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28.- NÉMESIS


0imperio-romano-2Un hombre como de cuarenta años, alto, atlético. Con un rostro en el que resaltan unos ojos castaños de mirada dulce y bondadosa, examina con delicadeza y movimientos expertos…

Y luego declara:

–           Sí, Lautaro. Fui médico militar. La guerra es una buena escuela. La herida de la cabeza es leve. Cuando éste, -señaló a Bernabé- lo aventó contra la pared, el joven extendió el brazo tratando de protegerse y al caer pegó contra la balaustrada y se le desarticuló. Así fue como se fracturó también las costillas, pero por lo mismo, salvó la cabeza y su vida.

El anciano replica:

–           Sabemos que eres un buen médico y por eso mandé a buscarte.

Y mientras platican, Mauro empezó a reducir el brazo para entablillarlo…

Y Marco Aurelio se desmayó. Lo cual lo favoreció, pues así no sintió el sufrimiento causado al volver a articular el brazo y la reducción de los huesos rotos. Terminada la operación, Marco Aurelio recuperó el conocimiento y vio delante de él a Alexandra.

Ella está a su cabecera, sosteniendo una palangana, donde Mauro introduce una esponja y humedece la cabeza de su paciente.

Marco Aurelio no puede dar crédito a sus ojos. Creyó estar soñando y después de largo rato, musitó como un suspiro:

–           ¡Alexandra!

La palangana tembló en las manos de ella, al escuchar ese llamado. Lo miró con tristeza y le contestó en voz baja:

–           ¡Que la paz sea contigo!

Y permaneció allí de pie, mirándolo con compasión y mucha tristeza.

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Marco Aurelio a su vez la mira anhelante, extasiado ante ella, deseando grabarse su imagen. Ve su rostro pálido, las hermosas trenzas de negros cabellos, vestida con su ropa de esclava.

Sus ojos bellísimos y preocupados mientras le atienden…

El tribuno la envuelve con una mirada tan intensa, que la hace ruborizar. Mientras la contempla, reflexiona que esa palidez y esa pobreza en que ahora la ve, son obra suya. Que ha sido él, el que la arrancara de una casa en la que ella vivía rodeada de amor y comodidades.

Él le había quitado su bienestar para arrojarla en aquella mísera estancia, vistiéndola con aquella pobre túnica de lana oscura. 

Y le dijo emocionado:

–           Alexandra… Tú no permitiste mi muerte.

Ella contestó con dulzura:

–           Quiera Dios devolverte la salud.

Para Marco Aurelio, que ahora ve todos los agravios que le ha inferido; esas palabras fueron como un bálsamo, que le llegó hasta lo más íntimo del alma. Y si poco antes el dolor le había debilitado, ahora lo desfallece la emoción…

Y una especie de languidez profunda, a la par que inefable, se apoderó de todo su ser, con un gozo incomparable.

Mientras tanto, Mauro después de lavarle la herida en la cabeza, le aplicó un ungüento.

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Bernabé se llevó la palangana y Alexandra le dio al herido, una copa con vino medicado para el dolor; sosteniéndole con delicadeza, mientras se la acerca a los labios. Más tarde ella llevó la copa vacía al aposento contiguo.

El ya casi ha recuperado sus facultades y Lautaro, después de hablar con Mauro, se aproximó al lecho y dijo:

–           Dios no te ha permitido ejecutar una mala acción y te ha conservado la vida a fin de que reflexiones y te arrepientas. Él ante quien el hombre es solo polvo, te entregó indefenso en nuestras manos… Pero Cristo en quién creemos nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos.

Por eso hemos curado tus heridas y como Alexandra te lo ha dicho, imploramos a Dios para que te devuelva la salud. Más no podemos permanecer consagrados a tus cuidados…  Piensa con calma y medita bien si es digno de ti, continuar en tu persecución contra ella.

Ya lo ves: has dejado a esa joven sin tutores y a nosotros sin techo. Pero te perdonamos y te devolvemos bien por mal.

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Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Me abandonaréis acaso?

Lautaro declaró:

–         Vamos a abandonar esta casa, para escapar de la persecución del Prefecto. Tu compañero murió. Tú que eres poderoso entre los tuyos, estás herido. De todo esto nosotros no tenemos la culpa, pero puede caer sobre nosotros la cólera de la ley de Roma.

–           No temáis que os persigan, yo os protegeré

Lautaro se calló que no se trataba solo de ellos. Sino de proteger a Alexandra de él y de su porfiada persecución personal.

Y solo dijo:

–           Señor, tu brazo derecho está sano. Aquí tienes tablillas y un stylus. Escribe a tu casa para que tus sirvientes traigan una litera y te lleven a donde tendrás comodidades que no podemos ofrecerte en medio de nuestra escasez. Vivimos aquí con una pobre viuda que vendrá más tarde acompañada por su hijo. Éste podrá llevar tu carta. En cuanto a nosotros, tendremos que buscar otro lugar…

Marco Aurelio se puso pálido.

Comprendió que lo que quieren es separarlo de ella  y que si ahora la pierde otra vez, no volverá a verla nunca. Mil ideas cruzaron por su mente en unos segundos. Necesita evitarlo e influir desesperadamente en Alexandra y en sus guardianes, pero no sabe cómo.

Lo esencial es verla. Gozar de su presencia, aunque solo fuese por unos pocos días y luego decidirá qué hacer.

Y por esto, reuniendo con esfuerzo sus pensamientos, dijo:

–           Escúchenme cristianos. Antes yo no os conocía y vuestros hechos me demuestran, que sois gente buena y honrada. A esa viuda que ocupa esta casa, decidle que permanezca en ella. Quédense también ustedes y déjenme que los acompañe.

Este hombre que es médico, sabe que no es posible que me traslade hoy fuera de aquí. Estoy enfermo. Tengo un brazo y las costillas rotas. Debo permanecer inmóvil, al menos unos días. Por consiguiente os declaro que no saldré de esta casa, a menos que me arrojéis por la fuerza… –y aquí se detuvo porque la respiración le faltó.

Lautaro respondió:

–           No emplearemos ningún género de violencia contra ti, señor. Deseamos tan solo salvar nuestras vidas.

Marco Aurelio no está acostumbrado a las objeciones.

Frunció el ceño y dijo:

–           Permitidme tomar aliento…

Luego de unos instantes, declaró:

–           Por Atlante a quién mató Bernabé, nadie ha de preguntar. Él debía partir hoy a Benevento a donde fue llamado por Haloto y todos creerán que se ha ido. Cuando entramos en esta casa, nadie nos vio, a excepción de un griego que estuvo con nosotros.

Les indicaré donde vive ese hombre, tráiganlo aquí. Comunicaré en una carta que también he partido para Benevento. Si el griego dio algún aviso al Prefecto, declararé que fui yo quien mató a Atlante y él, quién me rompió el brazo.

Esto haré. Os lo juro por las sombras de mi padre y de mi madre. Podéis permanecer aquí con la seguridad de que nadie os hará ningún daño. Haced venir a ese hombre, ese griego cuyo nombre es Prócoro Quironio.

Lautaro contestó:

–           Entonces  Mauro se quedará contigo y te atenderá la viuda.

Marco Aurelio replicó frunciendo todavía más el ceño:

–          Fíjate bien anciano, en lo que te estoy diciendo.  Yo te debo gratitud y tú me pareces un hombre bueno y honrado, más no me dices lo que verdaderamente piensas. Tienes miedo de que yo haga venir a mis esclavos y se lleven a Alexandra. ¿No es verdad?

Lautaro contestó con acento severo:

–           Así es.

–          Entonces ten presente esto. Hablaré a Prócoro delante de todos vosotros. Y escribiré a mi casa una carta, donde anuncio mi viaje a Benevento. No me valdré en lo sucesivo de otros mensajeros, más que de ustedes. Tened esto en cuenta y no me irritéis más.

Y Marco Aurelio tiene contraído el rostro por la indignación.

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Y luego añadió con exaltación:

–           ¿Crees que negaré que mi deseo de permanecer aquí es para verla? Aunque tratara de ocultarlo, eso lo adivinaría un necio. Pero ya no volveré a intentar llevármela por la fuerza. Te diré más: si ella se niega a permanecer aquí, haré pedazos con esta mano que tengo sana, los vendajes que habéis puesto sobre mi cuerpo.

No tomaré alimentos, ni bebidas. Y dejaré que mi muerte caiga sobre ti y tus hermanos. ¿Para qué me has atendido entonces? ¿Por qué no has dado orden de que me maten?

Y al decir estas últimas palabras, tiene el semblante pálido de ira y de agotamiento.

Alexandra al oírlo, está segura de que Marco Aurelio cumplirá lo que dice y se quedó anonadada, ante la amenaza de estas palabras. Ella no quiere que muera.  Indefenso y herido, ya no le tiene miedo, sino compasión.

Marco Aurelio ejerció en su suerte una influencia demasiado trascendental y ha intervenido de tal forma en su vida, que nunca podrá olvidarlo.

Días enteros ha pensado en él e implorado de Dios que lo guíe a la Luz y lo convierta. Que le diera una oportunidad para que ella pueda devolverle bien, por el mal que de él recibiera. Perdón y misericordia a cambio de su persecución, ablandándole el corazón y ganándolo para la causa de Cristo. Dándole la gracia de la salvación…

Y creyó que éste era el momento preciso y que sus plegarias habían sido escuchadas.

Se acercó a Lautaro con serena dignidad. Con tanta majestad, que el anciano presbítero comprendió que una Voluntad más alta, es la que habla por su boca, cuando ella tranquilamente declara:

–           Permanezca él entre nosotros, Lautaro. Con él nos quedaremos hasta que Cristo le devuelva la salud completa.

Lautaro confirma muy respetuoso:

–           Sea como tú lo dices.

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Marco Aurelio, que en todo ese tiempo no había apartado la vista de Alexandra, quedó impactado.

La obediencia reverente del anciano, ¿A qué? ¿A quién?… Le causó una impresión avasalladora. Alexandra apareció ante sus ojos como una especie de sacerdotisa, en medio de los cristianos. Por un momento irradió una Presencia, que la iluminaba toda.

Y él se sintió subyugado a la emanación de aquella Presencia, aquella especie de Luz invisible que se percibió en la doncella. Y al amor que hasta ese momento le había arrastrado hacia ella, se unió algo así como un temor reverencial. Y su pasión le pareció por mi primera vez, algo rayano en la insolencia.

Jamás hubiera creído que las relaciones que hay entre ella y él, tomarían un giro de ciento ochenta grados. Ahora no es ella la que depende de su voluntad. Es él, el que está en aquel lugar, quebrantado y enfermo.

Ha dejado de ser una fuerza ofensiva y conquistadora hasta quedar indefenso, entregado por completo a la merced y a los cuidados de la joven. Para su índole altiva y dominante, con cualquier otra persona que no fuera Alexandra, esto hubiera sido una tremenda humillación.

Pero en lugar de sentirla,  creció su admiración, su respeto y su reconocimiento hacia la que ahora es su dueña absoluta.

Desea manifestarle su gratitud desde el fondo de su corazón, junto con todos los sentimientos que él alberga y que jamás mujer alguna le había inspirado. Pero con todo lo que ha pasado está extenuado y no le es posible hablar.

Con la mirada le expresa todo y también el inmenso júbilo que lo invade, porque va a permanecer a su lado. Va a poder verla y tenerla cerca. Su único temor es perder más tarde, lo que por fin ha conquistado. 

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¡Todo es tan sorprendente! Y lo más inusitado es la timidez. Pues cuando ella se acercó a darle de beber, no se atrevió ni siquiera a tocar su mano. Y ella lo notó.

Por primera vez se analizó a sí mismo y vio que era tiránico, insolente, corrompido hasta cierto punto y en caso necesario, también era inexorable e implacable. La vida militar le había dejado con su disciplina, unos resabios de justicia, de religión y de conciencia  suficientes, para discernir que no puede ser ruin, con quién le está dando una lección de magnanimidad y de bondad tan regios.

Cuando se enoja es muy impulsivo y  en su furia puede arrasar como un huracán. Pero ahora se siente dominado por una ternura insólita, está enfermo y desvalido. Lo único que le importa es que nadie se interponga entre él y Alexandra.

Advirtió también con asombro que desde el momento en que ella se puso de su parte, todos se rindieron. Es como si estuvieran confiados en que son protegidos por un  poder sobrenatural.

Marco Aurelio le pidió nuevamente a Lautaro que fuesen a buscar al griego y él mandó a Bernabé. Después de tomar el domicilio, éste tomó su manto y salió apresuradamente.

Prócoro fue despertado por la esclava, que le anunció que una persona pregunta por él y desea verlo con urgencia. El griego se levantó, se aseó rápido y fue a ver quién lo busca. Y se quedó petrificado…

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Mudo por el asombro, mira al colosal parto.

Bernabé declaró:

–           Prócoro Quironio, tu señor Marco Aurelio te ordena que vengas conmigo a donde se encuentra él.

Más tarde, Prócoro y Bernabé cruzaron la entrada y el primer patio. Llegaron al corredor que conduce al jardín de la casita y entraron en ella. La tarde está nublada y fría.

En la semipenumbra, Marco Aurelio adivinó, más que reconocer a Prócoro, en aquel hombre encaperuzado.

El griego vio en el extremo de la habitación junto a una ventana, un lecho y al tribuno  acostado en él. Se le acercó y sin mirar a ninguno de los presentes, le dijo:

–           ¡Oh, señor! ¿Por qué no has…?

Pero Marco Aurelio le cortó en seco:

–           Silencio y escucha con atención. – Y mirando a Prócoro fijamente; de manera enfática y pausada; como queriendo significar al griego que cada una de sus palabras es una orden, agregó- Atlante se arrojó sobre mí intentando robarme y en defensa de mi vida, yo le maté. ¿Entiendes? Estas gentes curaron las heridas que recibí en la lucha.

Prócoro comprendió al punto.

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Y sin demostrar duda ni asombro, levantó los ojos hacia lo alto y exclamó:

–           ¡Pérfido malhechor! Pero yo te advertí señor, que desconfiases de él porque era un pícaro. ¡Ah! Pero ¡Caer sobre su benefactor, sobre un hombre tan magnánimo…!

Marco Aurelio lo miró interrogante y con una entonación muy especial, le dijo:

–           ¿Qué has hecho hoy?…

–           ¿Cómo? ¿Qué?… ¿No te he dicho señor, que hice voto por tu salud?

–           ¿Nada más?

–           Me preparaba a venir a visitarte, cuando este buen hombre llegó a mi casa y me dijo que enviabas por mí.

–           Aquí tienes una tablilla. Con ella irás a mi casa. Buscarás a Dionisio, mi mayordomo y se la darás. En esa tabla le comunico que he partido para Benevento. De tu parte le dirás que me fui esta mañana, llamado por una carta urgente de Petronio –y aquí recalcó- He ido a Benevento, ¿Entiendes?

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–           Te has ido, señor. Esta mañana te despedí en la Puerta Capena. Y desde el momento de tu partida se apoderó de mí tal nostalgia, que si tu magnanimidad no viene a endulzarla, he de llorar hasta morir.

Marco Aurelio, aunque enfermo y habituado a las artimañas del griego, no puede reprimir una sonrisa. Está contento de que Prócoro le haya comprendido inmediatamente.

Así que dijo:

–           Entonces también escribiré, que te enjuguen las lágrimas. Dame la vela.

Prócoro se adelantó unos pasos hacia la chimenea y tomó una de las velas que ardían junto a la pared. Pero mientras hizo esto, se le cayó el capuchón y la luz le dio de lleno en la cara.

Mauro saltó de su asiento. Y poniéndosele al frente, le preguntó:

–           ¿Nicias, no me reconoces?

Y había en su voz una entonación tan terrible que todos se volvieron a mirarle, asombrados.

Prócoro alzó la vela y se le cortó la respiración. Horrorizado la dejó caer al suelo y empezó a gemir:

–           ¡Yo no soy…! ¡Yo no soy…! ¡Perdón!

Mauro se volvió a los cristianos allí reunidos y les dijo:

–           ¡Éste es el hombre que me traicionó! ¡Y que nos arruinó a mí y a mi familia!

La historia la saben todos, hasta Marco Aurelio.

Prócoro gimió:

–           ¡Perdón! ¡Oh, señor Marco Aurelio! ¡Sálvame! Yo he confiado en ti. Ayúdame… tu carta… yo la entregaré… Por favor, señor…

Pero el patricio que conoce muy bien al griego, declaró:

–           ¡Entiérrenlo en el jardín! Otro puede llevar la carta.

Prócoro escuchó esta sentencia de muerte y mira aterrado las manos de Bernabé, que lo ha tomado por el cuello mientras él se arrodillaba diciendo:

–           ¡Por vuestro Dios! ¡Tened piedad de mí! ¡Seré cristiano!¡Mauro! ¡Hazme tu esclavo pero no me mates! ¡Ten piedad!…

Un silencio denso siguió a estas palabras…

Mauro cerró los ojos y aspiró profundamente. Se vio el esfuerzo que hizo para dominarse. Oró en silencio y después de una larga pausa, dijo:

–           Nicias… ¡Qué Dios te perdone como yo te perdono los crímenes que cometiste contra mí! Yo te bendigo e imploro de Dios que te bendiga con tu conversión.

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Y Bernabé soltó al griego diciendo:

–           ¡Que el Salvador tenga piedad de ti, así como yo ahora!

Prócoro se desplomó en el suelo y miró a todos lados aterrorizado, sin poder creer lo que está sucediendo.

Lautaro dijo:

–           Vete. Arrepiéntete para que Dios te perdone, como nosotros te hemos perdonado.

Prócoro se levantó sin poder hablar. Se aproximó al lecho de Marco Aurelio. Éste acaba de condenarlo a pesar de haber sido su cómplice.

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Y los demás, que son los ofendidos, le perdonaron y le dejan ir. Esta idea estará fija en su mente más tarde.

Y sin poder asimilar lo sucedido, le dijo a Marco Aurelio con voz quebrantada:

–           Dame la carta, señor…Dame la carta.

Y tomando la carta que el tribuno le alargó, hizo una reverencia a todos. Y salió despavorido.

Cuando se sintió a salvo en la calle, se preguntó una y otra vez:

–           ¿Por qué no me mataron?

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Y no encuentra una respuesta a esta pregunta.

Marco Aurelio está tan asombrado como Prócoro.

Que esas gentes le hayan tratado de aquella manera, en lugar de tomar venganza por el asalto que él mismo había perpetrado a su hogar. Y le hubieran curado sus heridas con solicitud, es algo que atribuye en parte a la doctrina que todos ahí profesan.

Pero la conducta que han tenido con Prócoro, es algo que está totalmente fuera del alcance de su comprensión, porque rebasa los límites de la magnanimidad a que puedan llegar los hombres.

Y aturdido se pregunta al pensar en los crímenes que Prócoro había cometido: ¿Por qué no mataron al griego?

Habrían podido hacerlo con absoluta impunidad. Bernabé lo habría enterrado en el jardín. O podía tirarlo por la noche al río Tíber, ya que durante ese período de asesinatos nocturnos, algunos cometidos por el mismo César en persona; el río arroja por las mañanas cuerpos humanos con tanta frecuencia, que nadie se preocupa  por averiguar de dónde proceden.

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NÉMESIS

En su concepto, los cristianos tienen no solo el poder, sino el derecho de matar a Prócoro. Porque la venganza de una ofensa personal y más siendo tan grave como la que recibiera Mauro, le parece no solo natural, sino totalmente justificada. El abandono de tal derecho, le parece totalmente inconcebible. ¡Y no logra entenderlo!

Lautaro había dicho que se debía amar a los enemigos, pero nunca había visto la aplicación de esta teoría que le parece imposible. Y todavía no logra asimilar lo que ha ocurrido. ¡Ni siquiera entregaron al griego al tribunal!

Prócoro le infirió a Mauro el más terrible agravio que un hombre puede hacer a otro. El solo pensamiento de que alguien matase a Alexandra y vendiese a sus hijos como esclavos ¡Le subleva el corazón como una caldera!

¡Él…! ¡No existe tormento que no fuera capaz de aplicar en satisfacción de su venganza! ¡La crucifixión le parece poco! ¡Aunque Prócoro muriese un millón veces, nunca pagaría lo que hizo!

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Pero Mauro ha perdonado.

Bernabé, que ha matado a Atlante en defensa propia; le había perdonado.

La única respuesta es:

Los cristianos al abstenerse de matar a Prócoro, le han dado una prueba de bondad tan grande, que no tiene paralelo en el mundo. También han demostrado el amor por sus semejantes que les lleva a olvidarse de sí mismos; de las ofensas recibidas, de su propio bienestar o infortunio.

Porque viven solo para su Dios. Y lo más sorprendente es que después de que Prócoro se fue, en todos los semblantes parece resplandecer una íntima alegría. Y hay una paz tan contagiosa, como Marco Aurelio no la había experimentado jamás.

Lautaro se aproximó a Mauro, le puso la mano en el hombro y dijo:

–           Demos gracias al Altísimo, porque Cristo ha triunfado una vez más.

Mauro levantó la cara y sus ojos reflejan una serena bondad. ¡Y su rostro irradia la misma extraña Presencia, que el de Alexandra cuando le permitió quedarse!

Marco Aurelio, que solo conoce el placer o la satisfacción nacidos de la venganza, lo mira con curiosidad; sin poder evitar pensar, que aquello es una locura.

Y en lo profundo de su corazón sintió un indignado asombro, cuando vio a Alexandra posar sus labios de reina sobre las manos de aquel hombre. Y le pareció que el orden del mundo está totalmente trastornado.

Lautaro declaró que aquel era un día de grandes victorias.

Y cuando Alexandra regresó a llevarle una bebida caliente, Marco Aurelio la tomó de la mano y le dijo:

–           ¿Entonces tú también me has perdonado a mí?

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Alexandra lo miró con compasión y dijo:

–           Somos cristianos y no nos está permitido guardar rencor en nuestro corazón.

Marco Aurelio la miró con una mayor admiración…

Y dijo:

–           Alexandra, Quienquiera que sea tu Dios, le rindo homenaje solo porque es tu Dios.

–           Le alabarás desde el fondo de tu corazón, cuando lo conozcas y hayas aprendido a amarle.

Marco Aurelio cerró los ojos, pues se siente demasiado débil. Ella se fue y regresó más tarde para ver si él dormía. Pero al sentirla, Marco Aurelio abrió los ojos y le sonrió.

Alexandra puso su mano sobre su rostro mientras le dice suavemente:

–           Duerme y descansa.

Marco Aurelio experimentó y se dejó dominar por una sensación de dulcísimo bienestar. Pero luego se sintió más penosamente mal.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

F20 MATRIMONIO COMO SACRAMENTO


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MATRIMONIO Y BENDICIÓN

El Mundo está envuelto en el caos, por la terrible confusión que impera en términos del amor. Amar no quiere decir gozar. El Hedonismo se ha convertido en religión y se le llama amor.  Eso no es amor, es sensualidad.

Amor es el afecto que une la parte superior del ser humano y no tiene NADA que ver con las sensaciones de la piel: EL AMOR ES LA UNIÓN DEL ALMA,  CON EL ALMA.

El hombre es un prodigio viviente que funde la perfección animal, con la inmortal. El que vive sólo para la parte animal, se envilece a sí mismo al destruir la parte inmortal… Y PIERDE LA CAPACIDAD DE AMAR. Los sensuales no saben amar. Siempre son egoístas y el egoísmo mata el amor.

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La mujer sabe amar. Está hecha para amar. Ella ha envilecido el amor, al convertirlo en hambre de los sentidos. Pero en el fondo de su carne, está siempre prisionero el verdadero amor. Cuando Dios creó a Eva dijo: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Hagamos a Adán una compañera que sea una ayuda adecuada.’ (Génesis 2, 18)

Por eso Dios dotó a la mujer con todas las capacidades para amar y hacer feliz al hombre. Dios quiso llenar a la mujer con una capacidad de amar que hiciese que cuando Dios NO se manifestase en el Paraíso, el hombre no se sintiese infeliz  por la falta de amor.

Por eso la mujer al ser tan perfecta en su sentimiento, es siempre excesiva en su obrar: Es un ángel que convierte la vida del hombre en un cielo…  O un demonio que le provee de un verdadero infierno.

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La mujer sabe tener heroísmo en el sufrir y supera al hombre en este sentido. Por eso debe ser la Columna que lo sostenga en las horas de miedo, desconsuelo, llanto, cansancio, sangre y dolor.

La mujer es débil en su físico; pero es fuerte en la FE, en el amor, en la audacia y el sacrificio por los seres que ama.

En el amor hacia Dios, sabe ser absoluta.

El egoísmo con su ausencia de amor, destruye las familias y los bienes. Y atrae los castigos de Dios, que tarde o temprano, siempre maldice al que vive sin amor.

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La mujer debe ser para el hombre un ángel y una madre, además de esposa. El hombre debe ser para la mujer un compañero y un padre, además de esposo.

El amor masculino debe proporcionar la alegría de la protección de un amor sublime que hace que se vea en la compañera, no a una esclava; sino a la mitad que hace al hombre capaz de crear una vida. Que es más débil que un recién nacido o más fuerte que un león, según las circunstancias.

Que debe ser amada con un respeto lleno de confianza y protección cual una madre, una hermana y una hija.

Muchos matrimonios se convierten en separaciones, porque la mujer es egoísta y no quiere ser bondad, compasión y consuelo para el esposo; sobre el que pesan todas las preocupaciones morales: necesidad de trabajar para cubrir todas las necesidades materiales; decisiones que tomar y que son cruciales, para el bienestar de la familia.

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Y en lugar de consuelo al esposo preocupado, humillado, cansado y sin fuerzas; la esposa le añade el peso de inútiles y a veces injustos reproches, PORQUE NO AMA.

Amar no significa satisfacerse a sí mismo. Amar SIGNIFICA dar contento a quién se ama; más allá de lo que pueden exigir los sentidos y la conveniencia, llenando el corazón de esperanza y paz, ayudándolo a elevarse hacia Dios. Se tiene confianza y humildad. Porque dos que se aman, tienen el mismo modo de pensar y se esfuerzan por querer lo mismo… PORQUE MUTUAMENTE SE COMPRENDEN.

La mujer lleva la maternidad en la sangre y en el corazón, porque ha sido hecha para ser madre. Y es una aberración, cuando se hace sorda a este sentimiento. El amor por los hijos, sólo está por debajo del amor a Dios y es el segundo en potencia; porque es amor creador y perfecto.

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El matrimonio es unión para elevar y consolar al hombre y a la mujer. ES AMOR Y NO ODIO. Feliz la mujer que sabe ser compañera de su esposo y al mismo tiempo, madre para sostenerlo e hija para dejarse guiar.

La verdadera madre sabe ser hermana y amiga para los hijos, corrigiéndolos amorosamente. Educándolos y haciéndolos reflexionar; siendo justa y digna, sirviéndoles de ejemplo. Y sin hacer preferencias por ninguno; amándolos por igual y alentándolos para seguir adelante, amando la Verdad y la Justicia.

La Familia es la escuela donde se aprende a ser OBEDIENTES y BUENOS. Para llevar luego esa bondad y esa obediencia a la perfección, en el amor hacia Dios. Porque un padre y una madre que son santos, no sólo dan comida y caricias al cuerpo del hijo; sino alimentan y educan su alma y su espíritu para su destino final: el Cielo.

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El Amor conyugal lleva a ser buenos y cariñosos el uno para el otro, mancomunados en educar a los hijos en el amor y para Dios. Siendo ayuda y no tropiezo. El hombre debe ser cabeza, pero NO DÉSPOTA; ni de la esposa, ni de los hijos.

¡Ay de aquellos padres de familia que faltan a su deber y son sordos y ciegos a las necesidades y a los defectos de su familia. Y les producen escándalo y Dolor!

El amor no oprime, ni humilla. El que se convierte en tirano de su hogar y lleva a su familia la destrucción, ¡Deberá enfrentar el más severo de los Juicios ante Dios!

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Condición primordial y demasiado olvidada en los matrimonios actuales, es la de volverse a Dios pidiendo de sus Manos, el compañero adecuado a nuestro carácter; a nuestra posición… Y sobre todo, el ‘compañero justo a sus ojos’

A Dios nada se le pide en un momento tan decisivo en la vida… Y no se toman en cuenta, ni en el espíritu propio, ni en el compañero… Basta con que sea bello, rico, joven, influyente en el mundo… Y todo lo demás no cuenta en el momento de la elección.

Y todo el peso de esta ligereza, cae después dela boda y muchos matrimonios son una desilusión que se limita a ser tal, únicamente si la mujer es una esposa de cristianos sentimientos.

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Si en ella faltan también éstos, el matrimonio se convierte en un desastre del cual las víctimas expiatorias son los inocentes y muchas veces se termina en un doble adulterio.

Poniendo en peligro la salvación del alma y llevándola a la muerte espiritual, por tener a la vista sólo los fines humanos en las nupcias y no volverse al Padre de los Cielos, en aquella hora tan solemne.

Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, les ordenó multiplicarse. (Génesis 1, 28) Y en esta orden estaba implícito el amor casto de cónyuges, (sexo apasionado, pero libre de lujuria y de maldad)

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Amor cual debía ser en los hombres siguiendo el pensamiento del Creador: amor sin el aguijón de los sentidos y sin el fango de la malicia. Dios quería que sus hijos se amaran; pero que se amaran sin lujuria, con un amor natural y angélico juntos.

Porque en el alma de Adán y en el de sus hijos, según el pensamiento creativo, debía estar la pureza angélica del espíritu mezclada con la ternura humana.

Y cómo flor que se abre sin pecado del tallo que lo lleva; así debía sin gusanos de libídine, surgir el amor en los cónyuges y dar hijos en tálamos castos.

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Ser castos no quiere decir negarse al connubio. Quiere decir cumplirlo pensando en Dios, que hace de dos animales razonantes; dos creadores menores.

Y tal como Dios creó sin tener pensamientos de malicia, al macho y a la hembra.

Y no puso en sus ojos luz carnal para revelarles a los Inocentes la Carne; sino haciendo del Matrimonio una Creación Santa alegrada de cunas y no emporcada de libídine.

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El cónyuge honesto y santamente amoroso, busca imitar al otro cónyuge; porque quién ama busca tener semejanza de la creatura amada y el matrimonio bien entendido es elevación recíproca y cada uno busca mejorarse al buen ejemplo del otro, para subir en mutua emulación, la escala de la santidad conyugal e individual.

Y de las virtudes humanas de tolerancia recíproca, se sube a la cumbre del heroísmo sobrenatural: Dos que se aman santamente y que intercambian besos sin sabor de lujuria; sino mutuamente agradecidos y prometiendo amarse con un amor recíproco que ayuda y consuela, con el Sacramento del verdadero Matrimonio.

EL NÚCLEO DEL AMOR HUMANO : LA FAMILIA.

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Un hombre ama a una mujer. La ha visto bella. Le han dicho que es buena, pura y modesta… Y él ha sentido surgirle un amor sobre el corazón.

Y con el afecto, la esperanza de poder poseerla como mujer y convertirla en la reina y la perla de su casa. Se hace presentar de los parientes y pide a la joven. Se la conceden.

Y él con miles de atenciones busca de conquistar su afecto, porque su amor ha crecido agigantándose y quiere ser correspondido y sentirse amado de la misma manera por su amada.

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Cada vez que puede, le lleva cualquier cosa que sabe qué es de su agrado. Cuando está lejos de ella, piensa qué le puede llevar y si está en un país lejano; le escribe para decirle lo que personalmente, en un coloquio cara a cara, no puede hacer. Y apenas regresa, corre hacia ella.

No le cuenta sus propios tormentos, éstos los deja fuera de la puerta, porque no la quiere afligir y para él es ya un alivio, el ver el rostro sonriente de su amada.

Y así pasa el tiempo que nosotros llamamos ‘noviazgo y compromiso’ y que los hebreos llamaban ‘esponsales’. Que aunque no era un connubio consumado, sí era un compromiso oficial rigurosísimo…

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Tanto que la mujer tomaba el nombre de ‘viuda’, si el esposo moría antes de consumar el matrimonio, dejándola virgen.

Luego viene el momento en el cual la mujer deja la casa paterna y entra en la casa del esposo para ‘ser una sola carne con él’ siguiendo el antiguo mandamiento, (Gén. 2, 24)

Y para siempre, siguiendo el nuevo mandamiento que dice: ‘Lo que Dios ha unido, no puede ser separado por el hombre, por ningún motivo.’ (Mateo 19,5-6)

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Cuando la esposa deja la casa paterna y se vuelve mujer de aquel que ama, sube a un grado de amor más grande. Pasa del amor de cuarta potencia, al de tercera. Y ya no son dos que se aman; son uno que ama en su doble: el uno ama el reflejo de sí en el otro.

Porque el amor los aprieta en un nudo tan estrecho, que la alegría anula la personalidad y dos individuos gozan de una única alegría. Se aman y se aficionan el uno al otro. Se alegran y se deleitan el uno, en el otro.

Y los esposos son amigos, compañeros, amantes, cómplices, admiradores mutuos y motivo de superación, consuelo y ayuda para elevarse juntos.

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Dios hizo al hombre y a la mujer así, por una razón altísima. Cuando Él dijo: ‘Hagamos al hombre a nuestra Imagen y semejanza. Y démosle una ayuda para que no esté solo.’ Con su Divino Pensamiento ha dejado sobreentendido, que más que en la parte espiritual e intelectiva; los ha hecho semejantes a ÉL, en el crear otras vidas.

 ¡Y esta es la semejanza sublime: CREAR A OTRAS CREATURAS!

El hombre y la mujer que se casan, son creadores de hombres como Dios Eterno. Y ESTA ES LA MISIÓN DEL MATRIMONIO.

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Cuando pasa el período lleno de ilusión y entusiasmo del amor y éste madura.

Y del hombre y de la mujer que antes fueran dos habitantes de la tierra; cuando se han vuelto un ‘solo ser’ unidos por el amor que los hace ‘una sola carne’.

Convertidos en un padre y una madre que se aman sobre una cuna, diciendo lo que dice Dios Creador cuando mira al hombre… (Y reflexionemos en nuestra potencia): “Fruto de nuestro amor es esto. Hemos hecho una creatura que eterna. Que pertenece a los cielos y a Dios”

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Tal es el destino del hombre y si su mala voluntad no lo extravía, tal es su meta gloriosa. Y junto a esta perfecta unión, la esposa se vuelve también madre, hermana y amiga del consorte.

Dulce consuelo para el hombre, es aquella mujer que lo sabe amar con tal perfección; que él pueda derramar sobre ella todos sus pensamientos y estar seguro de ser comprendido y consolado.

Bendita aquella casa dónde la santidad del Sacramento vive en el verdadero sentido de la palabra y produce un incansable florecer de actos de amor.

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 Amor no de la carne solamente, sino más del espíritu. Amor que dura y crece más, con los años y los afanes. Amor que es verdadero amor y que por la Bendición de Dios, Él enriquece con el verdadero deleite, que nunca conocen los que no le aman a Él.

Amor que no se limita a amar por el placer; sino que abraza la pena del cónyuge y la lleva consigo, para aliviarlo del peso. Se aman más dos que lloran juntos; que dos que solamente se besan juntos.

El hombre demuestra amar mucho más a su esposa; cuando le confía a ella todo su ser, para tener consejo y consuelo. La mujer demuestra amar mucho más a su hombre, si sabe comprenderlo en sus pensamientos y voluntariosamente le ayuda a llevar sus afanes.

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Ya no serán solamente besos de fuego y palabras de poesía. Sino que serán caricias de alma a alma y secretas palabras que se murmuran los espíritus, dándose el uno al otro la paz del verdadero amor, del verdadero matrimonio.

Y DE ESTE AMOR NACEN LOS HIJOS.

La Bendición de Dios acompaña a los cónyuges que saben ser santos y vivir en la Ley de Dios. En su hogar viven los ángeles que no rehúsan velar su reposo, porque nada ofende a éstos luminosos espíritus que ven el Rostro de Dios.

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La pureza permanece en los esposos que se aman en Dios y Lo aman, pensando no en el pequeño día de la jornada terrena; sino en el Día Eterno. Y hacen que éste sea para ambos, Luz Plena.

El Matrimonio debe ser escuela de elevación y no de corrupción. NO SEAMOS INFERIORES A LOS ANIMALES; los cuales no corrompen con inútiles lujurias, la acción degenerar.

EL MATRIMONIO ES UN SACRAMENTO nacido de la Llaga del Hombro, del Redentor Santísimo. Y como tal debe permanecer santo, para que no se vuelva sacrílego.

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Y aunque no fuese sacramento: es siempre el acto más solemne de la vida humana; cuyos frutos comparan al hombre casi con EL CREADOR DE TODAS LAS VIDAS…

Y como tal debe ser contenido en una sana moral humana. Si no es así, se convierte en delito y lujuria.

El Matrimonio es elevación recíproca. Así debe ser. El cónyuge mejor, debe ser fuente de elevación y no limitarse a ser bueno. Sino aplicarse para que su bondad a llegue al otro y lo atraiga con el perfume de la virtud. Para que con su poder suave, arrastre al bien al compañero y juntos vuelen por el camino de la Perfección. Y esto atrae las Bendiciones Divinas.

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ESTO ES EL MATRIMONIO COMO SACRAMENTO.

Nada es más sano y más santo, que dos que se aman honestamente y se unen para perpetuar la raza humana y dar almas al Cielo. La dignidad del hombre y de la mujer, convertidos en generadores, es la segunda después de Dios. Ni siquiera la dignidad regia, es igual a esta. Porque el rey, aún el más sabio, no hace más que administrar a sus súbditos.

Los engendradores atraen sobre ellos la Mirada de Dios… Y arrancan del Él una nueva alma para envolverla en la carne que nace de ellos. Porque Dios a su recto amorque se une para dar a la Tierra y al Cielo un nuevo ciudadano, crea las almas.

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Cuando se precede con la Oración el acto sexual, éste se vuelve santo, bendito y fecundo de alegrías verdaderas y de prole; porque éste es el objetivo de la unión humana, teniendo presente a Dios en todo momento.

Dios no es un carcelero opresivo. Es un Padre Bueno que se alegra con las honestas alegrías de sus hijos y a sus santos acoplamientos, responde con bendiciones celestes a lo que Dios creó para nuestro bien: el matrimonio como unión humana y como Sacramento.

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50.- BODA SIN MATRIMONIO


Dice Jesús:

Dios Uno y Trino lo sabe todo. Para Él no existe nada que le sea desconocido. La razón por la que perpetuó la raza del linaje humano, aun cuando en la primera prueba se hizo digna de perecer; la razón del perdón que habéis alcanzado; es porque Él quería tener el consuelo y la alegría de tener a María para que lo amase.

¡Oh! Poseerla a Ella. ¡Vale la pena que el hombre fuese creado, dejar que viviese y decretar su perdón; tan solo para tener a la Virgen Hermosa, a la Virgen santa, a la Virgen Inmaculada, a la Virgen siempre amorosa, a la Hija Amada, a la Madre Purísima, a la Esposa Amante!

Dios quiso poner en el Universo que había creado de la nada, un rey que por naturaleza de la materia, estuviese sobre todas las creaturas hechas como él. Un rey que por naturaleza del espíritu, fuese poco menos que divino unido por la Gracia, como lo fue al principio de sus inocentes días.

Pero la Mente Suprema que conoce todos los sucesos, sabía que el heredero del Padre cometería contra sí mismo el delito de matarse para la Gracia y el latrocinio de privarse del Cielo.

Judas pregunta:

–                      ¿Por qué entonces lo creó?

Jesús contesta:

–                     ¿Habríais preferido no existir?

¿Acaso no vale la pena haber vivido aun en medio de esta pobre y desnuda vida que habéis hecho más dura con vuestra maldad, para conocer y admirar la infinita Belleza que la mano de Dios sembró en el Universo?

El cielo y los astros; la tierra  y todas las especies animales y vegetales, el mar y cuanto contiene es para vosotros. Dios los creó para que los gozáceis.  Merece la pena vivir, para ver la magnífica obra de Dios y comprender su poder que os la da.

La eterna Bondad de Dios previó los medios para borrar la Culpa antes de crear al hombre. Y la Virgen fue creada en el pensamiento sublime de Dios. Todas las cosas fueron creadas por Mí, Hijo Predilecto del Padre. Yo debía ser Hombre además de Dios. Hombre para salvar al hombre. Hombre para sublimarlo y llevarlo al Cielo muchos siglos antes de la hora. Porque el hombre en quién habita el espíritu, es la obra maestra de Dios y para ella fue hecho el Cielo.

Para ser hombre tenía necesidad de una Madre. Para ser Dios, tengo necesidad de que el Padre sea Dios. Entonces Dios se creó la Esposa;  Estrella de Perfección.

Al hombre y a la mujer que Satanás corrompió, Dios quiso oponer un Hombre nacido de una Mujer a la que Dios Mismo había sublimado hasta el punto de que pudiese concebir sin conocer mortal alguno. Flor que engendra una Flor sin necesidad de simiente, sino por el contacto de un solo beso del Sol en el cáliz inviolable del Lirio-María.

¡La Venganza de Dios!

Ruge Satanás mientras Ella nace. ¡Esta pequeñita te ha vencido! Antes de que fueses el Rebelde, el Tortuoso, el Corruptor; eras ya el Vencido y Ella, tu Vencedora. Miles de ejércitos nada pueden contra tu poder y sin embargo estás vencido.

Su nombre, su mirada, su pureza; son fulgores y lanzas que te traspasan y te encierran en tu cueva del Infierno, ¡Oh, Maldito! Qué quitaste a Dios la alegría de ser padre de TODOS los hombres que creó…

Joaquín y Anna, junto con Zacarías e Isabel se dirigen hacia el Templo para la ceremonia de la Purificación. Anna lleva en los brazos a la niña María, envuelta en una manta de lana ligera y suave.

Isabel dice:

–           Me recuerdas el día que te casaste. Era yo una jovencilla entonces y te veías muy bella y muy felíz.

Anna contesta:

–           Ahora lo soy más.  Me puse el mismo vestido para este acto. Siempre lo guardé para estos momentos… y ya había perdido las esperanzas de ponérmelo para venir aquí.

–           El Señor te ama mucho… –dice Isabel con un gran suspiro.

–           Por esto le entrego lo que más amo: esta florecita mía.

–           ¿Cómo vas a hacer para arrancártela del corazón, cuando llegue la hora?

–           Recordando que no la tenía y que Dios me la regaló. Seré entonces más feliz que ahora. Cuando esté en el Templo me diré a mí misma: ‘Ora cerca del Tabernáculo. Ora al Dios de Israel y pide también por su mamá.’ Y me sentiré tranquila.  Y todavía  tendré más gozo cuando diga: “Es toda suya. Cuando estos dos viejos felices que la consiguieron no vivan ya, el Eterno será para ella su Padre.” Créeme estoy convencida de que esta pequeñita no es nuestra. No podía hacer otra cosa… Él me la puso en mi seno; regalo divino para enjugar mi llanto y consolar nuestras  esperanzas y plegarias. Por esto es suya y nosotros sólo somos sus felices guardianes… ¡Y por esto sea bendito!

Cuando entran en el Templo, Zacarías se separa del grupo y se va a los recintos de los sacerdotes. Desaparece detrás de un arco que conduce a un enorme patio rodeado de pórticos muy bien labrados, de mármol, bronce y oro.

Los demás se van a través de diversas terrazas, hasta la Puerta de Nicanor. Cuando llegan, ya los están esperando Zacarías, una virgen del Templo y otro sacerdote.

Entregan las ofrendas: tortas de harina, dos palomos en su jaula de mimbre y grandes monedas de plata.

Anna da a Isabel a la niña, mientras Joaquín entra llevando consigo a un hermoso cordero que bala mientras es entregado para que lo degüellen.

Anna es rociada con el agua lustral y luego es llamada para que se acerque a la ara del sacrificio.

Después del sacrificio, Anna está ya purificada.

Zacarías dice algo a su colega y éste sonriente, asiente con un gesto. Luego se acerca al grupo y se congratula con los padres por su alegría y por su fidelidad a las promesas. Toma el segundo cordero, la harina y las tortas… Y llama a la mujer que los acompañó…

Luego se acerca al grupo y dice:

–           ¿Esta es la hija consagrada al Señor? La bendición de Él esté con Ella y con vosotros. Esta mujer es Anna de Fanuel, de la tribu de Aser, será una de sus maestras. –y volviéndose a ella, agrega- Se ofrece esta pequeñita al Templo, como hostia de alabanza. Tú serás su maestra y bajo tu cuidado santo crecerá.

Ana de Fanuel, acaricia a la bebita y Anna dice:

–           Quisiera presentar mi ofrenda e ir a donde ví la Luz el año pasado.

Van hasta el lugar donde oran las mujeres y que está más cercano al Santo de los santos. Por la puerta abierta, miran al interior semioscuro, del que salen dulces cánticos y brillan lámparas que esparcen su luz sobre todos los lirios, flores y niñas.

María se ha quedado como extasiada y aunque es una bebé, mira y sonríe al oir el canto.

Anna la besa y dice:

–           Dentro de tres años, también estarás aquí Lirio mío.

Anna de Fanuel dice:

–           Parece como si comprendiese. ¡Es una niña muy hermosa! La amaré como si hubiese salido de mi vientre. Te lo prometo Anna. Todos los años que Dios me lo permita.

Zacarías dice:

–           Lo harás mujer. La recibirás entre las niñas consagradas. Yo también estaré aquí. Quiero estar ese día para decirle que ruegue por nosotros desde el primer momento… –y mira a Isabel que comprende y suspira… Pues tienen el mismo problema de infertilidad.

Tres años después…

La niña María camina en medio de sus padres, que se esfuerzan en sonreir y ocultar sus lágrimas. Caminan muy despacio, como si quisieran que el Templo estuviese mucho más lejos todavía.

Cuando se encuentran con Isabel y Zacarías…

El sacerdote saluda:

–           A los justos la paz del Señor.

Joaquín dice con voz temblorosa:

–           Sí. Obténnos paz, porque nuestras entrañas tiemblan al hacer la ofrenda; como las de nuestro padre Abraham mientras subía al monte con Isaac.

–           Tened valor. Anna la profetisa cuidará de esta flor de David y Aarón. En estos días, es el único lirio que David tenga de su estirpe santa en el Templo y se le cuidará como perla de reyes. Aun cuando el tiempo ya se acerca y las madres deberían consagrar a sus hijas, porque de una virgen de la estirpe nacerá el Mesías; por un debilitamiento de la fe hay muy pocas vírgenes y de la estirpe real, ninguna. Es verdad que aun faltan seis lustros… Pero esperemos que María sea la primera de muchas de la estirpe de David ante el Velo sagrado.

Luego Zacarías los conduce hasta la terraza grande, a los pies del ancho cubo de mármol, coronado con oro. Cada cúpula, como una media naranja al revés, brilla con la luz del sol que ya está en su zenit. Un sonido de trompetas de plata anuncia al pomposo cortejo que con nubes de incienso, rodean la presencia del Sumo Sacerdote. Las enormes puertas de bronce y oro se abren y un anciano de aspecto muy majestuoso, con sus riquísimas vestiduras que resplandecen el oro a la luz del sol y que lo hacen más imponente todavía, avanza  hasta el borde de la grandiosa escalinata.

El Sumo Sacerdote mira a la pequeña María y sonríe. Levanta los brazos en forma de plegaria y todos inclinan la cabeza. Luego hace una señal, llamando a la niña…

María se separa de sus padres y empieza a subir lenta y majestuosamente. Parece como si fuera extasiada, pues lleva en su rostro una sonrisa luminosa… Cuando llega hasta el Sumo Sacerdote, se arrodilla y éste le pone las manos sobre la cabeza.

La víctima es aceptada.

María se levanta y el Sacerdote le pone la mano derecha sobre su espalda, para conducirla a la puerta donde la esperan un grupo de niñas y sus maestras…

Antes de hacerla entrar le pregunta:

–           María de la estirpe de David, ¿Conoces tu promesa?

Una argentina voz infantil resuena firme:

–           Sí. Dirigir a Dios mi corazón desde el amanecer y estar atenta a lo que quiera el Señor. Orando continuamente ante el Altísimo.

–           Entra, pues. Camina en mi presencia y sé perfecta.

Y María entra. La penumbra la absorbe en medio del grupo de las vírgenes, seguida por los levitas. El Sumo Sacerdote vuelve a entrar seguido de todo su séquito sacerdotal y las puertas se cierran.

En medio de los sonoros ruidos de los goznes, se escucha el sollozo de dos ancianos en un solo grito:

–           ¡María! ¡Hija!

Luego, haciendo fuerza a su corazón desgarrado:

–           Demos gloria la Señor que la recibe en su casa y la conduce por su camino.

Nueve años después…

María está en su estancia, bordando una vestidura sacerdotal y orando…

Llega Anna de Fanuel:

–           María, ¿Nunca te cansas de orar?

–           La oración sería suficiente. Pero yo hablo con Dios. Lo siento dentro de mí. Dentro de la doble cortina está el Santo de los santos.  Y nadie fuera del Sumo Sacerdote, puede entrar al Propiciatorio, donde descansa la Gloria del Señor. La ley secular de Israel exige de cada joven que sea una esposa y una madre. Pero yo he consagrado a Dios mi virginidad, porque quiero ser sólo para Él. Soy virgen y siempre lo seré…

–           No puedes actuar sobre la Ley.

Desde que mis padres murieron, lo único que tengo y que quiero, es a Dios. Cuando pienso en ellos, pienso que también están esperando junto con los Patriarcas y trato de apresurar con mi sacrificio, la llegada del Mesías, para que les abra las Puertas del Cielo. La maternidad es una fuerza muy poderosa en mi corazón. Pero por eso mismo la he entregado y deseo que mi amor, encuentre un eco en el Señor.  Cuando llegue la hora, diré a mi esposo mi secreto… Y él lo aceptará…

–           Pero María, ¿Qué palabras le dirás para persuadirlo? En cambio del amor de un hombre, tendrás en contra la Ley y la vida.

–            Tendré conmigo a Dios… Dios iluminará el corazón de mi esposo… Al leer a Daniel, comprendí el sentido de las palabras arcanas. Las setenta semanas serán acortadas por las oraciones de los justos… La hora que oirá llorar al nacido de una Virgen está muy cerca. Yo he pedido a Dios que me diga, ¿Dónde está la mujer que dará a luz al Hijo de Dios y al Mesías de su pueblo? Descalza caminaría por la tierra y nada me impediría llegar hasta Ella para decirle: ‘Tómame como tu esclava y permíteme vivir bajo tu techo. Cuidaré tus ganados; daré vueltas a la piedra de tu molino, ponme donde quieras, haré lo que quieras, pero acógeme. Lavaré los pañales de tu Hijo y seré tu sierva y la de Él… Pero permíteme escuchar su Voz.  ¡Oh! La Voz del Mesías Niño y el eco de su risa…

–           ¡Vaya que estás enamorada del Mesías! Pero yo he venido a otra cosa… María, el Sumo Sacerdote te llama…

–           ¡Oh! Voy inmediatamente…

Atraviesan varios pórticos y patios y llegan hasta un suntuoso salón donde la esperan.

María hace una profunda inclinación en la entrada…

El sumo sacerdote le dice:

–           Adelante María. No tengas miedo.

María avanza lentamente y con una majestad innata.

El Pontífice la mira atentamente y dice a Zacarías:

–           ¡Cómo se reconoce en ella la estirpe de David! –Se vuelve hacia Ella y añade- Hija, conozco tu carácter y tu bondad. Sé que la Voz de Dios murmura en tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Tabernáculo, desde que estás aquí. Quisiera que tu perfume continuase subiendo con el incienso de cada día; pero la Ley dice otra cosa.

Ya no eres una niña, te has convertido en una mujer. Y toda mujer israelita debe casarse, para poder presentar su hijo varón al Señor. Tendrás que seguir la prescripción de la Ley. No tengas miedo. No te sonrojes. No olvido tu realeza.

La Ley te protege, pues prescribe que el varón tome por esposa a una de su estirpe. Pero aunque no lo prescribiese, yo lo haría; para no corromper tu sangre real. ¿Conoces a alguien de tu estirpe María, que pueda ser tu esposo?

María levanta su rostro completamente ruborizado y dice:

–           A nadie.

Zacarías dice:

–           No puede conocer a nadie, porque entró cuando era muy pequeña. Y la estirpe de David se encuentra muy mal y dispersa, para poder formar de nuevo la palma real.

–           Entonces que Dios escoja.

Las lágrimas que habían sido contenidas, brotan y bañan sus mejillas. María manda una mirada suplicante a su maestra.

Anna de Fanuel dice:

–           María se ha prometido al Señor, para gloria de Él y salvación de Israel. No era más que una niñita desde que ya había hecho esta promesa…

El Pontífice pregunta:

–           Y ¿Por esto lloras? O porque no quieres obedecer la Ley.

María contesta:

–           Por esto… no por otra cosa. Yo te obedezco sacerdote de Dios. Pero dime qué debo hacer. Ya no tengo padre, ni madre. Tú eres mi guía.

–           Dios te dará el esposo. Y será un santo porque pones tu confianza en Dios. A él le dirás la promesa que hiciste.

–           ¿Y la aceptará?

–           Así lo espero.  Ruega hija, para que él pueda comprender tu corazón. Vete ahora, qué Dios siempre te acompañe.

María se retira con Anna y Zacarías se queda con el Sumo Sacerdote.

Un mes después…

En un rico salón del Templo, están reunidos muchos hombres elegantemente engalanados, de diversas edades, apariencias y variadas clases sociales. En el ángulo más alejado, está José. Tiene treinta años, cabellos y barba castaños, muy bien arreglados y unos bellos ojos oscuros, amables y alegres como ahora cuando sonríe al hombre que está junto a él, platicando animadamente.

Entra un grupo de jóvenes levitas y se coloca entre la puerta y una mesa larga que está junto a la pared.

La curiosidad aumenta, cuando una mano separa la cortina y entra un levita que trae en sus manos un manojo de ramas secas, en las que sobresale una que tiene una flor. El levita las deposita con cuidado sobre la mesa.

Un murmullo recorre  la sala. Todos alargan sus cuellos y tratan de mirar.

José ni siquiera se mueve y cuando su interlocutor le dice algo, hace una señal; como si dijese: “No. Eso es imposible…”

Y luego se oye el sonido de las trompetas de plata.

Rodeado de otros ancianos, entra el Sumo Pontífice y todos se inclinan profundamente. Se dirige hacia la mesa y luego dice:

–           Oídme vosotros de la estirpe de David. Os habéis reunido por orden mía. El Señor ha hablado, ¡Sea Bendito! Un rayo de su gloria ha descendido, y como sol de primavera, ha dado vida a un ramo seco, que ha florecido milagrosamente, en el último día de las Encenias. Mientras que todavía no se disuelve la nieve, Dios ha hablado, haciéndose tutor y padre de la virgen de David. Doncella santa, gloria del Templo y de su estirpe; dando a conocer el nombre del esposo que el Eterno quiere darle.

Este debe ser un hombre muy justo para que el Señor lo haya elegido para cuidar de su Virgen a quién Él ama tanto y esto hace que desaparezca toda preocupación sobre su destino. Al que Dios señaló, confiamos completamente a la Virgen, sobre la que está la bendición de Dios y nuestra. El nombre del esposo es José de Jacob betlemita; de la tribu de David; carpintero en Nazareth de Galilea. José, ven acá. El Sumo sacerdote te lo ordena.

Hay un gran ruido, cabezas que se vuelven, caras llenas de desilusión o de alivio…

José se ha ruborizado y avanza todo turbado. Saluda reverente al Pontífice y éste dice:

–           Acercaos todos y ved el nombre escrito sobre la rama. Tome cada uno la suya, para que esté seguro de que no hay engaño.

Todos obedecen, miran la rama que sostiene el Sumo Sacerdote y cada quien toma la suya propia. Todos miran a José y el hombre con el que estaba platicando, le dice:

–           Te lo dije José. ¡Quien menos se siente seguro, es quién vence la partida!

El Pontífice entrega a José su rama florecida y poniéndole la mano sobre la espalda le dice:

–           No es rica y lo sabes, la esposa que Dios te entrega. Pero tiene toda clase de virtudes. Procura hacerte siempre más digno de Ella. No hay flor en Israel, más pura y bella que tu esposa. Salid todos ahora. Quédate José.  Y tú Zacarías pariente de Ella, tráela.

Cuando se quedan a solas…

El Sumo Sacerdote le dice:

–           María tiene que decirte su promesa. Ayuda a su timidez. Sé bueno con Ella que es tan buena.

José responde cortés:

–           Pondré lo que soy a su servicio y nada me pesará si se trata de Ella. Puedes estar seguro.

María entra con Zacarías y Anna de Fanuel.

El Pontífice la llama:

–           Ven María. Mira al esposo que Dios te destina. Es José de Nazareth. Volverás a tu ciudad. Ahora os dejo. El Señor os guarde y os bendiga; os muestre su Rostro y tenga misericordia de vosotros siempre. Vuelva su Rostro a vosotros y os conceda la paz.

Zacarías sale con el Pontífice. Anna se congratula con José y también sale.

Los dos prometidos quedan uno frente al otro. María está totalmente ruborizada y con la cabeza inclinada. José igual; pero se sobrepone y finalmente encuentra las palabras. Con una gran sonrisa le dice:

–           Te saludo María. Te conocí cuando eras una niña pequeñita… Fui amigo de tu padre y tengo un sobrino de mi hermano Alfeo a quién amaba tu madre… su pequeño amiguito que ahora tiene dieciocho años. Tú no nos conoces porque te entregaron al Templo muy pequeña, pero en Nazareth todos te quieren mucho y recuerdan que tu nacimiento fue un milagro del Señor, que hizo florecer a una flor estéril… Yo recuerdo la tarde en que naciste, porque hubo un gran aguacero que salvó la campiña y un arcoíris tan bello y magnífico, como no ha vuelto a haber…  Alegraste a tu padre, porque eras la flor que había venido del Cielo y murió hablando de su María, tan hermosa, tan buena y tan llena de sabiduría… Porque desde muy pequeña estabas llena de gracia.

Tu madre, con sus canciones llenaba toda tu casa y parecía una alondra en primavera cuando te llevaba en su vientre y después cuando te arrullaba en sus brazos. Yo tenía dieciocho años y te hice la cuna. Tenía rosas grabadas, porque tu madre así la quiso. Tal vez todavía esté en tu casa. Eran mis primeros trabajos… ¡Quién me hubiera dicho que ibas a ser mi esposa!..  Enterré a tu padre y le lloré con corazón sincero, porque fue un buen maestro en mi vida…

María ha ido levantando poco a poco el rostro y cobrando confianza al oír que José le habla de este modo. Y cuando oye lo de la cuna, una leve sonrisa se dibuja en sus labios. Y cuando José le dice lo de su padre, le extiende la mano y dice con gran timidez:

–           Gracias.

José toma entre sus fuertes manos de carpintero, la pequeña y delicada y la acaricia con afecto. Al ver que María no dice nada más, él continúa:

–           En tu casa  falta la parte que fue derribada por orden consular, para hacer del sendero una vía por la que pasasen los carros de Roma. Y el campo que te quedó, está un poco descuidado, porque hace tres años que ya no hay nadie que los cuide. Pero si tú me lo permites, yo me haré cargo de ellos….

–           Muchas gracias, José. Pero tú tienes tus trabajos…

–           Trabajaré en tu huerto en las primeras horas del día y para la primavera espero que todo esté en orden, para que estés contenta. Mira, -le entrega la rama florecida- Esta rama de almendro, es del árbol que está frente a tu casa.

Jamás esperé ser yo el elegido, porque soy nazareo (Núm.6) Y sólo vine por obedecer las órdenes del sacerdote… Yo no pensaba casarme. Ahora te digo que ésta es una flor de tu jardín. Tenlo, María. Con él te entrego mi corazón, que cómo este almendro ahora ha florecido para el Señor y para ti, esposa mía.

María toma el ramo. Está conmovida. Mira a José con más seguridad y su mirada se volvió radiante cuando lo escuchó decir: ‘Soy nazareo’ Toma valor y dice:

–           También yo soy toda de Dios, José. No sé si el sumo Sacerdote te lo haya dicho…

–           Sólo me dijo que eres buena y pura. Y que tienes que decirme una promesa tuya y que fuese bueno contigo. Habla María. Tu José quiere hacerte feliz en todo lo que desees. No te amo con la carne, te amo con mi espíritu, santa doncella que Dios me entrega. Ve en mí a un padre y aun hermano, además de esposo. Y como a padre confíate y como a hermano, tenme confianza.

–           Desde mi niñez me consagré al Señor. Sé que esto no se hace en Israel; pero oía en mi corazón una voz que me pedía mi virginidad como sacrificio de amor, para que venga el Mesías. ¡Hace tanto tiempo que Israel lo espera!… ¡Y por esto no es mucho renunciar a la alegría de ser madre!

José la mira detenidamente, como si quisiera leer en su corazón…

Después le toma las dos manitas que sostienen la rama de almendro y dice:

–           Y yo uniré mi sacrificio al tuyo y amaremos mucho al Eterno con nuestra castidad, para que Él envíe lo más pronto posible a la tierra al Salvador y nos permita ver su Luz resplandecer en el mundo. María, vamos a tu casa y juremos amarnos como los ángeles lo hacen entre sí. ¿Cuándo debo venir por ti?

–           Cuando quieras José.

–           Entonces vendré en cuanto termine de arreglar tu casa, para recibirte. Ven María. Vamos a decirle al Altísimo nuestra promesa y cómo lo Bendecimos.

María se deja conducir dócilmente y los dos van a orar.

Dos meses después, se celebra el contrato de las bodas y el Pontífice sella el compromiso. Los nuevos comprometidos esposos salen del Templo y José lleva a María a su casa de Nazareth. Sin levantar el sello de Dios; él, el casto; llevó su castidad hasta el heroísmo angélico, para custodiar el Arca Viva de Dios que ha recibido en tutela y que tendrá que devolver a Dios, pura como la recibió.

Cuando llegan a Nazareth…

Van en un carruaje, acompañados por toda la familia de José y el sacerdote Zacarías con su familia.

José señala con la fusta la casita que está en la falda de la colina y que tiene un extenso huerto y un pequeño olivar. Y dice:

–           Allá está tu casa, María.

Y cuando llegan al dintel, el carruaje se detiene y toda la comitiva de la familia de José les dan la bienvenida. Ya tienen todo preparado para finalizar las bodas.

María se quita el velo y el manto y José le muestra los arreglos que hizo a la casa, el huerto y el jardín.

Y dice:

–           No hay manantial… Pero espero traer el agua para acá. Trabajaré en las tardes de verano, cuando venga a verte…

Alfeo pregunta muy extrañado:

–           Pero ¡Cómo hermano!…  ¿No vais a casaros ahora?

José responde:

–           No. María quiere hilar telas, lo único que falta a todo el ajuar. Yo la apoyo. Es todavía muy joven y no importa si esperamos uno o dos años; mientras tanto Ella se acostumbra al hogar…

–           ¡Claro! Siempre has sido un poco diferente a los demás y sigues siéndolo. Primero estabas decidido a no casarte y ahora… No sé quién no tendría prisa por tener a una mujer en la flor de la primavera como lo está María y tú pones de por medio…

José sonríe y dice con elegancia:

–           Alegría largamente esperada; alegría mucho mejor gozada…

Su hermano se encoge de hombros y pregunta:

–           ¿Y entonces cuando pensáis celebrar las bodas?

–           Cuando María tenga dieciséis años. Después de la Fiesta de los Tabernáculos. Las tardes de inviernos serán agradabilísimas para los nuevos esposos…

Y nuevamente sonríe mirando a María. Es una sonrisa delicada y de inteligencia mutua.

Luego continúa:

–           En este cuarto grande que da al monte, si te parece aquí pondré mi taller cuando venga. Es junto a la casa, pero no dentro de ella. Así no molestaré a nadie con mis ruidos. Pero María, si piensas de otro modo…

–           No José. Está muy bien así.

Vuelven a entrar en la casa y prenden  las lámparas.

José dice a todos sus parientes:

–           María está cansada. Vámonos todos y dejémosla descansar.

Todos se despiden y José al último, después de hablar con Zacarías.

Dice a María:

–           Tu primo te deja a Isabel por un tiempo. ¿Quieres? De mi parte sí. Para que te ayude a convertirte en una perfecta mujer de hogar. Vendré por las tardes a acomodarte y a todo lo que tú necesites. Ella te podrá ayudar a comprar lana y todo lo que te haga falta. Yo pagaré todos los gastos. Acuérdate que prometiste recurrir a mí para cualquier cosa. Adiós María. Duerme la primera noche en tu casa como dueña y señora. Y que el ángel del Señor te guarde. Que el Señor esté siempre contigo. Hasta pronto…

–           Hasta pronto José. Qué también tú estés bajo las alas del Ángel de Dios. En lo que pueda te pagaré tu amor con el mío.

Y José se despide de los primos y se va, conversando alegremente con los suyos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

28.- NÉMESIS


Un hombre como de cuarenta años, alto, atlético. Con un rostro en el que resaltan unos ojos castaños de mirada dulce y bondadosa, examina con delicadeza y movimientos expertos…

Y luego declara:

–           Sí, Lautaro. Fui médico militar. La guerra es una buena escuela. La herida de la cabeza es leve. Cuando éste, -señaló a Bernabé- lo aventó contra la pared, el joven extendió el brazo tratando de protegerse y al caer pegó contra la balaustrada y se le desarticuló. Así fue como se fracturó también las costillas, pero por lo mismo, salvó la cabeza y su vida.

El anciano replica:

–           Sabemos que eres un buen médico y por eso mandé a buscarte.

Y mientras platican, Mauro empezó a reducir el brazo para entablillarlo…

Y Marco Aurelio se desmayó. Lo cual lo favoreció, pues así no sintió el sufrimiento causado al volver a articular el brazo y la reducción de los huesos rotos. Terminada la operación, Marco Aurelio recuperó el conocimiento y vio delante de él a Alexandra.

Ella está a su cabecera, sosteniendo una palangana, donde Mauro introduce una esponja y humedece la cabeza de su paciente.

Marco Aurelio no puede dar crédito a sus ojos. Creyó estar soñando y después de largo rato, musitó como un suspiro:

–           ¡Alexandra!

La palangana tembló en las manos de ella, al escuchar ese llamado. Lo miró con tristeza y le contestó en voz baja:

–           ¡Que la paz sea contigo!

Y permaneció allí de pie, mirándolo con compasión y mucha tristeza.

Marco Aurelio a su vez la mira anhelante, extasiado ante ella, deseando grabarse su imagen. Ve su rostro pálido, las hermosas trenzas de negros cabellos, vestida con su ropa de esclava. Sus ojos bellísimos y preocupados mientras le atienden…

El tribuno la envuelve con una mirada tan intensa, que la hace ruborizar. Mientras la contempla, reflexiona que esa palidez y esa pobreza en que ahora la ve, son obra suya. Que ha sido él, el que la arrancara de una casa en la que ella vivía rodeada de amor y comodidades. Él le había quitado su bienestar para arrojarla en aquella mísera estancia, vistiéndola con aquella pobre túnica de lana oscura. 

Y le dijo emocionado:

–           Alexandra… Tú no permitiste mi muerte.

Ella contestó con dulzura:

–           Quiera Dios devolverte la salud.

Para Marco Aurelio, que ahora ve todos los agravios que le ha inferido; esas palabras fueron como un bálsamo, que le llegó hasta lo más íntimo del alma. Y si poco antes el dolor le había debilitado, ahora lo desfallece la emoción… Y una especie de languidez profunda, a la par que inefable, se apoderó de todo su ser, con un gozo incomparable.

Mientras tanto, Mauro después de lavarle la herida en la cabeza, le aplicó un ungüento.  Bernabé se llevó la palangana y Alexandra le dio al herido, una copa con vino medicado para el dolor; sosteniéndole con delicadeza, mientras se la acerca a los labios. Más tarde ella llevó la copa vacía al aposento contiguo.

El ya casi ha recuperado sus facultades y Lautaro, después de hablar con Mauro, se aproximó al lecho y dijo:

–           Dios no te ha permitido ejecutar una mala acción y te ha conservado la vida a fin de que reflexiones y te arrepientas. Él ante quien el hombre es solo polvo, te entregó indefenso en nuestras manos… Pero Cristo en quién creemos nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos. Por eso hemos curado tus heridas y como Alexandra te lo ha dicho, imploramos a Dios para que te devuelva la salud. Más no podemos permanecer consagrados a tus cuidados…  Piensa con calma y medita bien si es digno de ti, continuar en tu persecución contra ella. Ya lo ves: has dejado a esa joven sin tutores y a nosotros sin techo. Pero te perdonamos y te devolvemos bien por mal.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Me abandonaréis acaso?

Lautaro declaró:

–         Vamos a abandonar esta casa, para escapar de la persecución del Prefecto. Tu compañero murió. Tú que eres poderoso entre los tuyos, estás herido. De todo esto nosotros no tenemos la culpa, pero puede caer sobre nosotros la cólera de la ley de Roma.

–           No temáis que os persigan, yo os protegeré

Lautaro se calló que no se trataba solo de ellos. Sino de proteger a Alexandra de él y de su porfiada persecución personal.

Y solo dijo:

–           Señor, tu brazo derecho está sano. Aquí tienes tablillas y un stylus. Escribe a tu casa para que tus sirvientes traigan una litera y te lleven a donde tendrás comodidades que no podemos ofrecerte en medio de nuestra escasez. Vivimos aquí con una pobre viuda que vendrá más tarde acompañada por su hijo. Éste podrá llevar tu carta. En cuanto a nosotros, tendremos que buscar otro lugar…

Marco Aurelio se puso pálido.

Comprendió que lo que quieren es separarlo de ella  y que si ahora la pierde otra vez, no volverá a verla nunca. Mil ideas cruzaron por su mente en unos segundos. Necesita evitarlo e influir desesperadamente en Alexandra y en sus guardianes, pero no sabe cómo. Lo esencial es verla. Gozar de su presencia, aunque solo fuese por unos pocos días y luego decidirá qué hacer. Y por esto, reuniendo con esfuerzo sus pensamientos, dijo:

–           Escúchenme cristianos. Antes yo no os conocía y vuestros hechos me demuestran, que sois gente buena y honrada. A esa viuda que ocupa esta casa, decidle que permanezca en ella. Quédense también ustedes y déjenme que los acompañe. Este hombre que es médico, sabe que no es posible que me traslade hoy fuera de aquí. Estoy enfermo. Tengo un brazo y las costillas rotas. Debo permanecer inmóvil, al menos unos días. Por consiguiente os declaro que no saldré de esta casa, a menos que me arrojéis por la fuerza… –y aquí se detuvo porque la respiración le faltó.

Lautaro respondió:

–           No emplearemos ningún género de violencia contra ti, señor. Deseamos tan solo salvar nuestras vidas.

Marco Aurelio no está acostumbrado a las objeciones. Frunció el ceño y dijo:

–           Permitidme tomar aliento…

Luego de unos instantes, declaró:

–           Por Atlante a quién mató Bernabé, nadie ha de preguntar. Él debía partir hoy a Benevento a donde fue llamado por Haloto y todos creerán que se ha ido. Cuando entramos en esta casa, nadie nos vio, a excepción de un griego que estuvo con nosotros. Les indicaré donde vive ese hombre; tráiganlo aquí. Comunicaré en una carta que también he partido para Benevento. Si el griego dio algún aviso al Prefecto, declararé que fui yo quien mató a Atlante y él, quién me rompió el brazo. Esto haré. Os lo juro por las sombras de mi padre y de mi madre. Podéis permanecer aquí con la seguridad de que nadie os hará ningún daño. Haced venir a ese hombre, ese griego cuyo nombre es Prócoro Quironio.

Lautaro contestó:

–           Entonces  Mauro se quedará contigo y te atenderá la viuda.

Marco Aurelio replicó frunciendo todavía más el ceño:

–          Fíjate bien anciano, en lo que te estoy diciendo.  Yo te debo gratitud y tú me pareces un hombre bueno y honrado, más no me dices lo que verdaderamente piensas. Tienes miedo de que yo haga venir a mis esclavos y se lleven a Alexandra. ¿No es verdad?

–           Así es. –contestó Lautaro con acento severo.

–          Entonces ten presente esto. Hablaré a Prócoro delante de todos vosotros. Y escribiré a mi casa una carta, donde anuncio mi viaje a Benevento. No me valdré en lo sucesivo de otros mensajeros, más que de ustedes. Tened esto en cuenta y no me irritéis más.

Y Marco Aurelio tiene contraído el rostro por la indignación. Y luego añadió con exaltación:

–           ¿Crees que negaré que mi deseo de permanecer aquí es para verla? Aunque tratara de ocultarlo, eso lo adivinaría un necio. Pero ya no volveré a intentar llevármela por la fuerza. Te diré más: si ella se niega a permanecer aquí, haré pedazos con esta mano que tengo sana, los vendajes que habéis puesto sobre mi cuerpo. No tomaré alimentos, ni bebidas. Y dejaré que mi muerte caiga sobre ti y tus hermanos. ¿Para qué me has atendido entonces? ¿Por qué no has dado orden de que me maten?

Y al decir estas últimas palabras, tiene el semblante pálido de ira y de agotamiento.

Alexandra al oírlo, está segura de que Marco Aurelio cumplirá lo que dice y se quedó anonadada, ante la amenaza de estas palabras. Ella no quiere que muera.  Indefenso y herido, ya no le tiene miedo, sino compasión. Marco Aurelio ejerció en su suerte una influencia demasiado trascendental y ha intervenido de tal forma en su vida, que nunca podrá olvidarlo.

Días enteros ha pensado en él e implorado de Dios que lo guíe a la Luz y lo convierta. Que le diera una oportunidad para que ella pueda devolverle bien, por el mal que de él recibiera. Perdón y misericordia a cambio de su persecución, ablandándole el corazón y ganándolo para la causa de Cristo. Dándole la gracia de la salvación…

Y creyó que éste era el momento preciso y que sus plegarias habían sido escuchadas. Se acercó a Lautaro y le dijo con serena dignidad; con tanta majestad, que el anciano presbítero comprendió que una Voluntad más alta, era la que hablaba por su boca.

–           Permanezca él entre nosotros, Lautaro. Con él nos quedaremos hasta que Cristo le devuelva la salud completa.

–           Sea como tú lo dices. –dijo el anciano respetuoso.

Marco Aurelio, que en todo ese tiempo no había apartado la vista de Alexandra, quedó impactado.

La obediencia reverente del anciano, ¿A qué? ¿A quién?… Le causó una impresión avasalladora. Alexandra apareció ante sus ojos como una especie de sacerdotisa, en medio de los cristianos. Por un momento irradió una Presencia, que la iluminaba toda. Y él se sintió subyugado a la emanación de aquella Presencia, aquella especie de Luz invisible que se percibió en la doncella. Y al amor que hasta ese momento le había arrastrado hacia ella, se unió algo así como un temor reverencial. Y su pasión le pareció por mi primera vez, algo rayano en la insolencia.

Jamás hubiera creído que las relaciones que hay entre ella y él, tomarían un giro de ciento ochenta grados. Ahora no es ella la que depende de su voluntad. Es él, el que está en aquel lugar, quebrantado y enfermo. Ha dejado de ser una fuerza ofensiva y conquistadora hasta quedar indefenso, entregado por completo a la merced y a los cuidados de la joven. Para su índole altiva y dominante, con cualquier otra persona que no fuera Alexandra, esto hubiera sido una tremenda humillación. Pero en lugar de sentirla,  creció su admiración, su respeto y su reconocimiento hacia la que ahora es su dueña absoluta.

Desea manifestarle su gratitud desde el fondo de su corazón, junto con todos los sentimientos que él alberga y que jamás mujer alguna le había inspirado. Pero con todo lo que ha pasado está extenuado y no le es posible hablar. Con la mirada le expresa todo y también el inmenso júbilo que lo invade, porque va a permanecer a su lado. Va a poder verla y tenerla cerca. Su único temor es perder más tarde, lo que por fin ha conquistado.

¡Todo es tan sorprendente! Y lo más inusitado es la timidez. Pues cuando ella se acercó a darle de beber, no se atrevió ni siquiera a tocar su mano. Y ella lo notó.

Por primera vez se analizó a sí mismo y vio que era tiránico, insolente, corrompido hasta cierto punto y en caso necesario, también era inexorable e implacable. La vida militar le había dejado con su disciplina, unos resabios de justicia, de religión y de conciencia  suficientes, para discernir que no puede ser ruin, con quién le está dando una lección de magnanimidad y de bondad tan regios.

Cuando se enoja es muy impulsivo y  en su furia puede arrasar como un huracán. Pero ahora se siente dominado por una ternura insólita, está enfermo y desvalido. Lo único que le importa es que nadie se interponga entre él y Alexandra. Advirtió también con asombro que desde el momento en que ella se puso de su parte, todos se rindieron. Es como si estuvieran confiados en que son protegidos por un  poder sobrenatural.

Marco Aurelio le pidió nuevamente a Lautaro que fuesen a buscar al griego y él mandó a Bernabé. Después de tomar el domicilio, éste tomó su manto y salió apresuradamente.

Prócoro fue despertado por la esclava, que le anunció que una persona pregunta por él y desea verlo con urgencia. El griego se levantó, se aseó rápido y fue a ver quién lo busca. Y se quedó petrificado.

Mudo por el asombro, mira al colosal parto.

Bernabé declaró:

–           Prócoro Quironio, tu señor Marco Aurelio te ordena que vengas conmigo a donde se encuentra él.

Más tarde, Prócoro y Bernabé cruzaron la entrada y el primer patio. Llegaron al corredor que conduce al jardín de la casita y entraron en ella. La tarde está nublada y fría.

En la semipenumbra, Marco Aurelio adivinó, más que reconocer a Prócoro, en aquel hombre encaperuzado.

El griego vio en el extremo de la habitación junto a una ventana, un lecho y al tribuno  acostado en él. Se le acercó y sin mirar a ninguno de los presentes, le dijo:

–           ¡Oh, señor! ¿Por qué no has…?

Pero Marco Aurelio le cortó en seco:

–           Silencio y escucha con atención. – Y mirando a Prócoro fijamente; de manera enfática y pausada; como queriendo significar al griego que cada una de sus palabras es una orden, agregó- Atlante se arrojó sobre mí intentando robarme y en defensa de mi vida, yo le maté. ¿Entiendes? Estas gentes curaron las heridas que recibí en la lucha.

Prócoro comprendió al punto. Y sin demostrar duda ni asombro, levantó los ojos hacia lo alto y exclamó:

–           ¡Pérfido malhechor! Pero yo te advertí señor, que desconfiases de él porque era un pícaro. ¡Ah! Pero ¡Caer sobre su benefactor, sobre un hombre tan magnánimo…!

Marco Aurelio lo miró interrogante y le dijo:

–           ¿Qué has hecho hoy?

–           ¿Cómo? ¿Qué?… ¿No te he dicho señor, que hice voto por tu salud?

–           ¿Nada más?

–           Me preparaba a venir a visitarte, cuando este buen hombre llegó a mi casa y me dijo que enviabas por mí.

–           Aquí tienes una tablilla. Con ella irás a mi casa. Buscarás a Dionisio, mi mayordomo y se la darás. En esa tabla le comunico que he partido para Benevento. De tu parte le dirás que me fui esta mañana, llamado por una carta urgente de Petronio –y aquí recalcó- He ido a Benevento, ¿Entiendes?

–           Te has ido, señor. Esta mañana te despedí en la Puerta Capena. Y desde el momento de tu partida se apoderó de mí tal nostalgia, que si tu magnanimidad no viene a endulzarla, he de llorar hasta morir.

Marco Aurelio, aunque enfermo y habituado a las artimañas del griego, no puede reprimir una sonrisa. Está contento de que Prócoro le haya comprendido inmediatamente.

Así que dijo:

–           Entonces también escribiré, que te enjuguen las lágrimas. Dame la vela.

Prócoro se adelantó unos pasos hacia la chimenea y tomó una de las velas que ardían junto a la pared. Pero mientras hizo esto, se le cayó el capuchón y la luz le dio de lleno en la cara.

Mauro saltó de su asiento. Y poniéndosele al frente, le preguntó:

–           ¿Nicias, no me reconoces?

Y había en su voz una entonación tan terrible que todos se volvieron a mirarle, asombrados.

Prócoro alzó la vela y se le cortó la respiración. Horrorizado la dejó caer al suelo y empezó a gemir:

–           ¡Yo no soy…! ¡Yo no soy…! ¡Perdón!

Mauro se volvió a los cristianos allí reunidos y les dijo:

–           ¡Éste es el hombre que me traicionó! ¡Y que nos arruinó a mí y a mi familia!

La historia la saben todos, hasta Marco Aurelio.

Prócoro gimió:

–           ¡Perdón! ¡Oh, señor Marco Aurelio! ¡Sálvame! Yo he confiado en ti. Ayúdame… tu carta… yo la entregaré… Por favor, señor…

Pero el patricio que conoce muy bien al griego, declaró:

–           ¡Entiérrenlo en el jardín! Otro puede llevar la carta.

Prócoro escuchó esta sentencia de muerte y mira aterrado las manos de Bernabé, que lo ha tomado por el cuello mientras él se arrodillaba diciendo:

–           ¡Por vuestro Dios! ¡Tened piedad de mí! ¡Seré cristiano!¡Mauro! ¡Hazme tu esclavo pero no me mates! ¡Ten piedad!…

Un silencio denso siguió a estas palabras…

Mauro cerró los ojos y aspiró profundamente. Se vio el esfuerzo que hizo para dominarse. Oró en silencio y después de una larga pausa, dijo:

–           Nicias… ¡Qué Dios te perdone como yo te perdono los crímenes que cometiste contra mí! Yo te bendigo e imploro de Dios que te bendiga con tu conversión.

Y Bernabé soltó al griego diciendo:

–           ¡Que el Salvador tenga piedad de ti, así como yo ahora!

Prócoro se desplomó en el suelo y miró a todos lados, aterrorizado, sin poder creer lo que está sucediendo.

Lautaro dijo:

–           Vete. Arrepiéntete para que Dios te perdone, como nosotros te hemos perdonado.

Prócoro se levantó sin poder hablar. Se aproximó al lecho de Marco Aurelio. Éste acaba de condenarlo a pesar de haber sido su cómplice. Y los demás, que son los ofendidos, le perdonaron y le dejan ir. Esta idea estará fija en su mente más tarde. Y sin poder asimilar lo sucedido, le dijo a Marco Aurelio con voz quebrantada:

–           Dame la carta, señor…Dame la carta.

Y tomando la carta que el tribuno le alargó, hizo una reverencia a todos. Y salió despavorido.

Cuando se sintió a salvo en la calle, se preguntó una y otra vez:

–           ¿Por qué no me mataron?

Y no encuentra una respuesta a esta pregunta.

Marco Aurelio está tan asombrado como Prócoro. Que esas gentes le hayan tratado de aquella manera, en lugar de tomar venganza por el asalto que él mismo había perpetrado a su hogar. Y le hubieran curado sus heridas con solicitud, es algo que atribuye en parte a la doctrina que todos ahí profesan. Pero la conducta que han tenido con Prócoro, es algo que está totalmente fuera del alcance de su comprensión, porque rebasa los límites de la magnanimidad a que puedan llegar los hombres. Y aturdido se pregunta al pensar en los crímenes que Prócoro había cometido: ¿Por qué no mataron al griego?

Habrían podido hacerlo con absoluta impunidad. Bernabé lo habría enterrado en el jardín. O podía tirarlo por la noche al río Tíber, ya que durante ese período de asesinatos nocturnos, algunos cometidos por el mismo César en persona; el río arroja por las mañanas cuerpos humanos con tanta frecuencia, que nadie se preocupa  por averiguar de dónde proceden.

En su concepto, los cristianos tienen no solo el poder, sino el derecho de matar a Prócoro. Porque la venganza de una ofensa personal y más siendo tan grave como la que recibiera Mauro, le parece no solo natural, sino totalmente justificada. El abandono de tal derecho, le parece totalmente inconcebible. ¡Y no logra entenderlo!

Lautaro había dicho que se debía amar a los enemigos, pero nunca había visto la aplicación de esta teoría que le parece imposible. Y todavía no logra asimilar lo que ha ocurrido. ¡Ni siquiera entregaron al griego al tribunal!

Prócoro le infirió a Mauro el más terrible agravio que un hombre puede hacer a otro. El solo pensamiento de que alguien matase a Alexandra y vendiese a sus hijos como esclavos ¡Le subleva el corazón como una caldera! ¡Él…! ¡No existe tormento que no fuera capaz de aplicar en satisfacción de su venganza! ¡La crucifixión le parece poco! ¡Aunque Prócoro muriese un millón veces, nunca pagaría lo que hizo!

Pero Mauro ha perdonado. Bernabé, que había matado a Atlante en defensa propia; le había perdonado. La única respuesta es:

Los cristianos al abstenerse de matar a Prócoro, le han dado una prueba de bondad tan grande, que no tiene paralelo en el mundo. También han demostrado el amor por sus semejantes que les lleva a olvidarse de sí mismos; de las ofensas recibidas, de su propio bienestar o infortunio. Porque viven solo para su Dios. Y lo más sorprendente es que después de que Prócoro se fue, en todos los semblantes parece resplandecer una íntima alegría. Y hay una paz tan contagiosa, como Marco Aurelio no la había experimentado jamás.

Lautaro se aproximó a Mauro, le puso la mano en el hombro y dijo:

–           Demos gracias al Altísimo, porque Cristo ha triunfado una vez más.

Mauro levantó la cara y sus ojos reflejan una serena bondad. ¡Y su rostro irradia la misma extraña Presencia, que el de Alexandra cuando le permitió quedarse!

Marco Aurelio, que solo conoce el placer o la satisfacción nacidos de la venganza, lo mira con curiosidad; sin poder evitar pensar, que aquello es una locura. Y en lo profundo de su corazón sintió un indignado asombro, cuando vio a Alexandra posar sus labios de reina sobre las manos de aquel hombre. Y le pareció que el orden del mundo está totalmente trastornado.

Lautaro declaró que aquel era un día de grandes victorias.

Y cuando Alexandra regresó a llevarle una bebida caliente, Marco Aurelio la tomó de la mano y le dijo:

–           ¿Entonces tú también me has perdonado a mí?

Alexandra lo miró con compasión y dijo:

–           Somos cristianos y no nos está permitido guardar rencor en nuestro corazón.

Marco Aurelio la miró con una mayor admiración… Y dijo:

–           Alexandra, Quienquiera que sea tu Dios, le rindo homenaje solo porque es tu Dios.

–           Le alabarás desde el fondo de tu corazón, cuando lo conozcas y hayas aprendido a amarle.

Marco Aurelio cerró los ojos, pues se siente demasiado débil. Ella se fue y regresó más tarde para ver si él dormía. Pero al sentirla, Marco Aurelio abrió los ojos y le sonrió.

Alexandra puso su mano sobre su rostro mientras le dice suavemente:

–           Duerme y descansa.

Marco Aurelio experimentó y se dejó dominar por una sensación de dulcísimo bienestar. Pero luego se sintió más penosamente mal.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA