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117 ESTIRPE DE LOS CÉSARES


117 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en el centro de una plaza amplia, bastante bonita, que se prolonga en una calle muy ancha hasta la orilla del mar.

Una galera parece haber dejado hace poco el puerto y sale a mar abierto impulsada por el viento y los remos, mientras que otra está haciendo las maniobras para atracar,

como se deduce del hecho de que están plegando velas y de que los remos se mueven sólo por una banda para hacer virar a la nave en la posición conveniente.

El puerto, desde la plaza no se ve, pero debe estar cerca.

En los lados de la plaza hay series de casas grandes, con las típicas paredes exteriores casi exentas de puertas y no hay ningún establecimiento de comercio.

Pedro desaprueba:

–     ¿A dónde vamos ahora?

Has querido venir aquí en vez de ir al lado oriental; éste es un lugar de paganos, ¿Quién crees que te va a escuchar? 

Jesús indica:

–     Vamos allí, a aquel ángulo que se abre hacia el mar; allí voy a hablar.

–     A las olas.

–     También las olas han sido creadas por Dios.

Y van…

Ahora están justo en ese ángulo.

Ven el puerto, donde está entrando lentamente la galera vista antes.

Ahora la amarran en el lugar destinado a ella.

Algún marinero se da al ocio a lo largo de los espigones; algún vendedor de fruta se arriesga a ir hacia la nave romana a vender su mercancía; nada más.

Jesús, arrimado de espaldas a una pared, da verdaderamente la impresión de que estuviera hablando a las olas.

Los apóstoles, poco satisfechos de la situación, están en torno a Él, parte en pie, parte sentados en piedras colocadas acá o allá, con la intención de que sirvan de banquetas.

Y Jesús predica a las olas…

“Insensato el hombre que viéndose poderoso, sano, feliz, dice: “¿De qué tengo necesidad?, ¿De quién?

De nadie tengo necesidad. Nada me falta, me basto a mí mismo. Las leyes y decretos de Dios y de la moral, para mí, son nulos.

Mi ley consiste en hacer lo que está en mi mano, sin preocuparme de si beneficia o perjudica a los demás”.

Uno de los vendedores se vuelve al oír esa voz sonora y se acerca hacia Jesús,

que continúa diciendo:

–     Así hablan el hombre y la mujer que no tienen ni sabiduría ni fe.

Con ello muestran su mayor o menor poder, mas denuncian su parentesco con el Mal.

Algunos hombres bajan de la galera y de otras barcas,

y se dirigen hacia Jesús.

–     El hombre demuestra, no con las palabras sino con los hechos, que está emparentado con Dios y la virtud,

cuando considera que la vida es más mudable que las olas del mar, ahora calmas, mañana furiosas.

Del mismo modo, el bienestar y poder de hoy pueden ser mañana miseria e impotencia. ¿Qué hará entonces el hombre que no vive unido a Dios?

¿Cuántos de los que ahora están en esa galera un día vivían dichosos y gozaban de poder. Y ahora son esclavos y se los considera reos!

Reos: por tanto, doblemente esclavos de la ley humana, en vano burlada porque existe y castiga a sus transgresores.

Y de Satanás, quien para siempre se apodera de los culpables que no llegan a odiar su culpa.  

Un oficial romano se acerca diciendo:

–     ¡Hola, Maestro!

¿Cómo por aquí? ¿Sabes quién soy?

Jesús le responde:

–     Que Dios sea contigo, Publio Quintiliano.

¿Ves como he venido?

–     Y además al barrio romano.

Ya no tenía esperanzas de volver a verte. Me alegra poder escucharte. 

–     Yo también me alegro.

¿Hay muchos en los remos en esa galera?

–     Muchos.

La mayoría son prisioneros de guerra.  ¿Te interesan?

–     Quisiera acercarme a esa nave.

–     Ven. Abrid paso vosotros… 

Les ordena a los pocos que se habían acercado y que se apartan enseguida farfullando improperios.

–    Déjalos también a ellos.

Estoy acostumbrado a que me apretuje la gente.

–    Hasta aquí puedo, pero más no. Es una galera militar.

–    Me es suficiente. Que Dios te lo pague.

Jesús reanuda su discurso.

El romano, verdaderamente espléndido con su atavío que lleva, parece montar guardia a su lado.

    “Esclavos por un doloroso suceso, esclavos una sola vez, esclavos mientras dura la vida. Cada una de las lágrimas que cae sobre sus cadenas,

cada uno de los golpes descargados sobre sus carnes para huella escrita de un dolor, afloja los grilletes, orna lo que no muere,  abre finalmente para ellos la paz de Dios,

que es amigo de sus pobres hijos infelices, a los que dará copiosa alegría, puesto que aquí el dolor abundó…

En la obra muerta de la galera se ven hombres de la tripulación, que se han asomado y se han puesto a escuchar.

A los galeotes, naturalmente no se les ve, pero oyen por todos los agujeros de las cuadernas, la voz potente de Jesús, que se difunde por el aire calmo de esta hora de baja marea.

Publio Quintiliano se ha marchado requerido por un soldado. 

Jesús continúa:

–     Quiero decirles a estos desdichados amados de Dios, que se resignen en su dolor, que hagan de él llama que abra las cadenas de la galera y de la vida,

consumiendo en el deseo de Dios este pobre día que es la vida, día oscuro, borrascoso, colmado de miedo y de fatigas, para entrar en el día de Dios, luminoso, sereno, ya sin miedos ni decaimientos.

Basta con que sepáis, vosotros, mártires de una penosa suerte, ser buenos en vuestro sufrimiento. 

Basta con que aspiréis a Dios, para que entréis en la gran paz, en la infinita libertad del Paraíso.

En esto, vuelve Publio Quintiliano con otros soldados; tras él unos esclavos traen una litera para la que los soldados consiguen un sitio. 

Jesús hace una pausa y luego continúa:

–     ¿Quién es Dios?

Estoy hablando a gentiles que no saben quién es Dios, a hijos de pueblos sometidos que no saben Quién es Dios.

En vuestros bosques, vosotros galos, iberos, tracios, germanos, celtas, tenéis sólo una apariencia de Dios.

Ayúdame Señor Jesús a encontrarte, para conocerte y amarte como debo hacerlo en la eternidad

El alma ttiende a la adoración, espontáneamente, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios verdadero que ha puesto uun alma en vuestros cuerpos,

un alma igual que la nuestra, israelitas, igual que la de los poderosos romanos que os han subyugado,

un alma que tiene los mismos deberes y derechos respecto al Bien y a la que el Bien, es decir, el Dios verdadero será fiel; sedlo igualmente vosotros respecto al Bien.

El dios, o los dioses, a los que hasta ahora habéis adorado, aprendiendo su nombre o sus nombres en las rodillas maternas;

el dios en que ahora quizás ya no pensáis porque no sentís que os consuele en nada vuestros sufrimientos,

o al que quizás incluso odiáis o maldecís en vuestras jornadas desesperadas, ése, no es el Dios verdadero.

El Dios verdadero es Amor y Piedad. ¿Acaso eran esto vuestros dioses? No. Más bien manifestaban dureza, crueldad, engaño, hipocresía, vicio, latrocinio…

y ahora os han dejado sin ese mínimo consuelo de la esperanza de ser amados y la certeza del descanso tras tanto sufrimiento.

Esto sucede porque vuestros dioses no existen. Sin embargo, Dios, el Dios verdadero que es Amor y Piedad, cuya segura existencia Yo os declaro,

es Aquel que ha hecho los cielos, los mares, montes, bosques, plantas, flores, animales… y al hombre;

es Aquel que inculca al hombre victorioso la piedad y amor que Él mismo es hacia los pobres de la tierra.

Y vosotros los poderosos, los dominadores, pensad que sois todos de una única planta. No os ensañéis con aquellos quienes la desventura ha puesto en vuestras manos;

sed humanos con los que por un delito están amarrados al banco de la galera. El hombre peca muchas veces. No hay ninguno exento de culpas más o menos celadas.

Si pensarais esto, ¡Cuán buenos seríais para con los hermanos que, menos afortunados que vosotros, han recibido castigo por culpas en que también vosotros habéis incurrido y que no os han sido castigadas!

La justicia humana adolece gravemente de exactitud cuando juzga. ¡Ay, si lo mismo fuera la justicia divina!

Hay reos que no parecen tales, hay inocentes a los que se juzga reos; no indaguemos por qué:

¡Sería acusación demasiado grave para el hombre injusto y lleno de odio hacia su semejante! Hay reos que efectivamente lo son,

pero que cometieron el delito movidos por fuerzas imperiosas que, en parte, aligeran la culpa.

Sed humanos, por tanto, vosotros que habéis sido colocados al frente de las galeras. Por encima de la justicia humana hay una Justicia divina que es mucho más alta:

la del Dios verdadero, la del Creador del rey y del esclavo, de la roca y del granito de arena. Él os mira, tanto a los que estáis en los remos como a quienes tenéis el encargo de regirlos

¡Ay de vosotros si arbitrariamente sois crueles!

Yo, Jesucristo, el Mesías del Dios verdadero, os aseguro que Él,

el día de vuestra muerte, os atará al banco de una galera eterna y pondrá en manos de los demonios el látigo ensangrentado

y seréis torturados y azotados como vosotros torturasteis; porque, si bien es ley humana el castigo del reo, es necesario no exceder la medida.

Sabed recordar esto. Quien hoy es poderoso mañana puede ser  un miserable; sólo Dios es eterno.

Quisiera cambiaros el corazón y, sobre todo, romper vuestras cadenas, devolveros la libertad y patria perdidas; pero,

hermanos galeotes que no veis mi rostro, hermanos galeotes cuyo corazón con todas sus heridas conozco, por la libertad y la patria terrenas que no os puedo dar,

¡Oh, pobres esclavos de los poderosos!, Os daré una libertad y una patria más altas. Por vosotros me he hecho prisionero, ausente estoy de mi patria,

Por vosotros me entregaré Yo mismo como rescate; para vosotros, sí, también para vosotros, que no sois oprobio de la Tierra como os llaman,

sino signo de vergüenza para el hombre que olvida la  medida del rigor de la guerra y de la justicia,

haré una nueva ley sobre la Tierra y una dulce morada en el Cielo.

Recordad mi Nombre, hijos de Dios que lloráis: es el nombre del Amigo. Repetidlo en medio de vuestros padecimientos.

Estad seguros de que si me amáis me tendréis, aunque no nos veamos jamás en esta Tierra.

Soy Jesucristo, el Salvador, el Amigo  vuestro.

En nombre del Dios verdadero os consuelo. La paz descienda pronto sobre vosotros.

La gente, en su mayoría romanos, se ha agolpado en torno a Jesús, cuyos conceptos nuevos han producido el asombro de todos. 

El oficial romano exclama:

–     ¡Por Júpiter, me has hecho pensar en cosas en las que nunca había pensado y que siento verdaderas!

Publio Quintiliano mira a Jesús, pensativo y cautivado al mismo tiempo.

Jesús responde: –

Así es, amigo. Si el hombre usara su pensamiento, no llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Por Júpiter, por Júpiter, qué palabras!

¡Tengo que recordarlas! ¿Has dicho: “si el hombre usase su pensamiento…”

…    No llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Pues claro!, ¡Es verdad!

¡Por Júpiter! ¿Sabes que eres grande?

–     Todo hombre que quisiera podría serlo como Yo, si fuera enteramente uno con Dios.

El romano continúa su serie de “¡por Júpiter!”, a cuál más exclamativo.

Jesús por su parte le dice:

–     ¿Podría dar a esos galeotes algo que los consolara?

Tengo dinero… Fruta, algo que los alivie; para que sepan que los amo.

–     Dámelo. Puedo hacerlo.

Además ahí hay una dama muy poderosa. Voy a preguntárselo.

Publio se acerca a la litera y habla muy cerca de las cortinas en las que ha sido abierto apenas un resquicio.

Vuelve.

–     Tengo plenos poderes para ello.

Me ocuparé yo mismo de la distribución, de forma que los esbirros no se aprovechen abusivamente.

Será la única vez que un soldado imperial ejercite la piedad con los esclavos de guerra.

–     La primera, no la única.

Llegará el día en que no habrá esclavos; pero ya antes mis discípulos habrán descendido a los galeotes y esclavos para llamarlos hermanos.

Otra serie de “¡Por Júpiter!” recorre el ambiente calmo; mientras, Publio espera a tener suficiente fruta y vino para los galeotes.

Luego, antes de subir a la galera,

le dice a Jesús al oído:

–     Ahí dentro está Claudia Prócula.

Quisiera oírte hablar en otra ocasión; ahora quiere preguntarte algo. Ve.

Jesús se acerca a la litera.

–     ¡Hola, Maestro!

La cortina apenas se abre un poco, dejando ver a una hermosa mujer de unos treinta años.

–     Descienda sobre ti el deseo de la sabiduría.

–     Has dicho que el alma tiene recuerdo del Cielo.

¿Es eterna, entonces, esa cosa que decís que poseemos?

–     Es eterna.

Por eso tiene recuerdo de Dios, del Dios que la ha creado.

–     ¿Qué es el alma?

–     El alma constituye la verdadera nobleza del hombre.

Tú eres gloriosa por ser de los Claudios; pues más lo es el hombre, por ser de Dios. Por tus venas corre la sangre de los Claudios; poderosa familia, pero que tuvo origen y tendrá fin.

Dentro del hombre, por razón del alma, fluye la sangre de Dios, porque el alma es la sangre espiritual – siendo Dios Espíritu purísimo – del

Creador del hombre: de Dios eterno, potente, santo. El hombre es, pues, eterno, potente, santo, por el alma que hay en él y que  vive mientras está unida a Dios.

–     Yo soy pagana, por tanto no tengo alma…

–     La tienes, aunque sumida en letargo; despiértala a la Verdad y a la Vida.

–     Adiós, Maestro.

–     Que la Justicia te conquiste. Adiós.

Jesús dice a sus disccípulos:

–     Como habéis podido ver, aquí también he tenido auditorio.

–     Sí, pero, menos los romanos,

¿Quién te habrá entendido? ¡Son bárbaros!

–     ¿Que quién?… Todos.

Llevan consigo la paz. Se acordarán de Mí mucho más que otros de Israel. Vamos a la casa que nos ofrece la comida.

Juan dice:

–     Maestro, la mujer ésa es la misma que me habló aquel día que curaste a aquel enfermo; la he reconocido.

–     Daos cuenta, pues, que también aquí había quien nos esperaba.

Pero… no os veo muy conformes. Mucho habré hecho el día que haya conseguido persuadiros de que he venido no sólo para los hebreos, sino para todos los pueblos.

Y de que os he preparado para todos ellos.

Una cosa os digo: de vuestro Maestro recordad todo; no hay hecho alguno, por insignificante que  fuere, que no esté llamado a ser para vosotros un día, regla en el apostolado.

Ninguno responde.

Jesús sonríe – no sin tristeza – compasivo.

111 EL MARTIRIO 2


111 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

LAS DOS COLUMNAS PRIMARIAS

Nerón, cuando asesinó a Séneca esperaba apoderarse de la fortuna estimada en trescientos millones de sestercios y descubrió que ésta no llegaba ni a la décima parte de esa cantidad.

Con la sentencia de Petronio, se encontró con que lo único que quedaba era su palacio en Roma y la quinta de Cumas; que ya no le pertenecían a él, pues estaban legalizadas a nombre de otro dueño.

Estos dos fiascos le hicieron  decretar que en los testamentos se presentarían en blanco las dos primeras páginas.

Que solamente se escribiría en ellas el nombre del testador y que el que escribiese el testamento de otro, no podría asignarse ningún legado.

Empobrecido y exhausto de recursos hasta el punto de demorar la paga de los soldados y las pensiones de los veteranos, recurrió a las rapiñas y a las falsas acusaciones.

Se apoderó de los bienes y las fortunas que le apetecían con el argumento de que ‘habían sido ingratos con el Príncipe.’

Un día que cantaba en el teatro, vio a una matrona adornada con la prohibida púrpura, la señaló a sus agentes y haciéndola sacar inmediatamente, le confiscó el traje y los bienes.

Y ya no confirió ningún cargo sin añadir:

–   ¿Sabes lo que necesito?

Obremos de tal forma que nadie tenga nada.

Concluyó por despojar a la mayor parte de los templos y fundió todas las estatuas de oro y de plata.

Después de la muerte de Popea quiso casarse con Antonia la hija de Claudio.

Como ella se rehusó, también la acusó de conspiración e hizo que la mataran.

No hubo lazo que no rompiera con el crimen.

Y mientras tanto su red de espías, seguían llenando los tribunales con cristianos.

Pedro fue arrestado por los pretorianos y lo llevaron a la cárcel mamertina, en el calaozo del Tullianum.

Los cristianos lo recibieron con gran reverencia y amor.

Algunos presos que habían sido torturados y que no eran cristianos, le pidieron que los ayudase.

Pedro oró y los sanó el Señor.

El hijo de un verdugo que estaba sordo y mudo, también fue sanado.

Entonces un centurión se acercó…

Y le dijo:

–   Mi nombre es Flavio. 

Tengo un compañero de guerra al que quiero mucho.

En Germania recibió un fuerte golpe en la nuca y está paralizado del cuello hacia abajo.

¿Podrías rogar a tu Dios para que lo cure?

Pedro le contestó:

–   Flavio, ¿Crees que nuestro Señor Jesucristo pueda sanarlo?

–   Sí creo. Creo que Él es Dios y si Él quiere, puede compadecerse de un pagano…

–  Flavio, en el Nombre de Jesucristo, hágase como lo pides.

Y dile a tu amigo que busque la Luz de la Verdad.

Por la tarde de ese mismo día, llegó el otro soldado completamente sano a darle las gracias.

Flavio dice llorando:

–   Cuando seas sentenciado, yo voy a tener que matarte.

Pedro lo mira sonriendo con amor,

Y lo exhorta:

–   Cumple tu deber hijo mío.

Y alégrate. No me darás la muerte. Lo que vas a hacer es abrirme las Puertas del Cielo.

El soldado sanado declara:

–   Anciano, yo soy Leoncio y te doy las gracias a ti y a tu Dios.

Flavio pregunta:

–      Dime cómo podemos agradecerle y adorarlo.

–     Él Mismo los guiará. Venid…

Y Pedro les habla del alma y del Cielo…

Durante todo el tiempo que estuvo en prisión, continuó evangelizando también a sus carceleros,

realizando milagros a todos los que se lo pedían y bautizando sin cesar a los conversos…

Y los rumores de lo sucedido, traspasaron las murallas de la prisión y se expandieron por todos lados.

Entonces Pablo también fue llevado a la cárcel Mamertina.

Y cuando Nerón fue notificado de que los líderes de la Iglesia Perseguida habían sido capturados, decidió divertirse un poco…

Recordó algo que le había platicado Popea cuando era prosélita de la religión hebrea.

Y en complot con Tigelino, urdió un plan…

Para ver lo que haría el Dios de los cristianos, al verse enfrentado con su Padre.

La primera vez que se menciona a Simón el Mago es en el Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde dice que él era un hombre experto en las artes mágicas con las cuales,

“tenía deslumbrados a los samaritanos y pretendía ser un gran personaje” (Hechos 8, 9).

Y cuando Felipe, uno de los primeros diáconos, llevó el evangelio a esta zona.

Por la gracia de Dios, mucha gente creyó y fue bautizada, incluyendo a Simón el Mago.

Al poco tiempo Pedro y Juan visitaron Samaria, para llevar el sacramento de la confirmación a los nuevos conversos.

El poder de este sacramento, impresionó a Simón el Mago y le ofreció dinero a los apóstoles, a cambio de que le dieran ese poder.

 Los apóstoles se rehusaron a perpetrar ese sacrilegio y la Iglesia hoy llama a ese pecado Simonía,.

 Simón, luego de ser rechazado por los Apóstoles, abandonó la Iglesia Católica y se volvió hacia el gnosticismo, una herejía cristiana temprana, que rechaza la autoridad de los Apóstoles,

en favor del conocimiento secreto que los cristianos afirmaban recibir directamente de Dios.

Al parecer volvió a su magia demoníaca y su conflicto llegó a su punto más alto en Roma; donde  tenía muy impresionada a la gente con sus artes mágicas.

Y por sus prodigios era tenido entre los judíos como un gran personaje que ‘Tenía consigo la Fuerza de Dios’.  

De acuerdo al plan preconcebido por el César, mandó sacar de la cárcel a Pedro y a Pablo.

Y ante una gran muchedumbre reunida en la plaza del Fórum,

Decidió enfrentarlos con Simón el Mago que capitaneaba a los judíos, acérrimos enemigos de los cristianos.

Cuando todos estuvieron frente al César,

éste les dijo, señalando a Simón:

–    Este hombre es sincero y vosotros, los embaucadores.

Y ahora lo veremos.

Acto seguido Simón el Mago, coronado de laurel por Nerón mismo, subió hasta lo más alto del Capitolio,

¡Y empezó a volar!

Pedro al ver aquello, dijo a Pablo:

–    Satanás se disfraza de ángel de Luz…

Pablo le replicó:

–   A mí me corresponde orar…

Y a ti, dar las órdenes debidas.

Pablo se arrodilló y se sumergió en la Oración en el Espíritu.

Pedro levantó la voz y dijo con autoridad:

–     Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire.

En El Nombre Santísimo de Jesús yo os mando que no lo sostengáis más.

Y que lo bajéis sin dañarlo, hasta el suelo.

Los Demonios se encolerizaron tanto, que obedecieron la orden a medias.

Ante el asombro general, Simón aterrizó bastante maltrecho; porque lo soltaron desde una altura considerable y cayó, rompiéndose las piernas. 

Pero Pedro oró y  Dios hizo el milagro.

Y Simón  quedó tan avergonzado, que huyó a esconderse por un año, antes de animarse a comparecer ante el público otra vez.

Nerón se enfureció aún más, al ver el inesperado resultado de su maquinación.

Y antes de retirarse, ordenó que los llevaran al tribunal.

El Prefecto Agripa dijo a Pedro, al tenerlos frente a sí:

–    Así que tú eres el hombre que en tus reuniones aprovechas tu influencia e impides que las mujeres se casen.

Pedro le contestó:

–   Yo soy fiel discípulo de mi Señor Jesucristo.

El Crucificado que Resucitó y Vive y Reina por siempre, a la diestra de Dios Padre.

–    Le seguirás hasta el final.

También tú morirás en la Cruz.

Y a Pablo por ser ciudadano romano, lo condenó a ser decapitado.

Al anciano apóstol se le aplicaron los azotes prescritos por la ley.

Y al día siguiente fue conducido fuera de las puertas de la ciudad.

Hacia el Monte Vaticano, en donde debía cumplirse la sentencia y ser crucificado.

A causa de su avanzada edad, no se le exigió que cargara con la cruz.

Cuando llegaron al sitio designado, Pedro contempló toda la Ciudad Eterna, extendida a sus pies…

Y levantando la mano derecha, bendijo:

pedro

“Aquí donde Nerón gobierna hoy, Cristo gobernará por siempre.”

¡URBI ET ORBI! (a la ciudad y al mundo)

Y su sonrisa se hizo más luminosa y su rostro se volvió radiante, cuando Jesús le permitió extender su mirada a través de los siglos.

Y vio el mismo lugar de su martirio, convertido en una inmensa Basílica, con la grandiosa plaza con su nombre, perpetuado por su donación y entrega a su misión.  

Desde la cual, casi dos mil años después estaría llena de millares de personas, escuchando reverentes a otro Pontífice Mártir y Santo:

San Juan Pablo II.

La Plaza de San Pedro es una de las plazas más bonitas y grandes del mundo. Se encuentra situada en El Vaticano, a los pies de la Basílica de San Pedro.

Las dimensiones de la plaza son espectaculares: 320 metros de longitud y 240 metros de anchura.

En las liturgias y acontecimientos más destacados la Plaza de San Pedro ha llegado a albergar más de 300.000 personas.

Su sucesor 264, quién desde el Vaticano llevaría el mensaje del Evangelio a todas las naciones de la Tierra.

Y desde la Basílica de San Pedro, levantando su blanca mano, bendeciría lleno de bondad y de amor, infinidad de veces…

A través del Pontificado más largo de la Historia de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana:

Un papa profundamente mariano: “TOTUS TUUS”

¡URBI ET ORBI!

Flavio, el jefe de los verdugos le indicó a Pedro que debía extenderse sobre la cruz.

Y Pedro le dijo:

–    Cuando crucificaron a mi Señor pusieron su cuerpo sobre la Cruz, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, porque mi Señor descendió desde el Cielo a la Tierra.

Os ruego que al clavarme lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero.

Porque además de que no soy digno de ser crucificado como Él, yo voy a subir de la Tierra al Cielo.

Accedieron a su petición y lo colocaron sobre la Cruz de manera,

que sus pies quedaron clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo.

Cuando Pedro estaba ya crucificado, Dios abrió los ojos espirituales de los espectadores.

Y vieron al apóstol rodeado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas  y de lirios.

Y a Jesucristo colocado a su vera, mostrándole un Libro abierto…

Pedro lo leyó: “Apocalipsis”

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Y dijo en voz alta:

–           Gracias Dios Mío.

Y se sumergió en la Oración en el espíritu.

Pedro admiró por largas horas, todos los sucesos que le fueron mostrados en la Ciudad del Vaticano.

Y finalmente, con voz llena de júbilo y de adoración,

Exclamó:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… –antes de expirar.

Las llaves del Cielo que Jesús le entregara y que habían estado en sus manos, las había entregado a Lino, en la Misa cuando le nombró su sucesor.  

En esa misma tarde, otro destacamento de pretorianos condujo a Pablo de Tarso a lo largo de la Vía Ostiense.

Pasaron por la Puerta Trigémina, hasta un lugar llamado Aqua Salviae.

Mientras avanzan, él mira hacia los Montes Albanos con la magnífica sensación de haber terminado su larga y fatigosa jornada apostólica.

Contempla ya los Cielos abiertos para recibirle y su alma está llena de júbilo,

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Por el inminente encuentro con el Dios por el que ha luchado y sufrido tanto,

Para darlo a conocer y a amar.

Cuando llegaron al sitio designado para el suplicio, se volvió hacia el Oriente y oró.

Luego, se despidió de los cristianos.

El verdugo le dijo:

–           Prepara tu cuello.

Pablo se arrodilló y dijo:

–           ¡Oh, Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Y ofreció su cuello al verdugo.

Éste levantó la espada y descargó el golpe…

Con el rostro radiante, Pablo de tarso fue decapitado.

En el mismo instante en que se desprendió su cabeza del tronco,

Exclamó:

–           ¡Jesús!…

Su sangre bañó la lóriga de su verdugo, brilló una luz intensísima.

Y quedó el aire perfumado con una fragancia maravillosa…

La Iglesia Cristiana ha sido confirmada con la sangre de sus Dos Columnas Primarias:

San Pedro y San Pablo Apóstoles…

Su ornamento final lo pondrá su último sucesor y papa mártir…

Y los cristianos que confesarán su glorioso testimonio en la Tercera Gran Persecución realizada en el imperio de terror del Anticristo…

A EL IMPERIO DEL MALIGNO 1


CUMPLIMIENTO

EL OSCURO GOBIERNO MUNDIAL PARALELO,

QUE DESCUBRIÓ UN ENVIADO DEL PAPA EN LA ONU

El P. Schooyans nos revela la transformación de la ONU, defensora tradicional de los derechos humanos, en lo que es hoy, la principal promotora del Nuevo Orden Mundial.

No está claro si la iniciativa de investigar a la ONU partió de Juan Pablo II.

Que le pidió al Padre Michel Schooyans demógrafo belga, filósofo y teólogo sentarse en la ONU e investigar lo que sucedía allí.

O si partió la idea de este sacerdote y Juan Pablo II lo envió.

Pero el resultado es el mismo.

De esta investigación emergió un libro publicado en Europa.

Que se comenta – no lo hemos podido confirmar – que todo su tiraje fue comprado por alguien que no quería que se difundiera.

Fue luego publicado en el 2001 en inglés The Hidden Face of the United Nations.

Y actualmente lo vende Amazon que dice tener 11 ejemplares de él.

También fue publicado en español en México en el 2002 con el título “La cara oculta de las Naciones Unidas”, pero está agotado.

Se trata de un libro peligroso para el Nuevo Orden Mundial.

Porque los católicos podrían acceder a una información sobre la ONU que nunca han oído y nadie jamás les dijo, salvo algún sacerdote del tipo francotirador.

‍El P. Michel Schooyans sustituye en su libro lo que alguna vez fue una noble imagen de las Naciones Unidas con una aterradora realidad.

Un plan para formar un nuevo orden mundial basado en una visión, que él define como satánica, de los “nuevos derechos del hombre”.

Muchos de éstos, en áreas tales como la homosexualidad, la eutanasia, la pedofilia, el divorcio y la prostitución.

Unos han sospechado durante mucho tiempo la verdad sobre de las Naciones Unidas, con su fachada de dedicación a la paz, el progreso y la prosperidad.

Pero al inicio del milenio, este sacerdote católico, miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano

y profesor en prestigiosas Universidades, ha puesto de manifiesto la transformación de esta organización.

La alguna vez prometedora para las naciones, devino en una máquina para la destrucción de las soberanías nacionales.

Y trabaja para su sustitución por un Nuevo Orden.

Una cultura mundial basada en una visión maligna de los “nuevos derechos del hombre”.

Quince años después lo que halló el P. Michel Schooyans parecería que se ha venido confirmando.

Y aún así está absolutamente oculto para la mayoría de los católicos; por eso queremos compartirlo.

‍Desde que Michel Schooyans escribió el libro, pasaron tres Papas y ninguno de ellos ha salido a hablar directa y claramente de esta vinculación, sino solo alusivamente.

Por lo que debe haber habido una decisión de no confrontar poderes en este momento o quizás porque se sabían sin suficiente poder de comunicación.

Es un tema para reflexionar y discernir.

Libros del Padre Schooyans se pueden bajar en ,pdf aquí.

Padre Michel Schooyans

‍MICHEL SCHOOYANS NO ES UN PENSADOR MARGINAL

En 1997 el entonces cardenal Joseph Ratzinger escribió el prólogo de un libro de Michel Schooyans titulado:

El Evangelio: Confrontando el Desorden del Mundoque es una especie de manifiesto Católico antiglobalización.

Y todos conocemos a Ratzinger y sabemos que no prologa a cualquier persona ni cualquier obra.

El Cardenal Ratzinger denunció en el prefacio al Nuevo Orden Mundial

En concreto utilizando la terminología “nuevo orden mundial” como más o menos la culminación del marxismo.

Él va a decir que el cristiano está “obligado a protestar” contra esto y que el Nuevo Orden Mundial no puede “reducir la libertad al silencio”.

En una parte del prólogo dice Ratzinger:

Bajo el nuevo título de Orden Mundial, estos esfuerzos adquieren una configuración que cada vez se relacionan con la ONU

y sus conferencias internacionales, especialmente las de El Cairo y Beijing

Que revelan una filosofía del hombre nuevo y del mundo nuevo, en su esfuerzo por trazar formas de llegar a ellos.

Esta filosofía recomienda no preocuparse por el cuidado de los que ya no son productivos ni da alguna esperanza de una vida de calidad.

Se recomienda reducir el número de participantes en la mesa de la humanidad, para que la llamada felicidad, ya adquirida por algunos, no sea tocada.

El carácter típico de esta nueva antropología, que está en la base del Nuevo Orden Mundial,

se revela sobre todo en la imagen de la mujer, en la ideología del “empoderamiento de las mujeres“, propuesta en Beijing.

El objetivo es la autorrealización de las mujeres para quienes los principales obstáculos son la familia y la maternidad.

Esto debe desaparecer antes de la “equidad y la igualdad de género”, antes de que se realice un ser humano indistinto y uniforme,

en cuya vida la sexualidad no tendría otro significado que la voluptuosidad.

DE DEFENSORA DE LOS DERECHOS TRADICIONALES

A CREADORA DE NUEVOS DERECHOS

El P. Schooyans nos revela la transformación del original reconocimiento de una ONU, defensora tradicional de los derechos humanos,

con la “Declaración Universal de los Derechos del Hombre” de 1948, hasta hoy que en palabras del autor, se ha llegado a una

reinterpretación perversa de los derechos del hombre que opera bajo la influencia del voluntarismo.

La oposición a los Estados soberanos.

El establecimiento de una inquisición laica al amparo de la tolerancia.

Y el uso de la ley para “legitimar” la violencia.

Los resultados de esta disminución del hombre, expulsado de ser el dueño de la Tierra, pone los derechos humanos sobre la base de la fuerza física.

De modo que “los derechos del animal fuerte son superiores a los del hombre débil”

COMO SE DIBUJA EL CONSENSO

PARA QUITAR EL PODER A LOS ESTADO NACIONALES

Recientes conferencias internacionales se han ocupado de aplicar una nueva norma política – en El Cairo en 1994, Beijing en 1995, y en Nueva York en 2000, entre otras.

Siendo marcadas por “recurrir a un consenso”, sobre la que el autor comenta:

Este consenso convoca constantemente, de modo engañoso, a anular la legislación nacional que continua basándose en la objetividad de los derechos del hombre, típica de la tradición clásica.

Por esto, la legislación nacional, está cada vez más y más arrinconada para parecer falsa en relación con estas “conclusiones”, planes secretos y otros planes de acción”.

El Padre Schooyans ilustra el resultado ominoso:

“El consenso se obtiene en las asambleas internacionales gracias a las organizaciones no gubernamentales que hacen un buen trabajo de cabildeo.

En esta partitura, el premio va para la Federación Internacional de Planificación de la Familia, defensora especialmente del aborto.

Luego de este consenso se presiona a las naciones para que puedan ‘ser fieles a sí mismas’ para firmar pactos o convenios sobre esos asuntos y programas de acciones consensuadas.

Una vez ratificados, estos instrumentos jurídicos tendrán fuerza de ley en las naciones participantes”

El Padre Schooyans cita algunos ejemplos de conflicto entre tales consensos promovidos por la ONU y las leyes nacionales.

Uno de ellos el reconocimiento de Gran Bretaña del derecho de los padres a decidir si sus hijos deben o no deben asistir a las clases de educación sexual,

y la trayectoria de la ONU hacia los derechos del niño.

LOS NUEVOS DERECHOS CREADOS POR LA ONU

El autor ve la marcha hacia una nueva ética creada por unos “nuevos derechos” en áreas tales como:

la homosexualidad, la eutanasia, la supresión de la supervisión de los hijos, la pedofilia, el divorcio, la prostitución

y cómo éstos se dirigen hacia la sacralización civil de la violencia”.

El final de este “viaje neo-nietzscheano”, advierte, será la reconversión de la violencia individual por la violencia institucional.

Por su propia naturaleza, esta misma “nueva ética” será intolerante.

Ya que debe ser así para poder procurar la uniformidad social y hacer individuos unidimensionales”.

LA DEIFICACIÓN DE LA TIERRA Y LA SUSTENTABILIDAD ECOLÓGICA

El Padre Schooyans culpa la falsa idea de derechos humanos que tiene la ONU a la determinación de éste organismo mundial a “deificar la Tierra y desacralizar al hombre”.

La Carta de la Tierra de 1992, según el autor, refleja un cientificismo evolutivo que acepta al hombre como un producto de la evolución

e ignora su capacidad de preguntarse e indagar sus significados.

Incluyendo los de su propia existencia: Vida, muerte y necesidad de libertad.

Contrariamente, la Carta subordina al hombre a una “ecología imperativa”, que excluye toda discusión del por qué las cosas existen.

Por tanto, cierra el debate a favor de una evolución puramente materialista.

Todo esto está en manos del Consejo de la Tierra y de la Cruz Verde, dos organizaciones no gubernamentales.

Su éxito, Fr. Schooyans señala, se dirige a dejar sin efecto la concepción realista de los derechos del hombre”.

LA BÚSQUEDA DEL ABSOLUTISMO

El siguiente paso hacia un absolutismo que terminará con todo el reconocimiento del individualismo es la propuesta de los burócratas de la ONU

de “Instrumentos jurídicos adecuados que eviten el control nacional”.

Uno de éstos “instrumentos jurídicos” previsto por el autor ya existe: la Corte Penal Internacional (CPI).

‍El Padre Schooyans advierte que bajo la presión de las feministas y / o homosexuales radicales,

la competencia de este tribunal podría extenderse a ‘delitos’ concernientes a los llamados “nuevos derechos del hombre ‘obtenido por medio de “consensos”.

Es fácil ver que la Iglesia Católica o sus obispos pudieran ser arrastrados ante este tribunal y condenados por negarse a “ordenar” a las mujeres

o por continuar enseñando la inmoralidad de lo que significan las prácticas homosexuales.

Ya es creciente la condena judicial para aquellos que hablen públicamente de la visión bíblica y católica sobre la homosexualidad, como desordenada.

El Padre Schooyans prevé ya, el sometimiento a los opositores del aborto, la homosexualidad y la eutanasia a un posible juicio ante jueces de este tribunal.

Señala además una resolución de 26 de noviembre de 2000 de la Comisión de la ONU de los Derechos del Hombre para crear el cargo de

Representante Especial del Secretario General de la ONU “quien es el encargado de la protección de los defensores de los derechos del hombre”.

En una Declaración sobre los Defensores de los Derechos del Hombre (difundida en marzo, 2000) dice que:

“los nuevos derechos del hombre deben ser promovidos activamente y rápidamente para formar parte de la legislación nacional”.

El autor dice que esto está dirigido en primer lugar a resguardar a los defensores más radicales

de los nuevos derechos del hombre de toda la oposición y ataque.

‍El autor señala que no hay duda que las acusaciones en estas materias corresponderán a la Corte Penal Internacional,

si no se resuelven de forma adecuada en las naciones.

La asociación NAMBLA (una asociación que promueve la pedofilia) ya ha hecho saber que espera aprovechar la protección conferida por la Declaración

sobre los Defensores de los Derechos del Hombre, para protegerse contra los que se oponen a la pedofilia”.

UNA FUERTE PRESIÓN PARA QUE SE ADOPTEN LOS NUEVOS DERECHOS

El Padre Schooyans acusa a los funcionarios de la ONU de presionar para que los “nuevos derechos del hombre” sean adoptados.

‍Incluye los que el autor ve como una reorganización de derecho sexual destacando, entre ellos:

“Las diferencias de roles entre hombres y mujeres en la sociedad no son naturales sino culturales”

“Todo el mundo es libre de elegir su sexo o cambiarlo; las uniones homosexuales tienen el “derecho” a la adopción.

Y las “familias monoparentales, uniones del mismo sexo, como modelos familiares”;

“Legalizar y dar fácil acceso a la anticoncepción en todas sus formas y al aborto”;

“La educación sexual obligatoria sexual para adolescentes…

La libertad sexual para los adolescentes sin el control de los padres...”

LA CREACIÓN DE UNA NUEVA RELIGIÓN DE CONSENSO

El Padre Schooyans identifica el deseo de la ONU de “hacer el paso por la puerta reservada para la conciencia.”

Esto fue revelado, dice el autor, en la reunión de los 1000 líderes mundiales religiosos por la paz,

que son parte de la cumbre del Pacto Mundial de Nueva York en julio de 2000.

El propósito específico de “Unirse a la Iniciativa Religiosa” es la creación de una religión mundial,

para obtener una nueva ética planetaria”.

Todos los proselitismos (esfuerzos de conversión) de cada religión de forma individual estarían prohibidos.

Los “Círculos de la cooperación” podrían difundir que adoptemos una nueva religión panteísta.

‍La reunión de estos líderes religiosos terminó, en palabras del P. Schooyans

“con un elogio de la tolerancia, el agnosticismo, y el relativismo radical mal entendido.”

Comprensiblemente, el Cardenal Francis Arinze, presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, no pudo firmar esa iniciativa.

LA CONSTRUCCIÓN DE UNA ÉLITE SOBERANA MUNDIAL

El Padre Schooyans vio toda la febril actividad del Milenio del año 2000, que incluyó la cumbre de jefes de Estado y de los líderes de las religiones en Nueva York,

como parte de los esfuerzos del secretario general para erigir una

“ONU como un auténtico criadero para una ‘elite’ soberana mundial, y para transformarla

en un lugar de concentración de poder sin precedentes en la historia”.

Esto sostiene autor:

“dejaría a los gobiernos y parlamentos en un papel residual…

‘Compartir la responsabilidad’ es una nueva expresión de trampa explosiva que indica que la ONU ya no se conforma con jugar un papel secundario.

Tiene la intención de ponerse al centro del poder mundial y equiparse, poco a poco,

con todos los aparatos de control que necesite para ejercer lo que cree, es su misión en el Nuevo Milenio”.

Hans Kelsen

LA BASE TEÓRICA DE ESTE MOVIMIENTO ES DE HANS KELSEN

El Padre Schooyans identifica al filósofo-teórico Hans Kelsen (1881-1973) detrás de esta obra arquitectónica de un nuevo absolutismo mundial.

“No es una exageración decir que los conceptos de consenso de los nuevos derechos del hombre, de internacionalismo y de la mayoría de los otros temas que hemos encontrado,

encuentren su fuente en esta teoría de un total derecho racionalista y positivista de la ONU.

Se sabe que Kelsen, probablemente no tenía conocimiento de la perversa utilización que se hizo de su pensamiento en el ambiente de la ONU.

No es menos cierto que el capital de trabajo de Kelsen [Teoría Pura], cuya influencia sigue siendo ejercida sobre los juristas de todo el mundo,

es una guía que no se puede pasar por alto si se quiere entender las tendencias actuales de la ONU.

Eso es tanto más evidente cuando uno se da cuenta que el profesor vienés de Berkeley influyó en la redacción de la Carta”.

Kelsen pone la “norma suprema” más allá de los cuestionamientos, exigiendo obediencia por el deber u obediencia ciega.

‍Kelsen escribe:

Los Estados No conservarán la autoridad (para crear normas) excepto en la medida en que el derecho internacional reserve tal materia.

Por ello se terminará eliminando la libertad de regular leyes nacionales.

Si alguien admite que el derecho internacional sea un orden jurídico supranacional,

los mandatos de los países ya no tendrán autoridad ilimitada”

Y el Padre Schooyans dice:

“Esto explica el papel que se le transferirá a la Corte Penal Internacional.

Dado que ya no habrá forma de identificar los principios generales del derecho.

Le corresponderá al tribunal demostrar el significado de los textos jurídicos y las decisiones consensuadas,

y decir cuál es la interpretación válida.

Las discrepancias en la interpretación serán de ahí en adelante intolerables,

porque arruinarán el orden jurídico y en consecuencia al Estado supranacional…

Las convenciones y pactos ya no aparecerán aquí como acuerdos aprobados de forma libre por los Estados soberanos e individuales.

Sino como un vínculo jurídico que emanará de la voluntad de la organización internacional,

lo que requerirá, a través de las ratificaciones, la obediencia de los Estados”.

El Padre Schooyans comenta que:

“Con tal asombrosa teoría de la ley , estaremos en la presencia de la concentración piramidal de un poder absoluto y sin precedentes en la historia”.

Declara además:

“Se observa, entonces, que el orden jurídico mundial será construido no para el servicio de un tipo imperial hegemónica clásico, sino para controlar la vida.

La norma suprema aquí será el dominio sobre la vida con el fin de llegar, por lo tanto, a dominar a los hombres y a todas las cosas”.

Es fácil ver que para obtener este dominio sobre la vida, es necesaria la destrucción de los verdaderos derechos humanos.

Como el Padre Schooyans explica:

“En los ambientes de la ONU, la destrucción de las Naciones aparece entonces, como un objetivo a ser buscado,

si se quiere definitivamente sofocar la concepción antropocéntrica de los derechos del hombre.

Al poner fin al organismo intermediario que es el Estado Nacional, un Estado mundial centralizado lo reemplazaría.

Manera en que entonces se vendría la llegada de los tecnócratas y otros aspirantes a un gobierno mundial totalitario”.

LA CONSAGRACIÓN DEL DERECHO A LA VIOLENCIA Y A LA MUERTE

El Padre Schooyans ve al aborto, la eutanasia y la esterilización como un esfuerzo para abrirnos a un totalitarismo en todo el mundo.

El autor ve todas estas prácticas como expresión que tiende a convertir la violencia en un derecho, hacia “el don de la muerte”,

como expresión de la voluntad soberana:

“De hecho, en el caso del aborto, en el que un inocente es absolutamente declarado culpable,

es el mal que resulta de una anticoncepción fallida “El obstáculo para un carrera o para la comodidad”.

Un obstáculo inadmisible para nuestra propia libertad; un freno para el enriquecimiento y desarrollo.

La violencia absoluta recae sobre un total inocente.

El inocente debe ser linchado.

En consecuencia, el inocente debe ser designado como víctima, como un chivo expiatorio, e incluso como una víctima inocente.

Y debe ser tratado como tal, con una violencia que lo silenciará y lo hará desaparecer.

Se puede hablar de forma análoga sobre los pobres del Tercer Mundo, a quienes se le quieren esterilizar.

Los deficientes mentales o los enfermos terminales a los que se le quieren practicar la eutanasia;

a los mendigos, los niños de la calle a los que se le quiere disparar como a conejos.

En nombre de los “nuevos derechos del hombre”,

categorías enteras de seres humanos pueden ser condenados a muerte sin que los asesinos cometan homicidio.

Estos seres se ven privados de todos sus derechos y toda protección jurídica esta apartada de ellos”.

No es de extrañar, entonces, que el P. Schooyans informe que,

“La presencia cristiana perturba a la presente ONU, ya que en el dominio de la antropología, la ONU ha rechazado toda referencia a la verdad…

Está claro para todos que la Iglesia no puede admitir que toda referencia a la verdad sea expulsada”.

LA SOSTENIBILIDAD ECOLÓGICA

Muchos de estos horrores visitan la humanidad con la excusa de un “desarrollo sostenible”.

Es decir, restringen la expansión humana en la afirmación que es perjudicial para el planeta.

Como si el hombre estuviera sujeto a la Tierra, en lugar de la Tierra al hombre.

Aquí no hay muchas preguntas para pedirle a los hombres de hoy que se sacrifiquen para conseguir una utopía de un futuro radiante por nacer.

En el nombre de las generaciones futuras, se deben tomar medidas draconianas sin demora,

para restringir el mal causado por las intervenciones humanas en el planeta.

Para recuperar esta “ética del futuro” los ecologistas impregnaron fuertemente ideas de la Nueva Era, exaltando el culto de Gaia.

Ellos concluyeron que los derechos de la Madre Tierra son más importantes que los derechos de estos seres efímeros llamados hombres”.

Las convocatorias sobre el “desarrollo sostenible” que vienen desde las Conferencias de la ONU en Estocolmo en 1972 deben ser vistas bajo esta luz.

‍La Carta de la Tierra exige al hombre

reconocer, no sólo los derechos de la tierra en general, sino también los derechos de los seres vivos, especialmente de los animales.

En breve, el hombre debe aceptar ser sujeto al imperativo ecológico“.

Fuente Foros de la Virgen María:

93 ODIO, VENGANZA Y MIEDO


93 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Están aún comiendo y ya han encendido las lámparas, porque la tarde desciende muy presurosa.

El viento boreal incita a tener cerrada la puerta. Entonces se escuchan los toques que llaman.

Y se oye la voz alegre de Juan. 

Y todos reaccionan simultáneamente, se levantan apresurados para recibirlos…

–     ¡Nos alegramos de que hayáis regresado!

–     ¡Habéis tardado poco!

–     ¿Qué novedades hay, entonces?

–     ¡Qué cargados venís!

Todos hablan al mismo tiempo, mientras se ayuda a los tres a liberarse de las pesadísimas sacas que traen sobre los hombros.

–     ¡Despacio!

–     ¡Dejadnos saludar al Maestro!

–     ¡Un momento!

Es un alboroto alegre, familiar, por la alegría de estar juntos otra vez.

Jesús los saluda:

–     ¡Hola, amigos! Dios os ha dado días tranquilos.

Judas de Keriot responde:

–     Sí, Maestro, pero no tranquilas noticias. Lo preveía.

Todos quieren saber:

–     ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?…

Se ha creado un ambiente de curiosidad.

–     Dejadlos primero que tomen algo y repongan fuerzas – dice Jesús.

–     No, Maestro.

Primero te damos lo que tenemos para Tí y para los demás.

Y primero… Juan, da la carta.

–     La tiene Simón.

Yo temía estropearla entre la carga.

El Zelote, que ha estado luchando hasta ese momento con Tomás, que quería traerle agua para sus pies cansados,

acude diciendo:

–      Aquí la tengo, en la bolsa del cinturón.

Y abre el bolsillo interno de su ancho cinturón de cuero rojo y extrae de él un rollo ya aplastado.

Diciendo:

–     Es de tu Madre.

Estando cerca de Betania, encontramos a Jonathán que estaba yendo a casa de Lázaro con la carta y otras muchas cosas.

Judas explica:

Jonathán va a Jerusalén porque Cusa está poniendo en orden su palacio… Quizás Herodes va a Tiberíades…

Y Cusa no quiere que su mujer esté cerca de Herodías.

Mientras Jesús desata los nudos del rollo y lo despliega para leerlo..

Los apóstoles cuchichean mientras Jesús lee con beata sonrisa las palabras de su Madre.

Y luego dice:

–      Escuchad, también hay algo para los galileos.

Mi Madre escribe:

“A Jesús, mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición.

Jonathán, siervo de su Señor, me ha traído de parte de Juana, unos obsequiosos regalos;

ella pide a su Salvador, para sí, para su esposo y para toda su casa, la bendición.

Jonathán me dice que él, por orden de Cusa, va a Jerusalén, habiendo recibido la indicación de abrir de nuevo el palacio de Sión.

Yo bendigo a Dios por esto, porque así puedo hacerte llegar mis palabras y mi bendición.

Igualmente, María de Alfeo y Salomé envían a sus hijos besos y bendiciones.  

Y, dado que Jonathán ha sido extremadamente bueno, también hay saludos de la mujer de Pedro para su marido lejano.

Y para Felipe y Natanael, de sus familiares.

Todas vuestras mujeres, queridos hombres que os encontráis lejos, bien con la aguja, bien con el telar y con el trabajo de la huerta,

os envían ropa para estos meses de invierno.

Y dulce miel, aconsejándoos que la toméis con agua bien caliente en las húmedas noches.

Cuidad de vosotros mismos. Esto es lo que las madres y esposas me dicen que os diga, y yo lo transmito; también a mi Hijo.

No por nada nos hemos sacrificado, creedlo.

Disfrutad de los humildes presentes que nosotras, discípulas de los discípulos de Cristo, damos a los siervos del Señor;

dadnos sólo la alegría de saber que estáis sanos.

Ahora, amado Hijo mío, pienso que desde hace casi un año, ya no eres todo mío.

Y me parece haber vuelto al tiempo en que sabía sí, que Tú ya habías venido, porque sentía tu pequeño corazón latir en mi seno;

pero también podía decir que no habías venido todavía, porque estabas separado de mí por una barrera que me impedía acariciar tu amado cuerpo,

y sólo podía adorar tu espíritu.  ¡Oh, mi querido Hijo y adorable Dios!

También ahora sé que vives y que tu corazón late con el mío, jamás separado de mí aunque esté separado;

pero no te puedo acariciar, oír, servir, venerar, Mesías del Señor y de su pobre sierva.

Juana quería que fuese donde ella para que yo no estuviera sola en la fiesta de las Luminarias.

Pero he preferido quedarme aquí con María a encender las lámparas; por mí y por Tí.

Ya que aunque fuera la mayor de las reinas de la Tierra y pudiera encender mil, diez mil lámparas; estaría en la oscuridad, porque Tú no estás aquí.

Mientras que por el contrario, estaba en la perfecta luz en aquella oscura gruta cuando te tuve en mi corazón, Luz mía y Luz del mundo.

Será la primera vez que me diré: “Mi Niño hoy tiene un año más” sin tener a mi Niño. 

Y será más triste que tu primer cumpleaños en Matarea.

Mas Tú llevas a cabo tu misión y yo la mía.

Y ambos hacemos la Voluntad del Padre y trabajamos para la gloria de Dios: esto enjuga toda lágrima.

Querido Hijo, comprendo lo que haces por lo que me dicen.

Como las olas desde mar abierto llevan la voz de alta mar hasta una solitaria y cerrada bahía,

así el eco de tu santo trabajo por la gloria del Señor llega a la tranquila casita nuestra, a oídos de tu Madre.

Siendo para Ella causa de júbilo, mas también de estremecimiento; porque si todos hablan de Tí, no todos lo hacen con igual corazón.

Vienen amigos y personas que han recibido algún bien, a decirme: “¡Bendito sea el Hijo de tu vientre!”

Y vienen enemigos tuyos a herir mi corazón diciendo: “¡Sea anatema!’.

Mas por éstos yo ruego, porque son unos infelices; más que los paganos, que vienen a preguntarme: “¿Dónde está el mago, el divino?”

Y no saben que dicen una gran verdad, dentro de su error.

Porque verdaderamente Tú eres sacerdote y grande, que es el sentido de esa palabra para la antigua lengua y divino eres, mi Jesús.

Y yo te los mando, diciendo: `Está en Betania’. Porque es lo que sé que tengo que decir, hasta que Tú no lo ordenes de otra manera.

Y ruego por estos que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno.

Y, te lo suplico, no te aflijas por mi dolor: queda compensado por la gran alegría que me producen las palabras de los sanados de alma y de carne.

Pero María sufrió y sufre todavía un dolor más fuerte que el mío. No me hablan sólo a mí.

José de Alfeo quiere que sepas que, durante un reciente viaje suyo de negocios a Jerusalén, lo pararon y lo amenazaron por causa tuya.

Eran hombres del Gran Consejo.

Yo creo que algún grande de aquí les dio la referencia, porque si no ¿Quién podía conocer a José como cabeza de familia y hermano tuyo?

Yo te digo esto por obediencia de mujer. Pero por mí te digo: quisiera estar a tu lado, para confortarte.

De todas formas, actúa Tú, Sabiduría del Padre, sin tener en cuenta mi llanto.

Simón tu hermano, quería casi ir a Tí, después de este hecho.

Y quería ir conmigo, pero la estación en que estamos lo ha retenido.

Y más aún el temor de no encontrarte, porque nos dijeron en tono de amenaza, que Tú donde estás no puedes permanecer.

¡Hijo, Hijo mío, adorado y santo Hijo mío! Estoy con los brazos alzados como Moisés en el monte, para rogar por Tí,

que estás batallando contra los enemigos de Dios y tuyos, mi Jesús al que el mundo no ama.

Aquí ha muerto Lía de Isaac. Lo he sentido mucho porque fue siempre buena amiga mía.

Pero el padecimiento mayor eres Tú, lejano y no amado.

Yo te bendigo Hijo mío. Y así como yo te doy paz y bendición, te ruego dársela Tú a Mamá”.

Pedro grita:

–      ¡Llegan hasta esa casa esos desvergonzados! 

Y Tadeo exclama:

–     José… podía haberse guardado para sí lo sucedido.

Pero… ¡Lo ha llenado de satisfacción el poder comunicarlo!

Felipe sentencia:

–     Grito de hiena no asusta a los vivos. 

Judas dice:

–     Lo malo es que no son hienas, son tigres. Buscan presa viva.

 Y volviéndose hacia Simón Zelote,

le solicita: 

 –   Refiere tú lo que hemos sabido.

Simón relata:

–     Sí, Maestro. El temor de Judas está justificado.

Hemos estado donde José de Arimatea y donde Lázaro; allí abiertamente, como amigos tuyos.

Después, yo y Judas – como si yo fuera un amigo suyo de la infancia – hemos estado donde algunos amigos suyos de Sión…

Bueno, pues José y Lázaro te dicen que dejes este lugar enseguida y vayas adonde ellos durante estas fiestas. Cede, Maestro; es por tu bien.

Además, los amigos de Judas dijeron:

“Mira que ya se ha decidido ir a sorprenderlo para inculparlo. Precisamente en estos días de fiestas en que no hay gente.

Que se retire durante un tiempo, para que queden burladas estas víboraes.

La muerte de Doras ha estimulado su veneno y su miedo, porque además de sentir odio tienen miedo.

El miedo les hace ver lo que no existe y el odio les hace incluso mentir”.

Judas agrega:

–      ¡Todo, pero es que saben TODO de nosotros!

¡Es odioso! ¡Y todo lo alteran, todo lo exageran! Y, cuando les parece que no hay todavía suficiente para maldecir, se lo inventan. Yo me siento asqueado y abatido.

Me viene el deseo de expatriarme, de marcharme…; no sé… lejos… fuera de este Israel que no es sino pecado… 

Judas de Keriot está totalmente deprimido.

Jesús lo exhorta:

–     ¡Judas, Judas!, una mujer para dar a un hombre al mundo trabaja nueve lunas…

Tú para dar al mundo el conocimiento de Dios, ¿Querrías emplear menos tiempo?

Se necesitarán no nueve lunas, sino milenios de lunas; del mismo modo que la luna nace y muere en cada lunación,

manifestándose a nosotros como acabada de nacer, luego llena, luego menguada…

sucederá así siempre en el mundo, mientras exista: habrá fases crecientes, llenas y decrecientes, de religión.

Pero, aun cuando parezca muerta tendrá vida, como la luna, que está aun cuando parece que haya llegado a su fin.

Y quien haya trabajado en esta religión, recibirá el consiguiente pleno mérito, a pesar de que sólo una exigua minoría de almas fieles quede sobre la Tierra.

¡Venga, venga! Nada de fáciles entusiasmos en los triunfos ni de fáciles depresiones en las derrotas.  

Judas responde:

–      No obstante… deja este lugar.

No somos nosotros fuertes todavía y sentimos que frente al Sanedrín tendríamos miedo; yo al menos… los otros, no lo sé…

Pero, hacer la prueba lo considero una imprudencia. Nosotros no tenemos el corazón de los tres jóvenes de la corte de Nabucodonosor.  

Todos los discípulos concuerdan:

–     Sí, Maestro, es mejor.

–     Es prudente.

–     Judas tiene razón.

–     Mira cómo también tu Madre y tus familiares…

–     Y Lázaro y José.

–     Hagámosles venir en vano.

Jesús extiende los brazos y dice:

–     Hágase como queréis; pero luego se vuelve aquí.

Veréis cuántos vienen. Yo ni fuerzo ni tiento vuestra alma; efectivamente, no la siento preparada…

Bueno… veamos los trabajos que han hecho las mujeres.

Pero mientras todos, con ojos risueños y voces de alegría, extraen de las sacas los paquetes con la ropa, las sandalias o los alimentos de las madres y de las esposas…

Y tratan de interesar a Jesús para que admire tanta gracia de Dios, Él permanece triste y absorto.

Se ha retirado con una lamparita al rincón más alejado de la mesa en que están la ropa, las manzanas, recipientes de metal, pequeños quesos… 

Y lee una y otra vez la carta materna, haciendo con una mano de visera para los ojos, parece meditar, pero en realidad está sufriendo.

 Pedro está rebosante de alegría y lo manifiesta,

diciendo:

–      Mira, Maestro, mi esposa, ¡Pobrecilla!

¡Qué prenda tan linda y qué manto con capucha me ha hecho! Quién sabe lo que le habrá costado hacerlo, porque no es tan experta como tu Madre.

Con los brazos cargados de sus tesoros. 

Jesús responde con cortesía:

–     Bonitos, sí, bonitos. Es una esposa excelente – pero con la vista lejos de lo que le ha mostrado.

Santiago de Zebedeo dice:

–     A nosotros nuestra madre nos ha hecho dos túnicas dobles.

¡Pobre mamá! ¿Te gustan, Jesús? Es un color bonito, ¿No es verdad?

–     Muy bonito, Santiago; te quedarán bien.

Tadeo añade:

–     Mira, estoy seguro de que estos cinturones los ha hecho tu Madre; es Ella la que borda así.

Y este velo doble para cubrir del sol, yo también digo que lo ha hecho María; es igual que el tuyo.

La túnica no; ciertamente ha sido nuestra madre la que la ha confeccionado.

¡Pobre mamá! Después de tanto como ha llorado este verano, ve menos y frecuentemente se le rompe el hilo.

¡Qué buena es! – Judas de Alfeo besa la gruesa túnica de color rojo-marrón.

Bartolomé observa:

–     No estás alegre, Maestro.

Ni siquiera miras lo que te han mandado.

Simón Zelote argumenta:

–     No puede estarlo.

Jesús responde:

–     Estoy pensando…

Pero… Volved a hacer los paquetes. Ponedlo todo en orden. No es este el momento de que nos prendan, y no nos prenderán.

Bien entrada la noche, con el claro de la luna, iremos hacia Doco y luego a Betania.  

Juan:

–     ¿Por qué a Doco?

–     Porque allí hay una mujer que se está muriendo y espera de Mí la curación. 

–     ¿No pasamos por casa del encargado?

–     No, Andrés, por ningún sitio.

Así nadie tendrá necesidad de mentir diciendo que no sabe dónde estamos. Si vuestra preocupación es que no nos persigan.

La mía es no crear complicaciones a Lázaro. 

Judas:

–     Pero Lázaro te espera.

–     Y vamos donde él. O, mejor,…

Simón, ¿Me hospedas en la casa de tu viejo siervo?

Zelote responde:

–     Con mucho gusto, Maestro.

Tú ya sabes todo. Por tanto, puedo decirte en nombre de Lázaro, de mí mismo y de quien vive en ella, que esa casa es tuya.  

Jesús apremia:

–     Vamos. Rápido. Para estar en Betania antes del sábado.

Y mientras todos se dispersan con lámparas, para hacer lo que la improvisa partida requiere, Jesús se queda solo.

Vuelve Andrés, se acerca a su Jesús y dice:

–     ¿Y esa mujer?

Me duele abandonarla ahora que parecía que iba a venir… Es prudente… ya lo has visto…

–     Vete a decirle que dentro de un tiempo volveremos y que mientras tanto recuerde tus palabras…

–     Las tuyas, Señor. Yo he dicho sólo las tuyas.

–     Ve. Date prisa.

Y cuida de que nadie te vea. Verdaderamente en este mundo de malvados, los inocentes deben tomar aspecto de pérfidos… 

Todo termina aquí, con esta gran verdad.

70 INICIO DE LA PERSECUCIÓN


70 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes.

Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. 

La tarde desciende a la hora temprana de un día nublado de Noviembre.

Entonces se oye un estrepitoso vocerío en que se escucha la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, mezclada con las altas y chillonas de los hebreos.

Es como la confusión de una lucha.

Y en el instante se oye una voz femenina que grita:

–     ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe.

Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas voltean.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–  ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–    ¡Dejadme pasar, perros judíos!

Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye el alboroto.  

Cuando llega a él, grita:

–     ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

Es el militar con el que habló en una ocasión, en la Puerta  de los Peces.

Y al ver Jesús le dice::

–      ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–      Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

 

Jesús, al verlo le dice:

–     ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño…

Mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada.

Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada…

Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’

Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–     ¿Dónde está?

–      Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–     Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa.

En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando.

El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro.

Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–     La cabeza está abierta por delante y por detrás.

Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza,

Y le dice con infinita dulzura:

–    No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona.

Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza.

El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–     Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–    Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–   ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–   ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. 

Mirando a los presentes, dice:

–     Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan.

Luego ordena a su Predilecto:

–     Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–     ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–    ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados.

Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño.

Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–     Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver.

Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida.

También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración.

La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño, llorando de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–     Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–    Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–     El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo.

Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo.

El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’,

responde:

–     Nosotros no somos perros.

Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús que ha besado y entregado el niño a su madre.

Se pone de pie y dice:

–    ¡Calla, Alejandro! Yo hablo.

Y agrega mirando al que lo arroja:

–     Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–     Pero de explicar en el Templo la Ley, sí.

Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién Eres? ¡Quién Eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–    ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame.

Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo.

Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–    Responde, Judas.

Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–    Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez?

Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–    Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’

Y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías.

Y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’

Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–     Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–     ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–     Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–     Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–     Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–     Entiendo. Vámonos.

Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo.

Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–     Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–     ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron.

Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–     Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–     Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma.

Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú!

Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–     Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

65 EL PRIMER APÓSTOL MÁRTIR


65 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Atraviesan el manzanar y los viñedos y siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo.

Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta.

Es una casa campirana rica y cómoda.

Pedro con Simón, van por delante para avisar.

aparece la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos. una casa de campo, pero rica y cómoda.

Pedro y Simón se adelantan para avisar.

Sale Doras.

Es un viejo con perfil duro y rapaz. Ojos irónicos y boca de sierpe que gesticula con una sonrisa falsa, entre la barba que es más blanca que negra.

Saluda familiarmente y con manifiesta condescendencia:

–    Salud Jesús.

Jesús responde sin darle la paz:

–   Tenla igualmente. 

–   Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.

Jesús puntualiza:

–    Como hombre honrado.

Doras ríe con sorna.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos que no han sido invitados:

–    Entrad. –y mirando al fariseo, agrega- Son mis amigos.

–    Que entren. Pero, ¿Aquel no es el alcabalero; el hijo de Alfeo?

Jesús, poniendo su mano sobre el hombro de Mateo, contesta con un tono glacial y majestuoso:

–    Este es Mateo; el discípulo del Mesías.

El fariseo entiende y ríe con más sorna que antes.

Doras querría aplastar al ‘pobre maestro galileo’ bajo la opulencia de su casa que por dentro es fastuosa. Grandiosa y fría.

Los siervos parecen esclavos, caminan inclinados, rápidos y temerosos siempre de ser castigados al menor pretexto.

La casa da la impresión de que en ella reina la crueldad y el odio. 

Doras dice con soberbia:

–    Mi suegro, Caifás; no creyó que vendrías.

Jesús no se deja aplastar con la ostentación de las riquezas, ni con recordarle la posición y el parentesco.

Y Doras que comprende la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el jardín, en donde hay más árboles.

Le muestra plantas raras y le ofrece frutos de ellas, que los siervos han traído en palanganas y en copas de oro.

Jesús prueba y alaba la exquisitez de las frutas, algunas conservadas como en jalea y adornadas con duraznos bellísimos. Otras parecen peras de un tamaño raro.

Doras no pierde la oportunidad de manifestar:

–    Soy el único en Palestina que tengo estas frutas y creo que ni siquiera las hay en toda la península.

Las mandé traer de Persia y de lugares más lejanos todavía. La caravana me costó casi un talento. Pero ni siquiera los tetrarcas tienen estas frutas.

Probablemente ni el mismo César. Cuento las frutas y recojo todas las semillas. Las peras, sólo se comen en mi mesa, porque no quiero que se roben ni una semilla.

Le envío a Annás, pero tan solo cocidas, porque así ya son estériles.

Jesús dice:

–     Y sin embargo son plantas de Dios. Y los hombres, todos son iguales.

Doras se escandaliza:

–    ¿Iguales? ¡Nooooo! ¿Yo igual a… a tus galileos?

–     El alma viene de Dios y las crea iguales.

El ministro del Templo se esponja como un pavo real y parece erguirse lleno de soberbia cuando dice con manifiesta superioridad:

–           Pero yo soy Doras el fiel Fariseo…

Y continúa con una larga perorata de la supremacía de la clase sacerdotal del pueblo hebreo sobre todos los demás pobres humanos que habitan la tierra. 

Jesús lo atraviesa con sus ojos de zafiro que se encienden cada vez más; señal precursora en Él, de un acto de piedad o de rigor.

Jesús, de vestido purpúreo; es mucho más alto que Doras y domina imponente a este pequeño y encorvado fariseo, embutido en su vestido amplísimo y con una impresionante abundancia de franjas.

Doras, después de un tiempo de auto admiración de sí mismo, exclama:

–     Pero Jesús, ¿Por qué enviar a la casa de Doras el Fariseo puro; a Lázaro, hermano de una prostituta?

¿Lázaro es tu amigo? ¡No debe serlo! ¿No sabes que está en el Anatema, porque su hermana María es una prostituta también de los romanos?

–     El único Lázaro que conozco, es el de sus acciones honradas.

–    Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa.

Y ve que su mancha se extiende también sobre los amigos. ¡No vayas! ¿Por qué no eres Fariseo? Si quieres… yo soy poderoso.

Puedo hacer que te acepten en el Sanedrín, no obstante que tú seas Galileo.

En el Sanedrín puedo todo. Annás está en mis manos, como este pedazo de paño en mi manto. Serás poderoso y temido.

–    Yo solo quiero ser amado.

–    Yo te amaré. Ve cuanto te amo, que te cedo atendiendo a tu deseo a Jonás.

–    Lo he pagado.

–    Es verdad. Y me sorprendió que pudieras disponer de tal cantidad.  

–    No fui Yo. Sino un amigo que lo hizo por Mí.

–    Bien, bien no indago. Digo: ve que te amo y quiero hacerte feliz.

Tendrás a Jonás, después de la comida. Sólo por Ti hago este sacrificio. – y su sonrisa destella con inaudita crueldad.

Jesús lo mira cada vez con mayor rigor. Con los brazos cruzados sobre el pecho.

Están todavía en el huerto del jardín, en espera de la comida.

Con ansiedad mal disimulada, Doras dice:

–    Me debes hacer un favor. Alegría por alegría. Te doy mi mejor siervo.

Me privo por tanto de una utilidad futura. Supe que viniste al principio del verano y tu bendición este año, me dio cosechas que hicieron célebres mis posesiones.

Bendice ahora mis ganados y mis campos.

Para el año próximo extrañaré a Jonás. Y mientras encuentro a otro igual a él; ven. Bendice. Dame la alegría de que se hable de mí por toda Palestina.

Y de tener rediles y graneros que revienten de abundancia. ¡Ven!     

Lo toma por el brazo y lo jala, tratando de llevarlo a la fuerza; empujado por la avaricia y la ambición de su desenfrenada sed por el oro.

Jesús se opone:

–    ¿Dónde está Jonás? –pregunta con energía.

Doras contesta evasivo:

–    En los arados. Ha querido seguir trabajando en agradecimiento a su buen patrón.

Pero vendrá antes de que termine la comida. Mientras tanto, ven a bendecir los ganados y los campos.  Los árboles frutales, las viñas y los olivares.

¡Todo! ¡Todo! ¡Oh! ¡Qué fértiles serán el año entrante! Ven, pues.

Jesús dice con un tono mucho más fuerte:

–    ¿Dónde está Jonás?

–    ¡Ya te lo dije! Al frente de los arados. Es el capataz y no trabaja: preside.

–    ¡Mentiroso!

–    ¿Yo? ¡Lo juro por Yeové!

–     ¡Perjuro!

–    ¿Yo? ¿Yo, perjuro? Yo soy el fiel más fiel. ¡Ten cuidado cómo me hablas!

–     ¡ASESINO!

Jesús ha ido levantando cada vez más fuerte la voz y la última palabra RETUMBA como si fuera un trueno.

Los discípulos se acercan a Él.

Los siervos se asoman por las puertas,  temerosos.

El Rostro de Jesús es formidable en su severidad. Parece como si sus ojos lancen rayos fosforescentes.

A Doras, por un momento lo sobrecoge el miedo.

Se hace más pequeñito, en su montón de tela finísima, junto a la majestuosa persona de Jesús; vestido con su túnica de lana pesada en un tono púrpura.

Más de pronto la soberbia se apodera de él otra vez y grita con voz chillona, como una zorra furiosa:

–  ¡En mi casa sólo yo doy órdenes! ¡Sal de aquí, vil galileo!

–  ¡Saldré después de haberte maldecido a ti, a tus campos, ganados y viñas; para este año y para los que vengan!

Doras chilla como fiera malherida:

–    ¡Nooo! ¡Esto no!

Sí, es verdad. Jonás está enfermo. Pero se ha curado. Se ha recuperado. ¡Retira tu maldición!

Jesús insiste:

–   ¿Dónde está Jonás? –y ordena implacable- ¡Que un siervo me conduzca a él, al punto! Yo lo pagué.

Y puesto que tú lo consideras como una mercancía. Como una máquina; como a tal lo tomo. Y como lo he comprado, lo quiero.

Doras saca un silbato de oro de entre su pecho y silba tres veces.

Acuden corriendo muchos siervos de la casa y del campo, ante su temido dueño.

Éste ordena:

–   ¡Llevad a éste a donde está Jonás y entregádselo! ¿A dónde vas?

Jesús ni siquiera responde.

Camina detrás de los siervos que se han precipitado más allá del jardín; hacia donde están las casuchas de los campesinos.

Entran en la paupérrima choza de Jonás.

Él, literalmente es un esqueleto semidesnudo que respira fatigosamente por la fiebre, sobre un lecho de cañas.

En el que sirve de colchón un vestido remendado. Y de cobija, un manto todavía más roto. Una joven lo cuida como puede.  

Jesús dice con infinita ternura:

–   ¡Jonás, amigo mío! ¡He venido a llevarte!

–   ¿Tú? ¡Señor, mío! ¡Me muero! ¡Pero soy muy feliz por tenerte aquí!

–    Fiel amigo, eres libre desde ahora. Y no morirás aquí. Te llevo a mi casa.

–    ¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Habías prometido que vería a tu Madre.

Jesús es todo amor. Se inclina sobre el miserable lecho del infeliz pastor.

Y dice:

–     Pedro, tú eres fuerte. Levanta a Jonás.

Y vosotros, dadle el manto. Este lecho es demasiado duro para cualquiera en estas condiciones.

Los discípulos rápidamente se quitan los mantos.

Los doblan varias veces y le improvisan una camilla.

Pedro coloca su carga de huesos y Jesús lo cubre con su propio manto.

Cuando está listo Jesús pregunta:

–    Pedro, ¿Tienes dinero?

–   Sí, Maestro. Tengo cuarenta denarios.

–    Está bien. Vámonos.

Ánimo Jonás. Todavía un poco de molestia. Y después, habrá mucha paz en mi casa, cerca de María.

–     María. ¡Sí! ¡Oh! –en medio de su agotamiento, Jonás no hace más que llorar.

Jesús dice a la joven:

–     Adiós, mujer. El Señor te bendecirá por tu misericordia.

–    Adiós, Señor. Adiós Jonás. Ruega. Rogad, por mí. – y la joven llora.

Cuando están por salir, aparece Doras.

Jonás por un momento se llena de terror y se tapa la cara.

 Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado; más severo que un Juez.  

El miserable cortejo sale al patio y toma el camino del jardín.

Doras, en el colmo de la vileza, exclama:

–    ¡Este lecho es mío! ¡Te vendí el siervo, no el lecho!

Jesús le arroja a los pies la bolsa sin hablar.

Doras la toma. La vacía y cuenta…

–    Cuarenta denarios y cinco dracmas. ¡Es poco!

Jesús mira al avariento y repugnante hombre en tal forma, que es imposible describirla. No dice nada.

Doras insiste:

–   Dime al menos que retiras el anatema.

Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una nueva frase:

–     Te pongo en manos del Dios del Sinaí.

Y pasa muy erguido al lado de la rústica camilla que llevan pedro y Andrés.

Doras, al ver que todo es inútil. Que su condena es segura,

Grita:

–    ¡Nos veremos, Jesús! ¡Oh! ¡Te atraparé! ¡Te haré guerra a muerte!

Llévate a esa piltrafa de hombre. Ya no me sirve. Me ahorraré el entierro. ¡Vete! ¡Vete! ¡Satanás maldito!

¡Pondré contra Tí a todo el Sanedrín! ¡Satanás! ¡Satanás!

Jesús aparenta no oír.

Los discípulos están consternados.

Jesús se preocupa sólo de Jonás. Busca los caminos más planos.

Pero desde el Esdrelón hasta Nazareth, el camino es largo y no se puede avanzar ligeros con la piadosa carga.

Continúan en silencio por el camino principal.

Jonás parece que duerme, pero no suelta la mano de Jesús.

Al atardecer son alcanzados por un carro militar romano.

Jesús levanta el brazo y dice:

–   En el Nombre de Dios, deteneos.

Los soldados se detienen. Del carro se asoma la cabeza de un tribuno militar.

Éste pregunta a Jesús:

–   ¿Qué quieres?

–   Tengo un amigo que se está muriendo. Os pido para él, un lugar en el carro.

–   No debería. Pero sube. Tampoco somos perros.

Suben la camilla.

El tribuno pregunta:

–     Tú amigo… ¿Quién eres?

–     Jesús de Nazareth. 

El oficial lo mira curioso y dice:

–     ¡Oh! ¿Tú? ¡Entonces sí eres tú!

Subid cuantos podáis. Basta con que no os asoméis. Así son las órdenes.

Pero sobre las órdenes está el ser humano. ¿O no? ¡Y Tú eres Bueno, lo sé! ¡Eh! Nosotros los soldados, todo lo sabemos. 7

¿Cómo lo sé? Hasta las piedras hablan en bien y en mal. Nosotros tenemos orejas para oír y servir al César.

Tú no eres un falso Mesías como los anteriores, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe.

Observa mejor a Jonás y exclama:

–    Oye, pero… ¡Este hombre está muy enfermo!

Jesús responde:

–    Por eso lo llevo a casa de mi Madre.

–   ¡Ummm! ¡Poco tendrá que cuidarlo! Dale un poco de vino de esa cantimplora.

¡Áquila! –Llama al conductor y ordena-  Arrea los caballos.

–   ¡Quinto! Tú dame dos raciones de pan, de miel y mantequilla de las mías.

Y explica a Jesús:   

–    Es todo lo que tengo, pero le hará bien. Para la tos que trae, la miel le aliviará.

–    Eres bueno.

–    No. Soy menos malo que muchos. Estoy contento de tenerte conmigo.

Acuérdate de Publio Quintiliano de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Ptolemaida. Estoy en inspección de orden.

–    No me tratas como a enemigo.

–    ¿Yo? Soy enemigo de los malos. Jamás de los buenos. Yo también quisiera ser bueno. Dime, ¿Qué doctrina predicas, para nosotros los hombres de armas?

–   La doctrina es única para todos los hombres. Justicia, honradez, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos.

Aún en los duros momentos de la guerra, no olvidar al ser humano.

Buscar de conocer la Verdad; o sea, a Dios Uno y Eterno, sin cuyo conocimiento cualquier acción está privada de la Gracia y por lo tanto del premio eterno.

–   Y cuando esté muerto, ¿Qué me interesa el bien hecho?

–    Quién se acerca al Dios Verdadero, encuentra ese bien en la otra vida.

–   ¿Volveré a nacer? ¿Acaso seré emperador?

–    No. Te haces igual a Dios, al unirte con Él en la eterna beatitud del Cielo.

–    ¿Cómo? ¿Yo en el Olimpo? ¿Entre los dioses?

–    No existen los dioses. Existe el Dios Verdadero.

El que Yo predico. El que te oye y pone una señal en tu bondad y en tu deseo de conocer el bien.

–   ¡Esto me basta! No sabía que Dios se pudiese ocupar de un pobre soldado pagano.

–   Él te creó, Publio. Por eso te ama y quiere que estés con Él.

–   ¡Eh! ¿Por qué no? Pero nadie nos habla de Dios, jamás.

–   Vendré a Cesárea y me escucharás.

El romano extiende el brazo y afirma:

    ¡Oh, sí! ¡Iré a oírte! Allá está Nazareth. Quisiera llevarte hasta allá. Pero si me ven…  

–    Desciendo y te bendigo por tu buen corazón.

–    Salve, Maestro.

–    El Señor se os muestre. ¡Adiós, soldados!

Descienden y vuelven a caminar.

Jesús dice alentando al enfermo:

–    Jonás, en breve vas a descansar.

Jonás sonríe. Conforme la tarde avanza, está más seguro de estar más lejos de Doras. Y más tranquilo se muestra.

Juan con su hermano Santiago, corren adelante para avisar a María.

Y cuando el pequeño cortejo llega a Nazareth, que está casi desierto en la noche que cae; María está afuera, esperando a su Hijo.

Cuando se encuentran, Jesús dice:

–    Aquí está Jonás. Bajo tu dulzura comenzará a gustar de su paraíso. ¡Feliz Jonás!

–   ¡Feliz! ¡Feliz! –murmura el extenuado pastor, como en un éxtasis.

Entran en la casita y se le lleva a la habitación en donde murió José.

Jesús dice:

–    Estás en el lecho de mi padre. Aquí estamos mi Mamá y Yo, ¿Ves?

Nazareth se convierte en Belén y tú ahora eres el pequeño Jesús, entre dos que te aman.

Ellos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves los ángeles, pero revolotean a tu alrededor, con alas de luz y cantan las palabras del canto navideño.

Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que poco a poco va debilitándose.

Parece que hubiera aguantado tanto, solo para morir aquí. Pero es feliz.

Sonríe y trata de besar la mano de Jesús; la de María y decir… decir…

Pero la falta de aliento se lo impide.

María, cual madre lo conforta.

Jonás repite con un hilo de voz:

–   Sí. Sí. –con una sonrisa en su cara de esqueleto.

Los discípulos miran  conmovidos desde la puerta del huerto.

Jesús le dice:

–    Dios ha escuchado tu gran deseo.

La estrella de tu larga noche, se convierte ahora en la estrella de tu eterno amanecer. ¿Sabes su nombre?

El agonizante responde

–   Jesús. El tuyo, ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles…

¿Quién está cantándome el himno angelical. Mi alma lo oye. Pero también mis orejas lo quieren oír. ¿Quién lo canta para hacerme feliz?… tengo mucho sueño.

Estoy tan cansado. ¡Muchas lágrimas! Muchos insultos… ¡Doras!… yo lo perdono.

Pero no quiero oír su voz y la oigo. Es como la voz de Satanás que no quiere dejarme en paz.

¡Oh! ¿Quién me cubre esa voz, con palabras venidas del Paraíso?

Es María; que vuelve a cantar en voz baja y en el mismo tono, el cántico con el que arrullaba a Jesús Niño…

Y lo repite porque ve que Jonás se tranquiliza al oírla.  

Después de unos minutos, Jonás dice:

–           ¡Doras ya no habla más! Sólo los ángeles… era un Niño en un pesebre… entre un buey y un asno… Y era el Mesías… Y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…  -la voz se apaga en un breve murmullo. Y sigue el silencio…

Jesús dice:

–           ¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! ¡Ha muerto! Lo pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos, junto a  mi justo padre.  

43.- EL AMOR ENTRE EL SUFRIMIENTO


88 – 43 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Por un senderillo entre campos quemados – sólo rastrojos y grillos – Jesús camina entre Leví y Juan.

Detrás, en grupo, van José, Judas y Simón.

Es de noche y sin embargo, no se siente refrigerio. La tierra es fuego que continúa ardiendo incluso después del incendio del día.

El rocío no puede nada contra este bochorno: tan fuerte es la llamarada que sale de los surcos y de las grietas del suelo, que se seca incluso antes de tocar el suelo.

Todos caminan en silencio, fatigados y acalorados.

Jesús sonríe y pregunta a Leví:

–    ¿Lo encontraremos?

El pastor contesta:

–     Ciertamente. Por este campo guarda la mies y todavía no ha empezado la recolección de frutas.

Los campesinos por eso están ocupados en vigilar los viñedos y los árboles frutales, protegiéndolos de los ladrones. Sobre todo cuando los amos son aborrecidos, como el que tiene Jonás.

Samaría está cercana y cuando ellos pueden… ¡Oh! Con gusto a nosotros los de Israel, nos causan daño. Aunque saben que luego a los criados se les apalea. Pero como nos odian tanto.

–    No tengas rencor, Leví.

–    No. Pero Tú mismo verás como por culpa suya, Jonás fue golpeado hace como cinco años. 

Desde entonces pasa la noche en guardia. El flagelo es un suplicio cruel…

 

–    ¿Todavía nos falta mucho para llegar?

–    No, Maestro.

¿Ves allá donde terminan estos campos y empieza aquel monte oscuro? Allá están las arboledas de Doras, el duro fariseo.

Si me permites, me adelanto para que me oiga Jonás.

–     Ve.

Juan pregunta a Jesús:

–    Pero Señor mío. ¿Así son todos los fariseos? ¡Oh! ¡Yo jamás querría estar a su servicio! Prefiero la barca.

Jesús, un poco serio, pregunta a su vez:

–    ¿Es la barca tu predilecta?

Juan se apresura a contestar:

–    No. ¡Eres Tú! La barca lo era cuando ignoraba que el Amor estaba en la tierra.

Jesús ríe de su vehemencia y dice bromeando:

–    ¿No sabías que en la tierra estaba el Amor? Entonces ¿Cómo naciste, si tu padre no amaba a tu madre?

–     Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor. Tú eres el Amor sobre la tierra para el pobre Juan.

Jesús lo estrecha contra sí y dice:

–    Deseaba oírtelo decir.

El Amor está ansioso de amor y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, como estas que caen del cielo, tan insignificantes que se consumen, mientras caen, en la ola de calor estival.

Como también las gotas de amor de los hombres se consumirán a mitad de camino, eliminadas por llamaradas de demasiadas cosas.

El corazón seguirá destilándolas, pero los intereses, los amores, los negocios, la avidez… muchas, muchas cosas humanas las harán evaporarse. Y, ¿Qué subirá a Jesús?

¡Oh, demasiado poco! Los restos. De entre todos los latidos humanos, los que queden, los latidos interesados de los humanos para pedir, pedir, pedir mientras la necesidad urge.

Amarme por amor sin mezcla de otra cosa será propiedad de pocos: de los Juanes… Observa una espiga renacida. Es, quizás, una semilla caída durante la cosecha.

Ha sabido nacer, resistir el sol, la sequía, crecer, desarrollar los primeros brotes, echar espiga… Mira: ya está formada. Sólo ella vive en estos campos asolados.

Dentro de poco los granos maduros caerán al suelo rompiendo la lisa cascarilla que los tiene ligados al tallo, y serán caridad para los pajaritos, o, dando el ciento por uno, volverán a nacer una vez más.

Y antes de que el invierno vuelva a traer el arado a los terrones, estarán de nuevo maduros y darán de comer a muchos pájaros, oprimidos por el hambre de las estaciones más tristes…

¿Ves, Juan mío, lo que puede hacer una semilla intrépida? Así serán los pocos que me amen por amor.

Uno sólo servirá para el hambre de muchos, bastará uno para embellecer la zona en que lo único que hay – había – es la fealdad de la nada, uno sólo bastará para crear vida donde antes había muerte.

A él se acercarán los hambrientos, comerán un grano de su laborioso amor y luego, egoístas y disipados, volarán.

Pero incluso sin saberlo ellos ese grano depositará gérmenes vitales en su sangre, en su espíritu… y volverán… Y hoy, y mañana, y al otro, como decía Isaac, los corazones crecerán en el conocimiento del Amor.

El tallo, desnudo, ya no será nada, un hilo de paja quemado, pero su sacrificio ¡Cuánto bien producirá!, su sacrificio ¡Cuánto será premiado!

Jesús – que se había detenido un instante ante una frágil espiga nacida al borde del sendero, en una cuneta que en tiempos de lluvias quizás era una acequia, prosigue su camino.

Juan mientras, lo escucha embelesado.

Los otros, que van hablando entre sí, no se dan cuenta del dulce coloquio.

Llegan al huerto, se detienen, y se reúnen todos.

El calor es tal, que sudan a pesar de no llevar manto. Callan y esperan.

Del follaje espeso apenas iluminado por la luna, emergen dos figuras: destaca la silueta clara de Leví y detrás, otra sombra más oscura.

Leví anuncia:

–      Maestro, aquí está Jonás.

Jesús saluda desde aquí:

–      ¡Recibe mi paz! – aún cuando aún Jonás no ha llegado donde Él.

Pero Jonás no responde, corre a su encuentro y llorando, se arroja a sus pies y los besa.

Cuando puede hablar dice:

–      ¡Cuánto te he esperado! ¡Cuánto!

¡Qué desconsuelo sentir la vida pasar, venir la muerte, y deber decir: “¡Y no lo he visto!“! Y sin embargo, no, no toda la esperanza moría, ni siquiera una vez que estuve a las puertas de la muerte.

Decía: Ella lo dijo: `Vosotros aún le serviréis‘ y Ella no puede haber dicho nada que no sea verdad. Es la Madre del Emmanuel;

por tanto, ninguna tiene consigo a Dios más que Ella, y quien a Dios tiene conoce las cosas de Dios.

Jesús contesta:

–       Levántate. Ella te saluda. Cerca de ti la has tenido y la tienes cerca. Reside en Nazaret.

–      ¡Tú! ¡Ella! ¿En Nazaret? ¡Oh, si lo hubiera sabido…!

De noche, en los fríos meses del hielo, cuando duermen los campos y los malintencionados no pueden perjudicar a los cultivadores, habría ido corriendo a besaros los pies.

Y me habría regresado con mi tesoro de certeza. ¿Por qué no te has manifestado, Señor?

–      Porque no era la hora. Ahora sí. Hay que saber esperar.

Tú lo has dicho: “En los meses del hielo, cuando los campos duermen” y ya han sido sembrados, ¿No es cierto? 

Pues bien, Yo era también como el grano sembrado. Tú me habías visto en el momento de la siembra.

Luego había desaparecido sepultado bajo un silencio obligatorio, para crecer y llegar al tiempo de la cosecha y resplandecer ante los ojos de quien me había visto Recién Nacido.

Y también ante los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado. Ahora el Recién Nacido preparado para ser Pan del mundo.

Y en primer lugar busco a mis fieles, y les digo: “Venid. Saciad vuestra hambre conmigo”.

El hombre lo escucha sonriendo dichoso, mientras dice como para sí, « ¡Oh! ¡Es verdad, vives! ¡Eres Tú, es verdad!

Jesús pregunta:

–    ¿Has estado a punto de morir? ¿Cuándo?

–    Cuando me azotaron a muerte, porque a dos parras mías les habían robado.

¡Mira cuantos cardenales!…

Se baja la túnica y muestra los hombros del todo marcados con heridas estriadas y la espalda, que es como una pintura de cicatrices caprichosas.

Y agrega:

–     Me pegó con un cordel de hierro. Contó los racimos que se habían llevado y revisó donde las uvas fueron arrancadas. Y por cada una, me dio un golpe más… hasta que quedé medio muerto.

Me socorrió María, la joven esposa de un compañero mío. Siempre me ha estimado. Su padre era el encargado antes de mí. Cuando vine aquí le tomé cariño a la niña porque se llamaba María. 

Me cuidó y me curé, aunque hicieron falta meses porque las llagas con el calor habían tomado un aspecto malísimo y daban fiebre fuerte.

Dije al Dios de Israel: “No importa. Permíteme volver a ver a tu Mesías y no me importará este mal; tómalo como sacrificio.

No puedo ofrecerte un sacrificio nunca. Soy siervo de un hombre cruel, Tú lo sabes. Ni siquiera durante la Pascua me permite ir a tu altar. Tómame a mí como hostia. ¡Pero, dame a Jesús!

Jesús le dice.

–      Y el Altísimo ha satisfecho tu deseo. Jonás, ¿Me quieres servir, como ya lo hacen tus compañeros?

–      ¡Oh!, Y ¿Cómo podré hacerlo?

–      Como lo hacen ellos. Leví sabe cómo. Te dirá lo simple que es servirme a mí. Quiero sólo tu buena voluntad.

–      La buena voluntad te la he ofrecido incluso cuando, recién nacido llorabas.

Por ella he superado todo, tanto los momentos de desolación como los odios. Es… que aquí se puede hablar poco.

El patrón una vez me dio de patadas, porque yo insistía diciendo que Tú existías.

Pero cuando él estaba lejos, y con quien podía fiarme, yo narraba el prodigio de aquella noche.

–      Pues entonces ahora narra el prodigio del encuentro conmigo.

Os he encontrado a casi todos… Y todos fieles. ¿No es esto un prodigio? Por el simple hecho de haberme contemplado con Fe y amor os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

–      ¡Oh, ahora sí que voy a tener un valor…, un valor…! Ahora sé que vives y puedo decir: “Está allí. ¡Id a Él!…”. Pero ¿Dónde, Señor mío?

–       Por todo Israel.

Hasta Septiembre estaré en Galilea; frecuentemente en Nazaret o Cafarnaúm, allí se me podrá encontrar.

Luego… estaré por todas partes; he venido a reunir a las ovejas de Israel.

–      ¡Ay, Señor mío, te encontrarás muchas cabras! ¡Desconfía de los poderosos de Israel!

–      Si no es la hora, ningún mal me harán. Tú, a los muertos, a los que duermen, a los vivos, diles: “El Mesías está entre nosotros”

–      ¿A los muertos, Señor?

–       A los muertos del espíritu.

Los otros, los justos muertos en el Señor, ya exultan de gozo por la liberación del Limbo, que ya está cercana.

Diles a los muertos que soy la Vida, diles a los que duermen que soy el Sol que sale y saca del sueño, diles a los vivos que soy la Verdad que ellos buscan.

–     ¿Curas también a los enfermos? Leví me ha hablado de Isaac. ¿Sólo para él el milagro, porque es tu pastor, o para todos?

–     A los buenos, el milagro como justo premio; a los menos buenos, para impulsarlos a la verdadera bondad.

A los malvados, también en alguna ocasión, para removerlos de su estado y persuadirlos de que Yo soy y de que Dios está conmigo.

El milagro es un don. El don es para los buenos. Pero, Aquel que es Misericordia y que ve la pesantez humana, no removible sino por un hecho extraordinario,

recurre a esto también para poder decir: “He hecho todo con vosotros y de nada ha servido. Decid entonces vosotros mismos qué más os debo hacer”.

–     Señor, ¿No te da asco entrar en mi casa?

Si me aseguras que no vienen los ladrones a la propiedad, quisiera hospedarte y llamar a los pocos que te conocen a través de mi palabra para reunirlos en torno a Tí.

El patrón nos ha doblegado y quebrado como a tallos despreciables. Sólo nos queda la esperanza de un premio eterno.

Pero si Tú te manifiestas a los corazones oprimidos tendrán nuevo vigor.

–    Voy. No temas por los árboles ni por las viñas. ¿Puedes creer que los ángeles vigilarán fielmente en lugar de ti?

–    ¡Oh! ¡Señor! Yo he visto a tus siervos celestes. Creo. Voy seguro contigo.

¡Benditos estos árboles y estas cepas que poseen viento y canción de alas y voces angélicas! ¡Bendito este sueño que santificas con tu pie! ¡Ven, Señor Jesús!

¡Oíd, árboles y vides, oíd, terrones levantados por el arado: Aquel Nombre que os confié para paz mía, ahora se lo dirijo a Él! ¡Jesús está aquí!

¡Escuchad! ¡Por ramas y sarmientos discurra a borbotones la savia, el Mesías está con nosotros!

Jonás está exultante de alegría. Y los lleva hacia su pobre choza.

Todo termina con estas palabras gozosas.

26 RECEPCIÓN EN BELÉN


26 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Más tarde…

La noche cubre la tierra. La luna ilumina con su claridad.

Los ruiseñores cantan entre las ramas de los olivos. Un río cercano es como una cinta de plata melodiosa.

De los prados segados se levanta el olor del heno. Algún mugido. Algún balido…

Y estrellas… estrellas y más estrellas.

En campo lleno de estrellas en el manto del cielo, que parece una sombrilla de piedras preciosas, sobre las colinas de Belén.

Siguen caminando hasta…

Judas dice:

–        Pero aquí son ruinas… ¿A dónde nos llevas? La ciudad está más allá.

Jesús contesta:

–        Lo sé. Ven. Sigue el río, detrás de Mí. Unos pocos pasos más y después…

Después te ofreceré la habitación del Rey de Israel.

Judas encoge los hombros y calla.

Llegan a un montón de casas en ruinas. Restos de habitaciones.

Una cueva entre dos hendiduras de una gran muralla.

Jesús pregunta:

–    ¿Tenéis yesca?

Simón saca de su alforja una lamparita y se la da.

Jesús avanza hasta la entrada y levantando la lamparita,

Dice:

–      Entrad. Ésta es la alcoba en donde nació el Rey de Israel.

Judas está espantado…

Y pregunta:

–      ¿Juegas, Maestro? Esta es una cueva.

De veras que yo aquí no me quedo. Me repugna. Está húmeda, fría, apestosa, llena de escorpiones, tal vez de serpientes…

Jesús dice:

–      Y con todo, amigos. Aquí, el veinticinco de las Encenias. De la Virgen nació Jesús, el Emmanuel; el Verbo de Dios hecho carne por amor del hombre.

Yo que les estoy hablando. Entonces como ahora, el mundo fue sordo a las voces del Cielo que le hablaban al corazón. Y rechazó a mi Madre. Y aquí…

No, Judas. No apartes con disgusto tus ojos de esos murciélagos que andan revoloteando.

De esas lagartijas, de esas telarañas. No levantes con desdén tu hermosa y recamada vestidura, para que no roce el suelo cubierto por el  excremento de animales.

Esos murciélagos descienden de los que fueron los primeros juguetes que miraban los ojos del Niño a quién cantaban los ángeles el ‘Gloria’,

Que escucharon los pastores que estaban ebrios solamente de alegría extática; de la verdadera alegría.

Esas lagartijas color esmeralda, fueron los primeros colores que hirieron mi pupila, junto con el blanco vestido y el rostro de mi Madre.

Esas telarañas fueron el baldaquín de mi cuna real. Ese suelo…

¡Oh! Lo santificaron los pies de Ella; la santa, la gran santa, la Pura, la inviolada,

La Doncella Deípara, la que tenía que dar a  Luz.

La que por obra de Dios dio a luz sin intervención humana.

Ella, la sin Mancha; ha hollado este suelo.

Tú puedes pisarlo y a través de las plantas de tus pies, quiera Dios que suba a tu corazón, la Pureza que Ella derramó…

Simón se ha arrodillado.

Juan va derecho al pesebre y apoyando la cabeza sobre la madera, llora.

Judas está aterrado…piensa…

Recuerda las Profecías…

Reflexiona…

Finalmente se deja vencer por la emoción…

Y olvidando su hermosa vestidura. Se arroja al suelo.

Toma la orla de la túnica de Jesús, la besa y se golpea el pecho diciendo:

–       Maestro Bueno, ¡Ten misericordia de la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae…

Te veo cual Eres. No el rey que yo pensaba. Sino el Príncipe Eterno, el Padre del Siglo Futuro. El Rey de la Paz.

¡Piedad, Señor mío y Dios mío! ¡Piedad!

Jesús lo mira con infinita compasión y dice:

–        Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos en donde durmieron el Infante y la Virgen.

Allí donde Juan ha tomado el lugar de mi Madre en adoración…

Aquí, en donde Simón parece mi padre adoptivo.

O si os parece, os platicaré de aquella noche…

Judas exclama:

–       ¡Oh! ¡Sí, Maestro! Háblanos de tu florecimiento a la vida.

Simón confirma:

–        Para que sea perla de luz en nuestros corazones y para que lo podamos contar al mundo.

Juan dice sonriendo y llorando:

–        Y venerar a tu Madre, no solo porque es tu madre, sino por ser…

¡Oh! ¡La Virgen!

Jesús los invita:

–        Venid al heno. Escuchad.

Y Jesús empieza a hablar de la Noche de su Nacimiento…

–        Cuando ya mi Madre estaba próxima a dar a luz, llegó por orden de César Augusto, el bando que publicó su delegado imperial Publio Sulpicio Quirino.

En Palestina el gobernador era Senzio Saturnino. El bando era para hacer el censo de todos los habitantes del imperio.

Los súbditos tenían que ir a su lugar de origen para inscribirse en los registros del imperio.

José, el esposo de mi Madre y Ella, obedecieron.

Salieron de Nazareth, para venir a Belén, cuna de la estirpe real.

Era invierno y estaba haciendo mucho frío…

Todos escuchan muy atentos.

La mañana siguiente al amanecer…

Son las primeras horas de una luminosa mañana de verano.

El cielo toma unas pinceladas de rosa en algunas finas nubecitas que parecen deshiladuras de gasa perdidas en una alfombra de raso turquino.

Hay todo un cantar de pájaros, ya ebrios de luz: gorriones, mirlos, petirrojos silban, gorjean, riñen por un tallito, por una larva, por una ramita que llevarse al nido, por una larva para llenar el buche.

Por una ramita que les sirva como dormitorio.

Las golondrinas se lanzan como saetas, desde el cielo al pequeño riachuelo para mojarse el pecho de nieve, coloreado en su ápice de óxido.

Y tomada la frescura de la ola, atrapada la mosquita que aún duerme colgada de un tierno tallo, se vuelven hacia arriba con un rapidísimo zigzag, como el destello de una hoja bruñida, chillando alegres.

Dos aguzanieves, vestidas de seda cenicienta, pasean graciosas como dos damiselas a lo largo de la orilla del riachuelo,

manteniendo bien alta la larga cola adornada de velludillos negros; se miran en el agua, se ven hermosas.

Continúan su paseo mientras un mirlo, verdadero pilluelo del bosque, les hace burla y los silba por detrás con su largo pico amarillo.

Dentro de un tupido manzano silvestre, que se yergue solitario junto a las ruinas, una ruiseñora llama insistentemente a su compañero.

Y se calla sólo cuando lo ve llegar con una larga larva que se retuerce oprimida por el fino pico.

Dos palomas zuranas, que probablemente huyeron de algún palomar ciudadano y que han elegido vivir libremente entre las grietas del torreón derruido,

se entregan canturreando a sus manifestaciones de afecto: él seductor, pudorosa ella.

Jesús, con los brazos cruzados, contempla a todos estos los pajarillos que cantan, charlan, pelean, vuelan, se cortejan.

Alimentan a sus polluelos, se bañan, juegan…

Y sonríe al ver a sus criaturas tan alegres.

Simón pregunta detrás de Él:

–      ¿Tan temprano, Maestro?

Jesús contesta:

–       Sí. ¿Todavía están durmiendo los otros?

–       Todavía.

–       Son jóvenes. Yo me bañé en el río. El agua está fresca y despeja la mente.

–       Ahora sigo yo.

Mientras Simón se baña y luego se viste;

asoman la cabeza Judas y Juan.

Los dos saludan y preguntan:

–        Dios te guarde, Maestro.

–        ¿Estamos retrasados?

Jesús les contesta amoroso:

–        No. Apenas amanece. Pero apresurémonos, porque ya nos vamos.

Los dos se asean y se visten.

Cuando están listos, Jesús arranca unas florecillas que han brotado entre las piedras.

Las guarda en una cajita de madera mientras dice:

–    Se las llevaré a mi Madre. Le gustarán. ¡Vámonos!

Judas pregunta:

–       ¿A dónde, Maestro?

–        A Belén.

–       ¿De veras? A mí me parece que no nos sopla buen aire…

–        No importa. Iremos a donde bajaron los Magos y donde me encontraron a Mí.

–        Si es así, Maestro. Perdona y permite que organice yo. En Belén en el albergue, seré yo el que hable y pregunte.

En Judea no hay mucho cariño para los galileos y mucho menos aquí. Tú y Juan parecéis galileos por los vestidos tan sencillos y luego… ¡Esos cabellos!

¿Por qué os gusta tenerlos tan largos?… Simón y yo os daremos nuestro manto y vosotros nos daréis el vuestro.

Simón, dale el tuyo a Juan.

Y yo al Maestro. –mientras habla, hace lo que dice- Así… así… ¿Ves?

Al punto parecéis un poco más judíos.

Ahora, esto…- lo cubre con el capucho.

Se lo acomoda en las mejillas, para ocultar sus largos cabellos rubios.

Luego hace lo mismo con Juan.

Judas admira su obra:

–       ¡Ah! ¡Ahora está mejor! ¡Tengo el sentido práctico!

Jesús recomienda:

–        Sí. Es cierto, Judas. Tienes el sentido práctico, no hay duda. Pero procura que no exceda al otro sentido.

–       ¿A cuál, Maestro?

–        Al sentido espiritual.

–        Lo haré. Pero en ciertos casos es mejor comportarse como políticos, más que como diplomáticos.

Jesús pregunta perplejo:

–        ¿Qué quieres decir con eso?

Judas explica conciliador:

–        Escucha. No te enojes. Es por tu bien. No me desmientas si digo algunas cosas que no son tan verdaderas.

–        ¿Qué quieres dar a entender? ¿Por qué mentir? Yo Soy la Verdad y no amo la mentira. Ni en Mí, ni en los míos.

–        Pero… es que sólo diré medias mentiras ‘convenientes’. O más bien, verdades a medias.

Por otra parte, seré yo el que hable. En el fondo, habrá un poco de verdad.

Mentira más, mentira menos…

–         Pero, Judas. ¿Por qué engañar?

–         No te preocupes, Maestro. El mundo se gobierna con mentiras. Algunas veces son necesarias.

Bueno, para contentarte, diré que venimos de lejos y que somos judíos. Esto es verdad en un 75%

Y tú, Juan. ¡No abras para nada la boca! Nos delatarías.

Juan dice:

–         No diré nada.

Judas advierte:

–         Si las cosas salen bien… aunque no estoy tan seguro; diremos lo que falta.

No lo espero. Soy astuto y las tomo al vuelo.

Jesús advierte:

–         Ya lo veo, Judas. Y me gustaría que fueras más sencillo.

Judas toma una actitud despreocupada y dice:

–         Ser así,  sirve para muy poco. En tu grupo seré yo el que tome las misiones difíciles. Déjame que yo me las arregle.

Jesús no lo desea mucho, pero cede.

Empiezan a caminar y rodean las ruinas. 

Encuentran un grupo de camellos y dromedarios.

Entran en Belén.

Van a la plaza. Es día de mercado y está llena de gente.

Y llegan al albergue.

Por el portón abierto sale una hilera de asnos cargados con mercancías.

Judas es el primero en entrar.

Adopta una pose arrogante y mira altanero a su alrededor.

Agarra a un mozo bajito, sucio, andrajoso.

Y le grita:

–      ¡Mozo! ¡El patrón! ¡Pronto!

¡Muévete rápido que no estoy acostumbrado a esperar!

El muchacho por ir rápido, tira la escoba.

Jesús exclama:

–      ¡Pero, Judas! ¡Qué modales!

Judas responde sin abandonar su postura:

–      Por favor, Maestro. No digas nada. Déjame que yo me las entienda. Nos deben creer ricos y de ciudad.

El patrón viene corriendo y se deshace en inclinaciones delante de Judas que se ve muy majestuoso con su rica vestidura de color oro pálido.

Con rayas y franjas de diferentes colores y el manto rojo acerino de Jesús.

Judas habla con altivez:

–      Nosotros venimos de lejos. Somos judíos de la comunidad asiática.

Señala a Jesús y agrega:

–     Este betlemita de nacimiento busca a sus queridos amigos de aquí.

Y nosotros junto con Él venimos desde Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos informes?

El hombre contesta obsequioso:

–     Señor, estoy para servirte. Ordena.

–     Necesitamos noticias de muchos. Buscamos a Anna, la mujer que habitaba aquí frente al albergue.

–     ¡Oh! ¡Desgraciada! No encontrarás a Anna sino en el Seno de Abraham y a sus hijos con ella.

–     ¿Muerta? ¿Por qué?

–     ¿No sabéis nada de la masacre de Herodes?

¡Todo el mundo habló de él y hasta César lo declaró: ‘Cerdo que se alimenta de sangre’ ¡Bah!

¡Oh, qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres en realidad judío?

–      He aquí la señal de mi tribu.

Le muestra un símbolo bordado en su vestido….

Y continúa:

–       Así pues, habla.

–       A Anna la mataron los soldados de Herodes, con todos sus hijos, menos una.

–      ¿Pero por qué?… ¡Era muy buena!

–      ¿La conociste?

Judas apenas tiene 23 años de edad y se le notan.

Pero no se desconcierta en lo más mínimo.

Y miente descaradamente:

–       ¡Vamos que sí!

El hombre hace un gesto evadiendo.

Y responde:

–      La mataron porque dio hospitalidad a los que se decían ser padre y madre del Mesías… pero mejor vayamos a aquella habitación.

Las paredes tienen oídos. Y hablar de ciertas cosas, es peligroso.

Los pasa a una habitación pequeña y se sientan sobre un diván.

El hombre continúa:

–      ¡Ea! ¡He tenido buen olfato! No por nada soy hospedero. Tengo la malicia en la sangre. En este negocio hay que usarla porque conoces mucha gente.

Yo no los quise. Hubiera podido encontrarles un rincón. Pero sólo eran unos galileos pobres y desconocidos. ¡He! ¡A Ezequias no se le engaña!

Luego, luego se notaba que eran diferentes. Aquella mujer tenía algo que me hacía rechazarla.

Anna era más inocente que una ovejilla. Y los hospedó un tiempo, ya con el niño.

Decían que era el Mesías. ¡Oh! ¡Cuánto dinero gané en aquellos días! ¡Qué censo, ni qué nada! Venían aún aquellos que no tenían nada a qué venir.

Durante meses vinieron muchos de tierras lejanas. ¡Qué ganancias tuve!

Finalmente vinieron tres reyes poderosos.

Tres Magos… ¡Qué sé yo! Tenían un cortejo que no acababa nunca.

Me rentaron todas las habitaciones y me compraron con oro tanto heno, como para todo un mes.

Y al día siguiente se fueron, dejándolo todo.

¡Oh! Yo solo puedo hablar bien del Mesías verdadero o falso que haya sido. Me permitió ganar dinero por montones.

Yo no he tenido ningún desastre. Ni siquiera muertos, porque apenas me había casado. ¡Pero a los demás!…

–     Queremos ver los lugares de la matanza.

–    ¿Los lugares?… pero eso ocurrió en todas las casas. Fueron muchísimos muertos. Venid conmigo.

Suben por una escalera hasta una gran terraza.

Desde lo alto se ven grandes terrenos y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

–     ¿Veis aquellas ruinas?

Allí ardieron también las casas, porque los padres defendieron a sus hijos con las armas.

¿Veis aquello que parece un pozo cubierto de hierba?…

Son los restos de la sinagoga. Fue quemada junto con el arquisinagogo que aseguraba que aquel era el Mesías.

La quemaron los que enloquecieron por el dolor en la masacre de sus hijos.

Allá…

¿Veis aquellos sepulcros? Son los de las víctimas.

Todos eran unos niños inocentes.

También los padres y las madres de ellos.

¿Veis aquel tanque de agua?

El agua se volvió roja, después de que los sicarios lavaron sus armas y sus manos en ella.

Allá está el río.

También enrojeció con la sangre que recogía de las cloacas.

Y allí, exactamente frente a mí. Está lo único que queda de Anna.

Jesús está llorando.

El hospedero le pregunta:

–      ¿La conocías mucho?

Judas le responde:

–       Era como una hermana para su Madre.

se vuelve hacia Jesús y le pregunta:

–      ¿O no es así, amigo mío?

Jesús contesta:

–       Sí.

El hospedero dice:

–       Lo comprendo.

Y se queda pensativo.

Jesús se acerca a Judas y le dice algo en voz queda.

Judas dice al hospedero:

–     Mi amigo quiere ir a aquellas ruinas.

–     ¡Que vaya! ¡Pertenecen a todos!

Se van y el hospedero queda desilusionado, pues no le piden hospedaje.

Atraviesan la plaza y suben por la escalera, que es lo único que está en pie.

Al subir, Jesús dice:

–     Por aquí, mi Madre me hizo saludar a los Magos y por aquí bajamos para ir a Egipto.

Hay gente que los mira a los cuatro en las ruinas y uno pregunta:

–     ¿Parientes de la muerta?

El hospedero contesta:

–      Amigos.

Una mujer grita:

–       Por lo menos vosotros no hagáis daño a la muerta, como lo hicieron sus enemigos mientras vivía y después escaparon ilesos.

Jesús está de pie sobre el balconcillo, de espaldas al pequeño muro.

Detrás de Él no hay nada.

Esto hace que el sol al iluminarlo, resalta más su vestidura de lino blanquísimo, con el manto multicolor de Judas, cayéndole por la espalda.

Atrás, al fondo de lo que fuera el jardín de Anna y que ahora es una ruina llena de arbustos.

Jesús extiende los brazos…

Y Judas que ve el gesto, dice con angustia:

–     ¡Oh, no!… ¡No hables! ¡Sé prudente!

Pero Jesús llena la plaza con su potente voz:

–      ¡Hombres de Judá y de Belén, escuchadme! ¡Oídme vosotras, mujeres de la sagrada tierra de Belén!

¡Oíd a uno que viene de David. Que ha sufrido persecuciones. Que se honra con hablaros y lo hace para darles luz y consuelo!

¡Escuchadme!

La multitud deja de hablar, de pelear, de comprar y se amontona.

Dicen varios al mismo tiempo:

–         Es un rabí.

–         Ciertamente que viene de Jerusalén.

–       ¿Quién es?

–        ¡Qué hermoso es!

–        ¡Qué voz tiene!

–        ¡Qué ademanes!

–        ¡Y es de descendencia de David!

–        ¡Entonces es nuestro!

–        ¡Oigamos! ¡Oigamos!

Y todos se acercan a la escalera que ahora sirve de púlpito.

Jesús dice:

–        De lejanas tierras he venido a  venerar la tumba de Raquel.

He escuchado el bramido de dolor de Jacob, en el dolor de los esposos viudos que están sin mujer porque el dolor las mató…

Lloro junto con vosotros. Pero oíd, hermanos de la tierra mía.

Belén, tierra bendita, la más pequeña entre las ciudades de Judá, pero la mayor ante los ojos de Dios y del linaje humano…

Al principio todos quedan admirados con su sabiduría.

Pero a lo largo del discurso, al mencionar al Salvador y después a las profecías y a la Madre de Él,

Empiezan a dar indicios de agitación.

Judas suplica:

–       ¡Calla, Maestro! ¡Por favor, vámonos!

Pero Jesús no le hace caso y continúa:

–        …al Mesías que salvó la Gracia de Dios Padre de los tiranos, para conservarlo para el pueblo, para la salvación del mismo y…

Lo interrumpe una que mujer grita.

Se abre el vestido y  mostrando una teta mutilada sin el pezón,

dice:

–       ¡Aquí! ¡Aquí en esta teta me degollaron a mi primogénito!

¡La espada le partió la cara, junto con mi pezón! ¡Oh! ¡Eliseo, mío!

El último grito es histérico.

Y empieza la gritería y el tumulto.

–     ¿Y yo?…

–     ¿Y yo? He ahí mi palacio: tres tumbas en una que el padre vigila. Marido e hijos juntos.

–      Si existe el Salvador que me devuelva a mis hijos, a mi esposo y que me salve de la desesperación.

–      ¡Qué me salve Belcebú!

–      ¡A nuestros hijos! ¡A nuestros hijos!

–      ¡A nuestros maridos y padres!

–      ¡Qué nos los devuelva si existe!

Jesús agita los brazos para imponer silencio.

Luego dice:

–      Hermanos de la misma tierra. Gustoso devolvería también la carne, es decir, los hijos.

Pero Yo os digo: sed buenos. Resignaos. Perdonad. Esperad y alegraos con la esperanza.

Regocijaos con la seguridad de que pronto volveréis a tener a vuestros hijos; ángeles en el Cielo, porque el Mesías va a abrir pronto la Puerta del Cielo.

Y si fuereis justos, la muerte será vida que viene y amor que regresa…

Un hombre grita:

–       ¡Ah!… ¡Así que Tú eres el Mesías!…

–       ¡En el Nombre de Dios! ¡Dilo!

Jesús baja los brazos con un ademán dulce y calmado, que parece un abrazo,

Y contesta:

–       Lo Soy.

Esto es como un detonante.

–      ¡Lárgate!

–      ¡Lárgate!…

–       Entonces…

–       ¡Tú tienes la culpa!

Vuela una piedra entre silbidos e insultos.

Judas tiene un bello gesto…

¡Si así hubiera sido siempre!

Se interpone ante el Maestro, con el manto desplegado.

Enfrenta a la multitud enfurecida.

Y sin miedo alguno recibe todas las pedradas.

La sangre le corre por las heridas… pero él parece no advertirlo.

Y dice a Juan y a Simón:

–      ¡Llevaos a Jesús a aquel bosque! ¡Yo iré después! ¡Id, en nombre del Cielo!

Se vuelve hacia la multitud y les grita:

–      ¡Perros rabiosos! ¡Soy sacerdote del Templo! ¡Y al Templo y a Roma os denunciaré!

Todos se paralizan por un momento, por el miedo.

Pero luego retoman las piedras.

¡Y se las arrojan sin ninguna compasión!

Judas las recibe impávido…

Es imposible no pensar:

¡Qué formidable apóstol hubiera sido, si siempre se hubiera mantenido así!

¡Y con injurias responde a las maldiciones que le lanzan!

Aún más. Coge al vuelo una piedra y la revierte contra la cabeza de un viejillo que grazna como garza desplumada.

Y como tratan de atacar la escalerilla.

Rápido toma una rama seca que está tirada en el suelo y le da vueltas sin piedad, azotando espaldas cabezas y manos,

hasta que los soldados acuden y se abren paso con  sus lanzas.

Uno de ellos le pregunta:

–        ¿Quién eres y porqué esta riña?

Judas se sacude la tierra y dice con displicencia:

–        Un judío asaltado por estos plebeyos.

Estaba conmigo un rabí a quién los sacerdotes conocen. ÉL hablaba a estos perros. Pero se han desencadenado y nos atacaron.

–        ¿Quién eres?

–        Judas de Keriot. Pertenecía al Templo, pero ahora soy discípulo del Rabí, Jesús de Galilea.

Soy amigo de Simón el fariseo; de Yocana el saduceo; de Sadoc, el gran escriba; de José de Arimatea, consejero del Sanedrín.

Y todo esto puedes comprobarlo con Eleazar ben Annás, el gran amigo del Procónsul.

–       Lo verificaré. ¿A dónde  vas?

–       Con mi amigo a Keriot y después a Jerusalén.

–       Vete tranquilo. Te cuidaremos la espalda.

Judas da al soldado unas monedas.

Debe ser cosa ilícita pero usual, porque el soldado las toma, saluda y sonríe.

Judas salta…

Y se va brincando y corriendo a campo traviesa, hasta llegar a donde están sus compañeros.

Jesús le pregunta preocupado:

–       ¿Estás muy herido?

Judas contesta alegremente:

–       No es gran cosa, Maestro. Y… ¡Fue por Ti!

Pero también yo me defendí. Aunque creo que estoy todo manchado.

Juan dice:

–        Aquí hay un arroyito.

Y moja un pedazo de tela y limpia la mejilla de Judas al tiempo que le dice:

–        Tienes sangre en la cara.

Jesús agrega:

–        Me desagrada, Judas… Pero mira que decir también a ellos que era judío, según tu sentido práctico…

–        Pero eres judío por nacimiento…  Son unos brutos.

Espero que te habrás convencido Maestro y que no insistirás…

–       ¡Oh, no! No por miedo. Sino porque ahora es inútil. Cuando no se nos quiere, no se maldice y lo mejor es retirarse; rogando por las multitudes que mueren de hambre y que no ven el Pan.

Vámonos por este camino retirado…

Creo que por aquí se puede llegar a Hebrón…

Pastores sí que encontraremos…

Judas se sobresalta y pregunta:

–        ¿Para qué nos den otra apedreada?

–         ¡No! Para decirles “Yo Soy”

Judas levanta los brazos y exclama:

–        ¡Ah! Está perfecto. ¡Diles que eres Dios!

Entonces sí nos irá peor y ahora sí que nos darán de palos. ¡Hace treinta años que padecen por causa tuya!…

Jesús sencillamente dice:

–        Veremos…

25 CONSECUENCIAS EN BELEN


25 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús encabeza el pequeño grupo que camina en fila india por un sendero pedregoso polvoriento, que el sol del estío ha quemado.

Y está bordeado por la hierba que crece bajo la sombra de los grandes olivos, cargados de aceitunas.

Zelote, Juan y Judas de Keriot, le siguen bajo la sombra de los árboles.

El suelo está cubierto con las florecillas del olivo que cayeron después de la fecundación.

Exactamente en donde el camino da una vuelta en ángulo recto, hay una construcción de forma cúbica, sobre la que está una pequeña cúpula.

Está cerrada como si estuviese abandonada.

Más allá se ve un pequeño poblado con numerosas casitas esparcidas.

Simón exclama:

      ¡Allí está el sepulcro de Raquel!

Judas pregunta:

–      Entonces ya casi llegamos. ¿Entramos en la ciudad?

Jesús dice:

       No, Judas. Primero os enseñaré un lugar…Después entraremos en la ciudad.

Y como todavía hay sol y será una noche con luna casi llena, podremos hablar a la población.

     ¿Querrán oírnos?

Han llegado al antiguo sepulcro pintado de blanco.

Jesús se detiene a beber agua, en un pozo cercano.

Una mujer que ha venido a sacar agua, le ofrece,

y Jesús le pregunta:

–      ¿Eres de Belén?

La mujer contesta:

–      Sí. Pero ahora en tiempo de cosecha, estoy con mi marido en este lugar, para cuidar del huerto y los frutos que han nacido. ¿Tú eres Galileo?

–     Nací en Belén; pero vivo en Nazareth de Galilea.

–    ¿También Tú eres perseguido? La familia.

    Pero ¿Por qué dices “tú también”? ¿Hay muchos perseguidos entre los betlemitas?

–    ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?

–     Treinta.

–     Si es así…Naciste exactamente cuándo… ¡Oh! ¡Qué desgracia! Pero, ¿Por qué nació Él aquí?

–    ¿Quién?

–     Aquel que era llamado el Salvador. ¡Maldición a esos estúpidos borrachos de cerveza que vieron ángeles en las nubes!

Oyeron voces celestiales en los balidos y rebuznos.

Y en medio de su embriaguez, confundieron a tres miserables con los más santos de la tierra.

¡Malditos sean ellos!… y ¡Quién les creyó!

–      Pero con todas tus maldiciones no explicas lo que sucedió. ¿Por qué maldices?

–      Porque… Óyeme, primero dime: ¿A dónde vas?

–     A Belén. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre.

Pero antes necesito saber muchas cosas; porque nosotros los de la familia, hace muchos años que estamos ausentes.

Dejamos la ciudad cuando Yo tenía unos cuantos meses…

–     Antes de la desgracia. Si no te repugna la casa de un campesino, ven con nosotros a compartir el pan y la sal, Tú y tus compañeros.

Hablaremos durante la cena y os daré hospedaje hasta mañana.

Tengo una casa muy pequeña, pero en el pajar hay mucho heno amontonado.

La noche es cálida y serena, creo que podrás dormir.

–      Que el Señor de Israel pague tu hospitalidad. Con gusto voy a tu casa.

–      El peregrino siempre trae bendiciones consigo, vamos.

Pero antes todavía debo echar seis cántaros de agua en las verduras que acaban de nacer.

–      Yo te ayudo.

–      No. Tú eres un señor. Lo dice tu modo de obrar.

      Soy un obrero, mujer,-señala a Juan- y éste es pescador.

Éstos son judíos, hombres de una casta superior. Yo no

Y al decir esto toma el cántaro que estaba junto al brocal del pozo y lo baja.

Los demás preguntan a la mujer:

–       Decidnos donde está la hortaliza.

–       Muéstranosla y la regaremos.

Ella los mira con agradecimiento:

–       Dios os bendiga. Tengo los riñones destrozados con tanto trabajo. Venid…

Y mientras Jesús llena su cántaro.

Los otros tres se van con ella.

Después regresan con dos cántaros vacíos. Los llenan y se van.

Y así lo hacen unas diez veces.

Judas está sonriente y feliz.

Su bello rostro se ilumina al decir:

–      No termina de bendecirnos. Hemos arrojado tanta agua en la hortaliza, que por lo menos dos días, la tierra estará húmeda, Maestro.

Pero… ¿Sabes?… creo que no somos gratos.

Jesús lo mira y pregunta:

–      ¿Por qué lo dices, Judas?

–       Porque se la trae contra el Mesías.

Le dije: “No blasfemes. ¿Acaso no sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios?

Yeové lo prometió a Israel y ¿Tú lo odias?”

Y ella me respondió: “No lo odio a Él.

Sino al que los pastores borrachos y los malditos Magos de Oriente, llamaron Mesías”

Y… puesto que Eres Tú…

–      No importa. Sé que he sido puesto para prueba y contradicción de muchos. ¿Le dijiste Quién Soy Yo?

–      No. No soy un tonto. Quise librar tu espalda y la nuestra.

–      Hiciste bien.

No por las espaldas, sino porque Yo deseo manifestarMe cuando lo considere conveniente. Continuemos…

Después de otros tres cántaros, la mujer los guía hasta una casa que está en medio de la huerta y donde su esposo la está esperando.

Jesús saluda:

–       La paz sea en esta casa.

El hombre responde:

–      Quienquiera que Tú seas, la bendición sea contigo y con los tuyos. Entra.

Y les lleva un lavamanos para que los cuatro se refresquen y se limpien.

Después se sientan a la mesa.

El anfitrión dice:

–      Os agradezco lo que hicieron a nombre de mi mujer. Nunca había tratado a los galileos. Me habían dicho que eran vulgares y buscapleitos.

Pero vosotros habéis sido gentiles y buenos. ¡Estabais ya cansados y trabajasteis tanto! ¿Habéis venido de muy lejos?

Jesús contesta:

–      De Jerusalén.

El hombre se vuelve hacia su esposa y le dice:

–      Mujer. Trae la comida.

Mirando a sus invitados agrega:

–      No tengo más que pan y verduras. Aceitunas y queso. Sólo soy un campesino.

Jesús, sonriendo con dulzura responde:

–      Yo tampoco soy un señor. Soy un carpintero.

–     ¿Tú? ¿Con esos modales?

La mujer interviene:

–      El huésped es de Belén, te lo dije.

Y si los suyos son perseguidos, tal vez habrán sido ricos e instruidos; como Josué de Ur y los otros… ¡Pobres desgraciados!

Jesús interroga:

–      ¿Eran familias betlemitas?

El campesino se asombra:

–      ¿Cómo?… si eres de Belén, ¿No sabes quiénes eran?

La mujer contesta:

–      Se fue antes de la matanza.

El hombre dice:

–      ¡Ah! Comprendo.

De otro modo, nadie hubiera quedado. ¿No has regresado allá?

–      No.

–      ¡Qué desgracia! Encontrarás a muy pocos de los que quieres saludar. Muchos fueron asesinados.

Muchos huyeron. Muchos fueron dispersos y muchos desaparecieron.

Y no se sabe si en el desierto o fueron arrojados a la cárcel, para castigarlos por su rebelión. Más…

¿Quién hubiera podido permanecer inerte; cuando fueron degollados tantos inocentes? ¡No!

¡No es justo que sigan viviendo David y Elías! ¡Mientras tantos inocentes fueron asesinados!

Jesús indaga:

–      ¿Quiénes son esos dos? ¿Y qué fue lo que hicieron?

Massacre of the Innocents, the gothic sculpture in Chartres cathedral

–       En la matanza que hizo Herodes, más de treinta infantes en la ciudad y otros tantos en la campiña; fueron asesinados. Y casi todos eran varones.

Porque en medio de la furia, de la oscuridad, de la confusión; esos crueles hombres arrancaron de las cunas, de los lechos maternos y de las casa que asaltaron, hasta a las niñitas…

Y  las mataron como los arqueros matan a las gacelas que están mamando la leche de su madre. Y bien… ¿Todo esto por qué?…

Porque un grupo de pastores que para no helarse de frío en lo más crudo del invierno; habían bebido mucha cerveza.

Empezaron a delirar diciendo que habían visto ángeles; habían oído cantos celestiales y recibido de ellos indicaciones para encontrar al Mesías…

Y nos dijeron a todos nosotros los de Belén: “Venid y adorad al Mesías, que acaba de nacer” ¡Imagínate! ¡El Mesías en una cueva!

Pero debo reconocer que en realidad todos estábamos ebrios. Hasta yo que en ese entonces era sólo un jovencillo y mi mujer era una niña.

Porque todos creímos y fuimos a ver en una pobre mujer galilea, a la Virgen que da a luz; la misma de la que hablaron los Profetas.

Pero ¡Si estaba con un vulgar galileo, que ciertamente era su marido! Entonces…

¿Cómo podía ser la Virgen?

 

En resumidas cuentas, ¡Creímos!…

Regalos, adoraciones. Los hogares se abrían para hospedarlos…

¡Oh! ¡Pobre Anna! Perdió los bienes, la vida y también a los hijos de su hija mayor; que fue la única que se salvó, porque estaba en Jerusalén.

Perdieron los bienes, porque la casa la quemaron y todo el sembradío fue destruido por órdenes de Herodes.

 

Hasta hoy es un campo desierto, en el que pacen los animales.

Jesús pregunta:

–     ¿Toda la culpa es de los pastores?

El campesino contesta:

–     ¡No! También de tres brujos que vinieron del reino de Satanás. tal vez eran compadres de los otros tres…

¡Y nosotros tan estúpidos que nos sentimos tan honrados!

¡Y el Arquisinagogo! Lo matamos porque juró que las profecías se cumplían exactamente con las palabras de los pastores y  de los Magos.

–     Entonces, ¿Toda la culpa fue de los pastores y de los Magos?

–     No, Galileo. También fue culpa nuestra, nuestra credulidad. ¡Tanto que esperábamos al Mesías! Siglos de espera.

Muchas desilusiones sufridas en los últimos tiempos a causa de los falsos Mesías. Uno era galileo como Tú. Otro se llamaba Teoda.

¡Mentirosos! ¡Ellos Mesías! ¡No eran más que aventureros rapaces en busca de fortuna!

Debía de habernos servido la lección, para que abriésemos los ojos. Por el contrario…

–     Y entonces, ¿Por qué maldecís solamente a los pastores y a los Magos?

Si también vosotros os juzgáis tontos; deberíais de maldeciros a vosotros mismos. La maldición no la permite el mandamiento del amor.

¿Estáis seguros de estar en lo justo? ¡No podría haber sido cierto que los pastores y los Magos hubiesen dicho la verdad que Dios Mismo les reveló!

¿Por qué debe pensarse que fuesen mentirosos?

–     Porque no se habían cumplido los años de la Profecía.

Después lo reflexionamos.

Después que la sangre que enrojeció los tanques de agua y los ríos, nos abrió los ojos del discernimiento.

Con una gran paz, Jesús dice:

–      Y el Altísimo; llevado por un gran amor por su Pueblo; ¿No habría podido anticipar la venida del Salvador?

¿En qué apoyaron los Magos su dicho? Me has dicho que vinieron del Oriente…

–      En sus cálculos sobre una nueva estrella.

–     ¿Y acaso no está dicho: Una estrella nacerá de Jacob y una vara se alzará de Israel?

¿No es Jacob el gran patriarca que vivió en esta tierra de Belén, a la que quiso como a la pupila de sus ojos, porque en ella murió su amada Raquel?…

Y no acaso por boca del profeta, Dios dijo: Brotará un retoño de la raíz de Jesé y saldrá una flor de esta raíz. Isaí, padre de David, nació acá.

El retoño que está en el tronco fue cortado a raíz, con la usurpación de los tiranos. ¿No es acaso la “Virgen” que dará a luz a un niñito sin intervención de hombre, de otro modo no sería virgen, sino por la Voluntad Divina? 

¿Y por esto será el Emmanuel; el Hijo de Dios que será Dios y llevará a Dios al Pueblo como su Nombre lo dice?

¿Y acaso la Profecía no dice que será anunciada a los pueblos de las tinieblas?

¿Esto es a los paganos, con una luz grande; como la estrella que vieron los Magos; la gran luz de las dos profecías: la de Balam y de Isaías?

Hasta la misma matanza que hizo Herodes, ¿Acaso no está profetizada?:

Se ha oído un gran lamento allá arriba…Es Raquel que llora a sus hijos.”

Jesús continúa:

–     Estaba indicado que los huesos de Raquel llorarían lágrimas en su sepulcro de Efratá; cuando a causa del Salvador, hubiera venido la recompensa al Pueblo Santo.

Lágrimas que después se cambiarían en sonrisa celestial, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal y que parece decir: ¡Ea! ¡Ahora todo está sereno!

El campesino, no muy convencido, cuestiona:

–    Eres muy docto. ¿Eres Rabí?

–    ¡Sí!

–    Lo creo. Hay luz y verdad en tus palabras.

Sin embargo… todavía hay muchas heridas que manan sangre en esta tierra de Belén, a causa del verdadero o falso Mesías. Nunca le aconsejaría a Él que viniese para acá.

La tierra lo rechazaría como se rechaza a un bastardo, por el que mueren los hijos verdaderos.

Pero, si era Él… murió con los otros degollados.

–     ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?

El hombre se pone en guardia y sospecha:

–     ¿Los conoces?

–     No conozco su rostro. Pero… son unos desgraciados y siempre tengo compasión por los infelices.

Quiero ir a verlos.

–     ¡Humm! Serás el primero después de seis lustros.

Aún son pastores y están al servicio de un rico herodiano de Jerusalén que se apoderó de muchos bienes de los que murieron. ¡Siempre hay alguien que gana!

Los encontrarás con los ganados que cuidan, por las vertientes que van a Hebrón.

Pero, te daré un consejo: que los betlemitas no te vean hablar con ellos. Te iría muy mal.

Los soportamos, porque está el herodiano. Si no fuera por eso…

–     Sí. Está el odio. ¿Por qué odiar?

–     Porque es justo. Porque nos hicieron mucho daño.

–     Ellos creyeron hacer un bien.

–     Pero hicieron daño. Y el daño lo tenemos.

Debimos haberlos matado, como ellos mataron con su torpeza. Pero todos estábamos como intoxicados.

Ahora mismo los mataríamos si no estuviera en medio su patrón.

–     Hombre, Yo te lo digo. No hay que odiar. No hay que desear el mal. Aquí no hay culpa. Dilo a los betlemitas:

‘Cuando haya caído el odio de vuestros corazones, veréis al Mesías.

Entonces lo conoceréis porque Él vive. Él ya no estaba cuando sucedió la matanza.

Yo te lo digo: no fue culpa de los pastores, ni de los Magos el que haya sucedido esa desgracia.

Fue Satanás. El Mesías ha nacido aquí.

Ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre Virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la Casa de David.

Ha abierto al mundo el torrente de gracias eternas. Ha mostrado la vida al hombre…

El campesino se levanta y señalando la puerta, grita:

–    ¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Sal de aquí Tú, secuaz del falso Mesías! ¡Tú lo defiendes!…

Judas se pone de pie, violento e iracundo.

Toma del brazo al campesino y lo sacude,

al tiempo que dice amenazante:

–     Cálmate, hombre. Soy judío y tengo amigos poderosos. Puedo hacer que te arrepientas del insulto. 

El hombre se atemoriza.

Pero insiste:

–     ¡No! ¡No! ¡Fuera de aquí! No quiero pleitos con los betlemitas. Ni con Roma. Ni con Herodes. ¡Idos de aquí, malditos!…

Jesús siente su corazón destrozado.

Interviene diciendo:

–     Vámonos, Judas. No reacciones. Dejémosle con su rencor. Dios no entra donde hay ira. ¡Vámonos!

Judas amenaza:

–     Sí. Vámonos. Pero me las pagarán.

–     No digas nada. Están ciegos… Y habrá tantos a lo largo de mi camino…

Salen detrás de Simón.

Afuera, detrás de la esquina del pajar, encuentran a la mujer,

que toda contrita les dice:

–      Perdona a mi marido, Señor. –le da unos huevos- Mira, ten. Están frescos. Es lo único que tengo.

Perdónanos. ¿Dónde dormirás hoy?

Jesús los toma y la tranquiliza:

–       No te preocupes. Sé a dónde ir. Tranquilízate en tu buen corazón. Adiós.

Caminan unos metros en silencio.

Después, Judas explota:

–       ¡Es el colmo! ¡Pero Tú…no hacerte adorar! ¿Por qué no hiciste que ese puerco blasfemo besara el lodo?…

¡A tierra! ¡Arrojado al polvo por haberte faltado a Ti! ¡Al Mesías!… ¡Oh! ¡Yo lo hubiera hecho!

¡Los rebeldes tienen  que ser castigados con fuego milagroso! ¡Eso es lo único que los persuade!

–       ¡Oh! ¡Cuántas veces habré de oír lo mismo! ¡Si debiese convertir en cenizas a todo el que me ofenda!… No, Judas. He venido para crear; no para destruir.

–                     Lo que Tú digas. Pero mientras tanto, otros te destruyen.

Jesús no contesta.

Judas está tan furioso, que no comprende en absoluto lo que considera una pasividad inexplicable, pero que es la mansedumbre característica del Hombre-Dios.

Y siguen avanzando en silencio, por el camino bordeado de huertos y olivos cargados de aceitunas.

Más tarde, Simón pregunta:

–     ¿A dónde vamos ahora, Maestro?

–     Venid conmigo. Conozco un lugar…

Judas lo interrumpe todavía más irritado:

–      Pero si nunca has estado aquí desde que huiste. ¿Cómo es que lo conoces?

–      Lo conozco. No es hermoso. Pero estuve una vez ahí.

No es en Belén. Es afuera. Un poco, nada más… Vamos por acá…

Jesús toma la delantera.

Le siguen Simón, Judas y por último, Juan.

En el silencio interrumpido por el roce de las sandalias contra las piedrecillas del camino, se percibe un llanto.

Jesús pregunta volteándose:

–      ¿Quién llora?

Judas contesta:

–       Es Juan. Está atemorizado.

Juan protesta:

–       No. No tengo miedo. Ya tenía la mano en el cuchillo que pende de mi cintura…

Pero me acordé de tu ‘no matar’. Perdona, siempre lo dices.

Judas le pregunta:

–       Entonces ¿Por qué lloras?

–       Porque sufro al ver que el mundo no ama a Jesús. No lo reconoce y no quiere reconocerlo.

¡Oh, qué dolor! Es algo así como si con espinas de fuego me restregasen el corazón. Como si hubiera visto pisoteada mi madre y escupida la cara de mi padre. Todavía peor.

Como si hubiera visto a los caballos romanos profanar el Templo y comer en el Arca Santa y descansar en el lugar donde está el Santo de los Santos.

Jesús lo consuela:

–      No llores, Juan mío. Repetirás lo mismo una y otra vez: Él era la Luz que vino a brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron.

Vino al mundo que Él había hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa; pero los suyos no lo recibieron.

Juan redobla su llanto.

Y Jesús le pide:   

–        ¡Oh! ¡No llores así!

Juan obedece y suspira:

–        Esto no sucede en Galilea.

Judas, confirma:

–        Pero… ni siquiera en Judea. Jerusalén es la capital y hace tres días que te lanzaban hosannas a Ti, el Mesías.

Aquí, lugar de pastores burdos, campesinos y hortelanos; no se puede tomar como punto de partida.

Los Galileos…

Jesús ordena:

–      Basta, Judas. No conviene perder la calma. Estoy tranquilo. También estadlo vosotros.

Judas, ven aquí. Debo hablarte…

Judas va hacia donde está Jesús,

que le dice:

–     Toma la bolsa. Te encargarás de los gastos de mañana.

Judas pregunta:

–     ¿Y ahora en donde nos albergaremos?

Jesús sonríe y calla.

Dando media vuelta empieza a caminar y todos lo siguen.

24 RECEPCIÓN EN BELÉN


24 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Más tarde…

La noche cubre la tierra. La luna ilumina con su claridad.

Los ruiseñores cantan entre las ramas de los olivos. Un río cercano es como una cinta de plata melodiosa.

De los prados segados se levanta el olor del heno. Algún mugido. Algún balido…

Y estrellas… estrellas y más estrellas.

En campo lleno de estrellas en el manto del cielo, que parece una sombrilla de piedras preciosas, sobre las colinas de Belén.

Siguen caminando hasta…

Judas dice:

–        Pero aquí son ruinas… ¿A dónde nos llevas? La ciudad está más allá.

Jesús contesta:

–        Lo sé. Ven. Sigue el río, detrás de Mí. Unos pocos pasos más y después…

Después te ofreceré la habitación del Rey de Israel.

Judas encoge los hombros y calla.

Llegan a un montón de casas en ruinas. Restos de habitaciones.

Una cueva entre dos hendiduras de una gran muralla.

Jesús pregunta:

–    ¿Tenéis yesca?

Simón saca de su alforja una lamparita y se la da.

Jesús avanza hasta la entrada y levantando la lamparita,

Dice:

–      Entrad. Ésta es la alcoba en donde nació el Rey de Israel.

Judas está espantado…

Y pregunta:

–      ¿Juegas, Maestro? Esta es una cueva.

De veras que yo aquí no me quedo. Me repugna. Está húmeda, fría, apestosa, llena de escorpiones, tal vez de serpientes…

Jesús dice:

–      Y con todo, amigos. Aquí, el veinticinco de las Encenias. De la Virgen nació Jesús, el Emmanuel; el Verbo de Dios hecho carne por amor del hombre.

Yo que les estoy hablando. Entonces como ahora, el mundo fue sordo a las voces del Cielo que le hablaban al corazón. Y rechazó a mi Madre. Y aquí…

No, Judas. No apartes con disgusto tus ojos de esos murciélagos que andan revoloteando.

De esas lagartijas, de esas telarañas. No levantes con desdén tu hermosa y recamada vestidura, para que no roce el suelo cubierto por el  excremento de animales.

Esos murciélagos descienden de los que fueron los primeros juguetes que miraban los ojos del Niño a quién cantaban los ángeles el ‘Gloria’,

Que escucharon los pastores que estaban ebrios solamente de alegría extática; de la verdadera alegría.

Esas lagartijas color esmeralda, fueron los primeros colores que hirieron mi pupila, junto con el blanco vestido y el rostro de mi Madre.

Esas telarañas fueron el baldaquín de mi cuna real. Ese suelo…

¡Oh! Lo santificaron los pies de Ella; la santa, la gran santa, la Pura, la inviolada,

La Doncella Deípara, la que tenía que dar a  Luz.

La que por obra de Dios dio a luz sin intervención humana.

Ella, la sin Mancha; ha hollado este suelo.

Tú puedes pisarlo y a través de las plantas de tus pies, quiera Dios que suba a tu corazón, la Pureza que Ella derramó…

Simón se ha arrodillado.

Juan va derecho al pesebre y apoyando la cabeza sobre la madera, llora.

Judas está aterrado…piensa…

Recuerda las Profecías…

Reflexiona…

Finalmente se deja vencer por la emoción…

Y olvidando su hermosa vestidura. Se arroja al suelo.

Toma la orla de la túnica de Jesús, la besa y se golpea el pecho diciendo:

–       Maestro Bueno, ¡Ten misericordia de la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae…

Te veo cual Eres. No el rey que yo pensaba. Sino el Príncipe Eterno, el Padre del Siglo Futuro. El Rey de la Paz.

¡Piedad, Señor mío y Dios mío! ¡Piedad!

Jesús lo mira con infinita compasión y dice:

–        Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos en donde durmieron el Infante y la Virgen.

Allí donde Juan ha tomado el lugar de mi Madre en adoración…

Aquí, en donde Simón parece mi padre adoptivo.

O si os parece, os platicaré de aquella noche…

Judas exclama:

–       ¡Oh! ¡Sí, Maestro! Háblanos de tu florecimiento a la vida.

Simón confirma:

–        Para que sea perla de luz en nuestros corazones y para que lo podamos contar al mundo.

Juan dice sonriendo y llorando:

–        Y venerar a tu Madre, no solo porque es tu madre, sino por ser…

¡Oh! ¡La Virgen!

Jesús los invita:

–        Venid al heno. Escuchad.

Y Jesús empieza a hablar de la Noche de su Nacimiento…

–        Cuando ya mi Madre estaba próxima a dar a luz, llegó por orden de César Augusto, el bando que publicó su delegado imperial Publio Sulpicio Quirino.

En Palestina el gobernador era Senzio Saturnino. El bando era para hacer el censo de todos los habitantes del imperio.

Los súbditos tenían que ir a su lugar de origen para inscribirse en los registros del imperio.

José, el esposo de mi Madre y Ella, obedecieron.

Salieron de Nazareth, para venir a Belén, cuna de la estirpe real.

Era invierno y estaba haciendo mucho frío…

Todos escuchan muy atentos.

La mañana siguiente al amanecer…

Son las primeras horas de una luminosa mañana de verano.

El cielo toma unas pinceladas de rosa en algunas finas nubecitas que parecen deshiladuras de gasa perdidas en una alfombra de raso turquino.

Hay todo un cantar de pájaros, ya ebrios de luz: gorriones, mirlos, petirrojos silban, gorjean, riñen por un tallito, por una larva, por una ramita que llevarse al nido, por una larva para llenar el buche.

Por una ramita que les sirva como dormitorio.

Las golondrinas se lanzan como saetas, desde el cielo al pequeño riachuelo para mojarse el pecho de nieve, coloreado en su ápice de óxido.

Y tomada la frescura de la ola, atrapada la mosquita que aún duerme colgada de un tierno tallo, se vuelven hacia arriba con un rapidísimo zigzag, como el destello de una hoja bruñida, chillando alegres.

Dos aguzanieves, vestidas de seda cenicienta, pasean graciosas como dos damiselas a lo largo de la orilla del riachuelo,

manteniendo bien alta la larga cola adornada de velludillos negros; se miran en el agua, se ven hermosas.

Continúan su paseo mientras un mirlo, verdadero pilluelo del bosque, les hace burla y los silba por detrás con su largo pico amarillo.

Dentro de un tupido manzano silvestre, que se yergue solitario junto a las ruinas, una ruiseñora llama insistentemente a su compañero.

Y se calla sólo cuando lo ve llegar con una larga larva que se retuerce oprimida por el fino pico.

Dos palomas zuranas, que probablemente huyeron de algún palomar ciudadano y que han elegido vivir libremente entre las grietas del torreón derruido,

se entregan canturreando a sus manifestaciones de afecto: él seductor, pudorosa ella.

Jesús, con los brazos cruzados, contempla a todos estos los pajarillos que cantan, charlan, pelean, vuelan, se cortejan.

Alimentan a sus polluelos, se bañan, juegan…

Y sonríe al ver a sus criaturas tan alegres.

Simón pregunta detrás de Él:

–      ¿Tan temprano, Maestro?

Jesús contesta:

–       Sí. ¿Todavía están durmiendo los otros?

–       Todavía.

–       Son jóvenes. Yo me bañé en el río. El agua está fresca y despeja la mente.

–       Ahora sigo yo.

Mientras Simón se baña y luego se viste;

asoman la cabeza Judas y Juan.

Los dos saludan y preguntan:

–        Dios te guarde, Maestro.

–        ¿Estamos retrasados?

Jesús les contesta amoroso:

–        No. Apenas amanece. Pero apresurémonos, porque ya nos vamos.

Los dos se asean y se visten.

Cuando están listos, Jesús arranca unas florecillas que han brotado entre las piedras.

Las guarda en una cajita de madera mientras dice:

–    Se las llevaré a mi Madre. Le gustarán. ¡Vámonos!

Judas pregunta:

–       ¿A dónde, Maestro?

–        A Belén.

–       ¿De veras? A mí me parece que no nos sopla buen aire…

–        No importa. Iremos a donde bajaron los Magos y donde me encontraron a Mí.

–        Si es así, Maestro. Perdona y permite que organice yo. En Belén en el albergue, seré yo el que hable y pregunte.

En Judea no hay mucho cariño para los galileos y mucho menos aquí. Tú y Juan parecéis galileos por los vestidos tan sencillos y luego… ¡Esos cabellos!

¿Por qué os gusta tenerlos tan largos?… Simón y yo os daremos nuestro manto y vosotros nos daréis el vuestro.

Simón, dale el tuyo a Juan.

Y yo al Maestro. –mientras habla, hace lo que dice- Así… así… ¿Ves?

Al punto parecéis un poco más judíos.

Ahora, esto…- lo cubre con el capucho.

Se lo acomoda en las mejillas, para ocultar sus largos cabellos rubios.

Luego hace lo mismo con Juan.

Judas admira su obra:

–       ¡Ah! ¡Ahora está mejor! ¡Tengo el sentido práctico!

Jesús recomienda:

–        Sí. Es cierto, Judas. Tienes el sentido práctico, no hay duda. Pero procura que no exceda al otro sentido.

–       ¿A cuál, Maestro?

–        Al sentido espiritual.

–        Lo haré. Pero en ciertos casos es mejor comportarse como políticos, más que como diplomáticos.

Jesús pregunta perplejo:

–        ¿Qué quieres decir con eso?

Judas explica conciliador:

–        Escucha. No te enojes. Es por tu bien. No me desmientas si digo algunas cosas que no son tan verdaderas.

–        ¿Qué quieres dar a entender? ¿Por qué mentir? Yo Soy la Verdad y no amo la mentira. Ni en Mí, ni en los míos.

–        Pero… es que sólo diré medias mentiras ‘convenientes’. O más bien, verdades a medias.

Por otra parte, seré yo el que hable. En el fondo, habrá un poco de verdad.

Mentira más, mentira menos…

–         Pero, Judas. ¿Por qué engañar?

–         No te preocupes, Maestro. El mundo se gobierna con mentiras. Algunas veces son necesarias.

Bueno, para contentarte, diré que venimos de lejos y que somos judíos. Esto es verdad en un 75%

Y tú, Juan. ¡No abras para nada la boca! Nos delatarías.

Juan dice:

–         No diré nada.

Judas advierte:

–         Si las cosas salen bien… aunque no estoy tan seguro; diremos lo que falta.

No lo espero. Soy astuto y las tomo al vuelo.

Jesús advierte:

–         Ya lo veo, Judas. Y me gustaría que fueras más sencillo.

Judas toma una actitud despreocupada y dice:

–         Ser así,  sirve para muy poco. En tu grupo seré yo el que tome las misiones difíciles. Déjame que yo me las arregle.

Jesús no lo desea mucho, pero cede.

Empiezan a caminar y rodean las ruinas. 

Encuentran un grupo de camellos y dromedarios.

Entran en Belén.

Van a la plaza. Es día de mercado y está llena de gente.

Y llegan al albergue.

Por el portón abierto sale una hilera de asnos cargados con mercancías.

Judas es el primero en entrar.

Adopta una pose arrogante y mira altanero a su alrededor.

Agarra a un mozo bajito, sucio, andrajoso.

Y le grita:

–      ¡Mozo! ¡El patrón! ¡Pronto!

¡Muévete rápido que no estoy acostumbrado a esperar!

El muchacho por ir rápido, tira la escoba.

Jesús exclama:

–      ¡Pero, Judas! ¡Qué modales!

Judas responde sin abandonar su postura:

–      Por favor, Maestro. No digas nada. Déjame que yo me las entienda. Nos deben creer ricos y de ciudad.

El patrón viene corriendo y se deshace en inclinaciones delante de Judas que se ve muy majestuoso con su rica vestidura de color oro pálido.

Con rayas y franjas de diferentes colores y el manto rojo acerino de Jesús.

Judas habla con altivez:

–      Nosotros venimos de lejos. Somos judíos de la comunidad asiática.

Señala a Jesús y agrega:

–     Este betlemita de nacimiento busca a sus queridos amigos de aquí.

Y nosotros junto con Él venimos desde Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos informes?

El hombre contesta obsequioso:

–     Señor, estoy para servirte. Ordena.

–     Necesitamos noticias de muchos. Buscamos a Anna, la mujer que habitaba aquí frente al albergue.

–     ¡Oh! ¡Desgraciada! No encontrarás a Anna sino en el Seno de Abraham y a sus hijos con ella.

–     ¿Muerta? ¿Por qué?

–     ¿No sabéis nada de la masacre de Herodes?

¡Todo el mundo habló de él y hasta César lo declaró: ‘Cerdo que se alimenta de sangre’ ¡Bah!

¡Oh, qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres en realidad judío?

–      He aquí la señal de mi tribu.

Le muestra un símbolo bordado en su vestido….

Y continúa:

–       Así pues, habla.

–       A Anna la mataron los soldados de Herodes, con todos sus hijos, menos una.

–      ¿Pero por qué?… ¡Era muy buena!

–      ¿La conociste?

Judas apenas tiene 23 años de edad y se le notan.

Pero no se desconcierta en lo más mínimo.

Y miente descaradamente:

–       ¡Vamos que sí!

El hombre hace un gesto evadiendo.

Y responde:

–      La mataron porque dio hospitalidad a los que se decían ser padre y madre del Mesías… pero mejor vayamos a aquella habitación.

Las paredes tienen oídos. Y hablar de ciertas cosas, es peligroso.

Los pasa a una habitación pequeña y se sientan sobre un diván.

El hombre continúa:

–      ¡Ea! ¡He tenido buen olfato! No por nada soy hospedero. Tengo la malicia en la sangre. En este negocio hay que usarla porque conoces mucha gente.

Yo no los quise. Hubiera podido encontrarles un rincón. Pero sólo eran unos galileos pobres y desconocidos. ¡He! ¡A Ezequias no se le engaña!

Luego, luego se notaba que eran diferentes. Aquella mujer tenía algo que me hacía rechazarla.

Anna era más inocente que una ovejilla. Y los hospedó un tiempo, ya con el niño.

Decían que era el Mesías. ¡Oh! ¡Cuánto dinero gané en aquellos días! ¡Qué censo, ni qué nada! Venían aún aquellos que no tenían nada a qué venir.

Durante meses vinieron muchos de tierras lejanas. ¡Qué ganancias tuve!

Finalmente vinieron tres reyes poderosos.

Tres Magos… ¡Qué sé yo! Tenían un cortejo que no acababa nunca.

Me rentaron todas las habitaciones y me compraron con oro tanto heno, como para todo un mes.

Y al día siguiente se fueron, dejándolo todo.

¡Oh! Yo solo puedo hablar bien del Mesías verdadero o falso que haya sido. Me permitió ganar dinero por montones.

Yo no he tenido ningún desastre. Ni siquiera muertos, porque apenas me había casado. ¡Pero a los demás!…

–     Queremos ver los lugares de la matanza.

–    ¿Los lugares?… pero eso ocurrió en todas las casas. Fueron muchísimos muertos. Venid conmigo.

Suben por una escalera hasta una gran terraza.

Desde lo alto se ven grandes terrenos y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

–     ¿Veis aquellas ruinas?

Allí ardieron también las casas, porque los padres defendieron a sus hijos con las armas.

¿Veis aquello que parece un pozo cubierto de hierba?…

Son los restos de la sinagoga. Fue quemada junto con el arquisinagogo que aseguraba que aquel era el Mesías.

La quemaron los que enloquecieron por el dolor en la masacre de sus hijos.

Allá…

¿Veis aquellos sepulcros? Son los de las víctimas.

Todos eran unos niños inocentes.

También los padres y las madres de ellos.

¿Veis aquel tanque de agua?

El agua se volvió roja, después de que los sicarios lavaron sus armas y sus manos en ella.

Allá está el río.

También enrojeció con la sangre que recogía de las cloacas.

Y allí, exactamente frente a mí. Está lo único que queda de Anna.

Jesús está llorando.

El hospedero le pregunta:

–      ¿La conocías mucho?

Judas le responde:

–       Era como una hermana para su Madre.

se vuelve hacia Jesús y le pregunta:

–      ¿O no es así, amigo mío?

Jesús contesta:

–       Sí.

El hospedero dice:

–       Lo comprendo.

Y se queda pensativo.

Jesús se acerca a Judas y le dice algo en voz queda.

Judas dice al hospedero:

–     Mi amigo quiere ir a aquellas ruinas.

–     ¡Que vaya! ¡Pertenecen a todos!

Se van y el hospedero queda desilusionado, pues no le piden hospedaje.

Atraviesan la plaza y suben por la escalera, que es lo único que está en pie.

Al subir, Jesús dice:

–     Por aquí, mi Madre me hizo saludar a los Magos y por aquí bajamos para ir a Egipto.

Hay gente que los mira a los cuatro en las ruinas y uno pregunta:

–     ¿Parientes de la muerta?

El hospedero contesta:

–      Amigos.

Una mujer grita:

–       Por lo menos vosotros no hagáis daño a la muerta, como lo hicieron sus enemigos mientras vivía y después escaparon ilesos.

Jesús está de pie sobre el balconcillo, de espaldas al pequeño muro.

Detrás de Él no hay nada.

Esto hace que el sol al iluminarlo, resalta más su vestidura de lino blanquísimo, con el manto multicolor de Judas, cayéndole por la espalda.

Atrás, al fondo de lo que fuera el jardín de Anna y que ahora es una ruina llena de arbustos.

Jesús extiende los brazos…

Y Judas que ve el gesto, dice con angustia:

–     ¡Oh, no!… ¡No hables! ¡Sé prudente!

Pero Jesús llena la plaza con su potente voz:

–      ¡Hombres de Judá y de Belén, escuchadme! ¡Oídme vosotras, mujeres de la sagrada tierra de Belén!

¡Oíd a uno que viene de David. Que ha sufrido persecuciones. Que se honra con hablaros y lo hace para darles luz y consuelo!

¡Escuchadme!

La multitud deja de hablar, de pelear, de comprar y se amontona.

Dicen varios al mismo tiempo:

–         Es un rabí.

–         Ciertamente que viene de Jerusalén.

–       ¿Quién es?

–        ¡Qué hermoso es!

–        ¡Qué voz tiene!

–        ¡Qué ademanes!

–        ¡Y es de descendencia de David!

–        ¡Entonces es nuestro!

–        ¡Oigamos! ¡Oigamos!

Y todos se acercan a la escalera que ahora sirve de púlpito.

Jesús dice:

–        De lejanas tierras he venido a  venerar la tumba de Raquel.

He escuchado el bramido de dolor de Jacob, en el dolor de los esposos viudos que están sin mujer porque el dolor las mató…

Lloro junto con vosotros. Pero oíd, hermanos de la tierra mía.

Belén, tierra bendita, la más pequeña entre las ciudades de Judá, pero la mayor ante los ojos de Dios y del linaje humano…

Al principio todos quedan admirados con su sabiduría.

Pero a lo largo del discurso, al mencionar al Salvador y después a las profecías y a la Madre de Él,

Empiezan a dar indicios de agitación.

Judas suplica:

–       ¡Calla, Maestro! ¡Por favor, vámonos!

Pero Jesús no le hace caso y continúa:

–        …al Mesías que salvó la Gracia de Dios Padre de los tiranos, para conservarlo para el pueblo, para la salvación del mismo y…

Lo interrumpe una que mujer grita.

Se abre el vestido y  mostrando una teta mutilada sin el pezón,

dice:

–       ¡Aquí! ¡Aquí en esta teta me degollaron a mi primogénito!

¡La espada le partió la cara, junto con mi pezón! ¡Oh! ¡Eliseo, mío!

El último grito es histérico.

Y empieza la gritería y el tumulto.

–     ¿Y yo?…

–     ¿Y yo? He ahí mi palacio: tres tumbas en una que el padre vigila. Marido e hijos juntos.

–      Si existe el Salvador que me devuelva a mis hijos, a mi esposo y que me salve de la desesperación.

–      ¡Qué me salve Belcebú!

–      ¡A nuestros hijos! ¡A nuestros hijos!

–      ¡A nuestros maridos y padres!

–      ¡Qué nos los devuelva si existe!

Jesús agita los brazos para imponer silencio.

Luego dice:

–      Hermanos de la misma tierra. Gustoso devolvería también la carne, es decir, los hijos.

Pero Yo os digo: sed buenos. Resignaos. Perdonad. Esperad y alegraos con la esperanza.

Regocijaos con la seguridad de que pronto volveréis a tener a vuestros hijos; ángeles en el Cielo, porque el Mesías va a abrir pronto la Puerta del Cielo.

Y si fuereis justos, la muerte será vida que viene y amor que regresa…

Un hombre grita:

–       ¡Ah!… ¡Así que Tú eres el Mesías!…

–       ¡En el Nombre de Dios! ¡Dilo!

Jesús baja los brazos con un ademán dulce y calmado, que parece un abrazo,

Y contesta:

–       Lo Soy.

Esto es como un detonante.

–      ¡Lárgate!

–      ¡Lárgate!…

–       Entonces…

–       ¡Tú tienes la culpa!

Vuela una piedra entre silbidos e insultos.

Judas tiene un bello gesto…

¡Si así hubiera sido siempre!

Se interpone ante el Maestro, con el manto desplegado.

Enfrenta a la multitud enfurecida.

Y sin miedo alguno recibe todas las pedradas.

La sangre le corre por las heridas… pero él parece no advertirlo.

Y dice a Juan y a Simón:

–      ¡Llevaos a Jesús a aquel bosque! ¡Yo iré después! ¡Id, en nombre del Cielo!

Se vuelve hacia la multitud y les grita:

–      ¡Perros rabiosos! ¡Soy sacerdote del Templo! ¡Y al Templo y a Roma os denunciaré!

Todos se paralizan por un momento, por el miedo.

Pero luego retoman las piedras.

¡Y se las arrojan sin ninguna compasión!

Judas las recibe impávido…

Es imposible no pensar:

¡Qué formidable apóstol hubiera sido, si siempre se hubiera mantenido así!

¡Y con injurias responde a las maldiciones que le lanzan!

Aún más. Coge al vuelo una piedra y la revierte contra la cabeza de un viejillo que grazna como garza desplumada.

Y como tratan de atacar la escalerilla.

Rápido toma una rama seca que está tirada en el suelo y le da vueltas sin piedad, azotando espaldas cabezas y manos,

hasta que los soldados acuden y se abren paso con  sus lanzas.

Uno de ellos le pregunta:

–        ¿Quién eres y porqué esta riña?

Judas se sacude la tierra y dice con displicencia:

–        Un judío asaltado por estos plebeyos.

Estaba conmigo un rabí a quién los sacerdotes conocen. ÉL hablaba a estos perros. Pero se han desencadenado y nos atacaron.

–        ¿Quién eres?

–        Judas de Keriot. Pertenecía al Templo, pero ahora soy discípulo del Rabí, Jesús de Galilea.

Soy amigo de Simón el fariseo; de Yocana el saduceo; de Sadoc, el gran escriba; de José de Arimatea, consejero del Sanedrín.

Y todo esto puedes comprobarlo con Eleazar ben Annás, el gran amigo del Procónsul.

–       Lo verificaré. ¿A dónde  vas?

–       Con mi amigo a Keriot y después a Jerusalén.

–       Vete tranquilo. Te cuidaremos la espalda.

Judas da al soldado unas monedas.

Debe ser cosa ilícita pero usual, porque el soldado las toma, saluda y sonríe.

Judas salta…

Y se va brincando y corriendo a campo traviesa, hasta llegar a donde están sus compañeros.

Jesús le pregunta preocupado:

–       ¿Estás muy herido?

Judas contesta alegremente:

–       No es gran cosa, Maestro. Y… ¡Fue por Ti!

Pero también yo me defendí. Aunque creo que estoy todo manchado.

Juan dice:

–        Aquí hay un arroyito.

Y moja un pedazo de tela y limpia la mejilla de Judas al tiempo que le dice:

–        Tienes sangre en la cara.

Jesús agrega:

–        Me desagrada, Judas… Pero mira que decir también a ellos que era judío, según tu sentido práctico…

–        Pero eres judío por nacimiento…  Son unos brutos.

Espero que te habrás convencido Maestro y que no insistirás…

–       ¡Oh, no! No por miedo. Sino porque ahora es inútil. Cuando no se nos quiere, no se maldice y lo mejor es retirarse; rogando por las multitudes que mueren de hambre y que no ven el Pan.

Vámonos por este camino retirado…

Creo que por aquí se puede llegar a Hebrón…

Pastores sí que encontraremos…

Judas se sobresalta y pregunta:

–        ¿Para qué nos den otra apedreada?

–         ¡No! Para decirles “Yo Soy”

Judas levanta los brazos y exclama:

–        ¡Ah! Está perfecto. ¡Diles que eres Dios!

Entonces sí nos irá peor y ahora sí que nos darán de palos. ¡Hace treinta años que padecen por causa tuya!…

Jesús sencillamente dice:

–        Veremos…