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18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO


0-orgia-banquete-romano-l-7378vyVitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.priapo0

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El Clímax del Banquete está listo… 

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semi-cerrados.

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Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

–         ¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinium…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la Maldad y la Depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas

Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo.

Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo… Y es precisamente Marco Aurelio el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza, el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

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Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

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La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

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Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino; quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia NO le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

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En ese estado, quiso cantar más versos suyos… Pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!..

¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes?

El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse.

Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes, pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

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Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio.

Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

17.- EL SUEÑO IMPOSIBLE


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Hasta ahora Popea Sabina ha dominado a Nerón en tal forma, que verdaderamente ella es el poder detrás del trono. Pero sabe perfectamente que cuando está de por medio su vanidad de cantante, auriga o poeta, es muy peligroso provocarlo. Y por eso llegó muy pronto.

Ataviada como el César, en traje de color amatista, lleva en su hermoso cuello una fabulosa gargantilla con  esmeraldas. Su actitud es dulce y sus cabellos dorados.

Y aunque es divorciada de dos maridos, tiene en su hermoso rostro, la expresión inocente de una virgen.

Es recibida con aclamaciones de: “¡Divina Augusta!”

Alexandra no había visto jamás una mujer más linda…

Y casi no da crédito a sus ojos, porque sabe que Popea Sabina es una de las mujeres más viles y peligrosas de la tierra. Fabiola le había contado como a causa de sus intrigas, Nerón asesinó a su propia madre y a su esposa.

La conoce por los rasgos de su vida que han referido los huéspedes y los siervos en la casa de Publio. Sabe que las estatuas erigidas en su honor, han sido derribadas por la noche. Y a pesar de los castigos, aparecen inscripciones injuriosas en la muralla, gritándole su vileza.

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Y sin embargo, a la vista de la famosa Popea Sabina, considerada por gran parte de los romanos como la encarnación de la maldad y el crimen, a Alexandra le pareció que su rostro era angelical.

Y la admiró en su belleza y en su porte de emperatriz. Al mirarla, le parece casi imposible conciliar lo que ha oído de ella.

Asombrada, exclama:

–           ¡Ah! ¡Marco Aurelio! ¿Es posible?…

Pero él tribuno está alterado, mareado por el vino y muy impaciente por todo lo que ha sucedido y que rompió el encanto de su fascinación, alejándola de él…

Por lo mismo no la deja terminar de hablar y le dice:

–           Sí. Es muy bella. Pero tú eres mil veces más hermosa que ella. Tú misma no lo sabes, ni estás consciente  de ello o ya te hubiera pasado lo mismo que a Narciso…  Ella se baña en leche de burras, pero ni así se puede comparar contigo. Tú no te conoces a ti misma, preciosa mía. Ya no la mires, vuelve a mí tus ojos tesoro de mi vida. Ven junto a mí y bebe un poco de vino…

Y mientras le habla, se fue acercando siempre más a Alexandra…

Al mismo tiempo que ella se aparta, estrechándose más hacia Actea.

Pero en ese preciso momento, se hizo un silencio total.

Nerón está parado, apoyando sobre la mesa un laúd; con el cual empezó a tocar y a declamar, cantando rítmicamente su propio Himno a Venus.

Ni la voz un tanto aguda ni los versos, son tan malos.

A Alexandra le pareció que el himno también era hermoso y al mismo César que tenía en las sienes su corona de laurel y levantaba su mirada hacia arriba mientras canta, le vio un aspecto más noble y mucho más terrible… Y no tan repulsivo como al principio de la fiesta.

Cuando terminó el canto, todos contestaron con aplausos estruendosos y gritos de:

–           ¡Oh, divina voz! ¡Glorioso artista!

Lo aclama todo un público enajenado con su ídolo y ruidoso como una colmena.

Esporo lo mira arrobado… (El joven al que tratará como esposa en su viaje a Grecia)

Pitágoras, el joven griego de extraordinaria hermosura, está arrodillado a sus pies… (El mismo con quién después hará que lo casen, ordenando a los sacerdotes que hagan la ceremonia del matrimonio con los rituales completos y con Nerón vestido de novia)

Popea inclina su cabeza de dorados cabellos. Lleva sus labios a la mano de Nerón y la besa en silencio por largo tiempo.

Pero Nerón mira hacia Petronio cuyo elogio espera recibir, antes que el de cualquier otro cortesano…

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Petronio comenta:

–           Si se trata de la música, Orfeo debe estar en este momento tan verde de envidia como Marcial y Lucano; que están aquí presentes. Y en cuanto a los versos, lamento que no sean peores; si lo fueran podría encontrar las palabras precisas para hacer su elogio.

Los dos poetas no tomaron a mal el epíteto de envidiosos que les dio Petronio.

Al contrario, le dirigieron a éste una mirada de gratitud y aparentando mal humor, Marcial empezó a murmurar así:

–           ¡Maldito destino que me obliga a ser contemporáneo de semejante poeta! Si no fuera así, Marco Valerio Marcial podría encontrar un sitio en la memoria de los hombres y en el Parnaso.

Lucano, confirmó:

–           Pero no. Ahora estamos destinados a apagarnos, como una vela ante la luz del sol.

Petronio, que tiene una memoria sorprendente, empezó a repetir extractos del himno y a encomiar y analizar las más bellas expresiones.

Marcial hizo como que se olvidaba de su envidia, ante los encantos de la poesía y unió su éxtasis al de Lucano, aprobando las palabras de Petronio.

En el semblante de Nerón, se refleja una enorme satisfacción y su insondable vanidad con la que está tan engolosinado es tanta, que no se da cuenta que rayan en la estupidez.

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Luego les indicó los versos que él considera más hermosos y enseguida consoló a Marcial diciéndole:

–          No pierdas el ánimo, porque cualquiera que sea la condición en que nace un hombre, el homenaje que las gentes rinden a Zeus, excluye el respeto a otras divinidades.- Y no se sonroja al compararse a sí mismo con el rey del Olimpo.

Después de esto se levantó para llevar a Popea a sus habitaciones, pues ella realmente se siente enferma y desea retirarse. Ordena a todos los presentes que ocupen sus lugares y que continúe la fiesta, prometiendo volver.

La suntuosidad de la corte lo llena todo de áureos reflejos y da a los objetos un inusitado esplendor. Igual que a los invitados, felices por estar sentados a la mesa del emperador y ansiosos de acercarse al dispensador de toda merced, riqueza o dominio… Una sola de cuyas miradas puede abatir hasta el suelo o exaltar más allá de toda previsión.

Y en efecto, un rato después regresa, para seguir disfrutando de otros espectáculos que el mismo Petronio o Tigelino, han preparado para el banquete.

En el centro del salón, sobre una plataforma, se presentan dos atletas que van a dar un espectáculo de pugilato.

Cuando empieza la lucha y aquellos poderosos cuerpos lustrosos parecen formar una sola masa, los huesos crujen entre sus brazos de hierro, aprietan las quijadas y rechinan los dientes.

También se oyen los rápidos y sordos golpes que dan con los pies, sobre la plataforma cubierta de azafrán.

Luego, de repente se quedan inmóviles y silenciosos, como si fueran estatuas de piedra. Enseguida vuelven a trabarse y destrabarse, con increíble habilidad.

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Los ojos de los espectadores siguen con verdadero deleite los movimientos de incesante y tremendo esfuerzo, de aquellas espaldas, muslos y brazos.

Es como una especie de danza malabarista, grotesca y fascinante a la vez. Pero la lucha no se prolonga demasiado…

Atlante es un maestro, fundador de la escuela de gladiadores que tiene bien fundamentada su fama de ser el hombre más fuerte del imperio.

La respiración de su oponente comienza a ser más agitada. Luego se oye salir de su garganta, algo como un estertor ronco y se le pone cianótico el semblante. Ha empezado a arrojar sangre por la boca y finalmente se desploma.

Una tempestad de aplausos, saludó el desenlace de esta lucha.

Y Atlante pone el pie sobre el cuello del cadáver de su adversario. Luego pasea en el salón con el aire y la sonrisa del triunfador, una mirada de absoluta satisfacción. 

Más versos, teatro, danza, canto.

Todo es un escenario creado para expresar con la danza, como si fuera un cuadro con una pintura viva y expresiva, en  la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la vez que impúdico.

Azuzado por Tigelino, Nerón decide probar la lealtad de su consejero favorito.

Totalmente ajeno; Petronio conversa gentil con la joven mujer que apoya su bella cabeza en su hombro derecho, con la intimidad de una amante que se sabe apreciada.

Sylvia está casada con un político que viaja mucho. Es un secreto a voces entre los cortesanos que desde hace varios años sostiene una relación muy estrecha, con el Arbitro de la Elegancia.

El tiempo ha atemperado la pasión del principio y solo ellos conocen lo que hay en su corazón.

Nerón tiene una sonrisa siniestra y con humor perverso dice a Petronio:

–          ¿Tendrías inconveniente querido Petronio, en que Sylvia anime la parte más divertida de nuestra fiesta? –y su rostro tiene una expresión burlona y cruel.

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Petronio, que lo conoce demasiado bien, esboza una sonrisa inescrutable y dice con displicencia:

–          Silvia es una mujer libre que siempre hace su voluntad. ¿Quién soy yo para oponerme?

La mujer que descansaba su cabeza en el hombro de Petronio, sonríe gentilmente. Se endereza, hace una ligera inclinación y contesta:

–          Tus deseos son órdenes, majestad.

Nerón la mira complacido y dice con cierto desgano:

–          Quiero que seduzcas a Lucrecia. Aquí.-señala el triclinio vacío que está a un lado.

Por toda respuesta ella inclina más la cabeza; deja su copa sobre la mesa. Se levanta y camina hacia el triclinio donde está Vitelio.

Se inclina sobre una mujer joven que está riendo por las gracejadas del intendente de placeres de Nerón.  Lucrecia fue en otro tiempo, íntima amiga y amante de Popea  Sabina.

Mientras la mira fijamente, Silvia toma una de sus manos llena de joyas y atrapándole un dedo entre los dientes, lo mordió con mucho cuidado; saboreándolo luego con toda la boca.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lucrecia que mira sorprendida a Sylvia.

Ésta le ha soltado el dedo y la toma por la nuca con suavidad, acercando su rostro, hasta casi besarla. 

Luego comenzó a hablar con los labios apretados contra los de ella.

–                     Nerón desea realizar con nosotras una fantasía sexual.  Si eres inteligente, será mejor que me correspondas con total abandono.

La vibración de sus palabras contra sus labios, resulta terriblemente erótica…

Lucrecia comprendió. Abrió la boca y correspondió apasionadamente a la caricia femenina.  

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Luego poniéndose de pie, sonrió provocativa y recorrió con la mirada desde los pies hasta la cabeza, a la hermosa mujer que la espera.

Tanto vestida como desnuda…  Es una persona fascinante…

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Llevó su mano hacia el sedoso cabello rubio de Sylvia y dijo con coquetería:

–           No será ningún sacrificio. Eres perfectamente hermosa querida. Y también deliciosa. –esta última palabra la dijo humedeciendo la comisura de su boca con un gesto sugestivo.

Las dos avanzaron hacia el sitio que Nerón indicara previamente.

Lucrecia es una mujer muy alta y delgada. Tiene unos ojos castaños muy expresivos y grandes, en un rostro anguloso de facciones bellas y finas; su cabello castaño claro, está peinado y entrelazado con perlas.

Cuando llegan al triclinium, las dos actúan como si estuvieran en la intimidad de un dormitorio.

Se miran mutuamente, valorándose la una a la otra.

Después del escrutinio, les gusta lo que ven y deciden demostrárselo sin palabras.

Se acarician suavemente al principio y con premeditada lentitud.

Silvia le levanta el peplo y quedan al descubierto los senos pequeños y turgentes, que luego son acariciados con gran delicadeza.

De pronto Lucrecia, voraz; posó su mano blanca y delicada sobre uno de los senos de Sylvia y juguetea con el pezón, a través de la tela que lo cubre, al tiempo que busca su boca hambrienta…

Y se enfrascan en un duelo feroz.

El beso es apasionado y delirante; sus ropas se convierten en un impedimento insoportable. Con dedos temblorosos, ambas sueltan el broche de sus hombros y los peplos caen al suelo. Lo mismo sucede con las faldas…

Y pronto, ambas están desnudas y estrechamente enlazadas una a la otra. Se consumen con un deseo que crece como un incendio y tiene que ser saciado.

Quejidos, gemidos y suspiros, acompañan el desborde de caricias que las suspenden en el aire, excitadas e insatisfechas.

Sus labios se perfilan con leves mordiscos y suaves caricias con la lengua, electrizando todas sus terminaciones nerviosas, hasta que sus cuerpos exigen una satisfacción urgente que sorprende por su frenesí.

Apenas pueden respirar por lo intenso que es el placer.

Se acarician mutuamente con deleite; sorprendidas del poder intoxicante que pueden ejercer una sobre la otra.

Sus bocas tiemblan por el erotismo salvaje de sus besos. 

Sus cabezas retumban por el volumen de las sensaciones y sus corazones laten al ritmo de un tambor primitivo.

Han olvidado completamente al libidinoso público que las observa.

Aminio Rebio siente una excitación sexual devastadora y su voz truena como un rugido al exclamar:

–           Lucrecia es la única mujer que preserva mi gusto por los hombres.

Estas palabras son sorprendentes, en un hombre que siempre ha manifestado abiertamente, su preferencia homosexual.

Y con un salto casi felino, se aproxima a la pareja que parece casi aislada del mundo y solo concentrada en su propio placer.

Con un movimiento ágil, se despoja de la toga y de la túnica. Y se dispone a explicar explícitamente, el porqué de semejante declaración.

Queda totalmente desnudo y con una gran erección.

Se coloca detrás de Lucrecia y la toma por la cintura, elevándola hacia él.

Ella tiene las caderas anchas y las piernas largas y muy bien torneadas. Cuando las poderosas manos masculinas se cierran sobre sus pechos menudos, con los pezones bien erectos ella casi no puede respirar; pues su placer se intensifica y al reconocerlo, apenas murmura:

–          ¡Oh, gatito mío; has venido!

Aminio jadeó contra sus rizos castaños.

Ella levanta ligeramente las caderas y él la penetra por detrás. Lucrecia se arquea contra él, mientras oleadas de calor la invaden y hacen que sus movimientos sean rítmicos; en círculo, frotándose contra el cuerpo masculino, mientras él está dentro de ella.

Entonces la lujuria explota en un alocado frenesí y su forma de aferrarla es tan poderosa como posesiva. Y en ese preciso instante, la mujer comenzó a contraerse interiormente hasta el clímax total…

Se retuerce ardiendo de deseo y sus gemidos de placer, braman desde su interior incrementándose siempre más…

Treinta segundos después de penetrarla, ella alcanza el orgasmo.

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Él permanece totalmente controlado y la lleva al clímax varias veces sin salir de ella… colmándola y haciéndola estremecerse en un ruidoso alivio.

A Lucrecia la ha convertido en una hembra en celo… Y copula con ella como si fuera un animal salvaje…

 Aquello no tiene nada que ver con el Amor...   Es solamente sexo. 

Tigelino, queriendo humillar aún más a Petronio; se acerca al trío y se apodera de la mujer que piensa que es preciosa para su enemigo…

Aparta a Sylvia con brusquedad y la acaricia con frenesí, con pasión llena de triunfo.  Ella le sigue el juego y el trío se convierte en cuarteto.

Petronio mira todo aquello con fría calma. Sorprendido con la revelación de sus propios sentimientos, pues NO ESTÁ CELOSO.

Sumergido en sus pensamientos, reflexiona en el enorme vacío que siente dentro de sí y en el sabor amargo de los placeres efímeros. Siente un inmenso cansancio y tedio…

¿Qué es lo que le pasa? Tiene todo para ser feliz y sin embargo, le falta el júbilo del verdadero amor. Un dolor lo invade al cuestionarse porqué la felicidad es tan inaccesible.

Y sin comprenderlo totalmente: ¡Cómo anhela sentir un amor tan apasionado y vehemente, como el que manifestó Marco Aurelio, la mañana en que irrumpió en su biblioteca!

Lo que verdaderamente anhela en lo más profundo de su alma es encontrar una mujer que sea al mismo tiempo bellísima como un ensueño y virtuosa como una virgen, para convertirla en reina de su hogar y que ella a su vez lo adore tanto, que le de los hijos que completarían una familia feliz.

Pero en este tiempo son perlas rarísimas y comprende que tal vez está soñando con un imposible. Las mujeres así ya no existen.

Un gran quebrantamiento lo envuelve y lo llena de amargura, sin encontrar ningún alivio.

Bebe un sorbo de la copa de vino y piensa: ‘¡Oh! Si tan sólo pudiera llegar a amar, deseando morir por el ser amado…’ 

Suspira profundamente.

¡Algo muy similar a la envidia lo estremece, al volver su mirada hacia donde está su sobrino!…

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HERMANO EN CRISTO JESÚS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

16.- INTENDENTE DEL PLACER


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Hasta entonces ella no le había visto nunca y su aspecto es muy diferente a como lo había imaginado…

Vio una figura casi grotesca: un hombre muy obeso, de cuello corto, con una cabeza y una cara como de niño. Trae una túnica de color amatista que ha sido prohibido a los simples mortales y  que da unos reflejos azulados a su rostro redondo, que es más bello que agradable.

Tiene los cabellos peinados en bucles simétricos. No tiene barba, pues la ha sacrificado a Júpiter; aunque hay rumores de que tal sacrificio se debe a su color rojo, como la han tenido todos en su familia.

Su frente es amplia, sus cejas pobladas con el ceño contraído. En todo su aspecto y sus ademanes se advierte su plena conciencia del poder supremo.

Alexandra recuerda también las conversaciones de Tito y Vespasiano en la casa de Publio y evoca la imagen que habían bosquejado de él:

Debajo de esa frente coronada de semidiós, está la cara de un muñeco siniestro y lleno de crueldad. Un beodo comediante, inflado de gordura a pesar de su juventud y con algo indefinible que lo hace repugnante.

A Alexandra le pareció un ser ominoso; pero más que nada, muy repulsivo…

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Después de una pausa larguísima, Nerón dejó la esmeralda y no miró más hacia donde estaba la joven.

Ésta a su vez, quedó impresionada por sus salientes ojos azules, vidriosos y como hastiados. Unos ojos fríos y completamente vacíos de toda expresión…

Mientras tanto…

En la mesa imperial, Nerón pregunta a Petronio:

–           ¿Es ésa el rehén del que está enamorado Marco Aurelio?El escritor se detuvo en el movimiento de llevar una aceituna a la boca y dijo con una gran indiferencia:

–           Ella misma.

–           ¿Cómo se llama su patria?

–              Parthia.

–           ¿Marco Aurelio la cree hermosa?–           Pon un tronco de olivo en un peplo de mujer y Marco Aurelio lo declarará hermoso. –Sonrió y agregó- Es un hombre demasiado gentil y yo no puedo hacer nada…

¡Oh!  Pero en tu semblante juez incomparable, estoy leyendo la sentencia… ¡No es necesario que la pronuncies! Y esa sentencia es justa: demasiado delgada, sin formas y sin gracia. Un simple botón sobre un frágil tallo.

Nerón preguntó con incredulidad:

–           ¿Cómo es posible? ¿Acaso tu sobrino no heredó en tu familia el amor por la auténtica belleza? Por lo que he podido apreciar, tengo que admitir que tiene un rostro esplendoroso.

Petronio replicó:

–           Tú mejor que nadie, sabes que eso no es suficiente.

–           Eso es cierto. Sólo la belleza sin defectos es capaz de cautivar. ¿Y aun así enamoró a Marco Aurelio? – Nerón está perplejo.alexandraPetronio hizo gala de toda su astucia:

–           Tu sensibilidad de artista solo aprecia la perfección absoluta  y en cuestión de mujeres, es necesaria la belleza provocativa y sensual.

El emperador confirmó:

–           No solamente en ellas, también en los hombres es necesaria, además de la fuerza. Y… – Hizo un gesto lascivo muy significativo y agregó- Y el placer supremo es obtener lo que se anhela.

El Árbitro de la Elegancia contestó un tanto displicente:

–           No obstante, estoy dispuesto a apostar con Haloto acerca de ella. Y por su preferencia hacia los varones, él encontrará que es hermosa porque está “muy estrecha de caderas”.

Nerón sonrió con picardía y repitió guiñando un ojo:

–           Muy estrecha de caderas.

En los labios de Petronio se dibujó una imperceptible sonrisa.

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Pero Haloto, que hasta ese momento había estado concentrado en una discusión con Babilo el astrólogo, respecto a los sueños premonitorios; se volvió hacia Petronio y aun cuando NO tiene la menor idea del asunto que se ha estado tratando, dijo con vehemencia:

–           ¡Estás equivocado! Yo opino como el César.

El escritor le replicó:

–           Muy bien. Acabo de sostener que tienes algunos destellos de inteligencia, pero el César insiste en que eres simplemente un asno.

Nerón soltó una sonora carcajada…

Y luego confirmó:

–           ¡Habet! (Así es) – volviendo hacia abajo el pulgar, como lo hace en el Circo cuando un gladiador recibe un golpe y debe ser eliminado.

En un extremo de la mesa imperial está sentado, el Intendente del Placer del César.

Aulo Vitelio heredó de su padre un maravilloso talento para la adulación y el día que nació, Sextilla su madre, una mujer severamente virtuosa y de distinguida familia, ordenó que trajeran a los astrólogos para que pronosticaran el horóscopo de su nacimiento.

Pero el augurio fue aterrador:

“Superando a Alcmeón, emulará a  Saturno y después de que alcance la dignidad suprema, un gallo cantará sobre su cabeza y tendrá el castigo de los parricidas.”

Esto espantó de tal suerte a toda su familia, que todos enfocaron todos sus esfuerzos en impedir que se le confiase ninguna provincia y que nunca tuviese el cargo de cónsul.

Cuando era todavía lactante, fue cedido por su padre al anciano Tiberio y pasó su primera infancia y parte de su adolescencia en Capri, adquiriendo el afrentoso nombre de “spintria” por el género de favores concedido al emperador en sus repugnantes complacencias.

En su juventud, después de que Calígula ajusticiara a un auriga porque perdió una carrera con Incitatus, empezó a guiar los carros del emperador.

Como es un hombre con una estatura muy elevada, tuvo un incidente en una carrera y la herida de su pierna le trajo como secuela, el tenerla más delgada que la otra y esto hace tenga una manera muy particular de caminar.

Después, dirigió su talento a otras cosas menos peligrosas y fue compañero de juegos de Claudio.

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Estas dos pasiones, más su innegable experiencia para complacer en todos los ámbitos, le atrajo  las simpatías de los últimos tres emperadores.

A Nerón lo conquistó completamente el día que estaba presidiendo los juegos neronianos y vislumbró que el emperador apenas podía reprimir el deseo de competir con los citaristas, pero no se atrevía a hacerlo, a pesar de las peticiones de varios de sus amigos.

En la inquietud resultante, Nerón miraba el teatro con absoluta fascinación y moviendo la cabeza, prefirió salir.

Entonces Vitelio se levantó y lo llamó al escenario, expresándole que también presidía los deseos del Pueblo y no estarían satisfechos hasta que les mostrara su extraordinario talento.

De esta manera, le proporcionó al emperador el placer de rendirse y poder cumplir de esta manera su más anhelado sueño.

Y desde aquel día, fue elevado a la cumbre de todos los honores y adquirió el cargo que le dio su nombre: Vitelio, Intendente del Placer.

Un día le pidió a Locusta que le diera el mismo veneno que le preparó a Nerón para envenenar a Británico y lo usó con su hijo Petroniano.

Luego lo calumnió para defenderse…Y desde entonces su apetito por el vino y la comida se volvieron insaciables.Aunque acostumbra vomitar, esta voracidad ha tenido como consecuencia, el que su rostro esté encendido y manchado, por el abuso del vino.

Su vientre es muy abultado y su cuerpo alto y atlético, ahora tiene una obesidad mórbida.

Sextilla estaba muy deprimida, disgustada del presente y aterrorizada por un nefasto porvenir. Un día le pidió veneno y él se lo ofreció sin ninguna dificultad.

De esta forma Vitelio, ahora comparte con el emperador no solo los mismos crímenes, sino también el mismo tormento.

Esto ha hecho que su amistad se vuelva más estrecha y firme.

La primera parte del augurio de su nacimiento se ha cumplido totalmente. ¿Qué pasará en el futuro?… Pero mejor trata de no pensar en eso…

Y ahoga su inquietud con el vino y la comida. Porque al igual que Nerón, ha perdido la paz y nada le hace sentir alivio.

Desde su primera juventud, compartió su vida con el liberto Asiático y estaban muy unidos por el comercio de su mutua prostitución. Pero un día huyó muy disgustado y ya no lo volvió a ver, hasta que supo que estaba en Puzol y era dueño de una taberna.

Vitelio mandó que lo arrestaran y lo obligó a servirlo nuevamente para sus placeres. Pero se cansó de su carácter áspero y regañón. Y la semana anterior lo vendió a un lanista.

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Sus principales vicios son la glotonería y la crueldad.

Y este hombre tan corrupto que ha sido el terror en las provincias donde ha gobernado, no comprende por qué haber hecho esto lo tortura tanto…

Cuando lo fustiga el remordimiento, empieza a beber desde que despierta…

Y ya se siente ebrio, desde antes de emprender su travesía hacia el Gran Triclinio.

Más tarde…

El César dirigió su atención hacia una joven patricia llamada Julia Mesalina y le preguntó:

–                ¿En dónde está la hermosa Estatilia?

ROMA mesalinaLa linda y sensual mujer, le contesta:

–           Fue a Nápoles con Ático Vestinio. Regresarán en el otoño.

Haloto, siguiendo el hilo de una conversación anterior, insistió:

–          Pero yo creo en los sueños y sé que a veces son premonitorios.

Julia Mesalina declaró:

–           Yo sí creo. Anoche soñé que me había convertido en una virgen vestal.

A esta ocurrencia, Nerón batió palmas y todos le imitaron. La aplaudieron en medio de ruidosas carcajadas, pues Julia es conocida en Roma por sus múltiples divorcios y su fabuloso desenfreno.

Pero ella sin desconcertarse en lo más mínimo, agregó:

–           ¿Y qué? Todas ellas son viejas y feas. Solo Rubria es diferente. Y si mi sueño se volviera realidad, ya seríamos dos.

Petronio la miró y dijo con gentileza:

–           Admitamos entonces purísima Julia, que tú podrías volverte una vestal. Pero solo en sueños.

Ella replicó provocándolo:

–           Pero ¿Y si el César lo ordenase?

Petronio la miró inalterable y le dijo con calma:

–           En tal caso yo creería que los más imposibles sueños, pueden llegar a ser una realidad.

Haloto intervino:

–           Y efectivamente, muchos sueños llegan a serlo.

Nerón declaró:

–                 Ayer soñé que Júpiter lanzaba un rayo que arrancaba el cetro de la mano de Augusto   y a mí me dejaba completamente desnudo. – y miró fijamente a su astrólogo personal.

Babilo se sorprendió, tuvo un gran sobresalto y rápidamente trató de disimularlo…  Luego de una larga pausa, cautelosamente respondió:

–          Las predicciones y los sueños están relacionados.

–           No puedo evitarlo. Tengo un mal presentimiento…  Si este sueño significa un mal augurio ¿Aun crees que lo que me predijeron en Delfos se llegue a cumplir?

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–           Hasta ahora lo habías considerado un augurio dichoso. ¿Por qué no seguir pensándolo así? – esquivó Babilo hábilmente.

Julia Mesalina preguntó mimosa:

–                     ¿Qué fue lo que te predijo Apolo, divinidad?

El César respondió:

–                      Que Roma dejaría de existir y mi nombre seguiría resonando a través de los siglos.

Tigelino intervino:

–                     Es un augurio glorioso.

Nerón dijo preocupado:

–                     ¿Y mi sueño de ayer? Mi corazón se angustió.

Petronio trató de tranquilizarlo:

–           Estás más fuerte que nunca ¿Por qué preocuparte por algo que tal vez nunca suceda?

Tigelino, por el odio que siente hacia Petronio, dijo impulsivo:

–                     Tú tienes razón divinidad. Los dioses no son infalibles.

Haloto, por la misma razón confirmó:

–                     Ya ves lo que le pasó a Apolo con Jacinto. No pudo impedir su muerte.

Petronio declaró imperturbable:

–                     Por eso algunos ya no creen en los dioses.

Trhaseas agregó:

–                      Sí. Para ellos mismos, son incapaces de impedir el infortunio…

El César los miró a todos con perplejidad y preguntó:

–                     Si lo interpreté correctamente, ¿Qué pasará con los Claudios? (Todos los miembros de su familia)

Séneca sentenció:

–           Para qué te preocupas… Cuanto mayor es la prosperidad, tanto menos se debe confiar en ella. Sólo el tiempo descubre la verdad.

Nerón cuestionó:

–           ¿Entonces Apolo mi protector está equivocado? ¿A quién le debo creer?

Julia Mesalina dijo:

–           Comprendo que haya gente que ya no cree en los dioses. Pero, ¿Cómo es posible no creer en los sueños?

Babilo contestó:

–           Una vez un procónsul muy incrédulo envió un esclavo al Templo de Delfos con una carta cerrada y con la orden de que nadie la abriese. Hizo esto para ver si el dios podía contestar la pregunta contenida en la carta. El esclavo durmió una noche en el templo con el fin de tener un sueño profético y cuando regresó dijo: “Vi a un joven que brillaba como el sol y solo dijo una palabra: ‘Blanco’.

El procónsul palideció. Y les extendió una carta con el sello intacto a sus huéspedes que al igual que él, eran incrédulos. Le pidió a uno que la abriera y la leyese… –aquí Babilo se calló. Y alzando su copa de vino empezó a beber.

Haloto no pudo contenerse:

–           ¿Qué contenía la carta?

Babilo dijo lentamente:

–           En ella había esta pregunta: “¿De qué color ha de ser el toro que debo sacrificar? ¿Negro o blanco?”

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Julia Mesalina contestó:

–           No podemos ir por la vida sin creer en nada, pues nada hay para sostenerse. ¿Quién puede vivir así?

Séneca replicó:

–           La vida se divide en tres tiempos: presente, pasado y futuro. De éstos, el presente es brevísimo. El futuro, dudoso. Y el pasado es lo único cierto.

Trasheas agregó:

–           Y sería tonto dejar de disfrutarla por creer en los augurios.

Haloto observó:

–           Los augurios siempre se cumplen… Y si alguien dice que no, que le pregunte a Vitelio.

En ese preciso instante el aludido, que había llegado ebrio al banquete; intempestivamente y sin ningún motivo, soltó una sonora carcajada.

Nerón preguntó:

–           ¿De qué se ríe ese barril de sebo?

Petronio contestó con displicencia:

–           La risa distingue a los hombres de las bestias. Y ése no tiene otra prueba para demostrar que no es un jabalí.

Vitelio dejó de reír y miró a todos con asombro, como si no los conociera. Luego levantó las dos manos y dijo con voz ronca:

–          No encuentro mi anillo. –y volviendo a reír, empezó a buscarlo en el peplo de Melisa, la mujer que está junto a él.00guillaume-seignac-french-1870-1929-jeune-fille-au-papillon-oil-on-canvas-97-8-x-78-7-cm

Queriendo burlarse, al mismo tiempo; Haloto se puso a imitar los gritos de una mujer aterrorizada y que sufre violencia.

Y una mujer joven con rostro de niña y mirada lasciva, llamada Lucila, dijo en voz alta:

–           Está buscando lo que no ha perdido. –Y añadió con poca delicadeza- Lo que quiere es agasajar a la que siempre está dispuesta para el que se le acerque.

El poeta Marcial concluyó:

–          De todas maneras,  casi siempre obtiene lo que desea.

Conforme pasan los minutos, la fiesta se hace cada vez más animada.

Multitud de esclavos van y vienen trayendo nuevas viandas. De grandes vasos llenos de nieve y adornados con guirnaldas de hiedra, extraen y sirven incesantemente diversos licores.

De graciosas y bellas jarras de metales preciosos, escancian los vinos.

Todos beben sin restricción.

A intervalos caen rosas desde arriba, sobre las cabezas de los invitados. Entonces…

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Petronio dijo a Nerón:

–           Será mejor que solemnices la fiesta con tu canto, antes de que los presentes se excedan en la bebida y estén tan ebrios que no puedan apreciar el arte y la belleza que solo tú puedes brindarnos.

Y un coro de voces apoyó esta petición.

Pero Nerón se negó al principio, diciendo:

–         Los dioses saben cuántos esfuerzos me cuestan cada una de mis composiciones y de mis éxitos. Lo hago, porque comprendo que es necesario mi aporte para el arte. Y además, si Apolo me concedió el don de la voz, no es conveniente desperdiciarlo. Pero ahora tengo la garganta lastimada y estoy un poco ronco. Ayer me abrigué con un manto de pieles de visón, pero no me sirvió de nada. Estoy pensando en hacer un viaje a Anzio, para respirar el aire del mar.

Aulo Plaucio, le imploró en nombre del arte y la humanidad:

–         Todos sabemos, ¡Oh divino cantante y poeta! Que has compuesto un nuevo himno a Venus, que comparado con el de Lucrecio, el de éste último parece el aullido de un lobezno.

Esporo agregó:

–           Falta el evento más importante para que éste banquete sea una verdadera fiesta. Y un gobernante tan bondadoso como tú, no debe causar semejantes torturas a sus súbditos, privándonos de tu voz privilegiada.

Pitágoras confirmó:

–          No seas cruel, ¡Oh, César!

Y los demás le hacen coro repitiendo la petición uniéndose a todos los que están cercanos.

Nerón extiende las manos en señal de que se ve obligado a ceder.

Todos los semblantes le demuestran su gratitud. Y la atención de todos los asistentes se centra en él.

Entonces  el César da la orden de anunciar a Popea que va a cantar. Y mirando a todos…

Luego manifiesta:

–           Ella no va a venir a la fiesta porque está un poco resentida en su salud. Pero ya que  no hay mejor medicina que mi canto, que es el que le da algún alivio. La he llamado para no privarla de él.

CONTINUARA…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

4.- LA PRIMERA LECCIÓN


Cerca de una zanja, Jesús está sentado bajo los olivos. En la forma habitual que acostumbra, con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos adelante y las manos juntas. La tarde desciende y la luz se va cada vez más. Se ha quitado el manto, porque tiene calor y su vestido blanco resalta sobre lo verde del lugar.

Un hombre va subiendo entre los olivos y parece buscar a alguien. Es muy alto; joven, de cabello castaño oscuro y ensortijado. Viste muy elegante, en un alegre color palo de rosa que al ondear; hace más llamativo su manto color tinto. Cuando distingue a Jesús, sus ojos gris oscuro brillan y su bello rostro se ilumina. Apresura el paso hasta llegar a Él y lo saluda con alegría:

–           ¡Salve, Maestro!

Jesús se vuelve sorprendido. Y lo mira con seriedad y una gran tristeza.

El recién llegado repite:

–           Te saludo, Maestro. Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te   acuerdas de mí?

Jesús responde:

–           Te recuerdo y te reconozco. Eres el que me hablaste con Tomás, la Pascua pasada.

–           Y al que le dijiste: “Piensa y reflexiona al decidirte, antes de mi regreso.’ Ya he decidido. ¡Aquí estoy!

Jesús lo mira realmente triste y le dice:

–            ¿Por qué vienes, Judas?

–            Porqué… Te lo dije la otra vez. Porque sueño en el reino de Israel y yo te he visto cual Rey.

–            ¿Vienes por este motivo?

–            Por éste. Me pongo a mí mismo y a cuanto poseo: capacidad, conocimiento, amistades, fatiga; a tu servicio y al servicio de tu misión, para reconstruir a Israel.

También Judas es un hombre muy alto, casi igual a Jesús.  Los dos están frente a frente y se miran. Jesús, serio y muy triste.

Judas, exaltado. Con su aspecto joven y señorial; sonriente, hermoso, elegante, frívolo y ambicioso.

Jesús dice:

–            Yo no te busqué, Judas.

Judas contesta:

–            Lo sé. Pero yo si te buscaba. Día tras día, puse en las puertas quién me avisase de tu llegada. Pensaba que vendrías con seguidores y que así, fácilmente se podría saber de Ti. Pero fue al contrario. He comprendido que estabas porque después de que curaste a un enfermo, los peregrinos te bendecían; pero nadie sabía decirme en donde estabas. Entonces me acordé de este lugar. Si no te hubiese encontrado aquí, me hubiera resignado a no encontrarte más.

–            ¿Piensas que ha sido para ti un bien el haberme encontrado?

–            Sí. Porque te buscaba. Te anhelaba. Te quiero.

–            ¿Por qué?… ¿Por qué me has buscado?

Judas lo mira extrañado y dice:

–            ¡Ya te lo dije, Maestro! ¿No me has comprendido?

–            Te he comprendido. Sí… te he comprendido. Pero quiero que tú también me comprendas a Mí, antes de seguirme. Ven, hablaremos en el camino.

Y empiezan a caminar uno al lado del otro, subiendo y bajando por las veredas que atraviesan el olivar.

Jesús dice:

–            Tú me sigues por una idea que es completamente humana, Judas. Debo disuadirte. No he venido para eso.

Judas objeta:

–            Pero ¿No eres Tú el señalado Rey de los Judíos? ¿Del que han hablado los Profetas? Han venido otros. Pero les faltaron muchas cosas y cayeron como hojas que el viento no vuelve a levantar. Tú tienes a Dios contigo en tal forma que haces milagros. Donde está Dios, el éxito de la misión es seguro.

–            Has dicho bien. Yo tengo a Dios conmigo. Soy su Verbo. Soy el que profetizaron los Profetas, el Prometido a los Patriarcas. El Esperado de las multitudes. Pero ¿Por qué te has hecho así; ciego y sordo para que no sepas leer y ver; oír y comprender los verdaderos hechos? Mi reino no es de este mundo Judas, no te hagas ilusiones. Vengo a traer a Israel la Luz y la Gloria; pero no la luz y la gloria de esta tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel, al Reino. Porque de Israel y con Israel, debe formarse y brotar la planta de Vida Eterna, cuya Savia será la Sangre del Señor. Planta que se extenderá por toda la tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores son de Israel. Aún mis verdugos, serán de Israel. Y también el que me traicionará, será de Israel…

Judas protesta:

–            No Maestro. Esto no sucederá jamás. Aunque todos te traicionasen, yo quedaré y te defenderé.

–            ¿Tú, Judas?… Y ¿En qué fundas esta seguridad?

–            En mi palabra de honor.

–            Cosa más frágil es, que la tela de araña, Judas. A Dios debemos pedir la fuerza para ser honrados y fieles. ¡El hombre!… El hombre realiza obras de hombre. Pero para realizar obras del espíritu. –Y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir, realizar obras del espíritu.- Es necesario matar al hombre y hacerlo renacer. ¿Eres capaz de cosa tan grande?

Judas afirma totalmente seguro de sí:

–            Sí, Maestro. Y después… No todo Israel te amará. Pero Israel no dará ni verdugos, ni traidores a su Mesías. ¡Te espera desde hace siglos!

–            Me los dará. Recuerda a los Profetas… sus palabras y el fin que tuvieron. Estoy destinado a desilusionar a muchos. Y tú eres uno de ellos. Judas, tienes enfrente de ti a un hombre manso, pacífico, pobre y que quiere permanecer pobre. No he venido para imponerme, ni para hacer guerras. No disputo a los fuertes ni a los poderosos, ningún reino, ningún poder. Sólo disputo a Satanás las almas.

Y he venido a destrozar las cadenas, con el fuego de mi amor. He venido a enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Te digo a ti y a todos: No tengáis sed de riquezas humanas, sino trabajad por el dinero eterno… desilusiónate Judas, si crees que soy un vencedor de Roma y de las castas que mandan. Tanto Herodes como los Césares, pueden dormir tranquilos mientras yo hablo a las multitudes. No he venido a arrebatar el cetro a nadie… Y mi cetro ya está listo. Pero nadie que no fuese Amor como Yo lo Soy, podría tenerlo. Vete Judas y medita.

–            ¿Me rechazas Maestro?

–            No rechazo a nadie, porque quién rechaza no ama. Pero dime, Judas: ¿Cómo llamarías al hecho de que alguien que sabe que tiene una enfermedad contagiosa, dijese a uno que no lo sabe y que se acerca a beber agua de su vaso: “Piensa lo que haces”? ¿Lo llamarías odio o amor?

–            Lo llamaría amor, porque no quiere que el que ignora su enfermedad, destruya su salud.

–            Dale también este nombre a lo que estoy haciendo.

–            ¿Puedo destruir mi salud al venir contigo? ¡No! ¡Jamás!

–            Más que destruir la salud, tú mismo te puedes destruir. Piensa bien, Judas. Poco se exigirá al que asesinare creyendo que lo hace justamente. Y lo cree porque no conoce la Verdad. Pero mucho será exigido de quién después de haberla conocido; no solo no la sigue, sino que se hace su enemigo.

–            Yo no lo seré. Acéptame, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el salvador y ves que soy pecador, oveja extraviada, un ciego que está fuera del camino recto; ¿Por qué no quieres salvarme? Acéptame. Te seguiré hasta la muerte…

–            ¡Hasta la muerte! Es verdad. Esto es cierto. Después…

–            ¿Después que, Maestro?

–            El futuro está en el seno de Dios. Mañana nos veremos junto a la Puerta de los Peces.

–            Gracias, Maestro. El Señor sea contigo.

–            Y su misericordia te salve.

Al día siguiente, al amanecer de un hermoso día de verano, alegrado por los pajarillos que cantan entre los olivos, lentiscos, acacias y el canto melancólico de las tórtolas silvestres; Jesús atraviesa el riachuelo sobre un grueso tronco que hace las veces de puente y llega al lugar convenido.

Hay muchos vendedores de hortalizas y de alimentos, que están esperando que se abran las puertas de la ciudad. Se oyen rebuznos de asnos que se pelean entre sí. Sus propietarios también participan intercambiando insultos. Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean porque el burro de uno de ellos se comió bastantes lechugas que estaban en el cesto del otro. La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol. Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza. Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Detente en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo. Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios. ¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate! ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra. Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos. El estupor apaga la ira. La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos. El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo. Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–                 ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿Sobre qué cosa apoyáis vuestro derecho? ¿Sobre esos pedazos de metal que están ahora en el polvo? Sobre esos trozos de hierro que no tenían ninguna otra fuerza, que el pecado de ira contra un hermano y…

La gente lo mira asombrada, primero por el prodigio y luego por la sabiduría que fluye de sus labios como una cascada. Todos escuchan muy atentos una larga disertación. Jesús habla sobre el amor al prójimo, la violencia y el homicidio…

Y concluye así:

–           Idos y meditad sobre esto.

Varias personas le dicen al mismo tiempo:

–            ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y haces pedazos las armas sólo con tu Voluntad?

Judas se adelanta de entre los soldados y  proclama:

–            Sólo uno puede hacer estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan Bautista es más grande que Él.

Judas acaba de proclamar su fe. Qué formidable apóstol hubiese sido, si desde el principio no vacila en anunciar al mundo hebreo lo que piensa de Jesús.

Un peregrino pregunta:

–           ¿Eres acaso el Mesías?

Jesús responde:

–           Lo Soy.

Otro hombre le dice:

–           Tengo a mi madre anciana que muere. ¡Sálvala!

Una mujer joven suplica:

–           Yo. Yo… ¡Mira! Estoy perdiendo las fuerzas por los dolores. –se descubre el rostro y muestra un gran tumor que le deforma la cabeza, a un lado del ojo izquierdo- Todavía tengo hijos pequeños. ¡Cúrame!

Jesús  mirando al hombre contesta:

–           Vete a tu casa. Tu madre te preparará esta tarde la cena. –se vuelve a la mujer- Y tú,  sé sana. ¡Lo quiero!

Después de unos segundos electrizantes. Ella siente que un calor la envuelve y recorre todo su cuerpo. Entonces la mujer se yergue, echa hacia atrás el manto y muestra su rostro, totalmente curada. Y le grita:

–           ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

Sonriendo con infinita compasión, su benefactor declara:

–           ¡Jesús de Nazareth!

La multitud enloquece de alegría:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Los burros hacen lo que quieren, pues ya nadie se ocupa de ellos. La voz se corre rápidamente y lo rodean los enfermos pidiendo salud. Muchos son sanados en forma espectacular. Jesús bendice y sonríe. Trata de romper el cerco que lo aclama, para entrar a la ciudad e ir a donde quiere; pero la gente no lo deja.

Varios le gritan a la vez:

–           ¡Quédate con nosotros! ¡En Judea! ¡En Judea!

Entonces Judas se acerca a Él:

–           ¡Maestro! ¿Lo ves Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que te quedes aquí… ¿Por qué te vas?

Jesús contesta:

–           No me voy Judas. He venido solo a propósito, para que la falta de educación de mis discípulos galileos, no moleste la sofistiquería de los judíos. Quiero reunir bajo el Cetro de Dios a todas las ovejas de Israel.

Judas argumenta:

–           Por esto te dije: “Acéptame” Yo soy judío y sé cómo tratar a mis iguales. ¿Te quedarás en Jerusalén?

–           Por pocos días. Esperaré a un discípulo que también es judío. Después viajaré por la Judea.

–           ¡Oh! Yo iré contigo. Te acompañaré. ¿Vendrás a mi tierra?… Te llevaré a mi casa. ¿Vendrás, Maestro?

–           Vendré. ¿Sabes alguna cosa del Bautista, tú que eres judío y vives con los poderosos?

–                      Sé que está todavía en prisión, pero lo quieren dejar salir de la cárcel, porque la gente amenaza con sedición si no liberan al Profeta. ¿Lo conoces?

–           Lo conozco.

–           ¿Lo amas?… ¿Qué piensas de él?

–           Pienso que no ha habido otro como él. ¡Ni siquiera Elías!

–           ¿Lo tienes en realidad como al Precursor?

–           Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia el sol. Bienaventurados los que estén preparados para el sol, por medio de su predicación.

Judas advierte:

–           Juan es muy duro.

–            Lo es tanto con los demás, como consigo mismo.

–            Eso es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres Bueno y es  fácil amarte.

–            Y sin embargo…

–            Y sin embargo ¿Qué, Maestro?

–            Como a él lo odian por su severidad, a Mí me odiarán por mi bondad; porque tanto la una como la otra predican a Dios. Y Dios no se deja ver de los que no aman. Pero está escrito que así será. Así como él ha sido primero que Yo en la predicación, así también me precederá en la muerte. Pero ¡Ay! De los asesinos de la Penitencia y de la Bondad.

–            ¿Por qué Maestro siempre estas tristes previsiones?… la multitud te ama, lo ves…

–           Porque es una cosa segura. La humilde multitud, sí me ama. Pero no toda la multitud es humilde, ni está compuesta por humildes. Pero no es tristeza la mía. Es una visión tranquila de lo futuro y una sumisión a la Voluntad del Padre, que para esto me ha enviado. Y para esto vine. Hemos llegado al Templo. Voy a Bel-Nidrasc a enseñar a la gente. Si quieres quédate.

–            Me quedaré a tu lado. No tengo otro objetivo que el de servirte y hacerte triunfar.

Los dos entran en el recinto del Templo.

Se detienen en el Pórtico del patio de los Gentiles, que está cubierto con mármoles de diversos colores. El lugar es muy hermoso y está lleno de gente. Jesús busca a su alrededor un lugar conveniente; pero antes de dirigirse a él, le dice a Judas:

–            Llámame al encargado del lugar. Debo presentarme, para hacer esto. No se vaya a decir que falto a las costumbres y al respeto.

–            Maestro, Tú estás sobre las costumbres y nadie más que Tú, tiene el derecho de hablar en la Casa de Dios. Tú que Eres el Mesías.

–            Lo sé. Tú lo sabes. Pero ellos no lo saben. No he venido para dar escándalo, ni para enseñar a violar la Ley, ni a las costumbres. Por el contrario; he venido a enseñar el respeto, la humildad, la obediencia y para quitar los escándalos. Por esta razón quiero pedir permiso para hablar en Nombre de Dios, haciéndome reconocer del encargado del lugar. Así es como hay que hacerlo.

Judas objeta muy remolón:

–            La otra vez no lo hiciste.

–            La otra vez me consumió el celo por la Casa de Dios, profanada con tantas cosas. La otra vez era el hijo del Padre. El Heredero que en Nombre del Padre y por amor de mi Casa, empleaba su Majestad, a la que son inferiores los encargados del lugar. Ahora soy el Maestro de Israel y enseño a Israel también esto. Por otra parte, Judas ¿Piensas que el discípulo es mayor que el Maestro?

–            No, Jesús.

–            Y ¿Tú quién eres?… Y ¿Quién Soy Yo?

–            Tú eres el Maestro y yo el discípulo.

–            Si reconoces que las cosas son así ¿Por qué quieres enseñar al Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre. Tú obedece a tu Maestro. La primera condición del hijo de Dios, es obedecer sin discutir, pensando que el Padre solo da órdenes santas. Condición primera del discípulo, es obedecer al Maestro; pensando que el Maestro sabe y solo da órdenes justas.

–            Es verdad. Perdona. Obedezco.

–            Te perdono. Ve y escúchame: acuérdate de esto. Recuérdalo siempre, en los días que están por venir.

–            ¿De obedecer?… Sí.

–            ¡No! Recuerda que fui respetuoso y humilde para con el Templo. Esto es, con las castas poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo. Interrogativamente… pero no se atreve a preguntar nada. Y se va pensando, sin comprender la conducta de su Maestro.

Regresa  con un sacerdote que ostenta lujosamente su alta jerarquía.

–           Maestro. He aquí al encargado.

Jesús lo saluda:

–           La paz sea contigo. Pido poder enseñar a Israel, entre los rabíes de Israel.

El sacerdote le pregunta:

–           ¿Eres tú rabí?

–           Lo Soy.

–           ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios que me habla con su Sabiduría y que me ilumina con su Luz todas las palabras de los textos sagrados.

–            ¿Acaso eres más que Hilell, Tú que sin maestro dices conocer cualquier doctrina? ¿Cómo puede uno aprender si no hay quién le enseñe?

–            Como se formó David, el pastorcillo desconocido y que llegó a ser el rey poderoso y sabio por la Voluntad de Dios.

–            ¿Cuál es tu nombre?

–            Jesús de José, de la estirpe de David y de María de Joaquín, de la estirpe de David. Y de Anna de Aarón, María la virgen que el sumo sacerdote casó en el Templo, según la Ley de Israel porque era huérfana.

–            ¿Quién lo prueba?

–            Todavía aquí deben haber levitas que se acuerden del hecho y que fueron coetáneos de Zacarías de la clase a Abía, mi pariente. Pregúntales si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. Pero ¿Quién me prueba que tú eres capaz de enseñar?

–            Escúchame y tú mismo decidirás.

–            Eres libre de hacerlo… Pero… ¿No eres Nazareno?

–            Nací en Belén de Judá. En el tiempo del censo que ordenó el César. Proscritos por leyes injustas, los hijos de David, están por todas partes, pero la estirpe es de Judá.

–            Sabes…los fariseos…Toda Judea… por Galilea…

–            Lo sé. Pero no desconfíes. En Belén vi la luz. En Belén Efratá de donde viene mi estirpe. Si ahora vivo en Galilea es solo para que se cumpla lo escrito…

El encargado se aleja unos metros, dirigiéndose a donde lo están llamando.

Judas pregunta:

–           ¿Por qué no le dijiste que Eres el Mesías?

Jesús contesta:

–           Mis palabras lo dirán.

–           ¿Cuál es lo escrito que debe cumplirse?

–           La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Mesías. Soy el Pastor de quién hablan los Profetas…

Jesús está inspirado. Judas lo contempla admirado. La gente se acerca atraída por la imponencia diversa de ambos, que son muy altos y varonilmente muy hermosa.

Jesús mira sonriendo con su inefable dulzura a la pequeña multitud. Se va hacia un pórtico y se apoya en una columna. Y empieza a hablar…

Y Judas se convierte en el mejor agente publicitario; pues empieza a decir a diestra y siniestra, a todo el que puede:

–           Es el Mesías el que os está hablando. Os lo aseguro. Yo lo conozco y soy su primer discípulo. Pedidle algún milagro. Él es muy poderoso. Cura. Lee los corazones. Responde a todas las dificultades…

Y con esta promoción empieza la demanda de milagros, cuando Jesús termina de predicar.

Jesús sonríe y cumple ampliamente con todas las expectativas de los que esperan en Él. Después, los dos van a orar al lugar más cercano al Santo de los Santos, como les está permitido a los israelitas varones. Luego salen del Templo.

Judas quiere quedarse con Jesús pero encuentra la oposición del Maestro:

–            Judas, deseo estar solo en las horas de la noche. Es cuando mi espíritu obtiene su alimento del Padre. Tengo más necesidad de la Oración, Meditación y soledad; que del alimento corporal. El que quiera vivir por el espíritu y quiera llevar a otros a que vivan la misma vida, debe posponer la carne. Diría casi matarla, para cuidar solo del espíritu. Todos, sábelo Judas; también tú; si quieres ser solamente de Dios, o sea, de lo sobrenatural.

–            Pero, Maestro. Nosotros pertenecemos todavía a la tierra. ¿Cómo podemos dejar de pensar en la carne y pensar solo en el espíritu? ¿No está en contradicción lo que dices con el Mandamiento de Dios: No matarás? ¿No se incluye en él, no suicidarse?… Si la vida es un don de Dios debemos amarla ¿O no?

–            Te responderé, como no respondería a una persona sin preparación; a la que le basta levantar la mirada del alma o de la mente a esferas sobrenaturales, para elevarse a los reinos del espíritu. Tú no eres un simple. Te has formado en ambientes que te han pulido… pero también te han manchado, con sus sutilezas y doctrinas. Judas ¿Te acuerdas de Salomón? Era sabio. El más sabio de aquellos tiempos. Recuerdas que después de haber conocido todo el saber humano, dijo: no hay más que vanidad. Todo es vanidad. Tener a Dios y observar sus Mandamientos; para el hombre, esto lo es todo. Ahora bien, te digo que es menester saber tomar lo que se come; es decir, que sea alimento y no veneno. Si algo nos hace daño, lo mejor es no comerlo; aun cuando sea agradable al paladar. Es mejor pan y agua de la fuente, que los manjares de la mesa del rey, en los que hay drogas que perturban y envenenan.

–            ¿Qué debo dejar, Maestro?

–            Todo lo que sabes que te hace daño. Dios es Paz y si quieres ponerte en el sendero de Dios; debes escombrar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz y te turba. Sé que es difícil reformarse a sí mismo; pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a que se haga hijo de Dios; a volver a crearse por medio de una segunda creación, en una autogénesis que él mismo quiere.

Y te responderé a lo que me preguntabas, para que no digas que quedaste en un error por culpa mía. Es verdad que suicidarse es lo mismo que matar. Sea la vida propia o la de otro. La vida es don de Dios y solo Dios que la dio, tiene el poder de quitarla. Quién se mata muestra su soberbia y Dios odia la soberbia.

–            ¿Muestra la soberbia? Yo diría más bien que la desesperación.

–            ¿Y qué es la desesperación, sino soberbia? Mira Judas, ¿Por qué alguien se desespera? Porque las desgracias se recrudecen contra él y se quiere por sí solo vencerlas, pero no se puede. O también porque siendo culpable, cree que Dios no puede perdonarlo. En el primero y el segundo casos, ¿No es acaso reina la soberbia? El que cree que por sí mismo puede hacer algo y no tiene la humildad para extender su mano al Padre y decirle: “No puedo, pero Tú si puedes. Ayúdame porque de Ti lo espero todo.” O bien el que dice: “Dios no puede perdonarme.” Lo dice porque midiendo a Dios consigo mismo, piensa que Dios no perdonaría, porque él tampoco si fuera el ofendido, no lo haría. En otras palabras, también esto es soberbia. El humilde compadece y perdona, aun cuando sufra por haber sido ofendido. El soberbio no perdona. Es soberbio porque no sabe doblar la frente y decir: “Padre, he pecado. Perdona a tu hijo culpable.” ¿No sabes Judas que el Padre perdonará a cualquiera que con corazón sincero y contrito, humilde y decidido a levantarse en el bien, lo pida?

Judas objeta:

–            Pero ciertos pecados no son perdonados. ¡No lo pueden ser!

–            Lo dices tú. Y será verdad porque el hombre así lo quiere. Pero en verdad, ¡Oh! En verdad te digo que aún después del Crimen más grande que puedas imaginarte, si el culpable corre a los pies del Padre infinitamente Perfecto y llorando le pidiese perdón. Le ofreciese expiación, pero sin desesperarse. El Padre le daría la manera de expiar, para merecer su perdón y salvar su alma. 

–            Siendo así, estás diciendo que quienes cita la Escritura que se mataron, ¿Hicieron mal?

–                         No es lícito hacer violencia a nadie y ni siquiera a sí mismo. Hicieron mal.    Según su conocimiento relativo del bien; habrán conseguido en determinados casos, misericordia de Dios. Pero desde que el Verbo ha iluminado con la Verdad y dado fuerzas a las almas con su Espíritu, a partir de ese momento no será perdonado quien muera desesperado. Ni en el momento del Juicio Particular; ni después  de siglos de Gehena; ni en el Juicio Final. ¡Jamás!… ¿Es dureza de Dios ésta?… ¡No! ¡No! ¡Es Justicia!

Dirá Dios: “Tú, criatura dotada de razón y de ciencia sobrenatural, a quién crié libre; creíste poder seguir el sendero que escogiste y dijiste: Dios no me perdona. Estoy separado de Él para siempre. Juzgo que debo aplicarme la justicia debida a mi delito. Huyo de la vida para escapar de los remordimientos- Qué jamás los habrías tenido, si hubieras venido a mi pecho paternal. Y cómo haz juzgado, vete. No hago fuerza a la libertad que te di. Digo amén a lo que has querido.”

Esto es lo que dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don y debe amarse. Pero ¿Qué clase de don es? Es un don santo y por eso debe amarse santamente. La vida dura, cuanto la carne es capaz de ella. Después empieza la vida grande, la vida eterna; que será de felicidad para los justos y de maldición para los injustos. ¿Es la vida fin o medio? Es medio. Sirve para el fin que es la eternidad. Por eso hay que dar a la vida lo que le sirve para la conquista del espíritu. Continencia de la carne en todos los aspectos. En todos. Continencia de la mente en todos sus deseos. En todos. Continencia del corazón en todas sus pasiones que saben a humano. Pero debe ser ilimitada en el ansia por las pasiones que llevan al Cielo: amor de Dios y del prójimo. Voluntad de servir a Dios y al prójimo. Obediencia a la Palabra Divina; heroísmo en el bien y en la virtud.

Te he respondido, Judas. ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y pregunta, si no sabes lo suficiente. Estoy aquí para enseñarte.

Judas parece reflexionar. Y luego dice:

–           He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil hacer lo que he comprendido. Tú puedes hacerlo porque eres Santo. Pero yo… Yo soy un hombre joven, lleno de vitalidad. Y de deseos de vivir…

–      He venido para los hombres, Judas. Y no para los ángeles. Ellos no tienen necesidad de Maestro, porque ven a Dios y viven en su Paraíso. No ignoran las pasiones de los hombres, porque la inteligencia que es su vida, les hace comprender todo. Y lo saben aun los que no son custodios del hombre. Pero espirituales como son, no podían tener más que un solo pecado. Como uno de ellos lo cometió y arrastró consigo a los menos fuertes en la Caridad: la Soberbia fue la flecha que manchó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles y lo convirtió en el Monstruo pavoroso del Abismo. No he venido para los ángeles; que después de la caída de Lucifer, se horrorizan tan solo de pensar en el orgullo. He venido para los hombres: Para hacer de ellos ángeles.

El hombre era la perfección de lo creado. Tenía de ángel el alma y del animal; la completa belleza de todas sus partes animales y morales. No existía creatura igual. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo. Y el último día que hubiese dormido sobre la Tierra; hubiera despertado como rey, con el Padre; en el Cielo.

Satanás ha arrebatado las alas al ángel-hombre y le ha puesto garras de fiera; deseos ardientes de inmundicia. Lo ha convertido en un hombre-demonio; más que hombre. Quiero borrar la mancha de Satanás. Destruir el hambre corrosiva de su carne manchada. Devolverle las alas al hombre y llevarlo otra vez para que sea rey, coheredero del Padre y del Reino Celestial.

Sé que el hombre, si realmente lo quiere; puede hacer todo lo que digo; para volver a ser rey y ángel. No os diré  que hagáis cosas que no podáis hacer. No soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado carne verdadera; para poder saber por experiencia de la carne, cuáles son las tentaciones del hombre.

Judas cuestiona:

–             ¿Y los pecados?

–             Tentados, todos pueden serlo. Pecadores; tan solo los que quieren serlo.

–             Jesús… ¿Jamás has pecado?

–             Jamás he querido pecar. Y esto no porque sea el Hijo del Hombre. Sino que      lo he querido y querré; para demostrar al hombre que el Hijo del Hombre no pecó; porque no quiso pecar y que el hombre si no lo quiere, puede también no pecar.

–              ¿Te has enfrentado alguna vez a las tentaciones?

–              Tengo treinta años, Judas. Y no he vivido ermitaño en la cueva de algún     monte, sino entre los hombres. Y aun cuando hubiese vivido en el lugar más solitario; ¿Crees que no hubiere llegado hasta ahí la Tentación?… Todos tenemos dentro de nosotros el Bien y el Mal. Sobre el bien sopla Dios y lo agita como incensario de agradables y sagrados trozos de incienso. Sobre el Mal sopla Satanás y lo convierte en una hoguera de ardientes pasiones. Pero el cuidado atento y la Oración constante, son arena húmeda sobre la Hoguera del Infierno: la sofoca y la domina.

–             Pero si jamás has pecado, ¿Cómo puedes juzgar a los pecadores?

–             Soy Hombre. Y Soy el Hijo de Dios. Cuanto pudiese ignorar como hombre   y juzgar mal; conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y… ¡Por lo demás!…  ¡Respóndeme esto!… Uno que tiene hambre, sufre más cuando dice: “Más tarde me sentaré a comer” o cuando sabe: “No hay comida para mí.”

–             Sufre más en el segundo caso. Porque tan solo de saber que no tiene comida;   con sólo el olor de los platillos, la boca se le hace agua.

–            Entonces la Tentación es tan fuerte como este deseo, Judas. Satanás sabe hacerla más aguda y tentadora, para llevar a cabo cualquier acción. Después del hecho consumado, tal vez provoque náuseas. Pero la Tentación no consentida, no desaparece; sino que es como un árbol podado: produce más ramas.

–            ¿Y jamás has cedido?

–             Jamás he cedido.

–             ¿Cómo lo has logrado?

–             He dicho: “Padre, no me dejes caer en la Tentación…”

Judas lo mira completamente asombrado y exclama:

–                  ¡Cómo!… ¿Tú, el Mesías?… ¿Tú, que obras milagros?… ¿Has pedido la            ayuda del Padre?

–                 No tan solo ayuda. Le he pedido: no inducirme en tentación.  ¿Crees tú, que porque Yo sea Yo; puedo prescindir del Padre? ¡Oh! ¡No!… en verdad te digo que el Padre concede al Hijo todo. Pero también te digo, que el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se pidiere al Padre en mi Nombre: será concedido.

Pero mira que hemos llegado a Get-Sammi, donde vivo.  Ya se distinguen  más allá de las murallas los primeros olivos. Tú vives más allá de Tofet. La tarde ya baja. No te conviene subir más allá. Nos volveremos a ver mañana, en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.

–                  También a Ti la paz, Maestro… más te quería decir otra cosa. Te acompaño hasta el cedrón y después me regresaré. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? ¿Sabes? La gente tiene en cuenta muchas cosas. ¿No conoces a alguien en la ciudad, que tenga una casa hermosa? Si quieres; yo puedo llevarte con amigos. Te hospedarán por la amistad que me tienen. Esos lugares, serán más dignos de Ti.

–                  ¿Así lo crees? Yo no lo creo. En todos los grupos hay dignos e indignos… Y sin faltar a la caridad, pero para no ofender a la Justicia; te digo que el indigno y el maliciosamente indigno; se encuentran frecuentemente entre los grandes. No es necesario; ni útil, ser poderoso; para ser bueno o para esconder el pecado a los ojos de Dios. Todo debe cambiarse bajo mi Señal. Y no será grande el que es poderoso; sino el que es humilde y santo.

–                  Pero para ser respetado. Para imponerse…

Jesús refuta:

–                             ¿Es acaso respetado Herodes?… ¿Lo es también César?… ¡No!.. Se les soporta y se les maldice con los labios y con los corazones. Créeme Judas; que entre los buenos o en los que tienen buena voluntad, sabré imponerme más con la modestia; que con el poderío.

–                             Pero entonces… ¿Despreciarás siempre a los poderosos? Te los harás enemigos. Pensaba hablar de Ti a muchos que conozco y que son famosos…

–                             Yo no desprecio a nadie. Iré a los pobres, como a los ricos. A los esclavos, como a los reyes. A los puros, como a los pecadores. Pero sí seré agradecido al que me dé pan y techo en mis fatigas. Cualquiera que sea el pan, cualquiera que sea el techo; preferiré siempre al que es humilde. Los grandes tienen de su parte, muchas alegrías. Los pobres no tienen más que su conciencia recta; un amor fiel, sus hijos y el saber que éstos los escuchan. Siempre me inclinaré hacia los pobres, los afligidos y los pecadores. Te agradezco tus buenos sentimientos; pero déjame en paz, en este lugar de paz y de oración… Vete. Y que Dios te inspire lo que esté bien.

Jesús deja al nuevo discípulo y se interna entre los olivos….

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO III


ILUSIONES DESTROZADAS

Vitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El clímax del banquete está listo…

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semicerrados.

Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinio…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la maldad y la depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas. Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo. Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo y es precisamente Marco Aurelio; el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza; el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia, totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino, quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia no le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

En ese estado, quiso cantar más versos suyos… pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!… ¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes? El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse. Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes; pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio. Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

17.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO II


EL SUEÑO IMPOSIBLE

Hasta ahora Popea Sabina ha dominado a Nerón en tal forma, que verdaderamente ella es el poder detrás del trono. Pero sabe perfectamente que cuando está de por medio su vanidad de cantante, auriga o poeta, es muy peligroso provocarlo. Y por eso llegó muy pronto.

Ataviada como el César, en traje de color amatista, lleva en su hermoso cuello una fabulosa gargantilla con  esmeraldas. Su actitud es dulce y sus cabellos dorados.

Y aunque es divorciada de dos maridos, tiene en su hermoso rostro, la expresión inocente de una virgen.

Es recibida con aclamaciones de: “¡Divina Augusta!”

Alexandra no había visto jamás una mujer más linda…

Y casi no da crédito a sus ojos, porque sabe que Popea Sabina, es una de las mujeres más viles y peligrosas de la tierra. Fabiola le había contado como a causa de sus intrigas, Nerón asesinó a su propia madre y a su esposa. La conoce por los rasgos de su vida que han referido los huéspedes y los siervos en la casa de Publio. Sabe que las estatuas erigidas en su honor, han sido derribadas por la noche. Y a pesar de los castigos, aparecen inscripciones injuriosas en la muralla, gritándole su vileza.

Y sin embargo, a la vista de la famosa Popea Sabina, considerada por gran parte de los romanos como la encarnación de la maldad y el crimen; a Alexandra le pareció que su rostro era angelical.

Y la admiró en su belleza y en su porte de emperatriz. Al mirarla, le parece casi imposible conciliar lo que ha oído de ella.

Asombrada, exclama:

–           ¡Ah! ¡Marco Aurelio! ¿Es posible?…

Pero él tribuno está alterado, mareado por el vino y muy impaciente por todo lo que ha sucedido y que rompió el encanto de su fascinación, alejándola de él…

Por lo mismo no la deja terminar de hablar y le dice:

–           Sí. Es muy bella. Pero tú eres mil veces más hermosa que ella. Tú misma no lo sabes, ni estás consciente  de ello o ya te hubiera pasado lo mismo que a Narciso…  Ella se baña en leche de burras, pero ni así se puede comparar contigo. Tú no te conoces a ti misma, preciosa mía. Ya no la mires, vuelve a mí tus ojos, tesoro de mi vida. Ven junto a mí y bebe un poco de vino…

Y mientras le habla, se fue acercando siempre más a Alexandra…

Al mismo tiempo que ella se aparta, estrechándose más hacia Actea.

Pero en ese preciso momento, se hizo un silencio total.

Nerón está parado, apoyando sobre la mesa un laúd; con el cual empezó a tocar y a declamar, cantando rítmicamente su propio Himno a Venus.

Ni la voz un tanto aguda ni los versos, son tan malos.

A Alexandra le pareció que el himno también era hermoso y al mismo César que tenía en las sienes su corona de laurel y levantaba su mirada hacia arriba mientras canta, le vio un aspecto más noble y mucho más terrible…

Y no tan repulsivo como al principio de la fiesta.

Cuando terminó el canto, todos contestaron con aplausos estruendosos y gritos de:

–           ¡Oh, divina voz! ¡Glorioso artista!

Lo aclama todo un público enajenado con su ídolo y ruidoso como una colmena.

Esporo lo mira arrobado… (El joven al que tratará como esposa en su viaje a Grecia)

Pitágoras, el joven griego de extraordinaria hermosura, está arrodillado a sus pies… (El mismo con quién después hará que lo casen, ordenando a los sacerdotes que hagan la ceremonia del matrimonio con los rituales completos y con Nerón vestido de novia)

Popea inclina su cabeza de dorados cabellos. Lleva sus labios a la mano de Nerón y la besa en silencio por largo tiempo.

Pero Nerón mira hacia Petronio cuyo elogio espera recibir, antes que el de cualquier otro cortesano…

Petronio comenta:

–           Si se trata de la música, Orfeo debe estar en este momento tan verde de envidia como Marcial y Lucano; que están aquí presentes. Y en cuanto a los versos, lamento que no sean peores; si lo fueran podría encontrar las palabras precisas para hacer su elogio.

Los dos poetas no tomaron a mal el epíteto de envidiosos que les dio Petronio.

Al contrario, le dirigieron a éste una mirada de gratitud y aparentando mal humor, Marcial empezó a murmurar así:

–           ¡Maldito destino que me obliga a ser contemporáneo de semejante poeta! Si no fuera así; Marco Valerio Marcial, podría encontrar un sitio en la memoria de los hombres y en el Parnaso.

Lucano, confirmó:

–           Pero no. Ahora estamos destinados a apagarnos, como una vela ante la luz del sol.

Petronio, que tiene una memoria sorprendente, empezó a repetir extractos del himno y a encomiar y analizar las más bellas expresiones.

Marcial hizo como que se olvidaba de su envidia, ante los encantos de la poesía y unió su éxtasis al de Lucano, aprobando las palabras de Petronio.

En el semblante de Nerón, se refleja una enorme satisfacción y su insondable vanidad con la que está tan engolosinado es tanta, que no se da cuenta que rayan en la estupidez.

Luego les indicó los versos que él considera más hermosos y enseguida consoló a Marcial diciéndole:

–          No pierdas el ánimo, porque cualquiera que sea la condición en que nace un hombre, el homenaje que las gentes rinden a Zeus, excluye el respeto a otras divinidades.- Y no se sonroja al compararse a sí mismo con el rey del Olimpo.

Después de esto se levantó para llevar a Popea a sus habitaciones, pues ella realmente se siente enferma y desea retirarse. Ordena a todos los presentes que ocupen sus lugares y que continúe la fiesta, prometiendo volver.

La suntuosidad de la corte lo llena todo de áureos reflejos y da a los objetos un inusitado esplendor. Igual que a los invitados, felices por estar sentados a la mesa del emperador y ansiosos de acercarse al dispensador de toda merced, riqueza o dominio… Una sola de cuyas miradas puede abatir hasta el suelo o exaltar más allá de toda previsión.

Y en efecto, un rato después regresa, para seguir disfrutando de otros espectáculos que el mismo Petronio o Tigelino, han preparado para el banquete.

En el centro del salón, sobre una plataforma, se presentan dos atletas que van a dar un espectáculo de pugilato.

Cuando empieza la lucha y aquellos poderosos cuerpos lustrosos parecen formar una sola masa, los huesos crujen entre sus brazos de hierro, aprietan las quijadas y rechinan los dientes. También se oyen los rápidos y sordos golpes que dan con los pies, sobre la plataforma cubierta de azafrán. Luego, de repente se quedan inmóviles y silenciosos, como si fueran estatuas de piedra. Enseguida vuelven a trabarse y destrabarse, con increíble habilidad.

Los ojos de los espectadores siguen con verdadero deleite los movimientos de incesante y tremendo esfuerzo, de aquellas espaldas, muslos y brazos. Es como una especie de danza malabarista, grotesca y fascinante a la vez. Pero la lucha no se prolonga demasiado…

Atlante es un maestro, fundador de la escuela de gladiadores que tiene bien fundamentada su fama de ser el hombre más fuerte del imperio.

La respiración de su oponente comienza a ser más agitada. Luego se oye salir de su garganta, algo como un estertor ronco y se le pone cianótico el semblante. Ha empezado a arrojar sangre por la boca y finalmente se desploma.

Una tempestad de aplausos, saludó el desenlace de esta lucha. Y Atlante pone el pie sobre el cuello del cadáver de su adversario. Luego pasea en el salón con el aire y la sonrisa del triunfador, una mirada de absoluta satisfacción. 

Más versos, teatro, danza, canto.

Todo es un escenario creado para expresar con la danza, como si fuera un cuadro con una pintura viva y expresiva, en  la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la vez que impúdico.

Azuzado por Tigelino, Nerón decide probar la lealtad de su consejero favorito.

Totalmente ajeno; Petronio conversa gentil con la joven mujer que apoya su bella cabeza en su hombro derecho, con la intimidad de una amante que se sabe apreciada.  Sylvia está casada con un político que viaja mucho. Es un secreto a voces entre los cortesanos que desde hace varios años sostiene una relación muy estrecha, con el Arbitro de la Elegancia.  El tiempo ha atemperado la pasión del principio y solo ellos conocen lo que hay en su corazón.

Nerón tiene una sonrisa siniestra y con humor perverso dice a Petronio:

–          ¿Tendrías inconveniente querido Petronio, en que Sylvia anime la parte más divertida de nuestra fiesta? –y su rostro tiene una expresión burlona y cruel.

Petronio, que lo conoce demasiado bien, esboza una sonrisa inescrutable y dice con displicencia:

–          Silvia es una mujer libre que siempre hace su voluntad. ¿Quién soy yo para oponerme?

La mujer que descansaba su cabeza en el hombro de Petronio, sonríe gentilmente. Se endereza, hace una ligera inclinación y contesta:

–          Tus deseos son órdenes, majestad.

Nerón la mira complacido y dice con cierto desgano:

–          Quiero que seduzcas a Lucrecia. Aquí.-señala el triclinio vacío que está a un lado.

Por toda respuesta ella inclina más la cabeza; deja su copa sobre la mesa. Se levanta y camina hacia el triclinio donde está Vitelio. Se inclina sobre una mujer joven que está riendo por las gracejadas del intendente de placeres de Nerón.  Lucrecia fue en otro tiempo, íntima amiga y amante de Popea  Sabina.

Mientras la mira fijamente, Silvia toma una de sus manos llena de joyas y atrapándole un dedo entre los dientes, lo mordió con mucho cuidado; saboreándolo luego con toda la boca.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lucrecia que mira sorprendida a Sylvia.

Ésta le ha soltado el dedo y la toma por la nuca con suavidad, acercando su rostro, hasta casi besarla. 

Luego comenzó a hablar con los labios apretados contra los de ella.

–                     Nerón desea realizar con nosotras una fantasía sexual.  Si eres inteligente, será mejor que me correspondas con total abandono.

La vibración de sus palabras contra sus labios, resulta terriblemente erótica…

Lucrecia comprendió.

Abrió la boca y correspondió apasionadamente a la caricia femenina.

Luego poniéndose de pie, sonrió provocativa y recorrió con la mirada desde los pies hasta la cabeza, a la hermosa mujer que la espera.

Tanto vestida como desnuda…  Es una persona fascinante…

Llevó su mano hacia el sedoso cabello rubio de Sylvia y dijo con coquetería:

–           No será ningún sacrificio. Eres perfectamente hermosa querida. Y también deliciosa. –esta última palabra la dijo humedeciendo la comisura de su boca con un gesto sugestivo.

Las dos avanzaron hacia el sitio que Nerón indicara previamente.

Lucrecia es una mujer muy alta y delgada. Tiene unos ojos castaños, muy expresivos y grandes, en un rostro anguloso de facciones bellas y finas; su cabello castaño claro, está peinado y entrelazado con perlas.

Cuando llegan al triclinium, las dos actúan como si estuvieran en la intimidad de un dormitorio.

Se miran mutuamente, valorándose la una a la otra.

Después del escrutinio, les gusta lo que ven y deciden demostrárselo sin palabras.

Se acarician suavemente al principio y con premeditada lentitud.

Silvia le levanta el peplo y quedan al descubierto los senos pequeños y turgentes, que luego son acariciados con gran delicadeza. De pronto Lucrecia, voraz; posó su mano blanca y delicada sobre uno de los senos de Sylvia y juguetea con el pezón, a través de la tela que lo cubre, al tiempo que busca su boca hambrienta… Y se enfrascan en un duelo feroz.

El beso es apasionado y delirante; sus ropas se convierten en un impedimento insoportable. Con dedos temblorosos, ambas sueltan el broche de sus hombros y los peplos caen al suelo. Lo mismo sucede con las faldas…

Y pronto, ambas están desnudas y estrechamente enlazadas una a la otra. Se consumen con un deseo que crece como un incendio y tiene que ser saciado.

Quejidos, gemidos y suspiros, acompañan el desborde de caricias que las suspenden en el aire, excitadas e insatisfechas.

Sus labios se perfilan con leves mordiscos y suaves caricias con la lengua, electrizando todas sus terminaciones nerviosas, hasta que sus cuerpos exigen una satisfacción urgente que sorprende por su frenesí.

Apenas pueden respirar por lo intenso que es el placer.

Se acarician mutuamente con deleite; sorprendidas del poder intoxicante que pueden ejercer una sobre la otra. Sus bocas tiemblan por el erotismo salvaje de sus besos. 

Sus cabezas retumban por el volumen de las sensaciones y sus corazones laten al ritmo de un tambor primitivo. Han olvidado completamente al libidinoso público que las observa.

Aminio Rebio siente una excitación sexual devastadora y su voz truena como un rugido al exclamar:

–           Lucrecia es la única mujer que preserva mi gusto por los hombres.

Estas palabras son sorprendentes en un hombre que siempre ha manifestado abiertamente, su preferencia homosexual.

Y con un salto casi felino, se aproxima a la pareja que parece casi aislada del mundo y solo concentrada en su propio placer.

Con un movimiento ágil, se despoja de la toga y de la túnica. Y se dispone a explicar explícitamente, el porqué de semejante declaración.

Queda totalmente desnudo y con una gran erección.

Se coloca detrás de Lucrecia y la toma por la cintura, elevándola hacia él.

Ella tiene las caderas anchas y las piernas largas y muy bien torneadas. Cuando las poderosas manos masculinas se cierran sobre sus pechos menudos, con los pezones bien erectos ella casi no puede respirar; pues su placer se intensifica y al reconocerlo, apenas murmura:

–          ¡Oh, gatito mío; has venido!

Aminio jadeó contra sus rizos castaños.

Ella levanta ligeramente las caderas y él la penetra por detrás. Lucrecia se arquea contra él, mientras oleadas de calor la invaden y hacen que sus movimientos sean rítmicos; en círculo, frotándose contra el cuerpo masculino, mientras él está dentro de ella. Entonces la lujuria explota en un alocado frenesí y su forma de aferrarla es tan poderosa como posesiva. Y en preciso instante, la mujer comenzó a contraerse interiormente hasta el clímax total… Se retuerce ardiendo de deseo y sus gemidos de placer, braman desde su interior incrementándose siempre más…

Treinta segundos después de penetrarla, ella alcanza el orgasmo.

Él permanece totalmente controlado y la lleva al clímax varias veces sin salir de ella; colmándola y haciéndola estremecerse en un ruidoso alivio. A Lucrecia la ha convertido en una hembra en celo y copula con ella como si fuera un animal salvaje…

 Aquello no tiene nada que ver con el amor...   Es solamente sexo. 

Tigelino, queriendo humillar aún más a Petronio; se acerca al trío y se apodera de la mujer que piensa que es preciosa para su enemigo… Aparta a Sylvia con brusquedad y la acaricia con frenesí, con pasión llena de triunfo.  Ella le sigue el juego y el trío se convierte en cuarteto.

Petronio mira todo aquello con fría calma. Sorprendido con la revelación de sus propios sentimientos, pues no está celoso. Sumido en sus pensamientos, reflexiona en el enorme vacío que siente dentro de sí y en el sabor amargo de los placeres efímeros. Siente un inmenso cansancio y tedio. ¿Qué es lo que le pasa? Tiene todo para ser feliz y sin embargo, le falta el júbilo del verdadero amor. Un dolor lo invade al cuestionarse porqué la felicidad es tan inaccesible.

Y sin comprenderlo totalmente: ¡Cómo anhela sentir un amor tan apasionado y vehemente, como el que manifestó Marco Aurelio, la mañana en que irrumpió en su biblioteca!

Lo que verdaderamente anhela en lo más profundo de su alma es encontrar una mujer que sea al mismo tiempo bellísima como un ensueño y virtuosa como una virgen, para convertirla en reina de su hogar y que ella a su vez lo adore tanto, que le de los hijos que completarían una familia feliz. Pero en este tiempo son perlas rarísimas y comprende que tal vez está soñando con un imposible. Las mujeres así ya no existen.

Un gran quebrantamiento lo envuelve y lo llena de amargura, sin encontrar ningún alivio.

Bebe un sorbo de la copa de vino y piensa: ‘¡Oh! Si tan sólo pudiera llegar a amar, deseando morir por el ser amado…’ -Suspira profundamente.

¡Algo muy similar a la envidia lo estremece, al volver su mirada hacia donde está su sobrino!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

16.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO I


INTENDENTE DEL PLACER

Hasta entonces ella no le había visto nunca y su aspecto es muy diferente a como lo había imaginado…

Vio una figura casi grotesca: un hombre muy obeso, de cuello corto, con una cabeza y una cara como de niño. Trae una túnica de color amatista que ha sido prohibido a los simples mortales y  que da unos reflejos azulados a su rostro redondo, que es más bello que agradable. Tiene los cabellos peinados en bucles simétricos. No tiene barba, pues la ha sacrificado a Júpiter; aunque hay rumores de que tal sacrificio se debe a su color rojo, como la han tenido todos en su familia. Su frente es amplia, sus cejas pobladas con el ceño contraído. En todo su aspecto y sus ademanes se advierte su plena conciencia del poder supremo.

Alexandra recuerda también las conversaciones de Tito y Vespasiano en la casa de Publio y evoca la imagen que habían bosquejado de él:

Debajo de esa frente coronada de semidiós, está la cara de un muñeco siniestro y lleno de crueldad; un beodo comediante, inflado de gordura a pesar de su juventud y con algo indefinible que lo hace repugnante.

A Alexandra le pareció un ser ominoso; pero más que nada, muy repulsivo…

Después de una pausa larguísima, Nerón dejó la esmeralda y no miró más a la joven.

Ésta a su vez, quedó impresionada por sus salientes ojos azules, vidriosos y como hastiados. Unos ojos fríos y completamente vacíos de toda expresión…

Mientras tanto…

En la mesa imperial, Nerón pregunta a Petronio:

–           ¿Es ése el rehén del que está enamorado Marco Aurelio?

El escritor se detuvo en el movimiento de llevar una aceituna a la boca y dijo con una gran indiferencia:

–           Ella misma.

–           ¿Cómo se llama su patria?

–              Partia.

–           ¿Marco Aurelio la cree hermosa?

–           Pon un tronco de olivo en un peplo de mujer y Marco Aurelio lo declarará hermoso. –Sonrió y agregó- Es un hombre demasiado gentil y yo no puedo hacer nada. ¡Oh!  Pero en tu semblante, juez incomparable, estoy leyendo la sentencia… ¡No es necesario que la pronuncies! Y esa sentencia es justa: demasiado delgada, sin formas y sin gracia. Un simple botón sobre un frágil tallo.

Nerón preguntó con incredulidad:

–           ¿Cómo es posible? ¿Acaso tu sobrino no heredó en tu familia, el amor por la auténtica belleza? Por lo que he podido apreciar, tengo que admitir que tiene un rostro esplendoroso.

Petronio replicó:

–           Tú mejor que nadie, sabes que eso no es suficiente.

–           Eso es cierto. Sólo la belleza sin defectos es capaz de cautivar. ¿Y aun así enamoró a Marco Aurelio? – Nerón está perplejo.

Petronio hizo gala de toda su astucia:

–           Tu sensibilidad de artista solo aprecia la perfección absoluta  y en cuestión de mujeres, es necesaria la belleza provocativa y sensual.

El emperador confirmó:

–           No solamente en ellas, también en los hombres es necesaria, además de la fuerza. Y… – Hizo un gesto lascivo muy significativo y agregó- Y el placer supremo es obtener lo que se anhela.

El Árbitro de la Elegancia contestó un tanto displicente:

–           No obstante, estoy dispuesto a apostar con Haloto acerca de ella. Y por su preferencia hacia los varones, él encontrará que es hermosa porque está “muy estrecha de caderas”.

Nerón sonrió con picardía y repitió guiñando un ojo:

–           Muy estrecha de caderas.

En los labios de Petronio se dibujó una imperceptible sonrisa.

Pero Haloto, que hasta ese momento había estado concentrado en una discusión con Babilo el astrólogo, respecto a los sueños premonitorios; se volvió hacia Petronio y aun cuando no tiene la menor idea del asunto que se ha estado tratando, dijo con vehemencia:

–           ¡Estás equivocado! Yo opino como el César.

El escritor le replicó:

–           Muy bien. Acabo de sostener que tienes algunos destellos de inteligencia, pero el César insiste en que eres simplemente un asno.

Nerón soltó una sonora carcajada…

Y luego confirmó:

–           ¡Habet! (Así es) – volviendo hacia abajo el pulgar, como lo hace en el Circo cuando un gladiador recibe un golpe y debe ser eliminado.

En un extremo de la mesa imperial está sentado, el Intendente del Placer del César.

Aulo Vitelio heredó de su padre un maravilloso talento para la adulación y el día que nació; Sextilla su madre, una mujer severamente virtuosa y de distinguida familia, ordenó que trajeran a los astrólogos para que pronosticaran el horóscopo de su nacimiento.

Pero el augurio fue aterrador:

“Superando a Alcmeón, emulará a  Saturno y después de que alcance la dignidad suprema, un gallo cantará sobre su cabeza y tendrá el castigo de los parricidas.”

Esto espantó de tal suerte a toda su familia, que todos enfocaron todos sus esfuerzos en impedir que se le confiase ninguna provincia y que nunca tuviese el cargo de cónsul.

Cuando era todavía lactante, fue cedido por su padre al anciano Tiberio y pasó su primera infancia parte de su adolescencia en Capri, adquiriendo el afrentoso nombre de “spintria” por el género de favores concedido al emperador en sus repugnantes complacencias.

En su juventud, después de que Calígula ajusticiara a un auriga porque perdió una carrera con Incitatus, empezó a guiar los carros del emperador. Como es un hombre con una estatura muy elevada, tuvo un incidente en una carrera y la herida de su pierna le trajo como secuela, el tenerla más delgada que la otra y esto hace tenga una manera muy particular de caminar.

Después, dirigió su talento a otras cosas menos peligrosas y fue compañero de juegos de Claudio. Estas dos pasiones, más su innegable experiencia para complacer en todos los ámbitos, le atrajo  las simpatías de los últimos tres emperadores.

A Nerón lo conquistó completamente el día que estaba presidiendo los juegos neronianos y vislumbró que el emperador apenas podía reprimir el deseo de competir con los citaristas, pero no se atrevía a hacerlo, a pesar de las peticiones de varios de sus amigos. En la inquietud resultante, Nerón miraba el teatro con absoluta fascinación y moviendo la cabeza, prefirió salir.

Entonces Vitelio, se levantó y lo llamó al escenario, expresándole que también presidía los deseos del pueblo y no estarían satisfechos hasta que les mostrara su extraordinario talento. De esta manera, le proporcionó al emperador el placer de rendirse y poder cumplir de esta manera su más anhelado sueño.

Y desde aquel día, fue elevado a la cumbre de todos los honores y adquirió el cargo que le dio su nombre: Vitelio, Intendente del Placer.

Un día le pidió a Locusta que le diera el mismo veneno que le preparó a Nerón, para envenenar a Británico y lo usó con su hijo Petroniano. Luego lo calumnió para defenderse…

Y desde entonces su apetito por el vino y la comida se volvieron insaciables. Aunque acostumbra vomitar, esta voracidad ha tenido como consecuencia el que su rostro esté encendido y manchado, por el abuso del vino. Su vientre es muy abultado y su cuerpo alto y atlético, ahora tiene una obesidad mórbida.

Sextilla estaba muy deprimida, disgustada del presente y aterrorizada por un nefasto porvenir; un día le pidió veneno y él se lo ofreció sin ninguna dificultad.  De esta forma Vitelio, ahora comparte con el emperador, no solo los mismos crímenes, sino también el mismo tormento. Esto ha hecho que su amistad se vuelva más estrecha y firme.

La primera parte del augurio de su nacimiento se ha cumplido totalmente. ¿Qué pasará en el futuro?…

Pero mejor trata de no pensar en eso y ahoga su inquietud con el vino y la comida. Porque al igual que Nerón, ha perdido la paz y nada le hace sentir alivio.

Desde su primera juventud, compartió su vida con el liberto Asiático y estaban muy unidos por el comercio de su mutua prostitución. Pero un día huyó muy disgustado y ya no lo volvió a ver, hasta que supo que estaba en Puzol y era dueño de una taberna.

Vitelio mandó que lo arrestaran y lo obligó a servirlo nuevamente para sus placeres. Pero se cansó de su carácter áspero y regañón. Y la semana anterior lo vendió a un lanista.

Sus principales vicios son la glotonería y la crueldad. Y este hombre tan corrupto que ha sido el terror en las provincias donde ha gobernado, no comprende por qué haber hecho esto lo tortura tanto…

Cuando lo fustiga el remordimiento, empieza a beber desde que despierta… Y ya se siente ebrio, desde antes de emprender su travesía hacia el Gran Triclinio.

Más tarde…

El César dirigió su atención hacia una joven patricia llamada Julia Mesalina y le preguntó:

–                ¿En dónde está la hermosa Estatilia?

La linda y sensual mujer, le contesta:

–           Fue a Nápoles con Ático Vestinio. Regresarán en el otoño.

Haloto, siguiendo el hilo de una conversación anterior, insistió:

–          Pero yo creo en los sueños y sé que a veces son premonitorios.

Julia Mesalina declaró:

–           Yo sí creo. Anoche soñé que me había convertido en una virgen vestal.

A esta ocurrencia, Nerón batió palmas y todos le imitaron. La aplaudieron en medio de ruidosas carcajadas, pues Julia es conocida en Roma por sus múltiples divorcios y su fabuloso desenfreno.

Pero ella sin desconcertarse en lo más mínimo, agregó:

–           ¿Y qué? Todas ellas son viejas y feas. Solo Rubria es diferente. Y si mi sueño se volviera realidad, ya seríamos dos.

Petronio la miró y dijo con gentileza:

–           Admitamos entonces purísima Julia, que tú podrías volverte una vestal. Pero solo en sueños.

Ella replicó provocándolo:

–           Pero ¿Y si el César lo ordenase?

Petronio la miró inalterable y le dijo con calma:

–           En tal caso yo creería que los más imposibles sueños, pueden llegar a ser una realidad.

Haloto intervino:

–           Y efectivamente, muchos sueños llegan a serlo.

Nerón declaró:

–                 Ayer soñé que Júpiter lanzaba un rayo que arrancaba el cetro de la mano de Augusto   y a mí me dejaba completamente desnudo. – y miró fijamente a su astrólogo personal.

Babilo se sorprendió, tuvo un gran sobresalto y rápidamente trató de disimularlo…  Luego de una larga pausa, cautelosamente respondió:

–          Las predicciones y los sueños están relacionados.

–           No puedo evitarlo. Tengo un mal presentimiento…  Si este sueño significa un mal augurio ¿Aun crees que lo que me predijeron en Delfos se llegue a cumplir?

–           Hasta ahora lo habías considerado un augurio dichoso. ¿Por qué no seguir pensándolo así? – esquivó Babilo hábilmente.

Julia Mesalina preguntó mimosa:

–                     ¿Qué fue lo que te predijo Apolo, divinidad?

El César respondió:

–                      Que Roma dejaría de existir y mi nombre seguiría resonando a través de los siglos.

Tigelino intervino:

–                     Es un augurio glorioso.

Nerón dijo preocupado:

–                     ¿Y mi sueño de ayer? Mi corazón se angustió.

Petronio trató de tranquilizarlo:

–           Estás más fuerte que nunca ¿Por qué preocuparte por algo que tal vez nunca suceda?

Tigelino, por el odio que siente hacia Petronio, dijo impulsivo:

–                     Tú tienes razón divinidad. Los dioses no son infalibles.

Haloto, por la misma razón confirmó:

–                     Ya ves lo que le pasó a Apolo con Jacinto. No pudo impedir su muerte.

Petronio declaró imperturbable:

–                     Por eso algunos ya no creen en los dioses.

Trhaseas agregó:

–                      Sí. Para ellos mismos, son incapaces de impedir el infortunio…

El César los miró a todos con perplejidad y preguntó:

–                     Si lo interpreté correctamente, ¿Qué pasará con los Claudios? (Todos los miembros de su familia)

Séneca sentenció:

–           Para qué te preocupas… Cuanto mayor es la prosperidad, tanto menos se debe confiar en ella. Sólo el tiempo descubre la verdad.

Nerón cuestionó:

–           ¿Entonces Apolo mi protector está equivocado? ¿A quién le debo creer?

Julia Mesalina dijo:

–           Comprendo que haya gente que ya no cree en los dioses. Pero, ¿Cómo es posible no creer en los sueños?

Babilo contestó:

–           Una vez un procónsul muy incrédulo envió un esclavo al Templo de Delos con una carta cerrada y con la orden de que nadie la abriese. Hizo esto para ver si el dios podía contestar la pregunta contenida en la carta. El esclavo durmió una noche en el templo con el fin de tener un sueño profético y cuando regresó dijo: “Vi a un joven que brillaba como el sol y solo dijo una palabra: ‘Blanco’. El procónsul palideció. Y les extendió una carta con el sello intacto a sus huéspedes que al igual que él, eran incrédulos. Le pidió a uno que la abriera y la leyese… –aquí Babilo se calló. Y alzando su copa de vino empezó a beber.

Haloto no pudo contenerse:

–           ¿Qué contenía la carta?

Babilo dijo lentamente:

–           En ella había esta pregunta: “¿De qué color ha de ser el toro que debo sacrificar? ¿Negro o blanco?”

Julia Mesalina contestó:

–           No podemos ir por la vida sin creer en nada, pues nada hay para sostenerse. ¿Quién puede vivir así?

Séneca replicó:

–           La vida se divide en tres tiempos: presente, pasado y futuro. De éstos, el presente es brevísimo. El futuro, dudoso. Y el pasado es lo único cierto.

Trasheas agregó:

–           Y sería tonto dejar de disfrutarla por creer en los augurios.

Haloto observó:

–           Los augurios siempre se cumplen… Y si alguien dice que no, que le pregunte a Vitelio.

En ese preciso instante el aludido, que había llegado ebrio al banquete; intempestivamente y sin ningún motivo, soltó una sonora carcajada.

Nerón preguntó:

–           ¿De qué se ríe ese barril de sebo?

Petronio contestó con displicencia:

–           La risa distingue a los hombres de las bestias. Y ése no tiene otra prueba para demostrar que no es un jabalí.

Vitelio dejó de reír y miró a todos con asombro, como si no los conociera. Luego levantó las dos manos y dijo con voz ronca:

–          No encuentro mi anillo. –y volviendo a reír, empezó a buscarlo en el peplo de Leticia, la mujer que está junto a él.

Queriendo burlarse, al mismo tiempo; Haloto se puso a imitar los gritos de una mujer aterrorizada y que sufre violencia.

Y una mujer joven con rostro de niña y mirada lasciva, llamada Lucila, dijo en voz alta:

–           Está buscando lo que no ha perdido. –Y añadió con poca delicadeza- Lo que quiere es agasajar a la que siempre está dispuesta para el que se le acerque.

El poeta Marcial concluyó:

–          De todas maneras,  casi siempre obtiene lo que desea.

Conforme pasan los minutos, la fiesta se hace cada vez más animada.

Multitud de esclavos van y vienen trayendo nuevas viandas. De grandes vasos llenos de nieve y adornados con guirnaldas de hiedra, extraen y sirven incesantemente diversos licores.

De graciosas y bellas jarras de metales preciosos, escancian los vinos.

Todos beben sin restricción.

A intervalos caen rosas desde arriba, sobre las cabezas de los invitados. Entonces…

Petronio dijo a Nerón:

–           Será mejor que solemnices la fiesta con tu canto, antes de que los presentes se excedan en la bebida y estén tan ebrios que no puedan apreciar el arte y la belleza que solo tú puedes brindarnos.

Y un coro de voces apoyó esta petición.

Pero Nerón se negó al principio, diciendo:

–         Los dioses saben cuántos esfuerzos me cuestan cada una de mis composiciones y de mis éxitos. Lo hago, porque comprendo que es necesario mi aporte para el arte. Y además, si Apolo me concedió el don de la voz, no es conveniente desperdiciarlo. Pero ahora tengo la garganta lastimada y estoy un poco ronco. Ayer me abrigué con un manto de pieles de visón, pero no me sirvió de nada. Estoy pensando en hacer un viaje a Anzio, para respirar el aire del mar.

Aulo Plaucio, le imploró en nombre del arte y la humanidad:

–         Todos sabemos, ¡Oh divino cantante y poeta! Que has compuesto un nuevo himno a Venus, que comparado con el de Lucrecio, el de éste último parece el aullido de un lobezno.

Esporo agregó:

–           Falta el evento más importante para que éste banquete sea una verdadera fiesta. Y un gobernante tan bondadoso como tú, no debe causar semejantes torturas a sus súbditos, privándonos de tu voz privilegiada.

Pitágoras confirmó:

–          No seas cruel, ¡Oh, César!

Y los demás le hacen coro repitiendo la petición uniéndose a todos los que están cercanos.

Nerón extiende las manos en señal de que se ve obligado a ceder.

Todos los semblantes le demuestran su gratitud. Y la atención de todos los asistentes se centra en él.

Entonces  el César da la orden de anunciar a Popea que va a cantar. Y mirando a todos…

Luego manifiesta:

–           Ella no va a venir a la fiesta porque está un poco resentida en su salud. Pero ya que  no hay mejor medicina que mi canto, que es el que le da algún alivio. La he llamado para no privarla de él.

CONTINUARA…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA