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28.- NÉMESIS


0imperio-romano-2Un hombre como de cuarenta años, alto, atlético. Con un rostro en el que resaltan unos ojos castaños de mirada dulce y bondadosa, examina con delicadeza y movimientos expertos…

Y luego declara:

–           Sí, Lautaro. Fui médico militar. La guerra es una buena escuela. La herida de la cabeza es leve. Cuando éste, -señaló a Bernabé- lo aventó contra la pared, el joven extendió el brazo tratando de protegerse y al caer pegó contra la balaustrada y se le desarticuló. Así fue como se fracturó también las costillas, pero por lo mismo, salvó la cabeza y su vida.

El anciano replica:

–           Sabemos que eres un buen médico y por eso mandé a buscarte.

Y mientras platican, Mauro empezó a reducir el brazo para entablillarlo…

Y Marco Aurelio se desmayó. Lo cual lo favoreció, pues así no sintió el sufrimiento causado al volver a articular el brazo y la reducción de los huesos rotos. Terminada la operación, Marco Aurelio recuperó el conocimiento y vio delante de él a Alexandra.

Ella está a su cabecera, sosteniendo una palangana, donde Mauro introduce una esponja y humedece la cabeza de su paciente.

Marco Aurelio no puede dar crédito a sus ojos. Creyó estar soñando y después de largo rato, musitó como un suspiro:

–           ¡Alexandra!

La palangana tembló en las manos de ella, al escuchar ese llamado. Lo miró con tristeza y le contestó en voz baja:

–           ¡Que la paz sea contigo!

Y permaneció allí de pie, mirándolo con compasión y mucha tristeza.

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Marco Aurelio a su vez la mira anhelante, extasiado ante ella, deseando grabarse su imagen. Ve su rostro pálido, las hermosas trenzas de negros cabellos, vestida con su ropa de esclava.

Sus ojos bellísimos y preocupados mientras le atienden…

El tribuno la envuelve con una mirada tan intensa, que la hace ruborizar. Mientras la contempla, reflexiona que esa palidez y esa pobreza en que ahora la ve, son obra suya. Que ha sido él, el que la arrancara de una casa en la que ella vivía rodeada de amor y comodidades.

Él le había quitado su bienestar para arrojarla en aquella mísera estancia, vistiéndola con aquella pobre túnica de lana oscura. 

Y le dijo emocionado:

–           Alexandra… Tú no permitiste mi muerte.

Ella contestó con dulzura:

–           Quiera Dios devolverte la salud.

Para Marco Aurelio, que ahora ve todos los agravios que le ha inferido; esas palabras fueron como un bálsamo, que le llegó hasta lo más íntimo del alma. Y si poco antes el dolor le había debilitado, ahora lo desfallece la emoción…

Y una especie de languidez profunda, a la par que inefable, se apoderó de todo su ser, con un gozo incomparable.

Mientras tanto, Mauro después de lavarle la herida en la cabeza, le aplicó un ungüento.

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Bernabé se llevó la palangana y Alexandra le dio al herido, una copa con vino medicado para el dolor; sosteniéndole con delicadeza, mientras se la acerca a los labios. Más tarde ella llevó la copa vacía al aposento contiguo.

El ya casi ha recuperado sus facultades y Lautaro, después de hablar con Mauro, se aproximó al lecho y dijo:

–           Dios no te ha permitido ejecutar una mala acción y te ha conservado la vida a fin de que reflexiones y te arrepientas. Él ante quien el hombre es solo polvo, te entregó indefenso en nuestras manos… Pero Cristo en quién creemos nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos.

Por eso hemos curado tus heridas y como Alexandra te lo ha dicho, imploramos a Dios para que te devuelva la salud. Más no podemos permanecer consagrados a tus cuidados…  Piensa con calma y medita bien si es digno de ti, continuar en tu persecución contra ella.

Ya lo ves: has dejado a esa joven sin tutores y a nosotros sin techo. Pero te perdonamos y te devolvemos bien por mal.

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Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Me abandonaréis acaso?

Lautaro declaró:

–         Vamos a abandonar esta casa, para escapar de la persecución del Prefecto. Tu compañero murió. Tú que eres poderoso entre los tuyos, estás herido. De todo esto nosotros no tenemos la culpa, pero puede caer sobre nosotros la cólera de la ley de Roma.

–           No temáis que os persigan, yo os protegeré

Lautaro se calló que no se trataba solo de ellos. Sino de proteger a Alexandra de él y de su porfiada persecución personal.

Y solo dijo:

–           Señor, tu brazo derecho está sano. Aquí tienes tablillas y un stylus. Escribe a tu casa para que tus sirvientes traigan una litera y te lleven a donde tendrás comodidades que no podemos ofrecerte en medio de nuestra escasez. Vivimos aquí con una pobre viuda que vendrá más tarde acompañada por su hijo. Éste podrá llevar tu carta. En cuanto a nosotros, tendremos que buscar otro lugar…

Marco Aurelio se puso pálido.

Comprendió que lo que quieren es separarlo de ella  y que si ahora la pierde otra vez, no volverá a verla nunca. Mil ideas cruzaron por su mente en unos segundos. Necesita evitarlo e influir desesperadamente en Alexandra y en sus guardianes, pero no sabe cómo.

Lo esencial es verla. Gozar de su presencia, aunque solo fuese por unos pocos días y luego decidirá qué hacer.

Y por esto, reuniendo con esfuerzo sus pensamientos, dijo:

–           Escúchenme cristianos. Antes yo no os conocía y vuestros hechos me demuestran, que sois gente buena y honrada. A esa viuda que ocupa esta casa, decidle que permanezca en ella. Quédense también ustedes y déjenme que los acompañe.

Este hombre que es médico, sabe que no es posible que me traslade hoy fuera de aquí. Estoy enfermo. Tengo un brazo y las costillas rotas. Debo permanecer inmóvil, al menos unos días. Por consiguiente os declaro que no saldré de esta casa, a menos que me arrojéis por la fuerza… –y aquí se detuvo porque la respiración le faltó.

Lautaro respondió:

–           No emplearemos ningún género de violencia contra ti, señor. Deseamos tan solo salvar nuestras vidas.

Marco Aurelio no está acostumbrado a las objeciones.

Frunció el ceño y dijo:

–           Permitidme tomar aliento…

Luego de unos instantes, declaró:

–           Por Atlante a quién mató Bernabé, nadie ha de preguntar. Él debía partir hoy a Benevento a donde fue llamado por Haloto y todos creerán que se ha ido. Cuando entramos en esta casa, nadie nos vio, a excepción de un griego que estuvo con nosotros.

Les indicaré donde vive ese hombre, tráiganlo aquí. Comunicaré en una carta que también he partido para Benevento. Si el griego dio algún aviso al Prefecto, declararé que fui yo quien mató a Atlante y él, quién me rompió el brazo.

Esto haré. Os lo juro por las sombras de mi padre y de mi madre. Podéis permanecer aquí con la seguridad de que nadie os hará ningún daño. Haced venir a ese hombre, ese griego cuyo nombre es Prócoro Quironio.

Lautaro contestó:

–           Entonces  Mauro se quedará contigo y te atenderá la viuda.

Marco Aurelio replicó frunciendo todavía más el ceño:

–          Fíjate bien anciano, en lo que te estoy diciendo.  Yo te debo gratitud y tú me pareces un hombre bueno y honrado, más no me dices lo que verdaderamente piensas. Tienes miedo de que yo haga venir a mis esclavos y se lleven a Alexandra. ¿No es verdad?

Lautaro contestó con acento severo:

–           Así es.

–          Entonces ten presente esto. Hablaré a Prócoro delante de todos vosotros. Y escribiré a mi casa una carta, donde anuncio mi viaje a Benevento. No me valdré en lo sucesivo de otros mensajeros, más que de ustedes. Tened esto en cuenta y no me irritéis más.

Y Marco Aurelio tiene contraído el rostro por la indignación.

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Y luego añadió con exaltación:

–           ¿Crees que negaré que mi deseo de permanecer aquí es para verla? Aunque tratara de ocultarlo, eso lo adivinaría un necio. Pero ya no volveré a intentar llevármela por la fuerza. Te diré más: si ella se niega a permanecer aquí, haré pedazos con esta mano que tengo sana, los vendajes que habéis puesto sobre mi cuerpo.

No tomaré alimentos, ni bebidas. Y dejaré que mi muerte caiga sobre ti y tus hermanos. ¿Para qué me has atendido entonces? ¿Por qué no has dado orden de que me maten?

Y al decir estas últimas palabras, tiene el semblante pálido de ira y de agotamiento.

Alexandra al oírlo, está segura de que Marco Aurelio cumplirá lo que dice y se quedó anonadada, ante la amenaza de estas palabras. Ella no quiere que muera.  Indefenso y herido, ya no le tiene miedo, sino compasión.

Marco Aurelio ejerció en su suerte una influencia demasiado trascendental y ha intervenido de tal forma en su vida, que nunca podrá olvidarlo.

Días enteros ha pensado en él e implorado de Dios que lo guíe a la Luz y lo convierta. Que le diera una oportunidad para que ella pueda devolverle bien, por el mal que de él recibiera. Perdón y misericordia a cambio de su persecución, ablandándole el corazón y ganándolo para la causa de Cristo. Dándole la gracia de la salvación…

Y creyó que éste era el momento preciso y que sus plegarias habían sido escuchadas.

Se acercó a Lautaro con serena dignidad. Con tanta majestad, que el anciano presbítero comprendió que una Voluntad más alta, es la que habla por su boca, cuando ella tranquilamente declara:

–           Permanezca él entre nosotros, Lautaro. Con él nos quedaremos hasta que Cristo le devuelva la salud completa.

Lautaro confirma muy respetuoso:

–           Sea como tú lo dices.

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Marco Aurelio, que en todo ese tiempo no había apartado la vista de Alexandra, quedó impactado.

La obediencia reverente del anciano, ¿A qué? ¿A quién?… Le causó una impresión avasalladora. Alexandra apareció ante sus ojos como una especie de sacerdotisa, en medio de los cristianos. Por un momento irradió una Presencia, que la iluminaba toda.

Y él se sintió subyugado a la emanación de aquella Presencia, aquella especie de Luz invisible que se percibió en la doncella. Y al amor que hasta ese momento le había arrastrado hacia ella, se unió algo así como un temor reverencial. Y su pasión le pareció por mi primera vez, algo rayano en la insolencia.

Jamás hubiera creído que las relaciones que hay entre ella y él, tomarían un giro de ciento ochenta grados. Ahora no es ella la que depende de su voluntad. Es él, el que está en aquel lugar, quebrantado y enfermo.

Ha dejado de ser una fuerza ofensiva y conquistadora hasta quedar indefenso, entregado por completo a la merced y a los cuidados de la joven. Para su índole altiva y dominante, con cualquier otra persona que no fuera Alexandra, esto hubiera sido una tremenda humillación.

Pero en lugar de sentirla,  creció su admiración, su respeto y su reconocimiento hacia la que ahora es su dueña absoluta.

Desea manifestarle su gratitud desde el fondo de su corazón, junto con todos los sentimientos que él alberga y que jamás mujer alguna le había inspirado. Pero con todo lo que ha pasado está extenuado y no le es posible hablar.

Con la mirada le expresa todo y también el inmenso júbilo que lo invade, porque va a permanecer a su lado. Va a poder verla y tenerla cerca. Su único temor es perder más tarde, lo que por fin ha conquistado. 

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¡Todo es tan sorprendente! Y lo más inusitado es la timidez. Pues cuando ella se acercó a darle de beber, no se atrevió ni siquiera a tocar su mano. Y ella lo notó.

Por primera vez se analizó a sí mismo y vio que era tiránico, insolente, corrompido hasta cierto punto y en caso necesario, también era inexorable e implacable. La vida militar le había dejado con su disciplina, unos resabios de justicia, de religión y de conciencia  suficientes, para discernir que no puede ser ruin, con quién le está dando una lección de magnanimidad y de bondad tan regios.

Cuando se enoja es muy impulsivo y  en su furia puede arrasar como un huracán. Pero ahora se siente dominado por una ternura insólita, está enfermo y desvalido. Lo único que le importa es que nadie se interponga entre él y Alexandra.

Advirtió también con asombro que desde el momento en que ella se puso de su parte, todos se rindieron. Es como si estuvieran confiados en que son protegidos por un  poder sobrenatural.

Marco Aurelio le pidió nuevamente a Lautaro que fuesen a buscar al griego y él mandó a Bernabé. Después de tomar el domicilio, éste tomó su manto y salió apresuradamente.

Prócoro fue despertado por la esclava, que le anunció que una persona pregunta por él y desea verlo con urgencia. El griego se levantó, se aseó rápido y fue a ver quién lo busca. Y se quedó petrificado…

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Mudo por el asombro, mira al colosal parto.

Bernabé declaró:

–           Prócoro Quironio, tu señor Marco Aurelio te ordena que vengas conmigo a donde se encuentra él.

Más tarde, Prócoro y Bernabé cruzaron la entrada y el primer patio. Llegaron al corredor que conduce al jardín de la casita y entraron en ella. La tarde está nublada y fría.

En la semipenumbra, Marco Aurelio adivinó, más que reconocer a Prócoro, en aquel hombre encaperuzado.

El griego vio en el extremo de la habitación junto a una ventana, un lecho y al tribuno  acostado en él. Se le acercó y sin mirar a ninguno de los presentes, le dijo:

–           ¡Oh, señor! ¿Por qué no has…?

Pero Marco Aurelio le cortó en seco:

–           Silencio y escucha con atención. – Y mirando a Prócoro fijamente; de manera enfática y pausada; como queriendo significar al griego que cada una de sus palabras es una orden, agregó- Atlante se arrojó sobre mí intentando robarme y en defensa de mi vida, yo le maté. ¿Entiendes? Estas gentes curaron las heridas que recibí en la lucha.

Prócoro comprendió al punto.

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Y sin demostrar duda ni asombro, levantó los ojos hacia lo alto y exclamó:

–           ¡Pérfido malhechor! Pero yo te advertí señor, que desconfiases de él porque era un pícaro. ¡Ah! Pero ¡Caer sobre su benefactor, sobre un hombre tan magnánimo…!

Marco Aurelio lo miró interrogante y con una entonación muy especial, le dijo:

–           ¿Qué has hecho hoy?…

–           ¿Cómo? ¿Qué?… ¿No te he dicho señor, que hice voto por tu salud?

–           ¿Nada más?

–           Me preparaba a venir a visitarte, cuando este buen hombre llegó a mi casa y me dijo que enviabas por mí.

–           Aquí tienes una tablilla. Con ella irás a mi casa. Buscarás a Dionisio, mi mayordomo y se la darás. En esa tabla le comunico que he partido para Benevento. De tu parte le dirás que me fui esta mañana, llamado por una carta urgente de Petronio –y aquí recalcó- He ido a Benevento, ¿Entiendes?

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–           Te has ido, señor. Esta mañana te despedí en la Puerta Capena. Y desde el momento de tu partida se apoderó de mí tal nostalgia, que si tu magnanimidad no viene a endulzarla, he de llorar hasta morir.

Marco Aurelio, aunque enfermo y habituado a las artimañas del griego, no puede reprimir una sonrisa. Está contento de que Prócoro le haya comprendido inmediatamente.

Así que dijo:

–           Entonces también escribiré, que te enjuguen las lágrimas. Dame la vela.

Prócoro se adelantó unos pasos hacia la chimenea y tomó una de las velas que ardían junto a la pared. Pero mientras hizo esto, se le cayó el capuchón y la luz le dio de lleno en la cara.

Mauro saltó de su asiento. Y poniéndosele al frente, le preguntó:

–           ¿Nicias, no me reconoces?

Y había en su voz una entonación tan terrible que todos se volvieron a mirarle, asombrados.

Prócoro alzó la vela y se le cortó la respiración. Horrorizado la dejó caer al suelo y empezó a gemir:

–           ¡Yo no soy…! ¡Yo no soy…! ¡Perdón!

Mauro se volvió a los cristianos allí reunidos y les dijo:

–           ¡Éste es el hombre que me traicionó! ¡Y que nos arruinó a mí y a mi familia!

La historia la saben todos, hasta Marco Aurelio.

Prócoro gimió:

–           ¡Perdón! ¡Oh, señor Marco Aurelio! ¡Sálvame! Yo he confiado en ti. Ayúdame… tu carta… yo la entregaré… Por favor, señor…

Pero el patricio que conoce muy bien al griego, declaró:

–           ¡Entiérrenlo en el jardín! Otro puede llevar la carta.

Prócoro escuchó esta sentencia de muerte y mira aterrado las manos de Bernabé, que lo ha tomado por el cuello mientras él se arrodillaba diciendo:

–           ¡Por vuestro Dios! ¡Tened piedad de mí! ¡Seré cristiano!¡Mauro! ¡Hazme tu esclavo pero no me mates! ¡Ten piedad!…

Un silencio denso siguió a estas palabras…

Mauro cerró los ojos y aspiró profundamente. Se vio el esfuerzo que hizo para dominarse. Oró en silencio y después de una larga pausa, dijo:

–           Nicias… ¡Qué Dios te perdone como yo te perdono los crímenes que cometiste contra mí! Yo te bendigo e imploro de Dios que te bendiga con tu conversión.

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Y Bernabé soltó al griego diciendo:

–           ¡Que el Salvador tenga piedad de ti, así como yo ahora!

Prócoro se desplomó en el suelo y miró a todos lados aterrorizado, sin poder creer lo que está sucediendo.

Lautaro dijo:

–           Vete. Arrepiéntete para que Dios te perdone, como nosotros te hemos perdonado.

Prócoro se levantó sin poder hablar. Se aproximó al lecho de Marco Aurelio. Éste acaba de condenarlo a pesar de haber sido su cómplice.

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Y los demás, que son los ofendidos, le perdonaron y le dejan ir. Esta idea estará fija en su mente más tarde.

Y sin poder asimilar lo sucedido, le dijo a Marco Aurelio con voz quebrantada:

–           Dame la carta, señor…Dame la carta.

Y tomando la carta que el tribuno le alargó, hizo una reverencia a todos. Y salió despavorido.

Cuando se sintió a salvo en la calle, se preguntó una y otra vez:

–           ¿Por qué no me mataron?

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Y no encuentra una respuesta a esta pregunta.

Marco Aurelio está tan asombrado como Prócoro.

Que esas gentes le hayan tratado de aquella manera, en lugar de tomar venganza por el asalto que él mismo había perpetrado a su hogar. Y le hubieran curado sus heridas con solicitud, es algo que atribuye en parte a la doctrina que todos ahí profesan.

Pero la conducta que han tenido con Prócoro, es algo que está totalmente fuera del alcance de su comprensión, porque rebasa los límites de la magnanimidad a que puedan llegar los hombres.

Y aturdido se pregunta al pensar en los crímenes que Prócoro había cometido: ¿Por qué no mataron al griego?

Habrían podido hacerlo con absoluta impunidad. Bernabé lo habría enterrado en el jardín. O podía tirarlo por la noche al río Tíber, ya que durante ese período de asesinatos nocturnos, algunos cometidos por el mismo César en persona; el río arroja por las mañanas cuerpos humanos con tanta frecuencia, que nadie se preocupa  por averiguar de dónde proceden.

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NÉMESIS

En su concepto, los cristianos tienen no solo el poder, sino el derecho de matar a Prócoro. Porque la venganza de una ofensa personal y más siendo tan grave como la que recibiera Mauro, le parece no solo natural, sino totalmente justificada. El abandono de tal derecho, le parece totalmente inconcebible. ¡Y no logra entenderlo!

Lautaro había dicho que se debía amar a los enemigos, pero nunca había visto la aplicación de esta teoría que le parece imposible. Y todavía no logra asimilar lo que ha ocurrido. ¡Ni siquiera entregaron al griego al tribunal!

Prócoro le infirió a Mauro el más terrible agravio que un hombre puede hacer a otro. El solo pensamiento de que alguien matase a Alexandra y vendiese a sus hijos como esclavos ¡Le subleva el corazón como una caldera!

¡Él…! ¡No existe tormento que no fuera capaz de aplicar en satisfacción de su venganza! ¡La crucifixión le parece poco! ¡Aunque Prócoro muriese un millón veces, nunca pagaría lo que hizo!

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Pero Mauro ha perdonado.

Bernabé, que ha matado a Atlante en defensa propia; le había perdonado.

La única respuesta es:

Los cristianos al abstenerse de matar a Prócoro, le han dado una prueba de bondad tan grande, que no tiene paralelo en el mundo. También han demostrado el amor por sus semejantes que les lleva a olvidarse de sí mismos; de las ofensas recibidas, de su propio bienestar o infortunio.

Porque viven solo para su Dios. Y lo más sorprendente es que después de que Prócoro se fue, en todos los semblantes parece resplandecer una íntima alegría. Y hay una paz tan contagiosa, como Marco Aurelio no la había experimentado jamás.

Lautaro se aproximó a Mauro, le puso la mano en el hombro y dijo:

–           Demos gracias al Altísimo, porque Cristo ha triunfado una vez más.

Mauro levantó la cara y sus ojos reflejan una serena bondad. ¡Y su rostro irradia la misma extraña Presencia, que el de Alexandra cuando le permitió quedarse!

Marco Aurelio, que solo conoce el placer o la satisfacción nacidos de la venganza, lo mira con curiosidad; sin poder evitar pensar, que aquello es una locura.

Y en lo profundo de su corazón sintió un indignado asombro, cuando vio a Alexandra posar sus labios de reina sobre las manos de aquel hombre. Y le pareció que el orden del mundo está totalmente trastornado.

Lautaro declaró que aquel era un día de grandes victorias.

Y cuando Alexandra regresó a llevarle una bebida caliente, Marco Aurelio la tomó de la mano y le dijo:

–           ¿Entonces tú también me has perdonado a mí?

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Alexandra lo miró con compasión y dijo:

–           Somos cristianos y no nos está permitido guardar rencor en nuestro corazón.

Marco Aurelio la miró con una mayor admiración…

Y dijo:

–           Alexandra, Quienquiera que sea tu Dios, le rindo homenaje solo porque es tu Dios.

–           Le alabarás desde el fondo de tu corazón, cuando lo conozcas y hayas aprendido a amarle.

Marco Aurelio cerró los ojos, pues se siente demasiado débil. Ella se fue y regresó más tarde para ver si él dormía. Pero al sentirla, Marco Aurelio abrió los ojos y le sonrió.

Alexandra puso su mano sobre su rostro mientras le dice suavemente:

–           Duerme y descansa.

Marco Aurelio experimentó y se dejó dominar por una sensación de dulcísimo bienestar. Pero luego se sintió más penosamente mal.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

17.- EL SUEÑO IMPOSIBLE


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Hasta ahora Popea Sabina ha dominado a Nerón en tal forma, que verdaderamente ella es el poder detrás del trono. Pero sabe perfectamente que cuando está de por medio su vanidad de cantante, auriga o poeta, es muy peligroso provocarlo. Y por eso llegó muy pronto.

Ataviada como el César, en traje de color amatista, lleva en su hermoso cuello una fabulosa gargantilla con  esmeraldas. Su actitud es dulce y sus cabellos dorados.

Y aunque es divorciada de dos maridos, tiene en su hermoso rostro, la expresión inocente de una virgen.

Es recibida con aclamaciones de: “¡Divina Augusta!”

Alexandra no había visto jamás una mujer más linda…

Y casi no da crédito a sus ojos, porque sabe que Popea Sabina es una de las mujeres más viles y peligrosas de la tierra. Fabiola le había contado como a causa de sus intrigas, Nerón asesinó a su propia madre y a su esposa.

La conoce por los rasgos de su vida que han referido los huéspedes y los siervos en la casa de Publio. Sabe que las estatuas erigidas en su honor, han sido derribadas por la noche. Y a pesar de los castigos, aparecen inscripciones injuriosas en la muralla, gritándole su vileza.

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Y sin embargo, a la vista de la famosa Popea Sabina, considerada por gran parte de los romanos como la encarnación de la maldad y el crimen, a Alexandra le pareció que su rostro era angelical.

Y la admiró en su belleza y en su porte de emperatriz. Al mirarla, le parece casi imposible conciliar lo que ha oído de ella.

Asombrada, exclama:

–           ¡Ah! ¡Marco Aurelio! ¿Es posible?…

Pero él tribuno está alterado, mareado por el vino y muy impaciente por todo lo que ha sucedido y que rompió el encanto de su fascinación, alejándola de él…

Por lo mismo no la deja terminar de hablar y le dice:

–           Sí. Es muy bella. Pero tú eres mil veces más hermosa que ella. Tú misma no lo sabes, ni estás consciente  de ello o ya te hubiera pasado lo mismo que a Narciso…  Ella se baña en leche de burras, pero ni así se puede comparar contigo. Tú no te conoces a ti misma, preciosa mía. Ya no la mires, vuelve a mí tus ojos tesoro de mi vida. Ven junto a mí y bebe un poco de vino…

Y mientras le habla, se fue acercando siempre más a Alexandra…

Al mismo tiempo que ella se aparta, estrechándose más hacia Actea.

Pero en ese preciso momento, se hizo un silencio total.

Nerón está parado, apoyando sobre la mesa un laúd; con el cual empezó a tocar y a declamar, cantando rítmicamente su propio Himno a Venus.

Ni la voz un tanto aguda ni los versos, son tan malos.

A Alexandra le pareció que el himno también era hermoso y al mismo César que tenía en las sienes su corona de laurel y levantaba su mirada hacia arriba mientras canta, le vio un aspecto más noble y mucho más terrible… Y no tan repulsivo como al principio de la fiesta.

Cuando terminó el canto, todos contestaron con aplausos estruendosos y gritos de:

–           ¡Oh, divina voz! ¡Glorioso artista!

Lo aclama todo un público enajenado con su ídolo y ruidoso como una colmena.

Esporo lo mira arrobado… (El joven al que tratará como esposa en su viaje a Grecia)

Pitágoras, el joven griego de extraordinaria hermosura, está arrodillado a sus pies… (El mismo con quién después hará que lo casen, ordenando a los sacerdotes que hagan la ceremonia del matrimonio con los rituales completos y con Nerón vestido de novia)

Popea inclina su cabeza de dorados cabellos. Lleva sus labios a la mano de Nerón y la besa en silencio por largo tiempo.

Pero Nerón mira hacia Petronio cuyo elogio espera recibir, antes que el de cualquier otro cortesano…

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Petronio comenta:

–           Si se trata de la música, Orfeo debe estar en este momento tan verde de envidia como Marcial y Lucano; que están aquí presentes. Y en cuanto a los versos, lamento que no sean peores; si lo fueran podría encontrar las palabras precisas para hacer su elogio.

Los dos poetas no tomaron a mal el epíteto de envidiosos que les dio Petronio.

Al contrario, le dirigieron a éste una mirada de gratitud y aparentando mal humor, Marcial empezó a murmurar así:

–           ¡Maldito destino que me obliga a ser contemporáneo de semejante poeta! Si no fuera así, Marco Valerio Marcial podría encontrar un sitio en la memoria de los hombres y en el Parnaso.

Lucano, confirmó:

–           Pero no. Ahora estamos destinados a apagarnos, como una vela ante la luz del sol.

Petronio, que tiene una memoria sorprendente, empezó a repetir extractos del himno y a encomiar y analizar las más bellas expresiones.

Marcial hizo como que se olvidaba de su envidia, ante los encantos de la poesía y unió su éxtasis al de Lucano, aprobando las palabras de Petronio.

En el semblante de Nerón, se refleja una enorme satisfacción y su insondable vanidad con la que está tan engolosinado es tanta, que no se da cuenta que rayan en la estupidez.

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Luego les indicó los versos que él considera más hermosos y enseguida consoló a Marcial diciéndole:

–          No pierdas el ánimo, porque cualquiera que sea la condición en que nace un hombre, el homenaje que las gentes rinden a Zeus, excluye el respeto a otras divinidades.- Y no se sonroja al compararse a sí mismo con el rey del Olimpo.

Después de esto se levantó para llevar a Popea a sus habitaciones, pues ella realmente se siente enferma y desea retirarse. Ordena a todos los presentes que ocupen sus lugares y que continúe la fiesta, prometiendo volver.

La suntuosidad de la corte lo llena todo de áureos reflejos y da a los objetos un inusitado esplendor. Igual que a los invitados, felices por estar sentados a la mesa del emperador y ansiosos de acercarse al dispensador de toda merced, riqueza o dominio… Una sola de cuyas miradas puede abatir hasta el suelo o exaltar más allá de toda previsión.

Y en efecto, un rato después regresa, para seguir disfrutando de otros espectáculos que el mismo Petronio o Tigelino, han preparado para el banquete.

En el centro del salón, sobre una plataforma, se presentan dos atletas que van a dar un espectáculo de pugilato.

Cuando empieza la lucha y aquellos poderosos cuerpos lustrosos parecen formar una sola masa, los huesos crujen entre sus brazos de hierro, aprietan las quijadas y rechinan los dientes.

También se oyen los rápidos y sordos golpes que dan con los pies, sobre la plataforma cubierta de azafrán.

Luego, de repente se quedan inmóviles y silenciosos, como si fueran estatuas de piedra. Enseguida vuelven a trabarse y destrabarse, con increíble habilidad.

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Los ojos de los espectadores siguen con verdadero deleite los movimientos de incesante y tremendo esfuerzo, de aquellas espaldas, muslos y brazos.

Es como una especie de danza malabarista, grotesca y fascinante a la vez. Pero la lucha no se prolonga demasiado…

Atlante es un maestro, fundador de la escuela de gladiadores que tiene bien fundamentada su fama de ser el hombre más fuerte del imperio.

La respiración de su oponente comienza a ser más agitada. Luego se oye salir de su garganta, algo como un estertor ronco y se le pone cianótico el semblante. Ha empezado a arrojar sangre por la boca y finalmente se desploma.

Una tempestad de aplausos, saludó el desenlace de esta lucha.

Y Atlante pone el pie sobre el cuello del cadáver de su adversario. Luego pasea en el salón con el aire y la sonrisa del triunfador, una mirada de absoluta satisfacción. 

Más versos, teatro, danza, canto.

Todo es un escenario creado para expresar con la danza, como si fuera un cuadro con una pintura viva y expresiva, en  la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la vez que impúdico.

Azuzado por Tigelino, Nerón decide probar la lealtad de su consejero favorito.

Totalmente ajeno; Petronio conversa gentil con la joven mujer que apoya su bella cabeza en su hombro derecho, con la intimidad de una amante que se sabe apreciada.

Sylvia está casada con un político que viaja mucho. Es un secreto a voces entre los cortesanos que desde hace varios años sostiene una relación muy estrecha, con el Arbitro de la Elegancia.

El tiempo ha atemperado la pasión del principio y solo ellos conocen lo que hay en su corazón.

Nerón tiene una sonrisa siniestra y con humor perverso dice a Petronio:

–          ¿Tendrías inconveniente querido Petronio, en que Sylvia anime la parte más divertida de nuestra fiesta? –y su rostro tiene una expresión burlona y cruel.

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Petronio, que lo conoce demasiado bien, esboza una sonrisa inescrutable y dice con displicencia:

–          Silvia es una mujer libre que siempre hace su voluntad. ¿Quién soy yo para oponerme?

La mujer que descansaba su cabeza en el hombro de Petronio, sonríe gentilmente. Se endereza, hace una ligera inclinación y contesta:

–          Tus deseos son órdenes, majestad.

Nerón la mira complacido y dice con cierto desgano:

–          Quiero que seduzcas a Lucrecia. Aquí.-señala el triclinio vacío que está a un lado.

Por toda respuesta ella inclina más la cabeza; deja su copa sobre la mesa. Se levanta y camina hacia el triclinio donde está Vitelio.

Se inclina sobre una mujer joven que está riendo por las gracejadas del intendente de placeres de Nerón.  Lucrecia fue en otro tiempo, íntima amiga y amante de Popea  Sabina.

Mientras la mira fijamente, Silvia toma una de sus manos llena de joyas y atrapándole un dedo entre los dientes, lo mordió con mucho cuidado; saboreándolo luego con toda la boca.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lucrecia que mira sorprendida a Sylvia.

Ésta le ha soltado el dedo y la toma por la nuca con suavidad, acercando su rostro, hasta casi besarla. 

Luego comenzó a hablar con los labios apretados contra los de ella.

–                     Nerón desea realizar con nosotras una fantasía sexual.  Si eres inteligente, será mejor que me correspondas con total abandono.

La vibración de sus palabras contra sus labios, resulta terriblemente erótica…

Lucrecia comprendió. Abrió la boca y correspondió apasionadamente a la caricia femenina.  

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Luego poniéndose de pie, sonrió provocativa y recorrió con la mirada desde los pies hasta la cabeza, a la hermosa mujer que la espera.

Tanto vestida como desnuda…  Es una persona fascinante…

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Llevó su mano hacia el sedoso cabello rubio de Sylvia y dijo con coquetería:

–           No será ningún sacrificio. Eres perfectamente hermosa querida. Y también deliciosa. –esta última palabra la dijo humedeciendo la comisura de su boca con un gesto sugestivo.

Las dos avanzaron hacia el sitio que Nerón indicara previamente.

Lucrecia es una mujer muy alta y delgada. Tiene unos ojos castaños muy expresivos y grandes, en un rostro anguloso de facciones bellas y finas; su cabello castaño claro, está peinado y entrelazado con perlas.

Cuando llegan al triclinium, las dos actúan como si estuvieran en la intimidad de un dormitorio.

Se miran mutuamente, valorándose la una a la otra.

Después del escrutinio, les gusta lo que ven y deciden demostrárselo sin palabras.

Se acarician suavemente al principio y con premeditada lentitud.

Silvia le levanta el peplo y quedan al descubierto los senos pequeños y turgentes, que luego son acariciados con gran delicadeza.

De pronto Lucrecia, voraz; posó su mano blanca y delicada sobre uno de los senos de Sylvia y juguetea con el pezón, a través de la tela que lo cubre, al tiempo que busca su boca hambrienta…

Y se enfrascan en un duelo feroz.

El beso es apasionado y delirante; sus ropas se convierten en un impedimento insoportable. Con dedos temblorosos, ambas sueltan el broche de sus hombros y los peplos caen al suelo. Lo mismo sucede con las faldas…

Y pronto, ambas están desnudas y estrechamente enlazadas una a la otra. Se consumen con un deseo que crece como un incendio y tiene que ser saciado.

Quejidos, gemidos y suspiros, acompañan el desborde de caricias que las suspenden en el aire, excitadas e insatisfechas.

Sus labios se perfilan con leves mordiscos y suaves caricias con la lengua, electrizando todas sus terminaciones nerviosas, hasta que sus cuerpos exigen una satisfacción urgente que sorprende por su frenesí.

Apenas pueden respirar por lo intenso que es el placer.

Se acarician mutuamente con deleite; sorprendidas del poder intoxicante que pueden ejercer una sobre la otra.

Sus bocas tiemblan por el erotismo salvaje de sus besos. 

Sus cabezas retumban por el volumen de las sensaciones y sus corazones laten al ritmo de un tambor primitivo.

Han olvidado completamente al libidinoso público que las observa.

Aminio Rebio siente una excitación sexual devastadora y su voz truena como un rugido al exclamar:

–           Lucrecia es la única mujer que preserva mi gusto por los hombres.

Estas palabras son sorprendentes, en un hombre que siempre ha manifestado abiertamente, su preferencia homosexual.

Y con un salto casi felino, se aproxima a la pareja que parece casi aislada del mundo y solo concentrada en su propio placer.

Con un movimiento ágil, se despoja de la toga y de la túnica. Y se dispone a explicar explícitamente, el porqué de semejante declaración.

Queda totalmente desnudo y con una gran erección.

Se coloca detrás de Lucrecia y la toma por la cintura, elevándola hacia él.

Ella tiene las caderas anchas y las piernas largas y muy bien torneadas. Cuando las poderosas manos masculinas se cierran sobre sus pechos menudos, con los pezones bien erectos ella casi no puede respirar; pues su placer se intensifica y al reconocerlo, apenas murmura:

–          ¡Oh, gatito mío; has venido!

Aminio jadeó contra sus rizos castaños.

Ella levanta ligeramente las caderas y él la penetra por detrás. Lucrecia se arquea contra él, mientras oleadas de calor la invaden y hacen que sus movimientos sean rítmicos; en círculo, frotándose contra el cuerpo masculino, mientras él está dentro de ella.

Entonces la lujuria explota en un alocado frenesí y su forma de aferrarla es tan poderosa como posesiva. Y en ese preciso instante, la mujer comenzó a contraerse interiormente hasta el clímax total…

Se retuerce ardiendo de deseo y sus gemidos de placer, braman desde su interior incrementándose siempre más…

Treinta segundos después de penetrarla, ella alcanza el orgasmo.

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Él permanece totalmente controlado y la lleva al clímax varias veces sin salir de ella… colmándola y haciéndola estremecerse en un ruidoso alivio.

A Lucrecia la ha convertido en una hembra en celo… Y copula con ella como si fuera un animal salvaje…

 Aquello no tiene nada que ver con el Amor...   Es solamente sexo. 

Tigelino, queriendo humillar aún más a Petronio; se acerca al trío y se apodera de la mujer que piensa que es preciosa para su enemigo…

Aparta a Sylvia con brusquedad y la acaricia con frenesí, con pasión llena de triunfo.  Ella le sigue el juego y el trío se convierte en cuarteto.

Petronio mira todo aquello con fría calma. Sorprendido con la revelación de sus propios sentimientos, pues NO ESTÁ CELOSO.

Sumergido en sus pensamientos, reflexiona en el enorme vacío que siente dentro de sí y en el sabor amargo de los placeres efímeros. Siente un inmenso cansancio y tedio…

¿Qué es lo que le pasa? Tiene todo para ser feliz y sin embargo, le falta el júbilo del verdadero amor. Un dolor lo invade al cuestionarse porqué la felicidad es tan inaccesible.

Y sin comprenderlo totalmente: ¡Cómo anhela sentir un amor tan apasionado y vehemente, como el que manifestó Marco Aurelio, la mañana en que irrumpió en su biblioteca!

Lo que verdaderamente anhela en lo más profundo de su alma es encontrar una mujer que sea al mismo tiempo bellísima como un ensueño y virtuosa como una virgen, para convertirla en reina de su hogar y que ella a su vez lo adore tanto, que le de los hijos que completarían una familia feliz.

Pero en este tiempo son perlas rarísimas y comprende que tal vez está soñando con un imposible. Las mujeres así ya no existen.

Un gran quebrantamiento lo envuelve y lo llena de amargura, sin encontrar ningún alivio.

Bebe un sorbo de la copa de vino y piensa: ‘¡Oh! Si tan sólo pudiera llegar a amar, deseando morir por el ser amado…’ 

Suspira profundamente.

¡Algo muy similar a la envidia lo estremece, al volver su mirada hacia donde está su sobrino!…

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HERMANO EN CRISTO JESÚS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

28.- NÉMESIS


Un hombre como de cuarenta años, alto, atlético. Con un rostro en el que resaltan unos ojos castaños de mirada dulce y bondadosa, examina con delicadeza y movimientos expertos…

Y luego declara:

–           Sí, Lautaro. Fui médico militar. La guerra es una buena escuela. La herida de la cabeza es leve. Cuando éste, -señaló a Bernabé- lo aventó contra la pared, el joven extendió el brazo tratando de protegerse y al caer pegó contra la balaustrada y se le desarticuló. Así fue como se fracturó también las costillas, pero por lo mismo, salvó la cabeza y su vida.

El anciano replica:

–           Sabemos que eres un buen médico y por eso mandé a buscarte.

Y mientras platican, Mauro empezó a reducir el brazo para entablillarlo…

Y Marco Aurelio se desmayó. Lo cual lo favoreció, pues así no sintió el sufrimiento causado al volver a articular el brazo y la reducción de los huesos rotos. Terminada la operación, Marco Aurelio recuperó el conocimiento y vio delante de él a Alexandra.

Ella está a su cabecera, sosteniendo una palangana, donde Mauro introduce una esponja y humedece la cabeza de su paciente.

Marco Aurelio no puede dar crédito a sus ojos. Creyó estar soñando y después de largo rato, musitó como un suspiro:

–           ¡Alexandra!

La palangana tembló en las manos de ella, al escuchar ese llamado. Lo miró con tristeza y le contestó en voz baja:

–           ¡Que la paz sea contigo!

Y permaneció allí de pie, mirándolo con compasión y mucha tristeza.

Marco Aurelio a su vez la mira anhelante, extasiado ante ella, deseando grabarse su imagen. Ve su rostro pálido, las hermosas trenzas de negros cabellos, vestida con su ropa de esclava. Sus ojos bellísimos y preocupados mientras le atienden…

El tribuno la envuelve con una mirada tan intensa, que la hace ruborizar. Mientras la contempla, reflexiona que esa palidez y esa pobreza en que ahora la ve, son obra suya. Que ha sido él, el que la arrancara de una casa en la que ella vivía rodeada de amor y comodidades. Él le había quitado su bienestar para arrojarla en aquella mísera estancia, vistiéndola con aquella pobre túnica de lana oscura. 

Y le dijo emocionado:

–           Alexandra… Tú no permitiste mi muerte.

Ella contestó con dulzura:

–           Quiera Dios devolverte la salud.

Para Marco Aurelio, que ahora ve todos los agravios que le ha inferido; esas palabras fueron como un bálsamo, que le llegó hasta lo más íntimo del alma. Y si poco antes el dolor le había debilitado, ahora lo desfallece la emoción… Y una especie de languidez profunda, a la par que inefable, se apoderó de todo su ser, con un gozo incomparable.

Mientras tanto, Mauro después de lavarle la herida en la cabeza, le aplicó un ungüento.  Bernabé se llevó la palangana y Alexandra le dio al herido, una copa con vino medicado para el dolor; sosteniéndole con delicadeza, mientras se la acerca a los labios. Más tarde ella llevó la copa vacía al aposento contiguo.

El ya casi ha recuperado sus facultades y Lautaro, después de hablar con Mauro, se aproximó al lecho y dijo:

–           Dios no te ha permitido ejecutar una mala acción y te ha conservado la vida a fin de que reflexiones y te arrepientas. Él ante quien el hombre es solo polvo, te entregó indefenso en nuestras manos… Pero Cristo en quién creemos nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos. Por eso hemos curado tus heridas y como Alexandra te lo ha dicho, imploramos a Dios para que te devuelva la salud. Más no podemos permanecer consagrados a tus cuidados…  Piensa con calma y medita bien si es digno de ti, continuar en tu persecución contra ella. Ya lo ves: has dejado a esa joven sin tutores y a nosotros sin techo. Pero te perdonamos y te devolvemos bien por mal.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Me abandonaréis acaso?

Lautaro declaró:

–         Vamos a abandonar esta casa, para escapar de la persecución del Prefecto. Tu compañero murió. Tú que eres poderoso entre los tuyos, estás herido. De todo esto nosotros no tenemos la culpa, pero puede caer sobre nosotros la cólera de la ley de Roma.

–           No temáis que os persigan, yo os protegeré

Lautaro se calló que no se trataba solo de ellos. Sino de proteger a Alexandra de él y de su porfiada persecución personal.

Y solo dijo:

–           Señor, tu brazo derecho está sano. Aquí tienes tablillas y un stylus. Escribe a tu casa para que tus sirvientes traigan una litera y te lleven a donde tendrás comodidades que no podemos ofrecerte en medio de nuestra escasez. Vivimos aquí con una pobre viuda que vendrá más tarde acompañada por su hijo. Éste podrá llevar tu carta. En cuanto a nosotros, tendremos que buscar otro lugar…

Marco Aurelio se puso pálido.

Comprendió que lo que quieren es separarlo de ella  y que si ahora la pierde otra vez, no volverá a verla nunca. Mil ideas cruzaron por su mente en unos segundos. Necesita evitarlo e influir desesperadamente en Alexandra y en sus guardianes, pero no sabe cómo. Lo esencial es verla. Gozar de su presencia, aunque solo fuese por unos pocos días y luego decidirá qué hacer. Y por esto, reuniendo con esfuerzo sus pensamientos, dijo:

–           Escúchenme cristianos. Antes yo no os conocía y vuestros hechos me demuestran, que sois gente buena y honrada. A esa viuda que ocupa esta casa, decidle que permanezca en ella. Quédense también ustedes y déjenme que los acompañe. Este hombre que es médico, sabe que no es posible que me traslade hoy fuera de aquí. Estoy enfermo. Tengo un brazo y las costillas rotas. Debo permanecer inmóvil, al menos unos días. Por consiguiente os declaro que no saldré de esta casa, a menos que me arrojéis por la fuerza… –y aquí se detuvo porque la respiración le faltó.

Lautaro respondió:

–           No emplearemos ningún género de violencia contra ti, señor. Deseamos tan solo salvar nuestras vidas.

Marco Aurelio no está acostumbrado a las objeciones. Frunció el ceño y dijo:

–           Permitidme tomar aliento…

Luego de unos instantes, declaró:

–           Por Atlante a quién mató Bernabé, nadie ha de preguntar. Él debía partir hoy a Benevento a donde fue llamado por Haloto y todos creerán que se ha ido. Cuando entramos en esta casa, nadie nos vio, a excepción de un griego que estuvo con nosotros. Les indicaré donde vive ese hombre; tráiganlo aquí. Comunicaré en una carta que también he partido para Benevento. Si el griego dio algún aviso al Prefecto, declararé que fui yo quien mató a Atlante y él, quién me rompió el brazo. Esto haré. Os lo juro por las sombras de mi padre y de mi madre. Podéis permanecer aquí con la seguridad de que nadie os hará ningún daño. Haced venir a ese hombre, ese griego cuyo nombre es Prócoro Quironio.

Lautaro contestó:

–           Entonces  Mauro se quedará contigo y te atenderá la viuda.

Marco Aurelio replicó frunciendo todavía más el ceño:

–          Fíjate bien anciano, en lo que te estoy diciendo.  Yo te debo gratitud y tú me pareces un hombre bueno y honrado, más no me dices lo que verdaderamente piensas. Tienes miedo de que yo haga venir a mis esclavos y se lleven a Alexandra. ¿No es verdad?

–           Así es. –contestó Lautaro con acento severo.

–          Entonces ten presente esto. Hablaré a Prócoro delante de todos vosotros. Y escribiré a mi casa una carta, donde anuncio mi viaje a Benevento. No me valdré en lo sucesivo de otros mensajeros, más que de ustedes. Tened esto en cuenta y no me irritéis más.

Y Marco Aurelio tiene contraído el rostro por la indignación. Y luego añadió con exaltación:

–           ¿Crees que negaré que mi deseo de permanecer aquí es para verla? Aunque tratara de ocultarlo, eso lo adivinaría un necio. Pero ya no volveré a intentar llevármela por la fuerza. Te diré más: si ella se niega a permanecer aquí, haré pedazos con esta mano que tengo sana, los vendajes que habéis puesto sobre mi cuerpo. No tomaré alimentos, ni bebidas. Y dejaré que mi muerte caiga sobre ti y tus hermanos. ¿Para qué me has atendido entonces? ¿Por qué no has dado orden de que me maten?

Y al decir estas últimas palabras, tiene el semblante pálido de ira y de agotamiento.

Alexandra al oírlo, está segura de que Marco Aurelio cumplirá lo que dice y se quedó anonadada, ante la amenaza de estas palabras. Ella no quiere que muera.  Indefenso y herido, ya no le tiene miedo, sino compasión. Marco Aurelio ejerció en su suerte una influencia demasiado trascendental y ha intervenido de tal forma en su vida, que nunca podrá olvidarlo.

Días enteros ha pensado en él e implorado de Dios que lo guíe a la Luz y lo convierta. Que le diera una oportunidad para que ella pueda devolverle bien, por el mal que de él recibiera. Perdón y misericordia a cambio de su persecución, ablandándole el corazón y ganándolo para la causa de Cristo. Dándole la gracia de la salvación…

Y creyó que éste era el momento preciso y que sus plegarias habían sido escuchadas. Se acercó a Lautaro y le dijo con serena dignidad; con tanta majestad, que el anciano presbítero comprendió que una Voluntad más alta, era la que hablaba por su boca.

–           Permanezca él entre nosotros, Lautaro. Con él nos quedaremos hasta que Cristo le devuelva la salud completa.

–           Sea como tú lo dices. –dijo el anciano respetuoso.

Marco Aurelio, que en todo ese tiempo no había apartado la vista de Alexandra, quedó impactado.

La obediencia reverente del anciano, ¿A qué? ¿A quién?… Le causó una impresión avasalladora. Alexandra apareció ante sus ojos como una especie de sacerdotisa, en medio de los cristianos. Por un momento irradió una Presencia, que la iluminaba toda. Y él se sintió subyugado a la emanación de aquella Presencia, aquella especie de Luz invisible que se percibió en la doncella. Y al amor que hasta ese momento le había arrastrado hacia ella, se unió algo así como un temor reverencial. Y su pasión le pareció por mi primera vez, algo rayano en la insolencia.

Jamás hubiera creído que las relaciones que hay entre ella y él, tomarían un giro de ciento ochenta grados. Ahora no es ella la que depende de su voluntad. Es él, el que está en aquel lugar, quebrantado y enfermo. Ha dejado de ser una fuerza ofensiva y conquistadora hasta quedar indefenso, entregado por completo a la merced y a los cuidados de la joven. Para su índole altiva y dominante, con cualquier otra persona que no fuera Alexandra, esto hubiera sido una tremenda humillación. Pero en lugar de sentirla,  creció su admiración, su respeto y su reconocimiento hacia la que ahora es su dueña absoluta.

Desea manifestarle su gratitud desde el fondo de su corazón, junto con todos los sentimientos que él alberga y que jamás mujer alguna le había inspirado. Pero con todo lo que ha pasado está extenuado y no le es posible hablar. Con la mirada le expresa todo y también el inmenso júbilo que lo invade, porque va a permanecer a su lado. Va a poder verla y tenerla cerca. Su único temor es perder más tarde, lo que por fin ha conquistado.

¡Todo es tan sorprendente! Y lo más inusitado es la timidez. Pues cuando ella se acercó a darle de beber, no se atrevió ni siquiera a tocar su mano. Y ella lo notó.

Por primera vez se analizó a sí mismo y vio que era tiránico, insolente, corrompido hasta cierto punto y en caso necesario, también era inexorable e implacable. La vida militar le había dejado con su disciplina, unos resabios de justicia, de religión y de conciencia  suficientes, para discernir que no puede ser ruin, con quién le está dando una lección de magnanimidad y de bondad tan regios.

Cuando se enoja es muy impulsivo y  en su furia puede arrasar como un huracán. Pero ahora se siente dominado por una ternura insólita, está enfermo y desvalido. Lo único que le importa es que nadie se interponga entre él y Alexandra. Advirtió también con asombro que desde el momento en que ella se puso de su parte, todos se rindieron. Es como si estuvieran confiados en que son protegidos por un  poder sobrenatural.

Marco Aurelio le pidió nuevamente a Lautaro que fuesen a buscar al griego y él mandó a Bernabé. Después de tomar el domicilio, éste tomó su manto y salió apresuradamente.

Prócoro fue despertado por la esclava, que le anunció que una persona pregunta por él y desea verlo con urgencia. El griego se levantó, se aseó rápido y fue a ver quién lo busca. Y se quedó petrificado.

Mudo por el asombro, mira al colosal parto.

Bernabé declaró:

–           Prócoro Quironio, tu señor Marco Aurelio te ordena que vengas conmigo a donde se encuentra él.

Más tarde, Prócoro y Bernabé cruzaron la entrada y el primer patio. Llegaron al corredor que conduce al jardín de la casita y entraron en ella. La tarde está nublada y fría.

En la semipenumbra, Marco Aurelio adivinó, más que reconocer a Prócoro, en aquel hombre encaperuzado.

El griego vio en el extremo de la habitación junto a una ventana, un lecho y al tribuno  acostado en él. Se le acercó y sin mirar a ninguno de los presentes, le dijo:

–           ¡Oh, señor! ¿Por qué no has…?

Pero Marco Aurelio le cortó en seco:

–           Silencio y escucha con atención. – Y mirando a Prócoro fijamente; de manera enfática y pausada; como queriendo significar al griego que cada una de sus palabras es una orden, agregó- Atlante se arrojó sobre mí intentando robarme y en defensa de mi vida, yo le maté. ¿Entiendes? Estas gentes curaron las heridas que recibí en la lucha.

Prócoro comprendió al punto. Y sin demostrar duda ni asombro, levantó los ojos hacia lo alto y exclamó:

–           ¡Pérfido malhechor! Pero yo te advertí señor, que desconfiases de él porque era un pícaro. ¡Ah! Pero ¡Caer sobre su benefactor, sobre un hombre tan magnánimo…!

Marco Aurelio lo miró interrogante y le dijo:

–           ¿Qué has hecho hoy?

–           ¿Cómo? ¿Qué?… ¿No te he dicho señor, que hice voto por tu salud?

–           ¿Nada más?

–           Me preparaba a venir a visitarte, cuando este buen hombre llegó a mi casa y me dijo que enviabas por mí.

–           Aquí tienes una tablilla. Con ella irás a mi casa. Buscarás a Dionisio, mi mayordomo y se la darás. En esa tabla le comunico que he partido para Benevento. De tu parte le dirás que me fui esta mañana, llamado por una carta urgente de Petronio –y aquí recalcó- He ido a Benevento, ¿Entiendes?

–           Te has ido, señor. Esta mañana te despedí en la Puerta Capena. Y desde el momento de tu partida se apoderó de mí tal nostalgia, que si tu magnanimidad no viene a endulzarla, he de llorar hasta morir.

Marco Aurelio, aunque enfermo y habituado a las artimañas del griego, no puede reprimir una sonrisa. Está contento de que Prócoro le haya comprendido inmediatamente.

Así que dijo:

–           Entonces también escribiré, que te enjuguen las lágrimas. Dame la vela.

Prócoro se adelantó unos pasos hacia la chimenea y tomó una de las velas que ardían junto a la pared. Pero mientras hizo esto, se le cayó el capuchón y la luz le dio de lleno en la cara.

Mauro saltó de su asiento. Y poniéndosele al frente, le preguntó:

–           ¿Nicias, no me reconoces?

Y había en su voz una entonación tan terrible que todos se volvieron a mirarle, asombrados.

Prócoro alzó la vela y se le cortó la respiración. Horrorizado la dejó caer al suelo y empezó a gemir:

–           ¡Yo no soy…! ¡Yo no soy…! ¡Perdón!

Mauro se volvió a los cristianos allí reunidos y les dijo:

–           ¡Éste es el hombre que me traicionó! ¡Y que nos arruinó a mí y a mi familia!

La historia la saben todos, hasta Marco Aurelio.

Prócoro gimió:

–           ¡Perdón! ¡Oh, señor Marco Aurelio! ¡Sálvame! Yo he confiado en ti. Ayúdame… tu carta… yo la entregaré… Por favor, señor…

Pero el patricio que conoce muy bien al griego, declaró:

–           ¡Entiérrenlo en el jardín! Otro puede llevar la carta.

Prócoro escuchó esta sentencia de muerte y mira aterrado las manos de Bernabé, que lo ha tomado por el cuello mientras él se arrodillaba diciendo:

–           ¡Por vuestro Dios! ¡Tened piedad de mí! ¡Seré cristiano!¡Mauro! ¡Hazme tu esclavo pero no me mates! ¡Ten piedad!…

Un silencio denso siguió a estas palabras…

Mauro cerró los ojos y aspiró profundamente. Se vio el esfuerzo que hizo para dominarse. Oró en silencio y después de una larga pausa, dijo:

–           Nicias… ¡Qué Dios te perdone como yo te perdono los crímenes que cometiste contra mí! Yo te bendigo e imploro de Dios que te bendiga con tu conversión.

Y Bernabé soltó al griego diciendo:

–           ¡Que el Salvador tenga piedad de ti, así como yo ahora!

Prócoro se desplomó en el suelo y miró a todos lados, aterrorizado, sin poder creer lo que está sucediendo.

Lautaro dijo:

–           Vete. Arrepiéntete para que Dios te perdone, como nosotros te hemos perdonado.

Prócoro se levantó sin poder hablar. Se aproximó al lecho de Marco Aurelio. Éste acaba de condenarlo a pesar de haber sido su cómplice. Y los demás, que son los ofendidos, le perdonaron y le dejan ir. Esta idea estará fija en su mente más tarde. Y sin poder asimilar lo sucedido, le dijo a Marco Aurelio con voz quebrantada:

–           Dame la carta, señor…Dame la carta.

Y tomando la carta que el tribuno le alargó, hizo una reverencia a todos. Y salió despavorido.

Cuando se sintió a salvo en la calle, se preguntó una y otra vez:

–           ¿Por qué no me mataron?

Y no encuentra una respuesta a esta pregunta.

Marco Aurelio está tan asombrado como Prócoro. Que esas gentes le hayan tratado de aquella manera, en lugar de tomar venganza por el asalto que él mismo había perpetrado a su hogar. Y le hubieran curado sus heridas con solicitud, es algo que atribuye en parte a la doctrina que todos ahí profesan. Pero la conducta que han tenido con Prócoro, es algo que está totalmente fuera del alcance de su comprensión, porque rebasa los límites de la magnanimidad a que puedan llegar los hombres. Y aturdido se pregunta al pensar en los crímenes que Prócoro había cometido: ¿Por qué no mataron al griego?

Habrían podido hacerlo con absoluta impunidad. Bernabé lo habría enterrado en el jardín. O podía tirarlo por la noche al río Tíber, ya que durante ese período de asesinatos nocturnos, algunos cometidos por el mismo César en persona; el río arroja por las mañanas cuerpos humanos con tanta frecuencia, que nadie se preocupa  por averiguar de dónde proceden.

En su concepto, los cristianos tienen no solo el poder, sino el derecho de matar a Prócoro. Porque la venganza de una ofensa personal y más siendo tan grave como la que recibiera Mauro, le parece no solo natural, sino totalmente justificada. El abandono de tal derecho, le parece totalmente inconcebible. ¡Y no logra entenderlo!

Lautaro había dicho que se debía amar a los enemigos, pero nunca había visto la aplicación de esta teoría que le parece imposible. Y todavía no logra asimilar lo que ha ocurrido. ¡Ni siquiera entregaron al griego al tribunal!

Prócoro le infirió a Mauro el más terrible agravio que un hombre puede hacer a otro. El solo pensamiento de que alguien matase a Alexandra y vendiese a sus hijos como esclavos ¡Le subleva el corazón como una caldera! ¡Él…! ¡No existe tormento que no fuera capaz de aplicar en satisfacción de su venganza! ¡La crucifixión le parece poco! ¡Aunque Prócoro muriese un millón veces, nunca pagaría lo que hizo!

Pero Mauro ha perdonado. Bernabé, que había matado a Atlante en defensa propia; le había perdonado. La única respuesta es:

Los cristianos al abstenerse de matar a Prócoro, le han dado una prueba de bondad tan grande, que no tiene paralelo en el mundo. También han demostrado el amor por sus semejantes que les lleva a olvidarse de sí mismos; de las ofensas recibidas, de su propio bienestar o infortunio. Porque viven solo para su Dios. Y lo más sorprendente es que después de que Prócoro se fue, en todos los semblantes parece resplandecer una íntima alegría. Y hay una paz tan contagiosa, como Marco Aurelio no la había experimentado jamás.

Lautaro se aproximó a Mauro, le puso la mano en el hombro y dijo:

–           Demos gracias al Altísimo, porque Cristo ha triunfado una vez más.

Mauro levantó la cara y sus ojos reflejan una serena bondad. ¡Y su rostro irradia la misma extraña Presencia, que el de Alexandra cuando le permitió quedarse!

Marco Aurelio, que solo conoce el placer o la satisfacción nacidos de la venganza, lo mira con curiosidad; sin poder evitar pensar, que aquello es una locura. Y en lo profundo de su corazón sintió un indignado asombro, cuando vio a Alexandra posar sus labios de reina sobre las manos de aquel hombre. Y le pareció que el orden del mundo está totalmente trastornado.

Lautaro declaró que aquel era un día de grandes victorias.

Y cuando Alexandra regresó a llevarle una bebida caliente, Marco Aurelio la tomó de la mano y le dijo:

–           ¿Entonces tú también me has perdonado a mí?

Alexandra lo miró con compasión y dijo:

–           Somos cristianos y no nos está permitido guardar rencor en nuestro corazón.

Marco Aurelio la miró con una mayor admiración… Y dijo:

–           Alexandra, Quienquiera que sea tu Dios, le rindo homenaje solo porque es tu Dios.

–           Le alabarás desde el fondo de tu corazón, cuando lo conozcas y hayas aprendido a amarle.

Marco Aurelio cerró los ojos, pues se siente demasiado débil. Ella se fue y regresó más tarde para ver si él dormía. Pero al sentirla, Marco Aurelio abrió los ojos y le sonrió.

Alexandra puso su mano sobre su rostro mientras le dice suavemente:

–           Duerme y descansa.

Marco Aurelio experimentó y se dejó dominar por una sensación de dulcísimo bienestar. Pero luego se sintió más penosamente mal.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

17.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO II


EL SUEÑO IMPOSIBLE

Hasta ahora Popea Sabina ha dominado a Nerón en tal forma, que verdaderamente ella es el poder detrás del trono. Pero sabe perfectamente que cuando está de por medio su vanidad de cantante, auriga o poeta, es muy peligroso provocarlo. Y por eso llegó muy pronto.

Ataviada como el César, en traje de color amatista, lleva en su hermoso cuello una fabulosa gargantilla con  esmeraldas. Su actitud es dulce y sus cabellos dorados.

Y aunque es divorciada de dos maridos, tiene en su hermoso rostro, la expresión inocente de una virgen.

Es recibida con aclamaciones de: “¡Divina Augusta!”

Alexandra no había visto jamás una mujer más linda…

Y casi no da crédito a sus ojos, porque sabe que Popea Sabina, es una de las mujeres más viles y peligrosas de la tierra. Fabiola le había contado como a causa de sus intrigas, Nerón asesinó a su propia madre y a su esposa. La conoce por los rasgos de su vida que han referido los huéspedes y los siervos en la casa de Publio. Sabe que las estatuas erigidas en su honor, han sido derribadas por la noche. Y a pesar de los castigos, aparecen inscripciones injuriosas en la muralla, gritándole su vileza.

Y sin embargo, a la vista de la famosa Popea Sabina, considerada por gran parte de los romanos como la encarnación de la maldad y el crimen; a Alexandra le pareció que su rostro era angelical.

Y la admiró en su belleza y en su porte de emperatriz. Al mirarla, le parece casi imposible conciliar lo que ha oído de ella.

Asombrada, exclama:

–           ¡Ah! ¡Marco Aurelio! ¿Es posible?…

Pero él tribuno está alterado, mareado por el vino y muy impaciente por todo lo que ha sucedido y que rompió el encanto de su fascinación, alejándola de él…

Por lo mismo no la deja terminar de hablar y le dice:

–           Sí. Es muy bella. Pero tú eres mil veces más hermosa que ella. Tú misma no lo sabes, ni estás consciente  de ello o ya te hubiera pasado lo mismo que a Narciso…  Ella se baña en leche de burras, pero ni así se puede comparar contigo. Tú no te conoces a ti misma, preciosa mía. Ya no la mires, vuelve a mí tus ojos, tesoro de mi vida. Ven junto a mí y bebe un poco de vino…

Y mientras le habla, se fue acercando siempre más a Alexandra…

Al mismo tiempo que ella se aparta, estrechándose más hacia Actea.

Pero en ese preciso momento, se hizo un silencio total.

Nerón está parado, apoyando sobre la mesa un laúd; con el cual empezó a tocar y a declamar, cantando rítmicamente su propio Himno a Venus.

Ni la voz un tanto aguda ni los versos, son tan malos.

A Alexandra le pareció que el himno también era hermoso y al mismo César que tenía en las sienes su corona de laurel y levantaba su mirada hacia arriba mientras canta, le vio un aspecto más noble y mucho más terrible…

Y no tan repulsivo como al principio de la fiesta.

Cuando terminó el canto, todos contestaron con aplausos estruendosos y gritos de:

–           ¡Oh, divina voz! ¡Glorioso artista!

Lo aclama todo un público enajenado con su ídolo y ruidoso como una colmena.

Esporo lo mira arrobado… (El joven al que tratará como esposa en su viaje a Grecia)

Pitágoras, el joven griego de extraordinaria hermosura, está arrodillado a sus pies… (El mismo con quién después hará que lo casen, ordenando a los sacerdotes que hagan la ceremonia del matrimonio con los rituales completos y con Nerón vestido de novia)

Popea inclina su cabeza de dorados cabellos. Lleva sus labios a la mano de Nerón y la besa en silencio por largo tiempo.

Pero Nerón mira hacia Petronio cuyo elogio espera recibir, antes que el de cualquier otro cortesano…

Petronio comenta:

–           Si se trata de la música, Orfeo debe estar en este momento tan verde de envidia como Marcial y Lucano; que están aquí presentes. Y en cuanto a los versos, lamento que no sean peores; si lo fueran podría encontrar las palabras precisas para hacer su elogio.

Los dos poetas no tomaron a mal el epíteto de envidiosos que les dio Petronio.

Al contrario, le dirigieron a éste una mirada de gratitud y aparentando mal humor, Marcial empezó a murmurar así:

–           ¡Maldito destino que me obliga a ser contemporáneo de semejante poeta! Si no fuera así; Marco Valerio Marcial, podría encontrar un sitio en la memoria de los hombres y en el Parnaso.

Lucano, confirmó:

–           Pero no. Ahora estamos destinados a apagarnos, como una vela ante la luz del sol.

Petronio, que tiene una memoria sorprendente, empezó a repetir extractos del himno y a encomiar y analizar las más bellas expresiones.

Marcial hizo como que se olvidaba de su envidia, ante los encantos de la poesía y unió su éxtasis al de Lucano, aprobando las palabras de Petronio.

En el semblante de Nerón, se refleja una enorme satisfacción y su insondable vanidad con la que está tan engolosinado es tanta, que no se da cuenta que rayan en la estupidez.

Luego les indicó los versos que él considera más hermosos y enseguida consoló a Marcial diciéndole:

–          No pierdas el ánimo, porque cualquiera que sea la condición en que nace un hombre, el homenaje que las gentes rinden a Zeus, excluye el respeto a otras divinidades.- Y no se sonroja al compararse a sí mismo con el rey del Olimpo.

Después de esto se levantó para llevar a Popea a sus habitaciones, pues ella realmente se siente enferma y desea retirarse. Ordena a todos los presentes que ocupen sus lugares y que continúe la fiesta, prometiendo volver.

La suntuosidad de la corte lo llena todo de áureos reflejos y da a los objetos un inusitado esplendor. Igual que a los invitados, felices por estar sentados a la mesa del emperador y ansiosos de acercarse al dispensador de toda merced, riqueza o dominio… Una sola de cuyas miradas puede abatir hasta el suelo o exaltar más allá de toda previsión.

Y en efecto, un rato después regresa, para seguir disfrutando de otros espectáculos que el mismo Petronio o Tigelino, han preparado para el banquete.

En el centro del salón, sobre una plataforma, se presentan dos atletas que van a dar un espectáculo de pugilato.

Cuando empieza la lucha y aquellos poderosos cuerpos lustrosos parecen formar una sola masa, los huesos crujen entre sus brazos de hierro, aprietan las quijadas y rechinan los dientes. También se oyen los rápidos y sordos golpes que dan con los pies, sobre la plataforma cubierta de azafrán. Luego, de repente se quedan inmóviles y silenciosos, como si fueran estatuas de piedra. Enseguida vuelven a trabarse y destrabarse, con increíble habilidad.

Los ojos de los espectadores siguen con verdadero deleite los movimientos de incesante y tremendo esfuerzo, de aquellas espaldas, muslos y brazos. Es como una especie de danza malabarista, grotesca y fascinante a la vez. Pero la lucha no se prolonga demasiado…

Atlante es un maestro, fundador de la escuela de gladiadores que tiene bien fundamentada su fama de ser el hombre más fuerte del imperio.

La respiración de su oponente comienza a ser más agitada. Luego se oye salir de su garganta, algo como un estertor ronco y se le pone cianótico el semblante. Ha empezado a arrojar sangre por la boca y finalmente se desploma.

Una tempestad de aplausos, saludó el desenlace de esta lucha. Y Atlante pone el pie sobre el cuello del cadáver de su adversario. Luego pasea en el salón con el aire y la sonrisa del triunfador, una mirada de absoluta satisfacción. 

Más versos, teatro, danza, canto.

Todo es un escenario creado para expresar con la danza, como si fuera un cuadro con una pintura viva y expresiva, en  la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la vez que impúdico.

Azuzado por Tigelino, Nerón decide probar la lealtad de su consejero favorito.

Totalmente ajeno; Petronio conversa gentil con la joven mujer que apoya su bella cabeza en su hombro derecho, con la intimidad de una amante que se sabe apreciada.  Sylvia está casada con un político que viaja mucho. Es un secreto a voces entre los cortesanos que desde hace varios años sostiene una relación muy estrecha, con el Arbitro de la Elegancia.  El tiempo ha atemperado la pasión del principio y solo ellos conocen lo que hay en su corazón.

Nerón tiene una sonrisa siniestra y con humor perverso dice a Petronio:

–          ¿Tendrías inconveniente querido Petronio, en que Sylvia anime la parte más divertida de nuestra fiesta? –y su rostro tiene una expresión burlona y cruel.

Petronio, que lo conoce demasiado bien, esboza una sonrisa inescrutable y dice con displicencia:

–          Silvia es una mujer libre que siempre hace su voluntad. ¿Quién soy yo para oponerme?

La mujer que descansaba su cabeza en el hombro de Petronio, sonríe gentilmente. Se endereza, hace una ligera inclinación y contesta:

–          Tus deseos son órdenes, majestad.

Nerón la mira complacido y dice con cierto desgano:

–          Quiero que seduzcas a Lucrecia. Aquí.-señala el triclinio vacío que está a un lado.

Por toda respuesta ella inclina más la cabeza; deja su copa sobre la mesa. Se levanta y camina hacia el triclinio donde está Vitelio. Se inclina sobre una mujer joven que está riendo por las gracejadas del intendente de placeres de Nerón.  Lucrecia fue en otro tiempo, íntima amiga y amante de Popea  Sabina.

Mientras la mira fijamente, Silvia toma una de sus manos llena de joyas y atrapándole un dedo entre los dientes, lo mordió con mucho cuidado; saboreándolo luego con toda la boca.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lucrecia que mira sorprendida a Sylvia.

Ésta le ha soltado el dedo y la toma por la nuca con suavidad, acercando su rostro, hasta casi besarla. 

Luego comenzó a hablar con los labios apretados contra los de ella.

–                     Nerón desea realizar con nosotras una fantasía sexual.  Si eres inteligente, será mejor que me correspondas con total abandono.

La vibración de sus palabras contra sus labios, resulta terriblemente erótica…

Lucrecia comprendió.

Abrió la boca y correspondió apasionadamente a la caricia femenina.

Luego poniéndose de pie, sonrió provocativa y recorrió con la mirada desde los pies hasta la cabeza, a la hermosa mujer que la espera.

Tanto vestida como desnuda…  Es una persona fascinante…

Llevó su mano hacia el sedoso cabello rubio de Sylvia y dijo con coquetería:

–           No será ningún sacrificio. Eres perfectamente hermosa querida. Y también deliciosa. –esta última palabra la dijo humedeciendo la comisura de su boca con un gesto sugestivo.

Las dos avanzaron hacia el sitio que Nerón indicara previamente.

Lucrecia es una mujer muy alta y delgada. Tiene unos ojos castaños, muy expresivos y grandes, en un rostro anguloso de facciones bellas y finas; su cabello castaño claro, está peinado y entrelazado con perlas.

Cuando llegan al triclinium, las dos actúan como si estuvieran en la intimidad de un dormitorio.

Se miran mutuamente, valorándose la una a la otra.

Después del escrutinio, les gusta lo que ven y deciden demostrárselo sin palabras.

Se acarician suavemente al principio y con premeditada lentitud.

Silvia le levanta el peplo y quedan al descubierto los senos pequeños y turgentes, que luego son acariciados con gran delicadeza. De pronto Lucrecia, voraz; posó su mano blanca y delicada sobre uno de los senos de Sylvia y juguetea con el pezón, a través de la tela que lo cubre, al tiempo que busca su boca hambrienta… Y se enfrascan en un duelo feroz.

El beso es apasionado y delirante; sus ropas se convierten en un impedimento insoportable. Con dedos temblorosos, ambas sueltan el broche de sus hombros y los peplos caen al suelo. Lo mismo sucede con las faldas…

Y pronto, ambas están desnudas y estrechamente enlazadas una a la otra. Se consumen con un deseo que crece como un incendio y tiene que ser saciado.

Quejidos, gemidos y suspiros, acompañan el desborde de caricias que las suspenden en el aire, excitadas e insatisfechas.

Sus labios se perfilan con leves mordiscos y suaves caricias con la lengua, electrizando todas sus terminaciones nerviosas, hasta que sus cuerpos exigen una satisfacción urgente que sorprende por su frenesí.

Apenas pueden respirar por lo intenso que es el placer.

Se acarician mutuamente con deleite; sorprendidas del poder intoxicante que pueden ejercer una sobre la otra. Sus bocas tiemblan por el erotismo salvaje de sus besos. 

Sus cabezas retumban por el volumen de las sensaciones y sus corazones laten al ritmo de un tambor primitivo. Han olvidado completamente al libidinoso público que las observa.

Aminio Rebio siente una excitación sexual devastadora y su voz truena como un rugido al exclamar:

–           Lucrecia es la única mujer que preserva mi gusto por los hombres.

Estas palabras son sorprendentes en un hombre que siempre ha manifestado abiertamente, su preferencia homosexual.

Y con un salto casi felino, se aproxima a la pareja que parece casi aislada del mundo y solo concentrada en su propio placer.

Con un movimiento ágil, se despoja de la toga y de la túnica. Y se dispone a explicar explícitamente, el porqué de semejante declaración.

Queda totalmente desnudo y con una gran erección.

Se coloca detrás de Lucrecia y la toma por la cintura, elevándola hacia él.

Ella tiene las caderas anchas y las piernas largas y muy bien torneadas. Cuando las poderosas manos masculinas se cierran sobre sus pechos menudos, con los pezones bien erectos ella casi no puede respirar; pues su placer se intensifica y al reconocerlo, apenas murmura:

–          ¡Oh, gatito mío; has venido!

Aminio jadeó contra sus rizos castaños.

Ella levanta ligeramente las caderas y él la penetra por detrás. Lucrecia se arquea contra él, mientras oleadas de calor la invaden y hacen que sus movimientos sean rítmicos; en círculo, frotándose contra el cuerpo masculino, mientras él está dentro de ella. Entonces la lujuria explota en un alocado frenesí y su forma de aferrarla es tan poderosa como posesiva. Y en preciso instante, la mujer comenzó a contraerse interiormente hasta el clímax total… Se retuerce ardiendo de deseo y sus gemidos de placer, braman desde su interior incrementándose siempre más…

Treinta segundos después de penetrarla, ella alcanza el orgasmo.

Él permanece totalmente controlado y la lleva al clímax varias veces sin salir de ella; colmándola y haciéndola estremecerse en un ruidoso alivio. A Lucrecia la ha convertido en una hembra en celo y copula con ella como si fuera un animal salvaje…

 Aquello no tiene nada que ver con el amor...   Es solamente sexo. 

Tigelino, queriendo humillar aún más a Petronio; se acerca al trío y se apodera de la mujer que piensa que es preciosa para su enemigo… Aparta a Sylvia con brusquedad y la acaricia con frenesí, con pasión llena de triunfo.  Ella le sigue el juego y el trío se convierte en cuarteto.

Petronio mira todo aquello con fría calma. Sorprendido con la revelación de sus propios sentimientos, pues no está celoso. Sumido en sus pensamientos, reflexiona en el enorme vacío que siente dentro de sí y en el sabor amargo de los placeres efímeros. Siente un inmenso cansancio y tedio. ¿Qué es lo que le pasa? Tiene todo para ser feliz y sin embargo, le falta el júbilo del verdadero amor. Un dolor lo invade al cuestionarse porqué la felicidad es tan inaccesible.

Y sin comprenderlo totalmente: ¡Cómo anhela sentir un amor tan apasionado y vehemente, como el que manifestó Marco Aurelio, la mañana en que irrumpió en su biblioteca!

Lo que verdaderamente anhela en lo más profundo de su alma es encontrar una mujer que sea al mismo tiempo bellísima como un ensueño y virtuosa como una virgen, para convertirla en reina de su hogar y que ella a su vez lo adore tanto, que le de los hijos que completarían una familia feliz. Pero en este tiempo son perlas rarísimas y comprende que tal vez está soñando con un imposible. Las mujeres así ya no existen.

Un gran quebrantamiento lo envuelve y lo llena de amargura, sin encontrar ningún alivio.

Bebe un sorbo de la copa de vino y piensa: ‘¡Oh! Si tan sólo pudiera llegar a amar, deseando morir por el ser amado…’ -Suspira profundamente.

¡Algo muy similar a la envidia lo estremece, al volver su mirada hacia donde está su sobrino!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA