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17.- PEREGRINA SANTA


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Rompe el alba. Es un hermoso amanecer de verano.

María acompañada por el fiel Juan, sale de la casita del Getsemaní y camina ligera por el olivar silencioso y desierto. Sólo el trinar de los pájaros y el piar de los polluelos en los nidos rompen el gran silencio del lugar.

María se dirige con paso seguro, hacia la roca de la Agonía. Se arrodilla contra ella, pone su beso en los lugares donde algunas estrechas fisuras de la roca muestran todavía huellas de color rojo-óxido, vestigios de la Sangre de Jesús que penetró en las fisuras y allí se coaguló. Las acaricia como si acariciara todavía a su Hijo o a una parte de Él.

Juan detrás de Ella, de pie la observa y llora en silencio. Secándose rápidamente los ojos cuando María hace ademán de levantarse. ¡Con qué gran amor la ayuda!  ¡Con qué veneración y piedad!

Se dirigen luego, bajando hacia la explanada donde fue apresado Jesús.

María pregunta:

–           ¿Es exactamente éste el sitio del beso horrendo e infame que contaminó este lugar más de lo que ensució el Paraíso terrestre el asqueroso coloquio, sucio y corruptor de la serpiente con Eva?

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Juan contesta:

–           Sí, Madre. Aquí fue.

Y también aquí se arrodilla y se agacha para besar la tierra.

Luego se levanta y dice:

–           Pero yo no soy Eva. Yo soy la Mujer del Ave. He trocado las cosas. Eva arrojó al sucio barro lo que era cosa del Cielo…  Yo he aceptado todo: incomprensiones, críticas, sospechas, dolores… ¡Cuántos dolores y de cuántas clases antes del dolor supremo!

Para sacar del sucio barro y levantarlo hacia el Cielo, aquello que Eva y Adán arrojaron a él.  A mí no me ha podido hablar el demonio aunque lo haya intentado, como lo intentó con el Hijo mío para destruir definitivamente el Plan Redentor.

Conmigo no pudo hablar porque cerré los oídos a su voz y los ojos a su vista. Y sobre todo, cerré mi corazón y mi espíritu contra todo asalto de lo que no era santo y puro. Mi corazón limpio sin rasguño alguno, como un diamante purísimo, se abrió sólo al Ángel Anunciador.

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Mis oídos escucharon sólo esa voz espiritual y así he reparado, reedificado aquello que Eva había lesionado y destruido. Soy la Mujer del Ave y del Fiat. He restablecido el orden quebrantado por  Eva. Y ahora puedo borrar y lavar con mis besos, con mis lágrimas, la huella de ese beso maldito y de ese emponzoñamiento, el mayor de todos. Porque no fue obra de un hombre a otro hombre, sino de una criatura hacia su Maestro y Amigo, hacia su Creador y Dios.

Se dirige enseguida hacia el cancel que Juan abre. Salen juntos del Getsemaní y bajan al Cedrón, cruzan el puentecillo y también allí María se arrodilla para besar el rústico balaustre del puente, en el punto en que contra él cayó su Hijo.

María dice:

–           Me es sagrado todo lugar donde Él padeció los supremos dolores y ultrajes. Quisiera tenerlos todos en mi casa. ¡Pero no todo se puede tener!

Suspira. Luego añade:

–           Vámonos ligeros, antes de que empiece a venir la gente.

Y junto con Juan reanuda el camino.

No entra en la ciudad. Bordea el Valle de Hinnón y las cavernas donde viven los leprosos.

Levanta los ojos hacia esos antros de dolor.

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Hace una seña a Juan, quien inmediatamente dispone encima de una piedra unos alimentos que llevaba en una bolsa mientras lanza un grito de llamada.

Algunos leprosos se asoman y se acercan a la piedra. Dan las gracias, pero ninguno pide curación.

María observa esto y dice:

–           Saben que Él ya no está…  Y como están profundamente perturbados por su horrenda Muerte, ya no saben tener fe en Él y en sus discípulos. ¡Dos veces desdichados! ¡Dos veces leprosos! ¿Dos? No, totalmente desdichados, leprosos, muertos. En la Tierra y en el otro mundo.

–           ¿Quieres que intente hablar con ellos, Madre?

–           ¡Es inútil! Ya lo intentaron Pedro, Judas de Alfeo, Simón Zelote… Y se burlaron de ellos. Vino María de Lázaro, que siempre los socorre en memoria de Jesús y también se rieron de ella. También vino Lázaro con José y Nicodemo, para persuadirles de que Él era el Mesías, de que Él lo había resucitado después de cuatro días de sepulcro y de la Resurrección del Hombre Dios por su propio poder.  Testimoniando de la Ascensión de Jesús, para convencerlos de que Él era el Cristo. Fue todo inútil. Respondieron: “Son mentiras. Los que saben la verdad dicen que son mentiras”.

–           Y estos últimos son los fariseos y los sacerdotes. Son ellos los que trabajan para destruir la fe en Él. ¡Estoy seguro de que son ellos!

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Puede ser, Juan. Lo cierto es que los leprosos que no se convirtieron antes, ni siquiera ante los milagros de Jesús, ya no se convertirán. Nunca. Son signo y símbolo de todos los que a lo largo de los siglos, no se convertirán al Cristo y serán por libre voluntad, leprosos de pecado y estarán muertos a la Gracia que es Vida; símbolo de todos aquellos por los que Él inútilmente murió… ¡Y de esa manera!… – Y llora serenamente sin sollozos, pero con un verdadero caudal de lágrimas.

Unas personas vienen y cuando pasan junto a ellos la observan con curiosidad.  María para esconder su llanto se cubre el rostro con su velo.

Juan la toma de un brazo, mientras amorosamente la guía…

Juan le dice:

–           No pueden tu llanto, tus plegarias, tu… Vuestro amor por todos los hombres…  Vuestro, porque tu amor es perfectamente activo junto con el de Jesús glorioso en el Cielo. Vuestro dolor: el tuyo, por la sordera de los hombres. El de Él, por la obstinación de demasiados en pecar, no pueden quedar sin fruto.

¡Mantén la esperanza, Madre! Mucho dolor te han dado y te darán todavía los hombres, pero también amor y alegría. ¿Quién no te querrá cuando sepa de ti? Ahora estás aquí ignorada por el mundo, desconocida. Pero cuando la Tierra sepa, porque se haya convertido cristiana, ¡Cuánto amor recibirás! Estoy seguro de ello, Madre santa.

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Ya está cerca el Gólgota y más cerca todavía el huerto de José. Llegan a éste, pero María no entra. Va primero al Gólgota. Y en los puntos que presenciaron especiales episodios durante la Pasión: en los lugares de las caídas, del encuentro con Nique y con Ella misma, se arrodilla y besa el suelo.

Llegada a la cima, sus besos se hacen más numerosos en el lugar de la Crucifixión. Besos y lágrimas. Los primeros casi convulsos, las lágrimas serenas pero cuantiosas como cerrada lluvia; caen en la tierra amarillenta y la mojan, haciendo más nítido su color amarilloso.

Una plantita ha nacido justo donde la tierra fue removida para hincar la Cruz; una humilde plantita de jardín, con hojas en forma de corazón y florecillas rojas como rubíes.

María la mira, piensa.  Luego la saca delicadamente del suelo, junto con un poco de tierra y la pone en su manto.

Y dice a Juan:

–           La pondré en una maceta. Parece sangre de Él y ha nacido en la tierra que Ella enrojeció. Debe ser de una semilla traída sin duda, por el torbellino de aquel día que cayó aquí y echó raíces en la tierra fecundada por esa Sangre. ¡Ah! ¡Si esto sucediera con todas las almas! ¿Por qué la mayor parte de ellas es más reticente que la árida y maldita tierra del Gólgota, lugar de suplicio para ladrones y homicidas? ¡Oh! ¿Maldita? No. Él ha santificado esta tierra.

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Los que están bajo la maldición de Dios son aquellos que hicieron de este collado el lugar del más horrendo, injusto, sacrílego delito que jamás tendrá la Tierra.

Ahora los sollozos se unen a las lágrimas.

Juan le pone la mano sobre la espalda, para hacerle sentir todo su amor y amorosamente la persuade para de deje ese lugar demasiado doloroso para Ella.

Bajan la colina y entran en el huerto de José.

Se ve la entrada del sepulcro, porque la redonda y enorme piedra que lo sella está tirada entre la hierba. El interior está vacío. No se ve huella alguna de que haya sido depositado ahí el cadáver, ni de la Resurrección. Parece un sepulcro nunca usado.

María besa la piedra de la Unción, acaricia con la mirada las paredes.

Luego solicita de Juan:

–           Repíteme otra vez cómo encontraste las cosas aquí, cuando con Pedro viniste a este lugar durante el alba de la Resurrección.

Juan vuelve a describir moviéndose a un lado o a otro, saliendo del Sepulcro y entrando en él; mostrando cómo estaban las cosas… Y qué hicieron él y Pedro…

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Y concluye:

–           Hubiéramos debido retirar los lienzos. Pero estábamos tan impresionados por  los acontecimientos de esos días, que no recapacitamos. Cuando volvimos aquí, ya no estaban.

María le interrumpe llorando:

–           Los tomarían los del Templo para profanarlos. Tampoco María Magdalena pensó que convenía retirarlos para dármelos. Ella también estaba demasiado turbada.

Juan contesta:

–           ¿El Templo? No. Pienso que quizás los guardaría José.

–           Me lo habría dicho… ¡Oh, para un último desprecio los habrán tomado los enemigos de Jesús! – gime María.

–           No llores, no sufras ya más. Jesús ya está en la gloria, en el amor perfecto e infinito. El odio y los desprecios ya no le pueden alcanzar.

–           Es verdad. Pero esos lienzos…

–           Te causarían dolor, como te lo causa el primer lienzo, que no te atreves a extender porque además de los vestigios de su Sangre contiene también los de las inmundicias que arrojaron contra su Cuerpo Santísimo.

–           Ése, sí. Pero estos no: absorbieron todo lo que rezumó de É1 cuando ya no sufría… ¡Oh, no puedes comprender!

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Comprendo, Madre. Pero no creía que tú, que sin duda no estás separada de Dios como nosotros y menos aún como los que simplemente creen en Él, sintieras tan fuerte la necesidad de tener algo de Él como Hombre torturado. Perdona mi necedad. Ven… Volveremos otras veces. Ahora vámonos, porque el sol sube cada vez es más fuerte y el camino es duro y largo para nosotros, que tenemos que evitar la ciudad.

Salen del Sepulcro y del huerto. Regresan por el mismo camino recorrido para ir allí y tornan al Getsemaní.

María camina ligera y silenciosa, envuelta en su manto. Tiene sólo una reacción de asco y horror cuando pasa cerca del olivo donde se ahorcó Judas y cerca de la casa de campo de Caifás…

Y murmura:

–           Aquí realizó su condenación de impenitente desesperado. Y allá perpetró la infame transacción.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

109.- EL PRÍNCIPE DE PAZ


El grupo apostólico sigue su camino por campos arados y huertos. En un recodo, encuentran a unos escribas y éstos saludan a Jesús:

–                       La paz sea contigo, Maestro. Te hemos esperado aquí, para… venerarte.

Jesús responde:

–                       No es verdad. Para estar seguros de que no había alguna trampa. Hicisteis bien. convenceos de que no he tenido modo alguno de ver a la mujer, ni a ninguno de los que están con ella. Vuestro corazón fomenta ciertas condiciones que queréis que acepte, cuando me encuentre con esa mujer y de antemano os digo que las acepto.

–                       Pero… Si no las conoces…

–                       ¿No es verdad que me las queréis imponer?

–                       Lo es.

–                       Así como conozco vuestra intención, así también sé lo que me diréis. Y os aseguro que acepto lo que queréis proponerme, porque servirá para dar gloria a la Verdad. Hablad.

–                       ¿Sabes cómo están las cosas?

–                       Sé que a la mujer se le tiene por endemoniada y que ningún exorcista ha podido arrojarle el demonio.

–                       ¿Puedes jurar que jamás la has visto?

–                       El justo no jura porque tiene el derecho de que se le crea por su palabra. Yo os digo que jamás la he visto. Y que jamás he pasado por su poblado, cosa que todos pueden confirmar.

–                       Y con todo, ella pretende conocer tu rostro y tu voz.

–                       De hecho, su alma me conoce por voluntad de Dios.

–                       Tú dices que por voluntad de Dios. ¿Pero cómo puedes asegurarlo?

–                       Se me ha dicho que pronuncia palabras inspiradas.

–                       También el Demonio habla de Dios.

–                       Pero con errores mezclados a propósito, para extraviar a los hombres y conducirles a que piensen erróneamente.

–                       Pues bien… Nosotros queremos que nos permitas someter a la mujer a una prueba.

–                       ¿De qué modo?

–                       ¿De veras no la conoces?

–                       Os lo he asegurado.

–                       Entonces mira. Enviaremos delante de Ti, alguien que vaya gritando: ‘Aquí está el Señor’ y veremos si saluda al que vaya con él, como si fueses Tú.

–                       ¡Pobre mujer! Acepto. Escoged de entre quienes me acompañan a quienes queráis que nos precedan. Os seguiré con otros. Más si hablare la deberéis dejar, para que Yo juzgue sus palabras.

–                       Es claro. Pacto es pacto. Y lo mantendremos lealmente.

–                       Que así sea y que sirva para llamaros al corazón.

–                       Maestro, no todos somos enemigos tuyos. Algunos de nosotros estamos realmente a la expectativa… Y tenemos el deseo sincero de conocer la verdad para seguirte.

–                       Es cierto. Y Dios los ama.

Los escribas ven atentamente a los apóstoles. Escogen a Judas Tadeo y a Juan.

–                       Nosotros vamos adelante con éstos. Tú te quedas con nuestros compañeros y los tuyos. Después de un poco de tiempo, nos seguiréis.

Y así lo hacen.

Se ven los bosques a lo largo del río y a unas personas que esperan en un lindero del bosque.

Los escribas que se adelantaron gritan:

–                       ¡Ved! ¡Ved que ha llegado el Mesías! ¡Levantaos y venid a su encuentro!

Y se desvían hacia un gigantesco roble, cuyas raíces han salido afuera y sirven de asiento a quienes se acercan a él.

El grupo de personas que había, sale al encuentro de los que vienen. Junto al tronco se quedan solo los tres escribas, un hombre y una mujer ancianos; además de otra mujer sentada sobre una gran raíz, con la espalda recargada contra el tronco.

Tiene la cabeza inclinada sobre las rodillas, con las manos juntas. La cubre un velo de color morado tan fuerte, que se ve casi negro; parece no poner atención a lo que la rodea. No se mueve ni con el griterío.

Un escriba le toca la espalda y le dice:

–                       Sabea, el Maestro está aquí. Levántate y salúdalo.

Ella no responde. No se mueve.

Los tres escribas se miran irónicos. Y hacen una señal de inteligencia a los que se acercan. Y como los que estaban a la espera, al no ver a Jesús, se han callado; ellos y sus compinches gritan con toda la fuerza de sus pulmones, para que la mujer no se dé cuenta del engaño.

Un escriba dice a anciana que está junto a ella:

–                       Mujer. Al menos tú saluda al Maestro y di a tu hija que lo haga.

La mujer se postra junto a su marido, delante de Tadeo.

Y luego, incorporándose dice a su hija:

–                       Sabea. Tu Señor está aquí. Venéralo.

La joven no se mueve.

La sonrisa irónica de los escribas se acentúa y uno flaco y narigudo, dice con voz nasal:

–                       No te esperabas esta prueba, ¿Verdad? Tu corazón tiene miedo. Comprendes que tu fama de profetiza está en peligro y no te atreves… Creo que esto es  suficiente para declararte mentirosa…

La mujer levanta su cabeza.

Se echa para atrás el velo y mira con ojos agrandados, mientras dice:

–                       No miento, escriba. No tengo miedo porque estoy en la verdad. ¿En dónde está el Señor?

–                       ¡Cómo! ¿Dices que lo conoces y no lo estás viendo? Lo tienes delante de ti.

–                       Ninguno de éstos es el Señor. Por eso no me he movido. Ninguno de estos.

–                       ¿Ninguno de éstos? ¿Cómo? ¿Ese Galileo rubio no es el Señor? Yo no lo conozco pero sé que es rubio y con ojos azules.

–                       No es el Señor.

–                       Entonces ese alto y majestuoso. Mira la fisonomía de rey que tiene. Es él sin duda.

–                       No. Entre ellos no está el Señor.

Y la mujer baja su cabeza y sigue en la misma actitud de antes.

Pasa un poco de tiempo y después se ve que Jesús se acerca.

Los escribas han hecho señal a la poca gente, para que guarde silencio. Y por eso nadie lanza un hosanna a su llegada.

Jesús viene entre Pedro y Santiago. Camina despacio. La tupida hierba absorbe sus pasos.

Mientras la anciana se seca unas lágrimas con su velo, un escriba la molesta diciendo:

–                       Vuestra hija está loca y es una mentirosa.

Mientras su padre suspira y también la reprocha, Jesús llega a los límites del sendero y también se detiene.

La joven, que no ha podido ver ni oír nada; se pone de pie. Echa para atrás su velo y se descubre casi toda la cabeza.

Extiende los brazos con un fuerte grito y proclama:

–                       ¡Ved que viene ahí, mi Señor! ¡Él es el Mesías! ¡Oh, vosotros que me habéis querido engañar y humillar! ¡Veo sobre Él la Luz de Dios que me lo señala y lo honro!

Y se postra en tierra a unos dos metros de Jesús, diciendo:

–                       Te saludo, ¡Oh, Rey de los Pueblos! ¡Oh, Admirable! ¡Oh, Príncipe de la Paz!¡Padre de los Siglos que no conocen fin! ¡Jefe del Nuevo pueblo de Dios!

Luego se levanta y se queda de pie, contra el tronco del roble. Es alta y hermosa. Su cabello negro como el ébano, es una brillante guirnalda de ónix, alrededor de una cabeza majestuosa.

Su túnica de color marfil, revela una figura esbelta. Tiene unos treinta años y una cara muy bella, que mira en silencio al Maestro y sacude la cabeza…

Cuando los escribas le dicen:

–                       Te has equivocado, Sabea. Él no es el Mesías; sino el que viste antes y no reconociste.

Ella niega con severidad y mira fijamente a Jesús. Con su semblante lleno de estupor y de alegría. De triunfo, de amor, de éxtasis, de adoración…

Jesús la mira un poco triste.

En voz baja le dice un escriba:

–                       ¿Ves que es una loca?

Jesús no le rebate. Está de pié con su mano izquierda que le pende a un lado y con la derecha se sostiene el manto, recogido sobre el pecho. Mira y calla.

La mujer extiende sus brazos y parece una gigantesca mariposa de alas moradas y cuerpo de marfil.

Y un grito potente sale de sus labios:

–                       ¡Oh, Adonaí, Tú eres Grande! ¡Sólo tú eres Grande! ¡Oh! ¡Adonaí! Eres grande en el Cielo; en la Tierra; en el Tiempo; en los siglos de los siglos y más allá del Tiempo; por siempre y para siempre, ¡Oh, Señor; Hijo del Señor! Bajo tus pies están tus enemigos. Y tú Trono mantiene el amor de los que te aman.

La voz aumenta en intensidad, en firmeza y fuerza; mientras sus ojos se separan de Jesús y miran en un punto lejano, sobre las cabezas de los que la rodean.

Después de una pausa, torna a hablar:

–                       El Tono de mi Señor está adornado con las doce piedras, de las doce tribus de los justos. En la gran perla que es el trono, el blanco, el precioso y resplandeciente Trono del Santísimo Cordero; están engastados topacios con amatistas, esmeraldas con zafiros, rubíes con sardónices; ágatas; crisolitos con aguamarinas, ónices, jaspes, ópalos.

Los que creen. Los que esperan; los que aman; los que se arrepienten; los que viven y mueren en la justicia; los que sufren; los que dejan el error por la Verdad; los que siendo duros de corazón, se han hecho mansos por su Nombre; los inocentes; los arrepentidos; los que se despojan de toda cosa, para poder fácilmente seguir al Señor. Los vírgenes cuyo espíritu resplandece cual luz semejante al de un alba del Cielo de Dios… ¡Gloria al Señor! ¡Gloria a Adonaí! ¡Gloria al Rey sentado sobre su Trono!

Su voz parece el toque de una trompeta. La gente se sacude. La mujer parece que ve realmente lo que está describiendo. Y con su mirada extática puede ver la Gloria Celestial. Descansa sin cambiar de actitud.

Su cara palidece y sus ojos se hacen más brillantes. Vuelve a hablar, bajando su mirada sobre Jesús que la escucha atento; rodeado de escribas que mueven la cabeza escépticos; burlones.

Y de los apóstoles y seguidores que están pálidos, presas de sacra emoción.

Prosigue extática y el tono de su voz es menos alto:

–                       ¡Veo! ¡Veo en el Hombre lo que se oculta en el Hombre! Pero mis rodillas se doblan ante el Santo de los santos oculto en el Hombre.

De repente su voz cambia de tono y se hace imperiosa; cual si fuera una orden:

–                       ¡Mira a tu Rey! ¡Oh, Pueblo de Dios! ¡Conoces su Rostro! ¡La belleza de Dios está delante de ti! La Sabiduría de Dios ha tomado una boca para instruirte. Ya no son los Profetas, ¡Oh, Pueblo de Israel! Los que te hablan del Inefable. ¡Es Él Mismo!

El que conoce el Misterio que Es Dios, que te habla de Dios. El que conoce el Pensamiento de Dios, que te acerca a su pecho. ¡Oh, Pueblo Infantil después de tantos siglos! Y te alimenta con la leche de la Sabiduría de Dios para que te hagas adulto. Para obtenerlo se encarnó en un vientre… En el vientre de una mujer de Israel. Más grande que cualquier otra mujer, ante la Presencia de Dios y de los hombres. Ella arrebató el Corazón de Dios, con sus palpitaciones de paloma. La hermosura de su espíritu, sedujo al Altísimo y Él la hizo su Trono.

María de Aarón pecó porque en ella existía el pecado. Débora dictó lo que tenía que hacerse, pero no lo realizó. Yael fue fuerte, pero ensució sus manos con sangre. Judith era justa, tenía al Señor; Dios estaba en sus palabras y le permitió que realizara su propósito; para que Israel se salvase. Más por amor a su patria, empleó una astucia homicida.

La Mujer que lo engendró a Él, sobrepuja a todas estas mujeres, porque es la esclava perfecta de Dios y le sirve sin pecar. Toda Pura, Inocente y Bella. Es el hermoso astro de Dios, desde que sale hasta que se pone. Toda bella, resplandeciente y pura; para ser Estrella y Luna. Luz para los hombres, para que encuentren al Señor.

No precede ni sigue al Arca Santa, como María de Aarón; porque Ella es el Arca Misma.

Sobre la turbia ola de la Tierra cubierta con el diluvio de las culpas, Ella camina y salva. Porque quién se acerca a Ella, encuentra al Señor. Paloma sin mancha, vuela y trae la rama de olivo; olivo de paz a los hombres; porque Ella es la Oliva sin igual.

Está callada, pero con su silencio habla. Y hace más que Débora, que Yael; que Judith. No aconseja a la guerra, ni incita a matar. Ni derrama sangre, fuera de la Inigualable suya, con la que fue hecho su Hijo. ¡Desgraciada Madre! ¡Sublime Madre!…

Judith tenía al Señor, pero había vivido con un hombre. Ésta ha dado al Altísimo, su Flor Inviolable. Y el Fuego de Dios bajó al cáliz del Lirio suave. Y un seno de Mujer ha encerrado a la Potencia; a la Sabiduría y al Amor de Dios. ¡Gloria a la Mujer! ¡Cantadle alabanzas, ¡Oh! mujeres de Israel!

La mujer se calla.

Los escribas dicen:

–                       ¡Está loca! ¡Está loca! ¡Hazla callar! Es una posesa. Obliga al espíritu que la posee a que se vaya.

Jesús responde:

–                       No puedo. No es más que el Espíritu de Dios y Dios no se arroja a Sí Mismo.

–                       No lo haces porque ella te alaba y ha alabado a tu Madre; lo que estimula tu orgullo.

–                       Escriba, piensa lo que sabes de Mí y verás que Yo no conozco el orgullo.

–                       Y sin embargo solo un demonio puede hablar en ella; para hacer que celebre de este modo a una mujer… ¡La Mujer! ¿Y qué es en Israel y para Israel, la mujer? ¿Qué otra cosa, sino pecado a los ojos de Dios? ¡Seducida y seductora!…

Otro escriba agrega:

–                       Si no creyésemos, costaría trabajo creer que en la mujer haya un alma. Le está prohibido acercarse al Santo de los santos, por su inmundicia. Y ésta dice que Dios ha elegido a Ella…

Los escribas están escandalizados y hacen coro.

Jesús responde sin mirar a nadie, como si hablase consigo Mismo:

–                       Está escrito: “La mujer aplastará la cabeza de la serpiente… La Virgen concebirá y dará a luz a un Niño que será llamado Emmanuel… Un retoño saldrá de la raíz de Jesé. Una flor nacerá de esta raíz y sobre ella, reposará el Espíritu del Señor.”Esta Mujer. Mi Madre, escriba. Por honra propia de tu saber, recuerda y comprende la Palabra de los Libros Sagrados.

Los escribas no encuentran palabras con qué responder. Miles de veces han leído estas palabras y las han tomado por verdaderas. ¿Pueden ahora negar su valor? Mejor se callan.

Alguien prende una hoguera, porque se siente el frío cerca de la ribera, donde sopla el aire del Crepúsculo.

La luz del fuego parece sacudir a la mujer que había callado y se estremece.

Mira de nuevo a Jesús y con voz estentórea grita:

–                       ¡Adonaí! ¡Adonaí! ¡Tú eres Grande! ¡Cantemos al Divino un cántico nuevo! ¡Shalem! ¡Shalem! ¡Melquic!… ¡Paz! ¡Paz! ¡Oh, Rey a Quién nadie resiste!

La mujer se calla de pronto.

Y por primera vez recorre con sus ojos a los que rodean a Jesús. Mira a los escribas y comienza a llorar. Su cara se llena de tristeza y carece de resplandor.

Habla lentamente y con profundo dolor:

–                       ¡No! ¡Ay de quién se te opone! No estoy ahora en los verdes bosques de Betlequi; viuda virgen que encuentra en el Señor su única paz. Conciudadanos: temamos al Señor, porque ha llegado la hora de estar prontos a responder a su llamada. Hagamos que la vestidura de nuestro corazón esté limpia para no ser indignos  de su Presencia.

Ciñámonos de fuerza; porque la Hora del Mesías es Hora de Prueba. Purifiquémonos como hostias para el altar, para que Él que lo mandó, nos acepte. Quién es bueno, hágase mejor. Quién es soberbio, hágase humilde. Quién es lujurioso, castigue su cuerpo, para poder seguir al Cordero. Que el avaro se haga bienhechor; porque Dios nos beneficia en su Mesías. Y que cada uno practique la justicia, para poder pertenecer al Pueblo del Bendito que llega.

Ahora hablo ante Él. Ante quien cree en Él y ante quien no cree y se burla del Santo. Y de los que hablan y creen en su Nombre y en Él. Pero no tengo miedo. Decís que estoy loca. Decís que en mí, habla un demonio. Sé que podríais hacerme lapidar por blasfema. Sé que lo que voy a decir os parecerá un insulto, una blasfemia y me odiaréis. Más no importa. Tal vez soy una de las últimas voces que hablan de Él, antes de su manifestación.

Tendré tal vez la misma suerte que otras muchas voces. Pero no temo. Largo es el destierro en el frío y en la soledad de la tierra; para que el que piensa en el Seno de Abraham ; en el Reino de Dios que nos abre el Mesías, más santo que el Santo Seno de Abraham.

Sabea del Carmelo de la estirpe de Aarón, no le teme a la muerte. Teme al Señor y habla cuando Él la hace hablar y así encontraría su voluntad para hacer la Voluntad de Dios. Dice la Verdad porque habla de Dios con las palabras que Dios le da.

No temo a la muerte. Aun cuando me llaméis demonio y me lapidéis por blasfema. Aun cuando mis padres y mis hermanos mueran por esta deshonra, no temblaré de miedo, ni de compasión. Sé que el demonio no habla en mí, porque apaga toda concupiscencia y toda Betlequi lo sabe.

Sé que las piedras no harían sino apagar por un instante, el respiro de mi canto. Pero después se le dará uno mucho más sublime, en la libertad del más allá. Sé que Dios consolará el dolor de los de mi sangre. Y su dolor será breve. Pero será eterna la alegría de los padres mártires, de una mártir. No temo que me matéis. Pero sí temo a la muerte que me vendría de Dios, si yo no lo obedeciera. Y hablo y digo lo que Él me ordena que diga.

De lo alto llega a mí una voz que dentro de mi corazón grita y dice: “El antiguo pueblo de Dios, no puede cantar el nuevo cántico; porque no ama a su Salvador. Los salvados de todas las naciones cantarán el cántico nuevo. Los del Pueblo Nuevo del Mesías, Señor. No los que odian a mi Verbo…”

Para desgracia de los funcionarios del Templo de Jerusalén, Sabea del Carmelo no ha terminado…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

EL DRAMA EN EL GETSEMANI I


 “Después, Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar les dijo: ‘Oren para que no caigan en tentación.’ Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra y doblando las rodillas oraba con estas palabras: ‘Padre, si quieres aparta de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.’ (Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo) Después de orar se levantó y fue hacia donde estaban los discípulos.  Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. Le dijo: ‘¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no caigan en tentación.’ Todavía estaba hablando cuando llegó un grupo encabezado por Judas, uno de los Doce. Como se acercara a Jesús para darle un beso, Jesús le dijo: ‘Judas, ¿Con un beso traicionas al Hijo del hombre?’ (Lucas 22, 39-48)

LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS

(El Poema del Hombre-Dios) (6 de Julio de 1944)

Dice Jesús:

 Cuando revelé el conocimiento de mi tormento del Getsemaní dije que no sería entendido y se convertiría en escándalo; porque la gente no admite al Demonio. Y quienes lo admiten, no aceptan que el Demonio haya podido vejar el alma de Cristo hasta el punto de hacerle sudar sangre… 

Aquí verás la verdadera Agonía de tu Señor. Todo el cúmulo de desolaciones que me abatió aquella noche y que nadie intuyó, que nadie comprendió salvo mi Madre y mi Ángel.

Mi sufrimiento y mi abatimiento eran tan intensos que se convirtieron en una agonía en aumento, hasta llegar el momento en que sudé sangre; por el tremendo esfuerzo que hice para vencerme y resistir el peso que se me había impuesto. 

(Describe María Valtorta)

Todo el grupo se reúne.

Y Jesús, que está sumamente afligido dice:

–           Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar. Quiero conmigo a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y si os vierais en grave apuro, llamad. Y no temáis. No os tocarán ni un cabello. Orad por mí. Deponed el odio y el miedo. Será sólo un momento… Luego el júbilo será completo. Sonreíd. Que lleve Yo en mi corazón vuestras sonrisas. Y, una vez más, gracias por todo, amigos. Adiós. Que el Señor no os abandone…

Jesús empieza a caminar  y se separa de los apóstoles.

Simón Zelote enciende una hoguera en el extremo del olivar con unas ramas secas y resinosas que arden crujiendo y expanden su olor a enebro. Pedro le pide la antorcha y se va siguiendo a su Maestro, acompañado de Juan y de Santiago.

Judas Tadeo mira a su primo con una mirada tan intensa y doliente, que Jesús se vuelve para  buscar al que lo ha mirado. Pero Tadeo se esconde rápido detrás de Bartolomé y se muerde los labios para contenerse.

Jesús hace un gesto con la mano, que es a la vez una bendición y una despedida y luego prosigue su camino. La Luna llena está ya muy alta, envuelve con su luz la alta figura de Jesús y parece hacerla más alta todavía, espiritualizándola; haciendo más clara la túnica roja y más pálido el oro de sus cabellos.

Detrás de Él, aceleran el paso Pedro -con la antorcha- y los dos hijos de Zebedeo.

Prosiguen hasta el límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, que tiene unas pequeñas terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Luego de subir casi hasta la mitad del monte, Jesús se detiene en un pequeño terraplén formado por los accidentes del terreno y rodeado por un tupido bosquecillo. Mira a su grupo apostólico y enseguida…

Jesús dice:

–           Deteneos, esperadme aquí mientras oro. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad: ¡Orad! Vuestro Maestro está muy abatido.

En efecto, su decaimiento es ya muy profundo. Parece que un gran peso lo oprimiera y ha desaparecido el Jesús vigoroso que hablaba a las multitudes: hermoso, fuerte, de mirada dominadora, sonrisa serena, voz sonora y bellísima.

La congoja que lo abruma, ha obrado un cambio muy notorio: es como uno que hubiera corrido o llorado mucho. Tiene la voz cansada, entrecortada. Está triste, muy triste, infinitamente triste…

Pedro responde por los tres:

–          Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y estaremos en oración. Sólo tienes que llamarnos e iremos. – y los tres se apresuran a recoger unas ramas con qué encender una hoguera para combatir el frío y que los mantenga despiertos.

Jesús camina, dándoles la espalda y de frente a la luz de la luna que ilumina en su cara, un tremendo  sufrimiento que dilata aún más sus ojos, marcándole profundas ojeras y su expresión refleja un cansancio tan grande que lo hace subir cabizbajo, suspirando y jadeando, como si le costara un gran esfuerzo, todo movimiento.  Está triste, muy triste, infinitamente triste…

“OREN PARA QUE NO CAIGAN EN TENTACIÓN”

Fue lo que dije a mis discípulos en aquella noche del Jueves Santo, poco antes de mi aprehensión.  Fue lo que Yo hice… Para resistir en la terrible prueba de la Hora que se aproximaba. Estaba abatido por la tristeza. Como un hombre que ha sido herido de muerte y que siente que la vida se le escapa, como a alguien que está oprimido por un trauma psíquico superior a sus fuerzas. Yo Soy el Hijo de Dios Altísimo; pero también Soy el Hijo del Hombre.

Y en este momento mi Divinidad estaba aniquilada, por el Amor y la Obediencia.

Era solamente el hombre a quien Dios, NO ayudaba más.

Mis ojos habían leído en el corazón de Judas Iscariote.

Judas era doble, astuto, ambicioso, lujurioso, ladrón, inteligente. Su apariencia siempre intachable y muy elegante.

También era más culto que los demás y había logrado imponerse a todos.

Era un hombre  tan  audaz, que me allanaba el camino más difícil.

Y mi alma agonizaba por el doble esfuerzo que tenía que hacer, al tratar de vencer los dos más grandes dolores que un hombre pueda soportar:

 La despedida de una Madre sin igual y la proximidad del Amigo Infiel…

Dos heridas que me taladraban el corazón, una con su Llanto y otra con su Odio.

Judas amaba desenfrenadamente tres cosas: el dinero, las mujeres y el poder.

Creyó en Mí como Mesías, pero al sentirse defraudado en lo que esperaba: ser el ministro de un poderoso rey terrenal; volcó sobre Mí todo su odio y lo único que deseó fue vengarse. 

Por eso me traicionó.

Tuve que compartir el pan con mi Caín y sonreírle como a un amigo, para que los demás no se diesen cuenta y así evitar un crimen.

De vez en cuando, su mirada tristísima, recorre el plácido olivar y sigue subiendo por la ladera del monte, recorriendo un sendero conocido,  hasta una voluminosa piedra, rodeada de olivos.

Jesús se detiene allí. Dándole la espalda a la ciudad de Jerusalén que aparece abajo, toda blanca  y reluciente, bajo la claridad lunar. Y ora con los brazos abiertos en cruz, alzada la cara hacia el cielo. Es una larga, ardiente oración.

De vez en cuando, un suspiro y algunas palabras más nítidas, brotadas desde lo más profundo de su corazón, en una alocución íntima con su Padre:

–           «Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… Yo ya no soy de la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Verbo… Que el Hombre te aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Lo que Tú quieras… Para ellos te pido piedad. ¿Los salvaré? Esto te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del demonio… ¿Puedo pedir aún? Es una petición justa, Padre mío. No para mí. Para el hombre, que es creación tuya y que quiso transformar en barro también su alma. Yo echo en mi dolor y en mi Sangre ese barro, para que vuelva a ser esa incorruptible esencia del espíritu grato a ti… Y está por todas partes. Él es rey esta noche. En el palacio y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él y mañana será un infierno…

Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira detenidamente a Jerusalén…

Su cara va tomando una expresión increíblemente, todavía más triste…

Susurra:

–          Parece de nieve… y es toda ella un pecado. ¡A cuántos he curado también en ella! ¡Cuánto he hablado!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?…

Jesús agacha la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta y brillante por el rocío. Está llorando… Y sus lágrimas brillan como pequeños diamantes, mientras caen  al suelo.  Luego levanta la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza. Y las mueve manteniéndolas unidas.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Fue cuando me sentí solo, desamparado y totalmente indefenso…

`Todos me han traicionado, todos me han abandonado y el Padre Dios, no viene en mi ayuda.’

 Era la Hora de las Tinieblas

Y AL ALEJARSE EL PADRE, LLEGÓ SATANÁS

Había venido al Principio de mi Misión para que no la realizase y ahora regresaba.

Judas tenía a Lucifer y Yo lo tenía cerca; él en el corazón, y Yo a mi lado.

Fuimos los dos personajes principales de la Tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros.

Después que empujó a Judas hasta el punto sin retorno, se volvió contra Mí…

De una manera vívida y cruel, me presentó todos los tormentos y torturas que iba a sufrir por manos de los hombres y trató de convencerme de que mi sufrimiento era inútil, por la ingratitud e incredulidad humanas.

No existió Dolor más grande; más absoluto que el mío.

Era Yo una sola cosa con el Padre. Me amaba y lo amaba, como sólo el Dios que es Amor,  puede amar.

Las víctimas expiatorias han probado el rigor de Dios.

Después viene la gloria, pero sólo después de que la Justicia se ha aplacado.

También Yo sentí cómo la severidad de mi Padre aumentaba de hora en hora y supe lo que se sufre, cuando Dios lo abandona a uno.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Ya había sido tentado en el desierto. Una leve tentación porque entonces tenía tan solo la debilidad del alimento material. Ahora estaba hambriento de alimento espiritual y hambriento de alimento moral, y no había pan para mi espíritu ni pan para mi corazón. Ya no había Dios para mi espíritu. No había afectos para mi corazón.

Y he aquí entonces, sutil como un cuchillo de viento, penetrante como aguijón de avispa, irritante como veneno de culebra:

la voz de Lucifer.

Una flauta que suena en sordina, tan tenue; tan tenue que no suscita nuestra vigilante atención. Penetra con la seducción de su mágica armonía, nos hace dormitar, parece un consuelo, tiene el aspecto de consuelo sobrenatural.

¡Oh Engañador eterno, qué sutil eres! El yo sólo pide ayuda. Y parece que aquel sonido le ayude. Palabras de compasión y de comprensión, dulces como caricias sobre una frente febril, calmantes como ungüento sobre una quemadura, que aturden como el vino generoso dado a quien está en ayunas. El alma cansada se adormece.

Si no estuviera tan vigilante con su subconsciente, que vela tan sólo en aquellos que se nutren de la constante unión al Amor, acabaría cayendo en un letargo que la dejaría totalmente en las manos de Satanás, en un sueño hipnótico durante el cual Lucifer le haría cometer cualquier acción. Pero el alma que se ha nutrido constantemente del Amor no pierde la integridad de su subconsciente ni siquiera en la hora en que los hombres y Dios parece que se unan para enloquecerla. Y el subconsciente despierta al alma. Le grita: “Actúa. Levántate. Satanás está detrás de ti”.

La vida es amada por las honestas satisfacciones que proporciona.

Tener un amigo sincero, es como tener un compañero en el camino. Caminar solos es demasiado triste. Cuando Dios elige para la soledad de víctima a un alma, Él se hace su compañero, porque solos no se puede estar sin capitular.

Luego prosigue en su oración y meditación.  Y de pronto lo agita una pavorosa angustia; porque para evitarla se levanta  y  camina apresurado de un lado para otro,  susurrando palabras  casi incoherentes; alzando la cara, bajándola de nuevo, gesticulando, pasándose las manos por los ojos, las mejillas, el pelo, con mecánicos y agitados movimientos, propios de quien está sumido en una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia.

Gesticula hacia Jerusalén. Luego vuelve a alzar los brazos hacia el cielo como para invocar ayuda.

Se quita el manto como si tuviera calor. Lo mira… Pero ¿Qué es lo que ve?

Ahora surgía el miedo de perder la vida. ¡La vida! Tenía treinta y tres años. Era hombre en aquel momento. Era el Hombre. Tenía por ello el amor virgen a la vida como lo había tenido Adán en el Paraíso terrestre. La alegría de estar vivo, de estar sano, de ser fuerte, bello, inteligente, amado, respetado. La alegría de ver y de oír, de poder expresarme. La alegría de respirar el aire puro y perfumado, de oír el arpa del viento entre los olivos y del río entre las piedras, y la flauta de un ruiseñor enamorado; de ver resplandecer las estrellas en el cielo como ojos de fuego que me miraban con amor; de ver platearse la tierra por la luna tan blanca y resplandeciente que cada noche vuelve virgen el mundo, y parece imposible que bajo su ola de cándida paz pueda actuar el Delito.

Y todo eso tenía que perderlo. No volver a ver, no volver a oír, no moverme más, no volver a estar sano, no volver a ser respetado. Hacerme el aborto purulento que se esquiva con el pie, volviendo la cabeza con repugnancia. El aborto expulsado de la sociedad que me condenaba para quedar libre de darse a sus vergonzosos amores.

¡Nostalgia de las multitudes humildes y francas a las que daba luz y gracia y de las que recibía amor! ¡Voces de niños que me llamaban con una sonrisa, voces de madre que me llamaban con un sollozo, voces de enfermos que me llamaban con un gemido, voces de pecadores que me llamaban con temblor! Todas las oía y me decían:

“¿Por qué nos abandonas? ¿Ya no quieres acariciarnos? ¿Quién podrá acariciar como Tú nuestros rizos rubios o morenos?”.

“¿Ya no quieres devolvernos las criaturas difuntas, curarnos las moribundas? ¿Quién como Tú podrá tener piedad de las madres, Hijo santo?”.

“¿Ya no quieres sanarnos? Si Tú desapareces ¿quién nos curará?”.

“¿Ya no quieres redimirnos? Sólo Tú eres la Redención. Cada palabra tuya es fuerza que rompe una cuerda de pecado en nuestro oscuro corazón. Estamos más enfermos que los leprosos, porque para ellos la enfermedad cesa con la muerte, para nosotros se acrecienta. ¿Y Tú te vas? ¿Quién nos comprenderá? ¿Quién será justo y piadoso? ¿Quién nos realzará? ¡Quédate, Señor!”.

“¡Quédate! ¡Quédate! ¡Quédate!” Gritaba la multitud buena.

“¡Hijo!” gritaba mi Madre.

“¡Sálvate!” gritaba la vida.

He tenido que quebrar estas gargantas que gritaban, sofocarlas para impedirles gritar, para tener la fuerza de destrozarme el corazón arrancando uno a uno sus nervios para cumplir la voluntad de Dios.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, Padre! todo es posible para Ti, aparta de Mí esta copa; pero  no sea lo que Yo quiero, sino lo que quieras Tú’  

Y el espíritu dominó el terror que sentía la carne.

Vencí la tentación física.    

La primera parte de la oración había sido dolorosa, pero todavía podía sentir la mirada de Dios y esperar en el amor de los amigos.

Luego regresa con los tres apóstoles, que están sentados alrededor de la hoguera.  Los encuentra medio dormidos. Pedro ha apoyado su espalda en un tronco y con los brazos cruzados, cabecea dominado por un intenso sopor.  Los hijos de Zebedeo, se han sentado sobre las protuberancias de una gruesa raíz que sobresale del suelo; pero a pesar de estar más incómodos que Pedro; también están adormilados.

Jesús dice angustiado:

–          ¿Dormís? ¿No habéis sabido velar una hora tan sólo? ¡Tengo mucha necesidad de vuestro consuelo y vuestras oraciones!

Los tres se sobresaltan, confundidos. Se restriegan los ojos. Susurran una disculpa:

–           Es el vino… la comida… Pero se pasa ahora. Ha sido un momento. No sentíamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero ahora vamos a orar en voz alta y no se va a repetir esto.

Jesús ruega:

–           Sí. Orad y velad. También para vosotros lo necesitáis.

Pedro habla decidido:

–           Sí, Maestro. Te obedeceremos.

Jesús se marcha de nuevo, muy desconsolado, doliente, envejecido. Sus ojos siguen muy abiertos, pero parecen empañados.  Su boca refleja un rictus de su cansancio. Vuelve a su piedra, aún más lento y encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca; con su rostro abatido sobre sus manos y junto a un manojo de florecillas blancas que como copos de nieve, le acarician la mejilla, mientras ora ardientemente.

Para valorar la amistad Yo he querido llamar “amigos” a mis apóstoles, y he apreciado tanto este afecto que en la hora del dolor he pedido a los tres más queridos que estuviesen conmigo en el Getsemaní. Les he rogado que velaran y oraran conmigo, por Mí… Y al verles incapaces de hacerlo he sufrido tanto que me he debilitado aún más; siendo por ello, más susceptible a las seducciones satánicas. Una palabra, si hubiera podido intercambiar al menos una palabra con amigos solícitos y comprensivos de mi estado, no habría llegado a desangrarme antes de la tortura, en la lucha por repeler a Satanás.

La segunda parte de la Oración fue más dolorosa aún porque Dios se retiraba y los amigos dormían.

El silbo de Satanás y la voz de la vida ratificaban: “Te sacrificas para nada. Los hombres no te amarán por tu sacrificio. Los hombres no entienden”. 

Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, alza la cabeza… Las mira, las acaricia, les dice:

–           ¡También estáis vosotras!… ¡Me aliviáis! Había florecillas como éstas también en la gruta de mi Madre… y Ella las quería, porque decía: “Cuando era pequeña, decía mi padre: “Eres una azucena diminuta toda llena de rocío celeste”… ¡Oh, mi Madre! ¡Oh, Mamá!…

Y rompe a llorar. Con la cabeza reclinada sobre las manos unidas;  un poco apoyado en los calcañares, lo estremecen los sollozos  mientras dice con las manos apretadas una contra la otra:

–           También en Belén… y te las llevé, Mamá. ¿Pero éstas quién te las llevará?…

La tremenda lucha da comienzo. El veneno ya está en nosotros. Por eso es necesario luchar contra sus efectos y contra las oleadas aceleradas, cada vez más vehementes y aceleradas, del nuevo veneno de la palabra satánica que se derrama sobre nosotros. 

Satanás me decía, porque la voz entraba aunque Yo la rechazara:

“Mira. Aún no has muerto y ya te han abandonado. Mira. Has ayudado y eres odiado. Lo ves. Ni siquiera el mismo Dios te socorre. Si Dios no te ama.  Y eres su Hijo, ¿Cómo puedes esperar que los hombres te agradezcan tu sacrificio?

¿Sabes lo que se merecen? La Venganza, no el Amor como Tú crees. Véngate, ¡oh Cristo!, de todos estos necios, de todos estos crueles. Véngate. Atácales con un milagro que les fulmine. Muéstrate cómo eres: Dios. El Dios terrible del Sinaí. El Dios terrible que me ha fulminado y que arrojó a Adán fuera del Paraíso. 

Hasta ahora has dicho tan sólo palabras de bondad. Tus escasos reproches siempre eran demasiado dulces para estas bestias que tienen la piel más espesa que el cuero del hipopótamo. Tu mirada curaba tus palabras. Sólo sabes amar. Odia. Y reinarás. El odio tiene curvadas las espaldas bajo su azote y pasa triunfante sobre estas filas serviles. Las aplasta. Y están felices de serlo. No son más que sádicos, y la tortura es la única caricia que aprecian y que recuerdan. 

Volví a rechazar las palabras satánicas  y me sumergí, en lo que hasta ese momento me abrumaba:

Mis tristezas. De hombre. Todas las pasiones del hombre se han levantado como serpientes encolerizadas silbando sus derechos de existir y Yo las he tenido que sofocar una a una, para subir libremente a mi Calvario.