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26.- TRÁNSITO DE MARÍA


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El sol luce todo su esplendor en una cálida tarde veraniega. Los pajarillos llenan con sus trinos el huerto de la casa del Getsemaní. En la habitación situada en la terraza, se encuentra María vestida totalmente de blanco; está doblando y ordenando sus vestidos y los de Jesús.

Los mira detenidamente, se sumerge en sus recuerdos y los besa; luego los dobla y los apila sobre una mesa. Son: una túnica de lino que Jesús acostumbraba llevar en los días veraniegos; un manto azul con el que lucía regio cuando predicaba y el manto encontrado en el Huerto de Getsemaní, que todavía conserva las manchas con la sangre brotada con el Sudor Sanguíneo de aquella Hora Tremenda.

También los vestidos que ella llevaba el Viernes Santo en el Calvario y que también están ensangrentados, por el momento cuando recibió el Cuerpo Santísimo de su Hijo al pie de la Cruz.

Cuando termina de seleccionar y doblar, se dirige hacia el cofre donde guarda las reliquias de la Última Cena y de la Pasión y coloca también allí, las prendas seleccionadas. Acaricia todos los objetos y luego cierra el baúl. Todavía no ha sacado la llave de la cerradura, cuando escucha una voz grave…

Es Juan diciendo:

–           ¿Qué haces, Madre?

María contesta:

–           He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo  constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos.

Juan se acerca y pregunta:

–           ¿Por qué Madre, quieres volver a abrir las heridas de tu corazón viendo de nuevo estas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla.

–           ¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… Que en realidad, jamás se han cerrado del todo. También la paz  y el gozo están en mí. Y nunca como ahora, habían sido tan completos.

–           ¡Nunca como ahora! No comprendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…

CALVARIO

Y por esto debería sufrir más, quieres decir. Y humanamente, tienes razón. Pero no es así. Estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de Él. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre, eran actos de obediencia a la Voluntad divina y por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí.

Yo sufría cuando Jesús partía.

¡Claro! Me sentía sola. El dolor que sufrí cuando, siendo niño, me dejó por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad. Fuera de la pregunta que como madre tuve que hacerle, no le dije nada más. Y tampoco lo retuve cuando me dejó para convertirse en el Maestro. Y ya había enviudado de José y estaba sola en una ciudad que fuera de algunas personas, no me quería.

Y no me sorprendió su respuesta en el banquete de las bodas de Caná. Él cumplía con la voluntad del Padre, yo lo dejaba libre para hacerla. Podía elevar una súplica, dar un consejo. Consejo a sus discípulos. Una súplica por algún desdichado. Pero más, no. Sufría cuando me dejaba para ir al mundo, a este mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en medio de él era un sufrimiento. ¡Pero, cuánta alegría cuando regresaba! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete, el dolor de la separación.

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Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿Con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta cuando mi vida terrenal termine. Ahora soy feliz como en otro tiempo padecí; porque presiento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celestial, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que como mi Jesús, haya cumplido lo que tenía que realizar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría, la única gota de bálsamo que Jesús tuvo en sus amarguísimos, finales y últimos atroces sufrimientos, cuando pudo decir: “Todo está consumado”.

–           ¿Alegría de Jesús? ¿En aquella hora?

–           Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa luz.

Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, unida a Él, por mi entrega al Padre, no comprendí entonces. La Luz se había apagado para el mundo en aquella hora. Para el mundo que no había querido aceptarla. Y también se apagó para mí. No por un justo castigo, sino porque siendo Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, las tinieblas, la desolación, las tentaciones de Satanás, que me gritaban que no era posible creer en lo que Él había dicho.

En todo lo que Él padeció en el espíritu desde el Jueves hasta el Viernes. Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, final alegría de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”.

Crucificado

Yo también he cumplido todo lo que, ab aeterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. La Iglesia actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica. Mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más. Y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan.

Dios está contento de ello y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección. Lo mismo en número de cristianos y en una doctrina poderosa. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor. Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites.

Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”.

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La Iglesia para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas y de la misma manera, no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril. Y raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión.

Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde ésta hasta la Redención. De la Redención a la fundación de la Iglesia y finalmente, de ésta hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…

Juan la interrumpe diciendo:

–           También los otros aman y se aman».

–           Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como cualquier ser humano la tiene.  Entre los Doce, tú fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Ciertamente por ser tan puro amas tanto.

–           ¿Y Pedro?

–           Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano, Andrés, tímido y callado. Santiago tu hermano, impulsivo; tanto que Jesús lo llamó hijo del trueno. El otro Santiago primo de Jesús, fue justo y heroico. Judas de Alfeo su hermano, noble y leal en todas las circunstancias. La descendencia de David era evidente en él. Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón el Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido.

Y Judas de Keriot… ¡Ay!, La oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor y fue el satánico embustero, siempre.

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Pero tú todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío: Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo.

Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello. Los profetas estaban presentes en mi mente y sus palabras, la luz divina me las hacía clarísimas. Por tanto, desde mi primer “fiat” al Ángel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer.

Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es para cualquiera que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia lo alto, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende. Transformando y convirtiendo en sí  a todos los que ciñe en su abrazo. Sí, el amor es realmente llama. Es llama que destruyendo todo lo más despreciable; lo convierte en un espíritu purificado y digno del Cielo.

¡Cuántos hombres deshechos, sucios, asquerosos encontraréis en vuestro sendero de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie lo amó nunca o lo amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vuelva a habitarlos después de la purificación, esos templos que muchas cosas hicieron vacíos y sucios. Dios para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta.

Luego infundiendo en ella su aliento, esto es, su amor; elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios. Mi Hijo en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. A1 contrario, con amor los recogió y acogió y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como Él actuó.

Recordad todos los hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas y ponedlas en práctica.

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Escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad. Pero escribid de ellas, cuantas más podáis. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios.

Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban, Santiago, mi Santiago y otros más…

Cuando estés solo, salva esta arca…

Juan palidece más de lo que ya estaba cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando:

–           ¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?

–           No.

–           ¿Entonces es que quieres dejarme?

–           No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate Juan mío, a estar solo.

–           ¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…

–           No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que…Sí. Pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no. Y está sujeta como todo cuerpo humano, a la muerte.

–           ¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!

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Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió!…  Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero morir, moriré. Y además has de saber hijo mío, que si tengo un deseo entero y solamente mío y que permanece desde que Él me dejó, es precisamente éste. Éste es el primero, intenso deseo del todo mío. Es más, puedo decir: la primera voluntad mía.

Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina. Voluntad de Dios, puesta por Él mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía.

¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo desde hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad. ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz; no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos.

Ya no soy la hebrea, sino la cristiana. La primera cristiana, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí. Porque fui su primera discípula, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos. Ningún ser humano, excepto mi padre, mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo.

Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… Ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero, ¿por qué lloras, Juan?

–           Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!

–           Resistirás. Dios te ayudará a vivir y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo; habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos.

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¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven. Para ti, cristiana; para ti, la Purísima que -estoy seguro de ello- no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, deificado como ningún otro, por no haber tenido Pecado original y más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo. Por lo cual tú eres la más auténtica reliquia suya, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…

María mira la cara desencajada y bañada de lágrimas del apóstol y dice:

–           ¡No sigas llorando!  Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!

–           Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un torbellino de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eres mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos de sangre y de misión están lejos, incluido el queridísimo Marziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo y en medio de la más fuerte tempestad!

Juan cae a sus pies, sollozando más fuerte.

María se inclina hacia él y le pone una mano sobre la cabeza sacudida por los sollozos y le dice:

–           No. Así no. ¿Por qué me haces sufrir? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡Y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡¿Tan fuerte, tan consolador para Él y para mí, en aquel momento…!? Y hoy en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, ¡¿Te turbas de esta manera?!

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Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve movimiento, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡Es tan dulce este murmullo, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida.

Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina. Y si no vinieron a mí, porque el Rey de ellos había venido dónde estaba yo en canto resucitó, se aparecieron a las pías mujeres en el amanecer del primer día después del sábado y les ordenaron que dijeran a ti y a Pedro lo que debíais hacer. Ángeles y luz siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que descendiendo del trono de Dios a mí, su sierva y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse. Y también para crear un velo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran, antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de la Encarnación.

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También en este atardecer siento aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando lo di al mundo. Luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté del Cielo antes del tiempo, al Verbo para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu para cantar eternamente con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero “Magníficat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva.

–           No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo aunque veladamente de ti Tobit, (Tobías 13, 13-18) porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima.

–           Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene; incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan. Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu. No temáis. Amad y no temáis.

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En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios… Y obtiene del Omnipotente lo que desea.

Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!

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Juan que escuchando a María se había calmado un poco aunque permanecía turbado y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él; palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima…

Acude a ella para sujetarla mientras exclama:

–           ¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como diamante colocado frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa.

Y amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse el manto. Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor con sus párpados.

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María dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

–           Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel. Y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo, lo cual observa María con una sonrisa, diciendo:

–           ¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús! – entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. (En la “neovulgata” se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1-3; Salmo 39, 1-8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24) Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 a146; por último, entona el Magníficat.

Pero llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, serena, como si no hubiera advertido el cese de la vida.

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Juan, con un grito de desgarro se arroja al suelo, contra la orilla del lecho y llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que en su cuerpo ya no existe el alma vital. ¡Pero, claro, tiene que rendirse a la evidencia! Se inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho.

Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.

Pasado el primer ímpetu de dolor Juan, recordando el deseo de María recoge los extremos del amplio manto de lino y los del velo y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza.

María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago.

Juan la contempla durante largo tiempo y mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.

Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja sólo la cama; la pequeña mesa contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María y una repisa sobre la que está la lamparita que Juan ha encendido porque ya va llegando la noche.

Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

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Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice (haciendo referencia al Cantar de los Cantares 2, 1-2; Eclesiástico 24, 14-17; Salmo 104, 13-15):

–           Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, via fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas.

Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez.

El segundo es que tú; de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que entonces obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo. ¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no.

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Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí a tu lado, hasta que Dios o con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino.

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo junto al lecho la lamparita y contempla orando, a María yacente.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

192.- SACRIFICIO DE AMOR


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Es un amanecer glorioso, en el que parece que toda la primavera cantara en los árboles, las flores, los pájaros y los olivos que cubren el monte por el que avanza el grupo apostólico para entrar a Jerusalén.

Llegan a una casa y Jesús entra bendiciendo a sus moradores que lo saludan con alegría. Hay ruido de cascabeles y panderetas.

Isaac entra y se postra ante su Señor y le dice que ya cumplió su encargo.

Jesús sale y señala al asno sobre el que nadie ha montado hasta ahora.

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Los peregrinos ricos extienden sobre el lomo del animal sus ricos mantos y uno dobla su rodilla, para que se apoye el Señor y monte.

Pedro camina del lado del Maestro e Isaac del otro lado, llevando las riendas del aún no domado animal, que sin embargo avanza calmadamente como si estuviera  acostumbrado. No patea, ni se espanta con las flores, ni con las ramas de olivo y las palmas que se agitan a su alrededor. Que se tiran al suelo como alfombra, ni con el alegre sonar de cascabeles y los gritos llenos de alegría…Que son cada vez más fuertes…

Gritos clamorosos de:

–                       ¡Hosanna al Hijo de David!

–                       ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor!

–                       ¡Hosanna en lo más alto de los Cielos!

–                       ¡Santo, Santo, Santo es el Señor!

–                       ¡Llenos están el Cielo y la Tierra de su Gloria!

–                       ¡Hosanna en el Cielo!

–                        ¡Bendito es el que viene en el Nombre del Señor!

–                       ¡Hosanna en el Cielo!

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Avanzar desde Betfagé, por entre calles estrechas y torcidas, no es fácil. Cuando salen del suburbio, el cortejo se ordena y no falta quién arroja su manto al suelo como si fuera una alfombra y muchos lo imitan. El centro de la calle se convierte una cinta multicolor; llena de ramas floridas de olivos, flores y hojas de palma. Resuenan los gritos en honor al Rey de Israel; del Hijo de David, de su Reino.

En la Puerta de las Ovejas los soldados de la guardia al escuchar el alboroto, salen a ver lo que pasa…

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No es ninguna sedición. Se apoyan en sus lanzas y se hacen a un lado entre admirados y burlones, ante el extraño cortejo de este Rey que viene montado sobre un asno. Un Rey hermoso como un Dios. Humilde como el más pobre de los hombres. Bueno y cariñoso… A quién rodean mujeres y niños…

Y hombres desarmados que gritan:

–                       ¡Paz! ¡Paz!

Antes de entrar en la ciudad, Jesús se detiene a la altura de los sepulcros de los leprosos de Inón y de Siloán. Se alza y levanta sus brazos gritando en dirección de aquellas pendientes rocosas, donde caras y cuerpos terroríficos, se asoman al oírlo.

Jesús grita:

–                       ¡Quién tenga Fe en Mí, pronuncie mi Nombre y alcance por medio de Él, la salud!

Bendice. Y continúa su camino…

1entrando_jerusalen

Luego dice a Judas de Keriot:

–                       Comprarás alimentos para los leprosos y con Simón, los traerás antes de que anochezca.

El cortejo entra en la ciudad, por la Puerta de Siloán y como un torrente se desparrama por sus calles. Pasa por el barrio de Ofel en el que cada terraza se ha convertido en una pequeña plaza llena de gente que grita hosannas y que arroja flores y perfumes hacia el Maestro.

El grito de la multitud parece aumentar y tomar fuerzas como si saliese de una bocina; porque los numerosos arcos de que está llena Jerusalén, la amplifican en un grito continuo…

Como el bramido del mar que va y viene, se rompe contra los arrecifes y las playas; para ser recogida por otra que lo multiplica…

–                       ¡Scialem, scialem melchitl! (Paz, paz oh Rey)

En un grito continuo, que se repite y sube y baja, como las olas. Es impresionante y aturde…

Un grupo de jóvenes trae copas de cobre con carbones encendidos e incienso de los que suben espirales de humo y ellos echan más incienso y resinas olorosas una y otra vez, mientras el grito continúa…

1incensario

¡Incienso, perfumes, gritos, palmas, flores, vestidos, colores, hosannas!… ¡Alabanzas y más alabanzas!… Es una euforia colectiva y adorante que aturde y pareciera dejar a uno atolondrado… Jesús avanza triunfante, rodeado por un pueblo que lo ama y lo aclama adorándolo como al Mesías: el Dios Encarnado y Rey del Universo…

1entr-triunfal

Por desgracia también están sus acérrimos enemigos y… ¡Esto es excedente para quién ya está demasiado celoso de Dios y de su Mesías!

Los fariseos gritan llenos de ira:

–                       ¡Haz que se callen esos locos!

–                       ¡Sólo a Dios se le lanzan hosannas!

–                       ¡Diles que se callen!

Jesús responde dulcemente:

–                       Aunque Yo se los mandase y me obedecieran, las piedras gritarían los prodigios del Verbo de Dios.

1Domingo de ramos

Se dirigen hacia la casa de Analía. La terraza está adornada con las hojas nuevas de la vid. Analía está en el centro de un grupo de jovencitas vestidas de blanco, coronadas de rosas blancas y ramos de convalarias…

1convallaria_majalis

Que como novias enamoradas, lanzan las blancas flores al paso de Jesús.

1domingo-de_ramos

Por un momento Jesús detiene al asno, levanta su mano para bendecir a las primicias de ese grupo, que lo ama hasta el punto de renunciar a cualquier otro amor terreno.

1-corona-de-rosas-rojas-

Analía arroja una corona y grita:

–                       ¡He contemplado tu triunfo, Señor Mío!

1corona

Toma mi vida para tu glorificación universal. ¡Jesús!…  –es un saludo lleno de amor.

Mary Magdalene leaving the house feasting 1857 by Dante Gabriel Rossetti 1828-1882

Su grito es apagado por el  por el clamor de la gente que no se detiene. Es un río de entusiasmo de un pueblo delirante.

El cortejo sigue en dirección al Templo.

Más adelante se oye el grito de un hombre que trata de abrirse paso:

–                       Dejadme pasar. Una jovencita ha muerto repentinamente. Su madre quiere ver al Maestro. ¡Dejadme pasar! ¡Él ya la había salvado!

1angel_muerte

La gente lo deja pasar y cuando llega hasta Jesús, le dice:

–                       Maestro. La hija de Elisa ha muerto. Te saludó con aquel grito y luego cayó hacia atrás, diciendo: ‘¡Soy feliz’!  Y expiró. Su corazón se rompió de gozo al verte triunfante. Su madre me pidió que te llamara.

Jesús responde:

–                       No ha muerto. Ha caído una flor… Y los ángeles de Dios la recogieron, para llevarla al Seno de Abraham. Pronto el lirio de la tierra se abrirá feliz en el Paraíso, olvidando para siempre el horror del mundo.

1-lirio-blanco

Oye; dí a Elisa que no llore por la suerte de su hija. Dile que es una gran gracia de Dios y que dentro de seis días lo comprenderá. Bienaventurada ella, limpia de cuerpo y de alma, porque pronto verá a Dios. Murió de amor. De éxtasis, de gozo infinito. ¡Dichosa muerte!

Muchos no se han dado cuenta de lo que sucede y el cortejo sigue adelante. Da vuelta  a la muralla y llega hasta el Templo.

1jentr_ramos

Jesús baja del asno y con su vestido de color púrpura, entra majestuoso. Voltea hacia un grupo de fariseos y de escribas que lo miran desde el portal en el primer patio, donde ruge el acostumbrado griterío de cambistas y de vendedores de palomos y de corderos.

Al ver a Jesús, todos los compradores corren a su encuentro y solo se quedan los mercaderes.

En su bellísimo Rostro aparece la Ira.

Va al centro del Patio y grita:

–                       ¡Largo de la Casa de mi Padre! Este lugar no es para la usura, ni para el mercado. Está escrito: “Mi Casa será llamada, Casa de Oración…” ¿Cuántas veces diré que este lugar no debe tratarse como un lugar de Inmundicia; sino de Oración?

Los vendedores y cambistas recuerdan lo sucedido la última vez… Y se apresuran a obedecerlo.

1j_exp_mercaderes

Jesús mira a los del Templo, que obedientes a las órdenes del Pontífice, no chistan…

Jesús va hacia los portales donde están reunidos todos los enfermos, que lo invocan a gritos.

Y les dice:

–                       ¿Qué queréis de Mí?

Se desborda un torrente de peticiones de salud y de bendición.

–                       ¡Creemos en Ti, Hijo de Dios!

Jesús responde:

–                       ¡Dios os escuche! Levantaos y dad gracias al Señor.

Jesús extiende sus manos y sana a todos los enfermos.

Se miran… y sanos, prorrumpen en gritos de júbilo que se mezclan con los gritos de los niños…

1curando en el templo

Es un coro glorioso:

–                       ¡Gloria!

–                       ¡Gloria al Hijo de David!

–                       ¡Hosanna a Jesús de Nazareth!

–                       ¡Rey de Reyes y Señor de señores!

Algunos Fariseos, con fingida deferencia, le gritan:

–                       Maestro.

–                       ¿Estás oyendo?…

–                       ¡Estos niños dicen lo que no debe decirse!

–                       ¡Repréndelos!

–                       ¡Diles que se callen!

Jesús contesta:

–                       ¿Y por qué? ¿Acaso el Rey profeta; el rey de mi estirpe no ha dicho: “De la boca de los niños y de los que están mamando; has hecho que brotase una alabanza completa; para llenar de confusión a tus enemigos”?

1 niños_alabanzas

Y se dirige al Atrio de los Israelitas, para orar…

Luego que termina sale y se dirige hacia el Monte de los Olivos.

Los apóstoles están muy contentos.

El triunfo les ha dado confianza y han olvidado el peligro…

El Cedrón arrastra sus aguas con un rumor cantarín, al que une el canto de los pájaros y el de un par de ruiseñores.

La brisa suave, mueve las hojas de los árboles y acaricia los rostros alegres. Están muy sordos al aviso divino. Los hosannas han borrado TODO lo que Jesús les ha dicho de su memoria…

Felipe pregunta:

–                       ¿A dónde vamos ahora?

Jesús responde:

–                       Al campamento de los galileos. Quiero saludarlos.

Tadeo sugiere:

–                       Podrías hacerlo mañana.

–                       Lo mejor es hacer pronto lo que se puede. Vamos a donde están los galileos.

Iscariote pregunta:

–                       ¿Y esta noche? ¿Dónde dormiremos? ¿En la ciudad? ¿En qué lugar? ¿Dónde está tu Madre? ¿O en la casa de Juana?

Jesús contesta incierto:

–                       No sé. Ciertamente no en la ciudad. Tal vez en una tienda galilea…

–                       ¿Por qué?

–                       Porque soy Galileo y amo a mi región. Vamos.

1tiendas_galileos

Y suben hacia dónde están los galileos acampados sobre el Monte de los Olivos, en dirección a Bethania. Sus tiendas brillan bajo el tibio sol de Abril.

Más tarde, en el anochecer del Domingo de Ramos.  Jesús está con los suyos en la quietud el huerto de los olivos. No hace frío. Todos están sentados en el pasto y sobre unos peñascos.

Jesús dice:

–                       Después del triunfo de esta mañana vuestro corazón ha cambiado. ¿Qué puedo decir? A lo humano entrasteis a la ciudad llenos de miedo, por las palabras que os había dicho. Temíais que dentro de los muros pudiesen atacaros y haceros prisioneros.

¿Os he engañado alguna vez? Desde el principio os hablé de persecución y de muerte. Y cuando alguno de vosotros, por exceso de admiración quiso verme como un pobre rey humano, al punto corregí el error y les dije: Yo soy rey del espíritu. Ofrezco privaciones, sacrificios y dolores. No otra cosa. Acá en la tierra no poseo otra cosa. Pero después de mi muerte y de la vuestra, si permaneciereis en mi Fe, os daré un Reino Eterno: el de los Cielos.

¿Os dije acaso algo diferente? Os imaginabais que era fácil seguirme  y os negabais a creer que a quién obraba tan portentosos milagros, al Hijo de Dios, alguien pudiese tocarlo. Tan robusta era vuestra fe humana en mi poder, que llegasteis a no creer en mis palabras diciendo: ‘No puedo creer que sea aprisionado, apresado y matado. El hombre nunca podrá tocarlo. Quien obra milagros, puede hacer otro en su favor.’

1_milagro_mas_ grande

No uno, sino muchos haré todavía; entre los cuales hay dos que sobrepasan a toda imaginación humana. Sólo los que crean en el Señor podrán admitirlos. Los demás…

En los siglos venideros dirán: ¡Imposible! También después de la muerte, seré objeto de contradicción. 

1regreso-al-cielo

     En una dulce mañana de primavera, desde un monte anuncié las Bienaventuranzas y a éstas añado otra: “Bienaventurados los que creen sin ver” ¡Bienaventurados los que creerán sin haber visto con sus ojos corporales! Serán en tal forma santos, que estando aún en la tierra verán ya a Dios. Al Dios escondido en el Misterio del Amor.

Pero después de tres años que estáis conmigo, no habéis llegado todavía a esta Fe. Creéis sólo en lo que veis. Así esta mañana, os dijisteis: ‘Él sigue triunfando y nosotros con Él. Israel lo ama.’ Y como pajarillos a los que les volviesen a nacer las plumas que se les habían caído, habéis levantado el vuelo ebrios de alegría…  Confiados y sin esa preocupación que mis palabras os habían creado en el corazón.

Nos os engañéis por lo que ha pasado esta mañana. Yo soy el Condenado coronado de rosas.

1misterio_rosario

¡Las rosas!… ¿Cuánto duran? ¿Qué queda de ellas cuando se les han caído los pétalos perfumados? Espinas… Espinas.

1rosa-espinas

Isaías lo dijo, Yo seré santificación para vosotros y con vosotros para el mundo. Pero también seré piedra de escándalo, de tropiezo, de lazo y de ruina para Israel y para la tierra.

1cristo

Santificaré a los que tengan buena voluntad. Y haré caer y reduciré a pedazos a los que mala, la tuvieren.

Los ángeles dijeron: “Paz a los hombres de buena voluntad.” Apenas había nacido ¡Oh, tierra! Tu Salvador…  Ahora va a la muerte tu Redentor. Pero para tener paz esto es, santificación y gloria, hay que tener buena voluntad.  Inútil es mi nacimiento. Inútil mi muerte, para los que no tienen esta buena voluntad.

Muchísimos caerán contra Mí, que he sido puesto como columna se sostén y no como trampa. Caerán por estar ebrios de soberbia, de lujuria, de avaricia. Y serán atrapados en las redes de sus pecados y entregados a Satanás.

1Bestia

 Grabad estas palabras en vuestros corazones. Conservadlas cuidadosamente, para los futuros discípulos. Vamos. La Piedra se levanta. Otro paso hacia arriba, hacia adelante. Hacia el Monte… Debe brillar sobre la cima, porque es Sol, Luz. El Verdadero Templo debe ser contemplado por el mundo entero.

1templo-verdadero

Yo mismo lo edifico con la Piedra Viva de mi Carne Inmolada. Yo soy el cimiento y la cúspide…

Satanás… Judas, vámonos. Y acuérdate que no queda mucho tiempo. Y en la noche del Jueves debe ser entregado el Cordero… 

1agnus_dei

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA