aquel que al morir ve la Luz de Dios!

La gente se arremolina en torno al anciano inspirado que está en el grupo de Jesús y que arrojando el bastón, levanta los brazos trémulos.

Tiene la cabeza toda blanca. La barba larga y partida en dos. Parece un verdadero patriarca y profeta.

Y dice señalando a Jesús:

–     Veo a Éste: al Elegido; al Supremo; al Perfecto; que habiendo bajado por amor, vuelve a subir hasta la Diestra del Padre. A volver a ser Uno con Él. Pero no veo su Voz y Esencia incorpórea, como Moisés vio al Altísimo…

Y como refiere el Génesis que lo conocieron los Primeros Padres y hablaron con Él, al aura del atardecer.

Como verdadera Carne lo veo subir al Eterno, ¡Carne refulgente!, ¡Carne gloriosa!; ¡Oh, pompa de Carne divina!, ¡oh, Belleza del Hombre Dios!

Lo veo subir como un verdadero hombre hacia el Eterno. Cuerpo que brilla. Cuerpo Glorioso. ¡Oh, Pompa del Cuerpo Divino! ¡Oh, Belleza del Hombre Dios!

Es el Rey. ¡Sí, es el Rey! No de Israel, sino del Mundo.

Ante Él se inclinan todas las realezas de la tierra, y todos los cetros y coronas palidecen ante el fulgor de su Cetro y de sus joyas. 

¡Una corona! Una corona tiene en su frente. Un cetro tiene en su mano. Sobre su pecho tiene un racional: Hay en él perlas y rubíes de un esplendor jamás visto.

De él salen llamas como de un horno sublime. En las muñecas, dos rubíes, y lleva una fíbula de rubíes en sus pies santos. ¡De los rubíes, luz, luz…!

¡Mirad, oh pueblos, al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! Subo contigo… ¡Ah! ¡Señor!, ¡Redentor nuestro!…

 ¡Oh! ¡La Luz aumenta en los ojos del alma! ¡El Rey está adornado con su Sangre!… la corona… ¡Es una corona de espinas que sangran!

El cetro… el trono… ¡Una Cruz!… ¡Aquí está el Hombre! ¡Aquí está! ¡Eres Tú!… 

¡Señor, por tu Inmolación ten piedad de tu siervo! ¡Jesús, a tu piedad confío mi espíritu!…

El anciano, que había estado erguido y que se había rejuvenecido con el fuego de su profecía, se derrumba de improviso…

Y caería al suelo, si Jesús rápido no lo sostuviese contra su pecho.

La gente grita:

–   ¡Saúl!

–   ¡Se está muriendo Saúl!

–   ¡Auxilio!

–   ¡Corred!

Jesús, lentamente se ha arrodillado para sujetar mejor al anciano que se vuelve paulatinamente más pesado. 

Y dice:

–   Paz en torno al justo que muere.  

Hay un silencio total.

Jesús lo coloca en el suelo, se yergue y dice:

–    Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz y en la espera que será breve; verá el Rostro de Dios y será feliz. No existe la muerte para aquellos que mueren en el Señor.

Pasados algunos minutos la gente se aleja comentando lo sucedido. Quedan los ancianos; Jesús, los suyos y el sinagogo.

Éste dice:

–    ¿Ha profetizado, Señor?

–     Sus ojos han visto la verdad.

Y volviéndose a los suyos, ordena:

–     Vámonos.

Y salen.

Simón pregunta:

–      Saúl ha muerto revestido con el Espíritu de Dios. Quienes le hemos tocado ¿Estamos limpios o inmundos?

Jesús contesta:

–      Inmundos.

Espiritualmente cuando alguien muere, sus pecados que son los espíritus inmundos’ generados por la maldad personal con la que TODOS los seres humanos contribuímos al universo espiritual, se trasladan a la persona más cercana al fallecido. 

El sacramento de la Reconciliación en realidad es un poderosísimo exorcismo y el mantenernos en Gracia nos protegen de estas ‘invasiones’...

Los Sacramentos se originaron de la Llaga que Longinos abrió con su lanza en el Calvario, por eso…

Judas exclama:

–      ¡Oh! ¡NO! ¡Ya no…!

Jesús es terminante:

–      Yo como los otros. No cambio la Ley. La Ley es ley y el Israelita la observa.

Estamos inmundos. Dentro del tercero y último día, nos purificaremos. Hasta entonces estamos inmundos. 

Se vuelve hacia el apóstol y agrega: 

–        Judas, no regreso a la casa de tu madre. No llevaré inmundicia a su casa.

Comunícaselo por medio de alguien que pueda hacerlo. Paz a esta ciudad. ¡Vámonos!

Y se van a través del huerto…

27 LOS PRIMEROS ADORADORES


27 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Las alturas se hacen mucho más elevadas y boscosas que las de Belén; suben cada vez más, transformándose en una verdadera cadena montañosa.

Jesús va el primero, proyectando su mirada hacia delante y alrededor, como buscando algo. No habla.

Escucha más las voces del arbolado, que las de los discípulos, que van unos metros detrás de Él, hablando bajo entre sí. 

(Todo en la Creación está vivo, tiene su reflejo en el mundo espiritual y la Naturaleza canta alabanzas al Señor. Y con el alma VIVIENTE y el sentido del Oído espiritual despierto, percibimos el mundo espiritual y podemos comunicarnos con todas las creaturas. La SINTONÍA, es el AMOR. Por eso tanto el profeta Daniel como San Francisco de Asís, entonaron los cánticos de Alabanza)

Una esquila suena lejana, pero el viento porta su campanilleo.

Jesús sonríe.

Se vuelve y dice:

–    Oigo algunas ovejas.

Simón pregunta:

–    ¿Dónde, Maestro?

–     Me parece que hacia aquella colina. Pero el bosque no me deja ver.

Juan, sin decir una palabra se quita la túnica, el manto lo llevan todos en bandolera enrollado, porque tienen calor.

Se queda sólo con la prenda corta y abraza el tronco alto y liso de un fresno.

Y sube…

Sube hasta que puede ver.

Baja rápido y dice:

–    Sí, Maestro. Hay muchos rebaños y tres pastores. Allí, detrás de aquella espesura.

Vuelven a caminar ya seguros.

–   ¿Serán ellos?

–    Preguntaremos, Simón; si no son, nos sabrán decir algo… Se conocen entre ellos.

Avanzan unos cien metros más, luego un amplio pacedero verde, del todo circundado de gruesos árboles añosos.

Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba.

Tres hombres las custodian.

Uno es anciano, ya completamente cano, los otros parecen tener treinta años uno y el otro, unos cuarenta.

Jesús acelera el paso y…

Judas previene:

–    Cuidado, Maestro. Son pastores…

Pero Jesús ni siquiera responde.

Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca.

Se le ve tan luminoso, que parece un ángel…

Al llegar al lindero del prado, saluda:

–    La paz esté con vosotros, amigos.

Los tres se vuelven sorprendidos.

Silencio.

Luego el anciano pregunta:

–   ¿Quién eres?

–    Uno que te ama.

–    Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?

–    De Galilea.

–   ¿De Galilea? ¡Ah!

El hombre lo mira atentamente.             

Los otros dos pastores se acercan y el anciano repite:

–    De Galilea.

Y añade en voz baja como para sí mismo:   

–    También El venía de Galilea…

Y vuelve a cuestionar:

–    ¿De qué lugar, Señor?

Jesús precisa:

–     De Nazaret.

La cara del anciano se ilumina e indaga:

–    ¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre? ¡Qué flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá!

Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que… yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!

–   ¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?

–    Porque Él era el Salvador, el Mesías. Y Herodes lo quería muerto.  Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre…

Cuando tuve noticias de la matanza y volví,  porque yo también tenía hijos (un sollozo) Señor… y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo).

Pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por Él, más que por mi misma carne.

Luego supe que había huido. Y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas… Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino… 

Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo… Hasta que encontré a un propietario de ganado.

Oh, pero no es como era Ana!…

Es duro y cruel… Si una oveja se disloca una pata, si el lobo me roba un cordero…

Recibo palos hasta sangrar, me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros.

Hacer algo, pero pagar siempre el triple del valor.

Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo:

“Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada“.

Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal o hacer el mal robando, para no sufrir a causa del patrón.

Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron:

Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad“.

–    ¿Dijeron eso exactamente?

–     Sí, Señor créelo tú, tú al menos, que eres bueno. Conoce tú al menos y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya.

Pero los ángeles no mienten…

Y nosotros no estábamos borrachos como decían.

Éste, (señala al más joven) ¿Ves?, era un niño entonces.

Y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharlo a uno?

Los ángeles dijeron:

“Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Lo reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales“.

–     ¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?

–     ¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo, ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones.

 Todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella,

las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre.

–     ¡Ah!, ¿Decís: “Cristo”?

–     No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”.

–           Pero, en definitiva, ¿Vosotros a quién buscáis?

–          A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador.

A Jesús se le ilumina el Rostro, al manifestarse a estos tenaces adoradores suyos.

Tenaces, fieles, pacientes.

Y dice: 

–          Soy Yo.

Los tres se arrojan simultáneamente al suelo y besan los pies de Jesús llorando de alegría…

Exclamando:

–          ¡Tú!

–          ¡Oh!

–           ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro!

Jesús dice feliz:

–           Levantaos.  

–           Levántate, Elías. Y tú, Leví.  Y tú, que no sé quién eres.

El pastor más joven responde:

–      José. Hijo de José.

Jesús presenta a sus compañeros:

–      Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos.

Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares.

Adoran al Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros pálidos o enrojecidos, de alegría.

Jesús se sienta en la hierba.

–      No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel.

–      No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan.

He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros…

–     ¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos.

–     Yo también lo estoy.

No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis?

Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido.

–     ¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido.

–     No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor.

¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín.

Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos.

Los pastores lo miran emocionados.

–   ¡Oh!

Los pastores están cada vez más conmovidos.

Jesús indaga:

–   ¿Dónde están los demás?

–   El anciano Samuel, muerto de viejo hace veinte años.

A José lo mataron por combatir en la puerta del aprisco, para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste; que yo recogí por amor de mi amigo y por…

Para seguir teniendo niños a mi alrededor.

También tomé conmigo a Leví… lo perseguían.

Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel.

Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también lo mataron, son discípulos de Juan.

Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo.

Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos…

Pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio.

Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes.

–   ¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?

–   Me acordé de Zacarías, tu pariente… Tu Madre me había enviado a él.

Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías.

Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo.

Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana… y me quedé a su servicio…

Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él.

–     Pero ahora el Bautista está prisionero.

–     Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas.

Ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente.

–     Quisiera verlos a todos.

–     Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama”.

–     Y os quiere entre sus amigos.

–    Sí, Señor.

–    Pero en primer lugar, iremos adonde Isaac.

Samuel y José ¿Dónde están enterrados?

–    Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías.

José… no tiene tumba, Señor. Lo quemaron con la casa.

–    Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor.

Yo os lo digo: a tí José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre.

Elías pregunta:

–    ¿Y mis hijos?

–    Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado.

–    ¿Rey?

–     No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires!

Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal.

¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed.

–     Sí, Señor.

–    Llamadme Maestro. Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena.

–    No yo. Tú.

–    Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos.

El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido.

Regocijáos, justos, regocijáos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas,

 Él, que puso como límite de las tierras los mares; Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos.

Ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid.

 Venid vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad, para seguirlo en santidad y obtener así eterno premio. 

Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.

Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar.

Y dado que son tres los tazones de calabazas vaciadas, primero comen Jesús, Simón y Judas.

Luego Juan, al cual Jesús le pasa su taza, con Leví y José.

Elías come el último.

Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas a su aprisco.

Los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas.

Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno.

Se encienden algunos fuegos, para ahuyentar los animales salvajes.

Judas y Juan cansados se echan, y al poco tiempo ya están dormidos.

Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste.

Permanecen despiertos Jesús y los pastores.

Y hablan:

De José, de María, de la huida a Egipto, del regreso…

Luego, después de estas preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas:

¿Qué hacer para servir a Jesús? ¿Cómo hacerlo ellos, rudos pastores?

 Jesús instruye y explica:

–      Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos.

Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador.

 Y como podáis, manifestadlo a otras gentes.

No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis.

Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos.

Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón.

¿Podéis venir?

–    ¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios.

Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto.

Los otros pueblos saben todo… pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos.

Por eso poco podremos hacer aquí.

–    Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré.

–    ¿Durante toda la vida?

–     Durante toda mi vida.

–     No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo.

–    ¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías y será uno de los últimos.  Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado, a causa del dolor por mi muerte.

Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal y con él esperarás la muerte…

La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era pequeñito.

También entonces los ángeles cantarán el Gloria: “por el hombre de buena voluntad”.

21 PRIMERA PREDICACIÓN EN EL TEMPLO


21 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús entra con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio embaldosado con mármoles de colores distintos.

El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta.

Pero antes de dirigirse a él, dice a Judas:

–          Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto.

Judas replica:

–          Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías.

–          Yo eso lo sé y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres.

Antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos.

Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar.

–           La otra vez no lo hiciste.

–           La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas.

La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes.

 Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto.

Y además, Judas, ¿Tú crees que el discípulo es más que su Maestro?

–            No, Jesús.

–           ¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?

–            Tú, el Maestro; yo, el discípulo.

–            Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿Por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro.

Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas.

Condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas.

–              Es verdad. Perdona. Obedezco.

–              Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre.

–             ¿Obedecer? Sí.

–             No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo, interrogativamente…

Pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

Vuelve con un personaje solemnemente vestido.

–              Este es, Maestro, el magistrado.

–              La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel.

–             ¿Eres rabí?

–            Lo soy.

–            ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos.

–           ¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?

–           Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor.

–           Tu nombre.

–           Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David y de Ana de Aarón.

María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel.

–           ¿Quién lo prueba?

–           Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?

–            Escúchame y podrás juzgar por ti mismo.

–            Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿No eres nazareno?

–            Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá.

–            Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…

–            Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

Judas pregunta:

–            ¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?

–            Mis palabras lo dirán.

–            ¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?

–             La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes.

Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar…

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas lo observa admirado.

Entre tanto, algunas personas curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente y distinto en ambos, atrae e impresiona.

Jesús baja la mirada.

Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar.

Y dice:

–          Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas.

Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar.

Toma como punto de partida lo que sucedió por la mañana.

–          Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse.

Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: “No matarás” y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito.

Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos.

Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia?

No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la esperanza;

porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.

Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros.

Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: ‘Ama a tu Dios y ama a tu prójimo”.

En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo — no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor — se te dijo:

‘Ama a los que te aman y odia a tu enemigo”.

 Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado.

Si le pedimos a ABBA que su Presencia en nosotros ACTÚE, PARA AMAR A NUESTROS ENEMIGOS, ¡Seremos testigos de un portentoso Milagro, que nos ayudará a CRECER en el amor!

Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿Quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano? y ¿Quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?

Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios y que por Adán todo hombre lo es y que no hay ninguno que pueda decir: “Yo no he ofendido a Dios”.

Y sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces. Y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra.

Perdonad pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado,

hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno.

Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.

La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero NO ESTÁ MUDA.

Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto.

Y dice: después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie.

Jesús, Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo”.

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved.

Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene.

Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías y con el poder que me viene del Padre, la amplifico y añado mi poder.

Y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana.

El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros.

Uno pregunta:

–          Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?

Jesús contesta:

–          Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que lo apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que lo supere en gracia.

Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito.

–          ¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?

–           Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes.

–           ¿Dónde? ¿Cuándo?

–           Cuando llegó el momento de señalarlo.

Judas se siente en el deber de decir a diestra y siniestra:

–            El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que lo conozco y soy su primer discípulo.

–            ¡Él!… ¡Oh!…

La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás.

Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse. 

Judas continúa con su proclama:

–             Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués. 

Uno solicita:

–             Intercede por mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando..

–             Maestro.

–             Judas.  

Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

–            Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarlo.

–            Puedo para quien tiene fe.  

Jesús se vuelve hacia el enfermo y le pregunta:

.            Hombre, ¿Tienes fe?

–           Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Bethesda, pero siempre hay uno que me precede.

–           ¿Puedes creer en Mí?

–            Si creo en el ángel de la piscina, ¿No voy a creer en Tí, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?

Jesús sonríe.

Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.

Luego pregunta:

–            ¿Qué ves?

–            Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿No me lo curas?

