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95.- TESTIMONIO APOSTOLICO


El sábado en la casona de Antioquía, se han reunido toda la familia de Filipo y los siervos; junto con todos los habitantes de Antigonia, Síntica y Juan de Endor.

Filipo ha pedido a los apóstoles que antes de irse les dirijan el Mensaje del Maestro de Nazareth y el primero que empieza a hablar es Pedro:

–           Me dijisteis que en la Pascua oísteis que algunos hablaban con fe y otros con desprecio de Maestro. Y también me dijisteis que por la gran fidelidad que sentís por la casa de Lázaro pudisteis resistir a la mala impresión que os trataron de causar los grandes de Israel.

Pero ser docto, no quiere decir ser santo, ni poseer la verdad. Y la Verdad es ésta: Jesús de Nazareth es el Mesías Prometido. El Salvador de quién hablan los Profetas, el último de los cuales duerme en el seno de Abraham, después del glorioso martirio que sufrió por causa de la justicia. Juan Bautista dijo y aquí hay algunos que lo oyeron: “He aquí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”

Entre los más humildes, como los que están aquí presentes y que oyeron sus palabras, creyeron en ellas; porque la humildad sirve para llegar a la Fe. Pero difícilmente los soberbios son capaces de desprenderse de los fardos que cargan y aunque oigan, no escuchan y aunque vean, no reconocen. Dios siempre premia el saber creer, aun contra todas las apariencias. Os exhorto pues a ser humildes y a tener un fe pronta, para que forméis parte del ejército del Señor que conquistaréis el Reino de los Cielos…

Pedro hace una señal a Simón Zelote y éste continúa:

–           No hemos venido aquí a juzgar a Jerusalén; nos lo prohíbe la caridad, que es la virtud principal. No miremos los corazones de los demás; sino el nuestro y llenémoslo de esa fe de la que habló Simón Pedro. Y vistámonos de fiesta, porque en el Mesías está consumada nuestra esperanza. El Mesías, el Santo de Dios está verdaderamente entre nosotros, para que nuestras tierras y nuestros valles canten un hosanna al Hijo de David, al Altísimo que ha enviado a su Verbo, como lo había prometido a los patriarcas y a los profetas.

Yo que os hablo era un leproso condenado a morir en una muerte cruel; rodeado por la soledad, cual si fuera una fiera.  Alguien me dijo: “Ve al Rabbi de Nazareth y te curarás”  Tuve fe y fui. Me curé no solo en el cuerpo, sino tambien en el corazón. De este modo, no me veo más separado de los hombres y al no odiar, tampoco de Dios.

De proscrito, rebelde y enfermo; me convertí en siervo del Mesías con un corazón nuevo. Me llamó a la misión de ir entre los hombres, para que los amara en su Nombre y para que los instruyese en lo único que es necesario saber: Que Jesús de Nazareth es el Salvador y que son bienaventurados los que crean en Él.

Zelote voltea y mira a Santiago de Alfeo y éste prosigue:

–           Soy pariente del Nazareno. Mi padre y el suyo fueron hermanos carnales. Pero no puedo llamarme hermano, sino siervo; porque la paternidad de José el hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual nacida del corazón.

Y os digo que en verdad, el Verdadero Padre de Jesús nuestro Maestro, es el Altísimo a quién adoramos.

Él ha querido que su divinidad una y trina, se encarnase en la Segunda Persona y viniera a la Tierra a encarnarse en el seno purísimo de la Virgen de Israel; permaneciendo siempre unida a los que viven en el Cielo.

Porque Dios, el Infinitamente Poderoso puede hacerlo y lo hace por el amor que tiene para sus creaturas.

Jesús de Nazareth es nuestro hermano, porque nació de una mujer y es como uno de nosotros. Es nuestro Maestro, porque es el sabio por excelencia. Es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos, para que pertenezcamos a Dios. Es nuestro Dios, siendo una sola cosa con el Padre y el Espíritu Santo con quienes siempre está unido por el Amor, por el Poder y por la Naturaleza Divina.

Estas cosas que el Justo José  que fue mi pariente pudo conocer, sean vuestra herencia. Cuando el mundo trate de arrebatárselos al decir que “Es un hombre cualquiera”, contestad: ‘¡No! Es Dios el Hijo de Dios. Es el Retoño del tronco de Jesé.

Es la Estrella de Jacob.  Es la Vara que se yergue en Israel. Es el Dominador.”  No permitáis que os hagan cambiar de opinión. Esto es la fe.

Santiago mira a Andrés y con un gesto le cede la palabra.

El siempre tímido Andrés parece convertirse en un gigante, cuando su cara se ilumina y sus palabras resuenan vigorosas como una campana…

Andrés confirma y dice:

–           Efectivamente, esto es la Fe. Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea. En las noches silenciosas cuando pescaba, monologaba así: ‘¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía? Según la profecía faltan muchos años…’ Para el hombre, unas cuantas decenas de años son siglos. Y me preguntaba a mí mismo: ‘¿Cómo vendrá? ¿A dónde llegará? ¿De quién?’ Mi ignorancia humana me hacía imaginar gloria de reyes, palacios regios, cortejos, trompetas, poder y majestad.  Y me decía: ‘¿Quién podrá mirar a este gran  Rey?’ Me lo imaginaba más formidable que el Mismo Yeové en el Sinaí…

Me decía yo: “Los hebreos vieron que en el monte había truenos y relámpagos. Y no quedaron reducidos a ceniza, porque el Eterno estaba detrás de las nubes. Pero nosotros lo miraremos con nuestros ojos mortales y moriremos…”

Yo era discípulo del Bautista. Cuando no tenía que pescar, iba a verlo con otros compañeros. Era un día como éste con su luna… Las riberas del Jordán rebosaban de gente que se  estremecía bajo las palabras del Bautista.  Yo había visto a un hermoso joven, pausado que venía por un sendero. Su vestidura era sencilla y su mirada dulce. Parecía como si pidiera amor, como si lo diera. Por un instante sus ojos azules se posaron en mí y experimenté algo inaudito. Algo así, como si acariciaran mi alma. Fue como si un ángel me hubiese tocado y por un momento me sentí tan lejano de la tierra y tan diverso que dije: ¡Voy a morir! ¡Dios está llamando mi alma!

Pero no morí y me quedé extático, contemplando a aquel joven desconocido que había puesto sus ojos sobre el Bautista. Y que cuando Juan lo sintió, se volvió, corrió hacia Él. Hablaron entre sí y como la voz de Juan era un continuo retemblar, pudimos comprender lo que decía, pues deseábamos con todo el ansia saberlo.

Mi corazón me decía que no era igual que todos los demás. Entre sí se dijeron: ‘Debes bautizarme’… ‘Por ahora hagamos así. Hay que cumplir con todo lo prescrito…’

Juan había dicho antes: “Vendrá quién no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias.” Y también había dicho: “En medio de vosotros. En medio de Israel; hay alguien a quien no conocéis. Tiene en sus manos el ventilador. Limpiará su era y quemará las pajas con un fuego que jamás se apaga.”

Tenía ante mí a un bello joven del pueblo; de aspecto suave y humilde. Y con todo sentí que era Él, a Quien ni el Santo de Israel, el último Profeta, el Precursor, era digno de desatar su calzado. Pensé que Era a quién no conocíamos. Pero no sentí miedo.

Más bien, cuando Juan después del trueno terrible de Dios; después del grandísimo resplandor de la Luz en forma de una hermosa paloma, dijo: “He aquí al Cordero de Dios…” Y yo grité en medio de mi corazón que rebosaba de alegría al contemplar a ese joven de dulce y humilde aspecto: “¡CREO!” Y por esta Fe soy su siervo… Si la tuviereis, tendréis paz y consuelo…

Andrés mira a Mateo y con su mirada le dice: “¡Mateo, ahora te toca a ti proclamar las maravillas del Señor!”

Y Mateo dice:

–           Yo no puedo hablar como Andrés. Él siempre ha sido un hombre recto y yo era un pecador. Por esto mis palabras no resuenan con el tímpano de la alegría, pero sí tienen la esperanza de un Salmo.

Yo era realmente un gran pecador.  Mi vida transcurría en medio del error. La corteza de mi insensibilidad había aumentado y con ella me sentía contento. Sólo cuando algún fariseo o el sinagogo, me echaban en cara mis errores y me decían que algún día me presentaría ante el Juez Inexorable, sentía un poco de temor… Pero tornaba a decirme: “¡Qué importa! ¡Ya estoy condenado! Démosle rienda suelta a todo lo que queramos… ¡Oh, cuerpo mío!” Y cada vez me hundía más en el abismo del pecado.

Hace dos primaveras que un Desconocido llegó a Cafarnaúm. Y para mí también lo era, cómo para todos los que ignoraban su misión. Pocos lo conocían. Éstos a quienes estáis viendo y otros pocos. Me atrajo su aspecto viril y al mismo tiempo casto. Esto último fue lo que más me impresionó. Veía que era un hombre austero, pero que siempre estaba pronto a hacer caso a los niños. Algo así como las abejas que van en busca de las flores. En los juegos de los niños encontraba su placer… También me llamó la atención su poder. Hacía milagros y me dije: “Es un exorcista. Un santo”  Pero me sentía muy avergonzado ante Él… Y trataba de huir de su Presencia…

Él me buscaba. O al menos así me lo parecía. No pasó ni una vez cerca de mi banco, sin que me mirara con esa mirada dulce y en cierto punto hasta triste. Y cada vez mi conciencia se estremecía y sentía que despertaba de su sopor.

Cómo la gente alababa mucho sus palabras, tuve deseos de oírlo. Y un día me escondí detrás de la esquina de una casa y oí que hablaba de que la caridad, atrae el perdón de nuestros pecados y desde aquella tarde, en mi corazón nació el deseo de que Dios perdonara mis pecados. Yo hacía cosas en secreto… Pero Él sabía que era yo, porque Él como Dios, lo sabe todo. Otra vez, lo oí explicar el capítulo 52 de Isaías y decía que en su reino, en la Jerusalén Celestial, no habrá inmundos, ni incircuncisos del corazón. Y prometió que esta ciudad celestial, de la que habló tantas bellezas, que sentí nostalgia de ella; sería para todo el que a Él viniera.

Y la siguiente vez, su mirada ya no fue de tristeza, sino de llamamiento y de orden. Me atravesó el corazón y vi el estado de mi alma. La cauterizó. Tomó en su puño mi pobre alma enferma. La taladró con su amor que no espera… Y me encontré de repente con un alma nueva. Y fui a Él arrepentido y confiado… No esperó a que yo le dijese: ¡Señor, ten piedad!  Se me quedó mirando y me dijo: ¡Sígueme!…

Él venció a Satanás, dentro de mi corazón de pecador. Que lo sepa todo aquel que se sienta turbado dentro de su corazón. Él es el Salvador al que no hay que esquivar. Al contrario, entre más pecadores nos sintamos, tanto más hay que acudir a Él con humildad. Con arrepentimiento…

Santiago de Zebedeo, ahora es tu turno…

Santiago dice:

–           También Yo estuve con Andrés en el Jordán. Pero yo lo vi, hasta que las palabras del Bautista nos lo señalaron. Al punto creí y cuando se fue, después de su maravillosa manifestación, me quedé como quién después de haber contemplado el sol en su zenit, se le encierra dentro de una oscura cárcel. Me moría por encontrar el sol. El mundo estaba sin luz, después que apareció la Luz de Dios y se me había desaparecido.

Estaba solo entre los hombres. Cuando comía me sentía con hambre. Nada me atraía, ni dinero, ni cariños, ni trabajo. Todo me parecía vacío, opaco, oscuro sin Él. Y lloraba como el niño que ha perdido a su madre. Mi alma suplicaba: ¡Regresa, Cordero del Señor! ¡Oh, Altísimo, así como enviaste a Rafael para que guiase a Tobías, manda a tu ángel para que me lleve a encontrarle…!

Pasaron muchos días que para mí fueron como siglos… Apresaron a Juan y lo vi venir un día por el camino que viene del desierto. No lo reconocí al punto.

Simón de Jonás, ha dicho que son necesarias la fe y la humildad para reconocerlo. Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la Fe, para reconocer en Jesús de Nazareth, al que está en el Cielo y en la Tierra. Simón Zelote tuvo necesidad de una gran fe, dado el estado miserable de su penosa enfermedad. Por eso ha afirmado que la Fe y la esperanza son indispensables, para alcanzar al hijo de Dios.

Santiago el hermano del Señor, ha mencionado el poder de la fortaleza para conservar lo que se ha encontrado. La fortaleza que impide que las asechanzas del demonio y de Satanás, aplasten nuestra fe.

Andrés ha dicho que es necesario conjugar la Fe con una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad, defendiéndola; no por orgullo humano de ser doctos, sino por el deseo de conocer y amar a Dios. Quien se instruye en la Verdad, encuentra a Dios.

Mateo, en otro tiempo pecador. Nos ha mostrado cómo es necesario despojarse de los sentidos por un reflejo de Dios que es Pureza Infinita. Lo que más llamó la atención a Mateo, cuando todavía estaba envuelto por el pecado, fue la ‘casta virilidad’ del Desconocido que se había presentado en Cafarnaúm. Como primer paso se abstuvo de todo lo que no estaba bien. Y de este modo limpió el camino para llegar a Dios y a la resurrección de la virtud en su corazón. De la continencia, pasó a la misericordia y de ésta a la contrición. Cuando Dios le dijo: ‘Sígueme’ él dijo ‘Voy’ pero ya su corazón había dicho primero ‘Voy’ y el Salvador lo había estado llamando desde la primera vez que la virtud del Maestro llamó su atención.

Imitad para evitar el mal y encontrar el Bien. Por mi parte les digo que cuanto más el hombre se esfuerza en vivir para el espíritu, se prepara mejor para reconocer al Señor; para lo cual la vida angelical sirve muchísimo.

Entre nosotros los discípulos, Juan fue el que lo reconoció inmediatamente, pese a la ausencia y por la virtud con la que se encuentra dotado. Aun cuando Jesús había hecho una gran penitencia y su rostro estaba demacrado, lo reconoció mejor que Andrés. Por lo cual yo os digo: ‘Sed castos, para que podáis reconocerlo’

Santiago mira a Judas Tadeo y el apóstol sonríe…

Tadeo prosigue:

–           Sí. Sed castos para poder reconocerlo; pero también para poderlo conservar en vosotros con su sabiduría y con su amor.  Isaias dijo: “No toquéis lo que es impuro… Purificaos vosotros, quienes cargáis los vasos del Señor.” En realidad cualquier alma que se hace discípulo, es semejante a un vaso lleno del Señor y el cuerpo en el que está, es cómo el que carga el vaso sagrado. Y no puede estar Dios dónde hay impureza.

Mateo dijo cómo el Señor ha dicho que nada inmundo o profano habrá en la Jerusalén Celestial. Es menester no ser inmundos acá abajo, ni alejarse de Dios; para poder entrar. Infelices los que dejan todo para la última hora en que esperan arrepentirse. No siempre tendrán tiempo de hacerlo. Así como los que ahora lo calumnian, no tendrán tiempo de crearse un corazón propio para el momento de su triunfo y no gozarán de sus frutos.

Tanto los que esperan, como los que temen ver en el Rey santo y humilde a un monarca terrenal, no estarán preparados para aquella hora. Se verán envueltos en el engaño, desilusionados por lo que se habían imaginado, pues Dios no piensa como ellos.

La humillación de ser Hombre, pesa sobre Él. Esto debemos recordarlo. Isaías dice que todos nuestros pecados pesan sobre la Persona Divina que se ha revestido de carne humana. Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene junto a Sí, como una costra sucia, toda la miseria del Género Humano; siento una gran compasión y trato de comprender el sufrimiento que debe padecer su alma sin culpa.

Es como el asco que una persona sana sentiría al verse cubierta de todo lo sucio, de todo lo inmundo, de un leproso.

Verdaderamente que es el traspasado por nuestros pecados; el llagado con todas las concupiscencias del hombre. Su alma que vive entre nosotros, debe estremecerse ante toda la miseria que contempla. Y sin embargo Él no dice nada. No abre su boca para decir: “Me causáis asco”

La abre sólo para decir: “Venid a Mí, para que os quite vuestras culpas” Es el Salvador. Llevado de su infinita bondad ha querido ocultar su belleza, la que según dijo Andrés, si se hubiera aparecido tal como está en el Cielo, no habría convertido en cenizas. Más ahora se ha hecho atractiva, como la de un manso cordero, para que todos puedan acercarse a Él. Para que todos puedan salvarse.

Su estado de humillación durará hasta que cumplido su término de vivir entre los hombres pecadores, sea levantado sobre la multitud de los rescatados, en el triunfo de su santa realeza. ¡Un Dios que saborea la muerte, para salvarnos a la vida!

Que estas consideraciones os ayuden a amarlo sobre todas las cosas. Él es el Santo, puedo afirmarlo como Santiago también, pues crecimos junto con Él. Y afirmo que estaré siempre pronto a dar mi vida por proclamar esta fe, para que los hombres crean en Él y tengan la vida eterna.

Juan de Zebedeo, sólo faltas tú. Te toca hablar…

El joven Juan. El discípulo predilecto de Jesús, toma la palabra y dice:

–           ¡Qué bellos son sobre los montes, los pies del mensajero que anuncia la felicidad y predica la salud! Del que dice a Sión: “Reinará tu Dios”

Hace dos años que estos pies caminan incansables por los montes de Israel llamando a sus ovejas para que formen la grey de Dios, confortando, sanando, perdonando, dando paz… Su Paz.

En verdad que me quedo asombrado de que los collados no revienten de alegría y cómo las aguas de nuestra patria no se estremezcan, al sentir la caricia de sus pies. Pero lo que más me asombra es el ver que no griten de alegría los corazones y que llevados por el júbilo no canten: ¡Sea Alabado el Señor! ¡El Esperado ha llegado! ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor! El que derrama Gracias y bendiciones, paz y salud. Y llama a su Reino abriendo el camino, derramando amor con sus acciones, con su palabra, con su mirada, con su aliento.

¿Qué le pasa a este mundo para que esté ciego a la Luz que vive entre nosotros? ¿Qué lastres impiden a las almas que no vean esta Luz? ¿Qué montañas de pecado tiene sobre sí, para que esté tan oprimido, aplastado, ciego, encadenado, paralizado,  de modo que queda inerte el Salvador?

¿Qué cosa es el Salvador?  Es la Luz fundida con el Amor. Mis hermanos han alabado al Señor.  Han traído a la memoria sus obras, han señalado las virtudes para poder llegar a Él.

Yo os digo: Amad. No hay virtud mayor, ni más semejante a su Naturaleza.  Si amáis podréis practicar todas las virtudes sin fatiga; comenzando por la castidad. No será gravoso ser castos, porque amando a Jesús, a ningún otro ser amaréis inmoderadamente. Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones. Creeréis, porque siempre se le cree al ser amado y sentiréis el dolor que salva: el arrepentimiento por los dolores causados y que Él no merecía. Y seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡El que está unido con Jesús es fuerte contra cualquier cosa! Os veréis llenos de Esperanza, porque no dudaréis de su Corazón que os ama, como sólo Él lo hace. Seréis sabios.

Amadle a Él, que anuncia la verdadera felicidad, que predica la salvación y que es incansable en reunir a sus ovejas, por sus senderos llenos de paz.

Existe su Reino que no es de este mundo, como en realidad existe Dios. Dejad cualquier camino que no sea el suyo y caminad hacia la Luz. No seáis como el mundo que no quiere verla. Que no quiere reconocerla y la rechaza. Dirigíos a vuestro Padre que es el Padre de las Luces; que es Luz ilimitada, por medio de su Hijo que es la Luz del mundo; para que podáis saber lo que es Dios en el abrazo del Paráclito, que es el brillar de luces en una sola beatitud de Amor, que une los Tres en Uno.

¡Oh, Infinito océano de Amor en donde la tempestad no existe y dónde no hay Tinieblas! ¡Acógenos! ¡A todos! ¡Tanto a los inocentes como a los que se han convertido! ¡En tu Paz! ¡Por toda la eternidad! ¡Para la gloria eterna de nuestro Señor Jesús, Salvador que ama al hombre, hasta el sublime aniquilamiento de Sí Mismo!

Juan, con los brazos abiertos,  entrega a Dios a todas las ovejas que lo están escuchando…

Después de un prolongado silencio, donde los oyentes han quedado arrebatados junto con Juan que subiendo en las alas del Amor llevó su apasionamiento en la Oración…

Filipo pregunta:

–           ¿Y Juan el Pedagogo, no va a hablar?

Pedro contesta:

–           Os hablará siempre, cuando nosotros ya no estemos. Dejadlo que goce de su paz. Y dejadnos a nosotros, unos minutos para despedirnos de él…

Salen todos los demás y vuelven a quedar solos los diez… Reina un profundo silencio y todos están pálidos. Los apóstoles, porque saben lo que va a suceder y los discípulos porque lo presienten.

Pedro dice:

–           Oremos… –Recita despacio el Pater Noster y luego pone las manos sobre las dos cabezas inclinadas de Síntica y Juan de Endor. Y agrega- Ha llegado el momento de despedirnos, hijos… ¿Qué queréis que diga al Señor en vuestro nombre? Pues Él estará ansioso de saber cómo os encontráis…

Síntica cae de rodillas, cubriéndose la cara con las manos y Juan de Endor la imita.

Pedro los acaricia y se muerde los labios intentando contenerse para no llorar…

Juan levanta su cara destrozada por un dolor desgarrador y dice sollozando:

–           Comunicarás al Maestro que hacemos su Voluntad…

Y Síntica agrega:

–           Y que nos ayude a realizarla hasta el final…

El llanto les impide decir nada más.

Pedro dice:

–           Está bien. Démonos el beso de despedida. Este momento tenía que llegar… –Pedro no dice nada más, porque brota el llanto incontenible…

Síntica suplica:

–           Bendícenos.

–           No. Yo no. Mejor uno de los hermanos de Jesús.

–           No. Tú eres el jefe. Los bendeciremos dándoles el beso.

Tadeo se arrodilla y dice:

–           Bendícenos a todos.  Tanto a los que partimos, como a los que se quedan.

Y los demás apóstoles también se arrodillan.

Pedro tiene la voz ronca por el llanto  y pronuncia la Bendición Mosaica sobre todos los arrodillados. Luego se inclina y besa en la frente a Síntica, como si fuese su hermana. Levanta y abraza y besa a Juan de Endor y sale de la habitación mientras los demás se despiden de los discípulos que se quedan…

Afuera, ya los está esperando el carro.

Y Filipo los acompaña y los despide.

Dice a Pedro:

–           Comunicarás al patrón que no se preocupe por los dos recomendados.

Berenice la esposa de Filipo, en voz baja dice a Zelote:

–           Dile a María que me ha parecido sentir la paz de Euqueria desde que se hizo discípula. –Y añade en voz alta- Decid al Maestro, a María y a todos que los amamos…

Y se cruzan los saludos:

–           ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los veremos más! ¡Adiós hermanos! ¡Adiós!…

La carreta parte veloz y en el pavimento se oyen los cascos del caballo. Los dos discípulos corren hacia el camino. Pero la carreta ha dado la vuelta en la curva y ya no la ven… Ha desaparecido…

Dos gritos angustiados se cruzan en los dos que se miran con los ojos llenos de lágrimas:

–           ¡Síntica!

–           ¡Juan!

–           ¡Estamos solos!

¡Dios está con nosotros!… Ven pobre Juan.  El sol desciende y te puede hacer daño permanecer afuera. Ven. El viento está muy frío…

–           El sol se me ha ocultado para siempre… Sólo en el Cielo volverá a levantarse…

Síntica lo abraza estrechamente, como si fuera una mamá amorosa. Entran a la sala donde estaban antes. Se sientan junto a una mesa y lloran con un llanto desgarrado y desconsolador…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA