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361 PARÁBOLA DEL BANQUETE


361 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los más encumbrados y poderosos Fariseos del Consejo del Sanedrín;

están reunidos en la casa del fariseo Ismael ben Fabi

donde sólo faltan, Anás, Caifás  y los verdaderos amigos de Jesús:

José de Arimatea y Nicodemo…

Porque todos los otros distinguidos y poderosos fariseos y escribas, 

reunidos en este banquete del Sábado,  en su casa,

forman un coro ruidoso e inconforme…

Eleazar ben Annás le toca a Jesús en el brazo:

–          Maestro, escúchame.

Tengo un caso especial que someter a tu consideración.

Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad;

este hombre se ha echado a perder por una mujer.

Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana,

su nodriza, ya ciega y medio chiflada.

El vendedor no la quiere.

Yo… no la querría.

Pero, ponerla en plena calle…

¿Qué harías tú, Maestro?

Jesús responde: 

–        ¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

–        Diría: “Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine”.

–        ¿Y por qué dirías eso?

–        Bueno, pues…

Porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

–        Estás muy cerca de la justicia, Eleazar.

Y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

–         Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.  

Jesús les pregunta: 

–        ¿Qué tenéis que criticar?

¿No he hablado rectamente?

¿Y éste?, ¿No ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

–        Maestro, hablas bien, pero…

¡Si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

–       Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿No?

–        No digo eso.

Pero hay casos…

–        La Ley dice que hay que tener misericordia…

–        Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano.

Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana,

ni peregrina, forastera, huérfana o viuda.

Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar no suyo,

pero olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo.

A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya,

sino de su verdadero amo…

–       El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo;

de forma que también está exento de obligaciones.

Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

–        Así, Maestro.

Es la suerte de los que… ya no sirven.

Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad.

Y la muerte es lo mejor para ellos…

Así es desde que el mundo existe. 

Y así será…

–         ¡Jesús, ten piedad de mí!

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas…

Porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío.

Jesús pregunta: 

–        ¿Quién me llama?

Ismael ben Fabi dice:   

–        Algún importuno.

Haré que lo manden afuera.

O algún mendigo.

Diré que le den un pan.

–        Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!

–       Ya decía yo.

Un importuno.

Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él.

Y con todo el cuello y la cabeza más alto,

lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

–        Quédate ahí, Ismael.

Quiero ver a este que me busca.

Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros.

Puede tener unos cuarenta años.

Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón;

violáceos los labios en la boca jadeante.

Le acompaña la mujer que hospedara a Jesús por la mañana.

El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor.

¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz.

Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío

que hay entre las mesas, colocadas en forma de “u” justo debajo de la lámpara.  

Jesús pregunta: 

–        ¿Qué quieres de Mí?

El hombre responde: 

–         Maestro… te he buscado mucho…

Desde hace mucho…

Nada quiero aparte de salud…

Por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo…

Ya ves mi mísero estado…

–        ¿Y crees que te puedo curar?

–        ¡Vaya que si lo creo!…

Cada paso que doy me hace sufrir…

Cada movimiento brusco es un dolor para mí…

Y no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte…

Y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca…

¡Vaya que si lo creo!

Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya,

porque todo en Ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras.

La mujer mira a su marido y a Jesús…

Y llora.

Jesús los mira y sonríe.

Luego se vuelve hacia el viejo tembloroso que le preguntó primero

que si iba a modificar la Ley,

y pregunta:

–        Tú, anciano escriba…

Respóndeme: ¿Es lícito curar en Sábado?

–        En sábado no es lícito hacer obra alguna.

–        ¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación?

No es trabajo manual.

–        El sábado está consagrado al Señor.

–        ¿Cuál obra más digna de un día sagrado, que hacer que un hijo de Dios

diga al Padre: “Te amo y te alabo porque me has curado”?».

–        Debe hacerlo aunque sea infeliz.

–        Cananías,

¿Sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo…

y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

–        Maestro, ¿Dices la verdad o estás bromeando?

–        Digo la verdad.

Yo veo y sé.

–        ¡Oh, pobre de mí!

¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición!

¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego!

¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

–        ¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas!

¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura?

Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos.

Y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿No me es lícito curar en sábado a éste?

–          ¡Maldito Tú, él y el sábado!

Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… 

Y dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo.

Sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca, para que le traigan su carro.

Jesús pasea lentamente sus ojos mirando a los que tiene alrededor,

Pregunta: 

–        ¿Y ahora? 

Y ahora, decidme, vosotros. ¿Es lícito o no?

Ninguna respuesta.

Eleazar agacha la cabeza.

Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos,

sobrecogido por el hielo que reina en la sala. 

Con majestuoso aspecto y voz tronante,

como siempre cuando está para realizar un milagro.  

Jesús declara: 

–        Bien, pues entonces voy a hablar Yo.

–        Hablaré, Yo.

Hablo. Digo:

Hombre, hágase en ti según crees. Estás curado.

Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda un poco desorientado.

Se estremece y… 

Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

–         ¡Ve, ve!

Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

–        Pero, Maestro…

En mi casa… En sábado…

–        ¿No das tu aprobación?

Ya lo sé.

Por esto he venido.

Y volviéndose hacia Ismael ben Fabi,

agrega:

–        ¿Tú, amigo? No.

Enemigo mío.

No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

–        ¿Ofendes ahora?

–        No.

Digo la verdad.

Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana,

porque no es de su propiedad.

Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando,

uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga

por haberte tenido que servir, como le exigías para no despedirla.

Servirte por ella y por su marido.

Tú decías: “He hecho contrato por dos personas que trabajaran.

Y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto”.

Y ella te lo ha dado.

Y ha muerto con su hijo en el vientre, porque esa mujer era madre.

Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta.

¿Dónde están ahora esos dos niños?

–         No lo sé…

Desaparecieron un día.

–        No mientas ahora.

Basta haber sido cruel.

No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados,

a pesar de su total carencia de obras serviles.

¿Dónde están esos niños?

–        No lo sé.

Ya no lo sé. Créelo.

–        Yo lo sé.

Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura.

Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos

en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca…

Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro, más que un perro verdadero.

Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos.

Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido.

¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos.

Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices

de que los demás no se ocupan.

Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios.

Y dicen: “Señor, vénganos Tú;

porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando”.

¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad?

Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían

a su padre y a su madre.

Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros.

Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta.

Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías.

¿Es que la Ley no dice: “No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis

y elevan su voz hacia Mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará,

Y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos”?

¿No dice eso la Ley?

Y entonces, ¿Por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás?

¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo?

¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo?

Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos,

por la destrucción de su bosque.

¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir?

Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿Por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas?

Yo soy el Médico de vuestro espíritu.

¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos – y esa mujer que ha salido es uno de ellos – merecen,

a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el Banquete de Dios?

No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale.

Dios os ve desde lo alto de su Trono. Y os juzga.

¡Cuántos ve mejores que vosotros!

Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas,

elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante”. Honor de méritos y honor de humildad.

Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia!

¡Y oír que le dicen: “Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú”!

Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios.

Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico.

Yo no te odio. He venido para curarte.

Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos.

Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto.

No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos.

Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos,

huérfanos y viudas.

La única compensación que te darán serán bendiciones.

Pero Dios las transformará para ti en gracias.

Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos,

que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia,

y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos!

Yo vengaré a los abandonados.

–        Maestro… yo… quiero complacerte.

Tomaré de nuevo a esos niños.

–         No.

–        ¿Por qué?

–        ¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza.

Quiere aparentar humildad.

Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno.

Y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios,

en su espíritu y en el Reino eterno.

Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo.

Los cargos…

Las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete,

Lucas 14

y termina:

–        Has dicho los cargos… las ocupaciones.

Es verdad.

Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con

victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla.

El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes

con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón.

Si ese corazón quiere.

Y basta una palabra.

Yo os he dicho muchas. Y miro…

En un corazón está naciendo una planta santa.

En los otros, espinos para Mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa.

Yo voy por mi camino recto.

El que me ame que me siga.

Yo paso llamando.

Los que sean rectos que vengan a Mí.

Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente.

Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo.

Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita.

Siente que fui severo por amor, no por odio.

Paz a esta casa y a sus habitantes.

Paz a todos, si merecéis paz.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreo

316 EL FALSO CRISTIANISMO


316 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Sigue nublado en un lúgubre día que presagia más lluvia sobre toda la comarca del lago Merón. 

Fango y nubes.

Silencio y calígine.

El horizonte desaparece entre las brumas.

La cadena del Hermón está sepultada bajo la espesa capa de nubes bajas.

Pero desde este lugar – una llanura alta, situada cerca del pequeño lago; 

todo oscuro y amarillento por el fango de mil riachuelos crecidos…

Y el cielo de Noviembre lleno de nubes.

Se aprecia perfectamente este pequeño lago alimentado por el Alto Jordán;

que de él sale luego para ir a alimentar al otro lago; más grande, de Genesaret.

Cae la tarde, cada vez más triste y amenazadora de lluvia…

Cuando Jesús toma el camino que corta el Jordán después del lago de Merón.

Entra luego por una vereda abierta entre los campos, que apenas han recibido la simiente,

Porque la tierra está todavía mullida y oscura como cuando ha sido sembrada recientemente. 

Encuentra a dos niños y su rostro se ilumina con una sonrisa…

Se detiene a acariciarlos…

Son un niño de no más de cuatro años y una niña que tendrá unos ocho.

Deben ser niños muy pobres a juzgar por sus míseros vestiditos descoloridos y rotos.

Y su carita triste y flaca.

Jesús no les pregunta nada.

Se limita a mirarlos fijamente mientras los acaricia.

Luego reanuda ligero su paso, hacia una casa que está en el fondo de la vereda.

Es una casa labriega pero de buen aspecto, con una escalera exterior que sube del suelo

a la terraza, en que hay un emparrado, ahora desnudo de racimos y hojas; 

solamente queda alguna que otra última hoja ya amarilla, que pende y se mueve con el viento

húmedo de un triste día de otoño.

En el murete de la casa unas palomas zurean,

esperando el agua que el cielo gris y todo nublado promete.

Jesús, seguido por los suyos, empuja la tosca cancela de la albarrada que rodea la casa;

entra en un patio – nosotros diríamos una era – con su pozo.

Y en un ángulo, hay también un horno de paredes más oscuras por el humo que incluso ahora sale

y que el viento empuja hacia la tierra.

Al oír el rumor de los pasos, una mujer se asoma a la puerta de esta  edificación.

Al ver a Jesús, lo saluda con alegría y corre a avisar a la casa.

Un hombre maduro  y grueso, sale a la puerta de la casa.

Y va enseguida hacia Jesús.  

Lo saluda diciendo:

–        ¡Qué gran honor verte, Maestro! 

Jesús responde con su saludo:

–       La paz sea contigo. 

 Y añade:

«Está anocheciendo y la lluvia se acerca.

Vengo a pedirte alojamiento y un pan para mí y mis discípulos.

–        Entra, Maestro.

Mi casa es tuya.

La doméstica está para sacar el pan del horno.

Con mucho gusto te lo ofrezco, con el queso de mis ovejas y los productos de mis campos.

Entra…

Entra, que el viento es húmedo y frío…

Y solícito, sujeta la puerta y hace una reverencia cuando pasa Jesús.

Pero inmediatamente cambia de tono dirigiéndose a alguien que ha visto… 

Y dice airado:

–       ¿Todavía estás aquí?

¡Vete! ¡No hay nada para ti!

¡Vete! ¿Entendido?

Aquí no hay sitio para los vagabundos…

Y farfulla entre dientes:

«…Y quizás rateros como tú».

Una vocecita llorosa responde:

–        Piedad, señor.

Al menos un pan para mi hermanito.

Tenemos hambre…

Jesús, que había entrado en la vasta cocina, alegrada e iluminada con un vivo fuego,;s

sale a la puerta.

Su rostro es ya muy distinto.

Severo y triste, pregunta, no al huésped sino en general:

Parece como si se lo preguntara a la era silenciosa, a la desnuda higuera, al oscuro pozo -:

–        ¿Quién tiene hambre?  

–        Yo, Señor.

Yo y mi hermano.

Sólo un pan y nos vamos.

Jesús está ya afuera.

Ha salido al ambiente cada vez más lúgubre por el crepúsculo y la lluvia inminente.  

Y su voz llena de dulzura, dice:

–       Pasa.

–       ¡Tengo miedo, Señor!

–       Ven, te digo.

No tengas miedo de Mí.

De la parte trasera en una arista de la casa sale la pobre niña.

De la mísera tuniquita viene agarrado su hermanito.

Se acercan titubeantes por el susto.

Con una mirada tímida a Jesús;

una de temor  al dueño de la casa, que pone ojos amenazadores,

mientras dice:

–        Son vagabundos, Maestro.

Y ladrones.

Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara.

Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara.

Está claro que quería entrar a robar.

¡A saber de dónde vendrán! No son del lugar.

Jesús lo escucha…

Si se puede decir que lo escucha.

Mira muy fijamente a la niña de carita demacrada, de trenzas despeinadas…

(son dos coletas a los lados de ambas orejas, atadas al extremo con una cinta de trapo viejo).

El rostro de Jesús no es severo mientras mira a la pobrecita; 

está triste, pero sonríe para animar a la niña: 

le pregunta:

–        ¿Es verdad que querías robar?

Di la verdad.  

La vocecilla infantil, explica:

–       No, Señor.

Había pedido un poco de pan, porque tengo hambre.No me lo han dado.

He visto una corteza de pan untada, allí, en el suelo,

cerca del molino del aceite.

Y había ido a recogerla.

Tengo hambre, Señor.

Ayer he conseguido sólo un pan, pero lo guardé para Matías…

¿Por qué no nos han metido en la tumba con nuestra mamá?

La niña llora desconsoladamente y su hermanito también.

–        No llores.

Jesús la consuela acariciándola y arrimándola a su pecho.

–        Responde: ¿De dónde eres?

–       De la llanura de Esdrelón.

–       ¿Y has venido hasta aquí?

–       Sí, Señor.

–       ¿Hace mucho que ha muerto tu madre?

¿No tienes padre?

–       Mi padre murió por el sol en el tiempo de la cosecha;

mi mamá, la pasada luna…

Ella y el niño que iba a nacer murieron…

Y el llanto aumenta.

–       ¡No tienes ningún pariente?  

       ¡Venimos de muy lejos!

No éramos pobres…

Luego mi padre tuvo que ponerse al servicio de un patrón.

Ahora ha muerto y mi mamá con él.

–       ¿Quién era el patrón?

-El fariseo Ismael.

–       ¡El fariseo Ismael!…

Es intraducible el modo como Jesús repite este nombre.

)-       ¿Saliste de allí por propia voluntad o te echó él?

–        Me echó, Señor.

Dijo: “Los perros hambrientos a la calle”.

Jesús se vuelve hacia el hombre que sería su anfitrión,

y pregunta:

–        ¿Y tú, Jacob?

¿Por qué no has dado un pan a estos niños?

¿Un pan, un poco de leche y un manojo de heno como cama para su cansancio? 

El hombre trata de disculparse:

–       Pero… Señor…

Tengo justo el pan que necesito…

poca leche… y meterlos en casa…

Éstos son como animales vagabundos.

Si se les pone buena cara luego ya no se marchan…

–       ¿Y te falta sitio y alimento para estos dos infelices?

¿Lo puedes decir con verdad, Jacob?

La cosecha abundante, la abundancia de vino, de aceite, de fruta;

que han hecho famosa tu propiedad este año,

¿Por qué te han venido?

¿No te habrás olvidado ya, no?

El año pasado, el granizo había depauperado tus bienes.

Estabas preocupado por tu vida…

Vine y te pedí un pan…

Tú me habías oído hablar un día y me fuiste fiel…

En medio de tu aflicción me abriste tu corazón y tu casa.

Me diste un pan y me alojaste.

¿Qué te dije al salir a la mañana siguiente?

“Jacob, has comprendido la Verdad. Sé siempre misericordioso y obtendrás misericordia.

Por el pan que has dado al Hijo del hombre, estos campos te darán muchos cereales;

Tus olivos estarán llenos de aceitunas, como si soportaran los granos de la arena marina,

tus manzanos, plegados hasta el suelo por su peso”.

Lo has tenido, y eres el más rico de la comarca este año.

¿Y niegas un pan a dos niños!…

–       Pero tú eras el Rabí…

–       Precisamente porque lo era podía hacer de las piedras pan;

éstos, no.

Ahora te digo: verás un nuevo milagro y te producirá aflicción, una gran aflicción…

Cuando llegue ese momento, dándote golpes de pecho, di: “Me lo he merecido”.

Jesús se vuelve a los niños:

–        No lloréis.

Id a ese árbol y coged los frutos.  

La niña objeta:

–       Pero si está vacío, Señor. 

–       Ve.

La niña obedece. 

Va, y vuelve con el vestidito alzado, lleno de manzanas rojas y hermosas.

–       Comed y venid conmigo.

Y mirando a los apóstoles,

agrega:

–       Vamos a llevar a estos dos pequeñuelos a Juana de Cusa.

Ella sabe recordar los beneficios recibidos.

Y es compasiva por amor a Quien usó con ella misericordia.

Vamos.

El hombre, confundido y apesadumbrado, trata de arreglar las cosas,

diciendo:

–       Es de noche, Maestro.

Te puede venir el agua por el camino.

Entra en mi casa.

Mira, la doméstica va a sacar ya el pan del horno…

Te doy también para ellos.

–       No hace falta.

No sería por amor;

lo darías por miedo al castigo prometido.

Y el hombre, señalando a las manzanas que los dos niños hambrientos se están comiendo con avidez,

Que fueron tomadas del árbol antes vacío, 

Balbucea:

—     Entonces no es éste…

¿No es éste, entonces, el milagro?

Jesús se muestra muy enojado, 

al afirmar:

–       No.

–       ¡Oh, Señor!

¡Señor, ten piedad de mí!

¡Entiendo!

¡Tienes intención de castigarme en las mieses!

¡Piedad, Señor!

–       No todos los que me dicen “Señor” me tendrán;

Porque el amor y el respeto no se testifican con la palabra;  sino con obras.

Tendrás la piedad que tú has tenido.

–       Yo te amo, Señor.

–       No es verdad.

Me ama quien ama, porque esto es lo que he enseñado.

Tú sólo te amas a ti mismo.

Cuando me ames como enseño, el Señor volverá.

Ahora me marcho.

Mi techo es hacer el bien, consolar a los afligidos, enjugar las lágrimas de los huérfanos.

Como la gallina extiende sus alas sobre los pollitos indefensos;

así extiendo mi poder sobre los que sufren y viven en el dolor.

Venid, niños.

Pronto tendréis casa y pan.

Adiós, Jacob.

Y no contento con marcharse, indica que cojan en brazos a la niña fatigada.

Andrés la toma y la arropa en su manto.

Y Él toma al niño.

Empiezan a caminar por la vereda ya oscura, con su carga de piedad que ya no llora.

Pedro dice:

–       ¡Maestro!

¡Qué gran suerte para éstos el que hayas llegado en este momento!

¡Pero para Jacob!…

¿Qué vas a hacer, Maestro?

–       Justicia.

No llegará a conocer el hambre, porque tiene todavía muy llenos los graneros,

pero sí que conocerá la estrechez, porque el trigo sembrado no producirá grano.

Y los olivos y manzanos solamente hojas.

Estos inocentes.

No de Mí, sino del Padre, han recibido pan y casa;

porque mi Padre es también Padre de los huérfanos;

sí, Él, que da el nido y el alimento a los pájaros de los bosques.

Éstos pueden decir y con ellos todos los desvalidos;

los desvalidos que saben permanecer “hijos inocentes y amorosos”,

que en sus pequeñas manos Dios ha depositado el alimento…

Y que, con paterna guía, los conduce a una casa hospitalaria.

Y todo termina así. 

Dice Jesús:

“Para todos es la enseñanza de que sé ser el “Señor” con justicia.

A mí no se me engaña, ni se me adula con falaz obsequio.

Quien cierra su corazón a su hermano, lo cierra a Dios, y Dios a él.

¡Oh, hombres,

es el primer mandamiento: Amor y amor.

El que no ama, y se profesa cristiano, miente.

Es inútil frecuentar los sacramentos y los ritos;

inútil la oración, si falta la caridad.

Quedan convertidos en fórmulas, e incluso en sacrilegios.

¿Cómo podéis venir al Pan eterno y saciaros con Él, cuando habéis negado un pan a un hambriento?

¿Vale más, acaso, vuestro pan que el mío?

¿Es más santo? ¡Hipócritas!

Yo me doy a vuestra miseria sin medida.

Y vosotros, que sois miseria, no tenéis piedad de miserias que ante los ojos de Dios,

no son odiosas como lo son las vuestras:

porque aquellas son desventuras, mientras que las vuestras son pecado.

Demasiadas veces me decís: “Señor, Señor” para ganar mi benignidad para vuestros intereses.

Pero no lo decís por amor al prójimo y no hacéis nada por el prójimo en nombre del Señor.

Mirad: colectiva e individualmente,

¿Qué os ha dado vuestra falaz religión y auténtica anti-caridad?

El abandono de Dios.

Y el Señor volverá cuando sepáis amar como Yo he enseñado.

Pero, a vosotros, pequeño rebaño formado por los que sufren siendo buenos, os digo:

“Nunca estáis huérfanos, nunca abandonados.

No existiría Dios, antes que faltarles la Providencia a sus hijos.

Tended la mano:

el Padre os da todo como “padre”, o sea, con amor que no humilla.

Enjugad vuestras lágrimas.

Yo os tomo y os llevo conmigo porque siento piedad de vuestro abatimiento”.

La criatura más amada es el hombre.

¿Vais a poner en duda que el Padre se mostrará más compasivo con el hombre fiel que con los pájaros?,

¿Con el hombre fiel, Él, que es longánimo incluso con el pecador y le da tiempo y manera de ir a Él?

¡Ah, si el mundo comprendiera lo que es Dios!

Dice María (la Virgen

Soy Mamá.

Mi Jesús ha hablado de la infancia del espíritu, requisito necesario para conquistar el Reino.

 Son los detalles los que hacen hermoso el cuadro, los que revelan la capacidad del pintor y la sabiduría del observador.

Quiero que observes la humildad de mi Jesús.

Aquella pobre niña, en su ignorante simplicidad,

no trata de forma distinta al pecador de corazón de piedra y a mi Hijo.

No sabe ni de “Rabí” ni de “Mesías”.

Siendo poco menos que una pequeña salvaje, que ha vivido en los campos,

en una casa donde se despreciaba al Maestro, porque el fariseo Ismael despreciaba a mi Jesús; 

no había oído jamás hablar de Él, no lo había visto.

Su padre y su madre, quebrantados por el trabajo insoportable que el cruel patrón exigía,

no tuvieron tiempo ni modo de levantar la cabeza de la gleba que roturaban.

Habrían oído, quizás, mientras segaban el heno o las mieses

mientras recogían la fruta o los racimos;

mientras trituraban la aceituna en la dura muela,

un clamor de ¡hosanna!

Habrían, incluso, levantado un momento su cansada cabeza.

Mas el miedo y el cansancio habrían vencido enseguida esas cabezas bajo su yugo.

Y murieron pensando que el mundo era sólo odio y dolor;

en cambio, el mundo, desde que lo pisaban los santísimos pies de mi Jesús,

era amor y bien.

Siendo sólo los pobres siervos de un despiadado patrón, murieron sin cruzarse siquiera una vez

con la mirada y la sonrisa de mi Jesús;

sin haber oído su Palabra,

que daba una riqueza al espíritu por la que los indigentes se sentían ricos,

los hambrientos hartos, los enfermos sanos, consolados los que sufrían.

Pues bien, Jesús no dice:

“Yo, que soy el Señor, te digo: haz esto”.

Conserva su anonimato.

Y la pequeñuela, tan simple que no comprendió

ni siquiera al ver el milagro de un manzano, desnudo incluso de hojas,

que carga una rama suya de manzanas para saciar su hambre,

lo sigue llamando “Señor”, como llamaba a su patrón Ismael y al cruel Jacob.

Se siente atraída hacia este Señor bueno

porque la bondad siempre atrae.

Pero nada más.

Le sigue con confianza.

Lo ama inmediatamente, instintivamente,

esta pobre criaturita sola en el mundo,

ignorada voluntariamente por el mundo,

por ese “mundo importante de los poderosos y de los que gozan de la vida”

que quiere mantener en la sombra a los inferiores,

para poderlos torturar más a gusto y explotar más acerbamente.

Más adelante sabrá quién era aquel “Señor” que

– pobre como ella, sin casa ni alimento,

sin madre porque todo lo había dejado por amor al hombre

(también a esa pizquita de ser humano que era ella, pobre criaturita niña)

le había dado milagrosos frutos,

queriéndole quitar de sus labios y su corazón

el amargor de la maldad humana

que crea el odio de los desvalidos contra los poderosos,

con un fruto del Padre,

no con un mendrugo de pan ofrecido tarde

y que para ella habría tenido en todo caso sabor de dureza y llanto.

¡Ah, verdaderamente esas manzanas recordaban el  huerto del Paraíso Terrenal!

Fruto nacido en la rama para el Bien y para el Mal,

determinaría redención de todas las miserias

– la primera la de la ignorancia de Dios -para los dos huerfanitos;

determinaría castigo para aquel que, conociendo ya la Palabra,

había obrado como si no la conociera.

Sabrá más adelante, de boca de la mujer buena que en Nombre de Jesús la acogió,

Quién era Jesús:

para ella Salvador repetidamente: del hambre, de la intemperie,

de los peligros del mundo, del pecado original.

Pero, para ella, Jesús tuvo siempre la luz de aquel día,

bajo esa luz lo vio siempre: el Señor bueno con bondad de cuento infantil,

el Señor que tenía caricias y dones,

el Señor que le había hecho olvidar que no tenía ni padre ni madre, ni casa ni vestidos,

porque había sido para ella bueno como su padre y dulce como su madre. 

Y había ofrecido un nido para el cansancio de los dos,

su pecho y el de otros hombres buenos que estaban con Él,

y abrigo para la desnudez de los dos,

su manto y el de otros hombres buenos que con Él estaban.

Una luz paterna y suave, que no se apagó con el flujo de las lágrimas,

ni siquiera cuando supo que había muerto atormentado en una cruz;

ni siquiera cuando, pequeña fiel de la primera Iglesia,

vio el aspecto del rostro de su “Señor”

con los golpes y las espinas y pensó cómo era El ahora, en el Cielo,

a la derecha del Padre.

Una luz que le sonrió en su última hora de la tierra,

y la condujo sin temor hacia su Salvador.

Una luz que le sonrió una vez más con inefable dulzura en el, fulgor del Paraíso.

Jesús te mira a ti también así.

Míralo siempre como lo veía tu lejana homónima

y siéntete feliz de este amor suyo.

sencilla, humilde, fiel, como la pobre y pequeña María que has conocido.

Ve adónde ha llegado, a pesar de que fuera una pobre ignorantilla de Israel:

al corazón de Dios.

El Amor se le reveló como se ha revelado a ti

y se hizo docta con la verdadera Sabiduría.

Ten fe, vive en la paz.

No existe miseria alguna que mi Hijo no pueda transformar en riqueza;

no hay soledad alguna que no pueda colmar;

como tampoco hay falta alguna que no pueda borrar.

El pasado no existe, cuando el amor lo anula.

Ni siquiera un pasado horrendo.

¿Temerás tú si no temió Dimas el ladrón?

Ama, ama y no tengas miedo de nada.

Mamá te deja con su bendición.

273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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173 PRINCIPIO DE LA CAÍDA


173 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El miércoles por la mañana, la comitiva de los apóstoles y las mujeres, a cuyo frente van Jesús y María con el pequeño Margziam, se acerca a la Puerta de los Peces, en el Templo de Jerusalen. 

José de Arimatea, fiel a su palabra ha venido a su encuentro.

Jesús busca con sus ojos al soldado Alejandro, pero no lo ve.

Dice en voz alta:

–   Ni siquiera hoy está.

Me gustaría saber que ha sido de Él.

La gente es tan numerosa que no hay manera de dirigirse a los soldados.

Además de que sería una imprudencia, pues los judíos están muy enojados por la rabia que sienten por la captura del Bautista;

a manos de Herodes Antipas, de quién hacen cómplice a Pilatos y sus satélites.

Una andanada de insultos con epítetos muy pintorescos, aunque nada diplomáticos, estallan a cada instante;

como las chispas de una rueda de fuegos artificiales.

A los galileos también les toca.

José de Arimatea se adelanta cerca de Jesús y la multitud que lo conoce, guarda silencio por respeto a él.

Dejan atrás la Puerta de los peces y…

Les sale al encuentro Felipe, Tomás y Bartolomé.

Tomás grita:

–    ¡Eh, Maestro!

Varios preguntan:

–    ¿Judas no está con ustedes?

Tomás contesta:

–    Estamos aquí desde temprano por temor de que fueses a venir antes.

Pero él no se ha dejado ver. Ayer lo encontré. Parecía un levita y estaba con Sadoc el escriba.

¿No lo conoces José?

Es viejo, flaco y con una verruga bajo el ojo. Había también otros jóvenes. Le grité: ¿Cómo estas Judas? Y no me respondió…

 Fingió no conocerme y yo dije: ¿Qué le pasará?

Y cuando me acerqué a él, se separó de Sadoc y se fue rápido con  otros de su edad… Que ciertamente no eran levitas.

Y ahora, no ha venido.

¡Él sabía que quedamos de vernos aquí!

Felipe no dice nada.

Bartolomé aprieta los labios, para no decir lo que está pensando en su corazón.

Pedro dice:

–    Está bien. da lo mismo.

No me voy a poner a llorar porque no está aquí.

Jesús dice:

–    Vamos a esperar un poco.

Puede ser que se haya entretenido en el camino.

Las mujeres y los hombres en diversos grupos, se apoyan sobre el muro donde hay sombra.

Todos se han vestido muy solemnes.

El más lujoso es Pedro.

Hace gala de un turbante nuevo, blanco como la nieve, con galón recamado en color rojo y dorado.

El vestido que trae es de color granada muy oscuro.

Lo adorna con una faja nueva del mismo color del turbante, donde le cuelga la vaina de un puñal.

La empuñadura está grabada y la vaina adornada de latón, bruñido. A través de ella se ve brillar el acero.

Casi todos los demás están armados, menos Jesús; que luce su vestido blanco y su manto azul rey.

Margziam trae un vestido rojo claro, con un galón más oscuro al cuello, en los bordes y en las muñecas.

en la cintura y en los bordes del manto que el niño trae doblado sobre el brazo.

Lo toca con cariño.

vez en cuando levanta su carita, mitad sonrisa, mitad preocupación…

Pasa el tiempo y Judas no llega.

Pedro gruñe:

–    No se dignó…

Juan dice:

–    Tal vez nos espera en la Puerta Dorada.

Se van al templo, pero Judas no está.

José de Arimatea no aguanta más…

y dice:

–     Vámonos.

Margziam palidece.

Besa a María diciéndole:

–    Ruega… Ruega…

Ella contesta sonriendo con dulzura:

–     Sí, querido.

No tengas miedo. Estás muy bien preparado…

Margziam se arrima a pedro y le estrecha nerviosamente la mano.

Y como no se siente muy seguro, busca la mano de Jesús,

que le dice:

–   Yo no voy, Margziam.

Voy a rogar por ti. Nos veremos después.

Pedro exclama asombrado:

–   ¿No vienes?

¿Por qué, Maestro?

–   Porque es mejor así.   

Jesús está serio y triste.

Agrega:   

–   José que es justo, no puede menos que aprobar mi acción.

En realidad, José no dice nada.

Con su silencio y con un suspiro, confirma lo dicho por Jesús.

Pedro dice afligido:

–    Entonces… vámonos.

Margziam se pega a Juan.

José, a quien saludan a cada paso con inclinaciones profundas, los precede.

Los acompañan simón y Tomás.

Los demás se quedan con Jesús.

Entran a una sala donde un joven está escribiendo en un rincón.

Se levanta al ver a José y se inclina hasta el suelo.

José le dice:

–    Dios sea contigo, Zacarías.

Ve a llamar al punto a Azrael y a Jacob.

Inmediatamente se va y poco después regresa con dos rabinos de aspecto severo, que pierden su cejo de preocupación ante José. 

Detrás de él están otros ocho personajes de menor rango.

Se sientan y solo quedan de pie, José y los postulantes.

El de mayor edad pregunta:

–     ¿Qué quieres, José?

José de Arimatea responde:

–    Presentar a vuestro saber a este hijo de Abraham que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y gobernarse por sí solo.

Lo miran con admiración,

y preguntan:

–    ¿Pariente tuyo? 

–     En Dios todos somos parientes.

El niño es huérfano y este hombre de cuya honradez yo soy fiador, lo ha tomado por suyo a fin de que su tálamo no quede sin descendencia.

–   ¿Quién es?

¡Qué responda por sí!

Pedro contesta:

–    Simón de Jonás.

De Betsaida de Galilea.  Casado sin hijos; pescador porque así quiere el mundo. Hijo de la Ley por voluntad del Altísimo.

–    Y tú Galileo asumes esa responsabilidad, ¿Por qué?

–    Está en la Ley que se tenga amor por el huérfano y por la viuda. La cumplo.

–    ¿Conoce éste realmente la Ley para merecer que…? Pero tú niño responde; ¿Quién eres?

El niño, con dignidad pero sin altivez; contesta:

–   Yabé Margziam de Juan, de la campiña de Emmaús.

Tengo doce años de edad.

Los rabinos dicen: 

–    Luego eres de Judá.

.    ¿Es lícito que cuide de él un galileo?-

–    Busquemos en las leyes.

A Pedro le empieza a hervir la sangre:

–    ¿Pero que soy yo?

¿Leproso o maldito?

José de Arimatea interviene:

–     Cállate Simón.

Yo hablo por él. Dije que soy fiador de este hombre. Lo conozco como si fuese de mi casa.

El Anciano José jamás propondría una cosa contraria a la Ley y ni siquiera a las leyes.

Examinad por favor al niño, justa y cuidadosamente.

El patio está lleno de niños que esperan el examen.

No os tardéis por amor a todos los demás.  

–     Pero, ¿Quién prueba que el niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?

–    Lo puedes comprobar en las Escrituras.

Es una investigación molesta, pero se puede hacer. Niño, me dijiste que fuiste el primogénito ¿No es así?

Margziam contesta:

–     Sí, señor.

Puedes verlo, porque fui consagrado al señor y rescatado con lo prescrito.

José agrega: 

–     Entonces busquemos otros datos… 

Los dos quisquillosos responden secamente:

–     No es necesario.

–     Ven aquí, muchacho.

Y comienza el examen de los doctores de la Ley…   

–    Dí el Decálogo.

–    El niño lo recita.

–   Dame ese rollo, Jacob.

Le entregan el rollo solicitado,

e indica:

–     Si sabes, lee.

–     ¿En dónde rabí?

Azrael responde:

–     En donde quieras.

En donde tus ojos se fijen.

Jacob le quita el pergamino y lo desenrrolla.

le señala: 

–     Aquí.

El niño lee.

–    ¡Basta! Basta…

¿Qué cosa es esto?

Pregunta Jacob señalando las extremidades de su manto.

–    Las franjas sagradas, señor.

Las llevamos para acordarnos del precepto del Altísimo Señor.

–    ¿Es lícito a un israelita comer de cualquier carne?

–    No, señor. tan sólo de las que han sido declaradas lícitas.

–    Dime los preceptos.

Y obediente, el niño comienza la letanía de: ‘No cometerás…’

–    ¡Basta! Basta.

Para ser galileo, sabe demasiado.   

Entonces se dirige a Pedro:   

–     Oye tú,

A ti te toca jurar que el niño ha llegado a su mayoría de edad.

Pedro, con el mayor garbo que todavía conserva, después de tantos desaires…

Empieza a proclamar su discurso que le pertenece,

como padre:

–    Como habéis observado mi hijo ha llegado a la edad prescrita.

Es capaz de guiarse por el conocimiento de la Ley, de los preceptos, de las costumbres y tradiciones; ceremonias, bendiciones y oraciones.

Por eso, como habéis comprobado; puede él, como yo también, pedir que se le conceda el derecho de haber llegado a la mayoría de edad.

En realidad, yo debería haberlo dicho antes. Pero las costumbres han sido violadas y no por nosotros los galileos.

Al niño le preguntaron antes que a su padre. Ahora os digo, una vez que lo habéis considerado capaz:

Desde este momento no soy yo responsable de sus acciones, ni ante Dios, ni ante los hombres.

Azrael indica:

–   Pasad a la sinagoga.

El reducido grupo pasa a la sinagoga, en medio de las caras rígidas de los rabinos a quienes Pedro les ha dicho la verdad.

Derecho, enfrente de los fascítoles y lámparas, le cortan el cabello a Marziam, hasta las orejas.

Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, recamada en amarillo oro.

Y con él ciñe la cintura del niño.

Margziam le entrega a Pedro el manto y mientras los sacerdotes le colocan en la frente y en el brazo, cintas de cuero.

Pedro hace lo propio, poniendo diligentemente en el manto de Margziam, las franjas sagradas.

¡Qué emocionado está Pedro cuando entonan los salmos y la Palabra del Señor!…

Y casi inmediatamente, todos los celebrantes, literalmente escapan…

Con esto se pone fin a la ceremonia.

Pedro dice:

–     ¡Menos mal!

¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa.

Tú… tú, hijo mío, tienes a Otro que te consagra…

Vamos a tomar un corderito, para el sacrificio de Alabanza al Señor. Un corderito encantador como tú.

Y su vuelve hacia el anciano doctor de Israel,

diciendo:

–     Te agradezco mucho José.

Tú también Marziam. Da las gracias a este gran amigo.

Sin ti José, nos hubieran tratado muy mal del todo…

Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú.

José de Arimatea dice:

–     Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú.

Te ruego que vengas a mi casa de Bezetha, para el banquete. Y contigo todos, como es lógico.

Permíteme que sean mis invitados.

Pedro, lleno de humildad, pero radiante de alegría, inclinando la cabeza como saludo,

contesta con exquisita cortesía:

–     Vamos a decírselo al Maestro.

Para mí… ¡Es demasiado honor!

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al Patio de las Mujeres.

Allí todas felicitan a Margziam.

Luego los hombres pasan al Atrio de los Israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos.

Se reúnen todos en una armónica comunión de felicidad. 

 Y mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto!

Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio más bien angustioso, de sus compañeros.

Sólo cuando están en la sala de la casa de José y cuando le hacen a Margziam la pregunta de rigor, acerca de lo que hará en el futuro… 

Y el niño declara con firmeza: 

–     Seré pescador como mi padre.

Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende…

Y dice: 

–     La verdad es que Judas nos ha puesto una gota de acíbar sobre esta felicidad y en esta fiesta…

Estás preocupado, Maestro… y los demás…

Tú… tú, hijo mío, tienes

Tú estás muy preocupado, Maestro.

Y los demás están tristes por eso. Perdóname si antes no lo había notado…

¡Ah!… ¡Ese, Judas!…

Ese mismo lamento está en el corazón de todos los demás.

Jesús, para quitar la preocupación, se esfuerza en sonreír…

Y dice:

–    No te molestes Simón.

No hace falta a la fiesta.

Oye, ¿Entonces Margziam respondió muy bien?

Lo sabía de antemano.

José regresa después de haber dado órdenes a sus criados,

Y dice:

–     Os agradezco a todos vosotros por haberme rejuvenecido con esta ceremonia.

Y por haberme dado el honor de tener en mi casa al Maestro, a su madre, a sus familiares y amigos.

Y a vosotros queridos condiscípulos, junto con todos mis invitados, venid al jardín…

Con la última frase, José manifiesta su verdadero sentir de pertenencia al grupo apostólico.

Todos van y celebran el acontecimiento.

117 ESTIRPE DE LOS CÉSARES


117 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en el centro de una plaza amplia, bastante bonita, que se prolonga en una calle muy ancha hasta la orilla del mar.

Una galera parece haber dejado hace poco el puerto y sale a mar abierto impulsada por el viento y los remos, mientras que otra está haciendo las maniobras para atracar,

como se deduce del hecho de que están plegando velas y de que los remos se mueven sólo por una banda para hacer virar a la nave en la posición conveniente.

El puerto, desde la plaza no se ve, pero debe estar cerca.

En los lados de la plaza hay series de casas grandes, con las típicas paredes exteriores casi exentas de puertas y no hay ningún establecimiento de comercio.

Pedro desaprueba:

–     ¿A dónde vamos ahora?

Has querido venir aquí en vez de ir al lado oriental; éste es un lugar de paganos, ¿Quién crees que te va a escuchar? 

Jesús indica:

–     Vamos allí, a aquel ángulo que se abre hacia el mar; allí voy a hablar.

–     A las olas.

–     También las olas han sido creadas por Dios.

Y van…

Ahora están justo en ese ángulo.

Ven el puerto, donde está entrando lentamente la galera vista antes.

Ahora la amarran en el lugar destinado a ella.

Algún marinero se da al ocio a lo largo de los espigones; algún vendedor de fruta se arriesga a ir hacia la nave romana a vender su mercancía; nada más.

Jesús, arrimado de espaldas a una pared, da verdaderamente la impresión de que estuviera hablando a las olas.

Los apóstoles, poco satisfechos de la situación, están en torno a Él, parte en pie, parte sentados en piedras colocadas acá o allá, con la intención de que sirvan de banquetas.

Y Jesús predica a las olas…

“Insensato el hombre que viéndose poderoso, sano, feliz, dice: “¿De qué tengo necesidad?, ¿De quién?

De nadie tengo necesidad. Nada me falta, me basto a mí mismo. Las leyes y decretos de Dios y de la moral, para mí, son nulos.

Mi ley consiste en hacer lo que está en mi mano, sin preocuparme de si beneficia o perjudica a los demás”.

Uno de los vendedores se vuelve al oír esa voz sonora y se acerca hacia Jesús,

que continúa diciendo:

–     Así hablan el hombre y la mujer que no tienen ni sabiduría ni fe.

Con ello muestran su mayor o menor poder, mas denuncian su parentesco con el Mal.

Algunos hombres bajan de la galera y de otras barcas,

y se dirigen hacia Jesús.

–     El hombre demuestra, no con las palabras sino con los hechos, que está emparentado con Dios y la virtud,

cuando considera que la vida es más mudable que las olas del mar, ahora calmas, mañana furiosas.

Del mismo modo, el bienestar y poder de hoy pueden ser mañana miseria e impotencia. ¿Qué hará entonces el hombre que no vive unido a Dios?

¿Cuántos de los que ahora están en esa galera un día vivían dichosos y gozaban de poder. Y ahora son esclavos y se los considera reos!

Reos: por tanto, doblemente esclavos de la ley humana, en vano burlada porque existe y castiga a sus transgresores.

Y de Satanás, quien para siempre se apodera de los culpables que no llegan a odiar su culpa.  

Un oficial romano se acerca diciendo:

–     ¡Hola, Maestro!

¿Cómo por aquí? ¿Sabes quién soy?

Jesús le responde:

–     Que Dios sea contigo, Publio Quintiliano.

¿Ves como he venido?

–     Y además al barrio romano.

Ya no tenía esperanzas de volver a verte. Me alegra poder escucharte. 

–     Yo también me alegro.

¿Hay muchos en los remos en esa galera?

–     Muchos.

La mayoría son prisioneros de guerra.  ¿Te interesan?

–     Quisiera acercarme a esa nave.

–     Ven. Abrid paso vosotros… 

Les ordena a los pocos que se habían acercado y que se apartan enseguida farfullando improperios.

–    Déjalos también a ellos.

Estoy acostumbrado a que me apretuje la gente.

–    Hasta aquí puedo, pero más no. Es una galera militar.

–    Me es suficiente. Que Dios te lo pague.

Jesús reanuda su discurso.

El romano, verdaderamente espléndido con su atavío que lleva, parece montar guardia a su lado.

    “Esclavos por un doloroso suceso, esclavos una sola vez, esclavos mientras dura la vida. Cada una de las lágrimas que cae sobre sus cadenas,

cada uno de los golpes descargados sobre sus carnes para huella escrita de un dolor, afloja los grilletes, orna lo que no muere,  abre finalmente para ellos la paz de Dios,

que es amigo de sus pobres hijos infelices, a los que dará copiosa alegría, puesto que aquí el dolor abundó…

En la obra muerta de la galera se ven hombres de la tripulación, que se han asomado y se han puesto a escuchar.

A los galeotes, naturalmente no se les ve, pero oyen por todos los agujeros de las cuadernas, la voz potente de Jesús, que se difunde por el aire calmo de esta hora de baja marea.

Publio Quintiliano se ha marchado requerido por un soldado. 

Jesús continúa:

–     Quiero decirles a estos desdichados amados de Dios, que se resignen en su dolor, que hagan de él llama que abra las cadenas de la galera y de la vida,

consumiendo en el deseo de Dios este pobre día que es la vida, día oscuro, borrascoso, colmado de miedo y de fatigas, para entrar en el día de Dios, luminoso, sereno, ya sin miedos ni decaimientos.

Basta con que sepáis, vosotros, mártires de una penosa suerte, ser buenos en vuestro sufrimiento. 

Basta con que aspiréis a Dios, para que entréis en la gran paz, en la infinita libertad del Paraíso.

En esto, vuelve Publio Quintiliano con otros soldados; tras él unos esclavos traen una litera para la que los soldados consiguen un sitio. 

Jesús hace una pausa y luego continúa:

–     ¿Quién es Dios?

Estoy hablando a gentiles que no saben quién es Dios, a hijos de pueblos sometidos que no saben Quién es Dios.

En vuestros bosques, vosotros galos, iberos, tracios, germanos, celtas, tenéis sólo una apariencia de Dios.

Ayúdame Señor Jesús a encontrarte, para conocerte y amarte como debo hacerlo en la eternidad

El alma ttiende a la adoración, espontáneamente, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios verdadero que ha puesto uun alma en vuestros cuerpos,

un alma igual que la nuestra, israelitas, igual que la de los poderosos romanos que os han subyugado,

un alma que tiene los mismos deberes y derechos respecto al Bien y a la que el Bien, es decir, el Dios verdadero será fiel; sedlo igualmente vosotros respecto al Bien.

El dios, o los dioses, a los que hasta ahora habéis adorado, aprendiendo su nombre o sus nombres en las rodillas maternas;

el dios en que ahora quizás ya no pensáis porque no sentís que os consuele en nada vuestros sufrimientos,

o al que quizás incluso odiáis o maldecís en vuestras jornadas desesperadas, ése, no es el Dios verdadero.

El Dios verdadero es Amor y Piedad. ¿Acaso eran esto vuestros dioses? No. Más bien manifestaban dureza, crueldad, engaño, hipocresía, vicio, latrocinio…

y ahora os han dejado sin ese mínimo consuelo de la esperanza de ser amados y la certeza del descanso tras tanto sufrimiento.

Esto sucede porque vuestros dioses no existen. Sin embargo, Dios, el Dios verdadero que es Amor y Piedad, cuya segura existencia Yo os declaro,

es Aquel que ha hecho los cielos, los mares, montes, bosques, plantas, flores, animales… y al hombre;

es Aquel que inculca al hombre victorioso la piedad y amor que Él mismo es hacia los pobres de la tierra.

Y vosotros los poderosos, los dominadores, pensad que sois todos de una única planta. No os ensañéis con aquellos quienes la desventura ha puesto en vuestras manos;

sed humanos con los que por un delito están amarrados al banco de la galera. El hombre peca muchas veces. No hay ninguno exento de culpas más o menos celadas.

Si pensarais esto, ¡Cuán buenos seríais para con los hermanos que, menos afortunados que vosotros, han recibido castigo por culpas en que también vosotros habéis incurrido y que no os han sido castigadas!

La justicia humana adolece gravemente de exactitud cuando juzga. ¡Ay, si lo mismo fuera la justicia divina!

Hay reos que no parecen tales, hay inocentes a los que se juzga reos; no indaguemos por qué:

¡Sería acusación demasiado grave para el hombre injusto y lleno de odio hacia su semejante! Hay reos que efectivamente lo son,

pero que cometieron el delito movidos por fuerzas imperiosas que, en parte, aligeran la culpa.

Sed humanos, por tanto, vosotros que habéis sido colocados al frente de las galeras. Por encima de la justicia humana hay una Justicia divina que es mucho más alta:

la del Dios verdadero, la del Creador del rey y del esclavo, de la roca y del granito de arena. Él os mira, tanto a los que estáis en los remos como a quienes tenéis el encargo de regirlos

¡Ay de vosotros si arbitrariamente sois crueles!

Yo, Jesucristo, el Mesías del Dios verdadero, os aseguro que Él,

el día de vuestra muerte, os atará al banco de una galera eterna y pondrá en manos de los demonios el látigo ensangrentado

y seréis torturados y azotados como vosotros torturasteis; porque, si bien es ley humana el castigo del reo, es necesario no exceder la medida.

Sabed recordar esto. Quien hoy es poderoso mañana puede ser  un miserable; sólo Dios es eterno.

Quisiera cambiaros el corazón y, sobre todo, romper vuestras cadenas, devolveros la libertad y patria perdidas; pero,

hermanos galeotes que no veis mi rostro, hermanos galeotes cuyo corazón con todas sus heridas conozco, por la libertad y la patria terrenas que no os puedo dar,

¡Oh, pobres esclavos de los poderosos!, Os daré una libertad y una patria más altas. Por vosotros me he hecho prisionero, ausente estoy de mi patria,

Por vosotros me entregaré Yo mismo como rescate; para vosotros, sí, también para vosotros, que no sois oprobio de la Tierra como os llaman,

sino signo de vergüenza para el hombre que olvida la  medida del rigor de la guerra y de la justicia,

haré una nueva ley sobre la Tierra y una dulce morada en el Cielo.

Recordad mi Nombre, hijos de Dios que lloráis: es el nombre del Amigo. Repetidlo en medio de vuestros padecimientos.

Estad seguros de que si me amáis me tendréis, aunque no nos veamos jamás en esta Tierra.

Soy Jesucristo, el Salvador, el Amigo  vuestro.

En nombre del Dios verdadero os consuelo. La paz descienda pronto sobre vosotros.

La gente, en su mayoría romanos, se ha agolpado en torno a Jesús, cuyos conceptos nuevos han producido el asombro de todos. 

El oficial romano exclama:

–     ¡Por Júpiter, me has hecho pensar en cosas en las que nunca había pensado y que siento verdaderas!

Publio Quintiliano mira a Jesús, pensativo y cautivado al mismo tiempo.

Jesús responde: –

Así es, amigo. Si el hombre usara su pensamiento, no llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Por Júpiter, por Júpiter, qué palabras!

¡Tengo que recordarlas! ¿Has dicho: “si el hombre usase su pensamiento…”

…    No llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Pues claro!, ¡Es verdad!

¡Por Júpiter! ¿Sabes que eres grande?

–     Todo hombre que quisiera podría serlo como Yo, si fuera enteramente uno con Dios.

El romano continúa su serie de “¡por Júpiter!”, a cuál más exclamativo.

Jesús por su parte le dice:

–     ¿Podría dar a esos galeotes algo que los consolara?

Tengo dinero… Fruta, algo que los alivie; para que sepan que los amo.

–     Dámelo. Puedo hacerlo.

Además ahí hay una dama muy poderosa. Voy a preguntárselo.

Publio se acerca a la litera y habla muy cerca de las cortinas en las que ha sido abierto apenas un resquicio.

Vuelve.

–     Tengo plenos poderes para ello.

Me ocuparé yo mismo de la distribución, de forma que los esbirros no se aprovechen abusivamente.

Será la única vez que un soldado imperial ejercite la piedad con los esclavos de guerra.

–     La primera, no la única.

Llegará el día en que no habrá esclavos; pero ya antes mis discípulos habrán descendido a los galeotes y esclavos para llamarlos hermanos.

Otra serie de “¡Por Júpiter!” recorre el ambiente calmo; mientras, Publio espera a tener suficiente fruta y vino para los galeotes.

Luego, antes de subir a la galera,

le dice a Jesús al oído:

–     Ahí dentro está Claudia Prócula.

Quisiera oírte hablar en otra ocasión; ahora quiere preguntarte algo. Ve.

Jesús se acerca a la litera.

–     ¡Hola, Maestro!

La cortina apenas se abre un poco, dejando ver a una hermosa mujer de unos treinta años.

–     Descienda sobre ti el deseo de la sabiduría.

–     Has dicho que el alma tiene recuerdo del Cielo.

¿Es eterna, entonces, esa cosa que decís que poseemos?

–     Es eterna.

Por eso tiene recuerdo de Dios, del Dios que la ha creado.

–     ¿Qué es el alma?

–     El alma constituye la verdadera nobleza del hombre.

Tú eres gloriosa por ser de los Claudios; pues más lo es el hombre, por ser de Dios. Por tus venas corre la sangre de los Claudios; poderosa familia, pero que tuvo origen y tendrá fin.

Dentro del hombre, por razón del alma, fluye la sangre de Dios, porque el alma es la sangre espiritual – siendo Dios Espíritu purísimo – del

Creador del hombre: de Dios eterno, potente, santo. El hombre es, pues, eterno, potente, santo, por el alma que hay en él y que  vive mientras está unida a Dios.

–     Yo soy pagana, por tanto no tengo alma…

–     La tienes, aunque sumida en letargo; despiértala a la Verdad y a la Vida.

–     Adiós, Maestro.

–     Que la Justicia te conquiste. Adiós.

Jesús dice a sus disccípulos:

–     Como habéis podido ver, aquí también he tenido auditorio.

–     Sí, pero, menos los romanos,

¿Quién te habrá entendido? ¡Son bárbaros!

–     ¿Que quién?… Todos.

Llevan consigo la paz. Se acordarán de Mí mucho más que otros de Israel. Vamos a la casa que nos ofrece la comida.

Juan dice:

–     Maestro, la mujer ésa es la misma que me habló aquel día que curaste a aquel enfermo; la he reconocido.

–     Daos cuenta, pues, que también aquí había quien nos esperaba.

Pero… no os veo muy conformes. Mucho habré hecho el día que haya conseguido persuadiros de que he venido no sólo para los hebreos, sino para todos los pueblos.

Y de que os he preparado para todos ellos.

Una cosa os digo: de vuestro Maestro recordad todo; no hay hecho alguno, por insignificante que  fuere, que no esté llamado a ser para vosotros un día, regla en el apostolado.

Ninguno responde.

Jesús sonríe – no sin tristeza – compasivo.

111 EL MARTIRIO 2


111 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

LAS DOS COLUMNAS PRIMARIAS

Nerón, cuando asesinó a Séneca esperaba apoderarse de la fortuna estimada en trescientos millones de sestercios y descubrió que ésta no llegaba ni a la décima parte de esa cantidad.

Con la sentencia de Petronio, se encontró con que lo único que quedaba era su palacio en Roma y la quinta de Cumas; que ya no le pertenecían a él, pues estaban legalizadas a nombre de otro dueño.

Estos dos fiascos le hicieron  decretar que en los testamentos se presentarían en blanco las dos primeras páginas.

Que solamente se escribiría en ellas el nombre del testador y que el que escribiese el testamento de otro, no podría asignarse ningún legado.

Empobrecido y exhausto de recursos hasta el punto de demorar la paga de los soldados y las pensiones de los veteranos, recurrió a las rapiñas y a las falsas acusaciones.

Se apoderó de los bienes y las fortunas que le apetecían con el argumento de que ‘habían sido ingratos con el Príncipe.’

Un día que cantaba en el teatro, vio a una matrona adornada con la prohibida púrpura, la señaló a sus agentes y haciéndola sacar inmediatamente, le confiscó el traje y los bienes.

Y ya no confirió ningún cargo sin añadir:

–   ¿Sabes lo que necesito?

Obremos de tal forma que nadie tenga nada.

Concluyó por despojar a la mayor parte de los templos y fundió todas las estatuas de oro y de plata.

Después de la muerte de Popea quiso casarse con Antonia la hija de Claudio.

Como ella se rehusó, también la acusó de conspiración e hizo que la mataran.

No hubo lazo que no rompiera con el crimen.

Y mientras tanto su red de espías, seguían llenando los tribunales con cristianos.

Pedro fue arrestado por los pretorianos y lo llevaron a la cárcel mamertina, en el calaozo del Tullianum.

Los cristianos lo recibieron con gran reverencia y amor.

Algunos presos que habían sido torturados y que no eran cristianos, le pidieron que los ayudase.

Pedro oró y los sanó el Señor.

El hijo de un verdugo que estaba sordo y mudo, también fue sanado.

Entonces un centurión se acercó…

Y le dijo:

–   Mi nombre es Flavio. 

Tengo un compañero de guerra al que quiero mucho.

En Germania recibió un fuerte golpe en la nuca y está paralizado del cuello hacia abajo.

¿Podrías rogar a tu Dios para que lo cure?

Pedro le contestó:

–   Flavio, ¿Crees que nuestro Señor Jesucristo pueda sanarlo?

–   Sí creo. Creo que Él es Dios y si Él quiere, puede compadecerse de un pagano…

–  Flavio, en el Nombre de Jesucristo, hágase como lo pides.

Y dile a tu amigo que busque la Luz de la Verdad.

Por la tarde de ese mismo día, llegó el otro soldado completamente sano a darle las gracias.

Flavio dice llorando:

–   Cuando seas sentenciado, yo voy a tener que matarte.

Pedro lo mira sonriendo con amor,

Y lo exhorta:

–   Cumple tu deber hijo mío.

Y alégrate. No me darás la muerte. Lo que vas a hacer es abrirme las Puertas del Cielo.

El soldado sanado declara:

–   Anciano, yo soy Leoncio y te doy las gracias a ti y a tu Dios.

Flavio pregunta:

–      Dime cómo podemos agradecerle y adorarlo.

–     Él Mismo los guiará. Venid…

Y Pedro les habla del alma y del Cielo…

Durante todo el tiempo que estuvo en prisión, continuó evangelizando también a sus carceleros,

realizando milagros a todos los que se lo pedían y bautizando sin cesar a los conversos…

Y los rumores de lo sucedido, traspasaron las murallas de la prisión y se expandieron por todos lados.

Entonces Pablo también fue llevado a la cárcel Mamertina.

Y cuando Nerón fue notificado de que los líderes de la Iglesia Perseguida habían sido capturados, decidió divertirse un poco…

Recordó algo que le había platicado Popea cuando era prosélita de la religión hebrea.

Y en complot con Tigelino, urdió un plan…

Para ver lo que haría el Dios de los cristianos, al verse enfrentado con su Padre.

La primera vez que se menciona a Simón el Mago es en el Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde dice que él era un hombre experto en las artes mágicas con las cuales,

“tenía deslumbrados a los samaritanos y pretendía ser un gran personaje” (Hechos 8, 9).

Y cuando Felipe, uno de los primeros diáconos, llevó el evangelio a esta zona.

Por la gracia de Dios, mucha gente creyó y fue bautizada, incluyendo a Simón el Mago.

Al poco tiempo Pedro y Juan visitaron Samaria, para llevar el sacramento de la confirmación a los nuevos conversos.

El poder de este sacramento, impresionó a Simón el Mago y le ofreció dinero a los apóstoles, a cambio de que le dieran ese poder.

 Los apóstoles se rehusaron a perpetrar ese sacrilegio y la Iglesia hoy llama a ese pecado Simonía,.

 Simón, luego de ser rechazado por los Apóstoles, abandonó la Iglesia Católica y se volvió hacia el gnosticismo, una herejía cristiana temprana, que rechaza la autoridad de los Apóstoles,

en favor del conocimiento secreto que los cristianos afirmaban recibir directamente de Dios.

Al parecer volvió a su magia demoníaca y su conflicto llegó a su punto más alto en Roma; donde  tenía muy impresionada a la gente con sus artes mágicas.

Y por sus prodigios era tenido entre los judíos como un gran personaje que ‘Tenía consigo la Fuerza de Dios’.  

De acuerdo al plan preconcebido por el César, mandó sacar de la cárcel a Pedro y a Pablo.

Y ante una gran muchedumbre reunida en la plaza del Fórum,

Decidió enfrentarlos con Simón el Mago que capitaneaba a los judíos, acérrimos enemigos de los cristianos.

Cuando todos estuvieron frente al César,

éste les dijo, señalando a Simón:

–    Este hombre es sincero y vosotros, los embaucadores.

Y ahora lo veremos.

Acto seguido Simón el Mago, coronado de laurel por Nerón mismo, subió hasta lo más alto del Capitolio,

¡Y empezó a volar!

Pedro al ver aquello, dijo a Pablo:

–    Satanás se disfraza de ángel de Luz…

Pablo le replicó:

–   A mí me corresponde orar…

Y a ti, dar las órdenes debidas.

Pablo se arrodilló y se sumergió en la Oración en el Espíritu.

Pedro levantó la voz y dijo con autoridad:

–     Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire.

En El Nombre Santísimo de Jesús yo os mando que no lo sostengáis más.

Y que lo bajéis sin dañarlo, hasta el suelo.

Los Demonios se encolerizaron tanto, que obedecieron la orden a medias.

Ante el asombro general, Simón aterrizó bastante maltrecho; porque lo soltaron desde una altura considerable y cayó, rompiéndose las piernas. 

Pero Pedro oró y  Dios hizo el milagro.

Y Simón  quedó tan avergonzado, que huyó a esconderse por un año, antes de animarse a comparecer ante el público otra vez.

Nerón se enfureció aún más, al ver el inesperado resultado de su maquinación.

Y antes de retirarse, ordenó que los llevaran al tribunal.

El Prefecto Agripa dijo a Pedro, al tenerlos frente a sí:

–    Así que tú eres el hombre que en tus reuniones aprovechas tu influencia e impides que las mujeres se casen.

Pedro le contestó:

–   Yo soy fiel discípulo de mi Señor Jesucristo.

El Crucificado que Resucitó y Vive y Reina por siempre, a la diestra de Dios Padre.

–    Le seguirás hasta el final.

También tú morirás en la Cruz.

Y a Pablo por ser ciudadano romano, lo condenó a ser decapitado.

Al anciano apóstol se le aplicaron los azotes prescritos por la ley.

Y al día siguiente fue conducido fuera de las puertas de la ciudad.

Hacia el Monte Vaticano, en donde debía cumplirse la sentencia y ser crucificado.

A causa de su avanzada edad, no se le exigió que cargara con la cruz.

Cuando llegaron al sitio designado, Pedro contempló toda la Ciudad Eterna, extendida a sus pies…

Y levantando la mano derecha, bendijo:

pedro

“Aquí donde Nerón gobierna hoy, Cristo gobernará por siempre.”

¡URBI ET ORBI! (a la ciudad y al mundo)

Y su sonrisa se hizo más luminosa y su rostro se volvió radiante, cuando Jesús le permitió extender su mirada a través de los siglos.

Y vio el mismo lugar de su martirio, convertido en una inmensa Basílica, con la grandiosa plaza con su nombre, perpetuado por su donación y entrega a su misión.  

Desde la cual, casi dos mil años después estaría llena de millares de personas, escuchando reverentes a otro Pontífice Mártir y Santo:

San Juan Pablo II.

La Plaza de San Pedro es una de las plazas más bonitas y grandes del mundo. Se encuentra situada en El Vaticano, a los pies de la Basílica de San Pedro.

Las dimensiones de la plaza son espectaculares: 320 metros de longitud y 240 metros de anchura.

En las liturgias y acontecimientos más destacados la Plaza de San Pedro ha llegado a albergar más de 300.000 personas.

Su sucesor 264, quién desde el Vaticano llevaría el mensaje del Evangelio a todas las naciones de la Tierra.

Y desde la Basílica de San Pedro, levantando su blanca mano, bendeciría lleno de bondad y de amor, infinidad de veces…

A través del Pontificado más largo de la Historia de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana:

Un papa profundamente mariano: “TOTUS TUUS”

¡URBI ET ORBI!

Flavio, el jefe de los verdugos le indicó a Pedro que debía extenderse sobre la cruz.

Y Pedro le dijo:

–    Cuando crucificaron a mi Señor pusieron su cuerpo sobre la Cruz, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, porque mi Señor descendió desde el Cielo a la Tierra.

Os ruego que al clavarme lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero.

Porque además de que no soy digno de ser crucificado como Él, yo voy a subir de la Tierra al Cielo.

Accedieron a su petición y lo colocaron sobre la Cruz de manera,

que sus pies quedaron clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo.

Cuando Pedro estaba ya crucificado, Dios abrió los ojos espirituales de los espectadores.

Y vieron al apóstol rodeado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas  y de lirios.

Y a Jesucristo colocado a su vera, mostrándole un Libro abierto…

Pedro lo leyó: “Apocalipsis”

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Y dijo en voz alta:

–           Gracias Dios Mío.

Y se sumergió en la Oración en el espíritu.

Pedro admiró por largas horas, todos los sucesos que le fueron mostrados en la Ciudad del Vaticano.

Y finalmente, con voz llena de júbilo y de adoración,

Exclamó:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… –antes de expirar.

Las llaves del Cielo que Jesús le entregara y que habían estado en sus manos, las había entregado a Lino, en la Misa cuando le nombró su sucesor.  

En esa misma tarde, otro destacamento de pretorianos condujo a Pablo de Tarso a lo largo de la Vía Ostiense.

Pasaron por la Puerta Trigémina, hasta un lugar llamado Aqua Salviae.

Mientras avanzan, él mira hacia los Montes Albanos con la magnífica sensación de haber terminado su larga y fatigosa jornada apostólica.

Contempla ya los Cielos abiertos para recibirle y su alma está llena de júbilo,

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Por el inminente encuentro con el Dios por el que ha luchado y sufrido tanto,

Para darlo a conocer y a amar.

Cuando llegaron al sitio designado para el suplicio, se volvió hacia el Oriente y oró.

Luego, se despidió de los cristianos.

El verdugo le dijo:

–           Prepara tu cuello.

Pablo se arrodilló y dijo:

–           ¡Oh, Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Y ofreció su cuello al verdugo.

Éste levantó la espada y descargó el golpe…

Con el rostro radiante, Pablo de tarso fue decapitado.

En el mismo instante en que se desprendió su cabeza del tronco,

Exclamó:

–           ¡Jesús!…

Su sangre bañó la lóriga de su verdugo, brilló una luz intensísima.

Y quedó el aire perfumado con una fragancia maravillosa…

La Iglesia Cristiana ha sido confirmada con la sangre de sus Dos Columnas Primarias:

San Pedro y San Pablo Apóstoles…

Su ornamento final lo pondrá su último sucesor y papa mártir…

Y los cristianos que confesarán su glorioso testimonio en la Tercera Gran Persecución realizada en el imperio de terror del Anticristo…

A EL IMPERIO DEL MALIGNO 1


CUMPLIMIENTO

EL OSCURO GOBIERNO MUNDIAL PARALELO,

QUE DESCUBRIÓ UN ENVIADO DEL PAPA EN LA ONU

El P. Schooyans nos revela la transformación de la ONU, defensora tradicional de los derechos humanos, en lo que es hoy, la principal promotora del Nuevo Orden Mundial.

No está claro si la iniciativa de investigar a la ONU partió de Juan Pablo II.

Que le pidió al Padre Michel Schooyans demógrafo belga, filósofo y teólogo sentarse en la ONU e investigar lo que sucedía allí.

O si partió la idea de este sacerdote y Juan Pablo II lo envió.

Pero el resultado es el mismo.

De esta investigación emergió un libro publicado en Europa.

Que se comenta – no lo hemos podido confirmar – que todo su tiraje fue comprado por alguien que no quería que se difundiera.

Fue luego publicado en el 2001 en inglés The Hidden Face of the United Nations.

Y actualmente lo vende Amazon que dice tener 11 ejemplares de él.

También fue publicado en español en México en el 2002 con el título “La cara oculta de las Naciones Unidas”, pero está agotado.

Se trata de un libro peligroso para el Nuevo Orden Mundial.

Porque los católicos podrían acceder a una información sobre la ONU que nunca han oído y nadie jamás les dijo, salvo algún sacerdote del tipo francotirador.

‍El P. Michel Schooyans sustituye en su libro lo que alguna vez fue una noble imagen de las Naciones Unidas con una aterradora realidad.

Un plan para formar un nuevo orden mundial basado en una visión, que él define como satánica, de los “nuevos derechos del hombre”.

Muchos de éstos, en áreas tales como la homosexualidad, la eutanasia, la pedofilia, el divorcio y la prostitución.

Unos han sospechado durante mucho tiempo la verdad sobre de las Naciones Unidas, con su fachada de dedicación a la paz, el progreso y la prosperidad.

Pero al inicio del milenio, este sacerdote católico, miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano

y profesor en prestigiosas Universidades, ha puesto de manifiesto la transformación de esta organización.

La alguna vez prometedora para las naciones, devino en una máquina para la destrucción de las soberanías nacionales.

Y trabaja para su sustitución por un Nuevo Orden.

Una cultura mundial basada en una visión maligna de los “nuevos derechos del hombre”.

Quince años después lo que halló el P. Michel Schooyans parecería que se ha venido confirmando.

Y aún así está absolutamente oculto para la mayoría de los católicos; por eso queremos compartirlo.

‍Desde que Michel Schooyans escribió el libro, pasaron tres Papas y ninguno de ellos ha salido a hablar directa y claramente de esta vinculación, sino solo alusivamente.

Por lo que debe haber habido una decisión de no confrontar poderes en este momento o quizás porque se sabían sin suficiente poder de comunicación.

Es un tema para reflexionar y discernir.

Libros del Padre Schooyans se pueden bajar en ,pdf aquí.

Padre Michel Schooyans

‍MICHEL SCHOOYANS NO ES UN PENSADOR MARGINAL

En 1997 el entonces cardenal Joseph Ratzinger escribió el prólogo de un libro de Michel Schooyans titulado:

El Evangelio: Confrontando el Desorden del Mundoque es una especie de manifiesto Católico antiglobalización.

Y todos conocemos a Ratzinger y sabemos que no prologa a cualquier persona ni cualquier obra.

El Cardenal Ratzinger denunció en el prefacio al Nuevo Orden Mundial

En concreto utilizando la terminología “nuevo orden mundial” como más o menos la culminación del marxismo.

Él va a decir que el cristiano está “obligado a protestar” contra esto y que el Nuevo Orden Mundial no puede “reducir la libertad al silencio”.

En una parte del prólogo dice Ratzinger:

Bajo el nuevo título de Orden Mundial, estos esfuerzos adquieren una configuración que cada vez se relacionan con la ONU

y sus conferencias internacionales, especialmente las de El Cairo y Beijing

Que revelan una filosofía del hombre nuevo y del mundo nuevo, en su esfuerzo por trazar formas de llegar a ellos.

Esta filosofía recomienda no preocuparse por el cuidado de los que ya no son productivos ni da alguna esperanza de una vida de calidad.

Se recomienda reducir el número de participantes en la mesa de la humanidad, para que la llamada felicidad, ya adquirida por algunos, no sea tocada.

El carácter típico de esta nueva antropología, que está en la base del Nuevo Orden Mundial,

se revela sobre todo en la imagen de la mujer, en la ideología del “empoderamiento de las mujeres“, propuesta en Beijing.

El objetivo es la autorrealización de las mujeres para quienes los principales obstáculos son la familia y la maternidad.

Esto debe desaparecer antes de la “equidad y la igualdad de género”, antes de que se realice un ser humano indistinto y uniforme,

en cuya vida la sexualidad no tendría otro significado que la voluptuosidad.

DE DEFENSORA DE LOS DERECHOS TRADICIONALES

A CREADORA DE NUEVOS DERECHOS

El P. Schooyans nos revela la transformación del original reconocimiento de una ONU, defensora tradicional de los derechos humanos,

con la “Declaración Universal de los Derechos del Hombre” de 1948, hasta hoy que en palabras del autor, se ha llegado a una

reinterpretación perversa de los derechos del hombre que opera bajo la influencia del voluntarismo.

La oposición a los Estados soberanos.

El establecimiento de una inquisición laica al amparo de la tolerancia.

Y el uso de la ley para “legitimar” la violencia.

Los resultados de esta disminución del hombre, expulsado de ser el dueño de la Tierra, pone los derechos humanos sobre la base de la fuerza física.

De modo que “los derechos del animal fuerte son superiores a los del hombre débil”

COMO SE DIBUJA EL CONSENSO

PARA QUITAR EL PODER A LOS ESTADO NACIONALES

Recientes conferencias internacionales se han ocupado de aplicar una nueva norma política – en El Cairo en 1994, Beijing en 1995, y en Nueva York en 2000, entre otras.

Siendo marcadas por “recurrir a un consenso”, sobre la que el autor comenta:

Este consenso convoca constantemente, de modo engañoso, a anular la legislación nacional que continua basándose en la objetividad de los derechos del hombre, típica de la tradición clásica.

Por esto, la legislación nacional, está cada vez más y más arrinconada para parecer falsa en relación con estas “conclusiones”, planes secretos y otros planes de acción”.

El Padre Schooyans ilustra el resultado ominoso:

“El consenso se obtiene en las asambleas internacionales gracias a las organizaciones no gubernamentales que hacen un buen trabajo de cabildeo.

En esta partitura, el premio va para la Federación Internacional de Planificación de la Familia, defensora especialmente del aborto.

Luego de este consenso se presiona a las naciones para que puedan ‘ser fieles a sí mismas’ para firmar pactos o convenios sobre esos asuntos y programas de acciones consensuadas.

Una vez ratificados, estos instrumentos jurídicos tendrán fuerza de ley en las naciones participantes”

El Padre Schooyans cita algunos ejemplos de conflicto entre tales consensos promovidos por la ONU y las leyes nacionales.

Uno de ellos el reconocimiento de Gran Bretaña del derecho de los padres a decidir si sus hijos deben o no deben asistir a las clases de educación sexual,

y la trayectoria de la ONU hacia los derechos del niño.

LOS NUEVOS DERECHOS CREADOS POR LA ONU

El autor ve la marcha hacia una nueva ética creada por unos “nuevos derechos” en áreas tales como:

la homosexualidad, la eutanasia, la supresión de la supervisión de los hijos, la pedofilia, el divorcio, la prostitución

y cómo éstos se dirigen hacia la sacralización civil de la violencia”.

El final de este “viaje neo-nietzscheano”, advierte, será la reconversión de la violencia individual por la violencia institucional.

Por su propia naturaleza, esta misma “nueva ética” será intolerante.

Ya que debe ser así para poder procurar la uniformidad social y hacer individuos unidimensionales”.

LA DEIFICACIÓN DE LA TIERRA Y LA SUSTENTABILIDAD ECOLÓGICA

El Padre Schooyans culpa la falsa idea de derechos humanos que tiene la ONU a la determinación de éste organismo mundial a “deificar la Tierra y desacralizar al hombre”.

La Carta de la Tierra de 1992, según el autor, refleja un cientificismo evolutivo que acepta al hombre como un producto de la evolución

e ignora su capacidad de preguntarse e indagar sus significados.

Incluyendo los de su propia existencia: Vida, muerte y necesidad de libertad.

Contrariamente, la Carta subordina al hombre a una “ecología imperativa”, que excluye toda discusión del por qué las cosas existen.

Por tanto, cierra el debate a favor de una evolución puramente materialista.

Todo esto está en manos del Consejo de la Tierra y de la Cruz Verde, dos organizaciones no gubernamentales.

Su éxito, Fr. Schooyans señala, se dirige a dejar sin efecto la concepción realista de los derechos del hombre”.

LA BÚSQUEDA DEL ABSOLUTISMO

El siguiente paso hacia un absolutismo que terminará con todo el reconocimiento del individualismo es la propuesta de los burócratas de la ONU

de “Instrumentos jurídicos adecuados que eviten el control nacional”.

Uno de éstos “instrumentos jurídicos” previsto por el autor ya existe: la Corte Penal Internacional (CPI).

‍El Padre Schooyans advierte que bajo la presión de las feministas y / o homosexuales radicales,

la competencia de este tribunal podría extenderse a ‘delitos’ concernientes a los llamados “nuevos derechos del hombre ‘obtenido por medio de “consensos”.

Es fácil ver que la Iglesia Católica o sus obispos pudieran ser arrastrados ante este tribunal y condenados por negarse a “ordenar” a las mujeres

o por continuar enseñando la inmoralidad de lo que significan las prácticas homosexuales.

Ya es creciente la condena judicial para aquellos que hablen públicamente de la visión bíblica y católica sobre la homosexualidad, como desordenada.

El Padre Schooyans prevé ya, el sometimiento a los opositores del aborto, la homosexualidad y la eutanasia a un posible juicio ante jueces de este tribunal.

Señala además una resolución de 26 de noviembre de 2000 de la Comisión de la ONU de los Derechos del Hombre para crear el cargo de

Representante Especial del Secretario General de la ONU “quien es el encargado de la protección de los defensores de los derechos del hombre”.

En una Declaración sobre los Defensores de los Derechos del Hombre (difundida en marzo, 2000) dice que:

“los nuevos derechos del hombre deben ser promovidos activamente y rápidamente para formar parte de la legislación nacional”.

El autor dice que esto está dirigido en primer lugar a resguardar a los defensores más radicales

de los nuevos derechos del hombre de toda la oposición y ataque.

‍El autor señala que no hay duda que las acusaciones en estas materias corresponderán a la Corte Penal Internacional,

si no se resuelven de forma adecuada en las naciones.

La asociación NAMBLA (una asociación que promueve la pedofilia) ya ha hecho saber que espera aprovechar la protección conferida por la Declaración

sobre los Defensores de los Derechos del Hombre, para protegerse contra los que se oponen a la pedofilia”.

UNA FUERTE PRESIÓN PARA QUE SE ADOPTEN LOS NUEVOS DERECHOS

El Padre Schooyans acusa a los funcionarios de la ONU de presionar para que los “nuevos derechos del hombre” sean adoptados.

‍Incluye los que el autor ve como una reorganización de derecho sexual destacando, entre ellos:

“Las diferencias de roles entre hombres y mujeres en la sociedad no son naturales sino culturales”

“Todo el mundo es libre de elegir su sexo o cambiarlo; las uniones homosexuales tienen el “derecho” a la adopción.

Y las “familias monoparentales, uniones del mismo sexo, como modelos familiares”;

“Legalizar y dar fácil acceso a la anticoncepción en todas sus formas y al aborto”;

“La educación sexual obligatoria sexual para adolescentes…

La libertad sexual para los adolescentes sin el control de los padres...”

LA CREACIÓN DE UNA NUEVA RELIGIÓN DE CONSENSO

El Padre Schooyans identifica el deseo de la ONU de “hacer el paso por la puerta reservada para la conciencia.”

Esto fue revelado, dice el autor, en la reunión de los 1000 líderes mundiales religiosos por la paz,

que son parte de la cumbre del Pacto Mundial de Nueva York en julio de 2000.

El propósito específico de “Unirse a la Iniciativa Religiosa” es la creación de una religión mundial,

para obtener una nueva ética planetaria”.

Todos los proselitismos (esfuerzos de conversión) de cada religión de forma individual estarían prohibidos.

Los “Círculos de la cooperación” podrían difundir que adoptemos una nueva religión panteísta.

‍La reunión de estos líderes religiosos terminó, en palabras del P. Schooyans

“con un elogio de la tolerancia, el agnosticismo, y el relativismo radical mal entendido.”

Comprensiblemente, el Cardenal Francis Arinze, presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, no pudo firmar esa iniciativa.

LA CONSTRUCCIÓN DE UNA ÉLITE SOBERANA MUNDIAL

El Padre Schooyans vio toda la febril actividad del Milenio del año 2000, que incluyó la cumbre de jefes de Estado y de los líderes de las religiones en Nueva York,

como parte de los esfuerzos del secretario general para erigir una

“ONU como un auténtico criadero para una ‘elite’ soberana mundial, y para transformarla

en un lugar de concentración de poder sin precedentes en la historia”.

Esto sostiene autor:

“dejaría a los gobiernos y parlamentos en un papel residual…

‘Compartir la responsabilidad’ es una nueva expresión de trampa explosiva que indica que la ONU ya no se conforma con jugar un papel secundario.

Tiene la intención de ponerse al centro del poder mundial y equiparse, poco a poco,

con todos los aparatos de control que necesite para ejercer lo que cree, es su misión en el Nuevo Milenio”.

Hans Kelsen

LA BASE TEÓRICA DE ESTE MOVIMIENTO ES DE HANS KELSEN

El Padre Schooyans identifica al filósofo-teórico Hans Kelsen (1881-1973) detrás de esta obra arquitectónica de un nuevo absolutismo mundial.

“No es una exageración decir que los conceptos de consenso de los nuevos derechos del hombre, de internacionalismo y de la mayoría de los otros temas que hemos encontrado,

encuentren su fuente en esta teoría de un total derecho racionalista y positivista de la ONU.

Se sabe que Kelsen, probablemente no tenía conocimiento de la perversa utilización que se hizo de su pensamiento en el ambiente de la ONU.

No es menos cierto que el capital de trabajo de Kelsen [Teoría Pura], cuya influencia sigue siendo ejercida sobre los juristas de todo el mundo,

es una guía que no se puede pasar por alto si se quiere entender las tendencias actuales de la ONU.

Eso es tanto más evidente cuando uno se da cuenta que el profesor vienés de Berkeley influyó en la redacción de la Carta”.

Kelsen pone la “norma suprema” más allá de los cuestionamientos, exigiendo obediencia por el deber u obediencia ciega.

‍Kelsen escribe:

Los Estados No conservarán la autoridad (para crear normas) excepto en la medida en que el derecho internacional reserve tal materia.

Por ello se terminará eliminando la libertad de regular leyes nacionales.

Si alguien admite que el derecho internacional sea un orden jurídico supranacional,

los mandatos de los países ya no tendrán autoridad ilimitada”

Y el Padre Schooyans dice:

“Esto explica el papel que se le transferirá a la Corte Penal Internacional.

Dado que ya no habrá forma de identificar los principios generales del derecho.

Le corresponderá al tribunal demostrar el significado de los textos jurídicos y las decisiones consensuadas,

y decir cuál es la interpretación válida.

Las discrepancias en la interpretación serán de ahí en adelante intolerables,

porque arruinarán el orden jurídico y en consecuencia al Estado supranacional…

Las convenciones y pactos ya no aparecerán aquí como acuerdos aprobados de forma libre por los Estados soberanos e individuales.

Sino como un vínculo jurídico que emanará de la voluntad de la organización internacional,

lo que requerirá, a través de las ratificaciones, la obediencia de los Estados”.

El Padre Schooyans comenta que:

“Con tal asombrosa teoría de la ley , estaremos en la presencia de la concentración piramidal de un poder absoluto y sin precedentes en la historia”.

Declara además:

“Se observa, entonces, que el orden jurídico mundial será construido no para el servicio de un tipo imperial hegemónica clásico, sino para controlar la vida.

La norma suprema aquí será el dominio sobre la vida con el fin de llegar, por lo tanto, a dominar a los hombres y a todas las cosas”.

Es fácil ver que para obtener este dominio sobre la vida, es necesaria la destrucción de los verdaderos derechos humanos.

Como el Padre Schooyans explica:

“En los ambientes de la ONU, la destrucción de las Naciones aparece entonces, como un objetivo a ser buscado,

si se quiere definitivamente sofocar la concepción antropocéntrica de los derechos del hombre.

Al poner fin al organismo intermediario que es el Estado Nacional, un Estado mundial centralizado lo reemplazaría.

Manera en que entonces se vendría la llegada de los tecnócratas y otros aspirantes a un gobierno mundial totalitario”.

LA CONSAGRACIÓN DEL DERECHO A LA VIOLENCIA Y A LA MUERTE

El Padre Schooyans ve al aborto, la eutanasia y la esterilización como un esfuerzo para abrirnos a un totalitarismo en todo el mundo.

El autor ve todas estas prácticas como expresión que tiende a convertir la violencia en un derecho, hacia “el don de la muerte”,

como expresión de la voluntad soberana:

“De hecho, en el caso del aborto, en el que un inocente es absolutamente declarado culpable,

es el mal que resulta de una anticoncepción fallida “El obstáculo para un carrera o para la comodidad”.

Un obstáculo inadmisible para nuestra propia libertad; un freno para el enriquecimiento y desarrollo.

La violencia absoluta recae sobre un total inocente.

El inocente debe ser linchado.

En consecuencia, el inocente debe ser designado como víctima, como un chivo expiatorio, e incluso como una víctima inocente.

Y debe ser tratado como tal, con una violencia que lo silenciará y lo hará desaparecer.

Se puede hablar de forma análoga sobre los pobres del Tercer Mundo, a quienes se le quieren esterilizar.

Los deficientes mentales o los enfermos terminales a los que se le quieren practicar la eutanasia;

a los mendigos, los niños de la calle a los que se le quiere disparar como a conejos.

En nombre de los “nuevos derechos del hombre”,

categorías enteras de seres humanos pueden ser condenados a muerte sin que los asesinos cometan homicidio.

Estos seres se ven privados de todos sus derechos y toda protección jurídica esta apartada de ellos”.

No es de extrañar, entonces, que el P. Schooyans informe que,

“La presencia cristiana perturba a la presente ONU, ya que en el dominio de la antropología, la ONU ha rechazado toda referencia a la verdad…

Está claro para todos que la Iglesia no puede admitir que toda referencia a la verdad sea expulsada”.

LA SOSTENIBILIDAD ECOLÓGICA

Muchos de estos horrores visitan la humanidad con la excusa de un “desarrollo sostenible”.

Es decir, restringen la expansión humana en la afirmación que es perjudicial para el planeta.

Como si el hombre estuviera sujeto a la Tierra, en lugar de la Tierra al hombre.

Aquí no hay muchas preguntas para pedirle a los hombres de hoy que se sacrifiquen para conseguir una utopía de un futuro radiante por nacer.

En el nombre de las generaciones futuras, se deben tomar medidas draconianas sin demora,

para restringir el mal causado por las intervenciones humanas en el planeta.

Para recuperar esta “ética del futuro” los ecologistas impregnaron fuertemente ideas de la Nueva Era, exaltando el culto de Gaia.

Ellos concluyeron que los derechos de la Madre Tierra son más importantes que los derechos de estos seres efímeros llamados hombres”.

Las convocatorias sobre el “desarrollo sostenible” que vienen desde las Conferencias de la ONU en Estocolmo en 1972 deben ser vistas bajo esta luz.

‍La Carta de la Tierra exige al hombre

reconocer, no sólo los derechos de la tierra en general, sino también los derechos de los seres vivos, especialmente de los animales.

En breve, el hombre debe aceptar ser sujeto al imperativo ecológico“.

Fuente Foros de la Virgen María:

93 ODIO, VENGANZA Y MIEDO


93 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Están aún comiendo y ya han encendido las lámparas, porque la tarde desciende muy presurosa.

El viento boreal incita a tener cerrada la puerta. Entonces se escuchan los toques que llaman.

Y se oye la voz alegre de Juan. 

Y todos reaccionan simultáneamente, se levantan apresurados para recibirlos…

–     ¡Nos alegramos de que hayáis regresado!

–     ¡Habéis tardado poco!

–     ¿Qué novedades hay, entonces?

–     ¡Qué cargados venís!

Todos hablan al mismo tiempo, mientras se ayuda a los tres a liberarse de las pesadísimas sacas que traen sobre los hombros.

–     ¡Despacio!

–     ¡Dejadnos saludar al Maestro!

–     ¡Un momento!

Es un alboroto alegre, familiar, por la alegría de estar juntos otra vez.

Jesús los saluda:

–     ¡Hola, amigos! Dios os ha dado días tranquilos.

Judas de Keriot responde:

–     Sí, Maestro, pero no tranquilas noticias. Lo preveía.

Todos quieren saber:

–     ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?…

Se ha creado un ambiente de curiosidad.

–     Dejadlos primero que tomen algo y repongan fuerzas – dice Jesús.

–     No, Maestro.

Primero te damos lo que tenemos para Tí y para los demás.

Y primero… Juan, da la carta.

–     La tiene Simón.

Yo temía estropearla entre la carga.

El Zelote, que ha estado luchando hasta ese momento con Tomás, que quería traerle agua para sus pies cansados,

acude diciendo:

–      Aquí la tengo, en la bolsa del cinturón.

Y abre el bolsillo interno de su ancho cinturón de cuero rojo y extrae de él un rollo ya aplastado.

Diciendo:

–     Es de tu Madre.

Estando cerca de Betania, encontramos a Jonathán que estaba yendo a casa de Lázaro con la carta y otras muchas cosas.

Judas explica:

Jonathán va a Jerusalén porque Cusa está poniendo en orden su palacio… Quizás Herodes va a Tiberíades…

Y Cusa no quiere que su mujer esté cerca de Herodías.

Mientras Jesús desata los nudos del rollo y lo despliega para leerlo..

Los apóstoles cuchichean mientras Jesús lee con beata sonrisa las palabras de su Madre.

Y luego dice:

–      Escuchad, también hay algo para los galileos.

Mi Madre escribe:

“A Jesús, mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición.

Jonathán, siervo de su Señor, me ha traído de parte de Juana, unos obsequiosos regalos;

ella pide a su Salvador, para sí, para su esposo y para toda su casa, la bendición.

Jonathán me dice que él, por orden de Cusa, va a Jerusalén, habiendo recibido la indicación de abrir de nuevo el palacio de Sión.

Yo bendigo a Dios por esto, porque así puedo hacerte llegar mis palabras y mi bendición.

Igualmente, María de Alfeo y Salomé envían a sus hijos besos y bendiciones.  

Y, dado que Jonathán ha sido extremadamente bueno, también hay saludos de la mujer de Pedro para su marido lejano.

Y para Felipe y Natanael, de sus familiares.

Todas vuestras mujeres, queridos hombres que os encontráis lejos, bien con la aguja, bien con el telar y con el trabajo de la huerta,

os envían ropa para estos meses de invierno.

Y dulce miel, aconsejándoos que la toméis con agua bien caliente en las húmedas noches.

Cuidad de vosotros mismos. Esto es lo que las madres y esposas me dicen que os diga, y yo lo transmito; también a mi Hijo.

No por nada nos hemos sacrificado, creedlo.

Disfrutad de los humildes presentes que nosotras, discípulas de los discípulos de Cristo, damos a los siervos del Señor;

dadnos sólo la alegría de saber que estáis sanos.

Ahora, amado Hijo mío, pienso que desde hace casi un año, ya no eres todo mío.

Y me parece haber vuelto al tiempo en que sabía sí, que Tú ya habías venido, porque sentía tu pequeño corazón latir en mi seno;

pero también podía decir que no habías venido todavía, porque estabas separado de mí por una barrera que me impedía acariciar tu amado cuerpo,

y sólo podía adorar tu espíritu.  ¡Oh, mi querido Hijo y adorable Dios!

También ahora sé que vives y que tu corazón late con el mío, jamás separado de mí aunque esté separado;

pero no te puedo acariciar, oír, servir, venerar, Mesías del Señor y de su pobre sierva.

Juana quería que fuese donde ella para que yo no estuviera sola en la fiesta de las Luminarias.

Pero he preferido quedarme aquí con María a encender las lámparas; por mí y por Tí.

Ya que aunque fuera la mayor de las reinas de la Tierra y pudiera encender mil, diez mil lámparas; estaría en la oscuridad, porque Tú no estás aquí.

Mientras que por el contrario, estaba en la perfecta luz en aquella oscura gruta cuando te tuve en mi corazón, Luz mía y Luz del mundo.

Será la primera vez que me diré: “Mi Niño hoy tiene un año más” sin tener a mi Niño. 

Y será más triste que tu primer cumpleaños en Matarea.

Mas Tú llevas a cabo tu misión y yo la mía.

Y ambos hacemos la Voluntad del Padre y trabajamos para la gloria de Dios: esto enjuga toda lágrima.

Querido Hijo, comprendo lo que haces por lo que me dicen.

Como las olas desde mar abierto llevan la voz de alta mar hasta una solitaria y cerrada bahía,

así el eco de tu santo trabajo por la gloria del Señor llega a la tranquila casita nuestra, a oídos de tu Madre.

Siendo para Ella causa de júbilo, mas también de estremecimiento; porque si todos hablan de Tí, no todos lo hacen con igual corazón.

Vienen amigos y personas que han recibido algún bien, a decirme: “¡Bendito sea el Hijo de tu vientre!”

Y vienen enemigos tuyos a herir mi corazón diciendo: “¡Sea anatema!’.

Mas por éstos yo ruego, porque son unos infelices; más que los paganos, que vienen a preguntarme: “¿Dónde está el mago, el divino?”

Y no saben que dicen una gran verdad, dentro de su error.

Porque verdaderamente Tú eres sacerdote y grande, que es el sentido de esa palabra para la antigua lengua y divino eres, mi Jesús.

Y yo te los mando, diciendo: `Está en Betania’. Porque es lo que sé que tengo que decir, hasta que Tú no lo ordenes de otra manera.

Y ruego por estos que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno.

Y, te lo suplico, no te aflijas por mi dolor: queda compensado por la gran alegría que me producen las palabras de los sanados de alma y de carne.

Pero María sufrió y sufre todavía un dolor más fuerte que el mío. No me hablan sólo a mí.

José de Alfeo quiere que sepas que, durante un reciente viaje suyo de negocios a Jerusalén, lo pararon y lo amenazaron por causa tuya.

Eran hombres del Gran Consejo.

Yo creo que algún grande de aquí les dio la referencia, porque si no ¿Quién podía conocer a José como cabeza de familia y hermano tuyo?

Yo te digo esto por obediencia de mujer. Pero por mí te digo: quisiera estar a tu lado, para confortarte.

De todas formas, actúa Tú, Sabiduría del Padre, sin tener en cuenta mi llanto.

Simón tu hermano, quería casi ir a Tí, después de este hecho.

Y quería ir conmigo, pero la estación en que estamos lo ha retenido.

Y más aún el temor de no encontrarte, porque nos dijeron en tono de amenaza, que Tú donde estás no puedes permanecer.

¡Hijo, Hijo mío, adorado y santo Hijo mío! Estoy con los brazos alzados como Moisés en el monte, para rogar por Tí,

que estás batallando contra los enemigos de Dios y tuyos, mi Jesús al que el mundo no ama.

Aquí ha muerto Lía de Isaac. Lo he sentido mucho porque fue siempre buena amiga mía.

Pero el padecimiento mayor eres Tú, lejano y no amado.

Yo te bendigo Hijo mío. Y así como yo te doy paz y bendición, te ruego dársela Tú a Mamá”.

Pedro grita:

–      ¡Llegan hasta esa casa esos desvergonzados! 

Y Tadeo exclama:

–     José… podía haberse guardado para sí lo sucedido.

Pero… ¡Lo ha llenado de satisfacción el poder comunicarlo!

Felipe sentencia:

–     Grito de hiena no asusta a los vivos. 

Judas dice:

–     Lo malo es que no son hienas, son tigres. Buscan presa viva.

 Y volviéndose hacia Simón Zelote,

le solicita: 

 –   Refiere tú lo que hemos sabido.

Simón relata:

–     Sí, Maestro. El temor de Judas está justificado.

Hemos estado donde José de Arimatea y donde Lázaro; allí abiertamente, como amigos tuyos.

Después, yo y Judas – como si yo fuera un amigo suyo de la infancia – hemos estado donde algunos amigos suyos de Sión…

Bueno, pues José y Lázaro te dicen que dejes este lugar enseguida y vayas adonde ellos durante estas fiestas. Cede, Maestro; es por tu bien.

Además, los amigos de Judas dijeron:

“Mira que ya se ha decidido ir a sorprenderlo para inculparlo. Precisamente en estos días de fiestas en que no hay gente.

Que se retire durante un tiempo, para que queden burladas estas víboraes.

La muerte de Doras ha estimulado su veneno y su miedo, porque además de sentir odio tienen miedo.

El miedo les hace ver lo que no existe y el odio les hace incluso mentir”.

Judas agrega:

–      ¡Todo, pero es que saben TODO de nosotros!

¡Es odioso! ¡Y todo lo alteran, todo lo exageran! Y, cuando les parece que no hay todavía suficiente para maldecir, se lo inventan. Yo me siento asqueado y abatido.

Me viene el deseo de expatriarme, de marcharme…; no sé… lejos… fuera de este Israel que no es sino pecado… 

Judas de Keriot está totalmente deprimido.

Jesús lo exhorta:

–     ¡Judas, Judas!, una mujer para dar a un hombre al mundo trabaja nueve lunas…

Tú para dar al mundo el conocimiento de Dios, ¿Querrías emplear menos tiempo?

Se necesitarán no nueve lunas, sino milenios de lunas; del mismo modo que la luna nace y muere en cada lunación,

manifestándose a nosotros como acabada de nacer, luego llena, luego menguada…

sucederá así siempre en el mundo, mientras exista: habrá fases crecientes, llenas y decrecientes, de religión.

Pero, aun cuando parezca muerta tendrá vida, como la luna, que está aun cuando parece que haya llegado a su fin.

Y quien haya trabajado en esta religión, recibirá el consiguiente pleno mérito, a pesar de que sólo una exigua minoría de almas fieles quede sobre la Tierra.

¡Venga, venga! Nada de fáciles entusiasmos en los triunfos ni de fáciles depresiones en las derrotas.  

Judas responde:

–      No obstante… deja este lugar.

No somos nosotros fuertes todavía y sentimos que frente al Sanedrín tendríamos miedo; yo al menos… los otros, no lo sé…

Pero, hacer la prueba lo considero una imprudencia. Nosotros no tenemos el corazón de los tres jóvenes de la corte de Nabucodonosor.  

Todos los discípulos concuerdan:

–     Sí, Maestro, es mejor.

–     Es prudente.

–     Judas tiene razón.

–     Mira cómo también tu Madre y tus familiares…

–     Y Lázaro y José.

–     Hagámosles venir en vano.

Jesús extiende los brazos y dice:

–     Hágase como queréis; pero luego se vuelve aquí.

Veréis cuántos vienen. Yo ni fuerzo ni tiento vuestra alma; efectivamente, no la siento preparada…

Bueno… veamos los trabajos que han hecho las mujeres.

Pero mientras todos, con ojos risueños y voces de alegría, extraen de las sacas los paquetes con la ropa, las sandalias o los alimentos de las madres y de las esposas…

Y tratan de interesar a Jesús para que admire tanta gracia de Dios, Él permanece triste y absorto.

Se ha retirado con una lamparita al rincón más alejado de la mesa en que están la ropa, las manzanas, recipientes de metal, pequeños quesos… 

Y lee una y otra vez la carta materna, haciendo con una mano de visera para los ojos, parece meditar, pero en realidad está sufriendo.

 Pedro está rebosante de alegría y lo manifiesta,

diciendo:

–      Mira, Maestro, mi esposa, ¡Pobrecilla!

¡Qué prenda tan linda y qué manto con capucha me ha hecho! Quién sabe lo que le habrá costado hacerlo, porque no es tan experta como tu Madre.

Con los brazos cargados de sus tesoros. 

Jesús responde con cortesía:

–     Bonitos, sí, bonitos. Es una esposa excelente – pero con la vista lejos de lo que le ha mostrado.

Santiago de Zebedeo dice:

–     A nosotros nuestra madre nos ha hecho dos túnicas dobles.

¡Pobre mamá! ¿Te gustan, Jesús? Es un color bonito, ¿No es verdad?

–     Muy bonito, Santiago; te quedarán bien.

Tadeo añade:

–     Mira, estoy seguro de que estos cinturones los ha hecho tu Madre; es Ella la que borda así.

Y este velo doble para cubrir del sol, yo también digo que lo ha hecho María; es igual que el tuyo.

La túnica no; ciertamente ha sido nuestra madre la que la ha confeccionado.

¡Pobre mamá! Después de tanto como ha llorado este verano, ve menos y frecuentemente se le rompe el hilo.

¡Qué buena es! – Judas de Alfeo besa la gruesa túnica de color rojo-marrón.

Bartolomé observa:

–     No estás alegre, Maestro.

Ni siquiera miras lo que te han mandado.

Simón Zelote argumenta:

–     No puede estarlo.

Jesús responde:

–     Estoy pensando…

Pero… Volved a hacer los paquetes. Ponedlo todo en orden. No es este el momento de que nos prendan, y no nos prenderán.

Bien entrada la noche, con el claro de la luna, iremos hacia Doco y luego a Betania.  

Juan:

–     ¿Por qué a Doco?

–     Porque allí hay una mujer que se está muriendo y espera de Mí la curación. 

–     ¿No pasamos por casa del encargado?

–     No, Andrés, por ningún sitio.

Así nadie tendrá necesidad de mentir diciendo que no sabe dónde estamos. Si vuestra preocupación es que no nos persigan.

La mía es no crear complicaciones a Lázaro. 

Judas:

–     Pero Lázaro te espera.

–     Y vamos donde él. O, mejor,…

Simón, ¿Me hospedas en la casa de tu viejo siervo?

Zelote responde:

–     Con mucho gusto, Maestro.

Tú ya sabes todo. Por tanto, puedo decirte en nombre de Lázaro, de mí mismo y de quien vive en ella, que esa casa es tuya.  

Jesús apremia:

–     Vamos. Rápido. Para estar en Betania antes del sábado.

Y mientras todos se dispersan con lámparas, para hacer lo que la improvisa partida requiere, Jesús se queda solo.

Vuelve Andrés, se acerca a su Jesús y dice:

–     ¿Y esa mujer?

Me duele abandonarla ahora que parecía que iba a venir… Es prudente… ya lo has visto…

–     Vete a decirle que dentro de un tiempo volveremos y que mientras tanto recuerde tus palabras…

–     Las tuyas, Señor. Yo he dicho sólo las tuyas.

–     Ve. Date prisa.

Y cuida de que nadie te vea. Verdaderamente en este mundo de malvados, los inocentes deben tomar aspecto de pérfidos… 

Todo termina aquí, con esta gran verdad.

70 INICIO DE LA PERSECUCIÓN


70 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes.

Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. 

La tarde desciende a la hora temprana de un día nublado de Noviembre.

Entonces se oye un estrepitoso vocerío en que se escucha la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, mezclada con las altas y chillonas de los hebreos.

Es como la confusión de una lucha.

Y en el instante se oye una voz femenina que grita:

–     ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe.

Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas voltean.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–  ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–    ¡Dejadme pasar, perros judíos!

Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye el alboroto.  

Cuando llega a él, grita:

–     ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

Es el militar con el que habló en una ocasión, en la Puerta  de los Peces.

Y al ver Jesús le dice::

–      ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–      Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

 

Jesús, al verlo le dice:

–     ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño…

Mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada.

Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada…

Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’

Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–     ¿Dónde está?

–      Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–     Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa.

En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando.

El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro.

Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–     La cabeza está abierta por delante y por detrás.

Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza,

Y le dice con infinita dulzura:

–    No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona.

Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza.

El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–     Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–    Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–   ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–   ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. 

Mirando a los presentes, dice:

–     Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan.

Luego ordena a su Predilecto:

–     Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–     ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–    ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados.

Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño.

Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–     Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver.

Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida.

También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración.

La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño, llorando de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–     Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–    Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–     El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo.

Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo.

El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’,

responde:

–     Nosotros no somos perros.

Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús que ha besado y entregado el niño a su madre.

Se pone de pie y dice:

–    ¡Calla, Alejandro! Yo hablo.

Y agrega mirando al que lo arroja:

–     Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–     Pero de explicar en el Templo la Ley, sí.

Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién Eres? ¡Quién Eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–    ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame.

Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo.

Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–    Responde, Judas.

Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–    Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez?

Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–    Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’

Y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías.

Y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’

Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–     Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–     ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–     Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–     Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–     Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–     Entiendo. Vámonos.

Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo.

Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–     Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–     ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron.

Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–     Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–     Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma.

Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú!

Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–     Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

65 EL PRIMER APÓSTOL MÁRTIR


65 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Atraviesan el manzanar y los viñedos y siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo.

Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta.

Es una casa campirana rica y cómoda.

Pedro con Simón, van por delante para avisar.

aparece la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos. una casa de campo, pero rica y cómoda.

Pedro y Simón se adelantan para avisar.

Sale Doras.

Es un viejo con perfil duro y rapaz. Ojos irónicos y boca de sierpe que gesticula con una sonrisa falsa, entre la barba que es más blanca que negra.

Saluda familiarmente y con manifiesta condescendencia:

–    Salud Jesús.

Jesús responde sin darle la paz:

–   Tenla igualmente. 

–   Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.

Jesús puntualiza:

–    Como hombre honrado.

Doras ríe con sorna.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos que no han sido invitados:

–    Entrad. –y mirando al fariseo, agrega- Son mis amigos.

–    Que entren. Pero, ¿Aquel no es el alcabalero; el hijo de Alfeo?

Jesús, poniendo su mano sobre el hombro de Mateo, contesta con un tono glacial y majestuoso:

–    Este es Mateo; el discípulo del Mesías.

El fariseo entiende y ríe con más sorna que antes.

Doras querría aplastar al ‘pobre maestro galileo’ bajo la opulencia de su casa que por dentro es fastuosa. Grandiosa y fría.

Los siervos parecen esclavos, caminan inclinados, rápidos y temerosos siempre de ser castigados al menor pretexto.

La casa da la impresión de que en ella reina la crueldad y el odio. 

Doras dice con soberbia:

–    Mi suegro, Caifás; no creyó que vendrías.

Jesús no se deja aplastar con la ostentación de las riquezas, ni con recordarle la posición y el parentesco.

Y Doras que comprende la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el jardín, en donde hay más árboles.

Le muestra plantas raras y le ofrece frutos de ellas, que los siervos han traído en palanganas y en copas de oro.

Jesús prueba y alaba la exquisitez de las frutas, algunas conservadas como en jalea y adornadas con duraznos bellísimos. Otras parecen peras de un tamaño raro.

Doras no pierde la oportunidad de manifestar:

–    Soy el único en Palestina que tengo estas frutas y creo que ni siquiera las hay en toda la península.

Las mandé traer de Persia y de lugares más lejanos todavía. La caravana me costó casi un talento. Pero ni siquiera los tetrarcas tienen estas frutas.

Probablemente ni el mismo César. Cuento las frutas y recojo todas las semillas. Las peras, sólo se comen en mi mesa, porque no quiero que se roben ni una semilla.

Le envío a Annás, pero tan solo cocidas, porque así ya son estériles.

Jesús dice:

–     Y sin embargo son plantas de Dios. Y los hombres, todos son iguales.

Doras se escandaliza:

–    ¿Iguales? ¡Nooooo! ¿Yo igual a… a tus galileos?

–     El alma viene de Dios y las crea iguales.

El ministro del Templo se esponja como un pavo real y parece erguirse lleno de soberbia cuando dice con manifiesta superioridad:

–           Pero yo soy Doras el fiel Fariseo…

Y continúa con una larga perorata de la supremacía de la clase sacerdotal del pueblo hebreo sobre todos los demás pobres humanos que habitan la tierra. 

Jesús lo atraviesa con sus ojos de zafiro que se encienden cada vez más; señal precursora en Él, de un acto de piedad o de rigor.

Jesús, de vestido purpúreo; es mucho más alto que Doras y domina imponente a este pequeño y encorvado fariseo, embutido en su vestido amplísimo y con una impresionante abundancia de franjas.

Doras, después de un tiempo de auto admiración de sí mismo, exclama:

–     Pero Jesús, ¿Por qué enviar a la casa de Doras el Fariseo puro; a Lázaro, hermano de una prostituta?

¿Lázaro es tu amigo? ¡No debe serlo! ¿No sabes que está en el Anatema, porque su hermana María es una prostituta también de los romanos?

–     El único Lázaro que conozco, es el de sus acciones honradas.

–    Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa.

Y ve que su mancha se extiende también sobre los amigos. ¡No vayas! ¿Por qué no eres Fariseo? Si quieres… yo soy poderoso.

Puedo hacer que te acepten en el Sanedrín, no obstante que tú seas Galileo.

En el Sanedrín puedo todo. Annás está en mis manos, como este pedazo de paño en mi manto. Serás poderoso y temido.

–    Yo solo quiero ser amado.

–    Yo te amaré. Ve cuanto te amo, que te cedo atendiendo a tu deseo a Jonás.

–    Lo he pagado.

–    Es verdad. Y me sorprendió que pudieras disponer de tal cantidad.  

–    No fui Yo. Sino un amigo que lo hizo por Mí.

–    Bien, bien no indago. Digo: ve que te amo y quiero hacerte feliz.

Tendrás a Jonás, después de la comida. Sólo por Ti hago este sacrificio. – y su sonrisa destella con inaudita crueldad.

Jesús lo mira cada vez con mayor rigor. Con los brazos cruzados sobre el pecho.

Están todavía en el huerto del jardín, en espera de la comida.

Con ansiedad mal disimulada, Doras dice:

–    Me debes hacer un favor. Alegría por alegría. Te doy mi mejor siervo.

Me privo por tanto de una utilidad futura. Supe que viniste al principio del verano y tu bendición este año, me dio cosechas que hicieron célebres mis posesiones.

Bendice ahora mis ganados y mis campos.

Para el año próximo extrañaré a Jonás. Y mientras encuentro a otro igual a él; ven. Bendice. Dame la alegría de que se hable de mí por toda Palestina.

Y de tener rediles y graneros que revienten de abundancia. ¡Ven!     

Lo toma por el brazo y lo jala, tratando de llevarlo a la fuerza; empujado por la avaricia y la ambición de su desenfrenada sed por el oro.

Jesús se opone:

–    ¿Dónde está Jonás? –pregunta con energía.

Doras contesta evasivo:

–    En los arados. Ha querido seguir trabajando en agradecimiento a su buen patrón.

Pero vendrá antes de que termine la comida. Mientras tanto, ven a bendecir los ganados y los campos.  Los árboles frutales, las viñas y los olivares.

¡Todo! ¡Todo! ¡Oh! ¡Qué fértiles serán el año entrante! Ven, pues.

Jesús dice con un tono mucho más fuerte:

–    ¿Dónde está Jonás?

–    ¡Ya te lo dije! Al frente de los arados. Es el capataz y no trabaja: preside.

–    ¡Mentiroso!

–    ¿Yo? ¡Lo juro por Yeové!

–     ¡Perjuro!

–    ¿Yo? ¿Yo, perjuro? Yo soy el fiel más fiel. ¡Ten cuidado cómo me hablas!

–     ¡ASESINO!

Jesús ha ido levantando cada vez más fuerte la voz y la última palabra RETUMBA como si fuera un trueno.

Los discípulos se acercan a Él.

Los siervos se asoman por las puertas,  temerosos.

El Rostro de Jesús es formidable en su severidad. Parece como si sus ojos lancen rayos fosforescentes.

A Doras, por un momento lo sobrecoge el miedo.

Se hace más pequeñito, en su montón de tela finísima, junto a la majestuosa persona de Jesús; vestido con su túnica de lana pesada en un tono púrpura.

Más de pronto la soberbia se apodera de él otra vez y grita con voz chillona, como una zorra furiosa:

–  ¡En mi casa sólo yo doy órdenes! ¡Sal de aquí, vil galileo!

–  ¡Saldré después de haberte maldecido a ti, a tus campos, ganados y viñas; para este año y para los que vengan!

Doras chilla como fiera malherida:

–    ¡Nooo! ¡Esto no!

Sí, es verdad. Jonás está enfermo. Pero se ha curado. Se ha recuperado. ¡Retira tu maldición!

Jesús insiste:

–   ¿Dónde está Jonás? –y ordena implacable- ¡Que un siervo me conduzca a él, al punto! Yo lo pagué.

Y puesto que tú lo consideras como una mercancía. Como una máquina; como a tal lo tomo. Y como lo he comprado, lo quiero.

Doras saca un silbato de oro de entre su pecho y silba tres veces.

Acuden corriendo muchos siervos de la casa y del campo, ante su temido dueño.

Éste ordena:

–   ¡Llevad a éste a donde está Jonás y entregádselo! ¿A dónde vas?

Jesús ni siquiera responde.

Camina detrás de los siervos que se han precipitado más allá del jardín; hacia donde están las casuchas de los campesinos.

Entran en la paupérrima choza de Jonás.

Él, literalmente es un esqueleto semidesnudo que respira fatigosamente por la fiebre, sobre un lecho de cañas.

En el que sirve de colchón un vestido remendado. Y de cobija, un manto todavía más roto. Una joven lo cuida como puede.  

Jesús dice con infinita ternura:

–   ¡Jonás, amigo mío! ¡He venido a llevarte!

–   ¿Tú? ¡Señor, mío! ¡Me muero! ¡Pero soy muy feliz por tenerte aquí!

–    Fiel amigo, eres libre desde ahora. Y no morirás aquí. Te llevo a mi casa.

–    ¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Habías prometido que vería a tu Madre.

Jesús es todo amor. Se inclina sobre el miserable lecho del infeliz pastor.

Y dice:

–     Pedro, tú eres fuerte. Levanta a Jonás.

Y vosotros, dadle el manto. Este lecho es demasiado duro para cualquiera en estas condiciones.

Los discípulos rápidamente se quitan los mantos.

Los doblan varias veces y le improvisan una camilla.

Pedro coloca su carga de huesos y Jesús lo cubre con su propio manto.

Cuando está listo Jesús pregunta:

–    Pedro, ¿Tienes dinero?

–   Sí, Maestro. Tengo cuarenta denarios.

–    Está bien. Vámonos.

Ánimo Jonás. Todavía un poco de molestia. Y después, habrá mucha paz en mi casa, cerca de María.

–     María. ¡Sí! ¡Oh! –en medio de su agotamiento, Jonás no hace más que llorar.

Jesús dice a la joven:

–     Adiós, mujer. El Señor te bendecirá por tu misericordia.

–    Adiós, Señor. Adiós Jonás. Ruega. Rogad, por mí. – y la joven llora.

Cuando están por salir, aparece Doras.

Jonás por un momento se llena de terror y se tapa la cara.

 Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado; más severo que un Juez.  

El miserable cortejo sale al patio y toma el camino del jardín.

Doras, en el colmo de la vileza, exclama:

–    ¡Este lecho es mío! ¡Te vendí el siervo, no el lecho!

Jesús le arroja a los pies la bolsa sin hablar.

Doras la toma. La vacía y cuenta…

–    Cuarenta denarios y cinco dracmas. ¡Es poco!

Jesús mira al avariento y repugnante hombre en tal forma, que es imposible describirla. No dice nada.

Doras insiste:

–   Dime al menos que retiras el anatema.

Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una nueva frase:

–     Te pongo en manos del Dios del Sinaí.

Y pasa muy erguido al lado de la rústica camilla que llevan pedro y Andrés.

Doras, al ver que todo es inútil. Que su condena es segura,

Grita:

–    ¡Nos veremos, Jesús! ¡Oh! ¡Te atraparé! ¡Te haré guerra a muerte!

Llévate a esa piltrafa de hombre. Ya no me sirve. Me ahorraré el entierro. ¡Vete! ¡Vete! ¡Satanás maldito!

¡Pondré contra Tí a todo el Sanedrín! ¡Satanás! ¡Satanás!

Jesús aparenta no oír.

Los discípulos están consternados.

Jesús se preocupa sólo de Jonás. Busca los caminos más planos.

Pero desde el Esdrelón hasta Nazareth, el camino es largo y no se puede avanzar ligeros con la piadosa carga.

Continúan en silencio por el camino principal.

Jonás parece que duerme, pero no suelta la mano de Jesús.

Al atardecer son alcanzados por un carro militar romano.

Jesús levanta el brazo y dice:

–   En el Nombre de Dios, deteneos.

Los soldados se detienen. Del carro se asoma la cabeza de un tribuno militar.

Éste pregunta a Jesús:

–   ¿Qué quieres?

–   Tengo un amigo que se está muriendo. Os pido para él, un lugar en el carro.

–   No debería. Pero sube. Tampoco somos perros.

Suben la camilla.

El tribuno pregunta:

–     Tú amigo… ¿Quién eres?

–     Jesús de Nazareth. 

El oficial lo mira curioso y dice:

–     ¡Oh! ¿Tú? ¡Entonces sí eres tú!

Subid cuantos podáis. Basta con que no os asoméis. Así son las órdenes.

Pero sobre las órdenes está el ser humano. ¿O no? ¡Y Tú eres Bueno, lo sé! ¡Eh! Nosotros los soldados, todo lo sabemos. 7

¿Cómo lo sé? Hasta las piedras hablan en bien y en mal. Nosotros tenemos orejas para oír y servir al César.

Tú no eres un falso Mesías como los anteriores, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe.

Observa mejor a Jonás y exclama:

–    Oye, pero… ¡Este hombre está muy enfermo!

Jesús responde:

–    Por eso lo llevo a casa de mi Madre.

–   ¡Ummm! ¡Poco tendrá que cuidarlo! Dale un poco de vino de esa cantimplora.

¡Áquila! –Llama al conductor y ordena-  Arrea los caballos.

–   ¡Quinto! Tú dame dos raciones de pan, de miel y mantequilla de las mías.

Y explica a Jesús:   

–    Es todo lo que tengo, pero le hará bien. Para la tos que trae, la miel le aliviará.

–    Eres bueno.

–    No. Soy menos malo que muchos. Estoy contento de tenerte conmigo.

Acuérdate de Publio Quintiliano de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Ptolemaida. Estoy en inspección de orden.

–    No me tratas como a enemigo.

–    ¿Yo? Soy enemigo de los malos. Jamás de los buenos. Yo también quisiera ser bueno. Dime, ¿Qué doctrina predicas, para nosotros los hombres de armas?

–   La doctrina es única para todos los hombres. Justicia, honradez, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos.

Aún en los duros momentos de la guerra, no olvidar al ser humano.

Buscar de conocer la Verdad; o sea, a Dios Uno y Eterno, sin cuyo conocimiento cualquier acción está privada de la Gracia y por lo tanto del premio eterno.

–   Y cuando esté muerto, ¿Qué me interesa el bien hecho?

–    Quién se acerca al Dios Verdadero, encuentra ese bien en la otra vida.

–   ¿Volveré a nacer? ¿Acaso seré emperador?

–    No. Te haces igual a Dios, al unirte con Él en la eterna beatitud del Cielo.

–    ¿Cómo? ¿Yo en el Olimpo? ¿Entre los dioses?

–    No existen los dioses. Existe el Dios Verdadero.

El que Yo predico. El que te oye y pone una señal en tu bondad y en tu deseo de conocer el bien.

–   ¡Esto me basta! No sabía que Dios se pudiese ocupar de un pobre soldado pagano.

–   Él te creó, Publio. Por eso te ama y quiere que estés con Él.

–   ¡Eh! ¿Por qué no? Pero nadie nos habla de Dios, jamás.

–   Vendré a Cesárea y me escucharás.

El romano extiende el brazo y afirma:

    ¡Oh, sí! ¡Iré a oírte! Allá está Nazareth. Quisiera llevarte hasta allá. Pero si me ven…  

–    Desciendo y te bendigo por tu buen corazón.

–    Salve, Maestro.

–    El Señor se os muestre. ¡Adiós, soldados!

Descienden y vuelven a caminar.

Jesús dice alentando al enfermo:

–    Jonás, en breve vas a descansar.

Jonás sonríe. Conforme la tarde avanza, está más seguro de estar más lejos de Doras. Y más tranquilo se muestra.

Juan con su hermano Santiago, corren adelante para avisar a María.

Y cuando el pequeño cortejo llega a Nazareth, que está casi desierto en la noche que cae; María está afuera, esperando a su Hijo.

Cuando se encuentran, Jesús dice:

–    Aquí está Jonás. Bajo tu dulzura comenzará a gustar de su paraíso. ¡Feliz Jonás!

–   ¡Feliz! ¡Feliz! –murmura el extenuado pastor, como en un éxtasis.

Entran en la casita y se le lleva a la habitación en donde murió José.

Jesús dice:

–    Estás en el lecho de mi padre. Aquí estamos mi Mamá y Yo, ¿Ves?

Nazareth se convierte en Belén y tú ahora eres el pequeño Jesús, entre dos que te aman.

Ellos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves los ángeles, pero revolotean a tu alrededor, con alas de luz y cantan las palabras del canto navideño.

Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que poco a poco va debilitándose.

Parece que hubiera aguantado tanto, solo para morir aquí. Pero es feliz.

Sonríe y trata de besar la mano de Jesús; la de María y decir… decir…

Pero la falta de aliento se lo impide.

María, cual madre lo conforta.

Jonás repite con un hilo de voz:

–   Sí. Sí. –con una sonrisa en su cara de esqueleto.

Los discípulos miran  conmovidos desde la puerta del huerto.

Jesús le dice:

–    Dios ha escuchado tu gran deseo.

La estrella de tu larga noche, se convierte ahora en la estrella de tu eterno amanecer. ¿Sabes su nombre?

El agonizante responde

–   Jesús. El tuyo, ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles…

¿Quién está cantándome el himno angelical. Mi alma lo oye. Pero también mis orejas lo quieren oír. ¿Quién lo canta para hacerme feliz?… tengo mucho sueño.

Estoy tan cansado. ¡Muchas lágrimas! Muchos insultos… ¡Doras!… yo lo perdono.

Pero no quiero oír su voz y la oigo. Es como la voz de Satanás que no quiere dejarme en paz.

¡Oh! ¿Quién me cubre esa voz, con palabras venidas del Paraíso?

Es María; que vuelve a cantar en voz baja y en el mismo tono, el cántico con el que arrullaba a Jesús Niño…

Y lo repite porque ve que Jonás se tranquiliza al oírla.  

Después de unos minutos, Jonás dice:

–           ¡Doras ya no habla más! Sólo los ángeles… era un Niño en un pesebre… entre un buey y un asno… Y era el Mesías… Y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…  -la voz se apaga en un breve murmullo. Y sigue el silencio…

Jesús dice:

–           ¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! ¡Ha muerto! Lo pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos, junto a  mi justo padre.