Jesús sonríe de nuevo.

Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.

–            ¿Qué ves? – le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

–            ¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!

El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

–            Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios.

Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro…

Pregunta:

–             ¿Con qué facultad haces estas cosas?

–             ¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿Es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?

–             ¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!

–             Entonces, ¿Por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?

–             Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos.

–             Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas.

El levita se marcha pensativo y todo termina.

14 EL CIEGO DE CAFARNAÚM


14 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo el calor veraniego, el Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.

Las calles de Cafarnaúm apenas empiezan a poblarse de gente:

Mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna; niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.

Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago.

Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado y las redes; coloca asientos, rollos de cuerdas Y todo lo que se necesita para la pesca.

 Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.

Jesús le pregunta a Santiago:

–          ¿Tendremos buena pesca?

Santiago responde:

–           Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará.

–          ¿Vamos solos?

–          ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?

–          No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.

Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.

Pedro le dice:

–          Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados.

Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿No? eso me has dicho.

Jesús replica:

–           Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.

–          No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces.

Y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento.

Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago.

Y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme.

Y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red.

En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado.

Atención, Maestro, es nuestro pan.

Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos,

Y si son muchos… entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.

–          Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula.

Sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital.

Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo.

¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.

–            Tienes razón, Maestro… Pero, ¡Somos tan débiles…!.

–            Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.

–            ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?

–            Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo… No, Pedro. Él te ama y continuará amándote.

El tímido hermano de Pedro, pregunta:

–            ¿Y yo?

–             También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.

–             ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea…

–             ¡Oh… muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos…:

Que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él.

Noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores,

hijos del Padre Dios, similares a Mí… Ahora no podéis entender.

Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.

Pues bien, Yo obtendré a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.

–             ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?

–             ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros y en mi Corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama.

¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago?  No. No podrías. Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi Corazón.

¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas?

No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.

Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.

Andrés mira y no se atreve.

Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:

–          También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: “Te amo. Ven”

Y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial… 

Se oyen los gritos de Juan:

–          ¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy…

Juan corre jadeante hacia ellos:       

 –         ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?

 Juan mira a Jesús con ojos afectuosos.

Pedro interviene:

–           Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?….

Juan explica:

–           Eso… nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar.

Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿Qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones…

Jesús dice:

–           Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?

–           ¡Claro!

–          ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?

–           Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza… Maestro, ¿Me perdonas el haberme comportado con dureza?

–           Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemelo.

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. 

Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar.

Y suspira.

Jesús dice:

–           ¿Simón?

Pedro contesta:

–           ¿Maestro?

–            No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.

–          ¿También esta vez?

–            Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.

–            Ahí llega el ciego.

El pobrecito camina entre Santiago y Juan.

Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.

–            Aquí está el Maestro, frente a ti.

El ciego se arrodilla y suplica:

–            ¡Señor mío! ¡Piedad!.

–            ¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

–             Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados, que eran muchos.

Pero, forjando un hierro en forma de ancla y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes, saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo

Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo y el otro también se apagó al cabo de tres meses.

He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…

–           ¿Estás solo?

–           Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… de uno no conozco ni siquiera su cara. Y tengo también a mi madre, que es ya anciana.

No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan. Y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre.

¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo.

–           ¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?

–           Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.

–           ¿Qué te ha dicho?

–            Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios.

Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón.

 Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: “Ahí hay salud ¡Ve!”. Y fui”.

Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándolo sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación.

Yo lo conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti.

Y te he encontrado. ¡Ten Piedad de mí!

–            Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!

–            Entonces, ¿Me curas?

Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo.

Se lo pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz.

El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño muy dulce.

Jesús invoca:

 –         ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!

 Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas. Permanece así un momento.

Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

Jesús pregunta:

–          ¿Qué ves?

El hombre responde asombrado:

–           ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… me parece… oh… que veo… Te veo el vestido, es rojo, ¿NO es verdad? Una mano blanca y un cinturón de lana! ¡Oh, Jesús bueno.

Veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!… La hierba del suelo y eso es un pozo, ¡Claro! Y allí hay una vid…

–           Levántate, amigo.

El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se levanta y pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús.

Un Jesús sonriente lleno  de piedad, de una piedad que es toda amor.

¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro!

El hombre emite un grito y tiende los brazos en un acto instintivo. Pero enseguida se frena.

Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.

Y le dice:

–          Ve a tu casa, ahora y sé feliz y justo. Ve con mi Paz.

–          ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz. Pero si veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol. Y el primer atisbo de luna…

Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos. Y en Tí veo la belleza del Sol más verdadero y el resplandecer lo puro de la Luna más santa.

¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!

–          Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.

–          Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.

¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!  

–          ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.

Y el hombre parte dichoso, seguro.

Mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

13 LA SUEGRA DE PEDRO


13 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro le está hablando a Jesús.

Y dice:

–           Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras.

Jesús pregunta:

–          ¿A Betsaida?

–          No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.

–          ¿Por qué este deseo, Pedro?

–          Por muchas razones… Y además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…

–          Termina, Simón.

–          Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… Sí, en definitiva, ya sabes; una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verlo y oírlo. Y si esta persona además cura, pues entonces….

–          Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.

–          No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres. Y ella… No sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús.

–          Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.

Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa.

Al parecer durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha y da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago.

El ramaje del árbol, como una cabellera despeinada, apenas roza sus muros y toca los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita.

Sólo se ve esta higuera, esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

Pedro invita:

–           Entra, Maestro.

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes y otras, a preparar la comida.

Saludan a Pedro y luego se inclinan confusas ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.

Jesús dice:

–           Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?

 Tres mujeres le dicen a una, que se está secando las manos con el borde del vestido. 

–           Habla tú, que eres la mayor.

Y ella contesta:

–           La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llama do al médico, pero dice que es demasiado anciana para que pueda sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre especialmente a esa edad, la persona muere.

Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿Ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gusta tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados.

Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡Está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…

Jesús indica:

–          Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.

La mujer advierte:

–          Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”.

Jesús sonríe sin perder la calma.

Se vuelve hacia Pedro:

–          Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.

Pedro hace una mueca muy significativa…

Obedece. Cruza la cocina, entra en una habitación y a través de la puerta cerrada tras él, conversa con una mujer.

Asoma la cabeza y una mano.

Y dice:

–          Ven, Maestro, date prisa – y añade, más bajo, apenas inteligiblemente – Antes de que cambie de idea.

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta.

Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:

–           La paz sea contigo.

Entra, a pesar de no haber recibido respuesta.

Va junto a una litera baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la anciana.

 Y le dice:

–           ¿Te encuentras mal?

Ella contesta jadeante:

–           ¡Me muero!

–           No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?

–           ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.

–           Por Simón, que me lo ha pedido… Y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.

–           ¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?

–            Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide.

–            Entonces, ¿Piensas curarme? ¿Ya no moriré?

–            No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?

–            Creo, creo. ¡Me basta con no morir!

Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil.

Se yergue majestuoso, tomando el aspecto de cuando hace un milagro

Y decreta:

 –       ¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! – y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje.

 Mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio…

Luego, la anciana exclama fuerte:

–         ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!

Acuden las nueras.

–         ¡Mirad! – dice la anciana – ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy.

Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!

No hay ¡Ni siquiera una palabra para el Señor!

Pero Jesús no se lo toma a mal.

Le dice a la nuera más mayor:

–         Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo. Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:

–         El Maestro te ha curado y ¿No le dices nada?

Ella parece reflexionar:

–         ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?

Jesús dice con dulzura:

–          Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa.

He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.

Ella contesta apresurada:

–          ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres.

Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.

–          ¡Maestro!….

–          ¿Pedro mío?

–          Estoy desolado.

Jesús hace un gesto como queriendo significar:

 –        ¡Bah!, no te preocupes.

Luego añade:

–          No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud.

Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.

–          ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?

–          ¡Qué curioso eres, Simón! Pero deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara?

Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer para que la niña que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra…

Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”.

Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde…

De todas formas la curé, por sus niños.

Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:

–         “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”.

La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío…

 

Y se le castigó por haber hablado conmigo.

Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa.

Pedro dice impetuoso:

–          Yo la volvía a poner enferma.

Jesús se muestra severo:

–          ¡Pedro! ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado?

¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?

–           Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡No puedo soportar el que no te quieran!

–           ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro!

Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publícanos y que sin embargo, serán ejemplo para el mundo.

Y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia. Pecadores que se enmiendan…

Pedro objeta:

–           Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…

–          ¿No lo crees?

–           Yo no.

–           Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.

La mujer invita:

–           Maestro… Te ruego que compartas mi mesa.

–           Gracias, mujer. Dios te lo pague.

Entran en la cocina y se sientan a la mesa.

Y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.

–           Perdonad, pero no tengo más que esto.

Y para no perder la costumbre reprocha  a Pedro:

–          ¡Demasiado hacen tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija…

Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.

Sorprendentemente, Pedro responde con calma:

–          Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.

–          Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo.

Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.

–          Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?

–          Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que andas de vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote.

Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.

–           Porque está Él, que si no…

Jesús interviene:

–           Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí.

Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.

Pedro se desconcierta:

–          ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…

–          Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿Qué más te da estar o no estar en esta casa?

Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

Pedro concede:

–          Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿Y éstos? – alude a Juan y a Santiago, sus socios.

E intercede:

–          ¿No pueden venir también ellos?

Los hermanos, hijos del trueno apoyan:

–          Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.

Pedro añade:

–          Quizás venga también Zebedeo.

Santiago agrega:

–          Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos. 

Un niño se asoma a la puerta y pregunta:

–          ¿Está aquí Jesús de Nazaret?

Juan lo invita:

–           Está aquí. Pasa.

Entra un niño de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús, para comer la miel del Paraíso.

Jesús dice:

–           Pequeño amigo, pasa.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo coloca sobre las rodillas.

Jesús le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

El niño le entrega un pequeño saco y explica:

–            Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: “Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí”. ¡Sabe que eres mi amigo!…

Y el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.

Jesús toma el bolsito, diciendo:

–           ¡Sí señor! Santiago, le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.

Pedro pregunta:

–           ¿Es para los pobres?

–           Sí.

–           ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.

Jesús le da la bolsa.

Pedro vuelca las monedas y cuenta,

Exclamando admirado:

–          ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿Quién es?

El pequeño Santiago mueve la cabeza, afirmando:

–          No lo debo decir y no lo diré.

–          ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!

–          Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.

–           ¡Mirad qué lengua!

Jesús pontifica:

–           Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.

–           Tú, Maestro, ¿Sabes quién es esta persona?

Jesús no responde.

 Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas.

Pero Pedro insiste y Jesús debe responder:

–           Yo sé todo, Simón.

–           ¿Y nosotros no podemos saberlo?

Jesús reprende sonriente:

–           ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?

 Y añade:     

 –          Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios,

cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo.

Ve, Santiago. Llévale mi Bendición.

12 RECONOCIMIENTO INFERNAL


12 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando.

en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin se oye un grito:

–        ¡Ha llegado el Rabí!

Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante.

Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

Jesús está en el umbral de la puerta y saluda:

–         La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad.

Entra bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante.

 La luz de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz.

Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva regularmente.

Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.

Un joven que parece tuberculoso, se aferra a su vestido,

Gimiendo:

 –        ¡Estoy enfermo, cúrame!

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: 

–         Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré.

El joven lo suelta y se tranquiliza.

Una mujer con un niño en brazos, le pregunta:

–         ¿Qué te ha dicho? 

–         Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá.

–         ¿Te cura entonces?

–         No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío.

Muchos preguntan:

–         ¿Qué ha dicho?

–         ¿Qué ha dicho?

La muchedumbre está deseosa de saber.

Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús. 

Entonces varios dicen:

–          Entonces yo voy por mi niño.

–          Y yo traigo aquí a mi padre anciano.

–          ¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento… pero no vendrá.

Jesús ha llegado a su puesto.

 Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo, es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano.

Para hablarle, Jesús se inclina.

Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

El sinagogo pregunta:

–           ¿Qué quieres que te dé?

Jesús responde:

–           Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará.

–           Pero… ¿Y estarás preparado?

–           Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo.

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto.

Y dice: 

 –      Esto.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado:

«Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!

Y diles: “Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡Oh, Israel! Tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito”

Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima.

Sólo bisbisean algunos:

–         ¡Verás lo que oímos contra los enemigos!».

–         ¡Es el Rey de Israel, el Prometido. Y recoge a su pueblo!».

Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores.

El silencio es total.

Jesús expone:

Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión.

Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo.

No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡Oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo.

Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos o los lujuriosos.

O los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos.

Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón.

Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino.

Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna.

Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros.

No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito.

La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra.

Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida.

Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador.

Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías q ue abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás,

porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser poseedores del eterno día.

La paz sea con vosotros.

Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante.

Que habla así:

–           Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel.

En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar enseguida al castigo.

El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”.

Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados.

Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿No habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?  

Jesús DECIDE no manifestar su uso del Don de Ciencia Infusa, al declarar:

–           No sé quién eres (1), pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu.

Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico y aplico, a lo eterno y sobrenatural.

Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra.

Pero, ¡Cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que lo escuchéis y os salvéis antes de la hora de la Ira Divina!

No quiere que seáis pecadores.

Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación.

Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando.

–           ¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú… ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿Por orden de quién hablas?

–            Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor.

Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor… El Señor Dios viene… Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”.

Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma.

Y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía.

–           Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error.

Nosotros no te conocemos.

–            Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo.

Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben.

–           ¡Oh, ellos!… Pueden decir lo que quieran o lo que Tú les hagas decir.

–           Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes.

Jesús mira a la muchedumbre, asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas.

La mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro.

Con el Don de Ciencia Infusa SABE todo el conocimiento que necesita…

Y dice con fuerte voz:

–           ¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

El israelita togado pregunta:

–           ¿Conoces a este hombre?

La mujer contesta:

–            Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que lo arrastra a repentinos y furiosos estados de locura.

Jesús interroga a la asamblea:

–            ¿Todos lo conocen?

La multitud grita:

–            ¡Sí, sí!

–            ¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?

La multitud grita:

–             No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella.

–             Mujer, acércamelo.

La mujer lo empuja y lo arrastra.

Y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: 

 –            ¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarlo de un momento a otro… Y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde.

La gente abre paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Hay un instante de lucha interior.

 Parece que el hombre acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime…

Y con una tonalidad cavernosa y escalofriante, surgida de lo más profundo del Averno

La voz se forma en palabras:

–             ¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarmos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra?

Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en… 

Jesús lo interrumpe: 

 –            ¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno.

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre.

Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que lo maltratase con bruscos golpes y empujones…

Chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado. 

Jesús le pregunta a su opositor:

–             ¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y vencido, se va sin responder.

La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

Jesús sentencia majestuoso:

–             ¡Silencio, el lugar es sagrado! – y ordena: – Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios.

Viene el enfermo tuberculoso.

 Jesús lo acaricia:

–            ¡Has tenido Fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo.

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente!

Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento.

Luego dice:

–            ¡Gracias por mí y por mi madre!

Vienen otros enfermos:

Un niño con las piernitas paralizadas. Jesús lo coge en brazos, lo acaricia y lo pone en el suelo… Y lo deja.

 Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual lo recibe llorando en su corazón y bendice a GRITOS a  «el Santo de Israel».

Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre prorrumpe en un alud de bendiciones hacia Jesús.

Él se abre paso sonriendo y aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud, si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte.

Y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús y después lo protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

(1) “No sé quién eres”: una afirmación de este tipo en boca de Jesús recibe, como nota en una copia mecanografiada, la siguiente explicación de María Valtorta:

“Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias y de éstas veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta).

Como Hombre conocía sólo según el modo humano personas y lugares, cuando el Padre suyo y su propia naturaleza divina no juzgaban útil el conocimiento de los lugares y personas sin preguntar.

De forma análoga, las palabras ¡Ageo! ¡Pasa adelante!…, Tienen la siguiente nota: “Aquí, debiendo dar prueba al fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo.

Del que sabe que está endemoniado, mientras que en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: “No sé quién eres”. 

 “Y el Padre Eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las Tinieblas;

permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas:

“¿Quién es éste? No lo conozco…”. Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararlo a la gran oscuridad de la Hora de las Tinieblas, al abandono del Padre:

Horas tremendas en que Jesús fue el Hombre y además, un Hombre rechazado por el Padre, habiendo venido a ser “Anatema por nosotros”…

Por tanto, las referencias de “ignorancias” de Jesús no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de su “omnisciencia”.