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77.- MARTIRIO DE UNA MADRE


000colosseum_gladiator(EL DIARIO DE REGINA)

La ausencia de Marco Aurelio, le impidió ver cómo se agravó la enfermedad de Alexandra.

Bernabé velaba su inconsciencia con ardientes plegarias.

Regina, la que en la Puerta del Cielo enseñara a los catecúmenos el tema de ‘La Pobreza de Espíritu’ también fué arrestada.

Y ahora va a dar el más estremecedor testimonio de todo lo que enseñó. 

El tribuno encargado trataba muy duramente a los prisioneros pues temía que se escaparan de la cárcel…

Por arte de un mágico encantamiento.

Regina se lo reclamó:

–           Nosotros no escaparemos. ¿Por qué no nos concedes ningún alivio, a nosotros que somos presos tan distinguidos?

¡Nada menos que del César y hemos de combatir en su Natalicio!

¿No aumentaría tu gloria, si nos presentásemos más gordos y saludables?

El militar se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza.

Luego ordenó que se les tratara más humanamente.

Permitió a los parientes que entraran a la cárcel y se reconfortaran mutuamente, a excepción de Marco Aurelio.

Pues había recibido órdenes terminantes, por parte de Tigelino.

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En el segundo calabozo, Alondra se halla en el octavo mes del embarazo pues fue detenida cuando estaba encinta.

Al aproximarse el día del espectáculo sufre mucha tristeza, temiendo que su martirio fuese postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encinta sean expuestas al suplicio.

No quiere quedarse atrás de los cristianos y que más adelante tenga que derramar su sangre inocente, entre los demás criminales.

Y tampoco sus compañeros de martirio quieren dejar atrás a tan excelente compañera.

Tres días antes de los juegos, todos se unieron en una misma súplica al Señor Jesús y  apenas terminaron la Oración, enseguida le vinieron los dolores de parto.

Debido a lo prematuro y por razón natural, ella sufre y gime…

Entonces un carcelero le dijo:

–           Si tanto te quejas ahora… ¿Qué harás cuando seas arrojada a las fieras de las que te burlaste al no querer sacrificar?

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Ella respondió:

–           Ahora soy yo la que sufro. Pero allá en la arena, habrá Otro en mí que padecerá por mí…

Pues yo también padeceré por Él.

Alondra dio a luz una niña a la que una cristiana adoptó como hija.

Entonces un joven llamado Lewis se acercó al grupo donde estaba Regina…

Y les dijo:

–           Acabo de tener una visión: Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el Oriente, pero sus manos no nos tocaban.

Íbamos trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Regina que venía a mi lado: ‘He aquí lo que el Señor nos prometió y ya recibimos la recompensa’

Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura que era como un vergel poblado de rosales y de toda clase de flores.

Y sus hojas caían incesantemente.

En el vergel, había cuatro ángeles más resplandecientes que los demás.

Al vernos nos acogieron con grandes honores.

Y dijeron a los otros ángeles con admiración: ‘¡Son ellos! ¡Son ellos!

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Entonces los cuatro ángeles nos dejaron en el suelo.

Y nosotros caminamos la distancia de un estadio, por una ancha avenida.

Allí encontramos a  Daniel, Xavier y Joshua, que habían sido quemados vivos en la misma persecución.

Y a Ramón, que había muerto en la cárcel.

Les preguntamos qué en donde estaban los demás,

Pero los ángeles nos dijeron:

–           Vengan. Antes entren y saluden al Señor.

Llegamos a un palacio cuyas paredes parecen edificadas de pura luz.

Delante de la puerta había cuatro ángeles que antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas.

Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar:

‘Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo.’

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En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve, pero con rostro juvenil.

No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda, había cuatro ancianos.

Y detrás estaban de pie, otros innumerables ancianos.

Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante al trono.

Cuatro ángeles nos levantaron en vilo.

Besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano.

Los demás ancianos dijeron:

–           ¡De pie!

Y de pie nos dimos el beso de paz.

Después los ancianos nos dijeron:

–           Vayan y jueguen.

Y yo dije a Regina:

–           Ya tienes lo que anhelabas.

Y ella me contestó:

–           ¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí soy más dichosa todavía.

Cuando salimos del Palacio, reconocimos a muchos hermanos que ya habían sufrido también el martirio.

Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable.

Entonces me desperté lleno de gozo.

Cuando Lewis terminó su relato…

El sacerdote Damián, dijo:

–           El poder del Espíritu Santo, es idéntico por esto. ¡Qué abran bien los ojos, quienes valoran este Poder!

¡Que fue enviado para distribuir todos los Carismas, en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros, para que se fortalezca nuestra Fe!

Tanto en el carisma del martirio como en el de las revelaciones, Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los incrédulos y sostener a los creyentes…

Tal como está escrito:

En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas. Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños”…

La voz del sacerdote resuena en las paredes de la prisión.

Cuando termina de hablar, Regina retoma la escritura que tan cuidadosamente está llevando:

“Unos días antes de que fuéramos arrestados, fuimos bautizados y el Espíritu Santo me inspiró estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que poder resistir, el amor paternal.

Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la Fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.

Yo le dije:

–           Padre ¿Ves ese cántaro que está en el suelo? ¿Esa taza y esa jarra?

–           Lo veo. –me respondió.

–           ¿Acaso se les puede dar un nombre diferente del que tienen?

–           ¡No! –me respondió.

–           Yo tampoco puedo llamarme con un nombre distinto de lo que soy: ¡Cristiana!

Entonces mi padre, exasperado se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero solo me maltrató.

Después, vencido se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos días, no volvió.

Por eso di gracias a Dios  y sentí alivio por su ausencia.

Luego fuimos encarcelados.

Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas ¡Qué día tan terrible!

El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente. Los soldados nos trataban brutalmente.

Y sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación… ¡Mi hijo está tan pequeño!

MAMA Y BEBE

Leonel y Santiago, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas, en el lugar más confortable de la cárcel.

Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quisiera.

Yo amamantaba a mi hijo casi muerto de hambre.

Preocupada por su suerte, hablaba con mi madre, confortaba a mi hermano y le recomendaba a mi hijo.

Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía.

Durante muchos días, me sentí abrumada por tales angustias.

Finalmente logré que se quedara conmigo en la cárcel.

Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y la preocupación por el niño.

MAMA Y BEBE

Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella más que en cualquier otro lugar.

Un día mi hermano Josué me dijo:

–           Domina hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios. Tanta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad.

Yo podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores y por eso,

confiadamente le prometí:

–           Mañana te daré la respuesta.

Me puse en Oración y tuve la siguiente visión:

Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta, que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha, que solo se podía subir de a uno.

En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, cuchillos…

Si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros.

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Al pie de la escalera estaba echado un dragón de extraordinaria grandeza, que tendía asechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran.

Lewis subió primero.

Él nos había edificado en la Fe y al no estar presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntariamente, por el amor que nos profesaba.

Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí

Y me dijo:

–           Regina, te espero pero ten cuidado, para que ese dragón no te muerda.

Yo le contesté:

–           No me hará daño en el nombre de Cristo.

Y el dragón parecía como si me tuviera miedo.

Sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo se la pisé, usándola como si fuera el primer peldaño y subí.

Después vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un anciano alto, de rostro juvenil y muy hermoso. Con el cabello completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar sus ovejas.

Muchos miles de personas vestidos de blancos hábitos, lo rodeaban.

Levantó la cabeza, me miró y dijo:

–           ¡Seas bienvenida, hija!

Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando.

Yo lo recibí con las manos juntas y comí.

Todos los circunstantes dijeron:

–           ¡Amén!

Sus voces me despertaron mientras yo seguía saboreando algo dulce.

En seguida conté a mi hermano la visión y  los dos comprendimos que nos esperaba el martirio…

Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra.

Días después corrió la voz de que seríamos interrogados.

Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa a la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme…

Y me dijo:

–           Hija mía, apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta que llegaste a la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos.

No es para esto que te engendré. Entre todos mis hijos te he amado, alegría y luz de mi casa.

Y ahora tú quieres tu ruina y no te importa destruir también al pobre padre tuyo, que siente morir su corazón por el dolor que le das.

Desde que dijeron que dejarían libres a los que hicieran sacrificios a nuestros dioses.

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Hija; llevo semanas rogándote. Tú has querido resistir y has conocido la cárcel. Tú, nacida y criada entre el lujo y las comodidades.

Y yo le contesté:

–           Es por el amor que siento por ti y por él, que permanezco fiel a mi Señor.

Ninguna gloria de la tierra dará a tu cabello blanco y a este inocente tanto decoro, como el que te dará mi muerte.

Tú llegarás a la Fe y…

¿Qué dirás entonces de mí, si tuviese la bajeza de haber renunciado en un momento de debilidad, a la Fe?

–           ¡Oh, dioses! ¡¡Ayúdenme!! Regina escucha por favor: Inclinando mi espalda ante los poderosos, te he obtenido un arraigo domiciliario, para que puedas estar todavía en tu casa como prisionera.

Le he prometido al juez que te doblegaría con mi autoridad paterna.

Ahora él me escarnece, porque no me haces caso. ¿No es esto lo que debería enseñarte, la doctrina que dices que es perfecta?

¿Cuál Dios es el que sigues  que te inculca de no amar y no respetar, al que te ha engendrado? Porque si me amaras no me darías tanto dolor.

Tu obstinación, que ni siquiera la piedad por tu inocente ha vencido; te ha costado el ser arrancada de la casa y encerrada en esta mazmorra.

Pero ahora ya no se habla más de prisión. Se habla de muerte… Esto es atroz. ¿Por qué? ¿Por Quién? ¿Por quién vas a morir tú?

¿Ese Dios tuyo tiene necesidad de tu sacrificio y del nuestro, el mío y el de tu criatura, que ya no tendrá más madre? ¿Su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto, para cumplirse?

¿Pero cómo? La fiera ama a sus cachorros… y tanto más los ama cuanto más los ha tenido en el seno.

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Tú no eres una bestia. Has sido la hija más perfecta y una madre ejemplar. Pero ahora no te comprendo. Porque te conozco, por eso te obtuve el que pudieras amamantar a tu niño. Pero tú no cedes.

Y después de haberlo nutrido, de darle calor, de servirle de almohada a su sueño, ahora lo rechazas y lo abandonas sin pesar. ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que te pasa?

No sé qué hacer. ¡Ya no te entiendo! No te ruego por mí, sino por él. No tienes el derecho de hacerlo un huérfano. Ya perdió a su padre en Britania y ahora te perderá a ti también.

No tiene derecho ese Dios tuyo para hacer esto.

¿Cómo puedo creerlo bueno, más que los nuestros, si requiere estos sacrificios tan crueles? Tú me haces que lo odie y lo maldiga siempre más…

–           Mi Dios no tiene necesidad de mi sangre y de tu llanto para triunfar. EL YA TRIUNFÓ. Pero tú sí tienes necesidad de llegar a la Vida Verdadera. Y también este inocente tiene que quedarse para conocerla.

Por la vida que me espera y por la alegría que él me ha dado, yo les obtengo la Vida que es verdadera, eterna, feliz. No. Mi Dios no enseña el desamor por los padres y por los hijos, sino el verdadero amor.

Ahora el dolor te hace delirar, padre. Pero después la luz se hará en ti y me bendecirás. Yo te la mandaré desde el Cielo.

–           ¡LOCA! ¡PERDIDA! Pero ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh, Regina perdona! ¡Perdona a tu viejo padre al que el dolor enloquece! ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate entre nosotros.

Di al magistrado que te doblegas. Después le adoraremos entre los dioses de la tierra. Después harás de tu padre esto que tú eres: seré cristiano. Te lo juro.

No te llamo más hija. Ya no seré tu padre, sino tu siervo y tu esclavo y tú serás mi señora.

Domina, ordena y yo te obedeceré. Pero ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Sálvate mientras todavía puedes hacerlo! El tiempo ya se terminó.

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Tu compañera ha dado a luz a su criatura. Yo lo sé y nada más falta la sentencia. Te será arrancado el hijo y no lo verás nunca más. Quizás mañana, quizás hoy mismo.

¡Piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que no sabe hablar todavía! Pero ¿Lo ves cómo te mira y sonríe? ¡Cómo invoca tu amor!

¡Oh! Señora mía. Luz y reina de mi corazón. Luz y alegría de tu bebé, ¡Piedad! ¡Piedad!

Y se arrodilló y besó la orla de mi vestido. Y se abrazó a mis rodillas.

Buscó mi mano y la besaba, bañándola con sus lágrimas.

Y yo tenía la otra sobre mi corazón, mientras oraba y me contenía ante el  más terrible ensañamiento humano.

Esta tortura era más feroz que cualquiera imaginada por el verdugo más brutal y despiadado.

Pero no me doblegué y le dije:

‘A  este inocente no es que yo lo ame menos, ahora que estoy vaciada de sangre para nutrirlo.

Si la ferocidad pagana no se hubiera desatado contra nosotros los cristianos, yo sería para él una madre amantísima y él sería el motivo más precioso de mi vida.

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Pero más que la carne nacida de mí, es más Grande mi Dios.

Y el amor que Él ha dado, ES INFINITAMENTE MÁS GRANDE. Posponer su amor, por el de una criatura… ¡¡¡No!!! ¡No!

Tampoco serás el esclavo de tu hija. Yo para ti soy tu hija y en todo obediente, fuera de esto: de renunciar al Verdadero Dios por ti.

Deja que el querer de los hombres se cumpla.

Y sí me amas, sígueme en la Fe. Y encontrarás a la hija tuya para siempre, porque la verdadera Fe da el Paraíso.

Mi Pastor Santo, ya me ha dado la bienvenida a su Reino.’

Y entonces tomé al niño que había dejado durmiendo sobre mi manto, saciado y contento. Después de besarlo suavemente para no despertarlo, lo consagré a Jesús.

Era mi corderito sacrificado junto conmigo, por la salvación de sus almas.

Y mojando mi dedo con mis lágrimas, también lo bendije, trazando una cruz sobre su frente, sobre sus manitas, sobre su pecho y sus piecitos.

Mi niño me sonrió como si sintiera mi ternura y la dulzura de mis caricias.

Luego se lo di a mi padre.

Entonces él me suplicó llorando:

–           ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos,  piensa en tu madre y en tu tía materna.

Piensa en tu hijito que no podrá sobrevivir sin ti. ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros se atreverá a presentarse en público, si eres condenada!

Así hablaba mi padre, movido por su cariño.

¡Cuánta compasión me inspiraba mi pobre padre! ¡Pues él sería el único de mi familia, que no se alegraría con mi martirio!

Traté de consolarlo diciendo:

–           Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios.

Y él se retiró de mí desconsolado.

Otro día mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados y llegamos al Fórum.

Había un gentío inmenso, subimos al estrado.

Mis compañeros fueron interrogados y confesaron su Fe.

Por fin llegó mi turno.

Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome:

–           ¡Compadécete del pequeño!

El procurador Emilio que tenía el Ius Gladii o poder de vida y muerte, insistió:

–           Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud del emperador.

Yo respondí:

–           No sacrifico.

–           ¿Eres cristiana?

–           Sí. Soy cristiana.

Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme.

Por eso Emilio dio orden de que lo arrojaran de ahí y hasta le pegaron con una vara.

Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí…

¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez!

Entonces Emilio pronunció sentencia contra nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos.

Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y a permanecer conmigo en la cárcel, enseguida envié al diácono Antonio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al Querer divino, ni mi niño extrañó los pechos, ni éstos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y por el ardor de mis pechos.

A los pocos días, mientras estábamos en Oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Vicente. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino hasta ese momento.

Y sentí compasión al recordar cómo había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha Oración por él y a gemir delante del Señor.

Seguidamente aquella misma noche tuve esta visión:

Vi a Vicente salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento. Con un vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió.

Vicente era mi hermano carnal de siete años de edad. Murió de un cáncer tan terrible en la cara, que daba asco al mundo.

Yo hice Oración por él. Pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que  era imposible acercarnos el uno al otro.

Además en el mismo lugar en que estaba Vicente, había una piscina llena de agua, pero el borde estaba más alto que la estatura del niño. Vicente se estiraba como si quisiera beber.

Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera hacerlo y beber hasta saciarse.

Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podría aliviar sus sufrimientos.

Por esto, oraba por él todos los días.

Hasta que fuimos trasladados a otra cárcel, porque debíamos combatir en los Juegos Militares, para celebrar el cumpleaños del César.

Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas para alcanzar la gracia.

El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión:

Vi el lugar que había visto antes y a Vicente limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría.

Donde antes tenía la llaga, vi solo una cicatriz. El borde de la piscina estaba más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro, llena de agua.

Vicente se acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca.

Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar, gozoso, como lo suelen hacer los niños.

En esto me desperté y comprendí que ya no sufría.

Pocos días después James, encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por comprender que el Señor nos favorecía con su Gracia y permitió que mucha gente nos visitara, para confortarnos mutuamente.

Mientras tanto se aproximaba el día del espectáculo.

Mi padre consumido de pena, vino a verme y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y a pegarse en su  rostro.

Maldecía sus años y decía tales palabras, que hubiera podido conmover a cualquiera.

¡Qué compasión sentía por su infortunada vejez! Pero mi Señor me sostuvo. Aumentó su fortaleza…

El día anterior a nuestro combate, tuve otra visión:

El diácono Antonio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas muy elaboradas con variados colores.

Y me dijo:

–           Regina, te estamos esperando. Ven…

Me tomó de la mano y empezamos a caminar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al Anfiteatro.

Y Antonio me llevó en medio de la arena y me dijo:

–           No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado.

Y se marchó.

Entonces vi a un gentío inmenso, pasmado.

Yo sabía que había sido condenada a las fieras, por eso me sorprendía que no las soltaran contra mí.

Entonces avanzó contra mí, un egipcio de aspecto repugnante, acompañado por sus ayudantes.

Ansioso de luchar conmigo.

Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron y quedé convertida en varón.

Mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates.

Y frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena.

Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza. Tanta, que sobrepasaba la cumbre del Anfiteatro.

Llevaba una túnica flotante con un manto de púrpura, abrochado por dos hebillas en medio del pecho y calzado con chinelas de oro y plata.

Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores y un ramo verde del  que colgaban manzanas de oro.

Pidió silencio y dijo:

–           Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada. Pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo.

Y se alejó.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato.

Él trataba de sujetarme los pies y yo golpeaba su cara a puntapiés.

Entonces fui levantada en el aire y yo comencé a castigarle sin pisar tierra.

Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza.

Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza.

El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto.

Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo.

Él me besó y me dijo:

–           Hija. La paz sea contigo.

Radiante de gloria, me dirigí a la Puerta de los Vivos.

Entonces me desperté y comprendí que yo debía de combatir,  no contra las fieras; sino contra el Diablo, pero estaba segura de la victoria.

Para este tiempo, Aiden el lugarteniente de la cárcel había abrazado la Fe.

La víspera de los Juegos tuvimos la última cena, llamada también ‘Cena de la Libertad’. Pero la convertimos en ‘Ágape’ o ‘Cena de la Fraternidad’.

Interpelaban a los curiosos con la acostumbrada intrepidez y los intimidaban con el Juicio de Dios.

Proclamaban la dicha de su martirio y se reían de los majaderos.

Lewis les decía:

–           ¿No les basta el día de mañana para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos?

Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros para que nos puedan reconocer en el Día del Juicio.

Todos se retiraban de allí confundidos.

Y muchos de ellos se convirtieron…

Regina escribió éstas últimas frases, antes de entregar su escrito a Aiden:

–           Hasta aquí relaté lo que nos sucedió la víspera del combate.

Si alguien quiere escribir el combate mismo, ¡Que lo haga!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

55.- EL EDICTO


00roma-imperialLa liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos.

Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer.

Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos.

La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis.

Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular.

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También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor.

Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor.

Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito.

Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete.

De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador.

Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad.

Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

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Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

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El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que NO haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

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Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos.

Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia.

Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó.

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Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo…

Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder.

Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo.

Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

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–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino.

Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

tigelino

Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso.

Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes.

Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos.

Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

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Petronio estuvo a punto de decirle:

‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones.

¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

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–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme.

¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo!

Y aquí se dio un golpe en la frente exclamando:

–            ¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

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Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien.

Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

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Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No?

Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!

El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma.

Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

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Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales!

¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó.

Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

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Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó.

Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama.

Y las de todas aquellas gentes cuya religión él NO acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido.

Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

77.- MARTIRIO DE UNA MADRE


(EL DIARIO DE REGINA)

La ausencia de Marco Aurelio, le impidió ver cómo se agravó la enfermedad de Alexandra. Bernabé velaba su inconsciencia con ardientes plegarias. El tribuno encargado trataba muy duramente a los prisioneros pues temía que se escaparan de la cárcel, por arte de un mágico encantamiento.

Regina se lo reclamó:

–           Nosotros no escaparemos. ¿Por qué no nos concedes ningún alivio, a nosotros que somos presos tan distinguidos? ¡Nada menos que del César y hemos de combatir en su Natalicio! ¿No aumentaría tu gloria, si nos presentásemos más gordos y saludables?

El militar se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza. Luego ordenó que se les tratara más humanamente. Permitió a los parientes que entraran a la cárcel y se reconfortaran mutuamente, a excepción de Marco Aurelio; pues había recibido órdenes terminantes, por parte de Tigelino.

En el segundo calabozo, Alondra se halla en el octavo mes del embarazo pues fue detenida cuando estaba encinta. Al aproximarse el día del espectáculo sufre mucha tristeza, temiendo que su martirio fuese postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encinta sean expuestas al suplicio. No quiere quedarse atrás de los cristianos y que más adelante tenga que derramar su sangre inocente, entre los demás criminales. Y tampoco sus compañeros de martirio quieren dejar atrás a tan excelente compañera.

Tres días antes de los juegos, todos se unieron en una misma súplica al Señor Jesús y  apenas terminaron la Oración, enseguida le vinieron los dolores de parto. Debido a lo prematuro y por razón natural, ella sufre y gime…

Entonces un carcelero le dijo:

–           Si tanto te quejas ahora ¿Qué harás cuando seas arrojada a las fieras de las que te burlaste al no querer sacrificar?

Ella respondió:

–           Ahora soy yo la que sufro. Pero allá en la arena, habrá otro en mí que padecerá por mí, pues yo también padeceré por Él.

Alondra dio a luz una niña a la que una cristiana adoptó como hija.

Entonces un joven llamado Lewis se acercó al grupo donde estaba Regina y les dijo:

–           Acabo de tener una visión: Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el Oriente, pero sus manos no nos tocaban. Íbamos trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Regina que venía a mi lado: ‘He aquí lo que el Señor nos prometió y ya recibimos la recompensa’ Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura que era como un vergel poblado de rosales y de toda clase de flores. Y sus hojas caían incesantemente. En el vergel, había cuatro ángeles más resplandecientes que los demás. Al vernos nos acogieron con grandes honores. Y dijeron a los otros ángeles con admiración: ‘¡Son ellos! ¡Son ellos!’

Entonces los cuatro ángeles nos dejaron en el suelo y nosotros caminamos la distancia de un estadio, por una ancha avenida. Allí encontramos a  Daniel, Xavier y Joshua, que habían sido quemados vivos en la misma persecución y a Lucas, que había muerto en la cárcel. Les preguntamos qué en donde estaban los demás, pero los ángeles nos dijeron:

–           Vengan. Antes entren y saluden al Señor.

Llegamos a un palacio cuyas paredes parecen edificadas de pura luz. Delante de la puerta había cuatro ángeles que antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas. Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar: ‘Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo.’ En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve, pero con rostro juvenil. No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda, había cuatro ancianos.

Y detrás estaban de pie, otros innumerables ancianos. Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante al trono. Cuatro ángeles nos levantaron en vilo. Besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano. Los demás ancianos dijeron:

–           ¡De pie!

Y de pie nos dimos el beso de paz. Después los ancianos nos dijeron:

–           Vayan y jueguen.

Y yo dije a Regina:

–           Ya tienes lo que anhelabas.

Y ella me contestó:

–           ¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí soy más dichosa todavía.

Cuando salimos del Palacio, reconocimos a muchos hermanos que ya habían sufrido también el martirio. Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable. Entonces me desperté lleno de gozo.

Cuando Lewis terminó su relato, el sacerdote Damián, dijo:

–           El poder del Espíritu Santo, es idéntico por esto. ¡Qué abran bien los ojos, quienes valoran este Poder! ¡Que fue enviado para distribuir todos los carismas, en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros, para que se fortalezca nuestra Fe! Tanto en el carisma del martirio como en el de las revelaciones; Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los incrédulos y sostener a los creyentes…Tal como está escrito: En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas. Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños”…

La voz del sacerdote resuena en las paredes de la prisión. Cuando termina de hablar, Regina retoma la escritura que tan cuidadosamente está llevando:

“Unos días antes de que fuéramos arrestados, fuimos bautizados y el Espíritu Santo me inspiró estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que poder resistir, el amor paternal.

Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la Fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.

Yo le dije:

–           Padre ¿Ves ese cántaro que está en el suelo? ¿Esa taza y esa jarra?

–           Lo veo. –me respondió.

–           ¿Acaso se les puede dar un nombre diferente del que tienen?

–           ¡No! –me respondió.

–           Yo tampoco puedo llamarme con un nombre distinto de lo que soy: ¡Cristiana!

Entonces mi padre, exasperado se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero solo me maltrató. Después, vencido se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos días, no volvió. Por eso di gracias a Dios  y sentí alivio por su ausencia.

Luego fuimos encarcelados.

Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas ¡Qué día tan terrible! El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente. Los soldados nos trataban brutalmente. Y sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación.

¡Mi hijo está tan pequeño!

Leonel y Santiago, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas, en el lugar más confortable de la cárcel. Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quisiera.

Yo amamantaba a mi hijo casi muerto de hambre. Preocupada por su suerte, hablaba con mi madre, confortaba a mi hermano y le recomendaba a mi hijo. Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días, me sentí abrumada por tales angustias. Finalmente logré que se quedara conmigo en la cárcel. Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y la preocupación por el niño.

Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella más que en cualquier otro lugar. Un día mi hermano Josué me dijo:

–           Domina hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios. Tanta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad.

Yo podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores y por eso, confiadamente le prometí:

–           Mañana te daré la respuesta.

Me puse en Oración y tuve la siguiente visión:

Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta, que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha, que solo se podía subir de a uno. En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, cuchillos… si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros. Al pie de la escalera estaba echado un dragón de extraordinaria grandeza, que tendía asechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran.

Lewis subió primero. Él nos había edificado en la Fe y al no estar presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntariamente, por el amor que nos profesaba. Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí y me dijo:

–           Regina, te espero pero ten cuidado, para que ese dragón no te muerda.

Yo le contesté:

–           No me hará daño en el nombre de Cristo.

Y el dragón parecía como si me tuviera miedo. Sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo se la pisé, usándola como si fuera el primer peldaño y subí.

Después vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un anciano alto, de rostro juvenil y muy hermoso; con el cabello completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar sus ovejas.

Muchos miles de personas vestidos de blancos hábitos, lo rodeaban. Levantó la cabeza, me miró y dijo:

–           ¡Seas bienvenida, hija!

Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando. Yo lo recibí con las manos juntas y comí. Todos los circunstantes dijeron:

–           ¡Amén!

Sus voces me despertaron mientras yo seguía saboreando algo dulce.

En seguida conté a mi hermano la visión y  los dos comprendimos que nos esperaba el martirio… Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra.

Días después corrió la voz de que seríamos interrogados. Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa a la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme y me dijo:

–           Hija mía, apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta que llegaste a la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos. No es para esto que te engendré. Entre todos mis hijos te he amado, alegría y luz de mi casa. Y ahora tú quieres tu ruina y no te importa destruir también al pobre padre tuyo, que siente morir su corazón por el dolor que le das. Desde que dijeron que dejarían libres a los que hicieran sacrificios a nuestros dioses hija; llevo semanas rogándote. Tú has querido resistir y has conocido la cárcel. Tú, nacida y criada entre el lujo y las comodidades.

Y yo le contesté:

–           Es por el amor que siento por ti y por él, que permanezco fiel a mi Señor. Ninguna gloria de la tierra dará a tu cabello blanco y a este inocente tanto decoro, como el que te dará mi muerte. Tú llegarás a la Fe y… ¿Qué dirás entonces de mí, si tuviese la bajeza de haber renunciado en un momento de debilidad, a la Fe?

–           ¡Oh, dioses! ¡¡Ayúdenme!! Regina escucha por favor: Inclinando mi espalda ante los poderosos, te he obtenido un arraigo domiciliario, para que puedas estar todavía en tu casa como prisionera. Le he prometido al juez que te doblegaría con mi autoridad paterna. Ahora él me escarnece, porque no me haces caso. ¿No es esto lo que debería enseñarte, la doctrina que dices que es perfecta? ¿Cuál Dios es el que sigues  que te inculca de no amar y no respetar, al que te ha engendrado? Porque si me amaras no me darías tanto dolor. Tu obstinación, que ni siquiera la piedad por tu inocente ha vencido; te ha costado el ser arrancada de la casa y encerrada en esta mazmorra. Pero ahora ya no se habla más de prisión. Se habla de muerte… Esto es atroz. ¿Por qué? ¿Por Quién? ¿Por quién vas a morir tú? ¿Ese Dios tuyo tiene necesidad de tu sacrificio y del nuestro, el mío y el de tu criatura, que ya no tendrá más madre? ¿Su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto, para cumplirse? ¿Pero cómo? La fiera ama a sus cachorros… y tanto más los ama cuanto más los ha tenido en el seno.

Tú no eres una bestia. Has sido la hija más perfecta y una madre ejemplar. Pero ahora no te comprendo. Porque te conozco, por eso te obtuve el que pudieras amamantar a tu niño. Pero tú no cedes. Y después de haberlo nutrido, de darle calor, de servirle de almohada a su sueño, ahora lo rechazas y lo abandonas sin pesar. ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que te pasa?

No sé qué hacer. ¡Ya no te entiendo! No te ruego por mí, sino por él. No tienes el derecho de hacerlo un huérfano. Ya perdió a su padre en Britania y ahora te perderá a ti también. No tiene derecho ese Dios tuyo para hacer esto. ¿Cómo puedo creerlo bueno, más que los nuestros, si requiere estos sacrificios tan crueles? Tú me haces que lo odie y lo maldiga siempre más…

–           Mi Dios no tiene necesidad de mi sangre y de tu llanto para triunfar. EL YA TRIUNFÓ. Pero tú sí tienes necesidad de llegar a la Vida Verdadera. Y también este inocente tiene que quedarse para conocerla. Por la vida que me espera y por la alegría que él me ha dado, yo les obtengo la Vida que es verdadera, eterna, feliz. No. Mi Dios no enseña el desamor por los padres y por los hijos, sino el verdadero amor. Ahora el dolor te hace delirar, padre. Pero después la luz se hará en ti y me bendecirás. Yo te la mandaré desde el Cielo.

–           ¡LOCA! ¡PERDIDA! Pero ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh, Regina perdona! ¡Perdona a tu viejo padre al que el dolor enloquece! ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate entre nosotros. Di al magistrado que te doblegas. Después le adoraremos entre los dioses de la tierra. Después harás de tu padre esto que tú eres: seré cristiano. Te lo juro. No te llamo más hija. Ya no seré tu padre, sino tu siervo y tu esclavo y tú serás mi señora. Domina, ordena y yo te obedeceré. Pero ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Sálvate mientras todavía puedes hacerlo! El tiempo ya se terminó.

Tu compañera ha dado a luz a su criatura. Yo lo sé y nada más falta la sentencia. Te será arrancado el hijo y no lo verás nunca más. Quizás mañana, quizás hoy mismo. ¡Piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que no sabe hablar todavía! Pero ¿Lo ves cómo te mira y sonríe? ¡Cómo invoca tu amor! ¡Oh! Señora mía. Luz y reina de mi corazón. Luz y alegría de tu bebé, ¡Piedad! ¡Piedad!

Y se arrodilló y besó la orla de mi vestido. Y se abrazó a mis rodillas. Buscó mi mano y la besaba, bañándola con sus lágrimas.

Y yo tenía la otra sobre mi corazón, mientras oraba y me contenía ante el  más terrible ensañamiento humano. Esta tortura era más feroz que cualquiera imaginada por el verdugo más brutal y despiadado. Pero no me doblegué y le dije:

‘A  este inocente no es que yo lo ame menos, ahora que estoy vaciada de sangre para nutrirlo. Si la ferocidad pagana no se hubiera desatado contra nosotros los cristianos, yo sería para él una madre amantísima y él sería el motivo más precioso de mi vida. Pero más que la carne nacida de mí, es más Grande mi Dios. Y el amor que Él ha dado, ES INFINITAMENTE MÁS GRANDE. Posponer su amor, por el de una criatura… ¡¡¡No!!! ¡No! Tampoco serás el esclavo de tu hija. Yo para ti soy tu hija y en todo obediente, fuera de esto: de renunciar al Verdadero Dios por ti. Deja que el querer de los hombres se cumpla. Y sí me amas, sígueme en la Fe. Y encontrarás a la hija tuya para siempre, porque la verdadera Fe da el Paraíso. Mi Pastor Santo, ya me ha dado la bienvenida a su Reino.’

Y entonces tomé al niño que había dejado durmiendo sobre mi manto, saciado y contento. Después de besarlo suavemente para no despertarlo, lo consagré a Jesús. Era mi corderito sacrificado junto conmigo, por la salvación de sus almas.

Y mojando mi dedo con mis lágrimas, también lo bendije, trazando una cruz sobre su frente, sobre sus manitas, sobre su pecho y sus piecitos. Mi niño me sonrió como si sintiera mi ternura y la dulzura de mis caricias. Luego se lo di a mi padre.

Entonces él me suplicó llorando:

–           ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos,  piensa en tu madre y en tu tía materna. Piensa en tu hijito que no podrá sobrevivir sin ti. ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros se atreverá a presentarse en público, si eres condenada!

Así hablaba mi padre, movido por su cariño. ¡Cuánta compasión me inspiraba mi pobre padre! ¡Pues él sería el único de mi familia, que no se alegraría con mi martirio! Traté de consolarlo diciendo:

–           Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios.

Y él se retiró de mí desconsolado.

Otro día mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados y llegamos al Fórum. Había un gentío inmenso, subimos al estrado. Mis compañeros fueron interrogados y confesaron su Fe. Por fin llegó mi turno. Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome:

–           ¡Compadécete del pequeño!

El procurador Emilio que tenía el Ius Gladii o poder de vida y muerte, insistió:

–           Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud del emperador.

Yo respondí:

–           No sacrifico.

–           ¿Eres cristiana?

–           Sí. Soy cristiana.

Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme. Por eso Emilio dio orden de que lo arrojaran de ahí y hasta le pegaron con una vara.

Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí ¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez!

Entonces Emilio pronunció sentencia contra nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos.

Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y a permanecer conmigo en la cárcel, enseguida envié al diácono Antonio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al Querer divino, ni mi niño extrañó los pechos, ni éstos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y por el ardor de mis pechos.

A los pocos días, mientras estábamos en Oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Vicente. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino hasta ese momento.

Y sentí compasión al recordar cómo había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha Oración por él y a gemir delante del Señor. Seguidamente aquella misma noche tuve esta visión:

Vi a Vicente salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento. Con un vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió. Vicente era mi hermano carnal de siete años de edad. Murió de un cáncer tan terrible en la cara, que daba asco al mundo.

Yo hice Oración por él. Pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que  era imposible acercarnos el uno al otro. Además en el mismo lugar en que estaba Vicente, había una piscina llena de agua, pero el borde estaba más alto que la estatura del niño. Vicente se estiraba como si quisiera beber. Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera hacerlo y beber hasta saciarse. Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podría aliviar sus sufrimientos. Por esto, oraba por él todos los días. Hasta que fuimos trasladados a otra cárcel, porque debíamos combatir en los Juegos Militares, para celebrar el cumpleaños del César. Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas para alcanzar la gracia.

El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión:

Vi el lugar que había visto antes y a Vicente limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría. Donde antes tenía la llaga, vi solo una cicatriz. El borde de la piscina estaba más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro, llena de agua. Vicente se acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca. Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar, gozoso, como lo suelen hacer los niños. En esto me desperté y comprendí que ya no sufría.

Pocos días después, James; encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por comprender que el Señor nos favorecía con su Gracia y permitió que mucha gente nos visitara, para confortarnos mutuamente. Mientras tanto se aproximaba el día del espectáculo. Mi padre, consumido de pena, vino a verme y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y a pegar su faz en el rostro. Maldecía sus años y decía tales palabras, que hubiera podido conmover a cualquiera. ¡Qué compasión sentía por su infortunada vejez!

El día anterior a nuestro combate, tuve otra visión:

El diácono Antonio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas muy elaboradas con variados colores. Y me dijo:

–           Regina, te estamos esperando. Ven…

Me tomó de la mano y empezamos a caminar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al Anfiteatro.

Y Antonio me llevó en medio de la arena y me dijo:

–           No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado.

Y se marchó.

Entonces vi a un gentío inmenso, pasmado. Yo sabía que había sido condenada a las fieras, por eso me sorprendía que no las soltaran contra mí. Entonces avanzó contra mí, un egipcio de aspecto repugnante, acompañado por sus ayudantes. Ansioso de luchar conmigo. Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron y quedé convertida en varón. Mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates. Y frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena.

Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza. Tanta, que sobrepasaba la cumbre del Anfiteatro. Llevaba una túnica flotante con un manto de púrpura, abrochado por dos hebillas en medio del pecho y calzado con chinelas de oro y plata. Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores y un ramo verde del  que colgaban manzanas de oro. Pidió silencio y dijo:

–           Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada. Pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo.

Y se alejó.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. Él trataba de sujetarme los pies y yo golpeaba su cara a puntapiés. Entonces fui levantada en el aire y yo comencé a castigarle sin pisar tierra. Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza. Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza. El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo. Él me besó y me dijo:

–           Hija. La paz sea contigo.

Radiante de gloria, me dirigí a la Puerta de los Vivos.

Entonces me desperté y comprendí que yo debía de combatir,  no contra las fieras; sino contra el Diablo, pero estaba segura de la victoria.

Para este tiempo, Aiden el lugarteniente de la cárcel había abrazado la Fe. La víspera de los Juegos tuvimos la última cena, llamada también ‘Cena de la Libertad’. Pero la convertimos en ‘Ágape’ o ‘Cena de la Fraternidad’. Interpelaban a los curiosos con la acostumbrada intrepidez y los intimidaban con el Juicio de Dios. Proclamaban la dicha de su martirio y se reían de los majaderos. Lewis les decía:

–           ¿No les basta el día de mañana para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos? Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros para que nos puedan reconocer en el Día del Juicio.

Todos se retiraban de allí confundidos. Y muchos de ellos se convirtieron…

Regina escribió éstas últimas frases, antes de entregar su escrito a Aiden:

–           Hasta aquí relaté lo que nos sucedió la víspera del combate. Si alguien quiere escribir el combate mismo, ¡Que lo haga!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

55.- EL EDICTO


La liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos. Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer. Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos. La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis. Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular. También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor. Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor. Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito. Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete. De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador. Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad. Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que no haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos. Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia. Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó. Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo… Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder. Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo. Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino. Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso. Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes. Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos. Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

Petronio estuvo a punto de decirle: ‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

            Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones. ¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme. ¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo! –y aquí se dio un golpe en la frente exclamando-¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien. Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No? Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!  El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma. Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales! ¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó. Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó. Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama. Y las de todas aquellas gentes cuya religión él no acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido. Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA