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94.- SENTENCIA MORTAL


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En una pequeña bahía de la isla, el atardecer baña con sus fulgores los árboles frondosos y las columnas de una hermosa villa cercana al mar.

Más de una vez, sentados en la terraza y tomados de la mano, Marco Aurelio y Alexandra, hablan de sus pasadas experiencias  y temores.

Sienten que todos sus sufrimientos han madurado sus almas y las han elevado hacia Dios.

En él ya no queda el menor rastro del antiguo patricio, cuya voluntad y deseos eran las únicas leyes de su existencia.

Aun así, ante aquellos recuerdos no hay huellas de amargura. Se alegran en Dios; en su Amor y en el amor que los une y que cada vez es más grande.

Les parece que ha pasado mucho tiempo y que aquel pasado doloroso ha sido superado, por el milagro que Dios ha realizado tanto en la arena como en sus vidas.

Ahora están dispuestos a enfrentar la muerte cuando ésta se presente y a disfrutar cada momento de su existencia, agradeciendo a Dios por su Don, como si cada día fuese el último.

Se aman con locura y aman todo lo que la vida les ofrece.

Son felices con la felicidad que Dios da al que le ofrenda cada instante a su servicio.

A los dos meses de estar en Sicilia; una tarde, los dos caminan por la playa con los pies descalzos.

Sintiendo la espuma que les hace cosquillas en los pies, cuando las olas revientan y se deshacen en minúsculas burbujas, formando una blanca estela.

Marco Aurelio está un tanto distraído, observando a un gran buque que se dirige hacia el puerto de Catania…

Y Alexandra le dice despacio:

–           Mi amor, tengo una noticia que darte…

Marco Aurelio sigue observando el barco

Y contesta despreocupado:

–           Sí… Dime… Hum… ¿Qué es?…

–           Creo que en un tiempo razonable, dejaremos de ser sólo nosotros dos.

–           ¡Uhmm!… –contestó el tribuno mirando a las gaviotas que se lanzan en picada en el agua, pescando.

Y luego, después de un instante, se detuvo en seco.

Se volvió hacia ella y preguntó

–           ¿Qué dijiste?… ¿Te estoy entendiendo bien?

Alexandra asintió, ruborizada y sonriente.

–           ¿Estás segura?

–           Sí. Llegará a nuestro hogar un bebé.

–           ¡Un bebé!… ¿Vamos a ser papás?… ¡Oh, Dios mío! ¡Un bebé!…

Y abrazó a Alexandra.

La levantó en el aire como si fuera una muñeca.

Y daba vueltas regocijado como un niño al que le ha llegado el mejor regalo del mundo.

Los dos ríen, locos de alegría.

–           ¡Un hijo…! ¡Un hijo! –Repetía Marco Aurelio embelesado.

–           ¡Voy a ser padre! –le gritó al mar y al viento, rebosante de una dicha que no puede controlar.

Rodeando la cintura de Alexandra, cayó de rodillas a sus pies, llorando de alegría y agradeciendo a Dios por el don magnífico de la vida.

–           ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias, Señor! Dios mío, esta noticia colma y rebosa mi felicidad.

¡Gracias, preciosa mía! ¡Un hijo!…

Luego se levantó y gritó a los cuatro vientos:

–            ¡Vamos a tener un hijo!…

Enseguida, volviéndose hacia ella,

le preguntó preocupado:

–           ¿Cómo te sientes?

Ella contestó:

–           Estoy muy bien. Yo también me siento muy feliz, amor mío… – contestó ella sonriendo dichosísima.

Una nueva vida de ventura inmensa había sucedido a su vida anterior.

Los atrae y los envuelve, como una encantada red.

En Roma bien puede el César seguir llenando el mundo con las explosiones de su ira y su locura, esparciendo el terror por doquier.

Ellos sienten sobre su cabeza una invisible custodia, infinitamente más poderosa que el odio de Nerón.

Y ya no temen ni a su cólera, ni a su maldad.

El César ha dejado de ser para ellos una amenaza.

Miraron el grandioso crepúsculo y oraron juntos, dando Gracias…

Luego fueron a la casa para dar la noticia a los demás.

En un tiempo cuando se hallaba en la prisión, Alexandra había estado demacrada por causa de la fiebre, el aire viciado, las incomodidades, en espera de la muerte.

Pero ahora la situación es muy diferente.

Está rodeada no solo de los más tiernos cuidados y atenciones. También de la comodidad, la abundancia y la exquisita belleza de todo lo que los circunda.

En la villa de Marco Aurelio sólo se respira la felicidad y la paz que da el vivir en compañía del Dios Resucitado.

Pasó el tiempo y nació un bebé muy hermoso, al que llamaron Sebastián.

Maximiliano sigue en Acaya.

Cuando supieron del regreso y la entrada triunfal de Nerón en Roma,  Marco Aurelio escribió una carta…

Y la comitiva de espectros que forman el lúgubre séquito del César, siguió aumentando cada día.

Pisón había pagado su conspiración con la cabeza.

Nerón está sorprendido ante el gran número de conspiradores.

Aumentó la guardia y mantuvo en estado de sitio la ciudad, enviando a diario sentencias de muerte con los centuriones, a las casas de los sospechosos.

Arrasando con culpables e inocentes, dando al César la excusa perfecta para confiscar sus riquezas.

Aun cuando Petronio se ha vuelto muy callado, Nerón ve un agravio en tal silencio.

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Y cuando el Árbitro elogia al César, a éste le parece entrever el ridículo a través de sus observaciones.

La verdad es que aquel brillante patricio mortifica su amor propio y pone un freno que lo molesta mucho, en su verdadera personalidad.

Como cada vez desciende más en el lodazal de una grosera y abyecta disipación; aquel exquisito árbitro del refinamiento empieza a ser para él, una carga muy pesada.

Sin saber exactamente porqué, le ha tomado una gran aversión al que fuera su director artístico.

Hasta aquel momento le ha perdonado la vida a Petronio solo por su viaje a Acaya; en el cual su elegancia y su profundo conocimiento en todo lo relativo a Grecia y a los griegos, le han sido muy útiles.

Pero Tigelino se ha ido infiltrando gradualmente en el ánimo del César, con la convicción de que Tugurino lo sobrepuja en buen gusto y en conocimientos.

Por esto insiste en que sería más apto para ocupar el puesto de Petronio, organizándole juegos, recepciones y triunfos.

El emperador estuvo de acuerdo con él… Y a partir de aquel momento Petronio estuvo perdido.

Pero Nerón no tiene suficiente valor para enviarle su sentencia en Roma.

Tanto él como Tigelino recuerdan muy bien que aquel refinado esteta, ha dado pruebas de su gran inteligencia, su sorprendente habilidad y energía en el puesto de embajador de Claudio; como Procónsul en Bitinia y posteriormente como senador, en la capital del imperio.

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Saben que es capaz de cualquier hazaña. Es tan popular, que en Roma cuenta no solo con el amor del pueblo, sino también con el de los pretorianos.

En lo más íntimo de su ser, se siente muy inferior al patricio y ninguno de los confidentes del César ha sido capaz de prever la reacción de Petronio.

Por eso, ha pensado que sería más conveniente atraerlo fuera de la ciudad y darle el golpe en una de las provincias.

César tiene una villa palaciega en Cumas y decide pasar unos días allá, en compañía de los más íntimos de su corte.

Petronio que también tiene una casa allí, intuye que su lucha de largos años con Tigelino se aproxima a su fin. Sabe que pronto será vencido en aquella contienda y también sabe muy bien porqué.

Cuando recibió la invitación para ir a Cumas con otros augustanos, presintió la traición…

Y aun cuando sospecha una trampa, se presentó con su carácter de siempre: alegre y despreocupado, pues desea alcanzar una última victoria sobre Tigelino…

Dos días después de llegar, Plinio que siempre había sido un amigo sincero suyo, envió a su liberto con una noticia urgente y secreta: la muerte de Petronio ha sido acordada.

El siguiente fin de semana, el César planea dar el que será el último banquete para el escritor.

No está seguro de la forma en que lo harán o si le enviarán la sentencia de muerte a su casa.

Petronio escuchó la noticia con inalterable calma.

Luego fue a su cubiculum y regresó con un pequeño cofre.

Dijo al mensajero:

–           Llevarás a tu señor este regalo y le dirás de mi parte que le agradezco su mensaje con toda mi alma, porque ahora puedo anticiparme a la sentencia.

Solo dile que por favor no lo muestre en este reinado a nadie. Porque la codicia de este tesoro, es una de las causas de mi sentencia.

Y le mandó su precioso vaso mirrino que era aún más hermoso que los vasos que Nerón estimaba tanto y que llamaba ‘homéricos’ porque tenían esculpidos en ellos escenas de los Poemas de Homero.

Cuando se quedó solo, se encerró a orar fervientemente, entregándolo todo al Señor.

Unas horas después, envió mensajeros en varias direcciones y con distintos encargos.

Luego habló con Aurora y la puso al tanto de la situación.

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Ella lo abrazó y le dijo:

–           No temas, amor mío. Dios sabe lo que hace y los dos haremos su Voluntad…

Mientras tanto, Tigelino lo acusó de estar involucrado y ser amigo del senador Escevino, que había sido el alma de la conspiración de Pisón.

La “Familia” de Petronio que había quedado en Roma, todos fueron arrestados y encarcelados.

Y los guardias pretorianos rodearon su casa…

Cuando esto le fue notificado, no experimentó ni mostró la menor inquietud.

Dijo a los augustanos a quienes había recibido en su espléndida villa en Cumas, que los invitaba a hacer una libación en honor del César.

Éstos se excusaron y se retiraron pronto.

Petronio comprendió que habían venido para ver su reacción y comunicarla a Nerón.

Dos días después le llegó la invitación al convite de Nerón.

Esa misma mañana escribió en la biblioteca y enseguida tomó un baño. Después se arregló más esmeradamente que nunca.

Hermoso y soberbiamente distinguido, como un dios griego, se dirigió a la villa del César. Ni la más leve preocupación se nota en su semblante.

Los augustanos le saludaron, unos con cordialidad y otros con expectación.

Los primeros, porque aunque saben que a Petronio lo rodean las nubes de la cólera del César; no piensan que el peligro sea tan inminente.

Su rostro alegre, su sonrisa y su elegante despreocupación de siempre, confirmó a todos sus regocijados compañeros de aventuras y de intrigas palaciegas, en aquella opinión.

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Los segundos saben que él sabe que está próximo su fin y no comprenden su actitud.

Petronio goza con su desconcierto. Está sentado en el triclinio, muy cerca del César.

Y los demás augustanos, al beber vino en las adornadas copas, derraman de ellas algunas gotas en honor de los dioses inmortales…

Y de todas las verdades discutidas por los filósofos griegos de todos los tiempos.

Petronio comenta:

–           Estimo solamente a dos filósofos: Virgilio Marón y Anacreonte. Los demás te los regalo, incluidos todos los estoicos griegos y romanos.

La verdad querido Plinio, reside a tanta altura que los mismos dioses no alcanzan a divisarla desde la cumbre del Olimpo.

Plinio lo mira con admiración y responde:

–           Uno puede no creer en los dioses, pero es posible admirar las obras de arte que inspiraron en Fidias, Praxíteles, Mirón, Escopas y Lisias.

Lo que menos importa es que se crea o no en los dioses, la costumbre y la superstición así lo prescriben. Que se hagan libaciones en su honor…

–           Aun así…

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Y Petronio conversa animadamente con todos:

De Roma, de arte, de los más recientes escándalos y divorcios, de asuntos de amor, de las carreras, del mejor gladiador, de los últimos libros…

Pasa de un tema a otro, con gracia y ligereza. Su buen humor está mejor que nunca.

De repente, el César le pregunta:

–           ¿Dónde está tu anillo, Petronio?

El Árbitro contesta sonriente:

–           Lo destruí antes de venir para acá.

Y agregó sin el menor rastro de enojo:

–           ¿Fuiste tú quién ordenó la prisión de mi ‘familia’ en Roma?

Nerón se queda confundido y no sabe qué responder.

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Tigelino lo rescata interviniendo con una ironía mortal:

–           Tú eras amigo de Flavio Escevino y estuvo contigo mucho tiempo en tu casa. ¿De qué hablaron?

Petronio contestó desdeñoso:

–           De lo mismo que habló contigo ese mismo día y que también estuvo en la tuya. ¿Recuerdas? Fue un día antes de la Fiesta Taurina.

Y volviéndose hacia el César, le dijo:

–           Yo no le temo a la muerte… Te conozco. Y después de lo que pasó con Séneca…Sé  muy bien lo que puedo esperar de ti.

Solo quiero dos cosas: yo no tengo esclavos. Todos mis sirvientes son hombres libres e inocentes de las intrigas de este Carnicero… –dice esto con desprecio y mirando fijamente a Tigelino.

Luego vuelve a mirar a Nerón y agrega:

–        Déjalos en libertad. A mi cadáver no le hagas ningún tipo de funeral. Entrégalo a mi casa en Cumas.

Ellos saben qué hacer conmigo. Y por último, yo haré un brindis a tu salud. Escoge la sentencia que tú quieras. Aquí estoy…

Y sonriente, levanta su vaso y espera.

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Todos han quedado paralizados, conteniendo el aliento.

Un profundo silencio se hace alrededor.

Nerón hace una seña a Epafrodito y le susurra algo al oído.

Este se va y regresa pronto con un pequeño frasco.

También se acercan dos de los médicos que cuidan a los ‘retardados’.

Nerón dice simplemente:

–           Ya no te necesito.

Petronio sonríe más y responde tranquilamente:

–           Entiendo. Quieres estar seguro del resultado y si no funciona una cosa, funcionará la otra.

No me gustaría manchar mi toga con sangre. Y tampoco me voy a dar muerte a mí mismo.

Amo demasiado la vida para suicidarme.  Aquí estoy para lo que dispongas.

Sólo quiero que parezca algo muy natural.  ¡Vamos!

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Y levanta su vaso con vino, adelantándolo hacia Epafrodito.

Éste  vacía una generosa cantidad del frasco azul que tiene en su mano, en el vaso de Petronio.

Mientras tanto, el patricio caído en desgracia,

Pregunta mirando fijamente a Nerón:

–           ¿Es el mismo que le diste a Británico? Espero que sí…

A ti tampoco te conviene ensuciar más tu imagen con mi muerte y puedes decir que me enviaste a una comisión en las provincias…

He sido tu consultor y es la última sugerencia que hago para proteger a mi emperador…

Nerón lo miró perplejo por tanto desenfado.

Enseguida, Petronio  apura el líquido de un solo golpe, ante el asombro de todos los presentes.

Con el vaso en la mano y luciendo en su bello rostro una luminosa sonrisa.

Pasea lentamente la mirada sobre todos los augustanos,

Y dice:

–           Amigos. La vida solo es… –ya no pudo terminar la frase.

Cayó en el lecho triclinio sin mostrar ningún espasmo.

Los médicos se acercaron. Lo examinaron.

Después de unos minutos, le hicieron un corte en los brazos y apenas si goteó sangre.

Luego dictaminaron:

–           Está muerto.

Entonces Popea dijo a Nerón:

–           Él tuvo razón. Sin querer nos dio una solución perfecta para no alborotar al pueblo.

Tigelino se mordió los labios…

Hasta en la última partida, no pudo evitar el sentirse derrotado por Petronio.

Nerón sonrió y dijo a Epafrodito:

–           Llévenlo a su casa y haz que alguien verifique los funerales. Liberen a todos los suyos.

Después que sacaron a Petronio, el banquete prosiguió como si nada hubiese ocurrido.

Los soldados llevaron el cuerpo exánime de Petronio y lo entregaron en su casa a Héctor, el mayordomo.

Luego Xavier dijo al centurión Marcelo:

–           Después del funeral, me llevas el informe.

Xavier se retira, dejando una decuria como escolta.

Estos acompañan el cadáver de Petronio hasta el atrium.

Aurora aparece majestuosa y dice a Héctor que lleven el cuerpo a la biblioteca, en donde a él le gustaba estar, para prepararlo para el funeral.

Y con su rostro bañado por las lágrimas, con voz dulce y humilde,

Le pide al centurión:

–           ¿Me podría dejar a solas con él unos momentos? Quisiera despedirme…

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Marcelo objeta:

–           Me ordenaron que supervise los funerales y que no me separe del cadáver.

Luego ordena a los pretorianos:

–           Ustedes esperen aquí. Yo iré con él.

Y sigue a los que llevan al difunto a la biblioteca.

Cuando quedan fuera de la vista de los demás soldados, Marcelo se inclina y

Dice en voz baja a Aurora:

–           Pero solo por unos momentos…

–           Nadie sabrá que tuviste un gesto de compasión para con quién tanto lo amó. ¡Que Dios te lo premie!

Y después de esto, te prometo que rendirás tu informe paso a paso.

Y Marcelo sale hacia un jardín interior, por otra puerta.

Después de unos quince minutos,

Aurora lo llama y le dice:

–           Gracias.

Marcelo regresa a la biblioteca, donde el cadáver de Petronio ha sido colocado sobre una camilla, cubierto con un hermoso tapiz blanco, recamado con hilos de oro.

Todo está listo y Héctor da orden de conducirlo, a los cuatro fornidos bitinios que eran los portadores de su litera.

Éste es flanqueado por los pretorianos.

Y Aurora, afligida y serena encabeza la procesión fúnebre, seguida por todos los habitantes de la casa.

Lo quemaron en una pira hecha de prisa, en el fondo del jardín.

Y luego lo depositaron en una tumba excavada bajo unos robles, junto a una estatua de Minerva.

Finalmente, la tumba es cubierta con un poco de césped y muchas flores de las favoritas de Petronio.

Antes de despedir a los soldados, Aurora les da a cada uno, uno de los preciosos vasos de Petronio.

Y al centurión le da a además, una bolsa de oro diciéndole:

–           Gracias por tu bondad. Ahora podrás rendir tu informe con verdad y decir que el noble Petronio descansa en paz.

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Pocos meses después, una mañana  Nerón se emocionó mucho al participar en las competencias de carros que junto con el canto, son su mayor pasión.

Y en una competencia especialmente reñida, él había logrado empatar; pero finalmente ganó por puntos y por decisión de los jueces.

Después de una agria discusión en el banquete donde el emperador había abusado del vino, llegó muy tarde al cubículum imperial…

Popea estaba embarazada de seis meses y le esperaba particularmente exaltada, por una de esas tormentas hormonales que las mujeres desatan, cuando están demasiado sensibles por el embarazo…

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Pero Nerón no estaba para oír reproches de ninguna clase…

Y respondió a los reclamos femeninos, con una furiosa patada sobre el insigne y abultado vientre imperial…

La emperatriz augusta se desplomó como fulminada por un rayo…

Y pocas horas después dio a luz a un feto muerto, que se llevó consigo la vida de su progenitora.

Al día siguiente en el servicio del desayuno, Nerón preguntó por su esposa…

Y fue informado por Epafrodito:

–           Majestad… La augusta emperatriz Popea Sabina, acaba de fallecer hace dos horas, después de dar a luz a un hijo varón muerto…

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Nerón levantó sus labios hasta su nariz… Pensó…

Y luego preguntó:

–           ¿Ya prepararon sus funerales?

Epafrodito respondió:

–           No divinidad. Estamos esperando vuestras instrucciones…

Nerón se quedó pensando…

Luego, con una de esas magistrales representaciones tan suyas…

Arrepentido,  lloró dramáticamente la muerte de su esposa tan amada y ordenó un fastuoso funeral para honrarla…

A continuación, ofreció en su honor una colosal ceremonia fúnebre y también decretó varios días festivos en honor a ella…

De esta manera pereció y desapareció de la memoria del mundo, la mujer que según Tácito ‘Poseía todo, menos honestidad.’

A pesar de toda la teatralidad desplegada en los funerales de Popea,

Nerón se consoló demasiado pronto en los brazos de Esporo.

Y la vida en el imperio y fuera de él, siguió su curso…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

66.- GLADIADORES CELESTIALES


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El sol está en su cenit. La multitud que hasta entonces había estado bulliciosa y alegre, se volvió hosca bajo la influencia del calor.

Y en aquel silencio expectante y siniestro, en casi todos los rostros hay una expresión malhumorada y dura.

Luego salió el mismo hombre vestido de Caronte y esperó…

Atravesó con paso lento la arena y volvió a dar los tres martillazos en la puerta por la cual habían salido los gladiadores.

Y un murmullo recorre todo el Anfiteatro:

–           ¡Ahí vienen los cristianos! ¡Los Cristianos!

Rechinaron los enrejados de hierro y se abrieron las puertas y por entre aquellas lóbregas aberturas…

Se oyó el grito:

–           ¡A la Arena!

Se volvió a oír el sonido de las trompetas…

Y de aquel oscuro túnel, salió una fila de carretas adornadas con flores y festones blancos, que llevan grupos de jóvenes de ambos sexos, totalmente desnudos, coronados con guirnaldas.

Van tomados de la mano, silenciosos y dignos.

Las carretas tiradas por mulas desfilan lentamente alrededor de la arena, hasta llegar al Podium Imperial.

Se oye el toque penetrante del cuerno y el silencio se hace más profundo todavía…

El rostro del César se distorsiona con una maligna sonrisa al tenerlos frente a sí.

Y esperó…

Pero esperó en vano el saludo de estos gladiadores en particular…

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Pues ellos abren sus bocas para entonar un himno que se eleva suave al principio y Glorioso después:

“Pater Noster…”

El asombro se apodera de todos los espectadores mientras el himno resuena grandioso y absolutamente poderoso.

Al concluir la Oración Sublime, continuaron con “Christus Regna”.

Los condenados cantan sus estrofas triunfales con los rostros levantados hacia el Cielo.

Y el público ve aquellos semblantes serenos y llenos de inspiración.

Y todos comprenden que aquellas personas no están implorando compasión…

Porque los cristianos en esos momentos ya no ven ni al Circo, ni a sus espectadores, ni al César. Están físicamente…

Pero al mismo tiempo ¡No están allí!

El Christus Regnat resuena con una modulación cada vez más poderosa…

Y muchos se preguntan:

–           ¿Qué significa esto?

–           ¿Quién es este Cristo que reina en los labios de estas gentes que van a morir?

El César se sintió despechado y desilusionado.

Se estremece ardiendo por la ira y extendiendo su brazo, vuelve el pulgar hacia abajo, apuntando hacia la tierra.

Y las carretas empiezan a moverse hacia el escenario.

Algunos cristianos jóvenes, son encadenados de sus muñecas, a las argollas de los postes que circundan el círculo.

Una jovencita muy hermosa, que tiene una larga y ondulada cabellera rubia que le llega hasta la cintura, es encadenada al poste que está junto al árbol de las manzanas.

Otro grupo es conducido a donde están las parrillas y los encadenan de los pies, para colgarlos de las argollas y de esta forma quedan suspendidos con la cabeza hacia abajo.

Entre ellos hay un niño pequeño.

Es el único que está vestido con una tuniquita blanca, recamada con finas grecas.

A él también lo suspenden igual. Y con un cinturón de flores a la cintura y otro alrededor de los muslos, le sujetan los brazos a lo largo del cuerpo.

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Cuando terminan de llenar de víctimas los asadores, otros son encadenados a los postes en donde está la Cruz, donde han sido colocados trozos de leña, para hacer junto con ellos una hoguera.

Cuando todo está listo, se oye nuevamente el toque de las trompetas…

Y a una señal, las monumentales parrillas son encendidas y su fuego es atizado por los esclavos.

También prenden fuego a la hoguera y pronto éste sube alto, en la base de la Cruz.

El pueblo está estupefacto, pues no se oye un solo lamento.

Por el contrario, un himno se eleva glorioso:

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Cantemos jubilosos al Señor Jesús

Aclamemos a la Roca que nos salva

Delante de ÉL, marchemos dando gracias

Aclamémoslo al son de la música.

Porque el Señor es un Dios Grande

El soberano de todos los dioses

En su mano está el fondo de la Tierra

Y suyas son las cumbres de los montes

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Suyo es el mar. Él fue quién lo creó.

Y la tierra firme formada por sus manos

Entremos y adoremos de rodillas

Prosternados ante el Altísimo que nos creó

Pues Él es nuestro Dios y nosotros somos su Pueblo

El rebaño que Él guía y apacienta

Canten al señor un canto nuevo

Canten al Señor toda la Tierra

Canten al Señor, bendigan su Nombre Santo

Su salvación proclamen diariamente.

Cuenten a los paganos su esplendor

Y a los pueblos sus cosas admirables
Porque grande es el Señor

Digno del honor y la Alabanza

Más temible que todos los dioses.

Pues son nada esos dioses de los pueblos

El Señor es Quién hizo los Cielos

Hay brillo y esplendor en su Presencia

Y en su Templo belleza y majestad.

Adoren a Jesús todos los pueblos

Reconozcan su Gloria y su Poder

Den al Señor la Gloria de su Nombre

Traigan ofrendas y vengan a su Templo

Póstrense ante Él con santos ornamentos

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La Tierra entera tiemble en su Presencia.

El Señor Reina. Anuncien a los pueblos

Él fija el Universo inamovible

Gobierna a las naciones con Justicia

¡Gozo en el Cielo! ¡Júbilo en la Tierra!

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¡Resuene el mar y todo lo que encierra!

Salten de gozo el campo y sus productos.

¡Alégrese toda la Creación!…Delante de Jesús

Porque ya viene a juzgar a la Tierra.

Juzgará con Justicia al Universo

Y a los pueblos según su rectitud.

Más o menos a la mitad del Himno, Tigelino ha hecho una señal…

Y se abren las aberturas que han sido preparadas para este propósito, por entre todo el escenario.

Cuando casi ha finalizado el canto, muchos pitones enormes se deslizan hacia las víctimas propiciatorias.

Una que mide casi diez metros sale por detrás del árbol y se  enrosca alrededor de la doncella encadenada.

Que con su cara levantada al cielo… Ella sigue entonando aquel himno triunfal.

Hasta que la anaconda la tritura en un mortal abrazo y su voz se extingue al igual que las demás.

Se abren nuevamente las puertas.

Ingresan a la arena el grupo de cristianos vestidos con pieles de fieras.

Y siguiendo las instrucciones recibidas se dividen en dos grupos, que se dirigen a ambos lados del escenario.

Mientras llegan al lugar designado, van cantando también otro himno.

Marco Aurelio al verlos se pone de pie.

Y según lo convenido, se voltea hacia el sitio donde está el apóstol.

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Aparentando una tranquila indiferencia, pide a uno de los sirvientes de su comitiva un refrigerio y se vuelve a sentar…

El himno resuena ante todos los espectadores que siguen pasmados y sin asimilar lo que está sucediendo:

Demos gracias al Señor porque es Bueno

Porque es eterno su Amor.

Al Señor en mi angustia recurrí

Y Él me respondió sacándome de apuros

Si Jesús está conmigo no temeré

¿Qué podrá hacerme el hombre?

El señor es mi Fuerza y es por Él que yo canto

Jesús es para mí la salvación.

El brazo del Señor hizo proezas

El brazo del Señor es Poderoso

El Brazo del Señor hizo prodigios.

No he de morir, sino que viviré

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Para contar lo que hizo el Señor

Ábranme pues las Puertas de la Justicia

Para entrar a dar gracias al Señor

Ésta es la Puerta del Señor

Por ella entran los justos.

Te agradezco que me hayas escuchado

Tú fuiste para mí la salvación

La piedra que los constructores desecharon

Se convirtió en la Piedra Angular.

Esto es lo que hizo el Señor. Es una maravilla a nuestros ojos

Este es el día que ha hecho el Señor. Gocemos y alegrémonos en Él,

Danos Señor la salvación. Danos Señor la bienaventuranza.

Tú eres mi Dios y te doy gracias

Dios mío, yo te alabo con mi vida

Den gracias al Señor porque es Bueno

Porque es eterno su amor.

Aún resuenan las últimas estrofas, cuando se oyen rechinar las puertas del Caniculum…

Y empiezan a salir los leones, uno tras otro. Enormes, castaños, soberbios. Con sus magníficas y grandiosas melenas.

Salen también los tigres de Bengala, majestuosos y bellísimos, junto con las negras y relucientes panteras.

Y todas las demás fieras son lanzadas a la arena paulatinamente.

El César utiliza su esmeralda pulimentada, para ver mejor.

Primero los augustanos y luego la multitud, reciben a los leones con aplausos.

Todos miran alternativamente a los feroces animales y a los cristianos que se han arrodillado mientras cantan.

Con curiosidad morbosa quieren ver que impresión produce en ellos los feroces animales.

Pero tienen que seguir con su asombro.

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Nadie se mueve.

Sumergidos en su oración individual parecen no percatarse de los portentosos rugidos de las fieras.

Los leones aunque están hambrientos por llevar varios días sin comer, no se apresuran a lanzarse sobre sus presas.

Están un poco deslumbrados por la luz del sol…

Y también aturdidos por los alaridos de la multitud.

Se desperezan con lentitud.

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Abren sus poderosas mandíbulas como un bostezo y luego miran a su alrededor.

Se agazapan como al asecho, se ponen alerta y con un ronco sonido, se lanzan sobre sus indefensas presas…

Y empieza la carnicería.

De feroces dentelladas destrozan los cuerpos y los devoran, mientras brotan torrentes de sangre, de los cuerpos mutilados.

Un león se acerca a un hombre que tiene un niño en los brazos. Con un rugido corto y brusco, atrapa al niño y lo devora.

Mientras que de un solo zarpazo abre al hombre, como si lo hubiera partido a la mitad y con la garra con que le alcanzó el cuello, casi le desprende la cabeza.

El pobre padre ya está muerto, antes de caer al suelo.

En aquel horrendo espectáculo, las cabezas desaparecen entre las enormes fauces abiertas de las fieras, que las cierran de un golpe.

Y algunas aferrando a las víctimas por la mitad del cuerpo, corren con su presa pegando enormes saltos, buscando un sitio propicio donde devorarla mejor.

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Marco Aurelio mira aquella masacre con asombro y con cierto sentimiento de culpa.

Al presenciar aquellos martirios tan gloriosos.

Aquellas magníficas confesiones de Fe inquebrantable y aquel heroísmo triunfante.

De aquellas víctimas que él sabe perfectamente que son inocentes de todos los crímenes que les imputan.

Le penetró en el alma un dolor acerbo, porque si el mismo Cristo murió en el tormento para salvarlo también a él…

Y está siendo testigo de cómo miles de cristianos están pereciendo y sufriendo por Él…

Le pareció un pecado el implorar misericordia, pues más bien es él quién debiera estar acompañando a Alexandra, dentro de la prisión.

Y comenzó a orar, pidiéndole a Dios que lo guíe y lo ayude a hacer su Voluntad.

Ensimismado en sus profundas reflexiones, perdió la noción del sitio en el que se encuentra y de todo lo que ocurre a su alrededor.

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Por un momento le pareció que la sangre de la arena, se eleva como una ola gigantesca que rebosa fuera del Circo y que inunda Roma entera…

Deja de oír los rugidos de las fieras, los gritos de la gente, las voces de los augustanos…

Hasta que de súbito empezaron a repetir:

–           ¡Prócoro se desmayó!

Petronio exclama tocando el brazo de Marco Aurelio:

–           ¡Se desmayó el griego!

Y efectivamente, Prócoro Quironio está en su asiento, pálido como la cera con la cabeza echada hacia atrás… Y con la boca abierta como si estuviera muerto.

Lo sacaron fuera del Circo.

El espectáculo se ha convertido en una escalofriante Orgía de Sangre.

Los espectadores están de pie.

Algunos han bajado hasta los pasillos, para ver mejor y se producen así, mortales apreturas.

neron-y-su-esmeralda

El césar, con la esmeralda sobre el ojo, contempla con atento deleite, cuanto acontece en la arena.

En el rostro de Petronio hay una expresión de repugnancia y desdén…

Aunque en su interior está impactado y lleno de preguntas sin respuesta…

Pedro está de pie, bendiciendo una y otra vez a las ovejas devoradas del Rebaño.

Nadie le mira, porque todos los ojos están atentos en el sangriento espectáculo.

Mientras bendice, con su corazón desgarrado por el dolor…

Su Oración es clara y dice:

–           ¡Oh, Señor! ¡Hágase tu Voluntad! ¡Te ofrezco todo esto por tu Gloria! Te entrego las ovejas que me diste para apacentarlas.

El Adversario quiere exterminarnos. Pero Tú sabes cuales dejarás para que la Iglesia no desaparezca…

Ya están abiertas las Puertas del Cielo, para recibir tu cortejo de mártires gloriosos.

Padre santo fortalece mi espíritu para contemplar esto y seguir haciendo tu Voluntad…

Mientras tanto en el Podium, el César dice unas palabras al Prefecto de los pretorianos.

00neron

Tigelino asiente con la cabeza y se dirige al interior del Anfiteatro.

En medio de gritos, lamentos y rugidos, allá entre los espectadores se empiezan a oír risas histéricas, espasmódicas y delirantes, de personas cuyas fuerzas y nervios ya no resistieron tanta barbarie.

El pueblo se horroriza al fin…

Muchos semblantes se han puesto sombríos y varias voces comenzaron a gritar:

–           ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta ya!

Se ha colmado la medida.

Pero es más fácil traer las fieras a la arena, que sacarlas de ella.

Más el César ya había previsto el medio apropiado para esa eventualidad…

Un recurso para despejar el Circo, procurando al mismo tiempo, un entretenimiento más.

Por todos los pasillos que hay entre los asientos, se presentan grupos de arqueros numídicos.

Negros como el ébano, con sus cuerpos lustrosos y formidables, ricamente ataviados con joyas de oro y plumas multicolores, armados con arcos y flechas.

El pueblo adivinó que un nuevo espectáculo se aproxima y acoge a los arqueros con alegres aclamaciones.

Los numídicos se acercaron a la barandilla,  tomaron sus posiciones para disparar.

Y a una señal comienzan a asaetear a las fieras…

Los cuerpos de los guerreros, fuertes y esbeltos, como si hubieran sido tallados en mármol negro, se doblan hacia atrás, extienden las cuerdas de sus arcos y afinan la puntería.

El zumbido de las cuerdas y el silbar de  las emplumadas flechas, al atravesar velozmente el aire, se mezclan con el rugido de los animales heridos de muerte…

Las aclamaciones y la admiración de la concurrencia por su excelente habilidad.

Osos, lobos, panteras y serpientes, van cayendo uno tras otro.

Aquí y allá, los leones y los tigres al sentirse heridos, rugen de dolor y tratan de librarse de la flecha, antes de caer con el estertor de la agonía.

Y las flechas siguen zumbando por el aire, hasta que sucumben todas las fieras, debatiéndose entre las convulsiones postreras de la muerte.

Entonces centenares de esclavos se precipitan en la arena, armados con azadas, escobas, carretillas y canastos para el transporte de las vísceras. Salen en grupos sucesivos y en toda la extensión del Circo. Desplegando una actividad febril y rapidísima.

En pocos minutos, la arena queda despejada de cadáveres. Se extrajo la sangre y el cieno. Se desmanteló el escenario. Se cavó. Se niveló el piso y se le cubrió con una nueva capa de arena.

Luego pusieron en medio un entarimado de regular tamaño. Enseguida penetró una legión de cupidos que esparcieron pétalos de rosas y gran variedad de flores.

Se removió el velarium, ya que el sol había bajado considerablemente y entre el público todos se miraron unos a otros, preguntándose, qué otra cosa seguirá a continuación.

Y en efecto, sucedió lo inesperado…

El César, que había abandonado el Podium unos minutos antes, se presentó de súbito en la florida arena. Le siguen doce coristas con sendas cítaras.

Sostiene en la mano un laúd y se adelanta con paso solemne hasta el entarimado que ha sido decorado para enmarcar su actuación.

Saludó varias veces a los espectadores, alzó la vista al cielo y pareció aguardar un soplo de inspiración. Luego hizo vibrar las cuerdas…

Y comenzó a cantar la Troyada.

pedro

Mientras tanto el apóstol Pedro, tomándose la cabeza con sus manos temblorosas, exclamó en voz baja y desde lo más profundo del alma:

–           ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Señor! ¡Qué pueblo, qué ciudad y qué César!

¡En qué manos has permitido que quede el gobierno del mundo! ¿Por qué has querido fundar tu Iglesia en este sitio?

Y comenzó a llorar.

Las carretas comenzaron a moverse… Sobre ellas han colocado los sangrientos despojos de los cristianos, para ser llevados a las fosas comunes.

Los sobrevivientes son enviados por otro corredor.

Nerón está cantando las últimas estrofas y su voz emocionada tiembla y se le humedecen los ojos…

Y en los de las vestales también hay lágrimas, pues sus versos son una muy sentida alegoría del incendio de Troya.

Y el pueblo que ha escuchado en silencio, permaneció mudo por largos minutos antes de estallar en una prolongada tempestad de aplausos y de clamorosas aclamaciones…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

F39 GLADIADORES CELESTIALES


LA OFRENDA

El sol está en su cenit. La multitud que hasta entonces había estado bulliciosa y alegre, se volvió hosca bajo la influencia del calor. Y en aquel silencio expectante y siniestro, en casi todos los rostros hay una expresión malhumorada y dura. Luego salió el mismo hombre vestido de Caronte y esperó… Atravesó con paso lento la arena y volvió a dar los tres martillazos en la puerta por la cual habían salido los gladiadores.

Y un murmullo recorre todo el Anfiteatro:

–           ¡Ahí vienen los cristianos! ¡Los Cristianos!

Rechinaron los enrejados de hierro y se abrieron las puertas. Y por entre aquellas lóbregas aberturas se oyó el grito:

–           ¡A la Arena!

Se volvió a oír el sonido de las trompetas…

Y de aquel oscuro túnel, salió una fila de carretas adornadas con flores y festones blancos, que llevan grupos de jóvenes de ambos sexos, totalmente desnudos, coronados con guirnaldas. Van tomados de la mano, silenciosos y dignos.

Las carretas tiradas por mulas desfilan lentamente alrededor de la arena, hasta llegar al Podium Imperial.

Se oye el toque penetrante del cuerno y el silencio se hace más profundo todavía…

El rostro del César se distorsiona con una maligna sonrisa al tenerlos frente a sí. Y esperó…

Pero esperó en vano el saludo de estos gladiadores en particular, pues ellos abren sus bocas para entonar un himno que se eleva suave al principio y Glorioso después:

“Pater Noster…”

El asombro se apodera de todos los espectadores mientras el himno resuena grandioso y absolutamente poderoso.

Al concluir la Oración Sublime, continuaron con “Christus Regna”.

Los condenados cantan sus estrofas triunfales con los rostros levantados hacia el Cielo. Y el público ve aquellos semblantes serenos y llenos de inspiración. Y todos comprenden que aquellas personas no están implorando compasión…

MARTIRIO DE CÁSTULO

Porque los cristianos en esos momentos ya no ven ni al Circo, ni a sus espectadores, ni al César. Están físicamente… Pero al mismo tiempo ¡No están allí!

El Christus Regnat resuena con una modulación cada vez más poderosa y muchos se preguntan:

–           ¿Qué significa esto? y ¿Quién es este Cristo que reina en los labios de estas gentes que van a morir?

El César se sintió despechado y desilusionado. Se estremece ardiendo por la ira y extendiendo su brazo, vuelve el pulgar hacia abajo, apuntando hacia la tierra.

Y las carretas empiezan a moverse hacia el escenario.

Algunos cristianos jóvenes, son encadenados de sus muñecas, a las argollas de los postes que circundan el círculo. Una jovencita muy hermosa, que tiene una larga y ondulada cabellera rubia que le llega hasta la cintura, es encadenada al poste que está junto al árbol de las manzanas.

Otro grupo es conducido a donde están las parrillas y los encadenan de los pies, para colgarlos de las argollas y de esta forma quedan suspendidos con la cabeza hacia abajo. Entre ellos hay un niño pequeño. Es el único que está vestido con una tuniquita blanca, recamada con finas grecas. A él también lo suspenden igual. Y con un cinturón de flores a la cintura y otro alrededor de los muslos, le sujetan los brazos a lo largo del cuerpo.

Cuando terminan de llenar de víctimas los asadores, otros son encadenados a los postes en donde está la cruz, donde han sido colocados trozos de leña, para hacer junto con ellos una hoguera.

Cuando todo está listo, se oye nuevamente el toque de las trompetas…

Y a una señal, las monumentales parrillas son encendidas y su fuego es atizado por los esclavos. También prenden fuego a la hoguera y pronto éste sube alto, en la base de la cruz. El pueblo está estupefacto, pues no se oye un solo lamento.

Por el contrario, un himno se eleva glorioso:

Cantemos jubilosos al Señor Jesús

Aclamemos a la Roca que nos salva

Delante de ÉL, marchemos dando gracias

Aclamémoslo al son de la música.

Porque el Señor es un Dios Grande

El soberano de todos los dioses

En su mano está el fondo de la Tierra

Y suyas son las cumbres de los montes

Suyo es el mar. Él fue quién lo creó.

Y la tierra firme formada por sus manos

Entremos y adoremos de rodillas

Prosternados ante el Altísimo que nos creó

Pues Él es nuestro Dios y nosotros somos su Pueblo

El rebaño que Él guía y apacienta

Canten al señor un canto nuevo

Canten al Señor toda la Tierra

Canten al Señor, bendigan su Nombre Santo

Su salvación proclamen diariamente.

Cuenten a los paganos su esplendor

Y a los pueblos sus cosas admirables

Porque grande es el Señor

Digno del honor y la Alabanza

Más temible que todos los dioses.

Pues son nada esos dioses de los pueblos

El Señor es Quién hizo los Cielos

Hay brillo y esplendor en su Presencia

Y en su Templo belleza y majestad.

Adoren a Jesús todos los pueblos

Reconozcan su Gloria y su Poder

Den al Señor la Gloria de su Nombre

Traigan ofrendas y vengan a su Templo

Póstrense ante Él con santos ornamentos

La Tierra entera tiemble en su Presencia.

El Señor Reina. Anuncien a los pueblos

Él fija el Universo inamovible

Gobierna a las naciones con Justicia

¡Gozo en el Cielo! ¡Júbilo en la Tierra!

¡Resuene el mar y todo lo que encierra!

Salten de gozo el campo y sus productos.

¡Alégrese toda la Creación!…Delante de Jesús

Porque ya viene a juzgar a la Tierra.

Juzgará con Justicia al Universo

Y a los pueblos según su rectitud.

Más o menos a la mitad del Himno, Tigelino ha hecho una señal y se abren las aberturas que han sido preparadas para este propósito, por entre todo el escenario. Cuando casi ha finalizado el canto, muchos pitones enormes se deslizan hacia las víctimas propiciatorias.

Una que mide casi diez metros sale por detrás del árbol y se  enrosca alrededor de la doncella encadenada que con su cara levantada al cielo… Ella sigue entonando aquel himno triunfal, hasta que la anaconda la tritura en un mortal abrazo y su voz se extingue al igual que las demás.

Se abren nuevamente las puertas. Ingresan a la arena el grupo de cristianos vestidos con pieles de fieras. Y siguiendo las instrucciones recibidas se dividen en dos grupos, que se dirigen a ambos lados del escenario. Mientras llegan al lugar designado, van cantando también otro himno.

Marco Aurelio al verlos se pone de pie. Y según lo convenido, se voltea hacia el sitio donde está el apóstol. Aparentando una tranquila indiferencia, pide a uno de los sirvientes de su comitiva un refrigerio y se vuelve a sentar…

El himno resuena ante todos los espectadores que siguen pasmados y sin asimilar lo que está sucediendo:

Demos gracias al Señor porque es Bueno

Porque es eterno su Amor.

Al Señor en mi angustia recurrí

Y Él me respondió sacándome de apuros

Si Jesús está conmigo no temeré

¿Qué podrá hacerme el hombre?

El señor es mi Fuerza y es por Él que yo canto

Jesús es para mí la salvación.

El brazo del Señor hizo proezas

El brazo del Señor es Poderoso

El Brazo del Señor hizo prodigios.

No he de morir, sino que viviré

Para contar lo que hizo el Señor

Ábranme pues las Puertas de la Justicia

Para entrar a dar gracias al Señor

Ésta es la Puerta del Señor

Por ella entran los justos.

Te agradezco que me hayas escuchado

Tú fuiste para mí la salvación

La piedra que los constructores desecharon

Se convirtió en la Piedra Angular.

Esto es lo que hizo el Señor. Es una maravilla a nuestros ojos

Este es el día que ha hecho el Señor. Gocemos y alegrémonos en Él,

Danos Señor la salvación. Danos Señor la bienaventuranza.

Tú eres mi Dios y te doy gracias

Dios mío, yo te alabo con mi vida

Den gracias al Señor porque es Bueno

Porque es eterno su amor.

Aún resuenan las últimas estrofas, cuando se oyen rechinar las puertas del Caniculum…

Y empiezan a salir los leones, uno tras otro. Enormes, castaños, soberbios. Con sus magníficas y grandiosas melenas. Salen también los tigres de Bengala, majestuosos y bellísimos, junto con las negras y relucientes panteras. Y todas las demás fieras son lanzadas a la arena paulatinamente.

El César utiliza su esmeralda pulimentada, para ver mejor. Primero los augustanos y luego la multitud, reciben a los leones con aplausos. Todos miran alternativamente a los feroces animales y a los cristianos que se han arrodillado mientras cantan. Con curiosidad morbosa quieren ver que impresión produce en ellos los feroces animales.

Pero tienen que seguir con su asombro.

Nadie se mueve. Sumergidos en su oración individual parecen no percatarse de los portentosos rugidos de las fieras. Los leones aunque están hambrientos por llevar varios días sin comer, no se apresuran a lanzarse sobre sus presas. Están un poco deslumbrados por la luz del sol y también aturdidos por los alaridos de la multitud. Se desperezan con lentitud.

Abren sus poderosas mandíbulas como un bostezo y luego miran a su alrededor. Se agazapan como al asecho, se ponen alerta y con un ronco sonido, se lanzan sobre sus indefensas presas…

Y empieza la carnicería.

De feroces dentelladas destrozan los cuerpos y los devoran, mientras brotan torrentes de sangre, de los cuerpos mutilados.

Un león se acerca a un hombre que tiene un niño en los brazos. Con un rugido corto y brusco, atrapa al niño y lo devora; mientras que de un solo zarpazo abre al hombre, como si lo hubiera partido a la mitad y con la garra con que le alcanzó el cuello, casi le desprende la cabeza. El pobre padre ya está muerto, antes de caer al suelo.

En aquel horrendo espectáculo, las cabezas desaparecen entre las enormes fauces abiertas de las fieras, que las cierran de un golpe. Y algunas, aferrando a las víctimas por la mitad del cuerpo, corren con su presa pegando enormes saltos, buscando un sitio propicio donde devorarla mejor.

Marco Aurelio mira aquella masacre con asombro y con cierto sentimiento de culpa. Al presenciar aquellos martirios tan gloriosos. Aquellas magníficas confesiones de Fe inquebrantable y aquel heroísmo triunfante, de aquellas víctimas que él sabe perfectamente que son inocentes de todos los crímenes que les imputan.

Y le penetró en el alma un dolor acerbo, porque si el mismo Cristo murió en el tormento para salvarlo también a él y está siendo testigo de cómo miles de cristianos están pereciendo y sufriendo por Él… Y le pareció un pecado el implorar misericordia, pues más bien es él quién debiera estar acompañando a Alexandra, dentro de la prisión.

Y comenzó a orar, pidiéndole a Dios que lo guíe y lo ayude a hacer su Voluntad. Y ensimismado en sus profundas reflexiones, perdió la noción del sitio en el que se encuentra y de todo lo que ocurre a su alrededor. Por un momento le pareció que la sangre de la arena, se eleva como una ola gigantesca que rebosa fuera del Circo y que inunda Roma entera…

Deja de oír los rugidos de las fieras, los gritos de la gente, las voces de los augustanos, hasta que de súbito empezaron a repetir:

–           ¡Prócoro se desmayó!

Petronio exclama tocando el brazo de Marco Aurelio:

–           ¡Se desmayó el griego!

Y efectivamente, Prócoro Quironio está en su asiento, pálido como la cera, con la cabeza echada hacia atrás y con la boca abierta como si estuviera muerto. Lo sacaron fuera del Circo.

El espectáculo se ha convertido en una escalofriante orgía de sangre.

Los espectadores están de pie. Algunos han bajado hasta los pasillos, para ver mejor y se producen así, mortales apreturas. El césar, con la esmeralda sobre el ojo, contempla con atento deleite, cuanto acontece en la arena.

En el rostro de Petronio hay una expresión de repugnancia y desdén… Aunque en su interior está impactado y lleno de preguntas sin respuesta…

Pedro está de pie, bendiciendo una y otra vez a las ovejas devoradas del rebaño. Nadie le mira, porque todos los ojos están atentos en el sangriento espectáculo. Mientras bendice, con su corazón desgarrado por el dolor, dice:

–           ¡Oh, Señor! ¡Hágase tu Voluntad! ¡Te ofrezco todo esto por tu Gloria! Te entrego las ovejas que me diste para apacentarlas. El Adversario quiere exterminarnos. Pero Tú sabes cuales dejarás para que la Iglesia no desaparezca…  Ya están abiertas las Puertas del Cielo, para recibir tu cortejo de mártires gloriosos. Padre santo fortalece mi espíritu para contemplar esto y seguir haciendo tu Voluntad…

Mientras tanto en el Podium, el César dice unas palabras al Prefecto de los pretorianos. Tigelino asiente con la cabeza y se dirige al interior del Anfiteatro.

En medio de gritos, lamentos, rugidos, allá entre los espectadores, se empiezan a oír risas histéricas, espasmódicas y delirantes, de personas cuyas fuerzas y nervios ya no resistieron tanta barbarie. El pueblo se horroriza al fin…

Muchos semblantes se han puesto sombríos y varias voces comenzaron a gritar:

–           ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta ya!

Se ha colmado la medida.

Pero es más fácil traer las fieras a la arena, que sacarlas de ella. Más el César ya había previsto el medio apropiado para esa eventualidad… Un recurso para despejar el Circo, procurando al mismo tiempo, un entretenimiento más.

Por todos los pasillos que hay entre los asientos, se presentan grupos de numídicos negros como el ébano, con sus cuerpos lustrosos y formidables, ricamente ataviados con joyas de oro y plumas multicolores, armados con arcos y flechas.

El pueblo adivinó que un nuevo espectáculo se aproxima y acoge a los arqueros con alegres aclamaciones; los numídicos se acercaron a la barandilla,  tomaron sus posiciones para disparar y a una señal comienzan a asaetear a las fieras…

Los cuerpos de los guerreros, fuertes y esbeltos, como si hubieran sido tallados en mármol negro, se doblan hacia atrás, extienden las cuerdas de sus arcos y afinan la puntería. El zumbido de las cuerdas y el silbar de  las emplumadas flechas, al atravesar velozmente el aire, se mezclan con el rugido de los animales heridos de muerte y la admiración de la concurrencia por su excelente habilidad.

Osos, lobos, panteras y serpientes, van cayendo uno tras otro. Aquí y allá, los leones y los tigres al sentirse heridos, rugen de dolor y tratan de librarse de la flecha, antes de caer con el estertor de la agonía. Y las flechas siguen zumbando por el aire, hasta que sucumben todas las fieras, debatiéndose entre las convulsiones postreras de la muerte.

Entonces centenares de esclavos se precipitan en la arena, armados con azadas, escobas, carretillas y canastos para el transporte de las vísceras. Salen en grupos sucesivos y en toda la extensión del Circo. Desplegando una actividad febril y rapidísima. En pocos minutos, la arena queda despejada de cadáveres. Se extrajo la sangre y el cieno. Se desmanteló el escenario. Se cavó. Se niveló el piso y se le cubrió con una nueva capa de arena. Luego pusieron en medio un entarimado de regular tamaño. Enseguida penetró una legión de cupidos que esparcieron pétalos de rosas y gran variedad de flores. Se removió el velarium, ya que el sol había bajado considerablemente y entre el público todos se miraron unos a otros, preguntándose, qué otra cosa seguirá a continuación.

Y en efecto, sucedió lo inesperado…

El César, que había abandonado el Podium unos minutos antes, se presentó de súbito en la florida arena. Le siguen doce coristas con sendas cítaras. Sostiene en la mano un laúd y se adelanta con paso solemne hasta el entarimado que ha sido decorado para enmarcar su actuación. Saludó varias veces a los espectadores, alzó la vista al cielo y pareció aguardar un soplo de inspiración. Luego hizo vibrar las cuerdas…

Y comenzó a cantar la Troyada.

Mientras tanto el apóstol Pedro, tomándose la cabeza con sus manos temblorosas, exclamó en voz baja y desde lo más profundo del alma:

–           ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Señor! ¡Qué pueblo, qué ciudad y qué César! ¡En qué manos has permitido que quede el gobierno del mundo! ¿Por qué has querido fundar tu Iglesia en este sitio?

Y comenzó a llorar.

Las carretas comenzaron a moverse… Sobre ellas han colocado los sangrientos despojos de los cristianos, para ser llevados a las fosas comunes.

Los sobrevivientes son enviados por otro corredor.

Nerón está cantando las últimas estrofas y su voz emocionada tiembla y se le humedecen los ojos… y  en los de las vestales también hay lágrimas, pues sus versos son una muy sentida alegoría del incendio de Troya.

Y el pueblo que ha escuchado en silencio, permaneció mudo por largos minutos antes de estallar en una prolongada tempestad de aplausos y de clamorosas aclamaciones…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

13.- EL SUCESOR


aurora borealis

Es un hermoso atardecer. La luz va muriendo lentamente llenando el cielo de colores purpúreos y amatistas. Esta luz lánguida y crepuscular, es una caricia después del ardiente sol del mediodía.

El patio de la casa del Cenáculo, es una vasta extensión entre los muros blancos de la casa y está lleno de gente, como en los atardeceres después de la Resurrección. Y de estas personas congregadas aquí, asciende un rumor de oracion, interrumpida cada cierto tiempo por pausas de meditación.

Cuando empieza a descender la oscuridad de la noche, traen lámparas que ponen sobre la mesa junto a la cual están reunidos los apóstoles.

atardecer-purpura-con-silueta-de-montana

Pedro en el centro, a su lado Santiago de Alfeo y Juan, luego los otros.

La luz palpitante de las pequeñas llamas ilumina de abajo arriba las caras apostólicas, dando gran relieve a las facciones y mostrando las expresiones:

Pedro tiene una expresión concentrada, un poco tensa por el esfuerzo de llevar a cabo dignamente estas primeras funciones de su ministerio.

Santiago de Alfeo, con una mansedumbre ascética; serena y soñadora la de Juan. Enseguida el rostro pensador de Bartolomé, seguido del de Tomás, lleno de vivacidad y el de Andrés, velado por esa humildad suya, que le hace estar con los ojos cerrados y un poco inclinado (pareciera decir “no soy digno”).

                        apostol

Al lado de Andrés, Mateo sostiene su mejilla con la palma de la mano apoyada sobre la otra; después de Santiago de Alfeo, Judas Tadeo, el del rostro imperial y regios ademanes, es un verdadero dominador de muchedumbres y con unos ojos que mucho recuerdan en color y expresión, a los de Jesús. Tadeo, más que todos los demás juntos, mantiene serena a la asamblea bajo el fuego de sus ojos. Y no obstante, tras su involuntaria y regia imponencia, se ve aflorar el sentimiento compungido del corazón, especialmente cuando llega su turno de entonar una oración. Cuando dice el salmo (115, 1-2):

–           «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre dale gloria por tu misericordia y fidelidad, para que no digan las naciones: “¿Dónde está su Dios?”»

Ora realmente con el alma arrodillada delante de Aquel que lo ha elegido y el más fuerte sentimiento de su interior vibra en su voz y también él dice con toda la intensidad de su oración:

–           Yo no soy digno de servirte a ti que eres tan perfecto.

Felipe que está a su lado a su lado, con su rostro ya marcado por los años, pero aún dentro de la edad vigorosa; parece sumergido contemplando una visión interior y mantiene apretadas las manos contra las mejillas, un poco agachada la cabeza y un poco triste…

Mientras Zelote mira hacia arriba a la lejanía, con una sonrisa que embellece su rostro no bello, pero muy atrayente por su austero señorío.

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Santiago de Zebedeo lleno de impulso vibrante, dice sus oraciones como si todavía hablara al Maestro amado y el salmo 12 brota impetuoso de su espíritu encendido.

Terminan con el largo y bellísimo salmo 118, (en la Neovulgata son Salmo 13 y Salmo 119) que recitan alternadamente una estrofa cada uno, repitiendo dos veces el turno para cumplir el número de las estrofas.

Luego se recogen en total silencio hasta que Pedro que se ha sentado, se levanta como movido por el impulso de una inspiración, orando con voz fuerte y los brazos abiertos como hacía el Señor:

–           Mándanos tu Espíritu, oh Señor, para que a su Luz podamos ver.

Todos contestan:

–           Maran Athá

Pedro se recoge en una intensa y muda oración. Esperando escuchar palabras de luz… Luego levanta de nuevo la cabeza y de nuevo abre los brazos que tenía cruzados sobre el pecho  y como es de pequeña estatura respecto a la mayoría, se sube a su asiento para dominar la pequeña muchedumbre que está apiñada en el patio y para que todos lo vean.

Y todos, comprendiendo que va hablar, callan mirándole atentos. Cuando se hace el silencio…

Pedro dice:

–           Hermanos míos, era necesario que se cumpliera lo que el Espíritu Santo por boca de David predijo en la Escritura (Salmo 41, 10) respecto a Judas, el cual guió a los que capturaron al Señor y Maestro nuestro bendito: Jesús. Él Judas, era uno de los nuestros y recibió el destino de nuestro ministerio. Pero su elección para él, se transformó en perdición; porque Satanás entró en él por muchos caminos y lo convirtió de apóstol de Jesús, en traidor de su Señor.

                        1bj

Creyó triunfar y gozar vengándose así del Santo, que había defraudado las inmundas esperanzas de su corazón lleno de toda concupiscencia. Pero cuando creía triunfar y gozar, comprendió que el hombre que se hace esclavo de Satanás, de la carne, del mundo, no triunfa; sino que al contrario, muerde el polvo como un derrotado.

Y conoció que el sabor de los alimentos que el hombre y Satanás proporcionan es amarguísimo y totalmente distinto del pan delicado y sencillo que Dios da a sus hijos. Y entonces conoció la desesperación y odió al mundo entero después de haber odiado a Dios y maldijo todo lo que el mundo le había dado… Y se dio muerte colgándose de un olivo del olivar que con sus iniquidades se había comprado. Y el día que Cristo resucitó glorioso de la muerte, su cuerpo putrefacto y ya agusanado cayó y sus entrañas se esparcieron por el suelo al pie del olivo, haciendo inmundo aquel lugar. Y por obra de Satanás, su cadáver apareció sobre el altar del Templo de Jerusalén y sus entrañas fueron esparcidas sobre las casas de los sacerdotes indignos Annás y el Sumo Sacerdote que lo compró: Caifás. Los dos principales que  torturaron y asesinaron al Mesías.

                        Caifas1

Sobre el Gólgota llovió la Sangre redentora y purificó la Tierra, porque era la Sangre del Hijo de Dios que se había encarnado por nosotros. Sobre la colina que está cerca del lugar del Infame Consejo, no llovió sangre, ni lágrimas de buen remordimiento; sino que lo que llovió sobre el polvo del suelo fueron inmundicias de vísceras deshechas.

Porque ninguna otra sangre podía mezclarse con la Sangre Santísima en esos días de purificación en que el Cordero nos lavaba con su Sangre y muchísimo menos podía la Tierra, que bebía la Sangre del Hijo de Dios, beber también la sangre del hijo de Satanás.

Todos saben lo sucedido. Y también se sabe que en su furor de condenado, Judas llevó de nuevo al Templo el dinero del infame comercio y golpeó con el dinero inmundo, al Sumo Sacerdote en la cara, rompiéndole la boca.

Y se sabe que con ese dinero, sacado del Tesoro del Templo, pero que ya no podía reservarse en el Tesoro porque era precio de sangre; los príncipes de los Sacerdotes y los Ancianos, habiéndose asesorado unos a otros, compraron el campo del alfarero, como habían dicho las profecías (Jeremías 32, 6-10; Zacarías 11, 12-13) especificando incluso su precio.

Y el lugar pasará a la historia de los siglos con el nombre de Aceldama (campo de sangre).

 

Y así quede dicho todo lo relativo a Judas y que desaparezca de entre nosotros hasta el recuerdo de su cara. Pero que se tenga presente el caminos por el que, de llamado por el Señor para el Reino celeste, descendió a ser un príncipe en el Reino de las tinieblas eternas; por lo cual no conviene ir por él, para no recorrerlo imprudentemente y no hacernos a nosotros otros Judas para la Palabra que Dios nos ha confiado y que sigue siendo Cristo, Maestro en medio de nosotros.

Pues está escrito en el libro de los Salmos (69, 26; 109, 8): “Quédese su casa desierta y nadie viva en ella y su oficio lo tome otro”. Es necesario pues, que de entre estos hombres que nos han acompañado durante todo el tiempo en que el Señor Jesús ha estado con nosotros peregrinando, comenzando desde el Bautismo de Juan y hasta el día en que estando entre nosotros fue elevado al Cielo, se señale a uno para que sea testigo de su Resurrección.

Y esto hay que hacerlo sin demora, para que esté presente con nosotros en el Bautismo de Fuego de que el Señor nos ha hablado, para que también él que no recibió el Espíritu Santo del Maestro Santísimo, lo reciba directamente de Dios y quede por Él santificado e iluminado. Y tenga las capacidades que nosotros tendremos, pueda juzgar y perdonar… Haciendo lo que nosotros haremos y sean válidos y santos sus actos.

isaac

Yo propondría elegirlo entre los fidelísimos de entre los fieles discípulos, de entre los que ya han padecido por Él y le han sido fieles incluso cuando para el mundo era el Ignorado. Muchos de éstos han venido a nosotros de Juan, Precursor del Mesías y son almas modeladas por años de servicio a Dios. Gran amor les tenía el Señor y grandísimo amor tenía a Isaac, que tanto había padecido por causa de Jesús niño. Pero sabéis que su corazón cedió en la noche que siguió a la Ascensión del Señor.

No estemos tristes por su ausencia Está unido a su Señor. Era el único deseo de su corazón… Es también el nuestro… pero nosotros debemos padecer nuestra pasión. Isaac ya la había padecido. Proponed pues vosotros algún nombre de entre éstos, para poder elegir al duodécimo Apóstol según los usos de nuestro pueblo: dejando en las situaciones más graves, al Señor altísimo la potestad de indicar: Él sabe.

Se consultan unos a otros. No pasa mucho tiempo y ya los más importantes discípulos (entre los no pastores) de común acuerdo con los diez apóstoles, comunican a Pedro que proponen a José hijo de José de Saba, para honrar al padre mártir por Cristo y al hijo discípulo fiel… Y a Matías por las mismas razones que para el primero.  Y además por la razón de honrar a su primer maestro: a Juan Bautista.

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Pedro acepta su consejo y hace venir delante de la mesa a los dos. Y ora con los brazos extendidos hacia adelante, como suelen hacerlo los hebreos:

–           Tú Señor altísimo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, único y trino Dios, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has elegido para que ocupe en este ministerio y apostolado, el puesto del que prevaricó Judas para ir a su lugar.

Todos hacen coro:

–           Maran Athá

No teniendo dados u otra cosa con que echar a suertes y no queriendo usar dinero para esta función, toman piedrecitas diseminadas por el patio; humildes piedrecitas blancas y oscuras en número igual; decidiendo que las blancas son para Matías y las otras para José. Meten las piedrecitas dentro de una bolsa, que han vaciado de lo que contenía; la agitan y se la ofrecen a Pedro; quien traza sobre ella un signo de bendición, mete dentro la mano y orando con los ojos hacia el cielo tapizado de estrellas, extrae una piedra: blanca como la nieve.

El Señor ha indicado a Matías como sucesor de Judas.

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           Pedro pasa a la parte delantera de la mesa y lo abraza diciendo que es para “hacerlo semejante a él”. Los otros diez hacen también el mismo gesto, entre las aclamaciones de la pequeña multitud.

            Pedro regresa a su lugar. Y teniendo de la mano a Matías al cual tiene a su lado, de forma que ahora está entre Matías y Santiago de Alfeo.

Pedro dice:

–           Ven al sitio que Dios te ha reservado y borra con tu justicia el recuerdo de Judas; ayudándonos a nosotros hermanos tuyos, a cumplir las obras que Jesús Santísimo nos ha dicho que cumplamos. La gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre contigo. – Se vuelve a todos y les dice- Podeis iros en paz. El Señor esté con vosotros.

Mientras los discípulos desalojan lentamente el patio por una salida secundaria, los apóstoles vuelven a la casa y conducen a Matías a la presencia de María, que está recogida en oración en su habitación; para que también de la Madre de Dios el nuevo apóstol reciba la palabra de saludo y de elección.

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La semana siguiente…

El Cenáculo está silencioso. Sólo están presentes los Doce y María Santísima. En la mesa no hay mantelería ni vajilla, está desnuda y desnudos están los armarios. En las paredes no hay ningún adorno. Tan solo está la gran lámpara que arde sólo con la mecha central, porque la vuelta de llamitas que hacen de corola a esta pintoresca lámpara está apagada.

Las ventanas están cerradas y trancadas con la robusta barra de hierro que las cruza. Pero un rayo de sol se filtra por un agujerito y desciende como una aguja larga y delgada hasta el suelo, donde pone un arito de sol.

La Virgen sentada en el triclinio tiene a sus lados, a Pedro a la derecha y a la izquierda, a Juan). Matías el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo. La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada. María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto Todos los demás tienen la cabeza descubierta.

María lee atentamente en voz alta. Pero por la poca luz que le llega, parece que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto.

Los demás la siguen en silencio meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.

El rostro de María parece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas luminosas y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!… Es verdaderamente la Rosa mística…

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Los apóstoles alargan sus cuellos para ver el rostro de María mientras tan dulcemente sonríe y lee… Su voz parece el canto de un ángel. A Pedro le emociona tanto,  que dos lagrimones descienden por sus mejillas para perderse en la mata de su barba entrecana.

Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee. Y cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.

Cuando la lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el sonido suave que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos.

María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca.

Los apóstoles la imitan…

Un sonido fortísimo y armónico, como si procediera al mismo tiempo  del viento y de un arpa; parecido a un canto humano muy bello, resuena de improviso en el silencio matinal. Se va acercando cada vez más armonioso y fuerte. Y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos.

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La llama de la lámpara hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como agitada por el viento. Y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las mueve.

Los apóstoles sin darse cuenta de lo que sucede, levantan asustados la cabeza y como ese fragor bellísimo que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios, se acerca cada vez más.  Algunos se levantan preparados para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor.  Otros demasiado asustados, como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se estrechan a María, sin perder la reverencia que siempre mantienen hacia Ella.

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El único que no se asusta es Juan y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de la Virgen, la cual levanta  la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce…  Y luego se arrodilla abriendo los brazos y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan que como Ella, se han arrodillado.

Todo esto se ha verificado en segundos… Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo.

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Entra en esta habitación cerrada sin que puerta o ventana se haya abierto. Y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza, que ahora está descubierta. Porque María al ver al Fuego Paráclito, ha levantado los brazos como para invocarlo y echó su cabeza hacia atrás con un grito de alegría, con una sonrisa de un amor indescriptible.

Después de aquel instante en que el Fuego del Espíritu santo se cernió sobre la Virgen; el Globo Santísimo se divide en trece llamas brillantísimas, de color rosa. De una Luz indescriptible y luego desciende a lamer la frente de cada apóstol.

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Pero la llama que desciende sobre María no es lengüeta de fuego que le bese la frente. Sino una corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios.  A la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la Mujer a la que Dios amó, a la agraciada Doncella que nada puede ajar y a la eterna Niña, que nada puede mancillar.

Ella que cuando sufrió la Pasión, pareció que su cuerpo envejecía; después de haber resucitado su Hijo se ha vestido nuevamente de esa eterna primavera que la hace siempre cada vez más joven  y acentuando su hermosura, llenando de frescura de su cuerpo,  sus miradas, su vitalidad… Gozando ya de una anticipación de la belleza que su cuerpo glorioso tendrá cuando sea elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.

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Las llamas del Espíritu Santo rodean la cabeza de la Virgen. ¿Qué palabras le dice?…  ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y ríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por sus mejillas lágrimas beatíficas de felicidad y cual diamantes descienden bañando sus mejillas.

El Fuego permanece así un tiempo… Luego se disipa… De su venida queda como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar… Es el perfume del Paraíso…

Los apóstoles vuelven en sí…

María permanece en su éxtasis. Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la cabeza… Continúa su coloquio con Dios… insensible a todo… Nadie osa turbarla.

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Juan, señalándola, dice:

–           Es el altar y sobre su gloria se ha posado la Gloria del Señor…

Pedro ordena con sobrenatural impulsividad:

–           Sí, no perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras en medio de los pueblos.

Santiago de Alfeo dice:

–           ¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí.

Todos al mismo tiempo:

–           Y nos impulsa a actuar.

–           A todos.

–           Vamos a evangelizar a las gentes.

Salen como empujados por una onda de viento o como atraídos por una vigorosa fuerza.

PedroAnteConcilio

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

89.- AMIGOS PODEROSOS


En una noche oscura de Diciembre; fría y con vientos fuertes. Por las calles desiertas camina Jesús de Nazareth. Su alta figura se pierde en la noche sin estrellas. Llega hasta su casa y piensa con tristeza:

–                     Es muy tarde. Esperaré al alba, para llamar.

Está a punto de irse cuando oye el rítmico rumor del telar. Sonríe y dice:

–                     Todavía no se ha acostado. Está tejiendo. Debe ser ella… con ese ritmo suele trabajar…

Llama a la puerta. Cesa el ruido del telar y la voz argentina pregunta:

–                     ¿Quién llama?

–                     Yo, Mamá.

–                     ¡Hijo mío! –un dulce grito de alegría.

La puerta se abre y los dos se abrazan en el umbral. Y entran felices a la casa.

María dice en voz baja:

–                     Todos duermen. Estaba despierta. Desde que regresaron Santiago y Judas Tadeo, diciendo que venías detrás de ellos, todos los días hasta muy noche te he esperado. ¿Tienes frío, Jesús? Sí. Estás helado. Ven. Todavía está encendida la hoguera. Echaré un poco más de leña. Te calentarás. – lo conduce de la mano como si todavía fuese un pequeñín.

A la luz de las llamas, María mira a Jesús que extiende sus manos para calentárselas.

–                     ¡Oh! ¡Qué pálido estás! No estabas así cuando te dejé… Cada vez te pones más flaco y amarillo, Hijo mío. En otros tiempos tenías color de leche y de rosa. Ahora pareces color marfil viejo. ¿Qué te ha pasado, Hijo mío? ¿Siempre los Fariseos?

–                     Sí. Y algo más. Pero ahora me siento feliz contigo. Este año celebraremos aquí las Encenias, Mamá. Llego a la edad perfecta contigo. ¿Estás contenta?

–                     Sí. Pero la edad perfecta para Ti, corazoncito mío, está todavía lejos. Eres joven y para siempre mi Niño. Mira. Aquí hay leche caliente…  ¿Quieres beberla aquí o allá?

–                     Allá, mamá. Ya me calenté. Me la beberé, mientras cubre el telar.

Regresan a la habitación y Jesús pregunta:

–                     ¿Qué estabas haciendo?

–                     Trabajaba.

–                     Lo veo. Pero, ¿En qué? Te apuesto a que te estabas fatigando por Mí. Déjame ver…

María se pone más roja que la tela que está en el telar y que Jesús mira sorprendido…

–                     ¡Púrpura!…  ¿Quién te la dio?

–                     Judas de Keriot. La obtuvo de los pescadores de Sidón, me parece. Quiere que te haga un vestido regio. ¡Claro que te hago el vestido! Pero Tú no tienes necesidad de púrpura para ser rey.

Jesús mueve la cabeza y dice:

–                     Judas es más terco que un mulo.

Y es el único comentario sobre la púrpura regalada.

Jesús bebe despacio su leche y luego dice:

–                        ¿Con todo lo que te dio, alcanza para un vestido?

–                     ¡Oh, no, Hijo! Podrá ser para los ribetes del dobladillo del vestido y del manto. No alcanzará para más.

–                     Está bien. Ahora comprendo por qué lo haces con cintas abajo. Mamá, la idea me está gustando. De esta parte pondrás tiras y un día querré que las uses para un hermoso vestido. Todavía hay tiempo. No te canses mucho.

–                     Trabajo siempre que estoy en Nazareth.

–                     Así es. Y los otros, ¿Que han estado haciendo?

–                     Instruyéndose.

–                     Mejor dicho: los has estado instruyendo tú… ¿No es así?

–                     ¡Oh! ¡Los tres son buenos! Sin contarte a Ti; no he tenido discípulos más dóciles y atentos. He buscado los medios para que Juan se vigorice. Está muy enfermo. No resistirá mucho…

–                     Lo sé. Para él es un bien; él mismo lo desea. Espontáneamente ha comprendido el valor del sufrimiento y de la muerte. ¿Qué hay de Síntica?

–                     Da pena tener que alejarla. Vale por cien discípulas en santidad y en capacidad de comprender lo sobrenatural.

–                     Lo comprendo; pero debo hacerlo.

–                     Lo que haces, Hijo. Siempre está muy bien hecho.

–                     Vámonos a acostar. Bendíceme, Madre… Como cuando era pequeño.

–                     Bendíceme, hijo. Soy tu discípula.

Se besan Madre e hijo. Prenden una lamparita. Y cada uno se retira a descansar.

Al día siguiente, Juan de Endor va a lavarse en el estanque y se encuentra con Jesús que ya regresa también de su aseo matinal.  Y exclama lleno de júbilo:

–                     ¡Maestro! ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío!

Marziam lo escucha y sale corriendo del cuarto de María, vestido con una tuniquilla corta y con los pies descalzos.

Y grita lleno de alegría:

–                     ¡Jesús está aquí!

Estos gritos despiertan también a Síntica que se ha dormido en el que era el taller de José. Se viste con premura y sale al huerto, donde Jesús tiene en brazos a Marzíam que está castañeteando los dientes por el frío.

Cómo hace un fuerte viento muy helado, Jesús los invita a entrar en la casa, al calor del fuego de la cocina; donde María ya está preparando el desayuno.

Los dos discípulos se postran, lo saludan y lo contemplan extáticos, mientras Jesús se sienta con Marziam sobre las rodillas y la Virgen viste al niño con las ropas calientes.

Jesús levanta su mirada y les dice sonriente:

–                     Os había prometido que vendría. También Simón Zelote vendrá hoy o tal vez mañana. Y estaremos juntos por varias semanas. ¿Cuántas cosas habéis aprendido en estos días que habéis estado con mi Madre?

Tanto Síntica como Juan de Endor responden enfáticos:

–                     La Sabiduría de Dios es luminosa cuando la explica la santa Virgen de Dios.

Jesús responde muy feliz:

–                     Lo sé. Los corazones más duros comprenden más fácilmente la sabiduría de Dios sobrenaturalmente luminosa, si mi Madre la explica. Vosotros no tenéis un corazón duro y por esto sacáis más provecho de su enseñanza.

María dice con dulzura:

–                     Pero ahora estás tú aquí, Hijo. Y la maestra se hace discípula.

Jesús objeta:

–                     ¡No! Tú sigues siendo la maestra. Te escucharé como ellos. En estos días seré solo ‘el Hijo’. No más. Tú serás la Madre y Maestra de los cristianos. Desde ahora lo eres. Yo tu Primogénito y primer Discípulo. Éstos, y con ellos Simón cuando llegue y luego los demás… ¿Comprendes, Madre? El mundo está aquí…

El mundo del mañana en el pequeño y puro israelita que ni siquiera se da cuenta de lo que es hacerse cristiano. –Y abraza estrechamente a Marziam. Luego prosigue- El viejo mundo de Israel, representado en Zelote. La Humanidad en Juan de Endor y los gentiles en Síntica.

Y todos vienen a ti, santa Madre que alimentas con la sabiduría y con la vida al mundo y a los siglos. Los patriarcas y los profetas suspiraron por ti, pues de tu seno fecundo nacería el que Es el alimento del Hombre. Te buscarán todos los ‘míos’ para obtener el perdón; para que los instruyas, los defiendas, los ames y los protejas, como otros tantos Marziam. ¡Y dichosos los que lo hicieren! Porque no se podrá perseverar en el Mesías, si la gracia no tiene tu ayuda; directamente de ti, la Madre llena de gracia.

María se ruboriza al oir las alabanzas de su Hijo y se ve como una rosa esplendorosa, que resalta más con el vestido de humilde y tosca lana oscura.

Más tarde…

En Diciembre anochece pronto y la familia se reúne para cenar. Mientras María trabaja en el telar y Síntica elabora un primoroso bordado. Jesús y Juan de Endor conversan entre sí. Marziam está terminando de lijar dos arcones que están en el suelo del taller. El niño emplea todas sus fuerzas hasta que Jesús se levanta y le dice:

–                     Ya basta. Todo está pulido y mañana daremos el barniz. Marziam, pon todo en su lugar; porque mañana volveremos a trabajar.

Marziam guarda todo y Juan de Endor recoge las virutas y el aserrín para echarlas al fuego. Todo está ya limpio y en orden, cuando se oye que tocan a la puerta de la calle y luego se percibe la voz ronca de Zelote que saluda a quién le abrió:

–                     Te saludo, Madre de mi señor y bendigo vuestra bondad que me concede el vivir bajo vuestro techo.

Los tres van a saludar al recién llegado y Jesús dice:

–                     La paz sea contigo Simón…

Simón, al mismo tiempo que entrega un gran fardo que trae, responde:

–                     ¡Maestro bendito! He llegado tarde porque…

Se dan el beso de paz y Simón prosigue:

–                     Estuve en casa de la viuda del carpintero y tu ayuda llegó a tiempo. El pequeño carpinterito se industria en trabajar pequeñas cositas y siempre te está recordando. Todos te bendicen. Luego fui a Tiberíades para las compras que me encargaste…

Luego algunos me entretuvieron porque pensaron que yo era un emisario y me secuestraron durante tres días. Querían saber muchas cosas y no me querían creer que nos habías despedido a todos y que Tú te habías ido por tu lado, al retirarte en lo más duro del invierno.

Fueron a la casa de Pedro y de Felipe y cuando se persuadieron de que era verdad, me dejaron libre. Por eso me retrasé.

Jesús responde:

–                     No importa. Aún tenemos bastante tiempo para estar juntos.  Te agradezco todo… –Y volviéndose hacia la Virgen, agrega-  Mamá, mira con Síntica lo que hay en el envoltorio y dime si te parece suficiente o hace falta alguna otra cosa…

Simón pregunta:

–                     Y tú Maestro, ¿Qué has hecho?

–                     Dos cofres y alguna que otra cosilla, para no estar de ocioso y porque serán muy útiles. He dado algunas caminatas y me he sentido muy feliz en mi casa…

Se oyen los gritos de alegría de Marziam que ve que surgen telas, lanas, velos y cinturones, hilos, etc.

Y el niño pregunta curioso:

–                     ¿Te vas a casar Jesús?

Todos sueltan la risa y Jesús pregunta:

–                     ¿Qué te hace sospecharlo?

–                     Estos vestidos que son de hombre y de mujer. Los dos cofres que hiciste y todos tus aprestos y los de la novia. ¿Puedes presentármela?

–                     ¿De veras quieres conocer a mi novia?

–                     ¡Claro que sí! Debe de ser muy hermosa. ¿Cómo se llama?

–                     Por ahora es un secreto, porque tiene dos nombres. Un día los conocerás.

–                     ¿Me vas a invitar a las bodas? ¿Cuándo será? ¿Dentro de un mes?

–                     ¡Oh! ¡Falta mucho más!

–                     ¿Entonces por qué has trabajado con tanta prisa que hasta te salieron ampollas en las manos?

–                     Me salieron porque hacía mucho tiempo que no trabajaba con ellas. Mira niño, la ociosidad es muy peligrosa.

–                     ¡Pero tú no has estado de ocioso!

–                     No. Pero me he ocupado de otros trabajos que no son manuales. Y ¡Mira lo que les ha costado a estas manos el tiempo que no han trabajado! – y Jesús muestra las palmas enrojecidas y con ampollas.

Marziam se las besa diciendo:

–                     Así me hacía mi mamá cuando me lastimaba, porque el amor es un buen médico.

–                     Sí. El amor cura muchas cosas. Ven Simón; dormirás en el taller…

La siguiente semana, Jesús sale de la casa con Marziam tomado de la mano y también acompañados de Simón Zelote. Y llegan hasta una humilde casita que está en medio de los campos preparados para la siembra y huertos de frutales que ahora están sin hojas…

Entran y Jesús saluda:

–                     La paz sea contigo Juana. ¿Estás mejor hoy? ¿Han venido a ayudarte?

Le contesta una anciana a quien rodea más de media docena de niños desde dos años hasta diez:

–                     Sí, Maestro. Me dijeron que regresarán para sembrar. Que la cosecha llegará tarde, pero que llegará una vez más.

–          Claro que llegará. Será un milagro de la tierra y de la semilla. Y será un milagro completo. Tus campos serán los mejores de la región. Y estos pajaritos que te rodean tendrán abundancia de trigo para llenar sus estómagos. No llores más. El año que viene todo mejorará. Pero te seguiré ayudando. Esto es, te ayudará quién tiene tú mismo nombre y que nunca se cansa de ser buena. Mira, te traje esto. –Le da una bolsa con monedas de oro-  Con esto te sostendrás, hasta que empiece la cosecha.

La anciana toma la bolsa juntamente con la mano de Jesús y con sus lágrimas baña la mano del Señor.

Luego pregunta:

–                     Dime quién es esa buena creatura, para que diga su nombre al Creador.

–          Una discípula mía y hermana tuya. Yo y el Padre que está en los cielos, sabemos quién es.

–                     ¡Oh, Eres Tú!

–          Yo soy pobre, Juana. Doy lo que me dan. De mi parte sólo puedo ofrecer milagros. Me desagrada no haber estado enterado antes de tu desgracia. Tan pronto como me la dijo Susana, he venido. Un poco tarde, pero de este modo brillará más la obra de Dios.

–          Tarde, sí. La muerte llegó y segó vidas. Segó las de los jóvenes, pero no la mía que es inútil. Ni la de éstos que son muy pequeños para valerse por sí mismos. Se llevó a los que podían trabajar. Maldita esa luna de Enul, preñada de malos presagios.

–          No maldigas el planeta. No tiene nada que ver con esto. Mira, ¿Ves este niño? También él perdió a su padre y a su madre. Y ni siquiera puede vivir con su abuelo. Pero Dios tampoco lo abandona y jamás lo abandonará mientras sea bueno. ¿No es así Marziam?

Marziam dice que sí con la cabeza. Y se pone a charlar con los pequeñuelos que le han rodeado. Los que son más pequeños en edad, pero lo sobrepasan en estatura y que están frente a él, les dice:

–          De veras que Dios no abandona. Yo puedo decirlo. Mi abuelo rogó por mí y estoy seguro que mi padre y mi madre todavía lo hacen, desde la otra vida.  Dios siempre escucha las plegarias, porque es muy Bueno y siempre escucha las oraciones de los justos, estén vivos o muertos.

Jesús está callado, escuchando lo que dice su pequeño discípulo a los huerfanitos.

Marziam prosigue su lección:

–                     ¿Queréis mucho a vuestra abuelita?

Los niños contestan a coro:

–                     ¡¡¡SI!!!

–          Así está bien. No debemos hacer llorar a los ancianos. A nadie se debe hacer llorar, porque a quien no los respeta, Dios lo hace llorar. Jesús quiere mucho a los niños y a los ancianos y los acaricia. Porque los niños son inocentes, y los ancianos sufren mucho por muchas cosas. Jesús siempre dice que quién no honra al anciano es un perverso completo. Igual que el que maltrata a los niños y es porque tanto unos como otros no pueden defenderse. Por esto, amad mucho a vuestra viejecita abuelita.

El niño más grande dice:

–                     Algunas veces yo no la yudo…

–          ¿Por qué? Te comes el pan que ella te da con su fatiga. ¿No te duelen sus lágrimas cuando la afliges? Y tú, mujer… (La ‘mujer’ tiene al máximo nueve años y está tan flaca, pálida y delgaducha, como todos los demás) ¿La ayudas?

Los hermanitos la defienden inmediatamente:

–          ¡Raquel es buena! Hasta muy noche se pone a hilar la lana y el estambre. Y hasta se ha enfermado con calenturas, por trabajar cuando moría nuestro padre en el campo por la fatiga para que estuviese listo para ser sembrado.

Marziam dice gravemente:

–                     Dios te lo premiará.

Raquel dice con sencillez:

–                     Ya me lo premió al aliviar de sus penas a la abuela.

Jesús interviene:

–                     ¿No pides otra cosa?

–                     No señor. ¡Muchas Gracias!

–                     ¿Estás curada?

–          No Señor. Pero no importa. Ahora que la abuela ha sido socorrida y consolada, ya no me importa morir.

–                     Pero la muerte es fea…

–          Así cómo Dios me ayuda en la vida, me ayudará en la muerte. E iré a donde está mi mamá. ¡No llores abuelita! A ti también te quiero mucho… Si tú quieres que me cure, pediré al Señor que me alivie… Pero no llores madrecita mía… –Y la niña abraza a la ancianita que se ha puesto muy triste.

Marziam mira a Jesús y suplica:

–          ¡Cúrala señor! Por mi causa hiciste que mi abuelo se sintiese feliz. Haz también ahora a esta anciana feliz….

Jesús pregunta:

–                     El favor se obtiene con sacrificios. ¿Cuál vas a hacer para obtenerlo?

Marziam piensa… Busca lo que puede costarle más…

Luego sonriente dice:

–                     No tomaré miel durante toda una luna.

–                     ¡Es poco! ¡La de Casleu ya está muy avanzada!

–                     Digo luna por decir cuatro fases. Y en estos días viene la Fiesta de las Luces y las empanadas de miel.

–                     Es verdad. Entonces Raquel se curará por mérito tuyo. Adiós Juana. Antes de irme, regresaré a verte. Adiós Raquel. Mi bendición quede en todos vosotros junto con mi paz. Ahora vámonos.

Y al salir los acompañan las bendiciones de la anciana y de todos los niños. Marziam se pone a brincar como un cabrito y a correr por delante.

Zelote, con una amplia sonrisa dice a Jesús:

–                     Su primer sermón y su primer sacrificio. Promete mucho. ¿No te parece así, Maestro?

–                     Sí. Muchas veces ya me ha predicado también a Judas de Simón.

–                     Al que le parece que el Señor haga hablar a los niños. Tal vez para impedir que se vengue…

–                     Que se vengue, no lo creo. No llegará hasta ese extremo. Pero sí tendrá reacciones violentas. Quien merece que se le regañe no ama la verdad… Y sin embargo hay que decirla… -Jesús lanza un profundo suspiro.

–                     Maestro, dime la verdad. Lo alejaste y tomaste la decisión de mandar a todos a su casa para las Encenias, para impedir que Judas estuviese ahora en Galilea. No te pido, ni quiero que me digas el porqué. Está bien que Judas no esté con nosotros. Me basta con saber que he adivinado.

Todos pensamos así. ¿Sabes? El mismo Tomás me dijo: “Me voy sin protestar porque comprendo que hay por debajo un motivo muy serio. El Maestro obra bien en hacer lo que hace. Los amigos de Judas: Nahúm, Sadoc, Yocana, Eleazar ben Annás, Simón… ¡Humm! ¡Demasiados, poderosos y similares!…” Tomás no es tonto. No es malo. Al contrario. Es muy bueno y te aprecia sinceramente…

–                     Lo sé. Es verdad lo que os habéis imaginado. Y pronto conoceréis la razón.

–                     No te la estamos pidiendo.

–                     Pero os pediré vuestra ayuda y os lo diré.

Marziam regresa corriendo:

–                     Maestro. Vino tu primo Simón a buscarte.

Zelote toma a Marziam de la mano y dejan solo a Jesús, que apresura el paso y encuentra a Simón, jadeante, apoyado en un tronco y con cara de angustia.

Al ver a Jesús, levanta los brazos y luego baja la cabeza, sin fuerzas.

Jesús llega y le pone una mano en la espalda.

Le pregunta:

–                     ¿Has venido a hacerme feliz con tus palabras de cariño, que hace mucho tiempo espero?

Simón baja mucho más la cabeza, pero no dice nada.

–                     Habla. ¿Acaso soy un extraño para ti? ¿Verdad que no? Tú siempre eres mi buen hermano Simón. Y Yo para tú; soy el pequeño Jesús; que cargabas en tus brazos con mucho trabajo, con tanto amor. Eso era cuando regresamos a Nazareth.

Simón se cubre la cara con las manos y cae de rodillas:

–                     ¡Oh, Jesús mío! Yo he sido el culpable… ¡Cuánto he sido castigado!

–                     Levántate. Somos parientes. ¡Ea! ¿Qué quieres?

–                     Mi hijo está… -el llanto le impide hablar.

–                     ¿Tu hijo? ¿Y qué…?

–                     Está muriéndose. Y con él también el amor de Salomé… Me quedo con dos remordimientos: el de perder a mi hijo y también a ella. Tú Eres el único que puede impedir mi desgracia. No es… No puede ser verdad, lo que me contó Judas. Me refiero a tu apóstol; no a mi hermano… Y Alfeo se me muere…

–                     Vete a tu casa, Simón. Tu hijo está curado.

–                     ¡Tú!… ¡Tú!… ¿Has hecho a favor mío;  a pesar de que te ofendí creyendo a aquella víbora? ¡Oh, Señor! ¡No soy digno de tanto! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¿Dime qué quieres que haga para reparar mis ofensas? Para decirte que te amo.

–                     No te preocupes de lo que pasó. Ni siquiera me acuerdo. Haz también tú lo mismo. Olvida las palabras de Judas de Keriot. ¡Es un muchacho! Te voy a pedir tan solo que no repitas ni ahora, ni nunca, tales palabras a mis discípulos; a mis apóstoles y mucho menos a mi Madre.

Esto te lo pido. Ahora vete tranquilo, Simón;  a tu casa. No tardes en gozar de la alegría que llena tu hogar. Vete.

Lo besa y lo empuja suavemente. Simón se va. Lo bendice. Y luego, en un mudo soliloquio; por su rostro pálido corren lágrimas y una sola palabra brota de sus labios trémulos:   “JUDAS”… 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA