Archivos de etiquetas: curiosidad

97.- REY DE LOS JUDÍOS


La gente que lo encuentra, mira con curiosidad al grupo galileo, que es verdaderamente extraño en estas partes.

Mateo dice señalando el promontorio que cae al mar:

–           Este debe ser el peñón de la tempestad, del que habló el pescador…

Santiago de Zebedeo extiende el brazo y dice:

–           Ved allí el poblado que nos dijeron.

Jesús observa:

–           Desde la cima podremos ver Alejandroscene…

Juan contesta:

–           Dentro de poco anochecerá. ¿Dónde nos quedaremos?

–           En Alejandroscene. Iremos por aquel camino que baja hacia allá…

Andrés pregunta:

–           Es la ciudad de la mujer de Antigonia. ¿Cómo podríamos hacer para alegrarla?

Juan explica:

–           Maestro, ella nos dijo: ‘Id a Alejandroscene. Mis hermanos tienen allí negocios y son prosélitos. Procurad que se enteren del Maestro. Nosotros también somos hijos de Dios…’ Y lloraba porque su matrimonio no es bien visto. Sus hermanos jamás van a visitarla y ella no sabe nada de ellos.

Jesús dice:

–           Buscaremos a sus hermanos. Si nos acogen como a peregrinos, le daremos una alegría…

–           Pero ¿Cómo vamos a decirle que la vimos?

–           Trabaja en las posesiones de Lázaro y nosotros somos sus amigos.

–           Es verdad. Tú tomarás la palabra…

Cómo queráis. Pero démonos prisa, para que encontremos la casa. ¿Sabéis dónde está?

–           Cerca del campamento. Tienen relaciones con  los romanos, pues les venden muchas cosas.

–           Está bien.

Caminan rápidos por el camino consular. Alejandroscenne, que es una estratégica ciudad militar, extendida entre dos promontorios; sobre el mar. Ahora ya pueden distinguirse las torres que forman una cadena con las de la llanura y que hacen formidable el imponente campamento.

Llegan a las tiendas de los hermanos de Hermione y ven a los compradores saliendo y llevando sus mercancías: telas, utensilios, granos, heno, aceite, vinos y alimentos. El aire huele a cuero, especias, paja y lana. Es un vasto patio que semeja una plaza y en cuyos pórticos están las diversas bodegas.

Un hombre los recibe y les pregunta:

–           ¿Qué se os ofrece? ¿Alimentos?

Jesús contesta:

–           Sí. Y también hospedaje… Si es que no te desagrada hospedar a peregrinos. venimos de lejos y nunca hemos estado aquí. Danos hospedaje en el Nombre del señor…

El hombre mira atentamente a Jesús y lo escudriña… Luego dice:

–           En realidad no acostumbro hospedar a nadie; pero Tú me caes bien. Eres galileo ¿Verdad? Mejor los galileos que los judíos. Son demasiado orgullosos y no nos perdonan que tengamos sangre impura. sería mejor que ellos tuvieran el alma pura. Ven entra aquí. Regreso pronto. Voy a cerrar porque ya atardeció…

De hecho el crepúsculo va dejando lugar a la oscuridad que desciende sobre el patio que domina el majestuoso campamento.

Todos entran en la habitación señalada y se sientan. Regresa el hombre con otras dos personas y dice:

–           Ahí los tenéis. ¿Qué os parece? A mí me parecieron gente buena…

El hombre mayor dice al hermano:

–           Hiciste bien. – y volviéndose hacia Jesús le pregunta- ¿Cómo os llamáis?

Jesús hace las presentaciones:

–           Jesús de Nazareth. Santiago y judas también de Nazareth. Santiago, Juan y Andrés de Betsaida y Mateo de Cafarnaúm…

–           ¿Por qué habéis venido aquí? ¿Sois perseguidos?

–           No. Evangelizamos. Hemos recorrido más de una vez la Palestina, desde Galilea hasta Judea; de mar a mar. También hemos estado en Transjordania y en la Aurinítide y ahora hemos venido aquí. A enseñar…

–           Pero, ¿Aquí un Rabbí? ¡Nos sorprende! Felipe, Elías, ¡Esto no es posible!

Elías apoya:

–           Mucho. ¿De qué casta eres?

–           De ninguna. Soy de Dios. Los buenos del mundo creen en Mí. Soy pobre y amo a los pobres. Con todo, no desprecio a los ricos a quienes enseño el amor, la misericordia y a no amar las riquezas. Así cómo también enseño a los pobres a amar su pobreza, confiando en Dios que no deja que alguien se pierda. Entre mis ricos amigos y discípulos se encuentra Lázaro de Bethania…

–           ¿Lázaro? Una de nuestras hermanas está casada con uno de sus trabajadores…

–           Lo sé. También por esta razón he venido. Para deciros que os manda saludos y os ama.

–           ¿La viste?

–                      Yo no. Pero éstos que me acompañan, sí. Lázaro los envió a Antigonia.

–                      ¡Oh! ¡Hablad! ¿Cómo está Hermione? ¿Está feliz?

Tadeo responde:

–           Su esposo y su suegra la aman mucho. Su suegro la respeta…

–           Pero no le perdonan su sangre maternal. Dilo…

–           Se la perdonarán. Se expresó de ella muy bien. Tiene cuatro niños bellos y muy buenos. Esto la hace feliz. Pero siempre os recuerda y nos pidió que os trajéramos al Maestro…

–           ¿Pero cómo? ¿Eres a quien llaman el Mesías? ¿Tú?

–           Yo Soy.

–           Eres verdaderamente Él… Nos dijeron en Jerusalén que te llaman el Verbo de Dios…  ¿Es verdad?

–           Sí.

–           Pero, ¿Lo Eres sólo para los de allá o para todos?

–           Para todos. ¿Podéis creer que sea Yo lo que habéis dicho?

–           Creer no cuesta nada. Tanto más cuanto se espera que lo que se cree, pueda arrancar lo que nos hace sufrir.

–           Es verdad, Elías. Pero no hables de este modo. Es un pensamiento muy impuro. mucho más que la sangre mezclada. Alégrate no con la esperanza de que desaparezca lo que es la causa de desprecio de los demás. Más bien alégrate con la esperanza de conquistar el Reino de los Cielos.

–           Tienes razón, Señor. Soy medio pagano.

–           No te preocupes. También te amo a ti. Y también por ti he venido.

Felipe dice:

–           Han de estar cansados. Elías, deja las cosas como están. Vamos a cenar… Aquí no hay criadas. Ninguna israelita nos ha querido. Perdona si la casa te parece fría y sin arreglar…

–           Vuestro corazón la hará caliente y acogedora.

–           ¿Cuánto tiempo vas a estar?

–           No más de un día. Voy a ir en dirección a Tiro y a Sidón. Y necesito estar en Aczib antes del sábado…

–           ¡Sidón está muy lejos!

–           Mañana quisiera hablar aquí…

Nuestra casa parece un puerto. Sin que salgas de ella tendrás oyentes de muchos lugares. Y mañana es día de mercado.

–           Vamos pues. Y el Señor os pague vuestra caridad…

Al día siguiente, en el patio de los tres hermanos que está iluminado en más de la mitad por el sol, está lleno de gente que va y viene haciendo compras y vendiendo. Los soldados romanos, imperiosos y conquistadores; vigilan el orden en todo este barullo. Tambien Jesús, junto con los apóstoles, pasea por el inmenso patio que se ha convertido en una gran plaza de mercado. Muchos comentan mirando al grupo apostólico; reconociendo al Mesías y esperando a que hable.

Una niña acompaña a un viejo semiciego y suplica:

–           Dejad paso libre al viejo Marcos. ¡Por favor decidnos dónde está el Mesías!

Alguien contesta:

–           Si queréis ver al Rabbí, vedlo. Allá está parado, hablando con los pordioseros…

Y los dos se apresuran a llegar al lugar indicado…

Hay numerosos soldados y al verlo, dos de ellos comentan:

–                     Debe ser al que persiguen los judíos, Escipión. Son unos buenos canallas. Basta con verlo para darse cuenta que es mejor que todos ellos.

–                     ¡Por esto les da fastidio, Cayo!

–                     Vamos a decirlo al oficial. Son órdenes.

–                     ¡Esto es muy tonto, Cayo! Roma toma precauciones de los corderos y soporta la caricia de los Tigres.

–                     ¡No me parece como piensas, Escipión! ¡A Poncio no le cuesta matar!

–                     Cierto. Pero no cierra la puerta a las hienas que lo adulan.

–                     ¡Política, Escipión! ¡Política!

–                     ¡Cobardía, Cayo! Y ¡Estupidez! Debería hacerse amigo de este Hombre; para tener una ayuda pronta contra esta gente asiática. Poncio no favorece los intereses de Roma, en hacer a un lado a este Hombre Bueno. Y en adular a los malvados.

–                     No critiques al Procónsul. Nosotros somos soldados. Y el jefe es sagrado como un dios. Hemos jurado obediencia al divino César. Y el Procónsul es su representante…

–                     Eso está bien por lo que se refiere al deber con la Patria, sagrada e inmortal. Pero para nuestro fuero interno…

–                     El obedecer supone juzgar. Si tu juicio se rebela contra una orden y la crítica; no puedes obedecer como se debe. Roma se apoya en nuestra obediencia ciega; para proteger sus conquistas.

–                     Pareces un tribuno y dices bien. pero quiero decirte que si Roma es reina; nosotros no somos esclavos, sino súbditos. Y Roma no debe tener súbditos esclavos. Y por eso afirmo que mi razón juzga que Poncio hace mal, en no preocuparse de este israelita. Llámalo Mesías; Santo, Profeta, Rabí o cómo te dé la gana. Y puedo decirlo porque con ello no disminuye mi amor por Roma. Yo estoy convencido de que Él, al enseñar el respeto a las leyes y a los cónsules, como lo hace; coopera para el bienestar de Roma.

–                     Eres un hombre culto, Escipión. Llegarás a ser algo. Pero mira… hay gente alrededor de Él… Vamos a decirlo a los jefes…

De hecho, una multitud rodea a Jesús.

Luego se oye un grito y algunos se separan del grupo y corren…

Cayo pregunta:

–                     ¿Qué ha pasado?

–                     ¡El Hombre de Israel ha curado al viejo Marcos!

–                     ¡El velo de sus ojos ha desaparecido!

Un limosnero se arrastra apoyado en unos bastones, pues tiene las piernas torcidas y flacuchas. Con voz fuerte, grita sin descansar:

–                     ¡Santo! ¡Santo! ¡Mesías!… ¡Rabí! ¡Ten piedad de mí!

Los hebreos le gritan:

–                     Deja de gritar. Marcos es hebreo y tú no.

Un hebreo grita:

–                     Hace favores a los verdaderos israelitas, ¡No a los nacidos de una perra!

–                     Mi madre era hebrea…

–                     Y Dios la castigó. ¡Haciendo que nacieras como naciste! Por su pecado. ¡Lárgate, hijo de loba! ¡Vuelve a tu lugar; lodo que has de ser!

El pobre hombre se apoya contra la pared… Acobardado, humillado, espantado al ver los puños levantados de los hebreos puros.

Jesús se detiene. Se vuelve y ordena.

–                     ¡Oye! ¡Ven aquí!

El hombre lo mira… Mira a los que lo amenazan… No se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la gente y se le acerca.

Le pone la mano sobre el hombro y le dice:

–                     No tengas miedo. Ven conmigo. –y mirando a los que no tuvieron compasión… Con tono severo agrega- Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos.

Los otros comprenden y ya no se mueven.

Jesús los ve avergonzados y a punto de irse y les dice:

–                     No. Venid también vosotros. Y fortaleced vuestra alma, así como éste que supo tener fe. Yo lo mando. Vete libre desde ahora de tu enfermedad.

Quita su mano del hombro del hombre que se estremece. Éste se levanta. Arroja los bastones acabados por el uso y grita:

–                     ¡Me ha curado! ¡Alabado sea el Dios de mi madre!  -y se postra adorando y besando la orla del vestido de Jesús.

El tumulto aumenta y llega hasta las murallas del campamento romano. Los soldados creen que hay riña. Un pelotón corre, abriéndose paso y preguntando qué sucede:

–                     ¡Un milagro! ¡Un milagro! ¡Jonás el chueco!…  ¡El Paralítico, está curado! ¡Vedlo junto al Galileo!

Los soldados se miran entre sí…

–                     ¡El oficial nos ordenó que vigilásemos!

Escipión responde:

–                     ¿A quién? ¿A Él? Si se trata de Él, podemos ir a tomarnos una jarra de vino.

–                     Por mi parte yo diría que Él es quién debe ser protegido. ¿Lo veis allá? Entre nuestros dioses no hay uno que sea tan Bueno y con un aspecto tan viril. Esos no son dignos de Él. Los que no son dignos, es porque son malos. Quedémonos por si hay que defenderlo. Por lo menos podremos cuidarle la espalda. Y acariciar las de esos sinvergüenzas…  -dice con sarcasmo y admiración uno de los soldados.

–                     Has dicho bien Pudente. Voy a llamar a Prócoro que siempre ve complots contra Roma, donde no hay. En lo único que piensa es en que se le promueva y aquí se convencerá…

–                     No viene Prócoro. Mandó al triario, Aquila…

Los soldados lo aclaman y él pregunta:

–                     ¿Qué pasa?

–                     Que hay que vigilar a este hombre alto y rubio.

–                     Perfectamente. Pero, ¿Quién es?

–                     Lo llaman el Mesías. Su Nombre es Jesús de Nazareth. Es el mismo por quién se dieron las órdenes… Dicen que quiere hacerse rey y hacer a un lado a Roma. El Sanedrín; los Fariseos, Saduceos, Herodianos; se lo dijeron así a Poncio. Bien sabes que los hebreos son un poco especiales. Y que de cuando en cuando, creen tener un rey…

–                     Bien, bien… ¡Pero si es por Ese!… De todos modos escuchemos lo que dice. Parece que va a hablar…

–                     Publio Quintiliano dice que es un filósofo divino. Las damas imperiales lo admiran. –dice otro soldado muy joven.

–                     ¡No lo dudo! ¡Lo mismo me parecería si yo fuera mujer; pues me encantaría ir a la cama con Él!… –dice riendo de buena gana, otro soldado.

–                     ¡Cállate desvergonzado! ¡La lujuria te sigue por todas partes!

–                     ¿Y tú no, Fabio? ¿Qué me dice de Anna, Sira, Alba…?

–                     ¡Silencio, Sabino! Empieza a hablar y quiero escucharlo. –ordena el Triario. Y todos guardan silencio.

Jesús, subido sobre una caja. Apoyada contra una pared, de forma que todos puedan verlo. Dice:

–                     Paz a todos vosotros… Hijos de un solo Creador…

La gente escucha atenta el mensaje evangélico… La sabiduría, el amor y la parábola de los trabajadores y la viña…

Los vendedores de la plaza protestan diciendo que por su culpa perdieron los clientes. Los romanos desde su lugar gritan:

–                     ¡Por Júpiter! ¡Qué bien habla!

La gente se divide en dos bandos. Y llueven injurias, alabanzas, bendiciones, maldiciones, amenazas…

Jesús cruza sus brazos y los mira con tristeza; pero con dignidad.

Los soldados intervienen diciendo:

–                     ¡Qué va a ser Éste un revoltoso! ¡Él es el atacado!

Y con las astas dispersan a la multitud. El centurión se acerca violento e increpa con ira al viejo Aquila:

–                     ¿Es de este modo como velas por Roma? ¿Dejando que se dé el título de Rey en tierras que nos están sujetas?

El viejo soldado saluda militarmente y responde:

–                     Enseñaba el respeto y la obediencia. Hablaba de un Reino que no es de esta tierra. Por eso lo odian. Porque es Bueno y respetuoso. No encontré motivo para hacerlo callar. No contravenía nuestras leyes.

El centurión se calma y refunfuña:

–                     Entonces se trata de una nueva sedición de esa apestosa gentuza. Bien decidle que se vaya lo más pronto posible. No quiero molestias aquí. Cumplid mis órdenes y escoltadlo hasta fuera de la ciudad, tan pronto esté libre el camino. Que se vaya a donde mejor le parezca. A los infiernos si quiere; pero que salga de mi jurisdicción. ¿Entendieron?

–                     Así lo haremos.

El centurión les da la espalda, que resplandece con la coraza que trae puesta. Ondea su manto de púrpura. Y se va sin siquiera mirar a Jesús.

Los soldados comentan:

–                     ¿Podrán amarnos a nosotros sí odian a ese que no les hace ningún mal?

–                     No solo eso. Hasta les hace milagros.

–                     ¡Por Hércules! ¿Quién fue el que dijo que teníamos que vigilarlo?…

–                     Cayo.

–                     ¡El celoso! Por su culpa hemos perdido la comida…

El triario va a donde está Jesús y lo mira sin saber que decirle. Jesús le sonríe para darle ánimos. El soldado no sabe qué hacer.

Pero se acerca y Jesús le dice señalando sus cicatrices:

–                     Eres un héroe y un soldado fiel.

Aquila se pone colorado por la alabanza.

–                     Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador. ¿No quisieras sufrir algo por una patria mayor: el Cielo? ¿por un emperador eterno, que es Dios?

El soldado mueve la cabeza afirmando y responde:

–                     Soy un pobre pagano. Llegaría yo al atardecer. ¿Pero quién me va a instruir? Lo estás viendo. Te arrojan fuera. Y esto sí que son heridas que hacen mal. ¡No las mías! Por lo menos yo también herí a mis enemigos. ¿Pero Tú a quién hieres? ¿Qué das?…

–                     Perdón, soldado. Perdón y amor.

–                     Tengo razón. ¡Es necio que sospechen de Tí! ¡Adiós Galileo!

–                     ¡Adiós romano!

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

31.- FIESTA DE LAS ENCENIAS


Han llegado a la llanura desde donde se ve Betania bañada por el sol de Diciembre, que hace que la despojada campiña se vea menos triste. Pasan frente a una espléndida casa en la que ven a una joven romana que viste lujosamente y los mira con curiosidad, al oír los gritos y los hosannas con los que es recibido Jesús. Una sonrisa de desprecio se dibuja en su cara y por un instante…

Jesús la mira… Luego continúa su camino, hasta llegar al cancel, donde Lázaro ha venido a darle la bienvenida.

Maximino el mayordomo, se ha adelantado unos metros y dice:

–                     Maestro, me dijo Simón que vas a su casa.

Jesús contesta:

–                     Así es.

–                     Es un dolor para Lázaro…

–                     Luego hablaremos de ello.

–                     Pero se comprende… Lázaro está muy abatido.

–                     ¿Dónde está?

–                     En la biblioteca.

–                     Voy con él… ¡Oh, amigo mío!

Jesús va ligero hacia donde está Lázaro, que lo mira con agobio. Lo besa en las mejillas y se saludan mutuamente. Luego caminan al jardín, hacia los huertos de Simón, que son colindantes.

Lázaro pregunta con pesar:

–                     ¿De veras prefieres ir a la casa de Simón?

–                     Sí, amigo mío. Traigo conmigo a todos mis discípulos. Y es mejor así…

A Lázaro le desagrada su determinación, pero no objeta. Se dirige a la pequeña multitud que los sigue y dice:

–           Idos. El Maestro tiene necesidad de descanso.

Todos se inclinan al oír sus palabras y se retiran, mientras Jesús les dice con dulzura:

–                     La paz sea con vosotros. Os avisaré cuando predique.

Lázaro dice angustiado:

–           Maestro, Martha está hecha un mar de lágrimas… Si hubiésemos sabido que ella vendría… Pero jamás viene a las fiestas… Sí. Jamás viene. Me imagino que el demonio la trajo precisamente aquí…

Jesús objeta:

–                     ¿El Demonio? ¿Y por qué no pudo ser su ángel por órdenes de Dios? Pero créeme que aunque ella no hubiese venido; hubiera ido a la casa de Simón.

–                     ¿Por qué, Señor mío? ¿No te ha brindado tranquilidad mi casa?

–                     Tanta. Que después de Nazareth, es mi lugar preferido. Pero respóndeme, Por qué me dijiste: ‘Sal de Aguas Hermosas?’ Es por las asechanzas que se acercan, ¿No es así? Por eso entro a tierras de Lázaro… Pero no quiero que Lázaro sea insultado.

¿Crees que te respetarían? Con tal de pisotearme, pasarían sobre el Arca Santa… ¡Déjame hacer las cosas así, por lo menos ahora! Luego vendré…  Por otra parte, nadie me prohíbe que venga a comer a tu casa y de que tú vengas a donde Yo estoy.  Procura que se diga: ‘Está en casa de un discípulo suyo’…

–                     ¿Y yo no lo soy?

–                     Tú eres el amigo más querido para el corazón, que un discípulo. La malicia no entiende eso. Déjame hacer lo que Yo quiero, Lázaro. Esta casa es la hermosa casa del hijo de Teófilo. Y para los pedantes, eso significa mucho.

–                     ¿Por qué hablas así? Es a causa de ella… ¿No es así? Estaba tratando de persuadirme a perdonarla… Pero si te aleja… ¡Vive Dios que la odiaré!…

–                     Y me perderás para siempre. ¡Pronto. Deshecha ese pensamiento al punto! O al punto me perderás…

Llega Martha que bajo el velo, llora. Se arrodilla ante Jesús.

Y Él le dice:

–                     La paz sea contigo, mi buena anfitriona.

Martha llorando dice:

–                     ¡Oh, Señor!…

–                     ¿Por qué ese llanto?… ¡Oh, Martha! ¡Parece que te olvidas de quién Soy Yo! De Hombre no quiero más que el vestido… Mi corazón es divino y como tal palpita. ¡Ea! ¡Levántate y ven a casa! En cuanto a ella… ¡Déjala en paz! Os lo digo. No es ella, sino el que la tiene y la hace instrumento de turbación.

Pero aquí hay Uno que es más poderoso que su amo. Ahora, la lucha pasa de él a Mí; directamente. Rogad. Perdonad. Tened paciencia y creed. Nada más.

Llegan hasta la casa y Jesús dice a Simón:

–                     Di a los demás, que después de la comida hablaré en este lugar. Que vengan al huerto. Como no tiene fruta, la gente no puede dañarlo. Hablaré desde la terraza y todos me escucharán.

Martha regresa a trabajar con los siervos y los apóstoles. Preparan las mesas y los lugares en donde descansarán, proveyendo todo lo necesario.

Se quedan solos Lázaro y Jesús, que le pone su brazo sobre la espalda y sale con él; a pasear sobre la terraza que circunda la casa. Desde arriba mira a los siervos y a los discípulos trabajando. Envía una sonrisa a Martha, que va y viene; pero sin la cara de congoja que antes tenía. Contempla el hermoso panorama que rodea el lugar. Platican de diversas cosas y luego…

Jesús, exabrupto pregunta:

–                     ¿Entonces la muerte de Doras, fue como una vara lanzada en un nido de víboras?

Lázaro contesta:

–                     ¡Oh, Maestro! Me dijo Nicodemo que fue una de las sesiones más violentas a las que haya asistido en el Sanedrín.

–                     ¿Qué fue lo que hice para que el Sanedrín se inquietase tanto? Doras murió por sí mismo, a la vista de todo el pueblo. Muerto por un ataque de ira. No permití que se faltase al respeto a su cadáver. Luego…

–                     Tienes razón. Pero ellos están aterrorizados. Y, ¿Sabes? Han dicho que es menester cogerte en pecado; para poder matarte.

–                     ¡Oh! Si es así, no te preocupes…  ¡Tendrán que esperar hasta la Hora de Dios!

–                     Pero Jesús, ¿Sabes de quién se habla? ¿Sabes de lo que son capaces los fariseos y los escribas? ¿Sabes qué alma tiene Annás? ¿Conoces a su segundo?…  ¿Nahúm? ¿Sabes?…

Pero, ¿Qué estoy diciendo? ¡Tú sabes! Y por esto es inútil que te diga que inventarán el pecado; para poder acusarte…

–                     Ya lo encontraron. He hecho más de lo que necesitan…  He hablado a los romanos. He hablado a los pecadores. Sí. ¡A las pecadoras! Lázaro. Una… ¡No me mires con esa cara de espanto! Una siempre fue a oírme y se hospeda en uno de los establos de tu administrador; porque se lo pedí. La razón es para que estuviera cerca de Mí. Había tomado por habitación una pocilga…

Lázaro, estupefacto; parece una estatua. No se mueve. Mira a Jesús, como quién mira algo sumamente raro…

Jesús, sonriente, lo sacude por el brazo y le pregunta:

–                     ¿Has visto a Mammón?

–                     No. He visto la Misericordia.  Pero… Lo entiendo. ¡Ésos! Los del Consejo, ¡No! Dicen que es pecado. ¡Entonces es verdad…! ¡Creía!… ¡Oh! Pero, ¿Qué has hecho?

–                     Mi deber, mi derecho y mi deseo. Buscar y redimir a un alma caída, por esto podrás ver que tu hermana no será el primer fango al que me acerque… Y sobre el que me incline. ¡Y tampoco será la última!… Quiero sembrar flores en el fango… ¡Y quiero que nazcan flores de bien!…

–           ¡Oh! ¡Dios mío!… ¡Oh, Maestro mío!… tienes razón. Es tu derecho; es tu deber y es tu deseo. Pero las hienas no comprenden esto. Son carroñas que no pueden oler el perfume de los lirios…  Te ruego que no permanezcas en un lugar por mucho tiempo. Ve de un lugar a otro. Sin darles tiempo para que te alcancen.

Sé cómo un fuego nocturno que danza sobre los pistilos de las flores. Veloz. Inconquistable, desconcertante en su movimiento. ¡Hazlo! No por cobardía, sino por amor del mundo; que tiene necesidad de que vivas para que sea santificado… ¿Ya viste a la nueva habitante de Betania?

Es una romana casada con un judío. Él es observante, pero ella, es idólatra. Y mientras en mi casa, no ponen un pié por María y su pecado, que pesa sobre toda la familia. A la casa de ella, sí van. Goza del favor de Poncio Pilatos y vive sin el marido, que está en Jerusalén… y ella aquí.

De este modo se hacen la ilusión, de que al ir a esa casa; ellos no se profanan. ¡Hipócritas! ¡Se vive de la hipocresía, hasta el cuello!  Y en breve nos ahogará.

El sábado es el dia del festín… Y también vienen miembros del Consejo. El hijo de Annás, Eleazar; es el más asiduo.

Jesús dice:

–           ¡La vi! Déjala en paz. Y déjala que haga lo que ella quiera. Bajemos. ¡Nos están llamando!

Más tarde…

Jesús vuelve a subir a la terraza, para hablar a la gente que se ha reunido… Lázaro; Simón, Juan y Martha; han subido también para estar cerca de Jesús. Y los demás, se han mezclado entre la multitud.  La fuerte Voz de tenor de Jesús, se extiende por el aire, tranquilo y silencioso. Abajo la gente lo escucha atenta y feliz…

En el punto álgido de su discurso…:

“… Aun cuando Yo guardase silencio; los vientos de Dios llevarían hasta vosotros; la palabra de mi amor y las del rencor de los otros. Sé que estáis intranquilos porque no desconocéis el motivo por el cual estoy entre vosotros. Pero no hagáis otra cosa que alegraros y bendecid conmigo al Señor; que emplea el mal para dar alegría a sus hijos. Al traer otra vez, bajo el aguijón del Mal; a su Cordero entre los corderos; para salvarlo de los lobos. Ved cuán bueno es el Señor…

El mundo es de los malos. El Paráiso de los Buenos. Ésta es  la Verdad y la Promesa.  Y sobre ésta se apoya vuestra fuerza. El mundo pasa. El Paraíso, no. Quién es bueno y lo conquista en la eternidad, en la eternidad  gozará de Él. Si es así, ¿Por qué perturbarse por lo que hacen los malos? ¡Recordáis los lamentos de Job? Son los eternos lamentos de quien es bueno y oprimido. ¿Por qué la carne gime? Es algo que no debería hacer. Y tanto más pisoteada; tanto más debería levantar las alas del alma, en el júbilo del Señor.

¿Pensáis que son felices, quienes así lo parecen; porque con su modo ilícito de obrar; sus graneros y sus barriles repletos?…  Su abundancia lo grita… ¡No!…

En ese preciso momento, Lázaro descubre a María:

–                     Mi hermana, Jesús… ¡Oh!…

Ella se escurre detrás de una valla del huerto de Lázaro. Para acercarse lo más posible. Camina agachada. Su rubia cabellera resplandece como oro, contra el rojo oscuro de su manto.

Martha intenta levantarse…

Pero Jesús le pone la mano sobre la cabeza y DEBE quedarse en donde está. Jesús continúa su discurso con una voz todavía más potente… y los demás continúan quietos en su lugar…

La voz divina rasga el aire:

… saborean la sangre y lágrimas del prójimo; en cada comida que hacen y su lecho les parece estar tapizado de espinas. Tan grandes son los gritos de su remordimiento. Saquean a los pobres. Roban al prójimo; para amasar fortunas. Oprimen a quién puede menos que ellos, en poder y perversidad. No importa. No los molestéis. Su reino no es de este mundo. Y cuando mueren, ¿Qué les queda? ¡NADA! ¡Sólo un cúmulo de culpas, para presentarse ante Dios! Dejadlos. Son los hijos de las Tinieblas. Los rebeldes a la Luz que no pueden seguir los senderos luminosos que Ella les brinda.

Dios les ha dado tiempo para hacer Penitencia. Y ellos lo emplean en pecar. Hasta que llega el momento en que el amor de Dios, resquebraja su duro corazón, como un rayo que penetra en el peñasco. Y sienten náusea de sus delitos, al mismo tiempo que brota un movimiento de deseo por el Bien. Y el alma, aguijoneada por el Amor. Sin saber qué hacer; porque está rodeada de la noche espiritual. Busca y  trata de encontrar un alivio a su tormento. Cree poder encontrarlo en cualquier amor. ¡No! ¡Uno solo es el Amor del alma!: DIOS.

Estas almas aguijoneadas por el amor de Dios; andan en busca del amor. Bastaría con que quisiesen dentro de sí a la Luz y tendrían por consorte suyo al Amor. Caminan como enfermas. Buscan a tientas un amor y encuentran toda clase de amores. Todo lo asqueroso que el hombre así ha bautizado. Y no encuentran el Amor; porque el Amor es Dios y no el oro. Ni los placeres, ni el poder.

¡Pobres almas!… A quienes el mundo a apaleado; desnudado; herido. Dios es el Único que no acude a esa lapidación que nace de un desprecio despiadado…

El largo discurso, termina así: … Y por eso os digo: imitad mi modo de obrar. Amo y bendigo a mis enemigos; porque por ellos pude regresar entre vosotros, amigos míos. La paz sea con todos vosotros.

La gente se aleja poco a poco.

Lázaro está enojado y angustiado:

–                     ¿Habrán visto a aquella impúdica?

Jesús dice con calma:

–                     No, Lázaro. Estaba escondida detrás de la valla. Podemos verla porque estamos aquí arriba, en la terraza. Los demás, no.

–                     Había prometido que…

–                     ¿Por qué no podía venir? ¿No es también ella una hija de Abraham? Quiero que vosotros, hermanos discípulos; me juréis que no haréis ninguna alusión a ella. Dejadla en paz. ¿Qué se reirá de Mí? Dejadla que ría. ¿Qué llorará? Dejadla que llore. ¿Qué querrá quedarse? Dejadla que se quede. ¿Tendrá ganas de huir? Que escape. El secreto del Redentor y los redentores, es: tener paciencia, bondad, constancia y Oración. Algunas veces cualquier tocamiento a los enfermos es insufrible. Adiós amigos. Me quedo a orar. Cada quién vaya a su empeño. Y que Dios os acompañe…

  Cuando llega la festividad de las Encenias; la casa de Lázaro luce grandiosa, casi como si estuviera incendiándose. La luz se desparrama por todos lados; por la gran cantidad de lámparas que arden por doquier.

En el magnífico jardín, Jesús pasea solo y absorto; cerca del estanque. Escucha embelesado el canto de un ruiseñor, mientras que en la casa se oyen las voces alegres de los que hacen los últimos toques en los preparativos para el banquete. En el rostro de Jesús se dibuja una sonrisa, cuando el ruiseñor termina de cantar y exclama:

–           ¡Te bendigo Padre Santo, por esta perfección y esta alegría qué me has dado!

    Y continúa su paseo sumido en una profunda meditación…

Llega Simón diciendo:

–                     Maestro. Lázaro te ruega que vengas. Todo está listo.

Jesús contesta:

–                     Vamos. Y que así desaparezca la última duda que puedan tener, de que no les ame por causa de María.

–                     ¡Qué llanto Maestro! Sólo un milagro secreto tuyo, ha podido curar ese dolor. ¿Sabías que Lázaro estuvo a punto de huir, después de que ella regresó? Ella salió de la casa diciendo que dejaba los sepulcros por la alegría… y otras insolencias parecidas. Lázaro estuvo a punto de ir a alcanzarla para darle una buena tunda para que guardase silencio respecto a Ti. Martha y yo lo contuvimos.

–                     Habría podido hacer un milagro inmediato en ella. Pero Yo no quiero una resurrección forzada de los corazones. Doblegaré a la Muerte y me devolverá sus presas; porque soy el Señor de la Muerte y de la Vida. Pero los espíritus tienen esencias inmortales que los hacen capaces de resucitar por voluntad propia y no los fuerzo a resucitar. Hago la primera invitación y doy la primera ayuda. Hago como quién abre un féretro donde está uno que fue enterrado vivo y que morirá si sigue encerrado en esas tinieblas asfixiantes. Dejo que entre aire y luz y luego espero…

Si el espíritu tiene deseos de salir, saldrá. Si no quiere, busca más las tinieblas y se hunde más. ¡Pero si sale!… ¡Oh, si sale! En verdad te digo que nadie será más grande que el espíritu resucitado. Tan solo la inocencia absoluta es mayor, que este muerto que vuelve a vivir; porque ha amado y por la alegría que siente de Dios…

 ¡Mis grandes triunfos! ¡Serán las luces brillantísimas de mi Cielo! Mis glorias de Redentor… los enamorados hasta la muerte por el Amor. ¡Mis estrellas! ¡Fueron héroes porque se perdonaron a sí mismos de haber sabido amar antes! Fueron penitentes, porque abrazaron completamente la expiación. Fueron incansables para  hacer en el poco tiempo que les quedaba, lo que no hicieron en los años que perdieron pecando. Fueron puros hasta el heroísmo de olvidar no solo en su cuerpo mismo; sino también en su corazón y en su pensamiento, que existe un instinto. Serán aquellos que llamarán la atención, por su brillo diferente…

–                     ¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece que en ello se oculta una promesa…

–                     Lo debes decir. La palabra del amigo puede tocar su herida y no se avergonzará, como se avergonzaría ante Mí.

Y los dos regresan al vestíbulo que resplandece con las luces plateadas que hay por todas partes.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA