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332 CARGANDO LA CRUZ


332 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

312 Jesús comunica a Juan de Endor la decisión de enviarle a Antioquía. Final del segundo año

Es una lluviosa mañana de invierno.

Jesús se ha levantado y está trabajando en su taller.

Trabaja en objetos de pequeño tamaño.

Pero en uno de los ángulos ya está listo un telar recién hecho;

no muy grande pero sí bien acabado.

Entra María con una taza de leche humeante.

Y le dice:

–        Bebe, Jesús.

Hace mucho que estás levantado.

Y el ambiente está húmedo y hace frío.

Jesús responde:

–        Sí.

Pero al menos he podido ultimar todo…

Estos ocho días de fiesta habían paralizado el trabajo…

Jesús se ha sentado en el banco de carpintero, un poco al bies y bebe la leche.

Mientras María observa el telar y lo acaricia con la mano.

Jesús sonriendo,

pregunta: 

–        ¿Lo bendices, Mamá? 

–        No.

Lo acaricio, porque lo has hecho Tú.

La bendición se la has dado Tú, haciéndolo.

Has tenido una buena idea.

A Síntica le servirá.

Es muy experta en la textura.

Y esto le servirá para entablar relación con mujeres y jovencitas.

¿Qué otras cosas has hecho, que veo virutas finas de olivo me parece, al lado del torno?

–        He hecho cosas que le servirán a Juan.

¿Ves?

Un estuche para las plumas y una pequeña mesa para escribir.

Y estos ambones para tener dentro sus libros.

No lo habría podido hacer si Simón de Jonás no hubiera tenido la idea del carro.

Así, ahora podremos cargar también esto…

Y sentirán que los he amado también en estas pequeñas cosas…

–        ¿Sufres mandándolos lejos, verdad?

–        Sufro…

Por Mí y por ellos.

He esperado hasta ahora a hablar…

Ya se demora demasiado Simón con Porfiria…

Es hora de que hable…

Un sufrimiento que he tenido en el corazón todos estos días…

Y que me ha hecho tristes incluso las luces de muchas lámparas…

Un sufrimiento que ahora debo dar a otros…

¡Mamá, hubiera querido padecerlo Yo solo!…

María le acaricia una mano para consolarlo..

–        ¡Hijo bueno! – 

Un momento de silencio…

Luego Jesús dice:

–        ¿Se ha levantado Juan?

–        Sí.

Le he oído toser.

Quizás está en la cocina bebiéndose la leche.

¡Pobre Juan!…

Una lágrima desciende por las mejillas de María.

Jesús se levanta:

–       Voy…

Tengo que ir a decírselo.

Con Síntica será más fácil…

Pero para él…

Mamá, ve donde Margziam, despiértalo.

Y orad mientras hablo a este hombre…

Es como si tuviera que hurgar en sus entrañas.

Puedo matar o paralizar su vitalidad espiritual…

¡Qué dolor, Padre mío!…

Voy… 

Y sale, realmente abatido.

Da los pocos pasos que conducen del taller a la habitación de Juan,

que es la misma en que murió Jonás…

O sea, la de José.

Se encuentra con Síntica, que está volviendo con una fajina que ha tomado del horno;

y que lo saluda desconocedora de las cosas, que martirizan a su Maestro.

Responde absorto al saludo de la griega y luego se detiene a mirar un cuadro de lirios

que apenas muestran el hacecillo de sus hojas.

Pero que quizás no los ve…

Luego se decide.

Se vuelve y llama a la puerta de Juan.

Y éste se asoma y su rostro se llena de luminosidad al ver a Jesús que viene a él.

Jesús. pregunta: 

–        ¿Puedo entrar un poco en tu habitación? 

Juan de Endor, contesta:

–       ¡Oh! ¡Maestro!

¡Siempre!

Estaba escribiendo lo que dijiste ayer noche sobre la prudencia y la obediencia.

Es más, sería conveniente que lo vieras,

porque me parece que no he recogido bien,

lo que se refiere a la prudencia.

Jesús ha entrado en la habitación ya ordenada,

a la que ha sido agregada una mesita para comodidad del viejo maestro.

Jesús se inclina hacia el pergamino y lee.

–        Muy bien.

Has transcrito muy bien.

–        ¿Ves?

Creía que había sido inexacto en esta frase.

Siempre dices que no debemos afanarnos por el mañana, ni por el propio cuerpo.

Ahora bien, decir aquí que la prudencia,

incluso la que se refiere a las cosas relativas al mañana, es una virtud, 

me parecía un error: mío, naturalmente.

–        No.

No has errado.

Dije exactamente eso.

El afán exagerado y temeroso del egoísta, es distinto del cuidado prudente del justo.

Pecado es la avaricia dirigida al mañana, que quizás no gozaremos nunca;

no es pecado la sobriedad para garantizarse un pan y garantizárselo a los nuestros,

en los tiempos de escasez.

Pecado es el cuidado egoísta del propio cuerpo, exigiendo que todos los que están

alrededor de nosotros estén preocupados de él, evitando todos los trabajos o sacrificios

por miedo a que la carne sufra;

no es pecado preservar el cuerpo de inútiles enfermedades, cogidas por imprudencias; 

enfermedades que luego serán un peso para los familiares,

y una pérdida de productivo trabajo para nosotros.

Dios ha dado la vida.

Es un don suyo.

Debemos, por tanto, hacer uso de ella santamente,

sin imprudencias y sin egoísmos. 

¿Ves?

Algunas veces la prudencia aconseja acciones que a los necios pueden parecerles vileza

o volubilidad;

mientras que no son sino santos actos de prudencia, derivados de hechos nuevos

que se han presentado.

Por ejemplo: si Yo te enviara ahora a estar precisamente, entre gente que te pudiera dañar…

como los familiares de tu mujer o los guardianes de las minas en que trabajaste,

¿Actuaría bien o mal?

–       Yo…

No quisiera juzgarte,

pero diría que sería mejor mandarme a otro sitio, donde no hubiera peligro de que mi poca

virtud fuera sometida a una prueba demasiado dura.

–        ¡Eso es!

Juzgarías con sabiduría y prudencia.

Por esto mismo Yo nunca te mandaría a Bitinia o a Misia, donde ya has estado.

Ni siquiera a Cintium, a pesar de que tú, espiritualmente, hayas deseado ir.

Allí, podrían dominar sobre tu espíritu las muchas intransigencias humanas.

Y tu espíritu podría retroceder.

La prudencia, pues, enseña a no mandarte a un lugar en que serías inútil;

mientras que podría mandarte a otro sitio, con buen fruto para Mí

y para las almas del prójimo y la tuya.

¿No es verdad?

Juan, que ignora lo que el destino le reserva, no capta las alusiones de Jesús

a una posibilidad de misión fuera de Palestina.

Jesús le estudia el rostro,

lo ve tranquilo y escuchándolo dichoso…

Y resuelto en la respuesta:

–       Sin duda, Maestro, produciría más en otro lugar.

Yo mismo, cuando hace unos días, he dicho: 

“Querría ir a los gentiles para dar buen ejemplo en el lugar en que di mal ejemplo”,

me he reprendido a mí mismo diciendo:

“A los gentiles sí, porque no tienes las reservas de los otros de Israel;

pero a Cintium no y tampoco a los yermos montes en que viviste como presidiario

y como un lobo, trabajando en el plomo o en los mármoles preciosos.

Ni siquiera podrías ir allí por sed de sacrificio absoluto.

Se te subvertiría el corazón con recuerdos crueles;

Siempre tenlo presente, que entre más dura sea la prueba, Mayor serpa la Bendición.

y si te reconocieran, aun en el caso de que no arremetieran contra ti, dirían:

“Calla, asesino. No podemos escucharte” y sería inútil ir allí”.

Esto es lo que me he dicho.

Y es un buen pensamiento.

–       Como puedes ver, tú también posees la prudencia.

Yo también.

Por eso te he evitado las fatigas del apostolado como lo hacen los otros.

Y te he traído aquí al descanso y a la paz.

–       ¡Oh! ¡Sí!

¡Cuánta paz!

La Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos…

Si viviera todavía cien años, aquí sería siempre igual.

Es una paz sobrenatural.

Y, si me marchara a otro lugar, me la llevaría conmigo.

La llevaré incluso a la otra vida…

Los recuerdos podrán todavía subvertir mi corazón,

las ofensas podrán hacerme sufrir, porque soy hombre;

pero ya nunca seré capaz de odiar, porque aquí el odio ha quedado inerte para siempre;

hasta en sus más profundas extremidades.

Ya tampoco tengo antipatía hacia la mujer,

que veía como el animal más inmundo y despreciable de la tierra.

Tu Madre está al margen de todo esto. 

A tu Madre la veneré desde el momento en que la vi,

porque la sentí distinta a todas la mujeres.

Ella es el perfume de la mujer; pero el de la mujer santa.

¿Quién no estima el perfume de las flores más puras?…

Pero también las otras mujeres, las discípulas buenas, amorosas;

pacientes con su peso de llanto, como María Cleofás y Elisa.

O generosas como María de Mágdala, tan absoluta en su cambio de vida.

O delicadas y puras como Marta y Juana;

o dignas, inteligentes, llenas de pensamiento y de rectitud, como Síntica;

sí, también ellas me han reconciliado con la mujer.

Bueno, te confieso que a Síntica es a la que prefiero.

Afinidades de mente me la hacen estimable;

afinidades de condición –

ella esclava, yo presidiario – me permiten tener con ella

una familiaridad que la diversidad de las otras me impide.

Para mí Síntica es descanso.

No sabría decirte exactamente lo que veo en ella, ni cómo la veo.

Yo, viejo respecto a ella, la veo como a una hija,

esa hija sabia y estudiosa que habría deseado tener…

Pero, como enfermo asistido por ella con tanto afecto;

como hombre triste y solitario que ha llorado y ha echado de menos a la propia madre

durante toda la vida, y que ha buscado a la mujer-madre en todas las mujeres,

sin encontrarla, pues ahora veo en ella la realidad de ese sueño soñado…

Y siento que el rocío de un afecto materno desciende a mí cansada cabeza 

y a mí alma que va al encuentro de la muerte…

Como ves, percibiendo en Síntica un alma de hija y de madre;

siento en ella la perfección de la mujer.

y por ella perdono todo el mal que de la mujer me vino.

Si, suponiendo una cosa imposible, aquella infame, que tuve por mujer

y que yo maté, resucitara, siento que la perdonaría;

porque ahora he comprendido el alma femenina, propensa al afecto, generosa en darse…

sea en el mal, sea en el bien.

–       Me alegro mucho de que hayas encontrado todo esto en Síntica.

Será una buena compañera tuya para el resto de la vida y juntos haréis mucho bien.

Porque os voy a asociar…

Jesús estudia nuevamente a Juan.

Pero en el discípulo – el cual no obstante, no es un superficial – no hay ningún signo de que

su atención se haya despertado.

¿Qué misericordia divina le esconde hasta el momento decisivo su sentencia?

No es posible saberlo.

Sólo es visible su inocente ignorancia;

de lo que le depara la crueldad de sus infames perseguidores…  

Los instrumentos de Satanás para flagelarlo en su doloroso martirio de alma-víctima;

que como corredentor, al igual que la Magdalena, su donación absoluta y ofrenda viviente;

han sellado su espiritual Camino al Calvario, donde acompañan a su Maestro,

con su tremendo sufrimiento;

Y que al igual que todos los cristianos en su heroíca entrega de amor;

aceptan con júbilo sobrenatural…

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Juan sonríe diciendo:

–       Trataremos de servirte con lo mejor de nosotros.

–       Sí.

Y estoy también seguro de que lo haréis, sin discutir ni trabajo ni el lugar que os asignaré,

aun no siendo como vosotros deseáis…

Juan tiene un primer indicio  de lo que le espera… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera,

para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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243 MATERNIDAD ESPIRITUALIZADA


243 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Todavía es de noche.

Una preciosa noche de Luna menguante.

Cuando, silenciosamente, Jesús con los apóstoles y las mujeres,

Juan de Endor y Hermasteo, se despiden de Isaac,

que es el único que está despierto, para emprender el camino siguiendo la orilla del mar.

El rumor de los pasos es sólo un leve crujido de grava comprimida por las sandalias.

Ninguno habla.

Hasta que no dejan unos metros atrás la última de las casitas.

Quien en ella duerme…

O en las otras anteriores, ciertamente no ha advertido la silenciosa partida del Señor y sus amigos.

El silencio es profundo.

Sólo el mar habla:

A la Luna, que ya se encamina hacia el poniente, empezando a declinar; a las arenas.

Y les cuenta las historias de las profundidades, con su larga ola de marea alta incipiente;

que va dejando cada vez menos margen seco al litoral.

Esta vez las mujeres van adelante, con Juan, Simón Zelote, Judas Tadeo y Santiago de Alfeo;

los cuales ayudan a las discípulas a pasar pequeños escollos que aparecen acá o allá;

húmedos de agua salubre y resbaladizos.

E1 Zelote va con la Magdalena, Juan con Marta;

mientras que Santiago de Alfeo se ocupa de su madre y de Susana.

Y Judas Tadeo no cede a ninguno el honor

de tomar en su recia y larga mano, otra parte en que asemeja a Jesús.

La mano menuda de María, para sostenerla en los pasos difíciles.

Cada uno de ellos habla en voz baja con su compañera.

Parece como si todos quisieran respetar el sueño de la Tierra.

El Zelote habla muy animadamente con María de Mágdala.

Y más de una vez Simón abre los brazos con el gesto de quien dijera:

«Así es y no hay otra posibilidad».

Pero, dado que son los que van más adelantados, no es posible oir lo que dicen.

Juan habla sólo de vez en cuando con su compañera, señalándole el mar y el Carmelo;

cuya ladera occidental está todavía blanca de luna.

Quizás está hablando del camino que recorrieron la otra vez, bordeando el Carmelo por la otra parte.

También Santiago, entre María de Alfeo y Susana, habla del Carmelo.

Dice a su madre:

–      Jesús me ha prometido,

que subiríamos allá arriba, los dos solos.

y que me diría una cosa sólo a mí. 

María de Alfeo inquiere:

–      ¿Qué querrá decirte, hijo?

¿Me lo participas luego?

–       Mamá…

Si es un secreto, no te lo puedo decir.

Responde sonriendo, con esa sonrisa suya tan afectuosa,

Santiago, cuya semejanza con José, el esposo de María, es muy sensible en las facciones.

Y más aún, en la serena dulzura.  

María de Alfeo  dice:

–      Para la madre no hay secretos.  

Santiago comenta:

–      No los tengo, la verdad.

Pero si Jesús me quiere allá arriba solo.

Y hablarme sólo a mí, es señal de que no quiere que nadie sepa lo que quiere decirme.

Tú, mamá…

Eres mi querida mamá a la que quiero mucho, pero Jesús está por encima de ti y su voluntad también.

De todas formas, le preguntaré, cuando llegue el momento, si te puedo decir a ti sus palabras.

¿Estás contenta ahora?

–      Te olvidarás de preguntarlo…

–      No, mamá.

No te olvido nunca, aunque estés lejos de mí.

Siempre que oigo o veo algo bonito pienso:

“¡Si estuviera aquí mi madre!”

–      ¡Amor!

Dame un beso, hijo mío.

María de Alfeo está emocionada.

Pero la emoción no mata la curiosidad.

Vuelve al asalto después de unos momentos de silencio.

–      Has dicho: su voluntad.

Entonces es que has comprendido que te quiere manifestar algún designio suyo.

¡Venga, hombre, al menos esto lo puedes decir!

¡Esto te lo habrá dicho estando presentes los demás!  

Santiago, muy sonriente,

le dice:

–     La verdad es que iba delante sólo con Él.

–     Pero los otros podían oír.

–     No me dijo mucho, mamá.

Me recordó las palabras y la oración de Elías en el Carmelo:

“De los profetas del Señor he quedado yo sólo”;

“sé propicio a mi oración, para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor Dios”».

–      ¿Y qué quería decir?

Santiago se defiende: 

–      ¡Cuántas cosas quieres saber, mamá!

Ve donde Jesús, entonces; que te las diga.

–      Habrá querido decir…

Que, dado que el Bautista ha sido apresado, queda sólo El como profeta en Israel.  

Susana dice:

–      Y que Dios deberá conservarlo mucho tiempo para que el pueblo sea adoctrinado.  

María de Alfeo:: –

      ¡Mmm!

Dudo que Jesús pida ser conservado mucho tiempo.

Para sí mismo no pide nada…

¡Venga, Santiago mío, díselo a tu madre!  

Santiago con firme dulzura,

responde:

–       La curiosidad es un defecto, mamá.

Es cosa inútil, peligrosa y a veces dolorosa.

Haz un buen acto de mortificación…  

María de Alfeo se lamenta.

Y toda agitada pregunta:

–       ¡Ay, pobre de mí!

¿No habrá querido decir que me van a encarcelar a tu hermano, o…

Quizás… matarlo?

–      Judas no es “todos los profetas”, mamá;

aunque, por tu amor, cada uno de tus hijos representa al mundo…

–      Pienso también en los demás,

Porque… porque entre los profetas futuros estáis ciertamente vosotros.

Entonces…

Entonces, si sólo quedas tú…

Si sólo quedas tú es señal de que los otros, mi Judas… ¡Oh!

María de Alfeo deja de repente donde están a Santiago y a Susana.

Y ligera como una jovencilla, vuelve hacia atrás corriendo,

sin hacer caso a la pregunta que le dirige Judas Tadeo.

Llega, como si alguien la estuviera persiguiendo, al grupo de Jesús. 

Y dice:

–      Jesús mío,…

Estaba hablando con mi hijo…

de lo que le dijiste… del Carmelo… de Elías… de los profetas…

Dijiste… que Santiago se quedará solo…

¿Qué será de Judas, entonces?

¡Es mi hijo, sabes!

Dice toda jadeante por la congoja y por la carrera realizada.  

Jesús responde:

–       Lo sé, María;

Como también sé que te sientes feliz de que sea mi apóstol.

Date cuenta de que tú tienes todos los derechos como madre y Yo los tengo como Maestro y Señor. 

–      ¡Es verdad…!

¡Es verdad… pero Judas es mi hijito!…

Y María de Alfeo, vislumbrando un momento futuro, se echa a llorar con ganas.

-¡Oh, son lágrimas muy mal empleadas!

Pero todo se le comprende a un corazón de madre.

Ven aquí, María. No llores.

Ya te consolé otra vez.

En aquel momento te prometí que aquel dolor te alcanzaría de Dios grandes gracias; 

para ti, para tu Alfeo, para tus hijos…

Jesús ha pasado su brazo por encima de los hombros de su tía y la ha juntado estrechamente a Sí…

Ahora ordena a los que iban con Él:

–      Vosotros id adelante…

Luego, ya sólo con María de Alfeo,

sigue diciendo:

–       Y no mentí.

Alfeo murió invocándome.

Por tanto, toda deuda suya hacia Dios quedó cancelada.

María, tu dolor obtuvo esta conversión hacia el pariente que antes Alfeo no había comprendido;

hacia el Mesías que no había querido reconocer;

ahora, este dolor tuyo obtendrá que el vacilante Simón y el reacio José,

imiten a tu Alfeo.

–      Sí, pero…

¿Qué vas a hacer con Judas, con mi Judas?

–       Lo amaré más aún de cuanto le amo ahora.

–      No, no.

Hay un presagio amenazador en esas palabras.

¡Oh, Jesús! ¡Oh, Jesús!…

María Virgen vuelve hacia atrás, porque, ante ese dolor cuya naturaleza todavía desconoce;

quiere consolar también a su cuñada.

En cuanto sabe de qué dolor se trata, porque su cuñada, al verla a su lado;

llora aún más fuerte y se lo dice. 

Ella se pone más pálida que la misma Luna.

María de Alfeo gime:

–      Dile tú que no, que no…

La muerte para mi Judas…

María Virgen, aún más pálida,

le dice:

–      ¿Podría pedir esto para ti, si ni siquiera para mi Hijo pido que sea salvado de la muerte?

María, di conmigo:

“Hágase tu voluntad, Padre, en el Cielo, en la Tierra y en el corazón de las madres”.

Hacer la voluntad de Dios a través del destino de nuestros hijos; 

es el martirio redentor de nosotras las madres…

Además… nadie ha confirmado que vayan a matarlo a Judas,

O matarlo antes de que tú mueras.

¡Tu oración de ahora por que alcance la mayor longevidad; 

cómo te pesaría entonces, cuando, en un Reino de Verdad y Amor, veas todas las cosas; 

a través de las luces de Dios y a través de tu maternidad espiritualizada!

Entonces -estoy seguro de ello-, como bienaventurada y como madre;

querrías que Judas fuera semejante a mi Jesús en su destino de redentor.

Y anhelarías vivamente tenerlo pronto contigo de nuevo, para siempre.

Porque el tormento de las madres es verse separadas de sus hijos.

Un tormento tan grande, que creo que perdurará como ansia amorosa, incluso en el Cielo que nos acogerá.

El llanto de María, tan fuerte y en medio del silencio de un primer destello de alba…

Ha hecho que todos vuelvan atrás para saber lo que pasa,

Con lo cual han oído las palabras de María Virgen y la emoción se extiende:

Llora María de Magdala susurrando:

«Y yo le he procurado ese tormento a mi madre ya desde esta Tierra»;

Llora Marta diciendo:

«La separación de los hijos y la madre significa dolor recíproco».

Brillan también los ojos de Pedro.

Por su parte el Zelote dice a Bartolomé:

–     « ¡Qué palabras de sabiduría para explicar; 

La mejor manera de amar a los hijos es ¡SALVÁNDOLOS! con la Oración

lo que será la maternidad de una bienaventurada!

Nathanael responde:

–     « ¿Y cómo valorará las cosas una madre bienaventurada?

¿A través de las luces de Dios y de la maternidad espiritualizada…

!Se queda uno sin respiración…!

¡Como ante un luminoso misterio».

Judas dice a Andrés:

–      La maternidad.

Expresada en esos términos, se despoja de todo sentido de peso, para ser pura ala.

–      Da la impresión de estar viendo ya a nuestras madres;

transformadas en una inimaginable belleza.

Tadeo agrega: 

–       Es verdad.

La nuestra, Santiago, nos amará así.

Juan dice a Santiago su hermano:

–      ¿Te imaginas lo perfecto que será entonces su amor? 

Y es el único en que se dibuja una luminosa sonrisa…

 ¡Tanto le emociona gozosamente la idea, de que su madre llegue a amar en modo perfecto!  

Con tono de disculpa, Santiago de Alfeo,

dice:

–      Siento haber causado tanto dolor.

Ha intuido más de lo que he dicho…

Créeme, Jesús.  

Jesús responde:

–      Lo sé.

Lo sé.

María se está labrando a sí misma.

Y éste ha sido un golpe más fuerte de cincel; pero le quita mucho peso  muerto.

Tadeo mirando a María de Alfeo,

le recrimina severo:

-¡Venga, madre!

¡Deja ya de llorar!

Esto me duele.

Que sufras como una pobre mujercita que no conoce las certezas del Reino de Dios.

No te pareces en nada a la madre de los niños Macabeos. 

– recrimina a su madre Judas Tadeo, severo, aunque  

Y la abraza besándola en la cabeza, en sus cabellos entrecanos,

añade:

–     «Pareces una niña con miedo a las sombras y a las fábulas que le cuentan para asustarla.

Pero tú sabes dónde encontrarme: en Jesús.

¡Qué mamá! ¡Qué mamá!

Deberías llorar si se te hubiera dicho que, en un futuro, fuera a traicionar a Jesús, a abandonarlo.

O fuera a ser un réprobo.

Entonces sí, entonces deberías llorar incluso sangre.

Pero, si Dios me ayuda, no te daré nunca ese dolor, madre mía.

Quiero estar contigo por toda la eternidad..

El reproche primero; las caricias, después…

Terminan por enjugar el llanto de María de Alfeo, que ahora se siente y se la ve…

Toda avergonzada de su debilidad.

En el tránsito de la noche al día, habiéndose ocultado la Luna sin haber empezado todavía a amanecer…

La luz ha disminuido.

Pero es sólo un breve intervalo incierto…

Inmediatamente después, la luz primero plomiza, luego levemente gris y casi enseguida verdastra; 

Finalmente luce esplendorosa la vía láctea con transparencias de azul

Dando a continuación paso a una claridad de casi incorpórea plata;

que termina afirmándose cada vez más, facilitando el camino por el guijarral húmedo; 

que las olas han dejado al descubierto.

Mientras, los ojos se alegran con la vista del mar, ya de un azul más claro;

pronto a encenderse de visos de gemas preciosas.

Y luego el aire embebe su plata de un rosa cada vez más seguro, hasta que este rosa-oro de la aurora; 

se hace lluvia rosa-roja que cae en el mar, en los rostros, en los campos…

Formando contrastes de tonalidades cada vez más vivos,

los cuales alcanzan el punto perfecto, el más bonito del día cuando el Sol;

saltando los confines del oriente, lanza su primer rayo hacia montes y laderas,

bosques, prados y vastas llanuras marinas y celestes,

Y acentúa todos los colores: la blancura de las nieves o de las lejanías montañosas;

con un color añil entreverado de verde diaspro.

O el cobalto del cielo, que palidece para acoger el rosa;

el zafiro veteado de jaspe y orlado de perlas del mar.

Y hoy el mar es un verdadero milagro de belleza:

No muerto en la tranquilidad pesada, ni agitado bajo la lucha de los vientos,

sino majestuosamente vivo con su reñir de leves olas, apenas señaladas,

con una ondulación coronada por una cresta de espuma. 

Jesús dice:

–      Llegaremos a Dora antes de que el sol queme.

Reanudaremos la marcha al declinar del sol.

Mañana, en Cesárea, terminará vuestro esfuerzo, hermanas.

También nosotros descansaremos.

Allí estará ciertamente vuestro carro.

Nos separaremos…

Y mirando a la Magdalena pregunta:

¿Por qué lloras, María?

¿Voy a tener que ver hoy llorar a todas las Marías?

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UNA ESTIRPE DIVINA 1


Diciembre 21 2020

 Dios quiso un Seno sin mancha

Dice Jesús:

La pureza tiene un valor tal, que un seno de criatura pudo contener al Incontenible, porque poseía la máxima pureza posible en una criatura de Dios.

La Santísima Trinidad descendió con sus perfecciones, habitó con sus Tres Personas, cerró su Infinito en pequeño espacio, no por ello se hizo menor,

porque el amor de la Virgen y la voluntad de Dios, dilataron este espacio hasta hacer de él un Cielo.

Y se manifestó con sus características:

El Padre, siendo Creador nuevamente de la Criatura como en el sexto día y teniendo una “hija” verdadera, digna, a su perfecta semejanza.

La impronta de Dios estaba estampada en María tan nítidamente, que sólo en el Primogénito del Padre era superior.

María puede ser llamada la “segundogénita” del Padre,

Porque, por perfección dada y sabida conservar, y por dignidad de Esposa y Madre de Dios y de Reina del Cielo,

viene segunda después del Hijo del Padre y segunda en su eterno Pensamiento, que ab aeterno en Ella se complació.

El Hijo, siendo también para Ella “el Hijo” enseñándole, por misterio de gracia, su verdad y sabiduría cuando aún era sólo un Embrión que crecía en su seno.

El Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres por un anticipado Pentecostés, por un prolongado Pentecostés,

Amor en “Aquella que amó”, Consuelo para los hombres por el Fruto de su seno, Santificación por la maternidad del Santo.

Dios, para manifestarse a los hombres en la forma nueva y completa que abre la Era de la Redención,

NO eligió como trono suyo un astro del cielo, ni el palacio de un grande.

No quiso tampoco las alas de los ángeles como base para su pie.

Quiso un seno sin mancha.

Eva también había sido creada sin mancha.,

Mas, espontáneamente, quiso corromperse.

María, que vivió en un mundo corrompido – Eva estaba, por el contrario, en un mundo puro – NO QUISO lesionar su candor ni siquiera con un pensamiento vuelto hacia el pecado.

Conoció la existencia del pecado y vio de él sus distintas y horribles manifestaciones.

Las vio todas, incluso la más horrenda: el Deicidio. 

Pero las conoció para expiarlas y para ser eternamente,

Aquella que tiene piedad de los pecadores y ruega por su redención.

Este pensamiento será introducción a otras santas cosas que daré para consuelo tuyo y de muchos.

 Joaquín y Ana hacen voto al Señor

En una habitación llena de claridad, en el interior de una casa… 

Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad.

Viéndola con su pelo ahora entrecano, antes ciertamente negro, y su rostro sin arrugas; pero lleno de esa seriedad que viene con los años,

Parece tener alrededor de cincuenta y cinco años, no más, con una madurez de sufrimiento en su mirada.

La luz penetra por la puerta, abierta de par en par, que da a un espacioso huerto – jardín.

Parece ser  una pequeña finca campirana, porque se prolonga onduladamente sobre un suave columpiarse de verdes pendientes.

Ella es hermosa, de rasgos hebreos.  Sus ojos negros y profundos, con  una gallardía de reina, son dulces, como si su centelleo de águila estuviera velado de azul. 

Ojos dulces, con un trazo de tristeza, como de quien pensara nostálgicamente en cosas perdidas.

El color del rostro es moreno muy claro.

La boca, ligeramente ancha, está bien proporcionada, detenida en un gesto austero pero no duro. La nariz es larga y delgada, ligeramente combada hacia abajo, con una nariz aguileña que va bien con esos ojos.

Es fuerte, mas no obesa. Bien proporcionada. A juzgar por su estatura estando sentada, parece que es muy alta.

 Está tejiendo una cortina o una alfombra. Las canillas multicolores recorren rápidas, la trama marrón oscura.

Lo ya hecho muestra una vaga entretejedura de grecas y flores en que el verde, el amarillo, el rojo y el azul oscuro se intersecan y funden como en un mosaico.

La mujer lleva un vestido sencillísimo y muy oscuro: un morado – rojo que parece copiado de ciertas trinitarias.

Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre.

Una mujer le dice:

–     Ana, ¿Me dejas tu ánfora? Te la lleno.

La mujer trae consigo a un chicuelo de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana.

Ésta le acaricia mientras se dirige hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer,

Diciendo:

–     Tú siempre eres buena con la vieja Ana.

Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás. ¡Dichosa tú!.

Ana suspira. La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apartar la pena, que se ve que existe,

dice:

–     Te dejo a Alfeo, si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros.  

 

Alfeo está muy contento de quedarse y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre:

Ana le coge en brazos y lo lleva al huerto, lo eleva hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice:

–     Come, come, que es buena» 

Y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando ávidamente.

Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro muy abiertos,

dice:

–     ¿Y ahora qué me das?

Ella se echa a reír con ganas y al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita dentadura y el gozo que llena su rostro.

Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas,

y diciendo:

–     ¿Qué me das si te doy… si te doy?… ¡Adivina!

Y el niño, palmoteando todo sonriente,

dice:

–     ¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, Ana mamá!….

Ana, al sentirse llamar “Ana mamá”, emite un grito de afecto jubiloso y abraza estrechamente al pequeñuelo,

diciendo:

–     ¡0h, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!

Y por cada “amor” un beso va a posarse sobre las mejillitas rosadas.

Luego van a un bazar y de un plato bajan tortitas de miel.  

Mientras ella dice:

–     Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres.

Dime, ¿Cuánto me quieres?

Y el niño, pensando en la cosa que más le ha impresionado,

dice:

–     Como al Templo del Señor.

le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja.

Y el niño se restriega contra ella como un gatito.

La madre va y viene con un jarro colmado y ríe sin decir nada.

Les deja con sus efusiones de afecto.

Entra en el huerto un hombre anciano, un poco más bajo que Ana, de tupida cabellera completamente cana, rostro claro, barba cortada en cuadrado, dos ojos azules como turquesas, entre pestañas de un castaño claro casi rubio.

Está vestido de un marrón oscuro.

Ana no lo ve porque da la espalda a la puerta.

El hombre se acerca a ella por detrás diciendo:

–     ¿Y a mí nada?

Ana se vuelve y dice:

–    ¡Oh, Joaquín!

¿Has terminado tu trabajo?

Mientras tanto el pequeño Alfeo ha corrido a sus rodillas,

diciendo:

–      También a ti, también a ti.

Y cuando el anciano se agacha y le besa, el niño se le ciñe estrechamente al cuello despeinándole la barba con las manitas y los besos.

También Joaquín trae su regalo: saca de detrás la mano izquierda y presenta una manzana tan hermosa que parece de cerámica.

Y sonriendo, al niño que tiende ávidamente sus manecitas,

le dice:

–     Espera, que te la parto en trozos.

Así no puedes. Es más grande que tú.

Y con un pequeño cuchillo que tiene en el cinturón (un cuchillo de podador) parte la manzana en rodajas, que divide a su vez en otras más delgadas.

Y parece como si estuviera dando de comer en la boca a un pajarillo que no ha dejado todavía el nido, por el gran cuidado con que mete los trozos de manzana en esa boquita que muele incesantemente. 

Ana dice:

–    ¡Te has fijado qué ojos, Joaquín!

¿No parecen dos porcioncitas del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde empuja un velo de nubes bajo el cielo

Ana ha hablado teniendo apoyada una mano en el hombro de su marido y apoyándose a su vez ligeramente en ella:

gesto éste que revela un profundo amor de esposa, un amor intacto tras muchos años de vínculo conyugal

Joaquín la mira con amor,

y asiente diciendo:

–    ¡Bellísimos!

¿Y esos ricitos? ¿No tienen el color de la mies secada por el sol?

Mira, en su interior hay mezcla de oro y cobre. -¡Ah, si hubiéramos tenido un hijo, lo habría querido así, con estos ojos y este pelo!…. –

Ana se arrodillado.

Y con un fuerte suspiro, besa esos dos ojazos azul – grises.

Joaquín también suspira. 

Y queriéndola consolar, le pone la mano sobre el pelo rizado y canoso,

y le dice:

–     Todavía hay que esperar.

Dios todo lo puede. Mientras se vive, el milagro puede producirse, especialmente cuando se le ama y cuando nos amamos».

Joaquín recalca mucho estas últimas palabras.

Mas Ana guarda silencio, descorazonada, con la cabeza agachada…  

para que no se vean dos lágrimas que están deslizándose y que advierte sólo el pequeño Alfeo…

El cual, asombrado y apenado de que su gran amiga llore como hace él alguna vez, levanta la manita y enjuga su llanto. 

Joaquín, rápidamente agrega:

–     ¡No llores, Ana!

Somos felices de todas formas. Yo por lo menos lo soy, porque te tengo a ti. 

Ella contesta desconsolada:

–     Yo también por ti.

Pero no te he dado un hijo… Pienso que de alguna forma he entristecido al Señor, porque ha hecho infecundas mis entrañas…

–     ¡Oh, esposa mía!

¿En qué crees tú, santa, que has podido entristecerlo?

Mira, vamos una vez más al Templo y por esto, no sólo por los Tabernáculos, hacemos una larga oración…

Quizás te suceda como a Sara… o como a Ana de Elcana: esperaron mucho y se creían reprobadas por ser estériles.

Y sin embargo, en el Cielo de Dios, estaba madurando para ellas un hijo santo.

Sonríe, esposa mía. Tu llanto significa para mí más dolor que el no tener prole…

Llevaremos a Alfeo con nosotros. Le diremos que rece. Él es inocente… Dios tomará juntas nuestra oración y la suya y se mostrará propicio. 

–     Sí. Hagamos un voto al Señor.

Suyo será el hijo; si es que nos lo concede… ¡Oh, sentirme llamar “mamá”!.

Y Alfeo, espectador asombrado e inocente,

dice:

–     ¡Yo te llamo “mamá”!.

–     Sí, tesoro amado… pero tú ya tienes mamá.

Y yo… yo no tengo niño….