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23.- EL FILOSOFO DETECTIVE


jardin volksgarten-600x399En la casa de Petronio, los dos patricios están conversando animadamente sobre qué hacer, para localizar a la fugitiva.

Petronio dice reflexivo:

–           Casi todas las mujeres de Roma, rinden culto a deidades distintas. Yo creo que Fabiola la habrá educado en el culto a la deidad que ella misma adora. Y cual sea esa deidad, es algo que ignoro. Pero nadie la ha visto ofrecer sacrificios en ninguno de los templos. Una vez corrió el rumor de que era cristiana, pero eso no es posible.

Marco Aurelio lo mira con incertidumbre y contesta:

–           Dicen que los cristianos, además de rendir culto a la cabeza de un asno, son enemigos de la raza humana y cometen los crímenes más abominables.

–           ¡Es imposible que Fabiola sea cristiana! Porque su virtud es notoria. Y una enemiga de la raza humana, no podría tratar a los esclavos como ella lo hace…

–           En ninguna casa romana los tratan como en la de Publio.

–          ¡Ah! Fabiola me mencionó a un Dios Poderoso y Clemente.

–           Si por ese Dios ella ha desterrado de su vida a los demás, está en su derecho de hacerlo.

–           Ha de ser un Dios muy débil, si sólo tiene un puñado de seguidores. A menos que haya muchos y sean ellos los que le ayudaron en la fuga.

–           Su fe prescribe el Perdón. Cuando en el Palatino estaba con Actea, me encontré a Fabiola y me dijo: “Que Dios te perdone el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra.”

–           Evidentemente ese Dios suyo, es de muy suave pasta. ¡Ah! Pues que te perdone. Y en señal de tal perdón, que te regrese a Alexandra.

–           ¡Si eso pasara, sería capaz de ofrecerle una hecatombe, para mañana mismo! No tengo deseos de comer, ni de bañarme, ni de dormir. Estoy enfermo. Quiero ir a buscarla…

Petronio le observó  y verdaderamente Marco Aurelio presenta un aspecto miserable y se ve enfermo.

Y le dijo:

–           La fiebre te atormenta.

–           Así es.

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–           Entonces óyeme. No sé qué prescriba el médico para estos casos, pero hay un proverbio extranjero que dice que un clavo saca otro clavo. Expresado de otra manera: lo que yo haría mientras encontramos a la prófuga, sería buscar en otra, lo que por el momento se ha desprendido de mí, llevándoselo con ella. He visto en tu casa de campo mujeres muy bellas.

Marco Aurelio movió la cabeza negando…

Y antes de que pueda decir palabra alguna, Petronio continuó:

–                      No me contradigas. Yo sé lo que es el amor y comprendo que mientras se desea a una mujer, no hay quién pueda ocupar su sitio. Pero en una bonita esclava es posible encontrar, aunque solo sea momentánea, una buena distracción.

Marco Aurelio replicó:

–           No la necesito.

Pero Petronio, que lo ama de verdad y desea suavizar su sufrimiento, se puso a meditar la manera de conseguirlo.

–           Acaso tus esclavos no tengan el encanto de la novedad. –y se puso a examinar a Aurora con aire reflexivo.

Se decidió. La tocó en la cadera con la palma de la mano, empujándola suavemente:

–         ¡Mira ésta gracia! Tiene una belleza perfecta. Puedes creer que yo mismo no me explico la razón, de por qué no me había fijado en ella hasta hoy. Pues bien. Te la doy. ¡Tómala para ti!

Cuando Aurora escuchó estas palabras, palideció y miró al tribuno con ojos de zozobra. Y esperó la respuesta conteniendo la respiración.

Pero Marco Aurelio se levantó apretándose las sienes y moviendo la cabeza como quién no quiere escuchar nada.  Y sintiéndose verdaderamente enfermo, exclamó:

–           ¡No! No la quiero. Tampoco quiero a las otras. Te lo agradezco, pero no la necesito. Buscaré a Alexandra por toda la ciudad. Ordena que me traigan una capa con capucha. Ya me voy…

Y se apresuró a salir.

Petronio vio que era imposible detenerlo. Y tomó su negativa como una aversión temporal a las demás mujeres.

Y buscando consolarlo, dijo a la esclava:

–           Aurora, te bañarás, ungirás y vestirás. Y luego irás a la casa de Marco Aurelio.

Pero ella se postró a sus pies y le imploró:

–           Te lo suplico amo, no me alejes de tu casa. Yo no iré a la casa de Marco Aurelio. Prefiero ser la última de las siervas en tu casa, a la favorita en la casa de él. ¡No quiero ir! ¡No puedo ir! ¡Te lo ruego, ten piedad de mí! ¡Ten piedad, amo! ¡Ten piedad! ¡Castígame, pero no me despidas!

Y temblando como una hoja por el temor y la emoción, extendió las manos hacia Petronio, quién la había estado escuchando verdaderamente asombrado.

Es algo tan insólito el que una esclava llegue a pedir que se le exima de cumplir una orden, llegando al punto de decir: ‘no quiero’ ‘no puedo’ que al principio Petronio no quiso dar crédito a sus oídos.

Finalmente frunció el ceño. Es un hombre demasiado refinado para mostrarse cruel. Sus esclavos, principalmente en lo que se refiere a diversiones, disfrutan de una mayor libertad que otros; pero a condición de hacer su servicio de una manera ejemplar y de rendir homenaje a la voluntad de su amo, como a la de un dios.

Más en caso de faltar a cualquiera de estas dos reglas, él no puede prescindir de aplicar el castigo correspondiente.

Y como por otra parte es insoportable para él toda contrariedad que perturbe su norma, contempló un instante a la joven arrodillada y dijo:

–           Llama a Héctor y vuelve con él.

Aurora se levantó temblando y llorando. Después de un ratito, regresó acompañada del mayordomo griego.

Petronio le ordenó:

–           Llévate a Aurora y le darás veinticinco azotes de tal forma que no le maltrates la piel.

Y dicho esto, se fue a su biblioteca a trabajar en su nuevo libro.

Héctor se quedó pasmado…

Frunció el ceño, miró a la joven y dijo:

–          ¡Aurora! ¿Qué hiciste?…

Aurora permaneció callada y con la vista fija en el  mármol del piso.

Héctor movió la cabeza, suspiró y ordenó:

–          ¡Vamos!

Dos horas después…

En la biblioteca Petronio le da vueltas entre sus dedos a su estilo. No ha escrito ni una sílaba.  La fuga de Alexandra y la enfermedad de la Infanta, lo perturbaron tanto que no se ha podido concentrar.

A Petronio le preocupa que el César piense que Alexandra hechizó a la niña, pues la responsabilidad puede recaer también sobre él, porque por petición suya ella había sido llevada al palacio. Pero él espera poder convencer al César, de lo absurdo de esa idea.

Además ha notado cierta inclinación hacia él, que Popea cree tener cuidadosamente escondida… pero que no lo está tanto, puesto que Petronio ya se dio cuenta.

Después de meditar un poco, decidió desechar estos temores, se encogió de hombros y fue al triclinium a almorzar.

Pero a su paso por el corredor vio a Aurora que está junto a un grupo de otros sirvientes y se olvidó de que no había dado ninguna otra orden referente a ella más que los azotes.

Frunció el ceño y llamó al mayordomo.

Un joven se adelantó diciendo:

–           No está aquí amo. Fue al almacén a recibir a unos proveedores.

Entonces le preguntó a Aurora:

–           ¿Recibiste los azotes?

La hermosa esclava le contesta feliz y agradecida:

–          ¡Oh, sí señor! ¡Los he recibido! ¡Oh, sí señor!

Es evidente que para ella, los azotes recibidos  los considera como una compensación por no haber sido despedida de la casa y que cree que puede seguir permaneciendo en ella.

Cuando Petronio comprendió esto, tuvo que admirar la vehemente obstinación de la joven. Pero conoce demasiado la naturaleza humana, para no advertir que solo el amor puede dar alas a una resistencia semejante.

Y la interrogó:

–           ¿Amas a alguien en esta casa?

Aurora alzó sus hermosos ojos azules llenos de lágrimas y en una voz tan suave que apenas se oyó, dijo:

–           Sí, señor. –y se ruborizó.

Y Petronio admiró su cara perfecta, que muestra  una expresión de temor y de esperanza. La vio tan bellísima y con una mirada tan suplicante, que no pudo reprimir un sentimiento de compasión. Y señalando a los siervos con un movimiento de cabeza, preguntó:

–           ¿A quién de éstos amas?

No hubo contestación.

Ella inclinó la cerviz hasta los pies de su amo y permaneció inmóvil.

Petronio miró entonces al grupo de esclavos. Los observó detenidamente y nada pudo leer en el semblante de ellos, salvo una sonrisa extraña…

Contempló entonces a Aurora, que seguía postrada a sus pies y luego de un momento sacudió la cabeza y se dirigió en silencio al triclinium.

Después de comer, ordenó que le llevasen a palacio y luego a casa de Sylvia, en cuya compañía permaneció hasta el día siguiente.

A su regreso hizo llamar a Héctor y le preguntó:

–           ¿Recibió Aurora los azotes?

Héctor contestó:

–           Sí, señor. Pero tú no has permitido que se le corte la piel.

Petronio añadió:

–           ¿Te di alguna otra orden respecto a ella?

mayordomo-hectorEl mayordomo se alarmó y contestó trémulo:

–           No, señor.

–           Está bien. ¿A cuál de los esclavos ama Aurora?

Héctor lo miró sorprendido y luego dijo:

–           A ninguno, señor.

–           ¿Qué sabes tú de ella?

Héctor comenzó a hablar con voz insegura:

–           Por la noche jamás sale de su cubículum en el cual vive con la anciana Penélope y Cloe. Después de que te viste, se encarga con otras esclavas del aseo de tu cubículum y de tu ropa. Hace ofrendas en el lararium y jamás entra a los departamentos de los baños… Y no se relaciona con nadie.  Las demás esclavas la ridiculizan por esto, llamándola Minerva (La diosa virgen)

–          ¡Es suficiente! Mi sobrino Marco Aurelio la rechazó. Así pues, puede quedarse aquí. Ahora retírate.

–           Señor. ¿Me permites decirte otra cosa de Aurora?

–           Ordené que me dijeras todo lo que sepas.

–           Toda la familia comenta la fuga de la doncella que debía habitar la casa del noble Marco Aurelio. Después de tu partida, Aurora me dijo que ella conoce a un hombre que la puede encontrar.

–           ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de hombre es ése?

–           No lo sé, señor. Pero he creído mi deber informarte del asunto.

–           Está bien. Encárgate de que ese hombre venga lo más pronto posible, junto a la llegada de mi sobrino a quién pedirás en mi nombre que venga a verme.

–           Voy a hacerlo amo.

El mayordomo se inclinó y salió.

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Pero Petronio se puso a pensar en Aurora.

Al principio creyó que la joven sierva deseaba que Marco Aurelio encontrase a Alexandra, para no verse obligada a irse de la casa. Luego se le ocurrió que el hombre del que Aurora hablaba, pudiera ser su amante…

Y esto no solo NO le gustó nada, sino que le hizo sentir un extraño enojo.

La manera más sencilla de saber la verdad, era preguntándoselo a ella. Pero la hora ya era avanzada y él se sentía cansado.

Cuando se retiró a su cubículum y sin saber por qué, recordó a Sylvia. Había notado que ya no era una jovencita y pensó que su belleza ya no era tanta, como se la celebraban en Roma.

Por una extraña razón, ha dejado de gustarle…

Dos días después…

Petronio apenas acaba de vestirse en el unctorium, cuando llegó Héctor a avisarle que Marco Aurelio había llegado.

Éste entró detrás del mayordomo y con una voz llena de ansiedad, dijo:

–           Salve, Petronio. Héctor me ha dicho que has encontrado a un hombre capaz de encontrar a Alexandra. ¿Es verdad?

Petronio confirmó:

–           Eso veremos. Aurora lo conoce. Ahora que venga a arreglar los pliegues de mi toga, lo sabremos con certeza.

–           ¡Ah! ¿La esclava que me cedías el otro día?

–           Sí. La misma que tú rechazaste y por lo cual te estoy muy agradecido, porque es la mejor camarera de toda la ciudad. Y también la más hermosa.

Ella entró cuando él decía estas palabras, se ruborizó llena de alegría y tomando en sus manos la toga que estaba sobre una silla de ébano, abrió aquella vestidura y la puso sobre los hombros de Petronio. En su rostro hay una expresión de radiante felicidad.

Petronio la observó como si la viera por primera vez y se complació en su belleza. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios y una mirada reflexiva ocultó sus más íntimos pensamientos mientras ella, con movimientos expertos empezó a arreglársela, inclinándose a veces para dar más amplitud a los pliegues.

Petronio la mira, no como el amo acaudalado que examina una adquisición que adorna su casa; sino que empezó a admirar la armoniosa hermosura de su conjunto: su piel alabastrina, que invita a ser acariciada…

Y sin darse cuenta empezó a dejarse fascinar por el encanto que comienza a seducir, cuando un hombre se enamora de una mujer.

–           Aurora. –le dijo con voz suave- ¿Ha venido al llamado de Héctor, el hombre que mencionaste ayer?

Aurora contestó:

–           Ha venido, señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Prócoro Quironio.

–           ¿Quién es él?

–           Un médico, un sabio y un adivinador del futuro, que lee los destinos de los hombres.

–           ¿Te ha predicho a ti el futuro?

Un vivo rubor cubrió el rostro de Aurora hasta las delicadas orejas y todo su cuello, antes de decir:

–           Sí, señor.

–           ¿Y cuál ha sido su predicción?

–           Que el dolor y la felicidad me saldrían al encuentro.

–           El dolor te llegó en las manos de Héctor. De manera que ahora le toca el turno a la felicidad.

–           Ha llegado ya, señor.

Petronio la miró sorprendido:

–           ¿Cómo?

Ella contestó con un murmullo apenas audible:

–           Me quedo.

Petronio puso una mano sobre su cabeza rubia y le dijo:

–           Has hecho bien tu trabajo y estoy muy contento contigo, Aurora.

Ante aquel ligero contacto, la jovencita se sintió desmayar de alegría. Y su corazón palpitó trepidante, mientras Petronio y Marco Aurelio pasaron al atrium, donde los esperaba el griego.

Cuando éste los vio, les hizo una profunda reverencia.

Y Petronio sonrió al recordar su sospecha del día anterior de que tal hombre pudiera ser el amante de Aurora…

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Prócoro es un viejo de regular estatura, de cabellos rizados ralos que alguna vez fueron rubios y ahora lucen un color raro… Porque son evidentes los intentos por cubrirlos con una especie de tinte, para disimular las canas que también hay en su bigote y su barba.

Tiene una cabeza más bien calva, con un rostro lleno de arrugas, en el que sobresale una protuberante nariz de beodo y más bien parece la cara de un sátiro, con una mirada de zorro.

Como tiene los ojos miopes y uno más que el otro, las patas de gallo se acentúan en el lado izquierdo. Son ojos de un verde desvaído con tintes amarillos y una expresión taimada, disimulada con una sonrisa hipócrita y servil.

Mueve con afectación unas manos blancas… Tan pequeñas y delicadas que parecen de mujer y que para nada ayudan a su figura grotesca y un tanto ridícula, por lo afectado de sus modales.

Podría decirse que es un esclavo, intentando ser un patricio… Y sus vanos esfuerzos aumentan los defectos que trata de ocultar.

Definitivamente es una figura extraña. Vestido con una túnica de lana y un manto que alguna vez fuera un rico manto y en el que se notan algunos agujeros…

La vista de este personaje le hizo recordar a Petronio a Tersites, (griego feo, que en el sitio de Troya al hablar mal de Aquiles, fue muerto por éste de una puñalada) el de Homero. Así pues, contestando a su saludo con un movimiento de la mano, dijo:

–           ¡Salve, divino Tersites! ¿Dónde está la giba con que te obsequió Ulises en Troya y qué hace él ahora en los Elíseos?

Prócoro Quironio replicó:

–           Noble señor, Ulises el más sabio de los muertos, envía por mi conducto un saludo a Petronio, el más sabio de los vivos; junto con el encargo de que cubra mi futura giba con un manto nuevo.

Petronio exclamó sorprendido:

–           ¡Por Zeus! Esa respuesta bien merece un manto.

Y los dos se enfrascaron en un intercambio filosófico agudo y lleno de ingenio…

La continuación de este diálogo fue interrumpida bruscamente por Marco Aurelio, al preguntar:

–           ¿Tienes una idea clara de la empresa que vas a emprender?

Prócoro hizo una inclinación de cabeza ante Marco Aurelio, antes de decir:

–           Cuando todos los miembros de las dos nobles casas, no hablan de otra cosa. Y cuando Roma entera repite la noticia, no es difícil saberlo. Anteayer por la noche fue interceptada una doncella llamada Alexandra y que estaba en custodia en la casa de Publio Quintiliano.

Tus esclavos… ¡Oh, señor! Cuando la conducían del palacio del César a tu casa, fue cuando se verificó el suceso. Yo me comprometo a encontrarla en la ciudad. Y si hubiera salido de ella, lo que es poco probable… A indicarte noble tribuno, a donde ha huido y el sitio donde se haya ocultado.

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A Marco Aurelio le agradó la precisión de la respuesta y dijo:

–           Está bien. ¿Con qué medios cuentas para hacer esto?

Prócoro sonrió con malicia y expresó:

–           Tú tienes los medios, señor. Yo solo poseo el ingenio.

Petronio sonrió a su vez. Está muy complacido con su huésped y pensó:

“Este hombre la va a encontrar.”

Marco Aurelio frunció el entrecejo y advirtió:

–           ¡Desdichado! Si llegas a engañarme por codicia, daré orden de que te apaleen.

Prócoro se defendió:

–           Soy filósofo, señor. Y un filósofo no es capaz de sentir el ansia de la recompensa. Especialmente la que con tanta magnanimidad me estás ofreciendo.

Petronio intervino:

–           ¡Ah! ¿Eres tú filósofo? Aurora me ha dicho que eres médico y adivino. ¿Dónde la conociste?

–           Ella acudió en demanda de mi ayuda, porque mi fama había llegado a sus oídos.

–           ¿Qué clase de auxilio necesitaba?

–           Para el amor, noble señor. Ella necesitaba ser curada de un amor no correspondido.

–           ¿Y la curaste?

–           Hice más que eso, señor. Le di un amuleto que asegura la reciprocidad. ¡Oh, señor! En Páfos, en la Isla de Chipre, hay un templo en el cual se conserva un cinturón de Venus. Le he dado dos hilos que proceden de ese cinturón, encerrados en una cáscara de almendra.

–          Me imagino que te hiciste pagar bien por ello.

–           Jamás puede pagarse suficiente por la reciprocidad en el amor. Y yo que carezco de dos dedos en mi mano derecha, me veo obligado a juntar dinero para comprar un esclavo copista a quién pueda encargar la tarea de escribir mis pensamientos. Y conservar así el fruto de mi sabiduría, para el bien de la humanidad.

–           ¿A qué escuela perteneces?

–           Señores, yo soy cínico; porque llevo un manto agujereado. Soy estoico, porque soporto con paciencia la pobreza. Soy peripatético, porque no poseo una litera y voy a pie de una tienda de vinos a la otra… Y en el camino enseño a todo aquel que promete pagarme el valor de un cántaro de vino.

–           ¿Y ante el cántaro te vuelves retórico?

–           Heráclito declara que ‘todo es fluido’. ¿Podrías negar tú señor, que el vino es fluido?

–           Y ha declarado también que el fuego es una divinidad y por eso la divinidad irradia de tu nariz.

Prócoro no se intimida…

–           Los otoños son fríos y un sabio de genuina estirpe ha de calentar su inspiración y su cuerpo con vino. ¿Acaso podrías negar este consuelo a un pobre ser humano?

Petronio continuó con su interrogatorio:

–           Prócoro Quironio, ¿De dónde eres?

–           Nací en Macedonia. Soy oriundo de Estagira…

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–           ¡Oh! Entonces tú eres grande.

El sabio respondió con aire reflexivo:

–           Y desconocido…

Marco Aurelio volvió a impacientarse.

Ante la perspectiva de la esperanza que ilumina de pronto su vida, toda esa conversación le pareció simplemente ociosa. Están desperdiciando el tiempo y se siente muy incómodo…

Se decide y le pregunta al griego:

–           ¿Cuándo comenzarás con tus investigaciones?

Prócoro respondió con una sonrisa triunfal:

–          Las he comenzado ya. Y aun cuando ahora me encuentro aquí respondiendo a tus preguntas, ya estoy trabajando en el asunto que te preocupa.

Petronio preguntó:

–           ¿Te has ocupado antes de servicios de este género?

–          Soy un filósofo incomprendido y tengo necesidad de buscar otros medios de subsistencia.

–           ¿Cuáles son tus recursos?

–           Averiguarlo todo y servir con mis noticias a quién de ello tenga necesidad.

–           ¿Y quién paga eso?

–          ¡Oh, señor! Necesito comprar un copista. De otra forma mi sabiduría perecerá conmigo.

Petronio lo miró evaluándolo y declaró:

–           Si hasta hoy no has reunido lo suficiente para comprar un manto nuevo, no pueden ser tan buenos esos servicios tuyos.

Prócoro no se amilanó:

–           Soy modesto. ¡No! Mis servicios no son pequeños. Ponme a prueba y lo verás…

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Marco Aurelio pensó que este hombre era como un sabueso. Una vez puesto en la pista, no se detendrá hasta descubrir el escondite de Alexandra.

E indagó:

–           Y bien. ¿Necesitas mayores indicios?

–           Necesito armas.

Marco Aurelio lo miró con sorpresa e indagó:

–           ¿De qué clase?

El griego extendió una mano y con la otra hizo ademán como si contara dinero.

Lanzó un profundo suspiro y dijo lacónico:

–           Tales son los tiempos.

Petronio intervino y preguntó:

–          ¿Entonces tú has de ser el asno que quiere ganarse la fortaleza con bolsas de oro?

Prócoro suspiró y contestó con humildad:

–           Yo soy tan solo un pobre filósofo. Ustedes tienen el oro.

Marco Aurelio le arrojó una bolsa que el griego cogió en el aire…

Y éste, respondió decidido:

–          Sé más de lo que tú crees. No he venido aquí con las manos vacías. Sé que no ha sido Publio Quintiliano quién interceptó a la doncella, porque he hablado con los esclavos del general. Sé que la Princesa Alexandra no está en el Palatino, porque allí todos están preocupados sólo por la Infanta Augusta.

Y es posible que pueda yo adivinar porqué quieres buscar a la doncella con mi ayuda, antes que con los guardias de la ciudad y los soldados del César. Sé que su fuga se efectuó con la ayuda de un sirviente, un esclavo originario del mismo país en el que ella nació.

Los que le ayudaron al sirviente no fueron esclavos, porque ellos se ayudan unos a otros. Y nadie los hubiera podido coaligar contra los tuyos. Solamente algún correligionario ha podido prestarle ayuda.

Petronio no pudo contenerse y exclamó:

–           ¿Lo has oído, Marco Aurelio? ¿No es eso palabra por palabra, lo mismo que yo te he sostenido?

Prócoro dijo:

–           Es un honor para mí. Es indudable que la doncella rinde culto a la misma divinidad que adora Fabiola, esa dama virtuosa que es una verdadera matrona romana. He sabido también que Fabiola adora a un Dios extranjero, pero sus esclavos no supieron decirme qué Dios es, ni cómo se llaman los que le rinden culto.

Si yo pudiera saberlo, iría a buscarlos y me convertiría en el más abnegado prosélito de esa religión y me ganaría su confianza… También sé señor, que tú pasaste una temporada en la casa del noble Publio y… ¿Tú no me puedes dar información sobre ese particular?

Petronio está más que admirado…

Marco Aurelio contestó:

–           No puedo.

Prócoro tomó el dominio de la situación:

–          Nobles señores, me han hecho ya varias preguntas. Permitid que ahora sea mí turno y os haga una: ¿No habéis visto a Fabiola o a tu divina Alexandra, llevar algún amuleto o adorar alguna estatua; presentar alguna ofrenda o celebrar alguna ceremonia? ¿No les has visto hacer algunos signos inteligentes solo para ellos?

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Signos! ¡Espera!… Sí. Vi una vez a Alexandra dibujar un pescado sobre la arena.

EL PESCADO Y SU SIGNIFICADO

–           ¿Un pescado? ¡Aaaah! ¡Ooooh! Y dime: ¿Ella hizo eso una o varias veces?

–           Solo una vez.

–           ¿Y estás seguro señor, de que fue un pescado lo que dibujó?

A Marco Aurelio se le avivó la curiosidad y preguntó:

–          Sí. ¿Tú sabes lo que significa?

Prócoro Quironio dijo:

–           Lo averiguaré. –Se inclinó en señal de despedida y agregó- ¡Quiera la fortuna derramar igualmente sobre ambos, toda clase de beneficios, nobles y dignos señores!

Petronio al despedirse, especificó:

–           Ordena que te entreguen un manto.

El griego lo miró con respeto y dijo:

–           Ulises te da las gracias en nombre de Tersites.

Y salió haciendo una profunda reverencia…

Cuando se quedaron solos Petronio preguntó a Marco Aurelio:

–           ¿Qué opinas sobre este sabio?

Marco contestó alborozado:

–          Creo que encontrará a Alexandra. Pero también digo que si hubiera un reino de los pícaros, éste sería su más digno soberano. Es todo un pillo.

–           Coincido contigo. Por cierto… He de estudiar más de cerca a este estoico que viene tan perfumado.

El tribuno sólo encoge los hombros…

Mientras tanto Prócoro Quironio oprime en su mano bajo los pliegues de su manto nuevo, la bolsa que le diera Marco Aurelio, admirando tanto su peso, como su áureo retintín.

Y se dirigió a la taberna de Quinto, a escanciar un poco de vino. Y a agradecer a la fortuna porque por fin ha encontrado lo que por tanto tiempo buscó…

Pensó: “Él es joven, irascible, opulento como las minas de Chipre y está dispuesto a pagar la mitad de su fortuna, con tal de recuperar a su amada. Éste es el hombre que me hacía falta. Y sin embargo debo tener mucho cuidado, pues su ceño no me augura nada bueno. ¿Conque ella trazó un pescado sobre la arena? No sé lo que significa eso, pero muy pronto lo sabré.”

Y con determinación siguió su camino…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

190.- EL SALVADOR DE LA PATRIA


1luna_creciente

Mientras tanto, Judas ha llegado a la casa de Caifás.

La luna creciente le alumbra el camino y sube decidido entre los olivos de la colina. Llega a la puerta y toca con tres golpes, un golpe, dos golpes…

La puerta se abre sin ningún obstáculo.

Judas entra y pregunta:

–                       ¿Están reunidos?

El portero contesta:

–                       Sí, Judas de Keriot. Creo que están todos.

–                       Llévame a donde están. Debo hablar de cosas importantes. ¡Pronto!

El Portero asegura la puerta y lo guía por una largo y semioscuro corredor.

Se detiene ante una puerta y llama.

El tumulto de voces se calla por dentro… Luego se escucha el sonido de la cerradura y la puerta se abre.

Simón Boeto dice:

–                       ¿Eres tú? ¡Entra!

Judas entra en la sala y la puerta vuelve a ser cerrada con llave.

Hay un momento de sorpresa al ver entrar a Judas…

Lo saludan en coro:

–                       La paz sea contigo, Judas de Simón.

Judas contesta:

–                       La paz sea con vosotros, miembros del Santo Sanedrín.

1SESIÓN

Sadoc pregunta:

–                       Acércate. ¿Qué se te ofrece?

–                       Hablaros… Hablaros del Mesías. No es posible que las cosas sigan así. No os puedo ayudar más si no os decidís a tomar las providencias extremas. Él ya sospecha…

Airados lo interrumpen.

Nahúm le grita:

–                       ¿Te has dejado descubrir, necio?

Judas contesta impaciente:

–                       No. Vosotros sois los necios. Por una prisa irrazonable cometisteis errores y más errores. Sabíais bien que podíais disponer de mí… Y sin embargo no os fiasteis.

Elquías, más serpentino que nunca, le apostrofa con ironía:

–                       ¡Tienes mala memoria, Judas de Simón! ¿No te acuerdas cómo nos dejaste la última vez?…  ¿Quién iba a pensar que nos eras fiel a nosotros, cuando dijiste de ese modo que no podías traicionarlo?

El apóstol objeta excitado:

–                       ¿Y creéis que sea fácil engañar a un amigo? ¿Al único que verdaderamente me ama, que es Inocente?…  ¿Creéis que sea cosa fácil decidirse por el Crimen?

Tratan de calmarlo. Lo lisonjean…

1the-sanhedrin

Doras le dice persuasivo:

–                       Lo que vas a hacer, no es ningún crimen. Es una obra santa para con la patria, a la que evitarás represalias de los dominadores, que empiezan a dar señales de intolerancia por estas continuas agitaciones y divisiones de partidos y de la plebe, en la provincia romana.

Sadoc agrega:

–                       ¡Y para con el Género Humano, si es que en realidad él está convencido de su Naturaleza Divina de Mesías y su misión espiritual!

Ismael ben Fabi:

–                       Si es verdad lo que dice… ¡Lejos de nosotros el creerlo! ¿Esto no te convierte acaso en colaborador de la Redención? Tu nombre irá asociado al suyo por los siglos y la patria te contará entre sus héroes.

Nahúm:

–                        Serás honrado con los cargos más altos. Ya tenemos preparado un asiento para ti, entre nosotros. Subirás, Judas. Dictarás leyes a Israel. ¡Oh!…

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Ismael ben Fabi:

–                       ¡Nunca olvidaremos lo que hiciste en bien del Sagrado Templo, del Sagrado Sacerdocio, en defensa de la Ley Santísima, en bien de toda la nación!

1Templo-Salomon_

Eleazar de Annás:

–                       Trata solo de ayudaros y te juramos… Te lo juro en nombre de mi poderoso padre y de Caifás que tiene el Efod, que serás el hombre más grande de Israel. Más que los tetrarcas. Más que mi mismo padre que es un pontífice depuesto.

Se te servirá y se te obedecerá como a un rey; como a un profeta.

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Cananías:

En el caso de que Jesús de Nazareth no fuese sino un falso Mesías, aun cuando no fuese sentenciado a muerte, porque no ha cometido acciones que comete un ladrón; sino que son de un loco. Ten en cuenta que te recordamos las palabras del Sumo Pontífice Caifás…

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Simón Boeto:

Y tú sabes que quién trae el Efod y el Racional, habla por inspiración divina y profetiza el bien y lo que ha de hacerse por el…

Félix:

Caifás dijo: ‘Está bien que un hombre muera por el pueblo y que no perezca toda la nación’ Fue una profecía…

Se eleva un coro de voces simultáneas:

–                       Así fue.

–                       El Altísimo habló por boca del Sumo Sacerdote.

–                       ¡Y que se le obedezca!

El Gran Consejo del Sanedrín, ha hablado.

Judas ha quedado sugestionado. Seducido… Pero un rayo de sentido común, si no de bondad hay todavía en él… Y lo detiene para no pronunciar las palabras fatales.

Todos lo rodean con deferencia. Con simulado cariño.

Todos insisten:

–                       ¿No nos crees a nosotros?

–                       Mira: somos los jefes de las veinticuatro familias sacerdotales.

–                       Los Ancianos del Pueblo. Los Escribas.

–                       Los más grandes Fariseos de Israel.

–                       Los sabios Rabíes.

–                       Los Magistrados del Templo.

1Sanhedrin

Nahúm:

–                       También eres un levita. ¿Tienes veinticinco años?…

Judas:

–                       Sí. Los acabo de cumplir el verano pasado.

–                       Tienes la edad requerida, para entrar a ofrecer al Santuario… Pronto harás tu primer sacrificio… Aquí a tú alrededor está la  Flor de Israel pronta a aclamarte y a una voz te ordena: ¡Hazlo porque es una cosa santa!

1sacerdote-levita

Judas protesta:

–                       ¿Dónde está Gamaliel? ¿Dónde José y Nicodemo? ¿Dónde Eleazar el amigo de José y dónde Juan de Galaad? No los veo.

Elquías contesta:

–                       Gamaliel está en gran penitencia. Juan, junto a su mujer que está encinta y que está sufriendo esta tarde. Eleazar… no sabemos por qué no haya venido. Un mal rato lo puede tener cualquiera. ¿No te parece? En cuanto a José y Nicodemo, no les avisamos de esta reunión secreta.

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Todos:

–                       Y eso porque te amamos y nos preocupamos de tu honra…

–                       Porque desgraciadamente si todo fallase, no denunciarán tu nombre al Maestro.

–                       Velamos por tu fama…

–                       Te amamos, Judas.

–                       Nuevo Macabeo.

–                       Salvador de la Patria.

Judas objeta:

–                       El Macabeo peleó bravamente… Yo cometo una traición.

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Cananías dice:

–                       No te detengas en las particularidades de tu acción, sino en la justicia del objetivo. Habla tú Sadoc, Escriba de Oro. Que tu boca vierta palabras preciosas. Si Gamaliel es docto, tú eres sabio, porque en tus palabras está la Sabiduría de Dios. Convence a este que titubea en defender al Templo de la más grave de las amenazas. 

Sadoc se abre paso y dice con ademanes de un orador inspirado, mientras extiende con majestad el brazo derecho:

–                       ¡Escucha, oh, hombre de Dios!

1sadoc

Luego, levantando la cara y los dos brazos en alto, grita:

–                       ¡Yo te lo digo! ¡Te lo digo ante la altísima Presencia de Dios!

Todos se inclinan y se vuelven a enderezar, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras dicen a coro y con un eco perfecto:

–                       ¡Marán-Atá!

Sadoc continúa:

–                       Yo te lo digo: ¡Está escrito en las páginas de nuestra historia y de nuestro destino! ¡Está escrito en las señales y en las figuras que los siglos dejaron! ¡Está escrito en el rito que no cesa, desde la noche fatal para los egipcios! ¡Está escrito en la figura de Isaac! ¡Está escrito en la figura de Abel! Y lo que está escrito… ¡Que se cumpla!

Todos contestan y siguen el mismo ritual anterior:

–                       ¡Marán-Atá!

Esta insólita ceremonia tiene un tono lúgubre, sugestionante…

el-cordero

Con las caras de nuevo en alto y las lámparas encendidas en los ángulos de la sala, hace que esta reunión de hombres casi todos vestidos de blanco, parezca una reunión de espectros… Alucinante y macabra.

Sadoc continúa:

–                       La Palabra de Dios ha bajado sobre los labios de os profetas para confirmar este decreto: ¡Él debe morir! ¡Está dicho!

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Todos repiten en coro:

–                       ¡Está dicho! ¡Marán-Atá!

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Se vuelven a inclinar y a enderezar con los brazos cruzados sobre el pecho.

Cananías continúa como si fuese un ritual:

–                       ¡Debe morir! ¡Su suerte está echada!

Y todos responden con solemnidad:

–                       ¡Debe morir!

1coro-levitas

–                       ¡Marán-Atá!

–                       Está descrito hasta en sus pormenores, su destino fatal.

–                       ¡Marán-Atá!

–                       ¡Y la fatalidad no tiene remedio!

–                       ¡Marán-Atá!

–                       Hasta el precio simbólico que se hace al que hace de instrumento de Dios para la realización de la promesa, está indicado.

–                       ¡Marán-Atá!

–                       ¡Está señalado!

–                       ¡Marán-Atá!

–                       Sea el Redentor o un falso profeta, ¡Debe morir!

–                       ¡Marán-Atá!

–                       ¡Debe morir!

–                       ¡Marán-Atá!

–                       La Hora ha llegado.

–                       ¡Marán-Atá!

–                       ¡Yeové lo quiere!

–                       ¡Marán-Atá!

En esta increíble y lúgubre ceremonia aparecen de repente en la sala, el Sumo Sacerdote y Annás, que han entrado sin que nadie se percatara de su presencia…

Caiaphas

Caifás interviene y dice:

–                       ¡Oigo su Voz!…  A fuertes gritos ordena: ¡Que se cumpla!

Todos contestan:

–                       ¡Marán-Atá!

Annás:

–                       ¡El Altísimo ha hablado!

Todos:

–                       ¡Marán-Atá!

–                       ¡Que se cumpla!

–                       ¡Que se cumpla!

–                       ¡Marán-Atá!

Anás pone las manos sobre la cabeza de Judas y dice:

–                       Que el Cielo te dé fuerzas, como las dio a Yael y a Judith, que aunque eran mujeres, se comportaron como heroínas.

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Como las dio a Jefté…

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 Que sacrificó a su misma hija, en aras de la patria…

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Como las dio a David contra Goliat y realizó una hazaña que eternizará a Israel en el recuerdo de las naciones.

1David_vs_Goliath

Caifás confirma:

–                      ¡Que el Cielo te dé fuerzas!

Todos:

–                       ¡Marán-Atá!

Caifás:

–                       ¡Sé un vencedor!

1goliat

Annás:  

–                       Sé un Vencedor.

Todos:

–                       ¡Marán-Atá!

La voz cascada de Cananías sube de tono:

–                       ¡El que titubea en cumplir la orden sagrada, está condenado a la deshonra y a la muerte!

Sadoc:

–                       Está sentenciado.

El coro:

–                       ¡Marán-Atá!

Annás y Sadoc:

–                       Si no escuchas la Voz del Señor Dios tuyo y no realizas sus órdenes y lo que por nuestra boca te manda, ¡Qué todas las maldiciones vengan sobre ti! 

–                       Todas las maldiciones.

Todos:

–                       ¡Marán-Atá!

Caifás, Annás y Nahúm:

–                       ¡Qué te castigue el Señor con todas las maldiciones mosaicas!

–                       ¡Qué te haga desaparecer de entre las gentes!

–                       ¡Te castigue y te haga desaparecer!

Todos:

–                        ¡Marán-Atá!

1gran-consejo

Un silencio fatal envuelve esta escena de sugestión…

Parece que nada se moviera dentro de esta atmósfera de miedo glacial. Pasan unos minutos aterradores… Y luego…

Satanás comunica a Judas el Odio mortal que siente contra Jesús…

1lucifer

Vivo y activo dentro del sacerdote apóstata, cierra su garra opresora sobre el corazón del desgraciado e indefenso apóstol…

1satanás

   Y Judas se estremece por esta pasión avasalladora y mortífera…

1satana2

Finalmente la voz de Judas retumba y es difícil reconocerla, por lo cambiada que está… Su bella y grave voz resuena con un timbre escalofriante y mortal…

Es una voz que tiene la resonancia del Infierno:

–                       Sí. Lo haré. La última parte de las maldiciones mosaicas me toca a mí… Y debo irme porque ya estoy retrasado. Me siento enloquecer al no gozar tregua ni descanso. Mi corazón tiembla de pavor… Mis ojos se oscurecen y mi alma se muere de tristeza…  Tiemblo de que se me descubra y de que Él me fulmine, en éste mi juego doble.

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No sé. No comprendo hasta dónde conoce mis intenciones. Veo que mi vida pende de un hilo. Mañana y noche suplico porque acabe esta hora que sumerge mi corazón en el terror: por el horrible crimen que debo realizar.

¡Oh! ¡Daos prisa! ¡Arrancadme de esta angustia que sufro! Que todo se cumpla, ¡Y al punto! ¡Ahora! ¡Qué me vea libre! ¡Vamos!…

Judas se calla. Su voz fue tomando fuerza a medida que hablaba. Sus movimientos, al principio inseguros y automáticos como los de un sonámbulo; poco a poco se hicieron más resueltos. Se endereza cuán alto es…

Y satánicamente bello, grita:

–                       ¡Qué desaparezcan las artimañas de un insensato terror! Me veo libre de una sujeción que infunde pavor… ¡Mesías…! ¡No te tengo miedo y te entrego a tus enemigos!… ¡Vamos!

Es el grito de un demonio victorioso.

1demonio victorioso

Caifás y Anás se miran entre sí y sonríen…

Y mientras ellos desaparecen tras una pesada cortina…  Judas sin esperar más se dirige hacia la puerta.

Los más encarnizados lo alcanzan y lo detienen.

Elquías y Sadoc preguntan:

–                       ¡Despacio! Todavía no terminamos…

–                       Primero respóndenos: ¿Dónde está Jesús de Nazareth?

Judas contesta:

–                       En casa de Lázaro, en Bethania.

Varios objetan:

–                       No podemos entrar en esa casa que defienden siervos muy adictos a su dueño.

–                       Es la casa de un protegido de Roma.

–                       Nos toparíamos con dificultades.

Judas:

–                       Mañana al amanecer vendremos a la ciudad. Poned guardias en el camino a  Betfagé. Armad confusión y prendedlo.

–                       ¿Cómo sabes que viene por ese camino?

–                       Podría seguir otro…

Judas:

–                       No. Ha dicho a sus seguidores que por ese entrará a la ciudad. Por la Puerta de Efraín…  Que lo esperen cerca de En Roguel. Si lo detuvierais antes…

1ismael y samuel

Nahúm dice:

–                       No podemos. Tendríamos que entrar con Él entre los guardias y cada camino que trae a las puertas y cada calle de la ciudad están llenas de gente, desde que amanece hasta que anochece. Sucederá un tumulto y es lo que no queremos.

–                       Subirá al Templo. Llamadlo para interrogarlo en una sala. Llamadlo en nombre del Sumo Sacerdote. Irá, porque os respeta más que a su propia vida. Una vez que esté con vosotros… No os faltará el modo de llevarlo a un lugar seguro y condenarlo cuando llegue su Hora…

Sadoc objeta:

–                       No dejaría de haber tumulto. Deberías tener en cuenta que la plebe es fanática. Y no solo el pueblo, sino los grandes, lo mejor de Israel y también están los romanos…

Todos respaldan:

–                       Claudia y sus amigas parecen serle muy adictas…

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–                       Gamaliel está perdiendo discípulos. Lo mismo Jonathás ben  Uziel y otros más de los nuestros.

–                       Todos nos abandonan al sentirse seducidos.

–                       Hasta los paganos lo veneran o lo temen. Lo cual ya es una forma de veneración. Y están dispuestos a volverse contra nosotros, si le hiciéramos algún mal.

–                       Además, algunos de los ladrones que asalariamos, para que se fingiesen discípulos suyos y provocasen revueltas, fueron arrestados y hablaron esperando alcanzar clemencia.

–                       El Pretor lo sabe…

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–                       Todo el mundo lo sigue y nosotros no logramos hacer nada.

Es necesario obrar con precaución, para que la plebe no se dé cuenta.

Nahúm confirma:

–                       ¡Tenéis razón! ¡Hay que tomar precauciones! Annás también lo recomienda. Nos dijo: “Que no se haga durante la Fiesta, para que la gente fanática no vaya a provocar algún tumulto” éstas son sus órdenes.

Eleazar ben Annás:

–                       Y también ordenó que se le trate reverentemente en el Templo y dondequiera. Que no se le moleste, para poder atraparlo.

Judas dice:

–                       Entonces, ¿Qué queréis hacer? Yo estaba dispuesto para esta noche y vosotros dudáis…

Elquías, Cananías y Doras contestan:

–                       Bueno. Tú deberías llevarnos cuando Él esté solo.

–                       Conoces su modo de obrar. Nos escribiste diciéndonos que te tiene cerca de Sí, más que a los demás.

–                       Debes estar enterado de lo que quiere hacer. Estaremos siempre listos.

–                       Cuando creas que sea el momento oportuno y sepas el lugar, ven e iremos.

Judas ya habla fríamente, como si estuviera haciendo una transacción comercial y declara:

–                       Contrato hecho. ¿Qué me daréis en recompensa?

Cananías responde:

–                       Lo que dijeron los profetas para que seamos fieles a la palabra inspirada: treinta denarios.

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Judas grita:

–                       ¡Qué! ¿Treinta denarios por matar a un hombre y A Ese Hombre?… ¡Lo que cuesta un vulgar cordero en estos días de fiesta!¡Estáis locos!

1cordero

No es que tenga necesidad de dinero. Tengo buenas provisiones. No vayáis a pensar que me convenceréis con el ansia de dineroEs demasiado poco para compensar el dolor de traicionar al que siempre me ha amado.

Sadoc dice:

–                       Ya te dijimos lo que haremos contigo: ¡Gloria! ¡Honores! Lo que esperabas de Él y no has conseguido.

Nahúm:

–                       Nosotros te ungiremos rey, profeta y Santísimo Doctor de la Ley.

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–                       Serás más grande y más respetado que Gamaliel…

1sumo-sacerdote

Eleazar ben Anás:

–                       Te ungiremos Patriarca del Templo y serás obedecido por todo el Santo Consejo del Sanedrín. Serás más grande y más poderoso en Israel, que el mismo Herodes…

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Nahúm:

–                       Sólo el Sumo Sacerdote estará a tu nivel… Pero eso sólo porque lleva el Efod.

1sacrificando

Tú serás el mayor héroe de la Patria y el cargo será vitalicio. Tendrás toda la riqueza y el poder que esto representa…

1ungiendo-sacerdote

Elquías:

–                       Nosotros curaremos tu desilusión. Pero el precio lo fijaron los profetas. ¡Oh! ¡No es más que una formalidad! ¡Un símbolo! ¡No más! Lo demás vendrá después…

Judas:

–                       Y el dinero ¿Cuándo?

Cananías replica:

–                       Si te refieres al pago por la entrega, en el momento en que nos digas: “Venid” No antes. Nadie paga hasta que no tiene la mercancía en las manos. ¿Acaso no te parece justo?

1Judas

–                       Es lo justo. Pero triplicad la suma…

Todos:

–                       No. Así lo dijeron los profetas. ¡Je, je, je!

–                       Así debe hacerse. ¡Je, je, je!

–                       ¡Oh, que si sabemos obedecerlos! ¡Je, je, je!

–                       No dejaremos ni una tilde. ¡Je, je, je!

–                       Para que se cumpla lo que de Él está escrito. ¡Je, je, je!

–                       Somos fieles a la palabra inspirada. ¡Je, je, je!

La figura esquelética de Cananías se estremece con su risa hipócrita y venenosa. Muchos le imitan con sus risotadas lúgubres, llenas de rabia y de Odio.

1Sanhedrin (2)

Elquías dice:

–                       Hemos terminado.

Todos:

–                       Puedes irte. Esperamos el alba para entrar nuevamente en la ciudad por diversos caminos. Adiós.

–                       La paz sea contigo, oveja extraviada que regresas al redil de Abraham.

–                       ¡La paz sea contigo!

–                       ¡La paz sea contigo y con ella la gratitud de todo Israel!

–                       Cuenta con nosotros.

Nahúm:

–                       Cualquier deseo tuyo, es ley para nosotros.

Eleazar:

–                       ¡Qué Dios esté contigo, como lo ha estado con todos los siervos más fieles!

Doras:

–                       ¡Todas las bendiciones caigan sobre ti!

Lo acompañan a la salida con abrazos y protestas de Amor…

Lo ven alejarse por el corredor semioscuro. Oyen el ruido de los aldabones al abrir y cerrar.

1casa-caifas

Llenos de júbilo vuelven a entrar a la sala.

Los menos perversos dicen al mismo tiempo:

–                       ¿Y ahora?

–                       ¿Qué haremos con Judas de Simón?

–                       Sabemos muy bien que fuera de esos miserables treinta denarios, no podemos darle nada…

–                       ¿Qué dirá cuando se vea traicionado?

–                       ¿No habremos cometido un error más grande?

–                       ¿No contará al pueblo lo que hicimos?

–                       Todos sabemos que es un hombre voluble…

Cananías grita:

–                       ¡Sois muy ingenuos y además necios, al pensar en estas cosas y preocuparos por ellas! Ya determinamos lo que haremos con Judas. ¿Lo habéis olvidado?

1cananías (2)

Eleazar:

–                       Y no vamos a cambiar de plan.

Nahúm:

–                       Tan pronto acabemos con el Mesías, Judas morirá. Lo hemos decidido.

Ismael ben Fabi pregunta:

–                       ¿Y si lo revela antes?

Sadoc contesta:

–                       ¿A quién? ¿A los discípulos?…  ¿Al pueblo, para que lo lapiden?

Elquías:

–                       Él no hablará. Su horrible acción es una mordaza.

Simón Boeto advierte:

–                       Podría arrepentirse más adelante. Tener remordimientos y hasta fingirse loco… Porque al darse cuenta, el remordimiento lo puede enloquecer.

Elquías dice lento, pero decidido:

–                       No tendrá tiempo para ello. Pensaremos antes. A cada cosa su hora. Primero el Nazareno y luego eliminaremos al que lo traicionó… 

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Nahúm advierte:

–                       Oíd. Ni una palabra a los que no vinieron. Conocen bastante nuestros planes. No confío en José, ni en Nicodemo. Y muy poco en los otros…

Doras pregunta:

–                       ¿Tienes sospecha de Gamaliel?

Nahúm responde:

–                       Hace meses que ya no viene con nosotros. Si el Pontífice no se lo manda expresamente, no tomará parte en nuestras sesiones.

Cananías:

–                       Dice que está escribiendo una obra con la ayuda de su hijo.

Elquías:

–                       Pero me refiero a Eleazar y a Juan.

Félix exclama con ira:

–                       ¡Esos nunca se han mostrado contrarios!

Cananías replica:

–                       ¡No es así! Se nos han opuesto demasiado poco y por eso conviene vigilarlos. ¡Je, je, je!

Sadoc:

–                       Muchas sierpes se nos han metido en el Sanedrín…

–                       Pero se les echará fuera… ¡Je, je je!…

Y encorvado y tembloroso, apoyado en su bastón, busca lugar en uno de los grandes y largos asientos, cubiertos de gruesos tapices que hay junto a las paredes de la  sala. Contento, se tira sobre uno de ellos y pronto se duerme con la boca abierta, con una sonrisa maléfica, que refleja la maldad que hay en su corazón.

Lo ven los otros y…

Doras, el hijo de Doras, dice:

–                       Él tiene la satisfacción de ver este día. Mi padre lo soñó. Pero no pudo verlo. Pero en mi corazón llevaré este ideal, para que mi padre esté también presente cuando nos venguemos del Nazareno y también pueda alegrarse…

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Nahúm:

–                       Recordad que tenemos que turnarnos y que debemos estar siempre en el Templo.

–                       Estaremos.

Elquías:

–                       Debemos dar órdenes de que a cualquier hora que venga Judas de Simón, se le lleve al Sumo Sacerdote.

–                       Así lo haremos.

Sadoc:

–                       Y ahora preparémonos para el Golpe Final.

Todos:

–                       ¡Estamos preparados!

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–                       ¡Estamos preparados para todo!

–                       Astutamente.

–                       ¡Astutamente!

–                       Con perspicacia.

–                       ¡Con perspicacia!

–                       Para apartar cualquier sospecha.

–                       ¡Para engañar a cualquiera!

–                       Nadie reaccionará contra lo que diga o haga.

–                       ¡Así lo haremos!

–                       Nos vengaremos de una sola vez…

–                       ¡Así lo haremos!

–                       Y nuestra venganza será cruel.

–                       ¡Cabal!

–                       Completa.

–                       ¡Sin compasión!

Se sientan a descansar mientras llega el alba…

1rayandoel alba

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

186.- EL HIJO DEL “SANTO”


1analía

En la puerta aparece la cara juvenil de Analía.

Jesús la llama:

–                       Acércate. ¿En dónde está tu compañera?

Analía contesta señalado la terraza:

–                       Allí, Señor. Quiere regresar. Están por irse. Martha ha comprendido mi deseo y yo me quedaré hasta mañana, después del crepúsculo. Sara regresa a casa, para decir que yo me quedo. Quisiera que la bendigas porque… Luego te lo diré…

–                       Que venga y la bendeciré.

La joven sale y regresa con su compañera que se postra ante el Señor.

Jesús la saluda:

–                       La paz sea contigo y la Gracia del Señor te lleve por los senderos por donde te ha llevado Analía, que te precedió. Ama a su madre y bendice al Cielo que te ha librado de los lazos y dolores, para que fueses toda para Él. Llegará un día en que más que ahora bendecirás al Cielo, por haber sido estéril por voluntad propia. Vete.

1sarah (2)

La jovencita sale conmovida.

Analía dice:

–                       Le has dicho todo lo que quería. Soñaba con estas palabras. Siempre me decía: “Me agrada tu elección, aun cuando sea muy rara en Israel. También quisiera hacer lo mismo. No tengo padre y mi madre es tan dulce como una paloma. Y me apoyará. Pero para estar segura, quisiera oírlo de su boca.” Ahora se lo has dicho y también yo me siento tranquila.

–                       ¿Desde cuándo está contigo?

–                       Desde… Que llegó la orden del Sanedrín. Me dije: “Ha llegado la Hora del Señor y debo prepararme para morir.” Porque yo te lo pedí, Señor… Hoy te lo recuerdo. Si vas al Sacrificio; yo quiero ser hostia junto contigo…

–                       ¿Sigues queriéndolo?

–                       Sí, Maestro. No podría vivir en un mundo en donde no estuvieras. Y no podría sobrevivir a tus tormentos. ¡Tengo tanto miedo por Ti! Muchos de entre nosotros se hacen ilusiones… ¡Yo no! Siento que ha llegado la Hora. ¡Es demasiado el Odio!…

Espero que aceptarás mi ofrenda. No tengo otra cosa que darte, más que mi vida, pues sabes que soy pobre: mi vida y mi pureza. Por esto convencí a mi mamá de que llamase a su hermana para que viviese con ella, para que no esté sola. Sara tomará mi lugar como hija y la madre de Sara la consolará.

1oriental-white-casa_blanca

¡No vayas a desilusionarme Señor! El mundo no tiene ningún atractivo para mí. Para mí es una cárcel en donde siento repugnancia. Tal vez se deberá a que quien ha estado en los umbrales de la muerte, comprende que lo que para muchos es alegría; para uno no es más que un vacío que no llena.  Cierto es, que lo que más deseo es el sacrificio… Precederte… Para no ver que el Odio del Mundo se lance cual arma torturadora sobre Ti, Señor mío y para ser semejante a Ti en el Dolor…

–                       Colocaremos pues el lirio cortado sobre el altar, donde se inmola el Cordero. Y se teñirá de rojo con su Sangre Redentora. Sólo los ángeles sabrán que el Amor fue el Sacrificador de una cordera, toda blanca. Y marcarán el nombre de la primera víctima de amor. De la primera continuadora mía…

1BODASDELCORDERO

–                       ¿Cuándo Señor?

–                       Ten preparada la lámpara y vístete con vestiduras de Bodas. El Esposo está a la puerta. Verás su Triunfo, pero no su Muerte. Y entrarás triunfante en el Reino con Él.

1Bodas-cordero

–                       Entones bendíceme, Maestro. Absuélveme de todos mis pecados. Haz que esté pronta a las bodas y a tu venida. Porque Tú Dios mío, eres el que vienes a tomar a tu pobre sierva y a hacerla tú esposa.

La jovencita radiante de alegría y de salud, se inclina a los pies del Maestro, mientras Él la bendice orando por ella.

Luego, Él sale a despedir a los que se van.

Lázaro le pregunta:

–                       ¿Has comido, Maestro?

Jesús contesta:

–                       Muy temprano.

–                       Pronto será de noche. Vamos para que comas.

–                       No. No tengo hambre. Allá en el cancel veo a un pobre niño agarrado a él. Tal vez tenga hambre. Sus vestidos están rotos y se ve flaco. Tengo rato observándolo. Estaba Yo allí, cuando salió el carruaje y huyó para que no lo viesen y lo arrojasen. Luego regresó a mirar con insistencia hacia la casa y en dirección nuestra…

–                       Iré a traerle comida. Adelántate Maestro.

Lázaro corre hacia la casa y Jesús apresura el paso hacia el cancel…

En la cara del niño se refleja el dolor y brillan sus ojos castaños.

1shalem

Jesús le sonríe:

–                       ¿A quién buscas, pequeñín?

Le niño contesta:

–                       ¿Eres tú el Señor Jesús?

–                       Sí.

–                       A Ti te busco.

–                       ¿Quién te ha enviado?

–                       Nadie. Quiero hablarte. A muchos escuchas. A mí  también.

Jesús quiere abrir el cancel y pide al niño que suelte las barras que tiene asidas.

El niño las suelta y al hacerlo, bajo su pobre vestido se ve el esqueleto de un pobre niño raquítico, con la cabeza sumida en los hombros y las piernas zambas. Está jorobado. Su cara es triste y marchita. Parece tener unos siete años de edad.

Jesús se inclina a acariciarlo y le dice:

–                       Dime que es lo que quieres. Soy tu amigo. Yo Soy Amigo de todos los niños.

Con estas dulces palabras, Jesús toma la flacucha carita entre sus manos y lo besa en la frente.

El niño contesta:

–                       Lo sabía y por eso vine. ¿Ves cómo estoy? Quisiera morirme, para no sufrir más y para no ser de nadie. Tú que curas a muchos y resucitas a muertos, hazme morir. Nadie me ama y nunca podré trabajar…

–                       ¿No tienes padres? ¿Eres huérfano?

1jorobado

–                       Tengo padre. Pero no me ama porque estoy así. Echó a la calle a mi madre y le dio el libelo de divorcio y a mí también me arrojó fuera. Mi madre murió por mi culpa… Porque estoy contrahecho.

–                       ¿Con quién estás viviendo?

–                       Cuando murió mi madre, los siervos me llevaron otra vez con mi padre… Pero como él se casó de nuevo y tiene hijos hermosos, me arrojó. Me entregó a unos campesinos suyos, que hacen lo que le gusta a mi padre… Hacerme sufrir…

–                       ¿Te golpean?

–                       No. Pero cuidan más de los animales que de mí. Me befan… Y como soy enfermizo, me molestan. Cada vez me hago más contrahecho y sus hijos se burlan de mí y me tiran al suelo. Soy un estorbo. Este invierno me enfermé y mi padre no quiso gastar en las medicinas. Dijo que lo mejor que podría hacer, sería morirme. Desde entonces te he estado esperando, para pedirte que me hagas morir.

Jesús lo toma del cuello y lo levanta para abrazarlo, sin hacer caso de las protestas del niño, que dice:

–                       Tengo los pies llenos de lodo. Y mi vestido también está sucio, porque estuve sentado en el camino. Te ensuciarás tu vestidura…

–                       ¿Has venido de lejos?

–                       Vivo en las afueras de la ciudad. Vi pasar a tus discípulos. Supe que eran, porque los campesinos dijeron: “Esos son los discípulos del Rabí Galileo. Pero Él no viene”  Y entonces me vine a buscarte…

–                       ¡Estás mojado! Pobrecito. Te vas a enfermar de nuevo…

–                       Si tú no me escuchas, por lo menos hazme morir por la enfermedad. ¿Adónde me llevas?

–                       Adentro. No puedes continuar así.

Jesús entra al jardín con el niño deforme entre los brazos y…

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Jesús grita a Lázaro:

–                       Cierra tú el cancel. Traigo a este pequeñuelo que está todo mojado, entre mis brazos.

Lázaro pregunta:

–                       ¿Quién es, Maestro?

–                       No lo sé. Ni siquiera le pregunté su nombre.

El niño responde:

–                Tampoco lo diré. No quiero que me conozcan. Sólo quiero lo que te pedí. Mi mamá me decía: “¡Pobre hijo mío! Yo me muero y cómo quisiera que te murieras conmigo, porque allá no estarás deforme. Ni sufrirás en el cuerpo, ni en el corazón. Allá nadie se burla de los que nacen infelices; porque Dios es bueno con los inocentes y con los desgraciados.” Jesús, ¿Me mandas con Dios?

Jesús dice:

–                       El muchacho quiere morirse. Es una historia triste…

Lázaro lo mira fijamente y luego exclama:

–                       Pero, ¿No eres tú el nieto de Nahúm? ¿No eres el que suele estar sentado bajo el sol, cerca del sicómoro que está en los límites  del olivar de Nahúm y que tu padre te entregó a Yosía; su campesino?

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–                       Lo soy. Pero, ¿Para qué lo has dicho?…

–                       ¡Pobre niño! No lo dije por burlarme de ti.  Créeme Maestro que es menos triste la suerte de un perro en Israel, que la de él. Si no regresa a casa, nadie lo buscará. Los siervos son como los patrones, hienas en el corazón.

José conoce muy bien lo que sucedió… no comprendo cómo logró llegar hasta acá. ¿Quién sabe desde cuándo emprendió el camino hasta aquí?

Jesús dice:

–                       Desde que Pedro pasó en la mañana por aquel lugar.

Lázaro pregunta:

–                       ¿Y ahora qué hacemos?

El niño suplica:

–                       Yo no regreso a mi casa. Quiero morirme. Quiero irme muy lejos. ¡Ayúdame y compadécete de mí, Señor Jesús!

Entran en la casa y Lázaro dice a un siervo que traiga una cobija y que diga a Noemí que venga a cuidar al niño, que viene empapado.

Luego dice a Jesús:

–                       ¡Es el hijo de uno de tus más encarnizados enemigos! Uno de los más duros en Israel. ¿Cuántos años tienes, niño?

–                       Diez.

–                       ¡Diez! ¡Diez años de padecer!

Jesús lo pone en el suelo y dice con voz fuerte:

–                       ¡Y son suficientes! ¡Está muy contrahecho!…

Y efectivamente, el hombro derecho está más alto que el izquierdo. El pecho, excesivamente fuera del cuello delgado, sumido entre las clavículas. Las piernas zambas…

Jesús lo mira con compasión, mientras Noemí lo seca y lo viste, antes de envolverlo en una cobija caliente. Lázaro también lo mira con compasión.

Noemí dice:

–                       Le voy a dar leche caliente Señor y luego lo acuesto en mi cama.

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El niño exclama:

–                       ¿Pero no me vas a hacer morir? Ten piedad. He esperado en Ti, Señor. -Un reproche y una desilusión, repercuten en la voz infantil.

Jesús se inclina a acariciarlo una vez más, poniendo su mano sobre el trágico cuerpecito y le dice:

–                       Sé bueno y obedece. Y el Cielo te consolará.   –y volviéndose a Noemí. Agrega- Llévalo a la cama y cuídalo… Después… ya proveeré…

Aunque el niño llora muy triste, se lo llevan a acostar.

Lázaro exclama pensando en Nahúm:

–                       ¡Y es de los que se creen más santos! 

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

185.- ¿QUIÉN SOY?


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La majestuosa sala, que es una de las que se emplea para celebrar en ella banquetes, es blanca en todo: en sus paredes, en el techo, cortinajes, tapices, lámparas y la mayoría de objetos que la decoran. Ahí hay quince mujeres charlando entre sí…

Pero en cuanto Jesús separa la gruesa cortina y aparece en el umbral, un silencio absoluto se impone.

Todas se levantan y se inclinan con el mayor respeto.

En el rostro de Jesús no hay la menor señal del dolor experimentado un momento antes.

Con su maravillosa sonrisa, dice con amabilidad:

–                La paz sea con vosotras.

Juana de Cusa contesta por todas:

–               La paz sea contigo, Maestro. Nos mandaste avisar que viniéramos y aquí estamos. Yo te obedecí y también vinieron Valeria, Plautina y Marcela. Es tan hermoso sentirnos hermanas, al creer en Ti… Esperando que también otras que te aman, eleven su alma como lo ha hecho Valeria.  –y mira a Plautina de manera muy significativa…

Jesús le contesta:

–                       Los diamantes se forman lentamente, Juana. Son necesarios siglos de fuego en lo profundo de la tierra… No se debe tener prisa… No te desanimes jamás…

–                       ¿Y cuándo un diamante se vuelve ceniza?

–                       Señal es de que todavía no era un diamante perfecto. Son necesarios paciencia y fuego. Comenzar de nuevo esperando en el Señor. Lo que la primera vez produce desilusión, la siguiente vez se convierte en triunfo.

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Magdalena interviene:

–                       O a la tercera. O a la cuarta. Yo fui una desilusión muchas veces, pero al fin triunfaste. ¡Rabonní!

Martha suspira y dice:

–                       A María le encanta humillarse, recordando su pasado.  –que quisiera que nadie lo recordase.

–                       Es verdad hermana. Me siento contenta y lo hago para impulsarme a subir; empujada por el recuerdo del mal que hice y para agradecer al que me salvó. Y también para que quién duda de sí mismo, cobre ánimos y pueda llegar a la Fe que mueve montañas.

Juana suspira:

–                       Tú la posees. Dichosa tú que no conoces el temor…

–                       Si fui intrépida en el Mal, ahora que soy propiedad de mi Salvador; con mayor razón. Todo me ha servido para aumentar mi Fe. ¿Puede alguien como yo, que fui resucitada espiritualmente; que he visto resucitar físicamente a mi hermano, dudar de algo? No. Nada me hará dudar jamás.

Plautina dice:

–                       Mientras Dios esté contigo. Esto es, mientras el Rabí lo esté. Pero Él anda diciendo que pronto nos abandonará, ¿Qué pasará entonces a nuestra Fe? Es decir, a vuestra Fe. Porque yo no he logrado rebasar los límites humanos.

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Magdalena contesta:

–                       Su Presencia o ausencia material, no afectará mi Fe. No tendré miedo. No es soberbia mía. Es que me conozco. Si las amenazas del Sanedrín se llevasen a cabo… No temeré…

Plautina insiste:

–                       ¿Qué puedes temer? ¿Qué el Justo o sea justo? Esto, ni yo.  Creemos en él como muchos sabios cuya sabiduría gustamos y añadiría que nos nutrimos con la vida de su pensamiento, aún siglos después de que han desaparecido de la tierra.  Pero si tú…

Magdalena la interrumpe:

–                       Yo ni siquiera temeré a su muerte. La Vida no puede morir. Resucitó a Lázaro, que es un pobre mortal.1Rembrandt, the Raising of Lazarus

–                       No resucitó por sí. Sino que el Maestro llamó a su espíritu de ultratumba. Y es el único que puede hacerlo. Pero, ¿Quién llamará a su espíritu, si lo matan?

–                       ¿Qué quién? ¡Él Mismo! Esto es, Dios. Dios se hizo por Sí Mismo.

–                       Algo difícil para nosotros de admitirlo; pues sabemos que los dioses se engendran por amores divinos.

Magdalena concluye:

–                       Por amores irreales, querrás decir.

Plautina responde calma:

–                       Como quieras…

Y antes de que pueda proseguir.

Magdalena se adelanta…

–                       Pero el hombre no puede por sí resucitarse. Así piensas, ¿No es así?…  Como Él por Sí Mismo se hizo Hombre, porque nada es imposible al Santo de los santos. Así, Él se dará a Sí Mismo la orden de resucitar. No puedes comprender esto. No conoces las figuras de nuestra Historia de Israel. Él y sus prodigios están escritos en ella.

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Magdalena se vuelve hacia Jesús:

–                       De antemano creo, Señor. Creo todo. que Tú Eres el hijo de Dios. El Hijo de la Virgen. Que eres el Cordero de Salvación; que eres el Mesías Santísimo. Que eres el Libertador y Rey Universal. Que tu Reino no tendrá fin, ni límites. Que la muerte no prevalecerá sobre Ti, porque la Vida y la Muerte son cosas que Dios ha creado y le están sujetas como todo lo demás. Creo.

Y si será un gran dolor el verte desconocido, despreciado, mayor será mi Fe en Tu Ser Eterno. Creo. Creo en todo lo que está predicho acerca de Ti. Creo en todo lo que dices. Supe creer y obedecer por todos y reaccioné contra aquellos y contra aquellas cosas, que querían persuadirme para que no creyese.

Sólo al final de la prueba cometí un error… Pero hacía tanto tiempo que duraba… Ahora no dudaría en creer, aun cuando el sepulcro haya conservado dentro su presa durante meses. ¡Oh, Señor mío! ¡Yo sé Quién Eres! ¡El fango ha conocido a la Estrella!

María se ha acercado a sus pies. Se le queda mirando con su actitud de adoradora, con su cara levantada hacia su Rostro.

Jesús pregunta con seriedad y un amor infinito:

–                       ¿Quién Soy?

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María declara:

–                       El Que Es. Eso Eres. Lo demás, la persona humana, es el vestido necesario que llevas sobre tu Luz, sobre tu Santidad, para que pudieras venir a salvarnos. Es el velo de carne, para que pudiéramos verte sin morir. Eres Dios. Eres mi Dios.

Y se arroja a sus pies y se los besa. Parece como si sus labios no quisieran desprenderse de los pies desnudos del Salvador, que se asoman bajo su túnica.

Y Él la envuelve en una mirada llena de amor y le dice:

–                       Levántate María. Procura tener siempre ésta Fe robusta. Levántala como una estrella en las horas borrascosas. Para que los corazones se afirmen y sepan esperar, por lo menos…

Luego se dirige a todas:

–                       Os mandé llamar porque en los días que están por venir, no vamos a poder estar juntos con calma. El mundo nos rodeará… A los corazones les gusta guardar sus secretos, como al cuerpo su pudor. Hoy no soy el Maestro, sino el Amigo.

Os he llamado a vosotras, flores de Israel y del Nuevo Reino y a vosotras, flores de gentilidad, que abandonan las sombras para entrar en la Vida.

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Grabad en vuestro corazón para los días que están por venir, que el honor que tributáis al Perseguido Rey de Israel, al Inocente Acusado, al Maestro que no se le escucha, mitigue mi dolor.

Os pido que todas estéis muy unidas; ayudándose mutuamente a llegar y permanecer en la Verdad. Consideraos como hermanas que el destino ha traído a mí alrededor en estos últimos días de mi vida mortal…

Al oír esto, todas comienzan a llorar…

Jesús dice:

–                       ¡No lloréis! Sois de lugares, idiomas y costumbres diferentes; que dificultan el entenderse bien. pero el amor tiene un solo lenguaje que consiste en hacer lo que el  Amado enseña. Y hacerlo para darle honra y alegría. En este punto todas debéis entenderos. Y las que más entiendan, ayuden a las demás. Después… en un futuro no muy lejano; en circunstancias diversas, volveréis  dividiros por las regiones de la tierra.

Unas, regresando a vuestros lugares nativos. Otras yendo al destierro que no os pesará; porque las que lo sufran comprenderán perfectamente la verdad de que, no el estar aquí o allí forma la verdadera patria, pues ésta es el Cielo. Porque quién está en la Verdad, está en Dios y tiene  Dios consigo. Está en el Reino de Dios y éste no conoce fronteras.

En donde quiera que estéis, estaréis en el Reino, si siempre estáis en Jesús. He venido a  reunir a todas las ovejas… Sed siempre obedientes a los pastores. Comportaos como hijas para con mi Madre.

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Ella os guiará. Puede guiar tanto a las jóvenes como a las viudas; a las casadas, a las madres; pues Ella ha conocido todos estos estados de la vida, no solo por experiencia; sino también por conocimiento sobrenatural.

Amamos y amadme en María. Nunca os engañaréis, porque Ella es el Árbol de la Vida; el Arca Viviente de Dios. La Forma de Dios en la que la Sabiduría se hizo un Trono y la Gracia se hizo Hombre.

Os he hablado y os he visto. Ahora quiero escuchar a mis discípulas. Las que tengan algo que decirme, háganlo ahora; porque después no habrá  momentos tan tranquilos…

Afuera se ha desatado la tormenta.

Y todas prudentemente se retiran para que de una en una, puedan platicar con Jesús. Primero las que tienen que regresar…

Entran juntas, Juana de Cusa y Valeria.

Una preocupada y la otra que aunque está pálida y suspira, pero es la que tiene más valor.

Juana dice:

–                       ¡Oh, Maestro! Cusa será una veleta, un calculador; pero no es un mentiroso. Él me ha asegurado que Herodes no tiene ninguna intención de hacerte daño… De Poncio… No sé nada.

Y mira a Valeria que guarda silencio.

Después de otro suspiro, Valeria dice:

–                       Maestro, yo… Mis familiares tratan de convencerme para que regrese a Italia, pero no volveré. He traído conmigo a Marcela para que te viese y comprenda que no me quedo aquí por un amor vergonzoso por un hebreo. Para nosotros es una deshonra.

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Sino porque en Ti he encontrado a Dios y el consuelo de una mujer repudiada. Marcela no es mala; ha sufrido y comprende. Pero todavía no es capaz de comprender mi nueva religión. Me regaña un poco, pues piensa que es una quimera. No importa. Si quiere, vendrá a donde estoy. Soy libre, rica, puedo hacer lo que quiera. Y no obrando mal, realizaré lo que más me agrade.

Jesús pregunta:

–                       ¿Y cuándo el Maestro no esté más?

Valeria contesta:

–                       Quedarán sus discípulos. Plautina, Lidia, la misma Claudia que después de mí, es la que más te sigue por Doctrina y la que más te honra; creen conocerme…  Pero yo sí estoy segura de conocerme…  Tanto es así; que te aseguro que si pierdo mucho al perderte; no perderé todo, porque quedará en mí la Fe.   Permaneceré en donde ella nació y te conocí. No Quero llevar a Fausta a donde nada le hablará de Ti. Aquí… Todo habla de Ti. Y ciertamente no vas a dejarnos sin guía, a quienes hemos querido seguirte.

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¿Por qué debo ser yo la gentil, la que piense en estas cosas; cuando muchas de vosotras y tú misma Juana, estáis como atolondradas pensando en el día, en el que el Maestro no estará más entre nosotros?

Jesús dice:

–                       Porque ellas Valeria; por muchos siglos se han acostumbrado a una inmovilidad. A pensar que el Altísimo está allí en su Casa, sobre el altar…  Invisible y que solo el Sumo Sacerdote ve, en las ocasiones solemnes.

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Esto las ayudó a venir a Mí. Finalmente podían acercarse también ellas al Señor. pero ahora tiemblan de miedo, por no tener al Altísimo en su gloria, ni al Verbo del Padre entre sí. Hay que saber compadecer…

Levanta el corazón, Juana. Yo estaré en vosotros, recuérdalo. Me iré, pero no os dejaré huérfanos. Os dejaré mi casa que es la Iglesia. Mi Palabra, que es la Buena Nueva. Mi Amor habitará en vuestros corazones.

Al final os dejaré un regalo mayor que os alimentará de Mí y hará que no solo espiritualmente esté entre vosotros y en vosotros; sino que os dará consuelo y fuerzas. Ahora es necesario que estéis unidas, muy unidas.

Valeria pregunta:

–                       ¿No podremos ir a donde estés?

–                       En estos días seré como un relámpago que pasa veloz y desaparece. Subiré al Templo por la mañana y luego saldré de Jerusalén. Sólo en el Templo y a hora temprana me encontraréis.

Juana dice:

–                       Cusa tiene mucho influjo en Herodes. Quisiera que arrancara del Tetrarca una promesa a favor tuyo; así como Claudia trata de arrancarla de Pilatos…

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Cusa solo me refiere frases vagas de Herodes…Dice que él, lo único que desea es verte realizar un milagro y que no te perseguirá. Con ello cree poder calmar los remordimientos de su conciencia, que tiene por la muerte de Juan el Bautista. Y que no levantará su mano contra Ti, porque, ¡Tiene mucho miedo!

–                       Y dice la verdad. No levantará su mano contra Mí. Muchos en Israel no lo harán; porque tienen miedo de condenarme materialmente. Pero pedirán que lo hagan otros; como si hubiera alguna diferencia ante los ojos de Dios entre quien golpea bajo la presión de un pueblo que así lo quiere y el que lo hace golpear.

Valeria dice:

–                       ¡El pueblo te ama! Se están preparando grandes fiestas en tu honor. Pilatos no quiere tumultos. Ha reforzado las guardias en estos días. ¡Oh, Señor! espero que…

Juana:

–                       ¡Oh! Ya no sé qué espero…

Jesús dice:

–                       Ruega Juana. Y estad en paz. Piensa en que jamás has causado dolor alguno a tu Maestro y que Él lo tiene presente. Podéis iros.

Jesús las bendice y Juana sale muy pensativa.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

134.- EL PRIMER PASO…


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Bajo una lluvia persistente, Jesús y Juan van empapados y de este modo llegan a Enganím y se ponen a buscar a los apóstoles separándose,  para encontrarlos más pronto. Juan encuentra a su hermano que anda haciendo las compras para el sábado.

Santiago le pregunta:

–                       Estábamos preocupados. ¿En dónde está el Maestro?

Juan contesta:

–                       Fue a buscaros. El primero que os encontrase iría a la casa del carpintero.

–                       Entonces… Mira estamos en aquella casa. Ve pronto a buscar al Maestro y ven…  -Santiago baja la voz y mira a su alrededor-  Hay muchos Fariseos… Y con malas intenciones. Nos preguntaron qué porqué Él no estaba con nosotros. Querían saber si ya se adelantó o si viene retrasado. Primero dijimos: ‘No sabemos’ y no nos creyeron. Y dijimos la verdad, porque no sabíamos en donde andaban.

Entonces Iscariote, que no tiene tantos pelos en la lengua, les dijo: ‘Ya se adelantó’

Y como no se convencieron, preguntaron que con quién se había ido. Por qué, cuando… Si se sabía que el viernes había estado en Giscala y Judas dijo: “En Ptolemaide subió a una nave y por eso se nos adelantó. Bajará en Joppe y entrará en Jerusalén por la Puerta de Damasco, para ir después a la casa de José de Arimatea, que está en Bezetha.

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Juan pregunta escandalizado:

–                       ¿Pero por qué tantas mentiras?

Santiago explica:

–                       ¡Bah! También nosotros se lo dijimos, pero Judas se echó a reír diciendo: ‘Ojo por ojo. Diente por diente. Mentira por mentira. Basta con que el Maestro esté a salvo. Lo buscan para hacerle daño. Lo sé.’

Pedro le hizo observar que haber mencionado a José le podría causar algún inconveniente y él replicó: ‘Irán corriendo. Verán el estupor de José. Y comprenderán que no fue verdad’ Pedro dijo: ‘Te odiarán por la burla que les jugaste’ Él se rió más y contestó: ‘¡Me importa un bledo su odio! Sé cómo apaciguarlo.’

Pero vete, Juan. Trata de encontrar al Maestro y vente con Él. El agua nos ayuda. Los Fariseos están en las casas, para no mojarse sus espléndidas vestiduras.

Juan da a su hermano la alforja y antes de que salga corriendo…

Santiago lo detiene:

–                       No menciones al Maestro las mentiras de Judas. Aunque las haya dicho con un buen fin; siempre son mentiras y al Maestro no le gustan de ninguna forma.

Juan dice:

–                       No le diré nada.

Y Juan se echa a correr.

Santiago estuvo en lo cierto. Los ricos están en sus casas.

Jesús está bajo un portal cerca de la herrería.

Juan lo ve y le dice:

–                       Ven pronto. Los encontré… Podemos ponernos vestidos secos.

Llegan pronto a la casa.

Jesús dice abrazándolos a todos:

–                       La paz sea con vosotros.

Todos hablan simultáneamente…

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Y Pedro grita:

–                       ¡Callaos! Dejadlo ir. ¿No veis qué mojado y cansado está?  -y volviéndose al Maestro- Hice que te preparasen un baño caliente y… dame acá ese manto mojado… También los vestidos están calientes. Los tomé de tu alforja.

Pedro se dirige al centro de la casa y grita:

–                       ¡Oye mujer, el Huésped ya llegó! Trae el agua, que de lo demás yo me ocupo.  –y agrega- Ven Maestro. También tú, Juan…  Estáis helados como si os hubieseis ahogado. Hice cocer ramas de junípero con vinagre para el agua. Hace bien.

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Y los lleva hacia el baño en donde ya han vaciado el agua caliente.

Pedro entra con ellos, cierra la puerta y susurra:

–                       Procura que no sepan Quién Eres… Todos somos peregrinos y Tú eres un Rabí. Nosotros tus amigos. En realidad es verdad. Hay muchos Fariseos… Y mucho interés por Ti. Toma tus providencias… Luego hablaremos…

Y se va dejándolos solos y regresando a donde están sus compañeros, a los que dice:

–                       ¿Y ahora qué diremos al Maestro? Si decimos que dijimos mentira, lo sentirá. Pero… tenemos que decírselo.

Judas dice:

–                       ¡No te preocupes! Yo mentí y yo se lo diré.

Pedro dice:

–                       Le causarás mayor aflicción. ¿No notaste que está muy triste?

–                       Lo noté. Pero es porque está cansado… Por otra parte, también sé decir a los Fariseos: ‘Os engañé’ No son más que tonterías. Lo que importa es que Él no tenga que padecer ningún daño.

Felipe interviene:

–                       De mi parte no diría nada. Ni a nadie. Si se lo dices a Él, no conseguirás tenerlo escondido; ni salvarlo de las asechanzas de los Fariseos…

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Judas dice con aplomo:

–                       Lo veremos.

Pasa poco tiempo y Jesús regresa con sus vestidos secos. Contento con el baño.

Juan viene detrás de Él.  Hablan de todo lo que le pasó al grupo apostólico y lo que le pasó al Maestro y a Juan. Pero nadie menciona a los Fariseos hasta que…

Judas dice:

–                       Maestro, estoy seguro de que te buscan los que te odian. Y para salvarte esparcí la voz de que no vas a ir a Jerusalén por los caminos acostumbrados. Sino por mar hasta Joppe… Se irán allá, ¡Ja, ja, ja!

Jesús protesta:

–                       Pero, ¿Por qué mentir?

–                       ¿Y ellos porqué mienten?

–                       Ellos son ellos. Y tú no eres…  No deberías ser como ellos…

–                       Maestro, yo soy alguien que los conoce y que te ama. ¿Quieres buscar tu ruina? Estoy pronto a impedirlo. Escúchame con calma y siente mi corazón en mis palabras. Tú mañana no sales de aquí…

–                       Mañana es sábado.

–                       Ellos…

–                       Que hagan lo que quieran. Yo no pecaré. Si lo hiciese además del pecado que pesaría sobre Mí, pondría en sus manos un arma para destruirme… ¿No te acuerdas que andan por ahí llamándome Profanador del sábado?

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Los demás dicen:

–                       El Maestro tiene razón.

Judas insiste:

–                       Está bien. Harás lo que quieras el sábado, pero no por la calle. No tomemos el camino de todos. Escúchame. Desoriéntalos…

Pedro agita los brazos y grita:

–                       Pero, ¿Sabes algo preciso tú? Maestro, ordénale que hable…

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Jesús advierte:

–                       Calma Simón. Si tu hermano ha llegado a enterarse de algún peligro, arriesgándose a sí mismo. Y nos dice que estemos alerta, no debemos tratarlo como a un enemigo, sino agradecérselo…  Si él no puede decir todo, porque compromete a terceras personas, que no tienen valor suficiente para tomar la palabra, pero son lo bastante rectas para no cometer un crimen, ¿Por qué queréis obligarlo a hablar? Dejadlo pues que hable. Yo aceptaré lo que haya de bueno en su proyecto y rechazaré lo que no lo sea. Habla Judas.

–                       Gracias Maestro. Tú eres el único que me conoce por lo que soy. Dentro de los límites de Samaría podemos ir seguros. Porque allí manda más Roma, que en Galilea y Judea… Y los que te odian, no quieren tener problemas con Roma. Pero para desorientar a los espías, digo que demos un rodeo por Dotaín, Siquem, Efraím, Adomín, Carit… y así llegar hasta Bethania.

Definitivamente los apóstoles no están entusiasmados…

Varios dicen:

–                       Camino largo y difícil.

–                       Sobre todo si llueve.

–                       ¡Peligroso! Adomín…

–                       Parece como si fueses en busca del peligro…

Jesús dice:

–                       Judas tiene razón. Tomaremos ese camino. Después tendremos tiempo de descansar. Tengo todavía otras cosas que hacer, antes de que llegue la Hora y se cumpla…  No debo pues por necedad, arriesgarme a caer en sus manos…

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Así pasaremos por la casa de Lázaro que está muy enfermo y me ha de estar esperando. Comed… Me retiro a la habitación. Estoy cansado…

Pedro pregunta:

–                       ¿Ni siquiera un bocado vas a tomar? ¿No será acaso que estás enfermo?

–                       No, Simón. Hace siete días que no sé lo que es una cama. Hasta pronto amigo. La paz sea con vosotros…  -y se retira.

Judas no cabe de contento:

–                        ¿Visteis? Es humilde y justo. Y no rechaza lo que ve que es bueno.

Pedro dice dudoso:

–                       Sí…bueno… ¿Crees que esté de veras contento?

–                       No lo creo. Pero comprende que tengo razón.

–                       Yo quisiera saber cómo te las arreglaste para saber tantas cosas, pese a que siempre estuviste con nosotros…

–                       Así es. Vosotros me cuidabais como si fuese un animal peligroso. Lo sé. Pero no importa. Acordaos de esto: aún un mendigo, como un ladrón, pueden ayudar a saber. Lo mismo que una mujer. Hablé con un mendigo y le di su recompensa. Con un ladrón y descubrí… Con… una mujer y… ¡Cuántas cosas puede llegar a saber una mujer!

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apóstoles se miran entre sí, con ojos de sorpresa. Se preguntan ¿Cuándo?… ¿Dónde Judas se enteró y cómo tuvo esas entrevistas?…

Judas está muy sonriente y agrega:

–                       ¡Y con un soldado! Sí. Porque la mujer me dijo que me enviaría con un soldado. Y confirmé todo. Logré saber… ¡Todo es lícito cuando es necesario! ¡Hasta las cortesanas y los soldados!…

–                       Eres… eres un… -interrumpe Bartolomé controlándose, para no decir lo que tenía en su lengua.

Judas lo completa con desparpajo:

–                       Sí. Lo soy. Soy el único. Soy pecador por causa vuestra. Pero con todos mis pecados, sirvo mejor al Maestro que vosotros. Y por otra parte… Si una cortesana sabe lo que los enemigos de Jesús quieren hacer; señal es de que  ellos van a ellas.Y puedo también hacerlo yo. Me sirvió…  Lo estáis viendo. Pensad que en los confines de la Judea, podían haberlo aprehendido. Llamadme prudente por haberlo evitado…

Todos quedan pensativos y comen sin ganas. Luego Bartolomé se levanta.

Judas le pregunta:

–                       ¿A dónde vas?

Bartolomé contesta:

–                       A donde está Él. No creo que esté durmiendo. Le llevaré leche caliente y veré…

Sale. Después de unos minutos, regresa:

–                       Estaba sentado sobre la cama y lloraba… Tú fuiste la causa de su dolor, Judas. Ya me lo imaginaba.

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–                       ¿Lo dijo Él? Iré a darle explicaciones…

–                       No. No dijo nada. Al contrario. Dijo que también tienes tus méritos. Pero lo comprendí. ¡No vayas! Déjalo tranquilo.

Judas replica:

–                       Sois todos unos necios. Sufre porque está perseguido…  Obstaculizado en su Misión. Eso es todo…

Y Juan asegura:

–                       Es verdad. Lloró aún antes de que nos reuniésemos con vosotros. Sufre mucho también por su Madre. ¡Cómo sufre!…

Y se quedan comentando todas las cosas que contribuyen al sufrimiento de Jesús…

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Tres días después…

Van caminando por los montes de Samaría y se encuentran con pastores que les responden con cortesía. Llegan a un laberinto de veredas…

Y el pastor les dice:

–                       Dentro de poco bajo al valle. Descansad un poco y caminaremos juntos. No sería muy agradable si os perdierais por estos montes. –baja la voz y añade- hay ladrones. Bajan de las pendientes de Garizím y de Ebal. Siempre tienen que hacer, pese a que los romanos refuerzan las guardias, en sus caminos… Porque siempre hay gente que evita los caminos usuales para llegar más pronto o por otros motivos.

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Felipe pregunta con una sonrisa significativa:

–                       ¿Entonces tenéis muchos malhechores?

El pastor comprende y responde:

–                       ¿Crees tú Galileo, que son samaritanos?

Judas, que es un magistral diplomático, interviene rápido:

–                       ¡No, no!… ¡Oh, no!  Sino como se sabe que son hospitalarios, el malhechor viene a refugiarse acá. Es como si fueseis un lugar de asilo. Los malhechores saben bien que nadie, galileo o judío, los perseguirá aquí. Y se aprovechan de ello. Estos montes…

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El pastor dice:

–                       ¡Ah! Creí que pensabas en… Los montes, claro. Ayudan mucho. Los soldados de Roma son listos. No vienen a sacarlos de sus cuevas. Sólo las sierpes y las águilas conocen sus madrigueras. Se cuentan cosas terribles. Pero sentaos. Os voy a dar leche. Soy samaritano, pero también conozco el Pentateuco. No ofendo a quien no me ofende… Vosotros no lo hacéis, pese que sois galileos y judíos. Se anda diciendo que ha surgido un profeta que enseña a amarnos. Si no supiera que según los escribas y los fariseos de Israel, nosotros somos unos malditos –así dicen- diría que los grandes profetas que nos han amado, aunque seamos samaritanos, han revivido en Él. Yo no lo creo…

 

Aquí está la leche. A mí me gustaría encontrarme con este profeta. Dicen que Juan el Bautista lo llamó el Cordero de Dios, el Mesías. Algunos Samaritanos de Siquem, han hablado con Él y se deshacen en alabanzas. Muchos se han ido a los caminos principales, porque esperan que pase por ahí. Aún más y es la primera vez que sucede, algunos Fariseos y Doctores nos han dicho que si lo vemos, corramos a decirlo porque quieren hacerle grandes festejos.

Los apóstoles se miran de reojo. Prudentemente, pero sin hablarse.

Judas, con una mirada triunfal, parece decir: ‘¿Oísteis? ¿Os convencéis de que yo tenía razón?’

El pastor continúa hablando:

–                       Sin duda lo conocéis. ¿De dónde venís?

Judas responde rápido:

–                       Del Norte de Galilea.

–                       ¡Ah, sois…! No. Tú no eres Galileo.

–                       Somos de todos los lugares. Fuimos en peregrinación a las tumbas de los doctores.

–                       ¡Ah! Sois tal vez discípulos… Pero este Hombre, ¿No es acaso un Rabí? –dice señalando a Jesús.

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–                       Somos discípulos, has dicho bien, sí.  Este hombre es un Rabí. Pero bien sabes que entre Rabí y rabí, hay diferencia…

–                       Lo sé. Pero este es muy joven y tendrá mucho que aprender de los grandes doctores de vuestro Templo.  

Se advierte un claro desprecio en el adjetivo posesivo.

Y Judas que nunca deja nada sin rebatir, se queda callado.

Los demás no hablan.

Jesús está como absorto y por esto, la indirecta no provoca ninguna respuesta.

Judas sonriendo dice:

–                       Es muy joven es verdad. Pero es el más sabio entre nosotros. –y para poner fin a la conversación, que puede tornarse peligrosa, dice- ¿Todavía tienes mucho que hacer aquí? Porque quisiéramos estar allá abajo al anochecer.

–                       No. Me voy junto con las ovejas y vengo…

–                       Está bien. nosotros nos adelantamos un poco… -y se levanta con los demás tomando el camino.

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Después de pasar una arboleda y cuando el pastor no puede oírlos, se ríe diciendo:

–                       Pero, ¡Qué fácil es burlarse de la gente! ¿Os habéis convencido de que yo no mentía y de que no soy un tonto?

Felipe dice:

–                       No dijiste ninguna mentira… Pero ahora la has dicho.

Judas argumenta:

–                       ¿Mentira? No. ¿Cómo puedes afirmarlo, Felipe? He sido capaz de decir la verdad sin dañar a nadie. ¿No venimos acaso de la Galilea del Norte? ¿No nos apedrearon por ir a venerar la tumba de un Doctor en el último viaje? ¿No pasamos cerca de Giscala? ¿Negué que Jesús sea un Rabí? ¿No dije que es el más sabio entre nosotros? Al decir esto pensé en los rabinos que no valen nada en comparación con el Maestro. ¡Ja, ja, ja! Hay que saber decir las cosas… Se puede decir todo sin pecar y sin causar daño.

Tadeo hace un gesto de desagrado y dice:

–                       Para mí, esto siempre es mentira.

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–                       Bueno, ¡Y qué! Ya lo hice. ¿Oíste o no? Se han querido aprovechar de los prejuicios, desacuerdos, orgullo, para que los samaritanos señalen el viaje del Maestro. ¡Para darle una fiesta en sus confines! ¡Ah, qué Fiesta!

Tomás dice:

–                       ¡La fiesta! También ellos fueron capaces de hablar y pensar en una verdad, valiéndose de la Mentira…  Judas de Keriot tiene razón…

Jesús se vuelve y dice:

–                       Sí. La mentira, de ellos, es cosa odiosa. Más el decir una cosa por otra, aún con un buen fin, es siempre reprobable. ¿Crees que el Señor tenga necesidad de esto, para proteger a su Mesías? No hay qué mentir, jamás. Ni siquiera por un buen fin. El corazón se acostumbra a anidar la mentira y los labios a pronunciarla. La Mentira es el Primer Paso, para la Caída en el Precipicio del Mal. No, Judas. Evita la insinceridad.

Judas dice con certeza:

–                       Así lo haré. Ahora callémonos que se acerca el pastor.

El hombre ha logrado reunir a sus ovejas con la ayuda del perro y un pastorcillo. Y las guían hacia el valle.

El pastor monologa en voz alta:

–                       Si pudiese encontrar a ese Profeta, aunque yo sea samaritano, le hablaría.

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Jesús dice:

–                       ¿Qué le dirías?

–                       Le diría: mi mujer era buena, como el agua de los montes lo es para el sediento y el Altísimo, se la llevó…  Tenía una hija tan buena como la madre. Me la vio un romano, se enamoró de ella y se la llevó lejos…. Tenía a mi hijo el primogénito…  Era todo para mí. Un día que llovía se resbaló por el monte y se rompió la espina dorsal. Está inmóvil…  Últimamente ha empeorado y los médicos dicen que morirá…  No te pregunto por qué el Eterno me haya castigado, pero te ruego que cures a mi hijo.

–                       ¿Y crees que podría curártelo?

–                       ¡Claro que lo creo! Pero nunca lo encontraré…

–                       ¿Por qué crees? Él no es samaritano…

–                       Es un justo y es el Hijo de Dios, según se dice.

–                       Vosotros en vuestros padres ofendisteis a Dios.

–                       Tienes razón. Pero también está dicho que Dios perdonará la culpa del hombre, mandando a su Redentor. Si perdona ESA CULPA. ¿No podrá tener compasión de mí, que mi única culpa es haber nacido samaritano? Yo creo que si el Mesías conociese mi dolor, tendría piedad…

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Jesús sonríe, pero no dice nada.

También en las caras de los apóstoles, se dibuja una sonrisa que el pastor no observa.

Jesús pregunta:

–                       Entonces, ¿Ese muchacho no es hijo tuyo?

–                       No. Es el hijo de una viuda que tiene ocho hijos varones y padece hambre. Lo tomé para que me ayudase y como a hijo, para no quedarme solo. Cuando Rubén esté en el sepulcro… -y da un profundo suspiro.

–                       ¿Y si se curase tu hijo, qué harías con este?

–                       Lo tendría conmigo. Es bueno y siento compasión por él.  –baja la voz- él no lo sabe; pero su padre murió en las galeras.

–                       ¿Qué hizo para merecerlo?

–                       A propósito, nada. Pero su carro arrastró a un soldado ebrio y se le acusó de haberlo hecho con premeditación.

–                       ¿Cómo sabes que murió?

–                       ¡Nadie sobrevive en el remo! Nos lo dijo un mercader de Samaría que lo vio cuando lo sacaban muerto del cepo y lo echaban al mar; más allá de las Columnas.

1959 Ben-Hur de William Wyler

–                       ¿De veras lo conservarías contigo?

–                       Puedo jurarlo. Él infeliz y yo infeliz…  Y no soy solo. Otros han tomado los hijos de la viuda y ella se ha quedado con las tres mujercitas. Demasiados…  Pero es mejor que doce. No hay necesidad de que jure. Rubén se va a morir…

Llegan al camino principal por el que transitan muchos peregrinos que buscarán donde hospedarse. La noche se acerca…

El pastor pregunta:

–                       ¿Tienes lugar donde dormir?

Jesús contesta:

–                       A decir verdad, no.

–                       Te diría ‘ven’, pero mi casa es muy pequeña para todos. Con todo, el aprisco es muy amplio.

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–                       Dios te pague como si me hubieras hospedado. Sigo mi camino hasta que la luna se ponga…

–                       Como quieras. ¿No tienes miedo de perderte? ¿Y de pasar malos ratos?

–                       De los ladrones me protege mi pobreza y la de mis compañeros. Por lo del camino me encomiendo al ángel de los peregrinos.

–                       Debo irme adelante con el ganado. El muchacho todavía no sabe. El camino está lleno de carros… -y corre adelante para guiar sin peligro a las ovejas.

Los apóstoles susurran:

–                       Maestro, ahora viene lo malo. Hay que andar un trozo de camino entre la gente…

Llegan a un cruce y el pastor dice:

–                       Mira, este es tu camino y este es el mío. ¿Ves aquel sicómoro gigante? Ve hasta ahí y luego das vuelta a la derecha. En la primera, es la casa del herrero. Y por ahí sigue el camino. No puedes equivocarte. Adiós.

–                       Adiós. Has sido bueno y Dios te consolará.

El pastor continúa su camino.

Jesús sigue el suyo. Alrededor del primero van las ovejas. Alrededor del segundo, van los apóstoles.

Dos pastores en medio de su grey…

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Llegan a una fuente y llenan sus cantimploras. El herrero está cerrando su taller. Siguen su camino y se oye un grito a lo lejos:

–                       ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Mi hijo…!  Ciudadanos venid. ¿Dónde está el Peregrino?

Pedro exclama:

–                       Nos buscan, Señor. ¿Qué hiciste?…

Jesús contesta:

–                       Corred. Vayamos a aquel bosque. Nadie nos verá.

Corren a través de un prado cubierto de heno que acaban de segar. Mientras los gritos aumentan.

El pastor explica:

–                       Os aseguro que fue el Rabí que estuvo en Siquem. Él me ha curado a Rubén y yo no lo reconocí. ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Permíteme que te venere! ¡Dime dónde te has escondido!

Solo el eco le responde.

El herrero dice:

–                       No debe estar lejos. Pasó por aquí antes de que vinieses.

–                       Pero no está. En el camino no hay gente. Debía irse por éste.

–                       ¿No estará en el bosque?

–                       No. Tenía prisa. –trata de que su perro lo ayude y lo azuza: ¡Busca, busca!

Y el perro husmea el prado y se dirige directo a donde está escondido Jesús… pero luego se detiene, levanta el hocico y se va ladrando en dirección contraria. Y la gente lo sigue a la carrera…

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Los apóstoles dicen con un suspiro de alivio:

–                       ¡Sea alabado el Señor!…

Y preguntan al Maestro:

–                       ¿Pero qué hiciste, Señor?

Hay un tono que parece decir: ‘Sabes bien que no conviene que te reconozcan y Tú…’

Jesús contesta:

–                       ¿Y no debía premiar una fe? ¿Acaso no está bien que también por acá crean en Mí? ¿Queréis acaso que no comprendan nada?

Pedro objeta:

–                       Es verdad. Tienes razón. ¿Y si te descubría el animal?

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–                       Simón, ¿Piensas que quien puede imponer su voluntad a distancia a las enfermedades, a los elementos y arroja demonios, no puede imponerla a un animal? Vamos a tratar de alcanzar el camino, más allá de la curva. No nos verán. Vámonos…

Avanzan por el oscuro bosque  iluminado por la luna, hasta encontrar el camino lejos del poblado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

 

105- VIAJERO INCÓGNITO


En un cruce de caminos, cerca de un pequeño poblado, hay un montón de pordioseros que pide limosna a los peregrinos, con un coro de lamentos.

Jesús los ve y dice a Simón Zelote y a Felipe:

–                     Dadles dinero y pan. Judas tiene el dinero. Juan, el pan.

Ligeros van a cumplir lo que se les ordenó.

Los mendigos se sorprenden por los buenos modales de los que les dan un óbolo y les preguntan:

–                     ¿Quiénes sois que os compadecéis así de nosotros?

–                     Discípulos de Jesús de Nazareth, el Rabí de Israel. El que ama a los pobres y a los infelices, porque es el Salvador y pasa anunciando la Buena Nueva y haciendo milagros.

Un hombre de párpados horrorosos grita:

–                     El milagro es éste. – Y se avoraza del pedazo de pan limpio.

Una mujer que pasa con su cántaro de bronce, les dice:

–                     Ese no es de acá. Es peleador y violento con todos. Roba a los pobres del poblado. Se dice que es un ladrón que por años robó y mató, bajando de los montes de Petra. Que es un soldado que desertó y ahora tuerto, vino a parar aquí. ¿Es aquel el Salvador? –pregunta señalando a Jesús.

Felipe contesta:

–                     Es Él. ¿Quieres hablarle?

–                     ¡Oh, no!  -responde con indiferencia.

Los apóstoles la saludan y se van a alcanzar al Maestro. Pero de pronto entre los ciegos surge un tumulto y se oye un llanto.

Todos voltean y la mujer da la explicación de lo sucedido:

–                     Ha de ser ese hombre malo que quita el dinero a los más débiles. Siempre hace lo mismo.

De hecho, un muchacho sale del grupo sangrando, llorando, lamentándose.

–                     ¡Me quitó todo! ¡Mi madre no tiene pan!

Unos sienten compasión. Otros ríen.

Jesús pregunta a la mujer:

–                     ¿Quién es?

–                     Un jovencillo de Pela. Es muy pobre. Anda mendigando. Todos en su casa están ciegos por contagio mutuo. Su padre ya murió. Su madre está en su casa. El pide limosna para sobrevivir.

El muchacho avanza con su bastoncillo, enjugándose las lágrimas y la sangre de la frente, con la punta de su raído manto.

La mujer lo llama.

–                     Espera Yaia. Te voy a lavar la frente y te daré un pan.

–                     Tenía dinero y pan para varios días. Mi madre me está esperando para comer. ¡Ya no tengo nada! –dice mientras se lava con el agua que le dieron.

Jesús se acerca y le dice:

–                     No llores. Te daré lo que tengo.

Judas interviene intranquilo:

–                     Pero Señor, ¿Por qué? ¿Dónde nos alojaremos? ¿Qué vamos a hacer?

Jesús responde:

–                     Alabaremos a Dios que nos conserva sanos. Lo que es ya un gran favor.

El muchacho dice:

–                     ¡Oh, que si lo es! Si yo pudiera ver, trabajaría para mi madre.

Jesús pregunta:

–                     ¿Quieres curarte?

–                     Sí.

–                     ¿Por qué no vas a ver a los médicos?

–                     Ninguno ha podido curarnos. Nos han dicho que hay uno en Galilea, que no es médico, pero cura. ¿Pero cómo podríamos ir allá?

–                     Ve a Jerusalén. Hay un olivar en las faldas del Monte de los Olivos, cerca del camino de Bethania. Pregunta por Marcos y Jonás. Todos los del suburbio de Ofel, lo señalarán. Puedes unirte a alguna caravana. Pregunta a Jonás  por Jesús de Nazareth.

–                     ¡Cierto! ¡Ese es el Nombre! ¿Me curará?

–                     Si tienes fe, sí.

–                     Fe, tengo. ¿A dónde vas Tú que eres así tan bueno?

–                     A Jerusalén para la Pascua.

–                     ¡Oh! ¡Llévame contigo! No te daré ninguna molestia. Dormiré al descubierto y me contentaré con un pedazo de pan. Vamos a Pela. ¿Vas para allá, verdad? Se lo decimos a mi madre y luego nos vamos. ¡Oh! ¡Poder vernos!… ¡Eres bueno, Señor!

–                     Ven. Te llevaré a la luz.

–                     ¡Bendito seas!

Vuelven a ponerse en marcha.

Jesús sostiene por un brazo al muchacho, para guiarlo con cuidado.

Éste le pregunta:

–                     ¿Quién eres? ¿Un discípulo del Salvador?

–                     No.

–                     ¿Lo conoces?

–                     Sí.

–                     ¿Crees que me curará?

–                     Lo creo.

–                     Bueno… Ha de querer dinero… y yo no tengo. ¡Los médicos piden tanto! Por tratar de curarnos hemos caído en las garras del hambre.

–                     Jesús de Nazareth solo quiere Fe y amor.

–                     Es muy bueno entonces. Pero también Tú lo eres.  –toca la manga de su vestido y exclama- ¡Qué hermoso vestido tienes! ¡Eres un Señor! ¡No te avergüenzas de mí que visto harapos!

–                     Sólo me avergüenzo de las culpas, las cuales deshonran al hombre.

–                     Yo cometo algunas veces la de sentirme disgustado de mi situación. Y la de desear vestidos calientes, pan y sobre todo, la vista.

Jesús lo acaricia.

–                     Esas no son culpas que deshonren. Sin embargo trata de no tener ni siquiera estas imperfecciones y serás un santo.

–                     Pero si me curo, no las cometeré más. O si no me curo, deberé prepararme, para aceptar mi suerte. Instrúyeme para ser otro Job.

–                     Te curarás. Pero deberás contentarte con tu situación, aun cuando no fuere de las más agradables.

Han llegado a Pela.

Algunas mujeres que trabajan en los surcos, en las hortalizas o que están lavando, saludan a Yaía, diciéndole:

–                     ¡Regresas pronto hoy!

–                     ¿Te fue bien?

–                     ¿Has encontrado un protector, pobre hijo?

–                     Yaía, si tienes hambre tengo una escudilla para ti. Si no la quieres, será para tu madre. ¿Vas a tu casa? Llévatela.

El cieguito contesta:

–                     Voy a decir a mi madre que me voy con este buen Señor a Jerusalén, para que me curen. Conoce a Jesús de Nazareth y me lleva a donde está Él.

A las puertas de la ciudad, el camino está lleno de gente, mercaderes y peregrinos. Una mujer de buena presencia que cabalga sobre un burro, acompañada de dos criados, se vuelve al oír hablar de Jesús.

Tira de las riendas, detiene al borrico, baja y se dirige a Jesús.

–                     ¿Tú conoces a Jesús de Nazareth? ¿Vas a donde está Él? También yo voy… Para que cure a mi hijo. Necesito hablar con el Maestro, porque… -y se pone a llorar dolorosamente bajo el velo.

Jesús le pregunta:

–                     ¿De qué está enfermo tu hijo? ¿Dónde está?

–                     Es de Gerasa, pero ahora está en Judea. Va como un poseído… ¡Oh! ¿Qué he dicho?

–                     ¿Está endemoniado?

–                     Señor, lo estuvo y se curó. Ahora es más demonio que antes, porque… ¡Oh! ¡Esto solo puedo decirlo a Jesús de Nazareth!

Jesús ordena:

–                     Santiago, Simón. Tomad al niño y seguid adelante. Me esperaréis al otro lado de la puerta. Mujer, puedes decir a tus criados que se adelanten. Hablaremos entre nosotros.

La mujer objeta:

–                     ¡Tú no eres el Nazareno! Sólo con Él quiero hablar. Porque sólo Él puede comprender y tener misericordia.

Los otros siguen adelante.

Jesús espera a que no haya nadie en el camino y dice:

–                     Puedes hablar. Yo soy Jesús de Nazareth.

La mujer lanza un gemido y trata de arrodillarse.

Pero Jesús se lo impide:

–                     ¡No! Por ahora nadie debe saberlo. Habla. Dios ha querido que nos encontrásemos.

–                     ¡No hay descanso para mí! Tengo un hijo. Estuvo endemoniado. Era una fiera en los sepulcros. Nada podía contenerlo. Nada curarlo. Te vio. Te adoró con la boca del demonio y lo curaste. Quiso seguirte. Tú pensaste en su madre y me lo enviaste, para devolverme la vida y la razón, que me empezaban a faltar, por el dolor de saber que tenía un hijo endemoniado. Y me lo enviaste también para que te predicase, pues él quería amarte. Yo… ¡Oh! Ser madre nuevamente y de un hijo santo. ¡De un siervo tuyo! ¡Pero él te abandonó después de haberte conocido!

Esto fue hace poco tiempo y se ha puesto como loco… Vino a Gerasa y ha destruido la fe que la ciudad tenía en Ti; diciendo infamias contra Ti. ¡Te ha traicionado, Señor! interpreta mal tus palabras. Para mí que soy israelita, esto es un tormento. ¡No vayas a maldecirme por haberlo engendrado! –la mujer solloza amargamente.

–                     ¡Oh, no! ¡Escucha pobre madre! ¡Cálmate! Tú no eres responsable de lo que él hace equivocadamente y puedes ser causa de su salvación. Las madres pueden reparar las ruinas de sus hijos y lo harás. Tu dolor no es estéril. Con él se salvará el alma que amas. Estás expiando por él. Y lo haces de tal modo, que le alcanzas el perdón de Dios. Él volverá a Dios. Ya no llores.

–                     Pero, ¿Cuándo será?

–                     Cuando tu llanto se haya diluido con mi sangre.

–                     ¿Tu sangre? ¿Entonces es verdad lo que anda diciendo? ¿Qué te matarán porque eres digno de ello?… ¡Horrible blasfemia!

–                     La primera parte es verdad. Me matarán para haceros partícipes de la Vida. Soy el Salvador. Y la salvación se entrega con la palabra, con la misericordia, con el holocausto.

Esto es necesario para tu hijo y lo daré. Pero ayúdame. Dame tu dolor. Vete con mi bendición. Consérvala contigo para que puedas ser misericordiosa y paciente con él. Y recuérdale de este modo que otro tuvo misericordia con él. Vete. Vete en paz.

–                     Pero Tú no vayas a hablar en Pela. ¡No hables en Perea! Ha hecho que todos se pongan en contra tuya. Y él no es el único.

–                     Haré algo y será suficiente para aniquilar las obras de los otros. Vete en paz a tu casa.

Continúan su camino. La mujer se une con sus criados y Jesús con los discípulos. Ella lo sigue como fascinada, mientras Él se dirige a una casucha que está en la falda del monte.

El cieguito grita:

–                     ¡Madre! ¡Madre!

Se asoma una mujer todavía bastante joven y también ciega por el tracoma:

–                     ¿Tan pronto has regresado, hijo mío? ¿Tantas fueron las limosnas que regresas, cuando todavía el sol está muy alto?

–                     Madre. He encontrado a alguien que conoce a Jesús de Nazareth  y que promete llevarme a dónde Él está, para que me cure. Es muy bueno. ¿Me dejas ir, madre?

–                     ¡Claro que sí, Yaía! Aunque me quede sola, ¡Vete! ¡Vete, bendito! ¡Y mira también por mí al Salvador!

El aplomo y la fe de la mujer son absolutos.

Jesús sonríe y pregunta:

–                     ¿Mujer, no dudas de Mí, ni del Salvador?

Ella contesta firme:

–                     No. Si lo conoces y eres su amigo, también debes ser bueno. ¡Y qué decir de Él! ¡Vete, hijo! No te detengas un momento. Dame un beso y vete con Dios.

Se buscan a tientas. Se besan.

Jesús pone sobre la rústica mesa, pan y dinero.

–                     Hasta pronto, mujer. Aquí tienes con qué comprarte alimentos. La paz sea contigo.

Salen. La comitiva vuelve a ponerse en camino.

Caen las primeras gotas de lluvia…

Los apóstoles sugieren:

–                     ¿No nos detenemos? Comienza a llover…

–                     Nos detendremos en Yabes Galaad. ¡Caminad!

Se echan los mantos sobre la cabeza. Jesús pone el suyo, sobre la cabeza del muchacho. La madre de Marcos de Yosía lo sigue con sus criados, cabalgando sobre su borrico. Parece que no puede separarse de Él. Salen de Pela y entran en la verde campiña, bajo el triste día lluvioso.

Caminan un kilómetro.

Jesús se detiene. Toma entre sus manos la cabeza del muchacho y lo besa en los ojos apagados diciéndole:

–                     Y ahora regresa. Ve a decir a tu madre que el Señor premia a quien tiene Fe. Y ve a decir a los de Pela, que Yo Soy el Señor.

Hace que regrese y ligero se aleja.

Pasan unos tres minutos, cuando el muchachito empieza a gritar:

–                     ¡Pero si yo veo! ¡Oh, no te vayas! ¡Tú eres Jesús! ¡Permíteme que lo primero que vea seas Tú!

Y cae de rodillas en el camino que la lluvia va mojando.

La mujer gerasena, con sus criados por una parte y los apóstoles por la suya, corren a ver el milagro.

También Jesús regresa, despacio y sonriente. Se inclina a acariciar al jovencito.

–                     Vete. Vete a donde está tu madre y procura creer siempre en Mí.

–                     ¡Sí, Señor mío!… ¿Y mi Madre? ¿Se quedará en la oscuridad, aun cuando cree como yo?

La sonrisa de Jesús es mucho más luminosa. Mira en torno suyo y ve en el borde del camino, un matorral de margaritas, bañadas por la lluvia.

Se inclina. Las corta, las bendice y se las da al jovencito, diciendo:

–                     Pásalas por los ojos de tu madre y recobrará la vista. No regreso. Sigo adelante. Quien es bueno, que me siga con su corazón y hable de Mí a los que vacilan. Habla de Mí en Pela, a los que titubean en su fe. Vete. Dios va contigo.

Luego se vuelve a la mujer de Gerasa:

–                     Tú síguelo. Ésta es la respuesta que Dios da a los que se esfuerzan por hacer que la fe de los hombres en el Mesías, empequeñezca. Que esto refuerce la tuya y la Yosía. Vete en paz.

Se separan. Jesús emprende nuevamente su camino hacia el sur. El muchacho, la gerasena y sus criados hacia el norte.

La lluvia tupida los separa, como si fuera un velo espeso…

El valle profundo y boscoso donde se levanta Yabes Galaad, rumorea con un arroyo bastante caudaloso, en su camino hacia el Jordán. Más el día lluvioso y gris, dan la impresión de que la población no tiene un corazón hospitalario.

Tomás, cuyo buen humor jamás se agota, pese a que trae los vestidos salpicados de lodo hasta la cintura, exclama:

–                     ¡Uhmm! No quisiera que después de tantos siglos se acuerden de la jugada que les hicieron los nuestros y se quieran vengar. ¡Faltaría más! ¡Pero vamos a sufrir por el Señor!

No los matan. No. Pero los arrojan de todas partes gritándoles ladrones y cosas peores.

Felipe y Mateo tienen que echar una buena carrera, para escapar de un perro que un pastor les azuzó, cuando fueron a pedir a la puerta del redil, que les permitiera pasar la noche, al menos bajo el tejado de los animales.

Los apóstoles comentan:

–                     ¿Qué hacemos ahora?

–                     No tenemos pan.

–                     Ni dinero. ¡Sin él no hay pan, ni alojo!

–                     ¡Y estamos muertos de frío, de hambre y llenos de lodo!

–                     La noche se nos viene encima.

–                     ¡Qué bien nos veremos mañana después de una noche en el bosque!

De los doce que son. Siete muestran claramente su malhumor. Tres no lo dicen, pero lo manifiestan en sus caras. Simón Zelote, con la cabeza baja, parece una efigie.

Juan parece gato sobre ascuas. Se vuelve hacia los descontentos. Se vuelve hacia Jesús, que continúa caminando y personalmente va a llamar a las puertas de las casas; pues los apóstoles, o no quieren o tienen miedo.

De este modo recorre las callejuelas empantanadas de lodo y suciedades. En ninguna parte lo admiten.

Llegan a la parte extrema del poblado, donde el valle se alarga en los pastizales de la llanura Transjordánica. Una que otra casa se ve… Pero es lo mismo. Nadie les da alojamiento.

Jesús dice:

–                     Busquemos por los campos. Juan, ¿Te atreves a subir en aquel olmo? Desde lo alto puedes ver mejor.

–                     Sí, Señor mío.

Pedro rezonga:

–                     El olmo está mojado y resbaloso. ¡No va a poder y se puede lastimar! Y además de todo, tendremos a un herido.

Jesús, con toda dulzura, responde:

–                     ¡Entonces subiré Yo!

Todos gritan:

–                     ¡Eso no!

Los que más protestan son los pescadores:

–                     Si es peligroso para nosotros los pescadores, ¿Cómo no lo va a ser para Ti, que no estás acostumbrado a trepar por los cantos y las cuerdas?

–                     Lo hacía por vosotros. Para buscaros donde os alojéis. ¡Por Mí, soy  indiferente! ¡No es el agua la que me molesta!

¡Cuánta tristeza! ¡Qué timbre tan doloroso resuena en sus palabras! Algunos se callan.

Bartolomé dice:

–                     Ya es muy tarde para encontrar algo.

Mateo añade:

–                     Debimos pensarlo antes.

Judas de Keriot grita con tono agresivo y muy agrio:

–                     ¡Claro! ¡Y no haberte encaprichado en salir de Pela, cuando empezaba a llover! Has sido terco e imprudente y ahora lo pagamos todos. ¿Qué cosa quieres encontrar ahora? ¡Si tuviéramos la bolsa llena, habrías visto las puertas abiertas!… ¡Pero Tú!… ¿Por qué no haces un milagro? ¡Al menos un milagro para tus apóstoles, Tú que los haces para los que ni siquiera los merecen!…

Lo hace de tal forma que los demás, aunque en el fondo estén de acuerdo con él, se ven precisados a llamarlo al orden.

Jesús parece el Condenado que dulcemente mira a sus verdugos. Calla. Este callarse que va acentuándose desde hace tiempo y que es como un preludio del ‘Gran Silencio’ que mantendrá en su Pasión.

Estos silencios de Jesús, gritan más que mil palabras, pues revelan todo su dolor ante la incomprensión de los hombres y ante su falta de amor.

Su mansedumbre que no reacciona al quedarse con la cabeza un poco inclinada, parece como si ya hubiese sido entregado a la rabia humana.

Le preguntan:

–            ¿Por qué no hablas?

Jesús contesta:

–                     Porque diría algo que en estos momentos vuestro corazón no puede comprender. ¡Vámonos! ¡Caminemos para no congelarnos!… Y Perdonad…

Se vuelve rápido. Se pone a la cabeza del grupo en el cual algunos lo compadecen, otros lo acusan y otros le dan la razón a sus compañeros…

Juan se queda atrás y sin que nadie lo note. Se va hasta un fresno muy alto. Se quita el manto y el vestido.

Y semidesnudo, con mucho trabajo, en medio de resbalones; se trepa como un gato y llega casi hasta la cresta. Escudriña bajo el cielo, a los grises reflejos de un atardecer moribundo, bajo las nubes plomizas… Su rostro se ilumina de alegría… Se deja resbalar hasta tierra. Vuelve a vestirse y corre a alcanzar a su Maestro.

Con el aliento entrecortado le dice:

–                     ¡Una choza, Señor!… Pero hay que regresar. Subí a ese árbol. ¡Ven! ¡Ven!

Jesús dice serio y cortante:

–                     Voy con Juan por este lado. Si queréis venir, está bien. Si no, continuad hasta el último poblado, cercano al río. Nos encontraremos allá.

Los apóstoles lo siguen a través de los campos y comentan refunfuñando:

–                      ¡Está regresando a Yabes!

–                     Yo no veo ninguna casa.

–                     ¡Quién sabe qué casa habrá visto el muchacho!

–                     Tal vez un pajar.

–                     ¡O la choza de algún leproso!

–                     Y así acabaremos de empaparnos…

–                     ¡Estos campos parecen esponjas!

Detrás de una hilera tupida de troncos hay una choza larga, baja. Con el techo de paja. Parece un redil. Una empalizada que sirve de patio, rodea la cabaña y dentro se ven verduras que gotean agua.

Juan llama.

Un hombre anciano se asoma preguntando:

–                     ¿Quién es?

Jesús responde:

–                     Peregrinos que vamos a Jerusalén. ¡Por favor, un refugio en Nombre de Dios!

–                     Porqué no. Es un deber. Pero no estaréis cómodos. No hay mucho espacio y no tengo camas.

–                     No importa. Por lo menos tendrás fuego.

El hombre abre.

–                     Entrad y la paz sea con vosotros.

Atraviesan la pequeña hortaliza. Entran a la única habitación que es cocina, recámara, todo. hay fuego. Hay orden y pobreza.

El hombre dice:

–                     ¡Ved! No tengo más que un corazón que es honrado. ¡Si os acomodáis! ¿Traéis pan?

Jesús contesta:

–                     ¡No! Solo un puñado de aceitunas.

–                     No tengo pan para todos. Pero os daré algo con leche. Tengo dos ovejas. Voy a ordeñarlas. Dadme vuestros mantos. Los extenderé en el redil, aquí atrás. Se secarán un poco y mañana el fuego hará el resto.

El hombre sale con los mantos y todos se acercan a la alegre llama. Regresa con un petate y lo extiende.

–                     Quitaos las sandalias. Les quitaré el fango y las colgaré para que se sequen. Os daré agua caliente para que os quitéis el lodo de los pies. El petate está limpio y es grueso. Será mejor que el suelo frío.

Quita un caldero en el que estaba hirviendo verduras y echa agua caliente en un lavamanos. Le agrega agua fría. En un cubo, hace lo mismo.

–                     Tomad. Os restableceréis. Lavaos. Aquí tenéis una toalla limpia.

En otro caldero pone leche a hervir, con cebada molida.

Jesús, que ha sido uno de los primeros en lavarse, se le acerca…

–                     Dios te dé su Gracia por tu caridad.

–                     No hago más que devolver lo que se me ha dado. Era ya un leproso. Desde los treinta y siete hasta los cincuenta y uno. Después me curé. Cuando regresé me encontré que habían muerto mis familiares, mi mujer y que mi casa había sido arrasada. Era yo ‘el leproso’ Me vine aquí y me he hecho un nido con mis esfuerzos y con la ayuda de Dios. Poco a poco edifiqué lo que ven.

El año pasado acomodé las ovejas. Las compré haciendo petates que vendo y otras cosas de madera. Tengo un manzano, un peral, una higuera, una vid. Detrás tengo un campo pequeño de cebada. Enfrente uno de verduras. Cuatro pares de palomas y dos ovejas. Dentro de poco tendrán sus corderitos. Esperamos que sean hembras esta vez. Bendigo al Señor y no pido más. ¿Quién eres?

–                     Un Galileo. ¿Tienes prejuicios?

–                     Ninguno, porque soy de raza judía. Me he acostumbrado a vivir solo.

–                     ¿Y para las fiestas?

–                     Lleno las bateas y me voy. Rento un borrico. Me doy prisa. Hago lo que debo y regreso. Nunca me ha faltado nada. Dios es Bueno.

–                     Tienes razón. Con los buenos y con los que no lo son tanto. Los buenos están bajo sus alas.

–                     También lo dice Isaías. Me ha protegido.

Tomás pregunta:

–                     ¿Estuviste leproso?

–                     Sí. Empobrecí y me quedé solo. ¡Pero mira si no es un favor de Dios, volver a la vida humana y tener techo y pan! Mi modelo en mi desventura, fue Job. Espero merecer como él, la Bendición de Dios; no tanto con riquezas, como con Gracia.

–                     La tendrás. Eres un justo. ¿Cómo te llamas?

–                     Matías.

Saca el caldero, lo pone sobre la mesa. Agrega mantequilla y miel, lo revuelve y lo regresa al fuego.

Y dice:

–                     Sólo tengo seis trastos entre platos y tazones. Os turnaréis.

–                     ¿Y tú?

–                     Quien hospeda se sirve al último. Primero los hermanos que Dios envía. Bueno. ¡Está listo!

Echa unas cucharadas de papilla en cuatro platos y dos tazones. Las cucharas son de palo.

Jesús dice a los más jóvenes que empiecen a comer.

Juan dice:

–                     ¡No! ¡Tú primero!

Jesús insiste:

–                     ¡No! ¡No! Que Judas se llene y vea que siempre hay comida para los hijos.

Iscariote cambia de color, pero come.

Matías pregunta:

–                     ¿Eres un Rabí?

–                     Sí. Éstos son mis discípulos.

–                     Cuando estaba en Betabara, solía ir con el Bautista. ¿No sabes nada del Mesías? Dicen que ya está y que Juan lo señaló. Cuando voy a Jerusalén, espero siempre verlo, pero no lo he logrado. Hago lo que debo, pero no tengo tiempo para detenerme. Por eso no lo veo. Me he aislado aquí y luego…

Hay gente que no es buena en Perea. He hablado con algunos pastores que vienen a apacentar sus animales, lo han visto. Me han hablado de Él. ¡Cuántas cosas no habrá dicho!

Jesús no se descubre. Le toca ahora comer. Y lo hace con mucha tranquilidad, sentado junto al anciano.

–                     ¿Y ahora cómo vamos a hacer para dormir? Os dejaré mi cama. Yo me iré con las ovejas.

–                     No. Iremos nosotros. El heno es bueno para el que está cansado.

La cena termina y piensan reposar, para partir con la aurora.

Pero el anciano insiste y Mateo, que es el que está acatarrado, va dormir a su cama.

La aurora es un diluvio. ¿Cómo partir con esta agua torrencial? Hacen caso al anciano y se quedan.

El hombre cuece cebada para todos y mete unas manzanas entre la ceniza. Empiezan a comer y están ya para terminar, cuando afuera se oye un grito:

–                     ¿Otro peregrino? ¿Cómo haremos?

El anciano se levanta y envolviéndose en una gruesa manta, sale. En la cocina hay fuego, pero no buen humor.

Jesús no dice nada.

El anciano regresa sorprendido… Mira a Jesús… Mira a los apóstoles. Parece atemorizado… Como si escudriñara.

Finalmente pregunta:

–                     ¿Entre vosotros está el Mesías? Decidlo. Que los de Pela lo buscan para adorarlo, por un gran milagro que hizo. Desde ayer noche lo andan buscando por todas las casas, hasta el río. Están afuera con carros. ¡Hay mucha gente!

Jesús se levanta y los Doce dicen:

–                     ¡No vayas! Si dijiste que no era conveniente quedarse en Pela, ¡Es inútil salir ahora!

El anciano comprende:

–                     ¡Pero entonces!… ¡Oh, Bendito Tú  y quién te envió! ¡Y yo también que te hospedé!… ¡Tú Eres el Rabí Jesús! El… ¡Oh!… –el hombre se arrodilla y pega su frente contra el suelo.

Jesús dice:

–                     Soy Yo. Pero permíteme ir a donde están los que me buscan. Después vengo contigo.

Se zafa de las manos del anciano que estaba asido a sus rodillas y sale al huertecito lleno de agua…

Todos gritan:

–                      ¡Vedlo! ¡Vedlo! ¡Hosanna!

Bajan de los carros. Hay hombres, mujeres, el ciego de ayer; su madre y la gerasena.

Sin importarles el lodo, se arrodillan y suplican:

–                     Regresa. Regresa con nosotros a Pela.

–                     ¡No! ¡A Yabes!

–                     ¡Queremos tenerte!

–                     ¡Estamos arrepentidos de haberte arrojado!

–                     ¡No! ¡No! ¡Ven con nosotros a Pela, donde tú milagro te proclama!

–                     A ellos les diste la luz de los ojos. Danos a nosotros la del alma.

Jesús responde:

–                     No puedo. Voy a Jerusalén. Allá me encontraréis de nuevo.

–                     ¡Estás enojado porque te arrojamos!

–                     Estás disgustado porque sabes que dimos oídos a las calumnias de un pecador.

La madre de Marcos se cubre la cara bañada de lágrimas.

La gente insiste:

–                     Pídeselo tú Yaía, pues te quiere mucho.

Jesús responde:

–                     Me encontraréis en Jerusalén. Idos y sed constantes. Adiós.

–                     No. Ven.

–                     Te llevaremos a la fuerza si no vienes.

–                     No levantéis la mano contra Mí. Esto sería idolatría, no una fe verdadera. La fe cree aún sin ver. Persevera aunque se le combata. Cree aún sin milagros. Me quedo con Matías que supo creer aún sin haber visto algo. Y que además es un justo.

–                     Acepta por lo menos nuestros dones.

–                     Dinero. Pan.

–                     Nos dijeron que diste todo lo que tenías a Yaía y a su madre.

–                     Toma una carreta, viajarás en ella. Tómala. Llueve y continuará lloviendo. No te mojarás tanto y lo harás más pronto.

–                     Danos una prueba de que no nos guardas rencor.

Los del otro lado de la empalizada, hacen mucho ruido.

Detrás de Jesús, está el viejo Matías de rodillas y con la boca abierta por el asombro. Y detrás de él, los apóstoles.

Jesús extiende su mano y dice:

–                     Acepto los regalos para los pobres. Pero la carreta no. Soy pobre entre los pobres. No insistáis. Os bendeciré.

Acaricia y bendice de un modo especial a Yaía, a su madre y a la mujer gerasena.

Y a los demás que se acercan y se postran ante Él. Dan a los apóstoles, dinero y víveres.

Jesús se despide de todos y regresa adentro.

Los apóstoles le dicen:

–                     ¿Por qué no les dijiste algo?

–                     El milagro hecho en los dos ciegos, está hablando.

–                     ¿Por qué no aceptaste la carreta?

–                     Porque es mejor ir a pie.

Se vuelve hacia Matías:

–                     Te habría recompensado solo con bendiciones. Ahora puedo agregar a ellas un poco de dinero, por los gastos que hiciste.

–                     ¡Oh, no! Señor Jesús… No acepto. Lo hice de todo corazón. Y ahora lo hago sirviendo al Señor. el Señor no paga. No está obligado. Soy yo quien tengo que pagar, no Tú. ¡Oh! ¡Este día, jamás se borrará de mi memoria! ¡Aún en la otra vida!

–                     Has dicho bien. tu misericordia que tuviste con los peregrinos, la encontrarás escrita en el Cielo, como tú Fe pronta en creer. Tan pronto aclare nos vamos. Podrían regresar aquellos.

Voy a mi destino. Dios y el hombre me empujan. Me impele el amor. Me impele el odio. Quién me ama puede seguirme. Pero el Maestro no va a correr detrás de las ovejas que no quieren.

Matías pregunta:

–                     ¿No te aman, Maestro Divino?

–                     No me comprenden.

–                     Son malos.

–                     La concupiscencia los tiene ciegos.

El anciano no se atreve a mostrarse más confianzudo.

Jesús por el contrario; ahora que ya no es el Desconocido, se muestra más franco y habla con Matías como si fuera un pariente.

Así pasan las horas hasta que llega el mediodía. El cielo se despeja.

Jesús ordena que se parta. El anciano corre a traer los mantos secos.

Jesús pone en una cajita el dinero y en una artesa, pan y queso.

El hombre vuelve y Jesús lo bendice. Emprende el camino, volviéndose una vez más a ver esa cabeza blanca, que se asoma entre la empalizada.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

55.- LA REINA DE BELEN


Jesús y los suyos continúan conversando en la Gruta de la Natividad.

María de Alfeo, dice:

–                     Pero… ¡Partir así cuando se acercaba el momento! ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no esperaron?… el decreto concedía un plazo largo de tiempo para casos excepcionales, como el nacimiento o la enfermedad… Alfeo me lo dijo.

Maria contesta:

–                     ¿Esperar? ¡Oh! ¡No! Aquella tarde, cuando José llevó la noticia, Tú y yo Hijo, saltamos de alegría. Era la llamada… Porque aquí, solo aquí debías nacer, como predijeron los profetas. Y aquel decreto imprevisto, fue como un cielo piadoso que borraba de José, aún el recuerdo de su sospecha.

Era lo que esperaba para Ti, para él, para el mundo judío y para el mundo futuro, hasta la consumación de los siglos. Estaba profetizado y así sucedió.  ¡Esperar! ¿Puede la novia poner obstáculos a su sueño de bodas? ¿Por qué esperar?

–                     Por todo lo que podía suceder… -vuelve a decir María de Alfeo.

–                     No tenía ningún miedo. Me apoyaba en Dios.

–                     Pero, ¿Sabías que todo sucedería así?

–                     Nadie me lo había dicho. Y de hecho no pensaba en ello. Tanto que para dar ánimos a José, permití que él y vosotros dudaseis de que el tiempo de su nacimiento no estaba cercano. Pero yo sabía que para la Fiesta de las Luces, nacería la Luz del Mundo.

Tadeo pregunta con tono de reproche:

–                     Más bien tú mamá, ¿Por qué no acompañaste a María y por qué no pensó en ello, mi padre? Deberíais haber venido vosotros hasta aquí. ¿No vinisteis todos?

–                     Tu padre había decidido venir después de las Encenias y lo dijo a su hermano. Pero José no quiso esperar.

–                     Pero tú al menos… -objeta Tadeo.

María dice:

–                      No le reproches, Judas. De común acuerdo encontramos que era justo poner un velo sobre el Misterio de este Nacimiento.

–                     ¿Sabía José qué sucedería con esas señales? Si tú no lo sabías, ¿Cómo podía saberlas él?

–                     No sabíamos nada. Excepto que Él debía nacer.

–                     ¿Entonces?

–                     Entonces la sabiduría divina nos guió, como era justo. El Nacimiento de Jesús. Su Presencia en el mundo, debía presentarse sin nada que fuese extraordinario; que pudiese incitar a Satanás.

Vosotros veis que el rencor que existe todavía en Belén contra el Mesías, es una consecuencia de su primera Epifanía. La envidia diabólica se aprovechó de la revelación para derramar sangre y odio. ¿Estás contento Simón de Jonás, que ni hablas y como qué ni respiras?

Pedro contesta:

–                     Muy contento. Tanto, que me parece estar fuera del mundo, en un lugar todavía más santo que si estuviese más allá que el velo del Templo, tanto… que ahora que te he visto en este lugar… Antes te trataba con respeto como a una mujer.

Ahora… ahora no me atreveré a decirte María. Para mí, antes eras la Mamá de mi Maestro. Ahora te he visto sobre la cima de esas ondas celestiales. Te he visto cual Reina y yo miserable, soy tu esclavo…

Y Pedro se arroja en tierra y besa los pies de María.

Jesús le dice:

–                     Levántate, Simón. Ven aquí, cerca de Mí.

Pedro va a la izquierda de Jesús, porque maría está a la derecha.

Jesús pregunta:

–                     ¿Quiénes somos ahora nosotros?

Pedro contesta:

–                     ¿Nosotros? Somos Jesús, María y Simón.

–                     Muy bien. Pero, ¿Cuantos somos?

–                     Tres, Maestro.

–                     Entonces, una trinidad. Un día en el Cielo, en la Divina Trinidad, afloró un pensamiento: ‘Ahora es tiempo de que el Verbo vaya a la Tierra’ Y en un palpitar amoroso el Verbo vino a la Tierra a trabajar. En el Cielo, el Padre y el Espíritu Santo ayudan a la Palabra que obra en la Tierra.

Llegará un día en que del Cielo se oirá una orden: “Es tiempo de que regreses porque todo está cumplido”  Y entonces el Verbo regresará a los Cielos. Así… (Jesús da un paso atrás, dejando a María y a Pedro donde estaban) Y de lo alto del Cielo contemplará las obras de los dos que han quedado en la Tierra, los cuales se unirán para cumplir el deseo del Verbo: “La Redención del Mundo, a través de la perpetua enseñanza de su Iglesia”

Y el Padre y el Espíritu Santo, entretejerán una cadena para escuchar a los dos que quedan en la tierra: a mi Madre el Amor y a ti el Poder. Debes tratar a María como a Reina; pero no como esclavo. ¿No te parece?

–                     Me parece todo lo que quieras. ¡Estoy anonadado! ¿Yo el Poder? ¡Oh! ¡Si debo ser el Poder, no me queda más remedio que apoyarme sobre Ella! ¡Oh, Madre de mi Señor! no me abandones jamás, jamás, jamás…

–                     No tengas miedo. Te tendré siempre de la mano, como hacía con mi Niño, hasta que fue capaz de caminar por sí solo.

–                     ¿Y luego?

–                     Luego te sostendré con mis plegarias. ¡Ea! Simón. No dudes jamás del poder de Dios. No dudé yo, ni tampoco José. Tampoco tú debes hacerlo. Dios ayuda hora tras hora, si permanecemos humildes y fieles…

venid ahora acá afuera, cerca del río. Comeremos antes de irnos.

Todos siguen a María y los apóstoles comentan.

Simón Zelote dice:

–                     ¡Cómo se percibe que desciende de David! ¡Qué sabiduría! ¡Qué poesía!

Interviene Judas de Keriot, que todavía bajo los sentimientos de días anteriores, habla poco, pero tratando de volver a ser el mismo de antes.

Dice:

–                     Pues bien. yo querría comprender porque tuvo que suceder la Encarnación. Sólo Dios puede hablar de modo que derrote a Satanás. Solo Dios puede tener el Poder de Redención, esto no lo dudo. Pero me parece que el Verbo no debía de haberse envilecido tanto; haciéndose como los demás hombres y sujetándose a las miserias de la infancia y las demás de la vida. ¿No habría podido aparecer con forma humana, ya adulto, en forma adulta? O si quería tener una madre, ¿Podía haberse buscado una adoptiva, así como lo hizo con su padre? Me parece que una vez se lo pregunté pero no me respondió muy ampliamente. O no lo recuerdo…

Tomás le dice:

–                     Pues de eso estamos hablando. Pregúntaselo.

–                     Yo no. Lo hice enojar un poco y no me siento perdonado. Pregúntaselo por mí.

Santiago de Zebedeo replica:

–                     ¡Oye!… Pero, perdona. Nosotros aceptamos todo, sin tener elucubraciones y ¿Debemos hacer la pregunta? ¡No es justo!

Jesús pregunta:

–                     ¿Qué no es justo?

Silencio.

Jesús mira a Judas y dice:

–                     No te guardo rencor. Esto ante todo. Hago las observaciones necesarias. Sufro y perdono. Esto, para quién tiene miedo, fruto todavía de su turbación. En cuanto a la Encarnación real que llevé a cabo, escuchad: es justo que así haya sido. En el futuro, muchos caerán en errores sobre mi Encarnación y me darán exactamente las formas erróneas que Judas querría que hubiese tomado. Hombre aparentemente con cuerpo, pero en realidad fluido, como un juego de luces; por lo cual sería y no sería carne real. Y sería y no sería verdadera, la maternidad de María.

En verdad Yo tengo un cuerpo real y María en verdad es la Madre del Verbo Encarnado. Si la hora del Nacimiento fue solo un éxtasis, la razón es porque Ella es la nueva Eva, sin peso de culpa y sin herencia de castigo.

¿Pero me envilecí al descansar en Ella? ¿Acaso el maná encerrado en el Tabernáculo se envileció? No. Antes bien, se honró con estar ahí. Otros dirán que no teniendo Yo cuerpo real, no padecí y no morí durante mi permanencia en la tierra.

No pudiendo negar que Yo existí, se negará mi Encarnación real o mi Divinidad verdadera.

En verdad os digo que Yo Soy Uno con el Padre, IN ETERNO. Y estoy unido a Dios como Hombre, porque en verdad ha acontecido que el Amor ha llegado a lo inimaginable en su Perfección, revistiéndose de carne para salvar la carne.

A todos estos errores responde mi vida entera que da sangre, desde mi nacimiento, hasta mi muerte. Y que se ha sujetado a lo que es común con el hombre, excepto el pecado.

Nacido sí, de Ella. Y para vuestro bien. Vosotros no sabéis como se ablanda la Justicia desde que tiene a la Mujer como colaboradora. ¿Estás contento ahora, Judas?

–                     Sí, Maestro.

–                     Haz lo mismo conmigo.

Judas inclina la cabeza avergonzado y emocionado ante una bondad tan grande.

Se quedan bajo el manzano por un tiempo más. Quien ronca. Quién duerme. María se levanta.  Vuelve a la cueva. Jesús la sigue…

Más tarde y después de haber reemprendido el camino, Jesús dice a los doce:

–                     Seguramente que los encontraremos si caminamos por un tiempo, por la vía nueva que va a Hebrón. Os lo pido. Id de dos en dos. En busca de ellos por los senderos de la montañas, de aquí a las Piscinas de Salomón. Os seguiremos. Es la zona en que apacientan.

Los apóstoles se apresuran a irse cada uno con su compañero preferido; pero la pareja inseparable Andrés y Juan; no se unen, porque ambos dicen a Judas:

–                     Voy contigo.

Judas dice:

–                     Sí. Ven Andrés. Es mejor así. Juan… tú y yo somos dos que conocemos a los pastores. Es mejor que vayas con otro.

Pedro dice:

–                     Entonces ven conmigo muchacho.

El niño se queda con Jesús y las Marías. El camino es fresco y hermoso, entre montes cubiertos de verdor. Se encuentran rebaños que van a los pastizales bajo la luz suave de la aurora.

A cada sonido de campanitas, Jesús deja de hablar y mira. Luego pregunta a los pastores, si Elías el pastor Betlemita, está por esos lugares. Pero nadie lo sabe. Responden deteniendo sus rebaños o dejando de tocar sus flautas rústicas.

Un pastor le regala a Marziam la flauta de su nieto y el niño se va contento con su instrumento, aunque no lo sabe usar.

María exclama:

–                     ¡Me gustaría tanto encontrarlos!

Jesús contesta:

–                     Ciertamente los encontraremos. En esta estación se encuentran siempre en Hebrón.

El niño se interesa por los pastores que adoraron a Jesús de Niño y hace muchas preguntas a María, que le da razón de todo, con paciencia y bondad.

–                     Pero, ¿Por qué los castigaron? ¡Sólo hicieron el bien! –concluye Marziam después de haber escuchado las desventuras de los pastores.

María dice:

–                     Porque muchas veces el hombre comete errores y acusa a los inocentes del mal que hizo otro. Pero como han sabido ser buenos y perdonar, Jesús los ama mucho. Es necesario saber siempre perdonar.

–                     Pero todos esos niños que fueron asesinados, ¿Cómo hicieron para perdonar a Herodes?

–                     Son pequeños mártires, Marziam. Y los mártires son santos. Ellos no solo perdonan a su verdugo, sino que lo aman, porque les abre el Cielo.

–                     ¿Están en el Cielo?

–                     No. Por ahora no. Están en el Limbo, para ser la alegría de los patriarcas y de los justos.

–                     ¿Por qué?

–                     Porque han dicho al llegar con su alma bañada en su sangre: “Mirad. Somos los heraldos del Mesías, Salvador. Alegraos vosotros que estáis esperando, porque Él ya está sobre la Tierra.” Y todos los aman porque han llevado esta Buena Nueva.

–                     Mi padre me dijo que la Buena Nueva, es la Palabra de Jesús. Entonces cuando mi padre vaya al Limbo, después de haberla predicado sobre la Tierra y cuando yo también esté allá, ¿Nos amarán?

–                     Tú no irás al Limbo, pequeñín.

–                     ¿Por qué?

–                     Porque Jesús ya habrá regresado a los Cielos y los habrá abierto. Y todos los buenos, a la hora de la muerte, irán al punto al Cielo.

–                     Te prometo que seré bueno. ¿Y Simón de Jonás? ¿También él? Porque no quiero ser huérfano por segunda vez.

–                     También él. Puedes estar seguro. Pero en el Cielo no hay huérfanos. Tendremos a Dios y Dios es todo. Ni siquiera aquí lo somos, porque el Padre está con nosotros.

–                     Pero Jesús en aquella Oración que tú me enseñaste: ‘Padre Nuestro que estás en el Cielo…’ Nosotros todavía no estamos en el Cielo. ¿Cómo pues, estamos con Él?

–                     Porque Dios está en todas partes hijo mío.

–                     ¿Aun cuando sea malo como Doras?

–                     Aunque lo sea.

–                     Pero Dios que es Bueno, ¿Puede amar a Doras que es muy malo y que hace llorar a mi viejo padre?

–                     Lo mira con desdén y dolor. Pero si se arrepintiese le diría lo que le dijo el padre de la parábola a su hijo arrepentido. Deberías rogar para que se arrepienta y…

El niño niega con ardor:

–                     ¡Oh, no! Madre. ¡Rogaré para que se muera!

Aunque esta salida de Marziam sea tan poco… angelical. Su pasión es tal y tan sincera, que los demás no pueden evitar reír.

María vuelve a tomar su dulce seriedad de Maestra:

–                     No, querido. Eso no debes hacer con un pecador. Dios no te escucharía y te miraría con enojo. Debemos augurar al prójimo aunque sea malo, el mayor bien. La vida es un bien porque concede al hombre conquistar méritos ante los ojos de Dios.

–                     Pero si uno es malo, conquista pecados.

–                     Si ruegas puede hacerse bueno.

El niño piensa, pero no puede digerir esta lección sublime y concluye:

–                     Doras no se hará bueno aunque yo ruegue. Es muy, muy malo. Ni siquiera aunque oren conmigo todos los niños mártires de Belén. ¿No sabes que un día golpeó a mi viejo padre con una varilla de hierro porque lo encontró sentado a la hora del trabajo? No podía levantarse porque se sentía mal… Y él lo golpeó dejándolo como muerto.

Luego le dio un puntapié en la cara. Y lo vi porque estaba escondido detrás de un matorral. Había ido hasta allá porque nadie me había dado pan desde dos días antes y tenía hambre.

Escapé para que no me descubrieran, porque lloraba al ver a mi padre así. Con sangre en la barba, caído por tierra, como muerto. Me fui llorando a pedir un pan, pero ese pan lo tengo siempre atorado aquí… -se señala la garganta- Tiene el sabor de la sangre y de las lágrimas de mi padre y mías. Y las de todos los que son torturados y que no pueden amar a quién los tortura.

Yo quisiera golpear a Doras, para que sienta que cosa es ser golpeado. Lo quisiera dejar sin pan, para que sepa lo que es el hambre. Lo quisiera hacer trabajar al sol en el lodo, con la amenaza del capataz y sin comer; para que sepa qué cosa es la que da a los pobres…

No puedo amarlo, porque él está matando a mi santo padre.  Y si yo no os hubiera encontrado, ¿Qué hubiese sido de mí?…

El niño, presa de un ataque de dolor grita, llora y tiembla. Golpea el aire con los pequeños puños cerrados, no pudiendo alcanzar a su verdugo.

Las mujeres están asombradas y conmovidas y tratan de calmarlo. Pero él se encuentra en una crisis de dolor y no escucha a nadie.

Grita:

–                     ¡No puedo! ¡No puedo amarlo y perdonarlo! ¡Lo odio! ¡Lo odio por todos!… ¡Lo odio!… ¡Lo odio!…

Verlo causa aflicción y miedo. Es la reacción de la criatura que ha sufrido mucho. Jesús dice:

–                     Este es el más grande crimen de Doras: hacer que un inocente llegue a odiar…

Toma al niño en sus brazos y le dice:

–                     Escúchame, Marziam, ¿Quieres ir un día con mamá, papá, tus hermanitos y el viejo padre?

–                     Siii…

–                     Entonces no debes odiar a nadie. Al Cielo no entra quién odia. ¿No puedes rogar por ahora por Doras? Está bien. no ruegues, pero no odies. ¿Sabes qué debes hacer? Ya no vuelvas a pensar en el pasado…

–                     Pero mi padre que sufre no es pasado.

–                     Es verdad. Pero mira, Marziam, trata de rogar así: “Padre Nuestro que estás en los Cielos, te entrego todo lo que siento. Piensa en lo que yo deseo…” Verás que el Padre te escuchará de la mejor de las maneras.

Aunque matases a Doras, ¿Qué conseguirías? Perder el amor de Dios, el Cielo, el reunirte con tu familia. Y no lograrías consolar a tu viejo padre que amas. Eres muy pequeño para poderlo hacer. Dios lo puede. Díselo a Él. ¡Él lo hará! y… ¿Cómo?  ¿Ya no quieres predicar la Buena Nueva? ¡Ella habla de Amor y de Perdón! ¿Cómo puedes decir a otro: “No odies? Perdona.” ¿Si tú no sabes amar, ni perdonar?  Deja al Buen Dios que obre y verás que bien dispone todo. ¿Lo harás?

–                     Sí. Porque te quiero mucho.

Jesús besa al niño y lo pone en el suelo. El episodio ha terminado… junto con el camino. La superficie de los tres grandes depósitos de agua excavados en la roca del monte; una obra verdaderamente grandiosa; resplandecen, lo mismo que el agua que desciende de uno a otro y luego forma un pequeño lago. Debido a la humedad del terreno todo es de una fertilidad admirable.

Tomás exclama:

–                     ¡Qué hermoso lugar! ¡Parece un jardín!

Judas se deja llevar por su innata arrogancia que prevalece en todo, aunque sean flores y hierbas y exclama:

–                     La tierra de Judea tiene estas maravillas…

Jesús contesta:

–                     En esta zona se encontraban los jardines de Salomón, célebres en el mundo; tanto como sus palacios. Tal vez aquí escribió su Cantar de los Cantares… Vamos hasta aquel rosal grande que ha formado una galería entre los árboles. Allí nos detendremos.

Marziam juega con la flauta que le regaló el pastor.

Jesús, rodeado de los suyos lo ve y dice:

–                     Cuanto dolor hay en la tierra y solo Dios puede aliviarlo. Satanás trabaja para aumentar el dolor y crear ruina. ¡Oh! Si el hombre buscase a Dios en su sufrimiento, encontraría el alivio en su dolor, su cansancio, su soledad; pues Dios le daría su paz.

Con el amor es posible olvidar el odio del mundo. El amor de Dios, elevado sobre todos y consolador como ninguno, pues es el compañero perfecto y el amor alivia el dolor y devuelve la alegría…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

42.- PRINCIPIO DE LA CAÍDA


Jesús despide las barcas diciendo:

–                 No regresaré atrás.

Y seguido  por los suyos a través de un área que desde la ribera se veía frondosa, se dirige a un monte.

Los apóstoles malhumorados, caminan en silencio hablándose con los ojos. Avanzan despacio por el camino que atraviesa esta región hermosa pero selvática, en la que es muy difícil caminar, por los lugares engañosos de hierbas que parecen haber nacido en suelo firme y que ocultan hoyos de agua en los que de repente se sume el pie. Y esto sucede porque solo son montones de amarantos que nacieron en pequeñas charcas y  las esconden formando trampas, a veces algo profundas.

Jesús por su parte, parece muy feliz con todo este verdor de tantos matices. Con las flores, los pajarillos y sus nidos. Va admirando el paisaje y su naturaleza; la tierra que creó Dios Padre y que todavía el hombre no ha profanado. Quiere compartir su felicidad con los otros, pero no encuentra terreno propicio.

Los corazones están cansados y agriados de tanta perversidad y traen un mutismo negro.

Tan solo su primo Santiago, Zelote y Juan, se interesan por lo que interesa a Jesús. Pero los demás… parecen ausentes, por no decir hostiles.

De pronto se oye un grito de admiración, al ver a un halcón que llega hasta  su compañera, trayéndole un pescadito plateado.

Jesús dice:

–                 ¿Puede haber algo más agasajador?

Pedro responde:

–                 Más gentil, tal vez no. Pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí también está  húmedo y no hay comodidad.

Judas de Keriot dice:

–                 Hubiese preferido el camino real a este… jardín; si quieres llamarlo así. Y estoy completamente de acuerdo son Simón.

Jesús contesta:

–                 Vosotros no quisísteis el camino real.

Bartolomé gruñe:

–                 ¡Eh! Así es. Pero hubiera sido preferible estar al alcance de los gerasenos, si hubiéramos continuado  al otro lado del río siguiendo por Gadara, Pela y más abajo.

Felipe concluye:

–                 A fin de cuentas, los caminos son de todos y también nosotros podíamos pasar.

Jesús dice tranquilo:

–                 Amigos… amigos. Estoy afligido. Hastiado. No aumentéis más mi dolor con vuestras mezquindades. Dejadme buscar un poco de consuelo, en las cosas que no saben odiar…  

El reproche dulce y triste, llega al corazón de los apóstoles.

Varios dicen al mismo tiempo:

–                 Tienes razón, Maestro.

–                 Somos indignos de Ti.

–                 Perdona nuestra necedad.

–                 Tú eres capaz de ver lo hermoso, porque eres Santo y miras con los ojos del corazón.

–                 Nosotros, piltrafa humana, no sentimos más que ésta… incomodidad.

–                 No hagas caso. Son tan solo nuestros cuerpos…

Jesús promete:

–                 Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos terreno más cómodo, aunque menos fresco.

Pedro pregunta:

–                 ¿A dónde vamos?

–                 Llegaremos al Tabor. Lo rodearemos y pasando cerca de Endor, iremos a Naím y después a la llanura de Esdrelón…

Juan exclama:

–                 ¡Oh! Será bello. Dicen que desde la cima se descubre el Mar Grande, el de Roma. Tanto que me gusta.  ¿Nos llevas a verlo? –suplica Juan con su carita de niño grande, mirando a Jesús.

Jesús pregunta acariciándolo:

–                 ¿Por qué te gusta tanto verlo?

–         No sé. Porque es grande y no se le ve el horizonte. Me hace pensar en Dios. Cuando estuvimos en el Líbano, por primera vez vi el mar; porque nunca había estado fuera del Jordán o en nuestro lago. Y lloré de emoción. ¡Qué azul! Tanta agua y no rebosa jamás. Qué cosa tan maravillosa… Y los astros que rielan en el mar con sus luces. ¡Oh! ¡No te rías de mí! Contemplaba el camino de oro del sol, hasta quedar deslumbrado.

El plateado de la luna hasta no tener más que su blancura fija en el ojo. Y los miraba cómo se perdían en lontananza. Esos caminos me hablaban. Me decían: ‘Dios está en aquella lontananza infinita y estos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para llegar a Dios. Ven. Sumérgete en lo infinito; navegando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito.’

Tadeo dice admirado:

–                 Eres poeta, Juan.

–                 No sé si sea poesía esto. Lo que sé es que me enciende el corazón.

Santiago de Zebedeo advierte:

–                 También has visto el mar en Cesárea y en Ptolemaida. Y muy de cerca. Estuvimos en la playa. No veo porqué debamos caminar tanto, para ver otra agua de mar. De hecho, hemos nacido en el agua…

Pedro exclama:

–                 ¡Y todavía lo estamos y en qué forma!…

Se distrajo por un momento, al escuchar a Juan. No vio un charco disimulado y se ha metido en él hasta la cintura.

Todos se ríen y él es el primero.

Juan responde:

–                 Es verdad. Pero desde arriba es más hermoso. Se alcanza a ver más lejos. Se piensa más elevado y más extensamente… Se desea… se sueña… -mira hacia adelante y sonríe a su sueño…

Jesús parece un padre que pregunta a su hijo más querido, al decir en voz baja a su predilecto:

–                 ¿Qué cosa deseas? ¿En qué sueñas?…

Juan suspira profundamente, antes de contestar:

–                 Deseo ir a ese mar infinito. Ver otras tierras que están más allá. Deseo ir allá para hablar de Ti. Sueño… sueño con ir a Roma. A Grecia. A los lugares desconocidos, para llevar la   Luz. Donde los que viven en tinieblas, entren en contacto contigo, Luz del Mundo… Sueño de un mundo mejor. En hacerlo mejor, conociéndote.

O sea, a través del conocimiento del Amor que los haga buenos, puros, heroicos. Un mundo que se ame por tu Nombre y levante tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina; sobre el odio, el pecado, la carne, el vicio de la inteligencia, el oro. Y sueño en que yo con éstos mis hermanos; vaya por esos mares de Dios. Por caminos de luz a llevarte… como tu Madre te trajo un tiempo entre nosotros, del Cielo.

Sueño… sueño en ser el muchacho, que sin conocer otra cosa más que el amor, está sereno aún en las tormentas… y que canta para dar fuerzas a los adultos que piensan demasiado. Y que va adelante al encuentro de la muerte con una sonrisa… al encuentro de la gloria con la humildad de quién no sabe cuanto hace; pero que sí sabe ir a Ti, Amor…

Los apóstoles ni siquiera parecen respirar durante la confesión extática de Juan. Miran admirados al más joven.

Miran a Jesús que se transfigura de gozo, al encontrarse así; perfecto en su discípulo.

Cuando Juan calla, quedando un poco inclinado, Jesús lo besa sobre la frente y le dice:

–                 Iremos a ver el mar, para hacerte soñar en el porvenir de mi Reino en el Mundo.

Judas de Keriot dice:

–                 Señor. Dijiste que iremos a Endor. Entonces conténtame a mí también. Para olvidar el juicio amargo de aquel chiquillo…

Jesús pregunta:

–                 ¡Oh! ¿Todavía estás pensando en eso?

–                 Sí. Me siento empequeñecido ante tus ojos y ante los compañeros. Pienso en lo que pensaréis de mí…

–                 ¡Cómo te exprimes el cerebro por nada! Ni siquiera Yo pienso en esa tontería. Ni en lo que dijo de los otros. Tú eres el que te acuerdas de eso… Eres un muchacho acostumbrado a las caricias. Y la palabra de un niño, te ha parecido la condenación de un juez.

No debes tener miedo a esta palabra, sino más bien a tus acciones y al juicio de Dios. Pero para demostrarte que te quiero como antes, te digo que te daré gusto. ¿Qué quieres ver en Endor? Es un lugar pobre entre las rocas…

–                 Llévame y te lo diré…

–                 Está bién. Pero ten cuidado de no sufrir luego…

–                 Si a éste no le puede hacer daño ver el mar; a mí tampoco ver Endor.

–                 ¿Ver?… No. No. Es el deseo del que quiere ver en el ver, lo que te hace mal. Pero iremos…

Toman el camino que va al Tabor. Pronto el camino deja de ser lodoso y está firme. La vegetación va desapareciendo y en su lugar, se ven árboles muy altos y montones de zarzas, llenas de hojas nuevas y de flores.

Después de pernoctar en las faldas del Tabor; llegan a una llanura entre montes y ascienden a la cima. El tiempo es fresco.

Jesús señala un ranchito aferrado a las primeras altitudes del grupo montañoso y pregunta:

–                 Judas, aquello es Endor. ¿De veras quieres ir allá?…

–                 Si quieres darme gusto.

–                 Vamos entonces.

Bartolomé que por su edad no es muy amante de excursiones panorámicas, pregunta:

–                 ¿Tendremos que caminar mucho?

Jesús aclara:

–                 ¡Oh, no! Si os queréis quedar…

Judas se apresura a decir:

–                 Sí. Sí. Mejor es que os quedéis. Me basta ir con el Maestro.

Pedro responde:

–                 Pues bien. yo quisiera saber qué hay de hermoso, antes de decidir… Sobre el Tabor vimos el mar. Y después del discurso del muchacho, debo confesar que fue como si lo viera por primera vez… y lo he visto como tú, Juan: con el corazón. Allí… -Pedro señala Endor- Quisiera saber qué otra cosa se puede aprender. Y en este caso voy; aunque me canse…

Jesús invita:

–                 ¿Lo oyes? ¡Tú no has dicho todavía tu intención! Por cortesía hacia tus compañeros, dila.

Judas lo piensa un poco y luego dice:

–                 ¿No fue Endor a donde quiso ir Saúl, a consultar a la pitonisa?

–                 Sí. ¿Y qué con ello?…

–                 Pues a mí me gustaría, Maestro; ir a aquel lugar y oírte hablar de Saúl…

Pedro exclama entusiasta:

–                 ¡Oh! Si es así, entonces hasta yo voy…

Y todos confirman:

–           Vamos.

Rápidamente caminan hasta llegar a Endor.

Es un lugar muy pobre. Las casas están construidas sobre la falda del monte, que más allá de este ranchito es muy áspera. La gente que vive ahí es pobre. Sus habitantes son pastores que llevan sus ganados por el monte y por los bosques de encinas centenarias.

Pocos campos de cebada o de pienso y árboles de manzanas o higos. Pocos viñedos junto a las casas que sirven para adornar las paredes oscuras. Parece un lugar más bien húmedo.

Jesús d            ice:

–                 Ahora preguntemos dónde era el lugar donde estaba la adivina.

Detiene a una mujer que viene de la fuente con cántaros. Ella los mira con curiosidad y luego que Jesús le pregunta; groseramente responde:

–                 No sé. Tengo otras cosas más importantes en qué pensar, que en estas estupideces. –Y lo deja plantado.

Jesús se dirige a un viejecito que talla un pedazo de leño. Lo mira extrañado y responde:

–                 ¿La adivina? ¿Saúl? ¿Y quién piensa más en ello?… Pero espera. Hay uno que ha estudiado y que tal vez, él si sabe. Ven…

El viejecillo sube por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy miserable y descuidada.

–                 Espérame aquí. Voy a llamarlo…

El hombre entra.

Y Pedro señala a las gallinas que escarban en un corralito sucio y dice:

–                 Este hombre no es israelita.

Apenas acaba de decirlo, cuando ya está de regreso el viejecillo a quién sigue un hombre tuerto, sucio y desaliñado, que dice:

–                 Iré con estos extranjeros.

El hombre tiene la voz dura y gutural; lo que aumenta el sentimiento de malestar. Y empieza a caminar para guiarlos.

Pedro, Felipe y Tomás, hacen señas a Jesús para que no vaya; pero éste no les hace caso.

Camina con Judas, detrás del hombre. Y los demás los siguen de mala gana.

El hombre pregunta a Jesús:

–                 ¿Eres israelita?

Jesús contesta:

–                 Sí.

–                 Yo también, aunque no lo parezca. Estuve mucho tiempo en tierras extranjeras y tomé costumbres que estos tontos no pueden aceptar. Soy mejor que los demás. Me dicen demonio porque leo mucho, crío gallinas que vendo a los romanos y sé curar con hierbas. Cuando era muy joven; por causa de una mujer reñí con un romano; estaba entonces en Cintium y lo apuñalé.

Él murió y yo perdí un ojo y mis bienes. Y fui condenado a prisión por muchos años… para siempre. Pero como sabía curar, sané a la hija del carcelero. Esto me valió su amistad y un poco de libertad. Me aproveché de ella para huir. Ciertamente hice mal, porque él pagó con su vida mi huida. La libertad parece atractiva cuando uno está prisionero…

–                 ¿Y después no lo es?

–                 No. Es mejor la cárcel; donde se está solo en contacto con hombres que no te permiten estar solo y que están juntos para odiarse…

–                 ¿Has estudiado a los filósofos?

–                 Era maestro en Cintium. Era prosélito…

–                 ¿Y ahora?

–                 Ahora no soy nada. Vivo en la realidad. Y odio como fui odiado y lo soy…

–                 ¿Quién te odia?

–                 Todos. Dios es el primero. Tenía mi mujer y Dios permitió que me traicionase y arruinase. Era yo libre y respetado y Dios permitió que me convirtiera en presidiario. El abandono de Dios; la injusticia de los hombres; han borrado a Aquel y a éstos. Aquí no hay nada… -y se pega en la frente y en el pecho- esto es. Aquí en la cabeza está el pensamiento. El saber. Aquí está lo que es nada. –y escupe con desprecio.

Jesús objeta:

–                 Te equivocas. Tienes todavía dos cosas allí…

–                 ¿Cuáles?

–                 El recuerdo y el odio. Vacíate de ellos. Y te daré una cosa nueva para que la metas allí…

–                 ¿Qué cosa?

–                 El amor.

–                 ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Me haces reír. ¡Oye!… Hace treinta y cinco años que yo no me reía. Desde que comprobé que mi mujer me traicionaba con el mercader romano de vinos. El Amor… ¿A mí?… Es como si echase joyas a mis pollos. Morirían de indigestión si no lograsen arrojarlas en el estiércol. Lo mismo me sucederá a mí. Tu amor me sería pesado si no lo puedo digerir…

Jesús claramente afligido, le pone la mano sobre la espalda y Dice:

– No, hombre. No digas eso.

El hombre lo mira con el único ojo que tiene… Y lo que ve en ese rostro joven, dulce y hermosísimo, lo hace enmudecer y cambiar de expresión. Del sarcasmo pasa a una seriedad profunda. De ésta, a una verdadera tristeza.

Baja la cabeza y pregunta con una voz diferente:

–                 ¿Quién eres?

–                 Jesús de Nazareth. El Mesías…

–                 ¡¡¡Tú!!!

–                 Sí. ¿No sabías nada de mí, tú que lees?

–                 Sabía… Pero no que estuvieses vivo. Y no… ¡Oh! ¡Sobre todo, esto no lo sabía! No sabía que fueses bueno con todos… así… hasta con los asesinos. Perdóname lo que dije de Dios y del Amor. Ahora entiendo por qué quieres darme el Amor. Porque sin él, el mundo es un infierno. Y Tú Mesías, quieres convertirlo en un Paraíso…

–                 Un paraíso en cada corazón. Dame el recuerdo y el odio que te tienen enfermo y deja que Yo meta en tu corazón el Amor.

–                 ¡Oh! ¡Si te hubiese conocido antes!… Pero cuando yo lo maté; ciertamente no habías nacido todavía… Pero después; cuando libre. Como es libre la serpiente en el bosque; viví para envenenar con mi odio.

–                 Pero también has hecho el bien. ¿No dijiste que curabas con hierbas?

–                 Sí. Para que me toleren. Pero cuantas veces he luchado con el deseo de envenenar con pócimas… ¿Ves? Me vine a refugiar aquí. Porque es un lugar donde se ignora el mundo y en que éste a su vez, lo ignora a uno. Porque puedo comprar libros y estudiar… Y… Pero es un territorio maldito. En otros lugares me odiaban; yo odiaba y tenía miedo de ser reconocido… Pero soy malo.

–                 Tienes remordimientos de haber hecho mal al carcelero de la prisión. ¿Ves que todavía tienes algo de bondad? No eres malvado… Sólo tienes una gran herida abierta y nadie te la cura… Tu bondad huye de ella, como la sangre se escapa de las heridas. Pero si hubiese quién te curase la herida pobre hermano, tu bondad paulatinamente crecería en ti…

El hombre llora con la cabeza inclinada, sin que nada indique que llora.

Sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve. Pero no dice nada más.

Llegan al socavón que está hecho de ruinas y cuevas abandonadas en el monte.

El hombre trata de que su voz sea segura:

–                 Es aquí. Puedes entrar.

–                 Gracias, amigo. Eres bueno.

El hombre no dice nada y se queda allí; mientras Jesús con los suyos, subiendo sobre grandes piedras que fueron trozos de muros muy fuertes; perturbando lagartijas y otros animales; entran en una espaciosa gruta que está ahumada en las paredes.

Hay rastros del zodiaco y cosas semejantes en las piedras.

En un rincón que está más ahumado, hay un nicho y debajo un agujero, como si fuese un desagüe. Los murciélagos adornan el techo con sus alas extendidas que causan horror y un búho, que descansaba en el nicho, molestado con la luz de una rama que enciende Santiago de Zebedeo, para evitar pisar víboras o escorpiones, sacude sus alas y cierra sus ojos.

Se percibe el hedor de animales muertos y hay rastros de ratones, pájaros y comadrejas, además del estiércol y la humedad del suelo, que contribuyen a aumentar el ambiente de un marco tenebroso de horror…

Pedro dice con ironía:

–                 Un hermoso lugar en realidad. –Y volviéndose a Juan- Era mejor tu Tabor y tu mar. –Suspira y añade dirigiéndose a Jesús- Maestro, contenta pronto a Judas, porque aquí… Ciertamente no es la sala real de Antipas.

Jesús responde:

–           Al punto. –Y volviéndose hacia Judas-  ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

Judas lo mira y dice:

–                 Pues… quiero saber ¿Por qué pecó Saúl al venir aquí? ¿Y si es posible que alguien pueda de verdad llamar a los muertos? ¡Oh! ¡Mejor habla Tú! Te haré las preguntas…

Pedro suplica:

–                 Bonito negocio. Vámonos por lo menos allá afuera, al sol. Sobre las piedras, nos veremos libres de la humedad y del hedor.

Jesús asiente y salen. Se sientan como pueden sobre las ruinas.

El Maestro dice:

–                 El pecado de Saúl fue solo uno de muchos que cometió antes y muchos después. Todos graves.

Judas pregunta:

–                 ¿Contra Quién? No mató a nadie.

–                 Mató su alma. Exactamente aquí, terminó de matarla. ¿Por qué bajas la cabeza?

–                 Estoy pensando, Maestro.

–                 Que estás pensando lo veo. Pero, ¿En qué? ¿por qué quisiste venir aquí? No por mera curiosidad de investigar… confiésalo.

–         Siempre se oye hablar de adivinos, magos, espíritus invocados… Quería ver si descubría algo… Me gustaría saber cómo sucedió… Pienso que nosotros  estamos destinados a llamar la atención y para atraer, debemos ser un tanto adivinos. Tú Eres Tú y lo haces con tu poder. Pero también nosotros debemos  pedir un poder… una ayuda; para hacer obras prodigiosas que se impongan…

Varios gritan al mismo tiempo:

–                 ¡Oh!

–                 ¡Bah!

–                 ¿Estás loco?

–                  Pero, ¿Qué estás diciendo?

Jesús dice:

–                 Callad. Dejadlo hablar. No está loco. Continúa Judas…

–                 Sí. Me parecía que al venir aquí, podía entrar en mí algo de la magia de tiempos idos y así hacerme más grande. Por interés tuyo, créemelo.

–                 Sé que eres sincero en este deseo natural tuyo, hijo… Pero no extiendas tu mano al fruto prohibido. Aún sólo acercarla es imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno, tan sólo por temor de que no se te meta el veneno satánico.

Huye de lo oculto y de lo que no tiene explicación. Una sola cosa tiene que aceptarse con santa Fe: Dios. Pero lo que Dios no es y que no es explicable con las fuerzas de la razón o que pueden crearse con las fuerzas del hombre, huye de eso. Huye de eso. Que no se te abran las fuentes de la malicia y finalmente comprendas que estás desnudo. DESNUDO. Desnudo; cosa repulsiva aún al mundo.

Dios dijo a Adán y Eva, ¿Cómo supisteis que estabais desnudos? Sólo por haber comido del fruto prohibido… Y los arrojó del Paraíso de delicias.

Y en el Libro, de Saúl está escrito: “Dijo Samuel apareciendo, ¿Por qué me perturbaste con hacerme llamar? ¿Por qué preguntarme después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará cómo te lo dije, porque no quisiste obedecer a su Voz”

¿Por qué quieres llamar la atención con prodigios tenebrosos? Haz que los demás queden estupefactos con tu santidad y que sea luminosa, como cosa que viene de Dios.

No tengas deseos de rasgar los velos que separan a los vivientes de los que se han ido. No los perturbes. Escúchalos si son prudentes, mientras están en la tierra.

Venéralos con obedecerles, aún después de su muerte. Pero no disturbes su segunda vida. Quien no obedece la voz del Señor, pierde al Señor. 

Y el Señor ha prohibido el Ocultismo, la nigromancia y el satanismo en todas sus formas. ¿Qué quieres saber de más, que la Palabra no te lo haya dicho? ¿Qué quieres hacer de más; de cuanto tu bondad y mi Poder te conceden realizar? No ambiciones el pecado, sino la santidad; hijo.

No te mortifiques. Me gusta que te descubras tal cual eres. Lo que te agrada a ti, agrada a muchos. A demasiados  Solo el fin que pones a este deseo tuyo: ‘El de ser poderoso para atraer a Mí’, quita mucho peso a esta debilidad tuya y pone alas, pero son de pájaro nocturno. 

No, Judas mío. Ponte alas de sol. Pon alas de ángel a tu espíritu. Con el solo viento de ellas, atraerás corazones. Y los atraerás en tu estela a Dios. ¿Podemos irnos?…

–                 Sí, Maestro. Me equivoqué…

–                 No. Has sido un investigador. El mundo está lleno siempre de eso. Ven, ven. Salgamos de este apestoso lugar. Dentro de pocos días es la Pascua. Y luego iremos a la casa de tu madre. Te recuerdo tu casa honesta, a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!

Como siempre, el recuerdo y la alabanza de Jesús a la madre, tranquilizan a Judas. Salen de las ruinas y empiezan a descender por el sendero. El hombre tuerto todavía está allí.

Tratando de no ver la cara enrojecida por el llanto, Jesús le pregunta:

–                 ¿Todavía estás aquí?

–                 Sí. Aquí. Si me lo permites, te seguiré. Tengo que decirte algo…

–                 Ven pues conmigo. ¿Qué es lo que quieres decirme?

–                 Jesús… Pienso que para tener fuerzas de hablar y de cambiarme a mí mismo, por medio de una magia santa; para evocar mi alma muerta del modo como  la adivina llamó a Samuel, porque era el deseo de Saúl; yo debo pronunciar tu Nombre, que es dulce como tu mirada. Santo como tu Voz. Tú me acabas de dar una nueva vida y no tiene forma. Está incapacitada como la de un ser que acaba de nacer, con miembros débiles. Lucha entre membranas que le estorban. Ayúdame a salir de mi muerte.

–                 Sí, amigo.

–                 Yo… yo comprendo que tengo todavía un poco de ser humano en mi corazón. No soy del todo una fiera. Puedo todavía amar y ser amado. Perdonar y ser perdonado. Esto me lo está enseñando tu amor, que es Perdón. ¿No es así?

–                 Sí, amigo.

–                 Entonces llévame contigo. Seré Félix. ¡Ironía! Dame otro nombre. Quiero que el antiguo quede muerto para siempre. Te seguiré como el perro callejero que al fin encuentra un dueño. Seré tu esclavo si así lo deseas. Pero no me dejes solo…

–                 Sí, amigo.

–                 ¿Qué nombre me das?

–                 Un nombre que amo: Juan. Porque eres el regalo que hace el Señor. ¿Y tu casa?

–                 Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Sólo dame amor y un pan.

–                 Ven. –Jesús se voltea y llama a los apóstoles- A vosotros, amigos. Y sobre todo a ti Judas, os doy las gracias. Hé aquí al nuevo discípulo. Viene con nosotros hasta que lo podamos dejar con los demás. Alabad a Dios conmigo.

Realmente los doce, no parecen muy felices. Pero hacen buena cara por obediencia y cortesía.

Juan de Endor, dice:

–                 Aquella es mi casa. Si me permites, me adelanto. Me encontrarás en el umbral.

–                 Ve pues.

El hombre parte a la carrera. Y Jesús dice:

–                 Ahora que estamos solos, os ordeno. Esto os ordeno, de que seáis buenos con él y que no digáis a nadie, nada de su pasado. Por ningún motivo. ¿Lo entendéis? Quién diga algo o falte a la caridad al hermano redimido, lo arrojaré al punto de Mí. ¿Habéis entendido? Y ¡Ved cuán bueno es el Señor! Venimos aquí por un fin humano y Él nos concede regresar con algo sobrenatural. ¡Oh! ¡Yo gozo por la alegría que hay en el Cielo por el nuevo convertido!

Llegan frente a la casa. En el umbral está el hombre con un vestido oscuro y limpio, un manto y un par de sandalias nuevas. Y una alforja sobre la espalda. Se ha aseado y se ve diferente. Cierra la puerta y toma una gallina blanca que acloca entre sus manos. La besa, llora y la deja.

Dice a Jesús:

–                 Vámonos. Perdona, pero estas gallinas me han amado. Platicaba con ellas y me entendían… -Y se vuelve hacia un vecino que lo mira pasmado- Ten. Esta es la llave de mi casa. Yo me voy para siempre. Haz con lo mío lo que tú quieras y cuida de mis gallinas. No las maltrates. Cada sábado viene un romano y compra los huevos… te dejarán utilidades. Y que Dios te lo pague.

El hombre está atolondrado. Toma la llave y se queda con la boca abierta.

Jesús agrega:

–                 Haz como él dice. También Yo te lo agradeceré. En Nombre de Jesús, Yo te bendigo.

El hombre lo mira asombrado y grita:

–                 ¡Oh! ¡El Nazareno! ¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor…! ¡Oh!

Y gritando a todo el pueblo:

–           ¡Vengan todos! ¡El Mesías está con nosotros!

El hombre está tan felíz y lo manifiesta abiertamente, gritando alabanzas.

Luego pregunta a Jesús:

–                 ¿A dónde vas?

Jesús contesta:

–                 A Naím. No puedo quedarme.

–                 Te seguiremos… ¿Quieres?

–                 Venid. Y a quién se queda, dejo mi paz y mi bendición.

Se dirigen hacia el camino principal y lo toman.

Juan de Endor, que camina junto a Jesús y que se dobla un poco bajo el peso de su alforja, atrae la curiosidad de Pedro.

El antiguo pescador le pregunta:

–                 Pero, ¿Qué llevas ahí que parece tan pesado?

Juan de Endor contesta:

–                 Mi ropa y… libros. Mis amigos, junto con los pollos. No pude separarme de ellos y pesan…

–                 ¡Eh! ¡La ciencia pesa! Y ¿A quién le gusta, he?

–                 No me dejaron enloquecer.

–                 Debes quererlos mucho. Qué libros son.

–                 Filosofía e historia. Poesía griega y romana.

–                 Hermosos, hermosos. Ciertamente hermosos. Pero, ¿Piensas llevarlos contigo?

–                 Algún día lograré separarme de ellos. Pero al mismo tiempo todo, no se puede. O ¿No es así, Mesías?

Jesús responde:

–                 Llámame Maestro. No se puede. Te buscaré un lugar donde puedas dar refugio a tus amigos, los libros. Te podrán servir para discutir con los paganos acerca de Dios.

–                 ¡Oh! ¡Cuán claramente sabes pensar y comprender!

Jesús sonríe y Pedro exclama:

–                 ¡Vive Dios! –Señala a Jesús- ¡Él es la misma Sabiduría Encarnada!

Juan de Endor agrega:

–                 Es la Bondad. Créemelo. Y ¿Tú eres culto?

Pedro dice:

–                 ¿Yo? ¡Cultísimo! Distingo una alosa de una carpa y ahí termina toda mi cultura. Soy pescador, amigo. –Y Pedro ríe humilde y francamente.

–                 Eres honrado. Es una ciencia que se aprende por sí misma. Y es muy difícil conseguirla. Me gustas.

–                 También tú porque eres franco. Y aún en el excusarte. Yo perdono todo. ayudo a todos. Pero soy enemigo jurado de los falsos e hipócritas. Me dan asco.

–                 Tienes razón. El falso es un criminal.

–                 Un criminal. Lo has dicho. Oye, ¿No tienes desconfianza en prestarme un poco tu alforja? Puedes estar seguro de que no me escaparé con los libros. Me parece que te pesan mucho.

–                 Veinte años de minas lo despedazan a uno. Pero, ¿Por qué quieres cansarte tú?

–                 Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámela y toma mis harapos. Mi alforja es ligera. No hay historias, ni poesía y la otra cosa que dijiste es Él… ¿Filosofía?…  Él, mi Jesús; nuestro Jesús…

Y siguen conversando mientras avanzan a lo largo del camino que atraviesa la montaña…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA