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F9 ACTUALIDAD DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS


Moises

Habla Nuestro Señor Jesucristo.

Hijitos Míos, Soy vuestro Dios. Soy el Dios Encarnado. El que ha venido a traeros la Luz de Mi Padre al Mundo, a Mis pequeños, a los que son Míos, a los que siguen y seguirán Mis Enseñanzas. Os vengo a prevenir nuevamente sobre las acciones del Enemigo, del Mal, del Demonio que hizo caer en el pecado a vuestros Primeros Padres.

El mal siempre ha existido en el Mundo desde que éste fue permitido por vuestros Primeros Padres. El mal se enseñoreó y tomó posesión de Mi Creación. Yo os lo di a conocer como Príncipe de éste Mundo, en donde él, desde el Principio; ha combatido al Amor y a Sus Enseñanzas. Yo vine al Mundo a daros Luz, para disipar las tinieblas en las que vuestros antepasados estaban.

Si antes se caminaba prácticamente en la obscuridad, porque no escuchaban a los profetas de la antigüedad, ahora también se camina en las tinieblas por que no han aceptado Mis Enseñanzas.

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El juicio que tuvieron las almas de ése tiempo, fue más benévolo que el que tendréis ahora; ya que antiguamente les era más difícil que Mis Mensajes y Mis leyes se difundieran mejor entre los pueblos que existieron en el pasado.

Ahora habéis tenido Mi propia Predicación. Yo vuestro Dios, Personalmente he bajado a la Tierra a ayudaros. Yo os he dejado Leyes y Mandamientos a seguir, para obtener vuestra salvación y la de los vuestros. Os he dado Leyes para producir un nuevo cambio de actitudes, para que Mi Reino de Amor se dé en el Mundo ayudado por vosotros, por vuestra libre y total donación a Mi Voluntad.

Os he dado profetas, os he concedido la guía amorosa de Mi Madre, la Siempre Virgen María. Os he dado todo, hijitos Míos; para crear y producir amor a través vuestro y ¿Qué habéis hecho con todo ello? 

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Os he indicado que la espiritualidad que debéis acrecentar en vosotros mismos y en vuestras acciones, hará que Mi retorno se dé; porque habréis preparado el terreno para que Mi Amor sea fecundo en los corazones. Y así, cuando retorne Yo vuestro Dios y Salvador al Pueblo Escogido, hallaré la vid fecunda que alabará al Sembrador y a Sus Enseñanzas.

Pero así como Yo trabajo para los Míos, para los que han dejado todo lo del mundo. Han dejado todo lo que os pueda separar de Mis Enseñanzas, de Mi Amor, de la vida de la Gracia; también el Mal trabaja para difundir sus errores.

Os he prevenido de la actuación del mal y de sus secuaces. Os he dicho que el mal tiene también sus seguidores. Que es la cizaña que trata de ahogar al buen grano, que son los que Me siguen.

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Os he avisado que desde el Principio, la serpiente antigua iba a tratar de morder el talón de Mi Madre o sean los seguidores de la Verdad. Os he prevenido desde antiguo que el Mal iba a tender sus redes y caerían en ellas los que Me dieran la espalda: los traidores a la Verdad.

Así como Yo os he dado una cultura de Amor, Enseñanzas de Vida Eterna, Enseñanzas de Paz; para que los pueblos todos pudieran vivir en paz, en armonía, en amor fraterno. Así también Mi enemigo y el vuestro; ha procurado crear toda una cultura de odio, de muerte, de obscuridad espiritual, de ataque a todo lo que de su Dios proviene.

Él ha atacado desde el Principio cambiando Mis Leyes, destruyendo la vida desde sus inicios, sembrando el error y la desesperación. Cambiando la vida espiritual que debéis llevar, por vida material que no os dejará nada para la vida eterna. Os hace creer en una vida limitada, en la carne y sus placeres. Y no en una Vida Eterna: espiritual, llena de un amor muy superior al mundano.

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Estáis esperando a un personaje específico para atacarlo con vuestras débiles fuerzas espirituales. Pero no habéis crecido lo suficiente como para poderlo enfrentar contra todo su poder.

Estáis esperando a la persona real del Anticristo para poder enfrentarlo y según vosotros, atacar sus enseñanzas negativas al tenerlo ya en forma patente ante vosotros.

Y NO OS DAIS CUENTA DE QUE YA HABÉIS SUCUMBIDO A LA CULTURA DE MUERTE Y DE PECADO QUE ÉL HA DIFUNDIDO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS.

Así como Yo he preparado a los Míos para que Me reconozcan cuando retorne. Así, el Maligno ha preparado a los suyos para que lo acepten, lo sigan y ataquen Mis Leyes de Amor que os he dado.

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Ahora es el tiempo de la separación del trigo bueno y la cizaña. Mis hijos han escuchado Mi Voz. La Voz de su Dios, la Voz del Amor, la Voz de la Unión Fraterna y de la Paz de los pueblos; la Voz de la Pureza y de la Gracia, la Voz que las ha de guiar al Nuevo Paraíso, al Reino del Amor Eterno.

Los que son hijos del mal han seguido su voz. La voz del Pecado, la voz de la Impureza, la voz del Libertinaje, la voz de la Guerra entre hermanos y entre los pueblos. La voz de la muerte que se provoca en lo espiritual y en Mis pequeños asesinados en el vientre de sus madres. La voz de la depravación que ya no mide consecuencias. La voz que ataca todo lo bello que vuestro Dios os quiere dar y en lo que ya no queréis creer.

El Mal ha tendido sus redes. Os ha preparado también para que cuando él se muestre al mundo como persona física, también tenga sus seguidores que lo alaben y lo entronicen; para que así el Mal, su depravación, su libertinaje sin leyes de ninguna índole, prevalezcan en vuestro Mundo.

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Haced una pequeña reflexión. Tomaos un pequeño tiempo de reflexión y os daréis plena cuenta de ésta verdad.

VOSOTROS CREÍAIS QUE LA PRESENCIA DEL ANTICRISTO IBA A TRAEROS LA MALDAD A PARTIR DE SU APARICIÓN EN ADELANTE

Y no os habéis dado cuenta de que su podredumbre ya estaba diseminada, para preparar a sus seguidores; quienes lo apoyarán para reinar sobre todos vosotros, sobre todo el Mundo.

Os habéis dejado embaucar por sus mentiras. No habéis contraatacado con la vivencia en la virtud y en el amor y ahora habéis permitido que la cizaña cubra prácticamente, todo vuestro planeta. Y habéis así hecho fecundo el terreno para que el Anticristo reine entre vosotros.

LA CIZAÑA

Os vuelvo a abrir los ojos de la mente y del espíritu, para que os deis cuenta de lo que pronto acontecerá en el Mundo. Seréis testigos de su aparición personal. Será encumbrado por sus seguidores, por la cizaña. Y tratará de ahogar a los Míos, al buen trigo.

Solamente cuando recapacitéis bien en esta verdad, cuando os deis cuenta de que cada uno de vosotros permitisteis en poco o en mucho, que él pudiera seguir sembrando sus errores entre vosotros y en los vuestros. Cuando recapacitéis de corazón, pidáis perdón y ayuda por vosotros y por toda la vida en la Tierra. Cuando pidáis ayuda para vuestros hermanos caídos y mayor crecimiento espiritual entre los que luchan por el bien.

CUANDO ATAQUÉIS AL MAL CON EL BIEN,

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Entonces será cuando estaréis abonando Mi Tierra. En ése momento la virtud y el Amor Me llamarán a Mi Retorno. A salvaros de las garras del Mal y del Error y para salvaros, para la Eternidad.

Hijitos Míos, os vuelvo a recordar esto para que no esperéis hasta el último segundo para recapacitar y hacer un recuento de vuestra vida y de vuestro Mundo. ESTÁIS VIVIENDO MOMENTOS DE CAMBIO

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 Y de vosotros depende que éstos cambios sean con dolor y muerte. O sean de bienestar y vida.

Recordad que en Mí no hay rencores ni venganzas. Yo sólo quiero vuestro arrepentimiento sincero, para levantaros a la altura de Mi Corazón y permitiros gozar nuevamente de Mi Gracia y de la vida Eterna en Mi Reino de Amor.

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ACUDID A MI MADRE, para que Ella os guíe por caminos seguros de Pureza, Verdad y Amor, virtudes que ahora faltan en el Mundo.

Como antes os dije, los que son Míos viven en el Mundo, pero no son del mundo. No os ensuciéis de las cosas del mundo. Sed Míos y Yo os rescataré y os llevaré por caminos seguros de salvación. BuscadMe y Me encontraréis, buscad la Vida y encontraréis la Salvación Eterna. Pedid con verdadero ahínco la virtud de la humildad para que os deis cuenta de lo que actualmente sois. Y también pedid el Don del Discernimiento, para que el Maligno no os pueda engañar más.

Yo os bendigo en el Santo Nombre de Mi Padre, en Mi Santo Nombre y en el Santo Nombre de Mi Espíritu. Y que aquellos que se acojan a la protección de Mi Madre Santísima, queden bajo Su Amparo Eterno.

MARIA AMPARANOS

Habla Dios Padre

Hoy Hijitos Míos, os voy a hablar de un tema muy importante: vuestras acciones. Todos vosotros habéis visto alguna vez lo que pasa cuando se avienta una piedra en un lago: se forman ondas, primero pequeñas y fuertes y hacia el exterior grandes y suaves. Así sucede con vuestras acciones buenas y malas.

Cada alma es como el lago y lo que vuestra voluntad haga, se va a reflejar a las demás almas, a todas, vivas en la Tierra y vivas en el Purgatorio y en el Cielo. Todas vuestras acciones tienen trascendencia; nada se pierde, todo afecta a bien o a mal.

Una buena acción afectará primero a los más cercanos a vosotros y se irá difundiendo hasta lugares y personas a las que vosotros ni siquiera conocéis. Se irradia el bien y vosotros lo habéis constatado alguna vez. Algún acto bueno que hicisteis, sobre todo aquellos que no llevaban alguna intención soberbia, ayuda primero al que la recibe; éste transmite la experiencia a otro u otros y estos toman esta buena acción como enseñanza en sus vidas.

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Al hacerla suya y vivirla, la va a transmitir a otros. Y así indefinidamente hasta que en alguno se detenga esa fuerza benéfica por no quererla transmitir, por falta de amor hacia los demás. Es una propagación de Mí Amor, hacia vuestro prójimo.

Lo mismo sucede con las obras malas. Se van propagando, afectan a varios, hasta que el amor existente en alguien que las recibe, las detiene. Estas ondas del bien o del mal también afectan al Purgatorio y al Cielo. Las de mal, detienen y atrasan la salvación y glorificación de muchas.

Estad muy atentos con vuestras acciones porque todo se afecta y os afectáis a vosotros mismos. Porque si observáis bien al lanzar la piedra, al chocar contra una pared o algo sólido; esa onda se regresa hasta el punto de impacto de donde nació la onda y estos sóis vosotros.

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LO SÓLIDO CON LO QUE CHOCA LA ONDA ES MÍ JUSTICIA

Y sí os dáis cuenta, Yo no os regreso el mal. Yo no os castigo. El castigo regresa por sí mismo a vosotros. Todo regresa a la fuente de inicio.

Si de vosotros nació algo bueno, una idea, una acción, una ayuda; ella tarde o temprano regresará a vosotros como un bien para vosotros y los vuestros. Pero si vosotros produjisteis un mal, tarde o temprano se os regresará a vosotros y a los vuestros.

Es una ley real, dinámica, justa. Por eso estad atentos con vuestras acciones y procurad que todo lo que de vosotros salga sea bienestar, generosidad, amor y así vuestras vidas se verán colmadas con lo mismo que hagáis.

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Vosotros habéis sido constituidos para formar parte de la Creación Divina, para producir frutos de conversión y salvación, para dar gloria a vuestro Dios y Creador. Vuestras obras, todas, deben ser tendientes a que en ellas se manifieste el Espíritu de Dios y para que a través de ellas se manifieste Su Presencia y Su Voluntad, siempre buscando un mayor crecimiento y desarrollo espiritual.

Con la caída en el Pecado Original de vuestros Primeros Padres, empieza la banalidad de los actos humanos. Ese pecado se vuelve el primer acto humano y todos vosotros conocéis el resultado. Las capacidades y la fragilidad humanas, NUNCA se van a poder comparar a Mis Capacidades y a la finalidad amorosa de Mis Obras.

Mientras que Mis Obras siempre son tendientes al Amor; las vuestras, cuando las hacéis u obráis sólo a nivel humano, son tendientes siempre al egoísmo.

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Vuestra tendencia actual por tener el alma caída en el pecado, por tener la mancha del egoísmo; es de separación de vuestro Dios, a Su Voluntad y a la búsqueda de la vanagloria personal. Os apropiáis de los Dones recibidos y los utilizáis para vuestros propios intereses, que en la mayoría de los casos son para buscar un reconocimiento mundial, para llenar vuestras míseras pretensiones humanas, para enriqueceros ó para tener poder y control sobre vuestros propios hermanos.

No buscáis el servicio, la caridad, la mejora espiritual y material de vuestros semejantes, ayudados por méritos y dones que NO son vuestros. Tomáis y os apropiáis de los dones de Mi Santo Espíritu para vuestro propio beneficio.

Siempre que el hombre ha tomado Mis Dones para su propio beneficio o para ponerse en contra Mía, de vuestro Dios y Creador, siempre ha sufrido una caída espectacular. Entre éstas caídas está el Pecado Original; otra es la Torre de Babel, que cuando unidos los hombres de ése tiempo, se ponen en Mi contra y resulta la confusión de las lenguas.

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Luego, cuando los hombres se van adueñando de tierras y constituyen países, empiezan las guerras de hermanos contra hermanos y siempre con una finalidad egoísta. Ya sea de posesión de más tierras, de posesión de las riquezas que ésos otros pueblos han obtenido con su trabajo. Ya sea por posesión humana, causado por la belleza de una mujer o por tratar de aniquilar tal o cuál pueblo por sentirse superiores en raza o intelecto.

Cuánto mal produce el hombre cuando refleja en sus obras a su propio egoísmo, a su propio yo. Gran cantidad de los que llamáis “avances científicos”, están encaminados a ver por vuestros propios intereses y no los habéis puesto bajo Mi Guía o bajo Mi Protección; evitando con ello lo que a Mí se Me debe: el Primer Holocausto, la consagración de cada acto u obra humana.

Cuando vuestros planes, vuestros ideales, vuestra vida son consagrados y ofrecidos a Mí como debe ser y además aceptando vuestra pequeñez con sincera humildad; sabiendo que aún los más grandes logros humanos SIEMPRE van a ser defectuosos y limitados, como vosotros lo sois por causa del pecado y porque sois niños, en capacidades y en vida interior.

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Cuando obráis y aceptáis esto, obtendréis grandes logros; porque Yo vuestro Padre, voy a sustituir vuestras incapacidades, vuestras deficiencias con Mi Amoroso Poder, con Mi Amorosa Sabiduría. Y así entonces obraremos JUNTOS y obtendréis cosas tan grandes que os maravillaréis.

Cuando obráis con vuestras propias capacidades y con tonta vanagloria humana, obtenéis fracaso tras fracaso. Os daré un ejemplo de vuestra época en donde se dio éste egoísmo y ésta vanagloria humana: el trasatlántico Titanic. Según sus ingenieros era una maravilla de la ingeniería humana. Se envanecen a tal grado que declaran: ‘Ni Dios lo podrá hundir’ y obtienen su lección en el primer viaje. (Dios retiró su protección y chocaron con un iceberg)

Lo construyeron para ellos mismos, para envanecerse y además, no solamente no Me tomaron en cuenta para ofrecérMelo y consagrárMelo, puesto que el conocimiento se los dí Yo. Sino que además hasta ponen ésta pequeña obra humana en contra Mía, Me retaron y perdieron. 

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Esto no quiere decir que Yo voy a estar siempre pendiente a ver si vuestras obras Me las estáis ofreciendo o no. De hecho lo conozco y no lo estoy haciendo con la finalidad de destruir lo que se os olvidó, lo cuál tiene remedio.

Porque vosotros contáis con esa gracia, la de retomar todos vuestros actos del pasado en los cuáles Yo aún no aparecía como Actor principal en vuestras vidas y en éste presente Me podéis ofrecer todo aquello y Yo lo tomaré. Y os lo agradeceré como si lo acabarais de hacer. Y obtendréis las gracias y bendiciones que retuve en ésos momentos pasados por vuestro olvido.

Lo que sucedió con el Titanic no fue olvido, sino soberbia humana y reto directo a Mí, vuestro Dios.

¿OS DÁIS CUENTA DE QUE CADA DÍA OBRÁIS ASÍ ?

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Creáis Titanics en vuestras vidas y con vuestras obras diarias. A veces con olvidos y a veces con retos soberbios. Os afanáis en construir grandes obras humanas, deficientes, pequeñas y al no tomarMe en cuenta consagrándoMelas y ofreciéndomelas. Así se quedan, pequeñas y deficientes. Y no producen crecimiento espiritual para los demás ni para vosotros mismos. Y por consiguiente, se desvanecen tanto vuestras obras como vosotros mismos.

No dejáis huella de amor y servicio en vuestro paso por el Mundo, sino de egoísmo y destrucción.

Buscáis sobresalir de entre vuestros semejantes y si sobresalís, a veces quedáis marcados por vuestro mal proceder. Porque buscasteis vuestras propias necesidades y gustos. Vuestro bienestar antes que el de los demás. De ésta forma conocéis los nombres de personajes del pasado y actuales; que han sido muy destructivos al propiciar guerras entre hermanos al hacerlos luchar pueblo contra pueblo o nación contra nación.

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Por otro lado podéis ver la vida de semejantes vuestros, que sin buscar vanagloria sino servicio a sus semejantes; poniendo toda su vida y esperanzas en Mi Voluntad. PidiéndoMe ayuda en todo momento al saberse pequeños y limitados; han hecho grandes obras en el Amor divino y en el humano. Porque ha habido primeramente humildad y en seguida caridad.

De aquí surgen nombres de mujeres y hombres grandes entre vosotros, que han dado crecimiento a la humanidad a nivel científico, moral o espiritual. Y al ser reconocidos así, han tenido un reconocimiento mundial que nunca buscaron. En muchos de ellos se les reconoce una verdadera santidad, porque ellos dejan reflejar Mi Presencia interior y no su egoísmo humano.

¿Comprendéis ahora cómo deben ser vuestros actos pequeños y deficientes, a la vista de vuestro Padre? DádMe todo lo vuestro. TODO.  Aún lo más pequeño y deficiente. Para que unido a Mi Amor, a Mi Voluntad en los méritos de Mi Hijo Jesucristo; vuestras obras alcancen niveles inconmensurables. Niveles inimaginables a vuestras escasas capacidades.

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Entended una vez más de que sois niños y que vuestro conocimiento, aún el de vuestros grandes sabios actuales; es infinitamente inferior al Mío. Y que si os quedáis solos y actuáis solos; vuestros actos seguirán así, infinitamente pequeños y deficientes.

Contáis con Mi Gracia, contáis con Mi Voluntad, contáis con Mi Guía Paterna. TOMADLAS Y APRENDERÉIS A VIVIR OTRA VIDA. Amadlas y aprenderéis a vivir otra vida. Una vida llena de Mi Gloria y una vida llena de Gracias Divinas, porque ya no obraréis solos.

Vuestras obras irán impregnadas de Mi Presencia Divina y así avanzaréis a pasos agigantados en vuestra ascensión espiritual y amorosa hacia Mi Corazón Paterno.

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Buscad vuestra fusión a MI Voluntad, a Mi Ser… Y veréis el cambio tan fuerte, tan radical que se dará en vuestras vidas y en el desarrollo integral de todo el género humano. Ya no viváis ni actuéis aislados.

Yo vuestro Dios y Creador, lleno de un inmenso deseo de compartir todo aquello que hacen Mis hijos…

Quiero vivir en vuestras vidas para levantaros…

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 Y llevaros a la Dignidad en la que fuisteis pensados y constituidos en el Principio.

Venid a Mí y no os arrepentiréis, no desperdiciéis Mis Tesoros infinitos.

Hijitos Míos, Mis pequeños, Mis amados de Mi corazón: Yo vuestro Dios y Creador, he puesto Una Ley en vuestro corazón.

OS HE DADO MIS PRECEPTOS PARA QUE AL SER CUMPLIDOS,

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PUDIÉRAIS VIVIR EN LA LIBERTAD EN LA QUE FUISTEIS CREADOS. 

Y al daros a Mi Único Hijo, os elevo al rango de hijos del Padre y coherederos de Mi Reino.

Así como Mi Hijo os explicó en el pasado Mensaje, sobre lo que está sucediendo y sucederá en breve en vuestro Mundo; Yo ahora os quiero ayudar a que reflexionéis sobre vuestro comportamiento pasado y presente; para que podáis afectar el futuro, con vuestra mejora de vida espiritual.

42Los Mandamientos de Dios

Yo vuestro Dios, Dios de todas las generaciones; dí a Mi pueblo escogido Diez Mandamientos a cumplir; haciéndoles hincapié en que si los llevaban a cabo, Yo vuestro Dios, su Dios; los consentiría siempre. 

Aún desde el principio Mi Pueblo Escogido fue terco y falto de fé para Conmigo. Aún a pesar de haberles mostrado Mi Poder con grandes prodigios, con los que los iba guiando y protegiendo de los otros pueblos que los querían destruir.

Les di profetas, les di reyes, les di de las mejores tierras… Les di grandes hombres, que fueron muchas veces ejemplo para los otros pueblos. Y aún así Me dieron la espalda. LES DI A MI PROPIO HIJO. Y burlándose de Él, lo mataron.

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El Mal ha atacado siempre a Mi Obra. Y en ella sin excepción, os encontráis todos vosotros.

Hoy os quiero recordar algunas cosas y a poneros en guardia; para que os deis cuenta como el Demonio os ha atacado durante todo el tiempo de la Creación, desde que hubo vida humana sobre la Tierra.

Yo os dí Diez Mandamientos que aunque Mi Hijo os dijo que lo ideal sería que se resumieran en dos,

OS LOS DI PARA QUE OS COMPORTARAIS COMO VERDADEROS HIJOS MÍOS AL CUMPLIRLOS.

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El Maligno ha atacado Mis Mandamientos y los ha ridiculizado ante todos vosotros. Por lo cual vosotros ya ni los tomáis en cuenta y caéis en la soberbia. Y con ella él os ha tapado los ojos del alma.

Al vivir ciegos espiritualmente, actuáis como seres libertinos, que no queréis aceptar ni seguir ley alguna; con lo cuál habéis permitido que el Pecado se haya implantado fuertemente en el Mundo y sea la causa de que vaya rápidamente a su destrucción total.

Al Primer Mandamiento:

AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS, CON TODO TÚ CORAZÓN Y A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO

 el Maligno os envuelve en su mentira para alejaros de Mí. Os endiosa a vosotros mismos, a través del embellecimiento de vuestro exterior, volviéndoos dioses de carne.

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Os ha llevado a exaltar a vuestro propio ego, ya en lo físico, ya en lo intelectual. Os ha hecho creer que valéis muchísimo, porque es vuestra belleza exterior y vuestras capacidades intelectuales las que realmente cuentan. Ahora sois bellezas reales. Estatuas labradas vivientes. Hermosuras que van de un lado a otro causando sensación en algunos y envidias en otros. Sois ahora estatuas bellísimas al estilo griego; pero frías como el granito y vacías de Mi Vida Divina en vuestro corazón.

Sois ídolos de carne y hueso. Y que al igual que los ídolos de madera o de piedra que no saben AMAR y no saben ADORAR a su verdadero Dios, así ahora estáis vosotros viviendo en este mundo de falsedad.

Al Segundo Mandamiento:

NO JURARÁS EL SANTO NOMBRE DE DIOS.

El Mal con sus mentiras, os hace jurar por alguien más; ya que tan falsos os habéis vuelto que tenéis necesidad de anteponer Mi Nombre o el nombre de una persona respetable; porque ya vuestra persona ha perdido toda veracidad y respetabilidad.

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Al jurar en Mi Nombre o en el de otros, estáis mostrando vuestra inseguridad en vuestro valer. Juráis en mi Nombre porque vuestro nombre, vuestra honra ya no es fidedigna. Ya no es lo suficientemente valiosa como para ser respetada por los demás. El Maligno os ha llevado a la deshonra total. Al fango, al pecado mortal; para que por medio de vuestra caída se deshonre Mi Obra Creadora.

Al Tercer Mandamiento:

SANTIFICARÁS MIS FIESTAS.

Os ha llevado a haceros olvidar lo que el Domingo y lo que las Fiestas de Guardar deben significar para un verdadero hijo Mío.

En la antigüedad era un honor poder acercarse al Arca de la Alianza ó posteriormente, poder ir a la sinagoga. Sólo la gente preparada podía hacerlo. Se preparaban para que su presencia ante Mi Presencia fuera del máximo respeto. Y del máximo gozo al permitírseles conocer Mi Palabra y poder usarla para poder comunicarse más respetuosamente con su Dios.

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Esperaban con ansia el Día del Señor: la Fiesta Divina en la que el hombre podía entrar en la Casa de su Señor y su Dios. Aún su vestimenta era la mejor, para presentarse ante su Dios y se purificaban antes de entrar al recinto sagrado. Se interesaban en estudiar Mis Palabras, dadas a través de Mis profetas. Y todo era gozo inmenso, por estar ante Mi Presencia.

Todo el día era consagrado a su Dios. Y ahora, ¿Qué os ha sucedido, Mis pequeños? Os habéis dejado embaucar por el Maligno. Y con sus ataques ha desviado vuestra atención hacia la cosas del mundo en el día que Me pertenece.

Si no salís de “día de campo” con la familia, os sentáis ante el televisor a ver un juego de pelota u os reunís con los amigos a platicar de algún tema de “interés” tomando bebidas alcohólicas, que sólo van a adormilar más vuestros sentidos; para que el Día se pase sin que Me toméis en cuenta.

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TOMÁIS MI DÍA COMO VUESTRO DÍA DE DESCANSO TOTAL y Yo que deseo estar con Mi familia terrena en Mi Casa, no lo puedo tener; porque Mi Familia se ha olvidado de su Padre Celestial.

Al Cuarto Mandamiento:

“AMAR AL PADRE Y A LA MADRE”.

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El Maligno os ha llevado a la destrucción de la familia. De hecho ya muchos de vosotros vais al Sacramento del Matrimonio con la firme idea de no concebir, lo cual de inmediato anula al Sacramento, ya que se pone en contra de Mi Orden Divina de “Creced y Multiplicaos”.

La soberbia os ha negado tanto, que ya no respetáis las canas de vuestros progenitores.

Se os vuelven carga y los abandonáis; si no en asilos u hospitales, sí en sus hogares y casi nunca los visitáis.

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Llega con otros a tal grado su soberbia y su falta de agradecimiento a sus progenitores, que por ser de cuna humilde y que a pesar de que ellos se dieron con gran sacrificio, para darle una carrera al hijo o a la hija; estos al sentirse en mejor posición económica y social, niegan a sus padres.

¡Cuánta maldad ha puesto Mi Enemigo en el corazón del hombre! Oíd bien esto: Aquél que no respete a su padre o a su madre, no merece vivir Conmigo en el Reino de los Cielos.

Para el Quinto Mandamiento: “NO MATARÁS”

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El Maligno os ha llevado a destruiros unos a otros de palabra y de obra. De palabra con la crítica, afectando a la honra de vuestros semejantes. Y de obra al matarles cuerpo y alma.

 Os habéis vuelto FRATICIDAS, al matar a vuestros hermanos con el mal ejemplo; llevándolos a una vida sin Dios, a una vida en el pecado, a una vida vacía en los vicios y en las drogas.

Matáis a vuestros hermanos al ser cómplices de aquellos que convirtiéndose en instrumentos del mal, producen muerte moral y espiritual por medio de las revistas o publicaciones inmorales y pornográficas. O por medio de programas de televisión y de cine. Y vosotros permitís que vuestros hijos los vean.

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Y por último, quizá sean los que menos hay que están pecando contra éste Mandamiento, sean los asesinos que por asaltar, matan a sus hermanos. Por ello os dijo Mi Hijo Jesucristo: “Temed más a aquél que pueda matar vuestra alma”.

Para el Sexto Mandamiento:

NO FORNICARÁS NI COMETERÁS ACTOS IMPUROS”.

El Maligno os ha llevado a ver con “naturalidad” lo que va en contra de éste Mi Mandamiento, que afecta a la pureza en la que creé al Primer hombre y a la Primera mujer. Os hace creer que el amor consiste en el goce sexual simplemente.

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Y así os ha engañado en tal forma, que ahora lo véis tan “normal” en películas y revistas; que aquél que no ha tenido experiencias sexuales prematrimoniales, lo consideran raro, enfermo o anticuado.

Ya os he explicado que no os puedo decir como algunos de vosotros os decís que sois peor que animalitos; ya que ellos siguen un instinto de reproducción natural para mantener la especie. Ellos no piensan si sea bueno o malo. Ellos sólo se guían por el instinto que puse al crearlos.

Vosotros no. YO OS DÍ UN ALMA y con ella la inteligencia y demás capacidades que dá el ser racionales.

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La reproducción en el ser humano no se dá por instinto, sino por AMOR y con él, el respeto a la persona amada. Y todo esto con fines de PROCREACIÓN para dar alegría a vuestro Dios. El acto sexual es un acto superfluo y falto de vida, que sólo lleva a cabo el goce corpóreo, pero no en el alma.

Ya que en la gran mayoría de los casos, como ahora lo utilizáis; vais a impedir la vida por medio de los artificios que el Maligno os ha dado para que no prosigáis con Mi Obra Creadora.

Para el Séptimo Mandamiento:

“NO HURTARÁS”.

El modelo de vida que os ha propuesto el Maligno es el de “mientras más tengas, más vales” y así el hombre no respeta ahora la forma de obtener en dinero y las cosas materiales.

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APLASTA, DESTRUYE, HUMILLA,

PASA POR SOBRE LO QUE SEA, POR SOBRE QUIÉN SEA, PARA “SER ALGUIEN EN LA VIDA”

Y así el hurto se vuelve la mejor forma. Se le roba al cliente en los mercados alterando las balanzas. Se le roba al pueblo, tomando sus bienes para bien propio. Se le roba al que más tiene por envidia… Se le roba al pacífico por “dejado”.

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Se le roba al prójimo en estos tiempos, a todos niveles y en todos los medios posibles.

Para el Octavo Mandamiento:

“NO LEVANTARÉIS FALSOS TESTIMONIOS NI MENTIRÉIS”.

Mi Enemigo, siendo el Padre de la Mentira; la ha enseñado a todos vosotros para conseguir todo lo que en forma deshonesta o injusta, deseéis conseguir.

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De hecho, prácticamente no existe sobre la Tierra hijo Mío que no use de la mentira todos los días, para obtener una u otra cosa. Desde el pequeñín hasta el anciano, la mentira grande o pequeña, deshonra sus labios y mancha su corazón.

Contra el Noveno Mandamiento:

NO DESEARÁS LA MUJER DE TU PRÓJIMO”

Es parecido al Sexto Mandamiento, pero ahora peor puesto que el Maligno contra éste mandamiento; os hace voltear hacia la mujer casada y al dañarla con la seducción, os lleva a la destrucción de la familia.

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La mujer seducida por el placer sexual o por la seducción al dinero y las cosas materiales, es arrancada del núcleo familiar por hombres sin escrúpulos, vendidos al Mal.

La falta en la vivencia de Mis Sacramentos y de la Oración os debilita. Debilita vuestra alma y la hace fácil presa de las pasiones de la carne. La falta de oración en la familia, os vuelve vulnerables a los ataques destructivos del Mal.

Y así, el mal ejemplo diseminado a través de los medios de comunicación, hace estragos en las familias. Por querer seguir patrones nefastos transmitidos en los medios de comunicación viniendo de “países desarrollados”, os hacen enlodaros al igual que están ellos.

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Cuando tarde recapacitáis del mal en el que caísteis, “por gusto o por conveniencia”; la destrucción familiar se ha dado y desgraciadamente, con la repercusión futura en sus miembros.

Para el Décimo Mandamiento:

“NO CODICIARÁS LAS COSAS AJENAS”

El Maligno os lleva a desear en forma enfermiza multitud de cosas; para crearos un status de vida con el cuál podáis presumir a vuestros semejantes.

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Así os lleva en una gran mayoría de veces, a gastar aún del dinero que no poseéis; lo que os llevará a hipotecar vuestros bienes primarios: como casa, coche y a veces es tal el problema en el que caéis; que hasta “vendéis” la vida del cónyuge o de algún hijo o hija, con tal de obtener el bien deseado.

Os llenáis de cosas. Vivís para obtener cosas. Morís por obtener cosas.

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Y OS OLVIDÁIS DE BUSCAR AFANOSAMENTE, PARA OBTENER LO MÁS IMPORTANTE PARA EL HOMBRE:

A SU DIOS.

Cuando el hombre aprende a buscar a su Dios y lo llega a poseer, todo lo demás le sale sobrando.

Las cosas del mundo adquieren su propio valor y así se vuelven insignificantes en comparación al Bien obtenido que Soy Yo, vuestro Dios

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Hijitos Míos, espero que esta pequeña explicación a Mis Mandamientos os haga reflexionar sobre cómo el Maligno os está atacando actualmente y con ellos os lleve a un cambio de vida, en donde busquéis afanosamente los verdaderos valores que deben vivir en el alma de cada uno de vosotros.

Tratad de vivir más profundamente en Mí y así el Maligno NADA PODRÁ CONTRA VOSOTROS.

Yo os bendigo con la Gracia y los Dones de Mi Santo Espíritu y os lavo con la Sangre Preciosa de Mi Hijo Jesucristo; para devolveros vuestra dignidad, la de ser Mis hijos para toda la Eternidad.

GOTA DE SANGRE

Yo os bendigo en Mi Santo Nombre, en el de Mi Hijo y en el del Espíritu de Amor.

Yo os bendigo en Mí Santísimo Nombre, en el de Mí Hijo, modelo de Gracia y Donación y en el de Mí Santo Espíritu, guía interna que todos lleváis en vuestro corazón.

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166.- EL PASTOR PERSEGUIDO


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Los apóstoles no hablan. Caminan pensativos. La partida imprevista los ha desorientado. ¡Se sentían tan seguros ya! Están abrumados por la desilusión y la comprobación de lo que es el mundo y los hombres…

Jesús por su parte, aunque no sonríe; no camina triste, ni abatido. Va con la frente levantada en lo alto, delante de todos. Sin altivez y sin miedo. Camina como quien sabe a dónde va y lo que debe hacer. Camina como un valiente. Como un héroe a quien nada perturba, ni amedrenta.

Cuando Jesús se separa del camino principal y toma un camino secundario que lleva hacia el norte, los apóstoles se miran entre sí y comprenden que no van a Galilea, sino a Samaría. Pero no preguntan.

Llegan a una arboleda que hay en la colina y Jesús dice:

–                       Detengámonos aquí y comamos. Ya es mediodía.

Se acercan a un arroyo que lleva poca agua. Se sientan en unas piedras grandes que hay en la orilla y que están a la sombra de unos enormes sauces.

Jesús ofrece y bendice la comida.

Todos comen en silencio y pensativos.

La voz de Jesús los saca de sus meditaciones.

–                       ¿No me preguntáis a dónde vamos? La preocupación del mañana os ha dejado mudos. ¿O ya no soy vuestro Maestro?

Los doce levantan la cabeza. Son doce caras afligidas y atolondradas que miran el rostro impasible de Jesús y se oye solo un:

–                        ¡Oh!

Pedro habla en nombre de todos.

–                       Maestro, Tú sabes que para nosotros Tú no has cambiado. Sin embargo desde ayer estamos como si hubiéramos recibido un fuerte golpe en la cabeza. Todo nos parece un sueño. Y Tú… Vemos y sabemos que eres Tú. Pero nos parece como si te hubieses alejado de nosotros. Así nos sentimos desde que hablaste con tu Padre, antes de llamar a Lázaro.

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Desde que lo sacaste del sepulcro y lo resucitaste con la fuerza de tu Voluntad y tu Poder. Casi nos da miedo. Lo digo por mí… Luego nosotros… esta partida tan repentina como misteriosa.

Jesús pregunta:

–                       ¿Tenéis doble miedo? ¿Sentís el peligro que se os viene encima? ¿Creéis no tener fuerza suficiente para enfrentaros y superar la última prueba? Decidlo francamente. Todavía estamos en la Judea. Estamos cerca de los caminos que llevan a Galilea. Cualquiera de vosotros se puede ir si quiere. Y está a tiempo para no ser objeto del Odio del Sanedrín…

Los apóstoles al oír esto se turban. El que estaba tumbado sobre la hierba, se endereza. El que estaba sentado se pone de pie.  Luego se ponen alerta y…

Jesús continúa:

–                       Porque desde ahora Soy un hombre perseguido según la Ley. Tenedlo en cuenta. A esta hora va a leerse en todas las sinagogas, el bando de que soy el Gran Pecador. Y de que cualquiera que sepa dónde estoy, tiene la obligación de denunciarme al Sanedrín para que me cautive…

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Los apóstoles gritan. Algunos maldicen al Sanedrín. Otros invocan la justicia divina. Otros lloran. Otros se quedan como estatuas…

Jesús dice:

–                       Callaos. Escuchad: nunca os he engañado. He amado vuestra compañía, como si fuerais mis hijos. no os he escondido ni siquiera mi última hora. Mis peligros… Mi Pasión. Se trataba de cosas mías. Ahora tenéis que pensar en vuestra seguridad y en la de vuestras familias…

Os ruego que lo hagáis con libertad completa. No penséis esto a través del amor que me tenéis. Por el hecho de que os haya elegido. Y como os dejo libres de cualquier obligación para con Dios y para con su Mesías, imaginaos que es la primera vez que os encuentro y que después de haberme escuchado; decidiréis si os conviene o no, seguir al Desconocido, cuyas palabras os han conmovido.

Imaginaos que es la primera vez que me oís y que me veis. Y que os digo: “Ved bien que soy un Perseguido, que me odian. Que el que me ama y me sigue, es perseguido y odiado como Yo, en su propia persona, intereses, afectos. Ved bien que la Persecución, puede llevar a la muerte y a la confiscación de los bienes familiares.”

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Pensadlo bien y decidid. Os seguiré amando siempre, aunque me digáis: “Maestro, ya no  puedo seguirte…” Medirse y medir, es siempre una sabia providencia en las cosas pequeñas o en las grandes. Os amo a todos. Sé que mis discípulos puestos a prueba sin estar suficientemente preparados, tanto en el saber cómo en la reflexión; podrían no triunfar, como buenos atletas en el estadio. Repito: Reflexionad.

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Los verdugos se contentarán con capturarme. No os escandalicéis de vuestra debilidad. Os dejo en plena libertad de decidir entre vosotros. Voy a ir allá, entre aquel matorral, a orar. Uno por uno, vendrá a decirme lo que piense. Cualquiera que sea vuestra decisión… La bendeciré. Os amaré teniendo en cuenta el amor que me habéis dado.

Jesús se levanta y se va.

Los apóstoles quedan espantados, perplejos; conmovidos. Al principio, nadie se atreve a hablar.

Pedro es el primero en tomar la palabra:

–                       ¡Qué me trague el Infierno si lo abandono! ¡Estoy seguro de mí! ¡Aunque me atacasen todos los demonios que hay en la Genhna, con Leviatán al frente! ¡No me separaré de El por temor!

Felipe dice:

–                       Tampoco yo. ¿Voy a ser inferior a mis hijas?

Judas de Keriot afirma:

–                       Yo estoy seguro de que no le harán nada. El sanedrín amenaza. Pero lo hace para hacernos ver que todavía vive. Es el primero en saber que nada vale, si Roma no quiere. ¡Sus amenazas!…  ¡Es Roma la que condena!

Andrés le hace notar:

–                       Pero en cosas religiosas, el Sanedrín es el Sanedrín.

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Al escucharlo, le empieza a hervir la sangre al impulsivo Pedro y le replica en tono amenazador:

–                       ¿Tienes miedo hermano? Ten en cuenta que en nuestra familia jamás ha habido bellacos.

Andrés replica:

–                       No tengo miedo y espero poder demostrarlo. Tan solo respondí a Judas.

Judas de Keriot confirma:

–                       Tienes razón. El error del Sanedrín está en querer usar el arma política, para no decir y que no se le diga que levantó su mano contra el Mesías. Estoy seguro de ello. Les gustaría hacer caer al Mesías en Pecado. Y hasta lo han intentado, para hacerlo odioso a las multitudes. ¡Pero matarlo!…

¡Eh no! ¡Tienen demasiado miedo! Un miedo que no tiene comparación, porque lo llevan dentro. ¡Saben muy bien, que Él es el Mesías! Y tanto lo saben, que sienten que para ellos ha llegado el fin; porque vienen los tiempos nuevos.

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Quieren destruirlo. Pero, ¿Destruirlo ellos? No. Eso no puede ser posible. Por eso buscan una razón política; para que sea el Procónsul… Para que sea Roma, quien acabe con Él. Pero el Mesías no hace sombra a Roma y Roma no le hará ningún mal. El Sanedrín aúlla en vano.

Pedro pregunta:

–                       ¿Entonces tú te quedas con Él?

Judas contesta decidido:

–                       ¡Claro! ¡Más que todos!

Zelote dice:

–                       Yo no pierdo o gano nada, quedándome o yéndome. Tan solo tengo la obligación de amarlo y lo haré.

Bartolomé proclama:

–                       Yo lo reconozco como el Mesías y por esto lo sigo.

Santiago de Zebedeo afirma:

–                       También yo. Lo creí, desde el momento en que Juan Bautista me lo señaló.

Tadeo dice:

–                       Nosotros somos sus hermanos. A la Fe hemos juntado el amor de la sangre. ¿No es verdad Santiago?

Santiago de Alfeo responde:

–                       Desde hace años, Él es mi sol. Sigo su trayectoria. Si cae en el abismo que le habrán abierto sus enemigos, lo seguiré.

Mateo dice:

–                       ¿Y yo? ¿Puedo olvidar que me redimió?

Tomás exclama:

–                       Mi padre me maldeciría siete veces siete, si lo abandonase. Por otra parte, tan solo por el amor a María, yo no me separaría jamás de Jesús.

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Juan no habla. Está con la cabeza inclinada, abatido.

Los demás toman esta actitud como debilidad y le preguntan:

–                       ¿Y tú? ¿Eres el único en quererte ir?

Levanta su cara tan franca en sus gestos como en su mirada y clavando sus ojos azules en ellos dice:

–                       Yo estaba rogando por todos vosotros. Queremos hacer. Decidir por nuestras propias fuerzas… Y no nos damos cuenta de que al hacerlo así, dudamos de las palabras del Maestro. Si Él asegura que no estamos preparados, estará en los cierto. Si no lo hemos logrado en tres años, ¿Vamos a lograrlo en pocos meses?…  

Todos lo atacan como regañándolo:

–                       ¿Qué estás diciendo?

–                       ¿En pocos meses?

–                       ¿Qué sabes tú?

–                       ¿Eres profeta?

Juan contesta:

–                       No soy nada.

Judas de Keriot grita con rabia:

–                       ¡Y entonces!… ¿Qué sabes tú? ¿Él te lo dijo acaso? Tú no ignoras sus secretos…

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Juan le responde:

–                       Amigo. No me odies si comprendo que la tranquilidad se está acabando. ¿Cuándo será? No lo sé. Pero sí llegará el fin. Él lo dice. ¡Cuántas veces lo ha dicho!…  ¿Acaso no escuchamos? No queremos creer. El Odio de los otros, son la señal de que sus palabras son verdaderas…

Y por eso prefiero orar; porque no hay otra cosa que hacer. Pedir a Dios que nos haga fuertes. ¿No te acuerdas Judas que Él nos dijo que Él había orado a su Padre, para tener fuerzas en las Tentaciones? La fuerza viene de Dios. Yo imito a mi Maestro, como es razonable hacerlo…

Pedro le pregunta:

–                       ¿Entonces te quedas?

–                       ¿Y adonde quieres que yo vaya, si no me quedo con Él, que es mi vida y mi todo? Como solo soy un pobre jovencillo, el más necesitado de todos. Todo lo pido a Dios, Padre de Jesús y nuestro…

Pedro declara:

–                       Dicho está. Nos quedamos todos. Vamos a donde está. Ha de estar triste. Nuestra fidelidad lo contentará.

Jesús está orando de rodillas, con el rostro inclinado sobre la hierba. Se yergue al oír el ruido de las pisadas. Y mira a los Doce con una mirada seria y un poco triste.

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Pedro dice:

–                       Alégrate Maestro. Ninguno de nosotros te abandona.

Jesús advierte:

–                       Tomasteis muy pronto vuestra decisión…

Pedro reitera:

–                       Las horas y los siglos, no cambiarán nuestra decisión.

Iscariote proclama:

–                       Ni las amenazas nuestro amor.

Jesús los mira de uno por uno. Una mirada larga, profunda; que los Doce sostienen sin vacilaciones.

Su mirada se detiene de una manera muy especial en Judas, que lo mira a su vez, con más seguridad que todos los demás.

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Jesús abre sus brazos con un acto de resignación y dice:

–                       Vámonos. Todos vosotros habéis sellado vuestro destino.

Regresa a tomar su alforja y ordena:

–                       Tomemos el camino que nos indicaron que lleva a Efraím.

La sorpresa no tiene límites…

Y todos preguntan:

–                       ¿A Samaría?

–                       A los confines de Samaría. Juan también fue a esos  lugares, para vivir predicando al Mesías, hasta que llegase su hora.

Santiago de Zebedeo objeta:

–                       Sin embargo no se salvó.

–                       No busco salvarme, sino salvar. Y salvaré en la Hora Señalada. El Pastor Perseguido va a donde están las ovejas más infelices…

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Y con paso rápido se ponen en camino. Cuando llegan al arroyo que corre de Efraím al Jordán, Jesús llama a Pedro y a Bartolomé…

Les da una bolsa diciendo:

–                       Adelantaos y buscad a María de Jacob. Recuerdo que Malaquías me dijo que era la más pobre del lugar, pese a su gran casa. Ahí nos hospedaremos. Dadle suficiente dinero para que nos hospede sin molestias. Conocéis la casa. Tiene cuatro granados. Está cerca del puente que da al arroyo.

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Pedro y Bartolomé contestan:

–                       Los conocemos, Maestro.

–                       Haremos como ordenas.

Y rápidos se van.

Jesús los sigue lentamente junto con los demás…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

144.- ENCUENTRO CON DIOS


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Están ya cerca de Beterón. Bartolomé con Esteban alcanza a Jesús, para decirle que uno de Elquías el Fariseo, ha venido a pedirle que lo lleve lo más pronto posible, porque su mujer está agonizando y dejó a un siervo suyo para guiarlo.

Jesús ordena:

–                       Tráelo y apresuremos el paso.

El siervo acude. Es un viejo robusto y consternado. Saluda…

Jesús le sonríe y le pregunta:

–                       ¿De qué está muriendo tu patrona?

–                       Tenía que dar a luz a un niño; pero se le murió en el vientre. Y su sangre se ha corrompido. Delira como una loca y está agonizando. Le han abierto las venas, para que le baje la temperatura, pero toda la sangre está envenenada y debe morir. La han bajado a la cisterna para calmar el ardor. Éste disminuye mientras está en el agua helada y luego, más que antes, tose y tose… ¡Se morirá!

Pedro exclama:

–                       ¡Y cómo no! ¡Con ciertos remedios…!

–                       ¿Desde cuándo está enferma?

El siervo va a responder, cuando llega corriendo por la bajada, el jefe del regimiento romano. Es un centurión.

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Se detiene ante Jesús y lo saluda:

–                       ¡Salve! ¿Eres Tú el Nazareno?

Jesús contesta:

–                       Lo soy. ¿Qué se te ofrece?

–                       Mi nombre es Octavio. Un día nuestro caballo mató a un niño hebreo y Tú lo curaste para impedir que los hebreos armasen alboroto contra nosotros. Ahora las piedras hebreas han hecho caer a un soldado y él está tendido con la pierna rota. No puedo detenerme, estoy en servicio. Nadie lo quiere en el poblado. No puede caminar. No puedo llevarlo conmigo con la pierna rota. Sé que no nos desprecias, como hacen todos los demás hebreos… Quisiera…

–                       ¿Quieres que te cure al soldado?

–                       Sí. Curaste también al siervo del centurión y a la niña de Valeria. Salvaste a Alejandro de la ira de tus compatriotas. Estas cosas se saben entre los de arriba y entre los de abajo.

–                       Vayamos a donde está el soldado.

El siervo pregunta:

–                       ¿Y mi patrona?  – un poco descontento.

–                       Después.

Jesús camina detrás del oficial que a paso largo, sin estorbo de vestido alguno, parece como si corriera. Y le comenta a Jesús que le precede…

El centurión dice:

–                       Un tiempo estuve con Alejandro. Él te ad… hablaba de ti. La casualidad me pone ahora cerca de Ti.

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Jesús contesta:

–                       ¿La casualidad? ¿Por qué no dices Dios? El verdadero Dios.

El oficial calla por unos instantes.

Luego dice de modo que solo Jesús lo oiga:

–                       El Verdadero Dios sería el de los hebreos… Pero no se hace amar… ¡Si es como los hebreos!  Ni siquiera tiene compasión de un herido…

–                       El Verdadero Dios es el Dios de los hebreos, de los romanos, griegos, árabes, partos, escitas, íberos, galos, celtas, libios, hiperbóreos. ¡No hay más que un solo Dios!

DIOS PADRE CREADOR

Pero muchos no lo conocen. Otros lo conocen mal. Si lo conociesen bien, todos se tratarían como hermanos y no habría vejaciones, ni odios, ni calumnias, ni venganzas, ni lujurias, ni robos, homicidios, adulterios y mentiras. Yo conozco al Dios Verdadero. Y vine para darlo a conocer.

Octavio titubea un poco antes de decir:

–                       Se dice… Nosotros debemos estar siempre preparados y dar cuenta a los centuriones y éstos al Procónsul. Se dice que tú Eres Dios. ¿Es verdad?…

El soldado está preocupado al decir estas palabras. Mira a Jesús por debajo de la sombra de su yelmo y parece que le tuviese temor…

Jesús sonríe y contesta con sencillez:

–                       Lo soy.

–                       ¡Por Júpiter! ¿Entonces es verdad que los dioses bajan a hablar con los hombres? ¡Después de haber recorrido el Mundo detrás de las insignias, vengo aquí ahora ya viejo a encontrar a un Dios!

Jesús le corrige:

–                       A Dios. Al Único. No a un dios.

El soldado se siente anonadado al ver que lleva atrás de él, a Dios… No habla más. Piensa… Esta es una noticia un poco difícil de digerir…

Piensa hasta llegar a la entrada del poblado donde encuentran al regimiento…

Roman_soldiers_Alrededor del herido que tirado en tierra, se lamenta dolorosamente…

El centurión se dirige al Tribuno y dice:

–                       ¡Aquí lo tienes! –señalando a Jesús.

El oficial le dice:

–                       Gracias por haber venido… ¿Podrías?…. Ayudarnos… –no sabe cómo expresarlo y se limita a señalar a su soldado tirado.

Jesús se abre paso, se acerca. Observa al herido… La pierna ha sufrido un duro golpe. El pie lo tiene al revés. Está hinchada y amarillenta. El soldado sufre mucho…

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Al ver que Jesús alarga su mano, suplica:

–                       ¡No me vayas a hacer mucho mal!

Jesús sonríe. Apenas toca con la punta de sus dedos, donde se ve el moretón de la fractura.

Y dice:

–                       ¡Levántate!

El Tribuno aclara:

–                       Tiene otra fractura más arriba, en la cadera…  –dice el oficial, como queriéndole decir: ¿No tocas esa?

En ese momento, uno de Beterón se acerca y dice:

–                       ¡Maestro! Maestro… Pierdes el tiempo con los paganos y mi mujer se muere…

Jesús dice:

–                       Ve a traérmela.

–                       No puedo. ¡Está loca!

–                       Ve a traérmela si tienes fe en Mí.

–                       Maestro, no se puede, está desnuda y no se puede vestir. Está loca y rasga los vestidos. Está agonizando. No puede más.

Jesús repite con autoridad:

–                       Ve a traérmela si es que no eres inferior en la Fe a estos gentiles.

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El hombre se va de mala gana.

Jesús mira al romano extendido a sus pies y le dice:

–                       ¿Puedes tener Fe?

El herido contesta:

–                       Yo sí… ¿Qué quieres que haga?

–                       Que te levantes.

El tribuno dice:

–                       Ten cuidado, Camilo que…  – y se interrumpe quedando con la boca abierta por el asombro más absoluto.

Porque el soldado está ya de pie, ágil y curado del todo. Camilo mueve las piernas brincando en una y otra haciendo un ejercicio completo…

Los israelitas no lanzan sus hosannas. No es un hebreo el que ha sido curado. Parece como si estuvieran enojados y en su mirada se refleja una crítica contra Jesús.

No así los soldados, que desenvainan sus cortas y anchas dagas, las levantan después de golpearlas contra sus escudos, como si se tratase de una fiesta.

Jesús está en medio del círculo de espadas levantadas hacia el cielo.

El Tribuno lo mira, no sabe qué hacer. El soldado curado llora de agradecimiento y mira a Jesús totalmente asombrado… Luego pone una rodilla en tierra, levanta su espada y…

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Finalmente lo saluda con voz fuerte:

–                       ¡Salve, Maestro! ¡Muchas gracias!…

Octavio está igual…Ni qué decir, él un pagano que está tan cerca de Dios…

El tribuno piensa y decide que debe tributar a Dios lo que tributaría al César. Y da orden de que se le dé el saludo militar dado al emperador…

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Se oye un fuerte:

–                       ¡Ave!

Mientras que las hojas de las espadas brillan al ponerse como horizontales sobre el brazo derecho.

No contento con esto, el Tribuno dice en voz baja:

–                        No te preocupes si viajas de noche.  Los caminos… están vigilados. Hay auxilio contra los ladrones.

Jesús contesta:

–                       Gracias. Que la Luz se te muestre…

Octavio dice asombrado:

–                       Puedes estar tranquilo. Yo… -se calla. Ya no sabe qué más decir.

Jesús le sonríe diciendo:

–                       Gracias. Vete y sé bueno. Aún con los ladrones, sé bueno. Se fiel en tu servicio, pero sin crueldad. Son infelices y deberán dar cuentas de sus acciones ante Dios.

–                       Lo haré, Señor.

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El tribuno corrobora:

–                       Yo también haré como dices. ¡Salve!…

Octavio suspira:

–                       ¡Quisiera volver a verte otra vez!…

Jesús sonríe y vaticina:

–                       Nos volveremos a ver, sobre otro monte. –y repite- Sed buenos. Adiós.

Los soldados se ponen en marcha y prosiguen su camino.

Jesús entra en el poblado…

Le salen al paso varias personas que se deshacen en comentarios. Del grupo salen un hombre y una mujer. El hombre es el marido de la enferma. Se inclinan ante Jesús. La mujer se pone de rodillas, el hombre no.

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Jesús dice:

–                       Alzaos y alabad al Señor. Debo decirte a ti,  -se dirige al hombre- que tu conciencia no está limpia… Viniste a mí por mero egoísmo. No porque me ames, ni porque creas en Mí. Dudaste de mi Palabra. Y ¡Sabes quién Soy!…  Después abrigaste un prejuicio porque me detuve primero a curar a un gentil, así como todo el poblado que se rehusó a atender al herido.

Por un exceso de misericordia y por tratar de que tu corazón sea bueno, curé a tu esposa, sin haber ido a tu casa. No lo merecías. Lo hice para mostrarte que no era necesario haber ido allí. Basta que Yo lo quiera.

Pero en verdad te digo y digo a todos vosotros, que a quienes despreciáis son mejores que vosotros. Y saben creer mejor que vosotros en mi poder. Levántate mujer. Vete y procura creer de hoy en adelante, en gratitud de lo recibido por el Señor.

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La expresión de los pobladores es fría. Reaccionan solo cuando Jesús los reprende. Lo siguen con poco entusiasmo hasta la plaza, donde se detiene a hablar, porque no lo invitan a la sinagoga y ninguna casa le abre sus puertas.

Jesús dice:

–                       Cuando Dios está con los hombres, éstos pueden todo contra la desgracia, cualquiera que sea su nombre. Pero la condición necesaria para tener a Dios de nuestra parte es obrar por un motivo de justicia. Os vine a decir que seáis sinceros en vuestras acciones, porque Dios ve todas las cosas y los sacrificios son inútiles. Vanas las plegarias que se hacen por mera ostentación de culto, cuando el corazón está lleno de pecados, de odio, de perversos deseos…

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No murmuréis. Me acusáis de que tengo amistades con el enemigo, con el opresor. Lo estoy leyendo en vuestros corazones. Pero vosotros, ¿No os hacéis amigos de Satanás, al haceros secuaces de los que atacan al Hijo del Hombre, al enviado de Dios? Vosotros me odiáis. Pero Yo conozco la cara del que os inspira el odio. ¡Oh, los que descarrían y engañan las conciencias, serán juzgados siete veces más severamente que los engañados!

Hice un milagro y os he dicho la verdad, para persuadiros de que Yo Soy. Ahora me voy. Si hay alguno entre vosotros que sea justo, que me siga. Porque triste es el futuro de este lugar en donde anidan las sierpes para engañar y traicionar. ¡Vámonos!

Jesús se regresa por el camino por donde vino.

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Los apóstoles le dicen:

–                       ¿Por qué rabí has hablado de este modo?

–                       Te odiarán.

Jesús responde:

–                       No trato de conquistar el amor con compromisos, con mentiras.

–                       En ese caso sería mejor no haber venido.

–                       No. Era necesario no dejar ninguna duda.

–                       ¿Y a quién convenciste?

–                       A nadie. Por ahora a nadie. Pero pronto alguien dirá: ‘No podemos maldecir a nadie, porque se nos avisó y no lo hicimos.’

–                       ¿A quién aludías al decir…?

–                       Preguntádselo a Judas e Keriot. Conoce a muchos de este lugar y todos sus ardides…

Judas contesta:

–                       Así es. Pero casi todo el lugar es propiedad de Elquías. Pero… no creo que Elquías…

Las palabras mueren en los labios de Judas que al levantar sus ojos de la cintura, que se estaba ajustando como para darse tono, encuentra la mirada de Jesús…

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Una mirada tan penetrante, que parece como si fuera magnética.

Judas baja la cabeza diciendo:

–           Ciertamente que es una población soberbia y odiosa, digna de quién se ha apoderado de ella. Cada quién tiene lo que se merece. Ellos tienen a Elquías, nosotros a Jesús. El maestro ha hecho muy bien en hacerles notar que sabe todo… Muy bien.

Jesús no contesta nada y reanuda su caminar.

Felipe observa:

–                       Pero que si son malos. ¿Habéis visto? ¡Ni siquiera un saludo después del milagro! ¡Ni siquiera una limosna! ¡Nada!…

Andrés suspira:

–                       Me preocupa muchísimo cuando el Maestro los desenmascara así.

Juan dice:

–                       Que lo haga o que no lo haga, da lo mismo. De todos modos lo odian. Quisiera regresar a Galilea.

Pedro suspira y dice:

–                       ¡A Galilea! ¡Qué bueno sería!  – y baja pensativo la cabeza…

Jesús no tiene mucho tiempo para aislarse en sus pensamientos.

ADELANTE

Juan y Santiago su primo. Y luego Pedro y Simón Zelote, lo alcanzan y tratan de llamar su atención sobre el panorama que se ve desde lo alto del monte. Es inútil su intento porque se ve a las claras, que está muy triste…

Tratan de distraerlo trayendo a su memoria hechos prodigiosos y más felices. Y almas conquistadas… Se trata de cosas, cada una de las cuales es capaz de infundir alegría, pero en los que hay una mezcla de tristeza y el recuerdo de un dolor.

Al darse cuenta, los mismos apóstoles murmuran:

–                       Verdaderamente que en todas las cosas de la tierra, se encuentra el dolor. Es un lugar de expiación.

Andrés observa:

–                        Ley justa para nosotros los pecadores. Pero, ¿Por qué Él debe sufrir tanto?

Se prende una discusión amigable a la que casi se han integrado todos, menos Judas de Keriot que se ha quedado hasta el final de la fila de apóstoles…

Encuentran a un grupo de viandantes entre los que hay varios extranjeros que se acercan y empiezan a hacer preguntas…

Jesús se adelanta con Simón y Bartolomé.

Los demás contestan e instruyen a los distintos viajeros… Cuando resuelven sus inquietudes, se despiden y alcanzan al Maestro…

Judas se emociona y se ha ocupado de los peregrinos más ricos… Aprovecha las circunstancias y despliega todas sus habilidades con la gente a la que enseña, imitando al Maestro en voz, modales e ideas.

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Pero es una imitación teatral, pomposa, a la que le falta el fuego de la convicción… Los que lo escuchan se lo dicen sin rodeos…  Lo que lo pone nervioso…

Él les echa en cara que sean unos necios y que por eso no comprenden nada…

Luego les dice que los deja porque:

–                       No es justo arrojarles las perlas de la sabiduría a los cerdos.

Pero se queda porque la gente sencilla, le ruega que los compadezca porque son tan inferiores a él, como lo es un animal a un hombre.

Jesús que parece estar distraído con lo que le dicen los once que le rodean, pareciera no escuchar lo que está diciendo Judas… Que por cierto, no le agradaría nadita.

Los apóstoles han retomado su inquietud anterior y se lo manifiestan a Jesús, que suspira y se queda callado hasta que Andrés le dice:

–                       Yo creo que sufres porque tu amor es rechazado. No sufres por no castigar, como tú humanidad lo pediría. Sino que sufres por no poder hacer el bien, como quisieras.

Cada quien expresa su opinión. Santiago de Alfeo su primo y Juan se quedan en silencio…

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Jesús les pregunta:

–                       ¿Vosotros no decís nada?

Santiago dice:

–                       Juan y yo creemos… Somos de los israelitas que tenemos tanto miedo de Dios, que no nos atrevemos a pronunciar su Nombre y ¿Cómo puede Satanás atreverse a hacer daño a Dios?… Y con todo, vemos que siempre sufres más porque Eres Dios y Satanás te odia. Te odia más que a nadie. Te topas con el odio hermano mío, porque Eres Dios.

Juan confirma:

–                       Sí. Te topas con el Odio, porque Eres el Amor. No son los Fariseos, ni los rabinos, los que te causan dolor. Es el Odio que se apodera de los hombres y os lanza ciegos de ira contra Ti; porque con tu amor le arrancas muchas presas.

Jesús dice:

–                       Falta todavía algo más: el que echó a perder el corazón del hombre, fue Satanás. la Serpiente, el Adversario, el Enemigo, el Odio. Llamadle como queráis. Pero, ¿Por qué lo hizo? Porque es muy envidioso. No pudo soportar que el hombre fuese destinado al Cielo, de donde fue arrojado él. Quiere que el hombre participe del destierro al que ha sido condenado. ¿Por qué fue arrojado?

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Por haberse rebelado contra Dios. Lo sabéis. ¿En qué se rebeló? No obedeciendo. En el principio del dolor hay una desobediencia. ¿No es pues lógico que para restablecer el orden, que es siempre alegría, deba existir una obediencia perfecta? Es difícil obedecer, sobre todo en cosas importantes. Lo difícil causa dolor a quién lo cumple. Y Yo debo sufrir para Borrar el Pecado por excelencia; que tanto en Lucifer, como en Adán y en el último ser viviente sobre la tierra fue y será siempre: Pecado de desobediencia a Dios.

Vosotros debéis obedecer en cierto límite. Eso poco que os parece mucho, pero que no lo es, que Dios os pide, teniendo en cuenta su Justicia, lo que podéis dar. Vosotros de la Voluntad de Dios, conocéis sólo lo que podéis realizar. Pero yo conozco todo su Pensamiento en los sucesos grandes o pequeños. No se me han puesto límites en conocer y en ejecutar lo que sé.

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     El Sacrificador Amoroso, el Abraham Divino, no perdona a su Víctima y a su Hijo. Es el Amor insatisfecho y ofendido, que exige reparación y ofrenda. La Obediencia es honor y gloria. En verdad os digo que los verdaderos obedientes serán como dioses, pero después de una lucha continua contra sí mismos. Contra el Mundo, contra Satanás.

La Obediencia es Luz. Cuanto más obediente se es, tanto más se llenan de Luz y se ve mejor. La obediencia es paciencia. Cuanto más obediente se es, tanto más se soportan las cosas y las personas. La obediencia es humildad, caridad y heroicidad. El héroe del espíritu es el santo, el ciudadano de los Cielos, el hombre divinizado.

Si la caridad es la virtud en que se encuentra de nuevo al Dios Uno y Trino. La Obediencia es la virtud en donde me encuentro Yo, vuestro Maestro. Haced que el mundo os reconozca como mis discípulos: por una obediencia absoluta a todo lo que es santo. Llamad a Judas. Tengo que decir algo también para él.

Judas acude.

Jesús señala el panorama que se empequeñece, cuanto más se desciende…

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Y dice:

–                       Os voy a proponer una parábola breve a vosotros, futuros maestros del espíritu. Tanto más veréis cuanto más subáis por el camino de la perfección, que es arduo y penoso. Veíamos antes las dos llanuras: la filistea y la de Sarón. Con muchos poblados, campos y huertas y lográbamos ver, allá en la lejanía, el gran mar azul. Ahora vemos menos. El horizonte se ha reducido y se reducirá hasta desaparecer, cuando lleguemos a la llanura…

 Lo mismo sucede con quien baja en el espíritu, en vez de subir. Su virtud y su saber se hacen cada vez más limitados, lo mismo que su modo de juzgar. Hasta que desaparecen. Es entonces cuando la vida del espíritu ha muerto para su misión. No es capaz de discernir, como tampoco de guiar. Es un cadáver y puede corromper, así como está, corrupto ya.

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El descender anima bastante, porque en el fondo hay satisfacción de los sentidos. También nosotros descendemos a la llanura a encontrar descanso y comida. Pero si esto es necesario para nuestro cuerpo. No es necesario satisfacer el apetito del sentido y la pereza del espíritu, con bajar a los valles del sensualismo moral y espiritual. Sólo está permitido tocar un valle, el de la humildad.  Y es porque hasta él desciende Dios, para tomar el espíritu del humilde y llevarlo arriba, consigo. Quién se humilla será exaltado. Cualquier otro valle es letal, porque aleja del Cielo.

Judas dice:

–                       ¿Para esto me llamaste, Maestro?

Jesús responde:

–                       Para esto. Has hablado mucho con los que te hacían preguntas.

–                       Sí, pero no vale la pena. Son más duros de cabeza que unos mulos…

–                       Y yo he querido depositar un pensamiento donde no queda nada. Para que puedas nutrir tu espíritu.

Judas lo mira cortado. No sabe si es una alabanza o un regaño.

Los demás, que no habían oído a los seguidores de Jesús; no comprenden que Jesús echa en cara a Judas su soberbia…

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Judas piensa que es mejor desviar la conversación por otros caminos:

–                       Maestro, ¿Qué piensas? ¿Esos romanos podrán comprender algún día  tu Doctrina, pues por tan poco tiempo han tenido contacto contigo? Aquel Alejandro se fue… Y no lo volveremos a ver…

También éstos. Se puede decir que en ellos existe un instinto por buscar la Verdad. Pero están sumergidos hasta el cuello en su paganismo. ¿Lograrán llegar a decidirse por alguna cosa buena?

Jesús contesta:

–                       ¿Quieres decir que encuentren la Verdad?

–                       Eso es, Maestro.

–                       ¿Y por qué no podrán lograrlo?

–                       Porque son pecadores.

–                       ¿Sólo ellos lo son? ¿No los hay entre vosotros?

–                       Ciertamente muchos. Por esto digo que si nosotros, alimentados con la sabiduría y verdad seculares, somos pecadores y no logramos ser justos y seguidores de la Verdad que representas. ¿Cómo lo podrán llegar ellos, repletos de inmundicias cómo están?

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–                       Cualquier hombre puede llegar a poseer la Verdad, esto es a Dios. Cualquiera que sea el punto de que se parta. Mientras no haya soberbia en la inteligencia y perversión en la carne; sino una búsqueda sincera de la verdad y de la luz. Pureza de fin y anhelo por Dios; cualquier hombre está ya en los caminos de Dios.

–                       Soberbia en la mente… Depravación en la carne… Maestro, entonces…

–                       Continúa lo que estás diciendo. Está bien…

Judas tergiversa todo y concluye:

–                       Luego, ellos no podrán llegar a Dios porque son depravados.

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–                       No era esto lo que querías decir, Judas. ¿Por qué has tergiversado el pensamiento y tu conciencia?  ¡Oh, cuán difícil es que el hombre suba a Dios! El obstáculo se encuentra en sí mismo; que no quiere confesar y reflexionar sobre sí mismo y sus defectos.

Es verdad también que muchas veces se calumnia a Satanás, echando sobre él la culpa de cualquier ruina espiritual. Y mucho más calumniado lo es Dios, a quien se achaca todo lo sucede. Dios no viola la libertad del hombre… Satanás no puede vencer una voluntad firme en el bien.

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En verdad os digo que el setenta por ciento de las veces, el hombre peca por su voluntadY no se levanta del pecado, porque evita el examinarse…Y aun cuando la conciencia con un movimiento imprevisto, se yergue ante él y le grite la verdad que no ha querido meditar, el hombre sofoca ese grito. Borra esa figura enérgica y afligida que se yergue ante su inteligencia.

Soberbia

Altera con esfuerzos su pensamiento, al que había llegado la voz acusadora y rehúsa decir, por ejemplo: “Entonces nosotros… Yo… No podemos llegar a la Verdad, porque tenemos soberbia en la inteligencia y corrupción en la carne.”  Una soberbia verdaderamente rival de la satánica; en tal forma que los actos de Dios, se les juzga o se les pone obstáculos, cuando son contrarios a los intereses de los hombres y de los partidos. Este pecado hará que muchos en Israel se condenen.

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Judas dice muy firme:

–                       Pero no todos somos así.

–                       Es verdad. Hay corazones buenos, todavía y en todas las clases sociales. Más numerosos los hay entre la gente humilde del pueblo, que entre los doctos y ricos. ¿Cuántos? Teniendo en cuenta este pueblo de Palestina al que hace ya casi tres años que evangelizo y hago bien. ¡Y por el cual muero! Se ven más estrellas en un cielo nublado,  que corazones en Israel, deseosos de venir a mi Reino.

–                       ¿Y los gentiles? ¿Esos gentiles entrarán?

–                       No todos. Pero sí muchos. También entre mis discípulos…  No todos perseverarán hasta el fin.

–                       ¿Por qué dijiste al centurión, que lo volverías a ver sobre un monte? ¿Cómo haces para saberlo?…

Jesús mira a Judas fijamente, de una manera extraña. Una mirada que está envuelta parte en alegría, parte en tristeza.

Jesús responde:

–                       Porque será uno de los que estarán presentes cuando Yo sea levantado  y esté arriba. Y dirá a Gamaliel, el Gran Doctor de Israel, unas palabras severas pero verdaderas… Y desde ese momento, tomará su camino que lo llevará a la Luz…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

127-EL ÓBOLO DE CLAUDIA


Los cordeleros siguen trabajando.

Luego, Jesús regresa despacio al almacén y se queda pensativo. Se sienta sobre un montón de cuerdas enrolladas. Ora intensamente…

Los once apóstoles continúan durmiendo profundamente. La vida en el puerto se desarrolla con la misma pacífica rutina, de las provincias gobernadas por el imperio más poderoso del mundo.

Roma es una máquina de eficiencia y disciplina…

Una hora después, el cordelero asoma la cabeza en el depósito y le dice a Jesús que vaya a la puerta, porque…

–                       Hay un esclavo que te quiere ver.

El esclavo. Un númida, está parado junto al platanar, en la plaza llena de sol… Cuando ve a Jesús, se inclina y sin hablar, le entrega una tableta encerada.

Jesús la lee y dice:

–                       Dirás que esperaré hasta antes del alba. ¿Entendiste?

El esclavo mueve la cabeza asintiendo. Y para que vea por qué no habla, abre su boca y le enseña la lengua tronchada.

Jesús mueve la cabeza con un gesto lleno de tristeza y dice:

–                       ¡Infeliz!  – acariciándolo con mucha compasión.

Por las mejillas del esclavo corren dos lágrimas. Toma la mano blanca entre las suyas negras y se la pone en la cara. La besa, se la lleva al pecho y se echa en tierra. Toma el pie de Jesús y se lo pone en la cabeza…

Un lenguaje mudo para expresar su agradecimiento por ese gesto de amor.

Y Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!  -pero no lo cura.

El esclavo se levanta y pide la tableta encerada. Claudia no quiere dejar huellas de su contacto epistolar.

Jesús sonríe y devuelve la tableta. El númida se va y Jesús se acerca a donde está el cordelero…

El Maestro dice:

–                       Simón, debo quedarme hasta antes del alba. ¿Me lo permites?

Simón contesta:

–                       Todo lo que quieras. Me desagrada ser pobre…

–                       Me agrada que seas honrado.

–                       ¿Quiénes eran esas mujeres?

–                       Unas extranjeras que necesitaban de consejo.

–                       ¿Están sanas?

–                       Como Yo y tú.

–                       Entonces está bien. Ahí están tus apóstoles.

Los once salen del almacén, somnolientos.

Pedro dice:

–                       Maestro, hay que cenar antes de partir.

Jesús contesta:

–                       No. No partiremos hasta el amanecer.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque me pidieron que así lo hiciera.

–                       ¿Por qué? ¿Por quién?…  Es mejor caminar de noche… La luna es nueva.

–                       Espero salvar a una criatura y esto es más luminoso que la luna y más refrescante que las frescuras de la noche.

Pedro lo lleva aparte:

–                       ¿Qué pasó? ¿Viste a las romanas? ¿Qué humor tienen? ¿Son ellas las que se van convertir? ¡Dímelo!…

Jesús sonríe:

–                       Si me dejas responder te lo diré, hombre curiosísimo. Vi a las romanas. Muy lentamente caminan hacia la Verdad. Pero no retroceden…  Lo que ya es mucho.

–                       Y… acerca de lo que dijo Judas, ¿Hay algo?

–                       Que continuarán venerándome como a un sabio.

–                       ¿Por causa de Judas? ¿Es él el que lo ha hecho?

–                       Vinieron a buscarme a Mí no a él…

Pedro pregunta inquieto:

–                       Entonces, ¿Por qué Judas tuvo miedo de encontrarse con ellas? ¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?

–                       Simón, no es la primera vez que Judas tiene caprichos estrambóticos…

–                       Es verdad. ¿Y van a venir esta noche las romanas?

–                       Ya vinieron.

–                       Entonces, ¿Por qué esperamos hasta que amanezca?

–                       ¿Por qué eres tan curioso?

–                       Maestro, sé bueno… Por favor dime todo.

–                       Te lo diré para quitarte toda duda. También tú escuchaste la conversación de aquellos tres romanos…

–                       ¡Claro que la oí!… Inmundos. Apestosos. Demonios. Pero a nosotros, ¿Qué nos importa?… ¡Ah! ¡Entiendo!… Las romanas van a ir a la cena y luego vendrán a pedirte perdón, por haber estado en medio de la inmundicia… Me maravilla que consientas en ello.

–                       Yo me maravillo de que te formes juicios temerarios.

–                       ¡Perdóname, Maestro!

–                       Sí. Pero ten en cuenta que las romanas van a ir a la cena y yo pedí a Claudia que interviniese a favor de esa muchachita…

–                       ¡Ah, pero Claudia no puede hacer nada!…  El romano compró a la muchacha y tiene todo el poder sobre ella.

–                       Pero Claudia tiene mucho más poder sobre el romano. Y Claudia me mandó decir que no parta hasta antes del alba. No hay otra cosa. ¿Estás contento ahora?

–                       Sí, Maestro. Pero no has descansado nada. Ven. Estás muy agotado. Vigilaré para que te dejen en paz. Ven. Ven. –y amorosamente tiránico lo jala, lo empuja y lo obliga a tirarse en el montón de cáñamo.

Pasan las horas. El sol se oculta. Cesa el trabajo. Entra la noche, las golondrinas van a sus nidos y los niños a la cama. Uno tras otro van muriendo los ruidos, hasta que solo queda el estrépito de las olas, al estrellarse sobre la playa…

Los apóstoles  duermen sobre el cáñamo.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas. Ora… Piensa… Espera.  No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal avanza una barca pequeña y sube hasta la dársena silenciosa. Se detiene y bajan tres personas. Un hombre robusto, una mujer y una figura delicada. Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta y sale a su encuentro…

Cuando llega hasta ellos saluda:

–                       La paz sea con vosotros. ¿A quién buscáis?

Livia contesta:

–                       A ti, Maestro.  –descubriéndose y acercándose ella sola-  Claudia hizo lo que le pediste, porque era una cosa justa y completamente moral… –señala hacia la barca y agrega-  Aquella es la muchachita. Dentro de poco tiempo, Valeria la tomará como doncella de su pequeña Fausta…  Pero te ruega que entre tanto la tengas Tú, que puedes confiarla a tu Madre o a la madre de tus parientes. Es pagana del todo… Mejor dicho, es peor que pagana. El dueño que la alimentó no le enseñó nada en absoluto…  Nunca ha oído hablar ni del Olimpo, ni de ninguna otra cosa. Tan solo se siente aterrorizada ante los hombres, porque hace unas cuantas horas la vida se le reveló como es: brutal y cruel…

Jesús pregunta:

–                       ¡Oh! ¿Demasiado tarde?

–                       No, materialmente… él la preparaba poco a poco…  Digamos… para su sacrilegio. Y la niña está espantadísima… Claudia tuvo que dejarla durante toda la cena cerca de ese sátiro y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento. No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales, lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera y arrebatarle su tesoro.  Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia, de la que salió porque perdió el favor imperial… Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Ennio mordió el anzuelo… Mañana cuando ya no esté borracho protestará, la buscará, hará su comedia… Pero también mañana Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–                       ¿Con la violencia? ¡No!

Livia sonríe con travesura:

–                       ¡Oh, Maestro! ¡La violencia empleada con buen fin!…  Pero no será necesaria… También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla bien en la cena… Y ahora sólo Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche, está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma… ¡Ah, ah!… Y partirá en primer buque militar.

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución de que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden… ¡Es muy endeble!  Y es mejor así… Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro! Por este motivo fuimos a la cena. Pero, ¿Cómo pudimos ir allá hasta hace unos cuantos meses, sin haber sentido náuseas?… Tan pronto obtuvimos lo que se deseaba, nos salimos… Todavía nuestros maridos están imitando a los brutos ¡Qué náuseas, Maestro!  Y debemos recibirlos después… después que…

–                       Sed austeras y pacientes. Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–                       ¡Oh, no es posible! Tú no sabes… -Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira y ella continúa:

–                       Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte que te venera como al Único Hombre que merece veneración… Y quiere que te diga que te agradece haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza. Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–                       Sí. El hombre ¿Quién es?

–                       El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos. No hay ningún peligro de delación… No tiene lengua.

Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!

La romana toma a la niña de la mano y casi la arrastra hasta donde está Jesús…

Livia dice:

–                       Sabe unas cuantas palabras latinas. Judías casi ninguna. Es una salvajita… Que la eligieron únicamente como objeto de placer.  –y dirigiéndose a la niña-  No tengas miedo. Dale las gracias. Él fue el que te salvó. Arrodíllate y bésale los pies. ¡Ea! ¡Hazlo! ¡No tengas miedo! Perdona Maestro, todavía tiene el terror que le inspiraron las caricias de Ennio que estaba ebrio…

–                       ¡Pobre niña!  -dice Jesús poniéndole su mano en la cabeza- ¡No tengas miedo! Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo. A la casa de Mamá, ¿Entiendes? Y tendrás muchos hermanos buenos… ¡No tengas miedo, hijita mía!

En la Voz y en la mirada de Jesús hay todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La niña lo siente y se echa para atrás el manto con su capucho, para mirarlo mejor. Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Sus modales son sencillos. Su expresión está llena de inocencia. El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–                       Estaba casi desnuda. Le puse lo primero que encontré. Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión y dice:

–                       ¡Es una niña!  -Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–                       Sí, patrón.

Jesús rebate:

–                       No. No soy tu patrón. Dime Maestro.

–                       Sí, Maestro. –le dice con más confianza.

Y una tímida sonrisa se asoma en la carita que antes estaba pálida por el miedo.

Jesús pregunta:

–                       ¿Eres capaz de caminar mucho?

–                       Sí, Maestro.

–                       Después descansarás en la casa de mi Madre. En mi casa, hasta que llegue Fausta. Una niña a la que vas a querer mucho. ¿Quieres?…

–                       ¡Oh, sí! –y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul, que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada, se atreve a preguntar- ¿Ya no más aquel patrón?…

–                       No, más.  –le promete Jesús, poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–                       Adiós, Maestro. Dentro de pocos días iremos al lago. Tal vez podremos verte una vez más. Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–                       Gracias…  Vete en paz. Adiós, Lidia. Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras. – se vuelve  hacia la niña y agrega- Ven niña. Partiremos ahora.

Y tomándola de la mano, se dirige a la puerta del almacén y llama a los apóstoles.

La barca se va sin dejar rastro de haber venido y entra al mar abierto…

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea. Se detienen un poco, porque la niña que no está acostumbrada a caminar de noche y frecuentemente tropieza con las piedras del caminan…

Jesús dice:

–                       Es mejor esperar un poco. La niña no ve y está cansada.

La niña responde rápida:

–                       No, no. Si puedo… Vámonos lejos, lejos, lejos… Podría venir… Por aquí pasamos para ir a esa casa.  –Lo dice castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín para hacerse entender.

Jesús trata de tranquilizarla:

–                       Vamos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá. No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos, dice:

–                       No tengas miedo. A estas horas, ese romano es una sopa de vino bajo la mesa…

Pedro agrega:

–                       Y estás con nosotros. Todos te queremos. No permitiremos que te hagan daño. ¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella. Él la robustez y ella la delicadeza. Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente admirada y más preciosa!

Juan le dice:

–                       Eres una hermanita nuestra y los hermanos defienden a sus hermanas.

Cuando llegan a la arboleda, se sientan y aguardan. Los hombres se dormirían gustosos, pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace que se cuelgue del cuello de Bartolomé que tal vez por ser el de mayor edad atrae su confianza y de esta manera… No es posible dormir.

Bartolomé le dice:

–                       No tengas miedo. Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–                       ¿Por qué?  – y sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–                       Porque Jesús es Dios y Dios es más fuerte que los hombres.

–                       ¿Dios? ¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–                       ¡Pobre criatura! Pero, ¿Cómo te educaron? ¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–                       Sí. A conservar blanco el cutis, brillante la cabellera. A obedecer a los patrones. A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano… Era feo y me daba miedo. En su casa siempre había unos ojos.  En el baño, en los vestidores, en el cubiculum… Unos ojos… Y esas manos… ¡Oh! ¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!… –y comienza a llorar.

Jesús dice:

–                       No lo serás más. Ya no está el romano. Ni están sus manos… Sólo la Paz.

Felipe comenta:

–                       ¡Es una crueldad! Cómo a bestias y peor todavía… Porque a una bestia le enseñas su oficio. Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–                       Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar. Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–                        De hecho te hizo feliz, de una manera que nunca imaginó. Feliz en la tierra y feliz en el Cielo. Porque conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos meditan en las crueldades del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–                       ¿Me puedes decir que es Dios? ¿Y por qué Él es Dios?… –después de una pausa agrega- ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado. Se toma de la barba con perplejidad y dice lleno de incertidumbre:

–                       Dios… ¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–                       ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–                       ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…  Estoy ahora como uno que se ahoga en el mar. ¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–                       Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé. Es un abismo, sí. Pero vacío… Y puedes llenarlo con la Verdad. Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, sierpes. Habla con sencillez como si hablases a un infante. Y ella te entenderá como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–                       Maestro, ¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–                       Podría. Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo, que las mías que son de Dios. Y por otra parte, os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí. Debéis pues aprender a hacerlo.

–                       Es verdad. Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–                       Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–                       Si, señor. hace siete años que… antes estaba con ella.

–                       Está bien. ¿La recuerdas? ¿La amas?

Ella solloza en un:

–                       ¡Oh!  -y da un pequeño grito.

–                       No llores. ¡Pobre niña! Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–                       Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–                       Sí. Por tu familia… el amor por tu familia. Los pensamientos que guardas por ella. El deseo que tienes de regresar a ella…

–                       ¡Nunca más los veré…!

–                       Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia. Las religiones, las ideas religiosas son el amor… El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos; a quienes amamos y a quienes deseamos ver…

–                       Si yo creo en ese Dios que está allí, ¿Tendré una religión?… ¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–                       ¡Bien! ¿Fácil qué cosa?…  ¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–                       En ambas cosas…  Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí. El romano me nombraba muchos y juraba. Decía: ‘¡Por la diosa Venus, por el dios Júpiter, por el dios Cupido!’ Han de ser dioses malos porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–                       No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–                       Pero yo no sé todavía que cosa es Dios. Veo que es un hombre como tú… Entonces es un Hombre- Dios. ¿Y cómo se hace para comprenderlo? ¿En qué aspecto es más fuerte que todos? No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–                       Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–                       No, Nathanael. Enseñas muy bien.

–                       Lo dices porque eres bueno. Busquemos otro modo de seguir adelante. – se vuelve hacia la niña- Oye niña… Oye niña. Dios no es hombre…  Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grande que llena el Cielo y la tierra. Y todo lo ilumina, todo lo ve, todo lo ordena y en todas las cosas manda…

–                       ¿También al romano? Entonces no es un Dios bueno. ¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–                       Dios es bueno y da órdenes buenas. A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos, arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas… Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–                       Pero tú, sí.

–                       Yo sí.

–                       Si es más fuerte que todos, ¿Por qué no se hace obedecer? ¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido y exclama:

–                       Dios… ¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–                       Sigue. Sigue, Bartolomé. Eres un maestro muy competente. Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos. ¿Y ahora ya no quieres seguir?…  ¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–                       Parece fácil cuando se te escucha. Todas tus palabras están aquí dentro. Pero sacarlas, ¡Oh, miseria de nosotros los humanos! ¡Maestros inútiles!

–                       El reconocer la nulidad propia dispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–                       Está bien, Maestro… –La mira con ternura y dice- Oye niña.  Dios es fuerte, fortísimo. Más que César. Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…  Pero no es un Señor sin compasión que quiera siempre que se le diga que sí, so pena de azotarlo. Dios es un Padre. ¿Te quería mucho tu padre?

–                       ¡Mucho! Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso y Galia es mi patria. Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo y más que a la patria…

–                       ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–                       No. Jamás. Cuando no me portaba bien, me decía: ‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–                       Bueno. Pues así hace Dios… Es Padre, nos ama y llora si somos malos. Pero no nos obliga a obedecerle. Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horribles…

–                       ¡Oh, qué bueno! El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla. Y también el romano, irán a los suplicios, ¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael, que contesta:

–                       Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena. Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–                       ¿No? ¿Y cómo lograrlo?

–                       Rogando por él.

–                       ¿Qué es rogar?

–                       Hablar con Dios diciéndole que lo queremos…

Ella, llevada por su coraje, exclama apasionadamente:

–                       Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–                       No. No debes… Jesús no te amará si dices así.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–                       Pero no puedo amarlos.

–                       Pero puedes por ahora no pensar en ellos. Trata de olvidarlos…  Luego, cuando Dios te instruya más… rogarás por ellos. Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–                       ¿Yo soy hija de Dios?…  ¿Tengo dos padres?…  ¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–                       Todos los hombres son hijos de Dios, porque Él los creó. ¿Ves esas estrellas allá arriba? Él las hizo. ¿Ves estas plantas? Él las hizo. La tierra en la que estamos sentados, el pájaro que canta, el mar inmenso…  Todo y a todos los hombres, los creó Él. Y los hombres son más hijos suyos que todo lo demás. Porque tienen algo especial que se llama alma y que no muere, porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

–                       ¿Dónde está el alma? ¿Tengo yo también un alma?

–                       Sí. En tu corazón. Es la que te hizo comprender que el romano era malo y que ciertamente no te dejará que desees ser como él. ¿No es verdad?

–                       Sí…  -Áurea reflexiona… Y luego con firmeza dice- ¡Sí! Era como una voz que estuviese adentro y como una necesidad de tener quién me ayudase. Y con otra voz que era la mía, llamaba a mi mamita…  Porque yo no sabía que Dios existía. Ni que existiese Jesús… Si lo hubiera sabido, lo hubiera llamado a Él, con esa voz que llevaba dentro…

Jesús interviene y dice:

–                       Has comprendido bien, niña. Crecerás en la Luz. Yo te lo aseguro. Cree en el Dios Verdadero. Escucha la voz de tu alma en la que no existe todavía una sabiduría, pero en la que tampoco existe mala voluntad… Y encontrarás en Dios a un Padre. Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…  Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él, Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–                       Cerca de Ti. ¡Qué bien se siente uno al estar contigo! No te separes de mí, Jesús…  Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo. En Cesárea tuve miedo de hacerlo… Me parecías sólo un hombre… Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre. Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–                       Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–                       Y Salvador. ¡Sí! Me salvaste…

–                       Y te salvaré cada vez más. Tendrás un nombre nuevo…

–                       ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre? ¿Por qué no me lo dejas?

–                       No te lo voy a quitar. Junto a tu nombre antiguo tendrás otro nuevo…  Eterno.

–                       ¿Cuál?

–                       Cristiana. Porque Cristo te salvó… Comienza a alborear. Vámonos. –Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol y agrega-  ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos? Hablaste muy bien. La niña se instruirá fácilmente. Es la verdad. –y ordena con suavidad- Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor. Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–                       Voy enseguida. Vete… Obedece.

Y quedándose con Jesús, Pedro, Simón y Mateo, advierte:

–                       Está mal que la tenga Valeria. Es pagana.

Jesús contesta:

–                       No puedo decirle a Lázaro que la tome.

Mateo sugiere:

–                       Está Nique, Maestro.

Pedro sugiere:

–                       Y Elisa…

Zelote:

–                       Y Juana, es amiga de Valeria… Valeria se la cederá con gusto. Estaría en una casa buena.

Jesús piensa y calla.

Bartolomé decide:

–                       Haz lo que te parezca. La niña con frecuencia vuelve atrás su cara. Voy con ella…  Confía en mí, porque ya estoy viejo. Me gustaría quedarme con ella. Una hija más…-Da un suspiro profundo y agrega- Pero no es de Israel…

Y se va el buen Nathanael, que es demasiado israelita.

Jesús lo mira y sacude su cabeza.

Zelote pregunta:

–                       ¿Por qué eso Maestro?

Jesús replica:

–                       Porque me causa dolor ver que aún los prudentes, son esclavos de prejuicios…

Pedro se acuerda de las dificultades que hubo por la griega y dice:

–                       Pero, lo digo aquí entre nosotros. Bartolomé tiene razón… Y aún más, debe tomar sus providencias. Acuérdate de Síntica y de Juan. Para que no suceda algo semejante. Envíala a donde está Síntica…

Jesús contesta:

–                       Dentro de poco, Juan morirá…  Síntica no está del todo instruida, para ser maestra de una niña como Áurea. Y no es un ambiente propicio…

Zelote insiste:

–                       Y con todo, no puedes tenerla. Piensa que Judas pronto se reunirá con nosotros. Y Judas… Permíteme que te lo diga, maestro…  Es un lujurioso y un… Uno que fácilmente habla, cuando puede obtener una utilidad…  Y tiene demasiados amigos entre los Fariseos…

Pedro exclama:

–                       Exacto…  Simón ha dicho la verdad. También yo pensaba en lo mismo. Haz lo que dice él, Maestro.

Jesús piensa y calla… Pasan algunos minutos…

Luego Jesús dice:

–                       Oremos. El Padre nos ayudará…

Y todos oran fervorosamente.

El alba se ha teñido de colores. Atraviesan un poblado y toman el camino que va por la campiña…

El sol calienta más fuerte. Se sientan a comer a la sombra de un nogal gigantesco.

Jesús pregunta:

–                       ¿Estás cansada?  – a la niña que come sin ganas- Dínoslo y nos detendremos.

Áurea responde:

–                       No, no… vámonos.

Santiago de Alfeo dice:

–                       Se lo hemos preguntado varias veces. Pero siempre dice que no…

Áurea insiste:

–                       Puedo. Todavía tengo fuerzas. Vámonos lejos…

Vuelven a caminar y Áurea se acuerda de algo.

–                       Tengo una bolsa. Las señoras me dijeron: ‘La darás cuando empiecen los montes.’ Y los montes están aquí.

Jesús se detiene…

Ella busca en la alforja que Livia le dio. Saca la bolsa y se la entrega al Maestro.

Jesús dice:

–                       El óbolo… No quisieron quedarse sin dar las gracias. Son mejores que muchos de los nuestros… -mira a sus apóstoles y dice- Toma Mateo. Guarda este dinero. Nos servirá para hacer limosnas secretas…

Mateo pregunta:

–                       ¿Debo decirlo a Judas de Keriot?

Jesús dice tajante:

–                       No.

–                       Él va a ver a la niña…

Jesús no responde.

Continúan caminando con fatiga, debido al mucho calor, al polvo y al reverbero. Comienzan a subir el Monte Carmelo. Aunque aquí hay más sombra y está más fresco, Áurea va tropezando con más frecuencia.

Bartolomé se acerca a Jesús:

–                       Maestro, la niña tiene fiebre y está agotada. ¿Qué hacemos?

Áurea se niega a detenerse. Está colorada por la fiebre. Acepta que Bartolomé y Felipe le ayuden; pero continúa caminando…

Pasan la colina y llegan al otro lado. La llanura de Esdrelón está allá abajo y más allá las colinas entre las que se encuentra Nazareth…

Continúan caminando y casi al pie de la colina, distinguen a un grupo de discípulos. Para las mujeres hay una carreta de la que tira un fuerte mulo.

Jesús exclama:

–                       ¡Es la Providencia que nos socorre!   -y ordena que todos se detengan, mientras va a hablar con ellos y sobre todo con las discípulas.

La lleva aparte con Isaac y les cuenta algo de lo sucedido con Áurea:

–                       La arrebatamos a un patrón inmundo. Quisiera llevarla a Nazareth para curarla, porque está enferma de miedo y de cansancio. Peo no tengo en qué llevarla. ¿A dónde vais vosotros?

Isaac contesta.

–                       A Belén de Galilea. A la casa de Mirta. Es imposible tolerar el calor de la llanura…

–                       Id primero a Nazareth. Os lo pido por caridad. Llevadla a donde está mi Madre y decidle que dentro de tres días, estaré en casa. La niña tiene fiebre y por eso no debéis hacer caso de sus delirios. Os lo contaré después…

–                       Sí, Maestro. Lo que Tú quieras. Partimos al punto. ¡Pobrecita niña! ¿La azotaba?…

–                       Quería violarla.

–                       ¿Cuántos años tiene?

–                       Más o menos trece…

Mirta exclama:

–                       ¡Un vil! ¡Inmundo! Nosotros la cuidaremos con cariño. Somos madres, ¿Verdad Noemí?

Noemí contesta:

–                       Cierto Mirta. Señor, ¿Es tu discípula?

Jesús se queda callado por unos omentos y luego dice:

–                       No lo sé todavía… Rogad mucho y no digáis nada a nadie. ¿Entendisteis? A nadie.

Las dos mujeres afirman:

–                       Así lo haremos.

Van con el carruaje. Isaac guía. Lo siguen Jesús y las mujeres. La observan por unos momentos y…

Exclaman:

–                       ¡Qué hermosa es!

Mirta la acaricia y dice:

–                       Querida, no tengas miedo. Soy una mamá, ¿Sabes? Ven…   -Y entre todos la levantan y la acomodan en la carreta.

Isaac humedece estos paños para ponérselos sobre la frente…Siente su calor y exclama:

–                        ¡Qué calentura!… ¡Pobre hija!…

Las dos mujeres se inclinan sobre ella y muestran sus cuidados maternales…

Áurea no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, por la fiebre.

Cuando Isaac levanta el látigo para partir, le dice a Jesús:

–                       Maestro, en el puente encontrarás, a Judas de Keriot, que te está esperando como un mendigo…. Él fue el que nos dijo que pasarías por aquí. ¡La paz sea contigo, Maestro! Al anochecer estaremos en Nazareth!

El carruaje parte rápido… Y…

Jesús dice:

–                       ¡Demos gracias al Señor!

Suerte para la niña. Suerte para Judas. Es mejor que no se sepa nada…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

121.- LA OVEJA NEGRA


Unos días después…

Pedro dice a Jesús:

–                       Judas se ha hecho como un demonio, apenas te fuiste. No se podía hablar con él; ni razonar. Se peleó con todos y ha escandalizado a todos en la casa de Elisa.

Bartolomé, tratando de excusarlo al ver que el rostro de Jesús se ha puesto enérgico, dice:

–                       Tal vez se puso celoso porque te trajiste a Simón…

Pedro replica:

–                       No es cuestión de celos. Deja de excusarlo. O me peleo contigo por no haber podido desahogarme contra él. Pues, Maestro… Logré mantener la boca cerrada. ¡Piénsalo! ¡Estuve callado! Por obediencia y porque te amo. Pero… ¡Vaya que me costó! Después de que Judas salió golpeando las puertas… Nosotros pensamos que era mejor irnos para evitar que le diésemos una tunda de bofetadas. Y Bartolomé y yo, nos salimos antes de que regresase… Porque sentía que no podía aguantarme más.

Jesús contesta:

–                       Hiciste bien. Como también los demás.

–                       ¿También Judas? ¡Oh, no Señor mío! ¡No lo digas! Dio un espectáculo indigno.

–                       Él no hizo bien, pero no lo juzgues.

–                       …No, Señor…  -el ‘No’ le sale a Pedro con un gran esfuerzo.

Se hace un silencio…

Y luego Pedro pregunta:

–                        Pero… ¿Puedes decirme al menos, porqué Judas de repente se ha vuelto así? ¡Parecía haberse hecho tan bueno! ¡Estábamos tan bien!… De mi parte he ofrecido oraciones y sacrificios para que continuase así… Porque no puedo verte afligido… A partir de las Encenias aprendí que hasta una cucharada de miel tiene valor. Y esta verdad la aprendí del discípulo más pequeño… No la olvidé porque he visto sus frutos y comprendí que hay que amarte no solo con palabras; sino salvando las almas con nuestro sacrificio para darte alegría… Pero Señor, dime ¿Por qué Judas ha cambiado tanto, así?

–                       Ya no te preocupes de ello… Vamos a descansar, porque vamos a salir al anochecer…

Al día siguiente, van caminando a través de la llanura. Son las primeras horas de la mañana y…

–                       ¡No veo la hora de llegar a los montes!  -exclama Pedro bufando y secándose el sudor que le corre por las mejillas y el cuello.

Judas, cuyo temor de verse descubierto se ha desvanecido; ha vuelto a ser el mismo autoritario y petulante sobre todos los apóstoles.

Con mucho sarcasmo pregunta:

–                       ¿Cómo? ¿A ti que antes no te gustaban, ahora sí?

–                       ¿Y qué quieres? Ahora si los busco. En estos calores es lo mejor. Pero nunca como mi mar… ¡Ah, ese!… –Pedro suspira- No comprendo por qué los campos son más calientes después de la siega. El sol siempre es el mismo y…

Mateo responde con su sentido común:

–                       No es que sean más calientes. Es que son más tristes y se cansa uno al verlos así, más que cuando tienen todavía la mies.

Santiago de Zebedeo replica:

–                       No. Simón tiene razón. Son insoportablemente calientes después de la siega. Jamás había sentido tanto calor.

Judas dice:

–                       ¿Jamás? ¿Y dónde pones el que sentimos en la casa de Nique?

Andrés le responde:

–                       Jamás como éste.

Judas insiste:

–                       ¡Apuesto que no! Hace cuarenta días que el verano está encima y por eso el sol quema.

Bartolomé dice con tono grave:

–                       Es un hecho que el rastrojo despide más calor que los campos con espiga. El sol que antes se abatía sobre las espigas; ahora lo hace directamente contra el suelo desnudo y caliente. Y por eso reverbera su calor hacia arriba. Y el hombre se encuentra en medio de dos fuegos…

Iscariote se ríe con ironía y le presenta sus respetos diciendo:

–                       Rabí Nathanael, te saludo y te agradezco tu docta lección.  –sus palabras son mordaces, lo mismo que su voz.

Bartolomé lo mira, pero no dice nada.

Felipe dice muy serio:

–                       No hay porqué burlarse. Es como él lo dijo. No podrás negar una verdad que miles de cabezas con buen sentido, han dicho que así es.

Judas explota:

–                       ¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Sé muy bien que sois de los doctos; de los expertos; de los sensatos; de los buenos; de los perfectos… ¡Sois todo! ¡Todo! ¡Tan solo yo soy la Oveja Negra de la blanca manada!…

¡Sólo yo soy el cordero bastardo! ¡El oprobio que se ve y tiene cuernos de cabro!… ¡Sólo yo soy el Pecador; el Imperfecto; la causa de todo el mal que existe entre nosotros; en Israel; en el mundo… y tal vez hasta en las estrellas! ¡No puedo más!

No puedo ver que yo sea el último. Ver que nulidades tan grandes como esos dos necios, que están hablando con el Maestro; sean admirados como dos santos oráculos. Estoy cansado de…

Con las mejillas rojas por la indignación, Pedro empieza a decir:

–                       ¡Oye muchacho!…  – pero no termina porque…

Judas Tadeo lo interrumpe:

–                       ¿Mides a los demás con tu medida? Trata tú de ser una nulidad como son mi hermano Santiago y Juan de Zebedeo. Y te aseguro que ya no habrá imperfecciones en nuestro grupo de apóstoles.

Judas replica:

–                       ¡Esto es lo que yo estaba diciendo! ¡Que la imperfección soy yo! ¡Oh! ¡Es demasiado! ¡Es…!

Tomás interviene:

–                       También yo lo creo. Porque demasiado fue el vino que nos hizo beber José… Y con este calor hace daño… Tan solo quieres burlarte… -tratando de que la disputa se convierta en un chiste.


Pero Pedro, a quien ya se le acabó la paciencia; con los dientes apretados y los puños cerrados, dice:

–                       Oye muchacho. Una sola cosa te aconsejo. Sepárate un poco de nosotros…

–                       ¿Yo? ¿Separarme yo? ¿Por qué tú lo mandas?  Tan solo el Maestro puede darme órdenes. Solo a Él obedezco. ¿Quién eres tú? Un pobre…

–                       Pescador, ignorante, vulgar, inútil para cualquier cosa. Tienes razón… Soy el primero en decírmelo. Y ante nuestro Yeové Omnipresente y Omnividente digo que preferiría ser el último y no el primero. Digo que quisiera verte o a cualquier otro en mi lugar. Pero más que todo a ti, para que te vieses libre del monstruo de los celos, que te hace tan duro. Y no tuvieses que obedecer, sino que yo lo hiciese…

Créeme que me costaría menos trabajo hablarte como al ‘primero’, que ahora. Creo que necesitas reflexionar… Te encontrabas a tus anchas solo, como lo hiciste desde Beter hasta el valle. Continúa haciéndolo… El Maestro va a la cabeza. Tú a la cola. En medio nosotros. Los ‘nada’…  No hay nada mejor para comprender y calmarse, que estar solos… Acepta mi consejo. Es mejor para todos y sobre todo, para ti.  –lo toma del brazo y lo saca fuera del grupo.

Lo lleva hasta atrás. Separándolo como veinte metros, se detiene y le ordena en voz firme, mientras lo mira fijamente:

–                         Quédate allí, mientras nosotros damos alcance al Maestro y luego… vente despacio. Mucho muy despacio… Y verás que se te pasa, a ti el berrinche… Y a nosotros… el temporal.

Lo deja plantado y se une a sus compañeros que van adelante unos diez metros. Cuando los alcanza dice:

–                       ¡Uff! He sudado más hablándole que caminando. ¡Qué tipo! ¿Se podrá sacar algo bueno de él?

Judas Tadeo le responde:

–                       No lo creo, Simón.  Mi hermano se obstina en conseguirlo… Pero… de él no se sacará nada bueno.

Andrés dice en voz baja:

–                       Con él… ¡Es un buen castigo el que se nos ha venido encima! Juan y yo casi le tenemos miedo. Y nos callamos para no discutir.

Bartolomé dice:

–                       Es lo mejor que podéis hacer.

Tadeo confiesa:

–                       Yo no logro hacerlo.

–                       Yo muy mal… Pero he encontrado el secreto.  –dice Pedro.

Todos le preguntan:

–                       ¿Cuál es? ¡Dínoslo!…

–                       Trabajando como un buey que tira del arado. Un trabajo tal vez inútil… Pero que me ayuda a no echar contra Judas, todo lo que me bulle por dentro.

Santiago de Zebedeo dice:

–                       ¡Ah! ¡Ahora comprendo por qué hiciste aquel destrozo de arbustos, cuando bajábamos hacia el valle! Por esto, ¿No es verdad?

–                       Exacto… pero hoy no tenía por aquí, nada que romper, sin causar algún daño. No hay más que árboles frutales y sería un pecado atacarlos. Me he cansado más con vencerme. Me duelen los huesos.

Bartolomé y Zelote hacen el mismo gesto y dicen cariñosamente casi al mismo tiempo a Pedro:

–                       ¿Y te sorprendes de que Él te haya hecho el primero entre nosotros?

–                        Eres un maestro…

Pedro los mira sorprendido y dice:

–                       ¿Yo? ¿Por esto? ¡Tonterías!… soy un pobre hombre… Sólo os pido que me ayudéis con vuestros doctos consejos. Con vuestras ideas cariñosas y sencillas… ¡Amor y sencillez! Para que sea como vosotros… y sólo por amor a Él, que ya bastantes aflicciones tiene ya consigo…

Mateo confirma:

–                       Tienes razón. Por lo menos nosotros no hay que dárselas.

Tomás pregunta:

–                       Yo estuve muy preocupado cuando lo mandó llamar Juana. ¿Vosotros no sabéis nada?

Pedro responde:

–                       ¡Claro que no! Pero sospechamos que ese que nos sigue… ¡Habrá hecho una buena fechoría! 

Tadeo confiesa:

–                        ¡Chitón! Lo mismo pensé al escuchar al Maestro el sábado…

Santiago de Zebedeo agrega:

–                       Igualmente yo…

Tomás exclama:

–                       ¡Vamos! No me lo habría imaginado, ni siquiera cuando vi a Judas tan negro aquella tarde. Y tan grosero, si es que así puede decirse.

Pedro concluye:

–                       Bueno. No hablemos más de eso y procuremos hacer que se haga mejor con nuestro cariño, con nuestros sacrificios. Como nos enseñó Marziam.

Andrés pregunta sonriendo:

–                       ¿Qué estará haciendo ahora?

–                       ¡Bah!… Pronto estaremos son él. No veo la hora. Estas separaciones me cuestan mucho.

Santiago de Zebedeo dice:

–                       No entiendo por qué el Maestro lo separó de nosotros. Ya no es un niño. Ni está endeble.

Felipe agrega:

–                       El año pasado caminamos mucho con él. Ahora que ha crecido más, con mayor razón podría hacerlo.

Mateo advierte.

–                       Yo me imagino que es para que no asista a ciertas tonterías.

Tadeo refunfuña:

–                       Y que no se junte con ciertos tipos…  -Porque realmente no soporta a Iscariote.

Pedro dice reflexivo:

–                       Tal vez vosotros dos tenéis razón…

Tomás asegura:

–                       ¡Eso no! Tal vez solo quiere que se haga más fuerte. Veréis que el año próximo nos acompañará.

Bartolomé pregunta pensativo:

–                       ¡El año que entra! ¿Estará todavía el año próximo el Maestro con nosotros? Sus discursos… me parecen que…

Los demás le ruegan:

–                       ¡No lo digas!

–                       No quisiera decirlo. Pero el no decirlo no sirve para desterrar lo que ha sido predeterminado.

Pedro responde:

–                       Entonces… Con mayor razón debemos tratar de ser mejores en estos meses;  para no causarle ningún daño y estar listos. Quiero pedirle que ahora que descansemos en Galilea, nos instruya mucho a nosotros Doce… Dentro de poco llegaremos.

Bartolomé confiesa:

–                       Y no veo la hora. Ya estoy viejo y las caminatas con este calor, me causan muchas incomodidades.

Mateo comenta:

–                       También a mí. Fui un vicioso y soy más viejo de lo que se puede pensar, si se tienen en cuenta los años… las crápulas… Ahora todo lo sufro en los huesos…

Zelote agrega:

–                       ¿Y yo? Estuve enfermo por años… Y aquella vida en las cuevas, con poca comida y miserable… ¡Todo se deja ver ahora!…

La voz de Judas los sobresalta a todos:

–                       Pero siempre has dicho que desde que te curó, te has sentido siempre fuerte… –a sus espaldas, pues ya se les juntó. Y con su inseparable ironía agrega – ¿Ya se te acabó tan pronto el efecto del milagro?

Mentalmente, Simón implora: “Señor ven aquí y dame paciencia” Pero con una cortesía exquisita, responde a Judas:

–                       No. No ha terminado el efecto del milagro. Y todos pueden verlo, no he vuelto a enfermarme. Me siento fuerte, duro. Pero los años son años y las fatigas, fatigas. Y luego estos calores que nos hacen sudar como si estuviéramos metidos en un horno.

Y las noches tan heladas que nos congelan el sudor en la espalda, mientras el rocío vuelve a humedecer nuestros vestidos empapados por el sudor; es claro que estos cambios no me hacen bien. Por eso no veo la hora en que podamos descansar un poco. Por la mañana sobre todo, cuando dormimos bajo las estrellas, estoy hecho una piedra por lo duro. Si me enfermo, ¿Para qué sirvo?

Andrés le responde:

–                       Para que sufras. Él dice que el sufrimiento vale igual que el trabajo y la Oración.

–                       Es cierto. Pero preferiría servirle como apóstol y…

Judas de Keriot dice:

–                       Y también estás cansado. Confiésalo. Estás cansado de continuar con esta vida sin perspectiva de horas mejores. Antes bien, viendo cómo se echan encima las persecuciones y las derrotas. Y empiezas a reflexionar que corres el peligro de volver a ser proscrito.

–                       No reflexiono nada. Lo que digo es que me siento mal.

Judas contesta con una sonrisa cargada de ironía:

–                       ¡Oh! ¡Cómo te curó una sola vez!…

Bartolomé presiente otra agria discusión y la evita llamando a Jesús:

–                       Maestro, ¿No nos toca nada a nosotros? Siempre vas adelante…

Judas se queda mohíno y pensativo… Y cesa en sus intentos de querer molestar a los demás.

Más tarde, busca la oportunidad de estar a solas con Jesús y le dice:

–                       Tenme contigo. No quiero errar más para no causarte dolor ni a Dios; ni a Ti…

Eso es todo.

Pero es más que suficiente para que el Maestro lo abrace con amor…

Cuando llegan las horas de más calor, se detienen a descansar a la sombra de una tupida arboleda y junto a un arroyo. Después de haber orado, ofrecido y bendecido los alimentos, comen y conversan.  Sombra, frescura, silencio en las horas en que arde más inclemente el sol. Y que invitan a dormitar.  Todos se acomodan a su gusto en el verde pasto y a la sombra de los árboles…

Jesús se sienta apoyando su espalda contra el tronco de un árbol y se interesa en los insectos que vuelan sobre las flores. En un determinado momento, hace una señal a Juan, a Judas de Keriot y a Bartolomé que están despiertos. Y cuando éstos llegan junto a Él, los invita a observar un pequeño drama de la naturaleza.

Los tres apóstoles se sientan alrededor y escuchan atentos a su Maestro que dice:

–                       Ved este pequeño insecto y observad el trabajo que está realizando… Está recogiendo polen y mientras lo hace, coopera a la fecundación de las plantas…

Jesús da una enseñanza sobre la razón y el instinto… En el transcurso, se han levantado los demás y asisten a la lección…

Para finalizarla, Jesús dice:

–                       … El insecto no es responsable si comete una mala acción, porque está siguiendo su instinto. El hombre sí lo es. El hombre goza de una inteligencia superior y tanto lo será, cuanto más comprenda las cosas de Dios. Por esto el hombre es más responsable de sus acciones.

Bartolomé dice:

–                       Entonces Maestro. Nosotros a quienes adoctrinas, tendremos mayor responsabilidad.

Jesús responde:

–                       Muy grande. Y mayor la tendréis en lo futuro, cuando se realice el Sacrificio y venga la Redención. Y con ella la Gracia que es fuerza y luz. Después de ella vendrá quién os dará mayores fuerzas para querer… Quien no quisiere, tendrá que responder, ¡Y en qué forma!

–                       Entonces muy pocos serán los que se salven.

–                       ¿Por qué Bartolomé?

–                       Porque el hombre es muy débil.

–                       Pero si robustece su debilidad confiando en Mí, se hace fuerte. ¿Creéis que no comprendo Yo vuestras luchas? ¿Qué no compadezco vuestras debilidades? Ved. Satanás es como una araña que está tejiendo su tela de esta ramita a aquella flor. ¡Tan sutil, tan engañosa! Ved como brilla el hilito, parece de plata. Parece una filigrana impalpable. En la noche no se le puede ver. Cuando el alba nace, brillará como una piedra preciosa.

Y las moscas imprudentes que vuelan por la noche en busca de alimento; caerán atrapadas en la telaraña y también las maripositas que se sienten atraídas por lo que brilla…

¡Pues bien! Mi amor hace con Satanás, lo que hace ahora mi mano que destruye la tela. Mirad como la araña huye y se esconde. Tiene miedo del más fuerte. También Satanás tiene miedo del más fuerte. Y el más fuerte es el amor.

Pedro, que siempre saca conclusiones de todo, pregunta:

–                       ¿No sería mejor acabar con la araña?

–                       Sería mejor. Pero esa araña no hace más que cumplir con lo que debe. Es verdad que mata a las pobres maripositas tan bonitas; pero acaba también con muchas moscas feas que acarrean enfermedades y contaminan a los sanos y a los vivos.

Zelote pregunta:

–                       ¿Pero en nuestro caso qué cosa hace la araña?

Jesús contesta:

–                       ¿Que qué hace Simón? Hace lo que hace la buena voluntad en vosotros. Destruye las vacilaciones; la flojedad; la vana presunción. Os obliga a que estéis vigilantes. ¿Qué cosa es la que os hace dignos de premio? La Lucha y la Victoria.

¿Podéis conseguir la Victoria si no tenéis la Lucha? La presencia de Satanás hace que se vigile continuamente. El amor por su parte, hace que su presencia no sea tan dañina. Si os quedáis cerca del Amor, Satanás os tentará; pero no podrá haceros daño en realidad.

–                       ¿Nunca?

–                       Nunca. Ni en las cosas pequeñas, ni en las grandes. Veamos una cosa pequeña: te aconseja que tengas cuidado de tu salud. Un consejo engañoso para poderte separar de Mí. El Amor te tiene junto conmigo, Simón. Y tus dolores dejan de existir aún ante tus ojos.

–                       ¡Oh, Señor! ¿Lo sabes?

–                       Sí, pero no pierdas tu valor. ¡Ea! ¡Arriba! El amor te dará tantas fuerzas, que es el primero en reírse de ti, que tiemblas por causa de tus reumas…

Jesús sonríe al avergonzado apóstol. Lo abraza para consolarlo. Y aún en medio de la sonrisa de Jesús, hay dignidad.

Los demás también se ríen.

Jesús mira a Judas y su sonrisa se hace más grande… Con su sonrisa le muestra su felicidad, para darle un estímulo en su intento de regresar a Dios… Porque aún este tenue deseo, que persiste como una flor en su corazón desierto; hace que el Padre Celestial le mire con ojos benignos a este discípulo al que ama y que sabe que no puede salvar… Pese a todos sus esfuerzos.

Jesús lo sabe… Y suspira profundo…

¡La mirada de Dios posada sobre un corazón!

Es necesario un tacto infinito para curar los corazones.

Y Jesús, manteniendo a Judas cerca de Sí, quiere enseñarles a los demás, el arte de redimir y de ayudar a quien se redime. Jesús debe ser feliz; para dar al desgraciado apóstol aún este medio para levantarse…

El acicate de la alegría del Maestro, al ver que regresa a Él…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

95.- TESTIMONIO APOSTOLICO


El sábado en la casona de Antioquía, se han reunido toda la familia de Filipo y los siervos; junto con todos los habitantes de Antigonia, Síntica y Juan de Endor.

Filipo ha pedido a los apóstoles que antes de irse les dirijan el Mensaje del Maestro de Nazareth y el primero que empieza a hablar es Pedro:

–           Me dijisteis que en la Pascua oísteis que algunos hablaban con fe y otros con desprecio de Maestro. Y también me dijisteis que por la gran fidelidad que sentís por la casa de Lázaro pudisteis resistir a la mala impresión que os trataron de causar los grandes de Israel.

Pero ser docto, no quiere decir ser santo, ni poseer la verdad. Y la Verdad es ésta: Jesús de Nazareth es el Mesías Prometido. El Salvador de quién hablan los Profetas, el último de los cuales duerme en el seno de Abraham, después del glorioso martirio que sufrió por causa de la justicia. Juan Bautista dijo y aquí hay algunos que lo oyeron: “He aquí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”

Entre los más humildes, como los que están aquí presentes y que oyeron sus palabras, creyeron en ellas; porque la humildad sirve para llegar a la Fe. Pero difícilmente los soberbios son capaces de desprenderse de los fardos que cargan y aunque oigan, no escuchan y aunque vean, no reconocen. Dios siempre premia el saber creer, aun contra todas las apariencias. Os exhorto pues a ser humildes y a tener un fe pronta, para que forméis parte del ejército del Señor que conquistaréis el Reino de los Cielos…

Pedro hace una señal a Simón Zelote y éste continúa:

–           No hemos venido aquí a juzgar a Jerusalén; nos lo prohíbe la caridad, que es la virtud principal. No miremos los corazones de los demás; sino el nuestro y llenémoslo de esa fe de la que habló Simón Pedro. Y vistámonos de fiesta, porque en el Mesías está consumada nuestra esperanza. El Mesías, el Santo de Dios está verdaderamente entre nosotros, para que nuestras tierras y nuestros valles canten un hosanna al Hijo de David, al Altísimo que ha enviado a su Verbo, como lo había prometido a los patriarcas y a los profetas.

Yo que os hablo era un leproso condenado a morir en una muerte cruel; rodeado por la soledad, cual si fuera una fiera.  Alguien me dijo: “Ve al Rabbi de Nazareth y te curarás”  Tuve fe y fui. Me curé no solo en el cuerpo, sino tambien en el corazón. De este modo, no me veo más separado de los hombres y al no odiar, tampoco de Dios.

De proscrito, rebelde y enfermo; me convertí en siervo del Mesías con un corazón nuevo. Me llamó a la misión de ir entre los hombres, para que los amara en su Nombre y para que los instruyese en lo único que es necesario saber: Que Jesús de Nazareth es el Salvador y que son bienaventurados los que crean en Él.

Zelote voltea y mira a Santiago de Alfeo y éste prosigue:

–           Soy pariente del Nazareno. Mi padre y el suyo fueron hermanos carnales. Pero no puedo llamarme hermano, sino siervo; porque la paternidad de José el hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual nacida del corazón.

Y os digo que en verdad, el Verdadero Padre de Jesús nuestro Maestro, es el Altísimo a quién adoramos.

Él ha querido que su divinidad una y trina, se encarnase en la Segunda Persona y viniera a la Tierra a encarnarse en el seno purísimo de la Virgen de Israel; permaneciendo siempre unida a los que viven en el Cielo.

Porque Dios, el Infinitamente Poderoso puede hacerlo y lo hace por el amor que tiene para sus creaturas.

Jesús de Nazareth es nuestro hermano, porque nació de una mujer y es como uno de nosotros. Es nuestro Maestro, porque es el sabio por excelencia. Es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos, para que pertenezcamos a Dios. Es nuestro Dios, siendo una sola cosa con el Padre y el Espíritu Santo con quienes siempre está unido por el Amor, por el Poder y por la Naturaleza Divina.

Estas cosas que el Justo José  que fue mi pariente pudo conocer, sean vuestra herencia. Cuando el mundo trate de arrebatárselos al decir que “Es un hombre cualquiera”, contestad: ‘¡No! Es Dios el Hijo de Dios. Es el Retoño del tronco de Jesé.

Es la Estrella de Jacob.  Es la Vara que se yergue en Israel. Es el Dominador.”  No permitáis que os hagan cambiar de opinión. Esto es la fe.

Santiago mira a Andrés y con un gesto le cede la palabra.

El siempre tímido Andrés parece convertirse en un gigante, cuando su cara se ilumina y sus palabras resuenan vigorosas como una campana…

Andrés confirma y dice:

–           Efectivamente, esto es la Fe. Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea. En las noches silenciosas cuando pescaba, monologaba así: ‘¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía? Según la profecía faltan muchos años…’ Para el hombre, unas cuantas decenas de años son siglos. Y me preguntaba a mí mismo: ‘¿Cómo vendrá? ¿A dónde llegará? ¿De quién?’ Mi ignorancia humana me hacía imaginar gloria de reyes, palacios regios, cortejos, trompetas, poder y majestad.  Y me decía: ‘¿Quién podrá mirar a este gran  Rey?’ Me lo imaginaba más formidable que el Mismo Yeové en el Sinaí…

Me decía yo: “Los hebreos vieron que en el monte había truenos y relámpagos. Y no quedaron reducidos a ceniza, porque el Eterno estaba detrás de las nubes. Pero nosotros lo miraremos con nuestros ojos mortales y moriremos…”

Yo era discípulo del Bautista. Cuando no tenía que pescar, iba a verlo con otros compañeros. Era un día como éste con su luna… Las riberas del Jordán rebosaban de gente que se  estremecía bajo las palabras del Bautista.  Yo había visto a un hermoso joven, pausado que venía por un sendero. Su vestidura era sencilla y su mirada dulce. Parecía como si pidiera amor, como si lo diera. Por un instante sus ojos azules se posaron en mí y experimenté algo inaudito. Algo así, como si acariciaran mi alma. Fue como si un ángel me hubiese tocado y por un momento me sentí tan lejano de la tierra y tan diverso que dije: ¡Voy a morir! ¡Dios está llamando mi alma!

Pero no morí y me quedé extático, contemplando a aquel joven desconocido que había puesto sus ojos sobre el Bautista. Y que cuando Juan lo sintió, se volvió, corrió hacia Él. Hablaron entre sí y como la voz de Juan era un continuo retemblar, pudimos comprender lo que decía, pues deseábamos con todo el ansia saberlo.

Mi corazón me decía que no era igual que todos los demás. Entre sí se dijeron: ‘Debes bautizarme’… ‘Por ahora hagamos así. Hay que cumplir con todo lo prescrito…’

Juan había dicho antes: “Vendrá quién no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias.” Y también había dicho: “En medio de vosotros. En medio de Israel; hay alguien a quien no conocéis. Tiene en sus manos el ventilador. Limpiará su era y quemará las pajas con un fuego que jamás se apaga.”

Tenía ante mí a un bello joven del pueblo; de aspecto suave y humilde. Y con todo sentí que era Él, a Quien ni el Santo de Israel, el último Profeta, el Precursor, era digno de desatar su calzado. Pensé que Era a quién no conocíamos. Pero no sentí miedo.

Más bien, cuando Juan después del trueno terrible de Dios; después del grandísimo resplandor de la Luz en forma de una hermosa paloma, dijo: “He aquí al Cordero de Dios…” Y yo grité en medio de mi corazón que rebosaba de alegría al contemplar a ese joven de dulce y humilde aspecto: “¡CREO!” Y por esta Fe soy su siervo… Si la tuviereis, tendréis paz y consuelo…

Andrés mira a Mateo y con su mirada le dice: “¡Mateo, ahora te toca a ti proclamar las maravillas del Señor!”

Y Mateo dice:

–           Yo no puedo hablar como Andrés. Él siempre ha sido un hombre recto y yo era un pecador. Por esto mis palabras no resuenan con el tímpano de la alegría, pero sí tienen la esperanza de un Salmo.

Yo era realmente un gran pecador.  Mi vida transcurría en medio del error. La corteza de mi insensibilidad había aumentado y con ella me sentía contento. Sólo cuando algún fariseo o el sinagogo, me echaban en cara mis errores y me decían que algún día me presentaría ante el Juez Inexorable, sentía un poco de temor… Pero tornaba a decirme: “¡Qué importa! ¡Ya estoy condenado! Démosle rienda suelta a todo lo que queramos… ¡Oh, cuerpo mío!” Y cada vez me hundía más en el abismo del pecado.

Hace dos primaveras que un Desconocido llegó a Cafarnaúm. Y para mí también lo era, cómo para todos los que ignoraban su misión. Pocos lo conocían. Éstos a quienes estáis viendo y otros pocos. Me atrajo su aspecto viril y al mismo tiempo casto. Esto último fue lo que más me impresionó. Veía que era un hombre austero, pero que siempre estaba pronto a hacer caso a los niños. Algo así como las abejas que van en busca de las flores. En los juegos de los niños encontraba su placer… También me llamó la atención su poder. Hacía milagros y me dije: “Es un exorcista. Un santo”  Pero me sentía muy avergonzado ante Él… Y trataba de huir de su Presencia…

Él me buscaba. O al menos así me lo parecía. No pasó ni una vez cerca de mi banco, sin que me mirara con esa mirada dulce y en cierto punto hasta triste. Y cada vez mi conciencia se estremecía y sentía que despertaba de su sopor.

Cómo la gente alababa mucho sus palabras, tuve deseos de oírlo. Y un día me escondí detrás de la esquina de una casa y oí que hablaba de que la caridad, atrae el perdón de nuestros pecados y desde aquella tarde, en mi corazón nació el deseo de que Dios perdonara mis pecados. Yo hacía cosas en secreto… Pero Él sabía que era yo, porque Él como Dios, lo sabe todo. Otra vez, lo oí explicar el capítulo 52 de Isaías y decía que en su reino, en la Jerusalén Celestial, no habrá inmundos, ni incircuncisos del corazón. Y prometió que esta ciudad celestial, de la que habló tantas bellezas, que sentí nostalgia de ella; sería para todo el que a Él viniera.

Y la siguiente vez, su mirada ya no fue de tristeza, sino de llamamiento y de orden. Me atravesó el corazón y vi el estado de mi alma. La cauterizó. Tomó en su puño mi pobre alma enferma. La taladró con su amor que no espera… Y me encontré de repente con un alma nueva. Y fui a Él arrepentido y confiado… No esperó a que yo le dijese: ¡Señor, ten piedad!  Se me quedó mirando y me dijo: ¡Sígueme!…

Él venció a Satanás, dentro de mi corazón de pecador. Que lo sepa todo aquel que se sienta turbado dentro de su corazón. Él es el Salvador al que no hay que esquivar. Al contrario, entre más pecadores nos sintamos, tanto más hay que acudir a Él con humildad. Con arrepentimiento…

Santiago de Zebedeo, ahora es tu turno…

Santiago dice:

–           También Yo estuve con Andrés en el Jordán. Pero yo lo vi, hasta que las palabras del Bautista nos lo señalaron. Al punto creí y cuando se fue, después de su maravillosa manifestación, me quedé como quién después de haber contemplado el sol en su zenit, se le encierra dentro de una oscura cárcel. Me moría por encontrar el sol. El mundo estaba sin luz, después que apareció la Luz de Dios y se me había desaparecido.

Estaba solo entre los hombres. Cuando comía me sentía con hambre. Nada me atraía, ni dinero, ni cariños, ni trabajo. Todo me parecía vacío, opaco, oscuro sin Él. Y lloraba como el niño que ha perdido a su madre. Mi alma suplicaba: ¡Regresa, Cordero del Señor! ¡Oh, Altísimo, así como enviaste a Rafael para que guiase a Tobías, manda a tu ángel para que me lleve a encontrarle…!

Pasaron muchos días que para mí fueron como siglos… Apresaron a Juan y lo vi venir un día por el camino que viene del desierto. No lo reconocí al punto.

Simón de Jonás, ha dicho que son necesarias la fe y la humildad para reconocerlo. Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la Fe, para reconocer en Jesús de Nazareth, al que está en el Cielo y en la Tierra. Simón Zelote tuvo necesidad de una gran fe, dado el estado miserable de su penosa enfermedad. Por eso ha afirmado que la Fe y la esperanza son indispensables, para alcanzar al hijo de Dios.

Santiago el hermano del Señor, ha mencionado el poder de la fortaleza para conservar lo que se ha encontrado. La fortaleza que impide que las asechanzas del demonio y de Satanás, aplasten nuestra fe.

Andrés ha dicho que es necesario conjugar la Fe con una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad, defendiéndola; no por orgullo humano de ser doctos, sino por el deseo de conocer y amar a Dios. Quien se instruye en la Verdad, encuentra a Dios.

Mateo, en otro tiempo pecador. Nos ha mostrado cómo es necesario despojarse de los sentidos por un reflejo de Dios que es Pureza Infinita. Lo que más llamó la atención a Mateo, cuando todavía estaba envuelto por el pecado, fue la ‘casta virilidad’ del Desconocido que se había presentado en Cafarnaúm. Como primer paso se abstuvo de todo lo que no estaba bien. Y de este modo limpió el camino para llegar a Dios y a la resurrección de la virtud en su corazón. De la continencia, pasó a la misericordia y de ésta a la contrición. Cuando Dios le dijo: ‘Sígueme’ él dijo ‘Voy’ pero ya su corazón había dicho primero ‘Voy’ y el Salvador lo había estado llamando desde la primera vez que la virtud del Maestro llamó su atención.

Imitad para evitar el mal y encontrar el Bien. Por mi parte les digo que cuanto más el hombre se esfuerza en vivir para el espíritu, se prepara mejor para reconocer al Señor; para lo cual la vida angelical sirve muchísimo.

Entre nosotros los discípulos, Juan fue el que lo reconoció inmediatamente, pese a la ausencia y por la virtud con la que se encuentra dotado. Aun cuando Jesús había hecho una gran penitencia y su rostro estaba demacrado, lo reconoció mejor que Andrés. Por lo cual yo os digo: ‘Sed castos, para que podáis reconocerlo’

Santiago mira a Judas Tadeo y el apóstol sonríe…

Tadeo prosigue:

–           Sí. Sed castos para poder reconocerlo; pero también para poderlo conservar en vosotros con su sabiduría y con su amor.  Isaias dijo: “No toquéis lo que es impuro… Purificaos vosotros, quienes cargáis los vasos del Señor.” En realidad cualquier alma que se hace discípulo, es semejante a un vaso lleno del Señor y el cuerpo en el que está, es cómo el que carga el vaso sagrado. Y no puede estar Dios dónde hay impureza.

Mateo dijo cómo el Señor ha dicho que nada inmundo o profano habrá en la Jerusalén Celestial. Es menester no ser inmundos acá abajo, ni alejarse de Dios; para poder entrar. Infelices los que dejan todo para la última hora en que esperan arrepentirse. No siempre tendrán tiempo de hacerlo. Así como los que ahora lo calumnian, no tendrán tiempo de crearse un corazón propio para el momento de su triunfo y no gozarán de sus frutos.

Tanto los que esperan, como los que temen ver en el Rey santo y humilde a un monarca terrenal, no estarán preparados para aquella hora. Se verán envueltos en el engaño, desilusionados por lo que se habían imaginado, pues Dios no piensa como ellos.

La humillación de ser Hombre, pesa sobre Él. Esto debemos recordarlo. Isaías dice que todos nuestros pecados pesan sobre la Persona Divina que se ha revestido de carne humana. Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene junto a Sí, como una costra sucia, toda la miseria del Género Humano; siento una gran compasión y trato de comprender el sufrimiento que debe padecer su alma sin culpa.

Es como el asco que una persona sana sentiría al verse cubierta de todo lo sucio, de todo lo inmundo, de un leproso.

Verdaderamente que es el traspasado por nuestros pecados; el llagado con todas las concupiscencias del hombre. Su alma que vive entre nosotros, debe estremecerse ante toda la miseria que contempla. Y sin embargo Él no dice nada. No abre su boca para decir: “Me causáis asco”

La abre sólo para decir: “Venid a Mí, para que os quite vuestras culpas” Es el Salvador. Llevado de su infinita bondad ha querido ocultar su belleza, la que según dijo Andrés, si se hubiera aparecido tal como está en el Cielo, no habría convertido en cenizas. Más ahora se ha hecho atractiva, como la de un manso cordero, para que todos puedan acercarse a Él. Para que todos puedan salvarse.

Su estado de humillación durará hasta que cumplido su término de vivir entre los hombres pecadores, sea levantado sobre la multitud de los rescatados, en el triunfo de su santa realeza. ¡Un Dios que saborea la muerte, para salvarnos a la vida!

Que estas consideraciones os ayuden a amarlo sobre todas las cosas. Él es el Santo, puedo afirmarlo como Santiago también, pues crecimos junto con Él. Y afirmo que estaré siempre pronto a dar mi vida por proclamar esta fe, para que los hombres crean en Él y tengan la vida eterna.

Juan de Zebedeo, sólo faltas tú. Te toca hablar…

El joven Juan. El discípulo predilecto de Jesús, toma la palabra y dice:

–           ¡Qué bellos son sobre los montes, los pies del mensajero que anuncia la felicidad y predica la salud! Del que dice a Sión: “Reinará tu Dios”

Hace dos años que estos pies caminan incansables por los montes de Israel llamando a sus ovejas para que formen la grey de Dios, confortando, sanando, perdonando, dando paz… Su Paz.

En verdad que me quedo asombrado de que los collados no revienten de alegría y cómo las aguas de nuestra patria no se estremezcan, al sentir la caricia de sus pies. Pero lo que más me asombra es el ver que no griten de alegría los corazones y que llevados por el júbilo no canten: ¡Sea Alabado el Señor! ¡El Esperado ha llegado! ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor! El que derrama Gracias y bendiciones, paz y salud. Y llama a su Reino abriendo el camino, derramando amor con sus acciones, con su palabra, con su mirada, con su aliento.

¿Qué le pasa a este mundo para que esté ciego a la Luz que vive entre nosotros? ¿Qué lastres impiden a las almas que no vean esta Luz? ¿Qué montañas de pecado tiene sobre sí, para que esté tan oprimido, aplastado, ciego, encadenado, paralizado,  de modo que queda inerte el Salvador?

¿Qué cosa es el Salvador?  Es la Luz fundida con el Amor. Mis hermanos han alabado al Señor.  Han traído a la memoria sus obras, han señalado las virtudes para poder llegar a Él.

Yo os digo: Amad. No hay virtud mayor, ni más semejante a su Naturaleza.  Si amáis podréis practicar todas las virtudes sin fatiga; comenzando por la castidad. No será gravoso ser castos, porque amando a Jesús, a ningún otro ser amaréis inmoderadamente. Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones. Creeréis, porque siempre se le cree al ser amado y sentiréis el dolor que salva: el arrepentimiento por los dolores causados y que Él no merecía. Y seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡El que está unido con Jesús es fuerte contra cualquier cosa! Os veréis llenos de Esperanza, porque no dudaréis de su Corazón que os ama, como sólo Él lo hace. Seréis sabios.

Amadle a Él, que anuncia la verdadera felicidad, que predica la salvación y que es incansable en reunir a sus ovejas, por sus senderos llenos de paz.

Existe su Reino que no es de este mundo, como en realidad existe Dios. Dejad cualquier camino que no sea el suyo y caminad hacia la Luz. No seáis como el mundo que no quiere verla. Que no quiere reconocerla y la rechaza. Dirigíos a vuestro Padre que es el Padre de las Luces; que es Luz ilimitada, por medio de su Hijo que es la Luz del mundo; para que podáis saber lo que es Dios en el abrazo del Paráclito, que es el brillar de luces en una sola beatitud de Amor, que une los Tres en Uno.

¡Oh, Infinito océano de Amor en donde la tempestad no existe y dónde no hay Tinieblas! ¡Acógenos! ¡A todos! ¡Tanto a los inocentes como a los que se han convertido! ¡En tu Paz! ¡Por toda la eternidad! ¡Para la gloria eterna de nuestro Señor Jesús, Salvador que ama al hombre, hasta el sublime aniquilamiento de Sí Mismo!

Juan, con los brazos abiertos,  entrega a Dios a todas las ovejas que lo están escuchando…

Después de un prolongado silencio, donde los oyentes han quedado arrebatados junto con Juan que subiendo en las alas del Amor llevó su apasionamiento en la Oración…

Filipo pregunta:

–           ¿Y Juan el Pedagogo, no va a hablar?

Pedro contesta:

–           Os hablará siempre, cuando nosotros ya no estemos. Dejadlo que goce de su paz. Y dejadnos a nosotros, unos minutos para despedirnos de él…

Salen todos los demás y vuelven a quedar solos los diez… Reina un profundo silencio y todos están pálidos. Los apóstoles, porque saben lo que va a suceder y los discípulos porque lo presienten.

Pedro dice:

–           Oremos… –Recita despacio el Pater Noster y luego pone las manos sobre las dos cabezas inclinadas de Síntica y Juan de Endor. Y agrega- Ha llegado el momento de despedirnos, hijos… ¿Qué queréis que diga al Señor en vuestro nombre? Pues Él estará ansioso de saber cómo os encontráis…

Síntica cae de rodillas, cubriéndose la cara con las manos y Juan de Endor la imita.

Pedro los acaricia y se muerde los labios intentando contenerse para no llorar…

Juan levanta su cara destrozada por un dolor desgarrador y dice sollozando:

–           Comunicarás al Maestro que hacemos su Voluntad…

Y Síntica agrega:

–           Y que nos ayude a realizarla hasta el final…

El llanto les impide decir nada más.

Pedro dice:

–           Está bien. Démonos el beso de despedida. Este momento tenía que llegar… –Pedro no dice nada más, porque brota el llanto incontenible…

Síntica suplica:

–           Bendícenos.

–           No. Yo no. Mejor uno de los hermanos de Jesús.

–           No. Tú eres el jefe. Los bendeciremos dándoles el beso.

Tadeo se arrodilla y dice:

–           Bendícenos a todos.  Tanto a los que partimos, como a los que se quedan.

Y los demás apóstoles también se arrodillan.

Pedro tiene la voz ronca por el llanto  y pronuncia la Bendición Mosaica sobre todos los arrodillados. Luego se inclina y besa en la frente a Síntica, como si fuese su hermana. Levanta y abraza y besa a Juan de Endor y sale de la habitación mientras los demás se despiden de los discípulos que se quedan…

Afuera, ya los está esperando el carro.

Y Filipo los acompaña y los despide.

Dice a Pedro:

–           Comunicarás al patrón que no se preocupe por los dos recomendados.

Berenice la esposa de Filipo, en voz baja dice a Zelote:

–           Dile a María que me ha parecido sentir la paz de Euqueria desde que se hizo discípula. –Y añade en voz alta- Decid al Maestro, a María y a todos que los amamos…

Y se cruzan los saludos:

–           ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los veremos más! ¡Adiós hermanos! ¡Adiós!…

La carreta parte veloz y en el pavimento se oyen los cascos del caballo. Los dos discípulos corren hacia el camino. Pero la carreta ha dado la vuelta en la curva y ya no la ven… Ha desaparecido…

Dos gritos angustiados se cruzan en los dos que se miran con los ojos llenos de lágrimas:

–           ¡Síntica!

–           ¡Juan!

–           ¡Estamos solos!

¡Dios está con nosotros!… Ven pobre Juan.  El sol desciende y te puede hacer daño permanecer afuera. Ven. El viento está muy frío…

–           El sol se me ha ocultado para siempre… Sólo en el Cielo volverá a levantarse…

Síntica lo abraza estrechamente, como si fuera una mamá amorosa. Entran a la sala donde estaban antes. Se sientan junto a una mesa y lloran con un llanto desgarrado y desconsolador…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

 

85.- SETENTA VECES SIETE


Jesús regresa con sus apóstoles, después de una gira evangelizadora, por los alrededores de Bethania.

Zelote dice:

–                     Fue una buena idea la de Salomón el barquero, ¿No crees Maestro?

–                     Sí. Fue una buena idea.

Judas dice desdeñoso:

–                     Pues yo no veo nada de bueno en esto. Nos dio lo que a él que es discípulo, no le sirve para nada. No hay porqué alabarlo.

Zelote contesta serio:

–                     Una casa siempre sirve para algo.

–                     Siquiera hubiera sido como la tuya. Pero, ¿Qué fue? ¡Una casucha apestosa!

–                     Eso es todo lo que tiene Salomón. –replica Zelote.

Pedro pregunta:

–                     Pero si durante tantos años a él no le ha pasado nada. Nosotros también podemos estarnos un poco. ¿Qué quieres? ¿Qué todas sean como la de Lázaro?

–                     No quiero nada. No veo la necesidad de este regalo. Si uno está allá; se puede estar mejor en Jericó. No hay más que unos cuantos kilómetros de distancia. Y para gente como nosotros que parecemos perseguidos. Obligados de ir de acá para allá, ¿Qué son unos cuantos Km?

Jesús interviene antes de que la paciencia de os demás se acabe, como se deja entrever:

–                     Salomón, en proporción a sus riquezas, ha dado más que todos, porque dio todo. Lo dio por amor. Lo dio para proporcionarnos un asilo, en caso de que la lluvia nos sorprendiese en esos lugares poco hospitalarios. Y sobre todo, por si llegase a suceder que la mala voluntad de los judíos fuese tan grande, que nos obligase a poner el río de por medio… Esto por lo que se refiere al regalo.

A mí me ha causado una gran alegría que un discípulo pobre y vulgar, pero muy fiel y lleno de voluntad, haya llegado a esta generosidad que muestra a las claras que tiene el deseo de ser siempre mi discípulo. En realidad estoy viendo que muchos discípulos, con las pocas lecciones que les di; os superan a vosotros que habéis escuchado tantas.

No sabéis sacrificar por Mí, sobre todo tú Judas, ni lo que os cuesta menos: el juicio personal. Tú eres terco en tu modo de pensar y nada te puede doblegar.

Judas responde:

–                     Tú dices que la lucha contra sí mismo es la más difícil…

–                     ¿Y con esto quieres darme a entender que me equivoco, diciendo que no es difícil? ¿O no es así? Tú has comprendido muy bien lo que he querido decir. Para el hombre. Y eso eres netamente tú. No tiene valor sino lo que puede venderse o comprarse.

El ‘juicio personal’ no se vende, ni se compra con dinero. A no ser que… que uno lo venda a alguien, esperando alguna utilidad. A la manera de un comercio ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás y hasta más vasto. Porque comprende además del alma, el pensamiento, el criterio o la libertad propia.

Dale el nombre que tú quieras. Existe también esta clase de desgraciados. Por el momento, no pensemos en ellos. Elogié a Salomón, porque veo todo el bien que hubo en su acción. Y basta con ello.

Dentro de poco Ermasteo podrá caminar sin ningún daño y Yo volveré a Galilea. Pero no vendréis todos conmigo. Una parte irá por Judea, para que regrese allá, con los discípulos judíos. De forma que todos estéis unidos para la Fiesta de las Luces.

Los apóstoles dicen entre sí:

–                     ¿Tanto tiempo?

–                     ¡Oh, no!

–                     ¿A quién le tocará?

Jesús escucha y responde:

–                     Tocará a Judas de Simón. A Tomás, Bartolomé y Felipe. Quiero que aviséis a todos los discípulos, para que se encuentren en la Fiesta. Por esta razón los buscaréis, los juntaréis y se los diréis. Los ayudaréis en todo y después me seguiréis; llevando con vosotros a los que hayáis encontrado y recomendando a otros que esparzan la noticia de que se reúnan.

Tenemos amigos en los principales lugares de Judea, nos harán el favor de avisar a los discípulos. Yo subiré a Galilea a lo largo del otro lado del Jordán. Recogeréis también a los que la otra vez no se atrevieron a venir. Los que quieran que se les instruya o necesiten algún milagro; que vengan. Porque luego se arrepentirá de no haberlo hecho. Los traeréis a Mí. Me quedaré en Aera, hasta que lleguéis.

Judas dice:

–                     Entonces es mejor que nos vayamos pronto.

–                     No. Partiréis la tarde anterior a la mía. Os quedaréis con Jonás en Getsemaní, hasta el día siguiente y luego partiréis por la Judea. De este modo podrás ver a tu mamá y ayudarla en estos tiempos de contratos comerciales.

–                     Ya aprendió a hacerlo por sí misma, desde hace años.

Pedro le pregunta con sorna:

–                     ¿No te acuerdas que el año pasado le fuiste indispensable para la vendimia?

Judas se pone colorado como un jitomate. Su cara se afea con la ira y la vergüenza.

Pero Jesús se adelanta a cualquier respuesta:

–                     Un hijo siempre sirve para ayudar a su madre y para consolarla. Después, hasta Pascua, no la verás otra vez. por esto, vete a hacer lo que te digo.

Judas no se revuelve contra Pedro; pero arroja su ira contra Jesús:

–                     Maestro, ¿Sabes qué debo decirte? Que me da la impresión de que quieres deshacerte de mí. Por lo menos alejarme, porque me crees sospechoso. Porque injustamente me crees culpable de algo y porque faltas a la caridad contra mí. Porque…

Jesús contesta con severidad:

–                     ¡Judas! ¡Basta!… Podría decirte muchas cosas. Tan solo te digo: “OBEDECE”

Jesús es majestuoso, al pronunciar estas palabras. Alto. Con ojos centelleantes en su rostro severo… Infunde un gran respeto.

Judas se atemoriza y se pone detrás de todos.

Mientras Jesús solo, se pone a la cabeza.

Entre el uno y el otro; el grupo mudo de los apóstoles…

Y de este modo, llegan a Bethania.

Al día siguiente…

Lázaro está semi-tendido en un triclinio, leyendo un pergamino… Jesús se asoma por el umbral de la sala blanca de la casa de Lázaro y dice:

–                     Lázaro amigo mío, te ruego que vengas conmigo.

Lázaro se levanta inmediatamente:

–                     Al punto, Maestro. ¿A dónde vamos?

–                     Por el campo. Quiero estar solo contigo.

Lázaro lo mira preocupado y le pregunta:

–                     ¿Tienes noticias tristes que darme en privado?

–                     Sólo quiero pedirte un consejo. Y ni siquiera el aire debe saber lo que hablemos. Manda traer el carro, porque no quiero que te canses. Cuando estemos en el campo, te hablaré.

–                     Entonces yo guiaré; de este modo ni siquiera el siervo oirá lo que hablemos.

–                     Es mejor así.

–                     Vengo al punto, maestro.

Lázaro va por el carro y Jesús se queda pensativo por unos momentos.

Luego sale al patio interior, en donde están los apóstoles.

–                     ¿A dónde vamos Maestro? –preguntan al ver que Jesús se pone el manto.

–                     A ningún lugar. Salgo con Lázaro. Esperadme aquí juntos. Pronto estaré de regreso.

Los Doce se miran entre sí, no muy contentos…

Lázaro llega en un carro muy veloz que viene cubierto.

El discípulo más pequeño pregunta:

–                     ¿Vas con el carro?

Jesús contesta:

–                     Sí. Para que Lázaro no se canse de sus piernas. Hasta pronto, Marziam. Pórtate bien. la paz sea con todos.

Sube al carro que patina sobre la grava de la calle y se van por el camino principal.

Tomás grita:

–                     ¿Vas a Aguas Hermosas, Maestro?

–                     No. Os vuelvo a repetir que seáis buenos.

El caballo parte con un buen trote. El camino que desde Bethania va a Jericó pasa por los campos que pronto empezarán a perder su follaje. Siguen hasta la llanura.

Jesús sigue pensativo y Lázaro no habla; tan sólo se ocupa de guiar el caballo. Cuando llegan hasta los viñedos, Jesús hace señales para detenerse.

Y Lázaro obediente. Lleva el caballo por una vereda que lleva a otro poblado…

Lázaro dice:

–                     Aquí estaremos más tranquilos que en el camino principal. Con estos árboles, nadie nos verá.

Y en realidad es así. Porque unos arbustos con follaje tupido impide que sean vistos. Se bajan del carro y Lázaro está de pie ante Jesús, esperando sus palabras.

Jesús dice:

–                     Lázaro, me veo obligado a alejar a Juan de Endor y a Síntica. Comprendes que la prudencia lo aconseja y también la caridad. Sería una prueba muy dolorosa para ambos que llegaran a percatarse de las persecuciones de que son objeto. Y podría provocar en uno de los dos, sorpresas muy amargas.

Lázaro dice:

–                     En mi casa…

–                     No. Ni siquiera en tu casa. Tal vez físicamente no se les tocaría, pero moralmente se les humillaría. El mundo es cruel. Hace pedazos a sus víctimas. No quiero que se pierdan estas dos fuerzas. Por esto voy a unir a mi pobre Juan con Síntica. Quiero que muera en paz y que no esté solo. Y que lleve la ilusión de que va a otras partes, no porque sea el ‘exgaleote’, sino porque es el discípulo prosélito, que puede ir a otras regiones a predicar al Maestro.

Síntica lo ayudará… Es una hermosa alma. Y será una gran fuerza en la Iglesia futura. ¿Me puedes decir a donde estaría bien enviarlos? ¿A dónde que sean útiles y que estén seguros?

–                     Maestro… yo… ¿Aconsejarte a Ti?

–                     No, no. Habla. Tú me quieres. Tú no traicionas. Amas a quien amo. Tú no tienes cabeza estrecha como los demás.

–                     Yo… Sí… Te aconsejaría que los enviases a donde tengo amigos… a Chipre o a Siria. Escoge. En Chipre tengo personas de confianza. En Siria… Tengo todavía una casita, de la que cuida un mayordomo que es más fiel que una oveja. ¡Nuestro viejo Felipe!

Si me lo permites; esos a quién Israel persigue y tú amas, podrán desde ahora considerarse mis huéspedes. Y estarán seguros allí… ¡Oh! ¡No es un palacio! Son la propiedad secreta de mi madre. Los jardines, los huertos de flores y los árboles de esencias raras… ¡Ella los amaba tanto!… Mi mamá.

¡Cuántas cosas buenas hacía con lo que producían! –Lázaro llora y luego se controla- pero hablemos de Ti. ¿Te parece bueno el lugar?

Jesús lo mira y sonríe:

–                     Sí. Una vez más te doy las gracias. Me quitas de encima un gran peso…

–                     ¿Cuándo partirán? Te lo pregunto para preparar una carta para Felipe. Le diré que dos amigos míos tienen necesidad de tranquilidad. Y con eso bastará.

–                     Tienes razón. Con eso bastará. Pero te ruego que ni siquiera el aire sepa algo de esto. Tú lo estás viendo. Se me espía…

–                     Lo sé. No lo diré a nadie. Pero, ¿Cómo harás para llevarlos allá? Tienes contigo a los apóstoles…

–                     Los enviaré a diversas misiones y en ese intervalo, haré que se vayan a Antioquia los dos. A esto me obligan…

–                     A que te cuides de los tuyos. Tienes razón, Maestro. Sufro al verte afligido.

–                     Tu buena amistad me llena de consuelo, Lázaro. Te lo agradezco. Pasado mañana parto y me llevo a tus hermanas. Tengo necesidad de muchas discípulas, para que entre ellas se pierda Síntica.

–                     Se hará como Tú deseas. Mis hermanas te pertenecen, como Yo te pertenezco; con todas mis propiedades, mis siervos y mis bienes. Todo es tuyo, Maestro. Úsalo como Tú lo consideres más conveniente. Te prepararé la carta para Felipe y te la entregaré en tus manos.

–                     Gracias Lázaro.

–                     Es todo lo que puedo hacer. Si estuviese sano iría yo mismo. Cúrame, Maestro e iré.

–                     No, amigo. Yo te necesito tal como estás.

–                     ¿Aunque no haga nada?

–                     Aunque no hagas nada. ¡Oh, Lázaro mío! –y Jesús lo abraza y le da el beso de la amistad.

Vuelven a subir al carro para regresar.

Ahora es Lázaro el que está muy pensativo. Jesús no le pregunta la razón.

Pero él se la dice:

–                     Pienso en que perderé a Síntica. Me atraen su saber y su bondad.

–                     La adquiere Jesús.

–                     Es verdad… Es verdad. ¿Cuándo volveré a verte, Maestro?

–                     En primavera.

–                     ¿Hasta la primavera? El año pasado estuviste conmigo en la  Fiesta de las Encenias.

–                     Este año daré contento a los apóstoles. Pero el año entrante estaré mucho contigo. Te lo prometo.

Casi están para llegar a Bethania.

Lázaro detiene el carro y dice:

–                     Maestro. Haces bien en alejar de Ti al hombre de Keriot. Desconfío de él. No te ama. No me gusta. Jamás me ha gustado. Es un sensual y un ambicioso. Y así puede ser capaz de cometer cualquier pecado. Maestro, él es el que te denunció…

–                     ¿Tienes pruebas?

–                     No.

–                     Entonces no juzgues. No eres muy experto en juzgar. Acuérdate que juzgabas que María estaba del todo perdida.

–                     Es verdad. Pero mira… Ten cuidado de Judas.

Jesús ya no dice nada y momentos después entran en el jardín; donde los apóstoles, curiosos los esperan.

Y en una mañana tranquila de Octubre, todos se dirigen a Jericó. La ausencia de los cuatro apóstoles y sobretodo, de Judas; hace que el grupo de los restantes, se sienta más íntimo y feliz.

Juan de Endor camina fatigosamente bajo el peso que lleva en la espalda.

Pedro lo nota y le dice:

–                     Dámelo. Ya que quisiste cargar con este lastre. ¿Lo extrañas mucho?

–                     Me lo ordenó el Maestro.

–                     ¿Sí? ¡Oh! ¿De qué se tratará?

–                     No lo sé. Ayer por la tarde me dijo: ‘Toma tus libros y me seguirás con ellos’

–                     ¡Oh, qué bonito!… Bueno. Si lo dijo Él, quiere decir que se trata de algo bueno. ¿Eh? ¿También tú sabes cómo ella?

–                     Casi como ella. Es muy docta.

–                     Pero no vas a seguirnos con ese peso, ¿Verdad?

–                     No lo creo. No lo sé. También yo puedo cargarlo.

–                     No amigo. Me interesa que no te vayas a enfermar. Estás un poco desvencijado, ¿Sabes?

–                     Lo sé. Siento que me muero.

–                     No digas tonterías. Déjanos llegar siquiera hasta Cafarnaúm. Nos sentimos tan bien ahora, sin que esté ese… ¡Maldita lengua! Falté otra vez a la promesa que le hice al Maestro…-Y Pedro corre para alcanzar a Jesús-  ¡Maestro!… ¡Maestro!

Jesús pregunta:

–                     ¿Qué quieres Simón?

–                     Murmuré de Judas y te había prometido no hacerlo otra vez. ¡Perdóname!

–                     Bien. Procura no hacerlo más.

–                     Todavía me quedan cuatrocientos ochenta y nueve veces que me puedes perdonar…

Andrés pregunta admirado:

–                     ¿Pero qué estás diciendo hermano?

Y Pedro con una cara de pícaro, torciendo el cuello, bajo el peso del saco de Juan de Endor, dice:

–                     ¿No te acuerdas que dijo Él, que debíamos perdonar setenta veces siete? Por eso me quedan todavía cuatrocientos ochenta y nueve perdones. Iré haciendo bien las cuentas…

Todos sueltan la carcajada…  Hasta Jesús…

Pero dice:

–                     Harás mejor en llevar la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno. ¡Muchacho grandulón!

Pedro se acerca y Jesús y dice:

–                     ¡Oh, Maestro querido! Qué feliz soy de estar contigo sin… Deja eso. También Tú estás contento… Y sabes lo que quiero decir. ¿En dónde nos quedaremos esta noche?

–                     En Jericó.

–                     Allí, el año pasado vimos a la velada. Pero quién sabe lo que fue de ella. Cómo me gustaría saberlo. Y también encontramos a ese de los viñedos… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!…

La risa de Pedro es tan ruidosa  y contagiosa, que todos comprenden y recuerdan. Y también se ríen del momento en que se encontraron con Judas de Keriot que con mentiras se había escapado del grupo apostólico…

Y Jesús dice con reproche:

–                     En realidad. ¡Eres incorregible, Simón!

–                     No dije nada, Maestro. Tan solo me vino a la mente la cara que hizo cuando nos encontró allí… en sus viñedos…

Y Pedro se ríe con tantas ganas, que tiene que pararse mientras los otros siguen caminando.

Las mujeres alcanzan a Pedro y María le pregunta dulcemente:

–                     ¿Qué te pasa, Simón?

Pedro contesta:

–                     ¡Oh, no puedo decirlo porque cometería otra falta contra la caridad! Pero, Madre, dime tú que eres sabia. Si hago una insinuación o lo que es peor, si digo una calumnia, peco. Pero si me río de una cosa que todos conocen. De un hecho que todos saben. Como por ejemplo, cuando se acuerda uno de haber sorprendido con las manos en la masa a un mentiroso. La sorpresa que sufrió, sus excusas… Y uno vuelve a reírse de aquello, ¿Es malo?

María dice.

–                     Es una imperfección contra la caridad. No es pecado como la murmuración o la calumnia. Ni siquiera como la insinuación. Pero siempre es una falta de caridad. Es como una hebra de hilo que se saca de un tejido. No se trata de un agujero que eche a perder la tela, pero es algo que perjudica y da pie para que haya rasgaduras y agujeros. ¿No te parece?

Pedro se restriega la frente un poco avergonzado y dice:

–                     Así es. No había reparado en ello.

–                     Piénsalo bien y no lo volverás a hacer. Hay risas que son más ofensivas a la caridad, que una bofetada. ¿Se equivocó alguien? ¿Lo sorprendimos en una falta? ¡Y qué!…  ¿Por qué debemos recordarlo y hacer que otros lo recuerden? Bajemos el velo sobre las culpas del hermano, pensando siempre: ‘Si yo fuese el culpable, ¿Me gustaría que otro se acordase de esta falta mía e hiciese que los demás se acordasen de ella?’

Hay bochornos, Simón; que causan muchos dolores. No sacudas la cabeza. Sé lo que quieres decir… También los culpables sufren. Créemelo. Procura siempre partir del pensamiento: ‘¿Me gustaría a mí esto?’ Y comprobarás que así no pecarás jamás y que siempre tendrás paz en ti… Abandónate a Dios.

–                     Así lo haré, María. Te lo prometo.

Pedro ya no ríe. Meditando en lo que le dijo la Virgen, alcanza a sus compañeros…

Más adelante se encuentran una caravana grande y rica que va custodiada por hombres altos y morenos, que van muy bien armados. Y se agregan a ella.

Atraviesan la llanura del otro lado del Jordán y cuando abrevan sus animales en un estanque, Jesús platica con el rico mercader que la conduce y se entera de que van a pasar por las ciudades por las que Él también pasará. Como sabe que los ladrones se la pensarán bien antes de asaltarlos, decide ir con él, para que las mujeres vayan más seguras.

El mercader le pregunta:

–                     ¿Eres el Mesías?

Jesús le contesta:

–                     Sí.

–                     Me llamo Alejandro Misace. Hace días estuve en el Templo; en el Patio de los Gentiles y te oí. Yo te protegeré y Tú me protegerás. Llevo un cargamento de mucho valor. Nos detendremos en el siguiente poblado. En el albergue me conocen bien; porque dos veces al año hago este viaje. Me alegro de haberte encontrado, porque he perdido de vista a Dios.

–                     Porque tienes por dioses el comercio, el dinero, la vida… Y Dios es el que te concede estas cosas. ¿Por qué entraste al Templo?

–                     Por curiosidad. Fui a hacer algunos negocios, vi a un grupo de personas que te veneraban y recordé lo que había oído de Ti en Ascalón, de un fabricante de tapetes. Pregunté quién eras y te seguí. Cómo habían terminado mis negocios de ese día… luego en Jericó te volví a ver y ahora te vuelvo a encontrar.

–                     Es Dios Quién une y entrelaza nuestros caminos. Yo no tengo nada que darte por tu bondad. Pero antes de separarnos, espero darte un obsequio…

–                     No es necesario. ¡Mira! Detrás de aquel recodo empieza el poblado. Voy a adelantarme. ¡Nos veremos en el albergue!  -y a galope tendido se va por el camino.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

84.- EL ESPÍA DEL SANEDRÍN


Jesús al llegar al jardín de Lázaro, bendice la casa que le hospeda. Y se encuentra con la familia y con José de Arimatea y Nicodemo que también son huéspedes de Lázaro.

Todos corren al encuentro de Jesús.

Después de los primeros saludos, Jesús pregunta:

–                      ¿No está Síntica?

Maximino contesta:

–                     Está con Sara y Marcela adornando las mesas. Ahorita viene.

Jesús avanza hasta el pórtico y entra en el salón donde los sirvientes los ayudan con las purificaciones rituales antes de la comida.

Mientras las mujeres se retiran, Jesús se queda con los apóstoles en la sala.

Juan de Endor y Ermasteo, van a la casa de Simón Zelote, para dejar los sacos con los que venían cargados.

José de Arimatea pregunta:

–                     ¿Aquel joven que se fue con Juan el Tuerto, es el filisteo que aceptaste?

Jesús contesta:

–                     Sí, José. ¿Cómo lo supiste?

–                     Maestro… Nicodemo y yo, hace días que nos estamos preguntando, ¿Cómo pudieron saberlo los otros del Templo? Y sin embargo así es. Lo único cierto es que lo sabemos.

En la sesión que precedió a la Fiesta de los Tabernáculos; algunos fariseos dijeron que sabían exactamente, que entre tus discípulos; además de… Perdona Lázaro… las pecadoras conocidas y las ignotas. Y… Perdona Mateo… Los cobradores de impuestos y los galeotes; se habían unido un filisteo incircunciso y una pagana.

Por lo que se refiere a la pagana… Que en este caso, sin duda es Síntica; se comprende que se puede saber o por lo menos adivinar. La batahola que se armó con el romano no fue para menos…

Y se convirtió en tema de pleito entre los suyos y entre los judíos. Porque se fue, quejoso y amenazador al mismo tiempo, a buscarla por todas partes.

Fue a molestar al mismo Herodes; porque insistía en que estaba escondida en casa de Juana de Cusa y que el Tetrarca debía ordenar a su mayordomo, que se la entregase. Porque entre tantas personas que te siguen; que se pueda saber que unos es filisteo incircunciso y otro galeote… es extraño. Muy extraño, ¿No te parece?

–                     Me parece y no me parece. Voy a tomar las providencias necesarias en el caso de Síntica y del galeote.

–                     Sí. Harás bien en alejar sobre todo a Juan. No está bien entre tus seguidores.

Jesús pregunta severo:

–                     José, ¿También tú te has hecho Fariseo?

–                     No… Pero…

–                     ¿Debería Yo, arrastrado por un necio escrúpulo del peor farisaísmo, humillar a un alma que se ha regenerado? ¡No! No lo haré. Pensaré en su tranquilidad. En la suya; no en la mía. Vigilaré por su formación, como velo por la del inocente Marziam.

¡En verdad que no hay diferencia en la ignorancia espiritual! Uno dice por vez primera, palabras de sabiduría; porque Dios ya lo perdonó. Ha renacido y Dios lo estrecha contra su corazón. El otro las dice; porque al pasar de una niñez abandonada, a una adolescencia por la que vela el amor humano, además del de Dios; abren su alma como una corola al sol.

Su sol es Dios. Uno está por decir sus últimas palabras. ¿No veis con vuestros ojos, que se está consumiendo de penitencia y de amor? ¡Oh! ¡Cómo me gustaría tener muchos Juanes de Endor! ¡En Israel y entre mis siervos! Quisiera que también tú, José… Y tú, Nicodemo, tuvieseis su corazón. Y sobre todo que lo tuviese su Delator… La abyecta víbora que se oculta bajo el manto de amigo y que hace de ESPÍA, antes de convertirse en ASESINO. 

La víbora qué envidia al pájaro las alas y que espera agazapada, poder quitárselas; para arrojarlo en la cárcel. ¡Ah! ¡No!…  El pajarito ya está para convertirse en un ángel. Y aún cuando la víbora pudiese… ¡Cosa que no podrá!…  Arrancarle las alas y ponérselas sobre su cuerpo viscoso. Se le convertirían en alas de demonio. Cada delator es ya un demonio…

Pedro exclama:

–                     ¿Pero dónde está ese tal? Decídmelo para arrancarle la lengua, ¡Ya!

Tadeo dice:

–                      Sería mejor que le arrancaras los colmillos; llenos de veneno.

Iscariote afirma secamente:

–                     No. ¡Mejor estrangularlo! Así no hará otra vez el mal.

Jesús lo mira fija y largamente… pero con más dolor que condena.

Y luego agrega un largo discurso contra la hipocresía que es ignorado totalmente por Judas de Keriot… 

Y termina diciendo:

–                     … Y mentir. Pero nadie debe hacerle daño. No vale la pena que por ocuparse de la víbora, se deje que perezca la avecilla. Con respecto a Ermasteo; Yo me detendré aquí en casa de Lázaro, para su circuncisión que se acepta por amor mío y para evitar que estrechas mentes hebreas; persigan la Religión Santa de nuestro pueblo.

Pero yo os digo: en esta hora del Cristo, no es necesaria esa cosa, para pertenecer a Dios. Basta la voluntad y el amor. Basta la rectitud de conciencia. ¿Y dónde circuncidaremos a la griega? ¿En algún punto de su espíritu, si ella ha sabido experimentar a Dios, mejor que muchos en Israel?

En verdad que entre los presentes hay muchos que son oscuridad, respecto a los que desprecian por tinieblas. De todos modos; El Delator y vosotros, Sinedristas, podéis informar a quien debéis, que a partir de hoy mismo quitaron el escándalo.

Judas de Keriot pregunta:

–                     ¿Quién? ¿Los tres?

–                     No, Judas de Simón. Ermasteo. Pensaré qué hacer con los otros dos. ¿Tienes algo más que preguntar?

–                     No, Maestro.

–                     Ni Yo tampoco tengo nada que agregar. Os pregunto a todos, ¿Qué pasó con

–                     el dueño de Síntica?

Nicodemo contesta:

–                     Pilatos lo regresó a Italia en el primer navío que se le presentó; para no tener querellas con Herodes, ni con los hebreos en general. El gobernador está atravesando momentos difíciles. Y que si le bastan…

–                     ¿Es segura la noticia?

Lázaro dice:

–                     Puedo comprobarlo si quieres.

Jesús dice:

–                     Sí. Hazlo y luego me dirás la verdad.

–                     Da lo mismo. En mi casa, Síntica está segura.

–                     Lo sé. También Israel defiende a la esclava fugitiva de un amo extranjero y cruel. Pero quiero saberlo.

Pedro dice:

–                     Y yo quisiera saber ¿Quién es el Delator; el Informante, el doloso Espía de los Fariseos?… Esto se puede saber y quiero saber quiénes son los fariseos delatores. Que sean descubiertos los nombres de los fariseos y los de sus ciudades.

Me refiero a los fariseos que realizan la hermosa tarea de informar, previa traición de uno de nosotros; porque solo nosotros sabemos ciertas cosas. Nosotros, discípulos viejos y nuevos; para poder informar al Sanedrín, sobre los hechos del Maestro. Hechos que son totalmente justos. Pero hay un demonio que piensa y dice lo contrario. Y…

Jesús dice:

–                     Ya basta, Simón de Jonás. Te lo ordeno.

–                     Yo… Yo obedezco, aunque se me revienten las venas del corazón, por los esfuerzos que hago. Sin embargo la alegría de hoy se perdió…

–                     ¡No! ¿Por qué? ¿Ha cambiado algo entre nosotros?  Y, ¿Entonces? ¡Oh, Simón mío! Ven aquí a mi lado y hablemos de lo que es bueno…

Lázaro dice:

–                     Maestro. Me acaban de avisar que ya está lista la comida.

–                     Vamos ya…

Más tarde…

En el jardín de la casa de Lázaro. Jesús está sentado bajo el pórtico, sobre un banco de mármol, con cojines. Con la espalda apoyada contra el muro, rodeado de todos: dueños, apóstoles, discípulos, sirvientes y huéspedes.

Todos escuchan muy atentos a la esclava griega, que es una mujer muy hermosa. Ya no luce desaliñada, como el día que la encontrara Jesús. Viste una túnica de color malva. Tiene alrededor de veinte años.

Un porte severo y de radiante calma, en un cuerpo escultural. Sus ojos violetas, se ven casi negros; tienen una mirada inteligente, sincera, honesta y firme; en una cara de facciones armoniosas y perfectas. Su piel es muy blanca y sus cabellos ondulados y negros. Sus ademanes patricios, hablan de una noble cuna.

Y su voz grave, se escucha fuerte:

–                     Soy botín de guerra desde mi más tierna edad… -Síntica da su testimonio, repitiendo lo que dijera el día que encontró a Jesús y el por qué huyó del romano cruel- Sé que él anda en mi busca. Le costé mucho dinero y le agrado demasiado, para que me deje en paz. Busqué al Desconocido que no rechaza a los esclavos y habla del alma. Y quise venir a Él, para que me instruya y me levante otra vez. Quise estar cerca de Él. Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno. Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

¡Y lo encontré! –Síntica se postra y le besa los pies a Jesús- ¡Gracias, Salvador y Dios mío!… –lo adora durante un largo momento, con un silencio lleno de reverencia. Luego se levanta y continúa- Y creo en Él.

Amarlo es mi necesidad. Para no sentir todo el peso de mi condición. Significa ya no estar sola, ni ser esclava, ni estar desterrada de mi patria. Es pensar que mi madre y mis hermanos. Mi padre y mi amada y dulce Ismene, no se han perdido para siempre.

Porque aún cuando todo mundo se encarnizó en separarnos; como Roma nos había dividido; vendido como animales de carga a nosotros, que éramos libres. En la otra vida, un lugar nos reuniría.

Pensar que nuestro vivir no es solo materia que se encadena; sino que dentro de ella hay una fuerza libre que nadie puede encadenar, si no es el deseo voluntario de vivir en el desorden moral y en la crápula. Vosotros le llamáis “Pecado” Los que eran mis luces en la oscuridad de mi noche de esclava, lo definen de otro modo.

Pero también ellos admiten que un alma esclavizada por las pasiones malvadas; no llega a lo que vosotros llamáis Reino de Dios y nosotros, convivencia con los dioses en el Hades.  Por lo cual es necesario abstenerse de caer en el materialismo y esforzarse por llegar a la libertad del cuerpo. Hacerse de virtudes para poder poseer una inmortalidad dichosa y poder reunirse con los seres amados.

Pensar que el alma de los muertos puede estar cerca de la de los vivos y poder decir: ‘Sí, Mamá. Para ir a donde estás, mantendré mi alma libre; la única posesión que tengo y que nadie me puede quitar. Que quiero conservar, para poder razonar de una manera virtuosa.” Pensar de este modo significa para mí, libertad y alegría.

Y así quiero pensar y obrar; porque no es sino una filosofía falsa y a medias, pensar y obrar contra las propias ideas. Pensar de este modo es lo mismo que construirse una patria en el destierro. Una patria grande y misteriosa. La patria de las almas. El lugar de origen. El lugar de la vida. Pues la vida sale de la muerte.

¡Y todo fue luz! He comprendido en qué punto no se equivocaron los maestros de Grecia y como después sí, al carecer de un solo dato, para resolver el teorema de la vida y de la muerte. El dato era: ¡Existe el Verdadero Dios; Señor y Creador de todo cuanto hay!

¿Puedo ponerlo en estos labios de pagana? ¡Sí! ¡Sí puedo, porque como todos los demás, también vengo de Él! Porque Él puso en la inteligencia de todos los hombres esa capacidad. Y en los más sabios, una inteligencia superior, por la que aparecen cual semidioses, como dotados de un poder más que humano.

Puedo nombrarlo porque les hizo escribir esas verdades que son ya Religión Divina, capaz de tener las almas ‘vivas’ no solo durante el corto espacio de tiempo que es su estadía acá en la tierra; sino para siempre.

Y comprendí que la vida nace de la muerte, porque esta existencia no es sino el principio de la vida. Y que la verdadera Vida empieza cuando la muerte llega… En los Hades como pagana. En la Vida Eterna, si creo en Ti. ¿Dije mal?

Jesús aprueba:

–                     Hablaste bien, mujer.

Nicodemo interviene:

–                     ¿Pero cómo lograste conocer las palabras del Maestro?

–                     Señor… quien tiene hambre busca la comida. Yo buscaba la mía. Mi oficio es leer libros a mis patrones. Y podía leer mucho en las bibliotecas. No estaba del todo satisfecha. Me parecía que más allá de esas paredes había algo… y como aprisionada en una cárcel oro, me esforzaba por romper las paredes… En salir para encontrar…

Al venir a Palestina con el último patrón, tuve miedo de caer en las tinieblas. Y sin embargo venía al encuentro de la Luz. Las palabras de los siervos de Cesárea, eran como golpes de pico que resquebrajaban las paredes y que hacían agujeros cada vez más grandes, por los que entraban tus palabras.

Yo las recogía junto con las noticias. Y como un niño que enhila perlas, para adornarse con ellas, igual hacía yo y sacaba fuerzas para purificarme y poder así recibir la verdad.

En este plan de purificación, pensaba que daría con lo que buscaba y me propuse ser pura, aún a costa de la vida.  Por eso me defendí como fiera del lascivo romano. Para que cuando me encontrase con la Verdad; con la Sabiduría, con la Divinidad…

Señor Jesús estoy diciendo palabras tontas. Éstos me están mirando cómo aturdidos… Pero Tú me dijiste que hablase…

–                     Habla. Habla. Es necesario.

–                     Con fortaleza y templanza, resistí las presiones externas. Pude haber sido libre y feliz según el mundo, con tal de que lo hubiera querido. No quise trocar el saber por el placer; porque sin sabiduría, de nada sirven las demás virtudes.

El filósofo así lo dijo: “Justicia, templanza y fortaleza, sin tener como compañero el saber; son semejantes a un escenario pintado. Son virtudes de esclavo sin nada sólido y real. Yo quería poseer cosas reales.

Mi necio patrón, hablaba de Ti en mi presencia. Entonces sucedió como si las paredes se convirtieran en un velo. Bastaba querer para desgarrar el velo y unirse a la verdad. Y lo hice.

Judas de Keriot, le dice:

–                     No sabías que nos ibas a encontrar.

–                     Yo sabía y creía que los dioses premian la virtud. No quería ni oro; ni honores; ni libertad física. Ni siquiera ésta. Quería sólo la verdad. Pedía a Dios esto o que muriese. Ya no quería ser tratada como un ‘objeto’ Y pedía que me ayudase a no consentir en serlo.

Renunciando a todo lo que es corporal al buscarte, ¡Oh, Señor! pues las búsquedas con los sentidos son siempre imperfectas. Y Tú lo viste que cuando te vi huí, engañada por los ojos. Me puse en manos de Dios que está sobre nosotros y que informa al alma por Sí. Te encontré porque mi alma me condujo a Ti.

Judas de Keriot dice:

–           Tu alma es un alma pagana.

–                     Pero el alma tiene siempre en sí, algo de los divino. Sobre todo cuando con esfuerzos se guarda del error… Y por esto tiende a las cosas que son de su misma naturaleza.

–                     ¿Te comparas tú con Dios?

–                     No.

–                     Entonces, ¿Por qué dijiste eso?

–                     ¿Cómo? ¿Tú que eres discípulo del Maestro, me lo preguntas a mí que soy griega y que hace poco soy libre? Cuando Él habla, ¿Acaso no escuchas?

¿O en ti el fermento del cuerpo es tan fuerte que te aturde? ¿Acaso Él no dice siempre que somos hijos de Dios? Luego, somos dioses, si somos hijos del Padre.

De ese Padre tuyo y nuestro, del que siempre habla. Tú me puedes echar en cara que no sea humilde; pero el que sea incrédula o maleducada.

–                     ¿Entonces piensas que eres superior a mí? ¿Crees haber aprendido todo en los libros de tu Grecia?

–                     No. Ni una cosa, ni la otra. Pero los libros de los sabios me han dado lo mínimo para saber conducirme. No dudo que un israelita sea superior a mí; pero me siento contenta con la suerte que Dios me ha dado.

¿Qué más puedo desear? Lo he encontrado todo al encontrar al Maestro. Y me imagino que estaba ya escrito. Porque en verdad experimento que vigila sobre mí un Poder que me señaló el destino, al que he tratado de secundar, convencida de que es bueno.

–                     Bueno, has sido esclava y tus patrones fueron crueles… Si te hubiese capturado, ¿Cómo habrías secundado el destino? Dímelo sabia.

–                     ¿Tu nombre es Judas? ¿Verdad?

–                     Sí. ¿Y qué?

–                     Nada… Quiero recordar tu nombre, además de la ironía. Mira que la ironía no se ve bien, ni aún en los virtuosos… ¿Qué cómo habría yo secundado al destino? Me habría quitado la vida. Porque en verdad en ciertos casos, es mejor morir que vivir.

Cuando el filósofo diga que no está bien porque es algo impío procurarse el bien por sí mismo; porque solo los dioses tienen el derecho de llamarla a una a sí- y esto; esperar una señal de los dioses para quitarme la vida, fue lo que me entretuvo en medio de las cadenas de mi triste suerte.

Y si ahora el asqueroso patrón me capturase, vería esto como una señal y preferiría morir que vivir. También yo tengo mi dignidad, ¿Sabes?

–                     Y si volviese ahorita a apoderarse de ti? ¿Estarías siempre en las mismas condiciones?

–                     Ya no me quitaría la vida. Porque ahora sé que cuando se hace violencia a la carne, no se hace daño al espíritu que no consiente. Ahora resistiría hasta que me doblegase por la fuerza; hasta que me matase su violencia.

Pues también esto lo tomaría como señal de Dios, que me llamaría a Sí, a través de esa violencia. Y moriría tranquila; sabiendo que perdería lo que sí se puede perder.

Lázaro aplaude:

–                     Haz respondido bien, mujer.

Y Nicodemo es del mismo parecer.

Iscariote objeta:

–                     El suicidio jamás está permitido.

Jesús dice con dulzura:

Muchas cosas están prohibidas y no dejan de hacerse. Síntica, procura pensar que así como Dios te guió siempre; de igual modo de igual modo te habría librado de que te hubieses hecho violencia a ti misma. Ahora vete.

La mujer se inclina hasta la tierra y se va.

Todos la siguen con la mirada.

Lázaro dice en voz baja:

–                     ¡Así es siempre! No puedo dar con la clave de cómo las cosas que para ella han sido ‘vida’, para nosotros lo de Israel sean ‘muerte’. Si la vuelves a examinar, comprobarás que el helenismo que nos corrompió a nosotros que ya poseíamos una sabiduría, la salvó a ella. ¿Por qué?…

Jesús dice:

–                     Porque los caminos del Señor son admirables y los muestra a quién lo merece. Ahora amigos, es tiempo de que partáis, porque el atardecer ya está cerca. Estoy contento de que oísteis hablar a la griega. Sacad la conclusión de que excluir a cualquiera, por el hecho de que no sea de Israel, de las filas de Dios; es una cosa odiosa y peligrosa tenedlo como una norma para el futuro…

No refunfuñes, Judas de Simón. Y tú José, no tengas escrúpulos innecesarios. Ninguno de vosotros se ha contaminado porque la griega estuvo cerca. Procurad más bien, que el demonio no se os acerque. Hasta pronto. Espero veros otra vez, mientras estoy aquí…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

73.- LOS PROFETAS DEL FUTURO


Al día siguiente, Jesús y los suyos van caminando por las colinas. Águilas o buitres revolotean en lo alto, sobre las crestas de los montes y descienden en busca de presa. Se traba una pelea entre dos buitres, que luchan perdiendo plumas en un duelo feroz. Que termina con la derrota y la fuga de uno que tal vez va a morir en algún picacho, pues ya no se le ven fuerzas para seguir volando. Los apóstoles lo ven…

Tomás comenta:

–                     Le hizo mal su glotonería.

Mateo agrega:

–                     La glotonería y la terquedad siempre hacen mal. Como les sucedió a aquellos tres de ayer… ¡Misericordia Eterna! ¡Qué mala suerte!

Andrés pregunta:

–                     ¿Jamás se curarán?

–                     Pregúntaselo al Maestro.

Jesús, al ser interrogado, responde:

–                     Sería mejor preguntar si se convertirán. Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo, que ser sano y pecador. La lepra del cuerpo se queda en la tierra, en la tumba. Pero la lepra del pecado en el alma muerta, permanece en la eternidad.

Zelote dice:

–                     Me gustó mucho tu discurso de anoche.

Judas dice:

–                     A mí, no. Fue demasiado claro y directo, para muchos de Israel. 

Jesús pregunta:

–                     ¿Te encuentras entre ellos?

–                     No, Maestro.

–                     Y entonces, ¿Por qué te sientes ofendido?

–                     Porque te puede causar algún mal.

–                     ¿Debería entonces, para no ir al encuentro de ningún mal, pactar y ser cómplice de pecadores?

–                     No quiero decir esto. Ni Tú lo podrías hacer. Pero es mejor callar. No enemistarte con los grandes.

–                     Callar es consentir. Yo no apruebo a las culpas. Ni de grandes, ni de pequeños…

–                     Pero, ¿No estás viendo lo que le pasó al Bautista?

–                     Su gloria.

Judas lo mira estupefacto:

–                     ¡¿Su gloria?! A mí me parece que es su ruina.

–                     Persecución y muerte porque somos fieles a nuestro deber. Son la gloria del hombre. El mártir siempre es glorioso.

–                     Pero con la muerte, él mismo se obstaculiza de ser maestro, causa dolor a sus discípulos y padres. Él escapa de todo dolor; pero deja a otros en sufrimientos mayores. El bautista no tiene padres, es verdad. Pero siempre no deja de tener deberes para con sus discípulos.

–                     Sería lo mismo aunque tuviese padres. La vocación es más que la sangre.

–                     ¿Y el cuarto Mandamiento?

–                     Viene después de los que hablan de Dios.

–                     Tú mismo viste ayer como sufre una madre…

–                     ¡Mamá! ¡Ven aquí!

María acude rápida a la llamada de Jesús y le pregunta:

–                     ¿Qué quieres, Hijo mío?

–                     Mamá. Judas de Keriot está defendiendo tu causa, porque te ama y me ama.

–                     ¿Mi causa? ¿De qué se trata?

–                     Trata de persuadirme a que tenga una prudencia mayor, para que no me suceda lo que le ha pasado a nuestro pariente, el Bautista. Y me dice que es necesario tener piedad de la propia madre; no exponiéndonos a peligros por causa de ella. Porque así lo ordena el cuarto Mandamiento. ¿Tú que dices? Te cedo la palabra, Mamá. Para que amaestres a este Judas nuestro.

María dice dulce y firmemente:

–                     Yo digo que no amaría a mi Hijo como Dios. Que llegaría hasta a pensar que he vivido engañada, en lo que se refiere a su Naturaleza; si viese que se rebaja en su Perfección, al colocar en igual nivel su pensamiento y las consideraciones humanas, perdiendo así las sobrehumanas, esto es: Redimir. Tratar de redimir a los hombres, porque los ama y por Gloria de Dios, a costa de procurarse dolores y rencores.

Lo amaría, sí. Pero como a un hijo descarriado por alguna fuerza maligna. Lo amaría por piedad, porque es mi hijo. Porque sería un desgraciado. Pero no más con la plenitud de amor con que lo amo, ahora que lo veo fiel al Señor.

–                     Pero si le sucede alguna desgracia, ¿No llorarías?

–                     Derramaría todas mis lágrimas. Pero derramaría lágrimas y sangre, si lo viera perjuro para con Dios.

–                     Esto disminuirá mucho las culpas de los que lo perseguirán.

–                     ¿Por qué?

–                     Porque tanto tú como Él, casi los justifican.

–                     No te engañes. Las culpas serán siempre las mismas a los ojos de Dios. Bien sea que juzguemos que eso es inevitable o que se piense en Israel que ningún hombre cometería ofensa alguna contra el Mesías.

–                     ¿Ningún hombre de Israel? ¿Y si fuesen gentiles? ¿No sería lo mismo?

–                     No. Para los gentiles solo sería otro pecado más, como los que cometen sus semejantes. Israel sabe Quién es el Mesías, Quién es Jesús.

–                     Muchos en Israel no lo saben.

–                     No lo quieren saber. Israel es incrédulo a propósito. Y por esto, a la falta de caridad une la incredulidad y se cierra a toda esperanza. Pisotear las tres virtudes principales, Judas, no es una culpa pequeña. Es muy grave. Espiritualmente es más grave que el acto material que se comete contra mi Hijo.

Judas, que ya no tiene argumentos, se inclina a amarrarse una sandalia y se queda atrás.

Jesús dice:

–                     Aquella ciudad es Sicaminón. Estaremos allí al atardecer. Ahora descansemos, porque la bajada es difícil…

Después de dejar Sicaminón, el grupo apostólico llega a Tiro. Desde la barca, Jesús habla a un grupo de pescadores.

Un pescador de Israel pregunta:

–                     Maestro, ¿Cómo debemos comportarnos con estos paganos? A todos los conocemos por la pesca. El trabajo en común hace a todos iguales. ¿Pero qué hacemos con los demás?

Jesús contesta:

–                     El trabajo en común hace a todos iguales. Tú lo has dicho. Y un origen común, ¿No serviría para unir? Dios creó tanto a los israelitas, como a los fenicios. El Paraíso fue hecho para todos los hijos del hombre. El Hijo del Hombre vino a llevar al Paraíso a todos los hombres. El objetivo es conquistar el Cielo y dar alegría al Padre. Encontraos pues en el mismo camino  y amaos espiritualmente, así como os amáis por razón de trabajo.

–                     Isaac nos ha contado muchas cosas, pero queremos saber más. ¿Sería posible tener a un discípulo, aunque fuese de vez en cuando?

Judas, que no soporta a Juan de Endor, ve la oportunidad de deshacerse de él y sugiere:

–                     Mándales a Juan de Endor, Maestro. Es muy capaz para hacerlo y está acostumbrado a vivir con paganos.

Jesús responde seco:

–                     No. Juan se queda con nosotros. –y volviéndose a los pescadores, les pregunta- ¿Cuándo termina la temporada de la pesca del púrpura?

–                     Cuando lleguen las borrascas de Otoño. El mar se pone muy agitado.

–                     Entonces, ¿Regresaréis a Sicaminón?

–                     Sí. Y a Cesárea. Abastecemos a muchos romanos.

–                     Entonces podréis encontraros con los discípulos. Entretanto, perseverad.

–                     Hay a bordo de mi barca, un sujeto que yo no quería y lo acepté porque vino en tu Nombre.

–                     ¿Quién es?

–                     Un joven pescador de Ascalón.

–                     Tráelo.

El hombre va y regresa con un jovencito avergonzado de ser objeto de tanta atención.

El apóstol Juan lo reconoce:

–                     Es uno de los que nos dieron pescado, Maestro. –y se levanta a saludarlo- ¡Viniste, Ermasteo! ¿Estás aquí solo?

–                     Solo. Fui a Cafarnaúm… Me quedé en la playa, esperando.

–                     ¿Qué cosa?

–                     Ver a tu Maestro.

–                     ¿No es todavía el tuyo? ¿Por qué andas con rodeos, amigo? Ven a la Luz que te está esperando. Mira cómo te observa y sonríe.

–                     ¿Cómo me tratará?

Juan llama a Jesús y éste se levanta y va hasta donde están.

Juan le dice:

–                     No se atreve a acercarse, porque es extranjero.

Jesús dice:

–                     Para Mí, no existen extranjeros. ¿Y tus compañeros? ¿No erais muchos?… No te pongas colorado. Sólo tú has sabido perseverar. Pero aún solo por ti, soy feliz. Ven conmigo.

Jesús vuelve a su lugar con su nueva conquista.

Y le dice a Judas de Keriot:

–                     A éste, sí que se lo daremos a Juan de Endor.

Mientras tanto la gente de Sicaminón espera a que regrese el Maestro.

Las discípulas aprovecharon para lavar los vestidos polvorientos y sudados. Y sobre la playa se ve una alegre exposición de ropa, que se seca al viento. Cuando cae la tarde, los recogen y los doblan.

María de Alfeo dice:

–                     Llevemos pronto los vestidos a María, pues desde ayer está encerrada en aquella habitación sin aire, esperando que se sequen.

Susana responde:

–                     Lo bueno es que jamás se queja. ¡No pensaba que fuese tan buena!

–                     Tan humilde y modesta. ¡Pobre hija! Era exactamente el demonio que la atormentaba, el que la hacía que hiciera cosas malas. ¡Ahora que Jesús la liberó, ha vuelto a ser la antigua niña!

Y charlando entre sí, llevan a casa los vestidos lavados. En la cocina, Martha se da prisa en preparar los alimentos y la Virgen lava las verduras y las pone a hervir para la cena.

Susana le da los vestidos a Martha y dice:

–                     Mira. Todo está seco, limpio y doblado. ¡Vaya que les hacía falta! ¡Ve a donde está Magdalena y dale sus vestidos!

Poco después las hermanas regresan juntas y Magdalena dice sonriendo:

–                     Muchas gracias. El sacrificio más duro para mí, fue el de no cambiarme durante varios días. Ahora me siento toda fresca y limpia.

Martha le dice:

–                     Ve a sentarte allá afuera. Te hace falta aire, después de tanto tiempo encerrada.

Magdalena responde:

–                     Por esta vez así fue. Pero nos haremos una alforja igual que los demás y ya no tendremos ninguna molestia.

–                     ¿Cómo? ¿Piensas seguirlo igual que nosotras?

–                     ¡Claro! A menos que Él me ordene lo contrario. Voy a la playa a sentarme a esperarlos. Regresan esta tarde, ¿No?

La Virgen contesta:

–                     Así lo espero. Estoy preocupada porque fue a Fenicia. Pero me consuelo al pensar que está con los apóstoles y en que tal vez los fenicios serán mejores que otros. También lo están esperando muchos enfermos.

Martha dice:

–                     Más curaciones, que enseñanza.

–                     El hombre difícilmente es todo espiritual. Siente con más fuerza los gritos de la carne y sus necesidades.

–                     Muchos, después del milagro, nacen a la vida del espíritu.

–                     Sí, Martha. Y por esto mi Hijo hace tantos milagros. Por su Bondad hacia el hombre, pero también para atraerlo con este medio, a su camino; que de otro modo, muchos no lo seguirían.

Magdalena regresa diciendo:

–                     Ya están llegando cinco barcas que partieron ayer.

María de Alfeo, sale con los cántaros mientras dice:

–                     Estarán cansados y muertos de sed. Voy a traer más agua fresca de la fuente.

La Virgen dice:

–                     Vamos al encuentro de Jesús. Venid.

Costeando la playa, las barcas llegan a un dique y atracan. Cuando los viajeros desembarcan:

La Virgen saluda a Jesús:

–                     Dios te bendiga, Hijo mío.

Jesús responde:

–                     Dios te bendiga, Mamá. ¿Estuviste preocupada? En Sidón no estuvo quién buscábamos. Fuimos hasta Tiro y ahí lo encontramos. Ven Ermasteo. – y volviéndose hacia Juan de Endor- Mira Juan. Este joven quiere aprender. Te lo confío.

Juan de Endor responde:

–                     No permitiré que se desilusione. ¡Gracias, Maestro! Hay muchos que te están esperando. También hay enfermos.

–                     Los curaré primero, antes de la cena, para que así felices, regresen a su hogar. Y decid a quién me espera que les hablaré al anochecer.

Se separan. Jesús se va con Juan de Endor y con Ermasteo hacia la ciudad.

Los otros cuentan lo que vieron u oyeron, mientras caminan por la playa, hacia la casa. Están contentos como los niños cuando vuelven a ver a su mamá.

También Judas de Keriot está feliz. Muestra todas las limosnas que los pescadores de púrpura les dieron y un pequeño paquete con esta preciosa materia.

Judas dice:

–                     Esto es para el Maestro. Si no la lleva Él, ¿Quién puede llevarla? Me llamaron aparte y me dijeron: “Tenemos en la barca preciosas madréporas y una perla. ¡Un tesoro! No sé cómo nos llegó una fortuna tan grande. Gustoso te la damos para el Maestro. Ven a verla.” Fui con ellos. El Maestro se había retirado a orar. Eran bellísimos corales y una perla muy hermosa.

Yo les dije: ‘no os privéis de esto. El Maestro no usa joyas. Mejor dadme un poco de esa púrpura, para que adorne su vestido. Tenían este montoncito y quisieron dármelo todo. –Se vuelve hacia María- Madre, ten. Haz una bella labor a nuestro Señor. Pero lo haces, ¿Eh? Si la ve querrá que se venda para los pobres y a nosotros nos gusta verlo vestido como se merece. ¿No es verdad?

Pedro confirma:

–                     ¡Oh, claro que sí! Yo sufro cuando lo veo tan sencillo en medio de los ostentosos fariseos.  Ellos son peores que esclavos y todos adornados de flecos brillantes. Lo miran como a un pobre indigno de ellos.

Andrés dice a su hermano:

–                     ¿Viste que carcajadas lanzaron aquellos de Tiro, cuando nos despedimos de los pescadores?

Santiago de Zebedeo agrega:

–                     Yo dije: ‘Avergonzaos vosotros, perros. Vale más un hilo de su vestidura, que todas vuestras baratijas.’

Tadeo propone:

–                     Ya que Judas pudo conseguir esto, a mí me gustaría que se la preparases para la Fiesta de los Tabernáculos.

La Virgen dice:

–                     Jamás he hilado púrpura. Pero trataré… – tocando el hilo sedoso de hermoso color.

Magdalena, que es perito en estas preciosidades, dice:

–                     Mi nodriza es experta. La veremos en Cesárea. Te enseñará. Aprenderás al punto, porque todo lo haces bien. Yo le haré un galón para el cuello, para las mangas y para los bordes inferiores del vestido. Púrpura en lino blanquísimo o en lana purísima, con palmas y rosas, como están en los mármoles del Santo y con el nudo de David en el centro. Tal como en el Templo. Se verá muy hermoso.

Martha agrega:

–                     Nuestra madre hizo aquel diseño, bello en realidad, en el vestido de Lázaro, cuando fue a Siria a tomar posesión de sus tierras. Lo conservo porque fue el último trabajo de nuestra madre. Te lo enviaré.

La Virgen contesta:

–                     Y yo rogaré por vuestra madre.

Mientras tanto en la ciudad. Han llegado a las chozas. Los apóstoles se desparraman para juntar a los que quieren ver al Maestro y a los enfermos.

Más tarde, después de que Jesús los ha curado a todos y les habla de La Fe Verdadera y Sobrenatural.Después de cenar, se retiran a descansar.

Antes del amanecer, la luna llena brilla en todo su esplendor y la comitiva apostólica avanza silenciosamente a lo largo de la costa. El silencio es profundo y solo se escucha el rumor de las olas en la playa.

Santiago que va en medio de María de Alfeo y de Susana, dice a su madre:

–                     Jesús me prometió subir al Monte Carmelo sólo conmigo y decirme una cosa solo a mí.

María de Alfeo dice:

–                     ¿Qué te querrá decir hijo? Me lo dices después, ¿Eh?

Santiago responde sonriente:

–                     Mamá, si fuese un secreto, no te lo diré.

–                     Para la mamá no hay secretos.

–                     En realidad no los tengo. Pero si Jesús me quiere allá arriba solo, señal es de que no quiere que nadie sepa lo que me dirá. Y tú mamá, eres mi querida mamá a quién amo tanto; pero Jesús está sobre el amor que te tengo y también su voluntad. Cuando llegue el momento le preguntaré si puedo decirte sus palabras. ¿Contenta?

–                     Te olvidarás de preguntarlo…

–                     No, mamá. Jamás te olvido aunque estés lejos.

–                     Querido. ¡Dame un beso, hijo mío! –María de Alfeo está conmovida, pero no acaba con su curiosidad y después de un rato vuelve al asalto- dijiste ‘su voluntad’ Entonces has comprendido que quiere anunciarte alguna voluntad suya. ¡Ea! Al menos esto si me lo podrás decir. Te lo dijo delante de los demás

Santiago sonríe con dulzura y dice:

–                     En realidad estábamos solo Él y yo.

–                     Pero, ¿Qué te dijo?

–                     No me dijo gran cosa, mamá. Me recordó las palabras y la oración de Elías en el Carmelo: “De los profetas del Señor, soy el único que he quedado. Escúchame para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor, Dios.”

–                     ¿Y qué quiso decir?

–                     ¡Cuántas cosas quieres saber, mamá! Ve con Jesús y te las dirá. La curiosidad es un defecto. Una cosa inútil, peligrosa y hasta cierto punto, dolorosa. Haz un buen acto de mortificación…

–                     ¡Ay de mí! El Bautista ha sido apresado. Jesús… ¡Hummm!… ¡Ay de mí! ¿No habrá querido decir que tu hermano será metido en prisión? ¡Tal vez hasta sentenciado a muerte!

–                     Judas no es ‘todos los profetas’ mamá. Aún cuando ante los ojos de tu amor, cada hijo tuyo representa el mundo…

–                     Pienso también en los demás porque… Porque entre los profetas futuros, ciertamente estáis vosotros. Entonces, si solo quedas tú, señal es de que mi Judas… ¡Oh!

Y María de Alfeo deja repentinamente a Santiago y a Susana. Y rápida como si fuera una jovencita, corre sin hacer caso a las preguntas de Tadeo y llega hasta el grupo donde viene Jesús.

Toda jadeante dice:

–                     Jesús mío. Venía hablando con mi hijo… de lo que le dijiste en el Carmelo… de Elías… de los Profetas… le dijiste que se quedará solo. Y ¿Qué será de Judas? Es mi hijo, ¿Sabes? –dice con todo el aliento que se le va, por la angustia y por la carrera.

Jesús contesta:

–                     Lo sé María. Y sé que también estás contenta de que sea mi apóstol. Tú tienes los derechos de madre y Yo, los de Maestro y Señor.

–                     Es verdad… Es verdad… ¡Pero Judas es mi hijo!… –y María, en un vislumbrar del futuro, se pone a llorar.

–                     ¡Oh! ¡Qué lágrimas inútilmente derramadas! Todo se excusa a un corazón de madre. Acércate, María. No llores. Otra vez te consolé. Entonces te prometí que ese dolor tuyo te proporcionaría muchas gracias de parte de Dios…

Jesús pone su brazo sobre la espalda de su tía y la acerca a Sí, mientras dice a los que venían con Él:

–                     ‘Adelantaos’

Luego, solo a María Cleofás vuelve a hablar:

–                      Y no mentí. Alfeo murió invocándome. Y por esto, todas sus deudas ante Dios, quedaron anuladas. Esta conversión para con el Pariente Incomprendido, para con el Mesías, la obtuvo tu dolor, María. Ahora este otro dolor, obtendrá que el inseguro Simón y el obstinado José; imiten a tu Alfeo.

–                     Sí, pero… ¿Qué harás a Judas, a mi Judas?

–                     Lo amaré mucho más de lo que lo amas ahora.

–                     ¡No, no! Hay una amenaza en esas palabras. ¡Oh, Jesús! ¡Oh, Jesús!…

La Virgen se acerca para consolar a su cuñada del dolor cuyo motivo no conoce.

Y al saberlo, porque María de Alfeo, llorando más fuerte al verla a su lado, se lo dice y llorando le suplica:

–                     Dile tú que no sea la muerte para mi Judas…

La Virgen palidece todavía más… Y dice:

–                     ¿Cómo puedo pedir esto, si ni siquiera pido para que mi hijo se salve de la muerte? María, di conmigo: “Que se haga tu voluntad, Padre. En el cielo, en la tierra y en el corazón de las madres.” Hacer la voluntad de Dios a través de la suerte de los hijos, es el martirio redentor de las madres. El tormento de las madres es el de verse separadas de los hijos…

El llanto de María, tan fuerte en los albores del amanecer, hace que todos se acerquen para saber lo que ha pasado. Y cuando se enteran, la turbación se propaga…

Santiago de Alfeo se acusa:

–                     ¡Me desagrada haber causado tanto dolor! Intuyó mucho más de cuanto le dije… ¡Créeme, Jesús!…

Jesús responde:

–                     Lo sé. Lo sé. María se está elaborando a sí misma… Y esto fue un golpe más fuerte que el escoplo. Sin embargo le quita un gran peso.

Tadeo, con acento severo dice:

–                     ¡Valor, mamá! ¡Deja de llorar! Me entristece que sufras como una pobrecita mujer que ignora la seguridad del Reino de Dios. No te pareces en nada a la madre de los jóvenes Macabeos. –a su madre, abrazándola. La besa en la cabeza, en sus cabellos entrecanos y añade- Pareces una niña miedosa.

¡Mamá, mamá! Deberías llorar si se te dijese que yo sería traidor a Jesús. Uno que lo abandonase. Un cobarde, renegado, un condenado. Entonces sí que deberías llorar. Y llorar lágrimas de sangre. Pero si Dios me ayuda, no te daré jamás este dolor, madre mía. Quiero estar contigo por toda la eternidad…

Primero el reproche, luego las caricias, terminan con las lágrimas de María de Alfeo, que está avergonzada de su debilidad.

Y siguen avanzando por la playa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

64.- EL PODER DE LA FE


En un bello amanecer en el lago de Galilea, Jesús está con todos los apóstoles y también con Judas de Keriot que ya está totalmente recuperado y con una cara más dulce, tal vez debido a la enfermedad y a los cuidados que recibió.

También está Marziam, un poco atemorizado porque es la primera vez que está en el agua. Trata de disimular, pero a cada movimiento fuerte de la barca, se agarra con un brazo del cuello de la oveja que comparte su mismo miedo con él, balando lastimosamente…

Y con el otro se agarra de lo que puede y cierra los ojos, convencido de que ha llegado su última hora.

Pedro le da un cachetito y le dice:

–                     No tengas miedo. Un discípulo jamás debe temer.

El niño dice que no con la cabeza, pero como el viento sopla más fuerte y el agua se mueve más, conforme se van acercando a la desembocadura del río Jordán, Marziam se asusta más.  Aprieta más fuerte los ojos y cuando una ola azota fuertemente sobre un costado de la nave, grita de miedo.

Algunos se ríen. Otros se burlan de Pedro, porque quiso ser padre de uno que no sabe estar en la barca. Y otros se burlan de Marziam, porque dijo que quería ir por tierras y mares, a predicar a Jesús y ahora tiene miedo de navegar unos cuantos km. En el lago.

Pero Marziam se defiende diciendo:

–                     Cada quien tiene miedo de lo que no conoce. Yo del agua y Judas de la muerte…

¡Y vaya que Judas debió haber tenido miedo de morir! En lugar de reaccionar como acostumbra, con un dejo de cansancio y tristeza, dice:

–                     Dijiste bien. Se tiene miedo de lo que no se conoce. Pero ahora estamos por llegar a Betsaida y tú estás seguro de encontrar allí amor.

Andrés le pregunta sorprendido:

–                     ¿Desconfías de Dios?

Judas contesta:

–                     No. Desconfío de mí mismo. En los días en que estuve enfermo, rodeado de tantas mujeres puras y buenas. ¡Me sentí tan pequeño en mi espíritu! ¡Cuánto he pensado! Decía: “Si ellas todavía trabajan para ser mejores y para conquistar el Cielo, ¿Qué cosa debo hacer yo?… ¿Llegaré alguna vez, Maestro?

Jesús dice:

–                     Con buena voluntad, todo se puede.

–                     Pero mi voluntad es muy imperfecta.

–                     El auxilio de Dios pone en ella lo que le hace falta, para ser completa. Tu actual humildad ha nacido de la enfermedad. Piensa pues que el Buen Dios ha proveído mediante un incidente penoso, a darte una cosa que antes no tenías.

–                     Es verdad, Maestro. Pero, ¡Esas mujeres! ¡Qué perfectas discípulas! No me refiero a tu Mamá. Ella es cosa aparte y clara. Me refiero a las demás. ¡Oh! ¡Verdaderamente se superaron! He sido una de sus primeras pruebas en su futuro ministerio. Créeme, Maestro. Puedes apoyarte seguro en ellas.

Elisa y yo estuvimos bajo sus cuidados. Elisa ha regresado a Betsur con el alma rehecha y yo… espero rehacérmela ahora que tanto trabajaron…

Y Judas se echa a llorar.

Jesús que está sentado cerca de él, le pone una mano sobre la cabeza y hace señal a los demás de que no digan ni una palabra.

La barca entra en la desembocadura del Jordán y se detienen en la playa. La otra barca hace la misma maniobra y de ella bajan los demás apóstoles y las ovejas.

Pedro pone al niño su vestido nuevo y lo arregla para presentarlo a su mujer. Luego dice muy emocionado:

–                     Vamos ahora.

Marziam está tan angustiado, que cuando Pedro lo toma de la mano; no puede ocultar un destello de miedo y estremeciéndose pregunta:

–                     Pero, ¿Me irá a querer? ¿De veras me amará?

Pedro solicita con la mirada, la ayuda a Jesús.

Jesús sonríe y dice:

–                      No os preocupéis. Yo hablaré con Porfiria.

Siguiendo por la arena a lo largo de la playa, pronto llegan a la casa de Pedro. Encuentran a Porfiria ocupada en sus quehaceres domésticos. Jesús se asoma a la puerta de la cocina, donde Porfiria está ordenando sus trastos. Y en cuanto la mujer de Pedro se da cuenta,

–                     ¡Jesús! ¡Simón! –y corre a postrarse primero ante Jesús y luego da la bienvenida a su marido. Enseguida, levantando una cara que no es un dechado de belleza, pero que está iluminada por una gran bondad, continúa toda ruborizada- ¡Tanto que os he estado esperando! ¿Estáis todos bien? Venid. Venid. Estaréis muy cansados…

Jesús sonríe y dice:

–                     No. Venimos de Nazareth, dónde nos detuvimos unos días y de Caná, donde también estuvimos algunos días. En Tiberíades estaban las barcas. Pedes ver que no estamos cansados. Judas se encuentra débil porque estuvo enfermo y también traíamos un niño con nosotros.

Porfiria exclama:

–                     ¡Oh! ¿Un niño? ¿Un discípulo pequeño?

–                     Un huérfano que recogimos en el camino.

Porfiria ve a Marziam, que está semiescondido detrás de Jesús y se arrodilla extendiendo sus brazos hacia él.

–                     ¡Oh, prenda! ¡Ven tesoro para que te bese!

Marziam se deja abrazar y besar sin protestar. Y mientras lo estrecha contra sí y la mejilla del niño está junto a la suya, Porfiria dice:

–                     Y ahora os lo lleváis. ¡Tan pequeño y frágil que es! Se cansará… –una gran compasión irradia en su voz.

Jesús dice:

–                     En realidad, yo tenía pensado confiarlo a alguna discípula, cuando nos vamos lejos de Galilea, del lago…

Porfiria lo interrumpe anhelante:

–                     ¿A mí no Señor? Nunca tuve hijos. Sobrinos sí y sé cómo tratar a los niños. Soy la discípula que no sabe hablar. Que no estoy  muy sana para poder seguirte, como lo hacen las otras que… ¡Oh! ¡Tú lo sabes! Seré cobarde si quieres, pero entiendes entre qué tenazas me encuentro…  Mi madre es demasiado dominante… ¿Tenazas dije?… No. Me encuentro en medio de dos sogas que me arrastran en direcciones contrarias y no tengo el valor para romper una de ellas. Déjame servirte aunque sea un poco, siendo la mamá-discípula de este niño. Le enseñaré todo lo que las otras enseñan a tantos… A amarte…

Jesús le pone la mano sobre la cabeza y dice:

–                     Hemos traído aquí al niño, porque aquí habría encontrado una madre y un padre. ¡Ea pues! Formemos una familia.

Y Jesús pone la mano de Marziam sobre la de Pedro, que tiene los ojos anegados de lágrimas y luego las une con la de Porfiria. Agrega:

–                      Educadme santamente a este inocente…

Pedro se seca las lágrimas con el dorso de la mano y Porfiria, que se ha quedado como estatua por la estupefacción. Sacude su cabeza cómo si no pudiera asimilar lo que está pasando…

Vuelve a arrodillarse y dice:

–                     ¡Oh, Señor mío! Me quitaste al esposo haciéndome casi viuda; pero ahora me das un hijo… Así pues devuelves todas las rosas a mi vida; no sólo las que tomaste, sino las que nunca tuve. Qué seas Bendito. Amaré a este niño, mucho más que si hubiese salido de mis entrañas, porque Tú me lo has dado… –y besa la orla del vestido de Jesús.

Luego abraza estrechamente a Marziam y lo sienta sobre sus rodillas. Es una mujer absolutamente felíz…

Jesús dice:

–                     Dejémosla expansionarse. Quédate también tú Simón Pedro. Nosotros vamos a la ciudad a predicar. Vendremos al atardecer a pedirte comida y descanso.

Juan lleva las ovejas al fondo del huerto, cerca del lugar en donde están las redes, les da agua del pozo y hierba y luego se reúne con los demás para ir a la ciudad.

En Betsaida, Jesús habla en la casa de Felipe. Se ha reunido mucha gente y llega uno de Cafarnaúm a rogarle que vaya lo más pronto posible a la casa del sinagogo, porque su hija se está muriendo.

Jesús promete que irá durante el transcurso de la mañana, cuando termine de hablar y curar enfermos.

Un par de horas después, Jesús camina por una calle polvorienta que bordea la ribera del lago. Va rodeado por una gran multitud que lo ha seguido desde Betsaida y a la que se ha juntado la de Cafarnaúm. Se amontonan a su alrededor, no obstante que los apóstoles se esfuerzan en separarlos, utilizando los brazos y las espaldas y gritando en voz alta, exigiendo que lo dejen pasar.

Jesús por su parte, no se inquieta por el alboroto. Mucho más alto que todos los que lo rodean, mira con una dulce sonrisa a la gente que lo estruja; responde a los saludos, acaricia a los niños que logran acercársele y a los que las madres le ponen a su alcance para que los toque.

De esta forma sigue caminando, lenta y pacientemente; en medio de estos apretujamientos que pondrían histérico a cualquiera.

Se oye el grito angustiado de un hombre:

–                     Abrid paso. Abrid paso.

Los que lo conocen y lo respetan mucho, a duras penas le abren paso. Es un hombre maduro y vestido como dignatario del Templo.

Cuando llega ante Jesús se postra a sus pies y suplica:

–                     ¡Oh, Maestro! ¿Por qué has tardado tanto? Mi niña está agonizando. Nadie la puede curar… Tú Eres mi esperanza y la de mi mujer. Ven Maestro. Te he esperado con ansia infinita. Ven. Ven al punto. Mi única hija está muriendo. –y rompe en un llanto desconsolado.

Jesús pone su mano sobre la cabeza del hombre que solloza angustiado. Y le dice:

–                     No llores. Ten fe. Tu niña vivirá. ¡Vamos! ¡Levántate! ¡Vamos! –estas últimas palabras son perentorias como una orden.

Y vuelven a ponerse en camino. Jesús lleva de la mano al padre que llora y Santiago y Judas vienen detrás, tratando de formar una barrera. Todos los demás apóstoles intentan rechazar a la muchedumbre que casi los aplasta.

Jesús, de repente se detiene y se voltea con todo su cuerpo, soltando la mano del padre que ha tratado de consolar. Toma la actitud majestuosa de un rey y con el rostro y la mirada severos; con sus ojos investigadores, busca entre la muchedumbre. Sus ojos despiden una luz de majestad cuando pregunta:

–                     ¿Quién me ha tocado?

Nadie responde.

Jesús insiste:

–                     ¿Quién me ha tocado?

Judas y varios apóstoles dicen:

–                     Maestro, ¿Acaso no ves cómo la gente nos apretuja por todas partes?

–                     Todos te tocan no obstante nuestros esfuerzos.

–                     ¿Cómo puedes preguntar quién te ha tocado?

Jesús responde:

–                     Pregunto qué quién me ha tocado para alcanzar un milagro. He sentido que la virtud de hacer un milagro, ha salido de mí; porque lo pidió un corazón con fe. ¿De quién es este corazón?

Los ojos de Jesús bajan hasta una mujer madura, vestida muy pobremente y que trata de desaparecer entre la multitud. Los ojos divinos le traspasan el alma y comprende que no puede huir.

Se arroja a los pies de Jesús y suplica:

–                     Perdón Señor. Fui yo. Estaba enferma. ¡Desde hace doce años que estaba enferma! Todos huían de mí. Mi marido me abandonó. He gastado todos mis bienes para no ser tenida como oprobio, pero nadie pudo curarme. Lo ves Maestro. He envejecido antes de tiempo… Las fuerzas se me escaparon con este flujo incurable. Uno a quién curaste de su lepra y que no tuvo asco de mí, me dijo que Eres Bueno.

¡Perdóname! Pensé que con solo tocarte me curaría. Pero no te he hecho inmundo. Toqué la punta de tu vestido que va tocando el suelo, que toca lo sucio del camino. También yo soy una suciedad… ¡Pero estoy curada! ¡Bendito seas! En el momento en que toqué tu vestido, mi mal se detuvo. Ya nadie huirá más de mí. Podré recuperar a toda mi familia y los podré acariciar. ¡Gracias Jesús! ¡Maestro Bueno! ¡Qué siempre seas Bendito!

Jesús la mira con un amor infinito. Le sonríe y le dice:

–                     Vete en paz, hija. Tu fe te ha salvado. Estás curada para siempre. Sé buena y sé felíz. Vete.

En este preciso momento, llega un siervo y dice ansioso al padre que estaba llorando:

–                     Tu hija ya murió. Es inútil que molestes al Maestro. Su espíritu la ha abandonado y ya las mujeres comenzaron los lamentos. Tu mujer te manda el recado y te ruega que regreses al punto.

El pobre padre emite un sollozo ahogado. Se lleva las manos a la cabeza y se oprime, abrumado por el dolor. Y se dobla como si hubiese sido derribado por un golpe.

Jesús se vuelve y poniendo la mano sobre la espalda encorvada le dice:

–                     Ya te lo he dicho: Ten fe. Ahora te lo repito: Ten fe. No tengas miedo. Tu niñita vivirá. Vamos allá.

Abraza al hombre aniquilado por el dolor y lo conduce suavemente.

La multitud, que se ha quedado pasmada por el milagro que acaba de suceder, se detiene atemorizada; se divide y no estorba más el paso. Esto hace que el grupo apostólico avance más rápidamente.

Cuando llegan al centro de Cafarnaúm, enfrente de una bella casona, están las plañideras a todo pulmón. Jesús dice a los suyos que permanezcan en el umbral y llamando a Pedro, Juan y Santiago de Alfeo; con ellos entra a la casa. Mantiene fuertemente asido al padre que llora amargamente. Parece como si quisiera infundirle la certeza de que Él está allí para hacerlo feliz.

Las plañideras al ver al dueño de la casa y a sus acompañantes, aumentan aun más sus aullidos, baten las manos y tocando unos triángulos al ritmo de la música, apoyan sus lamentos.

Jesús ordena suavemente:

–                     Callaos. No es necesario que lloréis. La niña no está muerta, sino que está dormida.

Las mujeres lanzan gritos más desgarradores y algunas se arrojan por tierra y simulan arañarse, mostrando muchos gestos de desesperación, para demostrar que sí ha muerto. Los que tocan los instrumentos, los parientes y amigos de la familia, sacuden la cabeza ante lo que consideran una ilusión de Jesús.

Jesús repite con imperio:

–                     ¡Callaos!

Y hay tal energía en la demanda, que lo obedecen a regañadientes.

Jesús avanza hasta la habitación donde está extendida sobre el lecho una niña de unos once años, muerta, delgada y palidísima. Ya ha sido arreglada para el sepulcro, la cubren muchas flores y su mamá llora y besa su manita que parece de cera.

Jesús se transfigura con una belleza extraordinaria y se acerca rápido hasta el lecho. Los tres apóstoles se quedan en la puerta e impiden el paso a los curiosos. El padre avanza hasta los pies del lecho y la contempla, paralizado por el dolor.

Jesús se dirige al lado contrario de donde llora la madre y extiende su mano izquierda. Con ella toma la otra mano inerte de la niña y levantando su brazo derecho ordena con absoluta majestad:

–                     ¡Niña! ¡Yo te lo ordeno! ¡Levántate!

Después de unos segundos electrizantes en los que todos; menos Jesús y la muerta,  quedan en suspenso…

Los apóstoles alargan su cuello para ver mejor. Tanto el padre como la madre, desgarrados por el dolor, miran angustiados a su hija. Luego…

Un instante que pareciera un siglo y enseguida se escucha un profundo suspiro que se levanta del pecho de la muertita. Un ligero color empieza a cubrir la carita de cera y hace desaparecer la palidez de la muerte…

Una sonrisa se dibuja en los exangües labios, que de pronto se sonrojan… Justo antes de que unos bellos ojos castaños se abran. Es como si ella despertase de un apacible sueño y sorprendida mira a su alrededor…

Ve el rostro de Jesús que le sonríe con una dulzura incomparable y ella le sonríe a su vez.

Jesús repite con ternura:

–                     Levántate.

Y con su amorosa mano sosteniendo la pequeñita que lo acoge sin miedo, la ayuda a levantarse mientras separa todos los preparativos fúnebres que la cubrían. La ayuda a bajar del lecho y hace que de unos pasos

Jesús ordena suavemente:

–                     Ahora dadle de comer. Está curada. Dios la ha devuelto. Dadle gracias y no digáis a nadie lo que le había pasado. Habéis creído y merecido un milagro. Los otros no han tenido fe… Inútil es el persuadirlo. Dios no se muestra a quién niega el milagro. Y tú niña, sé buena. Adiós.

Y sale diciendo a los atónitos padres:

–                     La paz sea en esta casa.

Cierra la puerta detrás de sí y se reúne con sus apóstoles.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA