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287 EL REGRESO DE LOS 72


287 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En el largo crepúsculo de un sereno día de Octubre, regresan los setenta y dos discípulos

con Elías, José y Leví.

Cansados, llenos de polvo…

¡Pero, qué dichosos!

Dichosos los tres pastores por poder ya servir libremente al Maestro;

dichosos también de estar -después de tantos años de separación- unidos a sus compañeros de antaño;

dichosos los setenta y dos, por haber desarrollado bien su primera misión:

los rostros resplandecen más que las lamparillas que iluminan las cabañas

construidas para este numeroso grupo de peregrinos.

En el centro está la cabaña de Jesús.

Dentro de ella, María con Margziam, que le ayuda a preparar la cena;

alrededor, las cabañas de los apóstoles.

En la de Santiago y Judas está María de Alfeo;

en la de Juan y Santiago, María Salomé con su marido;

en la que esta pegando a esta última, Susana con su marido,

que no es ni apóstol ni discípulo…

Oficial, pero que debe haber hecho valer su derecho de estar allí,

sobre la base de haber concedido a su mujer ser toda de Jesús.

Luego, alrededor, las de los discípulos, quién con familia, quién sin ella;

los que están solos -los más- se han agregado a uno o más compañeros.

Juan de Endor ha tomado consigo al solitario Hermasteo,

pero ha tratado de acercarse lo más posible a la cabaña de Jesús;

así es que Margziam va a menudo donde él, a llevar esto o aquello,

o a alegrarle con sus palabras de niño inteligente y feliz de estar con Jesús, María y Pedro,

y además en una fiesta.

Terminada la cena, Jesús se encamina hacia las laderas del monte de los Olivos.

Los discípulos le siguen en masa.

Aislados del runrún y la multitud, después de orar en común,

informan a Jesús más ampliamente de cuanto no han podido hacerlo antes

en medio de unos que iban y otros que venían.

Se revelan asombrados y contentos, mientras dicen:

–       ¿Sabes, Maestro, que por la fuerza de tu Nombre,

hemos dominado no sólo las enfermedades sino incluso a los demonios?

¡Qué cosa, Maestro!

¡Nosotros, nosotros, unos pobres hombres, por el simple hecho de que nos habías enviado Tú

podíamos liberar al hombre del espantoso poder de un demonio!…

y narran muchos casos, sucedidos en uno u otro lugar.

Sólo de uno dicen:

–       Sus familiares, para más exactitud su madre y unos vecinos,

lo trajeron a la fuerza a nuestra presencia.

Pero el demonio se burló de nosotros diciendo:

“He vuelto aquí por voluntad suya, después de que Jesús Nazareno me había expulsado,

y ya no me vuelvo a marchar de él, porque me ama más a mí que a vuestro Maestro

y me ha buscado de nuevo”.

Y, de repente, con una fuerza irresistible, arrancó al hombre de las manos del que lo sujetaba

y lo arrojó por una escarpada.

Corrimos a ver si se había reventado

Qué va, hombre!

Corría como una joven gacela, profiriendo blasfemias y palabras burlescas

que ciertamente no eran de este mundo…

Sentimos compasión de la madre…

¡Pero él! ¡Pero él! ¿Pero puede hacer eso el demonio?

Jesús dice afligido:

–       Eso y más todavía.

–       Quizás si hubieras estado Tú…

–       No.

A ese hombre le había dicho: “Ve y no quieras volver a caer en tu pecado”.

Ha querido.

Era consciente de querer el Mal y ha querido.

Está perdido.

El que sufre posesión por su primitiva ignorancia es distinto del que se deja poseer

sabiendo que, haciéndolo, se vende de nuevo al demonio.

No habléis de él.

Es un miembro amputado sin esperanza.

Es un voluntario del Mal.

Alabemos, más bien, al Señor por las victorias que os ha dado.

Yo sé el nombre del culpable y los nombres de los salvados.

Veía a Satanás caer del Cielo como un rayo por vuestro mérito unido a mi Nombre.

Porque he visto también vuestros sacrificios, vuestras oraciones,

el amor con que ibais a los desdichados para cumplir lo que Yo había indicado.

Habéis obrado con amor y Dios os ha bendecido.

Otros harán lo mismo que hacéis vosotros, pero sin amor,

y no obtendrán conversiones…

Mas no os alegréis por haber dominado a los espíritus,

alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

No los borréis jamás de allí…

–      Maestro,

¿Cuándo vendrán esos que no van a obtener conversiones?

¿Quizás cuando ya no estés con nosotros? 

–       No, Agapo.

En todo tiempo.

–        Es decir, ¿Incluso mientras nos adoctrinas y nos amas?

–        Sí.

Amaros, os amaré siempre, aunque estéis lejos de mí.

Mi amor llegará siempre a vosotros y lo sentiréis.

–        ¡Es verdad!

Yo lo sentí una tarde que estaba preocupado por no saber qué responder

a las preguntas de uno.

Ya estaba para marcharme avergonzado.

Pero me acordé de tus palabras:

“No temáis. En su momento se os darán las palabras que habréis de decir”,

te invoqué con mi espíritu.

Dije: “Sin duda Jesús me ama, así que pido el auxilio de su amor”

y me vino el amor…

Como un fuego, una luz… una fuerza…

El hombre estaba frente a mí, y me observaba y sonreía maliciosamente con ironía,

haciendo guiños a sus amigos;

se sentía seguro de vencer la disputa.

Abrí mi boca y fue como un torrente de palabras que salía con gozo de mi necia boca.

Maestro, ¿Viniste realmente o fue una ilusión?

No lo sé.

Sé que, al final, el hombre – y era un escriba- se ha arrojado a mi cuello diciéndome:

“Bienaventurado tú y quien te ha conducido a esta sabiduría”.

Me pareció una persona deseosa de buscarte. ¿Vendrá?

–       La idea del hombre es lábil como palabra escrita en el agua,

su voluntad se mueve cual ala de golondrina que revolotea en busca de la última comida del día.

De todas formas, ora por él…

Y… sí, fui a ti.

Y como tú, me tuvieron también Matías y Timoneo, Juan de Endor, Simón, Samuel y Jonás.

Quién advirtió mi presencia, quién no la advirtió; pero he estado con vosotros,

y estaré con quien me sirva en amor y verdad, hasta el final de los siglos.

–       Maestro, no nos has dicho todavía si entre los presentes habrá personas sin amor…

–       No es necesario saberlo.

Sería falta de amor por mi parte, indisponeros hacia un compañero que no sabe amar.

–       ¿Pero hay?

Esto sí lo puedes decir…

–        Hay.

El amor es la cosa más sencilla, dulce e infrecuente que hay;

no siempre arraiga, aunque haya sido sembrado.

–        Pero, si no te amamos nosotros,

¿Quién te puede amar?

Casi hay indignación en los apóstoles y discípulos, que se alborotan, descontentos,

por la sospecha y el dolor.

Jesús baja los párpados.

Y con sus ojos cela también su mirada para que no señale a nadie.

Eso sí, hace su gesto de resignación, el gesto dulce y triste de sus manos,

que se abren con las palmas hacia arriba;

su gesto de resignada confesión, de resignada constatación,

y dice:

–        Así debería ser.

Pero no es así.

Muchos todavía no se conocen.

Pero Yo sí los conozco y siento compasión de ellos.

Pedro pregunta:

–        ¡Oh!

¡Maestro, Maestro!

¿No seré yo, eh? 

Mientras se pega literalmente a Jesús, aplastando al pobre Margziam entre sí y el Maestro.

Y echa sus brazos cortos y robustos a los hombros de Jesús.

Y lo agarra y lo menea, enloquecido por el terror de ser uno que no ama a Jesús.

Jesús abre sus ojos, luminosos a pesar de estar tristes.

Y mira el rostro interrogativo y aterrorizado de Pedro,

y le dice:

–        No, Simón de Jonás, tú no eres;

tú sabes amar y sabrás amar cada vez más;

tú eres mi Piedra, Simón de Jonás,

una buena piedra, sobre la cual apoyaré las cosas que más quiero.

y estoy seguro de que las sostendrás imperturbable.

–       ¿Y entonces?,

–       ¿Yo?,

–       ¿Yo?

Las preguntas se repiten de boca en boca, como el eco.

–        ¡Calma!

¡Calma! Estad tranquilos y esforzaos en poseer todos el amor.

–        Pero, de nosotros,

¿Quién sabe amar más?

Jesús extiende su mirada (una caricia sonriente) a todos…

luego baja su mirada y la posa en Margziam, que sigue apretado entre Él y Pedro,

y apartando un poco a Pedro y poniendo al niño de cara a la pequeña muchedumbre,

dice:

–        Éste es el que más sabe amar de vosotros.

El niño.

No os acongojéis, de todas formas,

los que tenéis ya barba en la cara e hilos canos en los cabellos.

Todo el que renace en Mí se hace “un niño”.

¡Marchaos en paz!

Alabad a Dios, que os ha llamado,

porque verdaderamente veis con vuestros ojos los prodigios el Señor.

Bienaventurados los que vean lo que vosotros veis.

Porque os digo que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que vosotros veis y no lo vieron,

y muchos patriarcas habrían querido saber lo que vosotros sabéis y no lo supieron,

y muchos justos habrían querido escuchar lo que vosotros oís y no pudieron escucharlo.

Mas, de ahora en adelante, los que me amen sabrán todo.

–       ¿Y después, cuando te vayas, como dices?

–       Después hablaréis vosotros por mí.

Y luego…

¡Oh, las grandes formaciones, no por número sino por gracia,

de los que verán, sabrán y escucharán lo que vosotros ahora veis, sabéis y oís!

¡Oh, las grandes, amadas formaciones de mis “pequeños-grandes”!

¡Ojos eternos, mentes eternas, oídos eternos!

¿Cómo explicaros a vosotros que estáis en torno a mí lo que será este eterno vivir

-más que eterno, sin medida- de los que me amarán y por mí serán amados

Nacimiento del Estado de Israel 14 de mayo de 1948

hasta el punto de abolir el tiempo, y serán los “ciudadanos de Israel”

aunque vivan cuando ya Israel no sea sino un recuerdo de nación-,

los contemporáneos de Jesús vivo en Israel?

Estarán conmigo, en Mí,

hasta el punto de conocer lo que el tiempo ha borrado y la soberbia ha confundido.

¿Qué nombre les daré?

Vosotros apóstoles, vosotros discípulos, los creyentes serán llamados “cristianos”.

¿Y éstos? ¿Qué nombre tendrán éstos?

Un nombre conocido solamente en el Cielo.

¿Qué premio tendrán ya en la Tierra? Mi beso, mi voz, el calor de mi carne.

Todo, todo, todo Yo mismo. Yo, ellos. Ellos, Yo.

20. y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. GÁLATAS 2

¡La comunión total…

Podéis iros.

Yo me quedo aquí a deleitar mi espíritu en la contemplación de mis futuros conocedores

y amantes absolutos.

La paz sea con vosotros.

286 CONVERSION Y ENTREGA ABSOLUTA


286 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es la Fiesta de los Tabernáculos.

El famoso campo de los Galileos, es lo que significa la palabra usada por Jesús

para designar el lugar de encuentro con los setenta y dos discípulos enviados delante de El

es sino una parte del monte de los Olivos, más apartado hacia el camino de Betania

 Es también el lugar exacto en que también acamparon Joaquín y Ana con el entonces pequeño Alfeo,

junto a otras chozas de ramas, en los Tabernáculos que precedieron a la concepción de la Virgen.

La cima del monte de los Olivos es suave:

Todo es suave en ese monte: las subidas, los panoramas, la cima.

Espira realmente paz, vestido como está de olivos y silencio.

Ahora no, porque ahora es un verdadero hormigueo de gente aplicada a hacer las chozas.

Pero generalmente es un lugar de gran quietud, de meditación.

Hacia el norte, hay una leve depresión; luego una nueva cima,

aún menos cerrada que la del monte de los Olivos

Aquí, en esta explanada, acampan los galileos.

No sé si es por costumbre religiosa ya secular o si es por orden de los romanos,

con la finalidad de evitar choques con los judíos o con otros de otras regiones,

poco corteses con los galileos. 

Pero ya están ahí muchos galileos, entre los cuales Alfeo de Sara de Nazaret,

Judas, el anciano hacendado de la zona de Merón, al arquisinagogo Jairo

y otros venidos de Betsaida, Cafarnaúm y otras ciudades galileas.

Jesús señala el lugar que deberán ocupar para sus cabañas:

justo en las lindes orientales del campo de los Galileos.

Se ponen a construir las cabañas los apóstoles y algunos discípulos,

entre los cuales están el sacerdote Juan y el escriba Juan, el arquisinagogo Timoneo,

más Esteban, Hermasteo, José de Emaús, Abel de Belén de Galilea. 

En esto -mientras construyen las cabañas…

Jesús habla con unos niños de Cafarnaúm que se han ceñido en torno a Él y le están

preguntando un sinfín de cosas y confiándole otras tantas-,

por el camino que viene de Betania, aparece Lázaro, junto con el inseparable Maximino.

Jesús está vuelto de espaldas y no lo ve venir.

En cambio Judas sí lo ve y avisa al Maestro, el cual deja automáticamente a los niños

y, sonriendo, se dirige hacia su amigo.

Maximino se detiene para dejar plena libertad a los dos en el primer momento de su encuentro.

Lázaro recorre los últimos metros, caminando con más dificultad que nunca,

rápidamente en la medida de sus posibilidades,

con una sonrisa en la que tiemblan el sufrimiento en su boca y las lágrimas en sus ojos.

Jesús abre los brazos y Lázaro cae sobre su corazón prorrumpiendo en un fuerte llanto. 

Jesús le pregunta:

–       Pero hombre, amigo mío, ¿Lloras todavía?…

Y lo besa en la sien, porque es bastante más alto que Lázaro y le sobresale toda la cabeza.

Y parece todavía más alto, porque Lázaro está inclinado en su abrazo de amor y respeto).

Levanta por fin la cabeza Lázaro,

y dice:

–       Lloro, sí.

El año pasado te di las perlas de mi triste llanto… 

Justo es que recibas las perlas de mi llanto de alegría.

¡Maestro, Maestro mío!

Estimo que nada hay más humilde y santo que el llanto bueno…

Y es lo que te doy, para decirte “gracias” por mi María,

que ahora es enteramente una niña dichosa, serena, pura, buena…

¡Mucho más buena todavía que cuando era pequeña!

Yo, que en mi orgullo de israelita fiel a la Ley me sentía muy por encima de ella,

ahora me siento muy pequeño, muy nada, respecto a ella,

que ya no es una criatura sino una llama de fuego, una llama santificadora.

Yo… no llego a entender dónde halla esa sabiduría, esas palabras, esas obras que encuentra

y que edifican a toda la casa.

La miro como se mira un misterio.

¿Cómo, tanto fuego y tantas gemas podían ocultarse en tranquila convivencia

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga...

bajo tanta podredumbre?

Ni yo ni Marta subimos hasta donde ella sube.

¿Cómo lo hace, si ha tenido rotas las alas por el vicio?

No entiendo…

–        Ni falta que hace que entiendas.

Con que entienda Yo.

Pero te digo que María tiene las energías de su ser orientadas hacia el Bien.

Ha encauzado su temperamento hacia la perfección.

Y dado que es un temperamento de poderoso absolutismo,

se lanza sin reservas por este camino.

Utiliza su experiencia del mal, para ser potente en el bien, como lo fue en el mal;

usando los mismos sistemas de darse enteramente, que tenía en el pecado,

ahora se da toda a Dios.

Ha comprendido la ley del 

“ama a Dios con todo tu ser, con tu cuerpo y con tu alma, con todas tus fuerzas”.

Si Israel estuviera hecho de Marías, si el mundo estuviera hecho de Marías,

tendríamos en la tierra el Reino de Dios cual será en el altísimo Cielo.

–        Oh!…

¡Maestro, Maestro!

¡Y es María de Mágdala la que merece estas palabras!…

–        Es María de Lázaro,

la gran amiga hermana del gran amigo mío.

¿Cómo habéis sabido que estaba aquí, si todavía mi Madre no ha ido a Betania?

–        venido, forzando el camino,

el encargado de Agua Especiosa y me ha dicho que venías.

Todos los días he mandado aquí a uno de la servidumbre.

Hace poco ha vuelto diciendo: “Ha llegado. Está en el campo galileo”.

Me he puesto en marcha inmediatamente…

–        Pero si estás mal…

–       ¡Muy mal, Maestro!

Estas piernas…

–        ¡Y has venido!

Habría ido Yo pronto…

–        Mi prisa por manifestarte mi alegría era demasiado angustiosa

Hace meses que lo tengo dentro. ¡Una carta!

¡Qué es una carta para decirte una cosa como ésta!

Ya no podía esperar más…

¿Vas a venir a Betania?

–       Ciertamente.

En cuanto termine la fiesta.

–        Te esperan con gran impaciencia…

La griega… ¡Qué mente!

Converso mucho con ella, ávida de saber de Dios.

Pero es muy culta…

Y yo, que no sé bien ciertas cosas, debo ceder;

haces falta Tú.

–        Iré.

Ahora vamos con Maximino;

luego, te ruego que te consideres mi invitado.

Mi Madre se alegrará al verte.

Y podrás descansar.

Dentro de poco vendrá con el niño.

Y Jesús llega donde Maximino, el cual se arrodilla para saludarlo…

238 EL SACRIFICIO PERFECTO


238 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

LAS ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Precisamente a orillas del profundo torrente, Jesús encuentra a Isaac con muchos discípulos, conocidos y desconocidos.

Entre los conocidos están: el arquisinagogo de Agua Especiosa, Timoneo;

José, el acusado de incesto, de Emaús;

el joven que no  fue a enterrar a su padre por seguir a Jesús;

Esteban el discípulo de Gamaliel.

El salvado Abel;

Abel el leproso, curado el año anterior cerca de Corazaín;

con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón;

Son rostros conocidos de discípulos y hay además otros, conquistas de Isaac.

O de los mismos discípulos que siguen al núcleo principal, con la esperanza de encontrar a  Jesús.

El encuentro es afectuoso, alegre, reverente. 

Isaac está radiante por la alegría de ver al Maestro y de enseñarle su nuevo rebaño,

y como premio pide una palabra de Jesús para la turba que tiene consigo.  

Jesús pregunta.

–      ¿Conoces un lugar tranquilo donde nos podernos reunir

Isaac contesta:

–       En el extremo del golfo hay una playa desierta.

Allí hay unas casitas de pescadores, que en este período están deshabitadas,

porque son malsanas y porque, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado.

Y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura.

Muchos de ellos ya creen en ti, porque, han oído hablar en las ciudades portuarias y por contactos con los discípulos;

me han cedido las casitas para descansar nosotros.

Después de cada misión volvemos a ellas.

Porque en esta costa hay mucho que hacer; está completamente corrompida por muchas cosas.

Querría llegar hasta la Siro-Fenicia.

Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie.

Pero soy pastor, no marinero.

Y de éstos no hay ninguno que sepa navegar.

Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado.

¡Tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!.

Jesús responde:

–     Dios te ayuda por tu humildad.

Si aquí me conocen es por ti, discípulo, no por los otros.

Vamos a preguntar a los del lago si se sienten en condiciones de navegar en el mar.

Y si podemos, iremos a Siro-Fenicia.

Y se vuelve, buscando a Pedro, Andrés, Santiago y Juan,

que conversan animadamente con algunos discípulos.

Mientras, Judas Iscariote está detrás congratulándose con Esteban, y Simón Zelote.

Bartolomé y Felipe están con las mujeres.

Los otros cuatro están con Jesús.

Los cuatro pescadores van enseguida.  

Jesús les pregunta:

–       ¿Seríais capaces de navegar en el mar? 

Los cuatro se miran, perplejos.

Pedro se remueve el pelo mientras piensa.

Luego pregunta:

–       Pero, ¿dónde?

¿Muy fuera de la costa?

Nosotros somos peces de agua dulce…

–      No.

Siguiendo la costa hasta Sidón.

–     ¡Hombre!, pues…

Creo que se puede.

y volviéndose hacia los otros tres:

¿Vosotros qué pensáis?

Santiago dice: 

–      Yo también creo que sí.

Sea mar o sea lago, será en todo caso lo mismo: agua.  

Juan añade:

–     Es más, será más bonito y más fácil.

–     La verdad es que no sé de dónde sacas eso – le responde su hermano.

Pedro responde bromeando:

–      De su amor por el mar.

Quien ama una cosa ve en ella todas las perfecciones.

Si amaras así a una mujer, serías un marido perfecto. 

Y Pedro da unos meneos afectuosos a Juan.  

Juan responde convencido:

–      No.

Lo digo porque en Ascalón vi que las maniobras eran iguales y la navegación muy suave.

Pedro exclama:

–      ¡Pues entonces, vamos! 

Santiago observa:

–      De todas formas sería siempre mejor llevar con nosotros a uno del lugar.

No conocemos este mar ni la profundidad de estas aguas  

Andrés añade:

–      ¡Bah!…

¡No me preocupa lo más mínimo!

¡Tenemos a Jesús con nosotros!

Antes no me sentía todavía seguro,

¡Pero después de que ha calmado el lago!…

Vamos, vamos con el Maestro a Sidón, que quizás hay alguna cosa buena que realizar –

–     Pues entonces iremos.

Procura las barcas para mañana.

Pídele a Judas de Simón la bolsa.

La alegría con qué manifiestan todos los discípulos esta decisión de Jesús es muy grande…

Y, mezclados juntos apóstoles y discípulos vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad.

La rodean por su periferia hasta que llegan a la punta extrema de la bahía.

Punta que penetra en el mar como un brazo doblado.

Allí, unas pocas casuchas, esparcidas por la costa guijarrosa y breve,

representan el lugar más miserable de la ciudad.

El más deshabitado y menos  continuamente poblado.

Las pequeñas casas -cubos de muro desmoronado por la salobridad y los años- están, todas, cerradas.

Cuando los discípulos las abren, dejan ver su humeada miseria y su moblaje reducido verdaderamente a lo mínimo indispensable.  

Isaac, que se encarga del recibimiento de los huéspedes,.

dice:

–      Aquí están.

Son, si no bonitas, por lo menos muy cómodas y limpia.

Pedro con cierto retintín.

comenta:

–      ¡No, bonitas no, pobrecillas!

Agua Especiosa era un palacio comparada con éstas. 

¡Y había quien se quejaba!… 

–     Pero para nosotros son una suerte.

–     ¡Claro, claro!

Lo importante es tener un techo y amarse.

¡Ah… mira, aquí está nuestro Juan!

¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?

Pero Juan de Endor, no sin sonreírle a Pedro.

Va inmediatamente a venerar a Jesús, que lo saluda con palabras muy buenas.  

Isaac dice:

–      No he querido que viniera porque no ha estado muy bien…

Prefiero que esté aquí.

Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías…

En efecto, el hombre de Endor está mucho más delgado que antes.

Pero su rostro aparece sereno.

La delgadez le ennoblece los rasgos:

viéndolo, se piensa en uno ya afectado por el dúplice martirio de la carne y del espíritu.

Jesús lo observa y le pregunta:

–      ¿Estás enfermo, Juan?

–     No más de cuanto lo estaba antes de verte.

Esto respecto al cuerpo, porque, si me juzgo bien, estoy curándome de mis particulares heridas.

Jesús mira todavía un momento sus ojos serenos y sus sienes hundidas,

pero no dice nada más;

le pone, eso sí, una mano en el hombro.

Y entra con él en una de las casitas, a la que han traído unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados,

Junto con unas tinajas de agua fresca para la sed.

Fuera, sobre una tosca mesa colocada a la sombra de una… ilusión de pérgola de plantas trepadoras,

se preparan las cosas para comer.

Y es bonito, mientras el crepúsculo desciende y el mar musita las oraciones del atardecer;

con el frufrú de la resaca en la playita guijarrosa, ver la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles,

sentados en torno a la tosca mesota.

Mientras los demás,

quién sentado en el suelo, quién en taburetes o cestas puestas al revés,

hacen círculo alrededor de la mesa principal.

Pronto termina la cena.

Y más rápidamente todavía, quitan la mesa, los utensilios para los huéspedes más importantes eran muy pocos. 

El mar, en la noche aún sin luna, ha tomado un color negro-añil.

toda su grandeza se manifiesta en esta hora triste y solemne de las orillas marinas.

Jesús, altura blanca entre las sombras cada vez más oscuras,

se levanta de la mesa para ir al centro de una pequeña muchedumbre de discípulos,

mientras las mujeres se retiran.

Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para que den luz y también para mantener a distancia,

las nubes de mosquitos que vienen de los esteros cercanos.  

Jesús saluda:

–     Paz a todos vosotros.

La misericordia de Dios nos reúne antes del tiempo establecido y alegra recíprocamente nuestros corazones.

He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de estar aquí; 

esperándome, formándoos en Mí;

espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras;

que manifiestan que perdura en vosotros el hombre viejo de Israel, con todos sus conceptos y prejuicios.

Y cómo todavía no ha salido de él, cual mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Cristo,

el hombre que del Cristo tiene la grande, luminosa, misericordiosa mentalidad y la aún mayor caridad.

Pero, no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos.

Un maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos.

Y, creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por los más defectuosos; 

sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarlos.

Y sabéis que Yo soy un buen Maestro.

Vamos a examinar ahora juntos estas reacciones y prejuicios

vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí.

y, por la alegría que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor;

que siempre, de un bien particular, obtiene un bien colectivo.

He oído de vuestros labios la admiración por Juan de Endor;

tanto más porque se profesa pecador convertido y apoya su tesis de predicación,

en medio de aquellos a quienes quiere conducir a Mí,

en estas dos características suyas, la vieja y la nueva.

Es verdad. Era un pecador.

Ahora es un discípulo.

Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él.

Ved, pues, cómo Dios crea el nuevo pueblo de Dios precisamente con aquellos medios que el hombre viejo de Israel despreciaría.

Ahora os voy a rogar que os abstengáis de juzgar con malsano juicio,

la presencia de una hermana que el viejo Israel no comprende como discípula.

He ordenado a las mujeres que se fueran a descansar

Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas,

no era tanto la preocupación de que descansaran, cuanto la de poderos dar a vosotros  una santa valoración de una conversión.

Y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia.

María de Mágdala, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor.

¿De quién podrá esperar ella fe y misericordia, sino de Dios y de los siervos de Dios?

Todo Israel, y con Israel los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que mucho la conocen…

Y severamente la juzgan, ahora que ya no es cómplice de sus excesos, critican y ridiculizan esta resurrección.

Resurrección. Es la palabra más exacta.

Resucitar un cuerpo no es el mayor milagro;

es un milagro siempre relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte.

Yo no doy inmortalidad al resucitado en cuerpo.

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

Pero sí doy eternidad al resucitado en espíritu.

Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía; 

por tanto, no hay mérito por su parte.

En el resucitado en el espíritu está presente su voluntad.

Es más, es la primera presente.

Por tanto hay mérito del resucitado.

No os digo esto para justificarme.

Sólo a Dios debo rendir cuenta de mis acciones.  

Jesús con su gran humildad, como Mesías y como Hombre, puntualiza con esto que se considera además de Hijo; sólo un siervo de Dios… 

Pero como Dios Encarnado, no tiene porqué dar cuenta de sus actos; pues SIEMPRE es guiado por los otros Dos, (el Padre y el Paráclito) que habitan en ÉL…

Pero vosotros sois mis discípulos.

Y mis discípulos deben ser otros Jesús. (Otros Cristos)

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

No debe haber en ellos ningún desconocimiento, como tampoco ninguna de esas culpas inveteradas,

que hacen que muchos estén unidos a Dios sólo nominalmente.

Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas.

Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios, aunque se trate de la más inerte, helada y repelente;,

puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura.

Os propongo una comparación sacada del libro de los Macabeos.

Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén,

se quisieron ofrecer sacrificios en el Templo que había sido reconstruido y en el altar purificado.

Nehemías recordaba cómo, en el momento de la caída en manos de los persas,

los sacerdotes encargados del culto de Dios habían tomado el fuego del altar

y lo habían escondido en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco,

Y que lo hicieron tan bien y tan secretamente,

que sólo ellos supieron dónde estaba el fuego sagrado.

Esto recordaba Nehemías.

Y recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes;

para que fueran al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos, antes de morir.

Éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos.

Y trajeran el sagrado fuego para encender el fuego del sacrificio.

Pero, cuando bajaron los nietos al pozo secreto, no encontraron fuego sino densa agua.

Un lodo putrefacto, fétido, pesado, que se había filtrado allí,

procedente de todas las cloacas obturadas de la devastada Jerusalén.

Y se lo dijeron a Nehemías.

Mas éste ordenó que cogieran agua de aquella y que se la trajeran.

Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios; 

roció abundantemente todo, para que todo quedara asperjado con el agua legamosa.

Si el pueblo asombrado, miraba con respeto;

si los sacerdotes, escandalizados, ejecutaron con respeto,

fue sólo porque era Nehemías el que lo ordenaba.

Pero, ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza!

De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día;

en los corazones la duda ponía melancólicos a los hombres.

Mas he aquí que el sol desgarró las nubes y descendió con sus rayos al altar.

Y la leña asperjada con el agua legamosa, se encendió con una gran llama que enseguida inflamó el sacrificio;

mientras los sacerdotes oraban con las oraciones que había compuesto Nehemías.

Y con los más bellos himnos de Israel, hasta que todo el sacrifico quedó consumido.

Entonces para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios,

con las materias menos adecuadas si se usan con recto fin,

Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de piedras grandes.

Y las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar.

Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón; 

para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador de la vida.

Toda vida es holocausto, si se emplea bien;

cada día es un holocausto que ha de arder con santidad.

Pero llegan los depredadores, los opresores del hombre y de su alma.

El fuego cae en el pozo profundo.

No por santa necesidad, sino por nefasta necedad.

Y allí, sumergido en los desagües de todas las sentinas de los vicios, se transforma en lodo putrefacto y pesado,

hasta que no desciende a esa profundidad un sacerdote y devuelve a la luz del sol aquel lodo…

Y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio.

Porque habéis de saber que no basta el heroísmo de la persona que se convierte;

es necesario también el heroísmo de quien convierte.

Es más, éste debe preceder a aquél,

porque las almas se salvan con el sacrificio nuestro.

Almas víctimas y corredentoras; fusionadas con Cristo en la Cruz

Porque así se logra que el lodo se convierta en llama.

Y Dios juzgue perfecto y grato a su santidad;

el holocausto que se consume.

Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo;

de que el lodo arrepentido, es más abrasador que el fuego común…

Aunque sea fuego consagrado, que sirve sólo para consumir leña y víctimas.

O sea, materias combustibles; 

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga...

Este lodo arrepentido adquiere tal potencia;

que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible.

¿Y no os preguntáis de qué le viene a este lodo esta propiedad?

¿No lo sabéis?

Os lo diré:

Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios,

Llama con llama;

llama que sube, llama que desciende;

llama que se ofrece amando, llama que se concede amando;

abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo,

que se unen y forman una cosa sola.

Y dado que la llama más fuerte es la de Dios,

ésta excede, rebosa, penetra, asume…

CORAZÓN ARDIENTE

Y la llama del lodo arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado, para  ser llama infinita de Ser increado:

del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios.

Esto son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos;

generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado;

consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se  levanta de su propio barro;

que ha acudido a la Gracia y que por ella ha sido tocado.

En verdad, en verdad os digo que muchas piedras de Israel recibirán el impacto del fuego de Dios;

por estos hornos de fuego que arderán cada vez más, hasta la consumición de la criatura humana.

Y que seguirán devorando con su fuego las piedras: 

las tibiezas, las incertidumbres, las timideces de la Tierra, desde su trono del Cielo,

verdaderos espejos sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas;

para hacerlas converger en la Humanidad y encenderla de Dios.

Os repito que no tenía necesidad de justificar mis actos;

pero he querido que entrarais en mi concepto y lo hicierais vuestro.

Para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros.

Que nunca un concepto desviado;

una sospecha farisaica de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido,

os detenga en esta obra, que es coronación perfecta de la misión a que os destino.

Tened siempre presente que no he venido a salvar a los santos, sino a los pecadores.

Y haced vosotros lo mismo, porque el discípulo no está por encima del Maestro.

Y si Yo no aborrezco el tomar de la mano los desechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo,

que la sienten por fin…

Y jubiloso, los conduzco a Dios porque ésta es mi misión…

Y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito;

pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados,

que en mayor o menor grado habéis conocido todos, la imperfección;

hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores;

hombres que elijo como salvadores para que continúen mi obra por todos los siglos de la Tierra,

de forma que sea como si Yo siguiera viviendo en ella con secular existencia.

Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital en el gran cuerpo de mi Iglesia,

de que Yo seré el Espíritu animador;

Nuestro verdadero bautismo lleno de gloria y júbilo celestial, es cuando somos capaces de decir: “Crucifícame Señor, porque te adoro sobre todas las cosas…

Y hacia esta parte vital, convergerán las infinitas partículas de los creyentes;

para constituir un único Cuerpo que recibirá su nombre de mi Nombre.

Pero si faltara la vitalidad en la parte sacerdotal,

¿Podrían las infinitas partículas tener vida?

Verdad es que Yo, estando en el cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas,

sin hacer caso de las cisternas y canales obturados o inútiles, indóciles a su ministerio.

Porque la lluvia penetra hasta donde quiere.

Y las partículas buenas, capaces por sí mismas de querer la vida, vivirían igualmente mi Vida.

Pero, ¿Qué sería entonces el Cristianismo?

Cercanía de almas;

cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión distribuidores de la sangre vital

Aquí está TODO EL PODER, que nos convierte en corredentores

proveniente de un único centro para cada una de las partículas;

serían, más bien, muros y precipicios de separación, y las partículas se mirarían, humanamente hostiles,

sobrenaturalmente afligidas, de una orilla a otra, diciendo en sus espíritus:

“¡Y éramos hermanos y tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado!”.

Cercanía. No fusión.

No un organismo.

Y por encima de esta ruina, resplandecería doliente mi amor…

Y añado:

No penséis que esto vale sólo para los cismas religiosos. No.

Sirve también para todas las almas que quedan solas, 

porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas,

contraviniendo con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago.

O sea: “Venid a mí todos vosotros, que os conduciré a Dios”.

Idos en paz ahora y que Dios esté con vosotros.  

Los presentes, en conjunto, lentamente se marchan.

Cada uno hacia la casa que lo hospeda;

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223 PARÁBOLA DEL DRACMA PERDIDO


223 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ya se ve Mágdala, que se extiende en el borde del lago.

De frente, el sol naciente; a sus espaldas, la montaña de Arbela, que la protege del viento.

Y el estrecho valle peñascoso y agreste, por el que desemboca un pequeño torrente en el lago;

que se adentra hacia el occidente, con sus paredes rocosas a pico,

llenas de una belleza seductora y severa.   

Desde la otra barca,

Juan grita: 

–     ¡Maestro!

Ahí está el valle de nuestro retiro…

Y se ilumina su rostro como si se hubiera encendido un sol en su interior.  

Jesús sonriente confirma: 

–     Nuestro valle.

Sí, lo has reconocido bien.

–     No se puede no recordar los lugares en que se ha conocido a Dios.

–     Entonces yo recordaré siempre este lago…

Porque aquí te he conocido.

¿Sabes, Marta, que aquí vi al Maestro una mañana?…  

Pedro está haciendo las maniobras para atracar…

Y recuerda:  

–     Sí…

Y por poco si no nos vamos todos al fondo.

Nosotros y vosotros.

Mujer, créeme, tus remadores no valían un comino. 

Magdalena confirma:

–     No valían nada ni los remadores ni quienes con ellos iban…

De todas formas fue el primer encuentro y eso vale mucho.

Luego te vi en el monte, después en Mágdala y a continuación en Cafarnaúm…

Muchos encuentros, muchas cadenas rotas…

Pero Cafarnaúm ha sido el lugar más hermoso porque allí me has liberado…  

La barca ha quedado quieta y dispuesta.

Todos se disponen a poner pie en tierra.

Ya han bajado los de la otra barca.

Entran en la ciudad.

La curiosidad simple o… no simple de los habitantes de Mágdala;

debe ser como una tortura para la Magdalena.

Pero ella la soporta heroicamente, siguiendo al Maestro, que va delante en medio de todos sus apóstoles;

mientras que las tres mujeres van detrás de ellos.

El cuchicheo es fuerte; no falta la ironía.

Todos los que aparentemente por temor a represalias, respetaban a María;

cuando era la poderosa dominadora de Mágdala;

ahora que la ven separada para siempre de sus amigos pudientes, humilde y casta;

se permiten manifestaciones de desprecio y epítetos poco lisonjeros.

Marta, que sufre tanto como ella por esto,

le pregunta:

–     ¿Quieres retirarte a casa?

María se niega: 

–     No.

No dejo al Maestro.

Y antes de que la casa no haya sido purificada de todo recuerdo del pasado, no lo invito a entrar.

–     ¡Pero estás sufriendo, hermana!…

–     Me lo merezco.

Y la verdad es que debe sufrir:

el sudor que aljofara su rostro y el rubor que la cubre incluso en el cuello, no se deben sólo al calor.

Cruzan toda Magdala y van a los barrios pobres;

a la casa en que se detuvieron la otra vez, con la mamá de Benjamín

La mujer se queda de piedra cuando levanta la cabeza del lavadero, para ver quién la saluda.

Y se encuentra de frente a Jesús y a la muy conocida señora de Mágdala.

Se asombra al ver que ésta ya no tiene apariencia pomposa, ni va cargada de joyas;

sino que tiene la cabeza cubierta con un velo ligero de lino y lleva un vestido sencillo de color oscuro con el cuello cerrado.

Estrecho, se ve claramente que no es suyo, a pesar del trabajo realizado para transformarlo.

Y va envuelta en un pesado manto que con ese calor debe ser un suplicio.   

Jesús dice: 

–     ¿Me permites estar en tu casa y hablar desde aquí, a los que me siguen?

0 sea, a toda Mágdala, porque toda la población se ha ido agregando al grupo apostólico

–     ¿Me lo preguntas, Señor?

¡Pero si mi casa es tuya!

La mujer se apresura para traer sillas y bancos, para las mujeres y los apóstoles.

Cuando pasa delante de la Magdalena hace una reverencia de esclava.

–     «Paz a ti, hermana»- responde ésta.

La sorpresa de la mujer es tal que deja caer el pequeño banco que trae; pero guarda silencio.

De todas formas, esta reacción hace reflexionar,

que María acostumbraba tratar a sus súbditos, en forma déspota y llena de soberbia.

Y se queda ya completamente pasmada,

cuando le pregunta cómo están sus hijos, dónde están, y si la pesca ha sido abundante. 

–     Están bien…

En la escuela o con mi madre.

Sólo el pequeño está aquí, durmiendo en la cuna.

La pesca es buena. Mi marido te llevará el diezmo…

–     Ya no es el caso.

Úsalo para tus niños.

María pregunta:

–     ¿Me dejas ver al pequeñín?

–     Ven….

La gente se ha ido aglomerando en la calle.

Jesús empieza a hablar:

Una mujer tenía diez dracmas en su bolsa.

Pero, con un movimiento, la bolsa cayó de su pecho, se abrió y las monedas rodaron por el suelo. 

Las recogió con la ayuda de las vecinas que estaban presentes;

las contó: eran nueve.

La décima no se encontraba.

Dado que se acercaba la noche y la luz empezaba a faltar,

la mujer encendió una lámpara, la puso en el suelo.

Y tomando una escoba, se puso a barrer atentamente para ver si había rodado lejos del lugar donde había caído.

Pero la dracma no aparecía.

Las amigas, cansadas de buscar, se marcharon.

La mujer corrió entonces el arquibanco, el bazar, el pesado baúl;

movió las ánforas y orzas que estaban en el nicho de la pared.

La dracma no aparecía.

Entonces se puso a gatas y buscó en el montón de la barredura que estaba puesto contra la puerta de la casa;

para ver si la dracma había rodado afuera y se había mezclado con los desperdicios de las verduras.

Y por fin encontró la dracma, toda sucia, casi sepultada por los desperdicios que le habían caído encima.

Llena de alegría, la mujer cogió la dracma, la lavó, la secó.

Ahora era más bonita que antes.

Gritó para llamar a las vecinas de nuevo,

que se habían ido después de haberla ayudado en los primeros momentos de la búsqueda.

Y se la enseñó diciendo: “¿Veis? Me aconsejabais que no me cansara más.

Pero he insistido y he encontrado la dracma perdida.

Alegraos pues conmigo, que no he perdido ninguno de mis bienes”.

Pues vuestro Maestro y con Él sus apóstoles, hace como la mujer de la parábola.

Sabe que un movimiento puede hacer que caiga al suelo un tesoro.

Toda alma es un tesoro.

Y Satanás, envidioso de Dios, provoca los falsos movimientos para que caigan las pobres almas.

Hay quien en la caída se queda junto a la bolsa,

o sea, se aleja poco de la Ley de Dios;

que recoge las almas en la salvaguardia de los Mandamientos.

Hay quien se aleja más, o sea, se aleja más de Dios y de su Ley;

en fin, hay quien va rodando hasta caer en la barredura, en la inmundicia, en el barro…

Y ahí acabaría pereciendo, ardiendo en el fuego eterno;

de la misma forma que la basura se quema en los lugares apropiados.

El Maestro lo sabe y busca incansable las monedas perdidas.

Las busca por todas partes, con amor. Son sus tesoros.

Y no se cansa ni nace ascos de nada; antes al contrario, hurga, hurga, remueve, barre…

Hasta que encuentra.

Una vez que ha encontrado, lava con su -perdón al alma hallada.

Y convoca a los amigos: todo el Paraíso y todos los buenos de la tierra.

Y dice:

“Alegraos conmigo porque he encontrado lo que se había perdido.

Y es más hermoso que antes, porque mi perdón lo hace nuevo”.

En verdad os digo que hay gran regocijo en el Cielo y exultan los ángeles de Dios y los buenos de la Tierra; 

por un pecador que se convierte.

En verdad os digo que no hay cosa más hermosa que las lágrimas del arrepentimiento.

En verdad os digo que los únicos que ni saben ni pueden exultar por esta conversión,

que es un triunfo de Dios:

son los demonios.

Y también os digo que el modo en que un hombre acoge la conversión de un pecador;

es la medida de su bondad y unión con Dios.

La paz sea con vosotros.

La gente comprende la lección y mira a la Magdalena,

que se había sentado en la puerta con el lactante en sus brazos.

Quizás para cubrir su azoramiento.

Y se van marchando lentamente….

De forma que quedan sólo la dueña de la casa y la madre, que había venido con los niños.

Falta Benjamín, porque está todavía en la escuela.

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219 LA TEMPESTAD


219 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de escudriñar el cielo con aire conocedor, 

Pedro dice: 

–     Quizás haya tormenta hoy, Maestro.

¿Ves allí aquellas franjas de plomo que asoman detrás del Hermón, cómo vienen hacia aquí?

¿Ves cómo se riza el lago?

Mira qué soplos de tramontana alternados con oleadas calientes de siroco.

Torbellino de viento: signo cierto de tempestad.  

Jesús pregunta: 

–     ¿Dentro de cuánto tiempo, Simón?

–     Antes del final de la hora prima.

Mira cómo se apresuran a regresar los pescadores.

Sienten el rumor del lago, que dentro de poco tendrá aspecto plomizo;

luego se pondrá como la pez y luego vendrá la furia.  

Tomás asombrado y con incredulidad, 

objeta: 

–     ¡Pero si parece muy tranquilo! 

–     Tú conoces el oro, yo el agua.

Sucederá como digo.

Además no es una tempestad repentina.

Se está preparando con signos claros.

El agua está tranquila en la superficie, sólo ese fruncido que parece una nadería.

¡Pero, si fueras en barca!

Sentirías como miles de avellanas golpear contra el casco y sacudir extrañamente la barca.

El agua hierve ya debajo.

Espera la señal del cielo y luego verás…

Deja que la tramontana se anude con el siroco.

Y luego…

¡Eh, mujeres!  ¡Retirad lo que habéis tendido y poned al resguardo vuestros animales’!

Dentro de poco van a llover piedras y baldes de agua.

Efectivamente, el cielo se va poniendo cada vez más verdoso, veteado de esquisto por la invasión continua,

de estratos de nubes que parecen eruptadas por el gran Hermón… 

Y que repelen la aurora hacia el lugar de donde ha venido, como si la hora retrocediera hacia la noche,

en vez de avanzar hacia el mediodía.

Sólo una lámina de sol, que pone una irreal pincelada de un amarillo-verde en la cima de una colina,

situada al suroeste de Cafarnaúm, se resiste a huir de detrás de la barricada de nubes de pez.

El lago ya ha pasado de azul a negro-azul y las primeras espumas ligeras, quebradas, de las cabrillas;

sobre esa agua oscura, parecen de un blanco irreal.

Ya no hay ninguna barca en el lago.

Los hombres se apresuran a sacar las barcas al guijarral de la orilla,

a poner en su sitio redes, cestas, velas y remos.

O si se trata de campesinos, a retirar los productos agrícolas, a asegurar estacas y junturas;

a encerrar en los establos a los animales.

Y las mujeres van de prisa a la fuente, antes de que empiece a llover.

O reagrupan a los niños que se habían levantado con el primer sol y los mueven hacia casa.

Cierran las puertas, diligentes como cluecas que perciben próximo el granizo.  

Jesús indica: 

–     Simón, ven conmigo.

Llama también al sirviente de Marta y a Santiago, mi hermano.

Coge una tela gruesa, gruesa y grande.

Hay dos mujeres en el camino.

Hay que salir a su encuentro.

Pedro lo mira con curiosidad, pero obedece sin perder tiempo.

Sólo cuando ya están en el camino, atravesando rápidamente el pueblo hacia el Sur,

Simón pregunta:

–     Pero, ¿Quiénes son?

–     Mi Madre y María de Mágdala.

La sorpresa es tal, que Pedro se detiene un momento como clavado en el suelo…

Y dice:

–     ¿Tú Madre y María de Magdala?

¿Juntas?

Luego reemprende el camino corriendo, porque Jesús no se ha parado, ni tampoco Santiago y el sirviente.

Pero vuelve a decir:

–     ¡Tú Madre y María de Mágdala!

¡Juntas!…

Pero, ¿Desde cuándo?

–     Desde cuando no es sino María de Jesús.

Date prisa Simón, que empiezan a caer las primeras gotas…

Y Pedro se esfuerza en seguir el paso de sus compañeros, todos más altos y ligeros que él.

El viento levanta ahora nubes de polvo del camino reseco.

Es un viento que por momentos se hace más fuerte.

Un viento que rompe el lago y lo levanta en crestas de olas;

que se estrellan con un primer estruendo, contra la playa.

Cuando es posible ver el lago, se le ve convertido en un enorme caldero, en pleno furor de ebullición.

Olas de al menos un metro de altas, lo recorren en todas las direcciones;

se entrechocan, crecen fundiéndose, se separan corriendo en direcciones opuestas;

en busca de otra ola con que chocarse:

todo un duelo de espuma, de crestas, de prominencias abultadas, de estruendos.

De bramidos, de embates contra las casas más cercanas a la orilla.

Cuando las casas impiden la vista, el lago hace constar su presencia con su fragor;

que supera al silbido del viento que comba los árboles, arranca hojas y hace caer frutos.

Y también al retumbo de los truenos largos, amenazadores;

precedidos de relámpagos cada vez más frecuentes y potentes.  

Pedro resopla jadeando: 

–     ¡A saber cuánto miedo tendrán esas mujeres! 

–     Mi Madre no.

No sé la otra.

Pero, lo que está claro es que si no nos damos prisa se van a calar.

Ya han dejado Cafarnaúm a unos cien metros, cuando entre nubes de polvo;

en medio del primer estruendo de un aguacero que cae oblicuo y violento, rayando el aire oscuro.

Y  que pronto es una verdadera catarata que se transforma en polvo, cegando, cortando la respiración…

Cuando se ve correr a una pareja de mujeres buscando amparo bajo algún árbol frondoso.  

Jesús grita: 

–     ¡Ahí están!

¡Corramos!

Pero Pedro, aunque su amor por María le ponga alas, con sus piernas cortas y ciertamente no de corredor;   

llega cuando Jesús y Santiago, ya protegieron a las mujeres bajo un enorme pedazo de vela.  

Pedro llega jadeando y dice. 

–     Aquí no se puede estar.

Hay peligro de rayos y dentro de poco el camino será un torrente.

Vamos, Maestro; al menos hasta la primera casa.

Y van andando con presteza, con las mujeres en el centro;

con el telón extendido apoyado sobre sus cabezas y espaldas.

La Magdalena, que lleva todavía el vestido de la noche del convite en casa de Simón el fariseo; 

pero ahora con un manto de María echado sobre los hombros…  

Escucha primera palabra que Jesús le dice: 

–     ¿Tienes miedo, María?

Ella, que se ha mantenido siempre con la cabeza inclinada

bajo el velo de su cabellera desordenada por la carrera;

se ruboriza, agacha aún más la cabeza…

y susurra:

–     No, Señor.

También la Virgen ha perdido las horquillas,

y parece una niña con las trenzas cayéndole sobre los hombros.

Sonríe a su Hijo, que está a su lado y le habla con esa sonrisa tan suya.

Santiago de Alfeo, dice a su tía: 

–     Estás muy mojada, María.

 Mientras toca el velo y el manto de la Virgen.  

Ella responde: 

–     No importa.

Y agrega con dulzura, mirando a la hermana de Lázaro: 

–      Ahora ya no nos mojamos.

¿Verdad, María?

Él nos ha salvado también de la lluvia. 

Comprensiva ante el pudor de la Magdalena..

Ésta asiente con la cabeza. 

Jesús le dice:  

–     Tu hermana se pondrá contenta al verte otra vez.

Está en Cafarnaúm. Te buscaba.

María levanta un momento la cabeza y fija sus espléndidos ojos en el rostro de Jesús;

que le habla con la misma naturalidad que usa con las otras discípulas. 

Pero no dice nada.

Siente un nudo en la garganta por demasiadas emociones.

Jesús termina:

–     Me alegro de haberla retenido.

Podréis marcharos después de que os bendiga.

La palabra se pierde en el estallido seco de un rayo que ha caído cerca.

La Magdalena reacciona con un gesto de miedo.

Se lleva las manos a la cara, se pliega… 

Y rompe a llorar.  

Pedro la conforta: 

–     ¡No tengas miedo, que ya ha pasado!

Además, con Jesús no se debe tener miedo nunca.

También Santiago, que está al lado de la Magdalena,

dice:

–     No llores.

Que ya están cerca las casas.  

Magdalena declara: 

–     No lloro de miedo…

Lloro porque me ha dicho que me va a bendecir…

Yo… yo…

Y ya no puede decir nada más.

La Virgen interviene para calmarla,

diciendo:

–     Tú, María…

Ya has superado tu tempestad.

No pienses más en ello.

Ahora todo es cielo sereno y paz.

¿No es verdad, Hijo mío?

Jesús confirma: 

–     Sí, Madre.

Es todo verdad.

Dentro de poco saldrá de nuevo el sol y todo se verá más hermoso, limpio, fresco, que ayer.

Pues igual será para ti, María.

La Madre interviene de nuevo, apretando la mano de la Magdalena:

–     Referiré a Marta tus palabras.

Me siento feliz de poderla ver enseguida y decirle cuán llena de buena voluntad está su María.

Pedro, chapoteando en el lodo y tomándose con paciencia el diluvio;

sale de debajo del toldo y avisa que irá hacia una casa a pedir cobijo. 

Jesús objeta: 

–     No, Simón.

Preferimos todos volver a nuestra casa.

¿No es verdad? 

Todos asienten y Pedro regresa al toldo.

Cafarnaúm es un desierto.

Se han adueñado de ella viento, lluvia, truenos, relámpagos…

Y ahora el granizo, que suena y rebota en terrazas y fachadas.

El lago está de una terribilidad imponente.

Las casas cercanas a él sufren las embestidas de las olas, pues la playita ya no existe.

Las barcas, aseguradas cerca de las casas, están tan llenas de agua, que parece hubieran naufragado.

Y cada nuevo golpe de mar aumenta el agua, haciendo que rebose la que ya tenían.

Entran corriendo en el huerto, que ahora es un enorme charco en que flotan detritos en el agua fangosa.

Del huerto van a la cocina, donde están todos reunidos.

El grito de Martha, cuando ve a su hermana de la mano de María, es agudo.

Se echa a su cuello, sin sentir cuánto se moja al hacerlo;

la besa, le dice:

–     ¡Mirí!

¡Mirí, tesoro mío!

Es el diminutivo afectuoso que usaban para la Magdalena cuando era pequeñita.

María llora, encorvada, con la cabeza apoyada en el hombro fraterno;

revistiendo el vestido oscuro de Martha con un tupido velo de oro;

la única cosa que resplandece en la oscura cocina…

En que sólo hay un fuego de hornija para romper las tinieblas;

que no es capaz de vencer por sí sola una lamparita encendida.

Los apóstoles se han quedado de piedra.

Y también el dueño de la casa y la dueña, que se han asomado al oír el grito de Marta;

pero éstos, pasado el primer momento de curiosidad comprensible, se retiran discretamente.

Sedada un poco la vehemencia de los abrazos, Marta se acuerda de Jesús, de María;

del hecho llamativo de que hayan llegado todos juntos.

Y pregunta a su hermana, a la Virgen, a Jesús,

¡A todos!

–     ¿Pero cómo es que venís todos juntos?

Jesús responde: 

–     Marta, la tormenta estaba llegando.

He salido, con Simón, Santiago y tu sirviente, al encuentro de las dos peregrinas.

Marta está tan atónita,

que no se detiene a pensar en el hecho de que Jesús haya salido con tanta seguridad

al encuentro de ellas…

Y no pregunta:

« ¿Pero lo sabías?».

Es Tomás quien se lo pregunta a Jesús.

Pero no obtiene respuesta, porque Marta le dice a su hermana:

–     ¿Pero cómo es que estabas con María?

La Magdalena agacha la cabeza.

La socorre la Virgen, tomándola de la mano,

y diciendo:

–     Vino a verme…

Como la peregrina que se dirige a donde le pueden indicar el camino que debe recorrer, para llegar a la meta.

Y me dijo: “Enséñame lo que debo hacer para ser de Jesús”.

Dado que en ella hay voluntad verdadera y total; enseguida ha comprendido y captado esta sabiduría.

Y yo la he visto enseguida, preparada para tomarla de la mano, así.

Y traerla a tu Presencia, Hijo mío.

A tu presencia, Marta buena, a vuestra presencia, hermanos discípulos.

Y deciros a todos:

“He aquí a la discípula y hermana que no dará sino alegrías espirituales a su Señor y a sus hermanos”.

Os pido a todos que me creáis y que la améis como Jesús y yo la amamos.

Entonces los apóstoles se acercan y saludan a la nueva hermana.

No se puede decir que no haya algo de curiosidad…

¡Pues claro! Todavía queda su humanidad…

Es el buen sentido de Pedro,

el que dice:

–    Todo bien, sí.

Vosotros le aseguráis ayuda y santa amistad;

pero habría que pensar en que esta Madre y esta hermana están caladas…

También nosotros, verdaderamente…

Pero para ellas es peor.

Su pelo chorrea agua como sauces después de un huracán;

sus vestidos están mojados y embarrados.

Vamos a hacer fuego, pidamos otros vestidos, preparemos comida caliente…

Todos colaboran.

Marta lleva a la habitación a las dos caladas viajeras.

Mientras tanto, avivan el fuego.

Tienden delante de la llama los mantos, los velos y vestidos empapados.

Marta, recuperada su energía de magnífica mujer de casa,

va y viene solícita, con baldes de agua caliente;

tazas de leche humeantes, vestidos prestados por la dueña de la casa…

Para socorrer a las dos Marías…

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215 REGRESANDO AL REDIL


215 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

235 Marta ha recibido de su hermana María la certidumbre de la conversión

Una clara aurora de verano que deshoja rosas en la seda crespa de1 lago.

Jesús está para subir a la barca, cuando he aquí que llega Marta con su sierva:

Martha dice:

–     ¡Maestro, escúchame por amor de Dios!

Jesús baja de nuevo a la orilla.

Y dice a los apóstoles:

–     Poneos en movimiento.

Esperadme cerca del torrente.

Entretanto, preparad todo para la misión hacia Magedán.

La Decápolis también espera la Palabra. Marchaos.

Y, mientras la barca zarpa y sale a zona abierta,

Jesús va andando al lado de Marta, a quien Marcela sigue  respetuosamente.

Se van alejando así del pueblo, caminando por la orilla:

primero una faja arenosa, aunque ya salpicada de matas silvestres;

enseguida, cubierta de vegetación.

No ya horizontal sino asumiendo la dirección vertical, acometiendo las pendientes que se reflejan en el lago.

Cuando llegan a un lugar solitario,

Jesús dice sonriendo:

–     ¿Qué me querías decir?

–     Maestro, esta noche…

Poco después de la segunda vigilia, María ha vuelto a casa.

¡Ah… se me olvidaba decirte que, mientras estábamos comiendo, a la hora sexta,

me había dicho: “¿Te importaría prestarme tu vestido y un manto?

Serán un poco cortos, pero si dejo suelta la túnica y llevo bajo el manto…”.

Yo le dije: “Coge lo que quieras, hermana mía”.

El corazón me latía fuerte, porque antes en el jardín yo había dicho, hablando con Marcela:

“Al atardecer tenemos que estar en Cafarnaúm; porque esta noche el Maestro va a hablar a la multitud”.

Y había visto que María se sobresaltaba;

que cambiaba de color; no sabía ya estar quieta, iba y venía de un lado para otro…

Sola, como angustiada, en vilo, como una persona que estuviera para tomar una decisión…

Sin saber todavía qué aceptar y qué rechazar.

Después de la comida ha venido a mi habitación, ha tomado el vestido más oscuro que tenía, el más modesto.

Se lo ha probado y le ha pedido a la nodriza que bajase toda la bastilla, porque era demasiado corto.

Primero lo intentó ella, pero me confesó llorando:

“Ya no sé coser. Todo lo útil y bueno lo he olvidado…”,

Y me echó los brazos al cuello diciendo: “Reza por mí”.

Salió de casa sola, hacia la hora del ocaso…

¡Cuánto oré para que no se encontrase con ninguno que le estorbara venir aquí!

¡Para que comprendiera tu Palabra, para que lograse definitivamente estrangular al monstruo que la esclaviza!…

Mira: me he puesto tu cinturón, bien ceñido debajo de los otros;

cuando sentía la opresión del cuero duro en mi cintura, que no está habituada a  cinturones tan recios…

Decía: “Él es más fuerte que todo”.

Luego vinimos yo y Marcela. Con el carro es poco tiempo.

No sé si nos viste entre la gente…

Pero, ¡qué dolor, qué espina en el corazón, al no ver a María!

Pensaba: “Ha cambiado de idea. Se ha vuelto a casa. 0…

O ha huido porque no podía resistir mi imposición sobre ella, la que ella misma me había pedido”.

Te escuchaba y lloraba bajo mi velo.

Tus palabras parecían exactamente para ella…

¡Y no las estaba oyendo!

Lo pensaba porque no la veía.

Volví a casa desconsolada.

Es verdad que te he desobedecido; porque me habías dicho: “Si viene, espérala en casa”.

Pero considera el estado de mi corazón, Maestro.

¡Era mi hermana, que iba a Tí!

¿Podía faltar yo y no verla a tu lado?

Además… me habías dicho: “Estará quebrantada”.

Quería estar al lado de ella antes, para apoyarla…

Estaba de rodillas, llorando y orando en mi habitación

Hhacía mucho que había terminado ya la segunda vigilia-

Y ella ha entrado tan suavemente, que no me he dado cuenta de su presencia,

sino cuando se ha arrojado a mí y me ha abrazado fuertemente diciéndome:

“Es verdad todo lo que dices, bendita hermana mía.

Y supera con mucho lo que tú dices, su misericordia es mucho mayor.

¡Oh, Marta mía, ya no es necesario que me tengas sujeta!

Ya no me verás ni cínica ni desesperada.

Ya no me oirás decir: `¡Para no pensar!’.

Ahora quiero pensar, sé en qué pensar:

En la Bondad hecha carne.

Tú rezabas, hermana mía, sin duda rezabas por mí.

Pues bien, tienes tu victoria ya en tu puño.

Tu María, que no quiere pecar más y que renace ahora.

Aquí está.

Mírala bien a la cara.

Porque es una María nueva.

Su cara ha sido lavada por el llanto de la esperanza y del arrepentimiento.

Puedes besarme, hermana mía pura.

Ya no hay señales de amores vergonzosos en mi rostro.

El ha dicho que ama mi alma.

Porque hablaba a mi alma y de mi alma.

La oveja extraviada era yo. Ha dicho…

Escucha, mira a ver si lo digo bien, tú que conoces el modo de hablar del Salvador…”.

Y me ha repetido perfectamente tu parábola.

¡María es muy inteligente, mucho más que yo! Y sabe recordar.

Así, te he oído dos veces.

Y si en tu labio esas palabras eran santas y adorables,

en el suyo me eran santas, adorables, encantadoras;

porque me las decía un labio de hermana,

de mi hermana encontrada, que había vuelto al redil familiar.

Estábamos abrazadas las dos, sentadas en la estera, como cuando éramos niñas…

Y estábamos así en la habitación de nuestra madre.

O junto al telar donde ella tejía o bordaba sus espléndidas telas;

estábamos así, desaparecida ya la división del pecado.

Y me parecía como si nuestra madre estuviera también con su espíritu.

Llorábamos sin dolor; es más, con una gran paz. Nos besábamos felices…

Luego María, cansada por el camino recorrido a pie, por la emoción y muchas otras cosas,

se ha dormido entre mis brazos.

Con la ayuda de la nodriza la acostamos en mi cama…

Y la he dejado.

Luego he venido corriendo aquí…

Y Marta besa toda feliz, las manos de Jesús.

Jesús dice:

–     Yo también te digo lo mismo que te ha dicho María:

“Tienes tu victoria en tu puño”.

Ve y sé feliz. Ve en paz.

Sigue una conducta llena de dulzura y de prudencia para con la renacida.

Adiós, Marta.

Comunícaselo a Lázaro, que está preocupado allá abajo.

–     Sí, Maestro.

Pero María ¿Cuándo va a venir con nosotras discípulas?

Jesús sonríe,

y dice:

–     El Creador hizo la creación en seis días y el séptimo descansó.

–     Entiendo.

Hay que tener paciencia.

–     Paciencia, sí.

No suspires.

Esta también es una virtud.

Paz a vosotras, mujeres.

Nos volveremos a ver pronto.

Y Jesús las deja y se dirige hacia el lugar en que la barca está esperando, en la orilla.

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213 PARÁBOLA DE LA OVEJA PERDIDA


213 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hablando a la muchedumbre.

Desde encima del ribazo arbolado de un pequeño torrente;

está llamando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido;

que presenta el desolador aspecto propio de los rastrojos ahornagados.

Declina la tarde.

Es la hora del crepúsculo.

Pero la Luna está subiendo.

Es un bonito y claro atardecer de comienzos de verano.

Los rebaños vuelven a sus apriscos y el din-don de los cencerros, se mezcla con un intenso canto de grillos.

O cigarras, un intenso gri, gri, gri…

Jesús se inspira en las greyes que pasan.

Dice:

–     Vuestro Padre es como un pastor solícito.

¿Qué hace un pastor bueno?

Busca pastos buenos para sus ovejas, en que no haya ni cicuta ni otras plantas venenosas,

sino delicados tréboles, poleo aromático, achicorias amargas pero saludables.

Busca lugares donde, además del alimento, haya también un riachuelo fresco y puro.

Y sombra de árboles, y no reinen las áspides por entre la hierba de las glebas.

No pone especial preferencia en los pastos más pingües;

porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; elige,

más bien, los pastos montanos, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles,

donde el  aire se mueve y es bueno, no cargado y malsano como el de llanura.

El buen pastor observa a cada una de sus ovejas.

Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura.

Llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse;

a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad;

o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado.

Y si una está desganada y no come, busca para ella los tallitos acídulos y aromáticos

capaces de despertarle el apetito y se los ofrece con su propia mano, hablándole como a persona amiga.

Así hace el Padre bueno que está en los Cielos con sus hijos que viven errantes en la Tierra.

Su amor es el cayado que  los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

Pero, he aquí que una oveja lo abandona.

¡Cuánto la amaba!

Era joven, pura, cándida, como nube en cielo abrileño.

El pastor la miraba con mucho amor, pensando en el mucho bien que podía hacerle…

Y en el mucho amor que de ella podía recibir.

Y ella lo abandona…

Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador.

No lleva pellico austero, sino un atavío de mil colores.

No lleva cinturón de piel de donde penden hacha y cuchillo,

sino cinturón de oro del que penden cascabeles argentinos,

melodiosos cual canto de ruiseñor.

Y ampollas de esencias embriagadoras…

No lleva tampoco bordón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas.

Y si no es suficiente el bordón, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo…

y hasta con la vida.

No, este tentador que pasa lleva en sus manos un turíbulo brillante de gemas,

que emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo,

pero que enajena; de la misma forma que los tornasoles de las joyas -¡qué falsas!-deslumbran.

Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro…

Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están;

la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece en pos del tentador.

El pastor la llama, pero no vuelve.

Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado.

Para mantenerse durante la carrera, gusta aquella sal.

La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa.

Por ello, desea las aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa;

donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces.

Y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el legamoso abrazo de los reptiles.

Queriendo beber, bebe aguas contaminadas;

queriendo nutrirse, come hierbas brillantes por las repugnantes babas que las cubren.

¿Qué hace entretanto el pastor bueno?

Deja cerradas en lugar seguro a las noventa y nueve fieles y se pone en camino. 

No se detiene hasta que no encuentra huellas de la oveja perdida.

Dado que ella no vuelve a él, a pesar de que confía al viento sus voces de reclamo, él va a ella.

La ve desde lejos, ebria, atrapada entre las roscas de los reptiles;

tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama;

antes bien, lo injuria.

De nuevo la ve, culpable de haber entrado como ladrona en morada ajena;

tan culpable que no se atreve ya a mirarlo…

Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa…

Y continúa…

La busca; la busca, la sigue, la acosa.

Llorando ante las señales que va dejando la oveja perdida:

Mechones de lana, pedazos de alma; huellas de sangre, delitos diversos;

porquerías, pruebas de su lujuria..

Sigue y la alcanza.

¡Ah, te he encontrado, amada!

Te he alcanzado! 

¡Cuánto camino he recorrido por ti, para conducirte de nuevo al redil!

No agaches la frente humillada.

Tu pecado está sepultado en mi corazón.

Ninguno lo conocerá, excepto Yo, que te amo.

Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con el escudo de mi propia persona;

contra las piedras de tus acusadores.

Ven.

¿Estás herida? ¡Enséñame tus heridas! Las conozco…

Pero quiero que me las muestres con la confidencia que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a Mí,

pastor y dios tuyo, con mirada inocente…

Aquí están. Todas tienen un nombre.

¡Qué profundas son!

¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón?

Lo sé: el Tentador.

No lleva ni bordón ni hacha;

pero con su mordisco envenenado hiere más a fondo. 

Y después de él hieren también las falsas gemas de su turíbulo, las que te han seducido con sus resplandores.

Y que en realidad eran piedras de azufre infernales, sacadas a la luz para abrasarte el corazón.

¡Mira cuántas heridas, cuántas vedijas arrancadas, cuánta sangre!

¡Cuántas zarzas!

¡Oh, pobre, pequeña alma ilusa! Dime:

¿Si te perdono, me amarás todavía? Dime: ¡Si tiendo a ti mis brazos, vendrás?

Dime: ¿Tienes sed del amor bueno?…

Pues entonces ven y renace.

Vuelve a los pastos santos.

Llora. Tu llanto con el mío lavarán las huellas de tu pecado.

Yo, para nutrirte -porque estás consumida por el mal que te ha abrasado;

me abro el pecho, me abro las venas,

y te digo:

“¡Nútrete! ¡Y vive!”.

Ven, te tomaré en mis brazos.

Iremos más veloces a los pastos santos y seguros.

Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada.

Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se regocijarán al verte regresar.

Sí, porque te digo -oveja mía perdida que he venido a buscar desde muy lejos y he encontrado y rescatado:

que hacen más fiesta los buenos por uno que, habiéndose extraviado, regresa;

que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.

Jesús en todo este tiempo no se ha vuelto en ninguna ocasión a mirar al camino que tiene a sus espaldas,

a donde ha llegado, en la penumbra nocturna, María de Magdala…

Todavía elegantísima pero al menos vestida.

Y cubierta con un velo oscuro que amalgama rasgos y formas.

Y, cuando Jesús llega al punto: «Te he encontrado, amada», María introduce bajo el velo sus manos…

Y llora, con un llanto silencioso y continuo.

La gente no la ve, porque ella está a este lado del ribazo, que bordea el camino.

La ve sólo la Luna ya alta.

Y el espíritu de Jesús…

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207 UNA DULCE MUERTE


207 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, en compañía de Simón Zelote, llega al jardín de Lázaro en una bellísima mañana de verano.

Todavía no ha concluido la aurora, así que todo está fresco y risueño.

El  jardinero, que ha acudido a recibir al Maestro;

señala a Jesús el ruedo de un atavío  blanco que desaparece tras un seto,

y dice:

–     Lázaro va a la pérgola de los jazmines con unos rollos para leer.

Ahora lo llamo.

–     No, voy Yo, solo.

Jesús camina ligero a lo largo de un sendero limitado por setos florecidos.

La hierbecilla que hay al pie del seto amortigua el sonido de los pasos.

Jesús trata de poner el pie precisamente en la hierba, para llegar adonde Lázaro de improviso.

Lo sorprende de pie, erguido, con los rollos apoyados en una mesa de mármol, orando en voz alta.

Está diciendo:

–     No me niegues lo que te pido, Señor.

Haz crecer este hilo de esperanza que ha nacido en mi corazón.

Dame lo que con lágrimas, con las obras, con el perdón, con todo mi ser, te he pedido diez mil, cien mil veces.

Dámelo y tómate a cambio mi vida.

Dámelo en nombre de tu Jesús, que me ha prometido esta paz.

¿Puede, acaso, mentir?

¿Tendré que pensar que su pro-mesa fue sólo con palabras?

¿O que su poder es inferior al abismo de pecado que es mi hermana?

Respóndeme, Señor, que yo me resignaré por amor a ti…

Jesús dice: 

–     ¡Sí, te respondo! 

Lázaro se vuelve como movido por un resorte, 

y grita:

–     ¡Mi Señor!

¿Cuándo has venido

Y se inclina para besar la túnica de Jesús.

–     Hace algunos minutos.

–     ¿Solo?

–     Con Simón Zelote.

Pero aquí, donde estabas tú, he venido solo.

Sé que me debes decir una cosa importante.

Dímela, pues.

–     No.

Antes responde a las preguntas que dirijo a Dios.

Según tu respuesta te la diré.

–     Dime esta cosa importante tuya, dímela.

La puedes decir…

Y Jesús sonríe y lo invita a hablar abriendo los brazos.

–     ¡Dios altísimo!

¿Entonces es verdad?

¿Entonces sabes que es verdad!

Y Lázaro va a los brazos de Jesús, a confiarle su cosa importante.

–     María ha llamado a Marta a Mágdala.

Marta se ha puesto en camino afligida, con el temor de que hubiera ocurrido alguna grave desgracia…

Yo me he quedado aquí solo, con el mismo temor.

Pero Marta, con el sirviente que la ha acompañado, me ha mandado una carta que me ha llenado de esperanza.

Mira, la tengo aquí, en mi pecho; la tengo aquí porque me es más preciosa que un tesoro.

Son pocas palabras, pero las leo cada poco, para estar seguro de que verdaderamente han sido escritas.

Mira… 

Y Lázaro saca de entre su vestido un pequeño rollo atado con una cintita violeta.

Lo desenrolla.

Y dice: 

–      ¿Ves?

Lee, lee.

En voz alta.

Leída por Tí me parecerá aún más verdadero. 

Jesús lee:   

“Lázaro, hermano mío, paz y bendición.

He llegado pronto y bien.

Mi corazón ha dejado de palpitarme por miedo a nuevas desgracias,

porque he visto a María, a nuestra María, sana…

Y… sí, debo decirte que menos exaltada de aspecto que antes.

Ha llorado reclinada sobre mi pecho.

Un profundo llanto…

Y, luego, por la noche, en la habitación a que me había llevado, me preguntó muchas cosas.

Muchas, sobre el Maestro.

Por ahora sólo esto; pero yo, que veo el rostro de María además de oír sus palabras,

digo que en mi corazón ha nacido la esperanza.

Ora, hermano. Ten esperanza. ¡Ah, si fuera verdad!…

Me quedo todavía un tiempo porque percibo que quiere tenerme cerca,

como para sentirse defendida de la tentación.

Y para descubrir lo que nosotros ya conocemos: la bondad infinita de Jesús.

Le he hablado de aquella mujer que vino a Betania…

Veo que piensa, piensa, piensa… Haría falta que Jesús estuviera presente.

Ora. Ten esperanza. El Señor esté contigo”».

Jesús recoge el rollo y se lo devuelve a Lázaro.

Que dice: 

–     Maestro…

Jesús dice: 

–     Iré.

¿Tienes alguna forma de avisar a Marta de que dentro de no más de quince días venga a mi encuentro a Cafarnaúm?

–     Sí, puedo avisarla, Señor.

¿Y yo?

–     Tú te quedas aquí.

También a Marta la mandaré para acá.

–     ¿Por qué?

–     Porque el redimido tiene un profundo pudor.

Y nada produce más vergüenza que la mirada de un padre o de un hermano.

Yo también te digo: “Ora, ora, ora”.

Lázaro llora en el pecho de Jesús…

Después ya calmado,

sigue hablando todavía de su angustia, sus desalientos… 

Y exclama:

–     Hace casi un año que mantengo la esperanza…

Que desespero…

¡Qué largo es el tiempo de la resurrección!

Jesús lo deja que hable, que hable, que hable…

Hasta que Lázaro se da cuenta de que está faltando a sus deberes de hospitalidad.

Y se levanta para llevar a Jesús a la casa.

En el trayecto, pasan al lado de un tupido seto de jazmines en flor

sobre cuyas corolas de forma de estrella zumban abejas de oro.

–     ¡Ah!…

Me olvidaba de decirte que el anciano patriarca que me mandaste,

ha vuelto al seno de Abraham.

Se lo encontró Maximino aquí, con la cabeza apoyada en este seto,

como si se hubiera quedado dormido…

Junto a las colmenas que cuidaba como si fueran casas, llenas de niños de oro.

Así llamaba a las abejas.

Daba la impresión de que las entendía, y de que ellas también lo entendieran.

Sobre el patriarca dormido en la paz de la buena conciencia;

cuando Maximino lo encontró,
estaba extendido un precioso velo de pequeños cuerpecitos de oro.

Todas las abejas posadas sobre su amigo.

No poco tuvieron que trabajar los sirvientes para separarlas de él.

Tan bueno como era, quizás sabía a miel…

Tan honesto era, que quizás para las abejas era como una corola pura…

Me ha dolido su muerte.

Hubiera querido tenerlo más tiempo en mi casa. Era un justo…

–     No te entristezca su ausencia.

Él está en paz.

Desde la paz ora por ti, que le has hecho dulces sus últimos días.

¿Dónde está sepultado?

–     En el fondo del huerto.

Sigue cerca de sus colmenas.

Ven conmigo que te guío…

Y se ponen a caminar, por un pequeño bosque de laurocerasos, hacia las colmenas, de las cuales proviene un runruneo laborioso…

Mas tarde, ese mismo día…

Es un Judas muy pálido este que baja del carro, con la Virgen y las discípulas:  las Marías, Juana y Elisa…

Judas convaleciente, vuelve adonde Jesús;

que está en el Getsemaní con María,

que lo ha cuidado.

Y con Juana, que insiste para que las mujeres y el convaleciente,

vuelvan en el carro a Galilea.

Jesús es también de esta opinión.

Y hace incluso montar en el carro al niño con ellas.

Sin embargo, Juana y Elisa se quedan en Jerusalén unos días,

para luego regresar respectivamente a Béter y a Betsur

Elisa decía:

–    Ahora tengo el valor de volver allí…

Porque mi vida ya no es una vida sin objetivo.

Ganaré para ti la estima de mis amigos.

Juana añadió:

–     también lo haré en mis tierras, mientras Cusa me deje aquí.

Será también servirte.

Aunque preferiría ir contigo.

Igualmente Judas decía:

–     No he añorado a mi madre ni siquiera en las horas peores de la enfermedad…

Porque tu Madre ha sido una verdadera madre para mí,

dulce y amorosa; no lo olvidaré nunca.

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193 DEBUT MISIONERO


193 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El grupo apostólico va caminando por los senderos del bosque…

Y comentando del enorme cambio en Elisa, que ha accedido a ir con Juana de Cusa a su propiedad en Beter.

Después del regreso a Betsur y de haber dejado a Margziam con la Virgen y las discípulas en los jardines de rosales de Beter…

Hablan también de la bondad de Juana y de lo beneficioso que será para todas, disfrutar del agradable trabajo en los cultivos de los rosales, para la industria perfumera. 

Jesús avanza con los suyos a través de estos montes verdes, dando la espalda al oriente.

El lugar es muy montañoso y rico en vegetación, con bosques de árboles de piñones.

El olor de la resina, balsámico y vitalizador, se difunde por todo el espacio.

También hablan del nuevo rodeo que van a tener que dar, hacia las fértiles llanuras que preceden el litoral en las tierras filisteas. 

Y entonces tornan a la memoria nombres de glorias pasadas, que suscitan la narración de episodios acaecidos, preguntas, explicaciones y afable contraposición de opiniones.

Jesús dice. 

–     Cuando lleguemos a la cima de este monte, os enseñaré desde lo alto todas las zonas que os interesan;

de las que podréis extraer ideas para vuestros discursos al pueblo.  

 Andrés se queja: 

–     ¿Pero cómo haremos, Señor mío?…

Yo no soy capaz.

Pedro y Santiago se unen:

–    ¡Nosotros somos los menos agraciados del grupo!».

Tomás comenta:

–     ¡Oh!…

Si es por eso, no es que yo sea más capaz. 

Si se tratara de oro o plata, podría hablar, pero de estas cosas… 

Y Mateo:  

–     ¿Y yo?

¿Qué era yo?

Andrés replica: 

–     Tú no tienes miedo del público, sabes argumentar.   

–     Pero de otras cosas…

Pedro agrega: 

–     Sí, ya… pero…

Bueno… ya sabes lo que quiero decir, así que sea como si te lo hubiera dicho.

La cuestión es que vales más que nosotros.

Jesús dice: 

–     Amigos míos, no hace falta subir a lo sublime.

Decid simplemente lo que pensáis, con vuestra convicción.

Creedme que cuando uno está convencido siempre persuade.

Pero Judas de Keriot suplica:

–     Danos ideas Tú.

Danos muchas ideas. Una buena idea puede ser muy útil.

Estos lugares creo que no han oído nada de Tí, porque ninguno parece conocerte.

Pedro: 

–     Y porque aquí llega todavía… 

Mucho viento procedente del Moria…

Que causa esterilidad…

Judas replica con firmeza: 

–     Es porque no se ha sembrado:

Pero nosotros sembraremos…

Judas de Keriot, está contento por los primeros éxitos.

Ya han llegado a la cima del monte.

Un amplio panorama se descubre

Es hermoso contemplarlo estando a la sombra de los tupidos árboles que-coronan la cima:

Tan variado y luminoso:

Una imponente cordillera con sus series de montes entrecruzándose en todas las direcciones, como encrespadas olas petrificadas…

El inmenso océano al que barren vientos contrarios y laensenada en calma, donde todo se aplaca en una luminosidad sin límites…

Y en el lado opuesto, una vasta llanura en que se yergue como un faro, la entrada de un puerto.

Jesús extiende su brazo derecho y empieza a señalar.

Mientras dice:

–     Mirad.

Ahora vamos a Betginna.

Ese pueblo, donde nos detendremos, que se extiende sobre esa cresta casi queriendo acaparar todo el sol; 

es como el corazón de un verdadero nimbo radiado de lugares históricos.

Venid aquí.

Allí, a septentrión, está Yermot.

¿Os acordáis del pasaje de Josué?

La derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento israelita, fuerte tras la alianza con los gabaonitas.

Cerca está Betsemes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos restituyeron el Arca con los exvotos de oro,

que los adivinos y sacerdotes habían impuesto al pueblo,

para obtener la liberación de los castigos que atormentaban a los culpables filisteos.

Y allí, toda llena de sol, Sará, patria de Sansón.

Un poco más a al oriente, Timnata, donde él tomó esposa e hizo muchas proezas y también muchas estupidyeces.

Y allá, Azeca y Soko, que fue lugar de campamento filisteo. Más abajo está Zanoe, una de las ciudades de Judá.

Y aquí, volveos, aquí está el Valle del Terebinto, donde David luchó contra Goliat.

Allí está Maqueda, donde Josué derrotó a los amorreos.

Volveos hacia aquí. ¿Veis aquel monte solitario en medio de esa llanura que un tiempo fue de los filisteos?

Allí está Gat, patria de Goliat y lugar de refugio para David, con Akís, para que no le alcanzara la ira de Saúl.

Y donde el rey sabio se fingió demente, porque el mundo preserva a los locos de los sanos de mente.

Aquel horizonte abierto son las llanuras de la fertilísima tierra de los filisteos.

La atravesaremos, hasta Ramlé. Ahora vamos a Bet – Yinna.

Tú Felipe que miras con ojos suplicantes, irás con Andrés por el poblado.

Nosotros estaremos en la fuente de la plaza.

Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el poblado.

Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza. 

Los dos apóstoles suplican:

–     ¡Señor, no nos mandes solos! 

–    ¡Ven Tú también!

–     Id, he dicho.

La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia.

Así que Felipe y Andrés van, sin rumbo fijo, por el pueblo.

Llegan a una minúscula posada (más una caballeriza que una posada), donde hay unos intermediarios contratando corderos con unos pastores.

Entran y, cohibidos, se paran en medio de un patio rodeado de arcadas muy toscas.

Viene el posadero:

–     ¿Qué queréis?, ¿alojamiento?

Los dos apóstoles se consultan recíprocamente con la mirada (una mirada llena de apuro).

Es muy probable que de lo que habían pensado decir no les venga ni una sola palabra.

Contra toda previsión, es precisamente Andrés el primero que cobra fuerzas y responde:

–     Sí, alojamiento para nosotros y para el Rabí de Israel.

–     ¿Qué rabí?

¡Hay muchos rabíes! Todos muy señores. No vienen a los pueblos de pobres a traernos su sabiduría.

Somos los pobres los que tenemos que ir a ellos, ¡Y ya es un regalo, si nos toleran a su lado!

–     El Rabí de Israel es uno sólo.

Y viene precisamente a traer a los pobres la Buena Nueva;

cuanto más pobres y pecadores son, más los busca y se acerca a ellos – responde dulcemente Andrés.

–     ¡Entonces… no hará dinero!

–     No busca riquezas.

Es pobre y bueno. Cuando logra salvar a un alma, su jornada está cumplida – responde también esta vez Andrés.

–     ¡Hummm…!

Es la primera vez que oigo que un rabí es bueno y pobre.

Juan es pobre, pero es severo. Todos los demás son severos y ricos, insaciables como sanguijuelas.

¿Habéis oído? Venid aquí, vosotros que vais por todas partes.

Estos hombres dicen que hay un maestro pobre y bueno, que viene a buscar a los pobres y pecadores.

Uno de los tratantes dice:

–     ¡Ah!…

Debe ser ese que viste de blanco como un esenio.

Lo vi hace tiempo en Jericó.

Un pastor alto y musculosos añade: 

–     No. Ése está solo.

Debe ser aquel de que hablaba Toma porque así por azar, había estado hablando de él con unos pastores del Líbano.  

 Otro exclama:   

–     ¡Sí, vaya!

Y viene del Líbano hasta aquí… ¡Por tu cara bonita! 

Mientras el posadero habla y escucha la opinión de sus clientes, los dos apóstoles permanecen allí, en medio del patio, como dos postes.

Hasta que un hombre dice:

–     ¡Eh, vosotros, venid aquí’

¿Quién es? ¿De dónde viene este que decís?

Felipe contesta muy serio:  

–     Es Jesús de José, de Nazaret.  

Y permanece como quien espera que se burlen de él.

Andrés añade:

–     Es el Mesías anunciado.

Os conjuro, por vuestro bien: escuchadlo.

Habéis nombrado a Juan; pues bien, yo estaba con él y os puedo decir que él mismo, nos indicó a Jesús cuando pasaba, diciendo:

“He ahí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”.

Cuando Jesús entró en el Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una Voz gritó:

“Este es mi Hijo predilecto en quien tengo puestas mis complacencias”

Y el Amor de Dios descendió como una paloma y se colocó resplandeciente encima de su cabeza.

–     ¿Ves como es el Nazareno?

Pero, vamos a ver, vosotros que os llamáis amigos suyos, decidnos…

Andrés precisa: 

–     Amigos no.

Apóstoles, discípulos, enviados suyos para anunciaros su llegada; para que quien tenga necesidad desalvación vaya a Él.

–     Bien, de acuerdo…

Pero, decidnos si es realmente como lo describen algunos…

 O sea, un santo más santo que Juan el Bautista. 

O un demonio, como dicen otros.

Vosotros, que estáis con él, porque si sois discípulos estaréis juntos, ¿No?

–    Vamos a ver, hablad con sinceridad:

¿Es verdad que es lujurioso, comilón y bebedor?

¿Y que tiene simpatía por las meretrices y los publicanos?

¿Que es un nigromante y que por la noche invoca a los espíritus, para conocer los secretos de los corazones?

–     Pero, ¿ Por qué preguntas esto a estos hombres?

Pregunta más bien si es verdad que es bueno.

Si no, estos dos se van a sentir ofendidos y se van a marchar.

Y le van a contar al Rabí nuestras malas razones y nos va a maldecir.

¿Qué sabemos nosotros?…

¡Sea Dios o diablo, siempre será mejor tratarlo bien!…

Esta vez es Felipe el que habla:

–     Os podemos responder con sinceridad porque no hay nada torpe que ocultar.

Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos.

Durante el día dedica su esfuerzo a adoctrinar;

incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones.

Durante la noche ora por nosotros. 

No desprecia ni la mesa ni la amistad, pero no busca en ello ventaja propia.

Antes al contrario, lo hace para poderse acercar a aquellos a quienes de otra forma;

no sería posible acercarse.

No rechaza ni a publicanos ni a meretrices, pero sólo para redimirlos.

Señala su camino con curaciones y conversiones milagrosas.

le obedecen el viento y el mar.

Pero no tiene necesidad de nadie para obrar prodigios, ni de invocar espíritus para conocer los corazones.

El posadero pregunta: 

–     Y, ¿Con qué poder lo hace?…

Has dicho que el viento y el mar lo obedecen.

Pero si son cosas que no tienen razón.

¿Cómo puede mandar sobre ellos? 

–     Respóndeme a esto, hombre:

¿Tú qué crees, que sea más difícil:

Mandar sobre el viento y el mar o sobre la muerte?

–     ¡Por Yeohveh!

¡Sobre la muerte no se tiene poder!

Al mar se le puede echar aceite, se le puede hacer frente orientando adecuadamente las velas;

se puede, prudentemente, no ir a navegar.

Contra el viento se puede oponer los cierres de las puertas.

Pero sobre la muerte no se tiene poder:

No hay aceite que la aquiete, no hay vela que haga a nuestra navecilla tan rápida ,

que pueda distanciar a la muerte, no hay cierres contra ella;

cuando quiere venir pasa, a pesar de que estén echados los cerrojos.

¡No, no, nadie da órdenes a esta reina!

–     Pues, a pesar de todo, nuestro Maestro tiene poder sobre ella.

Y no sólo cuando está cercana, sino también cuando ya ha hecho presa.

Un joven de Naím estaba ya para ser introducido en la horrenda boca del sepulcro, cuando Él dijo:

“Te lo ordeno: Levántate!”

Y el joven volvió a la vida.

Naím no está en los confines del mundo.

Si vais, veréis.

–     ¿Así, sin más?

–    ¿En presencia de todos?

 

–     En el camino, en presencia de toda Naím.

E1 dueño de la posada y los huéspedes se miran en silencio…

 Luego el primero dice:

–     Pero, esas cosas las hará para sus amigos, ¿No?

Felipe dice con seguridad:

–     ¡No hombre, para todos los que creen en Él!

Y no sólo para ellos.

Créeme que es la Piedad en la tierra.

Nadie que va a Él vuelve de vacío.

Escuchad todos:

¿Entre vosotros no hay nadie que sufra o llore, por alguna enfermedad en la familia?

¿O por dudas, remordimientos, tentaciones o ignorancia?

Presentaos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva.

Él estará aquí hoy; mañana irá a otro lugar.

No desaprovechéis la Gracia del Señor ahora que pasa»

Felipe, que se ha ido sintiendo cada vez más cómodo, ha perdido la inseguridad.

El dueño de la posada se revuelve los cabellos, abre y cierra la boca, se manosea las franjas de la cintura…

Y al final, dice:

–     ¡Yo lo intento!…

Tengo una hija.

Hasta el pasado verano estaba bien.

Después todo cambió. Ahora es una lunática.

Está siempre en un rincón, como una fiera muda.

Su madre, con gran esfuerzo, apenas si logra vestirla y darle de comer.

Los médicos dicen que se le ha consumido el cerebro por exceso de sol; otros, que por un triste amor; el pueblo dice que está endemoniada.

¿Cómo es posible, si es una jovencita que no ha salido nunca de aquí?

¿Dónde se ha cogido este demonio?

¿Tu Maestro qué dice, que el demonio se puede apoderar de un inocente?

Felipe responde sin vacilar:

–     Sí, para atormentar a los familiares y hacer que se desesperen.

–     ¿Y… cura a los lunáticos?

¿Debo tener esperanza?

Andrés responde inmediatamente: 

–     Debes creer

Entonces les narra el milagro de los gerasenos…

y termina diciendo:

« ¿Si aquéllos – y eran una legión en corazones de pecadores – huyeron de ese modo…

Cuánto más lo hará ése, que ha entrado por la fuerza en un corazón fresco?

Te digo, hombre: para quien espera en Él, lo imposible se le hace tan fácil como respirar

Yo, que he visto las obras de mi Señor, doy testimonio de su potencia.

–     ¡Oh!…

¿Quién de vosotros va y lo llama?

–     Yo mismo.

Espérame, que vuelvo enseguida.

Y Andrés se marcha veloz.

Felipe se queda a hablar.

Cuando Andrés ve a Jesús parado en el zaguán de una casa, para evitar el sol implacable que llena la pequeña plaza del pueblo…

Corre hacia Él diciendo:

–     ¡Ven! ¡Ven, Maestro!

El posadero tiene una hija lunática.

Te implora que la cures.

–     ¿Pero me conocía?

–     No, Maestro.

Hemos tratado de darte a conocer…

–    Lo habéis conseguido.

Porque si uno llega ya a creer que puedo curar un mal que no tiene remedio;

es que ya está adelantado en la fe.

Y teníais miedo a no ser capaces de ello…

¿Qué habéis dicho?

–     Ni siquiera te lo sabría decir.

Hemos expresado lo que pensamos de ti y hemos hablado de tus obras.

Sobre todo, hemos dicho que eres Amor y Piedad.

¡Qué mal te conoce el mundo!

–     Pero vosotros me conocéis bien.

Es suficiente.

–     Llegan a la pequeña posada.

Todos los huéspedes están en la puerta, curiosos.

En medio, con Felipe, está el posadero, que sigue con sus monólogos.

Cuando ve a Jesús, corre a su encuentro:

–     ¡Maestro, Señor, Jesús…

Yo… yo creo tanto que Tú eres Tú.

Que sabes todo, que ves todo, que conoces todo, que todo lo puedes.

Tanto lo creo, que te digo:

Ten piedad de mi hija, aunque los pecados de mi corazón sean muchos;

Que no caiga sobre mi hija el castigo por haber sido inmoral en mi trabajo; juro que no volveré a ser avariento.

Tú ves mi corazón, lo que ha sido y lo que piensa ahora. Perdón. Piedad, Maestro.

y hablaré de ti a todos los que vengan aquí, a mi casa…

El hombre está de rodillas.

Jesús le dice:

–    Levántate y persevera en los sentimientos de ahora.

Llévame a donde tu hija.

–     Está en un establo, Señor.

Este calor bochornoso la pone más enferma todavía. No quiere salir.

–     Bien, no importa; voy Yo.   

No es el bochorno, es que el demonio me siente llegar.

Entran en un patio, luego en un establo oscuro.

Todos los demás van detrás.

La niña, despeinada, demacrada, se contorsiona en el rincón más oscuro.

Y en cuanto ve a Jesús,

grita:

–     ¡Atrás!

¡Atrás! No me hostigues.

Tú eres el Cristo del Señor; sobre mí descargas tu mano. Déjame tranquilo.

¿Por qué sigues siempre mis pasos?

Jesús toma la actitud majestuosa del Dios y Señor que Es,

y ordena: 

–     ¡Sal de ella!

¡Vete! ¡Lo quiero! ¡Devuelve a Dios tu presa y calla! 

Durante unos segundos espectantes…

Luego sigue un grito desgarrador, una sacudida, un cuerpo que se derrumba sobre la paja…

Pasa un pequeño lapso y luego un suspiro muy profundo…

Enseguida la jovencita se yergue con calma, tristeza, estupor…

Y se ruboriza violentamente…

Ya que ahora se avergüenza de estar sin velo y con un vestido roto, ante los ojos de muchos extraños…

Pregunta:

–     ¿Dónde estoy?

¡Por qué estoy aquí?, ¿Quiénes son éstos? 

Y grita: 

–     ¡¡¡Mamaaá!!!  

El padre exclama: 

–     ¡Oh, Señor eterno!

¡Está curada!…

Y aunque resulte extraño en el rubicundo y colorado hospedero, llora como un niño…

Se siente dichoso.

Llora. No sabe qué otra cosa hacer sino besar las manos de Jesús.

Entretanto, la madre también llora, circundada por la corona de sus hijitos, que miran asombrados. 

Y besa a esta primogénita suya que ha sido liberada del demonio.

Los presentes prorrumpen en un verdadero clamor…

 Otros acuden para ver el prodigio.

El patio está lleno.   

El hombre suplica:

–     Quédate, Señor.

Ven esta noche. Cobíjate bajo mi techo.

Jesús dice: 

–     Hombre, somos trece.

–     Aunque fuerais trescientos, sería como nada.

Sé lo que quieres decir, pero el Samuel avariento y deshonesto ha muerto, Señor.

Se ha marchado también mi demonio.

Ahora vive el nuevo Samuel. Seguirá siendo hospedero, pero santamente.

Ven, ven conmigo, que quiero honrarte como a un Rey, como a un Dios, como a quien Eres.

¡Oh, bendito el sol de hoy que te ha traído a mí!….

160 Y EL INFIERNO…


160 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Toman el camino que va al Tabor.

Pronto el camino ha dejado de ser lodoso y está firme.

La vegetación va desapareciendo y en su lugar, se ven árboles muy altos y montones de zarzas, llenas de hojas nuevas y de flores.  

Después de pernoctar en las faldas del Tabor, llegan a una llanura entre montes y ascienden a la cima.

El tiempo es fresco.

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han atravesado.

El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente.

Van hablando de la ascensión que todos han realizado, aunque al principio parecía que los mayores querían evitarla, ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo.   

Jesús señala un ranchito aferrado a las primeras altitudes del grupo montañoso.   

Y pregunta:

–     Judas, aquello es Endor.

¿De veras quieres ir allá?…

–    Si quieres darme gusto.

–    Vamos entonces.

Bartolomé que por su edad no es muy amante de excursiones panorámicas,

pregunta:

–     ¿Tendremos que caminar mucho?

Jesús aclara:

–    ¡Oh, no!

Si os queréis quedar…

Judas se apresura a decir:

–    Sí.

Sí. Mejor es que os quedéis. Me basta ir con el Maestro.

Pedro responde:

–     Pues bien, yo quisiera saber qué hay de hermoso, antes de decidir…

Sobre el Tabor vimos el mar. Y después del discurso del muchacho, debo confesar que fue como si lo viera por primera vez…

Y lo he visto como tú, Juan: con el corazón.

Allí… -Pedro señala Endor- Quisiera saber qué otra cosa se puede aprender. Y en este caso voy; aunque me canse…

Jesús invita:

–   ¿Lo oyes?

¡Tú no has dicho todavía tu intención! Por cortesía hacia tus compañeros, dila.

Judas lo piensa un poco…

Y luego dice:

–     ¿No fue Endor a donde quiso ir Saúl, a consultar a la pitonisa?

–     Sí.

¿Y qué con ello?…

–    Pues a mí me gustaría, Maestro…

Ir a aquel lugar y oírte hablar de Saúl…

Pedro exclama entusiasta:

–     ¡Oh!

Si es así, entonces hasta yo voy…

Y todos confirman:

–     Vamos.

Recorren ligeros el último trecho del camino principal, para dejarlo luego por un camino secundario que lleva directo a Endor.

Las casas están cimentadas en las laderas que se hacen más escabrosas.

En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes oscuras, cual si fuera un lugar más bien húmedo.

Están construidas sobre la falda del monte, que más allá de este ranchito es muy áspera.

Es un lugar muy pobre y pobres son sus habitantes.

Son pastores que llevan sus ganados por el monte y por los bosques, de encinas centenarias.

Algunos campos cultivados con cebada o de pienso y pocos árboles de manzanos e higueras. 

Jesús dice:

–    Ahora preguntemos dónde era el lugar donde estaba la adivina.

Detiene a una mujer que viene de la fuente con cántaros.

Ella los mira con curiosidad y luego que Jesús le pregunta…

groseramente responde:

–   No sé.

Tengo otras cosas más importantes en qué pensar, que en estas estupideces. 

Y lo deja plantado.

Entonces Jesús se dirige a un viejecito que talla un pedazo de leño.

Después de escuchar la preguntam lo mira extrañado,

y responde:

–    ¿La adivina?

¿Saúl? ¿Y quién piensa más en ello?… Pero espera.

Hay uno que ha estudiado y que tal vez, él si sabe. Ven…

El viejecito sube renqueando por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy miserable y descuidada. 

Y dice: 

–   Espérame aquí.

Voy a llamarlo…

El hombre entra.

Y Pedro señalando a las gallinas que escarban en un corralito sucio.

y dice:

–    Este hombre no es israelita.

Apenas acaba de decirlo, cuando ya está de regreso el viejecito a quién sigue un hombre tuerto, sucio y desaliñado.  

Y dice a Jesús:

–     ¿Ves?

Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: hay un sendero, luego un arroyo, atravesando una arboleda, siguen unas cavernas… 

Bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es así? 

El hombre corrige:

–     No.

Has confundido todo. Iré con estos extranjeros.

El hombre tiene la voz dura y gutural; lo que aumenta el sentimiento de malestar.

Y empieza a caminar para guiarlos.

Pedro, Felipe y Tomás, hacen señas a Jesús para que no vaya.

Pero éste no les hace caso.

Camina con Judas, detrás del hombre.

Y los demás los siguen de mala gana.

El hombre pregunta a Jesús:

–    ¿Eres israelita?

Jesús contesta:

–    Sí.

–    Yo también, aunque no lo parezca.

Estuve mucho tiempo en tierras extranjeras y tomé costumbres que estos tontos no pueden aceptar.

Soy mejor que los demás. Me dicen demonio porque leo mucho, crío gallinas que vendo a los romanos y sé curar con hierbas.

Cuando era muy joven; por causa de una mujer reñí con un romano; estaba entonces en Cintium y lo apuñalé.

Él murió y yo perdí un ojo y mis bienes.

Y fui condenado a prisión por muchos años… para siempre.

Pero como sabía curar, sané a la hija del carcelero. Esto me valió su amistad y un poco de libertad. Me aproveché de ella para huir.

Ciertamente hice mal, porque él pagó con su vida mi huida. La libertad parece atractiva cuando uno está prisionero…

–   ¿Y después no lo es?

–    No.

Es mejor la cárcel. Donde se está solo en contacto con hombres que no te permiten estar solo.

Y que están juntos para odiarse…

–   ¿Has estudiado a los filósofos?

–    Era maestro en Cintium.

Era prosélito…

–    ¿Y ahora?

–     Ahora no soy nada.

Vivo en la realidad. Y odio como fui odiado y lo soy…

–   ¿Quién te odia?

–   Todos. Dios es el primero.

Tenía mi mujer y Dios permitió que me traicionase y arruinase.

Era yo libre y respetado y Dios permitió que me convirtiera en presidiario.

El abandono de Dios; la injusticia de los hombres; han borrado a Aquel y a éstos. Aquí no hay nada…

Y se pega en la frente y en el pecho.

Luego agrega:

–     Esto es.

Aquí en la cabeza está el pensamiento. El saber. 

Y tocando su corazón, señala:

–     Aquí está lo que es nada. –y escupe con desprecio.

Jesús objeta:

–    Te equivocas.

Tienes todavía dos cosas allí…

–   ¿Cuáles?

–    El recuerdo y el odio.

Vacíate de ellos. Y te daré una cosa nueva para que la metas allí…

–   ¿Qué cosa?

–    El amor.

–    ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

Me haces reír. ¡Oye!… Hace treinta y cinco años que yo no me reía.

Desde que comprobé que mi mujer me traicionaba con el mercader romano de vinos.

El Amor… ¿A mí?…

Es como si echase joyas a mis pollos. Morirían de indigestión si no lograsen arrojarlas en el estiércol.

Lo mismo me sucederá a mí. Tu amor me sería pesado si no lo puedo digerir…

Jesús claramente afligido, le pone la mano sobre la espalda.

y dice:

–     No, hombre.

No digas eso.

El hombre lo mira con el único ojo que tiene…

Y lo que ve en ese rostro joven, dulce y hermosísimo, lo hace enmudecer y cambiar de expresión.

Del sarcasmo pasa a una seriedad profunda. De ésta, a una verdadera tristeza.

Baja la cabeza y pregunta con una voz diferente:

–    ¿Quién eres?

–    Jesús de Nazareth. El Mesías…

–    ¡¡¡Tú!!!

–     Sí.

¿No sabías nada de Mí, tú que lees?

–    Sabía…

Pero no que estuvieses vivo. Y no… ¡Oh! ¡Sobre todo, esto no lo sabía! No sabía que fueses bueno con todos… así… hasta con los asesinos.

Perdóname lo que dije de Dios y del Amor. Ahora entiendo por qué quieres darme el Amor. Porque sin él, el mundo es un infierno.

Y Tú Mesías, quieres convertirlo en un Paraíso…

–     Un paraíso en cada corazón.

Dame el recuerdo y el odio que te tienen enfermo y deja que Yo meta en tu corazón el Amor.

–     ¡Oh! ¡Si te hubiese conocido antes!…

Pero cuando yo lo maté; ciertamente no habías nacido todavía…

Pero después; cuando libre. Como es libre la serpiente en el bosque; viví para envenenar con mi odio.

–     Pero también has hecho el bien.

¿No dijiste que curabas con hierbas?

–     Sí. Para que me toleren.

cuantas veces he luchado con el deseo de envenenar con pócimas…

¿Ves? Me vine a refugiar aquí.

Porque es un lugar donde se ignora el mundo y en que éste a su vez, lo ignora a uno. Porque puedo comprar libros y estudiar… Y…

Pero es un territorio maldito. En otros lugares me odiaban; yo odiaba y tenía miedo de ser reconocido…

Pero soy malo.

–   Tienes remordimientos de haber perjudicado al carcelero de la prisión.

¿Ves que todavía tienes algo de bondad? No eres malvado…

Sólo tienes una gran herida abierta y nadie te la cura…

Tu bondad huye de ella, como la sangre se escapa de las heridas.

Pero si hubiese quién te curase la herida pobre hermano, tu bondad paulatinamente crecería en ti…

El hombre llora con la cabeza inclinada, sin que nada indique que llora.

Sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve.

Pero no dice nada más.

Llegan al socavón que está hecho de ruinas y cuevas abandonadas en el monte.

El hombre trata de que su voz sea segura:

–    Es aquí.

Puedes entrar.

–    Gracias, amigo. Eres bueno.

El hombre no dice nada y se queda allí.

Mientras Jesús con los suyos, subiendo sobre grandes piedras que fueron trozos de muros muy fuertes;

perturbando lagartijas y otros animales, llegan hasta el lugar indicado. 

Entran en una espaciosa gruta que está ahumada en las paredes.

Hay rastros del zodiaco y cosas semejantes en las piedras.

En un rincón que está más ahumado, hay un nicho y debajo un agujero, como si fuese un desagüe.

Los murciélagos adornan el techo con sus alas extendidas que causan horror y un búho, que descansaba en el nicho,

molestado con la luz de una rama que enciende Santiago de Zebedeo, para evitar pisar víboras o escorpiones,

sacude sus alas y cierra sus ojos.

Se percibe el hedor de animales muertos y hay rastros de ratones, pájaros y comadrejas,

además del estiércol y la humedad del suelo, que contribuyen a aumentar el ambiente de un marco tenebroso de horror…

Pedro dice con ironía:

–    Un hermoso lugar en realidad.

Y volviéndose a Juan, añade:

–      Era mejor tu Tabor y tu mar.

Suspira y añade dirigiéndose a Jesús:     

–     Maestro, contenta pronto a Judas, porque aquí…

Ciertamente no es la sala real de Antipas.

Jesús responde:

–   Al punto.

Y volviéndose hacia Judas,   

pregunta:

–    ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

Judas lo mira y dice:

–     Pues… quiero saber…

¿Por qué pecó Saúl al venir aquí?

¿Y si es posible que alguien pueda de verdad llamar a los muertos?

¡Oh! ¡Mejor habla Tú! Te haré las preguntas…

Pedro suplica:

–     Bonito negocio.

Vamos por lo menos allá afuera, al sol.

Sobre las piedras, nos veremos libres de la humedad y del hedor.

Jesús asiente y salen.

Se sientan como pueden sobre las ruinas.

El Maestro dice:

–    El pecado de Saúl fue solo uno de muchos que cometió antes y muchos después.

Todos graves.

Judas pregunta:

–     ¿Contra Quién?

No mató a nadie.

–    Mató su alma.

Exactamente aquí, terminó de matarla.

¿Por qué bajas la cabeza?

–    Estoy pensando, Maestro.

–    Que estás pensando lo veo.

Pero, ¿En qué? ¿Por qué quisiste venir aquí?

No por mera curiosidad de investigar… Confiésalo.

–    Siempre se oye hablar de adivinos, magos, espíritus invocados…

Quería ver si descubría algo… Me gustaría saber cómo sucedió… Pienso que nosotros  estamos destinados a llamar la atención…

Y para atraer, debemos ser un tanto adivinos. Tú Eres Tú y lo haces con tu poder.

Pero también nosotros debemos  pedir un poder… una ayuda…

Para hacer obras prodigiosas que se impongan…

Mientras más avanzados en ciencias ocultas, MÁS TINIEBLAS nos oscurecen y más satanizados nos encontramos…

Varios gritan al mismo tiempo:

–      ¡Oh!

–      ¡Bah!

–     ¿Estás loco?

–      Pero, ¿Qué estás diciendo?

Jesús dice:

–      Callad.

Dejadlo hablar. No está loco. Continúa Judas…

–      Sí.

Me parecía que al venir aquí, podía entrar en mí algo de la magia de tiempos idos y así hacerme más grande.

Por interés tuyo, créemelo.

–     Sé que eres sincero en este deseo natural tuyo, hijo…

No obstante, te respondo con palabras eternas, porque están contenidas en el Libro.   

Y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad.

Ya sea objeto de burla o de risa.

Está escrito: “Y Eva, vio que el fruto del árbol era apetitoso para el paladar y agradable a la vista, lo tomó y comió y se lo ofreció a su marido..

Entonces sus ojos se abrieron.

Se dieron cuenta de que estaban desnudos y se hicieron unos ceñidores…

Y Dios dijo: “¿Cómo os habéis dado cuenta de que estabais desnudos? Por haber comido el fruto prohibido’”. Y los echó del paraíso de delicias”.

En el libro de Saúl se lee: “Apareció Samuel y dijo: ¿Por qué me has incomodado invocándome?

¿Por qué me consultas después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará como te he anunciado… porque no has obedecido a la voz del Señor'”.

Pero no extiendas tu mano al fruto prohibido.

Aún sólo acercarla es imprudencia.

No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera.

Evita lo oculto y lo que no tiene explicación.

Evita aquello que no es Dios y que no se puede explicar con las fuerzas de la razón ni crear con las fuerzas del hombre.

Huye de eso. Huye de eso.

EVÍTALO. Para que no se te abran las fuentes de la malicia y comprendas que estás “desnudo”.

DESNUDO; Repelente de humanidad mezclada con el satanismo.

¿Por qué quieres causar asombro con oscuros prodigios?

Cáusalo con tu santidad, luminosa como cosa proveniente de Dios.

No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos.

Escúcha a los sabios mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte. 

Pero no disturbes su segunda vida.

Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor.

Mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas.

¿Qué más quieres saber aparte de lo que te dice la Palabra?

¿Qué más quieres obrar aparte de lo que tu bondad y mi poder te conceden que obres?

No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.

No te sientas avergonzado. Me agrada que reveles tu humanidad.

Lo que te atrae a ti atrae a muchos, a demasiados.

‘El de ser poderoso para atraer a Mí’, quita mucho peso a esta debilidad tuya y pone alas, pero son de pájaro nocturno. 

O sea, “tener potencia para atraer hacia Mí”; pero son alas de ave nocturna.

No, Judas mío. Ponle alas solares, de ángel, a tu espíritu.

Bastará el viento de estas alas para captar a los corazones.

Y los atraerás en tu estela a Dios.  

¿Por qué quieres llamar la atención con prodigios tenebrosos?

Una sola cosa tiene que aceptarse con santa Fe: Dios.

Haz que los demás queden estupefactos con tu santidad y que sea luminosa, como cosa que viene de Dios.

¿Qué quieres saber de más, que la Palabra no te lo haya dicho?

¿Qué quieres hacer de más; de cuanto tu bondad y mi Poder te conceden realizar?

No ambiciones el pecado, sino la santidad; hijo.

 ¿Podemos irnos?…

–     Sí, Maestro.

Me equivoqué…

–     No. Has sido un investigador.

El mundo está lleno siempre de eso. Ven, ven. Salgamos de este apestoso lugar.

Dentro de pocos días es la Pascua. Y luego iremos a la casa de tu madre.

Te recuerdo tu casa honesta, a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!

Como siempre, el recuerdo y la alabanza de Jesús a la madre, tranquilizan a Judas.

Salen de las ruinas y empiezan a descender por el sendero.

El hombre tuerto todavía está allí.

Tratando de no ver la cara enrojecida por el llanto,

Jesús le pregunta:

–     ¿Todavía estás aquí?

–      Sí. Aquí.

Si me lo permites, te seguiré. Tengo que decirte algo…

–     Ven pues conmigo.

¿Qué es lo que quieres decirme?

–     Jesús…

Pienso que para tener fuerzas de hablar y de cambiarme a mí mismo, por medio de una magia santa;

para evocar mi alma muerta del modo como  la adivina llamó a Samuel, porque era el deseo de Saúl; yo debo pronunciar tu Nombre, que es dulce como tu mirada.

Santo como tu Voz. Tú me acabas de dar una nueva vida y no tiene forma.

Está incapacitada como la de un ser que acaba de nacer, con miembros débiles.

Lucha entre membranas que le estorban. Ayúdame a salir de mi muerte.

–    Sí, amigo.

–    Yo…

Yo comprendo que tengo todavía un poco de ser humano en mi corazón. No soy del todo una fiera.

Puedo todavía amar y ser amado. Perdonar y ser perdonado.

Esto me lo está enseñando tu amor, que es Perdón. ¿No es así?

–     Sí, amigo.

–     Entonces llévame contigo.

Seré Félix. ¡Ironía! Dame otro nombre. Quiero que el antiguo quede muerto para siempre.

Te seguiré como el perro callejero que al fin encuentra un dueño. Seré tu esclavo si así lo deseas.

Pero no me dejes solo…

–     Sí, amigo.

–     ¿Qué nombre me das?

–     Un nombre que amo:

Juan. Porque eres el regalo que hace el Señor. ¿Y tu casa?

–     Ya no tengo casa.

Dejaré a los pobres cuanto poseo. Sólo dame amor y un pan.

–     Ven.

Jesús se voltea y llama a los apóstoles: 

–     A vosotros, amigos.

Y sobre todo a ti Judas, os doy las gracias. Hé aquí al nuevo discípulo.

Viene con nosotros hasta que lo podamos dejar con los demás. Alabad a Dios conmigo.

Realmente los doce, no parecen muy felices.

Pero hacen buena cara por obediencia y cortesía.

Juan de Endor, dice:

–     Aquella es mi casa.

Si me permites, me adelanto. Me encontrarás en el umbral.

–    Ve pues.

El hombre parte a la carrera.

Y Jesús dice:

–    Ahora que estamos solos, os ordeno.

Esto os ordeno, de que seáis buenos con él y que no digáis a nadie, nada de su pasado. Por ningún motivo. ¿Lo entendéis?

Quién diga algo o falte a la caridad al hermano redimido, lo arrojaré al punto de Mí. ¿Habéis entendido?

Y ¡Ved cuán bueno es el Señor! Venimos aquí por un fin humano y Él nos concede regresar con algo sobrenatural.

¡Oh! ¡Yo gozo por la alegría que hay en el Cielo por el nuevo convertido!

Llegan frente a la casa.

En el umbral de la entrada, con un vestido oscuro y limpio, un manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre.

Se ha aseado y se ve diferente.

Cierra la puerta y…

Algo extraño en un hombre que uno podría considerar insensible, toma una gallina blanca, que acloca entre sus manos.

Luego la besa, llora y la deja sobre el suelo. 

Dice a Jesús:

–   Vámonos.

Perdona, pero estas gallinas me han amado. Platicaba con ellas y me comprendían…

–     Yo también te comprendo…

Y te quiero… mucho. Te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado.

-¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y… sé indulgente con un hombre que… que ama a un animal que…

que… que le ha sido más fiel que el hombre…

–     Sí…sí.

No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer. Con tu experiencia harás mucho bien.

Simón, ven aquí y también tú, Mateo.

Mira, éste fue peor que un preso, fue un leproso; éste, pecador.

Pues bien, Yo los quiero entrañablemente porque saben comprender a los corazones desvalidos. ¿No es verdad?

Simón dice:   

–     Por bondad tuya, Señor. 

Pero… sí, créelo amigo, sirviéndole se cancela todo. Queda sólo paz. 

Mateo testifica: 

–     Sí, paz.

Y donde había una vejez de vicio u odio, nace una juventud nueva. Yo era un publicano y ahora soy un apóstol.

Tenemos ante nosotros el mundo y nosotros sabemos acerca del mundo.

No somos como esos muchachitos distraídos que pasan al lado del fruto nocivo y del árbol torcido y no ven la realidad.

Nosotros lo conocemos. Podemos evitar el mal y enseñar a otros a evitarlo.

Como también sabemos enderezar a quien se tuerce, porque sabemos el consuelo que supone el ser sujetados.

Y sabemos quién sujeta: Él.

Juan de Endor exclama: 

–     ¡Es verdad!

¡Es verdad! Me ayudaréis. Gracias.

Es como pasar de un lugar oscuro y fétido a un dilatado prado florido…

Una cosa parecida experimenté el día en que salí libre, al fin libre, tras veinte años de prisión y de trabajo brutal en las minas de Anatolia.

Y me vi – había huido durante una noche borrascosa – en lo alto de un monte, escabroso pero abierto, lleno del sol de la aurora y cubierto de olorosos bosques…

¡Oh, la libertad! ¡Pero ahora es más! ¡Todo en mí se dilata! Ya hacía doce años que no llevaba cadenas.

Y sin embargo el odio, el miedo, la soledad, para mí eran como cadenas… ¡Ahora han caído éstas también!…

Hemos llegado a la casa del anciano que os ha conducido a mí. 

Juan lo llama a gritos:  

¡Eh, hombre! ¡Hombre!

El viejecillo acude.

Y se queda de piedra al ver que el tuerto está limpio, con vestido de viaje y la cara sonriente.

Juan le dice: 

–     Ten, ésta es la llave de mi casa.

Me marcho para siempre. Tú has sido mi benefactor y por ello te estoy agradecido. Me has devuelto la familia.

Haz de lo mío todo lo que quieras… y cuida de mis pollos; no los maltrates.

Todos los sábados viene un romano que compra los huevos… sacarás algún beneficio… Trata bien a mis gallinitas…

Y que Dios te lo pague.

El anciano se ha quedado estupefacto.

Boquiabierto, coge la llave.

Jesús dice:

–     Sí, haz como dice.

Y también Yo te quedaré agradecido. En nombre de Jesús te bendigo. 

El hombre exclama: 

–     ¡El Nazareno!

¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor!

El hombre está tan felíz y lo manifiesta abiertamente, gritando alabanzas.

Y luego grita a los cuatro vientos: 

¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡El Mesías está aquí, con nosotros!

Y gritando a todo el pueblo:

–    ¡Vengan todos!

¡El Mesías está con nosotros!

Y de todas partes vienen corriendo personas. 

Que gritan:  

–     ¡Tu bendición!

–     ¡Tu bendición! 

Otros:

–    ¡Quédate!

–    ¡Quédate con nosotros!

Y otros:

–    ¿A dónde vas?

–    Al menos dinos a dónde vas.  

Jesús responde: 

–     Voy a Naím.

No puedo quedarme.

–     ¡Te seguimos!

–    ¿Quieres?

–     Venid.

Y paz y bendición para los que se quedan.

Se encaminan hacia el camino principal.  

Lo toman. y avanzan por él.   

Juan de Endor, que camina junto a Jesús, se dobla un poco bajo el peso de su alforja, atrae la curiosidad de Pedro.

El antiguo pescador le pregunta:

–   Pero, ¿Qué llevas ahí que parece tan pesado?

Juan de Endor contesta:

–   Mi ropa y… libros.

Mis amigos, junto con los pollos. No pude separarme de ellos y pesan…

–    ¡Eh! ¡La ciencia pesa!

Y ¿A quién le gusta, he?

–    Me ayudaron a no enloquecer.

–    Debes quererlos mucho.

Qué libros son.

–    De filosofía e historia. Poesía griega y romana.

–    Hermosos, hermosos.

Ciertamente hermosos. Pero, ¿Piensas llevarlos contigo?

–    Algún día lograré separarme de ellos.

Pero al mismo tiempo todo, no se puede. O ¿No es así, Mesías?

Jesús responde:

–    Llámame Maestro.

No se puede. Te buscaré un lugar donde puedas dar refugio a tus amigos, los libros. Te podrán servir para discutir con los paganos acerca de Dios.

–    ¡Oh! ¡Cuán claramente sabes pensar y comprender!

Jesús sonríe.

Y Pedro exclama:

–    ¡Vive Dios!

Señala a Jesús y añade:

–    ¡Él es la misma Sabiduría Encarnada!

Juan de Endor agrega:

–    Es la Bondad.

Créemelo. Y ¿Tú eres culto?

Pedro dice:

–    ¿Yo?

¡Cultísimo! Distingo una alosa de una carpa y ahí termina toda mi cultura. Soy pescador, amigo.

Y Pedro ríe humilde y francamente.

–    Eres honrado.

Es una ciencia que se aprende por sí misma. Y es muy difícil conseguirla. Me agradas.

–    También tú porque eres franco.

Y aún en el excusarte. Yo perdono todo. ayudo a todos. Pero soy enemigo jurado de los falsos e hipócritas. Me dan asco.

–     Tienes razón.

El falso es un criminal.

–     Un criminal.

Lo has dicho. Oye, ¿No tienes desconfianza en prestarme un poco tu alforja?

Puedes estar seguro de que no me escaparé con los libros. Me parece que te pesan mucho.

–    Veinte años de minas lo despedazan a uno.

Pero, ¿Por qué quieres cansarte tú?

–     Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos.

Dámela y toma mis harapos. Mi alforja es ligera. No hay historias, ni poesía y la otra cosa que dijiste es Él…

¿Filosofía?…  Él, mi Jesús; nuestro Jesús…

Y siguen conversando mientras avanzan a lo largo del camino que atraviesa la montaña…

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