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50.- EL INCENDIO DE ROMA


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En Anzio. En el atrium del palacio del César; Plinio, Haloto y Marcial, están conversando con la Augusta.

Terpnum y Menecrato afinan sus cítaras.

Entró Nerón y se sentó en un sillón, incrustado de carey y marfil, dijo algo al oído de su liberto Helio y esperó.

Pronto regresó Helio, trayendo un estuche de oro.

Nerón lo abrió y extrajo de él un collar de finísimos ópalos y dijo:

–           Estas son joyas dignas de Venus Afrodita.

Popea los admiró sonriente…

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–          Se diría que las luces de la aurora irradian en ellas. –observó Popea, convencida de que esa joya es para ella.

El César admirando la joya y alabando su belleza, se volvió hacia el tribuno y finalizó diciendo:

–           Marco Aurelio, darás de mi parte este collar a la mujer a quién te ordeno que te unas en matrimonio: la joven hija de Vardanes I, el rey parto.

La mirada de Popea centelleó llena de ira y de asombro…

Y pasando del César a Marco Aurelio, la fijó finalmente en Petronio…

Pero éste ni siquiera la mira, parece abstraído delineando los grabados de un arpa que está cerca, como si esto fuera lo más importante del mundo.

Marco Aurelio dio al César las gracias por el obsequio y después, acercándose a Petronio, le dijo en voz baja:

–           ¿Cómo podré agradecerte lo que has hecho por mí?

–          Sacrifica un par de cisnes a Euterpe o niega a tu Dios por mí. Ensalza los versos del César y no dejes que te afecten los presentimientos. Confío en que de ahora en adelante, el rugido de los leones no perturbará más tus sueños, ni los de tu princesa parta.

El tribuno suspiró:

–           No. Ahora estoy del todo tranquilo.

–          ¡Que la fortuna te sea propicia! Más ten cuidado ahora, porque el César acaba de tomar en sus manos el laúd. Suspende el aliento. Escucha y prepárate a derramar lágrimas de emoción…

Y en efecto, en ese momento, el emperador tomó el laúd y alzó la vista al cielo.

En aquel recinto se hizo el más profundo silencio.

Solo Terpnum y Menecrato que deben acompañar al César, están alertas; es espera de las primeras notas de su canto…

Y en ese mismo instante se oyó un ruido en la entrada y en seguida irrumpieron Faonte, el liberto del César, seguido por el cónsul Cluvio Rufo.

Nerón frunció el entrecejo.

Faonte dijo con voz jadeante:

–          ¡Perdón divino emperador! ¡Hay un incendio en Roma! La mayor parte de la ciudad está siendo presa de las llamas.

Al oír esta noticia, todos los presentes se levantan sobresaltados.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses! Por fin voy a ver una ciudad incendiada y podré terminar mi himno. –Y haciendo a un lado su laúd, pregunta al cónsul- ¿Si partiera inmediatamente alcanzaría a ver el incendio?

Cluvio Rufo, pálido y desencajado, contestó:

–           Señor. Toda la ciudad está convertida en un océano de llamas. El humo ahoga a sus habitantes. Las gentes se desmayan o se arrojan al fuego desesperados, presas del delirio. ¡Roma está pereciendo! ¡Oh, César!

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  Se hizo un silencio sepulcral.

El cual fue interrumpido por Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡Vae mísero mihi! (¡Ay, desgraciado de mí!)

Y el joven tribuno, arrojando la copa de vino, se precipitó corriendo…

Nerón alzó las manos al cielo y exclamó:

–           ¡Ay de ti, sagrada ciudad de Príamo!

INCENDIO DE TROYA

Marco Aurelio ordenó a unos cuantos sirvientes que le siguieran y despachó otro a su casa para avisar a sus huéspedes.

Luego saltó sobre su caballo y se lanzó a galope tendido por las desiertas calles de Anzio, hacia Laurento.

La espantosa noticia le produjo una especie de frenesí, que casi raya en la locura. Lo único que desea es llegar a Roma cuanto antes.

Un solo pensamiento, está fijo en su mente: ¡Roma está ardiendo!

El potro de Idumea, caídas las orejas y con el cuello extendido, atraviesa veloz como una flecha, por entre los inmóviles cipreses, los blancos palacios y las casas de campo.

Sólo se oye el ruido de los cascos que resuenan en las baldosas.

Pronto, los sirvientes fueron quedando atrás, pues Marco Aurelio corre como una centella.

Atravesó Laurento y torció hacia Árdea en la cual, como en Bobillas y Ustrino, había dejado postas, el día que partió para Anzio, a fin de recorrer en menos tiempo y con los relevos descansados, la distancia hasta Roma.

Y como sabe que le esperan caballos de repuesto, casi revienta al que monta.

Por un momento cruzó por su mente como un relámpago, el recuerdo de Bernabé y sus fuerzas sobrehumanas. ¿Pero qué puede hacer un hombre por más fuerte que sea, ante la fuerza destructora del fuego?

De repente, un escalofrío de terror lo estremece y le eriza los cabellos, al recordar todas  las conversaciones sobre ciudades incendiadas que en los últimos días se habían repetido con extraña persistencia en la corte de Nerón.

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La obsesión con la nueva ciudad de Nerópolis y las dolientes quejas del césar al verse obligado a hacer la descripción de una ciudad arrasada por las llamas, sin haber visto jamás un incendio real.

Recordó también la desdeñosa respuesta que diera a Tigelino, cuando éste le ofreció incendiar Anzio.

Las lamentaciones de Nerón contra Roma y las pestilentes calles del barrio del Suburra… Dándose con la palma de la mano un golpe en la frente materializó la conclusión de sus pensamientos y exclamó:

–            ¡Oh, NO! …¡SÍ!

¡El César había ordenado el incendio de la ciudad!

Sólo él podía dar una orden semejante, así como sólo Tigelino era capaz de darle cumplimiento.

Pero si Roma se estaba incendiando por mandato del César…

¿Quién podía estar seguro de que la población no estaba siendo asesinada por orden suya?

El Monstruo es capaz de eso y más. Incendio y asesinato en masa. ¡Qué terrible caos!

¡Qué desbordamiento de fuerzas destructoras y de frenesí humano! ¡Y en medio de todo esto, está su amada Alexandra!…

Los lamentos de Marco Aurelio se confunden con los resoplidos y jadeos del caballo. El cual, galopando sin descansar por un camino ascendente, en dirección a Aricia, está a punto de reventar.

Entonces se cruza con otro jinete que corre en dirección contraria, hacia Anzio, como un bólido.

Y al pasar junto a él, grita:

–           ¡Roma está perdida! ¡Oh, dioses del Olimpo!

Y continuó su veloz carrera.

Las palabras restantes fueron sofocadas por el ruido ensordecedor de los cascos de su caballo.

Pero esa exclamación: ‘¡OH, dioses del Olimpo!’ Le recordó…

Y oró desde el fondo de su alma.

Con su rostro bañado en lágrimas, suplicó:

–           Padre mío, sólo Tú puedes salvarla… Pater Noster…

La Oración sublime devolvió la paz al alma de Marco Aurelio.

Luego divisó las murallas de Aricia, pueblo que está a la mitad del camino hacia Roma.

El desesperado jinete lo cruza como una exhalación y llega hasta la posada en donde tiene el caballo de repuesto.

Allí ve a un destacamento de soldados pretorianos que vienen de Roma hacia Anzio…

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Y corriendo hacia ellos, les pregunta:

–           ¿Qué parte de la ciudad es abrasada por el incendio?

–           ¿Quién eres tú? –preguntó el decurión.

–           Marco Aurelio Petronio. Tribuno del ejército y augustano. ¡Responde!

–          El incendio estalló en las tiendas cercanas al Circo Máximo. En el momento en que fuimos despachados, el centro de la ciudad estaba ardiendo.

–           ¿Y el Transtíber?

–          El fuego no llegaba allí todavía. Pero avanza rápido y abarca nuevos barrios con una fuerza que nadie puede contener. La gente muere sofocada por el calor y el humo. No hay salvación.

En ese momento le trajeron el nuevo caballo y el angustiado tribuno saltó sobre él.

Y dando las gracias prosiguió su vertiginosa marcha.

Corría ahora en la dirección de Albano, dejando a la derecha a Alba Longa y su espléndido lago.

Albano está al otro lado de la montaña.

Pero aún antes de alcanzar la cumbre del monte, el viento le hace llegar el fuerte olor a humo y advierte en la cumbre, unos reflejos dorados…

–           ¡El Incendio! –piensa abrumado.

Las sombras de la noche están dando paso a la luz.

El alba da unos destellos se oro y rosa, que no se sabe si son a causa de la aurora o al incendio de Roma.

Cuando por fin llega a la cumbre, un cuadro terrible se extiende ante sus ojos asombrados:

Toda la parte baja está cubierta de humo y parece formar una nube gigantesca, pegada a la tierra.

En medio de esa nube, desaparecen ciudades, acueductos, casas de campo y árboles.

Pero más allá… en una visión aterradora, la ciudad arde en las colinas.

El incendio no tiene la forma de una columna de fuego, como sucede cuando arde un solo edificio, aún cuando tenga una vasta dimensión.

Aquello parece más bien un largo cinturón, cuyo fulgor es parecido al de la aurora.

INCENDIO

Y sobre aquel extenso cinturón se levanta una ola de humo, en algunos puntos enteramente negro, en otros color de rosa y en otros rojo como la sangre.

Hay lugares en los que se retuerce como una espiral.

Y en otros, está estrecho y ondula como una serpiente que se extiende y desenrolla.

Y esa monstruosa ola humeante, es como una cinta ígnea que levanta las llamas hacia el cielo.

Humo y llamas se extienden de un extremo a otro del horizonte, causando la impresión de que no solo está ardiendo la ciudad, sino el mundo entero.

Marco Aurelio desciende hacia Albano y penetra en una región, donde el humo es más denso.

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Todos los habitantes del pueblo están alarmados.

Si en Albano la situación está así, se estremece de terror al pensar:

–           ¿Cómo estará Roma? Es imposible que una ciudad se queme por todas partes al mismo tiempo. No cabe duda de que esto ha sido provocado.

Y mueve la cabeza al pensarlo.

Pero luego recuerda la promesa de Cristo, el día de su bautismo… Y recupera totalmente la calma.

–           Sé que Alexandra está bien. Él me lo dijo: ‘Que pasare lo que pasare, confiáramos en Él.’ Y yo le creo. Aún cuando Roma arda hasta los cimientos, ella va a estar bien.

Y con esta certeza en el corazón, la esperanza se fue fortaleciendo mientras prosigue su veloz galope.

Antes de llegar a Ustrino se vio obligado a disminuir la velocidad de su caballo, a causa de la multitud de gente que viene en dirección contraria.

Ustrino está invadido por todos los fugitivos de Roma que están aterrorizados y buscan desesperadamente a los suyos, aumentando la confusión.

Cuando Marco Aurelio llegó por su caballo de refresco a la posada, se encontró con el senador Vinicio.

Y éste dio más detalles del incendio.

–           Hay gladiadores y esclavos entregados al saqueo. El fuego comenzó en el Circo Máximo, en la parte colindante con el Palatino y el Monte Celio. Y extendiéndose con incomprensible rapidez, abarcó todo el centro de la ciudad.

Nunca había caído sobre Roma, una catástrofe más tremenda. El Circo ha quedado completamente destruido. Las llamas que rodean el Palatino, llegaron hasta el Vicus de las Carenas.

Y Vinicio que poseía en este  barrio una espléndida mansión, llena de obras de arte que estimaba sobremanera, empezó a lamentarse amargamente por todo lo perdido.

Marco Aurelio le puso una mano en el hombro y le dijo:

–         Yo también tengo una casa en las Carenas, pero cuando todo perece, qué importa ya nada. –y recordando que había dicho a Alexandra que fuese a la casa de Publio, preguntó-   ¿Y el Vicus Patricius?

Vinicio replicó:

–           Destruido por el fuego.

–           ¿Y el Transtíber?

El senador lo miró sorprendido.

Y oprimiéndose las sienes con las manos, exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué nos importa a nosotros el Transtíber!

–          ¡El Transtíber me importa a mí, más que todo el resto de Roma! –exclamó Marco Aurelio con vehemencia.

–           Puedes llegar hasta allí por la vía del Puerto, cerca del Aventino. Pero te sofocará el humo… En cuanto al barrio del Transtíber, no sé. Cuando yo me salí, el fuego todavía no lo alcanzaba. Lo que haya sucedido, solo lo saben los dioses… Quisiera decirte algo…

–           Habla. Si sabes algo más dimelo y nadie sabrá que tu me lo confiaste.

Vinicio titubeó y luego agregó en voz baja:

–           Como sé que no me vas a traicionar, te diré que el fuego fue provocado. Cuando estaba ardiendo el Circo no se permitió a nadie ir a extinguirlo. Yo oí en medio del incendio muchas voces que gritaban: ‘¡Muerte al que intente salvar!’ Y había muchos individuos que corrían con antorchas encendidas, aplicándolas a los edificios y a las casas.

Marco Aurelio vio sus sospechas confirmadas y solo exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué mentes criminales!

–           Así es… Y por otra parte, el pueblo se ha sublevado y se oyen rumores de que el incendio de Roma, fue decretado. No puedo decir nada más. Es imposible describir lo que está sucediendo.

La gente perece entre las llamas o en medio del tumulto. ¡Ay de la ciudad! Y ¡Ay de nosotros!

Y el senador se quedó lamentándose, porque lo había perdido todo…

–           ¡Adiós! –respondió Marco Aurelio saltando a su caballo y emprendió la carrera  a lo largo de la Vía Apia.

Pero ahora se hace más difícil avanzar, por la cantidad de gente que está huyendo de Roma.

La ciudad, devorada por una conflagración monstruosa, se presenta ya, ante los espantados ojos del tribuno…

De aquel mar de fuego y humo, se desprende un horrendo calor.

Y el rumor clamoroso de los gritos de las víctimas, no alcanza a dominar el chirrido crepitante de las llamas.

Al llegar a las murallas, Marco Aurelio ve que casas, campos, cementerios, jardines y Templos, todo lo que había a ambos lados de esa vía, están convertidos en campamentos.

Ustrino con su desorden, da una ligera idea de lo que sucede dentro de la ciudad, que se ha convertido en una ciudad sin ley.

Y Marco Aurelio no trae armas.

Salió de Anzio, tal como se encontraba en la casa del César, cuando llevaron las noticias del incendio.

Se dirige a la Vía Portuense, que conduce directamente al Transtíber.

En una aldea llamada Vicus Alexandria cruzó el río Tíber.

Por algunos fugitivos se enteró de que el fuego solo había alcanzado unas pocas calles del Transtíber.

Pero la conflagración no puede ser detenida, porque hay personas que están alimentando el fuego e impiden que nadie intente apagarlo, declarando que tienen orden de proceder así.

Al joven tribuno ya no le queda ninguna duda de que el César fue quién decretó el incendio de Roma.

Ningún enemigo de Roma hubiera podido causar mayor daño. La medida está colmada.

La locura de Nerón ha llegado al límite más alto, haciendo su víctima al pueblo romano, en los criminales caprichos del tirano.

Y también Marco Aurelio piensa que ésta será la hora postrera de Nerón, pues la ruina de toda la ciudad, clama el castigo por sus nefandos crímenes.

En su camino, Marco Aurelio se estremece al ser testigo de las escenas más aterradoras.

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En más de una ocasión, dos corrientes de individuos que escapan en direcciones opuestas, se encuentran en una estrecha callejuela, se atropellan, luchan entre sí. Se hieren o pisotean a los caídos.

Las familias que en medio de aquel tumulto pierden a uno o varios de sus miembros, los llaman con gritos desgarradores.

Entre el ensordecedor estrépito de gritos y alaridos, es casi imposible hacer una pregunta y escuchar una respuesta coherente.

Hay momentos en que nuevas columnas de humo, procedentes de la ribera opuesta del río, los envuelven haciendo unas tinieblas negras como la noche.

Pero el viento que da pábulo al incendio disipa el denso humo y entonces se vuelve a ver el camino por donde se avanza.

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Una multitud de gladiadores y bárbaros, destinados a ser vendidos en el mercado de esclavos, embriagados con el vino saqueado del emporium (mercado), se entregan al saqueo.

Para ellos, con el incendio y la ruina de Roma, ha terminado su esclavitud y ha sonado también la hora de su venganza desahogando su ira brutal al sentirse libres, por sus largos años de miseria y sufrimiento.

En su carrera militar había presenciado los asaltos y tomas de pueblos, pero nunca sus ojos habían contemplado algo semejante: la desesperación, las lágrimas, los alaridos de dolor, los gritos salvajes de alegría y locura.

Todo esto mezclado con un desenfrenado desbordamiento de pasiones, provocan un caos aterrador.

Y por sobre toda esta multitud jadeante, crepita el fuego, extendiéndose devorador.

Envolviendo a todos en un hálito de infierno y destrucción.

Marco Aurelio oye voces que acusan a Nerón de haber incendiado la ciudad.

Hay amenazas de muerte contra el César y contra Popea.

Y gritos de:

–           ¡Sannio! ¡Histrio! (Bufón, histrión) ¡Matricida!

Gritos que claman arrojarlo al Tíber y darle el castigo de los parricidas, pues ya les colmó la paciencia. Se mezclan con los gritos postreros de los alcanzados por el fuego.

Al fin llega a la calle en donde se encuentra la casa de Acacio.

El calor del verano, aumentado por las llamas del incendio, ha llegado a ser insoportable. El humo irrita los ojos y ciega. No se puede respirar. El aire quema los pulmones.

Aún aquellos habitantes que habían abrigado la esperanza de que el fuego no atravesara el río y habían permanecido en sus casas, esperando poder escapar de ser alcanzados, empezaron a abandonarlas.

En medio del tumulto, alguien hirió con un martillo al caballo de Marco Aurelio.

El animal echó hacia atrás la cabeza ensangrentada, al mismo tiempo que se oyó este grito:

–           ¡Muerte a Nerón y a sus incendiarios!

El animal se encabritó y ya no quiso obedecer a su jinete.

Lo reconocieron como a un augustano. Y este fue un momento de gran peligro.

Pero su espantado caballo le arrancó de ahí violentamente, pisoteando a quién encontró a su paso, hasta que Marco Aurelio pudo abandonar su cabalgadura y prosiguió su marcha a pié.

Deslizándose a lo largo de las murallas, tratando de llegar hasta la casa de Acacio.

Hubo un momento en que tuvo que cortar un pedazo de su túnica, mojarlo y cubrirse con él, el rostro; para poder respirar.

Cada vez el calor es más insoportable.

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Un viejo que huye penosamente apoyado en sus muletas, le dijo:

–           ¡No os aproximéis al monte Cestio! ¡Toda la isla está envuelta en llamas!

A la entrada del Vicus Patricius donde está situada la casa de Acacio, Marco Aurelio vio altas llamas entre las nubes de humo.

Desgraciadamente el aire ya no arrastra solo humo, sino millares de chispas.

A través de aquel infierno, distinguió los cipreses de la casa de Acacio, que todavía no ha sido alcanzada por el fuego.

Esto le dio nuevos bríos, pues parece estar intacta.

Abrió la puerta de un empellón y se precipitó al interior. La casa está desierta.

Llama desesperado:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Nadie le respondió. Los únicos sonidos son los lúgubres rugidos del vivar, que está junto al templo de Esculapio.

Marco Aurelio se estremeció de pies a cabeza. Y al revisar toda la casa, comprueba que está vacía.

En el lararium lleno de humo, hay una cruz. Y en vez de lares, arde un cirio.

Al revisar los dormitorios reconoce en uno, los vestidos de Alexandra.

Se pregunta en donde puede estar. Toma una de sus túnicas y la lleva a su pecho.

Y hasta entonces comprende que el que está ahora en peligro es él.

–           Tengo que salir de aquí y ponerme a salvo. –pensó.

Entonces se precipitó a la calle y corre ahora tratando de huir del fuego, para salvar su propia vida.

El fuego parece perseguirlo con su hálito quemante.

Siente en la boca el sabor a humo y a hollín. El aire la abrasa los pulmones. Está todo cubierto de sudor que escalda como agua hirviendo.

Solo lo alienta el recuerdo de su esposa y su capitum alrededor de su cuello. Lo único que quiere ahora, es verla antes de morir.

Tambaleándose como un ebrio, sigue corriendo.

Entretanto se verificó un cambio, en aquella gigantesca y aterradora conflagración, que abrasa a la ciudad entera: todas las que habían sido llamaradas aisladas, se han convertido en un solo mar de llamas.

Un torbellino de chispas, se levanta como un huracán de fuego.

En eso, Marco Aurelio divisó una esquina. Y ya próximo a caer, dio la vuelta a la calle y vio a lo lejos la Vía Portuense.

Comprendió que si lograba llegar hasta ella, estaría a salvo. Luego vio una negra nube de humo, que parece cerrarle el paso. Su túnica empezó a arder por las chispas y tuvo que quitársela y arrojarla lejos de sí.

Le queda solo el capitum de Alexandra, que mojó en la fuente del implovium en la casa de Acacio, antes de salir y lo trae alrededor de la cabeza, cubriéndose la nariz y la boca.

A través del humo distingue voces y oye gritos.

El se acerca con la esperanza de que alguien pueda ayudarle y grita pidiendo auxilio con todas sus fuerzas, antes de llegar hasta ellos.

Pero ese fue su último esfuerzo, antes de caer semidesmayado.

Dos hombres le han oído y corren a socorrerlo; llevando en las manos, sendas calabazas llenas de  agua.

Marco Aurelio, que había caído desfallecido por el agotamiento, tomó una de las calabazas y bebió su contenido hasta más de la mitad.

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Con la otra le bañaron y le ayudaron a ponerse de pie.

–           Gracias. Ahora podré seguir caminando.

Varias personas lo rodearon preguntándole si está bien y si no se ha hecho daño.

Esto sorprende al tribuno y pregunta:

–           ¿Quiénes sois?

–          Estamos aquí derribando casas, para ver si podemos detener el fuego, impidiendo que llegue hasta la Vía Portuense. –le contestó uno.

Marco Aurelio que desde esa mañana solo había encontrado turbas brutales, saqueadores y asesinos, contempló con más atención a las personas que lo rodeaban y dijo:

–           ¡Qué Cristo os premie!

–           ¡Alabado sea su Nombre! –contestó un coro de voces.

–           ¿El obispo Lino?

Ya no pudo escuchar la respuesta porque se desmayó.

Recobró el conocimiento en un jardín lleno de hombres y mujeres.

Le habían puesto una túnica y las primeras palabras que dijo, fueron:

–           ¿Dónde está Lino?

Hubo un largo silencio.

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Luego, una voz conocida, le respondió:

–          Se fue hace dos días a Laurento por la Puerta Nomentana. ¡Que la paz sea contigo! ¡Oh, rey de Persia!

Marco Aurelio se incorporó y vio a Prócoro Quironio ante sus ojos.

El griego le dijo:

–          Tu casa se incendió. ¡Oh, señor! Porque el barrio de las Carenas está envuelto en llamas. Pero tú serás siempre tan poderoso como Midas.

El tribuno lo miró sin responder y Prócoro continuó:

–          ¡Oh, qué desgracia! Los cristianos, ¡Oh, hijo de Apolo! Han predicho desde hace tiempo que el fuego destruirá el mundo. sus obispos lo han confirmado cuando hablan de la Parusía.

Marco Aurelio preguntó:

–          ¿Sabes algo del Obispo Lino?

–          Lino acompañado de la joven que buscas, está en Laurento. ¡Oh, qué desventura para Roma!

–           ¿Tú los has visto?

–          ¡Oh, sí, señor! Y le doy gracias a Cristo y a todos los dioses que me permiten darte esta buena noticia.

La tarde llega a su término, pero en el jardín se ve el día claro, pues el incendio que ha ido aumentando, hace que el firmamento se vea rojo para dondequiera que se mire.

Pues aquella noche parece que en el mundo se haya desatado el infierno.

Toda la ciudad arde en llamas. La luna grande y llena, apareció entre las colinas. Y el resplandor del fuego la hace aparecer como si fuera de bronce.

Sobre las ruinas de la ciudad que ha gobernado al mundo, la inmensa bóveda del cielo, tiene un tinte rosa extraño en el que brillan las estrellas.

Roma parece una pira gigantesca que ilumina toda la Campania.

A los resplandores de aquella luz rojo sangre, se miran  a lo lejos  los montes y los pueblos; las casas de campo, los monumentos, los acueductos, los templos.

Y los actos de violencia, el robo, el saqueo, se propagan por doquier.

Parece que el espectáculo de aquella ciudad que el fuego está devorando; convirtiéndola en un montón de humeantes ruinas, subleva en el ánimo de los espectadores, la versión de que el César ha dado la orden de quemar Roma, para librarse de los olores del Suburra y construir una nueva ciudad llamada Neronia.

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Llenos de ira, dicen que el César está loco y que por un capricho criminal, ha decidido sacrificar a millares de romanos.

Muchas personas después de haber perdido todos sus bienes o sus seres queridos, se arrojan a las llamas dominadas por la desesperación.

Muchos mueren quemados o asfixiados por el humo.

La destrucción parece tan completa, implacable y fatal como el destino. Y el incendio se sigue propagando.

Marco Aurelio fue trasladado a la casa de un comerciante que le da hospedaje, baño, ropa y alimentos, para que recobre sus fuerzas.

Éste le confirmó que Lino se había ido con el sacerdote Nicomedes y el prelado Fileas, obispo en cuya casa había encontrado refugio y que estaba fuera de la ciudad, en Laurento.

Saber que ellos habían escapado del incendio le dio nuevas fuerzas. Ve claramente la mano de Dios que los está protegiendo y da gracias por ello en una plegaria silenciosa.

Luego dijo:

–           Gracias Efrén, por tu caridad. Iré a buscar a Lino. Mi esposa está con ellos.

Efrén le aconsejó:

–          Será mejor que atravieses el Monte Vaticano hasta la Puerta Flaminia y cruzas el río por ese punto. Es el sitio menos peligroso.

Y Roma ardió por seis días y siete noches.

De las catorce divisiones de Roma, quedaron solo cuatro, incluyendo el Transtíber.

Las llamas devoraron todas las demás.

La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

34.- PERDONA NUESTRAS OFENSAS II


000de-la-misericordiaEs necesario saber siempre perdonar, porque TODOS tienen necesidad del Perdón.

El crecimiento espiritual se manifiesta a través de esfuerzos superiores a las fuerzas humanas. No es un mérito guardar silencio: pero lo es y muy grande, cuando se lo guarda al NO responder cuando se recibe una ofensa. Este Perdón es muy valioso como testimonio para impulsar a otros a la conversión.

La única medicina para calmar la ira, es callarse.

En las disputas es muy difícil conservar la justicia y la paz del espíritu. Y los que son enemigos nuestros, son amigos de Satanás. ¿Queremos ser amigos de Satanás, al odiar al que nos odia?

El perdón es un regalo que nos devuelve el equilibrio interior y la salud: mental, espiritual y física. A fuerza de otorgarse una y otra vez; es como cubrirnos con una cúpula de fuerza protectora para las agresiones. En otras palabras: les quitamos a los demás, el poder para hacernos daño.

El Perdón es el Testimonio más poderoso de que Dios está con quién lo ejerce.

Al igual que la Fe y el amor, tiene su origen en la voluntad.

Esta es la respiración de la vida del cristiano:

QUERER CREER.  QUERER AMAR.  QUERER PERDONAR.  QUERER SALVARSE.

Amar Quiere decir imitar con espíritu de amor a quién se ama. El Amor es magnánimo y misericordioso. Tiene necesidad de perdonar. Porque no puede odiar.

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EL PERDON HACIA LOS DEMÁS, ATRAE EL PERDÓN DE DIOS.

El hambre de aceptación es un instinto básico en el ser humano y es por eso que los rechazos y las agresiones son tan dolorosos. Son como ardientes flechas que producen heridas punzantes en las que se inocula un veneno atormentador compuesto de Ira, Dolor, Amargura, Rencor y Venganza.

Su doloroso aguijón produce primero un escozor que dependiendo de nuestra susceptibilidad y nuestra soberbia, se va agigantando hasta convertirse en Odio. Nos enferma y nos hace perder el equilibrio en nuestras tres partes: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Cuando concluí la enseñanza del Padre Nuestro, lo hice con estas palabras: Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial los perdonará. En cambio, si NO perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.”

Mis palabras NO dejan alternativa.

Cuando tenemos una fe auténtica al orar el Pater Noster, si lo decimos, tenemos que hacerlo.

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Y SI NO LO DECIMOS, PERDEMOS LO MÁS IMPORTANTE DE DIOS EN ESTA TIERRA: SU PERDÓN.

YO practiqué esta enseñanza cuando desde la Cruz, oré para el perdón para mis asesinos…”

¿POR QUÉ DEBEMOS Y NECESITAMOS PERDONAR?

El hombre para ser feliz, necesita amar y ser amado.

Si Dios es amor y estamos hechos a imagen y semejanza de Él, es por eso que el Amor juega un papel tan fundamental en todas las relaciones humanas.

Al enfrentarnos a un mundo que NO SABE AMAR, el rechazo es determinante en las consecuencias de nuestras reacciones a lo que nos rodea.

Fuimos creados para amar y al empeñarnos en odiar, nos forzamos a funcionar al contrario.

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Éste conflicto es el núcleo de todas las alteraciones psicológicas en el ser humano.

Especialmente dañino es, cuando se ve obligado a odiar, lo que debe ser lo más amado en este mundo después de Dios: los hijos o los padres.

El hombre es la maquinaria más perfecta y su desequilibrio afecta las tres partes de él. Cuando el Odio se enseñorea de nuestro ser, el espíritu muere a la Gracia y se pierde la armonía con su Creador.

Al perder la armonía con la principal fuente de la Vida: Dios; se entra en contacto con la energía emanada por Satanás a través del Odio, que afectan terriblemente al alma y al cuerpo.

EL ODIO MATA EL ESPÍRITU.

El espíritu muerto es controlado por Satanás.

El alma se enferma.

De acuerdo al daño recibido son las alteraciones psicológicas manifestadas. Y la dureza de corazón y de carácter se agudiza.

Entre más herida está una persona, más llena de Odio, Amargura; y más endurecida estará. Al NO tener armonía con Dios, perdemos la armonía con nosotros mismos y NO podemos tenerla tampoco con los que nos rodean.

Y la depresión es el termómetro que marca la intensidad de una ira reprimida y convertida en Odio contra sí mismos y que NO encuentra salida a través de una venganza contra el que lo dañó.

El cuerpo: una mente dañada, se proyectará en un cuerpo enfermo. Éste es el origen de un gran porcentaje de las enfermedades crónicas, que la ciencia no ha podido curar.

El Odio es invalidante: la artritis y el cáncer, son un claro ejemplo de ello. Cuando el hombre aprende a perdonar, la mejoría es notable.

EL PERDON ES SALUD PARA EL CUERPO Y PARA EL ALMA.

Y PARA EL ESPIRITU ES SALVACIÓN.

PERDONAR ES SANAR.   PERDONAR ES LIBERARSE.   PERDONAR ES RESUCITAR.

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EL  PERDON  DE  DIOS

Dios perdona a cualquiera que con corazón contrito, humilde y decidido a perseverar en el bien, se lo pide. Porque por más grande que sea el pecado cometido, el arrepentimiento sincero, alcanza de Dios el Perdón.

Dios conoce nuestra debilidad. Sabe de qué barro estamos hechos y distingue perfectamente las intenciones del corazón. La humildad y el amor, siempre obtienen su Perdón.

La soberbia de la inteligencia y la lujuria de la carne, son los pecados que espiritualmente dejan al alma como un cadáver putrefacto y asqueroso.

Y así es como nos ven los ojos de Dios.

El llanto del arrepentimiento de un corazón contrito y humillado, es amor expiatorio que unido al Amor Purificador del Perdón de Dios, curan las almas de tan horrendas heridas.

Cuando se ama a Dios, el Pecado duele y no se quiere OfenderLo.

Para gozar de la protección de Dios, es necesario su Perdón. El alma que se sabe perdonada y tiene la seguridad de tener a Dios consigo, recupera la alegría y la paz. El bienestar se extiende hasta el cuerpo.

Yo sabía que esto era tan importante, que por eso lo convertí en Sacramento. El salmo 32, expresa muy bien este alivio.

ES NECESARIO EL PERDÓN DE DIOS

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El Sacramento de la Reconciliación, es un Sacramento de Liberación y de Sanación

Interior. Yo lo instituí precisamente por esto: el Pecado toma vida propia.

Y quise liberar a vuestro espíritu de las cadenas y las cargas por el Pecado. Y vuestra alma del Caos y la Destrucción, que siempre traen consigo.

El Perdón de Dios resucita nuestro espíritu a la Gracia y nuestra alma se une a la Vida: la Santísima Trinidad.

¿POR QUÉ ES NECESARIO EL PERDÓN DE LOS DEMÁS?

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HAY QUE HUMILLAR LA SOBERBIA …

 Casi nunca nos gusta reconocer las cosas lamentables de nuestra propia conducta. No es fácil reconocer nuestras culpas. Se necesitan grandes dosis de humildad, para reconocer los propios errores.

Y una confesión dolorosa que NO siempre estamos dispuestos a hacer.

Una auténtica disculpa, es mucho más que el mero reconocimiento de un error. Equivale a confesar que algo que dijimos o hicimos, le provocó un daño a otro.

Y que ese daño como un boomerang, también nos lastima a nosotros.

Nuestro equilibrio interior es tan sensible, que aunque conscientemente nos neguemos a aceptar que actuamos mal y disponemos de una montaña de justificaciones; la conciencia es un juez tan implacable, que hasta que NO resarcimos el daño, es como nos sentimos mejor.

El arrepentimiento sincero, es una medicina dolorosa y amarga, pero sus efectos son tan saludables, que cuando lo llevamos activo a solicitar el Perdón y somos capaces de decir sinceramente: ‘Lo siento. Lamento mucho haber…  Por favor, Perdóname.’

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¿ME PERDONAS POR…?

Estas palabras obran efectos maravillosos y curativos. Purifican de una manera esplendorosa nuestro interior. ¡Cuántas relaciones importantes se restaurarían, si fuésemos capaces de decirlas más seguido!

En una ocasión tuve un paciente que me fue a consultar, aquejado por una serie de síntomas: insomnio, depresión, dolores de cabeza, trastornos estomacales, etc.  El reconocimiento médico no reveló ningún trastorno orgánico.

El Espíritu Santo me hizo ‘percibir’…Y finalmente le dije:

–           Si no me dice usted lo que pesa en su conciencia, NO podré ayudarlo.

El hombre me miró sorprendido. Y después de dolorosas vacilaciones, confesó que como albacea del testamento de su padre, había despojado a su hermano de su parte de la herencia.

Allí mismo lo persuadí para que pidiera perdón a su hermano y le devolviera lo que le había quitado.

Después de haberlo hecho, el hombre fue a darme las gracias, porque se había curado.

A veces dudamos de pedir perdón por temor a vernos desairados. Es una dolorosa posibilidad que NO debe detenernos. Porque en el dado caso de que así sucediera, ya NO ES responsabilidad nuestra, el que no haya una reconciliación.

Vale la pena porque seremos nosotros los que sanaremos. 

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¿PORQUÉ ES NECESARIO EL PERDÓN HACIA NOSOTROS MISMOS?

 ARREPENTIMIENTO: Pesar de haber hecho una cosa con intención de resarcir y reparar el daño.

REMORDIMIENTO: Inquietud interior que perturba la conciencia, ante el recuerdo de un crimen cometido.

Cómo podemos observar el remordimiento es pasivo y el arrepentimiento es activo. Esta diferencia marca las consecuencias de nuestras acciones.

Cuando reconocemos nuestras culpas y pedimos perdón al que ofendimos, el siguiente paso es perdonarnos a nosotros mismos.

Cuando este último perdón NO lo llevamos a cabo, NO podemos recuperar la paz del espíritu.

Diablo significa Acusador.

Él hace honor a este título utilizando algunos pecados nuestros, como verdaderos tormentos que convierten la vida en un infierno.

Cuando esto sucede, el hombre que comete pecados tan atroces que le resulta imposible pensar que pueda alcanzar el Perdón: los remordimientos torturan tanto y el hombre se siente tan culpable, que cree que Dios no puede perdonarlo.

La humildad, llorando dice: ‘Señor, ten piedad de mí. Yo no puedo, Tú si puedes. Ayúdame porque solo Tú puedes hacerlo.’

La soberbia impotente, declara: ‘Dios NO puede perdonarme. Es imposible.’

El que dice estas palabras está midiendo a Dios consigo mismo. Y piensa que Dios NO perdonará, porque si él fuese el ofendido, NO perdonaría.

El humilde compadece y perdona, aun cuando sufra por haber sido ofendido.

El soberbio NO perdona, porque NO quiere renunciar a su Rencor.

El que NO se perdona a sí mismo, está odiándose. Y sé autodestruye con un castigo AUTO-impuesto, ya que de manera subconsciente busca sufrimientos para castigarse y se entrega a relaciones destructoras.

El arrepentimiento auténtico debe tener un valor viril y sin pedir excusas, ni dárselas; hay que aceptar las consecuencias del pecado, como un doloroso medio de expiación.

Y con renovadas fuerzas, aceptarnos como somos, amándonos y con inmensa gratitud hacia Dios.

Cuando hemos alcanzado el Perdón de Dios, debemos hacerlo extensivo a nuestra voluntad, con este pensamiento: “Si Dios me ha perdonado, ¿Quién soy yo para NO hacerlo?”

La soberbia impulsada por Satanás, es la que dice que Dios NO PUEDE perdonarnos.

Pues donde abunda el pecado, sobreabunda la Gracia. Esto debemos recordarlo porque nos muestra la infinita misericordia de Dios y debe ser el baluarte cuando Satanás quiere afligirnos, con sentimientos de culpa.

Entonces, ¿Qué es lo que debemos hacer? Efectuar los Siete Pasos del Perdón aplicados a ¡NOSOTROS MISMOS!

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Y AMEMOS AL ENEMIGO EN QUE NOSOTROS MISMOS NOS CONVERTIMOS…

Por ejemplo, si nuestro pecado fuese como el de Judas y ya cometimos el DEICIDIO, después de pedir perdón al Señor con arrepentimiento sincero, vamos a orar: “Yo…(fulano de tal), ME PERDONO A MÍ MISMO POR HABER MATADO A JESÚS, EN….

¡Y asunto concluido! Aceptemos las CONSECUENCIAS de nuestro Pecado como expiación por el mismo.

Y cuando Satanás venga a fastidiarnos, simplemente le decimos: ¡VADE RETRO SATÁN! Mi Abba ya me perdonó y yo también me perdoné…

¡LÁRGATE DE AQUÍ! ¡YO NO TENGO NADA CONTIGO! Invoquemos a nuestra Madrecita y verán como sale huyendo el muy Cobarde…

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¿PORQUÉ ES NECESARIO PERDONAR A LOS DEMÁS?

Muchas personas creen equivocadamente que el perdón solo debe otorgarse, cuando el ofensor se muestra arrepentido. Si queremos obtener óptimos resultados, debemos corregir este error.

Primero que nada tenemos que estar conscientes, que el perdón es un Regalo. Tanto para el perdonado, como para el perdonador.

El que recibe la mayoría de los beneficios, es el que lo otorga. 

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TE PERDONO…

A menos que decidamos amar nuestras enfermedades y desequilibrios y seguir manteniéndonos alejados de Dios por el resentimiento; NO nos queda otra alternativa.

Porque ni siquiera podremos volver a orar el ‘Pater Noster’, con la seguridad de estar siendo atendidos

Hagamos el Perdón activo, si podemos decirle a nuestro Ofensor: “Yo te perdono por esto…” Qué bien o si NO, al menos hagámoslo espiritualmente y digámosle a Jesús: “Señor yo perdono a fulano por esto… Bendícelo.”

Punto final, ya no tenemos pagarés que nos estorben para seguir amando y produciendo Amor…

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¿CUÁNTAS VECES SE DEBE PERDONAR?

Para el Amor y para el Perdón, no hay límites. No lo hay. Ni en Dios, ni en los verdaderos hijos de Dios. Mientras dure la vida, no hay límite.

En el cristiano, por más que las culpas produzcan dolor, hay que perdonar siempre al que nos hace daño.

La primera vez que perdonamos de verdad duele tanto; que es como si nos desollaran vivos.

Después va disminuyendo la sensación de dolor, hasta que quedamos envueltos en una muralla de amor tan densa; que los dardos envenenados del Demonio, pierden toda su eficacia.

Conforme nos habituamos a ejercer el Perdón, se va formando un escudo formidable a nuestro alrededor, que inclusive desarma al Enemigo.

Porque se convierte en un ejercicio tan habitual, que llegamos a perdonar en el mismo momento en que estamos siendo ofendidos y al contestar con amor, estamos poniendo la otra mejilla, al mismo tiempo que detenemos la flecha de fuego llena de Odio que se ha lanzado para herirnos, antes de que ésta llegue a tocarnos.

El Perdón de las ofensas es la Prueba de nuestra caridad y de nuestra unión con el Verbo.

Si consideramos las flechas de las ofensas como ofensas, NO las podemos amar. Si consideramos a los que nos afligen como injustos, NO los podemos amar.

Si consideramos las ofensas como plumas agregadas para volar a Dios y miramos a los torturadores como los cooperadores más valiosos para que adquiramos méritos celestiales, entonces SÍ los podemos amar.

Desgraciadamente vivimos en un mundo que nos obliga a practicar el perdón continuamente y por lo mismo, su valor es inapreciable. Porque al ser el Odio, el principal elemento que nos rodea; la única manera de neutralizarlo es el Perdón.

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Él nos ayuda a convertirnos en amos de nuestras pasiones y el Dolor deja de ser un Verdugo, para transformarse en un Maestro.

Y el maravilloso bienestar que lo acompaña es sensacional.

Entonces somos espectadores de las ofensas que nos infieren, sin sentirnos lastimados por ellas. Y somos capaces de realizar, al compadecer el porqué de la crueldad del ofensor, el precepto más asombroso de la Doctrina Cristiana: amar a nuestros enemigos.

EL AMOR A NUESTROS ENEMIGOS

El que no ama, permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un asesino. Y como lo saben ustedes, en el asesino NO permanece la Vida Eterna.” (1 de Juan 3, 15)

A S E S I N O.

Es una palabra bastante fuerte para calificar una conducta bastante común en nuestros días.

Es imposible pasar por esta vida, sin encontrarnos con gente que de muy diversas maneras, nos lastiman una y otra vez.

La reacción más natural es el enojo y el resentimiento.

Entonces ¿Cómo poder cumplir con el Mandamiento tan perentorio de Jesús?

El Perdón es totalmente activo y requiere de un enorme esfuerzo de la voluntad, pero su ejercicio es sumamente fácil, si dejamos que sea Jesús el que lo haga por nosotros.

Si él vive dentro de nosotros y de verdad lo amamos. Basta con que le entreguemos lo que sentimos y le pidamos ayuda. Nunca nos defraudará.

Cuando logramos dominar el ejercicio del Perdón, nuestra vida se transforma de manera total.

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 Es infinitamente feliz y saludable; porque el Odio aparte hacernos vivir infelices y amargados. Es una pasión tan avasalladora, que cuando no se vierte al exterior en desórdenes de conducta violentos, se vuelve contra nosotros mismos y toma cualquiera de las dos formas: alteraciones físicas que desarrollan enfermedades psicosomáticas hasta llegar al cáncer.

O alteraciones nerviosas en forma de depresión que culmina con el suicidio. lA DESESPERACION ES EL PRIMER PASO…

Viendo el contexto completo de lo que significa el Odio, adquiere sentido la fuerte palabra: ‘asesino’.

Si no somos asesinos de los demás, lo somos de nosotros mismos.

Si es el Odio o la indiferencia, uno de los látigos que nos fustigan, roguemos a Dios para que sane nuestro corazón, entregándole nuestros sentimientos y pidiéndole que resucite el amor.

Porque es solamente amando como adquiere sentido nuestra vida. Cuando todas nuestras potencias están ocupadas en amar, no hay lugar para el resentimiento.

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Es al señor al que le toca castigar, las venganzas se le deben entregar a Él. Al hombre le toca amar y perdonar. Compadecer y perdonar. Orar y perdonar. ¡Cuánta necesidad de ayuda y de perdón, tienen los culpables ante Dios!

Y solo a través de la Oración se ahuyentan los fantasmas de Satanás y podemos sentir la Presencia de Dios que nos llena de fortaleza, amor y compasión.

Si Dios está cerca puede uno enfrentarse a todo y soportarlo con rectitud y mérito. Solo la Fe en Aquel del cual nos alimentamos, puede ayudarnos a vencer el Odio y hacer posible lo que para muchos no solo es imposible, sino una verdadera locura: el amor por nuestros enemigos.

¿CÓMO DETECTAR AL ESPIRITU RENCOROSO?

El espíritu rencoroso es uno de los principales obstáculos para la Oración. El rencor es hijo del Odio y la Soberbia. El rencor es pecado. El pecado impide la comunicación con Dios.

Satanás es habilísimo para disfrazarse con la hipocresía. El que trata de orar con el rencor en el corazón, NO recibe contestación. Y el alma deja de orar. Deja de ser creyente. Es por eso que Jesús es tan intransigente con este Mandamiento.

En nuestro corazón siempre debe haber paz y alegría. Y el espíritu rencoroso nos está saboteando, si al pensar en nuestro ‘enemigo’ sentimos malestar y evitamos encontrarnos con él. Decimos perdono, pero no olvido.

Reconocemos que en el fondo del corazón, nos alegra que le vaya mal y lo consideramos ‘un justo castigo por su maldad’. Deseamos que Dios se encargue de vengar pronto nuestros agravios.

Cuando ‘inadvertidamente’ dejamos caer indirectas y pequeñas puyas venenosas que le hagan la existencia tan pesada, como nos la hicieron a nosotros. Cuando nos vengamos con críticas y murmuraciones, tratando de destruir la reputación del ‘enemigo’.

Si reconocemos cualquiera de estas circunstancias con alguien relacionado a nuestra vida, ¡Es el momento de efectuar los Siete Pasos del Perdón, para recuperar nuestro equilibrio interior!

En primer lugar, debemos recordar que el verdadero cristiano no ve en sus semejantes, ‘enemigos’. El Enemigo ya sabemos quién es.

Porque se debe amar a los malvados.

Porque con el amor se alcanza la misericordia que los convierte y los salva.

Cuando se siente aversión por el enemigo, es señal de que se puede fermentar en el corazón, la levadura del Odio.

El que camina por el Sendero de la Cruz, siguiendo a Jesús y NO perdona, termina por encaminarse hacia el Odio.

NO SE DEBE ODIAR AL QUE NOS ODIA. No abráis ni siquiera un resquicio a lo que no es de Dios.

¡Hay peligro de perecer y de ser vencidos por el verdadero Enemigo! ¡NO! Tened Caridad y prudencia…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

119.- DESILUSIÓN MORTAL


Al día siguiente, Jesús está hablando con el mayordomo de Herodes en su palacio de Beter.

Cusa dice:

–                       Mi agradecimiento es tal, que de ningún modo podré olvidarlo. Por esto te doy lo que para mí es más querido: mi Juana. Pero te juro que desde el momento de que estoy seguro de que Herodes no tendrá razón alguna para despreciarme como un sirviente cómplice de un enemigo suyo, no haré otra cosa que servirte con todo mi corazón. Y que daré a Juana toda la libertad…

Jesús contesta:

–                       Está bien. Pero recuerda que trocar los bienes eternos por un  sencillo honor humano; es como cambiar la primogenitura por un plato de lentejas… y peor todavía… (Y Jesús habla de los que ambicionando gloria y riqueza humanas, truecan los bienes celestiales por miserables beneficios humanos)

Todos han escuchado estas palabras y mientras que a los demás les parece un discurso académico…

Judas de Keriot cambia de color y de fisonomía. Lanza miradas de ira y de miedo a Juana, pues sospecha que su jugada ha sido descubierta.

Jesús se vuelve a Juana:

–                       Bueno. Ahora demos contento a la buena discípula. Hablaré a tus siervos antes de partir…

Cusa y Juana, amigos amados. Siervos de esta casa que ya conocéis al Señor… Me he despedido de todos los poblados judíos y ahora me despido de vosotros porque nunca más regresaré a este Edén… (Sigue un largo discurso sobre, como Satanás se infiltró en el Edén y engañó a Adán y Eva con su astucia, sus mentiras y su hipocresía; para que el hombre le diera la espalda a Dios y buscara solo su egoísmo y su placer)

Jesús finaliza diciendo:

… Arrojan al Mesías para dar lugar a Satanás que los seduce con palabras mentirosas de triunfos humanos, que no conseguirán más que su condenación eterna.

Vosotros que sois humildes y no soñáis con tronos y coronas. Y que no buscáis glorias humanas sino la paz y el triunfo de Dios, de su Reino, de su amor la Vida Eterna y nada más que esto, no queráis imitarlos jamás. ¡Vigilad! ¡Vigilad! Conservaos puros de la corrupción. Fuertes contra las tentaciones, amenazas, contra todo… Rechazad toda sugestión de gloria humana…

Judas comprende que Jesús sabe algo. Su cara parece una mezcla de ceniza y de bilis. Sus ojos lanzan flechas de Odio contra el Maestro y contra Juana… Y se va detrás de sus compañeros para apoyarse contra el muro y para que no se le note su estado de ánimo.

Cuando Jesús termina, los bendice a la luz del crepúsculo que ya desciende con un color rojizo que se cambia en violeta, único recuerdo del sol. El reposo sabático acaba de terminar y es hora de marcharse. Se despide de todos…

Y en el umbral del cancel, Jesús dice con voz fuerte:

–                       Hablaré con esas criaturas, mientras pueda hacerlo… Juana, procura decirles que no vean en Mí sino al Enemigo del Pecado y al Rey del espíritu. Acuérdate también de eso, Cusa. Y no tengas miedo… Nadie debe tener miedo de Mí. Ni siquiera los pecadores, porque Yo Soy la salvación. Sólo los que son impenitentes hasta la muerte, tendrán que tener miedo del Mesías, que será Juez después de haber sido todo Amor… La paz sea con vosotros.

Es el primero en bajar hacia el camino escabroso que lleva hacia el fértil valle situado entre los montes. Los apóstoles caminan silenciosos y el último es Judas de Keriot que se mantiene separado de los demás… Embutido en una furia colosal, que nubla totalmente su gallardía habitual y lo hace lucir más maligno que nunca.

Andrés y Tomás se voltean a mirarlo y le preguntan gentiles:

–                       ¿Por qué vienes tan atrás?

–                       ¿Te sientes mal?

Judas apostrofa áspero:

–                       ¡Qué te importa despreciable marinero mojigato!…

Andrés lo mira sorprendido, porque Judas ha acompañado el insulto con palabras todavía más soeces y con una mirada de verdadero odio…

En el profundo silencio de los montes, las injuriosas palabras se han escuchado claras.

Pedro se para en seco y está a punto de lanzarse contra Judas; pero se detiene y piensa… Luego corre para alcanzar a Jesús y tomándolo bruscamente de un brazo, lo sacude con ansia diciendo:

–                       ¿Maestro, me aseguras que es exactamente cómo me dijiste la otra noche? ¿Qué los sacrificios y las oraciones jamás dejan de tener su resultado, aun cuando pareciera que no sirven para nada?

Jesús, más triste y pálido que nunca mira a su apóstol con mucha dulzura; pues Pedro está sudando por el esfuerzo de no reaccionar  contra el insulto… Tiene su rostro purpúreo y Jesús lo siente tembloroso por la ira contenida.

Y responde a su apóstol con una sonrisa llena de paz:

–                       Jamás dejan de tener su premio. Puedes estar seguro.

Pedro lo suelta y se va corriendo  a la pendiente del monte entre los árboles… Y se desahoga golpeando lo que encuentra a su paso, quebrando las ramas y los arbolillos con una fuerza que desearía descargar sobre el causante de este desfogue de violencia.

Varios preguntan:

–                       ¿Qué te sucede?

–                       ¿Te has vuelto loco?

Pedro no responde y continúa velozmente con su frenesí destructor.  Cuando tiene un montón de leña a sus pies, lo deposita en su manto y luego lo carga sobre su espalda y corre a alcanzar a sus compañeros. Camina muy agachado con el peso de la carga que ha echado sobre sí, además de la alforja.

Judas lo ve venir, se ríe y dice:

–                       ¡Pareces un esclavo!

Pedro vuelve la cabeza y está a punto de decirle algo… Pero rechinan los dientes, se calla y avanza más rápido todavía…

Andrés pregunta cariñoso:

–                       ¿Te ayudo hermano?

Pedro contesta:

–                       No.

Santiago de Zebedeo advierte:

–                       Si es para asar el cordero, llevas leña de sobra… Con eso podríamos asar un ternero…

Pedro no responde. Sigue adelante con su carga y aunque ya casi no puede, se mantiene firme en su resolución. Finalmente llegan a la entrada de una caverna y Jesús se detiene diciendo:

–                       Nos quedaremos aquí para partir mañana, a los primeros rayos de la aurora. Preparad la cena…

Pedro baja su carga de leña y se sienta sobre ella sin ofrecer ninguna explicación. Los apóstoles se reparten en diferentes tareas. Unos van al arroyo a traer agua, otros limpian la caverna y otros más, preparan el cordero que van a cocinar.

Cuando Pedro se queda a solas con su Maestro;  Jesús pone su mano sobre la cabeza entrecana de su apóstol y lo acaricia… Pedro toma la blanca mano, la besa y la baña con unas lágrimas que manan abundantes. Es un llanto silencioso de amor y de aflicción; de victoria por el esfuerzo realizado…

Jesús se inclina y lo besa entre los cabellos canosos diciendo:

–                       Gracias, Simón.

El rostro del rústico y honrado apóstol se llena de una belleza casi sobrenatural al mirar a su amado Jesús que lo ha besado y le ha dado las gracias, porque sólo Él comprendió todo… La veneración y la alegría son las que lo han hecho bello…

Al día siguiente pasan un puente y al llegar a un cruce de caminos Judas, que ha observado el silencio de Jesús y que no lo ha regañado; al ver que lo trata igual que a todos los demás, está menos torvo y menos separado.

Y le pregunta al Maestro:

–                       ¿Vamos a ir a Jerusalén?

Jesús contesta:

–                       No. Vamos a Emaús de la llanura.

–                       ¿Por qué? ¿Y Pentecostés?

–                       Hay tiempo… Quiero llegar a la casa de José de Arimatea, a través de las llanuras, hacia el mar…

–                       ¿Por qué?

–                       Porque no he estado todavía allí y esa gente me espera… Y porque los buenos discípulos lo desean. Tendremos tiempo para todo.

–                       ¿Esto fue lo que te dijo Juana? ¿Para eso te mandó llamar?

–                       No hubo necesidad. José en los días de Pascua me lo dijo a Mí, directamente. Y mantengo mi palabra.

Judas está preocupado por la situación que se avecina y con su manía de control y manipulación, trata de argumentar:

–                       Yo no iría… Tal vez él y Nicodemo, se encuentren ya en Jerusalén. Además, ya la Fiesta se aproxima. Y luego… Podrías encontrarte con enemigos y…

–                       Enemigos siempre los encuentro por todas partes. Y los tengo vecinos…

Y Jesús lanza una mirada al apóstol que es su dolor…

Judas no habla más. Es muy peligroso continuar… Lo comprende y calla. Mejor se retrasa, caminando más despacio.

Cuando llegan a las llanuras de Emaús… Caminan admirándolo todo. Es un mar de espigas de oro separado por viñas que presentan ya sus racimos. Tienen agua en abundancia por los arroyos que descienden de los montes. Es un verdadero paraíso de mieses.

Tadeo exclama:

–                       ¡Qué hermosos campos!

–                       ¡Uhm! Está más bello que el año pasado.  –refunfuña Pedro- Por lo menos  hay agua y fruta.

Zelote le responde:

–                       La de Sarón también es bella.

Y los dos apóstoles se ponen a hablar entre sí, apartándose un poco de los demás. Santiago de Zebedeo señala la bella campiña y una espléndida construcción y dice:

–                       Casa de Fariseos, ¿Eh?

Recordando los bienes paternos que tuvieron en Judea, de donde los arrojaron y así perdieron mucha hacienda…

Tadeo confirma:

–                       Sin duda de Judíos… Se apoderaron de los mejores. Usurpándolos de mil modos a sus legítimos dueños.

Judas de Keriot, con una sonrisa llena de desprecio y una voz vibrante de soberbia, dice:

–                       Si se os quitaron fue porque vosotros Galileos, sois menos santos. Sois inferiores…

Previendo la respuesta mordaz de su fogoso hermano, Santiago de Alfeo dice con calma:

–                       Oye, acuérdate de que Alfeo y José, eran de la estirpe de David, tanto que el Edicto los obligó a ir a empadronarse a Belén de Judá y por eso Él nació allí.

Juan trata de cortar el rumbo de la discusión… Interviene diciendo:

–                       Ahora todos somos de una sola estirpe: la de Jesús.

El Maestro los llama para darles instrucciones y desaparecen los nubarrones de tormenta…

Al día siguiente por la tarde; Jesús está sentado en el patio de una casa que no es lujosa. Parece muy cansado. Está sobre un banco de piedra, situado sobre el brocal de un pozo, bajo un emparrado en forma de arco.

Una mujer va y viene con las manos llenas de harina y cada vez que pasa mira  a Jesús con amorosa compasión. Una decena de palomas vuela en espera de su última comida.

Revolotean alrededor de Jesús que deja sus pensamientos y sonríe. Extiende una mano con la palma volteada hacia arriba y dice:

–                       Tenéis hambre. Venid.  –el más atrevido se posa sobre su mano y pronto las tiene a todas encima. Sonríe- No tengo nada.

Luego en voz alta llama a la mujer:

–                       ¡Oye! Tus palomas tienen hambre. ¿Tienes comida para ellas?

–                       Sí, Maestro. Está en un costal bajo el pórtico. Ahora voy.

–                       Déjalo. Yo lo haré. Me gusta.

–                       No se te acercarán. No te conocen.

–                       ¡Las tengo en la espalda! ¡Y hasta en la cabeza!…

En realidad, Jesús lleva un palomo sobre su cabeza, cual morrión, cuyo buche es de color plomizo, que parece una coraza preciosa por su color tornasolado.

La mujer ha salido al patio  lanza un:

–                       ¡Oh!

–                       ¿Lo ves? Las palomas son mejores que los hombres. Conocen a quien los ama. Los hombres… no.

–                       No pienses más en lo que pasó Maestro. Son pocos lo que te odian. Los demás, si no todos te aman; por lo menos te respetan.

–                       No me desanimo por esto. Lo digo para hacerte ver cómo frecuentemente, los animales son mejores que los hombres.

Jesús abre el saco y saca las semillas. Las deposita en el extremo de su manto. Luego va al centro del patio y las arroja al suelo. Y los ve comer. Pronto terminan todo; beben agua y miran a Jesús que les dice:

–                       Ya no hay más. Váyanse.

Las palomas aletean un poco sobre su espalda y sus rodillas y luego regresan a sus nidos.

Jesús vuelve a su meditación.

Llegan los discípulos.

Jesús pregunta:

–                       ¿Distribuisteis el dinero entre los pobres?

–                       Sí, Maestro.

–                       ¿Hasta el último céntimo? Recordad que lo que nos dan, no es para nosotros; sino para la caridad. Somos pobres y vivimos de la compasión de los demás. ¡Infeliz el apóstol que se aprovecha de su misión para fines humanos!

Judas pregunta:

–                       ¿Y si un día se queda uno sin pan y se le acusa a uno de violar la Ley, porque se imita a los pájaros arrancando las espigas?

Jesús responde:

–                       ¿Te ha faltado algo Judas? ¿No has tenido todo lo necesario desde que estás conmigo? ¿Te has caído alguna vez de hambre por el camino?

–                       No, Maestro.

–                       ¿Entonces, Judas? ¿Por qué has cambiado tanto? ¿No sabes, no comprendes que tu disgusto, tu frialdad; me causan dolor? ¿No ves que tu descontento se esparce entre tus hermanos? ¿Por qué Judas amigo mío? Tú que has sido llamado a una gran honra;  que viniste a Mí con tanto entusiasmo… ¿Y ahora me abandonas? 

–                       Maestro, no te abandono. Soy el que más me preocupo por Ti, por tus intereses, por tu éxito. Quisiera verte triunfar por todas partes. Créemelo.

–                       Lo sé. Tú lo quieres desde el punto de vista humano y ya es mucho. Pero Yo no quiero esto, Judas. No vine por un triunfo humano… Por un reino humano. No vine a dar a mis amigos, migajas de un triunfo humano… Sino a daros una recompensa inmensa, copiosa. Una recompensa que consiste en la coparticipación en mi Reino Eterno. Es la posesión de los hijos de Dios… ¡Oh, Judas! ¿Por qué no te llena de entusiasmo esta herencia, a la que se llega renunciando a todo y que no conoce fin? Acércate más Judas.

El desilusionado y resentido apóstol, se acerca a su Maestro.

Y Jesús le dice amoroso:

–                       ¿Lo ves? Estamos solos. Los demás han comprendido que quería hablarte a ti que distribuyes mis… riquezas. Que son las limosnas que el Hijo del Hombre recibe para darlas en el Nombre de Dios y del Hombre, al hombre. Tu mamá, Judas me dijo: ¡Oh, Maestro! ¡Haz santo a mi Judas! ¿Qué otra cosa quiere el corazón de una madre, sino el bien de su hijo?… Ven aquí y di a tu amigo tus ansias. ¿Has faltado en algo? ¿Te sientes cercano a hacerlo? ¡No estés solo! ¡Vence a Satanás con la ayuda de quién te ama!

Soy Jesús. Soy el Jesús que cura las enfermedades, que arroja los demonios. Soy el que salva… Que te quiere mucho. Que se aflige por verte así tan débil. Soy el Jesús que enseña a perdonar… Y no hay culpa, no la hay Judas, que no perdone. Perdono al culpable que arrepentido me dice: “Jesús, he pecado” O al que me mira suplicante…

¿Sabes amigo mío, a quién perdono primero las culpas? A los más culpables. A los más arrepentidos.  Y las primerísimas que perdono, son las que se me hacen a Mí.

Judas, ¿No encuentras una respuesta que dar a tu Maestro? ¿Temes que te denuncie? ¡No tengas miedo! No tengas miedo, Judas. Quiero tu confesión. Ahora estás conmigo y no te dejo hasta que me digas que te he curado. Te amo, Judas. Amo tu alma, si te limpias y te liberas dejando tu polvo sobre mi Corazón que todo purifica… ¿Por qué lloras?

–                       Me has hablado tan dulcemente de mamá… De tu amor… Un momento de debilidad… ¡Estoy muy cansado! ¡Me parecía desde hace tiempo que ya no me amabas!

–                       No. No es esto. En tus palabras no hay más que una parte de la verdad. Estás cansado pero no del camino; del polvo, del sol, del fango, de la gente. Estás cansado de ti mismo. Tu alma está cansada de tu carne y de tu mente. Tan cansada que terminará por apagarse en un cansancio mortal. ¡Pobre alma a la que llamé Yo, para los resplandores eternos!

¡Pobre alma que sabe que te amo y que te reprocha el que la arranques de mi amor! ¡Pobre alma que te reprocha inútilmente! Así como inútilmente te acaricio con mi amor. ¡De que te comportas engañosamente con tu Maestro! Pero no eres tú quién lo haces… ¡Es el que te odia y me odia! Por eso te dije hace un momento: ‘No estés solo’…

Oye esto: Bien sabes que paso gran parte de mis noches en Oración. Si alguna vez sientes en ti el valor de ser un ser humano y la voluntad de ser mío; ven a Mí, mientras tus compañeros duermen. Las estrellas serán testigos prudentes, buenas y compasivas.

Se horrorizan por el crimen que se comete bajo sus rayos. Pero no levantan su voz para decir a los hombres: ‘Éste es un Caín de su hermano’  ¿Has entendido, Judas?

–                       Sí, Maestro. Pero créeme. No tengo otra cosa más que cansancio y emoción. Te amo con todo el corazón y…

–                       Está bien. Es suficiente.

–                       ¿Me das un beso, Maestro?

–                       Sí, Judas. Éste y más te daré…

Jesús lanza un profundo suspiro de tristeza. Pero da el beso a Judas en su mejilla…

Y entran en la casa…

El crepúsculo vespertino baña con sus fulgores la noche que se aproxima…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

50.- EL INCENDIO DE ROMA


En Anzio. En el atrium del palacio del César; Plinio, Haloto y Marcial, están conversando con la Augusta. Terpnum y Menecrato afinan sus cítaras. Entró Nerón y se sentó en un sillón, incrustado de carey y marfil; dijo algo al oído de su liberto Helio y esperó.

Pronto regresó Helio, trayendo un estuche de oro. Nerón lo abrió y extrajo de él un collar de finísimos ópalos y dijo:

–           Estas son joyas dignas de Venus Afrodita.

–          Se diría que las luces de la aurora irradian en ellas. –observó Popea, convencida de que esa joya es para ella.

El César admirando la joya y alabando su belleza, se volvió hacia el tribuno y finalizó diciendo:

–           Marco Aurelio, darás de mi parte este collar a la mujer a quién te ordeno que te unas en matrimonio: la joven hija de Vardanes I, el rey parto.

La mirada de Popea centelleó llena de ira y de asombro… Y pasando del César a Marco Aurelio, la fijó finalmente en Petronio…

Pero éste ni siquiera la mira, parece abstraído delineando los grabados de un arpa que está cerca, como si esto fuera lo más importante del mundo.

Marco Aurelio dio al César las gracias por el obsequio y después, acercándose a Petronio, le dijo en voz baja:

–           ¿Cómo podré agradecerte lo que has hecho por mí?

–          Sacrifica un par de cisnes a Euterpe o niega a tu Dios por mí. Ensalza los versos del César y no dejes que te afecten los presentimientos. Confío en que de ahora en adelante, el rugido de los leones no perturbará más tus sueños, ni los de tu princesa parta.

El tribuno suspiró:

–           No. Ahora estoy del todo tranquilo.

–          ¡Que la fortuna te sea propicia! Más ten cuidado ahora, porque el César acaba de tomar en sus manos el laúd. Suspende el aliento. Escucha y prepárate a derramar lágrimas de emoción…

Y en efecto, en ese momento, el emperador tomó el laúd y alzó la vista al cielo. En aquel recinto se hizo el más profundo silencio. Solo Terpnum y Menecrato que deben acompañar al César, están alertas; es espera de las primeras notas de su canto…

Y en ese mismo instante se oyó un ruido en la entrada y en seguida irrumpieron Faonte, el liberto del César, seguido por el cónsul Cluvio Rufo.

Nerón frunció el entrecejo.

Faonte dijo con voz jadeante:

–          ¡Perdón divino emperador! ¡Hay un incendio en Roma! La mayor parte de la ciudad está siendo presa de las llamas.

Al oír esta noticia, todos los presentes se levantan sobresaltados.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses! Por fin voy a ver una ciudad incendiada y podré terminar mi himno. –Y haciendo a un lado su laúd, pregunta al cónsul- ¿Si partiera inmediatamente alcanzaría a ver el incendio?

Cluvio Rufo, pálido y desencajado, contestó:

–           Señor. Toda la ciudad está convertida en un océano de llamas. El humo ahoga a sus habitantes. Las gentes se desmayan o se arrojan al fuego desesperados, presas del delirio. ¡Roma está pereciendo! ¡Oh, César!

 

            Se hizo un silencio sepulcral.

El cual fue interrumpido por Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡Vae mísero mihi! (¡Ay, desgraciado de mí!)

Y el joven tribuno, arrojando la copa de vino, se precipitó corriendo…

Nerón alzó las manos al cielo y exclamó:

–           ¡Ay de ti, sagrada ciudad de Príamo!

Marco Aurelio ordenó a unos cuantos sirvientes que le siguieran y despachó otro a su casa para avisar a sus huéspedes. Luego saltó sobre su caballo y se lanzó a galope tendido por las desiertas calles de Anzio, hacia Laurento. La espantosa noticia le produjo una especie de frenesí, que casi raya en la locura. Lo único que desea es llegar a Roma cuanto antes. Un solo pensamiento, está fijo en su mente: ¡Roma está ardiendo!

El potro de Idumea, caídas las orejas y con el cuello extendido, atraviesa veloz como una flecha, por entre los inmóviles cipreses, los blancos palacios y las casas de campo. Sólo se oye el ruido de los cascos que resuenan en las baldosas. Pronto, los sirvientes fueron quedando atrás, pues Marco Aurelio corre como una centella.

Atravesó Laurento y torció hacia Árdea, en la cual, como en Bobillas y Ustrino, había dejado postas, el día que partió para Anzio, a fin de recorrer en menos tiempo y con los relevos descansados, la distancia hasta Roma. Y como sabe que le esperan caballos de repuesto, casi revienta al que monta. Por un momento cruzó por su mente como un relámpago, el recuerdo de Bernabé y sus fuerzas sobrehumanas. ¿Pero qué puede hacer un hombre por más fuerte que sea, ante la fuerza destructora del fuego?

De repente, un escalofrío de terror lo estremece y le eriza los cabellos, al recordar todas  las conversaciones sobre ciudades incendiadas que en los últimos días se habían repetido con extraña persistencia en la corte de Nerón. La obsesión con la nueva ciudad de Nerópolis y las dolientes quejas del césar al verse obligado a hacer la descripción de una ciudad arrasada por las llamas, sin haber visto jamás un incendio real.

Recordó también la desdeñosa respuesta que diera a Tigelino, cuando éste le ofreció incendiar Anzio, las lamentaciones de Nerón contra Roma y las pestilentes calles del barrio del Suburra.

¡Oh, no! …¡Sí!

¡El César había ordenado el incendio de la ciudad! Sólo él podía dar una orden semejante, así como sólo Tigelino era capaz de darle cumplimiento.

Pero si Roma se estaba incendiando por mandato del César. ¿Quién podía estar seguro de que la población no estaba siendo asesinada por orden suya?

El Monstruo es capaz de eso y más. Incendio y asesinato en masa. ¡Qué terrible caos! ¡Qué desbordamiento de fuerzas destructoras y de frenesí humano! ¡Y en medio de todo esto, está su amada Alexandra!…

Los lamentos de Marco Aurelio se confunden con los resoplidos y jadeos del caballo. El cual, galopando sin descansar por un camino ascendente, en dirección a Aricia, está a punto de reventar. Entonces se cruza con otro jinete que corre en dirección contraria, hacia Anzio, como un bólido. Y al pasar junto a él, grita:

–           ¡Roma está perdida! ¡Oh, dioses del Olimpo!

Y continuó su veloz carrera. Las palabras restantes fueron sofocadas por el ruido ensordecedor de los cascos de su caballo. Pero esa exclamación: ‘¡OH, dioses del Olimpo!’ Le recordó… y oró desde el fondo de su alma.

Con su rostro bañado en lágrimas, suplicó:

–           Padre mío, sólo Tú puedes salvarla… Pater Noster…

La Oración sublime devolvió la paz al alma de Marco Aurelio. Luego divisó las murallas de Aricia, pueblo que está a la mitad del camino hacia Roma. El desesperado jinete lo cruza como una exhalación y llega hasta la posada en donde tiene el caballo de repuesto. Allí ve a un destacamento de soldados pretorianos que vienen de Roma hacia Anzio y corriendo hacia ellos, les pregunta:

–           ¿Qué parte de la ciudad es abrasada por el incendio?

–           ¿Quién eres tú? –preguntó el decurión.

–           Marco Aurelio Petronio. Tribuno del ejército y augustano. ¡Responde!

–          El incendio estalló en las tiendas cercanas al Circo Máximo. En el momento en que fuimos despachados, el centro de la ciudad estaba ardiendo.

–           ¿Y el Transtíber?

–          El fuego no llegaba allí todavía. Pero avanza rápido y abarca nuevos barrios con una fuerza que nadie puede contener. La gente muere sofocada por el calor y el humo. No hay salvación.

En ese momento le trajeron el nuevo caballo y el angustiado tribuno saltó sobre él. Y dando las gracias prosiguió su vertiginosa marcha. Corría ahora en la dirección de Albano, dejando a la derecha a Alba Longa y su espléndido lago.

Albano está al otro lado de la montaña. Pero aún antes de alcanzar la cumbre del monte, el viento le hace llegar el fuerte olor a humo y advierte en la cumbre, unos reflejos dorados…

–           ¡El Incendio! –piensa abrumado.

Las sombras de la noche están dando paso a la luz. El alba da unos destellos se oro y rosa, que no se sabe si son a causa de la aurora o al incendio de Roma.

Cuando por fin llega a la cumbre, un cuadro terrible se extiende ante sus ojos asombrados:

Toda la parte baja está cubierta de humo y parece formar una nube gigantesca, pegada a la tierra. En medio de esa nube, desaparecen ciudades, acueductos, casas de campo y árboles. Pero más allá… en una visión aterradora, la ciudad arde en las colinas. El incendio no tiene la forma de una columna de fuego, como sucede cuando arde un solo edificio, aún cuando tenga una vasta dimensión. Aquello parece más bien un largo cinturón, cuyo fulgor es parecido al de la aurora.

Y sobre aquel extenso cinturón se levanta una ola de humo, en algunos puntos enteramente negro, en otros color de rosa y en otros rojo como la sangre. Hay lugares en los que se retuerce como una espiral. Y en otros, está estrecho y ondula como una serpiente que se extiende y desenrolla. Y esa monstruosa ola humeante, es como una cinta ígnea que levanta las llamas hacia el cielo. Humo y llamas se extienden de un extremo a otro del horizonte, causando la impresión de que no solo está ardiendo la ciudad, sino el mundo entero.

Marco Aurelio desciende hacia Albano y penetra en una región, donde el humo es más denso. Todos los habitantes del pueblo están alarmados. Si en Albano la situación está así, se estremece de terror al pensar:

–           ¿Cómo estará Roma? Es imposible que una ciudad se queme por todas partes al mismo tiempo. No cabe duda de que esto ha sido provocado.

Y mueve la cabeza al pensarlo. Pero luego recuerda la promesa de Cristo, el día de su bautismo… y recupera totalmente la calma.

–           Sé que Alexandra está bien. Él me lo dijo: ‘Que pasare lo que pasare, confiáramos en Él.’ Y yo le creo. Aún cuando Roma arda hasta los cimientos, ella va a estar bien.

Y con esta certeza en el corazón, la esperanza se fue fortaleciendo mientras prosigue su veloz galope. Antes de llegar a Ustrino se vio obligado a disminuir la velocidad de su caballo, a causa de la multitud de gente que viene en dirección contraria. Ustrino está invadido por todos los fugitivos de Roma que están aterrorizados y buscan desesperadamente a los suyos, aumentando la confusión.

Cuando Marco Aurelio llegó por su caballo de refresco a la posada, se encontró con el senador Vinicio. Y éste dio más detalles del incendio.

–           Hay gladiadores y esclavos entregados al saqueo. El fuego comenzó en el Circo Máximo, en la parte colindante con el Palatino y el Monte Celio. Y extendiéndose con incomprensible rapidez, abarcó todo el centro de la ciudad. Nunca había caído sobre Roma, una catástrofe más tremenda. El Circo ha quedado completamente destruido. Las llamas que rodean el Palatino, llegaron hasta el Vicus de las Carenas.

Y Vinicio que poseía en este  barrio una espléndida mansión, llena de obras de arte que estimaba sobremanera, empezó a lamentarse amargamente por todo lo perdido.

Marco Aurelio le puso una mano en el hombro y le dijo:

–         Yo también tengo una casa en las Carenas, pero cuando todo perece, qué importa ya nada. –y recordando que había dicho a Alexandra que fuese a la casa de Publio, preguntó-   ¿Y el Vicus Patricius?

–           Destruido por el fuego.-replicó Vinicio.

–           ¿Y el Transtíber?

El senador lo miró sorprendido. Y oprimiéndose las sienes con las manos, exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué nos importa a nosotros el Transtíber!

–          ¡El Transtíber me importa a mí, más que todo el resto de Roma! –exclamó Marco Aurelio con vehemencia.

–           Puedes llegar hasta allí por la vía del Puerto, cerca del Aventino. Pero te sofocará el humo. En cuanto al barrio del Transtíber, no sé. Cuando yo me salí, el fuego todavía no lo alcanzaba. Lo que haya sucedido, solo lo saben los dioses… Quisiera decirte algo…

–           Habla. Si sabes algo más dimelo y nadie sabrá que tu me lo confiaste.

Vinicio titubeó y luego agregó en voz baja:

–           Como sé que no me vas a traicionar, te diré que el fuego fue provocado. Cuando estaba ardiendo el Circo no se permitió a nadie ir a extinguirlo. Yo oí en medio del incendio muchas voces que gritaban: ‘¡Muerte al que intente salvar!’ Y había muchos individuos que corrían con antorchas encendidas, aplicándolas a los edificios y a las casas.

Marco Aurelio vio sus sospechas confirmadas y solo exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué mentes criminales!

–           Así es… Y por otra parte, el pueblo se ha sublevado y se oyen rumores de que el incendio de Roma, fue decretado. No puedo decir nada más. Es imposible describir lo que está sucediendo. La gente perece entre las llamas o en medio del tumulto. ¡Ay de la ciudad! Y ¡Ay de nosotros!

–           ¡Adiós! –respondió Marco Aurelio saltando a su caballo y emprendió la carrera  a lo largo de la Vía Apia.

Pero ahora se hace más difícil avanzar, por la cantidad de gente que está huyendo de Roma. La ciudad, devorada por una conflagración monstruosa, se presenta ya, ante los espantados ojos del tribuno…

De aquel mar de fuego y humo, se desprende un horrendo calor. Y el rumor clamoroso de los gritos de las víctimas, no alcanza a dominar el chirrido crepitante de las llamas. Al llegar a las murallas, Marco Aurelio ve que casa, campos, cementerios, jardines y Templos, todo lo que había a ambos lados de esa vía, están convertidos en campamentos.

Ustrino con su desorden, da una ligera idea de lo que sucede dentro de la ciudad, que se ha convertido en una ciudad sin ley. Y Marco Aurelio no trae armas. Salió de Anzio, tal como se encontraba en la casa del César, cuando llevaron las noticias del incendio. Se dirige a la Vía Portuense, que conduce directamente al Transtíber. En una aldea llamada Vicus Alexandria cruzó el río Tíber.

Por algunos fugitivos se enteró de que el fuego solo había alcanzado unas pocas calles del Transtíber.

Pero la conflagración no puede ser detenida, porque hay personas que están alimentando el fuego e impiden que nadie intente apagarlo, declarando que tienen orden de proceder así.

Al joven tribuno ya no le queda ninguna duda de que el César fue quién decretó el incendio de Roma. Ningún enemigo de Roma hubiera podido causar mayor daño. La medida está colmada. La locura de Nerón ha llegado al límite más alto, haciendo su víctima al pueblo romano, en los criminales caprichos del tirano. Y también Marco Aurelio piensa que ésta será la hora postrera de Nerón, pues la ruina de toda la ciudad, clama el castigo por sus nefandos crímenes.

En su camino, Marco Aurelio se estremece al ser testigo de las escenas más aterradoras. En más de una ocasión, dos corrientes de individuos que escapan en direcciones opuestas, se encuentran en una estrecha callejuela, se atropellan, luchan entre sí. Se hieren o pisotean a los caídos. Las familias que en medio de aquel tumulto pierden a uno o varios de sus miembros, los llaman con gritos desgarradores. Entre el ensordecedor estrépito de gritos y alaridos, es casi imposible hacer una pregunta y escuchar una respuesta coherente.

Hay momentos en que nuevas columnas de humo, procedentes de la ribera opuesta del río, los envuelven haciendo unas tinieblas negras como la noche. Pero el viento que da pábulo al incendio disipa el denso humo y entonces se vuelve a ver el camino por donde se avanza. Una multitud de gladiadores y bárbaros, destinados a ser vendidos en el mercado de esclavos, embriagados con el vino saqueado del emporium (mercado), se entregan al saqueo. Para ellos, con el incendio y la ruina de Roma, ha terminado su esclavitud y ha sonado también la hora de su venganza desahogando su ira brutal al sentirse libres, por sus largos años de miseria y sufrimiento.

En su carrera militar había presenciado los asaltos y tomas de pueblos, pero nunca sus ojos habían contemplado algo semejante: la desesperación, las lágrimas, los alaridos de dolor, los gritos salvajes de alegría y locura. Todo esto mezclado con un desenfrenado desbordamiento de pasiones, provocan un caos aterrador.

Y por sobre toda esta multitud jadeante, crepita el fuego, extendiéndose devorador. Envolviendo a todos en un hálito de infierno y destrucción. Marco Aurelio oye voces que acusan a Nerón de haber incendiado la ciudad. Hay amenazas de muerte contra el César y contra Popea. Y gritos de:

–           ¡Sannio! ¡Histrio! (Bufón, histrión) ¡Matricida!

Gritos que claman arrojarlo al Tíber y darle el castigo de los parricidas, pues ya les colmó la paciencia. Se mezclan con los gritos postreros de los alcanzados por el fuego.

Al fin llega a la calle en donde se encuentra la casa de Acacio. El calor del verano, aumentado por las llamas del incendio, ha llegado a ser insoportable. El humo irrita los ojos y ciega. No se puede respirar. El aire quema los pulmones. Aún aquellos habitantes que habían abrigado la esperanza de que el fuego no atravesara el río y habían permanecido en sus casas, esperando poder escapar de ser alcanzados, empezaron a abandonarlas.

En medio del tumulto, alguien hirió con un martillo al caballo de Marco Aurelio. El animal echó hacia atrás la cabeza ensangrentada, al mismo tiempo que se oyó este grito:

–           ¡Muerte a Nerón y a sus incendiarios!

El animal se encabritó y ya no quiso obedecer a su jinete. Lo reconocieron como a un augustano. Y este fue un momento de gran peligro. Pero su espantado caballo le arrancó de ahí violentamente, pisoteando a quién encontró a su paso, hasta que Marco Aurelio pudo abandonar su cabalgadura y prosiguió su marcha a pié. Deslizándose a lo largo de las murallas, tratando de llegar hasta la casa de Acacio. Hubo un momento en que tuvo que cortar un pedazo de su túnica, mojarlo y cubrirse con él, el rostro; para poder respirar. Cada vez el calor es más insoportable.

Un viejo que huye penosamente apoyado en sus muletas, le dijo:

–           ¡No os aproximéis al monte Cestio! ¡Toda la isla está envuelta en llamas!

A la entrada del Vicus Patricius donde está situada la casa de Acacio, Marco Aurelio vio altas llamas entre las nubes de humo. Desgraciadamente el aire ya no arrastra solo humo, sino millares de chispas. A través de aquel infierno, distinguió los cipreses de la casa de Acacio, que todavía no ha sido alcanzada por el fuego.

Esto le dio nuevos bríos, pues parece estar intacta. Abrió la puerta de un empellón y se precipitó al interior. La casa está desierta. Llama desesperado:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Nadie le respondió. Los únicos sonidos son los lúgubres rugidos del vivar, que está junto al templo de Esculapio.

Marco Aurelio se estremeció de pies a cabeza. Y al revisar toda la casa, comprueba que está vacía. En el lararium lleno de humo, hay una cruz. Y en vez de lares, arde un cirio. Al revisar los dormitorios reconoce en uno, los vestidos de Alexandra. Se pregunta en donde puede estar. Toma una de sus túnicas y la lleva a su pecho. Y hasta entonces comprende que el que está ahora en peligro es él.

–           Tengo que salir de aquí y ponerme a salvo. –pensó.

Entonces se precipitó a la calle y corre ahora tratando de huir del fuego, para salvar su propia vida. El fuego parece perseguirlo con su hálito quemante. Siente en la boca el sabor a humo y a hollín. El aire la abrasa los pulmones. Está todo cubierto de sudor que escalda como agua hirviendo. Solo lo alienta el recuerdo de su esposa y su capitum alrededor de su cuello. Lo único que quiere ahora, es verla antes de morir.

Tambaleándose como un ebrio, sigue corriendo.

Entretanto se verificó un cambio, en aquella gigantesca y aterradora conflagración, que abrasa a la ciudad entera: todas las que habían sido llamaradas aisladas, se han convertido en un solo mar de llamas.

Un torbellino de chispas, se levanta como un huracán de fuego. En eso, Marco Aurelio divisó una esquina. Y ya próximo a caer, dio la vuelta a la calle y vio a lo lejos la Vía Portuense.

Comprendió que si lograba llegar hasta ella, estaría a salvo. Luego vio una negra nube de humo, que parece cerrarle el paso. Su túnica empezó a arder por las chispas y tuvo que quitársela y arrojarla lejos de sí. Le queda solo el capitum de Alexandra, que mojó en la fuente del implovium en la casa de Acacio, antes de salir y lo trae alrededor de la cabeza, cubriéndose la nariz y la boca. A través del humo distingue voces y oye gritos.

El se acerca con la esperanza de que alguien pueda ayudarle y grita pidiendo auxilio con todas sus fuerzas, antes de llegar hasta ellos. Pero ese fue su último esfuerzo, antes de caer semidesmayado. Dos hombres le han oído y corren a socorrerlo; llevando en las manos, sendas calabazas llenas de  agua.

Marco Aurelio, que había caído desfallecido por el agotamiento, tomó una de las calabazas y bebió su contenido hasta más de la mitad. Con la otra le bañaron y le ayudaron a ponerse de pie.

–           Gracias. Ahora podré seguir caminando.

Varias personas lo rodearon preguntándole si está bien y si no se ha hecho daño. Esto sorprende al tribuno y pregunta:

–           ¿Quiénes sois?

–          Estamos aquí derribando casas, para ver si podemos detener el fuego, impidiendo que llegue hasta la Vía Portuense. –le contestó uno.

Marco Aurelio que desde esa mañana solo había encontrado turbas brutales, saqueadores y asesinos, contempló con más atención a las personas que lo rodeaban y dijo:

–           ¡Qué Cristo os premie!

–           ¡Alabado sea su Nombre! –contestó un coro de voces.

–           ¿El obispo Lino?

Ya no pudo escuchar la respuesta porque se desmayó.

Recobró el conocimiento en un jardín lleno de hombres y mujeres. Le habían puesto una túnica y las primeras palabras que dijo, fueron:

–           ¿Dónde está Lino?

Hubo un largo silencio.

Luego, una voz conocida, le respondió:

–          Se fue hace dos días a Laurento por la Puerta Nomentana. ¡Que la paz sea contigo! ¡Oh, rey de Persia!

Marco Aurelio se incorporó y vio a Prócoro Quironio ante sus ojos.

El griego le dijo:

–          Tu casa se incendió. ¡Oh, señor! Porque el barrio de las Carenas está envuelto en llamas. Pero tú serás siempre tan poderoso como Midas.

El tribuno lo miró sin responder y Prócoro continuó:

–          ¡Oh, qué desgracia! Los cristianos, ¡Oh, hijo de Apolo! Han predicho desde hace tiempo que el fuego destruirá el mundo. sus obispos lo han confirmado cuando hablan de la Parusía.

Marco Aurelio preguntó:

–          ¿Sabes algo del Obispo Lino?

–          Lino acompañado de la joven que buscas, está en Laurento. ¡Oh, qué desventura para Roma!

–           ¿Tú los has visto?

–          ¡Oh, sí, señor! Y le doy gracias a Cristo y a todos los dioses que me permiten darte esta buena noticia.

La tarde llega a su término, pero en el jardín se ve el día claro, pues el incendio que ha ido aumentando, hace que el firmamento se vea rojo para dondequiera que se mire. Pues aquella noche parece que en el mundo se haya desatado el infierno.

Toda la ciudad arde en llamas. La luna grande y llena, apareció entre las colinas. Y el resplandor del fuego la hace aparecer como si fuera de bronce. Sobre las ruinas de la ciudad que ha gobernado al mundo, la inmensa bóveda del cielo, tiene un tinte rosa extraño en el que brillan las estrellas.

Roma parece una pira gigantesca que ilumina toda la Campania. A los resplandores de aquella luz rojo sangre, se miran  a lo lejos  los montes y los pueblos; las casas de campo, los monumentos, los acueductos, los templos.

Y los actos de violencia, el robo, el saqueo, se propagan por doquier. Parece que el espectáculo de aquella ciudad que el fuego está devorando; convirtiéndola en un montón de humeantes ruinas, subleva en el ánimo de los espectadores, la versión de que el César ha dado la orden de quemar Roma, para librarse de los olores del Suburra y construir una nueva ciudad llamada Neronia.

Llenos de ira, dicen que el César está loco y que por un capricho criminal, ha decidido sacrificar a millares de romanos. Muchas personas después de haber perdido todos sus bienes o sus seres queridos, se arrojan a las llamas dominadas por la desesperación. Muchos mueren quemados o asfixiados por el humo. La destrucción parece tan completa, implacable y fatal como el destino. Y el incendio se sigue propagando.

Marco Aurelio fue trasladado a la casa de un comerciante que le da hospedaje, baño, ropa y alimentos, para que recobre sus fuerzas. Éste le confirmó que Lino se había ido con el sacerdote Nicomedes y el prelado Fileas, obispo en cuya casa había encontrado refugio y que estaba fuera de la ciudad, en Laurento.

Saber que ellos habían escapado del incendio le dio nuevas fuerzas. Ve claramente la mano de Dios que los está protegiendo y da gracias por ello en una plegaria silenciosa. Luego dijo:

–           Gracias Efrén, por tu caridad. Iré a buscar a Lino. Mi esposa está con ellos.

Efrén le aconsejó:

–          Será mejor que atravieses el Monte Vaticano hasta la Puerta Flaminia y cruzas el río por ese punto. Es el sitio menos peligroso.

Y Roma ardió por seis días y siete noches.

De las catorce divisiones de Roma, quedaron solo cuatro, incluyendo el Transtíber. Las llamas devoraron todas las demás. La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA